03 septiembre 2026

De Calcuta a la Amazonia ecuatoriana pasando por Bilbao

José Antonio García-Prieto Segura

“Servir al prójimo es un privilegio inmenso, la mayor de las dignidades, porque en ese servicio gratuito descubrimos que recibimos mucho más de lo que damos. Allí brota una alegría que no depende de lo que tenemos, sino de sabernos parte del plan de Dios”.

              Me han inspirado el título y contenido de este artículo las experiencias de dos personas amigas, residentes como yo en Bilbao. Han sido las de Íñigo que pronto terminará Medicina, y que el año pasado estuvo en Calcuta ayudando en los servicios humanitarios que prestan allí las Hermanas de la Caridad. Y las de Amaia, que este verano ha viajado a Ecuador con religiosas de otra Orden, para una labor similar en la Amazonia ecuatoriana.

Ninguno de los dos se conocen, pero su trabajo humanitario les ha dejado idéntica convicción: la de haber sido ellos los más agraciados, seguros de haber recibido muchísimo más de lo que han dado.

Íñigo, por ejemplo, decía que a pesar de su ilusión por la ayuda que podía prestar, cuando llegó a Calcuta le asaltó el temor de no estar a la altura de lo que le esperaba. Y escribía: “Los primeros días me invadió una profunda insatisfacción: pensaba que mi labor allí no estaba siendo tan provechosa como yo quería, porque podía dar más, que aquella gente merecía más de lo que yo era capaz de entregar. Esa tensión interior me hacía dudar, pero con el tiempo entendí que ese sentimiento no era un fracaso, sino el inicio de una mirada nueva: reconocer que no se trata de hacer grandes cosas, sino de estar presente, de mirar a cada persona concreta y amarla con todo el corazón.”

Ese descubrimiento le hizo serenarse, y lo vio confirmado al recordar la advertencia que escuchó el primer día; por eso agregaba:” Fue entonces cuando las palabras que nos dijeron al llegar cobraron sentido: ‘tened claro que no hemos venido a cambiar el mundo; ni siquiera la Madre Teresa acabó con toda la pobreza de Calcuta, sino a amar sin medida al rostro que tenéis delante’”.

 Efectivamente, los ideales genéricos por grandes que sean, como “cambiar el mundo”, se difuminan si no les damos vida con obras y gestos pequeños; ayudas empapadas de amor a Dios hacia las personas de carne y hueso que tratemos. Mirarlas como Íñigo trató de hacerlo: como lo habría hecho Cristo de haber estado allí. Por eso, me confiaba: “Descubrí que, en cada gesto sencillo de servicio, en cada caricia, en cada mirada limpia, Él estaba presente, haciéndose cercano y convirtiendo lo pequeño en algo muy grande. Fue entonces cuando aquellas palabras del Evangelio: ´Cada vez que lo hicisteis con uno de los míos, a mí me lo hicisteis´, pasaron a convertirse en la clave de todo: servir al pobre es servir a Cristo mismo, y amar en lo concreto es abrirse al infinito.”

Con semejantes experiencias se comprende que concluyera así: “Servir al prójimo es un privilegio inmenso, la mayor de las dignidades, porque en ese servicio gratuito descubrimos que recibimos mucho más de lo que damos. Allí brota una alegría que no depende de lo que tenemos, sino de sabernos parte del plan de Dios”.

Amaia, por su parte, desconociendo esas vivencias, las descubriría casi idénticas, cuando a finales del pasado mes de julio salía de Bilbao hacia Ecuador para una labor similar a la de Íñigo en Calcuta. Antes de partir me dijo que iba con unas religiosas que trabajan en aquel país y tratarían de ayudar a muchas personas en situaciones muy precarias. A mediados de agosto le envié un WhatsApp diciéndole que pedía al Señor para que su trabajo fuera muy fructuoso, en favor de las personas interesadas y de ella misma. No recibí contestación.

Sin embargo, apenas regresar llegó su respuesta y comprendí su silencio, porque escribe: “allí estábamos sin móvil y sin distracciones”. Transmito escuetamente, con frases textuales del escrito que me ha enviado, algo de sus vivencias ecuatorianas: “Primero de todo gracias por escribirme y acordarse de rezar. Lo agradezco mucho. Volví ayer de Ecuador y la verdad es que ha sido un viaje muy enriquecedor. (…) Hemos conocido muchas realidades diferentes. También me ha servido para reconocer quién soy verdaderamente, y qué debo cambiar”.   

 En su escrito repite esta idea que considero central y luminosa: “La misión ha sido dura pero enriquecedora; me llevo mucho más de lo que he dado”.  Es la misma gozosa experiencia de Íñigo, al considerarse enriquecido por un trabajo de entrega a los demás, y sentir íntimamente la alegría de haber recibido mucho más lo que había ofrecido.

Como “no hay dos sin tres”, me ha dejado absolutamente perplejo que, apenas tres días después del testimonio de Amaia, otra persona amiga en este caso no residente en Bilbao, me haya referido idénticas experiencias en un trabajo similar. Tinita -que así se llama- me manifestaba sonriente su convicción de haber recibido mucho más de lo que había dado. La única diferencia es que ha sido en África, concretamente en Camerún, donde ha ofrecido su ayuda humanitaria por tercer año consecutivo. Decía en broma que este servicio crea adicción; y al recordarle yo que lo importante era el íntimo gozo que se recibe, me comentó chistosamente que a lo mejor estaba ahí la causa de la adicción.  

Aunque pueda sorprender, san Pablo se adelantó a estos testimonios, porque ya experimentó esa felicidad, nacida del amor de Dios, en pago a la entrega a los demás. Y lo que hizo fue imitar a Jesús, primero y modelo universal en darse a todos hasta el fin. Lo testimonia san Pablo al despedirse de los presbíteros de Éfeso; después de recordarles su propia entrega en aquella iglesia, les dice: “Bien sabéis que trabajando con mis propias manos he ganado el sustento para mí y quienes están conmigo. En todo os he enseñado que trabajando así se debe socorrer a los necesitados, teniendo presente aquellas palabras de Jesús, que dijo: ‘Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20, 35). La alegría de Jesús resucitado después de su entrega amorosa en la Cruz es la fuente de toda verdadera alegría.

San Pablo la saboreó mucho antes que Íñigo y Amaia, por su entrega a todos sin excepción, según había escrito a los romanos: “A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor” (Rm 1, 14). Y los cristianos estamos especialmente llamados a seguir los pasos del Señor como lo han hecho sus discípulos a lo largo de XXI siglos. Por eso, el título de este artículo bien podría haber sido: alegres de Jerusalén al Cielo pasando, no solo por Bilbao, sino por todas las ciudades del mundo.

Ya habrá adivinado el lector la reflexión conclusiva: las oportunidades de hacer servicios de entrega a los demás, las tenemos todos sin movernos de la ciudad donde vivamos. Y esto, empezando por el seno de la propia familia, porque nunca faltan ocasiones de darnos y servir a cada persona singular; primero en casa, y después en el amplio entorno de nuestra convivencia.

 ¿Quién no conoce a personas -mayores y no tan mayores- necesitadas de atención?: de ser escuchadas dedicándoles generosamente nuestro tiempo. De hacerles compañía si vemos que están algo marginadas. De hacerles llegar unas palabras de consuelo que levanten su estado de ánimo. De visitarlas si están enfermas o impedidas.  De rezar por ellas diciéndoles que lo hemos hecho.

Pensemos, en fin, que en todos esos modos de entrega a los demás, podemos y debemos ser con la gracia de Dios, como el puente por el que cada una de esas personas experimente que es el Señor quien, sirviéndose de nosotros como instrumentos, llega también a sus vidas para reconfortarlas y llenarlas de esperanza.

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com

02 septiembre 2026

Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa enla Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos nuestro ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II. Hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, cuyo tema central es la Iglesia en el mundo actual.

Este documento nos dice que los discípulos de Cristo estamos llamados a compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo (cf. GS 1). Esto significa que la Iglesia no puede permanecer pasiva ni indiferente a lo que ocurre en el mundo, sino que está llamada a caminar con la humanidad, sobre todo teniendo en cuenta los cambios rápidos y profundos que se experimentan.

Por lo tanto, los creyentes, unidos a Cristo y sostenidos por su Espíritu, deben comprometerse a escuchar con el corazón y a dejarse interpelar, acompañando y ayudando a las personas en dificultad, sobre todo a los pobres y a los que sufren a causa de la injusticia, la discriminación y la violencia.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María que interceda por toda la Iglesia, para que anuncie el Evangelio con alegría y esperanza, cercana a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y sepa guiar a todos hacia Cristo, «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

01 septiembre 2026

El Papa concluye el ciclo de Liturgia y rechaza de nuevo los abusos

Francisco Otamendi

“Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es “sacramento de unidad”. Además, hay que distinguir entre los elementos divinos e inmutables y los elementos humanos. En esta línea, el Papa León XIV ha vuelto a rechazar los abusos en materia litúrgica.

El Santo Padre León XIV ha subrayado, en la última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, dos aspectos: la necesidad de una participación más consciente y activa de los fieles en la liturgia, razón importante de la reforma litúrgica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II. 

Y el rechazo de “los abusos que se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma”.

A lo largo de los resúmenes y saludos dirigidos específicamente a los peregrinos y fieles en las diversas lenguas, contestados por numerosos aplausos en la Basílica de San Pedro, el Papa ha ido subrayando aspectos de su mensaje, y ha recordado algunas festividades y acontecimientos.

Ejemplo de Santa Mónica y San Agustín, mañana y pasado

Por ejemplo, que la liturgia conmemora mañana y pasado a dos grandes santos, santa Mónica y san Agustín, “unidos en la tierra por lazos familiares y en el cielo por el mismo destino de gloria.  Que su ejemplo suscite en cada uno una búsqueda sincera y apasionada de la Verdad evangélica, para dar testimonio de ella con alegría en la vida cotidiana”, ha señalado.

Jasna Góra, Polonia: vida humana, cuidado del matrimonio y de la familia

León XIV se ha unido “espiritualmente a quienes se encuentran en Częstochowa, donde hoy, 70 años después, se renuevan los ‘Votos de Jasna Góra de la Nación Polaca’, redactados por el cardenal Stefan Wyszyński durante su cautiverio. Que el programa de renovación moral de la sociedad que contienen, a través de la protección de la vida humana, el cuidado del matrimonio y de la familia y la educación de los niños y los jóvenes, siga inspirando el compromiso con la justicia y la fraternidad”.

Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars patrona de la ancianidad, y directores de OMP

A los peregrinos de lengua española les ha recordado que “hoy celebramos la memoria de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española, patrona de la ancianidad. Por su intercesión, pidamos al Señor que bendiga a todos los ancianos, así como a las personas que los cuidan y acompañan”-

El Papa ha saludado de modo especial a los directores diocesanos de las Obras Misionales Pontificias, y a los participantes en encuentros de verano de seminaristas.

Al saludar a peregrinos de diversos países, ha mencionado de modo especial a los de Malta, Senegal y Canadá, con un saludo especial, de nuevo, a quienes prestan servicio en las oficinas nacionales de las Obras Misionales Pontificias. 

Tercera carta del entonces cardenal de Milán, luego papa san Pablo VI, a sus diocesanos

Volviendo al tema central de la catequesis sobre Liturgia, el Santo Padre se ha detenido en explicar las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia.

En este sentido, ha citado y comentado la tercera carta desde el Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. 

La liturgia —escribía— “es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio con Dios. Está claro que ella no puede renunciar a su función didáctica, y no puede no ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad”, ha recordado León XIV. 

Motivado por estas convicciones, “el futuro papa san Pablo VI afirmaba que los fieles “no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual”.

“Los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores”

El Pontífice ha manifestado que es evidente la consonancia de estas declaraciones con aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar:

“La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada (…)”.

Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia, ha señalado el Sucesor de Pedro. “A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Puesto que los gestos y las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva”.

Una parte inmutable, y otras partes sujetas a cambios

A continuación, el Papa ha señalado que al ser una realidad viva, la liturgia “siempre ha estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios”, y que el Concilio Vaticano II, “con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición, y precisamente con el fin de hacerlo más accesible, haya considerado necesaria una revisión de los libros litúrgicos”. 

Y que tal como recoge el n.21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium, “la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar, si en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados”. 

Liturgia que resplandezca por su “noble sencillez”

El Santo Padre ha citado también a Pio XI, Pio XII y san Juan XXIII, y ha instado a “la responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual” en “custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (cfr. n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica». 

Una liturgia de este tipo será también “un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cfr. n. 48)”, ha concluido el Pontífice.

Fuente: omnesmag.com


31 agosto 2026

Aprender un nuevo lenguaje

Juan Luis Selma

Nos parece que lo sabemos todo, pero en realidad somos ignorantes en casi todo.

Comentaban que, estando de vacaciones en el campo, salían cada mañana con los niños a llevar las sobras de la comida a un borriquito y a unas ovejas encerradas en un cercado. Un día, de pronto, vieron cómo todos los animales salían huyendo espantados, aparentemente sin motivo. A los pocos segundos se desprendió una gran rama de un alcornoque cercano que, milagrosamente, no les afectó. La sensibilidad de los animales percibió el peligro que ellos ignoraban.

Nos parece que lo sabemos todo, pero en realidad somos ignorantes en casi todo. Especialmente en el arte de la vida y de la felicidad. Y donde suspende todo el mundo es en el conocimiento de Dios, de la religión, de la moral: el verdadero arte de vivir.

Si queremos ser ingenieros, médicos, abogados, soldadores o llevar una explotación agrícola, procuramos formarnos y aprender ese oficio. Dedicamos horas al estudio. Lo mismo hacemos con un idioma desconocido. Deberíamos también aprender el lenguaje del amor.

Decía Kierkegaard: Dos jóvenes se aman, pero pertenecen a pueblos distintos y hablan lenguas completamente diferentes. Si su amor quiere sobrevivir y crecer, es necesario que uno de los dos aprenda la lengua del otro. De otra manera, no podrían comunicarse y su amor no duraría.

Así sucede entre Dios y nosotros. Hablamos idiomas distintos: nosotros el de la carne, lo inmediato, lo interesado, el del egoísmo; Él, el del espíritu, la entrega y el amor. Hay que hacer algún esfuerzo para poder entendernos.

Comentaba un joven que, tras una temporada un poco loca, estaba “purificando el espíritu” para poder acercarse a Dios. Nos falta instinto natural para ser conscientes de los peligros que nos acechan. A semejanza del asno y las ovejas del relato, o de las ratas que huyen del barco que se hunde, los animales huelen el peligro. Nosotros, en cambio, nos regodeamos, pensamos que no pasa nada, que nuestros actos no tienen repercusión alguna. Pero toda causa tiene su efecto: recojo lo que siembro.

El Evangelio recoge esta escena: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.

Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: "¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso".

Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo: "¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres”.

Nos cuesta sentir las cosas desde Dios; nos falta su visión panorámica, histórica, profunda, de futuro, y sobre todo sobrenatural. Somos cuerpo y alma, pero nos olvidamos de la altura y vivimos una vida plana, chata, tan pegada al terreno y a lo inmediato que nos priva del amor. No sabemos amar, no hablamos el lenguaje del amor. Por eso estamos tristes y amargados.

Hace unos días, yendo de excursión por la sierra, pasé por un pueblecito. Sentado a la puerta de una casa, ya avanzado el día, estaba un joven triste y aburrido. Daba pena verle, y estaba veraneando. No era capaz de captar la belleza que lo rodeaba. No le motivaba ayudar a los suyos ni preocuparse de los demás. Estaría pensando en lo dura que es la vida, en sus amigos divirtiéndose en la playa, en la falta de cobertura.

Sigue el Evangelio: “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la encontrará".

Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta”.

La cruz es el lenguaje del amor. Es una lengua muerta: nadie la habla. Nos han hecho creer que es anticuada, medieval, de otros tiempos, contra natura. Para ser modernos -dicen- hay que mirar por uno mismo, hacer lo que apetece, dominar, sobresalir, no comprometerse. Eso de sacrificarse “ya no vale”.

Fuente: eldiadecordoba.es

30 agosto 2026

«¡Ponte detrás de mí, Satanás!»

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buen día y feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, que revela a sus discípulos el Misterio de su pascua inminente: el Mesías —dice— «tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Esta afirmación está muy lejos de lo que esperaban de un Mesías triunfante y poderoso, con cuya ayuda derrotarían y humillarían a sus enemigos (cf. Sal 108,14). Ya habían tenido el modo, en el tiempo transcurrido con Él, de maravillarse de muchos de sus gestos y palabras. Pero este último mensaje, fue más allá de toda perspectiva. Pedro, particularmente, manifiesta su desacuerdo y comienza a reprender a Jesús diciéndole: «“¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte”» (v. 22).

Apenas hacía un instante que había reconocido en Él al «Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Ahora en cambio, sorprendido y quizá decepcionado de lo que había escuchado, en contraste con la hermosa profesión de fe que acababa de pronunciar, lo reprende. Parecería que le dice: “sí, creo que tú eres el Mesías, pero ese no es el modo de salvar al mundo”. Es un impulso de fervor, sin duda motivado por un amor sincero que, sin embargo, nos hace reflexionar.

Tampoco para nosotros, es siempre fácil entender y aceptar los caminos de Dios, especialmente cuando están muy alejados de los nuestros. Entonces las tentaciones son, contra toda lógica de fe, pensar que sea el Señor el que se equivoca o, peor aún, el que no nos escucha o no se interesa por nosotros. Frente a esta incertidumbre Pedro, aun dentro de su impulsividad, nos enseña dos cosas importantes.   

La primera es la de no interrumpir nunca, ni siquiera en estos momentos, el diálogo con el Señor; más bien, manifestarle con confianza nuestra dificultad para comprender lo que nos pide.

La segunda es la de no juzgar nunca el obrar de Dios, sino más bien, ponernos a la escucha, con humildad, en la oración, de lo que nos está revelando a través de su accionar, aun cuando no corresponde a nuestras expectativas.

Y la grandeza del primero de los apóstoles se manifiesta también en esto.

Jesús le responde: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v. 23), y les explica, a él y a los otros discípulos que, para seguir sus huellas, deberán negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirlo (cf. v. 24). Pedro lo hará después de haberlo escuchado, asumirá el desafío y permanecerá fiel a las palabras del Cristo, al que ha reconocido como su redentor, por toda la existencia, hasta el martirio. 

Pidamos entonces al Señor que también nosotros tengamos en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro, diciéndole con humildad lo que sentimos realmente, aun cuando el corazón está confuso; y, al mismo tiempo, que sepamos cultivar su docilidad, aceptando aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas.

Que nos ayude María, que fue obediente a los designios de Dios permaneciendo de pie junto a la cruz de su hijo Jesús.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Nos llegan desde Haití noticias dramáticas sobre la grave masacre perpetrada en Kenscoff, en la que han perdido la vida numerosas personas, mientras que otras han sido secuestradas. Expreso mi solidaridad y la oración con las víctimas y sus familiares, y pido que se libere sin demora a todos los rehenes. Dirijo un sincero llamamiento a todos los responsables para que se comprometan de forma concreta a garantizar la seguridad de la población y a poner fin a toda forma de violencia.

Aseguro mis oraciones a los afectados por la terrible inundación que se ha producido en Nepal y el Tíbet. Recemos por quienes han perdido la vida, por los heridos y los desaparecidos, por las familias y por los equipos de rescate. Que los gestos de solidaridad contribuyan a aliviar el sufrimiento y a llevar la ayuda necesaria a la población.

Sigamos rezando por la paz. San Agustín, cuya memoria hemos celebrado estos días, decía que «la paz es semejante a aquel pan que se multiplicaba en las manos de los discípulos del Señor cuando ellos lo partían y repartían» (Sermón 357, 2). Que aumenten en el mundo aquellos que, con valentía, parten y reparten el pan de la paz, superando las divisiones, promoviendo la justicia y practicando el perdón, por el bien de todos.

El martes celebraremos el Día Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Este día marca el inicio del Tiempo de la Creación — que celebran los cristianos de diversas confesiones— y cuyo tema este año es “Agua Viva”. Como recordé en el mensaje para este día, cuidar de nuestra casa común exige una conversión del corazón, para que aquello que se ha utilizado para causar destrucción pueda, en cambio, orientarse hacia la vida. Invito a todos a unirse en la oración y en la acción, para que podamos convertirnos en canales del agua viva de la paz de Dios, que refresca nuestro mundo herido.

¡Saludo a todos ustedes, fieles de Castel Gandolfo y peregrinos de diversos países! Doy la bienvenida, en particular, a los participantes en la carrera benéfica “Run to Rome”, a los jóvenes que han recorrido la Vía Lucis itinerante, al grupo de devotos de la Virgen de los Milagros de Corbetta y a los motociclistas presentes con motivo de su tradicional encuentro anual.

Doy las gracias a las fuerzas del orden y a todos aquellos que han contribuido a mi estancia veraniega aquí, en Castel Gandolfo, así como al servicio de seguridad que ha colaborado durante los encuentros con los peregrinos. Muchas gracias.

Envío mi cordial saludo a los fieles que siguen el Ángelus desde la Plaza de San Pedro.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!

Fuente: vatican.va

28 agosto 2026

Que tome su cruz y me siga

 Domingo 22.º del Tiempo Ordinario (Ciclo A).

Evangelio (Mt 16,21-27)

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día.

Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo:

— ¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso.

Pero él se volvió hacia Pedro y le dijo:

— ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.

Entonces les dijo Jesús a sus discípulos:

— Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta.

Comentario

Este pasaje del Evangelio sigue inmediatamente después de aquel diálogo de Jesús con sus discípulos, cuando a su pregunta “Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre” (Mt 16,13), tras unos momentos de silencio por parte de todos, Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Afirmación que fue solemnemente confirmada por el Maestro que, a la vez, les ordenó que no dijeran a nadie que Él es el Cristo (cf. Mt 16,20).

Los apóstoles estarían impresionados por la claridad con la que Jesús les había confirmado lo que intuían, que su Maestro era el Mesías largamente esperado, aquel descendiente de David que vendría a reinar para siempre liberando a su pueblo de toda opresión. Tal vez pensaban, como era lo habitual entre sus contemporáneos, que el reinado del Mesías sería una gloriosa sucesión de triunfos. Por eso, Jesús les pone inmediatamente en la realidad hablándoles de sus planes de futuro, que iban por unos derroteros muy distintos a los que se imaginaban. Les advierte de que “él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (v. 21).

También en esta ocasión, es Pedro quien toma la palabra para expresar lo que otros no se atreven a decir, y se atreve a reprender al Maestro: “¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso” (v. 22). A lo que Jesús le responde con palabras muy fuertes: “¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres” (v. 23).

Jesús se dirige hacia la Cruz e invita a sus discípulos a seguirlo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga” (v. 24). Contra toda lógica humana, la cruz no implica desventura, desgracia que hay que evitar a toda costa, sino oportunidad de acompañar a Jesús en su victoria. En la lógica de Dios el camino que conduce al triunfo glorioso sobre el pecado y la muerte pasa por la pasión y la cruz.

Recordaba san Josemaría en su predicación un sueño de un clásico castellano en el que se mencionaban dos caminos. Uno es ancho y regalado, pero termina en un precipicio sin fondo. Es el que siguen atolondradamente los mundanos. “Por dirección distinta, discurre en ese sueño otro sendero: tan estrecho y empinado, que no es posible recorrerlo a lomo de caballería. Todos los que lo emprenden, adelantan por su propio pie, quizá en zigzag, con rostro sereno, pisando abrojos y sorteando peñascos. En determinados puntos, dejan a jirones sus vestidos, y aun su carne. Pero al final, les espera un vergel, la felicidad para siempre, el cielo. Es el camino de las almas santas que se humillan, que por amor a Jesucristo se sacrifican gustosamente por los demás; la ruta de los que no temen ir cuesta arriba, cargando amorosamente con su cruz, por mucho que pese, porque conocen que, si el peso les hunde, podrán alzarse y continuar la ascensión: Cristo es la fuerza de estos caminantes”.

El fin de todo ser humano es alcanzar la felicidad. Pero no se consigue la felicidad cuando se busca siempre lo más cómodo y apetecible, sino cuando se ama decididamente, aunque el amor comporte sacrificio. “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”, decía san Josemaría. “Por esto, me gusta pedir a Jesús, para mí: Señor, ¡ningún día sin cruz! Así, con la gracia divina, se reforzará nuestro carácter, y serviremos de apoyo a nuestro Dios, por encima de nuestras miserias personales”[.

Fuente: opusdei.org

El dolor

Daniel Tirapu

Veo estos días a un viejo amigo, le noté un poco tembloroso, pensé que estaría tomando algún medicamento, pero me confirma otro que tiene un incipiente Párkinson con 42 años... llamo a otro amigo y el cáncer de su madre parece que no para, se me echa a llorar. ¿Qué decir? Nada. El dolor, los males físicos y morales, las injusticias, suelen ser el primer obstáculo para creer en Dios. A veces, muchas también, suelen ser el momento de plantearse el sentido de la vida. El mal, el dolor, duele, seas creyente o no. ¿Por qué, por qué? ésta debería ser la primera educación de la ciudadanía.

 Antes o después te topas de bruces con él. Cómo un Dios que decís que es tan bueno, nos trata así. Parece como si te pusiera un caramelo y cuando lo vas a tomar, zas... te lo quita. Nacer es empezar a morir. Rezo por estas personas y a veces hasta uno se puede enfadar con Dios...díselo, dile que no entiendes. Pero en primer lugar Dios nos ha hecho libres y por tanto con la posibilidad de hacer mal a uno mismo y a los demás y en segundo lugar el dolor debe tener algún sentido que quizás en otra dimensión entendamos. C. S. Lewis decía que el dolor es el altavoz de Dios, porque si no nos olvidamos de Él.

 No hay amor sin dolor. También es profundamente misterioso que Dios Padre envíe a su Hijo a una muerte de cruz, ignominiosa, dura, injusta, donde no se reconocen las facciones del Hijo. ¿No bastaba con que se hubiese hecho hombre, con que naciese pobre? Parece que no. Pero la muerte y el dolor no vencen, vence el amor y la Resurrección. Que dolor el de una madre que ve morir a su hijo, y más en una cruz, siendo el más inocente de los nacidos. Mater dolorosa enséñanos a sufrir amando y amar sufriendo.

Fuente: elconfidencialdigital.com

El gran maestro es el amor

 Enrique García-Máiquez


«El matrimonio es esa relación humana en la que cosas que en sí mismas son moralmente irrelevantes se vuelven moralmente relevantes: el amor dota a todo de importancia»

Alice von Hildebrand publicó en 1989 El amor que transforma, que ahora trae a España la editorial Eunsa con traducción, prólogo y notas del matrimonio formado por Teresa Pueyo-Toquero y José María Forment Costa. No sólo está bien traducido y comentado, sino que es bonito que un libro sobre el matrimonio tenga por embajadores en España a estos dos esposos.

A esta feliz circunstancia se suman otros dos ecos poéticos. Ya desde el título, Alice von Hildebrand rinde tributo al gran ensayo de su marido, Dietrich von Hildebrand: Nuestra transformación en Cristo (Madrid, Encuentro, 1996). Más aún, el libro hace continuas referencias explícitas a la vida matrimonial de la autora. Implícitamente, el libro es también un comentario o corolario de su propio matrimonio, convertido desde siempre en materia de reflexión. Otro libro del marido fue Matrimonio: el misterio del amor fiel (1992).

Aunque de evidente textura ensayística, El amor que transforma se presenta en forma epistolar semificticia. El libro se compone de las cartas que la autora escribe a una joven ahijada y amiga, Julie, recién casada con Michael. El lector reconoce enseguida la potencia ensayística de la forma epistolar, que insufla tensión narrativa y encarnadura a las reflexiones más profundas. Sin embargo, Alice von Hildebrand no logra extraer del género todas sus posibilidades literarias. A veces se ven las costuras filosóficas; otras, los personajes no cobran suficiente vida. Queda lejos de ese monumento del ensayo epistolar que es Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis.

En cambio, si el lector va buscando una reflexión pragmática sobre el amor y el matrimonio, tendrá pocas pegas que ponerle a esta obra. Transmite perfectamente la dimensión aventurera y épica: «El matrimonio es una gesta de audacia». «Cuanto más os dejéis refinar por el amor, más perfecto será vuestro matrimonio», propone una Alice von Hildebrand que no idealiza. De hecho, si le tuviese que poner un pero, sería precisamente el contrario: una sensibilidad quizá excesiva ante los problemas, incluso los casi insignificantes. Ella misma explica por qué: «El matrimonio es esa relación humana en la que cosas que en sí mismas son moralmente irrelevantes se vuelven moralmente relevantes: el amor dota a todo de importancia».

Aprovecha sus conocimientos antropológicos para arrojar luz sobre la vida conyugal: «Somos seres espiritualmente turbulentos: nuestros sentimientos a menudo no están en armonía con nuestras acciones». Y propone soluciones: «Aquí lo más importante es tu voluntad, pues todo amor auténtico debe ser confirmado por muchos actos de voluntad que nos sostienen cuando —por la razón que sea— nuestros sentimientos decaen».

Otra tensión que contribuye a electrificar el libro es la conciencia de que, precisamente por ser muy de su tiempo, resulta muy a contratiempo y contra mundum. Con cuánta delicadeza y verdad, con qué respeto a la libertad personal y con qué valor afronta el tema del trabajo fuera de casa y la conciliación.

Da su sitio al humor. Cuenta la historia de una chica a la que se le pincha una rueda en California. Nadie se detiene a ayudarla. Hasta que «exasperada, escribió en un gran trozo de papel en letras grandes: «¡No soy feminista!». A los pocos minutos llegó la ayuda de un joven encantado de echar una mano».

La obra tiene un gran final. El matrimonio conoce pequeñas mejoras y adaptaciones, pero el desenlace no consiste en que quede arreglado y empiece de pronto a funcionar como un reloj, sino en algo mucho más grande: ¡Julie y Michael esperan un hijo! Esa es la culminación, no un ascenso profesional ni una sincronización perfecta. Los von Hildebrand no tuvieron hijos, pero Alice da un testimonio precioso de la importancia de la fecundidad conyugal. Es una paradoja de dimensiones chestertonianas y, por tanto, auténtica y feliz.

Al leer El amor que transforma, Juan Pablo II, amigo personal de la autora, dijo: «Que el Señor conceda a este libro el éxito que merece, ya que trata un tema muy importante y amenazado». Que por el barbero del rey de Suecia no quede.

El matrimonio es la relación más completa, más intensa y más hermosa entre dos seres humanos.

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Tenéis en vuestras manos el poder de crear un cielo o un infierno terrenal. […] Un gran amor puede ser la fuente de felicidad más profunda de este lado del Cielo.

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[La casa:] crear un lugar donde sea bueno estar.

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Con los ojos del amor, se te concedió una visión Tabor de Michael. […] Sólo quien ama ve y quien ve más claro ama más profundamente.

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Nuestra preocupación no es qué es más fácil; nuestra preocupación es qué es más hermoso.

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La misteriosa esfera del sexo no siempre da lo que parece prometer (por eso las personas inmaduras, que suelen equiparar el sexo con el paraíso, se desilusionan tan a menudo del sexo).

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La alegría es un don que no puede esperarse como derecho, ni siquiera esperarse en general.

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Quien ha vivido una vida impúdica y luego se convierte, se enamora y se casa con la mujer que ama, descubre el sexo por primera vez.

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Tu irritación por el distraído chasquido de nudillos de Michael despierta mi simpatía. Es algo sin importancia que sería mejor ignorar, pero las cosas sin importancia a veces nos ponen de los nervios.

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Ver a alguien desde fuera es una falta de caridad; ver a quien se ama desde fuera es una especie de traición.

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*La discreción es una virtud tan importante que debe permanecer incluso en el matrimonio.

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[No identifiquemos a nadie con su peor versión ni con sus comportamientos menos dignos.] ¿No te gusta que te digan sobre una mala fotografía que «no se parece a ti en nada»? […] Debemos dar a nuestro cónyuge el crédito del amor.

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Una actitud moderna muy extendida agrava nuestras dificultades en el matrimonio y en todas nuestras demás relaciones: la falta de reverencia. […] En sus escritos, mi marido llamaba a la reverencia «la madre de todas las virtudes».

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La belleza de vuestro matrimonio depende en gran medida de la reverencia que os profeséis mutuamente.

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El secreto es no dejar nunca que nuestras bromas se alejen de nuestras profundidades espirituales. Siempre me ha sorprendido la facilidad con que las personas santas pueden pasar de la recreación a la oración.

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Entonces se forma un triángulo: el objeto y vosotros dos mirándolo juntos. […] Platón tenía razón: en su encuentro con la belleza, al alma humana le crecen alas.

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Las pequeñas obras en la cocina hechas por amor tienen más valor que una brillante fusión en Wall Street llevada a cabo por codicia.

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*Uno de los grandes errores de nuestro tiempo es la idea de que el servicio es degradante. ¡Qué error tan catastrófico!

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El hombre y la mujer están llamados a menudo a tocar instrumentos diferentes en la gran sinfonía de la vida.

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Platón: «Un hombre debe enorgullecerse más de servir bien que de mandar bien».

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San John Henry Newman: «No es posible encontrar a dos personas, por muy íntimas que sean, por mucho que congenien en sus gustos y apreciaciones, por mucha afinidad de sentimientos espirituales que exista entre las mismas, que no se vean obligadas a renunciar, en beneficio mutuo, a muchos de sus gustos y deseos si quieren vivir juntas felizmente».

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Además, si dos personas pudieran fusionarse, no podrían amarse, porque el amor exige dualidad.

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Anunciar los sacrificios es una mala manera de hacerlos.

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Por lo general, las personas son muy sensibles a los errores que han cometido y es especialmente doloroso si la persona a la que quieres es quien se los restriega.

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Uno de los grandes recursos en manos de las mujeres: apelar a ese sentido de la caballerosidad que se encuentra en lo más profundo del corazón de la mayoría de los hombres.

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Michael (como la mayoría de los hombres dignos de ese nombre) se conmueve especialmente cuando le haces saber lo mucho que le necesitas.

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Estoy convencida de que, aunque muchos hombres parezcan toscos e indiferentes, en el fondo la mayoría son caballerosos: sienten que su misión especial es ayudar a los que son físicamente menos fuertes: mujeres, ancianos, niños. Pueden ser heroicos en su deseo de rescatar a alguien necesitado.

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El agotamiento acorta los ánimos.

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[¡Cuánto nos preparamos para una entrevista de trabajo!] Es lo apropiado: está en juego nuestra carrera. Sin embargo, tras un largo día de separación, cuando estamos a punto de volver a ver a la persona más importante de nuestra vida, rara vez nos preparamos en absoluto. Entramos en casa dando por sentado que podemos venir como estamos. Siempre debemos prepararnos para el tiempo que pasamos con nuestro cónyuge en casa.

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Vuestro matrimonio debería ser aún más bonito que vuestro periodo de noviazgo. Si no fuera así, ¿para qué casarse?

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Estar con los demás exige estar siempre alerta, despierto, presente.

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La paz sólo llega cuando nos preocupamos sobre todo de nuestros propios defectos.

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El matrimonio está destinado a ser una antesala del Cielo.

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El gran maestro en el matrimonio es el amor, no uno de los cónyuges disfrazado de maestro de escuela.

Fuente: eldebate.com