17 agosto 2026

Aristóteles y Santo Tomás, los dos grandes pilares del sentido común

 Ignacio Crespi Valldaura de Gonzalo

Empaparnos de la escolástica de Santo Tomás de Aquino, de pensadores católicos como G.K. Chesterton y de la lectura de encíclicas papales nos ayuda sobremanera a separar el trigo de la cizaña, lo bueno de lo malo, lo legible de lo ilegible de un mismo ‘ismo’ (o doctrina).

Nos hace mirar las causas humanas con cierta distancia intelectual, para saber identificar los vicios y las virtudes de cualquier moda o corriente de pensamiento, sin apoyarlas de manera categórica ni condenarlas en su totalidad.

Nos permite percibir mucho mejor el claroscuro, la escala de grises.

De facto, Aristóteles, a quien se le puede considerar el Santo Tomás de Aquino del mundo precristiano, fue el filósofo de la antigüedad con mayor capacidad para establecer categorías, para identificar los elementos que unen y los matices que separan, para deslindar el trigo de la cizaña, en definitiva, para no caer en los ‘ismos’.

Distinguió, a diferencia del resto de los sabios griegos, entre los elementos análogos, unívocos y equívocos (cuando los demás se dejarían, seguramente, arrastrar por uno solo de los citados); no reducía la realidad a las matemáticas, como Pitágoras; ni todo a los átomos, como Demócrito; ni todo al alma, como Platón; ni todo al agua, como Tales de Mileto; ni todo al progreso, como Heráclito; ni todo al inmovilismo, como Parménides; ni todo al aire, como Anaxímenes; ni todo al caos, como Anaximandro; ni todo al placer, como Epicuro; etcétera.

«Así pues, leer a Santo Tomás de Aquino y a G.K. Chesterton nos permite adoptar una intelectualidad de corte aristotélica frente a los ‘ismos’ de la modernidad.

Para no reducir la realidad al mundo que crea nuestra mente, como hacían Kant y Descartes; para no confundir la autorrealización con la búsqueda del poder y el triunfo de la voluntad, como predicaba Nietzsche; para no simplificar el devenir de la historia a fórmulas científicas, como Comte, Darwin, Hegel y Marx; para no confiar excesivamente en que el mercado y las cosas se terminan ordenando por sí solas, como Hayek y Adam Smith.

Para no incardinarlo todo a los materialismos socialistas y capitalistas, unidos ambos por relegar la felicidad al status socioeconómico (cada cual a su manera); para no pensar que la experiencia abarca la totalidad del conocimiento humano, como los empiristas (Locke, Berkeley y Hume); para no creer que la intuición y la pasión son las únicas fuerzas que movilizan al hombre, dejando lo empírico completamente de lado, como Henri Bergson; para no percibir a las personas como enteramente malvadas, como Hobbes; para no pasarse al extremo contrario de interpretar que somos buenos por naturaleza, como Rousseau; etcétera, etcétera, etcétera…

«En síntesis, si Aristóteles fue el puntal del equilibrio en el mundo antiguo, para no caer en los ‘ismos’, Santo Tomás de Aquino ha sido el gran continuador de su obra en la modernidad.

Por esto, uno de los aforismos más emblemáticos de G.K. Chesterton reza así:

“El mundo moderno está repleto de antiguas virtudes cristianas desquiciadas, que se han desquiciado porque se han separado de las demás y ahora vagan solas”

En otras palabras, dichas virtudes cristianas se han desquiciado, porque mantenían la cordura al convivir en equilibrio y armonía con las otras, unidas por haz del cristianismo; y al separarse de la cristiandad que las equilibraba y domesticaba, han enloquecido, para vagar solas en forma de ‘ismos’.

Es completamente razonable que perder el equilibrio cristiano entre las virtudes provoque que éstas degeneren en ‘ismos’; puesto que un ‘ismo’ es la terminación que da nombre a cada ideología, e “ideología” significa “la lógica de la idea”; lo que supone monopolizar y reducir la realidad a la lógica de dicha idea.

Así pues, para el socialista, todo obedece a la lógica de lo social; para el capitalista, a la lógica del capital; para el platónico, a la lógica de Platón; para el cartesiano, a la lógica de Descartes; etcétera.

«Son como religiones paganas, pero sin misticismo, lo que se conoce como “teologías secularizadas”.

Y es, precisamente, el intelectual católico quien se posiciona como reticente a “la lógica de una idea”.

Persigue el bien común, en todos los ámbitos; valora lo legible e ilegible de cada aspecto, separa el trigo de la cizaña, la virtud del vicio, sin monopolizar y simplificar la realidad al cumplimiento de unos ‘ismos’; ‘ismos’ que, por cierto, se focalizan excesivamente en una dimensión de lo existente, lo que lleva a sus predicadores al olvido del resto de las realidades convivientes.

Por esto, afirmo sin cortapisas que el catolicismo es el ‘ismo’ del ‘anti-ismo’; del mismo modo que lo fue Aristóteles en la era precristiana.

Fuente: forumlibertas.com

El día que el Cielo se quedó sin aliento

Eloy Asenjo Carpintero

En una pequeña casa de Éfeso el tiempo parecía haberse detenido. Hacía ya muchos años que María era el faro de la Iglesia naciente; era la que buscaba a los discípulos uno a uno para consolarlos, y los cuidaba a todos con la ternura de una gallina a sus polluelos, pero las fuerzas, poco a poco, le iban fallando.

Aquel quince de agosto amaneció como cualquier otro día. Al ver que María tardaba en bajar, una de las santas mujeres subió con cautela a su habitación y la encontró en la cama, con el rostro más hermoso y sereno que se podría imaginar, como sumida en un profundo sueño. Al acercarse y tocarle suavemente el costado, no hubo respuesta.

—¡Juan, ven pronto! —susurró con lágrimas en los ojos.

Pronto la casa se llenó por completo. Los discípulos, los vecinos y una legión de niños que querían sinceramente a María acudieron corriendo. Pero allí no había frío, ni miedo, ni olor a muerte. Había una claridad suave que envolvía la estancia, y una paz tan profunda que casi se podía tocar. En medio de un silencio sagrado, solo roto por algún suspiro, o el tierno «sorberse los mocos» de los más pequeños, María abrió los ojos. Sonrió, buscó la mirada de cada uno para despedirse y empezó a elevarse. Jesús había decidido llevársela en cuerpo y alma. La que había sido preservada del pecado era ahora preservada de la corrupción por la muerte. Se iba al Cielo, sí, pero para poder estar simultáneamente al lado de cada uno de sus millones de hijos en la Tierra.

Mientras el mundo se llenaba de una mística alegría, en el Cielo se desató un bendito caos, porque a los ángeles la llegada de María los pilló completamente desprevenidos.

— ¡¿Pero cómo que ya está aquí?! —exclamaba san Gabriel corriendo por los pasillos celestiales con un fajo de pergaminos bajo el brazo.

El comité de bienvenida estaba totalmente desbordado. No había tiempo para ensayar una nueva sinfonía; los telares celestiales no daban abasto con los millones de pedidos de trajes de gala, y las cocineras corrían de la despensa a los fogones con las manos en la cabeza, porque no daba tiempo a preparar nada digno de Ella.

Gabriel, que sentía una debilidad absoluta por María desde el día de la Anunciación, tragó saliva. Sabía que, para convencer a san Miguel, el inflexible jefe de las milicias celestiales, necesitaba presentarse con un argumento sólido e indiscutible, por eso, antes de ir a buscarlo, corrió hacia los grandes hangares de luz para hablar con san Rafael, el director del departamento de Custodios.

—¡Rafael, la Madre ha llegado y aquí arriba todo es una improvisación! —exclamó Gabriel sin aliento. — Si nos presentamos ante Miguel, nos dirá que el protocolo es sagrado. Pero si tú vienes conmigo y le explicas el inmenso despliegue que tus custodios necesitan preparar en su honor, no podrá negarse. ¡Por Ella no podemos hacer una chapuza!

Rafael, cuya mirada siempre destilaba una infinita paz y sabiduría, sonrió al instante y asintió. Con el peso de los dos arcángeles unidos, fueron al encuentro de san Miguel. Le transmitieron su profunda preocupación y, ante la sorpresa de Gabriel, la intervención de Rafael y la lógica de la situación hicieron que Miguel depusiera su habitual rigidez.

—Tenéis razón —asintió Miguel con firmeza—. Cuando se trata de Ella no podemos improvisar. Venid conmigo para presentar vuestro razonamiento ante la Jefatura.

Los tres Arcángeles se armaron de valor y llamaron a la puerta de la Santísima Trinidad. Al entrar, Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo los miraban divertidos, pues a Ellos, lógicamente, nada los había pillado por sorpresa.

—No da tiempo, ¿verdad? —dijo el Padre rompiendo el silencio con una sonrisa. —¡No, Señor, porque es Ella! —exclamó Gabriel con el alma en la boca.

Jesús intervino, guiñándole un ojo a Gabriel para asegurarle que hablaría con su Madre y le pediría disculpas por no haber avisado antes de su Coronación, mientras el Espíritu Santo ofrecía una semana entera de prórroga. Los tres arcángeles suspiraron aliviados. Por primera vez en la historia de la eternidad, san Miguel convocó una reunión de urgencia para cambiar los planes, y cuando les comunicó a todos los ángeles que la Coronación se posponía siete días para que todo fuera perfecto, el Cielo entero estalló en aplausos. ¡Solo María podía obrar el milagro de hacer que san Miguel se volviera flexible!

Fueron siete días de actividad febril. Mientras los coros ensayaban y san Miguel organizaba los protocolos, María paseaba feliz, asimilando la grandeza de su nuevo hogar. Tuvo encuentros que hicieron llorar de alegría al Cielo: abrazó a san José, a sus padres Joaquín y Ana, a su prima Isabel. Pero, sin duda, uno de los momentos más conmovedores fue la increíble merendola que organizó con los Santos Inocentes: una inmensa asamblea de niños a los que el horror del aborto les había impedido ver la luz del día en la Tierra. A aquellas almas inocentes y puras, que nunca llegaron a nacer, María las rodeó de un amor desbordante, colmándolas de mimos, besos y caricias, haciéndoles sentir el calor de la Madre que el mundo les había negado.

Sin embargo, lo que más fascinó a María durante esos siete días de tregua no fueron los palacios de oro, sino los inmensos hangares de luz donde trabajaban los Ángeles Custodios. San Rafael, agradecido por haber formado parte de la comitiva que logró frenar el tiempo, la recibió inclinándose profundamente.

—Madre —le dijo con voz melodiosa—, sé que tu cuerpo está aquí, pero tu corazón sigue abajo, latiendo por tus hijos. Déjame enseñarte cómo funciona tu ejército.

Rafael guio a María a través de infinitas legiones de ángeles, que se preparaban en secciones milimétricas. María observaba la febril actividad con ojos asombrados y un afán protector que le encendía el alma. San Rafael le señaló primero una sección donde los ángeles repasaban mapas llenos de hilos dorados, explicándole que eran los custodios de los jóvenes, los niños y los adolescentes. Su misión era soplarles al oído en mitad de las tormentas de la edad, cuidar su inocencia y ayudarles a descubrir la hermosa vocación que Dios había pensado para cada uno de ellos.

María se acercó a uno de esos custodios jóvenes que afilaba sus alas invisibles antes de partir hacia la Tierra, y le tocó el hombro con ternura divina:

—Cuando mi hijo sufra por dudar de su camino —le susurró María al ángel—, dile que yo misma lo sostengo. No le dejes tropezar.

San Rafael la llevó entonces a un ala inmensa que bullía de actividad, con cuatro legiones enteras destinadas a custodiar a hombres y mujeres con vocación matrimonial, una sección donde san Gabriel le echaba una mano coordinándolos. Rafael le explicó que tenían un trabajo durísimo: mantener vivo el fuego del amor cotidiano, dar paciencia en las noches de cansancio, sanar las heridas del orgullo y proteger los hogares de la Tierra. María, conmovida al recordar su propia casita de Nazaret, pensó que a través de ellos, Ella misma entraría en las cocinas, en los salones y en los desvelos de cada familia para ser la Pacificadora.

Siguieron caminando y Rafael le mostró las dos legiones destinadas a custodiar a quienes se entregaban a Dios en el celibato apostólico, y otras dos dedicadas a las familias de religiosos, cuyos ángeles vestían con los colores de los hábitos de la Tierra. Finalmente, contemplaron a los arcángeles ministeriales, aquellos cuyo único fin era asistir a los sacerdotes y diáconos en el altar.

Al ver este maravilloso despliegue, María comprendió la envergadura del Amor Divino. Los ángeles eran los puentes, pero Ella sería el mapa. Mirando a san Rafael María sonrió con una determinación celestial:

—Rafael, vuestro departamento va a tener mucho trabajo. Porque a partir de ahora, cada oración, cada avemaría y cada lágrima que mis hijos derramen en la Tierra, se convertirá en una orden directa para vosotros. Seréis mis manos y mis pies allí abajo.

Rafael, conmovido por la genialidad de su nueva Reina, asintió con entusiasmo, asegurándole que todos estaban listos, y que solo esperaban su corona para empezar a volar bajo sus órdenes.

Y entonces, llegó el gran día. Un camino brillante, como el reflejo de la luna sobre el mar en calma, se extendía desde la casa de María hasta una escalinata de flores donde esperaba la Trinidad. El Cielo era un océano de colores: los mártires vestían de rojo, las vírgenes de azul y los santos de un blanco purísimo, y algunos de ellos llevaban una hermosa orla verde que recorría los bordes, mangas y cuellos de sus túnicas. Eran los santos laicos, «los santos de la puerta de al lado».

Este detalle cromático encierra un significado profundo: mientras los grandes santos de los altares brillaban por milagros o martirios extraordinarios, ellos representaban la santidad de la vida ordinaria. El blanco de sus vestiduras proclamaba la pureza de su bautismo, pero el verde era el color de la esperanza y del tiempo común en la Tierra: el de las jornadas de trabajo invisible, el de la paciencia en el desvelo y el de la fidelidad oculta en el hogar.

Eran las madres y padres que santificaron la mesa del comedor, los profesionales que trabajaron con honestidad, y los vecinos corrientes que tendieron una mano en silencio; almas que no vivieron al margen del mundo, sino que fueron el reflejo del Amor de Dios en el corazón de sus propios barrios, caminando al lado de cualquiera de nosotros.

A las doce en punto las campanas repicaron, y comenzó a sonar el Ángelus mientras la comitiva arrancaba. Primero desfilaron madres y abuelas esparciendo romero; luego, jóvenes vírgenes perfumando el aire con azahar. Justo antes de que apareciera María, avanzó aquel bendito grupo de niños y niñas vestidos de rojo: los Santos Inocentes que María había consolado días atrás, que caminaban ahora con una inmensa sonrisa celestial, esparciendo alegres pétalos de jazmín por el camino.

Cuando apareció Ella, la música cesó por un instante, y el Cielo entero contuvo el aliento, pues nadie había visto jamás tanta belleza. María vestía un traje blanco tan radiante que parecía «vestida de sol», un fulgor que iluminaba sin herir los ojos. Llevaba una capa azul de Inmaculada y un peinado sencillo adornado con engarces, que brillaban como la luna y las estrellas.

Al verla, la orquesta rompió a tocar una versión celestial y majestuosa del Magníficat. María, sonrojada por tanto amor, comenzó a subir la escalinata, mientras los serafines lanzaban pétalos de rosa e inundaban el ambiente con su aroma. Al llegar a la cima se postró en adoración.

Jesús se levantó, la tomó delicadamente de la mano y la hizo girar para que mirara a todo su pueblo. El Padre se colocó a su derecha, Jesús a su izquierda y el Espíritu Santo, en forma de paloma, aleteó justo detrás de su cabeza. San Miguel se adelantó portando una corona espléndida con doce estrellas y, en ese instante, todo el Cielo puso rodilla en tierra. Las voces de millones de ángeles y santos tronaron al unísono recitando las letanías: «¡Madre de Dios! ¡Puerta del Cielo! ¡Reina de los Ángeles! ¡Reina de la Paz!».

La Trinidad depositó la corona sobre su cabeza y el Cielo estalló en aplausos. Los fuegos artificiales más grandiosos jamás vistos dibujaron luces imposibles en el firmamento celestial, cerrando el espectáculo con una silueta que hizo llorar de emoción a todos: un rosario gigante dibujado con estrellas de luz.

¡Y entonces comenzó el gran despliegue! San Miguel se puso en marcha tras unas banderas majestuosas con los atributos de la Reina, seguido de sus arcángeles ministeriales. Detrás marchaban las legiones de los religiosos y los consagrados. Luego, san Gabriel lideró con paso firme a las cuatro legiones de custodios matrimoniales. Y cerrando el desfile, con un brillo alegre y esperanzador, apareció San Rafael guiando a los custodios de los jóvenes y de los niños.

Al pasar frente al trono de María Rafael alzó su vara de caminante, y todos los ángeles custodios desplegaron sus alas a la vez, rindiendo un saludo tierno y solemne. Sabían que, desde ese segundo, sus misiones en la Tierra tendrían el aroma y el respaldo de la Reina del Cielo.

Al terminar la gran Salve Regina, cantada con un entusiasmo que hizo temblar los luceros, comenzó el banquete. Pero María, fiel a su estilo de Madre, no se sentó en su trono. Con su impresionante vestido de sol y su manto azul, comenzó a pasear entre las mesas. Probaba un bocado de cada una, reía con san Rafael comentando las próximas «estrategias de protección» para el día siguiente en la Tierra, y se aseguraba con su dulce mirada de que ninguno de sus hijos, ni en el Cielo ni en la Tierra, volviera a sentirse solo jamás.

Fuente: omnesmag.com

Lecciones del eclipse

Juan Luis Selma

Lo triste es que nos hemos olvidado de mirar al cielo, de levantar la mirada, de ver al Dios escondido en el día a día, en los demás, en lo cotidiano

No sé si es por ser verano -aunque no está falto de noticias- o por lo llamativo del eclipse total de sol, pero el caso es que hemos tenido fenómeno solar hasta en la sopa. No oculto que a mí también me ha cautivado por su belleza. Antiguamente estos acontecimientos se relacionaban con el cielo, el cosmos y con Dios, su creador.

La arqueoastronomía estudia cómo las civilizaciones integraron los fenómenos celestes en su arquitectura, calendarios y rituales. Estructuras como Stonehenge, Giza, Machu Picchu o Chankillo muestran una sofisticada comprensión astronómica: el hombre, al mirar al cielo, veía a Dios. Incluso las tiendas de los nómadas y los edificios giraban en torno a un eje orientado hacia lo alto.

Hoy el eclipse ha servido para llenar páginas y páginas, telediarios, titulares sin fin… y también los bolsillos de algunos aprovechados.

De todo podemos aprender y, ya que he estado unos días por Barbastro y he visitado su Catedral y el museo de los mártires claretianos, pienso que a algunos se les fue la luz: se quedaron a oscuras.

Impresiona el martirio del obispo de la ciudad, monseñor Florentino Asensio Barroso. Un tal Héctor M., oculista, y dos más se acercaron a él mientras rezaba en su prisión y, entre burlas, le mutilaron sus partes íntimas, las colocaron sobre la revista Solidaridad Obrera y las exhibieron triunfantes por la ciudad. Luego le cosieron la herida burdamente con hilo de esparto, como a los animales. Entre golpes y nuevas vejaciones fue fusilado y arrojado a una fosa, donde pasó largas horas de agonía mientras exclamaba: "¡Qué noche más hermosa ésta para mí: voy a la casa del Señor!".

También fueron fusilados 51 claretianos, muchos de ellos jóvenes estudiantes. Uno de ellos escribió la víspera de su martirio:

"Morimos todos contentos, sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre vengadora, sino sangre que, entrando roja y viva por tus venas, estimule tu desarrollo y expansión por todo el mundo".

Esta es la riqueza de la Iglesia: sus mártires y sus santos. Esta es la luz que sale todos los días y que, por ser habitual, pasa desapercibida. Solo la excepción del eclipse es noticia. Lo mismo sucede con nuestras vidas: lo bien hecho no llama la atención; sobresale lo malo, el escándalo. Por eso debemos comprarnos no gafas que protejan del sol, sino unas que solucionen la miopía endémica que nos impide ver lo bueno.

Relata el Evangelio que "En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo". Jesús se hace de rogar y, tras la insistente y humilde petición de la madre, cura a la hija.

Tenemos miedo de mirar al sol; algunos atestiguan que, tras intentar ver este fenómeno, han perdido la vista. Pero el peligro no es ese. Lo triste es que nos hemos olvidado de mirar al cielo, de levantar la mirada, de ver al Dios escondido en el día a día, en los demás, en lo cotidiano.

En una visita a las hermanas de Iesu Communio, al finalizar el locutorio, uno de los chicos asistentes les preguntó cómo conseguían mirar a los demás con esas miradas cariñosas, acogedoras, envolventes. Ellas le respondieron: "¿Y tú cómo te ves a ti mismo?". Para poder mirar a los demás como un regalo, primero hay que experimentar que nosotros lo somos para Dios.

No dejemos que sean las sombras las que llenen nuestro corazón. Debemos defendernos de la oleada de sinsentido, pesimismo y suciedad que nos rodea. Hagamos el esfuerzo de mirar a lo alto, de elevar la mirada, de dirigir nuestros pasos hacia Dios.

Como reza el Salmo 66: "Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia y gobiernas las naciones de la tierra".

Valemos mucho más que nuestras oscuridades y pecados. No son nuestras sombras las que nos definen: somos mucho más. ¡Hijos de Dios! Con un poco de paciencia volverá la luz. No somos hijos de las tinieblas, sino de la luz.

Fuente: eldiadecordoba.es

16 agosto 2026

Gracias a su fe, humildad y determinación.

El Papa en el Ángelus (Castellgandolfo)

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Ayer contemplamos a la Virgen María en su relación indisoluble con su Hijo: ni siquiera la muerte pudo interrumpir esa comunión de alma y cuerpo, que es vida eterna. Cada domingo nos recuerda que esa misma plenitud está reservada a quienes siguen a Jesús: su resurrección no es un acontecimiento del pasado, sino una vida nueva que nos compromete.

Así lo demuestra hoy la mujer cananea protagonista del Evangelio proclamado en la liturgia (cf. Mt 15,21-28). Aunque no pertenece a su pueblo y vive en una región extranjera, intenta con insistencia hablar con Jesús, siguiéndole como una discípula que ya tiene un vínculo con Él. Probablemente nunca se habían encontrado, pero, misteriosamente, la fe ya había surgido en ella. No desea algo para sí misma, sino la paz para su hija atormentada, y confía en Jesús, a quien reconoce como el Mesías, descendiente de David (cf. v. 22).

El evangelista no oculta los obstáculos a los que se enfrenta esta mujer. Los discípulos la ven como una persona molesta, y el propio Jesús se resiste a sus peticiones. De hecho, el Maestro se había retirado a aquella región (cf. v. 21) y podemos imaginar que, como en otras ocasiones, buscaba un lugar apartado donde orar y formar a los suyos. Sin embargo, en ese momento ocurre algo inesperado. Al meditar sobre ello, podemos comprender la obediencia de Jesús, que cumple su misión dejándose conmover por lo que ve y lo que oye. Al final le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas» (v. 28).

También hoy la Iglesia puede dejarse sorprender por la obra de Dios y comunicar la paz de Cristo más allá de las fronteras ya trazadas. Su misión es anticipada por la gracia divina, que actúa en lo más recóndito de las conciencias, de modo que en cada encuentro, incluso en aquellos que trastocan nuestros planes, hay que aguzar el oído, abrir los ojos y el corazón a lo que Dios quiere decirnos.

De la mujer cananea aprendemos la humildad y la determinación. Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada para todos y que a nadie le corresponden las migajas (cf. vv. 26-27), porque cada uno tiene su propio lugar junto al Padre. A la luz de esta fe, resultan insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: somos la Iglesia de Jesucristo en un mundo atormentado, en un mundo que busca la paz. A María, nuestra Madre, le pedimos que interceda por nosotros. «De sus labios brota el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat» (Magnifica humanitas, 244): es el canto de quien ya ve la realidad con la mirada de Dios y, por eso, no pierde la esperanza y actúa con caridad.

__________________

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Reitero mi llamamiento para que cesen los repetidos actos de violencia contra la población civil palestina en Cisjordania y pido con urgencia a la comunidad internacional que vele por el avance de la solución de dos Estados, en pro de una paz justa y duradera.

Esta semana darán comienzo los Juegos del Mediterráneo, que se celebrarán en Taranto. En ellos participarán diversos países de África, Asia y Europa que pertenecen a la cuenca mediterránea. Deseo que este evento deportivo sea un presagio de paz y fraternidad entre los pueblos de esta región y del mundo entero.

Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, que se han reunido aquí, en Castel Gandolfo, para el Ángelus dominical.

Saludo con cariño a los peregrinos procedentes de diversos países. Al saludar a los polacos, extiendo mi bendición a las numerosas participantes en la tradicional peregrinación al Santuario de Piekary Śląskie, en Alta Silesia.

Les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

15 agosto 2026

¡Mujer, qué grande es tu fe!

 

Domingo 20.ª semana del Tiempo ordinario

Evangelio (Mt 15,21-28)

Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón. En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:

— ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.

Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:

— Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.

Él respondió:

— No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:

— ¡Señor, ayúdame!

Él le respondió:

— No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

Pero ella dijo:

— Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

Entonces Jesús le respondió:

— ¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres.

Y su hija quedó sana en aquel instante.

Comentario

La actividad de Jesús era muy intensa, y ocasionalmente se retiraba con sus discípulos a lugares donde encontrar más sosiego para el descanso y más tiempo para formarlos. En esta ocasión, sale fuera de los confines de Galilea, a la región de Tiro y Sidón, una zona que no estaba poblada por judíos sino por gentes cananeas de cultura helenística.

Pero la fama de Jesús había llegado hasta allí, y una mujer sale a su encuentro para pedirle que ayude a su hija: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio” (v. 22). Ella, que no pertenecía al pueblo elegido, lo reconoce como el Hijo de David, el Mesías largamente esperado, y con gran confianza le pide que ayude a su hija.

Observa san Agustín que esta mujer cananea “nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de piedad”. Jesús, al principio, parece que no le hace caso, pero ella “clamaba al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en silencio lo que iba a ejecutar”. Cuando ella insiste, el Maestro le responde que ha venido a buscar las ovejas perdidas de la casa de Israel. Jesús vino a salvar a todos, como lo señaló claramente en otra ocasión ante sus discípulos: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn 10,16), pero su misión redentora debía comenzar por su propio pueblo, los judíos.

La mujer cananea no se da por vencida y continúa importunándolo. En aquel tiempo, los judíos llamaban despectivamente “perros” a los paganos, ya que el perro era un animal impuro. Por eso las palabras con las que Jesús le responde suenan muy duras: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos” (v. 26). Pero la mujer, no se enfada ni se manifiesta dolida por el tono de la respuesta. “Reiteró su petición y, ante lo que parecía un insulto, demostró su humildad y alcanzó misericordia”.

El papa Francisco observa que “el aparente distanciamiento de Jesús no desanima a esta madre, que insiste en su invocación. La fuerza interior de esta mujer, que permite superar todo obstáculo, hay que buscarla en su amor materno y en la confianza de que Jesús puede satisfacer su petición. Y esto me hace pensar en la fuerza de las mujeres. Con su fortaleza son capaces de obtener cosas grandes. ¡Hemos conocido muchas! Podemos decir que es el amor lo que mueve la fe y la fe, por su parte, se convierte en el premio del amor. El amor conmovedor por la propia hija la induce a gritar: ‘¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David!’. Y la fe perseverante en Jesús le permite no desanimarse ni siquiera ante su inicial rechazo”.

La perseverancia de esta mujer inasequible al desánimo es toda una lección de fe viva y operativa. Nos enseña a no desanimarnos ante las dificultades de la vida y a perseverar en la oración, aunque parezca que Dios no nos hace caso. A veces “imaginamos –dice san Josemaría- que el Señor, además, no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos (…) Con la tozudez de la cananea, nos postramos rendidamente como ella, que le adoró, implorando: ‘Señor, socórreme’. Desaparecerá la oscuridad, superada por la luz del Amor (…). Nuestro Señor quiere que contemos con Él, para todo: vemos con evidencia que sin Él nada podemos, y que con Él podemos todas las cosas”.

Fuente: opusdei.org

Asunción de la Virgen María

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Evangelio (Lc 1,39-56)

Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo:

—Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

María exclamó:

—Proclama mi alma las grandezas del Señor,

y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador:

porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava;

por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las

generaciones.

Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso,

cuyo nombre es Santo;

su misericordia se derrama de generación en generación

sobre los que le temen.

Manifestó el poder de su brazo,

dispersó a los soberbios de corazón.

Derribó de su trono a los poderosos

y ensalzó a los humildes.

Colmó de bienes a los hambrientos

y a los ricos los despidió vacíos.

Protegió a Israel su siervo,

recordando su misericordia,

como había prometido a nuestros padres,

Abrahán y su descendencia para siempre.

María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Comentario

En el gozoso día en el que la Iglesia celebra la Asunción de nuestra Señora en cuerpo y alma a los cielos, el evangelio de esta solemnidad narra la escena de la visitación de María a su prima santa Isabel.

La Virgen percibe enseguida que Isabel es de edad avanzada y necesitará ayuda en el último tramo de su embarazo y en el parto. Y, sin reparar en todas las posibles incomodidades del viaje, “por aquellos días” acude “deprisa a la montaña” (v. 39). El evangelista no especifica si José acompaña a la Virgen, pero es lógico que así fuera, ya que estaban desposados y la estancia duraría varios meses.

Todo en María refleja la alegría de un amor diligente, humilde y desprendido de sí. En efecto, la doncella de Nazaret acaba de aceptar su excelsa vocación como Madre de Dios. Pero este don inefable no la retrae sobre sí misma, sino que la vemos rebosante de espíritu de servicio e interés cariñoso por los demás.

San Josemaría gustaba meditar esta escena y aprender de la naturalidad de María las virtudes cristianas: “Bienaventurada eres porque has creído, dice Isabel a nuestra Madre. —La unión con Dios, la vida sobrenatural, comporta siempre la práctica atractiva de las virtudes humanas: María lleva la alegría al hogar de su prima, porque “lleva” a Cristo”. Y en otra ocasión san Josemaría sugería: “Vuelve tus ojos a la Virgen y contempla cómo vive la virtud de la lealtad. Cuando la necesita Isabel, dice el Evangelio que acude «cum festinatione», —con prisa alegre. ¡Aprende!”.

Cuando María llega a su destino, en medio de la alegría de las madres, el Bautista salta de gozo en el vientre de Isabel, iniciando así su misión de Precursor que anuncia la llegada del Mesías. E Isabel se goza humildemente de que la visitaba “la Madre de mi Señor” (v. 43). Es el Espíritu Santo, del cual están llenos Isabel y el Bautista (cfr. 1,15.41), el que les hace percibir la presencia divina, aunque venga escondida y humilde. Y será el Paráclito el que nos enseñará a reconocer al Señor cuando venga a nosotros, en los sacramentos y en las necesidades de los demás.

Así como el pasaje de la visitación nos muestra a María llena de diligencia y afán de ayudar a los demás, para llevarles a su Hijo, también ahora sigue viviendo con nosotros los desvelos que demostró con Isabel.

El papa Francisco lo expresaba así: “La fiesta de la Asunción de María es una llamada para todos nosotros, especialmente para los que están afligidos por las dudas y la tristeza, y miran hacia abajo, no pueden levantar la mirada. Miremos hacia arriba, el cielo está abierto; no infunde miedo, ya no está distante, porque en el umbral del cielo hay una madre que nos espera y es nuestra madre. Nos ama, nos sonríe y nos socorre con delicadeza”.

“Como toda madre, quiere lo mejor para sus hijos y nos dice: “Sois preciosos a los ojos de Dios; no estáis hechos para las pequeñas satisfacciones del mundo, sino para las grandes alegrías del cielo”. Sí, porque Dios es alegría, no aburrimiento. Dios es alegría. Dejémonos llevar por la mano de la Virgen”.

Fuente: opusdei.org

14 agosto 2026

¿Se pueden evitar los incendios?

Juan Luis Selma


El fuego sagrado del amor a Dios se mantiene con la oración y la Eucaristía. Se renueva con la confesión sacramental. Crece con la caridad y la limosna

El viernes por la noche nos sorprendió el incendio en la Mezquita-Catedral de Córdoba. Nos recordó al de Notre Dame; aunque, gracias a Dios, aquí se pudo atajar rápidamente. Lo sentí profundamente, especialmente por el Cabildo, y así se lo hice saber al canónigo encargado de la seguridad. He sido testigo, durante estos años, del empeño y cuidado con que se protege este patrimonio, orgullo de la Humanidad: la cantidad de simulacros, pruebas e inversiones en seguridad que se han realizado. Pero ya vemos que somos impotentes frente al poder del fuego.

También nos preocupan los múltiples incendios forestales. Contamos con excelentes profesionales que intentan extinguirlos con diligencia, pero la fuerza de la naturaleza nos supera. Recordemos la trágica dana del Levante. Es cierto que debemos aprender de los errores del pasado y que cada vez disponemos de mayor tecnología, pero el mundo sigue ardiendo.

Paradójicamente, dice el Señor en el Evangelio: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!”. No es que Jesús sea un pirómano, ni que nos anime a serlo. Habla de otro fuego: el del corazón. En la Biblia, un “corazón encendido” hace referencia a un corazón lleno del Espíritu Santo, pleno de amor, pasión por Dios y un deseo ferviente de servirle y compartir su mensaje. Es un corazón enamorado de Dios, de la humanidad, del bien, de la belleza y de la verdad.

Así como se propagan las llamas cuando el clima es propicio –viento, calor, sequedad, exuberancia de la naturaleza–, nada puede detener a un “corazón ardiente”: el corazón de la santidad. Decía el Papa a los jóvenes: “Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor”.

También nos sugería qué leña debemos echar al fuego para que no se apague: “Mantengámonos unidos a Él, permanezcamos en su amistad, siempre, cultivándola con la oración, la adoración, la comunión eucarística, la confesión frecuente, la caridad generosa”. Él es el núcleo del volcán, el origen de ese fuego que nada ni nadie podrá apagar.

Se pueden evitar los incendios con cortafuegos, con sistemas de agua vaporizada, limpiando la maleza... Pero también hay quienes se encargan de apagar el fuego del amor, del Espíritu, de la santidad; y son, precisamente, las fuerzas del infierno, ese fuego inextinguible lleno de odio. Hay muchos enemigos de Dios y de sus profetas.

La primera lectura lo narra: “Hay que condenar a muerte a ese Jeremías… Ellos se apoderaron de Jeremías y lo metieron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. Jeremías se hundió en el lodo del fondo, pues el aljibe no tenía agua”. Siempre los profetas, los santos, las personas de bien han sido molestos: su buen hacer es un reproche a nuestro mal comportamiento.

También la tibieza apaga el amor. Decía el beato Álvaro del Portillo: “Con una mirada apagada para el bien y otra más penetrante hacia lo que halaga el propio yo, la voluntad tibia acumula en el alma posos y podredumbre de egoísmo y de soberbia que, al sedimentar, producen un progresivo sabor carnal en todo el comportamiento. Si no se ataja ese mal, toman fuerza, cada vez con más cuerpo, los anhelos más desgraciados, teñidos por esos posos de tibieza: y surge el afán de compensaciones; la irritabilidad ante la más pequeña exigencia o sacrificio; las quejas por motivos banales; la conversación insustancial o centrada en uno mismo”.

El egoísmo, al centrarnos en nosotros mismos, apaga el fuego del amor. No echemos la culpa a los demás, no entremos en el juego del “y tú más”. Vigilemos y pongamos los medios para no apagarnos. No lleguemos al acostumbramiento –al aburrimiento– en el matrimonio. Los pequeños detalles: palabras cariñosas, decir “te quiero”, regalitos, caricias… encienden el amor. Los malos modos, las quejas, los reproches y los olvidos lo entibian.

El fuego sagrado del amor a Dios se mantiene con la oración y la Eucaristía. Se renueva con la confesión sacramental. Crece con la caridad y la limosna. Si estamos encendidos, contagiaremos a muchos corazones tibios o apagados. Hagamos nuestro el deseo del Señor: “Fuego he venido a traer a la tierra”.

Fuente: eldiadecordoba.es

13 agosto 2026

Una crítica sustancial del marxismo

Jorge Uscatescu


Uno de los aspectos más peculiares y en cierto modo más dramáticos del marxismo, estriba, sin duda, en el hecho de ser una doctrina sometida al mismo tiempo, por su propia esencia y por la compleja personalidad de su fundador, a incesantes revisionismos y de haber sido utilizada durante más de cien años para experiencias ideológicas, revolucionarias y políticas, como base de límites rigurosos de toda una serie de dogmatismos. Considerado bajo esta compleja perspectiva de naturaleza bipolar, el marxismo, merece la mayor atención y un constante y lúcido examen.

Para este examen, la obra exegética de Giovanni Gentile nos ofrece una aportación   de sorprendente viva actualidad. Algún tiempo atrás, un filósofo marxista de formación gentíliana en el sentido más noble de la palabra, como Ugo Spirito, llamaba la atención de los contemporáneos sobre un  magnífico trabaje de Gentile, aparecido en Italia en 1899, en una época en la cual en el  mundo el marxismo se encontraba ya  sometido a un proceso de interminables revisionismos y en  Italia, precisamente, era conocido y difundido gracias a las interpretaciones, agudas y muy completas, de Antonio Labrila, y a los intentos incompletos pero interesantes de Benedetto Croce. Constituye un auténtico impacto intelectual el leer hoy, a los cien años oficiales desde la fundación del marxismo y a los cincuenta desde la Revolución soviética, y meditar sobre aquel libro publicado por Gentile en 1899 y reeditado sin modificación alguna en   1937, a la luz y en compañía de la mayor parte de la literatura histórica y crítica que la efemérides en cuestión ha promovido. Compañía muy interesante, sobre todo, si la limitamos ahora y aquí a dos libros fundamentales en la materia desde el punto de vista que nos preocupa: el de una intelección sustancial del marxismo como doctrina y como fenómeno histórico. Nos referimos a los libros de Ugo Spirito, Il Comunismo (Sansoni, Firenze 1965) y Geörgy Lukács, Storia e coscienza di classe (traducción italiana completa, refundida y actualizada del famoso libro del marxista húngaro, Geschichte und Klassenbewusstsein, aparecido en 1922; Sugar Editare, Milano 1967). En este ámbito se nos pone de manifiesto desde el primer   instante la importancia de los ensayos de Gentile contenidos en el libro La filosofía di Marx, en la historia de la crítica marxista. En buena parte esta importancia nos ha sido puesta ya de relieve por Ugo Spirito, sin duda no sin grandes dificultades, en virtud de una fidelidad bipolar de este filósofo italiano cuya tensión espiritual y pathos al servicio de las ideas nosotros admiramos sinceramente desde hace tantos años: fidelidad, de un lado al pensamiento y a la figura moral e intelectual de su gran maestro, y fidelidad a su actual posición ideológica.

Durante los últimos decenios, los estudios sobre el marxismo, el proceso evolutivo mismo del pensamiento marxista, constituyen un hecho importante del pensamiento occidental. Mientras en los países donde el comunismo había triunfado se asistía a una especie de vulgarización y, con muy raras excepciones como la de Lukács, de gradual dogmatización a través de revisionismos sucesivos al servicio de una oportunista “Realpolitik”, los pensadores occidentales han brindado aportaciones notables, especialmente en Francia con Sartre, Hyppolite, Lefebrure, Garaudy, Marleau-Ponty para una revalorización del pensamiento de Marx y del marxismo en general. Y es extraño e injusto, por muy fuertes que sean aún las pasiones, en los espíritus, y por muy limitados los horizontes de un pensamiento al cual no falta aún cierta autonomía, y de una apertura a los problemas de la libertad. Extraño, injusto repetimos que estos estudiosos hayan ignorado una contribución tan fundamental.  tan admirable en cuanto penetración crítica y anticipaciones, como la contribución de Giovanni Gentile. Porque, en términos generales, Gentile ofrecía más de cincuenta años antes, precisamente la revalorizaciones actuales del marxismo. Entre ellas quisiéramos anticipar ahora y aquí solamente algunas la revalorización del  pensamiento  y  de  la  formación intelectual del joven Marx; la estructura real de la crítica de Marx al materialismo no dialéctico, a saber, circunscrito fuera de cualquier dinamismo espiritual de Ludwig Feuerbach; el influjo de Hegel  en el  pensamiento de  Marx, hasta  justificar la aplicación a esta doctrina de los principios de un auténtico idealismo  hegeliano: la interpretación en el sentido dé estas revalorizaciones, de la primera polémica postmarxista,  en  la  cual  desempeña   un   papel  de  primerísimo  orden la obra ultima del propio Engels y la obra de gran importancia de exégesis marxista de Antonio Labrila. Algunas de estas revalorizaciones lejanas y anticipadoras las encontramos ya en el primer texto de la obra de Lukács: Historia y conciencia de clase, que representa la posición del ilustre teórico marxista en el 1920, libro que según las manifestaciones actuales de este mismo autor perfil su «sectarismo» de los años veinte, su «utopismo mesiánico». Como Gentile igualmente el Lukács de aquel lejano momento y a pesar de sus últimas revisiones también el Lukács de hoy, centra su interés fundamental en la filosofía de la praxis en Marx y en la crítica a la cual Marx somete implacablemente el materialismo filosóficamente vulgar de Feuerbach. Y la verdad es que ni en 1920 ni hoy, en 1967, Lukács no se da ni siquiera cuenta un instante de la existencia de la aportación de Gentile.  Aportación generosa, abierta amplia, esencial sin las reservas de las manifestaciones tardías como esta que Lukács expresa hoy: «la exaltación del concepto de praxis se convierte necesariamente en la exaltación de una contemplación idealista» (Lukács. op. cit. págs. XVIII-XIX). Lukács mismo, bajo la influencia de Max Weber, influencia sin duda notable, nos ofrece en su célebre estudio una imagen «fortement hégélianisée» de la clase social, como observa Georges Gurvitch (Etudes sur les classes sociales, Ed. Gonthier, París, 1966, pág. 86) y se ocupa «más bien de una filosofía y más precisamente de una metafísica de   la clase proletaria que de una sociología o de un concepto sociológico, de la clase». Sin embargo, el Lukács del 1967 no reniega en absoluto, en línea esencial, de la ortodoxia de su marxismo revolucionario del 1922. Entonces como ahora, considera el marxismo en cierto sentido como una doctrina abierta y, para él, la crítica y la exégesis marxista no es ni «un acto de fe» ni un «libro sagrado» (pág. XXVII).  Preocupado desde siempre por una ontología del ser social, preocupación acentuada ahora en el viejo crítico marxista. Lukács determina ahora, cuarenta y cinco años después los méritos de sus primeros estudios sobre el marxismo, Entre estos méritos establece el carácter medular del concepto de «totalidad», de herencia hegeliana. La necesidad de renovar las tradiciones hegelianas del marxismo, a saber, «de reactualizar el aspecto revolucionario de Marx a través de una renovación y del desarrollo de la dialéctica hegeliana y de su método»; en otras palabras, volviendo a colocar «de pie» a Hegel mismo cuya construcción lógico-metafísica «Se diría que ha encontrado en el ser y en la conciencia del proletariado una auténtica realización en el terreno, ontológico». Además, Lukács recuerda como mérito suyo en los años veinte, y lo reivindica en cuanto tal en estos mismos días «la inclusión de las Obras juveniles de Marx en el ámbito de conjunto de su concepción del mundo, mientras que los marxistas de entonces, en general, veían en ellas solamente documentos históricos de su evolución personal. El que algunos decenios más tarde esta relación haya sido invertida, el que muchas veces el joven Marx haya sido presentado como el verdadero y auténtico filósofo Marx, dejando, a un lado sus obras de madurez, de todo esto no es responsable en absoluto Historia y conciencia de clase, por cuanto en ella la visión marxista del mundo, con razón o sin ella viene siempre tratada como sustancialmente unitaria» (págs. XVII-XVIII).

Ahora bien, todos estos aspectos del marxismo revelados a los mismos marxistas, en número escaso por los años veinte y en número cada día mayor en estos años constituyen el valor más notable de los estudios de Giovanni Gentile sobre el marxismo publicado en el ya lejano 1899. Bajo el impulso de los estudios de Antonio Labrila sobre el materialismo histórico, el joven Gentile, ya autor de un estudio tan importante como Rosmini e Gioberti, dedica al marxismo dos ensayos fundamentales: Una crítica del materialismo histórico y La filosofía de la Praxis. Gentile se propone desde el principio, estudiar el marxismo considerado bajo dos puntos de vista:  como filosofía de la historia y como metafísica o intuición del mundo.  Ya en el prólogo a la edición del 1899 (Pisa, Spoeri, 1899) se da cuenta de la importancia de las afirmaciones de Engels en el prólogo del 28 de junio de 1883 al manifiesto comunista: «Cuando yo, en 1845, encontré a Marx en Bruselas él había elaborado, ya el sistema filosófico del materialismo histórico». En cuanto a Gentile mismo se propone someter «a un análisis cuidadoso y a una crítica nueva» «todo el pensamiento filosófico de Carlos Marx, vago como permaneció, fragmentario y desprovisto de una rigurosa elaboración científica» y concluye que con esto acaso los teóricos del comunismo podrán ser inducidos a «hacer algo mejor sus cuentas con la filosofía».  Ciertamente tendrá que transcurrir más de medio siglo antes de que los teóricos del comunismo logren hacer mejor sus cuentas con la filosofía. Por eso la crítica filosófica gentiliana del marxismo conserva aún su actualidad y su novedad aun actualidad y novedad que nos traen aún el mensaje sereno, inteligente y penetrante de filósofo, que nunca, ni siquiera en el instante en el cual el tono quiere llevarnos allende la mesura de la crítica en alas de un entusiasmo, evidente por el idealismo hegeliano, nunca repetimos, deja que su juicio sufra en su integridad y autonomía por ninguna implicación ideológica. Lo cierto es que como el propio Gentile observa en la «Advertencia a la edición de 1937 el marxismo oficial no ignora del todo su aportación a la crítica marxista». «A aquel libro mío -escribe Gentile- también Lenin había prestado atención y lo había indicado entre los estudios más notables que en torno a Marx hubiesen realizado, filósofos no marxistas».

Sería difícil fijar en este reducido espacio todas las sugerencias y las características que Gentile nos brinda   en   torno al marxismo como filosofía de la historia y como metafísica de la praxis.  Nos referiremos a algunos aspectos esenciales del problema, especialmente a los que han constituido, en buena parte un redescubrimiento del marxismo en estos años.  El primero entre ellos el concerniente a las relaciones entre Marx y Hegel y el idealismo hegeliano. El llamado marxismo «occidental», como lo define Merleau-Ponty, ha necesitado un largo medio siglo bajo el influjo de Max   Weber y de la crítica weberiana del marxismo para alcanzar una comprensión de Marx y del marxismo, y también del materialismo histórico en un contenido más riguroso en términos hegelianos, comprensión que fue ya con alguno decenios de   antelación, la virtud más generosa de la comprensión crítica de Giovanni Gentile.   Gentile coloca en un puesto de honor en la filosofía de Marx la dignidad de la dialéctica, cuya aventura en nuestro siglo presenta un declive en los dominios de la ideología. Como observa Merleau-Ponty durante algunas generaciones, el marxismo ha querido avanzar una dialéctica realizada en la forma de una sociedad revolucionaria, a saber, una ilusión que exige a su vez una nueva crítica y una nueva acción para recuperar el contenido válido de la idea dialéctica misma (cfr. Les aventures de la Didectique París Gallimard, 1955). Acaso la lectura de los estudios de Gentile pueda ofrecernos como uno de sus principales méritos, el de una revaloración del marxismo en sí, después de las numerosas aventuras de la dialéctica, realizadas en su mayor parte en compañía de los dogmatismos y del terror.   Es bien curioso que un discípulo tan fiel como Ugo Spirito, que es también un filósofo de apreciable rigor, consciente de las proporciones de estas singulares aventuras de la dialéctica no aprecie en su justo valor la distinción premonitoria de Gentile entre forma y contenido, entre la crítica filosófica más rigurosa del marxismo y la llamada «literatura socialista», en torno a la «Cuestión social». En efecto, Gentile proclamaba entonces, y en su apelación no falta cierto dramatismo, ni actualidad hoy en día; después de las aventuras de la dialéctica, la necesidad de que  «la  calma  crítica  de la ciencia»  no  se deje  intimidar  por las «afirmaciones clamorosas»;  que  la crítica  permanezca  «allí donde  los gritos incontrolados no  lleguen  a  turbar  su   juicio»,  para  atender;  antes que   nada «al estado  y  a  la  razón  efectiva  de  las cosas  y  no,  a  la  muchedumbre  que  llega detrás,  en  larguísima  fila,  o  al  grito que  acaricia  esperanzas  grandiosas  y suscita deseos infinitos».

***

Gentile quiere buscar desde el principio, consciente de que   hay una base, sólida para hacerlo, un puesto al marxismo en la historia de la filosofía. Concede una relevante importancia al hecho de que Marx se declare discípulo de Hegel, con cuya «peligrosa terminología» «Confiesa que se había complacido en coquetear» (kokettieren). Gentile se ocupa, en primer lugar, de la situación de los estudios marxistas en la Italia de su tiempo:  en Antonio Labriola, Benedetto Croce, Alessandro Chiapelli, Achille Loria, pero no se declara satisfecho de sus resultados. Por ello se impone a si mismo el papel de un análisis interno del marxismo poniendo en valor textos de Marx y Engels, testimonios, situaciones intelectuales y, sobre todo, revalorando la importancia de la formación de Marx y del idealismo psicológico de su temperamento juvenil. En la crítica de la concepción materialista de la historia y en las consideraciones sobre el marxismo como filosofía de la historia, Gentile parte de la multiplicidad y de la aparente contradicción de los textos de Marx, entre les cuales sabe es coger los más significativos, siguiendo el módulo  de  aquellas  páginas  del  prólogo al libro Zir Kritik  der  politischen Oeconomie  donde Marx formula su teoría de la producción y de la estructura económica y de la conciencia social, texto reactualizado en casi todos los estudios posteriores del marxismo. Captando y estando siempre sobre las huellas de una verdadera ontología del marxismo. Gentile se refiere a aquellas páginas en los siguientes términos: «Aquí está el pensamiento entero y toda la obra de Marx aquí: en su forma nativa en breve fórmula y, por decirlo así, en germen, las partes todas de la teoría materialista de la historia y la fuente auténtica de cualquier determinación que los mejores intérpretes nos brindan de ella». Y de aquel texto célebre, el joven filósofo italiano retiene un fragmento que «contiene el concepto filosófico de todo el resto: No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino que en el encuentro de su ser social se determina su conciencia. Donde por hombre no se ha de entender el individuo humano al estado natural como lo entendían los filósofos franceses del siglo XVIII, pero sí el hombre social, o sea el hombre histórico, ya provisto de todas las ideologías; y el ser social habrá de entenderlo como as condiciones en medio de las cuales y por las cuales, en una determinada sociedad, la vida humana se debe desplegar. Condiciones no políticas ni religiosas, ni morales, ni científicas ni artísticas, sino sencilla y únicamente económicas, ya que éstas son generadoras de las formas particulares de todas las demás. Las condiciones o formaciones políticas, religiosas, morales o científicas son construcciones ulteriores del hombre ya entrado en sociedad a saber, cuando ha salido ya definitivamente de la prehistoria.  Y esta precedencia lógica y cronológica que tiene lugar en la primera formación de la humana convivencia se repite regularmente cada vez que se renueva la forma social debido a una revolución interna» (La filosofía di Marx, Sansoni, Firenze, 1959. página 26.)

Casi siete decenios antes de Lukács, Gentile centra su interés por el marxismo, antes que nada, como base de sus ensayos críticos sobre la filosofía de Marx en una auténtica ontología de ser social. Hoy mismo, desde su retiro en Budapest, salvado del holocausto, de 1956, Lukács, proclama a su vez que la grande idea de Marx es la que afirma que «la producción por la producción no significa otra cosa que desarrollo de las fuerzas productiva humanas y, por lo tanto desarrollo de la riqueza de la naturaleza humana»,  recalca  el  concepto marxista de la «totalidad» y quiere llegar a un dominio efectivo «del nudo problemático del análisis, profundizado: de las conexiones, filosóficas entre  la  economía y la dialéctica» «en la ontología del ser social en la cual estoy trabajando ahora». Partiendo, a su vez, mucho antes de una ontología del ser social en Marx, Gentile nos ofrece en cierto medo un preludio lejano de la última etapa de su actividad creadora. Aquel último admirable libro suyo Genesi e Struttura della Societá, es ciertamente una completa ontología del ser social; ciertamente, no en términos marxistas, pero que implica un interés de Gentile por los problemas sociales que va más allá de aquella sublimación de la crítica social en una crítica filosófica que Lukács reprocha a pensadores como Martín Heidegger.

Sobre esta base, Gentile recoge el fenómeno de las ideologías entendidas como categorías, la estructura del determinismo social, la «fuerte seducción» señalada por Labriola, que consiste en la naturalización de la historia; los orígenes idealistas del comunismo crítico, el contraste entre marxismo y positivismo evolucionista. En el ambiente de la crítica italiana del tiempo, Gentile acepta y aplica al marxismo, con intuición aguda, la bellísima doctrina vichiana del «verum ipsum factum» o del «verum et factum convertuntur». Sobre las huellas de Labriola, Gentile considera el marxismo como una verdadera y propia filosofía de la historia, si bien no «la última y definitiva filosofía de la historia», como había sentenciado el propio Labriola. Por su parte, Croce negaba el carácter de filosofía de la historia del marxismo, reafirmada por Labriola a través de aquel momento ideal en el cual la sociedad descubre, en su proceso general la causa de su camino fatal («fatale andare», en lenguaje dantesco). En la valoración teórica de la doctrina de Marx, Gentile distingue dos aspectos. Uno formal, de naturaleza hegeliana, a saber: el procedimiento dialéctico. Otro de contenido, en apariencia, de índole anti-hegeliana, por cuanto contrapone a la idea hegeliana, el concepto de sociedad misma, la cual, ella y no la idea, se despliega dialécticamente. En esencia, también el materialismo dialéctico o histórico, «entiende determinar un proceso», es una teoría de la historia en el sentido en que la entendía Vico, a saber, en el sentido de que «somos nosotros los que vemos a la historia con una significación con una ley, según la cual pensamos que se mueve. Somos nosotros, en suma, los que forjamos la historia y la ley que la gobierna» (pág.  38).  Gentile descubre en el materialismo histórico todos los elementos de una filosofía de la historia, auténtica en el sentido clásico del término. Su elaboración científica de una teoría objetiva, realista y materialista del proceso histórico es un concepto nuestro tanto como el teológico o metafísico de la Providencia. También el materialismo histórico «determina un proceso de desarrollo en el cual debe correr la historia», proceso necesario con una predeterminación científica del futuro. También él quiere captar lo esencial en el hecho histórico, de modo que mientras Hegel hace filosofía de la historia con la Idea, desarrollada dialécticamente, Marx lo hace con la Materia, desarrollada dialécticamente, a saber, hegelianamente. Inmanencia del proceso histórico, perpetuo devenir, anticipación, finalidad; he aquí los elementos de una filosofía de la historia contenidos en el materialismo histórico. En esta perspectiva Marx se halla más cerca intrínsecamente, en el pensamiento de Hegel de lo que se ha querido admitir.

***

Nos hallamos aquí delante de una tesis esencial de Gentile: la de la estructura hegeliana de la filosofía de Marx.  Más que ello en la reivindicación del idealismo de Marx, el idealista Gentile descubre en el autor del «Capital» al «mejor Hegel, autor de un materialismo que, por ser histórico, ya no es materialismo» (pág. 161). Un Hegel, a saber, un Marx, que suscita el entusiasmo de Gentile al punto de augurar «buena fortuna también al marxismo» por cuanto portador de las mejores y más actuales esencias del hegelianismo.  En Hegel afirma Gentile, la Idea no solamente no se opone a la realidad, sino que es ella misma la esencia de lo real. «Y la materia del materialismo histórico, lejos de ser externa y opuesta a  la Idea de Hegel, está  contenida dentro de ella; más que ello es, una y la misma cosa con ella, por cuanto tal fue la consecuencia que sacó el hegelianismo de la síntesis a priori kantiana el  mismo relativo (esto es la materia de la cual se habla) no sólo  no  está  fuera  de  lo absoluto, sino que es idéntico a él por aquella unidad de muchos y de una que Giordano   Bruno,  desde  lejos, había sabido bien mostrar, pero que tenía antes que hacerse, para ser encontrada, un problema de la conciencia» (pág. 55). Pero Gentile no se siente satisfecho simplemente con afirmar la estructura hegeliana del pensamiento de Marx a la luz de los textos fundamentales del marxismo. Quiere llegar a la raíz misma de la formación y de la personalidad de Marx. A los diecinueve años Marx escribe a su padre que quiere trazar una nueva metafísica «para pasar de un idealismo nutrido de ideas de Kant y Fichte a la búsqueda de la Idea en el seno mismo de lo real..., haciéndose luego amigo de la filosofía de Hegel y entrando en un círculo de hegelianos». Esta será siempre la estructura de Marx, revelada en los momentos más importantes de su actividad filosófica en aquella mente suya de los primeros movimientos «orientada hacia la poesía y el idealismo abstracto». El no podrá desviarse del camino al cual le había llevado aquella tendencia semítica suya a la especulación (pág. 99). En definitiva, «lo abstracto al cual Marx da caza» es «lo abstracto criticado por Hegel». Lo que Marx hace no es sino «filosofar a la hegeliana» y «ningún otro pensador ha tenido en nuestro siglo, fuera del círculo hegeliano, tanta premura en encontrarse con Hegel (Pág. 101). En conclusión, según Gentile, Marx es antes filósofo con «finura especulativa» y luego revolucionario.

Bajo esta perspectiva, Gentile se asoma no solamente a las motivaciones formativas y al método formal dialéctico de la filosofía de Marx, sino que penetra decididamente en la esencia misma de su doctrina revolucionaria social. Con este fin estudia con amplitud y penetración la filosofía de la Praxis y la teoría de la lucha de clase, eternos leit motivs de la crítica marxista de un siglo a esta parte. Sin la dialéctica hegeliana, ni la filosofía de la Praxis, ni la teoría de la lucha de clase como progresivo desarrollo como dualidad sujeto objeto hubieran sido posibles. Si Marx parte de Feuerbach para sustituir en la dialéctica hegeliana, la Materia a la Idea no es menos cierto que su crítica contenida en las Once tesis sobre la filosofía de Feuerbach escritas en enero de 1845 en Bruselas y que contienen la esencia misma de la filosofía de Marx como filosofía de la Praxis son la crítica más categórica al materialismo mismo. El mismo Ugo Spirito reconoce que Gentile analizando la filosofía marxista de la Praxis, consigue «una reconstrucción sustancialmente exacta en sus líneas generales» a la luz de la situación actual de la crítica marxista. La afirmación es importante por cuanto no ha habido problema más complicado que éste en la historia  de  la  exégesis  de  Marx,  Lukács  mismo,  en las revisiones  importantes que en el 1967 ofrece a sus tesis contenidas en el libro Geschichte und Klassbewusstsein del 1922 afirma que su concepción de la Praxis revolucionaria contenida en aquel libro «presenta precisamente un algo excesivo y esto, correspondía, desde luego, al utopismo mesiánico del comunismo de izquierda de entonces, pero no  a  la  auténtica  teoría  marxista», en cuanto que «la exaltación del concepto de la Praxis se torna necesariamente exaltación de una  contemplación idealista». Aquella exaltación de aquellos años Lukács la atribuye ni más ni menos que a la crítica contenida en las Once tesis de Marx en torno a la filosofía materialista de Feuerbach. Al mismo, tiempo menciona el carácter incompleto, de las tesis de Engels sobre la «Praxis más amplia» y la necesidad en plena crisis del marxismo en los primeros decenios del siglo de una renovación de las tradiciones hegelianas. «Por un retorno revolucionario al marxismo, era, por tanto, un deber obvio renovar igualmente las tradiciones hegelianas del marxismo» (Lukács, op. cit., págs.… XXI-XXII). Y en el propio Lenin, Lukács no ve otra cosa sino un «profundo pensador de la Praxis», un hombre que convierte apasionadamente la teoría en la Praxis, un hombre cuya mirada penetrante está siempre dirigida hacia el punto donde la teoría se traduce en la Praxis y la Praxis en la teoría (pág. XXXVI). Lo que Lukács no nos dice explícitamente es que esta síntesis «maravillosa» entre Teoría y Praxis se traduce luego en el «marxismo soviético» en una sucesiva degradación de la Praxis como tal en lo que se ha venido en llamar el «instrumentalismo soviético» (confróntese Herbert Marcusse: Le marxisme sovietique. París, Gallimanlt 1963. Título original; Soviet marxísm, Columbia University Press; New York).

***

En la idea de la Praxis, Gentile ve «la llave maestra» de la filosofía de Marx. Por ello parte de las tesis sobre Feuerbach, donde Marx observa que «el defecto capital del materialismo del pasado -inclusive el de Feuerbach- es que el término pensamiento (Gegenstand), la realidad, lo sensible, ha sido concebido solamente bajo la forma de objeto o de intuición; ya no como actividad sensitiva humana como Praxis y subjetivamente». La crítica de Marx a Feuerbach implica un retorno a Hegel y también al principio verum ípsum factum y verum et factum convertuntur de Vico, que Marx conoce (cfr. Spirito. op.  cit., página 89). Y viquianamente con seguridad y firmeza procede también la exégesis de Gentile sobre la filosofía de la Praxis. Según Feuerbach afirma Gentile, «toda la historia no puede tener otra fundada explicación que la materialista» (página 68). Y la crítica de Marx a Feuerbach no es otra cosa sino «todo un nuevo sistema especulativo», «un nuevo filosofar». Marx mismo observa que el concepto de la Praxis es nuevo en el materialismo, pero viejo en el idealismo, viejo cuanto Sócrates. El idealismo había ya perfilado la identidad entre Saber y Hacer. Así lo hizo Platón en la dialéctica de las ideas y Vico en su filosofía de la historia y Cartesio en el concepto de la cognición como Praxis. El conocimiento andando parï passu, con la actividad pensar y producir; mejor dicho pensar es producir. La posición entre sujeto y objeto, en el materialismo de Feuerbach es, según Marx, abstracta; por ende, falsa. Según Marx, la realidad es una posición subjetiva del hombre, pero producción no del pensamiento, como afirmaba Hegel, sino de la actividad sensitiva. En terminas hegelianos, por otra parte, el conocimiento es un quehacer incesante, una Praxis originaria. «Así, al abstracto subentra el concreto. Al objeto producido por la actividad humana, creado independientemente por la fantasía de hombre, se substituye el objeto ligado intrínsecamente a la actividad humana que se desarrolla en un proceso paralelo al proceso de su desenvolvimiento. Se inicia así el verdadero realismo» (página 82).

Pensamiento, que piensa y hace. Realidad, objetividad del pensamiento. Praxis es conocer y hacer; los objetos son, al mismo tiempo, teóricos y prácticos, conocimientos y hechos.  Praxis es conocer y hacer en un sentido amplio y complejo. Con el crecer y el modificarse del objeto, crece y se modifica el sujeto. Nos encontramos ante el ritmo establecido por el idealismo. Tesis, el sujeto o la actividad práctica. Antítesis, las circunstancias, la educación.  Síntesis el sujeto modificado por aquellas circunstancias y por la educación.  Se aplica, por lo tanto, a la materia lo que Hegel había descubierto para el espíritu. Marx no hace «Sino substituir al pensamiento, la materia, pero una materia dotada de la misma actividad, que una vez era considerada privilegio del pensamiento», actividad definida, en términos, rigurosamente hegelianos. «Retorno a Hegel que implica una iluminación racional del proceso histórico» (pág. 86). En conclusión, se afirma, viquianamente, que la Praxis es la «actividad creadora por la cual verum et factum convertuntur». La Praxis es desarrollo necesario. La realidad es Praxis; lo que hace que el individuo fuera de la sociedad y de la historia sea un abstracto. Todo esto Marx lo concibe filosófica metafísicamente, en un orden primigenio, de índole especulativa, según «una ecuación absoluta entre pensamiento y realidad», siguiendo una dialéctica forjada metafísicamente. «Como ley interna de las cosas, lo inmanente en la realidad». La Praxis, cuyo desarrollo es necesariamente dialéctico, es la verdadera, la única substancia de la realidad histórica, una sola cosa con el proceso histórico.  La Praxis originaria produce el objeto, forma la sociedad y la historia. La naturaleza dialéctica de la historia se expresa en sujeto y objeto, Praxis y producto de la Praxis, continuo invertirse de la Praxis misma. La doctrina de Marx no es fatalismo, sino conexión necesaria entre causa y efecto. Tampoco es determinismo, porque no hay oposición entre sujeto y realidad. «El principio de todo hacer, de toda la historia está en el hombre en cuanto materia, como para Hegel estaba en el hombre en cuanto pensamiento en la Idea. La necesidad se concilia por tanto en Marx, como en Hegel, con la libertad» (pág. 118). Dialéctica necesaria y no fatalismo de la historia; ésta es la concepción de Marx. Hacer y conocer a la vez en este fatal andar en el cual el proletariado se convierte en el heredero último de la metafísica alemana. En   cuanto a Marx, él mismo «fue y quiso ser metafísico». Porque «Marx no fue un revolucionario que recurrió a la filosofía solamente para justificar filosóficamente las propias teorías revolucionarias, sino que fue también un verdadero filósofo que, a través de estudios particulares, y por las condiciones de los tiempos se hizo revolucionario» (pág. 119).

Esta es la conclusión de Giovanni Gentile en aquel  lejano  año  de  1899, conclusión que  no sufrió modificación alguna en la edición del 1937 de su revelador  libro  sobre  Marx  y  el   marxismo,  libro  que   tantos  elementos anticipadores nos brinda  y que  tanta  luz nos  ofrece  sobre la  doctrina  del marxismo  que, según intérpretes como el propio Lukács, tiene la característica  especial  de  ser una doctrina abierta, a saber, inasequible a las limitaciones dogmáticas a las cuales  está  sometida  desde  hace  un  siglo. Gentile se acerca al problema, sin embargo, con una tensión humana que no permanece dentro de los límites fríos de la pura filosofía. El filósofo que   había proclamado, siempre el principio fecundo y eternamente renovado «en la búsqueda la vida» sabía valorar la fuerza operante de las ideas, de Marx en la historia misma. La auténtica comprensión de la filosofía de la Praxis está aquí. Y a la luz de esta comprensión esencial tendríamos nosotros que valorar también a aquel Gentile, último, acaso el más grande, más patético, más completo, más actual y más abierto al futuro, de libro Genesi e Struttura della Societáy del Humanismo del trabajo. Una ontología, aquella última del ser social que es obra de luz y plenitud.

Fuente: dialnet.unirioja.es