02 mayo 2026

Yo soy el Camino

5.º domingo de Pascua (Ciclo A)

Evangelio (Jn 14,1-12)

No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; adonde yo voy, sabéis el camino.

Tomás le dijo:

—Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?

—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida —le respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.

Felipe le dijo:

—Señor, muéstranos al Padre y nos basta.

—Felipe —le contestó Jesús—, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre.

Comentario:

El evangelio de este quinto domingo de Pascua recoge un fragmento del discurso de Jesús durante la Última Cena. Los discípulos están entristecidos por la inminente marcha del Maestro. Para consolarlos, el Señor les revela profundas verdades de fe que podemos meditar, mientras nos vamos acercando a la fiesta de Pentecostés.

En primer lugar, Jesús pide a los suyos que no se turben, que tengan fe, confíen en Él y en sus obras. Les habla entonces de lo que Él llama la “casa de mi Padre” en la que “voy a preparar un lugar para vosotros” (v. 2). No es malo pensar en el Cielo en medio de la tribulación. De hecho, “frecuentemente nos habla el Señor del premio que nos ha ganado con su Muerte y Resurrección –comenta san Josemaría a propósito de este pasaje–. El Cielo es la meta de nuestra senda terrena. Jesucristo nos ha precedido y allí, en compañía de la Virgen y de San José, a quien tanto venero, de los Ángeles y de los Santos, aguarda nuestra llegada”[1].

Con motivo de la pregunta de Tomás sobre cómo seguir a Jesús hacia donde Él va, el Maestro revela a sus discípulos que Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (v. 6). Sobre esta expresión misteriosa comentaba san Agustín que es como si Jesús le dijera a Tomás: “¿Por dónde quieres ir? Yo soy el Camino. ¿Adónde quieres ir? Yo soy la Verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la Vida. (…) Los sabios del mundo comprenden que Dios es vida eterna y verdad cognoscible; pero el Verbo de Dios, que es Verdad y Vida junto al Padre, se ha hecho Camino asumiendo la naturaleza humana”[2].

Por tanto, seguir a Jesús supone comprender el misterio de su Persona y su Misión. De hecho, el Papa Francisco decía que “el conocimiento de Jesús es el trabajo más importante de nuestra vida”[3]. Es necesario descubrir la íntima unión que existe entre el Hijo y el Padre. Esta verdad esencial es la que explica Jesús a Felipe: “Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (v. 9). Jesús es el camino porque todo en Él revela al Padre y nos une al Padre. Jesús ha hecho visible al Dios invisible y lo ha revelado a los hombres con todas sus obras y palabras[4]. Y lo hace con un rostro humano y cercano, que nos mira con amor y nos llama amigos, para que nos sea fácil conocerle, amarle y unirnos a Él.

Por último, podemos fijarnos en que Jesús une el conocimiento de su Persona a la verdad cuando dice “yo soy la verdad” (v. 6). Sobre este hecho el papa Francisco hacía una importante consideración: “Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, “se hizo carne” (Jn 1, 1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona”[5].

Es como si Jesús nos dijera con todo este pasaje que en la casa de su Padre se verán colmados todos nuestros anhelos vitales y de conocimiento (vida y verdad), no porque lleguen a ser objetos de conquista y posesión propias, sino porque comprenderemos que la verdad y la vida confluyen en una Persona a la que se conoce y se ama. En la medida en que comprendemos y vivimos esto, avanzamos en el camino hacia el Padre por la identificación con su Hijo, hasta hacer sus mismas obras e “incluso mayores que estas”.

Fuente: opusdei.org

Acompañamiento

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

“En las dificultades de pareja no necesitamos sobre todo a alguien que se posicione a nuestro favor, sino a alguien que pueda ponerse también de parte del otro, con equilibrio, y que nos ayude a no perder de vista la parte de razón que tiene”.

En la vida matrimonial puede haber momentos en los que el “nosotros” se debilita. A veces por grandes heridas; otras, por el desgaste silencioso del día a día. Y en esos momentos asoma una tentación muy humana: buscar refugio en quienes sabemos que siempre estarán de nuestra parte.

Sin embargo, como advierte Mariolina Ceriotti en su libro “Cásate conmigo… de nuevo”, esa no siempre es la ayuda que más necesitamos; es más, afirma, “es una tentación que debemos rechazar con decisión”. Cuando la relación se resiente, el “nosotros” suele dejar paso al “yo”, y este tiende a buscar aliados que confirmen sus sospechas. Pero el matrimonio no necesita aliados parciales, sino acompañantes verdaderos. Personas que sepan sostenernos sin dividir, que escuchen sin juzgar y que nos quieran a los dos.

Ceriotti lo expresa con claridad: “En las dificultades de pareja no necesitamos sobre todo a alguien que se posicione a nuestro favor, sino a alguien que pueda ponerse también de parte del otro, con equilibrio, y que nos ayude a no perder de vista la parte de razón que tiene”. Y añade algo profundamente realista: “Para un progenitor… siempre va a ser difícil perdonar plenamente a quien haya hecho sufrir a su hijo”.

No es un reproche a los padres, sino el reconocimiento de la fuerza incondicional de su amor. Precisamente porque nos quieren tanto, les cuesta no tomar partido. Por eso, aunque su consuelo es valioso, no siempre es el acompañamiento más adecuado cuando lo que está en juego es reconstruir la relación.

Y lo mismo se puede decir de amigos íntimos de uno de los dos. Recuerdo una cena en que se comentó la separación de un matrimonio conocido. Uno de los comensales había vivido más o menos de cerca el sufrimiento de uno de los cónyuges separados, y, sin información suficiente, se dejó llevar por el arrebato del momento e hizo un comentario muy duro sobre su pareja, imputándole toda la culpa. Con el tiempo, nos fue llegando información suficiente como para saber que el comentario fue prejuicioso y, probablemente, injusto.

No es lo mismo consolar que ayudar. El consuelo alivia; la verdadera ayuda ilumina. Nos invita —a veces con delicadeza, otras con exigencia— a contemplar también la verdad del otro. Y eso, aunque incomode, abre caminos de sanación.

Por eso, en medio de la dificultad, hay una pregunta clave: ¿con quién estamos hablando de lo que nos pasa? Porque según la respuesta, estaremos más cerca de romper o de rehacer. Lo ideal es acudir a amigos de confianza, que nos quieran a los dos y que nos quieran unidos.

El matrimonio es, en el fondo, una vocación a elegirse cada día. Y hay momentos en los que esa elección necesita ser reaprendida, como si, después de la tormenta, los esposos pudieran decirse de nuevo “sí”, con más verdad, más humildad y más conciencia.

Y en ese camino, elegir bien a quién dejamos que nos acompañe puede marcar la diferencia. Cuando el acompañamiento es el adecuado, el amor no solo se repara: se fortalece. Y el “nosotros” vuelve a nacer, quizá más frágil en apariencia, pero mucho más profundo y auténtico en realidad.

Fuente: javiervidalquadras.com

01 mayo 2026

Soledad, cerebro

José Luis Velayos

Y es que el egoísmo, la egolatría, aísla; no así la apertura a la trascendencia y a los demás. La soledad innecesaria, sin sentido, puede provocar alteraciones mentales. Sin embargo, la soledad del que se aísla para orar no es realmente soledad, pues está en relación con Dios.

Experimentalmente, en ratones, se ha visto que el aislamiento provoca reducción del volumen de las neuronas de las cortezas somatosensorial y motora (zonas del cerebro esenciales en la percepción sensorial y en la actividad motora). Y se reduce el hipocampo, estructura esencial para la fijación de recuerdos. Por otra parte, se produce globalmente una disminución del número de conexiones neuronales.

También se ha visto que el aislamiento provoca una bajada de las defensas inmunológicas. Por otra parte, la soledad altera los ritmos naturales de la vigilia y el sueño. Y se puede decir que, a la larga, el aislamiento perjudica al funcionalismo neural.

Todos estos aspectos atañen también al ser humano, como animal que es. Para Zubiri, el hombre es el animal de realidades, que se da cuenta de la realidad tal como es. Es un animal sociable, que se relaciona (“animal de relaciones”).

El aislamiento a largo plazo puede provocar depresión, ansiedad, psicosis y afectación de la capacidad intelectual, aspectos a cuidar en personas que viven en residencias, y en personas encamadas; en todas ellas se pueden  presentar, entre otros, problemas de razonamiento, recuerdo y orientación.

Las dificultades sensoriales aíslan y en concreto, la sordera es en muchos casos más aislante que la ceguera.

La ancianidad puede aislar, no solo por las alteraciones sensoriales que le acompañan, sino por el hecho de que la persona mayor puede sentirse fuera del ambiente, aislada con respecto a lo que le rodea. En contrapartida, la curiosidad, el deseo de estar al día, el querer conocer los cambios sociales, el estudio, la lectura, las relaciones, el ejercicio físico, etc. hacen que el individuo provecto no lo sea tanto como lo era una persona de su edad hace unos años. Otro factor que puede influir en el aislamiento senil es un cierto rechazo (externo) a la vejez por parte de algunos en el seno de la sociedad actual.

Por otro lado, el mito de la eterna juventud, deseada por el Fausto de Goethe, es de raíz diabólica: es la oferta de Mefistófeles. Es un ansia que, como una epidemia, se ha instalado en la sociedad actual. Parece como si fuese más importante la juventud física que la de espíritu.

El narcisismo aísla. Hablar continuamente de uno mismo y no escuchar a los demás provoca rechazo, y como consecuencia, a la larga, aislamiento. La generosidad, la preocupación por los demás, además de ocasionar satisfacción, alegría, lleva consigo una visión más optimista, más juvenil de la vida. El egoísmo es una gran tara en la civilización actual.

El matrimonio bien vivido es un antídoto frente al egoísmo. Después de un matrimonio largo, fecundo, generoso, la muerte de uno de los cónyuges lleva en algunos casos a la aceleración de la muerte del otro, (no de forma provocada, sino por vía natural). Es el amor hasta que la muerte les separa.

La muerte es personal, esté o no acompañado el sujeto en ese momento, pues cada uno se enfrenta con la eternidad de forma individual, para recibir el premio o el castigo que corresponda. El premio es el disfrute de Dios. El castigo, el infierno, probablemente es la soledad: “ese eterno abismo de soledad que es el infierno”, decía el Papa Francisco.

Los que mueren creyendo que el alma desaparece con el cuerpo son condenados a morar eternamente solos, encarcelados en sepulcros, dice Dante en la Divina Comedia.

En “La soledad sonora”, de San Juan de la Cruz, se dice:

Mi amado, las montañas,

                        los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas,

los ríos sonorosos,

el silbo de los aires amorosos, la noche sosegada,

en par de los levantes de la aurora, la música callada,

la soledad sonora,

la cena que recrea y enamora.

(“Soledad sonora” es uno de los escritos culminantes de Juan Ramón Jiménez).

Hay que decir que no estamos solos porque Dios está presente y más cercano e íntimo a uno que uno mismo, dice San Pablo.

Fuente: almudi.org

30 abril 2026

El Viaje apostólico a Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial

El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Hoy deseo hablar sobre el viaje apostólico que realicé del 13 al 23 de abril visitando cuatro países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial.

Desde el inicio de mi pontificado, había pensado en un viaje a África. Doy gracias al Señor, que me ha permitido realizarlo como Pastor para visitar y animar al pueblo de Dios, y vivirlo como mensaje de paz en un momento histórico marcado por guerras y graves y frecuentes violaciones del derecho internacional. Expreso mi más sincero agradecimiento a los obispos y a las autoridades civiles que me han acogido, así como a todos aquellos que han colaborado en la organización.

La providencia quiso que la primera etapa fuera precisamente el país donde se encuentran los lugares de san Agustín, es decir, Argelia. Así, por una parte, he podido comenzar desde las raíces de mi identidad espiritual; y, por otra parte, me ha sido posible atravesar y consolidar puentes muy importantes para el mundo y la Iglesia de hoy: el puente con la época fecundísima de los Padres de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; el puente con el continente africano.

En Argelia he recibido una acogida no solamente respetuosa, sino también cordial, y hemos podido comprobar de primera mano y mostrar al mundo que es posible vivir juntos como hermanos y hermanas, incluso de religiones distintas, cuando nos reconocemos hijos del mismo Padre misericordioso. Asimismo, ha sido una ocasión propicia para entrar en la escuela de san Agustín: con su experiencia de vida, sus escritos y su espiritualidad, él es maestro en la búsqueda de Dios y de la verdad. Su testimonio es hoy de gran importancia para los cristianos y para cualquier persona.

En los siguientes tres países que he visitado, la población es, en cambio, de mayoría cristiana, y, por tanto, me he sumergido en un ambiente de fiesta de la fe, de acogida calurosa, favorecida también por el carácter típico de la gente africana. Al igual que mis predecesores, yo también he experimentado un poco de lo que le sucedía a Jesús con las multitudes de Galilea: Él las veía sedientas y hambrientas de justicia, y les anunciaba: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que trabajan por la paz…” Y reconociendo su fe, decía: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo” (cfr. Mt 5,1-16).

La visita a Camerún me ha permitido reforzar el llamamiento a comprometernos juntos con la reconciliación y la paz, porque también este país, desgraciadamente, está marcado por tensiones y violencia. Me alegro de haber ido a Bamenda, en la zona anglófona, donde he animado a trabajar juntos por la paz. Camerún es llamado “África en miniatura”, con referencia a la variedad y a la riqueza de su naturaleza y de sus recursos; pero también podemos entender esta expresión en el sentido de que en Camerún encontramos las grandes necesidades de todo el continente africano: la necesidad de una distribución equitativa de las riquezas; de dar espacio a los jóvenes, superando la corrupción endémica; de promover el desarrollo integral y sostenible, oponiendo a las varias formas de neocolonialismo una cooperación internacional con visión de futuro. Doy las gracias a la Iglesia en Camerún y a todo el pueblo camerunés, que me ha acogido con tanto amor; y rezo para que el espíritu de unidad que se ha manifestado durante mi visita se mantenga vivo y guíe las decisiones y las acciones futuras.

La tercera etapa del viaje ha sido Angola, gran país al sur del ecuador, de tradición cristiana multisecular, ligada a la colonización portuguesa. Como muchos países africanos, después de haber alcanzado la independencia, Angola ha atravesado un periodo difícil, que en su caso ha sido ensangrentado por una larga guerra interna. En el crisol de esta historia, Dios ha guiado y purificado la Iglesia convirtiéndola cada vez más al servicio del Evangelio, de la promoción humana, de la reconciliación y de la paz. ¡Iglesia libre para un pueblo libre! En el santuario mariano de Mamã Muxima – que significa “Madre del corazón” – he sentido latir el corazón del pueblo angoleño. Y en los varios eventos he visto con alegría muchas religiosas y religiosos de todas las edades, profecía del Reino de los cielos en medio de su gente; he visto catequistas que se dedican enteramente al bien de la comunidad; he visto rostros de ancianos esculpidos por fatigas y sufrimientos, y que transparentan la alegría del Evangelio; he visto mujeres y hombres danzar al ritmo de cantos de alabanza al Señor resucitado, fundamento de una esperanza que resiste a las desilusiones causadas por las ideologías y las promesas vanas de los poderosos.

Esta esperanza exige un compromiso concreto, y la Iglesia tiene la responsabilidad, con el testimonio y el anuncio valiente de la Palabra de Dios, de reconocer los derechos de todos y de promover su respeto efectivo. He podido asegurar a las autoridades civiles angoleñas, y también a las de los otros países, la voluntad de la Iglesia Católica de seguir ofreciendo esta contribución, especialmente en los campos sanitario y educativo.

El último país que he visitado es Guinea Ecuatorial, en el 170°. aniversario de la primera evangelización. Con la sabiduría de la tradición y a la luz de Cristo, el pueblo guineano ha atravesado los acontecimientos de su historia, y, en los pasados días, en presencia del Papa, ha renovado con gran entusiasmo su voluntad de caminar unido hacia un futuro de esperanza.

No puedo olvidar lo sucedido en la cárcel de Bata, en Guinea Ecuatorial: los reclusos cantaron a pleno pulmón un canto de agradecimiento a Dios y al Papa, pidiéndole que rece “por sus pecados y su libertad”. Nunca había visto nada semejante. Y luego han rezado conmigo el Padre Nuestro, bajo una lluvia torrencial. ¡Un signo auténtico del Reino de Dios! Y, siempre bajo la lluvia, comenzó el gran encuentro con la juventud en el estadio de Bata. Una fiesta de alegría cristiana, con testimonios conmovedores de jóvenes que han encontrado en el Evangelio el camino para un crecimiento libre y responsable. Esta fiesta culminó con la celebración eucarística del día siguiente, que coronó dignamente la visita a Guinea Ecuatorial y todo el viaje apostólico.

Queridos hermanos y hermanas, la visita del Papa es, para las poblaciones africanas, una ocasión para hacer oír sus voces, para expresar la alegría de ser pueblo de Dios y la esperanza en un futuro mejor, de dignidad para cada uno y para todos. Me alegro de haberles dado esta oportunidad, y, al mismo tiempo, doy gracias al Señor por lo que ellos me han dado: una riqueza inestimable para mi corazón y mi ministerio.
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor que toque el corazón y la mente de todos, de modo que su Evangelio pueda ser encarnado en la vida. Con dolor y preocupación he tenido noticia de la trágica situación de violencia que aflige la región Suroeste de Colombia, que ha causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía a las víctimas y a sus familiares y exhorto a todos a rechazar cualquier forma de violencia y optar decididamente por el camino de la paz. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Resumen de la meditación del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:

Quisiera hacer un breve resumen del Viaje apostólico realizado del 13 al 23 de abril en tierras africanas, en el que visité Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Ha sido una experiencia de gracia que me permitió, como Pastor, encontrar y alentar al pueblo de Dios, teniendo como prioridad el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo y llevando también un mensaje de paz en un tiempo herido por conflictos.

En Argelia, al inicio del recorrido, pude volver a las raíces espirituales ligadas a san Agustín y, al mismo tiempo, fortalecer importantes puentes: con la tradición de los Padres de la Iglesia, así como con el mundo islámico y con el continente africano.

En Camerún renové el llamado a la reconciliación, la justicia y el desarrollo integral, ante desafíos como la desigualdad y la violencia. En Angola contemplé una Iglesia viva, purificada por la historia, comprometida con la paz y la promoción humana.

Finalmente, en Guinea Ecuatorial, fui testigo de una fe llena de esperanza, especialmente entre los jóvenes y los más necesitados. Doy gracias al Señor por este viaje, que ha sido un don tanto para los pueblos visitados como para mi ministerio petrino.

Fuente: vatican.va

Las huellas del creador hasta en los insectos

Álvaro Presno

Consideraba san Buenaventura que la creación no comparece como un conjunto autosuficiente de entes, sino como una trama de vestigia: huellas que remiten a las huellas de su Creador.

Desde que era niño, la particular forma biomecánica de los insectos me ha fascinado y, a partes iguales, inquietado. El funículo de las antenas, la inserción de las coxas, la transición entre pronoto y élitros o su particular textura y punteado… tan familiar y alienígena a la vez. Quizá por eso resulta tan eficaz disciplinar mi temperamento impaciente —y no pocas veces disperso— mediante la ilustración de insectos. No diría que es un pasatiempo, ni una inclinación espontánea. Es, más bien, una forma de corrección.

Horas de exploración fisionómica, arquetipización y grafito. Con el tiempo, aprende uno a mirar —que no tanto a dibujar—. Y como sabe cualquiera que se haya interesado por el retrato, el buen mirar es la base del buen ver. Sostener la atención basta para que la forma deje de resolverse con simpleza y la apariencia se densifique. Empieza uno a descubrir detalles, secretos, a hacerse preguntas: ¿qué hace que algo así esté ahí?, no en el sentido trivial de su función (esa está profundamente estudiada por la entomología), sino en otro más exigente: qué hace realmente que algo, así, esté ahí…


¿Es la minuciosa arquitectura del sistema de circulación de las alas de los odonatos (una libélula, por ejemplo) un capricho ontológico, además de un capricho evolutivo? ¿Esconden sus bifurcaciones el secreto de la lengua de Dios, al modo de las manchas del tigre que aterrorizaba al prisionero de El Aleph?

No me refiero a una imagen sugerente, ni a una metáfora piadosa, sino a una estructura exacta: «una frase cuya lectura —si fuera posible— bastaría para liberar o destruir». Borges tuvo el acierto de no especificar más.

Sí.

Sí, y diez veces sí.

La tradición clásica occidental no pensó nunca el mundo como un conjunto de cosas simplemente dadas. Lo entendió, más bien, como una estructura de remisión. No porque cada criatura esconda un significado secreto, sino porque ninguna se agota en lo que muestra. En cuanto es, por el solo ser, remite… ¿A qué? A su Creador, si se me permite decirlo…

Consideraba Buenaventura que la creación no comparece como un conjunto autosuficiente de entes, sino como una trama de vestigia: huellas que remiten más allá de lo que muestran. No una presencia desnuda de su Creador, desde luego, pero sí una huella suya. No todo remite con la misma claridad, ni toda criatura se deja leer del mismo modo; pero nada queda por completo fuera de esa gramática.

La diversidad de las cosas creadas —nos dice el tomismo— no es un accidente ni un exceso tolerado: es condición de la perfección del conjunto. La plenitud no se concentra en lo más alto y se diluye hacia abajo; se distribuye. «La perfección del universo requiere que haya desigualdad en las cosas, para que todas las perfecciones posibles estén representadas» (Suma Teológica q. 47).

¿Por qué hay forma donde podría no haberla? ¿Por qué hay determinación donde bastaría lo indeterminado? De ahí que la cuestión no sea si las cosas “significan” algo, como si portaran un mensaje codificado, sino si su misma consistencia ontológica es ya una forma de decir. No añaden un sentido; lo son en acto. La creación no habla sobre Dios: habla desde Él. «Interroga al mundo, interroga la hermosura de la tierra, interroga todas las cosas: te responderán: no somos Dios, sino que Él nos ha hecho» (Sermón 241). Las cosas no dicen lo que son; dicen de quién proceden, que diría San Agustín.

Lo creado, en cuanto creado, es ya lugar de acceso. Mutatis mutandis, tantos secretos válidos se encuentran en la contemplación del orden de las esferas celestes como en la atención detenida en la arquitectura de un vulgar insecto. Ninguna acumulación de grandeza aproxima más al origen que la más humilde de las formas, porque lo que está en juego no es la cantidad de ser, sino su carácter recibido; ambos son, en sentido estricto, igualmente desproporcionados respecto de su origen, y ambos nos hablan de su Creador. Y ahí sí hay palabras de poder, por lo pronto, el poder de convertir al dibujo en ¿oración?.

Fuente: omnesmag.com

29 abril 2026

Lo último del cardenal Sarah: dentro de 25 años, ¿la Iglesia será todavía un faro?

José Miguel Granados

José Miguel Granados en omnesmag.com

Una señora francesa de mi parroquia tuvo el amable detalle de regalarme hace varias semanas el último libro-entrevista del cardenal guineano Robert Sarah, en diálogo con Nicolás Diat, titulado 2050, todavía no publicado en castellano.

Recientemente se lo agradecí de nuevo, diciéndole que me había gustado mucho por la profundidad y la valentía de las respuestas. Entonces ella me preguntó a bocajarro cómo va a ser el mundo en esa fecha que da título al texto del sabio purpurado. Le contesté escuetamente que todo dependerá de la adhesión a Jesucristo.

En efecto, creo que la síntesis de este volumen tan oportuno, documentado y clarividente se cifra en ese dilema: el futuro de la humanidad depende de la fidelidad plena de los cristianos a la doctrina auténtica de nuestro Maestro y Señor, enseñada y vivida por la Iglesia católica durante veinte siglos. Donde haya santidad, basada en la formación integral, en la oración perseverante y en el amor a las celebraciones litúrgicas, y manifestada en la entrega generosa en los múltiples ámbitos de la sociedad y de la cultura, habrá vida abundante. 

En cambio, los que rechacen el tesoro del patrimonio doctrinal de la Esposa de Cristo, rebajándola y adulterándola, al acomodarla al paganismo y al relativismo mundanos, se agostarán irremediablemente. 

Por tanto, el panorama venidero resulta apasionante para los que opten de veras por un seguimiento de Cristo sin paliativos ni componendas. El mañana será de los católicos que hoy vivan en la comunión de la Iglesia el compromiso de la fe, de la caridad y de la evangelización.

Fuente: almudi.org


27 abril 2026

Más allá del Viernes Santo

José Antonio García-Prieto Segura

“Nos estamos dando cuenta de que muchos de los males de nuestra sociedad, en particular la ansiedad y la depresión, provienen de ese aislamiento”.        

          Recientemente, un amigo me remitió un artículo publicado en The New York Times; sus titulares, traducidos al castellano, vendrían a decir: “La Iglesia católica experimenta un aumento de nuevos conversos”. Se refería más concretamente al territorio de Estados Unidos, y añadía: “Los obispos están tratando de comprender qué hay detrás de esta oleada”. La autora del artículo presentaba cifras y datos de conversiones en más de 20 diócesis: desde las más grandes, como Los Ángeles y Phoenix, hasta otras rurales y pequeñas, como Gallup (Nuevo México) y Allentown.

          Sin embargo, no hace falta cruzar el Atlántico para observar ese fenómeno de acercamiento a la Iglesia de Roma. Se viene produciendo desde el Reino Unido hasta países asiáticos como China, Singapur y Japón. En Europa destaca el caso de Francia, donde más de 20.000 personas se preparaban para recibir hace poco el bautismo. Pero más allá de las cifras, interesa la causa o causas originarias de esta realidad que, no lo olvidemos, es siempre un acontecimiento personal. Su raíz última es la gracia divina, porque “Dios solo sabe contar hasta uno” -que diría André Frossard-, y como buen Padre hace llegar sus luces a la persona singular, para que responda a su amor. Se sirve, eso sí, de unos medios y circunstancias que preparan su conversión, y esto es de lo que trataré a continuación.

          Entre las razones para explicar este fenómeno, tomaré como referencia algunas respuestas de conversos o que han vuelto a practicar, en Estados Unidos, y de algún obispo norteamericano. Vaya por delante que el resurgir de estas conversiones se inicia y es inseparable del ambiente universal que respiramos, y que constituye como su punto de partida. Vivimos en un escenario en el que, junto a luces positivas, hay innumerables oscuridades y sombras que desasosiegan y nos interrogan. En otras palabras, ante un panorama desesperanzado, oscuro y desalentador, nuestra cabeza y corazón anhelan asideros firmes que ofrezcan verdad, alegría y sentido existencial al diario vivir. Es lo mismo que, hace 21 siglos, experimentaron dos hombres, discípulos de Cristo, que caminaban tristes y abatidos hacia Emaús, como narra el Evangelio. Habían perdido por completo la luz de su vida, como atrapados definitivamente por los sucesos y muerte de su Maestro, el Viernes Santo.

          Como el tiempo no pasa para los anhelos del corazón humano, hoy se revive aquella escena; sirva de muestra, entre otras muchas, lo que refiere Jacqueline Chavira en el artículo de “The New York Times”, mencionado al inicio. Jacqueline, de 41 años, madre de dos hijos y residente de Grants (Nuevo México), fue bautizada de niña, pero no recibió la Confirmación y creció como testigo de Jehová. Según cuenta, se distanció de la religión en su juventud. “Sentía un vacío que no podía llenar”, dijo. Luego conoció a su prometido, que es católico, empezó a ir a misa con él y quiso casarse por la Iglesia. Afirma que esto, unido a la experiencia de la maternidad, le cambió la vida.

          En otras entrevistas de conversos americanos, muchos señalan cómo el ejemplo de cercanía y lazos de alegre comunidad fraterna, descubiertos entre conocidos y amigos católicos al practicar su fe, les había impulsado a “volver a la Iglesia”; o, en el caso de no bautizados, a recibir este sacramento. Destacaban que, en las razones personales de su conversión o de su vuelta a practicar, no había influido la elección de un “Papa americano”.

          Por su parte, Mitchell T. Rozanski, arzobispo de San Luis (Missouri), dice: “En nuestra época de incertidumbre y de gran ansiedad, existe una sed y un anhelo de Dios y de la estabilidad que la fe aporta a la vida de las personas”. En el origen del retorno a lo trascendente, las experiencias de falta de seguridad y de paz interior son como vacíos insufribles, que buscan superarse con el amor de Dios.

          Este arzobispo señala también dos importantes cambios sociales que, en los últimos años, han trastocado el sentido de comunidad y calor humano, impulsando a la gente hacia la fe católica. Dice así: “Creo que la tecnología nos ha aislado unos de otros, y que la COVID-19 no hizo más que acentuar ese aislamiento”. La desunión y soledad siempre serán motivo de abatimiento y tristeza.

          Así pues, el repliegue, distanciamiento y frialdad en la convivencia social, aparecen en el origen de los innumerables males que nos envuelven. Por eso, reitera el arzobispo de San Luis; “Nos estamos dando cuenta de que muchos de los males de nuestra sociedad, en particular la ansiedad y la depresión, provienen de ese aislamiento”.

          El reavivarse de la fe cristiana se produce en muchos países, y se indica al mundo juvenil como protagonista destacado de ese fenómeno. Jóvenes entre los 18 y 30 años buscan en la fe y vida cristiana, un cimiento de firmeza, equilibrio y verdad que, en un ambiente de comunidad fraterna y alegre, conforme y dé sentido pleno a sus vidas. Es lo que experimentaron los dos discípulos de Emaús cuando Jesús, caminando con ellos, les iluminó con sus palabras, devolviéndoles la alegría y esperanza perdidas. Fue su mutuo comentario: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32)

          El fenómeno de vuelta a la fe que comentamos es como la reedición, hoy en pleno siglo XXI, de lo sucedido a los caminantes de Emaús.  Nos animarían a no quedarnos atrapados en el clima luctuoso del Viernes Santo, a pesar de las dificultades internas y externas que nos acechan.  Entre estas últimas los aprietos y trabas que, en no pocos países, encuentra la fe cristiana para su práctica visible, como sucedió igualmente a los primeros cristianos. Lo señalaba Benedicto XVI comentando, precisamente, ese pasaje evangélico de Emaús. Era el 4 de mayo de 2014 -retirado ya como Papa-, y decía:

          “Hace dos años, cuando estaba de visita pastoral en Cuba, uno de los obispos cubanos me dijo: ‘Los cristianos de este país, y también muchos otros latinoamericanos, no hemos llegado todavía a la Pascua, nos hemos quedado en el Viernes Santo’. Estas palabras me vinieron a la mente ayer, al meditar este Evangelio de Emaús, en el que encontramos a dos hombres que, aunque es Domingo de Pascua, están todavía en el Viernes Santo. Han oído algo del sepulcro vacío, de los ángeles, pero se han quedado en el Viernes Santo: Cristo sigue todavía muerto, el mundo está vacío, la redención aún no ha llegado. No son unos casos tan especiales, son casi representantes permanentes de toda la humanidad. Podemos decir que las palabras del obispo cubano valen para gran parte del mundo; nos hemos quedado en el Viernes Santo”. (Benedicto XVI, El Señor nos lleva de la mano Homilías privadas., pág.172-173) 

          Benedicto XVI terminaba su homilía resaltando que la vida cristiana, junto al Viernes Santo, es siempre y en todo momento Pascua de Resurrección. Fue esto lo que animó a Cleofás y a su compañero a regresar sin dilación a Jerusalén para transmitir, llenos de gozo, que Cristo había resucitado y caminado junto a ellos.

          Eso es también lo que, en el fondo, explica y dinamiza el fenómeno del renovarse de la vida cristiana, en los ambientes donde se está produciendo. Y lo que hoy, como hace 21 siglos, la Iglesia espera de todos los cristianos: que allí donde nos encontremos, demos testimonio con nuestro entero proceder, de que Cristo resucitó y nos acompaña de continuo.   

Fuente: elconfidencialdigital.com

¿Cuál es el lado correcto de la historia?

Juan Luis Selma

Leo en un titular: Xi dice a Sánchez estar ambos ‘del lado correcto de la historia’ ante la ‘ley de la selva’. Hoy todos reivindican estar en el lado correcto: unos desde la derecha, otros desde la izquierda, y entre ellos se lanzan acusaciones sin descanso. Da la impresión de que la “posición correcta” depende del ángulo desde el que se mire… es decir, que no existe tal cosa.

Unos apelan al pueblo para justificar su postura; otros lo hacen en nombre de Dios, incluso pasando por encima de quienes deberían representarlo. Todos afirman poseer la verdad. Al final, el más honrado parece ser Pilato, que al menos se atreve a preguntarle a Jesús: “¿Qué es la verdad?” No es fácil situarse en el lado correcto si no se tiene un Norte.

Este domingo celebramos al Buen Pastor, el que da la vida por sus ovejas. Escucharemos en el Evangelio: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no les escucharon”. Por mucho que se proclame, se declare o se haga propaganda, las ovejas tienen un instinto innato para reconocer al buen pastor: saben quién las ama y quién busca realmente su bien.

El lado correcto es, por supuesto, el de la verdad y el del bien. Y, respecto a los demás, el de quien sabe y quiere servirles. Recuerdo un lema que leí hace años en una institución educativa: “Vale quien sirve”. La buena dirección no la marca el interés propio, ni la ideología, ni la popularidad: la define el bien, y en concreto el bien común. Algo hoy bastante olvidado o confundido con la simple buena marcha económica, el éxito o el triunfo de una ideología.

Escribía san Josemaría: “La legítima libertad de los hombres, si son verdaderamente honestos, con la ayuda divina, les lleva al deseo de servir a Dios y a sus criaturas… Queremos servir, nos sentimos honrados de hacerlo y estamos convencidos de que no podríamos imitar a Cristo, como es nuestro único deseo, si prescindiéramos de ese afán. No penséis, sin embargo, que sea fácil hacer de la vida un servicio. Es necesario traducir en realidades ese buen deseo, porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en la virtud, y la práctica de una ayuda constante a los demás no es posible sin sacrificio”.

La puerta del lado correcto la marca Dios, el Hacedor, el único que sabe quiénes somos y qué necesitamos. Los que no entran por esa puerta son salteadores: “El que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas”.

Podría decirse que esto es solo una opinión. Y lo es, pero una opinión cualificada y respaldada por la historia. Los grandes gurús que sedujeron a los pobres y sencillos no hicieron otra cosa que utilizarlos para sus propios intereses o los de su partido. Con la excusa de servir al pueblo, lo aniquilan. Hay un solo Salvador y Liberador: el que dio su vida por nosotros y resucitó. Al margen de Dios, lo que quedan son ídolos, diosecillos que buscan su gloria y su poder.

Si todo vale lo mismo; si no hay Norte ni referencias fuera del yo, del sentimiento o del interés; si tiene el mismo peso una opinión fundada que una frívola; si manipulamos la historia para ponerla a nuestro servicio; si la persona concreta deja de importar; si no hay Dios…; entonces cualquiera puede asegurarse a sí mismo que está en el lado correcto.

Hace unos días asistí a la ordenación de un joven sacerdote. El obispo le recordó que su misión era la de Cristo: darse a sus ovejas, servirlas, conducirlas a Dios. Le preguntó: “¿Quieres unirte cada día más a Cristo, Sumo Sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa, y con Él consagrarte a Dios para la salvación de los hombres?”.

Fuente: eldiadecordoba.es