30 julio 2026

La aventura de la gracia

 José Carlos Martín de la Hoz

 Esta reseña analiza la semblanza biográfica de san Agustín escrita por Giuliano Vigini, destacando la vigencia de su teología sobre la gracia, la caridad y la conversión en el pensamiento contemporáneo.

Antes de comenzar esta reseña del trabajo de Giuliano Vigini (Milán, 1946), conviene aclarar que se trata de la edición castellana del magnífico perfil biográfico de san Agustín (354-430) elaborado por el profesor Giuliano Vigini en 2025 en Italia y publicado ahora en España bajo los auspicios de Ediciones San Pablo.

El trabajo ha sido editado con una presentación de Benedicto XVI pero, al no estar fechada, no sabemos cuándo la escribió ni con qué motivo. Es lógico pensar que puede tratarse de unas palabras sobre san Agustín redactadas para otra obra que quizás no fuera publicada en su momento.

 

Este trabajo, como nos dice su autor en la introducción, fue pensado como una síntesis de todas las aportaciones que surgieron en la historia de la teología reciente durante el bienio 1986-1987, con motivo del XVI Centenario del bautismo de san Agustín. Fue el propio san Juan Pablo II quien publicó con ese motivo la carta apostólica Augustinum Hipponensem, alentando al pueblo cristiano a profundizar en las enseñanzas de este gran doctor de la Iglesia.

La huella agustiniana en el Pontificado

Precisamente, desde la llegada a la Sede de Pedro de León XIV son constantes las referencias a san Agustín tanto en sus encíclicas como en sus discursos y en las catequesis de los miércoles. No olvidemos las palabras que pronunció en la plaza de San Pedro el 8 de mayo de 2025, en el momento de su llamada al papado: «Soy agustino, hijo de san Agustín».

Lógicamente, los cristianos pensamos que el Espíritu Santo quiere que meditemos durante unos años sobre las enseñanzas del maestro de Hipona, al igual que hicimos con la teología de Benedicto XVI o con el don del discernimiento de espíritus de san Ignacio de Loyola durante el pontificado de Francisco.

Las Confesiones y la dinámica del amor

Los datos fundamentales de la biografía de san Agustín los conocemos por una obra autobiográfica denominada Las confesiones, una pieza clave del pensamiento cristiano, filosófico y teológico muchas veces reeditada a lo largo de la historia. No podemos dejar de sugerir al lector que la relea en la edición preparada por el afamado poeta y escritor mallorquín Pedro Antonio Urbina.

En Las confesiones, san Agustín expone con toda crudeza el choque entre el amor erótico (eros) y el amor de agapé, tal y como lo resumía Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est, uno de los mejores tratados que se han escrito sobre la dinámica del amor y la llamada a la santidad en el desarrollo del verdadero amor como motor de la felicidad.

4. El doctor de la gracia frente a las desviaciones teológicas

Toda esa doctrina del amor como camino de felicidad debe ser completada con los muchos textos que compuso san Agustín en su polémica pelagiana. En efecto, Pelagio, monje británico contemporáneo de Agustín, estaba convencido de que la santidad podía ser alcanzada únicamente con la constancia y el esfuerzo personal constante y tenaz.

Ciertamente, en la vida cristiana de las virtudes y de las bienaventuranzas, san Agustín —haciéndose eco del magisterio perenne de la Iglesia— vino a recordarnos que, en esta obra de la santidad, la iniciativa parte siempre de Dios: la gracia nos acompaña, sostiene y lleva a la perfección las virtudes y las bienaventuranzas. A la vez, no podemos olvidar que el hombre ha de poner de su parte la libertad para que existan actos humanos donde se conjuguen el entendimiento y la voluntad: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Sermón 169, 11).

Hemos de mencionar que san Agustín ha pasado a la historia de la teología como el «doctor de la gracia» y su doctrina fue capital para resolver la polémica entre libertad y gracia, tanto con Pelagio como posteriormente con los luteranos y, finalmente, con los jansenistas (p. 147).

La caridad y la herencia mística de la conversión

Asimismo, hemos de señalar que san Agustín ha pasado a la historia de la espiritualidad por sus importantes aportaciones a la «teología de la caridad», que reflejan los grandes místicos tanto del Siglo de Oro español como otros autores de la historia —el maestro Eckhart y la Escuela renano-flamenca de espiritualidad—, la cual culminará en el tratado de Tomás de Kempis, La imitación de Cristo (p. 137).

Basta con observar detenidamente el escudo papal de León XIV, con el corazón ardiente, para recordar cómo tanto las obras de san Agustín como las enseñanzas del Santo Padre nos dirigen a crecer en el amor a Dios y a las almas. Basta con leer detenidamente los textos y discursos del Santo Padre en su viaje a España para comprobar que el mandamiento de la caridad sigue siendo el compendio del cristianismo: hemos de vivir a diario la experiencia de Dios como san Agustín (p. 78).

Evidentemente, no podemos dejar pasar la oportunidad de traer el ejemplo de santa Mónica: la madre orante, amorosa y confiada tanto en el poder de la gracia de Dios como en la capacidad de su hijo para volver a la verdadera fe, aunque estuviera ciertamente alejado de ella y atenazado por las pasiones humanas. La profunda y radical conversión de san Agustín y su correspondencia a la gracia hicieron que ella tuviera la dicha de verle centrado en la fe y encaminado a la santidad (p. 66).

Proyección intelectual y relevancia contemporánea

Ciertamente, san Agustín era más neoplatónico que aristotélico, como también el teólogo Ratzinger era más agustiniano que tomista. De hecho, la tesis doctoral del profesor Ratzinger se titulaba Pueblo y casa de Dios en la doctrina sobre la Iglesia de san Agustín. También hemos de recordar que su tesis de habilitación como profesor fue La teología de la historia según san Buenaventura, que contiene una sólida fundamentación y perspectivas teológicas tomadas de la obra del obispo de Hipona.

La lectura de esta interesante semblanza del doctor de Hipona también nos presentará las claves de la teología agustiniana que, indudablemente, enriquecerá el debate teológico de nuestro tiempo y el diálogo con el pensamiento posmoderno en el que vivimos.

 Fuente: omnesmag.com

29 julio 2026

El último gran converso de España

Javier García Herrería

Nacido en un entorno de profundo debate intelectual como hijo del reconocido crítico de arte y filósofo Fernando Castro Flórez, se licenció y doctoró en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su trayectoria, ha ejercido la docencia en la Universidad de Zaragoza, en la propia Complutense y, más recientemente, como profesor de Estética en la Universidad Autónoma de Madrid.

Su figura destaca de manera paradigmática entre la generación millenials gracias a su insólita capacidad para hibridar la alta cultura académica con los fenómenos de masas de la era digital,

demostrando un rigor conceptual que no degrada la primera ni condesciende con los segundos. Ernesto Castro se dio conocer hace 13 años cuando comenzó con 25 años un canal de Filosofía en él publicaba sus clases universitarias y sus análisis de las grandes obras de la Filosofía.

Los vídeos no tenían ningún alarde técnico, ninguna música de fondo, ningún montaje llamativo. Solo un hombre joven sentado ante el escritorio de su casa, grabando reflexiones que superaban con frecuencia la hora y media. Más de 300 vídeos con 1000 horas de pensamiento en voz alta.

Lo que distinguía ese canal de la divulgación convencional era la actitud Ernesto, su esfuerzo por comprender a los autores y no tanto por criticarlos. Eso, en un ambiente intelectual donde la crítica rápida suele confundirse con la inteligencia, es una virtud escasa. Y lo hacía desde una posición de izquierdas inequívoca — heredera entusiasta del 15M en el que participó— sin que eso le impidiera adentrarse con rigor y respeto en los grandes pensadores cristianos: Agustín, Tomás, Buenaventura y también en figuras menos transitadas, como Nicolás de Cusa, los autores de la Escuela de Salamanca, Pedro Abelardo o Hugo de San Víctor.

Ese canal llegó a reunir 170.000 seguidores. Y un día desapareció, de golpe. Ernesto lo cerró con la misma contundencia con que lo había construido.

Un pensador de convicciones radicales Ernesto Castro siempre fue una persona de convicciones firmes y radicales. Lo mismo para criticar a la izquierda de la que era seguidor ilusionado que para denunciar la mediocridad instalada en las universidades españolas, donde el espíritu crítico escasea a menudo bajo capas de jerga y corporativismo.

Su filosofía se sustentaba tanto en la reflexión como en la experimentación vital. No era raro verle con el pelo teñido de colores extravagantes, o aparecer en clase con una enorme tonsura que lo hacía parecer un monje medieval trasplantado al siglo XXI. Ernesto no era un tipo normal, y eso era precisamente lo que lo hacía extraordinario.

Cuando le destinaron a la Universidad de Zaragoza, su primer puesto fuera de la Complutense de Madrid, se quejaba de tener que impartir año tras año las mismas asignaturas. Y no porque le disgustaran las materias —las amaba, y se notaba—, sino porque le repugnaba explicar lo mismo dos veces. Su argumento era tan sencillo como demoledor: «Mis clases del año pasado ya están en YouTube, cualquiera puede verlas». A Ernesto le gustaba aprender y explicar cosas que todavía no supiera. Se situaba en las antípodas de la zona de comodidad ramplona que caracteriza a demasiados profesores.

A esa enorme capacidad intelectual y honradez se sumaba una amplitud de cultura que desbordaba la filosofía hacia la literatura y la poesía con la misma naturalidad con que un río se desborda cuando llueve demasiado.

La conversión

Hace unos meses, Ernesto Castro se bautizó y recibió la primera comunión. Se convirtió al cristianismo.

No es fácil saber qué ocurrió exactamente en su interior, aunque ha explicado algunas cosas sobre su conversión en un pódcast y una entrevista en El Confidencial a comienzos de mes.

Puede que haya sido una conversión principalmente intelectual —el punto de llegada de un larguísimo itinerario de lecturas y de honestidad consigo mismo ante lo que esas lecturas le planteaban—. Puede que haya habido también un arrobamiento místico, un encuentro personal con Jesucristo que escapara a cualquier argumento, o un vacío existencial que ninguna filosofía lograba colmar del todo. Probablemente todo eso a la vez, mezclado en proporciones que solo él conoce.

Por lo que ha contado públicamente, el desencadenante final de su conversión tuvo que ver con una fuerte depresión que atravesaba y una peregrinación a la Virgen de Montserrat que le sugirió su mujer.

Sea como fuere, resulta significativo que alguien que durante años comentó a los grandes clásicos de la historia de la filosofía haya dado el salto a leer las encíclicas publicadas desde el siglo XIX con la misma seriedad y el mismo rigor que dedicaba a Aristóteles o a Marx. Es un gesto que muestra el itinerario de alguien que sigue las ideas hasta donde lo llevan, aunque el destino no estuviera en el mapa.

No sé tampoco si influyó el famoso debate que Diego Garrocho y Miguel Ángel Quintana Paz pusieron en circulación hace algunos años en España sobre la ausencia de intelectuales católicos solventes en el espacio público. Quizá leyera con las numerosas numerosas publicaciones y conferencias que se organizaron. Pero lo que sí es una alegría enorme es que uno de los intelectuales jóvenes más prometedores de España haya dado ese paso y lo  diga con claridad en entrevistas y podcasts, sin eufemismos ni disculpas. Aunque tenga mucho que aprender, mucho que vivir y mucho que disfrutar del cristianismo, la conversión de Ernesto podría ser la de un pequeño san Agustín o Chesterton. El tiempo lo dirá, pero potencia intelectual y juventud no le faltan.

A pesar de haber leído como pocos a su edad, lo que más conmueve en su nueva vida cristiana es la humildad con que habla de la fe. Se considera a sí mismo el último de los neófitos. Esa humildad ante lo que no controla, viniendo de alguien con su formación y su temperamento, es en sí misma un testimonio.

La crónica papal: en theos

Ernesto Castro publicó en El Español —diario en el que colabora con regularidad— una crónica muy larga y personal sobre el viaje del Papa León XIV a España. El texto es un ejercicio de entusiasmo en el sentido etimológico de la palabra: en theos, estar lleno de Dios. Pero también de espíritu crítico intacto, de ironía reconocible y de capacidad para ver con distancia aquello que al mismo tiempo le importa profundamente.

La crónica arranca con una imagen que solo puede escribir alguien que viene de donde viene Ernesto Castro, y que en pocas palabras condensa toda la distancia recorrida: «No sé Dios, pero si Nietzsche no estuviese muerto, esa performance posmoderna lo habría rematado».

Nietzsche queda atrás desde el primer párrafo. Y lo que sigue es   la descripción de una presencia física que tiene algo de confesión, casi de inventario de rodillas: «De rodillas, en un balcón en   obras de la Sagrada Familia. De rodillas, entre la multitud y en zona de prensa. De rodillas, confesándome y comulgando ante uno de los cientos y cientos de concelebrantes de Su Santidad.»

Y sobre la encíclica Magnifica humanitas con la que León XIV viajó a España, el tono sube todavía un escalón: «Magnifica humanitas —la encíclica primeriza con la que León XIV ha viajado a España, cual panadero repartiendo baguettes de salvación recién horneada a domicilio— es una obra maestra en ese delicado arte de la compresión pontificia. Sus dos primeros capítulos los leí llorando de alegría y de rodillas.»

Pero donde la crónica se vuelve más sorprendente es en el retrato de las voluntarias del Comité papal, en quienes Castro descubre, contra todo pronóstico ideológico, algo inesperado: «Pronto descubriré que dichas coordenadas son —uno de los grandes descubrimientos de este viaje— el feminismo y la acracia más coherentes que he conocido nunca. El feminismo radical y matricial y la acracia por la fe, vaya. Si hay alguien en este mundo que antepone la caridad a la ley, si hay alguien que pone en práctica la igualdad de raíz y matriz humana, son estas simpatiquísimas señoras del Comité.»

Y enseguida añade, con esa honestidad que siempre le caracterizó, la pregunta que se quedó sin hacer —y la razón práctica por la que no pudo hacerla: «A ellas me hubiera gustado preguntarles por las protestantes protestas a favor de que haya sacerdotes de sexo femenino en la Iglesia católica también. Pero han estado tan ocupadas salvándome el culo, cerciorándose de que la policía no me detuviese y esposase por ser más papista que el Papa, asegurándose de que me dejaban acceder a los actos, a los pools de prensa, a las zonas de fotos, a los buses encapsulados… En general, han estado tan ocupadas haciendo de jefas —buenas jefas, jefas caritativas y empáticas— que no he podido plantearles mis protestonas preguntitas.»

Hay dos frases breves que merecen leerse juntas, porque en su aparente contradicción está todo el arco de la conversión: «No sé en qué momento de rapto romano me olvidé del clásico Fuck tha Police! y ACAB». «No sé en qué momento me sumé a los vítores que la masa le brindaba a la policía».

Y el propio Ernesto se responde a sí mismo con una escena que tiene algo de Pentecostés romano con acento madrileño: «Bueno, sí sé. Después de la Santa Misa del Corpus, andábamos un millón y medio de fieles por las calles aledañas a Cibeles, apestando a tigre resucitado, arrollando sin querer los parterres (¡qué bonitas, pero qué frágiles, las flores blancas y amarillas!), meándonos y cagándonos vivos, pero con el Espíritu aferrando y bloqueando nuestros esfínteres.

Andábamos con un subidón católico tal que habríamos ovacionado hasta a una silla.»

Ni siquiera la euforia le hace perder el sentido de la proporción. Los cánticos repetidos hasta el desgaste reciben su apunte irónico —y su reivindicación simultánea: «Pues no todo va a ser «¡Papa León / te queremos un montón!» y «¡Se nota, se siente, / el Papa está presente!» y «¡L’any de Gaudí, / el Papa es aquí!»  y, por supuesto, «¡Esta es / la juventud del Papa!». Todo ello coreado entre lagrimones pre- o pos- irónicos. No, la única ironía objetiva y real es la de nuestra fe, que nos empuja a seguir al Papa durante una semana, acostándonos y levantándonos de madrugada, durmiendo poquísimas horas al día, solo para luego quedarnos sobados a mitad de rosario, como otro apóstol a los pies de su olivo.

Un momento revelador de su crónica es el que dedica a la pequeña manifestación anticlerical con la que se topó. Ernesto fue a verla como quien va a visitar un barrio de su infancia. Lo que encontró fue otra cosa: el tiempo ha pasado de manera muy desigual para unos y para otros:

«Claro que ya había gente harta de esta teofanía antes de que empezase siquiera. A dos días de que papavión tomase tierra, una veintena de organizaciones anticlericales llamaron a tomar las calles y las plazas. Una calle y una plaza, en concreto, de Madrid. Por allí se dejó caer este pecador, esperando refrescar sus recuerdos de pos-adolescencia quincemera y anti-JMJ. De aquella, en 2011, varios miles de indignados nos manifestamos contra la Jornada Mundial de la Juventud, que convocó a dos millones de chavales en Madrid, quitándole el protagonismo y   la plaza a nuestras puntillosas asambleas horizontales y sordomudas. Nuestras marchas empezaron gritando absurdas acusaciones fiscales a peregrinos que no entendían la lengua local —y aunque la entendiesen, era absurdo lo de «¡Esa   mochila / la he pagado yo!», en referencia al regalo simbólico que recibieron de las administraciones públicas— y terminaron en el bucle habitual de hacernos detener en manifestaciones por la liberación de «las detenidas» en manifestaciones previas.»

Lo que encontró en 2026 en ese mismo espacio fue esto: «Una treintena de ancianos —y de ancianas: ellos calvos y con panzas bajo camisetas de fútbol republicanas, ellas con canas teñidas   de verde, rojo o morado— cruzaban los dedos a la espera de que el micro se desacoplase del altavoz. Pese a su agudo pitido de fondo, apenas se hacían notar en la enorme plaza frente al Museo Reina Sofía, a cuyas puertas se seguía haciendo cola y en cuyas terrazas se tardeaba como si no hubiese mañana. A la cuenta de la vieja, cada organización había convocado a 1 y 3/4 manifestantes, como en las mejores estadísticas de natalidad occidentales. «Esta no es / la juventud del Papa», coreábamos erísticamente en 2011. En 2026, huelga corearlo. El único público por debajo de los 40 años del que disfrutaron brevemente los anticlericales fueron dos taquilleras del Museo, sin nada mejor que hacer en su pausa para fumar.»

La ironía no es cruel: es la constatación de alguien que estuvo en aquel bando y reconoce, sin regodeo, que el mundo ha cambiado de maneras que sus antiguas certezas no contemplaban.

Su itinerario intelectual

Su trayectoria filosófica puede leerse como un desplazamiento constante entre la teoría dura, la crítica cultural y la experimentación vital, articulado en tres momentos bien diferenciados. El primero, entre 2011 y 2015, lo encontramos como un pensador beligerante frente al relativismo: su obra Contra la postmodernidad defendió la necesidad de recuperar la verdad y el compromiso político en el contexto de la crisis socioeconómica y el 15M. Era un Ernesto aún dentro de la izquierda, pero ya con la sospecha de que algo fallaba en el fondo.

El segundo momento, entre 2016 y 2019, es el de su giro pop: la aplicación de herramientas filosóficas clásicas al análisis de la cultura de masas, que culminó en El trap: filosofía millenials para la crisis en España, un libro que supo leer las fracturas generacionales de un modo que los académicos convencionales no lograban.

El tercero, entre 2020 y 2021, lo llevó hacia la ontología y el realismo especulativo: su Realismo post-continental es ya un trabajo de referencia en español que sistematiza el «giro realista» contemporáneo, alejándose tanto del idealismo analítico como del deconstruccionismo continental.

Ahora hay un cuarto capítulo que todavía no tiene título de libro, pero que en cierto modo es el más radical de todos: el de alguien que ha llegado a la fe después de haberla entendido mejor que la mayoría de los creyentes. Castro tiene camino por recorrer en la vida cristiana, y él mismo lo sabe y lo dice. Pero es muy prometedor que una persona de su talla intelectual forme ahora parte de la Iglesia y trabaje por el Reino de los Cielos.

Fuente: omnesmag.com

28 julio 2026

Dietrich Bonhoeffer: «No es el amor lo que sostiene el matrimonio, es el matrimonio lo que sostiene el amor»


Encarcelado por enfrentarse al nazismo y conspirar contra Hitler, y separado de la mujer con la que soñaba casarse, Dietrich Bonhoeffer escribió desde su prisión una de las reflexiones más luminosas sobre la promesa matrimonial, con la que inauguramos la serie veraniega «La familia en una frase»

A pesar del adanismo del que solemos hacer gala, la nuestra no es la primera generación que se enfrenta al desgaste del amor en el matrimonio, a la dificultad para sostener la unión en armonía a lo largo de los años, a los escollos que surgen cuando llegan los hijos a poner patas arriba la paz del hogar, o a las complejas circunstancias de una sociedad demasiado convulsa y exigente.

Por ejemplo, hace poco más de 80 años y en un contexto histórico mucho más duro que el nuestro, el teólogo y escritor alemán Dietrich Bonhoeffer ya experimentó ─y dejó escrito─ que el amor podía ser puesto a prueba incluso antes de llegar al altar.

En mayo de 1943, Bonhoeffer se encontraba recluido en la prisión berlinesa de Tegel por su oposición al régimen nazi y sus planes por atentar contra Hitler.

Desde su celda, escribió un sermón para la boda de su amigo Eberhard Bethge y su sobrina Renate Schleicher. No pudo asistir a la ceremonia, pero les envió una advertencia que ha atravesado las décadas como un recordatorio para todos aquellos que quieren casarse, o que ya se han casado: «No es vuestro amor el que sostiene el matrimonio, sino que, desde ahora, es el matrimonio el que sostiene vuestro amor».

Una cita que, como él mismo aclaraba, lejos de rebajar el amor, lo protege de la ingenuidad que lo confunde con una emoción siempre intensa, o un simple sentimiento voluble. Para Bonhoeffer, los esposos aportan el afecto, pero el matrimonio les entrega algo mayor que ellos mismos: una promesa, un compromiso, capaz de permanecer cuando la sensibilidad se difumina o desaparece.

Un compromiso escrito desde la cárcel

Bonhoeffer había nacido en 1906 en Breslau, dentro de una familia acomodada, culta y numerosa. Fue el sexto de ocho hermanos. Su padre, Karl, era un prestigioso psiquiatra y neurólogo; su madre, Paula, maestra y descendiente de teólogos. Un hogar en el que se combinaban el afecto, la exigencia intelectual, la pasión por la música, la fe cristiana de cuño luterano, y sobre todo, una fuerte conciencia de responsabilidad social.

Dietrich no llegó a casarse. En enero de 1943 se comprometió con Maria von Wedemeyer, una joven de 19 años a la que conocía desde niña. Él tenía 36. Apenas pudieron disfrutar de su noviazgo: Bonhoeffer fue detenido en abril y la relación creció mediante cartas, visitas vigiladas y planes para una vida común que nunca llegaría.

Fue ejecutado en el campo de concentración de Flossenbürg el 9 de abril de 1945, pocas semanas antes del final de la guerra en Europa.

Una boda en medio del nazismo

El sermón fue incorporado después a Widerstand und Ergebung, publicado en español como Resistencia y sumisión Cartas y papeles desde la prisión. La obra reúne cartas, notas y reflexiones escritas durante su cautiverio.

Y aunque no es un tratado sistemático sobre el matrimonio, precisamente por eso conserva una fuerza especial: fue escrito por un hombre que contemplaba desde una celda la boda de dos seres queridos mientras su propio futuro matrimonial se desvanecía.

Así, Bonhoeffer recuerda a los recién casados que el compromiso matrimonial, y aún la propia boda, no es una mera celebración de lo que sienten ese día. Es el cimiento humano y espiritual que ese amor tendrá que aprender a vivir, a conservar y a incrementar con el paso de los años y a pesar de las dificultades de la convivencia.

Cuando el sentimiento no basta

Cuando el incremento constante en el número de rupturas viene a demostrar que para nuestra generación, una relación merece vivirse mientras produzca bienestar y, cuando deja de hacerlo, ha perdido su razón de existir, Bonhoeffer invierte la lógica. El matrimonio no exige fingir emociones, pero sí recordar que el amor es, además de un sentimiento, un acto de la voluntad y una decisión sostenida por la palabra dada.

La moraleja no consiste en permanecer de cualquier manera ni negar los problemas o las crisis. Consiste en comprender que las dificultades ordinarias no demuestran que el amor haya muerto, sino que son la ocasión de comprobar cómo la promesa de cuidarnos comienza, de verdad, a sostenerlo.

Fuente: eldebate.com

27 julio 2026

Mariano Fazio: «La persona humana no se realiza acumulando, sino en el don sincero de sí misma»

El vicario auxiliar del Opus Dei ha analizado los desafíos de la ética social cristiana ante la inteligencia artificial, la familia y la ecología en una conferencia sobre la primera encíclica de León XIV, ‘Magnifica Humanitas’.

En un mundo donde el ritmo de los acontecimientos parece superar nuestra capacidad de asimilarlos, la Iglesia camina con la historia, discerniendo los signos de los tiempos para iluminar las transformaciones que afectan a la humanidad. Con esta premisa, Mariano Fazio, vicario auxiliar del Opus Dei, ha ofrecido una conferencia en Roma, organizada por Media Trends América, para desgranar los ejes de la ética social cristiana y así entender mejor la nueva encíclica de León XIVMagnifica Humanitas, estableciendo un puente con su reciente obra, De la persona a la aldea global.

El fin de la «Iglesia que llega tarde»

Fazio comenzó su intervención con una reflexión sobre la aceleración del tiempo histórico. Para el autor, el ritmo actual es «impresionante»: mientras que alguien del siglo IX apenas notaría cambios si despertara en el X, hoy «una persona que se durmiera 20 años encontraría un punto totalmente distinto».

Esta velocidad insta a la Iglesia a una agilidad inédita. Fazio recordó que, con la Revolución Industrial, la Iglesia en cierta forma «llegó tarde» con la Rerum Novarum de León XIII, aunque destacó la importancia de aquel documento, ya que el Pontífice es considerado el fundador de la doctrina social moderna por haber sistematizado la respuesta de la Iglesia ante aquellas «cosas nuevas» que estaban surgiendo. No obstante, fue publicada décadas después de que Marx y el capitalismo salvaje hubieran tomado posiciones.

Sin embargo, ha destacado que con León XIV el escenario ha cambiado: «La gran maravilla de esta última encíclica es que llegamos a tiempo. Es la primera profundización de las consecuencias de la inteligencia artificial que se hace en el mundo».

La persona: de la filosofía griega al «Ecce Homo»

Pero, ¿cómo afrontar la inteligencia artificial o la globalización sin perder la brújula? Para Fazio, la respuesta no es técnica, sino antropológica. El vicario explicó que la noción de «persona» es la piedra angular que permite dialogar entre fe y razón. Recuperando el concepto griego de relación, subrayó que el ser humano no es un individuo aislado, sino un ser abierto constitutivamente al otro.

Citando el Concilio Vaticano II, Fazio fue rotundo al definir la plenitud humana, que no se encuentra sino «en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Frente a una sociedad que identifica felicidad con consumo o viajes, el sacerdote propuso el modelo de Cristo, el «hombre verdadero» manifestado por Poncio Pilato cuando dice: ‘Ecce Homo’ («Aquí está el hombre») (Jn 19,5). «Jesucristo es el modelo de todo hombre caracterizado por ese don sincero», señaló.

La familia: el hábitat para vivir el don de si mismo

Esta antropología del don tiene su primera escuela en el hogar. Fazio definió la familia como el «hábitat más natural para vivir ese don sincero». En un tono respetuoso, pero sin ambigüedades, defendió que la terminología importa: «Habría que reservar el nombre de familia a la unión de un hombre con una mujer establemente abierta a la vida».

Argumentó que la igualdad no consiste en tratar todas las situaciones de manera idéntica, sino en reconocer sus diferencias: «La justicia no es dar a todo el mundo lo mismo, sino dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde». «Me parece que, si se aplica el nombre de familia o de matrimonio a otras realidades, se está discriminando a la familia, dejando de lado cualquier posición religiosa o moral y sin juzgar absolutamente a nadie», afirmó.

Además, Fazio se alineó con la firmeza con la que el Papa Francisco defendió la protección de la vida en todas sus etapas. Recordó que el Pontífice afirmaba con claridad que «defender el aborto no es progresista». Asimismo, destacó que son pocos los Papas que, como Francisco, han hablado con tanta claridad sobre la defensa de la familia y la vida.

Contra el relativismo y la «McDonalización»

Al abordar la cultura, Fazio alertó contra los extremos del etnocentrismo y el relativismo cultural. Defendió que, aunque sea «políticamente incorrecto», no todas las culturas tienen el mismo valor: su grandeza se mide por cómo tratan a los más vulnerables. «Una sociedad donde se venera a los ancianos y se respeta la vida está mucho más desarrollada moralmente que una que condena a muerte a los no nacidos o enfermos terminales», afirmó.

En plena era de la globalización, el autor de De la persona a la aldea global abogó por un «mestizaje» enriquecedor que evite —como dijo con un guiño cómico— una «McDonalización del mundo», una expresión con la que describió la homogeneización cultural que amenaza con diluir las identidades locales bajo una capa de uniformidad económica.

Por ello, alertó de que el peligro de la globalización actual es que derive en una «sumersión de la propia identidad», donde los pueblos pierdan su alma por el camino del mercado global. Frente a este riesgo, propuso una apertura generosa a lo positivo de otras culturas, pero siempre desde una identificación clara con las raíces propias, permitiendo que cada sociedad despliegue sus cualidades para colaborar con el «bien común de toda la humanidad».

Finalmente, Fazio propuso una «ecología personalista» para superar la crisis ambiental. Criticó el «antropocentrismo tecnocrático» que ve la naturaleza como un depósito inagotable, pero también cargó contra la «Deep Ecology» o ecología profunda, que considera al ser humano como el principal depredador y propone limitar la población mundial.

«La dignidad de la persona humana estará por encima de cualquier animal», sentenció, cuestionando que se inviertan fortunas en alimentos para mascotas mientras mueren personas de hambre. Tomando el ejemplo de San Francisco de Asís, Fazio concluyó que la verdadera ecología cristiana no es una utopía abstracta, sino el reconocimiento de que el mundo es una creación que debemos administrar con sabiduría para las generaciones futuras.

Fuente: eldebate.com

Con Dios, mejor

Juan Luis Selma

La fe católica se reivindica frente a los prejuicios históricos como una fuente de libertad, sentido y fortaleza vital.

No sé qué experiencias personales tienen algunos detractores de Dios. Yo llevo muchos años de sacerdocio y puedo contar las mías y las de miles de personas para quienes Dios es, claramente, ganancia.

Los pocos años que pasé alejándome de Él -los típicos de la adolescencia- son los únicos que desearía rehacer si pudiera volver a nacer. Pagaría por haber tenido entonces a alguien que me orientara y me ayudara a volver a Dios.

En el siglo XVI, España controlaba vastos territorios en Europa, América y Asia, y defendía el catolicismo frente a la Reforma protestante. Esta posición generó recelos y hostilidad en potencias emergentes como Inglaterra y los Países Bajos, y fue el origen de la llamada Leyenda Negra. La difusión masiva de panfletos, grabados y relatos exagerados construyó una imagen injusta y negativa de España.

Algo parecido sucedió poco después con la Revolución Francesa: en nombre de la razón se atacó a la Iglesia Católica, tachándola de oscurantista.

La leyenda negra antiespañola y el anticatolicismo revolucionario forman parte de un mismo clima intelectual europeo que, desde el siglo XVI al XVIII, presenta al catolicismo como enemigo de la libertad, la razón y el progreso. Pero esta mentalidad es incoherente: se basa en prejuicios heredados, no en análisis racional; aplica criterios distintos según convenga, e ignora hechos históricos verificables cuando contradicen su narrativa.

Y, sobre todo, es vitalmente insostenible. Los creyentes somos los más libres y los más felices: vivimos mejor.

Muchos filósofos creyentes -y también no creyentes abiertos a la espiritualidad- coinciden en que la fe permite vivir mejor porque libera del yo, del rendimiento, del miedo y del vacío. Y permite vivir más libres porque da sentido, vínculo, esperanza y profundidad.

El libro de los Reyes nos muestra esta oración de Salomón: “Señor, mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David, mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”.

Esta capacidad de discernir lo que es bueno y lo que daña es fundamental para ser libres y para elegir bien. Si todo vale lo mismo, si nada tiene consecuencias, si mis decisiones no importan, ¿para qué sirve la libertad?

El hombre sin albedrío, sin capacidad de redención, es como los antiguos esclavos de las minas de plata o los galeotes: castigados a malvivir, su única esperanza era una muerte rápida y un poco de aire o de agua fresca.

Por eso alcanzan su pleno sentido las parábolas del Evangelio: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra”.

Gracias a Dios, muchos hoy lo perciben así. Miles de jóvenes -y también adultos- están volviendo a la Iglesia: la ven como reducto de libertad, como luz, como hogar. Que es lo que es, por mucho que algunos se empeñen en desfigurarla.

Copio este titular de El Debate: La 'Selección de la fe': el testimonio público y sin complejos de los campeones que no han tenido miedo de rezar ante el mundo. El autor del gol que dio el título a España, Ferran Torres, señaló al cielo tras su gesta: "Gracias a Dios, siempre me da esas fuerzas para seguir".

El capitán de la Selección, Rodri, afirmó: "Quiero dar las gracias a Dios, porque con estos valores y esta perseverancia, al final consigues todo de vuelta".

San Josemaría repetía que la fe es bella porque nos permite descubrir que somos hijos de Dios. Y esta verdad, cuando se vive, transforma la vida interior: da alegría, da seguridad, da libertad, da paz. La belleza de la fe es la belleza de saberse amado.

Por eso, el mejor negocio es venderlo todo para comprar el tesoro de una vida bien vivida, compartida con el gran Amigo Jesús, con nuestro Padre Dios y con el Amor infinito del Espíritu Santo.

Fuente: eldiadecordoba.es

26 julio 2026

El misterio del Reino de Dios

El Papa en el Ángelus 

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el centro de la enseñanza de Jesús se encuentra el misterio del Reino de Dios, que el Evangelio de hoy compara con una perla y un tesoro (cf. Mt 13,44-52). Las parábolas dan a entender la sorpresa de quien encuentra lo que ni siquiera podía esperar, hasta el punto de que vender o dejar todo ya no parece una renuncia, sino una ganancia. De hecho, desde las primeras páginas, los evangelistas describen el llamado de Jesús a seguirlo como algo irresistible: libre, sin duda, pero urgente y capaz de suscitar una respuesta inmediata y movida por el deseo. Este es un primer aspecto importante de la forma en que Dios está cerca y se deja encontrar: el encuentro con su Reino es un punto de inflexión que no limita, sino que amplía la vida. Si algo debe cambiar ahora, es para tener más posibilidades, no menos.    

Hay un segundo aspecto al que Jesús parece darle mucha importancia: quien encuentra el tesoro escondido en el campo es probablemente un campesino; la perla, en cambio, es reconocida como de gran valor por un comerciante, tal vez un viajero. Le siguen otras dos parábolas en las que los protagonistas son pescadores y un escriba experto en cosas antiguas y nuevas. Hay otras, además, en las que el Reino se deja vislumbrar en una mujer que amasa la harina, en otra que ordena la casa, en un rey que planea la guerra, en un hombre que diseña una torre, en administradores que gestionan pagos o inversiones, en pastores y agricultores. En resumen, el Reino de Dios revela su inestimable belleza de diversas maneras, pero llama a todos —hombres y mujeres, jóvenes y adultos mayores, pobres y ricos— a una profunda renovación. Todos pueden comprenderlo y se sienten atraídos por él.

Incluso hoy, la Iglesia es una comunión de personas diferentes en cuanto a origen, cultura, habilidades y nivel de responsabilidad, pero todas llamadas a reconocerse como “uno” en Jesucristo: Él es el tesoro escondido, la perla preciosa, la red que recoge al que está disperso. Desde el principio, de hecho, Jesús llamó y reunió a su alrededor a personas que, de otra manera, nunca se habrían conocido. Así fue precisamente como demostró que Dios no hace distinción de personas y que su elección es una predilección preferencial por los pequeños y los descartados.

Hermanos y hermanas, no nos queda más que pedir un don, el mismo que pidió el joven rey Salomón (cf. 1 R 3,5.7-12). Es el don de identificar la perla de gran valor, de saber reconocer el tesoro por el que vale la pena venderlo todo. Mientras que la industria del consumo nos altera el gusto, creando siempre nuevas necesidades para luego vendernos respuestas que no sacian y, a veces, envenenan el corazón, debemos aprender a captar lo que realmente importa: el tesoro de la relación con Dios, que nos abre a la alegría y nos ayuda a vivir mejor las relaciones entre nosotros.

La intercesión de María, Sede de la Sabiduría, oriente hacia Jesús nuestro deseo de vida, para que se realice en plenitud.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Líbano, fue beatificado Elia Hoayek, Patriarca de Antioquía de los maronitas de 1899 a 1931 y fundador de la Congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia. Dirigió durante más de treinta años la Iglesia maronita con gran dedicación y sensibilidad pastoral. Hombre de diálogo y de esperanza, fue un brillante referente eclesial, social y político, hasta el punto de ser llamado “Padre del Gran Líbano”. Que la oración y la intercesión del nuevo beato acompañen siempre a los fieles maronitas en todo el mundo y obtengan el don de la paz para todo el pueblo del Líbano, que me es tan querido.

Sigo con inquietud la persistencia y el recrudecimiento de la violencia en Tierra Santa, de la que últimamente han sido víctimas también muchos civiles, tanto en Cisjordania como en Gaza. Hago un vehemente llamamiento para que se retome la negociación de una solución política justa, basada en la dignidad y los iguales derechos de cada persona; y para que se rechacen nuevas acciones militares y decisiones unilaterales, en particular aquellas que violan el respeto y el statu quo de los lugares sagrados de todas las religiones.

Reitero asimismo mi llamamiento respecto a la situación en todo el Medio Oriente, donde la intensificación de las operaciones militares ha traído de nuevo la violencia y la destrucción, poniendo en grave riesgo la vida de numerosos civiles y agravando la escasez de agua potable y de electricidad. Desde lo más profundo del corazón, exhorto a todas las partes involucradas a suspender los ataques y a reabrir con urgencia los espacios de diálogo y diplomacia, para alcanzar lo antes posible la paz, tan anhelada por toda la región.

Sigamos orando por todos los pueblos del mundo que sufren a causa de la guerra. Que el Señor toque los corazones e ilumine las mentes de los responsables, para que pronto se alcance la reconciliación y la paz.

Ante los devastadores incendios que en estos días han afectado a varias localidades de Francia y España, expreso mi cercanía e invito a todos a orar por las personas afectadas y por la labor de los equipos de rescate.

Hoy se celebra la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, cuyo tema se inspira en las palabras del profeta Isaías: «Yo nunca te olvidaré» (Is 49,15). Agradezcamos juntos al Señor por el regalo que representan las personas mayores para la Iglesia y la sociedad, y comprometámonos a respetar y valorar su valioso papel, así como a garantizarles, siempre, la atención y la asistencia que merecen.

¡Los saludo con afecto a todos los que están aquí presentes, tanto a los residentes como a los que vienen de diversas partes de Italia y del mundo!

Doy una bienvenida especial a los peregrinos de la Obra de la Iglesia y a los obispos que los acompañan; una bienvenida y especial saludo a los niños de la “Casa de la Misericordia” de Chortkiv, en Ucrania, huéspedes de la parroquia de San Miguel Arcángel de Nocera Superiore; a los adolescentes de la parroquia de Manerbio; a los participantes en el Encuentro Internacional de Jóvenes organizado con motivo del bicentenario de la muerte de santa Giovanna Antida Thouret; a los jóvenes peregrinos del movimiento de estudiantes católicos Önze-Lieve-Vrouw Ster-Der-Zee de Maldegem, en Bélgica, así como a los alumnos de la Escuela de alumnos carabineros de Velletri, acompañados por el capellán y sus oficiales.

Saludo a los miembros de la Catholic Men Association of Cameroon.

Dirijo un saludo especial a los participantes en la “Fiesta del durazno” de Castelgandolfo, que han venido trayendo sus frutos para ser bendecidos.

Esta tarde, en Roma, a orillas del Tíber, se llevará a cabo la procesión de la Virgen “fiumarola”. Que María, Madre de Jesús, conceda a quienes participan en esta hermosa tradición, y a todos nosotros, vivir cada día según las enseñanzas del Evangelio.

¡Les deseo de corazón, a todos ustedes, un feliz domingo!

Fuente: vatican.va 

24 julio 2026

El tesoro escondido

17.º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A). 

Evangelio (Mt 13,44-52)

El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.

Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.

Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que, se echa en el mar y recoge todo clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

¿Habéis entendido todo esto?

—Sí —le respondieron.

Él les dijo:

—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que saca de su almacén cosas nuevas y cosas antiguas.

Comentario

Jesús compara el Reino de los Cielos con un tesoro escondido bajo tierra. La reacción del hombre que lo encuentra no parece la más virtuosa, porque oculta su hallazgo al dueño del campo y empeña sus bienes para comprarle el terreno y quedarse con el tesoro por añadidura. Sin embargo, con la ambiciosa reacción del personaje de la parábola, Jesús subraya por contraste el enorme valor que tiene el Reino de Dios, un tesoro cuyo descubrimiento debería llenarnos de alegría y también de un decidido afán por hacerse con él.

En realidad, el tesoro del cristiano —o la perla preciosa a la que se refiere la siguiente parábola—, es Cristo mismo, que nos ofrece su amor y su amistad; por quien vale la pena posponerlo todo en la jerarquía de nuestros afectos e intereses. San Josemaría explicaba este sentido de la parábola así: “El tesoro. Imaginad el gozo inmenso del afortunado que lo encuentra. Se terminaron las estrecheces, las angustias. Vende todo lo que posee y compra aquel campo. Todo su corazón late allí: donde esconde su riqueza”. Y añadía entonces el Fundador del Opus Dei: “Nuestro tesoro es Cristo; no nos debe importar echar por la borda todo lo que sea estorbo, para poder seguirle. Y la barca, sin ese lastre inútil, navegará derechamente hasta el puerto seguro del Amor de Dios”.

El Papa Francisco identificaba también el tesoro del campo con el amor de Jesús: “quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, queda fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez. Buscar a Jesús, encontrar a Jesús: ¡este es el gran tesoro!” (…) Puedes cambiar efectivamente de tipo de vida, o bien seguir haciendo lo que hacías antes —aclara el Papa— pero eres otro, has renacido: has encontrado lo que da sentido, lo que da sabor, lo que da luz a todo, incluso a las fatigas, al sufrimiento y también a la muerte”.

Jesús compara el Reino de los Cielos, a su vez, con una red barredera que abre sus brazos a todos sin distinción. Y al final, todos pasan también por un examen, un juicio, como el que hacen los pescadores con los peces en la orilla, para desechar los que no son buenos. Esta parábola es por tanto una metáfora del fin del mundo, del juicio final que precede a la posesión definitiva del Reino por parte de quienes lo han merecido durante su vida. La parábola de la red barredera se relaciona además con las anteriores del tesoro y la perla: precisamente porque el Reino (el amor de Cristo) es tan valioso como un tesoro o una perla finísima, por eso también se nos pedirá cuentas de cómo lo hemos buscado y amado en esta vida: “Que busques a Cristo. Que encuentres a Cristo. Que ames a Cristo”, solía recomendar san Josemaría a quienes trataba, animándoles a poner afán generoso en su amistad con Cristo, en su amor por Él.

“Es de notar —señala Santo Tomás de Aquino— que la bienaventuranza se otorga en proporción a la caridad y no en proporción a cualquier otra virtud”. En definitiva, la mejor forma de comprar el tesoro en el campo o la perla preciosa, lo que nos hará realmente buenos peces, será nuestro amor a Dios y a los demás. Y de eso se nos juzgará: “a la tarde —escribió san Juan de la Cruz— te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado”.

Fuente: opusdei.org

Mensaje del Prelado del Opus Dei (22 julio 2026)

Mons. Javier ocáriz

Con motivo de la fiesta de santa María Magdalena, el prelado del Opus Dei invita a renovar el deseo de conversión para crecer en el amor a Dios y a los demás.


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Se celebra hoy la fiesta litúrgica de santa María Magdalena, que nos ofrece una nueva invitación a renovar nuestros deseos de conversión, porque toda su vida manifiesta la fuerza transformadora del encuentro con Jesucristo.

La conversión que buscamos no consiste únicamente en el movimiento del mal al bien –siempre necesario–, sino también en el paso de lo bueno a lo mejor: el permanente crecimiento en el amor a Dios y a los demás.

Tanto una cosa como otra requieren de cada uno la humildad para reconocer nuestra necesidad de mejorar y la sinceridad de corazón. Recordemos estas palabras de san Josemaría, que evocan la parábola del hijo pródigo: «Tu Padre Dios sale a tu encuentro, apenas te confiesas pecador en aquello que la soberbia te ocultaba como pecado» (Carta 14-II-1974, n. 7).

Esta sinceridad personal ante los propios pecados y defectos no ha de ser motivo de desaliento, porque, como también nos dice nuestro Padre, «la conciencia de nuestra filiación divina da alegría a nuestra conversión» (Es Cristo que pasa, n. 64).

Tenemos un medio maravilloso para dejar actuar al Señor en nuestra alma: el examen diario de conciencia. Cuidémoslo, sin escrúpulos ni inquietudes, con la ilusión de descubrir cómo corresponder mejor, en lo grande y en lo pequeño, al inmenso amor que Dios nos tiene.

Como fruto maduro de este deseo de conversión, la gracia de Dios nos llevará, como a María Magdalena, a buscar al Señor en toda circunstancia y a ser fuertes junto a su cruz.

Como sabéis, me encuentro, desde principios de mes, en Pamplona. Termino pidiéndoos que me acompañéis con vuestra oración en este viaje que, si Dios quiere, proseguirá el mes próximo, en América Central –Guatemala, Honduras y El Salvador– y Uruguay. Juntos nos unimos, desde los cuatro puntos cardinales, al Papa en sus intenciones; en concreto, ahora por la del mes de julio: el respeto de la vida humana.

Con todo cariño os bendice vuestro Padre

javier

Pamplona, 22 de julio de 2026

Fuente: opusdei.org