18 septiembre 2026

Los obreros de la viña

25º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A) 

Evangelio (Mt 20,1-16)

El Reino de los Cielos es como un hombre, amo de una casa, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo». Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?» Le contestaron: «Porque nadie nos ha contratado». Les dijo: «Id también vosotros a mi viña». A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: «Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros». Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Cuando lo tomaron murmuraban contra el amo de la casa: «A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor». Él le respondió a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?» Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.

Comentario

La parábola de los obreros de la viña es una de las explicaciones más gráficas del Reino de los cielos y, por extensión, de cómo debe ser la respuesta humana a la llamada divina. La imagen de la viña tiene mucha raigambre bíblica y es empleada habitualmente en el Antiguo Testamento para simbolizar la acción de Dios sobre el pueblo elegido, asemejado éste a un campo de viñedos que se cuida con esmero y debe producir el buen vino de la salvación (cfr. Is 5,1-7; Sal 80; Ez 15,1-8).

En la parábola, Jesús se refiere a la contratación de jornaleros que trabajan el campo. Como sucede con otras parábolas, el desarrollo de la historia nos desconcierta y desafía nuestros criterios y esquemas. En principio, parece que los obreros contratados a primera hora tienen razón cuando dicen que han trabajado mucho más que aquellos que el amo contrata a última hora de la tarde. Si el amo es bueno con estos por trabajar un poco, ¿por qué su bondad no se refleja más con los que han trabajado más? En cambio, el amo responde a uno de los que se quejan: “Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?” (vv. 13-15).

En cierto sentido la lección de la parábola versa sobre la caridad hacia Dios y hacia los demás: ya que todos nos acogemos y beneficiamos de la misericordia divina, (que cuenta con una viña y puede dar trabajo a quienes carecen de él), no tiene sentido exigir a Dios supuestos derechos de justicia, o quejarse de que otros se beneficien de su amor. Ya que Dios es magnánimo, nos pide a todos ser magnánimos como Él.

El Papa Francisco lo explicaba así: “Con esta parábola, Jesús quiere abrir nuestros corazones a la lógica del amor del Padre, que es gratuito y generoso. Se trata de dejarse asombrar y fascinar por los «pensamientos» y por los «caminos» de Dios que, como recuerda el profeta Isaías no son nuestros pensamientos y no son nuestros caminos (cf Is 55, 8). Los pensamientos humanos están, a menudo, marcados por egoísmos e intereses personales y nuestros caminos estrechos y tortuosos no son comparables a los amplios y rectos caminos del Señor. Él usa la misericordia, perdona ampliamente, está lleno de generosidad y de bondad que vierte sobre cada uno de nosotros, abre a todos los territorios de su amor y de su gracia inconmensurables, que solo pueden dar al corazón humano la plenitud de la alegría”.

San Josemaría deducía también de la parábola la necesidad de aprovechar el tiempo para hacer el bien, para trabajar en la viña del Señor, en medio de nuestras ocupaciones corrientes: “aquel hombre vuelve en diferentes ocasiones a la plaza para contratar trabajadores: unos fueron llamados al comenzar la aurora; otros, muy cercana la noche. Todos reciben un denario: el salario que te había prometido, es decir, mi imagen y semejanza. En el denario está incisa la imagen del Rey. Esta es la misericordia de Dios, que llama a cada uno de acuerdo con sus circunstancias personales, porque quiere que todos los hombres se salven. Pero nosotros hemos nacido cristianos, hemos sido educados en la fe, hemos recibido, muy clara, la elección del Señor. Esta es la realidad. Entonces, cuando os sentís invitados a corresponder, aunque sea a última hora, ¿podréis continuar en la plaza pública, tomando el sol como muchos de aquellos obreros, porque les sobraba el tiempo?”

“Acude conmigo a la Madre de Cristo. —invitaba san Josemaría como conclusión—. Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi corazón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los Cielos”.

Fuente: opusdei.org

La rutina

Javier Vidal-QuadrasTrias de Bes

Las vacaciones tienen algo de paréntesis. Cambian los horarios, los lugares, las comidas, las conversaciones. Tenemos más tiempo para estar juntos, para improvisar, para observar. Pero llega septiembre y vuelven el despertador, el colegio, el trabajo, los horarios, las actividades, los mensajes pendientes, las prisas. Volvemos a lo de siempre. Y lo de siempre tiene un peligro: que acabemos haciéndolo como siempre.

El ser humano es un ser de costumbres, gracias a Dios, porque sería agotador tener que decidir conscientemente cada mañana cómo lavarnos los dientes, conducir hasta el trabajo o preparar el desayuno. Los hábitos nos facilitan la vida. Nos permiten hacer muchas cosas sin tener que pensarlas.

El problema empieza cuando ese automatismo se traslada también al corazón. Podemos entrar en casa y dar un beso sin besar. Preguntar “qué tal” sin esperar realmente una respuesta. Sentarnos a cenar juntos mientras cada uno sigue habitando en su propio mundo. Podemos decir “te quiero” de la misma manera que decimos “hasta luego”.

Cuando algo sucede todos los días, podemos dejar de descubrir su valor. El beso de esta mañana se parece mucho al de ayer. La conversación durante la cena recuerda otras mil conversaciones. Los niños vuelven a contarnos historias que quizá no nos interesan demasiado. Nuestro marido o nuestra mujer sigue siendo la misma persona que eran ayer.

La manera de combatir la rutina no consiste en intentar que nuestra vida deje de ser rutinaria. Sería imposible y, seguramente, poco deseable. No necesitamos llenar el matrimonio de acontecimientos extraordinarios, cenas románticas o escapadas sorpresa. Necesitamos aprender a vivir extraordinariamente lo ordinario. Poner el corazón en lo que hacemos. Mirar cuando miramos. Escuchar cuando escuchamos. Besar cuando besamos. Estar cuando estamos.

Hay pequeños gestos que pueden ayudarnos: dejar el móvil cuando el otro nos habla; preguntar algo y escuchar la respuesta hasta el final; recibirnos y acogernos al volver a casa; decir alguna vez, sin que haya ningún motivo especial: “Me gusta estar contigo”.

Y hacer lo mismo con nuestros hijos, porque también ellos pueden convertirse, sin querer, en parte del decorado de nuestra vida. Los llevamos, los recogemos, les damos de comer, les preguntamos por los deberes, organizamos sus horarios… y podemos acabar gestionándolos como cualquier otra área de nuestra vida.

Aunque hay otro camino para salir de lo rutinario. San Josemaría lo expresaba así: “El peligro es la rutina: imaginar que en esto, en lo de cada instante, no está Dios, porque ¡es tan sencillo, tan ordinario!”

Rutina no equivale a repetición, sino a automatismo, y el amor verdadero nunca es rutinario: un enamorado puede decir mil veces “te quiero” poniendo el corazón en todas ellas.

Nuestra vida verdadera no acontece durante las vacaciones, ni en los aniversarios, ni en esos momentos excepcionales que fotografiamos. Sucede un miércoles cualquiera, mientras preparamos la cena, recogemos la cocina, leemos un post que no nos dice nada nuevo o damos un beso antes de apagar la luz.

Y es ahí, en eso tan sencillo, tan ordinario, donde, además, nos espera Dios… y Él, si le dejamos entrar, lo hace todo nuevo y maravilloso. En el próximo post os hablaré de una iniciativa que va en esta dirección: ayudar a los matrimonios a romper la rutina a través de la presencia de Dios en sus vidas.

¡Feliz vuelta a la no rutina!

Fuente: javiervidalquadras.com

17 septiembre 2026

La llamada divina y la libertad

 Lucas Buch


La aparente contradicción entre el plan de Dios y la libertad humana se resuelve al comprender que la vocación no es una imposición externa, sino un proyecto de vida que se descubre y se abraza libremente a través de una relación íntima de amor y amistad personal con Él.


Me reencontré recientemente con una frase de Juan Pablo II que volvió a llamar mi atención: “en la vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios y la exaltación de la libertad del hombre”. ¿Cómo es posible conjugar la existencia de un plan divino (la vocación) y la libertad ─¡la exaltación de la libertad!─ del hombre?

Una línea, que ha seguido un cierto desarrollo en los últimos años, afirma que la voluntad de Dios consiste en haber creado libre al ser humano. Dios te ama y te quiere libre: tu vocación se resume en el modo en que decidas responder libremente al amor de Dios. En este proceso, la única determinación es la que deriva de los talentos personales y las condiciones de cada cual, algo que es, en último término, accidental. Por lo demás, es la creatividad generosa la que configura la llamada. 

Esta visión resulta animante y ayuda a desplegar las posibilidades de nuestra libertad, pero presenta también algunas dificultades. Tomé conciencia de ello al leer el libro En tus manos, Padre, del carmelita belga Wilfrid Stinissen. El libro sigue tres pasos: “Aceptar la voluntad de Dios”, “Obedecer la voluntad de Dios” y “Ser instrumento de Dios”. En el segundo, el autor recoge la idea de que “la voluntad de Dios no está escrita en ningún lugar en el cielo. Como Dios nos ha dado una voluntad libre, también quiere que la usemos. Con tal de que no violemos expresamente la voluntad manifiesta de Dios y las leyes de la Iglesia, podemos decidir por nosotros mismos lo que queramos hacer”.

Era el modo en que un profesor de filosofía explicaba el designio de Dios para cada uno. Años más tarde, el mismo autor preguntó “a un buen amigo si Dios quería algo en cada momento, incluso en las cosas más pequeñas. La respuesta fue inmediata: ‘Por supuesto, de otro modo la obediencia no tendría sentido’”. Suena fuerte, pero se comprende fácilmente: si no hay una voluntad determinada, no es posible hablar de obediencia. Y, en efecto, si Dios no hubiera tenido una voluntad para María, difícilmente habría ella decidido ser Madre del Mesías (mucho menos lo habría logrado por su sola generosidad…). También Jesús tenía claro lo que el Padre le pedía en cada momento ─y en hacerlo consistía su alimento─. 

Si Dios tiene un plan determinado, ¿la libertad se reduce a decir “sí” a lo que Dios determina? El Sínodo de los Obispos de 2018, dedicado a los jóvenes y la vocación, señalaba la necesidad de pensar esa relación evitando todo determinismo y todo extrinsecismo: “La vocación no es ni un guion ya escrito que el ser humano debería simplemente recitar ni una improvisación teatral sin esquema”

Lo que Stinissen ayuda a comprender es que es posible recorrer el camino de la voluntad de Dios ─na voluntad bien precisa─ desde una vivencia de profunda libertad. Así lo experimentan los santos y las santas de cualquier época. Quizá sea este el punto decisivo: para quien todavía se concibe como un individuo distinto de Dios, es imposible que su voluntad no aparezca como una imposición, por leve que sea. Se le puede animar a confiar en Dios, que le ha creado libre; y se le puede hacer ver que la voluntad divina no es otra que su propia felicidad, y que le ha creado libre para poner en juego esa capacidad radical… Pero todo eso no basta para convencer a alguien, si ve a Dios como un extraño. 

La llamada divina solo se comprende y se vive con plena libertad desde la relación personal con Dios. Su voluntad puede ser un camino de libertad, en la medida en que la propia vida se concibe desde la comunión con Él. De ese modo, el amor vivido ilumina la realidad: amor ipsenotitiaest, según la conocida frase de san Gregorio Magno, el amor mismo es conocimiento. El amor vivido permite comprender la vocación de un modo que antes resultaba ininteligible. Ricardo de San Víctor lo expresó así: ubi amor, ibioculus ─onde hay amor, se podría traducir─, se abre la capacidad de ver lo que antes estaba oculto. 

Así, quien está unido a Dios por el amor experimenta la llamada como una invitación a la plena libertad. En cambio, quien no vive ese amor es incapaz de comprenderlo. En pocas palabras, el fenómeno de la vocación solo se entiende cabalmente desde la unión con Dios, en la unión con Él. 

Si esto es así, más que intentar explicar el fenómeno vocacional desde la relación entre obediencia y libertad, habría que hacerlo desde el par comunión-llamada. León XIV lo ha apuntado recientemente, al responder a las preguntas del pequeño Renzo en Barcelona: “Más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús. Porque la amistad con Jesús nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno”. Para quien es amigo de alguien, la idea de compartir un proyecto con él no supone una exigencia extrínseca, sino algo que es tan propio como la propia vida. Para quien vive la amistad con Cristo, sus propuestas son más propias, que sus mismos deseos. Y al responder a esa llamada, pondrá en juego su entera libertad, a la vez obediente y creativa.

Fuente: omnesmag.com

16 septiembre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II.

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  IV. Constitución pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 3. La comunidad humana (GS, 23-32)

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Dedicando el segundo capítulo a la “comunidad humana”, la Constitución Gaudium et spes (GS) invita a considerar la «multiplicación de las relaciones mutuas entre los hombres» como uno de «los principales aspectos del mundo actual» (n. 23). Pero esta realidad necesita encontrar su realización «más hondamente en la comunidad que entre las personas», para la cual es indispensable «el mutuo respeto de su plena dignidad espiritual» (ibid.).

Son afirmaciones que, en nuestros días, ven aumentar su urgencia. Por un lado, de hecho, el desarrollo tecnológico, la difusión de los medios de comunicación y de las redes sociales, el siempre creciente recurso a la inteligencia artificial, abren nuevas posibilidades, derribando barreras y distancias; por el otro lado, las relaciones tienden a convertirse en cada vez menos personales, más virtuales, y se corre el riesgo de acostumbrar a delegar en los algoritmos decisiones que corresponden solo a la conciencia humana. Hacer que las relaciones sociales tengan sustancia real y profundidad personal es, en este sentido, la contribución que la comunidad cristiana se propone ofrecer.

El Concilio invita a extraer criterio y fuerza del proyecto creador de Dios, el cual ha querido que «los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos»; por esto «el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor mandamiento», que en Cristo ha tenido su plena revelación y su completa implementación (cfr GS, 24).

El perfeccionamiento de la persona humana y el desarrollo de la sociedad deben ser considerados entre ellos como estrechamente interdependientes: oponerlos o separarlos supondría anularlos. La historia, también la más reciente, confirma esta verdad de forma clara y, por eso, no hay que cansarse de reiterar con los Padres del Vaticano II que «el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social» (GS, 25).

En esta perspectiva, Gaudium et spes afirma que la diversidad de las personas y de los pueblos en el mundo no debe ser considerada como un peligro o una amenaza, sino como potencialidad de enriquecimiento y de crecimiento. La oposición, que a veces degenera en violencia, es un fruto del poder del pecado y de cómo esto condiciona la mentalidad y las acciones, a todos los niveles, causando destrucción y muerte. Es necesario abrirse cada vez más a la lógica de la reciprocidad, del compartir y del cuidado, como sucede también entre los diferentes miembros del cuerpo humano (cfr 1Cor 12,21-25).

En este punto, la Constitución pastoral ofrece también una definición sintética de “bien común”, recordando que este consiste en el «conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (GS, 26).  Al mismo tiempo, reconociendo la interdependencia entre los pueblos, afirma que «todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común de toda la familia humana» (GS, 26).

Partiendo de este planteamiento, los Padres conciliares indican después algunas «consecuencias prácticas de máxima urgencia» (GS, 27). En primer lugar, el respeto de la persona humana. Dice Gaudium et spes: «cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes» (ibid.).

Segunda consecuencia: el respeto y el amor también por los adversarios o por los que tienen formas de pensar y de actuar diferentes de los propios (cfr GS, 28).

En tercer lugar: la igualdad fundamental de todos los hombres que exige justicia social. Dice el Documento: «Toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino» (GS, 29).

Finalmente, los padres conciliares exhortan a superar la mentalidad individualista y a asumir una actitud de responsabilidad y participación (cfr GS, 30-31).

Queridos hermanos y hermanas, esta visión de la humanidad como “comunidad de personas” es un legado valioso que nos ha dejado el Concilio Vaticano II. Nos ayuda a todos nosotros a realizar un discernimiento personal y comunitario, para valorar con responsabilidad los proyectos sociales y políticos de hoy, en base a los criterios de la dignidad de la persona humana, de la justicia social y de la libre participación en la construcción del bien común. Porque el futuro de la humanidad depende del compromiso de cada uno para colaborar con Dios y con los hermanos a construir un mundo más humano (cfr GS, 30).
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis, para continuar reflexionando sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, quiero proponer el tema de la comunidad humana. El Concilio nos recuerda que Dios «ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos» (GS 24). Hoy, que vivimos en una sociedad permeada por el desarrollo tecnológico, el cual por una parte acorta distancias y derriba barreras, y por otra pone en riesgo las relaciones personales —las cuales pueden volverse cada vez más virtuales—, es preciso reubicar el lugar de la persona humana.

Para alcanzar la perfección a la que nos llama el Señor, tanto de cada comunidad como de cada individuo, es necesario el bien común. Esto exige tener en cuenta el respeto de toda persona, promoviendo la vida y rehuyendo a toda forma que atente contra ella; respetar, incluso a los enemigos o a quienes piensan diferente a nosotros; y respetar la dignidad que cada uno posee, sin discriminar a nadie, lo que se concretiza en la justicia social.
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En estos días, muchos países latinoamericanos celebran su fiesta nacional. Pidamos al Señor que, valorando la identidad de nuestra patria, el Evangelio nos abra la mente y el corazón para reconocer que somos parte de un proyecto divino más grande, que somos parte de la familia humana creada por Dios. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

15 septiembre 2026

La llamada divina y la libertad

Lucas Buch

La aparente contradicción entre el plan de Dios y la libertad humana se resuelve al comprender que la vocación no es una imposición externa, sino un proyecto de vida que se descubre y se abraza libremente a través de una relación íntima de amor y amistad personal con Él


Me reencontré recientemente con una frase de Juan Pablo II que volvió a llamar mi atención: “en la vocación brillan a la vez el amor gratuito de Dios y la exaltación de la libertad del hombre”. ¿Cómo es posible conjugar la existencia de un plan divino (la vocación) y la libertad ─¡la exaltación de la libertad!─ del hombre?

Una línea, que ha seguido un cierto desarrollo en los últimos años, afirma que la voluntad de Dios consiste en haber creado libre al ser humano. Dios te ama y te quiere libre: tu vocación se resume en el modo en que decidas responder libremente al amor de Dios. En este proceso, la única determinación es la que deriva de los talentos personales y las condiciones de cada cual, algo que es, en último término, accidental. Por lo demás, es la creatividad generosa la que configura la llamada. 

Esta visión resulta animante y ayuda a desplegar las posibilidades de nuestra libertad, pero presenta también algunas dificultades. Tomé conciencia de ello al leer el libro En tus manos, Padre, del carmelita belga Wilfrid Stinissen. El libro sigue tres pasos: “Aceptar la voluntad de Dios”, “Obedecer la voluntad de Dios” y “Ser instrumento de Dios”. En el segundo, el autor recoge la idea de que “la voluntad de Dios no está escrita en ningún lugar en el cielo. Como Dios nos ha dado una voluntad libre, también quiere que la usemos. Con tal de que no violemos expresamente la voluntad manifiesta de Dios y las leyes de la Iglesia, podemos decidir por nosotros mismos lo que queramos hacer”.

Era el modo en que un profesor de filosofía explicaba el designio de Dios para cada uno. Años más tarde, el mismo autor preguntó “a un buen amigo si Dios quería algo en cada momento, incluso en las cosas más pequeñas. La respuesta fue inmediata: ‘Por supuesto, de otro modo la obediencia no tendría sentido’”. Suena fuerte, pero se comprende fácilmente: si no hay una voluntad determinada, no es posible hablar de obediencia. Y, en efecto, si Dios no hubiera tenido una voluntad para María, difícilmente habría ella decidido ser Madre del Mesías (mucho menos lo habría logrado por su sola generosidad…). También Jesús tenía claro lo que el Padre le pedía en cada momento ─y en hacerlo consistía su alimento─. 

Si Dios tiene un plan determinado, ¿la libertad se reduce a decir “sí” a lo que Dios determina? El Sínodo de los Obispos de 2018, dedicado a los jóvenes y la vocación, señalaba la necesidad de pensar esa relación evitando todo determinismo y todo extrinsecismo: “La vocación no es ni un guion ya escrito que el ser humano debería simplemente recitar ni una improvisación teatral sin esquema”

Lo que Stinissen ayuda a comprender es que es posible recorrer el camino de la voluntad de Dios ─na voluntad bien precisa─ desde una vivencia de profunda libertad. Así lo experimentan los santos y las santas de cualquier época. Quizá sea este el punto decisivo: para quien todavía se concibe como un individuo distinto de Dios, es imposible que su voluntad no aparezca como una imposición, por leve que sea. Se le puede animar a confiar en Dios, que le ha creado libre; y se le puede hacer ver que la voluntad divina no es otra que su propia felicidad, y que le ha creado libre para poner en juego esa capacidad radical… Pero todo eso no basta para convencer a alguien, si ve a Dios como un extraño. 

La llamada divina solo se comprende y se vive con plena libertad desde la relación personal con Dios. Su voluntad puede ser un camino de libertad, en la medida en que la propia vida se concibe desde la comunión con Él. De ese modo, el amor vivido ilumina la realidad: amor ipsenotitiaest, según la conocida frase de san Gregorio Magno, el amor mismo es conocimiento. El amor vivido permite comprender la vocación de un modo que antes resultaba ininteligible. Ricardo de San Víctor lo expresó así: ubi amor, ibioculus ─onde hay amor, se podría traducir─, se abre la capacidad de ver lo que antes estaba oculto. 

Así, quien está unido a Dios por el amor experimenta la llamada como una invitación a la plena libertad. En cambio, quien no vive ese amor es incapaz de comprenderlo. En pocas palabras, el fenómeno de la vocación solo se entiende cabalmente desde la unión con Dios, en la unión con Él. 

Si esto es así, más que intentar explicar el fenómeno vocacional desde la relación entre obediencia y libertad, habría que hacerlo desde el par comunión-llamada. León XIV lo ha apuntado recientemente, al responder a las preguntas del pequeño Renzo en Barcelona: “Más importante que preguntarse si uno será sacerdote, médico, maestro, padre de familia o cualquier otra cosa, es preguntarse si quiere ser amigo de Jesús. Porque la amistad con Jesús nos da alegría, nos hace libres y nos ayuda a ver, paso a paso, la vocación y el camino que Dios ha pensado para cada uno”. Para quien es amigo de alguien, la idea de compartir un proyecto con él no supone una exigencia extrínseca, sino algo que es tan propio como la propia vida. Para quien vive la amistad con Cristo, sus propuestas son más propias, que sus mismos deseos. Y al responder a esa llamada, pondrá en juego su entera libertad, a la vez obediente y creativa.

Fuente: omnesmag.com

14 septiembre 2026

No perder comba

José Antonio García-Prieto Segura

                   Algunos sucesos de actualidad suelen dar origen a los artículos que escribo. Testimonio de ello son todos los últimos que han visto la luz. Así, las pausas de hidratación del Mundial de fútbol, o la taimada presencia del demonio en Medjugorje, y no digamos nada el famoso eclipse de agosto, me han servido para unos comentarios siempre de carácter trascendente, tratando de elevar la mirada del lector.

          En el último de todos, titulado “De Calcuta a la Amazonia ecuatoriana, pasando por Bilbao”, recogía los testimonios de dos jóvenes vascos que ofrecían idénticas experiencias, a raíz de un trabajo humanitario en países tan distantes como India y Ecuador. Y justo entre los múltiples mensajes recibidos de los lectores, Félix decía escuetamente: “Gracias D. José Antonio. ¡No pierde comba! ¡Me ha gustado el artículo!”.

Enseguida pensé que Félix acababa de darme el título y tema de este artículo. Por eso, siempre en línea con la dimensión trascendente que decía, y esta vez en sumo grado, le contesté: “Por cierto: quien pone y voltea la comba es el Señor, como bien sabes. Aprovecho para pedirte un Ave María y así, a una con Ella, Él no deje de poner y mover la comba.”

Como es sabido, este juego infantil tiene su divertido intríngulis para impedir que, con los saltos rítmicos del jugador, su cabeza y pies no se enreden ni tropiecen con la comba que gira de modo incesante alrededor de su cuerpo. Implica agilidad y destreza, ya sean uno o varios los niños que participen en el salto. Y no deja de producir alegría y contento en los pequeños al vencer una y otra vez, el desafío de la comba.

Se entiende así que este juego haya originado la expresión de “no perder comba”, para referirse a no desaprovechar las oportunidades que nos salen al paso en los incesantes retos y giros de la vida. Pero lo habitual no serán grandes desafíos sino pequeñas circunstancias que, aprovechadas con esfuerzo y cierto espíritu de sacrificio, nos mejoren humanamente. Si además somos cristianos y vivimos de fe, comprendemos que es Dios mismo quien, en última instancia, mueve la comba y nos ofrece esas oportunidades en lo ordinario de cada jornada.

Esta realidad la vemos refrendada por Cristo mismo quien, a propósito de aprovechar las llamadas divinas para mejorar nuestra vida, toma pie, precisamente, de los juegos infantiles. Eran llamadas que a veces podían antojarse muy exigentes, como las de Juan Bautista, y otras demasiado ancha manga. ¿El resultado?: que muchos judíos perdieron comba, rechazando unas y otras, los planes salvadores de Dios. Fue la situación denunciada por Jesús que un día se dirigió a sus oyentes con estas palabras:

¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: ’Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado cantos fúnebres, y no os habéis lamentado.’ Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: ‘Demonio tiene.’ Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.’ Y la Sabiduría se muestra por sus obras. (Mt 11, 16-19). Perdieron comba.

Pensemos que Dios-Padre nos espera, como decíamos antes, en las circunstancias más corrientes y también en las extraordinarias de nuestra vida. En ningún momento dejamos de estar bajo sus cuidados paternos ofreciéndonosla gracia para santificar los más insignificantes quehaceres, sin perder comba. Y llegado el caso, también los eventos más inesperados y dolorosos que puedan acontecernos. Lo ilustraré con lo sucedido a José Esparza, un empresario del sector harinero en Lodosa, fallecido en 2018.

Lo conocí y nos tratamos algo hace muchos años. Ofrezco su propio testimonio tomado del libro “Luces desde Lodosa”, inspirado en su trayectoria vital como supernumerario del Opus Dei. Retrata su empeño de santidad a través de su tarea como esposo y padre de familia numerosa, de su trabajo profesional, de los compromisos sociales del municipio y de la comarca navarra donde vivió, y de las circunstancias más corrientes de su vida.

Pero deseo resaltar un suceso en los momentos últimos de su vida, en los que no perdió comba ante el sufrimiento extra que el Señor le envió. Vale la pena la cita larga tomada del mencionado libro. Ocurrió durante un ingreso hospitalario, al detectarle un tumor del que moriría. Dejo la pluma al autor de “Luces de Lodosa”:

“Una errónea práctica médica le produjo grandes dolores hasta el punto de que hubo que aplicarle morfina para aliviarlos. El joven médico, que luego comentó que al darse cuenta de lo ocurrido no pudo dormir esa noche, fue a verlo a la habitación y le explicó con detalle el problema que le había producido esos dolores. José no reconoció en ese momento al médico y le preguntó que cómo lo sabía, y éste confesó noblemente que él mismo había sido el causante, debido a una mala actuación.”

“Lo sorprendente fue a respuesta de José: ‘Pues te quedo muy agradecido. Sí, porque el Señor ha permitido esa equivocación, aunque fuera involuntaria. Y a mí me ha venido muy bien para purificarme más y ofrecer los dolores que sirvan para reparar’. Añadió que él mismo tampoco quería que le hubiera ocurrido eso, pero si el Señor lo había permitido, Él sabría por qué.”

“Unos días después, pidió que llamaran de nuevo al médico y, cuando se presentó, le dijo que se estaba acordando mucho de él y rezando para que aprovechara la gracia que le pudiera venir de Dios por los dolores que estaba padeciendo y ofreciendo a Dios por él. Y dejó caer un argumento que solía emplear, y que ya ha aparecido en estas páginas: ‘La gracia nunca se pierde. Si tú no la aprovechas, irá a parar a otro; tú verás, pero me gustaría que la aprovecharas tú.’” (Luces de Lodosa., pp. 160-161).

Está claro que José aprovechó esa inesperada gracia del Señor y pienso que, siguiendo su testimonio, también lo hizo el joven doctor. Y esto, no solo por el argumento y palabras de José tan claras, sino sobre todo por haberlas visto hechas vida en su paciente. Estimulante ejemplo para animarnos a no perder comba y ayudar a que otros muchos tampoco la pierdan.

Fuente: elconfidencialdigital.com

Contar con los límites

Juan Luis Selma

Una reflexión sobre los límites humanos y el perdón, a partir de la honestidad con la que la inteligencia artificial admite sus propios fallos.

Me llama la atención la advertencia que suelen hacer las distintas inteligencias artificiales: “No soy perfecta, puedo fallar”. Es un gesto de honradez del que, paradójicamente, a veces carecemos los humanos.

La IA reconoce que puede equivocarse porque trabaja con límites, igual que nosotros. Aunque procese enormes cantidades de información y responda con rapidez, sigue siendo un sistema que depende de datos, patrones e instrucciones. No tiene experiencia directa del mundo, ni intuición, ni ese “olfato” del que hablábamos al mencionar la sindéresis. Por eso admite sus fallos: porque no lo sabe todo, porque interpreta lo que recibe y porque no siempre capta el matiz exacto de lo que queremos decir.

La IA reconoce que no es perfecta y pide indulgencia. Nosotros, para pedir perdón, necesitamos humildad. Ella reconoce sus límites; nosotros, a veces, los escondemos.

El mundo real no es perfecto. El santo tampoco lo es. La mejor persona del mundo tiene su lado oscuro. No existe relación impecable. Es ingenuo pensar que todo debe salir bien para ser feliz. Sin embargo, los patrones culturales y las tendencias rectoras del mundo actual parecen exigir lo contrario:

  • La eficiencia como valor supremo
  • La utilidad como criterio de valor
  • La imagen por encima de la verdad
  • La emoción como brújula rectora
  • La autonomía absoluta
  • El éxito como identidad
  • La novedad como criterio de verdad

Todo esto forma un relato seductor, pero no deja de ser eso: un cuento. Promete mucho y da poco. Nos deja vacíos.

La Biblia, que recoge la sabiduría de siglos y la Palabra de Dios, afirma al final del relato de la Creación que Dios vio que todo era bueno, incluso muy bueno. Pero enseguida muestra cómo el ser humano, instigado por el demonio, prefirió organizarse por su cuenta. Se apartó del bien, perdió el paraíso y, casi inmediatamente, aparece el fratricidio de Caín.

Dios, que nos conoce bien, sabe que estamos heridos, estropeados, lejos de Él. Por eso nos envía a su Hijo para redimirnos y sanarnos. Cuenta con el pecado, con los límites y con las miserias. Cuenta con nuestra necesidad de perdonar y ser perdonados.

El Evangelio de hoy me emociona. Es una parábola, un cuento divino profundamente pedagógico y alentador:

“Se acercó Pedro y le preguntó:

— Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le respondió:

— No te digo que, hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.”

Jesús continúa con la historia del rey que perdona una deuda inmensa —diez mil talentos— de manera inmediata y gratuita. Dios sabe cómo somos, nos quiere así y nos sueña mejores. Por eso perdona y da oportunidades. Él carga con nuestros delitos.

La reacción del siervo perdonado nos retrata: “Al salir, encontró a un compañero que le debía cien denarios; lo agarró, lo ahogaba y decía: ‘Págame lo que me debes’.” Nos cuesta perdonar, no nos conocemos. Exageramos las ofensas.

Benedicto XVI invita a reflexionar acerca de lo que implica el perdón. “La ofensa –dice– es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada. El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. En este punto nos encontramos con el misterio de la cruz de Cristo”.

Perdonar de verdad, pedir perdón no es pasar por alto el mal, la ofensa, mirar para otro lado, no tenerla en cuanta. Es algo mucho más profundo, es algo divino que logra sanar el mal, recrear al ofensor. Darle otra oportunidad, una vida nueva.

Si aceptamos que somos pecadores y limitados, si vivimos en la verdad, buscaremos renovarnos y dejarnos purificar por Dios. Comprenderemos a los demás y les ofreceremos un perdón sincero que los hará mejores. Transformaremos el mundo. Lo haremos más humano.

Al contar con los límites, los superaremos con la ayuda divina.

Fuente: eldiadecordoba.es

13 septiembre 2026

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Mt 18,21-35) nos habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo enseñó y lo atestiguó hasta en la cruz, donde oró al Padre por sus perseguidores con las palabras que todos conocemos:  (Lc 23,34).

En el pasaje de hoy, Pedro interroga al Maestro precisamente sobre este tema: «Señor —le pregunta—, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18,21). Sus palabras revelan un corazón generoso: el número siete, de hecho, simboliza en la Biblia la plenitud, y “perdonar siete veces” significa perdonar con gran generosidad. La respuesta de Jesús, sin embargo, va más allá: «No te digo que hasta siete veces —afirma—, sino hasta setenta veces siete» (v. 22), es decir, más allá de todo límite, sin medida.

Y para aclarar mejor su pensamiento, el Salvador cuenta la parábola de un siervo que tenía, una deuda tan grande con su señor, que era prácticamente imposible de pagar. Aunque por pura misericordia, había obtenido la condonación no había mostrado la misma piedad hacia uno de sus compañeros, y por eso fue reprendido y castigado severamente (vv. 23-30).

Con estas palabras, Jesús nos recuerda que el don y el perdón son la base de nuestra existencia. Todo nos lo da Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto a la hora de responder a tanta bondad. Por eso, la gratuidad, que es la fuente de nuestra propia vida, es también la mejor regla para nuestra convivencia. Lo experimentamos cada día. El perdón es indispensable, sin él no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, surgen conflictos, acusaciones, rencores y venganzas que destruyen las relaciones, dividen a las familias y desencadenan guerras.

Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha ensombrecido el horizonte y ha hecho incierto el camino. El perdón, como un viento favorable, disipa incluso las nubes más densas, hasta que vuelve a dejarnos ver el sol. El mismo san Pedro lo experimentó en varias ocasiones a lo largo de su vida; en particular cuando, tras haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al encontrárselo resucitado a orillas del lago, escuchó una única pregunta: «Simón […], ¿me amas?» (Jn 21,15), acompañada de una invitación: «Sígueme» (v. 19). Exactamente como al principio, el día de su primer encuentro, como si nada hubiera pasado. Y esta caridad, que olvida y sana, supondrá para el primero de los apóstoles la confirmación de su misión.

Pidamos, pues, a la Virgen María, Madre de la Misericordia, que nos ayude a perdonar siempre, incluso cuando resulte difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Hace dos días se cumplieron veinticinco años de los atentados terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos de América. Renuevo mi oración por quienes perdieron la vida y por quienes continúan llevando consigo las heridas de aquel trágico día. En un tiempo en el que los conflictos y la violencia afligen a tantos hermanos y hermanas nuestros, invito a todos a rezar para que el Señor conceda al mundo el don de la paz.

El recuerdo del trágico acontecimiento de hace veinticinco años nos impulsa a renovar nuestro compromiso por la paz, ante todo mediante la oración, que confiamos a la intercesión de la Virgen María.

Y ahora, saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos.

Doy la bienvenida a los grupos procedentes de São Paulo, Brasil, y a los llegados de diversos países.

Saludo a los miembros de la Asociación Religiosa Jesús Nazareno Cautivo, residentes en Roma, al grupo del Oratorio Salesiano de Chieri, a los fieles de Dolianova, en Cerdeña, y a los peregrinos llegados desde Asís por la Vía de San Francisco.

Saludo a la “Familia Bellunesa”, junto con la Escuela de Erechim, en Brasil; así como a los motociclistas reunidos para manifestarse en favor de la paz y de la vida.

A todos les deseo un feliz domingo.

Fuente: vatican.va