4/30/18

El fundamento de la Iglesia

El Papa en Santa Marta


Jesús, en el Evangelio (Jn 13, 16-20), con la Eucaristía nos enseña el amor, y con el lavatorio de los pies nos enseña el servicio, y nos dice que un siervo nunca es más que su señor. Estas tres cosas son el fundamento de la Iglesia.
En la Última Cena, Jesús se despide de los discípulos con un discurso largo y bonito, recogido por Juan, y hace dos gestos que son instituciones. Dos gestos para los discípulos y para la Iglesia que vendrá, que son el fundamento, por así decir, de su doctrina. Jesús da a comer su cuerpo y da a beber su sangre, es decir, instituye la Eucaristía, y también hace el lavatorio de los pies. De estos gestos nacen los dos mandamientos que harán crecer a la Iglesia, si somos fieles.
El primero es el mandamiento del amor: no solo amar al prójimo como a mí mismo, sino un paso más: amar al prójimo como yo os he amado.  Sin el amor, la Iglesia no crece, se transforma en una institución vacía, de apariencias, de gestos sin fecundidad. Ir a su cuerpo: Jesús dice cómo debemos amar, hasta el fin. Amaos como yo os he amado. Y luego el segundo nuevo mandamiento, que nace del lavatorio de los pies: servíos los unos a los otros, lavaos los pies los unos a los otros, como yo os he lavado los pies.
Dos nuevos mandamientos y una advertencia: “podéis servir, pero enviados por mí, mandados por mí. No sois más grandes que yo”. De hecho, Jesús aclara: “el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía”. Esa es la humildad sencilla y verdadera, no la humildad falsa. La conciencia de que Él es más grande que todos nosotros, y nosotros somos siervos, y no podemos superar a Jesús, no podemos usar a Jesús. Él es el Señor, no nosotros. Este es el testamento del Señor. Se da a comer y beber, y nos dice: amaos así. Lava los pies, y nos dice: servíos así, pero estad atentos, un siervo nunca es más grande que su amo. Son palabras y gestos contundentes: es el fundamento de la Iglesia. Si vamos adelante con estas tres cosas, nunca nos equivocaremos.
Los mártires y tantos santos fueron adelante así, con esa conciencia de ser siervos. Y luego Jesús incluye otra advertencia: “Yo sé bien a quiénes he elegido”, y dice: “pero sé que uno de vosotros me traicionará”. Por eso, en un momento de silencio, dejémonos mirar por el Señor. Es dejar que la mirada de Jesús entre en mí. Sentiremos tantas cosas: sentiremos amor, o quizá no sintamos nada… nos quedaremos bloqueados ahí, sentiremos vergüenza. Pero dejar siempre que la mirada de Jesús venga. La misma mirada con la que veía en la cena, aquella noche, a los suyos. Señor tú conoces, tú lo sabes todos. Como Pedro en Tiberiades: “Tú sabes todo, tú sabes que te amo”. Tú sabes qué hay dentro de mi corazón. Amor hasta el fin, servicio, y usemos una palabra un poco militar, pero que nos sirve: subordinación, es decir, Él es el más grande, yo soy el siervo, nadie puede pasarle por encima.

Jesús sacerdote intercesor

El Papa en Santa Marta


La primera lectura (Hch 13,26-33) recoge el discurso de San Pablo en la sinagoga de Antioquía. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes —dice el apóstol— no reconocieron a Jesús y lo condenaron, pero Él, después de morir, resucitó. “Y también nosotros —concluye San Pablo— os anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús. Así está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”.
Con esa promesa de Dios en el corazón, el pueblo se puso en camino, y también con la seguridad que se derivaba de saberse un pueblo elegido. Ese pueblo, a menudo infiel, se fiaba de la promesa, porque sabía que Dios es fiel. Y por eso seguía adelante, fiándose de la fidelidad de Dios. También nosotros estamos en camino. Y cuando hacemos esta pregunta: “Sí, en camino: pero, ¿en camino a dónde?” – “Al cielo” – “¿Y qué es el cielo?”. Y ahí, empezamos a patinar en las respuestas, porque no sabemos bien cómo explicar qué es el cielo. Muchas veces pensamos en un cielo abstracto, un cielo lejano, un cielo… “sí, se está bien allí…”. Algunos piensan: “Pero, ¿no será un poco aburrido estar allí, toda la eternidad?”. No: el cielo no es eso. Caminamos hacia un encuentro: el encuentro definitivo con Jesús. El cielo es el encuentro con Jesús.
Debemos volver sobre este pensamiento: “Yo voy caminando por la vida para encontrar a Jesús”. Un encuentro que nos hará gozar para siempre. Pero, ¿qué hace Jesús, mientras tanto? No se queda sentado esperándome, sino que, como afirma el Evangelio, trabaja para nosotros. Él mismo lo dice: “Creed en Dios y creed también en mí (…) porque me voy a prepararos un lugar”. ¿Y cuál es el trabajo de Jesús? La intercesión. La oración de intercesión. Jesús reza por mí, por cada uno de nosotros. Y esto debemos repetirlo para convencernos: Él es fiel y reza por mí, en este momento.
Él mismo, en la Última Cena, se lo promete a San Pedro: “Yo rezaré por ti”. Y lo que le dijo a San Pedro también nos lo dice a todos nosotros: Yo rezo por ti. Y cada uno debe decir: “Jesús está rezando por mí, está trabajando por mí, nos está preparando ese lugar”. Y Él es fiel; Él es fiel: lo hace porque lo ha prometido. El cielo será ese encuentro, un encuentro con el Señor que fue allí a preparar ese lugar, el encuentro de cada uno de nosotros. Y esto nos da confianza, hace crecer la confianza.
Jesús es el sacerdote intercesor, hasta el fin del mundo. Que el Señor nos dé esa conciencia de estar en camino con esa promesa. Que el Señor nos dé esta gracia: de mirar arriba y pensar: El Señor está rezando por mí.

4/29/18

“El dinamismo de la caridad del creyente”


El Papa en el Regina Caeli



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!.
La Palabra de Dios también en este quinto domingo de Pascua sigue indicándonos el camino y las condiciones para ser una comunidad del Señor resucitado. El domingo pasado se resaltaba la relación entre el creyente y Jesús Buen Pastor. Hoy, el Evangelio nos propone el momento en que Jesús se presenta como la vid verdadera y nos invita a permanecer unidos a él para dar mucho fruto. (Jn 15, 1-8).
La vid es una planta que forma una cosa sola con los sarmientos, y los sarmientos son fecundos solo cuando están unidos a la vid.
Esta relación es el secreto de la vida cristiana y el evangelista Juan la expresa con el verbo “permanecer” que en el pasaje de hoy se repite siete veces.
Permaneced en mi dice el Señor, se trata de permanecer con el Señor para encontrar el valor de salir de nosotros mismos de nuestras comodidades, de nuestros espacios restringidos y protegidos para proyectarnos en el mar abierto de las necesidades de los demás y dar amplio respiro a nuestro testimonio cristiano en el mundo.
Este coraje nace en la fe del Señor resucitado y de la certeza de que su Espíritu acompaña nuestra historia. Uno de los frutos más maduros que brota de la comunión con Cristo es de hecho el compromiso de caridad hacia el prójimo, amando a nuestros hermanos con abnegación, hasta las últimas consecuencias, como Jesús nos amó. El dinamismo de la caridad del creyente no es fruto de estrategias, no nace de solicitudes externas, de instancias sociales o ideológicas, sino del encuentro con Jesús y de permanecer en Jesús.
Él es para nosotros la vid de la que absorbemos la savia, es decir la “vida” para llevar en la sociedad una forma diferente de vivir y de darse, lo que pone en primer lugar a los últimos.
Cuando se es íntimo con el Señor, como son íntimos entre si la vid y los sarmientos se es capaz de dar fruto de vida nueva, de misericordia, de justicia y de paz que derivan de la resurrección del Señor. Es lo que hicieron los santos aquellos que vivieron en plenitud la vida cristiana y el testimonio de la caridad, porque eran verdaderos sarmientos de la viña del Señor. Pero para ser santo, “no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos todos estamos llamados a ser santos viviendo con el amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día ahí donde cada uno se encuentra”. (Exhortación Apostólica Gaudete et Exultare, 14)
Todos nosotros estamos llamados a ser santos y debemos ser santos con esta riqueza que recibimos del Señor resucitado, cada actividad, el trabajo, el descanso, la vida familiar y social, el ejercicio de las responsabilidades políticas, culturales y económicas. Cada actividad, si se vive en unión con Jesús y con actitud de amor y de servicio es una ocasión para vivir en plenitud el bautismo y la santidad evangélica.
Le pedimos ayuda a María Reina de los santos y modelo de perfecta comunión con su Divino Hijo que nos ayude que nos enseñe ella a permanecer en Jesús como los sarmientos de la viña y a no separamos nunca de su amor.  Nada de hecho podemos hacer sin él porque nuestra vida es Cristo vivo presente en la Iglesia y en el mundo.

Amor y libertad

Una enigmática frase puede ayudar a descifrar el misterio de la relación entre amor y libertad, pues el matrimonio, como la paternidad, no deja de ser un amor elevado a la máxima potencia, a la potencia de una vida entera
Una de las grandes dificultades de los jóvenes de hoy en día para casarse es el miedo al compromiso. Según se mire, no es mala señal. Significa que se lo toman en serio. Peor sería que se casaran frívolamente, sin valorar la profundidad de la decisión que están tomando.
Cualquier decisión que compromete la vida entera produce un vértigo existencial. Hay otras decisiones importantes, como la carrera que se va a estudiar, el trabajo que se va a aceptar o la dedicación a un voluntariado que generan dudas, tensiones e inseguridades, pero no ese vértigo característico de las decisiones irrevocables propio de quien no se toma la vida con ligereza.
Entre las decisiones de esta naturaleza hay una que suele escapar a la lógica descrita: tener un hijo. Es, qué duda cabe, una determinación que no admite vuelta atrás y compromete de por vida al más alto nivel, pero está rodeada de una serie de valores (ilusión, alegría, entrega, magnanimidad −ánimo grande−, etc.) que aportan una rara seguridad y alejan el vértigo y el miedo.
Me parece que lo que está en juego en todo esto es uno de los valores más preciados del ser humano: la libertad. Algunos tienden a ver en el matrimonio una atadura, una pérdida de libertad, y esta concepción les arredra y paraliza, de modo que huyen del compromiso o, si lo adquieren, no dejan nunca de verlo como un recorte, una mengua irrecuperable de su libertad personal. Aman hoy, pero no se atreven a prometer amor.
Sería muy pretencioso por mi parte aspirar a resolver esta dificultad en las escasas líneas de este post. La noción de libertad es una de las realidades más poliédricas y complejas con que se ha enfrentado la historia del pensamiento. Sin embargo, algo se puede decir.
Leonardo Polo afirma, apodícticamente, en una de sus obras: “el amor se impera porque es el despliegue de la libertad”. Esta enigmática frase puede ayudar a descifrar el misterio de la relación entre amor y libertad, pues el matrimonio, como la paternidad, no deja de ser un amor elevado a la máxima potencia, a la potencia de una vida entera.
Lo que quiere decir el filósofo es que el amor es obligatorio, imperativo para el ser humano precisamente porque es libre. Aunque se comprende mejor expresado al revés: el ser humano es libre porque solo así es capaz de amar. Sin libertad no hay amor, porque un amor impuesto no lo es. Por esta razón, el único que puede decidir amar es uno mismo. Lo sorprendente es que también puede decidir no hacerlo, porque amar es un imperativo, sí, pero solo moral. Ahora bien, si alguien decide odiar, que puede hacerlo, no ejerce adecuadamente la libertad. El odio es reflejo de la libertad que tengo −porque soy libre puedo decidir odiar−, pero no es su destino. Tenemos libertad para amar, no para odiar. Y, sin embargo, nadie puede obligarnos a hacerlo. Esta es la paradoja.
Yo pienso que nuestra libertad de elección está diseñada para las cosas grandes. Quien se mueve siempre en el terreno de las pequeñas elecciones (cerveza o Cocacola; falda o pantalón) acaba malgastando y frustrando su libertad, que aspira a algo más, a mucho más.
Se comprende, entonces, que casarse no sea fácil para todo el mundo: es un exceso de libertad. Lo mismo sucede con los hijos: son un exceso de libertad. Solo las personas enteramente libres y soberanas, capaces de poseer todo su pasado, todo su presente y todo su futuro y entregarlos al ser amado (el cónyuge o el hijo) están en las condiciones óptimas para tomar la decisión de casarse. Casarse exige una libertad soberana. Los esclavos (¡hoy tenemos tantos dueños!) no pueden casarse porque no saben si serán capaces de poseerse y decidir sus pasos dentro de cinco, diez o treinta años, y no tienen otro remedio que ceder las riendas de su vida a las circunstancias. Están excesivamente condicionados. No pueden prometer amor para siempre.
En el fondo, lo que sucede es que cuando decidimos entregar nuestra vida por entero a otra persona no perdemos la libertad, sino que le abrimos un horizonte inédito, nuestro matrimonio, y es ahí donde tendremos que desplegarla de nuevo.
La elección no es pérdida sino ejercicio de la libertad. Y si rodeamos esa determinación de aquellos valores de que hablaba más arriba (alegría, ilusión, entrega, magnanimidad…), no experimentaremos pérdida de libertad ni atadura alguna porque nos habremos ubicado en un nuevo escenario que nos brindará la oportunidad de volver a desarrollar y ejercer la libertad. Para ello, hay que rechazar la tentación de mirar atrás, como si importara más lo que perdemos que lo que ganamos con la elección.

4/26/18

Evangelización, parresia, audacia, persuasión


A la hora de difundir el mensaje cristiano en un momento histórico decisivo que necesita la “nueva evangelización”, la pasividad refleja déficit de fe y de amor
En una reciente homilía en Santa Marta, el papa Francisco insistía en puntos tratados en la Exhortación Gaudete et exsultate, dentro de la íntima unión entre santidad y evangelización. Como hace con frecuencia, su homilía se construye en torno a tres palabras: ponerse de pie, acercarse y atender la situación de cada uno. Pero con la conciencia clara de que la condición de apóstol propia de todo bautizado resulta estéril sin el Espíritu, como muestra el relato de Hechos de los Apóstoles −punto de partida de la homilía−, sobre la misión del ángel a Felipe para iluminar al intendente de la reina de Etiopía en el camino de Jerusalén a Gaza.
Una vez más distingue el papa ese deber evangelizador −el creyente da razón de su esperanza−, del sentido negativo del término clásico de proselitismo, como búsqueda de resultados, de conversiones. Felipe se levanta inmediatamente y va al encuentro de la voluntad divina en favor, en este caso, del alto funcionario de la corte de Candaces: había ido a Jerusalén para adorar, no sé si como creyente o como prosélito, según la acepción de esta palabra en el lenguaje bíblico.
En todo caso, la escena refleja el carácter no teórico de la acción apostólica, realizada casi como “cuerpo a cuerpo”, “persona a persona”. Desde la situación concreta del eunuco, Felipe anuncia a Jesucristo, y la fuerza del Espíritu le impulsa a bautizarlo. Resulta un paradigma de la actuación del Paráclito a través de esa triple actitud: sin inercia, proximidad y concreción.
En el n. 129 de la exhortación −precedido del ladillo “audacia y fervor”−, afirma el papa que “la santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea posible, el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: ‘No tengáis miedo’ (Mc 6,50). ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos’ (Mt 28,20). Estas palabras nos permiten caminar y servir con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los llevaba a anunciar a Jesucristo. Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresía, palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás (cf. Hch 4,29; 9,28; 28,31; 2Co 3,12; Ef 3,12; Hb 3,6; 10,19)”.
El miedo a difundir el mensaje cristiano no es teórico. Lo advierto en mí mismo y en personas próximas. No estamos a la altura de las circunstancias en un momento histórico decisivo, que necesita esa “nueva evangelización” presente desde tiempo inmemorial en el magisterio de los pontífices. Pero no ya para llegar a nuevas construcciones intelectuales, sino para atender a los más cercanos: porque se les quiere; al contrario, la pasividad refleja déficit de fe y de amor.
Nos puede paralizar el miedo o el cálculo, como recuerda Francisco al insistir en la parresia, “sello del Espíritu, testimonio de la autenticidad del anuncio. Es feliz seguridad que nos lleva a gloriarnos del Evangelio que anunciamos, es confianza inquebrantable en la fidelidad del Testigo fiel, que nos da la seguridad de que nada ‘podrá separarnos del amor de Dios’ (Rm 8,39)”. Al cabo, la indispensable persuasión humana deja paso a la acción del Espíritu Santo.
Termino estas líneas manifestando mi interés en conocer mejor la parresia, que hasta fechas recientes no asociaba a la Biblia −no figura en las clásicas Concordancias de la Vulgata−, sino a la democracia ateniense. El Diccionario académico −que no acentúa la palabra− presenta una insólita y poco brillante definición: “Apariencia de que se habla audaz y libremente al decir cosas, aparentemente ofensivas, y en realidad gratas o halagüeñas para aquel a quien se le dicen”. Desarrolló el concepto en algún ensayo Michel Foucault −inclasificable; más bien nietzscheano−, en torno al “espiritualismo político” y la utopía de una sociedad democrática sin Estado. El coraje ciudadano de hablar con sinceridad y decir la verdad derivaba de la seguridad en sí mismo, superadora del miedo al poderoso o a la muerte: un enfoque interesante, pero también con posibles derivas negativas en línea de excesiva autoafirmación. Tendré que seguir trabajándolo.

Asignatura de Religión y Constitución


El aval concedido por el TC a la educación diferenciada probablemente ayudará a comprender su importancia como método educativo, junto a la educación mixta, igualmente respetable y de amplia eficacia educativa
Hace unos días se hizo pública la sentencia del Tribunal Constitucionalde 10 de abril de 2018 en la que se desestimaba el recurso de inconstitucionalidad presentado por 50 diputados socialistas contra una serie de artículos de la ley orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa (LOMCE). De los temas abordados por la sentencia, los de más repercusión mediática han sido el tratamiento de los centros de educación diferenciada y la enseñanza de Religión como asignatura en la enseñanza Primaria y Secundaria. Comencemos por este último.
Acabo de asistir a un Congreso Internacional en Barcelona sobre Las bases identitarias de Europa. Una de las expresiones más celebradas fue ésta: “Europa nace sobre tres colinas: la de la Acrópolis, la del Capitolio y la del Gólgota”. Se recordó en la ponencia central, al rememorar a Teodoro Heuss, primer presidente de la República Federal Alemana (1949-1959). Lo que quería decir Heuss es que nuestros esquemas mentales se basan en la filosofía griega, en especial, Platón y Aristóteles; hacemos Derecho como los romanos; pero la ética que impregna una y otro es la cristiana.
Se entiende así que la existencia de una asignatura de Religión en la enseñanza Primaria y Secundaria no solamente no sea inconstitucional sino educativamente razonable y constitucionalmente plausible. Lo primero, porque al ayudar al alumno a bucear en sus raíces identitarias le enriquece. Lo segundo, porque es el vehículo adecuado para que se actualice al artículo 27.3 de la Constitución española: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”.
A estos efectos, la sentencia que comentamos, para justificar su decisión de entender constitucional la existencia de una asignatura de Religión y su alternativa (Valores Culturales y Cívicos/Valores Éticos), trae a colación la noción de laicidad positiva. Lo que significa, para el TC español, que “aconfesionalidad” (laicidad) del Estado supone también el respeto de las convicciones religiosas, base de la convivencia democrática.
Este enfoque de la laicidad ha sido ratificada por Alemania al hablar en su jurisprudencia de “separación positiva” (positive Trennung), y también por Estados Unidos, a través de su Tribunal Supremo, al observar que la interpretación de la neutralidad del Estado ha de hacerse “en términos positivos” (Benevolent Neutrality).
Cuando Régis Debray, nada sospechoso de clericalismo, preconiza en materia de educación religiosa el paso de una laicidad de incompetencia o de combate a una laicidad de inteligencia, apunta a esta visión. Una visión de laicidad moderada en la que el Estado comienza a tomar conciencia de que necesita de energías morales que él no puede aportar en su totalidad. El presidente francés, Emmanuel Macron, acaba de recordarlo en el país más laico del mundo: “La laicidad no tiene como objetivo arrancar de nuestras sociedades las raíces espirituales que nutren a tantos de nuestros conciudadanos”.
El resultado de todo ello es la paulatina gestación de un nuevo concepto de laicidad y de libertad religiosa en el que se pone el acento más en un rearme axiológico que no en su arcaico sentido de defensa frente a las religiones. Lo que se rechaza es que el Estado olvide el humus histórico al que se debe su propia existencia. De ahí lo razonable de la posición del TC.
A esto conviene añadir algo que suele olvidarse: la religión ha movilizado a millones de personas para que se opusieran a regímenes autoritarios, para que apoyaran los derechos humanos y para que aliviasen el sufrimiento de los hombres. En el siglo XX, los movimientos religiosos ayudaron a poner fin al Gobierno colonial y a acompañar la llegada de la democracia en Latinoamérica, Europa del Este, el África subsahariana y Asia. La Iglesia católica posterior al Concilio Vaticano II jugó un papel crucial contribuyendo a transiciones democráticas, como la de España (Foreign Policy, 2006) La asignatura de Religión enseña también esto, lo que ratifica aún más la postura del TC.
La segunda cuestión que me parece de interés abordar es el de la educación diferenciada. Sobre este extremo, la sentencia del 10 de abril establece una doble conclusión: a) “el sistema de educación diferenciada es una opción pedagógica que no puede conceptuarse como discriminatoria. Por ello, puede formar parte del derecho del centro privado a establecer su carácter propio”; b) “…los centros de educación diferenciada podrán acceder al sistema de financiación pública en condiciones de igualdad con el resto de los centros educativos; dicho acceso vendrá condicionado por el cumplimiento de los criterios o requisitos que se establezcan en la legislación ordinaria, pero sin que el carácter del centro como centro de educación diferenciada pueda alzarse en obstáculo para dicho acceso”.
Conviene observar que la sentencia nunca utiliza el término “segregar” para denominar a este modelo educativo. Siempre habla de educación “diferenciada”. La cuestión terminológica aquí tiene repercusiones de fondo y no simplemente filológicas. Segregar es separar y marginar a una persona o a un grupo de personas por motivos políticos, culturales o sociales. Diferenciar en cambio supone establecer, mediante comparación, las disimilitudes entre dos o más personas o cosas. Un ejemplo clásico explica lo que quiero decir. Supongamos una cafetería en la que hay aseos de mujeres y aseos de hombres. Esto es diferenciar. Si en cambio a los hombres de color o afroamericanos se les prohibiera entrar en los baños para varones, eso sería segregar.
La sentencia, a la vista de los textos internacionales y la dinámica de la propia libertad, rechaza la tesis de la discriminación en los colegios de educación diferenciada. Y es que en una sociedad libre coexisten diversos modelos educativos y nadie tiene derecho a imponer uno de ellos. El Tribunal Constitucional español en esto coincide con el Tribunal Federal Alemán de lo Contencioso Administrativo, que en una sentencia de 30 de enero de 2013, aludiendo a los centros de educación diferenciada, establece su constitucionalidad en el marco del Derecho alemán: “No puede en modo alguno obligarse a la enseñanza privada a adoptar los métodos pedagógicos de la enseñanza pública”.
Es natural así que una serie de declaraciones internacionales ratifiquen la no discriminación aplicada a los textos de educación diferenciada. Por ejemplo, la Convención relativa a la Lucha contra las Discriminaciones en la Esfera de la Enseñanza(Conferencia General de la Unesco 14.XII.1960, ratificada por España en 1969). Su artículo 2 determina que “no son constitutivas de discriminación: a) la creación o mantenimiento de sistemas o establecimientos de enseñanza separados para los alumnos del sexo masculino y para los del sexo femenino, siempre que esos sistemas o establecimientos ofrezcan facilidades equivalentes de acceso a la enseñanza, dispongan de un personal docente igualmente calificado, así como de locales escolares y de un equipo de igual calidad y permitan seguir los mismos programas de estudio o programas equivalentes (…)”. Tal declaración fue confirmada expresamente por el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU en diciembre de 1999. Sin olvidar que nuestro Consejo de Estado concluyó en su momento (abril de 2013) que “la educación diferenciada, como modelo pedagógico, no puede considerarse un supuesto de discriminación por razón de sexo”.
Es exactamente lo que han hecho en sus leyes o en su jurisprudencia Francia, Bélgica, Reino Unido (2008) y Estados Unidos (TS, 1996). Esto explica, por ejemplo, que cuando llegó Barak Obama a la Presidencia de Estados Unidos la educación diferenciada recibiera un notable impulso. Según un reciente Informe (Calvo Charro), “la Administración Pública estadounidense está destinando millones de dólares a financiar programas experimentales en este ámbito y abrir nuevas líneas de investigación”.
El aval concedido por el TC a la educación diferenciada probablemente ayudará a comprender su importancia como método educativo, junto a la educación mixta, igualmente respetable y de amplia eficacia educativa.
Por lo demás, no debe olvidarse que las sentencias de cualquier tribunal no las traen cigüeñas desde lugares lejanos. Las dictan hombres y mujeres con sus puntos de vista, sus convicciones, su propia experiencia. Los juristas solemos decir que el Derecho sería muy aburrido si todos opináramos lo mismo. Es muy bueno que haya diversos puntos de vista en los órganos judiciales. La pluralidad enriquece sus fallos y consolida la libertad judicial. De ahí que tanto respeto merecen los ocho magistrados del Tribunal acordes con la sentencia como los cuatro disconformes con ella.

Las novedades del Señor

El Papa en Santa Marta


En la historia del hombre siempre ha habido y habrá resistencias al Espíritu Santo, oposiciones a las novedades y a los cambios. Es lo que recogen las lecturas de hoy, con las diferentes actitudes que el hombre adopta ante las novedades del Señor que siempre viene a nuestro encuentro con algo nuevo y original.
En el Evangelio de San Juan (10,22-30) se pone de manifiesto la cerrazón de los doctores de la ley, que es una actitud que acaba en rigidez. Se trata de hombres que solo son capaces de ponerse ellos mismos en el centro, indolentes a la labor del Espíritu Santo e insensibles a las novedades. Es llamativa su completa incapacidad de discernir los signos de los tiempos, esclavos de sus palabras y de sus ideas. Vuelven a la misma pregunta, incapaces de salir de ese mundo cerrado, prisioneros de sus ideas. Recibieron la ley que era vida, pero la destilaron, la transformaron en ideología, y así van dando vueltas y vueltas incapaces de salir de ahí, y cualquier novedad para ellos es una amenaza.
Muy distinto, en cambio, debe ser el talante de los hijos de Dios que, aunque quizá haya una inicial reticencia, son libres y capaces de poner en el centro al Espíritu Santo. El ejemplo de los primeros discípulos, relatado en la Primera Lectura (Hch 11,19-26), manifiesta su docilidad a lo nuevo y la actitud de sembrar la Palabra de Dios, incluso fuera del habitual esquema del “siempre se ha hecho así”. Permanecen dóciles al Espíritu Santo para hacer algo que era más que una revolución, un cambio fuerte, y en el centro estaba el Espíritu Santo: no la ley, sino el Espíritu Santo. Y la Iglesia era una Iglesia en movimiento, una Iglesia que iba más allá de sí misma. No era un grupo cerrado de elegidos, sino una Iglesia misionera. Es más, el equilibrio de la Iglesia, por así decir, está precisamente en su movilidad, fieles al Espíritu Santo. Alguno decía que el equilibrio de la Iglesia se parece al equilibrio de la bicicleta: está firme y va bien cuando está en movimiento; si la dejas quieta, se cae. Es un buen ejemplo.
Cerrazón y apertura: dos polos opuestos que describen cómo el hombre puede reaccionar ante el soplo del Espíritu Santo. El segundo es propio de los discípulos, de los apóstoles: la resistencia inicial no es solo humana, sino también garantía de que no se dejan engañar por cualquier cosa, y luego, con la oración y el discernimiento, encuentran el camino. Siempre habrá resistencias al Espíritu Santo, siempre, siempre hasta el fin del mundo. Que el Señor nos dé la gracia de saber resistir lo que debemos resistir, lo que viene del maligno, lo que nos quita la libertad, y sepamos abrirnos a las novedades, pero solo a las que vienen de Dios, con la fuerza del Espíritu Santo, y nos dé la gracia de discernir los signos del tiempo para tomar las decisiones que debamos tomar en ese momento.

El riesgo del autoengaño: huir de la realidad

La verdad, y en especial la verdad moral, no debe acogerse como una limitación arbitraria al obrar libre de las personas, sino, por el contrario, como una luz liberadora que permite dar una buena orientación a las propias decisiones
Cuentan sus biógrafos que, hasta su suicidio bajo la cancillería de Berlín el 30 de abril de 1945, Adolf Hitler fue sufriendo un paulatino proceso de huida de la realidad, una necesidad constante de autoengañarse y de recibir noticias favorables. Sobre todo a partir de la entrada de Estados Unidos en la guerra, Hitler fue entrando cada vez más en un mundo de ficción creado por sí mismo.
Es indudable que poseía una portentosa inteligencia, pero prefirió engañarse, y su engaño le llevó a huir de la realidad de una manera sorprendente. De hecho, a mediados de aquel mes de abril de 1945, cuando los tanques del mariscal soviético Zhukov estaban ya a pocos kilómetros de la puerta de Brandenburgo, Hitler repetía a gritos ante su Estado Mayor, dentro de su refugio subterráneo, que los rusos sufrirían una sangrienta derrota ante las puertas de Berlín.
Historiadores como Hugh Trevor-Roper y Ian Kershaw analizan con detalle cómo fue el proceso por el que Hitler, envenenado por sus triunfos, acabó por abandonar todo signo de diplomacia e inteligencia. No parece posible que el trabajo de la propaganda nazi modificara de tal modo los datos del propio Hitler hasta el extremo de hacerle creer que sus derrotas eran victorias. Pero el hecho incontrovertible es que, cinco días antes de su muerte, rodeado de mapas operativos cada vez más irreales, enumeraba con gran seguridad a sus generales las bazas inverosímiles que le hacían esperar una victoria final.
La lectura de esos testimonios históricos −han pasado ya más de cincuenta años y hay suficientes documentos bien contrastados que han hecho posible conocer minuto a minuto lo que ocurrió−, nos brinda un ejemplo asombroso y extremo del modo en que un hombre puede llegar a encerrarse en un mundo propio, hasta trasladarse por completo al reino de lo imaginario. Aquel triste y trágico episodio de la historia del siglo XX nació marcado por el autoengaño de negar la existencia de principios morales superiores que limitaran el poder y la persecución de sus inmorales objetivos, y puede servirnos para detenernos un instante y hablar de ese gran peligro del autoengaño, que, en diversa medida, nos acecha a todos en pequeñas cosas del acontecer ordinario de cada día.
El hombre, al ser batido por la adversidad, se siente con frecuencia tentado a huir. Sin embargo, cualquier vida es difícilmente gobernable si no hay un constante esfuerzo por estar conectado a la realidad, si o se permanece en guardia frente a la mentira, o frente la seducción de la fantasía cuando se presenta como un narcótico para eludir la realidad que nos cuesta aceptar.
La tentación de lo irreal es constante, y constante ha de ser la lucha contra ella. De lo contrario, a la hora de decidir qué hay que hacer, no nos enfrentaremos con valentía a la realidad de las cosas para calibrar su verdadera conveniencia, sino que caeremos en algún género de escapismo, de huida de la realidad o de nosotros mismos. El escapista busca vías de escape frente a los problemas. No los resuelve, se evade. En el fondo, teme a la realidad. Y si el problema no desaparece, será él quien desaparezca.
El autoengaño puede presentarse en formas muy variadas. Hay personas, por ejemplo, que caen en él porque necesitan continuas manifestaciones de elogio y aprobación. Su sensibilidad al halago, al continuo "tiene usted razón" sin tenerla, hace desplegar a su alrededor servilismos capaces de idiotizar a cualquiera. Son personas difíciles de desengañar, pues exigen que se les siga la corriente, que se mienta con ellos, y acaban por enredar a los demás en sus propias mentiras. Son presa fácil de los aduladores, que los manejan a su antojo, y aunque a veces adviertan que se trata de una farsa, no suele bastarles para salir de ella.
La verdad, y en especial la verdad moral, no debe acogerse como una limitación arbitraria al obrar libre de las personas, sino, por el contrario, como una luz liberadora que permite dar una buena orientación a las propias decisiones. Acoger la verdad lleva al hombre a su desarrollo más pleno.
En cambio, eludir la verdad o negarse a aceptarla, hace que uno se inflija un daño a sí mismo, y casi siempre también a los demás. La verdad es nuestro mejor y más sabio amigo, siempre dispuesto y deseoso de acudir en nuestra ayuda. Es cierto que a veces la verdad no se manifiesta de forma clara, pero hemos de esforzarnos para que no resulte que esa falta de claridad sólo se da en nuestro pensamiento, al que aún no hemos impulsado lo necesario en búsqueda de la verdad.

“Cristo es la Vid; nosotros, los sarmientos”

Antonio Rivero, L.C.

5º Domingo de Pascua Ciclo B
Textos: Hech 9, 26-31; 1 Jn 3, 18-24; Jn 15, 1-8


Idea principal: Cristo es la Vid o Cepa, nosotros los sarmientos.
 Síntesis del mensaje: La imagen de la vid es constante en la Biblia. La relación de Israel con Dios es presentada con esta comparación. La vid alimenta los ramos, les da vida. Por los ramos corre y circula la savia, formada por agua y compuestos nutrientes. La savia transporta el alimento para los sarmientos. Cristo es la Vid y la savia de la Iglesia, de nuestras comunidades y de nuestra alma (Evangelio). Y los frutos de esos sarmientos unidos a la Vid son: la caridad (2ª lectura), la valentía en la predicación para que otros se injerten a esa Vid que es Cristo (1ª lectura).
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, la viña era el emblema nacional para Israel, que lo mismo iba en el escudo guerrero de los macabeos –héroes de la resistencia palestina contra Siria en el siglo II a.C- que colgaba en el templo de Jerusalén. En el vestíbulo del Sancta Sanctorum colgaba una gigantesca vid de oro y la ilusión del judío emigrante, peregrino o turista, era llegar un día con un puñado de oro para añadir una uva a aquel racimo, una hoja, un zarcillo, un sarmiento…a aquella vid. Fue en este contexto agrícola y ampelográfico, cultual y cultural cuando Jesús dijo: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos”, “sin Mí no podéis hacer nada”,y todos entendieron. ¿Nosotros también? Lo entendió san Juan, que en sus escritos repite 24 veces y san Pablo hasta 164 veces la frase o su equivalente insertados e injertados “en Cristo Jesús”, pues fuera de Él, nada, nada de nada. ¿Lo entendemos nosotros, colonos de la viña mística, que es la Iglesia, sarmientos vivos de la Vid inmortal, que es Cristo? ¿Nosotros, por cuyos vasos cribosos y liberianos corre la savia divina, que arrastra en emulsión la gracia sobrenatural, que es la vida de Dios?
En segundo lugar, ¿sarmientos unidos o desprendidos de la Vid-Cristo? Desenlace distinto y distante. Los sarmientos unidos a esa Vid-Cristo, darán mucho fruto. Fue el día de nuestro bautismo cuando nuestros ramos se unieron a esa Vid-Cristo. Desde ese día comenzó a fluir en todo nuestro organismo la savia divina, la vida de Dios, con los nutrientes de la fe, de la esperanza y de la caridad. Nuestro sarmiento necesita más savia, es decir, vida divina, para que crezca, se desarrolle y obtenga los tallos, las ramas, las hojas y los frutos esperados. Esta savia nos viene inyectada en la participación de los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía.¿Qué frutos? Frutos en la vida personal son las virtudes. Frutos en la vida familiar: unión, diálogo, respeto, fidelidad, educación de los hijos. Frutos en la vida profesional: honestidad, rectitud, responsabilidad. Frutos en la vida pastoral: interés por las personas, apertura a los diversos grupos, movimientos y carismas, colaboración mutua, compromiso con la evangelización. Pero lossarmientos desprendidosde esa Vid-Cristo, morirán. El sarmiento se desprende de la Vid-Cristo cuando peca. ¿Qué pasa? El pecado mortal impide totalmente la irrigación sobrenatural y nos convierte en una rama seca y estéril. ¿Y para qué sirve una rama seca sino para tirarla al fuego de la inutilidad? Las faltas veniales, las imperfecciones y mediocridades constantes son como una arteriosclerosis que endurece poco a poco nuestro corazón por falta de irrigación, pues las arterias del alma se vuelven rígidas y gruesas, dificultando la circulación sanguínea de la vida divina.
Finalmente,tiene que quedar bien claro que los sarmientos más fructíferos serán podados para que den más fruto. Es una paradoja que no podemos entender. Dios a veces la quiere y la permite. Es curioso repasar la vida de los santos: cuanto más santos, más podas y pruebas tenían, físicas, morales y espirituales. Dios los podaba para que dieran más fruto. Probó a santa Teresa de Jesús y a san Juan de la Cruz, y cómo. Probó y podó a santa Teresita de Lisieux. Probó y podó a san Juan Bosco. Probó y podó al santo padre Pio de Pietrelcina. Probó y podó a san Juan Pablo II. Gracias a esa poda, caen de nosotros las ramas inútiles, los retoños que dificultaban al paso triunfal de la savia de Cristo, las hojas secas de nuestra voluntad propia, de nuestros deseos vacuos, infantiles y caprichosos. Ante las podas, paciencia. Y mirar a Cristo que fue podado hasta el final de su vida: abofeteado, pisoteado, hecho gusano por nosotros en la cruz. Y al final dio el fruto de los frutos: la salvación eterna de la humanidad y la reconciliación con su Padre celestial.
Para reflexionar: ¿Estoy unido a Cristo-Vid en la oración, en la Eucaristía? ¿Qué pámpanos está dando mi sarmiento? Cuando he tenido la desgracia de desprenderme de esa Vid, ¿he acudido a la confesión donde recibiré de nuevo la irrigación de la vida divina perdida por el pecado? ¿Me dejo podar por Dios para que mi sarmiento produzca mejor fruto o me rebelo? ¿Ofrezco a mis hermanos los frutos de mis sarmientos?
Para rezarSeñor, aprieta mi sarmiento a tu Vid para que cada día tu vida divina invada todo mi ser. Señor, manda tu lluvia del cielo para que siempre esté verde mi sarmiento y crezca. Señor, no tengas miedo a la poda, porque así me desprenderás de todos los zarcillos inútiles.

4/25/18

El Bautismo no es una "fórmula mágica"

El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos nuestra reflexión sobre el Bautismo, siempre a la luz de la Palabra de Dios.
El Evangelio es el que ilumina a los candidatos y suscita la adhesión a la fe: En efecto, el Bautismo es de un modo particular “el sacramento de la fe” por ser la entrada sacramental en la vida de fe. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1236) . Y la fe es la entrega de sí mismo al Señor Jesús, reconocido como “manantial de agua […] para la vida eterna” (Jn 4:14), “luz del mundo” (Jn 9,5), “vida y la resurrección “(Jn 11:25), como lo enseña el itinerario recorrido, también hoy en día, por los catecúmenos que están cerca de recibir la iniciación cristiana. Educados por la escucha de Jesús, por sus enseñanzas y sus obras, los catecúmenos reviven la experiencia de la Samaritana sedienta de agua viva, del ciego de nacimiento, que abre los ojos a la luz, de Lázaro que sale del sepulcro. El Evangelio lleva en sí la fuerza de transformar a los que lo acogen con fe, arrebatándolos al dominio del maligno para que aprendan a servir al Señor con alegría y novedad de vida.
A la pila bautismal nunca se va solos sino acompañados por la oración de toda la Iglesia, como lo recuerda la letanía de los santos que precede a la oración de exorcismo y a la unción pre-bautismal con el óleo de los catecúmenos. Son gestos que, desde la antigüedad, aseguran a los que se preparan a renacer como hijos de Dios que la oración de la Iglesia los asiste en la lucha contra el mal, los acompaña por  el camino del bien, los  ayuda a escapar del poder del pecado para pasar al reino de la gracia divina. La oración de la Iglesia. La Iglesia reza y reza por todos, por todos nosotros. Nosotros, Iglesia, rezamos por los demás. Es bonito rezar por los demás. Cuantas veces no necesitamos nada con urgencia y no rezamos. Nosotros tenemos que rezar unidos a la Iglesia por los demás. “Señor, te pido por los que están necesitados, por los que no tienen fe”… No os olvidéis: la oración de la Iglesia está siempre en acto. Pero nosotros tenemos que incorporarnos a esta oración y rezar por todo el pueblo de Dios y por los que necesitan oraciones. Por eso, el camino de los catecúmenos adultos está jalonado  por los repetidos exorcismos pronunciados por el sacerdote (cf. CIC, 1237), o sea por oraciones que invocan la liberación de todo lo que separa de Cristo e impide la unión profunda  con Él. También para los niños se  pide a Dios que los libre del pecado original y los consagre como morada del Espíritu Santo (ver Rito del bautismo de los niños, n. ° 56). Los niños. Rezar por los niños, por la salud espiritual y corporal. Es una forma de proteger a los niños con la oración. Como atestiguan los Evangelios, Jesús mismo combatió  y expulsó a los demonios para manifestar la venida del Reino de Dios (cf. Mt 12,28): su victoria sobre el poder del maligno deja espacio libre al señorío de Dios que alegra y  reconcilia con la vida.
El bautismo no es una fórmula mágica, sino un don del Espíritu Santo que habilita a los que lo reciben a “luchar contra el espíritu del mal”, creyendo que “Dios ha enviado a su Hijo al mundo para destruir el poder de Satanás y transferir al hombre de las tinieblas a su reino de luz infinita” (ver Rito del bautismo de los niños, n. ° 56). Sabemos por experiencia que la vida cristiana siempre está sujeta a la tentación, sobre todo a la tentación de separarse de Dios, de su voluntad, de la comunión con él, para volver a caer en los lazos de las seducciones mundanas. Y el Bautismo nos prepara, nos da fuerza para esta lucha diaria, también la lucha contra el diablo que –como dice San Pedro- como un león, intenta devorarnos, destruirnos.
A la oración sigue la unción en el pecho con el óleo de los catecúmenos, que “reciben la fuerza para renunciar al diablo y al pecado, antes de acercarse a la fuente y renacer a la vida nueva” (Bendición de los óleos: Introducción , No. 3). Debido a la propiedad del aceite de penetrar en los tejidos del cuerpo para beneficiarlo, los antiguos luchadores solían untarse con aceite  para tonificar los músculos y escapar más fácilmente a la presa del adversario. A la luz de este simbolismo, los primeros cristianos adoptaron la costumbre de ungir el cuerpo de los candidatos para el bautismo con aceite bendecido por el obispo [1], con el fin de significar mediante esta “señal de salvación”, que el poder de Cristo Salvador fortalece para luchar contra el mal y vencerlo (cf. Rito del Bautismo de los Niños, n.° 105).
Es fatigoso luchar contra el mal, escapar de sus engaños, recuperar la fortaleza después de una lucha agotadora, pero debemos saber que toda la vida cristiana es un combate. Pero también debemos saber que no estamos solos, que la Madre Iglesia reza para que sus hijos, regenerados en el Bautismo, no sucumban a las asechanzas del malvado sino que las venzan por la potencia de la Pascua de Cristo. Fortificados  por el Señor resucitado, que venció al príncipe de este mundo (cf. Jn 12,31), también nosotros podemos repetir con la fe de San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4:13). Todos nosotros podemos vencer, vencer todo, pero con la fuerza que me da Jesús.
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[1] Esta es la oración de bendición, que expresa el significado de este aceite: “Señor Dios, fuerza y defensa de tu pueblo, que has hecho del aceite un símbolo de vigor, dígnate bendecir  este óleo y concede tu fortaleza a las personas que se preparan al bautismo que han de ser ungidas con él, para que, al aumentar en ellas el conocimiento de las realidades divinas y la valentía en el combate de la fe, vivan más hondamente el Evangelio de Cristo, y, admitidas entre tus hijos e hijas de adopción, gocen de la alegría de sentirse renacidas y de formar parte de tu Iglesia. Por Jesucristo nuestro Señor. Bendición de los óleos, n. 21.

4/24/18

Descubrirte en el silencio

Como leí hace tiempo, el silencio y la palabra son complementarios: el silencio no dificulta el habla, sino que la hace posible
Hoy quiero hablarte de la importancia del silencio. Hace muy poco, lo hacía sobre la escucha. Que
 no es posible cuando hay barullo…
¿Comenzamos con una historia?
Visitaba un afamado empresario un monasterio cuando, en su huerta, se topó con un monje que sacaba agua de un pozo.
−¿Qué aprende usted en su vida de silencio?, preguntó el ejecutivo.
El monje le respondió: −Mire al fondo del pozo, ¿qué ve?
El hombre se asomó al brocal. −No veo nada.
El monje se quedó inmóvil, en silencio, como pensativo. Al rato, señaló al visitante: −¡Mire ahora! ¿Qué ve?
Ahora me veo a mí mismo, en el reflejo del agua.
Ya ve, explicó el religioso. Cuando ando con el cubo en el pozo, agito el agua y nos impide ver. Sin embargo, con el agua en calma, el hombre se descubre a sí mismo.
Esa es la experiencia del silencio: ¡El hombre se descubre a sí mismo!
Leía esta historieta y me acordé de ese post que te escribí…
Sí, de la entrada titulada “Quo vadis?”
Es la actual −te comentaba entonces− una sociedad un tanto “agitada”; llena de prisas y de “ruidos” que nos pueden despistar… Y en más ocasiones de las deseables caminamos precipitadamente, a veces como hormigas desorientadas que hubieran perdido el hormiguero. Llenos de veredas y faltos de brújula. Con muchos contactos y menos encuentros. Deslumbrados por destellos de artificiales luces de neón que… nos impiden ver las estrellas del firmamento. Colmados de sensaciones, necesitados de sentimientos. Sin saber, quizás, disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Sin la paz del silencio.
Pasa el tiempo; y seguimos sobrados de ruidos; de cháchara, de palabrería hueca, de bulla, de estridencias, de estímulos. Y, a veces, hasta de caos y de estrés, pegados como estamos a cosas superficiales que invaden nuestra intimidad y nos quitan un tiempo sustancial, vital.
Es un ruido que nos satura y nos aleja de la escucha auténtica y de la reflexión profunda.
Y no siempre es un ruido no buscado. Conectamos casi automáticamente la radio, nada más subir al coche; o encendemos la tele, al llegar al salón; o nos enredamos a lo largo del día, entre emails y whatsapps, con sus avisos y vibraciones, casi, mecánicamente.
Y vamos moviendo el dial del receptor, zapeando con el mando, enviando mensajes… removiendo el agua… como si nos diera miedo asomarnos al pozo y… que nos refleje. ¿Nos da?
¿Cuántos minutos pasamos, de entre los 1.440 que tiene cada día, en silencio? ¿Apenas los que dormimos? ¡Algunos ni eso!
Pero, en serio: ¿buscamos buscarnos? Porque solamente así nos encontraremos
Tenemos que saber escapar del jaleo (el ruido interior incluido), que nos perturba, que nos distrae de lo importante. Parar el tiempo y encontrar ese espacio de calma y tranquilidad que cada uno tiene en su interior.
¡Porque no nos atendemos… y no nos entendemos!

« Y es el silencio el que va a ayudarnos a un diálogo profundo y sincero

Un diálogo interior
El silencio, como el agua del pozo, te permite verte con claridad… si dejas que te refleje: la calma te ayuda a mirarte; te facilita meditar; pararte. Pararte a pensar.
Te encuentras contigo mismo, te observas, puedes conocerte mejor. Y, a partir de ahí, surge un diálogo íntimo sobre quién eres, dónde vas y qué quieresCuál es el sentido de tu vida.
En esa búsqueda de la verdad, es en tu propio silencio donde encuentras las preguntas verdaderamente importantes. En el silencio también están las respuestas.
El silencio, dice F. J. Bartunekes para nuestra vida interior como el espacio que hay en la caja de un violín: lo que permite que la música resuene. Y allí donde no hay ese espacio −digo yo−, no hay música que valga.
Un diálogo con los demás
Afirmaba Pitágoras −y esto es matemático− que el comienzo de la sabiduría es el silencio. Y no ya solo por el aforismo griego del “Conócete a ti mismo”, sino porque el silencio te facilita escuchar a los demás de forma activa y respetuosa. Y de ahí, de una escucha recíproca, surge la relación propia del hombre como ser social: el diálogo y, dando cabida a la palabra del otro en nuestro interior, el encuentro. ¡Y mira que lo necesitamos!
Como leí hace tiempo, el silencio y la palabra son complementarios: el silencio no dificulta el habla, sino que la hace posible.
No puede haber buenos discursos sin silencios: silencios del auditorio e, incluso, del orador. Salvo que este sea un loro.
Como no podría haber melodía sin aquellos: los silencios, también en la música, son una parte esencial de la partitura y de la armonía.
Concluyo citando a Miguel Pastorino en Aleteia:
“Cuando queremos hablar en serio o pensar en profundidad, necesitamos que todo se apague, que callen todas las demás voces, para hacer espacio a las palabras que nos importan. Necesitamos callar para poder escuchar…
Aprender a hablar desde el silencio le devuelve a la palabra su peso y su fuerza, como escribió Heidegger‘Un resonar de la palabra auténtica puede surgir solamente del silencio’.
Solo del silencio puede brotar una palabra sensata, luminosa, penetrante y profunda…
La mirada se vuelve más profunda y no nos detenemos en la anécdota y las superficialidades. La mirada que brota del silencio se deja asombrar por lo cotidiano y transmite paz y esperanza, porque sabe esperar y ha ensanchado su horizonte vital”.
En fin, no olvides que, como afirmaba Quinto Curcio Rufolos ríos más profundos son siempre los más silenciosos. ¡A veces, mucho más que una charca de ranas!, me atrevo a añadir.
Y ya que hablamos de ranas (no es la primera vez que los batracios visitan el blog), oye: ¿me ayudas a difundir el post y… dar un salto?
¡Gracias!

4/23/18

“Él nos acepta tal como somos, incluso con nuestros pecados”


El Papa ayer en el "Regina Caeli"



Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
La Liturgia de este cuarto domingo de Pascua continúa con la finalidad de ayudarnos a redescubrir nuestra identidad como discípulos del Señor Resucitado. En los Hechos de los apóstoles Pedro declara abiertamente que la curación del inválido que él ha realizado de la cual habla toda Jerusalén ha sucedido en el nombre de Jesús porque en ningún otro hay salvación (Jn 4, 12). En este hombre curado está cada uno de nosotros- la figura de cada uno de nosotros- nosotros estamos ahí, están nuestras comunidades: cada uno puede curarse de muchas formas de enfermedad espiritual- ambición, pereza, orgullo- Si acepta poner con confianza la propia existencia en las manos del Señor Resucitado.
“Es por el nombre de Jesús el Nazareno … afirma Pedro, que este hombre que está ahí, en frente de ti, ha sido sanado” (v.10). ¿Pero quién es el Cristo que sana? ¿Qué significa ser curado por Él? ¿De qué nos cura? ¿Y con qué actitudes?
Encontramos la respuesta a todas estas preguntas en el Evangelio de hoy, donde Jesús dice: “Yo soy el Buen Pastor, el verdadero pastor, que da su vida por sus ovejas. “(Juan 10,11). ¡Esta auto presentación de Jesús no puede reducirse a una sugerencia emocional, sin ningún efecto concreto! Jesús sana porque Él es el Pastor que da vida. Al dar su vida por nosotros, Jesús dijo a todos: “Tu vida vale tanto para mí, que para salvarla me entrego a mí mismo”. Es el don de su vida lo que lo hace el Buen Pastor por excelencia, es el que redirige, el que nos permite vivir una vida bella y fructífera.
La segunda parte de este episodio evangélico nos dice en qué condiciones Jesús puede levantarnos y hacer que nuestra vida sea alegre y fructífera: “Yo soy el Buen Pastor; Conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen, como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; “(Vv 14-15). Jesús no habla de un conocimiento intelectual, no, sino de una relación personal, de predilección, de ternura recíproca, reflejo de la relación íntima de amor entre Él y el Padre. Esta es la actitud a través de la cual tiene lugar una relación viva y personal con Jesús: ser conocido por él. No encerrarse en uno mismo, sino abrirse al Señor, para que Él me conozca.
Está atento a cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón en profundidad: conoce nuestras fortalezas y debilidades, los proyectos que hemos logrado y las esperanzas que nos han decepcionado. Pero Él nos acepta tal como somos, incluso con nuestros pecados, para sanarnos, para perdonarnos, nos guía con amor, para que podamos cruzar caminos incluso los más inaccesibles sin descarriarnos. Él nos acompaña.
Por nuestra parte, estamos llamados a conocer a Jesús. Esto implica un encuentro con Él, un encuentro que despierta el deseo de seguirlo, abandonando las actitudes auto referenciales para caminar por nuevos caminos, indicados por el mismo Jesús y abiertos en vastos horizontes. Cuando en nuestras comunidades, el deseo de vivir la relación con Jesús, escuchar su voz y seguirlo fielmente se enfría, es inevitable que prevalezcan otras formas de pensar y vivir que no sean coherentes con el Evangelio.
Que María, nuestra Madre, nos ayude a madurar una relación cada vez más fuerte con Jesús. Para abrirnos a Jesús, para que Él entre en nosotros. Una relación más fuerte: Él ha resucitado. Entonces podemos seguirlo por toda su vida. En este Día Mundial de Oración por las Vocaciones, que María interceda para que sean muchos a responder con generosidad y perseverancia al Señor, que llama a dejarlo todo por su Reino.