22 mayo 2026

Solemnidad de Pentecostés

Evangelio de la solemnidad de Pentecostés.

Evangelio (Jn 20, 19-23)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Comentario al Evangelio

Ha llegado Pentecostés: la fiesta por excelencia del Espíritu Santo. Hoy, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, la Persona Divina que lleva a cabo su tarea santificadora de manera silenciosa y discreta, irrumpe con toda la fuerza de su poder para recordarnos que es Él el que hace la Iglesia.

La escena que nos presenta el evangelio de san Juan no deja de ser paradójica. Nos encontramos en el anochecer del Domingo de Resurrección. Por las narraciones de los cuatro evangelistas, sabemos que aquel día fue frenético: idas y venidas desde el sepulcro, personas que aseguran haber visto al Señor, los de Emaús que van desolados y vuelven jubilosos, llantos, abrazos, estupor. Y, sobre todo, alegría, mucha alegría. Los testimonios —La Magdalena, Pedro, Cleofás— son suficientes para que los discípulos incrédulos al menos duden de su incredulidad.

Y, sin embargo, a esas personas las encontramos ahora encerradas por miedo.

La historia de la humanidad ha cambiado para siempre: Cristo ha resucitado. No obstante, el cambio que se había de operar en los apóstoles estaba por hacerse: todavía conservaban los rezagos de ese temor que los hizo abandonarlo en el Calvario. Tiemblan ante la idea de correr la misma suerte.

Así, mientras en los corazones de los que ama se entremezclan esos sentimientos, Jesús Resucitado se aparece en medio de ellos.

Para nuestra vida cristiana, es muy importante que nos fijemos con atención en los gestos del Señor. En particular, esta escena es clave para comprender cómo responde Dios frente a nuestros miedos, que muchas veces son el obstáculo que nos impide corresponder a su gracia.

Jesús hace cuatro cosas: les da la paz, les pide que levanten la mirada para que contemplen sus llagas, les da la misión, y con ella, la posibilidad de perdonar los pecados.

Es maravilloso ver cómo el Señor responde frente al temor: con una vocación. La llamada de Dios, que incluye siempre el sentido de misión, es en sí misma la respuesta a nuestras propias debilidades y cobardías.

Jesús no espera que sus apóstoles se conviertan en hombres valientes para después enviarlos. Los envía justamente cuando están asustados: porque su paz y su fuerza no vendrán de las cualidades humanas o de las circunstancias favorables. Vendrán del Espíritu Santo que reciben en ese momento.

La Iglesia se hizo, se hace y se hará por la acción del Paráclito. Nuestra tarea no es otra que dejarnos guiar por Él. Por eso no caben ni las inhibiciones ni la vanagloria.

A partir de entonces, la vida de los apóstoles se resumirá en proclamar por todos los sitios que Jesús es el Señor. Pero como dice san Pablo en la segunda lectura, para poder afirmar eso necesitamos al Espíritu Santo (1 Corintios 12, 3). No podemos dar un solo paso en la vida espiritual, ni siquiera el más sencillo, sin la asistencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Por eso decimos en la secuencia previa a la proclamación del Evangelio en la Misa de hoy: Mira el vacío del hombre, si Tú le faltas por dentro.

Esta Solemnidad es una ocasión estupenda para pedir con fe una renovación de nuestra vida espiritual y para interceder por los cristianos del mundo entero. Al convocar el Concilio Vaticano II, Juan XXIII pedía oraciones para lo que él llamó “un nuevo Pentecostés” en la Iglesia. Esa expresión, nuevo Pentecostés, podría servirnos como un anhelo que diariamente marque el paso de nuestro trato con el Espíritu Santo.

Para eso, podemos acudir a María, protagonista indispensable de lo que celebramos hoy, para que de Ella aprendamos a decir hágase a cada moción del Espíritu Santo. La Virgen también se turbó frente a la presencia y el anuncio del Ángel (cfr. Lucas 1, 29). Sin embargo, no fundamentó su respuesta en la inquietud que sentía: la fundamentó en la seguridad de que era Dios quien la llamaba.

Así se hace la Iglesia, así se han portado los santos, y así espera el Espíritu Santo que vivamos nosotros. Solos no podemos, pero con Él sí.

Fuente: opusdei.org

(De interés) para cristianos

Benigno Blanco

La Universidad norteamericana de Mary ha realizado una propuesta digna de estudio sobre cómo pueden los cristianos evangelizar el mundo actual.

Lo publica en castellano en 2025 la Ed. Rialp con el título De la cristiandad a la misión apostólica. Estrategias pastorales para una nueva era.

Es un libro breve (143 págs.), cuya tesis fundamental es que el reto apostólico para los cristianos hoy es impulsar “la conversión de la mente” de todos a una visión cristiana de la realidad que no se reduce a lo físico-químico evidente, sino que incorpora realidades espirituales que llenan la vida de amor y esperanza, de sentido.

Según el interesante análisis de este trabajo, ya no vivimos en una época de cristiandad en la que la cultura dominante, las instituciones, las costumbres sociales mayoritarias y las leyes responden a una cosmovisión cristiana generalmente aceptada; sino en una época neopagana en la que los cristianos deben vivir y evangelizar en un ambiente social y cultural no cristiano, cuando no abiertamente hostil al cristianismo, como sucedió en la época apostólica, la de los primeros cristianos.

Este libro invita a una reflexión sobre la necesidad de superar formas pastorales propias de una época que ya no existe (la de la pasada cristiandad) y las preocupaciones por mantener estructuras y ámbitos de poder y control, para afrontar con realismo esperanzado la responsabilidad de mostrar la belleza de la fe en un mundo culturalmente pagano.

  • “En tiempos apostólicos todo cristiano es necesariamente testigo y evangelizador; el papel del laicado y la importancia de la santidad de los laicos se demuestran más claramente necesarios para que la Iglesia lleve a cabo su misión” (pág. 63).

En una época apostólica lo que influye es “un testimonio vivo del evangelio que llame la atención. Lo que impactó al mundo antiguo fueron el coraje de los mártires, los cuidados que los cristianos dispensaban a los pobres y a los enfermos y la rectitud moral con que vivían los creyentes iletrados” (pág. 104).

  • “Nos encontramos ante la primera cultura de la historia que en su día fue hondamente cristiana y que, a través de un lento y minucioso proceso, se ha ido desprendiendo conscientemente de su fundamento cristiano” (pág. 34).
  • “El desarrollo tecnológico ha traído aparejado, además y muchas veces de forma inadvertida, un ataque contra la naturaleza humana” (pág. 36).
  • “Las principales batallas a las que se enfrenta nuestra cultura son de carácter intelectual. Algo que puede quedar oscurecido por el carácter indiscutiblemente moral de algunas de ellas”. El reto es “la conversión de la mente a una visión cristiana de la realidad y estar dispuestos a vivir lo que se deduce de esa visión” (pág. 37).

La edición española viene acompañada de un prólogo (págs. 9 a 27) del sacerdote español Fulgencio Espa que no se limita a introducir la lectura del trabajo de la Universidad de Mary, sino que hace una propuesta pastoral inspirada en el trabajo americano, pero de sustancialidad propia y muy adecuada a nuestro contexto cultural.

Reconozco que le tengo un cariño especial a “Don Ful”, pues fue alumno del colegio de mis hijos y les ayudó -ya sacerdote- mucho en momentos relevantes de su vida. Espa escribe:

  • “los tiempos de la historia nos arrojan a ser, de nuevo, primeros cristianos (…) para abrazar la misión apostólica en un mundo no creyente” (pág. 10).

Y define el objeto del libro que comentamos como “ponernos frente al reto fascinante de la evangelización según el modelo de los primeros cristianos”; para lo cual “es decisivo que el apóstol tenga una idea precisa de quién es y a qué propósito sirve, de modo que a la hora de elaborar el plan pastoral mire más al cielo y al poder del Espíritu que a las fuerzas de las que dispone, las instituciones que regenta o ciertos análisis sociológicos más o menos acertados” (pág. 18).

Y nos recuerda que “en tiempos de apostolicidad la conversión de una sola persona es ya mucho”, que “las pequeñas comunidades son una luz grande en tiempos de oscuridad pagana” y el riesgo de que las obras apostólicas tradicionales se conviertan en un fin en sí mismas y “acaben por ser enemigas de una fe vibrante” (pág. 21).

Nuestro prologuista lo tiene claro: por poderoso que parezca, el mal es y será siempre inconsistente; la belleza atraerá a la fe; es necesaria una renovación litúrgica, sacramental y sacerdotal; la moral no es lo primero en la predicación, hay que predicar desde la vida misma, no tanto señalando lo que está mal como ayudando al que está mal; hay que abrir al oyente la vida simbólica y sacramental (lo invisible pero real: Dios, el alma, la vida como misión, la felicidad eterna) y transmitir la experiencia de la originalidad del encuentro con Cristo y la vida en el Espíritu en clave de diálogo con Dios, que es Padre y me ama (págs. 22-26).

En definitiva, la propuesta de este libro es: la nueva evangelización debe ir dirigida a renovar las mentes (pág. 113); lo que se necesita es la conversión de la mente a una visión sacramental de la realidad (pág. 114) transmitiendo que la visión cristiana del ser humano es tomar parte en una aventura extraordinaria, la de ser divinizados (pág. 123).

Y, dado que en este libro se nos propone el ejemplo de los primeros cristianos, concluyo recomendando dos libros para conocer mejor a aquellos que -hace 2000 años- se abrieron camino con éxito en una sociedad pagana:

  • “La fe de los primeros cristianos” de Domingo Ramos-Lissón (Ed. Eunsa, 158 págs.). Es un libro de breves capítulos construidos sobre los textos cristianos de los primeros siglos y que permite conocer de primera mano la novedad del cristianismo y la vida de piedad y apostolado de aquellos primeros seguidores de los Apóstoles.
  • “La vida cotidiana de los primeros cristianos” de Adalbert G. Hamman (Ed. Palabra, 293 págs.). Reconstrucción de la vida cotidiana de los primeros, hecha por quien conoce muy bien no solo la primera literatura cristiana, sino también la historia profana de aquellos siglos y la sociedad en que vivieron las primeras generaciones de cristianos.

Fuente: religionenlibertad.com


21 mayo 2026

«El camino más fiel para servir a la Iglesia es no ser indiferentes a las vicisitudes de nuestro mundo»

Entrevista de Claudio Caruso a Mons. Fernando Ocáriz

A las puertas de un momento histórico, el Opus Dei se prepara para celebrar su primer centenario con la mirada puesta en el futuro y los pies arraigados en lo cotidiano. En esta entrevista exclusiva, Claudio Caruso conversa con el prelado de la Obra, Mons. Fernando Ocáriz, en un diálogo profundo que recorre los desafíos de la familia contemporánea, el verdadero impacto de la institución en sus primeros cien años de vida y la vitalidad de la Iglesia en continentes como el africano.

Con una calidez cercana y una visión marcadamente sobrenatural, Don Fernando analiza además el profundo significado de la próxima e histórica visita del Papa León a España bajo el lema «Alzad la mirada». Una conversación imprescindible para comprender cómo el mensaje de san Josemaría —encontrar a Dios en el trabajo, el descanso y las relaciones diarias— sigue siendo una respuesta vibrante y transformadora para los retos de la sociedad actual.

«Mi ilusión para los próximos años es que la Obra sea una gran catequesis para ayudar a hacer realidad la santidad en la vida de todos los días».

San Josemaría nació en una familia practicante. Comenzó su apostolado entre jóvenes, muchos de ellos provenientes de familias católicas. Pero en su vida la Obra se desarrolló en otros países, donde la realidad era diferente. Y hablaba incluso del apostolado “ad fidem”. ¿Qué ve como clave en el apostolado en ambientes donde la familia no solo no aporta mucho a la fe, sino que incluso está desmembrada? En este sentido, ¿cómo se podría impulsar en la sociedad a las familias como “hogares luminosos y alegres”, como decía san Josemaría?

Desde el primer momento, san Josemaría dio gran importancia a la amistad como un lugar privilegiado de evangelización, pues es allí donde compartimos el evangelio de corazón a corazón. En esos vínculos de amistad, la fe se va expandiendo a las familias, a los colegas, a los vecinos… y abre horizontes nuevos a cada uno. Así imaginaba el papel de los primeros cristianos, que mostraban con naturalidad su amistad con Cristo a través de una alegría contagiosa. Y esto continúa vigente. El encuentro con Jesús pone los fundamentos para construir el propio proyecto de vida: ayuda a creer en el amor para siempre, reconoce en los hijos una bendición, da fuerzas para cuidar a los mayores y a los enfermos. Las familias cristianas están llamadas también a ayudar a otras muchas familias.

San Josemaría decía que la Obra está para servir a la Iglesia, ¿cuál considera que es el principal servicio que prestó la Obra a la Iglesia en estos primeros cien años?

El principal aporte del Opus Dei está conectado con la esencia del espíritu que Dios quiso difundir a través de la Obra, desde 1928: una multitud de personas que quieren amar a Dios en su día a día, buscando el modo de que el Evangelio impregne de sentido su trabajo y su descanso, las relaciones con sus parientes y colegas, contribuyendo a humanizar –y cristianizar– los pequeños y grandes sufrimientos de la vida, así como las alegrías y los desafíos que se les presenten, transformando la labor cotidiana en un servicio generoso, una siembra de paz y alegría cristianas en todos los ambientes.

Resultaría más fácil enfocar esta pregunta desde los proyectos institucionales y señalar la inspiración que el mensaje del Opus Dei ha tenido para tantas iniciativas educativas, formativas, solidarias, asistenciales en muchos lugares del mundo. Se podrían poner ejemplos variados, como pueden ser Strathmore College de Kenia, el primer colegio interracial de África, que comenzó en 1961 por impulsado por el espíritu de san Josemaría; centros de formación profesional en Sudamérica, una escuela de dirección en México o un colegio mayor en España. Estando en Roma, es conocido el trabajo de la Pontificia Università della Santa Croce, un centro de estudios eclesiásticos que ha formado estudiantes de 129 países procedentes de más de 1.200 diócesis.

Sin embargo, sin restar valor a esto, me ha llenado de agradecimiento volver a constatar –después de escuchar a más de 50.000 voces de 70 países– que el camino más fiel para servir a la Iglesia desde nuestro espíritu, es identificarse de tal forma con Cristo, que tengamos sus mismos sentimientos para no ser indiferentes a las vicisitudes de nuestro mundo e implicar la propia vida en dar respuesta a las ilusiones y necesidades de todos.

Los cien años de la Obra son un momento de acción de gracias, de reflexión y de mirar hacia adelante: ¿cómo ve a la Obra proyectada en los próximos años?

Mi ilusión para los próximos años es que el centenario de la fundación del Opus Dei sea una ocasión para que cada una y cada uno se renueve interiormente, y desde esa renovación interior –que implica también reconocer los errores y rectificar– podamos servir mejor a Dios, a la Iglesia y a todas las personas, inspirando la transformación del mundo según el corazón de Cristo. Que haya personas del Opus Dei detrás de esas familias unidas porque han sabido pedirse perdón. Que haya periodistas que dicen la verdad, docentes comprometidos con enseñar con humildad y valentía; viejitos alegres y jóvenes solidarios; matrimonios que inspiran a sus hijos en la fe; enfermos que llevan sus dolores con serenidad; médicos que tratan con humanidad a sus pacientes, e ingenieros que invierten sus mejores artes en solucionar los problemas de los más vulnerables, aunque no sea el negocio más rentable. Esta es mi ilusión para los próximos años: que la Obra sea una gran catequesis para ayudar a hacer realidad la santidad en la vida de todos los días y contribuir a “que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna” (san Josemaría, Surco, n. 302).

El Papa ha realizado un viaje a África, por varios países durante diez días.  ¿Cuáles han sido para usted los temas principales de esa visita?

El intenso viaje apostólico de diez días por Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial ha sido una elocuente manifestación de la solicitud del Papa y de la Iglesia por todo el género humano y, de modo particular, por el continente africano, una tierra de esperanzas y desafíos igualmente grandes. A la vez, es una oportunidad para renovar la gratitud, el afecto filial y la oración constante por los frutos del pontificado.

En cada viaje, el Santo Padre es un testigo del evangelio y la cercanía de Dios con las personas que lo reciben. Ha reiterado su mensaje de paz y reconciliación como respuesta cristiana a los conflictos. Su peregrinación a la tierra de san Agustín nos revela su propia identidad como hijo espiritual del santo de Hipona y nos invita a buscar en Jesucristo las respuestas para nuestras inquietudes existenciales. Las multitudinarias y alegres celebraciones litúrgicas –como la conmovedora misa de clausura en Malabo– demuestran que la Iglesia en África rebosa vitalidad. El Papa nos ha recordado a todos que este continente es un auténtico pulmón espiritual y un tesoro de fe para el mundo entero.

¿Y qué espera la Obra de los apostolados en ese continente?

La respuesta breve es que esperamos muchísimo, tanto en proyectos de formación como en fidelidad personal a Jesucristo. Los dos sentidos son importantes, pero en el Opus Dei damos una importancia primaria a la espontaneidad apostólica de cada uno, a su libre y responsable iniciativa, guiada por el Espíritu Santo.

San Josemaría amaba entrañablemente a África, con su gran variedad de culturas y de pueblos, y vislumbraba el bien inmenso que sus hombres y mujeres aportarían a la sociedad y a la edificación de la Iglesia. Nos invitaba frecuentemente a soñar con grandes ideales. Lo que más me ilusiona de la tarea del Opus Dei en África es la vida de los africanos que viven el espíritu de la Obra. El Opus Dei no está en África como algo externo, sino que desde hace casi 70 años hay africanos de distintos países que viven el espíritu del Opus Dei, con su propio estilo, en su propia realidad. El Opus Dei es africano porque es católico, universal, como el mensaje del evangelio. Y ya estamos viendo cómo el Opus Dei se expande desde África, a otros lugares del mundo, llevando un testimonio vibrante de fe y de alegría.

En el próximo mes de junio el Papa León visitará por primera vez España, ¿cómo cree que debemos prepararnos para ese acontecimiento en el país de nacimiento de la Obra?

El lema del viaje – “Alzad la mirada” – es una invitación a mirar nuestra realidad saliendo de las lógicas humanas, y entrando en esta visión sobrenatural que nos da el amor de Dios. Acercándonos a Él en los necesitados, con gestos y obras de misericordia, preparamos el corazón para recibir a Jesús en ellos: “Cuanto habéis hecho por mis hermanos más pequeños, por mí lo hicisteis” (Mt 25:40).

San Josemaría llamaba al Papa, evocando a Santa Catalina de Siena, el “dulce Cristo en la tierra”. Otra manera primordial de prepararse para recibir la visita del Santo Padre es rezando por su persona y por los frutos del viaje, para que los corazones de todos estén abiertos a escuchar sus palabras, recibirlas con devoción y, después, hacerles eco en todos los rincones de la sociedad. La fe cristiana tiene grandes implicaciones sociales y eso suele estar presente en un viaje de un Romano Pontífice, que es también un viaje de estado. Pero, lo principal, lo central es que el Papa nos ayuda a encontrarnos con Jesucristo. Solo en Jesucristo y con Jesucristo la vida tiene sentido y los desafíos de la humanidad se pueden mirar con esperanza.

Fuente: exaudi.org

 

20 mayo 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II.

 El Papa en la Audiencia General

III. Constitución Sacrosantum Concilium. 9. La liturgia en el misterio de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis comenzamos a reflexionar sobre el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II: la Constitución Sacrosanctum Concilium, dedicada a la sagrada liturgia. Su propósito es conducir a la Iglesia a contemplar y profundizar el vínculo que la une con el misterio de Cristo; es decir, con su pasión, muerte, resurrección y glorificación. Esta comunión se realiza en la sagrada liturgia a través de ritos y oraciones. La Iglesia expresa así su fe y modela su identidad como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.

En la liturgia, Cristo sigue actuando, presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, sobre todo, en la Eucaristía. La participación de los fieles en la acción litúrgica los edifica, los renueva y los envía a manifestar lo celebrado en la vida cotidiana, haciendo de la propia existencia un «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» (Rm 12,1).

* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a dejarnos formar interiormente por la liturgia, para que toda nuestra vida sea una continua “acción de gracias”. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

18 mayo 2026

Justicia, solidaridad, amor

Ignacio Sánchez Cámara

En algunos casos, desde luego no en todos ni quizá en la mayoría, el origen de las discusiones políticas, jurídicas y morales está en un entendimiento confuso o no compartido de algunos conceptos básicos. Un ejemplo podemos encontrarlo en la confusión entre la justicia, la solidaridad y el amor (o la misericordia, por emplear un término tan noble como olvidado). Y también, por cierto, en la confusión entre política, derecho y moral.

Aquí se trata solo de un esbozo de clarificación, por si sirve de algo. Otra cosa requeriría una extensión mucho mayor. La justicia es una virtud moral que se refiere a la organización de la sociedad y al bien común, y consiste en dar a cada uno lo suyo. Intentar realizarla es competencia de los individuos, los grupos y el Estado. Pero la justicia es solo una parte de la moralidad, vinculada al derecho. No todo lo inmoral debe ser castigado por el Estado. Su fin es la justicia (y esto resulta cada vez más insólito), pero no ir más allá de ella.

La solidaridad, aunque ha ido extendiendo su ámbito hasta incluir aspectos que la rebasan, consiste en hacer propios un problema, sufrimiento, reivindicación o desgracia ajenos. Se aproxima bastante a la compasión. Por ejemplo, las víctimas de una catástrofe, natural o gubernamental, tienen derecho a lo que sea justo, a lo que les corresponde. Y además merecen la solidaridad de los ciudadanos. Pero son cosas distintas. Y solo la primera es competencia del Estado, no la segunda. Reparar los daños en la medida de lo posible es asunto de la justicia. Los ciudadanos que van a ayudar a las víctimas son solidarios. Pero hablar de solidaridad estatal es algo erróneo y pernicioso. «Solidaridad estatal» es una expresión tan extraña como «amor contencioso-administrativo». Las disposiciones de los poderes públicos pueden ser más o menos justas, nunca solidarias.

El amor no es ni justo ni solidario. No da al otro lo que le corresponde, ni es solidario con él. El que ama se sacrifica hasta entregar su vida. No es un acto justo ni solidario. El filósofo Max Scheler consideró que el análisis que había hecho Nietzsche del resentimiento moral era irreprochable, pero atribuirlo a la moral cristiana era un grave error. Mientras en el mundo pagano el amor era un sentimiento del inferior hacia el superior, hacia todo lo bello, fuerte y noble, el amor cristiano sigue la dirección opuesta y se dirige del superior al inferior. Así, ama lo enfermo, lo pobre, lo miserable, lo débil. Esto nada tiene que ver con el resentimiento. Y, por cierto, él presupone jerarquía y desigualdad.

Volviendo a la justicia, si consiste en dar a cada uno lo suyo, no puede consistir en un mero igualitarismo. Porque lo de uno puede no ser igual a lo de otro. La justicia conduce necesariamente a una cierta desigualdad. Don Quijote decía que nadie es más que otro mientras no hace más que otro. No hay justicia sin jerarquía y excelencia.

Todo esto no resuelve quizá los problemas, pero los aclara, lo que no es poco. Un caso ejemplar lo constituye la inmigración ilegal, en el que se mezcla lo que puede haber de justicia, de solidaridad y de amor. En ocasiones, los problemas se resuelven haciendo distinciones. ¿Tienen los mismos derechos los nacionales que los inmigrantes legales y que los ilegales? La pregunta sugiere que estamos hablando de justicia, no de solidaridad o amor. Si se contesta afirmativamente, entonces se considera que no hay distinción entre lo legal y lo ilegal, y se da el mismo tratamiento a lo que jurídicamente es diferente. ¿Y qué pasa entonces con quienes no logran entrar? ¿Cuáles son sus derechos? Uno puede tener derecho a la vivienda, pero quizá no a irrumpir violentamente en la vivienda ajena.

El Estado crece en sus pretensiones totalitarias. Aparte de todas las competencias que ha ido asumiendo en los últimos siglos, ya decide sobre la vida y la muerte (aborto y eutanasia), sobre el ámbito privado y también se atribuye la virtud de la solidaridad. Solo falta que proclame su amor a los ciudadanos, determine lo que estos deben amar y lo que deben odiar. El Estado ya no es solo justo; es también solidario y amoroso. El primer precepto del Decálogo habría que reformularlo así: Amarás al Estado (al Gobierno) sobre todas las cosas.

Fuente: eldebate.com

Retos de una buena comunicación

Juan Luis Selma

El autor explica que la tecnología facilita el acceso a la información, pero no garantiza un conocimiento verdadero ni una comunicación auténtica, y recuerda que las máquinas "no piensan ni aman" y carecen de moral y ética.

Hoy, en el día en que Jesús sube al Cielo, celebra la Iglesia la LX Jornada de las Comunicaciones Sociales. La predicación de Jesús, Cabeza de la Iglesia, se fundamenta en la verdad. Él se manifiesta como Verdad hecha Vida, como Palabra encarnada. Su misión es revelarnos al Padre; así se lo dice a Felipe: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre". Jesús es el gran comunicador por su íntima relación con la verdad —porque es la Verdad— y por su compromiso en mostrarla.

Vivimos rodeados de innumerables inputs, destellos informativos, noticias constantes. Aparentemente, tenemos acceso a todo lo que sucede en el mundo en tiempo real. Pero surgen varias preguntas:

¿Estamos realmente informados?

¿Conocemos lo que pasa?

¿Nos comunicamos de verdad?

¿Accedemos a la verdad o solo a fragmentos?

El Evangelio nos transmite una profunda conversación de Jesús con su Padre: "He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado".

Aquí el Señor nos ofrece una verdadera lección de comunicación.

He manifestado tu nombre: en lenguaje bíblico, significa revelar lo que alguien es. El nombre expresa la esencia, el ser. Jesús comunica al Padre entero, sin ocultar nada: han conocido toda la verdad, no un matiz, no una parte.

Además, lo hace a los suyos, a quienes conoce y pueden entenderle. Les habla en su idioma, en su modo de comprender. Hay empatía, cercanía, encarnación. Y ellos reciben y conocen: la comunicación es completa.

San Josemaría lo resumía con gracia: hacen falta “buenas explicaderas y buenas entendederas”.

Es decir:

1. Buenas explicaderas

La capacidad de transmitir ideas, verdades o enseñanzas con claridad, sencillez y convicción. Supone conocimiento profundo de los hechos, dominio del lenguaje, pasión por la verdad y objetividad. Comunicar hechos y realidades, no opiniones disfrazadas; dejar al margen filias y fobias personales.

2. Buenas entendederas

La disposición interior para comprender, para abrir la mente y el corazón a la verdad, incluso cuando no coincide con lo que querríamos oír. Es dejarse interpelar, permitir que la verdad nos transforme. Apertura.

El papa León XIV, con motivo de esta Jornada, nos ofrece una espléndida reflexión sobre el uso de la inteligencia artificial y sobre cómo aprovechar los avances tecnológicos sin perder libertad ni alejarnos de la verdad. Recomiendo vivamente su lectura.

Comienza afirmando: "El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro… Custodiar rostros y voces humanas significa conservar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitable que surge de la vida y que se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás".

El Papa sostiene que la comunicación debe ser humana, fruto de la libre expresión, de un conocimiento cierto y fundado, que conjugue verdad y corazón en una relación interpersonal. La tecnología no puede robarnos la cabeza ni el corazón.

Advierte también: "Simulando voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la comunicación, el de la relación entre las personas".

Por eso no podemos renunciar al pensamiento propio, al juicio personal fruto del estudio y de la reflexión. El ser humano posee un “olfato” para la verdad, una sensibilidad moral que llamamos sindéresis: capacidad natural e innata del intelecto para juzgar rectamente, distinguir el bien del mal y reconocer los primeros principios morales. Es una “chispa de la conciencia” que orienta éticamente y que ninguna máquina puede sustituir.

Las máquinas facilitan, ordenan, procesan datos, pero no piensan ni aman. No tienen moral, ética ni fe. Y los datos que manejan siempre proceden de alguien, con intereses que no siempre son transparentes.

Podemos terminar con este deseo del Papa: "Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica".

Que esta Jornada nos ayude a comunicar como Cristo: con verdad, con claridad, con corazón. Todos necesitamos comunicarnos, relacionarnos. Se suele decir que muchos de los problemas familiares son consecuencia de una mala comunicación. Esto también se puede afirmar de la mayoría de los conflictos sociales.

Fuente: eldiadecordoba.es

17 mayo 2026

Nos atrae también, con Él, hacia la plena comunión con el Padre

El Papa en el Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy, en muchos países del mundo, se celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor.

La imagen de Jesús que —como narra el texto bíblico (cf. Hch 1,1)—, elevándose desde la tierra sube al cielo, puede hacernos percibir este Misterio como un acontecimiento lejano. En realidad, no es así. Nosotros, de hecho, estamos unidos a Jesús como los miembros a la cabeza, en un solo cuerpo, y su ascensión al cielo nos atrae también, con Él, hacia la plena comunión con el Padre. San Agustín decía a este propósito: «El que la cabeza vaya delante es garantía para los miembros» (Sermón 265, 1.2).

Toda la vida de Cristo es un dinamismo ascendente, que abraza y envuelve, a través de su humanidad, todo el escenario del mundo, elevando y redimiendo al hombre de su condición de pecado, llevando luz, perdón y esperanza allí donde había tinieblas, injusticia y desesperación, para llegar a la victoria definitiva de la Pascua, en la que el Hijo de Dios «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida» (Prefacio de Pascua I).

La Ascensión, entonces, no nos muestra una promesa lejana, sino un vínculo vivo, que nos atrae también a nosotros hacia la gloria celestial, ampliando y elevando —ya desde esta vida— nuestro horizonte y acercando cada vez más nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar a la medida del corazón de Dios.

Nosotros conocemos el camino de este itinerario ascendente (cf. Jn 14,1-6). Lo encontramos en Jesús, en la entrega de su vida, en sus ejemplos y en sus enseñanzas, como también vemos sus huellas en la Virgen María y en los santos: aquellos que la Iglesia ofrece como modelo universal y aquellos —como le gustaba decir al Papa Francisco— «de la puerta de al lado» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7), con los que vivimos cada día —papás, mamás, abuelos, personas de todas las edades y condiciones—, que con alegría y compromiso se esfuerzan sinceramente por vivir según el Evangelio.

Con ellos, con su apoyo y gracias a su oración, podemos aprender también nosotros a subir día a día hacia el cielo, haciendo objeto de nuestros pensamientos, como dice san Pablo, “todo lo que es verdadero, justo, amable” (cf. Flp 4,8) y poniendo en práctica, con la ayuda de Dios, lo que hemos «oído y visto» (v. 9), haciendo crecer, en nosotros y en nuestro entorno, la vida divina que recibimos en el bautismo y que nos impulsa constantemente hacia lo alto, hacia el Padre, y difundiendo en el mundo frutos preciosos de comunión y de paz.

Que nos ayude la Virgen María, Reina del Cielo, que en todo momento ilumina y guía nuestro caminar.

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Después del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy se celebra en muchos países la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año he querido dedicar al tema “Custodiar voces y rostros humanos”. En esta época de la inteligencia artificial animo a todos a comprometerse en la promoción de formas de comunicación que sean siempre respetuosas de la verdad del hombre, a la cual se debe orientar toda innovación tecnológica.

De hoy al próximo domingo se llevará a cabo la Semana Laudato si’, dedicada al cuidado de la creación e inspirada en la encíclica del Papa Francisco. En este año jubilar de san Francisco de Asís, recordamos su mensaje de paz con Dios, con los hermanos y con todas las creaturas. Lamentablemente, a causa de las guerras, en estos últimos años se han retrasado mucho los progresos en este ámbito. Por eso, animo a los miembros del movimiento Laudato si’, y a todos los que trabajan por una ecología integral, a renovar este compromiso. Cuidar la paz es cuidar la vida.

Los saludo a todos ustedes, queridos fieles de Roma y peregrinos de distintos países. En particular, doy la bienvenida a algunas bandas musicales provenientes de Alemania, a la confraternidad Sant’Antonu di u Monti de Ajaccio y al grupo de estudiantes de Montana de los Estados Unidos de América.

Saludo a los jóvenes de Oppido Mamertina, a los animadores de Lorenzaga de la diócesis de Concordia-Pordenone y a los jóvenes confirmandos de la diócesis de Génova.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!.

Fuente: vatican.va

14 mayo 2026

Ascención del Señor

Solemnidad de la Ascensión. 

Evangelio (Mt 28,16-20)

Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y en cuanto le vieron le adoraron; pero otros dudaron. Y Jesús se acercó y les dijo:

—Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Comentario

Como broche final a su evangelio, san Mateo incluye el “mandato misionero” con el que Jesús envía a los discípulos a evangelizar y bautizar a todas las gentes, porque todos pueden ya beneficiarse de los frutos de la redención. Y en su última aparición, el Señor, “a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de sus ojos” (Hch 1,9), como narra la primera lectura en la liturgia de la solemnidad de hoy.

El mandato misionero del resucitado no va dirigido solo a los primeros discípulos, sino que es tarea y misión para todos: “A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio”, recordaba san Josemaría.

Y decía también que la mayoría de los cristianos debemos “llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y los senderos de montaña”. San Josemaría invitaba por eso a sentir el mandato misionero en primera persona: “Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” —Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti”.

La fiesta de la Ascensión es una buena ocasión para renovar nuestro afán apostólico y el deseo de llevar almas al cielo, donde Jesús glorioso nos espera y que aprendemos de los primeros discípulos. Ellos se enfrentaban a la difícil tarea de cristianizar el mundo entero, plagado de civilizaciones que aún no conocían el evangelio y de ideologías y obstáculos de todo tipo. Pero lejos de desalentarse, los apóstoles estaban llenos de confianza en Jesús resucitado y victorioso, quien les dijo claramente: “se me ha dado toda potestad en el cielo y la tierra” (v. 18), “y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (v. 20).

Como decía el Papa Francisco, “la Ascensión nos recuerda esta asistencia de Jesús y de su Espíritu que da confianza, da seguridad a nuestro testimonio cristiano en el mundo. Nos desvela por qué existe la Iglesia: la Iglesia existe para anunciar el Evangelio. ¡Solo para eso! Y también, la alegría de la Iglesia es anunciar el Evangelio. La Iglesia somos todos nosotros bautizados. Hoy somos invitados a comprender mejor que Dios nos ha dado la gran dignidad y la responsabilidad de anunciarlo al mundo, de hacerlo accesible a la humanidad. Esta es nuestra dignidad, este es el honor más grande para cada uno de nosotros, ¡de todos los bautizados!”.

Por otro lado, nos dice el evangelio que cuando el Resucitado se mostró a los discípulos, “en cuanto le vieron, lo adoraron” (v. 17). Esta actitud reverencial ante el Señor será también nuestra fuerza en la tarea de la evangelización. Dice santo Tomás de Aquino que “lo que admiran mucho los hombres lo divulgan luego, porque de la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12,34)”. Si sabemos adorar al Señor con devoción y agradecimiento, si le damos al Resucitado el homenaje que merece, nuestro testimonio ante los hombres será más auténtico y eficaz, porque brotará de un corazón lleno de Dios, como el de los primeros discípulos y las santas mujeres.

Fuente: opusdei.org