13 febrero 2026

La plenitud de la Ley

6.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 5,17-37)

No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.

Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.

Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.

Comentario

En el evangelio según san Mateo hay cinco grandes discursos de Jesús intercalados por narraciones de hechos y milagros. El pasaje de este domingo forma parte del primero de esos discursos, el Sermón de la Montaña, y consiste en un fragmento de las llamadas “antítesis”. La atractiva novedad que predica el Maestro no cae en el fácil tópico de la trasgresión de la norma establecida o de su abolición: “no he venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud”. Para ser ciudadanos del Reino de los cielos, Jesús propone lo de siempre, pero de una forma nueva, plena y perfecta: la que Él mismo encarna. Y la ley del amor que Jesús inaugura exige plenitud hasta en lo más pequeño.

En el discurso aparece varias veces una expresión peculiar para mencionar la Ley de Moisés: “Habéis oído que se dijo”. Esta fórmula remite por un lado a la tradición oral en Israel (“habéis oído”), por medio de la cual los maestros enseñaban cómo vivir con justicia, es decir, según la voluntad de Dios expuesta en la Ley. Por otro lado, la fórmula “se dijo” es una manera semítica de evitar el nombre de Dios por respeto: es decir, fue Dios quien dijo, y de Él viene la Ley Mosaica. Jesús se sitúa por encima de Moisés y con la misma autoridad legisladora de Dios: “pero yo os digo”.

Para refrendar el valor de la vida humana, la Ley decía “no matarás” (Ex 20,13; Dt 5,17), porque serás reo de juicio (cfr. Lv 24,17). Jesús asegura que hasta la ira hacia otro y el insulto ya nos hacen merecedores de castigo; y maldecir a otro, merece incluso el infierno. Es tal la dignidad de la persona, que antes se debe arreglar la más mínima afrenta con otro que hacer a Dios ofrendas.

Con motivo del precepto sobre el adulterio (cfr. Ex 20,14; Dt 5,18), Jesús vuelve a subrayar desde otro punto de vista el excelso respeto hacia los demás que subyace en la Ley. Si el adulterio consiste en adueñarse por satisfacción personal de una persona casada, esto no debe hacerse ni siquiera en el fuero interno, donde se comete el mismo pecado, aunque no se realice externamente: “ha cometido adulterio en su corazón” (v. 28).

“Si tu ojo derecho te escandaliza…” (v. 29). Por medio de exageraciones que son muy comunes en la retórica semítica, Jesús aclara que es mejor perder parte de uno mismo antes que pecar y merecer el infierno por entero. Literalmente, “escandalizar” no significa tanto inquietar la buena decencia de alguien como moverlo con eficacia a obrar mal. Si algo en uno mismo se opone a la ley del amor y el respeto al otro, debe ser arrancado, incluso lo más estimado, como da a entender la expresión “ojo derecho” o la “diestra”.

En la antigua costumbre del repudio, la legislación mosaica introdujo la obligación del libelo: es decir, un acta firmada por el marido que permitía a la mujer ser recibida por otro hombre. Sin embargo, para subrayar la grandeza y dignidad del vínculo matrimonial con una mujer, Jesús hace inválidos todos los repudios, ya que siguen exponiendo al adulterio a la mujer y a quien la recibiera. Y de esto se hacía culpable el repudiador. No es fácil interpretar la excepción a esta culpa que menciona Jesús: “en caso de fornicación (porneia)” (v. 32). Puede referirse a rechazar a una mujer con la que se tiene una unión ilegítima.

También Jesús enseña acerca de la ley mosaica sobre los juramentos (cfr. Lv 19,12; Nm 30,3; Dt 23,22), la cual busca evitar la mentira y el engaño. Estos se producían más fácilmente si al hacerlos se invocaba a Dios o a algo muy valioso; por eso eran más graves. Jesús resuelve toda casuística y juramento grandilocuente exigiendo sencillez y honestidad: “que vuestro modo de hablar sea ‘Sí, sí’; ‘No, no’. Lo demás “viene del maligno” (V. 37), quizá porque la necesidad de subrayar más la palabra dada es un inicio de sospecha.

Fuente: opusdei.org

Amar en segundo plano

Javier Vidal-Quadras

Ante una alegría, pensamos: ¡ojalá estuviera ella aquí, la voy a llamar ahora mismo! Ante una dificultad o un mal trago: ¡cómo la necesito, esta noche pido su consejo! Pasamos por un escaparate y recordamos lo que le gusta, vemos una pareja de enamorados y la cabeza se nos va a ella.

Los enamorados procuramos estar el máximo tiempo juntos. Y cuando no lo estamos, tendemos a dirigir nuestro pensamiento a la persona amada. Muchas parejas empiezan así, pero luego su enamoramiento va languideciendo. ¿Por qué?

¿Sera una cuestión hormonal? La verdad es que yo llevo muchos años intentando aclararme entre la oxitocina, la dopamina, la serotonina y el cortisol y no acabo de interiorizarlas. Mi primera dificultad es estético-literaria. Me parece imposible que unos nombres tan grotescos puedan tener alguna relación con el amor. Sé que es un pensamiento irracional, que procede de mi yo romántico, pero no lo puedo evitar. Cuando pienso en excitar la oxitocina, no me sale dar un beso o un abrazo a mi mujer, sino en ofrecerle una píldora o un preparado farmacéutico, de modo que acabo inhibiendo mi deseo.

Así que vuelvo la vista a la gran paradoja: el enamoramiento profundo, inquebrantable y pasional de quienes han amado con más fuerza, los santos. Digo paradoja porque los santos célibes (¡que también los hay casados!) amaron (y aman) a un ser espiritual, al que no pueden abrazar ni besar. Y, sin embargo, han escrito, con sus vidas y con sus escritos, algunas de las páginas más bellas y auténticamente pasionales de la historia. ¿Cómo lo hicieron?

«Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia«, revelaba uno de estos santos. Y añadía: «nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman».

La lectura de estas frases ha coincidido con un hecho anodino y habitual en nuestra tecnológica existencia: me he bajado una aplicación nueva en el móvil. Al instalarla, me ha saltado un mensaje que me ha preguntado si quería que la aplicación siguiera ejecutándose en segundo plano, es decir, recibiendo datos, enviando mensajes y trabajando por detrás.

Le he dicho que no, pero me ha dejado pensativo. ¿En segundo plano? ¿No es así como hay que amar cuando la presencia física no es posible? ¿Es posible amar en segundo plano?

Creo que los grandes santos y místicos nos dan la clave: mantenerse en su presencia, no albergar más que un solo pensamiento… Se trata de un pensamiento que ha de mantenerse en segundo plano, claro, porque necesitamos concentrarnos en lo que hacemos, pero es un pensamiento que está presente, se nota, va trabajando, ejecutándose en el inconsciente, hasta transformarse en un ‘prejuicio psicológico’, un sesgo que impregna toda nuestra vida. Ante una alegría, pensamos: ¡ojalá estuviera ella aquí, la voy a llamar ahora mismo! Ante una dificultad o un mal trago: ¡cómo la necesito, esta noche pido su consejo! Pasamos por un escaparate y recordamos lo que le gusta, vemos una pareja de enamorados y la cabeza se nos va a ella. Y, como amamos en segundo plano y la tenemos siempre presente, evitamos ponernos en la tesitura de generar algún sentimiento hacia otra persona que pueda ocupar el que tenemos puesto en ella.

Sí, se puede amar en segundo plano. El santo que he citado cerró su primera y más conocida obra, Camino, con estas palabras: ¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. Enamórate, y no «le» dejarás. Se refería a Dios, pero, para una persona casada, la vocación matrimonial y la vocación a Dios no se distinguen, por lo que el consejo es extrapolable. Aunque hay que completarlo con la prolongación que propuso Álvaro del Portillo, su hijo más fiel: No le dejes, y te enamorarás.

Fuente: javiervidalquadras.com

12 febrero 2026

«¿Dios existe?», de Robert Sarah

Javier María Ijalba

Robert Sarah. (Ouros, Guinea, 1945). Teólogo y cardenal. Arzobispo emérito de Conakri, ocupó los cargos de secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, presidente del Pontificio Consejo Cor Unum y prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos. Autor, entre otros libros, de Dios o nadaSe hace tarde y anocheceCatecismo de la vida espiritual y El amor en el matrimonio.

Avance

Este nuevo libro del cardenal Robert Sarah nació por requerimiento del editor y periodista David Cantagalli, que le planteó cómo dar respuesta a la crisis de fe del mundo contemporáneo. La tesis central del ensayo es que no es Dios el que ha muerto, como decía Nietzsche, sino más bien el hombre, al menos en Occidente, ya que en nuestra sociedad secularizada «el hombre, en su verdad y belleza, parece que ya no es consciente de su dignidad y su vocación a la felicidad, al cumplimento del propio ser personal».

Al sustituir el agustiniano amo ergo sum (amo, por lo tanto soy) por el cartesiano cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo) queda todo reducido a la autoconciencia subjetiva, «privando al hombre de esa sana relación con lo real sobre la que se funda el conocimiento del ser». Por esa vía, queda vedado el acceso a la verdad objetiva y, en consecuencia, a la distinción entre el bien y el mal. Pero ese es un mundo sin sentido, afirma Sarah siguiendo a Benedicto XVI, en el que termina imponiéndose la ley de los más fuertes: «El poder se convierte en el único principio».

A Dios se le puede recuperar a través del silencio. «La Iglesia puede afirmar que la humanidad es hija de un Dios silencioso», el problema es que este siglo XXI «ya no comprende a Dios porque no para de hablar, a un ritmo y una velocidad impresionantes, para al final no decir nada», advierte el cardenal guineano. Y el papel de la Iglesia es asumir su responsabilidad ante el mundo contemporáneo, no edulcorando la doctrina del Evangelio sino exigiéndose a sí misma.

El ensayo se nutre de la propia experiencia pastoral de Sarah, como obispo en África y como cardenal en el Vaticano, así como del Magisterio de la Iglesia; de los papas de los últimos sesenta años (Pablo VIJuan Pablo IIBenedicto XVIFrancisco); y del estudio de grandes pensadores de la tradición cristiana, como san Agustínsanto Tomás de AquinoHenri de Lubac; y de maestros de espiritualidad, como Teresa de Lisieux y san Juan de la Cruz. Con ese bagaje, Sarah trata de ofrecer respuestas no solo al lector creyente, sino también al agnóstico que busca un fundamento ético de la existencia. Su objetivo último es despertar en el hombre «el deseo de salvación y la apertura a lo sagrado».

Artículo

Qué tiene que decir la Iglesia ante un mundo marcado por la duda, la incertidumbre y la violencia?, ¿tiene relación el eclipse de Dios con los ataques a la dignidad humana? Estas y otras preguntas sobre la crisis de Occidente son el motivo y el hilo conductor de ¿Dios existe?subtitulado El grito del hombre que pide salvación. Todas ellas las planteó el editor y periodista David Cantagalli a Robert Sarah, dando origen a este nuevo ensayo del purpurado guineano.

La tesis central del libro es que, al dar la espalda a Dios, «Occidente vive una profunda crisis identitaria y antropológica» que ha provocado, a su vez, una verdadera desconexión con la naturaleza humana. Sarah puntualiza a Nietzsche e indica que el que realmente «ha muerto en Occidente» es el hombre y no Dios, ya que en nuestra sociedad secularizada «el hombre, en su verdad y belleza, parece que ya no es consciente de su dignidad y su vocación a la felicidad, al cumplimento del propio ser personal».

El epicentro del seísmo no es de ahora, sino del siglo XVII, con Descartes. «Es obvio —escribe — que todo esto tiene raíces remotas, a partir de la sustitución del agustiniano amo ergo sum (amo, por lo tanto soy) por el cartesiano cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo), reduciendo de este modo la ontología relacional a la autoconciencia subjetiva, privando al hombre de esa sana relación con lo real sobre la que se funda la ontología, el conocimiento del ser».

Lo real no se agota en el plano material ni el estrecho límite de lo subjetivo. Pero durante las últimas centurias, Occidente ha ido arrinconando paulatinamente lo espiritual y marginando a Dios. En el siglo XX, por ejemplo, indica Sarah, algunos buscaron eliminarlo a través de la supresión de los judíos, como observó Benedicto XVI refiriéndose a los nazis, dado que el pueblo hebreo es signo vivo de que el Creador había hablado al hombre y cuidado de él y, a la vez, verdadero germen de la fe cristiana.

Medio siglo más tarde, otros quisieron desterrar a Dios del proyecto de Constitución Europea y apostaron por reducirlo a un mero «asunto privado de una minoría», afirma el cardenal. Actualmente no solo no se tiene en cuenta a Dios, sino que se le atribuye la responsabilidad del dolor y de los males que afligen al mundo. Sarah subraya la paradoja de que se le pidan cuentas de los desastres naturales o los cometidos por la mano del hombre, pero nadie repare en el bien que ha hecho posible, comenzando por la vida y por la Creación. «Los mismos que no atribuyen a Dios la causa de las alegrías, lo responsabilizan a menudo del dolor humano», señalaba al respecto san Juan Pablo II.

El silencio y el misterio

Mas Dios es silencio, quiere dejar claro el autor, y solo a través de ese silencio se puede atisbar el misterio del Creador. «La Iglesia puede afirmar que la humanidad es hija de un Dios silencioso. Si tratamos de estar con Dios en el silencio, probablemente podamos comprender algo de su presencia y de su amor». El problema es que este siglo XXI «ya no comprende a Dios porque no para de hablar, a un ritmo y una velocidad impresionantes, para al final no decir nada». Esa locuacidad asoma también, en cierta medida, en la propia Iglesia… «que habla sin interrupción» y que, según Sarah, «es una Iglesia que se ha alejado de Dios, una Iglesia descristianizada, mundanizada e inmersa en una sociedad charlatana».

Pero que Dios sea silencio no supone, recuerda el autor, la imposible certificación de que haya muerto, sino de que, más bien, es la persona humana la que ha perdido su relación con la trascendencia. Y sin esta, se ha visto privado también de una dimensión esencial de la realidad. Una sociedad que niega la posibilidad de acceder a una verdad objetiva queda encerrada en el callejón sin salida del relativismo, engañada por la errónea convicción de que «cada persona es libre de creer en su partícula de verdad».

Y «un mundo sin Dios no puede ser más que un mundo sin sentido», como decía Benedicto XVI en la medida en que ya no existen «los criterios del bien y el mal», sino solo la ley de los más fuertes: «El poder se convierte en el único principio».

La responsabilidad de los pastores

La onda expansiva del subjetivismo y del relativismo ha alcanzado a la propia Iglesia, que también ha sufrido severas crisis durante la segunda mitad del siglo XX. No elude Sarah el problema, ni deja de apuntar la responsabilidad de los pastores.

«El punto más discutido —señala— es la fidelidad, a lo largo del tiempo, a la tarea que Dios ha asignado. En un contexto cultural cada vez más hostil, con la fragmentación de las relaciones, que no hace percibir el apoyo y el calor de una comunidad creyente, es cada vez más complejo vivir la radicalidad del Evangelio. Creo que este es el punto crucial para todos los laicos y consagrados, para todos los bautizados».

En cuanto a los que abandonan la Iglesia católica, el cardenal guineano observa que «quien se va, siempre se equivoca. Se equivoca porque abandona a la Madre; se equivoca porque lleva a cabo un peligrosísimo acto de soberbia, erigiéndose en juez de la Iglesia».

Eso no exime de culpa a quienes han provocado, por sus errores, las deserciones de las últimas décadas. «A veces no todo es inmediatamente comprensible —reconoce Robert Sarah—, y algunas cosas pueden parecer del todo inoportunas, que no han sido adecuadamente ponderadas, incluso pastoralmente infundadas o perjudiciales; a pesar de todo esto, ello no autoriza a irse».

Ante ese panorama, es la propia Iglesia la que debe reaccionar asumiendo su responsabilidad, como «heredera de un Dios Creador y Salvador». No se trata de edulcorar «las exigencias del Evangelio o de cambiar la doctrina de Jesús y de los apóstoles para adaptarse a modas evanescentes, sino de poner radicalmente en tela de juicio el modo en que nosotros mismos vivimos el Evangelio y presentamos el dogma».

El acervo del que parte Robert Sarah no es otro que el Magisterio de la Iglesia y de los papas de los últimos sesenta años (Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco) así como de su labor pastoral, primero como sacerdote y obispo en África y luego como cardenal en el Vaticano; del estudio de grandes pensadores de la tradición cristiana, como san Agustín, santo Tomás de Aquino, Henri de Lubac; de maestros de espiritualidad, como Teresa de Lisieux y san Juan de la Cruz y, finalmente, del «fecundo diálogo con amigos, sacerdotes y laicos, que viven una auténtica pasión por Cristo y por la Iglesia».

El volumen recoge al final, en un apéndice, el documento La Iglesia y el escándalo de los abusos sexuales, escrito por Benedicto XVI en 2019, en el que el papa emérito abordaba las circunstancias sociales que rodearon el escandaloso fenómeno entre los años 1960 y 1980, y ofrecía sus propios criterios sobre lo que debiera ser una respuesta eclesial adecuada a un problema tan doloroso.

Fundamento ético de la existencia

Se trata de un libro muy profundo y, a la vez, muy cercano, como si estuviese hablando al corazón de cada lector, que guarda una línea de continuidad teológica con los anteriores ensayos del autor, y en especial con Se hace tarde y anochece y Catecismo de la vida espiritual.

Sobre todo, por su empeño por ofrecer respuestas no solo al lector creyente acerca de la compleja situación de la Iglesia en la presente encrucijada cultural, sino también al agnóstico que busca un fundamento ético de la existencia. Como el propio Sarah explicita, lo que en el fondo persigue es «hacer despertar en el hombre el deseo de salvación y, a la vez, la apertura a lo sagrado».

Fuente: nuevarevista.net

11 febrero 2026

Los Documentos del Concilio Vaticano II

El Papa en la Audiencia General

Catequesis - I. Constitución dogmática Dei Verbum 5. La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En la catequesis de hoy nos detendremos en la profunda y vital relación que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia, relación expresada en la Constitución conciliar Dei Verbum, en el capítulo sexto. La Iglesia es el lugar proprio de la Sagrada Escritura. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia nació del pueblo de Dios, y está destinada al pueblo de Dios. En la comunidad cristiana tiene, por así decir, su habitat: efectivamente, en la vida y en la fe de la Iglesia encuentra el espacio donde revelar su significado y manifestar su fuerza.

El Vaticano II recuerda que «la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia». Además, «siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe» (Dei Verbum, 21).

La Iglesia nunca deja de reflexionar sobre el valor de las Sagradas Escrituras. Después del Concilio, un momento muy importante a este respecto fue la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, en octubre de 2008. El Papa Benedicto XVI recogió sus frutos en la Exhortación postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010), en la que afirma: «Precisamente el vínculo intrínseco entre Palabra y fe muestra que la auténtica hermenéutica de la Biblia sólo es posible en la fe eclesial, que tiene su paradigma en el sí de María. […] El lugar originario de la interpretación escriturística es la vida de la Iglesia» (n. 29).

Por tanto, la Escritura encuentra en la comunidad eclesial el ámbito en el que desarrollar su propia tarea y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios. «La ignorancia de la Escritura – de hecho – es ignorancia de Cristo» [1]. Esta célebre frase de san Jerónimo nos recuerda la finalidad última de la lectura y la meditación de la Escritura: conocer a Cristo y, a través de Él, entrar en relación con Dios; relación que puede ser entendida como una conversación, un diálogo. Y la Constitución Dei Verbum nos presenta la Revelación precisamente como un diálogo en el que Dios habla a los hombres como a amigos (cfr. DV, 2). Esto sucede cuando leemos la Biblia con una actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en conversación con nosotros.

La Sagrada Escritura, confiada a la Iglesia y custodiada y explicada por ella, desempeña un papel activo: con su eficacia y potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana. Todos los fieles están llamados a beber de esta fuente, sobre todo en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos. El amor por las Sagradas Escrituras y la familiaridad con ellas deben guiar a quien ejerce el ministerio de la Palabra: obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas. El trabajo de los exégetas y de cuantos practican las ciencias bíblicas es muy valioso; y en la Teología, que tiene su fundamento y su alma en la Palabra de Dios, la Escritura ha de ocupar el puesto central.

Lo que la Iglesia desea ardientemente es que la Palabra de Dios pueda alcanzar a todos sus miembros y nutrir su camino de fe. Pero la Palabra de Dios también empuja a la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos. De hecho, vivimos rodeados de multitud de palabras; sin embargo, ¡cuántas de ellas son palabras vacías! A veces escuchamos también palabras sabias pero que no tocan nuestro destino último. En cambio, la Palabra de Dios sacia nuestra sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre nueva: revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible, no cesa nunca de ofrecer sus riquezas.

Queridos, viviendo en la Iglesia se aprende que la Sagrada Escritura se refiere totalmente a Jesucristo, y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y su potencia. Cristo es la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho carne. Todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia que salva, para todos nosotros y para toda la humanidad. Abramos, entonces, el corazón y la mente para acoger este don, siguiendo a María, Madre de la Iglesia.

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[1] S. Jerónimo,  Comm. in Is., Prol.:  PL 24, 17 B.

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Saludos 

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Me uno espiritualmente a cuantos hoy se reúnen en Chiclayo, Perú, para celebrar solemnemente la Jornada Mundial del Enfermo y confío a todos, especialmente a los enfermos y a sus familiares, a la protección maternal de la Santísima Virgen María. Bajo su amparo también encomiendo a las víctimas y a todos los afectados por las graves inundaciones en Colombia, mientras exhorto a toda la comunidad a sostener con la caridad y la oración a las familias damnificadas. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

La Constitución dogmática Dei Verbum reflexiona sobre el vínculo profundo que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia. La Biblia tiene su origen en el Pueblo de Dios, y a él va dirigida; esto significa que su fuerza y su significado se manifiestan plenamente en la vida y en la fe de la comunidad cristiana.

La Iglesia anhela que todos sus miembros conozcan la Palabra de Dios y se alimenten de ella, para que se encuentren con Cristo y puedan dialogar con Él. Pero, además, la Palabra de Dios impulsa a la comunidad eclesial a salir más allá de sí misma y a ser misioneros de la Buena Noticia hasta los confines de la tierra.

En la Iglesia se aprende que Cristo es la Palabra viva del Padre, el Verbo de Dios hecho carne, nuestro Salvador. Por eso, todos los fieles están llamados a acercarse con amor y familiaridad a las Sagradas Escrituras, especialmente en la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos.

Fuente: vatican.va

10 febrero 2026

DICASTERIO PARA LOS LAICOS, LA FAMILIA Y LA VIDA

El Papa a los participantes en la Sesión Plenaria

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡La paz esté con vosotros!

Eminencias, excelencias, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas:

Me alegra recibiros en estos días, que os ven reunidos para la Asamblea Plenaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. En el centro de vuestro trabajo están los temas de la formación cristiana y de los Encuentros Mundiales, realidades importantes para toda la Iglesia.

Los Encuentros Mundiales atraen a un gran número de participantes y requieren un complejo trabajo organizativo, en escucha y colaboración con las comunidades locales y con personas y organismos, muchos de los cuales poseen una larga y valiosa experiencia de evangelización.

Quisiera, sin embargo, detenerme especialmente en el tema de la formación cristiana. Las palabras de san Pablo que habéis elegido como título de vuestra reunión indican, a este respecto, una dirección precisa. Si consideramos por entero el versículo de la que han sido extraídas, leemos: «Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gal 4,19). El apóstol se dirige a los gálatas y los llama “hijos míos”, refiriéndose a un “parto” con el que, no sin sufrimientos, los ha llevado a acoger a Cristo. La formación se coloca, de este modo, bajo el signo de la “generación”, del “dar vida”, del “hacer nacer”, en una dinámica que, con dolor, conduce al discípulo a la unión vital con la persona misma del Salvador, vivo y operante en él o en ella, capaz de transformar la vida “en la carne” (cfr. Rm 7,5) en vida de “Cristo en nosotros” (cfr. 2Cor 13,5; Gal 2,20).

Este es un tema muy querido por el apóstol y presente en varios pasos de sus cartas. Por ejemplo, allí donde, dirigiéndose a los corintios, dice: «ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús» (1Cor 4,15). Es cierto que en la Iglesia, a veces, la figura del formador como “pedagogo” empeñado en transmitir instrucciones y competencias religiosas ha prevalecido sobre la del “padre” capaz de generar en la fe. Sin embargo, nuestra misión es mucho más alta, por lo que no podemos detenernos en transmitir una doctrina, una observancia, una ética, sino que estamos llamados a compartir lo que vivimos con generosidad, amor sincero por las almas, disponibilidad a sufrir por los demás y dedicación sin reservas, como padres que se sacrifican por los hijos.

Y esto nos lleva a otro aspecto de la formación: su dimensión de comunión. Del mismo modo que la vida humana se transmite gracias al amor de un hombre y una mujer, así la vida cristiana es vehiculada por el amor de una comunidad. No es el sacerdote solo, o un catequista, o un líder carismático quien genera a la fe, sino la Iglesia (cfr. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, 111), la Iglesia unida, viva, hecha de familias, de jóvenes, de célibes, de consagrados, animada por la caridad y por ello deseosa de ser fecunda, de transmitir a todos, y sobre todo a las nuevas generaciones, la alegría y la plenitud de sentido que vive y experimenta. Lo que hace nacer en los padres el deseo de dar la vida a los hijos no es la necesidad de tener algo, sino el afán de dar, de compartir la sobreabundancia de amor y de alegría que los habita; aquí también tiene sus raíces toda obra de formación.

Jesús, después de la Resurrección, confía a los apóstoles el mandato misionero diciéndoles que hagan “discípulos a todos los pueblos”, que los bauticen y les enseñen “a guardar todo lo que os he mandado” (cfr. Mt 28,19-20). Recuerdo estas expresiones porque en ellas encontramos resumidos otros elementos fundamentales de la misión del formador, que quisiera también subrayar.

Ante todo, la necesidad de favorecer caminos de vida constantes, atractivos y personales, que conduzcan al Bautismo y a los Sacramentos, o a su redescubrimiento, porque sin ellos no hay vida cristiana (cfr. Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 22 de febrero de 2007, 6).

Luego, la importancia de ayudar a quienes emprenden un camino de fe a madurar y custodiar una nueva forma de vida, que abarque todos los ámbitos de la existencia, tanto privados como públicos, como el trabajo, las relaciones y la conducta cotidiana (cfr. S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 16 de marzo de 2002, 3).

Además, es indispensable cuidar en nuestras comunidades los aspectos formativos orientados al respeto de la vida humana en todas sus etapas, especialmente aquellos que contribuyen a prevenir cualquier tipo de abuso a menores y personas vulnerables, así como a acompañar y apoyar a las víctimas.

Como podemos ver, el arte de formar no es fácil y no se improvisa: requiere paciencia, escucha, acompañamiento y verificación, tanto a nivel personal como comunitario, y no puede prescindir de la experiencia y la compañía de quienes lo han vivido, para aprender y tomar ejemplo. Así, en el curso de los siglos, han nacido gigantes del espíritu como san Ignacio de Loyola, san Felipe Neri, san José de Calasanz, san Gaspar del Búfalo o san Juan Leonardi. Y desde esta perspectiva, también San Agustín, apenas elegido obispo, compuso su tratado De catechizandis rudibus, cuyas indicaciones siguen siendo útiles y valiosas hasta el día de hoy.

Por eso, queridísimos, a la luz de estos modelos, os animo en vuestro trabajo y os agradezco la ayuda que prestáis al Dicasterio en la reflexión sobre estos temas. Los retos a los que os enfrentáis a veces pueden parecer superiores a vuestras fuerzas y recursos. Pero no debéis desanimaros. Empezad por lo pequeño, siguiendo, en la fe, la lógica evangélica del “grano de mostaza” (cfr. Mt 13,31-32), confiando en que el Señor hará que no os falten, en el tiempo oportuno, las energías, las personas y las gracias necesarias. Mirad a María: dándonos a Cristo, «cooperó con su caridad a que naciesen en la Iglesia los fieles que son los miembros de aquella cabeza» (S. Agustín, De sancta virginitate 6, 6). Imitad su fe y encomendaos siempre a su intercesión.

Hermanos y hermanas, renuevo mi “gracias”, os prometo acordarme de vosotros en la oración y os bendigo de corazón.

09 febrero 2026

El bien nos hace buenos y el mal…

Juan Luis Selma

Podemos ser un poco ingenuos y pensar que lo que hacemos no tiene demasiada importancia. El famoso “no pasa nada” suele acompañarnos como excusa. Pero la realidad es distinta: un mal gesto, una contestación brusca, una pérdida de tiempo en las redes… todo pasa factura. Puede herir a una persona o llevarnos a descuidar nuestras obligaciones.

Todo lo que hacemos deja huella, igual que cada visita a internet deja rastro. Para entenderlo mejor, puede ayudarnos el cuento del espejo del valle. En un valle escondido había un espejo muy especial. No mostraba la apariencia exterior, sino el interior del corazón. Un día se acercaron dos jóvenes: Lina y Mateo.

Lina vio en el espejo un brillo suave: pequeños gestos de bondad, palabras de consuelo, un pan compartido, una visita a quien estaba solo. Nada espectacular, pero cada acto encendía una luz en su interior.

Mateo, en cambio, vio sombras: una mentira dicha sin pensar, un desprecio nacido del orgullo, una ayuda negada por comodidad. Tampoco eran grandes maldades, pero iban dejando huella.

El anciano guardián del valle les dijo: “El espejo no premia ni castiga. Solo muestra lo que sembráis. El bien os hace buenos y el mal, malos. Cada acto, por pequeño que sea, os va moldeando”.

Podemos quedarnos en las buenas intenciones, en los sentimientos o en los deseos, pero son los actos concretos los que van perfilando nuestra personalidad. A veces hay un abismo entre lo que creemos que somos y lo que realmente perciben los demás. San Josemaría lo expresaba con ironía: “¡Qué buen negocio sería comprar a los hombres por lo que valen y venderlos por lo que ellos creen que valen!”.

En el Evangelio leemos: “Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo… Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Que vean vuestras buenas obras". Son esas obras las que nos hacen luminosos, buenos y, por tanto, felices.

Y también podemos decir lo contrario: el mal nos vuelve oscuros, huraños, infelices. Cuando apostamos por el ego, por la mentira, por el vicio, nos hacemos daño. Si tuviéramos un poco de sentido común, un atisbo de sabiduría, veríamos que ciertas actitudes nos hieren porque son malas: no compensan.

Para ser feliz hay que abundar en el bien, en lo bueno, en lo verdadero. Eso embellece la vida.

Dice Isaías: “Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo. Entonces romperá tu luz como la aurora". No nos convertimos en personas buenas o malas de golpe. Nos vamos haciendo. Nuestras elecciones nos configuran. Cada acto es una semilla: lo que sembramos crecerá en nosotros.

Un cristiano corriente puede sembrar el bien allí donde pisa: en su casa, en su trabajo, en sus relaciones, en su tiempo libre y en su propio corazón. No hacen falta grandes gestos, sino pequeñas semillas constantes.

En el hogar, sembramos el bien cuando escuchamos con paciencia, cuando perdonamos rápido, cuando cuidamos los detalles que sostienen la convivencia. El hogar es el primer taller donde Dios trabaja nuestro corazón.

En el trabajo, sembramos el bien cuando actuamos con responsabilidad, cuando tratamos a todos con respeto, cuando evitamos la murmuración, cuando somos justos y honestos. El trabajo bien hecho es una forma de amar.

Con los pobres y los que sufren, sembramos el bien cuando nos acercamos, cuando damos tiempo, cuando escuchamos, cuando compartimos lo que tenemos. El bien hecho al que sufre tiene un brillo especial.

En el mundo digital, sembramos el bien cuando hablamos con respeto, cuando no difundimos odio ni rumores, cuando sembramos esperanza en las redes. Incluso un comentario amable puede ser una semilla de paz.

La amistad es un puente por donde Dios pasa. Sembramos el bien cuando acompañamos, cuando animamos, cuando creamos espacios de alegría sana, cuando invitamos a otros a descubrir la fe sin imponerla.

Fuente: eldiadecordoba.es

08 febrero 2026

La sal de la tierra. […] la luz del mundo

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Después de haber proclamado las Bienaventuranzas, Jesús se dirige a quienes las viven diciendo que, gracias a ellos, la tierra ya no es la misma y el mundo ya no está oscuro. «Ustedes son la sal de la tierra. […] Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,13-14). La alegría verdadera es la que da sabor a la vida y hace surgir lo que antes no existía. Esta alegría se irradia de un estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de sus palabras. Después de haberlo encontrado, parece insípido y opaco lo que se aleja de su pobreza de espíritu, de su mansedumbre y sencillez de corazón, de su hambre y sed de justicia, que impulsan a la misericordia y a la paz como dinámicas de transformación y reconciliación.

El profeta Isaías enumera gestos concretos que ponen fin a la injusticia: compartir el pan con el hambriento, albergar a los pobres sin techo, cubrir al desnudo, sin despreocuparse de los vecinos y familiares (cf. Is 58,7). «Entonces —continúa el profeta— despuntará tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar» (v. 8). Por una parte, la luz, que no se puede esconder porque es grande como el sol de cada mañana que disipa las tinieblas; por otra, una herida, que antes ardía y ahora sana.

Es doloroso, en efecto, perder sabor y renunciar a la alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón. Pareciera que Jesús pone en guardia a quien lo escucha para que no renuncie a la alegría. La sal que ha perdido sabor, dice, «ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por la gente» (Mt 5,13). Cuántas personas —quizá nos ha sucedido también a nosotros— se sienten descartadas, fracasadas; como si su luz se hubiera escondido. Pero Jesús nos anuncia a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y nuestra unicidad. Cada herida, aun profunda, sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos regresar al camino del Evangelio.

Los gestos de apertura y de atención a los demás son los que reavivan la alegría. Ciertamente, en su sencillez nos sitúan contracorriente. Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies. Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor, aquel que hallamos cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada, el amor que no hace ruido.

Hermanos y hermanas, dejémonos alimentar e iluminar por la comunión con Jesús. Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la cima del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad de Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz. A María, Puerta del cielo, dirijamos ahora la mirada y la oración, para que nos ayude a ser y a permanecer como discípulos de su Hijo.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Huércal-Overa, España, fue beatificado don Salvador Valera Parra, párroco plenamente entregado a su pueblo, humilde y solícito en la caridad pastoral. Que su ejemplo de sacerdote centrado en lo esencial sea un estímulo para los sacerdotes de hoy, para que sean fieles en la vida cotidiana vivida con sencillez y austeridad.

Con dolor y preocupación he tenido noticia de los recientes ataques contra diversas comunidades en Nigeria, que han causado graves pérdidas de vidas humanas. Expreso mi cercanía en la oración a todas las víctimas de la violencia y del terrorismo. Espero que las autoridades competentes continúen actuando con determinación para garantizar la seguridad y la protección de la vida de cada ciudadano.

Hoy, memoria de santa Josefina Bakhita, se celebra la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. Agradezco a las religiosas y a todos aquellos que se comprometen a combatir y eliminar las actuales formas de esclavitud. Junto con ellos digo: ¡la paz comienza con la dignidad!

Aseguro mi cercanía a las poblaciones de Portugal, Marruecos, España —en particular de Grazalema en Andalucía— y del sur de Italia —especialmente de Niscemi en Sicilia—, afectadas por inundaciones y derrumbes. Aliento a las comunidades a permanecer unidas y solidarias, bajo la materna protección de la Virgen María.

Y ahora doy la bienvenida a todos ustedes, romanos y peregrinos italianos y de diversos países. Saludo a los fieles de Melilla, Murcia y Málaga, en España; a los procedentes de Bielorrusia, Lituania y Letonia; a los estudiantes de Olivenza, España, y a los confirmandos de Malta. Saludo también a los jóvenes conectados con nosotros desde tres oratorios de la diócesis de Brescia.

Sigamos rezando por la paz. Las estrategias del poder económico y militar —como nos enseña la historia— no generan futuro para la humanidad. El futuro está en el respeto y en la fraternidad entre los pueblos.

Les deseo a todos un feliz domingo.

Fuente: vatican.va

07 febrero 2026

Sal y luz

5.º domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Evangelio (Mt 5,13-16)

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.

Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.

Comentario

Inmediatamente después de exponer las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12), Jesús habla de lo que están llamados a ser en el mundo y en la sociedad quienes acojan su palabra y vivan de acuerdo con ese mensaje. Lo sugiere con unas imágenes muy expresivas: la sal y la luz.

La salazón de alimentos para conservarlos era muy importante cuando no se disponía de los actuales sistemas frigoríficos, y además les proporcionaba un toque de sabor. La sal evita la corrupción a la vez que hace más gustosa la comida, y eso lo consigue discretamente, mezclada entre los ingredientes. En el Antiguo Testamento se le reconoce a la sal un valor purificador (cf. Ex 30,35), y es símbolo de la fidelidad (cf. Nm 18,19). En ese sentido, los discípulos de Cristo estamos invitados a ser sal en todos los ambientes donde se desarrolla nuestra vida, purificándolos y haciéndolos agradables.

En Palestina en tiempo de Jesús la sal de uso doméstico no era muy refinada. Se trataba de material salado procedente del Mar Muerto, mezclado con muchas impurezas. Para usarlo, se diluía y se retiraba lo sobrante. En ocasiones esa sustancia tenía mucho más polvo que sal, por lo que la disolución resultaba casi sosa, de modo que no servía para nada sino para desecharla tirándola por tierra. Jesús se sirve de esa experiencia de la vida diaria para invitar a mantener la integridad en el pensar y en el hacer. La lección es siempre actual, como lo recordaba san Josemaría: “Tú eres sal, alma de apóstol. –‘Bonum est sal’ –la sal es buena, se lee en el Santo Evangelio, ‘si autem sal evanuerit’– pero si la sal se desvirtúa..., nada vale, ni para la tierra, ni para el estiércol; se arroja fuera como inútil. Tú eres sal, alma de apóstol. –Pero, si te desvirtúas...”.

Por su parte, la luz es algo imprescindible para ver, y se enciende para que alumbre, no para estar escondida. Pero también tiene un profundo sentido teológico. El Verbo, que existía desde el principio junto a Dios y que es Dios, es “la luz verdadera, que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), y los discípulos de Cristo, participando de su claridad, están llamados a ser “luceros en el mundo” (Flp 2,15). En los textos litúrgicos antiguos se llama al bautismo “iluminación”, de modo que el cristiano “‘tras haber sido iluminado’ (Hb 10,32), se convierte en ‘hijo de la luz’ (1Ts 5,5), y en ‘luz’ él mismo’”.

El cristiano es sal y luz del mundo cuando, con su ejemplo y con su palabra, lleva a cabo una actividad apostólica intensa. El Concilio Vaticano II así lo enseña, aludiendo a este pasaje evangélico: “A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para el ejercicio del apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas, realizadas con espíritu sobrenatural, tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios, pues dice el Señor: ‘alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos’ (Mt 5, 16)”.

Esta acción apostólica a la que Jesús llama a sus discípulos resulta especialmente urgente en un mundo secularizado donde, como señalaba el beato Álvaro del Portillo, “innumerables personas se apartan de Él en todos los ambientes de la sociedad. Nosotros, con tantos otros cristianos que también trabajan por Cristo en el seno de la Iglesia, hemos de construir –¡cómo me gusta repetir esta idea!– como un muro de contención que frene a los hombres en su loca huida de Dios, con el deseo de convertirlos en apóstoles que contribuyan a que las almas tornen a Dios. ¿Y qué somos nosotros? Un poco de sal, un poco de levadura metida en la masa de la humanidad (cfr. Mt 5, 13). Pero esta sal y esta levadura, con la gracia de Dios y nuestra correspondencia, devolverá el sabor divino a quienes se han vuelto insípidos, hará fermentar la harina, hasta transformarla en buen pan”.

Fuente: opusdei.org