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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

23 abril 2026

Memoria y edad. Envejecimiento

José Luis Velayos

Creer en la dignidad de la vida humana es esencial. No hay argumentos ni razones suficientes que justifiquen el aborto o la eutanasia.

Vivir es lo que materialmente se puede considerar como lo más positivo que tenemos. Con el tiempo, se produce una progresiva disminución de la vitalidad orgánica, que desemboca en la muerte. Es la realidad, no es una consideración pesimista. Siempre, en todo momento, desde la concepción, desde la fusión del espermio paterno y el óvulo materno hasta la muerte, durante el tiempo biológico propio de cada individuo, se trata de una vida humana, de la vida de un ser humano.

Creer en la dignidad de la vida humana es esencial. No hay argumentos ni razones suficientes que justifiquen el aborto o la eutanasia. Quizá la justificación que algunos esgrimen sea producto de una “anestesia” de la solidaridad, o más bien de la conciencia; y, muchas veces, debido a la ausencia de una concepción cristiana de la vida, aunque la defensa de la vida no es un asunto primariamente de tipo religioso; hay, en efecto, defensores de la vida que se confiesan ateos.  

¿Cómo se produce el envejecimiento?

El sistema óseo es el primero en envejecer; y cada sistema orgánico tiene su ritmo propio, e influenciándose, interactuando entre sí los distintos componentes corporales y mentales.  

El envejecimiento del sistema nervioso (es el sistema que envejece más tarde) se manifiesta principalmente, e inicialmente, en las alteraciones de la memoria (sobre todo por afectación del hipocampo, entre otras estructuras). Se produce una alteración de las funciones intelectivas (como consecuencia de  la afectación de las cortezas asociativas). Hay una disminución de la capacidad de previsión (especialmente por afectación del cortex prefrontal, corteza muy desarrollada en la especie humana), Hay además alteraciones del ritmo vigilia-sueño (el anciano generalmente duerme poco, y a menudo a deshora).

Al mismo tiempo, van envejeciendo  los órganos de los sentidos, por lo que a los síntomas y signos señalados, acompaña una insuficiente captación de la realidad tanto externa como interna.

Con el tiempo se producen olvidos y tergiversación de los recuerdos. Hay hechos que quedan grabados profundamente en la mente, engramas que parecen permanecer en la memoria; pero también se producen modificaciones en el recuerdo, debido a que en la persona mayor las estructuras cerebrales  están peor irrigadas que en el joven; y desaparecen conexiones, al mismo tiempo que se marcan más algunas de ellas. A la larga, en mayor o menor medida, se afecta la memoria.

Se recuerdan mejor que lo reciente los hechos del pasado, sobre todo si los tales se marcaron con un tinte emocional: la Primera Comunión, el matrimonio, el nacimiento del primer hijo, la obtención de un título especial, anécdotas especialmente emotivas, la vivencia de una catástrofe, etc., etc.

Y al mismo tiempo, con la edad, hay modificaciones en la esfera emocional, por afectación del sistema límbico: la persona mayor se emociona más fácilmente, e incluso algunos lloran más que cuando eran jóvenes. Es muy positivo que la persona mayor sea consciente de estos avatares; el conocimiento es una buena defensa.

Una buena profilaxis frente al envejecimiento es que el mayor no deje la actividad intelectual, y que siga estudiando, leyendo, escribiendo, rezando, interesándose por la actualidad, pensar menos en sí mismo, relacionarse con los demás, pasear, hacer ejercicio, comer lo preciso, no abusar del alcohol ni de los estimulantes, etc. Son medidas de sentido común, que el individuo ha de practicar siempre, no solo cuando siente que va envejeciendo. Es importante no abandonarse; y por otra parte, no es bueno que el mayor tenga “complejo de anciano”.

No es peyorativa la palabra “viejo”. Quizás sea mejor hablar más de “viejos” que de “ancianos”. Y es que los vinos viejos pueden competir con los vinos jóvenes.

Actualmente, como consecuencia de las formidables medidas higiénicas y los espectaculares avances médicos, unido a un descenso de la natalidad, el número de personas mayores va creciendo considerablemente. Se calcula que pronto la media de la edad de fallecimiento será de 85 años.

Y es un hecho que el viejo puede seguir siendo útil. Precisamente, bastantes personas de edad avanzada llegan al culmen de su productividad artística, política, cultural, y hasta deportiva. En este sentido, hay muchos ejemplos de hombres y mujeres provectos que han sido (y son) faros luminosos para su entorno y para la sociedad. La Historia está llena de tales ejemplos.

El ser humano, cualquiera que sea la edad, es falible, pero si nos arrepentimos (y confesamos) de nuestros pecados, Dios, que no es viejo, que es siempre joven y generoso, olvida y perdona. Dios nunca dirá: “perdono, pero no olvido”.

Fuente: almudi.org

Publicado por JOQUIVESA en 11:36

22 abril 2026

Convivir en tiempos de tensión: la hospitalidad como forma de encuentro

Sofía Roux Tercero

La hospitalidad no elimina las diferencias ni resuelve los conflictos, pero abre un espacio donde el otro deja de ser una amenaza.

Avance

Las fronteras no son solo líneas que separan territorios. También son espacios donde las diferencias culturales, religiosas e históricas se encuentran, conviven y, en ocasiones, entran en tensión. En un mundo marcado por la movilidad, la diversidad y los conflictos, comprender cómo es posible vivir juntos en estos contextos se vuelve una cuestión central.

En este escenario, la hospitalidad aparece entonces como una práctica clave. No se limita a gestos de cortesía, sino que implica reconocer al otro, acoger la diferencia y construir formas de convivencia en contextos complejos. Pero ¿cómo se vive la hospitalidad cuando existen identidades fuertes, memorias históricas diversas y normas que regulan la vida en común? Como señalan diversos estudios, la hospitalidad puede entenderse no solo como valor individual, sino como una práctica social que organiza la relación con el otro (Reckwitz, 2017; Lamont, 2018).

A partir del análisis de una ciudad situada entre dos continentes, este artículo explora cómo la hospitalidad se manifiesta en espacios simbólicos, religiosos y cotidianos y se analiza, en concreto, la arquitectura sagrada de Estambul.

En el texto, lejos de idealizar la convivencia, se propone entenderla como un proceso en constante construcción, donde la apertura al otro convive con límites, normas y tensiones. En este contexto, la hospitalidad se presenta como una condición fundamental para pensar la ciudadanía en sociedades diversas.

Artículo

¿Qué significa convivir cuando la diferencia no es la excepción, sino lo habitual? En algunos lugares del mundo, la convivencia entre culturas no es una opción, sino una condición cotidiana. Ahí, personas con tradiciones, creencias y formas de vida distintas comparten calles, instituciones y ritmos de vida, generando dinámicas complejas de relación.

Estas realidades permiten ver cómo se construye la convivencia cuando no existe una identidad única que la sostenga. En lugar de la homogeneidad, lo que aparece es la necesidad de articular diferencias, establecer acuerdos y encontrar formas de coexistencia que no eliminen la diversidad.

Construir la convivencia en la diferencia

En este contexto, la hospitalidad adquiere un papel central. No se trata únicamente de recibir al otro, sino de reconocerlo como alguien con quien se comparte un mismo espacio. La hospitalidad implica apertura, pero también límites, normas y formas de organización que hacen posible la convivencia. Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto es posible acoger al otro sin renunciar a la propia identidad?

Algunas ciudades, situadas en puntos de cruce entre culturas, permiten observar con claridad estas dinámicas. En ellas, la historia, la religión y la vida cotidiana se entrelazan para configurar formas específicas de relación con el otro. Históricamente, estos territorios han sido escenarios de intercambio cultural, religioso y económico (Faroqhi, 2004). Estos espacios funcionan como verdaderos laboratorios donde se ensayan modos de convivencia en contextos de diversidad. Como advierte Derrida (2000), toda hospitalidad real se mueve entre una apertura ideal al otro y una hospitalidad regulada por condiciones concretas.

¿Puede la hospitalidad sostener la memoria sin borrar la diferencia?

En los espacios simbólicos, como iglesias, mezquitas y sinagogas, la hospitalidad se expresa de manera especialmente significativa. Son lugares que conservan huellas de distintas tradiciones a lo largo del tiempo. En ellos, elementos de diversas culturas conviven en un mismo ámbito, haciendo visible una memoria compartida que no siempre ha estado exenta de tensiones. No es una convivencia simple, esta superposición de significados muestra que la convivencia no implica borrar el pasado, sino aprender a habitarlo.

Otros entornos, en cambio, mantienen una identidad claramente definida. En ellos, la hospitalidad se organiza a través de normas explícitas: formas de vestir, comportamientos esperados o tiempos de acceso. Lejos de contradecir la acogida, estas reglas la hacen posible, ya que permiten preservar el sentido del lugar mientras se abre al visitante. En estos casos, acoger no significa diluir la identidad, sino compartirla desde un marco definido. Desde la filosofía de la alteridad, este reconocimiento del otro es el fundamento de toda relación ética (Levinas, 1969).

Desde esta perspectiva, en contextos contemporáneos la hospitalidad se vincula con la ciudadanía democrática, especialmente en sociedades plurales donde es necesario equilibrar reconocimiento y regulación (Benhabib, 2004).

El ejemplo de Estambul y su arquitectura religiosa

A lo largo de su historia —Bizancio, Constantinopla, Imperio Otomano y República de Turquía— Estambul ha sido territorio de tránsito, comercio y encuentro entre pueblos. Su posición estratégica entre Europa y Asia la convirtió durante siglos en un eje fundamental de intercambio cultural, religioso y económico (Faroqhi, 2004). Esta condición geográfica e histórica la configura como un espacio privilegiado para comprender la hospitalidad en contextos de diversidad histórica y social.

La hospitalidad en Estambul no se reduce a gestos individuales ni a prácticas circunstanciales de acogida; se configura como una estructura histórica que ha permitido la coexistencia —no siempre exenta de conflicto— de múltiples credos, lenguas y memorias culturales.

Ejemplo de ello son sus arquitecturas sagradas: Santa Sofía y la Mezquita Azul. La primera constituye un símbolo elocuente de hospitalidad histórica. Construida como basílica cristiana en el siglo VI bajo el Imperio Bizantino, convertida en mezquita tras la conquista otomana en 1453, posteriormente declarada museo durante el periodo republicano y nuevamente designada como mezquita en la actualidad, el edificio refleja capas sucesivas de significado que no se cancelan entre sí, sino que se superponen. Cada transformación no implicó una simple sustitución funcional, sino una reconfiguración simbólica que incorporó nuevas narrativas sin borrar completamente las anteriores (Trantas, 2025). En su materialidad arquitectónica, Santa Sofía conserva la memoria de los distintos momentos políticos y religiosos que la han atravesado, convirtiéndose en un testimonio tangible de la historia compartida —y disputada— de la ciudad.

La coexistencia visible de mosaicos cristianos y elementos islámicos materializa una forma singular de hospitalidad simbólica: el reconocimiento tangible de narrativas históricas diversas en un mismo espacio. Las imágenes de la tradición bizantina, parcialmente preservadas, conviven con la caligrafía islámica y con los dispositivos litúrgicos propios de la práctica musulmana. Esta convivencia no elimina la tensión inherente a los cambios de uso y significado, pero sí pone en evidencia una disposición a integrar huellas del pasado en la configuración presente del lugar. Santa Sofía se presenta así como un espacio donde la memoria no es completamente expulsada, sino reinscrita, permitiendo que diferentes tradiciones permanezcan visibles y dialoguen desde su propia especificidad.

La Mezquita Azul ofrece una experiencia distinta: se trata de un espacio religioso plenamente vivo, en el que la práctica litúrgica continúa estructurando el uso y el significado del lugar. Construida a comienzos del siglo XVII bajo el sultán Ahmed I, la mezquita forma parte del conjunto de mezquitas imperiales otomanas concebidas no solo como monumentos arquitectónicos, sino como complejos religiosos y sociales activos (Kuban, 2010). A diferencia de edificios convertidos en museos, aquí la función espiritual permanece central. El acceso está regulado por normas claras relacionadas con la vestimenta, los horarios de oración y el comportamiento dentro del recinto. El visitante es recibido con apertura y cortesía, pero dentro de un orden previamente establecido que preserva el carácter sagrado del espacio.

Esta configuración permite observar que la hospitalidad auténtica no supone la dilución de la identidad del anfitrión ni la neutralización de su tradición. Por el contrario, implica la capacidad de acoger desde una pertenencia sólida y explícita. La regulación no contradice la hospitalidad; la estructura y la hace posible, pues define los límites dentro de los cuales el encuentro puede darse sin que el espacio pierda su significado religioso. La norma, en este contexto, opera como condición de convivencia y como expresión de una identidad que se mantiene visible y coherente.

Hospitalidad, interés y vida cotidiana

Más allá de los grandes monumentos, la hospitalidad también se construye en la vida cotidiana. En mercados, calles o espacios públicos, la relación con el visitante combina gestos de cercanía con dinámicas económicas propias de una ciudad global. La cordialidad, la conversación inicial o pequeños rituales sociales forman parte de una tradición de acogida, pero también se insertan en contextos de intercambio y negociación. ¿Se trata de hospitalidad o de interés? Probablemente, un poco de ambas cosas.

Esta ambivalencia ha sido señalada por Bauman (2016), quien advierte que las sociedades actuales oscilan entre la apertura al otro y su percepción como posible amenaza o recurso económico. Esta realidad muestra que la hospitalidad no es una práctica idealizada. Está atravesada por intereses, normas y tensiones. El visitante puede ser recibido como huésped, pero también como cliente o como desconocido. Aun así, en medio de estas ambivalencias, persisten formas de reconocimiento que hacen posible la convivencia.

En este sentido, la ciudadanía no puede entenderse únicamente como un estatus legal. También implica participar en un espacio compartido, relacionarse con otros y construir vínculos en contextos de diversidad. Las ciudades globales, como señala Sassen (2001), son escenarios donde se redefinen constantemente las formas de pertenencia. La hospitalidad contribuye a este proceso al facilitar el encuentro entre personas distintas y al generar condiciones para la convivencia.

Sin embargo, acoger al otro no es un proceso sencillo. Requiere disposición, tiempo y, en muchos casos, la capacidad de cuestionar prejuicios propios. También implica aceptar que la convivencia no elimina el conflicto, sino que lo gestiona.

Los territorios de frontera, ya sean geográficos o simbólicos, muestran con especial claridad esta complejidad. Lejos de ser únicamente espacios de separación, pueden convertirse en lugares donde se ensayan nuevas formas de relación basadas en el reconocimiento, el respeto y la negociación.

En un mundo atravesado por tensiones constantes, convivir no es un punto de partida, sino una tarea en construcción. La hospitalidad no elimina las diferencias ni resuelve los conflictos, pero abre un espacio donde el otro deja de ser una amenaza. Y en ese pequeño desplazamiento —casi imperceptible— se decide algo mayor: si todavía es posible vivir juntos.

Fuente: nuevarevista.net

Publicado por JOQUIVESA en 16:48

Lúcida reflexión sobre los fallos del actual sistema educativo y su mejora

Benigno Blanco Rodríguez

Dos libros, uno de Alicia Delibes y otro de José María Barrio, aciertan en su análisis de la enseñanza contemporánea.

A cualquiera que le preocupen los problemas de los jóvenes debe preocuparle el sistema educativo. Por eso, los estudios serios, documentados y basados en un conocimiento práctico de nuestra escuela me parecen dignos de toda atención; y por eso mismo estoy desde hace años pendiente de lo que publica Alicia Delibes Liniers, pues en ella concurren largas décadas como profesora en centros escolares públicos y privados en España y en el extranjero, gestión política en la Consejería de Educación de la comunidad autónoma de Madrid, presencia en organismos internacionales competentes en materia educativa como OCDE y Unesco y observadora de la evolución del sistema desde un órgano privilegiado como es el Consejo Escolar de la CAM que presidió varios años. Además, Alicia piensa y estudia; no se limita a observar.

Publica ahora esta autora El suicidio de Occidente. La renuncia a la transmisión del saber (Ed. Encuentro, 2024, 359 págs.), libro que aporta muchas luces para hacer un diagnóstico de fondo, más allá de las anécdotas políticas y legislativas del día a día, sobre los aciertos y fallos del actual sistema educativo. Su perspectiva no es solo la local española ni la del corto plazo político, sino que en este libro se asoma con documentada solidez a la deriva de la educación en Occidente desde la Revolución francesa hasta la actualidad, con especial atención a la inflexión que supuso y puso de manifiesto el mayo del 68 francés.

En la primera parte del libro analiza la autora el pensamiento de Rousseau y su influencia determinante en el diseño de las pedagogías modernas que han generado sistemas educativos contrarios a la transmisión del saber y que han otorgado a los Estados el poder de redefinir al nuevo ser humano que cada ideología de moda ha ido promoviendo, convirtiendo la escuela en instrumento de manipulación política de la juventud al servicio de las ideologías políticas de moda o con mando en plaza.

En la segunda parte, Delibes analiza la revolución educativa promovida en USA en el siglo XX por las doctrinas de John Dewey y las transformaciones en la escuela en Europa a partir del mayo 68, fenómenos que siguen la línea de Rousseau de romper con la escuela como transmisora de conocimientos y promueven su conversión en agente de cambios políticos e ideológicos.

Con profundo conocimiento de la historia de las ideas sobre la educación y de los sistemas educativos, Alicia Delibes intercala en su relato lúcidas críticas a los pensadores citados hechas en nombre de la libertad y el sentido común por autores cuyo pensamiento merece la pena recuperar pues ya previeron los desastres que las nuevas pedagogías iban a generar. Así la crítica a Rousseau se pone en boca del pensador liberal Isaiah Berlín (págs. 51 y ss.), de la refutación de Dewey se encarga Hanna Arendt (págs. 92 y ss.) y del análisis crítico de la ideología del mayo 68 francés el intelectual liberal Raymond Aron (págs. 112 y ss.).

De la mano de la autora, comprobamos que las ideas no son inocuas y que todos los errores que hemos cometido y seguimos cometiendo eran previsibles y fueron previstos y anunciados por pensadores solventes que no renunciaron a pensar sobre el mundo moderno desde la tradición humanista de Occidente sin dejarse obnubilar por las ideologías modernas enloquecidas.

Otro acierto del libro de Delibes es que no se circunscribe al análisis de las ideas que han ido inspirando los sistemas educativos modernos en los dos últimos siglos, sino que también analiza -país a país- la evolución de estos sistemas según las ideas pedagógicas que han inspirado al legislador y al gestor. Con la autora podemos seguir qué ha pasado en USA, Francia, Alemania, Gran Bretaña y, por supuesto y con especial detalle, España. Este libro nos lleva con soltura y equilibrio del mundo de las ideas que determinan las políticas públicas educativas a la realidad de los sistemas educativos que esas políticas e ideas han generado, con sus éxitos y fracasos.

En la tercera y cuarta parte del libro la autora extiende su estudio a lo que ha sucedido con la escuela en la última parte del siglo XX y en el XXI con la misma metodología: análisis de las ideas pedagógicas y realidad de la escuela. Cualquiera de nosotros podrá reconocer en sus análisis lo que vivimos en la escuela de nuestros alumnos, hijos y nietos hoy; y quizá de la mano de Delibes podremos identificar con precisión el porqué de lo que nos gusta o no de lo que vemos.

La tesis de Alicia Delibes es que Occidente se está suicidando porque ha renunciado a transmitir en la escuela la sabiduría tradicional de nuestra civilización sobre el ser humano en un sistema de libertad de educación, para poner la escuela al servicio de las revoluciones ideológicas de moda que el Estado en cada momento y lugar decide promover. En coherencia con su análisis, Delibes dedica la última parte de su obra a presentar el pensamiento de seis autores que han defendido la libertad de educación en los últimos siglos: Tocqueville, John Stuart Mill, Russell (discutible elección en mi opinión), von Hayek, Revel y Scruton.

Un estupendo complemento del libro de Delibes -especialmente para profesionales de la educación- es el más reciente libro de José María Barrio, Sócrates en el aula. Lo que la filosofía puede enseñar a la educación (Ed. Encuentro, 2026, 186 págs.), obra en la que el autor defiende la esencia de la educación como transmisión del saber ayudando al alumno a pensar, en la mejor tradición socrática. Leer a José María Barrio es un verdadero placer intelectual.

Fuente: religionenlibertad.com

Publicado por JOQUIVESA en 10:46

20 abril 2026

¿Hoy sigue siendo Viernes Santo?

Juan Luis Selma


El autor reflexiona sobre el camino de esperanza desde el desánimo de los discípulos de Emaús hasta el testimonio de la Iglesia sufriente en África.

Decía Benedicto XVI, ya como Papa emérito, en el Monasterio Mater Ecclesiae: “Hace dos años, cuando estaba de visita pastoral en Cuba, uno de los obispos cubanos me dijo: Los cristianos de este país, y también muchos otros latinoamericanos, no hemos llegado todavía a la Pascua; nos hemos quedado en el Viernes Santo”.

Los discípulos de Emaús, de regreso a su pueblo el domingo de Pascua, caminaban tristes y desanimados. Esperaban otra cosa del Mesías: pensaban que libraría a Israel del yugo romano, lo imaginaban como un triunfador, un líder poderoso, alguien que colmaría todos sus deseos. Han oído que algunas mujeres aseguran que ha resucitado, pero no lo creen. Siguen viviendo en el Viernes Santo. No salen de ahí.

Benedicto XVI comentaba también: “Si pensamos en todas las dictaduras de tiempos pasados, en el poder que han ejercido contra Dios mientras Él parecía ausente, debemos decir que todas ellas han sido Viernes Santo para los mártires y para todos los creyentes.

Hoy, aunque en un contexto muy distinto, existen nuevas formas de poder científico que nos permiten hacer y deshacer al hombre, tratarlo como un producto. Ya no hay criaturas; Dios ya no es visible. Parece ridículo creer en la resurrección, en el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado”.

Los grandes de la tierra no entienden nada. Interpretan el Evangelio según sus intereses o directamente lo combaten. No se dan cuenta de que solo Dios conoce al hombre, sus necesidades y su verdadera grandeza. Se han olvidado del bien común. Y nosotros, ciudadanos de a pie, nos parecemos a los de Emaús: queremos un Dios a nuestro servicio, una moral a la carta, buscamos nuestro interés. Señalamos los pecados ajenos mientras ignoramos los propios.

Hace poco he estado en Fátima. Es una maravilla estar en casa de la Madre: siempre te llevas algo. Me fijé en que han cambiado el crucifijo de la Capelina. Antes estaba sobre una base de metacrilato; ahora la cruz está enmarcada en un círculo de hierro que representa el mundo. El Crucificado lo abarca todo: nada queda fuera.

De algún modo, para alcanzar la gloria de la Resurrección, todos tenemos que vivir nuestro Viernes Santo.

La Iglesia vive hoy su Pasión. La persecución de los cristianos en África es una de las crisis humanitarias y de derechos humanos más graves y, a la vez, más silenciadas. No se trata de incidentes aislados, sino de patrones sistemáticos de violencia, impulsados por grupos armados, extremismo religioso, conflictos étnicos y la incapacidad de muchos Estados para proteger a sus ciudadanos.

Nigeria es, según múltiples informes, el país donde más cristianos son asesinados por su fe. Se habla incluso de un “genocidio silencioso”. En lo que va de año, más de 7.000 cristianos han sido asesinados y casi 8.000 secuestrados. Más de cien iglesias han sido destruidas solo en 2025.

El islamismo radical, los conflictos étnicos, los intereses económicos y la pasividad del mundo occidental están propiciando un auténtico exterminio de cristianos.

Sigue diciendo Benedicto XVI: “Esta caminata hacia Emaús interpreta toda la historia de la Iglesia: siempre es Viernes Santo y siempre, al mismo tiempo, es ya Pascua. Basta pensar en cómo los grandes totalitarismos que parecían invencibles —el nazismo y el comunismo— han desaparecido, mientras Cristo continúa vivo. Pienso en Vietnam, donde Cristo estaba totalmente excluido y, sin embargo, el jefe del Estado y el del Partido me visitaron para decirme que habían comprendido que la Iglesia es un hecho importante para la construcción de su sociedad. ¡Cristo vive! Pensemos que el palacio del emperador Diocleciano, gran perseguidor de los cristianos, se convirtió más tarde en la primera catedral de la Iglesia católica”.

Tenemos que contar con la contrariedad, con los límites, con las injusticias y con el pecado. Todo esto nos acompañará siempre, pero hay esperanza. Podemos ser felices luchando por ser mejores, intentando convertirnos, confiando en el poder de Dios. Debemos apostar por los nuestros, tener paciencia, aguantar un poco —o un mucho—. No hay noche oscura que no dé paso a la luz.

El Señor siempre está a nuestro lado, aunque no nos demos cuenta, como le pasó a Cleofás y a su amigo. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. ¡Cristo vive!

Fuente: eldiadecordoba.es


Publicado por JOQUIVESA en 11:36

19 abril 2026

Compartir la alegría de la Resurrección

El Papa en el Regina Caeli en Kilamba 

Queridos hermanos y hermanas:

Unámonos ahora en oración a María Regina Coeli, Reina del Cielo, para compartir con ella, nuestra Madre y compañera de camino, la alegría de la Resurrección.

Con este canto gozoso no queremos borrar ni sofocar el grito de los que sufren, sino más bien abrazarlo y unirlo a nuestra voz, en una nueva armonía, para que incluso en el dolor permanezca viva la luz de la fe, y con ella la esperanza en un mundo mejor.

Lamento profundamente el reciente intensificarse de los ataques contra Ucrania, que siguen afectando también a los civiles. Expreso mi cercanía a quienes sufren y aseguro mi oración por todo el pueblo ucraniano. Renuevo el llamamiento para que callen las armas y se siga el camino del diálogo.

En cambio, es motivo de esperanza la tregua anunciada en Líbano, que representa un brote de alivio para el pueblo libanés y para el Levante. Aliento a quienes están trabajando por una solución diplomática a continuar los diálogos de paz, para hacer permanente el cese de las hostilidades en todo el Medio Oriente.

Cristo ha vencido a la muerte, y es con esta certeza que todos nosotros, unidos a Él y en Él como un solo cuerpo, hoy y cada día nos comprometemos a hacer crecer a nuestro alrededor los frutos de la Pascua, que son el amor, la verdadera justicia y la paz, más allá de todo obstáculo y dificultad.

Que la Madre de Jesús, Madre del Corazón, nos ayude a sentir siempre cercana, viva y fuerte la presencia de su Hijo resucitado.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 18:53

17 abril 2026

Camino de Emaús

3.º domingo de Pascua (Ciclo A)

Evangelio (Lc 24,13-35)

Ese mismo día, dos de ellos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios. Iban conversando entre sí de todo lo que había acontecido. Y mientras comentaban y discutían, el propio Jesús se acercó y comenzó a caminar con ellos, aunque sus ojos eran incapaces de reconocerle. Y les dijo:

—¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?

Y se detuvieron entristecidos. Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

—¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?

Él les dijo:

—¿Qué ha pasado?

Y le contestaron:

—Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y ante todo el pueblo: cómo los príncipes de los sacerdotes y nuestros magistrados lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron. Sin embargo nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas. Bien es verdad que algunas mujeres de las que están con nosotros nos han sobresaltado, porque fueron al sepulcro de madrugada y, como no encontraron su cuerpo, vinieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles, que les dijeron que está vivo. Después fueron algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como dijeron las mujeres, pero a él no le vieron.

Entonces Jesús les dijo:

—¡Necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?

Y comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Llegaron cerca de la aldea adonde iban, y él hizo ademán de continuar adelante. Pero le retuvieron diciéndole:

—Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo.

Y entró para quedarse con ellos. Y cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Y se dijeron uno a otro:

—¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y al instante se levantaron y regresaron a Jerusalén, y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían:

—El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón.

Y ellos contaban lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan.

Comentario

Cuenta san Lucas, que el domingo de resurrección dos discípulos de Jesús se marcharon de Jerusalén hacia Emaús. Iban cargados de incertidumbre, pues ya habían oído el anuncio angélico de que Jesús vivía, (v. 22s) pero todavía dudaban de la resurrección. Iban discutiendo entre sí (v. 15). Y estaban tan centrados en la propia tristeza, que eran incapaces de reconocer a Jesucristo en aquel personaje que caminaba junto a ellos; les parecía un mero forastero (v. 18). Sin embargo, el Resucitado les explica las Escrituras lleno de compasión y parte para ellos el pan. Así enciende sus corazones y abre sus ojos para que puedan reconocerlo. Entonces regresan con Pedro y los demás, llenos de alegría y seguridad.

Dice el relato que Emaús distaba de Jerusalén unos 60 estadios (12 km). Los expertos debaten la localización exacta de dicha aldea, pero la tradición suele identificar el lugar con Emaús Nicópolis, que dista de Jerusalén unos 25 km, es decir, 160 estadios, como recogen muchos manuscritos del evangelio de Lucas. En cualquier caso, aquel día los discípulos debieron caminar bastantes horas. Y alejarse de Jerusalén es como dejar atrás su fe en Jesús. Pero el Resucitado sale a caminar con ellos para transformarlos.

Con gran pedagogía, Jesús les hace contar sus penas para disiparlas. La escena enamoraba a san Josemaría, que sabía traerla al día a día en su meditación personal: “con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia. Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria”.

Jesús siempre sale al encuentro de los suyos en su andar abatido y sin perspectiva. Y el evangelio nos enseña a reconocerlo: Jesús no es un forastero en nuestro caminar, sino el crucificado que ha resucitado; y nos conoce, nos ama y nos busca. “El camino de Emaús se convierte así en símbolo de nuestro camino de fe —comentaba el Papa Francisco en una ocasión—: las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. (…) Recordadlo bien: leer cada día un pasaje del Evangelio, y los domingos ir a recibir la comunión, recibir a Jesús. Así sucedió con los discípulos de Emaús: acogieron la Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres. Siempre, queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios y la Eucaristía nos llenan de alegría”.

Sentimos cercano a Jesús cuando leemos la Escritura y frecuentamos la Eucaristía. Porque, como decía Benedicto XVI citando a san Jerónimo, “ignorar la Escritura es ignorar a Cristo. Por eso es importante que todo cristiano viva en contacto y diálogo personal con la Palabra de Dios, que se nos entrega en la Sagrada Escritura (…) Y el lugar privilegiado de la lectura y la escucha de la Palabra de Dios es la liturgia, en la que, celebrando la Palabra y haciendo presente en el sacramento el Cuerpo de Cristo, actualizamos la Palabra en nuestra vida y la hacemos presente entre nosotros”.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 11:25

"Quien no es bueno sirviendo, no será bueno mandando"

Escrito por AC y V

Una reflexión del filósofo griego Platón sobre el liderazgo y la responsabilidad sigue vigente más de dos mil años después, recordando que el poder solo puede ejercerse con justicia, disciplina y experiencia previa.

Platón, uno de los filósofos más influyentes de la Grecia clásica, dejó reflexiones que siguen resonando siglos después. Entre ellas destaca una frase que se repite cada vez que se habla de liderazgo y poder: “quien no es bueno sirviendo, no será bueno mandando”. La sentencia condensa una idea central de su pensamiento político y moral, relacionada con la formación del gobernante y su responsabilidad hacia la comunidad.

Discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, el pensador ateniense desarrolló una filosofía en la que el poder no podía separarse de la virtud y la educación moral. Sus reflexiones, presentes en obras como La República y Las Leyes, partían de una preocupación concreta: cómo evitar que el poder terminara en manos de quienes lo buscan por ambición personal. Para Platón, gobernar requería disciplina interior, conocimiento y una profunda conciencia del bien común.

El contexto histórico también influyó en su forma de pensar. Platón vivió una época marcada por el debilitamiento de la democracia ateniense tras la Guerra del Peloponeso y por profundas crisis políticas. En ese escenario elaboró una visión del poder basada en la razón y la justicia, donde el equilibrio entre razón, emociones y deseos determina tanto la conducta individual como la organización de la sociedad.

El significado de servir antes de mandar

La conocida frase de Platón refleja una advertencia ética sobre el ejercicio del poder. En su filosofía, servir no implica sumisión ciega, sino dominar los propios impulsos y actuar conforme a la razón y la justicia. Solo quien ha desarrollado autocontrol, paciencia y disciplina puede asumir responsabilidades que afectan a otros sin caer en el abuso de autoridad.

Esta idea aparece vinculada a su concepción del gobierno en La República, donde el filósofo plantea que gobernar no consiste en dominar, sino en orientar a la comunidad hacia el bien común. Para Platón, el verdadero líder es aquel que entiende su posición como un deber y no como un privilegio. Por eso defendía que el poder debía recaer en personas con formación filosófica y moral, capaces de anteponer la justicia a sus intereses personales.

La autoridad solo resulta legítima cuando quien dirige comprende

las necesidades de quienes dependen de sus decisiones

La reflexión platónica también conecta con debates contemporáneos sobre liderazgo. En ámbitos como la política o las organizaciones, el concepto de “liderazgo servicial” recupera esta intuición antigua: la autoridad solo resulta legítima cuando quien dirige comprende las necesidades de quienes dependen de sus decisiones. La frase del pensador griego, formulada hace más de dos mil años, continúa funcionando como una advertencia clara sobre los riesgos del poder ejercido sin ética ni experiencia.

Fuente: elconfidencial.com


Publicado por JOQUIVESA en 11:14

16 abril 2026

La sabiduría del perdón

Rafael Domingo Oslé

El perdón no es un capricho moral, sino una urgencia política y espiritual. Y en esa tarea, vuelve a resonar la voz del Crucificado, actual como nunca: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»

Hay palabras que, al pronunciarlas, abren una grieta luminosa en la historia. Perdón es una de ellas. Su hondura desborda al léxico: no es un mero gesto moral ni una fórmula de cortesía, sino la más alta expresión del amor consciente. Allí donde el odio destruye, el perdón edifica; donde el mal deja herida, el perdón crea espacio para la reconciliación. Pero entenderlo así exige mirar su fuente más pura: el perdón del Crucificado.

La cruz fue, en tiempos de Roma, el suplicio reservado a los esclavos y rebeldes. Un instrumento de escarnio público, pensado para exhibir la humillación de quien perdía toda dignidad. Que ese instrumento de tortura se convirtiera en símbolo de salvación es, en sí mismo, un vuelco civilizatorio. Ningún acontecimiento histórico ha transformado tanto la comprensión del daño y de la culpa como aquel instante en el que Jesús, colgado de un madero, pronunció: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Con esas palabras se abrió paso una novedad radical: un perdón sin límite, ofrecido incluso a los verdugos.

Esa petición de perdón no fue una concesión sentimental, sino un acto de sabiduría amorosa. Jesús unió el perdón a la ignorancia: «no saben lo que hacen». En esa fórmula se encierra una antropología completa. Cuando el hombre hiere, lo hace desde su desconocimiento más profundo ─del otro y de sí mismo─. Tras la mentira, la violencia o el abuso hay siempre una ceguera del corazón. Por eso el perdón verdadero no se reduce a absolver errores, sino que busca iluminar la ignorancia que los engendra. El sabio perdona porque comprende; el ignorante hiere porque no sabe lo que hace. Solo quien ha sido alcanzado por la luz del amor puede perdonar con esa libertad que nace del conocimiento.

Ese vínculo entre perdón e ignorancia evoca también la escena de Esteban, el primer mártir cristiano. Mientras las piedras caían sobre su cuerpo, repitió las palabras del Maestro: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». La cadena del perdón se extendía así, de Cristo al discípulo, marcando para siempre la ética cristiana. Desde entonces, todo instante de violencia contiene una posibilidad escondida: la de responder con amor. La revelación de Dios en la cruz no anula el dolor ni la justicia, pero ofrece una salida distinta del círculo de la venganza. Por eso, cada vez que un ser humano perdona, el mundo recobra un fragmento de su cordura.

El mensaje del Crucificado no quedó confinado al ámbito religioso. A lo largo de los siglos, el perdón se convirtió en categoría moral, jurídica y política. En él se han inspirado escritores, filósofos y estadistas. Fiódor Dostoyevski lo elevó a drama interior en Crimen y castigo, al mostrar cómo la culpa solo encuentra redención a través de la compasión y la aceptación del propio mal. Hannah Arendt, superviviente del horror del Holocausto, reconoció en el perdón el antídoto político contra la venganza y la irreversibilidad de la acción humana. En 'La condición humana' escribió que solo el perdón permite «deshacer lo hecho». Es la facultad de comenzar de nuevo, de ofrecer una segunda oportunidad allí donde todo parecería perdido. Y sin embargo, también advirtió que hay actos tan atroces que parecen escapar al perdón, como los perpetrados en los campos de exterminio. Aun así, su conclusión es profundamente bíblica: el perdón no es debilidad, sino poder transformador.

Ese poder lo encarnó, en el último siglo, Desmond Tutu. Tras décadas de apartheid, supo que sin perdón no habría futuro para Sudáfrica. Presidió la Comisión de Verdad y Reconciliación convencido de que la verdad libera y el perdón sana. «Sin perdón no hay futuro», repetía. Su teología práctica fue la de un amor comprometido con la justicia, que no olvida el crimen pero se niega a repetir su lógica. Gracias a esa convicción, un país desgarrado evitó el derrumbe moral y político al que lo empujaba la venganza.

El perdón cristiano no elimina la justicia, la eleva. No consiste en cerrar los ojos al daño, sino en abrirlos más: en reconocer el mal sin dejarse poseer por él. El mismo Juan Pablo II ─víctima de un atentado que casi le costó la vida─ visitó la celda de su agresor, lo tomó de la mano y lo perdonó. Aquella imagen, humilde y poderosa, mostró que el perdón no es amnesia ni debilidad, sino la más alta forma de fortaleza. Desde entonces, los Estados, las Iglesias y confesiones religiosas, las universidades e incluso las empresas han empezado a pedir perdón por sus culpas históricas. No siempre con pureza, pero sí con la intuición de que sin esa reconciliación no hay comunidad posible. Una sociedad que perdona es una sociedad que se reconoce frágil y, por eso mismo, humana.

El perdón verdadero opera en todos los planos de la existencia. En el psicológico, libera del resentimiento; en el moral, ennoblece; en el político, pacifica; en el espiritual, redime. Su acción es ascendente y descendente: a veces la fe inspira la reconciliación civil; otras, la justicia restaura el camino de la fe. Pero siempre implica un mismo gesto: dar a cada uno su perdón, como expresión última de justicia. Porque tan falso sería perdonar sin reconocer el daño como reclamar justicia negando la posibilidad del perdón.

Nuestra época, tan orgullosa de sus derechos, corre el riesgo de olvidar que en la raíz del derecho también se halla el perdón. Allí donde solo rige la ley del agravio, el hombre se empobrece; allí donde se abre paso el perdón, surge la esperanza. Forjar una cultura del perdón no significa debilitar la justicia, sino fortalecerla con humanidad. No hay paz sin justicia, pero tampoco justicia sin perdón.

Detrás de toda guerra, polarización o fractura social late una ignorancia que solo el perdón puede curar. Ignorancia del otro, de su historia, de su dolor. Por eso, el perdón no es un capricho moral, sino una urgencia política y espiritual. Es el oxígeno sin el cual la convivencia se asfixia. Y en esa tarea ─personal y colectiva─, vuelve a resonar la voz del Crucificado, actual como nunca: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». En esa frase se condensa, desde hace dos mil años, la única verdad capaz de liberarnos de nuestra propia ignorancia.

Fuente: abc.es

Publicado por JOQUIVESA en 13:03
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