09 junio 2026

ENCUENTRO CON LOS VOLUNTARIOS

DISCURSO DEL PAPA Pabellón 3 de IFEMA Madrid

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este encuentro es el último de la etapa madrileña de mi Viaje apostólico, pero me alegra mucho que sea con vosotros, voluntarios y voluntarias. Cada uno de vosotros y muchos más que no han podido estar aquí esta mañana merecéis un “gracias” muy especial, porque habéis ofrecido vuestra presencia, vuestro servicio, y lo habéis hecho por amor al Señor, a la Iglesia y al Papa. ¡Gracias de todo corazón!

Agradezco a los dos “portavoces” que nos han brindado sus testimonios y a quienes han realizado el vídeo y la actuación musical.

He sabido que, desde el principio, vuestra respuesta a la convocatoria ha sido entusiasta: en pocos días habéis superado las cifras solicitadas y así las necesidades han quedado ampliamente cubiertas. Os habéis tomado días libres en el trabajo, algunos de vosotros os habéis dedicado a tiempo completo durante meses, pero cada uno ha dado lo que ha podido, entregando corazón, manos, ideas, talentos, sonrisas. ¡Que Dios os recompense como sólo Él sabe hacerlo!

Me gustaría compartir con vosotros una sencilla reflexión, que resumiría así: los cristianos están llamados a llevar al mundo la levadura de la gratuidad.

Jesús utilizó la imagen de la levadura en una parábola sobre el Reino de los cielos, recogida por el evangelista Mateo: «El Reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta» (Mt 13,33). Vuestra experiencia de estos días, como la de tantos hermanos y hermanas, voluntarios en circunstancias similares —pienso en el Jubileo del año pasado—, es un signo del Reino que viene, y lo es por un aspecto esencial: la gratuidad.

La gratuidad es una levadura que hace crecer la calidad humana, ética y espiritual de una sociedad, porque podríamos decir que es un rasgo típico de la “ciudad de Dios”. En un mundo continuamente influenciado por la lógica del interés y del lucro, donde el término “crecimiento” se reduce a la dimensión económico-financiera, es necesario pensar y vivir según la lógica más verdadera, es decir, la de un crecimiento humano integral. Es la lógica del Evangelio, que dice: «Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?» (Lc 6,33-34).

Queridos hermanos, Jesucristo vino a traer al mundo la levadura del Reino de los cielos; la mezcló con la masa de nuestra humanidad enferma para sanarla desde dentro, con el agua y la sangre de su sacrificio y con el fuego del Espíritu Santo. Y tras su muerte y resurrección, envió a sus discípulos, con la fuerza del mismo Espíritu, para que fueran en el mundo signos e instrumentos de su Reino, el Reino de amor, de justicia, de paz. Esto se realiza mediante la predicación, pero también, y diría más aún, a través de un estilo de vida, una forma de pensar y de comportarse que es la del Evangelio. Pues bien, un rasgo esencial de este estilo es la gratuidad que habéis testimoniado estos días aquí en Madrid. ¡Gracias! Quizá las estadísticas no lo registren, pero sabemos que, en estos días, también gracias a vosotros, esta ciudad ha crecido y está más cerca del Reino de Dios. ¿Mérito nuestro? ¡No! ¡Todo es gracia suya! Este es el secreto: el amor de Dios, que mueve el sol y los astros, y mueve los corazones de quienes han encontrado al «Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”» (Hch 20,35).

Hermanas, hermanos, ¡sigamos por este camino! Con humildad y mansedumbre, sin ninguna presunción, pero firmes en la fe y generosos en el servicio. Que la Virgen María os conceda ser levadura del Reino siempre y en todas partes. ¡Gracias! ¡Y nos vemos en Roma!

Tras bendecir las primeras piedras

Regalo del cáliz

Y quiero dejar también, como don para toda la familia, aquí en Madrid, como signo de comunión en la Iglesia, este cáliz. Que no nos olvidemos jamás de lo que celebramos en el memorial de Cristo que nos ha salvado.

Bendición apostólica

Muchas gracias a todos.

Fuente: vatican,va

08 junio 2026

ENCUENTRO CON LA COMUNIDAD DIOCESANA

 DISCURSO DEL PAPA  Estadio “Santiago Bernabéu”

Queridos hermanos, queridas hermanas: ¡buenas tardes!

Yo supongo que, para un jugador de fútbol, hacer un gol en este estadio es algo que le marca un poco la vida. Pero, don José: ¡hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre!

Gracias.

Esta velada es un gran himno de fe y me complace unir mi voz a la vuestra para alabar a Dios y fortalecer los lazos de una familia eclesial tan hermosa que está aprendiendo el arte de la polifonía, es decir, de la unidad en la diversidad. Agradezco a vuestro Arzobispo, don José, por haber introducido la parábola del canto, que muestra cómo los números, los datos y los hechos no son suficientes para generar comunidad: nuestro corazón necesita cantar, es decir, interpretar los acontecimientos y las situaciones celebrando con los demás el sentido que irradian. Para la Iglesia, esto ocurre de manera singular en la liturgia, el gran Memorial de la historia que nos ha salvado.

Cantar es una necesidad que impregna la convivencia e interpela la cultura, la incita a permanecer abierta y en constante evolución. Vosotros sois la Iglesia diocesana en medio de un pueblo que ama la música, la danza y el estar juntos, pero que también conoce los conflictos, la resignación y, a veces, la desesperación, situaciones en las que el Evangelio puede abrir un camino a la esperanza. Vosotros testimoniáis el Evangelio en la capital de un gran país europeo, sede de instituciones y organizaciones en las que se toman decisiones importantes para el presente y el futuro, pero también destino de millones de visitantes y de hermanos y hermanas en busca de nuevas oportunidades. Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana. No es casualidad que los apóstoles, en sus escritos, a menudo inviten a las iglesias a la alegría, recomendándola casi como un mandamiento. Es la Evangelii gaudium, una respuesta coral a la obra de Dios en Jesucristo: su vida, muerte y resurrección han cambiado para siempre la percepción de la historia de quienes lo han encontrado y seguido, aunque sea de formas y por caminos diferentes. También hoy el amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5,14) —el verbo que utiliza san Pablo significa además “nos cautiva”, “nos mantiene unidos”, “nos posee”— y así nos llama a la responsabilidad de la acción.

Sí, queridos hermanos y hermanas, como algunos de vosotros habéis atestiguado esta tarde, el Bautismo cambia verdaderamente la vida. Nuestras sensibilidades, procedencias y prioridades se encuentran en Cristo y de su vida reciben la savia, como los sarmientos de la vid. En concreto, esto significa que mucho de lo que ya había en nosotros se transforma, porque se orienta al servicio, deja de ser un don privado y sirve al bien común. No hay que temer el hecho de que nunca produzca uniformidad. Al respecto, el Nuevo Testamento da testimonio, en la variedad de sus voces, de la comunión en la diversidad, es decir, de la comprensión que desapareció en Babel, donde todos, según el relato bíblico, obligados a un proyecto totalitario y meramente humano, terminaron por no entender a su prójimo.

En la Encíclica Magnifica humanitas he propuesto, como alternativa a la homologación y confusión, la figura de Nehemías, que involucra a toda la comunidad para reconstruir los muros de Jerusalén. «Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad. Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último» (Magnifica humanitas, 10).

Existe, pues, una relación especial entre la Iglesia y la ciudad, que cobra aún mayor importancia en el cambio de época que estamos viviendo: una relación que, naturalmente, se materializa entre personas de carne y hueso, en las relaciones laborales y de proximidad, pero también en las distintas comunidades, asociaciones y entidades barriales. Cada vez se hace más patente la especificidad de la misión cristiana en el seno de las grandes realidades urbanas, donde «una cultura inédita late y se elabora» (Evangelii gaudium, 73). La claridad sobre este punto ha madurado mucho a lo largo del camino sinodal, lo que nos ha permitido conocernos y escucharnos con mayor profundidad en los contextos en los que la comunidad diocesana vive y se configura. La pregunta que se vuelve más importante es: lo que somos y hacemos como cristianos, ¿llega «allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas», o sea, a los «núcleos más profundos del alma de las ciudades» (ibíd. 74)? Es cierto que dar una respuesta puede ser difícil, pero es posible si buscamos juntos la verdad.

Por eso es tan importante no dispersarnos ni encerrarnos cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía. Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera, cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado. Por eso, buscarlo y seguirlo es la condición para indicarlo: de lo contrario, no hay evangelización, y hoy podemos entender esto mejor que en el pasado. En las grandes ciudades, más que en otros lugares, a veces nos parece que ya no tenemos los mapas para movernos con seguridad. Entonces hay que volver a aprender el arte espiritual de ser cordiales, sin el cual incluso el anuncio del Evangelio corre el riesgo de convertirse en una repetición impersonal y, al perder eficacia, deja espacio a la frustración y la desconfianza.

Queridos hermanos, Madrid es una gran ciudad donde conviven tradiciones y “almas” diferentes. Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo Él sabe y puede hacerlo, es decir, en el amor y, por tanto, en la libertad. Él es misericordia infinita y quiere que todos se salven. Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo. ¡He aquí a Jesucristo! ¡He aquí la Buena Nueva, la gracia que hemos recibido y que estamos llamados a compartir con todos! Porque todos, sin excepción, están hechos para la vida y para la vida en plenitud. La presencia de la Iglesia en una gran ciudad es una parábola de este misterio de salvación. Me viene a la mente el libro de Jonás, una joya de la Biblia que os invito a leer o a releer, personalmente y en comunidad. No es fortuito que fuera precisamente en las ciudades donde los apóstoles implantaron la Iglesia naciente, encontrándose no sólo con el rechazo, sino también con la acogida allí donde, de forma más natural, las personas se enfrentan a la diversidad y al cambio.

¡Nada os turbe, nada os espante! Juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad. Tened confianza en el hecho, cada vez más evidente, de que se puede volver a la fe o conocerla por primera vez en la edad adulta. Disponeos a acoger los nuevos comienzos no como una excepción, sino como la regla de la misión. La inversión en los consejos parroquiales y diocesanos no tiene un objetivo menor que este: modificar la sensibilidad de cada uno gracias a una escucha más profunda de lo que el Espíritu dice a la Iglesia. Sería una lástima reducirlos a meros trámites burocráticos. Son espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento, sin el cual no sólo cada uno va por su camino, sino que corremos el riesgo de no comprender dónde nos quiere el Señor, qué espera de nosotros, a qué conversiones nos llama. Cuando atendemos estos espacios, entonces el culto se convierte en vida y entre las personas surgen lazos de fraternidad y proyectos de solidaridad.

Invito a los presbíteros a reconocer la práctica del discernimiento comunitario como una de las mayores oportunidades que la sinodalidad ofrece a su ministerio. Queridos hermanos, sin apartaros de lo esencial, el hecho de deteneros regularmente con vuestro pueblo para interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquecerá y consolará vuestro ministerio. También ayudará a cada uno y a cada comunidad a salir del aislamiento y a experimentar la alegría del Espíritu Santo. En efecto, cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu. Éste suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios. No os espantéis de todo esto, disfrutadlo.

Las anécdotas que hemos escuchado esta noche nos cuentan, o mejor dicho “nos cantan”, cuánta vida hay en esta Iglesia. Alguno ha dado el siguiente testimonio: “Puedo decir sin dudar que amo profundamente a la Iglesia, familia de Dios, donde todos tenemos un lugar”. Otro ha dicho: “Sentí una gran alegría y responsabilidad, al convertirme en un miembro más activo de la comunidad y compartir mis dones con el resto de los miembros de la Iglesia”. Y aún otros más han relatado: “Para nosotros, servir en estos programas no sólo es una forma de ayudar, sino también una manera de devolver todo el cariño y apoyo que hemos recibido”. ¡He aquí la Iglesia, queridos hermanos y hermanas! He aquí la música del Evangelio, con su ritmo contagioso. Cuando llega al corazón, hace que uno diga haberse sentido acogido con los brazos abiertos, como la hermana que vino desde Perú a Madrid. Muchos, como ella y su familia, al comienzo sienten temor a acercarse, pues han oído hablar de prejuicios y decepciones. La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa. Muchas gracias.

Vamos a rezar juntos con las palabras que Jesús nos enseñó.

Padre nuestro

Bendición

Fuente: vatican.va

ORACIÓN Y HOMENAJE A LA VIRGEN DE LA ALMUDENA

SALUDO DEL PAPA Catedral de Santa María de la Almudena

Agradezco a Su Eminencia, el Arzobispo de Madrid, las palabras que me ha dirigido. Os saludo con afecto a todos vosotros, hermanos y hermanas que, con alegría y fervor, os unís hoy al homenaje a Nuestra Señora de la Almudena, Madre y Protectora de esta Archidiócesis, durante el cual pondré a sus pies la rosa de oro, símbolo del filial amor del Papa a la Virgen María.  

Son numerosas las generaciones de madrileños que, a lo largo de los siglos, han venerado esta imagen de Santa María que lleva a su Hijo divino en brazos y nos lo presenta. Cuenta la tradición que, en tiempos difíciles para la comunidad cristiana, para proteger la talla de la Virgen, la escondieron en un recinto de la muralla de la Ciudadela, donde permaneció oculta durante mucho tiempo, hasta que, tras el derrumbe milagroso de una parte de los muros, fue hallada intacta.

Esta milenaria devoción mariana, tan sentida por todos vosotros, es un signo de las raíces cristianas que os caracterizan y os dan vida, pero también de la gran esperanza que continúa animándoos para seguir adelante. Fue gracias a una muralla demolida que se produjo el reencuentro de la Madre con su pueblo. Y este hecho es providencial, porque señala el camino que Jesús, a través de su Madre Santísima, nos invita a recorrer. En un primer momento, una muralla que cae provoca ruido, caos, desorden; pero también abre espacios, restaura posibilidades e impulsa restablecimientos. En nuestras sociedades actuales siguen existiendo aún muchas murallas que no protegen, sino que dividen, alejan y aíslan. Y, a veces, al pensar en que derribarlas supone tener que enfrentar lo que no nos gusta, preferimos la comodidad de sólo apuntalarlas y, más frecuentemente, de ignorarlas.

Sin embargo, Nuestra Señora de la Almudena, con su presencia y la seguridad de su protección, nos dice otra cosa: para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros, porque para reemprender la ruta son necesarios espacios que nos permitan vislumbrar el horizonte.

Persuadidos de que el Señor camina con su Pueblo santo, escucha sus temores y acoge con solicitud todos sus esfuerzos de bien, os exhorto a no desfallecer en vuestro testimonio de fe, para contemplar el designio de amor del Padre; de caridad, para uniros como una única familia de hermanos y hermanas; y de esperanza, para sosteneros en vuestra acción en el mundo. Y que con el ejemplo y la intercesión de Santa María la Real de la Almudena, la Virgen del Magníficat que sigue proclamando la grandeza del Señor y exultando en Dios su Salvador, Él custodie y fortalezca vuestro amor a Jesús y a la Iglesia, de modo que podáis ser constructores de vínculos que restauren el lenguaje universal de la comunión, el amor fraterno y la concordia.

Y, haciendo mías algunas palabras del himno a ella dedicado, os encomiendo al potente auxilio de su maternal amor:

Santa María de la Almudena,
Virgen y Madre del Redentor,
Reina del Cielo, Madre de Amor,
bajo tu manto, Virgen sencilla
buscan tus hijos la protección,
Madre amorosa, Templo de Dios,
ampáranos Señora y ayúdanos a ser
constructores de paz y reconciliación.
Amén.

Fuente: vatican,va

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE ESPAÑA

SALUDO DEL PAPA Sede de la Conferencia Episcopal

Queridos hermanos en el Episcopado:

Es con gran gozo que me presento ante vosotros en este tercer día de mi viaje apostólico en España. Después de saludar a los representantes políticos que me han recibido en el Parlamento, me gustaría ahora aprovechar estos momentos juntos para reavivar la comunión tal y como Jesús aconsejaba a sus apóstoles (cf. Mc 6,31). Agradezco a Mons. Luis Javier Argüello García las amables palabras que como Presidente de la Conferencia y en nombre de todos me ha dirigido, espero que las mías puedan confluir en ese diálogo en el Espíritu que supone acoger todo lo bueno que el Señor nos dice a través del hermano. El camino sinodal emprendido por la Iglesia, es un proceso de escucha en profundidad. Ser capaces de reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial, es uno de sus valores fundamentales.

Es un diálogo fecundo que como Iglesia vais definiendo en distintos modos. Uno concreto, que podemos evocar, es el de los congresos que estáis realizando. Me detengo en los celebrados en 2020 y 2025, que han tenido una especial repercusión: Pueblo de Dios en salida y ¿Para quién soy? Asamblea de llamados para la misión. Sus temas inciden en las cuestiones esenciales: ¿cómo se pueden afrontar los retos actuales? y ¿quiénes están llamados a acoger este desafío?

En mi contribución a esta reflexión, se me ha ocurrido proponeros la imagen de un viaje en el que el destino es Dios, hacia quien alzamos nuestra mirada. Es un viaje sui generis ya que realmente no nos movemos materialmente, pero en el que queremos dejar volar nuestro corazón.

Una tentación en los viajes es la de obsesionarnos con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas, sin abrirnos, en docilidad al Espíritu, a la novedad de lo que encontramos. A esta tentación se añade la del equipaje, que, por parecidas razones, llenamos de cosas inútiles que terminan siendo un lastre. Por otro lado, no conviene tampoco olvidar algo que aprendemos de las vicisitudes de tantos emigrantes: una persona sola, sin raíces y sin recursos, es alguien que sufre terriblemente y que con gran dificultad puede establecer vínculos sólidos en el lugar adonde llega.

De ese modo, en esta primera fase de nuestro periplo, nuestra respuesta a la pregunta de cómo podemos afrontar este reto que nos hemos propuesto debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita. Cómo no recordar aquí el inmenso patrimonio cristiano de vuestra tierra, la enorme capacidad de convocatoria que esa riqueza nos proporciona: con su belleza, que llega hasta el no creyente, o con los vínculos de pertenencia que ha sido capaz de tejer en la identidad espiritual de cada rincón de este amado pueblo, y que permanece presente incluso en los momentos en que su fe vacila. Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz.

Otro tesoro que no podemos olvidar en nuestra alforja es el Viático del peregrino. El Pan de la Palabra y de la Eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación. No es un problema de cómo hacer más o menos atractiva la celebración, es sentir que, si somos parte de Él, su ausencia nos produce un desasosiego que podemos comparar con el hambre material. La vida sacramental va acompasando nuestra existencia como la de un niño que recibe el alimento de su madre, como la de un deportista que va midiendo las fuerzas necesarias para llegar a la meta.

Por otra parte, algo que suele costarnos mucho al viajar es comunicarnos con el otro. Sea debido a la lengua y la cultura distintas, sea por la desconfianza hacia lo desconocido, sea por las rencillas e incomprensiones que pueden darse incluso entre personas cercanas, nos sentimos limitados a la hora de expresarnos o de comprender a nuestro interlocutor. Es una experiencia que podemos llevar al anuncio del Evangelio, a la acogida del otro, a la capacidad de responder a los cuestionamientos del mundo que nos rodea o a la necesidad de activar la corresponsabilidad de los miembros de la comunidad en nuestras acciones pastorales. Si antes hemos dicho que debemos abandonar todo lo que nos frena y aleja, ahora la consigna debe ser que nuestro patrimonio sea siempre instrumento y oportunidad de diálogo con aquellos que encontramos en nuestro camino.

Como sucede a los peregrinos del Camino de Santiago, en nuestro viaje podemos encontrarnos con esas inmensas planicies castellanas, vacías a nuestros ojos. Los pocos encuentros de estos peregrinos con algunas personas mayores o con trabajadores extranjeros, pueden ser una metáfora de muchas situaciones sociales que por desgracia se perciben en algunas de vuestras realidades eclesiales. No es la primera vez que España enfrenta una situación análoga: en el pasado, por ejemplo, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en las franjas de tierra quemada, surgieron modelos de evangelización que después se exportaron a América y que pueden ayudarnos aquí en nuestra misión.

Como entonces, estamos llamados a construir una nueva realidad, a través del diálogo respetuoso y el uso de nuevos lenguajes, tal como hiciera el famoso santo alfaquí de Granada, fray Hernando de Talavera, y más adelante repitiera en América santo Toribio de Mogrovejo, del que estamos celebrando el tercer centenario de la canonización, presentándolo precisamente como modelo de obispo en salida en un tiempo de misión y reorganización eclesial. Aunque los lenguajes en esta era digital son distintos y las culturas que ahora componen el mosaico de nuestras realidades, con migrantes de todas las partes del mundo, también han cambiado, pero el espíritu debe permanecer.

¿Cuáles son los puntos esenciales de ese espíritu? El primero tiene que ver con la capacidad de comunicar, de hablar con cada realidad presente en nuestro territorio, de abajarse no sólo para comprender, sino para compartir. Sólo sobre la base de poner en común todo lo bueno que hay en el propio patrimonio, aportando cada uno su granito de arena, podremos edificar una realidad nueva en la que la fe pueda hundir raíces profundas. Para ello, lógicamente, hay que comenzar por aprender el lenguaje del otro, iniciar procesos e ir tejiendo vínculos donde poder sembrar la semilla del Reino. El segundo es la llamada a crear realidades capaces ellas mismas de comunicar la propia experiencia de fe. Capaces de llevar —como hizo Toribio— la experiencia de Granada a América, es decir, de atesorar en nuestro equipaje los recursos que nos permitan afrontar con franqueza los retos siempre nuevos de la evangelización en cada circunstancia.

Después de las llanuras desiertas, encontraremos también grandes ciudades, en ellas, el silencio y la lejanía no son espaciales sino íntimos. Las respuestas serán distintas, pero los procesos para llegar hasta ellas, análogos: escucha, comprensión, respeto, generosidad y franqueza.

Los peregrinos suelen salir de noche y muchas veces esa oscuridad inicial del camino puede asustarlos. Podríamos evocar el himno de vísperas, La noche es tiempo de salvación, para decir que, si vamos en buena compañía, las dificultades del caminar y el peligro de extraviarse se reducen. Es el Señor quien nos conduce, Él es el dueño de la historia y de cada una de nuestras historias, Él determina los tiempos. Nosotros caminamos tras de Él, más aún, caminamos con Él como miembros de un sólo cuerpo. Ese vínculo profundo exige a la Iglesia, en este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras, un testimonio de unidad en la pluralidad: una comunión capaz de acoger la riqueza de los dones, de los carismas, de las sensibilidades que el Espíritu Santo suscita en el Pueblo de Dios. La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor.

En esta tarea, el ministerio del obispo asume una responsabilidad peculiar. Estamos llamados a ser principio visible de comunión, en primer lugar, de la comunión con Cristo, custodiando con amor la fe recibida, en docilidad a la Palabra de Dios y a la Tradición viva de la Iglesia; después, en la comunión con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal, con el presbiterio y con la propia comunidad diocesana, con la vida consagrada, con los movimientos, con las asociaciones y con cada carisma auténtico que el Espíritu dona para la edificación común. Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado.

La comunión vivida de ese modo posee también una fuerza misionera. Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por el bien común.

Esta llamada a ser signo de comunión en Cristo, caminando en unidad y tendiendo nuestra mano al hermano que encontramos, nos pone delante de otro desafío que toca hoy el corazón de muchos: la dificultad de asumir compromisos definitivos y de tomar decisiones vitales profundas. En tantos jóvenes, y no sólo en ellos, la pregunta: “¿Para quién soy?” resuena como una búsqueda sincera de sentido, de pertenencia y de don. El corazón humano no se colma acumulando experiencias, posibilidades o seguridades provisorias, se colma cuando descubre una llamada, cuando comprende que la vida llega a plenitud sólo si es donada.

Por eso, la pastoral vocacional no puede reducirse a una simple búsqueda de números. Esta nace de comunidades vivas, de sacerdotes felices, de familias capaces de testimoniar la belleza de la fidelidad, de una Iglesia que sabe mostrar con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande. Donde el Evangelio es vivido con alegría, servicio y comunión, también la llamada del Señor puede ser nuevamente escuchada como promesa de vida.

Antes hemos hablado de equipajes cargados y los peregrinos del Camino de Santiago saben bien que en la mochila debe cargarse sólo lo esencial. Como en reiteradas ocasiones propuso el Papa Francisco, en el actual contexto vocacional, es necesario decir que la conservación de estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación. Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a sacerdotes bien formados. El criterio para que los seminarios sean auténticas casas de formación es que aseguren una adecuada experiencia de vida comunitaria; que tengan formadores totalmente dedicados al estudio y la enseñanza, con experiencia en el acompañamiento espiritual; y que cuenten con Centros Superiores de Teología dotados con los medios necesarios para desarrollar su función. Para ello es imprescindible, además de aunar fuerzas, aprender a trabajar juntos en la gestión de estos desafíos.

En este terreno, las dificultades pueden ser vividas como oportunidades. A veces nos resulta difícil presentar la vocación de los laicos y su integración en este viaje de vida que como Iglesia estamos realizando. Por otro lado, vemos como en muchas obras, tradicionalmente gestionadas por religiosos, se recurre a colaboradores laicos para poder seguir realizando la tarea. Es una dificultad que podemos convertir en oportunidad de encuentro, de diálogo y de comunicación. De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace a asumir su responsabilidad como cristianos, interiorizando el espíritu, sintiéndose parte de la misión que el Señor encomendó a los religiosos que la pusieron en pie.

Como veis, nuestro viaje está hecho de encuentros, en ellos no faltarán los que viven momentos de oscuridad, y nos reclaman que nos hagamos para ellos samaritanos. Uno de los más dolorosos es con aquellos que han sido heridos precisamente por quienes debían cuidarlos, incluso por miembros del clero. Ante esta plaga, la comunidad eclesial está llamada a responder con la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso cada vez más decidido en la prevención y la cultura del cuidado. Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación.

Esta misma lógica vale también para los desafíos de un mundo secularizado. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo no rechazan simplemente a Dios, muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre. La Iglesia está llamada a reconocer estos anhelos, a escucharlos con respeto y a ofrecer, como Pedro y Juan al paralítico junto a la puerta del templo, el tesoro que les ha sido confiado: Jesucristo, en cuyo nombre el hombre puede levantarse y caminar (cf. Hch 3,1-10). También cuando colabora con otras instituciones, religiosas o civiles, incluso cuando ofrece ayuda material, educación, asistencia o promoción humana, la Iglesia no deja nunca de ofrecer lo que le es propio: el amor de Dios revelado en Cristo. Ese mensaje cala en la sociedad, que no duda de manifestar su aprecio por muchas de estas obras. Así cada gesto de caridad cristiana que nace del Evangelio lleva en sí una promesa más grande: restituir a la persona el convencimiento de ser amada.

En nuestro viaje recorremos aquella que san Juan Pablo II quiso llamar «Tierra de María». En la Santísima Virgen tenéis a vuestra primera compañera de camino y vuestro principal tesoro, pues ella nos muestra con su vida cómo acoger la Palabra y custodiarla en el corazón, cómo acompañar en este itinerario a los discípulos y permanecer presente en el camino de la Iglesia como madre de comunión y de esperanza. A ella encomiendo vuestro ministerio, para que os ayude a ser, en medio del pueblo que tenéis confiado, esa levadura escondida de la que habla el Evangelio. Pequeña a los ojos del mundo, pero capaz, cuando permanece unida a Cristo, de hacer fermentar la masa (cf. Mt 13,33). La fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza de los medios, sino de la santidad de sus hijos, de la comunión de sus pastores, de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu.

En este camino os acompaña también san Juan de Ávila, patrono del clero español, en este año en el que recordamos el quinto centenario de la ordenación presbiteral. San Pablo VI lo definió «un maestro de vida espiritual benévolo y sabio, un renovador ejemplar de la vida eclesiástica y de las costumbres cristianas» y, al mismo tiempo, «un simple sacerdote». En este santo doctor, la Iglesia reconoce la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio.

Mirándole a él, pienso en aquellos que son los más cercanos compañeros de los obispos en este viaje, en esos “simples sacerdotes”, en el sentido más alto y más exigente del término. Nuestro caminar con ellos debería trasmitir el valor de esa esencia: ser presbíteros enamorados de Cristo, radicados en la oración, fieles a la Iglesia, cercanos al pueblo y capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral. Presbíteros que encuentren en el obispo no sólo una autoridad reconocida, sino un padre que les acompaña; y en los otros sacerdotes hermanos con los que compartir las fatigas y las alegrías de esta peregrinación llena de encuentros, en la que todos buscamos a Cristo.

Concluyamos este periplo espiritual con una oración del santo doctor que nos recuerda que cada renovación eclesial nace de un corazón configurado con Cristo: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón» (Sermón 57,20). Sea esta también nuestra súplica: Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría. Porque la Iglesia que recibe el corazón de Cristo lleva consigo la columna de fuego que la guía, la sostiene, la defiende y la conforta, el equipaje necesario para afrontar cualquier reto.

Que Dios os bendiga. Muchas gracias.   

Fuente: vatican.va

ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DEL PARLAMENTO ESPAÑOL

 

DISCURSO DEL PAPA Congreso de los Diputados (Madrid)

Presidente del Gobierno, Presidenta del Congreso de los Diputados, Presidente del Senado, Presidente del Tribunal Constitucional, Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado, Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y, precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18-19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando, remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf. Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf. Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. Corte Penal Internacional, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso, esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va