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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

04 mayo 2026

Seis criterios para que la fe no se quede sólo en las emociones

Javier García Herrería

Frente a ello, los obispos españoles proponen seis claves que ayudan a entender qué significa, hoy, vivir una fe madura.

En un momento en el que proliferan nuevas y muy positivas iniciativas de evangelización —muchas de ellas llenas de entusiasmo, creatividad y capacidad de convocatoria— la Iglesia en España ha considerado necesario ofrecer algunos criterios de discernimiento. No para apagar nada, sino precisamente para cuidar lo más valioso: la autenticidad de la experiencia cristiana.

El riesgo que preocupa a los prelados es que la fe se reduzca a una vivencia emocional, subjetiva, desligada de la verdad, de la comunidad y de la vida concreta. Frente a ello, los obispos españoles proponen en su último documento, seis claves que ayudan a entender qué significa vivir una fe madura, de tal maneras que las iniciativas de primer anuncio profundicen en experiencias de fe con más formación.

a) Conocer a las personas divinas

El corazón de la fe cristiana no es una vaga espiritualidad ni una mezcla de creencias a medida, sino el encuentro real con Jesucristo. No se trata de “sentirse bien” ni de acumular experiencias emocionales intensas, sino de reconocer que Dios se ha revelado de manera concreta en Cristo y que solo por Él accedemos al Padre en el Espíritu.

Por eso, el primer anuncio no puede diluirse en discursos genéricos sobre bienestar o interioridad: debe conducir a una relación viva con Jesús, única y decisiva. Cuando esta centralidad se pierde, la fe se desdibuja en un sincretismo difuso que puede resultar atractivo, pero que carece de la fuerza transformadora del Evangelio.

b) Dimensión personal

Ese encuentro con Cristo implica a toda la persona, también a su mundo afectivo. Pero los sentimientos, por sí solos, no son criterio suficiente para discernir la acción de Dios. La tradición espiritual de la Iglesia ha insistido siempre en la necesidad de contrastarlos, de examinarlos con ayuda de quienes han recorrido ese camino antes. Autores como Ignacio de Loyola enseñaron a distinguir entre consolación y desolación, precisamente para no confundir la voz de Dios con los propios estados de ánimo.

En la misma línea, maestros como Juan de la Cruz o Teresa de Jesús mostraron que la vida espiritual pasa también por la oscuridad y la purificación. Por eso, una fe madura no absolutiza lo que siente, sino que lo somete a un discernimiento serio, en continuidad con la experiencia acumulada de la Iglesia.

c) Objetividad de la fe

La fe cristiana no nace de un sentimiento, ni se sostiene en él. No depende de cómo uno se encuentre interiormente, ni de la intensidad de una experiencia espiritual concreta. Tiene un contenido objetivo: una verdad que precede al creyente y que le es dada.

En una cultura marcada por el “yo siento”, esta afirmación resulta incómoda. Sin embargo, es decisiva. No basta con percibir que “Dios me quiere” para validar cualquier decisión o comportamiento. La fe implica reconocer que hay una verdad revelada —sobre Dios, sobre el hombre, sobre el bien y el mal— que no se construye a medida de la propia subjetividad.

Uno de los casos más reveladores de esta ruptura se dio en la corte de Luis XIV, donde algunas damas pasaban sus noches con amantes para, a la mañana siguiente, acudir a una confesión rápida que les permitiera comulgar en Misa. Este ciclo de pecado nocturno y absolución exprés matutina, basado en una interpretación superficial de la ley religiosa, transformó los sacramentos en un trámite mecánico que no exigía una verdadera conversión del corazón ni un cambio de conducta.

Hartos de este «espectáculo» de hipocresía, la corriente jansenista se opuso con tanta fuerza que terminó cayendo en el extremo opuesto. Al intentar combatir la laxitud moral de la época, los jansenistas impusieron un rigorismo asfixiante que presentaba a un Dios distante y una Eucaristía casi inalcanzable, reservada únicamente para quienes lograran una perfección heroica.

La lección sigue siendo actual. Cuando las emociones sirven para justificar conductas objetivamente desordenadas, no estamos ante una fe bien integrada. La vida cristiana implica una unidad entre lo que se cree, lo que se siente y lo que se hace.

d) Eclesialidad de la fe

Nadie se da la fe a sí mismo. Se recibe. Y se recibe en la Iglesia. Esta dimensión eclesial es constitutivo del cristianismo. Creer implica aceptar que hay otros —antes y junto a mí— que transmiten, custodian e interpretan la fe: el Papa, los obispos, los sacerdotes, los acompañantes espirituales, la comunidad creyente.

Esto exige una actitud concreta: dejarse enseñar y dejarse corregir. Dos actitudes poco valoradas en una cultura que identifica la autenticidad con la autosuficiencia. Sin embargo, sin esta apertura, la fe corre el riesgo de convertirse en un proyecto individual, donde cada uno decide qué aceptar y qué descartar.

e) Consecuencias sociales de la fe

La fe no es una idea ni una emoción: es una forma de vida. Y, como tal, tiene consecuencias morales concretas. Cuando la fe se vive exclusivamente como una fuente de bienestar interior, puede terminar generando creyentes satisfechos pero indiferentes a las necesidades del prójimo.

Sin embargo, el cristianismo tiene una dimensión esencialmente abierta. El encuentro con Cristo impulsa hacia los demás, especialmente hacia los más necesitados. No se trata de un añadido opcional, sino de un criterio de autenticidad. Una fe que no se traduce en compromiso concreto —en la familia, en el trabajo, en la vida pública, en la atención a los pobres— queda incompleta. El Evangelio es claro: el amor a Dios se verifica en el amor al prójimo.

f) Dimensión celebrativa

La fe cristiana también se celebra. Y lo hace, de manera privilegiada, en la liturgia. Pero aquí también existe un riesgo: reducir la celebración a un espacio de emociones intensas o de experiencias subjetivas. Cuando la liturgia se convierte en un instrumento para “sentir cosas”, pierde su centro y su sentido.

La celebración cristiana no es un espectáculo ni una creación espontánea del grupo. Tiene una forma, una tradición, unas normas que garantizan su carácter eclesial y su fidelidad al misterio que celebra.

La Eucaristía, en particular, ocupa un lugar central. No es solo un momento emotivo, sino el acontecimiento en el que la comunidad se encuentra con Cristo de manera real y sacramental. De ahí la importancia de cuidar su celebración, sabiendo que la Misa está muy por encima de las bendiciones y adoraciones (por muy positivas que esta sean).

Estos criterios no pretenden apagar el entusiasmo ni desconfiar de las nuevas formas de evangelización. Al contrario, buscan asegurar que ese impulso se enraíce en lo esencial.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 13:12

¿Quién es el que está en la Cruz?

Juan Luis Selma

La alegría de las Cruces de Mayo y las primeras comuniones esconde un misterio más profundo: la presencia del Hijo de Dios hecho carne, en quien reside el verdadero sentido de nuestra fe.

Con alegría celebramos las Cruces de mayo: las adornamos con flores, las rodeamos de música y de fiesta. Son ocasión para salir a la calle, tomar algo, encontrarnos con los amigos y disfrutar de la vida. Esta tradición hunde sus raíces en la invención —o “descubrimiento”— de la Santa Cruz por Santa Elena, madre del emperador Constantino, acontecimiento que tuvo lugar en Jerusalén en el año 327, no lejos del Calvario.

Como escribe san Cirilo, aquel día “una enorme cruz luminosa apareció en el cielo, sobre el Santo Gólgota, y se extendió hasta el Monte de los Olivos”. Y, como proclama san Pablo, “debemos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, porque en Él está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección, y por Él fuimos salvados y redimidos”. La Cruz es nuestra insignia y nuestra salvación.

Recientemente hemos visto la profanación de una cruz en el Líbano por un soldado del ejército de Israel, y el dolor que esto ha causado a los cristianos. La Cruz no es simplemente una enseña o un símbolo: su valor está en el Crucificado, en Aquel que fue clavado en ella. Y ese Crucificado no es un hombre cualquiera: es el Hijo de Dios, “Dios verdadero de Dios verdadero”, como proclamamos en el Credo. Es decir, de la misma naturaleza del Padre: Dios.

También estamos celebrando las primeras comuniones, un momento precioso para nuestras niñas y niños. Todos recordamos la nuestra con cariño. Fue un día importante, no por los regalos o la fiesta familiar, sino por lo que realmente celebrábamos. Del mismo modo, tras la aparente frivolidad de las Cruces late algo mucho más profundo. Lo que anima estas fiestas populares —como también la Semana Santa— es el misterio de la Encarnación, la presencia del Hijo de Dios hecho carne.

Con facilidad caemos en el reduccionismo, en “coger el rábano por las hojas”, quedándonos en la superficie. Pero no podemos olvidar lo que hay detrás de lo que celebramos. El valor de un crucifijo no está en su material, ni en su valor artístico o sentimental. Lo mismo sucede con la Eucaristía: es el Cuerpo de Cristo, no “una galleta”, con perdón. La liturgia nos recuerda que “las cosas santas deben tratarse santamente”.

La carta a los Hebreos afirma: “La fe es fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve…”. Y continúa enumerando cómo, por la fe, los antiguos “conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas…”, y también cómo otros “fueron torturados, pasaron por burlas y azotes, cadenas y cárceles… el mundo no era digno de ellos”. La fe sostiene, ilumina y da sentido.

Quien está clavado en la Cruz es Dios. En la comunión se recibe a Dios.

Por eso debemos acercarnos a estos misterios con fe, sabiendo lo que hacemos. Los niños de primera comunión —si han sido bien formados— distinguen perfectamente el pan normal del Pan Eucarístico. Saben a quién reciben y lo hacen con devoción. Hoy mismo me decía uno: “Tengo que confesarme porque dentro de dos días hago la comunión y en catequesis me han dicho que para comulgar no hay que tener ningún pecado”.

El fundamento de nuestra fe son las palabras del mismo Jesucristo. Él nos dice: “Yo y el Padre somos uno”. “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo en las nubes del cielo”. Y el Padre declara sobre Él: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

Nos hemos acostumbrado a tratar a Dios como a un colega más; lo hemos hecho tan cercano que hemos dejado de valorarlo. No sabemos quién es. No apreciamos su belleza, su hermosura, su santidad. Este empequeñecer a Dios nos empequeñece también a nosotros: nos quita valor, nos aparta de nuestra verdad. Somos tan grandes y valiosos que el mismo Dios da la vida por nosotros.

"En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon”. Quien está clavado en la Cruz es el Hijo del Dios vivo.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:53

03 mayo 2026

El Papa en el Regina Caeli 

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Como la Iglesia primitiva, en el tiempo pascual volvemos a escuchar palabras de Jesús que despliegan su pleno significado a la luz de su pasión, muerte y resurrección. Lo que los discípulos antes no entendían o les provocaba turbación, ahora vuelve a su memoria, les hace arder el corazón y les da esperanza.

El Evangelio proclamado este domingo nos introduce en el diálogo del Maestro con los suyos durante la última cena. En particular, escuchamos una promesa que nos involucra ya desde ahora en el misterio de su resurrección. Jesús dice: «Cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes» (Jn 14,3). Los apóstoles descubren así que en Dios hay lugar para cada uno. Dos de ellos lo habían experimentado durante su primer encuentro con Jesús, en el río Jordán, cuando Él se había dado cuenta de que lo seguían y los había invitado a quedarse esa tarde en su casa (cf. Jn 1,39). También ahora, frente a la muerte, Jesús habla de una casa, esta vez muy grande: es la casa del Padre suyo y Padre nuestro, donde hay lugar para todos. El Hijo se describe como el siervo que prepara las habitaciones, para que cada hermano y hermana, al llegar, encuentre lista la suya y se sienta desde siempre esperado y finalmente encontrado.

Queridos hermanos, en el viejo mundo todavía estamos en camino, lo que atrae la atención son los lugares exclusivos, las experiencias al alcance de unos pocos, el privilegio de entrar donde ningún otro puede hacerlo. En cambio, en el mundo nuevo donde el Resucitado nos lleva, lo más valioso está al alcance de todos. Pero no por eso pierde atracción. Al contrario, lo que está abierto a todos ahora causa alegría; la gratitud toma el puesto de la competición; la acogida elimina la exclusión; la abundancia ya no genera desigualdad. Sobre todo, nadie se confunde con otro, nadie está perdido. La muerte amenaza con borrar el nombre y la memoria, pero en Dios cada uno es finalmente uno mismo. En verdad, este es el lugar que buscamos toda la vida, en ocasiones dispuestos a todo con tal de lograr un poco de atención y de reconocimiento.

“Tengan fe”, nos dice Jesús. ¡Este es el secreto! «Crean en Dios y crean también en mí» (Jn 14,1). Precisamente esta fe libera nuestro corazón de la ansiedad por tener y obtener, del engaño de tener que correr tras un puesto de prestigio para valer algo. Cada uno posee ya un valor infinito en el misterio de Dios, que es la verdadera realidad. Amándonos los unos a los otros como Jesús nos ha amado, nos damos esta certeza. Es el mandamiento nuevo: anticipamos así el cielo en la tierra, revelamos a todos que la fraternidad y la paz son nuestro destino. De hecho, en el amor, en medio de una multitud de hermanos, cada uno descubre que es único.

Recemos pues a María Santísima, Madre de la Iglesia, para que toda comunidad cristiana sea una casa abierta a todos y atenta a cada uno.

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Palabras después del Regina Coeli

Queridos hermanos y hermanas:

Ha comenzado el mes de mayo. En toda la Iglesia se renueva la alegría de encontrarse en el nombre de María nuestra Madre, especialmente para rezar juntos el Rosario. Se revive la experiencia de esos días, entre la Ascensión de Jesús y Pentecostés, cuando los discípulos estaban en el Cenáculo invocando al Espíritu Santo; María Santísima estaba en medio de ellos y su corazón custodiaba el fuego que animaba la oración de todos. Les confío mis intenciones, en particular por la comunión en la Iglesia y la paz en el mundo.

Hoy se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa, patrocinado por la UNESCO. Lamentablemente, este derecho se viola con frecuencia, a veces de manera flagrante y otras de forma encubierta. Recordemos a los numerosos periodistas y reporteros víctimas de las guerras y la violencia.

Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos venidos de numerosos países.

Doy la bienvenida a los docentes —religiosas y laicos— de las Escuelas de las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones; como también a los fieles de Madrid y Granada, de Mineápolis y de Malasia; y a los peruanos que, en Roma, forman la Asociación “Virgen de Chapi de Arequipa”.

Saludo a la Asociación “Meter”, que desde hace treinta años se compromete por defender a los menores de la plaga de los abusos, implicando a la comunidad eclesial y a la comunidad civil, educando en la cercanía a las víctimas y en la prevención. ¡Gracias por su servicio!

Me alegra acoger a los fieles de Padua, al “Grupo de jóvenes Valdaso” y al “Punto Jóvenes” de la Comunidad Camiliana de Piossasco, a la Acción Católica del Vicariato de Noale, a los jóvenes de Verolanuova y Cadignano, al Coro juvenil de Coredo-Predaia y a los estudiantes del Liceo Fardella – Ximenes de Trapani.

¡A todos les deseo un feliz domingo!.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 18:44

02 mayo 2026

Yo soy el Camino

5.º domingo de Pascua (Ciclo A)

Evangelio (Jn 14,1-12)

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; adonde yo voy, sabéis el camino.

Tomás le dijo:

—Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?

—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida —le respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.

Felipe le dijo:

—Señor, muéstranos al Padre y nos basta.

—Felipe —le contestó Jesús—, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre.

Comentario:

El evangelio de este quinto domingo de Pascua recoge un fragmento del discurso de Jesús durante la Última Cena. Los discípulos están entristecidos por la inminente marcha del Maestro. Para consolarlos, el Señor les revela profundas verdades de fe que podemos meditar, mientras nos vamos acercando a la fiesta de Pentecostés.

En primer lugar, Jesús pide a los suyos que no se turben, que tengan fe, confíen en Él y en sus obras. Les habla entonces de lo que Él llama la “casa de mi Padre” en la que “voy a preparar un lugar para vosotros” (v. 2). No es malo pensar en el Cielo en medio de la tribulación. De hecho, “frecuentemente nos habla el Señor del premio que nos ha ganado con su Muerte y Resurrección –comenta san Josemaría a propósito de este pasaje–. El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José, a quien tanto venero, de los Ángeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada”[1].

Con motivo de la pregunta de Tomás sobre cómo seguir a Jesús hacia donde Él va, el Maestro revela a sus discípulos que Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (v. 6). Sobre esta expresión misteriosa comentaba san Agustín que es como si Jesús le dijera a Tomás: “¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida. (…) Los sabios del mundo comprenden que Dios es vida eterna y verdad cognoscible; pero el Verbo de Dios, que es Verdad y Vida junto al Padre, se ha hecho Camino asumiendo la naturaleza humana”[2].

Por tanto, seguir a Jesús supone comprender el misterio de su Persona y su Misión. De hecho, el Papa Francisco decía que “el conocimiento de Jesús es el trabajo más importante de nuestra vida”[3]. Es necesario descubrir la íntima unión que existe entre el Hijo y el Padre. Esta verdad esencial es la que explica Jesús a Felipe: “Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (v. 9). Jesús es el camino porque todo en Él revela al Padre y nos une al Padre. Jesús ha hecho visible al Dios invisible y lo ha revelado a los hombres con todas sus obras y palabras[4]. Y lo hace con un rostro humano y cercano, que nos mira con amor y nos llama amigos, para que nos sea fácil conocerle, amarle y unirnos a Él.

Por último, podemos fijarnos en que Jesús une el conocimiento de su Persona a la verdad cuando dice “yo soy la verdad” (v. 6). Sobre este hecho el papa Francisco hacía una importante consideración: “Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, “se hizo carne” (Jn 1, 1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona”[5].

Es como si Jesús nos dijera con todo este pasaje que en la casa de su Padre se verán colmados todos nuestros anhelos vitales y de conocimiento (vida y verdad), no porque lleguen a ser objetos de conquista y posesión propias, sino porque comprenderemos que la verdad y la vida confluyen en una Persona a la que se conoce y se ama. En la medida en que comprendemos y vivimos esto, avanzamos en el camino hacia el Padre por la identificación con su Hijo, hasta hacer sus mismas obras e “incluso mayores que estas”.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 10:56

Acompañamiento

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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“En las dificultades de pareja no necesitamos sobre todo a alguien que se posicione a nuestro favor, sino a alguien que pueda ponerse también de parte del otro, con equilibrio, y que nos ayude a no perder de vista la parte de razón que tiene”.

En la vida matrimonial puede haber momentos en los que el “nosotros” se debilita. A veces por grandes heridas; otras, por el desgaste silencioso del día a día. Y en esos momentos asoma una tentación muy humana: buscar refugio en quienes sabemos que siempre estarán de nuestra parte.

Sin embargo, como advierte Mariolina Ceriotti en su libro “Cásate conmigo… de nuevo”, esa no siempre es la ayuda que más necesitamos; es más, afirma, “es una tentación que debemos rechazar con decisión”. Cuando la relación se resiente, el “nosotros” suele dejar paso al “yo”, y este tiende a buscar aliados que confirmen sus sospechas. Pero el matrimonio no necesita aliados parciales, sino acompañantes verdaderos. Personas que sepan sostenernos sin dividir, que escuchen sin juzgar y que nos quieran a los dos.

Ceriotti lo expresa con claridad: “En las dificultades de pareja no necesitamos sobre todo a alguien que se posicione a nuestro favor, sino a alguien que pueda ponerse también de parte del otro, con equilibrio, y que nos ayude a no perder de vista la parte de razón que tiene”. Y añade algo profundamente realista: “Para un progenitor… siempre va a ser difícil perdonar plenamente a quien haya hecho sufrir a su hijo”.

No es un reproche a los padres, sino el reconocimiento de la fuerza incondicional de su amor. Precisamente porque nos quieren tanto, les cuesta no tomar partido. Por eso, aunque su consuelo es valioso, no siempre es el acompañamiento más adecuado cuando lo que está en juego es reconstruir la relación.

Y lo mismo se puede decir de amigos íntimos de uno de los dos. Recuerdo una cena en que se comentó la separación de un matrimonio conocido. Uno de los comensales había vivido más o menos de cerca el sufrimiento de uno de los cónyuges separados, y, sin información suficiente, se dejó llevar por el arrebato del momento e hizo un comentario muy duro sobre su pareja, imputándole toda la culpa. Con el tiempo, nos fue llegando información suficiente como para saber que el comentario fue prejuicioso y, probablemente, injusto.

No es lo mismo consolar que ayudar. El consuelo alivia; la verdadera ayuda ilumina. Nos invita —a veces con delicadeza, otras con exigencia— a contemplar también la verdad del otro. Y eso, aunque incomode, abre caminos de sanación.

Por eso, en medio de la dificultad, hay una pregunta clave: ¿con quién estamos hablando de lo que nos pasa? Porque según la respuesta, estaremos más cerca de romper o de rehacer. Lo ideal es acudir a amigos de confianza, que nos quieran a los dos y que nos quieran unidos.

El matrimonio es, en el fondo, una vocación a elegirse cada día. Y hay momentos en los que esa elección necesita ser reaprendida, como si, después de la tormenta, los esposos pudieran decirse de nuevo “sí”, con más verdad, más humildad y más conciencia.

Y en ese camino, elegir bien a quién dejamos que nos acompañe puede marcar la diferencia. Cuando el acompañamiento es el adecuado, el amor no solo se repara: se fortalece. Y el “nosotros” vuelve a nacer, quizá más frágil en apariencia, pero mucho más profundo y auténtico en realidad.

Fuente: javiervidalquadras.com

Publicado por JOQUIVESA en 10:51

01 mayo 2026

Soledad, cerebro

José Luis Velayos

“No es bueno que el hombre esté solo”, se dice en el Génesis.

Y es que el egoísmo, la egolatría, aísla; no así la apertura a la trascendencia y a los demás. La soledad innecesaria, sin sentido, puede provocar alteraciones mentales. Sin embargo, la soledad del que se aísla para orar no es realmente soledad, pues está en relación con Dios.

Experimentalmente, en ratones, se ha visto que el aislamiento provoca reducción del volumen de las neuronas de las cortezas somatosensorial y motora (zonas del cerebro esenciales en la percepción sensorial y en la actividad motora). Y se reduce el hipocampo, estructura esencial para la fijación de recuerdos. Por otra parte, se produce globalmente una disminución del número de conexiones neuronales.

También se ha visto que el aislamiento provoca una bajada de las defensas inmunológicas. Por otra parte, la soledad altera los ritmos naturales de la vigilia y el sueño. Y se puede decir que, a la larga, el aislamiento perjudica al funcionalismo neural.

Todos estos aspectos atañen también al ser humano, como animal que es. Para Zubiri, el hombre es el animal de realidades, que se da cuenta de la realidad tal como es. Es un animal sociable, que se relaciona (“animal de relaciones”).

El aislamiento a largo plazo puede provocar depresión, ansiedad, psicosis y afectación de la capacidad intelectual, aspectos a cuidar en personas que viven en residencias, y en personas encamadas; en todas ellas se pueden  presentar, entre otros, problemas de razonamiento, recuerdo y orientación.

Las dificultades sensoriales aíslan y en concreto, la sordera es en muchos casos más aislante que la ceguera.

La ancianidad puede aislar, no solo por las alteraciones sensoriales que le acompañan, sino por el hecho de que la persona mayor puede sentirse fuera del ambiente, aislada con respecto a lo que le rodea. En contrapartida, la curiosidad, el deseo de estar al día, el querer conocer los cambios sociales, el estudio, la lectura, las relaciones, el ejercicio físico, etc. hacen que el individuo provecto no lo sea tanto como lo era una persona de su edad hace unos años. Otro factor que puede influir en el aislamiento senil es un cierto rechazo (externo) a la vejez por parte de algunos en el seno de la sociedad actual.

Por otro lado, el mito de la eterna juventud, deseada por el Fausto de Goethe, es de raíz diabólica: es la oferta de Mefistófeles. Es un ansia que, como una epidemia, se ha instalado en la sociedad actual. Parece como si fuese más importante la juventud física que la de espíritu.

El narcisismo aísla. Hablar continuamente de uno mismo y no escuchar a los demás provoca rechazo, y como consecuencia, a la larga, aislamiento. La generosidad, la preocupación por los demás, además de ocasionar satisfacción, alegría, lleva consigo una visión más optimista, más juvenil de la vida. El egoísmo es una gran tara en la civilización actual.

El matrimonio bien vivido es un antídoto frente al egoísmo. Después de un matrimonio largo, fecundo, generoso, la muerte de uno de los cónyuges lleva en algunos casos a la aceleración de la muerte del otro, (no de forma provocada, sino por vía natural). Es el amor hasta que la muerte les separa.

La muerte es personal, esté o no acompañado el sujeto en ese momento, pues cada uno se enfrenta con la eternidad de forma individual, para recibir el premio o el castigo que corresponda. El premio es el disfrute de Dios. El castigo, el infierno, probablemente es la soledad: “ese eterno abismo de soledad que es el infierno”, decía el Papa Francisco.

Los que mueren creyendo que el alma desaparece con el cuerpo son condenados a morar eternamente solos, encarcelados en sepulcros, dice Dante en la Divina Comedia.

En “La soledad sonora”, de San Juan de la Cruz, se dice:

Mi amado, las montañas,

                        los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silbo de los aires amorosos, la noche sosegada,

en par de los levantes de la aurora, la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora.

(“Soledad sonora” es uno de los escritos culminantes de Juan Ramón Jiménez).

Hay que decir que no estamos solos porque Dios está presente y más cercano e íntimo a uno que uno mismo, dice San Pablo.

Fuente: almudi.org

Publicado por JOQUIVESA en 11:39

30 abril 2026

El Viaje apostólico a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial

El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy deseo hablar sobre el viaje apostólico que realicé del 13 al 23 de abril visitando cuatro países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.

Desde el inicio de mi pontificado, había pensado en un viaje a África. Doy gracias al Señor, que me ha permitido realizarlo como Pastor para visitar y animar al pueblo de Dios, y vivirlo como mensaje de paz en un momento histórico marcado por guerras y graves y frecuentes violaciones del derecho internacional. Expreso mi más sincero agradecimiento a los obispos y a las autoridades civiles que me han acogido, así como a todos aquellos que han colaborado en la organización.

La providencia quiso que la primera etapa fuera precisamente el país donde se encuentran los lugares de san Agustín, es decir, Argelia. Así, por una parte, he podido comenzar desde las raíces de mi identidad espiritual; y, por otra parte, me ha sido posible atravesar y consolidar puentes muy importantes para el mundo y la Iglesia de hoy: el puente con la época fecundísima de los Padres de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; el puente con el continente africano.

En Argelia he recibido una acogida no solamente respetuosa, sino también cordial, y hemos podido comprobar de primera mano y mostrar al mundo que es posible vivir juntos como hermanos y hermanas, incluso de religiones distintas, cuando nos reconocemos hijos del mismo Padre misericordioso. Asimismo, ha sido una ocasión propicia para entrar en la escuela de san Agustín: con su experiencia de vida, sus escritos y su espiritualidad, él es maestro en la búsqueda de Dios y de la verdad. Su testimonio es hoy de gran importancia para los cristianos y para cualquier persona.

En los siguientes tres países que he visitado, la población es, en cambio, de mayoría cristiana, y, por tanto, me he sumergido en un ambiente de fiesta de la fe, de acogida calurosa, favorecida también por el carácter típico de la gente africana. Al igual que mis predecesores, yo también he experimentado un poco de lo que le sucedía a Jesús con las multitudes de Galilea: Él las veía sedientas y hambrientas de justicia, y les anunciaba: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que trabajan por la paz…” Y reconociendo su fe, decía: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo” (cfr. Mt 5,1-16).

La visita a Camerún me ha permitido reforzar el llamamiento a comprometernos juntos con la reconciliación y la paz, porque también este país, desgraciadamente, está marcado por tensiones y violencia. Me alegro de haber ido a Bamenda, en la zona anglófona, donde he animado a trabajar juntos por la paz. Camerún es llamado “África en miniatura”, con referencia a la variedad y a la riqueza de su naturaleza y de sus recursos; pero también podemos entender esta expresión en el sentido de que en Camerún encontramos las grandes necesidades de todo el continente africano: la necesidad de una distribución equitativa de las riquezas; de dar espacio a los jóvenes, superando la corrupción endémica; de promover el desarrollo integral y sostenible, oponiendo a las varias formas de neocolonialismo una cooperación internacional con visión de futuro. Doy las gracias a la Iglesia en Camerún y a todo el pueblo camerunés, que me ha acogido con tanto amor; y rezo para que el espíritu de unidad que se ha manifestado durante mi visita se mantenga vivo y guíe las decisiones y las acciones futuras.

La tercera etapa del viaje ha sido Angola, gran país al sur del ecuador, de tradición cristiana multisecular, ligada a la colonización portuguesa. Como muchos países africanos, después de haber alcanzado la independencia, Angola ha atravesado un periodo difícil, que en su caso ha sido ensangrentado por una larga guerra interna. En el crisol de esta historia, Dios ha guiado y purificado la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio, de la promoción humana, de la reconciliación y de la paz. ¡Iglesia libre para un pueblo libre! En el santuario mariano de Mamã Muxima – que significa “Madre del corazón” – he sentido latir el corazón del pueblo angoleño. Y en los varios eventos he visto con alegría muchas religiosas y religiosos de todas las edades, profecía del Reino de los cielos en medio de su gente; he visto catequistas que se dedican enteramente al bien de la comunidad; he visto rostros de ancianos esculpidos por fatigas y sufrimientos, y que transparentan la alegría del Evangelio; he visto mujeres y hombres danzar al ritmo de cantos de alabanza al Señor resucitado, fundamento de una esperanza que resiste a las desilusiones causadas por las ideologías y las promesas vanas de los poderosos.

Esta esperanza exige un compromiso concreto, y la Iglesia tiene la responsabilidad, con el testimonio y el anuncio valiente de la Palabra de Dios, de reconocer los derechos de todos y de promover su respeto efectivo. He podido asegurar a las autoridades civiles angoleñas, y también a las de los otros países, la voluntad de la Iglesia Católica de seguir ofreciendo esta contribución, especialmente en los campos sanitario y educativo.

El último país que he visitado es Guinea Ecuatorial, en el 170°. aniversario de la primera evangelización. Con la sabiduría de la tradición y a la luz de Cristo, el pueblo guineano ha atravesado los acontecimientos de su historia, y, en los pasados días, en presencia del Papa, ha renovado con gran entusiasmo su voluntad de caminar unido hacia un futuro de esperanza.

No puedo olvidar lo sucedido en la cárcel de Bata, en Guinea Ecuatorial: los reclusos cantaron a pleno pulmón un canto de agradecimiento a Dios y al Papa, pidiéndole que rece “por sus pecados y su libertad”. Nunca había visto nada semejante. Y luego han rezado conmigo el Padre Nuestro, bajo una lluvia torrencial. ¡Un signo auténtico del Reino de Dios! Y, siempre bajo la lluvia, comenzó el gran encuentro con la juventud en el estadio de Bata. Una fiesta de alegría cristiana, con testimonios conmovedores de jóvenes que han encontrado en el Evangelio el camino para un crecimiento libre y responsable. Esta fiesta culminó con la celebración eucarística del día siguiente, que coronó dignamente la visita a Guinea Ecuatorial y todo el viaje apostólico.

Queridos hermanos y hermanas, la visita del Papa es, para las poblaciones africanas, una ocasión para hacer oír sus voces, para expresar la alegría de ser pueblo de Dios y la esperanza en un futuro mejor, de dignidad para cada uno y para todos. Me alegro de haberles dado esta oportunidad, y, al mismo tiempo, doy gracias al Señor por lo que ellos me han dado: una riqueza inestimable para mi corazón y mi ministerio.
__________________________

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor que toque el corazón y la mente de todos, de modo que su Evangelio pueda ser encarnado en la vida. Con dolor y preocupación he tenido noticia de la trágica situación de violencia que aflige la región Suroeste de Colombia, que ha causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía a las víctimas y a sus familiares y exhorto a todos a rechazar cualquier forma de violencia y optar decididamente por el camino de la paz. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Resumen de la meditación del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:

Quisiera hacer un breve resumen del Viaje apostólico realizado del 13 al 23 de abril en tierras africanas, en el que visité Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Ha sido una experiencia de gracia que me permitió, como Pastor, encontrar y alentar al pueblo de Dios, teniendo como prioridad el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo y llevando también un mensaje de paz en un tiempo herido por conflictos.

En Argelia, al inicio del recorrido, pude volver a las raíces espirituales ligadas a san Agustín y, al mismo tiempo, fortalecer importantes puentes: con la tradición de los Padres de la Iglesia, así como con el mundo islámico y con el continente africano.

En Camerún renové el llamado a la reconciliación, la justicia y el desarrollo integral, ante desafíos como la desigualdad y la violencia. En Angola contemplé una Iglesia viva, purificada por la historia, comprometida con la paz y la promoción humana.

Finalmente, en Guinea Ecuatorial, fui testigo de una fe llena de esperanza, especialmente entre los jóvenes y los más necesitados. Doy gracias al Señor por este viaje, que ha sido un don tanto para los pueblos visitados como para mi ministerio petrino.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 12:28

Las huellas del creador hasta en los insectos

Álvaro Presno

Consideraba san Buenaventura que la creación no comparece como un conjunto autosuficiente de entes, sino como una trama de vestigia: huellas que remiten a las huellas de su Creador.

Desde que era niño, la particular forma biomecánica de los insectos me ha fascinado y, a partes iguales, inquietado. El funículo de las antenas, la inserción de las coxas, la transición entre pronoto y élitros o su particular textura y punteado… tan familiar y alienígena a la vez. Quizá por eso resulta tan eficaz disciplinar mi temperamento impaciente —y no pocas veces disperso— mediante la ilustración de insectos. No diría que es un pasatiempo, ni una inclinación espontánea. Es, más bien, una forma de corrección.

Horas de exploración fisionómica, arquetipización y grafito. Con el tiempo, aprende uno a mirar —que no tanto a dibujar—. Y como sabe cualquiera que se haya interesado por el retrato, el buen mirar es la base del buen ver. Sostener la atención basta para que la forma deje de resolverse con simpleza y la apariencia se densifique. Empieza uno a descubrir detalles, secretos, a hacerse preguntas: ¿qué hace que algo así esté ahí?, no en el sentido trivial de su función (esa está profundamente estudiada por la entomología), sino en otro más exigente: qué hace realmente que algo, así, esté ahí…


¿Es la minuciosa arquitectura del sistema de circulación de las alas de los odonatos (una libélula, por ejemplo) un capricho ontológico, además de un capricho evolutivo? ¿Esconden sus bifurcaciones el secreto de la lengua de Dios, al modo de las manchas del tigre que aterrorizaba al prisionero de El Aleph?

No me refiero a una imagen sugerente, ni a una metáfora piadosa, sino a una estructura exacta: «una frase cuya lectura —si fuera posible— bastaría para liberar o destruir». Borges tuvo el acierto de no especificar más.

Sí.

Sí, y diez veces sí.

La tradición clásica occidental no pensó nunca el mundo como un conjunto de cosas simplemente dadas. Lo entendió, más bien, como una estructura de remisión. No porque cada criatura esconda un significado secreto, sino porque ninguna se agota en lo que muestra. En cuanto es, por el solo ser, remite… ¿A qué? A su Creador, si se me permite decirlo…

Consideraba Buenaventura que la creación no comparece como un conjunto autosuficiente de entes, sino como una trama de vestigia: huellas que remiten más allá de lo que muestran. No una presencia desnuda de su Creador, desde luego, pero sí una huella suya. No todo remite con la misma claridad, ni toda criatura se deja leer del mismo modo; pero nada queda por completo fuera de esa gramática.

La diversidad de las cosas creadas —nos dice el tomismo— no es un accidente ni un exceso tolerado: es condición de la perfección del conjunto. La plenitud no se concentra en lo más alto y se diluye hacia abajo; se distribuye. «La perfección del universo requiere que haya desigualdad en las cosas, para que todas las perfecciones posibles estén representadas» (Suma Teológica q. 47).

¿Por qué hay forma donde podría no haberla? ¿Por qué hay determinación donde bastaría lo indeterminado? De ahí que la cuestión no sea si las cosas “significan” algo, como si portaran un mensaje codificado, sino si su misma consistencia ontológica es ya una forma de decir. No añaden un sentido; lo son en acto. La creación no habla sobre Dios: habla desde Él. «Interroga al mundo, interroga la hermosura de la tierra, interroga todas las cosas: te responderán: no somos Dios, sino que Él nos ha hecho» (Sermón 241). Las cosas no dicen lo que son; dicen de quién proceden, que diría San Agustín.

Lo creado, en cuanto creado, es ya lugar de acceso. Mutatis mutandis, tantos secretos válidos se encuentran en la contemplación del orden de las esferas celestes como en la atención detenida en la arquitectura de un vulgar insecto. Ninguna acumulación de grandeza aproxima más al origen que la más humilde de las formas, porque lo que está en juego no es la cantidad de ser, sino su carácter recibido; ambos son, en sentido estricto, igualmente desproporcionados respecto de su origen, y ambos nos hablan de su Creador. Y ahí sí hay palabras de poder, por lo pronto, el poder de convertir al dibujo en ¿oración?.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:19
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