Armando Pego Puigbó
San Francisco de Asís - La alegría de la sencillez y de la entrega total.
Se cumplen hoy ochocientos años de la muerte de Francisco de Asís. Como sucede también con estas humildes líneas, se habrán multiplicado en todo el mundo los artículos para glosar la figura del poverello. Como si se tratasen de necrológicas inacabables, nos entretendremos en fatigar los tópicos en torno a su pobreza extrema, su defensa de la ecología o la huella revolucionaria de su testimonio en la historia occidental. Matizaremos tales rasgos, subrayaremos aquellos otros, dejaremos los de más allá en claroscuro. De algún modo regresaremos a la explosión de entusiasmo que suscitó su fallecimiento aquel 3 de octubre de 1226 y que condujo a su rápida canonización apenas dos años después.
No en estos oropeles se encuentra el secreto de una de las figuras más enigmáticas del cristianismo, como bien resaltó el narrador de Vida de San Francisco de Álvaro Pombo. Ni Carlomagno ni Napoléon, ni Dante ni Cervantes, ni tan siquiera ningún otro gran fundador religioso como santo Domingo de Guzmán o san Ignacio de Loyola, nadie como él ha poseído una fuerza tal de atracción personal como para dejar indiferente. Mudos y perplejos, tal vez; indiferentes, nunca. Quizás en su sencilla grandeza los frescos de Giotto, como las Florecillas bajo su sutilísima capa naíf, nos siguen permitiendo atisbarla en su inmediata evidencia. El retiro final de Francisco en la Porciúncula, ciego y con estigmas, guarda el misterio de su posterior irradiación.
Mons. Jesús Sanz ha señalado que en el caso de Francisco con más razón se debe traducir la fórmula alter Christus como Cristo otra vez. El fundador de los hermanos menores aceptaría tal traducción a condición solo de que se entendiese en el sentido paulino más estricto: “vivo, pero no soy el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2,20). De ahí que pueda calificar a sí mismo de “ignorante” e “indocto”, porque “quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen” (1Co 1,21). Francisco se vació de sí mismo para revestirse del hombre nuevo manifestado en Jesucristo Resucitado. Como Pablo, todo lo consideró pérdida “comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús” (Ef 3,8).
El misterio a cuyo umbral nos asoma Francisco no es político, ni sociológico, ni moral. Por encima de todo, es poético y escatológico. Lo es desde la famosa escena inicial en que se desnuda delante de toda la ciudad de Asís. Es un auténtico bautismo en el fuego de la caridad. Más que desafiar el poder de su padre, se despoja completamente de su hombre viejo para abrazarse a la cruz de Cristo. No solo por pudor sino por comprender profundamente el alcance del signo, el obispo lo cubre con su manto para indicar que, en virtud de su autoridad, aun sin comprenderlo del todo, lo acoge en la nueva ciudad de la Iglesia que peregrina hacia el cielo.
Esta inquietud de Francisco se muestra en su interés por restaurar ermitas y capillas durante sus primeros años de conversión. Ante el abandono y el despojo en que se encuentran no se limita a restaurarlas. En ellas se esfuerza por construir el Reino como signos visibles de que Dios mora en medio de nosotros.
La decisión de una pobreza radical y la tarea de predicar se convierten entonces en una misión que brota del núcleo más íntimo de la espiritualidad franciscana. Su identificación con Cristo crucificado refleja la luz del Príncipe de la Paz. Por ello Francisco vive y propone vivir las bienaventuranzas como una unidad en que pobreza, pureza y mansedumbre son un solo camino hacia la contemplación simple del amor de Dios.
No es la suya esa imagen que ha quedado impresa en la retina de varias generaciones posconciliares a través de los acercamientos cinematográficos de Liliana Cavani. Su rostro interior se asemeja mucho más al juglar de Dios retratado en la película de Roberto Rossellini. Sus facciones góticas responden a la serenidad trascendida que tan bien representan las miradas de la escuela sienesa del Trecento. Francisco conoció el mundo, y no se desengañó. Simplemente lo dejó atrás en busca de lo más esencial, desposeído de todo lo demás.
Nazario Gerardi como San Francisco en «Francisco, juglar de Dios» de Roberto Rossellini
En Domingo de Guzmán aletea todavía el aliento de la Alta Edad Media, en el estado de crisálida mendicante. En su modo de vivir el estudio y la contemplación, la fraternidad y la predicación, los dominicos representan el tránsito de un modo de vida monástico a uno conventual. Francisco, solo y acogedor, ensaya una nueva forma de vida que es ya moderna.
A Francisco se le reveló un conocimiento al que quiso ser fiel buscando las palabras más sencillas y claras. Por eso, es tan difícil entenderlo. Francisco no practicó ningún antintelectualismo. Poeta, quiso cantar la verdad con el timbre más puro que esta exige. Al alabar la pobreza, hasta la más extrema, no ensalzó la pobretería ni el miserabilismo. Nada tiene que ver con esa versión del hegelianismo jesuítico que abrazó el marxismo para no tener que renunciar a los liderazgos de cualquier tipo como su razón de ser. Cuando proclama de la dicha de la mansedumbre, que hasta le impide aplastar un piojo de su cabeza, no pretende mortificarse ni ejercitar una simplonería afectada. Su ingenuidad debe entenderse literalmente: libre de todo afán de dominio.
Siempre me ha llamado mucho la atención la incomodidad con que se enfrentan a la figura de Francisco dos autores clásicos de la disidencia eclesiástica de los años 70 y 80. Hans Küng apenas puede reprimir su disgusto al relatar la visita de Francisco a Inocencio III. Recibido con indisimulada prevención, Francisco no duda en bajar a revolcarse en un charco de cieno por orden del Papa que quería probar su obediencia. Espantado, Inocencio concedió la Bula antes de enviar al nuevo fundador a convertir al sultán. Aunque mantengan una relación conflictiva con su fe, los auténticos políticos cultivan una reserva supersticiosa ante las que consideran amenazas reales a su poder. Al no enfrentarse con él, Francisco habría mostrado que, por no ser de este mundo, su reino excedía cualesquiera de sus pretensiones.
También Eugene Drewermann, teólogo y psicoanalista que sostuvo que a la disciplina eclesiástica del celibato se debían no pocas conductas patológicas del clero, advertía con irritación implícita el tipo de relación entre Francisco y su amiga Clara. El corte de su cabellera era demasiado jugoso como para no haber explorado sus implicaciones psicoanalíticas. Sin embargo, resultaba evidente que no es en el terreno moral donde los afectos de Francisco y Clara manifiestan su realidad más profunda, sino en el plano espiritual que he llamado escatológico. En absoluto desencarnados o idealizados, los fundadores de las dos primeras Órdenes mostraban haber sido regenerados por la fe en el Resucitado.
Bajo esta luz debería leerse el famoso Cántico de las criaturas, con cuyo comentario querría acabar este recorrido ojalá no demasiado apresurado por los tópicos a los que aludía al principio. Francisco parece glosar en él el relato del primer capítulo del Génesis, como si alzase su alabanza ante las cosas creadas recién salidas de las manos del Creador. Alza la mirada al firmamento ordenado de día y de noche según el logos divino. Recorre a continuación los cuatro elementos (viento, agua, fuego y tierra). El espectáculo de esa realidad perfecta y completa que describe aquí y ahora queda transfigurado en el amor de quienes cumplen las bienaventuranzas de la mansedumbre y la paciencia. Son ellas las que proporcionan, junto a la herencia de su reino, la visión de Dios. “Beati quelli ke ‘l sosterrano in pace, ka da Te, Altissimo, sirano incoronati”. No todavía “la hermana muerte” podrá arrebatarles la alegría de vivir ya humildemente en su presencia por siempre. Como san Francisco lo sigue siendo para nosotros hoy, ellos mismos serán Cristo otra vez.
Fuente: ideas.gaceta.es