13 abril 2026

Una invitación a moverse con libertad en los planes de Dios

Lucas Buch

Un llamamiento a dejar atrás los miedos y las vergüenzas, pero también la comodidad de conformarnos con poco.

Que la libertad humana juega un papel en el modo en que se concreta el plan de Dios para cada persona es algo que está presente en la enseñanza de los últimos Papas. El sínodo que, en 2018, se dedicó a “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” lo recordó una vez más. Ahora bien, eso que suena tan bien, ¿cómo encaja en la idea común de la Providencia y la Voluntad de Dios? ¿Cómo encaja con los Mandamientos? ¿Y con las historias de vocación que leemos en la Escritura? El presente librito se propone ilustrar aquella idea con reflexiones, ejemplos vividos y pasajes bíblicos (en especial, con escenas de la vida de María). 

La exposición se estructura en cinco capítulos, divididos a su vez en breves secciones. El primero propone una visión amplia de la Voluntad de Dios y de su relación con la libertad humana. Toma como punto de partida la complicidad que es propia de las relaciones personales marcadas por el cariño y el valor que la revelación cristiana da a la libertad (la que encontramos en el Evangelio y la que han desplegado teólogos de la talla de santo Tomás de Aquino).

El segundo capítulo desarrolla un poco más este aspecto, mostrando cómo Dios disfruta al ver que su criatura pone lo mejor de sí —y, en particular, su creatividad— al servicio del designio de Salvación. Dios goza con nuestra libertad, se “vuelve loco” (de amor) al ver nuestra respuesta generosa, y nosotros podemos hasta “bailar” con Dios, como han hecho los santos.

De ahí que el tercer capítulo se convierta en una invitación a desplegar al máximo las posibilidades de nuestra libertad. Una invitación a dejar atrás los miedos y las vergüenzas, pero también la comodidad de conformarnos con poco. Es el mismo Cristo quien dijo: “el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre” (Jn 14, 12).

Claro que en el camino de seguimiento al Señor no todo es de color de rosa. En el capítulo 4, el libro se centra en la realidad de la Cruz, que de un modo u otro se presenta en la vida. Se acerca a esa realidad de un modo animante, sirviéndose de historias reales y, al mismo tiempo, inspirándose en el ejemplo de María junto a su Hijo en el momento culminante de su Pasión. Conocer nuestros límites —propone el autor inspirándose en J.M. Esquirol— es también un camino para construir la comunión con otros.

El capítulo que cierra el libro desarrolla algunos aspectos de esta dimensión relacional de la vida cristiana: no somos náufragos perdidos en mitad del océano, sino, como recordó el Concilio Vaticano II, un pueblo reunido en torno al Señor. Son muchos los modos en que vivimos esa hermosa realidad, y uno de ellos, al que el volumen dedica las últimas secciones, es el acompañamiento espiritual. 

En definitiva, un libro breve, sencillo, que se lee de un tirón y que ayuda —y anima— a desplegar la propia libertad en la respuesta al Dios que viene a buscarnos. El lector no encontrará una discusión teológica de las posibles objeciones que se presentan al pensamiento teológico. Sin embargo, la ilustración que se hace de la tesis principal es tan rica en su exposición, que ilumina de modo notable una cuestión nada fácil.  

Fuente: omnesmag.com

Sigue creciendo

Juan Luis Selma

Toda esta semana hemos celebrado la resurrección del Señor. Hemos repetido: "Este es el día que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo". Y una de esas alegrías es comprobar que la Iglesia Católica sigue creciendo, a pesar de los pesares. Este domingo se bautizarán en la Catedral de Córdoba cincuenta y un adultos. En España serán más de quince mil, y cada año aumentan aproximadamente un diez por ciento.

Este auge de los bautizos de adultos se da también en Europa, Estados Unidos, Asia y África. Los hombres siguen buscando a Dios, especialmente los jóvenes. En Estados Unidos, los católicos de la generación Z superan ya en número a los protestantes.

Un converso decía: "Desde que avanzo por el camino de la fe y del bautismo, siento que existo, que tengo valor, y mi alma se restaura". Muchos catecúmenos proceden de familias de tradición cristiana; una tradición que se rompió con sus padres, que no los bautizaron, pero que sobrevivió gracias a sus abuelos, quienes de algún modo lograron transmitirles lo que no recibieron en su hogar.

Arrastramos una generación perdida en el campo de la fe. Las familias han sufrido mucho; el ambiente ha sido poco respetuoso, incluso agresivo, con la vida cristiana, especialmente en los ámbitos cultural, universitario y escolar. A pesar de la larga persecución, de los poderosos medios utilizados y de la estigmatización de todo lo católico, la Iglesia sigue viva y crece.

La oración colecta de este domingo lo expresa con hondura: "Dios de misericordia infinita, que reanimas, con el retorno anual de las fiestas de Pascua, la fe del pueblo a ti consagrado, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que todos comprendan mejor qué bautismo nos ha purificado, qué Espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo".

El libro de los Hechos de los Apóstoles, al narrar los primeros tiempos de la Iglesia, nos dice: "Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando".

La vida en Cristo -la auténtica, no adulterada- es profundamente atrayente. Es hermoso encontrar jóvenes que desean aprender a mirarse con limpieza, vivir un noviazgo casto, llegar vírgenes al matrimonio y respetar su cuerpo. Cuentan gozosos que han recuperado la libertad y la paz al escapar de la pornografía y de las adicciones. Hablan de lo grato que es disfrutar de la amistad, del descanso sereno, del deporte, de la naturaleza, lejos de antros y garitos.

Según el Anuario Pontificio 2026, la Iglesia Católica alcanzó un máximo histórico de 1.422 millones de fieles en el mundo, aproximadamente el 17,8% de la población. Se observa un crecimiento sostenido, impulsado sobre todo por África y Asia, mientras que en Europa y América el aumento es más moderado. El incremento respecto al año anterior fue de unos 15,8 millones de católicos.

Los números no son lo importante. Se dice que Dios solo sabe contar hasta uno: le interesa cada persona. Todos somos preciosos ante Él, importantes, únicos. Pero las cifras reflejan una realidad que no podemos ignorar.

Era costumbre que los recién bautizados en la Vigilia Pascual conservaran las vestiduras blancas hasta este domingo; por eso se llama dominica in albis. Desde el año 2000 es también el Domingo de la Divina Misericordia. Se recuerda que Cristo resucitado derrama sobre el mundo su misericordia, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación, llamado por Jesús, en revelación a santa Faustina, "el tribunal de la misericordia".

"Cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia", le dijo Jesús a santa Faustina. No dudemos en acercarnos a Dios durante estos días, especialmente mediante la confesión sacramental, para cumplir con el precepto pascual.

También podemos secundar el deseo de León XIV de pedir por la paz en el mundo.

Fuente: eldiadecordoba.es

12 abril 2026

La Divina Misericordia

El Papa en el Regiba Caeli

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo y feliz Pascua!

Hoy, segundo domingo de Pascua, dedicado por san Juan Pablo II a la Divina Misericordia, leemos en el Evangelio sobre la aparición de Jesús resucitado al apóstol Tomás (cf. Jn 20,19-31). El hecho ocurre ocho días después de la Pascua, mientras la comunidad está reunida, y es allí donde Tomás se encuentra con el Maestro, quien lo invita a mirar las marcas de los clavos, a meter la mano en la herida de su costado y a creer (cf. v. 27). Es una escena que nos hace reflexionar sobre nuestro encuentro con Jesús resucitado. ¿En dónde encontrarlo? ¿Cómo reconocerlo? ¿Cómo creer? San Juan, que narra el acontecimiento, nos da indicaciones precisas: Tomás se encuentra con Jesús en el octavo día, con la comunidad reunida, y lo reconoce en las marcas de su sacrificio. De esta experiencia brota su profesión de fe, la más elevada de todo el cuarto Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28).

Ciertamente, creer no siempre es fácil. No lo fue para Tomás y tampoco lo es para nosotros. La fe necesita ser alimentada y sostenida. Por eso, en el “octavo día”, es decir, cada domingo, la Iglesia nos invita a hacer lo mismo que los primeros discípulos: reunirnos y celebrar juntos la Eucaristía. En ella escuchamos las palabras de Jesús, oramos, profesamos nuestra fe, compartimos los dones de Dios en la caridad, ofrecemos nuestra vida en unión al Sacrificio de Cristo, nos alimentamos de su Cuerpo y de su Sangre, para luego ser, también nosotros, testigos de su Resurrección, como lo indica el término “Misa”, es decir, “envío”, “misión” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1332).

La Eucaristía dominical es indispensable para la vida cristiana. Mañana saldré para el Viaje apostólico a África, y precisamente algunos mártires de la Iglesia africana de los primeros siglos, los mártires de Abitinia, nos han dejado un hermoso testimonio al respecto. Ante la propuesta de salvar sus vidas a cambio de renunciar a celebrar la Eucaristía, respondieron que no podían vivir sin celebrar el día del Señor. Es ahí donde se nutre y crece nuestra fe. Es ahí donde nuestros esfuerzos, aunque limitados, por la gracia de Dios se funden como acciones de los miembros de un único cuerpo —el Cuerpo de Cristo— en la realización de un único gran proyecto de salvación que abarca a toda la humanidad. Es a través de la Eucaristía que también nuestras manos se convierten en “manos del Resucitado”, testigos de su presencia, de su misericordia y de su paz; marcadas por el trabajo, por los sacrificios, por la enfermedad, por el paso de los años que a menudo están grabados en ellas, como también por la ternura de una caricia, de un apretón de manos o de un gesto de caridad.

Queridos hermanos y hermanas, en un mundo que tanto necesita la paz, esto nos compromete más que nunca a ser asiduos y fieles a nuestro encuentro eucarístico con el Resucitado, para salir de él como testigos de la caridad y portadores de la reconciliación. Que nos ayude a ello la Virgen María, bienaventurada porque fue la primera en creer sin haber visto (cf. Jn 20,29).

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Después del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy muchas Iglesias orientales celebran la Pascua según el calendario juliano. A todas esas comunidades les dirijo mi más cordial deseo de paz, en comunión de fe en el Señor resucitado, que acompaño con una oración más intensa por cuantos sufren a causa de la guerra, de modo particular por el querido pueblo ucraniano. Que la luz de Cristo lleve consuelo a los corazones afligidos y refuerce la esperanza de paz. ¡Que no disminuya la atención de la comunidad internacional hacia el drama de esa guerra!

También estoy muy cerca del amado pueblo libanés en estos días de dolor, de miedo y de esperanza invencible en Dios. El principio de humanidad, inscrito en la conciencia de toda persona y reconocido en las leyes internacionales, comporta la obligación moral de proteger a la población civil de los atroces efectos de la guerra. Exhorto a las partes en conflicto para que cese el fuego y busquen con urgencia una solución pacífica.

El próximo miércoles se cumplen tres años del comienzo del sangriento conflicto en Sudán. ¡Cuánto sufre el pueblo sudanés, víctima inocente de ese drama inhumano! Renuevo mi llamamiento urgente a las partes beligerantes para que acallen las armas e inicien un diálogo sincero, sin condiciones previas, dirigido a detener lo antes posible esa guerra fratricida.

Y ahora les doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos, en particular a los fieles que han celebrado el Domingo de la Divina Misericordia en el Santuario de Santo Spirito in Sassia.

Saludo a la Musikverein Kleinraming, de la diócesis de Linz en Austria, y a los fieles venidos de Polonia; como también a los jóvenes del Collège Saint Jean de Passy, de París, y a los de diferentes nacionalidades del Movimiento de los Focolares. Saludo a la peregrinación de la comunidad de San Benedetto Po y a los confirmandos de Santarcangelo di Romagna y San Vito.

Mañana partiré a un viaje apostólico de diez días en cuatro países africanos: Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Les pido, por favor, que me acompañen con sus oraciones.

¡Feliz domingo para todos!

Fuente: vatican.va

11 abril 2026

“¡Hemos visto al Señor!”

Domingo de la Divina Misericordia

Evangelio (Jn 20,19-31)

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:

—La paz esté con vosotros.

Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les repitió:

—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.

Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:

—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron:

—¡Hemos visto al Señor!

Pero él les respondió:

—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.

A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:

—La paz esté con vosotros.

Después le dijo a Tomás:

—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.

Respondió Tomás y le dijo:

—¡Señor mío y Dios mío!

Jesús contestó:

—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.

Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


Comentario

El domingo de Resurrección Jesús se manifestó a los discípulos, que estaban recluidos por temor, para llenarlos de alegría y enviarlos a anunciar la Buena Noticia como el Padre lo envió a Él. El Señor les muestra sus llagas gloriosas como pruebas palpables de su triunfo y les desea la paz, que es “el don precioso que Cristo ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y los infiernos –explica el Papa Francisco−. Es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón”.

El Evangelio de este segundo domingo del Tiempo de Pascua cuenta que el discípulo Tomás no estaba con los otros en aquella ocasión. Cuando regresa, no cree en el testimonio jubiloso de todos: “¡Hemos visto al Señor!”. Lo achaca quizá a una experiencia interna o a un desvarío colectivo. Tomás exige algo más que el testimonio apostólico y pide signos evidentes para creer y cambiar de vida. Al domingo siguiente, Jesús volvió a mostrarse. “Quizá tú también escuches en este momento el reproche dirigido a Tomás –escribió san Josemaría−: mete aquí tu dedo, y registra mis manos; y trae tu mano, y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel; y, con el Apóstol, saldrá de tu alma, con sincera contrición, aquel grito: ¡Señor mío y Dios mío!, te reconozco definitivamente por Maestro, y ya para siempre —con tu auxilio— voy a atesorar tus enseñanzas y me esforzaré en seguirlas con lealtad”.

En este domingo de la Divina Misericordia, comentaba el Papa Francisco: “entrando en el misterio de Dios a través de las llagas comprendemos que la misericordia no es una entre otras cualidades suyas, sino el latido mismo de su corazón. Y entonces, como Tomás, no vivimos más como discípulos inseguros, devotos pero vacilantes, sino que nos convertimos también en verdaderos enamorados del Señor”.

Es natural que sintamos el anhelo de Tomás −querer ver y palpar a Jesús−, porque conocemos a través de nuestros sentidos corporales. Por eso nos preguntamos con el Papa, “¿cómo saborear este amor, cómo tocar hoy con la mano la misericordia de Jesús? Nos lo sugiere el Evangelio, cuando pone en evidencia que la misma noche de Pascua (cf. v. 19), lo primero que hizo Jesús apenas resucitado fue dar el Espíritu para perdonar los pecados. Para experimentar el amor hay que pasar por allí: dejarse perdonar”.

También podemos sentir como dirigida a nosotros la última bienaventuranza que pronunció Jesús en la tierra, provocada por el desconfiado Tomás: “Bienaventurados los que sin haber visto hayan creído”. La fe, la confianza en Dios sin pruebas llamativas, es una dicha, un don que hemos de pedir humildemente: “¡auméntanos la fe!” (Lc 17,5). Es un regalo que hemos de cultivar y practicar con obras diarias, porque “el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Jn 14,12-14). Por eso decía san Josemaría, “Dios es el de siempre. −Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura”.

Fuente: opusdei.org

Nota al pie

Teo Peñarroja

Conviene detenerse un instante en esta breve anotación de los Cuadernos (1941-1942) de Simone Weil. Procede de El deseo, p. 44 (Hermida Editores, 2024). El aforismo ofrece primero una definición: el deseo es un impulso, es decir, una fuerza que inicia un movimiento. Pertenece al reino del pensamiento, no al de la voluntad, como podría parecer. Se desea con la razón. El deseo no es, según este planteamiento, un impulso ciego anterior a todo raciocinio, sino una chispa que prende en el entendimiento. Se desea lo que se entiende que es bueno. Weil apunta también que ese movimiento se da hacia el futuro: el deseo se encamina a una posibilidad fuera del presente. La segunda mitad del texto es una reducción al absurdo resaltada incluso con el uso de las mayúsculas. El futuro es la posibilidad, pero la filósofa señala que cierta posibilidad es imposible, y esto es una contradicción en los términos. Por lo tanto, la forma positiva de la segunda mitad del razonamiento sería esta: «El futuro encierra por necesidad algo deseable».

Este pensamiento, de apariencia ligera, encapsula una filosofía muy fina y una honda enseñanza educativa y política. Es posible que ese sea uno de los motivos por los que Simone Weil se lea tanto en pleno 2026, por los que Byung-Chul Han dedica un libro a la hermenéutica de esta autora, por los que Rosalía imprime otra cita de Weil («El amor no es consuelo, es luz») en su celebrado disco: la cristiana «en el umbral de la Iglesia», la miliciana, la obrera, la mística, la tuberculosa, la pensadora, la joven muerta a los 34 años miraba el futuro con optimismo realista. En el futuro todavía hay algo deseable, y eso es mucho decir para las generaciones post-crisis, para quienes entraron en la vida adulta por la puerta del confinamiento y ven romperse bajo sus pies el viejo orden.

La filosofía de Weil, sin obviar la precariedad ni las dificultades materiales del planeta y sus habitantes, no desconoce la hondura del misterio de Dios, ni tampoco el papel que juega el deseo en el desarrollo de una vida, de una generación, del mundo. Si alguien aspira de verdad a cambiarlo, debe tomarse en serio la cuestión del deseo. Educar la imaginación. Aprender a desear. Cuanto más nítida es la imaginación, cuanto más firme el deseo, mayor presencia cobra el futuro posible. En otro punto de sus CahiersWeil anota: «Debemos imitar el acto de crear, y hay dos posibles imitaciones —una real, la otra aparente—: conservar y destruir». O conservar o destruir, valiente dicotomía. El siglo XXI aspira a esta revolución: redactar una nota al pie.

Fuente: nuestrotiempo.unav.edu

10 abril 2026

“Y por toda la humanidad” (o “cómo corregir a Cristo”)

Luis Luque

Benedicto XVI, en su carta de 2012 a los obispos alemanes, justificó el uso de la fórmula "por muchos" (pro multis) basándose en el profundo respeto de la Iglesia por las palabras de Jesús y en la propia fidelidad de Cristo a las Escrituras.

Casi un año y medio. Este es el tiempo que, al menos una mañana por semana, llevo escuchando a un sacerdote trastocar las palabras de Jesús en la fórmula de la consagración eucarística: en lugar de decir, respecto a la preciosa Sangre del Cordero, “que será derramada por vosotros y por muchos…”, el ministro introduce una innovación particular: “Por vosotros y por toda la humanidad”. Así, tan tranquilo. Una y otra vez.

Y una y otra vez este redactor –y creyente– se pregunta por qué sigue haciéndolo. Sí, sí: que ya he hablado con el caballero, pero es inasequible al desaliento. “Es que yo no podría ceñirme a una fórmula esquemática”, me dice, en una suerte de reivindicación de la libertad humana para transformar el rito, para hacerlo más paladeable, más cercano, menos rígido… No es que Jesús haya dicho: “Por vosotros y por toda la inconmensurable relación de seres humanos cuya naturaleza resultó dañada por el primer pecado y que, si creen en el Evangelio, serán redimidos por mí dentro de unas horas”. No, no. No es nada alambicado, ni extenso, ni ruidoso: es un simple y tenue “y por muchos”, pero al buen cura le parece que la fórmula lo aherroja y lo mete en un incómodo molde que le impide hacer visible la expansiva gracia de Cristo. Conque nadie se me sienta apartado: “Esto es por toda la humanidad, chicos, ¿vale?”.“Milagro de amor tan infinito…”, reza una canción. Es Cristo que se nos da. Es para temblar, pero no de terror: es que nuestro buen Dios se ha vuelto loco de amor por una mota de polvo. Contemplación, asombro y reverencia. No hay más.

No se entiende, por tanto, que haya que enmendarle la plana al bendito Instaurador de la eucaristía, como si se le hubiera olvidado decirnos algo y un sacerdote necesitara arreglar la “desmemoria” del Redentor con una nota al pie. La Iglesia, por supuesto, en su recorrido por la Historia, seguiría precisando auxilio, aclaraciones, luces…, pero a Él no se le ha escapado nada. “Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Jn. 16, 12-13). 

Y en efecto, el Espíritu vino. Está todavía por aquí, e inspira a los sucesores de los apóstoles, en comunión con Roma, a juzgar lo que puede ser oportuno y lo que no para el Pueblo de Dios, y a hacerlo, además, a la luz de la experiencia pastoral en un tiempo concreto. Fue así que Benedicto XVI, en su carta de 2012 a los obispos alemanes sobre la adopción del “y por muchos” (pro multis) en la nueva traducción del Misal Romano, señaló como base de la decisión el “respeto reverencial de la Iglesia” por la palabra de Jesús y la fidelidad de Nuestro Señor a la palabra de la Escritura. “Esta doble fidelidad –agregó– es la razón concreta de la fórmula ‘por muchos’”. 

En sintonía con el Santo Padre, cuatro años después la Conferencia Episcopal Española publicó su Instrucción “Celebrar la Eucaristía con el Misal Romano”, en la que señalaba que, si la Iglesia pedía “un respeto reverencial a todo texto litúrgico, de manera que no es lícito cambiarlo o sustituirlo en todo o en parte, con mayor motivo esta norma ha de aplicarse a las plegarias eucarísticas y máxime a las palabras de la consagración”. 

De modo que no: se agradece la preocupación por si “lo que Cristo quiso decir fue esto y no aquello”, pero para eso ya “doctores tiene la Iglesia” que, asistidos por el Espíritu Santo, tienen a cargo la configuración de la liturgia eucarística y la preservación del tesoro de la fe, del que se saben administradores, no propietarios; no dueños de esta Casa nuestra edificada sobre roca, como para creer que pueden ensanchar a gusto una puerta o derribar una columna. No hay que confundirse: la Iglesia no pertenece a sus pastores, sino únicamente a un Pastor.

Uno de los primeros que lo olvidó terminó clavando sus propias ideas –sui géneris, curiosas, algo estrambóticas– en un papel en la puerta de una iglesia alemana hace cinco siglos. Tuvo “éxito”, hay que decirlo, porque terminó arrastrando un buen grupo de fans. 

Pero su nombre no está en el santoral. Ni, previsiblemente, lo estará.

Fuente: omnesmag.com

09 abril 2026

García-Máiquez: «Educar la conciencia para la nobleza de espíritu»

Escrito por Redacciòn de forumlibertas

Desde el propio título de su presentación, “Educar en la nobleza de espíritu”, la ponencia se movió en ese registro, recuperar una palabra sospechosa para convertirla en una respuesta educativa de fondo.

García-Máiquez partió de una constatación cultural muy concreta. La sociedad contemporánea habla mucho de igualdad, pero no ha dejado de ser jerárquica; simplemente corre el riesgo de ser gobernada por una “jerarquía inversa”. El problema no sería que existan modelos altos, sino que falten modelos altos de verdad. Por eso citó expresiones como la “invasión vertical de los bárbaros”, el “exilio de las élites” o la necesidad de volver a una ética aristotélica del perfeccionamiento moral. Su preocupación de fondo era educativa.

Una sociedad no puede sostenerse si deja de proponer formas nobles de vida y si ya no sabe distinguir entre lo admirable y lo degradante.

En ese marco, la conferencia defendió algo muy interesante, aunque hoy hablar de nobleza pueda sonar aristocratizante o snob, esa sospecha no invalida el concepto. Al contrario, precisamente porque la cultura contemporánea tiende a desconfiar de todo lo elevado, tal vez convenga insistir más en ello. García-Máiquez no se resignó a un ideal educativo mínimo, funcional o puramente competencial.

Frente a eso, propuso educar para la altura, para la finura moral, para una forma de excelencia que no consiste en sobresalir socialmente, sino en vivir con decoro, gratitud, verdad y valentía.

Uno de los núcleos más originales de su intervención fue la reivindicación del hidalgo o del caballero como figura pedagógica. La presentación llega a afirmar que “el tipo humano del máximo afán de España es el Caballero”, y lo hace no como una excentricidad literaria, sino como una intuición antropológica y moral.

El caballero representa una forma de persona que no vive a ras de suelo, que se siente heredera de algo, que cuida las formas porque cree en el fondo, que tiene palabra, que sabe agradecer y que considera que hay cosas que simplemente “no haría un caballero”.

Esa expresión, tan clásica, le servía a García-Máiquez para resumir el valor educativo de una moral no reducida a normas externas, sino interiorizada como estilo.

La defensa de esta nobleza de espíritu se apoyó en una serie de “ventajas evidentes”. Entre ellas, señaló su antigüedad —que remonta al menos a Sócrates—, su sólida tradición filosófica, literaria y teológica, y su capacidad para movilizar energías del alma mediante símbolos, mitos e imaginación. Pero quizá las más importantes fueron otras dos: primero, que pone el acento en la transmisión familiar; y segundo, que nace del agradecimiento y de la conciencia de deuda hacia los mayores.

Frente al individuo meritocrático que se cree hijo de sus éxitos, el hidalgo de espíritu se reconoce hijo, heredero de unos padres, de una lengua, de una tradición y de una casa.

Por eso la conferencia insistió tanto en la herencia. En una de las diapositivas, Enrique García-Máiquez despliega casi como un poema las “leyes de la herencia”: del abuelo, del padre, de la madre, del linaje, de la fe, de la forma de querer. Lo importante no es solo lo biológico, sino también lo moral y lo simbólico, qué se transmite, qué se recibe, qué manera de estar en el mundo pasa de una generación a otra.

El conferenciante sugirió así que la educación verdaderamente profunda no empieza en una teoría pedagógica, sino en una conciencia viva de pertenencia.

El niño que sabe de dónde viene tiene más posibilidades de saber quién es y hacia dónde debe ir.

Esa pertenencia, además, no anula la libertad, sino que la hace posible. En este sentido, García-Máiquez contrapuso la nobleza al egodalgo, es decir, al sujeto contemporáneo que se da a sí mismo su valor y que vive encerrado en la ficción de que todo empieza con él. El hidalgo de espíritu, por el contrario, no necesita compararse obsesivamente, porque su orgullo no depende del ranking, del dinero o del éxito. Hay en él una especie de humildad orgullosa: sabe que ha recibido mucho y quiere estar a la altura de lo recibido. Incluso cuando habla de la “justa violencia” o de la necesidad de defensa en “un mundo muy blando”, no lo hace en clave agresiva, sino como reivindicación del carácter, de la fortaleza y de la capacidad de proteger lo valioso.

Ahora bien, ¿cómo se educa en esa nobleza? Aquí la conferencia descendió de los principios a la pedagogía concreta.

Una primera respuesta fue: mediante la narratividad. García-Máiquez citó la célebre idea de que los cuentos de hadas no dan al niño su primera idea del mal, sino su primera idea de que el mal puede ser vencido. El dragón ya está en la imaginación infantil; lo que aporta el cuento es un san Jorge que lo mate.

Por eso defendió la importancia de los relatos, de la literatura, de las novelas y también de las historias de los abuelos, que hay que contar y dejar que se cuenten.

Las narraciones transmiten modelos, símbolos, estructuras morales y un sentido de continuidad que la educación no puede perder.

Otra gran vía pedagógica es el legado hecho visible. La presentación habla de fotos, objetos, matrioskas, memoria familiar, cosas que se dicen en casa y que ayudan a percibir que uno viene de lejos.

No se trata solo de conservar recuerdos, sino de hacer inteligible el pasado como una herencia viva.

En esa línea, la conferencia subrayó el valor del entusiasmo y de cierta ingenuidad originaria como disposición educativa: hay que enseñar a mirar con agradecimiento, con admiración y con apertura, no solo con distancia crítica.

La nobleza de espíritu no nace del cinismo, sino de la capacidad de asombro y de la disposición a reconocer algo bueno y digno más allá de uno mismo.

La familia ocupó un lugar central en toda la ponencia. García-Máiquez llega a escribir: “Familia, ¡hasta la política!”, dando a entender que la primera escuela de nobleza no es el Estado ni la ideología, sino la casa. Allí se aprende a comer en la mesa, a convivir entre generaciones, a tratar con primos, tíos y abuelos, a quedar, a saber, a recordar. Los primos aparecen en una fórmula especialmente feliz: son “lo mejor del hermano, lo mejor del amigo”.

Es decir, la familia ensancha el yo, introduce al niño en una red concreta de relaciones donde la pertenencia no es asfixiante, sino humanizadora.

La mesa compartida, además, reaparece como lugar donde se transmite algo más que alimentación: estilo, conversación, jerarquía, afecto y continuidad.

Muy sugerente fue también la idea de la familia como espacio de “fueros” o de “soberanía familiar”. Cada familia, vino a decir, necesita normas propias, usos, estilos, pequeños rituales y formas particulares de ordenar la convivencia. Eso no aísla, sino que educa. Incluso la diferencia entre padre y madre aparece insinuada como riqueza de roles y de autoridad. Para García-Máiquez, esta microjerarquía familiar es una escuela de tolerancia y de realismo, uno aprende a vivir con otros no porque sean perfectos, sino porque son los suyos.

El nombre propio fue otro de los elementos tratados con hondura. La presentación recuerda que el bautismo da la última individualidad, y alude al peso de los santos, de los nombres familiares, de los cumpleaños, de las celebraciones. Nombrar bien es reconocer a alguien en una historia y en una vocación. No somos individuos abstractos; somos personas concretas, llamadas por un nombre y situadas en una trama de amor y memoria. En esa misma línea, la conferencia defendió el valor del rito. Una de las diapositivas resume la idea con enorme belleza: “El rito es un tiempo ennoblecido. Los días de fiesta son la aristocracia del calendario”.

Educar en la nobleza exige, por tanto, ritualizar el tiempo, crear fiestas, tradiciones, costumbres y solemnidades domésticas y escolares que eleven la vida cotidiana.

De ahí la importancia de las tradiciones de fabricación propia. No todo tiene que venir dado desde fuera; también las familias y los colegios pueden crear sus propios ritos, sus fiestas, sus maneras de celebrar. La presentación menciona incluso la fiesta de san Juan Pablo II y la pertenencia a ciudad, colegio, deportes o clubs como formas de orgullo bien entendido. Es un orgullo de pertenencia, no de superioridad.

Un niño necesita saber que forma parte de algo valioso para poder desarrollar esa mezcla de gratitud, autoestima sana y deseo de estar a la altura que constituye la nobleza de espíritu.

La conferencia desembocó finalmente en una reivindicación muy neta de la veracidad. Aparecen expresiones como “Nosotros los veraces”“Palabra de samurái” y la idea del futuro como compromiso de la palabra dada. La nobleza de espíritu se juega mucho en el habla: en decir la verdad, en sostener la palabra, en no usar el lenguaje para manipular o simular. Y aquí García-Máiquez formuló quizá su pasaje más programático, citando que a los hijos hay que enseñarles no las pequeñas virtudes, sino las grandes: no el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia respecto al dinero; no la prudencia temerosa, sino el valor; no la astucia, sino la franqueza; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber.

En el fondo, lo que Enrique García-Máiquez propuso fue una educación que no se conforme con evitar males, gestionar emociones o producir rendimiento, sino que aspire a ensanchar el alma.

Educar en la nobleza de espíritu significa formar personas capaces de admirar, agradecer, decir la verdad, guardar formas, sostener vínculos, vivir con rito, recibir un legado y estar a la altura de él. Significa enseñar que la grandeza humana no está en el narcisismo ni en la exhibición, sino en una mezcla de humildad, honor, pertenencia y alegría. No es una propuesta ornamental, sino profundamente práctica: una pedagogía del estilo moral, de la dignidad cotidiana y de la vida bien llevada.

Y, como última clave, la propia presentación lo remacha con sencillez: esta educación se transmite “inmejorablemente con el ejemplo”. Ahí está quizá la verdad última de su conferencia. La nobleza no se enseña solo con conceptos, sino con padres, maestros y adultos que la encarnen. Solo así puede dejar de ser una palabra rara para convertirse otra vez en una meta educativa deseable.

Fuente: forumlibertas.com

08 abril 2026

Los documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  II. Constitución dogmática Lumen gentium. 7. La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La Constitución del Concilio Vaticano II Lumen gentium (LG) sobre la Iglesia dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal vocación a la santidad de todos los fieles: cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón de la santidad a la que todos los creyentes están llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo Jesús, esta virtud «rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin» (LG, 42). El nivel más alto de la santidad, como en el origen de la Iglesia, es el martirio, «supremo testimonio de fe y de caridad» (LG, 50): por este motivo, el texto conciliar enseña que todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo hasta el derramamiento de sangre (cf. LG, 42), como siempre ha sucedido y sucede también hoy. Esta disposición para el testimonio se hace realidad cada vez que los cristianos dejan señales de fe y de amor en la sociedad, comprometiéndose por la justicia.

Todos los sacramentos, de forma emitente la Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y medida de la santidad. Él santifica la Iglesia, de la cual es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo acogemos con alegría y le correspondemos con compromiso. A este respecto, San Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de 1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica, quiere que todos los bautizados deban «ser santos, es decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y fieles». Esto se realiza como una transformación interior, por lo que la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29; LG, 40).

La Lumen gentium describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus características constitutivas, que debe acogerse en la fe, en cuanto se cree que es «indefectiblemente santa» (LG, 39): eso no significa que lo sea de forma plena y perfecta, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia la meta eterna, caminando «entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios» (S. Agustín, De civ. Dei 51,2; LG, 8).

La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita, que santifica la Iglesia, nos confía una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión. Por eso, la santidad no tiene solamente una naturaleza práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso ético, por grande que sea, sino que concierne a la esencia misma de la vida cristiana, personal y comunitaria.

En esta perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida consagrada, que se aborda en el capítulo sexto de la Constitución conciliar (cf. nn. 43-47). En el pueblo santo de Dios, esta constituye una señal profética del mundo nuevo, experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De hecho, señales del Reino de Dios, ya presente en el misterio de la Iglesia, son aquellos consejos evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia. Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios. La pobreza expresa la plena entrega a la Providencia, liberando del cálculo y del interés; la obediencia tiene como modelo la entrega de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la desconfianza y del dominio; la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia.

Conformándose a este estilo de vida, las personas consagradas dan testimonio de la vocación universal a la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un seguimiento radical. Los consejos evangélicos manifiestan la participación plena en la vida de Cristo, hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio del Crucificado que todos somos redimidos y santificados! Contemplando este evento, sabemos que no hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en toda prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano, sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del Verbo encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.

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Llamamiento

Tras estas últimas horas de gran tensión para Oriente Medio y para todo el mundo, acojo con satisfacción y como señal de viva esperanza el anuncio de una tregua inmediata de dos semanas. Solo mediante la vuelta a las negociaciones se puede llegar al final de la guerra.

Exhorto a acompañar este tiempo de delicado trabajo diplomático con la oración, auspiciando que la disponibilidad al diálogo pueda convertirse en el instrumento para resolver el resto de situaciones de conflicto en el mundo.

Renuevo para todos la invitación a unirse a mí en la Vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí en la Basílica de San Pedro el sábado 11 de abril.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María, Reina de todos los Santos, que interceda por nosotros, para que seamos perseverantes y alegres en el camino de la santidad, dando testimonio cada día de nuestra fe en Cristo resucitado. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Reflexionamos hoy sobre el capítulo quinto de la Constitución dogmática Lumen gentium, dedicado a la universal vocación a la santidad en la Iglesia, y sobre el capítulo sexto, acerca de la vida consagrada. Según este documento conciliar, la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino un don que compromete a todos los bautizados a vivir la plenitud del amor a Dios y a los hermanos. Los sacramentos, especialmente la Eucaristía, son el alimento para crecer en una vida santa, es decir, para configurarse con Cristo en virtud del Espíritu Santo.

Las personas consagradas dan testimonio de esta vocación universal a la santidad de toda la Iglesia siguiendo a Cristo de modo radical, por medio de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. La pobreza expresa la confianza total en la Providencia, la obediencia tiene como modelo el don de sí que Cristo hizo al Padre y la castidad es la entrega de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de su Iglesia.

Fuente: vatican.va