21 julio 2026

León XIV a los escritores

A través de Vatican News me llega el discurso que el papa León XIV dirigió a un grupo internacional de escritores reunidos en el Vaticano el 24 de junio para conmemorar el centenario de la Librería Editorial Vaticana, fundada en el año 1926. Desearía hacerme eco en esta ocasión de algunas de sus palabras, sencillas y a la vez muy profundas, para quienes nos dedicamos a la tarea de escribir.

El papa comienza agradeciendo la presencia del medio centenar de escritores de diferentes partes del mundo, afirmando que «es un momento oportuno para reflexionar sobre la importancia de los libros y de la escritura: una forma de expresión humana de la que ustedes son, con su variedad de estilos y lenguas, maestros y modelos». Sin duda, todos advertimos que en estos tiempos de IA son cada vez más importantes los escritores creativos y sus libros. De hecho, añade el pontífice a renglón seguido algo que me parece muy importante:

«Escribir, como saben, es un acto de verdad, de revelación, pues revela quién somos, en qué creemos y qué esperamos, el mundo por el que luchamos y el futuro con el que soñamos. En esta búsqueda de la verdad, advertimos que la verdad es sutil y que se nos revela en nuestro diálogo interior con Dios y en nuestro diálogo abierto y respetuoso con nuestros prójimos. Además, «la verdad no es un territorio que haya que defender, sino un bien que hay que compartir» (Magnifica Humanitas, 25). Nunca somos dueños de la verdad; en todo caso, es la verdad la que nos «conquista» a nosotros. Por eso espero que inspiréis a otros a sentirse atraídos por la verdad, porque vosotros mismos os sentís atraídos por ella».

Me ha impresionado esta defensa de la verdad de la escritura y de los escritores, incluidos, por supuesto, los de ficción. ¡Cuántas veces la literatura nos adentra en la intimidad humana y en tantos aspectos de nuestra vida que se escapan a una mera consideración racionalista! Me ha encantado también la afirmación —que aprendí hace años de Joseph Ratzinger en su libro Cooperadores de la verdad— de que no somos dueños de la verdad, sino que más bien es la verdad la que se adueña de nosotros.

Citando aquel «Nada humano me es ajeno» del escritor romano Terencio (185-159 a. de C.) y el «Ver a través de los ojos de otros» del británico C. S. Lewis (1898-1963), el papa defiende que escribir es un acto de humanidad, pues la literatura nos hace ganar una amplitud de perspectiva que ensancha nuestra humanidad. «Desarrollamos —prosigue, citando a Francisco— una empatía imaginativa que nos permite identificarnos con la forma en que los demás ven, experimentan y reaccionan ante la realidad. Sin esa empatía, no puede haber solidaridad, generosidad, compasión ni misericordia». Qué interesante esta defensa de la imaginación literaria que nos hace más humanos, que nos permite ponernos en los zapatos de otros, que nos facilita la comprensión de otras experiencias y de otras maneras de pensar. Así lo describe el papa León:

«Cuando escribes historias y desarrollas a tus personajes, te identificas con ellos; captas sus puntos de vista, sus emociones, sus sentimientos, sus actitudes. Este es el gran campo de entrenamiento de la humanidad que permites que tus lectores experimenten, porque, en cierto sentido, los lectores «viven» muchas vidas además de la suya propia. Esto nos ayuda a descubrir diferentes perspectivas, a evitar considerar nuestras propias opiniones como absolutas y a ir encajando, como en un mosaico, los contornos de esa verdad que siempre nos trasciende».

El papa señala además que cuando el escritor se adentra en las profundidades de la humanidad no está lejos de Dios, pues «Dios se revela a sí mismo en medio de las historias humanas». Termina León XIV su breve discurso reiterando unas palabras de san Pablo VI en la homilía de una misa para artistas el 7 de mayo de 1964: «Os necesitamos. Necesitamos vuestra imaginación, vuestra creatividad narrativa y vuestro vivaz pensamiento. Os necesitamos para crear espacios de libertad y autenticidad, en los que la gracia divina pueda hacer resonar una promesa de consuelo y de paz».

Puedo decir que el texto, en su sencillez y claridad, me ha admirado e impresionado por su defensa de la creatividad literaria como espacio de la genuina libertad y de la mejor humanidad. Frente al automatismo de la IA o frente al lenguaje políticamente correcto, el mundo de la escritura, desde la literatura infantil hasta las más importantes creaciones, es el reino de la libertad y la humanidad: la literatura nos hace más humanos, porque nos acerca a la verdad y porque nos ayuda a llenar de sentido nuestra vida. En una época en la que las máquinas pueden producir textos, la auténtica literatura sigue siendo irreemplazable: nace de una experiencia humana que ninguna tecnología puede sustituir.

Fuente: filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com

20 julio 2026

Hacer equipo

Una reflexión sobre la victoria del trabajo en equipo frente al individualismo, partiendo de las palabras del papa León sobre el fútbol y de las parábolas evangélicas del trigo y la levadura.

Por mucho que lo he intentado, no he podido apartarme de lo que está en boca de todos: el Mundial de fútbol. La verdad es que la selección nos ha llenado de orgullo y espero que nos siga dando alegrías. Y sí, el fútbol tiene algo que ver con la religión. Claro que sí. Seguro que a Jesús le importa mucho y disfruta viéndonos disfrutar.

El papa León, buen deportista, hizo varias referencias al deporte rey en su visita a España. Nos dijo que la vida se juega en equipo. Y de esto me gustaría hablar: vivir la vida como un buen partido, jugando en equipo. No se trata de grandes figuras ni de individualidades, sino de compenetrarse, de contar con todos, de ir todos a una.

Los Evangelios de estos días continúan con las parábolas que nos relata san Mateo. Jesús utiliza este género sencillo para transmitir sus enseñanzas a los sencillos de corazón; quiere llegar a todos. Hoy nos habla del trigo y la cizaña, del grano de mostaza que, al germinar, se transforma en un gran árbol donde anidan los pájaros, y de la levadura que hace fermentar toda la masa.

La cizaña que puede estropear la cosecha es el individualismo, la soberbia que separa y divide a instancias del diablo -el separador. El grano de mostaza nos habla del valor de lo pequeño, de los gestos sencillos. La levadura actúa sin ser vista: oculta, silenciosa, hace que toda la masa crezca, se vuelva esponjosa y agradable para comer.

Trabajar en equipo exige valorar al otro, pensar en él, apostar por él. Hacer del conjunto una unidad, sincronizar todas las piezas para que engranen y la máquina funcione. Lógicamente, el trabajo en cuadrilla pide integrar las individualidades: que todos pongan el hombro sabiendo que son distintos. Unidad, equipo, comunión no son sinónimos de uniformidad. Un buen seleccionador sabe contar con los puntos fuertes de cada uno y los utiliza para suplir las debilidades del otro.

Gracias a Dios, no hace falta ser perfecto ni un genio para hacer equipo. Es más, el problema que tienen algunos es que les sobran figuras. Este tipo de persona necesita que todos trabajen para él; no se aviene con los otros porque se considera demasiado importante.

Vivir la vida en pandilla pide estar unidos, llevarse bien, estar avenidos. Buscar la unidad desde la diversidad. Olvidar que somos un equipo y apostar por la individualidad, por la dispersión, por los derechos individuales entendidos sin referencia al bien común, lleva a la muerte. Iba a decir “muerte pelá”, pero es una muerte metafísica.

Para los griegos, vivir es mantener la armonía entre cuerpo, alma y mundo. La muerte es la disgregación: el cuerpo se separa de sí mismo, las partes dejan de cooperar, la forma se pierde. Aristóteles lo expresa así: el ser vivo es un compuesto de materia y forma; cuando esa unidad se rompe, aparece la muerte. La muerte es, por tanto, pérdida de cohesión ontológica.

Si nos miramos en Dios, que por ser creados por Él somos imagen y semejanza suya, no podemos prescindir del transcendente Unum, de la unidad. Ir por libre, perder la unión con Él y con los demás -algo que tanto pregona la modernidad-, embeberse de individualismo y centrar el motor de la vida en la exigencia de los derechos individuales olvidando el bien común, lleva al suicidio colectivo, a la muerte de la civilización.

“Entonces fueron los criados a decirle al amo: ‘Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?’ Él les dijo: ‘Un enemigo lo ha hecho’”. No olvidemos que hay un enemigo -enemigo también nuestro- que ensalza nuestro ego para separarnos, aislarnos y debilitarnos, haciéndonos creer que nos fortalece y que nos da la felicidad con el señuelo de que así seremos felices.

Es lo que pasa cuando ese diablo se entremete en las relaciones matrimoniales, familiares, de amistad, profesionales o sociales. Un equipo de grandes figuras es un equipo perdedor: sobran individualidades y falta equipo.

Para Byung-Chul Han, la muerte es la desaparición del espacio relacional que sostiene la vida humana. La separación no es solo distancia: es pérdida del mundo compartido. La muerte no es solo el fin biológico, sino la disolución de la unidad: separación del otro, separación de uno mismo, separación del mundo, separación Fuente: eldiadecordoba.es

La entrada del Reino de Dios en la historia

 El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Después de la parábola del sembrador, Jesús sigue hablándole a las multitudes a través de algunas imágenes: el trigo bueno y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura en la harina (cf. Mt 13,24-43).

Se trata de tres pequeñas parábolas que tienen como objetivo evocar la entrada del Reino de Dios en la historia, su acción en la vida de los hombres, la forma en que crece, se expande y transforma el mundo desde dentro. Con estos relatos, Jesús quiere que no caigamos en la tentación de pensar en Dios como una figura poderosa, que se impone por la fuerza, que ocupa el espacio para dominar, que llega de forma triunfal. Por el contrario, Dios prefiere la pequeñez, signo de su amor discreto, que nos deja libres para acogerlo o rechazarlo, que busca abrirse camino incluso en medio de la cizaña, que actúa de forma escondida e invisible como la semilla más pequeña de todas, que fermenta y hace crecer la masa sin hacer ruido.

Hermanos y hermanas, con estas parábolas Jesús nos dice algo importante sobre la forma en que Dios actúa en nuestra vida y en la historia. A veces nos esperamos algo espectacular, deseamos un Dios que intervenga desde lo alto arrancando de inmediato la cizaña del mal. Nos imaginamos a un Dios fuerte y poderoso y, por desgracia, adaptamos también a esta imagen nuestra forma de ser cristianos y de ser Iglesia. En cambio, el Reino de Dios se extiende aún en medio de la cizaña y nos pide una mirada capaz de percibir el bien que brota incluso en la oscuridad del mal, sin juzgarlo todo de inmediato; viene como la más pequeña de las semillas y, por eso, exige la paciencia de saber acompañar los procesos, reconociéndolo en la pequeñez de lo cotidiano y en la sencillez de la vida ordinaria; crece de manera invisible, como la levadura en la harina, y así nos libera del desánimo y nos invita a tener confianza incluso cuando nos parece que Dios está ausente. Porque, en realidad, Él siempre nos acompaña y su amor siempre está actuando en nuestro favor.

Este estilo de Dios debe convertirse también en la forma en que, ya sea como personas individuales o como Iglesia, vivamos la realidad que nos rodea. Estamos llamados a adoptar un estilo evangélico, sin oponernos precipitadamente con juicios arrogantes, sin querernos imponer con el poder y la fuerza, sin perder la confianza en la obra de Dios. Se trata —decía el entonces cardenal Ratzinger— de someternos a la lógica de la semilla, que no es la del éxito ni de la grandeza, sino que nos pide que nos hagamos pequeños y que sirvamos a la vida de las personas (cf. Discurso en el Jubileo de los catequistas y de los profesores de religión, 10 diciembre 2000). De este modo, nosotros mismos llegaremos a ser como una pequeña semilla del Evangelio que germina y como una levadura de amor que transforma la masa del mundo.

Invoquemos a María Santísima, que supo acoger la semilla de la Palabra en su humildad, para que nos sostenga en nuestro camino e interceda por nosotros.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Mientras disfruto de unos días de descanso, renuevo mi saludo y mi agradecimiento a todos ustedes, habitantes de Castel Gandolfo, y doy la bienvenida con alegría a los peregrinos que llegan de todas partes del mundo.

Seguimos observando con inquietud lo que ocurre en diversos países devastados por la guerra y la violencia. No olvidemos a quienes sufren y mueren a causa de los conflictos y, al generoso compromiso por la paz, unamos también nuestra oración constante.

Saludo a la Comunidad Cenacolo de Madre Elvira, reunida en Saluzzo, con ocasión de la Fiesta de la Vida; al Movimiento Familias Nuevas de los Focolares reunidos por la Escuela Internacional; a los estudiantes mexicanos que participan en la APRA Summer School y al grupo de la Catholic Worldview Fellowship.

Así mismo, quiero saludar a los jóvenes adultos miembros del Regnum Christi que participan en el Curso Internacional de Formadores. Y saludo también a quienes forman parte del The Lion Pilgrimage, acompañados por el obispo Anthony Percy, Obispo auxiliar de Sidney, Australia.

Saludo también a las familias y a los niños de la obra de las Hermanas de la Caridad de la Asunción de Roma; a los jóvenes de la parroquia de San Salvador en Jerusalén; al Grupo juvenil de la parroquia de San Agustín de Bovolenta y a los peregrinos de la Academia Litúrgica de Rzeszów.

¡A todos ustedes les deseo un domingo tranquilo!

Fuente: vatican.va 

17 julio 2026

El trigo y la cizaña

16º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 13,24-43)

Jesús les propuso otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo de la casa fueron a decirle: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» Él les dijo: «Algún enemigo lo habrá hecho». Le respondieron los siervos: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero”».

Les propuso otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a hacerse como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas.

Les dijo otra parábola:

— El Reino de los Cielos es como la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.

Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes con parábolas y no les solía hablar nada sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta:

Abriré mi boca con parábolas,

proclamaré las cosas que estaban ocultas

desde la creación del mundo.

Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron:

— Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

Él les respondió:

— El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.

Comentario

La imagen del campo sobre el que se ha dejado caer a manos llenas la buena semilla del Evangelio, pero donde el enemigo ha sembrado cizaña, invita a pensar en la Iglesia, que “abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación -señala el Catecismo-. Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación”.

En efecto, la parábola del trigo y la cizaña plantea el problema de la coexistencia del bien y el mal. “Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena -comentaba san Josemaría-; el señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente– se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”.

Mons. Javier Echevarría invitaba a considerar que “esta realidad ha de movernos a la contrición, al dolor de amor, a la reparación, pero nunca al desaliento o al pesimismo. (…) A la vez, consideremos que ya ahora, en la tierra, el bien es mayor que el mal, la gracia más fuerte que el pecado, aunque su acción resulte a veces menos visible”.

La parábola de Jesús deja claro que el mal no procede de Dios, sino del enemigo, el maligno, que es astuto y siembra el mal en medio del bien, de modo que resulta difícil separarlos con claridad, aunque el justo Juez podrá hacerlo. Ahora bien, no cabe esperar una intervención inmediata para atajar el mal, porque Dios es paciente y misericordioso.

Los servidores están impacientes por arrancar la cizaña, pero “Dios en cambio sabe esperar -comenta el Papa Francisco-. Él mira el ‘campo’ de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren. Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él”.

Dios es paciente porque sabe que incluso el corazón que lleva tiempo manchado por muchos pecados puede cambiar y dar buen fruto. San Agustín, comentando esta parábola, aporta su experiencia de pastor de almas y constata que “muchos primero son cizaña y luego se convierten en trigo”, por lo que se requiere esa saludable paciencia, que no es indiferencia ante el mal: “Si estos, cuando son malos, no fueran tolerados con paciencia, no llegarían al laudable cambio”.

El dueño del campo no confunde el bien con el mal. Sabe qué es saludable y qué es dañino para la salud, pero no permite que sus servidores se precipiten para dar tiempo a la misericordia. Jesús nos enseña a moderar ímpetus a y saber aguardar: lo que es malo puede cambiar a algo bueno. La conversión es posible, y siempre cabe la esperanza de que se producirá.

Fuente: opusdei.org


El sapiens en busca del sentido

Diego S. Garrocho

Desde hace ya demasiados siglos, los seres humanos han sospechado que la vida inmanente no basta. Que todo cuanto nos toca vivir debiera responder, de algún modo, a un último propósito desde el que reconstruir lo que hemos hecho y lo que nos ha pasado. Esa pregunta antigua, a la que la historia le prestó distintas fórmulas, no es otra cosa que la pregunta por el sentido.

El mundo siempre decepciona. Salvo, quizá, a los muy afortunados, la circunstancia en la que nos encontramos arrojados todos los seres humanos nos condena a un cierto extrañamiento. Y aunque en cualquier biografía existan momentos dichosos, hay una sospecha trágica en toda existencia. Nacimos sin que nadie nos lo preguntara y descubrimos la vida con la misma sorpresa con la que un bebé indefenso repara en sus propias manos. Tocamos, comemos y sentimos, en primer lugar, todas las cosas que nos quedan cerca. Pero, por fortuna, también somos capaces de levantar la barbilla y de mirar más allá.

En no pocas ocasiones, cuando la vista ya no alcanza, somos también capaces de imaginar algo distinto de esta realidad precaria a la que un día fuimos lanzados. A veces, incluso, podemos ser felices. Pero incluso en esos instantes, desde hace ya demasiados siglos, los seres humanos han sospechado que la vida inmanente no basta. Que la realidad no se agota en la precaria proximidad y que todo cuanto nos toca vivir debiera responder, de algún modo, a un último propósito desde el que reconstruir lo que hemos hecho y lo que nos ha pasado. Esa pregunta antigua, a la que la historia le prestó distintas fórmulas, no es otra cosa que la pregunta por el sentido.

Los mejores conceptos filosóficos son los que también aparecen en el lenguaje ordinario. Por el sentido no solo se preocuparon los clásicos o los dolientes filósofos del siglo XX. De ahí que cualquier persona sencilla haya experimentado la urgencia de tener que darle, o buscarle, un sentido a no pocas experiencias de su vida. Por fortuna, el lenguaje siempre nos delata y a veces dice más de lo que quisiéramos. En castellano decimos que las cosas «tienen sentido», pero en inglés ese mismo sentido es consecuencia de una producción: It makes sense. Ni siquiera habría que elegir. El sentido se descubre, se hace, se produce, se da y sobre todo se añora. Porque si insistimos en interrogarnos por el significado de nuestra existencia, es porque barruntamos que nuestra vida no se agota en el aquí y en el ahora. Que el mundo nos decepcione nos obliga a sospechar que quizá hubo un día en el que conocimos otra realidad más justa, más saludable, más bella o verdadera. Si podemos defraudarnos con el presente, es porque en otro tiempo conocimos otra realidad. Platón estaba convencido de ello y por eso identificó el conocimiento con el recuerdo. Borracho de estilo, y quién sabe si de melancolía, Albert Camus lo dijo de una forma mucho más eficaz: «El pensamiento de un hombre es, ante todo, su nostalgia».

Si insistimos en interrogarnos por el significado de nuestra existencia es porque barruntamos que nuestra vida no se agota en el aquí y el ahora

Pero ¿qué es ese sentido que añoramos, que buscamos y que incluso a veces inventamos? De nuevo, el lenguaje vulgar nos brinda una pista del todo reveladora. Un sentido es un rumbo, una flecha, la señal que indica una dirección y que nos recuerda que todo, también este presente, debe llevarnos a otro sitio. El sentido es una invocación de la esperanza y del destino. Es un rumbo que se traza desde el presente precario hacia un futuro en el que, ojalá, nos llegue algún tipo de revelación o de explicación para todo lo ocurrido. Es una misión íntima con la que trascender la circunstancia propia, en la confianza de que al final de nuestros días habrá algo que nos permita resolver que la vida valió la pena. Esta expresión es también una bendición, pues nos recuerda que la pena, la tristeza y el dolor tienen un valor y, sobre todo, un significado.

Sabemos con certeza que la vida tiene un final. La muerte de cada uno de nuestros seres queridos lo demuestra. Lo que no siempre constatamos con la misma seguridad es que la vida pueda tener algo parecido a una finalidad. Durante siglos, el linaje familiar, el determinismo laboral o incluso la identidad religiosa brindaron una misión para cada biografía. La conquista de la libertad acarreó consigo una dificultad añadida y convirtió cada vida en un auténtico desafío. La libertad es un don, pero es también una responsabilidad y a veces —Sartre, con perdón— casi una condena. T. S. Eliot recordaba que en todo principio está implícito el final, pero al independizarnos del origen —de la familia, del Dios perdido, de la tradición, de las costumbres— se nos abrió un espectro de posibilidades que nos impidió vivir con rumbo cierto. No es lo mismo, pese a todo, no ser capaces de encontrarle un sentido a la existencia que renunciar a la búsqueda.

Somos, entre otras muchas cosas, animales ávidos de razones, de causas y de explicaciones

Volviendo al lenguaje, es sintomático que tantas veces se confunda el sentido con el significado. Acaso merezca la pena recordar que el significado de algo es, en muchas ocasiones, su propio sentido. Las palabras no se agotan en el trazo de sus letras ni en el sonido de sus fonemas. El significado es siempre una forma de trascendencia, la superación del acontecimiento material e inmanente de un término. Por este motivo, cada vez que leemos la palabra justicia o la palabra verdad no nos conformamos con acoger un conjunto de letras, sino que nos vemos forzados a pensar en todas las cosas que son justas o verdaderas.

Pero la vida casi nunca es justa. Como no lo es el dolor de un inocente ni la desgracia inmerecida. De ahí que sea en el sufrimiento donde más apremie la necesidad de encontrarle un sentido a la existencia. Somos, entre otras muchas cosas, animales ávidos de razones, de causas y de explicaciones. Por eso no podemos conformarnos con vivir, con experimentar el daño o el tedio, y necesitamos buscar siempre alguna suerte de culpable o, cuando no, algún tipo de justificación. La injusticia sin razones es siempre una desgracia agravada, de ahí que volvamos a implorar esa dimensión trascendente que nos permita justificar que lo que ahora nos resulta incomprensible pueda tener, esta vez sí, algún tipo de sentido.

Es posible que no exista un único sentido de la vida y que a cada ser humano le haya sido dada una verdad que revelar o algo que proteger y custodiar

No es casual que la búsqueda del sentido se apure en los contextos más críticos de la humanidad. Rescatamos antes una cita de Camus del año 1942, y en esa misma década, cuatro años después, Viktor Frankl publicó el célebre ensayo que resume nuestro tema de portada. El hombre en busca de sentido es un testimonio íntimo en el que el psiquiatra austríaco describe su experiencia en los campos de exterminio nazi. Ateridos por el frío y la incertidumbre, expuestos a los castigos de sus verdugos y extenuados por el trabajo forzado y la conciencia de una muerte inminente, aquellos hombres se vieron obligados a encontrar un sentido para la vida. La extrema crueldad a la que fueron sometidos no consiguió arrancar —o al menos no siempre— un último reducto de libertad espiritual con el que enfrentar el peor dolor imaginable. También en Auschwitz, Mauthausen o Dachau los seres humanos sintieron la necesidad de rebasar su inaceptable circunstancia para darle algún significado.

Aquella vivencia radical y, en el fondo, un consenso discreto entre todos los genios filosóficos, literarios y espirituales que se han interrogado por el sentido nos enseñan que la vida solo puede explicarse por algo distinto de sí misma. A falta de resolver si el sentido de la existencia se descubre o se inventa, parece claro que nuestra misión siempre estará fuera de nosotros mismos. Explicar la vida desde la vida es un intento tan vano como el del barón de Munchausen, que intentó evitar su hundimiento en un pantano tirando de su propia coleta. El sentido de la vida radica en aquellas cosas por las que estaríamos dispuestos a perderla.

Ese sentido, con todo, no suelen encontrarlo los intelectuales tristes ni la melancolía filosófica. A veces hay destellos de lucidez en las inteligencias superlativas, pero las más de las veces son las personas más sencillas y humildes quienes han desarrollado la bondad y la claridad suficientes para trascender el mundo. Frente a las doctrinas que insisten en el autocuidado y la conquista de triunfos materiales, las vidas logradas suelen conquistar el sentido desde lugares más ciertos y trascendentes.

Es posible que no exista un único sentido de la vida y que a cada ser humano le haya sido dada una verdad que revelar o algo que proteger y custodiar. Hay quien vive toda una vida para escribir un verso, para crear una familia o para cuidar a una persona. En todos estos casos el amor funciona como una premisa indiscutible. Los clásicos hablaron del amor fati, el amor al destino. Pero es, quizá, el amor a los otros lo único que pueda salvarnos de una realidad insuficiente. La vida con sentido es una vida con misión. No en balde, etimológicamente, missio proviene de mittere: estar lanzado, enviado, arrojado. El existencialismo y su pesimismo burgués nos imaginó arrojados al mundo. Pero quizá la pregunta no sea tanto por qué fuimos lanzados, sino hacia quién. Porque si la misión implica un envío, todo envío supone un destino. Y ese destino, las más de las veces, no es más que tener a alguien a quien amar por encima de nosotros mismos.

Fuente: ethic.es

«Si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia»

Eloy Asenjo Carpintero

La lectura de Un corresponsal en el frío, el libro de memorias de Ricardo Estarriol, ofrece una lúcida ventana al corazón de los países del telón de acero durante la Guerra Fría. Entre sus páginas, destaca con fuerza una entrevista al físico y disidente soviético Andréi Sájarov, premio Nobel de la Paz en 1975. Al ser preguntado sobre si se consideraba un político, Sájarov respondió con una claridad meridiana que cala hondo en nuestra sensibilidad contemporánea: «Mire: los problemas de nuestro país no son problemas políticos; aquí tenemos que luchar por los valores, por la moral: decir la verdad clara, por ejemplo, es muy importante para cambiar a nuestra gente».

Esta reflexión, formulada hace décadas bajo el yugo de un régimen totalitario, resuena hoy con una alarmante vigencia en nuestro autodenominado «mundo occidental». Habitamos un escenario cada vez más polarizado y polarizante, donde la palabra escrita y hablada parece haber perdido su función de puente para convertirse en trinchera. El diagnóstico de Sájarov es perfectamente extrapolable a nuestra realidad: la crisis profunda de Occidente no es un mero conflicto de siglas, estrategias o partidos políticos; es, fundamentalmente, un desafío moral.

Salir de esta espiral destructiva, que erosiona el bien común a pasos agigantados, exige el coraje de rescatar la verdad desnuda y pronunciarla sin ambages.

Este panorama me evoca la carta encíclica del Papa León XIV, Magnifica humanitas, un texto que nos insta de manera apremiante a «construir la civilización del amor». Lejos de pretender un exhaustivo desglose teológico, resulta sumamente sugerente recorrer sus principales ejes conceptuales para iluminar el laberinto político y social en el que nos encontramos.

En primer lugar, el texto pontificio nos recuerda que «todos podemos dar nuestro aporte». Con frecuencia caemos en la tentación de delegar la regeneración social en quienes ostentan el poder público, asumiendo de forma derrotista que las grandes dinámicas nos sobrepasan. La encíclica tacha esta actitud como «una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo», y recurre de manera brillante a J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos».

Para lograrlo, el primer campo de batalla es el lenguaje: es imperativo «desarmar las palabras» para poder desarmar la tierra. El poder de la palabra y de la imagen en la era digital es colosal. Quienes nos dedicamos a la educación, a la comunicación o a la política arrastramos la grave responsabilidad de hacer un examen de conciencia sobre la agresividad —abierta o encubierta— y los prejuicios que impregnan nuestros discursos. De la templanza de nuestra lengua depende que edifiquemos el bien común o alimentemos la hoguera de la discordia.

Asimismo, la paz verdadera no equivale a la mera ausencia de conflicto o al silencio impuesto a cualquier precio; la paz nace indefectiblemente de la justicia. Como recordaba san Agustín en sus Comentarios a los Salmos, no se puede pretender la paz interior ni social desoyendo los mandatos éticos elementales: no robar, no calumniar, no hacer al otro lo que no desearías para ti. «¿Quieres encontrarte en paz? Practica la justicia», sentenciaba el santo de Hipona.

Esta justicia exige también «asumir la mirada de las víctimas». Ante determinados atropellos a la dignidad humana, la neutralidad no es una opción justa ni una muestra de prudencia, sino una forma de complicidad implícita. Escuchar y dar voz a quienes sufren es el único antídoto contra la normalización de la violencia y el conflicto. Esta es la auténtica memoria histórica: una que aprende con dolor de los errores pretéritos para gritar a favor de la concordia, en lugar de instrumentalizar el pasado como preludio de nuevos agravios.

Frente a la polarización que simplifica el mundo entre «buenos y malos» o «amigos y enemigos», se vuelve urgente «cultivar un sano realismo» que esquive tanto el idealismo utópico como el cinismo estéril, males oncológicos que destruyen el tejido democrático. Este realismo es el que permite «relanzar el diálogo», huyendo del maniqueísmo que etiqueta al adversario para negarle la escucha. Urge transitar de la estéril «cultura del poder» e imposición a una «cultura de la negociación» y el encuentro, una asignatura clamorosamente pendiente tanto en la España actual como en el resto de Occidente.

Finalmente, la encíclica subraya la necesidad de la diplomacia y el multilateralismo frente a las lógicas de la comunicación impulsiva y las retóricas inflamadas. El diálogo es imprescindible incluso con los actores más incómodos; una tarea que demanda dosis heroicas de humildad, paciencia y una mirada de misericordia capaz de poner la dignidad humana por encima de las trincheras ideológicas. Es una invitación que, para los creyentes, se corona con la llamada a «orar y esperar», reconociendo con esperanza que la paz definitiva es un don que nos trasciende.

Es indudable que la escala de estos desafíos puede abrumarnos. Sin embargo, el núcleo de la transformación social no reside en las cancillerías internacionales, sino en la micro política de nuestra cotidianidad. Es en la familia, en la comunidad de vecinos, en el entorno laboral y en el círculo de amistades donde se decide la suerte de nuestra civilización. Si somos capaces de sembrar justicia, verdad y palabra desarmada en nuestro metro cuadrado, la sociedad cambiará por añadidura.

Lo resumió con insuperable sabiduría Santa Teresa de Calcuta: «Si quieres cambiar el mundo, ve a casa y ama a tu familia». El destino de Occidente comienza hoy en nuestro propio hogar.

Fuente: eldebate.com

16 julio 2026

Luis de la Fuente, el seleccionador que desmiente a Marx y Nietzsche

Javier García Herrería

El seleccionador español se ha convertido en un católico del que -perdónenme el atrevimiento- da gusto presumir.

Siempre existe un riesgo cuando un personaje público habla de su fe: el de convertirlo, casi sin querer, en icono a canonizar, en modelo idealizado al que aplaudimos más por su fama que por su ejemplo real. Conviene ser prudentes con eso. Pero en el caso de Luis de la Fuente, uno puede quitarse el sombrero con tranquilidad, porque lo que sostiene el aplauso no es solo la anécdota mediática, sino una tríada poco frecuente: doctrina bien entendida, virtudes humanas sólidas y prestigio profesional ganado a pulso.

Esta semana, en una rueda de prensa, dejó claro que su vida de oración no depende del calendario deportivo: «Rezo todos los días, pero no porque esté en un Mundial», explicó, dejando claro que tampoco espera que eso le garantice ningún resultado. 

«Doy gracias todos los días, cada día que me levanto», dijo, por el simple hecho de encontrarse bien y tener, según sus palabras, un día más para disfrutar de la vida. Es una teología sin pretensiones, la de quien agradece antes de pedir, y que entiende la fe como reconocimiento y no como transacción.

Preguntado por lo que le pide a Dios antes de un partido decisivo, respondió que «sería injusto pedirle a Dios que me ayude a mí y no al rival». En un deporte que normaliza suplicar la victoria propia como si el cielo tuviera colores de camiseta, esa frase es, sencillamente, buena doctrina: Dios no es el duodécimo jugador de nadie. Lo único que pide para sí De la Fuente es más discreto —«pido salud, especialmente, y que me dé opciones para seguir peleando»— porque el resto entiende que se gana en el campo.

Ahí es donde el discurso de De la Fuente se distancia, sin proponérselo, de la sospecha con la que Marx y Nietzsche miraban a los creyentes. Para el primero, la religión era ante todo un consuelo interesado, un analgésico que el débil se administraba para sobrellevar la injusticia terrena sin cambiarla; para el segundo, la fe del hombre común escondía una forma de sacar una compensación ante la propia debilidad. 

En ambos casos, creer se reducía a una utilidad disfrazada: se reza porque conviene, porque alivia o porque desquita. De la Fuente hace justo lo contrario cuando explica que sería injusto pedir ventaja sobre el rival y que su oración no busca ningún resultado a cambio. Su fe no funciona como herramienta que le reporte un beneficio, sino como gratitud que no necesita retorno, lo cual desmonta, al menos en su caso, la caricatura utilitarista que ambos pensadores proyectaron sobre el creyente medio.

No hace falta canonizar a nadie para reconocer lo evidente: aquí hay un católico coherente, trabajador y sencillo, que no teme dar testimonio de lo que cree. Un católico del que da gusto presumir. Y eso, gane o pierda España la final, ya es un ejemplo que vale la pena señalar.

Fuente: omnesmag.com

15 julio 2026

Los invisibles tatuajes del corazón

José Antonio García-Prieto Segura


“Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

              De nuevo traigo a colación los tatuajes que frecuentemente vemos por todas partes. Hoy vuelven a mi memoria por algo que me sucedió hace un año exactamente. Era el 16 de julio y había publicado un artículo que titulé: “Virgen del Carmen: Estrella del mar y luz de esperanza”. Además de su difusión personalizada en mis redes de amigos, al salir a la calle llevaba algunas copias impresas para otros que no acceden a internet.

Tomé un autobús y, ¡cuál no sería mi sorpresa!, que subió junto a mí una persona de mediana edad en cuyo antebrazo llevaba un vistoso tatuaje Representaba un corazón entre olas y atravesándolo de parte a parte, una cinta con esta inscripción y letras todas en mayúscula: “MARÍA DEL MAR”. No daba crédito a lo que veían mis ojos. Nos sentamos juntos y no pude menos que comentarle mi asombro. Le enseñé el artículo que acababa de publicar y amablemente le pregunté por esa curiosa coincidencia con su tatuaje porque, al parecer, nos referíamos a la misma persona. Yo, hablando del amor a la Virgen María, patrona de la gente del mar en su advocación de El Carmen, y él, según me confió con toda sencillez, llevaba aquel tatuaje por su madre. Se llamaba María del Mar y había grabado su nombre como muestra de cariño. Espontáneamente le regalé un ejemplar del artículo y él me permitió hacer una foto de su tatuaje.

El amor de una madre de la tierra y el de una Madre del Cielo, se dieron cita inesperada en el autobús. Y es que el latir trascendente con que el Creador ha sellado nuestro corazón y todas las realidades terrenas, a modo de tatuaje invisible, hace que se den esas sencillas armonías. En este caso, fue la nota sinfónica del amor por las madres, la que originó y estuvo presente en semejante coincidencia. Comprobé una vez más que todo lo humano limpio enlaza con lo divino.

Se comprende por eso que Jesucristo para hablarnos de las excelsas realidades del Reino celestial -del amor divino al que nos llama-, tome como apoyo de sus parábolas tantas realidades de esta vida que implican y apuntan a una trascendencia: desde la eficacia oculta en un granito de trigo para transformarse en espiga granada si muere al ser sembrado, hasta el gozo de los invitados a las bodas del hijo de un rey del que habla en otra parábola. Ahora, recordaré la huella capital que el amor de Dios ha dejado impresa en el corazón de toda persona. Aquella realidad que expresó san Agustín con su célebre pensamiento: “Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confes. I, 1).

          El anhelo de felicidad que todos experimentamos y que late en nuestro corazón, responde a la sed de amor que Dios ha impreso en toda persona al crear su alma inmortal. Vendría a ser como un tatuaje divino invisible. Muchos antiguos tatuajes se debían al deseo de señalizar con esa marca en la piel, la pertenencia de esa persona a quien había ordenado el tatuaje. Era como un signo de propiedad. Esto es completamente inadmisible entre las personas porque repugna a su dignidad; de ahí que estuvieran prohibidos en el pueblo de Dios porque obedecían a prácticas paganas. Como leemos en el Lv 19, 28: “No os haréis incisiones en vuestra carne, ni imprimiréis en ella figura alguna”.

          Por el contrario, cuando la dignidad de toda persona se asienta, como así es, en el amor creador de Dios, bien podemos decir que le pertenecemos como fruto de su amor. Somos tan suyos que el profeta Isaías pone en labios de Dios estas palabras: “Mira: te he grabado en las palmas de mis manos” (Is 49, 16). Estaban dirigidas al pueblo escogido, pero son aplicables a cada persona; y de modo más pleno todavía al cristiano. Las manos de Dios Padre que metafóricamente se refieren a su Hijo y a su Espíritu, son el medio por el que con su amor nos abraza de modo inefable en el bautismo. En este sacramento Dios Padre imprime la imagen divina de su Hijo eterno, sellándola en todo nuestro ser con el amor del Espíritu.

          En todo bautizado es tan impresionante esa pertenencia a Dios por el tatuaje espiritual y divino, que san Pablo escribe a los primeros cristianos: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (…) ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo” (1Co 6, 15.19.20).

En nuestros días, san Juan Pablo II recogerá el lenguaje metafórico de Isaías y el teológico de san Pablo para decir a todos, aunque lo hiciera a través de los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud: “Queridos jóvenes, Dios os ha amado primero, acoged su amor. Permaneced firmes en esta certeza, la única que da sentido, fuerza y alegría a la vida (…) Ha tatuado vuestro nombre en las palmas de sus manos (cf. Is 49, 16)” (Jornada Mundial de la Juventud, 6-I-1999). Somos, pues, seres sellados por su Espíritu y en su Hijo.

Para cerrar estas reflexiones vuelvo al encuentro con mi compañero del autobús y su tatuaje. Al margen de gustos estéticos sobre esta práctica, cuando los motivos de fondo para llevarlos son fruto y expresión de nobles razones, bien cabe su alabanza. En el caso de los cristianos y en un nivel superior, los tatuajes espirituales que llevamos piden que los manifestemos a las claras y sin temor. No con incisiones epidérmicas, sino como escribe san Pablo: glorificando a Dios con una conducta que muestre que somos suyos.

A fin de cuentas, se trata de manifestar con hechos las luces divinas con que el Padre nos ha tatuado, y poner en práctica el mandato de Jesús: “Brille así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).        

Fuente: elconfidencialdigital.com