18 agosto 2026

¿Y si me equivoco?

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

En la vida podemos cometer muchos errores y, de hecho, lo hacemos a diario. Algunos son fácilmente corregibles. Si te has comprado unos zapatos y no te gustan, los devuelves y ya está. Bueno, a mí me cuesta mucho hacerlo: si es una compra online, porque no me manejo bien con las devoluciones; y si es presencial, porque me sabe mal. Yo creo que las dependientas (que son más intuitivas que los dependientes) lo perciben y me colocan siempre los saldos…, pero a precio de temporada. Por eso siempre le pido a Loles que me acompañe.

Otros errores, como el matrimonio, son más trascendentes: pueden malograr una vida. Más de una vez me han formulado la pregunta que titula este post: ¿y si me equivoco?

La primera vez, me la formuló un joven que había acudido a una sesión mía de un curso prematrimonial: Sí, Javier, todo esto del amor está muy bien, es muy bonito, pero ¿y si me equivoco? Tenía la fecha de boda puesta y le había entrado el vértigo característico de las decisiones importantes. Normal.

El momento de las preguntas es el que más tememos los que hablamos en público y, sin embargo, es el que más nos ayuda porque pone a prueba nuestros argumentos. Normalmente, cuando te pillan desprevenido, das una respuesta acomodaticia, tirando de tus lugares comunes; pero, luego, cuando vuelves a casa, vas dándole vueltas a la pregunta.

Eso me sucedió a mí. Durante un tiempo anduve buscando la respuesta. No era fácil. Hay preguntas que no tienen una respuesta sencilla, y esta es una de ellas. Pero es una pregunta legítima, pertinente y crucial porque de la respuesta que se dé depende la felicidad de muchas personas. A nadie se le oculta que hoy hay miedo al compromiso, al amor para siempre: ¿y si me equivoco?

Al final, como suele suceder con muchos dilemas morales, descubrí que el origen de la dificultad no está en la respuesta, sino en la pregunta misma. Ahora, cuando me la plantean, ya tengo respuesta: “sí, tienes toda la razón, es muy probable que te equivoques; es más, tal como me has formulado la pregunta, estoy casi seguro de que te vas a equivocar, y eso que no conozco a tu novia”, comienzo diciendo.

Este inicio genera ya una cierta incomodidad y algo de expectación. Pero, estoy convencido de ello: la pregunta formulada en singular es un indicio de error. Cuando de amores hablamos, el singular es siempre un error. Si tienes miedo a equivocarte, es que ya lo estás haciendo, porque no estás contando con el otro. Quizá no te has dado cuenta y no estás buscando a alguien a quien amar y con quien compartir un proyecto de vida y de por vida, sino alguien que se adhiera a tu propio proyecto personal. Error: te has equivocado.

En el terreno del amor, uno solo casi siempre se equivoca. Por el contrario, cuando dos afirman y deciden amarse, no hay error posible. Dos que deciden amarse nunca se equivocan. El error surge cuando uno de los dos no lo ha decidido o, en un momento determinado, abandona esa decisión. Si los dos quieren, el acierto está asegurado.

Entonces, cuando alguien me pegunta si puede estar equivocado, mi respuesta es ahora muy sencilla. Hay tres posibilidades, cada una con su grado de probabilidad:

¿Ella (él) te quiere amar para siempre?:

  • ¿Sí?: No te has equivocado.
  • ¿No?: Te has equivocado
  • ¿No está seguro/a?: tienes un alto porcentaje de error.

Cuando, después de un noviazgo en que nos hemos atraído, gustado, divertido, enfadado, perdonado y conocido, nos planteamos casarnos con esa persona, solo queda comprobar una cosa: ¿me quiere amar para siempre?

¿Y cómo se puede saber? Preguntándoselo. Puedes hacerlo en el pináculo de vuestro monumento preferido, en la cima de vuestra montaña más admirada o ante un sacerdote entregado. Simplemente, pregúntaselo: ¿me amarás, respetarás y serás fiel para siempre y pase lo que pase? Y, después, manos a la obra.

Fuente: javiervidalquadras.com

17 agosto 2026

Aristóteles y Santo Tomás, los dos grandes pilares del sentido común

 Ignacio Crespi Valldaura de Gonzalo

Empaparnos de la escolástica de Santo Tomás de Aquino, de pensadores católicos como G.K. Chesterton y de la lectura de encíclicas papales nos ayuda sobremanera a separar el trigo de la cizaña, lo bueno de lo malo, lo legible de lo ilegible de un mismo ‘ismo’ (o doctrina).

Nos hace mirar las causas humanas con cierta distancia intelectual, para saber identificar los vicios y las virtudes de cualquier moda o corriente de pensamiento, sin apoyarlas de manera categórica ni condenarlas en su totalidad.

Nos permite percibir mucho mejor el claroscuro, la escala de grises.

De facto, Aristóteles, a quien se le puede considerar el Santo Tomás de Aquino del mundo precristiano, fue el filósofo de la antigüedad con mayor capacidad para establecer categorías, para identificar los elementos que unen y los matices que separan, para deslindar el trigo de la cizaña, en definitiva, para no caer en los ‘ismos’.

Distinguió, a diferencia del resto de los sabios griegos, entre los elementos análogos, unívocos y equívocos (cuando los demás se dejarían, seguramente, arrastrar por uno solo de los citados); no reducía la realidad a las matemáticas, como Pitágoras; ni todo a los átomos, como Demócrito; ni todo al alma, como Platón; ni todo al agua, como Tales de Mileto; ni todo al progreso, como Heráclito; ni todo al inmovilismo, como Parménides; ni todo al aire, como Anaxímenes; ni todo al caos, como Anaximandro; ni todo al placer, como Epicuro; etcétera.

«Así pues, leer a Santo Tomás de Aquino y a G.K. Chesterton nos permite adoptar una intelectualidad de corte aristotélica frente a los ‘ismos’ de la modernidad.

Para no reducir la realidad al mundo que crea nuestra mente, como hacían Kant y Descartes; para no confundir la autorrealización con la búsqueda del poder y el triunfo de la voluntad, como predicaba Nietzsche; para no simplificar el devenir de la historia a fórmulas científicas, como Comte, Darwin, Hegel y Marx; para no confiar excesivamente en que el mercado y las cosas se terminan ordenando por sí solas, como Hayek y Adam Smith.

Para no incardinarlo todo a los materialismos socialistas y capitalistas, unidos ambos por relegar la felicidad al status socioeconómico (cada cual a su manera); para no pensar que la experiencia abarca la totalidad del conocimiento humano, como los empiristas (Locke, Berkeley y Hume); para no creer que la intuición y la pasión son las únicas fuerzas que movilizan al hombre, dejando lo empírico completamente de lado, como Henri Bergson; para no percibir a las personas como enteramente malvadas, como Hobbes; para no pasarse al extremo contrario de interpretar que somos buenos por naturaleza, como Rousseau; etcétera, etcétera, etcétera…

«En síntesis, si Aristóteles fue el puntal del equilibrio en el mundo antiguo, para no caer en los ‘ismos’, Santo Tomás de Aquino ha sido el gran continuador de su obra en la modernidad.

Por esto, uno de los aforismos más emblemáticos de G.K. Chesterton reza así:

“El mundo moderno está repleto de antiguas virtudes cristianas desquiciadas, que se han desquiciado porque se han separado de las demás y ahora vagan solas”

En otras palabras, dichas virtudes cristianas se han desquiciado, porque mantenían la cordura al convivir en equilibrio y armonía con las otras, unidas por haz del cristianismo; y al separarse de la cristiandad que las equilibraba y domesticaba, han enloquecido, para vagar solas en forma de ‘ismos’.

Es completamente razonable que perder el equilibrio cristiano entre las virtudes provoque que éstas degeneren en ‘ismos’; puesto que un ‘ismo’ es la terminación que da nombre a cada ideología, e “ideología” significa “la lógica de la idea”; lo que supone monopolizar y reducir la realidad a la lógica de dicha idea.

Así pues, para el socialista, todo obedece a la lógica de lo social; para el capitalista, a la lógica del capital; para el platónico, a la lógica de Platón; para el cartesiano, a la lógica de Descartes; etcétera.

«Son como religiones paganas, pero sin misticismo, lo que se conoce como “teologías secularizadas”.

Y es, precisamente, el intelectual católico quien se posiciona como reticente a “la lógica de una idea”.

Persigue el bien común, en todos los ámbitos; valora lo legible e ilegible de cada aspecto, separa el trigo de la cizaña, la virtud del vicio, sin monopolizar y simplificar la realidad al cumplimiento de unos ‘ismos’; ‘ismos’ que, por cierto, se focalizan excesivamente en una dimensión de lo existente, lo que lleva a sus predicadores al olvido del resto de las realidades convivientes.

Por esto, afirmo sin cortapisas que el catolicismo es el ‘ismo’ del ‘anti-ismo’; del mismo modo que lo fue Aristóteles en la era precristiana.

Fuente: forumlibertas.com

El día que el Cielo se quedó sin aliento

Eloy Asenjo Carpintero

En una pequeña casa de Éfeso el tiempo parecía haberse detenido. Hacía ya muchos años que María era el faro de la Iglesia naciente; era la que buscaba a los discípulos uno a uno para consolarlos, y los cuidaba a todos con la ternura de una gallina a sus polluelos, pero las fuerzas, poco a poco, le iban fallando.

Aquel quince de agosto amaneció como cualquier otro día. Al ver que María tardaba en bajar, una de las santas mujeres subió con cautela a su habitación y la encontró en la cama, con el rostro más hermoso y sereno que se podría imaginar, como sumida en un profundo sueño. Al acercarse y tocarle suavemente el costado, no hubo respuesta.

—¡Juan, ven pronto! —susurró con lágrimas en los ojos.

Pronto la casa se llenó por completo. Los discípulos, los vecinos y una legión de niños que querían sinceramente a María acudieron corriendo. Pero allí no había frío, ni miedo, ni olor a muerte. Había una claridad suave que envolvía la estancia, y una paz tan profunda que casi se podía tocar. En medio de un silencio sagrado, solo roto por algún suspiro, o el tierno «sorberse los mocos» de los más pequeños, María abrió los ojos. Sonrió, buscó la mirada de cada uno para despedirse y empezó a elevarse. Jesús había decidido llevársela en cuerpo y alma. La que había sido preservada del pecado era ahora preservada de la corrupción por la muerte. Se iba al Cielo, sí, pero para poder estar simultáneamente al lado de cada uno de sus millones de hijos en la Tierra.

Mientras el mundo se llenaba de una mística alegría, en el Cielo se desató un bendito caos, porque a los ángeles la llegada de María los pilló completamente desprevenidos.

— ¡¿Pero cómo que ya está aquí?! —exclamaba san Gabriel corriendo por los pasillos celestiales con un fajo de pergaminos bajo el brazo.

El comité de bienvenida estaba totalmente desbordado. No había tiempo para ensayar una nueva sinfonía; los telares celestiales no daban abasto con los millones de pedidos de trajes de gala, y las cocineras corrían de la despensa a los fogones con las manos en la cabeza, porque no daba tiempo a preparar nada digno de Ella.

Gabriel, que sentía una debilidad absoluta por María desde el día de la Anunciación, tragó saliva. Sabía que, para convencer a san Miguel, el inflexible jefe de las milicias celestiales, necesitaba presentarse con un argumento sólido e indiscutible, por eso, antes de ir a buscarlo, corrió hacia los grandes hangares de luz para hablar con san Rafael, el director del departamento de Custodios.

—¡Rafael, la Madre ha llegado y aquí arriba todo es una improvisación! —exclamó Gabriel sin aliento. — Si nos presentamos ante Miguel, nos dirá que el protocolo es sagrado. Pero si tú vienes conmigo y le explicas el inmenso despliegue que tus custodios necesitan preparar en su honor, no podrá negarse. ¡Por Ella no podemos hacer una chapuza!

Rafael, cuya mirada siempre destilaba una infinita paz y sabiduría, sonrió al instante y asintió. Con el peso de los dos arcángeles unidos, fueron al encuentro de san Miguel. Le transmitieron su profunda preocupación y, ante la sorpresa de Gabriel, la intervención de Rafael y la lógica de la situación hicieron que Miguel depusiera su habitual rigidez.

—Tenéis razón —asintió Miguel con firmeza—. Cuando se trata de Ella no podemos improvisar. Venid conmigo para presentar vuestro razonamiento ante la Jefatura.

Los tres Arcángeles se armaron de valor y llamaron a la puerta de la Santísima Trinidad. Al entrar, Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo los miraban divertidos, pues a Ellos, lógicamente, nada los había pillado por sorpresa.

—No da tiempo, ¿verdad? —dijo el Padre rompiendo el silencio con una sonrisa. —¡No, Señor, porque es Ella! —exclamó Gabriel con el alma en la boca.

Jesús intervino, guiñándole un ojo a Gabriel para asegurarle que hablaría con su Madre y le pediría disculpas por no haber avisado antes de su Coronación, mientras el Espíritu Santo ofrecía una semana entera de prórroga. Los tres arcángeles suspiraron aliviados. Por primera vez en la historia de la eternidad, san Miguel convocó una reunión de urgencia para cambiar los planes, y cuando les comunicó a todos los ángeles que la Coronación se posponía siete días para que todo fuera perfecto, el Cielo entero estalló en aplausos. ¡Solo María podía obrar el milagro de hacer que san Miguel se volviera flexible!

Fueron siete días de actividad febril. Mientras los coros ensayaban y san Miguel organizaba los protocolos, María paseaba feliz, asimilando la grandeza de su nuevo hogar. Tuvo encuentros que hicieron llorar de alegría al Cielo: abrazó a san José, a sus padres Joaquín y Ana, a su prima Isabel. Pero, sin duda, uno de los momentos más conmovedores fue la increíble merendola que organizó con los Santos Inocentes: una inmensa asamblea de niños a los que el horror del aborto les había impedido ver la luz del día en la Tierra. A aquellas almas inocentes y puras, que nunca llegaron a nacer, María las rodeó de un amor desbordante, colmándolas de mimos, besos y caricias, haciéndoles sentir el calor de la Madre que el mundo les había negado.

Sin embargo, lo que más fascinó a María durante esos siete días de tregua no fueron los palacios de oro, sino los inmensos hangares de luz donde trabajaban los Ángeles Custodios. San Rafael, agradecido por haber formado parte de la comitiva que logró frenar el tiempo, la recibió inclinándose profundamente.

—Madre —le dijo con voz melodiosa—, sé que tu cuerpo está aquí, pero tu corazón sigue abajo, latiendo por tus hijos. Déjame enseñarte cómo funciona tu ejército.

Rafael guio a María a través de infinitas legiones de ángeles, que se preparaban en secciones milimétricas. María observaba la febril actividad con ojos asombrados y un afán protector que le encendía el alma. San Rafael le señaló primero una sección donde los ángeles repasaban mapas llenos de hilos dorados, explicándole que eran los custodios de los jóvenes, los niños y los adolescentes. Su misión era soplarles al oído en mitad de las tormentas de la edad, cuidar su inocencia y ayudarles a descubrir la hermosa vocación que Dios había pensado para cada uno de ellos.

María se acercó a uno de esos custodios jóvenes que afilaba sus alas invisibles antes de partir hacia la Tierra, y le tocó el hombro con ternura divina:

—Cuando mi hijo sufra por dudar de su camino —le susurró María al ángel—, dile que yo misma lo sostengo. No le dejes tropezar.

San Rafael la llevó entonces a un ala inmensa que bullía de actividad, con cuatro legiones enteras destinadas a custodiar a hombres y mujeres con vocación matrimonial, una sección donde san Gabriel le echaba una mano coordinándolos. Rafael le explicó que tenían un trabajo durísimo: mantener vivo el fuego del amor cotidiano, dar paciencia en las noches de cansancio, sanar las heridas del orgullo y proteger los hogares de la Tierra. María, conmovida al recordar su propia casita de Nazaret, pensó que a través de ellos, Ella misma entraría en las cocinas, en los salones y en los desvelos de cada familia para ser la Pacificadora.

Siguieron caminando y Rafael le mostró las dos legiones destinadas a custodiar a quienes se entregaban a Dios en el celibato apostólico, y otras dos dedicadas a las familias de religiosos, cuyos ángeles vestían con los colores de los hábitos de la Tierra. Finalmente, contemplaron a los arcángeles ministeriales, aquellos cuyo único fin era asistir a los sacerdotes y diáconos en el altar.

Al ver este maravilloso despliegue, María comprendió la envergadura del Amor Divino. Los ángeles eran los puentes, pero Ella sería el mapa. Mirando a san Rafael María sonrió con una determinación celestial:

—Rafael, vuestro departamento va a tener mucho trabajo. Porque a partir de ahora, cada oración, cada avemaría y cada lágrima que mis hijos derramen en la Tierra, se convertirá en una orden directa para vosotros. Seréis mis manos y mis pies allí abajo.

Rafael, conmovido por la genialidad de su nueva Reina, asintió con entusiasmo, asegurándole que todos estaban listos, y que solo esperaban su corona para empezar a volar bajo sus órdenes.

Y entonces, llegó el gran día. Un camino brillante, como el reflejo de la luna sobre el mar en calma, se extendía desde la casa de María hasta una escalinata de flores donde esperaba la Trinidad. El Cielo era un océano de colores: los mártires vestían de rojo, las vírgenes de azul y los santos de un blanco purísimo, y algunos de ellos llevaban una hermosa orla verde que recorría los bordes, mangas y cuellos de sus túnicas. Eran los santos laicos, «los santos de la puerta de al lado».

Este detalle cromático encierra un significado profundo: mientras los grandes santos de los altares brillaban por milagros o martirios extraordinarios, ellos representaban la santidad de la vida ordinaria. El blanco de sus vestiduras proclamaba la pureza de su bautismo, pero el verde era el color de la esperanza y del tiempo común en la Tierra: el de las jornadas de trabajo invisible, el de la paciencia en el desvelo y el de la fidelidad oculta en el hogar.

Eran las madres y padres que santificaron la mesa del comedor, los profesionales que trabajaron con honestidad, y los vecinos corrientes que tendieron una mano en silencio; almas que no vivieron al margen del mundo, sino que fueron el reflejo del Amor de Dios en el corazón de sus propios barrios, caminando al lado de cualquiera de nosotros.

A las doce en punto las campanas repicaron, y comenzó a sonar el Ángelus mientras la comitiva arrancaba. Primero desfilaron madres y abuelas esparciendo romero; luego, jóvenes vírgenes perfumando el aire con azahar. Justo antes de que apareciera María, avanzó aquel bendito grupo de niños y niñas vestidos de rojo: los Santos Inocentes que María había consolado días atrás, que caminaban ahora con una inmensa sonrisa celestial, esparciendo alegres pétalos de jazmín por el camino.

Cuando apareció Ella, la música cesó por un instante, y el Cielo entero contuvo el aliento, pues nadie había visto jamás tanta belleza. María vestía un traje blanco tan radiante que parecía «vestida de sol», un fulgor que iluminaba sin herir los ojos. Llevaba una capa azul de Inmaculada y un peinado sencillo adornado con engarces, que brillaban como la luna y las estrellas.

Al verla, la orquesta rompió a tocar una versión celestial y majestuosa del Magníficat. María, sonrojada por tanto amor, comenzó a subir la escalinata, mientras los serafines lanzaban pétalos de rosa e inundaban el ambiente con su aroma. Al llegar a la cima se postró en adoración.

Jesús se levantó, la tomó delicadamente de la mano y la hizo girar para que mirara a todo su pueblo. El Padre se colocó a su derecha, Jesús a su izquierda y el Espíritu Santo, en forma de paloma, aleteó justo detrás de su cabeza. San Miguel se adelantó portando una corona espléndida con doce estrellas y, en ese instante, todo el Cielo puso rodilla en tierra. Las voces de millones de ángeles y santos tronaron al unísono recitando las letanías: «¡Madre de Dios! ¡Puerta del Cielo! ¡Reina de los Ángeles! ¡Reina de la Paz!».

La Trinidad depositó la corona sobre su cabeza y el Cielo estalló en aplausos. Los fuegos artificiales más grandiosos jamás vistos dibujaron luces imposibles en el firmamento celestial, cerrando el espectáculo con una silueta que hizo llorar de emoción a todos: un rosario gigante dibujado con estrellas de luz.

¡Y entonces comenzó el gran despliegue! San Miguel se puso en marcha tras unas banderas majestuosas con los atributos de la Reina, seguido de sus arcángeles ministeriales. Detrás marchaban las legiones de los religiosos y los consagrados. Luego, san Gabriel lideró con paso firme a las cuatro legiones de custodios matrimoniales. Y cerrando el desfile, con un brillo alegre y esperanzador, apareció San Rafael guiando a los custodios de los jóvenes y de los niños.

Al pasar frente al trono de María Rafael alzó su vara de caminante, y todos los ángeles custodios desplegaron sus alas a la vez, rindiendo un saludo tierno y solemne. Sabían que, desde ese segundo, sus misiones en la Tierra tendrían el aroma y el respaldo de la Reina del Cielo.

Al terminar la gran Salve Regina, cantada con un entusiasmo que hizo temblar los luceros, comenzó el banquete. Pero María, fiel a su estilo de Madre, no se sentó en su trono. Con su impresionante vestido de sol y su manto azul, comenzó a pasear entre las mesas. Probaba un bocado de cada una, reía con san Rafael comentando las próximas «estrategias de protección» para el día siguiente en la Tierra, y se aseguraba con su dulce mirada de que ninguno de sus hijos, ni en el Cielo ni en la Tierra, volviera a sentirse solo jamás.

Fuente: omnesmag.com

Lecciones del eclipse

Juan Luis Selma

Lo triste es que nos hemos olvidado de mirar al cielo, de levantar la mirada, de ver al Dios escondido en el día a día, en los demás, en lo cotidiano

No sé si es por ser verano -aunque no está falto de noticias- o por lo llamativo del eclipse total de sol, pero el caso es que hemos tenido fenómeno solar hasta en la sopa. No oculto que a mí también me ha cautivado por su belleza. Antiguamente estos acontecimientos se relacionaban con el cielo, el cosmos y con Dios, su creador.

La arqueoastronomía estudia cómo las civilizaciones integraron los fenómenos celestes en su arquitectura, calendarios y rituales. Estructuras como Stonehenge, Giza, Machu Picchu o Chankillo muestran una sofisticada comprensión astronómica: el hombre, al mirar al cielo, veía a Dios. Incluso las tiendas de los nómadas y los edificios giraban en torno a un eje orientado hacia lo alto.

Hoy el eclipse ha servido para llenar páginas y páginas, telediarios, titulares sin fin… y también los bolsillos de algunos aprovechados.

De todo podemos aprender y, ya que he estado unos días por Barbastro y he visitado su Catedral y el museo de los mártires claretianos, pienso que a algunos se les fue la luz: se quedaron a oscuras.

Impresiona el martirio del obispo de la ciudad, monseñor Florentino Asensio Barroso. Un tal Héctor M., oculista, y dos más se acercaron a él mientras rezaba en su prisión y, entre burlas, le mutilaron sus partes íntimas, las colocaron sobre la revista Solidaridad Obrera y las exhibieron triunfantes por la ciudad. Luego le cosieron la herida burdamente con hilo de esparto, como a los animales. Entre golpes y nuevas vejaciones fue fusilado y arrojado a una fosa, donde pasó largas horas de agonía mientras exclamaba: "¡Qué noche más hermosa ésta para mí: voy a la casa del Señor!".

También fueron fusilados 51 claretianos, muchos de ellos jóvenes estudiantes. Uno de ellos escribió la víspera de su martirio:

"Morimos todos contentos, sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que, entrando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo".

Esta es la riqueza de la Iglesia: sus mártires y sus santos. Esta es la luz que sale todos los días y que, por ser habitual, pasa desapercibida. Solo la excepción del eclipse es noticia. Lo mismo sucede con nuestras vidas: lo bien hecho no llama la atención; sobresale lo malo, el escándalo. Por eso debemos comprarnos no gafas que protejan del sol, sino unas que solucionen la miopía endémica que nos impide ver lo bueno.

Relata el Evangelio que "En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo". Jesús se hace de rogar y, tras la insistente y humilde petición de la madre, cura a la hija.

Tenemos miedo de mirar al sol; algunos atestiguan que, tras intentar ver este fenómeno, han perdido la vista. Pero el peligro no es ese. Lo triste es que nos hemos olvidado de mirar al cielo, de levantar la mirada, de ver al Dios escondido en el día a día, en los demás, en lo cotidiano.

En una visita a las hermanas de Iesu Communio, al finalizar el locutorio, uno de los chicos asistentes les preguntó cómo conseguían mirar a los demás con esas miradas cariñosas, acogedoras, envolventes. Ellas le respondieron: "¿Y tú cómo te ves a ti mismo?". Para poder mirar a los demás como un regalo, primero hay que experimentar que nosotros lo somos para Dios.

No dejemos que sean las sombras las que llenen nuestro corazón. Debemos defendernos de la oleada de sinsentido, pesimismo y suciedad que nos rodea. Hagamos el esfuerzo de mirar a lo alto, de elevar la mirada, de dirigir nuestros pasos hacia Dios.

Como reza el Salmo 66: "Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia y gobiernas las naciones de la tierra".

Valemos mucho más que nuestras oscuridades y pecados. No son nuestras sombras las que nos definen: somos mucho más. ¡Hijos de Dios! Con un poco de paciencia volverá la luz. No somos hijos de las tinieblas, sino de la luz.

Fuente: eldiadecordoba.es

16 agosto 2026

Gracias a su fe, humildad y determinación.

El Papa en el Ángelus (Castellgandolfo)

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Ayer contemplamos a la Virgen María en su relación indisoluble con su Hijo: ni siquiera la muerte pudo interrumpir esa comunión de alma y cuerpo, que es vida eterna. Cada domingo nos recuerda que esa misma plenitud está reservada a quienes siguen a Jesús: su resurrección no es un acontecimiento del pasado, sino una vida nueva que nos compromete.

Así lo demuestra hoy la mujer cananea protagonista del Evangelio proclamado en la liturgia (cf. Mt 15,21-28). Aunque no pertenece a su pueblo y vive en una región extranjera, intenta con insistencia hablar con Jesús, siguiéndole como una discípula que ya tiene un vínculo con Él. Probablemente nunca se habían encontrado, pero, misteriosamente, la fe ya había surgido en ella. No desea algo para sí misma, sino la paz para su hija atormentada, y confía en Jesús, a quien reconoce como el Mesías, descendiente de David (cf. v. 22).

El evangelista no oculta los obstáculos a los que se enfrenta esta mujer. Los discípulos la ven como una persona molesta, y el propio Jesús se resiste a sus peticiones. De hecho, el Maestro se había retirado a aquella región (cf. v. 21) y podemos imaginar que, como en otras ocasiones, buscaba un lugar apartado donde orar y formar a los suyos. Sin embargo, en ese momento ocurre algo inesperado. Al meditar sobre ello, podemos comprender la obediencia de Jesús, que cumple su misión dejándose conmover por lo que ve y lo que oye. Al final le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

También hoy la Iglesia puede dejarse sorprender por la obra de Dios y comunicar la paz de Cristo más allá de las fronteras ya trazadas. Su misión es anticipada por la gracia divina, que actúa en lo más recóndito de las conciencias, de modo que en cada encuentro, incluso en aquellos que trastocan nuestros planes, hay que aguzar el oído, abrir los ojos y el corazón a lo que Dios quiere decirnos.

De la mujer cananea aprendemos la humildad y la determinación. Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada para todos y que a nadie le corresponden las migajas (cf. vv. 26-27), porque cada uno tiene su propio lugar junto al Padre. A la luz de esta fe, resultan insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: somos la Iglesia de Jesucristo en un mundo atormentado, en un mundo que busca la paz. A María, nuestra Madre, le pedimos que interceda por nosotros. «De sus labios brota el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat» (Magnifica humanitas, 244): es el canto de quien ya ve la realidad con la mirada de Dios y, por eso, no pierde la esperanza y actúa con caridad.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Reitero mi llamamiento para que cesen los repetidos actos de violencia contra la población civil palestina en Cisjordania y pido con urgencia a la comunidad internacional que vele por el avance de la solución de dos Estados, en pro de una paz justa y duradera.

Esta semana darán comienzo los Juegos del Mediterráneo, que se celebrarán en Taranto. En ellos participarán diversos países de África, Asia y Europa que pertenecen a la cuenca mediterránea. Deseo que este evento deportivo sea un presagio de paz y fraternidad entre los pueblos de esta región y del mundo entero.

Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, que se han reunido aquí, en Castel Gandolfo, para el Ángelus dominical.

Saludo con cariño a los peregrinos procedentes de diversos países. Al saludar a los polacos, extiendo mi bendición a las numerosas participantes en la tradicional peregrinación al Santuario de Piekary Śląskie, en Alta Silesia.

Les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

15 agosto 2026

¡Mujer, qué grande es tu fe!

 

Domingo 20.ª semana del Tiempo ordinario

Evangelio (Mt 15,21-28)

Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:

— ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.

Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:

— Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.

Él respondió:

— No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:

— ¡Señor, ayúdame!

Él le respondió:

— No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

Pero ella dijo:

— Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Entonces Jesús le respondió:

— ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.

Y su hija quedó sana en aquel instante.

Comentario

La actividad de Jesús era muy intensa, y ocasionalmente se retiraba con sus discípulos a lugares donde encontrar más sosiego para el descanso y más tiempo para formarlos. En esta ocasión, sale fuera de los confines de Galilea, a la región de Tiro y Sidón, una zona que no estaba poblada por judíos sino por gentes cananeas de cultura helenística.

Pero la fama de Jesús había llegado hasta allí, y una mujer sale a su encuentro para pedirle que ayude a su hija: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio” (v. 22). Ella, que no pertenecía al pueblo elegido, lo reconoce como el Hijo de David, el Mesías largamente esperado, y con gran confianza le pide que ayude a su hija.

Observa san Agustín que esta mujer cananea “nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de piedad”. Jesús, al principio, parece que no le hace caso, pero ella “clamaba al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en silencio lo que iba a ejecutar”. Cuando ella insiste, el Maestro le responde que ha venido a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel. Jesús vino a salvar a todos, como lo señaló claramente en otra ocasión ante sus discípulos: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn 10,16), pero su misión redentora debía comenzar por su propio pueblo, los judíos.

La mujer cananea no se da por vencida y continúa importunándolo. En aquel tiempo, los judíos llamaban despectivamente “perros” a los paganos, ya que el perro era un animal impuro. Por eso las palabras con las que Jesús le responde suenan muy duras: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos” (v. 26). Pero la mujer, no se enfada ni se manifiesta dolida por el tono de la respuesta. “Reiteró su petición y, ante lo que parecía un insulto, demostró su humildad y alcanzó misericordia”.

El papa Francisco observa que “el aparente distanciamiento de Jesús no desanima a esta madre, que insiste en su invocación. La fuerza interior de esta mujer, que permite superar todo obstáculo, hay que buscarla en su amor materno y en la confianza de que Jesús puede satisfacer su petición. Y esto me hace pensar en la fuerza de las mujeres. Con su fortaleza son capaces de obtener cosas grandes. ¡Hemos conocido muchas! Podemos decir que es el amor lo que mueve la fe y la fe, por su parte, se convierte en el premio del amor. El amor conmovedor por la propia hija la induce a gritar: ‘¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!’. Y la fe perseverante en Jesús le permite no desanimarse ni siquiera ante su inicial rechazo”.

La perseverancia de esta mujer inasequible al desánimo es toda una lección de fe viva y operativa. Nos enseña a no desanimarnos ante las dificultades de la vida y a perseverar en la oración, aunque parezca que Dios no nos hace caso. A veces “imaginamos –dice san Josemaría- que el Señor, además, no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos (…) Con la tozudez de la cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: ‘Señor, socórreme’. Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor (…). Nuestro Señor quiere que contemos con Él, para todo: vemos con evidencia que sin Él nada podemos, y que con Él podemos todas las cosas”.

Fuente: opusdei.org

Asunción de la Virgen María

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Evangelio (Lc 1,39-56)

Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:

—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

María exclamó:

—Proclama mi alma las grandezas del Señor,

y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:

porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;

por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las

generaciones.

Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso,

cuyo nombre es Santo;

su misericordia se derrama de generación en generación

sobre los que le temen.

Manifestó el poder de su brazo,

dispersó a los soberbios de corazón.

Derribó de su trono a los poderosos

y ensalzó a los humildes.

Colmó de bienes a los hambrientos

y a los ricos los despidió vacíos.

Protegió a Israel su siervo,

recordando su misericordia,

como había prometido a nuestros padres,

Abrahán y su descendencia para siempre.

María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Comentario

En el gozoso día en el que la Iglesia celebra la Asunción de nuestra Señora en cuerpo y alma a los cielos, el evangelio de esta solemnidad narra la escena de la visitación de María a su prima santa Isabel.

La Virgen percibe enseguida que Isabel es de edad avanzada y necesitará ayuda en el último tramo de su embarazo y en el parto. Y, sin reparar en todas las posibles incomodidades del viaje, “por aquellos días” acude “deprisa a la montaña” (v. 39). El evangelista no especifica si José acompaña a la Virgen, pero es lógico que así fuera, ya que estaban desposados y la estancia duraría varios meses.

Todo en María refleja la alegría de un amor diligente, humilde y desprendido de sí. En efecto, la doncella de Nazaret acaba de aceptar su excelsa vocación como Madre de Dios. Pero este don inefable no la retrae sobre sí misma, sino que la vemos rebosante de espíritu de servicio e interés cariñoso por los demás.

San Josemaría gustaba meditar esta escena y aprender de la naturalidad de María las virtudes cristianas: “Bienaventurada eres porque has creído, dice Isabel a nuestra Madre. —La unión con Dios, la vida sobrenatural, comporta siempre la práctica atractiva de las virtudes humanas: María lleva la alegría al hogar de su prima, porque “lleva” a Cristo”. Y en otra ocasión san Josemaría sugería: “Vuelve tus ojos a la Virgen y contempla cómo vive la virtud de la lealtad. Cuando la necesita Isabel, dice el Evangelio que acude «cum festinatione», —con prisa alegre. ¡Aprende!”.

Cuando María llega a su destino, en medio de la alegría de las madres, el Bautista salta de gozo en el vientre de Isabel, iniciando así su misión de Precursor que anuncia la llegada del Mesías. E Isabel se goza humildemente de que la visitaba “la Madre de mi Señor” (v. 43). Es el Espíritu Santo, del cual están llenos Isabel y el Bautista (cfr. 1,15.41), el que les hace percibir la presencia divina, aunque venga escondida y humilde. Y será el Paráclito el que nos enseñará a reconocer al Señor cuando venga a nosotros, en los sacramentos y en las necesidades de los demás.

Así como el pasaje de la visitación nos muestra a María llena de diligencia y afán de ayudar a los demás, para llevarles a su Hijo, también ahora sigue viviendo con nosotros los desvelos que demostró con Isabel.

El papa Francisco lo expresaba así: “La fiesta de la Asunción de María es una llamada para todos nosotros, especialmente para los que están afligidos por las dudas y la tristeza, y miran hacia abajo, no pueden levantar la mirada. Miremos hacia arriba, el cielo está abierto; no infunde miedo, ya no está distante, porque en el umbral del cielo hay una madre que nos espera y es nuestra madre. Nos ama, nos sonríe y nos socorre con delicadeza”.

“Como toda madre, quiere lo mejor para sus hijos y nos dice: “Sois preciosos a los ojos de Dios; no estáis hechos para las pequeñas satisfacciones del mundo, sino para las grandes alegrías del cielo”. Sí, porque Dios es alegría, no aburrimiento. Dios es alegría. Dejémonos llevar por la mano de la Virgen”.

Fuente: opusdei.org

14 agosto 2026

¿Se pueden evitar los incendios?

Juan Luis Selma


El fuego sagrado del amor a Dios se mantiene con la oración y la Eucaristía. Se renueva con la confesión sacramental. Crece con la caridad y la limosna

El viernes por la noche nos sorprendió el incendio en la Mezquita-Catedral de Córdoba. Nos recordó al de Notre Dame; aunque, gracias a Dios, aquí se pudo atajar rápidamente. Lo sentí profundamente, especialmente por el Cabildo, y así se lo hice saber al canónigo encargado de la seguridad. He sido testigo, durante estos años, del empeño y cuidado con que se protege este patrimonio, orgullo de la Humanidad: la cantidad de simulacros, pruebas e inversiones en seguridad que se han realizado. Pero ya vemos que somos impotentes frente al poder del fuego.

También nos preocupan los múltiples incendios forestales. Contamos con excelentes profesionales que intentan extinguirlos con diligencia, pero la fuerza de la naturaleza nos supera. Recordemos la trágica dana del Levante. Es cierto que debemos aprender de los errores del pasado y que cada vez disponemos de mayor tecnología, pero el mundo sigue ardiendo.

Paradójicamente, dice el Señor en el Evangelio: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!”. No es que Jesús sea un pirómano, ni que nos anime a serlo. Habla de otro fuego: el del corazón. En la Biblia, un “corazón encendido” hace referencia a un corazón lleno del Espíritu Santo, pleno de amor, pasión por Dios y un deseo ferviente de servirle y compartir su mensaje. Es un corazón enamorado de Dios, de la humanidad, del bien, de la belleza y de la verdad.

Así como se propagan las llamas cuando el clima es propicio –viento, calor, sequedad, exuberancia de la naturaleza–, nada puede detener a un “corazón ardiente”: el corazón de la santidad. Decía el Papa a los jóvenes: “Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor”.

También nos sugería qué leña debemos echar al fuego para que no se apague: “Mantengámonos unidos a Él, permanezcamos en su amistad, siempre, cultivándola con la oración, la adoración, la comunión eucarística, la confesión frecuente, la caridad generosa”. Él es el núcleo del volcán, el origen de ese fuego que nada ni nadie podrá apagar.

Se pueden evitar los incendios con cortafuegos, con sistemas de agua vaporizada, limpiando la maleza... Pero también hay quienes se encargan de apagar el fuego del amor, del Espíritu, de la santidad; y son, precisamente, las fuerzas del infierno, ese fuego inextinguible lleno de odio. Hay muchos enemigos de Dios y de sus profetas.

La primera lectura lo narra: “Hay que condenar a muerte a ese Jeremías… Ellos se apoderaron de Jeremías y lo metieron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. Jeremías se hundió en el lodo del fondo, pues el aljibe no tenía agua”. Siempre los profetas, los santos, las personas de bien han sido molestos: su buen hacer es un reproche a nuestro mal comportamiento.

También la tibieza apaga el amor. Decía el beato Álvaro del Portillo: “Con una mirada apagada para el bien y otra más penetrante hacia lo que halaga el propio yo, la voluntad tibia acumula en el alma posos y podredumbre de egoísmo y de soberbia que, al sedimentar, producen un progresivo sabor carnal en todo el comportamiento. Si no se ataja ese mal, toman fuerza, cada vez con más cuerpo, los anhelos más desgraciados, teñidos por esos posos de tibieza: y surge el afán de compensaciones; la irritabilidad ante la más pequeña exigencia o sacrificio; las quejas por motivos banales; la conversación insustancial o centrada en uno mismo”.

El egoísmo, al centrarnos en nosotros mismos, apaga el fuego del amor. No echemos la culpa a los demás, no entremos en el juego del “y tú más”. Vigilemos y pongamos los medios para no apagarnos. No lleguemos al acostumbramiento –al aburrimiento– en el matrimonio. Los pequeños detalles: palabras cariñosas, decir “te quiero”, regalitos, caricias… encienden el amor. Los malos modos, las quejas, los reproches y los olvidos lo entibian.

El fuego sagrado del amor a Dios se mantiene con la oración y la Eucaristía. Se renueva con la confesión sacramental. Crece con la caridad y la limosna. Si estamos encendidos, contagiaremos a muchos corazones tibios o apagados. Hagamos nuestro el deseo del Señor: “Fuego he venido a traer a la tierra”.

Fuente: eldiadecordoba.es