06 noviembre 2026

«Antoni Gaudí», de Gijs van Hensbergen

Ignacio Merino

La imaginación de este «Leonardo del siglo XX» rompió los cánones de diseño de su tiempo, combinando técnica, espiritualidad y una profunda relación con la naturaleza

Gijs van Hensbergen. Profesor de arquitectura e historiador del arte de origen neerlandés, afincado en el Reino Unido. Especialista en la vida y la obra de Gaudí y de Picasso.

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La obra de Antoni Gaudí trasciende épocas, estilos y modas, como pone de manifiesto el estudio biográfico del profesor de arquitectura e historiador del arte Gijs van Hensbergen. Fue simultáneamente antiguo y moderno, medieval y adelantado a su tiempo. «Leonardo del siglo XX […] su imaginación causó verdaderos estragos en los anticuados cánones de diseño de su tiempo». Su originalidad radica en su capacidad para inventar y esculpir el espacio, combinando imaginación, técnica, espiritualidad y una profunda relación con la naturaleza. Por ello, arquitectos actuales como Calatrava, Zaha Hadid, Frank Gehry o Norman Foster reconocen su influencia.

Su formación explica en parte esta singularidad. Desde niño estuvo en contacto con el taller de calderería de su padre, donde aprendió a trabajar con materiales como el hierro y el cobre. La contemplación de las ruinas del monasterio de Poblet despertó su interés por las estructuras arquitectónicas, mientras que Santa María del Mar le mostró la capacidad de la piedra gótica para generar emoción y espiritualidad. Durante sus estudios de arquitectura destacó más por el dibujo y la creatividad que por la teoría académica; y las arquitecturas de Oriente, África, la Antigüedad y la Edad Media le servirían de inspiración futura.

Dejó su personalísima huella en el Capricho de Comillas, la Casa Balló y la Casa Milà, «autobiografía en piedra» donde plasma sus anhelos espirituales y pasiones terrenales, como apunta Van Hensbergen. Pero será en la Sagrada Familia donde culminará su carrera. Gaudí trabajó en ella durante décadas con absoluta libertad, fusionando arquitectura, naturaleza, simbolismo religioso y una enorme riqueza formal. Su estilo desconcertó a muchos contemporáneos, pero precisamente esa mezcla de influencias demuestra su voluntad de superar las categorías artísticas convencionales. Como él mismo dijo, el templo expiatorio «no iba a ser la última de las catedrales sino la primera de una nueva era».

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Genio personalísimo e irrepetible, Antoni Gaudí (Reus, 1852 – Barcelona, 1926) es «antiguo y moderno; medieval y, al mismo tiempo, cien años adelantado a su tiempo. Una mentalidad del todo relevante para el siglo XXI». Así lo define el profesor de arquitectura e historiador del arte Gijs van Hensbergen en el estudio biográfico sobre el autor de la Sagrada Familia. Inicialmente publicado en 2002, el trabajo se reedita en 2026, con motivo del centenario del arquitecto.

Si algo se desprende de sus páginas es la intemporalidad de Gaudí, que lo sitúa por encima de modas o corrientes estéticas y culturales. Fue «cubista antes del cubismo» con el trencadís, técnica ornamental de mosaico que une fragmentos irregulares de cerámica, vidrio o mármol mediante argamasa. Pero la llegada del vidrio y el acero de la Bauhaus, con su imperioso ángulo recto, lo denigró como «ejemplo del kitsch y la extravagancia finisecular». Tiempo después «la gauche divine barcelonesa de los años sesenta recuperó la pasión por el modernismo y por Gaudí».

Y en la escena contemporánea «estrellas de la arquitectura como Calatrava, Zaha Hadid, Frank Gehry o Norman Foster deben mucha de su inspiración a la capacidad de Gaudí para esculpir el espacio. El don del arquitecto catalán consiste en comprender la escala y la emoción, así como la capacidad del edificio para inspirar y respirar».

En el siglo XXI su celebridad ha crecido de manera exponencial. «La reputación de Gaudí se ha difundido hasta convertirlo en el arquitecto más famoso del mundo. Su legado es admirado en Japón, Corea, Europa y en toda América […] La obra gaudiana interesa cada vez más porque es holística, espiritual y asombrosamente original». Y su ecologismo está impregnado de contemporaneidad: «Recicla azulejos, vajillas y juguetes rotos, sobrantes de fábricas, aros metálicos de fardos de algodón, muelles de somieres y ladrillos chamuscados de hornos industriales para crear sus edificios».

Un Leonardo del siglo XX

Pero Gaudí escapa a las etiquetas, esquiva los intentos de encasillarlo. ¿Por qué? Van Hensbergen apunta a una cualidad singular: su imaginación. A diferencia de otros muchos, Gaudí no construye, sino que inventa. Y esto le confiere un aura renacentista: «Cual Leonardo del siglo XX, Gaudí encarna la apoteosis del artista como inventor. Fantásticamente fértil, su imaginación causó verdaderos estragos en los anticuados cánones de diseño de su tiempo».

Nadie lo hubiera imaginado viéndole en un pupitre de las Escuelas Pías de Reus en los años 60 del siglo XIX. «No era un alumno precoz ni distinguido, sólo destacaba en la asignatura de Geometría». Era el quinto hijo de Francesc y Antònia, residentes en Reus. Había tenido una infección pulmonar y artritis reumatoide. El restablecimiento fue penoso. Había ocasiones en que estaba tan inmovilizado que tenían que llevarlo en burro.

El padre era calderero y el niño se pasa horas en el taller, donde aprende a trabajar con el fuego, batir el cobre y doblar el hierro. «Así pudo estudiar la gramática de la arquitectura. En la cumbre de su carrera, Gaudí aún seguía refinando la destreza que le trasmitiera su padre sesenta años antes». 

A los 16 años, hará un descubrimiento esencial para su vocación arquitectónica. Junto con sus amigos Eduard Toda y Josep Ribera ve las ruinas de Poblet: «El monasterio lo tenía todo: panteón real, aunque destrozado y vacío, una iglesia medio derrumbada y las ruinas del palacio que construyó Martín el Humano. Sin embargo, fueron esos escombros sobre los que Gaudí y Toda fundaron sus largas y distinguidas carreras». Entusiasmados, conciben el audaz proyecto de reconstruir el conjunto. Para el joven Gaudí aquel fue su «primer laboratorio arquitectónico y le ofreció la oportunidad de desmontar algunas porciones de los edificios a fin de observar cómo funcionaban». ¿Qué porcentaje de mampuesto y revestimiento se utilizaba en un arbotante? ¿Cuánto pesaba un sillar de clave? El muchacho quedó maravillado por los rasgos estructurales que se le revelaban. Poblet era para él como un modelo de anatomía con sus tendones y músculos a la vista».

Para costearle la carrera de arquitecto, el padre vende algunas tierras, y el joven Antoni llega a Barcelona, donde queda maravillado ante la iglesia de Santa María del Mar, «logro sublime del Gòtic cuyo espacio elástico es capaz de producirle calma o agitación. La construcción del siglo XIV le proporcionó a Gaudí el modelo para una unión futura entre edificación y creencia».

Como estudiante universitario le interesaba más el arte que la teoría. Su compañero Martinelli lo atestigua: «Para él era una tortura la geometría analítica que convierte la plasticidad de las formas en fórmula algebraicas, a las que llamaba ‘abstracción de abstracciones’. Durante las clases teóricas, se entretenía dibujando».

Por entonces se convierte en ávido lector: «En años posteriores sería capaz de citar fragmentos enteros de los poemas de Goethe» …  y en un dandi sibarita, que gasta guantes de cabritilla y sombreros de fieltro, degusta la buena mesa y frecuenta salones y veladas musicales. En materia religiosa es «indiferente, rayano en el ateísmo».

Se interesa por las arquitecturas de Oriente y África, que le servirán de inspiración futura. Había adquirido un juego de fotografías de monumentos indios y egipcios que consideraba «un festín espiritual» y contaba con reproducciones en daguerrotipo de las ruinas mayas y otras obras de la arquitectura asiria y persa como la sala hipóstila de Jerjes y las cien columnas de Darío en Persépolis. Estudiaba fotografías de las viviendas de arcilla del Nilo, «unos curiosos palomares que acaban en punta como cucuruchos invertidos, así como de las fortificaciones españolas construidas en Melilla, que utilizaban un arco alargado en forma de huevo que él desarrollaría hasta obtener su distintivo arco catenario».

Entre los arquitectos europeos su mayor influencia fue Viollet-le-Duc: «El restaurador de Notre Dame hacía un análisis arquitectónico radical que Gaudí encontraba particularmente estimulante».

O un genio o un loco

En marzo de 1878 se graduó al fin. Pero su asistencia a la Escuela de Arquitectura había sido esporádica y su enfoque de los encargos había quebrantado las reglas. «Caballeros, nos hallamos hoy en presencia de un genio o de un loco» es fama que dijo Elías Rogent, el director de la Escuela.

Su vida personal dará un giro hacia la espiritualidad, tras el desengaño con Pepeta Moreu, «una profesora divorciada, enérgica, poco convencional y muy guapa», a la que conoció en 1879. Señala Van Hensbergen que «con bastante torpeza le pidió matrimonio, pero ella ya estaba comprometida». Sólo volvería a enamorarse de una norteamericana, que acabó retornando a EE.UU. Resignado al celibato, asumirá su estéril vida amorosa. Su conversión religiosa fue un proceso gradual, muy relacionado con el encargo de la Sagrada Familia que recibe en 1883. Paulatinamente se aproxima «a los místicos españoles, por la llama de amor viva, en un peregrinaje espiritual hacia Dios».

Mientras tanto, deja huella de su creatividad en distintas obras, entre las que destacan el Capricho en Cantabria, construido entre 1883 y 1885, por encargo de Máximo Díaz de Quijano, secretario del marqués de Comillas. Y el palacio episcopal de Astorga, proyecto diseñado e iniciado por Gaudí, por encargo del obispo Juan Bautista Grau, en 1889 y concluido en 1915 bajo la dirección de Ricardo García Guereta.

En 1903 el industrial Josep Batlló encargó a Gaudí que derribara el edificio de su residencia familiar en el Paseo de Gracia para construir uno nuevo.  Mas el arquitecto descartó el derrumbe y realizó una reforma integral que hizo del edificio una auténtica obra de arte. Actualmente la Casa Batlló es patrimonio mundial de la UNESCO y un icono del modernismo barcelonés.

También lo es la Casa Milà, conocida como La Pedrera, construida también en el paseo de Gracia entre 1906 y 1910.  Encargada por Pedro Milà, es un reflejo de la plenitud artística de Gaudí: «Pertenece a su etapa naturalista, se inspira en las formas orgánicas de la naturaleza, a lo que añade una imaginativa creación ornamental».

La Casa Milà, «representa un intento de autobiografía» considera Van Hensbergen. En su fachada de piedra, Gaudí había sublimado sus anhelos espirituales y pasiones terrenales. «Los tres años que la había dedicado lo dejaron psicológica y físicamente exhausto. Tenía ya cincuenta y siete años. Sería su último encargo secular». 

En 1918 la Sagrada Familia quedó como única obra activa de Gaudí, pues tras la muerte de su mecenas Eusebi Güell, las obras del Park Güell y la Colònia Güell se vieron interrumpidas. Entonces se dedicó por entero al templo expiatorio. «Proyectaba, daba forma a la piedra y ayudaba a los trabajos, pero también recaudaba fondos y gestionaba apoyos. Durante 36 años progresó lenta pero concienzudamente».   

Las obras iniciales habían comenzado en 1882, cuando el obispo Urquinaona colocó la primera piedra, con la idea de que el templo fuera neogótico, pero los desencuentros entre los promotores fueron constantes y hasta que no apareció el joven Gaudí en el otoño de 1883 no hubo unidad de criterio. El arquitecto gozó de absoluta autonomía para trabajar en la Sagrada Familia con sus audaces innovaciones.

Sensación operística, arrebatadora y grandiosa  

La cripta neogótica quedó acabada en 1891, y para 1900 se habían completado la fachada del Nacimiento y una sección exterior del claustro y de la capilla del Rosario. «La fachada del Nacimiento producía una sensación operística, arrebatadora y grandiosa» destaca Van Hensbergen. «Como Ortega había dicho de El Escorial, ‘era un credo visible’, aunque para algunos críticos aquello no era sino un ‘tratado de puro esfuerzo’».

La Magnus opus inacabada, con su peculiar estilo que fusionaba fuentes tan distintas, desconcertaba a analistas e intelectuales: «Empleaba una salvaje cleptomanía estilística que aunaba el lenguaje de las figuras de cera, el diorama, el carnaval, el paisaje, la gruta, la feria y el santuario religioso en un todo elaborado» subraya el autor.

El crítico y teórico de la arquitectura Nikolaus Pevsner lo desdeñaría como «frenético mejunje sólo posible en el país de Churriguera». En cambio, Oscar Tusquets, restaurador del Palacio Domênech, explica cómo Gaudí «trabaja en un diálogo con Dios, el mismo que podría mantener un alfarero japonés con la divinidad».

Durante sus últimos años, totalmente entregado a la Sagrada Familia, Gaudí vive y trabaja como un ermitaño. Su jornada consistía en una rutina inalterable: misa matutina, trabajo en el templo, confesión y vuelta a casa para meterse en la cama. En marzo de 1921 el presidente Dato fue asesinado por unos anarquistas y en verano el ejército español sufrió una aplastante derrota en el Rif. El país se vio arrastrado al caos y el desorden, pero Gaudí caminaba tranquilamente todos los días a través de la tormenta política, aislado y distante, pensando absorto en su iglesia.

Nada quedaba del dandi sibarita de su juventud. Tal era su aspecto que «la gente se cruzaba de acera al verlo, temiendo que les pidiera dinero». Tampoco tenía un carácter fácil. Un día fue conducido al calabozo por increpar a guardias civiles en catalán, idioma prohibido por la Dictadura de Primo de Rivera. Allí encerrado, pensó que el país estaba en un callejón sin salida y tomó una drástica decisión: trasladarse a vivir al estudio de la Sagrada Familia.

El lunes 7 de junio de 1926, a las cinco de la mañana, salió del templo para recorrer andando los tres kilómetros hasta san Felipe Neri, para hablar con su director espiritual. Al cruzar la Gran Vía de las Cortes Catalanas, distraído en sus pensamientos, se paró un momento y el tranvía número 30, incapaz de aminorar la velocidad, lo atropelló.

Por sus trazas, el conductor lo tomó por un vagabundo borracho, así que apartó el cuerpo de la vía y continuó el trayecto. Estuvo un día entero en un hospital para indigentes. Comenzó a delirar. Alguien lo reconoció y lo trasladaron al Hospital Clínic. Entonces empezaron los lamentos y los desfiles de autoridades. Toda la prensa resaltó el vergonzoso drama. Al día siguiente, el herido recobró el sentido y pidió la Extremaunción. Luego musitó, aferrado a un crucifijo, «Jesús, ¡Déu meu!».  Falleció unas horas después.

La primera catedral de una nueva era

En 2010, Benedicto XVI consagró como basílica el templo expiatorio, y en 2025 el papa Francisco declaró a Gaudí venerable, primer paso en el camino a la canonización. En 2026, el año del centenario, León XIV ha inaugurado la Torre de Jesús de la Sagrada Familia.

Gaudí todavía construye desde la tumba» subraya Gijs van Hensbergen. «Dios fue su principal mecenas y en realidad no tenía prisa. Había esperado cientos de años a que se terminaran Chartres y Sevilla. Según tales estándares, ciento cincuenta años más para la Sagrada Familia no supondría demasiado tiempo». Sobre todo, teniendo en cuenta que, como él mismo dijo con acento profético, el templo expiatorio «no iba a ser la última de las catedrales sino la primera de una nueva era».

Fuente: nuevarevista.net

05 noviembre 2026

Volver al primer amor: las claves de «Venite ad me»

Ramiro Pellitero

El documento "Venite ad me" propone volver al corazón del Evangelio para afrontar los desafíos actuales en la transmisión de la fe, marcados por los cambios culturales y la cultura digital.

En Dios está el «primer amor», en sentido absoluto, por cada persona. La fe cristiana afirma que existimos porque hemos sido amados. A descubrir o redescubrir esa realidad invita un nuevo documento vaticano. El texto sitúa la experiencia personal con Cristo Resucitado y la pedagogía del testimonio como respuesta ante el secularismo y como modo de evangelizar la cultura digital. 

El documento «Venite ad me»: Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época (22-X-2026), publicado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, no se presenta como una nota doctrinal, sino como un mapa pastoral esperanzador ante la misión evangelizadora en nuestro tiempo.

Partiendo de las palabras del Señor ─«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados» (Mt 11,28)─, el texto afronta la ruptura de la transmisión tradicional de la fe en medio de las transformaciones culturales de nuestro tiempo, la sobreestimulación y la cultura digital, invitando a volver al corazón mismo del Evangelio. 

En una de las primeras notas, el documento explica la estructura de sus capítulos: tras la introducción, comienza por los fundamentos teológicos («el anuncio del amor del Padre» y «la luz de la fe»). Continúa con los retos actuales («el cambio de época»), propone una respuesta principal («la centralidad del kerygma») y adjunta sugerencias prácticas («la transmisión de la fe en las comunidades»). En la última parte, subraya la relación entre la fe y la cultura y algunas implicaciones pastorales. Finalmente, recoge algunos testimonios de acercamiento a la fe desde muy distintos lugares y situaciones. 

Como motivaciones adicionales para su lectura, vale señalar: el ser fruto de aportaciones de numerosas Conferencias Episcopales; el haber sido preparado como respuesta a una petición expresa del papa Francisco y de León XVI para afrontar este tema; el hecho de que sea precisamente la sección doctrinal del Dicasterio para la doctrina de la fe quien se haya encargado de este trabajo orientador en la situación que nos encontramos, como testimonio de la relación entre doctrina y vida, entre teología y evangelización; el carácter introductorio del documento, que anuncia una continuación del estudio sobre las causas y las implicaciones del contexto actual, en lo que se refiere a la transmisión de la fe. 

Veamos algunas de sus claves teológico-pastorales.

El primer anuncio y la «atracción» de la fe

El documento señala la primacía del kerygma «el primer anuncio de la fe» y de la fides qua ─le fe como experiencia personal─, subrayando que la fe se transmite no en primer lugar como conjunto de doctrinas, sino como experiencia viva de encuentro interpersonal con Cristo Resucitado, en la oración y en los sacramentos, especialmente la Eucaristía. 

El primer anuncio de la fe («Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte y está vivo a tu lado») no es una etapa previa que luego se olvida, sino el fuego continuo que debe impregnar toda formación y hacer arder el corazón. 

En sintonía con el Magisterio reciente, se reafirma que la Iglesia crece por la fuerza de atracción de la caridad de Cristo. La propuesta cristiana se vuelve deseable cuando transparenta la belleza del amor que acoge sin prejuzgar y la actitud de escucha desinteresada.

«El Amor ─asegura Benedicto XVI─ es el que da la vida; (…) La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera solo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (cf. 1Jn 4, 10)» (Homilía en Aparecida, 13-V-2007). Así pues, es la Iglesia, ante todo, la que es la atraída por el «amor primero» de Dios, que la puso en el mundo para darnos a participar su vida. Hacernos participar de la vida divina: eso es lo que hace la Iglesia al transmitirnos «todo lo que ella es, todo lo que cree» (Dei Verbum, 8). Y es ese amor de Dios, que nos ha amado primero ─y que sigue brotando del Corazón de Cristo─ el que atrae en la vida y en la acción de los cristianos (cf. n. 30). 

Por eso, dice el texto, «la fe no se transmite, en primer lugar, como un conjunto de contenidos doctrinales o de información religiosa, sino como una forma de vida eclesial en la que el creyente se va introduciendo progresivamente» (n. 29), hasta que poco a poco es capaz de verlo todo con los mismos ojos de Jesús. «La fe puede transmitirse no como una doctrina abstracta, sino como una vida nueva que se comunica “por atracción” en lo cotidiano» (n. 92).

Los primeros transmisores de la fe o catequistas son ─o deberían ser─ nuestros padres. Así era hasta hace poco; «sin embargo, esta situación favorable se está perdiendo progresivamente» (n. 38). Y «no solo está en crisis la transmisión de la fe, sino también una determinada visión del ser humano y de sus valores fundacionales y fundamentales, que había encontrado precisamente en el Evangelio su plenitud» (n. 53).

Los lenguajes en la transmisión de la fe

En un ambiente radicalmente individualista ─y la cultura digital lo favorece en gran medida─, para comunicar la fe hoy se requiere el lenguaje primordial de la empatía y la cercanía; pues la fe se transmite sobre todo «persona a persona», dando especial relevancia a la amistad. El documento insta a dialogar con los entornos digitales, la cultura urbana, las subculturas juveniles y las búsquedas humanas más tangibles, reconociendo que Dios ya está actuando en las inquietudes del alma contemporánea.

Todo ello se traduce en el testimonio cristiano, que aquí se presenta apoyado en tres pilares: la santidad en la vida ordinaria, la cercanía hacia todos y la especial atención a los pobres y frágiles. Ahí se manifiesta «la belleza integral de la propuesta cristiana» (n. 97). Belleza que resplandece al cruzarse la verdad y el bien, como antídoto contra el pragmatismo y el formalismo, el utilitarismo y el hedonismo. Y que se muestra, en formas diversas, a través del arte, de la música y de la liturgia como ventanas a la trascendencia. 

La liturgia en el centro, y la inculturación

En el centro de la transmisión de la fe se sitúa la liturgia. Lejos de todo ritualismo formal, la liturgia constituye un acontecimiento «performativo» (realiza la acción que anuncia, en cuanto que actualiza nuestra redención), que moldea la fe desde dentro y enseña a «mirar con los ojos de Jesús». En efecto, el fundamento de una verdadera piedad litúrgica, como apuntaba Guardini, está en «la capacidad de vivir-en-la-mirada, de permanecer en la visión, de acoger lo sagrado a través de la forma y del acontecimiento, contemplando» (citado en n. 93).

Por lo que se refiere a la relación entre la fe y la cultura ─se entienda ésta en un sentido antropológico amplio o más restringido a los aspectos intelectuales─, la inculturación de la fe es a la vez una condición y un fruto de su transmisión. Es célebre la expresión de san Juan Pablo II cuando dijo que «una fe que no se convierte en cultura es una fe que no se ha acogido plenamente, que no se ha pensado en su totalidad, que no se ha vivido fielmente» (citado en n. 102). Para ello es importante la presentación razonable de los contenidos de la fe; y las enseñanzas sociales de la Iglesia pueden verse como «preámbulos de la fe».

Asimismo, se revalorizan la fuerza de la piedad popular, las peregrinaciones, las cofradías y la devoción mariana, como espacios de fe inculturada que atraen con fuerza a las nuevas generaciones. 

Otros puntos que merecen atención: la predicación, el voluntariado, la presencia de las mujeres en los procesos eclesiales, la participación de los jóvenes en los grandes eventos, el estudio de la historia de la Iglesia, la educación católica, el ecumenismo y el diálogo interreligioso. 

Volver al amor primero 

El tramo final, decíamos, cede la palabra a relatos auténticos de personas de diversos tipos, lugares y culturas, desde ámbitos académicos hasta cárceles y familias. Sus experiencias muestran cómo, en la trama sencilla de la vida cotidiana ─quizá a través de la familia y de la oración, de la caridad, de la cultura y de la belleza─ la gracia de Dios continúa realizando el milagro de la conversión y la esperanza. Y la conversión cristiana, sea por vez primera o de forma renovada, es siempre volver al corazón del Padre. 

Dios es siempre fiel a su primer y radical amor. Dios nos primerea, decía el papa Francisco, y otro argentino había cantado que «siempre se vuelve al primer amor».

Quien nos trae y «atrae» hacia el amor primero es Cristo, por la acción del Espíritu Santo.

Cristo ─se recuerda en la conclusión─ es la luz verdadera del mundo, que introduce en la plenitud de la vida. Es el don que hemos recibido los creyentes. Ahora nos toca a nosotros transmitir ese mismo don, que es anhelado, aunque no sea de modo consciente, por los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

El texto es contrapunto de cierto «desencanto pastoral» que puede haber en algunos ambientes. Ofrece una mirada realista sobre las dificultades del mundo actual y esperanzada, recordando a catequistas, educadores, pastores y familias que la luz de Cristo sigue teniendo la capacidad de iluminar y llenar de sentido cada vida humana.

Fuente: omnesmag.com


04 noviembre 2026

Un viaje intelectual hacia la fe

Benigno Blanco

Charles Murray defiende la necesidad de tomarse la religión en serio en su libro autobiográfico.

Charles Murray es un politólogo estadounidense, autodefinido como libertario, autor de numerosos libros sobre asuntos políticos y sociales.

Avance

El libro más reciente del politólogo norteamericano Charles Murray es suficientemente elocuente acerca de su contenido: Tomarse la religión en serio. Un viaje intelectual hacia la fe en tiempos de escepticismo. El viaje, naturalmente, es el suyo propio desde el agnosticismo hasta ese «tomarse la religión en serio» del título; y el adjetivo intelectual es esencial. El viaje, como tal, es lento, y es fruto de una intensa reflexión personal. Bien que, en ese proceso racional, como advierte el autor de la reseña, está también presente el amor, en este caso de la esposa de Murray, cuya práctica cristiana (cuáquera) no deja de ser un ejemplo y una referencia orientadora para él. «El Dios que es amor se hace el encontradizo donde hay amor», escribe Benigno Blanco.

El agnóstico satisfecho, buen hijo de la Ilustración, que era Murray fue aceptando que tenía un «déficit de percepción en materia de espiritualidad». Conociendo ese déficit, se planteó la necesidad de reflexionar sobre la idea de Dios, tomándosela en serio. A la vez, llegó a la convicción de que el cristianismo, cuyas tradiciones y fuentes históricas estudió, merece credibilidad racional, que la fe cristiana es algo muy consistente y razonablemente sostenible. Concluyó que la fe no se opone a la razón; que la verdad sobre el cosmos y el hombre que muestran las ciencias contemporáneas es absolutamente compatible con las certezas cristianas sobre un Dios creador y un hombre dotado de alma espiritual; en definitiva, que entre razón y fe no hay contradicción alguna, sino una sorprendente complementariedad.

El itinerario intelectual de Murray tuvo etapas como el descubrimiento de la simplicidad matemática del mundo, la convicción de que el universo fue diseñado deliberadamente para permitir el desarrollo de la vida, o la investigación de los fenómenos psíquicos carentes de explicación neurológica convincente, especialmente los que se producen al final de la vida. Lo anterior lo complementó con la aceptación de los principios fundamentales de la fe, el descubrimiento del humanismo de las doctrinas cristianas y la importancia de la Iglesia en el surgimiento de la ciencia contemporánea y su aportación a las artes.

Murray investigó también sobre la veracidad de los Evangelios, su autoría y datación, los milagros y la resurrección de Cristo. «Mi desordenada peregrinación me ha llevado a creer que vivo en un universo al que el amor y la gracia dotan de sentido. Y eso es mucho», concluye el autor del libro.

Artículo

Charles Murray, conocido politólogo y analista de cuestiones sociales y culturales norteamericano, vinculado a instituciones conservadoras y libertarias y polemista contumaz, ha escrito Tomarse la religión en serio. Un viaje intelectual hacia la fe en tiempos de escepticismo. No es la historia de una conversión, como quizá el subtítulo de la obra podría sugerir, sino la historia de un viaje desde el agnosticismo habitual en ambientes laicos de la sociedad contemporánea hasta un «tomarse la religión en serio» como el título —con notable precisión— indica.

Quizá lo más singular de la historia de Murray es que su apertura a Dios y lo sobrenatural no es el fruto de una experiencia singular de tipo religioso ni de circunstancias vitales especialmente duras que le hayan enfrentado a la vieja cuestión del «sentido de la vida», sino de una reflexión sobre la comprensión del mundo y del hombre a la luz de los avances científicos actuales, que avanza lentamente en el tiempo obligándole por honestidad intelectual a no seguir amarrado a los viejos prejuicios del laicismo contemporáneo y a abrirse a la riqueza metafísica de la realidad que la cosmovisión actual también incentiva.

Estamos ante una biografía intelectual de un camino personal del agnosticismo a la fe, que no es tampoco —a pesar de la presentación del autor— algo meramente frío y racional, pues de su propio relato se deduce la importancia que tiene —como telón de fondo— el ejemplo de su esposa Catherine, que vive su fe en una comunidad cuáquera. Murray se autodefine como un hombre con nula sensibilidad religiosa que llega a la fe exclusivamente por vía racional, pero el lector intuye que la silenciosa presencia de Catherine y su ejemplo no tiene papel secundario en ese itinerario de su marido.

Hay muchas vías para llegar a Dios; o, quizá con más rigor, muchas vías por las que Dios se acerca al hombre. Pero en todas ellas —sea consciente o no el sujeto—, según mi experiencia, siempre hay de fondo una historia de amor, pues el Dios que es amor se hace el encontradizo donde hay amor. Por eso, doy mucha importancia en el viaje intelectual que Murray narra en esta obra a esa Catherine que casi no aparece, pero que está ahí, yendo por delante de su marido por caminos que este no transita, pero desde los que le marca o sugiere hacia dónde mirar.

Murray se define a sí mismo como «un agnóstico feliz» en la época en que se casó con Catherine (pág. 16) y no la acompañaba a las reuniones semanales de su comunidad porque «seguía convencido de que el creciente interés de Catherine por las cuestiones espirituales no tenía nada que ver conmigo» (pág. 19) por el prejuicio asumido en la universidad (que le convirtió en «un hijo de la Ilustración», pág. 53) de que «las personas que tienen convicciones religiosas profundas se engañan a sí mismas» (pág. 24)… hasta que acabó «aceptando que era yo quien tenía un problema: sufro de un déficit de percepción en materia de espiritualidad» (pág. 25) que atribuye a un defecto de «la modernidad occidental» de la que es hijo: el prejuicio de que la ciencia moderna no deja hueco alguno para Dios en la comprensión de nuestro mundo y la suposición de que los huecos existenciales que todos percibimos en ocasiones pueden llenarse con apoyo técnico adecuado sin necesidad de plantearse la «hipótesis Dios».

A pesar de su déficit de percepción en materia de espiritualidad, Murray sí aceptó su obligación de —al menos— reflexionar sobre los datos a su alcance para comprobar si la «hipótesis Dios» era tan absurda e irracional como presuponía… o no. Esta muestra de honestidad de nuestro autor fue la puerta que Dios usó para ir entrando en su vida.

En palabras del propio autor: «Escribo como alguien que creció en la fe cristiana, se alejó de ella y, tras reflexionar más a fondo, he vuelto a ella. Si, por el contrario, usted ha crecido en un entorno secular y nunca le ha prestado mucha atención al cristianismo, espero que una de las conclusiones que saque de mi experiencia sea que vale la pena dedicarle su tiempo» (pág. 154).

El itinerario intelectual del autor

En la primera parte del libro, Murray relata cómo fue aprendiendo, haciéndose preguntas suscitadas por la realidad en que nos movemos, a tomarse a Dios en serio; y en la segunda explica cómo fue adquiriendo la progresiva convicción de que el cristianismo merece credibilidad racional. Dicho de otra manera, en la primera parte el autor nos muestra cómo —estudiando— llegó a desmontar el catecismo secular de seudo verdades que había dado por supuestas sin cuestionarlas nunca, solo porque eran lo que —presuntamente— toda la gente seria creía; y en la segunda relata cómo el estudio de las tradiciones y fuentes históricas del cristianismo le mostró que la fe cristiana era algo muy consistente y razonablemente sostenible. Así llegó a la convicción, que expresa al final del libro, de que la fe no contradice en nada a la razón; de que la verdad sobre el cosmos y el hombre que muestran las ciencias contemporáneas es absolutamente compatible con las certezas cristianas sobre un Dios creador y un hombre dotado de alma espiritual; y de que, en consecuencia, entre razón y fe no hay contradicción alguna, sino una sorprendente complementariedad.

El itinerario intelectual de Murray discurrió a partir de descubrimientos como «la simplicidad matemática del mundo» (pág. 30) que le llevó a pensar que pareciera que alguien había hecho planes para que fuera así, la pregunta sobre por qué hay algo en lugar de nada que oyó formular en una conferencia hacia 1994 o 1995 y le abrió la mente a un Misterio escrito con mayúsculas y a la palabra Dios como algo con sentido (cfr. págs. 31 y ss.). Así empezó a «dejar de antropomorfizar a Dios y, en su lugar, concederle el respeto que se merece» (pág. 34). A partir de este tipo de reflexiones y de las lecturas en que se embarcó sobre el Big Bang y los ajustes del Universo que han posibilitado la vida, el autor nos cuenta que en la primera década del siglo XXI experimentó algo así como su caída del caballo camino de Damasco, llegando a la convicción de que vive «en un universo que fue diseñado deliberadamente para permitir el desarrollo de la vida» y «asumir que hubo un milagro inicial que creó algo en lugar de la nada» (pág. 51).

Otro campo de investigación que afrontó Murray fue el de los fenómenos psíquicos carentes de explicación neurológica convincente, especialmente los que se producen en contextos de final de la vida; llegando a la conclusión de que hay evidencias consistentes incompatibles con una teoría estrictamente materialista de la conciencia, por lo que —nos dice— «tuve que reconocer la posibilidad de que tengo un alma» (pág. 69).

Tras este recorrido intelectual que ocupa la parte primera de la obra, en la segunda Murray relata cómo en los veinte años siguientes fue «aceptando poco a poco muchos de los principios fundamentales de la fe» (pág. 73). En esas largas páginas, describe cómo fue descubriendo poco a poco el humanismo de las doctrinas cristianas, la importancia de la Iglesia en el surgimiento de la ciencia contemporánea y su aportación a las artes, y —gracias a Mero Cristianismo, de C. S. Lewis— a revolucionar todas sus ideas previas sobre el orden moral y la figura de Cristo. La influencia de Lewis en nuestro autor es tratada con detalle (cfr. págs. 85 y ss.) pues le abrió la mente a la idea de un universo intencional, reflejo de un orden racional y moral que aparece en todas las culturas y tradiciones religiosas como huella del Creador; y a aceptar que Jesús de Nazaret, como dice Lewis, o era un mentiroso o estaba loco o era Hijo de Dios; y que la última de esas opciones es mucho más consistente con toda la información disponible.

Murray dedica los dos capítulos más extensos de su libro (págs. 97 a 154) a sus investigaciones sobre la veracidad de los Evangelios, su autoría y datación, a los milagros y la resurrección de Cristo… y, al concluir la razonable veracidad histórica de los relatos evangélicos, afirma que recuperó la fe de su infancia en Dios Creador y su Hijo Jesucristo, aunque, como él mismo escribe en la página final: «Aún no he experimentado la alegría. Cuando estoy con Catherine y otras personas que sí la han experimentado, a veces me siento como un niño pequeño con la nariz pegada al cristal, mirando una fiesta a la que no puedo asistir. No he dejado de intentar unirme a la fiesta. Quizá la puerta se abra con el tiempo. Pero incluso si no es así tengo mucho que agradecer. Mi desordenada peregrinación me ha llevado a creer que vivo en un universo al que el amor y la gracia dotan de sentido. Y eso es mucho» (pág. 172).

Una valoración

El libro de Murray no es un libro de apologética cristiana; se nota mucho que no tiene una formación profunda filosófica y teológica, aunque ha hecho un inmenso esfuerzo intelectual leyendo todo lo que ha caído en sus manos. Quizá de haber tenido la suerte de encontrarse con el catolicismo —y no con iglesias derivadas de la tradición luterana— la profunda síntesis razón/fe que caracteriza la tradición teológica de la Iglesia Católica le habría facilitado su trabajo de búsqueda y le habría llevado aún más allá del final con que concluye su obra.

Pero su mensaje es hoy de profunda actualidad: la fe no contradice la razón, sino que la completa; no hay contradicción entre la sabiduría moderna y el testimonio de lo sobrenatural que ofrece la religión cristiana; la visión materialista del mundo y del hombre derivada de la interpretación vulgar de las ciencias decimonónicas no es acorde a lo que nos muestra la ciencia actual; la idea de que hay que elegir entre ser un científico serio y la fe no es coherente con la larga lista de hombres de fe entre los científicos modernos de primera fila. En definitiva, como expresa Murray, merece la pena para quienes viven en una tradición atea o agnóstica abrirse a considerar la búsqueda de Dios como tarea legítima y razonable.

El autor ha llegado por una vía muy intelectual a descubrir la existencia de Dios y la solvencia racional e histórica del cristianismo; pero, como él mismo confiesa —en clara reminiscencia del Cautivado por la alegría de C.S. Lewis—: «Aún no he experimentado la alegría». Es lógico que aún no haya llegado a esa alegría que añora, porque el cristianismo no es una filosofía ni una teoría científica o histórica, sino que es el encuentro con una persona, Cristo, y una historia personal de amistad con Él. Pero estoy seguro que llegará a esa meta porque ya está muy cerca del que dijo: «Buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá».

Santo Tomás, analizando las facultades superiores del ser humano, precisó: «Entiendo porque quiero»; en otras palabras: si no queremos entender, no entendemos. Según esta doctrina, la inteligencia es un presupuesto para la voluntad libre pues solo se puede querer lo que previamente se ha conocido, pero la voluntad a su vez es necesaria para entender algo. Como Murray ha puesto cabeza y voluntad en su viaje intelectual hacia la fe y se toma la religión en serio, estoy seguro de que culminará el viaje … pues ya está muy cerca del final.

Un acierto de Murray y sus editores es que, a lo largo del libro, en recuadros separados del texto principal y en letra distinta, se deja constancia de los libros que el autor fue leyendo en cada momento de su viaje intelectual hacia la fe. Es una bibliografía casi toda del ámbito anglosajón, pero se indica cuándo existe traducción al castellano.

Fuente: nuevarevista.net

Los documentos del Concilio Vaticano II.

El Papa en la Audiencia General

Catequesis -  IV. Constitución Gaudium et spes. 8. La fe y la vida social, política y económica (GS, 53-62)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

La dimensión social forma parte integrante, no solo de la naturaleza humana, sino también de nuestra fe en Jesucristo, como valiosa herencia que recibimos de la encarnación del Hijo de Dios. La Constitución Gaudium et spes (GS) lo recuerda en los capítulos III y IV de la segunda parte, dedicados a la vida económica y social y a la de la comunidad política. También en estos campos la fe cristiana ofrece criterios de discernimiento.

Los Padres conciliares evidencian sobre todo el peligro para la paz mundial que deriva de los desequilibrios vinculados a un desarrollo económico que no es equitativo y que no respeta la creación (cf. GS, 63). Una visión a largo plazo, que desafortunadamente encontró confirmación en la parte final del siglo pasado y que hoy constatamos aún más. Para corregir la ruta – advierte el Documento – no basta con el desarrollo técnico, «son necesarias muchas reformas en la vida económico-social y un cambio de mentalidad y de costumbres en todos» (ibid.).

Por eso, Gaudium et spes presenta en síntesis la visión cristiana del desarrollo económico, que debe estar siempre al servicio del hombre y bajo el control del hombre (cf. GS, 64-65). Aparece ya aquí claramente el concepto de desarrollo integral, que después San Pablo VI pondrá en el centro de su Encíclica Populorum progressio (1967). Son más actuales que nunca los llamamientos a comprometerse para eliminar las discriminaciones contra los grupos sociales más débiles y contra los migrantes (cf. GS, 66).

El corazón de la economía es el trabajo. A través de él, el hombre se desarrolla como persona, satisface las necesidades de su familia, expresa su propio talento, participa en la vida social y construye un mundo mejor colaborando en la obra creadora de Dios. El trabajo nunca puede ser tergiversado en detrimento de las personas, del bien común o de la creación. El verdadero desafío es ofrecer a todos oportunidades para poner en práctica sus capacidades: no son aceptables la desocupación, la explotación y las condiciones de trabajo que ponen en peligro la salud y la propia vida (cf. GS, 67). Los trabajadores tienen el derecho y el deber de participar en las decisiones que afectan a su actividad, también de forma asociativa, afrontando los conflictos con diálogo y acciones no violentas (cf. GS, 68).

En este contexto, el Concilio recuerda uno de los principios fundamentales del magisterio social, es decir, el destino universal de los bienes de la tierra (cf. GS, 69) y lo aplica en el campo financiero, afirmando que «los responsables de las inversiones y de la organización de la vida económica, tanto los particulares como los grupos o las autoridades públicas, deben […] vigilar, por una parte, a fin de que se provea de lo necesario para una vida decente tanto a los individuos como a toda la comunidad, y, por otra parte, de prever el futuro y establecer un justo equilibrio entre las necesidades actuales del consumo individual y colectivo y las exigencias de inversión para la generación futura» (GS, 70).

Gaudium et spes pasa después a tratar el tema de la comunidad política, apreciando las distintas señales positivas de la época contemporánea, sobre todo el hecho de que «la conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas regiones del mundo surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que proteja mejor en la vida pública los derechos de la persona» (GS, 73).

La comunidad política existe en función del bien común, que consiste en «el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección» (GS, 74). Y siempre hacia el bien común debe mirar el ejercicio de la autoridad política, que se estructura y obra según las circunstancias locales e históricas, pero siempre teniendo presente el bien de toda la familia humana (cf. ibid.).

Gaudium et spes reafirma que «la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas» (GS, 76).

Queridos hermanos, comprometerse en la economía y en la política según estos criterios es un modo de construir la paz. Como recordaba el Papa Francisco, «la guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal» (Carta enc. Fratelli tutti, 261). Al contrario, la política que cuida de las heridas de los pueblos y de quienes sufren injusticias ofrece motivos de esperanza para el futuro de la humanidad.

Por eso, animo a los jóvenes a seguir el ejemplo de aquellos hombres y de aquellas mujeres que en estos ámbitos dieron buen testimonio. Y renuevo mi exhortación a las comunidades cristianas para que se impulse de nuevo la formación sobre la doctrina social de la Iglesia.
Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Reflexionamos en esta catequesis sobre los capítulos III y IV de la Constitución pastoral Gaudium et spes, que están dedicados a la vida económico-social y a la comunidad política, con un énfasis especial en el tema de la paz.

La dimensión social no solo forma parte de la naturaleza humana, sino también de nuestra fe en Cristo. Desde esta perspectiva, los Padres conciliares presentan la visión católica del desarrollo económico, poniendo el trabajo en el centro.

El Concilio Vaticano II nos recuerda aquí un principio central en el magisterio social, que es el destino universal de los bienes, refiriéndose de modo particular a la comunidad política. Sea cual fuere la forma histórica de dicha comunidad, el ejercicio de la autoridad civil debe realizarse siempre en función del bien común.
Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. El próximo viernes partiré hacia Sudamérica, para visitar Uruguay, Argentina y Perú. Me encomiendo a sus oraciones, para que este viaje fortalezca la fe, renueve la esperanza, reavive el fuego de la caridad y sea un impulso para seguir anunciando el Evangelio con alegría. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

02 noviembre 2026

¿Esto tiene arreglo?

Juan Luis Selma


Rezamos por las víctimas del terrible accidente ferroviario, nos unimos al dolor de sus familiares, sufrimos y lloramos con ellos, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados

Estamos en Todos los Santos, fiesta de gran raigambre en nuestra tierra. En ella recordamos a los nuestros, a quienes nos precedieron en el camino hacia la Casa del Padre. Es también una jornada en la que se da cierta polémica entre Halloween y Holywins, reflejo de dos maneras distintas de ver la vida: una luminosa desde la fe y otra marcada por la oscuridad de un neopaganismo cada vez más extendido.

Ayer, antes del triste accidente de Urda, me comentaba un chico que le costaba ver a Dios en nuestra sociedad. Lo que sí veía era el mal, la acción del demonio. Hoy me habría costado aún más mantener la esperanza en aquella conversación. Son muchas las personas que andan desconcertadas, que no encuentran más que motivos para el desaliento: guerras, desastres, pobreza, injusticias, engaños, mentira y cinismo. Mucho mal aplaudido, jaleado y disfrazado de útil, de positivo, de moderno.

¿Tiene arreglo esto? Desde luego, desde Halloween, con su estética de terror, miedo, fealdad, oscuridad, consumismo y cierto regreso a lo pagano y esotérico, no lo creo. Ese decorado poco estimula a la superación, al pensamiento o a la belleza. El miedo paraliza, embrutece y saca con facilidad lo peor de las personas. Quizás por eso esta visión del Día de Todos los Santos se ha difundido tanto.

Pero volvamos a nuestra fiesta, la de toda la vida, la que hemos mamado desde niños, la cristiana. Celebramos la memoria de quienes nos han precedido, de los que, con su vida y su lucha, han vencido con la gracia de Dios; de los que han abierto camino y nos han dejado una preciosa heredad.

"Después de esto vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Estaban de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero”. Así nos lo cuenta el libro del Apocalipsis.

El arreglo de la sociedad, del mundo en que vivimos, está en nuestras manos; mejor dicho, en las manos de los hijos de Dios, de aquellos que, como dice también el Apocalipsis, "vienen de la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero".

Rezamos por las víctimas del terrible accidente ferroviario, nos unimos al dolor de sus familiares, sufrimos y lloramos con ellos, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados. ¡Hay que hacer algo! Pero ese algo empieza por ti y por mí.

Lo primero es no instalarnos en la queja. Resulta fácil lamentarse de cómo están las cosas, denunciar los errores ajenos o repetir que todo va mal. Lo difícil es asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde. Cada uno, desde su familia, su trabajo, sus amistades o su comunidad, puede contribuir a construir una sociedad más verdadera, más justa y más humana.

Lo segundo, y queda en este lugar por ser quizá lo más difícil, es configurar nuestra vida con Cristo, que para eso somos cristianos. Esto sí que es hacer algo. Significa salir de nuestra zona de confort, arremangarnos y plantearnos trabajar como lo haría Él, amar con su corazón, acariciar con sus manos y rezar buscando hacer la voluntad del Padre igual que Él.

Somos muy individualistas. Pensamos constantemente en nosotros mismos. Así nos lo enseña la implacable publicidad, así nos influye el ejemplo de muchos y así nos lo pide el cuerpo. Sin embargo, el cristianismo es comunión, fraternidad, familia. Dios es familia. Dios es Trinidad. Dios es amor. Dios se entrega en su Hijo.

La fiesta de hoy viene recogida en el Credo: "Creo en la comunión de los santos". Todos los bautizados estamos unidos en Cristo formando una sola familia. Unos ya han llegado a la meta y gozan de la presencia de Dios en el cielo; otros se están purificando para entrar plenamente en su gloria; los demás seguimos peregrinando en la tierra.

Cuando un hombre o una mujer mejoran, se portan bien y superan sus ataduras, el mundo mejora con ellos. Comencemos por nosotros mismos. Demos ese paso que vemos claro. Podemos hacerlo con la ayuda de Dios y con la de nuestros hermanos. Con nuestro ejemplo irán otros detrás y, sin apenas darnos cuenta, España y el mundo serán un poco mejores.

Fuente: eldiadecordoba.es

01 noviembre 2026

La santidad... vocación universal

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

¡Feliz domingo!

La solemnidad de Todos los Santos, que hoy celebramos, nos invita a experimentar la alegría de esa innumerable familia de hombres y mujeres que, siguiendo al Señor Jesús, hicieron de su vida un don a Dios y al prójimo y que, en los diferentes caminos de santificación, anhelaron «el océano del amor infinito», según una bella expresión del Papa Benedicto XVI (Carta enc. Spe salvi, 12).

La liturgia de la Palabra de esta fiesta los describe como una «muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9). Hoy, de hecho, celebramos a todos los santos: a aquellos que la Iglesia ha reconocido como tales y también a tantos que no lo han sido, pero que Dios conoce. Como nos recuerda el Evangelio de hoy (Mt 5,1-12), se trata de pobres de espíritu, pero ricos en el amor de Dios. Tienen rostros surcados por las lágrimas, pero consolados en la oración. Son mansos frente a la violencia y recompensados por el Padre. Hambrientos de justicia y saciados en lo más profundo de su conciencia. Dispuestos al perdón y abrazados por la misericordia. Desarmados en el corazón, pero protegidos por Dios. Constructores de paz, a quienes Dios llama por su nombre. Perseguidos y ofendidos, pero fuertes en la fe y en la caridad.

Es totalmente cierto que resulta imposible “contar” la multitud de estos hermanos y hermanas, y no solo en términos numéricos: la santidad, de hecho, no se puede reducir a ningún cálculo, porque así es el bien que todos los santos han difundido a su alrededor en el mundo. Al contemplarlos con admiración, nos preguntamos: estas personas, con la gracia de Dios, ¿qué hicieron? Esencialmente, gestos y decisiones de amor, que superan los cálculos de la codicia y la prepotencia del mal que a veces parece prevalecer. Los santos y las santas son el signo más hermoso y más fuerte del Reino de Dios que viene; es más —como enseña Jesús—, que ya está entre nosotros (cf. Lc 17,20-21). Además, esta multitud bienaventurada abarca los más variados orígenes, culturas y situaciones de vida: la santidad no es un privilegio para unos pocos, sino una vocación universal que nos interpela a cada uno de nosotros allí donde vivimos. Este es el mensaje lleno de esperanza de la fiesta de hoy: Dios ve el bien que nosotros no vemos, conoce historias que nosotros no conocemos, llega a corazones a los que nosotros no tenemos acceso.

Que la Virgen María, bienaventurada por haber creído en la palabra del Señor, acompañe nuestros pasos en el camino de la santidad, para que no nos cansemos de construir la paz, tanto en los hechos más importantes como en los más sencillos de la vida cotidiana.

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Palabras después del Angelus

Querido hermanos y hermanas:

ayer, en Savannah, Georgia, en los Estados Unidos de América, fueron beatificados Pedro de Corpa y cuatro compañeros, religiosos de la Orden de los Frailes Menores, asesinados por odio a la fe en 1597. Originarios de España, respondieron con generosidad a la llamada del Señor para evangelizar a las poblaciones de América, llegando incluso a dar la vida. Invoquemos la intercesión de estos mártires en favor de todos los misioneros del Evangelio.

En estos días se han llevado a cabo acciones humanitarias en favor de la población civil en la ciudad de Oleshky. Espero que la colaboración entre las partes, que hizo posible este necesario gesto de humanidad necesario, aumente la voluntad de diálogo y dé lugar a nuevas iniciativas de paz concretas. Encomendamos a María, Reina de la Paz y de todos los Santos, a todos aquellos que sufren a causa de la guerra en todo el mundo.

Desde ayer hasta el 13 de noviembre se celebran en Dakar, capital de Senegal, los Juegos Olímpico Juveniles, para atletas de los 15 a los 18 años. Es el primer evento olímpico organizado en el continente africano. Además de las competencias, estos Juegos incluyen encuentros educativos y culturales para promover los valores olímpicos y la comprensión entre los jóvenes de todo el mundo. ¡Aquí, una vez más, vemos un rayo de esperanza en el mundo del deporte! Saludo cordialmente y bendigo de corazón a todos los participantes.

Del 8 al 15 de noviembre tendrá lugar en Roma la Misión con los pobres, promovida por los Frailes Menores. Felicito a los hijos de san Francisco que, con esta iniciativa, ponen a los pobres en el centro, como lo hicieron el Señor Jesús y san Francisco de Asís. Agradezco también a las instituciones civiles y a las fuerzas del orden que han ofrecido su plena colaboración.

Y ahora los saludos a todos ustedes, romanos y peregrinos provenientes de varios países.

Acojo con alegría a los fieles siro-malabares con sus Pastores. Queridos amigos, con ustedes doy gracias al Señor por el crecimiento de sus comunidades en toda Europa.

Saludo al grupo “Capiteo” de Borbiago di Mira, en la provincia de Venecia; así como a los que participan en la “Carrera de los Santos”, que las Misiones Don Bosco han organizado también este año, en Roma, para promover el deporte como experiencia educativa.

Mañana por la tarde, en la Conmemoración de todos los fieles difuntos, celebraré la Misa en el Cementero del Verano. En estos días sintámonos unidos en la comunión de los santos a la inmensa familia de los hermanos y hermanas que nos han precedido en la peregrinación terrena, y recemos por los difuntos, especialmente por aquellos a quienes nadie recuerda.

¡Gracias a todos y que pasen una feliz fiesta!

Fuente: vatican.va