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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

10 octubre 2026

El traje de boda

28.º domingo Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 22,1-14)

Jesús les habló de nuevo con parábolas y dijo:

— El Reino de los Cielos es como un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros siervos diciéndoles: “Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y mis reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas”. Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon: quien a su campo, quien a su negocio. Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Luego les dijo a sus siervos: “Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Así que marchad a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis”. Los siervos salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda?” Pero él se calló. Entonces el rey les dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí habrá llanto y rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

Comentario

Jesús habla en esta parábola de un rey que invita a mucha gente al banquete de boda de su hijo, pero sorprendentemente ninguno de los invitados acude a la celebración. Las excusas son muchas y variadas, pero el resultado final es que no acuden. “Dios es bueno con nosotros, nos ofrece gratuitamente su amistad, nos ofrece gratuitamente su alegría, su salvación -comenta el Papa Francisco-, pero muchas veces no acogemos sus dones, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses; e incluso cuando el Señor nos llama, muchas veces parece que nos da fastidio”.

Dios tiene experiencia de negativas y rechazos por parte de aquellos a quienes ofrece sus dones. Pero su amor no conoce desánimos. Por eso envía a sus servidores para que salgan a todos los caminos e inviten al banquete a cuantos le salgan al encuentro, buenos y malos sin distinción. Llama la atención que también los malos son invitados. El Señor no excluye a nadie de su llamada. La invitación, que había sido rechazada por algunos, encuentra acogida en personas que no formaban parte antes de su círculo de conocidos, gentes con las que no guardaba ninguna relación. Hombres y mujeres, de cualquier cultura y condición, también los que no rezan ni tienen trato con Dios, todos somos llamados a la santidad, a participar de la gloria del cielo. Nadie queda excluido.

“Todos los bautizados conocen cuál es la boda del hijo del rey y cuál su banquete -decía san Agustín predicando sobre este pasaje evangélico-. La mesa del Señor está dispuesta para todo el que quiera participar de ella. A nadie se le prohíbe acercarse, pero lo importante es el modo de hacerlo”. La invitación generosa de Dios, representado por un rey, a participar de la gloria celestial, simbolizada por el banquete de bodas, es gratuita y universal.

Ahora bien, dice el Evangelio que “entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda” (v. 11). Los que estaban allí habían sido invitados, como todos los hombres estamos invitados a la salvación. La puerta está abierta para el que quiera entrar, pero antes de gozar de la gloria habrá un juicio. El juez supremo, que es capaz de ver en lo más profundo de los corazones, valorará lo que hay en la vida de cada uno. “Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día -recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica-. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (…). El Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor”. Sólo podrá sentarse a la mesa quien esté dignamente dispuesto.

En la parábola de Jesús queda claro que no importa lo que se haya hecho en el pasado pero que es necesaria una condición indispensable, vestir el traje de bodas, es decir, tener el alma limpia y un corazón arrepentido, abrazar un tono de vida que sea testimonio de la caridad hacia Dios y el prójimo. Jesús invita a todos a su mesa, pero reclama respeto para acercarse a ella. Por eso, san Pablo, recordaba a los cristianos de Corinto que antes de acercarse al banquete de la Eucaristía, sacramento donde pregustamos de un anticipo de la gloria celestial, debían examinar cuidadosamente su conciencia: “Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Corintios 11, 28-29).

Hoy es un buen día, aunque nos sintamos manchados, para limpiar el alma, abrazar el amor y gozar de la invitación que Jesús nos hace al banquete celestial.

Fuente: opusdi,org

Publicado por JOQUIVESA en 11:24

09 octubre 2026

Tomás Moro explicó hace 500 años el gran problema de la educación actual

Gema Lendoiro

Podemos formar personas extraordinariamente competentes sin haberlas formado necesariamente para ser buenas personas. Ahí está una de las grandes confusiones educativas de nuestro tiempo. Hemos identificado con demasiada facilidad educación con capacitación.

La semana pasada se inauguró la IV promoción del Máster de Cristianismo y Cultura Contemporánea que la Universidad de Navarra tiene en su sede de Madrid. Al pertenecer a la Facultad de Filosofía y Letras, le tocó a la decana de dicha facultad, Julia Pavón, inaugurarlo y, en una forma muy original de hacerlo, ligó el informe PISA con una carta que Tomás Moro escribió hace más de quinientos años al preceptor de sus hijos.

La misiva, dirigida a William Gonell y fechada en mayo de 1518, podría pasar por una de esas curiosidades que interesan únicamente a quienes disfrutamos revolviendo papeles viejos en el maravilloso proceso que implica la investigación académica.

Pero basta leerla para comprobar que Moro estaba hablando de algo que, cinco siglos después, seguimos sin resolver: qué significa realmente educar. Porque una cosa es enseñar y otra, bastante más complicada, educar.

PISA mide competencias. Nos dice si nuestros adolescentes comprenden lo que leen, si saben desenvolverse con las matemáticas o qué conocimientos científicos son capaces de aplicar. Y hace bien en medirlo porque, por cierto, los resultados españoles no son precisamente para sacar pecho.

Pero hay algo que ningún informe internacional puede cuantificar con tanta facilidad: qué clase de persona sale del aula después de quince o veinte años entrando en ella. Y eso es justamente lo que preocupaba a Tomás Moro.

No era una preocupación menor en su casa. Moro, uno de los grandes humanistas europeos de su tiempo, había organizado para sus hijos una educación extraordinariamente exigente y había tomado una decisión bastante revolucionaria para comienzos del siglo XVI: sus hijas debían recibir una formación intelectual comparable a la de su hijo. Margaret, Elizabeth y Cecily estudiaron junto a John dentro de un ambicioso programa de formación humanista. Pero lo verdaderamente interesante de aquella carta no está solo en qué quería que aprendieran. Está en para qué quería que aprendieran.

Moro advierte a Gonell de algo que hoy podría parecernos incluso pasado de moda: el conocimiento, por sí mismo, no basta. La formación intelectual debía caminar acompañada de la virtud. De poco servía llenar la cabeza de un muchacho –o de una muchacha– si al mismo tiempo no se formaban su carácter, su criterio y su conciencia.

Llevamos años discutiendo sobre educación hablando de metodologías, competencias, tecnología, pantallas, deberes, ratios, evaluaciones, idiomas o inteligencia artificial. Todo ello importa, naturalmente. Pero quizá hemos dejado de cuestionarnos lo más importante: ¿para qué queremos que aprendan?

El niño que necesita que le aplaudan

Hay un pasaje de la carta que parece escrito después de inventarse Instagram. Moro está preocupado por la vanagloria. No quiere que sus hijos estudien para recibir elogios, destacar sobre los demás o ser admirados. Y hace una observación formidable: ese deseo de aprobación comienza a sembrarse prácticamente desde la cuna, lo cultivan después quienes educan al niño y terminan de hacerlo crecer los propios padres. Han pasado quinientos años y quizá solo hemos perfeccionado el sistema.

Criamos niños a los que felicitamos constantemente, evitamos que se frustren, convertimos cualquier pequeña obligación cumplida en una hazaña y procuramos retirar de su camino buena parte de aquello que pueda disgustarlos. Después llegan las redes sociales y terminan el trabajo: el valor de lo que hacemos parece depender cada vez más de cuántos lo miran, cuántos lo celebran y cuántos aprietan un pequeño corazón en una pantalla.

Tomás Moro proponía exactamente lo contrario. Quería que sus hijos aprendieran a no engrandecerse por los elogios ni hundirse por las críticas. Dicho de otra manera: pretendía educarlos para ser libres de la opinión ajena. Y eso, probablemente, es una de las formas más difíciles de libertad.

Porque se puede tener una magnífica formación académica, hablar tres idiomas, manejar con soltura las nuevas tecnologías y poseer un currículo extraordinario y, sin embargo, depender emocionalmente de que los demás aprueben cada decisión que uno toma. Moro lo vio hace cinco siglos: una persona que vive pendiente de la opinión ajena difícilmente puede estar en paz consigo misma.

Virtud primero, conocimiento después

Pero todavía va más lejos. En las instrucciones que da al tutor establece un orden que hoy provocaría, como mínimo, cierto desconcierto: primero la virtud; después, el conocimiento. Y no está despreciando el saber –sería absurdo atribuírselo precisamente a uno de los grandes humanistas del Renacimiento–. Está diciendo algo bastante más profundo: el conocimiento es una herramienta formidable, pero no determina qué hacemos con ella.

Podemos formar personas extraordinariamente competentes sin haberlas formado necesariamente para ser buenas personas. Ahí está una de las grandes confusiones educativas de nuestro tiempo. Hemos identificado con demasiada facilidad educación con capacitación.

Queremos que nuestros hijos sepan inglés, programación, matemáticas, economía o inteligencia artificial porque entendemos, con razón, que necesitarán esas herramientas para desenvolverse en el mundo que les espera. Pero ¿quién les enseña a decir la verdad cuando mentir resulta más rentable? ¿A cumplir una palabra dada, aunque nadie pueda obligarlos? ¿A soportar una derrota? ¿A reconocer que se han equivocado? ¿A hacer algo bien aunque nadie vaya a felicitarlos por ello? Eso también es educación y, de hecho, para Moro era la parte esencial.

La sorprendente modernidad de sus hijas

Y hay todavía otro elemento llamativo en esta historia: estamos hablando de 1518. Tomás Moro consideraba que sus hijas debían recibir una sólida educación intelectual en una época en la que una formación humanista de alto nivel para las mujeres estaba reservada a una pequeña minoría de familias privilegiadas.

La educación femenina se orientaba generalmente hacia aquello que se consideraba necesario para desempeñar el papel social que se esperaba de una mujer y eran excepcionales las que accedían a una formación intelectual comparable a la de los varones.

En la propia carta, Moro reconoce que la erudición de las mujeres era entonces algo novedoso y sabía perfectamente que aquella decisión podía despertar críticas, pero no retrocedió porque entendía que la capacidad intelectual no era patrimonio masculino. Sus hijas debían estudiar y desarrollar su inteligencia igual que su hijo. El proyecto educativo de la casa de Moro se convirtió así en uno de los ejemplos más conocidos de educación humanista femenina de su tiempo.

Ahora bien, tampoco quería convertirlas en mujeres instruidas para exhibirlas como prodigios. Otra vez aparece la misma idea: saber para ser mejores, no para ser admirados.

PISA y Tomás Moro

Quizá por eso fue tan inteligente que Julia Pavón colocara aquella carta al lado del informe PISA. Porque el informe puede decirnos muchas cosas sobre nuestros alumnos y necesitamos que nos las diga. Si nuestros niños comprenden peor lo que leen, hay que saberlo. Si retroceden en matemáticas, habrá que preguntarse por qué. Si existen diferencias entre países, comunidades o sistemas educativos, merece la pena estudiarlas.

Pero ningún gráfico puede responder por nosotros a la pregunta fundamental. Podemos mejorar diez puntos en matemáticas y seguir educando mal; podemos conseguir alumnos brillantísimos y formar adultos incapaces de tolerar una frustración; podemos llenar las aulas de tecnología, pero vaciarlas de criterio. Podemos enseñar a nuestros hijos a competir por un puesto de trabajo y olvidarnos de enseñarles qué merece realmente la pena perseguir cuando lo consigan.

¿Qué estoy aportando con mi conocimiento a la sociedad? ¿Es realmente importante lo que hago? Y, sobre todo, ¿me estoy guiando por la verdad y la razón o simplemente por la emoción, huyendo de todo aquello que exige profundizar, cuestionarse y pensar?

Quizá el problema de la educación del siglo XXI no sea solamente cuánto saben nuestros hijos. A lo mejor deberíamos empezar a preguntarnos para qué queremos que sepan todo lo que les estamos enseñando.

Tomás Moro contestó a esa pregunta en una carta escrita hace más de quinientos años. Quería hijos cultos, sí, pero quería, antes que nada, hijos capaces de distinguir lo valioso de lo accesorio, de no dejarse deslumbrar por la riqueza, de no creerse superiores por lo que poseían y de no vivir pendientes del aplauso. En 1518 lo llamó educación.

Cinco siglos después seguimos buscando una palabra nueva para explicar exactamente lo mismo y no parece que hayamos atinado con ella. Porque el problema ya no es únicamente que nuestros jóvenes obtengan peores resultados en determinadas competencias esenciales. Es que corremos el riesgo de formar generaciones preparadas para ganarse la vida sin haberles enseñado antes para qué merece la pena vivirla.

Fuente: eldebate.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:16

08 octubre 2026

Reconstruir el mejor feminismo

Benigno Blanco

Hay que reconstruir la mejor tradición del feminismo realmente comprometido con los derechos de la mujer, la mujer real, igual al hombre en derechos y dignidad.

Ahora que el feminismo enloquecido por la revolución sexual y la obsesión contraria a la vida y la maternidad está muriendo, como tantas otras ideologías anti humanistas de la segunda mitad del siglo XX, hay que reconstruir la mejor tradición del feminismo realmente comprometido con los derechos de la mujer, la mujer real, igual al hombre en derechos y dignidad, a la par que con su especificidad determinada por las peculiaridades de su capacidad de ser madre que la hace singular respecto al varón en su forma de vivir la común humanidad.

Erika Bachiochi, es una jurista norteamericana, discípula de Mary Ann Glendon, experta en jurisprudencia sobre igualdad y no discriminación, teoría jurídica feminista y ética sexual y doctrina social de la Iglesia.

En español se ha publicado en 2025 por EUNSA su obra de 419 págs. “Recuperar una visión perdida. Los derechos de las mujeres en Estados Unidos”. Se trata de un trabajo de la serie de estudios promovidos por un centro especializado de la Universidad de Notre Dame que aporta una perspectiva cristiana a debates académicos y culturales de la máxima actualidad.

En este libro, Bachiochi propone recuperar el análisis de las primeras feministas -especialmente el de Mary Wollstonecraft en su obra de 1792 Los derechos de la mujer- denunciando a la vez las consecuencia negativas que para la causa de la mujer ha tenido el individualismos extremo que fue adquiriendo el movimiento feminista en Estados Unidos y Europa a partir de los años cincuenta del siglo XX al identificarse con la lucha por el aborto legal y los principios de la revolución sexual, hasta llegar al rechazo de lo específico femenino y que culmina en el paroxismo con la abolición de la mujer en la ideología de género y el pensamiento woke en este siglo XXI.

Bachiochi comienza su análisis con el estudio del pensamiento de Mary Wollstonecraft, madre de la célebre autora de la conocida novela Frankestein, quien a finales del siglo XVIII y de forma pionera defendió la igualdad de las mujeres con los hombres apostando por una educación para aquellas que les abriera todas las posibilidades de que disfrutaban los varones.

Wollstonecraft defendió a la vez la importancia del cuidado de la familia y los hijos y reivindicó la obligación de los varones de implicarse en la atención del matrimonio y en la educación de los hijos en paridad con la madre, a cuyos efectos también fue defensora de la castidad por parte de los hombres, denunciando a aquellos varones que seducen a mujeres, las dejan embarazadas y luego se desentienden de ellas y de sus hijos.

Su pensamiento fue revolucionario, pues abogó por los derechos de las mujeres y su participación en la vida social en paridad con las obligaciones de los varones y en un claro alegato por el compromiso de ambos con el matrimonio y la familia.

Para esta autora la familia es fundamental para formar a las nuevas generaciones en las virtudes morales que son sustrato de las virtudes cívicas; así el compromiso de hombre y mujer en la familia en condiciones de igualdad será fundamento de sociedades sanas. Al estudio de la obra de Wollstonecraft dedica nuestra autora el capítulo 1 del libro que comentamos (págs. 47 y ss.)

Para Bachiochi, Wollstonecraft inició un feminismo que hoy puede volver a ser sana inspiración para reconstruir un nuevo feminismo que supere las desviaciones que -a partir de los años 60 del siglo pasado- influyeron en confundir la defensa de la mujer con la reivindicación del aborto y una presunta liberación sexual que ha perjudicado profundamente -y especialmente- a las mujeres pobres que asumen solas las consecuencias de la sexualidad sin responsabilidad del varón.

En esta obra Bachiochi estudia con detalle la historia del feminismo norteamericano y la lucha exitosa del primer feminismo por los derechos de las mujeres con éxitos tan notables como el derecho a la propiedad de los bienes matrimoniales frente a la dogmática tradicional del derecho anglosajón que atribuía esa propiedad solo al marido, el derecho a estudiar en la Universidad y a acceder a todo tipo de trabajos antes reservados solo a los hombres y el esencial derecho al voto, pero con una clara defensa a la vez de la familia y la maternidad y el singular papel de la mujer en este campo.

También estudia la quiebra del feminismo que se produce a partir de los años 50 del siglo pasado cuando determinadas líderes feministas -se detiene en el ejemplo paradigmático de Betty Friedan- transforman su lucha para reivindicar para la mujer, con el aborto como bandera, un modelo de sexualidad equiparable al tradicional del varón, individualista, irresponsable y ajeno al valor de la maternidad; un modelo de mujer asimilado a la nueva sociedad consumista y capitalista que los hombres habían creado al margen de los valores de la familia y de la consideración de la especificidad femenina abierta intrínsecamente a la posible maternidad y a la ética del cuidado (cfr. capítulo 8, págs. 261 y ss.)

Gran parte del libro que comentamos se centra en la experiencia yanqui y en la evolución del derecho y la jurisprudencia norteamericanos desde el siglo XVIII al XXI en materia de igualdad y no discriminación, pero sus análisis son perfectamente aplicables a lo que sucedió en Europa con pocos años de diferencia.

Por la misma razón sus conclusiones son también útiles para nosotros: un nuevo feminismo es posible y necesario; y ese nuevo feminismo puede aprender mucho de aquellas pioneras, como Wollstonecraft, que formularon una apuesta por la igualdad de la mujer con el varón basada en la incorporación de la mujer a todos los ámbitos de la vida civil y en la del varón en la vida familiar, por apreciar la familia como el lugar idóneo para formar nuevos ciudadanos imbuidos de las virtudes necesarias para ser buenas personas y contribuir al bien común. En los capítulos 9 y 10 de su libro (págs. 317 y ss.), Bachiochi propone una renovada ecología familiar en la estela del pensamiento de su maestra Glendon.

Benigno Blanco en religionenlibertad.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:37

Huellas en la nieve

Antonio García-Prieto Segura

“¿Cuál ha sido el origen de mi vocación sacerdotal? - Una cosa aparentemente fútil; la huella de los pies descalzos de un carmelita sobre la nieve” (A. Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei”)            

              Alrededor de 400.000 personas se estima la capacidad de acogida de la plaza de Pío XII y de Via della Conciliazione, en Roma. En torno a ese número sería la multitud de quienes el 6 de octubre de 2002, participamos en la canonización del beato Josemaría Escrivá, por el Papa Juan Pablo II. Hasta 9 pantallas gigantes permitieron seguir mejor la ceremonia. Y serían incontables quienes participaron “on line”, gracias a la coproducción del Centro Televisivo Vaticano y la RAI, permitiendo su transmisión en directo a 29 emisoras de los cinco continentes. Aunque los números son secundarios, aquel acontecimiento y otros similares -como los vistos en Francia con la reciente visita de León XIV- dan que pensar.

          Por eso he recordado de intento esas cifras concretas, pues pienso que refuerzan cuanto deseo transmitir en este artículo: la gran repercusión e importancia de acoger el paso de Dios junto a nosotros, aunque alguna vez lo haga casi imperceptiblemente y como de puntillas. Es lo que sucedió un día, en plena adolescencia del futuro fundador del Opus Dei. He tenido la suerte de habérselo oído contar directamente, en una o dos ocasiones, durante las tertulias que teníamos quienes convivíamos muy cerca de él en Roma.

          Quienes conozcan algo de su vida ya adivinan que voy a referirme al eco divino que resonó en su espíritu, al contemplar las huellas de unos pies descalzos sobre la nieve que cubría la calle Marqués de san Nicolás, en la ciudad de Logroño. Corrían los días de Navidad entre 1917 y 1918; la gracia divina hizo que la mirada del joven Josemaría fuera más lejos y más alto, al ver aquellos vestigios dejados sobre el albino manto, por un religioso carmelita.

He aquí sus palabras textuales de aquel suceso; en 1964, como preguntándose a sí mismo, decía: “¿Cuál ha sido el origen de mi vocación sacerdotal? - Una cosa aparentemente fútil; la huella de los pies descalzos de un carmelita sobre la nieve” (A. Vázquez de Prada, “El Fundador del Opus Dei” I, pág. 96). Hoy, lo recuerda el breve texto de una placa colocada por el consistorio logroñés en aquel lugar. Pero aquella aparente futilidad -por usar sus propias palabras- fue el inicio no solo de su camino al sacerdocio, sino de otras muchas gracias que recibió hasta el final de su vida. Y, sin duda alguna, entre esas gracias hay que destacar la luz divina que el 2 de octubre de 1928 le hizo ver el querer divino de poner por obra el Opus Dei y, más tarde, su difusión por todo el mundo.

 Aquel lejano suceso de las huellas volvió a mi memoria del modo más vivo y sorprendente que cabe imaginar, en vísperas de la canonización. Desde 1999 yo vivía precisamente en Logroño, y sería el 2 o 3 de octubre de 2002, casi a punto de emprender el viaje a Italia, cuando me encontraba reunido con un numeroso grupo de sacerdotes. Estábamos en una sede que distaría poco más de cien metros del lugar de las famosas pisadas. Nos habían llegado noticias de medio mundo sobre los numerosos peregrinos que irían a Roma y nuestra alegría era desbordante, imaginando ya el encuentro gozoso de la canonización. En ese contexto, Cecilio, uno de los presentes, lleno de entusiasmo lanzó este exultante comentario: “Hay que ver lo que han dado de sí unas huellas en la nieve, ¡bien miradas!”. Nunca olvidaré el exclamativo final de la frase.

Esas dos palabras “¡bien miradas!” apuntaban a lo sobrenatural de un contemplar la realidad desde una perspectiva de fe, con los ojos de Dios, por así decir. Tal fue la mirada del joven Josemaría; aquellas huellas le hicieron intuir el amor divino de quienes caminaban descalzos, y elevar más aún su propio corazón a Dios. Así lo testimonió más de una vez: “Cuando apenas yo era adolescente arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida de amor”, escribía en Carta 21-I-1961.  Y sobre aquel mismo suceso, y como preludiando nuevas gracias y exigencias de Dios, le oíamos en marzo de 1975: “(…) comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor (…) Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera…” (Meditación 19-III-75)

Lo que llegó después fue, además del sacerdocio, la fundación del Opus Dei. Su espíritu, enraizado en el Evangelio, recuerda que Dios nos espera siempre y en todas partes, llamándonos a santificar en medio del mundo todos los quehaceres y las más nobles ocupaciones terrenas. Por eso, cabe pensar que no fue casual que aquel chispazo divino tuviese lugar en plena calle, con el concurso de la nieve caída del cielo y el ejemplo de amor a Dios de quien, desafiando el manto helado, fue instrumento del Señor para llamar a Josemaría.

Hace apenas dos semanas, el papa León XIV se ha referido a ese mensaje del Opus Dei, mencionando un pasaje de la Homilía de Juan Pablo II en la canonización del beato san Josemaría Escrivá. Hablando de que la actividad y esfuerzos del hombre en medio del mundo, responden a la voluntad de Dios, ha recordado el pasaje del Papa polaco con estas palabras: “Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo” (León XIV Audiencia miérc. 23-IX-2026).

La escena de las huellas quedaría incompleta, si no aprovechásemos para sacar alguna consecuencia personal. Y considero que nos la ofrece el propio san Josemaría en palabras de un punto de “Camino” donde, a mi modo de ver, reverbera aquel suceso y su enorme trascendencia. Proceden de una carta escrita a un joven, en enero de 1937, aunque se omite su nombre y solo leemos esto: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes”. (Camino, 755). Son las maravillas que Dios desea realizar en nuestra vida si, al visitarnos, no le dejamos ir de vacío.

El Señor no tiene acepción de personas y a todos llama, aunque no se repita en su modo de pasar junto a cada uno. Las “huellas sobre la nieve” del querer divino, tienen tantas modalidades cuantas personas singulares hay en el mundo. Pero su eficacia requiere estar despiertos para impedir que pase la gracia y quede infructuosa. Bien lo testimonió san Agustín que, ante la eventualidad de no responder a las llamadas divinas, escribió: “Temo que Dios pase, y no me dé cuenta” (Sermón 88, 14, 13). Con su respuesta generosa a Dios, en Milán, Agustín se anticipó en muchos siglos a la respuesta igualmente generosa, en Logroño, del joven Josemaría.

A lo largo de los siglos innumerables cristianos, en todo el mundo, han respondido con análoga generosidad. Es evidente que, también hoy, la historia continúa repitiéndose porque el Señor sigue pasando a nuestra vera.  Toca a cada uno mover ficha, aunque no siempre los frutos de santidad alcancen a congregar miles de personas en la plaza de San Pío XII, como aquel 6 de octubre.       

Fuente: elconfidencialdigital.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:34

07 octubre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis - IV. Constitución pastoral Gaudium et spes 5. La misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo (GS, 40-45)

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Retomando la reflexión sobre la Constitución concicliar Gaudium et spes (GS), hoy consideramos el cuarto capítulo de la primera parte dedicado a la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

Ante todo, el Concilio recuerda que la Iglesia no está “por encima de” o “junto” al mundo, sino que está injertada en él. «Mundus reconciliatus Ecclesia», escribía San Agustín (Sermón 96): la Iglesia es un mundo ya reconciliado con Dios; somos peregrinos en la tierra y con este mundo compartimos la fragilidad y la belleza (cf. GS, 40).

Como el Hijo de Dios se encarnó para dar la vida al mundo y reconciliarlo con el Padre, así la Iglesia habita en el mundo como señal de la encarnación de Dios para manifestar su plan de hacernos a todos hijos suyos en una única gran familia humana. Por ello, la Iglesia camina en la historia en medio de las gentes y de las culturas y «este entrelazamiento de vida con los pueblos le hace comprender cada vez más que su misión tiene un alcance histórico e implica una responsabilidad respecto a la forma en que se tejen las relaciones sociales» (Carta enc. Magnifica humanitas, 19).

La primera misión de la Iglesia es la de ayudar a las personas a prestar atención a las preguntas profundas de la vida: aquellas sobre nuestro origen y nuestro destino, así como aquellas sobre el sentido del amor y del dolor (cf. GS, 41). La lógica del beneficio a toda costa y la manipulación de la información corren el riesgo de ejercer una presión indebida para que las personas se adapten a un estilo de vida centrado en el consumo de bienes materiales, pero nuestro corazón está hecho para mirar hacia lo alto.

Los Padres del Concilio recuerdan que la misión de la Iglesia se realiza también al contribuir a la construcción de la ciudad terrenal. Sin embargo, sus métodos y su finalidad no son principalmente de carácter político, sino que consisten en el testimonio de la fe y de la caridad, junto con el compromiso por la justicia, la paz, la fraternidad. Adorando a Cristo, el Justo que murió por los injustos, el creyente no puede aceptar la opresión de los pequeños y de los pobres, ni tampoco aquellas estructuras injustas que perpetúan las condiciones de dependencia y de injusticia. La Doctrina social de la Iglesia orienta la acción de los cristianos, que colaboran con todas las personas de buena voluntad al promover el bien común. La Iglesia, por lo tanto, «nada desea tanto como desarrollarse libremente, en servicio de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los derechos fundamentales de la persona y de la familia y los imperativos del bien común» (GS, 42).

Para cumplir con eficacia la misión evangélica es necesario que cada bautizado se comprometa a cooperar con la gracia del Espíritu Santo, para que su fe sea viva y se exprese en comportamientos coherentes. De hecho, como recuerdan los Padres conciliares, la separación entre la fe profesada y la vida diaria «debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época» (GS, 43).

Gaudium et spes reserva una mención particular (cf. ibid.) a la misión de los fieles laicos, los cuales, en virtud del Bautismo, están llamados a animar el mundo con el espíritu cristiano y la visión del Evangelio. Lugares principales de esta acción, que bien puede definirse como sacerdotal, son indudablemente la familia y la actividad laboral, pero se extiende a todos los ámbitos de la vida.

Por último, la Iglesia siempre está atenta a lo que en la sociedad sucede y se desarrolla (cf. GS, 44). Es tarea de todo el Pueblo de Dios, sobre todo de los pastores y de los teólogos, discernir lo que en las culturas de nuestro tiempo es digno de consideración, teniendo siempre como supremo criterio de discernimiento la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia. Esto requiere un ánimo equilibrado y libre de las modas culturales, capaz de mirar al mundo en un modo positivo y, al mismo tiempo, firme en la custodia y la presentación del mensaje evangélico en su integralidad. De hecho, «Ciertamente, no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo» (Discurso a la Plenaria del Dicasterio para la Evangelización – Sección cuestiones fundamentales de la evangelización del mundo, 28 de mayo de 2026).

Queridos, la Iglesia, mientras está en camino en la historia, «sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad» (GS, 45). Con este fin, se orienta sobre todo a través de la santidad personal y el amor fraternal. Escribía San Pablo VI: «Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 76). Por lo tanto, hagámonos dóciles a la acción del Espíritu Santo, para que nos ayude a vivir en santidad y caridad, para que el mundo pueda creer y tener esperanza.
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los animo a ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, para que cada uno, desde su propio estado de vida, colabore a fin de que se instaure el Reino de Dios en el mundo y toda la humanidad reciba la salvación obtenida mediante el sacrificio de Cristo.  Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis, para retomar la reflexión sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, les propongo el tema de la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Así como el Hijo de Dios se ha encarnado para dar vida al mundo y reconciliarlo con el Padre, la Iglesia peregrina en el mundo como signo de esa encarnación de Dios. Por eso, el Concilio nos recuerda que nuestra tarea es ayudar a las personas a estar atentas a las preguntas profundas sobre el origen y el destino, así como el sentido del dolor y del amor. La Iglesia no puede desentenderse de la realidad terrenal, sino que contribuye a construirla mediante el testimonio de la fe y la caridad, y el compromiso por la justicia, la paz y la fraternidad. En este sentido, todos los miembros del Pueblo de Dios, con la fuerza del bautismo, están llamados a dar vida al mundo mediante el espíritu cristiano y la visión del Evangelio, es decir, discernir aquello que en las culturas y en el mundo contemporáneo es digno de consideración.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 12:00

Ejército de los santos

Enrique García-Máiquez

En su artículo, Enrique García-Máiquez conecta las críticas de las novelas *El campamento de los santos* y *Sumisión* —que denuncian el declive espiritual y la pasividad de la Iglesia en Occidente— con la visita del Papa León XIV a Francia en septiembre de 2026.

El autor sostiene que la visita papal responde a esa "desesperanza" al reivindicar valores como la verdad, la tradición y la santidad, simbolizados en la procesión de más de 1.700 santos. Concluye que León XIV no propone una estrategia política, sino una "cura" para que Europa recobre el alma a través de la fe, la Eucaristía y María.

Hay cosas que salen mejor de chamba que a propósito. Estas dos semanas he leído dos libros franceses: El campamento de los santos (1973), de Jean Raspail, y Sumisión (2015), de Michel Houellebecq. Profetizan –el primero con más resistencia que el sumiso– una Francia inerme ante una colonización inversa. Son libros pesimistas o, peor, realistas.

Pero la Providencia no da puntada sin hilo: he terminado ambas lecturas justo cuando León XIV llegaba a Francia. La coincidencia tiene su aquel, porque las dos novelas son durísimas con la Iglesia. Le reprochan haber abandonado su misión civilizadora y consentido nuestro desarme espiritual. Houellebecq traza un nostálgico contraste con Huysmans, que todavía pudo convertirse porque encontró un catolicismo que conservaba el dogma, el rito, la fuerza y el coraje.

Esas críticas, sin embargo, son un homenaje como una catedral. Raspail desde la fe y Houellebecq desde la duda reconocen que la Iglesia sostiene Europa o que la sostenía. No por la política, sino mucho más adentro: forjando las almas. Hombres débiles, cobardes, indiferentes y hedonistas difícilmente conservarán una cultura poderosa, creadora, moral y trascendente. Houellebecq lo muestra por el envés: el vacío. Raspail nos lo suelta a la cara: “Occidente ya no tiene alma. A escala de las naciones, razas y culturas, así como a escala individual, es siempre el alma la que gana los combates decisivos”. Y la que los pierde.

La visita de León XIV responde a esos dos libros desesperanzados. Contra mundum, el Sumo Pontífice ha levantado las palabras que ellos echaban en falta: verdad, valentía, tradición, santidad. Ha reivindicado a Juana de Arco. Ante decenas de miles de jóvenes ha propuesto la “buena batalla”. Y alrededor del Papa han desfilado, hasta con caballos, reliquias y más de 150 pendones, actores que encarnaban a más de 1700 santos y beatos de Francia. Evocaban e invocaban al “Ejército de los santos”, la esperanza de Europa.

Como ya hizo en España, León XIV pone en el centro al Santísimo Sacramento y a Nuestra Señora. Subordina a Cristo las consignas buenistas. No propone una estrategia política, sino una cura: que Occidente recobre el alma por los caminos, tan antiguos y tan nuevos, de la verdad, la belleza, la Eucaristía y María. Que Francia se deje curar; y Europa.

Fuente: diariodecadiz.es

Publicado por JOQUIVESA en 11:55

06 octubre 2026

La santa sencillez de Francisco de Asís

 

Armando Pego Puigbó

San Francisco de Asís - La alegría de la sencillez y de la entrega total.

Se cumplen hoy ochocientos años de la muerte de Francisco de Asís. Como sucede también con estas humildes líneas, se habrán multiplicado en todo el mundo los artículos para glosar la figura del poverello. Como si se tratasen de necrológicas inacabables, nos entretendremos en fatigar los tópicos en torno a su pobreza extrema, su defensa de la ecología o la huella revolucionaria de su testimonio en la historia occidental. Matizaremos tales rasgos, subrayaremos aquellos otros, dejaremos los de más allá en claroscuro. De algún modo regresaremos a la explosión de entusiasmo que suscitó su fallecimiento aquel 3 de octubre de 1226 y que condujo a su rápida canonización apenas dos años después.


No en estos oropeles se encuentra el secreto de una de las figuras más enigmáticas del cristianismo, como bien resaltó el narrador de Vida de San Francisco de Álvaro Pombo. Ni Carlomagno ni Napoléon, ni Dante ni Cervantes, ni tan siquiera ningún otro gran fundador religioso como santo Domingo de Guzmán o san Ignacio de Loyola, nadie como él ha poseído una fuerza tal de atracción personal como para dejar indiferente. Mudos y perplejos, tal vez; indiferentes, nunca. Quizás en su sencilla grandeza los frescos de Giotto, como las Florecillas bajo su sutilísima capa naíf, nos siguen permitiendo atisbarla en su inmediata evidencia. El retiro final de Francisco en la Porciúncula, ciego y con estigmas, guarda el misterio de su posterior irradiación.


Mons. Jesús Sanz ha señalado que en el caso de Francisco con más razón se debe traducir la fórmula alter Christus como Cristo otra vez. El fundador de los hermanos menores aceptaría tal traducción a condición solo de que se entendiese en el sentido paulino más estricto: “vivo, pero no soy el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2,20). De ahí que pueda calificar a sí mismo de “ignorante” e “indocto”, porque “quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen” (1Co 1,21). Francisco se vació de sí mismo para revestirse del hombre nuevo manifestado en Jesucristo Resucitado. Como Pablo, todo lo consideró pérdida “comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús” (Ef 3,8).


El misterio a cuyo umbral nos asoma Francisco no es político, ni sociológico, ni moral. Por encima de todo, es poético y escatológico. Lo es desde la famosa escena inicial en que se desnuda delante de toda la ciudad de Asís. Es un auténtico bautismo en el fuego de la caridad. Más que desafiar el poder de su padre, se despoja completamente de su hombre viejo para abrazarse a la cruz de Cristo. No solo por pudor sino por comprender profundamente el alcance del signo, el obispo lo cubre con su manto para indicar que, en virtud de su autoridad, aun sin comprenderlo del todo, lo acoge en la nueva ciudad de la Iglesia que peregrina hacia el cielo.


Esta inquietud de Francisco se muestra en su interés por restaurar ermitas y capillas durante sus primeros años de conversión. Ante el abandono y el despojo en que se encuentran no se limita a restaurarlas. En ellas se esfuerza por construir el Reino como signos visibles de que Dios mora en medio de nosotros.


La decisión de una pobreza radical y la tarea de predicar se convierten entonces en una misión que brota del núcleo más íntimo de la espiritualidad franciscana. Su identificación con Cristo crucificado refleja la luz del Príncipe de la Paz. Por ello Francisco vive y propone vivir las bienaventuranzas como una unidad en que pobreza, pureza y mansedumbre son un solo camino hacia la contemplación simple del amor de Dios.


No es la suya esa imagen que ha quedado impresa en la retina de varias generaciones posconciliares a través de los acercamientos cinematográficos de Liliana Cavani. Su rostro interior se asemeja mucho más al juglar de Dios retratado en la película de Roberto Rossellini. Sus facciones góticas responden a la serenidad trascendida que tan bien representan las miradas de la escuela sienesa del Trecento. Francisco conoció el mundo, y no se desengañó. Simplemente lo dejó atrás en busca de lo más esencial, desposeído de todo lo demás.



Nazario Gerardi como San Francisco en «Francisco, juglar de Dios» de Roberto Rossellini

En Domingo de Guzmán aletea todavía el aliento de la Alta Edad Media, en el estado de crisálida mendicante. En su modo de vivir el estudio y la contemplación, la fraternidad y la predicación, los dominicos representan el tránsito de un modo de vida monástico a uno conventual. Francisco, solo y acogedor, ensaya una nueva forma de vida que es ya moderna.


A Francisco se le reveló un conocimiento al que quiso ser fiel buscando las palabras más sencillas y claras. Por eso, es tan difícil entenderlo. Francisco no practicó ningún antintelectualismo. Poeta, quiso cantar la verdad con el timbre más puro que esta exige. Al alabar la pobreza, hasta la más extrema, no ensalzó la pobretería ni el miserabilismo. Nada tiene que ver con esa versión del hegelianismo jesuítico que abrazó el marxismo para no tener que renunciar a los liderazgos de cualquier tipo como su razón de ser. Cuando proclama de la dicha de la mansedumbre, que hasta le impide aplastar un piojo de su cabeza, no pretende mortificarse ni ejercitar una simplonería afectada. Su ingenuidad debe entenderse literalmente: libre de todo afán de dominio.


Siempre me ha llamado mucho la atención la incomodidad con que se enfrentan a la figura de Francisco dos autores clásicos de la disidencia eclesiástica de los años 70 y 80. Hans Küng apenas puede reprimir su disgusto al relatar la visita de Francisco a Inocencio III. Recibido con indisimulada prevención, Francisco no duda en bajar a revolcarse en un charco de cieno por orden del Papa que quería probar su obediencia. Espantado, Inocencio concedió la Bula antes de enviar al nuevo fundador a convertir al sultán. Aunque mantengan una relación conflictiva con su fe, los auténticos políticos cultivan una reserva supersticiosa ante las que consideran amenazas reales a su poder. Al no enfrentarse con él, Francisco habría mostrado que, por no ser de este mundo, su reino excedía cualesquiera de sus pretensiones.


También Eugene Drewermann, teólogo y psicoanalista que sostuvo que a la disciplina eclesiástica del celibato se debían no pocas conductas patológicas del clero, advertía con irritación implícita el tipo de relación entre Francisco y su amiga Clara. El corte de su cabellera era demasiado jugoso como para no haber explorado sus implicaciones psicoanalíticas. Sin embargo, resultaba evidente que no es en el terreno moral donde los afectos de Francisco y Clara manifiestan su realidad más profunda, sino en el plano espiritual que he llamado escatológico. En absoluto desencarnados o idealizados, los fundadores de las dos primeras Órdenes mostraban haber sido regenerados por la fe en el Resucitado.


Bajo esta luz debería leerse el famoso Cántico de las criaturas, con cuyo comentario querría acabar este recorrido ojalá no demasiado apresurado por los tópicos a los que aludía al principio. Francisco parece glosar en él el relato del primer capítulo del Génesis, como si alzase su alabanza ante las cosas creadas recién salidas de las manos del Creador. Alza la mirada al firmamento ordenado de día y de noche según el logos divino. Recorre a continuación los cuatro elementos (viento, agua, fuego y tierra). El espectáculo de esa realidad perfecta y completa que describe aquí y ahora queda transfigurado en el amor de quienes cumplen las bienaventuranzas de la mansedumbre y la paciencia. Son ellas las que proporcionan, junto a la herencia de su reino, la visión de Dios. “Beati quelli ke ‘l sosterrano in pace, ka da Te, Altissimo, sirano incoronati”. No todavía “la hermana muerte” podrá arrebatarles la alegría de vivir ya humildemente en su presencia por siempre. Como san Francisco lo sigue siendo para nosotros hoy, ellos mismos serán Cristo otra vez.

Fuente: ideas.gaceta.es

Publicado por JOQUIVESA en 10:20

05 octubre 2026

A propósito de Maricarmen

Juan Luis Selma

La propiedad privada es legítima, pero no absoluta. Con esa idea y con san Francisco de Asís como modelo, el autor plantea cómo responder desde la fe a los desahucios y la precariedad.

A propósito de Maricarmen, el Evangelio de hoy nos ofrece pistas para afrontar retos tan actuales como los desahucios y la acampada en Sol, los inmigrantes en Ceuta, la vivienda, la precariedad laboral… ¿Cómo debe actuar una persona de bien, un buen ciudadano, un cristiano? ¿Socialismo igualitario o capitalismo despiadado? ¿Dice algo la Biblia sobre la distribución de los bienes?

Según el Génesis, Dios creó el universo, la tierra y puso en ella al hombre para que la trabajara. Entregó los bienes de la creación a todos y después, del pecado original, el hombre deberá obtener sus frutos con el sudor de su frente. Dos principios quedan claros:

El Evangelio añade una luz decisiva: no somos propietarios absolutos, sino administradores. Jesús lo expresa en la parábola de los labradores homicidas:

“Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña… la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos para recibirlos.”

La viña tiene Dueño. Nosotros no podemos apropiarnos de sus frutos como si fueran exclusivamente nuestros ni actuar en la heredad como si no hubiera un Señor que la ha confiado para el bien de todos.

La parábola culmina con el envío del Hijo: “Este es el heredero. Lo mataremos y nos quedaremos con su heredad.”

La tentación de absolutizar la propiedad, de convertirla en un derecho sin límites es tan antigua como el pecado.

San Juan Pablo II lo expresó con fuerza: sobre los bienes de la tierra pesa una hipoteca social. La propiedad privada es legítima, pero está subordinada al destino universal de los bienes. No puede convertirse en un muro que excluya a quienes necesitan lo básico para vivir con dignidad.

Si toda persona posee una dignidad inviolable, nadie debería quedar privado de lo necesario mientras los bienes se concentran o se usan solo para beneficio particular. La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la propiedad privada lleva consigo una responsabilidad hacia los demás y hacia el bien común.

Hoy celebramos a san Francisco de Asís, el santo que se casó con la Dama Pobreza. Confiaba plenamente en la Providencia y renunció públicamente a la herencia y a la vida acomodada para seguir a Cristo pobre. Ante el obispo de Asís se despojó de sus ropas y se las devolvió a su padre. El obispo lo cubrió con su capa: incluso en la pobreza radical, la Iglesia protege y acompaña. Hay necesidades básicas que cubrir.

No todos estamos llamados a vivir la pobreza como Francisco, pero sí a vivir desprendidos, libres de tantas ataduras, capaces de compartir. Sin esa libertad interior, es difícil alcanzar la paz y el gozo; difícil ser verdaderamente felices.

Volviendo al caso de Maricarmen, el Papa, en el viaje de regreso de Francia, dijo: “¿Cuál es el problema en el sistema que permite que una anciana, además con discapacidad, sea echada de su casa?”

El problema es institucional, sí, pero también personal. Necesitamos apostar por un mundo más humano, más fraterno, más cristiano de verdad.

Hoy un joven me preguntaba qué hacer con su miedo a que Dios le pidiera algo más de lo previsto. Ante la grandeza de la vida cristiana, ante la posibilidad de salir de la mediocridad, nos achantamos. Olvidamos la belleza de la aventura, de la entrega, del amor. Preferimos volar bajito, tocar suelo, antes que volar.

La respuesta es fiarse de Dios, descubrir el lado bueno del compromiso, de la entrega, del seguimiento del Maestro: es ganancia y además, Dios mismo nos da el empujoncito para lanzarse a volar. Vale la pena.

Para Francisco, abrazar la pobreza no fue renuncia, sino liberación. Nosotros, en medio del mundo, no podemos ser mundanos. La pobreza cristiana consiste en vivir el desprendimiento en la vida ordinaria: contentarse con lo necesario, practicar la sobriedad, alejarse del consumismo, compartir con el necesitado.

En las bodas, los recién casados comparten trece arras, símbolo de que el amor no se mide en lo justo, sino en lo abundante, y que está abierto a las necesidades de los demás: una moneda por cada mes del año y otra para quien la necesite. Así deberíamos vivir, con la grandeza de la generosidad.

Fuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 12:30
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