24 agosto 2026

¿Por qué el Papa pide respetar los textos y ritos litúrgicos aprobados?

Francisco Otamendi

De modo independiente a otras consideraciones de analistas vaticanos, como el consistorio de cardenales previsto para finales de junio, que al final no trató la cuestión litúrgica, el hecho es que el Papa anunció de improviso el 20 de mayoque comenzaba un nuevo ciclo de catequesis en las Audiencias. Esta vez sobre la Sagrada Liturgia.

El Papa subrayó, entre otras cosas, que la liturgia “toca el corazón mismo de este misterio (el misterio de Cristo). Es a la vez el espacio, el tiempo y el contexto en el que la Iglesia recibe de Cristo su propia vida. En la liturgia, de hecho, se ejerce la obra de nuestra Redención” (SC, 2).

Y citó a San Agustín, como ayer, 19 de agosto, quien escribió que al celebrar la Eucaristía, la Iglesia “recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe”: se convierte en el Cuerpo de Cristo, “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22). Esta es “la obra de nuestra redención”, que nos configura a Cristo y nos edifica en la comunión. 

Tres consideraciones del Santo Padre en mayo

Al miércoles siguiente, 27 de mayo, el Pontífice se refirió, entre otros, a tres temas, y dijo lo siguiente:

1.- Elementos de institución divina.

“El Concilio afirmó que el progreso legítimo en la liturgia debe preservar también la sana tradición, y que ‘ciertos elementos de la liturgia nunca pueden cambiar porque son de institución divina’”.

2.- “Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso”

“Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium indica, por lo tanto, con una fórmula muy eficaz la dirección a seguir: ‘Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso’ (SC, 23)”.

3.- Respeto a los textos y las normas de la liturgia

“De manera particular, animo a todos los sacerdotes a respetar los textos y las normas de la liturgia con apertura, humildad, confianza en la grandeza de Dios y con sincera fidelidad a la comunión eclesial”.

León XIV a la conferencia litúrgica en la abadía de Mount Angel (Oregón)

Ya en verano, en paralelo a sus catequesis sobre liturgia (con la de ayer, son siete sesiones), León XIV ha hecho pública una Carta con motivo de la Conferencia litúrgica que tiene lugar en la abadía de Mount Angel (Oregón, Estados Unidos). Está fechada el 29 de junio, y pueden verla aquí.

A propósito de lo que venimos hablando, el Papa ha escrito al cardenal Arthur Roche, Prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y subraya tres aspectos.

Insistencias del Papa: formación litúrgica

Por una parte, recoge el énfasis del Papa Francisco en su en su Carta Desiderio Desideravi, en la necesidad de una formación atenta y continua tanto del clero como de los laicos, de todo el Pueblo de Dios, para revitalizar la vida litúrgica de la Iglesia universal (cf. n.º 38). 

Después, recuerda León XIV que no debemos ‘excluir la prioridad en la formación de aquellos que, en virtud del sacramento del Orden Sagrado, están llamados a ser mistagogos, es decir, a tomar de la mano a los fieles y acompañarlos en el conocimiento de los santos misterios’” (ibidem).

Señala el Pontífice que “las primeras oportunidades prácticas para la formación litúrgica se presentan en nuestra práctica habitual de reunirnos cada domingo para celebrar la Eucaristía”.

Nuevo recordatorio sobre la fidelidad a los textos y ritos aprobados

Y añade que “para promover la celebración digna de los sagrados misterios, debemos enfatizar la necesidad de fidelidad a los textos e instrucciones aprobados”. 

En este punto insiste en que en sus recientes catequesis sobre Sacrosanctum Concilium , “he llamado la atención sobre el respeto que todos aquellos llamados a preparar la celebración de los divinos misterios, y los sacerdotes en particular, deben mostrar hacia los ritos promulgados por el Papa San Pablo VI y el Papa San Juan Pablo II».

Motivos de la insistencia

Cualquier persona puede deducir que la insistencia del Papa en el respeto, de los sacerdotes en especial, a los textos, instrucciones y ritos aprobados por la Iglesia no es aleatorio. Si el Vicario de Cristo insiste en la cuestión, debe haber motivos, y es lógico pensar que al Romano Pontífice le llega información de todo el mundo.

Por ejemplo, podría suceder que no sean infrecuentes añadidos del celebrante, o la supresión de palabras o frases en los textos de la Eucaristía, o la introducción de ritos no previstos. En términos coloquiales, podríamos denominarlos como improvisación o creatividad, en ocasiones motivada por situaciones de tensión en materia migratoria, por ejemplo, de guerras y conflictos, o de otro tipo.

Familiares y amistades del que suscribe están comprobando este verano este tipo de hechos, de modo particular en las Plegarias eucarísticas de la Misa, en especial en el rito de la Comunión, y en menor proporción en las palabras de la Consagración.

¿Se impide entonces la creatividad del celebrante?

La constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II, que explica el Papa León XIV en sus catequesis, dispone que la sagrada liturgia es responsabilidad de la Jerarquía. Se trata de la autoridad de la Iglesia, como dispone el número 22, según comenta a Omnes un experto en liturgia, que remarca el apartado 3: 

“Por consiguiente, absolutamente nadie más, ni siquiera un sacerdote, se atreva, por iniciativa propia, a añadir, quitar o cambiar nada en materia litúrgica”.

“Se trata de una frase contundente”, añade este experto. “La liturgia no es propiedad del sacerdote que preside, sino que la regulación de la liturgia corresponde a la autoridad de la Iglesia”.

“Puede parecer que el sacerdote se puede permitir ciertas licencias, pero no. En esto se tiene que acomodar a lo que dice la Iglesia”.

Los cambios convierten en inestable la Liturgia, y no raramente la adulteran

Las mismas fuentes recuerdan el artículo 59 de la Instrucción Redemptionis sacramentum, de 2004, aprobada por el Papa Juan Pablo II, y firmada por el cardenal Francis Arinze, Prefecto emérito de la Congregación para el Culto divino (2002-2008).

Dice el texto: “Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia”.

Por último, el liturgista menciona asimismo el número 51 de la Instrucción. Este punto establece que “sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica (…). Y añade “no se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas”, ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas”.

Los sacerdotes tienen margen creativo 

“La Iglesia no prohíbe que los sacerdotes sean creativos, pero la creatividad sacerdotal, que tiene su lugar, no consiste en modificar aquello que la Iglesia ha recibido y ha establecido para la celebración de la Eucaristía”.

“El sacerdote tiene mucho margen para preparar una buena homilía, elegir opciones que da el Misal para tipo de Misa a celebrar, cuidar la música, etc.”, señala el experto consultado, “pero cuando llega el texto que la Iglesia ha establecido, especialmente la Plegaria eucarística, no puede convertirse en autor del texto”.

“La fidelidad a las normas litúrgicas no es una cuestión de rubricismo, o manía, sino fidelidad al ministerio recibido”, concluye.

Fuente: omnesmag.com

La vía de la belleza

Juan Luis Selma

La frase “eres el más bello de los hombres” procede del Salmo 45, un salmo real que la tradición cristiana ha leído siempre como profecía mesiánica. Aplicado a Cristo, adquiere una profundidad teológica preciosa.

Leemos en el Evangelio: “En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (…) Él les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

Cuando los primeros apóstoles comenzaron a seguir al Señor, todavía no sabían quién era realmente. En esos momentos, no habrían sabido dar la respuesta de Pedro: “Tú eres el Hijo de Dios, el Dios vivo”. Quizá, fascinados por su personalidad, por su figura y sus modos, por su atractivo humano, habrían podido repetir la expresión del Salmo 45: “Eres el más bello de los hombres”.

Recuerdo el comentario de una abuela primeriza cuando me dijo que esperaba un nieto. Le aseguré que rezaría por él y ella respondió espontáneamente: “Rece para que sea guapo. Yo ya me encargo de que sea santo”. Aquella contestación me hizo pensar. Manifiesta lo mucho que valoramos la imagen y la belleza corporal. En un primer momento, me pareció exagerado, pero reflexionando comprendí que, en el fondo, estaba hablando de santidad con otro lenguaje: el de la belleza.

Cuando la Iglesia aplica a Cristo este salmo, no hace una apología de la mera apariencia. Se refiere a la belleza del Corazón de Cristo: su misericordia y bondad, su entrega, su mansedumbre y su verdad, su amor sin límites. Y esto no excluye su aspecto externo, que -por ser hombre perfecto- habría sido luminoso. Siempre he pensado que la paz interior, la bondad y la gracia repercuten en la expresión y en la presencia, y que la figura del Señor sería profundamente amable.

Hace poco, después de escuchar una canción preciosa y de contenido profundo, un joven comentó que estaba agradecido a su autor por “elevarle al cielo” con la letra y la música. La belleza, como la bondad, nos conduce a Dios.

La famosa frase “la belleza salvará al mundo”, de Fiódor Dostoievski en El idiota, tiene sentido. No en vano, el demonio -en su rechazo a Dios- propaga lo feo, lo vulgar, lo zafio. No le gusta la armonía, las buenas maneras, lo noble y lo bello. La sabiduría popular, para recalcar esta idea, dice: “es más feo que un pecado”.

Comentaba el Papa el día de la Asunción de la Virgen: “La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin… Si de verdad deseamos descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea y para la que hemos sido creados, así como difundirla a nuestro alrededor, debemos aprender a leerla tanto en el rostro tierno de un niño como en las arrugas de un anciano, en la vivacidad de un joven como en la compostura de un adulto, en los adornos de la fiesta como en la vestimenta y en las herramientas de trabajo”.

Nos animaba a descubrir la belleza que nos rodea, esa que proviene del amor: “Debemos escuchar las historias de amor únicas que cada una de estas realidades nos cuenta, reconociéndolas como pequeños destellos en el cielo. El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y eleva; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida”.

El encanto es una gran vía para llegar a Dios, para descubrir su huella en el mundo y en nuestras vidas. La via pulchritudinis exige atención y contemplación. Es mucho más profunda que el deslumbramiento de los anuncios o la estética del gimnasio.

El ser humano -a diferencia de los animales y de las máquinas- es capaz de encontrar múltiples formas y expresiones de belleza. La belleza de lo creado remite a su fuente, al Creador. Uno no puede imaginar lo que llega a disfrutar ante una obra de arte, en la contemplación de Dios y de su creación.

La belleza de Cristo -su humanidad y santidad, sus hechos y palabras- enamora y hace que del corazón brote la exclamación del salmo: “Eres el más bello de los hombres”.

Fuente: eldiadecordoba.es

23 agosto 2026

¿Quién es realmente Jesús para mí?

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de este domingo (Mt 16,13-20) plantea una pregunta que nos interpela a cada uno en el camino de nuestra fe: ¿quién es realmente Jesús para mí?

Del relato evangélico se desprende lo decisiva que es esta pregunta para la experiencia del discipulado. De hecho, a pesar de que los doce apóstoles ya habían compartido gran parte de la vida y del ministerio del Maestro, Jesús no quiso dar por sentado que realmente lo conocieran y que hubieran comprendido el misterio del Reino de Dios. Entonces, tras preguntar qué opinaba la gente sobre Él, les dijo directamente a ellos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16,15).

Hermanos y hermanas, este es un paso fundamental para los discípulos de todos los tiempos y para cada uno de nosotros. La fe, en efecto, no se nos da de una vez por todas; al contrario, siempre necesitamos redescubrir el rostro de Cristo y su Evangelio, profundizar en su mensaje y renovar las decisiones de nuestra vida, para que sean coherentes con lo que profesamos, venciendo la tentación de creer que ya lo sabemos todo y de convertir la fe en una mera costumbre.

La pregunta que nos hacemos cada día —quién es Jesús para mí y cuál es el significado de su presencia en mi vida— surge especialmente en la oración y cuando meditamos sobre el Evangelio; pero también cuando nos enfrentamos a las heridas y las necesidades de nuestros hermanos, o en las relaciones y situaciones que más interpelan nuestra conciencia. En definitiva, en el ámbito de nuestra vida podemos comprobar si, para nosotros, el Señor Jesús es sólo un gran personaje de la historia que dijo e hizo cosas importantes, o bien el Cristo de Dios, Aquel que fue enviado para hacernos partícipes del amor del Padre y transformar nuestra vida y el mundo en el que vivimos.

Queridos hermanos, aprendamos a no encerrarnos en nuestras convicciones y certezas religiosas, para permanecer abiertos a una relación auténtica con Cristo. A veces, en lo que respecta a la fe cristiana, nos conformamos con “lo que se dice”, con los tópicos, con lo que nos han transmitido, quizá incluso con buenas intenciones; pero Jesús nos llama a una respuesta personal, a conocerlo de cerca, a dejarnos transformar por la amistad con Él, en un encuentro siempre nuevo que tal vez podría exigirnos recorrer caminos inéditos y tomar decisiones diferentes a las que habíamos imaginado. Esto vale tanto para nuestro camino personal como para el camino de la Iglesia y para las decisiones pastorales, en las que a veces pensamos que basta con seguir como siempre hemos hecho. En cambio, es importante preguntarnos con frecuencia: ¿Quién es el Señor para mí? ¿Lo conozco realmente? ¿Qué me pide hoy su Evangelio? ¿Qué pasos y qué decisiones debería tomar?

Invoquemos a la Virgen María, que en su corazón buscaba la voluntad de Dios a través de su Hijo, para que nos guíe siempre en el camino de la fe.

___________________________

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Recuerdo a menudo en mi oración a la República Democrática del Congo, especialmente por las numerosas víctimas que, desgraciadamente, han sido provocadas por la difusión de la epidemia del ébola. Animo a la comunidad internacional a dar una respuesta con un plan preventivo, que involucre a las comunidades locales, para salvar muchas vidas humanas.

Manifiesto, además, mi cercanía a toda la población de la República Centroafricana, que lamenta las víctimas causadas por el colapso de una mina en Zamboyé. Que el Señor acoja a cuantos han perdido la vida y sostenga el compromiso por la garantía de seguridad y legalidad de los yacimientos mineros.      

Mañana se cumple el décimo aniversario del terremoto que sacudió el Centro de Italia, entre Lacio, Umbría y Las Marcas. Rezo por los difuntos, por sus familias y por todas las comunidades afectadas. Que la fe y la solidaridad continúen sosteniendo las obras de reconstrucción.

Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos de distintos países.

Doy la bienvenida, de modo especial, al Coro Primacial de la Catedral de Gniezno, en Polonia; así como a los seminaristas y a los superiores del Pontificio Colegio Norteamericano; y a los jóvenes de Bormio y de la Valfurva.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!

Fuente: vatican.va

20 agosto 2026

Tú eres Pedro

21.º domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A). 

Evangelio (Mt 16,13-20)

Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, comenzó a preguntarles a sus discípulos:

—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Ellos respondieron:

—Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas.

Él les dijo:

—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Respondió Simón Pedro:

—Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

Jesús le respondió:

—Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos.

Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.

Comentario

Con cierta frecuencia aparece en los evangelios la cuestión sobre la identidad de Jesús, un misterio que los contemporáneos de Jesús no sabían descifrar y que la Iglesia tardaría tiempo en definir doctrinalmente. En esta ocasión, durante una estancia en los contornos de Cesarea de Filipo, Jesús mismo pregunta a sus discípulos quién es Él, según las gentes y según ellos mismos. Los apóstoles le responden que algunos lo consideran “Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que Jeremías o alguno de los profetas” (v. 14). Se evidencia de este modo la limitada capacidad humana para entender la identidad y la misión de Jesús, a quien confunden con algún profeta; incluso con Juan Bautista, que ya había fallecido.

Pero “no ocurre así con Pedro –explica el Catecismo de la Iglesia− cuando confiesa a Jesús como ‘el Cristo, el Hijo de Dios vivo’ (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad ‘no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos’ (Mt 16, 17)”. Con esta sentencia, Jesús aclara que el misterio de su Persona solo se comprende si Dios Padre lo da a conocer; o más bien, cuando nos hace cada vez más capaces de conocerlo. Por un designio divino, Pedro ha recibido del cielo esta revelación y está en disposiciones de confesarla.

“Simón Pedro encuentra en su boca palabras más grandes que él, palabras que no vienen de sus capacidades naturales –explica el Papa Francisco−. Quizá él no había estudiado en la escuela, y es capaz de decir estas palabras, ¡más fuertes que él! Pero están inspiradas por el Padre celeste (cf v. 17), el cual revela al primero de los doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo enviado por Dios para salvar a la humanidad. Y de esta respuesta, Jesús entiende que, gracias a la fe donada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por eso dice a Simón: ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’ (v. 18)”.

Jesús podía haber elegido como fundamento para su Iglesia a muchos otros hombres quizá más influyentes y capaces que Pedro desde el punto de vista humano. Sin embargo, eligió a Simón, el pescador, en quien los demás discípulos reconocieron al vicario de Jesús, y el primero entre todos.

Comentando esta escena, el papa san León Magno ponía en boca de Jesús unas palabras que explican el primado de Pedro, su participación en el poder de Jesús y su continuidad a lo largo del tiempo: “Del mismo modo que mi Padre te ha revelado mi divinidad, igualmente yo ahora te doy a conocer tu dignidad: Tú eres Pedro: Yo, que soy la piedra inviolable, la piedra angular que ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, yo, que soy el fundamento, fuera del cual nadie puede edificar, te digo a ti, Pedro, que eres también piedra, porque serás fortalecido por mi poder de tal forma que lo que me pertenece por propio poder sea común a ambos por tu participación conmigo. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Sobre esta fortaleza —quiere decir— construiré el templo eterno y la sublimidad de mi Iglesia, que alcanzará el cielo y se levantará sobre la firmeza de la fe de Pedro”.

El amor al Papa, sea quien sea, es por eso una característica fundamental de todo cristiano. San Josemaría lo explicaba así: “Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice–Cristo en la tierra, para el Papa. -Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el santo Padre”.

Fuente: opusdei.org

El eclipse que duro tres días

José Antonio García-Prieto Segura

            Continúan apagándose los ecos suscitados por el reciente eclipse solar del pasado día 12. Ha habido lecturas y comentarios para todos los gustos, desde los meramente científicos, políticos, o intelectuales como los de un artículo titulado “Eclipse de la razón”, hasta los de carácter espiritual, como serán las líneas que siguen. Partiré del fenómeno astrológico sucedido hace 21 siglos.

Me refiero al prodigio ocurrido en y desde Jerusalén, al morir Cristo en la cruz del Calvario. El hecho, que sería observado por miles de personas, lo recogen los evangelios sinópticos y san Lucas lo refiere así: Era ya alrededor de la hora sexta. Y toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona.  Se oscureció el sol, y el velo del Templo se rasgó por la mitad. Y Jesús clamando con una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto expiró. (Lc 23, 4-5). Habría durado, pues, alrededor de tres horas: desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde.

 Este fenómeno estaba anunciado en el Antiguo Testamento y los escrituristas lo relacionan con dos pasajes precisos. Uno, del profeta Amós que había escrito: “Acontecerá en aquel día, dice el Señor, que haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro” (Am 8, 9); y otro del profeta Joel: "El sol se convertirá en tinieblas” (Jl 2, 31). ¿Qué dice hoy la ciencia de la astronomía sobre este particular?

En el libro “Visión Astronómica del Evangelio”, regalo de un amigo ingeniero y escrito por él, se hace un serio estudio de aproximación desde la ciencia astronómica a hechos históricos del Evangelio. Esta ciencia prueba que al morir Jesús no hubo propiamente ningún eclipse por interposición de astros, aunque ese mismo año sí hubo dos: uno total de luna el 14 de junio, y otro de sol también completo el 24 de noviembre. Por tanto, la causa de aquellas tinieblas han de buscarse por otros derroteros de carácter preternatural. Desde este punto, donde ciencia y fe tocarían sus límites amigables, ofreceré una reflexión trascendente y espiritual.

Cristo, como Dios-hombre, refiriéndose a su vida y doctrina, había dicho “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Jn 8, 12). Al morir como hombre, su omnipotencia divina pudo hacer que las tinieblas oscureciesen la luz solar sin necesidad de eclipse alguno. Pero a la vez sí que se produjo un eclipse espiritual de fe en el corazón de sus discípulos, que duró tres días: uno completo, el del sábado santo, y las dos colas del viernes tarde y primeras horas del domingo, en que Jesús resucitó. El Evangelio lo testimonia sin tapujos, y la total oscuridad de fe tuvo su paradigma en la actitud de los dos discípulos de Emaús. Para ellos todo había terminado y su vuelta al pueblo era un clamoroso “apaga y vámonos”.

 El mismo domingo abandonaron Jerusalén y al Maestro a quien pensaban ya definitivamente desaparecido. Sin embargo, Jesús resucitado se les unió en el camino, como desconocido peregrino. El eclipse de fe en los dos discípulos quedó patente porque iban entristecidos, como refiere san Lucas, y sobre todo por las palabras desengañadas y sin esperanza, con que responden al desconocido que les había preguntado por el motivo de su conversación.  Después de ofrecerle un sucinto informe sobre los hechos y crucifixión del Señor, muestran su desencanto total porque tampoco creen a quienes les han dicho que había resucitado. Dan la espalda al pasado diciendo: “…nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel. Pero con todo, es ya el tercer día desde que han pasado estas cosas” (Lc 24, 21). Jesús tomó la palabra y con sus explicaciones de las profecías, los ilumina de nuevo, haciendo que su fe volviese a brillar y terminara su personal eclipse de tres días.

Para algunos, como el apóstol Tomás, el eclipse todavía se prolongó siete días más, porque al asegurarle todos que habían visto al Señor resucitado, se negó a creerlo hasta no ver la señal de los clavos que atravesaron las manos de Jesús, e introducir su mano en el costado abierto por la lanza (cf.  Jn 20, 25).

Han transcurrido 21 siglos desde aquellos sucesos y hoy, a raíz del reciente eclipse solar y el eco mundial suscitado, los cristianos deberíamos preguntarnos, en línea con las reflexiones precedentes: ¿cómo está brillando en mi existencia cotidiana la fe en Cristo resucitado, que vive y camina junto a mí, como lo hizo con los discípulos de Emaús? ¿Brilla su luz en mi trabajo bien hecho y con espíritu de servicio? ¿Cómo está presente en las relaciones de convivencia dentro de mi familia y en mi ambiente laboral, en el descanso, en los compromisos adquiridos, etc.? Todos estamos llamados a vivir con obras de amor al prójimo, pero los fieles cristianos debemos ir más lejos, por el mandato expreso de Jesús que quiere que seamos luz del mundo, sin eclipses de fe en nuestros corazones.

En efecto: Cristo después de exponer en las “Bienaventuranzas” el programa de vida de cuantos deseen seguirle, añade: Vosotros sois la sal de la tierra (…) Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder”. (Mt 5, 13-14). Nos pide dar la cara, hacernos partícipes de la luz que brilla en su vida y enseñanzas, y a la vez iluminar con ese mismo fulgor el corazón y la vida de cuantos nos rodean. El Espíritu Santo hizo resonar en San Pablo ese mandato del Señor cuando refiriéndose a sí mismo, pero también a todos los cristianos, escribe: “Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, es el que hizo brillar la luz en nuestros corazones, para que irradien el conocimiento de la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo” (2Co 4, 6). Dios-Padre en el sacramento del bautismo nos infunde la luz de la fe, y con ella el amor de la Trinidad, para que brille en las obras de nuestro quehacer diario, como lo hizo en la vida de Cristo.

En nuestros días, san Josemaría se ha hecho eco de todo lo anterior en el primer punto de “Camino”, donde escribe: “Que tu vida no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.” Hoy los sembradores que oscurecen inteligencia y corazón están por todas partes: a la vuelta de la esquina, dentro y fuera de las redes sociales, con noticias falseadas, etc., tratando de eclipsar la fe y el amor de Cristo en nuestras vidas.

Con la gracia divina y la ayuda de nuestra Madre María -única que no sufrió el eclipse espiritual al morir su Hijo-, decidámonos a no permitir que sombras y tinieblas oscurezcan nuestra fe, aunque solo sea por breves minutos como en el pasado eclipse solar.                        

 Fuente: religion.elconfidencialdigital.com                                                                             

19 agosto 2026

Mensaje del Prelado del Opus Dei (19 agosto 2026)

Mons. Fernando Ocáriz

A propósito de su viaje a Guatemala, Honduras, El Salvador y Uruguay, el prelado del Opus Dei invita a reflexionar sobre la unión y la variedad dentro de la Obra, a la luz de la caridad.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Para comenzar este breve mensaje, deseo daros las gracias por vuestra oración por mis intenciones y, en este momento, por acompañarme en el viaje a Centroamérica y a Uruguay.

La oración de unos por otros, dentro de la unidad de la Iglesia, nos acerca al impresionante nivel de unidad que el Señor quiere para todos nosotros: el de la misma unidad de Dios, «que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti» (Jn 17, 21).

La unidad de fe, de espíritu, de afán apostólico, se entrelaza muy bien con la gran diversidad de caracteres, de aficiones, de opiniones. Análogamente a como la unidad en Dios es el Amor personal infinito –el Espíritu Santo–, todas las diversas expresiones de unidad y diversidad están llamadas a ser vivificadas por la caridad, por el amor. Solo así, aun los opuestos puntos de vista, aficiones, etc., y los defectos y limitaciones personales dejan de ser motivos de separación.

No me detengo más en estas consideraciones, que todos podríamos ampliar mucho. Deseo solo añadir unas palabras de san Josemaría bien conocidas; os sugiero que las volvamos a meditar para ver cómo aplicarlas mejor en nuestra vida ordinaria: «Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”» (Camino, n. 463). Caridad, amor, que nos llevará a descubrir, ante todo, las cualidades y virtudes de los demás, de modo que al ver también los defectos que todos tenemos, los veremos con afecto, con deseo de ayudar.

Con todo cariño,os bendice vuestro Padre


Ciudad de Guatemala, 19 de agosto de 2026

Cantar, en la liturgia, significa rezar

El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre el sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium, dedicado a la música sacra. El Concilio Vaticano II confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, enseñando que no es un mero adorno de la celebración, sino que forma parte de la acción litúrgica.

Cantar, en la liturgia, significa rezar, ya que las voces y los corazones de los hermanos y hermanas sintonizan entre ellos y con Dios, en la participación activa del misterio celebrado. Además, la música expresa la dimensión afectiva de la oración. Como afirma san Agustín: “Cantar es propio del que ama”, y esa disposición ayuda a abrir el corazón a Dios y a dejarse modelar por Él.

El documento destaca también la importancia de la formación litúrgica en los seminarios, noviciados y escuelas católicas, así como de asegurar dicha preparación a todas las personas que se dedican a realizar este valioso servicio.

* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a reflexionar sobre el canto litúrgico como símbolo de la comunión eclesial, pidiéndole al Señor que nos ayude a vivir en armonía y concordia, como un único coro, cuyas melodías y buenas obras glorifican y alaban al Padre por medio de Jesucristo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Fuente: vatican.va

18 agosto 2026

¿Y si me equivoco?

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

En la vida podemos cometer muchos errores y, de hecho, lo hacemos a diario. Algunos son fácilmente corregibles. Si te has comprado unos zapatos y no te gustan, los devuelves y ya está. Bueno, a mí me cuesta mucho hacerlo: si es una compra online, porque no me manejo bien con las devoluciones; y si es presencial, porque me sabe mal. Yo creo que las dependientas (que son más intuitivas que los dependientes) lo perciben y me colocan siempre los saldos…, pero a precio de temporada. Por eso siempre le pido a Loles que me acompañe.

Otros errores, como el matrimonio, son más trascendentes: pueden malograr una vida. Más de una vez me han formulado la pregunta que titula este post: ¿y si me equivoco?

La primera vez, me la formuló un joven que había acudido a una sesión mía de un curso prematrimonial: Sí, Javier, todo esto del amor está muy bien, es muy bonito, pero ¿y si me equivoco? Tenía la fecha de boda puesta y le había entrado el vértigo característico de las decisiones importantes. Normal.

El momento de las preguntas es el que más tememos los que hablamos en público y, sin embargo, es el que más nos ayuda porque pone a prueba nuestros argumentos. Normalmente, cuando te pillan desprevenido, das una respuesta acomodaticia, tirando de tus lugares comunes; pero, luego, cuando vuelves a casa, vas dándole vueltas a la pregunta.

Eso me sucedió a mí. Durante un tiempo anduve buscando la respuesta. No era fácil. Hay preguntas que no tienen una respuesta sencilla, y esta es una de ellas. Pero es una pregunta legítima, pertinente y crucial porque de la respuesta que se dé depende la felicidad de muchas personas. A nadie se le oculta que hoy hay miedo al compromiso, al amor para siempre: ¿y si me equivoco?

Al final, como suele suceder con muchos dilemas morales, descubrí que el origen de la dificultad no está en la respuesta, sino en la pregunta misma. Ahora, cuando me la plantean, ya tengo respuesta: “sí, tienes toda la razón, es muy probable que te equivoques; es más, tal como me has formulado la pregunta, estoy casi seguro de que te vas a equivocar, y eso que no conozco a tu novia”, comienzo diciendo.

Este inicio genera ya una cierta incomodidad y algo de expectación. Pero, estoy convencido de ello: la pregunta formulada en singular es un indicio de error. Cuando de amores hablamos, el singular es siempre un error. Si tienes miedo a equivocarte, es que ya lo estás haciendo, porque no estás contando con el otro. Quizá no te has dado cuenta y no estás buscando a alguien a quien amar y con quien compartir un proyecto de vida y de por vida, sino alguien que se adhiera a tu propio proyecto personal. Error: te has equivocado.

En el terreno del amor, uno solo casi siempre se equivoca. Por el contrario, cuando dos afirman y deciden amarse, no hay error posible. Dos que deciden amarse nunca se equivocan. El error surge cuando uno de los dos no lo ha decidido o, en un momento determinado, abandona esa decisión. Si los dos quieren, el acierto está asegurado.

Entonces, cuando alguien me pegunta si puede estar equivocado, mi respuesta es ahora muy sencilla. Hay tres posibilidades, cada una con su grado de probabilidad:

¿Ella (él) te quiere amar para siempre?:

  • ¿Sí?: No te has equivocado.
  • ¿No?: Te has equivocado
  • ¿No está seguro/a?: tienes un alto porcentaje de error.

Cuando, después de un noviazgo en que nos hemos atraído, gustado, divertido, enfadado, perdonado y conocido, nos planteamos casarnos con esa persona, solo queda comprobar una cosa: ¿me quiere amar para siempre?

¿Y cómo se puede saber? Preguntándoselo. Puedes hacerlo en el pináculo de vuestro monumento preferido, en la cima de vuestra montaña más admirada o ante un sacerdote entregado. Simplemente, pregúntaselo: ¿me amarás, respetarás y serás fiel para siempre y pase lo que pase? Y, después, manos a la obra.

Fuente: javiervidalquadras.com

17 agosto 2026

Aristóteles y Santo Tomás, los dos grandes pilares del sentido común

 Ignacio Crespi Valldaura de Gonzalo

Empaparnos de la escolástica de Santo Tomás de Aquino, de pensadores católicos como G.K. Chesterton y de la lectura de encíclicas papales nos ayuda sobremanera a separar el trigo de la cizaña, lo bueno de lo malo, lo legible de lo ilegible de un mismo ‘ismo’ (o doctrina).

Nos hace mirar las causas humanas con cierta distancia intelectual, para saber identificar los vicios y las virtudes de cualquier moda o corriente de pensamiento, sin apoyarlas de manera categórica ni condenarlas en su totalidad.

Nos permite percibir mucho mejor el claroscuro, la escala de grises.

De facto, Aristóteles, a quien se le puede considerar el Santo Tomás de Aquino del mundo precristiano, fue el filósofo de la antigüedad con mayor capacidad para establecer categorías, para identificar los elementos que unen y los matices que separan, para deslindar el trigo de la cizaña, en definitiva, para no caer en los ‘ismos’.

Distinguió, a diferencia del resto de los sabios griegos, entre los elementos análogos, unívocos y equívocos (cuando los demás se dejarían, seguramente, arrastrar por uno solo de los citados); no reducía la realidad a las matemáticas, como Pitágoras; ni todo a los átomos, como Demócrito; ni todo al alma, como Platón; ni todo al agua, como Tales de Mileto; ni todo al progreso, como Heráclito; ni todo al inmovilismo, como Parménides; ni todo al aire, como Anaxímenes; ni todo al caos, como Anaximandro; ni todo al placer, como Epicuro; etcétera.

«Así pues, leer a Santo Tomás de Aquino y a G.K. Chesterton nos permite adoptar una intelectualidad de corte aristotélica frente a los ‘ismos’ de la modernidad.

Para no reducir la realidad al mundo que crea nuestra mente, como hacían Kant y Descartes; para no confundir la autorrealización con la búsqueda del poder y el triunfo de la voluntad, como predicaba Nietzsche; para no simplificar el devenir de la historia a fórmulas científicas, como Comte, Darwin, Hegel y Marx; para no confiar excesivamente en que el mercado y las cosas se terminan ordenando por sí solas, como Hayek y Adam Smith.

Para no incardinarlo todo a los materialismos socialistas y capitalistas, unidos ambos por relegar la felicidad al status socioeconómico (cada cual a su manera); para no pensar que la experiencia abarca la totalidad del conocimiento humano, como los empiristas (Locke, Berkeley y Hume); para no creer que la intuición y la pasión son las únicas fuerzas que movilizan al hombre, dejando lo empírico completamente de lado, como Henri Bergson; para no percibir a las personas como enteramente malvadas, como Hobbes; para no pasarse al extremo contrario de interpretar que somos buenos por naturaleza, como Rousseau; etcétera, etcétera, etcétera…

«En síntesis, si Aristóteles fue el puntal del equilibrio en el mundo antiguo, para no caer en los ‘ismos’, Santo Tomás de Aquino ha sido el gran continuador de su obra en la modernidad.

Por esto, uno de los aforismos más emblemáticos de G.K. Chesterton reza así:

“El mundo moderno está repleto de antiguas virtudes cristianas desquiciadas, que se han desquiciado porque se han separado de las demás y ahora vagan solas”

En otras palabras, dichas virtudes cristianas se han desquiciado, porque mantenían la cordura al convivir en equilibrio y armonía con las otras, unidas por haz del cristianismo; y al separarse de la cristiandad que las equilibraba y domesticaba, han enloquecido, para vagar solas en forma de ‘ismos’.

Es completamente razonable que perder el equilibrio cristiano entre las virtudes provoque que éstas degeneren en ‘ismos’; puesto que un ‘ismo’ es la terminación que da nombre a cada ideología, e “ideología” significa “la lógica de la idea”; lo que supone monopolizar y reducir la realidad a la lógica de dicha idea.

Así pues, para el socialista, todo obedece a la lógica de lo social; para el capitalista, a la lógica del capital; para el platónico, a la lógica de Platón; para el cartesiano, a la lógica de Descartes; etcétera.

«Son como religiones paganas, pero sin misticismo, lo que se conoce como “teologías secularizadas”.

Y es, precisamente, el intelectual católico quien se posiciona como reticente a “la lógica de una idea”.

Persigue el bien común, en todos los ámbitos; valora lo legible e ilegible de cada aspecto, separa el trigo de la cizaña, la virtud del vicio, sin monopolizar y simplificar la realidad al cumplimiento de unos ‘ismos’; ‘ismos’ que, por cierto, se focalizan excesivamente en una dimensión de lo existente, lo que lleva a sus predicadores al olvido del resto de las realidades convivientes.

Por esto, afirmo sin cortapisas que el catolicismo es el ‘ismo’ del ‘anti-ismo’; del mismo modo que lo fue Aristóteles en la era precristiana.

Fuente: forumlibertas.com

El día que el Cielo se quedó sin aliento

Eloy Asenjo Carpintero

En una pequeña casa de Éfeso el tiempo parecía haberse detenido. Hacía ya muchos años que María era el faro de la Iglesia naciente; era la que buscaba a los discípulos uno a uno para consolarlos, y los cuidaba a todos con la ternura de una gallina a sus polluelos, pero las fuerzas, poco a poco, le iban fallando.

Aquel quince de agosto amaneció como cualquier otro día. Al ver que María tardaba en bajar, una de las santas mujeres subió con cautela a su habitación y la encontró en la cama, con el rostro más hermoso y sereno que se podría imaginar, como sumida en un profundo sueño. Al acercarse y tocarle suavemente el costado, no hubo respuesta.

—¡Juan, ven pronto! —susurró con lágrimas en los ojos.

Pronto la casa se llenó por completo. Los discípulos, los vecinos y una legión de niños que querían sinceramente a María acudieron corriendo. Pero allí no había frío, ni miedo, ni olor a muerte. Había una claridad suave que envolvía la estancia, y una paz tan profunda que casi se podía tocar. En medio de un silencio sagrado, solo roto por algún suspiro, o el tierno «sorberse los mocos» de los más pequeños, María abrió los ojos. Sonrió, buscó la mirada de cada uno para despedirse y empezó a elevarse. Jesús había decidido llevársela en cuerpo y alma. La que había sido preservada del pecado era ahora preservada de la corrupción por la muerte. Se iba al Cielo, sí, pero para poder estar simultáneamente al lado de cada uno de sus millones de hijos en la Tierra.

Mientras el mundo se llenaba de una mística alegría, en el Cielo se desató un bendito caos, porque a los ángeles la llegada de María los pilló completamente desprevenidos.

— ¡¿Pero cómo que ya está aquí?! —exclamaba san Gabriel corriendo por los pasillos celestiales con un fajo de pergaminos bajo el brazo.

El comité de bienvenida estaba totalmente desbordado. No había tiempo para ensayar una nueva sinfonía; los telares celestiales no daban abasto con los millones de pedidos de trajes de gala, y las cocineras corrían de la despensa a los fogones con las manos en la cabeza, porque no daba tiempo a preparar nada digno de Ella.

Gabriel, que sentía una debilidad absoluta por María desde el día de la Anunciación, tragó saliva. Sabía que, para convencer a san Miguel, el inflexible jefe de las milicias celestiales, necesitaba presentarse con un argumento sólido e indiscutible, por eso, antes de ir a buscarlo, corrió hacia los grandes hangares de luz para hablar con san Rafael, el director del departamento de Custodios.

—¡Rafael, la Madre ha llegado y aquí arriba todo es una improvisación! —exclamó Gabriel sin aliento. — Si nos presentamos ante Miguel, nos dirá que el protocolo es sagrado. Pero si tú vienes conmigo y le explicas el inmenso despliegue que tus custodios necesitan preparar en su honor, no podrá negarse. ¡Por Ella no podemos hacer una chapuza!

Rafael, cuya mirada siempre destilaba una infinita paz y sabiduría, sonrió al instante y asintió. Con el peso de los dos arcángeles unidos, fueron al encuentro de san Miguel. Le transmitieron su profunda preocupación y, ante la sorpresa de Gabriel, la intervención de Rafael y la lógica de la situación hicieron que Miguel depusiera su habitual rigidez.

—Tenéis razón —asintió Miguel con firmeza—. Cuando se trata de Ella no podemos improvisar. Venid conmigo para presentar vuestro razonamiento ante la Jefatura.

Los tres Arcángeles se armaron de valor y llamaron a la puerta de la Santísima Trinidad. Al entrar, Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo los miraban divertidos, pues a Ellos, lógicamente, nada los había pillado por sorpresa.

—No da tiempo, ¿verdad? —dijo el Padre rompiendo el silencio con una sonrisa. —¡No, Señor, porque es Ella! —exclamó Gabriel con el alma en la boca.

Jesús intervino, guiñándole un ojo a Gabriel para asegurarle que hablaría con su Madre y le pediría disculpas por no haber avisado antes de su Coronación, mientras el Espíritu Santo ofrecía una semana entera de prórroga. Los tres arcángeles suspiraron aliviados. Por primera vez en la historia de la eternidad, san Miguel convocó una reunión de urgencia para cambiar los planes, y cuando les comunicó a todos los ángeles que la Coronación se posponía siete días para que todo fuera perfecto, el Cielo entero estalló en aplausos. ¡Solo María podía obrar el milagro de hacer que san Miguel se volviera flexible!

Fueron siete días de actividad febril. Mientras los coros ensayaban y san Miguel organizaba los protocolos, María paseaba feliz, asimilando la grandeza de su nuevo hogar. Tuvo encuentros que hicieron llorar de alegría al Cielo: abrazó a san José, a sus padres Joaquín y Ana, a su prima Isabel. Pero, sin duda, uno de los momentos más conmovedores fue la increíble merendola que organizó con los Santos Inocentes: una inmensa asamblea de niños a los que el horror del aborto les había impedido ver la luz del día en la Tierra. A aquellas almas inocentes y puras, que nunca llegaron a nacer, María las rodeó de un amor desbordante, colmándolas de mimos, besos y caricias, haciéndoles sentir el calor de la Madre que el mundo les había negado.

Sin embargo, lo que más fascinó a María durante esos siete días de tregua no fueron los palacios de oro, sino los inmensos hangares de luz donde trabajaban los Ángeles Custodios. San Rafael, agradecido por haber formado parte de la comitiva que logró frenar el tiempo, la recibió inclinándose profundamente.

—Madre —le dijo con voz melodiosa—, sé que tu cuerpo está aquí, pero tu corazón sigue abajo, latiendo por tus hijos. Déjame enseñarte cómo funciona tu ejército.

Rafael guio a María a través de infinitas legiones de ángeles, que se preparaban en secciones milimétricas. María observaba la febril actividad con ojos asombrados y un afán protector que le encendía el alma. San Rafael le señaló primero una sección donde los ángeles repasaban mapas llenos de hilos dorados, explicándole que eran los custodios de los jóvenes, los niños y los adolescentes. Su misión era soplarles al oído en mitad de las tormentas de la edad, cuidar su inocencia y ayudarles a descubrir la hermosa vocación que Dios había pensado para cada uno de ellos.

María se acercó a uno de esos custodios jóvenes que afilaba sus alas invisibles antes de partir hacia la Tierra, y le tocó el hombro con ternura divina:

—Cuando mi hijo sufra por dudar de su camino —le susurró María al ángel—, dile que yo misma lo sostengo. No le dejes tropezar.

San Rafael la llevó entonces a un ala inmensa que bullía de actividad, con cuatro legiones enteras destinadas a custodiar a hombres y mujeres con vocación matrimonial, una sección donde san Gabriel le echaba una mano coordinándolos. Rafael le explicó que tenían un trabajo durísimo: mantener vivo el fuego del amor cotidiano, dar paciencia en las noches de cansancio, sanar las heridas del orgullo y proteger los hogares de la Tierra. María, conmovida al recordar su propia casita de Nazaret, pensó que a través de ellos, Ella misma entraría en las cocinas, en los salones y en los desvelos de cada familia para ser la Pacificadora.

Siguieron caminando y Rafael le mostró las dos legiones destinadas a custodiar a quienes se entregaban a Dios en el celibato apostólico, y otras dos dedicadas a las familias de religiosos, cuyos ángeles vestían con los colores de los hábitos de la Tierra. Finalmente, contemplaron a los arcángeles ministeriales, aquellos cuyo único fin era asistir a los sacerdotes y diáconos en el altar.

Al ver este maravilloso despliegue, María comprendió la envergadura del Amor Divino. Los ángeles eran los puentes, pero Ella sería el mapa. Mirando a san Rafael María sonrió con una determinación celestial:

—Rafael, vuestro departamento va a tener mucho trabajo. Porque a partir de ahora, cada oración, cada avemaría y cada lágrima que mis hijos derramen en la Tierra, se convertirá en una orden directa para vosotros. Seréis mis manos y mis pies allí abajo.

Rafael, conmovido por la genialidad de su nueva Reina, asintió con entusiasmo, asegurándole que todos estaban listos, y que solo esperaban su corona para empezar a volar bajo sus órdenes.

Y entonces, llegó el gran día. Un camino brillante, como el reflejo de la luna sobre el mar en calma, se extendía desde la casa de María hasta una escalinata de flores donde esperaba la Trinidad. El Cielo era un océano de colores: los mártires vestían de rojo, las vírgenes de azul y los santos de un blanco purísimo, y algunos de ellos llevaban una hermosa orla verde que recorría los bordes, mangas y cuellos de sus túnicas. Eran los santos laicos, «los santos de la puerta de al lado».

Este detalle cromático encierra un significado profundo: mientras los grandes santos de los altares brillaban por milagros o martirios extraordinarios, ellos representaban la santidad de la vida ordinaria. El blanco de sus vestiduras proclamaba la pureza de su bautismo, pero el verde era el color de la esperanza y del tiempo común en la Tierra: el de las jornadas de trabajo invisible, el de la paciencia en el desvelo y el de la fidelidad oculta en el hogar.

Eran las madres y padres que santificaron la mesa del comedor, los profesionales que trabajaron con honestidad, y los vecinos corrientes que tendieron una mano en silencio; almas que no vivieron al margen del mundo, sino que fueron el reflejo del Amor de Dios en el corazón de sus propios barrios, caminando al lado de cualquiera de nosotros.

A las doce en punto las campanas repicaron, y comenzó a sonar el Ángelus mientras la comitiva arrancaba. Primero desfilaron madres y abuelas esparciendo romero; luego, jóvenes vírgenes perfumando el aire con azahar. Justo antes de que apareciera María, avanzó aquel bendito grupo de niños y niñas vestidos de rojo: los Santos Inocentes que María había consolado días atrás, que caminaban ahora con una inmensa sonrisa celestial, esparciendo alegres pétalos de jazmín por el camino.

Cuando apareció Ella, la música cesó por un instante, y el Cielo entero contuvo el aliento, pues nadie había visto jamás tanta belleza. María vestía un traje blanco tan radiante que parecía «vestida de sol», un fulgor que iluminaba sin herir los ojos. Llevaba una capa azul de Inmaculada y un peinado sencillo adornado con engarces, que brillaban como la luna y las estrellas.

Al verla, la orquesta rompió a tocar una versión celestial y majestuosa del Magníficat. María, sonrojada por tanto amor, comenzó a subir la escalinata, mientras los serafines lanzaban pétalos de rosa e inundaban el ambiente con su aroma. Al llegar a la cima se postró en adoración.

Jesús se levantó, la tomó delicadamente de la mano y la hizo girar para que mirara a todo su pueblo. El Padre se colocó a su derecha, Jesús a su izquierda y el Espíritu Santo, en forma de paloma, aleteó justo detrás de su cabeza. San Miguel se adelantó portando una corona espléndida con doce estrellas y, en ese instante, todo el Cielo puso rodilla en tierra. Las voces de millones de ángeles y santos tronaron al unísono recitando las letanías: «¡Madre de Dios! ¡Puerta del Cielo! ¡Reina de los Ángeles! ¡Reina de la Paz!».

La Trinidad depositó la corona sobre su cabeza y el Cielo estalló en aplausos. Los fuegos artificiales más grandiosos jamás vistos dibujaron luces imposibles en el firmamento celestial, cerrando el espectáculo con una silueta que hizo llorar de emoción a todos: un rosario gigante dibujado con estrellas de luz.

¡Y entonces comenzó el gran despliegue! San Miguel se puso en marcha tras unas banderas majestuosas con los atributos de la Reina, seguido de sus arcángeles ministeriales. Detrás marchaban las legiones de los religiosos y los consagrados. Luego, san Gabriel lideró con paso firme a las cuatro legiones de custodios matrimoniales. Y cerrando el desfile, con un brillo alegre y esperanzador, apareció San Rafael guiando a los custodios de los jóvenes y de los niños.

Al pasar frente al trono de María Rafael alzó su vara de caminante, y todos los ángeles custodios desplegaron sus alas a la vez, rindiendo un saludo tierno y solemne. Sabían que, desde ese segundo, sus misiones en la Tierra tendrían el aroma y el respaldo de la Reina del Cielo.

Al terminar la gran Salve Regina, cantada con un entusiasmo que hizo temblar los luceros, comenzó el banquete. Pero María, fiel a su estilo de Madre, no se sentó en su trono. Con su impresionante vestido de sol y su manto azul, comenzó a pasear entre las mesas. Probaba un bocado de cada una, reía con san Rafael comentando las próximas «estrategias de protección» para el día siguiente en la Tierra, y se aseguraba con su dulce mirada de que ninguno de sus hijos, ni en el Cielo ni en la Tierra, volviera a sentirse solo jamás.

Fuente: omnesmag.com