09 mayo 2010

Mes de mayo, mes de María


El Papa hoy durante el rezo del Regina Caeli



Queridos hermanos y hermanas:
Mayo es un mes amado y llega agradecido por diversos aspectos. En nuestro hemisfero la primavera avanza con muchas y polícromas florituras; el clima es favorable a los paseos y a las excursiones. Para la Liturgia, mayo pertenece siempre al tiempo de Pascua, el tiempo del "aleluya", del desvelarse del misterio de Cristo a la luz de la Resurreción y de la fe pascual: y es el tiempo de la espera del Espíritu Santo, que descendió con poder sobre la Iglesia naciente en Pentescostés. A anbos contextos, el “natural” y el litúrgico, se combina bien la tradición de la Iglesia de dedicar el mes de mayo a la Virgen María. Ella, en efecto, es la flor más bella surgida de la creación, la “rosa” aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios, mandando a su Hijo, entregó al mundo una nueva primavera. Y es al mismo tiempo la protagonista, humilde y discreta, de los primeros pasos de la Comunidad cristiana: Maria es su corazón espiritual, porque su misma presencia en medio de los discípulos es memoria viviente del Señor Jesús y prenda del don de su Espíritu.
El Evangelio de este domingo, tomado del capítulo 14 de san Juan, nos ofrece un retrato espiritual implítico de la Virgen María, allí donde Jesús dice: ""Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23). Estas expresiones se dirigen a los discípulos, pero se pueden aplicar al máximo grado a Aquella que es la primera y perfecta discípula de Jesús. María de hecho observó primera y plenamente la palabra de su Hijo, demostrando así que le amaba no sólo madre, sino antes incluso, como sierva humilde y obediente; por esto Dios Padre la amço y tomó morada en ella la Santísima Trinidad. Y aún más, allí donde Jesús promete a sus amigos que el Espíritu Santo les asistirá ayudándoles a recordar cada una de sus palabras y a comprenderla profundamente (cfr Jn 14,26), ¿cómo no pensar en María, que en su corazón, templo del Espíritu, meditaba e interpretaba fielmente todo lo que su Hijo decía y hacía? De esta forma, ya antes y sobre todo depués de la Pascua, la Madre de Jesús se convirtió también en la Madre y el modelo de la Iglesia.
Queridos amigos, en el corazón de este mes mariano, tendré la alegría de dirigirme en los próximos días a Portugal. Visitaré la capital, Lisboa, y Oporto, segunda ciudad del país. La meta principal de mi viaje será Fátima, con ocasión del décimo aniversario de la beatificación de los dos pastorcitos Jacinta y Francisco. Por primera vez como Sucesor de Pedro, me dirigiré a ese Santuario mariano, tan querido al Venerable Juan Pablo II. Invito a todos a acompañarme en esta peregrinación, participando activamente con la oración: con un corazón solo y un alma sola invocamos la intercesión de la Virgen María por la Iglesia, en particular por los sacerdotes, y por la paz en el mundo.
El mensaje del beato José Tous para un mundo indiferente


Homilía del cardenal Tarcisio Bertone en la beatificación



Señor Cardenal Arzobispo de Barcelona,Señor Cardenal Arzobispo emérito,Venerables Hermanos en el Episcopado,Queridos sacerdotes y consagrados,Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor,Queridos hermanos y hermanas
En este domingo llamado del Buen Pastor, y señalado en la Iglesia como la Jornada de oración por las vocaciones, tenemos la alegría de elevar a la gloria de los altares al capuchino Padre José Tous y Soler, que con su consagración religiosa y su ministerio sacerdotal supo dar realce a la presencia viva de Cristo en todos los tiempos, y que se entrega a los hombres para que tengan la vida eterna.
Es una celebración que tiene lugar en esta bellísima basílica de Santa María del Mar. Propiamente hablando, es la primera Beatificación que se celebra en esta ciudad desde el siglo XII, aunque la archidiócesis ya tuvo el gozo de ver beatificado otro sacerdote el pasado veintitrés de enero, el Doctor José Samsó y Elías, mártir de Cristo, gran catequista y párroco de la basílica de Santa María, en la ciudad de Mataró.
Desitjo fer-vos arribar la proximitat del Papa Benet setze, i trametre a tots la seva Benedicció, tot esperant que ell mateix pugui manifestar-vos el seu afecte directament aquest mateix any, quan visiti Barcelona, per consagrar el magnífic temple de la Sagrada Família.
[Deseo haceros llegar a todos la cercanía del Papa Benedicto XVI, y transmitiros su Bendición, en espera de que él mismo pueda expresaros su afecto directamente este año, en su visita a Barcelona, para consagrar el admirable templo de la Sagrada Familia.]
La disposición de celebrar las beatificaciones en las Iglesias locales ofrece la oportunidad de situar estas ceremonias muy cerca de los lugares y ambientes en que vivieron aquellos siervos de Dios, que se proponen a la imitación de todos los cristianos. En ellos se guarda su recuerdo y se los siente más cercanos, como uno de nosotros que nos sigue animando a la santidad.
Así, la ciudad de Barcelona, y esta misma iglesia dedicada a Santa María, en el popular barrio de la Ribera, nos habla del sacerdote y capuchino José Tous, que hoy es beatificado. En esta basílica ejerció su ministerio sacerdotal, como beneficiado, entre los años mil ochocientos cuarenta y tres y mil ochocientos cuarenta y cinco, y es una bella coincidencia en este Año Sacerdotal el que un virtuoso capuchino y un sacerdote secular sean beatificados precisamente donde ejercieron el ministerio sagrado.
Hay también en este lugar algo que no sólo nos habla de hechos pasados, sino que es como un eco de la espiritualidad y la vida del nuevo beato. Esta basílica gótica conserva toda la esbeltez y belleza de su estructura arquitectónica, pero al visitante atento no se le ocultan las heridas de este bello templo de Santa María del Mar, por incendios, persecuciones y otras circunstancias adversas. Y, no obstante, a pesar de todos estos avatares, sigue cumpliendo su cometido esencial de acoger al Pueblo de Dios, para celebrar su culto de alabanza a Dios y su compromiso de vida de caridad y fraternidad entre todos.
La vida del Padre Tous fue también una vida llena de pruebas y dificultades, externas e internas, como la delicada salud que le acompañó siempre. Pero él, en medio de las adversidades y cruces, fue haciendo su camino y dando frutos de virtudes cristianas heroicas. Por eso, a él le podemos aplicar, con el gozo de la pascua cristiana, estas palabras que un anciano dice al autor del libro del Apocalipsis, y que hemos escuchado en la segunda lectura: «Estos son los que vienen de la gran tribulación, han lavado y blanqueado sus manos en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su templo» (Ap 7,14-15).
No faltaron ciertamente tribulaciones en la vida del Padre Tous. Aunque arrancado de la vida claustral, por las disposiciones civiles de su tiempo, logró ser en todo momento de su vida un fiel cumplidor de las observancias de la espiritualidad franciscana y de la Orden Capuchina. Nunca se dejó vencer por la amargura o el resentimiento, ni conocemos reproches o ataques contra quienes le impedían seguir su primera vocación de capuchino. Fue un hombre de una caridad exquisita, con una gran capacidad para soportar y comprender las deficiencias de los demás. Numerosas situaciones en su vida muestran también su gran disponibilidad para la acogida y el perdón. Se dice de él que nunca dejó a nadie agraviado. Realmente, pasó por la vida haciendo el bien, como su Señor, y dispensando «paz y bien», como su maestro y padre en el espíritu, San Francisco de Asís.
En este Año sacerdotal, al que el Papa ha dado como lema «Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote», el beato José Tous nos ofrece un alto ejemplo de fidelidad. Y nos invita a todos a vivir esta fidelidad a Cristo, nuestro Buen Pastor, en el momento presente, en el que tampoco faltan dificultades. A este respecto, qué actuales resultan aquellas palabras suyas que son como un lema de vida: «Aunque todo sea oscuro, hay que ser siempre fiel. Fiel a Dios y fiel a los hombres». Así lo hizo él. Por eso, también hoy es modelo para sacerdotes, para religiosos y religiosas, y para todos los fieles cristianos. El buen Padre Tous nos exhorta a «ser fieles al favor de Dios», como lo hicieron Pablo y Bernabé a aquellos primeros cristianos de Antioquía de Pisidia, según hemos escuchado en la primera Lectura.
Así pues, seamos fieles a la fe y pongamos toda nuestra confianza en Dios, como reza el lema escogido para esta beatificación: «Fe y confianza en Dios»; una fe que se expresa en la confianza, porque se cree en Dios en la medida en que se confía en él; una confianza que se concretiza y se hace forma de vida cuando se recurre a Dios en la oración, se participa asiduamente en la Misa dominical, se frecuentan los sacramentos y se practica la caridad. De este modo, se ha forjado el alma más genuina de esta tierra de santos, y el Padre Tous nos lo recuerda hoy, en unos momentos en que la indiferencia religiosa o el sentido relativista de la vida alejan a tantos de la rica identidad cristiana transmitida de generación en generación.
El beato Padre Tous ayudó con su ejemplo de vida y apostolado a forjar esta identidad, y es un preclaro exponente de la misma, pues «pasó haciendo el bien» especialmente allí donde veía más necesidad. Él sentía mucha predilección por la infancia y la juventud más desfavorecida de su tiempo, sobre todo por la juventud femenina, que en aquel momento histórico no podía acceder a la formación humana y cristiana. Por eso, dedicó todos sus esfuerzos a la fundación de una congregación dedicada a la educación integral de estas jóvenes. Y él mismo intervenía en la instrucción de las niñas, utilizando historias, parábolas y narraciones de los santos más populares en sus comarcas, adaptándose así al lenguaje, a la capacidad de comprensión y al ambiente más familiar de la infancia.
Comenzó su obra, la fundación de las Hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor, con la ayuda de tres jóvenes, a las que dirigía especialmente en una iglesia situada entonces muy cerca de aquí, en la parroquia de San Francisco de Paula, a la que estaba adscrito por decisión de su obispo. Recordemos sus nombres: Isabel Jubal, Marta Suñol y Remedio Palos y Casanova. Los medios de que disponía eran muy escasos, pero su confianza en Dios era grande. Y así nació su obra, que hoy enriquece con su carisma y su misión diversas partes de España y varios países latinoamericanos. Quienes han venido desde tan lejos para esta ocasión, muestran el alcance sin fronteras del proyecto que Dios puso en el alma del Padre Tous.
Este tiempo pascual, en que la comunidad cristiana se goza de la presencia de Cristo resucitado entre los suyos, como fuente de esperanza, nos invita también a contemplar la gloria final, a mirar a esa «muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero» (Ap 7,9), es decir de Cristo resucitado, y en la cual vemos también al amado Padre Tous. Aunque peregrinos, ya pregustamos en este mundo esta realidad en la liturgia, como expresa bellamente el Apocalipsis: «El que se sienta en el trono acampará entre ellos [...]. El Cordero que está delante del trono será su pastor, y les conducirá hacia fuentes de aguas vivas» (Ap 7,15-17).
Queridas hermanas Capuchinas de la Madre del Divino Pastor, con esta firme esperanza, seguid fielmente vuestro carisma, que la Iglesia os propone nuevamente con la beatificación del Fundador. Sed comunicadoras de vida y misioneras de Cristo. Hacedlo todo con aquella «sabiduría del corazón» que mostró siempre el Padre Tous, en especial cuando os propuso esta sabia norma: «Enseñad más con amor de madres que con rigor de maestras». Las madres educan desde el amor desinteresado, con constancia, con esperanza y con alegría. Y, en esta Jornada mundial de oración por las vocaciones, pidamos al Señor que llame a muchas a vivir el carisma y compartir la misión que el Padre Tous os ha confiado.
La vostra terra ha estat fecunda de sants i santes en el passat, i avui si afegeix, com un nou rebrot, el Pare Josep Tous. Com ha dit el Papa Benet setze, "els sants són els veritables portadors de llum en la història, ja que són homes i dones de fe, d'esperança i de caritat" (Deus caritas est, 40). Que la seva intercessió sigui font de tota classe de béns, espirituals i materials, de santedat i de gràcia, de pau i de justícia, de convivència serena i constructiva per a aquesta estimada terra i per a tot el món.
Poso les vostres esperances en mans de la Benaurada Verge Maria, Mare del Diví Pastor, com ho faré demà als peus de l'imatge de la Mare de Déu de Montserrat, Patrona de Catalunya.
[Vuestra tierra ha sido fecunda en santos y santas en el pasado, y hoy añadimos, como nuevo retoño, al padre José Tous. Como ha dicho el Papa Benedicto XVI, «los santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y caridad» (Deus caritas est, 40). Que su intercesión sea fuente de toda clase de bienes, espirituales y materiales, de santidad y de gracia, de paz y de justicia, de convivencia serena y constructiva para esta querida tierra y para todo el mundo.
Encomiendo vuestras esperanzas a la Santísima Virgen María, Madre del divino Pastor, como lo haré mañana ante la imagen de Nuestra Señora de Montserrat, Patrona de Cataluña

07 mayo 2010

El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística


Don Juan Silvestre, consultor de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice


1. Eucaristía, Iglesia y María: relación con el sacerdote

"Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia" [1]. Estas palabras del venerable Juan Pablo II constituyen un marco adecuado y nos introducen en el tema que trataremos de desarrollar brevemente en este artículo: El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística.
Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y Resurrección del Señor, "se realiza la obra de nuestra redención" [2] y de ahí se pueda afirmar que "hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia" [3]. En la Eucaristía, Cristo se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, "en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz" [4]. La Eucaristía precede cronológica y ontológicamente la Iglesia y de este modo se comprueba una vez más que el Señor nos ha "amado primero".
Al mismo tiempo, Jesús ha perpetuado su entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. En aquella "hora", Jesús anticipa su muerte y su Resurrección. De ahí que podamos afirmar que "en este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual" [5]. Todo el Triduum paschale está como incluido, anticipado y "concentrado" para siempre en el don eucarístico. Por eso, todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad que participa en ella, vuelve a la "hora" de la Cruz y de la glorificación, vuelve espiritualmente al lugar y a la hora Santa de la redención [6]. En la Eucaristía nos adentramos en el acto oblativo de Jesús y así, participando en su entrega, en su cuerpo y su sangre, nos unimos a Dios [7].
En este "memorial" del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su Pasión y muerte. "Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro" [8]. En cada celebración de la Santa Misa volvemos a escuchar aquel "¡He aquí a tu hijo!" del Hijo a su Madre, mientras nos dice a nosotros "¡He aquí a tu Madre!" (Jn 19,26.27).
"Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia -no es algo exterior- y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado" [9]. Por eso "vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. (...) María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía" [10]. La presencia de la Santísima Virgen en la celebración eucarística ordinaria y habitual será el punto que trataremos de desarrollar.
La recomendación de la celebración cotidiana de la Santa Misa, aún cuando no hubiera participación de fieles, deriva por una parte valor objetivamente infinito de cada celebración eucarística; y "además está motivado por su singular eficacia espiritual, porque si la Santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación" [11]. En este camino de conformación y transformación, el encuentro del sacerdote con María en la Santa Misa cobra una importancia particular. En realidad, "por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre" [12].

2. En la Misa de Pablo VI

Su maternal presencia la experimentamos en dos momentos significativos de la celebración eucarística según el Misal romano en su editio typica tertia, expresión ordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino: el Confiteor del acto penitencial y la Plegaria eucarística.
2.1. El Confiteor. En el camino hacia el Señor nos damos cuenta de nuestra propia indignidad. El hombre antes Dios se siente pecador y de sus labios brota espontáneamente la confesión de la miseria propria. Se hace necesario pedir a lo largo de la celebración que el mismo Dios nos transforme y acepte que participemos en esa actio Dei que configura la liturgia. De hecho, el espíritu de conversión continua es una de las condiciones personales que hace posible la actuosa participatio de los fieles y del mismo sacerdote celebrante. "No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida (...). Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación" [13].
El acto penitencial, que "se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión general de toda la comunidad" [14] facilita que nos conformemos a los sentimientos de Cristo, que pongamos los medios para hacer posible aquel "estar con Dios" y a la vez nos "fuerza" a salir de nosotros mismos, nos mueve a rezar con y por los otros: no estamos solos. Por la comunión de los santos ayudamos y nos sentimos ayudados y sostenidos los unos por los otros. Es en este contexto donde encontramos una de las modalidades de la oración litúrgica mariana, la que se presenta como recuerdo de la intercesión de Santa María en el Confiteor. Como recordaba Pablo VI "el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora del pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado" [15].
El Confiteor, genuina fórmula de confesión, se encuentra con diversas redacciones a partir del siglo IX en ámbito monástico. De ahí pasará a las iglesias del clero secular y lo encontramos como un elemento fijo en el Ordo de la Curia papal anterior a 1227 [16].
"Ideo precor beatam Mariam semper Virginem".
"Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, (...) que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor".
Ella, en comunión con Cristo, único mediador, reza al Padre por todos los fieles, sus hijos. Como recuerda el Concilio "la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo" [17].
Santa María "cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz" [18]. Y este cuidado lo demuestra especialmente por los sacerdotes. "De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como Ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo" [19]. Así se explica que el Concilio Vaticano II afirme: "veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio" [20].
2.2. La Plegaria Eucarística. Por lo que se refiere a la memoria de María en las Plegarias eucarísticas del Misal Romano "dicha memoria cotidiana, por su colocación en el centro del santo Sacrificio, debe ser tenida como una forma particularmente expresiva del culto que la Iglesia rinde a la Bendita del Altísimo (cfr. Lc 1, 28)" [21].
Este recuerdo de Santa María se manifiesta de dos modos: su presencia en la Encarnación y su intercesión en la gloria. Acerca del primer punto podemos recordar que el "sí" de María es la puerta por la que Dios se encarna, entra en el mundo. De este modo, María está real y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, y por tanto de nuestra salvación. "La Encarnación, el hacerse hombre del Hijo, desde el inicio estaba orientada al don de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la cruz a fin de convertirse en pan para la vida del mundo. De este modo sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio" [22].

Así lo encontramos expresado por ejemplo en el prefacio de la Plegaria eucarística II, que se remonta a la Traditio apostolica, y en el Post-sanctus de la IV. Las dos expresiones son muy semejantes:
"tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo
y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor" (PE II)
"El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo,
nació de María, la Virgen" (PE IV)
En el contexto de la Plegaria eucarística esta confesión de fe destaca la cooperación de Santa María en el misterio de la Encarnación y su vínculo con Cristo, así como la acción del Espíritu Santo. Con ella se trata de presentar la Eucaristía como presencia verdadera y auténtica del Verbo encarnado que ha sufrido y ha sido glorificado. La Eucaristía, mientras remite a la Pasión y a la Resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación.
Como señala Juan Pablo II, "María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor" [23]. María aparece así ligada a la relación Encarnación-Eucaristía.
Por otra parte, la presencia de Santa María en la Plegaria eucarística, también nos presenta su intercesión en la gloria. Su recuerdo en la Comunión de los Santos es típico del Canon romano y se encuentra en las otras Plegarias del Misal romano, en sintonía con las Anáforas orientales. "La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las Plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor" [24].
La memoria de Santa María en el Canon romano se enriqueció con títulos solemnes que recuerdan la proclamación del dogma de la Maternidad divina en el Concilio de Éfeso (431) y probablemente expresiones que se recogen en las homilías de los Papas [25]. La mención solemne del Canon romano reza:
"in primis gloriosae semper virginis Mariae Genetricis Dei,
et Domini nostri Iesu Christi"
veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María,
Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor" (Canon Romano)
Santa María es exaltada con los títulos de gloriosa y semper Virgo, como la llama San Epifanio [26]. Por otra parte, la expresión utilizada, "Genetrix Dei" es utilizada con frecuencia por los Padres latinos, especialmente por san Ambrosio. Su inclusión en el Canon romano es anterior al Papa León Magno, y muy probablemente fue introducida antes del Concilio de Éfeso [27]. Finalmente es recordada como la primera entre todos los santos.
El significado de esta mención y recuerdo puede ser triple [28]: primero porque la Iglesia haciendo memoria de Santa María entra en comunión con Ella; en segundo lugar su recuerdo es lógico pues deriva de la condición de santidad y gloria propia de la Madre de Dios [29]; finalmente por la intercesión, que por medio de ella, se pide a Dios [30]: "por sus méritos y oraciones [de Santa María y de los santos] concédenos [Señor] en todo tu protección".
En un contexto similar al del Canon romano, si bien con pequeñas variaciones, se encuentra la petición a Santa María y a los santos para alcanzar la vida eterna:
"así con María, la Virgen Madre de Dios, (...)
merezcamos, por tu Hijo Jesucristo,
compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas" (PE II)
"con María, la Virgen Madre de Dios, (...)
por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda" (PE III) [31]
"Padre de bondad, que todos tus hijos nos reunamos en la heredad de tu reino,
con María, la Virgen Madre de Dios (...) y allí, junto con toda la creación,
libre ya del pecado y de la muerte,
te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro... (PE IV)

3. En la Misa de san Pío V

Finalmente, en el Misal romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, expresión extraordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino, encontramos mencionada a Santa María en otros dos momentos de la celebración eucarística. Por una parte, en la súplica a la Santísima Trinidad que reza el sacerdote después del Lavabo y pone fin al rito ofertorial.
En esta oración se lee:
"Suscipe sancta Trinitas, hanc oblationem quam tibi offerimus ob memoriam passionis...;
et in honorem beatae Mariae semper Virginis..."
Esta oración resume las intenciones y los frutos del sacrificio como un epílogo del ofertorio. Efectivamente después de recordar que la ofrenda se hace en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor aparecen mencionados la Santísima Virgen y los santos San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. La mención de María se sitúa en el contexto de aquella veneración que la Santa Iglesia, con amor especial, le tributa por el lazo indisoluble que existe entre Ella y la obra salvífica de su Hijo. Al mismo tiempo, en Ella admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención [32]. En esta oración se recuerda que "en la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María" [33].
La mención a María la encontramos también en el embolismo Líbera nos después del Pater noster. Allí se recoge:
"Líbera nos, quaesumus Domine, ab omnibus malis, praeteritis, praesentibus et futuris:
et intercedente beata et gloriosa semper Virgine Dei Genitrice Maria (...) da propitius pacem in diebus nostris..."
Una vez más, también esta oración manifiesta esa perfecta unidad que existe entre la Lex orandi y la Lex credendi, pues "la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el misterio pascual" [34]. De hecho, esta oración nos muestra que "por el carácter de intercesión, que se manifestó por primera vez en Caná de Galilea, la mediación de María continúa en la historia de la Iglesia y del mundo" [35].

4. Conclusión

Al acabar este breve recorrido por el Ordo Missae jalonado por significativos encuentros con Santa María podemos afirmar con uno de los grandes santos de nuestro tiempo: "Para mí, la primera devoción mariana -me gusta verlo así- es la Santa Misa (...) Ésta es una acción de la Trinidad: por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En este insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. El trato con Jesús en el Sacrificio del Altar, trae consigo necesariamente el trato con María, su Madre" [36].

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1 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 53.
2 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 3.
3 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 21.
4 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 14.
5 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 5.
6 Cfr. JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 4.
7 Cfr. BENEDICTO XVI, enc. Deus caritas est, n. 13.
8 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.
9 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.
10 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.
11 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 80.
12 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.
13 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 55.
14 Institutio Generalis Missalis Romani, n. 55.
15 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57.
16 V. RAFFA, Liturgia eucaristica. Mistagogia della Messa: della storia e della teologia alla pastorale pratica, Roma 2003, p. 272-274.
17 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 60.
18 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 62.
19 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.
20 CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18.
21 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 10.
22 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.
23 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 55.
24 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 19.
25 Cf. S. MEO, "La formula mariana Gloriosa semper Virgo Maria Genitrix Dei et Domini nostri Iesu Christi nel Canone romano e presso due Pontefici del V secolo" in PONTIFICIA ACADEMIA MARIANA INTERNATIONALIS, De primordiis cultus mariani, Acta Congressus Mariologici-mariani in Lusitania anno 1967 celebrati, vol. II, Romae 1970, pp. 439-458.
26 Cfr. M. RIGHETTI, Historia de la liturgia I, Madrid 1956, p. 334.
27 M. AUGE, L'anno liturgico: è Cristo stesso presente nella sua Chiesa, Città del Vaticano 2009, p. 247
28 Cfr. J. CASTELLANO, "In comunione con la Beata Vergine Maria. Varietà di espressioni della preghiera liturgica mariana", Rivista liturgica 75 (1988) 59.
29 "La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos" (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).
30 "La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la Llena de gracia (Lc 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en El, la inhabitación del Espíritu" (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).
31 "La reciente plegaria eucarística III que expresa con intenso anhelo el deseo de los orantes de compartir con la Madre la herencia de hijos: Que Él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen" (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, 10)
32 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum concilium, n. 102.
33 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 58.
34 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 34.
35 JUAN PABLO II, enc. Redemptoris mater, n. 40.
36 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La Virgen del Pilar. Libro de Aragón, Madrid 1976, p. 99.
Navarro-Valls explica el secreto de Juan Pablo II


Investido Doctor Honoris Causa en Barcelona


Joaquín Navarro-Valls, psiquiatra, periodista y director de la Oficina de Información de la Santa Sede de 1984 a 2006, ha sido investido este jueves Doctor Honoris Causa en la Universidad Internacional de Cataluña (UIC), en Barcelona.
La laudatio del que fuera portavoz de Juan Pablo II ha sido pronunciada por su padrino, el Dr. Salvador Aragonés, quien ha destacado "la profesionalidad y credibilidad" del que estuvo al frente de la Sala de Prensa de la Santa Sede durante más de 20 años. Según Aragonés, la credibilidad de Navarro Valls "estaba fundada en su verdadera amistad con el entonces Papa, Juan Pablo II".
Tras su investidura como Doctor Honoris Causa por el Rector de la UIC, Josep Argemí, Navarro-Valls ha pronunciado un discurso centrado en la persona de Juan Pablo II en el que ha destacado que "su gran obra maestra fue la que se cumplió en sí mismo, en el interior de su persona: haber mantenido siempre aquella flexibilidad interior que le permitió responder siempre que sí a todos los requerimientos y sugerencias que cada minuto de su vida él acogió de lo Alto".
Después de explicar algunas vivencias personales al lado de Karol Wojtyla, el nuevo Doctor Honoris Causa ha resaltado que "en él se hacía evidente la riqueza intelectual de un teólogo y la inocencia espontánea de un chiquillo".
El que ha sido reconocido "maestro de la comunicación" por el rector Argemí, quiso dejar claro que una peculiaridad de Juan Pablo II era su relación directa con la trascendencia. "Su espiritualidad era atrayente y simpática, apostólica y constantemente convincente. En su jornada estar con Dios era su mayor pasión, y la cosa más natural del mundo", ha revelado el ex portavoz del Papa.
Navarro Valls tampoco ha podido dejar de recordar a los numerosos asistentes que en la convivencia con el fallecido Papa "se hacía evidente que Dios no es un código de leyes, sino una persona. A Dios se le puede confiar la propia existencia, a un código de leyes ni siquiera una jornada".

06 mayo 2010

Flor de mayo

Monseñor Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo.

Comienza este Evangelio con una expresión que nos acerca implícitamente a la fe Nuestra Señora: guardar la Palabra de Dios y dejar que Él nos ame haciendo morada en nosotros. María amó al Señor guardando sus Palabras y viviéndolas, por eso la llamarían todos bienaventurada (Lc 1,45.48), empezando por el mismo Jesús (Lc 11,27). Y por eso también su corazón fue constituido morada de Dios, donde encontrar su Presencia y donde escuchar su Voz. Esta fue la grandeza de María y la más alta maternidad. Amar a Dios es guardar así su Palabra, como hizo María, dejando que haga y diga en nosotros, incluso más allá de lo que nuestro corazón es capaz de comprender.
Jesús hace una promesa fundamental: el Padre enviará en su nombre un Consolador (un Paráclito), el Espíritu Santo, para que enseñe y recuerde (Jn 14,26) todo cuanto Jesús ha ido mostrando y diciendo, y que no siempre ha sido comprendido, ni guardado. Justamente, la vida "espiritual" es acoger a este Espíritu prometido por Jesús, para que en nosotros y a nosotros enseñe y recuerde, tantas cosas que no acabamos de ver ni comprender en nuestra vida, tantas cosas que no hacemos en "memoria de Jesús", y por eso las vivimos distraídamente, en un olvido que nos deja el corazón tembloroso y acobardado también, como el de aquellos discípulos, dividido por dentro y enfrentado por fuera.
La alusión que hemos hecho a María para comprender el transfondo de este Evangelio no es una cuña banal e piadosa. La Palabra cumplida de Dios se hizo carne en la Santa Virgen. Ella fue y es modelo de espera y de esperanza cuando todos se fueron huyendo a sus lágrimas, a sus ciudades, a sus quehaceres o a sus casas cerradas a cal y canto. Es como una "primera entrega" de lo que Dios regalaría a aquellos hombres, cuando con María reciban en Pentecostés el cumplimiento de eso que ahora se les prometía. Y lo que a ellos se les prometió también fue para nosotros. No en vano el pueblo cristiano aprende a esperar este Espíritu Consolador con María, y a guardar las Palabras de Dios como ella en este tiempo de mayo florido.
“Las religiones ¿Fuera de la ciudadanía europea?”


Grégor Puppinck y la defensa de la libertad religiosa


Este jueves tuvo lugar en Madrid un desayuno de trabajo sobre el tema “Las religiones ¿Fuera de la ciudadanía europea?”. Organizado por la asociación Profesionales por la Ética, contó con la presencia de Grégor Puppinck, director del ECJL (European Center for Law and Justice), una entidad cuya sede principal se encuentra en Estrasburgo y tiene como objeto salvaguardar y proteger los derechos humanos y las libertades civiles.
Puppinck ha venido a España para intervenir como experto en la Reunión de Alto Nivel sobre “La libertad religiosa en las sociedades democráticas”, organizada por el Gobierno español esta misma semana en Córdoba.
Para Puppinck, la discusión de fondo de la reunión de Córdoba era la presencia del Islam en Europa y su futuro. En su opinión, ha prevalecido una tendencia a favorecer el Islam.
Sobre el futuro de la sociedad europea, el director del ECJL indicó que existe una corriente secularista que evita toda referencia religiosa en nombre de la tolerancia y el pluralismo pero pretende alianzas con el Islam.
“En Córdoba, he percibido que la cuestión de las religiones se plantea en términos de conflicto, de reivindicación de derechos de una minoría frente a una mayoría pero no hay un interés por buscar soluciones ni en buscar el bien común”, subrayó.
En materia de libertad religiosa, Puppinck explicó que el ECJL colabora en el procedimiento jurídico seguido ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la presencia del crucifijo en un centro público italiano.
“Este tema –manifestó--, es de enorme trascendencia porque el Tribunal de Estrasburgo ha considerado que la presencia del crucifijo afecta a la educación y a la libertad”.
Para Puppinck, la reciente detención de un clérigo anglicano en Reino Unido (por predicar que el matrimonio homosexual es un pecado) tiene mucho que ver con la expulsión de los crucifijos.
Puppinck reconoció que el Tribunal de Estrasburgo no está dando las mismas respuestas para defender los derechos y la libertad de todos los padres, como quedó patente en la demanda de la madre italiana a quien molestaba la presencia del crucifijo en el aula de su hijo.
“La Corte de Estrasburgo está más preocupada porque la formación sea plural, democrática y tolerante. La educación de los hijos es un derecho natural de los padres que en Europa está siendo restringido”, aseguró el experto europeo.
Puppicnk explicó que el Tribunal Europeo de Estrasburgo está trabajando en apoyar lo que se ha llamado “nuevos derechos”. Para esta tarea cuenta con el respaldo de otras instituciones europeas, como el propio Consejo de Europa, que propone un nuevo modelo de sociedad no basado en los derechos naturales de la persona sino en una libertad tolerante.
En este sentido, recordó que el pasado mes de enero la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa aprobó una recomendación para promover en los distintos estados europeos los “derechos” de los colectivos de homosexuales: matrimonio entre personas del mismo sexo, adopción, etc.
“Estamos –aseguró- ante la imposición de una ideología frente a la que se prohíbe discrepar. La realidad de la familia natural y los derechos de los niños quedan sometidos al deseo de los colectivos homosexuales. Existe un proceso de reingeniería social diseñado y dirigido por minorías influyentes muy alejadas de la realidad que quiere hacer prevalecer una libertad sin límites por encima de la naturaleza humana. Se ha tomado una decisión de crear nuevos derechos y además, cambiar la naturaleza humana. El debate es antropológico, no sólo jurídico. Es una lucha sobre la naturaleza de la persona y sus derechos frente al Estado”.
La respuesta implica al ámbito jurídico pero también al intelectual y al político. Se trata de explicar ideas y salvaguardar espacios de libertad para los cristianos.
“Es importante --señaló el director del ECJL- llevar al ámbito internacional la defensa de la libertad religiosa y de conciencia porque en los diferentes países estos asuntos a menudo están condicionados la confrontación política interna y no se resuelven”.
Por último, Puppinck expuso algunos síntomas positivos ante la ofensiva laicista en el ámbito jurídico y político: Europa del Este tiene menos complejos que la Europa occidental a la hora de afirmar su identidad cristiana y está avanzando. En el procedimiento jurídico sobre el crucifijo, Rusia está apoyando al Estado italiano para defender la presencia pública del símbolo cristiano por excelencia. “Sólo desde la fe es posible entenderse sobre la naturaleza humana”, aseguró.
“Los cristianos --aseguró Puppinck- tenemos una enorme ventaja sobre las imposiciones ideológicas: nuestro compromiso con la realidad”.

05 mayo 2010

Carta del Prelado del Opus Dei (mayo 2010)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!Comenzamos este mes dedicado especialmente a la Virgen, dentro del año mariano que estamos celebrando en la Obra. Y el corazón y el pensamiento se nos van enseguida a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, para agradecerle los innumerables favores que recibimos constantemente por su intercesión. Algunos los conocemos, de otros no tenemos conciencia; pero nada más cierto que, para honrar más a su Madre, Dios quiere otorgarnos los tesoros de su gracia sirviéndose de la Santísima Virgen, siempre en estrecha unión y dependencia de su Hijo. «La mediación materna de María no hace sombra a la única y perfecta mediación de Cristo», explicaba Juan Pablo II comentando algunos textos del Concilio Vaticano II. Por el contrario, añadía, «lejos de ser un obstáculo al ejercicio de la única mediación de Cristo, María pone de relieve su fecundidad y su eficacia»[1].En estos días le agradecemos en concreto —perdonad el inciso— la ordenación sacerdotal de 32 hermanos vuestros, a quienes administraré el presbiterado el próximo día 8, en la Basílica de San Eugenio. Recemos a la Virgen por ellos y por todos los sacerdotes.La historia de la espiritualidad cristiana está llena de ejemplos que manifiestan la protección maternal de Nuestra Señora sobre sus hijos, a los que asiste con gracias especiales. La más antigua oración mariana, el Sub tuum præsidium, que tanto repitió San Josemaría, se remonta al siglo III y expresa esta confiada certeza: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita»[2].Todos hemos experimentado en nuestra vida la presencia bienhechora de Santa María para acercarnos a la intimidad del Señor. Por esta razón, y porque se lo merece —no hay criatura más digna que la Virgen: más que Ella sólo Dios—, jamás le agradeceremos suficientemente sus desvelos por nosotros, ni la alabaremos como sería debido. Así se expresaba San Josemaría, en continuidad con la tradición cristiana. «La teología ha ideado en los siglos pasados una sentencia que resume el amor de los cristianos a la Madre de Dios: de Maria, nunquam satis, nunca podremos excedernos en hablar y escribir sobre la dignidad de la que dio su carne y su sangre a la Segunda Persona de la Trinidad Santísima»[3].Estas razones constituyen el fundamento de la piedad mariana, que florece de modo más evidente por el mundo en estas semanas. En nuestro caso, se añaden varios motivos específicos, que nos invitan a tratar con especial cariño a nuestra Madre. Me refiero a dos aniversarios que se cumplen en este mes: el de la primera romería de nuestro Padre —a Sonsoles, en 1935— y el de su novena ante la Virgen de Guadalupe, en 1970. El recuerdo agradecido de estos acontecimientos, que pertenecen ya a la historia del Opus Dei, nos impulsa a considerar que —como señala Benedicto XVI— «con la Encarnación del Hijo de Dios, la eternidad entró en el tiempo (...). El tiempo ha sido —por decirlo así— "tocado" por Cristo, el Hijo de Dios y de María, y de Él ha recibido significados nuevos y sorprendentes: se ha convertido en tiempo de salvación y de gracia»[4]. Por eso, concluye el Papa, hemos de «poner las distintas vicisitudes de nuestra vida —importantes o pequeñas, sencillas o indescifrables, alegres o tristes— bajo el signo de la salvación y acoger la llamada que Dios nos hace para conducirnos hacia una meta que está más allá del tiempo: la eternidad»[5].Las dos fechas de nuestra historia, a las que deseo referirme, manifiestan muy claramente esa entrada de Dios en la historia de los hombres, y concretamente, en la historia de esta porción de la Iglesia, el Opus Dei.El 2 de mayo de 1935 —mañana se cumplen 75 años—, San Josemaría dio comienzo a la costumbre de la Romería de mayo, de la que tantos frutos espirituales se han derivado. Desde entonces, millones de personas han aprendido a llevar su cariño filial a la Virgen con sabor de intimidad. Os sugiero que nos empeñemos más en este mes, para que muchos amigos nos acompañen en esas visitas marianas. Deseamos dar gracias a la Virgen por sus desvelos con la Iglesia y con cada uno de sus hijos.El trato habitual con Nuestra Señora es prueba clara de que un alma respira un ambiente cristiano. Habrá quizá fallos en nuestro caminar —nadie hay perfecto en la tierra—, pero quien reza perseverantemente a la Virgen, recitando quizá las oraciones que aprendió en la infancia, sin abandonarlas, demuestra que en su corazón hay un hálito de aire cristiano y nuestra Madre lo ayudará: ahora y —como rezamos en el Avemaría— también en la hora de la muerte.Deseemos contagiar el amor filial a Santa María. La invitación a nuestros conocidos, amigos, parientes, para que nos acompañen en la Romería de mayo, les puede ayudar a descubrir el gozo y la paz que nuestra Madre derrama en el alma de los que se reconocen hijos suyos. Ojalá muchas mujeres y muchos hombres adquieran la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario. ¿Superamos decididamente los respetos humanos para iniciar esas conversaciones? ¿Nos impulsa el amor a María a querer el bien de la gente?Otro aniversario muy significativo para nuestra familia se cumple en este mes: los cuarenta años del viaje de nuestro Padre a México para rezar ante la Virgen de Guadalupe. Recuerdo la sorpresa y la alegría de quienes estábamos físicamente a su lado, cuando, el 1 de mayo de 1970, nos anunció que había decidido emprender ese viaje. Inmediatamente encargó que se realizaran las gestiones oportunas, y en la madrugada del 15 de mayo llegó a tierras mexicanas. Movido por su amor a la Iglesia, al Papa, a las almas, deseaba poner en manos de la Virgen las intenciones de su corazón. Lo explicaba así: «¿Qué pide el Padre? Pues el Padre pide a los pies de Nuestra Madre Santa María, Omnipotencia suplicante, por la paz del mundo, por la santidad de la Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos»[6].Ya durante el vuelo hacia América, se notaba el intenso recogimiento de nuestro Fundador. Y nada más llegar a la Ciudad de México, aunque eran las 3.00 de la mañana, manifestó el deseo de acudir inmediatamente a rezar ante la Virgen de Guadalupe. No fue posible, porque a esas horas la basílica se hallaba cerrada. Pero apenas le dejaron los médicos y sus hijos, para que se adaptara a la altitud y al cambio de horario, se trasladó a la Villa acompañado de varios hijos suyos. Fue la primera visita que hizo en México D.F. Después de saludar a Jesús Sacramentado, se arrodilló en el presbiterio y se quedó absorto en oración durante una hora y media, aproximadamente. En el transcurso de ese tiempo, la iglesia fue llenándose de hijas e hijos de nuestro Padre, de cooperadores, de amigos, que deseaban rezar unidos a nuestro Fundador.Como aquella oración se prolongaba, don Pedro Casciaro, que era entonces el Consiliario, advirtió a nuestro Fundador de lo que ocurría. Y, como nuestro Padre huía de "dar espectáculo", interrumpió su conversación ante la imagen de Guadalupe y pidió que se buscara el modo de obviar ese pequeño inconveniente. A partir del día siguiente, y durante el resto de la novena, utilizó una pequeña tribuna, algo incómoda, pero que tenía la ventaja de estar situada a media altura, bastante cerca de la imagen de Nuestra Señora, fuera de la mirada de la gente. Allí San Josemaría pudo dirigirse a la Virgen de Guadalupe con enorme confianza, hablando con Ella en voz alta para manifestarle las necesidades de su corazón. Gracias a Dios, pudimos tomar nota de lo que dijo en aquellos ratos de conversación con la Virgen, en los que además invitaba a participar a quienes nos encontrábamos en ese lugar.Fue una plegaria filial intensísima, de completo abandono en la Voluntad de Dios, y al mismo tiempo insistente, como la de un niño pequeño y confiado. El primer día de la novena en la tribuna, el 17 de mayo, después de entretenerse en unos minutos de meditación personal, sugirió que rezásemos juntos las tres partes del Rosario, guardando un rato de silencio después de cada misterio. Al final, leyó algunos pasajes del Evangelio en los que el Señor insiste en la necesidad de la oración de petición. Recojo sólo unas palabras de esa oración, que ya habréis leído y meditado —al menos, en parte— en otras ocasiones.«Nos lo dice Jesús: todo lo que pidamos en la oración, creyendo, se nos concederá. Y la fe no nos falta, porque nos la das Tú, Señor. Esta promesa, llena de seguridad, no deja nunca de tener valor, porque sus palabras, las palabras del Señor, no pasan.»Estamos aquí, en representación de tantos miles de almas, y hemos venido a pedir, a pedir como un niño pequeño que está persuadido de que tienen que escucharle. Pedimos como un niño pequeño, como una familia pequeña, y quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes. Y te pedimos exigiendo, sirviéndonos de la intercesión de tu Madre, sabiendo que tienes que escucharnos.»Iterum dico vobis —nos dice San Mateo— quia, si duo ex vobis consenserint super terram, de omni re quamcumque petierint fiet illis a Patre meo qui in cælis est (Mt 18, 19). Rezamos en una oración de petición, unidos al pueblo que está ahora aquí, al sacerdote que celebra, al culto que se da a tu Madre. Te lo decimos nosotros y te lo dicen, con muchísima fe, y con la esperanza de que Tú nos oyes, en todos los caminos de la tierra. Es una oración continua de almas de todos los estados, de todas las razas, de todas las lenguas. Su oración es nuestra oración, y a Ti, Señor, por medio de tu Madre, te dirigimos una petición constante.»Os doy pie, con estas palabras, para que sintáis la responsabilidad de seguir urgiendo al Señor, también cuando el alma está seca y encuentra dificultad para vivir este diálogo con Él. A pesar de nuestras debilidades, de que no sepamos qué decir, basta que queramos hablarle para que se haga realidad, y conseguiremos lo que nos hace falta»[7].Detengámonos un momento, hijas e hijos míos, para ver si nosotros, en estos momentos y siempre, prolongamos la plegaria de nuestro Padre, bien unidos a su oración —que en el Cielo se ha hecho perenne— por la Iglesia y por la Obra. No importa que a veces nos sintamos áridos, ¡secos!, porque el corazón no parece acompañar nuestros ratos de meditación o de oración vocal. Así nos lo hacía notar San Josemaría: «No os preocupe, insisto, si no hay fervor, si cuesta meterse en la oración. Estamos como soldados de guardia que cumplen un deber; como soldados, pero como hijos. Si no sabemos qué decir, pero sabemos que tenemos que hacer la oración, hacemos la oración, como soldados; pero como hijos, con fe. Le recordamos ahora, aunque sólo sea con la boca, que cumpla su palabra, que nosotros pedimos para que Él nos escuche: es una exigencia, pero una exigencia de hijo, que dirigimos al Padre, sirviéndonos de la promesa de su Hijo. Y naturalmente nos acogemos a nuestra Madre, a su intercesión omnipotente: ¡Madre, escúchanos!»[8].Pienso que cada una y cada uno de nosotros desea rezar o aprender a rezar así, con la misma plena confianza y abandono en nuestra Madre del Cielo. En estos tiempos, como tantas veces os he recordado, hemos de renovar de modo constante la petición por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores; por los Obispos, por los sacerdotes y por todo el pueblo de Dios. Tratemos de presentar estas intenciones a Nuestra Señora, en las romerías de este mes de mayo, con mucha intensidad. ¿Piensas que, si conocieran tu amor a Santa María, las personas que tratas se sentirían invitadas a quererla, a refugiarse bajo su amparo?Pero hemos de rezar llenos de confianza, con esa fe que es capaz de mover montañas, como afirmó el Señor. Sigamos escuchando a nuestro Padre en aquella primera oración en voz alta ante la Virgen de Guadalupe. «Omnia quæcumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis (Mc 11, 24). Todas las cosas que pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán. ¡Se os concederán! Son palabras que recogen una seguridad para nosotros. Ha hablado su Hijo, ¡su Hijo que no puede mentir!, y, de nuestra parte, se necesita fe. Una fe que ya tenemos, ¡por eso venimos a pedir!; pero, además, con esa petición, le decimos: adauge nobis fidem! (Lc 17, 5). Hay que insistir, una y otra vez, siempre, como cuando éramos pequeños con nuestras madres, ¡igual! Y aquí, los que estamos ahora, pedimos para todos y en nombre de todos, también cuando nos encontramos personalmente en momentos de poco fervor, cuando nos cuesta romper a hablar, a decirte lo que queremos.»Omnis enim qui petit accipit, et qui quærit invenit, el pulsanti aperietur (Lc 11, 10). Es nuevamente Jesucristo el que habla, según nos ha dejado escrito San Lucas. Nos lo ha dicho así de claro, para que no lo olvidemos: al que pide, se le dará. Por tanto, hemos de seguir pidiendo, y hemos de atrevernos a pedir con confianza, exigiendo. Para eso hemos venido aquí, y para eso hemos de esforzarnos, de modo que nuestra oración sea constante, llena de tozudez. Madre nuestra, habla Tú por nosotros, y llévanos a pedir siempre más»[9].Me detengo aquí, hijas e hijos míos, aunque la plegaria de nuestro Padre prosiguió aún por largo rato. Pero no puedo dejar de recordar que, en la segunda parte del mes, celebraremos sobre todo tres solemnidades litúrgicas de gran relieve: la Ascensión del Señor, la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés y la Santísima Trinidad. La Virgen, si a Ella acudimos, nos empujará a prepararnos para aprovechar mejor esas fiestas, como ya hizo con los primeros discípulos de Jesús. A mí se me hace claro que, tras su vida escondida y silenciosa, el Señor quiso que estuviese bien presente en la manifestación de la Iglesia en el Cenáculo, para que los Apóstoles comprobaran cómo se ama a Jesús, a la Trinidad.Los últimos días del mes de mayo deben empujarnos a saborear a fondo la solemnidad litúrgica de Pentecostés. Permanezcamos junto a quien es Madre de la Iglesia y Templo del Espíritu Santo: siempre será el mejor modo de recibir los dones y los frutos del Paráclito. Y, como siempre, os ruego que llevéis mis intenciones —ahí estáis todas y todos— a Santa María, Intercesora y Omnipotencia suplicante, para que nos metamos más en la intimidad de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo.Con todo cariño, os bendicevuestro Padre+ JavierRoma, 1 de mayo de 2010.
[1] Juan Pablo II, Catequesis mariana en la audiencia general, 1-X-1997.[2] Liturgia de las Horas, Antífona mariana al final de las Completas.[3] San Josemaría, artículo "La Virgen del Pilar", publicado de modo póstumo en "Libro de Aragón", Zaragoza, 1976.[4] Benedicto XVI, Homilía al finalizar el año, 31-XII-2009.[5] Ibid.[6] San Josemaría, octubre de 1970.[7] San Josemaría, Apuntes de la oración en la Villa de Guadalupe, 17-V-1970.[8] Ibid.[9] Ibid.
Los sacerdotes, “don para la Iglesia y para el mundo”


Benedicto XVI hoy en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas:
El pasado domingo, en mi Visita Pastoral a Turín, tuve la alegría de permanecer en oración ante la sagrada Síndone, uniéndome a los más de dos millones de peregrinos que durante la solemne Ostensión de estos días, han podido contemplarla. Ese sagrado Lienzo puede nutrir y alimentar la fe y revigorizar la piedad cristiana, porque empuja a ir al Rostro de Cristo, al Cuerpo del Cristo crucificado y resucitado, a contemplar el Misterio Pascual, centro del Mensaje cristiano. Del Cuerpo de Cristo resucitado, vivo y operante en la historia (cfr. Rm 12, 5), nosotros, queridos hermanos y hermanas, somos miembros vivos, cada uno en nuestra propia función, es decir, con la tarea que el Señor ha querido confiarnos. Hoy, en esta catequesis, quisiera volver a las tareas específicas de los sacerdotes, que, según la tradición, son esencialmente tres: enseñar, santificar y gobernar. En una de las catequesis precedentes hablé sobre la primera de estas tres misiones: la enseñanza, el anuncio de la verdad, el anuncio del Dios revelado en Cristo, o – con otras palabras – la tarea profética de poner al hombre en contacto con la verdad, de ayudarle a conocer lo esencial de su vida, de la misma realidad.
Hoy quisiera detenerme brevemente con vosotros sobre la segunda tarea que tiene el sacerdote, la de santificar a los hombres, sobre todo mediante los Sacramentos y el culto de la Iglesia. Aquí debemos ante todo preguntarnos: ¿Qué quiere decir la palabra “Santo”? La respuesta es: “Santo” es la cualidad específica del ser de Dios, es decir, absoluta verdad, bondad, amor, belleza – luz pura. Santificar a una persona significa por tanto ponerla en contacto con Dios, con su ser luz, verdad, amor puro. Es obvio que este contacto transforma a la persona. En la antigüedad había esta firme convicción: Nadie puede ver a Dios sin morir en seguida. ¡Es demasiado grande la fuerza de la verdad y de la luz! Si el hombre toca esta corriente absoluta, no sobrevive. Por otra parte, había también esta convicción: Sin un contacto mínimo con Dios, el hombre no puede vivir. La verdad, la bondad, el amor son condiciones fundamentales de su ser. La cuestión es: ¿Cómo puede encontrar el hombre ese contacto con Dios, que es fundamental, sin morir sobrepasado por la grandeza del ser divino? La fe de la Iglesia nos dice que Dios mismo crea este contacto, que nos transforma poco a poco en verdaderas imágenes de Dios.
Así volvemos de nuevo a la tarea del sacerdote de “santificar”. Ningún hombre por sí mismo, a partir de sus propias fuerzas, puede poner a otro en contacto con Dios. Parte esencial de la gracia del sacerdocio es el don, la tarea de crear este contacto. Esto se realiza en el anuncio de la palabra de Dios, en la cual nos sale al encuentro. Se realiza de una forma particularmente densa en los Sacramentos. La inmersión en el Misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo sucede en el Bautismo, se refuerza en la Confirmación y en la Reconciliación, se alimenta en la Eucaristía, Sacramento que edifica a la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo (cfr. Juan Pablo II, Exhort. ap. Pastores gregis, n. 32). Es por tanto Cristo mismo quien nos hace santos, es decir, quien nos atrae a la esfera de Dios. Pero como acto de su infinita misericordia llama a algunos a “estar” con Él (cfr. Mc 3, 14) y a convertirse, mediante el Sacramento del Orden, a pesar de la pobreza humana, en partícipes de su mismo Sacerdocio, ministros de esta santificación, dispensadores de sus misterios, “puentes” del encuentro con Él, de su mediación entre Dios y los hombres y entre los hombres y Dios (cfr. po, 5).
En las últimas décadas, ha habido tendencias orientadas a hacer prevalecer, en la identidad y en la misión del sacerdote, la dimensión del anuncio, separándola de la de santificación: a menudo se ha afirmado que sería necesario superar una pastoral meramente sacramental. ¿Pero es posible ejercer autenticamente el Ministerio sacerdotal “superando” la pastoral sacramental? ¿Qué significa precisamente para los sacerdotes evangelizar, en qué consiste la llamada primacía del anuncio? Como recogen los Evangelios, Jesús afirma que el anuncio del Reino de Dios es el objetivo de su misión; este anuncio, sin embargo, no es sólo un “discurso”, sino que incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar; los signos, los milagros que Jesús realiza indican que el Reino viene como realidad presente y que coincide al final con si misma persona, con el don de si, como hemos escuchado hoy en la lectura del Evangelio. Y lo mismo vale para el ministro ordenado: él, el sacerdote, representa a Cristo, el Enviado del Padre, continúa su misión, mediante la “palabra” y el “sacramento”, en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y de palabra, San Agustín, en una carta al obispo Honorato de Thiabe, refiriéndose a los sacerdotes, afirma: “Hagan por tanto los siervos de Cristo, los ministros de Su palabra y de Su sacramento, lo que él mandó o permitió” (Epist. 228, 2). Es necesario reflexionar si, en algunos casos, el haber minusvalorado el ejercicio fiel del munus sanctificandi, no ha representado quizás un debilitamiento de la misma fe en la eficacia salvífica de los Sacramentos y, en definitiva, en el actuar actual de Cristo y de su Espíritu, a través de la Iglesia, en el mundo.
¿Quién, por tanto, salva al mundo y al hombre? La única respuesta que podemos dar es: Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado. ¿Y dónde se realiza el Misterio de la muerte y resurrección de Cristo, que trae la salvación? En la acción de Cristo mediante la Iglesia, en particular en el Sacramento de la Eucaristía, que hace presente la ofrenda sacrificial redentora del Hijo de Dios, en el Sacramento de la Reconciliación, en el que de la muerte del pecado se vuelve a la vida nueva, y en todo otro acto sacramental de santificación (cfr. po, 5). Es importante, por tanto, promover una catequesis adecuada para ayudar a los fieles a comprender el valor de los Sacramentos, pero es también necesario, a ejemplo del Santo Cura de Ars, ser disponibles, generosos y atentos en dar a los fieles los tesoros de la gracia que Dios ha puesto en nuestras manos, y de los cuales no somos “dueños”, sino custodios y administradores. Sobre todo en este tiempo nuestro, en el que, por un lado, parece que la fe se está debilitando y, por otro, surgen una profunda necesidad y una difundida búsqueda de la espiritualidad, es necesario que cada sacerdote recuerde que en su misión, el anuncio misionero y el culto y los sacramentos nunca van separados, y promueva una sana pastoral sacramental, para formar al Pueblo de Dios y ayudarle a vivir en plenitud la Liturgia, el culto de la Iglesia, los Sacramentos como dones gratuitos de Dios, actos libres y eficaces de su acción salvadora.
Como recordaba en la santa Misa Crismal de este año: “el centro del culto de la Iglesia es el Sacramento. Sacramento significa que en primer lugar no somos nosotros los hombres los que hacemos algo, sino que Dios nos sale al encuentro con su acción, nos mira y nos conduce hacia Sí. (...) Dios nos toca por medio de realidades materiales (...) que Él asume a su servicio, haciendo de ellos instrumentos de encuentro entre nosotros y Él mismo” (S. Misa Crismal, 1 de abril de 2010). La verdad según la cual en el Sacramento “no somos nosotros los hombres los que hacemos algo” afecta, y debe afectar, también a la conciencia sacerdotal: cada presbítero sabe bien que es un instrumento necesario de la actuación salvífica de Dios, pero sin dejar de ser un instrumento. Esta conciencia debe hacer humildes y generosos en la administración de los Sacramentos, en el respeto de las normas canónicas, pero también en la convicción profunda de que la propia misión es la de hacer que todos los hombres, unidos a Cristo, puedan ofrecerse a Dios como hostia viva y santa agradable a Él (cfr. Rm 12, 1). Ejemplar, sobre la primacía del munus sanctificandi y de la correcta interpretación de la pastoral sacramental, sigue siendo san Juan María Vianney, el cual, un día, frente a un hombre que decía no tener fe y deseaba discutir con él, el párroco respondió: “¡Oh! Amigo mío, os conducís muy mal, yo no sé razonar... pero si tenéis necesidad de algún consuelo, poneos allí (su dedo indicaba el inexorable escabel del confesionario) y creedme, que muchos otros se pusieron en él antes que vos, y no tuvieron que arrepentirse” (cfr. Monnin A., Il Curato d'Ars. Vita di Gian-Battista-Maria Vianney, vol. i, Turín 1870, pp. 163-164).
Queridos sacerdotes, vivid con alegría y con amor la Liturgia y el culto: es acción que el Resucitado realiza por el poder del Espíritu Santo en nosotros, con nosotros y por nosotros. Quisiera renovar la invitación recientemente hecha de “volver al confesionario, como lugar en el que 'habitar' más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia Divina, junto a la Presencia real en la Eucaristía” (Discurso a la Penitenciaría Apostólica, 11 de marzo de 2010). Y quisiera también invitar a cada sacerdote a celebrar y vivir con intensidad la Eucaristía, que está en el corazón de la tarea de santificar; es Jesús que quiere estar con nosotros, vivir en nosotros, donarsenos él mismo, mostrarnos la infinita misericordia y ternura de Dios; es el único Sacrificio de amor de Cristo que se hace presente, se realiza entre nosotros y llega hasta el trono de la Gracia, a la presencia de Dios, abraza a la humanidad y nos une a Él (cfr. Discurso al Clero de Roma, 18 de febrero de 2010). Y el sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio, en el Sacramento y en la vida. Si “la gran tradición eclesial ha desvinculado con razón la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, y así las legítimas expectativas de los fieles son adecuadamente salvaguardadas”, esto no quita nada a la “necesaria, incluso indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe habitar en todo corazón auténticamente sacerdotal”: hay también un ejemplo de fe y de testimonio de santidad que el Pueblo de Dios espera justamente de sus Pastores (cfr. Benedicto XVI, Discurso a la Plenaria de la Congregación para el Clero, 16 de marzo de 2009). Y es en la celebración de los Santos Misterios donde el sacerdote encuentra la raíz de su santificación (cfr. po, 12-13).
Queridos amigos, sed conscientes del gran don que los sacerdotes son para la Iglesia y para el mundo; a través de su ministerio, el Señor sigue salvando a los hombres, a hacerse presente, a santificar. Sabed agradecer a Dios, y sobre todo sed cercanos a vuestros sacerdotes con la oración y con el apoyo, especialmente en las dificultades, para que sean cada vez más Pastores según el corazón de Dios. Gracias.