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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

01 noviembre 2026

La santidad... vocación universal

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

¡Feliz domingo!

La solemnidad de Todos los Santos, que hoy celebramos, nos invita a experimentar la alegría de esa innumerable familia de hombres y mujeres que, siguiendo al Señor Jesús, hicieron de su vida un don a Dios y al prójimo y que, en los diferentes caminos de santificación, anhelaron «el océano del amor infinito», según una bella expresión del Papa Benedicto XVI (Carta enc. Spe salvi, 12).

La liturgia de la Palabra de esta fiesta los describe como una «muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9). Hoy, de hecho, celebramos a todos los santos: a aquellos que la Iglesia ha reconocido como tales y también a tantos que no lo han sido, pero que Dios conoce. Como nos recuerda el Evangelio de hoy (Mt 5,1-12), se trata de pobres de espíritu, pero ricos en el amor de Dios. Tienen rostros surcados por las lágrimas, pero consolados en la oración. Son mansos frente a la violencia y recompensados por el Padre. Hambrientos de justicia y saciados en lo más profundo de su conciencia. Dispuestos al perdón y abrazados por la misericordia. Desarmados en el corazón, pero protegidos por Dios. Constructores de paz, a quienes Dios llama por su nombre. Perseguidos y ofendidos, pero fuertes en la fe y en la caridad.

Es totalmente cierto que resulta imposible “contar” la multitud de estos hermanos y hermanas, y no solo en términos numéricos: la santidad, de hecho, no se puede reducir a ningún cálculo, porque así es el bien que todos los santos han difundido a su alrededor en el mundo. Al contemplarlos con admiración, nos preguntamos: estas personas, con la gracia de Dios, ¿qué hicieron? Esencialmente, gestos y decisiones de amor, que superan los cálculos de la codicia y la prepotencia del mal que a veces parece prevalecer. Los santos y las santas son el signo más hermoso y más fuerte del Reino de Dios que viene; es más —como enseña Jesús—, que ya está entre nosotros (cf. Lc 17,20-21). Además, esta multitud bienaventurada abarca los más variados orígenes, culturas y situaciones de vida: la santidad no es un privilegio para unos pocos, sino una vocación universal que nos interpela a cada uno de nosotros allí donde vivimos. Este es el mensaje lleno de esperanza de la fiesta de hoy: Dios ve el bien que nosotros no vemos, conoce historias que nosotros no conocemos, llega a corazones a los que nosotros no tenemos acceso.

Que la Virgen María, bienaventurada por haber creído en la palabra del Señor, acompañe nuestros pasos en el camino de la santidad, para que no nos cansemos de construir la paz, tanto en los hechos más importantes como en los más sencillos de la vida cotidiana.

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Palabras después del Angelus

Querido hermanos y hermanas:

ayer, en Savannah, Georgia, en los Estados Unidos de América, fueron beatificados Pedro de Corpa y cuatro compañeros, religiosos de la Orden de los Frailes Menores, asesinados por odio a la fe en 1597. Originarios de España, respondieron con generosidad a la llamada del Señor para evangelizar a las poblaciones de América, llegando incluso a dar la vida. Invoquemos la intercesión de estos mártires en favor de todos los misioneros del Evangelio.

En estos días se han llevado a cabo acciones humanitarias en favor de la población civil en la ciudad de Oleshky. Espero que la colaboración entre las partes, que hizo posible este necesario gesto de humanidad necesario, aumente la voluntad de diálogo y dé lugar a nuevas iniciativas de paz concretas. Encomendamos a María, Reina de la Paz y de todos los Santos, a todos aquellos que sufren a causa de la guerra en todo el mundo.

Desde ayer hasta el 13 de noviembre se celebran en Dakar, capital de Senegal, los Juegos Olímpico Juveniles, para atletas de los 15 a los 18 años. Es el primer evento olímpico organizado en el continente africano. Además de las competencias, estos Juegos incluyen encuentros educativos y culturales para promover los valores olímpicos y la comprensión entre los jóvenes de todo el mundo. ¡Aquí, una vez más, vemos un rayo de esperanza en el mundo del deporte! Saludo cordialmente y bendigo de corazón a todos los participantes.

Del 8 al 15 de noviembre tendrá lugar en Roma la Misión con los pobres, promovida por los Frailes Menores. Felicito a los hijos de san Francisco que, con esta iniciativa, ponen a los pobres en el centro, como lo hicieron el Señor Jesús y san Francisco de Asís. Agradezco también a las instituciones civiles y a las fuerzas del orden que han ofrecido su plena colaboración.

Y ahora los saludos a todos ustedes, romanos y peregrinos provenientes de varios países.

Acojo con alegría a los fieles siro-malabares con sus Pastores. Queridos amigos, con ustedes doy gracias al Señor por el crecimiento de sus comunidades en toda Europa.

Saludo al grupo “Capiteo” de Borbiago di Mira, en la provincia de Venecia; así como a los que participan en la “Carrera de los Santos”, que las Misiones Don Bosco han organizado también este año, en Roma, para promover el deporte como experiencia educativa.

Mañana por la tarde, en la Conmemoración de todos los fieles difuntos, celebraré la Misa en el Cementero del Verano. En estos días sintámonos unidos en la comunión de los santos a la inmensa familia de los hermanos y hermanas que nos han precedido en la peregrinación terrena, y recemos por los difuntos, especialmente por aquellos a quienes nadie recuerda.

¡Gracias a todos y que pasen una feliz fiesta!

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 18:44

31 octubre 2026

Todos los Santos

Solemnidad de todos los Santos

Evangelio (Mt 5,1-12a)

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:

—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.

Comentario al Evangelio

Hoy la Iglesia conmemora a todas aquellas personas que vivieron la amistad con Dios en su caminar terreno y entraron por eso en su gloria. Algunos santos son elevados a los altares como modelos de virtud y amor de Dios. Pero muchos otros dejaron día a día una impronta de santidad que pasó quizá desapercibida a ojos humanos, pero que nunca escapa a la mirada atenta y amorosa de Dios.

“Todos los Santos es la fiesta de la santidad discreta, sencilla —comentaba Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei—. La santidad sin brillo humano, que parece no dejar rastro en la historia; y que, sin embargo, brilla ante el Señor y deja en el mundo una siembra de Amor de la que no se pierde nada”.

Como evangelio de la Misa de este día de todos los Santos, la liturgia eligió el pasaje de las bienaventuranzas según san Mateo, como para subrayar que ellas son el equivalente de la santidad, tanto de aquella que se hace famosa, por decirlo así, y destinada a algunos, como de aquella que solo es conocida plenamente en el Cielo.

Los evangelios recogen dos versiones del discurso de Jesús sobre las bienaventuranzas: la de Lucas, con sus cuatro bienaventuranzas y cuatro ayes, y la de Mateo, que es la que contemplamos hoy y que incluye nueve bienaventuranzas. Mateo nos muestra a Jesús enseñando al pueblo, sentado en lo alto de un monte, rememorando a Moisés, que entregó a los israelitas las tablas de la Ley después de permanecer en lo alto del monte Sinaí junto a Dios. Jesús baja a la tierra y enseña con autoridad, para llevar a plenitud aquella primera ley e invita a los hombres a ser perfectos como el Padre celestial (cfr. Mt 5,48).

Cada una de las bienaventuranzas, con su lenguaje desconcertante, han suscitado numerosos comentarios a lo largo de la historia de la Iglesia. A modo de síntesis, el Catecismo explica que sobre todo “las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad”. Jesús es el principal bienaventurado y dichoso porque vivió en la tierra en unión amorosa con el Padre, que es la mayor dicha, por encima de cualquier tribulación.

Por eso las bienaventuranzas son un compendio de la santidad y una llamada a la misma, ya que “iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos”.

Jesús nos invita, en palabras del Papa Francisco, a “que emprendamos el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir todos los días este camino que nos lleva al cielo, nos lleva a la familia, nos lleva a casa. Así que hoy vislumbramos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: nacimos para no morir nunca más, ¡nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y a quien quiera que tome el camino de las Bienaventuranzas dice: ‘Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos’ (Mt 5,12). ¡Que la Santa Madre de Dios, Reina de los santos, nos ayude a caminar decididos por la senda de la santidad! Que Ella, que es la Puerta del Cielo, lleve a nuestros amados difuntos a la familia celestial”.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 11:47

Los ojos bien abiertos

Eloy Asenjo Carpintero

Vivir despiertos, vivir asombrados: la contemplación en la vida ordinaria no exige huir del mundo, sino cambiar la mirada.

Ya caminamos hacia el centenario del Opus Dei. La reciente indicación del Prelado nos invita a un horizonte claro: esta celebración, que «abarcará desde el 2 de octubre de 2028 hasta el 14 de febrero de 2030, cuando se cumplirán cien años del comienzo de la labor del Opus Dei con mujeres», es una llamada a vivir como «almas contemplativas en medio del mundo, capaces de descubrir la presencia de Dios tras los rostros y las ocupaciones de cada jornada».

Sin embargo, frente a esta llamada, con frecuencia podríamos caer en la tentación de confinar la contemplación al silencio de los claustros, a los retiros en la naturaleza o a momentos extraordinarios de oración donde el mundo exterior parece desvanecerse. Nos imaginamos al sabio retirado o al místico arrebatado, ajeno al bullicio de la calle, a las correcciones de exámenes, a las facturas o al atasco matutino. Reducir la contemplación a una fuga de la realidad es ignorar lo que recordaba Santa Teresa de Ávila a sus hermanas al afirmar que «también entre los pucheros anda el Señor».

Llevar a la práctica esta contemplación en el asfalto exige recuperar una actitud elemental que los clásicos ya identificaban como el origen de todo conocimiento y de toda sabiduría: el asombro (thaumazein). Pero ese asombro no ocurre solo cuando contemplamos un cielo estrellado en verano; brota también —y con más exigencia— cuando somos capaces de mirar de frente lo cotidiano sin dejarnos cegar por la prisa.

Hace tiempo lo entendí con claridad meridiana en el salón de casa. Estábamos reunidos siete adultos alrededor de mi sobrino mayor cuando este era un bebé de pocas semanas. Aquella escena tenía algo de magnético: siete personas adultas, con sus preocupaciones, sus trabajos y sus prisas, capaces de pasar horas enteras mirando fijamente a una criatura que apenas hacía unos breves gestos, unos leves gemidos o algún que otro lloro. No producía nada, no argumentaba, no rendía cuentas. Y, sin embargo, las cuatro horas que estuvimos allí contemplándolo pasaron en un suspiro, como si el reloj se hubiera detenido.

En aquella pequeña experiencia doméstica comprendí intuitivamente lo que es la verdadera contemplación: estar presente ante el misterio de la vida sin exigirle utilidad, suspendiendo la tiranía del reloj. Como recordaba san Josemaría Escrivá, «es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a los hombres». La vida ordinaria no es el paréntesis incómodo entre un rato de oración y el siguiente; es precisamente el lugar donde Dios se nos hace el aparecido.

Contemplar lo cotidiano significa recuperar esa mirada limpia y pausada frente al funcionalismo en el que incansablemente nos instalamos. Vivimos midiendo el valor de cada hora por su rendimiento, de cada gesto por su utilidad y de cada persona por lo que nos aporta. Frente a esta dictadura de la eficacia, la contemplación introduce una pausa subversiva.

Ya lo señalaba el Concilio Vaticano II en la constitución Lumen gentium, al insistir en que «todos los fieles cristianos, en las condiciones, circunstancias o género de vida de su existencia, se van santificando más y más cada día».

Descubrir la hondura de lo pequeño implica entender que un café compartido con un compañero triste, la corrección paciente de un ejercicio escolar, el cuidado de un familiar anciano o el silencio cómplice en casa al final de la jornada no son meros trámites, sino materia sacramental.

Para el cristiano, el mundo no es un escenario plano ni una suma de recursos a explotar, sino una creación que gime y espera, un lenguaje cifrado donde el Creador nos habla en voz baja. San Agustín decía que «Dios está dentro de nosotros y nosotros estamos fuera».

Contemplar consiste precisamente en emprender el camino de vuelta a casa, habitando nuestra propia vida con atención y agradecimiento. No hace falta cambiar de escenario; lo que urge cambiar es la óptica.

Ahora bien, sostener esta mirada cuesta lo suyo entre las prisas de cada jornada. Afortunadamente, no caminamos solos: contamos con la ayuda inestimable de nuestro ángel custodio, cuya ocupación eterna es contemplar la faz de Dios. Tratarle como a un amigo —recordando aquello de «¡ten confianza con tu Ángel Custodio! Trátale como a un entrañable amigo —¡lo es!— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos de la jornada»— nos adentra de lleno en la infancia espiritual. Al fin y al cabo, como recordaba el fundador de la Obra, «la piedad es la virtud de los hijos y para que el hijo pueda confiarse en los brazos de su padre, ha de ser y sentirse pequeño, necesitado».

De la mano de nuestro custodio y con esa sencillez de niños, recuperamos el asombro necesario para pisar el asfalto y mirar las cosas y a las personas como lo haría Jesús Niño, Adolescente o Adulto, deseando ardientemente vivir en continua contemplación en mitad de nuestras ocupaciones.

Quizá el gran reto de nuestro tiempo no sea encontrar momentos extraordinarios de paz, sino aprender a encender la luz de la atención en mitad de la penumbra del día a día. Porque el que sabe mirar el mundo con esa sencillez de niño —dejándose llevar de la mano de su custodio— descubre que, bajo el polvo de la rutina, late una presencia inquebrantable que sostiene cada latido de nuestro corazón.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:41

30 octubre 2026

El futuro descansa en los abuelos

Enrique García-Máiquez


Los abuelos, como se ve muy bien en los poemas del Premio Adonáis, son también las raíces, la memoria, el vínculo con la identidad familiar y cultural

El Día de los Abuelos; esta semana mi suegra y mi padre están al cuidado de nuestros hijos mientras mi mujer me acompaña a un viaje de trabajo; y llevamos dos semanas emocionados con el abuelo de Pedro Porro. El poeta inglés A. E. Housman dijo que la poesía se reconoce mejor por sus efectos físicos: un escalofrío que recorre la espina dorsal o la carne de gallina. Todos los hemos sentido ante la historia y los homenajes del jugador de la selección a su abuelo, Antonio Sauceda. Según el test de Housman, ya bastaría, pero aquí somos más analíticos.

No es un caso aislado. Tengo el privilegio de ser miembro del jurado permanente del Premio Adonáis de Poesía, quizá el más importante premio para jóvenes del ámbito hispánico y, sin duda, el más veterano. Es una atalaya inmejorable para otear los nuevos rumbos. Desde hace bastantes años venimos observando que los poemas a los abuelos se multiplican en manuscritos de todos los estilos y concepciones. Es un signo generacional transversal.

Como en el jurado tenemos a Aurora Luque, que es abuela, joven, sí, y muy ejerciente, la animamos a hacer una antología de textos a los abuelos, como la que yo hice de poemas al padre, titulada Tu sangre en mis venas. Material, desde luego, no le va a faltar.

El abuelo de Pedro Porro Sauceda ha vuelto a poner en el candelero la cuestión y por las razones correctas. Es ─además de un caballero concreto que se viste por los pies─ un arquetipo.

La importancia de los abuelos viene dada por una compleja coincidencia de causas. La primera, el aumento de la esperanza y de la calidad de vida, que permite que los abuelos lleguen a ese estadio de la vida en plena forma para echarse muchas responsabilidades a las espaldas. Después viene la dificultad de la conciliación familiar de los padres. No les queda más remedio que recurrir con frecuencia al comodín de los abuelos. También hay que sumar la epidemia de separaciones, que obliga a veces a los abuelos a asumir un papel que ya no les correspondía, pero que alguien tiene que ocupar. Y, de una manera más coyuntural, están las vacaciones escolares, que no coinciden del todo con las laborales, creando desajustes que, de nuevo, los abuelos se aprestan a remediar.

No todo es organizativo. Hay razones más hondas. En los abuelos pervive la voz de la autoridad, cuya ausencia es uno de los agujeros negros de nuestro tiempo. Hay mucha potestad, como se ve en los gobiernos y en su inflación legislativa, con normas y multas y cámaras de vigilancia para todo. Pero falta la dignidad que dan el consejo sabio y el ejemplo limpio. Los abuelos la tienen, y eso es un tesoro para los nietos. Ellos son un reservorio, además, de los principios y valores que brillan por su ausencia: la cultura del esfuerzo, la responsabilidad y el valor sagrado de la palabra dada.

Los abuelos, como se ve muy bien en los poemas del Premio Adonáis, son también las raíces, la memoria, el vínculo con la identidad familiar y cultural. Los padres, apremiados por el presente no siempre tenemos tiempo ni paciencia para contar esas historias; a veces ni siquiera las recordamos.

Hay que ser bien conscientes para proteger ese vínculo como un tesoro. No quebrar la paciencia de los mayores abusando de su disponibilidad. Ni menoscabar su autoridad dándoles un montón de instrucciones sobre cómo tienen que cuidar a sus nietos y, mucho menos, riñéndoles si no lo hacen tal y como les exigimos. Si queremos cuidadores a nuestras órdenes, hay que contratar a un canguro. Nuestros padres ya demostraron que saben criar a un niño, así que, si les dejamos a los nietos, que sea reconociendo su saber y entender. Nuestros hijos tienen que advertir nuestra reverencia a nuestros padres.

El fervor y la gratitud de Pedro Porro hacia su abuelo, a quien lleva sus trofeos, nos producen una emoción física —el test de la carne de gallina— porque en ellos reconocemos la labor de esas generaciones que siguen al pie del cañón. También el futuro descansa en los abuelos.

comentarios

Fuente: eldebate.com

Publicado por JOQUIVESA en 13:37

29 octubre 2026

Amor a la verdad, realismo histórico y derecho

José Carlos Martín de la Hoz


Francisco de Vitoria defendió ya en 1539, en la Universidad salmantina, la verdad acerca de la naturaleza humana y la dignidad de hijos de Dios de los indios frente a los teóricos que sustentaban el poder regio.
José Carlos Martín de la Hoz. Licenciado en Ciencias Geológicas por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología por la Universidad de Navarra. Investigador del Instituto de Historia de la Iglesia de la Universidad de Navarra. Fundador de las Academias de Historia Eclesiástica de Sevilla y Valencia, de las que ha sido secretario general. Forma parte del Instituto para el estudio de la Escuela de Salamanca. Actualmente es el director de la Oficina para las Causas de los Santos del Opus Dei en España.

Avance
Del 1 al 4 de octubre de 2026 se celebró en Salamanca el Congreso Internacional Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca: Humanismo cristiano y dignidad humana. Tuvo lugar en el Aula Magna de la Facultad de Teología San Esteban, que organizó el acto en colaboración con la Fundación Universidad Villanueva.
A continuación, ofrecemos la intervención, condensada en tres puntos, de José Carlos Martín de la Hoz. La pronunció en la mesa redonda titulada Búsqueda de la Verdad en Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca. La sesión estuvo moderada por Manuel Ángel Martínez Juan y en ella también participaron Ignacio Carbajosa y Leopoldo Prieto.
La ponencia partía de las palabras que el papa León XIV dirigió a los parlamentarios y senadores españoles el 8 de junio de 2026 en el marco de su visita a España. El Santo Padre no solo mencionó, sino que reivindicó los principios teológicos, antropológicos, jurídicos y económicos de la Escuela de Salamanca, con gran impacto sobre los asistentes.

Artículo
Estamos celebrando el V Centenario del comienzo del magisterio de Francisco de Vitoria en la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca y, por tanto, del inicio de la llamada Escuela de Salamanca.
En una reciente monografía sobre dicha Escuela de Salamanca que ha vendido ya cinco ediciones en un año, buscábamos expresar las características de una Escuela que ha perdurado hasta nuestros días. El sistema fue muy sencillo: consistió en recordar cuáles fueron los grandes problemas que se plantearon en el siglo XVI y anotar las respuestas antropológicas de la Escuela de Salamanca a dichos problemas.
De paso, pudimos comprobar que realmente la Escuela de Salamanca fue el tránsito del humanismo renacentista al humanismo cristiano, que ha desembocado en el humanismo global que ha permitido desarrollar la cultura contemporánea.
Especialmente resonaron las llamadas del Santo Padre a revivir el concepto de la dignidad de la persona humana, que fue el núcleo fundamental de la aportación de Francisco de Vitoria y de sus colegas.
Realmente, la declaración de los derechos humanos y la doctrina social de la Iglesia se basan en los principios antropológicos de la Escuela de Salamanca y estos a su vez en la dignidad de la persona y, esta, en que «el hombre es imagen y semejanza de Dios» (Gn 2, 26). Vamos a condensar la aportación que hicimos al Congreso en tres puntos capitales de la Escuela de Salamanca: el amor a la verdad, el realismo histórico y el sentido jurídico de la conquista.
1. Amor a la verdad
Ciertamente, cuando Francisco de Vitoria en 1539 pronunció la primera Relección teológica sobre los indios ante el claustro de la Universidad salmantina y la totalidad de los alumnos, defendió la verdad acerca de la naturaleza humana y la dignidad de hijos de Dios de los indios frente a los principios que defendían los teóricos que sustentaban el poder regio en aquellas tierras recién descubiertas.
En primer lugar Vitoria, serenamente, expuso los falsos títulos de la presencia de España en América. Precisamente, esos falsos títulos eran los que aportaban los Consejos del Reino de Castilla expresados en las leyes de indias de Burgos de 1512 y de Valladolid de 1513.
Precisamente, al negar el fundamento de la conquista de América que se apoyaba en las Bulas Inter Coetera promulgadas por el papa Alejandro VI, en las que entregaba aquellas tierras a la Corona de Castilla a condición de la evangelización de las mismas, estas quedaban desautorizadas. El argumento era muy sencillo. Las bulas Inter Coetera se apoyaban en la teocracia pontifical que había sido condenado por el papa Bonifacio VIII. El papa no era dominus orbis y, por tanto, no podía entregar esas tierras al rey de Castilla.
Como bien sabemos, en el plazo de unas semanas el emperador conminaba al claustro de la Universidad de Salamanca a obligar a los profesores de la Universidad y concretamente, al maestro Francisco de Vitoria, a guardar silencio mientras estudiaban el borrador de la Relección que había pronunciado.
Poco tiempo después, comenzarán los estudios previos a las Leyes Nuevas de 1542 con las que se desarrollará el proceso jurídico para extinguir el régimen de encomienda y la devolución de las tierras a sus dueños legítimos.
Ciertamente, la verdad terminó por imponerse, aunque hubiera tardado tantos años en producirse ese giro antropológico, jurídico y teológico. Y, sobre todo, la verdad predicada por los misioneros se volvió más coherente en labios de quienes lo estaban promulgando. El indio era capax Dei y ciertamente ciudadano de Castilla, hombre libre e hijo de Dios.
2. Realismo histórico
Precisamente si leemos el discurso de fray Antón Montesinos del tercer domingo de Adviento de 1511, pronunciado en la isla de La Española ante el gobernador Hernando de Colón, hijo de Cristóbal Colón, y las autoridades civiles y militares, observaremos una aplicación de los que serían principios de la Escuela de Salamanca que todavía no se había puesto en marcha, pero su fundamento sí lo estaba, pues la dignidad de la persona humana es una de las claves de la teología de santo Tomás de Aquino.
Es interesante que fray Montesinos, en nombre de toda la comunidad dominicana de América, le recordara a Hernando de Colón, como Vitoria al emperador, que los indios eran personas humanas, dotadas de una dignidad, la de ser hijos de Dios y la de estar hechos a su imagen y semejanza.
Ciertamente, llamar personas humanas a los indios era lo mismo que enmendar el trabajo de aquellos encomenderos que habían recibido esos indios no como esclavos sino como personas humanas para ser educados para vivir en «polizia», es decir como súbditos de la Corona de Castilla.
Efectivamente, cuando Francisco de Vitoria se encara con el emperador y le dice que los indios son personas humanas y por tanto capaces de dominio y que debían serles devueltas sus tierras, le estaba conminando a rectificar el rumbo de la colonización americana, como Antón Montesinos le estaba diciendo a Hernando Colón que los indios no eran esclavos sino súbditos de la Corona de Castilla.
Precisamente en 1504, en el Codicilio de Isabel la Católica donde se contenía su testamento, se hacía un llamamiento para que los indios no fueran nunca esclavizados, sino que fueran tratados como súbditos de la Corona de Castilla
En la Relección teológica sobre los Indios de 1539 se afirmaba claramente que las tierras recién halladas no eran res nulliis y, por tanto, debían ser devueltas a su propietarios, pues los pecados contra natura o de idolatría que podían haber cometido no les hacía perder sus tierras y sus bienes.
En definitiva, los hechos históricos que hemos ido recordando fueron logrando que las leyes de las Partidas de Alfonso X el Sabio se fueran convirtiendo en la Compilación de las leyes de Indias, es decir, un verdadero monumento a la dignidad de la persona humana.
3. Sentido jurídico de la conquista
En 1492 salieron las naves para el descubrimiento y evangelización de América y también partieron las naves que llevaban a los judíos que no habían querido convertirse. Por tanto, terminaban en toda Europa los préstamos usurarios porque sencillamente ya no había judíos que pudieran hacer contratos usurarios con los cristianos.
Todos los manuales de confesores, es decir, los tratados morales de la época, recordaban que siguen prohibidos hasta el día de hoy los préstamos usurarios entre cristianos o entre judíos. Esta condena estaba no solo en la Biblia, sino también en la filosofía y en el derecho natural.
Es indudable que el criterio histórico con el que se manejaba Francisco de Vitoria era luchar por la dignidad de la persona humana en el siglo XVI y en el marco de una monarquía católica que deseaba llevar a los súbditos al cielo, como afirmaba el libro de las Partidas de Alfonso X el Sabio en la Primera Partida, título primero y ley primera.
Lógicamente, la historia mostraba que los préstamos usurarios, que eran el motor en gran parte de la economía, pasaron a ser sustituidos por miles de préstamos en precario al 5% que multiplicaron enormemente el flujo de dinero en movimiento sin caer en la usura.
La cuestión de los préstamos usurarios era algo que debía opinar la teología como acabamos de ver y, enseguida, brotó el argumento teológico del sensus fidelium: el común sentir de los mercaderes cristianos hacía que fuera aprobado el préstamo en precario.
Ciertamente, a los dos casos establecidos por santo Tomás como excepciones en la usura: el daño emergente y lucro cesante, podría añadirse la tercera excepción: la recuperación completa del capital prestado mediante un interés pequeño equivalente al índice de la vida.
En esta cuestión, como en otras, aparece el fino olfato jurídico de Francisco de Vitoria, quien era plenamente consciente de la importancia de fijar jurídicamente bien todos los tratos y contratos para evitar tergiversaciones en el futuro y problemas de interpretación.
En ese sentido, Francisco de Vitoria hacía ver que en esos miles de préstamos debía firmarse un contrato, aunque fuera entre particulares y más si eran familiares, para que ni la codicia, ni la pereza pudieran provocar malentendidos.
Como los préstamos en precario solo buscaban devolver íntegro el capital y no había ánimo lucrativo, se basaban sencillamente en el derecho natural, de modo que no había que aportar mayor argumentación. Esta fue una de las grandes luces de Vitoria al derecho internacional y al derecho natural.

Fuente: nuevarevista.net


Publicado por JOQUIVESA en 8:54

28 octubre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II.

 El Papa en la Audiencia General

 

IV. Constitución Gaudium et spes. 7. La relación entre la fe y la cultura (GS, 53-62)

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos!

El Concilio Vaticano II no podía dejar de hablar de la cultura y de sus relaciones con la fe cristiana. Lo hace en el segundo capítulo de la segunda parte de la Constitución pastoral Gaudium et spes (GS).

La Iglesia católica siempre se ha preocupado por acompañar la predicación del Evangelio con la creación de escuelas de todo tipo, destinadas a promover la formación humana, cultural y espiritual de hombres y mujeres de los cinco continentes. Las universidades medievales nacieron, como sabemos, en el seno de la Iglesia, y contribuyeron de manera decisiva al desarrollo de la civilización occidental. Al mismo tiempo, el progreso de la cultura y de los conocimientos plantea interrogantes siempre nuevos y más profundos que estimulan a los creyentes a dar razón de su fe (cf. 1 Pe 3,15-17). Por último, en cuanto expresiones de la dimensión espiritual del ser humano, las diversas manifestaciones de la cultura contribuyen a abrir las mentes a las preguntas permanentes sobre el sentido del mundo y de la existencia humana, preparando así el camino para acoger el Evangelio de Jesucristo.

La relación entre la fe y la cultura encuentra su fundamento principal en la Encarnación: si la Palabra divina se hizo carne y habitó entre nosotros (cf. Jn 1,14), también la fe es una realidad encarnada, entretejida con la cultura en la que está inmersa. La fe está llamada, asimismo, a hacerse cultura, es decir, a llegar a la persona en su entorno vital, constituido por palabras humanas, tradiciones, sentido religioso, arte y poesía, pensamiento y ciencia. Como solía repetir san Juan Pablo II, «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida». [1]

La fe puede encarnarse en cualquier cultura, porque no se identifica de manera específica con ninguna de ellas. Habita en ellas y las configura desde dentro según la «forma» de Jesucristo, es decir, mediante la caridad, el servicio y el reconocimiento filial de la paternidad de Dios. Así, la Iglesia descubre en las diversas culturas todo lo que hay en ellas de bueno, bello y verdadero, para encarnar y transmitir el mensaje del Evangelio. Al mismo tiempo, puesto que ha sido «enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas» (GS, 58).

La Iglesia promueve la cultura porque esta es un bien en sí misma y un servicio al ser humano y al cumplimiento de su vocación en la tierra. Por esta razón, Gaudium et spes exhorta a la comunidad internacional a procurar que todos puedan acceder a los bienes culturales fundamentales, superando el analfabetismo y la falta de instrucción. Todos aquellos que tienen capacidad para acceder a los estudios superiores —afirma con valentía el Concilio— deben contar con las condiciones necesarias para poder hacerlo efectivamente. Asimismo, es «deber de todos procurar que se reconozca y promueva la participación propia y necesaria de la mujer en la vida cultural» (GS, 60).

Además, Gaudium et spes sostiene la necesidad de orientar la enseñanza hacia cierta unidad del saber, aunque las condiciones de vida, al haber cambiado, puedan hacer más difícil esta tarea (cf. GS, 61). Los cristianos son los primeros que deben esforzarse por realizar esta unidad sapiencial, ante todo en sí mismos. Aunque hayan recibido de la Revelación las respuestas a las grandes preguntas de la existencia, esto no los dispensa de una paciente formación intelectual y cultural. Por el contrario, sus conocimientos humanos y científicos deben avanzar al mismo paso que los contenidos de su fe, que han de profundizar continuamente a medida que avanza su edad y según el nivel de sus estudios.

El Concilio dirige una exhortación particular a los teólogos: «Los que se dedican a las ciencias teológicas [...] empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo en común sus energías y puntos de vista. La investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno conocimiento de la fe» (GS, 62).

Hermanos y hermanas, la Constitución Gaudium et spes nos recomienda no vivir la fe con un espíritu de contraposición u hostilidad hacia el mundo, la cultura y sus expresiones humanas. Al contrario, nos exhorta con estas palabras: «Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la cultura» (GS, 62).

Alcanzar una síntesis madura y responsable entre la fe y la cultura es, en efecto, una condición necesaria para perseverar en la vocación cristiana, y también un requisito indispensable para dar testimonio de la fe ante el mundo y comunicarla a los demás de manera creíble.

__________________

[1] San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso del Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural (MEIC), 16 de enero de 1982.

________________

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Partiendo de los valores del Evangelio, los animo a ser promotores de la cultura en los distintos ámbitos de la vida y de la sociedad.  Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
_________________

Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas: La Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, al reflexionar sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, trata también el tema de la cultura. La Iglesia, promoviéndola en todas sus formas, ha unido siempre la predicación de la Palabra de Dios a la creación de instituciones educativas, con el fin de fomentar la formación humana y espiritual, animando a los creyentes a dar razón de su fe (cf. 1 P 3,15-17) y preparando a los pueblos a acoger el Evangelio.

La auténtica relación entre fe y cultura se fundamenta en el misterio de la Encarnación: por eso, la fe lleva a su plenitud cada cultura donde arraiga, transformándola a imagen de Cristo sin destruir su propia esencia. Gaudium et spes sostiene de este modo la necesidad de cultivar una unidad fecunda del saber, viviendo la fe con una actitud positiva frente al mundo y la historia.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 17:20

A cada uno su perdón

Rafael Domingo Oslé

Los ordenamientos jurídicos no perdonan. Perdonan las personas: una madre, un hermano, a veces un pueblo entero. El derecho absuelve y condena, repara y compone.

El 2 de octubre de 2019, un tribunal de Dallas condenó a diez años de prisión a Amber Guyger, una joven policía que, al volver agotada del trabajo, había entrado por error en el apartamento de su vecino de arriba y, creyéndolo un intruso en su propia casa, lo mató de un disparo. La víctima se llamaba Botham Jean. Tenía 26 años, había nacido en Santa Lucía y trabajaba como contable; era negro, y ella, blanca. Hubo proceso, sentencia y condena. El derecho había hablado. Entonces Brandt Jean, hermano de la víctima, pidió permiso para dirigirse a la condenada, le dijo que la perdonaba y preguntó si podía abrazarla.

Aquel abrazo partió en dos a la opinión pública. Para unos fue una cumbre ética; para otros, una obscenidad. Una corriente de la teología afroamericana lleva décadas denunciando que el perdón cristiano, predicado por los poderosos a las víctimas, ha servido para pedir al oprimido que renuncie a su justa rabia y deje intacto el orden establecido. Se habló de «perdón barato», es decir, de un perdón sin verdad ni justicia previa. Otros vieron en el gesto una revelación del poder transformador de la gracia.

La polémica dejaba al descubierto lo mal que pensamos el perdón cuando comparece en la misma sala donde la justicia acaba de pronunciarse. ¿Debe el derecho ignorarlo para no contaminarse de subjetividad? ¿O una sociedad incapaz de dejarle espacio empobrece su propia idea de justicia?

Hannah Arendt escribió en 'La condición humana' que el perdón es «el opuesto exacto de la venganza». La venganza encadena al ofendido al ofensor en una espiral cerrada; el perdón la rompe. Por eso una sociedad puede prohibir la venganza ─así nace el monopolio estatal de la violencia─, pero no puede imponer el perdón. Puede facilitarlo o premiarlo cuando surge; producirlo, nunca.

Los ordenamientos jurídicos no perdonan. Perdonan las personas: una madre, un hermano, a veces un pueblo entero. El derecho absuelve y condena, repara y compone. Algunas de sus figuras ─el indulto, la remisión de una deuda, la mediación─ rozan el perdón sin alcanzarlo. Ninguna sentencia mide el espesor moral de un crimen ni cierra la herida que deja la muerte de un hijo. Saberlo es la humildad que el derecho necesita.

La justicia restaurativa ha sido una de las grandes valedoras, apunta en esa dirección. Tras el delito no quedan solo un culpable y una pena; quedan también una víctima herida, una comunidad afectada y una relación rota que pide verdad, reparación y, a veces, perdón. La respuesta al delito se ensancha sin debilitarse.

Nadie tiene derecho, sin embargo, a exigir a la víctima que perdone ni que acelere por dentro lo que quizá le costará toda la vida. Un perdón forzado no es perdón. Ciertos discursos, en apariencia compasivos, resultan crueles porque exigen a la víctima una grandeza prematura para tranquilidad de los demás. Existe, en cambio, un deber moral de pedir perdón cuando se ha causado un daño real, y un derecho del herido a concederlo o no.

Hace dieciocho siglos, Ulpiano definió la justicia como la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo: 'ius suum cuique tribuendi'. Para los romanos, ius era lo justo, la cosa debida, antes que la facultad de reclamarla. Mi propuesta es que, en su sentido más hondo, dar a cada uno lo suyo significa también dar a cada uno su perdón.

Un jurista riguroso objetará, con razón, que el perdón es un don gratuito, no debido ni reclamable ante un tribunal. ¿Cómo va a caber en la fórmula que define precisamente lo debido? Un perdón exigible dejaría de ser perdón. La respuesta pasa por recordar algo que el derecho positivo tiende a olvidar: la Justicia es más amplia que el derecho. Lo suyo de cada uno no termina en lo que un juez puede mandar restituir o indemnizar. Incluye también lo que ningún contrato cubre y ninguna sentencia impone: no quedar reducido al peor de los propios actos, poder recomenzar la vida, ser reconocido como alguien que vale más que la suma de sus errores y de sus deudas.

Ese reconocimiento se lo debemos al ofensor todos: la comunidad, la opinión pública, el juez que lo condena. Negárselo es una injusticia, aunque ningún tribunal pueda castigarla. El acto de perdonar, en cambio, solo puede darlo el herido, y solo libremente. Del perdón, la víctima es dueña, no deudora. Esa parte de la justicia ya no pertenece al derecho, sino al amor, donde la justicia alcanza su plenitud.

Catalina de Aragón lo entendió sin formularlo. Apartada por Enrique VIII, defendió hasta el final la validez de su matrimonio y la legitimidad de su hija María. Pero, ya enferma y recluida en Kimbolton, escribió al rey ─así lo ha transmitido la tradición─: «Por mi parte, te perdono todo, y deseo rezar devotamente a Dios para que Él también te perdone». No condicionó su perdón al arrepentimiento del rey ni a reparación alguna. Por eso fue perdón y no pacto.

Dar a cada uno su perdón significa devolver al ofensor lo suyo ─la dignidad de no quedar marcado para siempre por su culpa, la posibilidad de un nuevo comienzo─ y restituir a la víctima lo suyo: la libertad de no seguir mirando el mundo desde el lugar exacto en que fue herida. Es una sola justicia, que se cumple en los dos extremos del vínculo roto.

Aquel día, en Dallas, hubo un segundo abrazo. La juez Tammy Kemp bajó del estrado, regaló una Biblia a la condenada y la abrazó también. Muchos lo censuraron, y se llegó a pedir una investigación disciplinaria. No juzgo sus intenciones, pero los dos gestos no pesan lo mismo. Brandt, con 18 años, hablaba como hermano de la víctima: la ofensa era suya, y suyo era el perdón. La juez no había sido ofendida, y su sitio era el estrado, que está para juzgar. Su compasión podía ser sincera; su abrazo confundía los papeles. El perdón de Brandt no deshizo la sentencia, ni lo pretendía. Solo impidió que la condena dijera todo lo que había que decir sobre Amber Guyger. Allí donde el derecho concluye empieza a veces la tarea más dura del alma. El perdón no suplanta a la justicia, pero le recuerda que la última palabra sobre una persona no debería pertenecer jamás al expediente.

Fuente: abc.es

Publicado por JOQUIVESA en 17:17

26 octubre 2026

¿Para qué sirve la vida?

Juan Luis Selma

La respuesta está en el amor, que consiste en querer el bien del otro y no en esperar que satisfaga nuestras necesidades.

Hace unos días, mientras paseaba por una ciudad del norte de España, se me acercó un grupo de estudiantes de Psicología que estaba realizando una encuesta. Después de pedirme permiso para grabar la conversación, una chica me lanzó una pregunta tan sencilla como profunda:

—¿Para qué sirve la vida?

Así, de sopetón, respondí:

—Para ser felices amando y dejándonos amar.

Su siguiente pregunta no fue menos importante:

—¿Y qué es amar?

Son dos interrogantes que todos deberíamos plantearnos alguna vez. No podemos vivir como quien camina sin rumbo, dejándose llevar por las circunstancias, sin preguntarse quién es, de dónde viene o hacia dónde se dirige.

Amar no consiste principalmente en buscar que nos hagan felices, que nos comprendan siempre o que satisfagan nuestras necesidades. Amar es querer el bien del otro, procurar su felicidad y entregarse generosamente por él. Cuando reducimos el amor a lo que recibimos, terminamos equivocándonos en lo más importante. Esa visión acaba generando frustración, dependencia e infelicidad.

Al contar esta conversación a un amigo, me respondió con una sencillez que encerraba una gran verdad:

—¿Que para qué es la vida? Para amar al Señor y a mi Petri en la tierra, y después gozar con ellos en el cielo... ¡para siempre!, ¡para siempre!, ¡para siempre!

Aquella respuesta me recordó que el corazón humano está hecho para un amor que no termine nunca.

El Evangelio de hoy resume maravillosamente el sentido de nuestra existencia:

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas".

Es hermoso descubrir que aquello que Dios nos pide coincide precisamente con aquello para lo que hemos sido creados. Nos manda amar porque en el amor está nuestra plenitud. Como hemos comentado en otras ocasiones, Dios juega siempre a nuestro favor, nunca en nuestra contra.

Sin embargo, amar así no resulta fácil. Todos llevamos dentro heridas, egoísmos, miedos y contradicciones que dificultan esa entrega. Por eso necesitamos ser salvados.

Quizá algunos piensen que no necesitan la salvación o que la promesa del cielo tiene poco que ver con su vida cotidiana. Sin embargo, todos experimentamos momentos de oscuridad, cadenas que nos atan, incoherencias que nos hacen sufrir. Dios no viene a salvarnos de una amenaza lejana; viene a salvarnos de aquello que nos impide ser plenamente nosotros mismos.

Nos libera del egoísmo, del orgullo y de ese pequeño tirano que todos llevamos dentro. Cuando le permitimos iluminar nuestras sombras, sanar nuestras heridas, romper nuestras cadenas y fortalecer nuestra debilidad, comenzamos a experimentar una auténtica libertad.

Solo entonces podemos aprender a querernos de verdad y, desde ahí, amar a los demás. Cuando la luz vuelve a entrar en el corazón, regresan también la paz y la esperanza. Y cuando una persona recupera la esperanza, vuelve a cantar.

La lírica acaba conduciendo a la épica. Quien encuentra sentido a su vida ya no se conforma con sobrevivir; lucha, sueña, sirve y se entrega.

La vida está hecha para ser saboreada. Necesitamos aprender a disfrutar de lo bueno, admirar lo bello y agradecer lo auténtico. Para ello es imprescindible detenerse y contemplar.

Las prisas, el activismo y los constantes estímulos que nos rodean nos roban con frecuencia lo más importante. Son como los dementores de Harry Potter: absorben poco a poco nuestra alegría y nos dejan vacíos por dentro.

Necesitamos buscar tiempo para amar y para estar con el Amado.

Escribía recientemente el Prelado del Opus Dei:

“El dinamismo más íntimo del amor consiste en la búsqueda del amado. Quien ama no se contenta con conocer de manera superficial, con saber algunas cosas sobre el amado: anhela contemplar su rostro, estar en su presencia, escuchar su voz. La genuina oración cristiana está marcada por aquel gemido filial del salmista: 'Vultum tuum, Domine, requiram (Sal 27, 8), ¡tu rostro buscaré, Señor!'.

Y esa mirada contemplativa no se dirige solamente a Dios. También estamos llamados a descubrir el rostro de los demás.

Como recordaba Benedicto XVI, 'el programa del cristiano, el programa del buen samaritano, el programa de Jesús, es un corazón que ve'. Un corazón capaz de reconocer dónde hay necesidad de amor y actuar en consecuencia".

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:47
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