19 marzo 2026

Mensaje del Prelado del Opus Dei (19 marzo 2026)

Mons. Fernando Ocáriz

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Está todo hecho y todo por hacer. También en el camino de preparación para el Centenario de la Obra que estamos recorriendo, nos ha guiado esta frase tantas veces meditada por san Josemaría. Todo hecho, porque Dios inspiró la Obra a nuestro Padre; todo por hacer, porque siempre nos abre nuevos horizontes en fidelidad al origen.

Hoy celebramos la fiesta de san José, patrono de la Iglesia universal y de la Obra. Nuestro fundador solía llamarlo «mi padre y señor» y lo recordaba como «el hombre de la sonrisa permanente y el encogimiento de hombros». ¡Cuánto podemos aprender de él! Como modelo e intercesor, nos ayuda a transitar la vida, con sus luces y sombras, penas y alegrías, y a mantener el corazón lleno de deseos de amor y de fidelidad.

De la mano de san José, vuelvo a hablaros del Centenario de la Obra. El 10 de junio de 2021 os informé de que la celebración abarcaría los quinientos días que van desde el 2 de octubre de 2028 al 14 de febrero de 2030, como expresión de unidad: mujeres y hombres, laicos y sacerdotes. También os decía que se había constituido un comité para pensar en los preparativos y organizar un proceso de recoger sugerencias, que nos ha permitido experimentar, una vez más, aquello en lo que insistía tanto don Javier: la Obra está en nuestras manos. Deseo agradecer al comité y a todos y todas el interés y la participación en estas tareas.

Como sabéis, las últimas Asambleas regionales tuvieron como tema el “Camino hacia el Centenario”. Al considerar este verdadero coro de voces de casi setenta países, doy gracias a Dios por el espíritu de unidad y fidelidad, fundamento de la permanente renovación apostólica y espiritual, que deseamos vivir para dar respuesta a las encrucijadas de cada época. Jóvenes y mayores, miembros de la Obra, cooperadores, amigos y muchas personas que formaron parte de la Obra en algún momento de su vida, os habéis detenido a considerar cómo encarnar hoy, con una fidelidad dinámica, el espíritu que san Josemaría recibió de Dios para servir a la Iglesia. Una consideración agradecida del pasado, acompañada de un examen humilde, y una mirada esperanzada del futuro es lo que querría transmitiros en este mensaje para, juntos, vivir el Centenario.

En vuestras aportaciones, han resonado con especial fuerza tres ámbitos de nuestra existencia en medio del mundo: la familia, el trabajo y la formación. Al leer vuestras reflexiones sobre la familia, se nota un deseo renovado de que cada hogar sea una verdadera «Iglesia doméstica», reflejo del hogar de Nazaret. Del mismo modo, habéis subrayado que el trabajo no es solo una tarea humana, sino un ámbito de encuentro personal con Jesucristo. Los permanentes cambios en las realidades profesionales y sociales nos interpelan para encontrar el modo de que el Evangelio impregne el sentido del trabajo y contribuya a humanizar –y, por tanto, cristianizar– las relaciones laborales y todas las formas de trabajo, transformando la labor cotidiana en un servicio generoso y lleno de sentido. La formación que recibimos es un impulso para configurarnos con Cristo y vivificar el mundo desde dentro.

En los próximos años se seguirá aprovechando ese valioso material, que condensa las ilusiones y las necesidades de todos. La situación de la Iglesia y de la sociedad es a la vez entusiasmante y delicada, y comprobamos que la gracia de Dios sigue actuando. La Obra, como parte de la Iglesia, nunca está ajena a las vicisitudes de este mundo. Más allá del proceso de adaptación de los Estatutos –que comenzó hace casi cuatro años, y sigue en estudio en la Santa Sede–, tenemos abundantes desafíos y oportunidades para servir a la Iglesia como quiere ser servida hoy.

Concretamente, recorreremos este camino con agradecimiento a Dios al ver cómo crece el número de personas que le buscan y que participan en los medios de formación, las conversiones que el Señor suscita gracias al trato de amistad y las nuevas iniciativas apostólicas. Toda esta vitalidad es ocasión de reconocer la acción de Dios, de quien proceden los frutos, y la entrega de los muchos hijos e hijas míos –hermanos vuestros– que han dado su vida por los demás.

A la vez, en esta etapa de continuidad, no faltan retos, en consonancia con los que atraviesan todos los cristianos. Por ejemplo, en la mayoría de las regiones se notan las dificultades para que los jóvenes perciban la belleza de la llamada al celibato apostólico. Por otra parte, con el paso del tiempo, deberemos abordar la dificultad del relevo de los mayores, laicos y sacerdotes. Esto hará necesario buscar en cada región nuevos modos de seguir cumpliendo nuestra misión. Esta situación requerirá –como se ha señalado de forma unánime en las Asambleas regionales– un enfoque prioritario en la labor apostólica con jóvenes y un genuino protagonismo de los supernumerarios: seguir mejorando su formación para que todos estemos en primera línea en este apostolado capilar, abiertos en abanico.

Han pasado casi cinco años desde aquel primer mensaje que os dirigí sobre el Centenario, y nos vamos acercando a la celebración. De acuerdo con la Asesoría Central y el Consejo General, os propongo prepararnos espiritualmente para ese momento meditando el ejemplo de los primeros cristianos: hombres y mujeres de toda condición y origen que dieron testimonio de la fe en Jesucristo hasta transformar la sociedad. Nuestro Padre recordaba que «si se quiere buscar alguna comparación, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos» (Conversaciones, n. 24).

Con este telón de fondo, desearía que en los próximos años considerásemos con mayor profundidad algunos aspectos centrales del espíritu del Opus Dei, que san Josemaría sintetizó en frases y expresiones que conocemos y que constituyen para nosotros un don y una tarea. El 19 de febrero pasado, en un encuentro con sacerdotes, León XIV resaltaba las palabras de Jesús a la mujer samaritana: «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4,10). Y comentaba el Papa: «El don, como sabemos, es también una invitación a vivir una responsabilidad creativa (...). Con nuestra creatividad y nuestros carismas, estamos llamados a colaborar con la obra de Dios. En este sentido, son iluminadoras las palabras que el Apóstol Pablo dirige a Timoteo: “Te recuerdo que reavives el don de Dios que está en ti” (2Tim 1,6)».

Reavivar el don de Dios es lo que deseamos hacer especialmente en estos próximos años. Concretamente, entre el 2 de octubre de 2026 y el 2 de octubre de 2027 sugiero profundizar en la idea de ser contemplativos en medio del mundo, con la que nuestro Padre condensaba muchos elementos del espíritu del Opus Dei: la filiación divina, la Misa como centro y raíz de nuestra existencia, el valor de la vida ordinaria y la belleza de descubrir ese «algo divino» escondido en las realidades más comunes del trabajo, la familia y la vida ciudadana.

En el siguiente año, hasta el comienzo del Centenario el 2 de octubre de 2028, desearía que tuviéramos más presentes las enseñanzas de san Josemaría sobre la amistad y la confidencia, siendo cada una y cada uno para los demás «Cristo que pasa», y descubriéndolo también en los demás. En nuestra vocación, la amistad es el lugar privilegiado de evangelización, pues en los lazos de amistad compartimos el evangelio de corazón a corazón.

Finalmente, del 2 de octubre de 2028 al 14 de febrero de 2030 os invito a meditar sobre el trabajo, desde la secularidad, partiendo del pensamiento de san Josemaría: «Santificar el trabajo, santificarnos con el trabajo, santificar a los demás con el trabajo», inspirando la transformación del mundo según el corazón de Jesús. El mensaje de san Josemaría sobre el trabajo adquiere un valor particular cuando la idea misma de trabajo como lugar de santificación está cuestionada, y a la vista de los cambios tecnológicos y culturales, que influyen decisivamente sobre las personas. En este contexto, con la gracia de Dios y nuestro ejemplo, a pesar de nuestras limitaciones y defectos personales, muchos encontrarán a Cristo en sus vidas, llenándolas de sentido.

Durante los próximos años, nos prepararemos espiritualmente considerando estas tres enseñanzas centrales de san Josemaría, con el deseo de servir mejor a las personas que nos rodean, a la Iglesia y a la sociedad entera. Nuestro Padre veía a sus hijas e hijos como «sembradores de paz y de alegría». Deseamos hacer realidad ese sueño.

Continuemos rezando por estas intenciones, en sintonía con la exhortación perenne de nuestro Padre: «Desde el comienzo de nuestra Obra, no me he cansado de enseñar lo mismo: la única arma que poseemos es la oración, rezar de día y de noche. Y ahora os vuelvo a repetir lo mismo: ¡rezad!, ¡rezad!, que hace mucha falta» (Carta 28-III-1973, n. 5).

La vida de san José se centró en contemplar, amar y cuidar a Jesús y María, desde su condición de padre de familia y trabajador en Galilea. Le pedimos que nos acompañe en este camino hacia el Centenario.

Como es natural, también en este contexto, unámonos sinceramente a la oración del Santo Padre por la paz en el mundo, atravesado por tanta guerra y destrucción en numerosos países y pueblos, y procuremos ser en nuestro ambiente instrumentos de paz. Que Jesucristo, Príncipe de la Paz, se apiade de este mundo nuestro, que su gracia consuele a los que sufren y que transforme el odio de muchos corazones en sentimientos de amor y de perdón.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre


Roma, 19 de marzo de 2026

El Vaticano publica el esperado documento sobre IA y Transhumanismo

Javier García Herrería

En los últimos meses se ha especulado ampliamente con que la primera encíclica del Papa podría abordar la inteligencia artificial. Quizá sea así. Pero, mientras tanto, el Vaticano —a través de la Comisión Teológica Internacional— ha puesto ya sobre la mesa un gran marco de reflexión con la publicación del documento Quo vadis, humanitas? Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios sobre el futuro de lo humano.

El texto, presentado como una lectura de la condición humana en un momento de “cambio de época”, parte de una constatación: el progreso tecnocientífico reaviva el asombro por las capacidades humanas, pero no elimina la fragilidad —la muerte, las enfermedades, las guerras, o la desigualdad—. 

Frente a las tentaciones de simplificar esa ambivalencia (tecnofilia ingenua o resignación pesimista), el documento reivindica una antropología cristiana que sostenga a la vez grandeza y límite, y coloque en el centro la dignidad humana como un don previo, no como una construcción adquirida.

Primeras valoraciones

Según Giovanni Tridente especialista en ética de la IA y autor de Anima Digitale, «el documento de la Comisión Teológica Internacional ofrece una importante contribución porque recuerda que la cuestión de la tecnología es ante todo una cuestión antropológica».

Según Tridente el punto fuerte del documento es cómo subraya que «la dignidad de la persona no puede reducirse a sus capacidades cognitivas o al rendimiento que la tecnología promete potenciar». En su lugar, el texto vaticano «propone utilizar la categoría cristiana de vocación, donde el hombre no es simplemente un proyecto que hay que optimizar o rediseñar tecnológicamente, sino una realidad recibida como don y llamada a desarrollarse en la relación con Dios, con los demás y con el mundo».

Discernir y distinguir

Inspirado por el 60º aniversario de Gaudium et spes (1965–2025), el documento propone un método de discernimiento: confrontar los nuevos horizontes culturales y tecnológicos con las exigencias permanentes de la condición humana, distinguiendo aportes compatibles con el Evangelio de los que lo contradicen. 

En esa línea, la Comisión organiza su análisis alrededor de cuatro categorías: desarrollovocaciónidentidad y condición dramática. La primera examina la noción de desarrollo —clave en el debate sobre el futuro— y advierte de la tensión entre mejorar la vida de los pueblos y el sueño de sustituir lo humano. 

La cuestión sobre la “vocación” subraya la importancia de ver la vida en sus aspectos relacionales y responsables. La tercera sitúa la cuestión de la “identidad” como una dimensión particularmente sensible en nuestro tiempo, debido a la posibilidad de intervenir técnicamente en la naturaleza humana. 

Y la cuarta subraya el carácter histórico, libre y expuesto a riesgos del camino por el que cada persona “llega a ser” quien es.

Transhumanismo

Uno de los focos más explícitos del documento es el diálogo crítico con el transhumanismo y el posthumanismo, corrientes que —según la Comisión— replantean de modo radical la relación entre cuerpo, técnica y destino humano. 

El transhumanismo aparece descrito como el proyecto de superar los límites biológicos (envejecimiento e incluso muerte) mediante ciencia y tecnología, con un optimismo antropocéntrico sobre el progreso. El posthumanismo, en su sentido estricto, cuestiona la existencia de una “forma humana” digna de ser custodiada y difumina el límite entre humano y máquina. 

En ambos casos, el documento sostiene que la solución a la tensión humana entre finitud e infinito no puede pasar por la supresión o sustitución de lo humano, sino por su integración y plenitud.

Ética y desarrollo tecnológico

La Comisión dedica un amplio espacio a las implicaciones antropológicas del desarrollo tecnológico reciente, especialmente en la comunicación digital, los datos, la inteligencia artificial, la biotecnología y la robótica. Subraya que la tecnología no opera solo como herramienta, sino como “ambiente” que reconfigura la vida social y la autocomprensión. 

Entre los riesgos, apunta a la opacidad de decisiones automatizadas en ámbitos sensibles (salud, justicia, finanzas o seguridad), la polarización y “tribalización” del debate público alimentada por redes sociales, la fragilidad particular de niños y jóvenes ante dinámicas de aislamiento, manipulación y violencia, y la tendencia a reducir el cuerpo a material disponible para ser modificado en busca de rendimiento, juventud o eliminación del dolor.

Consecuencias del “desarrollo” tecnológico

En paralelo, el documento sitúa estas transformaciones en cuatro relaciones fundamentales de la persona: con el ambiente, con los otros, consigo misma y con Dios. En el plano ecológico, alerta contra una lógica tecnocrática que relativiza los límites de la naturaleza y agrava desigualdades, especialmente en regiones más vulnerables. 

En la esfera social, describe el impacto de la hiperconexión y la ansiedad informativa, y reclama vigilancia ante la manipulación de datos y la concentración de poder. En el plano personal, advierte del debilitamiento del pensamiento crítico y de la tentación de concebir la conciencia como información transferible. 

En el religioso, reconoce oportunidades para la misión, pero alerta del riesgo de un “mercado” espiritual digital sin comunidad, e incluso de sustitutos tecnológicos del sentido último.

Soluciones

Como alternativa, el documento insiste en recuperar dimensiones que considera amenazadas por una idea reductiva de progreso: la historia (memoria, sentido del tiempo y esperanza), el espacio (hogar, ciudad, pueblo y mundo, frente a la despersonalización de los “no-lugares”) y la intersubjetividad (familia, pertenencia cultural y fraternidad). 

En ese marco, propone la vida como vocación: el ser humano no se entiende plenamente como proyecto auto-fundado, sino como alguien llamado a recibir la vida como don, a configurar su identidad con libertad responsable y a convertirse en don para los demás.

La conclusión del texto plantea una tesis de fondo: la humanidad no necesita un “salto evolutivo” que rebase su condición, sino una relación que la salve, la haga habitable y la eleve. 

Frente a utopías de perfeccionamiento ilimitado o narrativas de sustitución de lo humano, la Comisión propone una síntesis “integral” que conserve las tensiones constitutivas de la experiencia —cuerpo y espíritu, varón y mujer, individuo y comunidad, finitud e infinito— sin negarlas, y las oriente hacia una plenitud que, en clave cristiana, se realiza en Cristo.

El documento cierra con dos acentos pastorales: María como figura de una humanidad plenamente acogida y entregada, y los pobres como criterio ineludible de discernimiento. En un mundo donde el poder tecnológico tiende a concentrarse, el texto advierte que las consecuencias más graves recaerán primero sobre los últimos, por lo que llama a orientar cualquier desarrollo hacia la dignidad de todos, la justicia y el bien común.

Según el profesor Tridente «la reflexión teológica deberá seguir profundizando en la relación entre la antropología y las tecnologías emergentes, tratando de comprender con mayor precisión las dinámicas reales que están transformando nuestra forma de conocer, decidir y relacionarnos». Al fin y al cabo, «la cuestión no se refiere solo a lo que las máquinas pueden hacer, sino también a lo que estamos dispuestos a delegarles de nuestros procesos cognitivos. Solo así será posible ofrecer pistas de discernimiento capaces de acompañar verdaderamente al hombre en la era de la inteligencia artificial», concluye el experto italiano.

Fuente: omnesmag.com

18 marzo 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis II. Constitución dogmática Lumen gentium4. La Iglesia, pueblo sacerdotal y profético

 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy quisiera detenerme de nuevo en el segundo capítulo de la Constitución conciliar Lumen gentium (LG), dedicado a la Iglesia como pueblo de Dios.

El pueblo mesiánico (LG, 9) recibe de Cristo la participación a la obra sacerdotal, profética y real en la que se lleva a cabo su misión salvífica. Los Padres conciliares enseñan que el Señor Jesús ha instituido mediante la nueva y eterna Alianza un reino de sacerdotes, constituyendo a sus discípulos en un «sacerdocio real» (1Pt 2,9; cfr 1Pt 2,5; Ap 1,6). Este sacerdocio común de los fieles es donado con el Bautismo, que nos habilita para rendir culto a Dios en espíritu y en verdad y a «confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» (LG, 11). Además, a través del sacramento de la Confirmación, todos los bautizados «se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras» (ibid.). Esta consagración está en la raíz de la misión común que une a los ministros ordenados y a los fieles laicos.

A propósito, el Papa Francisco observaba así: «Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) “quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10), entonces todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios» (Carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, 19 de marzo 2016).

El ejercicio del sacerdocio real tiene lugar de muchas maneras, todas ellas encaminadas a nuestra santificación, sobre todo participando en la ofrenda de la Eucaristía. Mediante la oración, el ascetismo y la caridad activa dan testimonio de una vida renovada por la gracia de Dios (cfr LG, 10). Como sintetiza el Concilio, «el carácter sagrado y orgánicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por las virtudes» (LG, 11).

Los padres conciliares enseñan además que el pueblo santo de Dios participa también en la misión profética de Cristo (cfr LG, 12). En este contexto introduce el tema importante del sentido de la fe y del consenso de los fieles. La Comisión Doctrinal del Concilio precisaba que este sensus fidei «es como una facultad de toda la Iglesia, gracias a la cual en su fe reconoce la revelación transmitida, distinguiendo entre lo verdadero y lo falso en las cuestiones de fe, y al mismo tiempo penetra más profundamente en ella y la aplica más plenamente en la vida» (cfr Acta Synodalia, III/1, 199). El sentido de la fe pertenece por tanto a cada fiel no a título individual, sino como miembros del pueblo de Dios en su conjunto.

Lumen gentium concentra la atención sobre este último aspecto y lo relaciona con la infalibilidad de la Iglesia, a la cual pertenece la infalibilidad del Romano Pontífice, al servirla. «La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (LG, 12). La Iglesia, por tanto, como comunión de los fieles que incluye obviamente a los pastores, no puede errar en la fe: el órgano de esta propiedad suya, fundado en la unción del Espíritu Santo, es el sobrenatural sentido de la fe de todo el pueblo de Dios, que se manifiesta en el consenso de los fieles. De esta unidad, que el Magisterio eclesial custodia, se deduce que cada persona bautizada es un sujeto activo de evangelización, llamado a dar un testimonio coherente de Cristo según el don profético que el Señor infunde en toda su Iglesia.

El Espíritu Santo, que nos viene de Jesús Resucitado, dispensa de hecho «entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia» (LG, 12). Una demostración peculiar de tal vitalidad carismática es ofrecida por la vida consagrada, que continuamente brota y florece por obra de la gracia. También las formas asociativas eclesiales son ejemplo luminoso de la variedad y de la fecundidad de los frutos espirituales para la edificación del Pueblo de Dios.

Queridos, despertemos en nosotros la conciencia y la gratitud de haber recibido el don de formar parte del pueblo de Dios; y también la responsabilidad que esto conlleva.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Demos gracias a Dios por los dones y carismas con los que enriquece, edifica y embellece a su Pueblo, y pidámosle que no cese de acompañarlo y guiarlo por sendas de paz. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos profundizando en el segundo capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la Iglesia como el Pueblo santo de Dios. Por el Bautismo, todos los fieles reciben un sacerdocio común, que se enriquece y fortalece de modo especial con el sacramento de la Confirmación. Esta consagración está en la base de la misión común que une a los ministros ordenados y a los fieles laicos.

El ejercicio del sacerdocio común de los bautizados se realiza de muchas maneras: participando de los sacramentos y también ofreciendo la propia vida al servicio de Dios y de los demás.

El Concilio enseña asimismo que por la unción del Espíritu Santo, la totalidad del Pueblo de Dios, pastores y fieles, posee un sentido sobrenatural de la fe por la que reconoce la verdad revelada y adhiere a ella sin error, en materia de fe y costumbres. De esta unidad de la fe surge la unidad en la misión de la Iglesia, en la que cada bautizado da testimonio de Cristo, según los carismas y la vocación que haya recibido.

Fuente: vatican.va


17 marzo 2026

En torno a Habermas: más filosofía y menos líderes

Alberto Sánchez León

Gran parte del mundo se ha creado la necesidad de antidepresivos, que en el fondo puede ser una huida de la propia verdad, o una huida del dolor no físico, sino del dolor que provoca no saber vivir bien, pero el gran fármaco es la verdad, la belleza y el bien.

Ha fallecido recientemente, el pasado 14 de marzo de 2026, Jürgen Habermas. Renombrado en lo social por su contribución a la teoría de la acción comunicativa, famoso, en lo económico, por sus reflexiones acerca de la “colonización del mundo de la vida”, incansable luchador por hacer más presente la filosofía en el ámbito social, su teoría del bienestar, su gran capacidad de diálogo, sus innumerables obras… Se nos ha ido con 96 años un intelectual, un filósofo.

Llama la atención un afán desmesurado en la sociedad, especialmente en el mundo de la educación, de sacar líderes debajo de las piedras. Parece que todos tenemos vocación de líderes. No sé… oigo hablar tanto de líderes…y después, ¿qué veo? Veo muchas cosas, pero no veo líderes, ni en la política, ni en la vida social, ni en el mundo de la cultura, … Quizás se nos ha llenado la boca de esa palabra que cada vez me suena más hueca: liderazgo. Pienso que los que tengan que serlo que lo sean, pero, me parece que no es una vocación, una misión que todos tengamos que seguirla, por muchos cursillos de liderazgo que se hagan. Siento decirlo, así lo pienso: no todos podemos ni estamos llamados a ser líderes. Creo que es una vocación minoritaria. Pues ¡ánimo! a los que reúnan las condiciones.

Necesitamos pensadores, filosofía, pensar más y rendir menos, como sugiere el coreano Byung-Chul Han en casi todas sus obras. Necesitamos amar más nuestro mundo, contemplarlo, pararnos a verlo, bajar velocidad y marchas, desacelerar, “perder más el tiempo” mirándolo, apreciándolo, embelleciéndolo y no sólo rindiendo productividad y eficacia. Nos sobran líderes que dicen serlo, y nos faltan pensadores, filósofos que rescaten el ideal de la verdad en una era que dicen que es de la postverdad.

Hace unos años Lou Marinoff escribió Más Platón y menos prozac. A mi juicio dio en la clave. Gran parte del mundo se ha creado la necesidad de antidepresivos, que en el fondo puede ser una huida de la propia verdad, o una huida del dolor no físico, sino del dolor que provoca no saber vivir bien, pero el gran fármaco es la verdad, la belleza y el bien.

Otro sustituto de la verdad, el bien y de la belleza podría ser (no pontifico sino que sugiero una reflexión) los gimnasios, lugares donde uno cultiva el cuerpo en soledad, escuchando música, y en el fondo aislándose de la sociedad, de los amigos, de la familia.  A veces el yoga también intenta sustituir el dolor de la vida. Y la nueva oleada enfermiza de búsqueda de líderes en todos los rincones del planeta, o sea de gente altamente eficaz para resolver problemas es como una esperanza que no llega, ni llegará. ¿Por qué? Porque los problemas son el condimento de la vida humana. No hay que eliminarlos, eso sería ingenuo, hay que saber vivir con ellos, aceptarlos, aprender a manejarlos, crecer con ellos. 

La filosofía, el amar la verdad y buscarla y vivirla es insustituible. El líder busca éxito, el filósofo la verdad y la belleza. Pero, como decía Leonardo Polo, “todo éxito es prematuro”. 

¡Cómo atrae el éxito y qué pereza da buscar la verdad! Porque la verdad no renta, para muchos. Éxito… ¿quién puede rechazar cualquier propuesta que lleve al éxito? No olvidemos de donde viene la palabra éxito. Viene de salida. Y es así, nos saca de la realidad, nos aísla porque nos pone en un supuesto pedestal, nos eleva en la nube triunfal.

Fíjate por un momento en estos personajes que sí que han cambiado la historia, algunos para bien otros para mal. Sócrates, Jesucristo, Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Kant, Nietzsche, Marx, Edith Stein, Heidegger, Ratzinger, … el bueno de Habermas… Y ahora…  busca en sus escritos (aunque ni Sócrates ni Jesucristo escribieron nada, más a mi favor) la palabra éxito, y a ver si tienes éxito en la búsqueda. 

Ojalá vayamos sacando conclusiones…

Fuente: omnesmag.com

16 marzo 2026

Creer transforma

Juan Luis Selma

Comentaba un hombre maduro, recién convertido, como colofón de su encuentro con Dios: "¡Pero si Dios lo que quiere es que sea feliz!" Y añadía: "En ningún sitio se respeta más la libertad que en la Iglesia: entras o sales porque quieres." Los conversos —los que descubren de pronto la fe— ven a Dios con asombro, con la novedad del ciego que recupera la vista.

Esto es lo que experimentan muchos jóvenes: asombro ante un panorama de verdad, autenticidad, gratuidad y libertad. Creer transforma, te presenta otra manera de ver la vida. Decía este hombre que ver cómo se trataban y querían unos amigos suyos le abrió los ojos: vivían en cristiano.

San Pablo lo expresa así: "Hermanos: antes erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz." Él mismo experimentó ese paso de la oscuridad a la luz: persiguió a la Iglesia, a Cristo, hasta que se encontró con Él. Una luz intensa del cielo lo envolvió y cayó al suelo, tras lo cual escuchó la voz de Jesús: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues."

Decía Benedicto XVI: "Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser, no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo."

El Evangelio de hoy narra la curación del ciego de nacimiento. Ante las preguntas inquisidoras de los fariseos, él responde: "Solo sé que yo era ciego y ahora veo." Y más adelante añade: "Eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y sin embargo, me ha abierto los ojos." Esa es la conversión: ver con ojos nuevos, vivos, sin prejuicios.

Seguía Benedicto en su catequesis: "También nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que Él toca el nuestro. Solo en esta relación personal con Cristo, solo en este encuentro con el Resucitado, nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad."

Creer no es algo cultural, ambiental o teórico. Es vida: vida nueva, transformada. Pablo comenzó a considerar "pérdida" y "basura" todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal. Ese cambio no es pura ascesis —trabajo y esfuerzo—; es gracia, don. No cambiamos nosotros: nos transforma Él.

No podemos perder la capacidad de asombrarnos por lo cotidiano. ¿Qué pasaría si un día no saliera el sol? No hace mucho sufrimos un apagón: nada de electricidad, luz, gasolina, televisión, wifi, redes, microondas ni horno eléctrico. Cuando volvió la corriente, respiramos y, seguramente, dimos gracias. Valoramos lo de siempre, lo que consideramos seguro.

A veces un buen revolcón de la vida nos viene bien: una enfermedad, la pérdida de un ser querido, un revés económico o emocional. También una noche oscura sirve para avivar la fe. Una crisis familiar puede ayudar a reconquistar, a mirar con otra luz a la persona amada, a recuperar su amor.

En nuestra tierra gozamos de muchas conquistas y valores recibidos de la fe de nuestros mayores. Hay mucha vida cristiana, incluso en aquellos que piensan que no creen. Muchos cristianos durmientes que, de pronto, pueden despertar. Y no son pocos los que viven una fe tibia, light, amodorrada. Es bueno despertar, darnos cuenta de que Jesús pasa junto a nosotros y puede remover, agitar, despertar. La Cuaresma es un momento muy propicio para despertar.

La costumbre apaga, pero la gratitud enciende. La fe no cambia las cosas: cambia la mirada. Y cuando cambia la mirada, todo se vuelve nuevo.

Propongo algunas rutinas para despertar:

Mira a tu familia como si fuera la primera vez. Observa detalles que antes pasaban desapercibidos: una sonrisa, un gesto, un esfuerzo.

Reza no para repetir, sino para despertar. Una oración breve pero consciente puede renovar un día entero.

Pregunta: "¿Qué regalo hay escondido aquí?" Incluso en el cansancio o el caos, suele haber algo que Dios quiere mostrar.

Fuente: eldiadecordoba.es


15 marzo 2026

Dios envió a su Hijo como luz del mundo

 El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos relata la curación de un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Por medio de la simbología de este episodio, el evangelista Juan nos habla del misterio de la salvación: mientras estábamos en la oscuridad, mientras la humanidad caminaba en las tinieblas (cf. Is 9,1), Dios envió a su Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra vida.

Los profetas habían anunciado que el Mesías abriría los ojos de los ciegos (cf. Is 29,18; 35,5; Sal 146,8). Jesús mismo acredita su misión mostrando que «los ciegos ven» (Mt 11,4); y se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). En efecto, podemos decir que todos nosotros somos “ciegos de nacimiento”, porque solos no podemos ver en profundidad el misterio de la vida. Por eso Dios se hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace capaces de ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad.

Llama la atención el hecho de que durante siglos se haya difundido la opinión, presente aún hoy, según la cual la fe sería una especie de “salto en la oscuridad”, una renuncia a pensar, por lo que tener fe significaría creer “ciegamente”. El Evangelio, en cambio, nos dice que en contacto con Cristo los ojos se abren, hasta el punto de que las autoridades religiosas piden con insistencia al ciego sanado: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Jn 9,10); y también: «¿Cómo te abrió los ojos?» (v. 26).

Hermanos y hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a vivir un cristianismo “de ojos abiertos”. La fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar «desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver» (Carta enc. Lumen fidei, 18) y, por eso, nos pide que “abramos los ojos”, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo.

Hoy, en particular, frente a las numerosas preguntas del corazón humano y a las dramáticas situaciones de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan nuestro tiempo, es necesaria una fe despierta, atenta y profética, que abra los ojos ante las oscuridades del mundo y lleve allí la luz del Evangelio por medio de un compromiso de paz, de justicia y de solidaridad.

Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros, para que la luz de Cristo abra los ojos de nuestro corazón y podamos dar testimonio de Él con sencillez y valentía.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Desde hace dos semanas, los pueblos de Oriente Medio sufren la terrible violencia de la guerra. Miles de personas inocentes han perdido la vida y muchas otras se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Reitero mi cercanía en la oración a todos aquellos que han perdido a sus seres queridos en los ataques que han golpeado escuelas, hospitales y zonas pobladas.

La situación en el Líbano es motivo de gran preocupación. Espero que se abran caminos de diálogo que puedan ayudar a las autoridades del país a implementar soluciones duraderas a la grave crisis actual, para el bien común de todos los libaneses.

En nombre de los cristianos de Oriente Medio y de todas las mujeres y hombres de buena voluntad, me dirijo a los responsables de este conflicto: ¡cesen las hostilidades! ¡Que se reanuden caminos de diálogo! La violencia nunca podrá llevar a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos esperan.

Les doy la bienvenida a todos los que se encuentran hoy en la Plaza de San Pedro.

Saludo a los fieles venidos de Valencia y Barcelona, en España, así como a los de Palermo.

Doy la bienvenida con alegría a varios grupos de jóvenes que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación: de Berceto, diócesis de Parma; de Tuto, diócesis de Florencia; de Torre Maina y Gorzano, diócesis de Módena-Nonantola. Saludo también a los jóvenes de la parroquia de San Gregorio Magno, en Roma, y a los jóvenes de Capriano del Colle y Azzano Mella, de la diócesis de Brescia.

Les deseo un feliz domingo a todos.

Fuente: vatican.va

14 marzo 2026

El ciego de nacimiento

Domingo de la 4.° semana de Cuaresma (Ciclo A)

Evangelio (Jn 9,1.6-9.13-17.34-38)

Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo:

— Anda, lávate en la piscina de Siloé — que significa: “Enviado”.

Él fue, se lavó y volvió con vista. Los vecinos y los que le habían visto antes, cuando era mendigo, decían:

— ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?

Unos decían:

— Sí, es él.

Otros en cambio:

— De ningún modo, sino que se le parece.

Él decía:

— Soy yo.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. El día en que Jesús hizo el lodo y le abrió los ojos era sábado. Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver. Él les respondió:

— Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo.

Entonces algunos de los fariseos decían:

— Ese hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado.

Pero otros decían:

— ¿Cómo es que un hombre pecador puede hacer semejantes prodigios?

Y había división entre ellos. Le dijeron, pues, otra vez al ciego:

— ¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos?

— Que es un profeta — respondió.

Ellos le replicaron:

— Has nacido en pecado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros?

Y le echaron fuera. Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo:

— ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

— ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? — respondió.

Le dijo Jesús:

— Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es.

Y él exclamó:

— Creo, Señor — y se postró ante él.

Comentario

“‘Al pasar –dice el Santo Evangelio– vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento’. Jesús que pasa. Con frecuencia –comenta, admirado, san Josemaría– me he maravillado ante esta forma sencilla de relatar la clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta en seguida del dolor”. En efecto, así es la lógica de Jesús: nunca permanece indiferente ante las necesidades de las personas con las que se encuentra.

Las acciones de Cristo para devolver la vista a este hombre ciego están cargadas de simbolismo. Primero mezcla la tierra con saliva y le unta ese lodo en los ojos. Este gesto recuerda el pasaje del libro del Génesis donde se narra la creación del hombre como una figura de barro a la que el soplo de Dios infunde la vida (Gn 2,7). Jesús, al curar a ese hombre, está llevando a cabo una nueva creación. Este hombre, ciego de nacimiento, va a nacer de nuevo, va a comenzar una nueva vida en cuanto pueda ver.

Luego Jesús le dice que vaya a lavarse en la piscina de Siloé, y ese hombre va, se lava, y recupera la vista. El agua de esa alberca que limpia sus ojos es símbolo del agua bautismal, que nos hace capaces de ver con la luz de la fe. El evangelista hace notar, para los lectores que no sepan hebreo, que Siloé significa “enviado”, pero sobre todo lo hace para señalar que Jesús es ese Enviado de Dios que, cuando se acude a Él, especialmente al configurarse con su muerte y resurrección en las aguas del bautismo, nos hace capaces de ver.

“Con este milagro –enseña el Papa Francisco– Jesús se manifiesta y se manifiesta a nosotros como luz del mundo; y el ciego de nacimiento nos representa a cada uno de nosotros, que hemos sido creados para conocer a Dios, pero a causa del pecado somos como ciegos, necesitamos una luz nueva; todos necesitamos una luz nueva: la de la fe, que Jesús nos ha donado”.

La curación realizada por Jesús suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Frente a la luz que se enciende en el ciego, los doctores de la ley, con una cerrazón agresiva, encerrados en su presunción e incapaces de abrirse a la verdad, se van hundiendo cada vez más en las tinieblas, empeñados en negar toda evidencia: dudan que aquel hombre fuera realmente ciego de nacimiento y se resisten a admitir la acción de Dios. Es el drama de la ceguera interior que puede afectar a muchas personas, también a cada uno de nosotros, cuando nos aferramos a nuestras propias opiniones o modos de actuar, sin una apertura sincera a la verdad, que puede ser exigente y reclamar cambios de rumbo en nuestra vida.

En paralelo, el ciego va recorriendo un camino de crecimiento en la fe. Al principio no sabía nada de Jesús. Luego, asombrado ante la recuperación de la vista, dirá en un primer momento ante quienes le preguntan que “es un profeta” (v. 17). Más tarde, ante la insistencia en interrogarle explica con sencillez que si Jesús ha sido escuchado por Dios es porque “honra a Dios y hace su voluntad” (v. 31). Finalmente, cuando Jesús le abre los ojos de la fe diciéndole que el Hijo del Hombre es el que está hablando con él (v. 37), el ciego exclamó “Creo, Señor. – Y se postró ante él” (v. 38).

Esta escena del Evangelio que hoy meditamos nos invita a considerar cuál es nuestra actitud: la de los doctores que, orgullosos, juzgan a los demás, o la de aquel ciego que, consciente de sus necesidades y limitaciones, va secundando lo que Jesús le pide, para abrirse a su gracia y a la luz de la fe.

Fuente: opusdei.org

¿Qué será de la Iglesia en 25 años? La radiografía que Robert Sarah presenta en su libro '2050'

María Rabell García

A través de un revelador diálogo con el escritor Nicolas Diat, el prefecto emérito advierte del riesgo de que la Iglesia «se case con el espíritu del mundo» y termine siendo «un eco lejano de una voz olvidada».

Si algo distingue al cardenal Robert Sarah como una de las voces más respetadas de la Iglesia, es la claridad, contundencia y sobriedad de su palabra. Su nueva obra, 2050, nace con la vocación de iluminar el presente bajo un título que evoca inevitablemente la carga profética del 1984 de George Orwell: si aquel libro fue una revelación por su capacidad para radiografiar la realidad de los años venideros, el trabajo de Sarah —publicado este 4 de marzo por la editorial Fayard— se postula como un diagnóstico para el futuro de la Iglesia. En sus páginas, el prefecto emérito lanza una interrogante decisiva sobre el horizonte de la institución: «¿Será todavía un faro o el eco lejano de una voz olvidada?».

Una Iglesia de santos, no de estrategias

Para el cardenal Sarah, la crisis actual de la Iglesia no se soluciona con reformas estructurales ni con una adaptación a los criterios del mundo moderno como la eficiencia o la representatividad. En la entrevista concedida a Le Journal du Dimanche en la que presenta su nuevo libro, afirma que «no tenemos necesidad de una institución mundana más».

Según explica, cuando la dimensión divina de la Iglesia se olvida, sus debilidades humanas se vuelven «aplastantes», por lo que defiende que «la Iglesia no necesita ser reconstruida; necesita santos».

El libro aborda cómo la fe se ha debilitado porque la vida interior ha disminuido, buscando en su lugar una «legitimidad exterior». Sarah advierte contra la tentación de una Iglesia que «se casa con el espíritu del mundo», recordándonos que «el mundo no tiene necesidad de un espejo; tiene necesidad de salvación».

Palabras que protegen el mensaje

Uno de los puntos más claros de sus respuestas es la defensa de la verdad frente al relativismo, además en un ámbito muy concreto: el del lenguaje. A menudo se afirma que hoy el mundo ya no entiende el lenguaje de la Iglesia porque estaría anticuado o sería demasiado complicado. Pero, ¿realmente es así?

Sarah advierte precisamente que el verdadero peligro reside en la ambigüedad y la falta de rigor. Para él, «una crisis de vocabulario es siempre el preludio de una crisis de fe». Al definir con precisión cada concepto, no se busca complicar el mensaje, sino proteger su núcleo; por ello, el prelado sostiene que «nombrar la esencia es salvaguardar la sustancia».

En lugar de diluir el discurso para hacerlo más aceptable, reivindica que los fieles tienen derecho a una palabra clara, sentenciando que «la precisión doctrinal es un acto de caridad» y que «la confusión nunca es pastoral: es siempre destructiva». Asimismo, exhorta a la 'resistencia lingüística': pide no permitir que «los ideólogos nos roben las palabras que expresan los misterios de nuestra fe».

Esta firmeza se extiende a su visión sobre el papel de Cristo en la sociedad actual. El purpurado sostiene que la Iglesia no puede guardar silencio ante las derivas ideológicas o la crisis de valores: «Debemos defender una verdadera claridad doctrinal, callar a Cristo sería una infidelidad». Por ello, advierte que frente a las presiones mediáticas y legislativas que atacan pilares como la familia, «el silencio sería una traición».

Contra la fragmentación de la fe

La liturgia no es un terreno de experimentos ni de luchas de poder, sino el «tesoro de la Iglesia, corazón latente de la humanidad». En su reflexión, cuando es preguntado sobre la diversidad de ritos, subraya que esta es una riqueza siempre que exprese una misma fe, pero cuestiona la «obsesión» por intentar cambiar la liturgia antigua. Defiende que el rito no se inventa ni se fabrica, sino que se recibe y se transmite, teniendo como misión fundamental la de «devolver a Dios el primer lugar» en la vida interior del creyente.

Desde esta visión, el purpurado aborda también la crisis provocada por los escándalos en comunidades religiosas. Reconoce que estos «exigen verdad, justicia y purificación», pero advierte que «no suprimen la vocación», sino que ponen de manifiesto la urgencia de una conversión profunda del corazón. En una sociedad materialista, la vida consagrada sigue recordando que solo «Dios basta».

Además, en su nueva obra ha denunciado «la tentación del particularismo doctrinal», criticando que algunas iglesias locales absoluticen su contexto cultural por encima de la fe universal. Al interpretar el mensaje cristiano «bajo categorías nacionales o ideológicas», se fragmenta la catolicidad y se debilita la unidad por el relativismo doctrinal.

Un análisis de la civilización actual

2050 no se limita a mirar hacia dentro de la Iglesia, sino que también aborda con sobriedad algunos de los grandes desafíos de la sociedad occidental, como la eutanasia o la crisis de la natalidad. Para Robert Sarah, la pérdida de esperanza y el descenso demográfico están relacionados con un progresivo alejamiento de lo sagrado: «Una civilización que renuncia a Dios renuncia a vivir, ya no sabe por qué debe durar».

Es así como sitúa también la defensa de la vida. Sarah se muestra especialmente crítico con las legislaciones que promueven el suicidio asistido y recuerda que ninguna vida puede considerarse indigna. A su juicio, el verdadero criterio para medir la calidad de una sociedad está en «la delicadeza con la que acompaña a los moribundos».

¿Y qué opina sobre el nuevo pontificado? Sarah expresa una «profunda alegría espiritual». Le conmueve que el Papa priorice «la adoración sobre la organización y la santidad sobre la gobernanza», permitiendo que la institución recupere su eje fundamental. Este enfoque —añade— permite que el sucesor de Pedro cumpla su misión esencial: confirmar a sus hermanos en la fe recibida directamente de los apóstoles.

Fuente: eldebate.com