15 febrero 2026

Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión

Mensaje del Papa

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

 

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

Fuente: vatican.va

 

14 febrero 2026

Cómo recuperar la atención: no se trata de desconectarse, sino de volver a estar presentes

Pilar Jericó

Vivimos más conectados que nunca, pero cada vez más lejos de lo que importa.

Levantamos el móvil para mirar un mensaje y, cuando queremos darnos cuenta, han pasado 20 minutos. O una hora. Hemos recorrido sin rumbo un torrente de vídeos y noticias que ya ni recordamos. Nos prometemos que mañana será distinto, pero volvemos a caer. No es falta de voluntad, es diseño. Las redes sociales están hechas para mantener cautiva nuestra atención, sin principio ni final, sin paradas naturales, como el final de un capítulo de un libro o de una película. Este ejercicio de deslizar la pantalla del móvil —scroll, en su término en inglés— nos distrae o entretiene, pero a la vez nos empuja a un sinfín de estímulos que nos agota y, lo que es peor, daña nuestra atención.

La pedagoga y divulgadora de neurociencia Marta Romo alerta de ello en su inspirador libro Hiperdesconexión (Roca Editorial, 2025): “El scroll funciona como una máquina tragaperras. No sabemos cuándo aparecerá ese vídeo que nos haga reír o esa noticia que nos impacte, pero la expectativa nos mantiene pegados a la pantalla”, asegura. Las máquinas tragaperras funcionan bajo un programa de refuerzo que aparece de manera imprevisible. La emoción de conseguir el premio o de ver ese vídeo desternillante nos genera tales refuerzos de dopamina que sobreexcitan a nuestro cerebro y le impiden descansar. Debido a dicho hábito, cada vez más personas confiesan sentirse agotadas, sin haber hecho nada especialmente cansado. Se fatiga la mente con cientos de microimpactos diarios. “Corremos el riesgo de vivir fatiga cognitiva permanente: esa sensación de que nada se termina y todo reclama nuestra atención a la vez”, añade Romo.

La tecnología está diseñada para que saltemos sin descanso entre vídeos o mensajes. Cada salto deja un rastro invisible. La psicóloga Sophie Leroy, profesora de la Universidad de Washington, lo llama el residuo atencional: parte de nuestra mente se queda atrapada en la tarea anterior, incluso cuando creemos que hemos pasado página. Cuando dichas dinámicas se llevan al extremo, perdemos memoria, capacidad de concentración y hasta la habilidad de elaborar narrativas coherentes sobre nuestra propia vida. Y todo lo anterior sucede porque nuestra atención se ve fracturada.

La atención se ha convertido en un bien escaso debido, en gran parte, al mal uso de la tecnología. Cada vez nos cuesta más leer libros o realizar actividades que supongan un cierto esfuerzo intelectual. La atención se convertirá en el nuevo cociente intelectual, según el pedagogo Gregorio Luri, por el que se diferenciarán las personas en un futuro. Pero cuidar la atención no es un lujo, es una necesidad emocional. Está en la base de la creatividad, el arte, el pensamiento profundo o nuestro descanso. Es lo que nos permite centrarnos para lograr nuestros objetivos, descubrir soluciones a los problemas o sentirnos bien con nosotros mismos. La buena noticia es que tenemos la capacidad de influir en ella. Nuestro cerebro es plástico y podemos aprender. Y el primer paso es la toma de conciencia.

“[La solución] no es desconectarnos, ya que no somos máquinas, sino aprender a conectarnos aún más, pero con la vida”, propone Romo. Para ello, necesitamos reconocer que la tecnología no es la culpable, sino un amplificador. La productividad ha sido una máxima en la gestión de nuestro tiempo, no soportamos el aburrimiento e, incluso, sustituimos conversaciones con amigos a través del teléfono a cambio de audios superficiales. Pero esos hábitos no nos roban el tiempo, sino la presencia. Nos alejan del instante o de las conversaciones reales que suceden frente a nosotros. Vivimos hiperconectados y, sin embargo, profundamente ausentes. En el metro, en los restaurantes, en las reuniones… Todos inclinamos la cabeza en la misma dirección: hacia una pantalla. Es el gesto de nuestra época y, quizá, también su síntoma. Cuidar la atención hacia lo que nos rodea es, en realidad, una decisión valiente. Porque en un mundo saturado de estímulos, “la revolución más silenciosa comienza con el acto más radical de todos: prestar atención a quien tenemos enfrente”, invita Romo.

Además, siempre vamos rápido, pero nuestro cuerpo se repone a través de mecanismos que necesitan reposo y tiempo. Podemos reducir nuestra exigencia de eficiencia. Podemos, también, dedicar tiempo a divagar, a caminar sin auriculares, dejar espacio para la imaginación. Eso no significa necesariamente desconectarnos de las redes o demonizar la tecnología, sino reaprender a utilizarlas sin rendirles el alma. Conectarnos con lo que realmente importa, las personas que queremos o las experiencias que deseamos disfrutar. Quizá por eso, como escribió John Lennon, “la vida es eso que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Hoy podríamos añadir: mientras nos perdemos en pantallas de móviles. Quizá el verdadero lujo del futuro no sea el tiempo, sino la atención. Porque cuando prestamos atención, nos sentimos más vivos y recordamos que lo importante no está en la pantalla, sino delante de ella.

Fuente: elpais.com

13 febrero 2026

La plenitud de la Ley

6.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 5,17-37)

No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.

Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.

Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.

Comentario

En el evangelio según san Mateo hay cinco grandes discursos de Jesús intercalados por narraciones de hechos y milagros. El pasaje de este domingo forma parte del primero de esos discursos, el Sermón de la Montaña, y consiste en un fragmento de las llamadas “antítesis”. La atractiva novedad que predica el Maestro no cae en el fácil tópico de la trasgresión de la norma establecida o de su abolición: “no he venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud”. Para ser ciudadanos del Reino de los cielos, Jesús propone lo de siempre, pero de una forma nueva, plena y perfecta: la que Él mismo encarna. Y la ley del amor que Jesús inaugura exige plenitud hasta en lo más pequeño.

En el discurso aparece varias veces una expresión peculiar para mencionar la Ley de Moisés: “Habéis oído que se dijo”. Esta fórmula remite por un lado a la tradición oral en Israel (“habéis oído”), por medio de la cual los maestros enseñaban cómo vivir con justicia, es decir, según la voluntad de Dios expuesta en la Ley. Por otro lado, la fórmula “se dijo” es una manera semítica de evitar el nombre de Dios por respeto: es decir, fue Dios quien dijo, y de Él viene la Ley Mosaica. Jesús se sitúa por encima de Moisés y con la misma autoridad legisladora de Dios: “pero yo os digo”.

Para refrendar el valor de la vida humana, la Ley decía “no matarás” (Ex 20,13; Dt 5,17), porque serás reo de juicio (cfr. Lv 24,17). Jesús asegura que hasta la ira hacia otro y el insulto ya nos hacen merecedores de castigo; y maldecir a otro, merece incluso el infierno. Es tal la dignidad de la persona, que antes se debe arreglar la más mínima afrenta con otro que hacer a Dios ofrendas.

Con motivo del precepto sobre el adulterio (cfr. Ex 20,14; Dt 5,18), Jesús vuelve a subrayar desde otro punto de vista el excelso respeto hacia los demás que subyace en la Ley. Si el adulterio consiste en adueñarse por satisfacción personal de una persona casada, esto no debe hacerse ni siquiera en el fuero interno, donde se comete el mismo pecado, aunque no se realice externamente: “ha cometido adulterio en su corazón” (v. 28).

“Si tu ojo derecho te escandaliza…” (v. 29). Por medio de exageraciones que son muy comunes en la retórica semítica, Jesús aclara que es mejor perder parte de uno mismo antes que pecar y merecer el infierno por entero. Literalmente, “escandalizar” no significa tanto inquietar la buena decencia de alguien como moverlo con eficacia a obrar mal. Si algo en uno mismo se opone a la ley del amor y el respeto al otro, debe ser arrancado, incluso lo más estimado, como da a entender la expresión “ojo derecho” o la “diestra”.

En la antigua costumbre del repudio, la legislación mosaica introdujo la obligación del libelo: es decir, un acta firmada por el marido que permitía a la mujer ser recibida por otro hombre. Sin embargo, para subrayar la grandeza y dignidad del vínculo matrimonial con una mujer, Jesús hace inválidos todos los repudios, ya que siguen exponiendo al adulterio a la mujer y a quien la recibiera. Y de esto se hacía culpable el repudiador. No es fácil interpretar la excepción a esta culpa que menciona Jesús: “en caso de fornicación (porneia)” (v. 32). Puede referirse a rechazar a una mujer con la que se tiene una unión ilegítima.

También Jesús enseña acerca de la ley mosaica sobre los juramentos (cfr. Lv 19,12; Nm 30,3; Dt 23,22), la cual busca evitar la mentira y el engaño. Estos se producían más fácilmente si al hacerlos se invocaba a Dios o a algo muy valioso; por eso eran más graves. Jesús resuelve toda casuística y juramento grandilocuente exigiendo sencillez y honestidad: “que vuestro modo de hablar sea ‘Sí, sí’; ‘No, no’. Lo demás “viene del maligno” (V. 37), quizá porque la necesidad de subrayar más la palabra dada es un inicio de sospecha.

Fuente: opusdei.org

Amar en segundo plano

Javier Vidal-Quadras

Ante una alegría, pensamos: ¡ojalá estuviera ella aquí, la voy a llamar ahora mismo! Ante una dificultad o un mal trago: ¡cómo la necesito, esta noche pido su consejo! Pasamos por un escaparate y recordamos lo que le gusta, vemos una pareja de enamorados y la cabeza se nos va a ella.

Los enamorados procuramos estar el máximo tiempo juntos. Y cuando no lo estamos, tendemos a dirigir nuestro pensamiento a la persona amada. Muchas parejas empiezan así, pero luego su enamoramiento va languideciendo. ¿Por qué?

¿Sera una cuestión hormonal? La verdad es que yo llevo muchos años intentando aclararme entre la oxitocina, la dopamina, la serotonina y el cortisol y no acabo de interiorizarlas. Mi primera dificultad es estético-literaria. Me parece imposible que unos nombres tan grotescos puedan tener alguna relación con el amor. Sé que es un pensamiento irracional, que procede de mi yo romántico, pero no lo puedo evitar. Cuando pienso en excitar la oxitocina, no me sale dar un beso o un abrazo a mi mujer, sino en ofrecerle una píldora o un preparado farmacéutico, de modo que acabo inhibiendo mi deseo.

Así que vuelvo la vista a la gran paradoja: el enamoramiento profundo, inquebrantable y pasional de quienes han amado con más fuerza, los santos. Digo paradoja porque los santos célibes (¡que también los hay casados!) amaron (y aman) a un ser espiritual, al que no pueden abrazar ni besar. Y, sin embargo, han escrito, con sus vidas y con sus escritos, algunas de las páginas más bellas y auténticamente pasionales de la historia. ¿Cómo lo hicieron?

«Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia«, revelaba uno de estos santos. Y añadía: «nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman».

La lectura de estas frases ha coincidido con un hecho anodino y habitual en nuestra tecnológica existencia: me he bajado una aplicación nueva en el móvil. Al instalarla, me ha saltado un mensaje que me ha preguntado si quería que la aplicación siguiera ejecutándose en segundo plano, es decir, recibiendo datos, enviando mensajes y trabajando por detrás.

Le he dicho que no, pero me ha dejado pensativo. ¿En segundo plano? ¿No es así como hay que amar cuando la presencia física no es posible? ¿Es posible amar en segundo plano?

Creo que los grandes santos y místicos nos dan la clave: mantenerse en su presencia, no albergar más que un solo pensamiento… Se trata de un pensamiento que ha de mantenerse en segundo plano, claro, porque necesitamos concentrarnos en lo que hacemos, pero es un pensamiento que está presente, se nota, va trabajando, ejecutándose en el inconsciente, hasta transformarse en un ‘prejuicio psicológico’, un sesgo que impregna toda nuestra vida. Ante una alegría, pensamos: ¡ojalá estuviera ella aquí, la voy a llamar ahora mismo! Ante una dificultad o un mal trago: ¡cómo la necesito, esta noche pido su consejo! Pasamos por un escaparate y recordamos lo que le gusta, vemos una pareja de enamorados y la cabeza se nos va a ella. Y, como amamos en segundo plano y la tenemos siempre presente, evitamos ponernos en la tesitura de generar algún sentimiento hacia otra persona que pueda ocupar el que tenemos puesto en ella.

Sí, se puede amar en segundo plano. El santo que he citado cerró su primera y más conocida obra, Camino, con estas palabras: ¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. Enamórate, y no «le» dejarás. Se refería a Dios, pero, para una persona casada, la vocación matrimonial y la vocación a Dios no se distinguen, por lo que el consejo es extrapolable. Aunque hay que completarlo con la prolongación que propuso Álvaro del Portillo, su hijo más fiel: No le dejes, y te enamorarás.

Fuente: javiervidalquadras.com

12 febrero 2026

«¿Dios existe?», de Robert Sarah

Javier María Ijalba

Robert Sarah. (Ouros, Guinea, 1945). Teólogo y cardenal. Arzobispo emérito de Conakri, ocupó los cargos de secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, presidente del Pontificio Consejo Cor Unum y prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos. Autor, entre otros libros, de Dios o nadaSe hace tarde y anocheceCatecismo de la vida espiritual y El amor en el matrimonio.

Avance

Este nuevo libro del cardenal Robert Sarah nació por requerimiento del editor y periodista David Cantagalli, que le planteó cómo dar respuesta a la crisis de fe del mundo contemporáneo. La tesis central del ensayo es que no es Dios el que ha muerto, como decía Nietzsche, sino más bien el hombre, al menos en Occidente, ya que en nuestra sociedad secularizada «el hombre, en su verdad y belleza, parece que ya no es consciente de su dignidad y su vocación a la felicidad, al cumplimento del propio ser personal».

Al sustituir el agustiniano amo ergo sum (amo, por lo tanto soy) por el cartesiano cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo) queda todo reducido a la autoconciencia subjetiva, «privando al hombre de esa sana relación con lo real sobre la que se funda el conocimiento del ser». Por esa vía, queda vedado el acceso a la verdad objetiva y, en consecuencia, a la distinción entre el bien y el mal. Pero ese es un mundo sin sentido, afirma Sarah siguiendo a Benedicto XVI, en el que termina imponiéndose la ley de los más fuertes: «El poder se convierte en el único principio».

A Dios se le puede recuperar a través del silencio. «La Iglesia puede afirmar que la humanidad es hija de un Dios silencioso», el problema es que este siglo XXI «ya no comprende a Dios porque no para de hablar, a un ritmo y una velocidad impresionantes, para al final no decir nada», advierte el cardenal guineano. Y el papel de la Iglesia es asumir su responsabilidad ante el mundo contemporáneo, no edulcorando la doctrina del Evangelio sino exigiéndose a sí misma.

El ensayo se nutre de la propia experiencia pastoral de Sarah, como obispo en África y como cardenal en el Vaticano, así como del Magisterio de la Iglesia; de los papas de los últimos sesenta años (Pablo VIJuan Pablo IIBenedicto XVIFrancisco); y del estudio de grandes pensadores de la tradición cristiana, como san Agustínsanto Tomás de AquinoHenri de Lubac; y de maestros de espiritualidad, como Teresa de Lisieux y san Juan de la Cruz. Con ese bagaje, Sarah trata de ofrecer respuestas no solo al lector creyente, sino también al agnóstico que busca un fundamento ético de la existencia. Su objetivo último es despertar en el hombre «el deseo de salvación y la apertura a lo sagrado».

Artículo

Qué tiene que decir la Iglesia ante un mundo marcado por la duda, la incertidumbre y la violencia?, ¿tiene relación el eclipse de Dios con los ataques a la dignidad humana? Estas y otras preguntas sobre la crisis de Occidente son el motivo y el hilo conductor de ¿Dios existe?subtitulado El grito del hombre que pide salvación. Todas ellas las planteó el editor y periodista David Cantagalli a Robert Sarah, dando origen a este nuevo ensayo del purpurado guineano.

La tesis central del libro es que, al dar la espalda a Dios, «Occidente vive una profunda crisis identitaria y antropológica» que ha provocado, a su vez, una verdadera desconexión con la naturaleza humana. Sarah puntualiza a Nietzsche e indica que el que realmente «ha muerto en Occidente» es el hombre y no Dios, ya que en nuestra sociedad secularizada «el hombre, en su verdad y belleza, parece que ya no es consciente de su dignidad y su vocación a la felicidad, al cumplimento del propio ser personal».

El epicentro del seísmo no es de ahora, sino del siglo XVII, con Descartes. «Es obvio —escribe — que todo esto tiene raíces remotas, a partir de la sustitución del agustiniano amo ergo sum (amo, por lo tanto soy) por el cartesiano cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo), reduciendo de este modo la ontología relacional a la autoconciencia subjetiva, privando al hombre de esa sana relación con lo real sobre la que se funda la ontología, el conocimiento del ser».

Lo real no se agota en el plano material ni el estrecho límite de lo subjetivo. Pero durante las últimas centurias, Occidente ha ido arrinconando paulatinamente lo espiritual y marginando a Dios. En el siglo XX, por ejemplo, indica Sarah, algunos buscaron eliminarlo a través de la supresión de los judíos, como observó Benedicto XVI refiriéndose a los nazis, dado que el pueblo hebreo es signo vivo de que el Creador había hablado al hombre y cuidado de él y, a la vez, verdadero germen de la fe cristiana.

Medio siglo más tarde, otros quisieron desterrar a Dios del proyecto de Constitución Europea y apostaron por reducirlo a un mero «asunto privado de una minoría», afirma el cardenal. Actualmente no solo no se tiene en cuenta a Dios, sino que se le atribuye la responsabilidad del dolor y de los males que afligen al mundo. Sarah subraya la paradoja de que se le pidan cuentas de los desastres naturales o los cometidos por la mano del hombre, pero nadie repare en el bien que ha hecho posible, comenzando por la vida y por la Creación. «Los mismos que no atribuyen a Dios la causa de las alegrías, lo responsabilizan a menudo del dolor humano», señalaba al respecto san Juan Pablo II.

El silencio y el misterio

Mas Dios es silencio, quiere dejar claro el autor, y solo a través de ese silencio se puede atisbar el misterio del Creador. «La Iglesia puede afirmar que la humanidad es hija de un Dios silencioso. Si tratamos de estar con Dios en el silencio, probablemente podamos comprender algo de su presencia y de su amor». El problema es que este siglo XXI «ya no comprende a Dios porque no para de hablar, a un ritmo y una velocidad impresionantes, para al final no decir nada». Esa locuacidad asoma también, en cierta medida, en la propia Iglesia… «que habla sin interrupción» y que, según Sarah, «es una Iglesia que se ha alejado de Dios, una Iglesia descristianizada, mundanizada e inmersa en una sociedad charlatana».

Pero que Dios sea silencio no supone, recuerda el autor, la imposible certificación de que haya muerto, sino de que, más bien, es la persona humana la que ha perdido su relación con la trascendencia. Y sin esta, se ha visto privado también de una dimensión esencial de la realidad. Una sociedad que niega la posibilidad de acceder a una verdad objetiva queda encerrada en el callejón sin salida del relativismo, engañada por la errónea convicción de que «cada persona es libre de creer en su partícula de verdad».

Y «un mundo sin Dios no puede ser más que un mundo sin sentido», como decía Benedicto XVI en la medida en que ya no existen «los criterios del bien y el mal», sino solo la ley de los más fuertes: «El poder se convierte en el único principio».

La responsabilidad de los pastores

La onda expansiva del subjetivismo y del relativismo ha alcanzado a la propia Iglesia, que también ha sufrido severas crisis durante la segunda mitad del siglo XX. No elude Sarah el problema, ni deja de apuntar la responsabilidad de los pastores.

«El punto más discutido —señala— es la fidelidad, a lo largo del tiempo, a la tarea que Dios ha asignado. En un contexto cultural cada vez más hostil, con la fragmentación de las relaciones, que no hace percibir el apoyo y el calor de una comunidad creyente, es cada vez más complejo vivir la radicalidad del Evangelio. Creo que este es el punto crucial para todos los laicos y consagrados, para todos los bautizados».

En cuanto a los que abandonan la Iglesia católica, el cardenal guineano observa que «quien se va, siempre se equivoca. Se equivoca porque abandona a la Madre; se equivoca porque lleva a cabo un peligrosísimo acto de soberbia, erigiéndose en juez de la Iglesia».

Eso no exime de culpa a quienes han provocado, por sus errores, las deserciones de las últimas décadas. «A veces no todo es inmediatamente comprensible —reconoce Robert Sarah—, y algunas cosas pueden parecer del todo inoportunas, que no han sido adecuadamente ponderadas, incluso pastoralmente infundadas o perjudiciales; a pesar de todo esto, ello no autoriza a irse».

Ante ese panorama, es la propia Iglesia la que debe reaccionar asumiendo su responsabilidad, como «heredera de un Dios Creador y Salvador». No se trata de edulcorar «las exigencias del Evangelio o de cambiar la doctrina de Jesús y de los apóstoles para adaptarse a modas evanescentes, sino de poner radicalmente en tela de juicio el modo en que nosotros mismos vivimos el Evangelio y presentamos el dogma».

El acervo del que parte Robert Sarah no es otro que el Magisterio de la Iglesia y de los papas de los últimos sesenta años (Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco) así como de su labor pastoral, primero como sacerdote y obispo en África y luego como cardenal en el Vaticano; del estudio de grandes pensadores de la tradición cristiana, como san Agustín, santo Tomás de Aquino, Henri de Lubac; de maestros de espiritualidad, como Teresa de Lisieux y san Juan de la Cruz y, finalmente, del «fecundo diálogo con amigos, sacerdotes y laicos, que viven una auténtica pasión por Cristo y por la Iglesia».

El volumen recoge al final, en un apéndice, el documento La Iglesia y el escándalo de los abusos sexuales, escrito por Benedicto XVI en 2019, en el que el papa emérito abordaba las circunstancias sociales que rodearon el escandaloso fenómeno entre los años 1960 y 1980, y ofrecía sus propios criterios sobre lo que debiera ser una respuesta eclesial adecuada a un problema tan doloroso.

Fundamento ético de la existencia

Se trata de un libro muy profundo y, a la vez, muy cercano, como si estuviese hablando al corazón de cada lector, que guarda una línea de continuidad teológica con los anteriores ensayos del autor, y en especial con Se hace tarde y anochece y Catecismo de la vida espiritual.

Sobre todo, por su empeño por ofrecer respuestas no solo al lector creyente acerca de la compleja situación de la Iglesia en la presente encrucijada cultural, sino también al agnóstico que busca un fundamento ético de la existencia. Como el propio Sarah explicita, lo que en el fondo persigue es «hacer despertar en el hombre el deseo de salvación y, a la vez, la apertura a lo sagrado».

Fuente: nuevarevista.net

11 febrero 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis - I. Constitución dogmática Dei Verbum 5. La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En la catequesis de hoy nos detendremos en la profunda y vital relación que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia, relación expresada en la Constitución conciliar Dei Verbum, en el capítulo sexto. La Iglesia es el lugar proprio de la Sagrada Escritura. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia nació del pueblo de Dios, y está destinada al pueblo de Dios. En la comunidad cristiana tiene, por así decir, su habitat: efectivamente, en la vida y en la fe de la Iglesia encuentra el espacio donde revelar su significado y manifestar su fuerza.

El Vaticano II recuerda que «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia». Además, «siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe» (Dei Verbum, 21).

La Iglesia nunca deja de reflexionar sobre el valor de las Sagradas Escrituras. Después del Concilio, un momento muy importante a este respecto fue la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, en octubre de 2008. El Papa Benedicto XVI recogió sus frutos en la Exhortación postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), en la que afirma: «Precisamente el vínculo intrínseco entre Palabra y fe muestra que la auténtica hermenéutica de la Biblia sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma en el sí de María. […] El lugar originario de la interpretación escriturística es la vida de la Iglesia» (n. 29).

Por tanto, la Escritura encuentra en la comunidad eclesial el ámbito en el que desarrollar su propia tarea y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios. «La ignorancia de la Escritura – de hecho – es ignorancia de Cristo» [1]. Esta célebre frase de san Jerónimo nos recuerda la finalidad última de la lectura y la meditación de la Escritura: conocer a Cristo y, a través de Él, entrar en relación con Dios; relación que puede ser entendida como una conversación, un diálogo. Y la Constitución Dei Verbum nos presenta la Revelación precisamente como un diálogo en el que Dios habla a los hombres como a amigos (cfr. DV, 2). Esto sucede cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros.

La Sagrada Escritura, confiada a la Iglesia y custodiada y explicada por ella, desempeña un papel activo: con su eficacia y potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana. Todos los fieles están llamados a beber de esta fuente, sobre todo en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos. El amor por las Sagradas Escrituras y la familiaridad con ellas deben guiar a quien ejerce el ministerio de la Palabra: obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas. El trabajo de los exégetas y de cuantos practican las ciencias bíblicas es muy valioso; y en la Teología, que tiene su fundamento y su alma en la Palabra de Dios, la Escritura ha de ocupar el puesto central.

Lo que la Iglesia desea ardientemente es que la Palabra de Dios pueda alcanzar a todos sus miembros y nutrir su camino de fe. Pero la Palabra de Dios también empuja a la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos. De hecho, vivimos rodeados de multitud de palabras; sin embargo, ¡cuántas de ellas son palabras vacías! A veces escuchamos también palabras sabias pero que no tocan nuestro destino último. En cambio, la Palabra de Dios sacia nuestra sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible, no cesa nunca de ofrecer sus riquezas.

Queridos, viviendo en la Iglesia se aprende que la Sagrada Escritura se refiere totalmente a Jesucristo, y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y su potencia. Cristo es la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho carne. Todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia que salva, para todos nosotros y para toda la humanidad. Abramos, entonces, el corazón y la mente para acoger este don, siguiendo a María, Madre de la Iglesia.

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[1] S. Jerónimo,  Comm. in Is., Prol.:  PL 24, 17 B.

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Saludos 

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Me uno espiritualmente a cuantos hoy se reúnen en Chiclayo, Perú, para celebrar solemnemente la Jornada Mundial del Enfermo y confío a todos, especialmente a los enfermos y a sus familiares, a la protección maternal de la Santísima Virgen María. Bajo su amparo también encomiendo a las víctimas y a todos los afectados por las graves inundaciones en Colombia, mientras exhorto a toda la comunidad a sostener con la caridad y la oración a las familias damnificadas. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

La Constitución dogmática Dei Verbum reflexiona sobre el vínculo profundo que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia. La Biblia tiene su origen en el Pueblo de Dios, y a él va dirigida; esto significa que su fuerza y su significado se manifiestan plenamente en la vida y en la fe de la comunidad cristiana.

La Iglesia anhela que todos sus miembros conozcan la Palabra de Dios y se alimenten de ella, para que se encuentren con Cristo y puedan dialogar con Él. Pero, además, la Palabra de Dios impulsa a la comunidad eclesial a salir más allá de sí misma y a ser misioneros de la Buena Noticia hasta los confines de la tierra.

En la Iglesia se aprende que Cristo es la Palabra viva del Padre, el Verbo de Dios hecho carne, nuestro Salvador. Por eso, todos los fieles están llamados a acercarse con amor y familiaridad a las Sagradas Escrituras, especialmente en la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos.

Fuente: vatican.va

10 febrero 2026

DICASTERIO PARA LOS LAICOS, LA FAMILIA Y LA VIDA

El Papa a los participantes en la Sesión Plenaria

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡La paz esté con vosotros!

Eminencias, excelencias, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas:

Me alegra recibiros en estos días, que os ven reunidos para la Asamblea Plenaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. En el centro de vuestro trabajo están los temas de la formación cristiana y de los Encuentros Mundiales, realidades importantes para toda la Iglesia.

Los Encuentros Mundiales atraen a un gran número de participantes y requieren un complejo trabajo organizativo, en escucha y colaboración con las comunidades locales y con personas y organismos, muchos de los cuales poseen una larga y valiosa experiencia de evangelización.

Quisiera, sin embargo, detenerme especialmente en el tema de la formación cristiana. Las palabras de san Pablo que habéis elegido como título de vuestra reunión indican, a este respecto, una dirección precisa. Si consideramos por entero el versículo de la que han sido extraídas, leemos: «Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gal 4,19). El apóstol se dirige a los gálatas y los llama “hijos míos”, refiriéndose a un “parto” con el que, no sin sufrimientos, los ha llevado a acoger a Cristo. La formación se coloca, de este modo, bajo el signo de la “generación”, del “dar vida”, del “hacer nacer”, en una dinámica que, con dolor, conduce al discípulo a la unión vital con la persona misma del Salvador, vivo y operante en él o en ella, capaz de transformar la vida “en la carne” (cfr. Rm 7,5) en vida de “Cristo en nosotros” (cfr. 2Cor 13,5; Gal 2,20).

Este es un tema muy querido por el apóstol y presente en varios pasos de sus cartas. Por ejemplo, allí donde, dirigiéndose a los corintios, dice: «ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1Cor 4,15). Es cierto que en la Iglesia, a veces, la figura del formador como “pedagogo” empeñado en transmitir instrucciones y competencias religiosas ha prevalecido sobre la del “padre” capaz de generar en la fe. Sin embargo, nuestra misión es mucho más alta, por lo que no podemos detenernos en transmitir una doctrina, una observancia, una ética, sino que estamos llamados a compartir lo que vivimos con generosidad, amor sincero por las almas, disponibilidad a sufrir por los demás y dedicación sin reservas, como padres que se sacrifican por los hijos.

Y esto nos lleva a otro aspecto de la formación: su dimensión de comunión. Del mismo modo que la vida humana se transmite gracias al amor de un hombre y una mujer, así la vida cristiana es vehiculada por el amor de una comunidad. No es el sacerdote solo, o un catequista, o un líder carismático quien genera a la fe, sino la Iglesia (cfr. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, 111), la Iglesia unida, viva, hecha de familias, de jóvenes, de célibes, de consagrados, animada por la caridad y por ello deseosa de ser fecunda, de transmitir a todos, y sobre todo a las nuevas generaciones, la alegría y la plenitud de sentido que vive y experimenta. Lo que hace nacer en los padres el deseo de dar la vida a los hijos no es la necesidad de tener algo, sino el afán de dar, de compartir la sobreabundancia de amor y de alegría que los habita; aquí también tiene sus raíces toda obra de formación.

Jesús, después de la Resurrección, confía a los apóstoles el mandato misionero diciéndoles que hagan “discípulos a todos los pueblos”, que los bauticen y les enseñen “a guardar todo lo que os he mandado” (cfr. Mt 28,19-20). Recuerdo estas expresiones porque en ellas encontramos resumidos otros elementos fundamentales de la misión del formador, que quisiera también subrayar.

Ante todo, la necesidad de favorecer caminos de vida constantes, atractivos y personales, que conduzcan al Bautismo y a los Sacramentos, o a su redescubrimiento, porque sin ellos no hay vida cristiana (cfr. Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 22 de febrero de 2007, 6).

Luego, la importancia de ayudar a quienes emprenden un camino de fe a madurar y custodiar una nueva forma de vida, que abarque todos los ámbitos de la existencia, tanto privados como públicos, como el trabajo, las relaciones y la conducta cotidiana (cfr. S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 16 de marzo de 2002, 3).

Además, es indispensable cuidar en nuestras comunidades los aspectos formativos orientados al respeto de la vida humana en todas sus etapas, especialmente aquellos que contribuyen a prevenir cualquier tipo de abuso a menores y personas vulnerables, así como a acompañar y apoyar a las víctimas.

Como podemos ver, el arte de formar no es fácil y no se improvisa: requiere paciencia, escucha, acompañamiento y verificación, tanto a nivel personal como comunitario, y no puede prescindir de la experiencia y la compañía de quienes lo han vivido, para aprender y tomar ejemplo. Así, en el curso de los siglos, han nacido gigantes del espíritu como san Ignacio de Loyola, san Felipe Neri, san José de Calasanz, san Gaspar del Búfalo o san Juan Leonardi. Y desde esta perspectiva, también San Agustín, apenas elegido obispo, compuso su tratado De catechizandis rudibus, cuyas indicaciones siguen siendo útiles y valiosas hasta el día de hoy.

Por eso, queridísimos, a la luz de estos modelos, os animo en vuestro trabajo y os agradezco la ayuda que prestáis al Dicasterio en la reflexión sobre estos temas. Los retos a los que os enfrentáis a veces pueden parecer superiores a vuestras fuerzas y recursos. Pero no debéis desanimaros. Empezad por lo pequeño, siguiendo, en la fe, la lógica evangélica del “grano de mostaza” (cfr. Mt 13,31-32), confiando en que el Señor hará que no os falten, en el tiempo oportuno, las energías, las personas y las gracias necesarias. Mirad a María: dándonos a Cristo, «cooperó con su caridad a que naciesen en la Iglesia los fieles que son los miembros de aquella cabeza» (S. Agustín, De sancta virginitate 6, 6). Imitad su fe y encomendaos siempre a su intercesión.

Hermanos y hermanas, renuevo mi “gracias”, os prometo acordarme de vosotros en la oración y os bendigo de corazón.