03 mayo 2010

“La esperanza cristiana no falla ante la muerte”


Homilía del Papa en el funeral por el cardenal Paul Augustin Mayer



Venerados hermanos, ilustres señores y señoras, queridos hermanos y hermanas:
También para nuestro amado Hermano, el cardenal Paul Augustin Mayer, ha llegado la hora de partir de este mundo. Él había nacido, hace casi un siglo, en mi misma tierra, precisamente en Altötting, donde surge el célebre Santuario mariano al que están ligados muchos afectos y recuerdos de nosotros, los bavareses. Así es el destino de la existencia humana: florece de la tierra – en un punto preciso del mundo – y está llamada al Cielo, a la patria de la que procede misteriosamente. Desiderat anima mea ad te, Deus (Sal 41/42,2). En este verbo desiderat está todo el hombre, su ser carne y espíritu, tierra y cielo. Es el misterio originario de la imagen de Dios en el hombre. El joven Paul – que después de monje se llamará Augustin – Mayer estudió este tema en los escritos de Clemente de Alejandría, para el doctorado en teología. Es el misterio de la vida eterna, depositado en nosotros como una semilla desde el Bautismo, y que pide ser acogido en el viaje de nuestra vida, hasta el día en que devolvemos el espíritu a Dios Padre.
Pater, in manus tuas commendo spiritum meum (Lc 23,46). Las últimas palabras de Jesús en la cuz nos guían en la oración y en la meditación, mientras estamos reunidos en torno al altar para dar el último saludo a nuestro llorado hermano. Cada celebración de exequias nuestra se coloca bajo el signo de la esperanza: en el último suspiro de Jesús en la cruz (cfr Lc 23,46; Jn 19,30), Dios se entregó enteramente a la humanidad, colmando el vacío abierto por el pecado y restableciendo la victoria de la victoria de la vida sobre la muerte. Por esto, cada hombre que muere en el Señor participa por la fe en este acto de amor infinito, de algún modo entrega el espíritu junto con Cristo, en la segura esperanza de que la mano del Padre lo resucitará de entre los muertos y lo introducirá en el Reino de la vida.
"La esperanza no falla – afirma el apóstol Pablo, escribiendo a los cristianos de Roma –, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. (Rm 5,5). La gran e indefectible esperanza, fundada en la sólida roca del amor de Dios, nos asegura que la vida de aquellos que mueren en Cristo "no es quitada, sino transformada"; y que "mientras se destruye la morada de este exilio terreno, se prepara una morada eterna en el cielo" (Prefacio de Difuntos I). En una época como la nuestra, en la que el miedo a la muerte lleva a muchas personas a la desesperación y a la búsqueda de consuelos ilusorios, el cristiano se distingue por el hecho de que pone su seguridad en Dios, en un Amor tan grande que puede renovar el mundo entero. "Mira que hago un mundo nuevo" (Ap 21,5), declara – hacia el final del Libro del Apocalipsis – Aquel que se sienta sobre el trono. La visión de la nueva Jerusalén expresa la realización del deseo más profundo de la humanidad: el de vivir juntos en paz, sin más amenaza de la muerte, sino gozando de la plena comunión con Dios y entre nosotros. LA Iglesia y, en particular, la comunidad monástica, constituyen una prefiguración sobre la tierra de esta meta final. Es un anticipo imperfecto, marcado por límites y pecados, y por tanto necesitado siempre de conversión y purificación; y, con todo, en la comunidad eucarística se pregusta la victoria del amor de Cristo sobre aquello que divide y mortifica. Congregavit nos in unum Christi amor – El amor de Cristo nos ha reunido en la unidad: este es el lema episcopal d nuestro venerado hermano que nos ha dejado. Como hijo de san Benito, él ha experimentado la promesa del Señor: “Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mi” (Ap 21,7).
Formado en la escuela de los Padres Benedictinos de la Abadía de San Miguel en Metten, en 1931 emitió la profesión monástica. Durante toda su existencia, buscó realizar cuanto san Benito dice en la Regla: "Nada se anteponga al amor de Cristo". Tras los estudios en Salzburgo y en Roma, emprendió una larga y apreciada actividad de enseñanza en el Pontificio Ateneo San Anselmo, donde llegó a ser Rector en 1949, desempeñando este cargo durante 17 años. Precisamente en aquel periodo se fundó el Pontificio Instituto Litúrgico, que se convirtió en punto de referencia fundamental para la preparación de los formadores en el campo de la Liturgia. Elegido, tras el Concilio, Abad de su amada Abadía de Metten, desempeñó este cargo durante 5 años, pero ya en 1972 el Siervo de Dios papa Pablo VI lo nombró Secretario de la Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, y quiso personalmente consagrarlo obispo el 13 de febrero de 1972.
Durante los años de servicio de este Dicasterio, promovió la progresiva actuación de las disposiciones del Concilio Vaticano II respecto a las familias religiosas. En este ámbito particular, en su calidad de religioso, pudo demostrar una destacada sensibilidad eclesial y humana. En 1984 el Venerable Juan Pablo II le confió el cargo de Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, creándolo después cardenal en el Consistorio del 25 de mayo de 1985 y asignándole el Título de san Anselmo en el Aventino. Seguidamente, le nombró primer presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei; y también en este nuevo y delicado cargo el cardenal Mayer se confirmó servidor fiel y celoso, intentando aplicar el contenido de su lema: El amor de Cristo nos ha reunido en la unidad
Queridos hermanos, nuestra vida está en cada instante en las manos del Señor, sobre todo en el momento de la muerte. Por esto, con la confiada invocación de Jesús en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", queremos acompañar a nuestro hermano Paul Augustin, mientras realiza su paso de este mundo al Padre. En este momento, mi pensamiento no puede dejar de ir al Santuario de la Madre de las gracias de Altötting. Espiritualmente dirigidos a ese lugar de peregrinación, confiamos a la Virgen Santa nuestra oración de sufragio por el llorado cardenal Mayer. Él nació cerca de ese Santuario, conformó su vida a Cristo según la Regla benedictina, y ha muerto a la sombra de esta Basílica Vaticana. Que la Virgen, san Pedro y san Benito acompañen a este fiel discípulo del Señor a su Reino de luz y de paz. Amén.
“¡Responded con generosidad al Señor!”


Discurso a los jóvenes de Turín y Piamonte



Queridos jóvenes de Turín, queridos jóvenes que venís de Piamonte y de las regiones cercanas:
Estoy verdaderamente contento de estar con vosotros, en esta visita mía a Turín para venerar la Sagrada Síndone. Os saludo a todos con gran afecto y os doy las gracias por la acogida y el entusiasmo de vuestra fe. A través vuestra saludo a toda la juventud de Turín y de las diócesis de Piamonte, con una oración especial por los jóvenes que viven situaciones de sufrimiento, de dificultad y de extravío. Un pensamiento particular y un fuerte ánimo dirijo a cuantos entre vosotros están recorriendo el camino hacia el sacerdocio, la vida consagrada, o también hacia elecciones generosas de servicio a los últimos. Agradezco a vuestro Pastor, el cardenal Severino Poletto, por las cordiales palabras que me ha dirigido y doy las gracias a vuestros representantes, que me han manifestado los propósitos, las problemáticas y las expectativas de la juventud de esta ciudad y de esta región.
Hace veinticinco años, con ocasión del Año Internacional de la Juventud, el venerable y amado Juan Pablo II dirigió una Carta apostólica a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, centrada en el encuentro de Jesús con el joven rico del que nos habla el Evangelio (Carta a los jóvenes, 31 de marzo de 1985). Partiendo precisamente de esta página (cfr Mc 10,17-22; Mt 19,16-22), que ha sido también objeto de reflexión también en mi Mensaje de este año para la Jornada Mundial de la Juventud, quisiera ofreceros algunos pensamientos que espero que os puedan ayudar en vuestro crecimiento espiritual y en vuestra misión dentro de la Iglesia y en el mundo.
El joven del Evangelio – lo sabemos – pregunta a Jesús: "¿Qué tengo que hacer para tener la vida eterna?". Hoy no es fácil hablar de vida eterna y de realidades eternas, porque la mentalidad de nuestro tiempo nos dice que no existe nada definitivo: todo cambia, y también muy rápidamente. “Cambiar” se ha convertido, en muchos casos, en la contraseña, el ejercicio más exaltante de la libertad, y de esta forma también vosotros, los jóvenes, sois llevados muchas veces a pensar que sea imposible realizar elecciones definitivas, que comprometan toda la vida. Pero ¿es esta la forma correcta de usar la libertad? ¿Es realmente cierto que para ser felices debemos contentarnos con pequeñas y fugaces alegrías momentáneas, las cuales, una vez terminadas, dejan amargura en el corazón? Queridos jóvenes, esta no es la verdadera libertad, la felicidad no se alcanza así. Cada uno de nosotros ha sido creado no para realizar elecciones provisionales y revocables, sino elecciones definitivas e irrevocables, que dan sentido pleno a la existencia. Lo vemos en nuestra vida: toda experiencia bella, que nos llena de felicidad, quisiéramos que no terminase nunca. Dios nos ha creado en vista del “para siempre”, ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros la semilla de una vida que lleve a cabo algo bello y grande. ¡Tened el valor de hacer elecciones definitivas y de vivirlas con fidelidad! El Señor podrá llamaros al matrimonio, al sacerdocio, a la vida consagrada, a un don particular de vosotros mismos: ¡respondedle con generosidad!
En el diálogo con el joven, que poseía muchas riquezas, Jesús indica cuál es la riqueza más importante y más grande de la vida: el amor. Amar a Dios y amar a los demás con todo uno mismo. La palabra amor – lo sabemos – se presta a varias interpretaciones y tiene distintos significados: nosotros necesitamos un Maestro, Cristo, que nos indique su sentido más auténtico y más profundo, que nos guíe a la fuente del amor y de la vida. Amor es el nombre propio de Dios. El apóstol Juan nos lo recuerda: “Dios es amor”, y añade que “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo”. Y “si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4,8.10.11). En el encuentro con Cristo y en el amor mutuo experimentamos en nosotros la vida misma de Dios, que permanece en nosotros con su amor perfecto, total, eterno (cfr 1 Jn 4, 12). No hay nada, por tanto, más grand para el hombre, un ser mortal y limitado, que participar en la vida de amor de Dios. Hoy vivimos en un contexto cultural que no favorece relaciones humanas profundas y desinteresadas, sino, al contrario, induce a menudo a cerrarse en sí mismo, al individualismo, a dejar prevalecer el egoísmo que hay en el hombre. Pero el corazón de un joven es por naturaleza sensible a amor verdadero. Por ello me dirijo con gran confianza a cada uno de vosotros y os digo: no es fácil hacer de vuestra vida algo bello y grande, es comprometido, ¡pero con Cristo todo es posible!
En la mirada de Jesús que mira – como dice el Evangelio – con amor al joven, advertimos todo el deseo de Dios de estar con nosotros, de sernos cercano; hay un deseo de Dios de nuestro sí, de nuestro amor. Sí, queridos jóvenes, Jesús quiere ser vuestro amigo, vuestro hermano en la vida, el maestro que os indica el camino a recorrer para alcanzar la felicidad. Él os ama por lo que sois, en vuestra fragilidad y debilidad, para que, tocados por su amor, podáis ser transformados. Vivid este encuentro con el amor de Cristo en una relación personal con Él; vividlo en la Iglesia, ante todo en los Sacramentos. Vividlo en la Eucaristía, en la que se hace presente su Sacrificio: Él realmente entrega su Cuerpo y su Sangre por nosotros, para redimir os pecados de la humanidad, para que lleguemos a ser una sola cosa con Él, para que aprendamos también nosotros la lógica del donarse. Vividlo en la Confesión, donde, ofreciéndonos su perdón, Jesús nos acoge con todas nuestras limitaciones para darnos un corazón nuevo, capaz de amar como Él. Aprended a tener familiaridad con la Palabra de Dios, a meditarla, especialmente en la lectio divina, la lectura espiritual de la Biblia. Finalmente, sabed encontrar el amor de Cristo en el testimonio d caridad de la Iglesia. Turín os ofrece, en su historia, espléndidos ejemplos: seguidos, viviendo concretamente la gratuidad del servicio. Todo en la comunidad eclesial debe estar dirigido a hacer tocar con la mano a los hombres la infinita caridad de Dios.
Queridos amigos, el amor de Cristo por el joven del Evangelio es el mismo que tiene por cada uno de nosotros. No es un amor confinado en el pasado, no es una ilusión, no está reservado a pocos. Encontraréis este amor y experimentaréis toda su fecundidad si buscáis con sinceridad y si vivís con empeño vuestra participación en la vida de la comunidad cristiana. Que cada uno se sienta "parte viva" de la Iglesia, implicado en la tarea de la evangelización, sin miedo, en un espíritu de sincera armonía con los hermanos en la fe y en comunión con los pastores, saliendo de una tendencia individualista también en vivir la fe, para respirar a pleno pulmón la belleza de formar parte del gran mosaico de la Iglesia de Cristo.
Esta noche no puedo dejar de señalaros como modelo a un joven de vuestra ciudad, el beato Piergiorgio Frassati, del que este año se cumple el vigésimo aniversario de la beatificación. Su existencia fue envuelta totalmente por la gracia y por el amor de Dios y se consumió, con serenidad y alegría, en el servicio apasionado a Cristo y a los hermanos. Joven como vosotros, vivió con gran empeño su formación cristiana y dio su testimonio de fe, sencillo y eficaz. Un muchacho fascinado por la belleza del Evangelio de las Bienaventuranzas, que experimentó toda la alegría de ser amigo d Cristo, de seguirle, de sentirse de modo vivo parte de la Iglesia. Queridos jóvenes, ¡tened el valor d elegir lo que es esencial en la vida! "Vivir y no vivaquear" repetía el beato Piergiorgio Frassati. Como él, descubrid que vale la pena comprometerse por Dios y con Dios, responder a su llamada en las elecciones fundamentales y en las cotidianas, ¡también cuando cuesta!
El recorrido espiritual del beato Piergiorgio Frassati recuerda que el camino de los discípulos de Cristo requiere el valor de salir de sí mismos, para seguir el camino del Evangelio. Este camino exigente del Espíritu lo vivís en las parroquias y en las demás realidades eclesiales; lo vivís también en la peregrinación de las Jornadas Mundiales de la Juventud, cita siempre esperada. Sé que os estáis preparando para la próxima gran reunión, programada en Madrid en agosto de 2011. Auguro de corazón que este extraordinario acontecimiento, en el que espero que podáis participar en gran número, contribuya a hacer crecer en cada uno el entusiasmo y la fidelidad en seguir a Cristo y en acoger con alegría su mensaje, fuente de vida nueva.
¡Jóvenes Turín y de Piamonte, sed testigos de Cristo en este tiempo nuestro! Que la sagrada Síndone sea particularmente para vosotros una invitación a imprimir en vuestro espíritu el rostro del amor de Dios, para ser vosotros mismos, en vuestros ambientes, con vuestros coetáneos, una expresión creíble del rostro de Cristo. Que María, a la que veneráis en vuestros Santuarios marianos, y san Juan Bosco, patrono de la juventud, os ayuden a seguir a Cristo sin cansaros nunca. Y que os acompañen siempre mi oración y mi Bendición, que os doy con gran afecto. ¡Gracias por vuestra atención!
“¡Habla con la sangre, y la sangre es la vida!”

Meditación del Papa ayer ante la Sábana Santa

Queridos amigos:
Se trata de un momento muy esperado por mí. En otra ocasión, estuve ante la Sábana Santa, pero ahora vivo esta peregrinación con particular intensidad: quizá porque el paso de los años me hace todavía más sensible al mensaje de este extraordinario icono; quizá, y diría sobre todo, porque estoy aquí como sucesor de Pedro, y traigo en mi corazón a toda la Iglesia, es más, a toda la humanidad. Doy las gracias a Dios por el don de esta peregrinación, y también por la oportunidad de compartir con vosotros una breve meditación, que me sugiere el subtítulo de esta solemne exposición: "El misterio del Sábado Santo".
Se puede decir que la Sábana Santa es el icono de este misterio, icono del Sábado Santo. De hecho, es una tela de sepulcro, que ha envuelto el cuerpo de un hombre crucificado, y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien crucificado hacia mediodía, expiró a eso de las tres de la tarde. Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la vigilia del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había excavado en la roca a poca distancia del Gólgota. Tras alcanzar el permiso, compró una sábana y, tras la deposición del cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo puso en aquella tumba (Cf. Marcos 15,42-46). Es lo que refiere el Evangelio de Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo en la tumba durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (en torno a un día y medio), pero con un valor y un significado inmenso e infinito.
El Sábado Santo es el día del escondimiento de Dios, como se lee en una antigua homilía: "¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y soledad, porque el Rey duerme [...]. Dios en la carne ha muerto y el Abismo ha despertado" (Homilía sobre el Sábado Santo, PG 43, 439). En el Credo, profesamos que Jesucristo "padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos".
Queridos hermanos y hermanas: en nuestro tiempo, especialmente después del siglo pasado, la humanidad se ha hecho particularmente sensible al misterio del Sábado Santo. El escondimiento de Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáneo, de manera existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que ha ido haciéndose cada vez más grande. Al final del siglo XIX, Nietzsche escribía: "¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros le hemos matado!". Esta famosa expresión, si se analiza bien, es tomada casi al pie de la letra, por la tradición cristiana, con frecuencia la repetimos en el Vía Crucis, quizá sin darnos cuenta plenamente de lo que decimos. Después de las dos guerras mundiales, de los lagers y de los gulags, de Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha convertido cada vez más en un Sábado Santo: la oscuridad de este día interpela a todos los que reflexionan sobre la vida, de manera particular nos interpela a nosotros, creyentes. También nosotros tenemos que vérnoslas con esta oscuridad.
Y, sin embargo, la muerte del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, tiene un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consuelo y de esperanza. Y esto me hace pensar en el hecho de que la Sábana Santa se comporta como un documento "fotográfico", dotado de un "positivo" y de un "negativo". De hecho, es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines. El Sábado Santo es la "tierra de nadie" entre la muerte y la resurrección, pero en esta "tierra de nadie" ha entrado Uno, el Único, que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre: "Passio Christi. Passio hominis". Y la Sábana Santa nos habla exactamente de ese momento, es testigo precisamente de ese intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios, en Jesucristo, ha compartido no sólo nuestro morir, sino también nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical.
En ese "tiempo-más-allá-del-tiempo", Jesucristo "descendió a los infiernos". ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, ha llegado hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: "los infiernos". Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros y atravesarla con él.
Todos hemos experimentado alguna vez una sensación aterradora de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente eso, como niños que tenemos miedo de estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una personas que nos ama nos puede tranquilizar. Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró "en los infiernos"; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos saca afuera. El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si incluso en el espacio de la muerte ha llegado a penetrar el amor, entonces incluso allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: "Passio Christi. Passio hominis".
¡Este es el misterio de Sábado Santo! Precisamente desde allí, desde la oscuridad de la muerte del Hijo de Dios, ha surgido la luz de una nueva esperanza: la luz de la Resurrección. Me parece que al contemplar esta sagrada tela con los ojos de la fe se percibe algo de esa luz. La Sábana Santa ha quedado sumergida en esa oscuridad profunda, pero es al mismo tiempo luminosa; y yo pienso que si miles y miles de personas vienen a venerarla, sin contar a quienes la contemplan a través de las imágenes, es porque en ella no sólo ven la oscuridad, sino también la luz; más que la derrota de la vida y del amor, ven la victoria, la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; ciertamente ven la muerte de Jesús, pero entrevén su Resurrección; en el seno de la muerte ahora palpita la vida, pues en ella mora el amor. Este es el poder de la Sábana Santa: del rostro de este "varón de dolores", que carga con la pasión del hombre de todo tiempo y lugar, incluso con nuestras pasiones, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros pecados --"Passio Christi. Passio hominis"-- emana una solemne majestad, un señorío paradójico. Este rostro, estas manos y estos pies, este costado, todo este cuerpo habla, es en sí mismo una palabra que podemos escuchar en silencio ¿Cómo habla la Sábana Santa? ¡Habla con la sangre, y la sangre es la vida! La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen impresa en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Especialmente esa gran mancha cercana al costado, hecha de la sangre y del agua manados copiosamente de una gran herida provocada por una lanza romana, esa sangre y ese agua hablan de vida. Es como un manantial que murmura en el silencio y nosotros podemos oírlo, podemos escucharlo, en el silencio del Sábado Santo.
Queridos amigos, alabemos siempre al Señor por su amor fiel y misericordioso. Al salir de este lugar santo, nos llevamos en los ojos la imagen de la Sábana Santa, llevamos en el corazón esta palabra de amor, y alabamos a Dios con una vida llena de fe, de esperanza y de caridad. Gracias.
“Pasión de Cristo. Pasión del hombre”


Homilía de Benedicto XVI al celebrar la misa en Turín


Queridos hermanos y hermanas:
Con alegría me encuentro entre vosotros, en este día de fiesta, para celebrar con vosotros esta solemne eucaristía. Saludo a cada uno de los presentes, en particular al pastor de vuestra arquidiócesis, el cardenal Severino Poletto, a quien doy las gracias por las cálidas palabras que me ha dirigido en nombre de todos. Saludo a los arzobispos y obispos presentes, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, a los representantes de las asociaciones y movimientos eclesiales. Dirijo un deferente saludo al alcalde, don Sergio Chiamparino, agradeciéndole su cortés saludo, al representante del gobierno y a las autoridades civiles y militares, con un agradecimiento particular a quienes han ofrecido generosamente su colaboración para la organización de mi visita pastoral. Mi saludo se extiende también a quienes no han podido estar presentes, en especial los enfermos, las personas solas y quienes se encuentran en dificultad. Encomiendo al Señor la ciudad de Turín y todos sus habitantes en esta celebración eucarística, que, al igual que en todo domingo, nos invita a participar de manera comunitaria en la doble mesa de la Palabra de verdad y del Pan de vida eterna.
Nos encontramos en el tiempo pascual, que es tiempo de la glorificación de Jesús. El Evangelio que acabamos de escuchar nos recuerda que esta glorificación se ha realizado a través de la pasión. En el misterio pascual, pasión y glorificación están íntimamente ligadas entre sí, formando una unidad inseparable. Jesús afirma: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él" (Juan 13, 31) y lo hace cuando Judas sale del Cenáculo para aplicar el plan de su traición, que llevará a la muerte al Maestro: precisamente en ese momento comienza la glorificación de Jesús. El evangelista Juan lo da a entender claramente: no dice que Jesús ha sido glorificado sólo después de su pasión, por medio de la resurrección, sino que muestra cómo su glorificación comenzó precisamente con la pasión. En ella, Jesús manifiesta su gloria, que es gloria del amor, que se entrega totalmente. Él amó al Padre, cumpliendo su voluntad hasta el final, con una entrega perfecta; amó a la humanidad dando su vida por nosotros. De este modo, ya en su pasión es glorificado, y Dios es glorificado en Él. Pero la pasión no es más que un inicio. Por este motivo, Jesús afirma que su glorificación será también futura (Cf. v. 32). Después el Señor, en el momento en que anuncia su partida de este mundo (cfr v. 33), como si se tratara de un testamento dejado a sus discípulos para continuar de una nueva manera su presencia entre ellos, les deja un mandamiento: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo es he amado, amaos también entre vosotros" (v. 34). Si nos amamos los unos a los otros, Jesús sigue estando presente entre nosotros.
Jesús habla de un "mandamiento nuevo". Pero, ¿cuál es su novedad? Ya en el Antiguo Testamento Dios había dado el mandamiento del amor; ahora, sin embargo, este mandamiento se ha convertido en nuevo, pues Jesús introduce un añadido muy importante: "como yo os he amado, amaos también entre vosotros". Lo nuevo es precisamente esto: "amar como Jesús ha amado". El Antiguo Testamento no presentaba ningún modelo de amor, sino que formulaba sólo el precepto de amar. Jesús, sin embargo, se nos ha dado a sí mismo como modelo y fuente de amor. Se trata de un amor sin límites, universal, capaz de transformar incluso todas las circunstancias negativas y todos los obstáculos en ocasiones para avanzar en el amor.
En los siglos pasados, la Iglesia que está en Turín ha experimentado una rica tradición de santidad y de generoso servicio a los hermanos, como han recordado el cardenal arzobispo y el señor alcalde, gracias a la obra de celosos sacerdotes, religiosos y religiosas de vida activa y contemplativa y de los fieles laicos. Las palabras de Jesús alcanzan, entonces, un eco particular para esta Iglesia, una Iglesia generosa y activa, comenzando por su sacerdotes. Al entregarnos el mandamiento nuevo, Jesús nos pide que vivamos su mismo amor, que es el signo verdaderamente creíble, elocuente y eficaz para anunciar al mundo la venida del Reino de Dios. Obviamente sólo con nuestras fuerzas somos débiles y limitados. Siempre hay en nosotros una resistencia al amor y en nuestra existencia hay muchas dificultades que provocan divisiones, resentimientos y rencores. Pero el Señor nos ha prometido estar presente en nuestra vida, haciéndonos capaces de este amor generoso y total, que sabe vencer todos los obstáculos. Si estamos unidos a Cristo, podemos amar verdaderamente de esta manera. Amar a los demás como Jesús nos ha amado sólo es posible con esa fuerza que se nos comunica en la relación con Él, especialmente en la Eucaristía, en la que se hace presente de manera real su Sacrificio de amor que genera amor.
Quisiera dirigir, por tanto, una palabra de aliento en particular a los sacerdotes y a los diáconos de esta Iglesia, que se dedican con generosidad al trabajo pastoral, así como a los religiosos y religiosas. En ocasiones, ser obrero en la viña del Señor puede ser cansado, los compromisos se multiplican, las exigencias son muchas, los problemas no faltan: sabed sacar diariamente de la relación de amor con Dios en la oración la fuerza para llevar el anuncio profético de salvación; volver a centrar vuestra existencia en lo esencial del Evangelio; cultivad una dimensión real de comunión y de fraternidad dentro del presbiterio, de vuestras comunidades, en las relaciones con el Pueblo de Dios; testimoniad en el ministerio la potencia del amor que viene de lo Alto.
La primera lectura, que hemos escuchado, nos presenta precisamente una manera particular de glorificación de Jesús: el apostolado y sus frutos. Pablo y Bernabé, al final de su primer viaje apostólico, regresan a las ciudades ya visitadas y alientan a los discípulos, exhortándoles a permanecer firmes en la fe pues, como ellos dicen, "hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios" (Hechos 14, 22). La vida cristiana, queridos hermanos y hermanas, no es fácil; sé que también en Turín no faltan dificultades, problemas, preocupaciones: pienso, en particular, en quienes viven concretamente su existencia en condiciones de precariedad, a causa de la falta de trabajo, de la incertidumbre ante el futuro, del sufrimiento físico y moral; pienso en las familias, en los jóvenes, en las personas ancianas que con frecuencia viven en la soledad, en los marginados, en los inmigrantes. Sí, la vida lleva a afrontar muchas dificultades, muchos problemas, pero es precisamente la certeza que nos ofrece la fe, la certeza de que nos estamos solos, que Dios ama a cada uno sin distinción y está cerca de cada uno con su amor, lo que hace posible afrontar, vivir y superar el cansancio de los problemas cotidianos. El amor universal de Cristo resucitado llevó a los apóstoles a salir de sí mismos, a difundir la palabra de Dios, a entregarse sin reservas a los demás, con valentía, alegría y serenidad. El Resucitado posee una fuerza de amor que supera todo límite, que no se detiene ante ningún obstáculo. Y la comunidad cristiana, en especial en las realidades más comprometidas pastoralmente, debe ser un instrumento concreto de este amor de Dios.
Exhorto a las familias a vivir la dimensión cristiana del amor en la vida cotidiana, en las relaciones familiares superando divisiones e incomprensiones, a la hora de cultivar la fe que hace aún más firme la comunión. Que incluso en el rico y variado mundo de la Universidad y de la cultura no falte el testimonio del amor del que nos habla el Evangelio de hoy, en la capacidad de escucha atenta y de diálogo humilde en la búsqueda de la Verdad, convencidos de que la misma Verdad nos sale al encuentro y nos aferra. También deseo alentar el esfuerzo, con frecuencia difícil, de quien está llamado a administrar la cosa pública: la colaboración para alcanzar el bien común y hacer que la ciudad sea cada vez más humana y vivible es un signo de que el pensamiento cristiano sobre el hombre nunca está en contra de su libertad, sino a favor de una mayor plenitud que sólo en una "civilización del amor" encuentra su realización. A todos, en particular a los jóvenes, les quiero decir que no pierdan nunca la esperanza, la que viene de Cristo resucitado, de la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte.
La segunda lectura de hoy nos muestra precisamente el resultado final de la Resurrección de Jesús: es la Jerusalén nueva, la ciudad santa, que desciende del cielo, de Dios, como una esposa que se adorna para su esposo (Cf. Apocalipsis 21, 2). Quien ha sido crucificado, quien ha compartido nuestro sufrimiento, como recuerda también elocuentemente la Sábana Santa, es quien ha resucitado y nos quiere reunir a todos en su amor. Se trata de una esperanza estupenda, "fuerte", sólida, pues, como dice el Apocalipsis "[Dios] enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado" (21,4). ¿Acaso no comunica la Sábana Santa este mismo mensaje? En ella vemos, como reflejados, nuestros padecimientos en los sufrimientos de Cristo: "Passio Christi. Passio hominis" ["Pasión de Cristo. Pasión del hombre", ndt.]. Precisamente por este motivo, es un signo de esperanza: Cristo ha afrontado la cruz para poner un límite al mal; para hacernos entrever, en su Pascua, el anticipo de ese momento en el que también para nosotros toda lágrima será enjugada y ya no habrá muerte, ni luto, ni lamento, ni afán.
El pasaje del Apocalipsis termina con la afirmación: "Y el que estaba sentado en el trono dijo: 'Todo lo hago nuevo'" (21, 5). Lo primero totalmente nuevo realizado por Dios ha sido la resurrección de Jesús, su glorificación celestial. Es el inicio de toda una serie de "cosas nuevas", en la que participamos también nosotros. "Cosas nuevas" son un mundo lleno de alegría, en el que ya no hay sufrimientos y abusos, ya no hay rencor y odio, sino sólo el amor que procede de Dios y lo transforma todo.
Querida Iglesia que estás en Turín, he llegado entre vosotros para confirmaros en la fe. Deseo exhortaros, con fuerza y con afecto, a permanecer firmes en la fe que habéis recibido y que da sentido a la vida; a no perder nunca la luz de la esperanza en Cristo resucitado, que es capaz de transformar la realidad y hacerlo nuevo todo; a vivir en ciudades, en los barrios, en las comunidades, en las familias, de manera sencilla y concreta el amor de Dios: "como yo es he amado, amaos también entre vosotros".
Amén.

01 mayo 2010

La economía global necesita ética

La lección de la crisis, según el Papa


La crisis global debe dejar una lección, considera Benedicto XVI: la economía global exige una ética, pues ha quedado claro que el mercado es incapaz de autorregularse.
Así lo expresó este viernes al recibir en audiencia a los participantes en la sesión plenaria de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales sobre el tema "La crisis en una economía global. Volver a proyectar nuestro camino". que se celebra hasta el próximo 4 de mayo en el Vaticano.
"El colapso financiero en todo el mundo ha demostrado, como sabemos, la fragilidad del sistema económico actual y de las instituciones relacionadas con él", comenzó constatando el pontífice.
"También ha demostrado el error de la hipótesis de que el mercado es capaz de autorregularse, independientemente de la intervención pública y del apoyo de las normas morales", siguió aclarando.
"Esta hipótesis se basa en una noción empobrecida de la vida económica, como una especie de mecanismo de auto-calibración impulsado por el interés propio y la búsqueda de ganancias. Como tal, pasa por alto el carácter esencialmente ético de la economía, como una actividad de y para los seres humanos".
Según el Papa, la economía no es una "espiral de producción y consumo en función de unas necesidades humanas". Más bien, aclaró, "la vida económica debería ser un ejercicio de responsabilidad humana, intrínsecamente orientada hacia la promoción de la dignidad de la persona, la búsqueda del bien común y el desarrollo integral - político, cultural y espiritual - de individuos, familias y sociedades".
Por este motivo, el pontífice considera que "la crisis actual nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso".
Volver a planificar el camino, añadió, supone también "buscar normas exhaustivas y objetivas con las que juzgar las estructuras de las instituciones y las decisiones concretas que orientan y dirigen la vida económica".
Y entre "los principios indispensables" para proporcionar este "enfoque ético integral a la vida económica" el Santo Padre presentó "la promoción del bien común, basado en el respeto de la dignidad del ser humano y principal objetivo de los sistemas de producción y del comercio, de las instituciones políticas y bienestar social".
Al final, concluyó, todas las decisiones económicas y políticas deben estar encaminadas a "la caridad en la verdad", ya que "la verdad preserva y canaliza la fuerza liberadora de la caridad en medio de las vicisitudes y las estructuras humanas, cada vez más contingentes".
Pues "sin verdad, sin confianza y amor por lo que es verdadero, no hay conciencia social y responsabilidad, y la acción social termina sirviendo a los intereses privados y a las lógicas de poder, dando lugar a la fragmentación social".
Academia Pontificia de las Ciencias Sociales
La Academia Pontificia de las Ciencias Sociales fue fundada por Juan Pablo II, en 1994, para "promover el estudio y el progreso de las ciencias sociales, económicas, políticas y jurídicas a la luz de la doctrina social de la Iglesia", según explica el artículo n.1 del "motu proprio" "Socialum Scientiarum" que escribió el Papa Karol Wojtyla para su creación.La Academia, cuya presidenta es la antigua embajadora estadounidense Mary Ann Glendon, profesora de Derecho en la Universidad de Harvard, es autónoma y al mismo tiempo mantiene una estrecha relación con el Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz, con el que coordina la programación de las diferentes iniciativas. El número de sus Académicos Pontificios, también nombrados por el Papa, no puede ser ni inferior a 20 ni superior a 40. Proceden de todo el mundo, sin distinción de confesión religiosa. Son elegidos por su alto nivel de competencia en alguna de las diversas disciplinas sociales.

30 abril 2010


La música y la educación de los jóvenes


Discurso del Papa tras la audición del concierto por el quinto aniversario de su pontificado



Señor Presidente de la República, Señores cardenales, Honorables ministros y autoridades, Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, Distinguidos señores y señoras:
Una vez más el Presidente de la República Italiana, Honorable Giorgio Napolitano, con un gesto de exquisita cortesía, ha querido ofrecernos a todos nosotros la posibilidad de escuchar óptima música con ocasión del aniversario de mi Pontificado. Al saludarle con deferencia, Señor Presidente, en unión con su distinguida Señora, deseo expresar mi vivo agradecimiento por el homenaje verdaderamente grato de este concierto y por las cordiales palabras que usted me ha dirigido. En este acto de consideración veo también un signo ulterior del afecto que el pueblo italiano nutre hacia el Papa, afecto que fue tan ferviente en santa Catalina de Siena, Patrona de Italia, de la que hoy se celebra la fiesta. Estoy contento de saludar a las demás autoridades del Estado italiano, a los señores embajadores, a las diversas personalidades y a todos vosotros que habéis tomado parte en este momento de alto valor cultural y musical.
Deseo agradecer a cuantos han cooperado generosamente a la realización de este acontecimiento, en particular a los dirigentes de la Fondazione Scuola di Musica di Fiesole, del que es componente significativo la Orchestra Giovanile Italiana, hábilmente dirigida por el maestro Nicola Paszkowski. Seguro de interpretar los sentimiento los sentimientos de todos los presentes, dirijo un aprecio sincero a los miembros de la orquesta, que han ejecutado con habilidad y eficacia fragmentos interpretativos del compositor milanés Giovanni Battista Sammartini, de Wolfgang Amadeus Mozart y di Ludwig van Beethoven.
Hemos tenido la alegría de escuchar esta noche a jóvenes alumnos concertistas de la Escuela musical de Fiesole, fundada por Piero Farulli, que en el transcurso de los años se ha afirmado como excelente centro nacional de formación orquestal, ofreciendo a numerosos niños, adolescentes, jóvenes y adultos la posibilidad de realizar un cualificado itinerario formativo dirigido a la preparación de músicos para las mejores orquestas italianas y europeas. El estudio de la música reviste un alto valor en el proceso educativo de la persona, en cuanto que produce efectos positivos en el desarrollo del individuo, favoreciendo su crecimiento humano y espiritual armónico. Sabemos que es comunmente reconocido el valor formativo de la música en sus implicaciones de naturaleza expresiva, creativa, relacional, social y cultural.
Por tanto, la experiencia de más de treinta años de la Escuela de Música de Fiesole asume una particular relevancia también frente a la realidad cotidiana que nos dice que no es fácil educar. En el contexto social actual, de hecho, toda obra de educación parece ser cada vez más ardua y problemática: a menudo entre los padres y los profesores se habla de las dificultades que se encuentran en la transmisión de los valores básicos de la existencia y de un recto comportamiento a las nuevas generaciones. Esta situación problemática afecta tanto a la escuela como a la familia, como también a las diversas agencias que operan en el campo formativo.
Las condiciones actuales de la sociedad requieren un extraordinario compromiso educativo a favor de las nuevas generaciones. Los jóvenes, aunque vivan en contextos diversos, tienen en común la sensibilidad ante los grandes ideales de la vida, pero encuentran muchas dificultades en vivirlos. No podemos ignorar sus necesidades y sus esperanzas, ni tampoco los obstáculos y las amenazas que encuentran. Éstos sienten la exigencia de acercarse a los valores auténticos como la centralidad de la persona, la dignidad humana, la paz y la justicia, la tolerancia y la solidaridad. Buscan también, de modos a veces confusos y contradictorios, la espiritualidad y la trascendencia, para encontrar equilibrio y armonía. A respecto de esto, quiero observar que precisamente la música es capaz de abrir las mentes y los corazones a la dimensión del espíritu y conducir a las personas a alzar la mirada hacia lo Alto, a abrirse al Bien y a la Belleza absolutas, que tienen la fuente última en Dios. La alegría del canto y de la música son también una constante invitación a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad a comprometrse para dar a la humanidad un porvenir rico de esperanza. Además, la experiencia de tocar en una orquesta añade también la dimensión colectiva: los continuos ensayos llevados a cabo con paciencia; el ejrcicio de la escucha de los demás músicos; el compromiso de no todar "en solitario", sino de hacerlo de forma que los diversos "colores orquestales" – aún manteniendo sus propias características – se fundan; la búsqueda común de la mejor expresión, todo esto constituye un "gimnasio" formidable, no sólo en el plano artístico y profesional, sino en el perfil humano global.
Queridos amigos, auguro que la grandeza y la belleza de las piezas musicales magistralmente ejecutadas esta noche puedan puedan dar a todos nueva y continua inspiración para tender a metas cada vez más altas en la vida personal y social. Renuevo al Señor Presidente de la República Italiana, a los organizadores y a todos los presentes la expresión de mi sincera gratitud por este apreciado homenaje. Recordadme en vuestras oraciones, para que al comenzar el sexto año de mi Pontificado, pueda cumplir siempre mi Ministerio como el Señor quiere. Que Él, que es nuestra fuerza y nuestra paz, os bendiga a todos vosotros y a vuestras familias.
Carta a los católicos

Pablo Cabellos Llorente


En la Iglesia de Cristo suceden cosas extraordinarias aunque sean de ordinaria administración. Pienso que ahí hemos de fijar la atención cuando queramos resolver cualquier problema existente. He leído con atención la carta dirigida a todos los obispos por el teólogo Hans Küng.
Es obvio que mi nivel no es el suyo, ni mi curriculum tampoco. Pero aquí no respondo a esa carta. Me dirijo a los católicos al filo de ese escrito, porque justamente echo en falta en él lo más maravilloso de la Iglesia, el punto de apoyo para cualquier reforma posible.
Es muy elemental lo que escribo: se trata de creer en el Depósito Revelado. Y creer con alegría; no como soportando un pesado fardo. Porque la fe es para vivir y morir con alegría.
En el Credo afirmamos nuestra fe en la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Aunque sus miembros pequemos, el Cuerpo de Cristo —la Iglesia— es santo, tiene una finalidad santa: la salvación de las gentes; se organiza esencialmente con medios santos: la oración y la vida sacramental; su Cabeza es el Dios hecho hombre; y como decían los clásicos, las cosas santas han de ser tratadas santamente.
Sé que muchas veces no lo hacemos así, pero eso no varía nada la esencia de la Iglesia. Quizá más bien la refuerza, al permanecer incólume en medio de tantos avatares en su historia bimilenaria.
Oí reiteradamente a una persona santa: yo no creo por los curas, ni por las monjas, ni por los frailes..., sino por Cristo Nuestro Señor. La fe no reside en técnicas ni tácticas, ni en celibato o no, ni en la misa en latín de espaldas o de cara, ni en que las iglesias estén llenas o vacías.
El propio Concilio Vaticano II recordaba: por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela. Esa fe es don de Dios pero, precisamente porque lo revelado por Él nos excede, la fe siempre es libre, nunca puede imponerse al entendimiento como puede hacerlo la solución de un problema matemático o lo observado empíricamente sin error.
En la misma Constitución conciliar —Dei Filius— se habla de la transmisión de los contenidos de la fe a través del Magisterio de la Iglesia, lo que choca frontalmente con esta afirmación de Küng: todo lo que hace el Papa —resumo su idea— no es capaz de modificar la postura de la mayoría de los católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de moral sexual.
Pero es que creemos por Revelación de Dios —custodiada por la jerarquía— cuya cumbre es Cristo, y no por lo que exprese la mayoría, suponiendo que sea cierta la afirmación del teólogo. La Iglesia es así por voluntad de su Fundador y otra pretensión se estrellará contra la roca de Pedro.
Pienso que vivir la sobrenaturalidad de la Iglesia es su verdadera recuperación, su real progreso. Lo otro hasta puede sonar bien a algunos oídos anclados en los setenta, pero sería una ONG; algo bueno, pero lejísimos de la esencia católica. Vale aquí lo que Dios decía al pueblo escogido: tu miseria es tuya, Israel; tu fuerza soy yo.

29 abril 2010

Aborto: la verdadera “cuestión moral de nuestro tiempo”


Gonzalo Miranda


A algunos podrá parecer fuera de lugar dedicar un número entero (es más, dos) de una revista de bioética (Studia Bioethica) al tema del aborto. Se pretende que la cuestión está ya superada desde el punto de vista ético y bioético. Incluso hay quien presiona para que el aborto se considere como un de los derechos humanos...
Nosotros pensamos en cambio que vale la pena hablar de ello. Y que hoy, más que hace algunos años, se puede afrontar el debate de forma razonada y seria. No hace mucho tiempo propuse a los autores de una importante retransmisión televisiva nacional, en la que yo acababa de participar, de invitar a dos mujeres americanas, madre e hija, que se encontraban en Italia. Se trataba de un bellísimo testimonio de acogida de la vida y de perdón, tras una interrupción del embarazo fracasada. Acogieron en seguida la propuesta, con una condición: no se debía mencionar la palabra “aborto” – “Ya sabe, estamos en televisión”.
Quizás hoy la cuestión ya no sea un tabú. Se puede hablar de ella; se habla. Pero se hace de modo esporádico, a menudo solamente en la onda de algún episodio llamativo o de la formación de alguna lista de cara a las elecciones políticas.
Se trata en cambio de una cuestión que merece ser siempre examinada, profundizada, entendida, discutida. El hecho de que una madre ponga fin, con la intervención del médico y con el aval de la lay, a la vida del hijo que lleva en su propio seno no podrá nunca convertirse en una cuestión banal, ni siquiera “normal”. Al contrario, si no se quiere huir de este drama y si tenemos presente su imponente dimensión social en nuestros días, deberíamos reconocer que se trata de una verdadera “cuestión moral”.
No reduzcamos este concepto al debate político sobre la corrupción dentro de cualquier partido. Hay problemas que demuestran ser mucho más que “cuestiones” y mucho más profunda y dramáticamente “morales”. Nelson Mandela decía que la situación de conflicto en los territorios de Gaza se había convertido en “la cuestión moral de nuestro tiempo”. Si se tuviera que hacer una clasificación, pensaría que la verdadera cuestión moral de nuestro tiempo, en Italia y en muchos otros países, es más bien la del aborto. Millones de mujeres en el mundo deciden poner fin a la vida que crece en su vientre; millones de pequeños seres humanos son eliminados antes de poder ver la luz del sol; millones de mujeres y de familias sufren por esta profunda laceración. Una cuestión en la que, además, está en juego nuestra propia concepción del ser humano y de su dignidad universal. En el fondo, se trata de una cuestión moral similar a algunas de las más densas y profundas que ha afrontado la humanidad a través de los siglos. Ante algunas cuestiones similares no basta hacer como si no pasara nada, mirando hacia otro lado.
A propósito de esto, puede ser muy instructivo recordar la cuestión moral de la esclavitud tal como se presentó en el debate social en los Estados Unidos hace ya dos siglos.
En 1857, la Corte Suprema americana dictó una sentencia (en el caso Dred Scott vs Sanford) que negaba a los negros los derechos reconocidos por la Constitución a los ciudadanos americanos. El texto de la sentencia explica que quienes escribieron la Constitución “no consideraban a los negros traídos como esclavos desde África y a sus descendientes como ciudadanos, dado que en aquella época eran considerados una clase de seres subordinada e inferior, que había sido subyugada por la raza dominante, y, emancipados o no, permanecían sujetos a su autoridad, y no tenían derechos y privilegios sino los que aquellos que tenían poder y el Gobierno quisieran ofrecerles” (1).
Podría parecer que la cuestión estaba definitivamente cerrada, nada menos que por una sentencia de la Corte Suprema en un país democrático en el que las sentencias dictan ley. Aquella sentencia, sin embargo, no resolvió el debate social sobre la esclavitud. El año siguiente, de hecho, tuvieron lugar los famosos siete debates públicos en el Estado de Illinois, de cara a las elecciones para el Congreso americano, entre Stephen Douglas y Abraham Lincoln. El tema central fue precisamente la esclavitud (2). No la posibilidad o no de abolirla totalmente. La cuestión debatida era más simplemente si se debía permitir la extensión legal de la esclavitud en los Estados del Norte, en los que aún no se había legalizado. Douglas acusó repetidamente a Lincoln de ser “abolicionista”, grave insulto en la época, que indicaba a una persona que pretendía abolir totalmente la esclavitud. Y la prueba era que se había permitido afirmar públicamente que la Declaración de Independencia americana se aplicaba tanto a los negros como a los blancos (afirmación que contrastaba evidentemente con la sentencia de la Corte Suprema apenas citada). Lincoln acusaba a Douglas de querer “nacionalizar la esclavitud”, extendiéndola a los Estados del Norte.
La argumentación de Douglas es de lo más significativa, también para nuestros tiempos: son los ciudadanos los que deben decidir democráticamente si quieren o no legalizar la esclavitud en su propio Estado. Era la llamada doctrina de la Popular Sovereignty (soberanía popular). En el fondo, la esclavitud era legal en muchos Estados (era un hecho consumado); y si los ciudadanos de otros Estados la querían, no se veía cómo alguien pudiera oponerse a esta voluntad democráticamente expresada. Todos los Estados, por tanto, debían tener el poder de excluir del orden de los derechos a las “razas inferiores”.
Lincoln no argumentó a favor de la completa igualdad social, pero afirmó que Douglas ignoraba la humanidad básica de los negros y el hecho de que los esclavos tuviesen el mismo derecho a la libertad. Dijo: “Concuerdo con el juez Douglas sobre el hecho de que él (el negro) no es igual a mí en muchos aspectos – ciertamente no en el color, y quizás tampoco en la capacidad moral o intelectual. Pero, en el derecho a comer, sin el permiso de nadie, el pan que gana con sus propias manos, es igual que yo e igual al juez Douglas, e igual a todo hombre viviente”.
Y después cargó con fuertes expresiones, diciendo que no podía no odiar el celo por difundir la esclavitud: “Lo odio a causa de la monstruosa injusticia de la misma esclavitud”. Se preguntaba también: “Si se hacen excepciones a la Declaración de Independencia, que declara el principio de que todos los hombres son iguales, ¿dónde se acabará? Si un hombre dice que no se aplica al negro, ¿por qué no podrá decir otro que no se aplica a otro hombre?”.
Hizo también una afirmación importante sobre el futuro del debate: la crisis y el conflicto serán superados solamente cuando la esclavitud sea puesta “en el camino de la extinción definitiva”. Dijo también que la esclavitud debía ser considerada un mal y que se debía impedir su expansión: “Éste es el verdadero problema. Este es el problema que persistirá en nuestro país, cuando las lenguas del juez Douglas y la mía estén en silencio. Es la eterna lucha entre estos dos principios – bien y mal – en el mundo entero”.
Las elecciones para la Asamblea General del Estado fueron vencidas ese año por el partido de Stephen Douglas. Evidentemente muchos pensaban como él. Pero después, en la carrera por la Presidencia de la Nación, Douglas fue derrotado por Lincoln. La grave cuestión moral de la esclavitud no se calmó; al contrario, como sabemos, fue uno de los factores del estallido de la terrible Guerra Civil americana. Solo después de esa guerra, vencida por los “nordistas” contrarios a la extensión de la esclavitud, y por la insistencia del Presidente Lincoln, se llegó a la abolición, con la XIII enmienda de la Constitución, en 1865. Solo en ese momento el áspero debate social se encaminó al final, cuando, como había dicho Lincoln, la esclavitud misma fue puesta “en el camino de la extinción definitiva”.
Reflexionemos, por tanto. Analicemos, examinemos, meditemos. Discutamos, No hay sentencia judicial, ni pequeña ni “suprema”, no hay ley ni resolución internacional que pueda borrar la cuestión moral de nuestro tiempo. La conciencia humana se puede oscurecer, pero no muere nunca.
Studia Bioethica ha dedicado dos números a esta reflexión (http://www.uprait.org/sb/index.php/bioethica/issue/view/4). El tema y el número de los textos recibidos nos han convencido de recoger el material en un solo cuaderno.
Tras un recorrido histórico en el que se desenmascaran algunos lugares comunes falsos sobre la práctica y el pensamiento en materia de aborto, se presenta un estudio de la situación actual de esta práctica desde el punto de vista demográfico. Se adentra después en el análisis de la ley italiana. Ante todo proponemos una consideración sobre el origen histórico de los contenidos y sobre los efectos de la ley 194 de 1978 sobre la sociedad italiana. Se estudia después el problema relativo a la aplicación efectiva de esa ley, en sus múltiples aspectos. Finalmente, se ofrece una perspectiva real y posible para mejorar de la ley en vigor.
Se propone después un análisis crítico de la suposición bastante común que establece una relación inversamente proporcional entre la práctica de la contracepción y aborto. Dos psicólogos ofrecen un estudio sobre las consecuencias del aborto voluntario sobre la otra víctima de esta práctica: la mujer.
Se amplía ulteriormente el horizonte, evidenciando las recientes estrategias pro-aborto en el debate parlamentario en Inglaterra y proporcionando una panorámica de la presencia actual de nuestra temática en una de las vitrinas principales de la cultura actual: el cine.
Finalmente, tres contribuciones más breves: un estudio sobre el aborto en el pensamiento feminista y femenino; una investigación sobre algunos términos muy utilizados en el contexto cultural actual que se prestan a usos ambiguos y manipulatorios; una rápida ojeada al loable y eficaz servicio que prestan en toda Italia los “Centros de Ayuda a la Vida”.
Otras temáticas, algunas relacionadas de alguna, se afrontan en la “Sección abierta” de la revista. Junto a la revista monográfica y a las recientes publicaciones en materia de bioética, ofrecen un instrumento interesante para la profundización y la reflexión personal.
Reflexión que no debemos nunca dar por agotada, sobre todo en un problema como el del aborto, verdadera cuestión moral de nuestro tiempo.