18 octubre 2026

El bien tiende por naturaleza a difundirse

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy, en el Evangelio, Jesús habla de la fiesta de bodas que un rey prepara para su hijo (cf. Mt 22,1-14).

El matrimonio de un hijo es un momento especial para cada familia, y este padre, feliz, quiere compartir su alegría con todos. Ofrece un banquete e invita a muchas personas. Santo Tomás de Aquino dice, al respecto, que el bien tiende por naturaleza a difundirse: «Bonum dicitur diffusivum sui» (Summa theologiae, I, q. 5 a. 4, ad 2). También la imagen de nuestro relato, en el contexto concreto de una experiencia cotidiana, nos habla de esta realidad. Cuando sucede algo bueno, se enciende una luz que lleva a incluir a los demás en la propia felicidad.

Sin embargo, ante un ofrecimiento tan hermoso, los invitados, en vez de unirse a la fiesta, dan un paso atrás y prefieren seguir ocupándose de sus propios asuntos. Es más, algunos, molestos, insultan e incluso matan a los mensajeros del rey. Lamentablemente, esto también sucede: el bien que ofrecemos no siempre es comprendido, reconocido o apreciado; a veces incluso es malinterpretado y rechazado. Pero eso no debe desanimarnos. El rey, frente al rechazo, no suspende la boda ni cancela los festejos; es más, extiende su invitación a un número aún mayor de personas, enviando a sus siervos a llamarlas por las calles, de modo que la alegría de los esposos sea un don para todos.   

Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿a quién representan los protagonistas de esta historia? San Jerónimo identifica al rey con el Padre de los cielos, al esposo con Jesús y a la esposa con la Iglesia (cf. Comentario al Evangelio de san Mateo, Libro III, cap. 22). Entre los protagonistas, entonces, estamos también nosotros, elegidos por el Señor para compartir con Él nuestra existencia y para ser junto a Él portadores de vida. La fiesta de bodas es la nuestra, y la sala del banquete son nuestras iglesias, nuestras casas, los lugares donde vivimos, y donde cada día el Hijo del Rey, Jesucristo, vuelve a declararnos su amor y espera nuestro “sí”. Allí nosotros lo encontramos, como la esposa, con la vestidura blanca del Bautismo y ataviados con las joyas de las buenas obras, que nos acercan a Dios y entre nosotros.

La alegría que anunciamos no es artificial, sino profunda, concreta, real, hermosa como los rostros de las personas que encontramos, verdadera como el trabajo, las sonrisas, las lágrimas, las manos estrechadas, los gestos de bien de nuestras jornadas. Y es un don de Dios para la salvación del mundo.

Pidamos a María, Madre del Señor, que nos ayude a crecer en esta alegría y a anunciarla siempre y en todas partes, también allí donde no es comprendida; con generosidad, con valentía y con fe.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Mantua, fue beatificada sor María Ignacia Isacchi, fundadora de la Congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, la caridad la hizo entregarse con valor al servicio de los necesitados y desfavorecidos. Que su ejemplo reavive en todos nosotros el deseo de ser, en medio del mundo, testigos del amor evangélico hacia todos.

La guerra en la martirizada Ucrania sigue causando sufrimientos incluso mucho más allá de sus fronteras, especialmente en los países más pobres, donde tantas personas dependen de las importaciones de cereales. Hago un llamamiento apremiante a las partes en conflicto para que permitan el transporte seguro de cereales por el mar Negro. El pan de cada día de millones de personas no puede ser rehén de la guerra.

Hoy se celebra en Italia la Jornada en memoria de las Víctimas de los Accidentes Laborales. Saludo a la Asociación Nacional de Mutilados e Inválidos del Trabajo y aliento los esfuerzos de prevención.

Dirijo mi más cordial bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos.

Saludo a los miembros de la Hermandad del Señor de los Milagros en Roma y a cuantos han participado en la procesión con la venerada imagen del Crucificado. Agradezco sus oraciones por la visita pastoral que realizaré a Perú.

Acojo con alegría a los fieles de la Eparquía Greco-Católica de Mukáchevo, en Ucrania, acompañados por su obispo; a la Asociación de Fieles Hakuna; a las Antiguas Alumnas de Jesús-María de España; al Coro y a la Escuela Coral de la Catedral de Haarlem, en los Países Bajos; y a los fieles procedentes de Viena.

Saludo a los jóvenes de la vicaría de Chiaravalle, en la diócesis de Senigallia; a los miembros de la sección provincial de la AIDO de Belluno; al grupo «Ars Enotria» de Cosenza; y al equipo femenino de fútbol del Hospital de Biella.

Queridos amigos: recientemente, durante una revisión, los médicos me han detectado un nódulo localizado en el pulmón. Se ha detectado todavía en una fase muy temprana y está bien localizado. Los médicos consideran oportuno intervenir. Por eso, siguiendo sus consejos, he decidido operarme para removerlo. La operación ya está programada para los próximos días. Les agradezco su cercanía espiritual y me encomiendo a sus oraciones. Gracias y feliz domingo.

Fuente: vatican.va

17 octubre 2026

El tributo al César

29.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 22, 15-21)

Entonces los fariseos se retiraron y se pusieron de acuerdo para ver cómo podían cazarle en alguna palabra. Y le enviaron a sus discípulos, con los herodianos, a que le preguntaran:

—Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de personas. Dinos, por tanto, qué te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no?

Conociendo Jesús su malicia, respondió:

—¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda del tributo.

Y ellos le mostraron un denario.

Él les dijo:

—¿De quién es esta imagen y esta inscripción?

—Del César —contestaron.

Entonces les dijo:

—Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Al oírlo se quedaron admirados, lo dejaron y se fueron.

Comentario

Jesús resuelve magistralmente la trampa dialéctica que le tendieron sus enemigos sobre el tributo al César con la célebre sentencia “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (v. 21). Con este logion o dicho, el Señor no solo desbarató la treta que le planteaban, sino que también sentó las bases para una recta distinción entre el poder temporal y el espiritual y para una actuación cristiana coherente en medio del mundo.

En tiempos de Jesús, Judea vivía una situación política y religiosa dramática. Por un lado, toda la región estaba sometida al Imperio Romano; como provincia conflictiva, Judea requería presencia militar permanente a cargo de un procurador, encargado de garantizar el sometimiento del pueblo y de cobrar los impuestos por medio de recaudadores locales: los publicanos. Por otro lado, los herodianos preferían la mediación de un príncipe local que cobrara los impuestos y diera parte del dinero a Roma. Por su parte, las autoridades religiosas debían velar por el sostenimiento del templo de Jerusalén, el culto y las instituciones.

En este cruce de intereses, el llamado tributo al César resultaba por tanto materia de controversia asegurada: ¿qué era lo justo en aquella difícil situación para cualquier judío piadoso? El denario era la paga de un jornalero por un día de trabajo (cfr. Mateo 20,2) y un par de denarios fue lo que dejó el buen samaritano en la parábola lucana para gastos de la posada (Lucas 10,35). Un denario equivalía a diez ases, y de ahí su nombre. No era una suma muy alta, pero tampoco despreciable; y, sobre todo, estaba destinada a los intereses de los romanos. El dilema parecía por tanto insalvable: si Jesús animaba a pagar el tributo, aparecía ante la opinión pública como amigo de los gentiles y su prestigio entre el pueblo podía caer. Si por el contrario animaba a no pagar el tributo, era posible acusarlo de soliviantar al pueblo contra Roma.

Con excelente sabiduría, Jesús invita a observar la moneda que servía para pagar y a verificar la presencia de la efigie del César acuñada en ella. San Hilario parafraseaba la respuesta de Jesús así: “La moneda del César está hecha en el oro, en donde se encuentra grabada su imagen; la moneda de Dios es el hombre, en quien se encuentra figurada la imagen de Dios; por lo tanto dad vuestras riquezas al César y guardad la conciencia de vuestra inocencia para Dios”[1].

El Papa Francisco retoma esta idea cuando dice: “La referencia a la imagen de César, incisa en la moneda, dice que es justo sentirse ciudadanos del Estado de pleno título —con derechos y deberes—; pero simbólicamente hace pensar en otra imagen que está impresa en cada hombre: la imagen de Dios. Él es el Señor de todo y nosotros, que hemos sido creados «a su imagen» le pertenecemos ante todo a Él”[2].

La respuesta de Jesús a la cuestión ha sido un recurso frecuente para desarrollar la doctrina social de la Iglesia, que defiende tanto el ámbito civil, con sus derechos y deberes, como el ámbito eclesial, con los suyos propios. Se trata de dar al César, a la autoridad legítima, lo que le corresponde en justicia y, a la vez, defender los derechos de la Iglesia, sin emplearla en beneficio propio o mezclarla con fines meramente temporales.

A propósito de esta escena y hablando a cristianos que tienen que santificarse en medio del mundo, san Josemaría recomendaba vivir la unidad de vida, es decir, conjugar los deberes cívicos con los religiosos sin invadir ni negar el ámbito de ninguno de ellos. Decía pues: “ya veis que el dilema es antiguo, como clara e inequívoca es la respuesta del Maestro. No hay —no existe— una contraposición entre el servicio a Dios y el servicio a los hombres; entre el ejercicio de nuestros deberes y derechos cívicos, y los religiosos; entre el empeño por construir y mejorar la ciudad temporal, y el convencimiento de que pasamos por este mundo como camino que nos lleva a la patria celeste. (…) La elección exclusiva que de Dios hace un cristiano, cuando responde con plenitud a su llamada, le empuja a dirigir todo al Señor y, al mismo tiempo, a dar también al prójimo todo lo que en justicia le corresponde”

Fuente: opusdei.org

Carta del Prelado del Opus Dei (16 oct.26)

 Mons. Fernando Ocáriz

 Contemplación

ÍNDICE

  • Carta sobre la contemplación (nn. 1-2)
  • El constante diálogo de Jesús con el Padre (n. 3)
  • La contemplación en la vida de san Josemaría (nn. 4-5)
  • En un mundo acelerado (nn. 6-8)
  • «¡Tu rostro buscaré, Señor!» (nn. 9)
  • Ver a Dios en todo (n. 10)
  • Mirar al cielo con los pies en el suelo (nn. 11-12)
  • El tiempo es breve (n. 13)
  • La contemplación es un don de Dios (nn. 14-16)
  • Bienaventurados los limpios de corazón (nn. 17-18)
  • Ver a Dios en los demás (n. 19)
  • Como hijos queridos (nn. 20-21)
  • Con sed de almas (nn. 22-24)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

1. En el mensaje de marzo pasado os proponía profundizar, entre octubre de este año y del próximo, como preparación para el centenario de la Obra, en la llamada a «ser contemplativos en medio del mundo, con la que nuestro Padre condensaba muchos elementos del espíritu del Opus Dei»[1].

Nuestra peculiar llamada nos lleva a desear vivir la contemplación en medio de nuestras circunstancias ordinarias. El Opus Dei no es un camino para cumplir ciertos deberes religiosos: eso es mucho, pero, al mismo tiempo, es poco. Nuestro espíritu apunta mucho más lejos: nos lleva a ver y amar el mundo desde el amor de Dios, a participar de su mirada. Se trata de una invitación ambiciosa, para la que no contamos solamente con nuestras fuerzas, sino, sobre todo, con la ayuda de Dios. Por eso, mientras preparamos el centenario de la Obra con un deseo grande de vivir a fondo nuestra vocación, podemos preguntarnos: ¿me considero llamado a la contemplación? ¿Sé que, a pesar de mis defectos y dificultades, Dios quiere hacerme contemplativo en medio del mundo? ¿Soy consciente de que Dios me llama a encontrarlo en cada paso, en cada suceso, en cada momento?

2. Para comprender qué es la contemplación, la tradición teológica de la Iglesia nos ofrece una definición clásica, de santo Tomás de Aquino: la contemplación es simplex intuitus veritatis ex caritate procedens, una mirada simple e intuitiva de la verdad que procede del amor[2]. No se trata de un esfuerzo puramente intelectual ni de una especulación abstracta. La contemplación es una mirada llena de afecto, un ver que nace del amor. Benedicto XVI lo explicaba así: «El programa del cristiano –el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús– es un “corazón que ve”. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia»[3]. Cuando el corazón está lleno del amor de Dios, la inteligencia y la afectividad se unifican en un acto sencillo de visión. Se mira aquello que se ama, y esa mirada transforma progresivamente al que contempla.

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El constante diálogo de Jesús con el Padre

3. Jesucristo es para nosotros mucho más que un modelo a imitar: él es nuestra vida; él quiere vivir su vida en la nuestra. Durante su paso por la tierra, el Señor quiso dejar constancia de su continua conversación con su Padre en medio de circunstancias y lugares muy variados. Lo vemos orar, por ejemplo, durante su bautismo en el Jordán (cfr. Lc 3,21); buscar lugares solitarios para estar en silencio con él (cfr. Mc 1,35; Lc 5,16; 9,18); lo vemos dirigirse a un monte apartado (cfr. Mt 14,23; Mc 6,46; Lc 6,12; 9,28-29). Y en su pasión, lo vemos también dialogar con el Padre, desde la agonía del huerto de los olivos (cfr. Mt 26,36-44) hasta la cruz (cfr. Lc 23,34.46).

Sin embargo, más allá de referencias concretas a los momentos y las formas que toma la oración de Jesús[4], sabemos que en realidad toda su vida es un diálogo ininterrumpido, una conversación hecha también de acciones y miradas, de trabajo y descanso. La oración de Jesús «atraviesa toda su vida, como un canal secreto que riega la existencia, las relaciones, los gestos, y que lo guía, con progresiva firmeza, a la donación total de sí, según el proyecto de amor de Dios Padre»[5].

San Josemaría se fijaba especialmente en la contemplación de Cristo durante los treinta años de su vida oculta. Esa vida de Jesús, María y José es contemplativa y, a la vez, tan normal, sin nada extraordinario. «Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros –decía san Josemaría–, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. (…) Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección»[6].

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La contemplación en la vida de san Josemaría

4. «Contemplativo itinerante»: así definía a san Josemaría el Decreto sobre sus virtudes heroicas. «Los rasgos más característicos de su figura», señalaba el documento, «no solo se encuentran en sus dotes extraordinarias de hombre de acción, sino también en su vida de oración y en esa asidua experiencia unitiva que hizo de él un contemplativo itinerante»[7]. A eso mismo estamos llamados sus hijas e hijos en el Opus Dei, así como todas las personas que se acercan a la Obra: a ser contemplativos itinerantes, a vivir en diálogo con Dios en medio de los caminos de nuestras ciudades y de la agitación de nuestra vida; a estar siempre con Dios allí donde estemos: en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestros ambientes.

«Jesús, que mis distracciones sean distracciones al revés: en lugar de acordarme del mundo, cuando trate Contigo, que me acuerde de Ti, al tratar las cosas del mundo»[8], rezaba san Josemaría. Nuestro fundador buscaba descubrir a Dios detrás de todo lo que sucedía, trataba de desentrañar su presencia en medio de lo que aparentemente era más «profano»; quería descubrir poesía –«endecasílabos»[9]– en las acciones que podrían parecer intrascendentes o banales.

5. San Josemaría vio una confirmación divina de esta llamada en las profundas experiencias de oración que vivió en medio de la agitación del mundo: leyendo el periódico, viajando en un tranvía, experimentando el movimiento de una gran ciudad; situaciones, en fin, equivalentes a tantas otras de nuestra vida.

«Quiero anotar, porque es algo raro, que Jesús suele darme oración cuando leo la prensa»[10], escribió en una ocasión. A los pocos días anotaba aún algo similar: «El sábado último me fui al Retiro (…) y traté de leer un periódico. La oración venía con tal ímpetu que, contra mi voluntad, tenía que dejar la lectura: y entonces ¡cuántos actos de Amor y abandono puso Jesús en mi corazón y en mis labios!»[11]. También dejó constancia de su oración en medio del tráfico cotidiano: «La oración más subida la tuve (…) yendo en un tranvía y, a continuación, vagando por las calles de Madrid, contemplando esa maravillosa realidad: Dios es mi Padre»[12]. Precisamente en la fecha en que os mando esta carta, se cumplen 95 años de esa experiencia[13].

Ya entrada la segunda mitad del siglo XX le sucedió algo similar, durante su primera visita a la ciudad de Londres, una de las grandes capitales multiculturales del mundo: «Al considerar ese panorama me desconcerté y me sentí incapaz, impotente: Josemaría, aquí no puedes hacer nada. Estaba en lo justo: yo solo no lograría ningún resultado; sin Dios, no alcanzaría a levantar ni una paja del suelo (…). De pronto, en medio de una calle por la que iban y venían gentes de todas las partes del mundo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo»[14].

Ese es el camino al que nos invita el Espíritu Santo a través de san Josemaría: caminar por la vida con la seguridad y la fuerza de ser hijos amados de Dios, viviendo y compartiendo todo con él; o, por decirlo con esa palabra del Maestro que dejó un recuerdo indeleble en su discípulo amado, permaneciendo en él[15].

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En un mundo acelerado

6. Los análisis del mundo contemporáneo reconocen en nuestra sociedad una tendencia al activismo, a empeñar la vida únicamente en el trabajo: los esfuerzos de mucha gente parecen dirigidos casi exclusivamente a aumentar la productividad, para adquirir bienestar a través de la acumulación de recursos materiales, experiencias, prestigio social… A esto se suman también los efectos, en casi todos los ámbitos, de la constante presencia de tecnologías que, cuando no son utilizadas con sabiduría, pueden aislar, entorpecer el contacto con los demás, incluso dificultar nuestra apertura para escuchar a Dios y a los otros. De hecho, se habla de una auténtica crisis del recogimiento y de la atención, que es un bien tan necesario para la vida interior y para el amor a los demás. La capacidad de atención está fragmentada por muchos intereses que luchan entre sí por hacerse con ella. Como señaló hace poco León XIV, «las nuevas tecnologías se han convertido en un entorno artificial en el que nuestras opciones fundamentales se ponen a prueba»[16].

7. Ante esta situación, gran parte del mundo de hoy está buscando modos de dar respiro a las personas, ofreciendo a la vida un sentido que vaya más allá de la actividad febril. Esto puede explicar, al menos en parte, el interés por lo «espiritual» que se observa en algunos países desde hace ya algunas décadas: se multiplican ofertas que, a pesar de todo, resultan parciales en muchos casos, porque generalmente se quedan cortas en comparación con la plenitud de vida sobrenatural y humana que nos ofrece Jesucristo.

Mientras algunas propuestas no van más allá de las frágiles seguridades de lo material, o del bienestar en términos mundanos, «al mismo tiempo vemos muchos signos que nos indican un despertar del sentido religioso, un redescubrimiento de la importancia de Dios para la vida del hombre, una exigencia de espiritualidad, de superar una visión puramente horizontal, material, de la vida humana»[17]. Todos habremos percibido a nuestro alrededor esa sed espiritual, que ansía descubrir la contemplación, la compañía y la paz de Dios.

8. San Josemaría invitaba a todos los cristianos a «ser almas de oración», almas contemplativas en medio del mundo, con unas palabras que sirven para cualquier época, también en medio de la secularización actual y del creciente desarrollo tecnológico: «Yo, mientras me quede aliento, no cesaré de predicar la necesidad primordial de ser alma de oración ¡siempre!, en cualquier ocasión y en las circunstancias más dispares, porque Dios no nos abandona nunca (…). Con esta búsqueda del Señor, toda nuestra jornada se convierte en una sola íntima y confiada conversación. Lo he afirmado y lo he escrito tantas veces, pero no me importa repetirlo, porque nuestro Señor nos hace ver –con su ejemplo– que ese es el comportamiento certero: oración constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana»[18]. En realidad, vivimos unas circunstancias muy favorables –el mundo nos lo está reclamando– para transmitir esa visión.

El año pasado, durante la homilía de la Misa con ocasión de la memoria litúrgica de san Josemaría, consideraba que nuestra «sed de infinito se manifiesta de muchos modos, aunque no todas las maneras de saciarla dejan el corazón satisfecho. Quizá tenemos experiencia de haber perdido el tiempo aspirando a una felicidad construida solamente sobre los bienes materiales, el éxito o la comodidad. Sabemos, en cambio, que solo Dios da sentido a todas las realidades y colma los deseos de nuestro corazón»[19]. Ante esa sed de espiritualidad, ante ese deseo de Dios que late en el fondo del corazón de todas las personas, también de las que parecen más alejadas de la Iglesia, se hace especialmente necesario el anuncio de la invitación de Dios a ser contemplativos en medio del mundo.

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«¡Tu rostro buscaré, Señor!»

9. El dinamismo más íntimo del amor consiste en la búsqueda del amado. Quien ama no se contenta con conocer de manera superficial, con saber algunas cosas sobre el amado: anhela contemplar su rostro, estar en su presencia, escuchar su voz. La genuina oración cristiana está marcada por aquel gemido filial del salmista: Vultum tuum, Domine, requiram (Sal 27 [26],8), ¡tu rostro buscaré, Señor!

Nuestro Padre vivió y enseñó esta apasionada búsqueda del rostro de Cristo en medio de la vida ordinaria. En una de sus homilías, con la fuerza que proporciona lo vivido, exponía cómo quien ama a Dios experimenta una necesidad irreprimible de buscarlo continuamente: «Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra... hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto»[20].

El alma que busca el rostro del Señor en la vida ordinaria descubre precisamente ahí un lugar privilegiado para ese encuentro. La contemplación no está reservada a unos pocos iniciados, ni es una meta solo para quienes se retiran del mundo. El deseo de ver a Dios se encarna en el centro de las actividades cotidianas. Nos encontramos con el Señor en la mesa de trabajo, en el cuidado de la familia, en las relaciones sociales y en el descanso. El amor nos lleva a descubrir la mirada de Cristo que nos contempla y nos invita a responderle con la nuestra.

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Ver a Dios en todo

10. Esta mirada enamorada transforma profundamente la comprensión de la realidad. Empezamos a ver motivos de agradecimiento y de alabanza donde antes veíamos solo problemas; empezamos a adivinar las atenciones constantes de Dios donde antes nos creíamos abandonados a nuestra suerte; empezamos a conversar con él donde antes solo alimentábamos nuestro monólogo interior. «Dondequiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos –en la fábrica, en la universidad, en el campo, en la oficina o en el hogar–, nos encontraremos en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios. Porque todo –personas, cosas, tareas– nos ofrece la ocasión y el tema de una continua conversación con el Señor»[21].

La fe nos abre los ojos para percibir la presencia siempre activa de Dios aquí y ahora: descubrimos así el valor inestimable de cada instante y de cada situación, sabiendo que en todo momento somos objeto del amor infinito del Padre; reconocemos la solicitud de su Providencia en los acontecimientos pequeños y grandes de cada jornada. Las alegrías, las dificultades, los éxitos y las contradicciones se convierten en «materia prima» y en lugar para la conversación con el Señor. Nada es neutro; nada carece de valor sobrenatural si se realiza por amor y con ganas de servir, de ser un apoyo para los demás.

Mirar al cielo con los pies en el suelo

11. Existe el riesgo de confundir la vida espiritual con una evasión sentimental de los deberes cotidianos, o con un refugio en ideales abstractos. Sin embargo, la auténtica contemplación cristiana hunde sus raíces en la Encarnación. Dios no nos pide que miremos a las nubes en un ensueño ineficaz, sino que alcemos los ojos al cielo precisamente a través de lo que vivimos, lo que tenemos entre manos; también a través de los imprevistos y los reveses de cada día, que son una de las marcas constantes de la vida ordinaria.

Además de los necesarios tiempos de recogimiento dedicados a la oración, también el trabajo bien hecho y la atención a la familia, el compromiso ciudadano y las relaciones de amistad son para nosotros lugar de contemplación. En la homilía Amar al mundo apasionadamente, san Josemaría lo expresaba con gran fuerza: «No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo»[22].

En definitiva, la contemplación no nos desentiende de nuestras responsabilidades terrenas; por el contrario, nos lleva a realizarlas con esfuerzo y con cariño, porque las vemos y las amamos con Dios, y desde Dios. Por eso, precisamente, nos hablaba nuestro Padre de «vivir cada instante con vibración de eternidad»[23].

12. El alma que ha gustado la dulzura de la presencia divina experimenta una santa tensión: por un lado, el deseo de la unión plena con Dios en el cielo; por otro, la conciencia de la misión que el Señor le ha encomendado en el mundo. San Josemaría describía este estado interior, en el que la oración discursiva se transforma en una contemplación más serena y profunda: «Las palabras resultan pobres... Se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio... No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas»[24].

Esta contemplación no solo no nos sustrae del tiempo presente sino que nos acerca más a él. Llevados por la gracia de Dios, experimentamos esa gozosa paradoja de estar «a la vez en el cielo y en la tierra». Tenemos los pies fuertemente puestos en el suelo, asumiendo los problemas, las fatigas y las ilusiones de nuestros contemporáneos, mientras que el corazón y la mente permanecen anclados en «esa corriente de amor que es el misterio del Dios Uno y Trino»[25].

San Agustín expresaba esta doble pertenencia, al mundo y al cielo, con especial lucidez: «Tus afectos son los peldaños; tu voluntad es el camino. Amando vas subiendo; descuidándote, desciendes. Amando a Dios, estarás en el cielo, aunque te encuentres en la tierra. No se levanta el corazón, como se levanta el cuerpo: para levantar el cuerpo, hay que cambiar su lugar; para levantar tu corazón, cambia tu voluntad»[26].

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El tiempo es breve

13. El carácter secular de la vocación a la Obra no nos hace perder de vista nuestro destino. Caminamos en la historia sabiendo que nuestra patria definitiva está en el cielo (cfr. Flp 3,20). Esta conciencia del tiempo que pasa imprime a nuestra vida una profunda urgencia de amar. San Pablo nos advierte: Tempus breve est (1Co 7,29), el tiempo es corto. No se trata de una consideración angustiosa, sino de un estímulo para aprovechar serenamente cada oportunidad que Dios nos ofrece para dar frutos de caridad.

San Josemaría meditaba con frecuencia sobre esta realidad para animarnos a una entrega generosa y alegre: «Tempus breve est! (1Co 7,29), ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! (…) Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno»[27].

El tiempo es el talento que el Señor ha puesto en nuestras manos, para santificarlo. Cada hora de trabajo, cada gesto de cariño, cada detalle de atención hacia los demás es una moneda de eternidad. Al considerar la meta definitiva en la gloria, comprendemos que el amor que pongamos en las cosas pequeñas o grandes de cada día es lo único que permanecerá para siempre.

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La contemplación es un don de Dios

14. Conviene recordar también que la contemplación no es simple resultado de técnicas humanas ni de métodos de concentración psicológicos. La contemplación es, ante todo, don gratuito de Dios, una gracia que el Espíritu Santo otorga a los corazones humildes y dóciles. Decía santa Teresa: «Esto es cosa que lo da Dios»[28].

Por esta razón, la contemplación requiere una actitud de confianza y abandono filial en Dios. Conviene pedir al Señor la luz necesaria para ver las cosas como él las ve. Así rezaba san Josemaría: «Señor, que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma»; que mire al mundo, a las personas y a los acontecimientos con la claridad de tu verdad y la ternura de tu corazón. O, como suplicaba al Señor en otra ocasión, «¡Señor, que vea!, que se llene mi inteligencia de luz y penetre la palabra de Cristo en mi mente; que arraigue en mi alma su Vida, para que me transforme cara a la Gloria eterna»[29].

15. Aunque la contemplación sea un don inaccesible a las solas fuerzas humanas, requiere de nuestra parte una correspondencia activa. Sabemos bien que la gracia no anula la naturaleza, sino que la presupone y la perfecciona. Por eso, el camino hacia la vida contemplativa exige una lucha serena pero constante.

En primer lugar, es necesaria la fidelidad a la oración mental diaria. Necesitamos esos tiempos exclusivos de encuentro a solas con Dios, donde aprendemos a escuchar su voz y a conformar nuestra voluntad con la suya. En la oración mental, el alma se renueva y adquiere el tono espiritual necesario para mantener el diálogo constante con Dios –tantas veces sin palabras– durante el resto de la jornada. El Catecismo de la Iglesia lo recuerda: «No se puede orar “en todo tiempo” si no se ora, con particular dedicación, en algunos momentos: son los tiempos fuertes de la oración cristiana, en intensidad y en duración»[30].

En segundo lugar, necesitamos cultivar la conciencia de la presencia de Dios a lo largo del día. Además de pedir al Señor el don de la oración continua, hay algunos medios humanos que la preparan y la hacen posible durante el día: la búsqueda activa de momentos de silencio, la fortaleza para permanecer en una misma actividad, la perseverancia en un trabajo constante, la humildad para escuchar, el contacto con la naturaleza, la apertura a la amistad sincera, entre tantos otros caminos. Como el Señor nos invita a considerar en el Evangelio, está en nuestras manos preparar el terreno de nuestro corazón para acoger con fruto la gracia que Dios está ofreciéndonos siempre (cfr. Mt 13,1-23). León XIV nos invitaba hace poco a «promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida»[31]; y, con ella, nuestra capacidad de orar.

16. San Josemaría nos prevenía contra la ilusión de quien espera llegar pasivamente a la madurez espiritual. El paso del tiempo por sí solo no perfecciona al hombre: «Los años no dan ni la sabiduría ni la santidad»[32]. Lo que da la sabiduría y la santidad es la correspondencia humilde y perseverante a la gracia de Dios. Es preciso luchar cada día, en las cosas pequeñas, sin cansarse, sabiendo que la santidad no consiste en no tener defectos, sino en volver a empezar siempre con humildad, sabiéndonos llevados por Dios. Esta lucha diaria no es –no debe ser– tensión rígida, sino el esfuerzo amoroso y confiado del hijo que quiere dejarse encontrar por su Padre Dios, y que sabe que le agrada también cuando, a pesar de su buena voluntad, se tropieza o se equivoca.

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Bienaventurados los limpios de corazón

17. La bienaventuranza evangélica señala una condición indispensable para la contemplación: Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt (Mt 5,8). La limpieza de corazón no se reduce exclusivamente a la virtud de la castidad, aunque la incluya necesariamente. La pureza de corazón significa la libertad interior del alma de toda atadura desordenada al amor propio, a las riquezas, al éxito personal o a las propias opiniones. Tener el corazón limpio es tenerlo despejado y libre para amar a Dios y a los demás. Quien está lleno de sí mismo, de sus propios juicios y egoísmos, no puede ver a Dios, porque su visión espiritual está empañada.

Se comprende también así la especial importancia que tienen, para la libertad de nuestro corazón, las virtudes de la castidad y de la pobreza. Es una común experiencia espiritual la necesidad de ambas en el camino hacia la santidad. San Josemaría lo expresaba en unos apuntes de 1932, que después recogió en Camino: «Quítame, Jesús, esa corteza roñosa de podredumbre sensual que recubre mi corazón»[33]. También, respecto de la pobreza, nos dejó escrito: «Si eres hombre de Dios, pon en despreciar las riquezas el mismo empeño que ponen los hombres del mundo en poseerlas»[34]. En ningún caso se trata aquí de un desprecio por lo que Dios ha creado; pero sí de una llamada a ver las cosas sin ingenuidad, sabiendo que fácilmente podemos perder la libertad, si el corazón se nos apega desordenadamente a ellas. Para ser contemplativos en medio del mundo, hemos de cuidar delicadamente estos ámbitos en nuestro examen personal, también poniendo grandes remedios si fuesen grandes las dificultades.

18. Algo que facilita purificar nuestro corazón de los apegos desordenados es la mortificación y la penitencia, tanto interiores como exteriores. Por eso, san Josemaría muchas veces consideraba la mortificación como un camino para ganar «señorío sobre las cosas de la tierra»[35]: ser verdaderamente libres, dueños de nosotros mismos, para poder dirigirnos a Dios y a los demás con agilidad a través de lo que él, gráficamente, llamó «la oración de los sentidos»[36]. En este camino de penitencia, imprescindible para purificarnos y para vivir como contemplativos, es importante no perder de vista que todo debe ser movido por el amor, porque «la mortificación no vale nada sin la caridad»[37].

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Ver a Dios en los demás

19. La vida contemplativa no cierra al cristiano en un intimismo individualista. Por el contrario, la auténtica contemplación expande el corazón y abre los ojos hacia los hermanos. Quien aprende a ver a Dios en la oración, aprende también a descubrir su imagen y su presencia en las personas que lo rodean.

San Josemaría nos recuerda que no podemos separar el amor a Dios del amor a los demás. El cariño a los nuestros, la comprensión con el colega, la caridad hacia el necesitado, la amistad sincera con los amigos... todo debe estar transfigurado por el amor de Dios. No hay un corazón para amar a Dios y otro para amar a las criaturas: amamos con el mismo corazón[38].

Nuestra contemplación se prueba en la calidad de nuestra caridad fraterna. La delicadeza en las relaciones con los demás, el respeto de su libertad, el espíritu de servicio alegre y la capacidad de escucha son manifestaciones concretas de una vida de oración sincera: muestran que vemos cómo Dios nos espera en los demás (cfr. Mt 25,40).

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Como hijos queridos

20. El fundamento de nuestro espíritu es la conciencia dichosa de nuestra filiación divina. Somos verdaderamente hijos de Dios en Cristo. De esta filiación surge directamente la verdadera fraternidad humana y cristiana. Al sabernos hijos del mismo Padre, miramos a los demás «como hijos queridos» de Dios. Comprendemos la dignidad de cada persona, al reconocerla creada a imagen de Dios. Concretamente, considerar el valor inestimable de cada alma nos debe mover a un afecto genuino. Cada persona vale toda la sangre de Cristo. Esta verdad nos libera de juzgar por las apariencias o por los defectos ajenos, y nos impulsa a querernos sinceramente, con las obras y en la verdad.

Cuando contemplamos el misterio de la Redención, comprendemos mejor que el amor hacia los demás no puede ser selectivo ni condicionado. La caridad exige superar los prejuicios, las diferencias de temperamento o de mentalidad, buscando siempre lo que une y edificando puentes de comunión. En la convivencia diaria, marcada inevitablemente por las limitaciones y las flaquezas humanas, la caridad contemplativa se manifiesta de modo eminente en la paciencia, la comprensión y el perdón.

21. Quien se sabe perdonado por Dios no puede guardar rencores ni resentimientos. San Josemaría nos dejó una enseñanza inolvidable sobre el perdón, nacida de su propia experiencia y de su profunda vida de oración: «No he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer»[39]. La comprensión, la caridad verdadera, pasa siempre por saber disculpar, por saber perdonar, por no guardar cuentas del mal recibido. Comprender es mucho más que tolerar: es ponerse en el lugar del otro, disculpar sus fallos y ayudarle con delicadeza a superarlos.

El perdón no es debilidad, sino la manifestación más alta de la fuerza del amor cristiano. Al perdonar las ofensas pequeñas o grandes, el cristiano refleja en el mundo el rostro misericordioso de Dios. En un mundo desgarrado por las divisiones y los conflictos, todos los discípulos de Cristo estamos llamados, de un modo u otro, a ser sembradores de paz y de alegría, disipando las tinieblas del odio con la luz de la fe y la fuerza de la caridad.

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Con sed de almas

22. «La santidad –cuando es verdadera– se desborda del vaso, para llenar otros corazones, otras almas, de esa sobreabundancia»[40]. De ahí que la contemplación en medio del mundo genere de modo natural una intensa vibración apostólica. No es posible percibir el amor de Dios hacia la humanidad sin sentir el ardiente deseo de compartir ese amor con todos.

Un alma contemplativa mira el mundo con ojos apostólicos. No se limita a lamentar las dificultades de los tiempos o los obstáculos que interponen a veces las sociedades que se han alejado de Dios, sino que descubre en cada situación una oportunidad para llevar la luz del Evangelio. Su mirada sobre el mundo es una mirada de esperanza y de profunda compasión hacia quienes caminan desorientados, consciente de que a pesar de todo quizá son mejores que ella (cfr. Mt 21,31).

23. San Josemaría sintetizaba la unión entre contemplación y apostolado con estas palabras: «La vida interior supone crecimiento en la unión con Cristo, por el Pan y la Palabra. Y el afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior»[41]. Comprendemos así que la vida de oración, cuando es auténtica, no se apaga en el egoísmo de la comodidad espiritual: es fuego que quema, que abrasa, que impulsa al apostolado. Para el cristiano, el apostolado no es una labor complementaria, una ocupación de los momentos libres; es la necesidad vital de transmitir a los demás la verdad y el amor que llenan la propia alma.

«No hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!», os escribía años atrás[42]. En esa misma línea, podríamos decir que no ejercemos la contemplación: somos contemplativos. La contemplación no es algo que hacemos a ratos, junto a las demás cosas: es un modo de ser y de ver la vida, en Dios y desde Dios, que informa todo lo que hacemos, lo que vivimos, lo que sentimos. Por eso, contemplación, trabajo, fraternidad y apostolado son dimensiones de una única vida cristiana. Al contemplar a Dios en la oración, lo descubrimos en el trabajo, lo amamos en nuestros hermanos y lo anunciamos con gozo a todo el mundo.

* * *

24. Al concluir esta carta quiero dirigir la mirada a la Santísima Virgen María, maestra de la contemplación en la vida ordinaria. En el hogar de Nazaret, en medio de las tareas domésticas más sencillas, María contemplaba a su Hijo. «María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: “Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19; cfr. 2,51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el “rosario” que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal»[43].

Pidamos a nuestra Madre que nos ayude a recorrer este camino hacia el centenario con los ojos de la mente y del corazón fijos en Jesús, procurando ser, desde nuestra personal debilidad, testigos fieles de la caridad de Cristo en medio del mundo.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre


Roma, 16 de octubre de 2026

Fuente: opusdei.org

16 octubre 2026

«Hay que anclar más a Ceuta y Melilla en Europa»

Jorge Dezcallar

A finales de julio, 82.000 marroquíes entraron de forma irregular en Ceuta provocando el mayor atentado hasta la fecha contra la soberanía e integridad territorial de España. Dos meses después, la situación sigue sin estar resuelta. Hablamos con el diplomático y escritor Jorge Dezcallar sobre su origen y consecuencias y qué habría que hacer para solucionarlo.

¿Cómo hemos llegado a esta situación?

Porque hay una reivindicación permanente de Marruecos sobre Ceuta y Melilla que no va a decaer. Creo que el Gobierno se equivocó cuando pensó que haciendo concesiones en el Sáhara y cambiando nuestra posición allí iba a comprar tranquilidad en Ceuta y Melilla. Eso es no conocer a los marroquíes. En 2021, justo antes de que cambiara nuestra posición en el Sáhara, Marruecos nos dio un toque de atención en Ceuta con aquella llegada de 10.000 personas. Durante los últimos años, hemos seguido una política de apaciguamiento con Marruecos: no protestamos cuando se cerró la Aduana de Melilla o se hizo una piscifactoría en Chafarinas y hemos cambiado nuestra posición sobre el Sáhara. Hemos desarrollado una política que ellos no entienden como política de amistad, sino como debilidad por nuestra parte. Luego normalizamos relaciones con Argelia —su enemigo— y le hemos dado pasaporte español a los saharauis. En este caso, intervinieron las redes sociales, aquello empezó a coger una fuerza que nadie esperaba y el resultado ha sido muy malo para ambas partes: para nosotros, porque ha demostrado que no somos capaces de controlar la frontera ni el efecto de esa falta de control, y para Marruecos, porque ha proyectado una imagen terrible, con toda esa gente escapando a borbotones aún jugándose la vida.

«Hemos desarrollado una política que Marruecos no entiende como de amistad, sino como debilidad»

Resulta difícil imaginar que esa avalancha humana se haya producido sin conocimiento de los servicios de inteligencia y autoridades marroquíes.

82.000 personas en Marruecos no se mueven sin que lo sepan los gendarmes. Y menos aún si se trasladan a un lugar que está a 20 kilómetros de donde el rey está celebrando el aniversario de su llegada al trono. El escritor marroquí Tahar Ben Jelloun dijo que sintió rabia y vergüenza cuando al salir de la recepción en el Palacio Real se encontró con todas esas caravanas de camiones que llegaban mientras los policías les indicaban el camino. Los gendarmes no actúan sin instrucciones y los hombres de oscuro que daban instrucciones a los gendarmes, menos todavía.

La primera vez, en 2021, entraron 10.000 inmigrantes; la segunda, 72.000; si vuelve a ocurrir una tercera y superase el número de habitantes censados en Ceuta —a día de hoy, 83.595—, ¿de qué escenario estaríamos hablando?

Que te pase una vez no está bien —no se adoptaron las medidas adecuadas o las que se adoptaron no fueron suficientes—, pero que te pase dos es inadmisible. No puede suceder una tercera, porque ahora Marruecos ha aprendido a ocupar Ceuta o Melilla sin disparar un solo tiro. Una tercera vez es impensable: mete a 150.000 y los que tendrían que hacer las maletas son 84.000 [ceutíes]. Hay que tomar seriamente medidas para evitar que esto se vuelva a producir.

«Las fronteras de Ceuta y de Melilla son fronteras europeas y cualquier ataque a esa frontera no es a España, sino a Europa»

¿Cuáles deberían ser los pilares de colaboración en materia de inmigración con Marruecos para garantizar el buen funcionamiento de las fronteras?

Lo primero es que no podemos dejar la gestión de la frontera de Ceuta a la buena voluntad de un país que nos quiere quitar la ciudad. Tenemos que ser nosotros los que garanticemos esa frontera con medios físicos —Policía, Guardia Civil o incluso las Fuerzas Armadas, si es necesario—. Ahora bien, Marruecos también tiene que colaborar. El país tiene varios problemas. Uno, que recibe inmigración subsahariana que intenta cruzar y, si no pasa, se queda a Marruecos; otro, que tiene un nivel de paro y desempleo y una diferencia de renta brutal con España. Hay que ayudar a Marruecos a gestionar esos problemas estructurales y a que se desarrolle económicamente, porque nos conviene. España y la Unión Europea le están dando mucho dinero.

¿Cuán relevante es Marruecos para la Unión Europea?

Muy importante, porque es un buen socio en muchos aspectos: en cooperación terrorista, por ejemplo. Además, Marruecos depende de la Unión Europea, porque es su principal socio comercial. No solo eso, sino que Europa le da ayudas para controlar sus fronteras con la inmigración ilegal. Hay que tener en cuenta que Marruecos tiene una tasa de desempleo, sobre todo juvenil, y de graduados muy alta. Las remesas que mandan los emigrantes marroquíes desde España suponen el 1% del PIB marroquí —una cifra importantísima— y hay 300 empresas españolas y 3.000 millones de euros en Marruecos. Luego está el problema de los menores, que no van a ser repatriados a Marruecos; entre otras razones, porque son las propias familias las que les han metido en Ceuta, pues quieren que estén ahí, pasen a la Península y, una vez hayan regularizado su situación, reclamen reunificación familiar.

«No podemos dejar la gestión de la frontera de Ceuta a la buena voluntad de un país que nos quiere quitar la ciudad»

Parece una actitud bastante tibia del Gobierno frente a Marruecos. ¿A qué se debe esta falta de firmeza?

No entiendo esta política de apaciguamiento permanente con Marruecos. La actitud con el Sáhara, por ejemplo, se produjo como consecuencia de una decisión personal del presidente del Gobierno. No fue objeto de debate en el Congreso, como hubiera sido normal para cambiar un aspecto importante de nuestra política exterior, que depende de los intereses del Estado y no cambia cuando lo hace el inquilino de la Moncloa. La política exterior debe ser de consenso, porque responde a los intereses del Estado. A Marruecos hay que tratarle con el respeto que se merece, pero también con firmeza.

Y la oposición, ¿cómo debería actuar?

La oposición ha dicho que hay que tomar medidas para que esto no se vuelva a producir; una de las cuales es cambiar la legislación para que no se trate a los asaltantes como si fueran inmigrantes: no se puede tratar a 82.000 personas que se meten de golpe en una ciudad como si fueran los que llegan en una patera buscando trabajo. Son situaciones diferentes y hay que tratarlas de forma diferente.

¿Qué significa que el rey todavía no haya visitado Ceuta?

El presidente del Gobierno dijo displicentemente que llevaba [más de] 20 años reinando y que no entendía las prisas actuales. Habría que decirle dos cosas: una, que el rey va donde le permite ir el Gobierno o donde el Gobierno le dice que tiene que ir y, dos, que nunca había ocurrido una crisis de esta envergadura. Creo que la visita real —que siempre he defendido— enviará dos señales muy importantes: hacia los ceutíes, de apoyo y solidaridad por parte del resto de España a cargo de la máxima autoridad institucional del Estado, pero también una señal de firmeza frente a Marruecos.

«España se está distanciando de la Unión Europea en política migratoria»

Efectivamente, nunca se había producido un ataque así a nuestra soberanía e integridad territorial. ¿Cuánto se tarda en solucionar una crisis de este calibre?

Debería tardar muy poco, pero está tardando mucho. Me da vergüenza que dos meses más tarde sigamos sin saber cuánta gente hay por las calles ni cuántos entraron o cuántos salieron. Deberíamos: primero, reforzar el perímetro y la seguridad de Ceuta y Melilla con todos los medios técnicos disponibles. Segundo, cambiar la legislación para evitar tratar a los asaltantes como si fueran inmigrantes. Tercero, diseñar un plan de ayuda integral, económica y financiera a Melilla para que todos los trabajos —turismo, tiendas, todas las empresas— que se han visto afectados puedan sobrevivir y, además, para hacer que Ceuta sea una ciudad atractiva para vivir e invertir y para que tenga futuro. Cuarto, anclar a Ceuta y Melilla más en Europa. Esa es la gran baza que nos queda. En el momento de la entrada de España en la Comisión Europea no se hizo por no molestar a Marruecos. Las fronteras de Ceuta y de Melilla son fronteras europeas y cualquier ataque a esa frontera no es a España, sino a Europa. Todos los programas de cooperación de Marruecos con la Unión Europea van a pasar por que se respeten las fronteras europeas.

«La ultraderecha europea es euroescéptica, contraria a la integración, que es esencial si queremos salir adelante como europeos»

Entonces, cuanto más tarde España en dar respuesta a este problema, más fuerza le estamos dando a Marruecos.

Y más estamos irritando a nuestros socios europeos. Recientemente se ha votado en el Parlamento Europeo una modificación del nuevo reglamento para migraciones [Reglamento de Retorno] y España fue el único país de los 27 que votó en contra. España se está distanciando de la Unión Europea en política migratoria. No podemos irritar a nuestros socios en un tema tan sensible como este, porque es lo que está haciendo crecer la extrema derecha en todos los países. Esas escenas de las playas de Ceuta [la del Trampolín y la de Benítez] están siendo agitadas por todos los partidos de ultraderecha en Europa para decir que esa gente trae inseguridad y problemas. En las elecciones de 1984, la extrema derecha en el Parlamento Europeo era el 4%; en las últimas de 2024, el 20%. La ultraderecha europea es euroescéptica, contraria a la necesaria integración, que es esencial si queremos salir adelante como europeos.

Dadas las circunstancias, ¿podría España perder a Ceuta y a Melilla?

No veo en absoluto peligro en que Ceuta y Melilla dejen de ser españolas. Son ciudades africanas, ciertamente, pero son españolas y europeas al mismo tiempo. Ahí tenemos una diferencia de opinión con Marruecos: nosotros pensamos que son españolas y ellos piensan que son marroquíes. Ortega y Gasset diría que hay que conllevar ese problema; hay que convivir con él y tener la inteligencia de saber manejarlo.

Fuente: ethic.es