25 febrero 2026

Cardenal Bustillo: “Los sacerdotes tienen que cuidar la salud y la alegría”

María José Atienza


El Cardenal Francisco Javier Bustillo, OFM Conv., es obispo de Ajaccio en Córcega, una diócesis que, actualmente, cuenta con unos 280.000 fieles, atendidos por unos 80 sacerdotes.

Monseñor Bustillo fue el ponente de la primera jornada de Convivium, la asamblea presbiteral convocada por la Archidiócesis de Madrid, que reunió durante dos días a los sacerdotes de la diócesis para reflexionar sobre su identidad y misión en el contexto actual. 

En este contexto, Omnes pudo entrevistar al cardenal franco–español sobre la identidad sacerdotal, el cuidado de la vocación y la necesidad de cuidar a quienes se acercan a la fe.

En una sociedad tan compleja, marcada por cambios. ¿Cuáles son los retos de los sacerdotes hoy?

El sacerdote tiene que acordarse que fue ungido por el Espíritu Santo y tiene que despertar la creatividad, la audacia, para poder dar al mundo lo mejor que tiene. El Evangelio dice “vosotros sois la sal de la tierra, la luz del mundo”. Creo que nuestra sociedad necesita encontrar el gusto de la vida y en esas fases de la vida donde vemos muchas páginas bastante sombrías, necesita encontrar la luz y el ánimo.

¿Cómo desarrollar una vida sacerdotal exigente pero sin terminar “quemado”? 

Cuando hablo, sobre todo en Francia, a los sacerdotes, les digo que hay un binomio que tenemos que cuidar con mucho esmero: la salud y la alegría. Si un sacerdote, en su ministerio, ─que, efectivamente es exigente y nos van a pedir muchas cosas─, pierde la alegría o pierde la salud, pierde el ánimo y pierde la eficiencia también en su misión.

El sacerdote del siglo XXI, y en una ciudad como Madrid, tiene que cuidar, con mucho esmero, la salud y la alegría, sino se pierden. Ha de trabajar su vida interior y su humanidad. Si trabajas tu humanidad y tu vida interior, vas más lejos.

Usted ha resaltado la importancia de la fraternidad sacerdotal. En un momento en el que la polarización se infiltra también en la Iglesia, ¿Cómo equilibrar la diferencia propia de cada sensibilidad con esa fraternidad?

La polarización la vemos hoy, por desgracia en España, en Francia…, en Occidente en general y también en el interior de la Iglesia. Es triste que la aplicación política e ideológica de la sociedad a veces se da en la Iglesia.

Nuestro ideal es la comunión, es la unión. Jesús dijo “que seáis uno”, que estéis unidos. Si en la Iglesia estamos divididos, es un problema de coherencia con el testimonio que tenemos que dar.

Cuando miramos al colegio apostólico, encontramos personajes muy distintos. Tenemos a Mateo y tenemos a Simón. Y Jesús les llama. Hoy que hay diferencias en la Iglesia: que uno sea tradicional o el otro carismático, el otro moderno, en vez de ser un problema para la iglesia, es una riqueza.

En vez de ponernos unos contra otros, que no es evangélico, tenemos que andar unos con otros y celebrar que cada uno tiene su camino, cada uno tiene su vida, cada uno tiene su recorrido y somos todos distintos. Y estas diferencias no son un obstáculo, sino que son una suerte y una bendición para la Iglesia. 

Usted viene de Francia que, en los últimos años, ocupa titulares con la vuelta a la fe de tantos jóvenes. ¿Cómo hacer que esta vuelta a Dios no se quede en un chispazo sino que cambie la vida? 

–Lo primero que vemos es el vacío en la sociedad francesa y occidental, después de 60 años con ese lema “Ni Dios, ni Maestro”: no necesitamos a nadie, hacemos lo que queremos. Ha habido mucho progreso tecnológico, científico, humano. Se ha insistido mucho en el poder, el saber, el hacer, el tener, pero se ha dejado en la periferia el ser. Aquello que la persona es, lo que la persona vive. Los jóvenes de hoy buscan un sentido a la vida.

Yo tengo mi diócesis, que es pequeña, más de 303 que van a ser bautizados ahora en Pascua. Eso quiere decir que los jóvenes, que son un poco vírgenes espiritualmente, buscan una identidad, buscan a una familia. 

Lo primero es acogerlos, celebrar su presencia. Después, tenemos una responsabilidad. No podemos quedarnos en decir, ¡qué suerte tenemos que vienen todos a pedir el bautismo en la iglesia católica! Sino que tenemos la responsabilidad de acogerles, de acompañarles y de orientarles para que sean, realmente parte de la familia de la Iglesia y para que puedan aportar un poco de frescura.

Fuente: omnesmag.com


24 febrero 2026

Simone Weil: raíces y frutos

Enrique García-Máiquez

No es casualidad que el nombre de Simone Weil (París, 1909–Ashford, 1943) suene más y más, y ya hasta inspire el último disco de Rosalía y el último libro de Byung-Chul HanDavid Cerdá traduce de nuevo La gravedad y la gracia para Rialp. Carlos Marín-Blázquez no rehúye el eco y titula su ensayo Arraigo (CEU Ediciones, 2025). Se la cita continuamente. Natural: su llamada de atención a la importancia de las raíces se vuelve, en nuestro tiempo desarraigado, un manual urgente de primeros auxilios.

Tampoco puede decirse que haya pasado desapercibida hasta ahora. Aunque sus grandes libros no se publicaron en vida, nada menos que T. S. EliotGustave Thibon y Albert Camus la admiraron hasta el punto de editarla y prologarla con pasión y cuidado. Y eso que no era fácil: ni como persona ni como escritora. Fiel a la importancia que daba a las raíces, era muy radical. Eliot recomienda leerla conteniendo nuestros propios prejuicios y dando margen a los de ella («asombrosas aberraciones y exageraciones», dice, sin caer en el understatement precisamente…). Pero añade que compensa exponerse (en los dos sentidos) a su personalidad. «Su genio es análogo a la santidad», advierte, y concuerda con el sacerdote que dijo: «Je crois que son âme est incomparablement plus haute que son génie» (un alma aún más alta que su genio). E. M. Cioran anota en los Cuadernos: «En Simone Weil hay una faceta propia de Antígona, que la preservó del escepticismo y la aproximó a la santidad». El sistemático Charles Moeller, autor de la monumental obra crítica Literatura del siglo XX y cristianismo, no derrochó paciencia con ella. Critica sus opiniones heréticas, sus rechazos a la Iglesia y su aversión por todo lo romano. A la vez, no deja de pasmarse ante su grandeza y su profundidad.

Su vida también es extremosa y admirable. Nace en París en una familia judía muy intelectual y laica. Enseguida dio signos de un carácter indomable y un inflexible apego a la verdad. Con una sensibilidad social poco común, no solo se preocupó por los obreros: compartió su suerte. Trabajó en una fábrica de Renault. Fue profesora y cuando la cesaron, contestó: «Señor Inspector, siempre he considerado la destitución como el coronamiento normal de mi carrera académica». Luchó brevemente en España en el bando republicano. Se incorporó a una columna anarquista en el frente de Aragón. Tras ser testigo del fusilamiento de un joven falangista, escribió en su diario: «Me tumbo de espaldas, miro las hojas, el cielo azul. Es un día precioso. Si caigo presa, me matarán… Pero lo tengo merecido. Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad absolutamente contrarios al ideal libertario». De vuelta a Francia, viviría sólo del subsidio, pero llevaba su delicadeza con los pobres hasta dejarse ganar a las cartas por ellos. Por las noches, contaba cuentos al hijo discapacitado de su hospedera.

Su libro El arraigo (que citamos en la versión de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños publicada por Alianza Editorial) lo escribe en Inglaterra, donde se había unido a las fuerzas de la Francia Libre. Se presentó voluntaria para ser lanzada en paracaídas en la retaguardia francesa para realizar misiones de sabotaje. No la escogieron. Trabajó en labores culturales, en un empeño muy loable de reconstruir intelectualmente la Europa de después de la guerra y poner unos cimientos morales más firmes.

¿He olvidado los errores contra los que advertían Eliot (que la califica de marcionita), Czesław Miłosz (que la llamó cátara) y Moeller (que la considera maniquea)? No, pero, primero, ella nos ofrece su propio antídoto: «Debemos dar la bienvenida a todas las opiniones, pero deben ser ordenadas verticalmente y mantenidas en sus niveles adecuados». Su respeto a la verdad por encima de sus propias opiniones es una salvaguarda. En segundo lugar, sus errores son también admirables y conmovedores, como cuando dice: «Cada vez que pienso en la crucifixión de Cristo, incurro en el pecado de envidia», una radicalidad que ni Léon Bloy. En tercer lugar, la calidad de sus frases y la profundidad de su pensamiento facilitan que la leamos como a una dignísima heredera de los moralistas franceses. Eso permite el espigueo de una lectura aforística. Y entonces a ver quién no se admira y queda personalmente transformado al leer propuestas como éstas:

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[A diferencia de los derechos] Una obligación, aunque no fuera reconocida por nadie, no perdería nada de la plenitud de su ser. […] Un hombre que se encontrara solo en el universo no tendría ningún derecho, pero sí tendría obligaciones.
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La primera necesidad del alma, la que está más cerca de su destino externo, es el orden. […] La obediencia es una necesidad vital del alma humana. […] Quienes someten a las masas humanas mediante la coerción y la crueldad las privan al mismo tiempo de dos alimentos vitales: libertad y obediencia.
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La verdadera jerarquía tiene por efecto llevar a cada cual a que se instale moralmente en el lugar que ocupa.
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La necesidad de verdad es más sagrada que ninguna otra.
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Incluso sin conquista militar, el poder del dinero y la supremacía económica pueden imponer una influencia extranjera hasta tal punto que provoca la enfermedad del desarraigo. […] El dinero triunfa fácilmente sobre los demás móviles porque requiere mucho menos esfuerzo de atención. No hay nada tan claro ni tan sencillo como un número.
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En nuestros días, un hombre puede pertenecer a los medios llamados cultos, por un lado, sin llegar a ninguna concepción acerca del destino humano y, por otro, sin saber, por ejemplo, que no todas las constelaciones son visibles en todas las estaciones.
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Quien está desarraigado, desarraiga. Quien está arraigado, no desarraiga.
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Son las gotas de pasado vivo lo que hay que preservar celosamente en todas partes, en París o en Tahití indistintamente, porque no hay demasiadas en todo el globo.
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El pasado destruido no regresa nunca más. La destrucción del pasado es quizá el mayor de los crímenes. Hoy la conservación de lo poco que queda debería convertirse casi en una idea fija.
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Es preciso cambiar el régimen de la atención a lo largo de las horas de trabajo […] incentivos que hoy no son más que el miedo y el dinero.
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Los niños vendrían después de las clases para encontrarse con su padre y aprender a trabajar, a una edad en que el trabajo es, con diferencia, el más apasionante de los juegos. […] El trabajo estaría iluminado de poesía para toda la vida gracias a las fascinaciones infantiles. [Nota del barbero: Nunca agradeceré bastante a mi padre que me llevase a su laboratorio de una bodega de Jerez cuando yo era pequeño.]
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La formación de la juventud obrera implica una instrucción y una participación en una cultura intelectual. Hace falta que los jóvenes se sientan cómodos en el mundo del pensamiento. [Nota del barbero: Si hay algo por lo que quisiera que me recordasen mis alumnos de FP es por este empeño.]
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Los intelectuales —un nombre horrible, pero de momento no se merecen un nombre más bello.
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Una mujer, unos hijos, una casa, un huerto que le proporcionara gran parte de su alimento, un trabajo que lo vinculara a una empresa de la que sentirse orgulloso y significase para él una ventana abierta al mundo, eso basta para la felicidad terrenal de un ser humano.
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Las revistas Confidences y Marie-Claire, frente a las cuales la cocaína es un producto inofensivo.
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Nada en el mundo compensa la pérdida de alegría en el trabajo.
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La corriente idólatra del totalitarismo no puede encontrar obstáculo alguno sino en una auténtica vida espiritual. Si se adoctrina a los niños para que no piensen en Dios, se convertirán, por la necesidad de entregarse a algo, en fascistas o comunistas.
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La belleza es algo que se come, es un alimento.
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Las desafortunadas poblaciones del continente europeo necesitan la grandeza incluso más de lo que necesitan el pan, y sólo hay dos tipos de grandeza: la grandeza genuina, que es espiritual, y la vieja mentira de la conquista del mundo.
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Pero nadie piensa hoy en aquellos de sus antepasados que murieron cincuenta años o incluso veinte o diez años antes de que él naciera, ni en aquellos de sus descendientes que nacerán cincuenta años o incluso veinte o diez años después de su muerte. Por consiguiente, desde el punto de vista de la colectividad y de su función propia, la familia no cuenta.
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En el siglo XV, el pago de impuestos, salvo contribuciones excepcionales admitidas para la guerra, se consideraba un deshonor, una vergüenza reservada a los países conquistados, el signo palpable de la esclavitud. Ese mismo sentimiento se encuentra expresado en el Romancero español, así como en Shakespeare: «Esta tierra ha hecho de sí una conquista vergonzosa».
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La pérdida del pasado, colectiva o individual, es la gran tragedia humana, y hemos tirado el nuestro igual que un niño destroza una rosa.
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La herencia de los bárbaros se cruzó con el espíritu cristiano para dar forma a ese producto único, inimitable y perfectamente homogéneo que se ha dado en llamar caballería.
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El Estado tiene el deber de hacer de la patria, en el grado más elevado posible, una realidad.
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[San Juan de la Cruz] La belleza de su obra es una marca de autenticidad más que evidente.
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¿Por qué la política, que decide el destino de los pueblos y tiene por objeto la justicia, iba a exigir menos atención que el arte y la ciencia, que tiene por objeto lo bello y lo verdadero? La política tiene una afinidad muy estrecha con el arte.
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Una de las verdades fundamentales del cristianismo es que el progreso hacia una imperfección menor no se produce por el deseo de una imperfección menor. Sólo el deseo de la perfección tiene la virtud de destruir en el alma parte del mal que la mancha. De ahí el imperativo de Cristo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48)
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Un método educativo no es prácticamente nada si su inspiración no es la concepción de cierta perfección humana.
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La fe es más realista que la política realista. Quien no tiene la certeza de que es así, no tiene fe.
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Amor a la verdad es un término impropio. La verdad no es un objeto de amor. […] La verdad es el resplandor de la realidad. El objeto de amor no es la verdad sino la realidad.
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El pensamiento humano se nutre de la alegría.

Fuente: eldebate.com

23 febrero 2026

El ayuno está de moda

Juan Luis Selma

En los últimos años, el ayuno —especialmente el intermitente— se ha convertido en tendencia. Es uno de los temas más comentados en redes sociales, podcasts y conversaciones sobre estilo de vida. Ha pasado de ser una práctica ancestral casi olvidada a instalarse en nuestras rutinas. Pero ¿qué hay realmente detrás de esta moda?

Aunque ahora esté en auge, el ayuno ha sido una práctica habitual en diversas religiones —cristianismo, islam, budismo— como método de purificación, ascesis y sacrificio. Lo que sí es nuevo es el enfoque moderno: hoy se presenta como una estrategia para mejorar la relación con la comida, simplificar rutinas y, en algunos casos, apoyar ciertos objetivos de salud.

Lo que antes se practicaba por necesidad o virtud, ahora se practica por salud o por estética. Ya no motiva tanto lo interior como lo externo, lo corporal. Pero, aun así, es bueno que se recupere esta antigua práctica.

Hemos comenzado la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza que, por cierto, llena las iglesias de nuestra ciudad; no creo que ninguna otra festividad tenga tanto éxito como esta. Durante cuarenta días acompañamos al Señor en su retiro en el desierto de Judea. Allí rezó y ayunó preparando su misión redentora. Podemos estar seguros de que, en su diálogo con Dios Padre, nos tuvo presentes a cada uno y cada necesidad nuestra.

Las tres prácticas tradicionales de la Cuaresma son la oración, el ayuno y la limosna. Hoy podemos fijarnos en el ayuno riguroso de Jesús: “Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre”, dice san Mateo.

El ayuno cristiano tiene varios motivos:

  • Renuncia, desprenderse de algo para recordar que lo esencial no es material.
  • Ascesis o disciplina interior, entrenar la voluntad y la atención.
  • Solidaridad, unir el propio sacrificio al sufrimiento de otros y abrirse a la caridad compartiendo con el necesitado.

El Papa nos habla de ello en su mensaje: “Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos ‘hambre’ y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los ‘apetitos’, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo… El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien”.

Pero también podemos privarnos de realidades menos materiales que los alimentos. Dice el Papa: “Me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada: la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”, propone León XIV.

¿No es cierto que, si cuidáramos más las palabras, el tono y las reacciones, crearíamos entornos más amables? La familia, el trabajo y los amigos se merecen un poco de cuidado, de educación, de atención y de empatía.

Camino nos sugiere: “Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior”.

Ayunemos de los malos modales, de las palabras hirientes, de las quejas infinitas. Podemos llenarnos de positividad, de comprensión, de delicadeza y de atención. Quizá no estemos muy acostumbrados, pero podemos intentarlo.

¿Por qué sigue siendo relevante hoy el ayuno? Porque, más allá de la religión, la Cuaresma propone algo profundamente humano: parar, revisar la vida, soltar excesos y reconectar con lo que importa. El ayuno cristiano no es una dieta ni una moda; es un lenguaje simbólico que invita a mirar hacia dentro y hacia los demás.

Fuente: eldiadecordoba.es

22 febrero 2026

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz domingo!

Hoy, primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de Jesús que, guiado por el Espíritu, va al desierto y es tentado por el diablo (cf. Mt 4,1-11). Después de ayunar durante cuarenta días, siente el peso de su humanidad: el hambre a nivel físico y las tentaciones del diablo a nivel moral. Enfrenta la misma dificultad que todos experimentamos en nuestro camino y, resistiendo al demonio, nos muestra cómo vencer sus engaños y sus trampas.

La liturgia, con esta Palabra de vida, nos invita a considerar la Cuaresma como un itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible. Se trata de permitirle eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella, y de comprometernos a hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera.

Es verdad, se trata de un camino exigente, y existe el riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder (cf. Mt 4,3-8). Estas tentaciones, que también fueron las de Jesús, no son más que pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos.

Por eso, san Pablo VI enseñaba que la penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte «que tiene como término el amor y el abandono en el Señor» (Const. ap. Paenitemini, 17 febrero 1966, I). De hecho, la penitencia, al tiempo que nos hace conscientes de nuestras limitaciones, nos da la fuerza para superarlas y vivir, con la ayuda de Dios, una comunión cada vez más intensa con Él y entre nosotros.

En este tiempo de gracia, practiquémosla generosamente, junto con la oración y las obras de misericordia; demos espacio al silencio, apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros, en las familias, en los lugares de trabajo y en las comunidades. Dediquemos tiempo a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos. Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario. Entonces, como dice san Agustín, “nuestra oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la paz” (cf. Sermón 206,3).

A la Virgen María, Madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba, le confiamos nuestro camino cuaresmal.   

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Han pasado ya cuatro años desde el inicio de la guerra contra Ucrania. Mi corazón sigue la dramática situación que todos tenemos ante nuestros ojos: ¡cuántas víctimas, cuántas vidas y familias destrozadas, cuánta destrucción, cuánto sufrimiento indecible! En verdad, toda guerra es una herida infligida a la familia humana: deja tras de sí muerte, devastación y un rastro de dolor que marca a generaciones.

La paz no puede posponerse, es una necesidad urgente, que debe encontrar espacio en los corazones y traducirse en decisiones responsables. Por eso renuevo con fuerza mi llamamiento: que callen las armas, que cesen los bombardeos, que se llegue sin demora a un alto el fuego y que se refuerce el diálogo para abrir el camino a la paz.

Invito a todos a unirse en la oración por el martirizado pueblo ucraniano y por todos los que sufren a causa de esta guerra y de todos los conflictos en el mundo, para que brille en nuestros días el tan esperado don de la paz.

Y ahora dirijo mi saludo a todos ustedes, fieles de Roma, peregrinos italianos y de diversos países.

Bendigo de corazón a las Hermanas Obreras de Jesús, en el centenario de la fundación de su Instituto. Saludo a la Escuela de San José Calasanz de Prievidza, en Eslovaquia, y renuevo mi apoyo a las asociaciones que se comprometen a afrontar juntas las enfermedades raras.

Saludo al grupo del Apostolado de la Oración de Biella, a los fieles de Nicosia, de Castelfranco Veneto y del Decanato de Melegnano; a los confirmandos de Boltiere, a los jóvenes de la Comunidad pastoral Santa María Magdalena de Milán y a los scouts de Tarquinia.

Les deseo a todos un buen domingo y un buen camino cuaresmal.

Fuente: vatican.va

19 febrero 2026

Tentaciones en el desierto

1.º domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Evangelio (Mt 4,1-11)

Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre. Y acercándose el tentador le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.

Él respondió:

—Escrito está:

No sólo de pan vivirá el hombre,

sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

Luego, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está:

Dará órdenes a sus ángeles sobre ti,

para que te lleven en sus manos,

no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra.

Y le respondió Jesús:

—Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.

De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo:

—Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras.

Entonces le respondió Jesús:

—Apártate, Satanás, pues escrito está:

Al Señor tu Dios adorarás

y solamente a Él darás culto.

Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían.

Comentario

El primer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El marco geográfico del desierto, lugar inhóspito y antagónico del Edén, es muy elocuente. De algún pasaje de la Sagrada Escritura puede suponerse la creencia judía en cierto espíritu maléfico del desierto llamado Azazel (cfr. Lv 16,10 y Tb 8,3). Jesús sería impulsado así al ámbito del tentador. Además, el desierto fue lugar de prueba para el pueblo elegido. El Señor acude para vencer allí donde Israel sucumbió.

Jesús ayuna “durante cuarenta días con cuarenta noches”. Es lo que conmemora la Cuaresma. Y esta acción penitencial del Señor está cargada de simbolismo: cuarenta días y cuarenta noches duró el castigo del diluvio (cfr. Gn 7,4); cuarenta días y cuarenta noches pasó Moisés en la nube del Sinaí, sin comer ni beber, suplicando a Dios por el pueblo (cfr. Dt 9,25), antes de entregarle la Ley (cfr. Ex 24,18); también pasó Elías cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber, caminando hasta el monte Horeb para encontrarse con el Señor (1R 19,8); y en especial, durante 40 años habitó Israel en el desierto, en medio de pruebas y tentaciones, como castigo a los 40 días que dedicó a explorar la tierra por su cuenta, sin contar con Dios (Nm 14,34).

Después de ayunar, Jesús se muestra hambriento, en aparente privación de ayuda divina y poder material. El tentador pretende entonces que Jesús caiga en alguna forma de intemperancia, avaricia o idolatría, en las que hace caer a los hombres, quienes utilizan o rechazan a Dios para exaltarse a sí mismos. El diablo cita retorcidamente las Escrituras con las que Jesús cumple siempre la voluntad de su Padre. Si eres el Hijo de Dios, le viene a decir, usa la fuerza divina para resolver la indigente condición humana que has asumido. Esta misma sugestión llegará a su culmen en la cruz.

Pero el Papa Francisco explicaba la solución que nos brinda el Maestro con su ejemplo: “Satanás quiere desviar a Jesús del camino de la obediencia y de la humillación –porque sabe que así, por este camino, el mal será derrotado– y llevarlo por el falso atajo del éxito y de la gloria. Pero las flechas venenosas del diablo son todas “paradas” por Jesús con el escudo de la Palabra de Dios (Mt. 3,4.7.10) que expresa la voluntad del Padre. Jesús no dice ninguna palabra propia: responde solamente con la Palabra de Dios. Y así el Hijo, lleno de la fuerza del Espíritu Santo, sale victorioso del desierto”.

Todos vivimos de una forma u otra cada día estas pruebas del desierto. Como explicaba Benedicto XVI, “el núcleo de toda tentación –como se aprecia aquí– es dejar al margen a Dios, el cual, comparado con todo lo que parece urgente en nuestra vida, es visto como secundario, cuando no superfluo y molesto”. Las prisas, el afán de eficacia humana y las dificultades diarias pueden llevarnos a descuidar, a olvidar e incluso a rechazar el trato con Dios; o a esperar de Él una intervención llamativa que nos hiciera reaccionar. En cambio, cuando la voluntad de Dios es lo primero, Él nos exalta después.

En efecto, Mateo dice que, vencida toda tentación, “los ángeles vinieron y le servían”. Dios da con orden y proporción lo que el demonio usaba como transgresión. San Josemaría comentaba esta entrañable escena final así: “la Iglesia, al hacernos meditar estos pasajes de la vida de Cristo, nos recuerda que, en el tiempo de Cuaresma, en el que nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría. Porque la Cuaresma es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: podemos llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas”-

Fuente: opusdei.org

Sin habernos acabado

Teo Peñarroja

El mal. Esa es la cuestión: el mal. Por qué hay mal, imperfección y, en último término, muerte. Por qué descarriló el tren, por qué esa niña se quedó sin familia, por qué aquella mujer mayor que viajaba a acompañar a su hermana no llegó a su destino, por qué el corazón de aquel cardiólogo con la vida por delante dejó de latir, y así hasta 45. ¿Por qué? El corazón se emperra en una serie de sentimientos inevitables, legítimos: ira, frustración. Buscamos con justicia explicaciones, responsabilidades, culpables. Hay una profunda tristeza personal y colectiva. ¡Qué fracaso! ¿Por qué no se hizo un buen mantenimiento de las vías? ¿Quién debería hacerlo? ¿No supo? ¿No quiso? Hay indignación también por la ineptitud o por la negligencia, eso está por ver, aunque no cambie el diagnóstico. Por último, cuando se calma todo aquello, queda ante el mal un último sentimiento, un atisbo de verdad: estamos perplejos.

Nos abate hasta la indefensión constatar que el mal existe, que las cosas no son como deberían ser, que se atenta contra la naturaleza de las cosas. La vida pide de suyo infinito y, en cambio, se ve segada de manera tan dramática.

Estamos hechos para vivir y, sin embargo, nos morimos. El último mal, la frontera —el muro— con el que se da de bruces todo raciocinio: nos terminamos sin habernos acabado. Señal inequívoca de que nuestro fin no está aquí abajo. Esa es, tal vez, la luz (siempre hay una luz) que vacila al final de la tragedia.

Las familias de las víctimas han rechazado la propuesta del Gobierno de un homenaje de Estado el próximo día 31. Razones tendrán. En cambio, sí van a acudir a la Misa funeral que se celebrará este jueves en Huelva. Iba a ser en la catedral, pero se hará en el Palacio de Deportes por una cuestión de aforo.  

Una semana antes, en Adamuz, escenario del accidente, más de 700 personas se reunieron alrededor del altar. Fue en la Caseta Municipal, un espacio dignísimo porque en él se refugió y atendió a los heridos el día del descarrilamiento. El salmo lo leyó un adolescente, Julio de nombre, que acudió desde el momento del desastre para ayudar a los heridos: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas». Ofició Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y presidió la celebración una imagen de la patrona de Adamuz, la Virgen del Sol. Puerta del Cielo, ruega por nosotros.

El mal, esa es la cuestión. Explicaba en su magisterio el Papa Francisco que el pueblo de Dios es infalible in credendo. La mayoría de las víctimas del accidente eran católicas, y su sentido de la fe las ha llevado a buscar no el homenaje sino el sufragio; no el consuelo de la posteridad, sino el de la esperanza en la vida eterna. En última instancia, el realismo sobrenatural de las familias afirma con las obras —obras de misericordia: enterrar a los muertos, rogar a Dios por los difuntos— que estamos aquí de paso, individuales, amados, irreductibles al símbolo.

Fuente: alfayomega.es

Los filósofos de Hitler

Benigno Blanco Rodríguez

Las ideas no son inocentes. Hitler absorbió ideas de distintos filósofos influyentes en su época y las convirtió en una máquina de destrucción y muerte y contó con la colaboración de otros intelectuales que justificaron y legitimaron con su prestigio el régimen nazi y sus obras.

Conocer esas ideas que generaron y avalaron la ideología nazi resulta muy interesante, no solo por curiosidad histórica sino porque algunas siguen vigentes y activas en nuestros días pues forman parte del patrimonio filosófico de la modernidad.

Al estudio de esos intelectuales y sistemas de pensamiento dedica la historiadora inglesa Yvonne Sherratt su obra Los filósofos de Hitler, editada por Cátedra en 2014 (336 págs.).

En el capítulo primero, con el título “el genial cocktelero”, Sherratt hace una síntesis del pensamiento y obsesiones de Hitler analizando su célebre libro Mi Lucha escrito durante su reclusión tras el intento de golpe de Estado de Munich en 1923.

La tesis de la autora es que Hitler no tuvo nada de original sino que se limitó a hacer un cocktel usando ingredientes varios que flotaban en el ambiente intelectual de su época. La misma tesis sugiere Joachim Fest en su monumental biografía de Hitler cuando escribe (págs. 89 y ss.):

“No fue nadie en particular, sino la época, quien le dio sus ideas. Con el antisemitismo y el darwinismo social debe incluirse, sobre todo una creencia de predestinación social y nacionalista (…) corrientes intelectuales en boga, muy generalizadas e imbuidas de retazos de ideas imperantes a finales de siglo: la filosofía de la vida, el escepticismo frente a la razón, así como una romántica glorificación del instinto, de la sangre y del impulso sexual. Nietzsche, cuya trivializada plática sobre la fuerza y la brillante amoralidad del superhombre pertenece asimismo a esta ideología (…) Wagner no sólo fue el gran ejemplo en la vida de Hitler sino también su maestro, cuyas pasiones ideológicas hizo suyas …”.

El capítulo segundo de la obra lo dedica la autora a una detallada reseña del antisemitismo de los grandes intelectuales alemanes desde el siglo XVIII al XX que influyeron en Hitler según propia confesión de éste: Kant, Fichte, Hegel, Feuerbach, Marx y, de forma especial y obsesiva, el compositor y escritor Richard Wagner, figura absolutamente destacada en la formación de las ideas racistas y genocidas de Hitler; Nietzsche con su elogio de la guerra y su descalificación brutal de la moral cristiana; el socialdarwinismo, profundamente racista, que, a partir de las tesis de Darwin, el alemán Ernst Haeckel popularizó en el área cultural germana, junto con el racismo y las propuestas eugenésicas de Gobinau y Houston Stewart Chamberlain, autor éste último casado con una hija de Wagner y a quien Hitler trató y admiró.

La Rosa Blanca, la resistencia cristiana a los nazis y el revelador interrogatorio a Sophie Scholl

Este elenco de autores, algunos de los cuales siguen siendo referencia de la modernidad, aportaron a la cocktelera ideológica de Hitler los componentes que -mezclados y agitados por el joven Hitler- produjeron la ideología del nazismo y justificaron su agenda política de violencia y exterminio.

Los capítulos tercero a quinto se ocupan de la mano derecha de Hitler para la depuración de la cultura y la universidad alemana para adaptarlas al nazismo, Alfred Rosenberg; del ideólogo jurídico del régimen nazi, Carl Smichtt, “el legislador de Hitler” según lo llama la autora; y del filósofo que le dio prestigio intelectual al régimen hitleriano con su adhesión al mismo, Martin Heidegguer, “el Superman de Hitler” como le denomina Yvonne Sherratt. En estos capítulos la autora estudia con detalle el pensamiento de esos autores, su trayectoria y su aportación al establecimiento y consolidación del poder nazi.

Conviene recordar que autores como Kant (¡escandalosamente brutales sus frases antisemitas citadas por nuestra autora!), Hegel, Nietzsche, Carl Smichtt o Heidegger siguen influyendo profundamente en el pensamiento actual directamente o a través de sus discípulos.

Por ejemplo, una parte del populismo actual se inspira en las ideas jurídicas de Smichtt y una gran parte del existencialismo y el estructuralismo que tanto han influido en las actuales ideología woke e ideología de género se remiten a Heidegger y su pensamiento y el antisemitismo sigue vivo como vemos en la inmediata actualidad.

Por tanto “los filósofos de Hitler” no están tan muertos como su discípulo nazi; por eso es conveniente conocer esta historia para entender nuestra época, valorar sus riesgos e intentar evitar que se pueda repetir algo tan brutal como lo que representó Hitler y su ideología.

La segunda parte del libro está dedicada a los filósofos “oponentes de Hitler” y en ella Yvonne Sherratt narra la vida de algunos pensadores e intelectuales que vivieron en la Alemania de Hitler pero se opusieron lúcidamente al nazismo y sufrieron su persecución.

La policía nazi con la joven Sophie Scholl, en la película de 2005

Cuatro mujeres ante el abismo del mal: Hannah Arendt, Sophie Schöll, Etty Hillesum y Edith Stein

Los capítulos 6 a 9 se dedican respectivamente a la vida de Walter Benjamín, Theodor Adorno, Hanna Arendt y los miembros de la Rosa Blanca como Sophie Scholl y su maestro, el viejo y honesto profesor Huber.

Por desgracia, hoy son más recordados y leídos los “filósofos de Hitler” estudiados en la primera parte de este libro que sus víctimas recordadas en la segunda parte.

Pío XII y el fiscal Robert Jackson, en un encuentro de la película Nuremberg... que nunca se dio en el mundo real

El capítulo décimo y último lo dedica la autora a los juicios de Nuremberg y al trabajo de los Comités de desnazificación que se organizaron en Alemania tras la II Guerra Mundial y que permitieron la rápida rehabilitación de personajes como los citados Carl Schmitt o Heidegger y de personajes como el fundador de la lógica moderna, Frege, que había liderado también la universidad nazi, entre otros.

La conclusión del libro que comentamos es -aunque la autora no la formule así expresamente- que las ideas de “los filósofos de Hitler” no han muerto con él.

En Los médicos de Auschwitz (Ed. Espasa, 325 págs.) Bruno Halioua, médico e historiador y profesor en la Sorbona, estudia la llamada medicina nazi llegando a afirmar que los médicos fueron la profesión más nazificada en aquella Alemania de los años 30 y así se entiende la brutal gestión médica del asesinato y la tortura en el campo de concentración de Auschwitz, algo que también conviene recordar hoy cuando aborto y eutanasia se consideran ya legalmente meras prestaciones sanitarias.

Fuente: religionenlibertad.com

18 febrero 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  I. Constitución dogmática Lumen gentium 1. El misterio de la Iglesia, sacramento de la Unión con Dios y de la unidad de todo el género humano

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos.

El Concilio Vaticano II, a cuyos documentos estamos dedicando las catequesis, cuando quiso describir la Iglesia se preocupó, ante todo, de explicar de dónde proviene su origen. Para hacerlo, en la Constitución dogmática Lumen gentium, aprobada el 21de noviembre de 1964, tomó de las Cartas de San Pablo el término “misterio”. Eligiendo este vocablo no quiso decir que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible, como a veces comúnmente se piensa cuando se escucha pronunciar la palabra “misterio”. Exactamente lo contrario: de hecho, cuando San Pablo utiliza, sobre todo en la Carta a los Efesios, esta palabra quiere indicar una realidad que antes estaba escondida y que ahora ha sido revelada.

Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz. Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Para San Pablo el misterio es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad y se da a conocer en experiencias locales, que gradualmente se dilatan hasta incluir a todos los seres humanos e incluso al cosmos.

La condición de la humanidad es una fragmentación que los seres humanos no son capaces de reparar, aunque la tensión hacia la unidad habite en sus corazones. En esa condición se inscribe la acción de Jesucristo, que, mediante el Espíritu Santo, venció a las fuerzas de la división y al Divisor mismo. Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.

Esta convocatoria, precisamente porque es realizada por Dios, no puede, sin embargo, limitarse a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Por eso, el Concilio Vaticano II, al inicio de la Constitución Lumen gentium, afirma así: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1). Con el uso del término “sacramento” y la consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un signo. Además, al término “sacramento” se añade también el de “instrumento”, precisamente para indicar que la Iglesia es un signo activo. De hecho, cuando Dios obra en la historia, involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción. Es mediante la Iglesia que Dios alcanza su objetivo de unir en sí mismo a las personas y de reunirlas entre ellas.

La unión con Dios encuentra su reflejo en la unión de las personas humanas. Es esta la experiencia de la salvación. No es casualidad que en la Constitución Lumen gentium en el capítulo VII, dedicado al carácter escatológico de la Iglesia peregrina, en el n. 48, se utiliza de nuevo la descripción de la Iglesia como sacramento, con la especificación “de salvación”: «Porque Cristo – dice el Concilio –  levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre».

Este texto permite comprender la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos.
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy, Miércoles de Ceniza, comenzamos la Cuaresma, tiempo de gracia y conversión. Pidamos al Señor que disponga nuestros corazones para escuchar y hacer vida su Palabra, ayunando de gestos y comentarios que hieran a los demás y nos alejen de su Corazón misericordioso. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído por el Santo padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicada a la Iglesia. Al comienzo de este documento conciliar se afirma que «la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (n. 1).

Esto significa que la Iglesia es sacramento, en cuanto expresión que manifiesta el plan de Dios en la historia de la humanidad, y es instrumento, es decir, realiza su misión de manera activa, impulsada por el Espíritu Santo.

En el capítulo dedicado a la índole escatológica, la Constitución afirma que la Iglesia es «sacramento universal de salvación» (n. 48). Esto permite comprender el nexo entre Cristo Salvador y la Iglesia, ya que Él sigue actuando en ella por obra del Espíritu Santo, uniendo a sus miembros y haciéndolos partícipes de su vida gloriosa por medio de la Eucaristía.

Fuente:vatican.va