03 junio 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II.

 El Papa en la Audiencia General

III. Constitución Sacrosanctum Concilium. 3. El rito, el signo, el símbolo

Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con las catequesis sobre la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC), queremos pararnos a reflexionar sobre algunos elementos que constituyen la sagrada liturgia, como el rito, el signo y el símbolo.

El Concilio Vaticano II, beneficiándose del valioso trabajo del Movimiento litúrgico, nos ha ayudado a redescubrir una verdad muy viva en la conciencia de la Iglesia antigua y en la enseñanza de los Padres. Los ritos de la liturgia cristiana no son un revestimiento exterior del ministerio sacramental, un conjunto de ceremonias arbitrarias, sino que son la mediación eclesial a través de la que nos llega el don divino. Precisamente por eso el Concilio invita a comprender el Mysterium fidei que se realiza en la liturgia a través de los ritos y de las oraciones (cf. SC, 48).

El rito da forma a la acción litúrgica y, a través de ella, a nuestra vida, generando en nosotros una sensibilidad espiritual que nos hace capaces de saborear la presencia de Dios por medio de Jesucristo. Naturalmente eso sucede si nosotros no nos quedamos al margen o como espectadores mudos (cf. ibid.) respecto a la liturgia, sino que participamos con todo nuestro ser – cuerpo, mente y corazón – , en obediencia al mandato del Señor. A través del sagrado rito nos formamos en la escucha de la Palabra de Dios, en la acción de gracias y en la adoración, en el hecho de compartir de forma fraterna y en la comunión eclesial. Descubrimos que somos una asamblea de muchos rostros, reunida por la misma fe.

El rito nos implica en una secuencia de gestos y de oraciones bien definida, que a veces puede contrastar con nuestra tendencia individual a la espontaneidad. Su lógica no consiste en encorsetar la libertad en esquemas. Al contrario, con la sobriedad solemne de sus ritmos, el rito interrumpe actividades frenéticas, reconduciéndonos a lo esencial. Descubrimos así otra dimensión de la acción, que no se rige por los cálculos productivos y otra experiencia del tiempo y del espacio. En el rito experimentamos una lógica de gratuidad, encontramos un descanso que regenera el corazón, reconocemos que nos precede la gracia divina, aprendemos a vivir a un ritmo habitado por el Espíritu Santo.

La gramática del rito está entretejida con los signos y los símbolos propios de la liturgia. En ella, como afirma el Concilio, «los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre» (SC, 7). El Catecismo de la Iglesia Católica profundiza el valor de estos signos, recordando que «su significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y la obra de Cristo» (n. 1145). Es emblemático el signo del agua: de los orígenes de la creación al diluvio, del paso del Mar Rojo al Jordán, hasta el agua que brota del costado de Cristo y se convierte en signo sacramental de la inmersión de su muerte y resurrección.

“Signo” y “símbolo” son términos que a menudo se usan como sinónimos. En realidad, un signo es simbólico cuando es capaz de remitir no solo a una idea, sino a todo un sistema de significados y de valores. Así, por ejemplo, cuando se nos rocía con agua bendita se reaviva en nosotros la conciencia del don recibido con el Bautismo y nuestra adhesión a la vida nueva en Cristo. En segundo lugar, los símbolos tienen esencialmente un carácter práctico, siendo sobre todo acciones: más sencillas y comunes, como arrodillarse y darse la paz, o más exigentes, como los actos que constituyen cada Sacramento. Sobre todo, los símbolos tienen una dimensión singular performativa y transformadora, tanto hacia los elementos materiales que los componen, como hacia aquellos que entran en contacto con ellos, generando pertenencia, tocando el corazón y la mente, suscitando auténticas relaciones eclesiales.

En la Carta Apostólica Desiderio desideravi, el Papa Francisco, haciendo suya una afirmación de Romano Guardini, identificaba «la primera tarea del trabajo de la formación litúrgica: el hombre ha de volver a ser capaz de símbolos» (n. 44). Necesitamos dejarnos educar por los ritos de la liturgia, cuidando con delicadeza y sin arbitrariedad la belleza de nuestras celebraciones y comprometiéndonos con una auténtica mistagogía. La experiencia de una liturgia viva y devota, acompañada por una oportuna catequesis mistagógica, es el mejor recurso para volver a despertar en todos esa apertura al encuentro con Dios que, en la lógica de la encarnación, solo puede tener lugar involucrando a todo el hombre: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1Ts 5,23).
____________________

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a dejarse formar por los ritos de nuestras celebraciones, participando activamente en ellos, para que estos verdaderamente sean un encuentro vivo con el Señor. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
____________________

Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con las catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, hoy nos centramos en tres elementos constitutivos de la Sagrada Liturgia: el rito, el signo, el símbolo. El rito —en el que estamos llamados a participar con cuerpo, mente y corazón— es el medio eclesial que, dando una forma definida a la oración, nos ayuda a alcanzar los dones divinos. Está compuesto de signos sensibles que realizan la santificación del hombre (cf. SC 7), como el agua en el bautismo; y de símbolos, que nos ayudan a dar significado y valores más profundos a la realidad que percibimos.

Los símbolos son además gestos sencillos —como arrodillarse, darse la paz— o acciones más complejas como los actos constitutivos de cada sacramento, que transforman tanto los elementos materiales, como a quienes entran en contacto con ellos, generando un sentido de pertenencia, tocando el corazón y la mente y suscitando auténticas relaciones eclesiales.

Fuente: vatican.va

02 junio 2026

Antoni Gaudí, el arquitecto eremita

Víctor Maspons

La visita del papa, en el centenario de la muerte de Gaudí, a las piedras a las que el genio catalán dedicó su vida, devuelven al centro de la conversación pública a un hombre y una obra que todavía pendulan entre la admiración y el misterio

¿Quién fue Antoni Gaudí? ¿Cómo llegó a concebir unos edificios que marcan y trascienden la identidad de Barcelona? ¿Cómo se entrelaza su biografía con las formas naturales de la Cataluña rural, la agitación de la metrópolis y el silencio del espíritu?

La catedral de Santa María de Tarragona, la abadía de Montserrat, el monasterio abandonado de Poblet, las iglesias de Sant Pere de Reus y Sant Jaume de Riudoms le enseñaron que «la arquitectura reina también en el silencio más absoluto», tal como recoge Gijs van Hensbergen en su biografía del arquitecto (Antoni Gaudí, De bolsillo, 2003). La sencillez y reverencia del gótico catalán moldearon la infancia de Antoni Gaudí (1852-1926). En la masía de la Calderera, de su padre, cultivó la comprensión del espacio y la importancia de las raíces. Así escribió el arquitecto catalán el 13 de diciembre de 1924, de acuerdo con su biógrafo: «Tengo esa capacidad de percepción espacial porque soy hijo, nieto y bisnieto de caldereros. Mi padre era herrero; mi abuelo también. Por parte de mi madre también había herreros; su abuelo era tonelero; mi abuelo materno era marinero, personas que también estaban ligadas al espacio y a las circunstancias. Todas estas generaciones me han preparado para ello». 

Pero fue, sobre todo, el paisaje del Baix Camp, la comarca de la provincia de Tarragona, el que marcó la mirada de Gaudí y cautivó su sensibilidad. El delta del río Ebro, los picos nevados de los Pirineos, el Port Bou y el Mediterráneo; las grandes rocas de Montserrat, las curvas de los árboles y la mística luz que invadía la naturaleza dejaron una huella indeleble que quedó estampada para siempre en las calles de Barcelona, donde Gaudí dedicó su vida a embellecer la metrópolis y dotarla de identidad bajo el mecenazgo de Eusebi Güell. Casa Vicens, Palau Güell, Casa Batlló, Casa Milà, el Parc Güell y la Sagrada Familia son algunas de las construcciones que dejó el arquitecto modernista, cuya existencia se esconde bajo la soledad y el silencio que suelen acompañar a los genios. 

De la masía al Poblet

Antoni Gaudí nació el 25 de junio de 1852 en la masía de su padre, Francesc, a las afueras de Reus, en la provincia de Tarragona. Era el quinto hijo que llegó a la familia tras la muerte de sus hermanos, María, de cinco años, y Francesc, de dos. Otros dos hermanos, Francesc y Rosa, murieron a los 25 y 35 años. Gaudí tomó el nombre de su madre, Antonia, y en su infancia, que empezó con un parto complicado, arrastró una salud delicada. Temiendo por él, lo llevaron a la iglesia de Sant Pere para bautizarlo con apenas una hora de vida. Eduard Toda, su mejor amigo de la infancia, lo recuerda similar a «un viejo antes de su tiempo, como si fuera el amigo más antiguo que jamás ha caminado por la Tierra», según señala Gijs van Hensbergen

Además de la fragilidad que lo acompañaba y que no le permitía salir mucho de su casa, los primeros años y la adolescencia de Antoni se caracterizaron por su educación en L’Escola Pia de Reus, donde aprendió griego, latín, geometría, historia, retórica y poesía, imbuido de doctrina cristiana. Despreciaba aprender de memoria y la única asignatura en la que destacaba era Geometría.

De su solitaria niñez lo rescató su amistad con Eduardo Toda y José Ribera Sans. Con ellos se distraía en recorridos por el mercado de almendras de los lunes y en caminatas por la ciudad, o a través de creaciones poéticas, romances, historias de caballeros y excursiones afuera de las murallas. Su lugar favorito eran las ruinas del monasterio cisterciense de Poblet, que soñaban con renovar. Tanto es así que, en julio de 1867, redactaron un manuscrito titulado Poblet, datos y apuntes, en el que consta el proyecto de restauración. Josep Maria Tarragona, periodista y biógrafo de Gaudí, cuenta que Antoni se encargaría, entre otras cosas, de «levantar muros, rehacer tejados, reconstruir bóvedas, tapar las minas y agujeros abiertos por los buscadores de tesoros». Sin embargo, en septiembre, dos meses después, con quince años, los amigos se separaron: Toda a Madrid, Ribera a Andalucía y Antoni se quedó en Reus. 

Debido a que su hermano se marchó a Barcelona a estudiar Medicina, Antoni tuvo que esperar una temporada más, en la que ayudó a su padre en la masía. Sin embargo, este no quería que sus hijos fueran caldereros según la tradición familiar, por lo que, en 1868, envió a Antoni a Barcelona a terminar sus estudios en el Instituto Jaume Balmes, donde obtuvo excelentes calificaciones en una sola asignatura: Matemáticas. Tras terminar sus últimos cursos y volver a Reus para pasar el verano, Gaudí se matriculó en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona. Le tomó una década graduarse, al interrumpir sus estudios debido al servicio militar y a la muerte de su hermano Francesc con 25 años, a causa de una hemoptisis. 

A pesar de ser inteligente y trabajador, Antoni era conocido por faltar a clases y emplear el tiempo en el café Pelayo. Sus compañeros y profesores lo consideraban un dandi de vida estética que se dedicaba a asistir a tertulias políticas de corte socialista y divagar por la ciudad. El día de su graduación, Rogent, uno de sus profesores, declaró: «Caballeros, estamos aquí hoy en la presencia de un genio o de un loco». En 1878, Gaudí dio sus primeros pasos profesionales y se adentró de lleno en la Renaixença catalana, un movimiento romántico, artístico, literario y religioso que pretendía reivindicar la identidad catalana.

La construcción de una Barcelona modernista

El primer trabajo que realizó Gaudí en ejercicio de su profesión fue un escritorio de uso personal, que prefiguró su estilo. Así lo describe Gijs van Hensbergen: «Sobre la madera, el joven arquitecto aplicó decoración metálica que reunía un “reino topográfico”. Serpientes, aves rapaces, una ardilla y un lagarto, una mantis religiosa, un gallo, mariposas y abejas revoloteaban entre la hiedra trepadora y las ramitas de laurel». Esto iba de la mano con lo que Antoni escribió en su diario, el 10 de agosto de 1878: «La naturaleza no nos presenta ningún objeto en monocromo, totalmente uniforme en cuanto al color; ni en la vegetación, ni en la geología, ni en la topografía, ni en el reino animal. El contraste de color siempre es más o menos intenso, y por esta razón debemos colorear total o parcialmente cada elemento arquitectónico».

Gaudí hizo su escritorio en el taller de Eudald Puntí, en la calle Cendra, de Barcelona, donde conoció a Eusebi Güell, industrial, político y conde de Güell, que se convirtió en amigo y mecenas de Gaudí. Después de la Exposición de París de 1878, en la que participó con una vitrina de cristal para la guantería Comella, Güell tomó nota de su talento. Impresionado con su estilo, el mecenas confió en él con obras menores, como el mobiliario de la capilla de su suegro y los pabellones de la Finca Güell. Más tarde, le comisionaría las Bodegas Güell, el Palau Güell, el Parc Güell y la cripta de la Colonia Güell, con la ayuda, en varias ocasiones, de Francesc Berenguer, amigo y mano derecha, aunque nunca llegó a graduarse de arquitecto. 

Sin embargo, antes de empezar a trabajar para Güell, Gaudí recibió otros encargos, como los postes de luz de la Plaça Reial, asignados por el Ajuntament de Barcelona después de que Jaume Serra i Gilbert, la primera opción, hubiera fallecido. Asimismo, construyó El Capricho, la villa veraniega de Miguel Díaz de Quijano, en Comillas, Cantabria. 

En 1883, Manuel Vicens Montaner, un fabricante de azulejos, le encargó la construcción de su casa de veraneo en el barrio de Gràcia. Declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 2005, la Casa Vicens es una de las primeras manifestaciones modernistas que vivificaron Barcelona. Sus azulejos y su ladrillo, su ornamentación vegetal, sus colores vivos y su estilo oriental se combinan para formar una construcción en la que la estética no es un exceso inútil, sino una pieza funcional. Su estilo mudéjar, según Van Hensbergen, vino inspirado por los libros de Owen Jones, Grammar of Ornament (1856), Designs for Mosaics and Tesselated Pavements (1842) y Plans, Elevations, Sections and Details of the Alhambra (1842) y por escritos de Rafael Contreras, el restaurador de la Alhambra.  

En medio de sus progresos profesionales, Gaudí sufrió una ruptura que lo marcaría hasta la muerte. Su amor de juventud, Pepeta Moreu, rechazó su propuesta de matrimonio en 1885 y cambió para siempre su espíritu jovial por el de un hombre mortificado, dado al ayuno y de carácter cohibido. Gaudí nunca se enamoró de nuevo, con la excepción de una joven norteamericana que no volvió a ver cuando ella regresó a los Estados Unidos. Resignado e imbuido por el misticismo del Siglo de Oro a partir de las lecturas de fray Luis de León y su amistad con el obispo Grau, Antoni se decidió por una vida célibe y mortificada. Sus ayunos cuaresmales eran tan estrictos que despertaban la atención de la opinión pública, tal como se refleja en la caricatura del artista Ricardo Opisso. Solo la corrección del obispo de Barcelona, Torras Bages, lo obligó a distender sus penitencias. Además, practicaba junto a su padre una dieta vegetariana, que consistía en lechuga, aceite de oliva, nueces, una suave compota de tallos de remolacha y pan untado con miel 

La obra de su vida 

El 3 de noviembre de 1883, la Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Familia, fundada por el filántropo Josep Maria Bocabella, le encargó a Gaudí construir una iglesia dedicada a la Sagrada Familia. Los primeros planos y piedras los llevó a cabo el arquitecto diocesano, Francisco de Paula del Villar y Lozano, quien había ideado un templo neogótico. Sin embargo, tras desacuerdos con Bocabella, renunció a la comisión. El proyecto fue ofrecido al arquitecto Joan Martorell, quien asesoraba a Villar. Sin embargo, este lo rechazó y fue ofrecido a Gaudí, ayudante ocasional en los proyectos de Martorell.

Gaudí tenía 31 años cuando aceptó el proyecto. Previendo que duraría más allá de su vida, siglos incluso, propuso a la Junta ir construyendo la iglesia en vertical. «No le es posible a una sola generación de alcanzar todo el Templo, dejemos, pues, una tan vigorosa muestra de nuestro paso de modo que las generaciones que vengan sientan el estímulo de hacer otro tanto; y por otro lado no los atemos para el resto de la obra [...]. Hemos hecho una fachada completa del Templo para que su importancia haga imposible dejar de continuar la obra», escribió el arquitecto catalán, como recoge en Gaudí Esencial, Daniel Giralt-Miracle

La Sagrada Familia sería un templo expiatorio, construido con la finalidad de reparar por los pecados de los hombres. El santo Josep Manyanet Vives, sacerdote y fundador de los Hijos de la Sagrada Familia Jesús, José y María, una congregación religiosa, inspiró a Bocabella a llevar a cabo este proyecto, «destinado a perpetuar las virtudes y ejemplos de la Familia de Nazaret y ser el hogar universal de las familias», de acuerdo con su semblanza vaticana

En 1885 se inauguró la capilla de san José en la cripta y se celebraron las primeras misas y, en 1891, comenzaron las obras de la fachada de Belén, en la que Gaudí trabajó hasta su muerte. La idea final de la basílica no se encontraba en la mente del arquitecto desde el inicio, sino que avanzaba mediante un método de prueba y error, experimentando con distintos modelos, aunque desde el primer plano ya se mostraba que sería una planta basilical de cinco naves, un crucero de tres, doce campanarios y un gran cimborrio central.

Antoni continuó con la Sagrada Familia durante el resto de su vida, a la vez que se encargaba de otras comisiones que harían resplandecer el estilo modernista por toda la ciudad: la Casa Calvet en 1900, la Casa Batlló en 1904, la Casa Figueras en 1909, y la Casa Milá, terminada en 1912, entre otros trabajos, como la restauración de la catedral de Palma de Mallorca, uno de sus pocas comisiones fuera de Barcelona, aunque quedó inconclusa. 

Una noche oscura del alma

En 1906 falleció su padre, que vivía junto a él en su casa en el Parc Güell. En 1909, la Semana Trágica —un estallido popular antimilitarista y anticlerical— asoló la ciudad. En 1912, murió también su sobrina Rosa, con quien también compartía hogar; en 1914, enterró a su amigo y colaborador principal Francesc Berenguer y, en 1918, a su mecenas Eusebi Güell. «Mis buenos amigos han muerto; no tengo familia ni clientes, ni fortuna ni nada. Ahora puedo dedicarme por completo a la Iglesia», se sincera Gaudí con sus colaboradores. Estas pérdidas que sufrió le empujaron a una vida aún más austera y ascética, lejos del foco público. Desde entonces, se dedicó en exclusiva a la Sagrada Familia y a vivir como si fuera un eremita.

En estas condiciones, trabajó incansablemente en la «catedral de los pobres», llamada así por estar sufragada únicamente con donaciones. Antoni durmió en el taller de la iglesia durante sus últimos meses, hasta que una tarde de junio de 1926, mientras caminaba hacia la parroquia de San Felipe Neri para conversar con su confesor, fue atropellado por un tranvía en la calle de Les Corts de Barcelona. Al tener aspecto de mendigo, el conductor siguió su camino. «Tanto ensimismamiento religioso en los últimos tiempos le había creado un total desapego de la vida», escribe Xavier Güell en su libro Yo, Gaudí (Galaxia Gutenberg, 2019). 

Dos peatones se acercaron, pero no lo reconocieron. Estaba inconsciente. Encontraron entre las cosas que llevaba consigo un pañuelo, una llave, unas cuantas nueces y una pequeña Biblia. Un guardia civil lo condujo al dispensario de la ronda de San Pedro y después lo trasladaron a una sala común del hospital de la Santa Cruz. El arquitecto más famoso de la ciudad todavía resultaba irreconocible. En la noche, mosén Gil Parés, primer párroco de la Sagrada Familia, se preocupó al no verlo llegar y salió a buscarlo. Tras acudir a varios hospitales, finalmente lo encontró y le administró los sacramentos a la mañana siguiente. Antoni Gaudí falleció el 10 de junio de 1926 y lo enterraron en la cripta de la Sagrada Familia, en una ceremonia sencilla pero solemne, tal como él lo había dispuesto en su testamento

Su discípulo Domenec Sugranyes fue el encargado de continuar con su gran obra. A él le siguieron Francesc de Paula Quintana, Isidre Puig Boada, Lluís Bonet Garí, Francesc de Paula Cardoner Blanc, Jordi Bonet Armengol y Jordi Faulí Oller, con quien se ha iniciado la fase final de la obra, con la estructura de la torre de Jesucristo. Está previsto que el papa León XIV, durante su próxima visita a España, bendiga e inaugure esta torre el 10 de junio, cuando se cumplen cien años de la muerte de Gaudí, a quien el papa Francisco declaró venerable hace un año.

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

Antoni Gaudí, el arquitecto eremita

Víctor Maspons

¿Quién fue Antoni Gaudí? ¿Cómo llegó a concebir unos edificios que marcan y trascienden la identidad de Barcelona? ¿Cómo se entrelaza su biografía con las formas naturales de la Cataluña rural, la agitación de la metrópolis y el silencio del espíritu?

La catedral de Santa María de Tarragona, la abadía de Montserrat, el monasterio abandonado de Poblet, las iglesias de Sant Pere de Reus y Sant Jaume de Riudoms le enseñaron que «la arquitectura reina también en el silencio más absoluto», tal como recoge Gijs van Hensbergen en su biografía del arquitecto (Antoni Gaudí, De bolsillo, 2003). La sencillez y reverencia del gótico catalán moldearon la infancia de Antoni Gaudí (1852-1926). En la masía de la Calderera, de su padre, cultivó la comprensión del espacio y la importancia de las raíces. Así escribió el arquitecto catalán el 13 de diciembre de 1924, de acuerdo con su biógrafo: «Tengo esa capacidad de percepción espacial porque soy hijo, nieto y bisnieto de caldereros. Mi padre era herrero; mi abuelo también. Por parte de mi madre también había herreros; su abuelo era tonelero; mi abuelo materno era marinero, personas que también estaban ligadas al espacio y a las circunstancias. Todas estas generaciones me han preparado para ello». 

Pero fue, sobre todo, el paisaje del Baix Camp, la comarca de la provincia de Tarragona, el que marcó la mirada de Gaudí y cautivó su sensibilidad. El delta del río Ebro, los picos nevados de los Pirineos, el Port Bou y el Mediterráneo; las grandes rocas de Montserrat, las curvas de los árboles y la mística luz que invadía la naturaleza dejaron una huella indeleble que quedó estampada para siempre en las calles de Barcelona, donde Gaudí dedicó su vida a embellecer la metrópolis y dotarla de identidad bajo el mecenazgo de Eusebi Güell. Casa Vicens, Palau Güell, Casa Batlló, Casa Milà, el Parc Güell y la Sagrada Familia son algunas de las construcciones que dejó el arquitecto modernista, cuya existencia se esconde bajo la soledad y el silencio que suelen acompañar a los genios. 

De la masía al Poblet

Antoni Gaudí nació el 25 de junio de 1852 en la masía de su padre, Francesc, a las afueras de Reus, en la provincia de Tarragona. Era el quinto hijo que llegó a la familia tras la muerte de sus hermanos, María, de cinco años, y Francesc, de dos. Otros dos hermanos, Francesc y Rosa, murieron a los 25 y 35 años. Gaudí tomó el nombre de su madre, Antonia, y en su infancia, que empezó con un parto complicado, arrastró una salud delicada. Temiendo por él, lo llevaron a la iglesia de Sant Pere para bautizarlo con apenas una hora de vida. Eduard Toda, su mejor amigo de la infancia, lo recuerda similar a «un viejo antes de su tiempo, como si fuera el amigo más antiguo que jamás ha caminado por la Tierra», según señala Gijs van Hensbergen

Además de la fragilidad que lo acompañaba y que no le permitía salir mucho de su casa, los primeros años y la adolescencia de Antoni se caracterizaron por su educación en L’Escola Pia de Reus, donde aprendió griego, latín, geometría, historia, retórica y poesía, imbuido de doctrina cristiana. Despreciaba aprender de memoria y la única asignatura en la que destacaba era Geometría.

De su solitaria niñez lo rescató su amistad con Eduardo Toda y José Ribera Sans. Con ellos se distraía en recorridos por el mercado de almendras de los lunes y en caminatas por la ciudad, o a través de creaciones poéticas, romances, historias de caballeros y excursiones afuera de las murallas. Su lugar favorito eran las ruinas del monasterio cisterciense de Poblet, que soñaban con renovar. Tanto es así que, en julio de 1867, redactaron un manuscrito titulado Poblet, datos y apuntes, en el que consta el proyecto de restauración. Josep Maria Tarragona, periodista y biógrafo de Gaudí, cuenta que Antoni se encargaría, entre otras cosas, de «levantar muros, rehacer tejados, reconstruir bóvedas, tapar las minas y agujeros abiertos por los buscadores de tesoros». Sin embargo, en septiembre, dos meses después, con quince años, los amigos se separaron: Toda a Madrid, Ribera a Andalucía y Antoni se quedó en Reus. 

Debido a que su hermano se marchó a Barcelona a estudiar Medicina, Antoni tuvo que esperar una temporada más, en la que ayudó a su padre en la masía. Sin embargo, este no quería que sus hijos fueran caldereros según la tradición familiar, por lo que, en 1868, envió a Antoni a Barcelona a terminar sus estudios en el Instituto Jaume Balmes, donde obtuvo excelentes calificaciones en una sola asignatura: Matemáticas. Tras terminar sus últimos cursos y volver a Reus para pasar el verano, Gaudí se matriculó en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona. Le tomó una década graduarse, al interrumpir sus estudios debido al servicio militar y a la muerte de su hermano Francesc con 25 años, a causa de una hemoptisis. 

A pesar de ser inteligente y trabajador, Antoni era conocido por faltar a clases y emplear el tiempo en el café Pelayo. Sus compañeros y profesores lo consideraban un dandi de vida estética que se dedicaba a asistir a tertulias políticas de corte socialista y divagar por la ciudad. El día de su graduación, Rogent, uno de sus profesores, declaró: «Caballeros, estamos aquí hoy en la presencia de un genio o de un loco». En 1878, Gaudí dio sus primeros pasos profesionales y se adentró de lleno en la Renaixença catalana, un movimiento romántico, artístico, literario y religioso que pretendía reivindicar la identidad catalana.

La construcción de una Barcelona modernista

El primer trabajo que realizó Gaudí en ejercicio de su profesión fue un escritorio de uso personal, que prefiguró su estilo. Así lo describe Gijs van Hensbergen: «Sobre la madera, el joven arquitecto aplicó decoración metálica que reunía un “reino topográfico”. Serpientes, aves rapaces, una ardilla y un lagarto, una mantis religiosa, un gallo, mariposas y abejas revoloteaban entre la hiedra trepadora y las ramitas de laurel». Esto iba de la mano con lo que Antoni escribió en su diario, el 10 de agosto de 1878: «La naturaleza no nos presenta ningún objeto en monocromo, totalmente uniforme en cuanto al color; ni en la vegetación, ni en la geología, ni en la topografía, ni en el reino animal. El contraste de color siempre es más o menos intenso, y por esta razón debemos colorear total o parcialmente cada elemento arquitectónico».

Gaudí hizo su escritorio en el taller de Eudald Puntí, en la calle Cendra, de Barcelona, donde conoció a Eusebi Güell, industrial, político y conde de Güell, que se convirtió en amigo y mecenas de Gaudí. Después de la Exposición de París de 1878, en la que participó con una vitrina de cristal para la guantería Comella, Güell tomó nota de su talento. Impresionado con su estilo, el mecenas confió en él con obras menores, como el mobiliario de la capilla de su suegro y los pabellones de la Finca Güell. Más tarde, le comisionaría las Bodegas Güell, el Palau Güell, el Parc Güell y la cripta de la Colonia Güell, con la ayuda, en varias ocasiones, de Francesc Berenguer, amigo y mano derecha, aunque nunca llegó a graduarse de arquitecto. 

Sin embargo, antes de empezar a trabajar para Güell, Gaudí recibió otros encargos, como los postes de luz de la Plaça Reial, asignados por el Ajuntament de Barcelona después de que Jaume Serra i Gilbert, la primera opción, hubiera fallecido. Asimismo, construyó El Capricho, la villa veraniega de Miguel Díaz de Quijano, en Comillas, Cantabria. 

En 1883, Manuel Vicens Montaner, un fabricante de azulejos, le encargó la construcción de su casa de veraneo en el barrio de Gràcia. Declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 2005, la Casa Vicens es una de las primeras manifestaciones modernistas que vivificaron Barcelona. Sus azulejos y su ladrillo, su ornamentación vegetal, sus colores vivos y su estilo oriental se combinan para formar una construcción en la que la estética no es un exceso inútil, sino una pieza funcional. Su estilo mudéjar, según Van Hensbergen, vino inspirado por los libros de Owen Jones, Grammar of Ornament (1856), Designs for Mosaics and Tesselated Pavements (1842) y Plans, Elevations, Sections and Details of the Alhambra (1842) y por escritos de Rafael Contreras, el restaurador de la Alhambra.  

En medio de sus progresos profesionales, Gaudí sufrió una ruptura que lo marcaría hasta la muerte. Su amor de juventud, Pepeta Moreu, rechazó su propuesta de matrimonio en 1885 y cambió para siempre su espíritu jovial por el de un hombre mortificado, dado al ayuno y de carácter cohibido. Gaudí nunca se enamoró de nuevo, con la excepción de una joven norteamericana que no volvió a ver cuando ella regresó a los Estados Unidos. Resignado e imbuido por el misticismo del Siglo de Oro a partir de las lecturas de fray Luis de León y su amistad con el obispo Grau, Antoni se decidió por una vida célibe y mortificada. Sus ayunos cuaresmales eran tan estrictos que despertaban la atención de la opinión pública, tal como se refleja en la caricatura del artista Ricardo Opisso. Solo la corrección del obispo de Barcelona, Torras Bages, lo obligó a distender sus penitencias. Además, practicaba junto a su padre una dieta vegetariana, que consistía en lechuga, aceite de oliva, nueces, una suave compota de tallos de remolacha y pan untado con miel 

La obra de su vida 

El 3 de noviembre de 1883, la Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Familia, fundada por el filántropo Josep Maria Bocabella, le encargó a Gaudí construir una iglesia dedicada a la Sagrada Familia. Los primeros planos y piedras los llevó a cabo el arquitecto diocesano, Francisco de Paula del Villar y Lozano, quien había ideado un templo neogótico. Sin embargo, tras desacuerdos con Bocabella, renunció a la comisión. El proyecto fue ofrecido al arquitecto Joan Martorell, quien asesoraba a Villar. Sin embargo, este lo rechazó y fue ofrecido a Gaudí, ayudante ocasional en los proyectos de Martorell.

Gaudí tenía 31 años cuando aceptó el proyecto. Previendo que duraría más allá de su vida, siglos incluso, propuso a la Junta ir construyendo la iglesia en vertical. «No le es posible a una sola generación de alcanzar todo el Templo, dejemos, pues, una tan vigorosa muestra de nuestro paso de modo que las generaciones que vengan sientan el estímulo de hacer otro tanto; y por otro lado no los atemos para el resto de la obra [...]. Hemos hecho una fachada completa del Templo para que su importancia haga imposible dejar de continuar la obra», escribió el arquitecto catalán, como recoge en Gaudí Esencial, Daniel Giralt-Miracle

La Sagrada Familia sería un templo expiatorio, construido con la finalidad de reparar por los pecados de los hombres. El santo Josep Manyanet Vives, sacerdote y fundador de los Hijos de la Sagrada Familia Jesús, José y María, una congregación religiosa, inspiró a Bocabella a llevar a cabo este proyecto, «destinado a perpetuar las virtudes y ejemplos de la Familia de Nazaret y ser el hogar universal de las familias», de acuerdo con su semblanza vaticana

En 1885 se inauguró la capilla de san José en la cripta y se celebraron las primeras misas y, en 1891, comenzaron las obras de la fachada de Belén, en la que Gaudí trabajó hasta su muerte. La idea final de la basílica no se encontraba en la mente del arquitecto desde el inicio, sino que avanzaba mediante un método de prueba y error, experimentando con distintos modelos, aunque desde el primer plano ya se mostraba que sería una planta basilical de cinco naves, un crucero de tres, doce campanarios y un gran cimborrio central.

Antoni continuó con la Sagrada Familia durante el resto de su vida, a la vez que se encargaba de otras comisiones que harían resplandecer el estilo modernista por toda la ciudad: la Casa Calvet en 1900, la Casa Batlló en 1904, la Casa Figueras en 1909, y la Casa Milá, terminada en 1912, entre otros trabajos, como la restauración de la catedral de Palma de Mallorca, uno de sus pocas comisiones fuera de Barcelona, aunque quedó inconclusa. 

Una noche oscura del alma

En 1906 falleció su padre, que vivía junto a él en su casa en el Parc Güell. En 1909, la Semana Trágica —un estallido popular antimilitarista y anticlerical— asoló la ciudad. En 1912, murió también su sobrina Rosa, con quien también compartía hogar; en 1914, enterró a su amigo y colaborador principal Francesc Berenguer y, en 1918, a su mecenas Eusebi Güell. «Mis buenos amigos han muerto; no tengo familia ni clientes, ni fortuna ni nada. Ahora puedo dedicarme por completo a la Iglesia», se sincera Gaudí con sus colaboradores. Estas pérdidas que sufrió le empujaron a una vida aún más austera y ascética, lejos del foco público. Desde entonces, se dedicó en exclusiva a la Sagrada Familia y a vivir como si fuera un eremita.

En estas condiciones, trabajó incansablemente en la «catedral de los pobres», llamada así por estar sufragada únicamente con donaciones. Antoni durmió en el taller de la iglesia durante sus últimos meses, hasta que una tarde de junio de 1926, mientras caminaba hacia la parroquia de San Felipe Neri para conversar con su confesor, fue atropellado por un tranvía en la calle de Les Corts de Barcelona. Al tener aspecto de mendigo, el conductor siguió su camino. «Tanto ensimismamiento religioso en los últimos tiempos le había creado un total desapego de la vida», escribe Xavier Güell en su libro Yo, Gaudí (Galaxia Gutenberg, 2019). 

Dos peatones se acercaron, pero no lo reconocieron. Estaba inconsciente. Encontraron entre las cosas que llevaba consigo un pañuelo, una llave, unas cuantas nueces y una pequeña Biblia. Un guardia civil lo condujo al dispensario de la ronda de San Pedro y después lo trasladaron a una sala común del hospital de la Santa Cruz. El arquitecto más famoso de la ciudad todavía resultaba irreconocible. En la noche, mosén Gil Parés, primer párroco de la Sagrada Familia, se preocupó al no verlo llegar y salió a buscarlo. Tras acudir a varios hospitales, finalmente lo encontró y le administró los sacramentos a la mañana siguiente. Antoni Gaudí falleció el 10 de junio de 1926 y lo enterraron en la cripta de la Sagrada Familia, en una ceremonia sencilla pero solemne, tal como él lo había dispuesto en su testamento

Su discípulo Domenec Sugranyes fue el encargado de continuar con su gran obra. A él le siguieron Francesc de Paula Quintana, Isidre Puig Boada, Lluís Bonet Garí, Francesc de Paula Cardoner Blanc, Jordi Bonet Armengol y Jordi Faulí Oller, con quien se ha iniciado la fase final de la obra, con la estructura de la torre de Jesucristo. Está previsto que el papa León XIV, durante su próxima visita a España, bendiga e inaugure esta torre el 10 de junio, cuando se cumplen cien años de la muerte de Gaudí, a quien el papa Francisco declaró venerable hace un año.

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

01 junio 2026

Una buena familia

Juan Luis Selma

Según las estadísticas, la familia sigue siendo uno de los pilares más valorados por los españoles. En ella buscamos cercanía, cariño y apoyo mutuo. Es el ámbito del sostén emocional, el espacio donde uno se siente seguro y acompañado. Sin embargo, también es cierto que la institución familiar se encuentra cada vez más erosionada y poco respaldada por algunas estructuras sociales.

Los jóvenes retrasan la formación de una familia por dificultades económicas y, en ocasiones, por falta de compromiso. A esto se suman las malas experiencias que algunos han vivido en su entorno: no son pocos los que han crecido sin un hogar estable, sin el calor de unos padres o la compañía de unos hermanos. Estas carencias dejan heridas y generan consecuencias comprensibles.

Duele ver a quienes no han conocido un entorno familiar adecuado, quienes no han disfrutado de la seguridad y la ternura de un hogar. Porque es en la familia donde se aprende a amar, precisamente experimentando el amor. Con todo, hay muchas personas que pueden ejercer esta función de modo vicario: quienes han recibido amor pueden ofrecerlo. Esta es una gran misión de los cristianos: somos amados por Dios, hemos recibido mucho y estamos llamados a darlo a manos llenas.

Hoy la Iglesia celebra al Dios Uno y Trino, Familia: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Dios Amor. No todas las religiones son iguales ni creen en el mismo dios. Que el Dios revelado por Jesucristo sea un Padre amoroso tiene implicaciones inmensas. La primera es su amor eterno al Hijo, la relación paterno-filial que engendra al Espíritu Santo, Amor increado y eterno. Dios, por ser Amor, no es un ser solitario, sino comunión familiar.

San Pablo concluye su saludo a los corintios con estas palabras: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”. Es un precioso resumen de la intimidad —revelada por Cristo— del Dios en quien creemos.

En esta Familia divina todo es paz y armonía, todo es amor. A su imagen y semejanza estamos llamados a edificar las nuestras. Pero, lamentablemente, no siempre es así. Esto nos compromete a trabajar constantemente en nuestras relaciones, a pedir perdón y a perdonar: el amor es un don y también una tarea. Y, para conservarlo, debe ser alimentado cada día. Benedicto XVI recordaba que el amor debe pasar la prueba de la duración: el amor verdadero sabe renacer, recomponerse, revivir.

El Prelado del Opus Dei expresaba así su sueño para el próximo centenario de la Obra: “Y desde esa renovación interior —que implica también reconocer los errores y rectificar— podamos servir mejor a Dios, a la Iglesia y a todas las personas, inspirando la transformación del mundo según el corazón de Cristo. Que haya personas del Opus Dei detrás de esas familias unidas porque han sabido pedirse perdón. Que haya periodistas que dicen la verdad; docentes comprometidos con enseñar con humildad y valentía; ancianos alegres y jóvenes solidarios; matrimonios que inspiran a sus hijos en la fe; enfermos que llevan sus dolores con serenidad; médicos que tratan con humanidad a sus pacientes; e ingenieros que ponen su talento al servicio de los más vulnerables, aunque no sea lo más rentable”.

¿Por qué es necesario el perdón? Lo preguntaba a unos niños y uno respondió: “porque no somos perfectos”. Todos experimentamos cuánto duelen las heridas: incomprensiones, faltas de educación, injusticias… Hay personas que sufren malos tratos, persecuciones, y no solo en las cárceles: también en el ámbito cotidiano. Lo que más duele es recibir daño por quienes deberían amarnos. Pero si reaccionamos de modo espontáneo y devolvemos mal por mal, los que más vamos a sufrir somos nosotros. Es el efecto bumerán, la guerra total.

Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Hay personas que logran distinguir el mal sufrido de la persona que lo ha causado: no ven solamente la culpa. Saben que en el otro hay algo más grande que su error. Tienen paciencia, comprenden e incluso disculpan. Luego se puede hablar, razonar, reconstruir. También es bueno tener presentes nuestros propios errores y límites.

El mejor negocio que podemos hacer es cuidar nuestra familia, invertir en ella. Hacer de ella una escuela de amor, como lo es la Trinidad. Y, conscientes de nuestra fragilidad, acudir cada día al perdón: darlo y recibirlo.

Fuente: eldiadecordoba.es

31 mayo 2026

Al celebrar hoy el Misterio de Dios Trinidad...

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Con la solemnidad de Pentecostés, hace una semana, concluyó el Tiempo Pascual. Al celebrar hoy el Misterio de Dios Trinidad, se nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el camino recorrido, partiendo de su centro, que es la vida de Dios que se nos ha entregado en Jesucristo. Esta vida es una comunión dinámica, inagotable, fecunda, de la que ahora participamos: el Espíritu que une al Padre y al Hijo ha sido derramado en nuestros corazones, de modo que en el mundo toma forma la Iglesia, sacramento de comunión, espacio de encuentro, de amor y de vida en el que el cielo y la tierra ya se tocan.

El Evangelio de la liturgia de hoy (Jn 3,16-18) nos presenta a Nicodemo, una figura destacada en Israel que sintió una profunda atracción por Jesús. En efecto, fue a buscarlo —de noche, para no ser visto—, deseoso de conocer mejor a este misterioso Maestro y de hacerle preguntas. Al recibirlo, el Señor dio importancia a su búsqueda. Lo sorprendió, sugiriéndole que también par un adulto es posible renacer; le dejó entrever que la vida de Dios habría podido transformar su vida. Jesús habló a Nicodemo del Espíritu Santo, iluminó su noche con la verdad que en la fiesta de hoy resuena en todas nuestras iglesias: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (v. 16). Y también: «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (v. 17).

Queridos amigos, en el Misterio de Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo, estamos en casa, tal y como Nicodemo se sintió en casa junto a Jesús. La vida de Dios es maravillosa y cautivadora, da paz a nuestro corazón, a menudo tan inquieto, y nos permite encontrarnos como hermanos y hermanas en la alegría del Espíritu. La Trinidad nos hace amar todo y a todos; descubrimos que cada criatura está hecha para la comunión, la relación, el encuentro. Y, por contraste, comprendemos por qué las divisiones, las polarizaciones y el desprecio de la diversidad traen al mundo destrucción, tristeza y aridez.

Nicodemo formaba parte del Sanedrín, el Consejo de los jefes de Israel. Cuando oyó en el Sanedrín palabras de desprecio hacia Jesús, invitó a todos a escucharlo antes de condenarlo. Había recibido de Dios, a través del mismo Cristo, el Espíritu de la comunión, que abre el corazón a la nueva verdad y a la verdadera novedad. Quien no acoge a este Espíritu envejece pronto, sumido en la queja; se encuentra solo, nunca tiene el ánimo festivo. Hoy, en cambio, queridos hermanos y hermanas, es fiesta. La fiesta de Dios es nuestra fiesta. Por eso san Pablo escribe a los corintios: «Por lo demás, hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros» (2 Co 13,11).

Y ahora, con la oración del Ángelus, nos dirigimos a la Virgen María; que en su “sí” a la divina Voluntad florezca también nuestro “sí” al amor de la Santísima Trinidad.

________________________________________

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

En este mes de mayo, toda la Iglesia ha alzado una invocación unánime por la paz. Especialmente a través de la oración del Santo Rosario, como una cadena ininterrumpida, ha encomendado a la intercesión de la Virgen María los pueblos atormentados por la guerra. Que la Sabiduría divina ilumine la conciencia de quienes ejercen la autoridad y oriente sus decisiones hacia la búsqueda sincera de una paz justa y duradera.

Hoy se celebra en Italia la 25ª “Jornada del Alivio”. Acompaño de corazón a todas las personas enfermas y a quienes las asisten. Agradezco y animo a todos los que difunden la cultura de la cercanía y del cuidado.

A todos ustedes, romanos y peregrinos, que han venido hoy a la plaza de San Pedro, los saludo con afecto.

En particular, doy la bienvenida al obispo y a los peregrinos de la diócesis de Kumba, en Camerún; así como al coro parroquial de Dunajska Luzna, en Eslovaquia. Saludo a los polacos aquí presentes y también a los participantes en la gran peregrinación al Santuario de Piekary, donde se venera a María como Madre de la Justicia Social.

Saludo al Grupo de Alpinos de Rivoli, a los jóvenes de San Zeno Naviglio y a los participantes en la “Carrera de relevos de la inclusión”, con algunas banderas realizadas por estudiantes de institutos italianos.

A todos les deseo un feliz domingo.

Fuente: vatican.va