10 septiembre 2026

Setenta veces siete

Domingo 24º del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 18,21-35)

Entonces, se acercó Pedro a preguntarle:

— Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?

Jesús le respondió:

— No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies y le suplicaba: “Ten paciencia conmigo y te pagaré todo”. El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: “Págame lo que me debes”. Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: “Ten paciencia conmigo y te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?”. Y su señor, irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.

Comentario

La pregunta de Pedro se refiere a un tema difícil y que a todos nos afecta: la necesidad de perdonar. Esta cuestión se plantea con frecuencia ante los inevitables roces de la vida diaria en la convivencia familiar, con los amigos o en las relaciones profesionales. No es raro que nos sintamos dolidos pensando que alguien nos ha ofendido, despreciado o perjudicado y no una sola vez sino reiteradamente. Perdonar cuesta. Por eso, la pregunta de Pedro nos parece razonable: ¿Tengo que perdonar siempre?.

Benedicto XVI invita a reflexionar acerca de lo que implica el perdón. “La ofensa –dice– es una realidad, una fuerza objetiva que ha causado una destrucción que se ha de remediar. Por eso el perdón debe ser algo más que ignorar, que tratar de olvidar. La ofensa tiene que ser subsanada, reparada y, así, superada. El perdón cuesta algo, ante todo al que perdona: tiene que superar en su interior el daño recibido, debe como cauterizarlo dentro de sí, y con ello renovarse a sí mismo, de modo que luego este proceso de transformación, de purificación interior, alcance también al otro, al culpable, y así ambos, sufriendo hasta el fondo el mal y superándolo, salgan renovados. En este punto nos encontramos con el misterio de la cruz de Cristo”.

En efecto, las dificultades que encontramos para perdonar no son tan grandes comparadas con lo que ha hecho Jesucristo por cada uno de nosotros. En esta parábola se expresa muy bien el contraste entre la actitud mezquina de los hombres en perdonar con cálculo y la misericordia infinita de Dios. Un talento equivalía a seis mil denarios y un denario era el jornal diario de un trabajador. Diez mil talentos es una cantidad exorbitante que nos da idea del valor inmenso que tiene el perdón que recibimos de Dios.

San Josemaría nos hace caer en la cuenta de que “las circunstancias de aquel siervo de la parábola, deudor de diez mil talentos, reflejan bien nuestra situación delante de Dios: tampoco nosotros contamos con qué pagar la deuda inmensa que hemos contraído por tantas bondades divinas, y que hemos acrecentado al son de nuestros personales pecados. Aunque luchemos denodadamente, no lograremos devolver con equidad lo mucho que el Señor nos ha perdonado. Pero, a la impotencia de la justicia humana, suple con creces la misericordia divina. El sí se puede dar por satisfecho, y remitirnos la deuda, simplemente porque es bueno e infinita su misericordia”.

Ante tanta generosidad por parte de Dios para con nosotros, ¿cómo no vamos a perdonar a los demás? “Lejos de nuestra conducta, por tanto –sigue concretando san Josemaría–, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido -por injustas, inciviles y toscas que hayan sido-, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravios. No podemos olvidar el ejemplo de Cristo”[3]. Con la mirada puesta en Jesús es como podemos renunciar a todo rencor y mantener nuestro corazón sano y limpio de toda enemistad.

Cuando nos venga la tentación de no perdonar recordemos las palabras del señor misericordioso a aquel siervo despiadado: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” (vv. 32-33). Al experimentar el gozo, la serenidad y la tranquilidad interior que se siente al ser perdonado, podemos con la ayuda de Dios abrirnos a la posibilidad de perdonar.

Fuente: opusdei.org


Seis consejos de ‘El Principito’ para sobrevivir en una sociedad líquida, impulsiva y sin compromiso

Juan Cadarso

Álvaro Abellán, profesor de Comunicación y Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), ofrece, por el 80 aniversario de la publicación del libro, lo que podría estar pensando el principito de esta sociedad y qué consejos daría.

El mundo vive épocas de cambios continuos y acelerados. Lo que hoy es un dogma inamovible... mañana, o esta misma tarde, es algo pasado de moda. Se cambia de un trabajo a otro sin pestañear y las parejas pasan como los trenes por el andén. Zygmunt Bauman lo llamó "la modernidad líquida". Que alguno, últimamente, ha tenido a bien elevar a estado "gaseoso".

Pero, en este frenético ritmo de vida a veces es bueno, incluso imprescindible, detenerse un rato y escuchar la sabiduría de ciertos personajes, aunque sean, por qué no, de la literatura. Si hay alguien que sabe de moverse de un planeta a otro en muy poco tiempo ese no es otro que el principito. Eso sí, cargado siempre con un saco de verdades profundas que pueden ayudar a combatir la pérdida de rumbo, el sinsentido y la falta de compromiso.

Álvaro Abellán-García es profesor de Comunicación y Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), autor de Yo siempre vi un sombrero. Encuentros con el Principito (Editorial UFV, 2022), y ofrece a los lectores de ReL, en el 80 aniversario de su publicación, lo que podría estar pensando le petit prince de esta sociedad... ¡ah!, y no se olvida de dar algunos útiles y sabios consejos.

1. Escucha a la voz que clama en el desierto:

El desierto es, primero, un lugar físico, marcado por la ausencia. Allí "hay" silencio, carencia de vida y soledad. Esas mismas "ausencias" las encontramos en nuestro mundo, aun rodeados de cosas y personas, mercados y mensajes. Todo habla, pero no dice nada. Todo se mueve tan rápido que nos cuesta reconocer el pulso de la vida natural. Dos juntos es "soledad al cuadrado", recuerda Sabina. El desierto es, también, un estado del alma. Sequedad, falta de orientación, hambre de encuentro. Es un lugar de prueba.

La ventaja del desierto físico es que ayuda a hacer silencio interior. Allí, en el silencio, se prepara la palabra esencial. La que algún día podremos escuchar. La que algún día sabremos pronunciar. Cada uno ha de escuchar la suya. Tal vez sea algo así como "¡Dibújame un cordero!". Un cordero invisible, es decir, esencial, que da continuidad a la vocación del piloto, estrenada con ese elefante comido por una boa.

El principito nos invita a salir del ruido y entrar al silencio, a permanecer allí, aunque incómodos. A esperar la voz. Quizá débil al principio, pero tronará, y una llama prenderá el corazón.

2. Apuesta por tu vocación:

Las decisiones, en nuestro tiempo, están dominadas por el cálculo de resultados. Elegimos conforme al éxito más probable o la opción más segura —¡ay, el miedo!—, y nunca conforme al valor que hace valiosa la vida. El principito descubrió el amor al conocer a su rosa. La abandonó, porque era demasiado joven para saber amarla.

El piloto descubrió su vocación de pintor al leer un libro sobre la selva virgen. La abandonó, porque las personas mayores le dijeron que se ocupara de cosas útiles. Ambos tenían un gran corazón, pero estaba roto, porque dieron la espalda a su vocación.

Elegir la vocación nos sitúa en un camino inseguro, incierto, arriesgado. Para alcanzarla, el principito deberá enfrentarse a la picadura de la serpiente; y el piloto, deberá consolar al principito, olvidando la urgente reparación del motor de su avión. Ambos desechan la opción de sobrevivir a cualquier precio. Optan por orientarse al logro de su vocación, aunque eso signifique, a menudo, tener que soportar muchas orugas, hasta ver volar las mariposas.

Álvaro Abellán-García es autor de una obra sobre el principito. Puedes comprarlo aquí.

3. Ocúpate de lo invisible:

Estamos rodeados de cosas. Las gestionamos. Y entonces aparecen más cosas que gestionar. Vivimos en modo Tetris: nerviosos por lo que se nos viene encima, calculando el modo de encajarlo: que ocupe poco espacio y tiempo. Pero, en modo Tetris, el espacio siempre se acorta y el tiempo siempre se acelera. Solucionamos problemas, pero los problemas crecen.

El principito aprendió del zorro el arte de ver lo esencial, que es invisible a los ojos y sólo se ve bien con el corazón. El piloto aprendió lo mismo de un principito ya maduro. Rilke decía de los hombres que "somos abejas de lo invisible". Pero, ¿qué es esto de "lo invisible"?

Lo invisible escapa al cálculo: no se puede medir, pesar, manejar, controlar. Nos interpela y, si respondemos, nos supera, nos envuelve, nos impulsa, nos gobierna. Nos aguarda detrás de las cosas y nos libera de convertirnos en cosas. Lo invisible es la amistad, el amor, las promesas cumplidas, los vínculos que nos unen a las fuentes de la vida, la sabiduría.

Es el elefante comido por la boa, el cordero dentro de la caja, la fidelidad a una flor que esconde el frágil cuerpo del principito, el fuego interior que obliga al piloto a contarnos su historia, el deseo que se enardece esperando la hora precisa marcada por un reloj, la presencia del amigo en el trigo y de la amada en las estrellas.

Lo invisible es el tesoro que, enterrado en los cimientos de una casa, la encanta; la belleza que se esconde en el desierto, el canto de la roldana que anuncia la llegada del agua fresca, el fuego del hogar protegido del invierno.

4. Abraza a tus amigos en los momentos difíciles:

Hoy el sufrimiento, el dolor, el fracaso, la angustia, el mal… no están de moda. No queremos ver las tumbas. Quedan mal en Instagram. Escondemos nuestras lágrimas. Cuando el amigo llora, lo respetamos en fría distancia, no importunamos su dolor con nuestra presencia. Guardamos los abrazos para el éxito. Aun así, no podemos olvidar que los mejores, los auténticos abrazos, son de tanatorio.

El principito, preocupado porque un cordero inocente pueda, sin embargo, comerse a su amada flor, eleva su preocupación doméstica a drama cósmico: "la guerra entre los corderos y las flores". Es el misterio del mal, un asunto más metafísico que moral, más radical que la identificación de culpables. "¿No es eso importante?", le dice, con lágrimas en los ojos, al piloto.

Algunos males tienen solución. Solucionemos. Somos muy buenos en eso. "Dibujaré un bozal para tu cordero…". Otros males, no la tienen. ¿Qué hacer entontes? El hombre, antes de ser un solucionador de problemas, es una palabra, una promesa, un compromiso, una respuesta. Abracemos. Busquemos al amigo en su hora difícil. Busquemos el abrazo en nuestra hora difícil.

'El principito nos invita a salir del ruido y entrar al silencio, a permanecer allí'.

5. Fortalece los vínculos que te dan la vida:

El mundo actual va muy rápido. Se consume a sí mismo en ritmo acelerado. Hacemos las cosas conforme a una obsolescencia programada: duran poco. La propaganda nos obliga a una obsolescencia percibida: la moda. No sólo nuestro vínculo con las cosas es más débil y corto, también ocurre así con las personas. Cambiamos de ciudad, de trabajo y de hobbies, de familia y de hogar. Sin vínculos fuertes con realidades estables y profundas, quedamos desorientados, desvinculados, a la deriva.

El principito, abandonando a su rosa, visitó hasta seis planetas cercanos al suyo, con la esperanza de instruirse y hacer amigos. No tuvo éxito. Cada planeta estaba habitado por un solo hombre. En el mundo de cada uno de estos personajes, conforme a la lógica de sus pensamientos y acciones, no cabía nadie más.

El hombre de negocios, el rey, el farolero, el geógrafo y el vanidoso eran, más o menos, como el bebedor, quien bebe para olvidar que tiene vergüenza de beber. Un círculo vicioso. El séptimo planeta que visita será la tierra. Está habitada por miles de hombres de negocios, reyes, faroleros… personas encerradas en su mundo, donde no cabe nadie más.

En el desierto de la tierra había un zorro. Él enseñó al principito la importancia de domesticar y ser domesticado. Es decir, de hacerse a la "domus" o casa del otro; y de hacer al otro de la propia casa. Para domesticarnos unos a otros son necesarios los ritos: espacios, tiempos y acciones que, por habituales, hacen de ese lugar, esa hora y ese encuentro algo distinto, único, significativo, denso. Insistir en lo invisible, ahí está la permanente novedad.

6. Camina lentamente y en compañía hacia las fuentes:

Un error extendido en nuestro tiempo es reaccionar a su liquidez buscando la solidez de las piedras. Nos encerramos, entonces, en los cuarteles de invierno. Nos aislamos del mundo. En la espera de tiempos mejores, dejamos de vivir nuestro tiempo, el tiempo que nos ha sido dado vivir, el tiempo que nos es donado y que es este, no otro.

El principito había rechazado ya unas "píldoras para la sed" que ahorran tiempo y esfuerzo, creyendo más sensato "caminar lentamente hacia una fuente". Habían pasado siete días desde la caída del piloto en el desierto. No tenían agua. En mitad de una noche oscura y fría, el principito y el piloto caminan juntos hacia un destino improbable: un pozo, una fuente de agua viva escondida en el corazón del desierto.

Fruto del esfuerzo de su aventura compartida, al amanecer del octavo día —el día invisible que abraza el tiempo histórico—, divisan un pozo "de aldea", de civilización fraterna, comunidad de personas. "Esta agua", dirá el principito, "es buena para el corazón".

Fuente: religionenlibertad.com

09 septiembre 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

 El Papa en la Audiencia General

Ciclo de catequesis. IV. Constitución pastoral Gaudium et spes (GS 12-22) 2. La dignidad humana: don y responsabilidad

Queridos hermanos y hermanas:

Para continuar con nuestras catequesis sobre la Constitución Gaudium et spes, hoy he querido hablar sobre la dignidad de la persona humana. El documento conciliar subraya que la misma nos viene de la divinidad, porque la identidad del ser humano es la de haber sido creado a “imagen y semejanza de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador (GS, 12). Más aún, la encarnación de Dios Hijo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (n. 22). Por ello, la persona humana exige relación, primero con Dios y después con los demás. En este sentido, el hombre es siempre un don que se comparte, que crece y madura al acoger a los otros, en la reciprocidad y en el servicio.

Las tres expresiones más significativas de la dignidad de la persona humana son: la inteligencia, que hace al hombre buscador insaciable de la verdad (cf. n. 15); la conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a la propia vida (cf. n. 16); y la libertad, que lo hace responsable de sus decisiones (cf. n. 17).* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a revalorizar y a promover, en ustedes mismos y en los demás, la dignidad única e indeleble que han recibido como seres creados a imagen de Dios y, más aún, al haber sido redimidos por Cristo. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

08 septiembre 2026

La aurora de un mundo nuevo: cuando el silencio del Evangelio revela la grandeza de María

Desde el Santuario de Genazzano, el papa León XIV reflexiona sobre la Natividad de la Virgen y nos invita a redescubrir el poder transformador de la sencillez en tiempos de incertidumbre.

El perfume de un nuevo comienzo

Hay acontecimientos que, a pesar de nacer en el silencio y la fragilidad de un brote tierno, tienen la fuerza inmensa de cambiar el rumbo de la historia. Con este espíritu de profunda emoción, el papa León XIV regresó al santuario de la Madre del Buen Consejo en Genazzano para presidir la víspera de la Natividad de la Virgen Santísima. En un mundo surcado por la incertidumbre y las sombras de la destrucción, la figura de María Niña se alza como una aurora luminosa, el signo palpable de una humanidad liberada del mal y llamada a renacer como hijos en el Hijo.

El misterio del silencio evangélico

¿Por qué los evangelistas guardaron silencio sobre los detalles de la infancia y juventud de la criatura más excelsa de la historia? Para responder a este interrogante, el Santo Padre se apoyó en la sabiduría de san Tomás de Villanueva, fraile y obispo agustino. Lejos de ser un vacío frustrante, este silencio es una clave teológica profunda: la gloria de la Virgen era tan plena que «estaba toda en ella». El Evangelio de Mateo, por ejemplo, no necesita grandes discursos para mostrar cómo la simple presencia de María —y del Hijo en ella— es capaz de transformar por completo las expectativas y las decisiones humanas, convirtiéndose en el hogar definitivo de Dios con nosotros.

Pintar la paz en el alma

Lejos de la pompa y del poder mundano, el camino elegido por Dios sigue siendo el de la humildad y la cercanía silenciosa. Retomando las hermosas palabras de san Tomás de Villanueva, el Papa extendió una invitación vibrante a los fieles: dejar volar la imaginación en la oración contemplativa para pintar en lo profundo del alma a la joven purísima, humilde y llena de gracia que Dios eligió para encarnar su Reino. No se trata de simple fantasía, sino de auténtica profecía. En tiempos donde la humanidad clama por estabilidad, imaginar la paz y dejarla germinar en el interior es el primer paso indispensable para verla florecer en el mundo.

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Genazzano, Santuario de la Madre del Buen Consejo

Lunes, 7 de septiembre de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Como recordaréis, ya «en los primeros días del pontificado sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al santuario de la Virgen del Buen Consejo, que durante toda mi vida me ha acompañado con su presencia materna, con su sabiduría y el ejemplo de su amor por el Hijo, que es siempre el centro de mi fe» (Dedicación en el libro de firmas del Santuario, 10 de mayo de 2025). Con alegría estoy de nuevo aquí, para celebrar con vosotros la Víspera de la Natividad de la Virgen Santísima y para encomendar a María Niña lo que en esta pobre y magnífica humanidad todavía nace: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios. Sí, María es la aurora de un día diferente, de nuestro mundo liberado finalmente del mal. Y estamos aquí, junto a Ella, alrededor del Altar desde el cual la salvación viene a nosotros y nos transforma, hijos en el Hijo. Pidámosle su Buen Consejo, para acoger la Palabra divina, custodiarla en nosotros y darla a luz a través de decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión.

Amadísimos, en este lugar de antigua presencia agustina volveré sobre las páginas bíblicas recién proclamadas con la ayuda de Santo Tomás de Villanueva, un fraile y obispo agustino que, dedicando su vida al servicio de los pobres, penetró a fondo en la verdad de la fe. Él supo ver la paradoja de la pequeñez y, por decirlo así, de la marginalidad de María, convertida en central en la economía de la salvación. Preguntémonos: ¿qué debía ser en tiempo de Joaquín y Ana el nacimiento de una niña? Santo Tomás indaga en profundidad: «He reflexionado muchas veces —escribe— y me he preguntado por qué los evangelistas, que han hablado tan ampliamente de San Juan Bautista y de los apóstoles, nos cuentan de manera tan sucinta la historia de la Virgen María, que supera a todos por su peripecia y su estatura personal. ¿Por qué, me pregunto, no se nos ha descrito el modo de su concepción, de su nacimiento, de su educación, de sus costumbres, de las virtudes que la adornaban, qué relación humana mantenía con su hijo, cómo se relacionaba con él, cómo vivió con los apóstoles después de su ascensión? Todas estas cosas eran importantes y los fieles las habrían leído con singular devoción y habrían gustado a la gente del pueblo. Oh, evangelistas, ¡me dirijo a vosotros! ¿Por qué nos habéis privado de una alegría tan grande con vuestro silencio? ¿Por qué habéis omitido detalles tan gozosos, tan esperados, tan agradables?» (Obras completas VII, 266,8).

Encontramos en estas palabras una sugerencia importante para nuestra fe: interrogar a la Escritura y a sus autores, discutir con el texto y dialogar con los testigos de la Revelación, como con unos amigos. Somos de hecho «conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2,19) y de la propia María aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que hace preguntas (cf. Lc 1,34) e interpreta los acontecimientos guardándolos y conectándolos en el corazón (cf. Lc 2,19.51). El Evangelio según Mateo, sin embargo, parece dar la razón con su silencio a Santo Tomás de Villanueva. Lo hemos escuchado: de María relata la presencia, pero ni una sola palabra. Y sin embargo, el simple estar ahí de María —y del Hijo en ella— mueve la historia entera: la de José y la de toda su casa. La presencia de María causa como un salto en la genealogía, como una novedad inesperada, capaz de modificar no solo las expectativas, sino también los comportamientos previsibles de un hombre. Lo que José escucha, lo que decide y lo que hace, en efecto, es respuesta a Dios y a la presencia de María, a su absoluta diferencia, que supera cualquier posible discurso y relato. En María la salvación encuentra hogar: ¡Dios con nosotros!

Escribe todavía nuestro Santo Tomás: «Pues bien, respecto a estas reflexiones mías a las que me refería, sobre por qué no se ha escrito un libro sobre las gestas de la Virgen, como en cambio se ha hecho sobre las gestas de Pablo, […] solo se me ocurre que fue así porque así plugo al Espíritu Santo, y que por impulso los evangelistas, sobre ella, han guardado silencio, por la sencilla razón de que la gloria de la Virgen, como leemos en el salmo, estaba toda en ella (cf. Sal 44,14 Vulg.), y podía ser imaginada más que descrita, y que, como síntesis de su historia, basta lo que se expresa en el título: que de ella nació Jesús. ¿Qué más quieres saber? ¿Qué más buscas en la Virgen? Te basta saber que es la Madre de Dios» (íb.).

Queridos hermanos y hermanas, experimentamos como un vértigo ante este Misterio: ¡es imposible acostumbrarse! Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en la Madre de su Creador, la Madre de Dios que salva. Y sin embargo, nace simplemente una niña, como las hijas y las nietas que tenemos en brazos. Hoy tenemos para ella títulos nobles y altísimos, de Señora y Reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo más sencillo y silencioso, y no por ello menos potente y transformativo. Es el camino de Jesús mismo, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Pues bien, como María, también nosotros estamos «predestinados a ser conformes a la imagen del Hijo» (íb.): por gracia, por supuesto, pero deseando y prefiriendo a otros caminos su vía, sus elecciones, su senda. En Jesucristo, Dios ha elegido las más humildes condiciones históricas y la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, en el que la prepotencia no tiene lugar y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida.

Añade después Santo Tomás de Villanueva: «Deja correr la fantasía, amplía los límites de la comprensión y pinta en lo profundo de tu alma a una joven purísima, prudentísima, bellísima, devotísima, humilde, mansísima, llena de toda gracia, ricamente dotada de santidad, adornada de todas las virtudes, embellecida por todos los carismas, absolutamente grata a Dios; amplíficala cuanto puedas, imagina cuanto seas capaz» (íb.). Santo Tomás nos invita a este maravilloso ejercicio de imaginación. Y observa: «El Espíritu Santo no la ha descrito por escrito, sino que ha esperado que tú la pintaras interiormente» (íb., VII, 266,9). Queridos hermanos y hermanas, es exactamente así: en la oración contemplativa toma forma lo que el mundo no nos cuenta, pero ya existe; lo que aún es invisible, pero en sí tiene un nuevo tipo de fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. La necesitamos, en tiempos de destrucción y de incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirla.

El profeta Miqueas en la diminuta Belén ha intuido el surgimiento de un Rey de paz, gracias al cual habitar la tierra finalmente seguros (cf. Miq 5,1-4). Y hoy, en la oración Colecta, dirigiéndonos a la pequeña María, hemos pedido que «la fiesta de su nacimiento acreciente en nosotros la paz». Sí, amadísimos, queremos imaginar la paz —ampliar los límites de la comprensión y pintárnosla en el alma— para reconocer que ya existe, para acogerla y servirla. Es el don de Dios, el soplo del Resucitado, la obra del Espíritu Santo. Dejemos crecer la paz en nosotros. Germinará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión.

Fuente: exaudi.org

07 septiembre 2026

¿Tiene sentido corregir hoy?

Juan Luis Selma

Nos hemos vuelto muy respetuosos -o quizá demasiado prudentes- con los demás. El individualismo va haciendo mella y pasamos bastante de los otros. La máxima parece ser: “Cada uno a lo suyo y que me dejen tranquilo”.

Hace unos días celebraba la misa en una ermita de un pueblo en el que nunca había estado. Al final de la homilía, en la que hablaba de san Juan Bautista, mártir por defender la verdad del matrimonio, una señora me indicó con timidez que no se oía bien. Comprobé que el micrófono estaba apagado. Entre risas comentábamos que también al cura hay que corregirle y ayudarle: el respeto no quita la corrección.

Es verdad que el famoso refrán “el que dice las verdades pierde amistades” sigue vigente y no nos gusta que nos corrijan. Pero todos agradecemos el interés y el cariño, y nos duele la indiferencia.

A veces vemos a personas públicas muy encumbradas que pierden el sentido de la realidad, como si vivieran en otro mundo. Si tienen responsabilidades públicas, pueden hacer daño. ¿Cómo es posible -nos preguntamos- que vivan tan engañadas? Puede ser por la soledad en la que se encuentran: al estar tan arriba, no se dejan decir las cosas. Solo escuchan halagos y zalamerías. Nadie les dice la verdad.

En la vida diaria también podemos dejar solas a las personas que queremos, que nos importan. Vemos que están equivocadas y, por un falso respeto, no les decimos nada. Así, poco a poco, se van perdiendo más.

Jesús nos dice en el Evangelio: “Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Nos habla de la corrección fraterna como instrumento para ganar al hermano, para ayudarle. La corrección es un detalle de cariño, de servicio, de cercanía: como te quiero y me importa lo que te pase, te hago esta advertencia. Lo contrario es indiferencia.

La corrección es fruto del amor; se corrige por amor. Por eso, quienes más corrigen son las madres, porque aman. También debería ser un deber cívico y religioso.

Aristóteles, al hablar de la auténtica amistad, dice que el amigo virtuoso desea el bien del otro y, por tanto, debe advertirle cuando actúa mal. Distingue entre el adulador -que calla o dice lo que el otro quiere escuchar- y el amigo verdadero, que habla con sinceridad y busca el auténtico bien del otro.

San Ambrosio decía en el siglo IV: “Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto [...] Las correcciones hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios: las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores”.

Hoy hemos asimilado una especie de indiferencia moral: “Cada uno tiene su verdad”. Por lo tanto, corregir sabe a invasión de la autonomía. La falta de convicciones y la fragilidad afectiva hacen que las relaciones sean cada vez más líquidas y superficiales. Esto hace inviable la corrección, que se percibe como intromisión.

Tenemos miedo al conflicto, a complicarnos la vida. También se confunde la corrección con un juicio despectivo. Corregir no es humillar, pero puede interpretarse como crítica destructiva.

Excusas para el individualismo y la indiferencia no faltan, menos aún en estos tiempos. Pero el ser humano está hecho para amar: necesita el amor, recibirlo y darlo. Y el amor está reñido con la indiferencia y el desinterés. El amor es atento, interesado, cercano. Quiere lo mejor para el amado. El amor es fuerte: sabe derribar muros, estrechar vínculos, superar obstáculos.

Si amo, si me importa el otro, no permitiré que nada le dañe, ni siquiera que él mismo se haga daño. Y esto, por amor, porque me importas. Ahora bien, hay que corregir bien: con delicadeza, con verdad, con oportunidad.

El Señor habla de hacer la corrección a solas, en privado, para no dañar la fama del otro. Ese a solas habla también de amistad, de tiempo sereno y oportuno. Y hay que hacerlo en verdad, no vaya a ser que el defecto que veo sea reflejo del mío. Por eso es bueno contrastar nuestra opinión con alguien de criterio.

Fuente: eldiadecordoba.es

06 septiembre 2026

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

La Palabra de Dios proclamada en la liturgia de este domingo nos ofrece algunos criterios fundamentales de pensamiento y de acción. Leemos en la Carta a los Romanos que todos los mandamientos «se resumen en este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Rm 13,9). San Pablo insiste en este punto con una imagen muy fuerte, presente también en el “Padre nuestro”. Escribe: «Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo» (v. 8).

Jesús nos ha enseñado a invocar y a practicar el perdón de las deudas. Sin embargo, hay una heredad que nos debemos los unos a los otros, sin quedar atrapados por ella: es la deuda de un amor mutuo. Toda la atención, el cuidado y el bien que hemos recibido nos hacen más libres y responsables.

En el Evangelio de este domingo, Jesús sugiere a cada comunidad cristiana al menos dos modos de ejercitar el amor mutuo. El primero es ser capaces de realizar la corrección fraterna. Es un arte delicado y muchas veces olvidado, que requiere franqueza y gradualidad. Hablarse con sinceridad —primero de tú a tú; después, si es preciso, entre dos o tres personas; finalmente, cuando sea necesario, con toda la comunidad— significa afrontar la realidad y transformar problemas y conflictos en pasos de crecimiento. La lamentación y la maledicencia son más fáciles, pero no generan nada y paralizan muchas situaciones. El Evangelio, sin embargo, nos educa a la libertad en la caridad.

Además, hay un segundo modo de amar fraternalmente, que para Jesús transforma incluso la oración: ponerse de acuerdo. No solamente cuando hay un conflicto, sino para pedir a Dios cualquier don. Dice el Señor: «Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá» (Mt 18,19). Esta promesa sugiere que podemos tener deseos comunes, dolores comunes, esperanzas comunes y, a través de la oración, crecer en la unidad. Sin la fe, cualquiera podría sentirse solo y sospechar de los demás, viéndolos como extraños y enemigos. Sin embargo, por gracia, somos hermanos y hermanas que pueden ponerse de acuerdo: encontrándose, perdonándose y escuchándose en el Señor.

Pidamos a María, quien tras el anuncio del ángel fue deprisa al encuentro de su prima Isabel para compartir la alegría y el cansancio del embarazo, que nos enseñe también a nosotros la gozosa deuda del amor fraterno.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Con gran pesar he seguido las noticias sobre los violentos ataques que recientemente han afectado a varias ciudades e infraestructuras civiles en Ucrania, provocando la muerte de personas inocentes.

Mi corazón se une al sufrimiento del pueblo que lleva años viviendo en la angustia y el miedo.

Hago un nuevo llamamiento para que se ponga fin a la violencia, se detenga la destrucción y se abran los corazones al diálogo y a la paz. Espero que los esfuerzos realizados estos días para reanudar las negociaciones den frutos concretos y abran un espacio para la diplomacia.

Elevemos nuestra oración al Señor, para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo.

Les doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos provenientes de distintos países. ¡Gracias por estar aquí!

De manera especial saludo a la comunidad del seminario interdiocesano “Studienhaus Sankt Lambert” de Lantershofen (Alemania).

Recibo con alegría a la peregrinación de la Parroquia de San Ulrico Obispo de Muestre (Treviso); así como también al Coro diocesano de la Diócesis de Oppido Mamertina-Palmi, acompañado del Obispo.

Mientras retomamos poco a poco nuestras actividades habituales tras las vacaciones de verano, pidamos al Señor que nos acompañe y nos sostenga con su luz.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!.

Fuente: vatican.va

04 septiembre 2026

La corrección fraterna

23º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 18,15-20)

Si tu hermano peca contra ti, vete y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la iglesia, tenlo por pagano y publicano.

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir, mi Padre que está en los cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Comentario

Componen el evangelio de este domingo tres dichos de Jesús que regulan aspectos importantes para la futura vida de la Iglesia: la corrección fraterna entre los fieles, el poder de atar y desatar otorgado a los apóstoles y sus sucesores y la eficacia de la oración en común.

El mensaje de Jesús no hace impecables a los hombres; pero sí les pide amarse unos a otros a pesar de sus defectos y errores. Una muestra clara de este amor es la mutua ayuda por medio del perdón y de la corrección. Con esta primera enseñanza, Jesús invita a cada uno a vivir el papel de un juez misericordioso que trata con comprensión a quien le ha agraviado o yerra en algo. Por eso, “la práctica de la corrección fraterna –que tiene entraña evangélica– es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza –decía san Josemaría−. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives”. La corrección fraterna evita también, como señala el Papa Francisco, “esa amargura del corazón que lleva a la ira y al resentimiento y que nos conducen a insultar y agredir. Es muy feo ver salir de la boca de un cristiano un insulto o una agresión. (…) Insultar no es cristiano”.

Sobre la corrección fraterna, verdadero acto de nobleza y amistad, hablaron bastantes Padres de la Iglesia, quienes sacaban consecuencias prácticas a partir de las palabras de Jesús. Por ejemplo, san Agustín amonestaba así a sus fieles: “debemos, pues, corregir al hermano por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto”.

En cuanto al segundo dicho de Jesús (v. 18), el Catecismo de la Iglesia explica que «las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquél a quien recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios» (n. 1445). Después de hablar de la reconciliación entre hermanos, Jesús entrega a sus apóstoles la potestad de reconciliar a los fieles con la Iglesia. Este poder se expresa ordinariamente por medio de la confesión de los pecados a través del confesor, que ha recibido el poder del obispo, sucesor de los apóstoles.

Por último, Jesús se refiere a “otro fruto de la caridad en la comunidad: la oración en común −decía Benedicto XVI−. La oración personal es ciertamente importante, es más, indispensable, pero el Señor asegura su presencia a la comunidad que —incluso siendo muy pequeña— es unida y unánime, porque ella refleja la realidad misma de Dios uno y trino, perfecta comunión de amor”. Cuando oramos juntos no solo movemos a Dios a concedernos lo que pedimos, sino que además se nos regala la presencia del mismo Dios entre nosotros que es, en definitiva, el principal don que podemos y debemos pedir.

Como explica el Magisterio, “Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, tanto en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, como, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos

Fuente: opusdei.org

«Oikos», o el tema de la educación en la política española

Eloy Asenjo Carpintero

La educación de los hijos "es propiedad" de la familia. Son los padres quienes ostentan el deber y el derecho de elegir la formación de sus hijos, siempre que se respete la dignidad del menor.

El discurso del Papa León XIV ante las Cortes españolas reactivó la histórica disputa entre la concepción naturalista y el colectivismo en las aulas, poniendo el foco en las asimetrías del modelo de concertación autonómico.

Desde los albores de la filosofía griega, la concepción del “oikos” —la casa o unidad doméstica— ha sido el pilar fundamental sobre el cual se construye y sostiene la estructura de la “polis”.

Lejos de ser un mero núcleo afectivo, la familia se entendía originalmente como la célula base de la sociedad y la economía. Sin embargo, la manera de entender su rol ha dividido históricamente a los pensadores en dos corrientes contrapuestas que aún resuenan con fuerza en el debate político contemporáneo.

El choque de dos visiones históricas

Por un lado, Aristóteles defendía en su obra “Política” una visión naturalista, definiendo a la familia como la primera comunidad creada para la supervivencia cotidiana, siendo la unión de estas el origen orgánico de la sociedad. Una cosmovisión que se alinea firmemente con los principios de una sociedad democrática.

Por otro lado, Platón encarnaba en “La República” una visión utilitarista y colectiva, proponiendo abolir la familia tradicional para los gobernantes y guardianes bajo el argumento de que los lazos privados generaban egoísmo. Su alternativa era una crianza comunitaria gestionada por el Estado.

A ojos de diversos analistas, esta perspectiva platónica prefigura la lógica de los regímenes totalitarios y autoritarios —como los de la órbita marxista—, donde el individuo y su núcleo quedan supeditados al control absoluto del aparato estatal. Como contraposición histórica, es reseñable la actitud de muchos de los Estados que sufrieron la ocupación soviética, los cuales hoy priorizan subsidiar proyectos educativos impulsados por grupos de familias para hacerlos realidad.

El rol de la escuela y la subsidiariedad

El sentido común dictamina que una familia totalmente aislada no puede alcanzar el pleno desarrollo de sus miembros, limitando su dignidad humana al encerrarla en un ámbito restrictivo. Existe un consenso milenario en que la familia es la célula viva de la sociedad, otorgando a los progenitores el derecho fundamental y la responsabilidad ineludible de la crianza y educación de sus hijos dentro de su núcleo afectivo.

No obstante, en la complejidad del mundo contemporáneo, resulta prácticamente imposible que una familia aislada ofrezca por sí sola una formación académica, sociopolítica y religiosa de calidad. Es de esta realidad de donde emana la obligatoriedad de la escolarización hasta los 16 años y la necesidad de centros educativos con diferentes idearios -respetuosos con la Constitución-, concebidos como un mecanismo de apoyo y no de suplantación.

En este delicado equilibrio cobra vigencia el principio de subsidiariedad, el cual establece que los asuntos deben ser resueltos por la autoridad más próxima y competente antes de delegarse a instancias superiores. Este principio opera en dos dimensiones:

Vertiente negativa: prohíbe a las instancias superiores intervenir en los asuntos de las inferiores si estas se bastan por sí mismas, frenando el centralismo asfixiante.

Vertiente positiva: obliga al Estado a intervenir y auxiliar a los niveles inferiores cuando estos se ven desbordados por la situación.

Al trasladar este principio al ámbito educativo, la premisa es rotunda: la educación de los hijos «es propiedad» de la familia. Son los padres quienes ostentan el deber y el derecho de elegir la formación de sus hijos, siempre que se respete la dignidad del menor. El Estado, por tanto, no debe adoctrinar ni sustituir, sino proporcionar la ayuda necesaria allí donde la capacidad familiar se vea superada.

Como dijo el Papa León en su mencionado discurso: “La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer».

Brecha autonómica y el desafío de la libertad de elección

En su histórico discurso, el Pontífice puso el foco en las instituciones públicas y privadas como aliadas estratégicas de las familias, recordando que el resto del contenido curricular debe ser proporcionado por ambas entidades dotadas de idearios propios. Esta colaboración exige el respeto estricto al “derecho primario e inalienable” de los padres a elegir el tipo de educación coherente con sus convicciones, un derecho amparado internacionalmente por el Artículo 18.4 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (19 de diciembre de 1966 y ratificado por España en 1977).

A pesar de este marco jurídico, la realidad sobre el terreno español muestra profundas asimetrías. Actualmente, existen Comunidades Autónomas donde los padres no pueden ejercer de forma efecƟva esta libertad debido a barreras económicas. Al no disponer de centros concertados afines a sus idearios en sus ciudades, las familias se ven abocadas a recurrir a la enseñanza privada, convirtiendo un derecho fundamental en un privilegio de pago; o bien a conformarse con opciones ofertadas en las que no se encuentran cómodas.

La ovación de más de siete minutos que Sus Señorías brindaron en el hemiciclo parlamentario al Pontífice deja un sabor agridulce. Aunque es probable que buena parte de los aplausos no respaldara el fondo de este planteamiento sobre la libertad educativo, el gesto político abre una rendija a la esperanza de que las fuerzas legislativas recojan las palabras del Pontífice como una invitación al diálogo, dejando de lado descalificaciones y así poder llegar a acuerdos para el bien común como puede ser la tutela efectiva de la soberanía de las familias en el ámbito educativo.

Fuente; omnesmag.com