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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

19 febrero 2026

Tentaciones en el desierto

1.º domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Evangelio (Mt 4,1-11)

Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.

Él respondió:

—Escrito está:

No sólo de pan vivirá el hombre,

sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está:

Dará órdenes a sus ángeles sobre ti,

para que te lleven en sus manos,

no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.

Y le respondió Jesús:

—Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.

De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

—Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.

Entonces le respondió Jesús:

—Apártate, Satanás, pues escrito está:

Al Señor tu Dios adorarás

y solamente a Él darás culto.

Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían.

Comentario

El primer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El marco geográfico del desierto, lugar inhóspito y antagónico del Edén, es muy elocuente. De algún pasaje de la Sagrada Escritura puede suponerse la creencia judía en cierto espíritu maléfico del desierto llamado Azazel (cfr. Lv 16,10 y Tb 8,3). Jesús sería impulsado así al ámbito del tentador. Además, el desierto fue lugar de prueba para el pueblo elegido. El Señor acude para vencer allí donde Israel sucumbió.

Jesús ayuna “durante cuarenta días con cuarenta noches”. Es lo que conmemora la Cuaresma. Y esta acción penitencial del Señor está cargada de simbolismo: cuarenta días y cuarenta noches duró el castigo del diluvio (cfr. Gn 7,4); cuarenta días y cuarenta noches pasó Moisés en la nube del Sinaí, sin comer ni beber, suplicando a Dios por el pueblo (cfr. Dt 9,25), antes de entregarle la Ley (cfr. Ex 24,18); también pasó Elías cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber, caminando hasta el monte Horeb para encontrarse con el Señor (1R 19,8); y en especial, durante 40 años habitó Israel en el desierto, en medio de pruebas y tentaciones, como castigo a los 40 días que dedicó a explorar la tierra por su cuenta, sin contar con Dios (Nm 14,34).

Después de ayunar, Jesús se muestra hambriento, en aparente privación de ayuda divina y poder material. El tentador pretende entonces que Jesús caiga en alguna forma de intemperancia, avaricia o idolatría, en las que hace caer a los hombres, quienes utilizan o rechazan a Dios para exaltarse a sí mismos. El diablo cita retorcidamente las Escrituras con las que Jesús cumple siempre la voluntad de su Padre. Si eres el Hijo de Dios, le viene a decir, usa la fuerza divina para resolver la indigente condición humana que has asumido. Esta misma sugestión llegará a su culmen en la cruz.

Pero el Papa Francisco explicaba la solución que nos brinda el Maestro con su ejemplo: “Satanás quiere desviar a Jesús del camino de la obediencia y de la humillación –porque sabe que así, por este camino, el mal será derrotado– y llevarlo por el falso atajo del éxito y de la gloria. Pero las flechas venenosas del diablo son todas “paradas” por Jesús con el escudo de la Palabra de Dios (Mt. 3,4.7.10) que expresa la voluntad del Padre. Jesús no dice ninguna palabra propia: responde solamente con la Palabra de Dios. Y así el Hijo, lleno de la fuerza del Espíritu Santo, sale victorioso del desierto”.

Todos vivimos de una forma u otra cada día estas pruebas del desierto. Como explicaba Benedicto XVI, “el núcleo de toda tentación –como se aprecia aquí– es dejar al margen a Dios, el cual, comparado con todo lo que parece urgente en nuestra vida, es visto como secundario, cuando no superfluo y molesto”. Las prisas, el afán de eficacia humana y las dificultades diarias pueden llevarnos a descuidar, a olvidar e incluso a rechazar el trato con Dios; o a esperar de Él una intervención llamativa que nos hiciera reaccionar. En cambio, cuando la voluntad de Dios es lo primero, Él nos exalta después.

En efecto, Mateo dice que, vencida toda tentación, “los ángeles vinieron y le servían”. Dios da con orden y proporción lo que el demonio usaba como transgresión. San Josemaría comentaba esta entrañable escena final así: “la Iglesia, al hacernos meditar estos pasajes de la vida de Cristo, nos recuerda que, en el tiempo de Cuaresma, en el que nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría. Porque la Cuaresma es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: podemos llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas”-

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 12:15

Sin habernos acabado

Teo Peñarroja

Nos abate hasta la indefensión constatar que el mal existe, que las cosas no son como deberían ser, que se atenta contra la naturaleza de las cosas. La vida pide de suyo infinito y, en cambio, se ve segada de manera tan dramática. Estamos hechos para vivir y, sin embargo, nos morimos

El mal. Esa es la cuestión: el mal. Por qué hay mal, imperfección y, en último término, muerte. Por qué descarriló el tren, por qué esa niña se quedó sin familia, por qué aquella mujer mayor que viajaba a acompañar a su hermana no llegó a su destino, por qué el corazón de aquel cardiólogo con la vida por delante dejó de latir, y así hasta 45. ¿Por qué? El corazón se emperra en una serie de sentimientos inevitables, legítimos: ira, frustración. Buscamos con justicia explicaciones, responsabilidades, culpables. Hay una profunda tristeza personal y colectiva. ¡Qué fracaso! ¿Por qué no se hizo un buen mantenimiento de las vías? ¿Quién debería hacerlo? ¿No supo? ¿No quiso? Hay indignación también por la ineptitud o por la negligencia, eso está por ver, aunque no cambie el diagnóstico. Por último, cuando se calma todo aquello, queda ante el mal un último sentimiento, un atisbo de verdad: estamos perplejos.

Nos abate hasta la indefensión constatar que el mal existe, que las cosas no son como deberían ser, que se atenta contra la naturaleza de las cosas. La vida pide de suyo infinito y, en cambio, se ve segada de manera tan dramática.

Estamos hechos para vivir y, sin embargo, nos morimos. El último mal, la frontera —el muro— con el que se da de bruces todo raciocinio: nos terminamos sin habernos acabado. Señal inequívoca de que nuestro fin no está aquí abajo. Esa es, tal vez, la luz (siempre hay una luz) que vacila al final de la tragedia.

Las familias de las víctimas han rechazado la propuesta del Gobierno de un homenaje de Estado el próximo día 31. Razones tendrán. En cambio, sí van a acudir a la Misa funeral que se celebrará este jueves en Huelva. Iba a ser en la catedral, pero se hará en el Palacio de Deportes por una cuestión de aforo.  

Una semana antes, en Adamuz, escenario del accidente, más de 700 personas se reunieron alrededor del altar. Fue en la Caseta Municipal, un espacio dignísimo porque en él se refugió y atendió a los heridos el día del descarrilamiento. El salmo lo leyó un adolescente, Julio de nombre, que acudió desde el momento del desastre para ayudar a los heridos: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas». Ofició Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y presidió la celebración una imagen de la patrona de Adamuz, la Virgen del Sol. Puerta del Cielo, ruega por nosotros.

El mal, esa es la cuestión. Explicaba en su magisterio el Papa Francisco que el pueblo de Dios es infalible in credendo. La mayoría de las víctimas del accidente eran católicas, y su sentido de la fe las ha llevado a buscar no el homenaje sino el sufragio; no el consuelo de la posteridad, sino el de la esperanza en la vida eterna. En última instancia, el realismo sobrenatural de las familias afirma con las obras —obras de misericordia: enterrar a los muertos, rogar a Dios por los difuntos— que estamos aquí de paso, individuales, amados, irreductibles al símbolo.

Fuente: alfayomega.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:10

Los filósofos de Hitler

Benigno Blanco Rodríguez

Las ideas no son inocentes.

Las ideas no son inocentes. Hitler absorbió ideas de distintos filósofos influyentes en su época y las convirtió en una máquina de destrucción y muerte y contó con la colaboración de otros intelectuales que justificaron y legitimaron con su prestigio el régimen nazi y sus obras.

Conocer esas ideas que generaron y avalaron la ideología nazi resulta muy interesante, no solo por curiosidad histórica sino porque algunas siguen vigentes y activas en nuestros días pues forman parte del patrimonio filosófico de la modernidad.

Al estudio de esos intelectuales y sistemas de pensamiento dedica la historiadora inglesa Yvonne Sherratt su obra Los filósofos de Hitler, editada por Cátedra en 2014 (336 págs.).

En el capítulo primero, con el título “el genial cocktelero”, Sherratt hace una síntesis del pensamiento y obsesiones de Hitler analizando su célebre libro Mi Lucha escrito durante su reclusión tras el intento de golpe de Estado de Munich en 1923.

La tesis de la autora es que Hitler no tuvo nada de original sino que se limitó a hacer un cocktel usando ingredientes varios que flotaban en el ambiente intelectual de su época. La misma tesis sugiere Joachim Fest en su monumental biografía de Hitler cuando escribe (págs. 89 y ss.):

“No fue nadie en particular, sino la época, quien le dio sus ideas. Con el antisemitismo y el darwinismo social debe incluirse, sobre todo una creencia de predestinación social y nacionalista (…) corrientes intelectuales en boga, muy generalizadas e imbuidas de retazos de ideas imperantes a finales de siglo: la filosofía de la vida, el escepticismo frente a la razón, así como una romántica glorificación del instinto, de la sangre y del impulso sexual. Nietzsche, cuya trivializada plática sobre la fuerza y la brillante amoralidad del superhombre pertenece asimismo a esta ideología (…) Wagner no sólo fue el gran ejemplo en la vida de Hitler sino también su maestro, cuyas pasiones ideológicas hizo suyas …”.

El capítulo segundo de la obra lo dedica la autora a una detallada reseña del antisemitismo de los grandes intelectuales alemanes desde el siglo XVIII al XX que influyeron en Hitler según propia confesión de éste: Kant, Fichte, Hegel, Feuerbach, Marx y, de forma especial y obsesiva, el compositor y escritor Richard Wagner, figura absolutamente destacada en la formación de las ideas racistas y genocidas de Hitler; Nietzsche con su elogio de la guerra y su descalificación brutal de la moral cristiana; el socialdarwinismo, profundamente racista, que, a partir de las tesis de Darwin, el alemán Ernst Haeckel popularizó en el área cultural germana, junto con el racismo y las propuestas eugenésicas de Gobinau y Houston Stewart Chamberlain, autor éste último casado con una hija de Wagner y a quien Hitler trató y admiró.

La Rosa Blanca, la resistencia cristiana a los nazis y el revelador interrogatorio a Sophie Scholl

Este elenco de autores, algunos de los cuales siguen siendo referencia de la modernidad, aportaron a la cocktelera ideológica de Hitler los componentes que -mezclados y agitados por el joven Hitler- produjeron la ideología del nazismo y justificaron su agenda política de violencia y exterminio.

Los capítulos tercero a quinto se ocupan de la mano derecha de Hitler para la depuración de la cultura y la universidad alemana para adaptarlas al nazismo, Alfred Rosenberg; del ideólogo jurídico del régimen nazi, Carl Smichtt, “el legislador de Hitler” según lo llama la autora; y del filósofo que le dio prestigio intelectual al régimen hitleriano con su adhesión al mismo, Martin Heidegguer, “el Superman de Hitler” como le denomina Yvonne Sherratt. En estos capítulos la autora estudia con detalle el pensamiento de esos autores, su trayectoria y su aportación al establecimiento y consolidación del poder nazi.

Conviene recordar que autores como Kant (¡escandalosamente brutales sus frases antisemitas citadas por nuestra autora!), Hegel, Nietzsche, Carl Smichtt o Heidegger siguen influyendo profundamente en el pensamiento actual directamente o a través de sus discípulos.

Por ejemplo, una parte del populismo actual se inspira en las ideas jurídicas de Smichtt y una gran parte del existencialismo y el estructuralismo que tanto han influido en las actuales ideología woke e ideología de género se remiten a Heidegger y su pensamiento y el antisemitismo sigue vivo como vemos en la inmediata actualidad.

Por tanto “los filósofos de Hitler” no están tan muertos como su discípulo nazi; por eso es conveniente conocer esta historia para entender nuestra época, valorar sus riesgos e intentar evitar que se pueda repetir algo tan brutal como lo que representó Hitler y su ideología.

La segunda parte del libro está dedicada a los filósofos “oponentes de Hitler” y en ella Yvonne Sherratt narra la vida de algunos pensadores e intelectuales que vivieron en la Alemania de Hitler pero se opusieron lúcidamente al nazismo y sufrieron su persecución.

La policía nazi con la joven Sophie Scholl, en la película de 2005

Cuatro mujeres ante el abismo del mal: Hannah Arendt, Sophie Schöll, Etty Hillesum y Edith Stein

Los capítulos 6 a 9 se dedican respectivamente a la vida de Walter Benjamín, Theodor Adorno, Hanna Arendt y los miembros de la Rosa Blanca como Sophie Scholl y su maestro, el viejo y honesto profesor Huber.

Por desgracia, hoy son más recordados y leídos los “filósofos de Hitler” estudiados en la primera parte de este libro que sus víctimas recordadas en la segunda parte.

Pío XII y el fiscal Robert Jackson, en un encuentro de la película Nuremberg... que nunca se dio en el mundo real

El capítulo décimo y último lo dedica la autora a los juicios de Nuremberg y al trabajo de los Comités de desnazificación que se organizaron en Alemania tras la II Guerra Mundial y que permitieron la rápida rehabilitación de personajes como los citados Carl Schmitt o Heidegger y de personajes como el fundador de la lógica moderna, Frege, que había liderado también la universidad nazi, entre otros.

La conclusión del libro que comentamos es -aunque la autora no la formule así expresamente- que las ideas de “los filósofos de Hitler” no han muerto con él.

En Los médicos de Auschwitz (Ed. Espasa, 325 págs.) Bruno Halioua, médico e historiador y profesor en la Sorbona, estudia la llamada medicina nazi llegando a afirmar que los médicos fueron la profesión más nazificada en aquella Alemania de los años 30 y así se entiende la brutal gestión médica del asesinato y la tortura en el campo de concentración de Auschwitz, algo que también conviene recordar hoy cuando aborto y eutanasia se consideran ya legalmente meras prestaciones sanitarias.

Fuente: religionenlibertad.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:04

18 febrero 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  I. Constitución dogmática Lumen gentium 1. El misterio de la Iglesia, sacramento de la Unión con Dios y de la unidad de todo el género humano

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.

El Concilio Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando quiso describir la Iglesia se preocupó, ante todo, de explicar de dónde proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución dogmática Lumen gentium, aprobada el 21de noviembre de 1964, tomó de las Cartas de San Pablo el término “misterio”. Eligiendo este vocablo no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”. Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la Carta a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba escondida y que ahora ha sido revelada.

Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.

La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.

Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por Dios, no puede, sin embargo, limitarse a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Por eso, el Concilio Vaticano II, al inicio de la Constitución Lumen gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1). Con el uso del término “sacramento” y la consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un signo. Además, al término “sacramento” se añade también el de “instrumento”, precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas.

La unión con Dios encuentra su reflejo en la unión de las personas humanas. Es esta la experiencia de la salvación. No es casualidad que en la Constitución Lumen gentium en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utiliza de nuevo la descripción de la Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”: «Porque Cristo – dice el Concilio –  levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».

Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos.
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy, Miércoles de Ceniza, comenzamos la Cuaresma, tiempo de gracia y conversión. Pidamos al Señor que disponga nuestros corazones para escuchar y hacer vida su Palabra, ayunando de gestos y comentarios que hieran a los demás y nos alejen de su Corazón misericordioso. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído por el Santo padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicada a la Iglesia. Al comienzo de este documento conciliar se afirma que «la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1).

Esto significa que la Iglesia es sacramento, en cuanto expresión que manifiesta el plan de Dios en la historia de la humanidad, y es instrumento, es decir, realiza su misión de manera activa, impulsada por el Espíritu Santo.

En el capítulo dedicado a la índole escatológica, la Constitución afirma que la Iglesia es «sacramento universal de salvación» (n. 48). Esto permite comprender el nexo entre Cristo Salvador y la Iglesia, ya que Él sigue actuando en ella por obra del Espíritu Santo, uniendo a sus miembros y haciéndolos partícipes de su vida gloriosa por medio de la Eucaristía.

Fuente:vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 12:36

17 febrero 2026

La felicidad, tesoro paradójico

José Antonio García-Prieto Segura

Felicidad divino tesoro, que no te vas porque buscas tu juventud eterna en el gozo del Amor de Dios.

 Aunque suene a Rubén Darío, mis reflexiones van contracorriente, porque hablo de la felicidad prometida por las Bienaventuranzas que, aun siendo temporal, como también es divina, aspira a hacerse eterna en el Dios que es Amor.

  ¡Ojalá que todos lo veamos así y seamos consecuentes!

          Más de una vez algún lector me ha dado pie para un nuevo artículo. En el último, publicado el domingo en que el Evangelio contemplaba las Bienaventuranzas, no mencioné este pasaje porque mi tema era otro. Un lector amigo me envió esta amable sugerencia: “Espero que no te olvides de hablar de las bienaventuranzas”. Sigo su consejo, pero pondré el acento en el término “felicidad” más que en su sinónimo “bienaventuranza”, porque lo considero más atractivo.

          ¡Felicidad!: palabra mágica que, con solo oírla, despierta ya como un pálpito anhelante de paz, gozo y bienestar. Explicar su esencia y raíces últimas ha ocupado las mentes más preclaras, desde los filósofos griegos a nuestros días. Y como razón y fe van de la mano, no está de más recordar qué ha dicho al respecto lo mejor de la sabiduría griega.

          Aristóteles, para explicar la naturaleza de la “eudaimonía”, que así llama a nuestro término felicidad, expone una rigurosa argumentación en torno a los bienes que perseguimos buscando ser felices. Cada uno de esos bienes tiene razón de fin cuando actuamos, pero exigen una necesaria subordinación entre ellos. Entonces, si esa cadena de fines-bienes no tuviera un eslabón inicial como primerísimo principio y fundamento de todo bien y la felicidad, quedaría en el aire la razón última de mi actuar aquí y ahora. Concluye que la “eudaimonía” es el bien supremo, definitivo del hombre y, por tanto, un estado de plenitud interior, permanente, fruto de una vida conforme al ejercicio del bien, es decir de las virtudes.

          A esa conclusión del estagirita, la luz de la fe añade que tal bien supremo se identifica con Dios. Las tres Personas divinas en su convivencia y mutua donación amorosa, son la misma e infinita felicidad, fuente originaria de toda otra. Es lo que afirma el Catecismo de la Iglesia en su primer número, donde leemos: “Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad creó libremente al hombre para hacerlo partícipe de su propia vida bienaventurada.” Dios nos quiere felices como lo es Él mismo en su Trinidad de Personas, en la plenitud de su vida eterna de amor.

          El deseo natural de felicidad y su universal sentimiento, lo señala también el Catecismo: “Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia él, el único que lo puede satisfacer” (CIC 1718). Este mismo número recoge la experiencia de otro gran filósofo, san Agustín, con palabras que nadie negará: “Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada (S. Agustín, mor. eccl. 1,3,4).”

          Con las precedentes pinceladas filosófico-teológicas, se entiende bien que el Señor, en el inicio mismo de su predicación, haya querido recordarnos los caminos que conducen a la verdadera felicidad, porque eso son las bienaventuranzas. Muestran las actitudes o comportamientos de sus discípulos y de cuantos deseen participar de la felicidad y santidad divinas, ya desde ahora, aunque su cumplimiento definitivo tenga lugar en la vida eterna.

          Pero es en este punto donde aparece lo llamativo y paradójico del tesoro, al oír estos enunciados: “Bienaventurados los que lloran, los que padecen persecución…, bienaventurados cuando os injurien, os persigan (…) Alegraos y regocijaos…” (Mt 5, 4.10.11) Es inevitable preguntarse: ¿puede ser camino de felicidad el llanto?, ¿el sufrir persecución…?, ¿el ser pobres de espíritu…? En síntesis: ¿cabe alegría y regocijo en realidades que me hablan de ser blanco de injurias, de sufrimiento y dolor? ¿Dónde está la clave que descifre la paradoja de semejante tesoro de felicidad?                                                                                              

          Se despejan los interrogantes si entendemos que los comportamientos de las bienaventuranzas se han de asumir por un fin bueno, aunque resulte costoso su ejercicio. Así sucede también con el esfuerzo de los atletas para alcanzar metas preciosas. En el caso de las bienaventuranzas, además, a estas naturales motivaciones -como en el sencillo ejemplo de los atletas-, hay sobre todo una razón superior que es el amor de Dios. Y así, preferir siempre este amor antes y por delante de los bienes materiales, reporta una felicidad que esas cosas. por muchas que se posean, son incapaces de dar: es el caso de los “pobres de espíritu”. O la actitud de quien da la cara sin ocultar su fe, le llena de paz, aunque su valentía le reporte persecución e injurias e incluso la muerte, como testimonian los mártires. O la conducta de quien, al ser objeto de tratamiento injusto, reprime su irritación para no responder con la misma moneda, le hace sereno, dominador de los acontecimientos y no esclavo de ellos: es la felicidad de quien está por encima de los poderes del mundo, que Jesús adjudica a quien practica la mansedumbre: “Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra” (Mt 5, 5) 

          De modo análogo, el no ceder ante el espejismo de una falsa felicidad prometida por las riquezas materiales, o el no dejarse seducir por impurezas que degradan el corazón, o el compadecerse de los misericordiosos ante las penurias del prójimo, etc., son comportamientos queridos por Dios y hacen bienaventurados a quienes los practican. Por el contrario, las rebeldes conductas frente al amor de Dios conducen a la amargura e infelicidad, como vemos que sucedió con el pecado original de nuestros primeros padres. No está fuera de lugar sacar a relucir este hecho, como ahora explicaré.

          En efecto: al principio mismo del Catecismo donde, según hemos visto, se nos habla de Dios como fuente y reclamo de felicidad, enseguida se recuerda que un pecado truncó ese plan, inicial, aunque Dios-Padre lo recuperaría con la encarnación de su Hijo; así, leemos: “Convoca (Dios-Padre) a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo (…), los herederos de su vida bienaventurada”. Jesús con su enseñanza de las bienaventuranzas restablece las promesas de felicidad verdadera, frente a las falsas prometidas por los cantos de sirena que incitan al pecado.

          Aquella falsa bienaventuranza presentada por el demonio “padre de la mentira” (Jn 8, 44), con el atractivo “seréis como dioses” con que tentó a Adán y Eva, rezumaba promesas de felicidad; pero bien sabemos que abrió la puerta a todas las desventuras. Contrariamente, Jesús nos ha propuesto los ocho caminos de las bienaventuranzas, como verdaderas promesas de paz y felicidad, encarnándolas personalmente, porque “configuran el rostro de Cristo y describen su caridad” (CEC 1717). Nos invita a vivirlas como Él lo hizo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis paz para vuestras almas” (Mt 11, 29)

          Dos últimas consideraciones, como ecos espirituales de todo lo anterior. Una, de san Josemaría, reflejando la continuidad entre la búsqueda de la felicidad cristiana en este mundo y su plenitud gloriosa: “Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra.” (Forja 1005), es decir quienes lucharon por vivir las bienaventuranzas. Y la otra, de san Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». (Confesiones L. 1, 1). Seguro que Aristóteles, de haberlas conocido, las habría suscrito.                                  

Fuente: elconfidencialdigital.com

Publicado por JOQUIVESA en 10:30

16 febrero 2026

No vender la libertad

Juan Luis Selma


La libertad no se pierde de golpe: se desgasta, se negocia, se entrega; pero también puede recuperarse, basta un acto de conciencia.

La historia de los hermanos Esaú y Jacob es profundamente aleccionadora. Esaú, primogénito, fuerte, impulsivo y hábil cazador, era el preferido de su padre. Jacob, más astuto y reflexivo, sabía aprovechar sus oportunidades. Un día, Esaú vuelve exhausto de cazar y encuentra a Jacob cocinando un guiso de lentejas. Le pide comida. Jacob responde: “Véndeme tu primogenitura”. Y Esaú, llevado por el hambre y la inmediatez, contesta: “¿De qué me sirve la primogenitura si me estoy muriendo de hambre?”. Y la vende.

Muchos, sin darse cuenta, hacen lo mismo con su libertad. Renuncian a ella por seguridad (“prefiero que decidan por mí”), por comodidad (evitar responsabilidades), por pertenencia (seguir las normas de un grupo), por estabilidad económica (trabajos muy controlados, pero seguros) o por ignorancia (sin verdad no hay libertad).

A veces se “vende” la idea de libertad para justificar acciones que en realidad la reducen. Incluso se manipula el concepto. El expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero ha repetido en varios discursos: “La libertad nos hace verdaderos”, como una versión progresista de la máxima bíblica “La verdad os hará libres”.

Lo cierto es que la libertad está profundamente herida. Como tenemos tan poco control de nuestras emociones y sentimientos, la vendemos por un plato de lentejas. Incluso nos da miedo. Preferimos ser superficiales, no pensar, llenarnos de activismo, mimetizarnos con el ambiente, vivir sin convicciones.

Pero el peor enemigo de la libertad es su deconstrucción. A esa gran característica del ser racional se le asignan significados diversos y se frivoliza su contenido. La expresión "con faldas y a lo loco", tomada de la película de Billy Wilder con Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon, describe acciones hechas sin pensar, de manera alocada y arriesgada. Y, lamentablemente, así tratamos hoy la libertad.

El libro del Eclesiástico nos recuerda: “Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua; extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera”.

Dios es el ser más respetuoso que existe: nunca obliga, coacciona o engaña. Es el mejor garante de la libertad del hombre, cualidad que siempre ha querido para nosotros. Dios no quiere esclavos ni siervos. Tampoco es un amo -omito el adjetivo que otro expresidente dirigió a un colega-. No seamos siervos.

Nos quitan la libertad cuando nos cansan. Cuando estamos agotados -por trabajo, estrés, ruido, urgencias- dejamos de elegir y empezamos a aceptar. La saturación informativa también cansa: demasiadas opciones paralizan. El cansancio es una forma moderna de dominación.

Nos roban la libertad cuando nos distraen. La distracción constante nos mantiene ocupados en lo superficial (TikTok, YouTube, Instagram, Facebook, series…). La distracción no impone cadenas; impone ruido. Y en el ruido dejamos de escuchar nuestra propia voluntad.

Nos roban la libertad cuando nos infunden miedo. El miedo es una herramienta poderosa: miedo a perder seguridad, miedo a equivocarnos, miedo a no encajar, miedo al futuro.

Nos roban la libertad cuando nos convencen de que no la merecemos. Esto es psicológico y profundo: “No puedes cambiar”, “No tienes opción”, “Así son las cosas”, “No sirve de nada intentarlo”. Cuando aceptamos estas ideas, la libertad se vuelve invisible. No hace falta quitarla: basta con que dejemos de creer en ella.

Nos roban la libertad cuando confunden nuestro deseo con nuestra elección. Consumimos, compramos, seguimos tendencias creyendo que elegimos libremente, pero muchas veces solo respondemos a estímulos diseñados para manipularnos. Confundimos impulsos con decisiones.

Nos roban la libertad cuando dejamos de preguntarnos quiénes somos. La libertad empieza en la conciencia de uno mismo. Cuando vivimos en automático, sin reflexión, sin pausa, sin propósito, la libertad se diluye.

Vendemos nuestra libertad cuando olvidamos que somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza. La libertad es la energía que el Creador nos da para amar, para alcanzar la felicidad al poder elegir el bien, el amor, la belleza, si la usamos mal nos aprisiona en nuestros egoísmos, en la oscuridad de nuestras miserias.

Fuente: eldiadecordoba.es


Publicado por JOQUIVESA en 11:24

15 febrero 2026

Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión

Mensaje del Papa

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

 

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.

LEÓN XIV PP.

Fuente: vatican.va

 

Publicado por JOQUIVESA en 19:35

14 febrero 2026

Cómo recuperar la atención: no se trata de desconectarse, sino de volver a estar presentes

Pilar Jericó

Vivimos más conectados que nunca, pero cada vez más lejos de lo que importa.

Levantamos el móvil para mirar un mensaje y, cuando queremos darnos cuenta, han pasado 20 minutos. O una hora. Hemos recorrido sin rumbo un torrente de vídeos y noticias que ya ni recordamos. Nos prometemos que mañana será distinto, pero volvemos a caer. No es falta de voluntad, es diseño. Las redes sociales están hechas para mantener cautiva nuestra atención, sin principio ni final, sin paradas naturales, como el final de un capítulo de un libro o de una película. Este ejercicio de deslizar la pantalla del móvil —scroll, en su término en inglés— nos distrae o entretiene, pero a la vez nos empuja a un sinfín de estímulos que nos agota y, lo que es peor, daña nuestra atención.

La pedagoga y divulgadora de neurociencia Marta Romo alerta de ello en su inspirador libro Hiperdesconexión (Roca Editorial, 2025): “El scroll funciona como una máquina tragaperras. No sabemos cuándo aparecerá ese vídeo que nos haga reír o esa noticia que nos impacte, pero la expectativa nos mantiene pegados a la pantalla”, asegura. Las máquinas tragaperras funcionan bajo un programa de refuerzo que aparece de manera imprevisible. La emoción de conseguir el premio o de ver ese vídeo desternillante nos genera tales refuerzos de dopamina que sobreexcitan a nuestro cerebro y le impiden descansar. Debido a dicho hábito, cada vez más personas confiesan sentirse agotadas, sin haber hecho nada especialmente cansado. Se fatiga la mente con cientos de microimpactos diarios. “Corremos el riesgo de vivir fatiga cognitiva permanente: esa sensación de que nada se termina y todo reclama nuestra atención a la vez”, añade Romo.

La tecnología está diseñada para que saltemos sin descanso entre vídeos o mensajes. Cada salto deja un rastro invisible. La psicóloga Sophie Leroy, profesora de la Universidad de Washington, lo llama el residuo atencional: parte de nuestra mente se queda atrapada en la tarea anterior, incluso cuando creemos que hemos pasado página. Cuando dichas dinámicas se llevan al extremo, perdemos memoria, capacidad de concentración y hasta la habilidad de elaborar narrativas coherentes sobre nuestra propia vida. Y todo lo anterior sucede porque nuestra atención se ve fracturada.

La atención se ha convertido en un bien escaso debido, en gran parte, al mal uso de la tecnología. Cada vez nos cuesta más leer libros o realizar actividades que supongan un cierto esfuerzo intelectual. La atención se convertirá en el nuevo cociente intelectual, según el pedagogo Gregorio Luri, por el que se diferenciarán las personas en un futuro. Pero cuidar la atención no es un lujo, es una necesidad emocional. Está en la base de la creatividad, el arte, el pensamiento profundo o nuestro descanso. Es lo que nos permite centrarnos para lograr nuestros objetivos, descubrir soluciones a los problemas o sentirnos bien con nosotros mismos. La buena noticia es que tenemos la capacidad de influir en ella. Nuestro cerebro es plástico y podemos aprender. Y el primer paso es la toma de conciencia.

“[La solución] no es desconectarnos, ya que no somos máquinas, sino aprender a conectarnos aún más, pero con la vida”, propone Romo. Para ello, necesitamos reconocer que la tecnología no es la culpable, sino un amplificador. La productividad ha sido una máxima en la gestión de nuestro tiempo, no soportamos el aburrimiento e, incluso, sustituimos conversaciones con amigos a través del teléfono a cambio de audios superficiales. Pero esos hábitos no nos roban el tiempo, sino la presencia. Nos alejan del instante o de las conversaciones reales que suceden frente a nosotros. Vivimos hiperconectados y, sin embargo, profundamente ausentes. En el metro, en los restaurantes, en las reuniones… Todos inclinamos la cabeza en la misma dirección: hacia una pantalla. Es el gesto de nuestra época y, quizá, también su síntoma. Cuidar la atención hacia lo que nos rodea es, en realidad, una decisión valiente. Porque en un mundo saturado de estímulos, “la revolución más silenciosa comienza con el acto más radical de todos: prestar atención a quien tenemos enfrente”, invita Romo.

Además, siempre vamos rápido, pero nuestro cuerpo se repone a través de mecanismos que necesitan reposo y tiempo. Podemos reducir nuestra exigencia de eficiencia. Podemos, también, dedicar tiempo a divagar, a caminar sin auriculares, dejar espacio para la imaginación. Eso no significa necesariamente desconectarnos de las redes o demonizar la tecnología, sino reaprender a utilizarlas sin rendirles el alma. Conectarnos con lo que realmente importa, las personas que queremos o las experiencias que deseamos disfrutar. Quizá por eso, como escribió John Lennon, “la vida es eso que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Hoy podríamos añadir: mientras nos perdemos en pantallas de móviles. Quizá el verdadero lujo del futuro no sea el tiempo, sino la atención. Porque cuando prestamos atención, nos sentimos más vivos y recordamos que lo importante no está en la pantalla, sino delante de ella.

Fuente: elpais.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:00
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