07 febrero 2026

Sal y luz

5.º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 5,13-16)

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.

Comentario

Inmediatamente después de exponer las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), Jesús habla de lo que están llamados a ser en el mundo y en la sociedad quienes acojan su palabra y vivan de acuerdo con ese mensaje. Lo sugiere con unas imágenes muy expresivas: la sal y la luz.

La salazón de alimentos para conservarlos era muy importante cuando no se disponía de los actuales sistemas frigoríficos, y además les proporcionaba un toque de sabor. La sal evita la corrupción a la vez que hace más gustosa la comida, y eso lo consigue discretamente, mezclada entre los ingredientes. En el Antiguo Testamento se le reconoce a la sal un valor purificador (cf. Ex 30,35), y es símbolo de la fidelidad (cf. Nm 18,19). En ese sentido, los discípulos de Cristo estamos invitados a ser sal en todos los ambientes donde se desarrolla nuestra vida, purificándolos y haciéndolos agradables.

En Palestina en tiempo de Jesús la sal de uso doméstico no era muy refinada. Se trataba de material salado procedente del Mar Muerto, mezclado con muchas impurezas. Para usarlo, se diluía y se retiraba lo sobrante. En ocasiones esa sustancia tenía mucho más polvo que sal, por lo que la disolución resultaba casi sosa, de modo que no servía para nada sino para desecharla tirándola por tierra. Jesús se sirve de esa experiencia de la vida diaria para invitar a mantener la integridad en el pensar y en el hacer. La lección es siempre actual, como lo recordaba san Josemaría: “Tú eres sal, alma de apóstol. –‘Bonum est sal’ –la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, ‘si autem sal evanuerit’– pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol. –Pero, si te desvirtúas...”.

Por su parte, la luz es algo imprescindible para ver, y se enciende para que alumbre, no para estar escondida. Pero también tiene un profundo sentido teológico. El Verbo, que existía desde el principio junto a Dios y que es Dios, es “la luz verdadera, que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), y los discípulos de Cristo, participando de su claridad, están llamados a ser “luceros en el mundo” (Flp 2,15). En los textos litúrgicos antiguos se llama al bautismo “iluminación”, de modo que el cristiano “‘tras haber sido iluminado’ (Hb 10,32), se convierte en ‘hijo de la luz’ (1Ts 5,5), y en ‘luz’ él mismo’”.

El cristiano es sal y luz del mundo cuando, con su ejemplo y con su palabra, lleva a cabo una actividad apostólica intensa. El Concilio Vaticano II así lo enseña, aludiendo a este pasaje evangélico: “A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: ‘alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos’ (Mt 5, 16)”.

Esta acción apostólica a la que Jesús llama a sus discípulos resulta especialmente urgente en un mundo secularizado donde, como señalaba el beato Álvaro del Portillo, “innumerables personas se apartan de Él en todos los ambientes de la sociedad. Nosotros, con tantos otros cristianos que también trabajan por Cristo en el seno de la Iglesia, hemos de construir –¡cómo me gusta repetir esta idea!– como un muro de contención que frene a los hombres en su loca huida de Dios, con el deseo de convertirlos en apóstoles que contribuyan a que las almas tornen a Dios. ¿Y qué somos nosotros? Un poco de sal, un poco de levadura metida en la masa de la humanidad (cfr. Mt 5, 13). Pero esta sal y esta levadura, con la gracia de Dios y nuestra correspondencia, devolverá el sabor divino a quienes se han vuelto insípidos, hará fermentar la harina, hasta transformarla en buen pan”.

Fuente: opusdei.org

Diez ideas de la Doctrina Social de la Iglesia que se oyen poco

 Javier García Herrería

Es tiempo de que la narrativa eclesial recupere la totalidad de su tesoro doctrinal. Una Iglesia que repite únicamente los eslóganes del mundo corre el riesgo de dejar de ser sal de la tierra para convertirse en un eco irrelevante.

En el discurso eclesial contemporáneo parece haberse instalado una cierta visión parcial de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI): se subrayan de forma insistente algunos de sus principios mientras otros, igualmente vinculantes, quedan relegados al silencio. Recuperarlos no significa “ideologizar” la fe, sino devolverle su equilibrio y su coherencia interna, indispensables para un análisis honesto de la realidad social.

A continuación, propongo diez ideas fundamentales, firmemente ancladas en el Magisterio, que hoy rara vez ocupan un lugar central en el debate eclesial.

1. Soberanía y orden en las fronteras

La caridad cristiana es universal, pero el derecho a la inmigración no es absoluto. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2241) recuerda que las autoridades civiles pueden regular este derecho en función del bien común del país que acoge. El orden no es enemigo de la acogida; es su condición de posibilidad. Ayudar al necesitado exige también reconocer las dificultades reales de estos procesos y plantear soluciones responsables que eviten efectos contraproducentes.

2. El derecho a no emigrar

Con frecuencia se pone el foco casi exclusivo en el país de destino, mientras se silencia la responsabilidad de los gobiernos de origen. La verdadera justicia social pasa por crear condiciones dignas para que nadie se vea obligado a huir. Como han denunciado obispos africanos, fomentar la salida de las personas mejor formadas es un grave daño para los países pobres y una forma encubierta de expolio.

3. La justicia conmutativa como base de la justicia social

Hablar de justicia social sin insistir en la justicia conmutativa —cumplir los contratos, pagar lo debido, respetar los acuerdos— es construir sobre arena. Sin honestidad en los intercambios, no hay paz social posible. Reclamar la condonación de deudas sin exigir reformas, responsabilidades y mejoras estructurales puede condenar a los países pobres a la exclusión financiera futura.

4. La inmoralidad de la deuda pública estructural

El endeudamiento permanente del Estado para sostener el bienestar presente supone una pesada carga para las generaciones futuras. La DSI recuerda que el sistema financiero debe estar al servicio de la persona; hipotecar el mañana para pagar el hoy vulnera la justicia intergeneracional y erosiona la responsabilidad política.

5. Exigencia y mérito en la educación

La educación auténtica fomenta la responsabilidad personal y el esfuerzo. El facilismo académico, cada vez más extendido, empobrece a los alumnos, debilita su carácter y limita su capacidad de contribuir al bien común con sus talentos.

6. El emprendimiento como vocación

La figura del empresario y la iniciativa económica suelen verse con recelo en el discurso eclesial. Sin embargo, crear riqueza y empleo no es codicia, sino una expresión legítima de la inteligencia y la libertad humanas. El emprendimiento fortalece la autoestima del trabajador y sostiene el tejido social.

7. Crítica al Estado asistencialista

La Doctrina Social de la Iglesia defiende con claridad el principio de subsidiariedad. Un Estado que invade todos los ámbitos termina anulando la iniciativa social y convierte al ciudadano en un cliente dependiente del poder, debilitando la responsabilidad comunitaria.

8. Ética del trabajo

La Iglesia no es solo defensora de los derechos laborales o sindicales; también lo es del trabajo bien hecho. La pereza, el absentismo injustificado, el abuso de ayudas sociales o la falta de profesionalidad atentan contra el bien común tanto como la explotación del trabajador.

9. Identidad política sin complejos

La participación de los laicos en la vida pública no consiste en diluir la fe en el consenso dominante. El compromiso político del católico debe ser reconocible en la defensa de la vida, la familia y la libertad educativa, sin rebajas ni complejos.

10. Ecología con verdad

Frente a los discursos catastrofistas que absolutizan la naturaleza, la Iglesia propone una ecología humana integral. Benedicto XVI advirtió que la persona no puede quedar subordinada al medio ambiente y que la preocupación ecológica debe apoyarse en la razón, no en exageraciones ideológicas que frenen el desarrollo legítimo de los pueblos.

Es tiempo de que la narrativa eclesial recupere la totalidad de su tesoro doctrinal. Una Iglesia que repite únicamente los eslóganes del mundo corre el riesgo de dejar de ser sal de la tierra para convertirse en un eco irrelevante.

Fuente: omnesmag.com

06 febrero 2026

El optimismo nos va a matar

Enrique García-Máiquez

Menos mal que el optimismo nos permite ver el lado bueno incluso del optimismo, que, objetivamente, es agotador y, a menudo, peligroso.

¡Quién fuese pesimista! Pesimista perdido, qué ganancia. Pasarme el día tranquilo, quejándome, maldiciendo mi suerte, descansadamente. En cambio, el optimismo me va a matar: me zarandea de aquí para allá. Y encima tiene mucho menos prestigio intelectual. Firme partidario de sir Roger Scruton, leí Usos del pesimismo (2020) a ver si se me pegaba la utilidad, con una gran ilusión, y ese fue el fallo: la ilusión. El pesimismo es elegante, gris marengo. Lo veo tan atractivo que, si alguna vez casi lo consigo, de verme tan exquisito, por fin, acabo cayendo de nuevo en el optimismo.

Y ya me quedo ahí por defecto. Y no hay paz. Los optimistas pensamos que las cosas tienen remedio y nos ponemos, qué remedio, manos a la obra. Creemos en el matrimonio indisoluble y, por tanto, hay que avivar el fuego sin solución de continuidad, echando leña a la hoguera, más y más.

El optimista cree que los saludados y conocidos, aunque no sean sus amigos, pueden serlo, a poco que él ponga de su parte. Basta un… esfuerzo. Otro. Y entonces se parte para estar en todas partes. No hay llamada que no trate de atender, porque, detrás de cualquiera, se agazapa un amigo o —más— alguien que necesita un amigo. El optimista no llega, pero lo intenta, y acaba hecho trizas.

En el trabajo, lo mismo. El optimista no da ninguna bola por perdida, como Carlitos Alcaraz, pero sin llegar, aunque qué importa. «A la próxima, seguro», se dice. El futuro de cada alumno (en mi caso) puede depender de una atención individualizada: «A ver, cuéntame…». Han pasado veinticinco años dando clases, pero la esperanza no cede a la experiencia.

En política no podemos bajar los brazos porque pensamos que con un poco de dedicación todo mejoraría. España nos espera en esta hora decisiva. Mientras que un buen pesimismo, quién lo pillara, te convence de que eres inútil, el optimismo, ingenuo, incansable, todavía te insiste que de tu comportamiento, aunque sea por el efecto mariposa —qué capullo, con perdón— pueden derivarse grandes efectos. Recuerda el efecto dominó y te insta a que te pases el día tirando ficha, por si arranca la cadena.

Y luego están los problemas a los que el optimista no llega, la gente que no conoce, los conflictos en países lejanos, las enfermedades serias. Cualquiera diría que ante ellas ya descansa, aunque sea por la fuerza de la lógica y de la física. Qué va. Si el optimista, además, es creyente –como suele–, conoce el poder de la oración, que no sabe de fronteras ni de silogismos ni de cálculo de probabilidades ni de mecánica de los cuerpos. El optimista vuelve a encontrarse desgarrado porque rezar se puede siempre, y siempre más, y uno se queda corto. Ay, ay, se lamenta, tristísimo, el optimista.

Un poema de W. H. Auden que explica a la perfección este vaivén que nos marea. Se llama «Felix culpa» y su primera parte reza así, muy esperanzada, a pesar de los pesares: «El tiempo te ha enseñado / la mucha inspiración / que trajeron tus vicios, / cuánta imaginación / pudo la tentación / producir, / la cantidad de versos / expresivos, perfectos / que hoy no existirían / si hubieses resistido… / Como poeta, tú / sabes bien que es así. / Y aunque en la iglesia / con frecuencia has rezado / por sentirte contrito, / no funciona. / Felix culpa, te animas, / puede que con razón».

Sin embargo, el optimista fetén está condenado a la desesperación por pura dicha. Qué suerte que la misericordia del Señor condone y saque un bien de nuestros defectos, pero ¿qué no sacaría de nuestras virtudes, eh? Auden lo dice mejor: «Esperas, desde luego, / que tus libros te justifiquen, / te salven del infierno. / Y, sin embargo, / sin que parezca triste, / sin que de ningún modo / Dios te culpe de nada / … / Él puede reducirte / en el Día del Juicio / a un llanto de vergüenza / al recitarte de memoria / los poemas que tú / habrías escrito, si / tu vida hubiese sido buena».

El optimista, convencido de que él podría ser mucho mejor y de que eso tendría consecuencias extraordinarias, vive con la lengua fuera. Siempre por debajo de su visión del mundo y por detrás de las magníficas posibilidades.

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

05 febrero 2026

El relato de conversión de Jonathan Roumie, Jesús en ‘The Chosen’

Rosa Torres

El rostro de Jesús en The Chosen, ha vuelto a traspasar la pantalla con un testimonio personal que interpela incluso a los no católicos y confirma hasta dónde puede llegar una serie cuando conecta con la fe, la duda y la búsqueda interior.

No ocurrió en un plató ni ante una cámara. Ocurrió en silencio, bajo las bóvedas de la Catedral de San Patricio de Nueva York, durante una procesión eucarística del Napa Institute. Allí, sin guion ni artificios, Jonathan Roumie, el actor que ha dado rostro a Jesús para millones de espectadores, habló como lo que es fuera de la pantalla: un creyente que se sabe sostenido por la fe.

No se presentó como una estrella ni como el protagonista de una de las series religiosas más vistas de la historia. Habló desde la experiencia personal. «No podría haber interpretado la Pasión de Jesús sin la Eucaristía», confesó ante una catedral abarrotada. «Recibirla a diario me dio la fuerza para entrar en el sufrimiento, la pasión y la crucifixión de Cristo, no solo para el papel, sino para mi propia alma». Sus palabras fueron acogidas con un silencio denso, reverente, seguido de un largo aplauso.

The Chosen se ha convertido en un fenómeno global difícil de encasillar. Financiada inicialmente por micromecenazgo, traducida a decenas de idiomas y seguida por creyentes y no creyentes, la serie ha logrado algo poco habitual: humanizar a Jesús sin diluir su misterio. El Cristo que presenta es cercano, compasivo, profundamente humano, y ese enfoque ha abierto una puerta inesperada para espectadores alejados de la fe.

El propio actor lo cuenta con asombro. Asegura haber recibido mensajes de personas que se definían como ateas «de toda la vida» y que, tras ver la serie, comenzaron a interesarse por la Biblia, a acudir a la iglesia y, finalmente, a convertirse al cristianismo. «Si Dios quiere encontrarte, lo hará. Te seguirá. Irá tras de ti», repite. Para él, la serie no es el origen del milagro, sino el canal.

Su testimonio cobra más fuerza cuando se conoce su historia personal. Antes de convertirse en Jesús para millones, estuvo cerca de abandonar la interpretación. Sin trabajo estable, con problemas económicos y profesionalmente invisible para Hollywood, llegó a tocar fondo. Fue entonces cuando tomó una decisión radical: rendirse. No resignarse, sino entregar su carrera a Dios. Poco después llegó el papel que lo cambió todo.

Hoy, a sus cincuenta y un años, no habla de éxito, sino de misión. Utiliza sus redes sociales como herramienta de evangelización, anima a los católicos a vivir con mayor reverencia la Eucaristía e invita, sin imposiciones, a quienes no lo son a acercarse a ella. «No tienes que interpretar a Jesús en televisión», dijo con una sonrisa. «Pero puedes ser Jesús para las personas que te rodean».

En sus redes, esa invitación se traduce en gestos concretos. «Tomemos un momento de quietud para rezar un rosario ─aunque sea una sola decena─ por alguien que conoces o incluso por alguien que no», escribe en una de sus publicaciones, donde anima a ofrecer cada misterio como acción de gracias y como petición por quienes necesitan milagros. También promueve el uso del rosario como símbolo y herramienta de oración, integrándolo en su día a día digital.

Ese es, quizá, el verdadero alcance de la producción: no solo contar una historia, sino provocar movimiento. La sexta temporada, una de las más esperadas, se centrará en la Semana Santa y en los momentos previos a la crucifixión de Jesús, con estreno previsto para 2027.

¿Puede disfrutarla alguien que no cree? La pregunta circula con frecuencia en foros y redes. «No soy cristiano; me identifico más con el agnosticismo. Sin embargo, me fascina la historia de Jesús y cómo el cristianismo se convirtió en la religión más extendida del mundo», comenta un espectador. Otro añade: «Convencí a mi madre atea para que la viera y le gustó. Creció con películas religiosas como Jesús de Nazaret o Ben-Hur, cuando este tipo de historias formaban parte del entretenimiento común».

Fuente: eldebate.com

04 febrero 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

 Catequesis -  - I. Constitución dogmática Dei Verbum 4. La Sagrada Escritura: Palabra de Dios en palabras humanas 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución conciliar Dei Verbum, sobre la cual estamos reflexionando en estas semanas, indica en la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios sigue hablando a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, para que, escuchándolo, puedan conocerlo y amarlo. Los textos bíblicos, sin embargo, no fueron escritos en un lenguaje celestial o sobrehumano. Como también nos enseña la realidad cotidiana, de hecho, dos personas que hablan lenguas diferentes no se entienden entre ellas, no pueden entrar en diálogo, no logran establecer una relación. En algunos casos, hacerse comprender por el otro es un primer acto de amor. Por esto Dios elige hablar usando lenguajes humanos y, así, diferentes autores, inspirados por el Espíritu Santo, han redactado los textos de la Sagrada Escritura. Como recuerda el documento conciliar, «las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres» (DV, 13). Por tanto, no sólo en sus contenidos, sino también en el lenguaje, la Escritura revela la condescendencia misericordiosa de Dios hacia los hombres y su deseo de hacerse cercano a ellos. 

A lo largo de la historia de la Iglesia, se ha estudiado la relación que se produce entre el Autor divino y los autores humanos de los textos sagrados. Durante muchos siglos, muchos teólogos se han preocupado por defender la inspiración divina de la Sagrada Escritura, casi considerando a los autores humanos sólo como instrumentos pasivos del Espíritu Santo. En tiempos más recientes, la reflexión ha revalorizado la contribución de los hagiógrafos en la redacción de los textos sagrados, hasta el punto de que el documento conciliar habla de Dios como «autor» principal de la Sagrada Escritura, pero llama también a los hagiógrafos «verdaderos autores» de los libros sagrados (cfr DV, 11). Como observaba un agudo exégeta del siglo pasado, «rebajar la operación humana a la de puro amanuense no es glorificar la operación divina». ¡Dios no mortifica nunca al ser humano y sus potencialidades!

Por tanto, si la Escritura es palabra de Dios en palabras humanas, cualquier aproximación a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. De ello se desprende que una correcta interpretación de los textos sagrados no puede prescindir del ambiente histórico en el que estos han madurado y de las formas literarias utilizadas; es más, la renuncia al estudio de las palabras humanas de las que Dios se ha servido, corre el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado. Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: si pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz. En cada época la Iglesia está llamada a proponer de nuevo la Palabra de Dios con un lenguaje capaz de encarnarse en la historia y de alcanzar los corazones. Como recordaba el Papa Francisco, «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual».

Igualmente reductiva es, por otra parte, una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana, como algo que debe estudiarse simplemente desde un punto de vista técnico o como sólo «un texto del pasado». Más bien, especialmente cuando se proclama en el contexto de la liturgia, la Escritura pretende hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar los pasos a seguir y las decisiones que tienen que asumir. Esto solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cfr. DV, 12).

En este sentido, la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, como recuerda san Agustín: «El que juzga haber entendido las divinas escrituras […], y con esta inteligencia no edifica este doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió». El origen divino de la Escritura recuerda también que el Evangelio, encomendado al testimonio de los bautizados, incluso abrazando todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende: esto no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor porque, en su bondad, no permite que en nuestras vidas falte el alimento esencial de su Palabra y oremos para que nuestras palabras, y más aún nuestras vidas, no oscurezcan el amor de Dios que en ellas se narra.

Saludos 

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para que anunciemos la Palabra de Dios con fidelidad creativa y alegría misionera, proclamando con nuestras palabras y nuestras obras las maravillas de su amor. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Llamamiento

Exhorto a todos a sostener con la oración a nuestros hermanos y hermanas de Ucrania, duramente afectados por las consecuencias de los bombardeos que han vuelto a golpear también las infraestructuras energéticas. Expreso mi gratitud por las iniciativas de solidaridad promovidas por las diócesis católicas de Polonia y otros países, que se esfuerzan por ayudar a la población a resistir en este tiempo de mucho frío.

Mañana expira el Tratado New START, firmado en 2010 por los presidentes de Estados Unidos y de la Federación Rusa, y que representó un paso significativo para contener la proliferación de las armas nucleares. Al renovar el apoyo a todo esfuerzo constructivo en favor del desarme y la confianza mutua, hago un llamamiento urgente a no abandonar este instrumento sin tratar de garantizarle una continuación concreta y eficaz. La situación actual exige que se haga todo lo posible para evitar una nueva carrera armamentística que amenace aún más la paz entre las naciones. Es más urgente que nunca sustituir la lógica del miedo y la desconfianza por una ética compartida capaz de orientar las decisiones hacia el bien común y hacer de la paz un patrimonio custodiado por todos.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

La Constitución dogmática Dei Verbum nos indica que la Sagrada Escritura, leída en la Tradición viva de la Iglesia, es un espacio privilegiado en el que Dios continúa hablando a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Para comunicarse, Dios se vale de lenguajes humanos y, así, diversos autores, inspirados por el Espíritu Santo, redactaron los textos de la Sagrada Escritura. Esto nos muestra que Dios es condescendiente, cercano y misericordioso no sólo en el contenido de su mensaje sino también en el modo de expresarlo, es decir, en el lenguaje que utiliza, accesible a todas las personas.

La Escritura, por tanto, es palabra de Dios en palabras humanas. Cualquier acercamiento a ella que descuide o niegue una de estas dos dimensiones resulta parcial. Este principio vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: sin olvidar el origen divino de la Escritura, es necesario transmitirla de modo que sea comprensible y se encarne en la realidad de los creyentes de hoy.

Fuente: vatican.va

Sed de Dios

Rafael Domingo Oslé

La juventud contemporánea no se siente atraída por la caricatura de Dios que tantas veces hemos construido en nuestras mentes, incluyendo las de algunos cristianos.

En los últimos años, ha surgido un fenómeno notable entre la juventud: una sed de espiritualidad que el consumismo y el materialismo no han logrado calmar. Esta sed no es pasajera ni superficial; es una necesidad intensa y profunda, que a menudo se manifiesta de formas inesperadas. Películas como 'Los domingos', el nuevo disco de Rosalía y el reciente libro de Byung-Chul Han sobre Dios, inspirado en el pensamiento de Simone Weil, son ejemplos claros.

Sin embargo, no se trata de cualquier concepción de Dios. La juventud contemporánea no se siente atraída por la caricatura de Dios que tantas veces hemos construido en nuestras mentes, incluyendo las de algunos cristianos. Esta imagen de un Dios omnipotente pero justiciero, vengativo e inmisericorde, que solo sirve para satisfacer intereses egoístas, es insatisfactoria y problemática. Este tipo de divinidad no es digna de fe; de entrada porque constituye una fuente de conflictos internos y externos. La razón misma me lleva a rechazar a un dios así, que no puede ser el verdadero Dios.

En una ocasión, se le preguntó a la Madre Teresa qué o quién era Dios para ella. Su respuesta fue clara y conmovedora: «Dios es amor y te ama. Nosotros somos preciosos para Él. Nos ha llamado por nuestro nombre. Le pertenecemos. Nos creó a su imagen y semejanza para grandes cosas. Dios es amor, Dios es alegría, Dios es luz. Dios es verdad».

El apóstol san Juan dejó escrito, con letras de fuego, en su primera carta: «Dios es Amor». Esta afirmación no es meramente una declaración teológica; es la esencia misma de la divinidad. La naturaleza de Dios se define por el amor. Todo lo que le rodea es amor. Cualquiera que sea el enfoque filosófico o teológico que adoptemos al acercarnos a Dios, inevitablemente nos enfrentamos al mismo misterio insondable: Dios, creador de todo lo que existe, es Amor. Este es el mayor secreto que Dios podría revelarnos.

La principal consecuencia de esta verdad es que vivir es participar en el amor de Dios. Vivir implica amar y ser amados, dar amor y recibir amor. La eternidad se convierte, entonces, en una invitación a amar eternamente. Este amor divino, como bien explicó Benedicto XVI en su inmortal encíclica 'Deus caritas est', se manifiesta en dos dimensiones: eros y ágape. Estas son las dos caras de la misma realidad amorosa.

El eros se entiende como un amor posesivo y vehemente, un amor que desciende desde lo alto, que se manifiesta en las experiencias espirituales de innumerables personas a lo largo de la historia, como Pablo de TarsoAgustín de HiponaFrancisco de AsísHildegarda de Bingen, el maestro EckartBuenaventuraIgnacio de LoyolaTeresa de ÁvilaJuan de la CruzBlaise PascalG. K. ChestertonPável FlorenskijCharles de FoucauldEdith SteinThomas Merton, el Padre Pío de PietracinaJosemaría EscriváHarold Berman o la Madre Teresa de Calcuta, entre otros muchos. Por otro lado, el ágape es un amor donacional, oblativo, que busca el servicio y el bienestar del otro.

Simone Weil, autora de moda en nuestros días, escribió extensamente sobre su experiencia espiritual en sus diarios y ensayos. En uno de sus relatos, narra una hermosa vivencia que tuvo durante un breve viaje a Asís, en 1937. Dice la filósofa: «Allí, sola en la pequeña capilla románica del siglo XII de santa Maria degli Angeli, incomparable maravilla de pureza, donde tan a menudo rezó san Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas».

Hechos a imagen de Dios, los seres humanos también somos capaces de amar a Dios con eros y ágape, integrando el cuerpo, más relacionado con el eros, y el alma, que se vincula más al ágape. El eros sin ágape puede fácilmente convertirse en una pasión violenta, en un movimiento despersonalizado que solo busca el propio placer. En contraste, el ágape sin eros se convierte en un amor frío, que carece de emociones y sentimientos; es un amor que se impone por la voluntad, pero que no brota de un latido profundo del corazón.

La fe en un Dios que es amor infinito, que encarna tanto el eros como el ágape, alimenta el deseo humano de compartir esta realidad transformadora. Por eso, el sentimiento del amor de Dios fomenta, en el ser humano, la solidaridad, estimula la compasión y el perdón, y potencia el respeto, la tolerancia y la empatía hacia los demás. Además, propicia la bondad, la generosidad, el consuelo y la esperanza. La fe en un Dios que es amor es, por tanto, transformativa. Como decía Unamuno, un gran buscador de Dios, mediante la fe «recibimos la sustancia de la verdad», al igual que «por la razón su forma».

Esta fe en el Dios-Amor impacta de manera definitiva en cómo las personas se relacionan consigo mismas, con los demás y con el mundo que las rodea. También influye en la misma estructura de la sociedad. Una sociedad que, desde la defensa más plena de la libertad religiosa, se abre a la existencia de un Dios-Amor, se asienta sobre un fundamento más sólido que aquellas que se declaran agnósticas, ateas o que han creado un dios mental, como el éxito, la fortuna o el placer.

Si Dios es amor, donde hay amor, allí está Dios. Por ello, una persona que ama, aunque niegue a Dios en su mente y proclame su inexistencia a los cuatro vientos, en realidad no es atea. Simplemente, no ha encontrado aún a Dios con su razón o no ha recibido el don de la fe. No se ha dejado tratar por Dios como un hijo. Por el contrario, quien se aleja hasta el rechazo del amor, aunque racionalmente crea en Dios y haya sido iluminado por la fe en algún momento, se está distanciando de Dios y acercándose a la ira, la crueldad y el odio. Este fenómeno también puede observarse en familias, grupos humanos, sociedades y culturas enteras. Las guerras nos lo confirman.

La búsqueda de un Dios personal que es Amor es una sed profunda y constitutiva del ser humano. Este amor no solo transforma vidas individuales, sino que tiene el poder de transformar sociedades enteras, creando un mundo más solidario, compasivo y lleno de esperanza. Construir una sociedad como si un Dios-Amor existiera es un tema que debería estar en la agenda de los políticos, de todos los políticos que quieran tomarse en serio la construcción de una sociedad en paz y sostenible.

Fuente: abc.es


02 febrero 2026

Mejor la verdad que el relato

Juan Luis Selma

Estos días he releído un libro del autor cordobés José Miguel Cejas, El baile tras la tormenta, en el que narra historias de los países bálticos durante la ocupación rusa y nazi. Son relatos llenos de verdad y heroísmo.

Está de moda, en el ámbito político, recurrir a los relatos para manipular la verdad. Son medias verdades que adormecen la conciencia, “clavos ardiendo” a los que uno se agarra para quedar atrapado en un sinfín de incongruencias.

Ahí están, por ejemplo, las explicaciones sobre las causas del descarrilamiento de Adamuz o la denuncia contra el obispo Munilla por una supuesta incitación al odio contra los homosexuales. Liliana afirmó en su emotivo testimonio durante el funeral: "Solo la verdad nos ayudará a curar esta herida".

La Fiscalía no ha admitido a trámite la denuncia. En palabras del obispo: "Era evidente que la denuncia no tenía recorrido y que únicamente buscaba amedrentar a la Iglesia para que no nos atreviéramos a proponer la antropología cristiana del matrimonio y de la sexualidad, pretendiendo así tener las manos libres para imponer una antropología de Estado basada en la teoría de género-Lgtbi".

Añade Munilla: “Es absolutamente incoherente –¡un auténtico liberticidio!– que quienes dicen defender la libre elección de la propia identidad sexual pretendan coartar la libertad de quienes toman un camino diferente al suyo. El colmo del colmo es que la propuesta del amor cristiano pueda llegar a ser objeto de la acusación de delito de odio y de discriminación”.

Uno de los capítulos del libro citado se titula Un samizdat de Solzhenitsyn. El samizdat fue una forma de literatura subterránea que desafiaba la censura oficial, convirtiéndose en un sello cultural de resistencia en la URSS y en el Bloque del Este. Solzhenitsyn defendía que debemos vivir sin la mentira.

Decía: “El camino más sencillo y más accesible para conseguir liberarnos de la mentira consiste en negarse a colaborar con ella. La mentira podrá manipularlo todo y abarcarlo todo, pero no contará con mi ayuda. (...) Esa negativa a colaborar es muy sencilla y, al mismo tiempo, la más eficaz, porque cuando los hombres deciden no mentir, la mentira, al igual que las infecciones, acaba muriendo, ya que solo puede vivir en un organismo vivo”.

El profeta Sofonías habla del “resto de Israel”, un grupo pequeño y fiel que permanece leal a Dios cuando la mayoría se aparta de él. Dice: “El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera”.

Hoy el mundo necesita un pequeño resto que ame la verdad, que llame a las cosas por su nombre, que no use “historias” para velar, suavizar o distorsionar lo real. La verdad es hermosa, atrae, conforta, libera. Puede ser dura en ocasiones, pero peor es engañarse, perderse en ensoñaciones, no querer enfrentarse a los problemas: esconderlos con eufemismos solo consigue que la caída sea peor.

Recoge este capítulo: “Al cabo de los años, en otro contexto social, las palabras de Solzhenitsyn siguen estando vigentes: las mentiras no son palabras que dices y quedan flotando en el aire, alejadas de ti; cada mentira te va corrompiendo por dentro, hasta consumirte las entrañas”.

Corremos el riesgo de dejarnos llevar por el ambiente y olvidar el valor de la verdad, que es, como dicen los filósofos, adaequatio rei et intellectus: un juicio o conocimiento es verdadero cuando concuerda con la realidad objetiva. La verdad se ajusta a lo que es; lo demás son cuentos o relatos. Amar la verdad nos sitúa en el mundo real. Apartarnos de ella es infantilismo o necedad: por mucho que nos tapemos los ojos, el toro sigue ahí.

En un mundo de apariencias, de fachada, de infantilismo y de manipulación, ser realistas y auténticos puede chocar, pero vale la pena. Los demás acaban agradeciendo la franqueza, y a nosotros nos irá mejor.

Podemos ejercitarnos en llamar a las cosas por su nombre, en desterrar las “mentiras piadosas” que edulcoran la realidad.

Fuente: eldiadecordoba.es

01 febrero 2026

Las Bienaventuranzas

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En la liturgia de hoy se proclama una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús anuncia a toda la humanidad: el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Estas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo.

En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, que está escrita en los corazones, ya no en la piedra; es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aun cuando ante el mundo parezca fracasada y miserable. Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv3-4), porque Él es el sumo bien que se da a todos con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios encuentran alegría los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de lo que esperan. En la persecución, Dios es la fuente del rescate; en la mentira, es el ancla de la verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (v. 12).

Estas Bienaventuranzas son una paradoja sólo para quien considera que Dios es diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido ante las palabras del Señor. Quien está acostumbrado a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús sea un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente en la falta de fe en Cristo; Él es el pobre que comparte su vida con todos, el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz y es perseguido hasta la muerte en cruz.

De este modo, Jesús ilumina el sentido de la historia; no la que escriben los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. El Hijo mira al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como decía el Papa Francisco, «los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» (Ángelus, 17 febrero 2019). Dios, en cambio, da esta esperanza sobre todo a quien el mundo descarta como desesperado.

Queridos hermanos y hermanas, las Bienaventuranzas son para nosotros una prueba de la felicidad, llevándonos a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la reponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan. De hecho, es “a causa de Cristo” (cf. v. 11) y gracias a Él que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos. Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.

Las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios de corazón (cf. Lc 1,51-52). Por eso pidamos la intercesión de la Virgen María, sierva del Señor, que todas las generaciones llaman bienaventurada.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

He recibido con gran preocupación noticias sobre un aumento de las tensiones entre Cuba y los Estados Unidos de América, dos países vecinos. Me uno al mensaje de los obispos cubanos, invitando a todos los responsables a promover un diálogo sincero y eficaz, para evitar la violencia y cualquier acción que pueda aumentar el sufrimiento del querido pueblo cubano. ¡Que la Virgen de la Caridad del Cobre asista y proteja a todos los hijos de esa amada tierra!

Aseguro mi oración por las numerosas víctimas del derrumbe en una mina en Kivu del Norte, en la República Democrática del Congo. ¡Que el Señor sostenga a ese pueblo que tanto sufre!

Oremos también por los difuntos y por todos aquellos que sufren a causa de los temporales que en los últimos días han azotado Portugal y el sur de Italia. Y no olvidemos a las poblaciones de Mozambique, duramente afectadas por las inundaciones.

Hoy se celebra en Italia la “Jornada nacional de las víctimas civiles de las guerras y los conflictos en el mundo”. Esta iniciativa es, lamentablemente, trágicamente actual: cada día se registran víctimas civiles de acciones armadas que violan abiertamente la moral y el derecho. Los muertos y heridos de ayer y de hoy serán verdaderamente honrados cuando se ponga fin a esta intolerable injusticia.

El próximo viernes darán comienzo los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina, a los que seguirán los Juegos Paralímpicos. Dirijo mis mejores deseos a los organizadores y a todos los atletas. Estos grandes eventos deportivos constituyen un fuerte mensaje de fraternidad y reavivan la esperanza de un mundo en paz. Este es también el sentido de la tregua olímpica, una antigua costumbre que acompaña el desarrollo de los Juegos. Espero que todos aquellos que valoran la paz entre los pueblos y ocupan puestos de autoridad sepan aprovechar esta ocasión para realizar gestos concretos de distensión y de diálogo.

Saludo a todos ustedes, queridos romanos y peregrinos venidos de diversos países.

En particular, me complace dar la bienvenida a los miembros del movimiento Luce-Vita de la diócesis de Siedlce, en Polonia, acompañados por el obispo auxiliar. Saludo a los grupos de fieles de Paraná, en Argentina; de Chojnice, Varsovia, Wrocław y Wagrowiec, en Polonia; de Pula y Sinj, en Croacia; de Ciudad de Guatemala y San Salvador; así como a los estudiantes del Instituto “Rodríguez Moñino” de Badajoz y a los de Cuenca, en España. Saludo también a los devotos de Nuestra Señora de los Milagros de Corbetta, cerca de Milán.

Les agradezco de corazón sus oraciones y les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va