13 agosto 2026

Una crítica sustancial del marxismo

Jorge Uscatescu


Uno de los aspectos más peculiares y en cierto modo más dramáticos del marxismo, estriba, sin duda, en el hecho de ser una doctrina sometida al mismo tiempo, por su propia esencia y por la compleja personalidad de su fundador, a incesantes revisionismos y de haber sido utilizada durante más de cien años para experiencias ideológicas, revolucionarias y políticas, como base de límites rigurosos de toda una serie de dogmatismos. Considerado bajo esta compleja perspectiva de naturaleza bipolar, el marxismo, merece la mayor atención y un constante y lúcido examen.

Para este examen, la obra exegética de Giovanni Gentile nos ofrece una aportación   de sorprendente viva actualidad. Algún tiempo atrás, un filósofo marxista de formación gentíliana en el sentido más noble de la palabra, como Ugo Spirito, llamaba la atención de los contemporáneos sobre un  magnífico trabaje de Gentile, aparecido en Italia en 1899, en una época en la cual en el  mundo el marxismo se encontraba ya  sometido a un proceso de interminables revisionismos y en  Italia, precisamente, era conocido y difundido gracias a las interpretaciones, agudas y muy completas, de Antonio Labrila, y a los intentos incompletos pero interesantes de Benedetto Croce. Constituye un auténtico impacto intelectual el leer hoy, a los cien años oficiales desde la fundación del marxismo y a los cincuenta desde la Revolución soviética, y meditar sobre aquel libro publicado por Gentile en 1899 y reeditado sin modificación alguna en   1937, a la luz y en compañía de la mayor parte de la literatura histórica y crítica que la efemérides en cuestión ha promovido. Compañía muy interesante, sobre todo, si la limitamos ahora y aquí a dos libros fundamentales en la materia desde el punto de vista que nos preocupa: el de una intelección sustancial del marxismo como doctrina y como fenómeno histórico. Nos referimos a los libros de Ugo Spirito, Il Comunismo (Sansoni, Firenze 1965) y Geörgy Lukács, Storia e coscienza di classe (traducción italiana completa, refundida y actualizada del famoso libro del marxista húngaro, Geschichte und Klassenbewusstsein, aparecido en 1922; Sugar Editare, Milano 1967). En este ámbito se nos pone de manifiesto desde el primer   instante la importancia de los ensayos de Gentile contenidos en el libro La filosofía di Marx, en la historia de la crítica marxista. En buena parte esta importancia nos ha sido puesta ya de relieve por Ugo Spirito, sin duda no sin grandes dificultades, en virtud de una fidelidad bipolar de este filósofo italiano cuya tensión espiritual y pathos al servicio de las ideas nosotros admiramos sinceramente desde hace tantos años: fidelidad, de un lado al pensamiento y a la figura moral e intelectual de su gran maestro, y fidelidad a su actual posición ideológica.

Durante los últimos decenios, los estudios sobre el marxismo, el proceso evolutivo mismo del pensamiento marxista, constituyen un hecho importante del pensamiento occidental. Mientras en los países donde el comunismo había triunfado se asistía a una especie de vulgarización y, con muy raras excepciones como la de Lukács, de gradual dogmatización a través de revisionismos sucesivos al servicio de una oportunista “Realpolitik”, los pensadores occidentales han brindado aportaciones notables, especialmente en Francia con Sartre, Hyppolite, Lefebrure, Garaudy, Marleau-Ponty para una revalorización del pensamiento de Marx y del marxismo en general. Y es extraño e injusto, por muy fuertes que sean aún las pasiones, en los espíritus, y por muy limitados los horizontes de un pensamiento al cual no falta aún cierta autonomía, y de una apertura a los problemas de la libertad. Extraño, injusto repetimos que estos estudiosos hayan ignorado una contribución tan fundamental.  tan admirable en cuanto penetración crítica y anticipaciones, como la contribución de Giovanni Gentile. Porque, en términos generales, Gentile ofrecía más de cincuenta años antes, precisamente la revalorizaciones actuales del marxismo. Entre ellas quisiéramos anticipar ahora y aquí solamente algunas la revalorización del  pensamiento  y  de  la  formación intelectual del joven Marx; la estructura real de la crítica de Marx al materialismo no dialéctico, a saber, circunscrito fuera de cualquier dinamismo espiritual de Ludwig Feuerbach; el influjo de Hegel  en el  pensamiento de  Marx, hasta  justificar la aplicación a esta doctrina de los principios de un auténtico idealismo  hegeliano: la interpretación en el sentido dé estas revalorizaciones, de la primera polémica postmarxista,  en  la  cual  desempeña   un   papel  de  primerísimo  orden la obra ultima del propio Engels y la obra de gran importancia de exégesis marxista de Antonio Labrila. Algunas de estas revalorizaciones lejanas y anticipadoras las encontramos ya en el primer texto de la obra de Lukács: Historia y conciencia de clase, que representa la posición del ilustre teórico marxista en el 1920, libro que según las manifestaciones actuales de este mismo autor perfil su «sectarismo» de los años veinte, su «utopismo mesiánico». Como Gentile igualmente el Lukács de aquel lejano momento y a pesar de sus últimas revisiones también el Lukács de hoy, centra su interés fundamental en la filosofía de la praxis en Marx y en la crítica a la cual Marx somete implacablemente el materialismo filosóficamente vulgar de Feuerbach. Y la verdad es que ni en 1920 ni hoy, en 1967, Lukács no se da ni siquiera cuenta un instante de la existencia de la aportación de Gentile.  Aportación generosa, abierta amplia, esencial sin las reservas de las manifestaciones tardías como esta que Lukács expresa hoy: «la exaltación del concepto de praxis se convierte necesariamente en la exaltación de una contemplación idealista» (Lukács. op. cit. págs. XVIII-XIX). Lukács mismo, bajo la influencia de Max Weber, influencia sin duda notable, nos ofrece en su célebre estudio una imagen «fortement hégélianisée» de la clase social, como observa Georges Gurvitch (Etudes sur les classes sociales, Ed. Gonthier, París, 1966, pág. 86) y se ocupa «más bien de una filosofía y más precisamente de una metafísica de   la clase proletaria que de una sociología o de un concepto sociológico, de la clase». Sin embargo, el Lukács del 1967 no reniega en absoluto, en línea esencial, de la ortodoxia de su marxismo revolucionario del 1922. Entonces como ahora, considera el marxismo en cierto sentido como una doctrina abierta y, para él, la crítica y la exégesis marxista no es ni «un acto de fe» ni un «libro sagrado» (pág. XXVII).  Preocupado desde siempre por una ontología del ser social, preocupación acentuada ahora en el viejo crítico marxista. Lukács determina ahora, cuarenta y cinco años después los méritos de sus primeros estudios sobre el marxismo, Entre estos méritos establece el carácter medular del concepto de «totalidad», de herencia hegeliana. La necesidad de renovar las tradiciones hegelianas del marxismo, a saber, «de reactualizar el aspecto revolucionario de Marx a través de una renovación y del desarrollo de la dialéctica hegeliana y de su método»; en otras palabras, volviendo a colocar «de pie» a Hegel mismo cuya construcción lógico-metafísica «Se diría que ha encontrado en el ser y en la conciencia del proletariado una auténtica realización en el terreno, ontológico». Además, Lukács recuerda como mérito suyo en los años veinte, y lo reivindica en cuanto tal en estos mismos días «la inclusión de las Obras juveniles de Marx en el ámbito de conjunto de su concepción del mundo, mientras que los marxistas de entonces, en general, veían en ellas solamente documentos históricos de su evolución personal. El que algunos decenios más tarde esta relación haya sido invertida, el que muchas veces el joven Marx haya sido presentado como el verdadero y auténtico filósofo Marx, dejando, a un lado sus obras de madurez, de todo esto no es responsable en absoluto Historia y conciencia de clase, por cuanto en ella la visión marxista del mundo, con razón o sin ella viene siempre tratada como sustancialmente unitaria» (págs. XVII-XVIII).

Ahora bien, todos estos aspectos del marxismo revelados a los mismos marxistas, en número escaso por los años veinte y en número cada día mayor en estos años constituyen el valor más notable de los estudios de Giovanni Gentile sobre el marxismo publicado en el ya lejano 1899. Bajo el impulso de los estudios de Antonio Labrila sobre el materialismo histórico, el joven Gentile, ya autor de un estudio tan importante como Rosmini e Gioberti, dedica al marxismo dos ensayos fundamentales: Una crítica del materialismo histórico y La filosofía de la Praxis. Gentile se propone desde el principio, estudiar el marxismo considerado bajo dos puntos de vista:  como filosofía de la historia y como metafísica o intuición del mundo.  Ya en el prólogo a la edición del 1899 (Pisa, Spoeri, 1899) se da cuenta de la importancia de las afirmaciones de Engels en el prólogo del 28 de junio de 1883 al manifiesto comunista: «Cuando yo, en 1845, encontré a Marx en Bruselas él había elaborado, ya el sistema filosófico del materialismo histórico». En cuanto a Gentile mismo se propone someter «a un análisis cuidadoso y a una crítica nueva» «todo el pensamiento filosófico de Carlos Marx, vago como permaneció, fragmentario y desprovisto de una rigurosa elaboración científica» y concluye que con esto acaso los teóricos del comunismo podrán ser inducidos a «hacer algo mejor sus cuentas con la filosofía».  Ciertamente tendrá que transcurrir más de medio siglo antes de que los teóricos del comunismo logren hacer mejor sus cuentas con la filosofía. Por eso la crítica filosófica gentiliana del marxismo conserva aún su actualidad y su novedad aun actualidad y novedad que nos traen aún el mensaje sereno, inteligente y penetrante de filósofo, que nunca, ni siquiera en el instante en el cual el tono quiere llevarnos allende la mesura de la crítica en alas de un entusiasmo, evidente por el idealismo hegeliano, nunca repetimos, deja que su juicio sufra en su integridad y autonomía por ninguna implicación ideológica. Lo cierto es que como el propio Gentile observa en la «Advertencia a la edición de 1937 el marxismo oficial no ignora del todo su aportación a la crítica marxista». «A aquel libro mío -escribe Gentile- también Lenin había prestado atención y lo había indicado entre los estudios más notables que en torno a Marx hubiesen realizado, filósofos no marxistas».

Sería difícil fijar en este reducido espacio todas las sugerencias y las características que Gentile nos brinda   en   torno al marxismo como filosofía de la historia y como metafísica de la praxis.  Nos referiremos a algunos aspectos esenciales del problema, especialmente a los que han constituido, en buena parte un redescubrimiento del marxismo en estos años.  El primero entre ellos el concerniente a las relaciones entre Marx y Hegel y el idealismo hegeliano. El llamado marxismo «occidental», como lo define Merleau-Ponty, ha necesitado un largo medio siglo bajo el influjo de Max   Weber y de la crítica weberiana del marxismo para alcanzar una comprensión de Marx y del marxismo, y también del materialismo histórico en un contenido más riguroso en términos hegelianos, comprensión que fue ya con alguno decenios de   antelación, la virtud más generosa de la comprensión crítica de Giovanni Gentile.   Gentile coloca en un puesto de honor en la filosofía de Marx la dignidad de la dialéctica, cuya aventura en nuestro siglo presenta un declive en los dominios de la ideología. Como observa Merleau-Ponty durante algunas generaciones, el marxismo ha querido avanzar una dialéctica realizada en la forma de una sociedad revolucionaria, a saber, una ilusión que exige a su vez una nueva crítica y una nueva acción para recuperar el contenido válido de la idea dialéctica misma (cfr. Les aventures de la Didectique París Gallimard, 1955). Acaso la lectura de los estudios de Gentile pueda ofrecernos como uno de sus principales méritos, el de una revaloración del marxismo en sí, después de las numerosas aventuras de la dialéctica, realizadas en su mayor parte en compañía de los dogmatismos y del terror.   Es bien curioso que un discípulo tan fiel como Ugo Spirito, que es también un filósofo de apreciable rigor, consciente de las proporciones de estas singulares aventuras de la dialéctica no aprecie en su justo valor la distinción premonitoria de Gentile entre forma y contenido, entre la crítica filosófica más rigurosa del marxismo y la llamada «literatura socialista», en torno a la «Cuestión social». En efecto, Gentile proclamaba entonces, y en su apelación no falta cierto dramatismo, ni actualidad hoy en día; después de las aventuras de la dialéctica, la necesidad de que  «la  calma  crítica  de la ciencia»  no  se deje  intimidar  por las «afirmaciones clamorosas»;  que  la crítica  permanezca  «allí donde  los gritos incontrolados no  lleguen  a  turbar  su   juicio»,  para  atender;  antes que   nada «al estado  y  a  la  razón  efectiva  de  las cosas  y  no,  a  la  muchedumbre  que  llega detrás,  en  larguísima  fila,  o  al  grito que  acaricia  esperanzas  grandiosas  y suscita deseos infinitos».

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Gentile quiere buscar desde el principio, consciente de que   hay una base, sólida para hacerlo, un puesto al marxismo en la historia de la filosofía. Concede una relevante importancia al hecho de que Marx se declare discípulo de Hegel, con cuya «peligrosa terminología» «Confiesa que se había complacido en coquetear» (kokettieren). Gentile se ocupa, en primer lugar, de la situación de los estudios marxistas en la Italia de su tiempo:  en Antonio Labriola, Benedetto Croce, Alessandro Chiapelli, Achille Loria, pero no se declara satisfecho de sus resultados. Por ello se impone a si mismo el papel de un análisis interno del marxismo poniendo en valor textos de Marx y Engels, testimonios, situaciones intelectuales y, sobre todo, revalorando la importancia de la formación de Marx y del idealismo psicológico de su temperamento juvenil. En la crítica de la concepción materialista de la historia y en las consideraciones sobre el marxismo como filosofía de la historia, Gentile parte de la multiplicidad y de la aparente contradicción de los textos de Marx, entre les cuales sabe es coger los más significativos, siguiendo el módulo  de  aquellas  páginas  del  prólogo al libro Zir Kritik  der  politischen Oeconomie  donde Marx formula su teoría de la producción y de la estructura económica y de la conciencia social, texto reactualizado en casi todos los estudios posteriores del marxismo. Captando y estando siempre sobre las huellas de una verdadera ontología del marxismo. Gentile se refiere a aquellas páginas en los siguientes términos: «Aquí está el pensamiento entero y toda la obra de Marx aquí: en su forma nativa en breve fórmula y, por decirlo así, en germen, las partes todas de la teoría materialista de la historia y la fuente auténtica de cualquier determinación que los mejores intérpretes nos brindan de ella». Y de aquel texto célebre, el joven filósofo italiano retiene un fragmento que «contiene el concepto filosófico de todo el resto: No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino que en el encuentro de su ser social se determina su conciencia. Donde por hombre no se ha de entender el individuo humano al estado natural como lo entendían los filósofos franceses del siglo XVIII, pero sí el hombre social, o sea el hombre histórico, ya provisto de todas las ideologías; y el ser social habrá de entenderlo como as condiciones en medio de las cuales y por las cuales, en una determinada sociedad, la vida humana se debe desplegar. Condiciones no políticas ni religiosas, ni morales, ni científicas ni artísticas, sino sencilla y únicamente económicas, ya que éstas son generadoras de las formas particulares de todas las demás. Las condiciones o formaciones políticas, religiosas, morales o científicas son construcciones ulteriores del hombre ya entrado en sociedad a saber, cuando ha salido ya definitivamente de la prehistoria.  Y esta precedencia lógica y cronológica que tiene lugar en la primera formación de la humana convivencia se repite regularmente cada vez que se renueva la forma social debido a una revolución interna» (La filosofía di Marx, Sansoni, Firenze, 1959. página 26.)

Casi siete decenios antes de Lukács, Gentile centra su interés por el marxismo, antes que nada, como base de sus ensayos críticos sobre la filosofía de Marx en una auténtica ontología de ser social. Hoy mismo, desde su retiro en Budapest, salvado del holocausto, de 1956, Lukács, proclama a su vez que la grande idea de Marx es la que afirma que «la producción por la producción no significa otra cosa que desarrollo de las fuerzas productiva humanas y, por lo tanto desarrollo de la riqueza de la naturaleza humana»,  recalca  el  concepto marxista de la «totalidad» y quiere llegar a un dominio efectivo «del nudo problemático del análisis, profundizado: de las conexiones, filosóficas entre  la  economía y la dialéctica» «en la ontología del ser social en la cual estoy trabajando ahora». Partiendo, a su vez, mucho antes de una ontología del ser social en Marx, Gentile nos ofrece en cierto medo un preludio lejano de la última etapa de su actividad creadora. Aquel último admirable libro suyo Genesi e Struttura della Societá, es ciertamente una completa ontología del ser social; ciertamente, no en términos marxistas, pero que implica un interés de Gentile por los problemas sociales que va más allá de aquella sublimación de la crítica social en una crítica filosófica que Lukács reprocha a pensadores como Martín Heidegger.

Sobre esta base, Gentile recoge el fenómeno de las ideologías entendidas como categorías, la estructura del determinismo social, la «fuerte seducción» señalada por Labriola, que consiste en la naturalización de la historia; los orígenes idealistas del comunismo crítico, el contraste entre marxismo y positivismo evolucionista. En el ambiente de la crítica italiana del tiempo, Gentile acepta y aplica al marxismo, con intuición aguda, la bellísima doctrina vichiana del «verum ipsum factum» o del «verum et factum convertuntur». Sobre las huellas de Labriola, Gentile considera el marxismo como una verdadera y propia filosofía de la historia, si bien no «la última y definitiva filosofía de la historia», como había sentenciado el propio Labriola. Por su parte, Croce negaba el carácter de filosofía de la historia del marxismo, reafirmada por Labriola a través de aquel momento ideal en el cual la sociedad descubre, en su proceso general la causa de su camino fatal («fatale andare», en lenguaje dantesco). En la valoración teórica de la doctrina de Marx, Gentile distingue dos aspectos. Uno formal, de naturaleza hegeliana, a saber: el procedimiento dialéctico. Otro de contenido, en apariencia, de índole anti-hegeliana, por cuanto contrapone a la idea hegeliana, el concepto de sociedad misma, la cual, ella y no la idea, se despliega dialécticamente. En esencia, también el materialismo dialéctico o histórico, «entiende determinar un proceso», es una teoría de la historia en el sentido en que la entendía Vico, a saber, en el sentido de que «somos nosotros los que vemos a la historia con una significación con una ley, según la cual pensamos que se mueve. Somos nosotros, en suma, los que forjamos la historia y la ley que la gobierna» (pág.  38).  Gentile descubre en el materialismo histórico todos los elementos de una filosofía de la historia, auténtica en el sentido clásico del término. Su elaboración científica de una teoría objetiva, realista y materialista del proceso histórico es un concepto nuestro tanto como el teológico o metafísico de la Providencia. También el materialismo histórico «determina un proceso de desarrollo en el cual debe correr la historia», proceso necesario con una predeterminación científica del futuro. También él quiere captar lo esencial en el hecho histórico, de modo que mientras Hegel hace filosofía de la historia con la Idea, desarrollada dialécticamente, Marx lo hace con la Materia, desarrollada dialécticamente, a saber, hegelianamente. Inmanencia del proceso histórico, perpetuo devenir, anticipación, finalidad; he aquí los elementos de una filosofía de la historia contenidos en el materialismo histórico. En esta perspectiva Marx se halla más cerca intrínsecamente, en el pensamiento de Hegel de lo que se ha querido admitir.

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Nos hallamos aquí delante de una tesis esencial de Gentile: la de la estructura hegeliana de la filosofía de Marx.  Más que ello en la reivindicación del idealismo de Marx, el idealista Gentile descubre en el autor del «Capital» al «mejor Hegel, autor de un materialismo que, por ser histórico, ya no es materialismo» (pág. 161). Un Hegel, a saber, un Marx, que suscita el entusiasmo de Gentile al punto de augurar «buena fortuna también al marxismo» por cuanto portador de las mejores y más actuales esencias del hegelianismo.  En Hegel afirma Gentile, la Idea no solamente no se opone a la realidad, sino que es ella misma la esencia de lo real. «Y la materia del materialismo histórico, lejos de ser externa y opuesta a  la Idea de Hegel, está  contenida dentro de ella; más que ello es, una y la misma cosa con ella, por cuanto tal fue la consecuencia que sacó el hegelianismo de la síntesis a priori kantiana el  mismo relativo (esto es la materia de la cual se habla) no sólo  no  está  fuera  de  lo absoluto, sino que es idéntico a él por aquella unidad de muchos y de una que Giordano   Bruno,  desde  lejos, había sabido bien mostrar, pero que tenía antes que hacerse, para ser encontrada, un problema de la conciencia» (pág. 55). Pero Gentile no se siente satisfecho simplemente con afirmar la estructura hegeliana del pensamiento de Marx a la luz de los textos fundamentales del marxismo. Quiere llegar a la raíz misma de la formación y de la personalidad de Marx. A los diecinueve años Marx escribe a su padre que quiere trazar una nueva metafísica «para pasar de un idealismo nutrido de ideas de Kant y Fichte a la búsqueda de la Idea en el seno mismo de lo real..., haciéndose luego amigo de la filosofía de Hegel y entrando en un círculo de hegelianos». Esta será siempre la estructura de Marx, revelada en los momentos más importantes de su actividad filosófica en aquella mente suya de los primeros movimientos «orientada hacia la poesía y el idealismo abstracto». El no podrá desviarse del camino al cual le había llevado aquella tendencia semítica suya a la especulación (pág. 99). En definitiva, «lo abstracto al cual Marx da caza» es «lo abstracto criticado por Hegel». Lo que Marx hace no es sino «filosofar a la hegeliana» y «ningún otro pensador ha tenido en nuestro siglo, fuera del círculo hegeliano, tanta premura en encontrarse con Hegel (Pág. 101). En conclusión, según Gentile, Marx es antes filósofo con «finura especulativa» y luego revolucionario.

Bajo esta perspectiva, Gentile se asoma no solamente a las motivaciones formativas y al método formal dialéctico de la filosofía de Marx, sino que penetra decididamente en la esencia misma de su doctrina revolucionaria social. Con este fin estudia con amplitud y penetración la filosofía de la Praxis y la teoría de la lucha de clase, eternos leit motivs de la crítica marxista de un siglo a esta parte. Sin la dialéctica hegeliana, ni la filosofía de la Praxis, ni la teoría de la lucha de clase como progresivo desarrollo como dualidad sujeto objeto hubieran sido posibles. Si Marx parte de Feuerbach para sustituir en la dialéctica hegeliana, la Materia a la Idea no es menos cierto que su crítica contenida en las Once tesis sobre la filosofía de Feuerbach escritas en enero de 1845 en Bruselas y que contienen la esencia misma de la filosofía de Marx como filosofía de la Praxis son la crítica más categórica al materialismo mismo. El mismo Ugo Spirito reconoce que Gentile analizando la filosofía marxista de la Praxis, consigue «una reconstrucción sustancialmente exacta en sus líneas generales» a la luz de la situación actual de la crítica marxista. La afirmación es importante por cuanto no ha habido problema más complicado que éste en la historia  de  la  exégesis  de  Marx,  Lukács  mismo,  en las revisiones  importantes que en el 1967 ofrece a sus tesis contenidas en el libro Geschichte und Klassbewusstsein del 1922 afirma que su concepción de la Praxis revolucionaria contenida en aquel libro «presenta precisamente un algo excesivo y esto, correspondía, desde luego, al utopismo mesiánico del comunismo de izquierda de entonces, pero no  a  la  auténtica  teoría  marxista», en cuanto que «la exaltación del concepto de la Praxis se torna necesariamente exaltación de una  contemplación idealista». Aquella exaltación de aquellos años Lukács la atribuye ni más ni menos que a la crítica contenida en las Once tesis de Marx en torno a la filosofía materialista de Feuerbach. Al mismo, tiempo menciona el carácter incompleto, de las tesis de Engels sobre la «Praxis más amplia» y la necesidad en plena crisis del marxismo en los primeros decenios del siglo de una renovación de las tradiciones hegelianas. «Por un retorno revolucionario al marxismo, era, por tanto, un deber obvio renovar igualmente las tradiciones hegelianas del marxismo» (Lukács, op. cit., págs.… XXI-XXII). Y en el propio Lenin, Lukács no ve otra cosa sino un «profundo pensador de la Praxis», un hombre que convierte apasionadamente la teoría en la Praxis, un hombre cuya mirada penetrante está siempre dirigida hacia el punto donde la teoría se traduce en la Praxis y la Praxis en la teoría (pág. XXXVI). Lo que Lukács no nos dice explícitamente es que esta síntesis «maravillosa» entre Teoría y Praxis se traduce luego en el «marxismo soviético» en una sucesiva degradación de la Praxis como tal en lo que se ha venido en llamar el «instrumentalismo soviético» (confróntese Herbert Marcusse: Le marxisme sovietique. París, Gallimanlt 1963. Título original; Soviet marxísm, Columbia University Press; New York).

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En la idea de la Praxis, Gentile ve «la llave maestra» de la filosofía de Marx. Por ello parte de las tesis sobre Feuerbach, donde Marx observa que «el defecto capital del materialismo del pasado -inclusive el de Feuerbach- es que el término pensamiento (Gegenstand), la realidad, lo sensible, ha sido concebido solamente bajo la forma de objeto o de intuición; ya no como actividad sensitiva humana como Praxis y subjetivamente». La crítica de Marx a Feuerbach implica un retorno a Hegel y también al principio verum ípsum factum y verum et factum convertuntur de Vico, que Marx conoce (cfr. Spirito. op.  cit., página 89). Y viquianamente con seguridad y firmeza procede también la exégesis de Gentile sobre la filosofía de la Praxis. Según Feuerbach afirma Gentile, «toda la historia no puede tener otra fundada explicación que la materialista» (página 68). Y la crítica de Marx a Feuerbach no es otra cosa sino «todo un nuevo sistema especulativo», «un nuevo filosofar». Marx mismo observa que el concepto de la Praxis es nuevo en el materialismo, pero viejo en el idealismo, viejo cuanto Sócrates. El idealismo había ya perfilado la identidad entre Saber y Hacer. Así lo hizo Platón en la dialéctica de las ideas y Vico en su filosofía de la historia y Cartesio en el concepto de la cognición como Praxis. El conocimiento andando parï passu, con la actividad pensar y producir; mejor dicho pensar es producir. La posición entre sujeto y objeto, en el materialismo de Feuerbach es, según Marx, abstracta; por ende, falsa. Según Marx, la realidad es una posición subjetiva del hombre, pero producción no del pensamiento, como afirmaba Hegel, sino de la actividad sensitiva. En terminas hegelianos, por otra parte, el conocimiento es un quehacer incesante, una Praxis originaria. «Así, al abstracto subentra el concreto. Al objeto producido por la actividad humana, creado independientemente por la fantasía de hombre, se substituye el objeto ligado intrínsecamente a la actividad humana que se desarrolla en un proceso paralelo al proceso de su desenvolvimiento. Se inicia así el verdadero realismo» (página 82).

Pensamiento, que piensa y hace. Realidad, objetividad del pensamiento. Praxis es conocer y hacer; los objetos son, al mismo tiempo, teóricos y prácticos, conocimientos y hechos.  Praxis es conocer y hacer en un sentido amplio y complejo. Con el crecer y el modificarse del objeto, crece y se modifica el sujeto. Nos encontramos ante el ritmo establecido por el idealismo. Tesis, el sujeto o la actividad práctica. Antítesis, las circunstancias, la educación.  Síntesis el sujeto modificado por aquellas circunstancias y por la educación.  Se aplica, por lo tanto, a la materia lo que Hegel había descubierto para el espíritu. Marx no hace «Sino substituir al pensamiento, la materia, pero una materia dotada de la misma actividad, que una vez era considerada privilegio del pensamiento», actividad definida, en términos, rigurosamente hegelianos. «Retorno a Hegel que implica una iluminación racional del proceso histórico» (pág. 86). En conclusión, se afirma, viquianamente, que la Praxis es la «actividad creadora por la cual verum et factum convertuntur». La Praxis es desarrollo necesario. La realidad es Praxis; lo que hace que el individuo fuera de la sociedad y de la historia sea un abstracto. Todo esto Marx lo concibe filosófica metafísicamente, en un orden primigenio, de índole especulativa, según «una ecuación absoluta entre pensamiento y realidad», siguiendo una dialéctica forjada metafísicamente. «Como ley interna de las cosas, lo inmanente en la realidad». La Praxis, cuyo desarrollo es necesariamente dialéctico, es la verdadera, la única substancia de la realidad histórica, una sola cosa con el proceso histórico.  La Praxis originaria produce el objeto, forma la sociedad y la historia. La naturaleza dialéctica de la historia se expresa en sujeto y objeto, Praxis y producto de la Praxis, continuo invertirse de la Praxis misma. La doctrina de Marx no es fatalismo, sino conexión necesaria entre causa y efecto. Tampoco es determinismo, porque no hay oposición entre sujeto y realidad. «El principio de todo hacer, de toda la historia está en el hombre en cuanto materia, como para Hegel estaba en el hombre en cuanto pensamiento en la Idea. La necesidad se concilia por tanto en Marx, como en Hegel, con la libertad» (pág. 118). Dialéctica necesaria y no fatalismo de la historia; ésta es la concepción de Marx. Hacer y conocer a la vez en este fatal andar en el cual el proletariado se convierte en el heredero último de la metafísica alemana. En   cuanto a Marx, él mismo «fue y quiso ser metafísico». Porque «Marx no fue un revolucionario que recurrió a la filosofía solamente para justificar filosóficamente las propias teorías revolucionarias, sino que fue también un verdadero filósofo que, a través de estudios particulares, y por las condiciones de los tiempos se hizo revolucionario» (pág. 119).

Esta es la conclusión de Giovanni Gentile en aquel  lejano  año  de  1899, conclusión que  no sufrió modificación alguna en la edición del 1937 de su revelador  libro  sobre  Marx  y  el   marxismo,  libro  que   tantos  elementos anticipadores nos brinda  y que  tanta  luz nos  ofrece  sobre la  doctrina  del marxismo  que, según intérpretes como el propio Lukács, tiene la característica  especial  de  ser una doctrina abierta, a saber, inasequible a las limitaciones dogmáticas a las cuales  está  sometida  desde  hace  un  siglo. Gentile se acerca al problema, sin embargo, con una tensión humana que no permanece dentro de los límites fríos de la pura filosofía. El filósofo que   había proclamado, siempre el principio fecundo y eternamente renovado «en la búsqueda la vida» sabía valorar la fuerza operante de las ideas, de Marx en la historia misma. La auténtica comprensión de la filosofía de la Praxis está aquí. Y a la luz de esta comprensión esencial tendríamos nosotros que valorar también a aquel Gentile, último, acaso el más grande, más patético, más completo, más actual y más abierto al futuro, de libro Genesi e Struttura della Societáy del Humanismo del trabajo. Una ontología, aquella última del ser social que es obra de luz y plenitud.

Fuente: dialnet.unirioja.es

12 agosto 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

  El Papa en la audiencia General

III. Constitución Sacrosanctum Concilium 6. El año litúrgico

 Queridos hermanos y hermanas,

el quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema sobre el cual hoy queremos deternos, para explicar su importancia en la vida de todo creyente.

En primer lugar, hay que recordar que esta manera de definir el ciclo de las celebraciones cristianas “año litúrgico” se extendió en el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el abad Prosper Guéranger (1805-1875).

En la encíclica Mediator Dei, Papa Pio XII afirma que «no es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple […] recuerdo de una edad pretérita. Más bien, el año litúrgico es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […] con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y por ellos en cierto modo vivan; misterios que están presentes y obran constantemente» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). Por lo tanto, el año litúrgico debe entenderse como constante actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los fieles llenarse de la gracia de la salvación (cf. SC, 102c). El encuentro con Jesús, que murió y resucitó por nosostros, es el fin que la Iglesia persigue siempre, situando en el centro de cada momento la celebración del acontecimiento pascual.

Por esta razón, los padres conciliares consideran «fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» precisamente el domingo «el día de la fiesta primordial» (cf. SC, 106). En varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”, “el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!

San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la Iglesia, el día del hombre y, por último, “el día de los días”: «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía» (n.75), cuando todos resucitaremos.

Para santificar el domingo es fundamental celebrar la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC, 106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede sustituirse por una presencia meramente virtual, ni se reduce a una reunión meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en la participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para que «den gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1Pe, 1,3)» (ibid.).

En este sentido, os animo a todos a crear las mejores condiciones posibles para que también puedan participar en la Santa Misa aquellos que los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del trabajo.

Queridos hermanos, el año litúrgico, marcado por los domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la devoción de la Iglesia. De hecho, ya desde el siglo II d. C., a la celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «la máxima solemnidad» (SC, 102), que se extendía a lo que se denomina el «tiempo de gran alegría» de cincuenta días, que culminaba en Pentecostés y se preparaba mediante el tiempo de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC, 109). El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar posteriormente siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo. La Iglesia ha incorporado además en los distintos tiempos la veneración de la Santísima Virgen María, «unida con lazo indisoluble a la obra salvífica del su Hijo» (SC, 103), y «el recuerdo de los mártires y de los demás santos […] cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros» (SC, 104).

El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidámosle a la Virgen María, quien llevó a Cristo en su seno, que interceda por nosotros para que, también como ella, podamos participar de los misterios de Cristo, especialmente en la celebración dominical de la Eucaristía.

Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Llamamiento

Deseo expresar mi cercanía a las hermanas y hermanos colombianos que sufrieron los efectos del reciente terremoto que causó numerosas víctimas y heridos, así como grandes daños materiales. Mientras ruego al Señor por el eterno descanso de los fallecidos, aseguro mis plegarias por sus familias y todos los que han sido golpeados por esta tragedia. Manifiesto mi gratitud a cuantos trabajan en las labores de rescate y de asistencia a los damnificados.

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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy he querido hablar del “año litúrgico”, para continuar nuestras catequesis sobre la Sacrosanctum Concilium. Como explicaba mi Predecesor, el Papa Pío XII, “el año litúrgico no es una representación de hechos del pasado, sino que es Cristo mismo, que nos quiere hacer participar de sus misterios, permanentemente presentes y operantes” (cf. Mediator Dei, 140). En otras palabras, es una actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia.

La finalidad de la Iglesia es que los fieles se encuentren con Cristo, poniendo al centro de cada momento la celebración del evento pascual. Por eso, el domingo ocupa un lugar preponderante en el año litúrgico y en cada semana, es “el día del Señor”, que estamos llamados a santificar con la celebración de la Eucaristía, reunidos de manera presencial en asamblea, atentos a la escucha de la Palabra y participando de la comunión del Cuerpo de Cristo.

Fuente: vatican.va

11 agosto 2026

Edith Stein, la Santa Teresa de nuestro tiempo

 Jose Maria Navalpotro

Irene Chikiar analiza en una biografía definitiva a Santa Teresa Benedicta de la Cruz como una vida en búsqueda de sentido.

El 9 de agosto se celebra la fiesta de una de las mayores santas contemporáneas europeas: Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein. Filósofa sobresaliente y discípula de Husserl, judía, conversa al catolicismo, carmelita y mártir de la persecución nazi en el campo de concentración de Birkenau. Es una de las patronas de Europa. Posiblemente el mejor acercamiento biográfico que se ha realizado sobre ella está en la monumental biografía Edith Stein. Judía. Filósofa. Santa, publicada por Taurus en 2025 y redactada por la argentina Irene Chikiar Bauer. 

La autora del libro es doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina, magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural y profesora en la Universidad de San Martín y en la de San Antonio de Areco, y autora de otra biografía exhaustiva sobre Virginia Woolf. Atiende a Omnes en Madrid para dar a conocer la obra sobre una personalidad filosófica y religiosa de primer orden.

¿Qué le atrae el perfil de Edith Stein? ¿Por qué se empezó a interesar por su figura? 

–Cuando Juan Pablo II la canoniza en 1998, me entero de esta mujer. Me parece impresionante un camino que va del judaísmo a su alejamiento de la fe de sus mayores a los 13 años. Se considera agnóstica, se dedica al estudio, le encanta la literatura, la historia. Luego descubre la filosofía, se hace las grandes preguntas del ser humano, que son las grandes preguntas filosóficas, pero más bien centradas en la experiencia, en el conocimiento de las cosas, y de uno mismo. A través de eso llega a la conversión.

Me parece una figura fundamental para nuestro tiempo, que es un tiempo que escinde la razón de lo religioso, generalmente en el común de las personas. 

Y ella elige el camino religioso, cuando no la dejan ser profesora ni conferenciante, exitosa como era; ella siempre había querido ser carmelita, y cuando eso se interrumpe, piensa que es el momento de lo que ella quería, entrar en el Carmelo.

Tiene muchos rasgos que la hacen especial. En el libro, por ejemplo, se resalta su feminismo pionero.

–Virginia Woolf, que es mi otra biografía anterior voluminosa, también es una pionera y una precursora del feminismo, pero no se definía así misma como tal. Y es de 1882. Edith nace nueve años después, pero a diferencia de Virginia Woolf, ella sí va a la universidad, y allí se descubre feminista, porque piensa que las mujeres tienen que tener los mismos derechos que los hombres. Hay amigas suyas que estudian en la universidad, pero se plantean su “doble vocación”: ¿qué pasa si se casan? ¿Tienen que dejar todo? Muchos no veían compatible tener una familia con tener una profesión. Ella decididamente se pone a favor de que se puedan hacer las dos cosas. En ese sentido ella se consideraba feminista y lo dice. 

También es una militante política, porque milita en la República de Weimar. Claro que se desilusiona pronto, porque dice que para la política es necesario tener una conciencia robusta y una piel espesa. 

Desde ese momento ya se lanza completamente a la filosofía, y a través de la filosofía. En esta etapa de la fenomenología se produce su camino a la conversión. No es la única, porque Husserl se había convertido también al cristianismo, y Adolf Reinach, que es una personalidad excepcional, y era el primer asistente de Husserl, también se convierte. Hay unas conversiones que tienen que ver con una convicción íntima, en momentos realmente trágicos. Esto, para nuestra época, para las personas que no tienen la experiencia religiosa, es sumamente llamativo. Ven que personas que viven experiencias realmente espantosas, y en vez de resentirse con la vida y abandonarlo todo, encuentran esta experiencia religiosa, y la búsqueda de lo trascendente.

Como enfermera

Edith Stein, en la Primera Guerra Mundial trabaja de enfermera, ¿cómo le influye este trabajo? 

–Es fundamental. No puede soportar que estando Reinach y todos sus amigos varones en la guerra, ella no pueda hacer nada. Se ofrece como enfermera. Primero va a la clínica donde su hermana Erna es médica, se forma y va.

Esto es importantísimo para las enfermeras. De hecho, la parte más extensa de su autobiografía la dedica a su etapa como enfermera, y con gran precisión. Escribe con una entrega de lo que es el trabajo. Tiene una empatía tal con los enfermos, que creo que esa experiencia le sirve mucho cuando escribe su tesis sobre empatía. Por lo que ha vivido ahí: ha tenido que curar enfermos que no pueden ni hablar, que tienen que comunicarse con la mirada, o tiene enfermos que no hablan el idioma, 

El tema de la empatía en Stein, es algo muy moderno, en el sentido de que hoy es de plena actualidad, ¿no? 

–La empatía es una palabra muy usada y muy poco practicada. Edith Stein contrasta con opiniones anteriores que decían que la empatía era un sentir a una; ella dice que no, sino sentir lo que siente el otro, pero sabiendo que eso es del otro. Eso es la real comunicación, lo otro es contagio. Esa empatía también requiere una decisión ética, y en eso Edith Stein fue una maestra.

Siempre tuvo decisiones éticas frente al otro, y ella afirma que “el fin del hombre es que su voz suene con las demás”. 

También hay algo muy interesante en cómo nunca reniega de su judaísmo, en una época donde había una propaganda anti judía tremenda en Alemania. Siendo profesora y conferenciante, y ya católica, dice esta frase: “El Señor eligió un pueblo para nacer en él, durante su vida terrena habló la lengua de este pueblo, pensó con sus metáforas e imágenes, observó sus costumbres, le dedicó todas sus energías y le ha dado a cada pueblo una misión en esta tierra y para la eternidad, y a cada una de las personas, una misión dentro de este pueblo”. Es una mujer ecuménica, de avanzada, increíble.

Es una figura de primer orden, pero quizá no sé si suficientemente conocida. 

–Es poco conocida, salvo en el mundo católico, carmelita especialmente, porque cuando entra al Carmelo, a ella ya no le interesa más ser la filósofa reconocida. Luego llega el nazismo, la matan, y nadie quiso acordarse de ella.

Yo me siento muy bien por haber traído a una editorial como Penguin (Taurus), que es una editorial mundial, y que no es un sello religioso, esta personalidad.

A mí me ha servido tremendamente un libro de Alasdair MacIntyre, porque él también, desde la filosofía, escribe sobre la importancia de Stein y sobre muchas de sus intuiciones, que si pudiera haber seguido trabajando desde filosofía, no se sabe dónde hubieran ido, y que después ha desarrollado también la fenomenología. Ella tiene grandes anticipaciones, como el intento de conciliar fenomenología con santo Tomás de Aquino.

Es un puente también entre la fe y la razón, ¿no? 

–Es lo que me impactó tanto. Una persona que abandona la fe de los mayores, que se declara agnóstica, que se dedica a estudiar como una loca, brillante, y valora la razón como lo más grande, llega al camino de lo religioso y esa conciliación entre el saber y la espiritualidad, que no se excluyen. Eso es muy llamativo.

A la fe desde la razón

Ella llega a la fe desde la razón…

–Sí, llega desde el agnosticismo. Entonces, ¿cómo llega a esta experiencia religiosa y con esa profundidad? Edith Stein, cuando escribe su autobiografía, ya está el nazismo en la cima del poder, y sus confesores, el ambiente católico, le piden que escriba su historia porque es la forma que entienden de tratar de contrarrestar la propaganda horrible del nazismo.

Entonces ella escribe para mostrar la realidad de la familia judía, que no tenía nada que ver con lo que mostraba la propaganda nazi. Pero al escribir también en ese contexto, también hay muchas cosas que ella no habrá dicho. 

¿Por qué se convierte leyendo a Santa Teresa? 

–Cuando ella empieza a pensar en una figura trascendente, en Dios, dice: mi camino va a ir por el cristianismo, pero no sabe si se va a hacer luterana, como la mayoría de los alemanes, o católica. Al estilo Edith Stein, no se sienta a esperar a ver qué pasa, sino que se pone a leer todo lo que puede: teología luterana, católica… En un momento, le llega a las manos el libro de Teresa de Ávila, El Libro de la Vida. Y ve que es su camino, y quiere ser carmelita. ¿Por qué? Una de las cosas que Teresa no dice es que su abuelo era judío. Cuando uno lee el Libro de la Vida, se ve que Teresa todo el tiempo está diciendo lo que importa es cómo actúes en el mundo, los hechos, no de dónde vienes. 

Para mí Edith Stein es la Santa Teresa de nuestro tiempo, aunque el contexto es diferente, porque no vivimos una sociedad religiosa. Santa Teresa y San Juan viven una sociedad muy religiosa, tienen un montón de enemigos, pero también tienen un montón de seguidores, por eso pueden hacer una reforma, y fundar conventos. Edith Stein llega en el siglo XX, cuando ya es la época caracterizada después del positivismo por el imperio de la razón.

Es realmente increíble que siendo así, ella retome el camino de la espiritualidad. 

También hay que advertir que San Juan de la Cruz y Santa Teresa, por más que hubieran tenido un montón de enemigos, al final de su vida estuvieron rodeados de gente que los quería. Edith Stein se muere sola en un campo de concentración, rodeada de víctimas como ella. 

¿Podría haber evitado su martirio? 

–Se podría haber escapado. En un momento, las Carmelitas en Alemania, para protegerla, proponen mandarla a Holanda, pero cuando estalla la guerra y los nazis invaden Holanda, tratan de sacarla de allí. La intentan llevar a Suiza, pero una de sus hermanas, que también se había convertido, estaba trabajando de portera en el convento, y Edith Stein se negó a marcharse sin su hermana. En esas demoras, finalmente los nazis se la llevan, en represalia a la carta de los obispos holandeses contra el nazismo, en el contexto de una venganza que fue ir a buscar a todos los judíos que se habían convertido, o mucha gente que se había casado con judíos. Son las primeras deportaciones a los campos de concentración para los judíos. Ahí es donde la matan, en Birkenau.

¿Cuál es su faceta más notable?

–Es indicativo el nombre que elige al entrar en religión. Elige Teresa, obviamente por Teresa de Avila; Benedicta, porque estuvo mucho con los benedictinos (muchos se preguntaban por qué no se hizo benedictina) y de la Cruz. En su nombre está todo, está esa coherencia y esa ética. 

Lo que impacta en Edith Stein, lo que conmueve de ella es esa búsqueda de sentido. Muchas biografías católicas han dicho que es una buscadora de la verdad. Pero desde una perspectiva más secular es una buscadora del sentido de la vida.

Fuente: omnesmag.com 

10 agosto 2026

Tiempo para hablar con Dios

Juan Luis Selma


La oración cristiana es esa conversación bella y confiada con Dios: verle como Padre amoroso, como amigo y compañero, como maestro y médico

“El corazón es la morada donde Dios está, o donde Él habita; y, según la expresión semítica o bíblica, donde se adentra. Es nuestro centro escondido, inaprensible, inaccesible tanto para nuestra razón como para la de los demás; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro porque, creados a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza”.

Así define el Catecismo el corazón del hombre: el lugar del encuentro, con uno mismo, con Dios y con los demás. Todo el Catecismo de la Iglesia posee un profundo sentido antropológico: responde a lo que el ser humano es, siente, aspira y desea. Ilumina sus interrogantes más hondos. Difícilmente se encontrará un tratado más completo sobre la condición humana.

En sus primeros números afirma: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer hacia sí al hombre, y sólo en Dios encontrará la verdad y la dicha que no cesa de buscar. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios”.

El libro del Génesis presenta a Adán y Eva paseando al atardecer con Yahvé en el paraíso. Es una de las escenas más hermosas y sugerentes de toda la tradición bíblica. Resume en una sola imagen lo que tantas veces intentamos expresar: la cercanía original entre Dios y el ser humano, una relación sin miedo, sin máscaras, sin distancia.

La oración cristiana es esa conversación bella y confiada con Dios: verle como Padre amoroso, como amigo y compañero, como maestro y médico. Su grandeza no asusta ni crea barreras; acoge y ampara. La verdadera felicidad -vivir en el paraíso- es pasear con Dios, contemplar el mundo con sus ojos, mirarme como Él me mira. Como reza el lema del santo cardenal Newman: Cor ad cor loquitur, el corazón habla al corazón.

Como dice la canción mexicana Chapala, “rinconcito de amor, donde las almas pueden hablarse de tú con Dios”. Así se entiende la importancia de la oración: esa conversación que eleva, sana y enseña. Nos ayuda a alzar la mirada cuando la tendencia es mirar al suelo, a la suciedad o al propio ombligo. La vida no se reduce a intereses; los demás no están para ser usados ni para usarme.

Existen relaciones desinteresadas, nobles, valiosas. Buenas. Según la visión de Elías, la palabra de Dios no se encuentra en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego: está en el susurro de una brisa suave. Para escucharle, para abrirle el corazón, hacen falta silencio, tranquilidad y paz.

Dice el Evangelio: “Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo". Jesús busca la quietud de la orilla del lago de Genesaret, la paz de la noche, la soledad para hablar con su Padre. Y eso que Él es el Hijo de Dios, Dios mismo. Ese es el lugar para ver las cosas con claridad, para tomar decisiones, para que el alma descanse, para sentirse querido y valioso -porque todos lo somos a sus ojos-. Una vida sin oración no es vida plena.

El Catecismo define la oración como una lucha: el combate de la oración. No es un torneo que se gana sólo con inscribirse; hay que pelearlo, como hizo la selección para conquistar la segunda estrella. Hace falta un maestro, un entrenador: un sacerdote, un amigo, un buen libro. En equipo se juega mejor; solo es muy difícil ganar. Perseverancia, paciencia, tenacidad.

Un buen test para saber si avanzamos en la senda de la oración es la paz interior, la alegría de descubrir cuánto me quiere Dios. Esto llena mucho. Después, comenzamos a mirar mejor a los nuestros: ya no sólo vemos sus defectos, sino que descubrimos sus valores, y nos caen mejor. Por eso, la oración es un tesoro que debemos descubrir. Y entonces escucharemos de nuevo las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo".

Fuente: eldiadecordoba.es

09 agosto 2026

«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!»

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).

Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.

Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).

Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.

Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.

Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.

Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo con preocupación la trágica situación en Sudán, especialmente en la ciudad de El Obeid. Al expresar mi cercanía espiritual a todos los habitantes de la nación, renuevo mi llamado a las Autoridades para que garanticen corredores humanitarios a la población civil. Al mismo tiempo, insto a la comunidad internacional a apoyar los esfuerzos destinados a lograr un alto el fuego inmediato.  Oremos pidiendo al Señor que sostenga a quienes sufren, convierta los corazones de quienes siembran violencia y conceda la paz tan anhelada.

Siguen llegando noticias dolorosas sobre personas inocentes asesinadas y heridas en Ucrania y en Rusia. Los episodios trágicos se suceden, es más, se multiplican, causando cada vez más víctimas civiles, entre ellas también niños. Me solidarizo con las familias de las víctimas, con los heridos y con todos aquellos que sufren a causa del conflicto en curso. Ante tanto dolor, renuevo un vehemente llamamiento para que se respete el derecho humanitario y ambas partes pongan fin a los ataques contra objetivos civiles. La guerra sólo genera más guerra y provoca un enorme sufrimiento. Es hora de detener la espiral de violencia y dar cabida a la diplomacia y al diálogo para allanar el camino hacia la paz.

¡Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos de distintos países!

Saludo en especial a los jóvenes de la Comunidad Santa María Magdalena de la Diócesis de Milán, que recorrieron la Vía Francígena desde Siena hasta Roma; así como a los scouts de Enna, que realizaron su campamento en las Colinas Albanas, en los alrededores de Roma, y a los jóvenes de Pernumia, de la Diócesis de Padua.  

La presencia de tantos grupos de jóvenes, que deciden dedicar unos días de sus vacaciones a actividades formativas y de compañerismo, es un signo de esperanza; así como lo fue el encuentro de los jóvenes franciscanos, con quienes tuve la alegría de reunirme el jueves pasado en Asís.

A todos ustedes, chicos y chicas que me escuchan, quisiera recordarles que en estos días el calendario litúrgico nos presenta algunas figuras maravillosas de santos y santas que los invito a conocer mejor: ayer, el gran santo Domingo, fundador de los Frailes Predicadores; hoy, santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, carmelita asesinada en Auschwitz y copatrona de Europa; mañana, san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma; pasado mañana, santa Clara de Asís, quien dejó una vida acomodada para seguir a Jesús, pobre y humilde, siguiendo el ejemplo de su conciudadano san Francisco. ¡Queridos jóvenes, déjense inspirar por estos testigos ejemplares del Evangelio!

¡Gracias a todos por su presencia y que tengan un feliz domingo!

Fuente: vatican.va