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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

28 junio 2026

¿Por qué le interesa al papa León XIV la Escuela de Salamanca?

Miguel Ángel Quintana Paz


«El mismo discurso del Papa apuntó el motivo: ‘Esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral’»

Algo insólito ocurrió hace dos semanas en el Congreso de los Diputados de España. Durante varios minutos no se lanzaron reproches de un partido a otro, no se discutió sobre cómo repartir el dinero, no se impusieron nuevas prohibiciones. Durante varios minutos se habló de filosofía. Más en concreto, de un movimiento filosófico surgido también en nuestro país, pero hace quinientos años: la Escuela de Salamanca. Y quien disertó sobre tan digno asunto fue asimismo un invitado poco usual: el papa León XIV.

Hay que reconocer que este discurso del sumo pontífice se aguardaba con cierto temor por parte de no pocos católicos. ¿Aprovecharía Su Santidad para criticar las numerosas leyes que el Gobierno de Sánchez lleva ocho años aprobando y que contradicen la moral católica: aborto, eutanasia, autodeterminación de género…? Resultaba poco probable: nadie imaginaba en León XIV una contundencia hostil hacia sus anfitriones. ¿Sería entonces el Gobierno social-comunista el que se aprovecharía del discurso papal para fortalecer su propia narrativa a favor de la inmigración masiva, a favor de los 2,5 millones de personas que se ansía nacionalizar y a favor del medio millón de inmigrantes que se va a regularizar? Muchos así lo temían. Pues si alguna competencia ha demostrado el actual Gobierno es su habilidad para manejar en beneficio propio cualquier cosa que acontezca.

Al final, sin embargo, no ocurrió ni una cosa ni la otra. El discurso de León XIV, el primero que pronuncia ante un parlamento nacional, se insertó bien en la línea de alocuciones que dos de sus antecesores habían pronunciado ya ante otras cámaras legislativas: las de Juan Pablo II ante los parlamentos europeo, polaco e italiano, y las de Benedicto XVI en Westminster o el Bundestag. Como ellos, León XIV centró su discurso en asuntos de calado filosófico, en torno a los fundamentos de la política. Algo que resultó menos evidente en las palabras del papa Francisco ante el Congreso de los Estados Unidos en 2015, pues allí, en cambio, se centró más bien en asuntos de su agenda política concreta: ecología, migraciones, tráfico de armas, pena de muerte, luchas raciales…

Ahora bien, la grata sorpresa para muchos españoles, para muchos católicos y para muchos pensadores españoles y católicos es que el eje en torno al cual León XIV organizó sus reflexiones sobre lo político fue la citada Escuela de Salamanca, escuela que además celebra este año 2026 su 500º aniversario. ¿Qué tiene ese movimiento filosófico de especial? ¿Por qué le ha resultado útil al papa? ¿Por qué nos puede resultar útil a nosotros, a la hora de afrontar la política en este siglo XXI? ¿Hay algo en esos pensadores salmantinos que moleste en especial al Gobierno del PSOE, que se ha negado a apoyar la citada conmemoración de su aniversario?

Para responder a estas preguntas hay que aclarar dos cosas: en primer lugar, que los logros de la Escuela de Salamanca van mucho más allá de sus reflexiones sobre la política; en segundo lugar, que esos logros han quedado un tanto oscurecidos en la arena de la política porque los filósofos salmantinos lograron ser a la vez muy modernos y muy poco modernos. Dicho de otro modo: fueron modernos, pero de una manera netamente distinta a la que finalmente triunfaría en la Modernidad europea posterior.

Vamos con lo primero: nos quedaríamos con una visión incompleta de la Escuela de Salamanca si no mentásemos que, aparte de reflexionar sobre los fundamentos de la política, allí también surgieron el Derecho internacional, la Economía moderna y algunas de las polémicas teológicas más influyentes de la historia. Y las tres cosas fueron el resultado del momento tan especial que vivía España entonces.

Pues el reciente descubrimiento y conquista de América —aquella primera globalización— estaba planteando multitud de preguntas. Ante todo, de tipo jurídico: ¿era legítima esa conquista? ¿Había alguien —el emperador o el papa— que tuviera dominio universal sobre el mundo y que, por tanto, pudiera reclamar aquellas tierras o donárselas a otros gobernantes, como los reyes españoles? ¿Cabía someter a esclavitud a los habitantes de las Indias? ¿Hay algún principio de Derecho que sea válido para todos los pueblos, con independencia de sus leyes concretas? ¿Cuándo era justo entablar una guerra contra gentes que desconocían la moral cristiana?

El dominico Francisco de Vitoria y sus colegas en Salamanca afrontaron esas dudas de modo tan brillante que hoy un busto de Vitoria adorna los jardines de la ONU en Nueva York. Su rótulo: «Fundador del Derecho de Gentes». También la sala del Consejo de la ONU en Ginebra lleva su nombre. Resulta razonable, pues, que el papa León XIV, que aludió en España varias veces al multilateralismo y al Derecho internacional, se haya sentido interesado por esas reflexiones salmantinas.

Pero, volviendo al siglo XVI, lo cierto es que la conquista de América, la llegada de su oro y su plata a Europa y la inflación que estos generaron plantearon enseguida preguntas económicas también: si el «precio justo» de un objeto no había cambiado por la mera llegada de riquezas desde más allá del Atlántico, ¿por qué estaban subiendo los precios reales de los bienes? ¿Era legítimo, si el coste de la vida subía, cobrar intereses por préstamos que se devolverían cuando todo se hubiese vuelto más caro? ¿Tenían de veras un precio objetivo las cosas, o todo dependía de cómo las valorasen sus compradores?

Miembros de la Escuela de Salamanca como Diego de Covarrubias, Luis de Molina y Martín de Azpilcueta pronto se pondrían a resolver tales problemas. El primero de ellos, Covarrubias, enseguida notó que el precio de algo no reposaba en un valor objetivo, sino subjetivo: una misma botella de agua no cuesta lo mismo si estás junto al río Tormes que si tratas de venderla —antes de que te la quiten de las manos— en el desierto; un diamante, en cambio, estará muy demandado en el primer caso, mientras que poco lo deseará un sediento en pleno Sáhara. Con estas ideas, nuestro eclesiástico se adelantó nada menos que tres siglos a la llamada «revolución marginalista», que hacia 1870 integraría esa teoría subjetiva del valor en la ciencia económica mundial.

Igualmente precursores resultarían Luis de Molina y Martín de Azpilcueta. De hecho, autores tan diferentes como J. A. Schumpeter y M. Grice-Hutchinson, ya en el siglo XX, les atribuirán nada menos que la invención del análisis económico científico y de la teoría monetaria, respectivamente. Tanto estas disciplinas como las reflexiones sobre el valor subjetivo de un producto resultan, quizá, tareas lejanas de las que hoy ocupan al papa León XIV, aunque no tanto de los intereses del joven Robert Prevost como matemático. En cualquier caso, lo que sí nos interesa destacar es que el enfoque que la Escuela de Salamanca adoptó ante estos asuntos económicos conecta bien con el enfoque que el papa —y cualquier católico— han de adoptar también hoy ante la economía en general: un enfoque que no desliga por completo la economía de la ética, como ocurriría pronto entre muchos pensadores modernos, sino que se ayuda de la ética para entender la economía y viceversa.

En cuanto a la teología, la ciencia estrella de su época, los salmantinos del Siglo de Oro español también debieron enfrentarse a preguntas novedosas. Y ello no solo por el reto de la reciente Reforma protestante, sino por el descubrimiento de millones de humanos al otro lado del Atlántico que habían vivido y fallecido sin jamás oír hablar de la fe o la gracia de Cristo. ¿Estaban todos ellos predestinados a la condenación? ¿No decía san Pablo, en su primera carta a Timoteo, que «Dios quiere que todos los hombres se salven»? Y, de ser así, ¿cómo los salvaba Dios? Aunque estas son preguntas teológicas que, curiosamente, el papa León XIV no abordó directamente en su visita a España, sí convivieron en su día, dentro de la Escuela de Salamanca, con algunas de sus respuestas más memorables: baste recordar las que enfrentaron a Domingo Báñez y Luis de Molina, cumbres especulativas de la teología universal; o baste citar a Domingo de Soto y Melchor Cano, figuras sin las que no se entiende el Concilio de Trento.

Ahora bien, volviendo a la filosofía política, ¿por qué le interesó a León XIV lo que ante los parlamentarios españoles llamó «la pregunta salmantina»? El mismo discurso del papa apuntó el motivo: «Esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica» —es decir, el citado descubrimiento, conquista y evangelización de América— «con la lucidez de la razón moral». ¿Y cuál es esa razón moral que puede iluminar nuestra acción en la historia? También lo indicó el papa, apoyándose en las reflexiones de la Escuela de Salamanca: «Que la voluntad de la mayoría… respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar». Es decir, que ningún poder —tampoco el de la mayoría, tampoco el «democrático»— pueda atropellar «el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales» que ponen coto a tal poder. Toda una enseñanza para un parlamento como el español, que ha emitido leyes que permiten acabar con jóvenes deprimidas —como Noelia Castillo—, niños aún en el seno materno o ancianos en dificultades.

Tanto los pensadores salmantinos como el papa nos vienen a recordar, contra tales legislaciones, que hay algo más importante y anterior a la política; que hay algo más importante y anterior a las leyes humanas; que hay, en suma, algo más importante que los discursos histéricos de Irene Montero o los chabacanos de Gabriel Rufián en sede parlamentaria. Y tenemos suerte porque ese algo, muchísimo más precioso que el palacio del Congreso entero, se halla bien cerca de cada uno: se encuentra dentro de cada persona. Es un «valor irreductible» o, como la llamó la declaración doctrinal de 2024, una «dignidad infinita».

El libro del Génesis, más poético, ya explicó esta misma idea hace milenios: cada uno de nosotros ha sido creado a «imagen y semejanza» de Dios; nada hay en el mundo que se parezca más a la divinidad que un ser humano, por tanto. Santa Teresa, asimismo mencionada por León XIV, también echó mano de la lírica para expresarlo en un poema que pone voz a Dios mismo:

Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti. (…) Y si acaso

no supieres dónde me hallarás a Mí, no andes de aquí para allí,

sino, si hallarme quisieres, a Mí buscarme has en ti.

Esa imagen de lo divino que cada uno llevamos dentro no puede, por tanto, renunciarse, venderse o comprarse; tampoco puede borrarse del todo, por nefastos que sean nuestros actos o atribulada que sea nuestra vida. Solo hay una actitud que hace honor a tan alta dignidad que cada cual posee: el respeto máximo e, incluso, el amor.

Ay, pero la política que triunfó tras la Escuela de Salamanca, la que acabaría fundando nuestro mundo moderno, olvidó pronto estos principios. Ni Hobbes, para el que solo somos átomos egoístas del sistema social, ni Rousseau, para el que la voluntad general jamás se equivoca, reconocen un valor interior en cada persona que ponga límite a las imposiciones del poder. No digamos ya si avanzamos hasta el siglo XIX o el XX, en que revolucionarios y totalitarios de todo signo han preferido aplastar antes que reconocer la dignidad de cada cual. Tampoco nuestros «democráticos» sistemas actuales se hallan libres de culpa: pese a todo el blablablá sobre los derechos que figura en nuestras constituciones, esos mismos derechos son luego socavados por unos u otros poderes, entre el aplauso de tantos.

Esto es lo que León XIV recordó a los diputados españoles hace un par de semanas. Y esto es lo que la Escuela de Salamanca lleva cinco siglos recordándonos a todos.

Una versión más breve de este artículo se publicó en lengua alemana en el diario Die Tagespost el pasado 18 de junio de 2026.

Fuente: theobjective.com

Publicado por JOQUIVESA en 9:05

27 junio 2026

Tomar la cruz

13º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) 

Evangelio (Mt 10,37-42)

Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda por mí su vida, la encontrará.

Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.


Comentario

El evangelio según san Mateo contiene cinco grandes discursos de Jesús, como una alusión a los cinco rollos de la Ley de Moisés o Pentateuco. El segundo de estos discursos suele llamarse el Discurso de la Misión, porque contiene una serie de instrucciones del Maestro para aquellos que envió a las ciudades y aldeas a anunciar la inminente llegada del Reino de Dios. Al igual que el domingo pasado, la liturgia recoge hoy un fragmento de dicho discurso.

“Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…” (v. 37). Las palabras de Jesús tienen un tono muy exigente y demandan de los discípulos decisiones firmes y generosas. Muy a propósito, Jesús contrasta su seguimiento y la evangelización con aquellas dimensiones de la persona más esenciales e importantes, como son la familia y la propia vida.

El Papa Francisco explicaba esta prioridad así: “El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y sin gratitud, al contrario, es más, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el maestro”. Jesús no promueve el rechazo o desprecio a los seres queridos, sino que ilustra el valor radical y primordial que tiene el amor a Dios y la búsqueda del bien de las almas, que es la mejor forma de amar a los demás.

“Quien no toma su cruz y me sigue…” (v. 38). Sorprende que Jesús hable ya a los apóstoles de la cruz, cuando acaba de elegirlos al inicio de su ministerio en Galilea. No sabemos qué entenderían ellos de estas palabras, pronunciadas mucho antes de la pasión. En cualquier caso, significan que el discípulo puede identificarse con el Maestro; no solo porque es enviado a anunciar el evangelio como Él, sino también porque puede sacrificarse por los demás, como hizo Jesús en la cruz.

La idea de la cruz produce cierto miedo natural y podría retraernos de seguir más de cerca al Señor. Pero es un miedo que se vence si conocemos bien el sentido de la cruz para cada uno. San Gregorio Magno lo aclaraba así: “nosotros podemos cargar con la cruz de dos maneras: o bien dominando nuestra carne por medio de la sobriedad o bien haciendo nuestras por compasión las necesidades del prójimo”.

Cargar con la cruz cada día suele significar para la mayoría de los cristianos aprender a dominar las propias pasiones y gustos, sobre todo para hacer la vida más amable y grata a los demás. San Josemaría comentaba: “los verdaderos obstáculos que te separan de Cristo —la soberbia, la sensualidad…—, se superan con oración y penitencia. Y rezar y mortificarse es también ocuparse de los demás y olvidarse de sí mismo. Si vives así, verás cómo la mayor parte de los contratiempos que tienes, desaparecen”.

Por otro lado, Jesús no solo habla de renuncia. También se refiere a la recompensa que obtenemos cuando le seguimos de cerca y cuando cuidamos a sus discípulos. Como decía también san Josemaría, “darse a los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría”[4]. El discípulo de Jesús que se entrega generosamente está contento. Y suele experimentar que, quienes se benefician de su labor, lo reciben con cariño y aprecio. Incluso el pequeño gesto de ofrecer un vaso de agua al discípulo es realizado como si se le ofreciera a su propio Maestro. Y por eso mismo, tampoco los gestos de cariño hacia los servidores del Maestro dejarán de ser recompensados por Dios.

Fuente: opusdei.org


Publicado por JOQUIVESA en 12:24

Crisis de atención

 Diego Errázuriz 

Byung Chul Han alerta sobre la crisis de atención provocada por la saturación de estímulos y plantea la atención contemplativa como un camino para recuperar la profundidad y vivir el presente con plenitud.

Padecemos una crisis de atención. Ese es el diagnóstico de Byung Chul Han en Sobre Dios. Este filósofo bestseller denuncia que nos hemos acostumbrado al consumo instantáneo y casi infinito de estímulos sensoriales, de modo que cada vez nos cuesta más concentrarnos, estar en una sola cosa a la vez, profundizar en algo interesante o aburrirnos tranquilamente. El resultado: nuestros sentidos están saturados de basura informativa.

La “economía digital” no contribuye demasiado. Muchas empresas persiguen ─como un verdadero botín de guerra─ los segundos, minutos u horas que dedicamos a consumir sus contenidos. Y, si se trata de redes sociales, con algoritmos diseñados para secuestrar nuestra atención y, no pocas veces, generar una adicción. Así pueden monetizar sus vídeos o textos y convencer a sus auspiciadores de que veremos sus anuncios: les venden nuestra atención.

Pero no se trata solo de protegernos de los algoritmos, del maldito clickbait o de la oferta de dopamina barata, aunque tengamos que poner cortafuegos al incendio de la dispersión infinita. La propuesta de Han nos desafía a desarrollar una atención “contemplativa”. Porque, según afirma el surcoreano, la atención plena nos conduce a una vida plena. Y así nos volvemos capaces de meternos de lleno en lo que estamos haciendo, disfrutar del esfuerzo y del gozo del momento presente. 

Una atención contemplativa se cultiva minuto a minuto: enfocándonos totalmente en la persona con la que estamos conversando, en la clase que estamos dictando o escuchando, en el tiempo de trabajo profundo, en la caminata por el parque sin teléfono, en el deporte intenso, en el rato de oración. Esas experiencias reales nos van reconectando con lo verdadero, a la vez que crece nuestra capacidad de disfrutarlas con plenitud.

Fuente: omnesmag.com

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Publicado por JOQUIVESA en 9:05

25 junio 2026

26 de junio: san Josemaría

Evangelio de la fiesta de san Josemaría

Evangelio (Lc 5, 1-11)

Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pescadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y, sentado, enseñaba a la multitud desde la barca.

Cuando terminó de hablar, le dijo a Simón:

—Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca.

Simón le contestó:

—Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada; pero sobre tu palabra echaré las redes.

Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos barcas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:

—Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.

Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían pescado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón:

—No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás.

Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.

Comentario al Evangelio

En el lago de Genesaret confluyeron dos dimensiones. En un lado, estaba Dios. En otro lado, unos pescadores. El primero tenía un plan eterno. Los segundos, el plan de todos los días.

Y entonces, Dios decidió que el plan de todos los días había de convertirse en un plan eterno. Era el primer capítulo de una historia de amor.

Así que subió a la barca. Al principio, ellos pensaron que le estaban haciendo un favor. Poco a poco, fueron percibiendo que el gobierno de la barca lo iba tomando Él. Después, cayeron en la cuenta de que estaban presenciando algo extraordinario: una pesca milagrosa. Al final, cuando volvieron a la orilla, habían entendido que nunca nada sería igual. Era como si abrieran los ojos por primera vez. Entonces lo dejaron todo. Para ganarlo todo. Para ganarlo a Él.

Lo que pasó en Genesaret se ha repetido infinidad de veces, tantas como seres humanos han poblado la tierra. Muchos, por desgracia, no se dieron cuenta. Y entonces su vida se desarrolló siempre en una sola dimensión.

Pero afortunadamente, muchos otros sí se dieron cuenta. Antes de Genesaret, Dios había ido a Nazaret a contarle a María su plan eterno. Siglos después, fue a Milán a remover a Agustín. A Siena a avisar a Catalina. A Pamplona a sacudir a Íñigo. A Uganda a llamar a Carlos. Todos dijeron que sí, y como aquellos primeros pescadores, cambiaron el curso de la historia.

“Parece que os han escogido uno a uno..., decía. —¡Y así es!” (Surco 220).

Pasados los siglos, decidió también ir a Logroño, a despertar con unas huellas en la nieve a un chico nacido en Barbastro llamado Josemaría. El procedimiento fue el mismo, el de siempre: subir a la barca y, si la respuesta es positiva, ir haciéndose poco a poco amo y Señor. La conclusión fue la misma: el chico entendió que ya nada sería igual. Que el amor es jugarse la vida a una carta. Y dejándolo todo, lo siguió.

Como ya dijimos, Dios había decidido que el plan de todos los días había de convertirse en un plan eterno. La vida ordinaria de los hombres y de las mujeres había de ser el lugar de su encuentro permanente con el Creador.

Sin embargo, a fuerza de no vivirlo, a muchos se les había olvidado. Así que la misión de este nuevo pescador de hombres fue precisamente esa: gritarle al mundo, con palabras, pero sobre todo con la vida, que cada instante tiene valor de eternidad. Que Cristo pisó esta tierra y la santificó. Que Jesús trabajó, que Jesús Resucitado cocinó un pez (cfr. Juan 21, 9), y, por lo tanto, toda actividad humana puede ser divina.

La fiesta de san Josemaría es un motivo de acción de gracias a Dios porque nos recuerda con particular fuerza ese deseo que tiene el Señor de unir su vida a la nuestra, ese anhelo que tiene desde siempre de que escribamos la historia de nuestra vida a cuatro manos, dejando que Él sea también autor y protagonista.

“Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida —¡tu pobre vida!— dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino” (Forja 59).

La vida de Josemaría Escrivá de Balaguer puede ser para cada cristiano un estímulo maravilloso para recordar que nuestra existencia, independientemente de cómo y dónde se desarrolle, puede recibir la luz de Cristo y reflejar también esa luz para los demás. No hay excusas que valgan: podemos decir que no a la invitación, pero ya no podemos fingir que estamos sordos, que nadie nos avisó. “Yo tampoco pensaba que Dios me cogiera como lo hizo. Pero el Señor —déjame que te lo repita— no nos pide permiso para "complicarnos la vida". Se mete y... ¡ya está!” (Forja 902).

Todos, sin excepción, estamos llamados a ser santos. Esa es la voluntad de Dios, y ese es el único camino que conduce a la felicidad plena.

Cristo ha subido a tu barca, a la mía. De nosotros depende que el desenlace sea una nueva historia de amor. Como la de Josemaría y todos los santos que existieron antes que él.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 17:12

¿Católicos de primera fila? El Papa, Nachter y Bad Bunny

Teresa Aguado Peña

La visita de León XIV, una reflexión de Nachter y el entusiasmo de los fans de Bad Bunny nos invitan a preguntarnos si los católicos vivimos la fe desde la última fila o desde la primera.

La reciente visita del Papa León XIV a España ha sido una auténtica fiesta para miles de católicos. Hemos visto largas colas, plazas abarrotadas y personas recorriendo cientos de kilómetros con la esperanza de verlo durante unos segundos. La emoción era palpable. Y, sin embargo, toda esta alegría ha puesto de manifiesto una paradoja sobre la que merece la pena reflexionar.

El humorista Nachter lo ilustró a la perfección en uno de sus reels. Con su estilo desenfadado, mostraba cómo los cristianos que hacen horas de cola para acercarse al Papa son los mismos que ocupan los últimos bancos cuando asisten a Misa.

En mi parroquia lo veo todos los domingos. El párroco nunca comienza la celebración hasta que los primeros bancos están ocupados. Sin embargo, rara vez hay una multitud disputándose esos asientos privilegiados. Más bien todo lo contrario: es el mismo párroco el que muchas veces tiene que señalar con el dedo a alguien para que rellene ese solitario banco. Es curioso: estamos allí para encontrarnos con Dios, pero no parecemos especialmente interesados en estar más cerca.

Ser fans, como los de Bad Bunny

Quizá, en este sentido, los cristianos podríamos aprender algo de los seguidores de Bad Bunny. Sus fans están deseando estar en la famosa «casita», hacen colas interminables para ver mejor al artista o incluso tocarle. Disfrutan al máximo el evento y cuando salen, presumen de haber vivido algo extraordinario: «¡he visto de cerca a Bad Bunny!».

La comparación puede parecer provocadora, pero ¿qué imagen damos de nuestra fe si seguimos a Cristo con menos entusiasmo que a un artista? El mismo san Carlo Acutis se preguntaba esto mismo. Su madre contaba que él no entendía por qué las personas no hacen filas para visitar al Rey del Universo, vivo y real en el Sagrario: «en el tabernáculo está la Vida Eterna, y sin embargo, las iglesias están vacías» afirmaba. 

Ya lo decía Mateo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente”. ¿Quién se animaría a hacerse fan de Dios si los que dicen seguirle no hacen colas para verle?

Seguir siendo salados

Pero la cuestión va mucho más allá del testimonio que damos a los demás. También afecta a nuestra propia vida espiritual. El gran peligro de cualquier creyente no suele ser el rechazo frontal a Dios, sino la costumbre. La rutina. Por ello, deberíamos preocuparnos por mantenernos «salados» y cultivar el asombro ante la grandeza de Dios.

¡Bendito asombro! San Juan Pablo II hablaba de dos actitudes espirituales para descubrir a Dios que viene a nuestro encuentro. «La segunda ―después de la espera atenta y vigilante― es la admiración, el asombro. Es necesario abrir los ojos para admirar a Dios que se esconde y al mismo tiempo se muestra en las cosas» (Audiencia General, 26 de julio de 2000).

El demonio está deseando por ello arrebatarnos este asombro. Pretende que normalicemos las maravillas de Dios, enfriando así nuestra pasión y nuestras ganas de verle. ¿Cómo normalizar que Dios nos habla como un enamorado en cada liturgia de la palabra? ¿Cómo dar por hecho que muere por nosotros y que carga con nuestros pecados? ¿Cómo acostumbrarnos a que un Dios tiene sed de vernos y que hace lo que sea para encontrarse con nosotros?

El Papa, un empujón a la primera fila

Tal vez por eso la visita del Papa ha sido también una oportunidad. Una oportunidad para preguntarnos si vivimos nuestra fe desde la última fila o desde la primera. Para preguntarnos si buscamos a Cristo con el interés que merece.

Porque cuando desaparezcan las multitudes y terminen los grandes acontecimientos, Jesús seguirá esperandonos en el sagrario. Sin focos. Sin aplausos. Sin colas. Y quizá la verdadera cuestión no sea cuánto nos emocionó ver al Papa, sino cuánto deseamos acercarnos a Cristo cada día.

Ojalá aprendamos a vivir una fe de primera fila.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 17:00

Chiara Curti: «En Gaudí, la espiritualidad no es una capa privada»

Roecío García de Leániz

«La belleza, cuando es verdadera, no narcotiza: despierta»

Coincidiendo con la visita del papa León XIV a la Basílica de la Sagrada Familia, entrevistamos a la arquitecta italiana Chiara Curti, una de las mayores expertas internacionales en la figura de Gaudí, quien defiende que su obra, capaz de conmover profundamente, constituye un verdadero autorretrato de su vida interior.

Tras cumplirse los cien años de la muerte del arquitecto catalán, el 10 de junio de 2026, la figura de Gaudí sigue despertando admiración en todo el mundo, pero pocos conocen la dimensión espiritual que dio sentido a la arquitectónica. Ambas son inseparables en la obra de Gaudí. 

La consagración de la basílica por parte de Benedicto XVI, el 7 de noviembre de 2010, supuso un momento decisivo para comprender esta realidad. Durante aquella visita, el pontífice presentó el templo como una síntesis singular entre belleza, razón y fe, y puso palabras a una intuición que había guiado a Gaudí durante décadas. 

¿Qué nos dice hoy la Sagrada Familia sobre la espiritualidad de Gaudí? ¿Qué nos dice de la nuestra? ¿Qué mensaje sigue transmitiendo esta obra a quienes la contemplan más de un siglo después de su inicio? 

Estas son algunas de las cuestiones con las que Nuestro Tiempo se reúne con la arquitecta e historiadora italiana Chiara Curti, una de las mayores especialistas en la vida y el legado de Antoni Gaudí, a quien, durante más de dos décadas, ha investigado desde una perspectiva histórica, artística y religiosa. 

Graduada en Arquitectura por el Politécnico de Milán y doctora cum laude en Ciencias Humanas e Historia del Arte por la Universidad CEU Abat Oliva. Curti es autora de abundantes estudios sobre la figura de Gaudí. Entre sus trabajos más recientes destacan Gaudí vivo (2026), Mi Gaudí: la biografía escrita por sus amigos (2025) y La Sagrada Familia. Catedral de la luz (2022). Desde 2015 imparte cursos en el Ateneu Sant Pacià de Barcelona sobre modernismo, Gaudí y arquitectura cristiana. 

Cuando Chiara Curti trabajaba en la restauración de la tumba de Gaudí, un día, sobre las ocho de la tarde, recibió una llamada urgente. Le pidieron que fuera para tomar una decisión sobre el proceso. Curti se encontraba en ese momento durmiendo a su hija pequeña, y le explicó: «Tengo que ir a la tumba de Gaudí». La niña la miró con lágrimas en los ojos: «Pero, mamá, ¿Gaudí se ha muerto?». Ella se dio cuenta entonces de que siempre hablaba de él como de un amigo, más que como un tema sobre el que investigar y divulgar.

Comisaria de cuatro grandes exposiciones dedicadas a Gaudí y la Sagrada Familia, con motivo de la visita de León XIV a España este junio, ha vuelto a montar, en el Seminario Conciliar de Barcelona, la exposición inaugurada en Madrid en 2011, Sagrada Familia: Moved by Beauty, donde propone una lectura renovada del templo y de su creador, y muestra cómo la fe fue el principio unificador de toda la obra gaudiniana y cómo la visita de Benedicto XVI contribuyó a iluminar una dimensión esencial de su legado. 

Con Curti traspasamos la genialidad artística para adentrarnos en una experiencia interior que dio origen a uno de los arquitectos más extraordinarios de la historia: Gaudí, hijo del Padre.

Después de cien años, ¿por qué cree que la figura de Gaudí reaparece con tanta fuerza?

Porque estamos en un tiempo de cansancio visual y de hambre de sentido. La espectacularidad ya no basta. Y Gaudí, leído desde una visión espiritual, ofrece algo rarísimo: una belleza que no se agota en el golpe de vista porque está sostenida por una antropología y una teología. Vivimos un nuevo medioevo, un cambio de época profundo. La Sagrada Familia se revela como el símbolo que nos acompaña, como sociedad, a atravesar este momento histórico. 

La declaración de Gaudí como venerable en 2025 ha puesto el acento y la conversación en su vida interior. Ya no se discute solo como genio técnico o icono cultural, sino qué clase de virtudes humanas y cristianas visibilizó. Esa recepción, por supuesto, puede caricaturizarse. Pero también puede ser una oportunidad para conocerlo con más rigor. Si el centenario de su muerte sirve para escapar del consumo superficial de su imagen y volver a las fuentes, entonces habrá valido la pena. 

La actualidad de Gaudí no reside solo en que sus formas parecen modernas. Está en que su pregunta por el sentido del trabajo, la belleza, la comunidad y Dios vuelve a ser nuestra pregunta. 

«Gaudí no construyó solo un edificio: se dejó

construir por una verdad mayor que él»

Tras más de veinte años estudiando a Gaudí, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención? 

Quienes convivieron con él entendieron que su obra no se podía explicar del todo si se amputaba su fuente humana y espiritual. Por eso para mí ha sido tan importante la vida interior del artista, eso que no se puede buscar en internet como un dato suelto. Si uno mira la Sagrada Familia como un soberbio experimento plástico, verá mucho, pero seguirá sin entender por qué el edificio concede tanta centralidad al altar, por qué el claustro rodea el templo como espacio de tránsito orante, por qué las fachadas son una economía visual de la historia de Cristo o por qué la basílica se concibe como reflejo de la liturgia celestial: la Jerusalén que desde la tierra sube al cielo, invirtiendo la imagen y poniendo el acento en que somos parte del Reino de Dios.

«En Gaudí, incluso lo estructuralmente necesario y

plásticamente poderoso recibe inmediatamente una

vocación relacional. Nada existe para sí. Todo remite»

Usted ha recurrido varias veces a una anécdota con Unamuno: Gaudí, cansado del debate filosófico, habría dicho que lo único que sabía es que era hijo del Padre. ¿Qué peso guarda esa frase?

Gaudí tenía muy claro que su misión en el mundo iba mucho más allá de ser un gran arquitecto: consistía en manifestarse como «hijo del Padre» y en mostrar cómo Dios se hace presente en la realidad. Él veía en el asombro de la infancia una posibilidad única de redescubrir la belleza que nos rodea. Para él, el ojo del niño es capaz de percibir lo extraordinario en lo cotidiano, porque aún conserva una visión llena de verdad y admiración, parecida a la del místico, que lo ve todo transfigurado. Los niños descubren universos en una piedra, historias en un agujero y aventuras en los elementos más sencillos de la naturaleza. Precisamente ahí reside el hilo conductor de Gaudí: no quiso crear una obra cerrada y concluida, sino iniciar una historia capaz de seguir inspirando y despertando la mirada de quienes la contemplan.

Esa mirada de infancia sintoniza mucho con la relación de Gaudí con los más vulnerables…

Sí, la dulzura que mantenía con los niños aparece plasmada constantemente en los testimonios que recogí para mi libro Mi Gaudí: la biografía escrita por sus amigos. Se ve cuando organizaba meriendas para los menores huérfanos que recibía en la Sagrada Familia, y muchos de los modelos de la fachada del Nacimiento fueron trabajados con rostros reales de vecinos [del Poblet, como se conocía entonces al barrio humilde donde se levantaba la basílica] cargados de historias. Me parece una intuición bellísima y muy seria: el templo expiatorio no se levanta sobre una abstracción popular, sino sobre rostros concretos. 

Esa misma lógica reaparece en la imagen de la «catedral de los pobres». El edificio no está pensado para sustituir la justicia social, pero sí para ofrecer amparo, dignidad y una forma de belleza que no excluya a los humildes. Por eso también me parece muy pertinente la frase «Gente pequeña ha contribuido mucho a grandes cosas». En Gaudí no hay solo estética del pueblo; hay confianza real en la fecundidad espiritual de lo pequeño. 

De Gaudí se han dicho muchas cosas, ¿qué caricatura le gustaría desechar?

La primera, la del genio aislado. Rechazo tanto la caricatura del ermitaño como la del loco arisco —incapaz para la relación y solo fértil en soledad—, como muchas veces se le ha tildado. Esa imagen es cómoda y produce fascinación moderna, pero no se sostiene bien cuando uno entra en la trama concreta de su vida. Insisto mucho en la «vida relacional» de Gaudí: en su cercanía a obreros, colaboradores, clérigos, artesanos, niños, vecinos del barrio. De hecho, Mi Gaudí nace de ese convencimiento: el arquitecto no era únicamente una firma de prestigio, sino alguien cuyo modo de estar con los otros dejó memoria. No estaba solo. Y cuando en algún momento fue percibido como huraño, fue más por su desplazamiento social: dejó de gravitar en torno a quienes daban prestigio mundano y optó cada vez más por permanecer con quienes no tenían voz ni visibilidad. Eso cambia mucho la escena. La segunda caricatura sería la del místico nebuloso, como si su religiosidad consistiera en vaguedades elevadas. No: su fe, cuando madura, es una relación con Dios reglada, concreta, casi corporal. 

«La liturgia no venía después del trabajo para darle sentido;

la liturgia era el ritmo que organizaba el trabajo»

¿Cómo se plasmaba esa espiritualidad reglada en el día de Gaudí?

Sorprendentemente regular, una jornada casi monástica: misa y comunión por la mañana, trabajo durante el día y, al atardecer, actos culturales, meditación y oración en la iglesia de Sant Felip Neri. Gaudí solía compararse con un monje porque decía que su vida seguía un ritmo de ora et labora; pero, al igual que un monje, nunca vivió aislado.

Para él, la liturgia no se añadía al trabajo para «darle sentido»; sino que marcaba el ritmo que lo organizaba. El trabajo no estaba por encima de la vida, sino que era su manera de manifestarse como colaborador del Creador. Eso explica por qué en Gaudí la espiritualidad no se esconde en lo privado y la arquitectura no es una profesionalidad neutra. Ambas cosas se mantienen al mismo tiempo. 

Hay un detalle muy revelador: cuando sufre el atropello tras el cual fallece, se dirigía, como tantas tardes, al oratorio de Sant Felip Neri. Gaudí no era un activista febril ni un asceta evasivo. Era un hombre de regla. Y esa regla no asfixiaba su creatividad; la sostenía. La suya fue una genialidad disciplinada.

¿Diría que Gaudí fue siempre así?

Fue un hombre marcado por un humus católico, pero no siempre con la misma densidad interior. Creció en una familia religiosa, y con la observación de la naturaleza, favorecida por la fragilidad física de la infancia, forjó un método de contemplación que mucho más tarde se integraría de forma orgánica en su fe. Es importante no fabricar una biografía lineal, como si hubiera nacido ya convertido en el Gaudí de la última etapa. Hay que verlo crecer. Esa insistencia me parece muy sana porque evita tanto el mito del santo instantáneo como el del genio autosuficiente. 

Los cuadernos del templo [la documentación del archivo de la Basílica de la Sagrada Familia] desvelan algo muy iluminador: Gaudí tuvo dos fuentes de inspiración, el mensaje cristiano y la naturaleza, convergentes en la convicción de que la obra del Creador era inimitable. Esa confluencia es el fruto de una maduración. A medida que entra en la adultez y se afianza en el proyecto de la Sagrada Familia, se vuelve «muy devoto», estrecha lazos con sacerdotes y obispos y estudia seriamente la renovación litúrgica. Su fe no es un adorno heredado, sino una inteligencia que crece. Gaudí es un hombre que va siendo formado también por la obra a la que se entrega. 

Si tuviera que resumir en una sola intuición lo que la Sagrada Familia dice sobre Gaudí, ¿cuál sería?

Que no construyó solo un edificio: Gaudí se dejó construir por una verdad mayor que él. La obra y el hombre crecieron juntos. Y eso me parece, quizá, lo más conmovedor de todo. En una época obsesionada con producir resultados, Gaudí nos devuelve la idea de una obra que transforma primero al que la sirve. 

Por eso me resisto a terminar con una exclamación admirativa sobre las torres o las fachadas. Lo decisivo no es que Gaudí fuera singular, sino cómo llegó a serlo. Llegó ahí porque fue aprendiendo a mirar la realidad como creación, a vivir el tiempo como liturgia, a tratar el talento como don, a leer la ciudad como destinataria de un signo, a entender a los obreros y a los pobres como parte viva de la obra, y a saberse, por encima de todo, hijo del Padre. Si esa conciencia filial es verdadera, entonces toda su arquitectura se vuelve inteligible: no como un despliegue de poder, sino como una gran respuesta agradecida. 

«Gaudí es un hombre que va siendo formado también

por la obra a la que se entrega»

Hablemos de las dieciocho torres. Se comenta mucho su altura y poco su teología…

Y ahí hay una pérdida grande. Las torres tienen una utilidad y una belleza evidentes, pero para Gaudí eran también nombres, jerarquía y relación. En el centro se sitúa Jesucristo; alrededor, los cuatro evangelistas; sobre el ábside, María; en las fachadas, los doce apóstoles. Los cuadernos del templo insisten en que 

">León XIV, vuelve visible de manera especial la conciencia cristocéntrica del proyecto. No está puesta ahí por razones compositivas neutrales, sino porque Cristo es el centro de la historia humana. Y eso explica, de paso, por qué la interpretación puramente «naturalista» de Gaudí siempre se queda corta. Claro que hay naturaleza, geometría, árboles, ramificaciones y formas orgánicas. Pero todo eso, sin el centro cristológico, se queda en un bosque bonito, nada más. En cambio, con ese centro, el bosque se vuelve templo y la altura se vuelve teología. El edificio deja de decir «así funciona el mundo» y empieza a mostrar «hacia quién se ordena el mundo». Así lo expresa el interior de la torre, donde se dibuja la historia del universo y, en el punto más alto, su origen: Cristo.

«La belleza, cuando es verdadera,

no narcotiza: despierta»

Desde esa perspectiva, ¿diría que Gaudí se veía como autor?

Gaudí no se consideró autor de ninguna de sus obras: al contrario, se veía como su custodio. Gaudí no se apropiaba de las obras, no le preocupaba dejarlas inacabadas y aceptaba que otros continuaran aquello que él no vería terminado. Esa observación es preciosa porque revela una humildad poco habitual en un gran creador: no una de tipo retórica, que se desdice por cortesía, sino la que de verdad se alegra de que la obra crezca más allá de uno mismo. 

Una cita suya sobre la Sagrada Familia resume muy bien ese espíritu: la obra está «en manos de Dios y de la voluntad del pueblo». Si uno junta ambas cosas, obtiene una clave muy sólida: Gaudí trabaja con totalidad, pero no con apropiación. Se vuelca en el templo durante cuarenta y tres años y acaba dedicándose en exclusiva a él, pero justo esa dedicación extrema le revela que la obra no es «suya» en el sentido posesivo moderno. Es una misión recibida, sostenida por la providencia y por el pueblo. El custodio cuida, mientras que el propietario puede hasta desperdiciar sus cosas. El custodio es una figura que puede asemejarse a un jardinero; y, con la Sagrada Família, Gaudí construye un bosque de piedra. 

Para terminar: ¿qué le gustaría que los lectores se llevaran de Gaudí en el centenario de su muerte?

Me gustaría que se atreviera a descubrir Gaudí como amigo espiritual. Un amigo te enseña a mirar, te acompaña, porque Gaudí imaginó una sociedad capaz de asombrarse. Esa formulación me parece profundamente justa. Porque la belleza, cuando es verdadera, no narcotiza: despierta. Y Gaudí quiso despertar una ciudad, una época y, en el fondo, a cada persona no utilizando una ideología, sino mediante un orden bello que hiciera más difícil el cinismo. 

Si el lector entra algún día en la Sagrada Familia, le pediría algo muy sencillo: que no la mire como un objeto concluido que debe «entender» de un vistazo, sino como un lugar en el que conviene demorarse. Que atraviese el claustro con las preguntas de su tiempo. Que alce la vista hacia las columnas como quien entra en un bosque y que eso le lleve a pensar en el corazón de Dios. Que preste atención a la manera en que la luz cambia el espacio. Y que acepte, aunque sea por un momento, la hipótesis de que la realidad no es muda, que la materia puede transparentar una gloria y que la belleza quizá no sea el lujo superfluo de la vida, sino una de sus formas más hondas de verdad.

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

Publicado por JOQUIVESA en 10:44

Mensaje del Prelado del Opus Dei (14 junio 2026)

Mons. Fernando Ocáriz

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En este mensaje quisiera invitaros a que profundicemos en algunos aspectos de la virtud de la pobreza, en la que resplandece el bonus odor Christi del que habla san Pablo (cfr. 2Cor 2,15).

San Josemaría evocaba esta virtud con frecuencia, entendida no solo como desprendimiento exterior, sino como una forma del amor que Cristo nos ha enseñado, expresión de un corazón que desea pertenecer a Dios. Cristo quiso nacer pobre, vivir pobre y morir pobre; a la vez, se presentó con el tono adecuado a las diversas circunstancias y personas. El Hijo de Dios, pudiendo poseerlo todo, eligió el camino de la humildad y del anonadamiento (cfr. Flp 2,6-8). Y en esa pobreza se revela la belleza de un corazón libre y totalmente abierto a la voluntad de Dios Padre.

Los santos, en formas muy diversas, son testimonios de esta realidad. Ellos descubrieron en la pobreza no una pérdida, sino una plenitud. Porque el alma que se desprende de las ataduras desordenadas comienza a experimentar una libertad nueva: la libertad del amor. «Frente al deseo de tener a Dios como compañero de camino, las riquezas se relativizan, porque se descubre el verdadero tesoro del que realmente tenemos necesidad» (León XIV, Mensaje, 16-XI-2025).

Las manifestaciones concretas de la virtud de la pobreza pueden depender de variadas circunstancias. Lo que para una persona es necesario o muy conveniente, para otra sería superfluo; lo que para la misma persona es necesario en una determinada situación, puede dejar de serlo después. Por otra parte, salvo en casos evidentes, la distinción –aquí y ahora– entre lo necesario, lo conveniente y lo superfluo requiere algo más que un criterio externo: exige una conciencia formada, prudencia y una disposición sincera a vivir la pobreza, que incluye saber pedir consejo cuando no se ve con claridad si un gasto o una decisión son realmente convenientes.

Cuando la virtud, el espíritu de pobreza, arraiga verdaderamente en nuestra vida, el corazón se vuelve ligero y, con la gracia divina, se eleva con mayor facilidad hacia la contemplación. El alma aprende a reconocer mejor los toques suaves y delicados del Espíritu Santo. Y así, en medio de las ocupaciones ordinarias, se comienza a vivir con una paz y una alegría que el mundo no puede dar (cfr. Jn 14,27). Es el gozo silencioso de saberse habitados por el amor de Dios; un amor que entra también en nuestra debilidad, la ilumina y poco a poco nos va transformando desde dentro, hacia la identificación con Jesucristo.

Por otro lado, no podemos ignorar que en muchos ambientes está extendida una mentalidad que tiende a identificar la felicidad con el bienestar material y el placer. Ante esto, sabemos bien que nuestra vocación no consiste en huir del mundo, sino en amarlo y colaborar en transformarlo desde dentro. Pero, para lograrlo, como nos decía san Josemaría, hemos de ser almas contemplativas: «La llamada divina tiene una finalidad muy concreta: meterte en todas las encrucijadas de la tierra, estando tú bien metido en Dios» (En diálogo con el Señor, n. 11).

De este modo, podremos ser la tierra buena de la que habla Jesús en la parábola del sembrador, y que permite que la palabra de Dios dé buen fruto en nuestra vida: una mayor libertad interior, una alegría más sobria y profunda, una confianza más real en Dios y una mirada más atenta a las necesidades de los demás. Pero si la semilla se encuentra rodeada de espinos –es decir, de las excesivas preocupaciones materiales y del afán de las riquezas–, queda estéril: la persona pierde libertad interior, se vuelve menos disponible para Dios y para los demás, y acaba poniendo su esperanza en seguridades que no pueden saciar el corazón.

Procuremos evitar con decisión, en lo grande y en lo pequeño, que la cultura materialista ahogue la tierra buena de nuestro corazón y de los lugares donde vivamos (cfr. Mt 13,22). Cuando la pobreza se descuida, inevitablemente se va apagando el deseo de contribuir a que el amor de Dios arraigue en otras almas. En este sentido, san Josemaría relacionaba esta virtud de manera muy directa con el afán apostólico: «Despégate de los bienes del mundo. –Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. –Si no, nunca serás apóstol» (Camino, n. 631).

Detrás de una falta de afán apostólico es fácil que haya una vida destemplada por compensaciones que adormecen el alma. Con nuestro Padre –celebraremos su fiesta en este mes–, os animo a que demos cada uno personalmente, si fuera necesario, un paso adelante en este punto de conversión. Sin duda, esto se traducirá en un amor más delicado a nuestro Señor y nos permitirá llevarlo más eficazmente al mundo.

Pongamos este deseo en manos de nuestra Madre, para que ella nos enseñe a descubrir siempre de nuevo la belleza de una vida pobre y plenamente entregada al amor de Dios.

Mantengámonos muy unidos en la oración por el Santo Padre y sus intenciones, ahora concretamente por la eficaz difusión de su primera encíclica y por los frutos de su viaje apostólico a España.

Con todo cariño os bendice

vuestro Padre



Roma, 14 de junio de 2026

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 9:09

24 junio 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Ciclo de catequesis – III. Constitución Sacrosanctum Concilium 4. El misterio eucarístico

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Seguimos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) sobre la Liturgia.

Cuando san Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados el misterio del Cuerpo de Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos escuchado: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Cor 12, 27). Y añade: «Recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad. […] Sed lo que veis y recibid lo que sois» (Sermón 272).

Justo después de haber evocado la Última Cena de Jesús, la Constitución sobre la Liturgia habla de la Eucaristía con estos acentos agustinianos. Para los cristianos, formar parte de la mesa del Señor significa que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Recibiéndolo en su Palabra y en la Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos en el Cuerpo cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre (cfr Col 1, 18), el cual nos prepara un lugar en los cielos (cfr Jn 14, 3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el Pan del camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en el que «Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).

La asamblea litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él» (SC, 48). En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del sacrificio espiritual de los cristianos (cfr Hb 13, 16; Rm 12, 1), en cuanto camino de la unión con Dios y de la unión recíproca. Al participar en ella, aprenden a que «se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (ibid.). Así, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo de vida del mismo Señor Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo. Este don nos hace entrar, por esto, en la dinámica de la unidad, que ofrece un poderoso antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo, nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro corazón (cfr SC, 47).

Queridos, cuando participamos en la Eucaristía somos invitados a escuchar la Palabra de Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor, donde Él mismo se ofrece al Padre. Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, «están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto» (SC, 56).

En lo que se refiere a la Palabra, es necesario recordar que no se trata solamente de adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras, sino de recibir la Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12), dirigida por Dios a todos y al mismo tiempo a cada uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan eucarístico y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo. «La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 55).

El Concilio Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» (SC, 51). La reforma litúrgica ha traducido esta petición en ese tesoro que es el Leccionario, es decir, el libro que recoge todas las Lecturas bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la fuente más pura de la Tradición viviente, que combina la «sana tradición» con «el camino a un progreso legítimo» (SC, 23).

El inicio del capítulo II de la Constitución sobre la Liturgia está entretejido con referencias al gran río de la Tradición, que va desde los Padres de la Iglesia hasta nosotros. Lo cito: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (SC, 47).

Queridos hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente de vida divina y dejémonos transformar por el misterio que celebramos.
_________________________

Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Retomamos hoy el ciclo de catequesis dedicadas a los documentos del Concilio Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) que trata de la liturgia.

Con un acento agustiniano, este texto conciliar invita a los cristianos a que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Cuando recibimos al Señor en su Palabra y en la Eucaristía, nos convertimos en aquello que hemos recibido. De esta forma, la Eucaristía es anticipo del sacramento del Reino que está por venir y, a la vez, nos enseña a adoptar el estilo de la vida de Cristo, entregando la propia vida. Por otra parte, la Palabra edifica también nuestra relación con el Señor, haciéndonos pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo.

Acudamos con fe a esta fuente de vida divina, que son los sacramentos, y dejémonos transformar por aquello que celebramos.
_________________________

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Recibamos con fe los sacramentos y pidamos al Señor, que se nos da en la Eucaristía y en la Palabra, que transforme nuestra vida en Cristo y nos haga suyos. Que Él nos enseñe a participar, cada día con más fruto, de su presencia real, signo de unidad y vínculo de caridad. Que Dios les bendiga siempre. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 12:09
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