11 julio 2026

Parábola del sembrador

15.º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 13,1-23)

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas:

—Salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se acercaron a decirle:

—¿Por qué les hablas con parábolas?

Él les respondió:

—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

Con el oído oiréis, pero no entenderéis;

con la vista miraréis, pero no veréis.

Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,

han hecho duros sus oídos,

y han cerrado sus ojos;

no sea que vean con los ojos,

y oigan con los oídos,

y entiendan con el corazón y se conviertan,

y yo los sane.

Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.

Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.


Comentario

La parábola del sembrador es la primera de las siete que componen el discurso de las parábolas sobre el Reino de Dios en el evangelio de Mateo, y describe los distintos tipos de tierra en los que cae la semilla echada a voleo por el sembrador. Se trata de una gran metáfora de la predicación de la palabra de Dios a lo largo de la Historia. La parábola explica por qué la misma semilla del evangelio produce efectos tan diferentes en las personas: porque cada uno la recibe según sus disposiciones.

Con los tipos de suelo que puede encontrarse la semilla al caer, Jesús resume los tipos de personas que existen. De esta manera, no solo transmite un conocimiento muy valioso sobre cómo somos, sino que también nos interpela para examinar qué podemos hacer para mejorar nuestra correspondencia. El papa Francisco lo explicaba diciendo que “nuestro corazón, como un terreno, puede ser bueno y entonces la Palabra da fruto —y mucho— pero puede ser también duro, impermeable. Ello ocurre cuando oímos la Palabra, pero nos es indiferente, precisamente como en una calle: no entra”.

Entre la tierra buena y la mala está también el terreno pedregoso, que coincide con “el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca —sigue diciendo el papa—. “Es un corazón sin profundidad, donde las piedras de la pereza prevalecen sobre la tierra buena, donde el amor es inconstante y pasajero. Pero quien acoge al Señor solo cuando le apetece, no da fruto”[2].

Por último, está lo que cae entre zarzas, que “son los vicios que se pelean con Dios, que asfixian su presencia: sobre todo los ídolos de la riqueza mundana, el vivir ávidamente, para sí mismos, por el tener y por el poder. Si cultivamos estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede reconocer a sus pequeñas o grandes zarzas, los vicios que habitan en su corazón, los arbustos más o menos radicados que no gustan a Dios e impiden tener el corazón limpio. Hay que arrancarlos, o la Palabra no dará fruto, la semilla no se desarrollará”[3].

Los discípulos preguntaron a Jesús por qué hablaba en parábolas. El Maestro les hace ver que predica “los misterios del Reino”. Para los hombres son difíciles de entender directamente. Por eso emplea un lenguaje figurado, con imágenes cercanas a los oyentes y que se refieren veladamente a los misterios.

En su explicación a los discípulos, Jesús dice: “al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará” (v. 12). La frase nos inquieta porque parece una injusticia. En cambio, Jesús explica de esta manera que quien no recibe con buena voluntad el evangelio y la gracia, se hace incapaz para entenderlo y para recibir más. En cambio, quien se dispone dócilmente a dejarse transformar por la palabra de Dios —que eso hacían los discípulos— no solo recibe la gracia de la conversión, sino que se hace apto para recibir más gracia aún.

También sorprende la cita de Isaías que emplea Jesús: “no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane” (v. 15). En realidad, el Señor recurre aquí a la ironía, precisamente para lamentarse de que sus oyentes están cumpliendo, con su libre correspondencia, la profecía de Isaías, a pesar del afán que tiene el Señor por salvarlos. En efecto, aunque muchos veían los milagros que Jesús hacía y tenían quizá más capacidad que los doce para comprender sus palabras, libremente hacían oídos sordos al mensaje y se sumían en una ceguera voluntaria.

Fuente: opusdei.org

Ahí hay una AI que dice: «¡ay!»

Antonio Moreno

"Gracias, Santo Padre, por Magnifica Humanitas, por señalarnos cada "ay" de la AI. Hay que intentar que lleguen ahí donde tiene que llegar".

La frase con la que aprendimos las diferencias ortográficas entre las tres palabras que suenan igual, aunque tengan significados distintos es una buena síntesis del mensaje que nos ha regalado León XIV en su encíclica «Magnifica Humanitas», sobre la custodia de la vida humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial.

Como en la locución mnemotécnica que nos enseñaron de pequeños, el Papa está señalando algo importante, llamando nuestra atención ante una realidad que está ya entre nosotros, la Inteligencia Artificial. La ya famosa IA o AI por sus siglas en inglés, ha llegado para quedarse y transformar nuestras vidas marcando, no una época de cambios, sino el auténtico «cambio de época» en el que estamos inmersos como ya profetizara Francisco. 

Ahí hay una AI que está ya tomando decisiones por usted e influyendo en su forma de ser como individuo y como sociedad, por muy analógica que usted sea o por muy fuera de cobertura que viva.

Aunque la encíclica no es tecnófoba a priori y reconoce que «las ventajas en términos de eficiencia y las potencialidades de mejora de algunos servicios gracias a la IA son evidentes», lo cierto es que, fiel a su misión de pastor que debe proteger de los lobos a sus ovejas, el Papa nos advierte de muchos y muy graves peligros que están ya empezando a enseñar los colmillos digitales. Cada advertencia del Santo Padre resuena como uno de esos «ayes» que lanzó Jesús contra los escribas y fariseos, que se aprovechaban de su posición de dominio religioso para someter al pueblo. Parafraseando algunos de los temas más destacados, no como condena sino como advertencia de los derroteros por los que nos llevan, podríamos decir, con León XIV:

¡Ay de los tecnócratas y oligarcas digitales, «dotados de recursos y capacidad de acción

superiores a los de muchos gobiernos», dueños «de las nuevas formas de propiedad, patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas y datos», porque, «cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos»!

¡Ay de los desarrolladores de IA que, en su carrera por ser los primeros, no saben muy bien adónde nos están llevando! Explica la encíclica que las IA «están más “cultivadas” que “construidas”, pues los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA “crece”». Por ello, llevan «un importante peso ético y espiritual, ya que cada elección de proyecto expresa una visión de la humanidad y es necesario «verificar que lo que se cultiva sea realmente un bien».

¡Ay de los promotores de ideologías tras la revolución digital como el transhumanismo o el posthumanismo «que sugieren que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos», porque «en semejante perspectiva, la persona termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma»!

¡Ay de los gobernantes de los estados a quienes corresponde, en medio de esta crisis global causada por los dueños de la IA «garantizar la cohesión, la unidad y una justa organización de la sociedad civil, (…) buscando el equilibrio entre bienes particulares y bienes de conjunto, sin dejar atrás a los más débiles», porque «cuando la política renuncia a una visión a largo plazo y se reduce a cálculos de corto plazo o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, y al mismo tiempo crecen las desigualdades y las fracturas sociales»!

¡Ay de los señores de la guerra, que confían a sistemas artificiales decisiones letales, porque «no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable»! Y es que «la decisión de emplear la fuerza letal no puede delegarse en procesos turbios o automatizados, sino que debe permanecer bajo un control humano efectivo, consciente y responsable».

Gracias, Santo Padre, por Magnifica Humanitas, por señalarnos cada «ay» de la AI. Hay que intentar que lleguen ahí donde tiene que llegar.

Fuente: omnes mag.com

09 julio 2026

Pausas de hidratación espiritual

José Antonio García-Prieto Segura 

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber’, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva’” (Jn 4, 10).

El actual Campeonato Mundial de fútbol ha popularizado las pausas de hidratación, suscitando comentarios y opiniones para todos los gustos. Muchos aficionados las rechazan porque cortan el flujo natural y la intensidad del partido. Otros por la motivación comercial que persiguen: introducir publicidad y recaudar ingresos. Algunos exfutbolistas de fama mundial las consideran positivas. Entre éstos figura el brasileño Bebeto que ganó el Mundial de Estados Unidos en 1994, bajo temperaturas insufribles, y ha comentado con conocimiento de causa: “Fuimos campeones del mundo aquí, y sé que hace mucho calor. Pero ahora, tienen este descanso para hidratarse y recuperarse. Eso es muy importante para el futbolista”.

El título de este artículo ya dice a las claras que iré más allá del fútbol. Las mencionadas pausas me han recordado un suceso algo similar en la vida de Cristo cuando, por el cansancio, hizo un parón en toda regla, para reponer fuerzas y calmar su sed.  Y como no daba puntada sin hilo, aquel alto en el camino le dio pie para ofrecer, a su vez, una hidratación espiritual a la mujer a quien previamente le había pedido de beber. Al fin, terminó calmando otra sed mucho más agotadora y punzante: la del corazón de aquella mujer reseco de amor. Como habrá adivinado el lector voy a detenerme en el encuentro de Jesús con la samaritana.

Lo refiere san Juan al narrar el viaje del Señor hacia Galilea, pasando por Samaría.  Llegaron a las afueras de Sicar, donde había un pozo; los discípulos continuaron hasta la ciudad para comprar alimentos, mientras Jesús quedaba a la espera; escribe así el evangelista: “Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta” (Jn 4, 6). Y prosigue: “Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: Dame de beber”. Al darse cuenta de que era un judío, la mujer marcó distancias con una pregunta que encubría cierto rechazo al ruego de Jesús, que contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber’, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva’” (Jn 4, 10).     

Es fácil comprender la enorme sorpresa de la mujer ante tamaña paradoja. Alguien que me pide darle de beber porque no dispone de medios propios para hacerlo y, a la vez, me dice que puede ofrecerme infinitamente más de lo mismo que me está pidiendo. Sin embargo, intuyendo que aquel hombre hablaba en serio, la mujer prosiguió: “Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? (Jn. 4, 11-12). Ahorro al lector versado en el Evangelio el recuerdo completo de toda la escena, y solo destacaré lo esencial para el propósito de este artículo.

Tan en serio se tomó las palabras de Jesús y su ofrecimiento, que le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no tenga sed ni tenga que venir aquí a sacarlaÉl le contestó: Anda, llama a tu marido y vuelve aquí. – No tengo marido, le respondió la mujer” (Jn 4, 15-17). A partir de aquel momento, la pausa cobró trascendencia espiritual para la samaritana: estaba infinitamente más necesitada del agua del amor que Cristo le ofrecía, que Jesús del agua que ella podía darle. La conversación tomó cada vez más altura y ante la alusión de la mujer a la venida del Mesías, en quien ella creía y esperaba, llegó la abierta revelación de Jesús: “Yo soy el que habla contigo” (Jn 4, 26). Una declaración palmaria que no aparece en ningún otro pasaje evangélico.

Aunque en el conjunto del relato pueda parecer detalle insignificante, es muy revelador que san Juan no omitiese esta pequeñez: “La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?” (Jn 4, 29). La alegría desbordante de su corazón hizo que se olvidara por momentos de aquello que había ido a hacer: llenar su cántaro de agua y volver a casa. Lo que había comenzado con una pausa en el duro caminar de Cristo, terminó con el gozo de un corazón femenino dispuesto a rehacer su vida.

Pero pasemos al plano personal y preguntémonos: ¿quién podrá decir que en su vida jamás ha sufrido altibajos ni conocido momentos de especial cansancio, que piden a gritos detenerse en una pausa reparadora? Son circunstancias en las que Cristo desea repetir con cada persona la historia vivida con la mujer samaritana. Prueba de ello son dos pasajes evangélicos que ponen al descubierto el corazón de Jesús, compadecido de nuestras fatigas y ofreciéndonos su ayuda. Dice san Mateo: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas (…) Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36). Y poco más adelante, el mismo evangelista recoge la petición universal del Señor: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28).

El ofrecimiento está hecho y es preciso añadir que Cristo hoy sigue estando sediento no ya del agua que pedía a la samaritana, sino de nuestra personal respuesta de amor, si reparamos fuerzas en las pausas de oración. Lo recuerda así el Catecismo de la Iglesia: “"Si conocieras el don de Dios"(Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él’” (cf San Agustín, Quaest. 64, 4). (CEC 2560).

En el Mundial de fútbol la detención del juego para hidratarse está prevista en torno a los 25 minutos de cada tiempo. En el largo partido de la vida que todos jugamos, las pausas para detenernos con el Señor y reponer fuerzas, deberían ser cuando menos, diarias. Momentos de recogimiento y oración para hablar con Él, pedir luces, pensar en el trabajo y en los compromisos que nos esperan, en las personas cercanas que juegan también con nosotros y como nosotros este partido de la vida, etc.  Se imponen estos parones si no queremos perder el encuentro por agotamiento, exhaustos de amor.

Y no digamos nada si entre las pausas diarias añadimos como manjar sólido y bebida para calmar nuestra sed, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que nos ofrece en la Eucaristía. Entonces volveríamos al terreno de juego del trabajo, de la convivencia, de los avatares de cada jornada, con la seguridad de ganar el partido, porque Jesús lo jugaría con nosotros, pues lo ha dicho Él: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).       

Fuente: elconfidencialdigital.com                                                                                                                                                             

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Quien teme al nasciturus?

Benigno Blanco

Quién tiene tanto miedo al no nacido como para escandalizarse de que se diga que existe y que ese hecho tiene consecuencias jurídicas?

Una reciente ley aprobada en la Comunidad de Madrid por empeño muy personal de Isabel Diaz Ayuso afirma algo evidente, aunque revolucionario en términos políticos: el concebido aún no nacido existe y -por tanto- es un miembro de la familia, su madre es su madre, su padre es su padre y es uno más -en su caso- entre los hermanos. La novedad de esta ley es que computa como miembro de la familia al aún no nacido a efectos de todas las políticas públicas que tienen en cuenta la existencia de hijos y su número (apoyo a la maternidad y la familia, becas, vivienda, etc.).

Objetivamente esta ley hace algo tan elemental como reconocer la realidad de las cosas: un no nacido es un hijo de su madre tanto antes como después de nacer, la embarazada es madre desde que está encinta, el padre lo es desde que contribuyó al embarazo de la mujer y, si existen otros hermanos, tienen un nuevo hermano desde que su madre está embarazada. Lo sorprendente -y expresivo de la locura que el aborto legal ha introducido en nuestra legislación y mentalidad- es que reconocer legalmente esas obviedades resulte revolucionario y generador de gran polémica política.

¿Quién tiene tanto miedo al no nacido como para escandalizarse de que se diga que existe y que ese hecho tiene consecuencias jurídicas? Los que han convertido la ceguera absoluta ante el hecho de la vida del no nacido como justificación del aborto legalizado: para considerar el aborto como algo normal e inocente hay que cerrar los ojos ante el nasciturus, no mirarle, simular que no existe, que el niño no es un niño ni la madre es una madre. Por eso, las críticas a esta nueva ley madrileña vienen de quienes están empeñados en la normalización social del aborto y sus razones son que esta ley esconde un ataque al aborto legal: ¡qué tontería! Esta ley no modifica en nada la legislación estatal permisiva del aborto, porque una Comunidad Autónoma no puede hacerlo; se limita a decir que, mientras esté vivo, el no nacido es un miembro más de la familia.

Pero hay algo en lo que tienen razón esos críticos de la “ley Ayuso”: si miramos a los ojos al niño no nacido … ¡qué difícil resulta decirle: no existes, eres una mera cosa sin valor alguno, te podemos destruir, acabar con tu vida, sin necesidad de mayores consideraciones!

Estoy convencido hace mucho tiempo de que el camino para recuperar la cultura de la vida va a ser lento -siempre es lento el camino hacia el bien, tanto en la vida personal como en la social- y que va a discurrir por dos carriles: la visibilización del nasciturus y el apoyo solidario a la libertad de la mujer para que opte por la vida y la maternidad. La “ley Ayuso” avanza por los dos carriles a la vez. ¡Bienvenida sea!

Fuente: almudi,org

07 julio 2026

El eco de los panes y los peces

 Eloy Asenjo Carpintero

El Papa se ha marchado y toca volver a la rutina, afrontar la realidad sin el calor de la masa. Llegará, como siempre, el momento de la criba.

Hoy, mientras contemplaba el tercer misterio luminoso del Rosario —la predicación del Reino de los Cielos—, una imagen se instaló con fuerza en mi mente: la escena evangélica de la multiplicación de los panes y los peces. Casi de inmediato, de forma inevitable, el recuerdo me llevó a los días compartidos y disfrutados en España junto al Papa León XIV.

Cuenta el Evangelio que la multitud se acomodó por grupos sobre la hierba. Jesús bendijo aquellos cinco panes y dos peces que alguien, entre la masa, había puesto a disposición. Un gesto casi ridículo si escuchamos el susurro escéptico de la razón: “¿Qué es esto para tanta gente?”.

Visualizaba una estampa —muy similar a la de algunos cuadros que guardo en la memoria—: el propio Jesús, cargando una canasta repleta de pan, caminando entre los grupos. Su rostro dibujaba una sonrisa mientras la gente lo acogía con una mezcla de asombro, gratitud y profunda devoción. Me los imagino poniéndose en pie de un salto, agolpándose en los límites de su grupo, estirando la mano con el único anhelo de rozar, aunque fuera por un instante, la orla de su manto.

¿No es acaso lo mismo que hemos visto repetirse, como un eco, estos días por las calles de Madrid, Barcelona y Canarias?

Ahí estaba el Papa León XIV, cruzando alegre las multitudes, deteniéndose el tiempo justo para acariciar la frente de un bebé, mientras el gentío se apelotonaba contra las vallas, buscando arañar un segundo de cercanía con el Pontífice. Aquella escena bíblica late en sintonía con el Sermón de la Montaña, ese instante en que Cristo despliega la Buena Nueva ante el mundo. De igual manera, en cada uno de sus actos, el Papa ha querido insistir en los pilares de la fe cristiana. Y nosotros, igual que aquellos que rodearon a Jesús, hemos bebido sus palabras con emoción, gratitud y un hondo deseo de correspondencia.

¿No ha sido ese el latido de España estos días? Un agradecimiento sincero, un vuelco en el corazón ante la voz del Vicecristo en la Tierra. Estoy convencido de que de estos encuentros han brotado promesas íntimas de mayor entrega y generosidad; una urgencia real de convertirnos en verdaderos apóstoles dentro de esta Iglesia en salida. ¡Qué alegría tan honda!

La hora de la verdad

Sin embargo, tras el Sermón de la Montaña, mi mente viaja inevitablemente al sexto capítulo del Evangelio de san Juan. Resuenan aquellas palabras de Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

En aquel momento, muchos se escandalizaron y le dieron la espalda. Al ver la desbandada, el mismo Cristo preguntó a los suyos si también ellos querían marcharse. Fue entonces cuando Pedro rompió el silencio con un bellísimo acto de fe: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Ahora el Papa se ha marchado y toca volver a la rutina, afrontar la realidad sin el calor de la masa. Llegará, como siempre, el momento de la criba. Es evidente que muchos permanecerán fieles al lado de Jesús, emulando a los Apóstoles. En otros, en cambio, se cumplirá la Parábola del Sembrador: desaparecerán sin ruido porque el mensaje no llegó a echar raíces, o porque el camino se les volvió demasiado empinado. Quién sabe. Incluso habrá quienes, arrastrados por la corriente y la «sabiduría» de los poderosos de turno —los nuevos miembros del Sanedrín—, terminen gritando: “¡Crucifícalo!”

Pero la historia no acaba ahí. Llegará el día en que muchos judíos de la época volverán a mirar expectantes hacia el Cenáculo, y vendrá el Espíritu Santo. Y entonces, más de tres mil almas se bautizarán de los que los oyeron. Y al escuchar la Verdad muchos otros vendrán detrás, y serán capaces de transformar el viejo mundo pagano.

Eso mismo sucederá en nuestro tiempo, porque el tiempo y el mundo le pertenecen a Dios, y nos los ha confiado para transformarlo y dominarlo desde el Amor.

Si tuviera hoy al Papa León XIV frente a mí, solo acertaría a darle las gracias y le diría que no se preocupara —aunque sé bien que vive en el optimismo cristiano— por aquellos que hoy parecen alejarse; porque al final, todos volverán. Y no lo harán solos: traerán consigo a sus amigos.

“Vosotros podéis cambiar la historia. Hacedlo con el Amor"

Fuente:  omnesmag.com

06 julio 2026

Un descanso integral

 Juan Luis Selma

Si enfocamos el reposo únicamente en lo material, podemos olvidarnos de nuestra dimensión espiritual y entonces corremos el riesgo de quedar cansados, decepcionados, agotados y vacíos.

El verano se nos ha echado encima y anhelamos un merecido descanso. Unos milo podrán disfrutar ya; otros tendrán que esperar un poco más. Pero todos estamos ya en modo verano: descansando o esperando descansar. Todavía es pronto para que los medios nos inunden con el famoso “síndrome postvacacional”, pero seguro que llegará su momento.

Recuerdo a un chico goloso que se puso a llorar después de comerse el pastel que más le gustaba. El motivo era sencillo: lo había devorado con tanta ansia que no lo había disfrutado. Estamos a tiempo de organizar nuestro descanso para que realmente lo saboreemos.

El ser humano no es solo cuerpo; tiene espíritu: alma, sentimientos y emociones. Nos puede pasar como en el cuento de Cenicienta: su madrastra y sus hermanastras vivían cómodas y bien atendidas, mientras que ella, descuidada y relegada, hacía de criada. Y, sin embargo, fue precisamente ella la que conquistó el corazón del príncipe.

Si enfocamos el descanso únicamente en lo material —sol, playa, chiringuito, fiestas, viajes y jaleos—, si nos quedamos solo con el bronceado de anuncio, podemos olvidarnos de nuestra Cenicienta, de la dimensión espiritual. Y entonces corremos el riesgo de quedarnos sin el príncipe: cansados, decepcionados, agotados y vacíos.

El descanso no es un lujo: es una necesidad, una obligación para quienes somos mortales, limitados y débiles. Para que el borrico que somos pueda rendir, hay que cuidarlo.

Nos dice hoy el Señor en el Evangelio: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”

No podemos olvidarnos de quiénes somos ni de cómo somos. Jesús le dice a su Padre: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.”

Solo si poseemos el don de la sabiduría que Dios nos da, sabremos dar a cada cosa su auténtico valor.

Benedicto XVI recuerda que el ser humano no es solo cuerpo, ni solo emociones, ni solo tecnología. Es mucho más grande que todo eso. Vale infinitamente porque está creado por Dios: tu valor no depende de los likes, del dinero, del éxito o de la imagen.

Está hecho para amar y ser amado, no para usar a los demás ni para vivir aislado. Tiene una razón que busca la verdad, no solo datos o pantallas: el corazón quiere sentido. Es libre, pero una libertad que se pierde si se usa sin responsabilidad. Es custodio del mundo, no dueño absoluto: la creación no es un juguete. Y, sobre todo, es un ser que necesita esperanza: sin un “para qué” grande, la vida se vacía. Todo esto también cuenta a la hora de descansar bien.

Muchos buscan un descanso que les acerque a Dios y a la naturaleza haciendo el Camino de Santiago. Se enriquecen con el arte, el silencio y la b jiuena compañía. Otros se refugian en la montaña o en parajes solitarios. Y otros —quizá la mayoría— siguen la moda y madrugan para conseguir unos centímetros de arena. También ellos tienen derecho a un descanso integral y verdadero.

San Josemaría escribía en Surco, punto 514: “Siempre he entendido el descanso como apartamiento de lo contingente diario, nunca como días de ocio. Descanso significa represar: acopiar fuerzas, ideales, planes... En pocas palabras: cambiar de ocupación, para volver después —con nuevos bríos— al quehacer habitual.”

Podemos dedicar parte de nuestro tiempo a Dios. Es quien mejor se ocupa de nosotros y quien más felices nos hace. Un rato de oración, la lectura tranquila de un pasaje del Evangelio, una visita al Sagrario. Frecuentar la misa —no solo la dominical, incluso la diaria—. La paz que buscamos solo nos la puede dar Él. No seamos tontos.

Para quienes suelen asistir a misa los domingos, sería bueno planear las vacaciones contando con alguien más: el Señor. Estudiar las posibilidades de ir a misa es un factor importante para quien tiene fe.

Y, por supuesto, dedicar tiempo a estar con la familia tranquilamente: hablar, pasear, escuchar música o ver una serie juntos. Y para que el veraneo sea completo: leer un buen libro.

Fuente: eldiadecordoba.es

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señor del cielo y de la tierra

 El Papa en el Ángelus

El Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 11,25-30) nos invita a compartir la alabanza que Jesús eleva al Padre, «Señor del cielo y de la tierra» (v. 25). El Hijo de Dios, hecho hombre, manifiesta su amor al incluir a todas las criaturas en esta acción de gracias.

La sencillez de un gesto tan espontáneo y alegre corresponde al estilo de Dios, que ama revelarse “a los pequeños”, mientras permanece oculto “a los sabios y entendidos” (cf. v. 25). Estos, en efecto, están tan llenos de sus propias ideas que no reconocen la presencia de Cristo, el Mesías que visita a su pueblo. La sabiduría humana se convierte entonces en arrogancia y la doctrina degenera en soberbia. La verdadera sabiduría de Dios se revela, en cambio, en la humildad de la carne y su enseñanza se dirige a quienes pasan más dificultad: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas» (v. 28), dice el Señor. Acudir a Jesús significa corresponder a su amor y compartir su vida hasta la cruz, tal y como Él mismo nos explicó: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga» (Mt 16,24). Precisamente la entrega de sí mismo por amor es el “yugo” de Jesús (cf. Mt 11,29), es decir, la síntesis de su enseñanza, el corazón de su sabiduría, ardiente de caridad hacia todos.

Hermanos y hermanas, ¿cómo puede ser “ligero” y “suave” el peso de la cruz (cf. v. 30)? Por una única razón: porque el Señor lo lleva primero y junto con todos nosotros, sin dejarnos nunca solos ante lo que nos abate. Como auténtico maestro, Jesús se hace cargo de la humanidad herida por el mal, para cuidar de ella. La sabiduría que Él nos dona es, pues, un anuncio de salvación, y su yugo nos levanta en cada caída. Al seguir a Cristo, nuestro camino no es, por tanto, una ascética que mortifica: es una escuela de libertad, que se toma en serio el drama de la historia y siempre ilumina su sentido, sobre todo en los momentos más oscuros. De hecho, sólo en la cruz de Jesús se redime el mal: sólo en su pasión nuestro cansancio mortal encuentra consuelo y redención.

En la esclavitud, Cristo es liberación. Bajo el azote de la guerra, Cristo es esperanza. En la hora del pecado, Cristo es perdón. Esta es la verdadera sabiduría, es decir, el camino que queremos recorrer juntos, unidos en su nombre como discípulos. Jesús nos lo enseña como Hijo, haciéndose nuestro hermano: con la fuerza del Espíritu Santo, Él mismo revela a la Iglesia la verdad de Dios y del hombre, porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (v. 27).

Queridos amigos, mientras damos gracias al Señor por esta muestra de confianza llena de amor, pidamos la intercesión de María, Reina de la paz, por el bien de la Iglesia y del mundo entero.

_________________________

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

El jueves pasado, 2 de julio, en el Santuario de Tac Say en Vietnam, fue beatificado el sacerdote Francesco Saverio Tru’o’ng Bǚu, asesinado en 1946 por odio a la fe. En un contexto de abuso de poder y de violencia, se hizo defensor de los derechos de la gente y no abandonó a sus feligreses. Que su intercesión y oración sostengan a los servidores del Evangelio que, incluso hoy, se encuentran en situaciones de persecución.

Les saludo con afecto a todos ustedes, que se encuentran presentes hoy en la Plaza de San Pedro.

Doy la bienvenida a los peregrinos de Brasil. Bienvenido el Coro de la Universidad de Mérida, en Venezuela. Recuerdo siempre en mis oraciones a las víctimas del terremoto y a todo el pueblo venezolano: que el Señor lo sostenga en este momento tan difícil.

Saludo a algunos grupos de polacos: a los neo sacerdotes de la orden de los Frailes Menores Capuchinos de la Provincia de Cracovia; al coro infantil de la Arquidiócesis de Łódź, acompañado por el Obispo auxiliar, y al grupo de la Diócesis de Legnica.

Saludo a los jóvenes de Bellagio y al coro “Jubilaeum” de Augusta, en Sicilia, junto con el alcalde y el párroco.

¡A todos les deseo un feliz domingo

Fuente:vatican.va

04 julio 2026

Encontraréis descanso

Domingo 14.º del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 11,25-30)

En aquella ocasión Jesús declaró:

— Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.

Comentario

Jesús hace una oración en voz alta, y el evangelista menciona cuáles fueron las palabras concretas con las que se dirigió a Dios: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25-27). Lo llama Padre y se alegra de su predilección por los más pequeños, y de que a ellos les revela las cosas más profundas. En efecto, Dios se complace en los niños ya que, como recuerda el Papa Francisco, “los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, amor y perdón. Y todos necesitamos ayuda, amor y perdón”.

San Josemaría experimentó esa predilección divina que, cuando quiere, ilumina los corazones de quienes lo buscan con sencillez, para que penetren en la intimidad divina y capten lo que implica el ser hijos de Dios. Una experiencia singular que tuvo lugar un día concreto, el 16 de octubre de 1931. Años después rememoraba lo que vivió aquel día, viendo cumplidas en sí mismo las palabras de Jesús que recoge Mateo: “Os podría decir hasta cuándo, hasta el momento, hasta dónde fue aquella primera oración de hijo de Dios. Aprendí a llamar Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese querer de Dios de que seamos hijos suyos…, en la calle y en un tranvía -una hora, hora y media, no lo sé-; Abba, Pater!, tenía que gritar. Hay en el Evangelio unas palabras maravillosas; todas lo son: ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo lo quisiera revelar’ (Mt 11,27). Aquel día, aquel día quiso de una manera explícita, clara, terminante, que, conmigo, vosotros os sintáis siempre hijos de Dios, de este Padre que está en los cielos y que nos dará lo que pidamos en nombre de su Hijo”.

Jesús nos ha dado ejemplo de esa humildad y sencillez que admira en los niños. Así lo señalaba san Josemaría mientras meditaba este pasaje del evangelio: “Jesucristo, Señor Nuestro, con mucha frecuencia nos propone en su predicación el ejemplo de su humildad: ‘aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón? Para que tú y yo sepamos que no hay otro camino, que sólo el conocimiento sincero de nuestra nada encierra la fuerza de atraer hacia nosotros la divina gracia. Por nosotros, Jesús vino a padecer hambre y a alimentar, vino a sentir sed y a dar de beber, vino a vestirse de nuestra mortalidad y a vestir de inmortalidad, vino pobre para hacer ricos”.

En la escena del evangelio que estamos considerando, Jesús, después de manifestar su gozo por la predilección de Dios por los que son sencillos, como los niños, añade algo muy consolador: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Ahora bien, pone una condición para proporcionar el descanso: “Llevad mi yugo sobre vosotros” (Mt 11,29). “¿En qué consiste este ‘yugo’, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia –se preguntaba Benedicto XVI-? El ‘yugo’ de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos. El verdadero remedio para las heridas de la humanidad –sea las materiales, como el hambre y las injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar– es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios. Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa”.

Fuente: opusdei.org