07 abril 2026

Lunes del Ángel

El Papa ayer en el Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡Cristo ha resucitado! ¡Feliz Pascua!

Este saludo, lleno de asombro y de alegría, nos acompañará toda la semana. Al celebrar el día nuevo que el Señor ha hecho para nosotros, la liturgia celebra el ingreso de toda la creación en el tiempo de la salvación; la desesperación de la muerte es removida para siempre, en el nombre de Jesús.

El Evangelio de hoy (Mt 28, 8-15) nos pide elegir entre dos relatos: el de las mujeres, que han encontrado al Resucitado (vv. 9-11), o el de los guardias, que han sido sobornados por los jefes del sanedrín (vv. 11-14). Las primeras anuncian la victoria de Cristo sobre la muerte; los segundos anuncian que la muerte vence siempre y en todo caso. En su versión, Jesús no ha resucitado, sino que su cadáver ha sido robado. De un mismo hecho, el sepulcro vacío, brotan dos interpretaciones: una es fuente de vida nueva y eterna, la otra de muerte cierta y definitiva.

Este contraste nos hace reflexionar sobre el valor del testimonio cristiano y sobre la honestidad de la comunicación humana. A menudo, el relato de la verdad es oscurecido por fake news —como se dice hoy—, es decir, por mentiras, alusiones y acusaciones sin fundamento. No obstante, frente a tales obstáculos, la verdad no permanece oculta, al contrario, viene a nuestro encuentro, viva y radiante, iluminando las tinieblas más densas. Tal como a las mujeres que fueron al sepulcro, Jesús también hoy a nosotros nos dice: «No teman. Vayan a anunciar» (v. 10). Jesús mismo se convierte así en la buena noticia que hay que testimoniar en el mundo: la Pascua del Señor es nuestra Pascua —la Pascua de la humanidad— porque este hombre, que ha muerto por nosotros, es el Hijo de Dios, que por nosotros ha dado su vida. Así como el Resucitado —siempre vivo y presente— libera el pasado de un final destructivo, así el anuncio pascual exime del sepulcro nuestro futuro.

Queridos amigos, ¡cuán importante es que este Evangelio llegue sobre todo a quienes están oprimidos por la maldad, que corrompe la historia y confunde las conciencias! Pienso en los pueblos atormentados por la guerra, en los cristianos perseguidos por su fe, en los niños privados de la educación. Anunciar con palabras y obras la Pascua de Cristo significa dar nueva voz a la esperanza, que de otro modo sería sofocada en manos de los violentos. Cuando es proclamada en el mundo, la Buena Nueva disipa toda sombra, en cada época.

Con particular afecto, a la luz del Resucitado, recordamos hoy al Papa Francisco, que precisamente el Lunes de Pascua del año pasado entregó su vida al Señor. Al recordar su gran testimonio de fe y de amor, recemos juntos a la Virgen María, Trono de la Sabiduría, para que podamos convertirnos en anunciadores cada vez más luminosos de la verdad.

______________________

Dopo Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas:

Les doy una cordial bienvenida a todos ustedes, queridos peregrinos provenientes de Italia y de diversos países. Saludo particularmente a los chicos del Decanato de Appiano Gentile. Envío también un recuerdo especial a todas las personas que, en diferentes partes del mundo, participan en las iniciativas promovidas con motivo de la Jornada Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz, mientras reitero mi llamamiento para que el deporte, con su lenguaje universal de fraternidad, sea un espacio de inclusión y paz

Doy las gracias a todos aquellos que, en estos días, me han enviado sus buenos deseos con motivo de la Santa Pascua; sobre todo, agradezco sus oraciones. Que, por la intercesión de la Virgen María, Dios recompense a cada uno con sus dones.

Les deseo a todos ustedes que vivan con alegría y fe este lunes del Ángel y los demás días de la Octava de Pascua, en los que se prolonga la celebración de la Resurrección de Cristo. Y que perseveremos implorando el don de la paz para todo el mundo.

¡Que pasen un feliz lunes del Ángel!

Fuente: vatican.va

06 abril 2026

El «infinito tesoro» que los católicos olvidan: el Papa señala la «distracción» de los fieles y les invita a confesarse

María Rabell García


«¿Esos cristianos que tienen responsabilidades graves en los conflictos armados, tienen la humildad y el valor de hacer un serio examen de conciencia y de confesarse?», ha preguntado el Pontífice.

El Santo Padre León XIV ha advertido sobre el «infinito tesoro de la misericordia» que permanece «inutilizado» debido a la «difundida distracción de los cristianos». Lo ha hecho en un discurso dirigido a los participantes de un Curso sobre el Foro Interno organizado por la Penitenciaría Apostólica, uno de los tres tribunales de la Curia Romana que se encarga de asuntos relacionados con el foro interno (conciencia), la absolución de pecados graves reservados a la Santa Sede, la dispensa de impedimentos sacramentales y la regulación de indulgencias.

En por eso que en ese contexto el Pontífice ha lamentado que muchos fieles prefieran permanecer «en estado de pecado» antes que acudir al confesionario, y ha lanzado además un dardo a quienes tienen en sus manos el destino de las naciones en conflicto.

Durante la audiencia en el Palacio Apostólico, el Papa ha definido el Sacramento de la Reconciliación como un «laboratorio de unidad» indispensable para la paz mundial, subrayando su dimensión no solo espiritual sino también social. «Venía a preguntarse: esos cristianos que tienen responsabilidades graves en los conflictos armados, ¿tienen la humildad y el valor de hacer un serio examen de conciencia y de confesarse?», ha interpelado el Pontífice.

El pecado como ruptura de la libertad

León XIV ha profundizado en la naturaleza del mal, explicando que el pecado no rompe la dependencia del hombre con su Creador, sino la «unidad espiritual con Dios». Según el Papa, negar esta realidad sería un «desconocimiento de la dignidad del hombre», quien es responsable de sus actos gracias al «don de la libertad».

En un mundo marcado por la fragmentación, el Santo Padre ha señalado las «promesas no mantenidas de un consumismo desenfrenado» y la «experiencia frustrante de una libertad desvinculada de la verdad» como factores que alejan al hombre de su centro. Frente a esto, el Papa ha recordado que el sacramento no solo limpia el alma, sino que «edifica la Iglesia misma» y aporta «energías nuevas a la sociedad y al mundo».

El Pontífice ha instado a los jóvenes sacerdotes a seguir el ejemplo de grandes «santos del confesionario» como el santo Cura de Ars o San Pío de Pietrelcina, subrayando que la vida de un presbítero solo se realiza plenamente celebrando este sacramento con asiduidad.

Además, ha vinculado la confesión con la capacidad de generar paz social: «¡Solo una persona reconciliada es capaz de vivir de modo desarmado y desarmante!». Para el Papa, quien abandona las «armas del orgullo» y se deja renovar por el perdón, se convierte automáticamente en un instrumento de paz en su vida cotidiana.

Fuente: eldebate.com


Las llagas del Resucitado

Juan Luis Selma


El ambiente en Semana Santa es festivo, pero no hay que olvidar que lo que nos saca a la calle es, en su raíz, un acontecimiento religioso

Estos días vemos calles y plazas llenas de gente, sobre todo de jóvenes. El ambiente es festivo: acompaña el buen tiempo, la primavera nos regala el fragor del azahar, hay alegría y buen rollete. Pero no olvidemos que lo que nos saca a la calle es, en su raíz, un acontecimiento religioso: la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Al mismo tiempo, nos rodean sucesos luctuosos. Vivimos en un mundo herido: guerras, crisis económicas y energéticas, crisis de valores. No podemos olvidar el fracaso de toda España en el caso de Noelia: no hemos sabido -ni podido- salvar una vida joven; es más, hemos convertido su muerte, su asesinato, en un espectáculo.

Buscamos la felicidad; la necesitamos. La necesitan especialmente los miles de jóvenes que llenan nuestras calles siguiendo las procesiones. Pero todos llevamos heridas, como las que ha querido conservar el Resucitado. También la imagen luminosa de quien ha salido del sepulcro, de quien ha vencido una muerte dolorosa, nos trae una enseñanza profunda: Cristo mantiene sus llagas para recordarnos que Él también está herido, que ha sufrido injusticias, soledad, abandono y traición. “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad y ved si hay dolor como mi dolor…”, dice el libro de las Lamentaciones.

“¿Qué buscan todos estos?”, me preguntaba un amigo al ver las muchedumbres de estos días. No es fácil dar una única respuesta. Lo fácil es decir “fiesta” y quedarnos ahí. Claro que buscan fiesta; la necesitamos todos: momentos de compañía alegre, ratos de olvido de las cruces diarias, asueto, amigos, belleza. Nos viene bien un poco de oxígeno, de aire limpio. Pero en estos días hay algo más: junto al bullicio de los amigos, el “clac” incesante de las pipas, la cerveza y el bocadillo… se hace un hermoso silencio cuando pasan las imágenes sagradas del Cristo y de la Señora.

Hay muchas formas de orar, de elevar la mente al Cielo, de conversar con Dios. El sufrimiento, la alegría, el trabajo, la contemplación de la naturaleza y de la belleza… todo puede ser oración. Es cierto que este material precioso va acompañado de mucha ganga, que hay que dar forma a tanta riqueza oculta; pero ahí está el Dios escondido, la fe anónima, la gracia.

¿Cómo aprovechar toda esta riqueza? ¿Cómo separar el oro de la ganga? ¿Cómo hacer de la piedad popular un camino de salvación y de sanación? Ahí está el reto de la Iglesia: dar contenido, sacar a la luz tanta riqueza oculta, formar.

Formar es eso: dar forma. Una palabra sencilla, muy manoseada, pero que encierra una gran riqueza y muchos desafíos. Dar forma es modelar algo que aún no está terminado, como quien trabaja la arcilla, la madera… o el corazón. Es educar, acompañar a alguien para que crezca en conocimiento, criterio y libertad. No es “llenar”, sino “despertar”: sacar lo que llevamos dentro, lo que el Creador ha sembrado en nosotros.

La formación abarca muchos campos: el cultural y profesional; el humano -aprender las virtudes que conforman nuestra humanidad, a ser buenos padres, hermanos, amigos, ciudadanos-; y también la formación religiosa, que nos enseña a vivir con trascendencia, como hijos de Dios.

Podemos entender la formación cristiana como el proceso por el cual una persona aprende a vivir, sentir, pensar y amar al estilo de Jesús. No es solo aprender cosas sobre la fe; es dejar que la fe te modele por dentro. Pero también implica aprender unas cuantas verdades fundamentales, las que caracterizan nuestra fe.

La Iglesia suele resumir la fe en cuatro grandes pilares, como hace el Catecismo. Son como las columnas de un edificio: si falta una, todo se desequilibra.

El Credo: lo que creemos. Dios es Padre, creador y origen de todo. Jesucristo es Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, Salvador. El Espíritu Santo es Señor y dador de vida. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Creemos en el perdón, la resurrección y la vida eterna.

La Liturgia y los Sacramentos: cómo celebramos la fe.

La vida moral: cómo vivimos. La moral cristiana no es un código de normas, sino una respuesta de amor.

La oración: cómo nos relacionamos con Dios. La fe se vuelve viva cuando se ora.

El Resucitado nos enseña a ser felices a pesar de nuestras heridas. Nos dice que hay esperanza, pero no olvidemos que dar forma exige esfuerzo, dedicación, estudio, pedagogía. Un buen reto para la Iglesia de siglo XXI.

Fuente: eldiadecordoba.es

05 abril 2026

MENSAJE URBI ET ORBI

 

Del Papa en la Pascua 2026

Hermanos y hermanas,

¡Cristo ha resucitado! ¡Felices pascuas!

Desde hace siglos, la Iglesia canta con júbilo el acontecimiento que es el origen y el fundamento de su fe: «Muerto el que es la vida,  triunfante se levanta. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Rey vencedor, apiádate de la miseria humana» (Secuencia de Pascua).

La Pascua es una victoria: de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio. Una victoria que ha tenido un precio altísimo: Cristo, el Hijo del Dios vivo (cf. Mt 16,16), tuvo que morir, y morir en una cruz, tras sufrir una condena injusta, ser escarnecido y torturado, y haber derramado toda su sangre. Como verdadero Cordero inmolado, tomó sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1,29; 1 P 1,18-19) y así nos liberó a todos, y con nosotros también a toda la creación, del dominio del mal.

Pero, ¿cómo venció Jesús? ¿Cuál es la fuerza con la que derrotó de una vez por todas al antiguo Adversario, al Príncipe de este mundo (cf. Jn 12,31)? ¿Cuál es el poder con el que resucitó de entre los muertos, sin volver a la vida anterior, sino entrando en la vida eterna y abriendo así, en su propia carne, el paso de este mundo al Padre?

Esta fuerza, este poder, es Dios mismo, Amor que crea y engendra, Amor fiel hasta el final, Amor que perdona y redime.  

Cristo, nuestro «Rey vencedor», combatió y ganó su batalla mediante la entrega confiada a la voluntad del Padre, a su plan de salvación (cf. Mt 26,42). De este modo recorrió hasta el final el camino del diálogo, no sólo con las palabras, sino con los hechos: para encontrarnos a nosotros, los perdidos, se hizo carne; para liberarnos a nosotros, los esclavos, se hizo esclavo; para darnos vida a nosotros, los mortales, se dejó morir a manos de sus verdugos en la cruz.

La fuerza con la que Cristo resucitó no es violenta. Es semejante a la de un grano de trigo que, al marchitarse en la tierra, crece, se abre paso entre los terrones, brota y se convierte en una espiga dorada. Es aún más parecida a la de un corazón humano que, lastimado por una ofensa, rechaza el instinto de venganza y, lleno de bondad, reza por quien le ha ofendido.

Hermanos y hermanas, esta es la verdadera fuerza que trae la paz a la humanidad, porque genera relaciones respetuosas a todos los niveles: entre las personas, las familias, los grupos sociales y las naciones. No busca el interés particular, sino el bien común; no pretende imponer su propio plan, sino contribuir a diseñarlo y a ponerlo en práctica junto con los demás.

Sí, la resurrección de Cristo es el comienzo de la nueva humanidad, es la entrada a la verdadera tierra prometida, donde reinan la justicia, la libertad y la paz, donde todos se reconocen como hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre que es Amor, Vida y Luz.

Hermanos y hermanas, el Señor,con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28,11-15).

A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo.

Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: «Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo» (Mensaje Urbi et Orbi, 20 abril 2025).

La cruz de Cristo nos recuerda siempre el sufrimiento y el dolor que rodean a la muerte, así como la angustia que esta conlleva. Todos tenemos miedo a la muerte y, por miedo, volteamos hacia otro lado, preferimos no mirar. ¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal! San Agustín enseña: «Si el morir te causa espanto, ama la resurrección» (Sermón 124,4). Amemos también nosotros la resurrección, que nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, porque ha sido vencido por el Resucitado.

Él atravesó la muerte para darnos vida y paz: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Por eso, invito a todos a unirnos en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la Basílica de San Pedro el próximo sábado 11 de abril.

En este día de fiesta, dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Al Señor encomendamos todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que sólo Él puede dar. ¡Confiemos en Él y abrámosle nuestro corazón! Sólo Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

¡Felices pascuas!

Fuente: vatican.va

Domingo de Pascua

Homilía del Papa

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!

Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!

Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que nos cuesta aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, dentro y fuera.

Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.

Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.

En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge. El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida. Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado.

Así nos lo recordaba con palabras conmovedoras el Papa Francisco, en su primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la resurrección de Cristo «no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).

Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de la semana» (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad.

La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario.

Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida.

Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.

Fuente: vatican.va

30 marzo 2026

CELEBRACIONES DE SEMANA SANTA EN EL VATICANO

 DOMINGO DE RAMOS

29 de marzo de 2026

Pasión del Señor - Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y Santa Misa - 10.00 h.

MIÉRCOLES SANTO
1 de abril de 2026

Audiencia General - 10.00 h.

JUEVES SANTO
2 de abril de 2026

Misa Crismal -  9.30 h.
«Cena del Señor» – Misa vespertina - 17.30 h.

VIERNES SANTO
3 de abril de 2026

Pasión del Señor - 17.00 h.
Vía Crucis en el Coliseo - 21.15 h.

SÁBADO SANTO
4 de abril de 2026

Vigilia Pascual en la noche santa - 21.00 h.

DOMINGO DE PASCUA
5 de abril de 2026

Misa del día - 10.15 h.
Bendición «Urbi et Orbi» - 12.00 h.

Fuente: vatican.va 

El giro

 Teo Peñarroja

¿Hay un giro católico en la cultura contemporánea? La respuesta corta es «no». Pero la enjundia está en los matices. Las preguntas de Rosalía, de Alauda Ruiz de Azúa o de Aixa de la Cruz son un umbral, un giro... teológico. Sus interrogantes son muy espirituales, aunque sus respuestas no son exclusivamente católicas.

Hay Dios. No hay Dios.

Las últimas décadas han vivido de espaldas a ese interrogante, pero en este lustro se ha vuelto incontenible. Con el derrumbamiento del estado del bienestar y de las seguridades que daba por sentado, ha resurgido la vieja pregunta. ¿Hay Dios? Y muchos artistas están empezando a responder, no sin sufrimiento.

Un artista rara vez se instala ante la pregunta por Dios con ánimo tranquilo y complacido, sino más bien en tensión y con la pistola cargada. En su investigación sobre el resurgir del cristianismo en Inglaterra, la periodista Lamorna Ash no empieza contando una historia amable de la Biblia. Escoge como pórtico de su texto la escena feroz en la que Jacob lucha contra el ángel. Debió de ser un combate cruento, salvaje, interminable. En un momento de sudor y ojos desorbitados, el otro hombre consigue dislocar la cadera de Jacob. Un aullido, pero Jacob no se rinde. «¡Suéltame!», grita el ángel. «No te soltaré hasta que no me bendigas». Y, tras un breve diálogo, la respuesta del ángel: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con hombres, y has podido».

Esa lucha está a la vista de todos en obras tan brillantes como Lux, tan introspectivas como Los domingos o tan oscuras como Todo empieza por la sangre. La lucha es lo que está a la vista, no la respuesta. Ni Rosalía ni Alauda Ruiz de Azúa ni Aixa de la Cruz se declaran católicas practicantes. La autora de Motomami ha engendrado un disco francamente bello, irrepetible, muy inspirado por la mística y la estética cristianas, como muy bien han analizado Ana Sánchez de la Nieta en Aceprensa o Almudena C. Domper en Nuestro Tiempo. La cineasta que parió Cinco lobitos ha traído al mundo una película que admite múltiples interpretaciones de una vocación de clausura. La autora de Modelos animales Las herederas ha publicado una novela que incide de nuevo en el tema de la trascendencia, pero con una mirada mucho más visceral y sanguinolenta.

Sobre estas tres mujeres y estas tres obras sobrevuelan las claves de eso que el filósofo Diego S. Garrocho ha denominado el giro católico, y que tiene mucho de giro, aunque no tanto de católico. Es un debate que de algún modo conecta y amplifica al que se dio en 2020 acerca de los intelectuales cristianos. Pienso más bien, siguiendo a Daniel Capó, que asistimos a un giro teológico en la cultura contemporánea. Es una noticia sorprendente y un asunto interesantísimo. Y mucho más amplio, porque entre los teólogos se cuentan también los herejes. Lo que atraviesa el arte contemporáneo es la lucha con Dios, una pregunta honesta, pero no una respuesta unánime ni necesariamente católica. Aunque quizá convendría definir qué sería un arte católico.

LA IMAGINACIÓN CATÓLICA

El profesor Miguel Ángel Iriarte recogió en el número 723 de Nuestro Tiempo una disparidad de opinión entre dos escritores católicos del siglo XX. Según Flannery O’ConnorEvelyn Waugh «tiene una definición demasiado estricta de lo que sería una novela católica. Dice que es una novela que trata de problemas de fe; yo diría que es una mente católica que contempla cualquier cosa, ampliando suficientemente la categoría para incluirme a mí misma». En O’Connor, en efecto, la gracia divina suele presentarse de forma súbita y violenta. En su universo grotesco siempre irrumpe la gracia. El autor de Retorno a Brideshead, por otra parte, hace de la fe el tema del arte católico. Lo definitorio del arte cristiano, diría yo, no es la fe como tema, sino como conclusión. Una mirada creyente sobre el mundo construida, en primer término, sobre dos certezas: la trascendencia y la posibilidad de ser redimido. Me parece que este modo de definir la imaginación católica acoge a autores tan dispares como Shusaku Endo, Georges Bernanos, Walker PercyTim Gautreaux Jon Fosse y los distingue de otras manifestaciones artísticas que —con plena legitimidad— no creen en Dios, por mucho que Dios sea su tema.

El arte católico no es ni debe ser una creación moralizante, blanda o empalagosa. Vean esta afirmación de C. S. Lewis: «Nunca descubrimos la fuerza del impulso maligno que hay en nosotros hasta que intentamos combatirlo; y Cristo, puesto que fue el único hombre que nunca cedió a la tentación, es el único que conoce su significado, el único realista completo». De modo análogo, el arte cristiano no desconoce el mal, sino que lo mira a la cara. Lo determinante no es la ausencia de oscuridad, ni la claridad moral, ni el meandro que evita lo escabroso, ni siquiera la fe como tema, sino una mirada creyente sobre el mundo: hay Dios y Dios salva.

«LO DEFINITORIO DEL ARTE CRISTIANO, DIRÍA YO, NO ES LA FE COMO TEMA, SINO COMO CONCLUSIÓN»

Si lo que hubiera en la cultura contemporánea fuera un giro católico, deberíamos verlo en las obras. Tal vez Lux lo tenga. El disco sí parece mirar sub specie fidei. Una tarde por la carretera —puesta de sol y todo eso— me asaltó la letra de Magnolias. «Dios desciende / y yo asciendo» (Rosalía imagina su muerte), y también «Y lanzad azúcar moreno / sobre mi ataúd / y quedaos despiertos / hasta que vuelva otra vez la luz».

No creo que se pueda decir lo mismo de Los domingos o de Todo empieza por la sangre. Comparten un tema —la entrada de una joven en un convento— y una pregunta —por la trascendencia, por Dios—, pero no tienen fe, ni creen en la redención. La integridad se revela como su característica fundamental. Exponen preguntas auténticas y, ciertamente, muy teológicas. Son, de un modo u otro, producto de su tiempo.

QUEMAR LA TORRE PICASSO

Según ha señalado en esta revista el filósofo Higinio MarínEl retrato de Dorian Gray es la imagen perfecta de las contradicciones del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial se engendran dos rostros del mismo fantasma. Por una parte, está el señor Gray, esa sociedad de consumo tan pagada de sí misma en la que no cabe el drama. Por la otra, su retrato envejecido y monstruoso que carga con todas sus culpas: el nihilismo.

Aquella esquizofrenia que culminó en los noventa y los dosmil no podía durar para siempre. Opulencia exterior y vacío interior: una receta antigua a escala industrial, hasta que todo empezó a resquebrajarse en 2008. Lo resume muy bien Ash en su libro, Don’t Forget We’re Here Forever: «No podemos escapar del peso de nuestro tiempo y sus contextos. Nacimos en una era de contingencia prolongada: una de mayor diversidad y pluralidad de creencias, orígenes y sexualidades, de profunda inestabilidad económica, vivida bajo la austeridad, con el futuro inevitablemente atravesado por el colapso climático del planeta. Fuimos la primera generación en cuya infancia irrumpieron los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Mantenemos la mitad o más de nuestras interacciones diarias a través de chats insignificantes y fragmentados [...]. La pandemia global fue un agente silencioso en muchas de las conversiones o revoluciones de fe en las personas a quienes he entrevistado».

«LA FALSEDAD DEL ESTADO DEL BIENESTAR Y LA DICTADURA DEL CONSUMO, UNA VEZ FRACASADOS, MUESTRAN EL VERDADERO RETRATO DE DORIAN GRAY»

Los milenials vivimos la crisis de 2008 como la primera relación con el mundo de la economía y el trabajo, es decir, como una ruptura. El progreso no era una línea recta. Primero fueron los indignados de la Puerta del Sol y luego el wokismo, que instaló una sensación perenne de no-se-debe-decir. Y sucedió, claro, el año 2020. Nos vimos confinados en casa, con frecuencia solos, y conviviendo con la posibilidad de la muerte. El cine, la música y la literatura empezaron a pivotar entre varios sentimientos generacionales: la rabia, la fragilidad, la primacía del cuerpo, el deseo de comunidad, vínculo, familia, tierra. De ese humus germina el giro teológico, y en línea recta de aquellas raíces viene la explosión de la pregunta definitiva, la pregunta por Dios.

La respuesta es multiforme, pero podría decantarse en dos versos de Arde Bogotá«Hermanas y hermanos, quemad la Torre Picasso» y aquel otro que reza «Tiene que haber una salida para tanto dolor». Ya he contado en estas páginas el impacto que me causó escuchar La salvación en el Festival Internacional de Benicàssim, cómo lloraba la gente a mi derecha y a mi izquierda. La falsedad del estado del bienestar y la dictadura del consumo, una vez fracasados, muestran el verdadero retrato de Dorian Gray.

UN CENTRO DE GRAVEDAD PERMANENTE

Un músico de la talla poética de Franco Battiato compuso en 1981 un estribillo inolvidable: «Busco un centro de gravedad permanente que no me haga cambiar nunca de idea sobre las cosas y la gente». Cuatro años antes de la muerte de FoucaultBattiato cantaba la deconstrucciónEl mundo incrédulo que desembocaría en el nuevo ateísmo de los noventa debía renegar de la permanencia y de la estabilidad. El nihilismo tenía que alumbrar su propia poética, una poética de la inconsistencia.

En marzo de 2025, Rigoberta Bandini versionó Centro di gravità permanente. Era un homenaje que, al mismo tiempo, impugnaba a la generación anterior: «Busco un centro de gravedad permanente, / un lugar del que no me quiera bajar. / Seguiré buscándolo toda mi vida / como un náufrago que no llega nunca a su hogar». Donde Battiato ironiza, Bandini rezaRigoberta explora lo que prometieron los noventa y los primeros dosmil, y lo halla insuficiente: «Quise ser chef y lo logré, / me apunté a inglés y soy Sean Penn. / No tengo excusas, doy envidia, / pero estas ganas de morder / creo que me van a enloquecer. / Ya he roto toda la camisa». Sus estrofas encapsulan el sentimiento de una generación. Lo teníamos todo, y todo no valía nada, y ahora queremos morder, morder, morder.

LuxLos domingos y Todo empieza por la sangre no son una casualidad, una curiosidad ni un anacronismo. Son la conclusión lógica e inevitable del primer cuarto de siglo, de la madurez de los milenials, descreídos que han vivido la precariedad, la escisión de cuerpo y alma, el desarraigo… Y que han descubierto que tenían muy a mano una tradición teológica desde la que pensarse. Esa tradición, en España, es católica, y de ahí, creo yo, la confusión. Sus padres se la ocultaron y eso amplifica el misterio.

«SERÍA UN ERROR INTERPRETAR EL GIRO TEOLÓGICO COMO UN MOVIMIENTO ESPIRITUALISTA. AL CONTRARIO; EN EL CORAZÓN DE LA ESPIRITUALIDAD MILENIAL HAY UNA CONCIENCIA NÍTIDA DEL CUERPO COMO ESPACIO SAGRADO»

Es muy ilustrativa a este respecto una entrevista que Aixa de la Cruz concedió a la revista Letras Libres. Explica que, para escribir Todo empieza por la sangre, leyó la Biblia por primera vez y también mucha mística cristiana. «¿Y cómo lo ha encontrado?», le pregunta el entrevistador. «Pues fascinante. Y limpio [...]. Para mis padres es imposible pensar en el catolicismo y no pensar en Franco [...] Y me pregunto si ya ha pasado el tiempo suficiente como para que yo y las generaciones que vienen detrás, en lugar de optar por este batiburrillo que nos venden los algoritmos, digamos “si queremos tener un camino espiritual también podemos volver a las tradiciones de siempre pero haciéndolas propias”».

AVATARES Y CUERPOS

El libro de Aixa de la Cruz es un texto anclado en la corporalidad, y no es casual ni una excepción. Sería un error interpretar el giro teológico como un movimiento espiritualista. Al contrario; en el corazón de la espiritualidad milenial hay una conciencia nítida del cuerpo como espacio sagrado. Probablemente sea una respuesta al transhumanismo que ha enraizado en Silicon Valley. De modo quizás paradójico, el materialismo consumista ha terminado por negar el cuerpo. La distopía del transhumanismo consiste en alcanzar la inmortalidad no a través del cuerpo, sino a pesar del cuerpo. Tampoco es casual que las obras que han captado nuestra atención se hayan concebido, precisamente, durante la burbuja de la inteligencia artificial.

Lo explica extraordinariamente bien el filósofo Felipe Muller en su libro Nadie habla, que, de modo contundente, culmina con este párrafo: «A medida que se asiente y masifique el uso de la inteligencia artificial, los consumidores de conocimiento e información se verán abocados a poner en duda la autenticidad de cualquier representación [...] Tal vez, con un poco de suerte, nuestro cuerpo y corporalidad se tornen puntos de resistencia desde donde discriminar lo fingido verdadero».

Ese es precisamente el punto fijo desde el que gira la voz de Valeria Castro, que en marzo de 2025 presentó El cuerpo después de todo, su segundo disco. Sostiene Ana Gil de Pareja que «su herida es física, es encarnada. Se hace cuerpo; uno al que le sobrevendrán la dureza de la vida, el paso del tiempo, las cicatrices. Y solo en él y por él se puede dar la reconciliación». Busca lo mismo que Rigoberta, que Arde Bogotá y que los demás: un centro de gravedad permanente. «La solución va a ser volver a los cuidados, a las redes, a la confianza, a las personas que tenemos en frente, a los vínculos», dijo en una entrevista.

La cuestión del cuerpo está presente en los productos culturales que preceden y cristalizan en el giro teológico. Desde la contraportada de Lux, que muestra a Rosalía desnuda abierta de brazos sobre una cama, hasta la insistencia de Ruiz de Azúa en las experiencias físicas de la protagonista de Los domingos (de la tímida secuencia de cama a la declaración de la monja que asegura que echa de menos el perfume). De forma explicitísima se encuentra en Todo empieza por la sangre, que arranca con un pacto de sangre y no escatima escenas en las que la carne y la sangre se muestran casi con brutalidad, como gritando que se debe mirar al cuerpo. Al final de la novela, en la página de agradecimientos, Aixa de la Cruz cita a algunas personas que no esperaría uno ver ahí, como la hermana benedictina sor Marta o el sacerdote y escritor Pablo d’Ors.

GENEALOGÍA DEL GIRO TEOLÓGICO, UNA HIPÓTESIS

Uno de los pasajes más austeros y musicales de la Biblia es la genealogía de Jesucristo, en la que san Mateo repite durante varias páginas, como una letanía, quién engendró a quién: Abrahán engendró a IsaacIsaac engendró a Jacob… hasta llegar «a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo». Al igual que el autor sagrado se esfuerza en señalar las raíces de Jesús, su ascendencia, la forma en que se inserta en la historia humana… del mismo modo, la familia agrupa los temas —la precariedad, la ansiedad climática, el regreso al cuerpo, la búsqueda de un centro de gravedad, la corrección política, la soledad y la posibilidad de la muerte durante el confinamiento— que cristalizaron en el fenómeno actual. Quienes pelean a brazo partido con la pregunta por Dios pasaron primero por la familia.

Sirva como muestra un artículo de Sánchez de la Nieta en el número 716 de Nuestro Tiempo en el que repasaba algunos estrenos españoles de 2022: Alcarrás, de Carla SimónLa maternal, de Pilar PalomeroCinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa; As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, o Girasoles silvestres, de Jaime Rosales. Entre estos títulos, la crítica de cine encuentra un nexo común. A pesar de que no eluden problemas graves de incomunicación o abismo generacional, «transmiten una percepción alentadora: con sus claroscuros, la familia es un terreno firme. Quizás uno de los pocos en una sociedad en la que escasean los referentes morales. En la mayoría de estas películas el bote salvavidas es, al final, el amor imperfecto pero desinteresado de padres —y sobre todo madres— e hijos». La mayoría de esos guiones se gestaron durante el confinamiento, como las páginas del best seller FeriaAna Iris Simón habla sobre su familia y sobre la precariedad en un libro del que, de forma casi profética, dijo: «Mientras lo escribía, tuve la sensación de estar haciendo un libro sobre Dios».

POLÍTICA, RELIGIÓN Y ARTE

Ana Iris Simón terminó abrazando la fe católica y es hoy una de las columnistas con más predicamento de España. Llegó a la Iglesia por las mismas preguntas que transitan los autores que han emergido en este ensayo, pero conviene no confundirse: el giro teológico de la cultura, el reverdecimiento del cristianismo entre la juventud —del que habló en NT Rafael Domingo— y la derechización de Occidente son procesos paralelos, pero no convergentes. Si el giro católico implicara arte, religión y política, sus autores serían al menos parcialmente los mismos. Sin embargo, los hechos muestran más bien lo contrario.

«EN LO QUE SE REFIERE A LA CULTURA CONTEMPORÁNEA, NO HAY UN GIRO CATÓLICO. HAY UN RESURGIR DE LAS PREGUNTAS TEOLÓGICAS FUNDAMENTALES QUE NO ESTÁ ANIMADO POR UNA IMAGINACIÓN CATÓLICA»

Greta Gerwig, una de las cineastas más interesantes de Hollywood en cuyas películas Lady Bird (una huida hacia adelante del nihilismo que termina en una iglesia) y, sobre todo, Barbie (la muñeca habla con su creadora en una secuencia que recuerda a la oración cristiana), encontramos las primeras semillas del giro teológico, no guarda ninguna clase de afinidad con el trumpismo. De hecho, ha colaborado con Kamala Harris y con Bernie Sanders. Para profundizar en la obra de esta gran directora merece la pena acercarse a Barbie eres tú, el libro de Gema Pérez.

En el caso de España, ni Rosalía ni Alauda Ruiz de Azúa ni Aixa de la Cruz provienen de círculos eclesiales ni son católicas practicantes. Más bien al contrario: Ruiz de Azúa ha declarado que Los domingos es una película sobre el adoctrinamiento religioso. El auge de Hakuna o eventos cristianos masivos han recorrido un camino distinto, paralelo, y ahí se dirigen las críticas de Juan Manuel De Prada a la «moda de lo católico» y las esperanzas de uno de los mejores ensayistas de mi generación, Julio Llorente. También hay investigación empírica al respecto: una encuesta internacional para un estudio de la revista científica Church, Communication and Culture refleja un estancamiento de la secularización entre los jóvenes de los países desarrollados. Pero eso, como digo, es otra historia.

En lo que se refiere a la cultura contemporánea, no hay un giro católico. Hay un resurgir de las preguntas teológicas fundamentales que no está animado por una imaginación católica, con una gran excepción internacionales: el Nobel de Literatura de 2023, Jon Fosse.

«EN LO QUE SE REFIERE A LA CULTURA CONTEMPORÁNEA, NO HAY UN GIRO CATÓLICO. HAY UN RESURGIR DE LAS PREGUNTAS TEOLÓGICAS FUNDAMENTALES QUE NO ESTÁ ANIMADO POR UNA IMAGINACIÓN CATÓLICA»

Peregrinamos por un momento cultural de gran relevancia. Una encrucijada. Y las obras que han desatado este debate —LuxLos domingos y Todo empieza por la sangre— tienen una genealogía muy peculiar. Los últimos cinco años nos han dado una ristra de nombres que apuntalan alguno de los temas en los que enraízan las cuestiones teológicas milenials: precariedad, sinsentido, familia, soledad, futuro. En estos campos, claro está, hay aires de familia que uno puede extender tan lejos como quiera.

Habrá un giro católico en la cultura contemporánea en cuanto dos docenas de Fosses milenials ocupen los primeros puestos de las listas de Spotify y Netflix. Contra todo pronóstico, lo que parecía una aspiración piadosa hace una década no se muestra hoy como un imposible, sino como una de las consecuencias lógicas de nuestra época. Una posibilidad que depende, en gran medida, de hasta qué punto sea capaz el universo católico de cultivar la imaginación. ¿Será posible que los centros de formación de la Iglesia no solo den grandes analistas de la realidad, sino también grandes imaginadores del futuro y la ficción? Mientras tanto, en cualquier caso, a nuestro tiempo le es dado vivir el resurgir de una disyuntiva antiquísima: no hay Dios, hay Dios. 

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu