17 julio 2026

El trigo y la cizaña

16º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 13,24-43)

Jesús les propuso otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”».

Les propuso otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.

Les dijo otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.

Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas y no les solía hablar nada sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta:

Abriré mi boca con parábolas,

proclamaré las cosas que estaban ocultas

desde la creación del mundo.

Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:

— Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

Él les respondió:

— El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.

Comentario

La imagen del campo sobre el que se ha dejado caer a manos llenas la buena semilla del Evangelio, pero donde el enemigo ha sembrado cizaña, invita a pensar en la Iglesia, que “abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación -señala el Catecismo-. Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación”.

En efecto, la parábola del trigo y la cizaña plantea el problema de la coexistencia del bien y el mal. “Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena -comentaba san Josemaría-; el señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente– se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”.

Mons. Javier Echevarría invitaba a considerar que “esta realidad ha de movernos a la contrición, al dolor de amor, a la reparación, pero nunca al desaliento o al pesimismo. (…) A la vez, consideremos que ya ahora, en la tierra, el bien es mayor que el mal, la gracia más fuerte que el pecado, aunque su acción resulte a veces menos visible”.

La parábola de Jesús deja claro que el mal no procede de Dios, sino del enemigo, el maligno, que es astuto y siembra el mal en medio del bien, de modo que resulta difícil separarlos con claridad, aunque el justo Juez podrá hacerlo. Ahora bien, no cabe esperar una intervención inmediata para atajar el mal, porque Dios es paciente y misericordioso.

Los servidores están impacientes por arrancar la cizaña, pero “Dios en cambio sabe esperar -comenta el Papa Francisco-. Él mira el ‘campo’ de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él”.

Dios es paciente porque sabe que incluso el corazón que lleva tiempo manchado por muchos pecados puede cambiar y dar buen fruto. San Agustín, comentando esta parábola, aporta su experiencia de pastor de almas y constata que “muchos primero son cizaña y luego se convierten en trigo”, por lo que se requiere esa saludable paciencia, que no es indiferencia ante el mal: “Si estos, cuando son malos, no fueran tolerados con paciencia, no llegarían al laudable cambio”.

El dueño del campo no confunde el bien con el mal. Sabe qué es saludable y qué es dañino para la salud, pero no permite que sus servidores se precipiten para dar tiempo a la misericordia. Jesús nos enseña a moderar ímpetus a y saber aguardar: lo que es malo puede cambiar a algo bueno. La conversión es posible, y siempre cabe la esperanza de que se producirá.

Fuente: opusdei.org


El sapiens en busca del sentido

Diego S. Garrocho

Desde hace ya demasiados siglos, los seres humanos han sospechado que la vida inmanente no basta. Que todo cuanto nos toca vivir debiera responder, de algún modo, a un último propósito desde el que reconstruir lo que hemos hecho y lo que nos ha pasado. Esa pregunta antigua, a la que la historia le prestó distintas fórmulas, no es otra cosa que la pregunta por el sentido.

El mundo siempre decepciona. Salvo, quizá, a los muy afortunados, la circunstancia en la que nos encontramos arrojados todos los seres humanos nos condena a un cierto extrañamiento. Y aunque en cualquier biografía existan momentos dichosos, hay una sospecha trágica en toda existencia. Nacimos sin que nadie nos lo preguntara y descubrimos la vida con la misma sorpresa con la que un bebé indefenso repara en sus propias manos. Tocamos, comemos y sentimos, en primer lugar, todas las cosas que nos quedan cerca. Pero, por fortuna, también somos capaces de levantar la barbilla y de mirar más allá.

En no pocas ocasiones, cuando la vista ya no alcanza, somos también capaces de imaginar algo distinto de esta realidad precaria a la que un día fuimos lanzados. A veces, incluso, podemos ser felices. Pero incluso en esos instantes, desde hace ya demasiados siglos, los seres humanos han sospechado que la vida inmanente no basta. Que la realidad no se agota en la precaria proximidad y que todo cuanto nos toca vivir debiera responder, de algún modo, a un último propósito desde el que reconstruir lo que hemos hecho y lo que nos ha pasado. Esa pregunta antigua, a la que la historia le prestó distintas fórmulas, no es otra cosa que la pregunta por el sentido.

Los mejores conceptos filosóficos son los que también aparecen en el lenguaje ordinario. Por el sentido no solo se preocuparon los clásicos o los dolientes filósofos del siglo XX. De ahí que cualquier persona sencilla haya experimentado la urgencia de tener que darle, o buscarle, un sentido a no pocas experiencias de su vida. Por fortuna, el lenguaje siempre nos delata y a veces dice más de lo que quisiéramos. En castellano decimos que las cosas «tienen sentido», pero en inglés ese mismo sentido es consecuencia de una producción: It makes sense. Ni siquiera habría que elegir. El sentido se descubre, se hace, se produce, se da y sobre todo se añora. Porque si insistimos en interrogarnos por el significado de nuestra existencia, es porque barruntamos que nuestra vida no se agota en el aquí y en el ahora. Que el mundo nos decepcione nos obliga a sospechar que quizá hubo un día en el que conocimos otra realidad más justa, más saludable, más bella o verdadera. Si podemos defraudarnos con el presente, es porque en otro tiempo conocimos otra realidad. Platón estaba convencido de ello y por eso identificó el conocimiento con el recuerdo. Borracho de estilo, y quién sabe si de melancolía, Albert Camus lo dijo de una forma mucho más eficaz: «El pensamiento de un hombre es, ante todo, su nostalgia».

Si insistimos en interrogarnos por el significado de nuestra existencia es porque barruntamos que nuestra vida no se agota en el aquí y el ahora

Pero ¿qué es ese sentido que añoramos, que buscamos y que incluso a veces inventamos? De nuevo, el lenguaje vulgar nos brinda una pista del todo reveladora. Un sentido es un rumbo, una flecha, la señal que indica una dirección y que nos recuerda que todo, también este presente, debe llevarnos a otro sitio. El sentido es una invocación de la esperanza y del destino. Es un rumbo que se traza desde el presente precario hacia un futuro en el que, ojalá, nos llegue algún tipo de revelación o de explicación para todo lo ocurrido. Es una misión íntima con la que trascender la circunstancia propia, en la confianza de que al final de nuestros días habrá algo que nos permita resolver que la vida valió la pena. Esta expresión es también una bendición, pues nos recuerda que la pena, la tristeza y el dolor tienen un valor y, sobre todo, un significado.

Sabemos con certeza que la vida tiene un final. La muerte de cada uno de nuestros seres queridos lo demuestra. Lo que no siempre constatamos con la misma seguridad es que la vida pueda tener algo parecido a una finalidad. Durante siglos, el linaje familiar, el determinismo laboral o incluso la identidad religiosa brindaron una misión para cada biografía. La conquista de la libertad acarreó consigo una dificultad añadida y convirtió cada vida en un auténtico desafío. La libertad es un don, pero es también una responsabilidad y a veces —Sartre, con perdón— casi una condena. T. S. Eliot recordaba que en todo principio está implícito el final, pero al independizarnos del origen —de la familia, del Dios perdido, de la tradición, de las costumbres— se nos abrió un espectro de posibilidades que nos impidió vivir con rumbo cierto. No es lo mismo, pese a todo, no ser capaces de encontrarle un sentido a la existencia que renunciar a la búsqueda.

Somos, entre otras muchas cosas, animales ávidos de razones, de causas y de explicaciones

Volviendo al lenguaje, es sintomático que tantas veces se confunda el sentido con el significado. Acaso merezca la pena recordar que el significado de algo es, en muchas ocasiones, su propio sentido. Las palabras no se agotan en el trazo de sus letras ni en el sonido de sus fonemas. El significado es siempre una forma de trascendencia, la superación del acontecimiento material e inmanente de un término. Por este motivo, cada vez que leemos la palabra justicia o la palabra verdad no nos conformamos con acoger un conjunto de letras, sino que nos vemos forzados a pensar en todas las cosas que son justas o verdaderas.

Pero la vida casi nunca es justa. Como no lo es el dolor de un inocente ni la desgracia inmerecida. De ahí que sea en el sufrimiento donde más apremie la necesidad de encontrarle un sentido a la existencia. Somos, entre otras muchas cosas, animales ávidos de razones, de causas y de explicaciones. Por eso no podemos conformarnos con vivir, con experimentar el daño o el tedio, y necesitamos buscar siempre alguna suerte de culpable o, cuando no, algún tipo de justificación. La injusticia sin razones es siempre una desgracia agravada, de ahí que volvamos a implorar esa dimensión trascendente que nos permita justificar que lo que ahora nos resulta incomprensible pueda tener, esta vez sí, algún tipo de sentido.

Es posible que no exista un único sentido de la vida y que a cada ser humano le haya sido dada una verdad que revelar o algo que proteger y custodiar

No es casual que la búsqueda del sentido se apure en los contextos más críticos de la humanidad. Rescatamos antes una cita de Camus del año 1942, y en esa misma década, cuatro años después, Viktor Frankl publicó el célebre ensayo que resume nuestro tema de portada. El hombre en busca de sentido es un testimonio íntimo en el que el psiquiatra austríaco describe su experiencia en los campos de exterminio nazi. Ateridos por el frío y la incertidumbre, expuestos a los castigos de sus verdugos y extenuados por el trabajo forzado y la conciencia de una muerte inminente, aquellos hombres se vieron obligados a encontrar un sentido para la vida. La extrema crueldad a la que fueron sometidos no consiguió arrancar —o al menos no siempre— un último reducto de libertad espiritual con el que enfrentar el peor dolor imaginable. También en Auschwitz, Mauthausen o Dachau los seres humanos sintieron la necesidad de rebasar su inaceptable circunstancia para darle algún significado.

Aquella vivencia radical y, en el fondo, un consenso discreto entre todos los genios filosóficos, literarios y espirituales que se han interrogado por el sentido nos enseñan que la vida solo puede explicarse por algo distinto de sí misma. A falta de resolver si el sentido de la existencia se descubre o se inventa, parece claro que nuestra misión siempre estará fuera de nosotros mismos. Explicar la vida desde la vida es un intento tan vano como el del barón de Munchausen, que intentó evitar su hundimiento en un pantano tirando de su propia coleta. El sentido de la vida radica en aquellas cosas por las que estaríamos dispuestos a perderla.

Ese sentido, con todo, no suelen encontrarlo los intelectuales tristes ni la melancolía filosófica. A veces hay destellos de lucidez en las inteligencias superlativas, pero las más de las veces son las personas más sencillas y humildes quienes han desarrollado la bondad y la claridad suficientes para trascender el mundo. Frente a las doctrinas que insisten en el autocuidado y la conquista de triunfos materiales, las vidas logradas suelen conquistar el sentido desde lugares más ciertos y trascendentes.

Es posible que no exista un único sentido de la vida y que a cada ser humano le haya sido dada una verdad que revelar o algo que proteger y custodiar. Hay quien vive toda una vida para escribir un verso, para crear una familia o para cuidar a una persona. En todos estos casos el amor funciona como una premisa indiscutible. Los clásicos hablaron del amor fati, el amor al destino. Pero es, quizá, el amor a los otros lo único que pueda salvarnos de una realidad insuficiente. La vida con sentido es una vida con misión. No en balde, etimológicamente, missio proviene de mittere: estar lanzado, enviado, arrojado. El existencialismo y su pesimismo burgués nos imaginó arrojados al mundo. Pero quizá la pregunta no sea tanto por qué fuimos lanzados, sino hacia quién. Porque si la misión implica un envío, todo envío supone un destino. Y ese destino, las más de las veces, no es más que tener a alguien a quien amar por encima de nosotros mismos.

Fuente: ethic.es

«Si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia»

Eloy Asenjo Carpintero

La lectura de Un corresponsal en el frío, el libro de memorias de Ricardo Estarriol, ofrece una lúcida ventana al corazón de los países del telón de acero durante la Guerra Fría. Entre sus páginas, destaca con fuerza una entrevista al físico y disidente soviético Andréi Sájarov, premio Nobel de la Paz en 1975. Al ser preguntado sobre si se consideraba un político, Sájarov respondió con una claridad meridiana que cala hondo en nuestra sensibilidad contemporánea: «Mire: los problemas de nuestro país no son problemas políticos; aquí tenemos que luchar por los valores, por la moral: decir la verdad clara, por ejemplo, es muy importante para cambiar a nuestra gente».

Esta reflexión, formulada hace décadas bajo el yugo de un régimen totalitario, resuena hoy con una alarmante vigencia en nuestro autodenominado «mundo occidental». Habitamos un escenario cada vez más polarizado y polarizante, donde la palabra escrita y hablada parece haber perdido su función de puente para convertirse en trinchera. El diagnóstico de Sájarov es perfectamente extrapolable a nuestra realidad: la crisis profunda de Occidente no es un mero conflicto de siglas, estrategias o partidos políticos; es, fundamentalmente, un desafío moral.

Salir de esta espiral destructiva, que erosiona el bien común a pasos agigantados, exige el coraje de rescatar la verdad desnuda y pronunciarla sin ambages.

Este panorama me evoca la carta encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, un texto que nos insta de manera apremiante a «construir la civilización del amor». Lejos de pretender un exhaustivo desglose teológico, resulta sumamente sugerente recorrer sus principales ejes conceptuales para iluminar el laberinto político y social en el que nos encontramos.

En primer lugar, el texto pontificio nos recuerda que «todos podemos dar nuestro aporte». Con frecuencia caemos en la tentación de delegar la regeneración social en quienes ostentan el poder público, asumiendo de forma derrotista que las grandes dinámicas nos sobrepasan. La encíclica tacha esta actitud como «una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo», y recurre de manera brillante a J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos».

Para lograrlo, el primer campo de batalla es el lenguaje: es imperativo «desarmar las palabras» para poder desarmar la tierra. El poder de la palabra y de la imagen en la era digital es colosal. Quienes nos dedicamos a la educación, a la comunicación o a la política arrastramos la grave responsabilidad de hacer un examen de conciencia sobre la agresividad —abierta o encubierta— y los prejuicios que impregnan nuestros discursos. De la templanza de nuestra lengua depende que edifiquemos el bien común o alimentemos la hoguera de la discordia.

Asimismo, la paz verdadera no equivale a la mera ausencia de conflicto o al silencio impuesto a cualquier precio; la paz nace indefectiblemente de la justicia. Como recordaba san Agustín en sus Comentarios a los Salmos, no se puede pretender la paz interior ni social desoyendo los mandatos éticos elementales: no robar, no calumniar, no hacer al otro lo que no desearías para ti. «¿Quieres encontrarte en paz? Practica la justicia», sentenciaba el santo de Hipona.

Esta justicia exige también «asumir la mirada de las víctimas». Ante determinados atropellos a la dignidad humana, la neutralidad no es una opción justa ni una muestra de prudencia, sino una forma de complicidad implícita. Escuchar y dar voz a quienes sufren es el único antídoto contra la normalización de la violencia y el conflicto. Esta es la auténtica memoria histórica: una que aprende con dolor de los errores pretéritos para gritar a favor de la concordia, en lugar de instrumentalizar el pasado como preludio de nuevos agravios.

Frente a la polarización que simplifica el mundo entre «buenos y malos» o «amigos y enemigos», se vuelve urgente «cultivar un sano realismo» que esquive tanto el idealismo utópico como el cinismo estéril, males oncológicos que destruyen el tejido democrático. Este realismo es el que permite «relanzar el diálogo», huyendo del maniqueísmo que etiqueta al adversario para negarle la escucha. Urge transitar de la estéril «cultura del poder» e imposición a una «cultura de la negociación» y el encuentro, una asignatura clamorosamente pendiente tanto en la España actual como en el resto de Occidente.

Finalmente, la encíclica subraya la necesidad de la diplomacia y el multilateralismo frente a las lógicas de la comunicación impulsiva y las retóricas inflamadas. El diálogo es imprescindible incluso con los actores más incómodos; una tarea que demanda dosis heroicas de humildad, paciencia y una mirada de misericordia capaz de poner la dignidad humana por encima de las trincheras ideológicas. Es una invitación que, para los creyentes, se corona con la llamada a «orar y esperar», reconociendo con esperanza que la paz definitiva es un don que nos trasciende.

Es indudable que la escala de estos desafíos puede abrumarnos. Sin embargo, el núcleo de la transformación social no reside en las cancillerías internacionales, sino en la micro política de nuestra cotidianidad. Es en la familia, en la comunidad de vecinos, en el entorno laboral y en el círculo de amistades donde se decide la suerte de nuestra civilización. Si somos capaces de sembrar justicia, verdad y palabra desarmada en nuestro metro cuadrado, la sociedad cambiará por añadidura.

Lo resumió con insuperable sabiduría Santa Teresa de Calcuta: «Si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia». El destino de Occidente comienza hoy en nuestro propio hogar.

Fuente: eldebate.com

16 julio 2026

Luis de la Fuente, el seleccionador que desmiente a Marx y Nietzsche

Javier García Herrería

El seleccionador español se ha convertido en un católico del que -perdónenme el atrevimiento- da gusto presumir.

Siempre existe un riesgo cuando un personaje público habla de su fe: el de convertirlo, casi sin querer, en icono a canonizar, en modelo idealizado al que aplaudimos más por su fama que por su ejemplo real. Conviene ser prudentes con eso. Pero en el caso de Luis de la Fuente, uno puede quitarse el sombrero con tranquilidad, porque lo que sostiene el aplauso no es solo la anécdota mediática, sino una tríada poco frecuente: doctrina bien entendida, virtudes humanas sólidas y prestigio profesional ganado a pulso.

Esta semana, en una rueda de prensa, dejó claro que su vida de oración no depende del calendario deportivo: «Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial», explicó, dejando claro que tampoco espera que eso le garantice ningún resultado. 

«Doy gracias todos los días, cada día que me levanto», dijo, por el simple hecho de encontrarse bien y tener, según sus palabras, un día más para disfrutar de la vida. Es una teología sin pretensiones, la de quien agradece antes de pedir, y que entiende la fe como reconocimiento y no como transacción.

Preguntado por lo que le pide a Dios antes de un partido decisivo, respondió que «sería injusto pedirle a Dios que me ayude a mí y no al rival». En un deporte que normaliza suplicar la victoria propia como si el cielo tuviera colores de camiseta, esa frase es, sencillamente, buena doctrina: Dios no es el duodécimo jugador de nadie. Lo único que pide para sí De la Fuente es más discreto —«pido salud, especialmente, y que me dé opciones para seguir peleando»— porque el resto entiende que se gana en el campo.

Ahí es donde el discurso de De la Fuente se distancia, sin proponérselo, de la sospecha con la que Marx y Nietzsche miraban a los creyentes. Para el primero, la religión era ante todo un consuelo interesado, un analgésico que el débil se administraba para sobrellevar la injusticia terrena sin cambiarla; para el segundo, la fe del hombre común escondía una forma de sacar una compensación ante la propia debilidad. 

En ambos casos, creer se reducía a una utilidad disfrazada: se reza porque conviene, porque alivia o porque desquita. De la Fuente hace justo lo contrario cuando explica que sería injusto pedir ventaja sobre el rival y que su oración no busca ningún resultado a cambio. Su fe no funciona como herramienta que le reporte un beneficio, sino como gratitud que no necesita retorno, lo cual desmonta, al menos en su caso, la caricatura utilitarista que ambos pensadores proyectaron sobre el creyente medio.

No hace falta canonizar a nadie para reconocer lo evidente: aquí hay un católico coherente, trabajador y sencillo, que no teme dar testimonio de lo que cree. Un católico del que da gusto presumir. Y eso, gane o pierda España la final, ya es un ejemplo que vale la pena señalar.

Fuente: omnesmag.com

15 julio 2026

Los invisibles tatuajes del corazón

José Antonio García-Prieto Segura


“Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

              De nuevo traigo a colación los tatuajes que frecuentemente vemos por todas partes. Hoy vuelven a mi memoria por algo que me sucedió hace un año exactamente. Era el 16 de julio y había publicado un artículo que titulé: “Virgen del Carmen: Estrella del mar y luz de esperanza”. Además de su difusión personalizada en mis redes de amigos, al salir a la calle llevaba algunas copias impresas para otros que no acceden a internet.

Tomé un autobús y, ¡cuál no sería mi sorpresa!, que subió junto a mí una persona de mediana edad en cuyo antebrazo llevaba un vistoso tatuaje Representaba un corazón entre olas y atravesándolo de parte a parte, una cinta con esta inscripción y letras todas en mayúscula: “MARÍA DEL MAR”. No daba crédito a lo que veían mis ojos. Nos sentamos juntos y no pude menos que comentarle mi asombro. Le enseñé el artículo que acababa de publicar y amablemente le pregunté por esa curiosa coincidencia con su tatuaje porque, al parecer, nos referíamos a la misma persona. Yo, hablando del amor a la Virgen María, patrona de la gente del mar en su advocación de El Carmen, y él, según me confió con toda sencillez, llevaba aquel tatuaje por su madre. Se llamaba María del Mar y había grabado su nombre como muestra de cariño. Espontáneamente le regalé un ejemplar del artículo y él me permitió hacer una foto de su tatuaje.

El amor de una madre de la tierra y el de una Madre del Cielo, se dieron cita inesperada en el autobús. Y es que el latir trascendente con que el Creador ha sellado nuestro corazón y todas las realidades terrenas, a modo de tatuaje invisible, hace que se den esas sencillas armonías. En este caso, fue la nota sinfónica del amor por las madres, la que originó y estuvo presente en semejante coincidencia. Comprobé una vez más que todo lo humano limpio enlaza con lo divino.

Se comprende por eso que Jesucristo para hablarnos de las excelsas realidades del Reino celestial -del amor divino al que nos llama-, tome como apoyo de sus parábolas tantas realidades de esta vida que implican y apuntan a una trascendencia: desde la eficacia oculta en un granito de trigo para transformarse en espiga granada si muere al ser sembrado, hasta el gozo de los invitados a las bodas del hijo de un rey del que habla en otra parábola. Ahora, recordaré la huella capital que el amor de Dios ha dejado impresa en el corazón de toda persona. Aquella realidad que expresó san Agustín con su célebre pensamiento: “Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confes. I, 1).

          El anhelo de felicidad que todos experimentamos y que late en nuestro corazón, responde a la sed de amor que Dios ha impreso en toda persona al crear su alma inmortal. Vendría a ser como un tatuaje divino invisible. Muchos antiguos tatuajes se debían al deseo de señalizar con esa marca en la piel, la pertenencia de esa persona a quien había ordenado el tatuaje. Era como un signo de propiedad. Esto es completamente inadmisible entre las personas porque repugna a su dignidad; de ahí que estuvieran prohibidos en el pueblo de Dios porque obedecían a prácticas paganas. Como leemos en el Lv 19, 28: “No os haréis incisiones en vuestra carne, ni imprimiréis en ella figura alguna”.

          Por el contrario, cuando la dignidad de toda persona se asienta, como así es, en el amor creador de Dios, bien podemos decir que le pertenecemos como fruto de su amor. Somos tan suyos que el profeta Isaías pone en labios de Dios estas palabras: “Mira: te he grabado en las palmas de mis manos” (Is 49, 16). Estaban dirigidas al pueblo escogido, pero son aplicables a cada persona; y de modo más pleno todavía al cristiano. Las manos de Dios Padre que metafóricamente se refieren a su Hijo y a su Espíritu, son el medio por el que con su amor nos abraza de modo inefable en el bautismo. En este sacramento Dios Padre imprime la imagen divina de su Hijo eterno, sellándola en todo nuestro ser con el amor del Espíritu.

          En todo bautizado es tan impresionante esa pertenencia a Dios por el tatuaje espiritual y divino, que san Pablo escribe a los primeros cristianos: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (…) ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1Co 6, 15.19.20).

En nuestros días, san Juan Pablo II recogerá el lenguaje metafórico de Isaías y el teológico de san Pablo para decir a todos, aunque lo hiciera a través de los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud: “Queridos jóvenes, Dios os ha amado primero, acoged su amor. Permaneced firmes en esta certeza, la única que da sentido, fuerza y alegría a la vida (…) Ha tatuado vuestro nombre en las palmas de sus manos (cf. Is 49, 16)” (Jornada Mundial de la Juventud, 6-I-1999). Somos, pues, seres sellados por su Espíritu y en su Hijo.

Para cerrar estas reflexiones vuelvo al encuentro con mi compañero del autobús y su tatuaje. Al margen de gustos estéticos sobre esta práctica, cuando los motivos de fondo para llevarlos son fruto y expresión de nobles razones, bien cabe su alabanza. En el caso de los cristianos y en un nivel superior, los tatuajes espirituales que llevamos piden que los manifestemos a las claras y sin temor. No con incisiones epidérmicas, sino como escribe san Pablo: glorificando a Dios con una conducta que muestre que somos suyos.

A fin de cuentas, se trata de manifestar con hechos las luces divinas con que el Padre nos ha tatuado, y poner en práctica el mandato de Jesús: “Brille así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).        

Fuente: elconfidencialdigital.com                              

14 julio 2026

Suicidio asistido: algunas reflexiones

Damián Muñoz Sánchez

El pasado 17 de enero, la Corte Suprema de EE.UU. sentenció que el Fiscal General no puede prohibir que los médicos del Estado de Oregón proporcionen sustancias para suicidarse a los pacientes que cumplan los requisitos previstos en la ley sobre suicidio asistido, que entró en vigor en ese Estado en 1997.

Dicha ley permite a los médicos recetar productos letales a los pacientes mayores de edad, con una esperanza de vida inferior a seis meses y que, tras comunicar verbalmente su deseo de suicidarse, lo reiteren por escrito 15 días después.

Esa sentencia me ha recordado una noticia publicada en el año 2000 en Los Ángeles Times: un hombre desesperado estaba a punto de suicidarse en su vivienda del centro de Los Ángeles y unos policías le gritaron: «si te vas a suicidar, date prisa… y hazlo; así nos podremos marchar de aquí». Momentos más tarde, aquel pobre hombre se pegó un tiro en la cabeza, con la consiguiente indignación de los que presenciaban la escena.

Evidentemente, cuando alguien decide suicidarse –tanto si está enfermo como si está sano pero desesperado- no lo hace porque quiera morir sino porque quiere dejar de sufrir. Por eso llama la atención que una sociedad pueda responder de formas tan diferentes ante el deseo del suicida, según sea su situación clínica. Lo explicaba muy bien hace unos años Mark Pickup, un enfermo canadiense de Esclerosis Múltiple: «si una persona sana presenta tendencias suicidas, recibe ayuda, incluso se la somete a un tratamiento psiquiátrico hasta que pase la crisis. El objetivo es procurar que esa persona recupere su autoestima para poder vivir con dignidad. Pero si es un enfermo incurable o un discapacitado, la discusión gira automáticamente en torno a expresiones como «muerte digna», «libertad de elegir la propia muerte» o «acto de autonomía y autodeterminación». ¿Por qué esa diferencia?» (National Post. Toronto, 6.I.1999).

Un informe de la OMS del año 2004, con motivo del Día Mundial de la Prevención del Suicidio, cifraba en un millón el número anual de muertes en el mundo por suicidios: más que la suma de los que mueren por homicidios y por guerras. Un serio problema de salud pública, por tanto, que reclama unos medios para prevenirlo y no unas medidas legislativas para facilitarlo en algunos casos.

De este contrasentido advertía Javier Mahíllo, un joven profesor de filosofía que falleció por un cáncer hace pocos años: «¿Podemos recriminar a nuestros adolescentes que pongan fin a sus jóvenes vidas cuando atraviesan terribles etapas de amargura y desesperación y reivindicar, a renglón seguido, nuestro derecho a suicidarnos para evitarnos sufrimientos? Pues no me parece lógico». («Vivir con cáncer». Espasa, Madrid, 2000).

A veces se afirma que un enfermo incurable que pide a su médico ayuda para suicidarse está tomando una decisión perfectamente libre y sin ningún tipo de condicionamientos. Pero probablemente esa libertad esté muy condicionada por la propia enfermedad: de hecho, el paciente está optando por algo que no conoce y que acabará con su propia libertad. Seguramente la petición de muerte no nos parecería racional en alguien que estuviera en una situación normal y cuya libertad no estuviera tan condicionada.

Puede ser bueno recordar que la libertad tiene mucho que ver con la capacidad de independencia de lo externo. En un enfermo grave, las circunstancias que le rodean, una atención deficiente de sus necesidades, la sensación de inutilidad y de ser una carga, el miedo al dolor, al deterioro físico, a la falta de autonomía,… pueden estar condicionando seriamente su libertad, y presentándole el suicidio como la única escapatoria de una situación que le resulta –o se imagina en el futuro- insoportable. Por otra parte, se ha comprobado una gran fluctuación en los deseos de los enfermos en fase terminal y una elevada prevalencia de cuadros depresivos, que muchas veces no son diagnosticados –no es sencillo hacerlo- ni tratados. También está descrito en estos pacientes el llamado «síndrome de desmoralización»: pérdida de sentido, distress psicológico, desánimo, desesperanza, etc.

Amar, según Pieper, es decirle a alguien: «es bueno que tú existas». Y también Malraux parece en sintonía con esa idea cuando afirma: «la verdadera civilización consiste no sólo en reconocer que el otro existe, sino en verlo como imprescindible». Muchas veces, el enfermo que solicita la eutanasia o pide ayuda para suicidarse, está haciendo una pregunta subliminal a los que le cuidan: «¿es bueno para ti que yo exista?; ¿de verdad estás contento de que yo siga viviendo?; ¿hasta qué punto estás dispuesto a seguir cuidándome con alegría?» La respuesta se la daremos con nuestra actitud. Ojalá sea la que siempre animó a Cicely Saunders, pionera de los Cuidados Paliativos: «No estamos aquí para ayudarte a morir; estamos aquí para ayudarte a vivir hasta que mueras».

Fuente: abimad.org

13 julio 2026

Formarse para vivir mejor

Juan Luis Selma

La formación no consiste solo en adquirir conocimientos técnicos ni en que “nos suene todo”, sino en cultivar capacidades que permitan interpretar la realidad, tomar decisiones fundamentadas.

En un contexto marcado por la aceleración tecnológica, la sobreabundancia de información y la creciente complejidad social, la formación se ha convertido en un elemento decisivo para el desarrollo personal y profesional. Hoy necesitamos actualizarnos de manera constante, igual que los medios que utilizamos. Si descuidamos este proceso, corremos el riesgo de quedar obsoletos, inmovilizados.

Proliferan másteres, cursos online y programas que, en muchos casos, se han convertido más en requisitos administrativos que en verdaderos procesos de crecimiento. Sin embargo, es indudable que la formación es necesaria. Pero, para que sirva realmente para la vida, no puede quedarse en la mera titulitis: debe ser profunda, práctica y orientada a generar criterio.

El Evangelio de hoy ilumina esta reflexión con la parábola del sembrador: "Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta".

Unas semillas dan mucho fruto, otras poco y algunas ninguno. Así ocurre también en la vida: hay personas que prosperan, otras que se estancan, otras que apenas logran desarrollarse. Jesús explica que la semilla que cae al borde del camino y es devorada por los pájaros representa al que escucha la palabra "sin entenderla": el Maligno roba lo sembrado en su corazón. Buena parte del esfuerzo perdido, del fracaso, de la escasez de frutos y de la infelicidad se debe, sencillamente, a la ignorancia.

La mayor victoria del demonio es mantenernos en la ignorancia. Esta es el gran enemigo de las almas y la raíz de muchos fracasos: profesionales, personales, familiares y espirituales. Y hoy abunda el desconocimiento, la incultura, el oscurantismo y la inconsciencia.

Puede sorprender esta afirmación en plena era de la inteligencia artificial, donde parece que “lo sabemos todo”. Pero no lo sabemos todo. Saber proviene del verbo latino sapere, que originalmente significaba “tener sabor” o “gustar”. No es lo mismo acumular datos que saborear la realidad. La sabiduría —no la información— es la que prepara para la vida y conduce a una existencia plena. Hoy abundan los “listillos” desgraciados: personas con datos, pero sin criterio.

La formación no consiste solo en adquirir conocimientos técnicos ni en que “nos suene todo”, sino en cultivar capacidades que permitan interpretar la realidad, tomar decisiones fundamentadas. ¿Cómo estamos educando a niños y jóvenes? Nunca hemos tenido más medios, menos alumnos por aula, más programas educativos… y, sin embargo, no parece que estemos avanzando mucho. También los adultos sabemos de todo, pero tan superficialmente que, en el fondo, sabemos muy poco. Desde luego, muy poco sobre la vida lograda.

En Magnifica Humanitas, el Papa distingue con claridad la inteligencia humana de la artificial: "Hay que evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. A menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias".

Leonardo Polo recuerda que la persona no vale por lo que sabe ni siquiera por cómo razona. La persona es un acto de ser abierto a la verdad, al bien, a la belleza, al amor y a Dios. Por eso, una buena formación debe ayudarnos a: amar la verdad antes que la información; ejercer un juicio crítico; distinguir lo verdadero de lo verosímil; usar la tecnología sin depender de ella; desarrollar virtudes como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza; crecer en libertad, responsabilidad y apertura al otro.

La formación que sirve para la vida es aquella que ayuda a descubrir la propia vocación de hijo de Dios y la capacidad de convertirse en don para los demás; aquella que enseña que el otro es también un don para mí.

Fuente: eldiadecordoba.es


Jesús es la semilla que el Padre sigue esparciendo en el mundo

 El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y feliz domingo.

Hoy, en la liturgia, el evangelista Mateo nos presenta la parábola del sembrador (cf. Mt 13,1-23), que describe la generosidad y la confianza con las que Dios esparce su Palabra en nuestro corazón y su poder en nosotros.

Jesús mismo, el Verbo hecho hombre, que dio la vida por nuestra salvación, es la semilla que el Padre sigue esparciendo en el mundo para que, muriendo, dé mucho fruto (cf. Jn 12,24). Es verdad que, a veces, encuentra en nosotros un terreno duro e insensible; otras veces, un terreno distraído, semejante al suelo pisoteado de los caminos, al terreno pedregoso o a los matorrales de espinos. Pero hay momentos en los que encuentra una tierra receptiva y fértil, y entonces se producen milagros de amor capaces de cambiar todo lo demás, como ciertamente también nosotros hemos experimentado en nuestra vida. Por eso el Padre no deja de sembrar, porque sabe que el poder de su amor es más fuerte que nuestra debilidad (cf. 2 Co 12,9-10).

San Juan Crisóstomo, refiriéndose a la «semilla» de la Palabra de Dios, afirma: «¿En qué cabeza cabe —me dirás— sembrar sobre espinas y sobre roca y sobre camino? —Tratándose de semillas que han de sembrarse en la tierra, eso no tendría sentido; mas, tratándose de las almas y de la siembra de la doctrina, la cosa es digna de mucha alabanza». (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 44, 3), porque en las manos de Dios es posible que «la roca se transforme y se convierta en tierra grasa; y que el camino deje de ser pisado y se convierta también en tierra fecunda, y que las espinas desaparezcan y dejen crecer exuberantes las semillas» (ibíd.).

La generosidad de Dios para con nosotros no es ingenua, sino sabia, y sabe descubrir en nosotros la posibilidad de un bien del que, a veces, ni siquiera nosotros mismos somos conscientes. Por eso el Señor, que conoce bien el terreno de nuestro corazón mejor de lo que nosotros mismos lo conocemos, no deja de creer en nosotros, en lo que somos y en lo que podemos llegar a ser, día tras día, si con fe nos abandonamos en Él.

Así, de la gratuidad y la confianza con las que se esparce la semilla, y de la humildad y la disponibilidad con las que es recibida, crecen en nosotros y se difunden los frutos del Espíritu Santo, que son, como enseña san Pablo: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí» (Gal 5,22). ¡Cuánto necesita nuestro mundo de estos frutos, de ser colmado y transformado por ellos!

Comprometámonos, entonces, especialmente en estos días de vacaciones, a dar espacio a la escucha, a la lectura y a la meditación de la Palabra de Dios, cultivando, junto con el descanso y la sana diversión, también momentos significativos de silencio y de oración. Volveremos a nuestras ocupaciones habituales renovados en el cuerpo y en el espíritu, dispuestos a anunciar la Buena Noticia del Evangelio y cada vez con más capacidad de colaborar en el crecimiento del Reino de Dios.

Que María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización, nos ayude a todo esto.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo a los habitantes de esta hermosa localidad, Castel Gandolfo, donde estoy pasando algunos días de descanso, y a todos ustedes los recibo con alegría, peregrinos procedentes de todas las partes del mundo.

Por desgracia, vuelven a soplar los vientos de la guerra en Oriente Medio, en Ucrania y en muchas otras partes del mundo, sembrando violencia, terror y muerte y afectando, una vez más, a tantos inocentes. No permitamos que estos vientos apaguen la pequeña llama de la esperanza y de la paz, incluso cuando parece frágil y vacilante.

Renuevo mi deseo de que se recorra con perseverancia el camino del diálogo, del encuentro y de la diplomacia, única vía capaz de conducir a una paz justa y duradera, en la que los pueblos puedan vivir reconciliados, con seguridad recíproca y en el respeto de la dignidad de toda persona.

Hoy se celebra el “Domingo del Mar”. Mi pensamiento se dirige a todos los marinos, pescadores y trabajadores portuarios del mundo, quienes, marcados por la distancia de sus seres queridos y, en ocasiones, por el temor ante los conflictos que atraviesan las rutas marítimas, sostienen con su trabajo paciente y silencioso el comercio y la vida de muchos pueblos.

Finalmente, me uno en la oración a los numerosos fieles polacos reunidos en la peregrinación anual ante el icono de Jasna Góra, para que, como «discípulos misioneros», sean testigos alegres del Evangelio. Feliz domingo para todos.

Fuente: vatican,va