24 septiembre 2026

Los dos hijos

Domingo 26.º del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 21,28-32)

¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña”. Pero él le contestó: “No quiero”. Sin embargo se arrepintió después y fue. Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: “Voy, señor”; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?

— El primero — dijeron ellos.

Jesús prosiguió:

— En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros con un camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto os arrepentisteis después para poder creerle.

Comentario

La escena del Evangelio se sitúa en el Templo de Jerusalén. Jesús estaba allí enseñando a la gente y se acercaron unos príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo, interrumpiéndolo de malos modos y pidiéndole explicaciones acerca de quién le había dado poder para llevar a cabo lo que hacía (cf. Mt 21,23-27). Estos personajes pensaban que sólo ellos estaban capacitados para enseñar al pueblo la ley de Dios, como intérpretes auténticos de la voluntad divina y guías del pueblo elegido por el Señor.

Jesús les responde con una parábola que se ajusta a una temática con una gran tradición en Israel: la distinta reacción de dos hermanos ante un mismo hecho. Los relatos acerca de Caín y Abel, Ismael e Isaac, o Esaú y Jacob eran bien conocidos por aquellos hombres. En este caso, uno de los hermanos presume de querer cumplir la voluntad del padre -como esos personajes que se enfrentan a Jesús-, pero sin embargo no lo hace. En cambio, el otro manifiesta públicamente su rechazo a hacer lo que el padre les ha pedido -como cualquier pecador, que actúa en contra de la ley divina- pero luego recapacita, se arrepiente, y cumple la voluntad de su padre.

Entonces, y ahora, no faltan personas que no tienen nada contra Dios, pero su respuesta a los requerimientos divinos es tan desganada que, a la menor complicación, ya no hacen aquello que debían y, además, se consideran suficientemente excusados de hacerlo. Su práctica religiosa es tan rutinaria que no les inquieta lo más mínimo dejar al margen de sus vidas lo que para Dios es importante.

Las palabras de Jesús son una invitación a reaccionar. “Tú y yo -decía san Josemaría- hemos de recordarnos y de recordar a los demás que somos hijos de Dios, a los que, como a aquellos personajes de la parábola evangélica, nuestro Padre nos ha dirigido idéntica invitación: hijo, ve a trabajar a mi viña. Os aseguro que, si nos empeñamos diariamente en considerar nuestras obligaciones personales, como un requerimiento divino, aprenderemos a terminar la tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que seamos capaces. Quizá en alguna ocasión nos rebelemos -como el hijo mayor que respondió: no quiero-, pero sabremos reaccionar, arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo al cumplimiento del deber”.

Jesús conoce bien el corazón humano, y se hace cargo de las dificultades y conflictos con los que hemos de enfrentarnos cada día, tanto en la propia interioridad -la tensión por vencer la pereza o la desgana- como en el ámbito familiar, profesional o entre amigos -el estar más atentos a qué hacen los demás que a ocuparnos de hacer bien lo nuestro, aunque otros no lo hagan. Como observa el Papa Francisco mencionando entre otras esta escena, Jesús “conoce las ansias y las tensiones de las familias incorporándolas en sus parábolas: desde los hijos que dejan sus casas para intentar alguna aventura (cf. Lc 15, 11-32) hasta los hijos difíciles con comportamientos inexplicables (cf. Mt 21, 28-31) o víctimas de la violencia (cf. Mc 12, 1-9)”. Dios se hace cargo de nuestras dificultades, pero aguarda con paciencia nuestra rectificación y nuestra respuesta generosa como la del hijo rebelde.

La conclusión de la parábola tiene palabras fuertes: “en verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios” (v. 31). Esto es, los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que muchos que se llaman cristianos pero que son indolentes. Piensan que ya hacen suficiente, y no dejan que el arrepentimiento de sus culpas ni el amor de Dios toque sus corazones.

Fuente: opusdei.org


EL HOMBRE QUE NINGÚN CALENDARIO PUDO CONTENER

Antoine Abraham

Mientras unos buscaban perpetuar su nombre en un mes del calendario, otro terminó convirtiéndose en el punto de referencia de toda la historia.

Hay algo que siempre me ha llamado la atención. Como ingeniero (ligeramente obsesivo), me gusta medirlo todo. Llevo apuntes de fechas, sucesos, acontecimientos… y, para hacerlo, inevitablemente recurro al calendario. Pero hace poco me hice una pregunta que nunca antes había considerado: ¿Quién decidió que hoy estamos en el año 2026? La respuesta es mucho más fascinante de lo que imaginaba. Durante miles de años, la humanidad no tuvo un calendario único. Los primeros pueblos simplemente observaban la naturaleza. Miraban las fases de la Luna, el recorrido del Sol, el cambio de las estaciones o la aparición de ciertas estrellas. Así nacieron los primeros calendarios. Horarioy calendarios


Hacia el año 3000 a.C., los egipcios desarrollaron el primer gran calendario solar. Increíblemente, tenía 365 días distribuidos en 12 meses de 30 días, más cinco días dedicados a fiestas religiosas. Era una obra extraordinaria para su tiempo. Sin embargo, no sabían que el año real dura un poco más: 365.2422 días. Ese pequeño desfase hacía que el calendario se retrasara aproximadamente un día cada cuatro años. Otros pueblos siguieron caminos distintos. Los hebreos desarrollaron un calendario lunisolar que todavía hoy utilizan para sus celebraciones religiosas. Los griegos tampoco compartían un calendario común; cada ciudad organizaba el tiempo según sus propias tradiciones. Roma tampoco fue la excepción. Según la tradición, Rómulo, fundador de Roma, creó un calendario de apenas diez meses. Ni enero ni febrero existían todavía. Fue el rey Numa Pompilio quien añadió esos dos meses, aunque el sistema seguía siendo impreciso y los sacerdotes decidían cuándo agregar un mes extra para corregir los desfases.


Todo cambió con Julio César. En el año 46 a.C., implantó el calendario juliano: un año de 365 días y un día adicional cada cuatro años. Así nació el año bisiesto. La reforma fue tan importante que, después de su muerte, el Senado romano decidió cambiar el nombre del antiguo mes Quintilis por Julius, nuestro actual julio, porque era el mes en que había nacido. Años después, el emperador Augusto recibió un honor semejante, y el antiguo Sextilis pasó a llamarse agosto. Durante siglos, el calendario juliano funcionó admirablemente. Sin embargo, esos once minutos de diferencia entre el año civil (365 días) y el año solar (365.2422 días) fueron acumulándose lentamente hasta que, en 1582, el papa Gregorio XIII promulgó una nueva reforma. Para corregir el desfase fue necesario eliminar diez días del calendario y establecer una nueva regla para los años bisiestos: los años terminados en 00 solo serían bisiestos si eran divisibles entre 400. Es el calendario gregoriano que seguimos utilizando hoy. Hasta aquí podría parecer simplemente una historia sobre astronomía, matemáticas o política. Pero lo más sorprendente aún no había ocurrido.


Durante más de quinientos años después del nacimiento de Jesús, nadie contaba los años a partir de Él. Fue hasta el año 525 cuando un humilde monje llamado Dionisio el Exiguo propuso abandonar la forma tradicional de contar los años desde los emperadores romanos y comenzar a contarlos desde el nacimiento de Cristo…. (Anno Domini) Desde entonces hablamos de un antes de Cristo y un después de Cristo. Curiosamente, al hacer sus cálculos nunca existió un año cero. Se pasó directamente del año 1 antes de Cristo al año 1 después de Cristo, porque el concepto matemático del cero aún no formaba parte de la cultura europea. Y entonces comprendí algo. Julio César logró que un mes llevara su nombre. Gregorio XIII corrigió un calendario. Pero Jesucristo hizo algo que ningún emperador, filósofo o conquistador consiguió jamás. Se convirtió en el punto de referencia desde el cual la humanidad comenzó a contar su propia historia. Horarioy calendarios


Cristo no vino únicamente a cambiar la forma en que contamos los años, vino a cambiar la forma en que entendemos el tiempo. Hay personas cuya vida puede dividirse por un diagnóstico, una pérdida, el nacimiento de un hijo o un encuentro inesperado. También la fe tiene ese momento. Ese instante en el que deja de ser una idea aprendida y se convierte en una experiencia vivida. Ese día también aparece un antes… y un después. Quizá por eso el verdadero acontecimiento no es que el mundo cuente los años desde Cristo. El verdadero milagro ocurre cuando también nuestro corazón comienza a hacerlo. Mientras unos buscaban perpetuar su nombre en un mes del calendario, otro terminó convirtiéndose en el punto de referencia de toda la historia.



NOTA HISTÓRICA La tradición cuenta que Julio César puso 31 días al mes de julio para engrandecer su nombre. En el año 8 a.C. Después la tradición contaría, que el primer emperador Augusto cambió los días del mes de agosto, recibió 31 días quitándole uno a febrero para igualar a julio, ya que el mes del primer emperador no podría tener menos días que Julio César. Y Jesús como medía los años?. En su época no existían los años "a.C." ni "d.C.". Los judíos utilizaban un calendario lunisolar para sus fiestas religiosas, pero los acontecimientos se fechaban normalmente según los años de reinado de los gobernantes. Por eso san Lucas escribe: «En el año quince del reinado del emperador Tiberio…» (Lc 3,1). También los romanos empleaban, en algunos documentos, la llamada Ab Urbe Condita («desde la fundación de Roma»), donde los años se median desde la fundación de Roma (753 a.C.), entonces Jesús habría nacido en el 753 AUC.

Fuente: catholic.net

Las claves de Jack Valero para entender las polémicas del Opus Dei

Paloma López Campos

Jack Valero, director de la Oficina de Comunicación del Opus Dei en Gran Bretaña, aclara en un podcast algunas de las polémicas de la Obra, como las acusaciones de tráfico de personas o de influencia en el Vaticano.

Jack Valero, director de la Oficina de Comunicación del Opus Dei en Gran Bretaña, ha participado en el podcast de Catholic Unscripted para hablar sobre la situación del Opus Dei. La conversación tiene como origen el libro publicado por Gareth Gore, “Opus” y durante el episodio tratan temas como la influencia de la Obra en el Vaticano, el tráfico de personas y la coacción a menores de edad.

“El Opus Dei no tiene un programa para mejorar la sociedad”

En lo que respecta a las supuestas conexiones políticas que muchos achacan a la Obra, Jack Valero declara que el objetivo del Opus Dei es “mejorar a las personas”.

Las correcciones al libro “Opus” que publicó la Oficina de Comunicación del Opus Dei no son un ataque personal al autor, sino clarificaciones ante la información incorrecta que brinda.

Estos errores, explica Jack Valero, no se limitan solo a datos biográficos de miembros de la Obra, sino que el autor tampoco entendía que una persona pudiera entregarse a Dios por motivos espirituales, sino que pensaba que siempre debe haber alguna otra motivación material.

“El Papa está intentando descubrir todo lo que está pasando”

La audiencia de Gareth Gore con el Papa, a ojos de Jack Valero, no es un modo de respaldar el libro “Opus”, sino una muestra de que el Santo Padre quiere escuchar tanto las críticas como las opiniones favorables al Opus Dei.

“Los aspirantes a ser miembros del Opus Dei no pueden entrar hasta los 18 años”

Jack Valero desmiente también la afirmación de Gareth Gore sobre los menores de edad a quienes se persigue para que entren a formar parte del Opus Dei. El director de la Oficina de Comunicación explica que aquellos que consideran que tienen vocación dentro de la Obra, si son menores de edad, deben acudir con sus padres para hablar con el director del centro.

“Negamos categóricamente que el caso de las numerarias auxiliares en Argentina fuera un caso de tráfico de personas o de explotación”

Valero hace referencia también al famoso caso de las ex numerarias auxiliares de Argentina, quienes afirman que sufrieron explotación y que existe tráfico de personas en los centros del Opus Dei.

El director de la Oficina de Comunicación de la Obra en Gran Bretaña explica que pudieron haber irregularidades en los pagos, pero que eso no es equivalente para nada a los delitos de los que se acusa a la Prelatura.

“El celibato, al igual que empezar a mantener relaciones sexuales, es una decisión propia”

Jack Valero habla también acerca de los prejuicios que hay alrededor del celibato apostólico que se vive en la Obra. Explica con claridad que si aceptamos que los adolescentes empiecen a mantener relaciones sexuales siendo menores de edad, también hay que aceptar la postura de aquellos que se abstienen, puesto que ambas posturas son decisiones sobre la propia sexualidad.

Alabar una perspectiva y condenar la otra no tiene mucho sentido, puesto que si hay madurez para comenzar las relaciones sexuales, hay que aceptar asimismo que existe esa madurez para decidirse por el celibato.

“Nuestro programa es ayudar a la gente a alcanzar la santidad”

La Obra quiere recordar a todo el mundo que “Dios se interesa mucho por cada uno de nosotros”, afirma Jack Valero. Como católicos, los miembros del Opus Dei desean cambiar el mundo, pero no a través de agendas políticas, sino con el bien que hacen en su vida ordinaria.

“No tenemos ningún poder en el Vaticano”

Ante las acusaciones de que el Opus Dei controla el Vaticano, Valero afirma que claramente no es así. “No pudimos parar a Gareth Gore y su visita al Papa, a pesar de que como interlocutor presenta una imagen que no es completa y que es inexacta”, declara.

“Tampoco queremos tener ningún tipo de influencia en el Vaticano», dice el director, “porque nuestro objetivo es llegar a todo el mundo y decirles que pueden alcanzar la felicidad y la santidad en la vida ordinaria porque Dios les ama y les ayudará a ser buenas personas allí donde están”.

“Al Opus Dei no le interesan los puestos de poder de sus miembros”

De nuevo, Jack Valero resalta que el hecho de que haya miembros del Opus Dei que tienen altos cargos no implica que ese sea el objetivo de la Obra. El interés del Opus Dei reside solo en si sus miembros “van a llegar al Cielo y si van a ser buenas personas”.

“El Opus Dei no tiene una postura oficial acerca de las madres de familia”

Los interlocutores del podcast mencionan que hay países en los que muchas madres de familia que forman parte del Opus Dei se convierten en amas de casa. Valero explica que esto no es porque la Obra tenga una “postura oficial” respecto al tema, sino que en cada país se siguen tendencias que dependen de la sociedad, no necesariamente de perspectivas religiosas.

De hecho, a pesar de que no puede dar números exactos, el director de la Oficina de Comunicación señala que muchas madres de familia que forman parte del Opus Dei tienen trabajos fuera del hogar.

“Los miembros del Opus Dei somos libres”

Valero insiste en la idea de que muchas afirmaciones de Gareth Gole acerca del Opus Dei nacen de su falta de entendimiento de la libertad. Gole está convencido de que al entrar en la Obra uno tiene que adherirse a un programa pero, como señala el director de Comunicación, esta agenda no existe y cada uno es libre.

“El Opus Dei solo te dice que sigas tu conciencia, que estés cerca de Dios, que reces mucho y que intentes ayudar a muchas personas con tu vida”, afirma Jack.

“Estamos dispuestos a participar en todo lo que el Papa nos pida”

Jack Valero afirma que el Opus Dei quiere colaborar en todo lo que el Papa pida para aclarar las polémicas de la Obra, así como en todo lo referente a los nuevos estatutos que todavía están en proceso.

“Queremos servir a la Iglesia en el modo en que la Iglesia quiere ser servida”, señala citando a san Josemaría. El Opus Dei no tiene un proyecto para la Iglesia, sino que forma parte de ella.

Fuente: omnesmag.com

Jack Valero: «He querido escuchar «desde abajo» para entender el Opus Dei»

 Teresa Aguado Peña

El portavoz del Opus Dei en Reino Unido reúne 18 historias para mostrar la institución «desde abajo», con sus luces, dificultades y experiencias personales.

«No son historias positivas ni negativas. Son historias normales de gente que trata de hacer cosas, que es imperfecta, que sufre, que ven que Dios entra en su vida y responden de esta manera o de esta otra, que entran en la Obra, que salen de la Obra». Así explicó Jack Valero el propósito de El Opus Dei sin filtros, durante el diálogo mantenido este 22 de septiembre en la Universidad Villanueva con María José Atienza, directora de Omnes. El libro, publicado por Almuzara, reúne las historias de 18 personas vinculadas al Opus Dei y pretende, según explicó su autor, responder a algunas de las cuestiones que habitualmente se plantean sobre la institución «desde abajo», a través de las vidas de sus miembros.

Valero, portavoz del Opus Dei en Reino Unido, explicó que después de 33 años respondiendo a preguntas sobre el poder, el dinero, la influencia o el papel de las mujeres, había percibido una limitación en hacerlo siempre «desde arriba». Por eso decidió contar las experiencias concretas de personas muy diferentes. En el libro aparecen un taxista, un empresario, personas que han viajado durante toda su vida y otras que han permanecido siempre en el mismo lugar. «Hay de todo, como una muestra de lo que hay», señaló.

La libertad en el Opus Dei

¿Qué busca el Opus Dei? Valero respondió a esta pregunta que su finalidad es «ayudar a la gente a encontrar a Dios en su vida normal, en su vida diaria». Según explicó, se trata de ayudar a cada persona a descubrir que Dios está presente en lo que hace y a «ser mejor persona en todo lo que haces». Una tarea que, añadió, se realiza sabiendo que las personas son imperfectas y cometen fallos.

Una de las cuestiones que más enfatizó fue la libertad. Valero considera que es uno de los aspectos que más cuesta comprender desde fuera del Opus Dei. Según su experiencia, los miembros viven de manera intuitiva la posibilidad de tomar decisiones sobre su vida: estudiar una carrera u otra, vivir en un lugar u otro, participar en una manifestación o no, apoyar a un partido político o a otro o seguir determinadas indicaciones sacerdotales. «Lo entienden y así lo viven», afirmó.

En cuanto a los testimonios de antiguos miembros que aseguran haber experimentado falta de libertad o presión, Valero reconoció que estas experiencias deben ser examinadas. «Eso no es bueno, pero vamos a ver de dónde viene y cómo fue», afirmó. A su juicio, quienes se incorporaron al Opus Dei lo hicieron buscando algo bueno, aunque algunas personas descubrieron posteriormente que esa vocación no era para ellas y abandonaron la institución. También señaló la necesidad de escuchar a quienes han sufrido y «cambiar las cosas que hay que cambiar». «Si tratamos de hacer el bien y no escuchamos a los que están dentro algo estamos haciendo mal» añadió.

Numerarias auxiliares: «Quiero que ellas expliquen lo que son»

Valero quiso detenerse especialmente en las numerarias auxiliares. No quiso explicar él mismo su vocación, sino que prefiere que ellas mismas sean las que den testimonio de ello. Es por eso que en su libro decidió incluir las historias de Patricia y Nuala. «Yo quiero que ellas expliquen lo que son, cómo lo hacen y por qué lo hacen», señaló, hasta el punto de situar sus testimonios al principio y al final de la obra. Para él, estos testimonios le han permitido conocer esta realidad «desde abajo».

También reconoció que ha habido situaciones que «no se hicieron bien» y que deben ser reparadas y pedir perdón cuando sea necesario. Pero también insistió en que estos casos particulares no deben reducir ni oscurecer la vocación de las numerarias auxiliares: «Porque, si 43 personas en Argentina han pensado que se les trató mal, hay también otras 500 que escribieron otra carta pidiendo respeto por su vocación, que se entienda lo que hacen y por qué lo hacen».

Escuchar a quienes han sufrido

En cuanto a las personas que han sufrido dentro del Opus Dei o que se han sentido desplazadas después de dejarlo, Valero insistió en la importancia de escuchar. Contó que durante sus 33 años como director en Inglaterra estuvo especialmente pendiente de que quienes consideraran que aquella no era su vocación pudieran marcharse «contentos» y agradecidos por el tiempo vivido allí. Reconoció, sin embargo, que su experiencia es «una muestra pequeñita» y que en otros lugares puede haber casos diferentes.

Mencionó también las oficinas de escucha y otros mecanismos puestos en marcha para atender estas situaciones. «Han cambiado muchas cosas, hemos escuchado muchos años», aseguró, aunque añadió que es necesario «seguir escuchando».

¿Poder y dinero en el Opus Dei?

Con respecto a las acusaciones de que el Opus Dei busca poder político o influencia dentro de la Iglesia, Valero negó que exista un plan de conquista: «El Opus Dei no tiene ningún plan para mejorar el mundo, pero tiene un plan para ayudar a las personas e inspirarles para que cambien el mundo». La institución, explicó no indica a sus miembros qué deben hacer, sino que les anima a tomarse en serio su vocación cristiana y actuar libremente en el mundo.

Por ello, considera que atribuir a la institución una coordinación de planes políticos parte de una dificultad para aceptar la libertad de sus miembros. «Si no hay plan, el poder no tiene importancia», afirmó. Según Valero, las personas que aparecen en su libro no describen el Opus Dei en términos de poder, sino como una familia, un medio de formación y un lugar de apoyo. En el libro, según cuenta, no se habla sobre la palabra «poder».

También explicó que cada miembro tiene su economía independiente. Tres cuartas partes de los miembros son supernumerarios y mantienen su propia economía familiar, mientras que los numerarios aportan a la institución lo que no necesitan para sus gastos. Valero señaló que las obras promovidas por miembros del Opus Dei —universidades, colegios, residencias o iniciativas sociales— pueden manejar cantidades importantes de dinero, pero rechazó la idea de que la institución acumule ese dinero para sí.

«Me gusta que las personas se vean como son: imperfectas»

Otro de los elementos que Valero destacó del libro es precisamente la imperfección de sus protagonistas. «Me gusta que todas las personas se vean como son, imperfectas, porque eso es la realidad», afirmó. Frente a una imagen idealizada de los miembros de la institución, las 18 historias muestran personas distintas, con dificultades, fallos y experiencias diversas.

Según explicó, todas las respuestas de los 18 protagonistas a la pregunta sobre qué significa para ellos el Opus Dei son diferentes, pero compatibles. Entre los aspectos que más le han llamado la atención está también la confianza en Dios. Citó el testimonio de una mujer de Holanda que descubrió que no tenía que pedir a Dios que viniera a ayudarla porque «Dios estaba siempre ahí».

Para Valero, una de las tareas pendientes es aprender a comunicar mejor esta experiencia. Los católicos, afirmó, «tienen mucho que decir», pero a veces les falta confianza para expresarlo. «No decirles lo que tienen que decir, sino ayudarles a decirlo mejor», explicó. En su opinión, hablar de la propia fe desde la experiencia personal puede ayudar a evitar tanto la imposición como la sensación de superioridad.

Fuente: omnesmag.com

23 septiembre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis. IV. Constitución pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 4. El sentido de la actividad humana en el universo (GS, 33-39) 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuando nuestro recorrido por la Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Ecuménico Vaticano II, llegamos al tercer capítulo de la primera parte, que tiene un título atractivo: «La actividad humana en el mundo». La pregunta de fondo es esta: ¿cuál es el valor de la actividad humana en el mundo, y, por lo tanto, del progreso técnico, social y científico? Podemos recordar que, menos de cuatro años después de la clausura del Concilio, en la noche entre el 20 y el 21 de julio de 1969, el hombre pisó la Luna por primera vez.

Creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es agente del progreso. Mediante la libertad y la inteligencia aumenta sus propios conocimientos, logrando así que toda la sociedad progrese. Esto se aprecia fácilmente al considerar la mejora en las condiciones de vida a lo largo de las sucesivas generaciones. En efecto, dice el Documento, un «gran número de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas superiores, hoy los obtiene por sí mismo» (n. 33).

Por este motivo, algunos pensadores han presentado el progreso técnico-científico como algo que debilita la relación del hombre con Dios hasta el punto de hacerla parecer superflua o, incluso, como algo contrario a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado, respecto a las épocas precedentes, un cambio en la mirada del hombre contemporáneo sobre el mundo. Un prejuicio de este tipo prevalece, principalmente, en esa parte de la cultura occidental que ha perdido su vínculo con la Revelación cristiana. En los humanismos postcristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el hombre debería emanciparse de Dios. Sin embargo, al negar la relación con Dios, al final se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana. Es el “drama del humanismo ateo”, bien descrito por un importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac. [1]

El Concilio desea proporcionar una respuesta clara. Afirma la Gaudium et spes: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios» (n. 34). Es más, prosigue la Constitución, «los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio» (ibid.). En resumen, Dios ha puesto en las manos del hombre y de la mujer una creación todavía in statu viae -es decir, en camino, en crecimiento- para que ellos la conduzcan a buen término por medio de su sabia actividad [2].

Se encuentra aquí una importante referencia al misterio de la Encarnación. La humanidad -y, con ella, el trabajo, el progreso y la autonomía de las realidades creadas- no queda absorbida o anulada por el encuentro con Dios, sino más bien asumida en su totalidad; y sigue siendo, en Cristo, libre y operosa: efectivamente, en Él encuentra la verdad y la libertad plenas. Asimismo, en la celebración eucarística, el fruto del trabajo humano, representado por el pan y el vino, se coloca cada día sobre el altar para ser transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo [3]. Los cristianos participan, como todos, en la edificación de la ciudad de los hombres, con la mirada puesta en el fin de todas las cosas y en el encuentro con Dios, y recordando este fin último a aquellos con quienes comparten la aventura del progreso, la ciencia y la vida.

Ciertamente, es preciso distinguir bien el progreso temporal del crecimiento del reino de Cristo; sin embargo, el Concilio afirma que tal progreso, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios. […] Todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados» (n. 39).

Finalmente, recordemos que, para constituir auténtico progreso humano -es decir, de todo el hombre y de todos los hombres-, el progreso técnico y científico debe estar animado y orientado por la caridad. Solo así se podrá utilizar siempre para defender la dignidad del hombre y promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más desfavorecidos.

Queridos hermanos y hermanas, el Concilio Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus potencialidades, de forma que podamos construir juntos, con la ayuda de Dios, un futuro mejor.
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[1] Cfr. H. de Lubac, Le drame de l’humanisme athée (1944), tr. it. Brescia 2013.

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 302, 306, 307.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En la Eucaristía ofrecemos los frutos de la tierra y del trabajo humano para que se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Unamos también nuestra vida y nuestras tareas al sacrificio eucarístico, para que el Señor las transforme en una ofrenda viva, santa y agradable a Él. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En la Eucaristía ofrecemos los frutos de la tierra y del trabajo humano para que se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Unamos también nuestra vida y nuestras tareas al sacrificio eucarístico, para que el Señor las transforme en una ofrenda viva, santa y agradable a Él. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Llamamiento

El próximo domingo, 27 de septiembre, se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Mi pensamiento va a los migrantes y los refugiados, especialmente a los menores que se ven obligados a abandonar su tierra. Los niños y los adolescentes son los más vulnerables. A menudo viven sufrimientos indescriptibles, violencia, torturas, explotación y situaciones traumáticas, y no es raro que pierdan la vida a lo largo de las rutas migratorias. Hago un llamamiento a la responsabilidad de todos: que cada uno se sienta implicado en la vida de estos jóvenes, que siempre deben ser tutelados y asistidos.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre el tercer capítulo de la Constitución pastoral Gaudium et spes, dedicado a la actividad humana en el mundo. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, gracias a su libertad e inteligencia es capaz de conocer, de progresar y de mejorar las condiciones de vida de la sociedad.

Algunos pensadores, sin embargo, comenzaron a afirmar erróneamente que la humanidad, para demostrar sus conocimientos, su libertad y su progreso, debería emanciparse de Dios. El Concilio Vaticano II, en cambio, haciendo referencia al misterio de la Encarnación, asevera que los hombres, así como las obras de sus manos, no son anulados en el encuentro con Dios, sino que en Él encuentran su plena verdad y libertad.

Otra consecuencia de esta perspectiva es que el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que está llamado a vivir su vocación realizando bien su trabajo cotidiano y hallando en él un camino de santificación.

Fuente: vatican.va

22 septiembre 2026

El reloj, la eternidad y el misterio del domingo

Por qué la Eucaristía presencial no es un hábito del pasado, sino un salto directo al Presente absoluto de Dios.

El tiempo no es una línea uniforme. Es una experiencia viva que se estira o se encoge según la disposición del alma.

Nace de nuestra condición material. Somos seres marcados por el pulso de las agujas, atrapados en la dictadura de los minutos. Pero todos conocemos su trampa.

Soportar una conversación tediosa convierte cada minuto en una condena. Miramos el reloj con desesperación. Descubrimos con frustración que apenas han transcurrido unos segundos.

En cambio, junto al amigo entrañable o en los brazos de la persona amada, las horas se disuelven. Sesenta minutos devienen un suspiro. Volamos. ¿Por qué ocurre esto?

La Eternidad no es una cinta sin fin de segundos acumulados. Es la ausencia total de tiempo: un Presente absoluto donde el amor elimina la espera.

Cuando disfrutamos plenamente, rozamos ese Presente. Rozamos la Eternidad. Por unos instantes, el pasado pierde peso y el futuro deja de importar.

El instante incruento: ante una Misa se paran los relojes

Para Dios no existen los calendarios. En su mirada no hay ayer ni mañana. Todo es un constante e ininterrumpido «ahora».

Por eso, ante la celebración de una Misa deberían pararse todos los relojes del mundo.

Al hablar de la Eucaristía como Memorial de la Pasión y Resurrección de Cristo, no nos referimos a un simple ejercicio de memoria. Tampoco a una representación histórica. Cruzamos, sin rodeos, la frontera de la eternidad.

Ante nuestros ojos de carne, el misterio permanece velado bajo la sencillez del pan y del vino. Parece un rito cotidiano.

Sin embargo, en el orden de la realidad profunda, estamos pisando el suelo del Calvario. Estamos detenidos, en silencio, frente al Sepulcro vacío.

Ahí no hay distancia temporal. La redención está sucediendo exactamente hoy.

La pedagogía del calendario: aprender a aprehender

Aterrizar una realidad infinita en la limitación humana no es tarea sencilla. Ninguna mente es capaz de aprehender de un solo golpe la inmensidad del misterio divino en una única celebración.

Por eso la Iglesia, como madre sabia, fue articulando el año litúrgico. Una actualización constante de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia.

Nos regaló así una pedagogía estructurada en «tiempos fuertes»: Adviento, Navidad, Cuaresma, Semana Santa y Pascua. Estaciones del alma diseñadas para enseñarnos a tratar mejor a Dios.

Junto a ellos, el Tiempo Ordinario ilumina la belleza de lo cotidiano. Nos recuerda los treinta años de vida oculta del Señor en Nazaret: el valor santificador del trabajo sencillo, el descanso, la amistad y la rutina de cada día.

Y salpicó el calendario con fiestas del Señor, de la Virgen, de los Apóstoles, de los Mártires y de los Santos. Rostros concretos que nos demuestran que la eternidad se deja habitar en la tierra.

Iniciación y gestos: la riqueza de la pedagogía litúrgica

Para sumergirse en este misterio, la catequesis no puede quedarse en meras normas teóricas: debe ser una verdadera iniciación a la liturgia.

Cada gesto encierra un misterio. La señal de la Cruz, la inclinación reverente, la genuflexión, el silencio sagrado, el incienso, el lavabo del sacerdote, el despliegue del Corporal sobre el altar o el esmero cuidadoso en las purificaciones no son rutinas vacías. Detrás de cada uno de estos actos se despliega todo un universo de culto, reverencia, delicadeza y amor.

Descubrir ese lenguaje oculto transforma el rito en encuentro.

El «día de los días»: una flecha hacia la Parusía

San Juan Pablo II, en su Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, «el día de los días».

Es la Pascua semanal. El día en que Cristo resucitó de entre los muertos. El día que revela el sentido último del tiempo.

Brotando de la Resurrección, el domingo atraviesa los meses, los años y los siglos como una flecha recta. Los penetra y los orienta hacia la segunda venida de Cristo.

El domingo prefigura el día final: el de la Parusía, cuando todos resucitaremos.

«Sine Domenica non possumus»: una necesidad vital

Esta convicción no es una novedad moderna; está esculpida en las raíces mismas del cristianismo.

En el siglo IV, bajo la feroz persecución del emperador Diocleciano, los mártires de Abitinia fueron apresados por celebrar la Eucaristía dominical. Ante el tribunal, proclamaron con valentía una frase que resonará para siempre: «Sine domenica non possumus!» (¡Sin el domingo no podemos vivir!).

Para aquellos primeros cristianos, la Misa dominical no era un cumplimiento piadoso ni un simple precepto. Era el aliento para no morir por dentro. Era una necesidad vital.

El valor innegociable de estar ahí: presencia y caridad

Comprender esta arquitectura espiritual transforma radicalmente la naturaleza del domingo. Entender que en el altar el tiempo se detiene deja sin argumentos a quienes pretenden reducir la fe a una pantalla.

El Papa León XIV en la audiencia del 12 de agosto de 2026 lo recordó con firmeza pastoral: la convocatoria de los fieles —el auténtico convenire in unum— exige una presencia viva, consciente y activa.

No puede ser sustituida por una retransmisión virtual ni por una actitud pasiva de mero espectador. No se puede abrazar un misterio a través de un monitor. No se puede estar físicamente al pie de la Cruz sin estar presente.

Por eso mismo, la Iglesia llama al amor y a la corresponsabilidad: hay que favorecer las mejores condiciones para que puedan participar en la Misa aquellos que, por motivos laborales imperiosos, tienen difícil ausentarse del trabajo.

Y cuando la enfermedad impida a alguien acudir, la comunidad no lo abandona a la frialdad de una retransmisión. Herederos del impulso de los primeros cristianos, la Iglesia conserva ese detalle genial y profundamente humano: llevar físicamente el Santo Sacramento a la cama de los enfermos. Así, no son espectadores ante un televisor, sino receptores reales e íntimos del mismo Cuerpo de Cristo que la comunidad ha celebrado.

Es hora de despertar del ajetreo cotidiano. La próxima vez que crucemos el umbral de un templo, sepamos dónde estamos.

El reloj se detiene. La eternidad abre sus puertas.

Fuente:  exaudi.org

21 septiembre 2026

Mi trabajo se paga solo: con la alegría de hacerlo

Juan Luis Selma


Las parábolas de la viña recuerdan que la felicidad no se compra, sino que nace de lo que se asume libremente y por amor.

Hay cosas que no tienen precio. Cuando buscamos recompensa por ellas, quizá es que no las valoramos como merecen. Hace unos días, un amigo me comentó que, después de leer el artículo sobre el perdón, pensaba que algunos podían considerarlo una debilidad. Siendo así, ¿cómo explicar por qué uno perdona? Una respuesta sencilla y verdadera es esta: para tener paz y ganas de vivir. Salimos ganando.

Hemos perdido la visión altruista de la existencia y hemos entrado en una lógica comercial: ¿Qué gano con esto? ¿Cuánto más gano, más feliz soy? Hay un plan —o al menos una tendencia cultural— de empequeñecer a las personas, de robarles su grandeza. Me recuerda la primera tentación en el Paraíso: el demonio les promete ser como dioses cuando ya lo eran y no se daban cuenta.

La felicidad, el sentido, la nobleza, aquello que nos hace grandes, no vienen de fuera. No hay que mendigarlos ni comprarlos: hay que extraerlos de nuestro interior. La fe nos recuerda que somos imagen y semejanza de Dios. San Agustín recorrió el mundo buscando sentido, hasta que comprendió que la verdadera alegría estaba dentro, donde Dios nunca había dejado de estar:

“Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo, ni conmigo. Me retenían lejos las cosas. No te veía ni te sentía, ni te echaba de menos. Mostraste tu resplandor y pusiste en fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y respiré y suspiro por Ti. Gusté de Ti, y siento hambre y sed. Me tocaste, y me abraso en tu paz”.

Durante varios domingos escucharemos las parábolas de la viña. En una de ellas, los trabajadores contratados a distintas horas reciben el mismo salario. Los primeros se quejan: han trabajado más, luego deberían recibir más. Es la lógica del asalariado. Pero cuando uno trabaja en lo suyo, cuando lo hace libremente y con gusto, no lleva la cuenta de las horas ni del esfuerzo. Si además disfruta, se recrea en el trabajo bien hecho.

Cuando actuamos en libertad, porque queremos, encontramos sentido. Nos realiza. No necesitamos pago ni reconocimiento externo. La recompensa es el propio crecimiento, la satisfacción interior, el gusto por lo bien hecho y el servicio prestado.

Es cierto que la vida nos conduce por derroteros no deseados, que hay tareas y circunstancias que preferiríamos evitar. Pero la finalidad puede hacerlas más amables. Puedo ver una película que no me gusta si eso hace feliz a mi familia. Puedo sacrificar mi gusto por amor y, al hacerlo, lo hago libremente, por un motivo querido.

El dueño de la viña responde: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Quiero darle a este último igual que a ti. ¿No tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener envidia porque yo soy bueno?”

Las comparaciones y la envidia nos quitan la paz. Nos roban el gusto por lo bien hecho y la satisfacción interior del bien realizado. Cuando entran en el corazón, lo alteran y nos hacen necesitar más que el otro.

La mayoría de los grandes compromisos que asumimos -el matrimonio, la familia, la vocación cristiana, una profesión, la amistad- los adquirimos libremente. No son un peso, sino una elección que nos engrandece y que repercute en bien propio y de los demás. Si vamos a trabajar a la viña es porque queremos, y de ese acuerdo hay que sacar gusto.

Hace poco, un compañero joven me preguntaba qué hacer para que su sacerdocio no se marchite. La respuesta es vivirlo libremente, disfrutando, sin centrarlo en obligaciones y cumplimientos, sino en el amor, sin buscar nada.

Lo mismo en la vida conyugal: si me entrego por amor, es para hacer feliz al otro, no para recibir. Lo que importa es lo que doy, no lo que recibo. El amor es gratuito; lo que se compra es otra cosa.

En nuestra relación con Dios y en todo lo que se refiere a la Iglesia -que nos da a Cristo- no podemos funcionar por obligación. No depende de lo que nos den en la parroquia ni de la homilía del sacerdote. Lo que importa es la cercanía de Dios, su perdón, su palabra. Somos nosotros los que ganamos y los que debemos aportar.

Fuente: eldiadecordoba.es

El Señor es misericordia y perdón

El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En la liturgia de hoy, el Señor, por boca del profeta Isaías, nos da un gran motivo de esperanza, diciéndonos que sus pensamientos no son nuestros pensamientos y que sus caminos no son nuestros caminos (cf. Is 55,8). Sí, los designios de Dios son infinitamente más grandes y, digamos, más “humanos” que aquellos que nosotros, hombres y mujeres marcados por el pecado, podemos concebir y llevar a cabo. Por eso, he aquí el llamado más actual que nunca del profeta: abandonar nuestros caminos torcidos y volver al Señor, que es misericordia y perdón (cf. vv. 6-7).

En el Evangelio, las parábolas de Jesús describen la novedad de lo que Dios tiene reservado para nosotros, pero por lo general también revelan la resistencia que estamos inclinados a objetar a una justicia más generosa y a un amor más grande. Hoy, en particular, escuchamos la historia de los trabajadores llamados a trabajar en la viña (cf. Mt 20,1-16), unos trabajaron todo el día, otros sólo unas horas, y otros desde el atardecer. Pero el punto central de la parábola está en el momento de la retribución, cuando el propietario, cumpliendo con su palabra, les paga según lo acordado a los trabajadores de la primera hora, pero quiere que vean su generosidad y, ante sus ojos, trata a los últimos de la misma manera.

De hecho, hay un detalle que no debemos dejar que pase desapercibido. El propietario le da al administrador una orden precisa que debe seguir: hay que pagar a los trabajadores «empezando por los últimos y acabando por los primeros» (Mt 20,8). La reacción negativa de quienes habían trabajado todo el día se habría podido evitar fácilmente; sin embargo, es intencional, porque la revelación de la bondad de Dios es para todos, no sólo para unos cuantos. Dios tiene caminos diferentes y pensamientos nuevos incluso para aquellos que se consideran los primeros y creen haberse ganado lo que son, haber merecido los resultados que han alcanzado. Todos, por el contrario, ganamos alegría, inteligencia y futuro cuando la ley del amor interrumpe la del cálculo, la experiencia de la misericordia extiende la del mérito, el don de la paz detiene las rivalidades y nos hace cercanos en la gratitud.

Hermanos y hermanas, es una gracia ser colaboradores de Dios, trabajar en su viña, servir a su Reino de justicia y de paz. No hay lugar para la envidia y la división allí donde irrumpe la novedad de Dios. Busquemos, pues, al Señor mientras se deja encontrar; invoquémoslo mientras está cerca; abandonemos los caminos torcidos y los pensamientos inicuos (cf. Is 55,6-7).

Miremos a nuestra Santísima Madre: es una criatura como nosotros, pero está libre de toda mancha; por eso nos ayuda a tener esperanza en Dios y a confiar en su misericordia, para que sus caminos se conviertan en nuestros caminos y sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Con gran preocupación sigo las noticias sobre la crisis humanitaria que está sucediendo en algunas zonas de Somalia, donde algunos episodios de violencia y fenómenos climáticos extremos están haciendo que se agraven las de por sí precarias condiciones de vida de la población, en especial de mujeres y niños. Espero una generosa intervención por parte de la comunidad internacional, de manera que no falte la asistencia necesaria a estos hermanos y hermanas nuestros. 

Y ahora, les dirijo mi saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos.

Doy la bienvenida al obispo y a los fieles de la diócesis de Toruń en Polonia, que están visitando los lugares de los milagros eucarísticos en Italia; así como a las familias provenientes de la diócesis de Spiš en Eslovaquia.

Saludo a los padres jesuitas que inician su nuevo ciclo de estudios en Roma; y al grupo de la parroquia romana de la Sagrada Familia de Nazareth, con la Polisportiva Centocelle y el Oratorio “San José Manyanet”.

Envío mi bendición a la población de Pescantina, cercana a Verona, que hoy se reúne en torno al Monumento a los ex internati, para recordar a cuantos fueron deportados y estuvieron prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. Lo hago para evidenciar que no debemos olvidar, sino aprender de la historia para no volver a caer en los errores del pasado.

Queridos hermanos, les agradezco que hayan venido. ¡Feliz domingo a todos!.

Fuente: vatican.va