21 marzo 2026

5º domingo de Cuaresma (Ciclo A) 


Evangelio (Jn 11,1-45)

Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro había caído enfermo. Entonces las hermanas le enviaron este recado:

—Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo.

Al oírlo, dijo Jesús:

—Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Aun cuando oyó que estaba enfermo, se quedó dos días más en el mismo lugar. Luego, después de esto, les dijo a sus discípulos:

—Vamos otra vez a Judea.

Le dijeron los discípulos:

—Rabbí, hace poco te buscaban los judíos para lapidarte, y ¿vas a volver allí?

—¿Acaso no son doce las horas del día? —respondió Jesús—. Si alguien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; pero si alguien camina de noche tropieza porque no tiene luz.

Dijo esto, y a continuación añadió:

—Lázaro, nuestro amigo, está dormido, pero voy a despertarle.

Le dijeron entonces sus discípulos:

—Señor, si está dormido se salvará.

Jesús había hablado de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.

Entonces Jesús les dijo claramente:

—Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; pero vayamos adonde está él.

Tomás, el llamado Dídimo, les dijo a los otros discípulos:

—Vayamos también nosotros y muramos con él.

Al llegar Jesús, encontró que ya llevaba sepultado cuatro días. Betania distaba de Jerusalén como quince estadios. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para consolarlas por lo de su hermano.

En cuanto Marta oyó que Jesús venía, salió a recibirle; María, en cambio, se quedó sentada en casa. Le dijo Marta a Jesús:

—Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano, pero incluso ahora sé que todo cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.

—Tu hermano resucitará —le dijo Jesús.

Marta le respondió:

—Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día.

—Yo soy la Resurrección y la Vida —le dijo Jesús—; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?

—Sí, Señor —le contestó—. Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo.

En cuanto dijo esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en un aparte:

—El Maestro está aquí y te llama.

Ella, en cuanto lo oyó, se levantó enseguida y fue hacia él. Todavía no había llegado Jesús a la aldea, sino que se encontraba aún donde Marta le había salido al encuentro. Los judíos que estaban con ella en la casa y la consolaban, al ver que María se levantaba de repente y se marchaba, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Entonces María llegó donde se encontraba Jesús y, al verle, se postró a sus pies y le dijo:

—Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió y dijo:

—¿Dónde le habéis puesto?

Le contestaron:

—Señor, ven a verlo.

Jesús rompió a llorar. Decían entonces los judíos:

—Mirad cuánto le amaba.

Pero algunos de ellos dijeron:

—Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que no muriera?

Jesús, conmoviéndose de nuevo, fue al sepulcro. Era una cueva tapada con una piedra. Jesús dijo:

—Quitad la piedra.

Marta, la hermana del difunto, le dijo:

—Señor, ya huele muy mal, pues lleva cuatro días.

Le dijo Jesús:

—¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Retiraron entonces la piedra. Jesús, alzando los ojos hacia lo alto, dijo:

—Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la muchedumbre que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste.

Y después de decir esto, gritó con voz fuerte:

—¡Lázaro, sal afuera!

Y el que estaba muerto salió atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto con un sudario. Jesús les dijo:

—Desatadle y dejadle andar.

Muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que hizo Jesús, creyeron en él.

Comentario

Después de los pasajes de los domingos pasados sobre la samaritana y el ciego de nacimiento, que nos revelaban a Jesús como agua viva y luz del mundo, este quinto domingo de Cuaresma nos presenta el relato de la resurrección de Lázaro, el séptimo signo o milagro narrado por san Juan, el último y más portentoso, y que revela a Jesús como señor de la vida y de la muerte.

San Juan señala que Marta, María y Lázaro eran amigos de Jesús. Fruto de esta confianza mutua, las hermanas hacen llegar al Maestro la noticia de que su hermano está enfermo. El evangelista añade que “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro” (v. 5). Y más adelante, con el versículo más breve de la Biblia, afirma que Jesús se conmovió y “rompió a llorar” (v. 35). Este cariño del Señor siempre ha despertado el asombro de los santos y su afán de correspondencia. San Josemaría los expresaba así: “Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne, como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti”.

A pesar de todo, Jesús no acude al instante a la llamada de las hermanas, sino que espera dos días. Y cuando llega a los confines de Betania, Lázaro lleva ya cuatro días muerto. Existía entonces la creencia judía de que el alma del difunto podía vagar fuera del cuerpo hasta el tercer día, pero al cuarto día el cuerpo entraba en corrupción. A esta creencia podría referirse María cuando Jesús pide retirar la piedra del sepulcro y ella comenta que el cadáver olería muy mal. Según esto, Jesús habría retrasado su llegada porque iba a llamar a Lázaro realmente desde la corrupción, es decir, desde el sheol, la región de los muertos. Por contraste, Jesús resucitó al tercer día, porque como recordarían más tarde los apóstoles (cfr. Hch 2,14-36; 13,15-43), la Escritura había vaticinado: “no dejarás que tu Santo vea la corrupción” (Sal 16,10).

Dice el relato que “todavía no había llegado Jesús a la aldea” (v. 30) cuando llamó en secreto a Marta para que acudiera hasta Él. Quizá Jesús hizo esto para no incomodar a las hermanas, de luto, con el alojamiento del Maestro y sus discípulos, o para no comprometer a sus amigos, ya que los judíos lo buscaban para matarlo (cfr. v. 8). En cualquier caso, Marta llega y demuestra su gran fe en Jesús. Luego avisa a María, que se postra ante el Maestro delante de todos, sin respetos humanos, y conmueve al Señor.

“En el Evangelio de hoy —comentaba Benedicto XVI—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: ‘Tu hermano resucitará’, ella responde: ‘Sé que resucitará en la resurrección en el último día’ (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá’ (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño (cf. Jn 11, 11)”.

Una vez abierto el sepulcro, Jesús grita: “¡Lázaro, sal fuera!” (v. 43). Lázaro era la forma griega del nombre hebreo Eleazar, que significa ayuda de Dios. Lázaro se convierte en el preludio de lo anunciado por Jesús: “Viene la hora, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán” (Jn 5,25). Jesús tiene poder sobre la muerte porque también lo tiene sobre el pecado, que es su causa. Por eso de algún modo, los lienzos que atan y envuelven a Lázaro representan no solo las ligaduras del sheol sino también las del pecado.

El Papa Francisco lo explicaba así: “el gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la Gracia de Dios, y por lo tanto, donde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio… ¡No hay ningún límite a la misericordia divina ofrecida a todos! El Señor está siempre listo para levantar la piedra tumbal de nuestros pecados, que nos separa de Él, luz de los vivientes”. Si nos fijamos en un detalle, Jesús no actúa directamente sobre Lázaro, sino que cuenta con la mediación de otros para que lo desaten. En estos colaboradores pueden verse simbolizados también los ministros en la Iglesia que absuelven los pecados.

Fuente: opusdei.org

‘Cor ad cor loquitur’, el corazón habla al corazón

Nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española

Texto completo

1. Cor ad cor loquitur fue el lema cardenalicio escogido por el recién declarado doctor de la Iglesia, san Juan Enrique Newman, inspirándose en san Francisco de Sales, quien definía la vida espiritual como un encuentro con Dios “de corazón a corazón”, un movimiento del corazón de Dios al corazón del hombre y, a la inversa, del corazón del hombre al corazón de Dios; un intercambio incesanteque afecta a la persona en el conjunto de sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva. El mismo Jesús, cuando le preguntan por el mandamiento principal de la Ley, dice: «Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (Mt 22,37). La fe implica a toda la existencia humana, pues es la entrega del hombre “entero” a Dios como respuesta obediente y libre a la revelación (Rom 1,5; 16,26). Es Dios el que toma la iniciativa de salir al encuentro del hombre, y adelanta su gracia para que, con el auxilio interior del Espíritu Santo, el corazón del ser humano se oriente y se dirija hacia Dios, permitiéndole entrar en comunión íntima con él. Junto a los aspectos fiduciales (confianza en Dios) se dan en la fe elementos cognoscitivos (adhesión a Dios, confesión de fe) y también emociones y sentimientos (gozo espiritual, amor o paz, entre otros).


2. Los obispos de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ofrecemos estas reflexiones acerca de la integralidad de la experiencia de fe, que es fruto del encuentro con el auténtico rostro de Jesucristo encarnado: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre» (Credo niceno-constantinopolitano).


Motivación pastoral de esta reflexión


3. En los últimos años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana, especialmente entre los jóvenes españoles de la llamada “generación Z”, aquellos nativos digitales nacidos entre mediados de los 90 y la primera década del año 2000. La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe. Estos nuevos métodos o herramientas de evangelización representan un soplo de aire fresco para la Iglesia, que, como Madre, vuelve una y otra vez a «ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». 


La Iglesia valora la creatividad de las diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado en muchos movimientos y asociaciones eclesiales para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe.


4. En todos estos métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer “impacto” en la persona y conducen a la conversión y a la adhesión a Cristo. A ello le ha de seguir la configuración de la vida de los cristianos con el Señor, el discipulado en la Iglesia y al apostolado como testigos de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo. Sin embargo, no son pocos, incluso entre los promotores de estas experiencias, que han advertido del riesgo de un reduccionismo “emotivista” de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual. El anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida: que «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Este es el gran impacto que renueva la mente y el pensamiento, amplía el horizonte de la libertad, ofrece un nuevo sentido a la vida y, en función de ello, da una nueva consistencia al obrar de las personas.


5. En determinados momentos de la historia de la Iglesia la balanza se ha inclinado hacia el asentimiento intelectual a unas verdades reveladas o al compromiso y a la acción, con incidencia en la vida espiritual de los fieles, la reflexión teológica, la catequesis o el apostolado. En nuestros días, en cambio, la experiencia de fe se centra en el universo emocional y sentimental de la persona, lo que podría interpretarse como uno de los “signos de los tiempos” o una llamada que anima a recuperar la importancia de los sentimientos y a integrarlos, sin menoscabo de la razón, en la vida cristiana. Al mismo tiempo, advertimos la necesidad de regular y discernir las emociones porque pueden ser un obstáculo para el crecimiento espiritual.


6. Valorando positivamente todo lo que de bueno están aportando estos métodos de primer anuncio en el contexto de una sociedad fuertemente secularizada, los obispos de esta Comisión, como pastores del pueblo de Dios, ofrecemos esta Nota con el fin de ayudar al discernimiento y acompañar en la maduración de estas experiencias apostólicas para que puedan crecer y prestar un mejor servicio a tantas personas que se acercan a la Iglesia —como la mujer samaritana— buscando «un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).


Creer con el corazón


a) La absolutización de lo emotivo en la postmodernidad


7. Expertos y analistas de nuestro tiempo vienen advirtiendo que en la llamada cultura postmoderna se ha producido una absolutización de la afectividad, reduciéndola a los sentimientos y a las emociones, e incluso se ha llegado a sostener su irracionalidad, lo que ha sido denominado como “emotivismo”, es decir, la reducción de la afectividad a la emoción. El hombre postmoderno rechaza el objetivismo racionalista para convertirse en un sujeto emotivo, que pasa del “pienso luego existo” al “siento luego existo”, del “logos” a la “emoción”. Pero los sentimientos y las emociones, si bien son parte del mundo afectivo, no son capaces de abarcarlo en su totalidad.


8. El hombre “emotivista” se experimenta fragmentado, porque las emociones por sí mismas son inconexas y no le pueden ofrecer una visión holística de la realidad. Se percibe desorientado, porque se deja arrastrar por las emociones a cada momento sin ningún horizonte y se identifica con ellas; y vive en la inmediatez y la inconstancia absolutizando el instante (en tanto que perdura la emoción). Aplicado a la vida espiritual, el “emotivista religioso” hace depender la fe de la intensidad de la emoción, reduciéndola a la medida del sentimiento y a lo placentera que pueda resultar, lo que se refuerza cuando se trata de experiencias compartidas. Es importante no confundir estas vivencias con el arrobamiento místico o la experiencia del gozo espiritual que acompaña en los santos la revelación privada. Ya en el año 2003 la Conferencia Episcopal Española advertía en el Directorio de pastoral familiar de la Iglesia en España de que «esta concepción (meramente “emotivista”) debilita profundamente la capacidad del hombre para construir su propia existencia, porque otorga la dirección de su vida al estado de ánimo del momento, y se vuelve incapaz de dar razón del mismo. Este primado operativo del impulso emocional en el interior del hombre, sin otra dirección que su misma intensidad, trae consigo un profundo temor al futuro y a todo compromiso perdurable».


Resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien.


9. Conviene tener presente que las emociones y los sentimientos tienen un papel importante en la vida humana y espiritual. El cuerpo humano y las emociones son partes integrales de la vida psíquica y espiritual del ser humano. Las emociones no pueden ignorarse ni trivializarse porque son intrínsecas a nuestra existencia. Ahora bien, resulta determinante encontrar un equilibrio dentro de la vida espiritual entre los aspectos intelectivos, volitivos y sentimentales. Los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. A este respecto, el papa Francisco afirmaba en la encíclica Lumen fidei (2013):


La fe sin verdad no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula, proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos satisface únicamente en la medida en que queramos hacernos una ilusión. O bien se reduce a un sentimiento hermoso, que consuela y entusiasma, pero dependiendo de los cambios en nuestro estado de ánimo o de la situación de los tiempos, e incapaz de dar continuidad al camino de la vida.


10. Por otra parte, el “emotivista” resulta más fácilmente manipulable. Muchos discursos sociales y políticos actuales apelan con frecuencia a las emociones (miedo, esperanza, indignación) con el fin de generar determinados comportamientos y adhesiones. También en la vida espiritual existe el peligro de pretender suscitar algunos comportamientos mediante un “bombardeo emocional”, lo cual podría considerarse una forma de “abuso espiritual”. Tal abuso puede manifestarse en forma “presión emocional del grupo”, que hace que los individuos se vean obligados a “sentir” lo mismo que los demás para no automarginarse de la experiencia. E incluso a través de la utilización de falsas experiencias sobrenaturales o místicas (“falso misticismo”), que desvirtúan una auténtica visión de Dios, como medios para ejercer dominio sobre las conciencias anulando la autonomía de las personas o para cometer otro tipo de abusos, lo que debe ser considerado de especial gravedad moral.


b) La importancia de los sentimientos en la vida espiritual


11. Los sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual, y son fundamentales en la vida interior de toda persona humana. La fe cristiana, arraigada en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar. Dios nos alcanza también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad, en nuestra emocionalidad. Lo afectivo constituye un campo fundamental en la vida espiritual, en la relación con Dios y con los demás, en la maduración creyente de la persona. Sin embargo, los sentimientos no pueden determinar toda o casi toda la vida cristiana, pues, en ocasiones, la misma ausencia de sentimientos es parte del itinerario espiritual.


12. Los métodos de evangelización, a los que nos hemos referido, ayudan a descubrir la importancia del aspecto emotivo de la vida cristiana. Por influjo de la modernidad ilustrada, se dio una tendencia a subrayar los aspectos intelectuales o éticos de la fe, considerando los sentimientos como algo marginal en la experiencia de fe. La piedad popular y algunas prácticas espirituales alimentaron una espiritualidad más vinculada a los sentimientos, a la imaginación y al corazón.


13. El reto será siempre facilitar el encuentro con Dios sin abusar de las emociones, al mismo tiempo que sin menospreciar la fuerza de la fe para suscitarlas. Sería contradecir la misma Palabra de Dios, que tiene muy en cuenta la dimensión afectiva de la relación entre Dios y el ser humano.


14. El Antiguo Testamento describe el amor de Dios hacia su pueblo en múltiples pasajes, como el de una madre que se apiada del hijo de sus entrañas (cf. Is 49,14-15), como el de un padre que toma entre sus brazos a su hijo pequeño y cuida de él (cf. Os 11,1.3-4) o como el de un amado que graba a la amada como un sello en su corazón (cf. Cant 2,2; 6,2; 8,6). Este amor exige por parte del hombre la respuesta de un corazón nuevo, de un corazón de carne (cf. Ez 36,26).


15. En el Nuevo Testamento, el Verbo encarnado asume también los sentimientos de la condición humana. En muchos pasajes vemos cómo Jesús se compadeció de aquellos que andaban como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,36), experimentó la angustia y la tristeza en el huerto de los Olivos (cf. Lc 22,39-44; Mt 26,37), lloró por Jerusalén (cf. Lc 19,41-44) y por la pérdida de su amigo Lázaro (cf. Jn 11,35), amó a los discípulos y los llamó amigos (cf. Jn 13,23; 15,15), miró con ira y se sintió dolido ante la dureza del corazón de los demás (cf. Mc 3,5) o por ver el Templo transformado en un mercado (cf. Mt 21,12-13; Mc 11,15-18; Jn 2,13-22), etc. Como dirá san Agustín, él asumió también los sentimientos humanos para redimirlos: «Tomó estos afectos de la humana flaqueza, lo mismo que la carne de la debilidad humana (…), de suerte que, si a alguno le aconteciere contristarse y dolerse en las tentaciones humanas, no se juzgase por esto ajeno a su gracia». Como recuerda el Concilio Vaticano II, «realmente, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…), él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre (…), pues en él la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida, (…) también en nosotros ha sido elevada a una dignidad sublime». No es de extrañar que san Pablo recomendase a los filipenses: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2,5). Negar, por tanto, las emociones en el acto de fe, sería renegar de la condición humana, que ha sido asumida por el Verbo encarnado, el Hombre perfecto (cf. Ef 4,13), el mismo que «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre», y por eso puede sanar de su desorden a la afectividad humana, iluminarla y elevarla. Como dirá la encíclica Dilexit nos (2024), «el Hijo eterno de Dios, que me trasciende sin límites, quiso amarme también con un corazón humano. Sus sentimientos humanos se vuelven sacramento de un amor infinito y definitivo».


Negar, por tanto, las emociones en el acto de fe, sería renegar de la condición humana, que ha sido asumida por el Verbo encarnado, el Hombre perfecto (cf. Ef 4,13), el mismo que «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre».


c) Recuperar el corazón


16. La afectividad, dimensión esencial del ser humano, junto con la razón y la voluntad, integra las emociones y los sentimientos en la verdad del ser humano, creado «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26), profundamente amado en la realidad de su existencia. Por ser una dimensión fundamental de la persona, no puede quedar excluida del acto de fe, ya que Dios sale al encuentro de cada hombre y de cada mujer en la integridad de su ser, y les habla de corazón a corazón. Pues el corazón es el centro de la persona, el lugar de las decisiones, de la verdad, del encuentro y de la Alianza, que solo puede ser sondeado y conocido por el Espíritu de Dios.


17. El magisterio de los pontífices más recientes está impregnado de una llamada a la recuperación del corazón en la vida cristiana. Ya Pío XII en la encíclica Haurietis aquas (1956), sobre la devoción al Corazón de Cristo,alertaba del peligro del naturalismo y del sentimentalismo, y presentaba el Corazón del Verbo encarnado como signo y símbolo del triple amor con que ama Cristo: el amor divino (como Dios), el amor espiritual humano (la caridad de su voluntad humana) y el amor sensible (afectos y emociones). De esta forma, se invitaba a los fieles a alcanzar la armonía del amor en Cristo. Posteriormente, son significativas las encíclicas de Juan Pablo II Redemptor hominis (1979) al volver sobre la dimensión humana del misterio de la Redención y, especialmente, Dives in misericordia (1980) dedicada al amor misericordioso de Dios. Por su parte, Benedicto XVI hizo referencia en varias de sus encíclicas a esta cuestión, de manera peculiar en Deus caritas est (2005), pero también en Spe salvi (2007) y Lumen fidei (2013), escrita entre Benedicto XVI y Francisco, a la que ya se ha hecho referencia. Más recientemente el papa Francisco, en su encíclica Dilexit nos (2024) propuso recuperar la importancia del corazón en la vida cristiana, pues —como dice san Pablo— «si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9). En el corazón es «donde cada persona hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas las demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones». Todo se unifica en el corazón, que es «el núcleo de cada ser humano, su centro más íntimo; no solo el núcleo del alma, sino de toda la persona en su identidad única que es anímica y corpórea (…) Es la sede del amor con la totalidad de sus componentes espirituales, anímicos y también físicos».


18. Desde el corazón, en el que se integran las dimensiones afectiva y corporal, racional e intelectual, así como la volitiva y el compromiso, la experiencia de fe se convierte en un acontecimiento totalizante, que permite afirmar al creyente: «Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté» (Cant 3,4). Se trata de un hecho que siempre desborda y trasciende, y hace gustar de antemano el gozo y la luz de la vida eterna.


19. La afectividad, como dimensión humana fundamental en armonía con la razón y la voluntad, supera al mero sentimentalismo y libera a la fe de las redes del subjetivismo y del emotivismo. El amor auténtico siempre conduce a la verdad. Como afirmaba el papa Benedicto XVI:


Sin la verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente (…), es presa de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos (…). La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal. En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez “Agapé” y “Lógos”: Caridad y Verdad, Amor y Palabra.


20. Creer con el corazón es el mejor antídoto contra los dos grandes enemigos de la vida espiritual apuntados por el papa Francisco: el neo-gnosticismo y el neo-pelagianismo. El primero concibe la salvación como algo puramente interior, cerrando al sujeto en la inmanencia de su propia razón o sentimientos. El pelagianismo, por su parte, acentúa el carácter radicalmente autónomo del individuo, que pretende alcanzar la salvación por sus propias fuerzas. Esto se traduce, entre otras cosas, en una autocomplacencia por los frutos alcanzados, en la obsesión por la ley y en la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia.


Criterios teológico-pastorales para el discernimiento


21. A la luz de lo expuesto, ofrecemos unos criterios que pueden ayudar a enriquecer la experiencia de fe de las nuevas iniciativas de evangelización surgidas recientemente en el ámbito del primer anuncio:


a) Por Cristo, al Padre, en el Espíritu


22. La vida cristiana comienza «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19), tal y como sucede en el sacramento del bautismo. Es la fe trinitaria que la Iglesia transmite la que ha de ser profesada no solo con los labios, sino pasándola por el corazón y por la razón.


23. Toda la vida de fe está impregnada por la Santísima Trinidad: la oración está dirigida al Padre, por el Hijo, en el Espíritu; la liturgia es eminentemente trinitaria, «por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos»; la comunidad eclesial está llamada a reflejar la comunión de las Personas divinas; y el destino del cristiano es trinitario, la plena unidad con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y con todo el género humano. Por ello es importante que la oración cristiana no pierda su identidad trinitaria, y que el primer anuncio, así como los procesos de discipulado, presenten a Jesucristo, al que conocemos por la acción del Espíritu, que nos revela el rostro del Padre. Solo de esta manera se puede experimentar la plenitud del amor de Dios: «porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5).


b) Dimensión personal


24. Como decía el papa Benedicto XVI, «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». La fe, ciertamente, no se reduce al asentimiento teórico a determinados dogmas, sino que es un acto por el que toda la persona se entrega libremente a Dios, que se nos revela y se nos entrega en Cristo. También el Catecismo de la Iglesia Católica recordaba que «no creemos en fórmulas, sino en las realidades que estas expresan y que la fe nos permite “tocar”».


La fe, ciertamente, no se reduce al asentimiento teórico a determinados dogmas, sino que es un acto por el que toda la persona se entrega libremente a Dios, que se nos revela y se nos entrega en Cristo.


25. Puesto que Dios sale al encuentro del hombre en su totalidad, en este encuentro intervienen también los sentimientos, propios de la dimensión afectiva del ser humano. Invitamos, por ello, a aprender a discernir los sentimientos en la vida espiritual a partir de los grandes maestros de espiritualidad. El mismo san Ignacio de Loyola animaba a discernir entre estados de consolación y desolación del alma, o a situarse en la santa indiferencia ante una elección de vida, con el deseo de servir a Dios como fin primero y principal al que todo se subordina. Otros, como santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, vivirán la purificación de los sentidos en las “noches del espíritu” o tendrán que enfrentarse, como santa Teresa de Lisieux o santa Teresa de Calcuta, a largos periodos de oscuridad espiritual.


26. De todo ello, se deduce que se ha de ser precavido ante los sentimientos y las emociones que simplemente proporcionan bienestar al sujeto. Cristo, por el contrario, llama a cargar con la cruz y a seguirlo. A una fe basada solo en sentimientos agradables y positivos le repugna la cruz. No se puede entender la vida cristiana sin compartir la cruz y completar en nuestra carne los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1,24).


c) Dimensión objetiva de la fe


27. El encuentro con Cristo conlleva la aceptación de la verdad de su persona y su mensaje. En el diálogo con Marta, tras la muerte de Lázaro, Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (Jn 11,26). Y Marta le contesta: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27). No hay encuentro con Cristo sin profesión de fe, si solo se tiene en cuenta el aspecto subjetivo, pero no se profundiza en el contenido de la fe y en la doctrina. La formación es el medio primordial que permite integrar la verdad en el amor. Si el acto de fe como adhesión personal a Cristo pierde su profunda unidad con la verdad salvadora que nos ha traído, se transforma en un acto vacío y ciego.


28. La vivencia emocional de la fe se ha de asentar en la verdad objetiva del kerygma, cuyo contenido se encuentra en la Palabra de Dios transmitida e interpretada por la Iglesia. Todo ello invita a apostar con determinación por una formación integral y continua, que incluya todas las dimensiones de la persona (intelectual, afectiva, relacional y espiritual). Resulta particularmente oportuno iniciar itinerarios catecumenales y procesos formativos de discipulado y acompañamiento en la maduración de la fe con aquellos que han realizado una primera conversión al Señor.


d) Dimensión eclesial


29. Por la misma lógica de la encarnación, el encuentro con Dios es siempre mediado. Jesucristo, el mediador de la salvación, sigue saliendo al encuentro del ser humano a través de la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el servicio a los hermanos en la Iglesia. No es posible una experiencia ni un conocimiento de Dios de manera directa e individualista. Nadie se ha hecho cristiano a sí mismo, ni es creyente por sí solo. Creemos gracias a que alguien nos habló del Señor y nos transmitió la fe de la Iglesia en el ámbito de la familia, de una parroquia, de un grupo o un movimiento eclesial. La misma profesión de fe es un acto personal y eclesial simultáneo, de forma que cuando el cristiano dice “creo”, al mismo tiempo, dice “creemos”, como atestigua el Símbolo de Nicea en su versión griega, resaltando así la dimensión eclesial del acto de fe.


30. Este “creemos” no significa uniformidad. La imagen paulina del cuerpo de Cristo es muy elocuente para expresar la unidad en la necesaria diversidad. Todos, aunque distintos, somos miembros del único cuerpo, cuya cabeza es Cristo (cf. 1 Cor 12,12; Ef 1,18); de tal manera que la diversidad no es contraria a la unidad del cuerpo, sino que la enriquece: «Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor» (1 Cor 12,4-5). Una auténtica vivencia eclesial de la fe no absolutiza el carisma del propio grupo, sino que lo pone al servicio de la unidad de la Iglesia; y no excluye otros carismas, sino que aprecia la riqueza que aporta al conjunto. Igual se puede decir de los métodos evangelizadores: ninguno ha de considerarse como absoluto, y se ha de admitir que lo que sirve para unos, no ha de ser necesariamente válido o útil para otros.


31. Es importante valorar la capacidad que tienen estas nuevas iniciativas evangelizadoras para integrar en la vida comunitaria. Como afirma el Concilio Vaticano II, «estos carismas, tantos los extraordinarios como los ordinarios y comunes, hay que recibirlos con agradecimiento y alegría, pues son muy útiles y apropiados a las necesidades de la Iglesia». Ahora bien, «el juicio de su autenticidad y la regulación de su ejercicio pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos compete sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (cf. 1 Tes 5,12.19-21)». Será, por tanto, un signo de eclesialidad que estos nuevos métodos sean sometidos al discernimiento de la autoridad de los obispos y los órganos diocesanos competentes.


32. Los frutos de los nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su capacidad de integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (“¿Para quién soy yo?”). Es decir, por su capacidad de generar y acompañar las diversas vocaciones que el Espíritu ha suscitado en el cuerpo de la Iglesia (cf. 1 Cor 12,11).


Los frutos de los nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su capacidad de integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (“¿para quién soy yo?”).


e) Dimensión ética y caritativa


33. El verdadero encuentro con Cristo no solo transforma la interioridad del creyente, sino que lo impulsa al compromiso concreto con la Iglesia y el mundo. La fe no puede quedarse en una experiencia meramente emocional, sino que se traduce en la caridad hacia los más pobres, en el testimonio y el servicio que transfiguran el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino. Si no somos capaces de “tocar la carne de los últimos”, no estamos siendo fieles al Evangelio. El corazón cristiano es un “corazón que ve” dónde hay necesidad de amor y actúa en consecuencia.


34. Son numerosos los textos de la Palabra de Dios que iluminan esta dimensión de la fe. Entre ellos, estos de los apóstoles Juan y Santiago: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20-21). «Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant 2,17). Por eso, el compromiso con la Iglesia y con el mundo, sea en el ámbito familiar, laboral, en la sociedad, en la vida pública, con los más pobres y los enfermos, en la defensa de la dignidad humana, la promoción de la paz o el cuidado de la creación, se convierte en criterio de discernimiento para valorar la autenticidad de la fe y de estas nuevas iniciativas eclesiales.


f) Dimensión celebrativa


35. El creyente, además, ha de cuidar la dimensión celebrativa del acto de fe con una liturgia viva en la que festeje comunitariamente la gratuidad del encuentro con Cristo, que hace que la vida del creyente, alentada por la oración, se convierta, por la misericordia de Dios, en un «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rom 12,1).


36. Las iniciativas de evangelización han de cuidar de no fomentar una oración “espiritualista” desencarnada o unas celebraciones litúrgicas intimistas y efectistas. Se corre el peligro de reducir la liturgia a un mero “devocionalismo” que potencia el subjetivismo sentimental frente a lo comunitario, objetivo y sacramental. En algunos ambientes se detecta un recurso excesivo a elementos de tipo emotivo, incluyendo prácticas de culto a la Eucaristía fuera de la misa que desvirtúan y descontextualizan el sentido propio de la adoración al Santísimo Sacramento. La adoración eucarística, sea de forma privada o pública, prolonga e intensifica lo acontecido en la celebración litúrgica, pues adoramos a aquel que hemos recibido. Esta relación intrínseca invita a cuidar la dimensión comunitaria de la adoración eucarística, ya que la relación personal con Jesús sacramentado pone al fiel en comunión con toda la Iglesia, al hacerle tomar conciencia de su pertenencia al cuerpo de Cristo. El sentido netamente eclesial de la adoración eucarística implica el respeto y la fidelidad a las normas litúrgicas, que evitará el subjetivismo y la arbitrariedad de formas del culto eucarístico así como el uso de elementos extraños a lo dispuesto en el Ritual. Todo ello plantea el reto de garantizar, tanto a los fieles como a los ministros ordenados, una buena formación litúrgica que ayude a situar la celebración de la Eucaristía, especialmente la dominical, en el centro de la vida personal, comunitaria y eclesial.


37. La belleza de la liturgia no es meramente formal, sino la belleza profunda que procede del encuentro sacramental con el misterio de Dios. Por eso, la liturgia ha de ser mistagógica, ayudándonos, a través de palabras y gestos, a conducirnos a Dios, a maravillarnos ante él y a adentrarnos en su belleza.


Exhortamos a abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la importancia de las emociones y los sentimientos en el marco de una sana afectividad en la experiencia creyente, lo que permitirá el encuentro transformador con Cristo “de corazón a corazón”.


Con corazón de pastores


38. Con auténtico corazón de pastores, los obispos de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española exhortamos a abrazar la fe en la totalidad de sus dimensiones, reconociendo y valorando la importancia de las emociones y los sentimientos en el marco de una sana afectividad en la experiencia creyente, lo que permitirá el encuentro transformador con Cristo “de corazón a corazón”.


39. Invitamos a contemplar a la Virgen María, en quien se realiza de manera perfecta el acto de fe. Ella acogió el anuncio del ángel Gabriel y le dio su asentimiento diciendo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Y, porque ha creído, todas las generaciones hasta nuestros días la proclaman bienaventurada (cf. Lc 1,45.)


Esta nota doctrinal fue aprobada por los obispos miembros de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe en su reunión CCLXV del 20 de febrero de 2026.


Presidente: Mons. D. Francisco Conesa Ferrer, obispo de Solsona


Vicepresidente: Mons. D. Ramón Valdivia Giménez, obispo auxiliar de Sevilla y Administrador Apostólico de Cádiz y Ceuta


Miembros:


Mons. D. Ernesto Brotóns Tena, obispo de Plasencia


Mons. D. Daniel Palau Valero, obispo de Lérida


Mons. D. Eloy Alberto Santiago Santiago, obispo de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife)


Mons. D. José María Yanguas Sanz, obispo de Cuenca


Mons. D. Francisco Javier Martínez, arzobispo emérito de Granada


Mons. D. Jesús E. Catalá  Ibáñez, obispo emérito de Málaga


Mons. D. Demetrio Fernández González, obispo emérito de Córdoba


Mons. D. Adolfo González Montes, obispo emérito de Almería


Mons. D. Luis Quinteiro Fiuza, obispo emérito de Tuy-Vigo


Mons. D. Javier Salinas Viñals, obispo auxiliar emérito de Valencia


Secretario: Rvdo. D. Rafael Vázquez Jiménez


La Comisión Permanente de la CEE autorizó su publicación en la CCLXXII reunión celebrada en los días 24 y 25 de febrero de 2026.


Fuente: conferenciaepiscopal.es



20 marzo 2026

DÉCIMO ANIVERSARIO DE LA AMORIS LAETITIA

MENSAJE DEL PAPA LEÓN XIV

Queridos hermanos y hermanas:

El 19 de marzo de 2016, el Papa Francisco ofreció a la Iglesia universal un luminoso mensaje de esperanza sobre el amor conyugal y familiar: la Exhortación apostólica Amoris laetitia, fruto de tres años de discernimiento sinodal sostenidos por el Año Santo de la Misericordia. En este décimo aniversario, queremos dar gracias al Señor por el impulso dado al estudio y a la conversión pastoral de la Iglesia, y pedirle el valor para continuar el camino, acogiendo siempre de nuevo el Evangelio, con la alegría de poder anunciarlo a todos.

Como enseña el Concilio Vaticano II, la familia es «el fundamento de la sociedad», [1] un don de Dios y «escuela del más rico humanismo». [2] Mediante el sacramento del matrimonio, los esposos cristianos constituyen una especie de «Iglesia doméstica» [3], cuyo papel es esencial para la educación y la transmisión de la fe. Siguiendo el impulso conciliar, las dos Exhortaciones apostólicas Familiaris consortio ―publicada por san Juan Pablo II en 1981— y Amoris laetitia ( AL) han estimulado el compromiso doctrinal y pastoral de la Iglesia al servicio de los jóvenes, los cónyuges y de las familias.

Tomando nota de «los cambios antropológico-culturales» ( AL 32), que se han acentuado a lo largo de treinta y cinco años, el Papa Francisco quiso comprometer aún más a la Iglesia en el camino del discernimiento sinodal. Su discurso, pronunciado durante la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la familia, el 17 de octubre de 2015, invita a una “escucha recíproca” dentro del Pueblo de Dios, “todos en escucha del Espíritu Santo, el ‘Espíritu de verdad’ ( Jn 14,17), para conocer lo que Él ‘dice a las Iglesias’ ( Ap 2,7)”. Y precisa que no es posible “hablar de la familia sin interpelar a las familias, escuchar sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias”. [4]

Recogiendo los frutos del discernimiento sinodal, Amoris laetitia ofrece una enseñanza valiosa que debemos seguir profundizando hoy: la esperanza bíblica de la presencia amorosa y misericordiosa de Dios, que permite vivir “historias de amor” incluso cuando se atraviesan “crisis familiares” (cf. n. 8); la invitación a adoptar “la mirada de Jesús” (cf. n. 60) y a estimular sin descanso «el crecimiento, la consolidación y la profundización del amor conyugal y familiar» (n. 89); el llamamiento a descubrir que el amor en el matrimonio “siempre da vida” (cf. n. 165) y que es “real” precisamente en su modo “limitado y terreno” (cf. n. 113), como nos enseña el misterio de la Encarnación. El Papa Francisco afirma «la necesidad de desarrollar nuevos caminos pastorales» (n. 199) y de “fortalecer la educación de los hijos” (cf. cap. VII), al tiempo que invita a la Iglesia a “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (cf. cap. VIII), superando una concepción reductiva de la norma, y a promover «la espiritualidad que brota de la vida familiar» (n. 313).

Como tuve ocasión de decir a los jóvenes reunidos en Tor Vergata durante el Jubileo de la Esperanza, «la fragilidad [...], forma parte de la maravilla que somos». No fuimos hechos «para una vida donde todo es firme y seguro, sino para una existencia que se regenera constantemente en el don, en el amor». [5] Para cumplir con la misión de anunciar el Evangelio de la familia a las jóvenes generaciones, debemos aprender a evocar la belleza de la vocación al matrimonio precisamente en el reconocimiento de su fragilidad, a fin de despertar «la confianza en la gracia» ( AL 36) y el deseo cristiano de santidad. También debemos sostener a las familias, particularmente a aquellas que sufren tantas formas de pobreza y violencia presentes en la sociedad contemporánea.

Damos gracias al Señor por las familias que, a pesar de las dificultades y los desafíos, viven «la espiritualidad del amor familiar […] hecha de miles de gestos reales y concretos» (n. 315). Expreso en este sentido mi gratitud a los pastores, a los agentes de pastoral, a las asociaciones de fieles y a los movimientos eclesiales comprometidos con la pastoral familiar.

Nuestra época está marcada por rápidas transformaciones que, incluso hoy más que hace diez años, hacen necesaria una especial atención pastoral a las familias, a las que el Señor confía la tarea de participar en la misión de la Iglesia de anunciar y dar testimonio del Evangelio. [6] De hecho, hay lugares y circunstancias en los que la Iglesia «sólo puede llegar a ser sal de la tierra» [7] a través de los fieles laicos y, en particular, de las familias. Por eso, el compromiso de la Iglesia en este ámbito debe renovarse y profundizarse, para que aquellos a quienes el Señor llama al matrimonio y a la familia puedan vivir su amor conyugal en Cristo y los jóvenes se sientan atraídos por la intensidad de la vocación matrimonial en la Iglesia.

Reconociendo los cambios que siguen afectando a las familias, he decidido convocar en octubre de 2026 a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, con el fin de proceder, en un clima de escucha recíproca, a un discernimiento sinodal sobre los pasos a dar para anunciar el Evangelio a las familias de hoy, a la luz de Amoris laetitia y teniendo en cuenta lo que se está realizando en las Iglesias locales.

Encomiendo este camino a la intercesión de san José, Custodio de la Sagrada Familia de Nazaret.

Vaticano, 19 de marzo de 2026, solemnidad de san José.

 

LEÓN PP. XIV

El Vaticano publica el esperado documento sobre IA y Transhumanismo

Javier García Herrería

Frente a utopías de perfeccionamiento ilimitado o narrativas de sustitución de lo humano, la Iglesia propone conservar las tensiones constitutivas de la experiencia —cuerpo y espíritu, varón y mujer, individuo y comunidad, finitud e infinito— y su orientación a Cristo.

En los últimos meses se ha especulado ampliamente con que la primera encíclica del Papa podría abordar la inteligencia artificial. Quizá sea así. Pero, mientras tanto, el Vaticano —a través de la Comisión Teológica Internacional— ha puesto ya sobre la mesa un gran marco de reflexión con la publicación del documento Quo vadis, humanitas? Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios sobre el futuro de lo humano.

El texto, presentado como una lectura de la condición humana en un momento de “cambio de época”, parte de una constatación: el progreso tecnocientífico reaviva el asombro por las capacidades humanas, pero no elimina la fragilidad —la muerte, las enfermedades, las guerras, o la desigualdad—. 

Frente a las tentaciones de simplificar esa ambivalencia (tecnofilia ingenua o resignación pesimista), el documento reivindica una antropología cristiana que sostenga a la vez grandeza y límite, y coloque en el centro la dignidad humana como un don previo, no como una construcción adquirida.

Primeras valoraciones

Según Giovanni Tridente especialista en ética de la IA y autor de Anima Digitale, «el documento de la Comisión Teológica Internacional ofrece una importante contribución porque recuerda que la cuestión de la tecnología es ante todo una cuestión antropológica».

Según Tridente el punto fuerte del documento es cómo subraya que «la dignidad de la persona no puede reducirse a sus capacidades cognitivas o al rendimiento que la tecnología promete potenciar». En su lugar, el texto vaticano «propone utilizar la categoría cristiana de vocación, donde el hombre no es simplemente un proyecto que hay que optimizar o rediseñar tecnológicamente, sino una realidad recibida como don y llamada a desarrollarse en la relación con Dios, con los demás y con el mundo».

Discernir y distinguir

Inspirado por el 60º aniversario de Gaudium et spes (1965–2025), el documento propone un método de discernimiento: confrontar los nuevos horizontes culturales y tecnológicos con las exigencias permanentes de la condición humana, distinguiendo aportes compatibles con el Evangelio de los que lo contradicen. 

En esa línea, la Comisión organiza su análisis alrededor de cuatro categorías: desarrollovocaciónidentidad y condición dramática. La primera examina la noción de desarrollo —clave en el debate sobre el futuro— y advierte de la tensión entre mejorar la vida de los pueblos y el sueño de sustituir lo humano. 

La cuestión sobre la “vocación” subraya la importancia de ver la vida en sus aspectos relacionales y responsables. La tercera sitúa la cuestión de la “identidad” como una dimensión particularmente sensible en nuestro tiempo, debido a la posibilidad de intervenir técnicamente en la naturaleza humana. 

Y la cuarta subraya el carácter histórico, libre y expuesto a riesgos del camino por el que cada persona “llega a ser” quien es.

Transhumanismo

Uno de los focos más explícitos del documento es el diálogo crítico con el transhumanismo y el posthumanismo, corrientes que —según la Comisión— replantean de modo radical la relación entre cuerpo, técnica y destino humano. 

El transhumanismo aparece descrito como el proyecto de superar los límites biológicos (envejecimiento e incluso muerte) mediante ciencia y tecnología, con un optimismo antropocéntrico sobre el progreso. El posthumanismo, en su sentido estricto, cuestiona la existencia de una “forma humana” digna de ser custodiada y difumina el límite entre humano y máquina. 

En ambos casos, el documento sostiene que la solución a la tensión humana entre finitud e infinito no puede pasar por la supresión o sustitución de lo humano, sino por su integración y plenitud.

Ética y desarrollo tecnológico

La Comisión dedica un amplio espacio a las implicaciones antropológicas del desarrollo tecnológico reciente, especialmente en la comunicación digital, los datos, la inteligencia artificial, la biotecnología y la robótica. Subraya que la tecnología no opera solo como herramienta, sino como “ambiente” que reconfigura la vida social y la autocomprensión. 

Entre los riesgos, apunta a la opacidad de decisiones automatizadas en ámbitos sensibles (salud, justicia, finanzas o seguridad), la polarización y “tribalización” del debate público alimentada por redes sociales, la fragilidad particular de niños y jóvenes ante dinámicas de aislamiento, manipulación y violencia, y la tendencia a reducir el cuerpo a material disponible para ser modificado en busca de rendimiento, juventud o eliminación del dolor.

Consecuencias del “desarrollo” tecnológico

En paralelo, el documento sitúa estas transformaciones en cuatro relaciones fundamentales de la persona: con el ambiente, con los otros, consigo misma y con Dios. En el plano ecológico, alerta contra una lógica tecnocrática que relativiza los límites de la naturaleza y agrava desigualdades, especialmente en regiones más vulnerables. 

En la esfera social, describe el impacto de la hiperconexión y la ansiedad informativa, y reclama vigilancia ante la manipulación de datos y la concentración de poder. En el plano personal, advierte del debilitamiento del pensamiento crítico y de la tentación de concebir la conciencia como información transferible. 

En el religioso, reconoce oportunidades para la misión, pero alerta del riesgo de un “mercado” espiritual digital sin comunidad, e incluso de sustitutos tecnológicos del sentido último.

Soluciones

Como alternativa, el documento insiste en recuperar dimensiones que considera amenazadas por una idea reductiva de progreso: la historia (memoria, sentido del tiempo y esperanza), el espacio (hogar, ciudad, pueblo y mundo, frente a la despersonalización de los “no-lugares”) y la intersubjetividad (familia, pertenencia cultural y fraternidad). 

En ese marco, propone la vida como vocación: el ser humano no se entiende plenamente como proyecto auto-fundado, sino como alguien llamado a recibir la vida como don, a configurar su identidad con libertad responsable y a convertirse en don para los demás.

La conclusión del texto plantea una tesis de fondo: la humanidad no necesita un “salto evolutivo” que rebase su condición, sino una relación que la salve, la haga habitable y la eleve. 

Frente a utopías de perfeccionamiento ilimitado o narrativas de sustitución de lo humano, la Comisión propone una síntesis “integral” que conserve las tensiones constitutivas de la experiencia —cuerpo y espíritu, varón y mujer, individuo y comunidad, finitud e infinito— sin negarlas, y las oriente hacia una plenitud que, en clave cristiana, se realiza en Cristo.

El documento cierra con dos acentos pastorales: María como figura de una humanidad plenamente acogida y entregada, y los pobres como criterio ineludible de discernimiento. En un mundo donde el poder tecnológico tiende a concentrarse, el texto advierte que las consecuencias más graves recaerán primero sobre los últimos, por lo que llama a orientar cualquier desarrollo hacia la dignidad de todos, la justicia y el bien común.

Según el profesor Tridente «la reflexión teológica deberá seguir profundizando en la relación entre la antropología y las tecnologías emergentes, tratando de comprender con mayor precisión las dinámicas reales que están transformando nuestra forma de conocer, decidir y relacionarnos». Al fin y al cabo, «la cuestión no se refiere solo a lo que las máquinas pueden hacer, sino también a lo que estamos dispuestos a delegarles de nuestros procesos cognitivos. Solo así será posible ofrecer pistas de discernimiento capaces de acompañar verdaderamente al hombre en la era de la inteligencia artificial», concluye el experto italiano.

Fuente: omnesmag.com