11 agosto 2026

Edith Stein, la Santa Teresa de nuestro tiempo

 Jose Maria Navalpotro

Irene Chikiar analiza en una biografía definitiva a Santa Teresa Benedicta de la Cruz como una vida en búsqueda de sentido.

El 9 de agosto se celebra la fiesta de una de las mayores santas contemporáneas europeas: Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein. Filósofa sobresaliente y discípula de Husserl, judía, conversa al catolicismo, carmelita y mártir de la persecución nazi en el campo de concentración de Birkenau. Es una de las patronas de Europa. Posiblemente el mejor acercamiento biográfico que se ha realizado sobre ella está en la monumental biografía Edith Stein. Judía. Filósofa. Santa, publicada por Taurus en 2025 y redactada por la argentina Irene Chikiar Bauer. 

La autora del libro es doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina, magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural y profesora en la Universidad de San Martín y en la de San Antonio de Areco, y autora de otra biografía exhaustiva sobre Virginia Woolf. Atiende a Omnes en Madrid para dar a conocer la obra sobre una personalidad filosófica y religiosa de primer orden.

¿Qué le atrae el perfil de Edith Stein? ¿Por qué se empezó a interesar por su figura? 

–Cuando Juan Pablo II la canoniza en 1998, me entero de esta mujer. Me parece impresionante un camino que va del judaísmo a su alejamiento de la fe de sus mayores a los 13 años. Se considera agnóstica, se dedica al estudio, le encanta la literatura, la historia. Luego descubre la filosofía, se hace las grandes preguntas del ser humano, que son las grandes preguntas filosóficas, pero más bien centradas en la experiencia, en el conocimiento de las cosas, y de uno mismo. A través de eso llega a la conversión.

Me parece una figura fundamental para nuestro tiempo, que es un tiempo que escinde la razón de lo religioso, generalmente en el común de las personas. 

Y ella elige el camino religioso, cuando no la dejan ser profesora ni conferenciante, exitosa como era; ella siempre había querido ser carmelita, y cuando eso se interrumpe, piensa que es el momento de lo que ella quería, entrar en el Carmelo.

Tiene muchos rasgos que la hacen especial. En el libro, por ejemplo, se resalta su feminismo pionero.

–Virginia Woolf, que es mi otra biografía anterior voluminosa, también es una pionera y una precursora del feminismo, pero no se definía así misma como tal. Y es de 1882. Edith nace nueve años después, pero a diferencia de Virginia Woolf, ella sí va a la universidad, y allí se descubre feminista, porque piensa que las mujeres tienen que tener los mismos derechos que los hombres. Hay amigas suyas que estudian en la universidad, pero se plantean su “doble vocación”: ¿qué pasa si se casan? ¿Tienen que dejar todo? Muchos no veían compatible tener una familia con tener una profesión. Ella decididamente se pone a favor de que se puedan hacer las dos cosas. En ese sentido ella se consideraba feminista y lo dice. 

También es una militante política, porque milita en la República de Weimar. Claro que se desilusiona pronto, porque dice que para la política es necesario tener una conciencia robusta y una piel espesa. 

Desde ese momento ya se lanza completamente a la filosofía, y a través de la filosofía. En esta etapa de la fenomenología se produce su camino a la conversión. No es la única, porque Husserl se había convertido también al cristianismo, y Adolf Reinach, que es una personalidad excepcional, y era el primer asistente de Husserl, también se convierte. Hay unas conversiones que tienen que ver con una convicción íntima, en momentos realmente trágicos. Esto, para nuestra época, para las personas que no tienen la experiencia religiosa, es sumamente llamativo. Ven que personas que viven experiencias realmente espantosas, y en vez de resentirse con la vida y abandonarlo todo, encuentran esta experiencia religiosa, y la búsqueda de lo trascendente.

Como enfermera

Edith Stein, en la Primera Guerra Mundial trabaja de enfermera, ¿cómo le influye este trabajo? 

–Es fundamental. No puede soportar que estando Reinach y todos sus amigos varones en la guerra, ella no pueda hacer nada. Se ofrece como enfermera. Primero va a la clínica donde su hermana Erna es médica, se forma y va.

Esto es importantísimo para las enfermeras. De hecho, la parte más extensa de su autobiografía la dedica a su etapa como enfermera, y con gran precisión. Escribe con una entrega de lo que es el trabajo. Tiene una empatía tal con los enfermos, que creo que esa experiencia le sirve mucho cuando escribe su tesis sobre empatía. Por lo que ha vivido ahí: ha tenido que curar enfermos que no pueden ni hablar, que tienen que comunicarse con la mirada, o tiene enfermos que no hablan el idioma, 

El tema de la empatía en Stein, es algo muy moderno, en el sentido de que hoy es de plena actualidad, ¿no? 

–La empatía es una palabra muy usada y muy poco practicada. Edith Stein contrasta con opiniones anteriores que decían que la empatía era un sentir a una; ella dice que no, sino sentir lo que siente el otro, pero sabiendo que eso es del otro. Eso es la real comunicación, lo otro es contagio. Esa empatía también requiere una decisión ética, y en eso Edith Stein fue una maestra.

Siempre tuvo decisiones éticas frente al otro, y ella afirma que “el fin del hombre es que su voz suene con las demás”. 

También hay algo muy interesante en cómo nunca reniega de su judaísmo, en una época donde había una propaganda anti judía tremenda en Alemania. Siendo profesora y conferenciante, y ya católica, dice esta frase: “El Señor eligió un pueblo para nacer en él, durante su vida terrena habló la lengua de este pueblo, pensó con sus metáforas e imágenes, observó sus costumbres, le dedicó todas sus energías y le ha dado a cada pueblo una misión en esta tierra y para la eternidad, y a cada una de las personas, una misión dentro de este pueblo”. Es una mujer ecuménica, de avanzada, increíble.

Es una figura de primer orden, pero quizá no sé si suficientemente conocida. 

–Es poco conocida, salvo en el mundo católico, carmelita especialmente, porque cuando entra al Carmelo, a ella ya no le interesa más ser la filósofa reconocida. Luego llega el nazismo, la matan, y nadie quiso acordarse de ella.

Yo me siento muy bien por haber traído a una editorial como Penguin (Taurus), que es una editorial mundial, y que no es un sello religioso, esta personalidad.

A mí me ha servido tremendamente un libro de Alasdair MacIntyre, porque él también, desde la filosofía, escribe sobre la importancia de Stein y sobre muchas de sus intuiciones, que si pudiera haber seguido trabajando desde filosofía, no se sabe dónde hubieran ido, y que después ha desarrollado también la fenomenología. Ella tiene grandes anticipaciones, como el intento de conciliar fenomenología con santo Tomás de Aquino.

Es un puente también entre la fe y la razón, ¿no? 

–Es lo que me impactó tanto. Una persona que abandona la fe de los mayores, que se declara agnóstica, que se dedica a estudiar como una loca, brillante, y valora la razón como lo más grande, llega al camino de lo religioso y esa conciliación entre el saber y la espiritualidad, que no se excluyen. Eso es muy llamativo.

A la fe desde la razón

Ella llega a la fe desde la razón…

–Sí, llega desde el agnosticismo. Entonces, ¿cómo llega a esta experiencia religiosa y con esa profundidad? Edith Stein, cuando escribe su autobiografía, ya está el nazismo en la cima del poder, y sus confesores, el ambiente católico, le piden que escriba su historia porque es la forma que entienden de tratar de contrarrestar la propaganda horrible del nazismo.

Entonces ella escribe para mostrar la realidad de la familia judía, que no tenía nada que ver con lo que mostraba la propaganda nazi. Pero al escribir también en ese contexto, también hay muchas cosas que ella no habrá dicho. 

¿Por qué se convierte leyendo a Santa Teresa? 

–Cuando ella empieza a pensar en una figura trascendente, en Dios, dice: mi camino va a ir por el cristianismo, pero no sabe si se va a hacer luterana, como la mayoría de los alemanes, o católica. Al estilo Edith Stein, no se sienta a esperar a ver qué pasa, sino que se pone a leer todo lo que puede: teología luterana, católica… En un momento, le llega a las manos el libro de Teresa de Ávila, El Libro de la Vida. Y ve que es su camino, y quiere ser carmelita. ¿Por qué? Una de las cosas que Teresa no dice es que su abuelo era judío. Cuando uno lee el Libro de la Vida, se ve que Teresa todo el tiempo está diciendo lo que importa es cómo actúes en el mundo, los hechos, no de dónde vienes. 

Para mí Edith Stein es la Santa Teresa de nuestro tiempo, aunque el contexto es diferente, porque no vivimos una sociedad religiosa. Santa Teresa y San Juan viven una sociedad muy religiosa, tienen un montón de enemigos, pero también tienen un montón de seguidores, por eso pueden hacer una reforma, y fundar conventos. Edith Stein llega en el siglo XX, cuando ya es la época caracterizada después del positivismo por el imperio de la razón.

Es realmente increíble que siendo así, ella retome el camino de la espiritualidad. 

También hay que advertir que San Juan de la Cruz y Santa Teresa, por más que hubieran tenido un montón de enemigos, al final de su vida estuvieron rodeados de gente que los quería. Edith Stein se muere sola en un campo de concentración, rodeada de víctimas como ella. 

¿Podría haber evitado su martirio? 

–Se podría haber escapado. En un momento, las Carmelitas en Alemania, para protegerla, proponen mandarla a Holanda, pero cuando estalla la guerra y los nazis invaden Holanda, tratan de sacarla de allí. La intentan llevar a Suiza, pero una de sus hermanas, que también se había convertido, estaba trabajando de portera en el convento, y Edith Stein se negó a marcharse sin su hermana. En esas demoras, finalmente los nazis se la llevan, en represalia a la carta de los obispos holandeses contra el nazismo, en el contexto de una venganza que fue ir a buscar a todos los judíos que se habían convertido, o mucha gente que se había casado con judíos. Son las primeras deportaciones a los campos de concentración para los judíos. Ahí es donde la matan, en Birkenau.

¿Cuál es su faceta más notable?

–Es indicativo el nombre que elige al entrar en religión. Elige Teresa, obviamente por Teresa de Avila; Benedicta, porque estuvo mucho con los benedictinos (muchos se preguntaban por qué no se hizo benedictina) y de la Cruz. En su nombre está todo, está esa coherencia y esa ética. 

Lo que impacta en Edith Stein, lo que conmueve de ella es esa búsqueda de sentido. Muchas biografías católicas han dicho que es una buscadora de la verdad. Pero desde una perspectiva más secular es una buscadora del sentido de la vida.

Fuente: omnesmag.com 

10 agosto 2026

Tiempo para hablar con Dios

Juan Luis Selma


La oración cristiana es esa conversación bella y confiada con Dios: verle como Padre amoroso, como amigo y compañero, como maestro y médico

“El corazón es la morada donde Dios está, o donde Él habita; y, según la expresión semítica o bíblica, donde se adentra. Es nuestro centro escondido, inaprensible, inaccesible tanto para nuestra razón como para la de los demás; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro porque, creados a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza”.

Así define el Catecismo el corazón del hombre: el lugar del encuentro, con uno mismo, con Dios y con los demás. Todo el Catecismo de la Iglesia posee un profundo sentido antropológico: responde a lo que el ser humano es, siente, aspira y desea. Ilumina sus interrogantes más hondos. Difícilmente se encontrará un tratado más completo sobre la condición humana.

En sus primeros números afirma: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer hacia sí al hombre, y sólo en Dios encontrará la verdad y la dicha que no cesa de buscar. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios”.

El libro del Génesis presenta a Adán y Eva paseando al atardecer con Yahvé en el paraíso. Es una de las escenas más hermosas y sugerentes de toda la tradición bíblica. Resume en una sola imagen lo que tantas veces intentamos expresar: la cercanía original entre Dios y el ser humano, una relación sin miedo, sin máscaras, sin distancia.

La oración cristiana es esa conversación bella y confiada con Dios: verle como Padre amoroso, como amigo y compañero, como maestro y médico. Su grandeza no asusta ni crea barreras; acoge y ampara. La verdadera felicidad -vivir en el paraíso- es pasear con Dios, contemplar el mundo con sus ojos, mirarme como Él me mira. Como reza el lema del santo cardenal Newman: Cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón.

Como dice la canción mexicana Chapala, “rinconcito de amor, donde las almas pueden hablarse de tú con Dios”. Así se entiende la importancia de la oración: esa conversación que eleva, sana y enseña. Nos ayuda a alzar la mirada cuando la tendencia es mirar al suelo, a la suciedad o al propio ombligo. La vida no se reduce a intereses; los demás no están para ser usados ni para usarme.

Existen relaciones desinteresadas, nobles, valiosas. Buenas. Según la visión de Elías, la palabra de Dios no se encuentra en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego: está en el susurro de una brisa suave. Para escucharle, para abrirle el corazón, hacen falta silencio, tranquilidad y paz.

Dice el Evangelio: “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo". Jesús busca la quietud de la orilla del lago de Genesaret, la paz de la noche, la soledad para hablar con su Padre. Y eso que Él es el Hijo de Dios, Dios mismo. Ese es el lugar para ver las cosas con claridad, para tomar decisiones, para que el alma descanse, para sentirse querido y valioso -porque todos lo somos a sus ojos-. Una vida sin oración no es vida plena.

El Catecismo define la oración como una lucha: el combate de la oración. No es un torneo que se gana sólo con inscribirse; hay que pelearlo, como hizo la selección para conquistar la segunda estrella. Hace falta un maestro, un entrenador: un sacerdote, un amigo, un buen libro. En equipo se juega mejor; solo es muy difícil ganar. Perseverancia, paciencia, tenacidad.

Un buen test para saber si avanzamos en la senda de la oración es la paz interior, la alegría de descubrir cuánto me quiere Dios. Esto llena mucho. Después, comenzamos a mirar mejor a los nuestros: ya no sólo vemos sus defectos, sino que descubrimos sus valores, y nos caen mejor. Por eso, la oración es un tesoro que debemos descubrir. Y entonces escucharemos de nuevo las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo".

Fuente: eldiadecordoba.es

09 agosto 2026

«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!»

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).

Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.

Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).

Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.

Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.

Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.

Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con preocupación la trágica situación en Sudán, especialmente en la ciudad de El Obeid. Al expresar mi cercanía espiritual a todos los habitantes de la nación, renuevo mi llamado a las Autoridades para que garanticen corredores humanitarios a la población civil. Al mismo tiempo, insto a la comunidad internacional a apoyar los esfuerzos destinados a lograr un alto el fuego inmediato.  Oremos pidiendo al Señor que sostenga a quienes sufren, convierta los corazones de quienes siembran violencia y conceda la paz tan anhelada.

Siguen llegando noticias dolorosas sobre personas inocentes asesinadas y heridas en Ucrania y en Rusia. Los episodios trágicos se suceden, es más, se multiplican, causando cada vez más víctimas civiles, entre ellas también niños. Me solidarizo con las familias de las víctimas, con los heridos y con todos aquellos que sufren a causa del conflicto en curso. Ante tanto dolor, renuevo un vehemente llamamiento para que se respete el derecho humanitario y ambas partes pongan fin a los ataques contra objetivos civiles. La guerra sólo genera más guerra y provoca un enorme sufrimiento. Es hora de detener la espiral de violencia y dar cabida a la diplomacia y al diálogo para allanar el camino hacia la paz.

¡Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos de distintos países!

Saludo en especial a los jóvenes de la Comunidad Santa María Magdalena de la Diócesis de Milán, que recorrieron la Vía Francígena desde Siena hasta Roma; así como a los scouts de Enna, que realizaron su campamento en las Colinas Albanas, en los alrededores de Roma, y a los jóvenes de Pernumia, de la Diócesis de Padua.  

La presencia de tantos grupos de jóvenes, que deciden dedicar unos días de sus vacaciones a actividades formativas y de compañerismo, es un signo de esperanza; así como lo fue el encuentro de los jóvenes franciscanos, con quienes tuve la alegría de reunirme el jueves pasado en Asís.

A todos ustedes, chicos y chicas que me escuchan, quisiera recordarles que en estos días el calendario litúrgico nos presenta algunas figuras maravillosas de santos y santas que los invito a conocer mejor: ayer, el gran santo Domingo, fundador de los Frailes Predicadores; hoy, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, carmelita asesinada en Auschwitz y copatrona de Europa; mañana, san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma; pasado mañana, santa Clara de Asís, quien dejó una vida acomodada para seguir a Jesús, pobre y humilde, siguiendo el ejemplo de su conciudadano san Francisco. ¡Queridos jóvenes, déjense inspirar por estos testigos ejemplares del Evangelio!

¡Gracias a todos por su presencia y que tengan un feliz domingo!

Fuente: vatican.va

08 agosto 2026

¡Hombre de poca fe!

Domingo de la 19.ª semana del Tiempo ordinario

Evangelio (Mt 14,22-33)

Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la orilla opuesta, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron:

—Es un fantasma —y llenos de miedo empezaron a gritar.

Pero al instante Jesús les habló:

—Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo.

Entonces Pedro le respondió:

—Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.

—Ven —le dijo él.

Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar:

—¡Señor, sálvame!

Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo:

—Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?

Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo:

—Verdaderamente eres Hijo de Dios.

Comentario

En este episodio brillan algunos hechos que llaman nuestra atención. En primer lugar, el breve apunte del evangelista sobre lo que hace Jesús después de despedir a la gente: “subió al monte a orar a solas”, hasta la noche (v. 23). Esta actitud del Hijo de Dios encarnado subraya de forma elocuente la importancia capital de la oración para nosotros, la necesidad que tenemos como criaturas de dedicar unos tiempos para dialogar exclusivamente con Dios.

“Jesús se retira con frecuencia a un lugar apartado, en la soledad, en la montaña, con preferencia durante la noche, para orar” −nos explica el Catecismo−. Así Jesús “lleva a los hombres en su oración, ya que también asume la humanidad en la Encarnación, y los ofrece al Padre, ofreciéndose a sí mismo”. Es una fuente de confianza saber que Jesús se ha hecho hombre y ha orado por nosotros al Padre, para que nuestra oración sea grata a Dios y sea también escuchada como la de su Hijo, en especial en los momentos de oscuridad o dificultad.

Mientras Jesús ora al Padre, los discípulos navegan solos, de noche y con un fuerte viento en contra. Es tal su inquietud, que ni siquiera reconocen al Maestro cuando se les acerca para ayudarlos; en su ofuscación creen que es un fantasma y se asustan (v. 26). En cambio, Jesús les transmite la seguridad y la paz conquistadas en la oración: “Tened confianza, soy yo” (v. 27). Con su habitual ímpetu, Pedro pide a Jesús caminar sobre las aguas como Él y el Señor accede a su petición. Pero después de unos instantes, Pedro duda y se llena de miedo al comenzar a hundirse, aunque sea a la vista de su Maestro. Cuando Jesús acude en su ayuda y le reprocha su falta de fe, suben a la barca y el viento se calma. Entonces los discípulos, llenos de admiración, lo adoran.

Como es fácil de entrever, “este relato del Evangelio contiene un rico simbolismo –decía el Papa Francisco− y nos hace reflexionar sobre nuestra fe, ya sea como individuos o como comunidad eclesial. (…). La barca es la vida de cada uno de nosotros, pero es también la vida de la Iglesia; el viento contrario representa las dificultades y las pruebas. La invocación de Pedro: ‘¡Señor, manda que vaya hasta a ti!’ y su grito: ‘¡Señor, sálvame!’ se asemejan mucho a nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también el miedo y la angustia que acompañan los momentos más duros de la vida”.

El pasaje contiene por tanto una gran lección sobre la fe cristiana, es decir, sobre la confianza en Jesús y en sus fuerzas y no tanto en las nuestras. Así como Jesús invita a los discípulos a la confianza en Él, también a nosotros nos pide no tener miedo y reconocer que el Maestro nunca dejará que la barca de los suyos naufrague, aunque a veces nos parezca demasiado fuerte el viento de la dificultad.

Para que nuestra fe no desfallezca, es una buena ayuda descubrir la cercanía real de Jesús en medio de la prueba y no confundirlo con un fantasma. Para ello, necesitamos cuidar nuestro diálogo con Dios en la oración, cada día, como hacía Jesús. Entonces seremos capaces de mantener siempre la presencia de Dios, incluso en medio de la prueba, de la oscuridad. Como recomienda san Josemaría, “si tienes presencia de Dios, por encima de la tempestad que ensordece, en tu mirada brillará siempre el sol; y, por debajo del oleaje tumultuoso y devastador, reinarán en tu alma la calma y la serenidad”,

Fuente: opusdei.org

07 agosto 2026

Medjugorje: el demonio no se toma vacaciones

José Antonio García-Prieto Segura


“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). 

                La noticia llegó a todas partes: en la noche del 27 al 28 del pasado mes de julio, el santuario mariano de Medjugorje sufrió un ataque que cabría calificar como “demoníaco”. El altar exterior de la iglesia de san Andrés fue incendiado, y previamente profanada la estatua central de la Virgen María en la Colina de las Apariciones, con mensajes ofensivos. El rostro y las manos de la imagen fueron mancillados con pintura negra; y en el pedestal de piedra blanca de la estatua aparecía la firma del responsable, con estas inscripciones en inglés: «Devil in a skirt» y «Evil»; es decir, remitían al «Demonio con falda» y al «Mal».

La limpieza de la estatua se realizó enseguida, y la policía pudo arrestar al sospechoso de la profanación: un joven de 31 años que, según exámenes posteriores, tenía perturbadas sus facultades mentales. Las reacciones de los fieles y de los responsables del santuario, han sido serenas y espirituales. En un comunicado invitaban a responder con oración, ayuno y perdón: «Oramos por la conversión de los corazones de quienes cometieron este acto, para que el Señor los toque con su gracia y los guíe por el camino del bien». Y agradecían a cuantos trabajan para asegurar «que el santuario siga siendo un lugar de encuentro con Dios, un lugar de paz y un lugar donde se honre a la Santísima Virgen María, Reina de la Paz». Semejante reacción parece como un eco de las palabras de Jesús en la Cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). 

Es evidente que el presunto autor no es ningún demonio y que el último juicio moral de su acción corresponde a Dios, único que ve en lo más íntimo de las conciencias. Sin embargo, esto no quita intuir que en el origen último de semejante profanación haya intervenido el mismísimo demonio. Experiencias históricas similares a lo sucedido en Medjugorge, la tradición cristiana las ha visto como actos de odio hacia lo sagrado por parte del Maligno. Ofreceré ahora algunas reflexiones de carácter trascendente y más aún, abiertamente inspiradas en la fe cristiana, que fundamenten que estamos ante un nuevo caso de ese odio.

Todo cristiano sabe que, en el mismo inicio de la Biblia, junto a la primera pareja humana del varón y la mujer, apareció en escena un ser espiritual enemigo del Creador. Este ser maligno de modo insidioso y mintiendo, hizo que Adán y Eva se rebelasen contra Dios. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia en su número 391:

«Tras la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3, 1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2, 24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn 8, 44; Ap 12, 9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. (…) El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos».

Justo a continuación de aquella rebeldía de Adán y Eva, la misericordia divina prometió la redención. Dirigiéndose al demonio que había hecho prevaricar en primer lugar a la mujer, Dios le increpa así: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón.” (Gn 3, 15). La Iglesia siempre ha entendido este pasaje en sentido mesiánico referido a Cristo; y en la mujer mencionada ha visto a su Madre María, como nueva Eva; y Madre también, por querer divino, de todos los seguidores de su Hijo.

La batalla del demonio contra cuantos deseamos vivir como hijos de Dios, no había hecho más que empezar y llega hasta nuestros días. Una batalla que “el padre de la mentira y príncipe de este mundo” como le llama Cristo, combate en todo el planeta de modo silencioso.

Es una batalla que el mismo Cristo combatió y venció definitivamente al morir en la Cruz. Sin embargo, nos dejó muy claro que el demonio hará su guerra hasta el fin del mundo. En efecto: cuando Jesús declara que, sobre la roca de la fe en su divinidad confesada por Pedro, edificará su Iglesia, añade: “y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Por tanto, los demonios moradores del infierno siempre batallarán mientras viva la Iglesia, es decir hasta el fin del mundo. Y descendiendo al terreno personal, el Señor promete su ayuda para vencerlos: por eso le dirá a Pedro: “mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos”. (Lc 22, 31). En estas palabras todos, de algún modo, estábamos incluidos.

Ciertamente, en esa afirmación de Jesús hay una singular gracia carismática para Pedro, como Vicario de Cristo, y para sus sucesores. Pero hay también un plural que va más allá de los apóstoles y nos alcanza a todos: Satanás no solo zarandeó a los primeros doce, sino que busca hacerlo con cada uno de nosotros. Por eso, el Señor enseña que en la petición final del Padrenuestro roguemos a Dios Padre que nos libre del «mal»: sí, justamente de ese «Evil» que ha estampado su nombre en el pedestal de la Virgen de Medjujorge. Lo explica así el Catecismo de la Iglesia:                           

«La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno" (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el "nosotros", en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana” (CEC 2850)». Y: «En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El "diablo" ["dia-bolos"] es aquél que "se atraviesa" en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo. (2851)».

No es casualidad que el odio demoníaco se haya manifestado en Medjugorje días antes del encuentro anual que, del 1 al 6 de agosto, reúne allí a más de 50.000 jóvenes de todo el mundo. Son miembros del linaje de la Mujer, hijos de María; se diría que el intento del Maligno hubiera sido disuadirlos de acudir a la Madre. También a cada uno de nosotros nos ataca de mil formas sutiles para apartarnos de Ella y de su Hijo Dios. Su maligna actividad no cesa, y lo expresaré con las palabras de un santo a quien se las oí directamente, en Roma, en Navidades de 1972. Me refiero a san Josemaría de quien he tomado inspiración para el título de este artículo.

Nos hablaba de los buenos frutos que, a veces, el Señor permite que veamos en nuestra lucha por ser santos, y que se lo agradezcamos como algo suyo y no propiamente nuestro. Aunque también cabe el peligro de la soberbia, y por eso añadía: «Pero, en otros momentos, quizá sea el demonio -que no se toma nunca vacaciones- el que os tiente, para que os atribuyáis unos méritos que no son vuestros. Cuando percibáis que los pensamientos y deseos, las palabras y las acciones, el trabajo, se llenan de una complacencia vana, de un orgullo necio, habéis de responder al demonio: sí, tengo fruto, ¡gracias a Dios!» (En diálogo con el Señor, pág. 371).

El padre de la mentira que tiene el copyright de todos los bulos y “fake news” que diríamos hoy, nos tienta también en otros campos, como el de la pereza, la sensualidad, la avaricia…Y a diferencia de Medjugorje, lo hace de modo insidioso y sin aspavientos. Vale la pena hacerle frente con la gracia del Señor y la intercesión de nuestra Madre, para derrotar así al malicioso todoterreno que nunca se toma vacaciones.

Fuente: elconfidencialdigital.com

06 agosto 2026

Invertir según la doctrina social católica, cuatro años después de la publicación de Mensuram Bonam

 Michele Mifsud

Una gestión financiera basada en los valores católicos puede ir de la mano de un sólido rendimiento económico. Cuatro años después de Mensuram Bonan, invertir, es parte integrante del seguimiento de Cristo.

Los responsables de las instituciones católicas —sacerdotes, obispos, tesoreros y laicos comprometidos— asumen una importante responsabilidad: gestionar los recursos financieros que se les han confiado de manera que se proteja la misión de la Iglesia, se refleje la doctrina social católica y se garantice la vitalidad a largo plazo de las obras eclesiales.

Para muchos, sin embargo, esta responsabilidad va acompañada de una pregunta recurrente: ¿es posible invertir de manera coherente con la fe católica sin sacrificar la rentabilidad financiera?Durante años, esta cuestión ha generado incertidumbre y dudas. A menudo se daba por sentado que una cartera construida según principios éticos y religiosos produciría inevitablemente resultados inferiores a los de las inversiones convencionales. Sin embargo, la experiencia práctica nos muestra otra realidadUn análisis de la experiencia acumulada por algunas organizaciones que llevan décadas especializadas en la inversión coherente con la fe muestra que la adhesión a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia no ha dado lugar, históricamente, a rendimientos a largo plazo más bajos. Al contrario, una gestión financiera basada en los valores católicos puede ir de la mano de un sólido rendimiento económico.

En otras palabras, la buena administración y la fidelidad al Evangelio no son realidades contrapuestas; forman parte de la misma misión.

Por qué es importante para la Iglesia

Las decisiones financieras son una forma concreta de testimonio. Cuando las inversiones de una diócesis, una congregación religiosa o una institución católica no se ajustan a las enseñanzas de la Iglesia, se pierde una importante oportunidad de predicar con el ejemplo.

Por el contrario, cuando los responsables de la Iglesia comprenden cómo funciona la inversión coherente con la fe, aumenta su capacidad para explicar y promover estas opciones dentro de sus comunidades. Se crea así un círculo virtuoso: la comprensión refuerza la confianza, y la confianza fomenta la generosidad y la participación.

Reconocer que las diferencias de rendimiento a corto plazo no comprometen necesariamente la competitividad a largo plazo permite también que la gestión financiera se asuma como una forma genuina de liderazgo pastoral. Esta conciencia proporciona a los responsables la confianza necesaria para actuar con convicción.

Mensuram Bonam: un llamamiento a la coherencia

En 2022, la Pontificia Academia de Ciencias Sociales publicó Mensuram Bonam, en el que invitaba a la Iglesia y a todos los fieles a ajustar sus decisiones de inversión a los principios de la fe católica.

El documento nos recuerda que la misión de la Iglesia no termina en las puertas de nuestras iglesias. Al contrario, impregna todas las dimensiones de la vida cristiana, incluida la forma en que gestionamos los recursos económicos que se nos han confiado.

Invertir, por lo tanto, no es una actividad neutra ni meramente técnica. Es parte integrante del seguimiento de Cristo. A través de nuestras decisiones financieras, podemos dar testimonio del Evangelio, defender la dignidad humana y promover el bien común.

Las orientaciones ofrecidas en Mensuram Bonam también coinciden en líneas generales con las elaboradas por varias Conferencias Episcopales nacionales —entre ellas las de Estados Unidos, Alemania, Italia y Austria—, ya que todas ellas se nutren de la misma fuente: el Evangelio, la doctrina social de la Iglesia y la tradición católica.

Los tres pilares de la inversión coherente con la fe

Mensuram Bonam identifica tres dimensiones fundamentales de la inversión católica: el compromiso, la mejora y las exclusiones.

Compromiso: promover el bien común a través del diálogo

El compromiso consiste en utilizar la posición de inversor para fomentar un comportamiento empresarial más responsable.

Esto se lleva a cabo mediante el diálogo directo con las empresas y el ejercicio de los derechos de voto de los accionistas. De este modo, los inversores católicos pueden contribuir a orientar las políticas empresariales hacia un mayor respeto por la dignidad humana, la gestión responsable del medio ambiente y el bien común.

Mejora: dar prioridad a las mejores prácticas corporativas

La mejora consiste en dar prioridad, en igualdad de condiciones, a las empresas que demuestran prácticas sociales, medioambientales y de gobernanza más sólidas.

El objetivo no es sacrificar el rendimiento, sino buscar oportunidades de inversión que combinen la calidad financiera con la responsabilidad ética.

Exclusiones: evitar la colaboración con actividades incompatibles con la fe

El tercer pilar —las exclusiones— es quizás el más conocido y, al mismo tiempo, el que suscita mayor preocupación.

Consiste en evitar inversiones en empresas implicadas en actividades incompatibles con la dignidad humana y la doctrina de la Iglesia, como las relacionadas con el aborto o la producción de armas de destrucción masiva.

Aquí es donde surge la pregunta más habitual: ¿qué coste financiero supone excluir a determinadas empresas del universo de inversión?

El mito de la menor rentabilidad

Durante muchos años, esta pregunta fue difícil de responder.

Las comparaciones tradicionales se basaban en índices de mercado generales que incluían a todas las empresas que cotizaban en bolsa, incluidas aquellas cuyas actividades entraban en conflicto con los valores católicos. En gran medida, no se disponía de herramientas adecuadas para medir el impacto real de las exclusiones en la rentabilidad.

A falta de datos claros, muchos llegaron a la conclusión de que restringir el universo de inversión conduciría necesariamente a una menor rentabilidad.

Otro reto reforzó esta percepción. Identificar a las empresas que violan los principios fundamentales de la doctrina católica requiere conocimientos especializados, investigación constante y un discernimiento ético continuo, habilidades que rara vez forman parte de la formación estándar de los sacerdotes y los administradores de la Iglesia.

Por lo tanto, no es de extrañar que las preocupaciones sobre el rendimiento siguieran siendo uno de los principales obstáculos para una inversión coherente con la fe.

Una conclusión tranquilizadora

La experiencia práctica y los datos analizados por profesionales especializados apuntan a una conclusión alentadora: es posible invertir de manera coherente con la fe católica y, al mismo tiempo, obtener rendimientos comparables a los del mercado en general.

Los análisis comparativos entre los índices católicos y los índices de mercado convencionales indican que, históricamente, la exclusión de empresas incompatibles con los principios de la Iglesia no ha impedido a los inversores obtener resultados competitivos a largo plazo.

La experiencia de carteras reales gestionadas según criterios católicos confirma asimismo que un buen rendimiento financiero puede coexistir con una adhesión rigurosa a la Doctrina Social de la Iglesia.

Para los líderes de la Iglesia, esto significa mirar hacia el futuro con confianza. La fidelidad al Evangelio no exige abandonar la buena administración de los recursos. Al contrario, una gestión financiera coherente con la fe puede convertirse en una expresión tangible del testimonio cristiano, capaz de sostener la misión de la Iglesia hoy y para las generaciones venideras.

El autor
Michele Mifsud

Ecónomo general adjunto de la Congregación de la Misión de los Padres Paúles, asesor financiero y de inversiones registrado.

Fuente: omnesmag.com

05 agosto 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

  III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la Iglesia

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica.

Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).

En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece volver a ser descubierta en su verdad.

La Constitución Sacrosanctum Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba profundamente al Papa San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).

En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo» (SC, 5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC, 84).

Por eso, San Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const. ap. Laudis canticum).

Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración cristiana.

Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él.

Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros. Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra; le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).

Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo, las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso glorioso del Señor.

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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Retomamos hoy las catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, centrándonos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica. La oración, como dimensión fundamental de nuestra humanidad, necesita ser redescubierta desde la verdad. En este sentido, el Papa san Pablo VI afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 diciembre 1963).

El Pontífice, de feliz memoria, deseaba que la Liturgia de las Horas, que es inseparable de la Eucaristía, penetrara y orientara profundamente toda la oración cristiana, alimentando así la vida espiritual de todo el Pueblo de Dios (cf. Cost. ap. Laudis Canticum). A este respecto, podemos afirmar que la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo por todo su Cuerpo.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a valorar la Eucaristía y la Liturgia de las Horas como grandes tesoros milenarios de la Iglesia, y que, a través de nuestro amor a ellas, podamos día a día ir santificando nuestras vidas. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va