08 mayo 2026

La resurrección de Jesús en los orígenes cristianos

La realidad actual del hecho cristiano en la vida de millones de hombres y mujeres se basa de manera muy directa en la resurrección de Cristo. Por muy atractiva que pueda resultar hoy la doctrina de aquel galileo ajusticiado a principios del siglo primero de nuestra era (como pudiera serlo la de Buda o la de Ghandi), sólo en virtud de su resurrección pudo convertirse en fundamento del cristianismo.

Prescindiendo de las actitudes personales que podamos tener ante algo que se nos transmite con pre­ tensión de verdad, es particularmente relevante el plantearse la cuestión del origen histórico de esta creencia.

¿Cómo nació en el cristianismo primitivo la convicción de la resurrección de Cristo? ¿Qué testimonios poseemos de ella? ¿Cuál es el valor y el sentido de esos testimonios? ¿Qué podemos entender por resurrección de Cristo a la luz de esos testimonios?

Este artículo y el siguiente pretenden arrojar alguna luz sobre estas cuestiones fundamentales.

1.       En busca del "Kerigma" primitivo

Hubo un momento del siglo I de nuestra era, no muy lejos del año 30, en que unos judíos del pueblo empezaron a predicar que Cristo había resucitado. Este es el hecho. Aún no se habían escrito los evangelios; ni siquiera se pensaba en ello. Pablo, un judío de Tarso que después se haría famoso por su odio a los cristianos, no había aún oído hablar de ese puñado de hombres que habían de poner en peligro, a su entender, los fundamentos mismos del judaísmo.

Pero aquellos hombres ya predicaban. ¿Qué predicaban? Estamos en el mismo punto de partida del cristianismo y el contenido de aquella predicación reviste para nosotros una importancia excepcional. No en vano sabemos que nuestra fe en la resurrección de Cristo (y con ella, como veremos en otro artículo, toda nuestra vida cristiana) conecta, gracias a una tradición ininterrumpida, con la fe de esa primitivísima comunidad cristiana constituida por los discípulos.

¿Contaban acaso al pueblo de Jerusalén las historias de las apariciones que hoy conocemos por los evangelios?

En contra de lo que ordinariamente pudiera pensarse, los apóstoles no se lanzaron a la calle predicando que Cristo era Dios, así, a secas; esto, lo sabemos. Ni siquiera se dedicaron a contar sus "palabras y obras" (muchas de ellas milagrosas) que constituirán precisamente más tarde (a partir del año 50, más o menos) la base de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas).

Quizás pensemos, al oír en la liturgia de estos días de Pascua la lectura de las narraciones de las apariciones de Cristo resucitado, que dichas narraciones evangélicas son el punto de partida de la fe en la resurrección. Nada más lejos de la realidad.

¿Cómo podremos conocer el contenido de la predicación de ese grupo de judíos incultos que se echaron a la calle alrededor de la fiesta judía de Pentecostés del año 30?

La exégesis moderna, aplicándose principalmente al estudio del libro de los Hechos de los apóstoles, y de las cartas de Pablo, nos permite aislar, con una cierta precisión, el contenido fundamental de esa primitiva predicación apostólica; es lo que se ha dado en llamar el kerigma apostólico, en sentido amplio. En él, como veremos, el anuncio de la resurrección de Cristo ocupa el puesto central. Los relatos evangélicos de las apariciones son, al menos en su forma escrita, muy posteriores y no formaban parte de ese kerigma más primitivo.

Para proceder con cierto orden podemos distinguir dos tipos de expresiones de esa fe primitiva; remontándonos hacia atrás en el tiempo, tenemos:

-         las confesiones de fe: es decir, las formulaciones en que se acuñaba lo que la más antigua comunidad cristiana consideraba como el núcleo de su fe;

-         los discursos kerigmáticos del libro de los Hechos de los apóstoles.

2.       LAS CONFESIONES DE FE:

1Co 15

Distinguen los técnicos diversas formas de expresión de la fe cristiana más primitiva; nosotros agrupamos bajo la denominación de confesiones de fe, en sentido lato, el contenido del "acuerdo o consensus en que la comunidad cristiana estaba unida, el núcleo de convicción esencial y de creencia al cual se adscribían los cristianos y del que daban testimonio abiertamente". Se trata del testimonio personal de su fe, ya se expresara en el culto público, en la predicación, en las controversias con los judíos, con los paganos o con los herejes.

¿Dónde podemos encontrar esas confesiones de la fe primitiva? De hecho, no poseemos ningún documento escrito que date de los años 30, en que los apóstoles se lanzaron a predicar; los más antiguos documentos cristianos no suben más allá del año 50, fecha en que se cree fue escrito un evangelio en arameo de Mateo (del que nuestro texto griego sería una traducción más o menos fiel).

Dejando los Hechos de los apóstoles para el apartado siguiente, y ciñéndonos a las epístolas de San Pablo, podemos tomar un ejemplo especialmente significativo que nos permita descubrir con cierta aproximación el contenido que buscamos. Al mismo tiempo podremos ver, de una manera sencilla, el método con el que opera la exégesis moderna para aislar estas confesiones primitivas de la fe en documentos bastante tardíos.

1Co 15, 1-9

Pablo escribió la primera carta a la comunidad de Corinto durante una estancia en Éfeso, allá por los años 54-57. En el contexto de este capítulo 15 pretende disipar las dudas de los cristianos de Corinto sobre la resurrección de los muertos; por ello les dice en 1Co 15, 12: "Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo andan diciendo algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos"? En este contexto inserta el siguiente texto:

1 "Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes,

2 por el cual seréis también salvos, si lo guardáis tal como os lo prediqué... Si no ¡habríais creído en vano!

3 porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: QUE CRISTO MURIO POR NOSOTROS, SEGUN LAS ESCRITURAS,

4 QUE FUE SEPULTADO Y QUE RESUCITO AL TERCER DIA, SEGUN LAS ESCRITURAS,

5 QUE SE APARECIO A CEFAS Y LUEGO A LOS DOCE

6 después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron.

7 Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los apóstoles.

8 Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo".

Existen muy poderosas razones para pensar que las palabras transcritas en mayúsculas (con ciertas precisiones más o menos discutibles) constituyen una fórmula anterior a Pablo. Probablemente reflejan también una tradición anterior los versículos 6 y 7, pero no tan antigua como la de los versos precedentes.

La introducción (versos 1-3a) contiene ciertos términos técnicos rabínicos ("transmití... lo que a mi vez recibí") que indican que se trata de la transmisión de una tradición, de una verdad recibida que se tiene en depósito y a la que no se puede tocar. El vocabulario (poco paulino), la cadencia rítmica y el paralelismo que hacen pensar en un himno litúrgico, los cuatro "que" introductorios de los cuatro verbos fundamentales (murió - fue sepultado - resucitó - se apareció), la alusión a "las Escrituras" en plural (Pablo siempre habla de "la" Escritura, en singular), la alusión a Los 12 insólita en Pablo, son otros tantos indicios de que estamos ante una proclamación de fe anterior a Pablo; el apóstol la ha insertado en su carta dando  por  supuesto que se trata del patrimonio  común de los cristianos, incluidos naturalmente los de Corinto.

Si Pablo había "transmitido" este contenido fundamental de la fe a los corintios, tuvo que ser durante su primera estancia en la ciudad, hacia el año 50 (cfr. Hch 18, 1-18). Pero esa fe que él transmite la había "recibido " a su vez, seguramente en el momento de su conversión e instrucción por Ananias (cfr. Hch 9, 19). Nos remontamos así a los años 40 o quizá hacia el año 35 de nuestra era.

Nos encontramos, por tan to, ante una de las más primitivas expresiones de la fe cristiana; estamos muy cerca de las palabras con que los apóstoles asombraron a los judíos de Jerusalén, allá por la fiesta de Pentecostés del año 30: "A Jesús Nazareno... que fue entregado... y a quien vosotros matasteis..., Dios lo resucitó... de lo cual todos nosotros somos testigos" (Hch 2, 22.23.24.32). Pero si tenemos en cuenta que Lucas escribió los Hechos mucho después que Pablo escribiera la primera carta a los corintios, podemos comprender que ambos están desarrollando un tema anterior que constituye la esencia del anuncio más genuino de la primerísima predicación cristiana: "Cristo murió y ha resucitado; nosotros somos testigos".

3.       Los discursos kerigmáticos de los hechos de los apóstoles

Lucas escribió los Hechos probablemente después de las grandes epístolas paulinas.  Sea cual fuere su fecha de composición (seguramente entre los años 60 y 70), la exégesis estudiará los discursos introducidos por Lucas a lo largo de su narración, intentando distinguir en ellos lo que puede ser legítima composición literaria de Lucas de los datos primitivos fundamentales alrededor de los cuales el autor dio forma a esos discursos.

En nuestro intento por remontarnos a la expresión más genuina de la fe original de los apóstoles y de los primeros cristianos, estos textos tienen para nosotros un interés particular. También en ellos descubriremos el papel central y casi exclusivo de la resurrección de Jesús en la fe de los primeros cristianos y, en consecuencia, en nuestra fe.

A cualquier lector atento de los Hechos no deja de llamarle la atención la semejanza de estructura y de contenido de una serie de discursos de los apóstoles que se encuentran a lo largo de la narración de los primeros tiempos cristianos. Estos discursos son sobre todo de Pedro, aunque hay que incluir también uno de Pablo y algunas frases del mártir Esteban (Hch 2, 14-40; Hch 3, 12-26; Hch 4, 8-12; Hch 5,2 9-32; Hch 7, 51-53; Hch 10, 34-43; Hch 13, 16-41).

El esquema común en su forma más detallada y amplia (faltan elementos en tal o cual discurso) es el siguiente:

1.-Exordio

2.-Proclamación de Jesús:

-         Vosotros (judíos) habéis matado a Jesús

-         como la Escritura lo había profetizado (sin textos).

-         Pero Dios lo ha resucitado

-         y le ha dado una nueva función (o nombre),

-         cómo se prueba por las Escrituras (textos).

-         De lo cual nosotros somos testigos

-         y os exhortamos a la conversión (o bien: la Escritura anuncia que en Él está la salvación).

Vemos a simple vista cómo el esquema de estos sermones coincide sustancialmente con el de 1Co 15, 3-5. Lucas, por tanto, no los ha "inventado", sin más; por dos caminos diferentes (dos "ambientes" dirían los exegetas) hemos llegado a una formulación que podemos considerar como la auténtica expresión de lo que predicaron los apóstoles en el mismo amanecer del cristianismo; el kerigma cristológico consta, pues, de tres hechos: muerte, resurrección y testimonio de los apóstoles, a los que se añade su interpretación a la luz de la Escritura.

4.       De las fórmulas primitivas a los relatos evangélicos

A partir de estas fórmulas, primitivas, confesiones de fe y discursos kerigmáticos, no podemos menos de considerar como posteriores elaboraciones las narraciones evangélicas de las apariciones.  Pero a la luz de las fórmulas que acabamos de ver, en las que el testimonio personal de los apóstoles sobre la resurrección ocupa un puesto central, comprendemos que el interés de los fieles de la primitiva comunidad por tener más detalles acerca de esas apariciones haya ocasionado el que se pusieran, por escrito y terminaran formando parite de los evangelios.

El mismo fenómeno explica la redacción de los evangelios en general. Los apóstoles no salieron a predicar la vida del Jesús terrestre, aquello que constituiría más tarde el contenido de los evangelios. Diríase más bien que, deslumbrados por la gloria del resucitado, olvidaron por el momento la vida y los milagros del Jesús terrestre; no es esta una actitud normal si, habiendo sido atraídos por la personalidad del Jesús terrestre, pre-pascual, y decepcionados, por su muerte, hubieran querido prolongar su causa por la resurrección como "interpretación" de la misión del Jesús terrestre.

Para aquellos primeros cristianos que, a partir de la fe en la resurrección, habían fundado su vida en la persona de Cristo, todos los detalles de su vida pre-pascual, terrena, serían en adelante de un interés excepcional.

Comprendemos así el hecho, tan subrayado por la exégesis moderna, de que los evangelios sean una mi­ rada retrospectiva desde la fe en Cristo resucitado hacía toda la vida terrena de Jesús. Quizás haya sido Juan el Evangelista quien más explícitamente tomó este punto de vista en la redacción de su evangelio:

"Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que era eso lo que quiso decir, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús" (Jn 2, 22).

Es decir, creyeron después de su resurrección y, sólo entonces, se pusieron a penetrar en el sentido de la vida terrena de Jesús: así nacieron los evangelios.

"Cuando Jesús fue glorificado, cayeron en la cuenta de que esto estaba escrito sobre él, y que era lo que le habían hecho" (Jn 12, 16).

El punto de partida, cronológica y vitalmente, es la fe en Jesús resucitado. 'roda la doctrina sobre el valor salvífica de la cruz (el "murió por nuestros pecados" de 1Co 15) no pertenece al más primitivo contenido de la predicación apostólica.

Precisamente a partir del hecho incontrovertible de la resurrección, se elabora la teología neotestamentaria sobre Cristo; esto no quiere decir que gran parte de los elementos de esa teología no estuvieran ya presentes de algún modo en la mente de los apóstoles; pero su desarrollo y su explicitación, enriquecidos por la acción del Espíritu Santo, parecen seguir una línea de evolución. Lo primero, el punto clave, es que "Dios le resucitó" (Rm 1, 4). Este tipo de fórmulas parecería n sugerir que ignorando o prescindiendo de lo que pasó antes, se toma como punto de partida del señorío de Jesús el momento de su resurrección.

A medida que el cristianismo primitivo reflexionó sobre ese Cristo que era el centro de su vida, empieza a tomar conciencia de la importancia del momento del bautismo de Jesús en que la voz del cielo se dirigió a Jesús como al "Hijo amado" (Mc 1, 11); de aquí arranca precisamente el evangelio de Marcos. Una mayor reflexión condujo a la comunidad post-pascual a tomar el momento de la concepción por el Espíritu como punto de partida de la consideración de Cristo como Señor (léase Dios, para los efectos). Lucas y Mateo encan1an esta etapa: es el sentido de las palabras del ángel a María: "el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios" (Lc 1, 35). Y la evolución llegará a su culmen, en esta especie de movimiento de retroceso, en el evangelio del clarividente Juan (el último que se escribió) quien, elevando al máximo la revelación neotestamentaria, nos introduce en el misterio trinitario de la eterna preexistencia del Verbo: "la Palabra se hizo carne" (Jn 1, 14)" y la Palabra era Dios" (Jn 1, 1).

5.       La fe primitiva en la resurrección y la teología neotestamentaria posterior

En el párrafo anterior hemos echado una mirada retrospectiva: desde la fe en la resurrección, la Iglesia primitiva se interesó por la vida del Jesús terrestre. Podríamos ahora, de forma semejante, ver cómo el hecho de la resurrección es la base de la reflexión teológica que siguió al anuncio primitivo del día de Pentecostés. La importancia de la resurrección es particularmente decisiva en la teología paulina. Veamos brevemente algunos ejemplos de esta influencia.

a)       Cuando Pablo quiere afianzar la fe de los fieles, sobre todo en la discusión con los judea-cristianos de la epístola a los romanos, insiste precisamente en la fe en el Dios "que ha resucitado a nuestro Señor Jesús de entre los muertos" (Rm 4, 24). Es la fórmula que cierra la disputa subrayando la exactitud de los argumentos de Pablo.

b)       En la misma carta a los romanos, a la hora de destacar el do­ minio de la gracia, se detiene a considerar el hecho del Bautismo: "Fuimos sepultados con él por el bautismo en la muerte para que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, también nosotros vivimos una vida nueva" (Rm 6, 4).

c)       Hablando de su cautiverio en Éfeso, donde parecía que tenía que desesperar de la vida, dice: "Para que no pongamos nuestra confianza en nosotros m ismos, sin o en el Dios que resucita a los muertos. Él nos libró de tan mortal peligro y nos librará" (2Co 1, 9s).

d)       Para Pablo es claro también que la esperanza de llegar a superar la muerte se funda en la resurrección de Jesús: "el que ha resucitado al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante El juntamente con vosotros" (2Co 4, 14).

En estos y otros pasajes se muestra como una afirmación fundamental, se inserta en una situación crítica, que sirve para el esclarecimiento teológico y la toma de conciencia de la existencia cristiana. Se nos muestra precisamente cómo hay que repensar las afirmaciones de fe toman do ocasión de las situaciones y las necesidades que se presentan a los individuos y a la comunidad. Junto a una "ortodoxia" en la interpretación de la resurrección de Jesús, hace falta una "ortopraxis”, o mejor la ortodoxia se dará en la ortopraxis, en la novedad de vida vivida por los individuos y por la comunidad. (Ver en este mismo número: "La resurrección de Jesús y la vida del cristiano").

Hay, pues, un proceso que, partiendo del primer anuncio de la resurrección, ha dado lugar por una parte (retrospectivamente) a la formación de los evangelios y de la cristología y, por otra parte (en la elaboración neotestamentaria posterior) a una reflexión teológica que la aplica a la vida cristiana. Quizás hayamos descrito este proceso de manera un poco simplista, en razón a la claridad, pero puede hacernos

En todo caso, una cosa queda clara en el Nuevo Testamento: lo que da plenitud a la acción salvadora de        Cristo es el hecho de su resurrección. Y el punto de partida histórico de la formación de la Iglesia, la comunidad de cristianos (sólo un puñado al comienzo) que funda su vida en Jesús resucitado, es esa salvación hecha realidad plenaria precisamente en la resurrección. Por la resurrección, Cristo, que era Dios desde siempre (como bien supo explicitar la reflexión teológica neotestamentaria guiada por la inspiración del Espíritu, culminando en la revelación del Verbo preexisten te), queda constituido en poder (Rm 1, 4) en su pleno ser de Señor de los hombres y de la creación. Culmina así la encarnación considerada como proceso y toda la historia adquiere su sentido desde la resurrección, como fin anticipado de la historia en su totalidad.

Es precisa mente en ese Señor, constituido en poder, en quien basa su vida, en profundidad, el cristiano de hoy, el cristiano que conmemora '' en iglesia" la Pascua del Señor; con la misma alegría y el mismo sentido con que aquel puñado de judíos vivieron la conmoción de Pentecostés.

A partir de su testimonio y al igual que ellos, el cristiano de hoy da a su vida un sentido pleno desde la realidad de Cristo resucitado, vivo y presente hoy, como ayer y como siempre (cfr. Hb 13, 8).

Fuente: dialnet.unirioja.es

07 mayo 2026

Sagrarios

Daniel Tirapu


Un no creyente de Japón preguntó que hacían los cristianos ante al sagrario, le explicaron que allí estaba Dios de un modo eminente, exclamó: "y por qué no estáis todo el día allí, con Dios".

Cuenta S. Juan en el cap. 6 de su evangelio que Jesús dijo que el que no comiera su carne y bebiera su sangre no tendría vida eterna. Algunos discípulos de Jesús pensaron que ya era demasiado, que era una doctrina excesiva y dice que le dejaron de seguir. Jesús podía haber explicado más las cosas, suavizar la afirmación, tender un puente; pero lejos de eso dirigiéndose a sus apóstoles, les dijo, "¿queréis marcharos vosotros también?".

En la última cena les dijo tomando pan, "Esto es mi cuerpo", tomando el cáliz "Esta es mi sangre", "haced esto en memoria mía". Esto es lo que hay. Un no creyente de Japón preguntó que hacían los cristianos ante al sagrario, le explicaron que allí estaba Dios de un modo eminente, exclamó " y por qué no estáis todo el día allí, con Dios".

Que pena esos sagrarios solos, abandonados, cerrados durante la noche, con el suspiro de cuatro viejas; miento, no están solos porque miríadas de ángeles adoran y hacen compañía a Jesús. Que torpe, qué estúpido cuando pasé cerca de un sagrario y no te saludé. Esa es la mayor fuerza, la mayor esperanza, la presencia más silenciosa pero más poderosa de la tierra. En el fondo, una madre atontada con su hijo le dice "te comería", pues eso es lo que ha hecho Jesús para nosotros.

Aclaro que no se debe comulgar si no se han confesado los pecados graves en la confesión. S. Josemaría Escrivá decía que Jesús en el sagrario debía encontrarse como en Betania, aquel lugar donde descansaba, donde se encontraba con confianza y gusto, en casa, con Lázaro, Marta y María. Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos.

Fuente: elconfidencialdigital.com

06 mayo 2026

¿Qué es el wokismo? Una guía

Benigno Blanco Rodríguez

Aunque suene algo raro, no se puede entender la política actual en un país como España si no se tiene una idea clara sobre el wokismo, pues lo woke se nos ha infiltrado a través de los algoritmos de las redes, las series de moda, el lenguaje, la moda, la música, etc, en todas las formas de transmisión cultural que permean el mundo occidental y, desde él, en todo el mundo.

Helen Pluckrose y James Lindsay, estudiosos del pensamiento contemporáneo del área cultural anglosajona, han escrito un libro que es una buena guía del pensamiento woke, labor no fácil dado que esta forma de interpretar la realidad es algo muy novedoso y su conversión en movimiento político tiene raíces plurales y manifestaciones diversas según los países y los problemas sociales que movilizan a la opinión pública en cada sitio. Su obra Teorías cínicas. Cómo el activismo académico hizo que todo girara en torno a la raza, el género y la identidad … y por qué esto nos perjudica a todos (Alianza Editorial,2023, 426 págs.) logra hacer comprensible para el lector no especialista la génesis intelectual del pensamiento woke y -capítulo tras capítulo- las manifestaciones políticas de esta ideología en materias tan variadas como la raza, el género, el colonialismo, la discapacidad, la gordura, etc.; y los mecanismos de difusión de esta nueva ideología a partir de las universidades americanas en todas las instancias de inculturación de las sociedades occidentales, como las redes, el cine, los medios de comunicación y -por último- la política.

En esta reseña voy a referirme en exclusiva a la introducción del libro y a sus dos primeros capítulos (págs. 13 a 78) en los que los autores hacen una panorámica de la génesis histórica del pensamiento woke y de las vías de su difusión en el mundo. Los capítulos siguientes (del 3 al 9, págs. 79 a 290) se dedican cada uno a una de las causas woke política y culturalmente relevantes: colonialismo (cap. 3), queer y género (cap. 4 y 6), raza (cap. 5), discapacidad y gordura (cap. 7), justicia social (cap. 8 y 9). El capítulo 10 y último ofrece una alternativa al wokismo basada en la reivindicación del liberalismo democrático sin caer en la tentación identitaria del wokismo.

El lector de lengua española debe tener en cuenta que algunos términos y expresiones de los autores están escritos para un público anglosajón y que a España y el mundo de habla hispánica en concreto lo que nos ha llegado con fuerza de los planteamientos woke es la ideología de género y queer y el anti occidentalismo (incluyendo el anticristianismo) encarnado en la visión woke de la lectura del proceso de descubrimiento de América y la presencia española en aquel continente; mientras que otros temas (como la teoría crítica de la raza o los planteamientos de justicia social entendida en clave woke, tan relevantes en los USA) aquí no han tenido un eco tan intenso.

En los años sesenta del siglo XX, nos explican los autores, una serie de pensadores -sobre todo franceses: Foucault, Derrida, etc.-, desilusionados con el marxismo, cayeron en un escepticismo radical y total, poniendo en duda nuestra capacidad para obtener conocimientos objetivos; y creyeron que toda idea (filosofía, religión, etc) no era más que la forma en que el poder intenta reafirmar su posición de dominio. Esta forma de pensar puede definirse como posmodernismo pues rechaza la pretensión de la modernidad ilustrada de construir una era de la razón y el progreso.

“Los temas centrales del posmodernismo incluyen el escepticismo ante la posibilidad de que cualquier verdad humana pueda proporcionar una representación objetiva de la realidad (…) y la negación de lo universal (…); el conocimiento, la verdad, el sentido y la moral son construcciones culturales y productos relativos de cada cultura concreta, y ninguna de ellas posee las herramientas ni los términos necesarios para evaluar a las demás” (pág. 35).

 “Lo que sabemos solo es posible saberlo dentro del paradigma cultural que produjo ese conocimiento y por tanto es representativo de su sistema de poder” (pág. 41); el lenguaje no refleja la realidad, sino que es fruto del poder dominante y su interpretación de la realidad, los significantes no se refieren a ningún significado objetivo (Derrida, cfr. pág. 48).

Y como cada cultura opera con su código cultural y lingüístico propio, ninguna cultura puede ser juzgada por otra ni hay verdades universales (cfr. pág. 50 y ss).

Esta forma de pensar donde fructificó fue en las universidades anglosajonas, generando una cultura y forma de pensar en la que fueron educadas las élites actualmente gobernantes en las empresas americanas y en sus instituciones educativas, por ejemplo, las grandes tecnológicas, y -desde ellas- está infectando a todo el mundo.

“El relativismo cultural será la norma de todas las teorías posmodernas aplicadas” (pág. 72); “Si el conocimiento es un constructo del poder que opera a través de la manera en que hablamos sobre las cosas, entonces podemos cambiar el conocimiento y derribar las estructuras de poder al cambiar la manera en que hablamos de las cosas” (pág. 73).

Por eso, vemos cómo en nuestro entorno, por ejemplo, se cambia la forma de hablar de la realidad sexuada del ser humano: el lenguaje de género nos lleva a hablar del ser humano como si la realidad biológica sexuada hombre-mujer no describiese ninguna realidad objetiva y relevante, presuponiendo que esa idea es solo fruto de una estructura de poder patriarcal.

A efectos políticos, el wokismo reniega de la común identidad y dignidad humanas y pretende convencernos de que nuestra identidad depende del color de la piel, el sexo, la orientación sexual o la pertenencia a un pueblo o etnia colonizada o no; de que esa identidad nos convierte en estructuralmente oprimidos u opresores de forma ineluctable y de que solo la lucha de los oprimidos (mujeres, lgtbi, indígenas, etc) contra los opresores (paradigmáticamente, el hombre blanco heterosexual) posibilitará construir una sociedad justa.

El odio sería así el motor de la historia y la cancelación de la historia de opresiones pasadas (teorías de la memoria histórica) es imprescindible en esta lucha. El wokismo es anti-occidentalismo: la razón y la cultura occidentales -y en concreto el cristianismo, la ciencia y la democracia liberal- serían manifestación, sin fundamento objetivo alguno, de la institucionalización de la opresión del hombre blanco heterosexual sobre el resto de la población del planeta para consagrar su poder.

El wokismo es una enmienda a la totalidad de la cultura humanista de Occidente. El libro de Pluckrose y Lindsay ayuda a conocerlo y valorarlo.

Fuente: religionenlibertad.com

04 mayo 2026

Seis criterios para que la fe no se quede sólo en las emociones

Javier García Herrería

Frente a ello, los obispos españoles proponen seis claves que ayudan a entender qué significa, hoy, vivir una fe madura.

En un momento en el que proliferan nuevas y muy positivas iniciativas de evangelización —muchas de ellas llenas de entusiasmo, creatividad y capacidad de convocatoria— la Iglesia en España ha considerado necesario ofrecer algunos criterios de discernimiento. No para apagar nada, sino precisamente para cuidar lo más valioso: la autenticidad de la experiencia cristiana.

El riesgo que preocupa a los prelados es que la fe se reduzca a una vivencia emocional, subjetiva, desligada de la verdad, de la comunidad y de la vida concreta. Frente a ello, los obispos españoles proponen en su último documento, seis claves que ayudan a entender qué significa vivir una fe madura, de tal maneras que las iniciativas de primer anuncio profundicen en experiencias de fe con más formación.

a) Conocer a las personas divinas

El corazón de la fe cristiana no es una vaga espiritualidad ni una mezcla de creencias a medida, sino el encuentro real con Jesucristo. No se trata de “sentirse bien” ni de acumular experiencias emocionales intensas, sino de reconocer que Dios se ha revelado de manera concreta en Cristo y que solo por Él accedemos al Padre en el Espíritu.

Por eso, el primer anuncio no puede diluirse en discursos genéricos sobre bienestar o interioridad: debe conducir a una relación viva con Jesús, única y decisiva. Cuando esta centralidad se pierde, la fe se desdibuja en un sincretismo difuso que puede resultar atractivo, pero que carece de la fuerza transformadora del Evangelio.

b) Dimensión personal

Ese encuentro con Cristo implica a toda la persona, también a su mundo afectivo. Pero los sentimientos, por sí solos, no son criterio suficiente para discernir la acción de Dios. La tradición espiritual de la Iglesia ha insistido siempre en la necesidad de contrastarlos, de examinarlos con ayuda de quienes han recorrido ese camino antes. Autores como Ignacio de Loyola enseñaron a distinguir entre consolación y desolación, precisamente para no confundir la voz de Dios con los propios estados de ánimo.

En la misma línea, maestros como Juan de la Cruz o Teresa de Jesús mostraron que la vida espiritual pasa también por la oscuridad y la purificación. Por eso, una fe madura no absolutiza lo que siente, sino que lo somete a un discernimiento serio, en continuidad con la experiencia acumulada de la Iglesia.

c) Objetividad de la fe

La fe cristiana no nace de un sentimiento, ni se sostiene en él. No depende de cómo uno se encuentre interiormente, ni de la intensidad de una experiencia espiritual concreta. Tiene un contenido objetivo: una verdad que precede al creyente y que le es dada.

En una cultura marcada por el “yo siento”, esta afirmación resulta incómoda. Sin embargo, es decisiva. No basta con percibir que “Dios me quiere” para validar cualquier decisión o comportamiento. La fe implica reconocer que hay una verdad revelada —sobre Dios, sobre el hombre, sobre el bien y el mal— que no se construye a medida de la propia subjetividad.

Uno de los casos más reveladores de esta ruptura se dio en la corte de Luis XIV, donde algunas damas pasaban sus noches con amantes para, a la mañana siguiente, acudir a una confesión rápida que les permitiera comulgar en Misa. Este ciclo de pecado nocturno y absolución exprés matutina, basado en una interpretación superficial de la ley religiosa, transformó los sacramentos en un trámite mecánico que no exigía una verdadera conversión del corazón ni un cambio de conducta.

Hartos de este «espectáculo» de hipocresía, la corriente jansenista se opuso con tanta fuerza que terminó cayendo en el extremo opuesto. Al intentar combatir la laxitud moral de la época, los jansenistas impusieron un rigorismo asfixiante que presentaba a un Dios distante y una Eucaristía casi inalcanzable, reservada únicamente para quienes lograran una perfección heroica.

La lección sigue siendo actual. Cuando las emociones sirven para justificar conductas objetivamente desordenadas, no estamos ante una fe bien integrada. La vida cristiana implica una unidad entre lo que se cree, lo que se siente y lo que se hace.

d) Eclesialidad de la fe

Nadie se da la fe a sí mismo. Se recibe. Y se recibe en la Iglesia. Esta dimensión eclesial es constitutivo del cristianismo. Creer implica aceptar que hay otros —antes y junto a mí— que transmiten, custodian e interpretan la fe: el Papa, los obispos, los sacerdotes, los acompañantes espirituales, la comunidad creyente.

Esto exige una actitud concreta: dejarse enseñar y dejarse corregir. Dos actitudes poco valoradas en una cultura que identifica la autenticidad con la autosuficiencia. Sin embargo, sin esta apertura, la fe corre el riesgo de convertirse en un proyecto individual, donde cada uno decide qué aceptar y qué descartar.

e) Consecuencias sociales de la fe

La fe no es una idea ni una emoción: es una forma de vida. Y, como tal, tiene consecuencias morales concretas. Cuando la fe se vive exclusivamente como una fuente de bienestar interior, puede terminar generando creyentes satisfechos pero indiferentes a las necesidades del prójimo.

Sin embargo, el cristianismo tiene una dimensión esencialmente abierta. El encuentro con Cristo impulsa hacia los demás, especialmente hacia los más necesitados. No se trata de un añadido opcional, sino de un criterio de autenticidad. Una fe que no se traduce en compromiso concreto —en la familia, en el trabajo, en la vida pública, en la atención a los pobres— queda incompleta. El Evangelio es claro: el amor a Dios se verifica en el amor al prójimo.

f) Dimensión celebrativa

La fe cristiana también se celebra. Y lo hace, de manera privilegiada, en la liturgia. Pero aquí también existe un riesgo: reducir la celebración a un espacio de emociones intensas o de experiencias subjetivas. Cuando la liturgia se convierte en un instrumento para “sentir cosas”, pierde su centro y su sentido.

La celebración cristiana no es un espectáculo ni una creación espontánea del grupo. Tiene una forma, una tradición, unas normas que garantizan su carácter eclesial y su fidelidad al misterio que celebra.

La Eucaristía, en particular, ocupa un lugar central. No es solo un momento emotivo, sino el acontecimiento en el que la comunidad se encuentra con Cristo de manera real y sacramental. De ahí la importancia de cuidar su celebración, sabiendo que la Misa está muy por encima de las bendiciones y adoraciones (por muy positivas que esta sean).

Estos criterios no pretenden apagar el entusiasmo ni desconfiar de las nuevas formas de evangelización. Al contrario, buscan asegurar que ese impulso se enraíce en lo esencial.

Fuente: omnesmag.com

¿Quién es el que está en la Cruz?

Juan Luis Selma

Con alegría celebramos las Cruces de mayo: las adornamos con flores, las rodeamos de música y de fiesta. Son ocasión para salir a la calle, tomar algo, encontrarnos con los amigos y disfrutar de la vida. Esta tradición hunde sus raíces en la invención —o “descubrimiento”— de la Santa Cruz por Santa Elena, madre del emperador Constantino, acontecimiento que tuvo lugar en Jerusalén en el año 327, no lejos del Calvario.

Como escribe san Cirilo, aquel día “una enorme cruz luminosa apareció en el cielo, sobre el Santo Gólgota, y se extendió hasta el Monte de los Olivos”. Y, como proclama san Pablo, “debemos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección, y por Él fuimos salvados y redimidos”. La Cruz es nuestra insignia y nuestra salvación.

Recientemente hemos visto la profanación de una cruz en el Líbano por un soldado del ejército de Israel, y el dolor que esto ha causado a los cristianos. La Cruz no es simplemente una enseña o un símbolo: su valor está en el Crucificado, en Aquel que fue clavado en ella. Y ese Crucificado no es un hombre cualquiera: es el Hijo de Dios, “Dios verdadero de Dios verdadero”, como proclamamos en el Credo. Es decir, de la misma naturaleza del Padre: Dios.

También estamos celebrando las primeras comuniones, un momento precioso para nuestras niñas y niños. Todos recordamos la nuestra con cariño. Fue un día importante, no por los regalos o la fiesta familiar, sino por lo que realmente celebrábamos. Del mismo modo, tras la aparente frivolidad de las Cruces late algo mucho más profundo. Lo que anima estas fiestas populares —como también la Semana Santa— es el misterio de la Encarnación, la presencia del Hijo de Dios hecho carne.

Con facilidad caemos en el reduccionismo, en “coger el rábano por las hojas”, quedándonos en la superficie. Pero no podemos olvidar lo que hay detrás de lo que celebramos. El valor de un crucifijo no está en su material, ni en su valor artístico o sentimental. Lo mismo sucede con la Eucaristía: es el Cuerpo de Cristo, no “una galleta”, con perdón. La liturgia nos recuerda que “las cosas santas deben tratarse santamente”.

La carta a los Hebreos afirma: “La fe es fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve…”. Y continúa enumerando cómo, por la fe, los antiguos “conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas…”, y también cómo otros “fueron torturados, pasaron por burlas y azotes, cadenas y cárceles… el mundo no era digno de ellos”. La fe sostiene, ilumina y da sentido.

Quien está clavado en la Cruz es Dios. En la comunión se recibe a Dios.

Por eso debemos acercarnos a estos misterios con fe, sabiendo lo que hacemos. Los niños de primera comunión —si han sido bien formados— distinguen perfectamente el pan normal del Pan Eucarístico. Saben a quién reciben y lo hacen con devoción. Hoy mismo me decía uno: “Tengo que confesarme porque dentro de dos días hago la comunión y en catequesis me han dicho que para comulgar no hay que tener ningún pecado”.

El fundamento de nuestra fe son las palabras del mismo Jesucristo. Él nos dice: “Yo y el Padre somos uno”. “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo en las nubes del cielo”. Y el Padre declara sobre Él: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

Nos hemos acostumbrado a tratar a Dios como a un colega más; lo hemos hecho tan cercano que hemos dejado de valorarlo. No sabemos quién es. No apreciamos su belleza, su hermosura, su santidad. Este empequeñecer a Dios nos empequeñece también a nosotros: nos quita valor, nos aparta de nuestra verdad. Somos tan grandes y valiosos que el mismo Dios da la vida por nosotros.

"En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon”. Quien está clavado en la Cruz es el Hijo del Dios vivo.

Fuente: eldiadecordoba.es

03 mayo 2026

En Dios hay lugar para cada uno

El Papa en el Regina Caeli 

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Como la Iglesia primitiva, en el tiempo pascual volvemos a escuchar palabras de Jesús que despliegan su pleno significado a la luz de su pasión, muerte y resurrección. Lo que los discípulos antes no entendían o les provocaba turbación, ahora vuelve a su memoria, les hace arder el corazón y les da esperanza.

El Evangelio proclamado este domingo nos introduce en el diálogo del Maestro con los suyos durante la última cena. En particular, escuchamos una promesa que nos involucra ya desde ahora en el misterio de su resurrección. Jesús dice: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes» (Jn 14,3). Los apóstoles descubren así que en Dios hay lugar para cada uno. Dos de ellos lo habían experimentado durante su primer encuentro con Jesús, en el río Jordán, cuando Él se había dado cuenta de que lo seguían y los había invitado a quedarse esa tarde en su casa (cf. Jn 1,39). También ahora, frente a la muerte, Jesús habla de una casa, esta vez muy grande: es la casa del Padre suyo y Padre nuestro, donde hay lugar para todos. El Hijo se describe como el siervo que prepara las habitaciones, para que cada hermano y hermana, al llegar, encuentre lista la suya y se sienta desde siempre esperado y finalmente encontrado.

Queridos hermanos, en el viejo mundo todavía estamos en camino, lo que atrae la atención son los lugares exclusivos, las experiencias al alcance de unos pocos, el privilegio de entrar donde ningún otro puede hacerlo. En cambio, en el mundo nuevo donde el Resucitado nos lleva, lo más valioso está al alcance de todos. Pero no por eso pierde atracción. Al contrario, lo que está abierto a todos ahora causa alegría; la gratitud toma el puesto de la competición; la acogida elimina la exclusión; la abundancia ya no genera desigualdad. Sobre todo, nadie se confunde con otro, nadie está perdido. La muerte amenaza con borrar el nombre y la memoria, pero en Dios cada uno es finalmente uno mismo. En verdad, este es el lugar que buscamos toda la vida, en ocasiones dispuestos a todo con tal de lograr un poco de atención y de reconocimiento.

“Tengan fe”, nos dice Jesús. ¡Este es el secreto! «Crean en Dios y crean también en mí» (Jn 14,1). Precisamente esta fe libera nuestro corazón de la ansiedad por tener y obtener, del engaño de tener que correr tras un puesto de prestigio para valer algo. Cada uno posee ya un valor infinito en el misterio de Dios, que es la verdadera realidad. Amándonos los unos a los otros como Jesús nos ha amado, nos damos esta certeza. Es el mandamiento nuevo: anticipamos así el cielo en la tierra, revelamos a todos que la fraternidad y la paz son nuestro destino. De hecho, en el amor, en medio de una multitud de hermanos, cada uno descubre que es único.

Recemos pues a María Santísima, Madre de la Iglesia, para que toda comunidad cristiana sea una casa abierta a todos y atenta a cada uno.

__________________________

Palabras después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas:

Ha comenzado el mes de mayo. En toda la Iglesia se renueva la alegría de encontrarse en el nombre de María nuestra Madre, especialmente para rezar juntos el Rosario. Se revive la experiencia de esos días, entre la Ascensión de Jesús y Pentecostés, cuando los discípulos estaban en el Cenáculo invocando al Espíritu Santo; María Santísima estaba en medio de ellos y su corazón custodiaba el fuego que animaba la oración de todos. Les confío mis intenciones, en particular por la comunión en la Iglesia y la paz en el mundo.

Hoy se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, patrocinado por la UNESCO. Lamentablemente, este derecho se viola con frecuencia, a veces de manera flagrante y otras de forma encubierta. Recordemos a los numerosos periodistas y reporteros víctimas de las guerras y la violencia.

Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos venidos de numerosos países.

Doy la bienvenida a los docentes —religiosas y laicos— de las Escuelas de las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones; como también a los fieles de Madrid y Granada, de Mineápolis y de Malasia; y a los peruanos que, en Roma, forman la Asociación “Virgen de Chapi de Arequipa”.

Saludo a la Asociación “Meter”, que desde hace treinta años se compromete por defender a los menores de la plaga de los abusos, implicando a la comunidad eclesial y a la comunidad civil, educando en la cercanía a las víctimas y en la prevención. ¡Gracias por su servicio!

Me alegra acoger a los fieles de Padua, al “Grupo de jóvenes Valdaso” y al “Punto Jóvenes” de la Comunidad Camiliana de Piossasco, a la Acción Católica del Vicariato de Noale, a los jóvenes de Verolanuova y Cadignano, al Coro juvenil de Coredo-Predaia y a los estudiantes del Liceo Fardella – Ximenes de Trapani.

¡A todos les deseo un feliz domingo!.

Fuente: vatican.va

02 mayo 2026

Yo soy el Camino

5.º domingo de Pascua (Ciclo A)

Evangelio (Jn 14,1-12)

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; adonde yo voy, sabéis el camino.

Tomás le dijo:

—Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?

—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida —le respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.

Felipe le dijo:

—Señor, muéstranos al Padre y nos basta.

—Felipe —le contestó Jesús—, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre.

Comentario:

El evangelio de este quinto domingo de Pascua recoge un fragmento del discurso de Jesús durante la Última Cena. Los discípulos están entristecidos por la inminente marcha del Maestro. Para consolarlos, el Señor les revela profundas verdades de fe que podemos meditar, mientras nos vamos acercando a la fiesta de Pentecostés.

En primer lugar, Jesús pide a los suyos que no se turben, que tengan fe, confíen en Él y en sus obras. Les habla entonces de lo que Él llama la “casa de mi Padre” en la que “voy a preparar un lugar para vosotros” (v. 2). No es malo pensar en el Cielo en medio de la tribulación. De hecho, “frecuentemente nos habla el Señor del premio que nos ha ganado con su Muerte y Resurrección –comenta san Josemaría a propósito de este pasaje–. El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José, a quien tanto venero, de los Ángeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada”[1].

Con motivo de la pregunta de Tomás sobre cómo seguir a Jesús hacia donde Él va, el Maestro revela a sus discípulos que Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (v. 6). Sobre esta expresión misteriosa comentaba san Agustín que es como si Jesús le dijera a Tomás: “¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida. (…) Los sabios del mundo comprenden que Dios es vida eterna y verdad cognoscible; pero el Verbo de Dios, que es Verdad y Vida junto al Padre, se ha hecho Camino asumiendo la naturaleza humana”[2].

Por tanto, seguir a Jesús supone comprender el misterio de su Persona y su Misión. De hecho, el Papa Francisco decía que “el conocimiento de Jesús es el trabajo más importante de nuestra vida”[3]. Es necesario descubrir la íntima unión que existe entre el Hijo y el Padre. Esta verdad esencial es la que explica Jesús a Felipe: “Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (v. 9). Jesús es el camino porque todo en Él revela al Padre y nos une al Padre. Jesús ha hecho visible al Dios invisible y lo ha revelado a los hombres con todas sus obras y palabras[4]. Y lo hace con un rostro humano y cercano, que nos mira con amor y nos llama amigos, para que nos sea fácil conocerle, amarle y unirnos a Él.

Por último, podemos fijarnos en que Jesús une el conocimiento de su Persona a la verdad cuando dice “yo soy la verdad” (v. 6). Sobre este hecho el papa Francisco hacía una importante consideración: “Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, “se hizo carne” (Jn 1, 1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona”[5].

Es como si Jesús nos dijera con todo este pasaje que en la casa de su Padre se verán colmados todos nuestros anhelos vitales y de conocimiento (vida y verdad), no porque lleguen a ser objetos de conquista y posesión propias, sino porque comprenderemos que la verdad y la vida confluyen en una Persona a la que se conoce y se ama. En la medida en que comprendemos y vivimos esto, avanzamos en el camino hacia el Padre por la identificación con su Hijo, hasta hacer sus mismas obras e “incluso mayores que estas”.

Fuente: opusdei.org

Acompañamiento

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

“En las dificultades de pareja no necesitamos sobre todo a alguien que se posicione a nuestro favor, sino a alguien que pueda ponerse también de parte del otro, con equilibrio, y que nos ayude a no perder de vista la parte de razón que tiene”.

En la vida matrimonial puede haber momentos en los que el “nosotros” se debilita. A veces por grandes heridas; otras, por el desgaste silencioso del día a día. Y en esos momentos asoma una tentación muy humana: buscar refugio en quienes sabemos que siempre estarán de nuestra parte.

Sin embargo, como advierte Mariolina Ceriotti en su libro “Cásate conmigo… de nuevo”, esa no siempre es la ayuda que más necesitamos; es más, afirma, “es una tentación que debemos rechazar con decisión”. Cuando la relación se resiente, el “nosotros” suele dejar paso al “yo”, y este tiende a buscar aliados que confirmen sus sospechas. Pero el matrimonio no necesita aliados parciales, sino acompañantes verdaderos. Personas que sepan sostenernos sin dividir, que escuchen sin juzgar y que nos quieran a los dos.

Ceriotti lo expresa con claridad: “En las dificultades de pareja no necesitamos sobre todo a alguien que se posicione a nuestro favor, sino a alguien que pueda ponerse también de parte del otro, con equilibrio, y que nos ayude a no perder de vista la parte de razón que tiene”. Y añade algo profundamente realista: “Para un progenitor… siempre va a ser difícil perdonar plenamente a quien haya hecho sufrir a su hijo”.

No es un reproche a los padres, sino el reconocimiento de la fuerza incondicional de su amor. Precisamente porque nos quieren tanto, les cuesta no tomar partido. Por eso, aunque su consuelo es valioso, no siempre es el acompañamiento más adecuado cuando lo que está en juego es reconstruir la relación.

Y lo mismo se puede decir de amigos íntimos de uno de los dos. Recuerdo una cena en que se comentó la separación de un matrimonio conocido. Uno de los comensales había vivido más o menos de cerca el sufrimiento de uno de los cónyuges separados, y, sin información suficiente, se dejó llevar por el arrebato del momento e hizo un comentario muy duro sobre su pareja, imputándole toda la culpa. Con el tiempo, nos fue llegando información suficiente como para saber que el comentario fue prejuicioso y, probablemente, injusto.

No es lo mismo consolar que ayudar. El consuelo alivia; la verdadera ayuda ilumina. Nos invita —a veces con delicadeza, otras con exigencia— a contemplar también la verdad del otro. Y eso, aunque incomode, abre caminos de sanación.

Por eso, en medio de la dificultad, hay una pregunta clave: ¿con quién estamos hablando de lo que nos pasa? Porque según la respuesta, estaremos más cerca de romper o de rehacer. Lo ideal es acudir a amigos de confianza, que nos quieran a los dos y que nos quieran unidos.

El matrimonio es, en el fondo, una vocación a elegirse cada día. Y hay momentos en los que esa elección necesita ser reaprendida, como si, después de la tormenta, los esposos pudieran decirse de nuevo “sí”, con más verdad, más humildad y más conciencia.

Y en ese camino, elegir bien a quién dejamos que nos acompañe puede marcar la diferencia. Cuando el acompañamiento es el adecuado, el amor no solo se repara: se fortalece. Y el “nosotros” vuelve a nacer, quizá más frágil en apariencia, pero mucho más profundo y auténtico en realidad.

Fuente: javiervidalquadras.com