13 marzo 2026

'Primum philosophari, deinde vivere'

Enrique García-Máiquez

Conozco a Higinio Marín (Murcia, 1961) desde nuestros remotos años en el colegio mayor y, como no he dejado de leerlo ni de seguirlo, lo vengo viendo venir de lejos con constante admiración y creciente alegría. Como es lógico, siendo la auténtica filosofía una carrera para ver quién llega el último, se ha tomado su tiempo para reflexionar y para forjarse una voz propia y una visión del mundo. Su prestigio, mientras tanto, ha ido aumentando, lentamente, pero, por eso mismo, con sólida formación y sobre cimientos profundos. Con Filosofía breve de la vida (Encuentro, 2025) —que recoge una vida de lecturas, reflexiones sistemáticas y ensayos académicos— cruza una última línea y hace directa divulgación. De servicio público.

Como él mismo sostuvo en Civismo y ciudadanía (La Huerta Grande, 2019): «Estos deberían ser tiempos propicios para el pensamiento, pero no lo son, a pesar de que nuestra perplejidad no tiene precedentes y nuestra desorientación, tampoco». Higinio Marín nos ayuda a propiciar el pensamiento irremplazable. Sabe, gracias a su maestro Jacinto Choza, que «el hombre para serlo necesita saberlo, al menos para serlo según su forma más propia y cumplida». Y entiende que esta comprensión ha de comprehender nuestra circunstancia: «Intentar comprender nuestra época es un ejercicio de autocomprensión, en cuanto que cada uno de nosotros es tan hijo de nuestro tiempo como de su linaje».

El resultado no es optimista (cita a Giddens: «Cuantas menos tradiciones nos orientan más adicciones nos acechan»), pero es esperanzado. Su manera de pensar es agradecer, a lo Heidegger, pero aún más, a lo Rilke: pensar es celebrar.

Sin abandonar nunca su apoyatura metafísica y su amor insobornable a la realidad, estas páginas rozan con frecuencia la poesía. Incluso la más ingenua, como la mía. Pondré dos ejemplos egocéntricos. Higinio Marín constata: «El agua es una celebración por sí misma […] así pues, disponer de agua para el baño es, en todos sus sentidos, una fortuna, la suma elemental de buena suerte y abundancia». No pude menos que recordar, discúlpenme, esta décima espinela que yo escribí a la ducha por aquellos años en los que compartíamos colegio mayor. «No hace frío, ni calor,/ sino lo que yo quería./ Agua ardiente o agua fría./ Lo que elegí. Lo mejor./ Qué patrimonio y qué honor/ gozar tales acomodos./ Ni en la sangre de los godos/ ni por las venas de Oriente/ fluyó este caudal: corriente/ que llueve a gusto de todos». El segundo ejemplo. Para referirme a que los libros nos hacen tal y como somos, hablé de «bibliogenalogía» como el árbol heráldico de antepasados del espíritu. Higinio Marín lo explica mejor y más breve: «Leer es vivir y crecer como no se podría hacer por uno mismo y, por tanto, el lector es un ser en deuda y agradecido: un deudo de sus libros».

Que coincidamos es una alegría para mí, que desde aquellos años colegiales admiraba a quien era un poco mayor que yo y mucho más sabio, pero no resulta un gran elogio para el filósofo. Vamos con dos coincidencias más grandes, para ajustar las proporciones de la ponderación. Escribe Higinio: «Todo lo que no sea poetizar es tanto como hablar con palabras de otros»; idea que trae a la memoria a Chesterton: «El gran error consiste en suponer que la poesía es una forma no natural del lenguaje. Todos deberíamos hablar en verso en los momentos en los que verdaderamente vivimos. […] El alma no habla nunca hasta que habla en poesía. En nuestra conversación diaria no hablamos, solo charlamos».

Hay otra coincidencia de envergadura con el poeta Miguel d’Ors. Éste concibió su libro Átomos y galaxias (Renacimiento, 2013) como un gran catálogo de las maravillas, pequeñas y grandes, del universo. Higinio Marín, titulando cada una de las 51 secciones de este libro con el verbo de una acción humana, nos ofrece un catálogo inmenso de nuestra actividad en el mundo, desde el nacer al morir. Ha escogido verbos como títulos porque quiere ponernos en movimiento. Está invitándonos a un círculo virtuoso. Si antes de la filosofía, según el adagio clásico, hay que asegurarse la subsistencia, la filosofía después hará de la vida, luego, algo mucho más excitante y valioso, que necesitará, de nuevo, ser pensado, en cada vuelta todo más elevado y más alegre.

En consecuencia, más que fragmentos, el barbero ha recolectado unos «versos» implícitos:

El tapiz no se distingue del enredo por su sencillez, sino porque su complejidad es significativa.

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Para crecer hay que ser suficientemente uno mismo como para seguir siéndolo incluso más allá de sí.

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De la amistad forma parte algo así como un régimen de permanente y mutua invitación.

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Lo propio de la libertad son los compromisos innecesarios y su celebración, de la que forman parte principal las invitaciones. […] Para invitar es necesaria la propiedad, en todos los sentidos, ya sea el material o el formal de los modales.

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El paseo es al andar lo que el sabor al comer, a saber, una demora gustosa que toma una necesitad como ocasión para excederla.

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Los asuntos de modales no son filigranas prescindibles, sino, por así decir, la última línea de defensa de la civilización y, al mismo tiempo, la forma modesta pero arcana de la memoria del origen de lo humano y de nuestras sociedades. Se trata de una línea del todo desbaratada y desbordada ya en todos sus puntos.

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Sólo los libres pueden tener deberes, dice Hegel, los esclavos tienen necesidades.

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[Leer] requiere de todas las potencias interiores: imaginación, memoria, emoción, reflexión, juicio, análisis, intuición. Por eso quien no lee o apenas lo hace tiene el alma desentrenada. […] La lectura sin recuerdo es pasatiempo.

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Cuando le damos a cada uno lo suyo, nos damos a nosotros mismos lo propio, a saber, la integridad inalienable del hombre de bien.

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Lo que vemos está directamente relacionado con lo que somos capaces de decir. […] Hay, pues, una invidencia general cuya causa es no saber hablar o saber hacerlo muy pobre y escasamente. […] Quien tiene palabras tiene luces, porque cada palabra ilumina lo que dice sacándolo a la luz y haciéndolo visible.

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Vivimos en nuestras palabras, y estas nos ensanchan o estrechan la vida tanto que constituyen sin parangón posible la primera y fundamental forma de riqueza y pobreza.

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Saber escuchar requiere una conquista trabajosa sobre uno mismo. […] Solo sabe escuchar el que sabe guardar silencio, o, lo que es lo mismo, guardar en silencio.

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La ignorancia del apático se vuelve sabionda sin pretenderlo, porque se conduce como si ya lo supiera todo.

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Atender es la forma intensiva de existir o de vivir tan plenamente como está a nuestro alcance.

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Preservan la condición de hombres libres aquellos que teniendo que trabajar lo hacen con un celo y dedicación que excede la medida de lo necesario […] que sólo se puede dar libérrima y gratuitamente, aunque se cobre un sueldo por hacerlo.

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Por paradójico y antijurídico que parezca, sólo si hacemos más de lo que los otros pueden exigir, se atiende debidamente a lo que tienen derecho.

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Todo lo que no se agradece se adeuda sin admitirlo y, por tanto, se posee indebidamente. […] Estar agradecido es la forma natural de estar en gracia; y no vivir desde la gratitud es ya, en sí mismo, una desgracia.

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En nuestras sociedades ya no se ensalza ni se celebra el honor, pero sí se celebra y exhibe el orgullo […] [Hay una] preferencia por el orgullo sin honor, o bien contra el honor y sus connotaciones morales y sociales.

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El destino existe, si bien en proporciones variables según sean las personas. Cuanto menos dominio de sí tenga un sujeto más expuesto queda a los impulsos y avatares de su temperamento […] Ninguna otra rebelión humana ha resultado más libertadora que la reivindicación del poder sobre la propia vida que requiere el dominio sobre el propio carácter. Olvidarlo es tanto como malograr el sentido liberador de la ética como señorío.

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Hay un deber cívico de señalar y reconocer de forma pública lo mejor y valioso alabándolo.

Fuente: eldebate.com

12 marzo 2026

Lo que Dorothy Day y GK Chesterton nos enseñan sobre la gratitud

David Mills

Su mundo terminó en los 10 días que estuvo en el hospital con su hija recién nacida, Tamar, escribió Dorothy Day un poco dramáticamente muchos años después. 

“Si hubiera escrito el libro más grande, compuesto la sinfonía más grande, pintado el cuadro más hermoso o esculpido la figura más exquisita, no podría haberme sentido más exaltada creadora de lo que me sentí cuando pusieron a mi hija en mis brazos”, escribió en el prefacio de su libro Teresa, una biografía de Santa Teresita de Lisieux.

Este sentimiento la condujo a Dios y de ahí a la Iglesia Católica. «Me llenó una sensación de felicidad y alegría tan grande que ansiaba a alguien a quien agradecer, amar, incluso venerar, por tan gran bien que me había sido otorgado. Esa pequeña niña no era suficiente para contener mi amor, ni tampoco el padre, aunque mi corazón rebosaba de amor por ambos».

Ella describió el sentimiento de esta manera en su autobiografía La larga soledad:

El objeto final de este amor y gratitud era Dios. Ninguna criatura humana podría recibir ni contener una inundación de amor y alegría tan inmensa como la que sentí a menudo tras el nacimiento de mi hijo. Con esto surgió la necesidad de adorar.

Muchas conversiones comienzan con gratitud, como la de Day, por regalos que se sienten como tales incluso para quienes aún no creen en un don divino. Su gratitud les da una pista o un reconocimiento de trascendencia. Los dirige hacia Dios y facilita la fe.

Los regalos también pueden parecer regalos para aquellos, probablemente más numerosos, que creen vagamente en Dios, quien creó el mundo que tenemos y parece tener algo que ver con él ahora. Ven a Dios más como una fuerza que como una persona, pero al sentir gratitud y querer agradecer a alguien, pueden llegar a comprender que la fuerza debe ser una persona, alguien que da regalos, más que un proveedor impersonal.

La gratitud de Chesterton

G. K. Chesterton también llegó al cristianismo, y finalmente a la Iglesia, por su gratitud hacia el mundo. Sentía gratitud mucho antes de convertirse al cristianismo. La idea de «aceptar las cosas con gratitud y no darlas por sentado» fue, como escribió aproximadamente un año antes de morir, «la idea principal de mi vida». Si alguna vez fuera canonizado, debería ser nombrado santo patrono de la gratitud.

“La prueba de toda felicidad es la gratitud; y me sentía agradecido, aunque no sabía a quién”, escribió sobre su juventud en su gran libro Ortodoxia , escrito en 1908, cuando se había convertido en cristiano consciente, aunque aparentemente era anglicano no practicante. (No se adheriría a la Iglesia católica hasta 1922). 

“Los niños agradecen cuando Papá Noel les regala juguetes o dulces en las medias navideñas”, escribió. “¿Acaso no podría yo agradecerle a Papá Noel si me regalara dos piernas milagrosas en las mías? Agradecemos a la gente por los regalos de cumpleaños, como puros y pantuflas. ¿Acaso no puedo agradecerle a nadie por el regalo de cumpleaños de mi nacimiento?”

Chesterton no pensaba así porque nunca había tenido problemas. En su juventud, sufrió una profunda desesperación y tuvo un encuentro con lo diabólico, cuando sintió que el mundo no significaba nada y que la vida no merecía la pena. Una renovada gratitud por el cosmos lo ayudó a superar esa situación.

Tras contárselo a su mejor amigo, le escribió: «Un día, un cosmos, reprendido por un pesimista, respondió: '¿Cómo puedes tú, que me injurias, consentir en hablar a través de mi maquinaria? Permíteme reducirte a la nada y luego hablaremos del asunto'. Moraleja: A un universo regalado no se le mira el dedo». Casi al mismo tiempo, escribió un poema corto titulado Atardecer:

Aquí muere otro día.

Durante el cual tuve ojos, oídos, manos

y el gran mundo que me rodea;

y con el mañana comienza otro.

¿Por qué se me permiten dos?

A lo largo de su vida, escribió cientos de páginas como ésta.

El hilo delgado

Al final de su vida, 27 años después, Chesterton escribió en su Autobiografía que, en los días desesperados de su juventud, se había aferrado a los restos de la religión con un fino hilo de agradecimiento. Esto lo mantuvo vivo, quizás literalmente.

Di gracias a los dioses que fueran, no como Swinburne, porque ninguna vida viviera eternamente, sino porque cualquier vida viviera; no, como Henley, por mi alma inconquistable (pues nunca he sido tan optimista sobre mi propia alma como para eso), sino por mi propia alma y mi propio cuerpo, incluso si pudieran ser conquistados. (Swinburne y Henley eran poetas agnósticos, el primero pesimista y el segundo optimista).

En su Autobiografía, describió la teoría de las cosas que había ideado. «Incluso la mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era tan extraordinaria que resultaba emocionante», dijo. «Cualquier cosa era magnífica comparada con la nada. Aunque la luz del día fuera un sueño, era una ensoñación; no una pesadilla». 

No pudo evitar sentirse agradecido por esa magnificencia y no pudo evitar buscar a alguien a quien agradecerle por ella.

Muchas personas experimentaban la misma sensación sin darse cuenta, si sentían «algún tipo de paz, confianza o tranquilidad, incluso una confianza o tranquilidad inconsciente», pensaba. Ese sentimiento debería conducirlos a Dios, sobre todo si veían que sus creencias no justificaban la gratitud que sentían. 

Chesterton vio esto en los místicos de la naturaleza de su época (que aún nos acompañan hoy). «Incluso el culto a la naturaleza que sentían los paganos, incluso el amor por la naturaleza que sentían los panteístas, depende en última instancia tanto de un propósito implícito y de un bien positivo en las cosas, como de la gratitud directa que sentían los cristianos», explicó.

Los paganos y panteístas creían en el “cuento de hadas” de que la naturaleza es “una especie de hada madrina”. 

Creía que los cuentos de hadas señalan verdades y pueden ser la vía para que las personas encuentren la verdad explícita. En este caso, «solo puede haber hadas madrinas porque hay madrinas; y solo puede haber madrinas porque existe Dios».

Gratitud y conversión

La gratitud por lo que tienes y especialmente por la vida y el universo que tienes, te pone en una pendiente resbaladiza hacia la creencia, aunque no todos se deslizan completamente por la colina hacia la creencia cristiana, mucho menos hacia la creencia cristiana en su forma más plena en la Iglesia Católica. 

No veo cómo podemos sentirnos verdaderamente agradecidos sin intentar encontrar a la persona a quien agradecer. Sientes una gratitud profunda que exige expresarla y que encuentres a alguien, y más concretamente a alguien, a quien agradecer por lo que has recibido, sabiendo que no lo mereces. Te sentirás frustrado hasta que puedas decir "Gracias" cara a cara. La búsqueda te obliga a reflexionar sobre el mundo con mayor profundidad de la que te habrías inclinado.

Esa gratitud se convierte en una forma de vida, porque sabes que Dios nunca deja de darte el cosmos y todo lo bueno que hay en él. En «Todo es gracia: La espiritualidad de Dorothy Day», su biógrafo, William D. Miller, explicó que ella entendía que la conversión «ocurría cuando la persona, por gratitud a la vida y la esperanza de una vida plena en la eternidad, se volvía a Dios y buscaba hacer su voluntad. La búsqueda perduraba mientras vivía: un estudio continuo, un esfuerzo continuo por comprender mejor y luego plasmar esa comprensión en las acciones de la vida».

Como hubiera dicho San Agustín: nuestro corazón está inquieto hasta que te damos gracias.

Fuente: firstthings.com

11 marzo 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

 El Papa en la Audiencia General

Catequesis II. Constitución dogmática Lumen gentium2. La Iglesia pueblo de Dios

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos

Continuando en la reflexión sobre la Constitución dogmática Lumen gentium (LG) hoy nos detenemos en el segundo capítulo, dedicado al Pueblo de Dios.

Dios, que creó el mundo y la humanidad y que desea salvar a todos los hombres, lleva a cabo su obra de salvación en la historia eligiendo un pueblo concreto y habitando en él. Por eso, Él llama a Abraham y le promete una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar (cf. Gen 22,17-18). Con los hijos de Abraham, después de haberlos liberado de la condición de esclavitud, Dios establece una alianza, los acompaña, los cuida y los recoge cada vez que se pierden. Por ello, la identidad de este pueblo viene dada por la acción de Dios y por la fe en Él. Está llamado a convertirse en luz para las demás naciones, como un faro que atraerá a todos los pueblos, a toda la humanidad (cf. Is 2,1-5).

El Concilio afirma que «todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne» ( LG, 9). Es, de hecho, Cristo el que, en el don de su Cuerpo de su Sangre reúne en sí mismo y de manera definitiva a este pueblo. Este está compuesto ya por personas procedentes de cualquier nación; está unificado por la fe en Él, por la adhesión a Él, por vivir su misma vida animados por el Espíritu del Resucitado. Esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que toma su propia existencia del cuerpo de Cristo [1] y que es él mismo el cuerpo de Cristo; [2] no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de la Tierra. Su principio unificador no es una lengua, una cultura, una etnia, sino la fe en Cristo: la Iglesia es, por lo tanto, – según una espléndida expresión del Concilio – «una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz» ( LG, 9). 

Se trata de un pueblo mesiánico, precisamente porque tiene como cabeza a Cristo, el Mesías. Quienes forman parte de él no presumen de méritos ni títulos, sino solo del don de ser, en Cristo o por medio de Él, hijas e hijos de Dios. Antes de cualquier tarea o función, por lo tanto, lo que cuenta realmente en la Iglesia es estar injertados en Cristo, ser por gracia hijos de Dios. Este es también el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos. Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros. En consecuencia, la ley que anima las relaciones en la Iglesia es el amor, así como lo recibimos y lo experimentamos en Jesús; y su meta es el Reino de Dios, hacia el cual camina junto a toda la humanidad.

Unificada en Cristo, Señor y Salvador de todos los hombres y las mujeres, la Iglesia no puede nunca estar replegada en sí misma, sino que está abierta a todos y es para todos. Si pertenecen a ella los creyentes en Cristo, el Concilio nos recuerda que «todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos» (LG, 13).

Incluso quienes no han recibido todavía el Evangelio están, de alguna manera, orientados al pueblo de Dios y la Iglesia, cooperando a la misión de Cristo, está llamada a difundir el Evangelio en todas partes y a todos (cf. LG, 17), para que cada uno pueda entrar en contacto con Cristo. Esto significa que en la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en los que vive y obra. Así es como este pueblo muestra su catolicidad, acogiendo las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo, ofreciéndoles la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas (cf. LG, 13).

En este sentido, la Iglesia es una, pero incluye a todos. Así la ha descrito un gran teólogo: «Arca única de la Salvación, debe acoger en su amplia nave todas las diversidades humanas. Única sala del Banquete, los manjares que distribuye proceden de toda la creación. Vestimenta sin costuras de Cristo, es también — y es lo mismo — la vestimenta de José, de muchos colores». [3]

Es un gran signo de esperanza — sobre todo en nuestros días, atravesados por tantos conflictos y guerras — saber que la Iglesia es un pueblo en el que conviven, en la fuerza de la fe, mujeres y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura: es un signo puesto en el corazón mismo de la humanidad, llamada y profecía de esa unidad y de esa paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos.

 

[1] Cf. J. Ratzinger, Il nuovo popolo di Dio, Brescia 1992, 97.

[2] Cf. Y. M.-J. Congar, Un popolo messianico, Brescia 1976, 75.

[3] Cf. H. de Lubac, Cattolicismo. Aspetti sociali del dogma, Milán 1992, 222.

 

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Llamamiento

Hoy se celebra en Qlayaa, Líbano, el funeral del Padre Pierre El Raii, párroco maronita de uno de los pueblos cristianos en el sur del Líbano que estos días están viviendo, una vez más, el drama de la guerra. Estoy cerca de todo el pueblo libanés, en este momento de grave prueba.

En árabe “El Raii” significa “el Pastor”. El Padre Pierre fue un auténtico pastor, que permaneció siempre junto a su pueblo, con el amor y el sacrificio de Jesús, el Buen Pastor. En cuanto se enteró de que algunos feligreses habían resultado heridos en un bombardeo, sin pensarlo corrió a ayudarlos.

Que el Señor quiera que su sangre derramada sea semilla de paz para el amado Líbano.

Queridos hermanos y hermanas, continuemos rezando por la paz en Irán y en todo Oriente Medio, en particular por las numerosas víctimas civiles, entre las que hay muchos niños inocentes. Que nuestra oración pueda ser consuelo para los que sufren y semilla de esperanza para el futuro.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Santísima Virgen María que no nos cansemos de orar, esperar y trabajar, dispuestos a la purificación y a la renovación interior, a fin de que la luz de Cristo resplandezca siempre en el Pueblo de Dios. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Reflexionamos hoy sobre el segundo capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, que está dedicado al Pueblo de Dios. En su obra de salvación, Dios elige un pueblo concreto, establece con ellos una alianza, los acompaña, los cuida y los reúne cuando se dispersan. La identidad de este pueblo está dada por la acción de Dios y por su fe en Él; y su vocación es la de ser luz para las naciones, como un faro que atrae a toda la humanidad.

El Concilio afirma que dicha elección y preparación encuentra su plenitud en Cristo, quien congrega en torno a sí al nuevo Pueblo de Dios, por medio de la entrega de su Cuerpo y de su Sangre. Este nuevo Pueblo, que es la Iglesia, está formado por hombres y mujeres provenientes de todos los lugares de la tierra, de diferentes lenguas y culturas. Su principio unificador es la fe en Jesucristo y su presencia es profecía de la unidad y la paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos.

Fuente: vatican.va

09 marzo 2026

Una educación platónica

Teo Peñarroja

Yo tendría ocho o diez años en aquel viaje a Asturias. Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo me impresionaron sobre todo —creo— por la pasión con la que mi padre, que es arquitecto, hablaba del prerrománico. Las diferencias con el gótico las asumí con naturalidad. Luego, cuando en clase las estudiamos en un libro de texto con imágenes y recuadros de colores, me parecieron obvias. Caí por primera vez en la cuenta de que lo de la escuela es, más que nada, instrucción; la educación empieza y se completa en casa a través del asombro, a fuerza de admirarse imitando.

El banquete  de Platón es un diálogo sobre el amor y, sin embargo, se suele interpretar como un texto educativo. Los pasos que ha de dar el aprendiz para llegar a saber son, ay, los mismos que recorre el enamorado, y ambos con idéntico motor: la atracción atávica de la Belleza. Aunque tarde o temprano todos necesitamos método —sea Montessori o no—, lo irrepetible no se puede enseñar sino solo mostrar. El mero docente da al alumno las fuentes y la taxonomía; le enseña a resumir y esquematizar, le corrige las faltas. Pero solo el maestro contagia el divino fuego prometeico, porque señala con su vida todo lo que ama.

Mi hija soltó el otro día su primera palabra, caca, que me pareció a mí, primerizo, signo inequívoco de una inteligencia fuera de lo común. Y no pude evitar preguntarme cómo repámpanos voy a educar yo a esta niña, que se zambullirá de cabeza un día de estos en un mundo de pantallas inhóspito y bullying, malas influencias, descerebrados planes de estudios y toda esa riada de preocupaciones bien fundadas de los padres de la ESO.

Pensé entonces que poco podré hacer por ocultarle lo feo del mundo, más aún en el alud de información que es internet. Pero sí puedo intentar que le asombre lo asombroso, que le apene lo triste, que ame lo verdaderamente amable y disfrute lo bueno. Ya dará sus inocentes pasitos vacilantes, luego decididos, hacia esa Belleza a la que se refería Platón. No sabemos hasta qué punto nuestros amores y dolores —que son bastante más que filias y fobias— pueden empujar a un alma hacia el bien. O sí. Ahora que lo pienso, es claro como el agua de dónde viene mi veneración por la sobriedad románica, la idea de bailar a Franco Battiato en la ducha y esa especie de fijación con que la familia es siempre siempre lo primero. Parece mentira no haberme dado cuenta antes. Él no lo sabe, pero yo me acuerdo con precisión de la primera vez que vi a mi padre romper a llorar. Todavía hoy me impresiona verlo de rodillas en misa. Y, cada vez que me quejo del poco tiempo que tengo para mí, se me viene a la cabeza el armazón de una maqueta de barco que empezó a construir hace cuarenta años y aún no ha tenido tiempo de terminar. Dice que ya cuando se jubile.

Fuente:  Nuestro Tiempo

La ignorancia es muy atrevida

Juan Luis Selma

Frente a los prejuicios y la superficialidad, descubrir “el don de Dios” y buscar la verdad con estudio y apertura puede transformar la vida y llenarla de sentido.

Hace unos días pude ver la película ganadora de los Goya, Los Domingos. Me llamó la atención que un tema tan contracultural cosechara tantos galardones. Algo está cambiando. Por supuesto, no han faltado los comentarios de siempre, como los de Silvia Abril: “Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano”. Doctores tiene la Academia.

Hay quien es capaz de captar lo real, la verdad, y quien, lleno de prejuicios, tropieza con ella. Como la tía de Ainara, la joven monja de la película. Para algunos, Dios, la fe y la Iglesia no son más que chiringuitos que los curas se montan para engañar a los débiles. Siempre se ha dicho que “la ignorancia es muy atrevida”.

Hoy he estado con un amigo al que conocí cuando terminaba Medicina y que, por las cosas de la vida, es ahora el obispo de Helsinki, el único de Finlandia. Lleva apenas dos años en su nuevo oficio y derrocha alegría, fe y optimismo. Aunque Finlandia es un país desarrollado, los católicos allí son marginales -solo los luteranos y ortodoxos reciben ayudas del Estado-, son pobres como las ratas, pero lo están llenando todo con su alegría y amor. Piden prestados los templos porque no tienen propios, pero los llenan. Las iglesias están abarrotadas de jóvenes y matrimonios; hay conversiones y bautismos de adultos. No tienen estructura alguna, pero sí una fe viva.

En el precioso Evangelio de hoy vemos cómo Jesús le dice a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios”. Esto nos recuerda que muchas veces caminamos sin darnos cuenta de la gracia presente en nuestra vida. No es un reproche, sino una invitación a abrir los ojos a lo que Dios ofrece y que, si lo descubriéramos, cambiaría nuestra manera de vivir. ¡Descubrir el don!

Vivimos en un mundo de sentimientos, muy fraccionado, rápido y parcial; nos falta perspectiva, horizontes. Es importante conocer, profundizar, discernir: formarse. Podemos vivir con cuatro mantras, eslóganes o prejuicios y pasar por alto la hermosa realidad.

Cuando se nos invita a pensar, decir “si conocieras…” puede implicar que “no sabes lo suficiente para opinar”, que “tu juicio está incompleto”; pero también puede ser una invitación suave a reconsiderar algo. Somos conscientes de las muchas veces en las que caemos en el error, de oportunidades perdidas, de juicios equivocados. Abrirnos al conocimiento supone esfuerzo, estudio, reflexión. No ayuda nada la opinión apoyada en simples titulares, en conocimientos superficiales o frívolos.

Algunos métodos concretos para avanzar en la búsqueda pueden ser: examinar las razones -¿qué argumentos sostienen una afirmación?-; contrastar fuentes -la verdad se fortalece cuando resiste la comparación-; buscar coherencia -una idea verdadera no contradice otras verdades-; observar consecuencias -lo verdadero tiende a generar claridad, libertad y bien-; preguntar sin miedo -la duda honesta es parte del camino-.

Desde la perspectiva religiosa, la verdad no es solo un concepto, sino una relación. La frase “si conocieras el don de Dios” apunta a que la verdad no se conquista, sino que se recibe; no la creo, la descubro. Es un encuentro que transforma, no solo una idea que se entiende. En este sentido, buscar la verdad implica silencio interior, apertura a lo trascendente, reconocer que hay verdades que superan la pura lógica, dejarse interpelar por lo que da sentido y plenitud. Y, por supuesto, estudio.

La verdad también se puede disfrutar. Cuando la persona vive en ella, encuentra armonía; cuando hay armonía, nace el bienestar; y cuando el bienestar es profundo, se manifiesta como belleza.

El lunes asistí a un concierto del pianista Andrés Carlos Manchado. Iba improvisando mientras se leía la Pasión según san Juan. Recuerdo la interpretación que siguió a la pregunta de Pilato: “¿Qué es la verdad?”. El artista nos sumergió en un mar de armonía, paz y belleza. Esa cadencia armónica, ese baño de realidad, ese contacto con la vida despertaba el agradecimiento y llevaba a Dios.

Fuente: eldiadecordoba.es


08 marzo 2026

La mujer samaritana

 El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El diálogo entre Jesús y la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia, iluminan el camino de quienes, en Pascua, recibirán el Bautismo e iniciarán una vida nueva. Estas grandes páginas del Evangelio, que comenzamos a leer desde este domingo, se ofrecen a los catecúmenos, pero al mismo tiempo son escuchadas nuevamente por toda la comunidad, porque ayudan a convertirse en cristianos o, si ya lo somos, a serlo con mayor autenticidad y alegría.

Jesús, en efecto, es la respuesta de Dios a nuestra sed. El encuentro con Él, como le sugiere a la Samaritana, activa en lo profundo de cada uno un «manantial que brotará hasta la Vida eterna» ( Jn 4,14). ¡Cuántas personas, en todo el mundo, buscan todavía hoy esta fuente espiritual! «A veces me es accesible —escribía la joven Etty Hillesum en su diario—. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo». [1] Queridos hermanos, no hay energía mejor empleada que la que dedicamos a liberar el corazón. Por eso, la Cuaresma es un don: entramos en la tercera semana y ya podemos intensificar el camino.

En el Evangelio también está escrito que «llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al ver [a Jesús] hablar con una mujer». (Jn 4,27). Les cuesta tanto apropiarse de la misión, que el Maestro tiene que provocarlos: «Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega» (Jn 4,35). El Señor también dice a su Iglesia: “Levanta los ojos y reconoce las sorpresas de Dios”. En los campos, cuatro meses antes de la cosecha, casi no se ve nada. Pero allí donde nosotros no vemos nada, la gracia ya está actuando y los frutos están listos para ser recogidos. La mies es mucha; quizá son pocos los obreros, porque están distraídos con otras actividades. Jesús, en cambio, está atento. Aquella mujer samaritana, según las costumbres, simplemente habría tenido que ser ignorada; sin embargo, Jesús le habla, la escucha, le da confianza sin segundas intenciones y sin desprecio.

¡Cuántas personas buscan en la Iglesia esa misma delicadeza, esa disponibilidad! Y qué hermoso es cuando perdemos la noción del tiempo para prestar atención a quien encontramos, tal como es. Jesús incluso olvidaba comer, porque lo alimentaba la voluntad de Dios de llegar al corazón de todos (cf. Jn 4,34). De ese modo, la Samaritana se convierte en la primera de muchas evangelizadoras. Desde su aldea de despreciados y marginados, muchos, gracias a su testimonio, salen al encuentro de Jesús, y también en ellos la fe brota como agua pura.

Hermanas y hermanos, pidamos hoy a María, Madre de la Iglesia, poder servir, con Jesús y como Jesús, a la humanidad sedienta de verdad y de justicia. No es tiempo de oposiciones entre un templo y otro, entre “nosotros” y “los otros”; los adoradores que Dios busca son hombres y mujeres de paz, que lo adoran en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24).

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Desde Irán y desde todo el Medio Oriente continúan llegando noticias que suscitan profunda consternación. A los episodios de violencia y devastación, y al difundido clima de odio y miedo, se añade el temor de que el conflicto se amplíe y que otros países de la región, entre ellos el querido Líbano, puedan volver a caer en la inestabilidad.

Elevamos nuestro humilde ruego al Señor para que cese el estruendo de las bombas, callen las armas y se abra un espacio de diálogo en el que se puedan escuchar las voces de los pueblos. Confío esta intención a María, Reina de la paz, para que interceda por cuantos sufren a causa de la guerra y acompañe los corazones a través de senderos de reconciliación y de esperanza.

Hoy, 8 de marzo, se celebra el día de la mujer. Renovemos el compromiso —que para nosotros los cristianos se basa en el Evangelio— de reconocer la igual dignidad del hombre y de la mujer. Lamentablemente muchas mujeres, desde la infancia, siguen siendo discriminadas y sufren diversas formas de violencia. A ellas, de modo especial, van mi solidaridad y mi oración.

Doy la bienvenida a los estudiantes provenientes de College Station, Texas; de Kansas City, Misuri; de Fort Wayne, Indiana, en los Estados Unidos de América y de Jerez y Cádiz, en España; así como a los grupos de peregrinos del Perú, Panamá, Honduras, México y Chile.

Saludo a los fieles de Brescia, Castrolibero, Gravina de Apulia, Perugia y de las parroquias de San Clemente Papa y de San Pío de Pietrelcina, en Roma.

Saludo a la comunidad “Casa de María” de Roma, al grupo de confirmación de la diócesis de Orvieto-Todi, a los jóvenes de Mantua y al equipo de rugby de Rovigo.

Les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

06 marzo 2026

Dame de beber

3.º domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Evangelio (Jn 4,5-42)

Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del viaje, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta.

Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo:

—Dame de beber —sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos.

Entonces le dijo la mujer samaritana:

—¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? —porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le respondió:

—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva.

La mujer le dijo:

—Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?

—Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo —respondió Jesús—, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna.

—Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla —le dijo la mujer.

Él le contestó:

—Anda, llama a tu marido y vuelve aquí.

—No tengo marido —le respondió la mujer.

Jesús le contestó:

—Bien has dicho: «No tengo marido», porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad.

—Señor, veo que tú eres un profeta —le dijo la mujer—. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén.

Le respondió Jesús:

—Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad.

—Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir —le dijo la mujer—. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas.

Le respondió Jesús:

—Yo soy, el que habla contigo.

A continuación llegaron sus discípulos, y se sorprendieron de que estuviera hablando con una mujer. Pero ninguno le preguntó: «¿Qué buscas?, o ¿de qué hablas con ella?» La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente:

—Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?

Salieron de la ciudad y fueron a donde él estaba.

Entretanto los discípulos le rogaban diciendo:

—Rabbí, come.

Pero él les dijo:

—Para comer yo tengo un alimento que vosotros no conocéis.

Decían los discípulos entre sí:

—¿Pero es que le ha traído alguien de comer?

Jesús les dijo:

—Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros que faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: Levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega; el segador recibe ya su jornal y recoge el fruto para la vida eterna, para que se gocen juntos el que siembra y el que siega. Pues en esto es verdadero el refrán de que uno es el que siembra y otro el que siega. Yo os envié a segar lo que vosotros no habéis trabajado; otros trabajaron y vosotros os habéis aprovechado de su esfuerzo.

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así que, cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y le decían a la mujer:

—Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo.

Comentario

En su viaje hacia Galilea, Jesús se detiene al pie del monte Ebal, junto a Sicar, donde estaba el famoso pozo del patriarca Jacob, que era el orgullo de los samaritanos. Esta región formó parte del Reino del Norte de Israel. Tras caer en manos de los asirios (722 a. C.), la población terminó mezclándose con los paganos llevados allí. Tiempo después, el rey judío Juan Hircano destruyó el templo samaritano erigido en el Monte Garizim. Por eso, a pesar de su pasado común, la enemistad entre judíos y samaritanos era centenaria (cfr. 2 R 17,34-40).

Pero Jesús no tiene reparo en detenerse en Sicar. Cansado del camino y a la hora de comer, el Maestro envía a sus discípulos a buscar alimentos y se sienta junto al pozo a esperar. Es entonces cuando llega con su cántaro una samaritana, y se inicia un diálogo y un encuentro entre dos anhelos, simbolizados en el agua, y que se verán colmados: el anhelo divino de salvar a los hombres y la sed de Dios que hay en ellos.

“Recoged los ojos del alma y revivid despacio la escena –sugería san Josemaría−: (…) Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino, para buscar algo de comer. Y tiene sed. Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed”.

“Dame de beber”: el antiguo recelo judío hacia los samaritanos, que les retraía incluso de hablarles y emplear sus utensilios, es quebrado por Jesús al pedir ayuda con modestia a la sorprendida samaritana que llega con su cántaro. Pero en realidad, era ella quien debería romper los prejuicios centenarios para pedir lo que Jesús da: un agua mejor que la del famoso pozo de Jacob, aunque ésta fuera muy abundante, pues sirvió para sus hijos e incluso sus ganados. La mujer entiende la insinuación de Jesús: que Él es mayor que Jacob y su pozo, y el agua que ofrece es maravillosa. La samaritana queda entonces prendada de la idea que se forja de esa agua y pasa a pedirla, para no tener nunca sed.

En el Antiguo Testamento, “el agua viva” simboliza la acción de Dios (cfr. Jr 2,13; Za 14,8; Ez 47,9). Y en realidad, Jesús es “el don de Dios” que la mujer ignora y el agua viva que se hará en ella “fuente que salta hasta la vida eterna” es la gracia espiritual. Por eso, Jesús prepara a la mujer para recibirla, haciendo que reconozca su situación de pecado, con cinco maridos distintos. La samaritana se interesa entonces por su relación con Dios y dónde adorarlo; y tras la instrucción del Maestro, intuye la auténtica sed de su alma; menciona ya al Mesías, descubre que lo tiene delante y va a anunciarlo a los suyos.

Este célebre pasaje del evangelio de san Juan narra un itinerario de conversión precioso provocado por Jesús. En cierto sentido, tiene un carácter universal y todos podemos vernos reflejados en él. El papa Francisco comenta que “Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: dirige a Jesús esos interrogantes profundos que todos tenemos dentro, pero que a menudo ignoramos. También nosotros tenemos muchas preguntas que hacer, ¡pero no encontramos el valor de dirigirlas a Jesús! La cuaresma, queridos hermanos y hermanas, es el tiempo oportuno para mirarnos dentro, para hacer emerger nuestras necesidades espirituales más auténticas, y pedir la ayuda del Señor en la oración. El ejemplo de la samaritana nos invita a expresarnos así: ‘Jesús, dame de esa agua que saciará mi sed eternamente’”.

Fuente: opusdei.org