24 octubre 2026

El primer mandamiento

 

30.° domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A). 

Evangelio (Mt 22,34-40)

Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle:

— Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le respondió:

— Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

Comentario

Fariseos y saduceos eran dos grupos muy influyentes en la sociedad en la que vivía Jesús, pero tenían puntos de vista distintos en la interpretación de la Ley. Los saduceos eran personas de la alta sociedad. De entre ellos habían salido, desde el inicio de la ocupación romana, los sumos sacerdotes que, en ese momento, eran los representantes judíos ante el poder imperial. Estaban más pendientes de la política y del Templo que de las cuestiones religiosas relacionadas con la vida diaria. Los fariseos, por su parte, eran muy minuciosos en el cumplimiento de las prescripciones de la Ley de Dios.

Quizá admirados por la brillantez de la respuesta de Jesús a unos saduceos, a los que había dejado sin palabras, unos fariseos lo pusieron a prueba con una pregunta muy delicada. En su cuidado meticuloso por cumplir hasta la más pequeña indicación de la Ley, los fariseos llegarían a establecer una lista de seiscientos trece mandamientos. Ante tal abundancia y variedad de preceptos, que hace muy difícil incluso recordarlos todos, no es superflua la pregunta que le hacen: ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?

La respuesta de Jesús es un tanto sorprendente, pero muy certera. No les señala ninguno de los diez mandamientos del Decálogo, sino que menciona dos que no forman parte de él. Primero cita un texto que en el Antiguo Testamento forma parte de una oración llamada Shemá, contenida en el libro del Deuteronomio: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,4-5). El segundo, “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18), es uno de los muchos preceptos incluidos en la denominada Ley de Santidad, que está en el libro del Levítico.

Lo singular en la respuesta de Jesús consiste en señalar esos dos mandamientos que estaban como perdidos en medio de la multitud de preceptos contenidos en la Ley, y mencionarlos juntos, poniendo de manifiesto que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables y complementarios.

Lo primero es el amor a Dios, un amor que es justa correspondencia a quien se ha adelantado a amarnos a nosotros. Ahora bien, ¿en qué consiste el amor a Dios? Benedicto XVI nos lo explica en su Encíclica Deus caritas est: “La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en la comunión de voluntad que crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío”.

A la vez, el amor a Dios nos lleva de la mano al amor al prójimo, como él mismo sigue explicándolo más adelante: “en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. (…) Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. (…) Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita”.

“Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, repito –insistía san Josemaría–, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón”.

Fuente: opusdei.org

«Venid a mí»: Cuando el Vaticano admite que el relevo generacional de la fe se ha roto

Javier Ferrer García

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe publica Venite ad me, un documento que radiografía el abismo de la transmisión religiosa en plena era digital y propone volver a lo esencial frente a un vertiginoso "cambio de época".

Hay verdades incómodas que, cuando se ponen negro sobre blanco desde los despachos del Vaticano, sacuden los cimientos de la propia institución. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha hecho público Venite ad me («Venid a mí»), un documento cuyo diagnóstico inicial es tan realista como demoledor para el catolicismo contemporáneo: en amplias regiones del planeta, la transmisión de la fe de padres a hijos sencillamente se ha interrumpido.

Lejos de buscar refugio en la nostalgia o en el lamento fácil por los tiempos modernos, el texto —concebido no como un manual doctrinal rígido, sino como una llamada abierta a la reflexión— aborda sin filtros el vértigo de este «cambio de época». Las pantallas, la hiperconectividad digital, la fragmentación cultural y el profundo cansancio existencial que arrastran las nuevas generaciones han transformado por completo el terreno de juego. Lo que antes funcionaba por inercia social o familiar, hoy ya no cuaja.

Del dogma abstracto al abrazo humano

El núcleo de la propuesta vaticana es un llamamiento urgente a rescatar el kerygma, es decir, el anuncio desnudo del amor incondicional de Dios, despojado de burocracia eclesiástica y de discursos teológicos inaccesibles. El documento recuerda que Jesús nunca esperó en un santuario cerrado ni fundó escuelas exclusivas; caminaba por las calles, conocía los oficios de su tiempo, escuchaba las fatigas cotidianas y se ponía sin dudar del lado de los «últimos».

Esta es la clave que atraviesa todo el texto: recuperar un lenguaje cercano, capaz de conectar con los adultos que hace tiempo dieron la espalda a la religión y con los jóvenes que jamás han oído hablar de ella de forma significativa. La fe, advierte el documento, no se contagia por imposición moral ni por obligación cultural, sino a través del testimonio vivo, de la belleza del arte, de la liturgia y, sobre todo, de una cercanía real que alivie el peso de una sociedad hiperacelerada.

Testimonios desde el abismo

Para ilustrar este giro pastoral, el texto incluye un bloque inusual en los dicasterios romanos: una serie de testimonios en primera persona. Son relatos de hombres y mujeres que pasaron por el abismo de las adicciones, la desesperanza o la más absoluta indiferencia, y que redescubrieron el Evangelio no a través de un tratado doctrinal, sino gracias al encuentro humano con creyentes que supieron encarnar la compasión y la acogida.

Con este paso, la Iglesia asume el reto más complejo de su historia reciente: dejar de dar por sentado que el mundo conoce su mensaje y empezar de nuevo. En una época marcada por el ruido digital y la fatiga vital, el Vaticano pone sobre la mesa que la única salida para el anuncio cristiano es volver a ser, tal como prometía el lema evangélico, un refugio para los cansados y agobiados de siempre.

Fuente: exaudi.org


23 octubre 2026

Nunca más la guerra

Benigno Blanco

Las guerras se sabe cómo y cuándo empiezan, pero es imposible saber lo que durarán y hasta donde se extenderán.

Somos una generación que no hemos conocido la guerra; y, por ello, corremos el riesgo de olvidar lo terrible que es la guerra y sus consecuencias. Ayuda a comprender las consecuencias de una guerra el libro de Keith Lowe, historiador británico, “Continente salvaje. Europa después de la segunda guerra mundial” (516 págs., Ed. Galaxia Guttemberg) en el que estudia con detalle la Europa de los cinco años siguientes a la II Guerra Mundial, describiendo un continente asolado por la destrucción física, el hambre, la degradación moral, las brutales venganzas en el interior de cada país tras la victoria aliada, las guerras civiles en algunos de ellos, los desplazamientos masivos de poblaciones a consecuencia de la fijación de las nuevas fronteras por los vencedores, las violaciones masivas y la prostitución de tantas mujeres para poder comer o mantener a sus hijos, el rechazo a los judíos que habían sobrevivido al holocausto al volver a sus países de origen, etc. Acabada oficialmente la Guerra siguieron varios años en los que hubo millones de muertos, pues los odios y las miserias que la guerra dejó detrás de sí no desaparecieron de la noche a la mañana.

Es muy conocida la historia de la II Guerra Mundial, pero quizá hemos perdido la memoria histórica del terrible drama en que se hundió Europa durante unos años tras aquella contienda. La obra de Lowe, especialista en aquella época, nos puede ayudar -a quienes tenemos el privilegio histórico de no haber vivido ninguna guerra en primera persona-. a recordar lo que supone una guerra incluso más allá de los frentes de batalla Esa memoria nos puede venir muy bien a todos en los tiempos presentes para que nos convirtamos en responsables activistas de la paz.

Basta repasar el índice del libro del historiador británico para que nos tomemos en serio aquel grito papal de ¡Nunca más la guerra! (cfr. discurso de Pablo VI en ONU el 4 de octubre de 1965, recordado por el papa León en su primera y reciente encíclica). La parte primera se denomina “El legado de la guerra” y se subdivide en capítulos con títulos como los siguientes: destrucción física, ausencia, desplazamiento, hambruna, destrucción moral, el paisaje del caos, etc. La segunda parte lleva por título “Venganza” y sus capítulos son, entre otros: sed de sangre, los campos liberados, mano de obra esclava, la venganza contra mujeres y niños, …. La tercera parte, “Limpieza étnica” trata el drama de los judíos liberados de los campos y rechazados en sus países de origen, la limpieza étnica en varios países del Este de Europa, la expulsión de los alemanes de los territorios que dejaron de pertenecer a la Alemania que surgió de la contienda y las guerras en Yugoslavia entre los distintos pueblos que la integraron después. La cuarta parte está dedicada a las guerras civiles y la violencia política que siguieron a la paz formal, aunque con distintas intensidades, en Francia, Italia, Grecia, Rumanía, Ucrania, Polonia, etc.

Este libro refleja muy bien el legado moral y humano de la guerra, que es terrible; y que conviene no olvidar. Se pone de manifiesto en él, también, que las guerras se sabe cómo y cuándo empiezan, pero es imposible saber lo que durarán y hasta donde se extenderán. Ya lo estamos viendo en nuestros días con los conflictos de Ucrania, Irán, Gaza … que en breve tiempo se les han ido de las manos a sus promotores. No juguemos con la guerra; tomémosla muy en serio. ¡Nunca más la guerra!

Otro libro que puede ayudarnos a pensar en lo que supone una guerra, -en este caso una novela, pero muy bien fundamentada y documentada respecto a la historia que cuenta-, es “La hija del Este” de Clara Usón (448 págs., editorial Seix Barral, 2012). En esta novela la autora recrea las guerras en la antigua Yugoslavia entre serbios, croatas y bosnios entre 1990 y 1995, hasta que intervino Estados Unidos en este último año con los bombardeos ordenados por Clinton que pusieron fin -de momento- a las guerras étnicas y religiosas que provocaron auténticos genocidios y el exterminio de parte de la población afectada. En esta novela se recrea una amplia galería de personajes como Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic y -él es el centro de la novela- el llamado “carnicero de Bosnia” Ratko Mladic, que -por cierto- ha fallecido el pasado mes de agosto en la cárcel holandesa en que cumplía pena por genocidio impuesta por el Tribunal Penal Internacional y … ¡ha sido enterrado en su país como héroe nacional!.

Se trata de una novela muy bien documentada sobre la realidad histórica en que se desarrolla, siendo los personajes principales los líderes reales de los genocidios de las guerras balcánicas de finales del siglo XX, reflejados según la información disponible sobre sus vidas y personalidad. A través de esta novela podemos asomarnos a la última masacre bélica y genocida desarrollada en Europa hace apenas 30 años, es decir, ayer, por la fuerza de nacionalismos extremos. Tanto en el tiempo como en el espacio geográfico, esas guerras yugoslavas nos muestran que la guerra y sus barbaridades pueden hacerse presentes en nuestras vidas, que no son cosa del pasado, que hay que trabajar por la paz hoy para evitar la guerra mañana.

Sugiero también leer la encíclica del Papa León XIV, Magnífica humanitas, especialmente el capítulo V, donde el Pontífice nos habla de la guerra y la construcción de la civilización del amor. En ese texto hay muchas ideas relevantes sobre cómo todos, seamos socialmente importantes o gente corriente, podemos trabajar por la paz y coadyuvar a crear esa deseada civilización del amor que la Iglesia propone.

Fuente: religionenlibertad.com

22 octubre 2026

No apaguemos los ecos de la Vida

José Antonio García-Prieto Segura

“¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! (…) ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” (Juan Pablo II)

Los muchos años de residencia en Roma, me han permitido conocer de cerca la muerte y elección de varios Papas, y me reavivan con fuerza intervenciones inolvidables de sus enseñanzas como Vicarios de Cristo, que un día proclamó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6); y en otro momento: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). Estas verdades del mensaje de Cristo son las que, en el fondo, han de proclamar sus Vicarios, deseando que todo el mundo las reconozca y después cada uno, personal y libremente, las ponga en práctica. Hoy me centraré en las famosas palabras con que el Papa Juan Pablo II, animaba a no tener miedo a abrir las puertas de nuestra vida al amor de Cristo.

Aquella intervención tuvo lugar el 22 de octubre de 1978 en la plaza de san Pedro, repleta de gente. Me encontraba allí, participando en la Misa de inicio oficial de su pontificado. Al final de la ceremonia, con inusitada fuerza y convicción proclamó: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! (…) ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. En nombre de Dios hablaba un hombre de 58 años, reciamente curtido por la vida. Como es sabido, quedó huérfano de madre a los 9 años; a los 19, realizó trabajos forzados cuando Alemania ocupó Polonia al estallar la Segunda Guerra Mundial; su padre murió en los primeros años de la Guerra, y no le faltaron otros sinsabores antes de ordenarse sacerdote.

Recuerdo esas pinceladas biográficas para resaltar que era un hombre con los pies muy en la tierra. Por eso, su conocimiento del alma humana unido al conocimiento -por la fe- del alma igualmente espiritual y humana de Cristo, dan extraordinaria fuerza de autenticidad y realismo a su clamor: “¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Al escuchar este llamamiento universal, tuve la impresión de que fuese como un eco imperecedero de las palabras del mismo Cristo, antes mencionadas: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (…) «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». No parece sensato cerrarse a semejante ofrecimiento.

Los sucesores de Juan Pablo II han mantenido vibrante el eco de sus palabras. Así, Benedicto XVI, el 17 de junio de 2007, en Asís, se dirigía a miles de jóvenes diciendo: “Corremos el riesgo de pasar una vida entera aturdidos por voces ruidosas pero vacías, corremos el riesgo de dejar pasar la voz de Cristo, la única que cuenta, porque es la única que salva. Nos contentamos con fragmentos de verdad, o nos dejamos seducir por verdades que lo son sólo en apariencia”. Y finalizaba: “Hago mía, una vez más, la invitación que mi amado predecesor Juan Pablo II solía dirigir, especialmente a los jóvenes: ‘Abrid las puertas a Cristo’. Abridlas (…), sin miedo, sin cálculos, sin medida” (Discurso a los jóvenes, Asís, 17-VI-2017).

El Papa Francisco, en octubre de 2018, con ocasión de la Conferencia celebrada en Alba (Italia) con motivo del 40º aniversario de la elección de Karol Wojtyla como Papa, escribía que: "Dejó una huella indeleble en la Iglesia y en la sociedad. (…) Que el redescubrimiento del testimonio de fidelidad a Dios y de amor al hombre de este venerable Predecesor mío anime a todos, especialmente a los jóvenes, a abrir de par en par las puertas de Cristo para un generoso compromiso en favor de la paz, de la fraternidad y de la solidaridad". Y el mismo 22 de octubre, Francisco tuiteaba en su cuenta oficial: “Demos gracias a Dios por todo el bien realizado en el mundo y en los corazones mediante las palabras, las obras y la santidad de Juan Pablo II. Recordemos siempre su llamamiento: “¡Abrid las puertas a Cristo!”.

León XIV no se ha quedado atrás; por eso, en su Discurso del pasado 7 de junio en el Movistar Arena de Madrid, resumía así el magisterio de sus tres predecesores: “La Iglesia comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad”. Por eso, animaba después a no tener miedo a la hora de informar toda la vida y acción social, con el mensaje cristiano de la paz: “¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo”.

Huelga decir que el ambiente que se respira en el mundo no es precisamente de color de rosas. Por eso, desde la fe y con los pies en la tierra, los discípulos de Cristo debemos hacer muy nuestra esta llamada de sus Vicarios que vengo comentando. En primer lugar, dándonos cuenta de que nos la hace el mismo Señor, de modo singular y personalísimo, con aquellas otras palabras suyas del Apocalipsis: “Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc 3, 20). Son la promesa de una existencia serena, sin temores paralizantes, y con toda la fuerza divina para navegar en este mar de la historia con olas hoy tan embravecidas, pero sabiendo que Cristo va en la barca de quienes le dejemos subir a bordo, al abrirle las puertas del corazón.

Y, en segundo lugar, dándonos cuenta también de que al abrir a Cristo las puertas de nuestra vida, la mantendremos vibrante al hilo de la suya. Pero los ecos de su vida no se pierden en el aire, porque piden traducirse en trabajar por el bien común, aunque suponga ir contracorriente, como le sucedió al Señor. Conviene concretar  el contenido de este bien común, como lo hizo León XIV en su Discurso en el Congreso de los Diputados, en Madrid.

Señaló que su presencia allí “como obispo de Roma y pastor de la Iglesia católica”, quería ser “un gesto de cercanía hacia España (…), y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana”. Y después de reconocer “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”, quiso aportar “una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia” (Discurso, 8-VI-2026). Después, concretó el contenido del bien común en puntos muy precisos y determinantes para la vida y convivencia humana. Las verdades que proclamó recibieron, como es sabido, un aplauso de 7 minutos. Abrir las puertas a Cristo implica poner en práctica esas dimensiones señaladas por León XIV; al ser verdades enraizadas en la común naturaleza humana, alcanzan a todo el mundo, más allá de las particulares creencias religiosas de cada uno.

Concluyo sugiriendo al lector el repaso de esas dimensiones del Discurso, para traducirlas en obras de paz y concordia. Así, los ecos de la Vida de Cristo se mantendrán vibrantes en la propia existencia, y contribuiremos a que también en otras muchas personas suceda lo mismo.                                                                                    

Fuente: elconfidencialdigital.com

21 octubre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

 El Papa en la Audiencia General

Catequesis - IV. Constitución pastoral Gaudium et spes -   6. El compromiso con la familia en la sociedad de hoy (GS, 47-52)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Lo primero que quiero decirles es: ¡gracias! Gracias por el apoyo de sus oraciones. Gracias a Dios por su generosidad. Renovemos todos nuestra confianza en la bondad y la misericordia de Dios.

La constitución pastoral Gaudium et spes (GS) del Concilio Vaticano II, después de haber explicado, en la primera parte, la dignidad de la persona y su vocación en el mundo, en la segunda parte aborda, «a la luz del Evangelio y de la experiencia humana»,  algunos de los problemas contemporáneos más urgentes (cfr. GS, 46). En primer lugar, la atención se centra en el matrimonio y la familia, con la convicción de que «el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS, 47).

Con este fin, la constitución no se limita simplemente a reiterar los valores y los fines del matrimonio, sino que plantea una concepción renovada del mismo como «íntima comunidad conyugal de vida y amor» (GS, 48). Integrando la dimensión jurídica del matrimonio como contrato, se reconoce el fundamento de esta unión en el «pacto conyugal», entendido como el «acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente» (ibid.). La donación recíproca del hombre y de la mujer, «de modo que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6), motiva la exigencia de la «plena fidelidad» y de la «indisoluble unidad» de los cónyuges; y encuentra una expresión viva en la procreación y en la educación de los hijos (cfr. GS, 48). Reflejo de la Trinidad divina, el amor conyugal y parental, a través del Sacramento del matrimonio, «se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo», para que los cónyuges puedan amarse el uno a la otra «como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (ibid.).

Después de haber iluminado la realidad del matrimonio con la luz del amor de Cristo, que es la verdad del amor humano y divino, Gaudium et spes dirige la atención al amor conyugal y la fecundidad matrimonial. El amor conyugal no se limita al atractivo erótico —que también forma parte de él—, sino que abarca toda la voluntad de los esposos, reavivando su afecto y expresándose mediante sentimientos y gestos de ternura (cfr GS, 49). Este amor abarca el bien de toda la persona del hombre y de la mujer, iguales en dignidad; impregna toda la vida de los cónyuges y encuentra expresión en los actos exclusivamente propios del matrimonio (cfr ibid.). La especial intimidad de los esposos significa el amor integral de persona a persona, favorece el don recíproco y enriquece su mutua alegría (cfr ibid.).

La fecundidad del amor conyugal, además, se expresa en la procreación de los hijos, «el don más excelente del matrimonio» (GS, 50). Transmitiendo y educando la vida humana, que nunca debe ser descartada, los esposos se convierten en «cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes» (ibid.). Llamados a esta responsabilidad humana y cristiana, deben regirse por un juicio recto por lo que se refiere a su propio bien y al de sus hijos, ya nacidos o todavía por venir. Este juicio que, en último término, los esposos deben formar personalmente ante Dios, exige que su conciencia se ajuste a la ley divina, interpretada por el Magisterio de la Iglesia a la luz del Evangelio (cfr ibid.).

La valorización de la comunión amorosa y de la fecundidad procreativa en el matrimonio lleva al Concilio a excluir que pueda haber «contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal (GS, 51); y a afirmar, en cambio, que «cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida» se debe mantener en un contexto de verdadero amor «el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación» (ibid.). De ello se sigue que «la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado», rechazando «el aborto y el infanticidio»; y que «los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia» (ibid.).

La enseñanza de la Gaudium et spes sobre la comunidad conyugal y familiar llega así a subrayar la función social de la familia, que define como «escuela del más rico humanismo» y «fundamento de la sociedad» (GS, 52), recordando a todos aquellos que tienen responsabilidades sociales, especialmente en el ámbito político y cultural, el deber de «contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia» (ibid.).

Queridísimos, este compromiso es más urgente que nunca. La Iglesia lo sabe bien, como demuestra la solicitud pastoral de los Papas que se han sucedido después del último Concilio, hasta la doble Asamblea sinodal querida por el Papa Francisco, sobre la que han dialogado, recientemente, los jefes de las Iglesias Orientales Católicas y los presidentes de las Conferencias Episcopales. Que la Sagrada Familia de Nazaret nos ilumine en el camino y proteja a las familias de todo el mundo.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Que la Sagrada Familia de Nazaret proteja a todas las familias del mundo entero.  Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comenzamos a reflexionar sobre la segunda parte de la Constitución pastoral Gaudium et spes, que trata sobre algunos problemas más urgentes de nuestro tiempo, entre ellos la familia y el matrimonio; el Concilio explica que este consiste en una donación recíproca que exige plena fidelidad y una unidad indisoluble. Además, es un amor fecundo que se expresa en la transmisión de la vida, así como en la educación de los hijos.

Fuente: vatican.va

20 octubre 2026

Más allá del Pesimismo Histórico

Eloy Asenjo Carpintero


Mirar la polarización contemporánea con la esperanza activa y constructora de puentes de la Iglesia.


Más allá del Pesimismo Histórico

Vivimos tiempos marcados por la perplejidad. En las sociedades occidentales contemporáneas, profundamente polarizadas y atravesadas por asimetrías lacerantes, es habitual ceder a la tentación del desaliento. Los diagnósticos agoreros se multiplican en los corrillos mediáticos y políticos, decretando una especie de decadencia irreversible de nuestra civilización.

Sin embargo, la respuesta cristiana ante este panorama no puede ni debe ser la del pesimismo histórico, ni mucho menos la ceguera interesada que prefiere ignorar los conflictos. Lejos de cerrar los ojos ante las dificultades o la polarización, la Iglesia está llamada a ejercer con radicalidad su naturaleza pastoral: discernir y compartir de manera solidaria «las gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos» (GS 1).

El peligro del pesimismo y la trampa del falso realismo

Ya lo advertía San Juan XXIII en su histórico discurso Gaudet Mater Ecclesia al inaugurar el Concilio Vaticano II: es necesario desconfiar de aquellos «profetas de la fatalidad» que predican que los tiempos actuales son intrínsecamente peores que los pasados y actúan como si la historia ya no tuviese nada que enseñarles. Ceder a este pesimismo supone, en el fondo, dudar de la acción misteriosa de la Divina Providencia en los asuntos humanos.

Reconocer que nos encontramos en un mundo polarizado, tecnológicamente avanzado, pero éticamente desorientado, no significa claudicar ante el fatalismo. Los problemas a los que nos enfrentamos —desde las desigualdades socioeconómicas flagrantes hasta las crisis ecológicas y los conflictos bélicos— no son lineales ni simplistas; son profundamente poliédricos. Requerir soluciones simplistas a realidades complejas es el síntoma más evidente de una mentalidad polarizada que busca culpables antes que caminos de salida.

De la queja estéril a la acción fecunda: oración y sacrificio

De nada sirve pasar el día entero quejándose de cómo están las cosas o lamentando el rumbo de la sociedad en una actitud pasiva y estéril. Es necesario dar el salto hacia una actitud verdaderamente activa. Ciertamente, son escasas las ocasiones en las que los ciudadanos de a pie podremos realizar actuaciones directas e inmediatas para resolver las grandes polarizaciones y los conflictos geopolíticos o sociales globales. No obstante, nunca debemos dudar de la inmensa eficacia y el poder real de la oración y del sacrificio.

Ante estos problemas y errores doctrinales o morales debemos mantener lo que cabría denominar una sana intransigencia: no comulgar jamás con el error ni transigir con lo incorrecto, manteniéndose firmes en la verdad, pero mostrando siempre un respeto profundo e inquebrantable hacia las personas que los cometen.

La mirada de Cristo: un poliedro sin cultura del descarte

Frente a esta complejidad, la comunidad eclesial ha de armarse con la mirada de Cristo. En esa mirada no cabe el descarte ni la indiferencia. Como nos recuerda el magisterio actual con su categoría teológica de la opción por los pobres, los rostros sufrientes de nuestro tiempo no son meras estadísticas sociológicas, sino lugares teologales donde se nos revela el mismo Señor.

La Iglesia señala permanentemente a Jesucristo como «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10), despojándose de toda ambición terrenal para entregarse al servicio del mundo. Esta perspectiva nos exige cultivar una paciencia activa. No se trata de una paciencia pasiva que se limita a dejar pasar el tiempo esperando que escampe, sino de una firme constancia nacida de la certeza de que Cristo ya ha vencido a la muerte y al pecado. Nuestra visión ha de ser radicalmente optimista, fundamentada no en un ingenuo optimismo terrenal, sino en la victoria pascual que sostiene la historia.

Constructores de puentes en un mundo fragmentado

En este contexto de fracturas ideológicas y sociales, se nos insiste de manera constante en una vocación ineludible: debemos ser constructores de puentes. La polarización se alimenta de trincheras, de descalificaciones mutuas y de la incapacidad de escuchar al que piensa diferente. La tarea de la Iglesia, y por extensión de todos los creyentes y hombres de buena voluntad, es demoler esas murallas mentales y afectivas.

Ser constructores de puentes significa transitar el difícil camino del diálogo social y político con la convicción de que ninguna aspiración legítima del ser humano es ajena al corazón de la Iglesia. Es asumir que la paz no se construye mediante la confrontación estéril o la ilusión de la guerra, sino mediante el compromiso cotidiano de la escucha, la compasión y la ternura.

Conclusión: Una esperanza que no defrauda

Superar el pesimismo histórico no es ignorar el dolor del mundo, sino mirarlo de frente con los ojos de la fe. Sostenidos por la alegría y la esperanza (Gaudium et Spes), estamos llamados a caminar como fermento en medio de nuestras sociedades polarizadas. Con la mirada puesta en Cristo —centro de la historia— y con las manos dispuestas al servicio y al diálogo, cada cristiano tiene hoy la hermosa oportunidad de ser artífice de concordia y testigo de una esperanza que jamás defrauda.

Fuente: exaudi.org

19 octubre 2026

Todos en misión

Juan Luis Selma

El centenario del Domund invita a redescubrir la vocación misionera de los cristianos, llamados a encontrar el sentido de su vida en Cristo y a compartir su fe en un mundo que también necesita formación religiosa, fraternidad y esperanza.

Estoy acompañando a los alumnos de segundo de Bachillerato en su última salida del colegio. El objetivo del viaje es conocer el mundo universitario y ayudarles a decidir sus próximos estudios. En una charla, la responsable de orientación les animaba a descubrir su vocación, tanto personal como profesional. Insistía en que todos tenemos una vocación: estamos dotados por el Creador para realizar algo en la vida; tenemos una misión. Nuestra existencia tiene sentido y cometido; el reto consiste en descubrirlos. Para ello, nos decía que hace falta "aburrirse": tener tiempo para pensar, reflexionar y soñar.

Dice el profeta Isaías: "Yo te llevo de la mano; doblegaré ante ti las naciones y desarmaré a los reyes; abriré ante ti las puertas y no se cerrarán los portones. Por amor de mi siervo Jacob, de Israel, mi elegido, te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque no me conocías".

Tenemos un nombre que debemos descubrir, como dice el libro del Apocalipsis: "Al vencedor le daré maná escondido; también le daré una piedrecita blanca y, grabado en ella, un nombre nuevo que nadie conoce sino aquel que lo recibe". En el lenguaje bíblico, el nombre expresa lo que somos, el sentido y la misión de nuestra vida. Jesús significa "Yahvé salva"; María es la elegida, la amada de Dios; José significa "Dios añadirá".

¿Cuál es mi nombre auténtico? ¿Lo conozco? Para descubrir quién soy y para qué estoy hecho, debo escudriñar mi corazón y mi interior. Estamos dotados de cualidades naturales; tenemos tendencias y deseos profundos que nos orientan hacia una meta. Dios es inteligencia pura y bondad suprema; por eso, al crearnos, da sentido a nuestra vida y nos capacita para realizar aquello a lo que nos llama.

Hace poco, un joven manifestaba que tenía miedo de que Dios le pidiera algo fuera de lo común. No hay motivo para temer. Cuando Dios pide algo, concede también la gracia, las fuerzas y la ilusión necesarias para llevarlo a cabo. Dios juega siempre a nuestro favor.

Cuando descubrimos aquello para lo que estamos hechos, disfrutamos profundamente. Sentimos que hemos encontrado nuestro lugar y podemos decir: "Esto es lo mío; por fin me he dado cuenta".

Este año, el Domund cumple cien años. Nació en 1926 bajo el impulso de Pío XI con la finalidad de extender las misiones por todo el mundo y ayudar a los misioneros en su labor evangelizadora. Ya no se sale a la calle con las tradicionales huchas para recoger ayudas, pero los misioneros siguen necesitando nuestro apoyo. Las circunstancias también han cambiado y, en muchos lugares, la fe es hoy más viva que en España. Por eso, ahora más que nunca, todos estamos llamados a ser misioneros.

Sigue viva la idea de que la ayuda que podemos aportar es únicamente material: el sobre con unas monedas. Todos los años, cuando explico a los niños el sentido de esta jornada, me dicen que el Domund consiste en ayudar a los niños pobres. Sin embargo, la auténtica pobreza es la falta de fe y de formación religiosa. En ese sentido, también nosotros somos tierra de misión.

El lema que el papa León ha elegido para esta ocasión es: "Uno en Cristo, unidos en la misión". La unidad es una característica esencial de Dios y también de quienes caminamos en Cristo: unidos a Él y unidos entre nosotros. Quizá convenga examinar cómo es nuestra unión familiar o la relación entre los distintos grupos eclesiales. ¿Soy una persona que une? ¿Hay armonía en mi entorno?

La Iglesia, como nos pide el Papa, será verdaderamente misionera si es fraterna, reconciliada y solidaria. La misión encomendada a los cristianos no consiste en difundir una ideología, sino en anunciar, vivir y compartir el rostro de Jesucristo.

El Santo Padre agradece también a quienes sostuvieron su labor cuando fue misionero en Perú. Aprovecho esta ocasión para agradecer la incansable labor del delegado de Misiones en nuestra diócesis, don Antonio. Gracias al trabajo de esta delegación, Córdoba es una diócesis especialmente misionera.

Nos dice san Pablo: “En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor”. Somos elegidos y tenemos una misión: somos misioneros.

Fuente: eldiadecordoba.es

18 octubre 2026

El bien tiende por naturaleza a difundirse

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy, en el Evangelio, Jesús habla de la fiesta de bodas que un rey prepara para su hijo (cf. Mt 22,1-14).

El matrimonio de un hijo es un momento especial para cada familia, y este padre, feliz, quiere compartir su alegría con todos. Ofrece un banquete e invita a muchas personas. Santo Tomás de Aquino dice, al respecto, que el bien tiende por naturaleza a difundirse: «Bonum dicitur diffusivum sui» (Summa theologiae, I, q. 5 a. 4, ad 2). También la imagen de nuestro relato, en el contexto concreto de una experiencia cotidiana, nos habla de esta realidad. Cuando sucede algo bueno, se enciende una luz que lleva a incluir a los demás en la propia felicidad.

Sin embargo, ante un ofrecimiento tan hermoso, los invitados, en vez de unirse a la fiesta, dan un paso atrás y prefieren seguir ocupándose de sus propios asuntos. Es más, algunos, molestos, insultan e incluso matan a los mensajeros del rey. Lamentablemente, esto también sucede: el bien que ofrecemos no siempre es comprendido, reconocido o apreciado; a veces incluso es malinterpretado y rechazado. Pero eso no debe desanimarnos. El rey, frente al rechazo, no suspende la boda ni cancela los festejos; es más, extiende su invitación a un número aún mayor de personas, enviando a sus siervos a llamarlas por las calles, de modo que la alegría de los esposos sea un don para todos.   

Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿a quién representan los protagonistas de esta historia? San Jerónimo identifica al rey con el Padre de los cielos, al esposo con Jesús y a la esposa con la Iglesia (cf. Comentario al Evangelio de san Mateo, Libro III, cap. 22). Entre los protagonistas, entonces, estamos también nosotros, elegidos por el Señor para compartir con Él nuestra existencia y para ser junto a Él portadores de vida. La fiesta de bodas es la nuestra, y la sala del banquete son nuestras iglesias, nuestras casas, los lugares donde vivimos, y donde cada día el Hijo del Rey, Jesucristo, vuelve a declararnos su amor y espera nuestro “sí”. Allí nosotros lo encontramos, como la esposa, con la vestidura blanca del Bautismo y ataviados con las joyas de las buenas obras, que nos acercan a Dios y entre nosotros.

La alegría que anunciamos no es artificial, sino profunda, concreta, real, hermosa como los rostros de las personas que encontramos, verdadera como el trabajo, las sonrisas, las lágrimas, las manos estrechadas, los gestos de bien de nuestras jornadas. Y es un don de Dios para la salvación del mundo.

Pidamos a María, Madre del Señor, que nos ayude a crecer en esta alegría y a anunciarla siempre y en todas partes, también allí donde no es comprendida; con generosidad, con valentía y con fe.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Mantua, fue beatificada sor María Ignacia Isacchi, fundadora de la Congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, la caridad la hizo entregarse con valor al servicio de los necesitados y desfavorecidos. Que su ejemplo reavive en todos nosotros el deseo de ser, en medio del mundo, testigos del amor evangélico hacia todos.

La guerra en la martirizada Ucrania sigue causando sufrimientos incluso mucho más allá de sus fronteras, especialmente en los países más pobres, donde tantas personas dependen de las importaciones de cereales. Hago un llamamiento apremiante a las partes en conflicto para que permitan el transporte seguro de cereales por el mar Negro. El pan de cada día de millones de personas no puede ser rehén de la guerra.

Hoy se celebra en Italia la Jornada en memoria de las Víctimas de los Accidentes Laborales. Saludo a la Asociación Nacional de Mutilados e Inválidos del Trabajo y aliento los esfuerzos de prevención.

Dirijo mi más cordial bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos.

Saludo a los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros en Roma y a cuantos han participado en la procesión con la venerada imagen del Crucificado. Agradezco sus oraciones por la visita pastoral que realizaré a Perú.

Acojo con alegría a los fieles de la Eparquía Greco-Católica de Mukáchevo, en Ucrania, acompañados por su obispo; a la Asociación de Fieles Hakuna; a las Antiguas Alumnas de Jesús-María de España; al Coro y a la Escuela Coral de la Catedral de Haarlem, en los Países Bajos; y a los fieles procedentes de Viena.

Saludo a los jóvenes de la vicaría de Chiaravalle, en la diócesis de Senigallia; a los miembros de la sección provincial de la AIDO de Belluno; al grupo «Ars Enotria» de Cosenza; y al equipo femenino de fútbol del Hospital de Biella.

Queridos amigos: recientemente, durante una revisión, los médicos me han detectado un nódulo localizado en el pulmón. Se ha detectado todavía en una fase muy temprana y está bien localizado. Los médicos consideran oportuno intervenir. Por eso, siguiendo sus consejos, he decidido operarme para removerlo. La operación ya está programada para los próximos días. Les agradezco su cercanía espiritual y me encomiendo a sus oraciones. Gracias y feliz domingo.

Fuente: vatican.va