28 marzo 2026

Entrada en Jerusalén

Domingo de Ramos (Ciclo A).

Evangelio (Mt 21,1-11)

Al acercarse a Jerusalén y llegar a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:

— Id a la aldea que tenéis enfrente y encontraréis enseguida un asna atada, con un borrico al lado; desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, le responderéis que el Señor los necesita y que enseguida los devolverá.

Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta:

Decid a la hija de Sión:

“Mira, tu Rey viene hacia ti con mansedumbre, sentado sobre un asna, sobre un borrico, hijo de animal de carga”.

Los discípulos marcharon e hicieron como Jesús les había ordenado. Trajeron el asna y el borrico, pusieron sobre ellos los mantos y él se montó encima. Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban por el camino. Las multitudes que iban delante de él y las que seguían detrás gritaban diciendo:

— ¡Hosanna al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!

Al entrar en Jerusalén, se conmovió toda la ciudad y se preguntaban:

— ¿Quién es éste?

— Éste es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea — decía la multitud.

Comentario

En esta escena se cumple lo escrito por el profeta Zacarías: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna” (Za 9,9). Es un rey de paz revestido de sencillez.

Este maravilloso pasaje del Evangelio habla con delicadeza de la humildad de Jesús, virtud que es inseparable del reconocimiento abierto de la verdad. No llega montado en un corcel brioso, sino en un asno modesto y tranquilo. Ahora bien, ¡es Rey!, y su dominio se extiende hasta los confines de la tierra (cf. Za 9,10). Lo que en las palabras del profeta sólo se vislumbraba como algo misterioso, se cumple plenamente en Jesús. Jesús es rey, y por eso entra así en Jerusalén, pero sin violencia, sin proclamar una insurrección contra los ejércitos romanos. Su autoridad brota de la sencillez, de la paz de Dios, la única fuente del poder salvador. San Josemaría, en una homilía sobre este pasaje señala que “cuando se acerca el momento de su Pasión, y Jesús quiere mostrar de un modo gráfico su realeza, entra triunfalmente en Jerusalén, ¡montado en un borrico!”.

El beato Álvaro del Portillo rememoraba que san Josemaría “nos habló muchas veces de aquel pobre jumento, instrumento del triunfo de Jesús, en el que veía retratados a todos los cristianos que mediante un trabajo profesional bien hecho, realizado cara a Dios, procuran hacer presente a Cristo entre sus compañeros y amigos, llevándole en su vida y en sus obras por pueblos y ciudades, para que solo Dios sea glorificado”. Y, continuando con sus recuerdos, hacía notar que “para que el borrico pudiera llevar al Señor (…) tuvo que ir un alma de apóstol a desatarlo del pesebre. Así nosotros debemos ir hacia esas almas que nos rodean, y que están esperando una mano de apóstol (…) que los desate del pesebre de las cosas mundanas, para que sean trono del Señor”.

Más adelante, el beato Álvaro hacía notar que “el Evangelio no nos dice el nombre de esos dos discípulos a quienes Jesús encargó que fueran a desatar al borrico, pero precisa en cambio que cumplieron con exactitud el mandato del Señor (…). La docilidad de estos hombres para atenerse exactamente a lo que se les había encargado, fue un requisito previo a la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, preludio a su vez del triunfo definitivo sobre el pecado que habría de obtener a los pocos días en el altar de la Cruz”.

“Una gran multitud extendió sus propios mantos por el camino” por donde había de pasar Jesús (v. 8) como gesto de entronización, propio de la dinastía davídica (cf. 2 R 9,13). También le daban la bienvenida con ramas de árboles mientras lo aclamaban con unas palabras del Salmo 118 que lo proclamaban como Mesías: “Bendito el que viene en Nombre del Señor” (Ps 118,26), a las que añadían un grito: “Hosanna”, que significa: “¡sálvanos! ¡ayúdanos!”. Su aclamación suena como alabanza jubilosa y explosión de esperanza en la pronta instauración del reino de David y, con esto, en la ansiada redención de Israel.

El Catecismo de la Iglesia Católica sintetiza así lo que hoy leemos en el Evangelio: “En el tiempo establecido, Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar. Como Rey-Mesías que manifiesta la venida del Reino, entra en la ciudad montado sobre un asno; y es acogido por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el Sanctus de la Misa: ‘¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡sálvanos!)’ (Mt 21, 9). Con la celebración de esta entrada en Jerusalén la liturgia de la Iglesia da inicio cada año a la Semana Santa”.

Fuente: opusdei.org

La mente frente a la realidad

Manuel Ribes 

Entre lo que percibimos y lo que comprendemos.

¿Qué es realmente la realidad: lo que vemos o lo que comprendemos? A partir de la provocadora intuición de Stephen Hawking, este artículo explora la distancia —y el vínculo— entre la experiencia sensorial y las estructuras profundas que describen el universo. Desde los límites de nuestros sentidos hasta el poder revelador de las matemáticas, descubrimos que aquello que percibimos no es más que una interpretación parcial, mientras que la mente humana, capaz de abstraer y formular leyes, se convierte en el instrumento más sofisticado para acceder a una realidad que permanece, en gran medida, invisible.

Qué es la realidad

Stephen Hawking no solo fue un científico de primer orden, sino un divulgador excepcional que logró sintetizar su periplo intelectual en una frase que desafía nuestra intuición: “He pasado la vida viajando por el universo en el interior de mi mente”[1]. Resulta paradójico que una persona cuya existencia física transcurrió mayoritariamente anclada a una silla de ruedas pudiera afirmar tal ubicuidad. ¿De qué realidad nos habla Hawking? ¿Cuál es la diferencia entre las matemáticas que usamos para describir la naturaleza y la naturaleza misma? En física el concepto de realidad se aplica a algo que explica bien nuestras observaciones. No podemos ver las partículas elementales con nuestros propios ojos; sin embargo, afirmamos su existencia porque las estructuras matemáticas que las describen predicen con exactitud el comportamiento de la materia. Aquí, la distinción entre la naturaleza y las matemáticas que la describen comienza a difuminarse.


Percibimos la realidad mediante nuestros cinco sentidos

En el proceso de percepción visual, es imperativo distinguir entre ver y percibir. Mientras que el acto de ver es un proceso físico de recepción de estímulos lumínicos, percibir es la interpretación cognitiva y subjetiva de dicha información. El flujo de luz que impacta en la retina se traduce en señales eléctricas procesadas por diversas áreas cerebrales, cada una especializada en un atributo: color, orientación, contraste, movimiento y frecuencia espacial. El resultado: una pelota de tenis amarilla en movimiento, por ejemplo, es una construcción mental.

En nuestra relación con el entorno, dependemos de cinco sentidos principales: vista, oído, tacto, gusto y olfato. En todos cabe hacer la misma distinción entre el estímulo y la percepción. Unos sentidos que si los comparamos con la realidad que conocemos resultan ser bastante limitados. Nuestros ojos detectan solo una pequeña fracción del espectro electromagnético. El infrarrojo, el ultravioleta y un sinnúmero de otras longitudes de onda existen más allá de nuestra percepción, creando un mundo invisible a nuestro alrededor. Nuestros oídos captan sonidos dentro de un rango de frecuencia estrecho, pero existen vibraciones infrasónicas y ultrasónicas, más allá de lo que podemos percibir. Nuestro sentido del tacto detecta la presión, la temperatura y la textura, pero no logra captar los intercambios moleculares y energéticos más profundos que ocurren a nivel microscópico. La evolución ha adaptado nuestros sentidos para percibir lo necesario para la supervivencia y nada más.

En este marco, el lenguaje actúa como una extensión de nuestros sentidos. Noam Chomsky define el lenguaje como una facultad biológica que nos permite acceder a capas de la realidad invisibles para otros animales: la causalidad compleja, el tiempo futuro y la abstracción pura. Como sentenció Bertrand Russell: “El lenguaje no solo sirve para expresar pensamientos, sino también para posibilitar pensamientos que no podrían existir sin él”[2].

El descubrimiento de la realidad a través de las matemáticas

El avance científico nos ha revelado que lo percibido por los sentidos es apenas el barniz superficial del universo. Somos ciegos a los billones de neutrinos que atraviesan nuestro cuerpo cada segundo y nuestra intuición falla al intentar imaginar la curvatura del espacio-tiempo. Sin embargo, hemos desarrollado un “sentido” capaz de captar esta realidad ampliada: la matemática.


Mientras las ecuaciones de campo de Einstein describen la textura misma del tejido cósmico, el principio de indeterminación de Heisenberg explica las fluctuaciones energéticas del vacío. Todo lo que conocemos de lo infinitesimal y de lo inconmensurable lo debemos a estas estructuras lógicas. Así, la percepción sensorial nos ancla a la realidad inmediata y práctica, pero las matemáticas representan la verdad objetiva e inmutable de las leyes naturales.

¿Qué significa entonces que Hawking “viajara por el universo”? La afirmación de Hawking sobre sus viajes mentales no es, por tanto, una licencia poética, sino una declaración sobre la potencia de la mente humana como un órgano sensorial de orden superior. A través de las matemáticas, el pensamiento se convierte en una forma de exploración.

La percepción mental de las matemáticas

La neurociencia ha demostrado que el cerebro no ha desarrollado áreas nuevas para las matemáticas, un hito cultural demasiado reciente en la escala evolutiva, sino que ha “reciclado” circuitos neuronales diseñados originalmente para la percepción de formas y espacios físicos. Según sostiene Stanislas Dehaene, la pericia matemática de alto nivel y el sentido numérico básico comparten raíces comunes en un circuito cerebral no lingüístico[3]. Esta arquitectura sugiere que el cerebro procesa las estructuras matemáticas abstractas siguiendo exactamente el mismo protocolo que utiliza para identificar un objeto ordinario.

Desde el nacimiento, poseemos mecanismos innatos para individualizar objetos y extraer sus cantidades; para nuestro sistema nervioso, el número es una dimensión de análisis tan fundamental e intrínseca como el color o la forma. Como explica Dehaene: “Así como no podemos evitar ver objetos en color… y en ubicaciones definidas en el espacio… de la misma manera, las cantidades numéricas se nos imponen sin esfuerzo” [4]

Esta equivalencia funcional explica por qué, para percibir una jarra, el cerebro analiza simetrías, bordes y volúmenes, y por qué emplea esa misma maquinaria visuoespacial para desentrañar abstracciones complejas. El cerebro no trata la matemática como un dato intelectual, sino como un ente geométrico. De hecho, la diferencia crucial entre un neófito y un experto radica en este punto: mientras el primero intenta descodificar una ecuación de forma secuencial, como si fuera lenguaje, el experto logra “verla” y manipularla mentalmente como una estructura geométrica tangible, otorgándole a la abstracción la misma entidad física y espacial que posee un objeto del mundo sensible.


Los viajes de Hawking

En este contexto, cobra sentido afirmar que Hawking viajó repetidamente por todo el universo durante más de cuarenta años. Cruzó el horizonte de sucesos de agujeros negros invisibles y permaneció allí, en el plano de la abstracción pura, desentrañando las conexiones entre la relatividad, la termodinámica y la física cuántica. De igual forma, años antes, un jovencísimo Einstein había recurrido a una experiencia similar cuando con dieciséis años se preguntaba: ¿Qué sucede si perseguimos un rayo de luz a la velocidad de la luz? Una indagación interior que le condujo al enunciado de la relatividad especial.

La experiencia viajera de Hawking le marcó hasta el punto de querer llevarse a la tumba un recuerdo del que se sentía especialmente orgulloso. Por ello ha quedado grabada, en la piedra de su tumba en la Abadía de Westminster, la ecuación que describe la temperatura de los agujeros negros:

Esta fórmula, que relaciona las cinco constantes fundamentales de la naturaleza[5], es el mapa de su descubrimiento más célebre: los agujeros negros del universo no son completamente negros, sino que emiten un resplandor que se conoce como radiación de Hawking.

La mente como frontera final

En última instancia, el viaje de Stephen Hawking nos revela una verdad profunda sobre nuestra especie: no somos prisioneros de nuestra biología. Si bien la evolución nos dotó de sentidos limitados, los necesarios para garantizar nuestra supervivencia en la sabana, también nos legó una mente con la asombrosa capacidad de avanzar en la comprensión del cosmos.

 Instituto Ciencias de la Vida . Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia

Fuente: Observatorio de Bioética UCV

27 marzo 2026

Elogio del dolor

Antonio Royo Marín


El dolor físico nos trae muchísimos bienes

La conservación de las fuentes del dolor es un bien mayor que su supresión.

«Si Dios nos quitara la libertad, no podríamos pecar y nos ahorraríamos un cúmulo enorme de sufrimientos; pero tampoco podríamos merecer el cielo.

La vida social nos trae grandes dolores; pero ¡cuan grandes ventajas y beneficios nos proporciona también! La naturaleza física nos produce enfermedades y acabará produciéndonos la muerte; pero sin ella sería del todo imposible la vida. ¿Será razonable reprochar a Dios el habernos dado todos estos bienes sólo porque alguna vez podemos abusar de ellos o lleguen a ser peligrosos?

«Suprimid la libertad, la vida social y las leyes de la naturaleza física, y desaparecería al instante el orden y la armonía maravillosa del universo, volviendo todo a la más completa desolación y al más espantoso de los caos.

No es admisible una continua intervención milagrosa de Dios. Dios podría suprimir la mayor parte de nuestros dolores particulares interviniendo milagrosamente y de continuo sobre la voluntad perversa de los hombres y sobre las leyes físicas de la naturaleza. Pero esto no constituiría un bien, sino un aumento del mal para el conjunto del universo. Debería para ello cambiar de naturaleza al hombre y modificar todas las leyes de la naturaleza dictadas por su infinita sabiduría. Dios no puede rectificar nada, pues nada ha hecho que se pudiera hacer mejor. Las excepciones milagrosas confirman la sabiduría de sus leyes fijas. La excepción, empero, no puede convertirse en regla.

«El dolor físico nos trae muchísimos bienes. Es el egoísmo quien nos impide ver la armonía del conjunto, detrás y por encima de nuestro yo.

El que se lastima al caer, es difícil que sepa reconocer las grandes ventajas de la gravedad terrestre; el que ha perdido a un ser querido en una tempestad marítima, no comprenderá fácilmente que sin tempestades el mar sería un inmenso pantano palúdico y mortífero para toda la humanidad.

Las finalidades físicas del dolor no bastan. Las cosas bellas y nobles: el arte, la ciencia, la gloria, son ideales de muy pocos espíritus selectos.

«La mayor parte de los hombres no se confortan en su dolor con esa clase de ideales. Hay que buscarle finalidades más altas. Por encima del orden físico está el orden moral de la virtud.

El dolor purifica y sana. Así como el oro en el crisol, bajo la acción atormentadora del fuego, gime, chilla y se revuelve en convulsiones de muerte hasta que, soltándose en un supremo esfuerzo del abrazo tenaz de la escoria, corre purificado en una veta de reflejos deslumbradores, así el alma destrozada por el dolor se libera del fango de la culpa y recobra su antigua belleza y su antiguo vigor.

El dolor cura y sana las heridas más rebeldes y los vicios irías inveterados. Doblega y vence la violencia de las pasiones y hace más fácil el ejercicio de la virtud. Bajo su enérgica acción, el sensual se hace casto; el orgulloso, humilde; el iracundo, manso; el egoísta, generoso. ¡Cuántos hombres han encontrado el camino de su redención el día en que cayeron enfermos! Ante el culpable que sufre, se nos escapa fácilmente de los labios la dulce palabra del perdón.

Si el dolor nos afina y eleva; si su acción benéfica abraza todas nuestras facultades superiores: el entendimiento, la voluntad y el corazón; si por su medio nos hacemos más prudentes, más fuertes y más afectuosos, no es de maravillar que aquellos que han conocido el dolor y han secundado dócilmente la obra de este artífice divino, alcancen una armonía y una belleza interior totalmente ignoradas por aquellos que no lo han experimentado nunca.

«La belleza y la armonía del alma, trabajada por el dolor, irradian incluso al exterior y vuelven en su luminosidad el mismo cuerpo del que sufre.

El rostro del que ha sabido sufrir noblemente se espiritualiza, por decirlo así; aparece como transfigurado en la gloria de un fulgor fascinante, que conquista las almas e impone el respeto y la admiración de todos. Si el placer, gozado sin medida y sin ley, deforma y embrutece, el dolor, limpia y serenamente afrontado, embellece y transfigura. Las almas, como el incienso, necesitan quemarse en el fuego para esparcir todo su perfume.

Fuente: forumlibertas.com

26 marzo 2026

El Papa León XIV a la nueva arzobispa de Canterbury: “Sigamos dialogando en la verdad y el amor”

Exaudi Redacción

El Pontífice envía un mensaje de felicitación a Sarah Mullally con motivo de su toma de posesión como primada de la Iglesia de Inglaterra y líder de la Comunión Anglicana.

El 26 de marzo de 2026, el Papa León XIV dirigió un mensaje escrito a la arzobispa Sarah Mullally, quien asumió oficialmente su ministerio el día anterior en una ceremonia en la Catedral de Canterbury. El cardenal Kurt Koch, prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y enviado especial del Papa, entregó la misiva al concluir una oración ecuménica conjunta celebrada en la misma catedral para conmemorar los 60 años del histórico encuentro entre san Pablo VI y el arzobispo Michael Ramsey en Roma, en marzo de 1966.

En su carta, el Papa León XIV ofrece “saludos, buenos deseos y palabras de aliento para un ministerio sin duda ‘arduo’”, al tiempo que invita a “seguir dialogando en la verdad y el amor” para poder ofrecer al mundo “los dones de Dios” en medio de las diversas tragedias que lo azotan.

El mensaje subraya la amplitud de la responsabilidad que asume Mullally, no solo sobre la Diócesis de Canterbury, sino sobre toda la Iglesia de Inglaterra y la Comunión Anglicana en su conjunto. El Pontífice pide al Señor que la fortalezca con el don de la sabiduría y que sea guiada por el Espíritu Santo en el servicio a sus comunidades, inspirándose en el ejemplo de María, Madre de Dios.

Un diálogo ecuménico con frutos y desafíos

El Papa recuerda el gesto de hace sesenta años, cuando Pablo VI y Michael Ramsey se estrecharon la mano en Roma, comprometiendo a católicos y anglicanos en una nueva etapa de relaciones fraternas basadas en la caridad cristiana. Aquel encuentro abrió “una nueva página de respetuosa apertura” que, según León XIV, “ha dado muchos frutos en las últimas seis décadas y sigue haciéndolo aún hoy”.

De aquel momento surgió también el acuerdo para iniciar un diálogo teológico formal, que dio lugar a la Comisión Internacional Anglicano-Católica (ARCIC). El Pontífice destaca que los frutos de este trabajo han permitido a ambas tradiciones “dar testimonio juntos de manera más eficaz”, algo especialmente valioso ante los múltiples desafíos que enfrenta la familia humana.

Aunque reconoce que el camino ecuménico “no siempre ha estado exento de obstáculos” y que “nuevas circunstancias han traído nuevos desacuerdos”, el Papa afirma que las divergencias no impiden reconocerse como “hermanos y hermanas en Cristo” gracias al Bautismo común. Cita el ejemplo de la relación entre el papa Francisco y el anterior arzobispo Justin Welby, incluyendo su visita conjunta a Sudán del Sur en 2023.

“Por mi parte, creo firmemente que debemos seguir dialogando en la verdad y el amor”, escribe León XIV, “porque solo en la verdad y el amor llegamos a conocer juntos la gracia, la misericordia y la paz de Dios y, por lo tanto, a poder ofrecer estos preciosos dones al mundo”.

La unidad al servicio del Evangelio

El mensaje concluye recordando que la unidad que buscan los cristianos “nunca es un fin en sí misma”. Citando unas palabras del papa Francisco dirigidas a los primados anglicanos en 2024, León XIV advierte que sería un escándalo que, a causa de las divisiones, los cristianos no cumplieran su vocación común de dar a conocer a Cristo.

Solo a través del testimonio de una comunidad cristiana reconciliada, fraterna y unida resonará con mayor claridad el anuncio del Evangelio”, subraya el Papa.

La nueva arzobispa Sarah Mullally, de 63 años, es la primera mujer en ocupar este cargo. En su sermón durante la ceremonia de toma de posesión, habló de las mujeres de la Biblia que confiaron en Dios ante un futuro incierto y reiteró la urgencia de la verdad y la justicia en la Iglesia. La oración ecuménica en la que se entregó el mensaje papal utilizó el mismo reclinatorio del encuentro entre san Juan Pablo II y el arzobispo Robert Runcie en 1982, reforzando así el simbolismo de continuidad en las relaciones entre católicos y anglicanos.

Fuente: exaudi.org

El hijo que no tenemos

Javier Vidal-Quadras


Educar no consiste en defender siempre al hijo frente al mundo, sino en ayudarle a situarse responsablemente en él.

El viernes y sábado de la semana pasada estuve en Roma, impartiendo unas sesiones sobre matrimonio y sexualidad a un grupo de diáconos que se van a ordenar sacerdotes este mes de mayo. El viaje tenía un diseño perfecto para mí: llegaba con cuatro horas de antelación, con tiempo para preparar las sesiones tranquilamente y hasta de jugar un partido de pádel y ganarlo, que es la contraprestación que les pido por mis servicios. Pero la compañía aérea tenía otros planes, y me pasé las cuatro horas encerrado en el avión, de un lado a otro del aeropuerto, para que revisarán algo del ala que se había estropeado por las fuertes rachas de viento: ¡muy tranquilizador!

Casualmente, entre las lecturas que me acompañaron este tiempo de anquilosamiento corporal, bien comprimido en el generoso espacio de un asiento de avión, leí un artículo publicado en Aceprensa titulado “El duelo de abrazar al hijo real” y escrito por María Paz Montero que me ayudó a comprender mi experiencia de ese día: “El duelo de abrazar el viaje real”.

Pero el artículo decía mucho más. Me trajo a la memoria las palabras del tutor de uno de nuestros hijos cuando este se dio de bruces con la adolescencia de un día para otro. En nuestra experiencia familiar, hay una semana en que los hijos varones se levantan el lunes siendo niños y se acuestan el viernes siendo adolescentes. Nuestras hijas han sido más consideradas y fueron lanzando señales de aviso. El tutor en cuestión nos dijo: “os informo de que vuestro hijo ha decidido dejar de ser bueno”.

También con los nietos pasa algo parecido: algunas señoritas se empeñan en decir que muerden y hasta pegan a los demás; pero aquí no hay discusión: la culpa es siempre de los otros y los nuestros actúan siempre en legítima defensa…, ¡y bien legítima!

Hay un instante —del que habla con acierto el artículo mencionado— en que los padres atraviesan una especie de pequeño duelo. No es una enfermedad ni un fracaso escolar. Es algo más discreto y más íntimo: el descubrimiento de que el hijo real no coincide exactamente con el hijo que habíamos imaginado.

A veces ocurre tras una conversación con un profesor. Las frases no suelen ser tan explícitas como las de nuestro tutor: “Su hijo ha mentido”, “su hija encabezó unas burlas”, “la pillaron copiando en un examen”. No son grandes tragedias, pero el impacto es real. Porque el hijo al que queremos tanto deja de ser el pequeño ángel que habíamos diseñado mentalmente.

En realidad, esto es bastante comprensible. El amor de los padres tiende a idealizar. Desde que nace un hijo proyectamos sobre él una versión luminosa: será noble, generoso, justo, valiente. Durante los primeros años esa imagen funciona bien. Las torpezas se interpretan con ternura, las rabietas como cansancio, y las pequeñas mentiras como fantasías infantiles.

Pero llega un momento —normalmente en la preadolescencia— en que la dimensión moral aparece con más claridad. Ya no hablamos solo de impulsos ingenuos, sino de decisiones que afectan a otros. Y entonces aparece la sorpresa: ese hijo tan querido también es capaz de mentir, excluir o humillar.

Es ahí donde surge el pequeño duelo del que habla el artículo. En el fondo, no es tanto una decepción con el hijo como con nuestra propia mirada. La estatua que cae del pedestal es la que nosotros mismos habíamos esculpido.

Sin embargo, ese momento puede ser profundamente educativo. Educar no consiste en defender siempre al hijo frente al mundo, sino en ayudarle a situarse responsablemente en él. Negar sus errores para proteger su imagen puede parecer un gesto de cariño, pero en realidad lo desorienta. Le transmite que importa más la apariencia que la conducta.

Por eso el colegio suele desempeñar un papel tan importante. Es el primer lugar donde el niño deja de ser el centro del universo familiar y pasa a convivir con otros en igualdad. Allí sus actos tienen consecuencias reales. Cuando un profesor señala una falta, no está atacando a la familia: simplemente está devolviendo una imagen más objetiva de la realidad.

Un chico que se burla de otro no está condenado a ser cruel, pero necesita comprender el daño que provoca. Una niña que copia no está marcada para siempre, pero necesita experimentar que la verdad vale más que la nota.

Cuando los padres corrigen con serenidad y siguen queriendo al hijo con la misma firmeza, están transmitiendo una verdad decisiva: “No te queremos porque seas perfecto. Te queremos porque eres nuestro hijo. Y precisamente por eso queremos que aprendas a ser mejor”.

Quizá ese pequeño duelo —aceptar que el hijo real no coincide con el hijo ideal— no sea una derrota educativa. Tal vez sea, como sugiere el artículo, el comienzo de una educación más honesta. Porque el hijo real, con sus sombras y sus posibilidades, siempre es más educable que el hijo imaginado.

Fuente: javiervidalquadras.com

25 marzo 2026

-Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis - II. Constitución dogmática Lumen gentium5. Sobre el fundamento de los Apóstoles. La Iglesia en su dimensión jerárquica

 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuamos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, comentando la Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (LG). Después de haberla presentado como pueblo de Dios, hoy consideraremos su forma jerárquica.

La Iglesia Católica encuentra su fundamento en los apóstoles, que Cristo quiso como columnas vivas de su Cuerpo místico; y posee una dimensión jerárquica que obra al servicio de la unidad, de la misión y de la santificación de todos sus miembros. Este Orden sacro está permanentemente fundado sobre los apóstoles (cfr. Ef 2,20; Ap 21,14) en cuanto testigos autorizados de la resurrección de Jesús (cfr At 1,22; 1Cor 15,7) y enviados por el Señor mismo en misión al mundo (cfr. Mc 16,15; Mt 28,19). Como los apóstoles están llamados a custodiar fielmente las enseñanzas salvíficas del Maestro (cfr. 2Tm 1,13-14), transmiten su ministerio a hombres que, hasta el retorno de Cristo, siguen santificando, guiando e instruyendo la Iglesia «gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral» (CIC, n. 857).

El capítulo III de la Lumen Gentium, titulado Constitución jerárquica de la Iglesia, y particularmente del episcopado, profundiza en esta sucesión apostólica fundada en el Evangelio y en la Tradición. El Concilio enseña que la estructura jerárquica no es una construcción humana que sirve para la organización interna de la Iglesia como cuerpo social (cfr. LG, 8), sino que es una institución divina que tiene como finalidad perpetuar hasta el final de los tiempos la misión que Cristo dio a los apóstoles.

El hecho de que esta temática se afronte en el capítulo III, después de que en los dos primeros se ha contemplado la esencia verdadera y propia de la Iglesia (cfr. Acta Synodalia III/1, 209-210), no implica que la constitución jerárquica sea un elemento sucesivo respecto al pueblo de Dios: como afirma el Decreto Ad gentes, «los Apóstoles fueron los gérmenes del nuevo Israel y, al mismo tiempo, origen de la sagrada Jerarquía» (n. 5), en cuanto comunidad de los redimidos por la Pascua de Cristo, establecida como medio de salvación para el mundo.

A fin de captar la intención del Concilio, es oportuno leer bien el título del capítulo III de Lumen Gentium, que explicita la estructura fundamental de la Iglesia, recibida de Dios Padre mediante el Hijo y llevada a cumplimiento con la efusión del Espíritu Santo. Los Padres conciliares no quisieron presentar los elementos institucionales de la Iglesia, como podría dar a entender el sustantivo “constitución” si se entiende en el sentido moderno. El documento se concentra, en cambio, en el «sacerdocio ministerial o jerárquico», que difiere «esencialmente y no sólo en grado» del sacerdocio común de los fieles, y recuerda que «se ordenan el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» (LG, 10). Así, el Concilio trata el ministerio que se transmite a hombres que son investidos de sacra potestas (cfr. LG, 18) para el servicio en la Iglesia: se detiene, especialmente, en el episcopado (LG, 18-27), y luego en el presbiterado (LG, 28) y el diaconado (LG, 29) como grados del único sacramento del Orden.

Con el adjetivo “jerárquica”, por tanto, el Concilio quiere indicar el origen sacro del ministerio apostólico en la acción de Jesús, Buen Pastor, así como sus relaciones internas. Los obispos, ante todo, y, a través de ellos, los presbíteros y los diáconos, han recibido encargos (en latín, munera) que los llevan a estar al servicio de «todos cuantos pertenecen al Pueblo de Dios» para que «tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación» (LG, 18).

La Lumen Gentium recuerda varias veces y de manera eficaz el carácter colegial y de comunión de esta misión apostólica, reafirmando que «el encargo que el Señor confió a los pastores de su pueblo es un verdadero servicio, que en la Sagrada Escritura se llama con toda propiedad diaconía, o sea ministerio» (LG, 24). Se comprende entonces por qué San Pablo VI presentó la jerarquía como realidad «nacida de la caridad de Cristo para realizar, difundir y garantizar la transmisión intacta y fecunda del tesoro de fe, del ejemplo, de preceptos, de carismas, dejado por Cristo a su Iglesia» (Disc. 14 de sept. de 1964, en Acta Synodalia III/1, 147).

Queridas hermanas, queridos hermanos, pidamos al Señor que mande a su Iglesia ministros ardientes en la caridad evangélica, entregados al bien de todos los bautizados y misioneros valientes en todos los lugares del mundo.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Cristo, Buen Pastor, que suscite en la Iglesia pastores dispuestos a dar la vida por la grey a ellos confiada; que sean ardientes en la caridad, disponibles en la misión y valientes en el anuncio del Evangelio. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy, abordamos el tercer capítulo de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la dimensión jerárquica de la Iglesia. Cristo eligió como columnas vivas de su Cuerpo místico a los apóstoles, llamados a custodiar y a transmitir sus enseñanzas, a fin de seguir santificando, instruyendo y guiando al Pueblo de Dios.

La estructura jerárquica no es una invención meramente humana, sino una institución divina, dirigida a perpetuar la misión dada por Cristo a los apóstoles hasta el fin de los tiempos. El documento conciliar menciona particularmente a los obispos, los presbíteros y los diáconos, que poseen distintos grados del mismo sacramento del Orden, esencialmente distinto del sacerdocio común de los fieles, y cuya misión apostólica se ejerce colegialmente y en comunión. Dichos ministros, que poseen la sacra potestad, están al servicio de todos los bautizados, para que vivan en Cristo y alcancen la salvación.

Fuente: vatican.va

A todos los obispos del mundo

Rosa Corazón

El 19 de marzo de 2026, el Santo Padre León XIV nos envía un mensaje, con motivo del décimo aniversario de la Exhortación Apostólica postsinodal “Amoris Laetitia” del Papa Francisco y nos comenta que, hace 10 años, con “Amoris Laetitia”, el Papa Francisco transmitió, a toda la Iglesia universal, un luminoso mensaje de esperanza sobre el amor conyugal y familiar. Ahora, el Papa actual nos pide, a toda la Iglesia universal, el valor para continuar este camino, por un sendero sinodal.

MI APORTACIÓN DE LO QUE PUEDEN SER PRINCIPIOS UNIVERSALES:

  1. Dios es el inventor del Matrimonio y Dios es el inventor de la unión sexual matrimonial.
  2. El Matrimonio es un bien, tanto para cada uno individualmente, como para los dos juntos en su unión indisoluble.
  3. Un hijo es el mayor bien que un matrimonio, de acuerdo con el designio de Dios, puede dejar en este mundo.
  4. La evangelización sobre el matrimonio es necesario que sea gradual, progresiva, que ponga, a cada uno de los cónyuges y a los dos juntos -como unidad indisoluble que son- cara a cara con Dios para discernir y decidir qué hacer y cómo hacerlo, para potenciar su unión indisoluble, para buscar el bien individual y conjunto, para procrear y custodiar y criar a la prole -decisión personalísima de ambos- y para intentar vivir, del mejor modo posible, todos y cada uno de los derechos y deberes que les incumben como matrimonio y llegar a la santidad.
  5. Esta progresiva evangelización, que incumbe a toda la Iglesia universal, habrá de acomodarse al país, a la cultura, a las costumbres, a la historia personal y familiar, a las circunstancias particulares y al modo de vida actual con todos los cambios antropológicos y culturales de hoy, en día.

El matrimonio no puede ser ajeno y prescindir de situaciones reales actuales, tales como la homosexualidad, la ideología de género, los vientres de alquiler, la fecundación in vitro, los embriones congelados, la venta de óvulos bajo el falso amparo de donaciones por cuestión de solidaridad, venderse y prostituirse por dinero. Pues todo ello es realidad, actual y con bastante facilidad. Y son -en palabras del Papa- “cambios antropológicos y culturales”.

  1. Esa unión indisoluble, que es el matrimonio, debe llevar, en la progresiva evangelización, a fomentar la unidad en los cónyuges en todos los campos. De ahí, que pudieran ser reglas generales:
  2. DIOS NO ES INHUMANO. Incluso, nos dice la Sagrada Escritura, llegada la plenitud de los tiempos SE ENCARNÓ. Lo que supone que no haya nada, ni de cada uno, ni de cada matrimonio, que no le importe a Dios.

Y si Dios no es inhumano, es seguro que no nos pide nada, ni a cada uno ni a cada matrimonio, que sea inhumano.

El Papa nos señala que, el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios nos debe estimular a buscar “el crecimiento, la consolidación y la profundización en el amor conyugal y familiar y a redescubrir que el amor en el matrimonio siempre da vida y es real, precisamente en su modo limitado y terreno (…) Puesto que la fragilidad forma parte de la maravilla que somos nosotros.

Nadie se casa con alguien tan magnífico, que es irreal.

  1. El Matrimonio, claro que atrae a los jóvenes de hoy. Un amor para siempre atrae, hoy y siempre… Aunque es verdad que han disminuido los matrimonios y los matrimonios por la Iglesia.

Por eso, aunque el Matrimonio atrae a los jóvenes de hoy, hay que mejorar toda la evangelización acerca de él, en el niño, en el joven, y sobre todo en los novios y en todo previo a contraerlo. Sin olvidar que los ministros son ellos mismos, que la Iglesia no casa, se casan ellos.

¿Cómo es posible que, algunos que dicen que se quieren casar por la Iglesia, en su despedida de solteros se vayan de fulanas?

  1. Aunque no sea algo aplicable siempre y en todo caso, sí puede tenerlo en cuenta el evangelizador, a modo de regla general para sus consejos a cada Matrimonio, teniendo en cuenta sus particularidades: Que lo que sirve para unir a los dos, ¡adelante! y lo que los separa, muy posiblemente ¡no es lo que Dios quiere!

Dado que EL MATRIMONIO ES UN INVENTO DIVINO y LA UNIÓN SEXUAL MATRIMONIAL ES TAMBIÉN INVENTO DIVINO.

Comentaba un ponente a los asistentes, colgado también por You Tube, que era un hombre con un buen matrimonio, dentro del curso que impartimos sobre “La belleza de la sexualidad”. ¿A Dios le importa mi placer en la unión sexual con mi mujer? ¡Por supuesto que le importa!

  1. TANTO CON EL MATRIMONIO COMO CON LA UNIÓN SEXUAL MATRIMONIAL, DIOS QUIERE EL BIEN INDIVIDUAL DE CADA UNO Y DE LOS JUNTOS, EN ESA UNIÓN PARTICULARÍSIMA, Y QUE SEA EL MEDIO PARA PROCREAR. El Papa nos invita a descubrir que “el amor en el matrimonio siempre da vida”.
  2. Los gravísimos desastres matrimoniales, a los que me dedico, son fruto de una evangelización inadecuada, que no ha puesto, desde la infancia, en la adolescencia y en el proceso hacia la madurez de esas dos personas, la mira adecuada hacía la verdad, el bien, y la belleza de la propia vida, contando con sus deficiencias y el de los dos juntos, el de la otra persona con la que me caso. Nadie se puede casar con un misterio, con un enigma, sin un proyecto para toda la vida.
  3. Con esa progresiva evangelización habrá que ayudar a tomar decisiones libres, maduras, responsable, sopesando ventajas e inconvenientes de una u otra opción, acudiendo al auxilio divino pidiendo ayuda al Espíritu Santo para acertar, asumiendo las consecuencias de nuestros actos, y no dejándose llevar por impulsos, por “casarse es lo que toca”… Esto evitaría, como sucede tantas y tantas veces, que jóvenes que van bien en el terreno profesional sean un desastre en el tema matrimonial, con una grave falta de madurez afectiva y sentimental.
  4. Pueden existir vicios y adiciones: Al alcohol, a las drogas, a la pornografía, al sexo, a la masturbación, trastornos alimentarios: anorexia, bulimia y vicios por atracón, a la compra compulsiva para ahogar el sufrimiento.

¿Lo cura el matrimonio? No, el matrimonio no cura nada; hay que ir curado al matrimonio.

¿Cómo se cura? Reconociéndolo, queriendo curarse y dejándose acompañar en el camino hacia la sanación y dejándose ayudar.

  1. Ante las crisis matrimoniales:
  2. ¿Qué me enamoró de ti? Porque eso está ahí, es presente y hay que volver a los inicios…
  3. ¿Vicios? ¿Adicciones? ¿Incapacidades? ¿Problemas sexuales?

¿Qué se puede hacer? Habrá que ver qué se puede hacer, hasta dónde hay que llegar y si se puede o no conseguir algo de éxito duradero en cada caso.

  1. Mi matrimonio va como van nuestras relaciones sexuales, me dijo una buena mujer. Si van bien, estamos estupendamente. Si van mal, estamos a la gresca. ¿Qué es causa? ¿Qué es efecto? No hay tal, pues ambos se interseccionan.

En el mensaje, el Papa León nos insta a “seguir profundizando en la esperanza bíblica de la presencia amorosa y misericordiosa de Dios, que permite vivir historias de amor, incluso atravesando crisis familiares.

Y nos afirma que “hemos sido hechos para una existencia se regenera constantemente en el don, en el amor”.

  1. PROBLEMAS:
  2. Problema sexual en la mujer:
  3. Si no siente satisfacción, existe el peligro de que caiga en la neurosis, nos decía Carlos Wojtyla en su libro “Amor y responsabilidad”
  4. A la mujer no le sale de modo natural el manifestarle a él, a las claras, lo que siente, lo que quiere, lo que desea, el camino a través de ella para lograrla.
  5. Y, como me decía una buena mujer: El hombre, de adivino no tiene nada.
  6. En la sexualidad hay una felicidad insuperable. Decía una mujer experimentada: La sexualidad es amor y premio del matrimonio.
  7. Considerar la gravísima condena a la mujer cuando fueron expulsados del Paraiso a Adán y Eva, como segundo anatema: ansiarás a tu marido y él te dominará.

El problema de la sexualidad más que en el hombre está en la mujer.

  1. La realidad es que el mayor éxito en este mundo es el ÉXITO EN MI MATRIMONIO.

Por eso, mis dos últimos libros los dedico: “A los valientes que se casan por la Iglesia y… a los que se han equivocado. Dios deja siempre una puerta abierta para poder enderezar la vida. ¡Siempre!

León XIV anima a descubrir la belleza de la vocación al matrimonio, reconociendo la fragilidad humana y confiando en la gracia y deseando llegar a ser santos a través del Matrimonio y de la Familia. La espiritualidad del amor familiar está hecha de miles de gestos reales y concretos cada día.

El Papa León XIV, en su mensaje, convoca para octubre de 206 a todos los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo entero para, juntos, discernir sinodalmente los pasos que se deben dar para el buen anuncio del Evangelio a las Familias de hoy. Camino sinodal a la luz de “Amoris laetitia”.

  1. ¿POR QUÉ ESTE ARTÍCULO?

Porque Iglesia somos todos y… ¡todos en camino sinodal!

Fuente: rosacorazon.com