28 febrero 2026

Transfiguración de Jesús

2º de Cuaresma (Ciclo A) 

Evangelio (Mt 17,1-9)

Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:

— Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:

— Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.

Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:

— Levantaos y no tengáis miedo.

Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:

— No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.

Comentario

El evangelio de Mateo sitúa esta escena en un momento delicado para los apóstoles. Justo antes, Jesús les había manifestado claramente “que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). A la vez, les había dicho, también con toda crudeza, que “si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,24-25). Es comprensible el desconcierto y temor de sus discípulos ante advertencias tan graves.

Por eso, ahora quiere alimentar su esperanza, manifestando su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Sube a un monte alto, acompañado en primer lugar por tres discípulos, de modo análogo a como Moisés subió al monte Sinaí acompañado por Aarón, Nadab y Abihú, seguidos por los ancianos del pueblo (Ex 24,9). Estos mismos tres apóstoles serían aquellos a los que llamaría en Getsemaní para que lo acompañasen más de cerca, mientras los demás quedaban algo más retirados del lugar donde Jesús rezaba en agonía (Mc 14,33). Contrastan las escenas de esplendor gozoso y sufrimiento angustiado en las que Pedro, Santiago y Juan lo acompañan, pero, a la vez, ambas están inseparablemente relacionadas. No hay gloria sin cruz.

Moisés y Elías, que habían contemplado la gloria de Dios y recibido su revelación en el monte llamado Horeb o Sinaí (cf. Ex 24,15-16 y 1 R 19,8), acompañaban a Jesús en este monte alto cuando “se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz” (v. 2). Ahora contemplan la gloria y hablan con aquel que es la revelación de Dios en persona.

Pedro no puede acallar su alegría y exclama: “Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v. 4). Su petición expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo la gloria de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza. Con esos mismos sentimientos clamaba San Josemaría haciendo oración mientras predicaba: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh. Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”.

Desde la nube de luz que los envuelve se oyen unas palabras llenas de significado: “Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle” (v. 5). La expresión “mi Hijo, el Amado”, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el amado” (Gn 22,2). De este modo se establece un paralelo entre la dramática escena del Génesis en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac, que lo acompaña sin resistencia, y el drama que se consumará en el Calvario donde Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio asumido voluntariamente para la redención del género humano. En efecto, en la escena de la Transfiguración la Iglesia ha visto una preparación de los apóstoles para sobrellevar el escándalo de la Cruz. Por su parte, el añadido “escuchadle” tiene resonancias claras de las palabras que el Señor dirige a Moisés en el Deuteronomio: “el Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo; a él habéis de escuchar” (Dt 18,15). Aquel que es el Hijo al que su padre Dios entrega a la muerte, Jesús, es a la vez aquel profeta como Moisés al que hay que escuchar.

“De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos –decía el Papa Francisco–, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a ‘bajar de la montaña’ y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida”.

Fuente: opusdei.org

27 febrero 2026

El crepúsculo del mundo compartido

Rubén Amón

El magnífico ensayo de Máriam Martínez-Bascuñán demuestra que cuando los hechos alternativos arrasan la verdad y condenan a la democracia a la soledad, como advirtió Arendt, lo que se derrumba no es la política, sino el suelo mismo de la ciudadanía.

El concepto de «hechos alternativos» podría haber sido un sarcasmo si no hubiera terminado convirtiéndose en la coartada de una época. Fue el bautismo de fuego del trumpismo, pero también la piedra angular de un tiempo político donde la verdad se convierte en materia fungible, moldeable, sustituible. No es que la mentira sea un hallazgo reciente —ahí están los sofistas, los propagandistas, los censores de todos los tiempos—. Lo inquietante es la naturalización de su valor de uso, la banalidad con la que se nos invita a habitar un espacio común corroído por la duda, la sospecha y la descomposición de los consensos mínimos.

Máriam Martínez-Bascuñán propone en El fin del mundo común un diagnóstico que no es solo académico, sino clínico. La política se nos presenta como una dolencia autoinmune: las democracias se atacan a sí mismas en el mismo lugar donde se asientan, es decir, en la deliberación pública. Y si la deliberación pública se disuelve, si no hay una realidad común reconocida, lo que se fractura es el suelo bajo nuestros pies.

Arendt, siempre Arendt, actúa aquí como un oráculo. La filósofa alemana entendió que la pluralidad humana exigía un escenario compartido para ser ejercida. No se trata de que todos pensemos igual, sino de que miremos al menos hacia el mismo objeto de debate. La metáfora es casi infantil: podemos discrepar sobre si el vaso está medio lleno o medio vacío, pero necesitamos aceptar que el vaso existe. Lo que está en juego en la posverdad es la posibilidad misma de ese vaso.

El ensayo se mueve con destreza entre las intuiciones arendtianas y la cartografía de los pensadores que denunciaron la erosión de la verdad: Orwell, que nos advirtió de la neo-lengua y del control del pasado; Foucault, que señaló la genealogía del poder en la producción de discursos; Platón, que ya desconfiaba de las sombras en la caverna. La autora los convoca sin solemnidad libresca, como aliados en la comprensión de un tiempo en el que el relato se ha emancipado de la realidad y en el que la política, reducida a espectáculo, ya no necesita comprobarse en los hechos.

La novedad no es la mentira, sino la anestesia moral que la acompaña. La mentira clásica exigía todavía un duelo: quien engañaba debía ocultarse, disfrazar, disimular. La posverdad es más indolente. Se muestra en público, se repite con desparpajo, se inmuniza por reiteración. Y aquí radica el fin del mundo común: la imposibilidad de construir una memoria compartida, de articular un relato cívico que nos vincule como ciudadanos.

La novedad no es la mentira, sino la anestesia moral que la acompaña

Arendt intuyó que el totalitarismo se alimentaba de la soledad y de la incapacidad de distinguir entre verdad y ficción. Martínez-Bascuñán lo traslada a la intemperie democrática: la política contemporánea es un campo en el que los adversarios ya no compiten sobre proyectos de futuro, sino sobre el sentido mismo de lo real. Si los demócratas discuten sobre cifras de muertos en una pandemia, sobre imágenes adulteradas de una manifestación, sobre bulos que circulan como dogmas, el debate se convierte en una torre de Babel. Nadie traduce, nadie reconoce. Se disuelven los puentes, se pudre el suelo.

El ensayo es lúcido porque no se complace en el lamento. Martínez-Bascuñán evita el tono apocalíptico. No se trata de anunciar el colapso de la democracia, sino de señalar sus fragilidades. La pregunta no es «¿hemos perdido la verdad?», sino «¿cómo podemos resistirnos?». Y ahí emerge una propuesta de regeneración que pasa por reconocer la vulnerabilidad de los espacios comunes, por custodiar la deliberación como si fuera un bien escaso, por devolver al lenguaje su capacidad de crear mundos y no de arruinarlos.

El estilo recuerda que la autora es tanto profesora de Ciencia Política como columnista. Hay rigor, pero también filo periodístico, esa vocación de traducir complejidades sin sacrificar precisión. El libro no se refugia en la jerga académica, sino que se atreve a bajar a la arena del presente: Trump, los populismos, la política digital, los memes como armas de destrucción masiva de contexto. La filosofía se entrevera con la crónica.

El título es una advertencia y una elegía: El fin del mundo común. No el fin del mundo, que sería un cataclismo metafísico, sino el fin de ese lugar compartido donde la política podía discurrir como conversación entre ciudadanos. Lo que se anuncia no es el apocalipsis, sino el aislamiento, la trivialización, la deriva hacia burbujas cerradas donde la única verdad es la que se proclama al interior del grupo.

Lo paradójico es que este final se produzca en una era de sobre-comunicación. Nunca habíamos hablado tanto y nunca nos habíamos entendido tan poco. La paradoja de la aldea global es que se ha convertido en una archipiélago de islas incomunicadas. La autora propone, siguiendo a Arendt, rescatar la noción de pluralidad: no basta con coexistir, hay que convivir; no basta con opinar, hay que reconocer la existencia del otro como interlocutor legítimo.

La pregunta última queda abierta: ¿cómo resistir? No hay una receta universal. Martínez-Bascuñán apunta a la educación cívica, a la vigilancia crítica, a la preservación de un periodismo que no renuncie a su función de mediación. Pero sobre todo señala la necesidad de restituir la confianza en la conversación pública. Recuperar la polis como lugar de encuentro. Porque si se extingue ese espacio común, lo que desaparece no es solo la democracia. Desaparece la posibilidad misma de ser ciudadanos.

El libro convoca el sentido de la responsabilidad. No podemos resignarnos a que el espacio compartido se erosione bajo la coartada de los «hechos alternativos». La verdad no será absoluta, pero sin un mínimo de ella no hay convivencia posible. Lo que Arendt defendía como pluralidad corre el riesgo de degenerar en un pandemónium de soledades. Y ese, sí, sería el verdadero fin del mundo.

Fuente: ethic.es

26 febrero 2026

Ratzinger: sobre la felicidad y el bienestar emocional

Redacción de Nueva Revista

«Luchar contra el dolor y la injusticia en el mundo es un impulso genuinamente cristiano. Ahora bien, la idea de que mediante una reforma social se pueda alumbrar un mundo libre de dolor, así como el deseo de conseguirlo aquí y ahora, es una falsa doctrina que supone un profundo desconocimiento del ser que llamamos hombre. En este mundo, el dolor no procede únicamente de la desigualdad de riqueza y poder. Por lo demás, no es solo algo desagradable que el hombre deba remover. Quien quiere hacer tal cosa tiene que huir al mundo meramente aparente de los estupefacientes, para, de ese modo, destruirse por completo a sí mismo y entrar en contradicción con la realidad. Solo a través del sufrimiento y de su capacidad para liberar de la tiranía del egoísmo llega a conocerse el hombre: ahí reside su verdad, su alegría y su felicidad. El hombre será tanto más feliz cuanto más dispuesto esté a cargar con los abismos de la existencia y el esfuerzo que entraña. La medida de la capacidad para la felicidad depende de la cantidad de la prima desembolsada, del grado de disposición para acoger apasionadamente al ser humano. El que se quiera huir de todo ello, el que se nos quiera hacer creer que se puede llegar a ser hombre sin persistir en ser uno mismo, sin la paciencia de la renuncia y el esfuerzo de la abnegación; el que se nos enseñe que no es preciso la dureza que entraña cumplir la tarea encomendada, ni el sufrimiento paciente que supone la tensión entre el deber del hombre y su ser efectivo: todo ello configura esencialmente la crisis de nuestros días. Privado del esfuerzo y recluido en el País de Jauja de los sueños, el hombre pierde lo más genuino de su ser: su propio yo» (Joseph Ratzinger: Cooperadores de la verdad. Rialp, 2021, pp. 83-4. Introducción, traducción y notas de José Luis del Barco. El texto original alemán se encuentra en Joseph Ratzinger: Die Situation der Kirche heute. Hoffnungen und Gefahren. Herausgegeben vom Presseamt des Erzbistums Köln, 1977)». 

«Lo más importante y decisivo para el hombre, también para su bienestar y felicidad, no es sentirse bien, sino ser bueno» (Joseph Ratzinger: Cooperadores de la verdad).

Fuente: nuevarevista.net


25 febrero 2026

Cardenal Bustillo: “Los sacerdotes tienen que cuidar la salud y la alegría”

María José Atienza


El Cardenal Francisco Javier Bustillo, OFM Conv., es obispo de Ajaccio en Córcega, una diócesis que, actualmente, cuenta con unos 280.000 fieles, atendidos por unos 80 sacerdotes.

Monseñor Bustillo fue el ponente de la primera jornada de Convivium, la asamblea presbiteral convocada por la Archidiócesis de Madrid, que reunió durante dos días a los sacerdotes de la diócesis para reflexionar sobre su identidad y misión en el contexto actual. 

En este contexto, Omnes pudo entrevistar al cardenal franco–español sobre la identidad sacerdotal, el cuidado de la vocación y la necesidad de cuidar a quienes se acercan a la fe.

En una sociedad tan compleja, marcada por cambios. ¿Cuáles son los retos de los sacerdotes hoy?

El sacerdote tiene que acordarse que fue ungido por el Espíritu Santo y tiene que despertar la creatividad, la audacia, para poder dar al mundo lo mejor que tiene. El Evangelio dice “vosotros sois la sal de la tierra, la luz del mundo”. Creo que nuestra sociedad necesita encontrar el gusto de la vida y en esas fases de la vida donde vemos muchas páginas bastante sombrías, necesita encontrar la luz y el ánimo.

¿Cómo desarrollar una vida sacerdotal exigente pero sin terminar “quemado”? 

Cuando hablo, sobre todo en Francia, a los sacerdotes, les digo que hay un binomio que tenemos que cuidar con mucho esmero: la salud y la alegría. Si un sacerdote, en su ministerio, ─que, efectivamente es exigente y nos van a pedir muchas cosas─, pierde la alegría o pierde la salud, pierde el ánimo y pierde la eficiencia también en su misión.

El sacerdote del siglo XXI, y en una ciudad como Madrid, tiene que cuidar, con mucho esmero, la salud y la alegría, sino se pierden. Ha de trabajar su vida interior y su humanidad. Si trabajas tu humanidad y tu vida interior, vas más lejos.

Usted ha resaltado la importancia de la fraternidad sacerdotal. En un momento en el que la polarización se infiltra también en la Iglesia, ¿Cómo equilibrar la diferencia propia de cada sensibilidad con esa fraternidad?

La polarización la vemos hoy, por desgracia en España, en Francia…, en Occidente en general y también en el interior de la Iglesia. Es triste que la aplicación política e ideológica de la sociedad a veces se da en la Iglesia.

Nuestro ideal es la comunión, es la unión. Jesús dijo “que seáis uno”, que estéis unidos. Si en la Iglesia estamos divididos, es un problema de coherencia con el testimonio que tenemos que dar.

Cuando miramos al colegio apostólico, encontramos personajes muy distintos. Tenemos a Mateo y tenemos a Simón. Y Jesús les llama. Hoy que hay diferencias en la Iglesia: que uno sea tradicional o el otro carismático, el otro moderno, en vez de ser un problema para la iglesia, es una riqueza.

En vez de ponernos unos contra otros, que no es evangélico, tenemos que andar unos con otros y celebrar que cada uno tiene su camino, cada uno tiene su vida, cada uno tiene su recorrido y somos todos distintos. Y estas diferencias no son un obstáculo, sino que son una suerte y una bendición para la Iglesia. 

Usted viene de Francia que, en los últimos años, ocupa titulares con la vuelta a la fe de tantos jóvenes. ¿Cómo hacer que esta vuelta a Dios no se quede en un chispazo sino que cambie la vida? 

–Lo primero que vemos es el vacío en la sociedad francesa y occidental, después de 60 años con ese lema “Ni Dios, ni Maestro”: no necesitamos a nadie, hacemos lo que queremos. Ha habido mucho progreso tecnológico, científico, humano. Se ha insistido mucho en el poder, el saber, el hacer, el tener, pero se ha dejado en la periferia el ser. Aquello que la persona es, lo que la persona vive. Los jóvenes de hoy buscan un sentido a la vida.

Yo tengo mi diócesis, que es pequeña, más de 303 que van a ser bautizados ahora en Pascua. Eso quiere decir que los jóvenes, que son un poco vírgenes espiritualmente, buscan una identidad, buscan a una familia. 

Lo primero es acogerlos, celebrar su presencia. Después, tenemos una responsabilidad. No podemos quedarnos en decir, ¡qué suerte tenemos que vienen todos a pedir el bautismo en la iglesia católica! Sino que tenemos la responsabilidad de acogerles, de acompañarles y de orientarles para que sean, realmente parte de la familia de la Iglesia y para que puedan aportar un poco de frescura.

Fuente: omnesmag.com


24 febrero 2026

Simone Weil: raíces y frutos

Enrique García-Máiquez

No es casualidad que el nombre de Simone Weil (París, 1909–Ashford, 1943) suene más y más, y ya hasta inspire el último disco de Rosalía y el último libro de Byung-Chul HanDavid Cerdá traduce de nuevo La gravedad y la gracia para Rialp. Carlos Marín-Blázquez no rehúye el eco y titula su ensayo Arraigo (CEU Ediciones, 2025). Se la cita continuamente. Natural: su llamada de atención a la importancia de las raíces se vuelve, en nuestro tiempo desarraigado, un manual urgente de primeros auxilios.

Tampoco puede decirse que haya pasado desapercibida hasta ahora. Aunque sus grandes libros no se publicaron en vida, nada menos que T. S. EliotGustave Thibon y Albert Camus la admiraron hasta el punto de editarla y prologarla con pasión y cuidado. Y eso que no era fácil: ni como persona ni como escritora. Fiel a la importancia que daba a las raíces, era muy radical. Eliot recomienda leerla conteniendo nuestros propios prejuicios y dando margen a los de ella («asombrosas aberraciones y exageraciones», dice, sin caer en el understatement precisamente…). Pero añade que compensa exponerse (en los dos sentidos) a su personalidad. «Su genio es análogo a la santidad», advierte, y concuerda con el sacerdote que dijo: «Je crois que son âme est incomparablement plus haute que son génie» (un alma aún más alta que su genio). E. M. Cioran anota en los Cuadernos: «En Simone Weil hay una faceta propia de Antígona, que la preservó del escepticismo y la aproximó a la santidad». El sistemático Charles Moeller, autor de la monumental obra crítica Literatura del siglo XX y cristianismo, no derrochó paciencia con ella. Critica sus opiniones heréticas, sus rechazos a la Iglesia y su aversión por todo lo romano. A la vez, no deja de pasmarse ante su grandeza y su profundidad.

Su vida también es extremosa y admirable. Nace en París en una familia judía muy intelectual y laica. Enseguida dio signos de un carácter indomable y un inflexible apego a la verdad. Con una sensibilidad social poco común, no solo se preocupó por los obreros: compartió su suerte. Trabajó en una fábrica de Renault. Fue profesora y cuando la cesaron, contestó: «Señor Inspector, siempre he considerado la destitución como el coronamiento normal de mi carrera académica». Luchó brevemente en España en el bando republicano. Se incorporó a una columna anarquista en el frente de Aragón. Tras ser testigo del fusilamiento de un joven falangista, escribió en su diario: «Me tumbo de espaldas, miro las hojas, el cielo azul. Es un día precioso. Si caigo presa, me matarán… Pero lo tengo merecido. Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad absolutamente contrarios al ideal libertario». De vuelta a Francia, viviría sólo del subsidio, pero llevaba su delicadeza con los pobres hasta dejarse ganar a las cartas por ellos. Por las noches, contaba cuentos al hijo discapacitado de su hospedera.

Su libro El arraigo (que citamos en la versión de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños publicada por Alianza Editorial) lo escribe en Inglaterra, donde se había unido a las fuerzas de la Francia Libre. Se presentó voluntaria para ser lanzada en paracaídas en la retaguardia francesa para realizar misiones de sabotaje. No la escogieron. Trabajó en labores culturales, en un empeño muy loable de reconstruir intelectualmente la Europa de después de la guerra y poner unos cimientos morales más firmes.

¿He olvidado los errores contra los que advertían Eliot (que la califica de marcionita), Czesław Miłosz (que la llamó cátara) y Moeller (que la considera maniquea)? No, pero, primero, ella nos ofrece su propio antídoto: «Debemos dar la bienvenida a todas las opiniones, pero deben ser ordenadas verticalmente y mantenidas en sus niveles adecuados». Su respeto a la verdad por encima de sus propias opiniones es una salvaguarda. En segundo lugar, sus errores son también admirables y conmovedores, como cuando dice: «Cada vez que pienso en la crucifixión de Cristo, incurro en el pecado de envidia», una radicalidad que ni Léon Bloy. En tercer lugar, la calidad de sus frases y la profundidad de su pensamiento facilitan que la leamos como a una dignísima heredera de los moralistas franceses. Eso permite el espigueo de una lectura aforística. Y entonces a ver quién no se admira y queda personalmente transformado al leer propuestas como éstas:

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[A diferencia de los derechos] Una obligación, aunque no fuera reconocida por nadie, no perdería nada de la plenitud de su ser. […] Un hombre que se encontrara solo en el universo no tendría ningún derecho, pero sí tendría obligaciones.
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La primera necesidad del alma, la que está más cerca de su destino externo, es el orden. […] La obediencia es una necesidad vital del alma humana. […] Quienes someten a las masas humanas mediante la coerción y la crueldad las privan al mismo tiempo de dos alimentos vitales: libertad y obediencia.
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La verdadera jerarquía tiene por efecto llevar a cada cual a que se instale moralmente en el lugar que ocupa.
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La necesidad de verdad es más sagrada que ninguna otra.
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Incluso sin conquista militar, el poder del dinero y la supremacía económica pueden imponer una influencia extranjera hasta tal punto que provoca la enfermedad del desarraigo. […] El dinero triunfa fácilmente sobre los demás móviles porque requiere mucho menos esfuerzo de atención. No hay nada tan claro ni tan sencillo como un número.
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En nuestros días, un hombre puede pertenecer a los medios llamados cultos, por un lado, sin llegar a ninguna concepción acerca del destino humano y, por otro, sin saber, por ejemplo, que no todas las constelaciones son visibles en todas las estaciones.
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Quien está desarraigado, desarraiga. Quien está arraigado, no desarraiga.
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Son las gotas de pasado vivo lo que hay que preservar celosamente en todas partes, en París o en Tahití indistintamente, porque no hay demasiadas en todo el globo.
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El pasado destruido no regresa nunca más. La destrucción del pasado es quizá el mayor de los crímenes. Hoy la conservación de lo poco que queda debería convertirse casi en una idea fija.
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Es preciso cambiar el régimen de la atención a lo largo de las horas de trabajo […] incentivos que hoy no son más que el miedo y el dinero.
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Los niños vendrían después de las clases para encontrarse con su padre y aprender a trabajar, a una edad en que el trabajo es, con diferencia, el más apasionante de los juegos. […] El trabajo estaría iluminado de poesía para toda la vida gracias a las fascinaciones infantiles. [Nota del barbero: Nunca agradeceré bastante a mi padre que me llevase a su laboratorio de una bodega de Jerez cuando yo era pequeño.]
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La formación de la juventud obrera implica una instrucción y una participación en una cultura intelectual. Hace falta que los jóvenes se sientan cómodos en el mundo del pensamiento. [Nota del barbero: Si hay algo por lo que quisiera que me recordasen mis alumnos de FP es por este empeño.]
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Los intelectuales —un nombre horrible, pero de momento no se merecen un nombre más bello.
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Una mujer, unos hijos, una casa, un huerto que le proporcionara gran parte de su alimento, un trabajo que lo vinculara a una empresa de la que sentirse orgulloso y significase para él una ventana abierta al mundo, eso basta para la felicidad terrenal de un ser humano.
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Las revistas Confidences y Marie-Claire, frente a las cuales la cocaína es un producto inofensivo.
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Nada en el mundo compensa la pérdida de alegría en el trabajo.
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La corriente idólatra del totalitarismo no puede encontrar obstáculo alguno sino en una auténtica vida espiritual. Si se adoctrina a los niños para que no piensen en Dios, se convertirán, por la necesidad de entregarse a algo, en fascistas o comunistas.
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La belleza es algo que se come, es un alimento.
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Las desafortunadas poblaciones del continente europeo necesitan la grandeza incluso más de lo que necesitan el pan, y sólo hay dos tipos de grandeza: la grandeza genuina, que es espiritual, y la vieja mentira de la conquista del mundo.
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Pero nadie piensa hoy en aquellos de sus antepasados que murieron cincuenta años o incluso veinte o diez años antes de que él naciera, ni en aquellos de sus descendientes que nacerán cincuenta años o incluso veinte o diez años después de su muerte. Por consiguiente, desde el punto de vista de la colectividad y de su función propia, la familia no cuenta.
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En el siglo XV, el pago de impuestos, salvo contribuciones excepcionales admitidas para la guerra, se consideraba un deshonor, una vergüenza reservada a los países conquistados, el signo palpable de la esclavitud. Ese mismo sentimiento se encuentra expresado en el Romancero español, así como en Shakespeare: «Esta tierra ha hecho de sí una conquista vergonzosa».
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La pérdida del pasado, colectiva o individual, es la gran tragedia humana, y hemos tirado el nuestro igual que un niño destroza una rosa.
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La herencia de los bárbaros se cruzó con el espíritu cristiano para dar forma a ese producto único, inimitable y perfectamente homogéneo que se ha dado en llamar caballería.
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El Estado tiene el deber de hacer de la patria, en el grado más elevado posible, una realidad.
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[San Juan de la Cruz] La belleza de su obra es una marca de autenticidad más que evidente.
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¿Por qué la política, que decide el destino de los pueblos y tiene por objeto la justicia, iba a exigir menos atención que el arte y la ciencia, que tiene por objeto lo bello y lo verdadero? La política tiene una afinidad muy estrecha con el arte.
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Una de las verdades fundamentales del cristianismo es que el progreso hacia una imperfección menor no se produce por el deseo de una imperfección menor. Sólo el deseo de la perfección tiene la virtud de destruir en el alma parte del mal que la mancha. De ahí el imperativo de Cristo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48)
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Un método educativo no es prácticamente nada si su inspiración no es la concepción de cierta perfección humana.
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La fe es más realista que la política realista. Quien no tiene la certeza de que es así, no tiene fe.
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Amor a la verdad es un término impropio. La verdad no es un objeto de amor. […] La verdad es el resplandor de la realidad. El objeto de amor no es la verdad sino la realidad.
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El pensamiento humano se nutre de la alegría.

Fuente: eldebate.com

23 febrero 2026

El ayuno está de moda

Juan Luis Selma

En los últimos años, el ayuno —especialmente el intermitente— se ha convertido en tendencia. Es uno de los temas más comentados en redes sociales, podcasts y conversaciones sobre estilo de vida. Ha pasado de ser una práctica ancestral casi olvidada a instalarse en nuestras rutinas. Pero ¿qué hay realmente detrás de esta moda?

Aunque ahora esté en auge, el ayuno ha sido una práctica habitual en diversas religiones —cristianismo, islam, budismo— como método de purificación, ascesis y sacrificio. Lo que sí es nuevo es el enfoque moderno: hoy se presenta como una estrategia para mejorar la relación con la comida, simplificar rutinas y, en algunos casos, apoyar ciertos objetivos de salud.

Lo que antes se practicaba por necesidad o virtud, ahora se practica por salud o por estética. Ya no motiva tanto lo interior como lo externo, lo corporal. Pero, aun así, es bueno que se recupere esta antigua práctica.

Hemos comenzado la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza que, por cierto, llena las iglesias de nuestra ciudad; no creo que ninguna otra festividad tenga tanto éxito como esta. Durante cuarenta días acompañamos al Señor en su retiro en el desierto de Judea. Allí rezó y ayunó preparando su misión redentora. Podemos estar seguros de que, en su diálogo con Dios Padre, nos tuvo presentes a cada uno y cada necesidad nuestra.

Las tres prácticas tradicionales de la Cuaresma son la oración, el ayuno y la limosna. Hoy podemos fijarnos en el ayuno riguroso de Jesús: “Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre”, dice san Mateo.

El ayuno cristiano tiene varios motivos:

  • Renuncia, desprenderse de algo para recordar que lo esencial no es material.
  • Ascesis o disciplina interior, entrenar la voluntad y la atención.
  • Solidaridad, unir el propio sacrificio al sufrimiento de otros y abrirse a la caridad compartiendo con el necesitado.

El Papa nos habla de ello en su mensaje: “Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos ‘hambre’ y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los ‘apetitos’, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo… El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien”.

Pero también podemos privarnos de realidades menos materiales que los alimentos. Dice el Papa: “Me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada: la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”, propone León XIV.

¿No es cierto que, si cuidáramos más las palabras, el tono y las reacciones, crearíamos entornos más amables? La familia, el trabajo y los amigos se merecen un poco de cuidado, de educación, de atención y de empatía.

Camino nos sugiere: “Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior”.

Ayunemos de los malos modales, de las palabras hirientes, de las quejas infinitas. Podemos llenarnos de positividad, de comprensión, de delicadeza y de atención. Quizá no estemos muy acostumbrados, pero podemos intentarlo.

¿Por qué sigue siendo relevante hoy el ayuno? Porque, más allá de la religión, la Cuaresma propone algo profundamente humano: parar, revisar la vida, soltar excesos y reconectar con lo que importa. El ayuno cristiano no es una dieta ni una moda; es un lenguaje simbólico que invita a mirar hacia dentro y hacia los demás.

Fuente: eldiadecordoba.es

22 febrero 2026

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!

Hoy, primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de Jesús que, guiado por el Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo (cf. Mt 4,1-11). Después de ayunar durante cuarenta días, siente el peso de su humanidad: el hambre a nivel físico y las tentaciones del diablo a nivel moral. Enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino y, resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas.

La liturgia, con esta Palabra de vida, nos invita a considerar la Cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella, y de comprometernos a hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera.

Es verdad, se trata de un camino exigente, y existe el riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder (cf. Mt 4,3-8). Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.

Por eso, san Pablo VI enseñaba que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte «que tiene como término el amor y el abandono en el Señor» (Const. ap. Paenitemini, 17 febrero 1966, I). De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y vivir, con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con Él y entre nosotros.

En este tiempo de gracia, practiquémosla generosamente, junto con la oración y las obras de misericordia; demos espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario. Entonces, como dice san Agustín, “nuestra oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la paz” (cf. Sermón 206,3).

A la Virgen María, Madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba, le confiamos nuestro camino cuaresmal.   

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Han pasado ya cuatro años desde el inicio de la guerra contra Ucrania. Mi corazón sigue la dramática situación que todos tenemos ante nuestros ojos: ¡cuántas víctimas, cuántas vidas y familias destrozadas, cuánta destrucción, cuánto sufrimiento indecible! En verdad, toda guerra es una herida infligida a la familia humana: deja tras de sí muerte, devastación y un rastro de dolor que marca a generaciones.

La paz no puede posponerse, es una necesidad urgente, que debe encontrar espacio en los corazones y traducirse en decisiones responsables. Por eso renuevo con fuerza mi llamamiento: que callen las armas, que cesen los bombardeos, que se llegue sin demora a un alto el fuego y que se refuerce el diálogo para abrir el camino a la paz.

Invito a todos a unirse en la oración por el martirizado pueblo ucraniano y por todos los que sufren a causa de esta guerra y de todos los conflictos en el mundo, para que brille en nuestros días el tan esperado don de la paz.

Y ahora dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma, peregrinos italianos y de diversos países.

Bendigo de corazón a las Hermanas Obreras de Jesús, en el centenario de la fundación de su Instituto. Saludo a la Escuela de San José Calasanz de Prievidza, en Eslovaquia, y renuevo mi apoyo a las asociaciones que se comprometen a afrontar juntas las enfermedades raras.

Saludo al grupo del Apostolado de la Oración de Biella, a los fieles de Nicosia, de Castelfranco Veneto y del Decanato de Melegnano; a los confirmandos de Boltiere, a los jóvenes de la Comunidad pastoral Santa María Magdalena de Milán y a los scouts de Tarquinia.

Les deseo a todos un buen domingo y un buen camino cuaresmal.

Fuente: vatican.va

19 febrero 2026

Tentaciones en el desierto

1.º domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Evangelio (Mt 4,1-11)

Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.

Él respondió:

—Escrito está:

No sólo de pan vivirá el hombre,

sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está:

Dará órdenes a sus ángeles sobre ti,

para que te lleven en sus manos,

no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.

Y le respondió Jesús:

—Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.

De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

—Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.

Entonces le respondió Jesús:

—Apártate, Satanás, pues escrito está:

Al Señor tu Dios adorarás

y solamente a Él darás culto.

Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían.

Comentario

El primer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El marco geográfico del desierto, lugar inhóspito y antagónico del Edén, es muy elocuente. De algún pasaje de la Sagrada Escritura puede suponerse la creencia judía en cierto espíritu maléfico del desierto llamado Azazel (cfr. Lv 16,10 y Tb 8,3). Jesús sería impulsado así al ámbito del tentador. Además, el desierto fue lugar de prueba para el pueblo elegido. El Señor acude para vencer allí donde Israel sucumbió.

Jesús ayuna “durante cuarenta días con cuarenta noches”. Es lo que conmemora la Cuaresma. Y esta acción penitencial del Señor está cargada de simbolismo: cuarenta días y cuarenta noches duró el castigo del diluvio (cfr. Gn 7,4); cuarenta días y cuarenta noches pasó Moisés en la nube del Sinaí, sin comer ni beber, suplicando a Dios por el pueblo (cfr. Dt 9,25), antes de entregarle la Ley (cfr. Ex 24,18); también pasó Elías cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber, caminando hasta el monte Horeb para encontrarse con el Señor (1R 19,8); y en especial, durante 40 años habitó Israel en el desierto, en medio de pruebas y tentaciones, como castigo a los 40 días que dedicó a explorar la tierra por su cuenta, sin contar con Dios (Nm 14,34).

Después de ayunar, Jesús se muestra hambriento, en aparente privación de ayuda divina y poder material. El tentador pretende entonces que Jesús caiga en alguna forma de intemperancia, avaricia o idolatría, en las que hace caer a los hombres, quienes utilizan o rechazan a Dios para exaltarse a sí mismos. El diablo cita retorcidamente las Escrituras con las que Jesús cumple siempre la voluntad de su Padre. Si eres el Hijo de Dios, le viene a decir, usa la fuerza divina para resolver la indigente condición humana que has asumido. Esta misma sugestión llegará a su culmen en la cruz.

Pero el Papa Francisco explicaba la solución que nos brinda el Maestro con su ejemplo: “Satanás quiere desviar a Jesús del camino de la obediencia y de la humillación –porque sabe que así, por este camino, el mal será derrotado– y llevarlo por el falso atajo del éxito y de la gloria. Pero las flechas venenosas del diablo son todas “paradas” por Jesús con el escudo de la Palabra de Dios (Mt. 3,4.7.10) que expresa la voluntad del Padre. Jesús no dice ninguna palabra propia: responde solamente con la Palabra de Dios. Y así el Hijo, lleno de la fuerza del Espíritu Santo, sale victorioso del desierto”.

Todos vivimos de una forma u otra cada día estas pruebas del desierto. Como explicaba Benedicto XVI, “el núcleo de toda tentación –como se aprecia aquí– es dejar al margen a Dios, el cual, comparado con todo lo que parece urgente en nuestra vida, es visto como secundario, cuando no superfluo y molesto”. Las prisas, el afán de eficacia humana y las dificultades diarias pueden llevarnos a descuidar, a olvidar e incluso a rechazar el trato con Dios; o a esperar de Él una intervención llamativa que nos hiciera reaccionar. En cambio, cuando la voluntad de Dios es lo primero, Él nos exalta después.

En efecto, Mateo dice que, vencida toda tentación, “los ángeles vinieron y le servían”. Dios da con orden y proporción lo que el demonio usaba como transgresión. San Josemaría comentaba esta entrañable escena final así: “la Iglesia, al hacernos meditar estos pasajes de la vida de Cristo, nos recuerda que, en el tiempo de Cuaresma, en el que nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría. Porque la Cuaresma es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: podemos llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas”-

Fuente: opusdei.org

Sin habernos acabado

Teo Peñarroja

El mal. Esa es la cuestión: el mal. Por qué hay mal, imperfección y, en último término, muerte. Por qué descarriló el tren, por qué esa niña se quedó sin familia, por qué aquella mujer mayor que viajaba a acompañar a su hermana no llegó a su destino, por qué el corazón de aquel cardiólogo con la vida por delante dejó de latir, y así hasta 45. ¿Por qué? El corazón se emperra en una serie de sentimientos inevitables, legítimos: ira, frustración. Buscamos con justicia explicaciones, responsabilidades, culpables. Hay una profunda tristeza personal y colectiva. ¡Qué fracaso! ¿Por qué no se hizo un buen mantenimiento de las vías? ¿Quién debería hacerlo? ¿No supo? ¿No quiso? Hay indignación también por la ineptitud o por la negligencia, eso está por ver, aunque no cambie el diagnóstico. Por último, cuando se calma todo aquello, queda ante el mal un último sentimiento, un atisbo de verdad: estamos perplejos.

Nos abate hasta la indefensión constatar que el mal existe, que las cosas no son como deberían ser, que se atenta contra la naturaleza de las cosas. La vida pide de suyo infinito y, en cambio, se ve segada de manera tan dramática.

Estamos hechos para vivir y, sin embargo, nos morimos. El último mal, la frontera —el muro— con el que se da de bruces todo raciocinio: nos terminamos sin habernos acabado. Señal inequívoca de que nuestro fin no está aquí abajo. Esa es, tal vez, la luz (siempre hay una luz) que vacila al final de la tragedia.

Las familias de las víctimas han rechazado la propuesta del Gobierno de un homenaje de Estado el próximo día 31. Razones tendrán. En cambio, sí van a acudir a la Misa funeral que se celebrará este jueves en Huelva. Iba a ser en la catedral, pero se hará en el Palacio de Deportes por una cuestión de aforo.  

Una semana antes, en Adamuz, escenario del accidente, más de 700 personas se reunieron alrededor del altar. Fue en la Caseta Municipal, un espacio dignísimo porque en él se refugió y atendió a los heridos el día del descarrilamiento. El salmo lo leyó un adolescente, Julio de nombre, que acudió desde el momento del desastre para ayudar a los heridos: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas». Ofició Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y presidió la celebración una imagen de la patrona de Adamuz, la Virgen del Sol. Puerta del Cielo, ruega por nosotros.

El mal, esa es la cuestión. Explicaba en su magisterio el Papa Francisco que el pueblo de Dios es infalible in credendo. La mayoría de las víctimas del accidente eran católicas, y su sentido de la fe las ha llevado a buscar no el homenaje sino el sufragio; no el consuelo de la posteridad, sino el de la esperanza en la vida eterna. En última instancia, el realismo sobrenatural de las familias afirma con las obras —obras de misericordia: enterrar a los muertos, rogar a Dios por los difuntos— que estamos aquí de paso, individuales, amados, irreductibles al símbolo.

Fuente: alfayomega.es

Los filósofos de Hitler

Benigno Blanco Rodríguez

Las ideas no son inocentes. Hitler absorbió ideas de distintos filósofos influyentes en su época y las convirtió en una máquina de destrucción y muerte y contó con la colaboración de otros intelectuales que justificaron y legitimaron con su prestigio el régimen nazi y sus obras.

Conocer esas ideas que generaron y avalaron la ideología nazi resulta muy interesante, no solo por curiosidad histórica sino porque algunas siguen vigentes y activas en nuestros días pues forman parte del patrimonio filosófico de la modernidad.

Al estudio de esos intelectuales y sistemas de pensamiento dedica la historiadora inglesa Yvonne Sherratt su obra Los filósofos de Hitler, editada por Cátedra en 2014 (336 págs.).

En el capítulo primero, con el título “el genial cocktelero”, Sherratt hace una síntesis del pensamiento y obsesiones de Hitler analizando su célebre libro Mi Lucha escrito durante su reclusión tras el intento de golpe de Estado de Munich en 1923.

La tesis de la autora es que Hitler no tuvo nada de original sino que se limitó a hacer un cocktel usando ingredientes varios que flotaban en el ambiente intelectual de su época. La misma tesis sugiere Joachim Fest en su monumental biografía de Hitler cuando escribe (págs. 89 y ss.):

“No fue nadie en particular, sino la época, quien le dio sus ideas. Con el antisemitismo y el darwinismo social debe incluirse, sobre todo una creencia de predestinación social y nacionalista (…) corrientes intelectuales en boga, muy generalizadas e imbuidas de retazos de ideas imperantes a finales de siglo: la filosofía de la vida, el escepticismo frente a la razón, así como una romántica glorificación del instinto, de la sangre y del impulso sexual. Nietzsche, cuya trivializada plática sobre la fuerza y la brillante amoralidad del superhombre pertenece asimismo a esta ideología (…) Wagner no sólo fue el gran ejemplo en la vida de Hitler sino también su maestro, cuyas pasiones ideológicas hizo suyas …”.

El capítulo segundo de la obra lo dedica la autora a una detallada reseña del antisemitismo de los grandes intelectuales alemanes desde el siglo XVIII al XX que influyeron en Hitler según propia confesión de éste: Kant, Fichte, Hegel, Feuerbach, Marx y, de forma especial y obsesiva, el compositor y escritor Richard Wagner, figura absolutamente destacada en la formación de las ideas racistas y genocidas de Hitler; Nietzsche con su elogio de la guerra y su descalificación brutal de la moral cristiana; el socialdarwinismo, profundamente racista, que, a partir de las tesis de Darwin, el alemán Ernst Haeckel popularizó en el área cultural germana, junto con el racismo y las propuestas eugenésicas de Gobinau y Houston Stewart Chamberlain, autor éste último casado con una hija de Wagner y a quien Hitler trató y admiró.

La Rosa Blanca, la resistencia cristiana a los nazis y el revelador interrogatorio a Sophie Scholl

Este elenco de autores, algunos de los cuales siguen siendo referencia de la modernidad, aportaron a la cocktelera ideológica de Hitler los componentes que -mezclados y agitados por el joven Hitler- produjeron la ideología del nazismo y justificaron su agenda política de violencia y exterminio.

Los capítulos tercero a quinto se ocupan de la mano derecha de Hitler para la depuración de la cultura y la universidad alemana para adaptarlas al nazismo, Alfred Rosenberg; del ideólogo jurídico del régimen nazi, Carl Smichtt, “el legislador de Hitler” según lo llama la autora; y del filósofo que le dio prestigio intelectual al régimen hitleriano con su adhesión al mismo, Martin Heidegguer, “el Superman de Hitler” como le denomina Yvonne Sherratt. En estos capítulos la autora estudia con detalle el pensamiento de esos autores, su trayectoria y su aportación al establecimiento y consolidación del poder nazi.

Conviene recordar que autores como Kant (¡escandalosamente brutales sus frases antisemitas citadas por nuestra autora!), Hegel, Nietzsche, Carl Smichtt o Heidegger siguen influyendo profundamente en el pensamiento actual directamente o a través de sus discípulos.

Por ejemplo, una parte del populismo actual se inspira en las ideas jurídicas de Smichtt y una gran parte del existencialismo y el estructuralismo que tanto han influido en las actuales ideología woke e ideología de género se remiten a Heidegger y su pensamiento y el antisemitismo sigue vivo como vemos en la inmediata actualidad.

Por tanto “los filósofos de Hitler” no están tan muertos como su discípulo nazi; por eso es conveniente conocer esta historia para entender nuestra época, valorar sus riesgos e intentar evitar que se pueda repetir algo tan brutal como lo que representó Hitler y su ideología.

La segunda parte del libro está dedicada a los filósofos “oponentes de Hitler” y en ella Yvonne Sherratt narra la vida de algunos pensadores e intelectuales que vivieron en la Alemania de Hitler pero se opusieron lúcidamente al nazismo y sufrieron su persecución.

La policía nazi con la joven Sophie Scholl, en la película de 2005

Cuatro mujeres ante el abismo del mal: Hannah Arendt, Sophie Schöll, Etty Hillesum y Edith Stein

Los capítulos 6 a 9 se dedican respectivamente a la vida de Walter Benjamín, Theodor Adorno, Hanna Arendt y los miembros de la Rosa Blanca como Sophie Scholl y su maestro, el viejo y honesto profesor Huber.

Por desgracia, hoy son más recordados y leídos los “filósofos de Hitler” estudiados en la primera parte de este libro que sus víctimas recordadas en la segunda parte.

Pío XII y el fiscal Robert Jackson, en un encuentro de la película Nuremberg... que nunca se dio en el mundo real

El capítulo décimo y último lo dedica la autora a los juicios de Nuremberg y al trabajo de los Comités de desnazificación que se organizaron en Alemania tras la II Guerra Mundial y que permitieron la rápida rehabilitación de personajes como los citados Carl Schmitt o Heidegger y de personajes como el fundador de la lógica moderna, Frege, que había liderado también la universidad nazi, entre otros.

La conclusión del libro que comentamos es -aunque la autora no la formule así expresamente- que las ideas de “los filósofos de Hitler” no han muerto con él.

En Los médicos de Auschwitz (Ed. Espasa, 325 págs.) Bruno Halioua, médico e historiador y profesor en la Sorbona, estudia la llamada medicina nazi llegando a afirmar que los médicos fueron la profesión más nazificada en aquella Alemania de los años 30 y así se entiende la brutal gestión médica del asesinato y la tortura en el campo de concentración de Auschwitz, algo que también conviene recordar hoy cuando aborto y eutanasia se consideran ya legalmente meras prestaciones sanitarias.

Fuente: religionenlibertad.com