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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

07 agosto 2026

Medjugorje: el demonio no se toma vacaciones

José Antonio García-Prieto Segura


“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). 

                La noticia llegó a todas partes: en la noche del 27 al 28 del pasado mes de julio, el santuario mariano de Medjugorje sufrió un ataque que cabría calificar como “demoníaco”. El altar exterior de la iglesia de san Andrés fue incendiado, y previamente profanada la estatua central de la Virgen María en la Colina de las Apariciones, con mensajes ofensivos. El rostro y las manos de la imagen fueron mancillados con pintura negra; y en el pedestal de piedra blanca de la estatua aparecía la firma del responsable, con estas inscripciones en inglés: «Devil in a skirt» y «Evil»; es decir, remitían al «Demonio con falda» y al «Mal».

La limpieza de la estatua se realizó enseguida, y la policía pudo arrestar al sospechoso de la profanación: un joven de 31 años que, según exámenes posteriores, tenía perturbadas sus facultades mentales. Las reacciones de los fieles y de los responsables del santuario, han sido serenas y espirituales. En un comunicado invitaban a responder con oración, ayuno y perdón: «Oramos por la conversión de los corazones de quienes cometieron este acto, para que el Señor los toque con su gracia y los guíe por el camino del bien». Y agradecían a cuantos trabajan para asegurar «que el santuario siga siendo un lugar de encuentro con Dios, un lugar de paz y un lugar donde se honre a la Santísima Virgen María, Reina de la Paz». Semejante reacción parece como un eco de las palabras de Jesús en la Cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). 

Es evidente que el presunto autor no es ningún demonio y que el último juicio moral de su acción corresponde a Dios, único que ve en lo más íntimo de las conciencias. Sin embargo, esto no quita intuir que en el origen último de semejante profanación haya intervenido el mismísimo demonio. Experiencias históricas similares a lo sucedido en Medjugorge, la tradición cristiana las ha visto como actos de odio hacia lo sagrado por parte del Maligno. Ofreceré ahora algunas reflexiones de carácter trascendente y más aún, abiertamente inspiradas en la fe cristiana, que fundamenten que estamos ante un nuevo caso de ese odio.

Todo cristiano sabe que, en el mismo inicio de la Biblia, junto a la primera pareja humana del varón y la mujer, apareció en escena un ser espiritual enemigo del Creador. Este ser maligno de modo insidioso y mintiendo, hizo que Adán y Eva se rebelasen contra Dios. Así lo explica el Catecismo de la Iglesia en su número 391:

«Tras la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3, 1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2, 24). La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn 8, 44; Ap 12, 9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. (…) El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos».

Justo a continuación de aquella rebeldía de Adán y Eva, la misericordia divina prometió la redención. Dirigiéndose al demonio que había hecho prevaricar en primer lugar a la mujer, Dios le increpa así: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón.” (Gn 3, 15). La Iglesia siempre ha entendido este pasaje en sentido mesiánico referido a Cristo; y en la mujer mencionada ha visto a su Madre María, como nueva Eva; y Madre también, por querer divino, de todos los seguidores de su Hijo.

La batalla del demonio contra cuantos deseamos vivir como hijos de Dios, no había hecho más que empezar y llega hasta nuestros días. Una batalla que “el padre de la mentira y príncipe de este mundo” como le llama Cristo, combate en todo el planeta de modo silencioso.

Es una batalla que el mismo Cristo combatió y venció definitivamente al morir en la Cruz. Sin embargo, nos dejó muy claro que el demonio hará su guerra hasta el fin del mundo. En efecto: cuando Jesús declara que, sobre la roca de la fe en su divinidad confesada por Pedro, edificará su Iglesia, añade: “y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Por tanto, los demonios moradores del infierno siempre batallarán mientras viva la Iglesia, es decir hasta el fin del mundo. Y descendiendo al terreno personal, el Señor promete su ayuda para vencerlos: por eso le dirá a Pedro: “mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos”. (Lc 22, 31). En estas palabras todos, de algún modo, estábamos incluidos.

Ciertamente, en esa afirmación de Jesús hay una singular gracia carismática para Pedro, como Vicario de Cristo, y para sus sucesores. Pero hay también un plural que va más allá de los apóstoles y nos alcanza a todos: Satanás no solo zarandeó a los primeros doce, sino que busca hacerlo con cada uno de nosotros. Por eso, el Señor enseña que en la petición final del Padrenuestro roguemos a Dios Padre que nos libre del «mal»: sí, justamente de ese «Evil» que ha estampado su nombre en el pedestal de la Virgen de Medjujorge. Lo explica así el Catecismo de la Iglesia:                           

«La última petición a nuestro Padre está también contenida en la oración de Jesús: "No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno" (Jn 17, 15). Esta petición concierne a cada uno individualmente, pero siempre quien ora es el "nosotros", en comunión con toda la Iglesia y para la salvación de toda la familia humana” (CEC 2850)». Y: «En esta petición, el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El "diablo" ["dia-bolos"] es aquél que "se atraviesa" en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo. (2851)».

No es casualidad que el odio demoníaco se haya manifestado en Medjugorje días antes del encuentro anual que, del 1 al 6 de agosto, reúne allí a más de 50.000 jóvenes de todo el mundo. Son miembros del linaje de la Mujer, hijos de María; se diría que el intento del Maligno hubiera sido disuadirlos de acudir a la Madre. También a cada uno de nosotros nos ataca de mil formas sutiles para apartarnos de Ella y de su Hijo Dios. Su maligna actividad no cesa, y lo expresaré con las palabras de un santo a quien se las oí directamente, en Roma, en Navidades de 1972. Me refiero a san Josemaría de quien he tomado inspiración para el título de este artículo.

Nos hablaba de los buenos frutos que, a veces, el Señor permite que veamos en nuestra lucha por ser santos, y que se lo agradezcamos como algo suyo y no propiamente nuestro. Aunque también cabe el peligro de la soberbia, y por eso añadía: «Pero, en otros momentos, quizá sea el demonio -que no se toma nunca vacaciones- el que os tiente, para que os atribuyáis unos méritos que no son vuestros. Cuando percibáis que los pensamientos y deseos, las palabras y las acciones, el trabajo, se llenan de una complacencia vana, de un orgullo necio, habéis de responder al demonio: sí, tengo fruto, ¡gracias a Dios!» (En diálogo con el Señor, pág. 371).

El padre de la mentira que tiene el copyright de todos los bulos y “fake news” que diríamos hoy, nos tienta también en otros campos, como el de la pereza, la sensualidad, la avaricia…Y a diferencia de Medjugorje, lo hace de modo insidioso y sin aspavientos. Vale la pena hacerle frente con la gracia del Señor y la intercesión de nuestra Madre, para derrotar así al malicioso todoterreno que nunca se toma vacaciones.

Fuente: elconfidencialdigital.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:55

06 agosto 2026

Invertir según la doctrina social católica, cuatro años después de la publicación de Mensuram Bonam

 Michele Mifsud

Una gestión financiera basada en los valores católicos puede ir de la mano de un sólido rendimiento económico. Cuatro años después de Mensuram Bonan, invertir, es parte integrante del seguimiento de Cristo.

Los responsables de las instituciones católicas —sacerdotes, obispos, tesoreros y laicos comprometidos— asumen una importante responsabilidad: gestionar los recursos financieros que se les han confiado de manera que se proteja la misión de la Iglesia, se refleje la doctrina social católica y se garantice la vitalidad a largo plazo de las obras eclesiales.

Para muchos, sin embargo, esta responsabilidad va acompañada de una pregunta recurrente: ¿es posible invertir de manera coherente con la fe católica sin sacrificar la rentabilidad financiera?Durante años, esta cuestión ha generado incertidumbre y dudas. A menudo se daba por sentado que una cartera construida según principios éticos y religiosos produciría inevitablemente resultados inferiores a los de las inversiones convencionales. Sin embargo, la experiencia práctica nos muestra otra realidadUn análisis de la experiencia acumulada por algunas organizaciones que llevan décadas especializadas en la inversión coherente con la fe muestra que la adhesión a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia no ha dado lugar, históricamente, a rendimientos a largo plazo más bajos. Al contrario, una gestión financiera basada en los valores católicos puede ir de la mano de un sólido rendimiento económico.

En otras palabras, la buena administración y la fidelidad al Evangelio no son realidades contrapuestas; forman parte de la misma misión.

Por qué es importante para la Iglesia

Las decisiones financieras son una forma concreta de testimonio. Cuando las inversiones de una diócesis, una congregación religiosa o una institución católica no se ajustan a las enseñanzas de la Iglesia, se pierde una importante oportunidad de predicar con el ejemplo.

Por el contrario, cuando los responsables de la Iglesia comprenden cómo funciona la inversión coherente con la fe, aumenta su capacidad para explicar y promover estas opciones dentro de sus comunidades. Se crea así un círculo virtuoso: la comprensión refuerza la confianza, y la confianza fomenta la generosidad y la participación.

Reconocer que las diferencias de rendimiento a corto plazo no comprometen necesariamente la competitividad a largo plazo permite también que la gestión financiera se asuma como una forma genuina de liderazgo pastoral. Esta conciencia proporciona a los responsables la confianza necesaria para actuar con convicción.

Mensuram Bonam: un llamamiento a la coherencia

En 2022, la Pontificia Academia de Ciencias Sociales publicó Mensuram Bonam, en el que invitaba a la Iglesia y a todos los fieles a ajustar sus decisiones de inversión a los principios de la fe católica.

El documento nos recuerda que la misión de la Iglesia no termina en las puertas de nuestras iglesias. Al contrario, impregna todas las dimensiones de la vida cristiana, incluida la forma en que gestionamos los recursos económicos que se nos han confiado.

Invertir, por lo tanto, no es una actividad neutra ni meramente técnica. Es parte integrante del seguimiento de Cristo. A través de nuestras decisiones financieras, podemos dar testimonio del Evangelio, defender la dignidad humana y promover el bien común.

Las orientaciones ofrecidas en Mensuram Bonam también coinciden en líneas generales con las elaboradas por varias Conferencias Episcopales nacionales —entre ellas las de Estados Unidos, Alemania, Italia y Austria—, ya que todas ellas se nutren de la misma fuente: el Evangelio, la doctrina social de la Iglesia y la tradición católica.

Los tres pilares de la inversión coherente con la fe

Mensuram Bonam identifica tres dimensiones fundamentales de la inversión católica: el compromiso, la mejora y las exclusiones.

Compromiso: promover el bien común a través del diálogo

El compromiso consiste en utilizar la posición de inversor para fomentar un comportamiento empresarial más responsable.

Esto se lleva a cabo mediante el diálogo directo con las empresas y el ejercicio de los derechos de voto de los accionistas. De este modo, los inversores católicos pueden contribuir a orientar las políticas empresariales hacia un mayor respeto por la dignidad humana, la gestión responsable del medio ambiente y el bien común.

Mejora: dar prioridad a las mejores prácticas corporativas

La mejora consiste en dar prioridad, en igualdad de condiciones, a las empresas que demuestran prácticas sociales, medioambientales y de gobernanza más sólidas.

El objetivo no es sacrificar el rendimiento, sino buscar oportunidades de inversión que combinen la calidad financiera con la responsabilidad ética.

Exclusiones: evitar la colaboración con actividades incompatibles con la fe

El tercer pilar —las exclusiones— es quizás el más conocido y, al mismo tiempo, el que suscita mayor preocupación.

Consiste en evitar inversiones en empresas implicadas en actividades incompatibles con la dignidad humana y la doctrina de la Iglesia, como las relacionadas con el aborto o la producción de armas de destrucción masiva.

Aquí es donde surge la pregunta más habitual: ¿qué coste financiero supone excluir a determinadas empresas del universo de inversión?

El mito de la menor rentabilidad

Durante muchos años, esta pregunta fue difícil de responder.

Las comparaciones tradicionales se basaban en índices de mercado generales que incluían a todas las empresas que cotizaban en bolsa, incluidas aquellas cuyas actividades entraban en conflicto con los valores católicos. En gran medida, no se disponía de herramientas adecuadas para medir el impacto real de las exclusiones en la rentabilidad.

A falta de datos claros, muchos llegaron a la conclusión de que restringir el universo de inversión conduciría necesariamente a una menor rentabilidad.

Otro reto reforzó esta percepción. Identificar a las empresas que violan los principios fundamentales de la doctrina católica requiere conocimientos especializados, investigación constante y un discernimiento ético continuo, habilidades que rara vez forman parte de la formación estándar de los sacerdotes y los administradores de la Iglesia.

Por lo tanto, no es de extrañar que las preocupaciones sobre el rendimiento siguieran siendo uno de los principales obstáculos para una inversión coherente con la fe.

Una conclusión tranquilizadora

La experiencia práctica y los datos analizados por profesionales especializados apuntan a una conclusión alentadora: es posible invertir de manera coherente con la fe católica y, al mismo tiempo, obtener rendimientos comparables a los del mercado en general.

Los análisis comparativos entre los índices católicos y los índices de mercado convencionales indican que, históricamente, la exclusión de empresas incompatibles con los principios de la Iglesia no ha impedido a los inversores obtener resultados competitivos a largo plazo.

La experiencia de carteras reales gestionadas según criterios católicos confirma asimismo que un buen rendimiento financiero puede coexistir con una adhesión rigurosa a la Doctrina Social de la Iglesia.

Para los líderes de la Iglesia, esto significa mirar hacia el futuro con confianza. La fidelidad al Evangelio no exige abandonar la buena administración de los recursos. Al contrario, una gestión financiera coherente con la fe puede convertirse en una expresión tangible del testimonio cristiano, capaz de sostener la misión de la Iglesia hoy y para las generaciones venideras.

El autor
Michele Mifsud

Ecónomo general adjunto de la Congregación de la Misión de los Padres Paúles, asesor financiero y de inversiones registrado.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:35

05 agosto 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

  III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la Iglesia

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica.

Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a rezar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús es una vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “cuanto a él se refiere en toda la Escritura” (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual “se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su muerte”, y dando gracias al mismo tiempo “a Dios por el don inefable” (2 Cor., 9,15) en Cristo Jesús, “para alabar su gloria” (Ef., 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo» (SC, 6).

En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad centrada en la eficiencia y en el consumismo, la oración puede parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar todas las respuestas, rezar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso en muchas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica más, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece volver a ser descubierta en su verdad.

La Constitución Sacrosanctum Concilium tomó en serio esta exigencia. Y esto alegraba profundamente al Papa San Pablo VI, que, promulgando este primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).

En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje portante la participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo» (SC, 5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo», es decir, gracias a la «la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC, 84).

Por eso, San Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const. ap. Laudis canticum).

Para que tal deseo se haga realidad, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A tantas personas que quieren aprender a rezar, en particular, a los catecúmenos, les puede ofrecer el camino y la escuela de la oración cristiana.

Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza» (SC, 83); así, día a día, estamos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él.

Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando reza el cuerpo del Hijo, que no separe de sí mismo su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo, que el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que reza por nosotros, que reza en nosotros y que es rezado por nosotros. Reza por nosotros como sacerdote nuestro; reza en nosotros como cabeza nuestra; le rezamos nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).

Vinculada a la Eucaristía, cuya luz prolonga, la Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día con alegría y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio de la fatiga; por la tarde, una vez terminado el trabajo, las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos a la paz de Dios. Cada hora es un acto de esperanza: durante nuestra peregrinación terrenal velamos con toda la Iglesia esperando el regreso glorioso del Señor.

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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Retomamos hoy las catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, centrándonos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica. La oración, como dimensión fundamental de nuestra humanidad, necesita ser redescubierta desde la verdad. En este sentido, el Papa san Pablo VI afirmó: «Dios en el primer puesto; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 diciembre 1963).

El Pontífice, de feliz memoria, deseaba que la Liturgia de las Horas, que es inseparable de la Eucaristía, penetrara y orientara profundamente toda la oración cristiana, alimentando así la vida espiritual de todo el Pueblo de Dios (cf. Cost. ap. Laudis Canticum). A este respecto, podemos afirmar que la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo por todo su Cuerpo.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a valorar la Eucaristía y la Liturgia de las Horas como grandes tesoros milenarios de la Iglesia, y que, a través de nuestro amor a ellas, podamos día a día ir santificando nuestras vidas. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

 

Publicado por JOQUIVESA en 17:35

Dios te sueña mejor

Eloy Asenjo Carpintero

«Gracias por decirle al mundo que existimos, que sufrimos, que queremos levantarnos y seguir adelante»-

Hay lugares donde el silencio pesa más de la cuenta. Lugares donde el ruido del cerrojo recuerda a diario el milimétrico límite de la libertad física. Sin embargo, el pasado 10 de junio, entre los muros del centro penitenciario Brians 1, el eco de la exclusión se rompió. No lo hizo con estridencias, sino con la fuerza arrolladora de la verdad desnuda. El papa León XIV cruzó esas puertas no para dar un sermón de manual, sino para escuchar. Y lo que allí se escuchó fue un latido humano, rudo y herido, pero obstinadamente vivo.

El ambiente lo resumió con precisión el padre Jesús, delegado de la pastoral penitenciaria: «Gracias por decirle al mundo que existimos, que sufrimos, que queremos levantarnos y seguir adelante». Una petición de visibilidad en un entorno que a menudo funciona como el ángulo muerto de nuestro sistema social.

Pero los verdaderos fogonazos de realidad llegaron con los testimonios. Sin filtros. Sin decorados. Montse se presentó ante el Pontífice portando el peso de una biografía astillada por los golpes: «Durante mucho tiempo he intentado creer en Dios y no lo había conseguido… Me he enfrentado al silencio de Dios». Confesó el daño infligido a la mejor familia del mundo, el desgarro jamás digerido de la muerte de un hijo y cómo, paradójicamente, la fe brotó en el subsuelo del encierro. Una fe que se selló una noche de insomnio severo, abrazada a una cruz, pidiendo tregua. Su voz se quebró al hablar de la solidaridad entre los internos, recordándonos que la humanidad no se transfiere ni se anula en una celda.

Luego fue el turno de Josefina, cuya fe de toda la vida se tambaleó tras el brutal accidente de su hijo. «Le cuestiono a veces todo», admitió con una honestidad desarmante. Pero lejos de la queja estéril, su testimonio fue un grito de resistencia: «Aquí en la prisión no estoy sola. Jesús me da fuerza, me da vida, lo siento dentro de mí». Hay una declaración de guerra al destino en su última frase: «Esto pasará, Santo Padre. Retomaré mi vida».

Ante este mapa de cicatrices compartidas, León XIV no recurrió a los paños calientes. Su respuesta sacudió las estructuras de la conciencia. ¡Rompió el protocolo con un afectuoso «Gràcies a tots pel vostre acolliment!» y plantó una bandera innegociable: la dignidad no es una moneda de cambio. No se pierde por una sentencia. «Todo ser humano es “digno” por el mero hecho de haber sido querido, creado y amado por Dios», sentenció, elevando el valor de los allí presentes por encima de cualquier código penal.

El Papa propuso una demolición absoluta de las etiquetas definitivas. Acudiendo a las Confesiones de San Agustín —un hombre que también supo lo que era andar perdido—, el Pontífice lanzó una frase que debería resonar fuera y dentro de las prisiones: «Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona… El pasado no condena el futuro». Es un golpe de timón conceptual. No somos nuestros peores actos. Somos lo que decidimos hacer a partir de ellos.

El cierre del encuentro fue un desafío a la lógica del desahucio social. León XIV miró a los ojos de una comunidad que se siente tantas veces olvidada y les disparó una última certeza, una de esas frases que se quedan grabadas en el cemento: «¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!».

Ser humano, recordó el Papa, no es ser impecable; es tener la valentía constante de enmendarse, convertirse y perdonar. En Brians 1 quedó claro que las barreras físicas son reales, pero también que existe un horizonte interior de justicia y liberación que ningún muro, por alto que sea, tiene la capacidad de sepultar.

Fuente: blog.cristianismeijusticia.net

Publicado por JOQUIVESA en 11:54

04 agosto 2026

El arte de hacer familia con éxito

Benigno Blanco

“La familia humana es la sociedad del cuidado constante, en la que cada persona se percibe a sí misma como un ser-para-otro, y donde es siempre incondicional la permanencia del amor a los demás”.

Presento con satisfacción -y recomiendo su lectura- el libro El arte de casarse y no arrepentirse, escrito por Aquilino Polaino-Lorente y Enrique Alonso-Sainz (Ed. Campomanes, 2025, 270 págs.). Cada autor se responsabiliza de cinco de los diez capítulos del libro. Aquilino Polaíno no necesita presentación, pues es maestro de larga data; Alonso-Sainz es discípulo suyo, con amplio currículum académico en materia de educación y dedicación actual a la formación de la juventud en su condición de subdirector de un Colegio Mayor en Madrid, profesor del Máster de matrimonio y familia de la UCAM y Delegado de Pastoral de Juventud en Getafe. Concurren así en los autores sabiduría, experiencia clínica y praxis educativa, para hablar con solvencia y realismo de la familia.

Me parece muy interesante la lectura de este libro, pues en él los padres pueden ver teorizada la importancia de su papel como constructores de familia, pero de forma muy pegada a la realidad de las cosas. Ser esposos y padres es tarea de gran trascendencia, aunque a veces las dificultades de la vida puedan hacer dudar de la inmensa relevancia de esa responsabilidad o de la propia capacidad para tener éxito en ella. En este libro no solo se pone en valor esa tarea, sino que en él encontrará el lector consejos muy prácticos y realistas sobre la mejora de las relaciones de la pareja y sobre la gestión eficaz de la educación de los hijos. Se trata de una obra sustentada en la mejor ciencia y en una experiencia práctica acreditada y patente; por eso el lector que vive, disfruta y sufre la tarea de construir familia hoy, se identifica fácilmente con lo que se relata y puede encontrar ideas muy útiles para diagnosticar con acierto sus problemas concretos y vislumbrar soluciones a los mismos.

Frente a la enfermiza cultura del victimismo, tan de moda hoy, este reciente e interesante libro nos propone como tarea que merece la pena “apoyar y sostener la familia, comenzando por la propia (…) Nos irá bien, si la familia es lo que más nos importa, lo primero en nuestras preocupaciones, lo primero en nuestras ocupaciones y lo primero en nuestros amores” (pág. 35); pues “La familia humana es la sociedad del cuidado constante, en la que cada persona se percibe a sí misma como un ser-para-otro, y donde es siempre incondicional la permanencia del amor a los demás” (pág. 15).

Los títulos de cada capítulo son expresivos del contenido del libro: la loca idea de formar una familia (cap. 1, sobre la incondicionalidad del amor como clave de felicidad y éxito), la educación de los hijos exige tiempo familiar compartido (cap. 2), para salvar las envidias fratricidas (cap. 3 sobre la fraternidad y el papel de los padres para ayudar al cariño y respeto entre hermanos), no solo quiero que me quieran (cap. 4 sobre formación en afectividad y sexualidad), cuando el amor duele, (cap. 5 sobre las tensiones en la pareja), educar en lo realmente importante (cap. 6, sobre la autoridad, la sobreprotección y el perdón), sobrevivir a un adolescente (cap. 7 sobre un enfoque positivo de la adolescencia como época de maduración y forja de la personalidad), nietos y abuelos (cap. 8 sobre los abuelos -como yo-, muy bien tratados por cierto), cómo ser un padre divertido (cap. 9 sobre la grandeza y fragilidad de la paternidad) y un hogar de puertas abiertas (cap. 10, sobre las amistades de los hijos y otras cuestiones).

Es un libro profundamente práctico, que habla de las familias reales y en el que todos podemos aprender algo que nos interesa porque nos afecta. Ayudará al lector a formarse criterio sobre sus relaciones matrimoniales y sobre múltiples cuestiones relevantes en materia de educación de los hijos. Seguro que una lectura en paralelo por marido y mujer, padre y madre, seguida de conversaciones entre ambos, puede ser de gran ayuda para mejorar en la tarea común de hacer familia.

Me ha encantado el profundo amor a la libertad y el enfoque positivo y esperanzado que inspira todo el libro. Por ejemplo, los capítulos sobre las discusiones de la pareja o la educación en la adolescencia son muy formativos y demuestran que los autores no solo han estudiado los temas con profundidad, sino que tienen una experiencia práctica muy relevante sobre las dificultades de una familia real de hoy. No faltan en esta obra puntuales referencias a la perspectiva antropológica cristiana que enriquecen el texto.

Es libro recomendable para todos los que afrontamos la tarea de construir una familia y para tener en la biblioteca a fin de releer el capítulo correspondiente cuando algo nos agobie o desconcierte en la personal responsabilidad de luchar por nuestro matrimonio, educar a nuestros hijos, ser abuelos con eficacia o ayudar a quienes nos rodean con consejo oportuno.

Fuente: religionenlibertad.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:50

03 agosto 2026

¿Hacerse o encontrarse?

Juan Luis Selma

La cultura actual invita a reinventarse sin descanso, sustituyendo a Dios por el propio deseo, lo que genera un profundo cansancio existencial. La fe cristiana propone una alternativa más serena: sentirse hijo amado antes que autor de uno mismo.

Uno de los paradigmas culturales actuales sostiene que nada está hecho ni es definitivo. Todo es líquido, inestable, cambiante. Se nos repite que no dependemos de nadie ni de nada, que la libertad consiste en alcanzar cualquier deseo, que la realidad no es algo recibido sino creada por mí. Según esta visión, no debemos conformarnos con lo sólido, con lo ya escrito: el viejo concepto de naturaleza es sustituido por la omnipotencia del deseo. No soy lo que soy, sino lo que quiero ser.

En este marco, el Creador deja de ser Dios: el mundo ya no es obra suya, sino mía. Yo me convierto en dios y me recreo a mi antojo junto a lo que me rodea. Con este presupuesto, dejamos de ser criaturas para pretender ser creadores. El sueño puede parecer atractivo, pero me deja solo, cargado con la responsabilidad de tener que pensar el mundo, rehacerme continuamente y sostener la tarea infinita de crear. Para ello necesitaría la energía y la sabiduría del verdadero Creador.

Además, si cada individuo es un dios, habría tantos dioses como personas, y cada uno tendría que repartirse su supuesta energía creadora… y tocaría a poco. Igual que los recursos de la naturaleza son limitados y debemos cuidarlos, el sentido común debería llevarnos a limitar la proliferación de estos “diosecillos” agotados.

La tarea de inventarme sin descanso, de convertir cada capricho en realidad, termina siendo extenuante. Produce un cansancio existencial profundo. Ya no somos valiosos por lo que hemos recibido, sino por lo que logramos y conseguimos, por los likes que acumulamos. Hay una pelea por la eficiencia que termina por desalentar.

Ese cansancio sí es real, y se manifiesta en una nueva pandemia de enfermedades psíquicas: estrés, depresión, ansiedad, anorexia, bulimia, vigorexia, TDAH, trastornos de conducta, autolesiones y suicidio. Según la OMS, 1 de cada 7 jóvenes entre 10 y 19 años padece algún trastorno mental.

Frente a esta visión agotadora, existe otra opción más humilde y serena: la cristiana. Ella nos recuerda que somos hijos amados de Dios, llamados no a inventarnos sin cesar, sino a descubrir el bien y la belleza que el Creador ha puesto en nosotros. San Juan lo expresa con una sencillez luminosa: “Él nos amó primero”.

Se trata de dejar de jugar a ser dioses y descubrir al único Dios. Como canta Jakuna:

"Tú, el único Rey que tiene que reinar

El único Señor al que voy a adorar

Hoy levanto el corazón al que lo conquistó

Simplemente porque Tú eres Dios

Quiero ponerte por encima de todo

En cada momento sentarte en el trono

Que tu alabanza esté siempre en mi boca

Y reconocer que Tú eres Dios

Que alabarte a Ti, Señor

Sea siempre lo primero

Fijo mi mirada en el cielo"

Encontrarse con uno mismo —descubrir la grandeza que Dios ha puesto en mí— es mucho más fácil y descansado que tener que construirse constantemente. El vacío que todos sentimos en el fondo del alma no lo puede llenar nadie, solo Dios. Adorarle, seguirle, ponernos en sus manos es lo que nos hace verdaderamente grandes. Solo Él puede colmar esas ansias de amor infinito que llevamos dentro. Es más: esas ansias son la señal de que somos suyos, de que estamos hechos para algo mucho más grande de lo que jamás nos atreveríamos a soñar.

San Pablo lo proclama con fuerza: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”.

Y Benedicto XVI, recién elegido Papa, nos recordaba: “No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno es querido, amado, necesario.”

En el Evangelio de hoy, Jesús pide a sus discípulos que den de comer a la multitud: “Dadles vosotros de comer”. Si los cristianos descubrimos lo mucho que somos amados, rebosaremos de sentido y de amor, y podremos dar sentido a este mundo.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:24

02 agosto 2026

El Señor da sentido a la vida

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!

Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús. Son gestos que manifiestan su especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él trae al mundo. El Señor se presenta como Aquel que da sentido a la vida, liberándola del mal y del pecado.

Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el Reino de Dios está cerca. Por eso el Evangelio de hoy (Mt 14,13-21) da testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece de ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos. Al sordo, que vuelve a oír, el Señor le dirige la Buena Noticia para que escuche; al ciego, que ve nuevamente, le muestra la espléndida obra de la redención que se realiza en él. Del mismo modo, Jesús da de comer al que tiene hambre. El episodio de la multiplicación de los panes significa que el encuentro con el Señor es una experiencia que nos alimenta. En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras necesidades, Cristo es el pan de vida. Con Él, lo esencial es sobreabundante: «Comieron todos y se saciaron» y sobraron «doce cestos llenos» (v. 20). Este número demuestra que el don del Señor es universal, y que su Providencia hacia nosotros nunca falla.

Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de la humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto nos enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el descarte, en cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia. Esta enfermedad del alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas, hasta el punto de olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. Y, de ese modo, ante la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos tendidas de quienes no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no tienen paz.

En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos con cuánta bondad el Señor, «alzando la mirada al cielo», «pronunció la bendición», «partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los repartieran a la gente (cf. v. 19). En este milagro de la caridad reconocemos las acciones típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la última Cena, donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en humanidad. Al saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a testimoniar su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos. En compañía de Jesús, también las vacaciones pueden convertirse en tiempo de serena fraternidad, incluyendo a quienes están a nuestro lado y pasan necesidad.

Pidamos pues a la Virgen María, Madre premurosa, que nos haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano.

_______________________

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

sigo con preocupación la alarmante situación en Ceuta, pidiendo a Dios, por medio de la intercesión de Nuestra Señora de África, que se puedan encontrar soluciones de paz, de estabilidad y de justicia.

Continuemos rezando por la paz, para que cesen las guerras en el mundo y se encuentren soluciones diplomáticas a los conflictos. Recordemos a todas las víctimas de las hostilidades, sobre todo a los más débiles e indefensos: los niños, los ancianos y los enfermos. Que el Señor consuele a quienes sufren y bendiga la labor de quienes llevan ayuda y consuelo.

En estos días se celebra el “Perdón de Asís”. San Francisco obtuvo esta indulgencia del papa Honorio III en 1216, inspirado, mientras oraba en la Porciúncula, por una visión de Jesús y María, rodeados de ángeles. Demos gracias al Señor por este gran don y atesorémoslo, especialmente en el octavo centenario del “Tránsito” del Poverello de Asís, que falleció precisamente en la Porciúncula el 3 de octubre de 1226.

Los saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos procedentes de diversos países: en particular a los jóvenes de las parroquias de Saccolongo y Creola (Padua), y a los de la parroquia de San Juan Bosco en Altamura y a los chicos de la Colaboración Pastoral de Castelfranco Veneto, acompañados por sus sacerdotes y animadores.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 18:49

31 julio 2026

Cuando declina el día

18.º del Tiempo Ordinario (Ciclo A). 

Evangelio (Mt 14,13-21)

Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos. Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron:

— Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos.

Pero Jesús les dijo:

— No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer.

Ellos le respondieron:

— Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.

Él les dijo:

— Traédmelos aquí.

Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


Comentario

Dice el evangelio de san Mateo que, al oír Jesús que habían apresado a Juan el Bautista, “se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo” (v. 13). Jesús busca un momento de soledad para su oración, como en otras ocasiones. Pero las gentes de los contornos deseaban tanto escuchar su palabra y beneficiarse de sus curaciones que no lo dejaban descansar. Jesús no se enfada ante su importunidad. Al contrario, se conmueve ante la fe sencilla de aquellas gentes y pasa toda la jornada con ellos. Cuando declina el día no quiere dejarlos marchar sin haberles ofrecido antes algo de comer, porque estaban lejos de sus casas y llevaban muchas horas sin tomar nada.

Llama la atención, en primer lugar, su paciencia y compasión. “Ante la multitud que lo seguía y –por decirlo así– ‘no lo dejaba en paz’ –comentaba el Papa Francisco-, Jesús no reacciona con irritación, no dice: ‘Esta gente me molesta’. No, no. Sino que reacciona con un sentimiento de compasión, porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero estemos atentos: compasión –lo que siente Jesús– no es sencillamente sentir piedad; ¡es algo más! Significa com-patir, es decir, identificarse con el sufrimiento de los demás, hasta el punto de cargarlo sobre sí. Así es Jesús: sufre junto con nosotros, sufre con nosotros, sufre por nosotros”.

También los discípulos se dan cuenta de lo avanzado de la hora y de la urgencia de esas personas por alimentarse, pero se desentienden de las necesidades de esas gentes y piden a Jesús que los despida “para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos” (v. 15). Sin embargo, el Maestro no mira para otro lado ni los abandona a su suerte, sino que reclama a los suyos que ofrezcan todo lo que tengan, aunque sea bien poco, para paliar el hambre de tantos hombres, mujeres y niños. ¡Qué modo tan distinto de reaccionar ante las necesidades de los demás!

Vale la pena observar, como lo hace san Josemaría, que Jesús podía sacar el pan de donde le pareciera..., pero busca la cooperación humana: “Necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, hijo mío: ¡y es Dios! Esto nos urge a ser generosos en nuestra correspondencia. No necesita para nada de ninguno de nosotros, y –al mismo tiempo– nos necesita a todos. ¡Qué maravilla! Lo poco que somos, lo poco que valemos, nuestros pocos talentos nos los pide, no se los podemos escatimar. Los dos peces, el pan: todo].

Los discípulos fueron generosos y le ofrecieron la escasa comida de que disponían. Dice el Evangelio que Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente” (v. 19). Son expresiones análogas a las que emplean los evangelistas al narrar la institución de la Eucaristía en la última cena: “cuando estaban juntos a la mesa tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio” (Lc 24,30). De este modo, en la magnitud con la que multiplica aquellos pocos panes y peces se prefigura “la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía", como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.

La generosidad de Jesús que se nos ofrece como alimento en la Hostia santa manifiesta la grandeza de su amor. “Corresponder a tanto amor -invita a considerarlo san Josemaría- exige de nosotros una total entrega, del cuerpo y del alma: oímos a Dios, le hablamos, lo vemos, lo gustamos. Y cuando las palabras no son suficientes, cantamos, animando a nuestra lengua –Pange, lingua!– a que proclame, en presencia de toda la humanidad, las grandezas del Señor”.

Fuente: opusdei.org 

Publicado por JOQUIVESA en 19:01
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