15 octubre 2026

¿Es santa la Iglesia católica?

Daniel Tirapu


Bernanos dijo que, si por algún extraño misterio abandonase la Iglesia, procuraría volver a ella de rodillas en la última esquina

Creo en la Santa Iglesia católica, decimos en el Credo. Si damos una vuelta por la prensa, la Iglesia parece tener la culpa de casi todo lo que pasa hoy: abusos de menores, desigualdades, la extensión del SIDA, ministros de culto tibios, mucho dinero, antigua, anticientífica, etc.

Tan ingenuo y desolador es quitar a Dios de la vida, como intentar instaurar el Reino de Dios en la tierra, quitando la libertad y haciendo desaparecer el mal. Los peces malos crecen junto a los buenos; incluso en la venida del Mesías, en sus generaciones, hay gente que no lo hizo bien y fue poco ejemplar. Los que caminamos somos pecadores que luchan por mejorar.

Pero sí, la Iglesia es santa: porque fue querida por el mismo Jesucristo; tiene a la Santísima Virgen por Madre; la gracia, el perdón de los pecados, los carismas, el magisterio es acción del Espíritu Santo; es camino seguro de salvación; su doctrina es preclara, eximia y garante de la dignidad de cada ser humano; por su admirable propagación y la santidad de vida de muchos de sus miembros.

 Bernanos dijo que, si por algún extraño misterio abandonase la Iglesia, procuraría volver a ella de rodillas en la última esquina. Los santos, que muchas veces han sido reformadores, prefirieron equivocarse con la Iglesia y se sometieron a su juicio siempre. Por eso un cristiano debe amar y defender a la santa Iglesia, como a su madre.

Fuente: elconfidencialdigital.com

14 octubre 2026

¿Quién va ganando la revolución tecnológica?

Jara Atienza

La carrera tecnológica ya no se libra solo en los laboratorios ni en los garajes de Silicon Valley. Hoy se decide también en los campos de batalla y en la capacidad de desplegar inteligencia artificial a gran escala. Entre Estados Unidos y China se juega una pugna decisiva por el poder en el siglo XXI. La pregunta es quién va a la cabeza.

No hubo ni un solo soldado sobre el campo de batalla. Ni una sola baja propia. Solo drones zumbando en el aire, vehículos no tripulados avanzando entre el barro y una rendición consumada al otro lado del frente. En abril, el Ejército ucraniano anunció la toma de una posición rusa sin haber puesto en peligro a sus hombres. Una operación ejecutada exclusivamente con robots controlados a distancia. Esa victoria táctica en la guerra de resistencia contra Rusia es un hito, pero también una muestra de cómo podrían ser las guerras del futuro.

«Hoy, los avances tecnológicos se trasladan rápidamente al ámbito militar», explica Javier Borràs, investigador del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB). Ucrania es quizá el ejemplo más claro de cómo la revolución tecnológica ya no se ensaya en los garajes de Silicon Valley o en los campus universitarios, sino sobre el terreno.

Borràs señala que toda tecnología concebida para el ámbito civil puede tener también aplicaciones militares. Desde los coches eléctricos hasta los paneles solares pueden generar datos útiles para los servicios de inteligencia. «En un mundo de flujo constante de datos, las fronteras entre la innovación y la seguridad nacional son cada vez más porosas», sostiene.

Hay ejemplos ilustrativos, como el del marine francés que llegó a revelar sin querer la posición del portaaviones Charles de Gaulle tras subir su entrenamiento a Strava. Y otros más evidentes, como los bombardeos iraníes a los centros de datos estadounidenses en el Golfo Pérsico durante la guerra.

En los últimos años, la tecnología ha dejado de ser una cuestión económica, de competitividad o innovación y ha pasado a convertirse en un instrumento de poder geopolítico. En una era marcada por el deterioro de la paz mundial y la amenaza del cambio climático, la inteligencia artificial, la computación cuántica y las infraestructuras digitales funcionan como antes lo hacían el petróleo o la energía nuclear.

China ha desarrollado sistemas de IA capaces de tomar decisiones militares hasta un 43% más rápido que un cerebro humano

«Si durante las últimas décadas los datos han sido el nuevo petróleo, la IA o el software para gestionar esos datos y automatizar procesos son ahora las armas que dan el poder», explica Marta Sanz Romero, periodista especializada en tecnología. Son, en definitiva, activos estratégicos que determinan el papel que un país juega en el mundo.

En esa lógica que está redefiniendo el equilibrio global, China y Estados Unidos lideran claramente la carrera por la hegemonía tecnológica. «Cuando una de esas naciones desarrolle una IA superior, tendrá una ventaja masiva e irreparable, alterando el curso de la política mundial, el poder militar y la influencia económica», advierte el pensador indio Sundeep Waslekar, funador del think tank Foresight Group y autor de Un mundo sin guerra. La pregunta es: ¿quién va ganando?

Para Borràs, Estados Unidos y China avanzan hacia un equilibrio cada vez más estrecho en IA, aunque todo depende del ángulo. Hoy, resume, Estados Unidos mantiene ventaja en los chips avanzados, claves para entrenar modelos de última generación, mientras que China ha recortado distancias rápidamente en el desarrollo y despliegue de sus propios modelos.

En este sentido, Águeda Parra Pérez, analista geopolítica y fundadora de ChinaGeoTech, explica que las diferencias se deben a que cada potencia marca su camino «en función de sus prioridades estratégicas y de seguridad nacional».

La maratón china

China ha optado por un enfoque coordinado en el que Estado e industria avanzan al unísono para acelerar la adopción tecnológica. En 2017, Beijing plasmó su ambición en el Plan de Desarrollo de Inteligencia Artificial con una meta clara: convertirse en el principal centro mundial de innovación en IA en 2030.

«Desde el Gobierno se está impulsando que los beneficios de la IA se apliquen rápidamente a ámbitos productivos, tanto civiles como militares, para lograr antes la autosuficiencia tecnológica y convertir la IA en un motor clave de crecimiento económico», explica Parra.

En 2020, Xi Jinping resumió las claves para modernizar su Ejército en tres conceptos: mecanización, informatización e inteligentización. Desde entonces, ha desarrollado sistemas de IA capaces de simular escenarios de guerra y tomar decisiones militares hasta un 43% más rápido que un cerebro humano.

Detrás de todo esto hay una maquinaria bien engrasada. Cuando una tecnología encaja en las prioridades chinas, se activa una lluvia de financiación pública, se crean polos industriales y los prototipos pasan a producción en tiempo récord. La clave no es solo innovar, sino producir a gran escala antes que nadie y desplegar rápido y a bajo coste. Una fórmula que el gigante asiático ya aplicó en sectores como los paneles solares, donde controla más del 80% de la producción y las exportaciones mundiales.

«En este contexto, la irrupción de DeepSeek ha reforzado la ambición de Beijing de convertirse en líder mundial en IA», apunta Parra. El modelo fue desarrollado en 2025, en plena escalada de tensiones comerciales con Estados Unidos, que vetó la exportación de tecnología clave a China. DeepSeek ha logrado abrirse paso sin depender de los chips made in USA y bajo un enfoque de código abierto.

El movimiento tiene implicaciones que van más allá de lo técnico. Por un lado, democratiza el acceso a la IA; por otro, plantea un desafío directo al dominio que Silicon Valley ha ejercido durante años. Para muchos analistas, esto ha supuesto un golpe simbólico y estratégico para Estados Unidos. Entre otras cosas porque demuestra que China puede avanzar incluso bajo restricciones y, además, hacerlo con una propuesta accesible y replicable a escala global. Aunque también conlleva riesgos relevantes de seguridad y control. Porque no hay que olvidar que se trata de un régimen autocrático conocido por su sistema de hipervigilancia ciudadana.

El búnker de Silicon Valley

En Estados Unidos, como ha ocurrido con otras revoluciones tecnológicas, la IA está liderada por el sector privado. «Son las grandes tecnológicas las que están marcando el ritmo de la innovación y las que movilizan la inversión a través del capital riesgo para desarrollar las infraestructuras de datos que requiere la IA», explica Parra. Un modelo que impulsa la innovación, pero también impone límites. Frente a la apertura de iniciativas como DeepSeek, empresas como OpenAI o Google apuestan por sistemas cerrados. «El enfoque de código cerrado hace que el uso de la IA esté más restringido al entorno empresarial y que haya menos competencia», señala Parra.

La IA, la computación cuántica y las infraestructuras digitales funcionan hoy como como antes lo hacía el petróleo

La diferencia no está solo en el modelo empresarial, sino también de posición en la cadena tecnológica. Estados Unidos sigue dominando los pilares clave de la IA: los microchips más avanzados y buena parte del ecosistema de innovación. De hecho, la mayoría de los chips de alta gama que alimentan esta revolución están diseñados por la empresa californiana Nvidia, una de las más valiosas del mundo.

Washington ha reforzado su liderazgo con restricciones a la exportación para frenar el acceso de China a componentes críticos. Sin embargo, casos como DeepSeek sugieren que esas barreras, aunque puedan frenar puntualmente, no necesariamente detienen una carrera que parece estar cada vez más igualada.

¿Dónde está Europa?

Entre estos dos gigantes que compiten por dominar la IA con inversiones masivas en defensa, chips, infraestructuras y talento, Europa trata todavía de encontrar su lugar. Por ahora, la Unión Europea ha optado por jugar su mejor baza: la regulación. Hace apenas dos años se aprobó la legislación más ambiciosa del mundo sobre IA, un marco pionero con el que aspira a fijar un estándar europeo.

Pero redactar las reglas ya no basta. Son muchos los expertos que advierten que la UE corre el riesgo de quedar atrapada entre dos superpotencias, con grandes principios, pero con escasa capacidad de ejecución y reacción. El problema es que la dependencia europea ya no es solo económica, sino también geopolítica. Starlink lo resume bien: una infraestructura crítica para las comunicaciones en crisis como la guerra de Ucrania sigue en manos privadas y extranjeras.

«Europa, en tecnología digital y en finanzas, es una colonia de Estados Unidos», sintetizaba en una entrevista el ex primer ministro italiano Enrico Letta. Pero recordaba que Europa aún conserva activos valiosos: talento, industria, capacidad científica y margen regulatorio.

En este sentido, el experto del CIDOB añade también ámbitos como la computación cuántica, en los que todavía puede aspirar a jugar un papel relevante. Pero debe ponerse las pilas y «encontrar ámbitos específicos de las tecnologías emergentes en los que tenga una ventaja comparativa, que pueda desarrollar económicamente y usar como instrumento geopolítico», concluye Borràs.

Con todo, en un mundo donde la tecnología ya no es solo innovación, ni regular ni inventar bastan por sí solos. En esta nueva carrera no manda únicamente quien imagina el futuro, sino quien tiene la capacidad de fabricarlo, desplegarlo a escala y convertirlo en poder.

Fuente: ethic.es

12 octubre 2026

«Luz de Luz»: la fe de Nicea que sigue hablando hoy

José Carlos Martín de la Hoz

Un volumen coordinado por Mons. Jesús Rico Pavés reúne a seis especialistas para profundizar en la confesión de fe de Nicea y en la identidad de Jesucristo como verdadero Dios y verdadero hombre.

Mons. Jesús Rico Pavés, obispo de Jerez , actualmente es Presidente de la Comisión de Evangelización, Catequesis y Catecumenado de la Conferencia Episcopal Española y, a la vez, ha sacado tiempo para preparar y ejecutar este trabajo de equipo que ahora reseñamos que seguramente dará mucho que hablar en los próximos meses, pues toca algo tan central en la Iglesia como la inolvidable figura de Jesucristo, Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre y, además, lo hacen sus autores de modo novedoso y atractivo.

Ciertamente, siempre comenzamos los aniversarios redondos, como los recientes del  V Centenario de las tesis de Wittenberg de Lutero, el V Centenario de la Escuela de Salamanca, el V Centenario del nacimiento de Felipe II y así sucesivamente, con gran entusiasmo, propaganda, peticiones a los especialistas, etc.El problema consiste en que los congresos que se realizan en esos centenarios redondos, mesas panel de especialistas, conferencias, etc., sus actas, no llegan a publicarse o aparecen recogidos en las páginas de números monográficos en revistas especializadas que no llegan más que a pequeños cenáculos de gente ya muy enterada en la materia.

Nicea, 1700 años después

El profesor Rico Pavés ha recogido en este magnífico volumen la opinión de seis grandes especialistas del panorama teológico español, en el tratado de Trinitate y de cristología que han redactado sus capítulos en perfecta coordinación de modo que tenemos en este momento un trabajo de síntesis de teología histórica y de historia de la teología bajo el ambicioso título “De la confesión de Fe de Nicea a la Iglesia del siglo XXI”.

Ciertamente, cuando se convocaron los Actos conmemorativos del 1700 aniversario del concilio de Nicea del año 325, todos teníamos en la cabeza los inmensos frutos que se obtuvieron en 1951 cuando se celebraron congresos alrededor del gran Concilio de Calcedonia del 451. Tanto que en estos 75 años últimos hemos podido establecer dos grandes cristologías las precalcedonianas y las calcedonianas. Distinción que ha ayudado enormemente a los investigadores en este tiempo.

Cuando he visto el título del libro que desea conmemorar el Concilio de Nicea y a la vez profundizar en la doctrina del “Hijo de Dios”, en la unidad y en la santísima trinidad, me ha conmovido el título escogido: “Luz de Luz”.

Ciertamente, para abordar el Concilio de Nicea y estudiar su recepción por los teólogos actuales, no existe una expresión más sintética y lograda que la que utiliza el propio concilio y que quedó reflejada en el Credo Niceno-Constantinopolitano que se reza los domingos en las misas dominicales del orbe católico: “Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho”.

La confesión de la fe en Cristo

En las siguientes líneas vamos a reseñar este trabajo coordinado por Mons, Rico Pavés y encomiamos al lector a que adquiera pronto este magnífico volumen lo lea y saque sus propias líneas de investigación y sobre todo materia de meditación y reflexión sobre la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, en la línea de san Atanasio, san Alejandro de Alejandría y sobre todo de san Hilario de Poitiers, pues en el Concilio de Nicea intervino ciertamente el Espíritu Santo y, además, la mayor proporción de obispos en el aula conciliar de toda la historia de la Iglesia. Parecía como si la “comunión de los santos” hubiera querido cerrar definitivamente la cuestión: ni monofisitas, ni docetas, ni nestorianos, ni subordinacionistas: “Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado”.  

Como afirmaba san Pablo en una de sus cartas a la primitiva Iglesia: “la palabra de Dios no está encadenada” (2 Tim 2, 9) y a la vez había que respetar la armonía fe y razón a la vez que la unidad de la Iglesia bajo un solo Pastor, en un solo credo.

La controversia de Arrio

Ciertamente, esta discusión teológica acerca de la conjunción de la unidad de la Santísima Trinidad y la variedad de las tres personas divina, debía haber quedado en manos de los especialistas, mientras el pueblo cristiano seguía creyendo y afirmando en el “Símbolo de los Apóstoles” la unidad de naturaleza y las tres personas (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 185).

Como recordamos la figura del sacerdote alejandrino Arrio logró lo que no habían conseguido cuatro siglos de terribles persecuciones: la ruptura de la unidad de la Iglesia. Arrio con sus enseñanzas, canciones pegadizas, llevó la discusión a la calle, al mercado para introducir una enseñanza engañosa, pero “racionalista” es decir para: “Jesús sería perfectísimo, maravilloso, lleno de todas las inmensa cualidades y virtudes y por los méritos de la Pasión y muerte merecería ser llamado Dios, pero en realidad no era dios pues eran entitativamente inferior al Padre”.

Desgraciadamente, los arrianos no aceptaban la redención obrada por Cristo, ni el valor sacrificial de la misa, ni la fuerza sobrenatural de la gracia que llegaría a los cristianos. Además, al afirmar que Jesús sería un gran profeta, pero no Dios, entraría en connivencia con el Islam, que terminaría por asimilar en su seno a los arrianos que todavía quedaban en el siglo VIIII cuando los musulmanes invadieron España poniendo fin al reino visigodo.

Nicea sirvió para encontrar una palabra con la que expresaba que Jesucristo era de la misma naturaleza del padre. El término “homooúsion” era un término adecuado (258) y el acuerdo fue unánime. En el Concilio y objeto de discusión y prudencia antes del concilio y después. Todavía quedaba por mostrar, en la práctica que podría funcionar un término que no estaba en la Sagrada Escritura. Ciertamente, ha funcionado hasta nuestros días y, además, se ha comprobado que otros términos pueden sustituir a los que ahora poseemos, puesto que la “Palabra de Dios no está encadenada”, pero había que comprobarlo. Por ejemplo, la “Palabra Iglesia de Comunión” ha podido convivir con el término “Iglesia pueblo de Dios en marcha”, e incluso sobrepasarla. Finalmente, el concepto de hombre “como relación”, prácticamente se ha impuesto en la antropología teológica.

Fuente: omnesmag.com

La Europa de las encrucijadas

Eloy Asenjo Carpintero

En las horas más oscuras de la posguerra, figuras excepcionales de profunda fe y altura moral como Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi supieron traducir los valores perennes del Evangelio y el humanismo clásico en un proyecto político sin precedentes. Comprendieron con lucidez que la política, desprovista de una dimensión ética y trascendente, se reduce a una técnica de gestión o a una mera correlación de fuerzas.

Y sin embargo, Europa vuelve a tropezar hoy con los viejos demonios de la polarización, los nacionalismos excluyentes y el persistente ruido de sables. Ante este panorama, la ciudad de Metz —histórica tierra de fronteras y viejos desencuentros— ha acogido un llamamiento oportuno a través de las palabras del papa León XIV, recordándonos que el porvenir exige rescatar urgentemente las raíces que nos sustentan.

Una «obra en proceso» frente al rearme

Frente al desaliento que a menudo paraliza a nuestras sociedades, el Papa ha recordado con firmeza que construir una comunidad reconciliada no es el resultado automático de los mercados, sino el fruto paciente de una respuesta humana, exigente y valiente. Como recordaba el Santo Padre en tierras francesas, «la construcción de una casa requiere (…) una contribución más directa y más importante por parte del hombre, con el uso de fuerzas y competencias, a través de un esfuerzo común, una auténtica «obra en proceso»».

Esta reconstrucción comunitaria se halla hoy amenazada por la tentación recurrente de confiar la seguridad al rearme material y a la lógica de bloques. Frente a esta deriva, el magisterio pontificio advierte contra la ilusión de que más armas pueden garantizar una paz duradera; la verdadera seguridad europea nace del desarme de los corazones, de la diplomacia del diálogo y de la recuperación de la confianza mutua entre los pueblos.

El desafío migratorio y la integración profunda

Esta gran obra en proceso pasa ineludiblemente por afrontar con rigor moral y realismo el desafío de la presión migratoria, una de las grandes pruebas de fuego para la conciencia europea contemporánea. Lejos de caer en la demagogia de los extremos —que oscilan entre la indiferencia xenófoba y la acrítica ingenuidad—, la doctrina social de la Iglesia traza un camino exigente. Como advirtió el Santo Padre, la llegada de quienes huyen de la guerra, la miseria y la desesperanza exige la apertura de vías legales y seguras que corten de raíz el negocio infame de las mafias, pero requiere también, y de modo primordial, un proceso de integración profunda.

Acoger al forastero no se agota en la mera asistencia burocrática o en el subsidio estatal; implica un dinamismo mucho más ambicioso y humano. En palabras de León XIV, «acoger a una persona significa integrarla como en la propia familia, ofreciéndole la posibilidad de desarrollar sus talentos, sus capacidades y sensibilidades, pero también de entrar en el espíritu de la casa que la acoge».

Esta formulación supera tanto el asimilacionismo homogeneizador como el multiculturalismo disgregador. No se trata de exigir la renuncia a la propia identidad, ni tampoco de diluir el acervo histórico y cultural de las sociedades de acogida, sino de entender este encuentro inédito como una oportunidad fecunda para tejer una armonía de diferencias. La cohesión social se debilita cuando se renuncia a transmitir los valores propios por un falso respeto, del mismo modo que se quiebra cuando se cierra la puerta al reconocimiento del rostro del otro.

Crisis de sentido y laicidad positiva

A este reto se suma la profunda crisis de sentido y la asfixia de la laicidad mal entendida que padece el viejo continente. En demasiadas ocasiones se ha pretendido construir una Europa de espaldas a su tradición cristiana, relegando el hecho religioso al ámbito estrictamente privado o considerándolo un factor de división. Sin embargo, como ha subrayado el Papa en su reciente periplo, la verdadera laicidad no es la laicistista que pretende erradicar la trascendencia del espacio público, sino aquella que presupone una auténtica colaboración y el respeto recíproco del Estado hacia la libertad y autonomía de las Iglesias. Invocar el nombre de Dios para justificar la violencia, el integrismo o la opresión constituye una gravísima profanación; pero pretender extirpar la dimensión religiosa del alma europea equivale a amputar sus reservas morales más hondas, dejando a la sociedad a merced del relativismo y del nihilismo práctico.

El relevo de las nuevas generaciones

Para lograr enderezar este rumbo, la continuidad y la renovación de Europa descansan de manera decisiva sobre los hombros de las nuevas generaciones. Son los jóvenes quienes están llamados a tomar con audacia el testigo de los padres fundadores. Para ello, es menester que rechacen las falsas soluciones del enfrentamiento, la cultura del descarte y el economicismo imperante que reduce a la persona a un mero consumidor. Los jóvenes deben convertirse en auténticos artesanos de paz, capaces de sanar las heridas del rencor histórico.

Como resonó con renovada fuerza en el corazón de la catedral de San Esteban de Metz, la consigna sigue interpelando con urgencia el presente: «Tengan el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz (…). ¡Amen la vida en cada momento y no le teman al futuro! No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona».

Este llamamiento no es una enmienda a la totalidad del presente, sino una invitación gozosa a la responsabilidad histórica. En una época marcada por el invierno demográfico y el miedo al mañana, apostar por la familia y por la inviolabilidad de la vida humana —desde su inicio hasta su ocaso natural— constituye el acto político y cultural más revolucionario al alcance de la juventud.

Con su empeño cívico firme, su capacidad para la concordia y su fe arraigada en los valores que un día levantaron catedrales y universidades, corresponde a los jóvenes edificar esa casa común que Europa necesita con urgencia. Solo así el viejo continente podrá dejar atrás sus complejos y sus derivas centrífugas, para seguir siendo, con la fuerza discreta pero infatigable del espíritu, un faro de esperanza, libertad y reconciliación para el mundo entero.

Fuente: exaudi.org

Encontrar a Dios en las encrucijadas del mundo: noventa y ocho años de un mensaje siempre joven

María Rabell García

Aquel 2 de octubre de 1928, mientras en Madrid repicaban con volteo festivo las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, el joven sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer comprendió con nitidez el encargo divino que recibiría. No se trataba de erigir una simple estructura institucional ni de sumar un capítulo organizativo más a la crónica de la Iglesia, sino de reavivar un mensaje viejo como el Evangelio y fresco como el alba: recordar que la vida corriente —la oficina, el hogar, el taller o el arado— es lugar de encuentro directo con Jesucristo.

Contar la historia del Opus Dei es contemplar el despliegue de una idea espiritual que transformó la vivencia de la fe en el siglo XX. Para recorrer este itinerario no hace falta recurrir a simples cronogramas, sino asomarse a las páginas de Es Cristo que pasa, la célebre recopilación de 18 homilías pronunciadas por san Josemaría entre 1951 y 1971.

Nazaret y la llamada universal a la santidad

Durante siglos, la búsqueda de la perfección cristiana pareció reservada casi en exclusiva a quienes se apartaban del ruido del mundo tras los muros de un claustro. Sin embargo, la intuición fundacional del 2 de octubre rompió ese paradigma al situar la mirada en los treinta años de vida oculta de Jesús en Nazaret.

Como recordaría el propio san Josemaría en su homilía El triunfo de Cristo en la humildad: «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino».

De este modo, la llamada a la santidad dejaba de ser un privilegio de pocos para revelarse como una vocación universal dirigida a todos los bautizados. No hacía falta cambiar de estado ni abandonar los afanes terrenos; la aventura divina consistía en encarnar la fe en el punto donde Dios ha colocado a cada uno.

El taller de la vida: la santificación del trabajo ordinario

El trabajo, que para muchos no pasa de ser un yugo pesado o un mero trámite de subsistencia, se convierte en el quicio sobre el que pivota la santificación personal. En la homilía En el taller de José, san Josemaría sintetiza la dignidad teológica de la labor profesional:

«El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación [...]. Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora».

Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo se convirtió en el lema de miles de hombres y mujeres. Se trataba de alcanzar la competencia técnica y la perfección humana para ofrecer a Dios una tarea pulida, realizando lo que el fundador llamaba «el milagro de convertir la prosa diaria en endecasílabos, en verso heroico, por el amor que ponéis en vuestra ocupación habitual». Pero la santidad no es una carrera de rendimiento humano ni una medalla al perfeccionismo técnico, sino la obra de la gracia y la misericordia de Dios en la flaqueza del hombre.

San Josemaría explicaba que Dios busca deliberadamente «instrumentos flacos» para que se ponga de manifiesto que la obra es suya y nos nuestra, recordando que estamos hechos de barro. La competencia profesional se busca por amor y por deseo de servir, pero sin caer en la angustia de creer que si el resultado falla, no vale nada. Dios no exige resultados impecables, sino rectitud de intención, humildad y un constante «comenzar y recomenzar» confiados en su auxilio. Incluso enseñaba que nuestras miserias y limitaciones sirven de claroscuro para que destaque el esplendor de la gracia divina.

La filiación divina: cimiento de la alegría cristiana

Si el trabajo es el material de construcción, la filiación divina constituye el cimiento firme de toda esta arquitectura espiritual. Saberse y sentirse verdaderamente hijos de Dios en Cristo transforma la relación con el Creador, alejándola de la servidumbre y del temor. En la homilía La conversión de los hijos de Dios, san Josemaría lo expresaba con vibrante convicción:

«La filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei [...]. Un hijo de Dios trata al Señor como Padre. Su trato no es un obsequio servil, ni una reverencia formal, de mera cortesía, sino que está lleno de sinceridad y de confianza. Dios no se escandaliza de los hombres. Dios no se cansa de nuestras infidelidades».

Esta conciencia gozosa de la paternidad divina de Dios impulsa a acudir a Él con la espontaneidad del niño pequeño que balbucea «Abba, Pater!» [expresión bíblica que significa «¡Papá, Padre!»], sabiendo que la vida cristiana es un constante volver a la casa del Padre a través del perdón y la gracia.

Contemplativos en medio de la calle

De la filiación divina brota la capacidad de ser contemplativos en medio del mundo. La oración no se recluye en el templo; se derrama en el tráfico, en la conversación familiar, en el laboratorio y en la fábrica.

«Describo la vida interior de cristianos corrientes» —escribía en la homilía Vocación cristiana— «que habitualmente se encuentran en plena calle, al aire libre; y que, en la calle, en el trabajo, en la familia y en los ratos de diversión están pendientes de Jesús todo el día. ¿Y qué es esto sino vida de oración continua?».

Esta presencia constante de Dios evita la fractura interior, garantizando la unidad de vida. El cristiano no puede permitirse una doble existencia —una para Dios y otra para las realidades terrenas—, sino que logra armonizar fe, trabajo y convivencia en un solo haz de luz. En palabras del santo aragonés: «Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte».

Qué significa hoy «encontrar a Cristo» en la cotidianeidad

Transcurridos los años, la intuición que brotó en la mañana de aquel 2 de octubre de 1928 no ha perdido su frescura teológica. ¿Qué significa, en efecto, para el hombre de nuestros días —tan fatigado de ruidos y disperso en mil urgencias— esa audaz consigna de «encontrar a Cristo» en la trama ordinaria de la existencia? ¿Es posible vivir en medio del mundo sin terminar absorbido por él?

San Josemaría respondió que sí, siempre que el cristiano no separe la fe de su existencia concreta. El trabajo deja entonces de ser únicamente una obligación; la familia, de ser una simple estructura social; el descanso, de ser mera evasión; y las relaciones humanas, de ser encuentros casuales. Todo puede quedar atravesado por la presencia de Dios.

Por eso aquella intuición conserva una fuerza que no depende de la novedad de las modas; la de hacer visible que la santidad no constituye una excepción reservada a unos pocos, sino una llamada dirigida a todos; que Cristo no pasa de largo ante nuestras ocupaciones ordinarias y que, cuando el corazón aprende a descubrirle en ellas, hasta lo más pequeño puede adquirir una dimensión eterna.

Fuente: eldebate.com

11 octubre 2026

El bien tiende por naturaleza a difundirse

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy, en el Evangelio, Jesús habla de la fiesta de bodas que un rey prepara para su hijo (cf. Mt 22,1-14).

El matrimonio de un hijo es un momento especial para cada familia, y este padre, feliz, quiere compartir su alegría con todos. Ofrece un banquete e invita a muchas personas. Santo Tomás de Aquino dice, al respecto, que el bien tiende por naturaleza a difundirse: «Bonum dicitur diffusivum sui» (Summa theologiae, I, q. 5 a. 4, ad 2). También la imagen de nuestro relato, en el contexto concreto de una experiencia cotidiana, nos habla de esta realidad. Cuando sucede algo bueno, se enciende una luz que lleva a incluir a los demás en la propia felicidad.

Sin embargo, ante un ofrecimiento tan hermoso, los invitados, en vez de unirse a la fiesta, dan un paso atrás y prefieren seguir ocupándose de sus propios asuntos. Es más, algunos, molestos, insultan e incluso matan a los mensajeros del rey. Lamentablemente, esto también sucede: el bien que ofrecemos no siempre es comprendido, reconocido o apreciado; a veces incluso es malinterpretado y rechazado. Pero eso no debe desanimarnos. El rey, frente al rechazo, no suspende la boda ni cancela los festejos; es más, extiende su invitación a un número aún mayor de personas, enviando a sus siervos a llamarlas por las calles, de modo que la alegría de los esposos sea un don para todos.   

Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿a quién representan los protagonistas de esta historia? San Jerónimo identifica al rey con el Padre de los cielos, al esposo con Jesús y a la esposa con la Iglesia (cf. Comentario al Evangelio de san Mateo, Libro III, cap. 22). Entre los protagonistas, entonces, estamos también nosotros, elegidos por el Señor para compartir con Él nuestra existencia y para ser junto a Él portadores de vida. La fiesta de bodas es la nuestra, y la sala del banquete son nuestras iglesias, nuestras casas, los lugares donde vivimos, y donde cada día el Hijo del Rey, Jesucristo, vuelve a declararnos su amor y espera nuestro “sí”. Allí nosotros lo encontramos, como la esposa, con la vestidura blanca del Bautismo y ataviados con las joyas de las buenas obras, que nos acercan a Dios y entre nosotros.

La alegría que anunciamos no es artificial, sino profunda, concreta, real, hermosa como los rostros de las personas que encontramos, verdadera como el trabajo, las sonrisas, las lágrimas, las manos estrechadas, los gestos de bien de nuestras jornadas. Y es un don de Dios para la salvación del mundo.

Pidamos a María, Madre del Señor, que nos ayude a crecer en esta alegría y a anunciarla siempre y en todas partes, también allí donde no es comprendida; con generosidad, con valentía y con fe.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Mantua, fue beatificada sor María Ignacia Isacchi, fundadora de la Congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, la caridad la hizo entregarse con valor al servicio de los necesitados y desfavorecidos. Que su ejemplo reavive en todos nosotros el deseo de ser, en medio del mundo, testigos del amor evangélico hacia todos.

La guerra en la martirizada Ucrania sigue causando sufrimientos incluso mucho más allá de sus fronteras, especialmente en los países más pobres, donde tantas personas dependen de las importaciones de cereales. Hago un llamamiento apremiante a las partes en conflicto para que permitan el transporte seguro de cereales por el mar Negro. El pan de cada día de millones de personas no puede ser rehén de la guerra.

Hoy se celebra en Italia la Jornada en memoria de las Víctimas de los Accidentes Laborales. Saludo a la Asociación Nacional de Mutilados e Inválidos del Trabajo y aliento los esfuerzos de prevención.

Dirijo mi más cordial bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos.

Saludo a los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros en Roma y a cuantos han participado en la procesión con la venerada imagen del Crucificado. Agradezco sus oraciones por la visita pastoral que realizaré a Perú.

Acojo con alegría a los fieles de la Eparquía Greco-Católica de Mukáchevo, en Ucrania, acompañados por su obispo; a la Asociación de Fieles Hakuna; a las Antiguas Alumnas de Jesús-María de España; al Coro y a la Escuela Coral de la Catedral de Haarlem, en los Países Bajos; y a los fieles procedentes de Viena.

Saludo a los jóvenes de la vicaría de Chiaravalle, en la diócesis de Senigallia; a los miembros de la sección provincial de la AIDO de Belluno; al grupo «Ars Enotria» de Cosenza; y al equipo femenino de fútbol del Hospital de Biella.

Queridos amigos: recientemente, durante una revisión, los médicos me han detectado un nódulo localizado en el pulmón. Se ha detectado todavía en una fase muy temprana y está bien localizado. Los médicos consideran oportuno intervenir. Por eso, siguiendo sus consejos, he decidido operarme para removerlo. La operación ya está programada para los próximos días. Les agradezco su cercanía espiritual y me encomiendo a sus oraciones. Gracias y feliz domingo.

Fuente: vaticam.va

10 octubre 2026

El traje de boda

28.º domingo Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 22,1-14)

Jesús les habló de nuevo con parábolas y dijo:

— El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: “Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas”. Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Luego les dijo a sus siervos: “Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis”. Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?” Pero él se calló. Entonces el rey les dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

Comentario

Jesús habla en esta parábola de un rey que invita a mucha gente al banquete de boda de su hijo, pero sorprendentemente ninguno de los invitados acude a la celebración. Las excusas son muchas y variadas, pero el resultado final es que no acuden. “Dios es bueno con nosotros, nos ofrece gratuitamente su amistad, nos ofrece gratuitamente su alegría, su salvación -comenta el Papa Francisco-, pero muchas veces no acogemos sus dones, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses; e incluso cuando el Señor nos llama, muchas veces parece que nos da fastidio”.

Dios tiene experiencia de negativas y rechazos por parte de aquellos a quienes ofrece sus dones. Pero su amor no conoce desánimos. Por eso envía a sus servidores para que salgan a todos los caminos e inviten al banquete a cuantos le salgan al encuentro, buenos y malos sin distinción. Llama la atención que también los malos son invitados. El Señor no excluye a nadie de su llamada. La invitación, que había sido rechazada por algunos, encuentra acogida en personas que no formaban parte antes de su círculo de conocidos, gentes con las que no guardaba ninguna relación. Hombres y mujeres, de cualquier cultura y condición, también los que no rezan ni tienen trato con Dios, todos somos llamados a la santidad, a participar de la gloria del cielo. Nadie queda excluido.

“Todos los bautizados conocen cuál es la boda del hijo del rey y cuál su banquete -decía san Agustín predicando sobre este pasaje evangélico-. La mesa del Señor está dispuesta para todo el que quiera participar de ella. A nadie se le prohíbe acercarse, pero lo importante es el modo de hacerlo”. La invitación generosa de Dios, representado por un rey, a participar de la gloria celestial, simbolizada por el banquete de bodas, es gratuita y universal.

Ahora bien, dice el Evangelio que “entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda” (v. 11). Los que estaban allí habían sido invitados, como todos los hombres estamos invitados a la salvación. La puerta está abierta para el que quiera entrar, pero antes de gozar de la gloria habrá un juicio. El juez supremo, que es capaz de ver en lo más profundo de los corazones, valorará lo que hay en la vida de cada uno. “Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día -recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica-. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (…). El Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor”. Sólo podrá sentarse a la mesa quien esté dignamente dispuesto.

En la parábola de Jesús queda claro que no importa lo que se haya hecho en el pasado pero que es necesaria una condición indispensable, vestir el traje de bodas, es decir, tener el alma limpia y un corazón arrepentido, abrazar un tono de vida que sea testimonio de la caridad hacia Dios y el prójimo. Jesús invita a todos a su mesa, pero reclama respeto para acercarse a ella. Por eso, san Pablo, recordaba a los cristianos de Corinto que antes de acercarse al banquete de la Eucaristía, sacramento donde pregustamos de un anticipo de la gloria celestial, debían examinar cuidadosamente su conciencia: “Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Corintios 11, 28-29).

Hoy es un buen día, aunque nos sintamos manchados, para limpiar el alma, abrazar el amor y gozar de la invitación que Jesús nos hace al banquete celestial.

Fuente: opusdi,org

09 octubre 2026

Tomás Moro explicó hace 500 años el gran problema de la educación actual

Gema Lendoiro

Podemos formar personas extraordinariamente competentes sin haberlas formado necesariamente para ser buenas personas. Ahí está una de las grandes confusiones educativas de nuestro tiempo. Hemos identificado con demasiada facilidad educación con capacitación.

La semana pasada se inauguró la IV promoción del Máster de Cristianismo y Cultura Contemporánea que la Universidad de Navarra tiene en su sede de Madrid. Al pertenecer a la Facultad de Filosofía y Letras, le tocó a la decana de dicha facultad, Julia Pavón, inaugurarlo y, en una forma muy original de hacerlo, ligó el informe PISA con una carta que Tomás Moro escribió hace más de quinientos años al preceptor de sus hijos.

La misiva, dirigida a William Gonell y fechada en mayo de 1518, podría pasar por una de esas curiosidades que interesan únicamente a quienes disfrutamos revolviendo papeles viejos en el maravilloso proceso que implica la investigación académica.

Pero basta leerla para comprobar que Moro estaba hablando de algo que, cinco siglos después, seguimos sin resolver: qué significa realmente educar. Porque una cosa es enseñar y otra, bastante más complicada, educar.

PISA mide competencias. Nos dice si nuestros adolescentes comprenden lo que leen, si saben desenvolverse con las matemáticas o qué conocimientos científicos son capaces de aplicar. Y hace bien en medirlo porque, por cierto, los resultados españoles no son precisamente para sacar pecho.

Pero hay algo que ningún informe internacional puede cuantificar con tanta facilidad: qué clase de persona sale del aula después de quince o veinte años entrando en ella. Y eso es justamente lo que preocupaba a Tomás Moro.

No era una preocupación menor en su casa. Moro, uno de los grandes humanistas europeos de su tiempo, había organizado para sus hijos una educación extraordinariamente exigente y había tomado una decisión bastante revolucionaria para comienzos del siglo XVI: sus hijas debían recibir una formación intelectual comparable a la de su hijo. Margaret, Elizabeth y Cecily estudiaron junto a John dentro de un ambicioso programa de formación humanista. Pero lo verdaderamente interesante de aquella carta no está solo en qué quería que aprendieran. Está en para qué quería que aprendieran.

Moro advierte a Gonell de algo que hoy podría parecernos incluso pasado de moda: el conocimiento, por sí mismo, no basta. La formación intelectual debía caminar acompañada de la virtud. De poco servía llenar la cabeza de un muchacho –o de una muchacha– si al mismo tiempo no se formaban su carácter, su criterio y su conciencia.

Llevamos años discutiendo sobre educación hablando de metodologías, competencias, tecnología, pantallas, deberes, ratios, evaluaciones, idiomas o inteligencia artificial. Todo ello importa, naturalmente. Pero quizá hemos dejado de cuestionarnos lo más importante: ¿para qué queremos que aprendan?

El niño que necesita que le aplaudan

Hay un pasaje de la carta que parece escrito después de inventarse Instagram. Moro está preocupado por la vanagloria. No quiere que sus hijos estudien para recibir elogios, destacar sobre los demás o ser admirados. Y hace una observación formidable: ese deseo de aprobación comienza a sembrarse prácticamente desde la cuna, lo cultivan después quienes educan al niño y terminan de hacerlo crecer los propios padres. Han pasado quinientos años y quizá solo hemos perfeccionado el sistema.

Criamos niños a los que felicitamos constantemente, evitamos que se frustren, convertimos cualquier pequeña obligación cumplida en una hazaña y procuramos retirar de su camino buena parte de aquello que pueda disgustarlos. Después llegan las redes sociales y terminan el trabajo: el valor de lo que hacemos parece depender cada vez más de cuántos lo miran, cuántos lo celebran y cuántos aprietan un pequeño corazón en una pantalla.

Tomás Moro proponía exactamente lo contrario. Quería que sus hijos aprendieran a no engrandecerse por los elogios ni hundirse por las críticas. Dicho de otra manera: pretendía educarlos para ser libres de la opinión ajena. Y eso, probablemente, es una de las formas más difíciles de libertad.

Porque se puede tener una magnífica formación académica, hablar tres idiomas, manejar con soltura las nuevas tecnologías y poseer un currículo extraordinario y, sin embargo, depender emocionalmente de que los demás aprueben cada decisión que uno toma. Moro lo vio hace cinco siglos: una persona que vive pendiente de la opinión ajena difícilmente puede estar en paz consigo misma.

Virtud primero, conocimiento después

Pero todavía va más lejos. En las instrucciones que da al tutor establece un orden que hoy provocaría, como mínimo, cierto desconcierto: primero la virtud; después, el conocimiento. Y no está despreciando el saber –sería absurdo atribuírselo precisamente a uno de los grandes humanistas del Renacimiento–. Está diciendo algo bastante más profundo: el conocimiento es una herramienta formidable, pero no determina qué hacemos con ella.

Podemos formar personas extraordinariamente competentes sin haberlas formado necesariamente para ser buenas personas. Ahí está una de las grandes confusiones educativas de nuestro tiempo. Hemos identificado con demasiada facilidad educación con capacitación.

Queremos que nuestros hijos sepan inglés, programación, matemáticas, economía o inteligencia artificial porque entendemos, con razón, que necesitarán esas herramientas para desenvolverse en el mundo que les espera. Pero ¿quién les enseña a decir la verdad cuando mentir resulta más rentable? ¿A cumplir una palabra dada, aunque nadie pueda obligarlos? ¿A soportar una derrota? ¿A reconocer que se han equivocado? ¿A hacer algo bien aunque nadie vaya a felicitarlos por ello? Eso también es educación y, de hecho, para Moro era la parte esencial.

La sorprendente modernidad de sus hijas

Y hay todavía otro elemento llamativo en esta historia: estamos hablando de 1518. Tomás Moro consideraba que sus hijas debían recibir una sólida educación intelectual en una época en la que una formación humanista de alto nivel para las mujeres estaba reservada a una pequeña minoría de familias privilegiadas.

La educación femenina se orientaba generalmente hacia aquello que se consideraba necesario para desempeñar el papel social que se esperaba de una mujer y eran excepcionales las que accedían a una formación intelectual comparable a la de los varones.

En la propia carta, Moro reconoce que la erudición de las mujeres era entonces algo novedoso y sabía perfectamente que aquella decisión podía despertar críticas, pero no retrocedió porque entendía que la capacidad intelectual no era patrimonio masculino. Sus hijas debían estudiar y desarrollar su inteligencia igual que su hijo. El proyecto educativo de la casa de Moro se convirtió así en uno de los ejemplos más conocidos de educación humanista femenina de su tiempo.

Ahora bien, tampoco quería convertirlas en mujeres instruidas para exhibirlas como prodigios. Otra vez aparece la misma idea: saber para ser mejores, no para ser admirados.

PISA y Tomás Moro

Quizá por eso fue tan inteligente que Julia Pavón colocara aquella carta al lado del informe PISA. Porque el informe puede decirnos muchas cosas sobre nuestros alumnos y necesitamos que nos las diga. Si nuestros niños comprenden peor lo que leen, hay que saberlo. Si retroceden en matemáticas, habrá que preguntarse por qué. Si existen diferencias entre países, comunidades o sistemas educativos, merece la pena estudiarlas.

Pero ningún gráfico puede responder por nosotros a la pregunta fundamental. Podemos mejorar diez puntos en matemáticas y seguir educando mal; podemos conseguir alumnos brillantísimos y formar adultos incapaces de tolerar una frustración; podemos llenar las aulas de tecnología, pero vaciarlas de criterio. Podemos enseñar a nuestros hijos a competir por un puesto de trabajo y olvidarnos de enseñarles qué merece realmente la pena perseguir cuando lo consigan.

¿Qué estoy aportando con mi conocimiento a la sociedad? ¿Es realmente importante lo que hago? Y, sobre todo, ¿me estoy guiando por la verdad y la razón o simplemente por la emoción, huyendo de todo aquello que exige profundizar, cuestionarse y pensar?

Quizá el problema de la educación del siglo XXI no sea solamente cuánto saben nuestros hijos. A lo mejor deberíamos empezar a preguntarnos para qué queremos que sepan todo lo que les estamos enseñando.

Tomás Moro contestó a esa pregunta en una carta escrita hace más de quinientos años. Quería hijos cultos, sí, pero quería, antes que nada, hijos capaces de distinguir lo valioso de lo accesorio, de no dejarse deslumbrar por la riqueza, de no creerse superiores por lo que poseían y de no vivir pendientes del aplauso. En 1518 lo llamó educación.

Cinco siglos después seguimos buscando una palabra nueva para explicar exactamente lo mismo y no parece que hayamos atinado con ella. Porque el problema ya no es únicamente que nuestros jóvenes obtengan peores resultados en determinadas competencias esenciales. Es que corremos el riesgo de formar generaciones preparadas para ganarse la vida sin haberles enseñado antes para qué merece la pena vivirla.

Fuente: eldebate.com