08 abril 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  II. Constitución dogmática Lumen gentium. 7. La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud «rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin» (LG, 42). El nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, «supremo testimonio de fe y de caridad» (LG, 50): por este motivo, el texto conciliar enseña que todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta el derramamiento de sangre (cf. LG, 42), como siempre ha sucedido y sucede también hoy. Esta disposición para el testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan señales de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose por la justicia.

Todos los sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la santidad. Él santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso. A este respecto, San Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban «ser santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles». Esto se realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG, 40).

La Lumen gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus características constitutivas, que debe acogerse en la fe, en cuanto se cree que es «indefectiblemente santa» (LG, 39): eso no significa que lo sea de forma plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna, caminando «entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (S. Agustín, De civ. Dei 51,2; LG, 8).

La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita, que santifica la Iglesia, nos confía una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión. Por eso, la santidad no tiene solamente una naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria.

En esta perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida consagrada, que se aborda en el capítulo sexto de la Constitución conciliar (cf. nn. 43-47). En el pueblo santo de Dios, esta constituye una señal profética del mundo nuevo, experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De hecho, señales del Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios. La pobreza expresa la plena entrega a la Providencia, liberando del cálculo y del interés; la obediencia tiene como modelo la entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la desconfianza y del dominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.

Conformándose a este estilo de vida, las personas consagradas dan testimonio de la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación plena en la vida de Cristo, hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio del Crucificado que todos somos redimidos y santificados! Contemplando este evento, sabemos que no hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en toda prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del Verbo encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.

______________________

Llamamiento

Tras estas últimas horas de gran tensión para Oriente Medio y para todo el mundo, acojo con satisfacción y como señal de viva esperanza el anuncio de una tregua inmediata de dos semanas. Solo mediante la vuelta a las negociaciones se puede llegar al final de la guerra.

Exhorto a acompañar este tiempo de delicado trabajo diplomático con la oración, auspiciando que la disponibilidad al diálogo pueda convertirse en el instrumento para resolver el resto de situaciones de conflicto en el mundo.

Renuevo para todos la invitación a unirse a mí en la Vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí en la Basílica de San Pedro el sábado 11 de abril.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María, Reina de todos los Santos, que interceda por nosotros, para que seamos perseverantes y alegres en el camino de la santidad, dando testimonio cada día de nuestra fe en Cristo resucitado. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Reflexionamos hoy sobre el capítulo quinto de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la universal vocación a la santidad en la Iglesia, y sobre el capítulo sexto, acerca de la vida consagrada. Según este documento conciliar, la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un don que compromete a todos los bautizados a vivir la plenitud del amor a Dios y a los hermanos. Los sacramentos, especialmente la Eucaristía, son el alimento para crecer en una vida santa, es decir, para configurarse con Cristo en virtud del Espíritu Santo.

Las personas consagradas dan testimonio de esta vocación universal a la santidad de toda la Iglesia siguiendo a Cristo de modo radical, por medio de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. La pobreza expresa la confianza total en la Providencia, la obediencia tiene como modelo el don de sí que Cristo hizo al Padre y la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de su Iglesia.

Fuente: vatican.va

Eutanasia y libertad

Aniceto Masferrer

La libertad no puede reducirse a elegir la muerte cuando faltan las condiciones para desear vivir. La libertad humana sólo es madura cuando está sostenida por el cuidado, el afecto y el acompañamiento.

Confieso que la muerte de Noelia Castillo me ha estremecido. No sólo por la crudeza del desenlace, sino por la historia que la precede. Hay vidas que parecen atravesadas por el infortunio, el descuido, la falta de afecto, la violencia y la soledad. La suya fue una de ellas. Ante una historia así, lo primero que uno siente no es juzgar, sino guardar silencio y preguntarse con honestidad qué habría hecho en su lugar. No estoy seguro de que yo hubiera resistido mejor. Es más, sospecho que, de haber atravesado una vida marcada por experiencias semejantes, quizá habría deseado ponerle fin. La infancia de Noelia tuvo, según relatan quienes han reconstruido su vida, momentos de alegría. Pero la adolescencia abrió un camino distinto. La inestabilidad familiar, la pérdida de la patria potestad por parte de sus padres y su paso por el sistema de protección de menores marcaron el comienzo de una trayectoria frágil. Allí donde debía haber encontrado afecto y apoyo, encontró carencias. Y cuando la vulnerabilidad ya era evidente, llegaron los abusos y las agresiones sexuales, que dejaron heridas profundas.

Las heridas afectivas se transformaron con el tiempo en un problema de salud mental importante. En 2022, Noelia intentó suicidarse arrojándose desde un quinto piso. Sobrevivió, pero quedó parapléjica y con dolor físico crónico. A la fragilidad emocional se sumó entonces una limitación física severa. El dolor, sin embargo, no era sólo físico. Su sufrimiento moral parecía aún más profundo: una vida marcada por la soledad y la ausencia de un horizonte capaz de sostener la esperanza. En ese contexto, Noelia solicitó la eutanasia. Tras un largo proceso judicial y mediático, su petición fue atendida. Es difícil no sentir una profunda desazón. Por un lado, el dolor de una persona que llega a desear la muerte como salida a su sufrimiento. Por otro, la existencia de un marco legal que presenta esa decisión como signo de progreso y respeto a la libertad. Esta doble realidad explica los sentimientos encontrados. Porque una cosa es comprender el sufrimiento de quien desea morir y otra celebrar ese desenlace como un avance moral.

El argumento central suele ser la libertad. La eutanasia se presenta como expresión de la autonomía personal. Sin embargo, surge aquí la cuestión decisiva: ¿es realmente un acto de libertad desear la propia muerte? ¿O más bien la expresión de una libertad herida por el sufrimiento y la soledad? La libertad, en su sentido más profundo, tiende a la vida. No a una vida cualquiera, sino plenamente humana. Y esa plenitud depende mucho de la calidad de las relaciones humanas que permiten amar y ser amado, de unas condiciones mínimas de bienestar y, cuando éstas fallan, de la presencia de personas que acompañen incondicionalmente. No es casual que Viktor Frankl recordara la frase de Nietzsche: «Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo». El sufrimiento humano puede vivirse de modo distinto cuando la persona halla sentido, afecto y razones para continuar. Cuando estos desaparecen, la vida puede convertirse en una carga difícilmente soportable.

Desde esta perspectiva, el caso de Noelia resulta especialmente significativo. Su deseo de morir no surge en un contexto de cuidado, sino tras años de carencias afectivas, violencia, fragilidad psicológica y dolor físico. ¿Es comprensible que una persona así llegue a desear la muerte? A mi juicio, sí. Pero precisamente por eso, resulta difícil considerar esa decisión como un acto realmente libre. Más bien parece la consecuencia de una libertad debilitada por la ausencia de condiciones que hacen posible una vida verdaderamente humana.

Celebrar como un avance social la decisión de morir de una persona que ha dejado de experimentar el cuidado y el afecto entraña cierta miopía moral. Porque la cuestión no es sólo si alguien tiene derecho a morir, sino si la sociedad y el Estado han hecho todo lo posible para que esa persona deseara vivir. En el caso de Noelia, su historia revela una sucesión de fallos familiares, sociales e institucionales. Y surge una paradoja difícil de ignorar: el mismo Estado que no supo acompañarla es el que ahora, en nombre de la libertad, facilita su muerte. No se trata de simplificar el debate. La eutanasia plantea cuestiones profundas. Pero casos como este obligan a preguntarse si la apelación a la libertad no encubre más bien una forma de resignación ─o incluso rendición─ colectiva.

El caso de Noelia es extremo. Su vida estuvo marcada por experiencias particularmente duras, incluida la violencia sexual. Sin embargo, otros rasgos de su trayectoria no resultan tan excepcionales. No pocos jóvenes arrastran hoy heridas afectivas, fragilidad emocional, ansiedad, soledad o pérdida del sentido de la vida. Por eso no resulta extraño que muchos hayan podido reconocerse, al menos parcialmente, en su historia. Y ahí surge una inquietud legítima: cuando una sociedad presenta como avance la posibilidad de poner fin a la propia vida en contextos de sufrimiento profundo, se abre un precedente delicado, especialmente en una generación marcada por la vulnerabilidad emocional.

Hay, además, un elemento que aumenta la desazón. Resulta difícil considerar un avance social una ley que facilita poner fin a la propia vida cuando los poderes públicos no están dispuestos a invertir lo necesario para ofrecer acompañamiento, atención psicológica o cuidados paliativos. La libertad no puede reducirse a elegir la muerte cuando faltan las condiciones para desear vivir. Una sociedad verdaderamente humana debería esforzarse primero en garantizar el cuidado y el acompañamiento. De lo contrario, el riesgo es que la libertad se convierta en expresión de un abandono silencioso.

Hay, sin embargo, algo que, dentro de esta historia, ofrece un pequeño consuelo. La figura de su padre, que, con sus limitaciones y errores ─como todos─, luchó hasta el final por defender la vida de su hija. No lo hizo por imposición ideológica ni por cálculo político, sino por amor. Porque creía que su hija era digna de ser amada y que su vida tenía valor. Esa actitud, más allá de las controversias jurídicas, recuerda algo esencial: que la dignidad de una persona no depende de su salud, de su autonomía o de su sufrimiento, sino del simple hecho de existir.

Quizá, al final, esa sea la cuestión decisiva. La libertad humana sólo es madura cuando está sostenida por el cuidado, el afecto y el acompañamiento. Cuando estos faltan, la libertad puede convertirse en desesperación, y los actos nacidos de la desesperación difícilmente pueden ser expresión de una libertad auténtica. Y entonces, la sociedad y el Estado deberían preguntarse no sólo si respetan la libertad de quien desea morir, sino si han sabido ofrecer las condiciones que hacen posible desear vivir.

Fuente: abc.es

07 abril 2026

Lunes del Ángel

El Papa ayer en el Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡Cristo ha resucitado! ¡Feliz Pascua!

Este saludo, lleno de asombro y de alegría, nos acompañará toda la semana. Al celebrar el día nuevo que el Señor ha hecho para nosotros, la liturgia celebra el ingreso de toda la creación en el tiempo de la salvación; la desesperación de la muerte es removida para siempre, en el nombre de Jesús.

El Evangelio de hoy (Mt 28, 8-15) nos pide elegir entre dos relatos: el de las mujeres, que han encontrado al Resucitado (vv. 9-11), o el de los guardias, que han sido sobornados por los jefes del sanedrín (vv. 11-14). Las primeras anuncian la victoria de Cristo sobre la muerte; los segundos anuncian que la muerte vence siempre y en todo caso. En su versión, Jesús no ha resucitado, sino que su cadáver ha sido robado. De un mismo hecho, el sepulcro vacío, brotan dos interpretaciones: una es fuente de vida nueva y eterna, la otra de muerte cierta y definitiva.

Este contraste nos hace reflexionar sobre el valor del testimonio cristiano y sobre la honestidad de la comunicación humana. A menudo, el relato de la verdad es oscurecido por fake news —como se dice hoy—, es decir, por mentiras, alusiones y acusaciones sin fundamento. No obstante, frente a tales obstáculos, la verdad no permanece oculta, al contrario, viene a nuestro encuentro, viva y radiante, iluminando las tinieblas más densas. Tal como a las mujeres que fueron al sepulcro, Jesús también hoy a nosotros nos dice: «No teman. Vayan a anunciar» (v. 10). Jesús mismo se convierte así en la buena noticia que hay que testimoniar en el mundo: la Pascua del Señor es nuestra Pascua —la Pascua de la humanidad— porque este hombre, que ha muerto por nosotros, es el Hijo de Dios, que por nosotros ha dado su vida. Así como el Resucitado —siempre vivo y presente— libera el pasado de un final destructivo, así el anuncio pascual exime del sepulcro nuestro futuro.

Queridos amigos, ¡cuán importante es que este Evangelio llegue sobre todo a quienes están oprimidos por la maldad, que corrompe la historia y confunde las conciencias! Pienso en los pueblos atormentados por la guerra, en los cristianos perseguidos por su fe, en los niños privados de la educación. Anunciar con palabras y obras la Pascua de Cristo significa dar nueva voz a la esperanza, que de otro modo sería sofocada en manos de los violentos. Cuando es proclamada en el mundo, la Buena Nueva disipa toda sombra, en cada época.

Con particular afecto, a la luz del Resucitado, recordamos hoy al Papa Francisco, que precisamente el Lunes de Pascua del año pasado entregó su vida al Señor. Al recordar su gran testimonio de fe y de amor, recemos juntos a la Virgen María, Trono de la Sabiduría, para que podamos convertirnos en anunciadores cada vez más luminosos de la verdad.

______________________

Dopo Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas:

Les doy una cordial bienvenida a todos ustedes, queridos peregrinos provenientes de Italia y de diversos países. Saludo particularmente a los chicos del Decanato de Appiano Gentile. Envío también un recuerdo especial a todas las personas que, en diferentes partes del mundo, participan en las iniciativas promovidas con motivo de la Jornada Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz, mientras reitero mi llamamiento para que el deporte, con su lenguaje universal de fraternidad, sea un espacio de inclusión y paz

Doy las gracias a todos aquellos que, en estos días, me han enviado sus buenos deseos con motivo de la Santa Pascua; sobre todo, agradezco sus oraciones. Que, por la intercesión de la Virgen María, Dios recompense a cada uno con sus dones.

Les deseo a todos ustedes que vivan con alegría y fe este lunes del Ángel y los demás días de la Octava de Pascua, en los que se prolonga la celebración de la Resurrección de Cristo. Y que perseveremos implorando el don de la paz para todo el mundo.

¡Que pasen un feliz lunes del Ángel!

Fuente: vatican.va

06 abril 2026

El «infinito tesoro» que los católicos olvidan: el Papa señala la «distracción» de los fieles y les invita a confesarse

María Rabell García


«¿Esos cristianos que tienen responsabilidades graves en los conflictos armados, tienen la humildad y el valor de hacer un serio examen de conciencia y de confesarse?», ha preguntado el Pontífice.

El Santo Padre León XIV ha advertido sobre el «infinito tesoro de la misericordia» que permanece «inutilizado» debido a la «difundida distracción de los cristianos». Lo ha hecho en un discurso dirigido a los participantes de un Curso sobre el Foro Interno organizado por la Penitenciaría Apostólica, uno de los tres tribunales de la Curia Romana que se encarga de asuntos relacionados con el foro interno (conciencia), la absolución de pecados graves reservados a la Santa Sede, la dispensa de impedimentos sacramentales y la regulación de indulgencias.

En por eso que en ese contexto el Pontífice ha lamentado que muchos fieles prefieran permanecer «en estado de pecado» antes que acudir al confesionario, y ha lanzado además un dardo a quienes tienen en sus manos el destino de las naciones en conflicto.

Durante la audiencia en el Palacio Apostólico, el Papa ha definido el Sacramento de la Reconciliación como un «laboratorio de unidad» indispensable para la paz mundial, subrayando su dimensión no solo espiritual sino también social. «Venía a preguntarse: esos cristianos que tienen responsabilidades graves en los conflictos armados, ¿tienen la humildad y el valor de hacer un serio examen de conciencia y de confesarse?», ha interpelado el Pontífice.

El pecado como ruptura de la libertad

León XIV ha profundizado en la naturaleza del mal, explicando que el pecado no rompe la dependencia del hombre con su Creador, sino la «unidad espiritual con Dios». Según el Papa, negar esta realidad sería un «desconocimiento de la dignidad del hombre», quien es responsable de sus actos gracias al «don de la libertad».

En un mundo marcado por la fragmentación, el Santo Padre ha señalado las «promesas no mantenidas de un consumismo desenfrenado» y la «experiencia frustrante de una libertad desvinculada de la verdad» como factores que alejan al hombre de su centro. Frente a esto, el Papa ha recordado que el sacramento no solo limpia el alma, sino que «edifica la Iglesia misma» y aporta «energías nuevas a la sociedad y al mundo».

El Pontífice ha instado a los jóvenes sacerdotes a seguir el ejemplo de grandes «santos del confesionario» como el santo Cura de Ars o San Pío de Pietrelcina, subrayando que la vida de un presbítero solo se realiza plenamente celebrando este sacramento con asiduidad.

Además, ha vinculado la confesión con la capacidad de generar paz social: «¡Solo una persona reconciliada es capaz de vivir de modo desarmado y desarmante!». Para el Papa, quien abandona las «armas del orgullo» y se deja renovar por el perdón, se convierte automáticamente en un instrumento de paz en su vida cotidiana.

Fuente: eldebate.com


Las llagas del Resucitado

Juan Luis Selma


El ambiente en Semana Santa es festivo, pero no hay que olvidar que lo que nos saca a la calle es, en su raíz, un acontecimiento religioso

Estos días vemos calles y plazas llenas de gente, sobre todo de jóvenes. El ambiente es festivo: acompaña el buen tiempo, la primavera nos regala el fragor del azahar, hay alegría y buen rollete. Pero no olvidemos que lo que nos saca a la calle es, en su raíz, un acontecimiento religioso: la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Al mismo tiempo, nos rodean sucesos luctuosos. Vivimos en un mundo herido: guerras, crisis económicas y energéticas, crisis de valores. No podemos olvidar el fracaso de toda España en el caso de Noelia: no hemos sabido -ni podido- salvar una vida joven; es más, hemos convertido su muerte, su asesinato, en un espectáculo.

Buscamos la felicidad; la necesitamos. La necesitan especialmente los miles de jóvenes que llenan nuestras calles siguiendo las procesiones. Pero todos llevamos heridas, como las que ha querido conservar el Resucitado. También la imagen luminosa de quien ha salido del sepulcro, de quien ha vencido una muerte dolorosa, nos trae una enseñanza profunda: Cristo mantiene sus llagas para recordarnos que Él también está herido, que ha sufrido injusticias, soledad, abandono y traición. “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino? Mirad y ved si hay dolor como mi dolor…”, dice el libro de las Lamentaciones.

“¿Qué buscan todos estos?”, me preguntaba un amigo al ver las muchedumbres de estos días. No es fácil dar una única respuesta. Lo fácil es decir “fiesta” y quedarnos ahí. Claro que buscan fiesta; la necesitamos todos: momentos de compañía alegre, ratos de olvido de las cruces diarias, asueto, amigos, belleza. Nos viene bien un poco de oxígeno, de aire limpio. Pero en estos días hay algo más: junto al bullicio de los amigos, el “clac” incesante de las pipas, la cerveza y el bocadillo… se hace un hermoso silencio cuando pasan las imágenes sagradas del Cristo y de la Señora.

Hay muchas formas de orar, de elevar la mente al Cielo, de conversar con Dios. El sufrimiento, la alegría, el trabajo, la contemplación de la naturaleza y de la belleza… todo puede ser oración. Es cierto que este material precioso va acompañado de mucha ganga, que hay que dar forma a tanta riqueza oculta; pero ahí está el Dios escondido, la fe anónima, la gracia.

¿Cómo aprovechar toda esta riqueza? ¿Cómo separar el oro de la ganga? ¿Cómo hacer de la piedad popular un camino de salvación y de sanación? Ahí está el reto de la Iglesia: dar contenido, sacar a la luz tanta riqueza oculta, formar.

Formar es eso: dar forma. Una palabra sencilla, muy manoseada, pero que encierra una gran riqueza y muchos desafíos. Dar forma es modelar algo que aún no está terminado, como quien trabaja la arcilla, la madera… o el corazón. Es educar, acompañar a alguien para que crezca en conocimiento, criterio y libertad. No es “llenar”, sino “despertar”: sacar lo que llevamos dentro, lo que el Creador ha sembrado en nosotros.

La formación abarca muchos campos: el cultural y profesional; el humano -aprender las virtudes que conforman nuestra humanidad, a ser buenos padres, hermanos, amigos, ciudadanos-; y también la formación religiosa, que nos enseña a vivir con trascendencia, como hijos de Dios.

Podemos entender la formación cristiana como el proceso por el cual una persona aprende a vivir, sentir, pensar y amar al estilo de Jesús. No es solo aprender cosas sobre la fe; es dejar que la fe te modele por dentro. Pero también implica aprender unas cuantas verdades fundamentales, las que caracterizan nuestra fe.

La Iglesia suele resumir la fe en cuatro grandes pilares, como hace el Catecismo. Son como las columnas de un edificio: si falta una, todo se desequilibra.

El Credo: lo que creemos. Dios es Padre, creador y origen de todo. Jesucristo es Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, Salvador. El Espíritu Santo es Señor y dador de vida. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Creemos en el perdón, la resurrección y la vida eterna.

La Liturgia y los Sacramentos: cómo celebramos la fe.

La vida moral: cómo vivimos. La moral cristiana no es un código de normas, sino una respuesta de amor.

La oración: cómo nos relacionamos con Dios. La fe se vuelve viva cuando se ora.

El Resucitado nos enseña a ser felices a pesar de nuestras heridas. Nos dice que hay esperanza, pero no olvidemos que dar forma exige esfuerzo, dedicación, estudio, pedagogía. Un buen reto para la Iglesia de siglo XXI.

Fuente: eldiadecordoba.es

05 abril 2026

MENSAJE URBI ET ORBI

 

Del Papa en la Pascua 2026

Hermanos y hermanas,

¡Cristo ha resucitado! ¡Felices pascuas!

Desde hace siglos, la Iglesia canta con júbilo el acontecimiento que es el origen y el fundamento de su fe: «Muerto el que es la vida,  triunfante se levanta. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Rey vencedor, apiádate de la miseria humana» (Secuencia de Pascua).

La Pascua es una victoria: de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio. Una victoria que ha tenido un precio altísimo: Cristo, el Hijo del Dios vivo (cf. Mt 16,16), tuvo que morir, y morir en una cruz, tras sufrir una condena injusta, ser escarnecido y torturado, y haber derramado toda su sangre. Como verdadero Cordero inmolado, tomó sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1,29; 1 P 1,18-19) y así nos liberó a todos, y con nosotros también a toda la creación, del dominio del mal.

Pero, ¿cómo venció Jesús? ¿Cuál es la fuerza con la que derrotó de una vez por todas al antiguo Adversario, al Príncipe de este mundo (cf. Jn 12,31)? ¿Cuál es el poder con el que resucitó de entre los muertos, sin volver a la vida anterior, sino entrando en la vida eterna y abriendo así, en su propia carne, el paso de este mundo al Padre?

Esta fuerza, este poder, es Dios mismo, Amor que crea y engendra, Amor fiel hasta el final, Amor que perdona y redime.  

Cristo, nuestro «Rey vencedor», combatió y ganó su batalla mediante la entrega confiada a la voluntad del Padre, a su plan de salvación (cf. Mt 26,42). De este modo recorrió hasta el final el camino del diálogo, no sólo con las palabras, sino con los hechos: para encontrarnos a nosotros, los perdidos, se hizo carne; para liberarnos a nosotros, los esclavos, se hizo esclavo; para darnos vida a nosotros, los mortales, se dejó morir a manos de sus verdugos en la cruz.

La fuerza con la que Cristo resucitó no es violenta. Es semejante a la de un grano de trigo que, al marchitarse en la tierra, crece, se abre paso entre los terrones, brota y se convierte en una espiga dorada. Es aún más parecida a la de un corazón humano que, lastimado por una ofensa, rechaza el instinto de venganza y, lleno de bondad, reza por quien le ha ofendido.

Hermanos y hermanas, esta es la verdadera fuerza que trae la paz a la humanidad, porque genera relaciones respetuosas a todos los niveles: entre las personas, las familias, los grupos sociales y las naciones. No busca el interés particular, sino el bien común; no pretende imponer su propio plan, sino contribuir a diseñarlo y a ponerlo en práctica junto con los demás.

Sí, la resurrección de Cristo es el comienzo de la nueva humanidad, es la entrada a la verdadera tierra prometida, donde reinan la justicia, la libertad y la paz, donde todos se reconocen como hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre que es Amor, Vida y Luz.

Hermanos y hermanas, el Señor,con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28,11-15).

A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo.

Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: «Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo» (Mensaje Urbi et Orbi, 20 abril 2025).

La cruz de Cristo nos recuerda siempre el sufrimiento y el dolor que rodean a la muerte, así como la angustia que esta conlleva. Todos tenemos miedo a la muerte y, por miedo, volteamos hacia otro lado, preferimos no mirar. ¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal! San Agustín enseña: «Si el morir te causa espanto, ama la resurrección» (Sermón 124,4). Amemos también nosotros la resurrección, que nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, porque ha sido vencido por el Resucitado.

Él atravesó la muerte para darnos vida y paz: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27). La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Por eso, invito a todos a unirnos en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la Basílica de San Pedro el próximo sábado 11 de abril.

En este día de fiesta, dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Al Señor encomendamos todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que sólo Él puede dar. ¡Confiemos en Él y abrámosle nuestro corazón! Sólo Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

¡Felices pascuas!

Fuente: vatican.va

Domingo de Pascua

Homilía del Papa

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!

Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!

Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que nos cuesta aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, dentro y fuera.

Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.

Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.

En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge. El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida. Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado.

Así nos lo recordaba con palabras conmovedoras el Papa Francisco, en su primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la resurrección de Cristo «no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).

Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de la semana» (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad.

La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario.

Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida.

Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.

Fuente: vatican.va

30 marzo 2026

CELEBRACIONES DE SEMANA SANTA EN EL VATICANO

 DOMINGO DE RAMOS

29 de marzo de 2026

Pasión del Señor - Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y Santa Misa - 10.00 h.

MIÉRCOLES SANTO
1 de abril de 2026

Audiencia General - 10.00 h.

JUEVES SANTO
2 de abril de 2026

Misa Crismal -  9.30 h.
«Cena del Señor» – Misa vespertina - 17.30 h.

VIERNES SANTO
3 de abril de 2026

Pasión del Señor - 17.00 h.
Vía Crucis en el Coliseo - 21.15 h.

SÁBADO SANTO
4 de abril de 2026

Vigilia Pascual en la noche santa - 21.00 h.

DOMINGO DE PASCUA
5 de abril de 2026

Misa del día - 10.15 h.
Bendición «Urbi et Orbi» - 12.00 h.

Fuente: vatican.va