18 marzo 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis II. Constitución dogmática Lumen gentium4. La Iglesia, pueblo sacerdotal y profético

 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy quisiera detenerme de nuevo en el segundo capítulo de la Constitución conciliar Lumen gentium (LG), dedicado a la Iglesia como pueblo de Dios.

El pueblo mesiánico (LG, 9) recibe de Cristo la participación a la obra sacerdotal, profética y real en la que se lleva a cabo su misión salvífica. Los Padres conciliares enseñan que el Señor Jesús ha instituido mediante la nueva y eterna Alianza un reino de sacerdotes, constituyendo a sus discípulos en un «sacerdocio real» (1Pt 2,9; cfr 1Pt 2,5; Ap 1,6). Este sacerdocio común de los fieles es donado con el Bautismo, que nos habilita para rendir culto a Dios en espíritu y en verdad y a «confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia» (LG, 11). Además, a través del sacramento de la Confirmación, todos los bautizados «se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras» (ibid.). Esta consagración está en la raíz de la misión común que une a los ministros ordenados y a los fieles laicos.

A propósito, el Papa Francisco observaba así: «Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los fieles) “quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (LG 10), entonces todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios» (Carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, 19 de marzo 2016).

El ejercicio del sacerdocio real tiene lugar de muchas maneras, todas ellas encaminadas a nuestra santificación, sobre todo participando en la ofrenda de la Eucaristía. Mediante la oración, el ascetismo y la caridad activa dan testimonio de una vida renovada por la gracia de Dios (cfr LG, 10). Como sintetiza el Concilio, «el carácter sagrado y orgánicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por las virtudes» (LG, 11).

Los padres conciliares enseñan además que el pueblo santo de Dios participa también en la misión profética de Cristo (cfr LG, 12). En este contexto introduce el tema importante del sentido de la fe y del consenso de los fieles. La Comisión Doctrinal del Concilio precisaba que este sensus fidei «es como una facultad de toda la Iglesia, gracias a la cual en su fe reconoce la revelación transmitida, distinguiendo entre lo verdadero y lo falso en las cuestiones de fe, y al mismo tiempo penetra más profundamente en ella y la aplica más plenamente en la vida» (cfr Acta Synodalia, III/1, 199). El sentido de la fe pertenece por tanto a cada fiel no a título individual, sino como miembros del pueblo de Dios en su conjunto.

Lumen gentium concentra la atención sobre este último aspecto y lo relaciona con la infalibilidad de la Iglesia, a la cual pertenece la infalibilidad del Romano Pontífice, al servirla. «La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (LG, 12). La Iglesia, por tanto, como comunión de los fieles que incluye obviamente a los pastores, no puede errar en la fe: el órgano de esta propiedad suya, fundado en la unción del Espíritu Santo, es el sobrenatural sentido de la fe de todo el pueblo de Dios, que se manifiesta en el consenso de los fieles. De esta unidad, que el Magisterio eclesial custodia, se deduce que cada persona bautizada es un sujeto activo de evangelización, llamado a dar un testimonio coherente de Cristo según el don profético que el Señor infunde en toda su Iglesia.

El Espíritu Santo, que nos viene de Jesús Resucitado, dispensa de hecho «entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia» (LG, 12). Una demostración peculiar de tal vitalidad carismática es ofrecida por la vida consagrada, que continuamente brota y florece por obra de la gracia. También las formas asociativas eclesiales son ejemplo luminoso de la variedad y de la fecundidad de los frutos espirituales para la edificación del Pueblo de Dios.

Queridos, despertemos en nosotros la conciencia y la gratitud de haber recibido el don de formar parte del pueblo de Dios; y también la responsabilidad que esto conlleva.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Demos gracias a Dios por los dones y carismas con los que enriquece, edifica y embellece a su Pueblo, y pidámosle que no cese de acompañarlo y guiarlo por sendas de paz. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos profundizando en el segundo capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la Iglesia como el Pueblo santo de Dios. Por el Bautismo, todos los fieles reciben un sacerdocio común, que se enriquece y fortalece de modo especial con el sacramento de la Confirmación. Esta consagración está en la base de la misión común que une a los ministros ordenados y a los fieles laicos.

El ejercicio del sacerdocio común de los bautizados se realiza de muchas maneras: participando de los sacramentos y también ofreciendo la propia vida al servicio de Dios y de los demás.

El Concilio enseña asimismo que por la unción del Espíritu Santo, la totalidad del Pueblo de Dios, pastores y fieles, posee un sentido sobrenatural de la fe por la que reconoce la verdad revelada y adhiere a ella sin error, en materia de fe y costumbres. De esta unidad de la fe surge la unidad en la misión de la Iglesia, en la que cada bautizado da testimonio de Cristo, según los carismas y la vocación que haya recibido.

Fuente: vatican.va


17 marzo 2026

En torno a Habermas: más filosofía y menos líderes

Alberto Sánchez León

Gran parte del mundo se ha creado la necesidad de antidepresivos, que en el fondo puede ser una huida de la propia verdad, o una huida del dolor no físico, sino del dolor que provoca no saber vivir bien, pero el gran fármaco es la verdad, la belleza y el bien.

Ha fallecido recientemente, el pasado 14 de marzo de 2026, Jürgen Habermas. Renombrado en lo social por su contribución a la teoría de la acción comunicativa, famoso, en lo económico, por sus reflexiones acerca de la “colonización del mundo de la vida”, incansable luchador por hacer más presente la filosofía en el ámbito social, su teoría del bienestar, su gran capacidad de diálogo, sus innumerables obras… Se nos ha ido con 96 años un intelectual, un filósofo.

Llama la atención un afán desmesurado en la sociedad, especialmente en el mundo de la educación, de sacar líderes debajo de las piedras. Parece que todos tenemos vocación de líderes. No sé… oigo hablar tanto de líderes…y después, ¿qué veo? Veo muchas cosas, pero no veo líderes, ni en la política, ni en la vida social, ni en el mundo de la cultura, … Quizás se nos ha llenado la boca de esa palabra que cada vez me suena más hueca: liderazgo. Pienso que los que tengan que serlo que lo sean, pero, me parece que no es una vocación, una misión que todos tengamos que seguirla, por muchos cursillos de liderazgo que se hagan. Siento decirlo, así lo pienso: no todos podemos ni estamos llamados a ser líderes. Creo que es una vocación minoritaria. Pues ¡ánimo! a los que reúnan las condiciones.

Necesitamos pensadores, filosofía, pensar más y rendir menos, como sugiere el coreano Byung-Chul Han en casi todas sus obras. Necesitamos amar más nuestro mundo, contemplarlo, pararnos a verlo, bajar velocidad y marchas, desacelerar, “perder más el tiempo” mirándolo, apreciándolo, embelleciéndolo y no sólo rindiendo productividad y eficacia. Nos sobran líderes que dicen serlo, y nos faltan pensadores, filósofos que rescaten el ideal de la verdad en una era que dicen que es de la postverdad.

Hace unos años Lou Marinoff escribió Más Platón y menos prozac. A mi juicio dio en la clave. Gran parte del mundo se ha creado la necesidad de antidepresivos, que en el fondo puede ser una huida de la propia verdad, o una huida del dolor no físico, sino del dolor que provoca no saber vivir bien, pero el gran fármaco es la verdad, la belleza y el bien.

Otro sustituto de la verdad, el bien y de la belleza podría ser (no pontifico sino que sugiero una reflexión) los gimnasios, lugares donde uno cultiva el cuerpo en soledad, escuchando música, y en el fondo aislándose de la sociedad, de los amigos, de la familia.  A veces el yoga también intenta sustituir el dolor de la vida. Y la nueva oleada enfermiza de búsqueda de líderes en todos los rincones del planeta, o sea de gente altamente eficaz para resolver problemas es como una esperanza que no llega, ni llegará. ¿Por qué? Porque los problemas son el condimento de la vida humana. No hay que eliminarlos, eso sería ingenuo, hay que saber vivir con ellos, aceptarlos, aprender a manejarlos, crecer con ellos. 

La filosofía, el amar la verdad y buscarla y vivirla es insustituible. El líder busca éxito, el filósofo la verdad y la belleza. Pero, como decía Leonardo Polo, “todo éxito es prematuro”. 

¡Cómo atrae el éxito y qué pereza da buscar la verdad! Porque la verdad no renta, para muchos. Éxito… ¿quién puede rechazar cualquier propuesta que lleve al éxito? No olvidemos de donde viene la palabra éxito. Viene de salida. Y es así, nos saca de la realidad, nos aísla porque nos pone en un supuesto pedestal, nos eleva en la nube triunfal.

Fíjate por un momento en estos personajes que sí que han cambiado la historia, algunos para bien otros para mal. Sócrates, Jesucristo, Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Kant, Nietzsche, Marx, Edith Stein, Heidegger, Ratzinger, … el bueno de Habermas… Y ahora…  busca en sus escritos (aunque ni Sócrates ni Jesucristo escribieron nada, más a mi favor) la palabra éxito, y a ver si tienes éxito en la búsqueda. 

Ojalá vayamos sacando conclusiones…

Fuente: omnesmag.com

16 marzo 2026

Creer transforma

Juan Luis Selma

Comentaba un hombre maduro, recién convertido, como colofón de su encuentro con Dios: "¡Pero si Dios lo que quiere es que sea feliz!" Y añadía: "En ningún sitio se respeta más la libertad que en la Iglesia: entras o sales porque quieres." Los conversos —los que descubren de pronto la fe— ven a Dios con asombro, con la novedad del ciego que recupera la vista.

Esto es lo que experimentan muchos jóvenes: asombro ante un panorama de verdad, autenticidad, gratuidad y libertad. Creer transforma, te presenta otra manera de ver la vida. Decía este hombre que ver cómo se trataban y querían unos amigos suyos le abrió los ojos: vivían en cristiano.

San Pablo lo expresa así: "Hermanos: antes erais tinieblas, pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz." Él mismo experimentó ese paso de la oscuridad a la luz: persiguió a la Iglesia, a Cristo, hasta que se encontró con Él. Una luz intensa del cielo lo envolvió y cayó al suelo, tras lo cual escuchó la voz de Jesús: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues."

Decía Benedicto XVI: "Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser, no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo."

El Evangelio de hoy narra la curación del ciego de nacimiento. Ante las preguntas inquisidoras de los fariseos, él responde: "Solo sé que yo era ciego y ahora veo." Y más adelante añade: "Eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y sin embargo, me ha abierto los ojos." Esa es la conversión: ver con ojos nuevos, vivos, sin prejuicios.

Seguía Benedicto en su catequesis: "También nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de la Sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que Él toca el nuestro. Solo en esta relación personal con Cristo, solo en este encuentro con el Resucitado, nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad."

Creer no es algo cultural, ambiental o teórico. Es vida: vida nueva, transformada. Pablo comenzó a considerar "pérdida" y "basura" todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal. Ese cambio no es pura ascesis —trabajo y esfuerzo—; es gracia, don. No cambiamos nosotros: nos transforma Él.

No podemos perder la capacidad de asombrarnos por lo cotidiano. ¿Qué pasaría si un día no saliera el sol? No hace mucho sufrimos un apagón: nada de electricidad, luz, gasolina, televisión, wifi, redes, microondas ni horno eléctrico. Cuando volvió la corriente, respiramos y, seguramente, dimos gracias. Valoramos lo de siempre, lo que consideramos seguro.

A veces un buen revolcón de la vida nos viene bien: una enfermedad, la pérdida de un ser querido, un revés económico o emocional. También una noche oscura sirve para avivar la fe. Una crisis familiar puede ayudar a reconquistar, a mirar con otra luz a la persona amada, a recuperar su amor.

En nuestra tierra gozamos de muchas conquistas y valores recibidos de la fe de nuestros mayores. Hay mucha vida cristiana, incluso en aquellos que piensan que no creen. Muchos cristianos durmientes que, de pronto, pueden despertar. Y no son pocos los que viven una fe tibia, light, amodorrada. Es bueno despertar, darnos cuenta de que Jesús pasa junto a nosotros y puede remover, agitar, despertar. La Cuaresma es un momento muy propicio para despertar.

La costumbre apaga, pero la gratitud enciende. La fe no cambia las cosas: cambia la mirada. Y cuando cambia la mirada, todo se vuelve nuevo.

Propongo algunas rutinas para despertar:

Mira a tu familia como si fuera la primera vez. Observa detalles que antes pasaban desapercibidos: una sonrisa, un gesto, un esfuerzo.

Reza no para repetir, sino para despertar. Una oración breve pero consciente puede renovar un día entero.

Pregunta: "¿Qué regalo hay escondido aquí?" Incluso en el cansancio o el caos, suele haber algo que Dios quiere mostrar.

Fuente: eldiadecordoba.es


15 marzo 2026

Dios envió a su Hijo como luz del mundo

 El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos relata la curación de un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Por medio de la simbología de este episodio, el evangelista Juan nos habla del misterio de la salvación: mientras estábamos en la oscuridad, mientras la humanidad caminaba en las tinieblas (cf. Is 9,1), Dios envió a su Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra vida.

Los profetas habían anunciado que el Mesías abriría los ojos de los ciegos (cf. Is 29,18; 35,5; Sal 146,8). Jesús mismo acredita su misión mostrando que «los ciegos ven» (Mt 11,4); y se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). En efecto, podemos decir que todos nosotros somos “ciegos de nacimiento”, porque solos no podemos ver en profundidad el misterio de la vida. Por eso Dios se hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace capaces de ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad.

Llama la atención el hecho de que durante siglos se haya difundido la opinión, presente aún hoy, según la cual la fe sería una especie de “salto en la oscuridad”, una renuncia a pensar, por lo que tener fe significaría creer “ciegamente”. El Evangelio, en cambio, nos dice que en contacto con Cristo los ojos se abren, hasta el punto de que las autoridades religiosas piden con insistencia al ciego sanado: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Jn 9,10); y también: «¿Cómo te abrió los ojos?» (v. 26).

Hermanos y hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a vivir un cristianismo “de ojos abiertos”. La fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar «desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver» (Carta enc. Lumen fidei, 18) y, por eso, nos pide que “abramos los ojos”, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo.

Hoy, en particular, frente a las numerosas preguntas del corazón humano y a las dramáticas situaciones de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan nuestro tiempo, es necesaria una fe despierta, atenta y profética, que abra los ojos ante las oscuridades del mundo y lleve allí la luz del Evangelio por medio de un compromiso de paz, de justicia y de solidaridad.

Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros, para que la luz de Cristo abra los ojos de nuestro corazón y podamos dar testimonio de Él con sencillez y valentía.

__________________

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Desde hace dos semanas, los pueblos de Oriente Medio sufren la terrible violencia de la guerra. Miles de personas inocentes han perdido la vida y muchas otras se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Reitero mi cercanía en la oración a todos aquellos que han perdido a sus seres queridos en los ataques que han golpeado escuelas, hospitales y zonas pobladas.

La situación en el Líbano es motivo de gran preocupación. Espero que se abran caminos de diálogo que puedan ayudar a las autoridades del país a implementar soluciones duraderas a la grave crisis actual, para el bien común de todos los libaneses.

En nombre de los cristianos de Oriente Medio y de todas las mujeres y hombres de buena voluntad, me dirijo a los responsables de este conflicto: ¡cesen las hostilidades! ¡Que se reanuden caminos de diálogo! La violencia nunca podrá llevar a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos esperan.

Les doy la bienvenida a todos los que se encuentran hoy en la Plaza de San Pedro.

Saludo a los fieles venidos de Valencia y Barcelona, en España, así como a los de Palermo.

Doy la bienvenida con alegría a varios grupos de jóvenes que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación: de Berceto, diócesis de Parma; de Tuto, diócesis de Florencia; de Torre Maina y Gorzano, diócesis de Módena-Nonantola. Saludo también a los jóvenes de la parroquia de San Gregorio Magno, en Roma, y a los jóvenes de Capriano del Colle y Azzano Mella, de la diócesis de Brescia.

Les deseo un feliz domingo a todos.

Fuente: vatican.va

14 marzo 2026

El ciego de nacimiento

Domingo de la 4.° semana de Cuaresma (Ciclo A)

Evangelio (Jn 9,1.6-9.13-17.34-38)

Y al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, lo aplicó en sus ojos y le dijo:

— Anda, lávate en la piscina de Siloé — que significa: “Enviado”.

Él fue, se lavó y volvió con vista. Los vecinos y los que le habían visto antes, cuando era mendigo, decían:

— ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?

Unos decían:

— Sí, es él.

Otros en cambio:

— De ningún modo, sino que se le parece.

Él decía:

— Soy yo.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. El día en que Jesús hizo el lodo y le abrió los ojos era sábado. Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver. Él les respondió:

— Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo.

Entonces algunos de los fariseos decían:

— Ese hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado.

Pero otros decían:

— ¿Cómo es que un hombre pecador puede hacer semejantes prodigios?

Y había división entre ellos. Le dijeron, pues, otra vez al ciego:

— ¿Tú qué dices de él, puesto que te ha abierto los ojos?

— Que es un profeta — respondió.

Ellos le replicaron:

— Has nacido en pecado y ¿nos vas a enseñar tú a nosotros?

Y le echaron fuera. Oyó Jesús que le habían echado fuera, y cuando se encontró con él le dijo:

— ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

— ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? — respondió.

Le dijo Jesús:

— Si lo has visto: el que está hablando contigo, ése es.

Y él exclamó:

— Creo, Señor — y se postró ante él.

Comentario

“‘Al pasar –dice el Santo Evangelio– vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento’. Jesús que pasa. Con frecuencia –comenta, admirado, san Josemaría– me he maravillado ante esta forma sencilla de relatar la clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta en seguida del dolor”. En efecto, así es la lógica de Jesús: nunca permanece indiferente ante las necesidades de las personas con las que se encuentra.

Las acciones de Cristo para devolver la vista a este hombre ciego están cargadas de simbolismo. Primero mezcla la tierra con saliva y le unta ese lodo en los ojos. Este gesto recuerda el pasaje del libro del Génesis donde se narra la creación del hombre como una figura de barro a la que el soplo de Dios infunde la vida (Gn 2,7). Jesús, al curar a ese hombre, está llevando a cabo una nueva creación. Este hombre, ciego de nacimiento, va a nacer de nuevo, va a comenzar una nueva vida en cuanto pueda ver.

Luego Jesús le dice que vaya a lavarse en la piscina de Siloé, y ese hombre va, se lava, y recupera la vista. El agua de esa alberca que limpia sus ojos es símbolo del agua bautismal, que nos hace capaces de ver con la luz de la fe. El evangelista hace notar, para los lectores que no sepan hebreo, que Siloé significa “enviado”, pero sobre todo lo hace para señalar que Jesús es ese Enviado de Dios que, cuando se acude a Él, especialmente al configurarse con su muerte y resurrección en las aguas del bautismo, nos hace capaces de ver.

“Con este milagro –enseña el Papa Francisco– Jesús se manifiesta y se manifiesta a nosotros como luz del mundo; y el ciego de nacimiento nos representa a cada uno de nosotros, que hemos sido creados para conocer a Dios, pero a causa del pecado somos como ciegos, necesitamos una luz nueva; todos necesitamos una luz nueva: la de la fe, que Jesús nos ha donado”.

La curación realizada por Jesús suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Frente a la luz que se enciende en el ciego, los doctores de la ley, con una cerrazón agresiva, encerrados en su presunción e incapaces de abrirse a la verdad, se van hundiendo cada vez más en las tinieblas, empeñados en negar toda evidencia: dudan que aquel hombre fuera realmente ciego de nacimiento y se resisten a admitir la acción de Dios. Es el drama de la ceguera interior que puede afectar a muchas personas, también a cada uno de nosotros, cuando nos aferramos a nuestras propias opiniones o modos de actuar, sin una apertura sincera a la verdad, que puede ser exigente y reclamar cambios de rumbo en nuestra vida.

En paralelo, el ciego va recorriendo un camino de crecimiento en la fe. Al principio no sabía nada de Jesús. Luego, asombrado ante la recuperación de la vista, dirá en un primer momento ante quienes le preguntan que “es un profeta” (v. 17). Más tarde, ante la insistencia en interrogarle explica con sencillez que si Jesús ha sido escuchado por Dios es porque “honra a Dios y hace su voluntad” (v. 31). Finalmente, cuando Jesús le abre los ojos de la fe diciéndole que el Hijo del Hombre es el que está hablando con él (v. 37), el ciego exclamó “Creo, Señor. – Y se postró ante él” (v. 38).

Esta escena del Evangelio que hoy meditamos nos invita a considerar cuál es nuestra actitud: la de los doctores que, orgullosos, juzgan a los demás, o la de aquel ciego que, consciente de sus necesidades y limitaciones, va secundando lo que Jesús le pide, para abrirse a su gracia y a la luz de la fe.

Fuente: opusdei.org

¿Qué será de la Iglesia en 25 años? La radiografía que Robert Sarah presenta en su libro '2050'

María Rabell García

A través de un revelador diálogo con el escritor Nicolas Diat, el prefecto emérito advierte del riesgo de que la Iglesia «se case con el espíritu del mundo» y termine siendo «un eco lejano de una voz olvidada».

Si algo distingue al cardenal Robert Sarah como una de las voces más respetadas de la Iglesia, es la claridad, contundencia y sobriedad de su palabra. Su nueva obra, 2050, nace con la vocación de iluminar el presente bajo un título que evoca inevitablemente la carga profética del 1984 de George Orwell: si aquel libro fue una revelación por su capacidad para radiografiar la realidad de los años venideros, el trabajo de Sarah —publicado este 4 de marzo por la editorial Fayard— se postula como un diagnóstico para el futuro de la Iglesia. En sus páginas, el prefecto emérito lanza una interrogante decisiva sobre el horizonte de la institución: «¿Será todavía un faro o el eco lejano de una voz olvidada?».

Una Iglesia de santos, no de estrategias

Para el cardenal Sarah, la crisis actual de la Iglesia no se soluciona con reformas estructurales ni con una adaptación a los criterios del mundo moderno como la eficiencia o la representatividad. En la entrevista concedida a Le Journal du Dimanche en la que presenta su nuevo libro, afirma que «no tenemos necesidad de una institución mundana más».

Según explica, cuando la dimensión divina de la Iglesia se olvida, sus debilidades humanas se vuelven «aplastantes», por lo que defiende que «la Iglesia no necesita ser reconstruida; necesita santos».

El libro aborda cómo la fe se ha debilitado porque la vida interior ha disminuido, buscando en su lugar una «legitimidad exterior». Sarah advierte contra la tentación de una Iglesia que «se casa con el espíritu del mundo», recordándonos que «el mundo no tiene necesidad de un espejo; tiene necesidad de salvación».

Palabras que protegen el mensaje

Uno de los puntos más claros de sus respuestas es la defensa de la verdad frente al relativismo, además en un ámbito muy concreto: el del lenguaje. A menudo se afirma que hoy el mundo ya no entiende el lenguaje de la Iglesia porque estaría anticuado o sería demasiado complicado. Pero, ¿realmente es así?

Sarah advierte precisamente que el verdadero peligro reside en la ambigüedad y la falta de rigor. Para él, «una crisis de vocabulario es siempre el preludio de una crisis de fe». Al definir con precisión cada concepto, no se busca complicar el mensaje, sino proteger su núcleo; por ello, el prelado sostiene que «nombrar la esencia es salvaguardar la sustancia».

En lugar de diluir el discurso para hacerlo más aceptable, reivindica que los fieles tienen derecho a una palabra clara, sentenciando que «la precisión doctrinal es un acto de caridad» y que «la confusión nunca es pastoral: es siempre destructiva». Asimismo, exhorta a la 'resistencia lingüística': pide no permitir que «los ideólogos nos roben las palabras que expresan los misterios de nuestra fe».

Esta firmeza se extiende a su visión sobre el papel de Cristo en la sociedad actual. El purpurado sostiene que la Iglesia no puede guardar silencio ante las derivas ideológicas o la crisis de valores: «Debemos defender una verdadera claridad doctrinal, callar a Cristo sería una infidelidad». Por ello, advierte que frente a las presiones mediáticas y legislativas que atacan pilares como la familia, «el silencio sería una traición».

Contra la fragmentación de la fe

La liturgia no es un terreno de experimentos ni de luchas de poder, sino el «tesoro de la Iglesia, corazón latente de la humanidad». En su reflexión, cuando es preguntado sobre la diversidad de ritos, subraya que esta es una riqueza siempre que exprese una misma fe, pero cuestiona la «obsesión» por intentar cambiar la liturgia antigua. Defiende que el rito no se inventa ni se fabrica, sino que se recibe y se transmite, teniendo como misión fundamental la de «devolver a Dios el primer lugar» en la vida interior del creyente.

Desde esta visión, el purpurado aborda también la crisis provocada por los escándalos en comunidades religiosas. Reconoce que estos «exigen verdad, justicia y purificación», pero advierte que «no suprimen la vocación», sino que ponen de manifiesto la urgencia de una conversión profunda del corazón. En una sociedad materialista, la vida consagrada sigue recordando que solo «Dios basta».

Además, en su nueva obra ha denunciado «la tentación del particularismo doctrinal», criticando que algunas iglesias locales absoluticen su contexto cultural por encima de la fe universal. Al interpretar el mensaje cristiano «bajo categorías nacionales o ideológicas», se fragmenta la catolicidad y se debilita la unidad por el relativismo doctrinal.

Un análisis de la civilización actual

2050 no se limita a mirar hacia dentro de la Iglesia, sino que también aborda con sobriedad algunos de los grandes desafíos de la sociedad occidental, como la eutanasia o la crisis de la natalidad. Para Robert Sarah, la pérdida de esperanza y el descenso demográfico están relacionados con un progresivo alejamiento de lo sagrado: «Una civilización que renuncia a Dios renuncia a vivir, ya no sabe por qué debe durar».

Es así como sitúa también la defensa de la vida. Sarah se muestra especialmente crítico con las legislaciones que promueven el suicidio asistido y recuerda que ninguna vida puede considerarse indigna. A su juicio, el verdadero criterio para medir la calidad de una sociedad está en «la delicadeza con la que acompaña a los moribundos».

¿Y qué opina sobre el nuevo pontificado? Sarah expresa una «profunda alegría espiritual». Le conmueve que el Papa priorice «la adoración sobre la organización y la santidad sobre la gobernanza», permitiendo que la institución recupere su eje fundamental. Este enfoque —añade— permite que el sucesor de Pedro cumpla su misión esencial: confirmar a sus hermanos en la fe recibida directamente de los apóstoles.

Fuente: eldebate.com

13 marzo 2026

'Primum philosophari, deinde vivere'

Enrique García-Máiquez

Conozco a Higinio Marín (Murcia, 1961) desde nuestros remotos años en el colegio mayor y, como no he dejado de leerlo ni de seguirlo, lo vengo viendo venir de lejos con constante admiración y creciente alegría. Como es lógico, siendo la auténtica filosofía una carrera para ver quién llega el último, se ha tomado su tiempo para reflexionar y para forjarse una voz propia y una visión del mundo. Su prestigio, mientras tanto, ha ido aumentando, lentamente, pero, por eso mismo, con sólida formación y sobre cimientos profundos. Con Filosofía breve de la vida (Encuentro, 2025) —que recoge una vida de lecturas, reflexiones sistemáticas y ensayos académicos— cruza una última línea y hace directa divulgación. De servicio público.

Como él mismo sostuvo en Civismo y ciudadanía (La Huerta Grande, 2019): «Estos deberían ser tiempos propicios para el pensamiento, pero no lo son, a pesar de que nuestra perplejidad no tiene precedentes y nuestra desorientación, tampoco». Higinio Marín nos ayuda a propiciar el pensamiento irremplazable. Sabe, gracias a su maestro Jacinto Choza, que «el hombre para serlo necesita saberlo, al menos para serlo según su forma más propia y cumplida». Y entiende que esta comprensión ha de comprehender nuestra circunstancia: «Intentar comprender nuestra época es un ejercicio de autocomprensión, en cuanto que cada uno de nosotros es tan hijo de nuestro tiempo como de su linaje».

El resultado no es optimista (cita a Giddens: «Cuantas menos tradiciones nos orientan más adicciones nos acechan»), pero es esperanzado. Su manera de pensar es agradecer, a lo Heidegger, pero aún más, a lo Rilke: pensar es celebrar.

Sin abandonar nunca su apoyatura metafísica y su amor insobornable a la realidad, estas páginas rozan con frecuencia la poesía. Incluso la más ingenua, como la mía. Pondré dos ejemplos egocéntricos. Higinio Marín constata: «El agua es una celebración por sí misma […] así pues, disponer de agua para el baño es, en todos sus sentidos, una fortuna, la suma elemental de buena suerte y abundancia». No pude menos que recordar, discúlpenme, esta décima espinela que yo escribí a la ducha por aquellos años en los que compartíamos colegio mayor. «No hace frío, ni calor,/ sino lo que yo quería./ Agua ardiente o agua fría./ Lo que elegí. Lo mejor./ Qué patrimonio y qué honor/ gozar tales acomodos./ Ni en la sangre de los godos/ ni por las venas de Oriente/ fluyó este caudal: corriente/ que llueve a gusto de todos». El segundo ejemplo. Para referirme a que los libros nos hacen tal y como somos, hablé de «bibliogenalogía» como el árbol heráldico de antepasados del espíritu. Higinio Marín lo explica mejor y más breve: «Leer es vivir y crecer como no se podría hacer por uno mismo y, por tanto, el lector es un ser en deuda y agradecido: un deudo de sus libros».

Que coincidamos es una alegría para mí, que desde aquellos años colegiales admiraba a quien era un poco mayor que yo y mucho más sabio, pero no resulta un gran elogio para el filósofo. Vamos con dos coincidencias más grandes, para ajustar las proporciones de la ponderación. Escribe Higinio: «Todo lo que no sea poetizar es tanto como hablar con palabras de otros»; idea que trae a la memoria a Chesterton: «El gran error consiste en suponer que la poesía es una forma no natural del lenguaje. Todos deberíamos hablar en verso en los momentos en los que verdaderamente vivimos. […] El alma no habla nunca hasta que habla en poesía. En nuestra conversación diaria no hablamos, solo charlamos».

Hay otra coincidencia de envergadura con el poeta Miguel d’Ors. Éste concibió su libro Átomos y galaxias (Renacimiento, 2013) como un gran catálogo de las maravillas, pequeñas y grandes, del universo. Higinio Marín, titulando cada una de las 51 secciones de este libro con el verbo de una acción humana, nos ofrece un catálogo inmenso de nuestra actividad en el mundo, desde el nacer al morir. Ha escogido verbos como títulos porque quiere ponernos en movimiento. Está invitándonos a un círculo virtuoso. Si antes de la filosofía, según el adagio clásico, hay que asegurarse la subsistencia, la filosofía después hará de la vida, luego, algo mucho más excitante y valioso, que necesitará, de nuevo, ser pensado, en cada vuelta todo más elevado y más alegre.

En consecuencia, más que fragmentos, el barbero ha recolectado unos «versos» implícitos:

El tapiz no se distingue del enredo por su sencillez, sino porque su complejidad es significativa.

*

Para crecer hay que ser suficientemente uno mismo como para seguir siéndolo incluso más allá de sí.

*

De la amistad forma parte algo así como un régimen de permanente y mutua invitación.

*

Lo propio de la libertad son los compromisos innecesarios y su celebración, de la que forman parte principal las invitaciones. […] Para invitar es necesaria la propiedad, en todos los sentidos, ya sea el material o el formal de los modales.

*

El paseo es al andar lo que el sabor al comer, a saber, una demora gustosa que toma una necesitad como ocasión para excederla.

*

Los asuntos de modales no son filigranas prescindibles, sino, por así decir, la última línea de defensa de la civilización y, al mismo tiempo, la forma modesta pero arcana de la memoria del origen de lo humano y de nuestras sociedades. Se trata de una línea del todo desbaratada y desbordada ya en todos sus puntos.

*

Sólo los libres pueden tener deberes, dice Hegel, los esclavos tienen necesidades.

*

[Leer] requiere de todas las potencias interiores: imaginación, memoria, emoción, reflexión, juicio, análisis, intuición. Por eso quien no lee o apenas lo hace tiene el alma desentrenada. […] La lectura sin recuerdo es pasatiempo.

*

Cuando le damos a cada uno lo suyo, nos damos a nosotros mismos lo propio, a saber, la integridad inalienable del hombre de bien.

*

Lo que vemos está directamente relacionado con lo que somos capaces de decir. […] Hay, pues, una invidencia general cuya causa es no saber hablar o saber hacerlo muy pobre y escasamente. […] Quien tiene palabras tiene luces, porque cada palabra ilumina lo que dice sacándolo a la luz y haciéndolo visible.

*

Vivimos en nuestras palabras, y estas nos ensanchan o estrechan la vida tanto que constituyen sin parangón posible la primera y fundamental forma de riqueza y pobreza.

*

Saber escuchar requiere una conquista trabajosa sobre uno mismo. […] Solo sabe escuchar el que sabe guardar silencio, o, lo que es lo mismo, guardar en silencio.

*

La ignorancia del apático se vuelve sabionda sin pretenderlo, porque se conduce como si ya lo supiera todo.

*

Atender es la forma intensiva de existir o de vivir tan plenamente como está a nuestro alcance.

*

Preservan la condición de hombres libres aquellos que teniendo que trabajar lo hacen con un celo y dedicación que excede la medida de lo necesario […] que sólo se puede dar libérrima y gratuitamente, aunque se cobre un sueldo por hacerlo.

*

Por paradójico y antijurídico que parezca, sólo si hacemos más de lo que los otros pueden exigir, se atiende debidamente a lo que tienen derecho.

*

Todo lo que no se agradece se adeuda sin admitirlo y, por tanto, se posee indebidamente. […] Estar agradecido es la forma natural de estar en gracia; y no vivir desde la gratitud es ya, en sí mismo, una desgracia.

*

En nuestras sociedades ya no se ensalza ni se celebra el honor, pero sí se celebra y exhibe el orgullo […] [Hay una] preferencia por el orgullo sin honor, o bien contra el honor y sus connotaciones morales y sociales.

*

El destino existe, si bien en proporciones variables según sean las personas. Cuanto menos dominio de sí tenga un sujeto más expuesto queda a los impulsos y avatares de su temperamento […] Ninguna otra rebelión humana ha resultado más libertadora que la reivindicación del poder sobre la propia vida que requiere el dominio sobre el propio carácter. Olvidarlo es tanto como malograr el sentido liberador de la ética como señorío.

*

Hay un deber cívico de señalar y reconocer de forma pública lo mejor y valioso alabándolo.

Fuente: eldebate.com

12 marzo 2026

Lo que Dorothy Day y GK Chesterton nos enseñan sobre la gratitud

David Mills

Su mundo terminó en los 10 días que estuvo en el hospital con su hija recién nacida, Tamar, escribió Dorothy Day un poco dramáticamente muchos años después. 

“Si hubiera escrito el libro más grande, compuesto la sinfonía más grande, pintado el cuadro más hermoso o esculpido la figura más exquisita, no podría haberme sentido más exaltada creadora de lo que me sentí cuando pusieron a mi hija en mis brazos”, escribió en el prefacio de su libro Teresa, una biografía de Santa Teresita de Lisieux.

Este sentimiento la condujo a Dios y de ahí a la Iglesia Católica. «Me llenó una sensación de felicidad y alegría tan grande que ansiaba a alguien a quien agradecer, amar, incluso venerar, por tan gran bien que me había sido otorgado. Esa pequeña niña no era suficiente para contener mi amor, ni tampoco el padre, aunque mi corazón rebosaba de amor por ambos».

Ella describió el sentimiento de esta manera en su autobiografía La larga soledad:

El objeto final de este amor y gratitud era Dios. Ninguna criatura humana podría recibir ni contener una inundación de amor y alegría tan inmensa como la que sentí a menudo tras el nacimiento de mi hijo. Con esto surgió la necesidad de adorar.

Muchas conversiones comienzan con gratitud, como la de Day, por regalos que se sienten como tales incluso para quienes aún no creen en un don divino. Su gratitud les da una pista o un reconocimiento de trascendencia. Los dirige hacia Dios y facilita la fe.

Los regalos también pueden parecer regalos para aquellos, probablemente más numerosos, que creen vagamente en Dios, quien creó el mundo que tenemos y parece tener algo que ver con él ahora. Ven a Dios más como una fuerza que como una persona, pero al sentir gratitud y querer agradecer a alguien, pueden llegar a comprender que la fuerza debe ser una persona, alguien que da regalos, más que un proveedor impersonal.

La gratitud de Chesterton

G. K. Chesterton también llegó al cristianismo, y finalmente a la Iglesia, por su gratitud hacia el mundo. Sentía gratitud mucho antes de convertirse al cristianismo. La idea de «aceptar las cosas con gratitud y no darlas por sentado» fue, como escribió aproximadamente un año antes de morir, «la idea principal de mi vida». Si alguna vez fuera canonizado, debería ser nombrado santo patrono de la gratitud.

“La prueba de toda felicidad es la gratitud; y me sentía agradecido, aunque no sabía a quién”, escribió sobre su juventud en su gran libro Ortodoxia , escrito en 1908, cuando se había convertido en cristiano consciente, aunque aparentemente era anglicano no practicante. (No se adheriría a la Iglesia católica hasta 1922). 

“Los niños agradecen cuando Papá Noel les regala juguetes o dulces en las medias navideñas”, escribió. “¿Acaso no podría yo agradecerle a Papá Noel si me regalara dos piernas milagrosas en las mías? Agradecemos a la gente por los regalos de cumpleaños, como puros y pantuflas. ¿Acaso no puedo agradecerle a nadie por el regalo de cumpleaños de mi nacimiento?”

Chesterton no pensaba así porque nunca había tenido problemas. En su juventud, sufrió una profunda desesperación y tuvo un encuentro con lo diabólico, cuando sintió que el mundo no significaba nada y que la vida no merecía la pena. Una renovada gratitud por el cosmos lo ayudó a superar esa situación.

Tras contárselo a su mejor amigo, le escribió: «Un día, un cosmos, reprendido por un pesimista, respondió: '¿Cómo puedes tú, que me injurias, consentir en hablar a través de mi maquinaria? Permíteme reducirte a la nada y luego hablaremos del asunto'. Moraleja: A un universo regalado no se le mira el dedo». Casi al mismo tiempo, escribió un poema corto titulado Atardecer:

Aquí muere otro día.

Durante el cual tuve ojos, oídos, manos

y el gran mundo que me rodea;

y con el mañana comienza otro.

¿Por qué se me permiten dos?

A lo largo de su vida, escribió cientos de páginas como ésta.

El hilo delgado

Al final de su vida, 27 años después, Chesterton escribió en su Autobiografía que, en los días desesperados de su juventud, se había aferrado a los restos de la religión con un fino hilo de agradecimiento. Esto lo mantuvo vivo, quizás literalmente.

Di gracias a los dioses que fueran, no como Swinburne, porque ninguna vida viviera eternamente, sino porque cualquier vida viviera; no, como Henley, por mi alma inconquistable (pues nunca he sido tan optimista sobre mi propia alma como para eso), sino por mi propia alma y mi propio cuerpo, incluso si pudieran ser conquistados. (Swinburne y Henley eran poetas agnósticos, el primero pesimista y el segundo optimista).

En su Autobiografía, describió la teoría de las cosas que había ideado. «Incluso la mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era tan extraordinaria que resultaba emocionante», dijo. «Cualquier cosa era magnífica comparada con la nada. Aunque la luz del día fuera un sueño, era una ensoñación; no una pesadilla». 

No pudo evitar sentirse agradecido por esa magnificencia y no pudo evitar buscar a alguien a quien agradecerle por ella.

Muchas personas experimentaban la misma sensación sin darse cuenta, si sentían «algún tipo de paz, confianza o tranquilidad, incluso una confianza o tranquilidad inconsciente», pensaba. Ese sentimiento debería conducirlos a Dios, sobre todo si veían que sus creencias no justificaban la gratitud que sentían. 

Chesterton vio esto en los místicos de la naturaleza de su época (que aún nos acompañan hoy). «Incluso el culto a la naturaleza que sentían los paganos, incluso el amor por la naturaleza que sentían los panteístas, depende en última instancia tanto de un propósito implícito y de un bien positivo en las cosas, como de la gratitud directa que sentían los cristianos», explicó.

Los paganos y panteístas creían en el “cuento de hadas” de que la naturaleza es “una especie de hada madrina”. 

Creía que los cuentos de hadas señalan verdades y pueden ser la vía para que las personas encuentren la verdad explícita. En este caso, «solo puede haber hadas madrinas porque hay madrinas; y solo puede haber madrinas porque existe Dios».

Gratitud y conversión

La gratitud por lo que tienes y especialmente por la vida y el universo que tienes, te pone en una pendiente resbaladiza hacia la creencia, aunque no todos se deslizan completamente por la colina hacia la creencia cristiana, mucho menos hacia la creencia cristiana en su forma más plena en la Iglesia Católica. 

No veo cómo podemos sentirnos verdaderamente agradecidos sin intentar encontrar a la persona a quien agradecer. Sientes una gratitud profunda que exige expresarla y que encuentres a alguien, y más concretamente a alguien, a quien agradecer por lo que has recibido, sabiendo que no lo mereces. Te sentirás frustrado hasta que puedas decir "Gracias" cara a cara. La búsqueda te obliga a reflexionar sobre el mundo con mayor profundidad de la que te habrías inclinado.

Esa gratitud se convierte en una forma de vida, porque sabes que Dios nunca deja de darte el cosmos y todo lo bueno que hay en él. En «Todo es gracia: La espiritualidad de Dorothy Day», su biógrafo, William D. Miller, explicó que ella entendía que la conversión «ocurría cuando la persona, por gratitud a la vida y la esperanza de una vida plena en la eternidad, se volvía a Dios y buscaba hacer su voluntad. La búsqueda perduraba mientras vivía: un estudio continuo, un esfuerzo continuo por comprender mejor y luego plasmar esa comprensión en las acciones de la vida».

Como hubiera dicho San Agustín: nuestro corazón está inquieto hasta que te damos gracias.

Fuente: firstthings.com