08 marzo 2026

La mujer samaritana

 El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El diálogo entre Jesús y la mujer samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro, desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia, iluminan el camino de quienes, en Pascua, recibirán el Bautismo e iniciarán una vida nueva. Estas grandes páginas del Evangelio, que comenzamos a leer desde este domingo, se ofrecen a los catecúmenos, pero al mismo tiempo son escuchadas nuevamente por toda la comunidad, porque ayudan a convertirse en cristianos o, si ya lo somos, a serlo con mayor autenticidad y alegría.

Jesús, en efecto, es la respuesta de Dios a nuestra sed. El encuentro con Él, como le sugiere a la Samaritana, activa en lo profundo de cada uno un «manantial que brotará hasta la Vida eterna» ( Jn 4,14). ¡Cuántas personas, en todo el mundo, buscan todavía hoy esta fuente espiritual! «A veces me es accesible —escribía la joven Etty Hillesum en su diario—. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo». [1] Queridos hermanos, no hay energía mejor empleada que la que dedicamos a liberar el corazón. Por eso, la Cuaresma es un don: entramos en la tercera semana y ya podemos intensificar el camino.

En el Evangelio también está escrito que «llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al ver [a Jesús] hablar con una mujer». (Jn 4,27). Les cuesta tanto apropiarse de la misión, que el Maestro tiene que provocarlos: «Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega» (Jn 4,35). El Señor también dice a su Iglesia: “Levanta los ojos y reconoce las sorpresas de Dios”. En los campos, cuatro meses antes de la cosecha, casi no se ve nada. Pero allí donde nosotros no vemos nada, la gracia ya está actuando y los frutos están listos para ser recogidos. La mies es mucha; quizá son pocos los obreros, porque están distraídos con otras actividades. Jesús, en cambio, está atento. Aquella mujer samaritana, según las costumbres, simplemente habría tenido que ser ignorada; sin embargo, Jesús le habla, la escucha, le da confianza sin segundas intenciones y sin desprecio.

¡Cuántas personas buscan en la Iglesia esa misma delicadeza, esa disponibilidad! Y qué hermoso es cuando perdemos la noción del tiempo para prestar atención a quien encontramos, tal como es. Jesús incluso olvidaba comer, porque lo alimentaba la voluntad de Dios de llegar al corazón de todos (cf. Jn 4,34). De ese modo, la Samaritana se convierte en la primera de muchas evangelizadoras. Desde su aldea de despreciados y marginados, muchos, gracias a su testimonio, salen al encuentro de Jesús, y también en ellos la fe brota como agua pura.

Hermanas y hermanos, pidamos hoy a María, Madre de la Iglesia, poder servir, con Jesús y como Jesús, a la humanidad sedienta de verdad y de justicia. No es tiempo de oposiciones entre un templo y otro, entre “nosotros” y “los otros”; los adoradores que Dios busca son hombres y mujeres de paz, que lo adoran en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24).

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Desde Irán y desde todo el Medio Oriente continúan llegando noticias que suscitan profunda consternación. A los episodios de violencia y devastación, y al difundido clima de odio y miedo, se añade el temor de que el conflicto se amplíe y que otros países de la región, entre ellos el querido Líbano, puedan volver a caer en la inestabilidad.

Elevamos nuestro humilde ruego al Señor para que cese el estruendo de las bombas, callen las armas y se abra un espacio de diálogo en el que se puedan escuchar las voces de los pueblos. Confío esta intención a María, Reina de la paz, para que interceda por cuantos sufren a causa de la guerra y acompañe los corazones a través de senderos de reconciliación y de esperanza.

Hoy, 8 de marzo, se celebra el día de la mujer. Renovemos el compromiso —que para nosotros los cristianos se basa en el Evangelio— de reconocer la igual dignidad del hombre y de la mujer. Lamentablemente muchas mujeres, desde la infancia, siguen siendo discriminadas y sufren diversas formas de violencia. A ellas, de modo especial, van mi solidaridad y mi oración.

Doy la bienvenida a los estudiantes provenientes de College Station, Texas; de Kansas City, Misuri; de Fort Wayne, Indiana, en los Estados Unidos de América y de Jerez y Cádiz, en España; así como a los grupos de peregrinos del Perú, Panamá, Honduras, México y Chile.

Saludo a los fieles de Brescia, Castrolibero, Gravina de Apulia, Perugia y de las parroquias de San Clemente Papa y de San Pío de Pietrelcina, en Roma.

Saludo a la comunidad “Casa de María” de Roma, al grupo de confirmación de la diócesis de Orvieto-Todi, a los jóvenes de Mantua y al equipo de rugby de Rovigo.

Les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

06 marzo 2026

Dame de beber

3.º domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Evangelio (Jn 4,5-42)

Llegó entonces a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que le dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del viaje, se había sentado en el pozo. Era más o menos la hora sexta.

Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo:

—Dame de beber —sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos.

Entonces le dijo la mujer samaritana:

—¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? —porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Jesús le respondió:

—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva.

La mujer le dijo:

—Señor, no tienes nada con qué sacar agua, y el pozo es hondo, ¿de dónde vas a sacar el agua viva? ¿O es que eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?

—Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo —respondió Jesús—, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna.

—Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla —le dijo la mujer.

Él le contestó:

—Anda, llama a tu marido y vuelve aquí.

—No tengo marido —le respondió la mujer.

Jesús le contestó:

—Bien has dicho: «No tengo marido», porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en esto has dicho la verdad.

—Señor, veo que tú eres un profeta —le dijo la mujer—. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén.

Le respondió Jesús:

—Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, y es ésta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque así son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar en espíritu y en verdad.

—Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir —le dijo la mujer—. Cuando él venga nos anunciará todas las cosas.

Le respondió Jesús:

—Yo soy, el que habla contigo.

A continuación llegaron sus discípulos, y se sorprendieron de que estuviera hablando con una mujer. Pero ninguno le preguntó: «¿Qué buscas?, o ¿de qué hablas con ella?» La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y le dijo a la gente:

—Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?

Salieron de la ciudad y fueron a donde él estaba.

Entretanto los discípulos le rogaban diciendo:

—Rabbí, come.

Pero él les dijo:

—Para comer yo tengo un alimento que vosotros no conocéis.

Decían los discípulos entre sí:

—¿Pero es que le ha traído alguien de comer?

Jesús les dijo:

—Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros que faltan cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: Levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega; el segador recibe ya su jornal y recoge el fruto para la vida eterna, para que se gocen juntos el que siembra y el que siega. Pues en esto es verdadero el refrán de que uno es el que siembra y otro el que siega. Yo os envié a segar lo que vosotros no habéis trabajado; otros trabajaron y vosotros os habéis aprovechado de su esfuerzo.

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así que, cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba, le pidieron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y le decían a la mujer:

—Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo.

Comentario

En su viaje hacia Galilea, Jesús se detiene al pie del monte Ebal, junto a Sicar, donde estaba el famoso pozo del patriarca Jacob, que era el orgullo de los samaritanos. Esta región formó parte del Reino del Norte de Israel. Tras caer en manos de los asirios (722 a. C.), la población terminó mezclándose con los paganos llevados allí. Tiempo después, el rey judío Juan Hircano destruyó el templo samaritano erigido en el Monte Garizim. Por eso, a pesar de su pasado común, la enemistad entre judíos y samaritanos era centenaria (cfr. 2 R 17,34-40).

Pero Jesús no tiene reparo en detenerse en Sicar. Cansado del camino y a la hora de comer, el Maestro envía a sus discípulos a buscar alimentos y se sienta junto al pozo a esperar. Es entonces cuando llega con su cántaro una samaritana, y se inicia un diálogo y un encuentro entre dos anhelos, simbolizados en el agua, y que se verán colmados: el anhelo divino de salvar a los hombres y la sed de Dios que hay en ellos.

“Recoged los ojos del alma y revivid despacio la escena –sugería san Josemaría−: (…) Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino, para buscar algo de comer. Y tiene sed. Pero más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre y la sed”.

“Dame de beber”: el antiguo recelo judío hacia los samaritanos, que les retraía incluso de hablarles y emplear sus utensilios, es quebrado por Jesús al pedir ayuda con modestia a la sorprendida samaritana que llega con su cántaro. Pero en realidad, era ella quien debería romper los prejuicios centenarios para pedir lo que Jesús da: un agua mejor que la del famoso pozo de Jacob, aunque ésta fuera muy abundante, pues sirvió para sus hijos e incluso sus ganados. La mujer entiende la insinuación de Jesús: que Él es mayor que Jacob y su pozo, y el agua que ofrece es maravillosa. La samaritana queda entonces prendada de la idea que se forja de esa agua y pasa a pedirla, para no tener nunca sed.

En el Antiguo Testamento, “el agua viva” simboliza la acción de Dios (cfr. Jr 2,13; Za 14,8; Ez 47,9). Y en realidad, Jesús es “el don de Dios” que la mujer ignora y el agua viva que se hará en ella “fuente que salta hasta la vida eterna” es la gracia espiritual. Por eso, Jesús prepara a la mujer para recibirla, haciendo que reconozca su situación de pecado, con cinco maridos distintos. La samaritana se interesa entonces por su relación con Dios y dónde adorarlo; y tras la instrucción del Maestro, intuye la auténtica sed de su alma; menciona ya al Mesías, descubre que lo tiene delante y va a anunciarlo a los suyos.

Este célebre pasaje del evangelio de san Juan narra un itinerario de conversión precioso provocado por Jesús. En cierto sentido, tiene un carácter universal y todos podemos vernos reflejados en él. El papa Francisco comenta que “Jesús tenía necesidad de encontrar a la samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: dirige a Jesús esos interrogantes profundos que todos tenemos dentro, pero que a menudo ignoramos. También nosotros tenemos muchas preguntas que hacer, ¡pero no encontramos el valor de dirigirlas a Jesús! La cuaresma, queridos hermanos y hermanas, es el tiempo oportuno para mirarnos dentro, para hacer emerger nuestras necesidades espirituales más auténticas, y pedir la ayuda del Señor en la oración. El ejemplo de la samaritana nos invita a expresarnos así: ‘Jesús, dame de esa agua que saciará mi sed eternamente’”.

Fuente: opusdei.org

05 marzo 2026

Las tres grandes preguntas de la ética kantiana

Juan Ángel Asensio

Immanuel Kant condensó su ética en tres preguntas esenciales que siguen orientando el pensamiento moral contemporáneo y ayudan a reflexionar sobre el conocimiento, la acción responsable y la esperanza humana.

A finales del siglo XVIII, Immanuel Kant formuló una de las síntesis más influyentes de la filosofía moderna al reducir sus preocupaciones fundamentales a tres preguntas. No eran interrogantes abstractos, sino cuestiones que apuntaban directamente a la experiencia humana y a la vida en sociedad. Qué puedo saber, qué puedo hacer y qué puedo esperar, las tres grandes preguntas en cuestión condensan el núcleo de su pensamiento y articulan su reflexión sobre el conocimiento, la moral y el sentido de la existencia.

Para Kant, dichas preguntas forman un sistema coherente que permite pensar los límites de la razón, la responsabilidad moral y las expectativas humanas sin recurrir a dogmas ni a certezas. En resumidas cuentas, su propuesta buscaba ofrecer un marco racional que orientara la acción individual y colectiva en un mundo cada vez más secularizado.

Qué puedo saber y qué puedo hacer

La primera pregunta, qué puedo saber, ocupa un lugar central en la obra de Kant. Con ella, el filósofo se refiere a los límites del conocimiento humano. Kant sostiene que la razón tiene una capacidad extraordinaria para comprender el mundo, aunque también encuentra fronteras que no puede cruzar. Dicho de otra forma, no todo lo que puede pensarse puede conocerse. Conceptos como Dios, el alma o la libertad no pueden demostrarse.

Kant propone que una acción solo puede considerarse moral si puede convertirse en una norma válida para todos

Esta delimitación del conocimiento tiene una consecuencia ética importante. Al reconocer los límites de lo que se puede saber, Kant evita que la moral se base en certezas metafísicas indemostrables. La ética no debe depender de supuestos sobre el más allá ni de verdades reveladas, al contrario, debe partir de principios que puedan sostenerse desde la razón práctica. En este punto, Kant separa claramente el ámbito del conocimiento científico del ámbito de la acción moral.

La segunda pregunta, qué puedo hacer, introduce de lleno la ética kantiana. Aquí aparece su concepto más conocido, el imperativo categórico. Kant propone que una acción solo puede considerarse moral si puede convertirse en una norma válida para todos. Es decir, más allá de evaluar las consecuencias de los actos, debemos tratar de examinar la intención y la coherencia de la norma que guía dichos actos. Actuar moralmente implica tratar a las personas como fines en sí mismas y no como medios para otros objetivos.

Este enfoque supone una ruptura con las éticas basadas en la utilidad o en el cálculo de beneficios. Para Kant, la moral no depende de los resultados ni de las circunstancias particulares y se apoya en la autonomía de la razón y en la capacidad de cada individuo para darse a sí mismo una ley moral. La libertad, dentro de este marco, consiste en actuar conforme a principios que puedan ser compartidos por todos.

La pregunta por lo que se puede hacer tiene también una dimensión política y social. Kant defiende que una sociedad justa debe organizarse de acuerdo con leyes que respeten la dignidad de las personas. La ética no queda confinada al ámbito privado, sino que se proyecta en la forma de concebir el derecho, la justicia y la convivencia. En este sentido, su pensamiento influyó de manera decisiva en la formulación moderna de los derechos humanos y en la idea de ciudadanía basada en la igualdad moral.

Qué puedo esperar y el sentido de la ética

La tercera pregunta, qué puedo esperar, conecta la ética con la experiencia vital. Kant es consciente de que actuar moralmente no garantiza felicidad ni éxito. La historia -a nivel macro- y la vida cotidiana -a nivel micro- muestran con frecuencia que quienes obran conforme al deber no siempre obtienen recompensas. Esta constatación plantea un problema para la razón práctica: por qué actuar moralmente si no hay garantías de bienestar.

La esperanza lejos de basarse en hechos comprobables se basa en la necesidad de pensar que el esfuerzo moral no es absurdo

Así pues, la respuesta de Kant introduce la idea de una esperanza racional ligada a la coherencia entre virtud y felicidad. La razón práctica postula que debe ser posible un mundo en el que el bien tenga sentido, aunque no pueda demostrarse ni asegurarse en la experiencia cotidiana. Esta esperanza cumple una función reguladora, no descriptiva.

En este punto, Kant vincula la ética con una concepción del progreso moral. Considera que la humanidad avanza lentamente hacia formas más justas de organización social, aunque ese avance no sea lineal ni esté asegurado. La esperanza, lejos de basarse en hechos comprobables, se basa en la necesidad de pensar que el esfuerzo moral no es absurdo.

Actuar correctamente adquiere sentido porque se inscribe en una historia colectiva orientada hacia la mejora.

Esta tercera pregunta también permite entender la relación de Kant con la religión. Aunque reconoce la importancia cultural y moral de las creencias religiosas, Kant las sitúa bajo la primacía de la razón práctica. La religión, en su planteamiento, debe estar al servicio de la moral y no al revés.

En definitiva, las tres preguntas forman, en conjunto, una propuesta sumamente ambiciosa. Delimitan lo que la razón puede conocer, establecen cómo debe actuar el ser humano y ofrecen un marco para pensar el sentido de esa acción. El propósito de Kant, sin embargo, no es ofrecer recetas simples ni respuestas cerradas. Lejos de eso, su ética exige reflexión, autonomía y responsabilidad individual.

Fuente: ethic.es


04 marzo 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General 

Catequesis -   II. Constitución dogmática Lumen gentium2. La Iglesia, realidad visible y espiritual

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy seguimos profundizando en la Constitución conciliar Lumen gentium, constitución dogmática sobre la Iglesia.

En el primer capítulo, en el que se procura principalmente responder a la pregunta sobre qué es la Iglesia, ésta es descrita como «una realidad compleja» (n. 8). Ahora nos preguntamos: ¿en qué consiste tal complejidad? Alguien podría responder que la Iglesia es compleja en cuanto que es “complicada” y, por tanto, difícil de explicar; algún otro podría pensar que su complejidad deriva del hecho de que es una institución que cuenta con dos mil años de historia y con características diversas respecto a cualquier otra agrupación social o religiosa. Sin embargo, en latín la palabra “compleja” indica más bien la unión ordenada de aspectos o dimensiones diversos dentro de una misma realidad. Por eso, la Lumen gentium puede afirmar que la Iglesia es un organismo bien compaginado, en el que conviven la dimensión humana y la divina sin separación y sin confusión.

La primera dimensión se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos que anuncian el Evangelio y se hacen signo de la presencia de Cristo que nos acompaña en el camino de la vida. Pero este aspecto -que se manifiesta asimismo en la organización institucional- no basta para describir la verdadera naturaleza de la Iglesia, porque ésta posee también una dimensión divina. Esta última no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo. Por eso, la Iglesia es al mismo tiempo comunidad terrena y cuerpo místico de Cristo, asamblea visible y misterio espiritual, realidad presente en la historia y pueblo que peregrina hacia el cielo (LG, 8; CCC, 771).

La dimensión humana y la divina se integran armoniosamente, sin que la una se superponga a la otra; así, la Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.

Para iluminar dicha condición eclesial, la Lumen Gentium remite a la vida de Cristo. Efectivamente, quien se encontraba con Jesús por los caminos de Palestina experimentaba su humanidad, percibía sus ojos, sus manos, el sonido de su voz. Quien decidía seguirlo se sentía impulsado precisamente por la experiencia de su mirada acogedora, por el toque de sus manos que bendecían, por sus palabras de liberación y sanación. Pero, al mismo tiempo, siguiendo a aquel Hombre, los discípulos se abrían al encuentro con Dios. En efecto, la carne de Cristo, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible.

A la luz de la realidad de Jesús, podemos ahora retornar a la Iglesia: cuando la miramos de cerca, descubrimos en ella una dimensión humana hecha de personas concretas que unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan y se equivocan, como todos. Sin embargo, precisamente a través de sus miembros y sus limitados aspectos terrenos, se manifiestan la presencia de Cristo y su acción salvadora. Como decía Benedicto XVI, no existe oposición entre el Evangelio y la institución, es más, las estructuras de la Iglesia sirven precisamente para la «realización y concreción del Evangelio en nuestro tiempo» (Discurso a los Obispos de Suiza, 9 de noviembre de 2006). No existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia.

En esto consiste la santidad de la Iglesia: en el hecho de que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Contemplando este perenne milagro que sucede en ella, comprendemos el “método de Dios”: Él se hace visible en la debilidad de las criaturas, manifestándose y actuando. Por eso, el Papa Francisco, en la Evangelii gaudium, exhorta a todos a que aprendan a «quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro» (cf. Ex 3,5, n. 169). Esto nos permite seguir edificando la Iglesia aún hoy en día: no solamente organizando sus formas visibles, sino también construyendo ese edificio espiritual que es el cuerpo de Cristo, mediante la comunión y la caridad entre nosotros.

La caridad, en efecto, genera constantemente la presencia del Resucitado. «Quiera el cielo -decía san Agustín- que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacia sí» (Serm. 354,6,6).

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En este tiempo de Cuaresma, pidamos al Señor que nos ayude a seguir edificando la Iglesia en la vivencia ordinaria de nuestra fe, expresada de manera particular a través de la oración, el ayuno y la caridad. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español
Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos profundizando en la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicada a la Iglesia. En el primer capítulo, se describe a la Iglesia como una “realidad compleja”, en cuanto conviven en ella tanto la dimensión humana como la dimensión divina, integrándose armoniosamente, sin separación y sin confusión.

En su dimensión humana, la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres que, con virtudes y defectos, comparten la fe y anuncian el Evangelio, siendo signo de la presencia de Cristo en el mundo. La dimensión divina se refiere a la concepción de la Iglesia en el proyecto de amor de Dios para la humanidad, que se realiza en Cristo.

Recordemos que no existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino encarnada en la historia. Su santidad consiste en el hecho de que Cristo vive en ella y sigue entregándose por medio de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros.

Fuente: vatican.va

03 marzo 2026

Blindar el aborto en la Constitución: una reforma que fractura el consenso

Redacción de forofamilia

En los próximos días, el Consejo de Estado deberá pronunciarse sobre la iniciativa impulsada por el Gobierno de España para incorporar el aborto como derecho explícito en la Constitución. La propuesta pretende reformar el artículo 43 para reconocer la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho constitucionalmente protegido.

Más allá del procedimiento técnico, estamos ante una decisión de profundo calado moral, jurídico y social que afecta a los fundamentos mismos de nuestro ordenamiento.

La Constitución española no es una norma cualquiera. Es el pacto básico de convivencia que protege derechos fundamentales y establece límites al poder. Introducir el aborto como derecho constitucional implica elevar a categoría estructural una práctica que, por su naturaleza, entra en tensión directa con el derecho a la vida, reconocido en el artículo 15.

El debate no es meramente ideológico; es constitucional. ¿Puede una reforma parcial modificar de facto el alcance del derecho a la vida sin activar el procedimiento agravado previsto para los derechos fundamentales?

El planteamiento del Ejecutivo encuadra el aborto dentro del derecho a la protección de la salud. Sin embargo, convertirlo en un derecho constitucionalmente blindado supone otorgarle una prevalencia que trasciende el ámbito sanitario.

Hasta ahora, la legislación sobre el aborto ha sido fruto del debate parlamentario ordinario en las Cortes Generales, susceptible de revisión democrática según evoluciona la sociedad. Constitucionalizarlo significaría sustraerlo del debate político legítimo, fijándolo como principio estructural.

En una España ya tensionada por múltiples debates institucionales, introducir esta reforma puede aumentar la polarización. Modificar la Constitución en materias éticamente controvertidas exige un consenso amplísimo, no una mayoría coyuntural.

El blindaje constitucional no resuelve los problemas de fondo: la falta de apoyo a la maternidad, la precariedad laboral que condiciona decisiones vitales o la insuficiente red de ayudas a las familias.

Desde una perspectiva humanista y jurídica, defendemos que la verdadera modernidad constitucional pasa por reforzar la protección integral de la maternidad, promover ayudas a las mujeres en situación de vulnerabilidad y garantizar que ninguna se vea empujada al aborto por falta de recursos o apoyo social.

Blindar el aborto no fortalece la Constitución; la somete a una redefinición ideológica que rompe el espíritu de concordia que la inspiró.

Fuente: forofamilia.org

02 marzo 2026

Salir de uno mismo

Juan Luis Selma


A todos nos gusta tener éxito, y es curioso saber que la palabra viene de exitus, que significa salida.

Tengo un amigo que montó una granja de engorde de pollos: una nave enorme, totalmente automatizada. La comida, el agua, la temperatura, la luz, los medicamentos… todo estaba perfectamente controlado. Mientras admiraba lo bien que funcionaba aquel sistema —limpio, amplio, aséptico— le pregunté si los pollos se movían por toda la nave, pues podían hacerlo. Me respondió que no, que apenas avanzaban unos centímetros. Como lo tenían todo, se acomodaban.

Siguiendo con los ejemplos, recuerdo una conversación con un famoso párroco que mueve a cientos de jóvenes. Me interesé por el “secreto” de su éxito pastoral y me dijo que consistía en sacarles de su rutina. Organizaba peregrinaciones, convivencias, campos de trabajo. Cuando salían de sus hábitos diarios, podían pensar, plantearse metas, abrir horizontes. En cuanto se movían, algo en ellos despertaba.

También nosotros podemos tener una mentalidad estrecha y cómoda, pero que, como la jaula de oro, termina siendo una prisión. La vida humana se desarrolla, casi siempre, dentro de un perímetro reducido: nuestras costumbres, nuestras opiniones, nuestras emociones y los ambientes que habitamos. Ese espacio íntimo —el “yo” cotidiano— ofrece seguridad, pero también puede convertirse en una cárcel silenciosa. Salir de uno mismo es abrir ventanas para que entre aire fresco. Es un movimiento hacia la libertad.

San Agustín, en sus Confesiones, describe un viaje interior que no es encierro, sino apertura: “Entré en mi interior… y vi con los ojos del alma”. Ese entrar es descubrir que el yo profundo no coincide con el yo estrecho que solemos defender. Salir de uno mismo implica romper la coraza del ego para acceder a una verdad más amplia.

En términos existenciales, Kierkegaard diría que el yo auténtico surge cuando dejamos de vivir en la repetición automática y nos atrevemos a elegirnos de nuevo. Salir de uno mismo es, entonces, un acto de valentía.

Leemos en el Génesis: “En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: ‘Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición’”. Dejar la seguridad de nuestras costumbres y rutinas, arriesgar para crecer, nos puede costar.

El Evangelio nos presenta otro ejemplo luminoso: “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y subió con ellos a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”.

Es una invitación a salir, a subir a la montaña, a ampliar horizontes. Allí contemplan la divinidad de Jesús, su impresionante belleza. Es tan hermoso lo que ven que quieren quedarse, acampar allí mismo.

Salir no implica necesariamente tomar un avión —aunque una buena peregrinación a un santuario, a Roma o a Tierra Santa nunca está de más—. Podemos emprender un viaje sin movernos. San Agustín lo vivió así: “Entré en mi interior… y vi con los ojos del alma”. Ese viaje interior no es refugio, sino expansión: descubrir que el yo profundo es más grande que el yo que creemos ser.

También podemos salir de nuestras propias ideas, que a veces son auténticas prisiones. Hannah Arendt advertía que el pensamiento auténtico exige la capacidad de “detenerse y examinar”, no de repetir lo que ya creemos. Salir de las propias ideas implica someterlas a la prueba del diálogo, la duda y la experiencia. Incluso para crecer en la fe es bueno cuestionarse, intentar comprender. Me decía un chico que, desde que asiste a clases de teología, está profundizando mucho en su fe.

Y ya que estamos en Cuaresma, podemos practicar el “deporte” de la oración. San Agustín expresa con una sinceridad conmovedora: “Tarde te amé… Tú estabas dentro de mí, y yo fuera”. La oración lo sacó de su dispersión para llevarlo a un centro más verdadero. La oración, cuando es auténtica, nos descentra del yo pequeño y nos abre al misterio de Dios.

Fuente: eldiadecordoba.es

Silenciar el corazón

José Antonio García-Prieto Segura

  ..."Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones".

Dos veces el Espíritu Santo ha hecho resonar esas palabras en la Sagrada Escritura.

 Son una llamada a oír la misma voz de Dios que nos habla en Jesús.

Para oírla, se requiere liberar el corazón de interferencias que lo endurezcan            

Esta vez ha sido el Mensaje de Cuaresma 2026, del Papa León XIV, el inspirador de estas líneas. Y más concretamente, su invitación a “poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”. (Mensaje, 5-II-26)

Protagonista de este artículo será justamente el corazón, entendido en su más genuina esencia: como centro y morada íntima de la persona, querido por Dios para los encuentros que enriquecen la vida y la llenan de sentido porque, en definitiva, dejan paso al amor. Sin embargo, muchas veces permitimos que nuestro corazón se disperse y acelere, impidiéndonos saborear no ya el misterio de Dios, que dice el Papa, sino hasta las cosas más sencillas de la vida: por ejemplo, las notas musicales de un violín.

Es lo que sucedió en el sugerente experimento hecho en la estación del Metro l’Enfant Plaza, en Washington. Era el 12 de enero del 2007 cuando un violinista, en un corredor del subterráneo, difundía armoniosas melodías, durante 40 minutos aproximadamente. Recaudó poco más de 32 dólares y transitaron delante de él 1097 pasajeros, pero solo 27 se detuvieron. Los restantes iban disparados como centellas, porque quizá llevaban sus corazones dispersos, llenos de urgencias desasosegantes, sin espacio para la inesperada belleza musical que les habría devuelto momentos de paz.    

En nuestro corazón reside el secreto de una vida de paz y serenidad, si conseguimos silenciarlo para oír y dejar espacio a lo verdaderamente importante, desde unas notas musicales hasta lo más elevado: “el misterio de Dios”, que recuerda León XIV. Precisamente su invitación a “escuchar” y sintonizar con Dios y con los demás, es lo que destaca en la primera parte del Mensaje. Cito sus palabras: “Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro”.

Para resaltar más la importancia de prestar oídos a las necesidades ajenas como si fueran propias, recuerda el Papa que Dios es el primero en actuar así. En efecto, prosigue León XIV: “Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un signo distintivo de su ser: ‘Yo he visto la opresión de mi pueblo que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor’ (Ex 3, 7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación”.

La disposición de Dios para prestar oídos al pueblo en su conjunto también mira a la persona singular; la Escritura está llena de ejemplos: “Cuando invoqué al Señor, él escuchó mi voz y rescató mi alma de la guerra que me hacían” (Sal 54, 17). Es una súplica personal que todos deberíamos hacer propia, porque ¿quién no está necesitado de ese rescate de enemigos que nos hacen la guerra? Y no me refiero a enemigos de carne y hueso -que también podría ser-, sino sobre todo y en primerísimo lugar, al bullicio de enemigos que cada uno lleva dentro, y nos impiden silenciar el corazón para escuchar a Dios que nos habla en primera Persona, y también en y a través las personas con quienes convivimos.

Esos enemigos los señala León XIV al indicar comportamientos negativos que nos alejan de Dios y de los demás, porque ensordecen el corazón con el ruido de nuestros egoísmos. Por eso, pide el ayuno de “abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas”. (Mensaje, 5-II-26)

Silenciamos nuestro corazón si combatimos a esos enemigos; así podremos oír y acoger, sobre todo, la sinfonía de la fe que nos llega del Cielo, con Jesucristo, Palabra de Dios-Padre encarnada. Lo sugiere este texto litúrgico del tiempo de Navidad: “Cuando un sereno silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso, tu omnipotente Palabra descendió desde el Cielo” (Sab 18, 14-15). En aquella noche de Belén, los ángeles entonaron un canto de paz que solo llegó y, desde entonces, solo sigue llegando a los corazones que silencian los ruidos del mundo para hacer espacio a la Palabra de Dios y, con Cristo, a tantas necesidades materiales y espirituales de nuestro prójimo. Algo similar sucedió en la cima del monte Tabor donde, lejos de ruidos, Pedro, Juan y Santiago, oyeron la voz de Dios Padre, diciéndoles: “Este es mi Hijo, el amado: Escuchadle” (Mc 9, 7).

          Serenar prisas e inquietudes del corazón, que decía al inicio, para saborear la música del virtuoso violinista en el Metro, tiene un correlato sobrenatural en Jesucristo, intérprete de lo que bien podemos llamar “la sinfonía del Amor divino”. Por eso, se escogió como logotipo del Catecismo de la Iglesia, una imagen músico-bucólica que representa al Señor, en la figura de un pastor tocando la flauta y, a sus pies, una oveja en actitud de escucha. Más aún: como el contenido del Catecismo es fruto del trabajo de miles de obispos de todo el mundo, al presentarlo san Juan Pablo II a toda la Iglesia, escribía que: “el concurso de tantas voces expresa verdaderamente lo que se puede llamar ‘sinfonía de la fe’” (Const. ‘El depósito de la fe’, 11-X-1992). Es una sinfonía que, al hablarnos del Amor de Dios por cada uno de nosotros, contiene realidades enriquecedoras de la vida si, con un corazón silencioso, le prestamos atención y las hacemos nuestras.

Algo parecido sucede también, aunque a un nivel inferior respecto a la vida espiritual, con las bellezas naturales si nos detenemos a descubrir su encanto, cosa que no hicieron aquellos apresurados viajeros del Metro. Su agitado y ruidoso corazón les impidió descubrir que aquel músico no era un cualquiera, sino un auténtico virtuoso del violín, Joshua Bell, que tres días antes, en el Boston Symphony Hall, había ofrecido un concierto cuya entrada rondó los 100 dólares per cápita. Y también, que su breve concierto callejero lo había interpretado con un Stradivarius del siglo XVIII, y melodías de Bach, y Schubert. Se confirma que las apariencias pueden engañar…

Jesucristo, a modo de trovador divino y humano, con su vida y enseñanzas nos ofrece para que la interpretemos también personalmente, la partitura de una sinfonía del Amor eterno, como lo prueba su muerte en la Cruz por cada uno de nosotros. No pasemos de largo; que esta Cuaresma nos ayude a silenciar nuestro corazón y combatir las interferencias de esa música divina, que nos revela lo que somos: hijos de Dios en Cristo Jesús y, consiguientemente, cómo debemos actuar y llenar de sentido nuestra vida, siguiendo sus pisadas.

Fuente: elconfidencialdigital.com         

01 marzo 2026

Cristo entre Moisés y Elías

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de la liturgia de hoy compone para todos nosotros un icono lleno de luz, narrando la Transfiguración del Señor (cf. Mt 17,1-9). Para representarlo, el evangelista sumerge su pluma en la memoria de los apóstoles, pintando a Cristo entre Moisés y Elías. El Verbo hecho hombre se encuentra entre la Ley y la Profecía; él es la Sabiduría viviente, que lleva a cumplimiento cada palabra divina. Todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva.

Como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy escuchamos la voz del Padre en el monte, que proclama: «Este es mi Hijo muy querido», mientras el Espíritu Santo cubre a Jesús con una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, realmente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios. El Señor, cuando se manifiesta, nos revela su magnificencia; frente a Jesús, cuyo rostro brilla «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una confidencia solemne.

La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y de resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón. ¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor?

El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura. Esto es lo que los discípulos habían visto en el fulgor de Cristo, pero para comprenderlo se necesita tiempo (cf. Mt 17,9). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor.

Mientras experimentamos todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la mañana, que custodie nuestros pasos en la fe.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con profunda preocupación lo que está sucediendo en Oriente Medio y en Irán en estas horas dramáticas. La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable.

Ante la posibilidad de una tragedia de enormes proporciones, hago un llamamiento encarecido a las partes implicadas para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable. Que la diplomacia recupere su papel y se promueva el bien de los pueblos, que anhelan una convivencia pacífica, basada en la justicia. Y continuemos rezando por la paz.

En estos días llegan además noticias preocupantes de enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán. Elevo mi súplica por un urgente retorno al diálogo. Recemos juntos para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo. Solo la paz, don de Dios, puede sanar las heridas entre los pueblos.

Estoy cerca de la población del estado brasileño de Minas Gerais, afectada por violentas inundaciones. Rezo por las víctimas, por las familias que han perdido sus hogares y por todos los que participan en las operaciones de socorro.

Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países, en particular al grupo de cameruneses que viven en Roma, acompañados por el presidente de la Conferencia Episcopal de ese país, que, si Dios quiere, tendré la alegría de visitar en el mes de abril.

Doy la bienvenida a los fieles de la diócesis de Iaşi, en Rumanía; a los de Budimir cerca de Košice, en Eslovaquia; a los de Massachusetts, en Estados Unidos; y a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, de Jaén, en España.

Saludo a los fieles de Nápoles, Torre del Greco y Afragola, de Caraglio y Valle Grana, de Comitini, Crotone, Silvi Marina y de la parroquia de San Luigi Gonzaga en Roma; así como a los jefes scouts del grupo “Val d'Illasi”, cerca de Verona, y a los jóvenes de Faenza que han recibido la Confirmación.

¡A todos les deseo un buen domingo!

Fuente: vatican,va