27 abril 2026

Más allá del Viernes Santo

José Antonio García-Prieto Segura

“Nos estamos dando cuenta de que muchos de los males de nuestra sociedad, en particular la ansiedad y la depresión, provienen de ese aislamiento”.        

          Recientemente, un amigo me remitió un artículo publicado en The New York Times; sus titulares, traducidos al castellano, vendrían a decir: “La Iglesia católica experimenta un aumento de nuevos conversos”. Se refería más concretamente al territorio de Estados Unidos, y añadía: “Los obispos están tratando de comprender qué hay detrás de esta oleada”. La autora del artículo presentaba cifras y datos de conversiones en más de 20 diócesis: desde las más grandes, como Los Ángeles y Phoenix, hasta otras rurales y pequeñas, como Gallup (Nuevo México) y Allentown.

          Sin embargo, no hace falta cruzar el Atlántico para observar ese fenómeno de acercamiento a la Iglesia de Roma. Se viene produciendo desde el Reino Unido hasta países asiáticos como China, Singapur y Japón. En Europa destaca el caso de Francia, donde más de 20.000 personas se preparaban para recibir hace poco el bautismo. Pero más allá de las cifras, interesa la causa o causas originarias de esta realidad que, no lo olvidemos, es siempre un acontecimiento personal. Su raíz última es la gracia divina, porque “Dios solo sabe contar hasta uno” -que diría André Frossard-, y como buen Padre hace llegar sus luces a la persona singular, para que responda a su amor. Se sirve, eso sí, de unos medios y circunstancias que preparan su conversión, y esto es de lo que trataré a continuación.

          Entre las razones para explicar este fenómeno, tomaré como referencia algunas respuestas de conversos o que han vuelto a practicar, en Estados Unidos, y de algún obispo norteamericano. Vaya por delante que el resurgir de estas conversiones se inicia y es inseparable del ambiente universal que respiramos, y que constituye como su punto de partida. Vivimos en un escenario en el que, junto a luces positivas, hay innumerables oscuridades y sombras que desasosiegan y nos interrogan. En otras palabras, ante un panorama desesperanzado, oscuro y desalentador, nuestra cabeza y corazón anhelan asideros firmes que ofrezcan verdad, alegría y sentido existencial al diario vivir. Es lo mismo que, hace 21 siglos, experimentaron dos hombres, discípulos de Cristo, que caminaban tristes y abatidos hacia Emaús, como narra el Evangelio. Habían perdido por completo la luz de su vida, como atrapados definitivamente por los sucesos y muerte de su Maestro, el Viernes Santo.

          Como el tiempo no pasa para los anhelos del corazón humano, hoy se revive aquella escena; sirva de muestra, entre otras muchas, lo que refiere Jacqueline Chavira en el artículo de “The New York Times”, mencionado al inicio. Jacqueline, de 41 años, madre de dos hijos y residente de Grants (Nuevo México), fue bautizada de niña, pero no recibió la Confirmación y creció como testigo de Jehová. Según cuenta, se distanció de la religión en su juventud. “Sentía un vacío que no podía llenar”, dijo. Luego conoció a su prometido, que es católico, empezó a ir a misa con él y quiso casarse por la Iglesia. Afirma que esto, unido a la experiencia de la maternidad, le cambió la vida.

          En otras entrevistas de conversos americanos, muchos señalan cómo el ejemplo de cercanía y lazos de alegre comunidad fraterna, descubiertos entre conocidos y amigos católicos al practicar su fe, les había impulsado a “volver a la Iglesia”; o, en el caso de no bautizados, a recibir este sacramento. Destacaban que, en las razones personales de su conversión o de su vuelta a practicar, no había influido la elección de un “Papa americano”.

          Por su parte, Mitchell T. Rozanski, arzobispo de San Luis (Missouri), dice: “En nuestra época de incertidumbre y de gran ansiedad, existe una sed y un anhelo de Dios y de la estabilidad que la fe aporta a la vida de las personas”. En el origen del retorno a lo trascendente, las experiencias de falta de seguridad y de paz interior son como vacíos insufribles, que buscan superarse con el amor de Dios.

          Este arzobispo señala también dos importantes cambios sociales que, en los últimos años, han trastocado el sentido de comunidad y calor humano, impulsando a la gente hacia la fe católica. Dice así: “Creo que la tecnología nos ha aislado unos de otros, y que la COVID-19 no hizo más que acentuar ese aislamiento”. La desunión y soledad siempre serán motivo de abatimiento y tristeza.

          Así pues, el repliegue, distanciamiento y frialdad en la convivencia social, aparecen en el origen de los innumerables males que nos envuelven. Por eso, reitera el arzobispo de San Luis; “Nos estamos dando cuenta de que muchos de los males de nuestra sociedad, en particular la ansiedad y la depresión, provienen de ese aislamiento”.

          El reavivarse de la fe cristiana se produce en muchos países, y se indica al mundo juvenil como protagonista destacado de ese fenómeno. Jóvenes entre los 18 y 30 años buscan en la fe y vida cristiana, un cimiento de firmeza, equilibrio y verdad que, en un ambiente de comunidad fraterna y alegre, conforme y dé sentido pleno a sus vidas. Es lo que experimentaron los dos discípulos de Emaús cuando Jesús, caminando con ellos, les iluminó con sus palabras, devolviéndoles la alegría y esperanza perdidas. Fue su mutuo comentario: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32)

          El fenómeno de vuelta a la fe que comentamos es como la reedición, hoy en pleno siglo XXI, de lo sucedido a los caminantes de Emaús.  Nos animarían a no quedarnos atrapados en el clima luctuoso del Viernes Santo, a pesar de las dificultades internas y externas que nos acechan.  Entre estas últimas los aprietos y trabas que, en no pocos países, encuentra la fe cristiana para su práctica visible, como sucedió igualmente a los primeros cristianos. Lo señalaba Benedicto XVI comentando, precisamente, ese pasaje evangélico de Emaús. Era el 4 de mayo de 2014 -retirado ya como Papa-, y decía:

          “Hace dos años, cuando estaba de visita pastoral en Cuba, uno de los obispos cubanos me dijo: ‘Los cristianos de este país, y también muchos otros latinoamericanos, no hemos llegado todavía a la Pascua, nos hemos quedado en el Viernes Santo’. Estas palabras me vinieron a la mente ayer, al meditar este Evangelio de Emaús, en el que encontramos a dos hombres que, aunque es Domingo de Pascua, están todavía en el Viernes Santo. Han oído algo del sepulcro vacío, de los ángeles, pero se han quedado en el Viernes Santo: Cristo sigue todavía muerto, el mundo está vacío, la redención aún no ha llegado. No son unos casos tan especiales, son casi representantes permanentes de toda la humanidad. Podemos decir que las palabras del obispo cubano valen para gran parte del mundo; nos hemos quedado en el Viernes Santo”. (Benedicto XVI, El Señor nos lleva de la mano Homilías privadas., pág.172-173) 

          Benedicto XVI terminaba su homilía resaltando que la vida cristiana, junto al Viernes Santo, es siempre y en todo momento Pascua de Resurrección. Fue esto lo que animó a Cleofás y a su compañero a regresar sin dilación a Jerusalén para transmitir, llenos de gozo, que Cristo había resucitado y caminado junto a ellos.

          Eso es también lo que, en el fondo, explica y dinamiza el fenómeno del renovarse de la vida cristiana, en los ambientes donde se está produciendo. Y lo que hoy, como hace 21 siglos, la Iglesia espera de todos los cristianos: que allí donde nos encontremos, demos testimonio con nuestro entero proceder, de que Cristo resucitó y nos acompaña de continuo.   

Fuente: elconfidencialdigital.com

¿Cuál es el lado correcto de la historia?

Juan Luis Selma

Leo en un titular: Xi dice a Sánchez estar ambos ‘del lado correcto de la historia’ ante la ‘ley de la selva’. Hoy todos reivindican estar en el lado correcto: unos desde la derecha, otros desde la izquierda, y entre ellos se lanzan acusaciones sin descanso. Da la impresión de que la “posición correcta” depende del ángulo desde el que se mire… es decir, que no existe tal cosa.

Unos apelan al pueblo para justificar su postura; otros lo hacen en nombre de Dios, incluso pasando por encima de quienes deberían representarlo. Todos afirman poseer la verdad. Al final, el más honrado parece ser Pilato, que al menos se atreve a preguntarle a Jesús: “¿Qué es la verdad?” No es fácil situarse en el lado correcto si no se tiene un Norte.

Este domingo celebramos al Buen Pastor, el que da la vida por sus ovejas. Escucharemos en el Evangelio: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no les escucharon”. Por mucho que se proclame, se declare o se haga propaganda, las ovejas tienen un instinto innato para reconocer al buen pastor: saben quién las ama y quién busca realmente su bien.

El lado correcto es, por supuesto, el de la verdad y el del bien. Y, respecto a los demás, el de quien sabe y quiere servirles. Recuerdo un lema que leí hace años en una institución educativa: “Vale quien sirve”. La buena dirección no la marca el interés propio, ni la ideología, ni la popularidad: la define el bien, y en concreto el bien común. Algo hoy bastante olvidado o confundido con la simple buena marcha económica, el éxito o el triunfo de una ideología.

Escribía san Josemaría: “La legítima libertad de los hombres, si son verdaderamente honestos, con la ayuda divina, les lleva al deseo de servir a Dios y a sus criaturas… Queremos servir, nos sentimos honrados de hacerlo y estamos convencidos de que no podríamos imitar a Cristo, como es nuestro único deseo, si prescindiéramos de ese afán. No penséis, sin embargo, que sea fácil hacer de la vida un servicio. Es necesario traducir en realidades ese buen deseo, porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en la virtud, y la práctica de una ayuda constante a los demás no es posible sin sacrificio”.

La puerta del lado correcto la marca Dios, el Hacedor, el único que sabe quiénes somos y qué necesitamos. Los que no entran por esa puerta son salteadores: “El que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas”.

Podría decirse que esto es solo una opinión. Y lo es, pero una opinión cualificada y respaldada por la historia. Los grandes gurús que sedujeron a los pobres y sencillos no hicieron otra cosa que utilizarlos para sus propios intereses o los de su partido. Con la excusa de servir al pueblo, lo aniquilan. Hay un solo Salvador y Liberador: el que dio su vida por nosotros y resucitó. Al margen de Dios, lo que quedan son ídolos, diosecillos que buscan su gloria y su poder.

Si todo vale lo mismo; si no hay Norte ni referencias fuera del yo, del sentimiento o del interés; si tiene el mismo peso una opinión fundada que una frívola; si manipulamos la historia para ponerla a nuestro servicio; si la persona concreta deja de importar; si no hay Dios…; entonces cualquiera puede asegurarse a sí mismo que está en el lado correcto.

Hace unos días asistí a la ordenación de un joven sacerdote. El obispo le recordó que su misión era la de Cristo: darse a sus ovejas, servirlas, conducirlas a Dios. Le preguntó: “¿Quieres unirte cada día más a Cristo, Sumo Sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa, y con Él consagrarte a Dios para la salvación de los hombres?”.

Fuente: eldiadecordoba.es

26 abril 2026

Jesús nos llama por nuestro nombre

 El Papa en el Regina Caeli

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz domingo!

Al continuar nuestro camino por el tiempo pascual, el Evangelio de hoy nos presenta las palabras de Jesús, que se compara con un pastor y luego con la puerta del redil (cf. Jn 10,1-10).

Jesús contrasta al pastor con el ladrón. De hecho, afirma: «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón y un asaltante» (v. 1). Y más adelante, de modo aún más claro: «El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia» (v. 10). La diferencia es clara: el pastor tiene un vínculo especial con sus ovejas y, por lo tanto, puede entrar por la puerta del redil; si alguien, en cambio, necesita saltar la cerca, entonces sin duda es un ladrón que quiere robar las ovejas.

Jesús nos dice que está unido a nosotros por una relación de amistad: nos conoce, nos llama por nuestro nombre, nos guía y, como hace un pastor con sus ovejas, viene a buscarnos cuando estamos perdidos y venda nuestras heridas cuando estamos enfermos (cf. Ez 34,16). Jesús no viene como un ladrón para robarnos la vida y la libertad, sino para guiarnos por el camino correcto. No viene a secuestrar ni a engañar nuestra conciencia, sino a iluminarla con la luz de su sabiduría. No viene como si fuera a contaminar nuestras alegrías terrenales, sino a abrirlas a una felicidad más plena y duradera. Quienes confían en Él no tienen nada que temer; Él no menosprecia nuestra vida, sino que viene a dárnosla en abundancia (cf. v. 10).

Hermanos y hermanas, estamos invitados a reflexionar y, sobre todo, a vigilar nuestros corazones y nuestras vidas, porque quienes entran en ellos pueden multiplicar la alegría o, como un ladrón, pueden robárnosla. Los “ladrones” pueden adoptar muchos rostros: son aquellos que, a pesar de las apariencias, coartan nuestra libertad o no respetan nuestra dignidad; son creencias y prejuicios que nos impiden tener una visión clara de los demás y de la vida; son ideas erróneas que pueden llevarnos a tomar decisiones negativas; son estilos de vida superficiales o consumistas que nos vacían interiormente y nos impulsan a vivir siempre fuera de nosotros mismos. Y no olvidemos tampoco a esos “ladrones” que, saqueando los recursos de la tierra, librando guerras sangrientas o alimentando el mal en cualquiera de sus formas, no hacen más que arrebatarnos a todos la posibilidad de un futuro de paz y serenidad.

Podemos preguntarnos: ¿quién queremos que guíe nuestras vidas? ¿Quiénes son los “ladrones” que han intentado entrar en nuestro interior? ¿Lo han logrado, o hemos podido rechazarlos?

Hoy el Evangelio nos invita a confiar en el Señor: Él no viene a robarnos nada; al contrario, es el Buen Pastor, que multiplica la vida y nos la ofrece en abundancia. Que la Virgen María nos acompañe siempre en nuestro camino e interceda por nosotros y por el mundo entero.

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Palabras después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy se conmemora el 40º aniversario del trágico accidente de Chernóbil, que marcó la conciencia de la humanidad. Este hecho sigue siendo una advertencia sobre los riesgos inherentes al uso de tecnologías cada vez más potentes. Encomendamos a la misericordia de Dios las víctimas y aquellos que aún sufren las consecuencias. Espero que, en la toma de decisiones a todos los niveles, prevalezcan siempre el discernimiento y la responsabilidad, para que todo uso de la energía atómica esté al servicio de la vida y la paz.

Y ahora me dirijo a ustedes, romanos y peregrinos de diversos países: ¡bienvenidos!

Saludo a los Caballeros y Damas de la Orden de San Jorge, Orden Europea de la Casa de Habsburgo-Lorena. Saludo a los niños del grupo de danza “Malva”, de Brovary, Ucrania; al Coro Cantica Sacra de la Arquidiócesis de Trnava, Eslovaquia; a los fieles de Viena, Madrid y las Islas Canarias; y a los directores y profesores del Colegio “São Tomás” de Lisboa.

Saludo al numeroso grupo de jóvenes de Val Camonica (Diócesis de Brescia) y a los jóvenes monaguillos de Biadene y Caonada; así como a los fieles de Treviso, Vicenza, Crotone y Cariati, Oria y Lecce; y a los participantes en el congreso de la Asociación Apóstoles de la Divina Misericordia.

Un saludo especial a las familias y amigos de los nuevos sacerdotes de la Diócesis de Roma, a quienes ordené esta mañana en la Basílica de San Pedro: acompañen siempre con sus oraciones a estos jóvenes ministros del Evangelio.

Les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

25 abril 2026

La puerta de las ovejas

4º Domingo de Pascua 

Evangelio (Jn 10,1-10)

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las conduce fuera. Cuando las ha sacado todas, va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños.

Jesús les propuso esta comparación, pero ellos no entendieron qué era lo que les decía.

Entonces volvió a decir Jesús:

— En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Comentario

Jesús utiliza una alegoría bien conocida en los textos bíblicos del Antiguo Testamento. Es la del pastor que cuida de su ganado. Pero ahora llama la atención el hecho de que antes de presentarse como Buen Pastor, diga de sí mismo que “yo soy la puerta de las ovejas” (v.7).

Al igual que Dios había hecho con el pueblo de Israel, también en la Iglesia se servirá de “pastores” que cuiden de sus “ovejas”. Ahora bien, les deja algo claro a todos: sólo es “buen pastor” el que conduce a las ovejas hacia la única “puerta” que es Cristo. El que intenta llevarlas a otro lugar es un farsante al que no hay que seguir porque “el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador” (v.1).

De modo muy gráfico dice Jesús que el mal pastor “salta” por otra parte, utilizando un verbo que evoca la acción de quien trepa para llegar a un sitio donde no debería estar. Previene así del peligro de servirse de la Iglesia, e incluso del puesto que se ocupa en ella, para el propio provecho personal. El profeta Ezequiel ya había denunciado en su tiempo esa actitud: “¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos: ¿no son los rebaños lo que deben apacentar los pastores? Os alimentáis de su leche, os cubrís con su lana y matáis las reses más cebadas, pero no apacentáis el rebaño. No habéis robustecido a las débiles ni sanado a las enfermas. No habéis vendado a la herida ni habéis recogido a la descarriada. No habéis buscado a la que se había perdido” (Ez 34,2-4).

Benedicto XVI, en una homilía pronunciada en 2009 durante la inauguración del año sacerdotal, decía: “¿Cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en ‘ladrones de las ovejas’, ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con lazos de pecado y de muerte? También se dirige a nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a la Misericordia divina; asimismo, debemos dirigir con humildad una súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar”. De ahí la importancia de que todos recemos por la santidad de los sacerdotes y para que nunca falten los buenos pastores en la Iglesia.

Por su parte, “Cristo, Buen Pastor, se ha convertido en la puerta de la salvación de la humanidad, porque ha ofrecido la vida por sus ovejas. Jesús, pastor bueno y puerta de las ovejas, es un jefe cuya autoridad se expresa en el servicio, un jefe que para mandar dona la vida y no pide a los otros que la sacrifiquen. De un jefe así podemos fiarnos -decía el Papa Francisco-, como las ovejas que escuchan la voz de su pastor porque saben que con él se va a pastos buenos y abundantes. Basta una señal, un reclamo y ellas siguen, obedecen, se ponen en camino guiadas por la voz de aquel que escuchan como presencia amiga, fuerte y dulce a la vez, que guía, protege, consuela y sana”.

El buen pastor es el que, a ejemplo de Cristo, se sabe humildemente al servicio de los demás, y no busca nada para sí mismo. “Permitidme un consejo -propone San Josemaría-: si alguna vez perdéis la claridad de la luz, recurrid siempre al buen pastor. ¿Quién es el buen pastor? El que entra por la puerta de la fidelidad a la doctrina de la Iglesia; el que no se comporta como el mercenario que viendo venir el lobo, desampara las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y dispersa el rebaño. Mirad que la palabra divina no es vana; y la insistencia de Cristo –¿no veis con qué cariño habla de pastores y de ovejas, del redil y del rebaño?– es una demostración práctica de la necesidad de un buen guía para nuestra alma”.

Fuente: opusdei.org

24 abril 2026

El maravilloso caos del corazón de una madre

Pilar Castañón


Un gran reconocimiento a «la colaboración maravillosa de la mujer en la creación más importante del mundo, de todo lo que las mujeres podrías nunca hacer», como es dar vida.

Todos los años, después de los Oscar tenemos el bombardeo de los vestidos más bonitos, de las mejor peinadas, de las más explosivas y de más y más…

Este año hubo una gran sorpresa. La ganadora del Óscar a la mejor interprete femenina, Jessie Buckely, dedicó su premio ayer a las madres, ¡las madres!, todas las madres en general que representan la maternidad. Esa maternidad que está tan denostada hoy día. La protagonista de la noche dio las gracias al equipo, a todo el equipo con el que trabajó durante el rodaje y a su directora, a las personas que han hecho posible el éxito de Hamnet, pero también reconoció a sus padres, a quienes le dieron la vida y alas para volar, a los que le enseñaron a soñar y luchar por los sueños. Sorprendentemente también, entre risas de vergüenza y alegría, reconoció el amor que tiene a su marido, el amor que ha hecho posible que ella lesa madre, y al que dijo que tendría 20.000 hijos más con él, nada más y nada menos… deseo que no se si llegará a crear más polémica que la que lleva acosando a la joven madre de 9 hijos  Hannah Neeleman (@ballerinafarm).

Así, con esa forma sencilla y alegre dio testimonio del amor, del amor matrimonial y de la familia que está deseando aumentar por lo que dicen sus palabras. Dio las gracias a su bebé de ocho meses, a quien debe sin duda la aventura de ser madre, y a este viaje para conocer la capacidad del amor de una madre, y así entonces, poder dedicar el premio al maravilloso caos del corazón de una madre.

Tuvo la gran idea de reconocer que todos estamos aquí, en el mundo, gracias a que nuestras madres dijeron si a la vida, fueron generosas, porque “todos venimos de un gran linaje de mujeres que siguen creando contra todo lo que le pongan por delante”, dijo, que a pesar de las contrariedades siguen creando. Sus palabras, en estos momentos en que se impone el aborto como un derecho, al que se le quiere institucionalizar ello como una ayuda a la mujer, en lugar de institucionalizar las ayudas para que su realización como madres sea lo más fácil posible y estén acompañadas cuando tienen que afrontarlas en soledad, han sido un solo de aire fresco. Han sido un gran reconocimiento a «la colaboración maravillosa de la mujer en la creación más importante del mundo, de todo lo que las mujeres podrías nunca hacer», como es dar vida.

Jessie, habló sin complejos de la maravilla de la maternidad, del amor a su hija y a su marido, del valor de la familia, y al reconocer a sus padres, del papel de la familia en la educación de las personas. La presencia de sus padres, animándola a trabajar para llegar a donde ha llegado, y la importancia de vivir amando.

Colaboración maravillosa de la mujer en la creación más importante del mundo, de todo lo que las mujeres podrías nunca hacer, como es dar vida

Lo más importante de la noche fue sin duda el mensaje de que el amor y entrega de una madre es algo fundamental en la vida y es, sin duda, lo que determina lo que somos y a lo que aspiramos, en primer lugar por darnos la vida, y luego por el amor, el caos del corazón. Ese caos ocasionado por el querer llegar a todo, por tener a la familia en el centro de todo, por esa elección de vida que da vida a otros, por la preocupación para que otros salgan adelante, por el trabajo silencioso de criar, de educar, de entregarte a la familia y hacer encaje de bolillos, como diríamos aquí, para que todo salga, y sale…

Fuente: womanessentia.com

23 abril 2026

Memoria y edad. Envejecimiento

José Luis Velayos

Vivir es lo que materialmente se puede considerar como lo más positivo que tenemos. Con el tiempo, se produce una progresiva disminución de la vitalidad orgánica, que desemboca en la muerte. Es la realidad, no es una consideración pesimista. Siempre, en todo momento, desde la concepción, desde la fusión del espermio paterno y el óvulo materno hasta la muerte, durante el tiempo biológico propio de cada individuo, se trata de una vida humana, de la vida de un ser humano.

Creer en la dignidad de la vida humana es esencial. No hay argumentos ni razones suficientes que justifiquen el aborto o la eutanasia. Quizá la justificación que algunos esgrimen sea producto de una “anestesia” de la solidaridad, o más bien de la conciencia; y, muchas veces, debido a la ausencia de una concepción cristiana de la vida, aunque la defensa de la vida no es un asunto primariamente de tipo religioso; hay, en efecto, defensores de la vida que se confiesan ateos.  

¿Cómo se produce el envejecimiento?

El sistema óseo es el primero en envejecer; y cada sistema orgánico tiene su ritmo propio, e influenciándose, interactuando entre sí los distintos componentes corporales y mentales.  

El envejecimiento del sistema nervioso (es el sistema que envejece más tarde) se manifiesta principalmente, e inicialmente, en las alteraciones de la memoria (sobre todo por afectación del hipocampo, entre otras estructuras). Se produce una alteración de las funciones intelectivas (como consecuencia de  la afectación de las cortezas asociativas). Hay una disminución de la capacidad de previsión (especialmente por afectación del cortex prefrontal, corteza muy desarrollada en la especie humana), Hay además alteraciones del ritmo vigilia-sueño (el anciano generalmente duerme poco, y a menudo a deshora).

Al mismo tiempo, van envejeciendo  los órganos de los sentidos, por lo que a los síntomas y signos señalados, acompaña una insuficiente captación de la realidad tanto externa como interna.

Con el tiempo se producen olvidos y tergiversación de los recuerdos. Hay hechos que quedan grabados profundamente en la mente, engramas que parecen permanecer en la memoria; pero también se producen modificaciones en el recuerdo, debido a que en la persona mayor las estructuras cerebrales  están peor irrigadas que en el joven; y desaparecen conexiones, al mismo tiempo que se marcan más algunas de ellas. A la larga, en mayor o menor medida, se afecta la memoria.

Se recuerdan mejor que lo reciente los hechos del pasado, sobre todo si los tales se marcaron con un tinte emocional: la Primera Comunión, el matrimonio, el nacimiento del primer hijo, la obtención de un título especial, anécdotas especialmente emotivas, la vivencia de una catástrofe, etc., etc.

Y al mismo tiempo, con la edad, hay modificaciones en la esfera emocional, por afectación del sistema límbico: la persona mayor se emociona más fácilmente, e incluso algunos lloran más que cuando eran jóvenes. Es muy positivo que la persona mayor sea consciente de estos avatares; el conocimiento es una buena defensa.

Una buena profilaxis frente al envejecimiento es que el mayor no deje la actividad intelectual, y que siga estudiando, leyendo, escribiendo, rezando, interesándose por la actualidad, pensar menos en sí mismo, relacionarse con los demás, pasear, hacer ejercicio, comer lo preciso, no abusar del alcohol ni de los estimulantes, etc. Son medidas de sentido común, que el individuo ha de practicar siempre, no solo cuando siente que va envejeciendo. Es importante no abandonarse; y por otra parte, no es bueno que el mayor tenga “complejo de anciano”.

No es peyorativa la palabra “viejo”. Quizás sea mejor hablar más de “viejos” que de “ancianos”. Y es que los vinos viejos pueden competir con los vinos jóvenes.

Actualmente, como consecuencia de las formidables medidas higiénicas y los espectaculares avances médicos, unido a un descenso de la natalidad, el número de personas mayores va creciendo considerablemente. Se calcula que pronto la media de la edad de fallecimiento será de 85 años.

Y es un hecho que el viejo puede seguir siendo útil. Precisamente, bastantes personas de edad avanzada llegan al culmen de su productividad artística, política, cultural, y hasta deportiva. En este sentido, hay muchos ejemplos de hombres y mujeres provectos que han sido (y son) faros luminosos para su entorno y para la sociedad. La Historia está llena de tales ejemplos.

El ser humano, cualquiera que sea la edad, es falible, pero si nos arrepentimos (y confesamos) de nuestros pecados, Dios, que no es viejo, que es siempre joven y generoso, olvida y perdona. Dios nunca dirá: “perdono, pero no olvido”.

Fuente: almudi.org

22 abril 2026

Convivir en tiempos de tensión: la hospitalidad como forma de encuentro

Sofía Roux Tercero

Avance

Las fronteras no son solo líneas que separan territorios. También son espacios donde las diferencias culturales, religiosas e históricas se encuentran, conviven y, en ocasiones, entran en tensión. En un mundo marcado por la movilidad, la diversidad y los conflictos, comprender cómo es posible vivir juntos en estos contextos se vuelve una cuestión central.

En este escenario, la hospitalidad aparece entonces como una práctica clave. No se limita a gestos de cortesía, sino que implica reconocer al otro, acoger la diferencia y construir formas de convivencia en contextos complejos. Pero ¿cómo se vive la hospitalidad cuando existen identidades fuertes, memorias históricas diversas y normas que regulan la vida en común? Como señalan diversos estudios, la hospitalidad puede entenderse no solo como valor individual, sino como una práctica social que organiza la relación con el otro (Reckwitz, 2017; Lamont, 2018).

A partir del análisis de una ciudad situada entre dos continentes, este artículo explora cómo la hospitalidad se manifiesta en espacios simbólicos, religiosos y cotidianos y se analiza, en concreto, la arquitectura sagrada de Estambul.

En el texto, lejos de idealizar la convivencia, se propone entenderla como un proceso en constante construcción, donde la apertura al otro convive con límites, normas y tensiones. En este contexto, la hospitalidad se presenta como una condición fundamental para pensar la ciudadanía en sociedades diversas.

Artículo

¿Qué significa convivir cuando la diferencia no es la excepción, sino lo habitual? En algunos lugares del mundo, la convivencia entre culturas no es una opción, sino una condición cotidiana. Ahí, personas con tradiciones, creencias y formas de vida distintas comparten calles, instituciones y ritmos de vida, generando dinámicas complejas de relación.

Estas realidades permiten ver cómo se construye la convivencia cuando no existe una identidad única que la sostenga. En lugar de la homogeneidad, lo que aparece es la necesidad de articular diferencias, establecer acuerdos y encontrar formas de coexistencia que no eliminen la diversidad.

Construir la convivencia en la diferencia

En este contexto, la hospitalidad adquiere un papel central. No se trata únicamente de recibir al otro, sino de reconocerlo como alguien con quien se comparte un mismo espacio. La hospitalidad implica apertura, pero también límites, normas y formas de organización que hacen posible la convivencia. Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto es posible acoger al otro sin renunciar a la propia identidad?

Algunas ciudades, situadas en puntos de cruce entre culturas, permiten observar con claridad estas dinámicas. En ellas, la historia, la religión y la vida cotidiana se entrelazan para configurar formas específicas de relación con el otro. Históricamente, estos territorios han sido escenarios de intercambio cultural, religioso y económico (Faroqhi, 2004). Estos espacios funcionan como verdaderos laboratorios donde se ensayan modos de convivencia en contextos de diversidad. Como advierte Derrida (2000), toda hospitalidad real se mueve entre una apertura ideal al otro y una hospitalidad regulada por condiciones concretas.

¿Puede la hospitalidad sostener la memoria sin borrar la diferencia?

En los espacios simbólicos, como iglesias, mezquitas y sinagogas, la hospitalidad se expresa de manera especialmente significativa. Son lugares que conservan huellas de distintas tradiciones a lo largo del tiempo. En ellos, elementos de diversas culturas conviven en un mismo ámbito, haciendo visible una memoria compartida que no siempre ha estado exenta de tensiones. No es una convivencia simple, esta superposición de significados muestra que la convivencia no implica borrar el pasado, sino aprender a habitarlo.

Otros entornos, en cambio, mantienen una identidad claramente definida. En ellos, la hospitalidad se organiza a través de normas explícitas: formas de vestir, comportamientos esperados o tiempos de acceso. Lejos de contradecir la acogida, estas reglas la hacen posible, ya que permiten preservar el sentido del lugar mientras se abre al visitante. En estos casos, acoger no significa diluir la identidad, sino compartirla desde un marco definido. Desde la filosofía de la alteridad, este reconocimiento del otro es el fundamento de toda relación ética (Levinas, 1969).

Desde esta perspectiva, en contextos contemporáneos la hospitalidad se vincula con la ciudadanía democrática, especialmente en sociedades plurales donde es necesario equilibrar reconocimiento y regulación (Benhabib, 2004).

El ejemplo de Estambul y su arquitectura religiosa

A lo largo de su historia —Bizancio, Constantinopla, Imperio Otomano y República de Turquía— Estambul ha sido territorio de tránsito, comercio y encuentro entre pueblos. Su posición estratégica entre Europa y Asia la convirtió durante siglos en un eje fundamental de intercambio cultural, religioso y económico (Faroqhi, 2004). Esta condición geográfica e histórica la configura como un espacio privilegiado para comprender la hospitalidad en contextos de diversidad histórica y social.

La hospitalidad en Estambul no se reduce a gestos individuales ni a prácticas circunstanciales de acogida; se configura como una estructura histórica que ha permitido la coexistencia —no siempre exenta de conflicto— de múltiples credos, lenguas y memorias culturales.

Ejemplo de ello son sus arquitecturas sagradas: Santa Sofía y la Mezquita Azul. La primera constituye un símbolo elocuente de hospitalidad histórica. Construida como basílica cristiana en el siglo VI bajo el Imperio Bizantino, convertida en mezquita tras la conquista otomana en 1453, posteriormente declarada museo durante el periodo republicano y nuevamente designada como mezquita en la actualidad, el edificio refleja capas sucesivas de significado que no se cancelan entre sí, sino que se superponen. Cada transformación no implicó una simple sustitución funcional, sino una reconfiguración simbólica que incorporó nuevas narrativas sin borrar completamente las anteriores (Trantas, 2025). En su materialidad arquitectónica, Santa Sofía conserva la memoria de los distintos momentos políticos y religiosos que la han atravesado, convirtiéndose en un testimonio tangible de la historia compartida —y disputada— de la ciudad.

La coexistencia visible de mosaicos cristianos y elementos islámicos materializa una forma singular de hospitalidad simbólica: el reconocimiento tangible de narrativas históricas diversas en un mismo espacio. Las imágenes de la tradición bizantina, parcialmente preservadas, conviven con la caligrafía islámica y con los dispositivos litúrgicos propios de la práctica musulmana. Esta convivencia no elimina la tensión inherente a los cambios de uso y significado, pero sí pone en evidencia una disposición a integrar huellas del pasado en la configuración presente del lugar. Santa Sofía se presenta así como un espacio donde la memoria no es completamente expulsada, sino reinscrita, permitiendo que diferentes tradiciones permanezcan visibles y dialoguen desde su propia especificidad.

La Mezquita Azul ofrece una experiencia distinta: se trata de un espacio religioso plenamente vivo, en el que la práctica litúrgica continúa estructurando el uso y el significado del lugar. Construida a comienzos del siglo XVII bajo el sultán Ahmed I, la mezquita forma parte del conjunto de mezquitas imperiales otomanas concebidas no solo como monumentos arquitectónicos, sino como complejos religiosos y sociales activos (Kuban, 2010). A diferencia de edificios convertidos en museos, aquí la función espiritual permanece central. El acceso está regulado por normas claras relacionadas con la vestimenta, los horarios de oración y el comportamiento dentro del recinto. El visitante es recibido con apertura y cortesía, pero dentro de un orden previamente establecido que preserva el carácter sagrado del espacio.

Esta configuración permite observar que la hospitalidad auténtica no supone la dilución de la identidad del anfitrión ni la neutralización de su tradición. Por el contrario, implica la capacidad de acoger desde una pertenencia sólida y explícita. La regulación no contradice la hospitalidad; la estructura y la hace posible, pues define los límites dentro de los cuales el encuentro puede darse sin que el espacio pierda su significado religioso. La norma, en este contexto, opera como condición de convivencia y como expresión de una identidad que se mantiene visible y coherente.

Hospitalidad, interés y vida cotidiana

Más allá de los grandes monumentos, la hospitalidad también se construye en la vida cotidiana. En mercados, calles o espacios públicos, la relación con el visitante combina gestos de cercanía con dinámicas económicas propias de una ciudad global. La cordialidad, la conversación inicial o pequeños rituales sociales forman parte de una tradición de acogida, pero también se insertan en contextos de intercambio y negociación. ¿Se trata de hospitalidad o de interés? Probablemente, un poco de ambas cosas.

Esta ambivalencia ha sido señalada por Bauman (2016), quien advierte que las sociedades actuales oscilan entre la apertura al otro y su percepción como posible amenaza o recurso económico. Esta realidad muestra que la hospitalidad no es una práctica idealizada. Está atravesada por intereses, normas y tensiones. El visitante puede ser recibido como huésped, pero también como cliente o como desconocido. Aun así, en medio de estas ambivalencias, persisten formas de reconocimiento que hacen posible la convivencia.

En este sentido, la ciudadanía no puede entenderse únicamente como un estatus legal. También implica participar en un espacio compartido, relacionarse con otros y construir vínculos en contextos de diversidad. Las ciudades globales, como señala Sassen (2001), son escenarios donde se redefinen constantemente las formas de pertenencia. La hospitalidad contribuye a este proceso al facilitar el encuentro entre personas distintas y al generar condiciones para la convivencia.

Sin embargo, acoger al otro no es un proceso sencillo. Requiere disposición, tiempo y, en muchos casos, la capacidad de cuestionar prejuicios propios. También implica aceptar que la convivencia no elimina el conflicto, sino que lo gestiona.

Los territorios de frontera, ya sean geográficos o simbólicos, muestran con especial claridad esta complejidad. Lejos de ser únicamente espacios de separación, pueden convertirse en lugares donde se ensayan nuevas formas de relación basadas en el reconocimiento, el respeto y la negociación.

En un mundo atravesado por tensiones constantes, convivir no es un punto de partida, sino una tarea en construcción. La hospitalidad no elimina las diferencias ni resuelve los conflictos, pero abre un espacio donde el otro deja de ser una amenaza. Y en ese pequeño desplazamiento —casi imperceptible— se decide algo mayor: si todavía es posible vivir juntos.

Fuente: nuevarevista.net

Lúcida reflexión sobre los fallos del actual sistema educativo y su mejora

Benigno Blanco Rodríguez

Dos libros, uno de Alicia Delibes y otro de José María Barrio, aciertan en su análisis de la enseñanza contemporánea.

A cualquiera que le preocupen los problemas de los jóvenes debe preocuparle el sistema educativo. Por eso, los estudios serios, documentados y basados en un conocimiento práctico de nuestra escuela me parecen dignos de toda atención; y por eso mismo estoy desde hace años pendiente de lo que publica Alicia Delibes Liniers, pues en ella concurren largas décadas como profesora en centros escolares públicos y privados en España y en el extranjero, gestión política en la Consejería de Educación de la comunidad autónoma de Madrid, presencia en organismos internacionales competentes en materia educativa como OCDE y Unesco y observadora de la evolución del sistema desde un órgano privilegiado como es el Consejo Escolar de la CAM que presidió varios años. Además, Alicia piensa y estudia; no se limita a observar.

Publica ahora esta autora El suicidio de Occidente. La renuncia a la transmisión del saber (Ed. Encuentro, 2024, 359 págs.), libro que aporta muchas luces para hacer un diagnóstico de fondo, más allá de las anécdotas políticas y legislativas del día a día, sobre los aciertos y fallos del actual sistema educativo. Su perspectiva no es solo la local española ni la del corto plazo político, sino que en este libro se asoma con documentada solidez a la deriva de la educación en Occidente desde la Revolución francesa hasta la actualidad, con especial atención a la inflexión que supuso y puso de manifiesto el mayo del 68 francés.

En la primera parte del libro analiza la autora el pensamiento de Rousseau y su influencia determinante en el diseño de las pedagogías modernas que han generado sistemas educativos contrarios a la transmisión del saber y que han otorgado a los Estados el poder de redefinir al nuevo ser humano que cada ideología de moda ha ido promoviendo, convirtiendo la escuela en instrumento de manipulación política de la juventud al servicio de las ideologías políticas de moda o con mando en plaza.

En la segunda parte, Delibes analiza la revolución educativa promovida en USA en el siglo XX por las doctrinas de John Dewey y las transformaciones en la escuela en Europa a partir del mayo 68, fenómenos que siguen la línea de Rousseau de romper con la escuela como transmisora de conocimientos y promueven su conversión en agente de cambios políticos e ideológicos.

Con profundo conocimiento de la historia de las ideas sobre la educación y de los sistemas educativos, Alicia Delibes intercala en su relato lúcidas críticas a los pensadores citados hechas en nombre de la libertad y el sentido común por autores cuyo pensamiento merece la pena recuperar pues ya previeron los desastres que las nuevas pedagogías iban a generar. Así la crítica a Rousseau se pone en boca del pensador liberal Isaiah Berlín (págs. 51 y ss.), de la refutación de Dewey se encarga Hanna Arendt (págs. 92 y ss.) y del análisis crítico de la ideología del mayo 68 francés el intelectual liberal Raymond Aron (págs. 112 y ss.).

De la mano de la autora, comprobamos que las ideas no son inocuas y que todos los errores que hemos cometido y seguimos cometiendo eran previsibles y fueron previstos y anunciados por pensadores solventes que no renunciaron a pensar sobre el mundo moderno desde la tradición humanista de Occidente sin dejarse obnubilar por las ideologías modernas enloquecidas.

Otro acierto del libro de Delibes es que no se circunscribe al análisis de las ideas que han ido inspirando los sistemas educativos modernos en los dos últimos siglos, sino que también analiza -país a país- la evolución de estos sistemas según las ideas pedagógicas que han inspirado al legislador y al gestor. Con la autora podemos seguir qué ha pasado en USA, Francia, Alemania, Gran Bretaña y, por supuesto y con especial detalle, España. Este libro nos lleva con soltura y equilibrio del mundo de las ideas que determinan las políticas públicas educativas a la realidad de los sistemas educativos que esas políticas e ideas han generado, con sus éxitos y fracasos.

En la tercera y cuarta parte del libro la autora extiende su estudio a lo que ha sucedido con la escuela en la última parte del siglo XX y en el XXI con la misma metodología: análisis de las ideas pedagógicas y realidad de la escuela. Cualquiera de nosotros podrá reconocer en sus análisis lo que vivimos en la escuela de nuestros alumnos, hijos y nietos hoy; y quizá de la mano de Delibes podremos identificar con precisión el porqué de lo que nos gusta o no de lo que vemos.

La tesis de Alicia Delibes es que Occidente se está suicidando porque ha renunciado a transmitir en la escuela la sabiduría tradicional de nuestra civilización sobre el ser humano en un sistema de libertad de educación, para poner la escuela al servicio de las revoluciones ideológicas de moda que el Estado en cada momento y lugar decide promover. En coherencia con su análisis, Delibes dedica la última parte de su obra a presentar el pensamiento de seis autores que han defendido la libertad de educación en los últimos siglos: Tocqueville, John Stuart Mill, Russell (discutible elección en mi opinión), von Hayek, Revel y Scruton.

Un estupendo complemento del libro de Delibes -especialmente para profesionales de la educación- es el más reciente libro de José María Barrio, Sócrates en el aula. Lo que la filosofía puede enseñar a la educación (Ed. Encuentro, 2026, 186 págs.), obra en la que el autor defiende la esencia de la educación como transmisión del saber ayudando al alumno a pensar, en la mejor tradición socrática. Leer a José María Barrio es un verdadero placer intelectual.

Fuente: religionenlibertad.com