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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

14 septiembre 2026

No perder comba

José Antonio García-Prieto Segura

‘La gracia nunca se pierde. Si tú no la aprovechas, irá a parar a otro; tú verás, pero me gustaría que la aprovecharas tú’.

                   Algunos sucesos de actualidad suelen dar origen a los artículos que escribo. Testimonio de ello son todos los últimos que han visto la luz. Así, las pausas de hidratación del Mundial de fútbol, o la taimada presencia del demonio en Medjugorje, y no digamos nada el famoso eclipse de agosto, me han servido para unos comentarios siempre de carácter trascendente, tratando de elevar la mirada del lector.

          En el último de todos, titulado “De Calcuta a la Amazonia ecuatoriana, pasando por Bilbao”, recogía los testimonios de dos jóvenes vascos que ofrecían idénticas experiencias, a raíz de un trabajo humanitario en países tan distantes como India y Ecuador. Y justo entre los múltiples mensajes recibidos de los lectores, Félix decía escuetamente: “Gracias D. José Antonio. ¡No pierde comba! ¡Me ha gustado el artículo!”.

Enseguida pensé que Félix acababa de darme el título y tema de este artículo. Por eso, siempre en línea con la dimensión trascendente que decía, y esta vez en sumo grado, le contesté: “Por cierto: quien pone y voltea la comba es el Señor, como bien sabes. Aprovecho para pedirte un Ave María y así, a una con Ella, Él no deje de poner y mover la comba.”

Como es sabido, este juego infantil tiene su divertido intríngulis para impedir que, con los saltos rítmicos del jugador, su cabeza y pies no se enreden ni tropiecen con la comba que gira de modo incesante alrededor de su cuerpo. Implica agilidad y destreza, ya sean uno o varios los niños que participen en el salto. Y no deja de producir alegría y contento en los pequeños al vencer una y otra vez, el desafío de la comba.

Se entiende así que este juego haya originado la expresión de “no perder comba”, para referirse a no desaprovechar las oportunidades que nos salen al paso en los incesantes retos y giros de la vida. Pero lo habitual no serán grandes desafíos sino pequeñas circunstancias que, aprovechadas con esfuerzo y cierto espíritu de sacrificio, nos mejoren humanamente. Si además somos cristianos y vivimos de fe, comprendemos que es Dios mismo quien, en última instancia, mueve la comba y nos ofrece esas oportunidades en lo ordinario de cada jornada.

Esta realidad la vemos refrendada por Cristo mismo quien, a propósito de aprovechar las llamadas divinas para mejorar nuestra vida, toma pie, precisamente, de los juegos infantiles. Eran llamadas que a veces podían antojarse muy exigentes, como las de Juan Bautista, y otras demasiado ancha manga. ¿El resultado?: que muchos judíos perdieron comba, rechazando unas y otras, los planes salvadores de Dios. Fue la situación denunciada por Jesús que un día se dirigió a sus oyentes con estas palabras:

“¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: ’Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado cantos fúnebres, y no os habéis lamentado.’ Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene.’ Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.’ Y la Sabiduría se muestra por sus obras.” (Mt 11, 16-19). Perdieron comba.

Pensemos que Dios-Padre nos espera, como decíamos antes, en las circunstancias más corrientes y también en las extraordinarias de nuestra vida. En ningún momento dejamos de estar bajo sus cuidados paternos ofreciéndonosla gracia para santificar los más insignificantes quehaceres, sin perder comba. Y llegado el caso, también los eventos más inesperados y dolorosos que puedan acontecernos. Lo ilustraré con lo sucedido a José Esparza, un empresario del sector harinero en Lodosa, fallecido en 2018.

Lo conocí y nos tratamos algo hace muchos años. Ofrezco su propio testimonio tomado del libro “Luces desde Lodosa”, inspirado en su trayectoria vital como supernumerario del Opus Dei. Retrata su empeño de santidad a través de su tarea como esposo y padre de familia numerosa, de su trabajo profesional, de los compromisos sociales del municipio y de la comarca navarra donde vivió, y de las circunstancias más corrientes de su vida.

Pero deseo resaltar un suceso en los momentos últimos de su vida, en los que no perdió comba ante el sufrimiento extra que el Señor le envió. Vale la pena la cita larga tomada del mencionado libro. Ocurrió durante un ingreso hospitalario, al detectarle un tumor del que moriría. Dejo la pluma al autor de “Luces de Lodosa”:

“Una errónea práctica médica le produjo grandes dolores hasta el punto de que hubo que aplicarle morfina para aliviarlos. El joven médico, que luego comentó que al darse cuenta de lo ocurrido no pudo dormir esa noche, fue a verlo a la habitación y le explicó con detalle el problema que le había producido esos dolores. José no reconoció en ese momento al médico y le preguntó que cómo lo sabía, y éste confesó noblemente que él mismo había sido el causante, debido a una mala actuación.”

“Lo sorprendente fue a respuesta de José: ‘Pues te quedo muy agradecido. Sí, porque el Señor ha permitido esa equivocación, aunque fuera involuntaria. Y a mí me ha venido muy bien para purificarme más y ofrecer los dolores que sirvan para reparar’. Añadió que él mismo tampoco quería que le hubiera ocurrido eso, pero si el Señor lo había permitido, Él sabría por qué.”

“Unos días después, pidió que llamaran de nuevo al médico y, cuando se presentó, le dijo que se estaba acordando mucho de él y rezando para que aprovechara la gracia que le pudiera venir de Dios por los dolores que estaba padeciendo y ofreciendo a Dios por él. Y dejó caer un argumento que solía emplear, y que ya ha aparecido en estas páginas: ‘La gracia nunca se pierde. Si tú no la aprovechas, irá a parar a otro; tú verás, pero me gustaría que la aprovecharas tú.’” (Luces de Lodosa., pp. 160-161).

Está claro que José aprovechó esa inesperada gracia del Señor y pienso que, siguiendo su testimonio, también lo hizo el joven doctor. Y esto, no solo por el argumento y palabras de José tan claras, sino sobre todo por haberlas visto hechas vida en su paciente. Estimulante ejemplo para animarnos a no perder comba y ayudar a que otros muchos tampoco la pierdan.

Fuente: elconfidencialdigital.com

Publicado por JOQUIVESA en 10:22

Contar con los límites

Juan Luis Selma

Una reflexión sobre los límites humanos y el perdón, a partir de la honestidad con la que la inteligencia artificial admite sus propios fallos.

Me llama la atención la advertencia que suelen hacer las distintas inteligencias artificiales: “No soy perfecta, puedo fallar”. Es un gesto de honradez del que, paradójicamente, a veces carecemos los humanos.

La IA reconoce que puede equivocarse porque trabaja con límites, igual que nosotros. Aunque procese enormes cantidades de información y responda con rapidez, sigue siendo un sistema que depende de datos, patrones e instrucciones. No tiene experiencia directa del mundo, ni intuición, ni ese “olfato” del que hablábamos al mencionar la sindéresis. Por eso admite sus fallos: porque no lo sabe todo, porque interpreta lo que recibe y porque no siempre capta el matiz exacto de lo que queremos decir.

La IA reconoce que no es perfecta y pide indulgencia. Nosotros, para pedir perdón, necesitamos humildad. Ella reconoce sus límites; nosotros, a veces, los escondemos.

El mundo real no es perfecto. El santo tampoco lo es. La mejor persona del mundo tiene su lado oscuro. No existe relación impecable. Es ingenuo pensar que todo debe salir bien para ser feliz. Sin embargo, los patrones culturales y las tendencias rectoras del mundo actual parecen exigir lo contrario:

  • La eficiencia como valor supremo
  • La utilidad como criterio de valor
  • La imagen por encima de la verdad
  • La emoción como brújula rectora
  • La autonomía absoluta
  • El éxito como identidad
  • La novedad como criterio de verdad

Todo esto forma un relato seductor, pero no deja de ser eso: un cuento. Promete mucho y da poco. Nos deja vacíos.

La Biblia, que recoge la sabiduría de siglos y la Palabra de Dios, afirma al final del relato de la Creación que Dios vio que todo era bueno, incluso muy bueno. Pero enseguida muestra cómo el ser humano, instigado por el demonio, prefirió organizarse por su cuenta. Se apartó del bien, perdió el paraíso y, casi inmediatamente, aparece el fratricidio de Caín.

Dios, que nos conoce bien, sabe que estamos heridos, estropeados, lejos de Él. Por eso nos envía a su Hijo para redimirnos y sanarnos. Cuenta con el pecado, con los límites y con las miserias. Cuenta con nuestra necesidad de perdonar y ser perdonados.

El Evangelio de hoy me emociona. Es una parábola, un cuento divino profundamente pedagógico y alentador:

“Se acercó Pedro y le preguntó:

— Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le respondió:

— No te digo que, hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”

Jesús continúa con la historia del rey que perdona una deuda inmensa —diez mil talentos— de manera inmediata y gratuita. Dios sabe cómo somos, nos quiere así y nos sueña mejores. Por eso perdona y da oportunidades. Él carga con nuestros delitos.

La reacción del siervo perdonado nos retrata: “Al salir, encontró a un compañero que le debía cien denarios; lo agarró, lo ahogaba y decía: ‘Págame lo que me debes’.” Nos cuesta perdonar, no nos conocemos. Exageramos las ofensas.

Benedicto XVI invita a reflexionar acerca de lo que implica el perdón. “La ofensa –dice– es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada. El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. En este punto nos encontramos con el misterio de la cruz de Cristo”.

Perdonar de verdad, pedir perdón no es pasar por alto el mal, la ofensa, mirar para otro lado, no tenerla en cuanta. Es algo mucho más profundo, es algo divino que logra sanar el mal, recrear al ofensor. Darle otra oportunidad, una vida nueva.

Si aceptamos que somos pecadores y limitados, si vivimos en la verdad, buscaremos renovarnos y dejarnos purificar por Dios. Comprenderemos a los demás y les ofreceremos un perdón sincero que los hará mejores. Transformaremos el mundo. Lo haremos más humano.

Al contar con los límites, los superaremos con la ayuda divina.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 10:15

13 septiembre 2026

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Mt 18,21-35) nos habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo enseñó y lo atestiguó hasta en la cruz, donde oró al Padre por sus perseguidores con las palabras que todos conocemos:  (Lc 23,34).

En el pasaje de hoy, Pedro interroga al Maestro precisamente sobre este tema: «Señor —le pregunta—, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). Sus palabras revelan un corazón generoso: el número siete, de hecho, simboliza en la Biblia la plenitud, y “perdonar siete veces” significa perdonar con gran generosidad. La respuesta de Jesús, sin embargo, va más allá: «No te digo que hasta siete veces —afirma—, sino hasta setenta veces siete» (v. 22), es decir, más allá de todo límite, sin medida.

Y para aclarar mejor su pensamiento, el Salvador cuenta la parábola de un siervo que tenía, una deuda tan grande con su señor, que era prácticamente imposible de pagar. Aunque por pura misericordia, había obtenido la condonación no había mostrado la misma piedad hacia uno de sus compañeros, y por eso fue reprendido y castigado severamente (vv. 23-30).

Con estas palabras, Jesús nos recuerda que el don y el perdón son la base de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta bondad. Por eso, la gratuidad, que es la fuente de nuestra propia vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia. Lo experimentamos cada día. El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, surgen conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones, dividen a las familias y desencadenan guerras.

Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el horizonte y ha hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol. El mismo san Pedro lo experimentó en varias ocasiones a lo largo de su vida; en particular cuando, tras haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al encontrárselo resucitado a orillas del lago, escuchó una única pregunta: «Simón […], ¿me amas?» (Jn 21,15), acompañada de una invitación: «Sígueme» (v. 19). Exactamente como al principio, el día de su primer encuentro, como si nada hubiera pasado. Y esta caridad, que olvida y sana, supondrá para el primero de los apóstoles la confirmación de su misión.

Pidamos, pues, a la Virgen María, Madre de la Misericordia, que nos ayude a perdonar siempre, incluso cuando resulte difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Hace dos días se cumplieron veinticinco años de los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos de América. Renuevo mi oración por quienes perdieron la vida y por quienes continúan llevando consigo las heridas de aquel trágico día. En un tiempo en el que los conflictos y la violencia afligen a tantos hermanos y hermanas nuestros, invito a todos a rezar para que el Señor conceda al mundo el don de la paz.

El recuerdo del trágico acontecimiento de hace veinticinco años nos impulsa a renovar nuestro compromiso por la paz, ante todo mediante la oración, que confiamos a la intercesión de la Virgen María.

Y ahora, saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos.

Doy la bienvenida a los grupos procedentes de São Paulo, Brasil, y a los llegados de diversos países.

Saludo a los miembros de la Asociación Religiosa Jesús Nazareno Cautivo, residentes en Roma, al grupo del Oratorio Salesiano de Chieri, a los fieles de Dolianova, en Cerdeña, y a los peregrinos llegados desde Asís por la Vía de San Francisco.

Saludo a la “Familia Bellunesa”, junto con la Escuela de Erechim, en Brasil; así como a los motociclistas reunidos para manifestarse en favor de la paz y de la vida.

A todos les deseo un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 13:28

10 septiembre 2026

Setenta veces siete

Domingo 24º del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 18,21-35)

Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:

— Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le respondió:

— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies y le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré todo”. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: “Págame lo que me debes”. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?”. Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.

Comentario

La pregunta de Pedro se refiere a un tema difícil y que a todos nos afecta: la necesidad de perdonar. Esta cuestión se plantea con frecuencia ante los inevitables roces de la vida diaria en la convivencia familiar, con los amigos o en las relaciones profesionales. No es raro que nos sintamos dolidos pensando que alguien nos ha ofendido, despreciado o perjudicado y no una sola vez sino reiteradamente. Perdonar cuesta. Por eso, la pregunta de Pedro nos parece razonable: ¿Tengo que perdonar siempre?.

Benedicto XVI invita a reflexionar acerca de lo que implica el perdón. “La ofensa –dice– es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada. El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. En este punto nos encontramos con el misterio de la cruz de Cristo”.

En efecto, las dificultades que encontramos para perdonar no son tan grandes comparadas con lo que ha hecho Jesucristo por cada uno de nosotros. En esta parábola se expresa muy bien el contraste entre la actitud mezquina de los hombres en perdonar con cálculo y la misericordia infinita de Dios. Un talento equivalía a seis mil denarios y un denario era el jornal diario de un trabajador. Diez mil talentos es una cantidad exorbitante que nos da idea del valor inmenso que tiene el perdón que recibimos de Dios.

San Josemaría nos hace caer en la cuenta de que “las circunstancias de aquel siervo de la parábola, deudor de diez mil talentos, reflejan bien nuestra situación delante de Dios: tampoco nosotros contamos con qué pagar la deuda inmensa que hemos contraído por tantas bondades divinas, y que hemos acrecentado al son de nuestros personales pecados. Aunque luchemos denodadamente, no lograremos devolver con equidad lo mucho que el Señor nos ha perdonado. Pero, a la impotencia de la justicia humana, suple con creces la misericordia divina. El sí se puede dar por satisfecho, y remitirnos la deuda, simplemente porque es bueno e infinita su misericordia”.

Ante tanta generosidad por parte de Dios para con nosotros, ¿cómo no vamos a perdonar a los demás? “Lejos de nuestra conducta, por tanto –sigue concretando san Josemaría–, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido -por injustas, inciviles y toscas que hayan sido-, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravios. No podemos olvidar el ejemplo de Cristo”[3]. Con la mirada puesta en Jesús es como podemos renunciar a todo rencor y mantener nuestro corazón sano y limpio de toda enemistad.

Cuando nos venga la tentación de no perdonar recordemos las palabras del señor misericordioso a aquel siervo despiadado: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” (vv. 32-33). Al experimentar el gozo, la serenidad y la tranquilidad interior que se siente al ser perdonado, podemos con la ayuda de Dios abrirnos a la posibilidad de perdonar.

Fuente: opusdei.org


Publicado por JOQUIVESA en 20:23

Seis consejos de ‘El Principito’ para sobrevivir en una sociedad líquida, impulsiva y sin compromiso

Juan Cadarso

Álvaro Abellán, profesor de Comunicación y Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), ofrece, por el 80 aniversario de la publicación del libro, lo que podría estar pensando el principito de esta sociedad y qué consejos daría.

El mundo vive épocas de cambios continuos y acelerados. Lo que hoy es un dogma inamovible... mañana, o esta misma tarde, es algo pasado de moda. Se cambia de un trabajo a otro sin pestañear y las parejas pasan como los trenes por el andén. Zygmunt Bauman lo llamó "la modernidad líquida". Que alguno, últimamente, ha tenido a bien elevar a estado "gaseoso".

Pero, en este frenético ritmo de vida a veces es bueno, incluso imprescindible, detenerse un rato y escuchar la sabiduría de ciertos personajes, aunque sean, por qué no, de la literatura. Si hay alguien que sabe de moverse de un planeta a otro en muy poco tiempo ese no es otro que el principito. Eso sí, cargado siempre con un saco de verdades profundas que pueden ayudar a combatir la pérdida de rumbo, el sinsentido y la falta de compromiso.

Álvaro Abellán-García es profesor de Comunicación y Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), autor de Yo siempre vi un sombrero. Encuentros con el Principito (Editorial UFV, 2022), y ofrece a los lectores de ReL, en el 80 aniversario de su publicación, lo que podría estar pensando le petit prince de esta sociedad... ¡ah!, y no se olvida de dar algunos útiles y sabios consejos.

1. Escucha a la voz que clama en el desierto:

El desierto es, primero, un lugar físico, marcado por la ausencia. Allí "hay" silencio, carencia de vida y soledad. Esas mismas "ausencias" las encontramos en nuestro mundo, aun rodeados de cosas y personas, mercados y mensajes. Todo habla, pero no dice nada. Todo se mueve tan rápido que nos cuesta reconocer el pulso de la vida natural. Dos juntos es "soledad al cuadrado", recuerda Sabina. El desierto es, también, un estado del alma. Sequedad, falta de orientación, hambre de encuentro. Es un lugar de prueba.

La ventaja del desierto físico es que ayuda a hacer silencio interior. Allí, en el silencio, se prepara la palabra esencial. La que algún día podremos escuchar. La que algún día sabremos pronunciar. Cada uno ha de escuchar la suya. Tal vez sea algo así como "¡Dibújame un cordero!". Un cordero invisible, es decir, esencial, que da continuidad a la vocación del piloto, estrenada con ese elefante comido por una boa.

El principito nos invita a salir del ruido y entrar al silencio, a permanecer allí, aunque incómodos. A esperar la voz. Quizá débil al principio, pero tronará, y una llama prenderá el corazón.

2. Apuesta por tu vocación:

Las decisiones, en nuestro tiempo, están dominadas por el cálculo de resultados. Elegimos conforme al éxito más probable o la opción más segura —¡ay, el miedo!—, y nunca conforme al valor que hace valiosa la vida. El principito descubrió el amor al conocer a su rosa. La abandonó, porque era demasiado joven para saber amarla.

El piloto descubrió su vocación de pintor al leer un libro sobre la selva virgen. La abandonó, porque las personas mayores le dijeron que se ocupara de cosas útiles. Ambos tenían un gran corazón, pero estaba roto, porque dieron la espalda a su vocación.

Elegir la vocación nos sitúa en un camino inseguro, incierto, arriesgado. Para alcanzarla, el principito deberá enfrentarse a la picadura de la serpiente; y el piloto, deberá consolar al principito, olvidando la urgente reparación del motor de su avión. Ambos desechan la opción de sobrevivir a cualquier precio. Optan por orientarse al logro de su vocación, aunque eso signifique, a menudo, tener que soportar muchas orugas, hasta ver volar las mariposas.

Álvaro Abellán-García es autor de una obra sobre el principito. Puedes comprarlo aquí.

3. Ocúpate de lo invisible:

Estamos rodeados de cosas. Las gestionamos. Y entonces aparecen más cosas que gestionar. Vivimos en modo Tetris: nerviosos por lo que se nos viene encima, calculando el modo de encajarlo: que ocupe poco espacio y tiempo. Pero, en modo Tetris, el espacio siempre se acorta y el tiempo siempre se acelera. Solucionamos problemas, pero los problemas crecen.

El principito aprendió del zorro el arte de ver lo esencial, que es invisible a los ojos y sólo se ve bien con el corazón. El piloto aprendió lo mismo de un principito ya maduro. Rilke decía de los hombres que "somos abejas de lo invisible". Pero, ¿qué es esto de "lo invisible"?

Lo invisible escapa al cálculo: no se puede medir, pesar, manejar, controlar. Nos interpela y, si respondemos, nos supera, nos envuelve, nos impulsa, nos gobierna. Nos aguarda detrás de las cosas y nos libera de convertirnos en cosas. Lo invisible es la amistad, el amor, las promesas cumplidas, los vínculos que nos unen a las fuentes de la vida, la sabiduría.

Es el elefante comido por la boa, el cordero dentro de la caja, la fidelidad a una flor que esconde el frágil cuerpo del principito, el fuego interior que obliga al piloto a contarnos su historia, el deseo que se enardece esperando la hora precisa marcada por un reloj, la presencia del amigo en el trigo y de la amada en las estrellas.

Lo invisible es el tesoro que, enterrado en los cimientos de una casa, la encanta; la belleza que se esconde en el desierto, el canto de la roldana que anuncia la llegada del agua fresca, el fuego del hogar protegido del invierno.

4. Abraza a tus amigos en los momentos difíciles:

Hoy el sufrimiento, el dolor, el fracaso, la angustia, el mal… no están de moda. No queremos ver las tumbas. Quedan mal en Instagram. Escondemos nuestras lágrimas. Cuando el amigo llora, lo respetamos en fría distancia, no importunamos su dolor con nuestra presencia. Guardamos los abrazos para el éxito. Aun así, no podemos olvidar que los mejores, los auténticos abrazos, son de tanatorio.

El principito, preocupado porque un cordero inocente pueda, sin embargo, comerse a su amada flor, eleva su preocupación doméstica a drama cósmico: "la guerra entre los corderos y las flores". Es el misterio del mal, un asunto más metafísico que moral, más radical que la identificación de culpables. "¿No es eso importante?", le dice, con lágrimas en los ojos, al piloto.

Algunos males tienen solución. Solucionemos. Somos muy buenos en eso. "Dibujaré un bozal para tu cordero…". Otros males, no la tienen. ¿Qué hacer entontes? El hombre, antes de ser un solucionador de problemas, es una palabra, una promesa, un compromiso, una respuesta. Abracemos. Busquemos al amigo en su hora difícil. Busquemos el abrazo en nuestra hora difícil.

'El principito nos invita a salir del ruido y entrar al silencio, a permanecer allí'.

5. Fortalece los vínculos que te dan la vida:

El mundo actual va muy rápido. Se consume a sí mismo en ritmo acelerado. Hacemos las cosas conforme a una obsolescencia programada: duran poco. La propaganda nos obliga a una obsolescencia percibida: la moda. No sólo nuestro vínculo con las cosas es más débil y corto, también ocurre así con las personas. Cambiamos de ciudad, de trabajo y de hobbies, de familia y de hogar. Sin vínculos fuertes con realidades estables y profundas, quedamos desorientados, desvinculados, a la deriva.

El principito, abandonando a su rosa, visitó hasta seis planetas cercanos al suyo, con la esperanza de instruirse y hacer amigos. No tuvo éxito. Cada planeta estaba habitado por un solo hombre. En el mundo de cada uno de estos personajes, conforme a la lógica de sus pensamientos y acciones, no cabía nadie más.

El hombre de negocios, el rey, el farolero, el geógrafo y el vanidoso eran, más o menos, como el bebedor, quien bebe para olvidar que tiene vergüenza de beber. Un círculo vicioso. El séptimo planeta que visita será la tierra. Está habitada por miles de hombres de negocios, reyes, faroleros… personas encerradas en su mundo, donde no cabe nadie más.

En el desierto de la tierra había un zorro. Él enseñó al principito la importancia de domesticar y ser domesticado. Es decir, de hacerse a la "domus" o casa del otro; y de hacer al otro de la propia casa. Para domesticarnos unos a otros son necesarios los ritos: espacios, tiempos y acciones que, por habituales, hacen de ese lugar, esa hora y ese encuentro algo distinto, único, significativo, denso. Insistir en lo invisible, ahí está la permanente novedad.

6. Camina lentamente y en compañía hacia las fuentes:

Un error extendido en nuestro tiempo es reaccionar a su liquidez buscando la solidez de las piedras. Nos encerramos, entonces, en los cuarteles de invierno. Nos aislamos del mundo. En la espera de tiempos mejores, dejamos de vivir nuestro tiempo, el tiempo que nos ha sido dado vivir, el tiempo que nos es donado y que es este, no otro.

El principito había rechazado ya unas "píldoras para la sed" que ahorran tiempo y esfuerzo, creyendo más sensato "caminar lentamente hacia una fuente". Habían pasado siete días desde la caída del piloto en el desierto. No tenían agua. En mitad de una noche oscura y fría, el principito y el piloto caminan juntos hacia un destino improbable: un pozo, una fuente de agua viva escondida en el corazón del desierto.

Fruto del esfuerzo de su aventura compartida, al amanecer del octavo día —el día invisible que abraza el tiempo histórico—, divisan un pozo "de aldea", de civilización fraterna, comunidad de personas. "Esta agua", dirá el principito, "es buena para el corazón".

Fuente: religionenlibertad.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:35

09 septiembre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

 El Papa en la Audiencia General

Ciclo de catequesis – . IV. Constitución pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 2. La dignidad humana: don y responsabilidad

Queridos hermanos y hermanas:

Para continuar con nuestras catequesis sobre la Constitución Gaudium et spes, hoy he querido hablar sobre la dignidad de la persona humana. El documento conciliar subraya que la misma nos viene de la divinidad, porque la identidad del ser humano es la de haber sido creado a “imagen y semejanza de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador (GS, 12). Más aún, la encarnación de Dios Hijo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22). Por ello, la persona humana exige relación, primero con Dios y después con los demás. En este sentido, el hombre es siempre un don que se comparte, que crece y madura al acoger a los otros, en la reciprocidad y en el servicio.

Las tres expresiones más significativas de la dignidad de la persona humana son: la inteligencia, que hace al hombre buscador insaciable de la verdad (cf. n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a la propia vida (cf. n. 16); y la libertad, que lo hace responsable de sus decisiones (cf. n. 17).* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a revalorizar y a promover, en ustedes mismos y en los demás, la dignidad única e indeleble que han recibido como seres creados a imagen de Dios y, más aún, al haber sido redimidos por Cristo. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va


Publicado por JOQUIVESA en 12:13

08 septiembre 2026

La aurora de un mundo nuevo: cuando el silencio del Evangelio revela la grandeza de María

Desde el Santuario de Genazzano, el papa León XIV reflexiona sobre la Natividad de la Virgen y nos invita a redescubrir el poder transformador de la sencillez en tiempos de incertidumbre.

El perfume de un nuevo comienzo

Hay acontecimientos que, a pesar de nacer en el silencio y la fragilidad de un brote tierno, tienen la fuerza inmensa de cambiar el rumbo de la historia. Con este espíritu de profunda emoción, el papa León XIV regresó al santuario de la Madre del Buen Consejo en Genazzano para presidir la víspera de la Natividad de la Virgen Santísima. En un mundo surcado por la incertidumbre y las sombras de la destrucción, la figura de María Niña se alza como una aurora luminosa, el signo palpable de una humanidad liberada del mal y llamada a renacer como hijos en el Hijo.

El misterio del silencio evangélico

¿Por qué los evangelistas guardaron silencio sobre los detalles de la infancia y juventud de la criatura más excelsa de la historia? Para responder a este interrogante, el Santo Padre se apoyó en la sabiduría de san Tomás de Villanueva, fraile y obispo agustino. Lejos de ser un vacío frustrante, este silencio es una clave teológica profunda: la gloria de la Virgen era tan plena que «estaba toda en ella». El Evangelio de Mateo, por ejemplo, no necesita grandes discursos para mostrar cómo la simple presencia de María —y del Hijo en ella— es capaz de transformar por completo las expectativas y las decisiones humanas, convirtiéndose en el hogar definitivo de Dios con nosotros.

Pintar la paz en el alma

Lejos de la pompa y del poder mundano, el camino elegido por Dios sigue siendo el de la humildad y la cercanía silenciosa. Retomando las hermosas palabras de san Tomás de Villanueva, el Papa extendió una invitación vibrante a los fieles: dejar volar la imaginación en la oración contemplativa para pintar en lo profundo del alma a la joven purísima, humilde y llena de gracia que Dios eligió para encarnar su Reino. No se trata de simple fantasía, sino de auténtica profecía. En tiempos donde la humanidad clama por estabilidad, imaginar la paz y dejarla germinar en el interior es el primer paso indispensable para verla florecer en el mundo.

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Genazzano, Santuario de la Madre del Buen Consejo

Lunes, 7 de septiembre de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Como recordaréis, ya «en los primeros días del pontificado sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al santuario de la Virgen del Buen Consejo, que durante toda mi vida me ha acompañado con su presencia materna, con su sabiduría y el ejemplo de su amor por el Hijo, que es siempre el centro de mi fe» (Dedicación en el libro de firmas del Santuario, 10 de mayo de 2025). Con alegría estoy de nuevo aquí, para celebrar con vosotros la Víspera de la Natividad de la Virgen Santísima y para encomendar a María Niña lo que en esta pobre y magnífica humanidad todavía nace: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios. Sí, María es la aurora de un día diferente, de nuestro mundo liberado finalmente del mal. Y estamos aquí, junto a Ella, alrededor del Altar desde el cual la salvación viene a nosotros y nos transforma, hijos en el Hijo. Pidámosle su Buen Consejo, para acoger la Palabra divina, custodiarla en nosotros y darla a luz a través de decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión.

Amadísimos, en este lugar de antigua presencia agustina volveré sobre las páginas bíblicas recién proclamadas con la ayuda de Santo Tomás de Villanueva, un fraile y obispo agustino que, dedicando su vida al servicio de los pobres, penetró a fondo en la verdad de la fe. Él supo ver la paradoja de la pequeñez y, por decirlo así, de la marginalidad de María, convertida en central en la economía de la salvación. Preguntémonos: ¿qué debía ser en tiempo de Joaquín y Ana el nacimiento de una niña? Santo Tomás indaga en profundidad: «He reflexionado muchas veces —escribe— y me he preguntado por qué los evangelistas, que han hablado tan ampliamente de San Juan Bautista y de los apóstoles, nos cuentan de manera tan sucinta la historia de la Virgen María, que supera a todos por su peripecia y su estatura personal. ¿Por qué, me pregunto, no se nos ha descrito el modo de su concepción, de su nacimiento, de su educación, de sus costumbres, de las virtudes que la adornaban, qué relación humana mantenía con su hijo, cómo se relacionaba con él, cómo vivió con los apóstoles después de su ascensión? Todas estas cosas eran importantes y los fieles las habrían leído con singular devoción y habrían gustado a la gente del pueblo. Oh, evangelistas, ¡me dirijo a vosotros! ¿Por qué nos habéis privado de una alegría tan grande con vuestro silencio? ¿Por qué habéis omitido detalles tan gozosos, tan esperados, tan agradables?» (Obras completas VII, 266,8).

Encontramos en estas palabras una sugerencia importante para nuestra fe: interrogar a la Escritura y a sus autores, discutir con el texto y dialogar con los testigos de la Revelación, como con unos amigos. Somos de hecho «conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19) y de la propia María aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que hace preguntas (cf. Lc 1,34) e interpreta los acontecimientos guardándolos y conectándolos en el corazón (cf. Lc 2,19.51). El Evangelio según Mateo, sin embargo, parece dar la razón con su silencio a Santo Tomás de Villanueva. Lo hemos escuchado: de María relata la presencia, pero ni una sola palabra. Y sin embargo, el simple estar ahí de María —y del Hijo en ella— mueve la historia entera: la de José y la de toda su casa. La presencia de María causa como un salto en la genealogía, como una novedad inesperada, capaz de modificar no solo las expectativas, sino también los comportamientos previsibles de un hombre. Lo que José escucha, lo que decide y lo que hace, en efecto, es respuesta a Dios y a la presencia de María, a su absoluta diferencia, que supera cualquier posible discurso y relato. En María la salvación encuentra hogar: ¡Dios con nosotros!

Escribe todavía nuestro Santo Tomás: «Pues bien, respecto a estas reflexiones mías a las que me refería, sobre por qué no se ha escrito un libro sobre las gestas de la Virgen, como en cambio se ha hecho sobre las gestas de Pablo, […] solo se me ocurre que fue así porque así plugo al Espíritu Santo, y que por impulso los evangelistas, sobre ella, han guardado silencio, por la sencilla razón de que la gloria de la Virgen, como leemos en el salmo, estaba toda en ella (cf. Sal 44,14 Vulg.), y podía ser imaginada más que descrita, y que, como síntesis de su historia, basta lo que se expresa en el título: que de ella nació Jesús. ¿Qué más quieres saber? ¿Qué más buscas en la Virgen? Te basta saber que es la Madre de Dios» (íb.).

Queridos hermanos y hermanas, experimentamos como un vértigo ante este Misterio: ¡es imposible acostumbrarse! Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en la Madre de su Creador, la Madre de Dios que salva. Y sin embargo, nace simplemente una niña, como las hijas y las nietas que tenemos en brazos. Hoy tenemos para ella títulos nobles y altísimos, de Señora y Reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo más sencillo y silencioso, y no por ello menos potente y transformativo. Es el camino de Jesús mismo, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Pues bien, como María, también nosotros estamos «predestinados a ser conformes a la imagen del Hijo» (íb.): por gracia, por supuesto, pero deseando y prefiriendo a otros caminos su vía, sus elecciones, su senda. En Jesucristo, Dios ha elegido las más humildes condiciones históricas y la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, en el que la prepotencia no tiene lugar y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida.

Añade después Santo Tomás de Villanueva: «Deja correr la fantasía, amplía los límites de la comprensión y pinta en lo profundo de tu alma a una joven purísima, prudentísima, bellísima, devotísima, humilde, mansísima, llena de toda gracia, ricamente dotada de santidad, adornada de todas las virtudes, embellecida por todos los carismas, absolutamente grata a Dios; amplíficala cuanto puedas, imagina cuanto seas capaz» (íb.). Santo Tomás nos invita a este maravilloso ejercicio de imaginación. Y observa: «El Espíritu Santo no la ha descrito por escrito, sino que ha esperado que tú la pintaras interiormente» (íb., VII, 266,9). Queridos hermanos y hermanas, es exactamente así: en la oración contemplativa toma forma lo que el mundo no nos cuenta, pero ya existe; lo que aún es invisible, pero en sí tiene un nuevo tipo de fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. La necesitamos, en tiempos de destrucción y de incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirla.

El profeta Miqueas en la diminuta Belén ha intuido el surgimiento de un Rey de paz, gracias al cual habitar la tierra finalmente seguros (cf. Miq 5,1-4). Y hoy, en la oración Colecta, dirigiéndonos a la pequeña María, hemos pedido que «la fiesta de su nacimiento acreciente en nosotros la paz». Sí, amadísimos, queremos imaginar la paz —ampliar los límites de la comprensión y pintárnosla en el alma— para reconocer que ya existe, para acogerla y servirla. Es el don de Dios, el soplo del Resucitado, la obra del Espíritu Santo. Dejemos crecer la paz en nosotros. Germinará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión.

Fuente: exaudi.org

Publicado por JOQUIVESA en 12:40

07 septiembre 2026

¿Tiene sentido corregir hoy?

Juan Luis Selma

A veces vemos a personas públicas muy encumbradas que pierden el sentido de la realidad, como si vivieran en otro mundo. Solo escuchan halagos y zalamerías. Nadie les dice la verdad.

Nos hemos vuelto muy respetuosos -o quizá demasiado prudentes- con los demás. El individualismo va haciendo mella y pasamos bastante de los otros. La máxima parece ser: “Cada uno a lo suyo y que me dejen tranquilo”.

Hace unos días celebraba la misa en una ermita de un pueblo en el que nunca había estado. Al final de la homilía, en la que hablaba de san Juan Bautista, mártir por defender la verdad del matrimonio, una señora me indicó con timidez que no se oía bien. Comprobé que el micrófono estaba apagado. Entre risas comentábamos que también al cura hay que corregirle y ayudarle: el respeto no quita la corrección.

Es verdad que el famoso refrán “el que dice las verdades pierde amistades” sigue vigente y no nos gusta que nos corrijan. Pero todos agradecemos el interés y el cariño, y nos duele la indiferencia.

A veces vemos a personas públicas muy encumbradas que pierden el sentido de la realidad, como si vivieran en otro mundo. Si tienen responsabilidades públicas, pueden hacer daño. ¿Cómo es posible -nos preguntamos- que vivan tan engañadas? Puede ser por la soledad en la que se encuentran: al estar tan arriba, no se dejan decir las cosas. Solo escuchan halagos y zalamerías. Nadie les dice la verdad.

En la vida diaria también podemos dejar solas a las personas que queremos, que nos importan. Vemos que están equivocadas y, por un falso respeto, no les decimos nada. Así, poco a poco, se van perdiendo más.

Jesús nos dice en el Evangelio: “Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Nos habla de la corrección fraterna como instrumento para ganar al hermano, para ayudarle. La corrección es un detalle de cariño, de servicio, de cercanía: como te quiero y me importa lo que te pase, te hago esta advertencia. Lo contrario es indiferencia.

La corrección es fruto del amor; se corrige por amor. Por eso, quienes más corrigen son las madres, porque aman. También debería ser un deber cívico y religioso.

Aristóteles, al hablar de la auténtica amistad, dice que el amigo virtuoso desea el bien del otro y, por tanto, debe advertirle cuando actúa mal. Distingue entre el adulador -que calla o dice lo que el otro quiere escuchar- y el amigo verdadero, que habla con sinceridad y busca el auténtico bien del otro.

San Ambrosio decía en el siglo IV: “Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto [...] Las correcciones hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios: las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores”.

Hoy hemos asimilado una especie de indiferencia moral: “Cada uno tiene su verdad”. Por lo tanto, corregir sabe a invasión de la autonomía. La falta de convicciones y la fragilidad afectiva hacen que las relaciones sean cada vez más líquidas y superficiales. Esto hace inviable la corrección, que se percibe como intromisión.

Tenemos miedo al conflicto, a complicarnos la vida. También se confunde la corrección con un juicio despectivo. Corregir no es humillar, pero puede interpretarse como crítica destructiva.

Excusas para el individualismo y la indiferencia no faltan, menos aún en estos tiempos. Pero el ser humano está hecho para amar: necesita el amor, recibirlo y darlo. Y el amor está reñido con la indiferencia y el desinterés. El amor es atento, interesado, cercano. Quiere lo mejor para el amado. El amor es fuerte: sabe derribar muros, estrechar vínculos, superar obstáculos.

Si amo, si me importa el otro, no permitiré que nada le dañe, ni siquiera que él mismo se haga daño. Y esto, por amor, porque me importas. Ahora bien, hay que corregir bien: con delicadeza, con verdad, con oportunidad.

El Señor habla de hacer la corrección a solas, en privado, para no dañar la fama del otro. Ese a solas habla también de amistad, de tiempo sereno y oportuno. Y hay que hacerlo en verdad, no vaya a ser que el defecto que veo sea reflejo del mío. Por eso es bueno contrastar nuestra opinión con alguien de criterio.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 11:55
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