Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.
Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:
—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.
Simón le contestó:
—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.
Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.
Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:
—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.
Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.
Comentario al Evangelio
En el lago de Genesaret confluyeron dos dimensiones. En un lado, estaba Dios. En otro lado, unos pescadores. El primero tenía un plan eterno. Los segundos, el plan de todos los días.
Y entonces, Dios decidió que el plan de todos los días había de convertirse en un plan eterno. Era el primer capítulo de una historia de amor.
Así que subió a la barca. Al principio, ellos pensaron que le estaban haciendo un favor. Poco a poco, fueron percibiendo que el gobierno de la barca lo iba tomando Él. Después, cayeron en la cuenta de que estaban presenciando algo extraordinario: una pesca milagrosa. Al final, cuando volvieron a la orilla, habían entendido que nunca nada sería igual. Era como si abrieran los ojos por primera vez. Entonces lo dejaron todo. Para ganarlo todo. Para ganarlo a Él.
Lo que pasó en Genesaret se ha repetido infinidad de veces, tantas como seres humanos han poblado la tierra. Muchos, por desgracia, no se dieron cuenta. Y entonces su vida se desarrolló siempre en una sola dimensión.
Pero afortunadamente, muchos otros sí se dieron cuenta. Antes de Genesaret, Dios había ido a Nazaret a contarle a María su plan eterno. Siglos después, fue a Milán a remover a Agustín. A Siena a avisar a Catalina. A Pamplona a sacudir a Íñigo. A Uganda a llamar a Carlos. Todos dijeron que sí, y como aquellos primeros pescadores, cambiaron el curso de la historia.
“Parece que os han escogido uno a uno..., decía. —¡Y así es!” (Surco 220).
Pasados los siglos, decidió también ir a Logroño, a despertar con unas huellas en la nieve a un chico nacido en Barbastro llamado Josemaría. El procedimiento fue el mismo, el de siempre: subir a la barca y, si la respuesta es positiva, ir haciéndose poco a poco amo y Señor. La conclusión fue la misma: el chico entendió que ya nada sería igual. Que el amor es jugarse la vida a una carta. Y dejándolo todo, lo siguió.
Como ya dijimos, Dios había decidido que el plan de todos los días había de convertirse en un plan eterno. La vida ordinaria de los hombres y de las mujeres había de ser el lugar de su encuentro permanente con el Creador.
Sin embargo, a fuerza de no vivirlo, a muchos se les había olvidado. Así que la misión de este nuevo pescador de hombres fue precisamente esa: gritarle al mundo, con palabras, pero sobre todo con la vida, que cada instante tiene valor de eternidad. Que Cristo pisó esta tierra y la santificó. Que Jesús trabajó, que Jesús Resucitado cocinó un pez (cfr. Juan 21, 9), y, por lo tanto, toda actividad humana puede ser divina.
La fiesta de san Josemaría es un motivo de acción de gracias a Dios porque nos recuerda con particular fuerza ese deseo que tiene el Señor de unir su vida a la nuestra, ese anhelo que tiene desde siempre de que escribamos la historia de nuestra vida a cuatro manos, dejando que Él sea también autor y protagonista.
“Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida —¡tu pobre vida!— dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino” (Forja 59).
La vida de Josemaría Escrivá de Balaguer puede ser para cada cristiano un estímulo maravilloso para recordar que nuestra existencia, independientemente de cómo y dónde se desarrolle, puede recibir la luz de Cristo y reflejar también esa luz para los demás. No hay excusas que valgan: podemos decir que no a la invitación, pero ya no podemos fingir que estamos sordos, que nadie nos avisó. “Yo tampoco pensaba que Dios me cogiera como lo hizo. Pero el Señor —déjame que te lo repita— no nos pide permiso para "complicarnos la vida". Se mete y... ¡ya está!” (Forja 902).
Todos, sin excepción, estamos llamados a ser santos. Esa es la voluntad de Dios, y ese es el único camino que conduce a la felicidad plena.
Cristo ha subido a tu barca, a la mía. De nosotros depende que el desenlace sea una nueva historia de amor. Como la de Josemaría y todos los santos que existieron antes que él.
La visita de León XIV, una reflexión de Nachter y el entusiasmo de los fans de Bad Bunny nos invitan a preguntarnos si los católicos vivimos la fe desde la última fila o desde la primera.
La reciente visita del Papa León XIV a España ha sido una auténtica fiesta para miles de católicos. Hemos visto largas colas, plazas abarrotadas y personas recorriendo cientos de kilómetros con la esperanza de verlo durante unos segundos. La emoción era palpable. Y, sin embargo, toda esta alegría ha puesto de manifiesto una paradoja sobre la que merece la pena reflexionar.
El humorista Nachter lo ilustró a la perfección en uno de sus reels. Con su estilo desenfadado, mostraba cómo los cristianos que hacen horas de cola para acercarse al Papa son los mismos que ocupan los últimos bancos cuando asisten a Misa.
En mi parroquia lo veo todos los domingos. El párroco nunca comienza la celebración hasta que los primeros bancos están ocupados. Sin embargo, rara vez hay una multitud disputándose esos asientos privilegiados. Más bien todo lo contrario: es el mismo párroco el que muchas veces tiene que señalar con el dedo a alguien para que rellene ese solitario banco. Es curioso: estamos allí para encontrarnos con Dios, pero no parecemos especialmente interesados en estar más cerca.
Ser fans, como los de Bad Bunny
Quizá, en este sentido, los cristianos podríamos aprender algo de los seguidores de Bad Bunny. Sus fans están deseando estar en la famosa «casita», hacen colas interminables para ver mejor al artista o incluso tocarle. Disfrutan al máximo el evento y cuando salen, presumen de haber vivido algo extraordinario: «¡he visto de cerca a Bad Bunny!».
La comparación puede parecer provocadora, pero ¿qué imagen damos de nuestra fe si seguimos a Cristo con menos entusiasmo que a un artista? El mismo san Carlo Acutis se preguntaba esto mismo. Su madre contaba que él no entendía por qué las personas no hacen filas para visitar al Rey del Universo, vivo y real en el Sagrario: «en el tabernáculo está la Vida Eterna, y sin embargo, las iglesias están vacías» afirmaba.
Ya lo decía Mateo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”. ¿Quién se animaría a hacerse fan de Dios si los que dicen seguirle no hacen colas para verle?
Seguir siendo salados
Pero la cuestión va mucho más allá del testimonio que damos a los demás. También afecta a nuestra propia vida espiritual. El gran peligro de cualquier creyente no suele ser el rechazo frontal a Dios, sino la costumbre. La rutina. Por ello, deberíamos preocuparnos por mantenernos «salados» y cultivar el asombro ante la grandeza de Dios.
¡Bendito asombro! San Juan Pablo II hablaba de dos actitudes espirituales para descubrir a Dios que viene a nuestro encuentro. «La segunda ―después de la espera atenta y vigilante― es la admiración, el asombro. Es necesario abrir los ojos para admirar a Dios que se esconde y al mismo tiempo se muestra en las cosas» (Audiencia General, 26 de julio de 2000).
El demonio está deseando por ello arrebatarnos este asombro. Pretende que normalicemos las maravillas de Dios, enfriando así nuestra pasión y nuestras ganas de verle. ¿Cómo normalizar que Dios nos habla como un enamorado en cada liturgia de la palabra? ¿Cómo dar por hecho que muere por nosotros y que carga con nuestros pecados? ¿Cómo acostumbrarnos a que un Dios tiene sed de vernos y que hace lo que sea para encontrarse con nosotros?
El Papa, un empujón a la primera fila
Tal vez por eso la visita del Papa ha sido también una oportunidad. Una oportunidad para preguntarnos si vivimos nuestra fe desde la última fila o desde la primera. Para preguntarnos si buscamos a Cristo con el interés que merece.
Porque cuando desaparezcan las multitudes y terminen los grandes acontecimientos, Jesús seguirá esperandonos en el sagrario. Sin focos. Sin aplausos. Sin colas. Y quizá la verdadera cuestión no sea cuánto nos emocionó ver al Papa, sino cuánto deseamos acercarnos a Cristo cada día.
«La belleza, cuando es verdadera, no narcotiza: despierta»
Coincidiendo con la visita del papa León XIV a la Basílica de la Sagrada Familia, entrevistamos a la arquitecta italiana Chiara Curti, una de las mayores expertas internacionales en la figura de Gaudí, quien defiende que su obra, capaz de conmover profundamente, constituye un verdadero autorretrato de su vida interior.
Tras cumplirse los cien años de la muertedel arquitecto catalán, el 10 de junio de 2026, la figura de Gaudí sigue despertando admiración en todo el mundo, pero pocos conocen la dimensión espiritual que dio sentido a la arquitectónica. Ambas son inseparables en la obra de Gaudí.
La consagración de la basílica por parte de Benedicto XVI, el 7 de noviembre de 2010, supuso un momento decisivo para comprender esta realidad. Durante aquella visita, el pontífice presentó el templo como una síntesis singular entre belleza, razón y fe, y puso palabras a una intuición que había guiado a Gaudí durante décadas.
¿Qué nos dice hoy la Sagrada Familia sobre la espiritualidad de Gaudí? ¿Qué nos dice de la nuestra? ¿Qué mensaje sigue transmitiendo esta obra a quienes la contemplan más de un siglo después de su inicio?
Estas son algunas de las cuestiones con las que Nuestro Tiempo se reúne con la arquitecta e historiadora italiana Chiara Curti, una de las mayores especialistas en la vida y el legado de Antoni Gaudí, a quien, durante más de dos décadas, ha investigado desde una perspectiva histórica, artística y religiosa.
Graduada en Arquitectura por el Politécnico de Milán y doctora cum laude en Ciencias Humanas e Historia del Arte por la Universidad CEU Abat Oliva. Curti es autora de abundantes estudios sobre la figura de Gaudí. Entre sus trabajos más recientes destacan Gaudí vivo (2026), Mi Gaudí: la biografía escrita por sus amigos (2025) y La Sagrada Familia. Catedral de la luz (2022). Desde 2015 imparte cursos en el Ateneu Sant Pacià de Barcelona sobre modernismo, Gaudí y arquitectura cristiana.
Cuando Chiara Curti trabajaba en la restauración de la tumba de Gaudí, un día, sobre las ocho de la tarde, recibió una llamada urgente. Le pidieron que fuera para tomar una decisión sobre el proceso. Curti se encontraba en ese momento durmiendo a su hija pequeña, y le explicó: «Tengo que ir a la tumba de Gaudí». La niña la miró con lágrimas en los ojos: «Pero, mamá, ¿Gaudí se ha muerto?». Ella se dio cuenta entonces de que siempre hablaba de él como de un amigo, más que como un tema sobre el que investigar y divulgar.
Comisaria de cuatro grandes exposiciones dedicadas a Gaudí y la Sagrada Familia, con motivo de la visita de León XIV a España este junio, ha vuelto a montar, en el Seminario Conciliar de Barcelona, la exposición inaugurada en Madrid en 2011, Sagrada Familia: Moved by Beauty, donde propone una lectura renovada del templo y de su creador, y muestra cómo la fe fue el principio unificador de toda la obra gaudiniana y cómo la visita de Benedicto XVI contribuyó a iluminar una dimensión esencial de su legado.
Con Curti traspasamos la genialidad artística para adentrarnos en una experiencia interior que dio origen a uno de los arquitectos más extraordinarios de la historia: Gaudí, hijo del Padre.
Después de cien años, ¿por qué cree que la figura de Gaudí reaparece con tanta fuerza?
Porque estamos en un tiempo de cansancio visual y de hambre de sentido. La espectacularidad ya no basta. Y Gaudí, leído desde una visión espiritual, ofrece algo rarísimo: una belleza que no se agota en el golpe de vista porque está sostenida por una antropología y una teología. Vivimos un nuevo medioevo, un cambio de época profundo. La Sagrada Familia se revela como el símbolo que nos acompaña, como sociedad, a atravesar este momento histórico.
La declaración de Gaudí como venerable en 2025 ha puesto el acento y la conversación en su vida interior. Ya no se discute solo como genio técnico o icono cultural, sino qué clase de virtudes humanas y cristianas visibilizó. Esa recepción, por supuesto, puede caricaturizarse. Pero también puede ser una oportunidad para conocerlo con más rigor. Si el centenario de su muerte sirve para escapar del consumo superficial de su imagen y volver a las fuentes, entonces habrá valido la pena.
La actualidad de Gaudí no reside solo en que sus formas parecen modernas. Está en que su pregunta por el sentido del trabajo, la belleza, la comunidad y Dios vuelve a ser nuestra pregunta.
«Gaudí no construyó solo un edificio: se dejó
construir por una verdad mayor que él»
Tras más de veinte años estudiando a Gaudí, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención?
Quienes convivieron con él entendieron que su obra no se podía explicar del todo si se amputaba su fuente humana y espiritual. Por eso para mí ha sido tan importante la vida interior del artista, eso que no se puede buscar en internet como un dato suelto. Si uno mira la Sagrada Familia como un soberbio experimento plástico, verá mucho, pero seguirá sin entender por qué el edificio concede tanta centralidad al altar, por qué el claustro rodea el templo como espacio de tránsito orante, por qué las fachadas son una economía visual de la historia de Cristo o por qué la basílica se concibe como reflejo de la liturgia celestial: la Jerusalén que desde la tierra sube al cielo, invirtiendo la imagen y poniendo el acento en que somos parte del Reino de Dios.
«En Gaudí, incluso lo estructuralmente necesario y
plásticamente poderoso recibe inmediatamente una
vocación relacional. Nada existe para sí. Todo remite»
Usted ha recurrido varias veces a una anécdota con Unamuno: Gaudí, cansado del debate filosófico, habría dicho que lo único que sabía es que era hijo del Padre. ¿Qué peso guarda esa frase?
Gaudí tenía muy claro que su misión en el mundo iba mucho más allá de ser un gran arquitecto: consistía en manifestarse como «hijo del Padre» y en mostrar cómo Dios se hace presente en la realidad. Él veía en el asombro de la infancia una posibilidad única de redescubrir la belleza que nos rodea. Para él, el ojo del niño es capaz de percibir lo extraordinario en lo cotidiano, porque aún conserva una visión llena de verdad y admiración, parecida a la del místico, que lo ve todo transfigurado. Los niños descubren universos en una piedra, historias en un agujero y aventuras en los elementos más sencillos de la naturaleza. Precisamente ahí reside el hilo conductor de Gaudí: no quiso crear una obra cerrada y concluida, sino iniciar una historia capaz de seguir inspirando y despertando la mirada de quienes la contemplan.
Esa mirada de infancia sintoniza mucho con la relación de Gaudí con los más vulnerables…
Sí, la dulzura que mantenía con los niños aparece plasmada constantemente en los testimonios que recogí para mi libro Mi Gaudí: la biografía escrita por sus amigos. Se ve cuando organizaba meriendas para los menores huérfanos que recibía en la Sagrada Familia, y muchos de los modelos de la fachada del Nacimiento fueron trabajados con rostros reales de vecinos [del Poblet, como se conocía entonces al barrio humilde donde se levantaba la basílica] cargados de historias. Me parece una intuición bellísima y muy seria: el templo expiatorio no se levanta sobre una abstracción popular, sino sobre rostros concretos.
Esa misma lógica reaparece en la imagen de la «catedral de los pobres». El edificio no está pensado para sustituir la justicia social, pero sí para ofrecer amparo, dignidad y una forma de belleza que no excluya a los humildes. Por eso también me parece muy pertinente la frase «Gente pequeña ha contribuido mucho a grandes cosas». En Gaudí no hay solo estética del pueblo; hay confianza real en la fecundidad espiritual de lo pequeño.
De Gaudí se han dicho muchas cosas, ¿qué caricatura le gustaría desechar?
La primera, la del genio aislado. Rechazo tanto la caricatura del ermitaño como la del loco arisco —incapaz para la relación y solo fértil en soledad—, como muchas veces se le ha tildado. Esa imagen es cómoda y produce fascinación moderna, pero no se sostiene bien cuando uno entra en la trama concreta de su vida. Insisto mucho en la «vida relacional» de Gaudí: en su cercanía a obreros, colaboradores, clérigos, artesanos, niños, vecinos del barrio. De hecho, Mi Gaudí nace de ese convencimiento: el arquitecto no era únicamente una firma de prestigio, sino alguien cuyo modo de estar con los otros dejó memoria. No estaba solo. Y cuando en algún momento fue percibido como huraño, fue más por su desplazamiento social: dejó de gravitar en torno a quienes daban prestigio mundano y optó cada vez más por permanecer con quienes no tenían voz ni visibilidad. Eso cambia mucho la escena. La segunda caricatura sería la del místico nebuloso, como si su religiosidad consistiera en vaguedades elevadas. No: su fe, cuando madura, es una relación con Dios reglada, concreta, casi corporal.
«La liturgia no venía después del trabajo para darle sentido;
la liturgia era el ritmo que organizaba el trabajo»
¿Cómo se plasmaba esa espiritualidad reglada en el día de Gaudí?
Sorprendentemente regular, una jornada casi monástica: misa y comunión por la mañana, trabajo durante el día y, al atardecer, actos culturales, meditación y oración en la iglesia de Sant Felip Neri. Gaudí solía compararse con un monje porque decía que su vida seguía un ritmo de ora et labora; pero, al igual que un monje, nunca vivió aislado.
Para él, la liturgia no se añadía al trabajo para «darle sentido»; sino que marcaba el ritmo que lo organizaba. El trabajo no estaba por encima de la vida, sino que era su manera de manifestarse como colaborador del Creador. Eso explica por qué en Gaudí la espiritualidad no se esconde en lo privado y la arquitectura no es una profesionalidad neutra. Ambas cosas se mantienen al mismo tiempo.
Hay un detalle muy revelador: cuando sufre el atropello tras el cual fallece, se dirigía, como tantas tardes, al oratorio de Sant Felip Neri. Gaudí no era un activista febril ni un asceta evasivo. Era un hombre de regla. Y esa regla no asfixiaba su creatividad; la sostenía. La suya fue una genialidad disciplinada.
¿Diría que Gaudí fue siempre así?
Fue un hombre marcado por un humus católico, pero no siempre con la misma densidad interior. Creció en una familia religiosa, y con la observación de la naturaleza, favorecida por la fragilidad física de la infancia, forjó un método de contemplación que mucho más tarde se integraría de forma orgánica en su fe. Es importante no fabricar una biografía lineal, como si hubiera nacido ya convertido en el Gaudí de la última etapa. Hay que verlo crecer. Esa insistencia me parece muy sana porque evita tanto el mito del santo instantáneo como el del genio autosuficiente.
Los cuadernos del templo [la documentación del archivo de la Basílica de la Sagrada Familia] desvelan algo muy iluminador: Gaudí tuvo dos fuentes de inspiración, el mensaje cristiano y la naturaleza, convergentes en la convicción de que la obra del Creador era inimitable. Esa confluencia es el fruto de una maduración. A medida que entra en la adultez y se afianza en el proyecto de la Sagrada Familia, se vuelve «muy devoto», estrecha lazos con sacerdotes y obispos y estudia seriamente la renovación litúrgica. Su fe no es un adorno heredado, sino una inteligencia que crece. Gaudí es un hombre que va siendo formado también por la obra a la que se entrega.
Si tuviera que resumir en una sola intuición lo que la Sagrada Familia dice sobre Gaudí, ¿cuál sería?
Que no construyó solo un edificio: Gaudí se dejó construir por una verdad mayor que él. La obra y el hombre crecieron juntos. Y eso me parece, quizá, lo más conmovedor de todo. En una época obsesionada con producir resultados, Gaudí nos devuelve la idea de una obra que transforma primero al que la sirve.
Por eso me resisto a terminar con una exclamación admirativa sobre las torres o las fachadas. Lo decisivo no es que Gaudí fuera singular, sino cómo llegó a serlo. Llegó ahí porque fue aprendiendo a mirar la realidad como creación, a vivir el tiempo como liturgia, a tratar el talento como don, a leer la ciudad como destinataria de un signo, a entender a los obreros y a los pobres como parte viva de la obra, y a saberse, por encima de todo, hijo del Padre. Si esa conciencia filial es verdadera, entonces toda su arquitectura se vuelve inteligible: no como un despliegue de poder, sino como una gran respuesta agradecida.
«Gaudí es un hombre que va siendo formado también
por la obra a la que se entrega»
Hablemos de las dieciocho torres. Se comenta mucho su altura y poco su teología…
Y ahí hay una pérdida grande. Las torres tienen una utilidad y una belleza evidentes, pero para Gaudí eran también nombres, jerarquía y relación. En el centro se sitúa Jesucristo; alrededor, los cuatro evangelistas; sobre el ábside, María; en las fachadas, los doce apóstoles. Los cuadernos del templo insisten en que
">León XIV, vuelve visible de manera especial la conciencia cristocéntrica del proyecto. No está puesta ahí por razones compositivas neutrales, sino porque Cristo es el centro de la historia humana. Y eso explica, de paso, por qué la interpretación puramente «naturalista» de Gaudí siempre se queda corta. Claro que hay naturaleza, geometría, árboles, ramificaciones y formas orgánicas. Pero todo eso, sin el centro cristológico, se queda en un bosque bonito, nada más. En cambio, con ese centro, el bosque se vuelve templo y la altura se vuelve teología. El edificio deja de decir «así funciona el mundo» y empieza a mostrar «hacia quién se ordena el mundo». Así lo expresa el interior de la torre, donde se dibuja la historia del universo y, en el punto más alto, su origen: Cristo.
«La belleza, cuando es verdadera,
no narcotiza: despierta»
Desde esa perspectiva, ¿diría que Gaudí se veía como autor?
Gaudí no se consideró autor de ninguna de sus obras: al contrario, se veía como su custodio. Gaudí no se apropiaba de las obras, no le preocupaba dejarlas inacabadas y aceptaba que otros continuaran aquello que él no vería terminado. Esa observación es preciosa porque revela una humildad poco habitual en un gran creador: no una de tipo retórica, que se desdice por cortesía, sino la que de verdad se alegra de que la obra crezca más allá de uno mismo.
Una cita suya sobre la Sagrada Familia resume muy bien ese espíritu: la obra está «en manos de Dios y de la voluntad del pueblo». Si uno junta ambas cosas, obtiene una clave muy sólida: Gaudí trabaja con totalidad, pero no con apropiación. Se vuelca en el templo durante cuarenta y tres años y acaba dedicándose en exclusiva a él, pero justo esa dedicación extrema le revela que la obra no es «suya» en el sentido posesivo moderno. Es una misión recibida, sostenida por la providencia y por el pueblo. El custodio cuida, mientras que el propietario puede hasta desperdiciar sus cosas. El custodio es una figura que puede asemejarse a un jardinero; y, con la Sagrada Família, Gaudí construye un bosque de piedra.
Para terminar: ¿qué le gustaría que los lectores se llevaran de Gaudí en el centenario de su muerte?
Me gustaría que se atreviera a descubrir Gaudí como amigo espiritual. Un amigo te enseña a mirar, te acompaña, porque Gaudí imaginó una sociedad capaz de asombrarse. Esa formulación me parece profundamente justa. Porque la belleza, cuando es verdadera, no narcotiza: despierta. Y Gaudí quiso despertar una ciudad, una época y, en el fondo, a cada persona no utilizando una ideología, sino mediante un orden bello que hiciera más difícil el cinismo.
Si el lector entra algún día en la Sagrada Familia, le pediría algo muy sencillo: que no la mire como un objeto concluido que debe «entender» de un vistazo, sino como un lugar en el que conviene demorarse. Que atraviese el claustro con las preguntas de su tiempo. Que alce la vista hacia las columnas como quien entra en un bosque y que eso le lleve a pensar en el corazón de Dios. Que preste atención a la manera en que la luz cambia el espacio. Y que acepte, aunque sea por un momento, la hipótesis de que la realidad no es muda, que la materia puede transparentar una gloria y que la belleza quizá no sea el lujo superfluo de la vida, sino una de sus formas más hondas de verdad.
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
En este mensaje quisiera invitaros a que profundicemos en algunos aspectos de la virtud de la pobreza, en la que resplandece el bonus odor Christi del que habla san Pablo (cfr. 2Cor 2,15).
San Josemaría evocaba esta virtud con frecuencia, entendida no solo como desprendimiento exterior, sino como una forma del amor que Cristo nos ha enseñado, expresión de un corazón que desea pertenecer a Dios. Cristo quiso nacer pobre, vivir pobre y morir pobre; a la vez, se presentó con el tono adecuado a las diversas circunstancias y personas. El Hijo de Dios, pudiendo poseerlo todo, eligió el camino de la humildad y del anonadamiento (cfr. Flp 2,6-8). Y en esa pobreza se revela la belleza de un corazón libre y totalmente abierto a la voluntad de Dios Padre.
Los santos, en formas muy diversas, son testimonios de esta realidad. Ellos descubrieron en la pobreza no una pérdida, sino una plenitud. Porque el alma que se desprende de las ataduras desordenadas comienza a experimentar una libertad nueva: la libertad del amor. «Frente al deseo de tener a Dios como compañero de camino, las riquezas se relativizan, porque se descubre el verdadero tesoro del que realmente tenemos necesidad» (León XIV, Mensaje, 16-XI-2025).
Las manifestaciones concretas de la virtud de la pobreza pueden depender de variadas circunstancias. Lo que para una persona es necesario o muy conveniente, para otra sería superfluo; lo que para la misma persona es necesario en una determinada situación, puede dejar de serlo después. Por otra parte, salvo en casos evidentes, la distinción –aquí y ahora– entre lo necesario, lo conveniente y lo superfluo requiere algo más que un criterio externo: exige una conciencia formada, prudencia y una disposición sincera a vivir la pobreza, que incluye saber pedir consejo cuando no se ve con claridad si un gasto o una decisión son realmente convenientes.
Cuando la virtud, el espíritu de pobreza, arraiga verdaderamente en nuestra vida, el corazón se vuelve ligero y, con la gracia divina, se eleva con mayor facilidad hacia la contemplación. El alma aprende a reconocer mejor los toques suaves y delicados del Espíritu Santo. Y así, en medio de las ocupaciones ordinarias, se comienza a vivir con una paz y una alegría que el mundo no puede dar (cfr. Jn 14,27). Es el gozo silencioso de saberse habitados por el amor de Dios; un amor que entra también en nuestra debilidad, la ilumina y poco a poco nos va transformando desde dentro, hacia la identificación con Jesucristo.
Por otro lado, no podemos ignorar que en muchos ambientes está extendida una mentalidad que tiende a identificar la felicidad con el bienestar material y el placer. Ante esto, sabemos bien que nuestra vocación no consiste en huir del mundo, sino en amarlo y colaborar en transformarlo desde dentro. Pero, para lograrlo, como nos decía san Josemaría, hemos de ser almas contemplativas: «La llamada divina tiene una finalidad muy concreta: meterte en todas las encrucijadas de la tierra, estando tú bien metido en Dios» (En diálogo con el Señor, n. 11).
De este modo, podremos ser la tierra buena de la que habla Jesús en la parábola del sembrador, y que permite que la palabra de Dios dé buen fruto en nuestra vida: una mayor libertad interior, una alegría más sobria y profunda, una confianza más real en Dios y una mirada más atenta a las necesidades de los demás. Pero si la semilla se encuentra rodeada de espinos –es decir, de las excesivas preocupaciones materiales y del afán de las riquezas–, queda estéril: la persona pierde libertad interior, se vuelve menos disponible para Dios y para los demás, y acaba poniendo su esperanza en seguridades que no pueden saciar el corazón.
Procuremos evitar con decisión, en lo grande y en lo pequeño, que la cultura materialista ahogue la tierra buena de nuestro corazón y de los lugares donde vivamos (cfr. Mt 13,22). Cuando la pobreza se descuida, inevitablemente se va apagando el deseo de contribuir a que el amor de Dios arraigue en otras almas. En este sentido, san Josemaría relacionaba esta virtud de manera muy directa con el afán apostólico: «Despégate de los bienes del mundo. –Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. –Si no, nunca serás apóstol» (Camino, n. 631).
Detrás de una falta de afán apostólico es fácil que haya una vida destemplada por compensaciones que adormecen el alma. Con nuestro Padre –celebraremos su fiesta en este mes–, os animo a que demos cada uno personalmente, si fuera necesario, un paso adelante en este punto de conversión. Sin duda, esto se traducirá en un amor más delicado a nuestro Señor y nos permitirá llevarlo más eficazmente al mundo.
Pongamos este deseo en manos de nuestra Madre, para que ella nos enseñe a descubrir siempre de nuevo la belleza de una vida pobre y plenamente entregada al amor de Dios.
Mantengámonos muy unidos en la oración por el Santo Padre y sus intenciones, ahora concretamente por la eficaz difusión de su primera encíclica y por los frutos de su viaje apostólico a España.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Seguimos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) sobre la Liturgia.
Cuando san Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados el misterio del Cuerpo de Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos escuchado: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Cor 12, 27). Y añade: «Recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad. […] Sed lo que veis y recibid lo que sois» (Sermón 272).
Justo después de haber evocado la Última Cena de Jesús, la Constitución sobre la Liturgia habla de la Eucaristía con estos acentos agustinianos. Para los cristianos, formar parte de la mesa del Señor significa que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Recibiéndolo en su Palabra y en la Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos en el Cuerpo cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre (cfr Col 1, 18), el cual nos prepara un lugar en los cielos (cfr Jn 14, 3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el Pan del camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en el que «Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).
La asamblea litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él» (SC, 48). En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del sacrificio espiritual de los cristianos (cfr Hb 13, 16; Rm 12, 1), en cuanto camino de la unión con Dios y de la unión recíproca. Al participar en ella, aprenden a que «se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (ibid.). Así, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo de vida del mismo Señor Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo. Este don nos hace entrar, por esto, en la dinámica de la unidad, que ofrece un poderoso antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo, nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro corazón (cfr SC, 47).
Queridos, cuando participamos en la Eucaristía somos invitados a escuchar la Palabra de Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor, donde Él mismo se ofrece al Padre. Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, «están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto» (SC, 56).
En lo que se refiere a la Palabra, es necesario recordar que no se trata solamente de adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras, sino de recibir la Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12), dirigida por Dios a todos y al mismo tiempo a cada uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan eucarístico y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo. «La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 55).
El Concilio Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» (SC, 51). La reforma litúrgica ha traducido esta petición en ese tesoro que es el Leccionario, es decir, el libro que recoge todas las Lecturas bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la fuente más pura de la Tradición viviente, que combina la «sana tradición» con «el camino a un progreso legítimo» (SC, 23).
El inicio del capítulo II de la Constitución sobre la Liturgia está entretejido con referencias al gran río de la Tradición, que va desde los Padres de la Iglesia hasta nosotros. Lo cito: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (SC, 47).
Queridos hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente de vida divina y dejémonos transformar por el misterio que celebramos.
Con un acento agustiniano, este texto conciliar invita a los cristianos a que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Cuando recibimos al Señor en su Palabra y en la Eucaristía, nos convertimos en aquello que hemos recibido. De esta forma, la Eucaristía es anticipo del sacramento del Reino que está por venir y, a la vez, nos enseña a adoptar el estilo de la vida de Cristo, entregando la propia vida. Por otra parte, la Palabra edifica también nuestra relación con el Señor, haciéndonos pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo.
Acudamos con fe a esta fuente de vida divina, que son los sacramentos, y dejémonos transformar por aquello que celebramos.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Recibamos con fe los sacramentos y pidamos al Señor, que se nos da en la Eucaristía y en la Palabra, que transforme nuestra vida en Cristo y nos haga suyos. Que Él nos enseñe a participar, cada día con más fruto, de su presencia real, signo de unidad y vínculo de caridad. Que Dios les bendiga siempre. Muchas gracias.
Más allá de los análisis psicológicos que puedan darse a la expresión “soñar despiertos”, en el lenguaje coloquial la usamos para referirnos a personas que imaginan y desean hacer realidad la situación feliz que en su imaginación y para sí mismas o para otros, está pintando con vivos y alegres colores. Por eso, calificamos de ilusa a la persona que sueña despierta. Sin embargo, León XIV ha tenido la pacífica osadía de aplicarla a Dios porque siempre vive en vela de amor, y recordarnos que: «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor.» (Discurso en el penitenciario de Brians 1, 10-VI-2026). Un amor, por tanto, que sin dormir sueña y anhela que nuestra libertad se alce en vuelo y eco de amor.
“Alzad la mirada”, lema de la visita Papal, se ha hecho realidad por todas partes en sus recorridos y encuentros con miles de personas. Sus discursos, bien argumentados y llenos de contenido humano y trascendente, deben impulsarnos a que ese lema no se quede en aplausos -aunque duren siete minutos-, ni en tres palabras que se las lleve el viento. Para evitarlo, es preciso volver a considerar la riqueza de verdades que ha esparcido a manos llenas y, sobre todo, a ponerlas en práctica.
Han sido múltiples las realidades que León XIV ha tratado, y que conforman nuestra vida como miembros de la ciudad terrena, sin olvidar que junto a los compromisos que miran al César, están igualmente los de Dios. Compromisos que incumben a todos y que siempre deben solventarse desde la piedra angular de la dignidad humana, sin entrar mutuamente en conflicto, como el mismo Cristo sentenció: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mt 22, 21). Así deshizo la trampa tendida por los fariseos buscando el enfrentamiento.
Dentro del amplio panorama de situaciones, dificultades, derechos y obligaciones que esa convivencia plantea, y que fueron abordados por el Papa con argumentos serios y luminosos, útiles para buscar la concordia, me centraré en las palabras que dirigió en el centro penitenciario Brians 1, mencionadas al inicio. Y esto, porque la entraña de su mensaje allí trasciende con mucho la historia personal de los moradores de aquel recinto y nos afecta a todos.
En efecto: nadie, aunque en su vida haya pisado una cárcel, es protagonista de un pasado tan limpio e inmaculado del que no deba arrepentirse y confiar en el perdón de Dios. Por eso, siempre hay un futuro mejor si alzamos la mirada hacia nuestro Padre del Cielo que, despierto en su amor expectante, sueña nuestra alegre rehabilitación, como la del hijo pródigo regresando a la casa paterna. De ahí, que lejos de centrarse en los errores del pasado, el Papa ofreciera a sus oyentes razones de esperanza cara a un futuro en libertad y de reinserción social.
Después de agradecer la afectuosa acogida de todos, lo primero que hizo fue alentarlos, recordándoles que su dignidad personal había permanecido intacta, al margen de cuantos delitos y errores pudieran haber cometido. Y esto, porque la razón última de esa dignidad reside en Dios: “Todo ser humano es ‘digno’ por el mero hecho ‘de haber sido querido, creado y amado por Dios’ (cf. Magnifica humanitas, 52). No existe, pues, ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada. Es una verdad consoladora que nos acompaña en todo momento y que nos recuerda cómo su amor misericordioso está siempre por encima de cuanto bien o mal hayamos hecho.”
Si esa gran verdad conforma nuestra inteligencia y corazón, nunca nos faltarán luces de esperanza para emprender caminos de regeneración. Así haremos realidad los deseos del amor de Dios, que para cada uno sueña despierto un futuro mejor. El Papa les decía que esa verdad resultaba aún más válida y esperanzadora para ellos, por la situación de sufrimiento y lejanía de sus seres queridos en que se encontraban. Por eso, añadió: “Cuando os venga la tentación de sentiros menos y penséis que no vale la pena seguir adelante, “alzad vuestra mirada” hacia Aquel que, a través de la presencia de tantas personas, nunca deja de mostraros su amor y cercanía.”
Para seguir estimulando su esperanza, recordó lo sucedido a San Agustín, cuyos deslices en su juventud, no fueron un peso imposible de superar: “Aunque el agobio y la tristeza marquen algunos momentos de vuestro camino, recordad que los errores de la vida no determinan la identidad de una persona. San Agustín, en sus Confesiones, nos comparte su itinerario vital y nos habla de ello; si confiamos en la gracia divina y nos dejamos guiar y transformar por ella, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones.” En este momento del discurso los aplausos de sus oyentes resonaron con fuerza.
La visita de León XIV a los penitenciarios de Brians 1, me ha recordado la de san Juan Pablo II a los reclusos de Rebibbia, en Roma, el 27 de diciembre de 1983. Allí se encontraba quien había atentado contra su vida; lo abrazó y mantuvo un encuentro personal. Y a una distancia de más de 40 años, la esencia del mensaje de los dos Vicarios de Cristo viene a ser sustancialmente idéntica, porque las verdades que ambos proclaman, al ser reflejos del amor de Dios, trascienden los muros del tiempo y de cualquier prisión.
Desde los dos recintos, las palabras y el corazón de uno y otro Papa parecían volar a los cuatro vientos. El Papa polaco, aquel 27 de diciembre, en plena Navidad y a las puertas de un nuevo año, decía: “La luz que nos trae la Navidad, es la estrella que conduce a los hombres como guio a los Magos; diría que los llevaba por caminos largos, (…) que conducen, al fin, a un punto seguro. Este punto seguro de toda realidad humana es Dios que, en Cristo, nos ha revelado que es Amor”. Y concluía deseando a todos “un año mejor que el que está para terminar. Será un año mejor si en nuestro corazón conseguimos dejar más espacio a Dios, que es amor”.
León XIV en su visita a Brians 1 nos ha dejado, como hemos visto, un mensaje similar. Ha reiterado que nos espera un futuro superior, porque «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor.» La bola de esta verdad está en nuestro campo; el divino lanzador solo espera que la juguemos haciéndole sitio en el corazón y, con obras, demos respuesta en nuestra vida a la suya de amor.
El Papa pide abandonar las "narrativas polarizantes" en una sociedad que ha dejado de creer en la verdad.
El discurso sobre la verdad está cada vez más ausente en nuestra sociedad. Podría decirse que los hechos han dejado de interesar en la conversación pública. La verdad ya no es el suelo firme sobre el que apoyarnos: preferimos el relato, las impresiones, lo que sentimos. Antes se zanjaba una conversación con un “no me vengas con cuentos” cuando algo no era cierto; ahora cada uno se construye su propio relato.
“Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas polarizantes de vuestra realidad social”, nos dijo León XIV nada más llegar a España. El tema de la verdad ha estado presente, de modo transversal, en casi todas sus intervenciones.
La posverdad describe un escenario en el que los hechos objetivos pesan menos que las emociones, los intereses o las narrativas que refuerzan lo que ya creemos. Esto erosiona la percepción de la realidad, debilita la responsabilidad moral y facilita la manipulación social.
Desde pequeños se nos educaba en la sinceridad. Nada peor que un mentiroso, y así lo reflejaba la sabiduría popular: “Antes se coge al mentiroso que al cojo”; “La verdad siempre sale a la luz”; “La verdad por delante, aunque duela”; “Con la verdad se llega a todas partes”. Además, la valentía de decir la verdad y reconocer lo que habíamos hecho mal era recompensada. Un buen maestro no decía que quien confesaba la verdad no sería castigado. En el plano moral, san Juan recoge una de las mejores enseñanzas de Jesús: “La verdad os hará libres.”
Dice el Evangelio: “No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea”.
Otro refrán afirma: “La verdad y el tiempo, a la larga, se encuentran”. Y también: “El tiempo todo lo descubre”. Este último es breve pero potentísimo: expresa una intuición universal. La verdad, tarde o temprano, acaba saliendo a la luz, aunque alguien intente ocultarla, maquillarla o negarla. Jesús, que se presenta a sí mismo como la Verdad, nos habla del Juicio Universal: el momento —al final de los tiempos— en que Cristo resucitado se manifestará como Señor de la historia y juzgará públicamente a todos los seres humanos, revelando la verdad de cada vida y la victoria definitiva del bien.
En un mundo donde tantas veces triunfan la apariencia, la mentira o la injusticia, Dios nos asegura que la historia no quedará sin sentido. Llegará un día en que todo será iluminado por la mirada de Cristo, una mirada que no humilla, sino que revela y sana. Una mirada auténtica en la que lo conoceremos todo. Qué buen espectáculo será.
La verdad tiene sus ventajas. Lo real es auténtico, sólido y consistente. Nadie puede saciar su hambre con un bocadillo soñado, pensado o deseado: el que alimenta es el real.
No podemos tener miedo a la verdad de nuestra propia historia. Es importante conocernos en profundidad y reconocer por qué hacemos las cosas. Hoy me decía un amigo que, tras años buscando tener descendencia y acudir a muchas clínicas, lamentablemente intuyeron que a algunas les interesaba más el dinero que su problema.
Los seres humanos tenemos inteligencia, y esta nos permite reconocer la realidad de las cosas. Cuando estamos rodeados de falsedad, de ensoñamientos o de ilusionismo, nos apartamos de lo que es y aparece la frustración, el engaño, la sensación de vivir en una atmósfera viciada que nos impide respirar. Por eso nos cuesta tomar decisiones, comprometernos, esforzarnos: en el fondo sabemos que por eso no vale la pena luchar.
Lamentablemente, podemos amar de mentira, trabajar en algo que no nos aporta nada, mantener posturas que no nos convencen. Cuando todo es ficción y apariencia, faltan motivos para vivir. No amamos.
Decía san Juan Pablo II: “¡No tengáis miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo conoce! Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues —os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza—, permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo Él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!”.
En el Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 10,26-33) Jesús, al enviar a los discípulos a la misión, les dirige esta exhortación: «Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea» (v. 27).
Establece una relación entre lo que escuchamos “al oído”, es decir, en lo secreto del corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del Evangelio es ante todo compartir un encuentro personal con Él, único para cada quien.
La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo que hemos contemplado: “contemplata aliis tradere” (cf. Summa Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad 2).
Sin embargo, no hay que pensar en el “contemplar” como una experiencia exclusiva, reservada a algunos santos o a los monjes y a los ermitaños. Todos podemos hacerlo, esforzándonos por dedicar, entre los compromisos de cada día, momentos de quietud para permanecer en silencio ante Dios, escuchar su voz, encomendarle nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, y revisar con Él nuestra vida. Esto nos hace, cada vez más, personas de fe sólida y consciente, y por consiguiente apóstoles creíbles y libres, hombres y mujeres capaces de reflejar la luz del Evangelio en todos los ambientes y en todas las situaciones de la vida, testimoniándolo también allí donde su valor no es comprendido ni es aceptado.
San Mateo —autor del pasaje bíblico al que nos referimos—escribía para comunidades que no tenían una vida fácil. Debían afrontar hostilidad y persecuciones, como sucede aún hoy a muchos cristianos en tantos lugares de la tierra, y además había una gran tentación de desanimarse y dejarse vencer por el cansancio o el miedo.
Tanto hoy como ayer, es difícil permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la mansedumbre, al desánimo con la perseverancia. Por eso es necesario que profundicemos en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él (cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y seguir transmitiendo a todos, en cualquier circunstancia, su mensaje de esperanza, de amor y de paz. ¡Al mundo le hace mucha falta!
Que la Virgen María nos ayude a ser discípulos misioneros del Señor Jesús, cada uno conforme a su propia vocación.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Ayer se celebró el Día Mundial de los Refugiados, promovido por las Naciones Unidas, conmemorando el 75 aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que fue establecida con el fin de proteger a quienes son perseguidos y se ven obligados a abandonar su tierra, su hogar y su familia. Espero que el espíritu que inspiró la elaboración de este importante instrumento internacional siga iluminando hoy en día las conciencias de los responsables de las naciones. Nadie puede mirar hacia otro lado ante quienes buscan protección y seguridad. Exhorto a todos, además, a acoger a quienes son víctimas de persecución, para que puedan vivir en paz, con dignidad, y mirar al futuro con esperanza.
Quisiera saludar a los miembros del Diálogo Internacional Católico-Pentecostal. “La Iglesia cree como ora”, y reflexionar juntos sobre el principio «lex orandi, lex credendi» resulta especialmente relevante en la actualidad.
Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos procedentes de distintos países.
Pensando en los peregrinos que han venido de Brasil, les aseguro mis oraciones por los jóvenes que fallecieron hace unos días en un accidente vial en el estado de Ceará.
Saludo a los jóvenes confirmandos de dos parroquias de Ozieri, en Cerdeña.