18 mayo 2026

Justicia, solidaridad, amor

Ignacio Sánchez Cámara

En algunos casos, desde luego no en todos ni quizá en la mayoría, el origen de las discusiones políticas, jurídicas y morales está en un entendimiento confuso o no compartido de algunos conceptos básicos. Un ejemplo podemos encontrarlo en la confusión entre la justicia, la solidaridad y el amor (o la misericordia, por emplear un término tan noble como olvidado). Y también, por cierto, en la confusión entre política, derecho y moral.

Aquí se trata solo de un esbozo de clarificación, por si sirve de algo. Otra cosa requeriría una extensión mucho mayor. La justicia es una virtud moral que se refiere a la organización de la sociedad y al bien común, y consiste en dar a cada uno lo suyo. Intentar realizarla es competencia de los individuos, los grupos y el Estado. Pero la justicia es solo una parte de la moralidad, vinculada al derecho. No todo lo inmoral debe ser castigado por el Estado. Su fin es la justicia (y esto resulta cada vez más insólito), pero no ir más allá de ella.

La solidaridad, aunque ha ido extendiendo su ámbito hasta incluir aspectos que la rebasan, consiste en hacer propios un problema, sufrimiento, reivindicación o desgracia ajenos. Se aproxima bastante a la compasión. Por ejemplo, las víctimas de una catástrofe, natural o gubernamental, tienen derecho a lo que sea justo, a lo que les corresponde. Y además merecen la solidaridad de los ciudadanos. Pero son cosas distintas. Y solo la primera es competencia del Estado, no la segunda. Reparar los daños en la medida de lo posible es asunto de la justicia. Los ciudadanos que van a ayudar a las víctimas son solidarios. Pero hablar de solidaridad estatal es algo erróneo y pernicioso. «Solidaridad estatal» es una expresión tan extraña como «amor contencioso-administrativo». Las disposiciones de los poderes públicos pueden ser más o menos justas, nunca solidarias.

El amor no es ni justo ni solidario. No da al otro lo que le corresponde, ni es solidario con él. El que ama se sacrifica hasta entregar su vida. No es un acto justo ni solidario. El filósofo Max Scheler consideró que el análisis que había hecho Nietzsche del resentimiento moral era irreprochable, pero atribuirlo a la moral cristiana era un grave error. Mientras en el mundo pagano el amor era un sentimiento del inferior hacia el superior, hacia todo lo bello, fuerte y noble, el amor cristiano sigue la dirección opuesta y se dirige del superior al inferior. Así, ama lo enfermo, lo pobre, lo miserable, lo débil. Esto nada tiene que ver con el resentimiento. Y, por cierto, él presupone jerarquía y desigualdad.

Volviendo a la justicia, si consiste en dar a cada uno lo suyo, no puede consistir en un mero igualitarismo. Porque lo de uno puede no ser igual a lo de otro. La justicia conduce necesariamente a una cierta desigualdad. Don Quijote decía que nadie es más que otro mientras no hace más que otro. No hay justicia sin jerarquía y excelencia.

Todo esto no resuelve quizá los problemas, pero los aclara, lo que no es poco. Un caso ejemplar lo constituye la inmigración ilegal, en el que se mezcla lo que puede haber de justicia, de solidaridad y de amor. En ocasiones, los problemas se resuelven haciendo distinciones. ¿Tienen los mismos derechos los nacionales que los inmigrantes legales y que los ilegales? La pregunta sugiere que estamos hablando de justicia, no de solidaridad o amor. Si se contesta afirmativamente, entonces se considera que no hay distinción entre lo legal y lo ilegal, y se da el mismo tratamiento a lo que jurídicamente es diferente. ¿Y qué pasa entonces con quienes no logran entrar? ¿Cuáles son sus derechos? Uno puede tener derecho a la vivienda, pero quizá no a irrumpir violentamente en la vivienda ajena.

El Estado crece en sus pretensiones totalitarias. Aparte de todas las competencias que ha ido asumiendo en los últimos siglos, ya decide sobre la vida y la muerte (aborto y eutanasia), sobre el ámbito privado y también se atribuye la virtud de la solidaridad. Solo falta que proclame su amor a los ciudadanos, determine lo que estos deben amar y lo que deben odiar. El Estado ya no es solo justo; es también solidario y amoroso. El primer precepto del Decálogo habría que reformularlo así: Amarás al Estado (al Gobierno) sobre todas las cosas.

Fuente: eldebate.com

Retos de una buena comunicación

Juan Luis Selma

El autor explica que la tecnología facilita el acceso a la información, pero no garantiza un conocimiento verdadero ni una comunicación auténtica, y recuerda que las máquinas "no piensan ni aman" y carecen de moral y ética.

Hoy, en el día en que Jesús sube al Cielo, celebra la Iglesia la LX Jornada de las Comunicaciones Sociales. La predicación de Jesús, Cabeza de la Iglesia, se fundamenta en la verdad. Él se manifiesta como Verdad hecha Vida, como Palabra encarnada. Su misión es revelarnos al Padre; así se lo dice a Felipe: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre". Jesús es el gran comunicador por su íntima relación con la verdad —porque es la Verdad— y por su compromiso en mostrarla.

Vivimos rodeados de innumerables inputs, destellos informativos, noticias constantes. Aparentemente, tenemos acceso a todo lo que sucede en el mundo en tiempo real. Pero surgen varias preguntas:

¿Estamos realmente informados?

¿Conocemos lo que pasa?

¿Nos comunicamos de verdad?

¿Accedemos a la verdad o solo a fragmentos?

El Evangelio nos transmite una profunda conversación de Jesús con su Padre: "He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado".

Aquí el Señor nos ofrece una verdadera lección de comunicación.

He manifestado tu nombre: en lenguaje bíblico, significa revelar lo que alguien es. El nombre expresa la esencia, el ser. Jesús comunica al Padre entero, sin ocultar nada: han conocido toda la verdad, no un matiz, no una parte.

Además, lo hace a los suyos, a quienes conoce y pueden entenderle. Les habla en su idioma, en su modo de comprender. Hay empatía, cercanía, encarnación. Y ellos reciben y conocen: la comunicación es completa.

San Josemaría lo resumía con gracia: hacen falta “buenas explicaderas y buenas entendederas”.

Es decir:

1. Buenas explicaderas

La capacidad de transmitir ideas, verdades o enseñanzas con claridad, sencillez y convicción. Supone conocimiento profundo de los hechos, dominio del lenguaje, pasión por la verdad y objetividad. Comunicar hechos y realidades, no opiniones disfrazadas; dejar al margen filias y fobias personales.

2. Buenas entendederas

La disposición interior para comprender, para abrir la mente y el corazón a la verdad, incluso cuando no coincide con lo que querríamos oír. Es dejarse interpelar, permitir que la verdad nos transforme. Apertura.

El papa León XIV, con motivo de esta Jornada, nos ofrece una espléndida reflexión sobre el uso de la inteligencia artificial y sobre cómo aprovechar los avances tecnológicos sin perder libertad ni alejarnos de la verdad. Recomiendo vivamente su lectura.

Comienza afirmando: "El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro… Custodiar rostros y voces humanas significa conservar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitable que surge de la vida y que se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás".

El Papa sostiene que la comunicación debe ser humana, fruto de la libre expresión, de un conocimiento cierto y fundado, que conjugue verdad y corazón en una relación interpersonal. La tecnología no puede robarnos la cabeza ni el corazón.

Advierte también: "Simulando voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, conciencia y responsabilidad, empatía y amistad, los sistemas conocidos como inteligencia artificial no solo interfieren en los ecosistemas informativos, sino que también invaden el nivel más profundo de la comunicación, el de la relación entre las personas".

Por eso no podemos renunciar al pensamiento propio, al juicio personal fruto del estudio y de la reflexión. El ser humano posee un “olfato” para la verdad, una sensibilidad moral que llamamos sindéresis: capacidad natural e innata del intelecto para juzgar rectamente, distinguir el bien del mal y reconocer los primeros principios morales. Es una “chispa de la conciencia” que orienta éticamente y que ninguna máquina puede sustituir.

Las máquinas facilitan, ordenan, procesan datos, pero no piensan ni aman. No tienen moral, ética ni fe. Y los datos que manejan siempre proceden de alguien, con intereses que no siempre son transparentes.

Podemos terminar con este deseo del Papa: "Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica".

Que esta Jornada nos ayude a comunicar como Cristo: con verdad, con claridad, con corazón. Todos necesitamos comunicarnos, relacionarnos. Se suele decir que muchos de los problemas familiares son consecuencia de una mala comunicación. Esto también se puede afirmar de la mayoría de los conflictos sociales.

Fuente: eldiadecordoba.es

17 mayo 2026

Nos atrae también, con Él, hacia la plena comunión con el Padre

El Papa en el Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy, en muchos países del mundo, se celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor.

La imagen de Jesús que —como narra el texto bíblico (cf. Hch 1,1)—, elevándose desde la tierra sube al cielo, puede hacernos percibir este Misterio como un acontecimiento lejano. En realidad, no es así. Nosotros, de hecho, estamos unidos a Jesús como los miembros a la cabeza, en un solo cuerpo, y su ascensión al cielo nos atrae también, con Él, hacia la plena comunión con el Padre. San Agustín decía a este propósito: «El que la cabeza vaya delante es garantía para los miembros» (Sermón 265, 1.2).

Toda la vida de Cristo es un dinamismo ascendente, que abraza y envuelve, a través de su humanidad, todo el escenario del mundo, elevando y redimiendo al hombre de su condición de pecado, llevando luz, perdón y esperanza allí donde había tinieblas, injusticia y desesperación, para llegar a la victoria definitiva de la Pascua, en la que el Hijo de Dios «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida» (Prefacio de Pascua I).

La Ascensión, entonces, no nos muestra una promesa lejana, sino un vínculo vivo, que nos atrae también a nosotros hacia la gloria celestial, ampliando y elevando —ya desde esta vida— nuestro horizonte y acercando cada vez más nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar a la medida del corazón de Dios.

Nosotros conocemos el camino de este itinerario ascendente (cf. Jn 14,1-6). Lo encontramos en Jesús, en la entrega de su vida, en sus ejemplos y en sus enseñanzas, como también vemos sus huellas en la Virgen María y en los santos: aquellos que la Iglesia ofrece como modelo universal y aquellos —como le gustaba decir al Papa Francisco— «de la puerta de al lado» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7), con los que vivimos cada día —papás, mamás, abuelos, personas de todas las edades y condiciones—, que con alegría y compromiso se esfuerzan sinceramente por vivir según el Evangelio.

Con ellos, con su apoyo y gracias a su oración, podemos aprender también nosotros a subir día a día hacia el cielo, haciendo objeto de nuestros pensamientos, como dice san Pablo, “todo lo que es verdadero, justo, amable” (cf. Flp 4,8) y poniendo en práctica, con la ayuda de Dios, lo que hemos «oído y visto» (v. 9), haciendo crecer, en nosotros y en nuestro entorno, la vida divina que recibimos en el bautismo y que nos impulsa constantemente hacia lo alto, hacia el Padre, y difundiendo en el mundo frutos preciosos de comunión y de paz.

Que nos ayude la Virgen María, Reina del Cielo, que en todo momento ilumina y guía nuestro caminar.

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Después del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy se celebra en muchos países la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año he querido dedicar al tema “Custodiar voces y rostros humanos”. En esta época de la inteligencia artificial animo a todos a comprometerse en la promoción de formas de comunicación que sean siempre respetuosas de la verdad del hombre, a la cual se debe orientar toda innovación tecnológica.

De hoy al próximo domingo se llevará a cabo la Semana Laudato si’, dedicada al cuidado de la creación e inspirada en la encíclica del Papa Francisco. En este año jubilar de san Francisco de Asís, recordamos su mensaje de paz con Dios, con los hermanos y con todas las creaturas. Lamentablemente, a causa de las guerras, en estos últimos años se han retrasado mucho los progresos en este ámbito. Por eso, animo a los miembros del movimiento Laudato si’, y a todos los que trabajan por una ecología integral, a renovar este compromiso. Cuidar la paz es cuidar la vida.

Los saludo a todos ustedes, queridos fieles de Roma y peregrinos de distintos países. En particular, doy la bienvenida a algunas bandas musicales provenientes de Alemania, a la confraternidad Sant’Antonu di u Monti de Ajaccio y al grupo de estudiantes de Montana de los Estados Unidos de América.

Saludo a los jóvenes de Oppido Mamertina, a los animadores de Lorenzaga de la diócesis de Concordia-Pordenone y a los jóvenes confirmandos de la diócesis de Génova.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!.

Fuente: vatican.va

14 mayo 2026

Ascención del Señor

Solemnidad de la Ascensión. 

Evangelio (Mt 28,16-20)

Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y en cuanto le vieron le adoraron; pero otros dudaron. Y Jesús se acercó y les dijo:

—Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Comentario

Como broche final a su evangelio, san Mateo incluye el “mandato misionero” con el que Jesús envía a los discípulos a evangelizar y bautizar a todas las gentes, porque todos pueden ya beneficiarse de los frutos de la redención. Y en su última aparición, el Señor, “a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de sus ojos” (Hch 1,9), como narra la primera lectura en la liturgia de la solemnidad de hoy.

El mandato misionero del resucitado no va dirigido solo a los primeros discípulos, sino que es tarea y misión para todos: “A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio”, recordaba san Josemaría.

Y decía también que la mayoría de los cristianos debemos “llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y los senderos de montaña”. San Josemaría invitaba por eso a sentir el mandato misionero en primera persona: “Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” —Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti”.

La fiesta de la Ascensión es una buena ocasión para renovar nuestro afán apostólico y el deseo de llevar almas al cielo, donde Jesús glorioso nos espera y que aprendemos de los primeros discípulos. Ellos se enfrentaban a la difícil tarea de cristianizar el mundo entero, plagado de civilizaciones que aún no conocían el evangelio y de ideologías y obstáculos de todo tipo. Pero lejos de desalentarse, los apóstoles estaban llenos de confianza en Jesús resucitado y victorioso, quien les dijo claramente: “se me ha dado toda potestad en el cielo y la tierra” (v. 18), “y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (v. 20).

Como decía el Papa Francisco, “la Ascensión nos recuerda esta asistencia de Jesús y de su Espíritu que da confianza, da seguridad a nuestro testimonio cristiano en el mundo. Nos desvela por qué existe la Iglesia: la Iglesia existe para anunciar el Evangelio. ¡Solo para eso! Y también, la alegría de la Iglesia es anunciar el Evangelio. La Iglesia somos todos nosotros bautizados. Hoy somos invitados a comprender mejor que Dios nos ha dado la gran dignidad y la responsabilidad de anunciarlo al mundo, de hacerlo accesible a la humanidad. Esta es nuestra dignidad, este es el honor más grande para cada uno de nosotros, ¡de todos los bautizados!”.

Por otro lado, nos dice el evangelio que cuando el Resucitado se mostró a los discípulos, “en cuanto le vieron, lo adoraron” (v. 17). Esta actitud reverencial ante el Señor será también nuestra fuerza en la tarea de la evangelización. Dice santo Tomás de Aquino que “lo que admiran mucho los hombres lo divulgan luego, porque de la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12,34)”. Si sabemos adorar al Señor con devoción y agradecimiento, si le damos al Resucitado el homenaje que merece, nuestro testimonio ante los hombres será más auténtico y eficaz, porque brotará de un corazón lleno de Dios, como el de los primeros discípulos y las santas mujeres.

Fuente: opusdei.org


Afrontar la incertidumbre

 Luis Gutiérrez Rojas

Gestionar las emociones y el autocuidado ante lo desconocido.


En primer lugar, Luis Gutiérrez Rojas nos propone un cierto control emocional. Es importante escuchar al corazón, pero no permitir que esa válvula emocional me domine. Cada uno de nosotros tiene que llevar las riendas. Lo importante es que hoy sabemos, que la cognición y los sentimientos van de la mano, de tal forma que nuestros pensamientos están muy unidos a lo que sentimos.

Negar la realidad es absurdo, pero si podemos tener un cierto control emocional para enfrentarnos a esta difícil situación.

Como docentes, nos dice que es importante tener cierta distancia emocional para poder afrontar y ayudar al alumnado. Además, practicar la escucha activa más que hablar. Siendo nosotros quienes llevamos las riendas de la situación.

En segundo lugar, tomar conciencia sobre nuestros pensamientos y distorsiones cognitivas. En este sentido, Luis Gutiérrez nos propone quitar los pensamientos que nos angustien y poner pensamientos que nos ayudan. La clave para esto es, pensar en los demás. Quien está preocupado en los demás, deja de preocuparse por sus problemas.  Por ello es importante controlar lo que viene de fuera, toda la información que nos genera esa emoción negativa nos va a lleva a pensamientos negativos y eso, en ocasiones, a distorsiones cognitivas que nos hacen convertirnos en profetas del malestar. Tenemos que intentar cambiar esta dinámica y pronosticar el bien.

Para ello nos preguntamos ¿de qué hablamos? ¿en qué pensamos ¿qué decimos? Lo que yo tengo dentro, es lo que yo transmito por ello tenemos que poner el foco en lo positivo.

“Si uno está consumiendo todo el tiempo cosas que le angustian, es imposible que tenga paz”

Las personas con cierto equilibrio emocional se centran en el aquí y el ahora, es imposible predecir el futuro y por ello lo ideal es centrarnos en tener un presente creativo y que se base en ayudar a los demás.


Por último, Gutiérrez Rojas nos da algunas ideas sobre la voluntad y la necesidad de cuidarnos a nosotros mismos para poder cuidar a otros.

Es importante cuidarse sobre todo en momentos de estrés o angustia. Esto pasa por tener un horario donde incluyamos tiempo para todo (trabajo, descanso, ocio, deporte…). De esta manera evitaremos entrar en bucle y estar pensando todo el rato en lo mismo, de ahí la importancia de desconectar.

Otro aspecto esencial es distanciarse, no llevarse los problemas del trabajo a casa para tener un buen descanso y desconexión.

Además, aprovechar esta situación para hacer cosas que nos gusten con los nuestros, la situación es mala, pero intentemos ver algo bueno, como, por ejemplo, mejorar la relación con los demás, pasar más tiempo en familia, hacer cosas que nos gusten o jugar, descansar y desconectar a través del juego.

Aprovechemos esta oportunidad, cuidando nuestros pensamientos, regulando nuestras emociones y centrándonos en cuidar y querer a los demás.

Puede ver su intervención en la II Reunión de Red de Centros Educación Responsable del Curso 2020/21 aquí.

Fuente: educacionresponsable.org

Jesús Higueras: cómo rezar en los malos momentos

Francisco Otamendi

Parece fácil rezar cuando todo va bien. Pero la experiencia dice que nos acordamos más de Dios cuando las cosas van mal. ¿Cómo rezar en estos momentos? El párroco de Caná, Jesús Higueras, lo explica con frases gráficas: “Dios no ha bajado a la Tierra de turista”, o “el sufrimiento no es una maldición”.

“Me acuerdo que en la puerta de una iglesia, preguntaba a una mujer: tú a qué vienes, y ella contestaba: a pedir, a pedir. Que apruebe mi hijo, que se cure esta persona. Casi nadie dijo: vengo a dar gracias”. “Cuando nos visita el misterio del dolor, cuando vienen el sufrimiento y el dolor, uno se pregunta muchas cosas”. 

Así comienza el párroco de Santa María de Caná, Jesús Higueras (Madrid, 1963), una reflexión sobre el sufrimiento, la enfermedad, la contradicción, en una conversación con Mater Mundi TV

.No es de ahora, pero la hemos rescatado, porque estamos ante un asunto capital, del que se hizo eco, por ejemplo, san Juan Pablo II, en el libro ‘Cruzando el umbral de la esperanza’. El Papa polaco respondía a una pregunta del periodista y escritor italiano Vittorio Messori, recién fallecido, que tiene gran similitud a lo que comenta don Jesús Higueras.

Messori ponía sobre la mesa cómo se puede seguir confiando en “Dios, que se supone Padre misericordioso, (…), a la vista del sufrimiento, de la injusticia, de la enfermedad, de la muerte”. Y san Juan Pablo II decía que “el escándalo de la Cruz sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento”. 

¿”Por qué Dios permite este sufrimiento?”

Reflexiona el párroco Jesús Higueras: “¿Por qué Dios siendo Padre y siendo bueno permite este sufrimiento? ¿Por qué si dice que está pendiente de mí, cómo es que a mi hija le ha pasado esto, mi familia se ha roto, o yo me estoy muriendo?”.

“Son momentos en los que te entra miedo e inseguridad, porque has perdido el control de tu vida. Es un momento, además, en el que no eres capaz de soportar el dolor, y es un dolor que te supera con mucho”.

Jesucristo en la cruz se hizo tan solidario de nuestro dolor que llegó a decir: ‘Dios mío, por qué me has abandonado’, como diciendo: me identifico con todos aquellos que en su cruz y en su dolor no sienten cercano a Dios. 

Es la prueba: “eres mi Amigo también en los momentos malos”

Jesús Higueras prosigue: “Hay mucha gente que cuando está sufriendo, dice: es que no sé si rezar me ayuda, porque siento a Dios muy lejos. Es el momento de la prueba. Es el momento de decir: bueno, Señor, no eras mi amigo solo para los momentos buenos, eres mi amigo también para los momentos malos”.

Y pone el ejemplo de una mala temporada, en la que llamamos a un amigo, me desahogo con él, me apoyo en él… “Si yo realmente lo tengo como un amigo, me quiero apoyar en él”.

Jesús experimenta cada gota de dolor humano

Entonces, ¿cómo se reza cuando tú lo estás pasando muy mal en la vida?, pregunta Jesús Higueras, ordenado sacerdote en 1990. 

“A mí, lo que me ha ayudado, y lo que he visto es esto: Jesús lo que hace en la cruz es experimentar en su corazón cada gota de dolor que cada ser humano ha experimentado en la historia de la humanidad. La cruz de Cristo somos nosotros. Si yo sufro, Cristo sufre, si a mí me pegan, a Cristo le pegan…” 

Lo dice el Evangelio: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo, estuve en la cárcel, estuve enfermo…¿Cuándo, Señor? Cada vez que le pasaba esto a…., me estaba pasando a Mí”.

“Jesús, lo que me duele a mí, te duele a Ti, somos compañeros de fatigas”

“La cruz de Jesús somos nosotros”, añade el párroco Higueras. “Por tanto, cuando yo estoy sufriendo…, si yo tengo un tumor, le digo a Jesús, Jesús, este tumor lo tienes tú también, lo que me duele a mí, te duele a Ti, somos compañeros de fatigas.  Sólo me puede comprender aquél que ha pasado por lo mismo que yo. A una madre que ha perdido un hijo sólo le puede comprender otra madre que ha perdido un hijo, a una persona que le deja el amor de su vida.., una persona que tiene una enfermedad que te da mucha sed, sólo te puede comprender otra persona que haya pasado por lo mismo…”.

Quiso experimentar en su carne lo que nosotros experimentamos

“Porque Dios es amor y porque Dios comprende, para comprendernos se hizo humano, y quiso experimentar en su carne lo que nosotros experimentamos. Y claro, cuando sufrimos y miramos a la Cruz, Jesús nos dice, pero vamos a ver, si estoy sufriendo contigo, si lo que te duele a ti, me duele a Mí, lo que te pasa a ti me pasa a Mí, tu dolor es mi dolor, y no es ni más ni menos”. Así reflexiona, reza, Jesús Higueras.

“Dios no ha bajado a la Tierra de turista”

Efectivamente, “te encuentras con un Dios que no ha bajado a la Tierra de turista, para decir, chicos, que os quiero mucho, que cuando vengáis al cielo ya os lo arreglaré todo. Sino que, porque os quiero mucho, bajo a la arena por vosotros, me hago solidario de vuestro destino. 

Si pasas hambre, el hambre que pasas, Yo lo pasaré; si duermes en el suelo, yo dormiré; la comida que te den, la tomaré yo; el dolor que tengas lo tendré yo; tu disgusto será mi disgusto…, “porque todo eso, lo transforma en la Cruz en un espacio de redención y de salvación”.

Amargados por el dolor, algunos se alejan de Dios

Hay personas que el dolor les destruye, les amarga, son personas que la vida se les rompe en mil pedazos, y no saben cómo recogerlos. Y el dolor se convierte en una causa de escándalo y de alejamiento de Dios.

Pero hay otros que “miran al Crucificado, y se ponen a los pies de la Cruz, y miran a Jesucristo, con sangre, con espinas, pero no solamente el dolor del cuerpo de Cristo, sino el dolor del alma de Cristo… Y Cristo experimenta en su corazón cada instante de dolor de cada criatura humana”.

“Si quieres, te puedes convertir en corredentor”

“Entonces encuentras un consuelo, una fortaleza, una razón para tu sufrimiento”, subraya don Jesús. “Porque si quieres, te puedes convertir en corredentor, y por tanto tu sufrimiento ya no es un absurdo, un Dios que se ha olvidado de ti, que se te deja ahí sufriendo porque te ha tocado en la lotería de la vida la bola negra…, sino que Dios te está pidiendo que subas la Cruz con Él, y que ofrezcas ese dolor tuyo unido al suyo. Porque entonces, si lo unes al suyo –esto es un don del Espíritu Santo, no es tan fácil–, pero si te acuerdas de unir tu dolor al suyo, entonces tu dolor se convierte en redentor”.

Cuando uno está con un disgustazo, cuando uno está enfermo, cuando uno está solo, cuando uno no saber qué hacer, va concluyendo el párroco de Çaná, “hay que ir al pie de la Cruz, y decir: Señor, Tú estás ahí por mí, Tú estás pasando lo que paso yo, Tú saliste adelante, y yo, apoyado en Ti, también pienso salir.”.

“No todo termina en la Cruz”. “El sufrimiento no es una maldición”

Las palabras finales de Jesús Higueras resuelven todas las incógnitas. 

“Lo decimos en el Credo: por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y fue crucificado por nuestros pecados. ¡Y resucitado! La esperanza es que no todo termina en la Cruz.

Decía san Pablo, es doctrina segura. ‘Si con Él sufrimos, reinaremos con Él’.

Si Dios permite que en mi vida me golpee el sufrimiento, concluye don Jesús, “es que Dios de algún modo, quiere que ese sufrimiento se convierta en gloria, para mí, y para los que amo: para tus hijos, para tus padres, para tu familia…

“Por tanto, desde que Cristo subió a la Cruz, el sufrimiento no es una maldición. El sufrimiento es un espacio para encontrarse con Dios, y para crecer en el amor”.

Fuente: omnesmag.com


La humildad en la dirección de empresas

Antonio Argandoña

El liderazgo silencioso: por qué la virtud es la clave del éxito directivo

La humildad nos lleva a conocernos como somos (“humildad es andar en verdad”, decía Santa Teresa de Ávila). No deja que nos engañemos resaltando nuestras capacidades y realizaciones, ni subrayando nuestras deficiencias. Nos ayuda a valorar a los demás por lo que son, sin rebajarlos ni ensalzarlos, porque no planteamos las relaciones como una competición que afecta a nuestro ego. Nos abre a la opinión de los otros, que nos ayuda a conocernos mejor. Pensemos en el comportamiento de un directivo humilde en un equipo de trabajo: cómo escucha a los demás (que deben tener algo bueno que decir, ¿no?), cómo sopesa sus opiniones, cómo les anima a aportar, cómo delega, cómo admite sus errores y cómo asume los errores de su equipo, cómo reconoce los méritos de su equipo cuando llegan los éxitos…

Sí, un directivo humilde será, probablemente, un buen directivo. Claro que las vías por las que esto se pone de manifiesto son demasiado personales, de modo que, por ejemplo, no me parece correcto decir que un directivo humilde tendrá mayores beneficios; esto puede ser asi, o no, y la calidad profesional, humana y moral del directivo no depende de la cuenta de resultados. Ni de la opinión de los demás.

En el articulo ofrezco algunas ideas para desarrollar la capacidad de ser humilde. Y llego a una conclusión que siempre me ha parecido importante al tratar de las virtudes: solo el que se atreve a lanzarse a practicarlas entenderá por qué son buenas para él, para los demás, para la empresa y para la sociedad. Mientras uno siga mirando las cotizaciones de la bolsa como criterio de éxito, o mientras uno siga pensando en cómo le valoran los demás como lo más importante para su carrera, más difícil le resultará entender por qué ha de ser humilde. A lo más, buscará aparentar ser humilde… y el fracaso está servido.

Fuente: Blog de Economía, Ética y RSE

13 mayo 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

  El Papa en la Audiencia General

 II. Constitución dogmática Lumen gentium. 9. La Virgen María, modelo de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

El Concilio Vaticano II quiso dedicar el último capítulo de la Constitución dogmática sobre la Iglesia a la Virgen María (cfr Lumen gentium, 52-69). Ella «proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad» (n. 53). Estas palabras nos invitan a comprender cómo en María, que bajo la acción del Espíritu Santo ha acogido y generado al Hijo de Dios hecho carne, se puedan reconocer tanto el modelo, como el miembro excelente y la madre de toda la comunidad eclesial.

Al dejarse moldear por la obra de la Gracia, venida a cumplirse en Ella, y al acoger el don del Altísimo con su fe y su amor virginal, María es el modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser: criatura de la Palabra del Señor y madre de los hijos de Dios, generados en la docilidad a la acción del Espíritu Santo. En cuanto que, además, es la creyente por antonomasia, donde se nos ofrece la forma perfecta de la apertura incondicional al misterio divino en la comunión del pueblo santo de Dios, María es miembro excelente de la comunidad eclesial. En cuanto que, finalmente, genera hijos en el Hijo, amados en el eterno Amado venido entre nosotros, María es madre de toda la Iglesia, que a Ella puede dirigirse con filial confianza, en la certeza de ser escuchada, custodiada y amada.

Se podría expresar el conjunto de estas características de la Virgen María hablando de Ella como de la mujer icono del Misterio. Con el término mujer se evidencia la concreción histórica de esta joven hija de Israel, a quien se le ha dado la extraordinaria experiencia de convertirse en madre del Mesías. Con la expresión icono se subraya que en Ella se cumple el doble movimiento de descenso y ascenso: en Ella resplandecen tanto la elección gratuita por parte de Dios, como el libre consentimiento de la fe en Él. María es por tanto la mujer icono del Misterio, es decir del diseño divino de salvación, en una época oculto y revelado en plenitud en Jesucristo.

El Concilio nos ha dejado una clara enseñanza sobre el lugar reservado a la Virgen María en la obra de la Redención (cfr Lumen gentium, 60-62). Ha recordado que el único Mediador de salvación es Jesucristo (cfr 1 Tm 2,5-6) y que su Madre Santísima «no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder» (LG, 60). Al mismo tiempo, «la Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, […] cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia» (ibid., 61).

En la Virgen María se refleja también el misterio de la Iglesia: en Ella el pueblo de Dios encuentra representado su origen, su modelo y su patria. En la Madre del Señor la Iglesia contempla el propio misterio, no solo porque se reencuentra el modelo de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza esponsal, a la que está llamada, sino también y sobre todo porque reconoce en ella el propio arquetipo, la figura ideal de lo que está llamada a ser.

Como se puede ver, las reflexiones sobre la Virgen María recogidas en la Lumen gentium, nos enseñan a amar a la Iglesia y a servir en ella al cumplimiento del Reino de Dios que está por venir y que se realizará plenamente en la gloria.

Dejémonos pues interpelar por tal modelo sublime que es María, Virgen y Madre, y pidámosle a Ella que nos ayude con su intercesión a responder a cuanto se nos pide a través de su ejemplo: ¿vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia? ¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?

Hermanas y hermanos, el Espíritu Santo, que descendió sobre María e invocado por nosotros con humildad y confianza, nos done vivir plenamente estas realidades maravillosas. Y, después de haber profundizado en la Constitución Lumen gentium, pidamos a la Virgen que nos conceda este don: crezca en todos nosotros el amor por la Santa Madre Iglesia. ¡Así sea!
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Saludo del Santo Padre

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a nuestra Madre Santísima que interceda por nosotros para que, como ella, vivamos con fe humilde, obediente y operante nuestra pertenencia a la Iglesia. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre 

Queridos hermanos y hermanas:

La catequesis de hoy la dedicaremos a meditar en la particular relación que existe entre la Virgen María y la Iglesia, expresada en el último capítulo de la Constitución conciliar Lumen gentium. En efecto, María, dócil a la acción del Espíritu Santo, es el modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser; ella, con su incondicional apertura al misterio divino, es también miembro excelente de la Iglesia, porque es la creyente por antonomasia; y en cuanto a que genera hijos en el Hijo, María es madre de toda la Iglesia, la cual se puede dirigir a ella con confianza filial, y con la certeza de ser escuchada y amada.

La Iglesia, consciente de que el único Mediador del misterio de la salvación es Jesucristo, reconoce que la figura de su Madre Santísima, lejos de oscurecer este misterio, lo ilumina; pues es la Virgen María quien, por un designio divino, con obediencia y con fe cooperó de manera singular en la obra del Salvador (cf. LG 60-61).

Fuente: vatican.va