04 noviembre 2026

Un viaje intelectual hacia la fe

Benigno Blanco

Charles Murray defiende la necesidad de tomarse la religión en serio en su libro autobiográfico.

Charles Murray es un politólogo estadounidense, autodefinido como libertario, autor de numerosos libros sobre asuntos políticos y sociales.

Avance

El libro más reciente del politólogo norteamericano Charles Murray es suficientemente elocuente acerca de su contenido: Tomarse la religión en serio. Un viaje intelectual hacia la fe en tiempos de escepticismo. El viaje, naturalmente, es el suyo propio desde el agnosticismo hasta ese «tomarse la religión en serio» del título; y el adjetivo intelectual es esencial. El viaje, como tal, es lento, y es fruto de una intensa reflexión personal. Bien que, en ese proceso racional, como advierte el autor de la reseña, está también presente el amor, en este caso de la esposa de Murray, cuya práctica cristiana (cuáquera) no deja de ser un ejemplo y una referencia orientadora para él. «El Dios que es amor se hace el encontradizo donde hay amor», escribe Benigno Blanco.

El agnóstico satisfecho, buen hijo de la Ilustración, que era Murray fue aceptando que tenía un «déficit de percepción en materia de espiritualidad». Conociendo ese déficit, se planteó la necesidad de reflexionar sobre la idea de Dios, tomándosela en serio. A la vez, llegó a la convicción de que el cristianismo, cuyas tradiciones y fuentes históricas estudió, merece credibilidad racional, que la fe cristiana es algo muy consistente y razonablemente sostenible. Concluyó que la fe no se opone a la razón; que la verdad sobre el cosmos y el hombre que muestran las ciencias contemporáneas es absolutamente compatible con las certezas cristianas sobre un Dios creador y un hombre dotado de alma espiritual; en definitiva, que entre razón y fe no hay contradicción alguna, sino una sorprendente complementariedad.

El itinerario intelectual de Murray tuvo etapas como el descubrimiento de la simplicidad matemática del mundo, la convicción de que el universo fue diseñado deliberadamente para permitir el desarrollo de la vida, o la investigación de los fenómenos psíquicos carentes de explicación neurológica convincente, especialmente los que se producen al final de la vida. Lo anterior lo complementó con la aceptación de los principios fundamentales de la fe, el descubrimiento del humanismo de las doctrinas cristianas y la importancia de la Iglesia en el surgimiento de la ciencia contemporánea y su aportación a las artes.

Murray investigó también sobre la veracidad de los Evangelios, su autoría y datación, los milagros y la resurrección de Cristo. «Mi desordenada peregrinación me ha llevado a creer que vivo en un universo al que el amor y la gracia dotan de sentido. Y eso es mucho», concluye el autor del libro.

Artículo

Charles Murray, conocido politólogo y analista de cuestiones sociales y culturales norteamericano, vinculado a instituciones conservadoras y libertarias y polemista contumaz, ha escrito Tomarse la religión en serio. Un viaje intelectual hacia la fe en tiempos de escepticismo. No es la historia de una conversión, como quizá el subtítulo de la obra podría sugerir, sino la historia de un viaje desde el agnosticismo habitual en ambientes laicos de la sociedad contemporánea hasta un «tomarse la religión en serio» como el título —con notable precisión— indica.

Quizá lo más singular de la historia de Murray es que su apertura a Dios y lo sobrenatural no es el fruto de una experiencia singular de tipo religioso ni de circunstancias vitales especialmente duras que le hayan enfrentado a la vieja cuestión del «sentido de la vida», sino de una reflexión sobre la comprensión del mundo y del hombre a la luz de los avances científicos actuales, que avanza lentamente en el tiempo obligándole por honestidad intelectual a no seguir amarrado a los viejos prejuicios del laicismo contemporáneo y a abrirse a la riqueza metafísica de la realidad que la cosmovisión actual también incentiva.

Estamos ante una biografía intelectual de un camino personal del agnosticismo a la fe, que no es tampoco —a pesar de la presentación del autor— algo meramente frío y racional, pues de su propio relato se deduce la importancia que tiene —como telón de fondo— el ejemplo de su esposa Catherine, que vive su fe en una comunidad cuáquera. Murray se autodefine como un hombre con nula sensibilidad religiosa que llega a la fe exclusivamente por vía racional, pero el lector intuye que la silenciosa presencia de Catherine y su ejemplo no tiene papel secundario en ese itinerario de su marido.

Hay muchas vías para llegar a Dios; o, quizá con más rigor, muchas vías por las que Dios se acerca al hombre. Pero en todas ellas —sea consciente o no el sujeto—, según mi experiencia, siempre hay de fondo una historia de amor, pues el Dios que es amor se hace el encontradizo donde hay amor. Por eso, doy mucha importancia en el viaje intelectual que Murray narra en esta obra a esa Catherine que casi no aparece, pero que está ahí, yendo por delante de su marido por caminos que este no transita, pero desde los que le marca o sugiere hacia dónde mirar.

Murray se define a sí mismo como «un agnóstico feliz» en la época en que se casó con Catherine (pág. 16) y no la acompañaba a las reuniones semanales de su comunidad porque «seguía convencido de que el creciente interés de Catherine por las cuestiones espirituales no tenía nada que ver conmigo» (pág. 19) por el prejuicio asumido en la universidad (que le convirtió en «un hijo de la Ilustración», pág. 53) de que «las personas que tienen convicciones religiosas profundas se engañan a sí mismas» (pág. 24)… hasta que acabó «aceptando que era yo quien tenía un problema: sufro de un déficit de percepción en materia de espiritualidad» (pág. 25) que atribuye a un defecto de «la modernidad occidental» de la que es hijo: el prejuicio de que la ciencia moderna no deja hueco alguno para Dios en la comprensión de nuestro mundo y la suposición de que los huecos existenciales que todos percibimos en ocasiones pueden llenarse con apoyo técnico adecuado sin necesidad de plantearse la «hipótesis Dios».

A pesar de su déficit de percepción en materia de espiritualidad, Murray sí aceptó su obligación de —al menos— reflexionar sobre los datos a su alcance para comprobar si la «hipótesis Dios» era tan absurda e irracional como presuponía… o no. Esta muestra de honestidad de nuestro autor fue la puerta que Dios usó para ir entrando en su vida.

En palabras del propio autor: «Escribo como alguien que creció en la fe cristiana, se alejó de ella y, tras reflexionar más a fondo, he vuelto a ella. Si, por el contrario, usted ha crecido en un entorno secular y nunca le ha prestado mucha atención al cristianismo, espero que una de las conclusiones que saque de mi experiencia sea que vale la pena dedicarle su tiempo» (pág. 154).

El itinerario intelectual del autor

En la primera parte del libro, Murray relata cómo fue aprendiendo, haciéndose preguntas suscitadas por la realidad en que nos movemos, a tomarse a Dios en serio; y en la segunda explica cómo fue adquiriendo la progresiva convicción de que el cristianismo merece credibilidad racional. Dicho de otra manera, en la primera parte el autor nos muestra cómo —estudiando— llegó a desmontar el catecismo secular de seudo verdades que había dado por supuestas sin cuestionarlas nunca, solo porque eran lo que —presuntamente— toda la gente seria creía; y en la segunda relata cómo el estudio de las tradiciones y fuentes históricas del cristianismo le mostró que la fe cristiana era algo muy consistente y razonablemente sostenible. Así llegó a la convicción, que expresa al final del libro, de que la fe no contradice en nada a la razón; de que la verdad sobre el cosmos y el hombre que muestran las ciencias contemporáneas es absolutamente compatible con las certezas cristianas sobre un Dios creador y un hombre dotado de alma espiritual; y de que, en consecuencia, entre razón y fe no hay contradicción alguna, sino una sorprendente complementariedad.

El itinerario intelectual de Murray discurrió a partir de descubrimientos como «la simplicidad matemática del mundo» (pág. 30) que le llevó a pensar que pareciera que alguien había hecho planes para que fuera así, la pregunta sobre por qué hay algo en lugar de nada que oyó formular en una conferencia hacia 1994 o 1995 y le abrió la mente a un Misterio escrito con mayúsculas y a la palabra Dios como algo con sentido (cfr. págs. 31 y ss.). Así empezó a «dejar de antropomorfizar a Dios y, en su lugar, concederle el respeto que se merece» (pág. 34). A partir de este tipo de reflexiones y de las lecturas en que se embarcó sobre el Big Bang y los ajustes del Universo que han posibilitado la vida, el autor nos cuenta que en la primera década del siglo XXI experimentó algo así como su caída del caballo camino de Damasco, llegando a la convicción de que vive «en un universo que fue diseñado deliberadamente para permitir el desarrollo de la vida» y «asumir que hubo un milagro inicial que creó algo en lugar de la nada» (pág. 51).

Otro campo de investigación que afrontó Murray fue el de los fenómenos psíquicos carentes de explicación neurológica convincente, especialmente los que se producen en contextos de final de la vida; llegando a la conclusión de que hay evidencias consistentes incompatibles con una teoría estrictamente materialista de la conciencia, por lo que —nos dice— «tuve que reconocer la posibilidad de que tengo un alma» (pág. 69).

Tras este recorrido intelectual que ocupa la parte primera de la obra, en la segunda Murray relata cómo en los veinte años siguientes fue «aceptando poco a poco muchos de los principios fundamentales de la fe» (pág. 73). En esas largas páginas, describe cómo fue descubriendo poco a poco el humanismo de las doctrinas cristianas, la importancia de la Iglesia en el surgimiento de la ciencia contemporánea y su aportación a las artes, y —gracias a Mero Cristianismo, de C. S. Lewis— a revolucionar todas sus ideas previas sobre el orden moral y la figura de Cristo. La influencia de Lewis en nuestro autor es tratada con detalle (cfr. págs. 85 y ss.) pues le abrió la mente a la idea de un universo intencional, reflejo de un orden racional y moral que aparece en todas las culturas y tradiciones religiosas como huella del Creador; y a aceptar que Jesús de Nazaret, como dice Lewis, o era un mentiroso o estaba loco o era Hijo de Dios; y que la última de esas opciones es mucho más consistente con toda la información disponible.

Murray dedica los dos capítulos más extensos de su libro (págs. 97 a 154) a sus investigaciones sobre la veracidad de los Evangelios, su autoría y datación, a los milagros y la resurrección de Cristo… y, al concluir la razonable veracidad histórica de los relatos evangélicos, afirma que recuperó la fe de su infancia en Dios Creador y su Hijo Jesucristo, aunque, como él mismo escribe en la página final: «Aún no he experimentado la alegría. Cuando estoy con Catherine y otras personas que sí la han experimentado, a veces me siento como un niño pequeño con la nariz pegada al cristal, mirando una fiesta a la que no puedo asistir. No he dejado de intentar unirme a la fiesta. Quizá la puerta se abra con el tiempo. Pero incluso si no es así tengo mucho que agradecer. Mi desordenada peregrinación me ha llevado a creer que vivo en un universo al que el amor y la gracia dotan de sentido. Y eso es mucho» (pág. 172).

Una valoración

El libro de Murray no es un libro de apologética cristiana; se nota mucho que no tiene una formación profunda filosófica y teológica, aunque ha hecho un inmenso esfuerzo intelectual leyendo todo lo que ha caído en sus manos. Quizá de haber tenido la suerte de encontrarse con el catolicismo —y no con iglesias derivadas de la tradición luterana— la profunda síntesis razón/fe que caracteriza la tradición teológica de la Iglesia Católica le habría facilitado su trabajo de búsqueda y le habría llevado aún más allá del final con que concluye su obra.

Pero su mensaje es hoy de profunda actualidad: la fe no contradice la razón, sino que la completa; no hay contradicción entre la sabiduría moderna y el testimonio de lo sobrenatural que ofrece la religión cristiana; la visión materialista del mundo y del hombre derivada de la interpretación vulgar de las ciencias decimonónicas no es acorde a lo que nos muestra la ciencia actual; la idea de que hay que elegir entre ser un científico serio y la fe no es coherente con la larga lista de hombres de fe entre los científicos modernos de primera fila. En definitiva, como expresa Murray, merece la pena para quienes viven en una tradición atea o agnóstica abrirse a considerar la búsqueda de Dios como tarea legítima y razonable.

El autor ha llegado por una vía muy intelectual a descubrir la existencia de Dios y la solvencia racional e histórica del cristianismo; pero, como él mismo confiesa —en clara reminiscencia del Cautivado por la alegría de C.S. Lewis—: «Aún no he experimentado la alegría». Es lógico que aún no haya llegado a esa alegría que añora, porque el cristianismo no es una filosofía ni una teoría científica o histórica, sino que es el encuentro con una persona, Cristo, y una historia personal de amistad con Él. Pero estoy seguro que llegará a esa meta porque ya está muy cerca del que dijo: «Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá».

Santo Tomás, analizando las facultades superiores del ser humano, precisó: «Entiendo porque quiero»; en otras palabras: si no queremos entender, no entendemos. Según esta doctrina, la inteligencia es un presupuesto para la voluntad libre pues solo se puede querer lo que previamente se ha conocido, pero la voluntad a su vez es necesaria para entender algo. Como Murray ha puesto cabeza y voluntad en su viaje intelectual hacia la fe y se toma la religión en serio, estoy seguro de que culminará el viaje … pues ya está muy cerca del final.

Un acierto de Murray y sus editores es que, a lo largo del libro, en recuadros separados del texto principal y en letra distinta, se deja constancia de los libros que el autor fue leyendo en cada momento de su viaje intelectual hacia la fe. Es una bibliografía casi toda del ámbito anglosajón, pero se indica cuándo existe traducción al castellano.

Fuente: nuevarevista.net

Los documentos del Concilio Vaticano II.

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  IV. Constitución Gaudium et spes. 8. La fe y la vida social, política y económica (GS, 53-62)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La dimensión social forma parte integrante, no solo de la naturaleza humana, sino también de nuestra fe en Jesucristo, como valiosa herencia que recibimos de la encarnación del Hijo de Dios. La Constitución Gaudium et spes (GS) lo recuerda en los capítulos III y IV de la segunda parte, dedicados a la vida económica y social y a la de la comunidad política. También en estos campos la fe cristiana ofrece criterios de discernimiento.

Los Padres conciliares evidencian sobre todo el peligro para la paz mundial que deriva de los desequilibrios vinculados a un desarrollo económico que no es equitativo y que no respeta la creación (cf. GS, 63). Una visión a largo plazo, que desafortunadamente encontró confirmación en la parte final del siglo pasado y que hoy constatamos aún más. Para corregir la ruta – advierte el Documento – no basta con el desarrollo técnico, «son necesarias muchas reformas en la vida económico-social y un cambio de mentalidad y de costumbres en todos» (ibid.).

Por eso, Gaudium et spes presenta en síntesis la visión cristiana del desarrollo económico, que debe estar siempre al servicio del hombre y bajo el control del hombre (cf. GS, 64-65). Aparece ya aquí claramente el concepto de desarrollo integral, que después San Pablo VI pondrá en el centro de su Encíclica Populorum progressio (1967). Son más actuales que nunca los llamamientos a comprometerse para eliminar las discriminaciones contra los grupos sociales más débiles y contra los migrantes (cf. GS, 66).

El corazón de la economía es el trabajo. A través de él, el hombre se desarrolla como persona, satisface las necesidades de su familia, expresa su propio talento, participa en la vida social y construye un mundo mejor colaborando en la obra creadora de Dios. El trabajo nunca puede ser tergiversado en detrimento de las personas, del bien común o de la creación. El verdadero desafío es ofrecer a todos oportunidades para poner en práctica sus capacidades: no son aceptables la desocupación, la explotación y las condiciones de trabajo que ponen en peligro la salud y la propia vida (cf. GS, 67). Los trabajadores tienen el derecho y el deber de participar en las decisiones que afectan a su actividad, también de forma asociativa, afrontando los conflictos con diálogo y acciones no violentas (cf. GS, 68).

En este contexto, el Concilio recuerda uno de los principios fundamentales del magisterio social, es decir, el destino universal de los bienes de la tierra (cf. GS, 69) y lo aplica en el campo financiero, afirmando que «los responsables de las inversiones y de la organización de la vida económica, tanto los particulares como los grupos o las autoridades públicas, deben […] vigilar, por una parte, a fin de que se provea de lo necesario para una vida decente tanto a los individuos como a toda la comunidad, y, por otra parte, de prever el futuro y establecer un justo equilibrio entre las necesidades actuales del consumo individual y colectivo y las exigencias de inversión para la generación futura» (GS, 70).

Gaudium et spes pasa después a tratar el tema de la comunidad política, apreciando las distintas señales positivas de la época contemporánea, sobre todo el hecho de que «la conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones del mundo surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que proteja mejor en la vida pública los derechos de la persona» (GS, 73).

La comunidad política existe en función del bien común, que consiste en «el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección» (GS, 74). Y siempre hacia el bien común debe mirar el ejercicio de la autoridad política, que se estructura y obra según las circunstancias locales e históricas, pero siempre teniendo presente el bien de toda la familia humana (cf. ibid.).

Gaudium et spes reafirma que «la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas» (GS, 76).

Queridos hermanos, comprometerse en la economía y en la política según estos criterios es un modo de construir la paz. Como recordaba el Papa Francisco, «la guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal» (Carta enc. Fratelli tutti, 261). Al contrario, la política que cuida de las heridas de los pueblos y de quienes sufren injusticias ofrece motivos de esperanza para el futuro de la humanidad.

Por eso, animo a los jóvenes a seguir el ejemplo de aquellos hombres y de aquellas mujeres que en estos ámbitos dieron buen testimonio. Y renuevo mi exhortación a las comunidades cristianas para que se impulse de nuevo la formación sobre la doctrina social de la Iglesia.
Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Reflexionamos en esta catequesis sobre los capítulos III y IV de la Constitución pastoral Gaudium et spes, que están dedicados a la vida económico-social y a la comunidad política, con un énfasis especial en el tema de la paz.

La dimensión social no solo forma parte de la naturaleza humana, sino también de nuestra fe en Cristo. Desde esta perspectiva, los Padres conciliares presentan la visión católica del desarrollo económico, poniendo el trabajo en el centro.

El Concilio Vaticano II nos recuerda aquí un principio central en el magisterio social, que es el destino universal de los bienes, refiriéndose de modo particular a la comunidad política. Sea cual fuere la forma histórica de dicha comunidad, el ejercicio de la autoridad civil debe realizarse siempre en función del bien común.
Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. El próximo viernes partiré hacia Sudamérica, para visitar Uruguay, Argentina y Perú. Me encomiendo a sus oraciones, para que este viaje fortalezca la fe, renueve la esperanza, reavive el fuego de la caridad y sea un impulso para seguir anunciando el Evangelio con alegría. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

02 noviembre 2026

¿Esto tiene arreglo?

Juan Luis Selma


Rezamos por las víctimas del terrible accidente ferroviario, nos unimos al dolor de sus familiares, sufrimos y lloramos con ellos, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados

Estamos en Todos los Santos, fiesta de gran raigambre en nuestra tierra. En ella recordamos a los nuestros, a quienes nos precedieron en el camino hacia la Casa del Padre. Es también una jornada en la que se da cierta polémica entre Halloween y Holywins, reflejo de dos maneras distintas de ver la vida: una luminosa desde la fe y otra marcada por la oscuridad de un neopaganismo cada vez más extendido.

Ayer, antes del triste accidente de Urda, me comentaba un chico que le costaba ver a Dios en nuestra sociedad. Lo que sí veía era el mal, la acción del demonio. Hoy me habría costado aún más mantener la esperanza en aquella conversación. Son muchas las personas que andan desconcertadas, que no encuentran más que motivos para el desaliento: guerras, desastres, pobreza, injusticias, engaños, mentira y cinismo. Mucho mal aplaudido, jaleado y disfrazado de útil, de positivo, de moderno.

¿Tiene arreglo esto? Desde luego, desde Halloween, con su estética de terror, miedo, fealdad, oscuridad, consumismo y cierto regreso a lo pagano y esotérico, no lo creo. Ese decorado poco estimula a la superación, al pensamiento o a la belleza. El miedo paraliza, embrutece y saca con facilidad lo peor de las personas. Quizás por eso esta visión del Día de Todos los Santos se ha difundido tanto.

Pero volvamos a nuestra fiesta, la de toda la vida, la que hemos mamado desde niños, la cristiana. Celebramos la memoria de quienes nos han precedido, de los que, con su vida y su lucha, han vencido con la gracia de Dios; de los que han abierto camino y nos han dejado una preciosa heredad.

"Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Estaban de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”. Así nos lo cuenta el libro del Apocalipsis.

El arreglo de la sociedad, del mundo en que vivimos, está en nuestras manos; mejor dicho, en las manos de los hijos de Dios, de aquellos que, como dice también el Apocalipsis, "vienen de la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero".

Rezamos por las víctimas del terrible accidente ferroviario, nos unimos al dolor de sus familiares, sufrimos y lloramos con ellos, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. ¡Hay que hacer algo! Pero ese algo empieza por ti y por mí.

Lo primero es no instalarnos en la queja. Resulta fácil lamentarse de cómo están las cosas, denunciar los errores ajenos o repetir que todo va mal. Lo difícil es asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde. Cada uno, desde su familia, su trabajo, sus amistades o su comunidad, puede contribuir a construir una sociedad más verdadera, más justa y más humana.

Lo segundo, y queda en este lugar por ser quizá lo más difícil, es configurar nuestra vida con Cristo, que para eso somos cristianos. Esto sí que es hacer algo. Significa salir de nuestra zona de confort, arremangarnos y plantearnos trabajar como lo haría Él, amar con su corazón, acariciar con sus manos y rezar buscando hacer la voluntad del Padre igual que Él.

Somos muy individualistas. Pensamos constantemente en nosotros mismos. Así nos lo enseña la implacable publicidad, así nos influye el ejemplo de muchos y así nos lo pide el cuerpo. Sin embargo, el cristianismo es comunión, fraternidad, familia. Dios es familia. Dios es Trinidad. Dios es amor. Dios se entrega en su Hijo.

La fiesta de hoy viene recogida en el Credo: "Creo en la comunión de los santos". Todos los bautizados estamos unidos en Cristo formando una sola familia. Unos ya han llegado a la meta y gozan de la presencia de Dios en el cielo; otros se están purificando para entrar plenamente en su gloria; los demás seguimos peregrinando en la tierra.

Cuando un hombre o una mujer mejoran, se portan bien y superan sus ataduras, el mundo mejora con ellos. Comencemos por nosotros mismos. Demos ese paso que vemos claro. Podemos hacerlo con la ayuda de Dios y con la de nuestros hermanos. Con nuestro ejemplo irán otros detrás y, sin apenas darnos cuenta, España y el mundo serán un poco mejores.

Fuente: eldiadecordoba.es

01 noviembre 2026

La santidad... vocación universal

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

¡Feliz domingo!

La solemnidad de Todos los Santos, que hoy celebramos, nos invita a experimentar la alegría de esa innumerable familia de hombres y mujeres que, siguiendo al Señor Jesús, hicieron de su vida un don a Dios y al prójimo y que, en los diferentes caminos de santificación, anhelaron «el océano del amor infinito», según una bella expresión del Papa Benedicto XVI (Carta enc. Spe salvi, 12).

La liturgia de la Palabra de esta fiesta los describe como una «muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9). Hoy, de hecho, celebramos a todos los santos: a aquellos que la Iglesia ha reconocido como tales y también a tantos que no lo han sido, pero que Dios conoce. Como nos recuerda el Evangelio de hoy (Mt 5,1-12), se trata de pobres de espíritu, pero ricos en el amor de Dios. Tienen rostros surcados por las lágrimas, pero consolados en la oración. Son mansos frente a la violencia y recompensados por el Padre. Hambrientos de justicia y saciados en lo más profundo de su conciencia. Dispuestos al perdón y abrazados por la misericordia. Desarmados en el corazón, pero protegidos por Dios. Constructores de paz, a quienes Dios llama por su nombre. Perseguidos y ofendidos, pero fuertes en la fe y en la caridad.

Es totalmente cierto que resulta imposible “contar” la multitud de estos hermanos y hermanas, y no solo en términos numéricos: la santidad, de hecho, no se puede reducir a ningún cálculo, porque así es el bien que todos los santos han difundido a su alrededor en el mundo. Al contemplarlos con admiración, nos preguntamos: estas personas, con la gracia de Dios, ¿qué hicieron? Esencialmente, gestos y decisiones de amor, que superan los cálculos de la codicia y la prepotencia del mal que a veces parece prevalecer. Los santos y las santas son el signo más hermoso y más fuerte del Reino de Dios que viene; es más —como enseña Jesús—, que ya está entre nosotros (cf. Lc 17,20-21). Además, esta multitud bienaventurada abarca los más variados orígenes, culturas y situaciones de vida: la santidad no es un privilegio para unos pocos, sino una vocación universal que nos interpela a cada uno de nosotros allí donde vivimos. Este es el mensaje lleno de esperanza de la fiesta de hoy: Dios ve el bien que nosotros no vemos, conoce historias que nosotros no conocemos, llega a corazones a los que nosotros no tenemos acceso.

Que la Virgen María, bienaventurada por haber creído en la palabra del Señor, acompañe nuestros pasos en el camino de la santidad, para que no nos cansemos de construir la paz, tanto en los hechos más importantes como en los más sencillos de la vida cotidiana.

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Palabras después del Angelus

Querido hermanos y hermanas:

ayer, en Savannah, Georgia, en los Estados Unidos de América, fueron beatificados Pedro de Corpa y cuatro compañeros, religiosos de la Orden de los Frailes Menores, asesinados por odio a la fe en 1597. Originarios de España, respondieron con generosidad a la llamada del Señor para evangelizar a las poblaciones de América, llegando incluso a dar la vida. Invoquemos la intercesión de estos mártires en favor de todos los misioneros del Evangelio.

En estos días se han llevado a cabo acciones humanitarias en favor de la población civil en la ciudad de Oleshky. Espero que la colaboración entre las partes, que hizo posible este necesario gesto de humanidad necesario, aumente la voluntad de diálogo y dé lugar a nuevas iniciativas de paz concretas. Encomendamos a María, Reina de la Paz y de todos los Santos, a todos aquellos que sufren a causa de la guerra en todo el mundo.

Desde ayer hasta el 13 de noviembre se celebran en Dakar, capital de Senegal, los Juegos Olímpico Juveniles, para atletas de los 15 a los 18 años. Es el primer evento olímpico organizado en el continente africano. Además de las competencias, estos Juegos incluyen encuentros educativos y culturales para promover los valores olímpicos y la comprensión entre los jóvenes de todo el mundo. ¡Aquí, una vez más, vemos un rayo de esperanza en el mundo del deporte! Saludo cordialmente y bendigo de corazón a todos los participantes.

Del 8 al 15 de noviembre tendrá lugar en Roma la Misión con los pobres, promovida por los Frailes Menores. Felicito a los hijos de san Francisco que, con esta iniciativa, ponen a los pobres en el centro, como lo hicieron el Señor Jesús y san Francisco de Asís. Agradezco también a las instituciones civiles y a las fuerzas del orden que han ofrecido su plena colaboración.

Y ahora los saludos a todos ustedes, romanos y peregrinos provenientes de varios países.

Acojo con alegría a los fieles siro-malabares con sus Pastores. Queridos amigos, con ustedes doy gracias al Señor por el crecimiento de sus comunidades en toda Europa.

Saludo al grupo “Capiteo” de Borbiago di Mira, en la provincia de Venecia; así como a los que participan en la “Carrera de los Santos”, que las Misiones Don Bosco han organizado también este año, en Roma, para promover el deporte como experiencia educativa.

Mañana por la tarde, en la Conmemoración de todos los fieles difuntos, celebraré la Misa en el Cementero del Verano. En estos días sintámonos unidos en la comunión de los santos a la inmensa familia de los hermanos y hermanas que nos han precedido en la peregrinación terrena, y recemos por los difuntos, especialmente por aquellos a quienes nadie recuerda.

¡Gracias a todos y que pasen una feliz fiesta!

Fuente: vatican.va

31 octubre 2026

Todos los Santos

Solemnidad de todos los Santos

Evangelio (Mt 5,1-12a)

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:

—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.

Comentario al Evangelio

Hoy la Iglesia conmemora a todas aquellas personas que vivieron la amistad con Dios en su caminar terreno y entraron por eso en su gloria. Algunos santos son elevados a los altares como modelos de virtud y amor de Dios. Pero muchos otros dejaron día a día una impronta de santidad que pasó quizá desapercibida a ojos humanos, pero que nunca escapa a la mirada atenta y amorosa de Dios.

“Todos los Santos es la fiesta de la santidad discreta, sencilla —comentaba Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei—. La santidad sin brillo humano, que parece no dejar rastro en la historia; y que, sin embargo, brilla ante el Señor y deja en el mundo una siembra de Amor de la que no se pierde nada”.

Como evangelio de la Misa de este día de todos los Santos, la liturgia eligió el pasaje de las bienaventuranzas según san Mateo, como para subrayar que ellas son el equivalente de la santidad, tanto de aquella que se hace famosa, por decirlo así, y destinada a algunos, como de aquella que solo es conocida plenamente en el Cielo.

Los evangelios recogen dos versiones del discurso de Jesús sobre las bienaventuranzas: la de Lucas, con sus cuatro bienaventuranzas y cuatro ayes, y la de Mateo, que es la que contemplamos hoy y que incluye nueve bienaventuranzas. Mateo nos muestra a Jesús enseñando al pueblo, sentado en lo alto de un monte, rememorando a Moisés, que entregó a los israelitas las tablas de la Ley después de permanecer en lo alto del monte Sinaí junto a Dios. Jesús baja a la tierra y enseña con autoridad, para llevar a plenitud aquella primera ley e invita a los hombres a ser perfectos como el Padre celestial (cfr. Mt 5,48).

Cada una de las bienaventuranzas, con su lenguaje desconcertante, han suscitado numerosos comentarios a lo largo de la historia de la Iglesia. A modo de síntesis, el Catecismo explica que sobre todo “las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad”. Jesús es el principal bienaventurado y dichoso porque vivió en la tierra en unión amorosa con el Padre, que es la mayor dicha, por encima de cualquier tribulación.

Por eso las bienaventuranzas son un compendio de la santidad y una llamada a la misma, ya que “iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos”.

Jesús nos invita, en palabras del Papa Francisco, a “que emprendamos el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir todos los días este camino que nos lleva al cielo, nos lleva a la familia, nos lleva a casa. Así que hoy vislumbramos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: nacimos para no morir nunca más, ¡nacimos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos anima y a quien quiera que tome el camino de las Bienaventuranzas dice: ‘Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos’ (Mt 5,12). ¡Que la Santa Madre de Dios, Reina de los santos, nos ayude a caminar decididos por la senda de la santidad! Que Ella, que es la Puerta del Cielo, lleve a nuestros amados difuntos a la familia celestial”.

Fuente: opusdei.org

Los ojos bien abiertos

Eloy Asenjo Carpintero

Ya caminamos hacia el centenario del Opus Dei. La reciente indicación del Prelado nos invita a un horizonte claro: esta celebración, que «abarcará desde el 2 de octubre de 2028 hasta el 14 de febrero de 2030, cuando se cumplirán cien años del comienzo de la labor del Opus Dei con mujeres», es una llamada a vivir como «almas contemplativas en medio del mundo, capaces de descubrir la presencia de Dios tras los rostros y las ocupaciones de cada jornada».

Sin embargo, frente a esta llamada, con frecuencia podríamos caer en la tentación de confinar la contemplación al silencio de los claustros, a los retiros en la naturaleza o a momentos extraordinarios de oración donde el mundo exterior parece desvanecerse. Nos imaginamos al sabio retirado o al místico arrebatado, ajeno al bullicio de la calle, a las correcciones de exámenes, a las facturas o al atasco matutino. Reducir la contemplación a una fuga de la realidad es ignorar lo que recordaba Santa Teresa de Ávila a sus hermanas al afirmar que «también entre los pucheros anda el Señor».

Llevar a la práctica esta contemplación en el asfalto exige recuperar una actitud elemental que los clásicos ya identificaban como el origen de todo conocimiento y de toda sabiduría: el asombro (thaumazein). Pero ese asombro no ocurre solo cuando contemplamos un cielo estrellado en verano; brota también —y con más exigencia— cuando somos capaces de mirar de frente lo cotidiano sin dejarnos cegar por la prisa.

Hace tiempo lo entendí con claridad meridiana en el salón de casa. Estábamos reunidos siete adultos alrededor de mi sobrino mayor cuando este era un bebé de pocas semanas. Aquella escena tenía algo de magnético: siete personas adultas, con sus preocupaciones, sus trabajos y sus prisas, capaces de pasar horas enteras mirando fijamente a una criatura que apenas hacía unos breves gestos, unos leves gemidos o algún que otro lloro. No producía nada, no argumentaba, no rendía cuentas. Y, sin embargo, las cuatro horas que estuvimos allí contemplándolo pasaron en un suspiro, como si el reloj se hubiera detenido.

En aquella pequeña experiencia doméstica comprendí intuitivamente lo que es la verdadera contemplación: estar presente ante el misterio de la vida sin exigirle utilidad, suspendiendo la tiranía del reloj. Como recordaba san Josemaría Escrivá, «es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a los hombres». La vida ordinaria no es el paréntesis incómodo entre un rato de oración y el siguiente; es precisamente el lugar donde Dios se nos hace el aparecido.

Contemplar lo cotidiano significa recuperar esa mirada limpia y pausada frente al funcionalismo en el que incansablemente nos instalamos. Vivimos midiendo el valor de cada hora por su rendimiento, de cada gesto por su utilidad y de cada persona por lo que nos aporta. Frente a esta dictadura de la eficacia, la contemplación introduce una pausa subversiva.

Ya lo señalaba el Concilio Vaticano II en la constitución Lumen gentium, al insistir en que «todos los fieles cristianos, en las condiciones, circunstancias o género de vida de su existencia, se van santificando más y más cada día».

Descubrir la hondura de lo pequeño implica entender que un café compartido con un compañero triste, la corrección paciente de un ejercicio escolar, el cuidado de un familiar anciano o el silencio cómplice en casa al final de la jornada no son meros trámites, sino materia sacramental.

Para el cristiano, el mundo no es un escenario plano ni una suma de recursos a explotar, sino una creación que gime y espera, un lenguaje cifrado donde el Creador nos habla en voz baja. San Agustín decía que «Dios está dentro de nosotros y nosotros estamos fuera».

Contemplar consiste precisamente en emprender el camino de vuelta a casa, habitando nuestra propia vida con atención y agradecimiento. No hace falta cambiar de escenario; lo que urge cambiar es la óptica.

Ahora bien, sostener esta mirada cuesta lo suyo entre las prisas de cada jornada. Afortunadamente, no caminamos solos: contamos con la ayuda inestimable de nuestro ángel custodio, cuya ocupación eterna es contemplar la faz de Dios. Tratarle como a un amigo —recordando aquello de «¡ten confianza con tu Ángel Custodio! Trátale como a un entrañable amigo —¡lo es!— y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos de la jornada»— nos adentra de lleno en la infancia espiritual. Al fin y al cabo, como recordaba el fundador de la Obra, «la piedad es la virtud de los hijos y para que el hijo pueda confiarse en los brazos de su padre, ha de ser y sentirse pequeño, necesitado».

De la mano de nuestro custodio y con esa sencillez de niños, recuperamos el asombro necesario para pisar el asfalto y mirar las cosas y a las personas como lo haría Jesús Niño, Adolescente o Adulto, deseando ardientemente vivir en continua contemplación en mitad de nuestras ocupaciones.

Quizá el gran reto de nuestro tiempo no sea encontrar momentos extraordinarios de paz, sino aprender a encender la luz de la atención en mitad de la penumbra del día a día. Porque el que sabe mirar el mundo con esa sencillez de niño —dejándose llevar de la mano de su custodio— descubre que, bajo el polvo de la rutina, late una presencia inquebrantable que sostiene cada latido de nuestro corazón.

Fuente: omnesmag.com

30 octubre 2026

El futuro descansa en los abuelos

Enrique García-Máiquez


Los abuelos, como se ve muy bien en los poemas del Premio Adonáis, son también las raíces, la memoria, el vínculo con la identidad familiar y cultural

El Día de los Abuelos; esta semana mi suegra y mi padre están al cuidado de nuestros hijos mientras mi mujer me acompaña a un viaje de trabajo; y llevamos dos semanas emocionados con el abuelo de Pedro Porro. El poeta inglés A. E. Housman dijo que la poesía se reconoce mejor por sus efectos físicos: un escalofrío que recorre la espina dorsal o la carne de gallina. Todos los hemos sentido ante la historia y los homenajes del jugador de la selección a su abuelo, Antonio Sauceda. Según el test de Housman, ya bastaría, pero aquí somos más analíticos.

No es un caso aislado. Tengo el privilegio de ser miembro del jurado permanente del Premio Adonáis de Poesía, quizá el más importante premio para jóvenes del ámbito hispánico y, sin duda, el más veterano. Es una atalaya inmejorable para otear los nuevos rumbos. Desde hace bastantes años venimos observando que los poemas a los abuelos se multiplican en manuscritos de todos los estilos y concepciones. Es un signo generacional transversal.

Como en el jurado tenemos a Aurora Luque, que es abuela, joven, sí, y muy ejerciente, la animamos a hacer una antología de textos a los abuelos, como la que yo hice de poemas al padre, titulada Tu sangre en mis venas. Material, desde luego, no le va a faltar.

El abuelo de Pedro Porro Sauceda ha vuelto a poner en el candelero la cuestión y por las razones correctas. Es ─además de un caballero concreto que se viste por los pies─ un arquetipo.

La importancia de los abuelos viene dada por una compleja coincidencia de causas. La primera, el aumento de la esperanza y de la calidad de vida, que permite que los abuelos lleguen a ese estadio de la vida en plena forma para echarse muchas responsabilidades a las espaldas. Después viene la dificultad de la conciliación familiar de los padres. No les queda más remedio que recurrir con frecuencia al comodín de los abuelos. También hay que sumar la epidemia de separaciones, que obliga a veces a los abuelos a asumir un papel que ya no les correspondía, pero que alguien tiene que ocupar. Y, de una manera más coyuntural, están las vacaciones escolares, que no coinciden del todo con las laborales, creando desajustes que, de nuevo, los abuelos se aprestan a remediar.

No todo es organizativo. Hay razones más hondas. En los abuelos pervive la voz de la autoridad, cuya ausencia es uno de los agujeros negros de nuestro tiempo. Hay mucha potestad, como se ve en los gobiernos y en su inflación legislativa, con normas y multas y cámaras de vigilancia para todo. Pero falta la dignidad que dan el consejo sabio y el ejemplo limpio. Los abuelos la tienen, y eso es un tesoro para los nietos. Ellos son un reservorio, además, de los principios y valores que brillan por su ausencia: la cultura del esfuerzo, la responsabilidad y el valor sagrado de la palabra dada.

Los abuelos, como se ve muy bien en los poemas del Premio Adonáis, son también las raíces, la memoria, el vínculo con la identidad familiar y cultural. Los padres, apremiados por el presente no siempre tenemos tiempo ni paciencia para contar esas historias; a veces ni siquiera las recordamos.

Hay que ser bien conscientes para proteger ese vínculo como un tesoro. No quebrar la paciencia de los mayores abusando de su disponibilidad. Ni menoscabar su autoridad dándoles un montón de instrucciones sobre cómo tienen que cuidar a sus nietos y, mucho menos, riñéndoles si no lo hacen tal y como les exigimos. Si queremos cuidadores a nuestras órdenes, hay que contratar a un canguro. Nuestros padres ya demostraron que saben criar a un niño, así que, si les dejamos a los nietos, que sea reconociendo su saber y entender. Nuestros hijos tienen que advertir nuestra reverencia a nuestros padres.

El fervor y la gratitud de Pedro Porro hacia su abuelo, a quien lleva sus trofeos, nos producen una emoción física —el test de la carne de gallina— porque en ellos reconocemos la labor de esas generaciones que siguen al pie del cañón. También el futuro descansa en los abuelos.

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Fuente: eldebate.com

29 octubre 2026

Amor a la verdad, realismo histórico y derecho

José Carlos Martín de la Hoz


Francisco de Vitoria defendió ya en 1539, en la Universidad salmantina, la verdad acerca de la naturaleza humana y la dignidad de hijos de Dios de los indios frente a los teóricos que sustentaban el poder regio.
José Carlos Martín de la Hoz. Licenciado en Ciencias Geológicas por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Teología por la Universidad de Navarra. Investigador del Instituto de Historia de la Iglesia de la Universidad de Navarra. Fundador de las Academias de Historia Eclesiástica de Sevilla y Valencia, de las que ha sido secretario general. Forma parte del Instituto para el estudio de la Escuela de Salamanca. Actualmente es el director de la Oficina para las Causas de los Santos del Opus Dei en España.

Avance
Del 1 al 4 de octubre de 2026 se celebró en Salamanca el Congreso Internacional Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca: Humanismo cristiano y dignidad humana. Tuvo lugar en el Aula Magna de la Facultad de Teología San Esteban, que organizó el acto en colaboración con la Fundación Universidad Villanueva.
A continuación, ofrecemos la intervención, condensada en tres puntos, de José Carlos Martín de la Hoz. La pronunció en la mesa redonda titulada Búsqueda de la Verdad en Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca. La sesión estuvo moderada por Manuel Ángel Martínez Juan y en ella también participaron Ignacio Carbajosa y Leopoldo Prieto.
La ponencia partía de las palabras que el papa León XIV dirigió a los parlamentarios y senadores españoles el 8 de junio de 2026 en el marco de su visita a España. El Santo Padre no solo mencionó, sino que reivindicó los principios teológicos, antropológicos, jurídicos y económicos de la Escuela de Salamanca, con gran impacto sobre los asistentes.

Artículo
Estamos celebrando el V Centenario del comienzo del magisterio de Francisco de Vitoria en la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca y, por tanto, del inicio de la llamada Escuela de Salamanca.
En una reciente monografía sobre dicha Escuela de Salamanca que ha vendido ya cinco ediciones en un año, buscábamos expresar las características de una Escuela que ha perdurado hasta nuestros días. El sistema fue muy sencillo: consistió en recordar cuáles fueron los grandes problemas que se plantearon en el siglo XVI y anotar las respuestas antropológicas de la Escuela de Salamanca a dichos problemas.
De paso, pudimos comprobar que realmente la Escuela de Salamanca fue el tránsito del humanismo renacentista al humanismo cristiano, que ha desembocado en el humanismo global que ha permitido desarrollar la cultura contemporánea.
Especialmente resonaron las llamadas del Santo Padre a revivir el concepto de la dignidad de la persona humana, que fue el núcleo fundamental de la aportación de Francisco de Vitoria y de sus colegas.
Realmente, la declaración de los derechos humanos y la doctrina social de la Iglesia se basan en los principios antropológicos de la Escuela de Salamanca y estos a su vez en la dignidad de la persona y, esta, en que «el hombre es imagen y semejanza de Dios» (Gn 2, 26). Vamos a condensar la aportación que hicimos al Congreso en tres puntos capitales de la Escuela de Salamanca: el amor a la verdad, el realismo histórico y el sentido jurídico de la conquista.
1. Amor a la verdad
Ciertamente, cuando Francisco de Vitoria en 1539 pronunció la primera Relección teológica sobre los indios ante el claustro de la Universidad salmantina y la totalidad de los alumnos, defendió la verdad acerca de la naturaleza humana y la dignidad de hijos de Dios de los indios frente a los principios que defendían los teóricos que sustentaban el poder regio en aquellas tierras recién descubiertas.
En primer lugar Vitoria, serenamente, expuso los falsos títulos de la presencia de España en América. Precisamente, esos falsos títulos eran los que aportaban los Consejos del Reino de Castilla expresados en las leyes de indias de Burgos de 1512 y de Valladolid de 1513.
Precisamente, al negar el fundamento de la conquista de América que se apoyaba en las Bulas Inter Coetera promulgadas por el papa Alejandro VI, en las que entregaba aquellas tierras a la Corona de Castilla a condición de la evangelización de las mismas, estas quedaban desautorizadas. El argumento era muy sencillo. Las bulas Inter Coetera se apoyaban en la teocracia pontifical que había sido condenado por el papa Bonifacio VIII. El papa no era dominus orbis y, por tanto, no podía entregar esas tierras al rey de Castilla.
Como bien sabemos, en el plazo de unas semanas el emperador conminaba al claustro de la Universidad de Salamanca a obligar a los profesores de la Universidad y concretamente, al maestro Francisco de Vitoria, a guardar silencio mientras estudiaban el borrador de la Relección que había pronunciado.
Poco tiempo después, comenzarán los estudios previos a las Leyes Nuevas de 1542 con las que se desarrollará el proceso jurídico para extinguir el régimen de encomienda y la devolución de las tierras a sus dueños legítimos.
Ciertamente, la verdad terminó por imponerse, aunque hubiera tardado tantos años en producirse ese giro antropológico, jurídico y teológico. Y, sobre todo, la verdad predicada por los misioneros se volvió más coherente en labios de quienes lo estaban promulgando. El indio era capax Dei y ciertamente ciudadano de Castilla, hombre libre e hijo de Dios.
2. Realismo histórico
Precisamente si leemos el discurso de fray Antón Montesinos del tercer domingo de Adviento de 1511, pronunciado en la isla de La Española ante el gobernador Hernando de Colón, hijo de Cristóbal Colón, y las autoridades civiles y militares, observaremos una aplicación de los que serían principios de la Escuela de Salamanca que todavía no se había puesto en marcha, pero su fundamento sí lo estaba, pues la dignidad de la persona humana es una de las claves de la teología de santo Tomás de Aquino.
Es interesante que fray Montesinos, en nombre de toda la comunidad dominicana de América, le recordara a Hernando de Colón, como Vitoria al emperador, que los indios eran personas humanas, dotadas de una dignidad, la de ser hijos de Dios y la de estar hechos a su imagen y semejanza.
Ciertamente, llamar personas humanas a los indios era lo mismo que enmendar el trabajo de aquellos encomenderos que habían recibido esos indios no como esclavos sino como personas humanas para ser educados para vivir en «polizia», es decir como súbditos de la Corona de Castilla.
Efectivamente, cuando Francisco de Vitoria se encara con el emperador y le dice que los indios son personas humanas y por tanto capaces de dominio y que debían serles devueltas sus tierras, le estaba conminando a rectificar el rumbo de la colonización americana, como Antón Montesinos le estaba diciendo a Hernando Colón que los indios no eran esclavos sino súbditos de la Corona de Castilla.
Precisamente en 1504, en el Codicilio de Isabel la Católica donde se contenía su testamento, se hacía un llamamiento para que los indios no fueran nunca esclavizados, sino que fueran tratados como súbditos de la Corona de Castilla
En la Relección teológica sobre los Indios de 1539 se afirmaba claramente que las tierras recién halladas no eran res nulliis y, por tanto, debían ser devueltas a su propietarios, pues los pecados contra natura o de idolatría que podían haber cometido no les hacía perder sus tierras y sus bienes.
En definitiva, los hechos históricos que hemos ido recordando fueron logrando que las leyes de las Partidas de Alfonso X el Sabio se fueran convirtiendo en la Compilación de las leyes de Indias, es decir, un verdadero monumento a la dignidad de la persona humana.
3. Sentido jurídico de la conquista
En 1492 salieron las naves para el descubrimiento y evangelización de América y también partieron las naves que llevaban a los judíos que no habían querido convertirse. Por tanto, terminaban en toda Europa los préstamos usurarios porque sencillamente ya no había judíos que pudieran hacer contratos usurarios con los cristianos.
Todos los manuales de confesores, es decir, los tratados morales de la época, recordaban que siguen prohibidos hasta el día de hoy los préstamos usurarios entre cristianos o entre judíos. Esta condena estaba no solo en la Biblia, sino también en la filosofía y en el derecho natural.
Es indudable que el criterio histórico con el que se manejaba Francisco de Vitoria era luchar por la dignidad de la persona humana en el siglo XVI y en el marco de una monarquía católica que deseaba llevar a los súbditos al cielo, como afirmaba el libro de las Partidas de Alfonso X el Sabio en la Primera Partida, título primero y ley primera.
Lógicamente, la historia mostraba que los préstamos usurarios, que eran el motor en gran parte de la economía, pasaron a ser sustituidos por miles de préstamos en precario al 5% que multiplicaron enormemente el flujo de dinero en movimiento sin caer en la usura.
La cuestión de los préstamos usurarios era algo que debía opinar la teología como acabamos de ver y, enseguida, brotó el argumento teológico del sensus fidelium: el común sentir de los mercaderes cristianos hacía que fuera aprobado el préstamo en precario.
Ciertamente, a los dos casos establecidos por santo Tomás como excepciones en la usura: el daño emergente y lucro cesante, podría añadirse la tercera excepción: la recuperación completa del capital prestado mediante un interés pequeño equivalente al índice de la vida.
En esta cuestión, como en otras, aparece el fino olfato jurídico de Francisco de Vitoria, quien era plenamente consciente de la importancia de fijar jurídicamente bien todos los tratos y contratos para evitar tergiversaciones en el futuro y problemas de interpretación.
En ese sentido, Francisco de Vitoria hacía ver que en esos miles de préstamos debía firmarse un contrato, aunque fuera entre particulares y más si eran familiares, para que ni la codicia, ni la pereza pudieran provocar malentendidos.
Como los préstamos en precario solo buscaban devolver íntegro el capital y no había ánimo lucrativo, se basaban sencillamente en el derecho natural, de modo que no había que aportar mayor argumentación. Esta fue una de las grandes luces de Vitoria al derecho internacional y al derecho natural.