26 agosto 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  III. Constitución Sacrosanctum Concilium 8. Las motivaciones de la reforma litúrgica

Queridos hermanos y hermanas:

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La liturgia —escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio con Dios. Está claro que ella no puede renunciar a su función didáctica, y no puede no ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad». [1] Motivado por estas convicciones, el futuro papa san Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual». [2]

Es evidente la consonancia de estas declaraciones con aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí». Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva.

La reforma conciliar, al poner en el centro lo que constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la liturgia como «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica» [3]. De tal convicción nació la exigencia de hacer más accesible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el ordenamiento celebrativo respecto al previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes.

La liturgia, en efecto, al ser una realidad viva, siempre ha estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios. El magisterio ha adaptado sus formas a las exigencias de las diversas épocas. No sorprende entonces que también el Concilio Vaticano II, con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición, y precisamente con el fin de hacerlo más accesible, haya considerado necesaria una revisión de los libros litúrgicos.

El objetivo que los padres tenían en el corazón se explicita en el n.21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium: «Para que en la sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias abundantes, la santa madre Iglesia desea realizar una esmerada reforma general de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar, si en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados. En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria». Se remonta a la Encíclica Mediator Dei del papa Pío XII la distinción, en la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae Sedis 39, 1947, 541-542).

Por lo demás, el deseo de una “reforma general” no nacía de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los papas que se sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las demandas del Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus de papa Pío XI. Además, se pueden recordar las intervenciones de Pío XII sobre el ordenamiento de los ritos de la Semana Santa, los cuales reubicó en las horas correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos se hubieran anticipado a las horas de la mañana. Tampoco se debe olvidar que san Juan XXIII consideró necesaria una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal, aprobándola con el Motu proprio Rubricarum instructum, del 25 julio de 1960, en el cual remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios fundamentales para una reforma de la liturgia.

La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos che se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma.

A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución conciliar afirma que «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos.
Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (Sacrosanctum Concilium n. 26).

Es, por lo tanto, responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual, custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (cfr. n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia de este tipo será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cfr. n. 48).
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[1] G. B. Montini, «Terza lettera dal Concilio», Rivista Diocesana Milanese 51 (1962) 921-923: 922.

[2] Ibid.

[3] Solemne Clausura de la II Sesión del Concilio, Alocución del Santo Padre Pablo VI (4 de diciembre de 1963).

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy celebramos la memoria de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española, patrona de la ancianidad. Por su intercesión, pidamos al Señor que bendiga a todos los ancianos, así como a las personas que los cuidan y acompañan. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, reflexionamos acerca de las razones que motivaron a los Padres conciliares para promover una reforma litúrgica. En primer lugar, ellos constataron la necesidad de una participación más consciente y activa de los fieles en la liturgia. Por eso, un ejemplo concreto fue proponer la revisión de los libros litúrgicos entonces vigentes, para adaptarlos mejor al presente, teniendo en cuenta con el máximo respeto las tradiciones del pasado.

Este deseo de una reforma general no surgió de manera repentina en el Concilio Vaticano II, sino que ya venía manifestándose en la acción de los Papas de inicios del siglo XX, en sintonía con el Movimiento litúrgico. De dicha reforma se derivaron condiciones favorables para una mejor comprensión de la acción litúrgica y para una celebración más fructuosa de la Eucaristía y de los otros sacramentos.

Fuente: vatican.va

25 agosto 2026

¿Y si sí…?

Eloy Asenjo Carpintero

La llamada de León XIV a reflexionar sobre el inicio de la vida y el reto de construir una sociedad que proteja a los más vulnerables desde la concepción.

El discurso del Papa León XIV ante el hemiciclo parlamentario español representa, a mi juicio, la intervención más brillante que se ha escuchado en esa cámara en la historia reciente. La trascendencia del momento quedó reflejada en una ovación final de unos siete minutos, interrumpida únicamente porque la Presidenta de la Cámara y el Pontífice iniciaron su salida del hemiciclo. Aunque sería ilusorio pensar en una unanimidad absoluta entre los asistentes, el mensaje caló de forma diversa según las afinidades sociopolíticas y religiosas de cada Señoría. Pero me atrevo a decir que ninguno se vio agredido en sus postulados, pero todos se sintieron interpelados a la reflexión.

De entre sus palabras ante nuestros representantes del Estado, conviene detenerse en un fragmento de especial valentía en el contexto de unas Cortes que han despenalizado el aborto:

«La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».

Esta afirmación sobre la necesidad de custodiar la vida «desde su concepción» adquiere una fuerza arrolladora al vincularse con la defensa de la dignidad de la persona dentro del análisis histórico-crítico planteado por el Pontífice.

Un choque de realidades frente a la ley

Frente a esta postura, el marco normativo e ideológico actual se asienta sobre premisas muy distintas, defendiendo que la condición de persona no se adquiere hasta el nacimiento, o validando una ley de plazos donde el feto es considerado como persona (y por tanto protegido) a partir de las semanas 14 o 22, según los supuestos de la legislación española. Asimismo, la realidad social expone dilemas complejos y de indudable gravedad que el legislador debe atender desde el ámbito psicológico: el drama de los embarazos no deseados, la desesperación de mujeres que no ven viable ofrecer una vida digna a sus hijos o el diagnóstico de enfermedades y discapacidades posibles en el no nacido.

Sin embargo, existe otra serie de evidencias científicas y humanas que también exigen ser analizadas con rigor:

Avances médicos: Las unidades de neonatología y ginecología demuestran de forma constante la viabilidad de fetos cada vez más prematuros, al tiempo que las cirugías intrauterinas logran mejorar sustancialmente la perspectiva médica del bebé antes de nacer.

El impacto silencioso: Existe un amplio colectivo silencioso de mujeres que padece problemas de salud mental tras haberse sometido a un aborto. Paralelamente, se constata que la visualización de una ecografía ha motivado a muchas mujeres a cambiar su decisión, y han continuado con su gestación gracias al acompañamiento de personas que las acogieron y les devolvieron su dignidad.

El duelo perinatal: La realidad psicológica del duelo que atraviesan las mujeres y sus parejas ante la pérdida que produce un aborto espontáneo evidencia la existencia de un vínculo humano indudable.

La hipótesis incómoda y el camino del diálogo

Ante este panorama, resulta evidente que el sistema actual adolece de disfunciones, a pesar de los discursos oficiales que aseguran lo contrario. Cabe plantearse la hipótesis: ¿Y si las palabras de León XIV fueran acertadas y estuviéramos ante una persona real desde el momento de la concepción? ¿Y si nos atreviéramos a cuestionar nuestras propias convicciones sociopolíticas o religiosas para contemplar esta posibilidad?

Asumiendo la célebre frase de José Mota: «¿Y si sí…?», la conclusión resulta sobrecogedora: implicaría que solo en Europa se habría cometido un genocidio de dimensiones comparables a las represiones de los regímenes de Hitler y Stalin durante el siglo XX. Una analogía histórica que evoca la posterior vergüenza de muchos ciudadanos alemanes al ser conscientes de cómo su apoyo a un régimen los convirtió en partícipes de una cruenta tragedia colectiva.

Reconocer esta posibilidad no significa ser insensible al sufrimiento y a las complejas problemáticas que atraviesan las mujeres en sus embarazos. Sin embargo, la solución ética ante estos conflictos no puede pasar por extinguir una vida que es considerada como persona por el Pontífice y por una gran parte de la ciudadanía. Existe el deber moral de buscar alternativas.

El reto actual pasa por recoger el guante de León XIV: abandonar los constructos polarizados y polarizantes, abrir un debate humanitario y creativo que ofrezca salidas reales al fracaso que significa el aborto, y buscar un entendimiento que haga desaparecer este drama para los no nacidos como para sus madres. Solo entonces, aquellos siete minutos de aplausos habrán tenido un valor inmenso, y nos pondremos en camino para crear una sociedad de una “enorme grandeza moral” que se “manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.

Fu3ente: exaudi.org

24 agosto 2026

¿Por qué el Papa pide respetar los textos y ritos litúrgicos aprobados?

Francisco Otamendi

De modo independiente a otras consideraciones de analistas vaticanos, como el consistorio de cardenales previsto para finales de junio, que al final no trató la cuestión litúrgica, el hecho es que el Papa anunció de improviso el 20 de mayoque comenzaba un nuevo ciclo de catequesis en las Audiencias. Esta vez sobre la Sagrada Liturgia.

El Papa subrayó, entre otras cosas, que la liturgia “toca el corazón mismo de este misterio (el misterio de Cristo). Es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, se ejerce la obra de nuestra Redención” (SC, 2).

Y citó a San Agustín, como ayer, 19 de agosto, quien escribió que al celebrar la Eucaristía, la Iglesia “recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe”: se convierte en el Cuerpo de Cristo, “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22). Esta es “la obra de nuestra redención”, que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión. 

Tres consideraciones del Santo Padre en mayo

Al miércoles siguiente, 27 de mayo, el Pontífice se refirió, entre otros, a tres temas, y dijo lo siguiente:

1.- Elementos de institución divina.

“El Concilio afirmó que el progreso legítimo en la liturgia debe preservar también la sana tradición, y que ‘ciertos elementos de la liturgia nunca pueden cambiar porque son de institución divina’”.

2.- “Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso”

“Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, por lo tanto, con una fórmula muy eficaz la dirección a seguir: ‘Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso’ (SC, 23)”.

3.- Respeto a los textos y las normas de la liturgia

“De manera particular, animo a todos los sacerdotes a respetar los textos y las normas de la liturgia con apertura, humildad, confianza en la grandeza de Dios y con sincera fidelidad a la comunión eclesial”.

León XIV a la conferencia litúrgica en la abadía de Mount Angel (Oregón)

Ya en verano, en paralelo a sus catequesis sobre liturgia (con la de ayer, son siete sesiones), León XIV ha hecho pública una Carta con motivo de la Conferencia litúrgica que tiene lugar en la abadía de Mount Angel (Oregón, Estados Unidos). Está fechada el 29 de junio, y pueden verla aquí.

A propósito de lo que venimos hablando, el Papa ha escrito al cardenal Arthur Roche, Prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y subraya tres aspectos.

Insistencias del Papa: formación litúrgica

Por una parte, recoge el énfasis del Papa Francisco en su en su Carta Desiderio Desideravi, en la necesidad de una formación atenta y continua tanto del clero como de los laicos, de todo el Pueblo de Dios, para revitalizar la vida litúrgica de la Iglesia universal (cf. n.º 38). 

Después, recuerda León XIV que no debemos ‘excluir la prioridad en la formación de aquellos que, en virtud del sacramento del Orden Sagrado, están llamados a ser mistagogos, es decir, a tomar de la mano a los fieles y acompañarlos en el conocimiento de los santos misterios’” (ibidem).

Señala el Pontífice que “las primeras oportunidades prácticas para la formación litúrgica se presentan en nuestra práctica habitual de reunirnos cada domingo para celebrar la Eucaristía”.

Nuevo recordatorio sobre la fidelidad a los textos y ritos aprobados

Y añade que “para promover la celebración digna de los sagrados misterios, debemos enfatizar la necesidad de fidelidad a los textos e instrucciones aprobados”. 

En este punto insiste en que en sus recientes catequesis sobre Sacrosanctum Concilium , “he llamado la atención sobre el respeto que todos aquellos llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, y los sacerdotes en particular, deben mostrar hacia los ritos promulgados por el Papa San Pablo VI y el Papa San Juan Pablo II».

Motivos de la insistencia

Cualquier persona puede deducir que la insistencia del Papa en el respeto, de los sacerdotes en especial, a los textos, instrucciones y ritos aprobados por la Iglesia no es aleatorio. Si el Vicario de Cristo insiste en la cuestión, debe haber motivos, y es lógico pensar que al Romano Pontífice le llega información de todo el mundo.

Por ejemplo, podría suceder que no sean infrecuentes añadidos del celebrante, o la supresión de palabras o frases en los textos de la Eucaristía, o la introducción de ritos no previstos. En términos coloquiales, podríamos denominarlos como improvisación o creatividad, en ocasiones motivada por situaciones de tensión en materia migratoria, por ejemplo, de guerras y conflictos, o de otro tipo.

Familiares y amistades del que suscribe están comprobando este verano este tipo de hechos, de modo particular en las Plegarias eucarísticas de la Misa, en especial en el rito de la Comunión, y en menor proporción en las palabras de la Consagración.

¿Se impide entonces la creatividad del celebrante?

La constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II, que explica el Papa León XIV en sus catequesis, dispone que la sagrada liturgia es responsabilidad de la Jerarquía. Se trata de la autoridad de la Iglesia, como dispone el número 22, según comenta a Omnes un experto en liturgia, que remarca el apartado 3: 

“Por consiguiente, absolutamente nadie más, ni siquiera un sacerdote, se atreva, por iniciativa propia, a añadir, quitar o cambiar nada en materia litúrgica”.

“Se trata de una frase contundente”, añade este experto. “La liturgia no es propiedad del sacerdote que preside, sino que la regulación de la liturgia corresponde a la autoridad de la Iglesia”.

“Puede parecer que el sacerdote se puede permitir ciertas licencias, pero no. En esto se tiene que acomodar a lo que dice la Iglesia”.

Los cambios convierten en inestable la Liturgia, y no raramente la adulteran

Las mismas fuentes recuerdan el artículo 59 de la Instrucción Redemptionis sacramentum, de 2004, aprobada por el Papa Juan Pablo II, y firmada por el cardenal Francis Arinze, Prefecto emérito de la Congregación para el Culto divino (2002-2008).

Dice el texto: “Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia”.

Por último, el liturgista menciona asimismo el número 51 de la Instrucción. Este punto establece que “sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica (…). Y añade “no se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas”, ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas”.

Los sacerdotes tienen margen creativo 

“La Iglesia no prohíbe que los sacerdotes sean creativos, pero la creatividad sacerdotal, que tiene su lugar, no consiste en modificar aquello que la Iglesia ha recibido y ha establecido para la celebración de la Eucaristía”.

“El sacerdote tiene mucho margen para preparar una buena homilía, elegir opciones que da el Misal para tipo de Misa a celebrar, cuidar la música, etc.”, señala el experto consultado, “pero cuando llega el texto que la Iglesia ha establecido, especialmente la Plegaria eucarística, no puede convertirse en autor del texto”.

“La fidelidad a las normas litúrgicas no es una cuestión de rubricismo, o manía, sino fidelidad al ministerio recibido”, concluye.

Fuente: omnesmag.com

La vía de la belleza

Juan Luis Selma

La frase “eres el más bello de los hombres” procede del Salmo 45, un salmo real que la tradición cristiana ha leído siempre como profecía mesiánica. Aplicado a Cristo, adquiere una profundidad teológica preciosa.

Leemos en el Evangelio: “En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (…) Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

Cuando los primeros apóstoles comenzaron a seguir al Señor, todavía no sabían quién era realmente. En esos momentos, no habrían sabido dar la respuesta de Pedro: “Tú eres el Hijo de Dios, el Dios vivo”. Quizá, fascinados por su personalidad, por su figura y sus modos, por su atractivo humano, habrían podido repetir la expresión del Salmo 45: “Eres el más bello de los hombres”.

Recuerdo el comentario de una abuela primeriza cuando me dijo que esperaba un nieto. Le aseguré que rezaría por él y ella respondió espontáneamente: “Rece para que sea guapo. Yo ya me encargo de que sea santo”. Aquella contestación me hizo pensar. Manifiesta lo mucho que valoramos la imagen y la belleza corporal. En un primer momento, me pareció exagerado, pero reflexionando comprendí que, en el fondo, estaba hablando de santidad con otro lenguaje: el de la belleza.

Cuando la Iglesia aplica a Cristo este salmo, no hace una apología de la mera apariencia. Se refiere a la belleza del Corazón de Cristo: su misericordia y bondad, su entrega, su mansedumbre y su verdad, su amor sin límites. Y esto no excluye su aspecto externo, que -por ser hombre perfecto- habría sido luminoso. Siempre he pensado que la paz interior, la bondad y la gracia repercuten en la expresión y en la presencia, y que la figura del Señor sería profundamente amable.

Hace poco, después de escuchar una canción preciosa y de contenido profundo, un joven comentó que estaba agradecido a su autor por “elevarle al cielo” con la letra y la música. La belleza, como la bondad, nos conduce a Dios.

La famosa frase “la belleza salvará al mundo”, de Fiódor Dostoievski en El idiota, tiene sentido. No en vano, el demonio -en su rechazo a Dios- propaga lo feo, lo vulgar, lo zafio. No le gusta la armonía, las buenas maneras, lo noble y lo bello. La sabiduría popular, para recalcar esta idea, dice: “es más feo que un pecado”.

Comentaba el Papa el día de la Asunción de la Virgen: “La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin… Si de verdad deseamos descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea y para la que hemos sido creados, así como difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo”.

Nos animaba a descubrir la belleza que nos rodea, esa que proviene del amor: “Debemos escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo. El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y eleva; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida”.

El encanto es una gran vía para llegar a Dios, para descubrir su huella en el mundo y en nuestras vidas. La via pulchritudinis exige atención y contemplación. Es mucho más profunda que el deslumbramiento de los anuncios o la estética del gimnasio.

El ser humano -a diferencia de los animales y de las máquinas- es capaz de encontrar múltiples formas y expresiones de belleza. La belleza de lo creado remite a su fuente, al Creador. Uno no puede imaginar lo que llega a disfrutar ante una obra de arte, en la contemplación de Dios y de su creación.

La belleza de Cristo -su humanidad y santidad, sus hechos y palabras- enamora y hace que del corazón brote la exclamación del salmo: “Eres el más bello de los hombres”.

Fuente: eldiadecordoba.es

23 agosto 2026

¿Quién es realmente Jesús para mí?

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de este domingo (Mt 16,13-20) plantea una pregunta que nos interpela a cada uno en el camino de nuestra fe: ¿quién es realmente Jesús para mí?

Del relato evangélico se desprende lo decisiva que es esta pregunta para la experiencia del discipulado. De hecho, a pesar de que los doce apóstoles ya habían compartido gran parte de la vida y del ministerio del Maestro, Jesús no quiso dar por sentado que realmente lo conocieran y que hubieran comprendido el misterio del Reino de Dios. Entonces, tras preguntar qué opinaba la gente sobre Él, les dijo directamente a ellos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15).

Hermanos y hermanas, este es un paso fundamental para los discípulos de todos los tiempos y para cada uno de nosotros. La fe, en efecto, no se nos da de una vez por todas; al contrario, siempre necesitamos redescubrir el rostro de Cristo y su Evangelio, profundizar en su mensaje y renovar las decisiones de nuestra vida, para que sean coherentes con lo que profesamos, venciendo la tentación de creer que ya lo sabemos todo y de convertir la fe en una mera costumbre.

La pregunta que nos hacemos cada día —quién es Jesús para mí y cuál es el significado de su presencia en mi vida— surge especialmente en la oración y cuando meditamos sobre el Evangelio; pero también cuando nos enfrentamos a las heridas y las necesidades de nuestros hermanos, o en las relaciones y situaciones que más interpelan nuestra conciencia. En definitiva, en el ámbito de nuestra vida podemos comprobar si, para nosotros, el Señor Jesús es sólo un gran personaje de la historia que dijo e hizo cosas importantes, o bien el Cristo de Dios, Aquel que fue enviado para hacernos partícipes del amor del Padre y transformar nuestra vida y el mundo en el que vivimos.

Queridos hermanos, aprendamos a no encerrarnos en nuestras convicciones y certezas religiosas, para permanecer abiertos a una relación auténtica con Cristo. A veces, en lo que respecta a la fe cristiana, nos conformamos con “lo que se dice”, con los tópicos, con lo que nos han transmitido, quizá incluso con buenas intenciones; pero Jesús nos llama a una respuesta personal, a conocerlo de cerca, a dejarnos transformar por la amistad con Él, en un encuentro siempre nuevo que tal vez podría exigirnos recorrer caminos inéditos y tomar decisiones diferentes a las que habíamos imaginado. Esto vale tanto para nuestro camino personal como para el camino de la Iglesia y para las decisiones pastorales, en las que a veces pensamos que basta con seguir como siempre hemos hecho. En cambio, es importante preguntarnos con frecuencia: ¿Quién es el Señor para mí? ¿Lo conozco realmente? ¿Qué me pide hoy su Evangelio? ¿Qué pasos y qué decisiones debería tomar?

Invoquemos a la Virgen María, que en su corazón buscaba la voluntad de Dios a través de su Hijo, para que nos guíe siempre en el camino de la fe.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Recuerdo a menudo en mi oración a la República Democrática del Congo, especialmente por las numerosas víctimas que, desgraciadamente, han sido provocadas por la difusión de la epidemia del ébola. Animo a la comunidad internacional a dar una respuesta con un plan preventivo, que involucre a las comunidades locales, para salvar muchas vidas humanas.

Manifiesto, además, mi cercanía a toda la población de la República Centroafricana, que lamenta las víctimas causadas por el colapso de una mina en Zamboyé. Que el Señor acoja a cuantos han perdido la vida y sostenga el compromiso por la garantía de seguridad y legalidad de los yacimientos mineros.      

Mañana se cumple el décimo aniversario del terremoto que sacudió el Centro de Italia, entre Lacio, Umbría y Las Marcas. Rezo por los difuntos, por sus familias y por todas las comunidades afectadas. Que la fe y la solidaridad continúen sosteniendo las obras de reconstrucción.

Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos de distintos países.

Doy la bienvenida, de modo especial, al Coro Primacial de la Catedral de Gniezno, en Polonia; así como a los seminaristas y a los superiores del Pontificio Colegio Norteamericano; y a los jóvenes de Bormio y de la Valfurva.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!

Fuente: vatican.va

20 agosto 2026

Tú eres Pedro

21.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A). 

Evangelio (Mt 16,13-20)

Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:

—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Ellos respondieron:

—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.

Él les dijo:

—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Respondió Simón Pedro:

—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió:

—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.

Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.

Comentario

Con cierta frecuencia aparece en los evangelios la cuestión sobre la identidad de Jesús, un misterio que los contemporáneos de Jesús no sabían descifrar y que la Iglesia tardaría tiempo en definir doctrinalmente. En esta ocasión, durante una estancia en los contornos de Cesarea de Filipo, Jesús mismo pregunta a sus discípulos quién es Él, según las gentes y según ellos mismos. Los apóstoles le responden que algunos lo consideran “Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas” (v. 14). Se evidencia de este modo la limitada capacidad humana para entender la identidad y la misión de Jesús, a quien confunden con algún profeta; incluso con Juan Bautista, que ya había fallecido.

Pero “no ocurre así con Pedro –explica el Catecismo de la Iglesia− cuando confiesa a Jesús como ‘el Cristo, el Hijo de Dios vivo’ (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad ‘no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos’ (Mt 16, 17)”. Con esta sentencia, Jesús aclara que el misterio de su Persona solo se comprende si Dios Padre lo da a conocer; o más bien, cuando nos hace cada vez más capaces de conocerlo. Por un designio divino, Pedro ha recibido del cielo esta revelación y está en disposiciones de confesarla.

“Simón Pedro encuentra en su boca palabras más grandes que él, palabras que no vienen de sus capacidades naturales –explica el Papa Francisco−. Quizá él no había estudiado en la escuela, y es capaz de decir estas palabras, ¡más fuertes que él! Pero están inspiradas por el Padre celeste (cf v. 17), el cual revela al primero de los doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo enviado por Dios para salvar a la humanidad. Y de esta respuesta, Jesús entiende que, gracias a la fe donada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por eso dice a Simón: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’ (v. 18)”.

Jesús podía haber elegido como fundamento para su Iglesia a muchos otros hombres quizá más influyentes y capaces que Pedro desde el punto de vista humano. Sin embargo, eligió a Simón, el pescador, en quien los demás discípulos reconocieron al vicario de Jesús, y el primero entre todos.

Comentando esta escena, el papa san León Magno ponía en boca de Jesús unas palabras que explican el primado de Pedro, su participación en el poder de Jesús y su continuidad a lo largo del tiempo: “Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: Yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta fortaleza —quiere decir— construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro”.

El amor al Papa, sea quien sea, es por eso una característica fundamental de todo cristiano. San Josemaría lo explicaba así: “Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice–Cristo en la tierra, para el Papa. -Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el santo Padre”.

Fuente: opusdei.org

El eclipse que duro tres días

José Antonio García-Prieto Segura

            Continúan apagándose los ecos suscitados por el reciente eclipse solar del pasado día 12. Ha habido lecturas y comentarios para todos los gustos, desde los meramente científicos, políticos, o intelectuales como los de un artículo titulado “Eclipse de la razón”, hasta los de carácter espiritual, como serán las líneas que siguen. Partiré del fenómeno astrológico sucedido hace 21 siglos.

Me refiero al prodigio ocurrido en y desde Jerusalén, al morir Cristo en la cruz del Calvario. El hecho, que sería observado por miles de personas, lo recogen los evangelios sinópticos y san Lucas lo refiere así: Era ya alrededor de la hora sexta. Y toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona.  Se oscureció el sol, y el velo del Templo se rasgó por la mitad. Y Jesús clamando con una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró. (Lc 23, 4-5). Habría durado, pues, alrededor de tres horas: desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde.

 Este fenómeno estaba anunciado en el Antiguo Testamento y los escrituristas lo relacionan con dos pasajes precisos. Uno, del profeta Amós que había escrito: “Acontecerá en aquel día, dice el Señor, que haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro” (Am 8, 9); y otro del profeta Joel: "El sol se convertirá en tinieblas” (Jl 2, 31). ¿Qué dice hoy la ciencia de la astronomía sobre este particular?

En el libro “Visión Astronómica del Evangelio”, regalo de un amigo ingeniero y escrito por él, se hace un serio estudio de aproximación desde la ciencia astronómica a hechos históricos del Evangelio. Esta ciencia prueba que al morir Jesús no hubo propiamente ningún eclipse por interposición de astros, aunque ese mismo año sí hubo dos: uno total de luna el 14 de junio, y otro de sol también completo el 24 de noviembre. Por tanto, la causa de aquellas tinieblas han de buscarse por otros derroteros de carácter preternatural. Desde este punto, donde ciencia y fe tocarían sus límites amigables, ofreceré una reflexión trascendente y espiritual.

Cristo, como Dios-hombre, refiriéndose a su vida y doctrina, había dicho “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jn 8, 12). Al morir como hombre, su omnipotencia divina pudo hacer que las tinieblas oscureciesen la luz solar sin necesidad de eclipse alguno. Pero a la vez sí que se produjo un eclipse espiritual de fe en el corazón de sus discípulos, que duró tres días: uno completo, el del sábado santo, y las dos colas del viernes tarde y primeras horas del domingo, en que Jesús resucitó. El Evangelio lo testimonia sin tapujos, y la total oscuridad de fe tuvo su paradigma en la actitud de los dos discípulos de Emaús. Para ellos todo había terminado y su vuelta al pueblo era un clamoroso “apaga y vámonos”.

 El mismo domingo abandonaron Jerusalén y al Maestro a quien pensaban ya definitivamente desaparecido. Sin embargo, Jesús resucitado se les unió en el camino, como desconocido peregrino. El eclipse de fe en los dos discípulos quedó patente porque iban entristecidos, como refiere san Lucas, y sobre todo por las palabras desengañadas y sin esperanza, con que responden al desconocido que les había preguntado por el motivo de su conversación.  Después de ofrecerle un sucinto informe sobre los hechos y crucifixión del Señor, muestran su desencanto total porque tampoco creen a quienes les han dicho que había resucitado. Dan la espalda al pasado diciendo: “…nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas” (Lc 24, 21). Jesús tomó la palabra y con sus explicaciones de las profecías, los ilumina de nuevo, haciendo que su fe volviese a brillar y terminara su personal eclipse de tres días.

Para algunos, como el apóstol Tomás, el eclipse todavía se prolongó siete días más, porque al asegurarle todos que habían visto al Señor resucitado, se negó a creerlo hasta no ver la señal de los clavos que atravesaron las manos de Jesús, e introducir su mano en el costado abierto por la lanza (cf.  Jn 20, 25).

Han transcurrido 21 siglos desde aquellos sucesos y hoy, a raíz del reciente eclipse solar y el eco mundial suscitado, los cristianos deberíamos preguntarnos, en línea con las reflexiones precedentes: ¿cómo está brillando en mi existencia cotidiana la fe en Cristo resucitado, que vive y camina junto a mí, como lo hizo con los discípulos de Emaús? ¿Brilla su luz en mi trabajo bien hecho y con espíritu de servicio? ¿Cómo está presente en las relaciones de convivencia dentro de mi familia y en mi ambiente laboral, en el descanso, en los compromisos adquiridos, etc.? Todos estamos llamados a vivir con obras de amor al prójimo, pero los fieles cristianos debemos ir más lejos, por el mandato expreso de Jesús que quiere que seamos luz del mundo, sin eclipses de fe en nuestros corazones.

En efecto: Cristo después de exponer en las “Bienaventuranzas” el programa de vida de cuantos deseen seguirle, añade: Vosotros sois la sal de la tierra (…) Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder”. (Mt 5, 13-14). Nos pide dar la cara, hacernos partícipes de la luz que brilla en su vida y enseñanzas, y a la vez iluminar con ese mismo fulgor el corazón y la vida de cuantos nos rodean. El Espíritu Santo hizo resonar en San Pablo ese mandato del Señor cuando refiriéndose a sí mismo, pero también a todos los cristianos, escribe: “Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, es el que hizo brillar la luz en nuestros corazones, para que irradien el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo” (2Co 4, 6). Dios-Padre en el sacramento del bautismo nos infunde la luz de la fe, y con ella el amor de la Trinidad, para que brille en las obras de nuestro quehacer diario, como lo hizo en la vida de Cristo.

En nuestros días, san Josemaría se ha hecho eco de todo lo anterior en el primer punto de “Camino”, donde escribe: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.” Hoy los sembradores que oscurecen inteligencia y corazón están por todas partes: a la vuelta de la esquina, dentro y fuera de las redes sociales, con noticias falseadas, etc., tratando de eclipsar la fe y el amor de Cristo en nuestras vidas.

Con la gracia divina y la ayuda de nuestra Madre María -única que no sufrió el eclipse espiritual al morir su Hijo-, decidámonos a no permitir que sombras y tinieblas oscurezcan nuestra fe, aunque solo sea por breves minutos como en el pasado eclipse solar.                        

 Fuente: religion.elconfidencialdigital.com                                                                             

19 agosto 2026

Mensaje del Prelado del Opus Dei (19 agosto 2026)

Mons. Fernando Ocáriz

A propósito de su viaje a Guatemala, Honduras, El Salvador y Uruguay, el prelado del Opus Dei invita a reflexionar sobre la unión y la variedad dentro de la Obra, a la luz de la caridad.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Para comenzar este breve mensaje, deseo daros las gracias por vuestra oración por mis intenciones y, en este momento, por acompañarme en el viaje a Centroamérica y a Uruguay.

La oración de unos por otros, dentro de la unidad de la Iglesia, nos acerca al impresionante nivel de unidad que el Señor quiere para todos nosotros: el de la misma unidad de Dios, «que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti» (Jn 17, 21).

La unidad de fe, de espíritu, de afán apostólico, se entrelaza muy bien con la gran diversidad de caracteres, de aficiones, de opiniones. Análogamente a como la unidad en Dios es el Amor personal infinito –el Espíritu Santo–, todas las diversas expresiones de unidad y diversidad están llamadas a ser vivificadas por la caridad, por el amor. Solo así, aun los opuestos puntos de vista, aficiones, etc., y los defectos y limitaciones personales dejan de ser motivos de separación.

No me detengo más en estas consideraciones, que todos podríamos ampliar mucho. Deseo solo añadir unas palabras de san Josemaría bien conocidas; os sugiero que las volvamos a meditar para ver cómo aplicarlas mejor en nuestra vida ordinaria: «Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”» (Camino, n. 463). Caridad, amor, que nos llevará a descubrir, ante todo, las cualidades y virtudes de los demás, de modo que al ver también los defectos que todos tenemos, los veremos con afecto, con deseo de ayudar.

Con todo cariño,os bendice vuestro Padre


Ciudad de Guatemala, 19 de agosto de 2026