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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

30 marzo 2026

El giro

 Teo Peñarroja

¿Hay un giro católico en la cultura contemporánea? La respuesta corta es «no». Pero la enjundia está en los matices. Las preguntas de Rosalía, de Alauda Ruiz de Azúa o de Aixa de la Cruz son un umbral, un giro... teológico. Sus interrogantes son muy espirituales, aunque sus respuestas no son exclusivamente católicas.

Hay Dios. No hay Dios.

Las últimas décadas han vivido de espaldas a ese interrogante, pero en este lustro se ha vuelto incontenible. Con el derrumbamiento del estado del bienestar y de las seguridades que daba por sentado, ha resurgido la vieja pregunta. ¿Hay Dios? Y muchos artistas están empezando a responder, no sin sufrimiento.

Un artista rara vez se instala ante la pregunta por Dios con ánimo tranquilo y complacido, sino más bien en tensión y con la pistola cargada. En su investigación sobre el resurgir del cristianismo en Inglaterra, la periodista Lamorna Ash no empieza contando una historia amable de la Biblia. Escoge como pórtico de su texto la escena feroz en la que Jacob lucha contra el ángel. Debió de ser un combate cruento, salvaje, interminable. En un momento de sudor y ojos desorbitados, el otro hombre consigue dislocar la cadera de Jacob. Un aullido, pero Jacob no se rinde. «¡Suéltame!», grita el ángel. «No te soltaré hasta que no me bendigas». Y, tras un breve diálogo, la respuesta del ángel: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con hombres, y has podido».

Esa lucha está a la vista de todos en obras tan brillantes como Lux, tan introspectivas como Los domingos o tan oscuras como Todo empieza por la sangre. La lucha es lo que está a la vista, no la respuesta. Ni Rosalía ni Alauda Ruiz de Azúa ni Aixa de la Cruz se declaran católicas practicantes. La autora de Motomami ha engendrado un disco francamente bello, irrepetible, muy inspirado por la mística y la estética cristianas, como muy bien han analizado Ana Sánchez de la Nieta en Aceprensa o Almudena C. Domper en Nuestro Tiempo. La cineasta que parió Cinco lobitos ha traído al mundo una película que admite múltiples interpretaciones de una vocación de clausura. La autora de Modelos animales o Las herederas ha publicado una novela que incide de nuevo en el tema de la trascendencia, pero con una mirada mucho más visceral y sanguinolenta.

Sobre estas tres mujeres y estas tres obras sobrevuelan las claves de eso que el filósofo Diego S. Garrocho ha denominado el giro católico, y que tiene mucho de giro, aunque no tanto de católico. Es un debate que de algún modo conecta y amplifica al que se dio en 2020 acerca de los intelectuales cristianos. Pienso más bien, siguiendo a Daniel Capó, que asistimos a un giro teológico en la cultura contemporánea. Es una noticia sorprendente y un asunto interesantísimo. Y mucho más amplio, porque entre los teólogos se cuentan también los herejes. Lo que atraviesa el arte contemporáneo es la lucha con Dios, una pregunta honesta, pero no una respuesta unánime ni necesariamente católica. Aunque quizá convendría definir qué sería un arte católico.

LA IMAGINACIÓN CATÓLICA

El profesor Miguel Ángel Iriarte recogió en el número 723 de Nuestro Tiempo una disparidad de opinión entre dos escritores católicos del siglo XX. Según Flannery O’Connor, Evelyn Waugh «tiene una definición demasiado estricta de lo que sería una novela católica. Dice que es una novela que trata de problemas de fe; yo diría que es una mente católica que contempla cualquier cosa, ampliando suficientemente la categoría para incluirme a mí misma». En O’Connor, en efecto, la gracia divina suele presentarse de forma súbita y violenta. En su universo grotesco siempre irrumpe la gracia. El autor de Retorno a Brideshead, por otra parte, hace de la fe el tema del arte católico. Lo definitorio del arte cristiano, diría yo, no es la fe como tema, sino como conclusión. Una mirada creyente sobre el mundo construida, en primer término, sobre dos certezas: la trascendencia y la posibilidad de ser redimido. Me parece que este modo de definir la imaginación católica acoge a autores tan dispares como Shusaku Endo, Georges Bernanos, Walker Percy, Tim Gautreaux o Jon Fosse y los distingue de otras manifestaciones artísticas que —con plena legitimidad— no creen en Dios, por mucho que Dios sea su tema.

El arte católico no es ni debe ser una creación moralizante, blanda o empalagosa. Vean esta afirmación de C. S. Lewis: «Nunca descubrimos la fuerza del impulso maligno que hay en nosotros hasta que intentamos combatirlo; y Cristo, puesto que fue el único hombre que nunca cedió a la tentación, es el único que conoce su significado, el único realista completo». De modo análogo, el arte cristiano no desconoce el mal, sino que lo mira a la cara. Lo determinante no es la ausencia de oscuridad, ni la claridad moral, ni el meandro que evita lo escabroso, ni siquiera la fe como tema, sino una mirada creyente sobre el mundo: hay Dios y Dios salva.

«LO DEFINITORIO DEL ARTE CRISTIANO, DIRÍA YO, NO ES LA FE COMO TEMA, SINO COMO CONCLUSIÓN»

Si lo que hubiera en la cultura contemporánea fuera un giro católico, deberíamos verlo en las obras. Tal vez Lux lo tenga. El disco sí parece mirar sub specie fidei. Una tarde por la carretera —puesta de sol y todo eso— me asaltó la letra de Magnolias. «Dios desciende / y yo asciendo» (Rosalía imagina su muerte), y también «Y lanzad azúcar moreno / sobre mi ataúd / y quedaos despiertos / hasta que vuelva otra vez la luz».

No creo que se pueda decir lo mismo de Los domingos o de Todo empieza por la sangre. Comparten un tema —la entrada de una joven en un convento— y una pregunta —por la trascendencia, por Dios—, pero no tienen fe, ni creen en la redención. La integridad se revela como su característica fundamental. Exponen preguntas auténticas y, ciertamente, muy teológicas. Son, de un modo u otro, producto de su tiempo.

QUEMAR LA TORRE PICASSO

Según ha señalado en esta revista el filósofo Higinio Marín, El retrato de Dorian Gray es la imagen perfecta de las contradicciones del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial se engendran dos rostros del mismo fantasma. Por una parte, está el señor Gray, esa sociedad de consumo tan pagada de sí misma en la que no cabe el drama. Por la otra, su retrato envejecido y monstruoso que carga con todas sus culpas: el nihilismo.

Aquella esquizofrenia que culminó en los noventa y los dosmil no podía durar para siempre. Opulencia exterior y vacío interior: una receta antigua a escala industrial, hasta que todo empezó a resquebrajarse en 2008. Lo resume muy bien Ash en su libro, Don’t Forget We’re Here Forever: «No podemos escapar del peso de nuestro tiempo y sus contextos. Nacimos en una era de contingencia prolongada: una de mayor diversidad y pluralidad de creencias, orígenes y sexualidades, de profunda inestabilidad económica, vivida bajo la austeridad, con el futuro inevitablemente atravesado por el colapso climático del planeta. Fuimos la primera generación en cuya infancia irrumpieron los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Mantenemos la mitad o más de nuestras interacciones diarias a través de chats insignificantes y fragmentados [...]. La pandemia global fue un agente silencioso en muchas de las conversiones o revoluciones de fe en las personas a quienes he entrevistado».

«LA FALSEDAD DEL ESTADO DEL BIENESTAR Y LA DICTADURA DEL CONSUMO, UNA VEZ FRACASADOS, MUESTRAN EL VERDADERO RETRATO DE DORIAN GRAY»

Los milenials vivimos la crisis de 2008 como la primera relación con el mundo de la economía y el trabajo, es decir, como una ruptura. El progreso no era una línea recta. Primero fueron los indignados de la Puerta del Sol y luego el wokismo, que instaló una sensación perenne de no-se-debe-decir. Y sucedió, claro, el año 2020. Nos vimos confinados en casa, con frecuencia solos, y conviviendo con la posibilidad de la muerte. El cine, la música y la literatura empezaron a pivotar entre varios sentimientos generacionales: la rabia, la fragilidad, la primacía del cuerpo, el deseo de comunidad, vínculo, familia, tierra. De ese humus germina el giro teológico, y en línea recta de aquellas raíces viene la explosión de la pregunta definitiva, la pregunta por Dios.

La respuesta es multiforme, pero podría decantarse en dos versos de Arde Bogotá: «Hermanas y hermanos, quemad la Torre Picasso» y aquel otro que reza «Tiene que haber una salida para tanto dolor». Ya he contado en estas páginas el impacto que me causó escuchar La salvación en el Festival Internacional de Benicàssim, cómo lloraba la gente a mi derecha y a mi izquierda. La falsedad del estado del bienestar y la dictadura del consumo, una vez fracasados, muestran el verdadero retrato de Dorian Gray.

UN CENTRO DE GRAVEDAD PERMANENTE

Un músico de la talla poética de Franco Battiato compuso en 1981 un estribillo inolvidable: «Busco un centro de gravedad permanente que no me haga cambiar nunca de idea sobre las cosas y la gente». Cuatro años antes de la muerte de Foucault, Battiato cantaba la deconstrucción. El mundo incrédulo que desembocaría en el nuevo ateísmo de los noventa debía renegar de la permanencia y de la estabilidad. El nihilismo tenía que alumbrar su propia poética, una poética de la inconsistencia.

En marzo de 2025, Rigoberta Bandini versionó Centro di gravità permanente. Era un homenaje que, al mismo tiempo, impugnaba a la generación anterior: «Busco un centro de gravedad permanente, / un lugar del que no me quiera bajar. / Seguiré buscándolo toda mi vida / como un náufrago que no llega nunca a su hogar». Donde Battiato ironiza, Bandini reza. Rigoberta explora lo que prometieron los noventa y los primeros dosmil, y lo halla insuficiente: «Quise ser chef y lo logré, / me apunté a inglés y soy Sean Penn. / No tengo excusas, doy envidia, / pero estas ganas de morder / creo que me van a enloquecer. / Ya he roto toda la camisa». Sus estrofas encapsulan el sentimiento de una generación. Lo teníamos todo, y todo no valía nada, y ahora queremos morder, morder, morder.

Lux, Los domingos y Todo empieza por la sangre no son una casualidad, una curiosidad ni un anacronismo. Son la conclusión lógica e inevitable del primer cuarto de siglo, de la madurez de los milenials, descreídos que han vivido la precariedad, la escisión de cuerpo y alma, el desarraigo… Y que han descubierto que tenían muy a mano una tradición teológica desde la que pensarse. Esa tradición, en España, es católica, y de ahí, creo yo, la confusión. Sus padres se la ocultaron y eso amplifica el misterio.

«SERÍA UN ERROR INTERPRETAR EL GIRO TEOLÓGICO COMO UN MOVIMIENTO ESPIRITUALISTA. AL CONTRARIO; EN EL CORAZÓN DE LA ESPIRITUALIDAD MILENIAL HAY UNA CONCIENCIA NÍTIDA DEL CUERPO COMO ESPACIO SAGRADO»

Es muy ilustrativa a este respecto una entrevista que Aixa de la Cruz concedió a la revista Letras Libres. Explica que, para escribir Todo empieza por la sangre, leyó la Biblia por primera vez y también mucha mística cristiana. «¿Y cómo lo ha encontrado?», le pregunta el entrevistador. «Pues fascinante. Y limpio [...]. Para mis padres es imposible pensar en el catolicismo y no pensar en Franco [...] Y me pregunto si ya ha pasado el tiempo suficiente como para que yo y las generaciones que vienen detrás, en lugar de optar por este batiburrillo que nos venden los algoritmos, digamos “si queremos tener un camino espiritual también podemos volver a las tradiciones de siempre pero haciéndolas propias”».

AVATARES Y CUERPOS

El libro de Aixa de la Cruz es un texto anclado en la corporalidad, y no es casual ni una excepción. Sería un error interpretar el giro teológico como un movimiento espiritualista. Al contrario; en el corazón de la espiritualidad milenial hay una conciencia nítida del cuerpo como espacio sagrado. Probablemente sea una respuesta al transhumanismo que ha enraizado en Silicon Valley. De modo quizás paradójico, el materialismo consumista ha terminado por negar el cuerpo. La distopía del transhumanismo consiste en alcanzar la inmortalidad no a través del cuerpo, sino a pesar del cuerpo. Tampoco es casual que las obras que han captado nuestra atención se hayan concebido, precisamente, durante la burbuja de la inteligencia artificial.

Lo explica extraordinariamente bien el filósofo Felipe Muller en su libro Nadie habla, que, de modo contundente, culmina con este párrafo: «A medida que se asiente y masifique el uso de la inteligencia artificial, los consumidores de conocimiento e información se verán abocados a poner en duda la autenticidad de cualquier representación [...] Tal vez, con un poco de suerte, nuestro cuerpo y corporalidad se tornen puntos de resistencia desde donde discriminar lo fingido verdadero».

Ese es precisamente el punto fijo desde el que gira la voz de Valeria Castro, que en marzo de 2025 presentó El cuerpo después de todo, su segundo disco. Sostiene Ana Gil de Pareja que «su herida es física, es encarnada. Se hace cuerpo; uno al que le sobrevendrán la dureza de la vida, el paso del tiempo, las cicatrices. Y solo en él y por él se puede dar la reconciliación». Busca lo mismo que Rigoberta, que Arde Bogotá y que los demás: un centro de gravedad permanente. «La solución va a ser volver a los cuidados, a las redes, a la confianza, a las personas que tenemos en frente, a los vínculos», dijo en una entrevista.

La cuestión del cuerpo está presente en los productos culturales que preceden y cristalizan en el giro teológico. Desde la contraportada de Lux, que muestra a Rosalía desnuda abierta de brazos sobre una cama, hasta la insistencia de Ruiz de Azúa en las experiencias físicas de la protagonista de Los domingos (de la tímida secuencia de cama a la declaración de la monja que asegura que echa de menos el perfume). De forma explicitísima se encuentra en Todo empieza por la sangre, que arranca con un pacto de sangre y no escatima escenas en las que la carne y la sangre se muestran casi con brutalidad, como gritando que se debe mirar al cuerpo. Al final de la novela, en la página de agradecimientos, Aixa de la Cruz cita a algunas personas que no esperaría uno ver ahí, como la hermana benedictina sor Marta o el sacerdote y escritor Pablo d’Ors.

GENEALOGÍA DEL GIRO TEOLÓGICO, UNA HIPÓTESIS

Uno de los pasajes más austeros y musicales de la Biblia es la genealogía de Jesucristo, en la que san Mateo repite durante varias páginas, como una letanía, quién engendró a quién: Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob… hasta llegar «a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo». Al igual que el autor sagrado se esfuerza en señalar las raíces de Jesús, su ascendencia, la forma en que se inserta en la historia humana… del mismo modo, la familia agrupa los temas —la precariedad, la ansiedad climática, el regreso al cuerpo, la búsqueda de un centro de gravedad, la corrección política, la soledad y la posibilidad de la muerte durante el confinamiento— que cristalizaron en el fenómeno actual. Quienes pelean a brazo partido con la pregunta por Dios pasaron primero por la familia.

Sirva como muestra un artículo de Sánchez de la Nieta en el número 716 de Nuestro Tiempo en el que repasaba algunos estrenos españoles de 2022: Alcarrás, de Carla Simón; La maternal, de Pilar Palomero; Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa; As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, o Girasoles silvestres, de Jaime Rosales. Entre estos títulos, la crítica de cine encuentra un nexo común. A pesar de que no eluden problemas graves de incomunicación o abismo generacional, «transmiten una percepción alentadora: con sus claroscuros, la familia es un terreno firme. Quizás uno de los pocos en una sociedad en la que escasean los referentes morales. En la mayoría de estas películas el bote salvavidas es, al final, el amor imperfecto pero desinteresado de padres —y sobre todo madres— e hijos». La mayoría de esos guiones se gestaron durante el confinamiento, como las páginas del best seller Feria. Ana Iris Simón habla sobre su familia y sobre la precariedad en un libro del que, de forma casi profética, dijo: «Mientras lo escribía, tuve la sensación de estar haciendo un libro sobre Dios».

POLÍTICA, RELIGIÓN Y ARTE

Ana Iris Simón terminó abrazando la fe católica y es hoy una de las columnistas con más predicamento de España. Llegó a la Iglesia por las mismas preguntas que transitan los autores que han emergido en este ensayo, pero conviene no confundirse: el giro teológico de la cultura, el reverdecimiento del cristianismo entre la juventud —del que habló en NT Rafael Domingo— y la derechización de Occidente son procesos paralelos, pero no convergentes. Si el giro católico implicara arte, religión y política, sus autores serían al menos parcialmente los mismos. Sin embargo, los hechos muestran más bien lo contrario.

«EN LO QUE SE REFIERE A LA CULTURA CONTEMPORÁNEA, NO HAY UN GIRO CATÓLICO. HAY UN RESURGIR DE LAS PREGUNTAS TEOLÓGICAS FUNDAMENTALES QUE NO ESTÁ ANIMADO POR UNA IMAGINACIÓN CATÓLICA»

Greta Gerwig, una de las cineastas más interesantes de Hollywood en cuyas películas Lady Bird (una huida hacia adelante del nihilismo que termina en una iglesia) y, sobre todo, Barbie (la muñeca habla con su creadora en una secuencia que recuerda a la oración cristiana), encontramos las primeras semillas del giro teológico, no guarda ninguna clase de afinidad con el trumpismo. De hecho, ha colaborado con Kamala Harris y con Bernie Sanders. Para profundizar en la obra de esta gran directora merece la pena acercarse a Barbie eres tú, el libro de Gema Pérez.

En el caso de España, ni Rosalía ni Alauda Ruiz de Azúa ni Aixa de la Cruz provienen de círculos eclesiales ni son católicas practicantes. Más bien al contrario: Ruiz de Azúa ha declarado que Los domingos es una película sobre el adoctrinamiento religioso. El auge de Hakuna o eventos cristianos masivos han recorrido un camino distinto, paralelo, y ahí se dirigen las críticas de Juan Manuel De Prada a la «moda de lo católico» y las esperanzas de uno de los mejores ensayistas de mi generación, Julio Llorente. También hay investigación empírica al respecto: una encuesta internacional para un estudio de la revista científica Church, Communication and Culture refleja un estancamiento de la secularización entre los jóvenes de los países desarrollados. Pero eso, como digo, es otra historia.

En lo que se refiere a la cultura contemporánea, no hay un giro católico. Hay un resurgir de las preguntas teológicas fundamentales que no está animado por una imaginación católica, con una gran excepción internacionales: el Nobel de Literatura de 2023, Jon Fosse.

«EN LO QUE SE REFIERE A LA CULTURA CONTEMPORÁNEA, NO HAY UN GIRO CATÓLICO. HAY UN RESURGIR DE LAS PREGUNTAS TEOLÓGICAS FUNDAMENTALES QUE NO ESTÁ ANIMADO POR UNA IMAGINACIÓN CATÓLICA»

Peregrinamos por un momento cultural de gran relevancia. Una encrucijada. Y las obras que han desatado este debate —Lux, Los domingos y Todo empieza por la sangre— tienen una genealogía muy peculiar. Los últimos cinco años nos han dado una ristra de nombres que apuntalan alguno de los temas en los que enraízan las cuestiones teológicas milenials: precariedad, sinsentido, familia, soledad, futuro. En estos campos, claro está, hay aires de familia que uno puede extender tan lejos como quiera.

Habrá un giro católico en la cultura contemporánea en cuanto dos docenas de Fosses milenials ocupen los primeros puestos de las listas de Spotify y Netflix. Contra todo pronóstico, lo que parecía una aspiración piadosa hace una década no se muestra hoy como un imposible, sino como una de las consecuencias lógicas de nuestra época. Una posibilidad que depende, en gran medida, de hasta qué punto sea capaz el universo católico de cultivar la imaginación. ¿Será posible que los centros de formación de la Iglesia no solo den grandes analistas de la realidad, sino también grandes imaginadores del futuro y la ficción? Mientras tanto, en cualquier caso, a nuestro tiempo le es dado vivir el resurgir de una disyuntiva antiquísima: no hay Dios, hay Dios. 

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

 

Publicado por JOQUIVESA en 10:13

Semana Santa y coherencia

Juan Luis Selma

La incoherencia no es solo contradicción: es desunión, falta de enlace, ruptura entre partes que deberían sostenerse mutuamente.

El Domingo de Ramos abre la Semana Santa con la lectura de dos Evangelios muy cercanos temporal y localmente: ambos suceden en Jerusalén y dentro de la misma semana. En la entrada triunfal de Jesús en la Ciudad Santa, el Mesías es aclamado: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!". Cinco días después, ante el gobernador Poncio Pilato, los mismos gritarán: "¡Crucifícalo, crucifícalo!", "¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!".

Quizá estemos muy acostumbrados a las incoherencias y pasemos ante ellas de puntillas, sin darles importancia. Pero una incoherencia hace daño: es una ruptura, una brecha en la muralla de las convicciones y de la vida, que puede llegar a destrozarla. La incoherencia aparece cuando lo que decimos, pensamos, sentimos o hacemos no encajan entre sí.

Etimológicamente proviene de in, prefijo privativo o negativo que significa “no”, “sin”, “falta de”, y de cohaerēre: “estar unido”, “estar conectado”, “estar pegado”. Por tanto, señala “lo que no está unido”, “lo que no se mantiene junto”, “lo que no enlaza”. La incoherencia no es solo contradicción: es desunión, falta de enlace, ruptura entre partes que deberían sostenerse mutuamente. Señala una fractura en la continuidad del pensamiento o de la acción.

Por ejemplo, un directivo puede afirmar que “el respeto al tiempo de los demás es fundamental en la empresa, lo mismo que la puntualidad”, pero llega siempre tarde a las reuniones que convoca. Los empleados se quedarán con lo que hace, no con lo que dice. O unos padres pueden advertir a sus hijos de lo peligrosa que es la adicción al móvil mientras ellos mismos están enganchados: poco les llegará el mensaje.

A menudo la falta de coherencia no es maldad, sino falta de autoconciencia, de no valorarla; no vemos desde fuera nuestras rupturas. Pero, aunque no lo notemos, el barco terminará hundiéndose.

La coherencia es un pegamento invisible que hace que las cosas tengan sentido; habla de la verdad, de lo que es. No es solo “decir la verdad”, sino que lo que decimos, pensamos y hacemos vaya en la misma dirección.

La coherencia personal es un equilibrio entre nuestros valores y nuestras acciones. Es ese sentimiento de paz cuando lo que piensas, lo que sientes y lo que terminas haciendo son la misma cosa. En el campo religioso se manifiesta en procurar hacer vida propia las enseñanzas de Jesús.

Ya que entramos en la querida Semana Santa, podemos traer a colación el posible conflicto entre religiosidad popular y vida religiosa institucional. Es de sobra conocida la tensión entre cofradías y párrocos. En buena lógica no debería darse: son en sí complementarias, ya que lo estético, lo sensible y lo popular se desprenden de la verdad; todo tiene su origen en el único Creador.

La verdad de las imágenes, de los titulares, proviene de lo que representan. El cristianismo es una fe encarnada —el Verbo se hizo carne y habita entre nosotros—. María Santísima es la Madre de Dios porque es la Madre de Jesús. La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo es un hecho histórico, situado en un tiempo y lugar concretos y, a la vez, un hecho salvífico: su Pasión, Muerte y Resurrección nos han salvado.

Belleza, emoción, identidad, tradición, comunidad y memoria afectiva pueden ser un camino hacia el misterio de Cristo, como de hecho lo son para la mayoría. El reto es transformar el sentimiento estético en vida: llenarlo de coherencia. Ser conscientes de la realidad del misterio, como decía un joven costalero: "Tengo pasión y además creo mucho en Dios. Eso para mí va por encima de todo. Ese entusiasmo y esa pasión son necesarios para añadir a la fuerza".

Cuando lo estético, lo sensible y lo popular se separan de la verdad del culto, la hermandad corre el riesgo de quedarse con la cáscara y perder el fruto. Pero cuando se integran bien, pueden ser una de las formas más hermosas y profundas de evangelización que existen. Ayuda a vivir el auténtico sentido una buena formación y una práctica de los sacramentos junto a la caridad.

Que, cuando veamos pasar los cortejos procesionales o participemos en ellos, seamos coherentes: escuchemos no solo la voz de la emoción y del sentimiento, sino también la de la razón y la de la fe. La clave no es renunciar a la belleza —sería absurdo—, sino reconectar la belleza con el misterio que la inspira.

Fuente: eldiadecordoba.es


Publicado por JOQUIVESA en 9:57

La Iglesia contempla el misterio de la Pasión del Señor

El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Al comienzo de la Semana Santa, con nuestra oración estamos más cerca que nunca, de los cristianos de Oriente Medio que sufren las consecuencias de un conflicto atroz y, en muchos casos, no pueden vivir plenamente los ritos de estos días santos. Precisamente, mientras la Iglesia contempla el misterio de la Pasión del Señor, no podemos olvidar a quienes hoy participan de manera real en su sufrimiento. La prueba que ellos atraviesan interpela la conciencia de todos. Elevemos nuestra súplica al Príncipe de la paz, para que sostenga a los pueblos heridos por la guerra y abra caminos concretos de reconciliación y paz.

Asimismo, encomiendo al Señor a todos los marineros víctimas de la guerra: rezo por los difuntos, por los heridos y por sus familiares. ¡La tierra, el cielo y el mar han sido creados para la vida y para la paz!

Y recemos por todos los migrantes fallecidos en el mar, en particular por aquellos que han perdido la vida en los últimos días frente a las costas de la isla de Creta.

¡Saludo y agradezco a todos ustedes, romanos y peregrinos, que han participado en esta celebración! Juntos nos dirigimos ahora a la Virgen María, confiando a su intercesión todas nuestras súplicas. Dejémonos guiar por ella en estos días santos, para seguir con fe y amor a Jesús, nuestro Salvador.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 9:53

28 marzo 2026

Entrada en Jerusalén

Domingo de Ramos (Ciclo A).

Evangelio (Mt 21,1-11)

Al acercarse a Jerusalén y llegar a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:

— Id a la aldea que tenéis enfrente y encontraréis enseguida un asna atada, con un borrico al lado; desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, le responderéis que el Señor los necesita y que enseguida los devolverá.

Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta:

Decid a la hija de Sión:

“Mira, tu Rey viene hacia ti con mansedumbre, sentado sobre un asna, sobre un borrico, hijo de animal de carga”.

Los discípulos marcharon e hicieron como Jesús les había ordenado. Trajeron el asna y el borrico, pusieron sobre ellos los mantos y él se montó encima. Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban por el camino. Las multitudes que iban delante de él y las que seguían detrás gritaban diciendo:

— ¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!

Al entrar en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad y se preguntaban:

— ¿Quién es éste?

— Éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea — decía la multitud.

Comentario

En esta escena se cumple lo escrito por el profeta Zacarías: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna” (Za 9,9). Es un rey de paz revestido de sencillez.

Este maravilloso pasaje del Evangelio habla con delicadeza de la humildad de Jesús, virtud que es inseparable del reconocimiento abierto de la verdad. No llega montado en un corcel brioso, sino en un asno modesto y tranquilo. Ahora bien, ¡es Rey!, y su dominio se extiende hasta los confines de la tierra (cf. Za 9,10). Lo que en las palabras del profeta sólo se vislumbraba como algo misterioso, se cumple plenamente en Jesús. Jesús es rey, y por eso entra así en Jerusalén, pero sin violencia, sin proclamar una insurrección contra los ejércitos romanos. Su autoridad brota de la sencillez, de la paz de Dios, la única fuente del poder salvador. San Josemaría, en una homilía sobre este pasaje señala que “cuando se acerca el momento de su Pasión, y Jesús quiere mostrar de un modo gráfico su realeza, entra triunfalmente en Jerusalén, ¡montado en un borrico!”.

El beato Álvaro del Portillo rememoraba que san Josemaría “nos habló muchas veces de aquel pobre jumento, instrumento del triunfo de Jesús, en el que veía retratados a todos los cristianos que mediante un trabajo profesional bien hecho, realizado cara a Dios, procuran hacer presente a Cristo entre sus compañeros y amigos, llevándole en su vida y en sus obras por pueblos y ciudades, para que solo Dios sea glorificado”. Y, continuando con sus recuerdos, hacía notar que “para que el borrico pudiera llevar al Señor (…) tuvo que ir un alma de apóstol a desatarlo del pesebre. Así nosotros debemos ir hacia esas almas que nos rodean, y que están esperando una mano de apóstol (…) que los desate del pesebre de las cosas mundanas, para que sean trono del Señor”.

Más adelante, el beato Álvaro hacía notar que “el Evangelio no nos dice el nombre de esos dos discípulos a quienes Jesús encargó que fueran a desatar al borrico, pero precisa en cambio que cumplieron con exactitud el mandato del Señor (…). La docilidad de estos hombres para atenerse exactamente a lo que se les había encargado, fue un requisito previo a la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, preludio a su vez del triunfo definitivo sobre el pecado que habría de obtener a los pocos días en el altar de la Cruz”.

“Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino” por donde había de pasar Jesús (v. 8) como gesto de entronización, propio de la dinastía davídica (cf. 2 R 9,13). También le daban la bienvenida con ramas de árboles mientras lo aclamaban con unas palabras del Salmo 118 que lo proclamaban como Mesías: “Bendito el que viene en Nombre del Señor” (Ps 118,26), a las que añadían un grito: “Hosanna”, que significa: “¡sálvanos! ¡ayúdanos!”. Su aclamación suena como alabanza jubilosa y explosión de esperanza en la pronta instauración del reino de David y, con esto, en la ansiada redención de Israel.

El Catecismo de la Iglesia Católica sintetiza así lo que hoy leemos en el Evangelio: “En el tiempo establecido, Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar. Como Rey-Mesías que manifiesta la venida del Reino, entra en la ciudad montado sobre un asno; y es acogido por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el Sanctus de la Misa: ‘¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡sálvanos!)’ (Mt 21, 9). Con la celebración de esta entrada en Jerusalén la liturgia de la Iglesia da inicio cada año a la Semana Santa”.

Fuente: opusdei.org

Publicado por JOQUIVESA en 12:42

La mente frente a la realidad

Manuel Ribes 

Entre lo que percibimos y lo que comprendemos.

¿Qué es realmente la realidad: lo que vemos o lo que comprendemos? A partir de la provocadora intuición de Stephen Hawking, este artículo explora la distancia —y el vínculo— entre la experiencia sensorial y las estructuras profundas que describen el universo. Desde los límites de nuestros sentidos hasta el poder revelador de las matemáticas, descubrimos que aquello que percibimos no es más que una interpretación parcial, mientras que la mente humana, capaz de abstraer y formular leyes, se convierte en el instrumento más sofisticado para acceder a una realidad que permanece, en gran medida, invisible.

Qué es la realidad

Stephen Hawking no solo fue un científico de primer orden, sino un divulgador excepcional que logró sintetizar su periplo intelectual en una frase que desafía nuestra intuición: “He pasado la vida viajando por el universo en el interior de mi mente”[1]. Resulta paradójico que una persona cuya existencia física transcurrió mayoritariamente anclada a una silla de ruedas pudiera afirmar tal ubicuidad. ¿De qué realidad nos habla Hawking? ¿Cuál es la diferencia entre las matemáticas que usamos para describir la naturaleza y la naturaleza misma? En física el concepto de realidad se aplica a algo que explica bien nuestras observaciones. No podemos ver las partículas elementales con nuestros propios ojos; sin embargo, afirmamos su existencia porque las estructuras matemáticas que las describen predicen con exactitud el comportamiento de la materia. Aquí, la distinción entre la naturaleza y las matemáticas que la describen comienza a difuminarse.


Percibimos la realidad mediante nuestros cinco sentidos

En el proceso de percepción visual, es imperativo distinguir entre ver y percibir. Mientras que el acto de ver es un proceso físico de recepción de estímulos lumínicos, percibir es la interpretación cognitiva y subjetiva de dicha información. El flujo de luz que impacta en la retina se traduce en señales eléctricas procesadas por diversas áreas cerebrales, cada una especializada en un atributo: color, orientación, contraste, movimiento y frecuencia espacial. El resultado: una pelota de tenis amarilla en movimiento, por ejemplo, es una construcción mental.

En nuestra relación con el entorno, dependemos de cinco sentidos principales: vista, oído, tacto, gusto y olfato. En todos cabe hacer la misma distinción entre el estímulo y la percepción. Unos sentidos que si los comparamos con la realidad que conocemos resultan ser bastante limitados. Nuestros ojos detectan solo una pequeña fracción del espectro electromagnético. El infrarrojo, el ultravioleta y un sinnúmero de otras longitudes de onda existen más allá de nuestra percepción, creando un mundo invisible a nuestro alrededor. Nuestros oídos captan sonidos dentro de un rango de frecuencia estrecho, pero existen vibraciones infrasónicas y ultrasónicas, más allá de lo que podemos percibir. Nuestro sentido del tacto detecta la presión, la temperatura y la textura, pero no logra captar los intercambios moleculares y energéticos más profundos que ocurren a nivel microscópico. La evolución ha adaptado nuestros sentidos para percibir lo necesario para la supervivencia y nada más.

En este marco, el lenguaje actúa como una extensión de nuestros sentidos. Noam Chomsky define el lenguaje como una facultad biológica que nos permite acceder a capas de la realidad invisibles para otros animales: la causalidad compleja, el tiempo futuro y la abstracción pura. Como sentenció Bertrand Russell: “El lenguaje no solo sirve para expresar pensamientos, sino también para posibilitar pensamientos que no podrían existir sin él”[2].

El descubrimiento de la realidad a través de las matemáticas

El avance científico nos ha revelado que lo percibido por los sentidos es apenas el barniz superficial del universo. Somos ciegos a los billones de neutrinos que atraviesan nuestro cuerpo cada segundo y nuestra intuición falla al intentar imaginar la curvatura del espacio-tiempo. Sin embargo, hemos desarrollado un “sentido” capaz de captar esta realidad ampliada: la matemática.


Mientras las ecuaciones de campo de Einstein describen la textura misma del tejido cósmico, el principio de indeterminación de Heisenberg explica las fluctuaciones energéticas del vacío. Todo lo que conocemos de lo infinitesimal y de lo inconmensurable lo debemos a estas estructuras lógicas. Así, la percepción sensorial nos ancla a la realidad inmediata y práctica, pero las matemáticas representan la verdad objetiva e inmutable de las leyes naturales.

¿Qué significa entonces que Hawking “viajara por el universo”? La afirmación de Hawking sobre sus viajes mentales no es, por tanto, una licencia poética, sino una declaración sobre la potencia de la mente humana como un órgano sensorial de orden superior. A través de las matemáticas, el pensamiento se convierte en una forma de exploración.

La percepción mental de las matemáticas

La neurociencia ha demostrado que el cerebro no ha desarrollado áreas nuevas para las matemáticas, un hito cultural demasiado reciente en la escala evolutiva, sino que ha “reciclado” circuitos neuronales diseñados originalmente para la percepción de formas y espacios físicos. Según sostiene Stanislas Dehaene, la pericia matemática de alto nivel y el sentido numérico básico comparten raíces comunes en un circuito cerebral no lingüístico[3]. Esta arquitectura sugiere que el cerebro procesa las estructuras matemáticas abstractas siguiendo exactamente el mismo protocolo que utiliza para identificar un objeto ordinario.

Desde el nacimiento, poseemos mecanismos innatos para individualizar objetos y extraer sus cantidades; para nuestro sistema nervioso, el número es una dimensión de análisis tan fundamental e intrínseca como el color o la forma. Como explica Dehaene: “Así como no podemos evitar ver objetos en color… y en ubicaciones definidas en el espacio… de la misma manera, las cantidades numéricas se nos imponen sin esfuerzo” [4]

Esta equivalencia funcional explica por qué, para percibir una jarra, el cerebro analiza simetrías, bordes y volúmenes, y por qué emplea esa misma maquinaria visuoespacial para desentrañar abstracciones complejas. El cerebro no trata la matemática como un dato intelectual, sino como un ente geométrico. De hecho, la diferencia crucial entre un neófito y un experto radica en este punto: mientras el primero intenta descodificar una ecuación de forma secuencial, como si fuera lenguaje, el experto logra “verla” y manipularla mentalmente como una estructura geométrica tangible, otorgándole a la abstracción la misma entidad física y espacial que posee un objeto del mundo sensible.


Los viajes de Hawking

En este contexto, cobra sentido afirmar que Hawking viajó repetidamente por todo el universo durante más de cuarenta años. Cruzó el horizonte de sucesos de agujeros negros invisibles y permaneció allí, en el plano de la abstracción pura, desentrañando las conexiones entre la relatividad, la termodinámica y la física cuántica. De igual forma, años antes, un jovencísimo Einstein había recurrido a una experiencia similar cuando con dieciséis años se preguntaba: ¿Qué sucede si perseguimos un rayo de luz a la velocidad de la luz? Una indagación interior que le condujo al enunciado de la relatividad especial.

La experiencia viajera de Hawking le marcó hasta el punto de querer llevarse a la tumba un recuerdo del que se sentía especialmente orgulloso. Por ello ha quedado grabada, en la piedra de su tumba en la Abadía de Westminster, la ecuación que describe la temperatura de los agujeros negros:

Esta fórmula, que relaciona las cinco constantes fundamentales de la naturaleza[5], es el mapa de su descubrimiento más célebre: los agujeros negros del universo no son completamente negros, sino que emiten un resplandor que se conoce como radiación de Hawking.

La mente como frontera final

En última instancia, el viaje de Stephen Hawking nos revela una verdad profunda sobre nuestra especie: no somos prisioneros de nuestra biología. Si bien la evolución nos dotó de sentidos limitados, los necesarios para garantizar nuestra supervivencia en la sabana, también nos legó una mente con la asombrosa capacidad de avanzar en la comprensión del cosmos.

 Instituto Ciencias de la Vida . Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia

Fuente: Observatorio de Bioética UCV

Publicado por JOQUIVESA en 12:23

27 marzo 2026

Elogio del dolor

Antonio Royo Marín


El dolor físico nos trae muchísimos bienes

La conservación de las fuentes del dolor es un bien mayor que su supresión.

«Si Dios nos quitara la libertad, no podríamos pecar y nos ahorraríamos un cúmulo enorme de sufrimientos; pero tampoco podríamos merecer el cielo.

La vida social nos trae grandes dolores; pero ¡cuan grandes ventajas y beneficios nos proporciona también! La naturaleza física nos produce enfermedades y acabará produciéndonos la muerte; pero sin ella sería del todo imposible la vida. ¿Será razonable reprochar a Dios el habernos dado todos estos bienes sólo porque alguna vez podemos abusar de ellos o lleguen a ser peligrosos?

«Suprimid la libertad, la vida social y las leyes de la naturaleza física, y desaparecería al instante el orden y la armonía maravillosa del universo, volviendo todo a la más completa desolación y al más espantoso de los caos.

No es admisible una continua intervención milagrosa de Dios. Dios podría suprimir la mayor parte de nuestros dolores particulares interviniendo milagrosamente y de continuo sobre la voluntad perversa de los hombres y sobre las leyes físicas de la naturaleza. Pero esto no constituiría un bien, sino un aumento del mal para el conjunto del universo. Debería para ello cambiar de naturaleza al hombre y modificar todas las leyes de la naturaleza dictadas por su infinita sabiduría. Dios no puede rectificar nada, pues nada ha hecho que se pudiera hacer mejor. Las excepciones milagrosas confirman la sabiduría de sus leyes fijas. La excepción, empero, no puede convertirse en regla.

«El dolor físico nos trae muchísimos bienes. Es el egoísmo quien nos impide ver la armonía del conjunto, detrás y por encima de nuestro yo.

El que se lastima al caer, es difícil que sepa reconocer las grandes ventajas de la gravedad terrestre; el que ha perdido a un ser querido en una tempestad marítima, no comprenderá fácilmente que sin tempestades el mar sería un inmenso pantano palúdico y mortífero para toda la humanidad.

Las finalidades físicas del dolor no bastan. Las cosas bellas y nobles: el arte, la ciencia, la gloria, son ideales de muy pocos espíritus selectos.

«La mayor parte de los hombres no se confortan en su dolor con esa clase de ideales. Hay que buscarle finalidades más altas. Por encima del orden físico está el orden moral de la virtud.

El dolor purifica y sana. Así como el oro en el crisol, bajo la acción atormentadora del fuego, gime, chilla y se revuelve en convulsiones de muerte hasta que, soltándose en un supremo esfuerzo del abrazo tenaz de la escoria, corre purificado en una veta de reflejos deslumbradores, así el alma destrozada por el dolor se libera del fango de la culpa y recobra su antigua belleza y su antiguo vigor.

El dolor cura y sana las heridas más rebeldes y los vicios irías inveterados. Doblega y vence la violencia de las pasiones y hace más fácil el ejercicio de la virtud. Bajo su enérgica acción, el sensual se hace casto; el orgulloso, humilde; el iracundo, manso; el egoísta, generoso. ¡Cuántos hombres han encontrado el camino de su redención el día en que cayeron enfermos! Ante el culpable que sufre, se nos escapa fácilmente de los labios la dulce palabra del perdón.

Si el dolor nos afina y eleva; si su acción benéfica abraza todas nuestras facultades superiores: el entendimiento, la voluntad y el corazón; si por su medio nos hacemos más prudentes, más fuertes y más afectuosos, no es de maravillar que aquellos que han conocido el dolor y han secundado dócilmente la obra de este artífice divino, alcancen una armonía y una belleza interior totalmente ignoradas por aquellos que no lo han experimentado nunca.

«La belleza y la armonía del alma, trabajada por el dolor, irradian incluso al exterior y vuelven en su luminosidad el mismo cuerpo del que sufre.

El rostro del que ha sabido sufrir noblemente se espiritualiza, por decirlo así; aparece como transfigurado en la gloria de un fulgor fascinante, que conquista las almas e impone el respeto y la admiración de todos. Si el placer, gozado sin medida y sin ley, deforma y embrutece, el dolor, limpia y serenamente afrontado, embellece y transfigura. Las almas, como el incienso, necesitan quemarse en el fuego para esparcir todo su perfume.

Fuente: forumlibertas.com

Publicado por JOQUIVESA en 11:16
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