03 agosto 2026

¿Hacerse o encontrarse?

Juan Luis Selma

La cultura actual invita a reinventarse sin descanso, sustituyendo a Dios por el propio deseo, lo que genera un profundo cansancio existencial. La fe cristiana propone una alternativa más serena: sentirse hijo amado antes que autor de uno mismo.

Uno de los paradigmas culturales actuales sostiene que nada está hecho ni es definitivo. Todo es líquido, inestable, cambiante. Se nos repite que no dependemos de nadie ni de nada, que la libertad consiste en alcanzar cualquier deseo, que la realidad no es algo recibido sino creada por mí. Según esta visión, no debemos conformarnos con lo sólido, con lo ya escrito: el viejo concepto de naturaleza es sustituido por la omnipotencia del deseo. No soy lo que soy, sino lo que quiero ser.

En este marco, el Creador deja de ser Dios: el mundo ya no es obra suya, sino mía. Yo me convierto en dios y me recreo a mi antojo junto a lo que me rodea. Con este presupuesto, dejamos de ser criaturas para pretender ser creadores. El sueño puede parecer atractivo, pero me deja solo, cargado con la responsabilidad de tener que pensar el mundo, rehacerme continuamente y sostener la tarea infinita de crear. Para ello necesitaría la energía y la sabiduría del verdadero Creador.

Además, si cada individuo es un dios, habría tantos dioses como personas, y cada uno tendría que repartirse su supuesta energía creadora… y tocaría a poco. Igual que los recursos de la naturaleza son limitados y debemos cuidarlos, el sentido común debería llevarnos a limitar la proliferación de estos “diosecillos” agotados.

La tarea de inventarme sin descanso, de convertir cada capricho en realidad, termina siendo extenuante. Produce un cansancio existencial profundo. Ya no somos valiosos por lo que hemos recibido, sino por lo que logramos y conseguimos, por los likes que acumulamos. Hay una pelea por la eficiencia que termina por desalentar.

Ese cansancio sí es real, y se manifiesta en una nueva pandemia de enfermedades psíquicas: estrés, depresión, ansiedad, anorexia, bulimia, vigorexia, TDAH, trastornos de conducta, autolesiones y suicidio. Según la OMS, 1 de cada 7 jóvenes entre 10 y 19 años padece algún trastorno mental.

Frente a esta visión agotadora, existe otra opción más humilde y serena: la cristiana. Ella nos recuerda que somos hijos amados de Dios, llamados no a inventarnos sin cesar, sino a descubrir el bien y la belleza que el Creador ha puesto en nosotros. San Juan lo expresa con una sencillez luminosa: “Él nos amó primero”.

Se trata de dejar de jugar a ser dioses y descubrir al único Dios. Como canta Jakuna:

"Tú, el único Rey que tiene que reinar

El único Señor al que voy a adorar

Hoy levanto el corazón al que lo conquistó

Simplemente porque Tú eres Dios

Quiero ponerte por encima de todo

En cada momento sentarte en el trono

Que tu alabanza esté siempre en mi boca

Y reconocer que Tú eres Dios

Que alabarte a Ti, Señor

Sea siempre lo primero

Fijo mi mirada en el cielo"

Encontrarse con uno mismo —descubrir la grandeza que Dios ha puesto en mí— es mucho más fácil y descansado que tener que construirse constantemente. El vacío que todos sentimos en el fondo del alma no lo puede llenar nadie, solo Dios. Adorarle, seguirle, ponernos en sus manos es lo que nos hace verdaderamente grandes. Solo Él puede colmar esas ansias de amor infinito que llevamos dentro. Es más: esas ansias son la señal de que somos suyos, de que estamos hechos para algo mucho más grande de lo que jamás nos atreveríamos a soñar.

San Pablo lo proclama con fuerza: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”.

Y Benedicto XVI, recién elegido Papa, nos recordaba: “No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno es querido, amado, necesario.”

En el Evangelio de hoy, Jesús pide a sus discípulos que den de comer a la multitud: “Dadles vosotros de comer”. Si los cristianos descubrimos lo mucho que somos amados, rebosaremos de sentido y de amor, y podremos dar sentido a este mundo.

Fuente: eldiadecordoba.es

02 agosto 2026

El Señor da sentido a la vida

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!

Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús. Son gestos que manifiestan su especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él trae al mundo. El Señor se presenta como Aquel que da sentido a la vida, liberándola del mal y del pecado.

Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el Reino de Dios está cerca. Por eso el Evangelio de hoy (Mt 14,13-21) da testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece de ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos. Al sordo, que vuelve a oír, el Señor le dirige la Buena Noticia para que escuche; al ciego, que ve nuevamente, le muestra la espléndida obra de la redención que se realiza en él. Del mismo modo, Jesús da de comer al que tiene hambre. El episodio de la multiplicación de los panes significa que el encuentro con el Señor es una experiencia que nos alimenta. En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras necesidades, Cristo es el pan de vida. Con Él, lo esencial es sobreabundante: «Comieron todos y se saciaron» y sobraron «doce cestos llenos» (v. 20). Este número demuestra que el don del Señor es universal, y que su Providencia hacia nosotros nunca falla.

Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de la humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto nos enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el descarte, en cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia. Esta enfermedad del alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas, hasta el punto de olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. Y, de ese modo, ante la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos tendidas de quienes no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no tienen paz.

En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos con cuánta bondad el Señor, «alzando la mirada al cielo», «pronunció la bendición», «partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los repartieran a la gente (cf. v. 19). En este milagro de la caridad reconocemos las acciones típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la última Cena, donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en humanidad. Al saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a testimoniar su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos. En compañía de Jesús, también las vacaciones pueden convertirse en tiempo de serena fraternidad, incluyendo a quienes están a nuestro lado y pasan necesidad.

Pidamos pues a la Virgen María, Madre premurosa, que nos haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

sigo con preocupación la alarmante situación en Ceuta, pidiendo a Dios, por medio de la intercesión de Nuestra Señora de África, que se puedan encontrar soluciones de paz, de estabilidad y de justicia.

Continuemos rezando por la paz, para que cesen las guerras en el mundo y se encuentren soluciones diplomáticas a los conflictos. Recordemos a todas las víctimas de las hostilidades, sobre todo a los más débiles e indefensos: los niños, los ancianos y los enfermos. Que el Señor consuele a quienes sufren y bendiga la labor de quienes llevan ayuda y consuelo.

En estos días se celebra el “Perdón de Asís”. San Francisco obtuvo esta indulgencia del papa Honorio III en 1216, inspirado, mientras oraba en la Porciúncula, por una visión de Jesús y María, rodeados de ángeles. Demos gracias al Señor por este gran don y atesorémoslo, especialmente en el octavo centenario del “Tránsito” del Poverello de Asís, que falleció precisamente en la Porciúncula el 3 de octubre de 1226.

Los saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos procedentes de diversos países: en particular a los jóvenes de las parroquias de Saccolongo y Creola (Padua), y a los de la parroquia de San Juan Bosco en Altamura y a los chicos de la Colaboración Pastoral de Castelfranco Veneto, acompañados por sus sacerdotes y animadores.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!

Fuente: vatican.va

31 julio 2026

Cuando declina el día

18.º del Tiempo Ordinario (Ciclo A). 

Evangelio (Mt 14,13-21)

Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron:

— Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos.

Pero Jesús les dijo:

— No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer.

Ellos le respondieron:

— Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.

Él les dijo:

— Traédmelos aquí.

Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


Comentario

Dice el evangelio de san Mateo que, al oír Jesús que habían apresado a Juan el Bautista, “se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo” (v. 13). Jesús busca un momento de soledad para su oración, como en otras ocasiones. Pero las gentes de los contornos deseaban tanto escuchar su palabra y beneficiarse de sus curaciones que no lo dejaban descansar. Jesús no se enfada ante su importunidad. Al contrario, se conmueve ante la fe sencilla de aquellas gentes y pasa toda la jornada con ellos. Cuando declina el día no quiere dejarlos marchar sin haberles ofrecido antes algo de comer, porque estaban lejos de sus casas y llevaban muchas horas sin tomar nada.

Llama la atención, en primer lugar, su paciencia y compasión. “Ante la multitud que lo seguía y –por decirlo así– ‘no lo dejaba en paz’ –comentaba el Papa Francisco-, Jesús no reacciona con irritación, no dice: ‘Esta gente me molesta’. No, no. Sino que reacciona con un sentimiento de compasión, porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero estemos atentos: compasión –lo que siente Jesús– no es sencillamente sentir piedad; ¡es algo más! Significa com-patir, es decir, identificarse con el sufrimiento de los demás, hasta el punto de cargarlo sobre sí. Así es Jesús: sufre junto con nosotros, sufre con nosotros, sufre por nosotros”.

También los discípulos se dan cuenta de lo avanzado de la hora y de la urgencia de esas personas por alimentarse, pero se desentienden de las necesidades de esas gentes y piden a Jesús que los despida “para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos” (v. 15). Sin embargo, el Maestro no mira para otro lado ni los abandona a su suerte, sino que reclama a los suyos que ofrezcan todo lo que tengan, aunque sea bien poco, para paliar el hambre de tantos hombres, mujeres y niños. ¡Qué modo tan distinto de reaccionar ante las necesidades de los demás!

Vale la pena observar, como lo hace san Josemaría, que Jesús podía sacar el pan de donde le pareciera..., pero busca la cooperación humana: “Necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, hijo mío: ¡y es Dios! Esto nos urge a ser generosos en nuestra correspondencia. No necesita para nada de ninguno de nosotros, y –al mismo tiempo– nos necesita a todos. ¡Qué maravilla! Lo poco que somos, lo poco que valemos, nuestros pocos talentos nos los pide, no se los podemos escatimar. Los dos peces, el pan: todo].

Los discípulos fueron generosos y le ofrecieron la escasa comida de que disponían. Dice el Evangelio que Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente” (v. 19). Son expresiones análogas a las que emplean los evangelistas al narrar la institución de la Eucaristía en la última cena: “cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio” (Lc 24,30). De este modo, en la magnitud con la que multiplica aquellos pocos panes y peces se prefigura “la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía", como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.

La generosidad de Jesús que se nos ofrece como alimento en la Hostia santa manifiesta la grandeza de su amor. “Corresponder a tanto amor -invita a considerarlo san Josemaría- exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le hablamos, lo vemos, lo gustamos. Y cuando las palabras no son suficientes, cantamos, animando a nuestra lengua –Pange, lingua!– a que proclame, en presencia de toda la humanidad, las grandezas del Señor”.

Fuente: opusdei.org 

Guerra y Paz

Eloy Asenjo Carpintero

La polarización, visible tanto en España como en múltiples conflictos internacionales —muchos de ellos olvidados, fuera del objetivo de la prensa—, representa un fracaso colectivo ante la paz que reclamó el Papa León XIV en las Cortes españolas en junio de 2026.

Ovacionado con creces salió el Papa León XIV de las Cortes españolas, y puso a sus Señorías grandes y graves deberes dentro de un clima de amable discusión fuera de palabras paralizadoras y paralizantes. Ante un hemiciclo expectante, el Santo Padre pronunció un discurso de hondo calado político y moral, diagnosticando con precisión los males que asfixian la convivencia global contemporánea. El Pontífice fue tajante al afirmar:

“El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia”.

El debate de la memoria

El Papa se mostró valiente al mencionar de forma directa la Memoria Histórica en el propio hemiciclo legislativo: “Memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación… ardua tarea cuando existe una polarización tan grande”. Aunque la reflexión trasciende nuestras fronteras y apunta a cualquier geografía del planeta, su pronunciamiento en la sede del Poder Legislativo español invita inevitablemente a reflexionar sobre una serie de realidades que marcan el panorama historiográfico actual:

La triste “leyenda negra” de España. Ya han salido historiadores -curiosamente la mayoría extranjeros- rebatiendo este hecho lamentable del que aún nos estamos recuperando, y con el que actualmente se hacen discursos populistas muy lejanos de la realidad del papel de España en Iberoamérica.

Muchos jóvenes no saben situar, actualmente, históricamente personajes de gran calado en la historia del Estado Español durante el s. XX.

La independización de los actuales Estados de Latinoamérica durante el s. XIX llevada a cabo con programas personalísimos y de inspiración altamente anticatólica, de cuyos “barros, estos lodos” en los que se ve una gran polarización para deshacer los lazos fuertes que unen España con todos los países de América del Sur y América Central.

Se está promoviendo como ejemplar el régimen de la 2ª República, (…) cuando historiadores de prestigio la denostan y la hacen culpable de la Guerra Civil que sufrió el país.

El valor de la palabra frente al rearme

¡Ya tenemos la polémica formada! Sin embargo, el propósito de estas líneas no es centrar el foco en la disputa, sino hallar la vía para hablar con serenidad de estos temas sin emplear, como señalaba el Papa en su discurso, “palabras (que) pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro”.

Este encuentro se perfila indispensable si queremos una sociedad libre, justa y verdaderamente democrática. Como recordó el Pontífice, “de este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas”.

El mensaje papal también miró con crudeza al escenario geopolítico actual, advirtiendo que toda guerra es un fracaso, pues “constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones”.

Además, resuena la denuncia de León XIV sobre “el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional”. Ante esa inercia bélica, el Papa concluía con firmeza: “La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra”.

Esta denuncia no nos es ajena: en el fondo de los conflictos armados subyacen intereses personalísimos, muchas veces económicos, que los hacen moralmente deplorables, desoyendo las voces que claman por una paz compleja de alcanzar. De ahí la vigencia del llamamiento de León XIV para redescubrir el valor del “diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza”.

Cohesión en la diversidad

El Santo Padre trajo a primera línea el lema de la Unión Europea: “In varietate concordia». Dotándolo de contenido actual, nos recordó que “la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo. Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario”.

Esta polarización, visible tanto en España como en múltiples conflictos internacionales — muchos de ellos olvidados, fuera del objetivo de la prensa—, representa un fracaso colectivo. En este preocupante contexto global, resulta “importante reiterar la teoría de la guerra justa, incoada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto” (cfr. Francisco, Carta enc. “Fratelli Tutti”, 258, 3 de octubre de 2020)”.

La realidad es incuestionable: “La humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón. El recurso a la fuerza, a la violencia y a las armas testimonia una pobreza relacional que siempre tiene consecuencias desastrosas para las poblaciones civiles” (Carta enc. “Magnifica Humanitas” 192, 15 de mayo 2026).

En definitiva, el Santo Padre ha lanzado una severa advertencia, ¡un grito al diálogo! Un recordatorio insistente de que “las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro”.

Este grito no va dirigido solamente a las Señorías que llenaban el hemiciclo, sino a todas las personas de buena voluntad y, muy especialmente, a los periodistas, quienes sostienen una enorme responsabilidad en el ejercicio de su profesión. En este nuevo ecosistema comunicativo, el rigor ético y el comportamiento en el uso de las nuevas tecnologías y de la Inteligencia Artificial dictarán si los medios se convierten en puentes para el encuentro o en amplificadores de las trincheras.

Fuente: omnesmag.com

30 julio 2026

La aventura de la gracia

 José Carlos Martín de la Hoz

 Esta reseña analiza la semblanza biográfica de san Agustín escrita por Giuliano Vigini, destacando la vigencia de su teología sobre la gracia, la caridad y la conversión en el pensamiento contemporáneo.

Antes de comenzar esta reseña del trabajo de Giuliano Vigini (Milán, 1946), conviene aclarar que se trata de la edición castellana del magnífico perfil biográfico de san Agustín (354-430) elaborado por el profesor Giuliano Vigini en 2025 en Italia y publicado ahora en España bajo los auspicios de Ediciones San Pablo.

El trabajo ha sido editado con una presentación de Benedicto XVI pero, al no estar fechada, no sabemos cuándo la escribió ni con qué motivo. Es lógico pensar que puede tratarse de unas palabras sobre san Agustín redactadas para otra obra que quizás no fuera publicada en su momento.

 

Este trabajo, como nos dice su autor en la introducción, fue pensado como una síntesis de todas las aportaciones que surgieron en la historia de la teología reciente durante el bienio 1986-1987, con motivo del XVI Centenario del bautismo de san Agustín. Fue el propio san Juan Pablo II quien publicó con ese motivo la carta apostólica Augustinum Hipponensem, alentando al pueblo cristiano a profundizar en las enseñanzas de este gran doctor de la Iglesia.

La huella agustiniana en el Pontificado

Precisamente, desde la llegada a la Sede de Pedro de León XIV son constantes las referencias a san Agustín tanto en sus encíclicas como en sus discursos y en las catequesis de los miércoles. No olvidemos las palabras que pronunció en la plaza de San Pedro el 8 de mayo de 2025, en el momento de su llamada al papado: «Soy agustino, hijo de san Agustín».

Lógicamente, los cristianos pensamos que el Espíritu Santo quiere que meditemos durante unos años sobre las enseñanzas del maestro de Hipona, al igual que hicimos con la teología de Benedicto XVI o con el don del discernimiento de espíritus de san Ignacio de Loyola durante el pontificado de Francisco.

Las Confesiones y la dinámica del amor

Los datos fundamentales de la biografía de san Agustín los conocemos por una obra autobiográfica denominada Las confesiones, una pieza clave del pensamiento cristiano, filosófico y teológico muchas veces reeditada a lo largo de la historia. No podemos dejar de sugerir al lector que la relea en la edición preparada por el afamado poeta y escritor mallorquín Pedro Antonio Urbina.

En Las confesiones, san Agustín expone con toda crudeza el choque entre el amor erótico (eros) y el amor de agapé, tal y como lo resumía Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est, uno de los mejores tratados que se han escrito sobre la dinámica del amor y la llamada a la santidad en el desarrollo del verdadero amor como motor de la felicidad.

4. El doctor de la gracia frente a las desviaciones teológicas

Toda esa doctrina del amor como camino de felicidad debe ser completada con los muchos textos que compuso san Agustín en su polémica pelagiana. En efecto, Pelagio, monje británico contemporáneo de Agustín, estaba convencido de que la santidad podía ser alcanzada únicamente con la constancia y el esfuerzo personal constante y tenaz.

Ciertamente, en la vida cristiana de las virtudes y de las bienaventuranzas, san Agustín —haciéndose eco del magisterio perenne de la Iglesia— vino a recordarnos que, en esta obra de la santidad, la iniciativa parte siempre de Dios: la gracia nos acompaña, sostiene y lleva a la perfección las virtudes y las bienaventuranzas. A la vez, no podemos olvidar que el hombre ha de poner de su parte la libertad para que existan actos humanos donde se conjuguen el entendimiento y la voluntad: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (Sermón 169, 11).

Hemos de mencionar que san Agustín ha pasado a la historia de la teología como el «doctor de la gracia» y su doctrina fue capital para resolver la polémica entre libertad y gracia, tanto con Pelagio como posteriormente con los luteranos y, finalmente, con los jansenistas (p. 147).

La caridad y la herencia mística de la conversión

Asimismo, hemos de señalar que san Agustín ha pasado a la historia de la espiritualidad por sus importantes aportaciones a la «teología de la caridad», que reflejan los grandes místicos tanto del Siglo de Oro español como otros autores de la historia —el maestro Eckhart y la Escuela renano-flamenca de espiritualidad—, la cual culminará en el tratado de Tomás de Kempis, La imitación de Cristo (p. 137).

Basta con observar detenidamente el escudo papal de León XIV, con el corazón ardiente, para recordar cómo tanto las obras de san Agustín como las enseñanzas del Santo Padre nos dirigen a crecer en el amor a Dios y a las almas. Basta con leer detenidamente los textos y discursos del Santo Padre en su viaje a España para comprobar que el mandamiento de la caridad sigue siendo el compendio del cristianismo: hemos de vivir a diario la experiencia de Dios como san Agustín (p. 78).

Evidentemente, no podemos dejar pasar la oportunidad de traer el ejemplo de santa Mónica: la madre orante, amorosa y confiada tanto en el poder de la gracia de Dios como en la capacidad de su hijo para volver a la verdadera fe, aunque estuviera ciertamente alejado de ella y atenazado por las pasiones humanas. La profunda y radical conversión de san Agustín y su correspondencia a la gracia hicieron que ella tuviera la dicha de verle centrado en la fe y encaminado a la santidad (p. 66).

Proyección intelectual y relevancia contemporánea

Ciertamente, san Agustín era más neoplatónico que aristotélico, como también el teólogo Ratzinger era más agustiniano que tomista. De hecho, la tesis doctoral del profesor Ratzinger se titulaba Pueblo y casa de Dios en la doctrina sobre la Iglesia de san Agustín. También hemos de recordar que su tesis de habilitación como profesor fue La teología de la historia según san Buenaventura, que contiene una sólida fundamentación y perspectivas teológicas tomadas de la obra del obispo de Hipona.

La lectura de esta interesante semblanza del doctor de Hipona también nos presentará las claves de la teología agustiniana que, indudablemente, enriquecerá el debate teológico de nuestro tiempo y el diálogo con el pensamiento posmoderno en el que vivimos.

 Fuente: omnesmag.com

29 julio 2026

El último gran converso de España

Javier García Herrería

Nacido en un entorno de profundo debate intelectual como hijo del reconocido crítico de arte y filósofo Fernando Castro Flórez, se licenció y doctoró en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de su trayectoria, ha ejercido la docencia en la Universidad de Zaragoza, en la propia Complutense y, más recientemente, como profesor de Estética en la Universidad Autónoma de Madrid.

Su figura destaca de manera paradigmática entre la generación millenials gracias a su insólita capacidad para hibridar la alta cultura académica con los fenómenos de masas de la era digital,

demostrando un rigor conceptual que no degrada la primera ni condesciende con los segundos. Ernesto Castro se dio conocer hace 13 años cuando comenzó con 25 años un canal de Filosofía en él publicaba sus clases universitarias y sus análisis de las grandes obras de la Filosofía.

Los vídeos no tenían ningún alarde técnico, ninguna música de fondo, ningún montaje llamativo. Solo un hombre joven sentado ante el escritorio de su casa, grabando reflexiones que superaban con frecuencia la hora y media. Más de 300 vídeos con 1000 horas de pensamiento en voz alta.

Lo que distinguía ese canal de la divulgación convencional era la actitud Ernesto, su esfuerzo por comprender a los autores y no tanto por criticarlos. Eso, en un ambiente intelectual donde la crítica rápida suele confundirse con la inteligencia, es una virtud escasa. Y lo hacía desde una posición de izquierdas inequívoca — heredera entusiasta del 15M en el que participó— sin que eso le impidiera adentrarse con rigor y respeto en los grandes pensadores cristianos: Agustín, Tomás, Buenaventura y también en figuras menos transitadas, como Nicolás de Cusa, los autores de la Escuela de Salamanca, Pedro Abelardo o Hugo de San Víctor.

Ese canal llegó a reunir 170.000 seguidores. Y un día desapareció, de golpe. Ernesto lo cerró con la misma contundencia con que lo había construido.

Un pensador de convicciones radicales Ernesto Castro siempre fue una persona de convicciones firmes y radicales. Lo mismo para criticar a la izquierda de la que era seguidor ilusionado que para denunciar la mediocridad instalada en las universidades españolas, donde el espíritu crítico escasea a menudo bajo capas de jerga y corporativismo.

Su filosofía se sustentaba tanto en la reflexión como en la experimentación vital. No era raro verle con el pelo teñido de colores extravagantes, o aparecer en clase con una enorme tonsura que lo hacía parecer un monje medieval trasplantado al siglo XXI. Ernesto no era un tipo normal, y eso era precisamente lo que lo hacía extraordinario.

Cuando le destinaron a la Universidad de Zaragoza, su primer puesto fuera de la Complutense de Madrid, se quejaba de tener que impartir año tras año las mismas asignaturas. Y no porque le disgustaran las materias —las amaba, y se notaba—, sino porque le repugnaba explicar lo mismo dos veces. Su argumento era tan sencillo como demoledor: «Mis clases del año pasado ya están en YouTube, cualquiera puede verlas». A Ernesto le gustaba aprender y explicar cosas que todavía no supiera. Se situaba en las antípodas de la zona de comodidad ramplona que caracteriza a demasiados profesores.

A esa enorme capacidad intelectual y honradez se sumaba una amplitud de cultura que desbordaba la filosofía hacia la literatura y la poesía con la misma naturalidad con que un río se desborda cuando llueve demasiado.

La conversión

Hace unos meses, Ernesto Castro se bautizó y recibió la primera comunión. Se convirtió al cristianismo.

No es fácil saber qué ocurrió exactamente en su interior, aunque ha explicado algunas cosas sobre su conversión en un pódcast y una entrevista en El Confidencial a comienzos de mes.

Puede que haya sido una conversión principalmente intelectual —el punto de llegada de un larguísimo itinerario de lecturas y de honestidad consigo mismo ante lo que esas lecturas le planteaban—. Puede que haya habido también un arrobamiento místico, un encuentro personal con Jesucristo que escapara a cualquier argumento, o un vacío existencial que ninguna filosofía lograba colmar del todo. Probablemente todo eso a la vez, mezclado en proporciones que solo él conoce.

Por lo que ha contado públicamente, el desencadenante final de su conversión tuvo que ver con una fuerte depresión que atravesaba y una peregrinación a la Virgen de Montserrat que le sugirió su mujer.

Sea como fuere, resulta significativo que alguien que durante años comentó a los grandes clásicos de la historia de la filosofía haya dado el salto a leer las encíclicas publicadas desde el siglo XIX con la misma seriedad y el mismo rigor que dedicaba a Aristóteles o a Marx. Es un gesto que muestra el itinerario de alguien que sigue las ideas hasta donde lo llevan, aunque el destino no estuviera en el mapa.

No sé tampoco si influyó el famoso debate que Diego Garrocho y Miguel Ángel Quintana Paz pusieron en circulación hace algunos años en España sobre la ausencia de intelectuales católicos solventes en el espacio público. Quizá leyera con las numerosas numerosas publicaciones y conferencias que se organizaron. Pero lo que sí es una alegría enorme es que uno de los intelectuales jóvenes más prometedores de España haya dado ese paso y lo  diga con claridad en entrevistas y podcasts, sin eufemismos ni disculpas. Aunque tenga mucho que aprender, mucho que vivir y mucho que disfrutar del cristianismo, la conversión de Ernesto podría ser la de un pequeño san Agustín o Chesterton. El tiempo lo dirá, pero potencia intelectual y juventud no le faltan.

A pesar de haber leído como pocos a su edad, lo que más conmueve en su nueva vida cristiana es la humildad con que habla de la fe. Se considera a sí mismo el último de los neófitos. Esa humildad ante lo que no controla, viniendo de alguien con su formación y su temperamento, es en sí misma un testimonio.

La crónica papal: en theos

Ernesto Castro publicó en El Español —diario en el que colabora con regularidad— una crónica muy larga y personal sobre el viaje del Papa León XIV a España. El texto es un ejercicio de entusiasmo en el sentido etimológico de la palabra: en theos, estar lleno de Dios. Pero también de espíritu crítico intacto, de ironía reconocible y de capacidad para ver con distancia aquello que al mismo tiempo le importa profundamente.

La crónica arranca con una imagen que solo puede escribir alguien que viene de donde viene Ernesto Castro, y que en pocas palabras condensa toda la distancia recorrida: «No sé Dios, pero si Nietzsche no estuviese muerto, esa performance posmoderna lo habría rematado».

Nietzsche queda atrás desde el primer párrafo. Y lo que sigue es   la descripción de una presencia física que tiene algo de confesión, casi de inventario de rodillas: «De rodillas, en un balcón en   obras de la Sagrada Familia. De rodillas, entre la multitud y en zona de prensa. De rodillas, confesándome y comulgando ante uno de los cientos y cientos de concelebrantes de Su Santidad.»

Y sobre la encíclica Magnifica humanitas con la que León XIV viajó a España, el tono sube todavía un escalón: «Magnifica humanitas —la encíclica primeriza con la que León XIV ha viajado a España, cual panadero repartiendo baguettes de salvación recién horneada a domicilio— es una obra maestra en ese delicado arte de la compresión pontificia. Sus dos primeros capítulos los leí llorando de alegría y de rodillas.»

Pero donde la crónica se vuelve más sorprendente es en el retrato de las voluntarias del Comité papal, en quienes Castro descubre, contra todo pronóstico ideológico, algo inesperado: «Pronto descubriré que dichas coordenadas son —uno de los grandes descubrimientos de este viaje— el feminismo y la acracia más coherentes que he conocido nunca. El feminismo radical y matricial y la acracia por la fe, vaya. Si hay alguien en este mundo que antepone la caridad a la ley, si hay alguien que pone en práctica la igualdad de raíz y matriz humana, son estas simpatiquísimas señoras del Comité.»

Y enseguida añade, con esa honestidad que siempre le caracterizó, la pregunta que se quedó sin hacer —y la razón práctica por la que no pudo hacerla: «A ellas me hubiera gustado preguntarles por las protestantes protestas a favor de que haya sacerdotes de sexo femenino en la Iglesia católica también. Pero han estado tan ocupadas salvándome el culo, cerciorándose de que la policía no me detuviese y esposase por ser más papista que el Papa, asegurándose de que me dejaban acceder a los actos, a los pools de prensa, a las zonas de fotos, a los buses encapsulados… En general, han estado tan ocupadas haciendo de jefas —buenas jefas, jefas caritativas y empáticas— que no he podido plantearles mis protestonas preguntitas.»

Hay dos frases breves que merecen leerse juntas, porque en su aparente contradicción está todo el arco de la conversión: «No sé en qué momento de rapto romano me olvidé del clásico Fuck tha Police! y ACAB». «No sé en qué momento me sumé a los vítores que la masa le brindaba a la policía».

Y el propio Ernesto se responde a sí mismo con una escena que tiene algo de Pentecostés romano con acento madrileño: «Bueno, sí sé. Después de la Santa Misa del Corpus, andábamos un millón y medio de fieles por las calles aledañas a Cibeles, apestando a tigre resucitado, arrollando sin querer los parterres (¡qué bonitas, pero qué frágiles, las flores blancas y amarillas!), meándonos y cagándonos vivos, pero con el Espíritu aferrando y bloqueando nuestros esfínteres.

Andábamos con un subidón católico tal que habríamos ovacionado hasta a una silla.»

Ni siquiera la euforia le hace perder el sentido de la proporción. Los cánticos repetidos hasta el desgaste reciben su apunte irónico —y su reivindicación simultánea: «Pues no todo va a ser «¡Papa León / te queremos un montón!» y «¡Se nota, se siente, / el Papa está presente!» y «¡L’any de Gaudí, / el Papa es aquí!»  y, por supuesto, «¡Esta es / la juventud del Papa!». Todo ello coreado entre lagrimones pre- o pos- irónicos. No, la única ironía objetiva y real es la de nuestra fe, que nos empuja a seguir al Papa durante una semana, acostándonos y levantándonos de madrugada, durmiendo poquísimas horas al día, solo para luego quedarnos sobados a mitad de rosario, como otro apóstol a los pies de su olivo.

Un momento revelador de su crónica es el que dedica a la pequeña manifestación anticlerical con la que se topó. Ernesto fue a verla como quien va a visitar un barrio de su infancia. Lo que encontró fue otra cosa: el tiempo ha pasado de manera muy desigual para unos y para otros:

«Claro que ya había gente harta de esta teofanía antes de que empezase siquiera. A dos días de que papavión tomase tierra, una veintena de organizaciones anticlericales llamaron a tomar las calles y las plazas. Una calle y una plaza, en concreto, de Madrid. Por allí se dejó caer este pecador, esperando refrescar sus recuerdos de pos-adolescencia quincemera y anti-JMJ. De aquella, en 2011, varios miles de indignados nos manifestamos contra la Jornada Mundial de la Juventud, que convocó a dos millones de chavales en Madrid, quitándole el protagonismo y   la plaza a nuestras puntillosas asambleas horizontales y sordomudas. Nuestras marchas empezaron gritando absurdas acusaciones fiscales a peregrinos que no entendían la lengua local —y aunque la entendiesen, era absurdo lo de «¡Esa   mochila / la he pagado yo!», en referencia al regalo simbólico que recibieron de las administraciones públicas— y terminaron en el bucle habitual de hacernos detener en manifestaciones por la liberación de «las detenidas» en manifestaciones previas.»

Lo que encontró en 2026 en ese mismo espacio fue esto: «Una treintena de ancianos —y de ancianas: ellos calvos y con panzas bajo camisetas de fútbol republicanas, ellas con canas teñidas   de verde, rojo o morado— cruzaban los dedos a la espera de que el micro se desacoplase del altavoz. Pese a su agudo pitido de fondo, apenas se hacían notar en la enorme plaza frente al Museo Reina Sofía, a cuyas puertas se seguía haciendo cola y en cuyas terrazas se tardeaba como si no hubiese mañana. A la cuenta de la vieja, cada organización había convocado a 1 y 3/4 manifestantes, como en las mejores estadísticas de natalidad occidentales. «Esta no es / la juventud del Papa», coreábamos erísticamente en 2011. En 2026, huelga corearlo. El único público por debajo de los 40 años del que disfrutaron brevemente los anticlericales fueron dos taquilleras del Museo, sin nada mejor que hacer en su pausa para fumar.»

La ironía no es cruel: es la constatación de alguien que estuvo en aquel bando y reconoce, sin regodeo, que el mundo ha cambiado de maneras que sus antiguas certezas no contemplaban.

Su itinerario intelectual

Su trayectoria filosófica puede leerse como un desplazamiento constante entre la teoría dura, la crítica cultural y la experimentación vital, articulado en tres momentos bien diferenciados. El primero, entre 2011 y 2015, lo encontramos como un pensador beligerante frente al relativismo: su obra Contra la postmodernidad defendió la necesidad de recuperar la verdad y el compromiso político en el contexto de la crisis socioeconómica y el 15M. Era un Ernesto aún dentro de la izquierda, pero ya con la sospecha de que algo fallaba en el fondo.

El segundo momento, entre 2016 y 2019, es el de su giro pop: la aplicación de herramientas filosóficas clásicas al análisis de la cultura de masas, que culminó en El trap: filosofía millenials para la crisis en España, un libro que supo leer las fracturas generacionales de un modo que los académicos convencionales no lograban.

El tercero, entre 2020 y 2021, lo llevó hacia la ontología y el realismo especulativo: su Realismo post-continental es ya un trabajo de referencia en español que sistematiza el «giro realista» contemporáneo, alejándose tanto del idealismo analítico como del deconstruccionismo continental.

Ahora hay un cuarto capítulo que todavía no tiene título de libro, pero que en cierto modo es el más radical de todos: el de alguien que ha llegado a la fe después de haberla entendido mejor que la mayoría de los creyentes. Castro tiene camino por recorrer en la vida cristiana, y él mismo lo sabe y lo dice. Pero es muy prometedor que una persona de su talla intelectual forme ahora parte de la Iglesia y trabaje por el Reino de los Cielos.

Fuente: omnesmag.com

28 julio 2026

Dietrich Bonhoeffer: «No es el amor lo que sostiene el matrimonio, es el matrimonio lo que sostiene el amor»


Encarcelado por enfrentarse al nazismo y conspirar contra Hitler, y separado de la mujer con la que soñaba casarse, Dietrich Bonhoeffer escribió desde su prisión una de las reflexiones más luminosas sobre la promesa matrimonial, con la que inauguramos la serie veraniega «La familia en una frase»

A pesar del adanismo del que solemos hacer gala, la nuestra no es la primera generación que se enfrenta al desgaste del amor en el matrimonio, a la dificultad para sostener la unión en armonía a lo largo de los años, a los escollos que surgen cuando llegan los hijos a poner patas arriba la paz del hogar, o a las complejas circunstancias de una sociedad demasiado convulsa y exigente.

Por ejemplo, hace poco más de 80 años y en un contexto histórico mucho más duro que el nuestro, el teólogo y escritor alemán Dietrich Bonhoeffer ya experimentó ─y dejó escrito─ que el amor podía ser puesto a prueba incluso antes de llegar al altar.

En mayo de 1943, Bonhoeffer se encontraba recluido en la prisión berlinesa de Tegel por su oposición al régimen nazi y sus planes por atentar contra Hitler.

Desde su celda, escribió un sermón para la boda de su amigo Eberhard Bethge y su sobrina Renate Schleicher. No pudo asistir a la ceremonia, pero les envió una advertencia que ha atravesado las décadas como un recordatorio para todos aquellos que quieren casarse, o que ya se han casado: «No es vuestro amor el que sostiene el matrimonio, sino que, desde ahora, es el matrimonio el que sostiene vuestro amor».

Una cita que, como él mismo aclaraba, lejos de rebajar el amor, lo protege de la ingenuidad que lo confunde con una emoción siempre intensa, o un simple sentimiento voluble. Para Bonhoeffer, los esposos aportan el afecto, pero el matrimonio les entrega algo mayor que ellos mismos: una promesa, un compromiso, capaz de permanecer cuando la sensibilidad se difumina o desaparece.

Un compromiso escrito desde la cárcel

Bonhoeffer había nacido en 1906 en Breslau, dentro de una familia acomodada, culta y numerosa. Fue el sexto de ocho hermanos. Su padre, Karl, era un prestigioso psiquiatra y neurólogo; su madre, Paula, maestra y descendiente de teólogos. Un hogar en el que se combinaban el afecto, la exigencia intelectual, la pasión por la música, la fe cristiana de cuño luterano, y sobre todo, una fuerte conciencia de responsabilidad social.

Dietrich no llegó a casarse. En enero de 1943 se comprometió con Maria von Wedemeyer, una joven de 19 años a la que conocía desde niña. Él tenía 36. Apenas pudieron disfrutar de su noviazgo: Bonhoeffer fue detenido en abril y la relación creció mediante cartas, visitas vigiladas y planes para una vida común que nunca llegaría.

Fue ejecutado en el campo de concentración de Flossenbürg el 9 de abril de 1945, pocas semanas antes del final de la guerra en Europa.

Una boda en medio del nazismo

El sermón fue incorporado después a Widerstand und Ergebung, publicado en español como Resistencia y sumisión Cartas y papeles desde la prisión. La obra reúne cartas, notas y reflexiones escritas durante su cautiverio.

Y aunque no es un tratado sistemático sobre el matrimonio, precisamente por eso conserva una fuerza especial: fue escrito por un hombre que contemplaba desde una celda la boda de dos seres queridos mientras su propio futuro matrimonial se desvanecía.

Así, Bonhoeffer recuerda a los recién casados que el compromiso matrimonial, y aún la propia boda, no es una mera celebración de lo que sienten ese día. Es el cimiento humano y espiritual que ese amor tendrá que aprender a vivir, a conservar y a incrementar con el paso de los años y a pesar de las dificultades de la convivencia.

Cuando el sentimiento no basta

Cuando el incremento constante en el número de rupturas viene a demostrar que para nuestra generación, una relación merece vivirse mientras produzca bienestar y, cuando deja de hacerlo, ha perdido su razón de existir, Bonhoeffer invierte la lógica. El matrimonio no exige fingir emociones, pero sí recordar que el amor es, además de un sentimiento, un acto de la voluntad y una decisión sostenida por la palabra dada.

La moraleja no consiste en permanecer de cualquier manera ni negar los problemas o las crisis. Consiste en comprender que las dificultades ordinarias no demuestran que el amor haya muerto, sino que son la ocasión de comprobar cómo la promesa de cuidarnos comienza, de verdad, a sostenerlo.

Fuente: eldebate.com

27 julio 2026

Mariano Fazio: «La persona humana no se realiza acumulando, sino en el don sincero de sí misma»

El vicario auxiliar del Opus Dei ha analizado los desafíos de la ética social cristiana ante la inteligencia artificial, la familia y la ecología en una conferencia sobre la primera encíclica de León XIV, ‘Magnifica Humanitas’.

En un mundo donde el ritmo de los acontecimientos parece superar nuestra capacidad de asimilarlos, la Iglesia camina con la historia, discerniendo los signos de los tiempos para iluminar las transformaciones que afectan a la humanidad. Con esta premisa, Mariano Fazio, vicario auxiliar del Opus Dei, ha ofrecido una conferencia en Roma, organizada por Media Trends América, para desgranar los ejes de la ética social cristiana y así entender mejor la nueva encíclica de León XIVMagnifica Humanitas, estableciendo un puente con su reciente obra, De la persona a la aldea global.

El fin de la «Iglesia que llega tarde»

Fazio comenzó su intervención con una reflexión sobre la aceleración del tiempo histórico. Para el autor, el ritmo actual es «impresionante»: mientras que alguien del siglo IX apenas notaría cambios si despertara en el X, hoy «una persona que se durmiera 20 años encontraría un punto totalmente distinto».

Esta velocidad insta a la Iglesia a una agilidad inédita. Fazio recordó que, con la Revolución Industrial, la Iglesia en cierta forma «llegó tarde» con la Rerum Novarum de León XIII, aunque destacó la importancia de aquel documento, ya que el Pontífice es considerado el fundador de la doctrina social moderna por haber sistematizado la respuesta de la Iglesia ante aquellas «cosas nuevas» que estaban surgiendo. No obstante, fue publicada décadas después de que Marx y el capitalismo salvaje hubieran tomado posiciones.

Sin embargo, ha destacado que con León XIV el escenario ha cambiado: «La gran maravilla de esta última encíclica es que llegamos a tiempo. Es la primera profundización de las consecuencias de la inteligencia artificial que se hace en el mundo».

La persona: de la filosofía griega al «Ecce Homo»

Pero, ¿cómo afrontar la inteligencia artificial o la globalización sin perder la brújula? Para Fazio, la respuesta no es técnica, sino antropológica. El vicario explicó que la noción de «persona» es la piedra angular que permite dialogar entre fe y razón. Recuperando el concepto griego de relación, subrayó que el ser humano no es un individuo aislado, sino un ser abierto constitutivamente al otro.

Citando el Concilio Vaticano II, Fazio fue rotundo al definir la plenitud humana, que no se encuentra sino «en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Frente a una sociedad que identifica felicidad con consumo o viajes, el sacerdote propuso el modelo de Cristo, el «hombre verdadero» manifestado por Poncio Pilato cuando dice: ‘Ecce Homo’ («Aquí está el hombre») (Jn 19,5). «Jesucristo es el modelo de todo hombre caracterizado por ese don sincero», señaló.

La familia: el hábitat para vivir el don de si mismo

Esta antropología del don tiene su primera escuela en el hogar. Fazio definió la familia como el «hábitat más natural para vivir ese don sincero». En un tono respetuoso, pero sin ambigüedades, defendió que la terminología importa: «Habría que reservar el nombre de familia a la unión de un hombre con una mujer establemente abierta a la vida».

Argumentó que la igualdad no consiste en tratar todas las situaciones de manera idéntica, sino en reconocer sus diferencias: «La justicia no es dar a todo el mundo lo mismo, sino dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde». «Me parece que, si se aplica el nombre de familia o de matrimonio a otras realidades, se está discriminando a la familia, dejando de lado cualquier posición religiosa o moral y sin juzgar absolutamente a nadie», afirmó.

Además, Fazio se alineó con la firmeza con la que el Papa Francisco defendió la protección de la vida en todas sus etapas. Recordó que el Pontífice afirmaba con claridad que «defender el aborto no es progresista». Asimismo, destacó que son pocos los Papas que, como Francisco, han hablado con tanta claridad sobre la defensa de la familia y la vida.

Contra el relativismo y la «McDonalización»

Al abordar la cultura, Fazio alertó contra los extremos del etnocentrismo y el relativismo cultural. Defendió que, aunque sea «políticamente incorrecto», no todas las culturas tienen el mismo valor: su grandeza se mide por cómo tratan a los más vulnerables. «Una sociedad donde se venera a los ancianos y se respeta la vida está mucho más desarrollada moralmente que una que condena a muerte a los no nacidos o enfermos terminales», afirmó.

En plena era de la globalización, el autor de De la persona a la aldea global abogó por un «mestizaje» enriquecedor que evite —como dijo con un guiño cómico— una «McDonalización del mundo», una expresión con la que describió la homogeneización cultural que amenaza con diluir las identidades locales bajo una capa de uniformidad económica.

Por ello, alertó de que el peligro de la globalización actual es que derive en una «sumersión de la propia identidad», donde los pueblos pierdan su alma por el camino del mercado global. Frente a este riesgo, propuso una apertura generosa a lo positivo de otras culturas, pero siempre desde una identificación clara con las raíces propias, permitiendo que cada sociedad despliegue sus cualidades para colaborar con el «bien común de toda la humanidad».

Finalmente, Fazio propuso una «ecología personalista» para superar la crisis ambiental. Criticó el «antropocentrismo tecnocrático» que ve la naturaleza como un depósito inagotable, pero también cargó contra la «Deep Ecology» o ecología profunda, que considera al ser humano como el principal depredador y propone limitar la población mundial.

«La dignidad de la persona humana estará por encima de cualquier animal», sentenció, cuestionando que se inviertan fortunas en alimentos para mascotas mientras mueren personas de hambre. Tomando el ejemplo de San Francisco de Asís, Fazio concluyó que la verdadera ecología cristiana no es una utopía abstracta, sino el reconocimiento de que el mundo es una creación que debemos administrar con sabiduría para las generaciones futuras.

Fuente: eldebate.com