27 marzo 2026

Elogio del dolor

Antonio Royo Marín


El dolor físico nos trae muchísimos bienes

La conservación de las fuentes del dolor es un bien mayor que su supresión.

«Si Dios nos quitara la libertad, no podríamos pecar y nos ahorraríamos un cúmulo enorme de sufrimientos; pero tampoco podríamos merecer el cielo.

La vida social nos trae grandes dolores; pero ¡cuan grandes ventajas y beneficios nos proporciona también! La naturaleza física nos produce enfermedades y acabará produciéndonos la muerte; pero sin ella sería del todo imposible la vida. ¿Será razonable reprochar a Dios el habernos dado todos estos bienes sólo porque alguna vez podemos abusar de ellos o lleguen a ser peligrosos?

«Suprimid la libertad, la vida social y las leyes de la naturaleza física, y desaparecería al instante el orden y la armonía maravillosa del universo, volviendo todo a la más completa desolación y al más espantoso de los caos.

No es admisible una continua intervención milagrosa de Dios. Dios podría suprimir la mayor parte de nuestros dolores particulares interviniendo milagrosamente y de continuo sobre la voluntad perversa de los hombres y sobre las leyes físicas de la naturaleza. Pero esto no constituiría un bien, sino un aumento del mal para el conjunto del universo. Debería para ello cambiar de naturaleza al hombre y modificar todas las leyes de la naturaleza dictadas por su infinita sabiduría. Dios no puede rectificar nada, pues nada ha hecho que se pudiera hacer mejor. Las excepciones milagrosas confirman la sabiduría de sus leyes fijas. La excepción, empero, no puede convertirse en regla.

«El dolor físico nos trae muchísimos bienes. Es el egoísmo quien nos impide ver la armonía del conjunto, detrás y por encima de nuestro yo.

El que se lastima al caer, es difícil que sepa reconocer las grandes ventajas de la gravedad terrestre; el que ha perdido a un ser querido en una tempestad marítima, no comprenderá fácilmente que sin tempestades el mar sería un inmenso pantano palúdico y mortífero para toda la humanidad.

Las finalidades físicas del dolor no bastan. Las cosas bellas y nobles: el arte, la ciencia, la gloria, son ideales de muy pocos espíritus selectos.

«La mayor parte de los hombres no se confortan en su dolor con esa clase de ideales. Hay que buscarle finalidades más altas. Por encima del orden físico está el orden moral de la virtud.

El dolor purifica y sana. Así como el oro en el crisol, bajo la acción atormentadora del fuego, gime, chilla y se revuelve en convulsiones de muerte hasta que, soltándose en un supremo esfuerzo del abrazo tenaz de la escoria, corre purificado en una veta de reflejos deslumbradores, así el alma destrozada por el dolor se libera del fango de la culpa y recobra su antigua belleza y su antiguo vigor.

El dolor cura y sana las heridas más rebeldes y los vicios irías inveterados. Doblega y vence la violencia de las pasiones y hace más fácil el ejercicio de la virtud. Bajo su enérgica acción, el sensual se hace casto; el orgulloso, humilde; el iracundo, manso; el egoísta, generoso. ¡Cuántos hombres han encontrado el camino de su redención el día en que cayeron enfermos! Ante el culpable que sufre, se nos escapa fácilmente de los labios la dulce palabra del perdón.

Si el dolor nos afina y eleva; si su acción benéfica abraza todas nuestras facultades superiores: el entendimiento, la voluntad y el corazón; si por su medio nos hacemos más prudentes, más fuertes y más afectuosos, no es de maravillar que aquellos que han conocido el dolor y han secundado dócilmente la obra de este artífice divino, alcancen una armonía y una belleza interior totalmente ignoradas por aquellos que no lo han experimentado nunca.

«La belleza y la armonía del alma, trabajada por el dolor, irradian incluso al exterior y vuelven en su luminosidad el mismo cuerpo del que sufre.

El rostro del que ha sabido sufrir noblemente se espiritualiza, por decirlo así; aparece como transfigurado en la gloria de un fulgor fascinante, que conquista las almas e impone el respeto y la admiración de todos. Si el placer, gozado sin medida y sin ley, deforma y embrutece, el dolor, limpia y serenamente afrontado, embellece y transfigura. Las almas, como el incienso, necesitan quemarse en el fuego para esparcir todo su perfume.

Fuente: forumlibertas.com

26 marzo 2026

El Papa León XIV a la nueva arzobispa de Canterbury: “Sigamos dialogando en la verdad y el amor”

Exaudi Redacción

El Pontífice envía un mensaje de felicitación a Sarah Mullally con motivo de su toma de posesión como primada de la Iglesia de Inglaterra y líder de la Comunión Anglicana.

El 26 de marzo de 2026, el Papa León XIV dirigió un mensaje escrito a la arzobispa Sarah Mullally, quien asumió oficialmente su ministerio el día anterior en una ceremonia en la Catedral de Canterbury. El cardenal Kurt Koch, prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y enviado especial del Papa, entregó la misiva al concluir una oración ecuménica conjunta celebrada en la misma catedral para conmemorar los 60 años del histórico encuentro entre san Pablo VI y el arzobispo Michael Ramsey en Roma, en marzo de 1966.

En su carta, el Papa León XIV ofrece “saludos, buenos deseos y palabras de aliento para un ministerio sin duda ‘arduo’”, al tiempo que invita a “seguir dialogando en la verdad y el amor” para poder ofrecer al mundo “los dones de Dios” en medio de las diversas tragedias que lo azotan.

El mensaje subraya la amplitud de la responsabilidad que asume Mullally, no solo sobre la Diócesis de Canterbury, sino sobre toda la Iglesia de Inglaterra y la Comunión Anglicana en su conjunto. El Pontífice pide al Señor que la fortalezca con el don de la sabiduría y que sea guiada por el Espíritu Santo en el servicio a sus comunidades, inspirándose en el ejemplo de María, Madre de Dios.

Un diálogo ecuménico con frutos y desafíos

El Papa recuerda el gesto de hace sesenta años, cuando Pablo VI y Michael Ramsey se estrecharon la mano en Roma, comprometiendo a católicos y anglicanos en una nueva etapa de relaciones fraternas basadas en la caridad cristiana. Aquel encuentro abrió “una nueva página de respetuosa apertura” que, según León XIV, “ha dado muchos frutos en las últimas seis décadas y sigue haciéndolo aún hoy”.

De aquel momento surgió también el acuerdo para iniciar un diálogo teológico formal, que dio lugar a la Comisión Internacional Anglicano-Católica (ARCIC). El Pontífice destaca que los frutos de este trabajo han permitido a ambas tradiciones “dar testimonio juntos de manera más eficaz”, algo especialmente valioso ante los múltiples desafíos que enfrenta la familia humana.

Aunque reconoce que el camino ecuménico “no siempre ha estado exento de obstáculos” y que “nuevas circunstancias han traído nuevos desacuerdos”, el Papa afirma que las divergencias no impiden reconocerse como “hermanos y hermanas en Cristo” gracias al Bautismo común. Cita el ejemplo de la relación entre el papa Francisco y el anterior arzobispo Justin Welby, incluyendo su visita conjunta a Sudán del Sur en 2023.

“Por mi parte, creo firmemente que debemos seguir dialogando en la verdad y el amor”, escribe León XIV, “porque solo en la verdad y el amor llegamos a conocer juntos la gracia, la misericordia y la paz de Dios y, por lo tanto, a poder ofrecer estos preciosos dones al mundo”.

La unidad al servicio del Evangelio

El mensaje concluye recordando que la unidad que buscan los cristianos “nunca es un fin en sí misma”. Citando unas palabras del papa Francisco dirigidas a los primados anglicanos en 2024, León XIV advierte que sería un escándalo que, a causa de las divisiones, los cristianos no cumplieran su vocación común de dar a conocer a Cristo.

Solo a través del testimonio de una comunidad cristiana reconciliada, fraterna y unida resonará con mayor claridad el anuncio del Evangelio”, subraya el Papa.

La nueva arzobispa Sarah Mullally, de 63 años, es la primera mujer en ocupar este cargo. En su sermón durante la ceremonia de toma de posesión, habló de las mujeres de la Biblia que confiaron en Dios ante un futuro incierto y reiteró la urgencia de la verdad y la justicia en la Iglesia. La oración ecuménica en la que se entregó el mensaje papal utilizó el mismo reclinatorio del encuentro entre san Juan Pablo II y el arzobispo Robert Runcie en 1982, reforzando así el simbolismo de continuidad en las relaciones entre católicos y anglicanos.

Fuente: exaudi.org

El hijo que no tenemos

Javier Vidal-Quadras


Educar no consiste en defender siempre al hijo frente al mundo, sino en ayudarle a situarse responsablemente en él.

El viernes y sábado de la semana pasada estuve en Roma, impartiendo unas sesiones sobre matrimonio y sexualidad a un grupo de diáconos que se van a ordenar sacerdotes este mes de mayo. El viaje tenía un diseño perfecto para mí: llegaba con cuatro horas de antelación, con tiempo para preparar las sesiones tranquilamente y hasta de jugar un partido de pádel y ganarlo, que es la contraprestación que les pido por mis servicios. Pero la compañía aérea tenía otros planes, y me pasé las cuatro horas encerrado en el avión, de un lado a otro del aeropuerto, para que revisarán algo del ala que se había estropeado por las fuertes rachas de viento: ¡muy tranquilizador!

Casualmente, entre las lecturas que me acompañaron este tiempo de anquilosamiento corporal, bien comprimido en el generoso espacio de un asiento de avión, leí un artículo publicado en Aceprensa titulado “El duelo de abrazar al hijo real” y escrito por María Paz Montero que me ayudó a comprender mi experiencia de ese día: “El duelo de abrazar el viaje real”.

Pero el artículo decía mucho más. Me trajo a la memoria las palabras del tutor de uno de nuestros hijos cuando este se dio de bruces con la adolescencia de un día para otro. En nuestra experiencia familiar, hay una semana en que los hijos varones se levantan el lunes siendo niños y se acuestan el viernes siendo adolescentes. Nuestras hijas han sido más consideradas y fueron lanzando señales de aviso. El tutor en cuestión nos dijo: “os informo de que vuestro hijo ha decidido dejar de ser bueno”.

También con los nietos pasa algo parecido: algunas señoritas se empeñan en decir que muerden y hasta pegan a los demás; pero aquí no hay discusión: la culpa es siempre de los otros y los nuestros actúan siempre en legítima defensa…, ¡y bien legítima!

Hay un instante —del que habla con acierto el artículo mencionado— en que los padres atraviesan una especie de pequeño duelo. No es una enfermedad ni un fracaso escolar. Es algo más discreto y más íntimo: el descubrimiento de que el hijo real no coincide exactamente con el hijo que habíamos imaginado.

A veces ocurre tras una conversación con un profesor. Las frases no suelen ser tan explícitas como las de nuestro tutor: “Su hijo ha mentido”, “su hija encabezó unas burlas”, “la pillaron copiando en un examen”. No son grandes tragedias, pero el impacto es real. Porque el hijo al que queremos tanto deja de ser el pequeño ángel que habíamos diseñado mentalmente.

En realidad, esto es bastante comprensible. El amor de los padres tiende a idealizar. Desde que nace un hijo proyectamos sobre él una versión luminosa: será noble, generoso, justo, valiente. Durante los primeros años esa imagen funciona bien. Las torpezas se interpretan con ternura, las rabietas como cansancio, y las pequeñas mentiras como fantasías infantiles.

Pero llega un momento —normalmente en la preadolescencia— en que la dimensión moral aparece con más claridad. Ya no hablamos solo de impulsos ingenuos, sino de decisiones que afectan a otros. Y entonces aparece la sorpresa: ese hijo tan querido también es capaz de mentir, excluir o humillar.

Es ahí donde surge el pequeño duelo del que habla el artículo. En el fondo, no es tanto una decepción con el hijo como con nuestra propia mirada. La estatua que cae del pedestal es la que nosotros mismos habíamos esculpido.

Sin embargo, ese momento puede ser profundamente educativo. Educar no consiste en defender siempre al hijo frente al mundo, sino en ayudarle a situarse responsablemente en él. Negar sus errores para proteger su imagen puede parecer un gesto de cariño, pero en realidad lo desorienta. Le transmite que importa más la apariencia que la conducta.

Por eso el colegio suele desempeñar un papel tan importante. Es el primer lugar donde el niño deja de ser el centro del universo familiar y pasa a convivir con otros en igualdad. Allí sus actos tienen consecuencias reales. Cuando un profesor señala una falta, no está atacando a la familia: simplemente está devolviendo una imagen más objetiva de la realidad.

Un chico que se burla de otro no está condenado a ser cruel, pero necesita comprender el daño que provoca. Una niña que copia no está marcada para siempre, pero necesita experimentar que la verdad vale más que la nota.

Cuando los padres corrigen con serenidad y siguen queriendo al hijo con la misma firmeza, están transmitiendo una verdad decisiva: “No te queremos porque seas perfecto. Te queremos porque eres nuestro hijo. Y precisamente por eso queremos que aprendas a ser mejor”.

Quizá ese pequeño duelo —aceptar que el hijo real no coincide con el hijo ideal— no sea una derrota educativa. Tal vez sea, como sugiere el artículo, el comienzo de una educación más honesta. Porque el hijo real, con sus sombras y sus posibilidades, siempre es más educable que el hijo imaginado.

Fuente: javiervidalquadras.com

25 marzo 2026

-Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis - II. Constitución dogmática Lumen gentium5. Sobre el fundamento de los Apóstoles. La Iglesia en su dimensión jerárquica

 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, comentando la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (LG). Después de haberla presentado como pueblo de Dios, hoy consideraremos su forma jerárquica.

La Iglesia Católica encuentra su fundamento en los apóstoles, que Cristo quiso como columnas vivas de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que obra al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus miembros. Este Orden sacro está permanentemente fundado sobre los apóstoles (cfr. Ef 2,20; Ap 21,14) en cuanto testigos autorizados de la resurrección de Jesús (cfr At 1,22; 1Cor 15,7) y enviados por el Señor mismo en misión al mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19). Como los apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas salvíficas del Maestro (cfr. 2Tm 1,13-14), transmiten su ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando, guiando e instruyendo la Iglesia «gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral» (CIC, n. 857).

El capítulo III de la Lumen Gentium, titulado Constitución jerárquica de la Iglesia, y particularmente del episcopado, profundiza en esta sucesión apostólica fundada en el Evangelio y en la Tradición. El Concilio enseña que la estructura jerárquica no es una construcción humana que sirve para la organización interna de la Iglesia como cuerpo social (cfr. LG, 8), sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los apóstoles.

El hecho de que esta temática se afronte en el capítulo III, después de que en los dos primeros se ha contemplado la esencia verdadera y propia de la Iglesia (cfr. Acta Synodalia III/1, 209-210), no implica que la constitución jerárquica sea un elemento sucesivo respecto al pueblo de Dios: como afirma el Decreto Ad gentes, «los Apóstoles fueron los gérmenes del nuevo Israel y, al mismo tiempo, origen de la sagrada Jerarquía» (n. 5), en cuanto comunidad de los redimidos por la Pascua de Cristo, establecida como medio de salvación para el mundo.

A fin de captar la intención del Concilio, es oportuno leer bien el título del capítulo III de Lumen Gentium, que explicita la estructura fundamental de la Iglesia, recibida de Dios Padre mediante el Hijo y llevada a cumplimiento con la efusión del Espíritu Santo. Los Padres conciliares no quisieron presentar los elementos institucionales de la Iglesia, como podría dar a entender el sustantivo “constitución” si se entiende en el sentido moderno. El documento se concentra, en cambio, en el «sacerdocio ministerial o jerárquico», que difiere «esencialmente y no sólo en grado» del sacerdocio común de los fieles, y recuerda que «se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (LG, 10). Así, el Concilio trata el ministerio que se transmite a hombres que son investidos de sacra potestas (cfr. LG, 18) para el servicio en la Iglesia: se detiene, especialmente, en el episcopado (LG, 18-27), y luego en el presbiterado (LG, 28) y el diaconado (LG, 29) como grados del único sacramento del Orden.

Con el adjetivo “jerárquica”, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro del ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus relaciones internas. Los obispos, ante todo, y, a través de ellos, los presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera) que los llevan a estar al servicio de «todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios» para que «tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación» (LG, 18).

La Lumen Gentium recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que «el encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio» (LG, 24). Se comprende entonces por qué San Pablo VI presentó la jerarquía como realidad «nacida de la caridad de Cristo para realizar, difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia» (Disc. 14 de sept. de 1964, en Acta Synodalia III/1, 147).

Queridas hermanas, queridos hermanos, pidamos al Señor que mande a su Iglesia ministros ardientes en la caridad evangélica, entregados al bien de todos los bautizados y misioneros valientes en todos los lugares del mundo.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Cristo, Buen Pastor, que suscite en la Iglesia pastores dispuestos a dar la vida por la grey a ellos confiada; que sean ardientes en la caridad, disponibles en la misión y valientes en el anuncio del Evangelio. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy, abordamos el tercer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la dimensión jerárquica de la Iglesia. Cristo eligió como columnas vivas de su Cuerpo místico a los apóstoles, llamados a custodiar y a transmitir sus enseñanzas, a fin de seguir santificando, instruyendo y guiando al Pueblo de Dios.

La estructura jerárquica no es una invención meramente humana, sino una institución divina, dirigida a perpetuar la misión dada por Cristo a los apóstoles hasta el fin de los tiempos. El documento conciliar menciona particularmente a los obispos, los presbíteros y los diáconos, que poseen distintos grados del mismo sacramento del Orden, esencialmente distinto del sacerdocio común de los fieles, y cuya misión apostólica se ejerce colegialmente y en comunión. Dichos ministros, que poseen la sacra potestad, están al servicio de todos los bautizados, para que vivan en Cristo y alcancen la salvación.

Fuente: vatican.va

A todos los obispos del mundo

Rosa Corazón

El 19 de marzo de 2026, el Santo Padre León XIV nos envía un mensaje, con motivo del décimo aniversario de la Exhortación Apostólica postsinodal “Amoris Laetitia” del Papa Francisco y nos comenta que, hace 10 años, con “Amoris Laetitia”, el Papa Francisco transmitió, a toda la Iglesia universal, un luminoso mensaje de esperanza sobre el amor conyugal y familiar. Ahora, el Papa actual nos pide, a toda la Iglesia universal, el valor para continuar este camino, por un sendero sinodal.

MI APORTACIÓN DE LO QUE PUEDEN SER PRINCIPIOS UNIVERSALES:

  1. Dios es el inventor del Matrimonio y Dios es el inventor de la unión sexual matrimonial.
  2. El Matrimonio es un bien, tanto para cada uno individualmente, como para los dos juntos en su unión indisoluble.
  3. Un hijo es el mayor bien que un matrimonio, de acuerdo con el designio de Dios, puede dejar en este mundo.
  4. La evangelización sobre el matrimonio es necesario que sea gradual, progresiva, que ponga, a cada uno de los cónyuges y a los dos juntos -como unidad indisoluble que son- cara a cara con Dios para discernir y decidir qué hacer y cómo hacerlo, para potenciar su unión indisoluble, para buscar el bien individual y conjunto, para procrear y custodiar y criar a la prole -decisión personalísima de ambos- y para intentar vivir, del mejor modo posible, todos y cada uno de los derechos y deberes que les incumben como matrimonio y llegar a la santidad.
  5. Esta progresiva evangelización, que incumbe a toda la Iglesia universal, habrá de acomodarse al país, a la cultura, a las costumbres, a la historia personal y familiar, a las circunstancias particulares y al modo de vida actual con todos los cambios antropológicos y culturales de hoy, en día.

El matrimonio no puede ser ajeno y prescindir de situaciones reales actuales, tales como la homosexualidad, la ideología de género, los vientres de alquiler, la fecundación in vitro, los embriones congelados, la venta de óvulos bajo el falso amparo de donaciones por cuestión de solidaridad, venderse y prostituirse por dinero. Pues todo ello es realidad, actual y con bastante facilidad. Y son -en palabras del Papa- “cambios antropológicos y culturales”.

  1. Esa unión indisoluble, que es el matrimonio, debe llevar, en la progresiva evangelización, a fomentar la unidad en los cónyuges en todos los campos. De ahí, que pudieran ser reglas generales:
  2. DIOS NO ES INHUMANO. Incluso, nos dice la Sagrada Escritura, llegada la plenitud de los tiempos SE ENCARNÓ. Lo que supone que no haya nada, ni de cada uno, ni de cada matrimonio, que no le importe a Dios.

Y si Dios no es inhumano, es seguro que no nos pide nada, ni a cada uno ni a cada matrimonio, que sea inhumano.

El Papa nos señala que, el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios nos debe estimular a buscar “el crecimiento, la consolidación y la profundización en el amor conyugal y familiar y a redescubrir que el amor en el matrimonio siempre da vida y es real, precisamente en su modo limitado y terreno (…) Puesto que la fragilidad forma parte de la maravilla que somos nosotros.

Nadie se casa con alguien tan magnífico, que es irreal.

  1. El Matrimonio, claro que atrae a los jóvenes de hoy. Un amor para siempre atrae, hoy y siempre… Aunque es verdad que han disminuido los matrimonios y los matrimonios por la Iglesia.

Por eso, aunque el Matrimonio atrae a los jóvenes de hoy, hay que mejorar toda la evangelización acerca de él, en el niño, en el joven, y sobre todo en los novios y en todo previo a contraerlo. Sin olvidar que los ministros son ellos mismos, que la Iglesia no casa, se casan ellos.

¿Cómo es posible que, algunos que dicen que se quieren casar por la Iglesia, en su despedida de solteros se vayan de fulanas?

  1. Aunque no sea algo aplicable siempre y en todo caso, sí puede tenerlo en cuenta el evangelizador, a modo de regla general para sus consejos a cada Matrimonio, teniendo en cuenta sus particularidades: Que lo que sirve para unir a los dos, ¡adelante! y lo que los separa, muy posiblemente ¡no es lo que Dios quiere!

Dado que EL MATRIMONIO ES UN INVENTO DIVINO y LA UNIÓN SEXUAL MATRIMONIAL ES TAMBIÉN INVENTO DIVINO.

Comentaba un ponente a los asistentes, colgado también por You Tube, que era un hombre con un buen matrimonio, dentro del curso que impartimos sobre “La belleza de la sexualidad”. ¿A Dios le importa mi placer en la unión sexual con mi mujer? ¡Por supuesto que le importa!

  1. TANTO CON EL MATRIMONIO COMO CON LA UNIÓN SEXUAL MATRIMONIAL, DIOS QUIERE EL BIEN INDIVIDUAL DE CADA UNO Y DE LOS JUNTOS, EN ESA UNIÓN PARTICULARÍSIMA, Y QUE SEA EL MEDIO PARA PROCREAR. El Papa nos invita a descubrir que “el amor en el matrimonio siempre da vida”.
  2. Los gravísimos desastres matrimoniales, a los que me dedico, son fruto de una evangelización inadecuada, que no ha puesto, desde la infancia, en la adolescencia y en el proceso hacia la madurez de esas dos personas, la mira adecuada hacía la verdad, el bien, y la belleza de la propia vida, contando con sus deficiencias y el de los dos juntos, el de la otra persona con la que me caso. Nadie se puede casar con un misterio, con un enigma, sin un proyecto para toda la vida.
  3. Con esa progresiva evangelización habrá que ayudar a tomar decisiones libres, maduras, responsable, sopesando ventajas e inconvenientes de una u otra opción, acudiendo al auxilio divino pidiendo ayuda al Espíritu Santo para acertar, asumiendo las consecuencias de nuestros actos, y no dejándose llevar por impulsos, por “casarse es lo que toca”… Esto evitaría, como sucede tantas y tantas veces, que jóvenes que van bien en el terreno profesional sean un desastre en el tema matrimonial, con una grave falta de madurez afectiva y sentimental.
  4. Pueden existir vicios y adiciones: Al alcohol, a las drogas, a la pornografía, al sexo, a la masturbación, trastornos alimentarios: anorexia, bulimia y vicios por atracón, a la compra compulsiva para ahogar el sufrimiento.

¿Lo cura el matrimonio? No, el matrimonio no cura nada; hay que ir curado al matrimonio.

¿Cómo se cura? Reconociéndolo, queriendo curarse y dejándose acompañar en el camino hacia la sanación y dejándose ayudar.

  1. Ante las crisis matrimoniales:
  2. ¿Qué me enamoró de ti? Porque eso está ahí, es presente y hay que volver a los inicios…
  3. ¿Vicios? ¿Adicciones? ¿Incapacidades? ¿Problemas sexuales?

¿Qué se puede hacer? Habrá que ver qué se puede hacer, hasta dónde hay que llegar y si se puede o no conseguir algo de éxito duradero en cada caso.

  1. Mi matrimonio va como van nuestras relaciones sexuales, me dijo una buena mujer. Si van bien, estamos estupendamente. Si van mal, estamos a la gresca. ¿Qué es causa? ¿Qué es efecto? No hay tal, pues ambos se interseccionan.

En el mensaje, el Papa León nos insta a “seguir profundizando en la esperanza bíblica de la presencia amorosa y misericordiosa de Dios, que permite vivir historias de amor, incluso atravesando crisis familiares.

Y nos afirma que “hemos sido hechos para una existencia se regenera constantemente en el don, en el amor”.

  1. PROBLEMAS:
  2. Problema sexual en la mujer:
  3. Si no siente satisfacción, existe el peligro de que caiga en la neurosis, nos decía Carlos Wojtyla en su libro “Amor y responsabilidad”
  4. A la mujer no le sale de modo natural el manifestarle a él, a las claras, lo que siente, lo que quiere, lo que desea, el camino a través de ella para lograrla.
  5. Y, como me decía una buena mujer: El hombre, de adivino no tiene nada.
  6. En la sexualidad hay una felicidad insuperable. Decía una mujer experimentada: La sexualidad es amor y premio del matrimonio.
  7. Considerar la gravísima condena a la mujer cuando fueron expulsados del Paraiso a Adán y Eva, como segundo anatema: ansiarás a tu marido y él te dominará.

El problema de la sexualidad más que en el hombre está en la mujer.

  1. La realidad es que el mayor éxito en este mundo es el ÉXITO EN MI MATRIMONIO.

Por eso, mis dos últimos libros los dedico: “A los valientes que se casan por la Iglesia y… a los que se han equivocado. Dios deja siempre una puerta abierta para poder enderezar la vida. ¡Siempre!

León XIV anima a descubrir la belleza de la vocación al matrimonio, reconociendo la fragilidad humana y confiando en la gracia y deseando llegar a ser santos a través del Matrimonio y de la Familia. La espiritualidad del amor familiar está hecha de miles de gestos reales y concretos cada día.

El Papa León XIV, en su mensaje, convoca para octubre de 206 a todos los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo entero para, juntos, discernir sinodalmente los pasos que se deben dar para el buen anuncio del Evangelio a las Familias de hoy. Camino sinodal a la luz de “Amoris laetitia”.

  1. ¿POR QUÉ ESTE ARTÍCULO?

Porque Iglesia somos todos y… ¡todos en camino sinodal!

Fuente: rosacorazon.com


«La tumba de Antígona», de María Zambrano: una ética para nuestro tiempo

Alicia Nila Martínez

María Zambrano. (Vélez-Málaga 1904-Madrid, 1991). Filósofa y escritora. Discípula de Ortega y Gasset, fue profesora auxiliar de Zubiri en la Universidad de Madrid. Tras la Guerra Civil, vivió un exilio de casi medio siglo en Cuba, Puerto Rico, Italia y Suiza. Obtuvo los premios Príncipe de Asturias y Cervantes. De su extensa obra, entre la reflexión filosófica, la razón poética y el compromiso cívico, destacan El hombre y lo divino, Los intelectuales en el drama de España, Delirio y destino La tumba de Antígona.

Avance

La Antígona de Sófocles obsesionó durante años a María Zambrano por su eco universal y por su significado ético y político. «No podemos dejar de oírla, porque la tumba de Antígona es nuestra propia conciencia oscurecida. Antígona está enterrada viva en nosotros, en cada uno de nosotros», llegó a decir. Durante veinte años, la filósofa pensó y elaboró una obra que se publicó en 1967, a caballo entre la representación teatral, la razón poética y el ensayo, en la que se sirve del trágico personaje para meditar sobre el duelo, la dignidad humana, la libertad y la justicia. A nadie se le escapan los acentos autobiográficos de la obra, dada la trayectoria de una autora que vivió en el exilio durante 40 años, por ser coherente con sus ideas y desafiar al autoritarismo.

Hija y nieta de maestros, alumna de OrtegaBesteiro y García Morente en la Universidad Central, María Zambrano se formó en la Residencia de Señoritas, donde compartió aula con Victoria KentRosa Chacel y Clara Campoamor, oyendo a ilustres conferenciantes como Unamuno y Marie Curie, y allí aprendió que educar es invitar a despertar. Se trataba de ensanchar la conciencia y preparar al ser humano para la libertad y el juicio moral y, en consecuencia, para saber decir No a lo injusto, aun pagando el precio del ostracismo. La filósofa abandona España al término de la Guerra Civil y vive un largo exilio entre Francia, México, Cuba, Puerto Rico, Suiza e Italia, atravesado por dificultades económicas e inestabilidad política. Será, sin embargo, fecundo en ensayos que desarrollan su pensamiento, como La confesión: género literario; El hombre y lo divino; Hacia un saber sobre el alma; y Persona y democracia.

Una de las obras más representativas del ethos de Zambrano es, sin duda, La tumba de Antígona que, aunque publicada en los años 60, cobra singular vigencia en nuestros días. Se puede decir que es un texto para todas las épocas, como ya lo era la tragedia de Sófocles, que la autora actualiza y universaliza al mostrar un dilema eterno: obedecer una norma injusta o mantenerse fiel a la verdad. El gesto de Antígona es la afirmación de una ley anterior a la política, la que protege la dignidad del ser humano y sostiene el recuerdo de quienes han sido relegados al silencio. Al restituir la voz a los vencidos de la historia, Zambrano ofrece una lectura alternativa de la figura femenina. Su Antígona no es mártir política ni heroína trágica, es una conciencia que despierta.

La tumba de Antígona no solo reescribe un mito antiguo. Nos propone una ética para nuestro tiempo. Allí donde la memoria se debilita y el vínculo humano se quebranta, Zambrano apunta hacia una lección íntima y universal: no hay comunidad sin duelo, ni justicia sin piedad.

Artículo

Seis décadas después de su publicación, La tumba de Antígona (1967) sigue siendo uno de los textos en los que María Zambrano pensó con mayor hondura la relación entre memoria, piedad y justicia. Lejos de una mera reescritura del mito clásico [1] la filósofa hace de Antígona un lugar de meditación sobre el duelo y la dignidad humana. En tiempos de ruido y desmemoria, su lectura del mito de Sófocles continúa interpelándonos porque nos recuerda que toda justicia comienza con la custodia del vínculo frágil que nos une.

Zambrano se había formado intelectualmente en el Madrid de las primeras décadas de 1930, cuando la ciudad fue mucho más que la capital administrativa de España. Las reformas educativas y culturales emprendidas entonces convirtieron a la ciudad en un laboratorio ético y cultural. Las resonancias krausistas de la Institución Libre de Enseñanza, la vitalidad intelectual de tertulias y cafés, así como la cercanía de la vida política, avivaron la conciencia de una ciudadanía femenina que comenzaba a reclamar voz plena en el espacio público.

Residencia de Señoritas, el despertar de la conciencia

La ciudad fue entonces el campo de pruebas necesario para el nacimiento de la Residencia de Señoritas. Fundada en 1915 bajo la dirección de María de Maeztu, fue una de las iniciativas de mayor alcance propuesta por la Junta para Ampliación de Estudios. En sus aulas, jóvenes españolas y extranjeras compartían un proyecto cultural que aunaba estudio, humanismo y compromiso cívico. Las primeras treinta residentes tomaron posesión de las instalaciones cuando sus ocupantes masculinos se mudaron al edificio que hoy ocupa la Residencia de Estudiantes.

Aunque haya gozado de una menor visibilidad pública que la afamada colina de los chopos, los pequeños hotelitos ubicados entre Fortuny y Miguel Ángel fueron escenario de una intensa actividad intelectual de marcado acento femenino. Por las aulas y estancias de la Residencia pasaron alumnas como Victoria KentMaruja MalloRosa Chacel y Clara Campoamor, así como conferenciantes de la talla de Miguel de UnamunoOrtega y Gasset y Marie Curie.

María Zambrano será primero alumna y después profesora de esta institución. Tras estudiar filosofía en la Universidad Central bajo la tutela de Ortega, se incorporará en 1935 al claustro de la Residencia. Desde aquellas aulas transmitió a sus alumnas la importancia del pensamiento crítico y de los valores éticos, integrando así su ideal de la razón poética en la práctica pedagógica. El modelo educativo de la Residencia rechazaba la disociación entre conocimiento y vida, un planteamiento que no podía estar más en consonancia con la visión formativa de Zambrano. Hija y nieta de maestros, creía firmemente que la educación podía transformar la sociedad, convicción que marcaría para siempre su compromiso intelectual y cívico.

La Residencia aspiraba a formar conciencia, no solo inteligencia. En ese rico contexto cultural, Zambrano comprendió que el pensamiento debía brotar del trato íntimo con la experiencia humana: el dolor, la belleza y la historia vivida. La institución le brindará el entorno profesional y cultural adecuado para desarrollar la sensibilidad trágica y compasiva que, años más tarde, cristalizará en las páginas de La tumba de Antígona. Allí comenzaba a gestarse la forma de pensamiento que convertiría la pedagogía en ética y, finalmente, en mito.

El umbral entre el aula y la polis

Aunque la estancia en la Residencia pueda parecer un capítulo inicial en la vida de María Zambrano, su trascendencia en el desarrollo intelectual de la escritora es incontestable. Allí comenzó a explorar la relación entre razón y piedad, entre política y destino personal, entre libertad y responsabilidad histórica. La Residencia fue, en sentido estricto, la matriz donde Zambrano forjó su singular forma de entender pensamiento y vida.

Su paso por esta institución le mostró, con meridiana claridad, que educar no es transmitir saber, sino invitar a despertar. En ese laboratorio pedagógico —tan moderno como íntimo— se anticipa ya la ética trágica que sustentará la forma mentis de La tumba de Antígona: la libertad no se concede, se conquista desde dentro o, como diría su compañera Clara Campoamor, «se aprende ejerciéndola».

Para Zambrano, enseñar equivalía a ensanchar la conciencia y preparar al ser humano para la libertad y el juicio moral. De ahí que su filosofía se oriente siempre hacia la formación integral del sujeto, entendida como un camino de autoconocimiento y de encuentro con el otro. Este vínculo entre formación, libertad y conciencia moral se hará especialmente visible en obras como La confesión: género literario (1943), Hacia un saber sobre el alma (1950) y Persona y democracia (1958).

La Residencia fue para Zambrano un auténtico umbral —y pocas nociones le fueron tan propias—, la brecha necesaria entre el aula y la polis que le permitió vincular aprendizaje y responsabilidad moral. Allí aprendería que educar significa dar futuro, pero también exigir memoria; que la fidelidad a la verdad puede costar la expulsión o incluso el sacrificio.

No es casual que cuando Antígona clama ante la Harpía que «hay otra Ley, la Ley que está por encima de los hombres y de la niña que llora, como yo lloré» (p. 205), su palabra abandone la esfera del mito para convertirse en logos que interpela nuestro tiempo. Esa palabra es tanto la herencia de una maestra que creyó en que enseñar es preparar para decir No a lo injusto, aun pagando el precio del exilio o del silencio impuesto.

‘La tumba de Antígona’, la escritura del exilio

Ese impulso formativo se concretará en La tumba de Antígona, donde Zambrano retoma el mito clásico para desplazarlo hacia el terreno de la conciencia. La tragedia pasa de centrarse en el enfrentamiento entre leyes para convertirse en la historia de una decisión interior: la elección entre obedecer una norma injusta o mantenerse fiel a la propia verdad.

El gesto de Antígona no es una simple protesta, es la afirmación de una ley anterior a la política, la que protege la dignidad del ser humano y sostiene el recuerdo de quienes han sido relegados al silencio. El conflicto trágico se interioriza y se convierte en una experiencia ética que resuena claramente en la trayectoria vital de Zambrano.

La filósofa abandona España al término de la guerra civil y no regresa para quedarse hasta los últimos años de su vida. Empieza entonces un largo viaje, entre Francia, México, Cuba y Puerto Rico, atravesado por dificultades económicas e inestabilidad política. Tras más de cuarenta años lejos de España, el exilio dejó de ser una circunstancia histórica para convertirse en una forma de vida. Un lugar geográfico y espiritual desde el que escribió buena parte de su obra.

Entre 1964 y 1972, Zambrano reside en Roma y allí toma su forma definitiva La tumba de Antígona. El texto se publica en México en 1967 por Siglo XXI Editores y es el fruto de esa vida nómada y desplazada que su autora había vivido hasta entonces. Inicialmente, no se concibió como pieza destinada a la representación, sino como una obra a medio camino entre el drama y la reflexión filosófica.

Quizás porque la figura mítica de Antígona le permitió a la propia Zambrano repensar cuestiones que atravesaban su propia biografía: la pérdida, el desarraigo, la memoria y la fidelidad a una verdad interior cuando la historia se vuelve inhóspita. Como escribiría en El hombre y lo divino, «la piedad se manifiesta en lenguaje sagrado, que es acción» (p. 206).

Una voz que vuelve, la vigencia de Antígona

En un siglo atravesado por totalitarismos, destierros y genocidios, Zambrano ofrece una Antígona que elige enterrarse en vida con la certeza de que la tumba no es el final del camino. Si la versión sofoclea presenta la grandeza del gesto trágico, la de Zambrano desplaza la mirada hacia el acto íntimo que sostiene nuestra humanidad: enterrar al hermano, preservar la memoria del inocente, sostener la dignidad allí donde la violencia amenaza con borrarla.

En La tumba de Antígona, María Zambrano convierte el mito en una reflexión sobre la reparación, modificando el destino trágico fijado por la tradición clásica. En la tragedia ática, Antígona descendía al límite para dar sepultura al hermano proscrito; en la versión zambraniana, ese descenso es un umbral. La tumba deja de ser clausura y se convierte en el lugar desde el que puede repensarse la historia.

En su reescritura, la protagonista accede a un espacio donde la historia y la voz humana se quiebran, pero también donde la palabra puede renacer. Desde la piedad y el rito, Antígona afirma una ley no escrita que antecede a toda norma política.

Una ética para nuestro tiempo

Al restituir la voz a los vencidos de la historia, Zambrano ofrece una lectura alternativa de la figura femenina. Su Antígona no es mártir política ni heroína trágica, es una conciencia que despierta. Poco importa que ese silencio sea fruto del destierro o de la propia fragilidad humana; el pensamiento zambraniano insiste en que Antígona no muere solo por el hermano; muere por el derecho a la memoria, por la convicción de que toda justicia comienza en la piedad hacia los desposeídos.

La tumba de Antígona no solo reescribe un mito antiguo. Nos propone una ética para nuestro tiempo. Allí donde la memoria se debilita y el vínculo humano se quebranta, Zambrano apunta hacia una lección íntima y universal: no hay comunidad sin duelo, ni justicia sin piedad. Su obra se convierte así en una forma de hospitalidad para los muertos y para los vivos que todavía buscan su lugar en el mundo.

Fuente: nuevarevista.net

Nota:

     Según el mito clásico, recreado entre otros por Sófocles, la joven Antígona desafía las leyes humanas apelando a las divinas. Durante el asedio a Tebas, había quedado insepulto y sin honras fúnebres el cadáver de su hermano Polinices, por orden de Creonte, rey de Tebas; pero Antígona le dio sepultura, desafiando la prohibición. En castigo, Creonte ordenó enterrar viva en una tumba a la joven, que una vez allí se quitó la vida.