11 febrero 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis - I. Constitución dogmática Dei Verbum 5. La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En la catequesis de hoy nos detendremos en la profunda y vital relación que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia, relación expresada en la Constitución conciliar Dei Verbum, en el capítulo sexto. La Iglesia es el lugar proprio de la Sagrada Escritura. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia nació del pueblo de Dios, y está destinada al pueblo de Dios. En la comunidad cristiana tiene, por así decir, su habitat: efectivamente, en la vida y en la fe de la Iglesia encuentra el espacio donde revelar su significado y manifestar su fuerza.

El Vaticano II recuerda que «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia». Además, «siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe» (Dei Verbum, 21).

La Iglesia nunca deja de reflexionar sobre el valor de las Sagradas Escrituras. Después del Concilio, un momento muy importante a este respecto fue la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, en octubre de 2008. El Papa Benedicto XVI recogió sus frutos en la Exhortación postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), en la que afirma: «Precisamente el vínculo intrínseco entre Palabra y fe muestra que la auténtica hermenéutica de la Biblia sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma en el sí de María. […] El lugar originario de la interpretación escriturística es la vida de la Iglesia» (n. 29).

Por tanto, la Escritura encuentra en la comunidad eclesial el ámbito en el que desarrollar su propia tarea y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios. «La ignorancia de la Escritura – de hecho – es ignorancia de Cristo» [1]. Esta célebre frase de san Jerónimo nos recuerda la finalidad última de la lectura y la meditación de la Escritura: conocer a Cristo y, a través de Él, entrar en relación con Dios; relación que puede ser entendida como una conversación, un diálogo. Y la Constitución Dei Verbum nos presenta la Revelación precisamente como un diálogo en el que Dios habla a los hombres como a amigos (cfr. DV, 2). Esto sucede cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros.

La Sagrada Escritura, confiada a la Iglesia y custodiada y explicada por ella, desempeña un papel activo: con su eficacia y potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana. Todos los fieles están llamados a beber de esta fuente, sobre todo en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos. El amor por las Sagradas Escrituras y la familiaridad con ellas deben guiar a quien ejerce el ministerio de la Palabra: obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas. El trabajo de los exégetas y de cuantos practican las ciencias bíblicas es muy valioso; y en la Teología, que tiene su fundamento y su alma en la Palabra de Dios, la Escritura ha de ocupar el puesto central.

Lo que la Iglesia desea ardientemente es que la Palabra de Dios pueda alcanzar a todos sus miembros y nutrir su camino de fe. Pero la Palabra de Dios también empuja a la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos. De hecho, vivimos rodeados de multitud de palabras; sin embargo, ¡cuántas de ellas son palabras vacías! A veces escuchamos también palabras sabias pero que no tocan nuestro destino último. En cambio, la Palabra de Dios sacia nuestra sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible, no cesa nunca de ofrecer sus riquezas.

Queridos, viviendo en la Iglesia se aprende que la Sagrada Escritura se refiere totalmente a Jesucristo, y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y su potencia. Cristo es la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho carne. Todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia que salva, para todos nosotros y para toda la humanidad. Abramos, entonces, el corazón y la mente para acoger este don, siguiendo a María, Madre de la Iglesia.

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[1] S. Jerónimo,  Comm. in Is., Prol.:  PL 24, 17 B.

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Saludos 

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Me uno espiritualmente a cuantos hoy se reúnen en Chiclayo, Perú, para celebrar solemnemente la Jornada Mundial del Enfermo y confío a todos, especialmente a los enfermos y a sus familiares, a la protección maternal de la Santísima Virgen María. Bajo su amparo también encomiendo a las víctimas y a todos los afectados por las graves inundaciones en Colombia, mientras exhorto a toda la comunidad a sostener con la caridad y la oración a las familias damnificadas. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

La Constitución dogmática Dei Verbum reflexiona sobre el vínculo profundo que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia. La Biblia tiene su origen en el Pueblo de Dios, y a él va dirigida; esto significa que su fuerza y su significado se manifiestan plenamente en la vida y en la fe de la comunidad cristiana.

La Iglesia anhela que todos sus miembros conozcan la Palabra de Dios y se alimenten de ella, para que se encuentren con Cristo y puedan dialogar con Él. Pero, además, la Palabra de Dios impulsa a la comunidad eclesial a salir más allá de sí misma y a ser misioneros de la Buena Noticia hasta los confines de la tierra.

En la Iglesia se aprende que Cristo es la Palabra viva del Padre, el Verbo de Dios hecho carne, nuestro Salvador. Por eso, todos los fieles están llamados a acercarse con amor y familiaridad a las Sagradas Escrituras, especialmente en la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos.

Fuente: vatican.va

10 febrero 2026

DICASTERIO PARA LOS LAICOS, LA FAMILIA Y LA VIDA

El Papa a los participantes en la Sesión Plenaria

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡La paz esté con vosotros!

Eminencias, excelencias, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas:

Me alegra recibiros en estos días, que os ven reunidos para la Asamblea Plenaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. En el centro de vuestro trabajo están los temas de la formación cristiana y de los Encuentros Mundiales, realidades importantes para toda la Iglesia.

Los Encuentros Mundiales atraen a un gran número de participantes y requieren un complejo trabajo organizativo, en escucha y colaboración con las comunidades locales y con personas y organismos, muchos de los cuales poseen una larga y valiosa experiencia de evangelización.

Quisiera, sin embargo, detenerme especialmente en el tema de la formación cristiana. Las palabras de san Pablo que habéis elegido como título de vuestra reunión indican, a este respecto, una dirección precisa. Si consideramos por entero el versículo de la que han sido extraídas, leemos: «Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gal 4,19). El apóstol se dirige a los gálatas y los llama “hijos míos”, refiriéndose a un “parto” con el que, no sin sufrimientos, los ha llevado a acoger a Cristo. La formación se coloca, de este modo, bajo el signo de la “generación”, del “dar vida”, del “hacer nacer”, en una dinámica que, con dolor, conduce al discípulo a la unión vital con la persona misma del Salvador, vivo y operante en él o en ella, capaz de transformar la vida “en la carne” (cfr. Rm 7,5) en vida de “Cristo en nosotros” (cfr. 2Cor 13,5; Gal 2,20).

Este es un tema muy querido por el apóstol y presente en varios pasos de sus cartas. Por ejemplo, allí donde, dirigiéndose a los corintios, dice: «ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1Cor 4,15). Es cierto que en la Iglesia, a veces, la figura del formador como “pedagogo” empeñado en transmitir instrucciones y competencias religiosas ha prevalecido sobre la del “padre” capaz de generar en la fe. Sin embargo, nuestra misión es mucho más alta, por lo que no podemos detenernos en transmitir una doctrina, una observancia, una ética, sino que estamos llamados a compartir lo que vivimos con generosidad, amor sincero por las almas, disponibilidad a sufrir por los demás y dedicación sin reservas, como padres que se sacrifican por los hijos.

Y esto nos lleva a otro aspecto de la formación: su dimensión de comunión. Del mismo modo que la vida humana se transmite gracias al amor de un hombre y una mujer, así la vida cristiana es vehiculada por el amor de una comunidad. No es el sacerdote solo, o un catequista, o un líder carismático quien genera a la fe, sino la Iglesia (cfr. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, 111), la Iglesia unida, viva, hecha de familias, de jóvenes, de célibes, de consagrados, animada por la caridad y por ello deseosa de ser fecunda, de transmitir a todos, y sobre todo a las nuevas generaciones, la alegría y la plenitud de sentido que vive y experimenta. Lo que hace nacer en los padres el deseo de dar la vida a los hijos no es la necesidad de tener algo, sino el afán de dar, de compartir la sobreabundancia de amor y de alegría que los habita; aquí también tiene sus raíces toda obra de formación.

Jesús, después de la Resurrección, confía a los apóstoles el mandato misionero diciéndoles que hagan “discípulos a todos los pueblos”, que los bauticen y les enseñen “a guardar todo lo que os he mandado” (cfr. Mt 28,19-20). Recuerdo estas expresiones porque en ellas encontramos resumidos otros elementos fundamentales de la misión del formador, que quisiera también subrayar.

Ante todo, la necesidad de favorecer caminos de vida constantes, atractivos y personales, que conduzcan al Bautismo y a los Sacramentos, o a su redescubrimiento, porque sin ellos no hay vida cristiana (cfr. Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 22 de febrero de 2007, 6).

Luego, la importancia de ayudar a quienes emprenden un camino de fe a madurar y custodiar una nueva forma de vida, que abarque todos los ámbitos de la existencia, tanto privados como públicos, como el trabajo, las relaciones y la conducta cotidiana (cfr. S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 16 de marzo de 2002, 3).

Además, es indispensable cuidar en nuestras comunidades los aspectos formativos orientados al respeto de la vida humana en todas sus etapas, especialmente aquellos que contribuyen a prevenir cualquier tipo de abuso a menores y personas vulnerables, así como a acompañar y apoyar a las víctimas.

Como podemos ver, el arte de formar no es fácil y no se improvisa: requiere paciencia, escucha, acompañamiento y verificación, tanto a nivel personal como comunitario, y no puede prescindir de la experiencia y la compañía de quienes lo han vivido, para aprender y tomar ejemplo. Así, en el curso de los siglos, han nacido gigantes del espíritu como san Ignacio de Loyola, san Felipe Neri, san José de Calasanz, san Gaspar del Búfalo o san Juan Leonardi. Y desde esta perspectiva, también San Agustín, apenas elegido obispo, compuso su tratado De catechizandis rudibus, cuyas indicaciones siguen siendo útiles y valiosas hasta el día de hoy.

Por eso, queridísimos, a la luz de estos modelos, os animo en vuestro trabajo y os agradezco la ayuda que prestáis al Dicasterio en la reflexión sobre estos temas. Los retos a los que os enfrentáis a veces pueden parecer superiores a vuestras fuerzas y recursos. Pero no debéis desanimaros. Empezad por lo pequeño, siguiendo, en la fe, la lógica evangélica del “grano de mostaza” (cfr. Mt 13,31-32), confiando en que el Señor hará que no os falten, en el tiempo oportuno, las energías, las personas y las gracias necesarias. Mirad a María: dándonos a Cristo, «cooperó con su caridad a que naciesen en la Iglesia los fieles que son los miembros de aquella cabeza» (S. Agustín, De sancta virginitate 6, 6). Imitad su fe y encomendaos siempre a su intercesión.

Hermanos y hermanas, renuevo mi “gracias”, os prometo acordarme de vosotros en la oración y os bendigo de corazón.

09 febrero 2026

El bien nos hace buenos y el mal…

Juan Luis Selma

Podemos ser un poco ingenuos y pensar que lo que hacemos no tiene demasiada importancia. El famoso “no pasa nada” suele acompañarnos como excusa. Pero la realidad es distinta: un mal gesto, una contestación brusca, una pérdida de tiempo en las redes… todo pasa factura. Puede herir a una persona o llevarnos a descuidar nuestras obligaciones.

Todo lo que hacemos deja huella, igual que cada visita a internet deja rastro. Para entenderlo mejor, puede ayudarnos el cuento del espejo del valle. En un valle escondido había un espejo muy especial. No mostraba la apariencia exterior, sino el interior del corazón. Un día se acercaron dos jóvenes: Lina y Mateo.

Lina vio en el espejo un brillo suave: pequeños gestos de bondad, palabras de consuelo, un pan compartido, una visita a quien estaba solo. Nada espectacular, pero cada acto encendía una luz en su interior.

Mateo, en cambio, vio sombras: una mentira dicha sin pensar, un desprecio nacido del orgullo, una ayuda negada por comodidad. Tampoco eran grandes maldades, pero iban dejando huella.

El anciano guardián del valle les dijo: “El espejo no premia ni castiga. Solo muestra lo que sembráis. El bien os hace buenos y el mal, malos. Cada acto, por pequeño que sea, os va moldeando”.

Podemos quedarnos en las buenas intenciones, en los sentimientos o en los deseos, pero son los actos concretos los que van perfilando nuestra personalidad. A veces hay un abismo entre lo que creemos que somos y lo que realmente perciben los demás. San Josemaría lo expresaba con ironía: “¡Qué buen negocio sería comprar a los hombres por lo que valen y venderlos por lo que ellos creen que valen!”.

En el Evangelio leemos: “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo… Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Que vean vuestras buenas obras". Son esas obras las que nos hacen luminosos, buenos y, por tanto, felices.

Y también podemos decir lo contrario: el mal nos vuelve oscuros, huraños, infelices. Cuando apostamos por el ego, por la mentira, por el vicio, nos hacemos daño. Si tuviéramos un poco de sentido común, un atisbo de sabiduría, veríamos que ciertas actitudes nos hieren porque son malas: no compensan.

Para ser feliz hay que abundar en el bien, en lo bueno, en lo verdadero. Eso embellece la vida.

Dice Isaías: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo. Entonces romperá tu luz como la aurora". No nos convertimos en personas buenas o malas de golpe. Nos vamos haciendo. Nuestras elecciones nos configuran. Cada acto es una semilla: lo que sembramos crecerá en nosotros.

Un cristiano corriente puede sembrar el bien allí donde pisa: en su casa, en su trabajo, en sus relaciones, en su tiempo libre y en su propio corazón. No hacen falta grandes gestos, sino pequeñas semillas constantes.

En el hogar, sembramos el bien cuando escuchamos con paciencia, cuando perdonamos rápido, cuando cuidamos los detalles que sostienen la convivencia. El hogar es el primer taller donde Dios trabaja nuestro corazón.

En el trabajo, sembramos el bien cuando actuamos con responsabilidad, cuando tratamos a todos con respeto, cuando evitamos la murmuración, cuando somos justos y honestos. El trabajo bien hecho es una forma de amar.

Con los pobres y los que sufren, sembramos el bien cuando nos acercamos, cuando damos tiempo, cuando escuchamos, cuando compartimos lo que tenemos. El bien hecho al que sufre tiene un brillo especial.

En el mundo digital, sembramos el bien cuando hablamos con respeto, cuando no difundimos odio ni rumores, cuando sembramos esperanza en las redes. Incluso un comentario amable puede ser una semilla de paz.

La amistad es un puente por donde Dios pasa. Sembramos el bien cuando acompañamos, cuando animamos, cuando creamos espacios de alegría sana, cuando invitamos a otros a descubrir la fe sin imponerla.

Fuente: eldiadecordoba.es

08 febrero 2026

La sal de la tierra. […] la luz del mundo

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Después de haber proclamado las Bienaventuranzas, Jesús se dirige a quienes las viven diciendo que, gracias a ellos, la tierra ya no es la misma y el mundo ya no está oscuro. «Ustedes son la sal de la tierra. […] Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,13-14). La alegría verdadera es la que da sabor a la vida y hace surgir lo que antes no existía. Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras. Después de haberlo encontrado, parece insípido y opaco lo que se aleja de su pobreza de espíritu, de su mansedumbre y sencillez de corazón, de su hambre y sed de justicia, que impulsan a la misericordia y a la paz como dinámicas de transformación y reconciliación.

El profeta Isaías enumera gestos concretos que ponen fin a la injusticia: compartir el pan con el hambriento, albergar a los pobres sin techo, cubrir al desnudo, sin despreocuparse de los vecinos y familiares (cf. Is 58,7). «Entonces —continúa el profeta— despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar» (v. 8). Por una parte, la luz, que no se puede esconder porque es grande como el sol de cada mañana que disipa las tinieblas; por otra, una herida, que antes ardía y ahora sana.

Es doloroso, en efecto, perder sabor y renunciar a la alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón. Pareciera que Jesús pone en guardia a quien lo escucha para que no renuncie a la alegría. La sal que ha perdido sabor, dice, «ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por la gente» (Mt 5,13). Cuántas personas —quizá nos ha sucedido también a nosotros— se sienten descartadas, fracasadas; como si su luz se hubiera escondido. Pero Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad. Cada herida, aun profunda, sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos regresar al camino del Evangelio.

Los gestos de apertura y de atención a los demás son los que reavivan la alegría. Ciertamente, en su sencillez nos sitúan contracorriente. Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido.

Hermanos y hermanas, dejémonos alimentar e iluminar por la comunión con Jesús. Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la cima del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad de Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz. A María, Puerta del cielo, dirijamos ahora la mirada y la oración, para que nos ayude a ser y a permanecer como discípulos de su Hijo.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Huércal-Overa, España, fue beatificado don Salvador Valera Parra, párroco plenamente entregado a su pueblo, humilde y solícito en la caridad pastoral. Que su ejemplo de sacerdote centrado en lo esencial sea un estímulo para los sacerdotes de hoy, para que sean fieles en la vida cotidiana vivida con sencillez y austeridad.

Con dolor y preocupación he tenido noticia de los recientes ataques contra diversas comunidades en Nigeria, que han causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía en la oración a todas las víctimas de la violencia y del terrorismo. Espero que las autoridades competentes continúen actuando con determinación para garantizar la seguridad y la protección de la vida de cada ciudadano.

Hoy, memoria de santa Josefina Bakhita, se celebra la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. Agradezco a las religiosas y a todos aquellos que se comprometen a combatir y eliminar las actuales formas de esclavitud. Junto con ellos digo: ¡la paz comienza con la dignidad!

Aseguro mi cercanía a las poblaciones de Portugal, Marruecos, España —en particular de Grazalema en Andalucía— y del sur de Italia —especialmente de Niscemi en Sicilia—, afectadas por inundaciones y derrumbes. Aliento a las comunidades a permanecer unidas y solidarias, bajo la materna protección de la Virgen María.

Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos italianos y de diversos países. Saludo a los fieles de Melilla, Murcia y Málaga, en España; a los procedentes de Bielorrusia, Lituania y Letonia; a los estudiantes de Olivenza, España, y a los confirmandos de Malta. Saludo también a los jóvenes conectados con nosotros desde tres oratorios de la diócesis de Brescia.

Sigamos rezando por la paz. Las estrategias del poder económico y militar —como nos enseña la historia— no generan futuro para la humanidad. El futuro está en el respeto y en la fraternidad entre los pueblos.

Les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

07 febrero 2026

Sal y luz

5.º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 5,13-16)

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.

Comentario

Inmediatamente después de exponer las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), Jesús habla de lo que están llamados a ser en el mundo y en la sociedad quienes acojan su palabra y vivan de acuerdo con ese mensaje. Lo sugiere con unas imágenes muy expresivas: la sal y la luz.

La salazón de alimentos para conservarlos era muy importante cuando no se disponía de los actuales sistemas frigoríficos, y además les proporcionaba un toque de sabor. La sal evita la corrupción a la vez que hace más gustosa la comida, y eso lo consigue discretamente, mezclada entre los ingredientes. En el Antiguo Testamento se le reconoce a la sal un valor purificador (cf. Ex 30,35), y es símbolo de la fidelidad (cf. Nm 18,19). En ese sentido, los discípulos de Cristo estamos invitados a ser sal en todos los ambientes donde se desarrolla nuestra vida, purificándolos y haciéndolos agradables.

En Palestina en tiempo de Jesús la sal de uso doméstico no era muy refinada. Se trataba de material salado procedente del Mar Muerto, mezclado con muchas impurezas. Para usarlo, se diluía y se retiraba lo sobrante. En ocasiones esa sustancia tenía mucho más polvo que sal, por lo que la disolución resultaba casi sosa, de modo que no servía para nada sino para desecharla tirándola por tierra. Jesús se sirve de esa experiencia de la vida diaria para invitar a mantener la integridad en el pensar y en el hacer. La lección es siempre actual, como lo recordaba san Josemaría: “Tú eres sal, alma de apóstol. –‘Bonum est sal’ –la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, ‘si autem sal evanuerit’– pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol. –Pero, si te desvirtúas...”.

Por su parte, la luz es algo imprescindible para ver, y se enciende para que alumbre, no para estar escondida. Pero también tiene un profundo sentido teológico. El Verbo, que existía desde el principio junto a Dios y que es Dios, es “la luz verdadera, que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), y los discípulos de Cristo, participando de su claridad, están llamados a ser “luceros en el mundo” (Flp 2,15). En los textos litúrgicos antiguos se llama al bautismo “iluminación”, de modo que el cristiano “‘tras haber sido iluminado’ (Hb 10,32), se convierte en ‘hijo de la luz’ (1Ts 5,5), y en ‘luz’ él mismo’”.

El cristiano es sal y luz del mundo cuando, con su ejemplo y con su palabra, lleva a cabo una actividad apostólica intensa. El Concilio Vaticano II así lo enseña, aludiendo a este pasaje evangélico: “A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: ‘alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos’ (Mt 5, 16)”.

Esta acción apostólica a la que Jesús llama a sus discípulos resulta especialmente urgente en un mundo secularizado donde, como señalaba el beato Álvaro del Portillo, “innumerables personas se apartan de Él en todos los ambientes de la sociedad. Nosotros, con tantos otros cristianos que también trabajan por Cristo en el seno de la Iglesia, hemos de construir –¡cómo me gusta repetir esta idea!– como un muro de contención que frene a los hombres en su loca huida de Dios, con el deseo de convertirlos en apóstoles que contribuyan a que las almas tornen a Dios. ¿Y qué somos nosotros? Un poco de sal, un poco de levadura metida en la masa de la humanidad (cfr. Mt 5, 13). Pero esta sal y esta levadura, con la gracia de Dios y nuestra correspondencia, devolverá el sabor divino a quienes se han vuelto insípidos, hará fermentar la harina, hasta transformarla en buen pan”.

Fuente: opusdei.org

Diez ideas de la Doctrina Social de la Iglesia que se oyen poco

 Javier García Herrería

Es tiempo de que la narrativa eclesial recupere la totalidad de su tesoro doctrinal. Una Iglesia que repite únicamente los eslóganes del mundo corre el riesgo de dejar de ser sal de la tierra para convertirse en un eco irrelevante.

En el discurso eclesial contemporáneo parece haberse instalado una cierta visión parcial de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI): se subrayan de forma insistente algunos de sus principios mientras otros, igualmente vinculantes, quedan relegados al silencio. Recuperarlos no significa “ideologizar” la fe, sino devolverle su equilibrio y su coherencia interna, indispensables para un análisis honesto de la realidad social.

A continuación, propongo diez ideas fundamentales, firmemente ancladas en el Magisterio, que hoy rara vez ocupan un lugar central en el debate eclesial.

1. Soberanía y orden en las fronteras

La caridad cristiana es universal, pero el derecho a la inmigración no es absoluto. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2241) recuerda que las autoridades civiles pueden regular este derecho en función del bien común del país que acoge. El orden no es enemigo de la acogida; es su condición de posibilidad. Ayudar al necesitado exige también reconocer las dificultades reales de estos procesos y plantear soluciones responsables que eviten efectos contraproducentes.

2. El derecho a no emigrar

Con frecuencia se pone el foco casi exclusivo en el país de destino, mientras se silencia la responsabilidad de los gobiernos de origen. La verdadera justicia social pasa por crear condiciones dignas para que nadie se vea obligado a huir. Como han denunciado obispos africanos, fomentar la salida de las personas mejor formadas es un grave daño para los países pobres y una forma encubierta de expolio.

3. La justicia conmutativa como base de la justicia social

Hablar de justicia social sin insistir en la justicia conmutativa —cumplir los contratos, pagar lo debido, respetar los acuerdos— es construir sobre arena. Sin honestidad en los intercambios, no hay paz social posible. Reclamar la condonación de deudas sin exigir reformas, responsabilidades y mejoras estructurales puede condenar a los países pobres a la exclusión financiera futura.

4. La inmoralidad de la deuda pública estructural

El endeudamiento permanente del Estado para sostener el bienestar presente supone una pesada carga para las generaciones futuras. La DSI recuerda que el sistema financiero debe estar al servicio de la persona; hipotecar el mañana para pagar el hoy vulnera la justicia intergeneracional y erosiona la responsabilidad política.

5. Exigencia y mérito en la educación

La educación auténtica fomenta la responsabilidad personal y el esfuerzo. El facilismo académico, cada vez más extendido, empobrece a los alumnos, debilita su carácter y limita su capacidad de contribuir al bien común con sus talentos.

6. El emprendimiento como vocación

La figura del empresario y la iniciativa económica suelen verse con recelo en el discurso eclesial. Sin embargo, crear riqueza y empleo no es codicia, sino una expresión legítima de la inteligencia y la libertad humanas. El emprendimiento fortalece la autoestima del trabajador y sostiene el tejido social.

7. Crítica al Estado asistencialista

La Doctrina Social de la Iglesia defiende con claridad el principio de subsidiariedad. Un Estado que invade todos los ámbitos termina anulando la iniciativa social y convierte al ciudadano en un cliente dependiente del poder, debilitando la responsabilidad comunitaria.

8. Ética del trabajo

La Iglesia no es solo defensora de los derechos laborales o sindicales; también lo es del trabajo bien hecho. La pereza, el absentismo injustificado, el abuso de ayudas sociales o la falta de profesionalidad atentan contra el bien común tanto como la explotación del trabajador.

9. Identidad política sin complejos

La participación de los laicos en la vida pública no consiste en diluir la fe en el consenso dominante. El compromiso político del católico debe ser reconocible en la defensa de la vida, la familia y la libertad educativa, sin rebajas ni complejos.

10. Ecología con verdad

Frente a los discursos catastrofistas que absolutizan la naturaleza, la Iglesia propone una ecología humana integral. Benedicto XVI advirtió que la persona no puede quedar subordinada al medio ambiente y que la preocupación ecológica debe apoyarse en la razón, no en exageraciones ideológicas que frenen el desarrollo legítimo de los pueblos.

Es tiempo de que la narrativa eclesial recupere la totalidad de su tesoro doctrinal. Una Iglesia que repite únicamente los eslóganes del mundo corre el riesgo de dejar de ser sal de la tierra para convertirse en un eco irrelevante.

Fuente: omnesmag.com

06 febrero 2026

El optimismo nos va a matar

Enrique García-Máiquez

Menos mal que el optimismo nos permite ver el lado bueno incluso del optimismo, que, objetivamente, es agotador y, a menudo, peligroso.

¡Quién fuese pesimista! Pesimista perdido, qué ganancia. Pasarme el día tranquilo, quejándome, maldiciendo mi suerte, descansadamente. En cambio, el optimismo me va a matar: me zarandea de aquí para allá. Y encima tiene mucho menos prestigio intelectual. Firme partidario de sir Roger Scruton, leí Usos del pesimismo (2020) a ver si se me pegaba la utilidad, con una gran ilusión, y ese fue el fallo: la ilusión. El pesimismo es elegante, gris marengo. Lo veo tan atractivo que, si alguna vez casi lo consigo, de verme tan exquisito, por fin, acabo cayendo de nuevo en el optimismo.

Y ya me quedo ahí por defecto. Y no hay paz. Los optimistas pensamos que las cosas tienen remedio y nos ponemos, qué remedio, manos a la obra. Creemos en el matrimonio indisoluble y, por tanto, hay que avivar el fuego sin solución de continuidad, echando leña a la hoguera, más y más.

El optimista cree que los saludados y conocidos, aunque no sean sus amigos, pueden serlo, a poco que él ponga de su parte. Basta un… esfuerzo. Otro. Y entonces se parte para estar en todas partes. No hay llamada que no trate de atender, porque, detrás de cualquiera, se agazapa un amigo o —más— alguien que necesita un amigo. El optimista no llega, pero lo intenta, y acaba hecho trizas.

En el trabajo, lo mismo. El optimista no da ninguna bola por perdida, como Carlitos Alcaraz, pero sin llegar, aunque qué importa. «A la próxima, seguro», se dice. El futuro de cada alumno (en mi caso) puede depender de una atención individualizada: «A ver, cuéntame…». Han pasado veinticinco años dando clases, pero la esperanza no cede a la experiencia.

En política no podemos bajar los brazos porque pensamos que con un poco de dedicación todo mejoraría. España nos espera en esta hora decisiva. Mientras que un buen pesimismo, quién lo pillara, te convence de que eres inútil, el optimismo, ingenuo, incansable, todavía te insiste que de tu comportamiento, aunque sea por el efecto mariposa —qué capullo, con perdón— pueden derivarse grandes efectos. Recuerda el efecto dominó y te insta a que te pases el día tirando ficha, por si arranca la cadena.

Y luego están los problemas a los que el optimista no llega, la gente que no conoce, los conflictos en países lejanos, las enfermedades serias. Cualquiera diría que ante ellas ya descansa, aunque sea por la fuerza de la lógica y de la física. Qué va. Si el optimista, además, es creyente –como suele–, conoce el poder de la oración, que no sabe de fronteras ni de silogismos ni de cálculo de probabilidades ni de mecánica de los cuerpos. El optimista vuelve a encontrarse desgarrado porque rezar se puede siempre, y siempre más, y uno se queda corto. Ay, ay, se lamenta, tristísimo, el optimista.

Un poema de W. H. Auden que explica a la perfección este vaivén que nos marea. Se llama «Felix culpa» y su primera parte reza así, muy esperanzada, a pesar de los pesares: «El tiempo te ha enseñado / la mucha inspiración / que trajeron tus vicios, / cuánta imaginación / pudo la tentación / producir, / la cantidad de versos / expresivos, perfectos / que hoy no existirían / si hubieses resistido… / Como poeta, tú / sabes bien que es así. / Y aunque en la iglesia / con frecuencia has rezado / por sentirte contrito, / no funciona. / Felix culpa, te animas, / puede que con razón».

Sin embargo, el optimista fetén está condenado a la desesperación por pura dicha. Qué suerte que la misericordia del Señor condone y saque un bien de nuestros defectos, pero ¿qué no sacaría de nuestras virtudes, eh? Auden lo dice mejor: «Esperas, desde luego, / que tus libros te justifiquen, / te salven del infierno. / Y, sin embargo, / sin que parezca triste, / sin que de ningún modo / Dios te culpe de nada / … / Él puede reducirte / en el Día del Juicio / a un llanto de vergüenza / al recitarte de memoria / los poemas que tú / habrías escrito, si / tu vida hubiese sido buena».

El optimista, convencido de que él podría ser mucho mejor y de que eso tendría consecuencias extraordinarias, vive con la lengua fuera. Siempre por debajo de su visión del mundo y por detrás de las magníficas posibilidades.

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

05 febrero 2026

El relato de conversión de Jonathan Roumie, Jesús en ‘The Chosen’

Rosa Torres

El rostro de Jesús en The Chosen, ha vuelto a traspasar la pantalla con un testimonio personal que interpela incluso a los no católicos y confirma hasta dónde puede llegar una serie cuando conecta con la fe, la duda y la búsqueda interior.

No ocurrió en un plató ni ante una cámara. Ocurrió en silencio, bajo las bóvedas de la Catedral de San Patricio de Nueva York, durante una procesión eucarística del Napa Institute. Allí, sin guion ni artificios, Jonathan Roumie, el actor que ha dado rostro a Jesús para millones de espectadores, habló como lo que es fuera de la pantalla: un creyente que se sabe sostenido por la fe.

No se presentó como una estrella ni como el protagonista de una de las series religiosas más vistas de la historia. Habló desde la experiencia personal. «No podría haber interpretado la Pasión de Jesús sin la Eucaristía», confesó ante una catedral abarrotada. «Recibirla a diario me dio la fuerza para entrar en el sufrimiento, la pasión y la crucifixión de Cristo, no solo para el papel, sino para mi propia alma». Sus palabras fueron acogidas con un silencio denso, reverente, seguido de un largo aplauso.

The Chosen se ha convertido en un fenómeno global difícil de encasillar. Financiada inicialmente por micromecenazgo, traducida a decenas de idiomas y seguida por creyentes y no creyentes, la serie ha logrado algo poco habitual: humanizar a Jesús sin diluir su misterio. El Cristo que presenta es cercano, compasivo, profundamente humano, y ese enfoque ha abierto una puerta inesperada para espectadores alejados de la fe.

El propio actor lo cuenta con asombro. Asegura haber recibido mensajes de personas que se definían como ateas «de toda la vida» y que, tras ver la serie, comenzaron a interesarse por la Biblia, a acudir a la iglesia y, finalmente, a convertirse al cristianismo. «Si Dios quiere encontrarte, lo hará. Te seguirá. Irá tras de ti», repite. Para él, la serie no es el origen del milagro, sino el canal.

Su testimonio cobra más fuerza cuando se conoce su historia personal. Antes de convertirse en Jesús para millones, estuvo cerca de abandonar la interpretación. Sin trabajo estable, con problemas económicos y profesionalmente invisible para Hollywood, llegó a tocar fondo. Fue entonces cuando tomó una decisión radical: rendirse. No resignarse, sino entregar su carrera a Dios. Poco después llegó el papel que lo cambió todo.

Hoy, a sus cincuenta y un años, no habla de éxito, sino de misión. Utiliza sus redes sociales como herramienta de evangelización, anima a los católicos a vivir con mayor reverencia la Eucaristía e invita, sin imposiciones, a quienes no lo son a acercarse a ella. «No tienes que interpretar a Jesús en televisión», dijo con una sonrisa. «Pero puedes ser Jesús para las personas que te rodean».

En sus redes, esa invitación se traduce en gestos concretos. «Tomemos un momento de quietud para rezar un rosario ─aunque sea una sola decena─ por alguien que conoces o incluso por alguien que no», escribe en una de sus publicaciones, donde anima a ofrecer cada misterio como acción de gracias y como petición por quienes necesitan milagros. También promueve el uso del rosario como símbolo y herramienta de oración, integrándolo en su día a día digital.

Ese es, quizá, el verdadero alcance de la producción: no solo contar una historia, sino provocar movimiento. La sexta temporada, una de las más esperadas, se centrará en la Semana Santa y en los momentos previos a la crucifixión de Jesús, con estreno previsto para 2027.

¿Puede disfrutarla alguien que no cree? La pregunta circula con frecuencia en foros y redes. «No soy cristiano; me identifico más con el agnosticismo. Sin embargo, me fascina la historia de Jesús y cómo el cristianismo se convirtió en la religión más extendida del mundo», comenta un espectador. Otro añade: «Convencí a mi madre atea para que la viera y le gustó. Creció con películas religiosas como Jesús de Nazaret o Ben-Hur, cuando este tipo de historias formaban parte del entretenimiento común».

Fuente: eldebate.com