03 julio 2026

J. Ratzinger: «La locura del egoísmo humano oculta la locura del amor de Dios»

J. Ratzinger

En febrero de 1967, se publicó un artículo de Joseph Ratzinger sobre "el catolicismo después del Concilio" para la revista ‘Palabra’. Publicamos el mismo con motivo del 60º aniversario de ‘Omnes’

“El catolicismo después del Concilio«: he ahí un tema que, a primera vista, lleva consigo una cierta imprecisión inherente al concepto mismo de «catolicismo». En este concepto la noción teológica de la Iglesia y de su catolicidad está unida a elementos políticos y sociológicos, de tal modo que la realidad cristiana aparece en él bajo un signo muy característico de nuestra época: las palabras que terminan en «ismo» expresan la forma actual de llevar a cabo la fusión y de establecer las relaciones entre la realidad ideal y la realidad sociológica. Esta fusión se denomina hoy día comúnmente «ideología», con un sentido peyorativo la mayoría de las veces. Así, la palabra «catolicismo» significa que se entiende a la Iglesia, en cuanto forma comunitaria de la fe, como un fenómeno de ideología, fenómeno que resulta más familiar al espíritu contemporáneo. En otros términos: en la medida en que esta palabra es empleada por los católicos para designarse a sí mismos —y esto vale también para los protestantes, pues sobre este punto no existe apenas diferencia entre las confesiones— se comprende hasta qué punto, sin darse cuenta, los católicos se definen a sí mismos con categorías ideológicas del pensamiento moderno.

En este sentido se podría decir que la palabra «catolicismo» traduce, en su forma actual, la fusión entre Iglesia y sociedad y, por consiguiente, entre la Iglesia y las concepciones y las formas de vida de nuestro tiempo; lo que da continuidad, bajo otro aspecto, a la confusión con lo temporal, tal como existía en el imperio cristiano de la Edad Media y que ahora se critica con tanta frecuencia. Si partimos de este punto de vista, el problema consistirá en preguntarse de qué manera esta fusión de Iglesia y mundo, expresada en la palabra «catolicismo» aparece como realidad positiva después del Concilio, y si el Concilio la ha estudiado de un modo crítico o positivo. Esta cuestión sería importante y aleccionadora, y además correspondería a un relevante aspecto de la problemática conciliar, puesto que el Concilio se ha interesado por estos problemas en la Declaración sobre la Libertad religiosa, en la reflexión fundamental de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual y también, aunque de modo más vacilante en principio, en el Decreto sobre los medios de comunicación social. El concepto de «catolicismo» en sentido estricto ha sido el objeto de sus preocupaciones.

Malestar en la Iglesia

La cuestión consiste en saber cuáles han sido las consecuencias del Concilio para los católicos y cuál es la situación espiritual de la Iglesia después del Concilio y como consecuencia del mismo.

Digámoslo sin rodeos: reina un cierto malestar, un sentimiento de desencanto y aun de desilusión, como ocurre con frecuencia después de los momentos de alegría y entusiasmo en que parece que el mundo ha cambiado de repente y en los que, en medio de la monotonía de todos los días, brilla por un instante la esperanza de algo nuevo y completamente distinto que va a sacarnos de las costumbres fastidiosas, para en seguida darnos cuenta, más penosamente aún, de que lo habitual es nuestro destino y de que lo cotidiano sigue siendo lo cotidiano. Durante un momento el mundo, asombrado, había prestado oído atento al Concilio, hacia el que dirigió su cordial simpatía. Pero hace tiempo que ha vuelto a sus asuntos. La Iglesia, a fin de cuentas, ha continuado siendo la Iglesia, y la fe se ha hecho más difícil, porque ha quedado más expuesta y menos protegida. El hecho es éste, sea porque en el entusiasmo de 1962 resonase una secreta aspiración —lo sobrenatural y lo eterno, tan velados, iban a poder comprenderse mejor, a estar más cerca, a estar menos ocultos tras la valla de millares de prescripciones y menos encubiertos por el peso de un pasado que gravita sobre lo que se nos presenta como revelado por Dios—, o sea porque se hayan sentido algunos confirmados en un secularismo y llevados por eso a esperar la secularización de la Iglesia.

Además, los fieles están menos unidos que antes. Para unos el Concilio ha hecho demasiado poco, se ha quedado en todo a mitad de camino, no es más que un conjunto de soluciones de compromiso llenas de precauciones, una victoria de la prudencia diplomática frente a la tempestad del Espíritu Santo que no desea síntesis complicadas, sino la simplicidad del Evangelio. Para otros, el Concilio es un escándalo, la Iglesia se ha entregado al espíritu nefasto de una época que ya no conoce las cosas de Dios porque se ha encerrado obstinadamente en las cosas de la tierra. Contemplan, con consternación, cómo vacila lo que había para ellos de más sagrado. Desorientados se desvían de una renovación en la que ven un cristianismo disminuido, una disolución donde hubiera hecho falta un acrecentamiento de la fe, la esperanza y la caridad.

¿Conversión o perversión?

Con escepticismo y aprensión comparan esta reforma —llena de concesiones y de ataques a la inmensa gravedad y al carácter absoluto del servicio a Cristo— con las renovaciones llevadas a cabo en el pasado, por ejemplo, con la que va unida al nombre de la gran Santa Teresa. Antes de su conversión vivía en un convento de vanguardia, donde desde hacía tiempo las reglas ásperas y anticuadas de la clausura se interpretaban con espíritu amplio y moderno y donde se recibían toda clase de visitas. Vivía en un convento moderno en el que el ascetismo de la vieja regla hacía tiempo que había sido reemplazado por una forma de vida «más razonable», que respondía mejor al espíritu de los hombres del comienzo de los tiempos modernos. Estaba en un claustro moderno abierto al mundo y que se esforzaba en tener contactos amistosos en todas partes. Pero un día quedó embargada interiormente por la proximidad de Cristo; el Evangelio se alzó ante su alma con toda su inexorable realidad, despojado de todas las frases que lo disfrazan; sintió que todo este modo de vida moderno era una intolerable huida ante la grandeza de la verdadera misión y de la necesaria conversión; se alzó y «se convirtió», es decir: dejó de lado el «aggiornamento» para emprender una renovación que no era concesión, sino exigencias de entrega a la desposesión escatológica por Cristo, exigencia de dejarse expropiar completamente por Jesús Crucificado y de pertenecer totalmente a todo el Cuerpo de Cristo.

Los fieles de que hablamos se preguntan: ¿no ha tomado el Concilio el camino inverso? ¿No vuelve la espalda a la conversión para ir hacia la perversión de la Iglesia? Ninguna de estas preguntas puede evitarse pura y simplemente. La gran tarea del posconcilio consistirá en tener la fuerza suficiente para afrontarlas espiritualmente y responderlas. Naturalmente, esta labor no podrá llevarse a cabo más que con la ayuda del Espíritu Santo. En este sentido, el alcance de las cuestiones planteadas por nuestro tema sobrepasa las posibles respuestas en el plano de la teoría. Ahora sólo podemos tratar con mayor atención de ciertos aspectos del malestar que hemos constatado como característica de la Iglesia después del Concilio y, al mismo tiempo, precisar las tareas que nos impone la hora presente.

La Iglesia y el mundo

Un aspecto del nuevo espíritu del Concilio ha herido las sensibilidades, hasta el punto de encender los espíritus; ha sido el intento llevado a cabo para volver a definir las relaciones de la Iglesia con el mundo y, en consecuencia, del cristiano con el mundo.

Mario von Galli presenta, en su importante obra sobre el Concilio aparecida hace poco y conocida de todos, una imagen extremadamente sugestiva que muestra la catedral de San Patricio, de Nueva York, perdida como un islote del pasado en medio de gigantescos rascacielos. Esta imagen parece el símbolo de la situación de la Iglesia en el mundo actual. En otras épocas las iglesias daban a los pueblos su fisonomía; los altos campanarios se elevaban por encima de la vida cotidiana como para indicar la eternidad. Hoy el hombre eleva monumentos a su propia grandeza: rascacielos modernos que aplastan con su altura los campanarios de las iglesias e impiden ver el cielo. O más bien ese cielo es presentado como dominio del hombre: un mundo que el hombre debe explorar y que intenta poner a su servicio. La catedral neogótica, en medio de gigantes de acero de estilo arquitectónico moderno, parece también alegar el testimonio abrumador de que el cristianismo es algo pasado que no consigue ya encontrar su expresión en el mundo actual, al que, por otra parte, no tiene ya nada que decir.

Desde antes del Concilio los movimientos de juventud habían manifestado el deseo de acabar con la imagen de un cristianismo como fuerza del pasado. Los cristianos estaban ya cansados de que, por su condición de tales, se les mirara como a gentes atrasadas y ajenos al mundo, y que éste se burlara de ellos. Y existía la decisión de vivir el cristianismo de acuerdo con este siglo y de sumergirlo en el mundo de nuestro tiempo. Quienes estaban animados de esta voluntad debían, naturalmente, sentir una impresión penosa ante las Encíclicas pontificias, que estaban redactadas siempre en el estilo de la curia, con el lenguaje de la antigüedad decadente, y con las variantes añadidas por la corte bizantina, la Edad Media o la época barroca, lo mismo que ante una liturgia y unos pontificales cuyo estilo evocaba la corte bizantina, la Edad Media o el barroco, que reflejaba un fausto desusado y aparecían como un museo viviente de la cultura y el culto a través de los tiempos, no como la expresión de un culto pensado para el hombre de hoy; y también ante una teología católica que parecía ligada a las formas de la Edad Media y que no decía nada al hombre moderno. Y así sucesivamente.

¿Quién no se habrá alegrado al ver que el Concilio se ponía de parte de los que querían despejar el horizonte, abrir las ventanas para sacudir el polvo del pasado y dejar entrar un aire fresco? Más tarde, cuando el Concilio, con la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de nuestro tiempo, se dedicó a formular una nueva actitud de los cristianos y de la Iglesia en relación con el mundo, se ha podido ver que se trataba de algo más que dar de lado a formas polvorientas; se ha visto que la cuestión estaba planteada en términos fundamentales y que se trataba de un debate más profundo que el que podría plantearse entre rubricistas y defensores de la actualidad.

Encarnación de la Iglesia

En el plano teológico se puede decir que el desarrollo ha sido hecho en dos fases que interfieren entre sí sin haber alcanzado su madurez y que, además, se presentan bajo las formas más diversas, así como bajo distintos signos, de modo que no se les puede aislar más de un modo esquemático. Podría denominarse a la primera como la fase de la encarnación. Se descubre de nuevo en la encarnación un aspecto central del cristianismo y se hace de él el punto de partida de toda la construcción teológica. El concepto de encarnación define primeramente la relación del cristiano con Dios, el sentido de su actitud hacia Dios. Dios se ha hecho carne y ello quiere decir que ha salido de sí mismo, que ha descendido y que ha entrado en la carne de este mundo. Dios no vive en el mundo de las ideas puras; no está como el mundo platónico de las ideas, separado por un abismo del mundo y de la materia, que serían solamente una sombra de la realidad; Él se ha hecho carne. Se le encuentra en la medida en que se entra en ese movimiento que consiste en descender, en volverse hacia el mundo, pues es allí donde se encuentra al Dios que se humilla y desciende.


El Dios de los cristianos, el Dios hecho Hombre, no es un Dios del otro mundo, sino precisamente un Dios de este mundo nuestro. El Reino de los cielos anunciado por Cristo es, en verdad, una acción de Dios que concierne a este mundo y no a un lugar situado más allá de él. Así la fe cristiana no tiene nada que ver con la impasibilidad de los estoicos ni con su desdén resignado hacia el mundo. El Cristo que ha llorado sobre la tumba de Lázaro, que ha conocido la angustia en el huerto de los Olivos; el Cristo que se ha indignado con los mercaderes de objetos de piedad establecidos en el patio del templo y que, en las Bodas de Caná, ha participado en la alegría de los invitados, no encuadra en el ideal estoico de la espiritualidad impasible. Él ha puesto toda la pasión del hombre verdaderamente humano al servicio de lo divino, al servicio de ese Dios celoso e irritable, pero que es siempre un Dios de amor.


Esta toma de conciencia ha conducido a un cristianismo humano, vital, abierto al mundo, en una palabra, a lo que se ha dado en denominar un cristianismo encarnado: un cristianismo que no se agota en las mortificaciones, la huida del mundo y la espera del más allá, sino que se abre con simpatía al mundo y se inserta en la vida de hoy, se alegra de todo lo que es bello, noble y grande, y descubre en ello la huella de los valores cristianos que deben encarnarse de nuevo y realizarse como una responsabilidad de nuestra época. Se ven aparecer slogans como «integrar», «bautizar»: el pensamiento moderno debe ser bautizado, como Santo Tomás bautizó a Aristóteles. Hoy se debe hacer algo parecido a lo que hizo la Edad Media utilizando cristianamente las energías del mundo de entonces.


La cruz de Cristo


Pero es en este punto sobre el que se aferra la crítica y esto nos hace pasar a la segunda fase que podríamos llamar «escatológica». Pues, entre tanto, la teología ha tomado conciencia de que la idea de encarnación no tiene en la Escritura esa posición absoluta que estaba a punto de conquistar en la espiritualidad católica. En el Nuevo Testamento la fe cristiana comienza más bien por la fe en la resurrección; la reflexión teológica viene inmediatamente solo para prolongar el significado de los acontecimientos anteriores, después reflexiona sobre la palabra del Jesús histórico (los sinópticos) y, finalmente, sobre la idea de encarnación (San Juan). Así ésta no aparece más que al término de la evolución del Nuevo Testamento como fundamento del tema central de la resurrección, que es inseparable del tema de la cruz. Contrariamente a lo que afirmaba el optimismo de la idea de encarnación, en el Nuevo Testamento el tema de la cruz tiene clara prioridad sobre el de la encarnación; aun más, en la Escritura el tema de la encarnación es ya incluso una teología de la cruz, pues la encarnación significa ya que Dios se entrega a sí mismo; es, pues, el primer paso, el paso decisivo, que conduce a la cruz.


Pero este elemento corrector que se opone así a la simpatía por el mundo tal como dimana de una pura teología de la encarnación no hubiera podido ejercer rápidamente una vasta influencia si otra nueva consideración no hubiera venido a añadírsele. Comenzaba a preguntarse poco a poco si la idea del cristianismo encarnado, es decir, de una fe y una Iglesia comprometidas en las cosas terrestres, no conduciría finalmente a una restauración de la Edad Media, en donde la imbricación del sacerdocio y del imperio representaba un grado superior de encarnación del cristianismo, pero que, precisamente a causa de esta imbricación, se nos aparece hoy como extremadamente sospechoso y criticable. Y llegamos entonces progresivamente a las nociones de «integración» y de «bautismo» del mundo; la idea del mundo «mundano» se pone de moda: la tarea de los cristianos se estimaba, no en cristianizar el mundo, sino mas bien liberarlo de su carácter «mundano», reconocer al mundo como mundo, dejarlo como tal y respetarlo.


Con esto se relaciona una nueva visión de la historia que apareció en el discurso pronunciado por el Papa Juan XXIII en la apertura del Concilio. Hasta entonces se consideraba habitualmente a la Edad Media como la época cristiana ideal en la que la Iglesia y el mundo se relacionaban de una manera perfecta, considerada como el objetivo hacia el que había que tender; por el contrario, los tiempos modernos representaban como una gran deserción comparable a la del hijo pródigo, que toma su parte de herencia y abandona la casa paterna para, en seguida (como durante la segunda guerra mundial), envidiar el alimento de los cerdos; en esta comparación aparece también la esperanza de un próximo retorno.


La autonomía del mundo


Y precisamente en este momento la tendencia moderna a la autonomía del mundo profano (que, por otra parte, tiene además sus raíces incluso en la Edad Media) fue considerada como el acabamiento de la transformación cristiana del mundo. Por eso la mirada cristiana se orientó hacia adelante en vez de perderse en la nostalgia de la Edad Media. Es quizá en Juan XXIII en quien se encuentra la crítica más acerba del romanticismo de la Edad Media, de esa tendencia a mirar hacia atrás, a temer que las cosas se degraden siempre; tendencia que no ve ni los graves peligros de la confusión de la Iglesia y del mundo, ni las nuevas posibilidades de libertad para la fe que nacen de esta nueva orientación. Todo esto conduce, en el Papa del Concilio, a una teología de la esperanza que a veces podría aparecer como un optimismo ingenuo. «…Una aurora resplandeciente se eleva sobre la Iglesia y los primeros rayos del sol naciente llenan ya nuestros corazones de dulzura», dijo en una de aquellas asombrosas formulaciones de este discurso memorable que ha marcado de una manera decisiva el espíritu del Concilio. En Juan XXIII se trataba en verdad de un optimismo que nacía de la fe, pero que era fácil de confundir con el optimismo del progreso, tan caro a nuestro tiempo. También ahora era necesaria una discusión para precisar bien las cosas.


En el Concilio, esta discusión no ha ido verdaderamente hasta el fondo de las cosas, principalmente porque las divergencias teológicas de las que aquí se trata estaban casi completamente envueltas en una oposición teológicamente superficial, pero muy eficaz en la práctica: la oposición entre la tradición de la curia y la teología moderna que ha impedido prácticamente a esta última plantear sus problemas y sus interrogantes. Aunque las formulaciones del Concilio, que aclaran verdaderamente muchos puntos y permiten caminar hacia adelante, sean prudentes, el Concilio no ha sido más que un eco muy concreto de esa oposición de los dos frentes. En el Concilio no se distinguía más que la tendencia de la curia y la tendencia progresiva, y esta oposición estaba identificada con los términos de cristianismo hostil al mundo y de cristianismo abierto al mundo (aunque en realidad la curia entiende muy bien los asuntos de este mundo y aunque su concepción política del cristianismo forme parte de los reproches que se le hacen en otros terrenos). Esta simplificación fue una de las causas principales de confusión; a menudo condujo a engañarse respecto al Concilio, pero, al mismo tiempo, señala una fructuosa misión: luchar enérgicamente por la espiritualidad cristiana en el mundo de nuestros días.


El escándalo de la cruz


No pertenece a esta exposición, que se ha propuesto tratar sobre la situación de la Iglesia después del Concilio, entrar en los problemas que se plantean a este respecto. Pero, de todas formas, podemos decir: si para la Iglesia abrirse al mundo significa desviarse de la cruz, ello la conduciría no a una renovación, sino a su fin.


Cuando la Iglesia se vuelve hacia el mundo no puede ello significar que suprime el escándalo de la cruz, sino únicamente que lo hace de nuevo accesible en toda su desnudez, separando los escándalos secundarios que se han introducido para esconderlo y con los que desgraciadamente la locura del egoísmo humano recubre la locura del amor de Dios, dando un falso escándalo que se refugia abusivamente detrás del escándalo del Maestro. En otros términos, la fe cristiana es un escándalo para el hombre de todos los tiempos: que el Dios eterno se preocupe de nosotros los hombres y nos conozca, que quien es inaccesible se haya hecho accesible en el hombre Jesús, que el que es inmortal haya sufrido en la cruz, que la resurrección y la vida eterna nos sean prometidas a nosotros mortales, creer esto es una pretensión irritante para el hombre moderno.


El escándalo de los cristianos


El Concilio no ha podido ni ha querido suprimir este escándalo cristiano. Pero, debemos añadir, este escándalo primordial, que no puede ser suprimido sin suprimir al mismo tiempo el cristianismo, ha estado en la historia recubierto con frecuencia por el escándalo secundario de los que predicaban la fe, escándalo que no es en modo alguno esencial al cristianismo, pero que se deja voluntariamente confundir con el escándalo primordial y gusta de tomar actitudes de mártir cuando en realidad no se es víctima más que de la propia estrechez y de la propia obstinación. Hay escándalo secundario, completo y culpable, cuando bajo pretexto de defender los derechos de Dios no se defiende más que una situación social determinada y las posiciones de fuerza que en ella se han alcanzado. Hay escándalo secundario, completo y culpable, cuando bajo pretexto de proteger la intangibilidad de la fe, no se defiende más que la propia nostalgia del pasado; cuando se defiende, no a la fe misma, que existía antes que ese pasado y sus formas, sino las formas que ha tomado en el pasado en una legítima preocupación de responder a las necesidades de los tiempos, formas hoy caducadas y que de ningún modo pueden pretender ser eternas.


Hay todavía otro escándalo secundario, completo y culpable, cuando, bajo pretexto de garantizar la integridad de la verdad, se da un carácter de eternidad a posiciones de escuela que se han impuesto en una época determinada, pero que desde hacía tiempo necesitaban ser revisadas y reconsideradas según las exigencias propias de lo que es original y auténtico.


Recorriendo la historia de la Iglesia se encontrarían muchos escándalos secundarios de esta clase. No todos los valientes y firmes «nom possumus» han sido un sufrimiento padecido por las fronteras inalterables de la verdad; hay muchas cosas en este terreno que no eran más que obstinación en la propia voluntad, resistencia a la llamada de ese Dios que hace caer de las manos lo que se ha cogido sin su voluntad. Pero el riesgo está en que esos escándalos secundarios se identifiquen sin cesar con el escándalo primordial e impidan llegar a él, porque las exigencias de sus mensajeros lo ocultan. 


Volvemos a decirlo: no, el Concilio no ha podido ni ha querido descartar el escándalo de la cruz; ha querido hacerlo con toda claridad más visible y accesible, tratando de separar los escándalos secundarios. Este es el verdadero sentido del «aggiornamento» del cristianismo. Sí al escándalo de Dios, sí al escándalo de un amor que va tan lejos que llega a parecer imposible. No al escándalo de los cristianos, escándalo que quiere hacerse pasar por el escándalo de Dios mismo y detrás del cual los hombres se atrincheran con su propia voluntad. Así, pues, el Concilio no ha querido una fe cristiana disminuida, sino una fe más simple en el sentido profundo del término, sin quitarle nada de su auténtica dificultad, única que puede conducir al hombre a su auténtica grandeza.


Es increíblemente sencillo, pero, al mismo tiempo, increíblemente difícil para un hombre amar verdaderamente. Puede ser extremadamente complicado resolver un problema matemático o técnico determinado, pero esto no es difícil en el sentido en que lo es el responder a la exigencia absoluta de un gran amor. Ahora bien, la fe pertenece al orden del amor. Si, a veces, a causa de todas las cosas caducas que se han añadido a la misma, ha podido parecer complicada como una impenetrable ecuación, el Concilio se ha esforzado en devolverle su verdadera simplicidad: la simplicidad de un gran amor que es a la vez lo más fácil y lo más difícil, pues lo que exige es ni más ni menos que nuestro propio ser.

Fuente: omnesmag.com


02 julio 2026

Lefebvrianos: Se decreta la excomunión

Exaudi Redacción

Un documento firmado por el cardenal prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe define como «acto de naturaleza cismática» el rito celebrado el 1 de julio. En una nota explicativa se detallan los pormenores de la grave sanción canónica.

Los obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Alfonso de Galarreta y Bernard Fellay (respectivamente, consagrante principal y co-consagrante), y los obispos recién consagrados Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier han incurrido «ipso facto» en la excomunión «latae sententiae» reservada a la Sede Apostólica por haber cometido «un acto de naturaleza cismática», la «consagración episcopal de cuatro presbíteros, sin mandato pontificio y en contra de la voluntad del Sumo Pontífice». Así se lee en el decreto firmado por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, y refrendado por los dos secretarios de dicho Dicasterio. Es la conclusión, lamentablemente previsible, que llega veinticuatro horas después de la solemne ceremonia celebrada en Écône, Suiza, la mañana del 1 de julio de 2026.

El decreto del antiguo Santo Oficio establece que, al llevar a cabo la consagración, tanto los consagrantes como los consagrados han incurrido en la excomunión prevista. Es el doloroso epílogo, consecuencia de la decisión tomada por los lefebvrianos en contra de la voluntad expresada en repetidas ocasiones por León XIV. La excomunión sumerge en la separación de la Iglesia de Roma tanto a los obispos como a los sacerdotes pertenecientes a la Fraternidad San Pío X. En cuanto a los fieles laicos, se considerarán excomulgados aquellos que se adhieran formalmente a la Fraternidad. Se ofrecen más detalles en una «Nota explicativa», publicada por el Dicasterio al mismo tiempo que el decreto de excomunión, que reproducimos íntegramente a continuación.

La nota del Dicasterio

Desde la época de San Pablo VI hasta las últimas conversaciones, celebradas recientemente en este Dicasterio, los múltiples intentos por reconducir a los adherentes al movimiento iniciado por monseñor Marcel Lefebvre a la plena comunión con la Iglesia católica han resultado infructuosos. Esta situación se ha agravado aún más a causa de las recientes consagraciones episcopales celebradas sin mandato pontificio, en contra de la voluntad del Santo Padre y en abierta violación del derecho canónico. Por lo tanto, este Dicasterio, en el fiel ejercicio de las funciones que le han sido confiadas, considera necesario señalar que dicho acto ha constituido el delito de cisma, con las consecuencias canónicas que ello conlleva para los ministros sagrados y los fieles laicos implicados. De hecho, como ya se declaró en 1988, «dicha desobediencia —que conlleva un rechazo práctico del Primado romano— constituye un acto cismático» (cf. Juan Pablo II, Carta apostólica Ecclesia Dei, 3).

A este respecto, a partir de ahora:

1. Los ministros consagrados pertenecientes a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se encuentran en cisma y, por lo tanto, deben ser considerados cismáticos (véase Ecclesia Dei, 5 c; Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Nota explicativa sobre la excomunión por cisma en la que incurren los adherentes al movimiento del obispo Marcel Lefebvre, 24 de agosto de 1996, 5-6), por lo que están sujetos a la excomunión prevista por el derecho (can. 1364 § 1 del Código de Derecho Canónico).

2. En lo que respecta a los fieles laicos, se considerarán cismáticos y excomulgados aquellos que se adhieran formalmente a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en las condiciones establecidas en la Nota explicativa del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos de 1996 (véase ibídem, 7), aún vigente, que este Dicasterio hace suya.

3.  Por último, se advierte al santo Pueblo de Dios que los ministros consagrados de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X administran los sacramentos de forma ilícita, y que el sacramento de la penitencia que ellos administran y el matrimonio que celebran son inválidos.

La Iglesia, como madre solícita, acogerá con sincero afecto y viva solicitud a todos aquellos que deseen volver a la plena comunión. Los Nuncios Apostólicos establecerán los procedimientos que los Ordinarios podrán utilizar en los distintos casos.

Por último, se exhorta a todos los fieles a permanecer firmes en la comunión con el Romano Pontífice, con los obispos en comunión con él y con toda la Iglesia (cf. Lumen Gentium, 22; can. 751 del Código de Derecho Canónico), y a abstenerse de participar en las celebraciones y actividades promovidas por la citada Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Fuente: exaudi.org

Los lefebvrianos ordenan cuatro obispos y consuman el cisma

Exaudi Redacción

La inminencia de las consagraciones episcopales de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) este 1 de julio de 2026 ha marcado un antes y un después en la relación con el Vaticano.

La ordenación de cuatro nuevos obispos —los padres Paschalis Schreiber (Suiza), Michał Goldade (EE.UU.), Michał Poininet de Sivry (Francia) y Marek Hanappier (Francia)— sin mandato pontificio no solo ha formalizado una ruptura doctrinal, sino que se ha escenificado ante una audiencia global a través de un despliegue técnico sin precedentes.

Un cisma entre la liturgia y la tecnología

Lo que Roma interpreta como un acto de cisma, la Fraternidad lo ha presentado como una gran concentración ultratradicionalista de perfil global. La ceremonia en Écône (Suiza), sede histórica del seminario fundado por Marcel Lefebvre, ha sido bautizada por algunos críticos como una suerte de «Woodstock ultratradicionalista».

La modernidad ha contrastado fuertemente con la liturgia conservadora que defienden:

  • Retransmisión global: El evento fue emitido en directo vía streaming, permitiendo una visibilidad internacional inédita para un acto que la Iglesia considera cismático.
  • Logística contemporánea: La organización habilitó hoteles concertados, aparcamientos reservados y puestos de restauración que operaron mediante sistemas de pago cashless y códigos QR.
  • Merchandising: Los asistentes pudieron adquirir una caja conmemorativa denominada «Cuvée Écône 2026», que contenía cuatro tipos de vino cuyas etiquetas mostraban símbolos episcopales, una forma de recordar el evento histórico.

El conflicto jurídico: Excomunión y legitimidad

Más allá de la puesta en escena, la Iglesia católica mantiene un marco normativo preciso para evaluar estos actos. Según el derecho canónico, las consagraciones sin el mandato del Papa conllevan una excomunión latae sententiae, una sanción que entra en vigor de forma automática sin necesidad de una declaración formal.

Es fundamental comprender la distinción técnica que subraya la Santa Sede:

  • Validez frente a licitud: La Iglesia reconoce la validez sacramental de las ordenaciones —los nuevos obispos poseen la sucesión apostólica—, pero declara su absoluta ilicitud y falta de legitimidad al carecer de la missio canónica otorgada por el Pontífice.
  • Alcance de la pena: La excomunión es personal y recae sobre quienes confieren y reciben el orden, aunque existe el riesgo de que miembros de la Fraternidad incurran en cisma individual si manifiestan una adhesión formal a los actos de los excomulgados.

La respuesta de la Santa Sede: un «profundo dolor»

El sentimiento predominante en la Santa Sede es de «profundo dolor» ante lo que se considera un desgarro innecesario en la túnica de la Iglesia.

El Papa León XIV, en un último intento por evitar esta fractura, instó personalmente a los miembros de la Fraternidad a dar marcha atrás, apelando a su conciencia y al bien espiritual de los fieles. Según los comunicados oficiales, la Santa Sede lamenta que la Fraternidad haya preferido este camino, reiterando que la Iglesia siempre se ha mantenido abierta al diálogo, pero que no puede ignorar el rechazo de los lefebvrianos a elementos doctrinales fundamentales, específicamente aquellos emanados del Concilio Vaticano II. Para Roma, este acto no es solo una desobediencia administrativa, sino un rechazo práctico al Primado romano que fractura la comunión eclesial.

La paradoja del tradicionalismo

El conflicto ha dejado al descubierto una fractura que historiadores como Agostino Giovagnoli definen como una paradoja fundamental: «Nos encontramos ante tradicionalistas que niegan la Tradición». Con la consagración consumada, la Iglesia católica se enfrenta a un escenario inédito: un cisma que no es solo doctrinal, sino también un evento mediático retransmitido ante los ojos del mundo, dejando los márgenes para un acuerdo en una posición, por ahora, inexistente.

Fuente: exaudi.org

El eco de los panes y los peces

Eloy Asenjo Carpintero

El Papa se ha marchado y toca volver a la rutina, afrontar la realidad sin el calor de la masa. Llegará, como siempre, el momento de la criba.

Hoy, mientras contemplaba el tercer misterio luminoso del Rosario —la predicación del Reino de los Cielos—, una imagen se instaló con fuerza en mi mente: la escena evangélica de la multiplicación de los panes y los peces. Casi de inmediato, de forma inevitable, el recuerdo me llevó a los días compartidos y disfrutados en España junto al Papa León XIV.

Cuenta el Evangelio que la multitud se acomodó por grupos sobre la hierba. Jesús bendijo aquellos cinco panes y dos peces que alguien, entre la masa, había puesto a disposición. Un gesto casi ridículo si escuchamos el susurro escéptico de la razón: “¿Qué es esto para tanta gente?”.

Visualizaba una estampa —muy similar a la de algunos cuadros que guardo en la memoria—: el propio Jesús, cargando una canasta repleta de pan, caminando entre los grupos. Su rostro dibujaba una sonrisa mientras la gente lo acogía con una mezcla de asombro, gratitud y profunda devoción. Me los imagino poniéndose en pie de un salto, agolpándose en los límites de su grupo, estirando la mano con el único anhelo de rozar, aunque fuera por un instante, la orla de su manto.

¿No es acaso lo mismo que hemos visto repetirse, como un eco, estos días por las calles de Madrid, Barcelona y Canarias?

Ahí estaba el Papa León XIV, cruzando alegre las multitudes, deteniéndose el tiempo justo para acariciar la frente de un bebé, mientras el gentío se apelotonaba contra las vallas, buscando arañar un segundo de cercanía con el Pontífice. Aquella escena bíblica late en sintonía con el Sermón de la Montaña, ese instante en que Cristo despliega la Buena Nueva ante el mundo. De igual manera, en cada uno de sus actos, el Papa ha querido insistir en los pilares de la fe cristiana. Y nosotros, igual que aquellos que rodearon a Jesús, hemos bebido sus palabras con emoción, gratitud y un hondo deseo de correspondencia.

¿No ha sido ese el latido de España estos días? Un agradecimiento sincero, un vuelco en el corazón ante la voz del Vicecristo en la Tierra. Estoy convencido de que de estos encuentros han brotado promesas íntimas de mayor entrega y generosidad; una urgencia real de convertirnos en verdaderos apóstoles dentro de esta Iglesia en salida. ¡Qué alegría tan honda!

La hora de la verdad

Sin embargo, tras el Sermón de la Montaña, mi mente viaja inevitablemente al sexto capítulo del Evangelio de san Juan. Resuenan aquellas palabras de Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

En aquel momento, muchos se escandalizaron y le dieron la espalda. Al ver la desbandada, el mismo Cristo preguntó a los suyos si también ellos querían marcharse. Fue entonces cuando Pedro rompió el silencio con un bellísimo acto de fe: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Ahora el Papa se ha marchado y toca volver a la rutina, afrontar la realidad sin el calor de la masa. Llegará, como siempre, el momento de la criba. Es evidente que muchos permanecerán fieles al lado de Jesús, emulando a los Apóstoles. En otros, en cambio, se cumplirá la Parábola del Sembrador: desaparecerán sin ruido porque el mensaje no llegó a echar raíces, o porque el camino se les volvió demasiado empinado. Quién sabe. Incluso habrá quienes, arrastrados por la corriente y la «sabiduría» de los poderosos de turno —los nuevos miembros del Sanedrín—, terminen gritando: “¡Crucifícalo!”

Pero la historia no acaba ahí. Llegará el día en que muchos judíos de la época volverán a mirar expectantes hacia el Cenáculo, y vendrá el Espíritu Santo. Y entonces, más de tres mil almas se bautizarán de los que los oyeron. Y al escuchar la Verdad muchos otros vendrán detrás, y serán capaces de transformar el viejo mundo pagano.

Eso mismo sucederá en nuestro tiempo, porque el tiempo y el mundo le pertenecen a Dios, y nos los ha confiado para transformarlo y dominarlo desde el Amor.

Si tuviera hoy al Papa León XIV frente a mí, solo acertaría a darle las gracias y le diría que no se preocupara —aunque sé bien que vive en el optimismo cristiano— por aquellos que hoy parecen alejarse; porque al final, todos volverán. Y no lo harán solos: traerán consigo a sus amigos.

“Vosotros podéis cambiar la historia. Hacedlo con el Amor”.

Fuente: omnesmag.com

01 julio 2026

CARTA DEL SANTO PADRE

Al Reverendo Padre Davide Pagliarani Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

Con ánimo paterno deseo dirigirme a usted y, por su medio, a los obispos, a los sacerdotes, a los seminaristas y a los fieles vinculados a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, consciente de la responsabilidad que el Señor me ha confiado como Sucesor del Apóstol Pedro. 

La Iglesia reconoce la adhesión a la vida litúrgica, el compromiso en la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición que caracterizan a muchas personas y comunidades afines a esa Fraternidad. Lo antes dicho ha motivado una actitud de atención y benevolencia que mis Predecesores les han manifestado constantemente.

Con este espíritu, y lleno de afecto cristiano, les ruego y les pido con todo el corazón: ¡Den marcha atrás! Los exhorto a que consideren atentamente el bien espiritual de los fieles, porque el acto cismático que llevaren a cabo los privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida de los sacramentos que ellos aman y buscan para la propia santificación.

La Iglesia está dispuesta a un camino de diálogo y entendimiento que el Espíritu Santo puede hacer posible y fecundo.

Ruego por ustedes, porque desgarrar la Túnica inconsútil de Cristo es un pecado de extrema gravedad. El Señor ilumine sus conciencias y mueva sus corazones. Por la autoridad recibida de Cristo, con el alma afligida, pero aún llena de esperanza, tengo el deber de pedirles que desistan de su intento y confío estas plegarias al Corazón Inmaculado de María, Madre del Buen Consejo.

Vaticano, 29 de junio de 2026, Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo. 

LEÓN PP. XIV

La doctrina social como teología de la comunión

        Rafael Domingo Oslé

‘Magnifica humanitas’ ofrece a la DSI una clave que venía madurando desde hace décadas y que ahora recibe su nombre propio: teología de la comunión.


     Magnifica humanitas, primera encíclica social de León XIV, es mucho más que         un documento sobre inteligencia artificial. En ella se produce, casi sin ruido, un        movimiento de calado mayor: la doctrina social de la Iglesia (DSI) queda descrita   como «una teología de la comunión en la historia» (n. 27). La fórmula es luminosa y, a mi juicio, encierra el desarrollo más significativo de todo el texto.

De la teología moral a la teología de la comunión

San Juan Pablo II, en Sollicitudo rei socialis (1987), había situado la DSI «en el ámbito de la teología, y especialmente de la teología moral» (n. 41). Era una afirmación prudente y necesaria: defendía la doctrina frente a quienes la reducían a ideología o mera agenda política del Vaticano. Con los años, sin embargo, esa fórmula ha tendido a leerse en clave restrictiva, como si la DSI no fuera más que la parte del manual de teología moral dedicada a las cuestiones sociales surgidas a partir de Rerum novarum (1891). En realidad, como explica el Papa, su patrimonio es mucho más extenso: hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, los Padres, la teología y el derecho medievales y modernos. Piénsese en la Escuela de Salamanca.

La teología moral acompaña a la DSI y seguirá haciéndolo. Pero ya no como su sede exclusiva. No es que pierda lugar, sino que su lugar queda integrado en un horizonte mayor: el de la teología de la comunión. A la pregunta «¿qué se debe hacer?», esta añade otra más fundante: «¿cómo mantenernos unidos, y qué favorece o fragmenta nuestra unidad?». Una mira a los actos; la otra, a los vínculos que los sostienen. Ambas se necesitan, pero el corazón de la DSI late hoy en la segunda.

Este desplazamiento no nace de la nada. En el siglo XX prepararon el terreno dos giros mayores: el relacional en la teología trinitaria —Rahner, von Balthasar— y el de la eclesiología conciliar hacia la communio. El propio magisterio social maduró en esa dirección. El documento de Aparecida (2007), redactado en buena parte por el entonces cardenal Bergoglio, recogió ya con fuerza el lenguaje de comunión aplicado a la transformación social. Benedicto XVI, en Caritas in veritate (2009), situó la caridad —relación constitutiva— como «vía maestra de la doctrina social» (n. 2). Francisco, en Fratelli tutti (2020), elaboró la idea de fraternidad como principio social. Magnifica humanitas nombra, con claridad, lo que ya estaba operando en esa tradición sin nombre: teología de la comunión.

Dimensiones de la comunión

En la encíclica, «comunión» es una categoría teológica precisa, articulada en cuatro niveles. El primero es trinitario. El Dios cristiano es comunión de Personas. León XIV lo formula en el número 48: «el misterio del Dios viviente, revelado en Jesucristo como comunión de personas; Padre, Hijo y Espíritu Santo: amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo». La comunión, antes que humana, es divina; antes que cualidad ética, es realidad ontológica fundante.

El segundo, eclesiológico. La Iglesia, fiel al Vaticano II, se entiende a sí misma como communio. Es uno de los grandes frutos del Concilio, todavía en maduración en las distintas disciplinas teológicas. La DSI recibe en este documento con plenitud esa categoría que le es propia.

El tercero, antropológico. El hombre, hecho a imagen del Dios trino, es un ser para la comunión. Gaudium et spes 24 ya lo dejó dicho: el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo». León XIV lo cita expresamente.

El cuarto, social. Las relaciones entre personas, pueblos e instituciones son ya, o están llamadas a ser, manifestación histórica de aquella comunión última. Aquí se sitúa, propiamente, el objeto de la DSI.

Consecuencias

Entender la DSI como una teología de la comunión cristaliza lo que ya venía madurando y trae consigo tres consecuencias decisivas.

Primero, una multidisciplinariedad estructural. La comunión humana no se conoce desde una sola perspectiva: pide diálogo con la antropología, el derecho, la economía, la ecología y demás ciencias humanas y experimentales. No es concesión de la teología a otras disciplinas; es exigencia interna del propio objeto. Su fundamento, a mi juicio, está en la unidad de la realidad. Se trata de una idea profundamente cristiana y, a la vez, compartible con otras tradiciones espirituales y filosóficas: si Dios, realidad fundante, es uno y es Amor, toda la realidad debe serlo.

Segundo, un reconocimiento renovado de la autonomía de lo temporal. Así entendida, la DSI ofrece criterios para discernir vínculos; no prescripciones técnicas en ámbitos donde otros saberes son los competentes. Halla aquí respuesta serena la antigua objeción laicista, eco lejano del silete theologi de Alberico Gentili. La DSI no pretende sustituir las competencias propias del derecho, la economía o la ciencia política.

Tercero, un sujeto comunitario. La DSI no es producida solo por teólogos moralistas ni leída únicamente por la jerarquía. León XIV lo subraya en Dilexi Te: tiene «raíz popular que no se debe olvidar; sería inimaginable su relectura de la revelación cristiana en las modernas circunstancias sociales, laborales, económicas y culturales sin los laicos cristianos lidiando con los desafíos de su tiempo» (n. 82). La intuición no es nueva, pero necesitaba ser recordada. Durante años, una presentación demasiado clerical ha alejado a no pocos laicos del ejercicio de su propia responsabilidad en este campo.

Aplicaciones prácticas

El cambio de clave se percibe enseguida, en cuanto la doctrina aterriza en cuestiones concretas. Tomemos la inteligencia artificial, tema central de la encíclica. Junto a las preguntas de siempre sobre la rectitud de su uso —legítimas e inaplazables—, la teología de la comunión introduce otra que pesa lo mismo o más: ¿esta tecnología fortalece los vínculos humanos o los desgasta? Los vínculos entre las personas, entre el hombre y su trabajo, entre las generaciones, entre los pueblos y las culturas. Cuando la pregunta gana hondura, la respuesta también.

En el terreno económico, la mirada relacional enriquece el discernimiento sobre las estructuras: cuáles permiten una vida humana en la que el trabajo, la familia y el cuidado de la creación ocupen su verdadero sitio. Y, en el debate sobre las migraciones, la categoría de comunión devuelve aire al imprescindible juicio moral, situándolo en su auténtico horizonte: el de la unidad de la familia humana, siempre frágil y por reconstruir.

Conclusión

Magnifica humanitas ofrece a la DSI una clave que venía madurando desde hace décadas y que ahora recibe su nombre propio: teología de la comunión. Es un paso de fondo, porque añade a la teología moral —sin sustituirla— una mirada relacional capaz de acoger la complejidad humana en todos sus órdenes. Y es un paso fiel: prolonga la línea abierta por Benedicto XVI y continuada por Francisco, enraizada en el Vaticano II.

Esta claridad devuelve a la DSI algo precioso: voz propia en el debate público. No como código moral aplicado desde fuera, sino como sabiduría sobre los vínculos que constituyen lo humano. Una vez más, León XIV se nos muestra como el papa de la unidad.

Fuente: omnesmag.com

30 junio 2026

Gaudí y Mañara, Venerables para nuestro tiempo

Antonio Schlatter Navarro

La reciente visita del Santo Padre León XIV a la Basílica de la Sagrada Familia, con la espectacular puesta en escena que asombró al mundo y pudieron contemplar millones de personas, ha supuesto un impulso enorme para el insoslayable conocimiento de este genio que la Iglesia ha nombrado Venerable hace muy pocas fechas. Dentro de pocos meses celebraremos también el cuarto centenario del nacimiento de Miguel Mañara, otro personaje indispensable de nuestra Historia, tanto por sus obras como por su santidad (fue San Juan Pablo II quien lo nombró Venerable hace apenas cuatro décadas). A modo de pinceladas, nos proponemos descubrir y describir ciertos paralelismos entre ambas figuras egregias. Son rasgos que podrían animarnos a crecer en amistad con ellos y a acudir a su intercesión, a la espera de esos milagros que los eleven definitivamente a los altares.

          Como nos recordaba con frecuencia el Papa Francisco no nos encontramos tanto en una época de cambios como en un cambio de época. La santidad de vida de Antonio Gaudí y Miguel Mañara, junto con las obras que dejaron en el mundo (la Sagrada Familia y el Hospital de la Caridad), contempladas y meditadas en el marco de los aniversarios de su fallecimiento y nacimiento respectivamente, pueden ayudar a superar el hastío espiritual de nuestra época y a llenar el hambre de sentido que descubrimos en nuestros días, corolario lógico de ese cansancio de la Fe. A pesar de la distancia en el tiempo, en cierto sentido son almas gemelas que nos orientan con su luz en estos tiempos tan superficiales.

          Fueron personas dotadas de grandes cualidades intelectuales y que recibieron en su infancia y juventud una formación muy buena para su tiempo, tanto en el ámbito familiar como en el plano profesional e intelectual. Tras una primera fase de sus vidas acomodada y normal para su tiempo y situación (hay que rechazar definitivamente esa idea de la juventud licenciosa de Mañara que han sembrado quienes ni le conocen ni le quieren bien), y aunque siempre fueron personas de un corazón bueno ambos tuvieron un momento de conversión, de gracia extraordinaria si bien por cauces ordinarios. En concreto -aunque siempre exista un proceso más largo e interior-, a Gaudí su “conversión dentro de la Fe” le llegó gracias a un riguroso ayuno que vivió en una Cuaresma; a Mañara a raíz del fallecimiento de su esposa Jerónima. Desde entonces tomaron conciencia de que Dios tenía para ellos una misión. Descubrieron su vocación, el sentido de su vida: la construcción de la Sagrada Familia, y la labor social del Hospital de la Caridad, respectivamente. Y se dedicaron a ello por entero.

Ambos comprendieron desde aquel momento de gracia que su misión no podría ser hermética, limitada, autorreferencial… sino abierta por arriba a la eternidad, y horizontalmente al mundo entero. Las raíces de ambos las encontraron y echaron en el Cielo (Simone Weil), pero sin rechazar jamás el envite del mundo que les tocó vivir y que siempre les interpeló. En este sentido ambos tuvieron un sentido del tiempo muy parecido y que cabría denominar litúrgico (de lo eterno del presente; de la presencia de lo eterno).

Su humildad les llevó a no sentirse autores de sus obras, sino cuidadores de una obra que Dios empujaba y sacaría en el tiempo que fuera necesario. De unas obras que, por ser de Dios, no debían medirse por el cronos, sino por el Kairós. “Mi cliente no tiene prisa”, le gustaba repetir a Gaudí; mientras que Mañara recordaba constantemente el paso del tiempo para valorar sólo lo que dejamos en la eternidad (sólo leer el comienzo de su impresionante Discurso de la Verdad hace remover todos los cimientos de cualquier persona demasiado segura de sí). “No habitamos una obra inacabada sino un templo en construcción”, recordaba hace unos días el Papa en la Sagrada Familia… Ellos vivieron desprendidos de lo que podían ver como resultado, pero prendidos de lo que pensaban y sabían que les pedía Dios en cada momento. “Esto quiere Dios y esto debemos hacer”, repetía don Miguel.

          Tanto sus vidas como sus obras son fruto de una fe que no es jamás ni impostada ni meramente estética o formal. Y así, todo lo que fueron e hicieron resulta incomprensible para quienes les miren directamente a ellos como si fueran el origen y fin de sus propias vidas, y no sean capaces de tomar algo de distancia y “mirar donde ellos miraban” (Etsuro Sotoo). Y sus miradas se proyectaban en una doble dirección. En primer lugar hacia Dios, pues el mensaje cristiano y el deseo de que las almas se acercaran a Dios fueron lo que inspiró constantemente sus vidas. Pero sobre todo no dejaron por ello de mirar al mundo, en concreto a los más necesitados: pobres, pecadores, marginados, niños… fueron el motivo y motor de sus actos, lo que animaba sus obras desde dentro –no desde fuera- del mundo. Gaudí y Mañara son la prueba evidente de que una obra transforma al que la hace más que a quién se dirige; y las obras que nos han dejado, siendo de inspiración eminentemente cristiana, acercan a Cristo a quienes han participado y siguen participando en ellas.

          Además, tanto el templo expiatorio de la Sagrada Familia como el Hospital de la Caridad (con su Hospicio, Enfermería e iglesia de san Jorge), no son obras que se levantan sobre abstracciones o ideales, sino sobre rostros concretos, sobre personas que recuerdan el rostro de Cristo en los más vulnerables (enfermos del alma y del cuerpo). También esto es un rasgo común a ambos como católicos. Ellos escribieron dos páginas perennes sobre la Misericordia de Dios con nosotros. No desean sustituir la justicia social, pero sí desean –y logran- cambiar los corazones de quienes pueden aliviar los sufrimientos del prójimo. Para ellos el Cristianismo no es una ética, sino antes que nada es un encuentro con la carne doliente, con el cuerpo necesitado. Un encuentro con Cristo vulnerable.

          Por más que resulte obvio, no debemos dejar de valorar y destacar que lo esencial, lo que más les unía, fue su Amor a Cristo. Por encima de todo fueron personas de gran vida interior y de un trato con Dios continuo, un trato asiduo y real que marcaba el orden fundamental de su horario, día a día: la Misa diaria, su Rosario diario, su oración diaria… Y aunque debería resultar también superfluo decirlo, sus prácticas de devoción no sólo no les alejaron de quienes les rodeaban sino que les llevaron a abrirse más y más a ese mundo. Y no sólo la oración, sino algo hoy día más difícil de comprender para nuestros contemporáneos: la mortificación. En ambos casos el dolor vivido por amor a Dios jugó un papel fundamental: ambos se entregaron a generosas obras de penitencia y sacrificio, vivieron una vida muy austera y de pobreza. De este modo se abrazaron a la Cruz de Cristo, esa que remata la Sagrada Familia o el escudo del Hospital de la Caridad.

En ese sentido, es muy importante desterrar especialmente esa visión que aún algunos mantienen de que fueran personajes casi ermitaños, de vida cuasi conventual. Esa imagen que se pretende dar de sus vidas tiene cómo no un punto de verdad en cuanto que ambos con los años fueron centrándose en lo más esencial de su misión y desprendiéndose de lo que pudiera distraerles para esos fines. Pero no deja de ser una visión miope y que parecen mostrarlos como seres casi asociales. Algo muy lejos de la realidad… Tanto los estudios que recientemente ya se han hecho del verdadero Miguel Mañara, como lo que conocemos de Gaudí [1], nos hablan de dos personas con muchos amigos y conocidos, con gran capacidad de empatizar y que con la autoridad de sus testimonios y de sus vidas arrastraron delicadamente a muchas personas a dar y darse a los demás. Mañara logró que los hermanos de la Caridad pasaran en pocos años de cien a más de quinientos, salidos de las clases más pudientes de Sevilla; mientras que Gaudí creó una red enorme de personas que se vincularon con el proyecto de la Sagrada Familia y la sentían como suya.

Así pues, cabría decir que lo que marcó la vida de Mañara y Gaudí fueron las relaciones. Tanto ese sentido de relación primaria con Dios, como la conciencia de saberse formando parte de una familia universal, católica, conscientes de esa amistad social tan propia de un cristiano. Resulta significativo cómo en su encuentro con Unamuno, Gaudí acaba haciéndole ver al famoso filósofo, que lo mira desde arriba y pretende enredarle con sus eruditas y vacías elucubraciones, que lo único que Gaudí sabe es que es hijo de Dios. Unamuno, el mismo que escribiera un bello poema al Cristo de Velázquez… (¡2.500 versos de un precioso soliloquio!) recibió ese día una de las grandes lecciones de su vida. Y es que Gaudí, como Mañara, dialogó siempre con Dios. Ambos comprendieron la religión como una relectura del mundo con la mirada de Dios y como un religare con Él y con quienes nos rodean. Nunca como soliloquio o ejercicio de introspección. Diálogo, apertura, relación.

Tanto Gaudí como Mañara fueron conscientes de los tiempos tumultuosos que les tocó vivir. Ni se arredraron, ni se pusieron de perfil, ni se excusaron. Vivieron en y para su tiempo, pero sin perder jamás ese sentido de Esperanza cristiana. Y mostraron esa confianza en la Providencia de Dios con el ejemplo de sus vidas y con uno de los ropajes más adecuados, si no el que más: el de la belleza. Tanto la Sagrada Familia como la iconografía de la iglesia de san Jorge (con las obras de Valdés Leal, Murillo y Pedro Roldán; una obra milagrosa para su tiempo), son dos formas de decir a los hombres de todos los tiempos: Dios está entre nosotros. Ambas construcciones nos hablan del poder de la Misericordia divina, de la necesidad de la Expiación por nuestros pecados, de nuestra historia del mundo dentro de la Historia de la Salvación… del verdadero Temor y Amor de Dios…

La vida y las obras de Mañara y Gaudí nos recuerdan constantemente la pregunta que el Santo Padre León XIV dejaba en el aire en su encuentro en Madrid con el mundo de la cultura y que –como él mismo señalaba- sigue siendo la cuestión decisiva de nuestra época: “¿Qué significa ser verdaderamente humanos?” Ambos quisieron despertar a Sevilla y Barcelona, a su época como a la nuestra, de la locura de vivir para la tierra y para el ahora. Nos enseñan a ser más humanos mirando nuestra vida como don y misión, mirando la realidad como Creación y tarea, viviendo el tiempo como liturgia y a los más necesitados como referencia, construyendo edificios exteriores para servir y catequizar a los demás y, para ello, bien cimentados en una profunda vida de trato con Dios y piedad sacramental.

En la distancia de sus épocas, Gaudí y Mañara son santos laicos, que como santos atraviesan el tiempo y que como laicos se mueven en ese espacio sin límite que es el mundo. Por eso fueron personas que se hicieron santos sobre todo con su trabajo. No sólo es que fueran grandes trabajadores ellos mismos, y acabaran agotados (¡y felices!) trabajando hasta el último día de sus vidas. Es que supieron crear ese tipo de redes que el Papa León nos ha animado a hacer a nuestro alrededor: generaron un movimiento de personas que, gracias a la autoridad y el buen hacer que veían en estos personajes santos, pusieron todas sus capacidades en sacar adelante obras que parecían imposibles pero que sabían (sin ver nada) que valían la pena. Empezaron apoyando obras de los hombres para Dios, y luego fueron descubriendo que en realidad eran obras de Dios para los hombres; para ellos mismos. Así actúan los santos. Generan dinamismos, priorizan el tiempo al espacio.

Gaudí y Mañara, Mañara y Gaudí, son hoy día modelos esos santos que España especialmente requiere en nuestros días, del tipo de santidad que hoy más necesita la Iglesia, como nos recordaba San Juan Pablo II: “Hacen falta heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre, que tomen parte en sus alegrías y esperanzas, en sus angustias y tristezas, y sean al mismo tiempo contemplativos enamorados de Dios. Por eso hacen falta nuevos santos. (…) Debemos pedir al Señor que aumente el espíritu de santidad de la Iglesia y nos envíe nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy” [2]. Acudamos pues a su intercesión para que no falten cristianos que sigan la estela de estos santos que aceptaron y tomaron en serio la invitación que nos repitió una vez más el Papa León (Cristo en la Tierra), en la reciente vigilia con jóvenes en Madrid: “¡Vosotros podéis cambiar la historia!¡Hacedlo con el amor!”.

Fuente: almudi.org