22 junio 2026

Sin miedo a la verdad

Juan Luis Selma

El discurso sobre la verdad está cada vez más ausente en nuestra sociedad. Podría decirse que los hechos han dejado de interesar en la conversación pública. La verdad ya no es el suelo firme sobre el que apoyarnos: preferimos el relato, las impresiones, lo que sentimos. Antes se zanjaba una conversación con un “no me vengas con cuentos” cuando algo no era cierto; ahora cada uno se construye su propio relato.

“Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas polarizantes de vuestra realidad social”, nos dijo León XIV nada más llegar a España. El tema de la verdad ha estado presente, de modo transversal, en casi todas sus intervenciones.

La posverdad describe un escenario en el que los hechos objetivos pesan menos que las emociones, los intereses o las narrativas que refuerzan lo que ya creemos. Esto erosiona la percepción de la realidad, debilita la responsabilidad moral y facilita la manipulación social.

Desde pequeños se nos educaba en la sinceridad. Nada peor que un mentiroso, y así lo reflejaba la sabiduría popular: “Antes se coge al mentiroso que al cojo”; “La verdad siempre sale a la luz”; “La verdad por delante, aunque duela”; “Con la verdad se llega a todas partes”. Además, la valentía de decir la verdad y reconocer lo que habíamos hecho mal era recompensada. Un buen maestro no decía que quien confesaba la verdad no sería castigado. En el plano moral, san Juan recoge una de las mejores enseñanzas de Jesús: “La verdad os hará libres.”

Dice el Evangelio: “No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea”.

Otro refrán afirma: “La verdad y el tiempo, a la larga, se encuentran”. Y también: “El tiempo todo lo descubre”. Este último es breve pero potentísimo: expresa una intuición universal. La verdad, tarde o temprano, acaba saliendo a la luz, aunque alguien intente ocultarla, maquillarla o negarla. Jesús, que se presenta a sí mismo como la Verdad, nos habla del Juicio Universal: el momento —al final de los tiempos— en que Cristo resucitado se manifestará como Señor de la historia y juzgará públicamente a todos los seres humanos, revelando la verdad de cada vida y la victoria definitiva del bien.

En un mundo donde tantas veces triunfan la apariencia, la mentira o la injusticia, Dios nos asegura que la historia no quedará sin sentido. Llegará un día en que todo será iluminado por la mirada de Cristo, una mirada que no humilla, sino que revela y sana. Una mirada auténtica en la que lo conoceremos todo. Qué buen espectáculo será.

La verdad tiene sus ventajas. Lo real es auténtico, sólido y consistente. Nadie puede saciar su hambre con un bocadillo soñado, pensado o deseado: el que alimenta es el real.

No podemos tener miedo a la verdad de nuestra propia historia. Es importante conocernos en profundidad y reconocer por qué hacemos las cosas. Hoy me decía un amigo que, tras años buscando tener descendencia y acudir a muchas clínicas, lamentablemente intuyeron que a algunas les interesaba más el dinero que su problema.

Los seres humanos tenemos inteligencia, y esta nos permite reconocer la realidad de las cosas. Cuando estamos rodeados de falsedad, de ensoñamientos o de ilusionismo, nos apartamos de lo que es y aparece la frustración, el engaño, la sensación de vivir en una atmósfera viciada que nos impide respirar. Por eso nos cuesta tomar decisiones, comprometernos, esforzarnos: en el fondo sabemos que por eso no vale la pena luchar.

Lamentablemente, podemos amar de mentira, trabajar en algo que no nos aporta nada, mantener posturas que no nos convencen. Cuando todo es ficción y apariencia, faltan motivos para vivir. No amamos.

Decía san Juan Pablo II: “¡No tengáis miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo conoce! Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues —os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza—, permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo Él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!”.

Fuente: eldiadecordoba.es

21 junio 2026

Transmitir a otros lo que hemos contemplado

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 10,26-33) Jesús, al enviar a los discípulos a la misión, les dirige esta exhortación: «Lo que les digo en la oscuridad, díganlo a la luz, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde la azotea» (v. 27).

Establece una relación entre lo que escuchamos “al oído”, es decir, en lo secreto del corazón, y lo que estamos llamados a proclamar a todos, recordándonos que el anuncio del Evangelio es ante todo compartir un encuentro personal con Él, único para cada quien.

La fuerza del apostolado, más allá de las técnicas y los instrumentos, se basa en la obra del Espíritu Santo en nosotros y en la autenticidad de nuestra respuesta. Santo Tomás de Aquino hablaba de la predicación como la transmisión a otros de lo que hemos contemplado: “contemplata aliis tradere” (cf. Summa Theologiae, III, q. 40, a. 1, ad 2).

Sin embargo, no hay que pensar en el “contemplar” como una experiencia exclusiva, reservada a algunos santos o a los monjes y a los ermitaños. Todos podemos hacerlo, esforzándonos por dedicar, entre los compromisos de cada día, momentos de quietud para permanecer en silencio ante Dios, escuchar su voz, encomendarle nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, y revisar con Él nuestra vida. Esto nos hace, cada vez más, personas de fe sólida y consciente, y por consiguiente apóstoles creíbles y libres, hombres y mujeres capaces de reflejar la luz del Evangelio en todos los ambientes y en todas las situaciones de la vida, testimoniándolo también allí donde su valor no es comprendido ni es aceptado.

San Mateo —autor del pasaje bíblico al que nos referimos—escribía para comunidades que no tenían una vida fácil. Debían afrontar hostilidad y persecuciones, como sucede aún hoy a muchos cristianos en tantos lugares de la tierra, y además había una gran tentación de desanimarse y dejarse vencer por el cansancio o el miedo.

Tanto hoy como ayer, es difícil permanecer fieles a las enseñanzas de Jesús y anunciar su Palabra: responder al odio con el amor, a la prepotencia con la mansedumbre, al desánimo con la perseverancia. Por eso es necesario que profundicemos en las raíces de nuestra fe y de nuestra misión en una relación intensa con Él (cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 8). Esto nos da la fuerza para no rendirnos y seguir transmitiendo a todos, en cualquier circunstancia, su mensaje de esperanza, de amor y de paz. ¡Al mundo le hace mucha falta!

Que la Virgen María nos ayude a ser discípulos misioneros del Señor Jesús, cada uno conforme a su propia vocación.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer se celebró el Día Mundial de los Refugiados, promovido por las Naciones Unidas, conmemorando el 75 aniversario de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que fue establecida con el fin de proteger a quienes son perseguidos y se ven obligados a abandonar su tierra, su hogar y su familia. Espero que el espíritu que inspiró la elaboración de este importante instrumento internacional siga iluminando hoy en día las conciencias de los responsables de las naciones. Nadie puede mirar hacia otro lado ante quienes buscan protección y seguridad. Exhorto a todos, además, a acoger a quienes son víctimas de persecución, para que puedan vivir en paz, con dignidad, y mirar al futuro con esperanza.

Quisiera saludar a los miembros del Diálogo Internacional Católico-Pentecostal. “La Iglesia cree como ora”, y reflexionar juntos sobre el principio «lex orandi, lex credendi» resulta especialmente relevante en la actualidad.

Saludo con afecto a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos procedentes de distintos países.

Pensando en los peregrinos que han venido de Brasil, les aseguro mis oraciones por los jóvenes que fallecieron hace unos días en un accidente vial en el estado de Ceará.

Saludo a los jóvenes confirmandos de dos parroquias de Ozieri, en Cerdeña.

¡Feliz domingo para todos!

Fuente: vatican.va

19 junio 2026

No tengáis miedo

Domingo 12.º del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 10,26-33)

No les tengáis miedo, porque nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. ¿No se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.

A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Comentario

El capítulo décimo del evangelio de san Mateo nos dice que Jesús, después de haber elegido a los doce Apóstoles, los envió y les dio algunas instrucciones para su labor. Entre ellas, las que escuchamos en el Evangelio de este domingo y que glosan la idea principal: “No tengáis miedo”. Desde el primer momento les advierte de que en su tarea encontrarán dificultades, persecuciones, incomprensiones… Pero la mayor amenaza no viene de aquellos que intenten acallarlos, ni siquiera de los que atenten contra su vida. El único peligro verdadero es aquel “que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno”, el que puede conducir al pecado, a la pérdida de la amistad con Dios.

Nos guste o no, el miedo forma parte de la vida humana. Desde niños hemos experimentado temores que a veces eran infundados y luego desaparecían. También en la madurez se nos presentan miedos ante situaciones duras –dolor, incomprensión, soledad, incertidumbre, muerte, …– que nos salen al paso y debemos afrontar y superar, contando con nuestro esfuerzo y la ayuda de Dios.

Pero un discípulo de Cristo no tiene por qué temer, ya que no está solo. Dios es un Padre amoroso, que, si se ocupa hasta de los más pequeños detalles en sus criaturas, con mucha mayor razón cuidará de sus hijos fieles. “La solución es amar. San Juan Apóstol escribe unas palabras que a mí -decía san Josemaría- me hieren mucho: ‘qui autem timet, non est perfectus in caritate’. Yo lo traduzco así, casi al pie de la letra: el que tiene miedo, no sabe querer. –Luego tú, que tienes amor y sabes querer, ¡no puedes tener miedo a nada! –¡Adelante!”.

“Por consiguiente –comentaba Benedicto XVI–, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación. Cuanto más crecemos en esta intimidad con Dios, impregnada de amor, tanto más fácilmente vencemos cualquier forma de miedo.

Todavía resuena en muchos corazones aquel grito, lleno de fe y confianza en Dios, de san Juan Pablo II en la Misa inicial de su pontificado: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo conoce! Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues, –os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza– permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo Él tiene pala­bras de vida, sí, de vida eterna!”.

El Apóstol es valiente, atrevido. Tiene la virtud de la audacia que le empuja a afrontar tareas que están en el límite de sus posibilidades o parece que lo superan. Pero cuando se trata de tareas divinas, la audacia no es temeridad, porque “no estamos solos, Él obrará” (cf. 1 Ts 5,24). San Josemaría lo señalaría con claridad en un punto de Camino: “¡Dios y audacia! –La audacia no es imprudencia. –La audacia no es osadía”.

Fuente: opusdei.org

Eternidad

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

Me encantó poder estar sentado en el asiento 27 de la fila 10 del sector 207, es decir, justamente en el gol contrario adonde se sentaba el papa en el Estadi Olímpic de Montjuic.

No me gustan las multitudes. La última vez que fui a un concierto, me encontré de pronto luchando por quitarme una pulsera que me habían regalado al entrar y me había puesto ingenuamente, cuando me percaté de que el cantante nos invitaba a moverla pendularmente al compás de una emotiva y bella melodía con cuya letra discrepaba frontalmente. Hay en mí como una resistencia natural, casi atávica: ya desde niño, la incitación de un payaso o de un conductor de espectáculo a chillar más fuerte (¡no os oigo!), me producía el efecto contrario, como una invitación al silencio.

Tampoco me siento cómodo entre los codazos y urgencias por ser el primero en ver, tocar o simplemente acercarse al líder o al famoso que convoca a la multitud, ni entre ciertos movimientos preliminares de los días o minutos previos para conseguir el mejor lugar. Algo leí en su día acerca de los últimos y los primeros que me convenció bastante.

Pero, bueno, hay muchas otras cosas que no me gustan y las hago, por mí mismo o por los demás, como levantarme esta mañana muy temprano después de haber dormido pocas horas tras haber pasado una inolvidable tarde y noche con el papa León y 40.000 personas más.

Kierkegaard decía que “la multitud es mentira”, por la superficialidad y facilidad de manipulación a que está sujeta y porque amenaza con diluir lo individual en lo colectivo, y Ortega y Gasset lo confirmaba un siglo después, al denunciar, en La rebelión de las masas, la mentalidad de rebaño y masificación, que tanto aqueja a nuestra sociedad actual.

Por todo esto, me encantó poder estar sentado ayer en el asiento 27 de la fila 10 del sector 207, es decir, justamente en el gol contrario adonde se sentaba el papa en el Estadi Olímpic de Montjuic. Desde el primer momento, supe que ahí, exactamente ahí, era donde el Espíritu Santo me había convocado. Y también supe que era Él y no una pantalla ni unos metros de proximidad quien iba a traer y depositar suavemente en mi alma el mensaje de este papa, capaz de hablar al corazón de cada uno, aunque esté diluido entre cuarenta mil.

Cuando el papa León entró en el estadio me pareció percibir en sus labios y en sus cejas (esta vez, sí, gracias a las pantallas) un gesto humilde, casi de contrariedad, por recibir él una gloria que sabe es prestada y su humildad rechaza, y casi pude leer su pensamiento: «Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam» (No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria), con las palabras del Salmo 115.

Me fijé, después, en un gesto revelador: una madre sostenía su hijo esperando que el Papa lo bendijera, pero el séquito avanzaba y los escoltas (¡espectacular, su trabajo!), abrumados por tantas peticiones, no lo vieron. Ya rebasada la altura de la madre, el Papa se volvió, tocó el hombro de uno de los escoltas, le indicó unos metros atrás e hizo parar la comitiva hasta que el bebé le fue acercado y pudo bendecirlo. Il dolce Cristo in terra, gustaba llamar al papa santa Catalina de Siena, y el detalle me recordó el pasaje de la hemorroísa, en que Cristo se vuelve y pregunta quién de los cientos de personas que se le agolpaban le había tocado el manto.

Y, luego, las palabras: ninguna concesión al populismo, a la demagogia o al halago fácil. Palabras como saetas, directas al blanco. Iba a decir directas al corazón, pero no: directas a la inteligencia y a la voluntad de que nos ha dotado Dios, como él mismo recordó, y pasadas por el corazón que las humaniza. Palabras perfectamente estructuradas y fundadas en la verdad que ha venido a recordar: la dignidad de la persona humana enraizada en su semejanza con Dios y encarnada en su Palabra humana, Cristo.

Y un último gesto, hablar en catalán, con un tremendo esfuerzo, que me evocó las palabras de San Pablo en la primera carta a los Corintios, 9,19 y ss.: me he hecho todo para todos (…) judio con los judíos (…) gentil con los gentiles (…) Y todo esto lo hago por causa del Evangelio.

Ayer, el Estadi Olímpic no fue una multitud, fue un encuentro personal en comunión con cuarenta mil personas en el que el papa León respetó cada conciencia y expuso, con claridad y caridad, la de la Iglesia, maestra en humanidad. Vino a traer lo que el mismo Kierkegaard anhelaba en su obra Mi punto de vista: Lo que la época necesita en el más profundo sentido puede decirse total y completamente en una sola palabra: necesita… eternidad.

Fuente: javiervidalquadras.com

18 junio 2026

Por la belleza hacia Dios

Benigno Blanco Rodríguez

FotoRuta interesante proyecto editorial de JdeJ Editores (cfr. foto ruta.com), ha puesto en el mercado en 2026 un libro que me ha ayudado mucho a educar mi mirada, me ha conmovido y me ha llevado a encontrar las huellas de la mirada de Dios en situaciones de lo más cotidianas y normales. Se trata de Escritas en luz. Espiritualidad en blanco y negro, de Bert Daelemans, jesuita, pianista, ingeniero-arquitecto y teólogo, director de la cátedra de Arte y Trascendencia en la Universidad Pontificia de Comillas. Esta obra consiste en una publicación (de alta calidad) de 30 fotografías a doble página y en blanco y negro, de profesionales de reconocido prestigio, que reflejan situaciones cotidianas; fotos comentadas por Daelemans una a una en texto breve, de cuatro a siete páginas. Como escribe el editor (pág. 15) esta obra “es una invitación a mirar de nuevo, mejor, más hondo”, pues cada fotografía comentada por el autor permite “sugerir sentido, rozar lo invisible, levantar el velo de los sentidos, hacernos presentir que, en lo mundano, se esconde algo que nos apela” (pág. 14).

Hay un gran amor al ser humano en la mirada de Daelemans y, creo, una manifiesta confianza en que la belleza -también la fotográfica- es camino hacia Dios. Al engolfarme en esta obra han resonado en mi alma las palabras de San Josemaría oídas en mi juventud y muchas veces meditadas: “Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno descubrir”.

El autor califica su obra como “ensayo fotográfico” (pág. 21); es una invitación a tomarse un tiempo ante cada fotografía, siendo la pretensión del autor que sus palabras no sean más, ni menos, que “meras notas a pie de página”. Pero esas notas son de un gran valor pues invitan a mirar una vez y otra la fotografía que comentan para descubrir en ella todo aquello que Daelemans ve y el lector -al menos yo- no había visto hasta que nuestro autor me ha obligado a volver a mirar, a contemplar de nuevo, la fotografía. De la mano del autor he vuelto una vez y otra a cada fotografía para abrir mis ojos a lo que mi torpe mirada había pasado por alto en mi primera ojeada. Por eso puedo decir que este libro me ha educado la mirada; y confío en que al mirar la realidad sepa también mirar lo cotidiano que me rodea con la misma mirada contemplativa que Daelemans manifiesta en sus “notas a pie de página”. Este libro es una obra de arte y una ayuda para saber mirar no solo el arte que cada fotografía supone, sino también la realidad que reproduce; y, de paso, la realidad con la que me encuentro a diario, preñada de sentido espiritual.

Ya desde la primera de las 30 fotografías, Saltando al agua, de Peter Keetman, aprendemos con el autor a mirar viendo más que el hecho físico que el fotógrafo refleja primariamente, para fijarnos en luces y sombras y en detalles significativos que a la primera mirada superficial pueden pasar inadvertidos. Y también desde esta primera foto y el correspondiente comentario del autor, aparece esa apertura a lo sobrenatural a la que Daelemans nos invita con frecuencia y naturalidad una vez y otra. Así al desgranar la imagen de una mujer saltando al agua, nuestro autor desliza este comentario: “la vida es como esta agua: esconde, fascina, atrae. Saltar es dejar la orilla. El ser humano es aquel que se lanza a lo desconocido. No se queda inmóvil en la orilla de sus seguridades …” (pág. 26).

Las 30 instantáneas que el autor y los editores han seleccionado para componer esta obra “son otras tantas variaciones sobre la vida humana” (pág. 29). Algunas me han impresionado especialmente, como, por ejemplo, Madre e hija de Elliot Erwitt, Reflejo de San Marco de Herbert List, Madre migrante de D. Lange, Charla de la tarde de Fan Ho, Escalera a Santa María Aracoeli de List, Refugiados kosovares de García Rodero, Tory Island de M. Franck, Sevilla de Cartier-Bresson, etc, etc. Es imposible que yo intente aquí transmitir lo que solo mirando las fotografías con la guía de los comentarios de nuestro autor puede apreciarse. Solo puedo invitar a quien me lea a acercarse a esta colección de obras de arte y dejarse acunar por las observaciones de Daelemans para aprender a mirar y a descubrir la dimensión trascendente, espiritual, de lo más cotidiano. Las atinadas y oportunas referencias del autor a imágenes y personajes bíblicos -traídas a colación con oportuna naturalidad al anotar cada fotografía- ayudan a esta mirada abierta a la trascendencia.

Cada fotografía viene acompañada de una breve reseña biográfica de su autor y de las oportunas indicaciones sobre su fecha y la ocasión en que fue tomada. Estas referencias ayudan al lector, pues se trata de 30 fotografías de 25 fotógrafos y tomadas a lo largo de casi un siglo.

La lectura de este libro me ha permitido conocer el proyecto editorial FotoRuta de JdeJ Editores, de claro interés para aficionados/profesionales de la fotografía y amantes del arte.

Fuente: religionenlibertad.com

17 junio 2026

Catequesis - El Viaje apostólico a España

El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy deseo proponer algunas reflexiones sobre el viaje apostólico a España que realicé la semana pasada para visitar Madrid, Barcelona, la abadía de Montserrat y las islas Canarias.

Después del largo viaje a cuatro países africanos, esta vez me he encontrado inmerso en un país europeo de antigua y riquísima tradición católica. Y ha quedado claro que en la España de hoy, que ha conocido notables cambios sociales y culturales, el Papa ha sido acogido en todas partes con entusiasmo y apertura a la escucha. Doy gracias por ello a Dios y a todo el pueblo español, al Rey y a las autoridades civiles, a los obispos y a las comunidades eclesiales.

El pueblo de Dios me ha confortado grandemente con la festiva manifestación de su fe y de su afecto. Por mi parte, he confirmado a los fieles y, como obispo de Roma, los he animado a superar cualquier forma de división y de contraposición, y a cultivar siempre la comunión, el diálogo, la unidad en la diversidad. Este es el servicio propio del Sucesor de Pedro, servicio que en los viajes apostólicos encuentra una expresión específica, siempre adecuada a las situaciones eclesiales y sociales de los países visitados.

En el caso de España, he podido notar con alegría cómo la gente, de todas las edades y condiciones, esperaba la visita del Papa: en todas partes he encontrado multitudes que me han dado la bienvenida con gran cariño. Este hecho no era algo que se pudiera dar por sentado, y merece una reflexión. Naturalmente, esta participación expresa, ante todo, como decía, la fe del pueblo español; al mismo tiempo, considero que manifiesta la necesidad generalizada de reencontrarse unidos sobre un fundamento verdadero y profundo, no ideológico ni de interés parcial. Ese fundamento que solo Cristo, en último término, puede asegurar, y que el Evangelio, a través de las necesarias “inculturaciones”, puede transmitir a la vida de los pueblos. Puede hacerlo porque su mensaje responde plenamente a estas dos exigencias: la búsqueda de la verdad y la sed de justicia.

En Madrid y Barcelona, nos hemos reunido en las grandes catedrales, así como en los modernísimos estadios. Hemos rezado el Santo Rosario en la abadía de Montserrat. Hemos celebrado en la Sagrada Familia, símbolo majestuoso, sinfonía de piedra y luz que habla a todos del misterio cristiano. Este encuentro de lo antiguo y lo moderno, de la tradición católica y la cultura contemporánea, me ha hecho percibir directamente el carácter propio de Europa, su riqueza inestimable, como realidad actual, no superada. Se trata de un patrimonio que hay que custodiar con cuidado, para poder invertirlo en el hoy global con sus desafíos históricos: la paz, la ecología integral, el desarrollo equitativo y sostenible, el respeto a la dignidad humana. Son desafíos que el Concilio Vaticano II ya había reconocido claramente, y sobre los que ha regresado el Magisterio sucesivo, hasta mi reciente Encíclica Magnifica humanitas, que tiene como objetivo la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.

He percibido, a través de los diversos encuentros, la necesidad de escuchar en la voz del Papa el Evangelio de la esperanza para esta humanidad nuestra de hoy, tan afectada por las consecuencias negativas de un modelo de desarrollo engañoso. Esta necesidad, que ha encontrado expresión en los numerosos testimonios que he podido escuchar -testimonios unas veces conmovedores, otras edificantes-, la he encontrado también, y sobre todo, en los rostros de los pequeños y de los pobres que he encontrado: del niño que en la parroquia me ha leído su carta; de algunas de las víctimas de abusos que piden ser escuchadas; de los detenidos que me esperaban en la cárcel; de los jóvenes llenos de inquietudes y de proyectos; de los migrantes en los centros de acogida de las Canarias.

Precisamente allí, en las islas Canarias, última etapa de nuestro itinerario, he encontrado una clave de interpretación general. Me la han ofrecido, por una parte, la misma posición geográfica del archipiélago; y, por otra, la realidad de una Iglesia local que acoge a un gran número de migrantes forzados, procedentes sobre todo de África. Sabemos que el fenómeno migratorio es complejo y que requiere planes de acción orgánicos y concertados. Pero esta clave de interpretación abre una perspectiva diversa y más amplia: nos hace entender que estamos llamados a releer el Evangelio en el mundo de hoy intercambiándonos los dones de nuestras respectivas culturas y, en especial, los frutos que produce en ellas la fecundidad del mensaje de Cristo. Y uno de estos frutos es precisamente el diálogo entre las personas y entre los pueblos, el encuentro con espíritu de fraternidad, que permite descubrir y apreciar recíprocamente los valores de los que el otro es portador. Este camino no es fácil; requiere buena voluntad y la ayuda de Dios, pero es el camino que conduce a la civilización del amor.

Queridos hermanos y hermanas, el lema de este viaje apostólico era “Alzad la mirada (cfr. Jn 4,35). Son palabras que Jesús dirige a sus primeros discípulos para enseñarles a ver en las personas y en las multitudes el deseo de vida, de verdad, de plenitud. El Señor repite estas palabras, a mí el primero, y con su gracia lo he experimentado durante el viaje. Hoy quisiera compartir con ustedes esta invitación: ¡alcemos la mirada! Aprendamos de Jesús a mirar al prójimo, la gente, el mundo, “con los ojos de Dios”, es decir, con amor, respeto y compasión.

Finalmente, quiero dar las gracias a cuantos han rezado por el éxito de este viaje apostólico, especialmente a las comunidades de monjas contemplativas, que en España, gracias a Dios, son muy numerosas. Sigan rezando para que, mediante la intercesión de la Virgen María, las semillas que he esparcido den frutos abundantes. ¡Gracias!
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Llamamiento

Acojo con satisfacción el acuerdo alcanzado entre la República Islámica de Irán y los Estados Unidos de América, que se firmará el viernes, como resultado alentador de un paciente trabajo de diálogo y de negociación. Expreso mi gratitud a los países que se han esforzado por favorecer el encuentro entre las partes y hacer posible dicho entendimiento. Espero que este acuerdo contribuya a reforzar la confianza recíproca, la seguridad y la estabilidad en Oriente Medio, y promueva caminos de diálogo y cooperación entre los pueblos.

Por otro lado, llegan noticias dolorosas sobre la guerra en Ucrania, que sigue extendiéndose: numerosas víctimas inocentes, rescatistas muertos, iglesias y lugares del patrimonio cultural devastados por las llamas. Expreso mi cercanía a cuantos lloran la pérdida de sus seres queridos, a los heridos y a quienes, en medio de la violencia, siguen sirviendo a la vida con valentía. Invito a todos a rezar para que esta guerra termine. Pidamos al Señor que abra vías de diálogo, que apague el odio y que haga posible una paz justa y duradera.
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Tal como indicó Jesús a sus discípulos, los invito a alzar la mirada para aprender a ver en las personas su deseo de vida, de verdad y de plenitud (cf. Jn 4,35). Que Él nos enseñe también a nosotros a mirar a los demás con los ojos de Dios, es decir, con amor, respeto y compasión. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En nuestra catequesis de hoy deseo compartir algunas reflexiones sobre el viaje apostólico que realicé la semana pasada en España. Agradezco a Dios y a todo el pueblo español; particularmente al Rey y a las autoridades civiles, a los obispos y a las comunidades eclesiales. Durante mi visita pude experimentar con gran alegría la fe y el afecto de la gente, así como la sed profunda de congregarse unidos en Cristo. Los diferentes encuentros revelaron el deseo de escuchar el Evangelio y la inquietud por hacerlo vida en el mundo de hoy.

La última etapa del viaje ha afianzado un aspecto muy importante: estamos llamados a ser testigos de Cristo compartiendo nuestra fe y nuestra cultura con los demás. Se nos invita a un diálogo entre las personas y los pueblos, en espíritu de fraternidad. Este camino no es fácil, requiere buena voluntad y la ayuda de Dios, pero es la senda que nos conduce a la civilización del amor.

Fuente: vatican.va

16 junio 2026

La “casa común”

José Luis Velayos

 Cuidar la salud corporal y mental y espiritual es un deber ineludible.

El término “casa común” hace referencia al hábitat y a aquellos con quienes compartimos esa casa. Es un término que usaba con cierta frecuencia el Papa Francisco (“Laudato si”, “Laudate Deum”), que alertaba del peligro de su destrucción, que puede ser de origen humano o antropogénico.      

 Es casa común, para los españoles, España (y Europa). Para todo católico, la Iglesia es su casa. El hogar es la casa común de la familia (en gran medida es también casa común la casa de los abuelos). Para el universitario, lo es su Universidad (“Alma Mater”). Para los cofrades, su cofradía. Para los concejales, su ayuntamiento. Para los futbolistas, su club. La lista puede ser extensa. Lo coincidente en todas ellas es que se habla de una “especial paternidad-maternidad”, por la que cada uno se siente amparado, en cierta manera “alimentado”, “nutrido”, protegido, en esa casa común, que es su casa.

 Es preciso cuidar la naturaleza, que es la casa común de todo viviente; por ejemplo: no maltratar a los animales, no tirar desperdicios en cualquier parte, disminuir el uso del papel, utilizar mascarilla en situaciones de riesgo de contagio, evitar hacer fuegos innecesariamente, usar más el transporte público, etc. Y no solo es importante el cuidado de las relaciones con el mundo en que habitamos, sino también el de las relaciones interpersonales, de las vivencias íntimas y personales, de la experiencia de la trascendencia, etc., etc.

 En otro sentido, podría decirse que el cuerpo y el alma, como realidades unidas, constituyen en cierta manera la “casa común”, personal, íntima, de cada ser humano (más bien es la “casa individual”). El ser humano es cuerpo y alma al mismo tiempo, es un alma encarnada o un cuerpo espiritualizado, es una unidad hilemórfica, como afirmaban los griegos hace veinticinco siglos.

 El cuerpo es la “casa común” para multitud de células: hematíes, leucocitos, células epiteliales, neuronas, glía, espermatozoides u óvulos, células grasas, microbios, etc., etc.

 Son muchos y diversos los factores que influyen en la salud de esa casa, como son, entre otros, el aire que respiramos, el agua que bebemos, lo que comemos, el entorno laboral, el ambiente vecinal, el interior de los edificios, la información (que puede ser excesiva), etc. Todo ello incide tanto en el bienestar personal como colectivo.

 Cuidar la salud corporal y mental y espiritual es un deber ineludible, asunto, por otra parte, unido al quinto de los mandamientos de la Ley de Dios.

 El cuidado del cuerpo es de gran importancia: comer de forma sana, beber la cantidad suficiente de agua, dormir lo necesario, hacer ejercicio, tener revisiones médicas, vacunas, etc.  Y todo ello, sin obsesión, pues el culto al cuerpo viene a ser una forma de moderno paganismo

 Y el cuidado del alma es esencial (para un cristiano son abundantes y variadas las prácticas de piedad: oración, confesión, comunión, lectura del Evangelio, rezo del rosario, etc.). Es bien conocido que la salud espiritual influye en la salud corporal. También se ha dicho: “mens sana in corpore sano”. Por eso, una enfermedad, una dolencia, pueden convivir con una alegría auténtica. Por otra parte, la salud da alegría, pero además, la alegría da salud.

 Y unas relaciones sociales sanas, tertulias, debates, conversaciones, correspondencia, interés por los demás, vitalizan la casa común y al mismo tiempo protegen la salud personal. Está comprobado que el individuo aislado, solitario, enferma con más frecuencia y sus dolencias son mayores, que el que es sociable y se preocupa del prójimo.

 La autocontemplación (el narcisismo) no es sana. En cambio, sí lo es contemplar con trascendencia, es decir, la tendencia a contemplar la “casa común definitiva”, la futura, la que está por venir. La esperanza es virtud clave.

 Fuente: instagram.com

15 junio 2026

Los Elegidos

Juan Luis Selma

La llamada de Jesús es siempre una llamada de amor, al amor y por amor. Por eso es un privilegio, una suerte, una alegría.

La serie The Chosen (Los Elegidos) está cosechando un éxito extraordinario, con más de seiscientos millones de visualizaciones. Narra cómo pudo ser la vida de Jesús con los apóstoles y discípulos. Su gran logro es introducirnos en la cotidianidad del Señor, mostrando su humanidad, su cercanía, su sentido del humor. Nos permite imaginar cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos sido uno de aquellos elegidos que convivieron con Él.

Dios llama a todos: en la Iglesia todos tienen un lugar, un sitio y una misión. Dios sigue llamando hoy, te llama a ti y me llama a mí. Llama especialmente a los jóvenes. Aún tenemos reciente la impresionante estampa del Papa ante más de medio millón de personas en la Plaza de Lima, en Madrid. Allí, el Sucesor de Pedro dijo: "¡No tengáis miedo jamás de pensar en una vocación a la vida sacerdotal, a la vida religiosa o a otros servicios en la Iglesia!". Y añadió: "El matrimonio también es una vocación. ¡No tengáis miedo del matrimonio y de formar una familia!".

La llamada de Jesús es siempre una llamada de amor, al amor y por amor. Por eso es un privilegio, una suerte, una alegría. Dios se fija en mí, me ama porque ve todo lo bueno que ha puesto en mí, lo feliz que puedo ser junto a Él y lo felices que puedo hacer a los demás. Toda vocación es, en el fondo, una historia de amor.

Leemos en el Evangelio: "Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná y Judas Iscariote, el que lo entregó".

La llamada lleva consigo la misión: "Id y proclamad que ha llegado el Reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis".

El Papa León XIV nos dejó este precioso encargo: "Quiero confiaros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano".

La llamada de Dios se da siempre en la libertad. Él nos llama porque quiere y porque nos quiere; y nosotros respondemos porque nos da la gana, porque queremos amar. Nadie es más libre que quien le dice a Dios que sí.

Quisiera volver ahora a la primera llamada del Papa: la vocación al celibato, que implica la entrega total del corazón. "¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir!", dice Jeremías. El celibato tiene sentido hoy; es más, en un mundo tan sexualizado brilla más, es más necesario, más actual. Por amor -con plena capacidad de amar y de formar una familia- se puede mirar más alto, alzar la mirada. Podemos llenar el corazón, sentirnos realizados y queridos entregándolo por entero a Él, al Amor de los amores

Cuando alguien me pregunta cómo saber si Dios le pide todo el corazón, suelo decir que una señal es precisamente la sed de amor humano, de paternidad o maternidad. Los llamados al celibato tienen que tener corazón, sentimientos, emociones. Tienen que experimentar la atracción de darse por entero, porque ese es su sentido. Es un enamoramiento, una seducción, una elección libérrima.

¿Se puede vivir así -limpio y casto- hoy? ¿Puede un joven o una joven vivir así? Se puede. Lo veo en muchos, y es precioso. Es Dios quien da las fuerzas, quien elige, guarda y protege. Quien llena el corazón. No podemos imaginar el poder inmenso de la gracia. Bueno, sí podemos: lo hemos visto estos días en Madrid, Barcelona y Canarias.

El pueblo de Dios en España se ha volcado con el Papa de un modo inimaginable. Hemos crecido y hemos visto crecer al Papa. Las cosas grandes suceden cuando alzamos la mirada.

Fuente: eldiadecordoba.es