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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

02 julio 2026

Lefebvrianos: Se decreta la excomunión

Exaudi Redacción

Un documento firmado por el cardenal prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe define como «acto de naturaleza cismática» el rito celebrado el 1 de julio. En una nota explicativa se detallan los pormenores de la grave sanción canónica.

Los obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay (respectivamente, consagrante principal y co-consagrante), y los obispos recién consagrados Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier han incurrido «ipso facto» en la excomunión «latae sententiae» reservada a la Sede Apostólica por haber cometido «un acto de naturaleza cismática», la «consagración episcopal de cuatro presbíteros, sin mandato pontificio y en contra de la voluntad del Sumo Pontífice». Así se lee en el decreto firmado por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y refrendado por los dos secretarios de dicho Dicasterio. Es la conclusión, lamentablemente previsible, que llega veinticuatro horas después de la solemne ceremonia celebrada en Écône, Suiza, la mañana del 1 de julio de 2026.

El decreto del antiguo Santo Oficio establece que, al llevar a cabo la consagración, tanto los consagrantes como los consagrados han incurrido en la excomunión prevista. Es el doloroso epílogo, consecuencia de la decisión tomada por los lefebvrianos en contra de la voluntad expresada en repetidas ocasiones por León XIV. La excomunión sumerge en la separación de la Iglesia de Roma tanto a los obispos como a los sacerdotes pertenecientes a la Fraternidad San Pío X. En cuanto a los fieles laicos, se considerarán excomulgados aquellos que se adhieran formalmente a la Fraternidad. Se ofrecen más detalles en una «Nota explicativa», publicada por el Dicasterio al mismo tiempo que el decreto de excomunión, que reproducimos íntegramente a continuación.

La nota del Dicasterio

Desde la época de San Pablo VI hasta las últimas conversaciones, celebradas recientemente en este Dicasterio, los múltiples intentos por reconducir a los adherentes al movimiento iniciado por monseñor Marcel Lefebvre a la plena comunión con la Iglesia católica han resultado infructuosos. Esta situación se ha agravado aún más a causa de las recientes consagraciones episcopales celebradas sin mandato pontificio, en contra de la voluntad del Santo Padre y en abierta violación del derecho canónico. Por lo tanto, este Dicasterio, en el fiel ejercicio de las funciones que le han sido confiadas, considera necesario señalar que dicho acto ha constituido el delito de cisma, con las consecuencias canónicas que ello conlleva para los ministros sagrados y los fieles laicos implicados. De hecho, como ya se declaró en 1988, «dicha desobediencia —que conlleva un rechazo práctico del Primado romano— constituye un acto cismático» (cf. Juan Pablo II, Carta apostólica Ecclesia Dei, 3).

A este respecto, a partir de ahora:

1. Los ministros consagrados pertenecientes a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se encuentran en cisma y, por lo tanto, deben ser considerados cismáticos (véase Ecclesia Dei, 5 c; Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Nota explicativa sobre la excomunión por cisma en la que incurren los adherentes al movimiento del obispo Marcel Lefebvre, 24 de agosto de 1996, 5-6), por lo que están sujetos a la excomunión prevista por el derecho (can. 1364 § 1 del Código de Derecho Canónico).

2. En lo que respecta a los fieles laicos, se considerarán cismáticos y excomulgados aquellos que se adhieran formalmente a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en las condiciones establecidas en la Nota explicativa del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos de 1996 (véase ibídem, 7), aún vigente, que este Dicasterio hace suya.

3.  Por último, se advierte al santo Pueblo de Dios que los ministros consagrados de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X administran los sacramentos de forma ilícita, y que el sacramento de la penitencia que ellos administran y el matrimonio que celebran son inválidos.

La Iglesia, como madre solícita, acogerá con sincero afecto y viva solicitud a todos aquellos que deseen volver a la plena comunión. Los Nuncios Apostólicos establecerán los procedimientos que los Ordinarios podrán utilizar en los distintos casos.

Por último, se exhorta a todos los fieles a permanecer firmes en la comunión con el Romano Pontífice, con los obispos en comunión con él y con toda la Iglesia (cf. Lumen Gentium, 22; can. 751 del Código de Derecho Canónico), y a abstenerse de participar en las celebraciones y actividades promovidas por la citada Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Fuente: exaudi.org

Publicado por JOQUIVESA en 19:22

Los lefebvrianos ordenan cuatro obispos y consuman el cisma

Exaudi Redacción

La inminencia de las consagraciones episcopales de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) este 1 de julio de 2026 ha marcado un antes y un después en la relación con el Vaticano.

La ordenación de cuatro nuevos obispos —los padres Paschalis Schreiber (Suiza), Michał Goldade (EE.UU.), Michał Poininet de Sivry (Francia) y Marek Hanappier (Francia)— sin mandato pontificio no solo ha formalizado una ruptura doctrinal, sino que se ha escenificado ante una audiencia global a través de un despliegue técnico sin precedentes.

Un cisma entre la liturgia y la tecnología

Lo que Roma interpreta como un acto de cisma, la Fraternidad lo ha presentado como una gran concentración ultratradicionalista de perfil global. La ceremonia en Écône (Suiza), sede histórica del seminario fundado por Marcel Lefebvre, ha sido bautizada por algunos críticos como una suerte de «Woodstock ultratradicionalista».

La modernidad ha contrastado fuertemente con la liturgia conservadora que defienden:

  • Retransmisión global: El evento fue emitido en directo vía streaming, permitiendo una visibilidad internacional inédita para un acto que la Iglesia considera cismático.
  • Logística contemporánea: La organización habilitó hoteles concertados, aparcamientos reservados y puestos de restauración que operaron mediante sistemas de pago cashless y códigos QR.
  • Merchandising: Los asistentes pudieron adquirir una caja conmemorativa denominada «Cuvée Écône 2026», que contenía cuatro tipos de vino cuyas etiquetas mostraban símbolos episcopales, una forma de recordar el evento histórico.

El conflicto jurídico: Excomunión y legitimidad

Más allá de la puesta en escena, la Iglesia católica mantiene un marco normativo preciso para evaluar estos actos. Según el derecho canónico, las consagraciones sin el mandato del Papa conllevan una excomunión latae sententiae, una sanción que entra en vigor de forma automática sin necesidad de una declaración formal.

Es fundamental comprender la distinción técnica que subraya la Santa Sede:

  • Validez frente a licitud: La Iglesia reconoce la validez sacramental de las ordenaciones —los nuevos obispos poseen la sucesión apostólica—, pero declara su absoluta ilicitud y falta de legitimidad al carecer de la missio canónica otorgada por el Pontífice.
  • Alcance de la pena: La excomunión es personal y recae sobre quienes confieren y reciben el orden, aunque existe el riesgo de que miembros de la Fraternidad incurran en cisma individual si manifiestan una adhesión formal a los actos de los excomulgados.

La respuesta de la Santa Sede: un «profundo dolor»

El sentimiento predominante en la Santa Sede es de «profundo dolor» ante lo que se considera un desgarro innecesario en la túnica de la Iglesia.

El Papa León XIV, en un último intento por evitar esta fractura, instó personalmente a los miembros de la Fraternidad a dar marcha atrás, apelando a su conciencia y al bien espiritual de los fieles. Según los comunicados oficiales, la Santa Sede lamenta que la Fraternidad haya preferido este camino, reiterando que la Iglesia siempre se ha mantenido abierta al diálogo, pero que no puede ignorar el rechazo de los lefebvrianos a elementos doctrinales fundamentales, específicamente aquellos emanados del Concilio Vaticano II. Para Roma, este acto no es solo una desobediencia administrativa, sino un rechazo práctico al Primado romano que fractura la comunión eclesial.

La paradoja del tradicionalismo

El conflicto ha dejado al descubierto una fractura que historiadores como Agostino Giovagnoli definen como una paradoja fundamental: «Nos encontramos ante tradicionalistas que niegan la Tradición». Con la consagración consumada, la Iglesia católica se enfrenta a un escenario inédito: un cisma que no es solo doctrinal, sino también un evento mediático retransmitido ante los ojos del mundo, dejando los márgenes para un acuerdo en una posición, por ahora, inexistente.

Fuente: exaudi.org
Publicado por JOQUIVESA en 19:15

El eco de los panes y los peces

Eloy Asenjo Carpintero


“Vosotros podéis cambiar la historia. Hacedlo con el Amor”

El Papa se ha marchado y toca volver a la rutina, afrontar la realidad sin el calor de la masa. Llegará, como siempre, el momento de la criba.

Hoy, mientras contemplaba el tercer misterio luminoso del Rosario —la predicación del Reino de los Cielos—, una imagen se instaló con fuerza en mi mente: la escena evangélica de la multiplicación de los panes y los peces. Casi de inmediato, de forma inevitable, el recuerdo me llevó a los días compartidos y disfrutados en España junto al Papa León XIV.

Cuenta el Evangelio que la multitud se acomodó por grupos sobre la hierba. Jesús bendijo aquellos cinco panes y dos peces que alguien, entre la masa, había puesto a disposición. Un gesto casi ridículo si escuchamos el susurro escéptico de la razón: “¿Qué es esto para tanta gente?”.

Visualizaba una estampa —muy similar a la de algunos cuadros que guardo en la memoria—: el propio Jesús, cargando una canasta repleta de pan, caminando entre los grupos. Su rostro dibujaba una sonrisa mientras la gente lo acogía con una mezcla de asombro, gratitud y profunda devoción. Me los imagino poniéndose en pie de un salto, agolpándose en los límites de su grupo, estirando la mano con el único anhelo de rozar, aunque fuera por un instante, la orla de su manto.

¿No es acaso lo mismo que hemos visto repetirse, como un eco, estos días por las calles de Madrid, Barcelona y Canarias?

Ahí estaba el Papa León XIV, cruzando alegre las multitudes, deteniéndose el tiempo justo para acariciar la frente de un bebé, mientras el gentío se apelotonaba contra las vallas, buscando arañar un segundo de cercanía con el Pontífice. Aquella escena bíblica late en sintonía con el Sermón de la Montaña, ese instante en que Cristo despliega la Buena Nueva ante el mundo. De igual manera, en cada uno de sus actos, el Papa ha querido insistir en los pilares de la fe cristiana. Y nosotros, igual que aquellos que rodearon a Jesús, hemos bebido sus palabras con emoción, gratitud y un hondo deseo de correspondencia.

¿No ha sido ese el latido de España estos días? Un agradecimiento sincero, un vuelco en el corazón ante la voz del Vicecristo en la Tierra. Estoy convencido de que de estos encuentros han brotado promesas íntimas de mayor entrega y generosidad; una urgencia real de convertirnos en verdaderos apóstoles dentro de esta Iglesia en salida. ¡Qué alegría tan honda!

La hora de la verdad

Sin embargo, tras el Sermón de la Montaña, mi mente viaja inevitablemente al sexto capítulo del Evangelio de san Juan. Resuenan aquellas palabras de Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

En aquel momento, muchos se escandalizaron y le dieron la espalda. Al ver la desbandada, el mismo Cristo preguntó a los suyos si también ellos querían marcharse. Fue entonces cuando Pedro rompió el silencio con un bellísimo acto de fe: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Ahora el Papa se ha marchado y toca volver a la rutina, afrontar la realidad sin el calor de la masa. Llegará, como siempre, el momento de la criba. Es evidente que muchos permanecerán fieles al lado de Jesús, emulando a los Apóstoles. En otros, en cambio, se cumplirá la Parábola del Sembrador: desaparecerán sin ruido porque el mensaje no llegó a echar raíces, o porque el camino se les volvió demasiado empinado. Quién sabe. Incluso habrá quienes, arrastrados por la corriente y la «sabiduría» de los poderosos de turno —los nuevos miembros del Sanedrín—, terminen gritando: “¡Crucifícalo!”

Pero la historia no acaba ahí. Llegará el día en que muchos judíos de la época volverán a mirar expectantes hacia el Cenáculo, y vendrá el Espíritu Santo. Y entonces, más de tres mil almas se bautizarán de los que los oyeron. Y al escuchar la Verdad muchos otros vendrán detrás, y serán capaces de transformar el viejo mundo pagano.

Eso mismo sucederá en nuestro tiempo, porque el tiempo y el mundo le pertenecen a Dios, y nos los ha confiado para transformarlo y dominarlo desde el Amor.

Si tuviera hoy al Papa León XIV frente a mí, solo acertaría a darle las gracias y le diría que no se preocupara —aunque sé bien que vive en el optimismo cristiano— por aquellos que hoy parecen alejarse; porque al final, todos volverán. Y no lo harán solos: traerán consigo a sus amigos.

“Vosotros podéis cambiar la historia. Hacedlo con el Amor”.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:18

01 julio 2026

CARTA DEL SANTO PADRE

Al Reverendo Padre Davide Pagliarani Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

Con ánimo paterno deseo dirigirme a usted y, por su medio, a los obispos, a los sacerdotes, a los seminaristas y a los fieles vinculados a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, consciente de la responsabilidad que el Señor me ha confiado como Sucesor del Apóstol Pedro. 

La Iglesia reconoce la adhesión a la vida litúrgica, el compromiso en la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición que caracterizan a muchas personas y comunidades afines a esa Fraternidad. Lo antes dicho ha motivado una actitud de atención y benevolencia que mis Predecesores les han manifestado constantemente.

Con este espíritu, y lleno de afecto cristiano, les ruego y les pido con todo el corazón: ¡Den marcha atrás! Los exhorto a que consideren atentamente el bien espiritual de los fieles, porque el acto cismático que llevaren a cabo los privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida de los sacramentos que ellos aman y buscan para la propia santificación.

La Iglesia está dispuesta a un camino de diálogo y entendimiento que el Espíritu Santo puede hacer posible y fecundo.

Ruego por ustedes, porque desgarrar la Túnica inconsútil de Cristo es un pecado de extrema gravedad. El Señor ilumine sus conciencias y mueva sus corazones. Por la autoridad recibida de Cristo, con el alma afligida, pero aún llena de esperanza, tengo el deber de pedirles que desistan de su intento y confío estas plegarias al Corazón Inmaculado de María, Madre del Buen Consejo.

Vaticano, 29 de junio de 2026, Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo. 

LEÓN PP. XIV

Publicado por JOQUIVESA en 20:24

La doctrina social como teología de la comunión

        Rafael Domingo Oslé

‘Magnifica humanitas’ ofrece a la DSI una clave que venía madurando desde hace décadas y que ahora recibe su nombre propio: teología de la comunión.


     Magnifica humanitas, primera encíclica social de León XIV, es mucho más que         un documento sobre inteligencia artificial. En ella se produce, casi sin ruido, un        movimiento de calado mayor: la doctrina social de la Iglesia (DSI) queda descrita   como «una teología de la comunión en la historia» (n. 27). La fórmula es luminosa y, a mi juicio, encierra el desarrollo más significativo de todo el texto.

De la teología moral a la teología de la comunión

San Juan Pablo II, en Sollicitudo rei socialis (1987), había situado la DSI «en el ámbito de la teología, y especialmente de la teología moral» (n. 41). Era una afirmación prudente y necesaria: defendía la doctrina frente a quienes la reducían a ideología o mera agenda política del Vaticano. Con los años, sin embargo, esa fórmula ha tendido a leerse en clave restrictiva, como si la DSI no fuera más que la parte del manual de teología moral dedicada a las cuestiones sociales surgidas a partir de Rerum novarum (1891). En realidad, como explica el Papa, su patrimonio es mucho más extenso: hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, los Padres, la teología y el derecho medievales y modernos. Piénsese en la Escuela de Salamanca.

La teología moral acompaña a la DSI y seguirá haciéndolo. Pero ya no como su sede exclusiva. No es que pierda lugar, sino que su lugar queda integrado en un horizonte mayor: el de la teología de la comunión. A la pregunta «¿qué se debe hacer?», esta añade otra más fundante: «¿cómo mantenernos unidos, y qué favorece o fragmenta nuestra unidad?». Una mira a los actos; la otra, a los vínculos que los sostienen. Ambas se necesitan, pero el corazón de la DSI late hoy en la segunda.

Este desplazamiento no nace de la nada. En el siglo XX prepararon el terreno dos giros mayores: el relacional en la teología trinitaria —Rahner, von Balthasar— y el de la eclesiología conciliar hacia la communio. El propio magisterio social maduró en esa dirección. El documento de Aparecida (2007), redactado en buena parte por el entonces cardenal Bergoglio, recogió ya con fuerza el lenguaje de comunión aplicado a la transformación social. Benedicto XVI, en Caritas in veritate (2009), situó la caridad —relación constitutiva— como «vía maestra de la doctrina social» (n. 2). Francisco, en Fratelli tutti (2020), elaboró la idea de fraternidad como principio social. Magnifica humanitas nombra, con claridad, lo que ya estaba operando en esa tradición sin nombre: teología de la comunión.

Dimensiones de la comunión

En la encíclica, «comunión» es una categoría teológica precisa, articulada en cuatro niveles. El primero es trinitario. El Dios cristiano es comunión de Personas. León XIV lo formula en el número 48: «el misterio del Dios viviente, revelado en Jesucristo como comunión de personas; Padre, Hijo y Espíritu Santo: amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo». La comunión, antes que humana, es divina; antes que cualidad ética, es realidad ontológica fundante.

El segundo, eclesiológico. La Iglesia, fiel al Vaticano II, se entiende a sí misma como communio. Es uno de los grandes frutos del Concilio, todavía en maduración en las distintas disciplinas teológicas. La DSI recibe en este documento con plenitud esa categoría que le es propia.

El tercero, antropológico. El hombre, hecho a imagen del Dios trino, es un ser para la comunión. Gaudium et spes 24 ya lo dejó dicho: el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo». León XIV lo cita expresamente.

El cuarto, social. Las relaciones entre personas, pueblos e instituciones son ya, o están llamadas a ser, manifestación histórica de aquella comunión última. Aquí se sitúa, propiamente, el objeto de la DSI.

Consecuencias

Entender la DSI como una teología de la comunión cristaliza lo que ya venía madurando y trae consigo tres consecuencias decisivas.

Primero, una multidisciplinariedad estructural. La comunión humana no se conoce desde una sola perspectiva: pide diálogo con la antropología, el derecho, la economía, la ecología y demás ciencias humanas y experimentales. No es concesión de la teología a otras disciplinas; es exigencia interna del propio objeto. Su fundamento, a mi juicio, está en la unidad de la realidad. Se trata de una idea profundamente cristiana y, a la vez, compartible con otras tradiciones espirituales y filosóficas: si Dios, realidad fundante, es uno y es Amor, toda la realidad debe serlo.

Segundo, un reconocimiento renovado de la autonomía de lo temporal. Así entendida, la DSI ofrece criterios para discernir vínculos; no prescripciones técnicas en ámbitos donde otros saberes son los competentes. Halla aquí respuesta serena la antigua objeción laicista, eco lejano del silete theologi de Alberico Gentili. La DSI no pretende sustituir las competencias propias del derecho, la economía o la ciencia política.

Tercero, un sujeto comunitario. La DSI no es producida solo por teólogos moralistas ni leída únicamente por la jerarquía. León XIV lo subraya en Dilexi Te: tiene «raíz popular que no se debe olvidar; sería inimaginable su relectura de la revelación cristiana en las modernas circunstancias sociales, laborales, económicas y culturales sin los laicos cristianos lidiando con los desafíos de su tiempo» (n. 82). La intuición no es nueva, pero necesitaba ser recordada. Durante años, una presentación demasiado clerical ha alejado a no pocos laicos del ejercicio de su propia responsabilidad en este campo.

Aplicaciones prácticas

El cambio de clave se percibe enseguida, en cuanto la doctrina aterriza en cuestiones concretas. Tomemos la inteligencia artificial, tema central de la encíclica. Junto a las preguntas de siempre sobre la rectitud de su uso —legítimas e inaplazables—, la teología de la comunión introduce otra que pesa lo mismo o más: ¿esta tecnología fortalece los vínculos humanos o los desgasta? Los vínculos entre las personas, entre el hombre y su trabajo, entre las generaciones, entre los pueblos y las culturas. Cuando la pregunta gana hondura, la respuesta también.

En el terreno económico, la mirada relacional enriquece el discernimiento sobre las estructuras: cuáles permiten una vida humana en la que el trabajo, la familia y el cuidado de la creación ocupen su verdadero sitio. Y, en el debate sobre las migraciones, la categoría de comunión devuelve aire al imprescindible juicio moral, situándolo en su auténtico horizonte: el de la unidad de la familia humana, siempre frágil y por reconstruir.

Conclusión

Magnifica humanitas ofrece a la DSI una clave que venía madurando desde hace décadas y que ahora recibe su nombre propio: teología de la comunión. Es un paso de fondo, porque añade a la teología moral —sin sustituirla— una mirada relacional capaz de acoger la complejidad humana en todos sus órdenes. Y es un paso fiel: prolonga la línea abierta por Benedicto XVI y continuada por Francisco, enraizada en el Vaticano II.

Esta claridad devuelve a la DSI algo precioso: voz propia en el debate público. No como código moral aplicado desde fuera, sino como sabiduría sobre los vínculos que constituyen lo humano. Una vez más, León XIV se nos muestra como el papa de la unidad.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:46

30 junio 2026

Gaudí y Mañara, Venerables para nuestro tiempo

Antonio Schlatter Navarro

“No habitamos una obra inacabada sino un templo en construcción” (León XIV)

La reciente visita del Santo Padre León XIV a la Basílica de la Sagrada Familia, con la espectacular puesta en escena que asombró al mundo y pudieron contemplar millones de personas, ha supuesto un impulso enorme para el insoslayable conocimiento de este genio que la Iglesia ha nombrado Venerable hace muy pocas fechas. Dentro de pocos meses celebraremos también el cuarto centenario del nacimiento de Miguel Mañara, otro personaje indispensable de nuestra Historia, tanto por sus obras como por su santidad (fue San Juan Pablo II quien lo nombró Venerable hace apenas cuatro décadas). A modo de pinceladas, nos proponemos descubrir y describir ciertos paralelismos entre ambas figuras egregias. Son rasgos que podrían animarnos a crecer en amistad con ellos y a acudir a su intercesión, a la espera de esos milagros que los eleven definitivamente a los altares.

          Como nos recordaba con frecuencia el Papa Francisco no nos encontramos tanto en una época de cambios como en un cambio de época. La santidad de vida de Antonio Gaudí y Miguel Mañara, junto con las obras que dejaron en el mundo (la Sagrada Familia y el Hospital de la Caridad), contempladas y meditadas en el marco de los aniversarios de su fallecimiento y nacimiento respectivamente, pueden ayudar a superar el hastío espiritual de nuestra época y a llenar el hambre de sentido que descubrimos en nuestros días, corolario lógico de ese cansancio de la Fe. A pesar de la distancia en el tiempo, en cierto sentido son almas gemelas que nos orientan con su luz en estos tiempos tan superficiales.

          Fueron personas dotadas de grandes cualidades intelectuales y que recibieron en su infancia y juventud una formación muy buena para su tiempo, tanto en el ámbito familiar como en el plano profesional e intelectual. Tras una primera fase de sus vidas acomodada y normal para su tiempo y situación (hay que rechazar definitivamente esa idea de la juventud licenciosa de Mañara que han sembrado quienes ni le conocen ni le quieren bien), y aunque siempre fueron personas de un corazón bueno ambos tuvieron un momento de conversión, de gracia extraordinaria si bien por cauces ordinarios. En concreto -aunque siempre exista un proceso más largo e interior-, a Gaudí su “conversión dentro de la Fe” le llegó gracias a un riguroso ayuno que vivió en una Cuaresma; a Mañara a raíz del fallecimiento de su esposa Jerónima. Desde entonces tomaron conciencia de que Dios tenía para ellos una misión. Descubrieron su vocación, el sentido de su vida: la construcción de la Sagrada Familia, y la labor social del Hospital de la Caridad, respectivamente. Y se dedicaron a ello por entero.

Ambos comprendieron desde aquel momento de gracia que su misión no podría ser hermética, limitada, autorreferencial… sino abierta por arriba a la eternidad, y horizontalmente al mundo entero. Las raíces de ambos las encontraron y echaron en el Cielo (Simone Weil), pero sin rechazar jamás el envite del mundo que les tocó vivir y que siempre les interpeló. En este sentido ambos tuvieron un sentido del tiempo muy parecido y que cabría denominar litúrgico (de lo eterno del presente; de la presencia de lo eterno).

Su humildad les llevó a no sentirse autores de sus obras, sino cuidadores de una obra que Dios empujaba y sacaría en el tiempo que fuera necesario. De unas obras que, por ser de Dios, no debían medirse por el cronos, sino por el Kairós. “Mi cliente no tiene prisa”, le gustaba repetir a Gaudí; mientras que Mañara recordaba constantemente el paso del tiempo para valorar sólo lo que dejamos en la eternidad (sólo leer el comienzo de su impresionante Discurso de la Verdad hace remover todos los cimientos de cualquier persona demasiado segura de sí). “No habitamos una obra inacabada sino un templo en construcción”, recordaba hace unos días el Papa en la Sagrada Familia… Ellos vivieron desprendidos de lo que podían ver como resultado, pero prendidos de lo que pensaban y sabían que les pedía Dios en cada momento. “Esto quiere Dios y esto debemos hacer”, repetía don Miguel.

          Tanto sus vidas como sus obras son fruto de una fe que no es jamás ni impostada ni meramente estética o formal. Y así, todo lo que fueron e hicieron resulta incomprensible para quienes les miren directamente a ellos como si fueran el origen y fin de sus propias vidas, y no sean capaces de tomar algo de distancia y “mirar donde ellos miraban” (Etsuro Sotoo). Y sus miradas se proyectaban en una doble dirección. En primer lugar hacia Dios, pues el mensaje cristiano y el deseo de que las almas se acercaran a Dios fueron lo que inspiró constantemente sus vidas. Pero sobre todo no dejaron por ello de mirar al mundo, en concreto a los más necesitados: pobres, pecadores, marginados, niños… fueron el motivo y motor de sus actos, lo que animaba sus obras desde dentro –no desde fuera- del mundo. Gaudí y Mañara son la prueba evidente de que una obra transforma al que la hace más que a quién se dirige; y las obras que nos han dejado, siendo de inspiración eminentemente cristiana, acercan a Cristo a quienes han participado y siguen participando en ellas.

          Además, tanto el templo expiatorio de la Sagrada Familia como el Hospital de la Caridad (con su Hospicio, Enfermería e iglesia de san Jorge), no son obras que se levantan sobre abstracciones o ideales, sino sobre rostros concretos, sobre personas que recuerdan el rostro de Cristo en los más vulnerables (enfermos del alma y del cuerpo). También esto es un rasgo común a ambos como católicos. Ellos escribieron dos páginas perennes sobre la Misericordia de Dios con nosotros. No desean sustituir la justicia social, pero sí desean –y logran- cambiar los corazones de quienes pueden aliviar los sufrimientos del prójimo. Para ellos el Cristianismo no es una ética, sino antes que nada es un encuentro con la carne doliente, con el cuerpo necesitado. Un encuentro con Cristo vulnerable.

          Por más que resulte obvio, no debemos dejar de valorar y destacar que lo esencial, lo que más les unía, fue su Amor a Cristo. Por encima de todo fueron personas de gran vida interior y de un trato con Dios continuo, un trato asiduo y real que marcaba el orden fundamental de su horario, día a día: la Misa diaria, su Rosario diario, su oración diaria… Y aunque debería resultar también superfluo decirlo, sus prácticas de devoción no sólo no les alejaron de quienes les rodeaban sino que les llevaron a abrirse más y más a ese mundo. Y no sólo la oración, sino algo hoy día más difícil de comprender para nuestros contemporáneos: la mortificación. En ambos casos el dolor vivido por amor a Dios jugó un papel fundamental: ambos se entregaron a generosas obras de penitencia y sacrificio, vivieron una vida muy austera y de pobreza. De este modo se abrazaron a la Cruz de Cristo, esa que remata la Sagrada Familia o el escudo del Hospital de la Caridad.

En ese sentido, es muy importante desterrar especialmente esa visión que aún algunos mantienen de que fueran personajes casi ermitaños, de vida cuasi conventual. Esa imagen que se pretende dar de sus vidas tiene cómo no un punto de verdad en cuanto que ambos con los años fueron centrándose en lo más esencial de su misión y desprendiéndose de lo que pudiera distraerles para esos fines. Pero no deja de ser una visión miope y que parecen mostrarlos como seres casi asociales. Algo muy lejos de la realidad… Tanto los estudios que recientemente ya se han hecho del verdadero Miguel Mañara, como lo que conocemos de Gaudí [1], nos hablan de dos personas con muchos amigos y conocidos, con gran capacidad de empatizar y que con la autoridad de sus testimonios y de sus vidas arrastraron delicadamente a muchas personas a dar y darse a los demás. Mañara logró que los hermanos de la Caridad pasaran en pocos años de cien a más de quinientos, salidos de las clases más pudientes de Sevilla; mientras que Gaudí creó una red enorme de personas que se vincularon con el proyecto de la Sagrada Familia y la sentían como suya.

Así pues, cabría decir que lo que marcó la vida de Mañara y Gaudí fueron las relaciones. Tanto ese sentido de relación primaria con Dios, como la conciencia de saberse formando parte de una familia universal, católica, conscientes de esa amistad social tan propia de un cristiano. Resulta significativo cómo en su encuentro con Unamuno, Gaudí acaba haciéndole ver al famoso filósofo, que lo mira desde arriba y pretende enredarle con sus eruditas y vacías elucubraciones, que lo único que Gaudí sabe es que es hijo de Dios. Unamuno, el mismo que escribiera un bello poema al Cristo de Velázquez… (¡2.500 versos de un precioso soliloquio!) recibió ese día una de las grandes lecciones de su vida. Y es que Gaudí, como Mañara, dialogó siempre con Dios. Ambos comprendieron la religión como una relectura del mundo con la mirada de Dios y como un religare con Él y con quienes nos rodean. Nunca como soliloquio o ejercicio de introspección. Diálogo, apertura, relación.

Tanto Gaudí como Mañara fueron conscientes de los tiempos tumultuosos que les tocó vivir. Ni se arredraron, ni se pusieron de perfil, ni se excusaron. Vivieron en y para su tiempo, pero sin perder jamás ese sentido de Esperanza cristiana. Y mostraron esa confianza en la Providencia de Dios con el ejemplo de sus vidas y con uno de los ropajes más adecuados, si no el que más: el de la belleza. Tanto la Sagrada Familia como la iconografía de la iglesia de san Jorge (con las obras de Valdés Leal, Murillo y Pedro Roldán; una obra milagrosa para su tiempo), son dos formas de decir a los hombres de todos los tiempos: Dios está entre nosotros. Ambas construcciones nos hablan del poder de la Misericordia divina, de la necesidad de la Expiación por nuestros pecados, de nuestra historia del mundo dentro de la Historia de la Salvación… del verdadero Temor y Amor de Dios…

La vida y las obras de Mañara y Gaudí nos recuerdan constantemente la pregunta que el Santo Padre León XIV dejaba en el aire en su encuentro en Madrid con el mundo de la cultura y que –como él mismo señalaba- sigue siendo la cuestión decisiva de nuestra época: “¿Qué significa ser verdaderamente humanos?” Ambos quisieron despertar a Sevilla y Barcelona, a su época como a la nuestra, de la locura de vivir para la tierra y para el ahora. Nos enseñan a ser más humanos mirando nuestra vida como don y misión, mirando la realidad como Creación y tarea, viviendo el tiempo como liturgia y a los más necesitados como referencia, construyendo edificios exteriores para servir y catequizar a los demás y, para ello, bien cimentados en una profunda vida de trato con Dios y piedad sacramental.

En la distancia de sus épocas, Gaudí y Mañara son santos laicos, que como santos atraviesan el tiempo y que como laicos se mueven en ese espacio sin límite que es el mundo. Por eso fueron personas que se hicieron santos sobre todo con su trabajo. No sólo es que fueran grandes trabajadores ellos mismos, y acabaran agotados (¡y felices!) trabajando hasta el último día de sus vidas. Es que supieron crear ese tipo de redes que el Papa León nos ha animado a hacer a nuestro alrededor: generaron un movimiento de personas que, gracias a la autoridad y el buen hacer que veían en estos personajes santos, pusieron todas sus capacidades en sacar adelante obras que parecían imposibles pero que sabían (sin ver nada) que valían la pena. Empezaron apoyando obras de los hombres para Dios, y luego fueron descubriendo que en realidad eran obras de Dios para los hombres; para ellos mismos. Así actúan los santos. Generan dinamismos, priorizan el tiempo al espacio.

Gaudí y Mañara, Mañara y Gaudí, son hoy día modelos esos santos que España especialmente requiere en nuestros días, del tipo de santidad que hoy más necesita la Iglesia, como nos recordaba San Juan Pablo II: “Hacen falta heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre, que tomen parte en sus alegrías y esperanzas, en sus angustias y tristezas, y sean al mismo tiempo contemplativos enamorados de Dios. Por eso hacen falta nuevos santos. (…) Debemos pedir al Señor que aumente el espíritu de santidad de la Iglesia y nos envíe nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy” [2]. Acudamos pues a su intercesión para que no falten cristianos que sigan la estela de estos santos que aceptaron y tomaron en serio la invitación que nos repitió una vez más el Papa León (Cristo en la Tierra), en la reciente vigilia con jóvenes en Madrid: “¡Vosotros podéis cambiar la historia!¡Hacedlo con el amor!”.

Fuente: almudi.org

Publicado por JOQUIVESA en 17:11

29 junio 2026

Recuperar la hospitalidad

Juan Luis Selma

Una mirada al valor cristiano de la acogida frente al creciente individualismo de nuestra sociedad.

En su reciente visita al España, el Papa invitó a realizar un “examen de conciencia” colectivo ante el drama migratorio.

Una sociedad sana y verdaderamente humana, consciente de las necesidades perentorias de sus ciudadanos, posee un profundo sentido de la hospitalidad. Sabe que acoger al huésped fue, en muchas culturas, un deber casi sagrado.

En civilizaciones antiguas -desde Grecia hasta la India o los pueblos beduinos-, la hospitalidad no era solo cortesía, sino un mandato religioso. El extranjero era visto como enviado de los dioses o portador de bendición. En regiones de climas extremos —desiertos, montañas, estepas— la acogida era una cuestión de supervivencia. En el fondo, existía un do ut des: lo que hoy hago contigo, tú lo harás mañana conmigo. Era un reconocimiento humilde de nuestras limitaciones: los seres humanos nos necesitamos, no somos autosuficientes. Además, late en nosotros una solidaridad innata; podríamos decir que el otro es “carne de mi carne”.

Sin embargo, a medida que han avanzado la tecnología, el desarrollo agrícola y los cuidados médicos y sociales, el ser humano se ha sentido más fuerte e independiente. Más individualista. Cuesta reconocer nuestras limitaciones y queremos proyectar una imagen casi divina. Pero esta actitud nos aísla y nos separa de los demás. El otro pasa a ser quien molesta, quien invade mi espacio, y entonces levantamos muros de defensa.

El libro de los Reyes narra cómo fue acogido Eliseo en Sunén por una mujer que dijo a su marido: "Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle una cama, una mesa, una silla y una lámpara para que, cuando venga, pueda retirarse". Este gesto de hospitalidad fue premiado por el profeta, que, sabiendo que ella era estéril, le anunció: "El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo".

El Señor nos invita a levantar la mirada y a ver en el otro al mismo Jesús: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá recompensa de justo. Y el que dé a beber, aunque solo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, en verdad os digo que no perderá su recompensa".

La reciente visita del Papa a España ha sido una preciosa lección de acogida, de comunión y de enriquecimiento mutuo. Sus palabras y gestos, su predicación, nos han hecho mejores y han despertado nuestro orgullo de cristianos. Nos han hecho más humanos. A la vez, nuestra calurosa acogida y la fe del pueblo cristiano le han ayudado a él a crecer como Papa. La comunión siempre enriquece.

El inmigrante, el extranjero, el peregrino tienen rostro humano. No son un número, un problema. El Papa ha subrayado que los migrantes "no son números ni expedientes, son personas", recordando que "la dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera". Invitó a realizar un “examen de conciencia” colectivo ante el drama migratorio, afirmando que el extranjero de ayer "puede ser el hermano y vecino de hoy".

Desde los Padres del Desierto hasta san Benito, la hospitalidad se convirtió en una regla espiritual. "A todos los huéspedes que llegan al monasterio se les reciba como a Cristo", afirma la Regla benedictina. No como si fueran Cristo “en sentido figurado”, sino realmente. Por eso los monasterios ofrecían cama, comida, calor, agua y cuidado a los enfermos. Así nacieron los hospitales y albergues: lugares de acogida para el peregrino.

La Iglesia está haciendo grandes esfuerzos por abrirse y acoger a todos. La pastoral de la acogida es uno de los ámbitos donde hoy se juega su credibilidad. No es un “servicio” más ni un gesto simpático: es una forma concreta de mostrar el rostro de Cristo. Cuando una comunidad acoge bien, evangeliza sin palabras. Cuando no acoge, aunque tenga buena doctrina, suena hueca.

También los hogares cristianos deben ser acogedores, abiertos a quien está solo o enfermo, al anciano, al necesitado. Una familia acogedora no es simplemente una familia “amable”: es una familia que ha entendido que su hogar es un lugar donde Dios vive.

Estamos llamados a ser personas que escuchan, que miran a los ojos, que se hacen cargo de lo que le sucede al otro. Abiertos a quien nos necesita, especialmente a los más cercanos -porque la caridad es ordenada—. Tenemos la hermosa tarea de recuperar la hospitalidad.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 20:55

28 junio 2026

¿Por qué le interesa al papa León XIV la Escuela de Salamanca?

Miguel Ángel Quintana Paz


«El mismo discurso del Papa apuntó el motivo: ‘Esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral’»

Algo insólito ocurrió hace dos semanas en el Congreso de los Diputados de España. Durante varios minutos no se lanzaron reproches de un partido a otro, no se discutió sobre cómo repartir el dinero, no se impusieron nuevas prohibiciones. Durante varios minutos se habló de filosofía. Más en concreto, de un movimiento filosófico surgido también en nuestro país, pero hace quinientos años: la Escuela de Salamanca. Y quien disertó sobre tan digno asunto fue asimismo un invitado poco usual: el papa León XIV.

Hay que reconocer que este discurso del sumo pontífice se aguardaba con cierto temor por parte de no pocos católicos. ¿Aprovecharía Su Santidad para criticar las numerosas leyes que el Gobierno de Sánchez lleva ocho años aprobando y que contradicen la moral católica: aborto, eutanasia, autodeterminación de género…? Resultaba poco probable: nadie imaginaba en León XIV una contundencia hostil hacia sus anfitriones. ¿Sería entonces el Gobierno social-comunista el que se aprovecharía del discurso papal para fortalecer su propia narrativa a favor de la inmigración masiva, a favor de los 2,5 millones de personas que se ansía nacionalizar y a favor del medio millón de inmigrantes que se va a regularizar? Muchos así lo temían. Pues si alguna competencia ha demostrado el actual Gobierno es su habilidad para manejar en beneficio propio cualquier cosa que acontezca.

Al final, sin embargo, no ocurrió ni una cosa ni la otra. El discurso de León XIV, el primero que pronuncia ante un parlamento nacional, se insertó bien en la línea de alocuciones que dos de sus antecesores habían pronunciado ya ante otras cámaras legislativas: las de Juan Pablo II ante los parlamentos europeo, polaco e italiano, y las de Benedicto XVI en Westminster o el Bundestag. Como ellos, León XIV centró su discurso en asuntos de calado filosófico, en torno a los fundamentos de la política. Algo que resultó menos evidente en las palabras del papa Francisco ante el Congreso de los Estados Unidos en 2015, pues allí, en cambio, se centró más bien en asuntos de su agenda política concreta: ecología, migraciones, tráfico de armas, pena de muerte, luchas raciales…

Ahora bien, la grata sorpresa para muchos españoles, para muchos católicos y para muchos pensadores españoles y católicos es que el eje en torno al cual León XIV organizó sus reflexiones sobre lo político fue la citada Escuela de Salamanca, escuela que además celebra este año 2026 su 500º aniversario. ¿Qué tiene ese movimiento filosófico de especial? ¿Por qué le ha resultado útil al papa? ¿Por qué nos puede resultar útil a nosotros, a la hora de afrontar la política en este siglo XXI? ¿Hay algo en esos pensadores salmantinos que moleste en especial al Gobierno del PSOE, que se ha negado a apoyar la citada conmemoración de su aniversario?

Para responder a estas preguntas hay que aclarar dos cosas: en primer lugar, que los logros de la Escuela de Salamanca van mucho más allá de sus reflexiones sobre la política; en segundo lugar, que esos logros han quedado un tanto oscurecidos en la arena de la política porque los filósofos salmantinos lograron ser a la vez muy modernos y muy poco modernos. Dicho de otro modo: fueron modernos, pero de una manera netamente distinta a la que finalmente triunfaría en la Modernidad europea posterior.

Vamos con lo primero: nos quedaríamos con una visión incompleta de la Escuela de Salamanca si no mentásemos que, aparte de reflexionar sobre los fundamentos de la política, allí también surgieron el Derecho internacional, la Economía moderna y algunas de las polémicas teológicas más influyentes de la historia. Y las tres cosas fueron el resultado del momento tan especial que vivía España entonces.

Pues el reciente descubrimiento y conquista de América —aquella primera globalización— estaba planteando multitud de preguntas. Ante todo, de tipo jurídico: ¿era legítima esa conquista? ¿Había alguien —el emperador o el papa— que tuviera dominio universal sobre el mundo y que, por tanto, pudiera reclamar aquellas tierras o donárselas a otros gobernantes, como los reyes españoles? ¿Cabía someter a esclavitud a los habitantes de las Indias? ¿Hay algún principio de Derecho que sea válido para todos los pueblos, con independencia de sus leyes concretas? ¿Cuándo era justo entablar una guerra contra gentes que desconocían la moral cristiana?

El dominico Francisco de Vitoria y sus colegas en Salamanca afrontaron esas dudas de modo tan brillante que hoy un busto de Vitoria adorna los jardines de la ONU en Nueva York. Su rótulo: «Fundador del Derecho de Gentes». También la sala del Consejo de la ONU en Ginebra lleva su nombre. Resulta razonable, pues, que el papa León XIV, que aludió en España varias veces al multilateralismo y al Derecho internacional, se haya sentido interesado por esas reflexiones salmantinas.

Pero, volviendo al siglo XVI, lo cierto es que la conquista de América, la llegada de su oro y su plata a Europa y la inflación que estos generaron plantearon enseguida preguntas económicas también: si el «precio justo» de un objeto no había cambiado por la mera llegada de riquezas desde más allá del Atlántico, ¿por qué estaban subiendo los precios reales de los bienes? ¿Era legítimo, si el coste de la vida subía, cobrar intereses por préstamos que se devolverían cuando todo se hubiese vuelto más caro? ¿Tenían de veras un precio objetivo las cosas, o todo dependía de cómo las valorasen sus compradores?

Miembros de la Escuela de Salamanca como Diego de Covarrubias, Luis de Molina y Martín de Azpilcueta pronto se pondrían a resolver tales problemas. El primero de ellos, Covarrubias, enseguida notó que el precio de algo no reposaba en un valor objetivo, sino subjetivo: una misma botella de agua no cuesta lo mismo si estás junto al río Tormes que si tratas de venderla —antes de que te la quiten de las manos— en el desierto; un diamante, en cambio, estará muy demandado en el primer caso, mientras que poco lo deseará un sediento en pleno Sáhara. Con estas ideas, nuestro eclesiástico se adelantó nada menos que tres siglos a la llamada «revolución marginalista», que hacia 1870 integraría esa teoría subjetiva del valor en la ciencia económica mundial.

Igualmente precursores resultarían Luis de Molina y Martín de Azpilcueta. De hecho, autores tan diferentes como J. A. Schumpeter y M. Grice-Hutchinson, ya en el siglo XX, les atribuirán nada menos que la invención del análisis económico científico y de la teoría monetaria, respectivamente. Tanto estas disciplinas como las reflexiones sobre el valor subjetivo de un producto resultan, quizá, tareas lejanas de las que hoy ocupan al papa León XIV, aunque no tanto de los intereses del joven Robert Prevost como matemático. En cualquier caso, lo que sí nos interesa destacar es que el enfoque que la Escuela de Salamanca adoptó ante estos asuntos económicos conecta bien con el enfoque que el papa —y cualquier católico— han de adoptar también hoy ante la economía en general: un enfoque que no desliga por completo la economía de la ética, como ocurriría pronto entre muchos pensadores modernos, sino que se ayuda de la ética para entender la economía y viceversa.

En cuanto a la teología, la ciencia estrella de su época, los salmantinos del Siglo de Oro español también debieron enfrentarse a preguntas novedosas. Y ello no solo por el reto de la reciente Reforma protestante, sino por el descubrimiento de millones de humanos al otro lado del Atlántico que habían vivido y fallecido sin jamás oír hablar de la fe o la gracia de Cristo. ¿Estaban todos ellos predestinados a la condenación? ¿No decía san Pablo, en su primera carta a Timoteo, que «Dios quiere que todos los hombres se salven»? Y, de ser así, ¿cómo los salvaba Dios? Aunque estas son preguntas teológicas que, curiosamente, el papa León XIV no abordó directamente en su visita a España, sí convivieron en su día, dentro de la Escuela de Salamanca, con algunas de sus respuestas más memorables: baste recordar las que enfrentaron a Domingo Báñez y Luis de Molina, cumbres especulativas de la teología universal; o baste citar a Domingo de Soto y Melchor Cano, figuras sin las que no se entiende el Concilio de Trento.

Ahora bien, volviendo a la filosofía política, ¿por qué le interesó a León XIV lo que ante los parlamentarios españoles llamó «la pregunta salmantina»? El mismo discurso del papa apuntó el motivo: «Esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica» —es decir, el citado descubrimiento, conquista y evangelización de América— «con la lucidez de la razón moral». ¿Y cuál es esa razón moral que puede iluminar nuestra acción en la historia? También lo indicó el papa, apoyándose en las reflexiones de la Escuela de Salamanca: «Que la voluntad de la mayoría… respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar». Es decir, que ningún poder —tampoco el de la mayoría, tampoco el «democrático»— pueda atropellar «el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales» que ponen coto a tal poder. Toda una enseñanza para un parlamento como el español, que ha emitido leyes que permiten acabar con jóvenes deprimidas —como Noelia Castillo—, niños aún en el seno materno o ancianos en dificultades.

Tanto los pensadores salmantinos como el papa nos vienen a recordar, contra tales legislaciones, que hay algo más importante y anterior a la política; que hay algo más importante y anterior a las leyes humanas; que hay, en suma, algo más importante que los discursos histéricos de Irene Montero o los chabacanos de Gabriel Rufián en sede parlamentaria. Y tenemos suerte porque ese algo, muchísimo más precioso que el palacio del Congreso entero, se halla bien cerca de cada uno: se encuentra dentro de cada persona. Es un «valor irreductible» o, como la llamó la declaración doctrinal de 2024, una «dignidad infinita».

El libro del Génesis, más poético, ya explicó esta misma idea hace milenios: cada uno de nosotros ha sido creado a «imagen y semejanza» de Dios; nada hay en el mundo que se parezca más a la divinidad que un ser humano, por tanto. Santa Teresa, asimismo mencionada por León XIV, también echó mano de la lírica para expresarlo en un poema que pone voz a Dios mismo:

Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti. (…) Y si acaso

no supieres dónde me hallarás a Mí, no andes de aquí para allí,

sino, si hallarme quisieres, a Mí buscarme has en ti.

Esa imagen de lo divino que cada uno llevamos dentro no puede, por tanto, renunciarse, venderse o comprarse; tampoco puede borrarse del todo, por nefastos que sean nuestros actos o atribulada que sea nuestra vida. Solo hay una actitud que hace honor a tan alta dignidad que cada cual posee: el respeto máximo e, incluso, el amor.

Ay, pero la política que triunfó tras la Escuela de Salamanca, la que acabaría fundando nuestro mundo moderno, olvidó pronto estos principios. Ni Hobbes, para el que solo somos átomos egoístas del sistema social, ni Rousseau, para el que la voluntad general jamás se equivoca, reconocen un valor interior en cada persona que ponga límite a las imposiciones del poder. No digamos ya si avanzamos hasta el siglo XIX o el XX, en que revolucionarios y totalitarios de todo signo han preferido aplastar antes que reconocer la dignidad de cada cual. Tampoco nuestros «democráticos» sistemas actuales se hallan libres de culpa: pese a todo el blablablá sobre los derechos que figura en nuestras constituciones, esos mismos derechos son luego socavados por unos u otros poderes, entre el aplauso de tantos.

Esto es lo que León XIV recordó a los diputados españoles hace un par de semanas. Y esto es lo que la Escuela de Salamanca lleva cinco siglos recordándonos a todos.

Una versión más breve de este artículo se publicó en lengua alemana en el diario Die Tagespost el pasado 18 de junio de 2026.

Fuente: theobjective.com

Publicado por JOQUIVESA en 9:05
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