28 octubre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II.

 El Papa en la Audiencia General

 

IV. Constitución Gaudium et spes. 7. La relación entre la fe y la cultura (GS, 53-62)

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos!

El Concilio Vaticano II no podía dejar de hablar de la cultura y de sus relaciones con la fe cristiana. Lo hace en el segundo capítulo de la segunda parte de la Constitución pastoral Gaudium et spes (GS).

La Iglesia católica siempre se ha preocupado por acompañar la predicación del Evangelio con la creación de escuelas de todo tipo, destinadas a promover la formación humana, cultural y espiritual de hombres y mujeres de los cinco continentes. Las universidades medievales nacieron, como sabemos, en el seno de la Iglesia, y contribuyeron de manera decisiva al desarrollo de la civilización occidental. Al mismo tiempo, el progreso de la cultura y de los conocimientos plantea interrogantes siempre nuevos y más profundos que estimulan a los creyentes a dar razón de su fe (cf. 1 Pe 3,15-17). Por último, en cuanto expresiones de la dimensión espiritual del ser humano, las diversas manifestaciones de la cultura contribuyen a abrir las mentes a las preguntas permanentes sobre el sentido del mundo y de la existencia humana, preparando así el camino para acoger el Evangelio de Jesucristo.

La relación entre la fe y la cultura encuentra su fundamento principal en la Encarnación: si la Palabra divina se hizo carne y habitó entre nosotros (cf. Jn 1,14), también la fe es una realidad encarnada, entretejida con la cultura en la que está inmersa. La fe está llamada, asimismo, a hacerse cultura, es decir, a llegar a la persona en su entorno vital, constituido por palabras humanas, tradiciones, sentido religioso, arte y poesía, pensamiento y ciencia. Como solía repetir san Juan Pablo II, «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida». [1]

La fe puede encarnarse en cualquier cultura, porque no se identifica de manera específica con ninguna de ellas. Habita en ellas y las configura desde dentro según la «forma» de Jesucristo, es decir, mediante la caridad, el servicio y el reconocimiento filial de la paternidad de Dios. Así, la Iglesia descubre en las diversas culturas todo lo que hay en ellas de bueno, bello y verdadero, para encarnar y transmitir el mensaje del Evangelio. Al mismo tiempo, puesto que ha sido «enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas» (GS, 58).

La Iglesia promueve la cultura porque esta es un bien en sí misma y un servicio al ser humano y al cumplimiento de su vocación en la tierra. Por esta razón, Gaudium et spes exhorta a la comunidad internacional a procurar que todos puedan acceder a los bienes culturales fundamentales, superando el analfabetismo y la falta de instrucción. Todos aquellos que tienen capacidad para acceder a los estudios superiores —afirma con valentía el Concilio— deben contar con las condiciones necesarias para poder hacerlo efectivamente. Asimismo, es «deber de todos procurar que se reconozca y promueva la participación propia y necesaria de la mujer en la vida cultural» (GS, 60).

Además, Gaudium et spes sostiene la necesidad de orientar la enseñanza hacia cierta unidad del saber, aunque las condiciones de vida, al haber cambiado, puedan hacer más difícil esta tarea (cf. GS, 61). Los cristianos son los primeros que deben esforzarse por realizar esta unidad sapiencial, ante todo en sí mismos. Aunque hayan recibido de la Revelación las respuestas a las grandes preguntas de la existencia, esto no los dispensa de una paciente formación intelectual y cultural. Por el contrario, sus conocimientos humanos y científicos deben avanzar al mismo paso que los contenidos de su fe, que han de profundizar continuamente a medida que avanza su edad y según el nivel de sus estudios.

El Concilio dirige una exhortación particular a los teólogos: «Los que se dedican a las ciencias teológicas [...] empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo en común sus energías y puntos de vista. La investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno conocimiento de la fe» (GS, 62).

Hermanos y hermanas, la Constitución Gaudium et spes nos recomienda no vivir la fe con un espíritu de contraposición u hostilidad hacia el mundo, la cultura y sus expresiones humanas. Al contrario, nos exhorta con estas palabras: «Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la cultura» (GS, 62).

Alcanzar una síntesis madura y responsable entre la fe y la cultura es, en efecto, una condición necesaria para perseverar en la vocación cristiana, y también un requisito indispensable para dar testimonio de la fe ante el mundo y comunicarla a los demás de manera creíble.

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[1] San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso del Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural (MEIC), 16 de enero de 1982.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Partiendo de los valores del Evangelio, los animo a ser promotores de la cultura en los distintos ámbitos de la vida y de la sociedad.  Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas: La Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, al reflexionar sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, trata también el tema de la cultura. La Iglesia, promoviéndola en todas sus formas, ha unido siempre la predicación de la Palabra de Dios a la creación de instituciones educativas, con el fin de fomentar la formación humana y espiritual, animando a los creyentes a dar razón de su fe (cf. 1 P 3,15-17) y preparando a los pueblos a acoger el Evangelio.

La auténtica relación entre fe y cultura se fundamenta en el misterio de la Encarnación: por eso, la fe lleva a su plenitud cada cultura donde arraiga, transformándola a imagen de Cristo sin destruir su propia esencia. Gaudium et spes sostiene de este modo la necesidad de cultivar una unidad fecunda del saber, viviendo la fe con una actitud positiva frente al mundo y la historia.

Fuente: vatican.va

A cada uno su perdón

Rafael Domingo Oslé

El 2 de octubre de 2019, un tribunal de Dallas condenó a diez años de prisión a Amber Guyger, una joven policía que, al volver agotada del trabajo, había entrado por error en el apartamento de su vecino de arriba y, creyéndolo un intruso en su propia casa, lo mató de un disparo. La víctima se llamaba Botham Jean. Tenía 26 años, había nacido en Santa Lucía y trabajaba como contable; era negro, y ella, blanca. Hubo proceso, sentencia y condena. El derecho había hablado. Entonces Brandt Jean, hermano de la víctima, pidió permiso para dirigirse a la condenada, le dijo que la perdonaba y preguntó si podía abrazarla.

Aquel abrazo partió en dos a la opinión pública. Para unos fue una cumbre ética; para otros, una obscenidad. Una corriente de la teología afroamericana lleva décadas denunciando que el perdón cristiano, predicado por los poderosos a las víctimas, ha servido para pedir al oprimido que renuncie a su justa rabia y deje intacto el orden establecido. Se habló de «perdón barato», es decir, de un perdón sin verdad ni justicia previa. Otros vieron en el gesto una revelación del poder transformador de la gracia.

La polémica dejaba al descubierto lo mal que pensamos el perdón cuando comparece en la misma sala donde la justicia acaba de pronunciarse. ¿Debe el derecho ignorarlo para no contaminarse de subjetividad? ¿O una sociedad incapaz de dejarle espacio empobrece su propia idea de justicia?

Hannah Arendt escribió en 'La condición humana' que el perdón es «el opuesto exacto de la venganza». La venganza encadena al ofendido al ofensor en una espiral cerrada; el perdón la rompe. Por eso una sociedad puede prohibir la venganza ─así nace el monopolio estatal de la violencia─, pero no puede imponer el perdón. Puede facilitarlo o premiarlo cuando surge; producirlo, nunca.

Los ordenamientos jurídicos no perdonan. Perdonan las personas: una madre, un hermano, a veces un pueblo entero. El derecho absuelve y condena, repara y compone. Algunas de sus figuras ─el indulto, la remisión de una deuda, la mediación─ rozan el perdón sin alcanzarlo. Ninguna sentencia mide el espesor moral de un crimen ni cierra la herida que deja la muerte de un hijo. Saberlo es la humildad que el derecho necesita.

La justicia restaurativa ha sido una de las grandes valedoras, apunta en esa dirección. Tras el delito no quedan solo un culpable y una pena; quedan también una víctima herida, una comunidad afectada y una relación rota que pide verdad, reparación y, a veces, perdón. La respuesta al delito se ensancha sin debilitarse.

Nadie tiene derecho, sin embargo, a exigir a la víctima que perdone ni que acelere por dentro lo que quizá le costará toda la vida. Un perdón forzado no es perdón. Ciertos discursos, en apariencia compasivos, resultan crueles porque exigen a la víctima una grandeza prematura para tranquilidad de los demás. Existe, en cambio, un deber moral de pedir perdón cuando se ha causado un daño real, y un derecho del herido a concederlo o no.

Hace dieciocho siglos, Ulpiano definió la justicia como la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo: 'ius suum cuique tribuendi'. Para los romanos, ius era lo justo, la cosa debida, antes que la facultad de reclamarla. Mi propuesta es que, en su sentido más hondo, dar a cada uno lo suyo significa también dar a cada uno su perdón.

Un jurista riguroso objetará, con razón, que el perdón es un don gratuito, no debido ni reclamable ante un tribunal. ¿Cómo va a caber en la fórmula que define precisamente lo debido? Un perdón exigible dejaría de ser perdón. La respuesta pasa por recordar algo que el derecho positivo tiende a olvidar: la Justicia es más amplia que el derecho. Lo suyo de cada uno no termina en lo que un juez puede mandar restituir o indemnizar. Incluye también lo que ningún contrato cubre y ninguna sentencia impone: no quedar reducido al peor de los propios actos, poder recomenzar la vida, ser reconocido como alguien que vale más que la suma de sus errores y de sus deudas.

Ese reconocimiento se lo debemos al ofensor todos: la comunidad, la opinión pública, el juez que lo condena. Negárselo es una injusticia, aunque ningún tribunal pueda castigarla. El acto de perdonar, en cambio, solo puede darlo el herido, y solo libremente. Del perdón, la víctima es dueña, no deudora. Esa parte de la justicia ya no pertenece al derecho, sino al amor, donde la justicia alcanza su plenitud.

Catalina de Aragón lo entendió sin formularlo. Apartada por Enrique VIII, defendió hasta el final la validez de su matrimonio y la legitimidad de su hija María. Pero, ya enferma y recluida en Kimbolton, escribió al rey ─así lo ha transmitido la tradición─: «Por mi parte, te perdono todo, y deseo rezar devotamente a Dios para que Él también te perdone». No condicionó su perdón al arrepentimiento del rey ni a reparación alguna. Por eso fue perdón y no pacto.

Dar a cada uno su perdón significa devolver al ofensor lo suyo ─la dignidad de no quedar marcado para siempre por su culpa, la posibilidad de un nuevo comienzo─ y restituir a la víctima lo suyo: la libertad de no seguir mirando el mundo desde el lugar exacto en que fue herida. Es una sola justicia, que se cumple en los dos extremos del vínculo roto.

Aquel día, en Dallas, hubo un segundo abrazo. La juez Tammy Kemp bajó del estrado, regaló una Biblia a la condenada y la abrazó también. Muchos lo censuraron, y se llegó a pedir una investigación disciplinaria. No juzgo sus intenciones, pero los dos gestos no pesan lo mismo. Brandt, con 18 años, hablaba como hermano de la víctima: la ofensa era suya, y suyo era el perdón. La juez no había sido ofendida, y su sitio era el estrado, que está para juzgar. Su compasión podía ser sincera; su abrazo confundía los papeles. El perdón de Brandt no deshizo la sentencia, ni lo pretendía. Solo impidió que la condena dijera todo lo que había que decir sobre Amber Guyger. Allí donde el derecho concluye empieza a veces la tarea más dura del alma. El perdón no suplanta a la justicia, pero le recuerda que la última palabra sobre una persona no debería pertenecer jamás al expediente.

Fuente: abc.es

26 octubre 2026

¿Para qué sirve la vida?

Juan Luis Selma

La respuesta está en el amor, que consiste en querer el bien del otro y no en esperar que satisfaga nuestras necesidades.

Hace unos días, mientras paseaba por una ciudad del norte de España, se me acercó un grupo de estudiantes de Psicología que estaba realizando una encuesta. Después de pedirme permiso para grabar la conversación, una chica me lanzó una pregunta tan sencilla como profunda:

—¿Para qué sirve la vida?

Así, de sopetón, respondí:

—Para ser felices amando y dejándonos amar.

Su siguiente pregunta no fue menos importante:

—¿Y qué es amar?

Son dos interrogantes que todos deberíamos plantearnos alguna vez. No podemos vivir como quien camina sin rumbo, dejándose llevar por las circunstancias, sin preguntarse quién es, de dónde viene o hacia dónde se dirige.

Amar no consiste principalmente en buscar que nos hagan felices, que nos comprendan siempre o que satisfagan nuestras necesidades. Amar es querer el bien del otro, procurar su felicidad y entregarse generosamente por él. Cuando reducimos el amor a lo que recibimos, terminamos equivocándonos en lo más importante. Esa visión acaba generando frustración, dependencia e infelicidad.

Al contar esta conversación a un amigo, me respondió con una sencillez que encerraba una gran verdad:

—¿Que para qué es la vida? Para amar al Señor y a mi Petri en la tierra, y después gozar con ellos en el cielo... ¡para siempre!, ¡para siempre!, ¡para siempre!

Aquella respuesta me recordó que el corazón humano está hecho para un amor que no termine nunca.

El Evangelio de hoy resume maravillosamente el sentido de nuestra existencia:

"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas".

Es hermoso descubrir que aquello que Dios nos pide coincide precisamente con aquello para lo que hemos sido creados. Nos manda amar porque en el amor está nuestra plenitud. Como hemos comentado en otras ocasiones, Dios juega siempre a nuestro favor, nunca en nuestra contra.

Sin embargo, amar así no resulta fácil. Todos llevamos dentro heridas, egoísmos, miedos y contradicciones que dificultan esa entrega. Por eso necesitamos ser salvados.

Quizá algunos piensen que no necesitan la salvación o que la promesa del cielo tiene poco que ver con su vida cotidiana. Sin embargo, todos experimentamos momentos de oscuridad, cadenas que nos atan, incoherencias que nos hacen sufrir. Dios no viene a salvarnos de una amenaza lejana; viene a salvarnos de aquello que nos impide ser plenamente nosotros mismos.

Nos libera del egoísmo, del orgullo y de ese pequeño tirano que todos llevamos dentro. Cuando le permitimos iluminar nuestras sombras, sanar nuestras heridas, romper nuestras cadenas y fortalecer nuestra debilidad, comenzamos a experimentar una auténtica libertad.

Solo entonces podemos aprender a querernos de verdad y, desde ahí, amar a los demás. Cuando la luz vuelve a entrar en el corazón, regresan también la paz y la esperanza. Y cuando una persona recupera la esperanza, vuelve a cantar.

La lírica acaba conduciendo a la épica. Quien encuentra sentido a su vida ya no se conforma con sobrevivir; lucha, sueña, sirve y se entrega.

La vida está hecha para ser saboreada. Necesitamos aprender a disfrutar de lo bueno, admirar lo bello y agradecer lo auténtico. Para ello es imprescindible detenerse y contemplar.

Las prisas, el activismo y los constantes estímulos que nos rodean nos roban con frecuencia lo más importante. Son como los dementores de Harry Potter: absorben poco a poco nuestra alegría y nos dejan vacíos por dentro.

Necesitamos buscar tiempo para amar y para estar con el Amado.

Escribía recientemente el Prelado del Opus Dei:

“El dinamismo más íntimo del amor consiste en la búsqueda del amado. Quien ama no se contenta con conocer de manera superficial, con saber algunas cosas sobre el amado: anhela contemplar su rostro, estar en su presencia, escuchar su voz. La genuina oración cristiana está marcada por aquel gemido filial del salmista: 'Vultum tuum, Domine, requiram (Sal 27, 8), ¡tu rostro buscaré, Señor!'.

Y esa mirada contemplativa no se dirige solamente a Dios. También estamos llamados a descubrir el rostro de los demás.

Como recordaba Benedicto XVI, 'el programa del cristiano, el programa del buen samaritano, el programa de Jesús, es un corazón que ve'. Un corazón capaz de reconocer dónde hay necesidad de amor y actuar en consecuencia".

Fuente: eldiadecordoba.es

25 octubre 2026

El Señor nos conduce al corazón de nuestra fe

 El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el Evangelio de hoy (cf. Mt 22,34-40) el Señor nos conduce una vez más al corazón de nuestra fe. Un doctor de la Ley, para poner a prueba a Jesús, le pregunta: «¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» (v. 36). El Maestro responde citando un pasaje del Deuteronomio: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (v. 37; cf. Dt 6,5). Cristo indica como elemento central de la relación con Dios la dimensión del amor. No es suficiente saber que Dios existe, que es único o que es omnipotente; el Señor nos pide una relación personal: el único y verdadero Dios quiere ser nuestro Dios.

En el encuentro con Él, el mandamiento del amor no es una obligación ni una imposición. No se puede amar “por mandato”. El amor a Dios es la exigencia propia del deseo del hombre, que halla su cumplimiento en la comunión con Él. Por eso, nuestro amor puede ser auténtico cuando es respuesta a su amor, que siempre nos precede. De allí la necesidad de una totalidad que involucre a toda la persona: corazón, alma y mente.

Al primer mandamiento, el Señor une un segundo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). Esta regla de vida surge de una misma fuente; por eso, dice Jesús, es semejante a la primera. De la relación íntima con Dios somos capaces de mirarnos a nosotros mismos y al prójimo con la misma mirada de Cristo, según su perspectiva. De este modo, se vence el egoísmo y también el amor por uno mismo se hace caridad; nuestra existencia se dirige hacia el otro y se hace don para quien está a nuestro lado.

Santa Teresa del Niño Jesús lo comprendió bien: “Solo el amor —escribía— puede hacer actuar a los miembros de la Iglesia; si este amor llegara a apagarse, ya no se anunciaría más el Evangelio” (cf. Obras completas, Manuscrito B, 3v°, Burgos 2006, 261). Sin él, en efecto, nuestra fe se vería privada de su contenido, nuestras buenas obras se reducirían a moralismo, nuestra esperanza sería vana.

Queridos amigos, no podemos amar verdaderamente a Dios sin que ese amor se desborde hacia los hermanos y las hermanas. Y no podemos amar realmente a nuestro prójimo sino como hijos de un mismo Padre que nos amó primero en su Hijo Jesús.

Pidamos al Señor la gracia de un corazón nuevo, capaz de acoger y de vivir el gran mandamiento. Que interceda por nosotros la Virgen María, en cuyo corazón inmaculado no hay más que amor.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con preocupación la grave situación humanitaria en Yemen, particularmente en la ciudad de Taiz, donde la población sufre a causa de la falta de alimentos, de agua y de atención médica. Dirijo un llamamiento urgente para que cesen las hostilidades y se garantice al pueblo yemenita y a todos los pueblos de la región poder vivir en paz.

Aseguro mi oración por quienes han fallecido o han resultado heridos el pasado viernes en el atentado terrorista contra los fieles de la iglesia ortodoxa de St. George ad Hamoud, en Jordania. Expreso mi cercanía a esa comunidad y a todo el país, que se distingue por la convivencia pacífica y el respeto entre las diferentes religiones.

Seguimos rezando juntos por la paz. Pasado mañana, 27 de octubre, unámonos espiritualmente a los representantes de las Iglesias y a los líderes religiosos que se reunirán en Asís en el 40 aniversario del Encuentro convocado por san Juan Pablo II. Hoy más que nunca es evidente que las guerras, además de sembrar muerte y destrucción, empobrecen y dañan al mundo. ¡Que el Señor inspire decisiones de diálogo y de paz!

Les saludo a todos ustedes, queridos fieles de Roma y peregrinos de diferentes países.

Doy la bienvenida a los miembros del Centro Académico Romano Fundación, de España; al grupo del Colegio St. Ciaran’s de Ballygawley, en Irlanda, y al de las Escuelas “San Juan Pablo II”, de la Diócesis de Opole, Polonia.

Me alegra recibir a los dirigentes del Ceremonial de algunos ministerios y departamentos gubernamentales italianos.    

Saludo a los miembros de la asociación “Solidaridad en buenas manos”, de Castiglion Fiorentino, y al grupo de coetáneos de Concorezzo que han venido en peregrinación por sus 70 años.

Les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

24 octubre 2026

El primer mandamiento

 

30.° domingo Tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 22,34-40)

Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle:

— Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?

Él le respondió:

— Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es como éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.

Comentario

Fariseos y saduceos eran dos grupos muy influyentes en la sociedad en la que vivía Jesús, pero tenían puntos de vista distintos en la interpretación de la Ley. Los saduceos eran personas de la alta sociedad. De entre ellos habían salido, desde el inicio de la ocupación romana, los sumos sacerdotes que, en ese momento, eran los representantes judíos ante el poder imperial. Estaban más pendientes de la política y del Templo que de las cuestiones religiosas relacionadas con la vida diaria. Los fariseos, por su parte, eran muy minuciosos en el cumplimiento de las prescripciones de la Ley de Dios.

Quizá admirados por la brillantez de la respuesta de Jesús a unos saduceos, a los que había dejado sin palabras, unos fariseos lo pusieron a prueba con una pregunta muy delicada. En su cuidado meticuloso por cumplir hasta la más pequeña indicación de la Ley, los fariseos llegarían a establecer una lista de seiscientos trece mandamientos. Ante tal abundancia y variedad de preceptos, que hace muy difícil incluso recordarlos todos, no es superflua la pregunta que le hacen: ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?

La respuesta de Jesús es un tanto sorprendente, pero muy certera. No les señala ninguno de los diez mandamientos del Decálogo, sino que menciona dos que no forman parte de él. Primero cita un texto que en el Antiguo Testamento forma parte de una oración llamada Shemá, contenida en el libro del Deuteronomio: “Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,4-5). El segundo, “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18), es uno de los muchos preceptos incluidos en la denominada Ley de Santidad, que está en el libro del Levítico.

Lo singular en la respuesta de Jesús consiste en señalar esos dos mandamientos que estaban como perdidos en medio de la multitud de preceptos contenidos en la Ley, y mencionarlos juntos, poniendo de manifiesto que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables y complementarios.

Lo primero es el amor a Dios, un amor que es justa correspondencia a quien se ha adelantado a amarnos a nosotros. Ahora bien, ¿en qué consiste el amor a Dios? Benedicto XVI nos lo explica en su Encíclica Deus caritas est: “La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en la comunión de voluntad que crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío”.

A la vez, el amor a Dios nos lleva de la mano al amor al prójimo, como él mismo sigue explicándolo más adelante: “en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. (…) Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. (…) Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita”.

“Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, repito –insistía san Josemaría–, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón”.

Fuente: opusdei.org

«Venid a mí»: Cuando el Vaticano admite que el relevo generacional de la fe se ha roto

Javier Ferrer García

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe publica Venite ad me, un documento que radiografía el abismo de la transmisión religiosa en plena era digital y propone volver a lo esencial frente a un vertiginoso "cambio de época".

Hay verdades incómodas que, cuando se ponen negro sobre blanco desde los despachos del Vaticano, sacuden los cimientos de la propia institución. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha hecho público Venite ad me («Venid a mí»), un documento cuyo diagnóstico inicial es tan realista como demoledor para el catolicismo contemporáneo: en amplias regiones del planeta, la transmisión de la fe de padres a hijos sencillamente se ha interrumpido.

Lejos de buscar refugio en la nostalgia o en el lamento fácil por los tiempos modernos, el texto —concebido no como un manual doctrinal rígido, sino como una llamada abierta a la reflexión— aborda sin filtros el vértigo de este «cambio de época». Las pantallas, la hiperconectividad digital, la fragmentación cultural y el profundo cansancio existencial que arrastran las nuevas generaciones han transformado por completo el terreno de juego. Lo que antes funcionaba por inercia social o familiar, hoy ya no cuaja.

Del dogma abstracto al abrazo humano

El núcleo de la propuesta vaticana es un llamamiento urgente a rescatar el kerygma, es decir, el anuncio desnudo del amor incondicional de Dios, despojado de burocracia eclesiástica y de discursos teológicos inaccesibles. El documento recuerda que Jesús nunca esperó en un santuario cerrado ni fundó escuelas exclusivas; caminaba por las calles, conocía los oficios de su tiempo, escuchaba las fatigas cotidianas y se ponía sin dudar del lado de los «últimos».

Esta es la clave que atraviesa todo el texto: recuperar un lenguaje cercano, capaz de conectar con los adultos que hace tiempo dieron la espalda a la religión y con los jóvenes que jamás han oído hablar de ella de forma significativa. La fe, advierte el documento, no se contagia por imposición moral ni por obligación cultural, sino a través del testimonio vivo, de la belleza del arte, de la liturgia y, sobre todo, de una cercanía real que alivie el peso de una sociedad hiperacelerada.

Testimonios desde el abismo

Para ilustrar este giro pastoral, el texto incluye un bloque inusual en los dicasterios romanos: una serie de testimonios en primera persona. Son relatos de hombres y mujeres que pasaron por el abismo de las adicciones, la desesperanza o la más absoluta indiferencia, y que redescubrieron el Evangelio no a través de un tratado doctrinal, sino gracias al encuentro humano con creyentes que supieron encarnar la compasión y la acogida.

Con este paso, la Iglesia asume el reto más complejo de su historia reciente: dejar de dar por sentado que el mundo conoce su mensaje y empezar de nuevo. En una época marcada por el ruido digital y la fatiga vital, el Vaticano pone sobre la mesa que la única salida para el anuncio cristiano es volver a ser, tal como prometía el lema evangélico, un refugio para los cansados y agobiados de siempre.

Fuente: exaudi.org


23 octubre 2026

Nunca más la guerra

Benigno Blanco

Las guerras se sabe cómo y cuándo empiezan, pero es imposible saber lo que durarán y hasta donde se extenderán.

Somos una generación que no hemos conocido la guerra; y, por ello, corremos el riesgo de olvidar lo terrible que es la guerra y sus consecuencias. Ayuda a comprender las consecuencias de una guerra el libro de Keith Lowe, historiador británico, “Continente salvaje. Europa después de la segunda guerra mundial” (516 págs., Ed. Galaxia Guttemberg) en el que estudia con detalle la Europa de los cinco años siguientes a la II Guerra Mundial, describiendo un continente asolado por la destrucción física, el hambre, la degradación moral, las brutales venganzas en el interior de cada país tras la victoria aliada, las guerras civiles en algunos de ellos, los desplazamientos masivos de poblaciones a consecuencia de la fijación de las nuevas fronteras por los vencedores, las violaciones masivas y la prostitución de tantas mujeres para poder comer o mantener a sus hijos, el rechazo a los judíos que habían sobrevivido al holocausto al volver a sus países de origen, etc. Acabada oficialmente la Guerra siguieron varios años en los que hubo millones de muertos, pues los odios y las miserias que la guerra dejó detrás de sí no desaparecieron de la noche a la mañana.

Es muy conocida la historia de la II Guerra Mundial, pero quizá hemos perdido la memoria histórica del terrible drama en que se hundió Europa durante unos años tras aquella contienda. La obra de Lowe, especialista en aquella época, nos puede ayudar -a quienes tenemos el privilegio histórico de no haber vivido ninguna guerra en primera persona-. a recordar lo que supone una guerra incluso más allá de los frentes de batalla Esa memoria nos puede venir muy bien a todos en los tiempos presentes para que nos convirtamos en responsables activistas de la paz.

Basta repasar el índice del libro del historiador británico para que nos tomemos en serio aquel grito papal de ¡Nunca más la guerra! (cfr. discurso de Pablo VI en ONU el 4 de octubre de 1965, recordado por el papa León en su primera y reciente encíclica). La parte primera se denomina “El legado de la guerra” y se subdivide en capítulos con títulos como los siguientes: destrucción física, ausencia, desplazamiento, hambruna, destrucción moral, el paisaje del caos, etc. La segunda parte lleva por título “Venganza” y sus capítulos son, entre otros: sed de sangre, los campos liberados, mano de obra esclava, la venganza contra mujeres y niños, …. La tercera parte, “Limpieza étnica” trata el drama de los judíos liberados de los campos y rechazados en sus países de origen, la limpieza étnica en varios países del Este de Europa, la expulsión de los alemanes de los territorios que dejaron de pertenecer a la Alemania que surgió de la contienda y las guerras en Yugoslavia entre los distintos pueblos que la integraron después. La cuarta parte está dedicada a las guerras civiles y la violencia política que siguieron a la paz formal, aunque con distintas intensidades, en Francia, Italia, Grecia, Rumanía, Ucrania, Polonia, etc.

Este libro refleja muy bien el legado moral y humano de la guerra, que es terrible; y que conviene no olvidar. Se pone de manifiesto en él, también, que las guerras se sabe cómo y cuándo empiezan, pero es imposible saber lo que durarán y hasta donde se extenderán. Ya lo estamos viendo en nuestros días con los conflictos de Ucrania, Irán, Gaza … que en breve tiempo se les han ido de las manos a sus promotores. No juguemos con la guerra; tomémosla muy en serio. ¡Nunca más la guerra!

Otro libro que puede ayudarnos a pensar en lo que supone una guerra, -en este caso una novela, pero muy bien fundamentada y documentada respecto a la historia que cuenta-, es “La hija del Este” de Clara Usón (448 págs., editorial Seix Barral, 2012). En esta novela la autora recrea las guerras en la antigua Yugoslavia entre serbios, croatas y bosnios entre 1990 y 1995, hasta que intervino Estados Unidos en este último año con los bombardeos ordenados por Clinton que pusieron fin -de momento- a las guerras étnicas y religiosas que provocaron auténticos genocidios y el exterminio de parte de la población afectada. En esta novela se recrea una amplia galería de personajes como Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic y -él es el centro de la novela- el llamado “carnicero de Bosnia” Ratko Mladic, que -por cierto- ha fallecido el pasado mes de agosto en la cárcel holandesa en que cumplía pena por genocidio impuesta por el Tribunal Penal Internacional y … ¡ha sido enterrado en su país como héroe nacional!.

Se trata de una novela muy bien documentada sobre la realidad histórica en que se desarrolla, siendo los personajes principales los líderes reales de los genocidios de las guerras balcánicas de finales del siglo XX, reflejados según la información disponible sobre sus vidas y personalidad. A través de esta novela podemos asomarnos a la última masacre bélica y genocida desarrollada en Europa hace apenas 30 años, es decir, ayer, por la fuerza de nacionalismos extremos. Tanto en el tiempo como en el espacio geográfico, esas guerras yugoslavas nos muestran que la guerra y sus barbaridades pueden hacerse presentes en nuestras vidas, que no son cosa del pasado, que hay que trabajar por la paz hoy para evitar la guerra mañana.

Sugiero también leer la encíclica del Papa León XIV, Magnífica humanitas, especialmente el capítulo V, donde el Pontífice nos habla de la guerra y la construcción de la civilización del amor. En ese texto hay muchas ideas relevantes sobre cómo todos, seamos socialmente importantes o gente corriente, podemos trabajar por la paz y coadyuvar a crear esa deseada civilización del amor que la Iglesia propone.

Fuente: religionenlibertad.com

22 octubre 2026

No apaguemos los ecos de la Vida

José Antonio García-Prieto Segura

“¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! (…) ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” (Juan Pablo II)

Los muchos años de residencia en Roma, me han permitido conocer de cerca la muerte y elección de varios Papas, y me reavivan con fuerza intervenciones inolvidables de sus enseñanzas como Vicarios de Cristo, que un día proclamó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6); y en otro momento: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). Estas verdades del mensaje de Cristo son las que, en el fondo, han de proclamar sus Vicarios, deseando que todo el mundo las reconozca y después cada uno, personal y libremente, las ponga en práctica. Hoy me centraré en las famosas palabras con que el Papa Juan Pablo II, animaba a no tener miedo a abrir las puertas de nuestra vida al amor de Cristo.

Aquella intervención tuvo lugar el 22 de octubre de 1978 en la plaza de san Pedro, repleta de gente. Me encontraba allí, participando en la Misa de inicio oficial de su pontificado. Al final de la ceremonia, con inusitada fuerza y convicción proclamó: “¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! (…) ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. En nombre de Dios hablaba un hombre de 58 años, reciamente curtido por la vida. Como es sabido, quedó huérfano de madre a los 9 años; a los 19, realizó trabajos forzados cuando Alemania ocupó Polonia al estallar la Segunda Guerra Mundial; su padre murió en los primeros años de la Guerra, y no le faltaron otros sinsabores antes de ordenarse sacerdote.

Recuerdo esas pinceladas biográficas para resaltar que era un hombre con los pies muy en la tierra. Por eso, su conocimiento del alma humana unido al conocimiento -por la fe- del alma igualmente espiritual y humana de Cristo, dan extraordinaria fuerza de autenticidad y realismo a su clamor: “¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Al escuchar este llamamiento universal, tuve la impresión de que fuese como un eco imperecedero de las palabras del mismo Cristo, antes mencionadas: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (…) «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». No parece sensato cerrarse a semejante ofrecimiento.

Los sucesores de Juan Pablo II han mantenido vibrante el eco de sus palabras. Así, Benedicto XVI, el 17 de junio de 2007, en Asís, se dirigía a miles de jóvenes diciendo: “Corremos el riesgo de pasar una vida entera aturdidos por voces ruidosas pero vacías, corremos el riesgo de dejar pasar la voz de Cristo, la única que cuenta, porque es la única que salva. Nos contentamos con fragmentos de verdad, o nos dejamos seducir por verdades que lo son sólo en apariencia”. Y finalizaba: “Hago mía, una vez más, la invitación que mi amado predecesor Juan Pablo II solía dirigir, especialmente a los jóvenes: ‘Abrid las puertas a Cristo’. Abridlas (…), sin miedo, sin cálculos, sin medida” (Discurso a los jóvenes, Asís, 17-VI-2017).

El Papa Francisco, en octubre de 2018, con ocasión de la Conferencia celebrada en Alba (Italia) con motivo del 40º aniversario de la elección de Karol Wojtyla como Papa, escribía que: "Dejó una huella indeleble en la Iglesia y en la sociedad. (…) Que el redescubrimiento del testimonio de fidelidad a Dios y de amor al hombre de este venerable Predecesor mío anime a todos, especialmente a los jóvenes, a abrir de par en par las puertas de Cristo para un generoso compromiso en favor de la paz, de la fraternidad y de la solidaridad". Y el mismo 22 de octubre, Francisco tuiteaba en su cuenta oficial: “Demos gracias a Dios por todo el bien realizado en el mundo y en los corazones mediante las palabras, las obras y la santidad de Juan Pablo II. Recordemos siempre su llamamiento: “¡Abrid las puertas a Cristo!”.

León XIV no se ha quedado atrás; por eso, en su Discurso del pasado 7 de junio en el Movistar Arena de Madrid, resumía así el magisterio de sus tres predecesores: “La Iglesia comparte con humildad, pero también con firmeza aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad”. Por eso, animaba después a no tener miedo a la hora de informar toda la vida y acción social, con el mensaje cristiano de la paz: “¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo”.

Huelga decir que el ambiente que se respira en el mundo no es precisamente de color de rosas. Por eso, desde la fe y con los pies en la tierra, los discípulos de Cristo debemos hacer muy nuestra esta llamada de sus Vicarios que vengo comentando. En primer lugar, dándonos cuenta de que nos la hace el mismo Señor, de modo singular y personalísimo, con aquellas otras palabras suyas del Apocalipsis: “Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa, y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc 3, 20). Son la promesa de una existencia serena, sin temores paralizantes, y con toda la fuerza divina para navegar en este mar de la historia con olas hoy tan embravecidas, pero sabiendo que Cristo va en la barca de quienes le dejemos subir a bordo, al abrirle las puertas del corazón.

Y, en segundo lugar, dándonos cuenta también de que al abrir a Cristo las puertas de nuestra vida, la mantendremos vibrante al hilo de la suya. Pero los ecos de su vida no se pierden en el aire, porque piden traducirse en trabajar por el bien común, aunque suponga ir contracorriente, como le sucedió al Señor. Conviene concretar  el contenido de este bien común, como lo hizo León XIV en su Discurso en el Congreso de los Diputados, en Madrid.

Señaló que su presencia allí “como obispo de Roma y pastor de la Iglesia católica”, quería ser “un gesto de cercanía hacia España (…), y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana”. Y después de reconocer “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”, quiso aportar “una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia” (Discurso, 8-VI-2026). Después, concretó el contenido del bien común en puntos muy precisos y determinantes para la vida y convivencia humana. Las verdades que proclamó recibieron, como es sabido, un aplauso de 7 minutos. Abrir las puertas a Cristo implica poner en práctica esas dimensiones señaladas por León XIV; al ser verdades enraizadas en la común naturaleza humana, alcanzan a todo el mundo, más allá de las particulares creencias religiosas de cada uno.

Concluyo sugiriendo al lector el repaso de esas dimensiones del Discurso, para traducirlas en obras de paz y concordia. Así, los ecos de la Vida de Cristo se mantendrán vibrantes en la propia existencia, y contribuiremos a que también en otras muchas personas suceda lo mismo.                                                                                    

Fuente: elconfidencialdigital.com