03 marzo 2026

Blindar el aborto en la Constitución: una reforma que fractura el consenso

Redacción de forofamilia

En los próximos días, el Consejo de Estado deberá pronunciarse sobre la iniciativa impulsada por el Gobierno de España para incorporar el aborto como derecho explícito en la Constitución. La propuesta pretende reformar el artículo 43 para reconocer la interrupción voluntaria del embarazo como un derecho constitucionalmente protegido.

Más allá del procedimiento técnico, estamos ante una decisión de profundo calado moral, jurídico y social que afecta a los fundamentos mismos de nuestro ordenamiento.

La Constitución española no es una norma cualquiera. Es el pacto básico de convivencia que protege derechos fundamentales y establece límites al poder. Introducir el aborto como derecho constitucional implica elevar a categoría estructural una práctica que, por su naturaleza, entra en tensión directa con el derecho a la vida, reconocido en el artículo 15.

El debate no es meramente ideológico; es constitucional. ¿Puede una reforma parcial modificar de facto el alcance del derecho a la vida sin activar el procedimiento agravado previsto para los derechos fundamentales?

El planteamiento del Ejecutivo encuadra el aborto dentro del derecho a la protección de la salud. Sin embargo, convertirlo en un derecho constitucionalmente blindado supone otorgarle una prevalencia que trasciende el ámbito sanitario.

Hasta ahora, la legislación sobre el aborto ha sido fruto del debate parlamentario ordinario en las Cortes Generales, susceptible de revisión democrática según evoluciona la sociedad. Constitucionalizarlo significaría sustraerlo del debate político legítimo, fijándolo como principio estructural.

En una España ya tensionada por múltiples debates institucionales, introducir esta reforma puede aumentar la polarización. Modificar la Constitución en materias éticamente controvertidas exige un consenso amplísimo, no una mayoría coyuntural.

El blindaje constitucional no resuelve los problemas de fondo: la falta de apoyo a la maternidad, la precariedad laboral que condiciona decisiones vitales o la insuficiente red de ayudas a las familias.

Desde una perspectiva humanista y jurídica, defendemos que la verdadera modernidad constitucional pasa por reforzar la protección integral de la maternidad, promover ayudas a las mujeres en situación de vulnerabilidad y garantizar que ninguna se vea empujada al aborto por falta de recursos o apoyo social.

Blindar el aborto no fortalece la Constitución; la somete a una redefinición ideológica que rompe el espíritu de concordia que la inspiró.

Fuente: forofamilia.org

02 marzo 2026

Salir de uno mismo

Juan Luis Selma


A todos nos gusta tener éxito, y es curioso saber que la palabra viene de exitus, que significa salida.

Tengo un amigo que montó una granja de engorde de pollos: una nave enorme, totalmente automatizada. La comida, el agua, la temperatura, la luz, los medicamentos… todo estaba perfectamente controlado. Mientras admiraba lo bien que funcionaba aquel sistema —limpio, amplio, aséptico— le pregunté si los pollos se movían por toda la nave, pues podían hacerlo. Me respondió que no, que apenas avanzaban unos centímetros. Como lo tenían todo, se acomodaban.

Siguiendo con los ejemplos, recuerdo una conversación con un famoso párroco que mueve a cientos de jóvenes. Me interesé por el “secreto” de su éxito pastoral y me dijo que consistía en sacarles de su rutina. Organizaba peregrinaciones, convivencias, campos de trabajo. Cuando salían de sus hábitos diarios, podían pensar, plantearse metas, abrir horizontes. En cuanto se movían, algo en ellos despertaba.

También nosotros podemos tener una mentalidad estrecha y cómoda, pero que, como la jaula de oro, termina siendo una prisión. La vida humana se desarrolla, casi siempre, dentro de un perímetro reducido: nuestras costumbres, nuestras opiniones, nuestras emociones y los ambientes que habitamos. Ese espacio íntimo —el “yo” cotidiano— ofrece seguridad, pero también puede convertirse en una cárcel silenciosa. Salir de uno mismo es abrir ventanas para que entre aire fresco. Es un movimiento hacia la libertad.

San Agustín, en sus Confesiones, describe un viaje interior que no es encierro, sino apertura: “Entré en mi interior… y vi con los ojos del alma”. Ese entrar es descubrir que el yo profundo no coincide con el yo estrecho que solemos defender. Salir de uno mismo implica romper la coraza del ego para acceder a una verdad más amplia.

En términos existenciales, Kierkegaard diría que el yo auténtico surge cuando dejamos de vivir en la repetición automática y nos atrevemos a elegirnos de nuevo. Salir de uno mismo es, entonces, un acto de valentía.

Leemos en el Génesis: “En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: ‘Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición’”. Dejar la seguridad de nuestras costumbres y rutinas, arriesgar para crecer, nos puede costar.

El Evangelio nos presenta otro ejemplo luminoso: “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y subió con ellos a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”.

Es una invitación a salir, a subir a la montaña, a ampliar horizontes. Allí contemplan la divinidad de Jesús, su impresionante belleza. Es tan hermoso lo que ven que quieren quedarse, acampar allí mismo.

Salir no implica necesariamente tomar un avión —aunque una buena peregrinación a un santuario, a Roma o a Tierra Santa nunca está de más—. Podemos emprender un viaje sin movernos. San Agustín lo vivió así: “Entré en mi interior… y vi con los ojos del alma”. Ese viaje interior no es refugio, sino expansión: descubrir que el yo profundo es más grande que el yo que creemos ser.

También podemos salir de nuestras propias ideas, que a veces son auténticas prisiones. Hannah Arendt advertía que el pensamiento auténtico exige la capacidad de “detenerse y examinar”, no de repetir lo que ya creemos. Salir de las propias ideas implica someterlas a la prueba del diálogo, la duda y la experiencia. Incluso para crecer en la fe es bueno cuestionarse, intentar comprender. Me decía un chico que, desde que asiste a clases de teología, está profundizando mucho en su fe.

Y ya que estamos en Cuaresma, podemos practicar el “deporte” de la oración. San Agustín expresa con una sinceridad conmovedora: “Tarde te amé… Tú estabas dentro de mí, y yo fuera”. La oración lo sacó de su dispersión para llevarlo a un centro más verdadero. La oración, cuando es auténtica, nos descentra del yo pequeño y nos abre al misterio de Dios.

Fuente: eldiadecordoba.es

Silenciar el corazón

José Antonio García-Prieto Segura

  ..."Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones".

Dos veces el Espíritu Santo ha hecho resonar esas palabras en la Sagrada Escritura.

 Son una llamada a oír la misma voz de Dios que nos habla en Jesús.

Para oírla, se requiere liberar el corazón de interferencias que lo endurezcan            

Esta vez ha sido el Mensaje de Cuaresma 2026, del Papa León XIV, el inspirador de estas líneas. Y más concretamente, su invitación a “poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”. (Mensaje, 5-II-26)

Protagonista de este artículo será justamente el corazón, entendido en su más genuina esencia: como centro y morada íntima de la persona, querido por Dios para los encuentros que enriquecen la vida y la llenan de sentido porque, en definitiva, dejan paso al amor. Sin embargo, muchas veces permitimos que nuestro corazón se disperse y acelere, impidiéndonos saborear no ya el misterio de Dios, que dice el Papa, sino hasta las cosas más sencillas de la vida: por ejemplo, las notas musicales de un violín.

Es lo que sucedió en el sugerente experimento hecho en la estación del Metro l’Enfant Plaza, en Washington. Era el 12 de enero del 2007 cuando un violinista, en un corredor del subterráneo, difundía armoniosas melodías, durante 40 minutos aproximadamente. Recaudó poco más de 32 dólares y transitaron delante de él 1097 pasajeros, pero solo 27 se detuvieron. Los restantes iban disparados como centellas, porque quizá llevaban sus corazones dispersos, llenos de urgencias desasosegantes, sin espacio para la inesperada belleza musical que les habría devuelto momentos de paz.    

En nuestro corazón reside el secreto de una vida de paz y serenidad, si conseguimos silenciarlo para oír y dejar espacio a lo verdaderamente importante, desde unas notas musicales hasta lo más elevado: “el misterio de Dios”, que recuerda León XIV. Precisamente su invitación a “escuchar” y sintonizar con Dios y con los demás, es lo que destaca en la primera parte del Mensaje. Cito sus palabras: “Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro”.

Para resaltar más la importancia de prestar oídos a las necesidades ajenas como si fueran propias, recuerda el Papa que Dios es el primero en actuar así. En efecto, prosigue León XIV: “Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un signo distintivo de su ser: ‘Yo he visto la opresión de mi pueblo que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor’ (Ex 3, 7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación”.

La disposición de Dios para prestar oídos al pueblo en su conjunto también mira a la persona singular; la Escritura está llena de ejemplos: “Cuando invoqué al Señor, él escuchó mi voz y rescató mi alma de la guerra que me hacían” (Sal 54, 17). Es una súplica personal que todos deberíamos hacer propia, porque ¿quién no está necesitado de ese rescate de enemigos que nos hacen la guerra? Y no me refiero a enemigos de carne y hueso -que también podría ser-, sino sobre todo y en primerísimo lugar, al bullicio de enemigos que cada uno lleva dentro, y nos impiden silenciar el corazón para escuchar a Dios que nos habla en primera Persona, y también en y a través las personas con quienes convivimos.

Esos enemigos los señala León XIV al indicar comportamientos negativos que nos alejan de Dios y de los demás, porque ensordecen el corazón con el ruido de nuestros egoísmos. Por eso, pide el ayuno de “abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas”. (Mensaje, 5-II-26)

Silenciamos nuestro corazón si combatimos a esos enemigos; así podremos oír y acoger, sobre todo, la sinfonía de la fe que nos llega del Cielo, con Jesucristo, Palabra de Dios-Padre encarnada. Lo sugiere este texto litúrgico del tiempo de Navidad: “Cuando un sereno silencio lo envolvía todo y la noche estaba a la mitad de su curso, tu omnipotente Palabra descendió desde el Cielo” (Sab 18, 14-15). En aquella noche de Belén, los ángeles entonaron un canto de paz que solo llegó y, desde entonces, solo sigue llegando a los corazones que silencian los ruidos del mundo para hacer espacio a la Palabra de Dios y, con Cristo, a tantas necesidades materiales y espirituales de nuestro prójimo. Algo similar sucedió en la cima del monte Tabor donde, lejos de ruidos, Pedro, Juan y Santiago, oyeron la voz de Dios Padre, diciéndoles: “Este es mi Hijo, el amado: Escuchadle” (Mc 9, 7).

          Serenar prisas e inquietudes del corazón, que decía al inicio, para saborear la música del virtuoso violinista en el Metro, tiene un correlato sobrenatural en Jesucristo, intérprete de lo que bien podemos llamar “la sinfonía del Amor divino”. Por eso, se escogió como logotipo del Catecismo de la Iglesia, una imagen músico-bucólica que representa al Señor, en la figura de un pastor tocando la flauta y, a sus pies, una oveja en actitud de escucha. Más aún: como el contenido del Catecismo es fruto del trabajo de miles de obispos de todo el mundo, al presentarlo san Juan Pablo II a toda la Iglesia, escribía que: “el concurso de tantas voces expresa verdaderamente lo que se puede llamar ‘sinfonía de la fe’” (Const. ‘El depósito de la fe’, 11-X-1992). Es una sinfonía que, al hablarnos del Amor de Dios por cada uno de nosotros, contiene realidades enriquecedoras de la vida si, con un corazón silencioso, le prestamos atención y las hacemos nuestras.

Algo parecido sucede también, aunque a un nivel inferior respecto a la vida espiritual, con las bellezas naturales si nos detenemos a descubrir su encanto, cosa que no hicieron aquellos apresurados viajeros del Metro. Su agitado y ruidoso corazón les impidió descubrir que aquel músico no era un cualquiera, sino un auténtico virtuoso del violín, Joshua Bell, que tres días antes, en el Boston Symphony Hall, había ofrecido un concierto cuya entrada rondó los 100 dólares per cápita. Y también, que su breve concierto callejero lo había interpretado con un Stradivarius del siglo XVIII, y melodías de Bach, y Schubert. Se confirma que las apariencias pueden engañar…

Jesucristo, a modo de trovador divino y humano, con su vida y enseñanzas nos ofrece para que la interpretemos también personalmente, la partitura de una sinfonía del Amor eterno, como lo prueba su muerte en la Cruz por cada uno de nosotros. No pasemos de largo; que esta Cuaresma nos ayude a silenciar nuestro corazón y combatir las interferencias de esa música divina, que nos revela lo que somos: hijos de Dios en Cristo Jesús y, consiguientemente, cómo debemos actuar y llenar de sentido nuestra vida, siguiendo sus pisadas.

Fuente: elconfidencialdigital.com         

01 marzo 2026

Cristo entre Moisés y Elías

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de la liturgia de hoy compone para todos nosotros un icono lleno de luz, narrando la Transfiguración del Señor (cf. Mt 17,1-9). Para representarlo, el evangelista sumerge su pluma en la memoria de los apóstoles, pintando a Cristo entre Moisés y Elías. El Verbo hecho hombre se encuentra entre la Ley y la Profecía; él es la Sabiduría viviente, que lleva a cumplimiento cada palabra divina. Todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva.

Como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy escuchamos la voz del Padre en el monte, que proclama: «Este es mi Hijo muy querido», mientras el Espíritu Santo cubre a Jesús con una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, realmente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios. El Señor, cuando se manifiesta, nos revela su magnificencia; frente a Jesús, cuyo rostro brilla «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una confidencia solemne.

La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y de resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón. ¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor?

El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura. Esto es lo que los discípulos habían visto en el fulgor de Cristo, pero para comprenderlo se necesita tiempo (cf. Mt 17,9). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor.

Mientras experimentamos todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la mañana, que custodie nuestros pasos en la fe.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con profunda preocupación lo que está sucediendo en Oriente Medio y en Irán en estas horas dramáticas. La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable.

Ante la posibilidad de una tragedia de enormes proporciones, hago un llamamiento encarecido a las partes implicadas para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable. Que la diplomacia recupere su papel y se promueva el bien de los pueblos, que anhelan una convivencia pacífica, basada en la justicia. Y continuemos rezando por la paz.

En estos días llegan además noticias preocupantes de enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán. Elevo mi súplica por un urgente retorno al diálogo. Recemos juntos para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo. Solo la paz, don de Dios, puede sanar las heridas entre los pueblos.

Estoy cerca de la población del estado brasileño de Minas Gerais, afectada por violentas inundaciones. Rezo por las víctimas, por las familias que han perdido sus hogares y por todos los que participan en las operaciones de socorro.

Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países, en particular al grupo de cameruneses que viven en Roma, acompañados por el presidente de la Conferencia Episcopal de ese país, que, si Dios quiere, tendré la alegría de visitar en el mes de abril.

Doy la bienvenida a los fieles de la diócesis de Iaşi, en Rumanía; a los de Budimir cerca de Košice, en Eslovaquia; a los de Massachusetts, en Estados Unidos; y a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, de Jaén, en España.

Saludo a los fieles de Nápoles, Torre del Greco y Afragola, de Caraglio y Valle Grana, de Comitini, Crotone, Silvi Marina y de la parroquia de San Luigi Gonzaga en Roma; así como a los jefes scouts del grupo “Val d'Illasi”, cerca de Verona, y a los jóvenes de Faenza que han recibido la Confirmación.

¡A todos les deseo un buen domingo!

Fuente: vatican,va

28 febrero 2026

Transfiguración de Jesús

2º de Cuaresma (Ciclo A) 

Evangelio (Mt 17,1-9)

Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:

— Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:

— Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.

Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:

— Levantaos y no tengáis miedo.

Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:

— No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.

Comentario

El evangelio de Mateo sitúa esta escena en un momento delicado para los apóstoles. Justo antes, Jesús les había manifestado claramente “que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). A la vez, les había dicho, también con toda crudeza, que “si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,24-25). Es comprensible el desconcierto y temor de sus discípulos ante advertencias tan graves.

Por eso, ahora quiere alimentar su esperanza, manifestando su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Sube a un monte alto, acompañado en primer lugar por tres discípulos, de modo análogo a como Moisés subió al monte Sinaí acompañado por Aarón, Nadab y Abihú, seguidos por los ancianos del pueblo (Ex 24,9). Estos mismos tres apóstoles serían aquellos a los que llamaría en Getsemaní para que lo acompañasen más de cerca, mientras los demás quedaban algo más retirados del lugar donde Jesús rezaba en agonía (Mc 14,33). Contrastan las escenas de esplendor gozoso y sufrimiento angustiado en las que Pedro, Santiago y Juan lo acompañan, pero, a la vez, ambas están inseparablemente relacionadas. No hay gloria sin cruz.

Moisés y Elías, que habían contemplado la gloria de Dios y recibido su revelación en el monte llamado Horeb o Sinaí (cf. Ex 24,15-16 y 1 R 19,8), acompañaban a Jesús en este monte alto cuando “se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz” (v. 2). Ahora contemplan la gloria y hablan con aquel que es la revelación de Dios en persona.

Pedro no puede acallar su alegría y exclama: “Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v. 4). Su petición expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo la gloria de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza. Con esos mismos sentimientos clamaba San Josemaría haciendo oración mientras predicaba: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh. Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”.

Desde la nube de luz que los envuelve se oyen unas palabras llenas de significado: “Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle” (v. 5). La expresión “mi Hijo, el Amado”, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el amado” (Gn 22,2). De este modo se establece un paralelo entre la dramática escena del Génesis en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac, que lo acompaña sin resistencia, y el drama que se consumará en el Calvario donde Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio asumido voluntariamente para la redención del género humano. En efecto, en la escena de la Transfiguración la Iglesia ha visto una preparación de los apóstoles para sobrellevar el escándalo de la Cruz. Por su parte, el añadido “escuchadle” tiene resonancias claras de las palabras que el Señor dirige a Moisés en el Deuteronomio: “el Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo; a él habéis de escuchar” (Dt 18,15). Aquel que es el Hijo al que su padre Dios entrega a la muerte, Jesús, es a la vez aquel profeta como Moisés al que hay que escuchar.

“De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos –decía el Papa Francisco–, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a ‘bajar de la montaña’ y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida”.

Fuente: opusdei.org

27 febrero 2026

El crepúsculo del mundo compartido

Rubén Amón

El magnífico ensayo de Máriam Martínez-Bascuñán demuestra que cuando los hechos alternativos arrasan la verdad y condenan a la democracia a la soledad, como advirtió Arendt, lo que se derrumba no es la política, sino el suelo mismo de la ciudadanía.

El concepto de «hechos alternativos» podría haber sido un sarcasmo si no hubiera terminado convirtiéndose en la coartada de una época. Fue el bautismo de fuego del trumpismo, pero también la piedra angular de un tiempo político donde la verdad se convierte en materia fungible, moldeable, sustituible. No es que la mentira sea un hallazgo reciente —ahí están los sofistas, los propagandistas, los censores de todos los tiempos—. Lo inquietante es la naturalización de su valor de uso, la banalidad con la que se nos invita a habitar un espacio común corroído por la duda, la sospecha y la descomposición de los consensos mínimos.

Máriam Martínez-Bascuñán propone en El fin del mundo común un diagnóstico que no es solo académico, sino clínico. La política se nos presenta como una dolencia autoinmune: las democracias se atacan a sí mismas en el mismo lugar donde se asientan, es decir, en la deliberación pública. Y si la deliberación pública se disuelve, si no hay una realidad común reconocida, lo que se fractura es el suelo bajo nuestros pies.

Arendt, siempre Arendt, actúa aquí como un oráculo. La filósofa alemana entendió que la pluralidad humana exigía un escenario compartido para ser ejercida. No se trata de que todos pensemos igual, sino de que miremos al menos hacia el mismo objeto de debate. La metáfora es casi infantil: podemos discrepar sobre si el vaso está medio lleno o medio vacío, pero necesitamos aceptar que el vaso existe. Lo que está en juego en la posverdad es la posibilidad misma de ese vaso.

El ensayo se mueve con destreza entre las intuiciones arendtianas y la cartografía de los pensadores que denunciaron la erosión de la verdad: Orwell, que nos advirtió de la neo-lengua y del control del pasado; Foucault, que señaló la genealogía del poder en la producción de discursos; Platón, que ya desconfiaba de las sombras en la caverna. La autora los convoca sin solemnidad libresca, como aliados en la comprensión de un tiempo en el que el relato se ha emancipado de la realidad y en el que la política, reducida a espectáculo, ya no necesita comprobarse en los hechos.

La novedad no es la mentira, sino la anestesia moral que la acompaña. La mentira clásica exigía todavía un duelo: quien engañaba debía ocultarse, disfrazar, disimular. La posverdad es más indolente. Se muestra en público, se repite con desparpajo, se inmuniza por reiteración. Y aquí radica el fin del mundo común: la imposibilidad de construir una memoria compartida, de articular un relato cívico que nos vincule como ciudadanos.

La novedad no es la mentira, sino la anestesia moral que la acompaña

Arendt intuyó que el totalitarismo se alimentaba de la soledad y de la incapacidad de distinguir entre verdad y ficción. Martínez-Bascuñán lo traslada a la intemperie democrática: la política contemporánea es un campo en el que los adversarios ya no compiten sobre proyectos de futuro, sino sobre el sentido mismo de lo real. Si los demócratas discuten sobre cifras de muertos en una pandemia, sobre imágenes adulteradas de una manifestación, sobre bulos que circulan como dogmas, el debate se convierte en una torre de Babel. Nadie traduce, nadie reconoce. Se disuelven los puentes, se pudre el suelo.

El ensayo es lúcido porque no se complace en el lamento. Martínez-Bascuñán evita el tono apocalíptico. No se trata de anunciar el colapso de la democracia, sino de señalar sus fragilidades. La pregunta no es «¿hemos perdido la verdad?», sino «¿cómo podemos resistirnos?». Y ahí emerge una propuesta de regeneración que pasa por reconocer la vulnerabilidad de los espacios comunes, por custodiar la deliberación como si fuera un bien escaso, por devolver al lenguaje su capacidad de crear mundos y no de arruinarlos.

El estilo recuerda que la autora es tanto profesora de Ciencia Política como columnista. Hay rigor, pero también filo periodístico, esa vocación de traducir complejidades sin sacrificar precisión. El libro no se refugia en la jerga académica, sino que se atreve a bajar a la arena del presente: Trump, los populismos, la política digital, los memes como armas de destrucción masiva de contexto. La filosofía se entrevera con la crónica.

El título es una advertencia y una elegía: El fin del mundo común. No el fin del mundo, que sería un cataclismo metafísico, sino el fin de ese lugar compartido donde la política podía discurrir como conversación entre ciudadanos. Lo que se anuncia no es el apocalipsis, sino el aislamiento, la trivialización, la deriva hacia burbujas cerradas donde la única verdad es la que se proclama al interior del grupo.

Lo paradójico es que este final se produzca en una era de sobre-comunicación. Nunca habíamos hablado tanto y nunca nos habíamos entendido tan poco. La paradoja de la aldea global es que se ha convertido en una archipiélago de islas incomunicadas. La autora propone, siguiendo a Arendt, rescatar la noción de pluralidad: no basta con coexistir, hay que convivir; no basta con opinar, hay que reconocer la existencia del otro como interlocutor legítimo.

La pregunta última queda abierta: ¿cómo resistir? No hay una receta universal. Martínez-Bascuñán apunta a la educación cívica, a la vigilancia crítica, a la preservación de un periodismo que no renuncie a su función de mediación. Pero sobre todo señala la necesidad de restituir la confianza en la conversación pública. Recuperar la polis como lugar de encuentro. Porque si se extingue ese espacio común, lo que desaparece no es solo la democracia. Desaparece la posibilidad misma de ser ciudadanos.

El libro convoca el sentido de la responsabilidad. No podemos resignarnos a que el espacio compartido se erosione bajo la coartada de los «hechos alternativos». La verdad no será absoluta, pero sin un mínimo de ella no hay convivencia posible. Lo que Arendt defendía como pluralidad corre el riesgo de degenerar en un pandemónium de soledades. Y ese, sí, sería el verdadero fin del mundo.

Fuente: ethic.es

26 febrero 2026

Ratzinger: sobre la felicidad y el bienestar emocional

Redacción de Nueva Revista

«Luchar contra el dolor y la injusticia en el mundo es un impulso genuinamente cristiano. Ahora bien, la idea de que mediante una reforma social se pueda alumbrar un mundo libre de dolor, así como el deseo de conseguirlo aquí y ahora, es una falsa doctrina que supone un profundo desconocimiento del ser que llamamos hombre. En este mundo, el dolor no procede únicamente de la desigualdad de riqueza y poder. Por lo demás, no es solo algo desagradable que el hombre deba remover. Quien quiere hacer tal cosa tiene que huir al mundo meramente aparente de los estupefacientes, para, de ese modo, destruirse por completo a sí mismo y entrar en contradicción con la realidad. Solo a través del sufrimiento y de su capacidad para liberar de la tiranía del egoísmo llega a conocerse el hombre: ahí reside su verdad, su alegría y su felicidad. El hombre será tanto más feliz cuanto más dispuesto esté a cargar con los abismos de la existencia y el esfuerzo que entraña. La medida de la capacidad para la felicidad depende de la cantidad de la prima desembolsada, del grado de disposición para acoger apasionadamente al ser humano. El que se quiera huir de todo ello, el que se nos quiera hacer creer que se puede llegar a ser hombre sin persistir en ser uno mismo, sin la paciencia de la renuncia y el esfuerzo de la abnegación; el que se nos enseñe que no es preciso la dureza que entraña cumplir la tarea encomendada, ni el sufrimiento paciente que supone la tensión entre el deber del hombre y su ser efectivo: todo ello configura esencialmente la crisis de nuestros días. Privado del esfuerzo y recluido en el País de Jauja de los sueños, el hombre pierde lo más genuino de su ser: su propio yo» (Joseph Ratzinger: Cooperadores de la verdad. Rialp, 2021, pp. 83-4. Introducción, traducción y notas de José Luis del Barco. El texto original alemán se encuentra en Joseph Ratzinger: Die Situation der Kirche heute. Hoffnungen und Gefahren. Herausgegeben vom Presseamt des Erzbistums Köln, 1977)». 

«Lo más importante y decisivo para el hombre, también para su bienestar y felicidad, no es sentirse bien, sino ser bueno» (Joseph Ratzinger: Cooperadores de la verdad).

Fuente: nuevarevista.net


25 febrero 2026

Cardenal Bustillo: “Los sacerdotes tienen que cuidar la salud y la alegría”

María José Atienza


El Cardenal Francisco Javier Bustillo, OFM Conv., es obispo de Ajaccio en Córcega, una diócesis que, actualmente, cuenta con unos 280.000 fieles, atendidos por unos 80 sacerdotes.

Monseñor Bustillo fue el ponente de la primera jornada de Convivium, la asamblea presbiteral convocada por la Archidiócesis de Madrid, que reunió durante dos días a los sacerdotes de la diócesis para reflexionar sobre su identidad y misión en el contexto actual. 

En este contexto, Omnes pudo entrevistar al cardenal franco–español sobre la identidad sacerdotal, el cuidado de la vocación y la necesidad de cuidar a quienes se acercan a la fe.

En una sociedad tan compleja, marcada por cambios. ¿Cuáles son los retos de los sacerdotes hoy?

El sacerdote tiene que acordarse que fue ungido por el Espíritu Santo y tiene que despertar la creatividad, la audacia, para poder dar al mundo lo mejor que tiene. El Evangelio dice “vosotros sois la sal de la tierra, la luz del mundo”. Creo que nuestra sociedad necesita encontrar el gusto de la vida y en esas fases de la vida donde vemos muchas páginas bastante sombrías, necesita encontrar la luz y el ánimo.

¿Cómo desarrollar una vida sacerdotal exigente pero sin terminar “quemado”? 

Cuando hablo, sobre todo en Francia, a los sacerdotes, les digo que hay un binomio que tenemos que cuidar con mucho esmero: la salud y la alegría. Si un sacerdote, en su ministerio, ─que, efectivamente es exigente y nos van a pedir muchas cosas─, pierde la alegría o pierde la salud, pierde el ánimo y pierde la eficiencia también en su misión.

El sacerdote del siglo XXI, y en una ciudad como Madrid, tiene que cuidar, con mucho esmero, la salud y la alegría, sino se pierden. Ha de trabajar su vida interior y su humanidad. Si trabajas tu humanidad y tu vida interior, vas más lejos.

Usted ha resaltado la importancia de la fraternidad sacerdotal. En un momento en el que la polarización se infiltra también en la Iglesia, ¿Cómo equilibrar la diferencia propia de cada sensibilidad con esa fraternidad?

La polarización la vemos hoy, por desgracia en España, en Francia…, en Occidente en general y también en el interior de la Iglesia. Es triste que la aplicación política e ideológica de la sociedad a veces se da en la Iglesia.

Nuestro ideal es la comunión, es la unión. Jesús dijo “que seáis uno”, que estéis unidos. Si en la Iglesia estamos divididos, es un problema de coherencia con el testimonio que tenemos que dar.

Cuando miramos al colegio apostólico, encontramos personajes muy distintos. Tenemos a Mateo y tenemos a Simón. Y Jesús les llama. Hoy que hay diferencias en la Iglesia: que uno sea tradicional o el otro carismático, el otro moderno, en vez de ser un problema para la iglesia, es una riqueza.

En vez de ponernos unos contra otros, que no es evangélico, tenemos que andar unos con otros y celebrar que cada uno tiene su camino, cada uno tiene su vida, cada uno tiene su recorrido y somos todos distintos. Y estas diferencias no son un obstáculo, sino que son una suerte y una bendición para la Iglesia. 

Usted viene de Francia que, en los últimos años, ocupa titulares con la vuelta a la fe de tantos jóvenes. ¿Cómo hacer que esta vuelta a Dios no se quede en un chispazo sino que cambie la vida? 

–Lo primero que vemos es el vacío en la sociedad francesa y occidental, después de 60 años con ese lema “Ni Dios, ni Maestro”: no necesitamos a nadie, hacemos lo que queremos. Ha habido mucho progreso tecnológico, científico, humano. Se ha insistido mucho en el poder, el saber, el hacer, el tener, pero se ha dejado en la periferia el ser. Aquello que la persona es, lo que la persona vive. Los jóvenes de hoy buscan un sentido a la vida.

Yo tengo mi diócesis, que es pequeña, más de 303 que van a ser bautizados ahora en Pascua. Eso quiere decir que los jóvenes, que son un poco vírgenes espiritualmente, buscan una identidad, buscan a una familia. 

Lo primero es acogerlos, celebrar su presencia. Después, tenemos una responsabilidad. No podemos quedarnos en decir, ¡qué suerte tenemos que vienen todos a pedir el bautismo en la iglesia católica! Sino que tenemos la responsabilidad de acogerles, de acompañarles y de orientarles para que sean, realmente parte de la familia de la Iglesia y para que puedan aportar un poco de frescura.

Fuente: omnesmag.com