16 julio 2026

Luis de la Fuente, el seleccionador que desmiente a Marx y Nietzsche

Javier García Herrería

El seleccionador español se ha convertido en un católico del que -perdónenme el atrevimiento- da gusto presumir.

Siempre existe un riesgo cuando un personaje público habla de su fe: el de convertirlo, casi sin querer, en icono a canonizar, en modelo idealizado al que aplaudimos más por su fama que por su ejemplo real. Conviene ser prudentes con eso. Pero en el caso de Luis de la Fuente, uno puede quitarse el sombrero con tranquilidad, porque lo que sostiene el aplauso no es solo la anécdota mediática, sino una tríada poco frecuente: doctrina bien entendida, virtudes humanas sólidas y prestigio profesional ganado a pulso.

Esta semana, en una rueda de prensa, dejó claro que su vida de oración no depende del calendario deportivo: «Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial», explicó, dejando claro que tampoco espera que eso le garantice ningún resultado. 

«Doy gracias todos los días, cada día que me levanto», dijo, por el simple hecho de encontrarse bien y tener, según sus palabras, un día más para disfrutar de la vida. Es una teología sin pretensiones, la de quien agradece antes de pedir, y que entiende la fe como reconocimiento y no como transacción.

Preguntado por lo que le pide a Dios antes de un partido decisivo, respondió que «sería injusto pedirle a Dios que me ayude a mí y no al rival». En un deporte que normaliza suplicar la victoria propia como si el cielo tuviera colores de camiseta, esa frase es, sencillamente, buena doctrina: Dios no es el duodécimo jugador de nadie. Lo único que pide para sí De la Fuente es más discreto —«pido salud, especialmente, y que me dé opciones para seguir peleando»— porque el resto entiende que se gana en el campo.

Ahí es donde el discurso de De la Fuente se distancia, sin proponérselo, de la sospecha con la que Marx y Nietzsche miraban a los creyentes. Para el primero, la religión era ante todo un consuelo interesado, un analgésico que el débil se administraba para sobrellevar la injusticia terrena sin cambiarla; para el segundo, la fe del hombre común escondía una forma de sacar una compensación ante la propia debilidad. 

En ambos casos, creer se reducía a una utilidad disfrazada: se reza porque conviene, porque alivia o porque desquita. De la Fuente hace justo lo contrario cuando explica que sería injusto pedir ventaja sobre el rival y que su oración no busca ningún resultado a cambio. Su fe no funciona como herramienta que le reporte un beneficio, sino como gratitud que no necesita retorno, lo cual desmonta, al menos en su caso, la caricatura utilitarista que ambos pensadores proyectaron sobre el creyente medio.

No hace falta canonizar a nadie para reconocer lo evidente: aquí hay un católico coherente, trabajador y sencillo, que no teme dar testimonio de lo que cree. Un católico del que da gusto presumir. Y eso, gane o pierda España la final, ya es un ejemplo que vale la pena señalar.

Fuente: omnesmag.com

15 julio 2026

Los invisibles tatuajes del corazón

José Antonio García-Prieto Segura


“Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

              De nuevo traigo a colación los tatuajes que frecuentemente vemos por todas partes. Hoy vuelven a mi memoria por algo que me sucedió hace un año exactamente. Era el 16 de julio y había publicado un artículo que titulé: “Virgen del Carmen: Estrella del mar y luz de esperanza”. Además de su difusión personalizada en mis redes de amigos, al salir a la calle llevaba algunas copias impresas para otros que no acceden a internet.

Tomé un autobús y, ¡cuál no sería mi sorpresa!, que subió junto a mí una persona de mediana edad en cuyo antebrazo llevaba un vistoso tatuaje Representaba un corazón entre olas y atravesándolo de parte a parte, una cinta con esta inscripción y letras todas en mayúscula: “MARÍA DEL MAR”. No daba crédito a lo que veían mis ojos. Nos sentamos juntos y no pude menos que comentarle mi asombro. Le enseñé el artículo que acababa de publicar y amablemente le pregunté por esa curiosa coincidencia con su tatuaje porque, al parecer, nos referíamos a la misma persona. Yo, hablando del amor a la Virgen María, patrona de la gente del mar en su advocación de El Carmen, y él, según me confió con toda sencillez, llevaba aquel tatuaje por su madre. Se llamaba María del Mar y había grabado su nombre como muestra de cariño. Espontáneamente le regalé un ejemplar del artículo y él me permitió hacer una foto de su tatuaje.

El amor de una madre de la tierra y el de una Madre del Cielo, se dieron cita inesperada en el autobús. Y es que el latir trascendente con que el Creador ha sellado nuestro corazón y todas las realidades terrenas, a modo de tatuaje invisible, hace que se den esas sencillas armonías. En este caso, fue la nota sinfónica del amor por las madres, la que originó y estuvo presente en semejante coincidencia. Comprobé una vez más que todo lo humano limpio enlaza con lo divino.

Se comprende por eso que Jesucristo para hablarnos de las excelsas realidades del Reino celestial -del amor divino al que nos llama-, tome como apoyo de sus parábolas tantas realidades de esta vida que implican y apuntan a una trascendencia: desde la eficacia oculta en un granito de trigo para transformarse en espiga granada si muere al ser sembrado, hasta el gozo de los invitados a las bodas del hijo de un rey del que habla en otra parábola. Ahora, recordaré la huella capital que el amor de Dios ha dejado impresa en el corazón de toda persona. Aquella realidad que expresó san Agustín con su célebre pensamiento: “Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confes. I, 1).

          El anhelo de felicidad que todos experimentamos y que late en nuestro corazón, responde a la sed de amor que Dios ha impreso en toda persona al crear su alma inmortal. Vendría a ser como un tatuaje divino invisible. Muchos antiguos tatuajes se debían al deseo de señalizar con esa marca en la piel, la pertenencia de esa persona a quien había ordenado el tatuaje. Era como un signo de propiedad. Esto es completamente inadmisible entre las personas porque repugna a su dignidad; de ahí que estuvieran prohibidos en el pueblo de Dios porque obedecían a prácticas paganas. Como leemos en el Lv 19, 28: “No os haréis incisiones en vuestra carne, ni imprimiréis en ella figura alguna”.

          Por el contrario, cuando la dignidad de toda persona se asienta, como así es, en el amor creador de Dios, bien podemos decir que le pertenecemos como fruto de su amor. Somos tan suyos que el profeta Isaías pone en labios de Dios estas palabras: “Mira: te he grabado en las palmas de mis manos” (Is 49, 16). Estaban dirigidas al pueblo escogido, pero son aplicables a cada persona; y de modo más pleno todavía al cristiano. Las manos de Dios Padre que metafóricamente se refieren a su Hijo y a su Espíritu, son el medio por el que con su amor nos abraza de modo inefable en el bautismo. En este sacramento Dios Padre imprime la imagen divina de su Hijo eterno, sellándola en todo nuestro ser con el amor del Espíritu.

          En todo bautizado es tan impresionante esa pertenencia a Dios por el tatuaje espiritual y divino, que san Pablo escribe a los primeros cristianos: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (…) ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1Co 6, 15.19.20).

En nuestros días, san Juan Pablo II recogerá el lenguaje metafórico de Isaías y el teológico de san Pablo para decir a todos, aunque lo hiciera a través de los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud: “Queridos jóvenes, Dios os ha amado primero, acoged su amor. Permaneced firmes en esta certeza, la única que da sentido, fuerza y alegría a la vida (…) Ha tatuado vuestro nombre en las palmas de sus manos (cf. Is 49, 16)” (Jornada Mundial de la Juventud, 6-I-1999). Somos, pues, seres sellados por su Espíritu y en su Hijo.

Para cerrar estas reflexiones vuelvo al encuentro con mi compañero del autobús y su tatuaje. Al margen de gustos estéticos sobre esta práctica, cuando los motivos de fondo para llevarlos son fruto y expresión de nobles razones, bien cabe su alabanza. En el caso de los cristianos y en un nivel superior, los tatuajes espirituales que llevamos piden que los manifestemos a las claras y sin temor. No con incisiones epidérmicas, sino como escribe san Pablo: glorificando a Dios con una conducta que muestre que somos suyos.

A fin de cuentas, se trata de manifestar con hechos las luces divinas con que el Padre nos ha tatuado, y poner en práctica el mandato de Jesús: “Brille así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).        

Fuente: elconfidencialdigital.com                              

14 julio 2026

Suicidio asistido: algunas reflexiones

Damián Muñoz Sánchez

El pasado 17 de enero, la Corte Suprema de EE.UU. sentenció que el Fiscal General no puede prohibir que los médicos del Estado de Oregón proporcionen sustancias para suicidarse a los pacientes que cumplan los requisitos previstos en la ley sobre suicidio asistido, que entró en vigor en ese Estado en 1997.

Dicha ley permite a los médicos recetar productos letales a los pacientes mayores de edad, con una esperanza de vida inferior a seis meses y que, tras comunicar verbalmente su deseo de suicidarse, lo reiteren por escrito 15 días después.

Esa sentencia me ha recordado una noticia publicada en el año 2000 en Los Ángeles Times: un hombre desesperado estaba a punto de suicidarse en su vivienda del centro de Los Ángeles y unos policías le gritaron: «si te vas a suicidar, date prisa… y hazlo; así nos podremos marchar de aquí». Momentos más tarde, aquel pobre hombre se pegó un tiro en la cabeza, con la consiguiente indignación de los que presenciaban la escena.

Evidentemente, cuando alguien decide suicidarse –tanto si está enfermo como si está sano pero desesperado- no lo hace porque quiera morir sino porque quiere dejar de sufrir. Por eso llama la atención que una sociedad pueda responder de formas tan diferentes ante el deseo del suicida, según sea su situación clínica. Lo explicaba muy bien hace unos años Mark Pickup, un enfermo canadiense de Esclerosis Múltiple: «si una persona sana presenta tendencias suicidas, recibe ayuda, incluso se la somete a un tratamiento psiquiátrico hasta que pase la crisis. El objetivo es procurar que esa persona recupere su autoestima para poder vivir con dignidad. Pero si es un enfermo incurable o un discapacitado, la discusión gira automáticamente en torno a expresiones como «muerte digna», «libertad de elegir la propia muerte» o «acto de autonomía y autodeterminación». ¿Por qué esa diferencia?» (National Post. Toronto, 6.I.1999).

Un informe de la OMS del año 2004, con motivo del Día Mundial de la Prevención del Suicidio, cifraba en un millón el número anual de muertes en el mundo por suicidios: más que la suma de los que mueren por homicidios y por guerras. Un serio problema de salud pública, por tanto, que reclama unos medios para prevenirlo y no unas medidas legislativas para facilitarlo en algunos casos.

De este contrasentido advertía Javier Mahíllo, un joven profesor de filosofía que falleció por un cáncer hace pocos años: «¿Podemos recriminar a nuestros adolescentes que pongan fin a sus jóvenes vidas cuando atraviesan terribles etapas de amargura y desesperación y reivindicar, a renglón seguido, nuestro derecho a suicidarnos para evitarnos sufrimientos? Pues no me parece lógico». («Vivir con cáncer». Espasa, Madrid, 2000).

A veces se afirma que un enfermo incurable que pide a su médico ayuda para suicidarse está tomando una decisión perfectamente libre y sin ningún tipo de condicionamientos. Pero probablemente esa libertad esté muy condicionada por la propia enfermedad: de hecho, el paciente está optando por algo que no conoce y que acabará con su propia libertad. Seguramente la petición de muerte no nos parecería racional en alguien que estuviera en una situación normal y cuya libertad no estuviera tan condicionada.

Puede ser bueno recordar que la libertad tiene mucho que ver con la capacidad de independencia de lo externo. En un enfermo grave, las circunstancias que le rodean, una atención deficiente de sus necesidades, la sensación de inutilidad y de ser una carga, el miedo al dolor, al deterioro físico, a la falta de autonomía,… pueden estar condicionando seriamente su libertad, y presentándole el suicidio como la única escapatoria de una situación que le resulta –o se imagina en el futuro- insoportable. Por otra parte, se ha comprobado una gran fluctuación en los deseos de los enfermos en fase terminal y una elevada prevalencia de cuadros depresivos, que muchas veces no son diagnosticados –no es sencillo hacerlo- ni tratados. También está descrito en estos pacientes el llamado «síndrome de desmoralización»: pérdida de sentido, distress psicológico, desánimo, desesperanza, etc.

Amar, según Pieper, es decirle a alguien: «es bueno que tú existas». Y también Malraux parece en sintonía con esa idea cuando afirma: «la verdadera civilización consiste no sólo en reconocer que el otro existe, sino en verlo como imprescindible». Muchas veces, el enfermo que solicita la eutanasia o pide ayuda para suicidarse, está haciendo una pregunta subliminal a los que le cuidan: «¿es bueno para ti que yo exista?; ¿de verdad estás contento de que yo siga viviendo?; ¿hasta qué punto estás dispuesto a seguir cuidándome con alegría?» La respuesta se la daremos con nuestra actitud. Ojalá sea la que siempre animó a Cicely Saunders, pionera de los Cuidados Paliativos: «No estamos aquí para ayudarte a morir; estamos aquí para ayudarte a vivir hasta que mueras».

Fuente: abimad.org

13 julio 2026

Formarse para vivir mejor

Juan Luis Selma

La formación no consiste solo en adquirir conocimientos técnicos ni en que “nos suene todo”, sino en cultivar capacidades que permitan interpretar la realidad, tomar decisiones fundamentadas.

En un contexto marcado por la aceleración tecnológica, la sobreabundancia de información y la creciente complejidad social, la formación se ha convertido en un elemento decisivo para el desarrollo personal y profesional. Hoy necesitamos actualizarnos de manera constante, igual que los medios que utilizamos. Si descuidamos este proceso, corremos el riesgo de quedar obsoletos, inmovilizados.

Proliferan másteres, cursos online y programas que, en muchos casos, se han convertido más en requisitos administrativos que en verdaderos procesos de crecimiento. Sin embargo, es indudable que la formación es necesaria. Pero, para que sirva realmente para la vida, no puede quedarse en la mera titulitis: debe ser profunda, práctica y orientada a generar criterio.

El Evangelio de hoy ilumina esta reflexión con la parábola del sembrador: "Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta".

Unas semillas dan mucho fruto, otras poco y algunas ninguno. Así ocurre también en la vida: hay personas que prosperan, otras que se estancan, otras que apenas logran desarrollarse. Jesús explica que la semilla que cae al borde del camino y es devorada por los pájaros representa al que escucha la palabra "sin entenderla": el Maligno roba lo sembrado en su corazón. Buena parte del esfuerzo perdido, del fracaso, de la escasez de frutos y de la infelicidad se debe, sencillamente, a la ignorancia.

La mayor victoria del demonio es mantenernos en la ignorancia. Esta es el gran enemigo de las almas y la raíz de muchos fracasos: profesionales, personales, familiares y espirituales. Y hoy abunda el desconocimiento, la incultura, el oscurantismo y la inconsciencia.

Puede sorprender esta afirmación en plena era de la inteligencia artificial, donde parece que “lo sabemos todo”. Pero no lo sabemos todo. Saber proviene del verbo latino sapere, que originalmente significaba “tener sabor” o “gustar”. No es lo mismo acumular datos que saborear la realidad. La sabiduría —no la información— es la que prepara para la vida y conduce a una existencia plena. Hoy abundan los “listillos” desgraciados: personas con datos, pero sin criterio.

La formación no consiste solo en adquirir conocimientos técnicos ni en que “nos suene todo”, sino en cultivar capacidades que permitan interpretar la realidad, tomar decisiones fundamentadas. ¿Cómo estamos educando a niños y jóvenes? Nunca hemos tenido más medios, menos alumnos por aula, más programas educativos… y, sin embargo, no parece que estemos avanzando mucho. También los adultos sabemos de todo, pero tan superficialmente que, en el fondo, sabemos muy poco. Desde luego, muy poco sobre la vida lograda.

En Magnifica Humanitas, el Papa distingue con claridad la inteligencia humana de la artificial: "Hay que evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. A menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias".

Leonardo Polo recuerda que la persona no vale por lo que sabe ni siquiera por cómo razona. La persona es un acto de ser abierto a la verdad, al bien, a la belleza, al amor y a Dios. Por eso, una buena formación debe ayudarnos a: amar la verdad antes que la información; ejercer un juicio crítico; distinguir lo verdadero de lo verosímil; usar la tecnología sin depender de ella; desarrollar virtudes como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza; crecer en libertad, responsabilidad y apertura al otro.

La formación que sirve para la vida es aquella que ayuda a descubrir la propia vocación de hijo de Dios y la capacidad de convertirse en don para los demás; aquella que enseña que el otro es también un don para mí.

Fuente: eldiadecordoba.es


Jesús es la semilla que el Padre sigue esparciendo en el mundo

 El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y feliz domingo.

Hoy, en la liturgia, el evangelista Mateo nos presenta la parábola del sembrador (cf. Mt 13,1-23), que describe la generosidad y la confianza con las que Dios esparce su Palabra en nuestro corazón y su poder en nosotros.

Jesús mismo, el Verbo hecho hombre, que dio la vida por nuestra salvación, es la semilla que el Padre sigue esparciendo en el mundo para que, muriendo, dé mucho fruto (cf. Jn 12,24). Es verdad que, a veces, encuentra en nosotros un terreno duro e insensible; otras veces, un terreno distraído, semejante al suelo pisoteado de los caminos, al terreno pedregoso o a los matorrales de espinos. Pero hay momentos en los que encuentra una tierra receptiva y fértil, y entonces se producen milagros de amor capaces de cambiar todo lo demás, como ciertamente también nosotros hemos experimentado en nuestra vida. Por eso el Padre no deja de sembrar, porque sabe que el poder de su amor es más fuerte que nuestra debilidad (cf. 2 Co 12,9-10).

San Juan Crisóstomo, refiriéndose a la «semilla» de la Palabra de Dios, afirma: «¿En qué cabeza cabe —me dirás— sembrar sobre espinas y sobre roca y sobre camino? —Tratándose de semillas que han de sembrarse en la tierra, eso no tendría sentido; mas, tratándose de las almas y de la siembra de la doctrina, la cosa es digna de mucha alabanza». (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 44, 3), porque en las manos de Dios es posible que «la roca se transforme y se convierta en tierra grasa; y que el camino deje de ser pisado y se convierta también en tierra fecunda, y que las espinas desaparezcan y dejen crecer exuberantes las semillas» (ibíd.).

La generosidad de Dios para con nosotros no es ingenua, sino sabia, y sabe descubrir en nosotros la posibilidad de un bien del que, a veces, ni siquiera nosotros mismos somos conscientes. Por eso el Señor, que conoce bien el terreno de nuestro corazón mejor de lo que nosotros mismos lo conocemos, no deja de creer en nosotros, en lo que somos y en lo que podemos llegar a ser, día tras día, si con fe nos abandonamos en Él.

Así, de la gratuidad y la confianza con las que se esparce la semilla, y de la humildad y la disponibilidad con las que es recibida, crecen en nosotros y se difunden los frutos del Espíritu Santo, que son, como enseña san Pablo: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí» (Gal 5,22). ¡Cuánto necesita nuestro mundo de estos frutos, de ser colmado y transformado por ellos!

Comprometámonos, entonces, especialmente en estos días de vacaciones, a dar espacio a la escucha, a la lectura y a la meditación de la Palabra de Dios, cultivando, junto con el descanso y la sana diversión, también momentos significativos de silencio y de oración. Volveremos a nuestras ocupaciones habituales renovados en el cuerpo y en el espíritu, dispuestos a anunciar la Buena Noticia del Evangelio y cada vez con más capacidad de colaborar en el crecimiento del Reino de Dios.

Que María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización, nos ayude a todo esto.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo a los habitantes de esta hermosa localidad, Castel Gandolfo, donde estoy pasando algunos días de descanso, y a todos ustedes los recibo con alegría, peregrinos procedentes de todas las partes del mundo.

Por desgracia, vuelven a soplar los vientos de la guerra en Oriente Medio, en Ucrania y en muchas otras partes del mundo, sembrando violencia, terror y muerte y afectando, una vez más, a tantos inocentes. No permitamos que estos vientos apaguen la pequeña llama de la esperanza y de la paz, incluso cuando parece frágil y vacilante.

Renuevo mi deseo de que se recorra con perseverancia el camino del diálogo, del encuentro y de la diplomacia, única vía capaz de conducir a una paz justa y duradera, en la que los pueblos puedan vivir reconciliados, con seguridad recíproca y en el respeto de la dignidad de toda persona.

Hoy se celebra el “Domingo del Mar”. Mi pensamiento se dirige a todos los marinos, pescadores y trabajadores portuarios del mundo, quienes, marcados por la distancia de sus seres queridos y, en ocasiones, por el temor ante los conflictos que atraviesan las rutas marítimas, sostienen con su trabajo paciente y silencioso el comercio y la vida de muchos pueblos.

Finalmente, me uno en la oración a los numerosos fieles polacos reunidos en la peregrinación anual ante el icono de Jasna Góra, para que, como «discípulos misioneros», sean testigos alegres del Evangelio. Feliz domingo para todos.

Fuente: vatican,va

11 julio 2026

Parábola del sembrador

15.º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 13,1-23)

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas:

—Salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se acercaron a decirle:

—¿Por qué les hablas con parábolas?

Él les respondió:

—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

Con el oído oiréis, pero no entenderéis;

con la vista miraréis, pero no veréis.

Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,

han hecho duros sus oídos,

y han cerrado sus ojos;

no sea que vean con los ojos,

y oigan con los oídos,

y entiendan con el corazón y se conviertan,

y yo los sane.

Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.

Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.


Comentario

La parábola del sembrador es la primera de las siete que componen el discurso de las parábolas sobre el Reino de Dios en el evangelio de Mateo, y describe los distintos tipos de tierra en los que cae la semilla echada a voleo por el sembrador. Se trata de una gran metáfora de la predicación de la palabra de Dios a lo largo de la Historia. La parábola explica por qué la misma semilla del evangelio produce efectos tan diferentes en las personas: porque cada uno la recibe según sus disposiciones.

Con los tipos de suelo que puede encontrarse la semilla al caer, Jesús resume los tipos de personas que existen. De esta manera, no solo transmite un conocimiento muy valioso sobre cómo somos, sino que también nos interpela para examinar qué podemos hacer para mejorar nuestra correspondencia. El papa Francisco lo explicaba diciendo que “nuestro corazón, como un terreno, puede ser bueno y entonces la Palabra da fruto —y mucho— pero puede ser también duro, impermeable. Ello ocurre cuando oímos la Palabra, pero nos es indiferente, precisamente como en una calle: no entra”.

Entre la tierra buena y la mala está también el terreno pedregoso, que coincide con “el corazón superficial, que acoge al Señor, quiere rezar, amar y dar testimonio, pero no persevera, se cansa y no “despega” nunca —sigue diciendo el papa—. “Es un corazón sin profundidad, donde las piedras de la pereza prevalecen sobre la tierra buena, donde el amor es inconstante y pasajero. Pero quien acoge al Señor solo cuando le apetece, no da fruto”[2].

Por último, está lo que cae entre zarzas, que “son los vicios que se pelean con Dios, que asfixian su presencia: sobre todo los ídolos de la riqueza mundana, el vivir ávidamente, para sí mismos, por el tener y por el poder. Si cultivamos estas zarzas, asfixiamos el crecimiento de Dios en nosotros. Cada uno puede reconocer a sus pequeñas o grandes zarzas, los vicios que habitan en su corazón, los arbustos más o menos radicados que no gustan a Dios e impiden tener el corazón limpio. Hay que arrancarlos, o la Palabra no dará fruto, la semilla no se desarrollará”[3].

Los discípulos preguntaron a Jesús por qué hablaba en parábolas. El Maestro les hace ver que predica “los misterios del Reino”. Para los hombres son difíciles de entender directamente. Por eso emplea un lenguaje figurado, con imágenes cercanas a los oyentes y que se refieren veladamente a los misterios.

En su explicación a los discípulos, Jesús dice: “al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará” (v. 12). La frase nos inquieta porque parece una injusticia. En cambio, Jesús explica de esta manera que quien no recibe con buena voluntad el evangelio y la gracia, se hace incapaz para entenderlo y para recibir más. En cambio, quien se dispone dócilmente a dejarse transformar por la palabra de Dios —que eso hacían los discípulos— no solo recibe la gracia de la conversión, sino que se hace apto para recibir más gracia aún.

También sorprende la cita de Isaías que emplea Jesús: “no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane” (v. 15). En realidad, el Señor recurre aquí a la ironía, precisamente para lamentarse de que sus oyentes están cumpliendo, con su libre correspondencia, la profecía de Isaías, a pesar del afán que tiene el Señor por salvarlos. En efecto, aunque muchos veían los milagros que Jesús hacía y tenían quizá más capacidad que los doce para comprender sus palabras, libremente hacían oídos sordos al mensaje y se sumían en una ceguera voluntaria.

Fuente: opusdei.org

Ahí hay una AI que dice: «¡ay!»

Antonio Moreno

"Gracias, Santo Padre, por Magnifica Humanitas, por señalarnos cada "ay" de la AI. Hay que intentar que lleguen ahí donde tiene que llegar".

La frase con la que aprendimos las diferencias ortográficas entre las tres palabras que suenan igual, aunque tengan significados distintos es una buena síntesis del mensaje que nos ha regalado León XIV en su encíclica «Magnifica Humanitas», sobre la custodia de la vida humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial.

Como en la locución mnemotécnica que nos enseñaron de pequeños, el Papa está señalando algo importante, llamando nuestra atención ante una realidad que está ya entre nosotros, la Inteligencia Artificial. La ya famosa IA o AI por sus siglas en inglés, ha llegado para quedarse y transformar nuestras vidas marcando, no una época de cambios, sino el auténtico «cambio de época» en el que estamos inmersos como ya profetizara Francisco. 

Ahí hay una AI que está ya tomando decisiones por usted e influyendo en su forma de ser como individuo y como sociedad, por muy analógica que usted sea o por muy fuera de cobertura que viva.

Aunque la encíclica no es tecnófoba a priori y reconoce que «las ventajas en términos de eficiencia y las potencialidades de mejora de algunos servicios gracias a la IA son evidentes», lo cierto es que, fiel a su misión de pastor que debe proteger de los lobos a sus ovejas, el Papa nos advierte de muchos y muy graves peligros que están ya empezando a enseñar los colmillos digitales. Cada advertencia del Santo Padre resuena como uno de esos «ayes» que lanzó Jesús contra los escribas y fariseos, que se aprovechaban de su posición de dominio religioso para someter al pueblo. Parafraseando algunos de los temas más destacados, no como condena sino como advertencia de los derroteros por los que nos llevan, podríamos decir, con León XIV:

¡Ay de los tecnócratas y oligarcas digitales, «dotados de recursos y capacidad de acción

superiores a los de muchos gobiernos», dueños «de las nuevas formas de propiedad, patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas y datos», porque, «cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos»!

¡Ay de los desarrolladores de IA que, en su carrera por ser los primeros, no saben muy bien adónde nos están llevando! Explica la encíclica que las IA «están más “cultivadas” que “construidas”, pues los desarrolladores no diseñan directamente cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la cual la IA “crece”». Por ello, llevan «un importante peso ético y espiritual, ya que cada elección de proyecto expresa una visión de la humanidad y es necesario «verificar que lo que se cultiva sea realmente un bien».

¡Ay de los promotores de ideologías tras la revolución digital como el transhumanismo o el posthumanismo «que sugieren que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos», porque «en semejante perspectiva, la persona termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma»!

¡Ay de los gobernantes de los estados a quienes corresponde, en medio de esta crisis global causada por los dueños de la IA «garantizar la cohesión, la unidad y una justa organización de la sociedad civil, (…) buscando el equilibrio entre bienes particulares y bienes de conjunto, sin dejar atrás a los más débiles», porque «cuando la política renuncia a una visión a largo plazo y se reduce a cálculos de corto plazo o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, y al mismo tiempo crecen las desigualdades y las fracturas sociales»!

¡Ay de los señores de la guerra, que confían a sistemas artificiales decisiones letales, porque «no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable»! Y es que «la decisión de emplear la fuerza letal no puede delegarse en procesos turbios o automatizados, sino que debe permanecer bajo un control humano efectivo, consciente y responsable».

Gracias, Santo Padre, por Magnifica Humanitas, por señalarnos cada «ay» de la AI. Hay que intentar que lleguen ahí donde tiene que llegar.

Fuente: omnes mag.com

09 julio 2026

Pausas de hidratación espiritual

José Antonio García-Prieto Segura 

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber’, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva’” (Jn 4, 10).

El actual Campeonato Mundial de fútbol ha popularizado las pausas de hidratación, suscitando comentarios y opiniones para todos los gustos. Muchos aficionados las rechazan porque cortan el flujo natural y la intensidad del partido. Otros por la motivación comercial que persiguen: introducir publicidad y recaudar ingresos. Algunos exfutbolistas de fama mundial las consideran positivas. Entre éstos figura el brasileño Bebeto que ganó el Mundial de Estados Unidos en 1994, bajo temperaturas insufribles, y ha comentado con conocimiento de causa: “Fuimos campeones del mundo aquí, y sé que hace mucho calor. Pero ahora, tienen este descanso para hidratarse y recuperarse. Eso es muy importante para el futbolista”.

El título de este artículo ya dice a las claras que iré más allá del fútbol. Las mencionadas pausas me han recordado un suceso algo similar en la vida de Cristo cuando, por el cansancio, hizo un parón en toda regla, para reponer fuerzas y calmar su sed.  Y como no daba puntada sin hilo, aquel alto en el camino le dio pie para ofrecer, a su vez, una hidratación espiritual a la mujer a quien previamente le había pedido de beber. Al fin, terminó calmando otra sed mucho más agotadora y punzante: la del corazón de aquella mujer reseco de amor. Como habrá adivinado el lector voy a detenerme en el encuentro de Jesús con la samaritana.

Lo refiere san Juan al narrar el viaje del Señor hacia Galilea, pasando por Samaría.  Llegaron a las afueras de Sicar, donde había un pozo; los discípulos continuaron hasta la ciudad para comprar alimentos, mientras Jesús quedaba a la espera; escribe así el evangelista: “Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta” (Jn 4, 6). Y prosigue: “Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: Dame de beber”. Al darse cuenta de que era un judío, la mujer marcó distancias con una pregunta que encubría cierto rechazo al ruego de Jesús, que contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: `Dame de beber’, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva’” (Jn 4, 10).     

Es fácil comprender la enorme sorpresa de la mujer ante tamaña paradoja. Alguien que me pide darle de beber porque no dispone de medios propios para hacerlo y, a la vez, me dice que puede ofrecerme infinitamente más de lo mismo que me está pidiendo. Sin embargo, intuyendo que aquel hombre hablaba en serio, la mujer prosiguió: “Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? (Jn. 4, 11-12). Ahorro al lector versado en el Evangelio el recuerdo completo de toda la escena, y solo destacaré lo esencial para el propósito de este artículo.

Tan en serio se tomó las palabras de Jesús y su ofrecimiento, que le dijo: “Señor, dame de esa agua para que no tenga sed ni tenga que venir aquí a sacarlaÉl le contestó: Anda, llama a tu marido y vuelve aquí. – No tengo marido, le respondió la mujer” (Jn 4, 15-17). A partir de aquel momento, la pausa cobró trascendencia espiritual para la samaritana: estaba infinitamente más necesitada del agua del amor que Cristo le ofrecía, que Jesús del agua que ella podía darle. La conversación tomó cada vez más altura y ante la alusión de la mujer a la venida del Mesías, en quien ella creía y esperaba, llegó la abierta revelación de Jesús: “Yo soy el que habla contigo” (Jn 4, 26). Una declaración palmaria que no aparece en ningún otro pasaje evangélico.

Aunque en el conjunto del relato pueda parecer detalle insignificante, es muy revelador que san Juan no omitiese esta pequeñez: “La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente: Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?” (Jn 4, 29). La alegría desbordante de su corazón hizo que se olvidara por momentos de aquello que había ido a hacer: llenar su cántaro de agua y volver a casa. Lo que había comenzado con una pausa en el duro caminar de Cristo, terminó con el gozo de un corazón femenino dispuesto a rehacer su vida.

Pero pasemos al plano personal y preguntémonos: ¿quién podrá decir que en su vida jamás ha sufrido altibajos ni conocido momentos de especial cansancio, que piden a gritos detenerse en una pausa reparadora? Son circunstancias en las que Cristo desea repetir con cada persona la historia vivida con la mujer samaritana. Prueba de ello son dos pasajes evangélicos que ponen al descubierto el corazón de Jesús, compadecido de nuestras fatigas y ofreciéndonos su ayuda. Dice san Mateo: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas (…) Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36). Y poco más adelante, el mismo evangelista recoge la petición universal del Señor: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28).

El ofrecimiento está hecho y es preciso añadir que Cristo hoy sigue estando sediento no ya del agua que pedía a la samaritana, sino de nuestra personal respuesta de amor, si reparamos fuerzas en las pausas de oración. Lo recuerda así el Catecismo de la Iglesia: “"Si conocieras el don de Dios"(Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él’” (cf San Agustín, Quaest. 64, 4). (CEC 2560).

En el Mundial de fútbol la detención del juego para hidratarse está prevista en torno a los 25 minutos de cada tiempo. En el largo partido de la vida que todos jugamos, las pausas para detenernos con el Señor y reponer fuerzas, deberían ser cuando menos, diarias. Momentos de recogimiento y oración para hablar con Él, pedir luces, pensar en el trabajo y en los compromisos que nos esperan, en las personas cercanas que juegan también con nosotros y como nosotros este partido de la vida, etc.  Se imponen estos parones si no queremos perder el encuentro por agotamiento, exhaustos de amor.

Y no digamos nada si entre las pausas diarias añadimos como manjar sólido y bebida para calmar nuestra sed, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que nos ofrece en la Eucaristía. Entonces volveríamos al terreno de juego del trabajo, de la convivencia, de los avatares de cada jornada, con la seguridad de ganar el partido, porque Jesús lo jugaría con nosotros, pues lo ha dicho Él: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).       

Fuente: elconfidencialdigital.com                                                                                                                                                             

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