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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

28 agosto 2026

Que tome su cruz y me siga

 Domingo 22.º del Tiempo Ordinario (Ciclo A).

Evangelio (Mt 16,21-27)

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.

Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo:

— ¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso.

Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo:

— ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.

Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:

— Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta.

Comentario

Este pasaje del Evangelio sigue inmediatamente después de aquel diálogo de Jesús con sus discípulos, cuando a su pregunta “Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre” (Mt 16,13), tras unos momentos de silencio por parte de todos, Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Afirmación que fue solemnemente confirmada por el Maestro que, a la vez, les ordenó que no dijeran a nadie que Él es el Cristo (cf. Mt 16,20).

Los apóstoles estarían impresionados por la claridad con la que Jesús les había confirmado lo que intuían, que su Maestro era el Mesías largamente esperado, aquel descendiente de David que vendría a reinar para siempre liberando a su pueblo de toda opresión. Tal vez pensaban, como era lo habitual entre sus contemporáneos, que el reinado del Mesías sería una gloriosa sucesión de triunfos. Por eso, Jesús les pone inmediatamente en la realidad hablándoles de sus planes de futuro, que iban por unos derroteros muy distintos a los que se imaginaban. Les advierte de que “él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (v. 21).

También en esta ocasión, es Pedro quien toma la palabra para expresar lo que otros no se atreven a decir, y se atreve a reprender al Maestro: “¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso” (v. 22). A lo que Jesús le responde con palabras muy fuertes: “¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres” (v. 23).

Jesús se dirige hacia la Cruz e invita a sus discípulos a seguirlo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (v. 24). Contra toda lógica humana, la cruz no implica desventura, desgracia que hay que evitar a toda costa, sino oportunidad de acompañar a Jesús en su victoria. En la lógica de Dios el camino que conduce al triunfo glorioso sobre el pecado y la muerte pasa por la pasión y la cruz.

Recordaba san Josemaría en su predicación un sueño de un clásico castellano en el que se mencionaban dos caminos. Uno es ancho y regalado, pero termina en un precipicio sin fondo. Es el que siguen atolondradamente los mundanos. “Por dirección distinta, discurre en ese sueño otro sendero: tan estrecho y empinado, que no es posible recorrerlo a lomo de caballería. Todos los que lo emprenden, adelantan por su propio pie, quizá en zigzag, con rostro sereno, pisando abrojos y sorteando peñascos. En determinados puntos, dejan a jirones sus vestidos, y aun su carne. Pero al final, les espera un vergel, la felicidad para siempre, el cielo. Es el camino de las almas santas que se humillan, que por amor a Jesucristo se sacrifican gustosamente por los demás; la ruta de los que no temen ir cuesta arriba, cargando amorosamente con su cruz, por mucho que pese, porque conocen que, si el peso les hunde, podrán alzarse y continuar la ascensión: Cristo es la fuerza de estos caminantes”.

El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio. “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”, decía san Josemaría. “Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales”[.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 12:59

El dolor

Daniel Tirapu

“El dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos”. C.S. Lewis

Veo estos días a un viejo amigo, le noté un poco tembloroso, pensé que estaría tomando algún medicamento, pero me confirma otro que tiene un incipiente Párkinson con 42 años... llamo a otro amigo y el cáncer de su madre parece que no para, se me echa a llorar. ¿Qué decir? Nada. El dolor, los males físicos y morales, las injusticias, suelen ser el primer obstáculo para creer en Dios. A veces, muchas también, suelen ser el momento de plantearse el sentido de la vida. El mal, el dolor, duele, seas creyente o no. ¿Por qué, por qué? ésta debería ser la primera educación de la ciudadanía.

 Antes o después te topas de bruces con él. Cómo un Dios que decís que es tan bueno, nos trata así. Parece como si te pusiera un caramelo y cuando lo vas a tomar, zas... te lo quita. Nacer es empezar a morir. Rezo por estas personas y a veces hasta uno se puede enfadar con Dios...díselo, dile que no entiendes. Pero en primer lugar Dios nos ha hecho libres y por tanto con la posibilidad de hacer mal a uno mismo y a los demás y en segundo lugar el dolor debe tener algún sentido que quizás en otra dimensión entendamos. C. S. Lewis decía que el dolor es el altavoz de Dios, porque si no nos olvidamos de Él.

 No hay amor sin dolor. También es profundamente misterioso que Dios Padre envíe a su Hijo a una muerte de cruz, ignominiosa, dura, injusta, donde no se reconocen las facciones del Hijo. ¿No bastaba con que se hubiese hecho hombre, con que naciese pobre? Parece que no. Pero la muerte y el dolor no vencen, vence el amor y la Resurrección. Que dolor el de una madre que ve morir a su hijo, y más en una cruz, siendo el más inocente de los nacidos. Mater dolorosa enséñanos a sufrir amando y amar sufriendo.

Fuente: elconfidencialdigital.com

 
Publicado por JOQUIVESA en 12:53

El gran maestro es el amor

 Enrique García-Máiquez


«El matrimonio es esa relación humana en la que cosas que en sí mismas son moralmente irrelevantes se vuelven moralmente relevantes: el amor dota a todo de importancia»

Alice von Hildebrand publicó en 1989 El amor que transforma, que ahora trae a España la editorial Eunsa con traducción, prólogo y notas del matrimonio formado por Teresa Pueyo-Toquero y José María Forment Costa. No sólo está bien traducido y comentado, sino que es bonito que un libro sobre el matrimonio tenga por embajadores en España a estos dos esposos.

A esta feliz circunstancia se suman otros dos ecos poéticos. Ya desde el título, Alice von Hildebrand rinde tributo al gran ensayo de su marido, Dietrich von Hildebrand: Nuestra transformación en Cristo (Madrid, Encuentro, 1996). Más aún, el libro hace continuas referencias explícitas a la vida matrimonial de la autora. Implícitamente, el libro es también un comentario o corolario de su propio matrimonio, convertido desde siempre en materia de reflexión. Otro libro del marido fue Matrimonio: el misterio del amor fiel (1992).

Aunque de evidente textura ensayística, El amor que transforma se presenta en forma epistolar semificticia. El libro se compone de las cartas que la autora escribe a una joven ahijada y amiga, Julie, recién casada con Michael. El lector reconoce enseguida la potencia ensayística de la forma epistolar, que insufla tensión narrativa y encarnadura a las reflexiones más profundas. Sin embargo, Alice von Hildebrand no logra extraer del género todas sus posibilidades literarias. A veces se ven las costuras filosóficas; otras, los personajes no cobran suficiente vida. Queda lejos de ese monumento del ensayo epistolar que es Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis.

En cambio, si el lector va buscando una reflexión pragmática sobre el amor y el matrimonio, tendrá pocas pegas que ponerle a esta obra. Transmite perfectamente la dimensión aventurera y épica: «El matrimonio es una gesta de audacia». «Cuanto más os dejéis refinar por el amor, más perfecto será vuestro matrimonio», propone una Alice von Hildebrand que no idealiza. De hecho, si le tuviese que poner un pero, sería precisamente el contrario: una sensibilidad quizá excesiva ante los problemas, incluso los casi insignificantes. Ella misma explica por qué: «El matrimonio es esa relación humana en la que cosas que en sí mismas son moralmente irrelevantes se vuelven moralmente relevantes: el amor dota a todo de importancia».

Aprovecha sus conocimientos antropológicos para arrojar luz sobre la vida conyugal: «Somos seres espiritualmente turbulentos: nuestros sentimientos a menudo no están en armonía con nuestras acciones». Y propone soluciones: «Aquí lo más importante es tu voluntad, pues todo amor auténtico debe ser confirmado por muchos actos de voluntad que nos sostienen cuando —por la razón que sea— nuestros sentimientos decaen».

Otra tensión que contribuye a electrificar el libro es la conciencia de que, precisamente por ser muy de su tiempo, resulta muy a contratiempo y contra mundum. Con cuánta delicadeza y verdad, con qué respeto a la libertad personal y con qué valor afronta el tema del trabajo fuera de casa y la conciliación.

Da su sitio al humor. Cuenta la historia de una chica a la que se le pincha una rueda en California. Nadie se detiene a ayudarla. Hasta que «exasperada, escribió en un gran trozo de papel en letras grandes: «¡No soy feminista!». A los pocos minutos llegó la ayuda de un joven encantado de echar una mano».

La obra tiene un gran final. El matrimonio conoce pequeñas mejoras y adaptaciones, pero el desenlace no consiste en que quede arreglado y empiece de pronto a funcionar como un reloj, sino en algo mucho más grande: ¡Julie y Michael esperan un hijo! Esa es la culminación, no un ascenso profesional ni una sincronización perfecta. Los von Hildebrand no tuvieron hijos, pero Alice da un testimonio precioso de la importancia de la fecundidad conyugal. Es una paradoja de dimensiones chestertonianas y, por tanto, auténtica y feliz.

Al leer El amor que transforma, Juan Pablo II, amigo personal de la autora, dijo: «Que el Señor conceda a este libro el éxito que merece, ya que trata un tema muy importante y amenazado». Que por el barbero del rey de Suecia no quede.

El matrimonio es la relación más completa, más intensa y más hermosa entre dos seres humanos.

*

Tenéis en vuestras manos el poder de crear un cielo o un infierno terrenal. […] Un gran amor puede ser la fuente de felicidad más profunda de este lado del Cielo.

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[La casa:] crear un lugar donde sea bueno estar.

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Con los ojos del amor, se te concedió una visión Tabor de Michael. […] Sólo quien ama ve y quien ve más claro ama más profundamente.

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Nuestra preocupación no es qué es más fácil; nuestra preocupación es qué es más hermoso.

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La misteriosa esfera del sexo no siempre da lo que parece prometer (por eso las personas inmaduras, que suelen equiparar el sexo con el paraíso, se desilusionan tan a menudo del sexo).

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La alegría es un don que no puede esperarse como derecho, ni siquiera esperarse en general.

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Quien ha vivido una vida impúdica y luego se convierte, se enamora y se casa con la mujer que ama, descubre el sexo por primera vez.

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Tu irritación por el distraído chasquido de nudillos de Michael despierta mi simpatía. Es algo sin importancia que sería mejor ignorar, pero las cosas sin importancia a veces nos ponen de los nervios.

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Ver a alguien desde fuera es una falta de caridad; ver a quien se ama desde fuera es una especie de traición.

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*La discreción es una virtud tan importante que debe permanecer incluso en el matrimonio.

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[No identifiquemos a nadie con su peor versión ni con sus comportamientos menos dignos.] ¿No te gusta que te digan sobre una mala fotografía que «no se parece a ti en nada»? […] Debemos dar a nuestro cónyuge el crédito del amor.

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Una actitud moderna muy extendida agrava nuestras dificultades en el matrimonio y en todas nuestras demás relaciones: la falta de reverencia. […] En sus escritos, mi marido llamaba a la reverencia «la madre de todas las virtudes».

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La belleza de vuestro matrimonio depende en gran medida de la reverencia que os profeséis mutuamente.

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El secreto es no dejar nunca que nuestras bromas se alejen de nuestras profundidades espirituales. Siempre me ha sorprendido la facilidad con que las personas santas pueden pasar de la recreación a la oración.

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Entonces se forma un triángulo: el objeto y vosotros dos mirándolo juntos. […] Platón tenía razón: en su encuentro con la belleza, al alma humana le crecen alas.

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Las pequeñas obras en la cocina hechas por amor tienen más valor que una brillante fusión en Wall Street llevada a cabo por codicia.

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*Uno de los grandes errores de nuestro tiempo es la idea de que el servicio es degradante. ¡Qué error tan catastrófico!

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El hombre y la mujer están llamados a menudo a tocar instrumentos diferentes en la gran sinfonía de la vida.

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Platón: «Un hombre debe enorgullecerse más de servir bien que de mandar bien».

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San John Henry Newman: «No es posible encontrar a dos personas, por muy íntimas que sean, por mucho que congenien en sus gustos y apreciaciones, por mucha afinidad de sentimientos espirituales que exista entre las mismas, que no se vean obligadas a renunciar, en beneficio mutuo, a muchos de sus gustos y deseos si quieren vivir juntas felizmente».

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Además, si dos personas pudieran fusionarse, no podrían amarse, porque el amor exige dualidad.

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Anunciar los sacrificios es una mala manera de hacerlos.

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Por lo general, las personas son muy sensibles a los errores que han cometido y es especialmente doloroso si la persona a la que quieres es quien se los restriega.

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Uno de los grandes recursos en manos de las mujeres: apelar a ese sentido de la caballerosidad que se encuentra en lo más profundo del corazón de la mayoría de los hombres.

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Michael (como la mayoría de los hombres dignos de ese nombre) se conmueve especialmente cuando le haces saber lo mucho que le necesitas.

*

Estoy convencida de que, aunque muchos hombres parezcan toscos e indiferentes, en el fondo la mayoría son caballerosos: sienten que su misión especial es ayudar a los que son físicamente menos fuertes: mujeres, ancianos, niños. Pueden ser heroicos en su deseo de rescatar a alguien necesitado.

*

El agotamiento acorta los ánimos.

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[¡Cuánto nos preparamos para una entrevista de trabajo!] Es lo apropiado: está en juego nuestra carrera. Sin embargo, tras un largo día de separación, cuando estamos a punto de volver a ver a la persona más importante de nuestra vida, rara vez nos preparamos en absoluto. Entramos en casa dando por sentado que podemos venir como estamos. Siempre debemos prepararnos para el tiempo que pasamos con nuestro cónyuge en casa.

*

Vuestro matrimonio debería ser aún más bonito que vuestro periodo de noviazgo. Si no fuera así, ¿para qué casarse?

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Estar con los demás exige estar siempre alerta, despierto, presente.

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La paz sólo llega cuando nos preocupamos sobre todo de nuestros propios defectos.

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El matrimonio está destinado a ser una antesala del Cielo.

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El gran maestro en el matrimonio es el amor, no uno de los cónyuges disfrazado de maestro de escuela.

Fuente: eldebate.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:45

27 agosto 2026

Una moral universal

Ignacio Sánchez Cámara

Es verdad que muchos principios y verdades morales que defiende el cristianismo no son meramente cuestiones de fe impuestas a los creyentes de forma más o menos arbitraria.

Uno de los sueños de la humanidad ha sido siempre la posibilidad de alcanzar una moral universal, compartida por todos los hombres. Muchos serían los beneficios que con ello cabría conseguir. Es evidente que no se ha alcanzado, que incluso estamos cada vez más lejos de hacerlo y que probablemente sea imposible.

Con frecuencia se habla en nuestro tiempo de la existencia en Occidente de un profundo e intenso conflicto cultural. En ocasiones se habla incluso de guerra cultural. No siempre se identifica a los eventuales contendientes, aunque suele señalarse al cristianismo y al ateísmo materialista. No cabe duda de que sus diferencias son enormes. En ocasiones algunos hemos sostenido que en realidad sería posible un diálogo, incluso un acuerdo básico, entre el cristianismo y la versión ilustrada y racional de la modernidad. No con sus versiones radicales y agresivamente anticristianas. Y ya es casi un tópico apelar a los debates mantenidos por el teólogo Joseph Ratzinger y el filósofo Jürgen Habermas.

Sin embargo, no resulta nada fácil. Es verdad que muchos principios y verdades morales que defiende el cristianismo no son meramente cuestiones de fe impuestas a los creyentes de forma más o menos arbitraria. Por ejemplo, la mayoría de los preceptos del Decálogo. Entre ellos, no matar. Y, sin embargo, defendiendo este precepto, unos repudian el aborto y el suicidio y otros los consideran un derecho. Y uno se puede preguntar si una moral religiosa no diferirá necesariamente de una moral sin religión.

Naturalmente, también surgen algunas diferencias en el seno del propio cristianismo. Veamos lo que nos dice el filósofo danés Kierkegaard a propósito del suicidio, contraponiendo las visiones cristiana y pagana. No es lo mismo concebir que la existencia humana es espiritual y reposa en Dios que entender que es autosuficiente y no se realiza ante nadie. La segunda tendrá necesariamente un componente de frivolidad y la ausencia de toda seriedad cristiana. Seriedad no es rigidez, ni amargura, ni ausencia de humor. De aquí que el pagano juzgara el suicidio de manera frívola e incluso lo encomiara. Al pagano le faltaba la determinación del espíritu y la relación con Dios. «El punto principal en el suicidio, el hecho de que es justamente un crimen contra Dios, se le escapa por completo al pagano». El suicidio es, en última, instancia, desesperación. Esto no significa, creo, que todo pagano deba defender la licitud del suicidio, pero sí que ningún cristiano puede aceptarlo. Hay aquí una diferencia radical que el diálogo por leal que sea no puede dirimir. Decirle a un ateo que el suicidio es un crimen contra Dios no parece que vaya a resultar demasiado persuasivo. Pero eso es precisamente lo que es: un crimen contra Dios. El acuerdo llegaría solo en el caso de que todos los hombres creyeran en Dios. Tampoco bastaría con que todos fueran ateos pues entre ellos cabría la discrepancia, aunque la aceptación sería abrumadoramente dominante. Dicho sea de paso, Kierkegaard afirma que la fe no se defiende. Es un ataque, una victoria. Una fe a la defensiva no es una auténtica fe.

La consecuencia de esto parece ser que para el cristianismo el fundamento de la moral es religioso, pues se encuentra en Dios, en su voluntad y en su inteligencia. Y esto es la verdad. Por lo tanto, este es también el fundamento de los derechos humanos. Por eso tampoco se alcanza un acuerdo acerca de su fundamento y contenido. Este es el verdadero fundamento. Luego existe otro posible, derivado de este: el fundamento metafísico o racional. Pero siempre derivado del primero. En realidad, el fundamento de la moral es la fe en Dios. Sin este, quedan la metafísica y la razón humana, pero estas siempre son débiles e inseguras. No hay que olvidar la genial advertencia de Nietzsche de lo que sucederá después de la «muerte de Dios»: el imperio del nihilismo.

Fuente: eldebate.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:35

26 agosto 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  III. Constitución Sacrosanctum Concilium 8. Las motivaciones de la reforma litúrgica

Queridos hermanos y hermanas:

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La liturgia —escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio con Dios. Está claro que ella no puede renunciar a su función didáctica, y no puede no ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad». [1] Motivado por estas convicciones, el futuro papa san Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual». [2]

Es evidente la consonancia de estas declaraciones con aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí». Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva.

La reforma conciliar, al poner en el centro lo que constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la liturgia como «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica» [3]. De tal convicción nació la exigencia de hacer más accesible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el ordenamiento celebrativo respecto al previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes.

La liturgia, en efecto, al ser una realidad viva, siempre ha estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios. El magisterio ha adaptado sus formas a las exigencias de las diversas épocas. No sorprende entonces que también el Concilio Vaticano II, con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición, y precisamente con el fin de hacerlo más accesible, haya considerado necesaria una revisión de los libros litúrgicos.

El objetivo que los padres tenían en el corazón se explicita en el n.21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium: «Para que en la sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias abundantes, la santa madre Iglesia desea realizar una esmerada reforma general de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar, si en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados. En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria». Se remonta a la Encíclica Mediator Dei del papa Pío XII la distinción, en la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae Sedis 39, 1947, 541-542).

Por lo demás, el deseo de una “reforma general” no nacía de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los papas que se sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las demandas del Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus de papa Pío XI. Además, se pueden recordar las intervenciones de Pío XII sobre el ordenamiento de los ritos de la Semana Santa, los cuales reubicó en las horas correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos se hubieran anticipado a las horas de la mañana. Tampoco se debe olvidar que san Juan XXIII consideró necesaria una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal, aprobándola con el Motu proprio Rubricarum instructum, del 25 julio de 1960, en el cual remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios fundamentales para una reforma de la liturgia.

La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos che se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma.

A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución conciliar afirma que «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos.
Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (Sacrosanctum Concilium n. 26).

Es, por lo tanto, responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual, custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (cfr. n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia de este tipo será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cfr. n. 48).
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[1] G. B. Montini, «Terza lettera dal Concilio», Rivista Diocesana Milanese 51 (1962) 921-923: 922.

[2] Ibid.

[3] Solemne Clausura de la II Sesión del Concilio, Alocución del Santo Padre Pablo VI (4 de diciembre de 1963).

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy celebramos la memoria de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española, patrona de la ancianidad. Por su intercesión, pidamos al Señor que bendiga a todos los ancianos, así como a las personas que los cuidan y acompañan. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, reflexionamos acerca de las razones que motivaron a los Padres conciliares para promover una reforma litúrgica. En primer lugar, ellos constataron la necesidad de una participación más consciente y activa de los fieles en la liturgia. Por eso, un ejemplo concreto fue proponer la revisión de los libros litúrgicos entonces vigentes, para adaptarlos mejor al presente, teniendo en cuenta con el máximo respeto las tradiciones del pasado.

Este deseo de una reforma general no surgió de manera repentina en el Concilio Vaticano II, sino que ya venía manifestándose en la acción de los Papas de inicios del siglo XX, en sintonía con el Movimiento litúrgico. De dicha reforma se derivaron condiciones favorables para una mejor comprensión de la acción litúrgica y para una celebración más fructuosa de la Eucaristía y de los otros sacramentos.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 12:50

25 agosto 2026

¿Y si sí…?

Eloy Asenjo Carpintero

La llamada de León XIV a reflexionar sobre el inicio de la vida y el reto de construir una sociedad que proteja a los más vulnerables desde la concepción.

El discurso del Papa León XIV ante el hemiciclo parlamentario español representa, a mi juicio, la intervención más brillante que se ha escuchado en esa cámara en la historia reciente. La trascendencia del momento quedó reflejada en una ovación final de unos siete minutos, interrumpida únicamente porque la Presidenta de la Cámara y el Pontífice iniciaron su salida del hemiciclo. Aunque sería ilusorio pensar en una unanimidad absoluta entre los asistentes, el mensaje caló de forma diversa según las afinidades sociopolíticas y religiosas de cada Señoría. Pero me atrevo a decir que ninguno se vio agredido en sus postulados, pero todos se sintieron interpelados a la reflexión.

De entre sus palabras ante nuestros representantes del Estado, conviene detenerse en un fragmento de especial valentía en el contexto de unas Cortes que han despenalizado el aborto:

«La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».

Esta afirmación sobre la necesidad de custodiar la vida «desde su concepción» adquiere una fuerza arrolladora al vincularse con la defensa de la dignidad de la persona dentro del análisis histórico-crítico planteado por el Pontífice.

Un choque de realidades frente a la ley

Frente a esta postura, el marco normativo e ideológico actual se asienta sobre premisas muy distintas, defendiendo que la condición de persona no se adquiere hasta el nacimiento, o validando una ley de plazos donde el feto es considerado como persona (y por tanto protegido) a partir de las semanas 14 o 22, según los supuestos de la legislación española. Asimismo, la realidad social expone dilemas complejos y de indudable gravedad que el legislador debe atender desde el ámbito psicológico: el drama de los embarazos no deseados, la desesperación de mujeres que no ven viable ofrecer una vida digna a sus hijos o el diagnóstico de enfermedades y discapacidades posibles en el no nacido.

Sin embargo, existe otra serie de evidencias científicas y humanas que también exigen ser analizadas con rigor:

Avances médicos: Las unidades de neonatología y ginecología demuestran de forma constante la viabilidad de fetos cada vez más prematuros, al tiempo que las cirugías intrauterinas logran mejorar sustancialmente la perspectiva médica del bebé antes de nacer.

El impacto silencioso: Existe un amplio colectivo silencioso de mujeres que padece problemas de salud mental tras haberse sometido a un aborto. Paralelamente, se constata que la visualización de una ecografía ha motivado a muchas mujeres a cambiar su decisión, y han continuado con su gestación gracias al acompañamiento de personas que las acogieron y les devolvieron su dignidad.

El duelo perinatal: La realidad psicológica del duelo que atraviesan las mujeres y sus parejas ante la pérdida que produce un aborto espontáneo evidencia la existencia de un vínculo humano indudable.

La hipótesis incómoda y el camino del diálogo

Ante este panorama, resulta evidente que el sistema actual adolece de disfunciones, a pesar de los discursos oficiales que aseguran lo contrario. Cabe plantearse la hipótesis: ¿Y si las palabras de León XIV fueran acertadas y estuviéramos ante una persona real desde el momento de la concepción? ¿Y si nos atreviéramos a cuestionar nuestras propias convicciones sociopolíticas o religiosas para contemplar esta posibilidad?

Asumiendo la célebre frase de José Mota: «¿Y si sí…?», la conclusión resulta sobrecogedora: implicaría que solo en Europa se habría cometido un genocidio de dimensiones comparables a las represiones de los regímenes de Hitler y Stalin durante el siglo XX. Una analogía histórica que evoca la posterior vergüenza de muchos ciudadanos alemanes al ser conscientes de cómo su apoyo a un régimen los convirtió en partícipes de una cruenta tragedia colectiva.

Reconocer esta posibilidad no significa ser insensible al sufrimiento y a las complejas problemáticas que atraviesan las mujeres en sus embarazos. Sin embargo, la solución ética ante estos conflictos no puede pasar por extinguir una vida que es considerada como persona por el Pontífice y por una gran parte de la ciudadanía. Existe el deber moral de buscar alternativas.

El reto actual pasa por recoger el guante de León XIV: abandonar los constructos polarizados y polarizantes, abrir un debate humanitario y creativo que ofrezca salidas reales al fracaso que significa el aborto, y buscar un entendimiento que haga desaparecer este drama para los no nacidos como para sus madres. Solo entonces, aquellos siete minutos de aplausos habrán tenido un valor inmenso, y nos pondremos en camino para crear una sociedad de una “enorme grandeza moral” que se “manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.

Fu3ente: exaudi.org

Publicado por JOQUIVESA en 12:55

24 agosto 2026

¿Por qué el Papa pide respetar los textos y ritos litúrgicos aprobados?

Francisco Otamendi

León XIV anunció el 20 de mayo de este año una serie de catequesis sobre liturgia. En concreto, sobre el primer documento del Concilio Vaticano II, la constitución ‘Sacrosanctum Concilium’ (SC). El miércoles siguiente, pidió respeto a los textos y ritos litúrgicos aprobados. Ahora lo ha vuelto a hacer.  

De modo independiente a otras consideraciones de analistas vaticanos, como el consistorio de cardenales previsto para finales de junio, que al final no trató la cuestión litúrgica, el hecho es que el Papa anunció de improviso el 20 de mayoque comenzaba un nuevo ciclo de catequesis en las Audiencias. Esta vez sobre la Sagrada Liturgia.

El Papa subrayó, entre otras cosas, que la liturgia “toca el corazón mismo de este misterio (el misterio de Cristo). Es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, se ejerce la obra de nuestra Redención” (SC, 2).

Y citó a San Agustín, como ayer, 19 de agosto, quien escribió que al celebrar la Eucaristía, la Iglesia “recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe”: se convierte en el Cuerpo de Cristo, “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22). Esta es “la obra de nuestra redención”, que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión. 

Tres consideraciones del Santo Padre en mayo

Al miércoles siguiente, 27 de mayo, el Pontífice se refirió, entre otros, a tres temas, y dijo lo siguiente:

1.- Elementos de institución divina.

“El Concilio afirmó que el progreso legítimo en la liturgia debe preservar también la sana tradición, y que ‘ciertos elementos de la liturgia nunca pueden cambiar porque son de institución divina’”.

2.- “Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso”

“Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, por lo tanto, con una fórmula muy eficaz la dirección a seguir: ‘Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso’ (SC, 23)”.

3.- Respeto a los textos y las normas de la liturgia

“De manera particular, animo a todos los sacerdotes a respetar los textos y las normas de la liturgia con apertura, humildad, confianza en la grandeza de Dios y con sincera fidelidad a la comunión eclesial”.

León XIV a la conferencia litúrgica en la abadía de Mount Angel (Oregón)

Ya en verano, en paralelo a sus catequesis sobre liturgia (con la de ayer, son siete sesiones), León XIV ha hecho pública una Carta con motivo de la Conferencia litúrgica que tiene lugar en la abadía de Mount Angel (Oregón, Estados Unidos). Está fechada el 29 de junio, y pueden verla aquí.

A propósito de lo que venimos hablando, el Papa ha escrito al cardenal Arthur Roche, Prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y subraya tres aspectos.

Insistencias del Papa: formación litúrgica

Por una parte, recoge el énfasis del Papa Francisco en su en su Carta Desiderio Desideravi, en la necesidad de una formación atenta y continua tanto del clero como de los laicos, de todo el Pueblo de Dios, para revitalizar la vida litúrgica de la Iglesia universal (cf. n.º 38). 

Después, recuerda León XIV que no debemos ‘excluir la prioridad en la formación de aquellos que, en virtud del sacramento del Orden Sagrado, están llamados a ser mistagogos, es decir, a tomar de la mano a los fieles y acompañarlos en el conocimiento de los santos misterios’” (ibidem).

Señala el Pontífice que “las primeras oportunidades prácticas para la formación litúrgica se presentan en nuestra práctica habitual de reunirnos cada domingo para celebrar la Eucaristía”.

Nuevo recordatorio sobre la fidelidad a los textos y ritos aprobados

Y añade que “para promover la celebración digna de los sagrados misterios, debemos enfatizar la necesidad de fidelidad a los textos e instrucciones aprobados”. 

En este punto insiste en que en sus recientes catequesis sobre Sacrosanctum Concilium , “he llamado la atención sobre el respeto que todos aquellos llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, y los sacerdotes en particular, deben mostrar hacia los ritos promulgados por el Papa San Pablo VI y el Papa San Juan Pablo II».

Motivos de la insistencia

Cualquier persona puede deducir que la insistencia del Papa en el respeto, de los sacerdotes en especial, a los textos, instrucciones y ritos aprobados por la Iglesia no es aleatorio. Si el Vicario de Cristo insiste en la cuestión, debe haber motivos, y es lógico pensar que al Romano Pontífice le llega información de todo el mundo.

Por ejemplo, podría suceder que no sean infrecuentes añadidos del celebrante, o la supresión de palabras o frases en los textos de la Eucaristía, o la introducción de ritos no previstos. En términos coloquiales, podríamos denominarlos como improvisación o creatividad, en ocasiones motivada por situaciones de tensión en materia migratoria, por ejemplo, de guerras y conflictos, o de otro tipo.

Familiares y amistades del que suscribe están comprobando este verano este tipo de hechos, de modo particular en las Plegarias eucarísticas de la Misa, en especial en el rito de la Comunión, y en menor proporción en las palabras de la Consagración.

¿Se impide entonces la creatividad del celebrante?

La constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II, que explica el Papa León XIV en sus catequesis, dispone que la sagrada liturgia es responsabilidad de la Jerarquía. Se trata de la autoridad de la Iglesia, como dispone el número 22, según comenta a Omnes un experto en liturgia, que remarca el apartado 3: 

“Por consiguiente, absolutamente nadie más, ni siquiera un sacerdote, se atreva, por iniciativa propia, a añadir, quitar o cambiar nada en materia litúrgica”.

“Se trata de una frase contundente”, añade este experto. “La liturgia no es propiedad del sacerdote que preside, sino que la regulación de la liturgia corresponde a la autoridad de la Iglesia”.

“Puede parecer que el sacerdote se puede permitir ciertas licencias, pero no. En esto se tiene que acomodar a lo que dice la Iglesia”.

Los cambios convierten en inestable la Liturgia, y no raramente la adulteran

Las mismas fuentes recuerdan el artículo 59 de la Instrucción Redemptionis sacramentum, de 2004, aprobada por el Papa Juan Pablo II, y firmada por el cardenal Francis Arinze, Prefecto emérito de la Congregación para el Culto divino (2002-2008).

Dice el texto: “Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia”.

Por último, el liturgista menciona asimismo el número 51 de la Instrucción. Este punto establece que “sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica (…). Y añade “no se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas”, ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas”.

Los sacerdotes tienen margen creativo 

“La Iglesia no prohíbe que los sacerdotes sean creativos, pero la creatividad sacerdotal, que tiene su lugar, no consiste en modificar aquello que la Iglesia ha recibido y ha establecido para la celebración de la Eucaristía”.

“El sacerdote tiene mucho margen para preparar una buena homilía, elegir opciones que da el Misal para tipo de Misa a celebrar, cuidar la música, etc.”, señala el experto consultado, “pero cuando llega el texto que la Iglesia ha establecido, especialmente la Plegaria eucarística, no puede convertirse en autor del texto”.

“La fidelidad a las normas litúrgicas no es una cuestión de rubricismo, o manía, sino fidelidad al ministerio recibido”, concluye.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:40

La vía de la belleza

Juan Luis Selma

El ser humano es capaz de encontrar múltiples formas y expresiones de belleza. La belleza de lo creado remite a su fuente, al Creador.

La frase “eres el más bello de los hombres” procede del Salmo 45, un salmo real que la tradición cristiana ha leído siempre como profecía mesiánica. Aplicado a Cristo, adquiere una profundidad teológica preciosa.

Leemos en el Evangelio: “En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (…) Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

Cuando los primeros apóstoles comenzaron a seguir al Señor, todavía no sabían quién era realmente. En esos momentos, no habrían sabido dar la respuesta de Pedro: “Tú eres el Hijo de Dios, el Dios vivo”. Quizá, fascinados por su personalidad, por su figura y sus modos, por su atractivo humano, habrían podido repetir la expresión del Salmo 45: “Eres el más bello de los hombres”.

Recuerdo el comentario de una abuela primeriza cuando me dijo que esperaba un nieto. Le aseguré que rezaría por él y ella respondió espontáneamente: “Rece para que sea guapo. Yo ya me encargo de que sea santo”. Aquella contestación me hizo pensar. Manifiesta lo mucho que valoramos la imagen y la belleza corporal. En un primer momento, me pareció exagerado, pero reflexionando comprendí que, en el fondo, estaba hablando de santidad con otro lenguaje: el de la belleza.

Cuando la Iglesia aplica a Cristo este salmo, no hace una apología de la mera apariencia. Se refiere a la belleza del Corazón de Cristo: su misericordia y bondad, su entrega, su mansedumbre y su verdad, su amor sin límites. Y esto no excluye su aspecto externo, que -por ser hombre perfecto- habría sido luminoso. Siempre he pensado que la paz interior, la bondad y la gracia repercuten en la expresión y en la presencia, y que la figura del Señor sería profundamente amable.

Hace poco, después de escuchar una canción preciosa y de contenido profundo, un joven comentó que estaba agradecido a su autor por “elevarle al cielo” con la letra y la música. La belleza, como la bondad, nos conduce a Dios.

La famosa frase “la belleza salvará al mundo”, de Fiódor Dostoievski en El idiota, tiene sentido. No en vano, el demonio -en su rechazo a Dios- propaga lo feo, lo vulgar, lo zafio. No le gusta la armonía, las buenas maneras, lo noble y lo bello. La sabiduría popular, para recalcar esta idea, dice: “es más feo que un pecado”.

Comentaba el Papa el día de la Asunción de la Virgen: “La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin… Si de verdad deseamos descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea y para la que hemos sido creados, así como difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo”.

Nos animaba a descubrir la belleza que nos rodea, esa que proviene del amor: “Debemos escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo. El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y eleva; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida”.

El encanto es una gran vía para llegar a Dios, para descubrir su huella en el mundo y en nuestras vidas. La via pulchritudinis exige atención y contemplación. Es mucho más profunda que el deslumbramiento de los anuncios o la estética del gimnasio.

El ser humano -a diferencia de los animales y de las máquinas- es capaz de encontrar múltiples formas y expresiones de belleza. La belleza de lo creado remite a su fuente, al Creador. Uno no puede imaginar lo que llega a disfrutar ante una obra de arte, en la contemplación de Dios y de su creación.

La belleza de Cristo -su humanidad y santidad, sus hechos y palabras- enamora y hace que del corazón brote la exclamación del salmo: “Eres el más bello de los hombres”.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:35
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