13 mayo 2010

Discurso del Papa al bendecir las antorchas en Fátima


Al inicio del Rosario, en la noche del miércoles



Queridos peregrinos:
Todos juntos, con la vela encendida en la mano, semejáis un mar de luz en torno a esta sencilla capilla, levantada con amor para honrar a la Madre de Dios y Madre nuestra, a la que los pastorcillos vieron volver de la tierra al cielo como una estela de luz. Sin embargo, ni ella ni nosotros tenemos luz propia: la recibimos de Jesús. Su presencia en nosotros renueva el misterio y el recuerdo de la zarza ardiente, que en otro tiempo atrajo a Moisés en el monte Sinaí, y que no deja de seducir a los que se dan cuenta de una luz especial en nosotros, que arde sin consumirnos (cf. Ex 3, 2-5). Por nosotros mismos, no somos más que una mísera zarza, en la que, sin embargo, se ha posado la gloria de Dios. A Él sea la gloria, y a nosotros la confesión humilde de nuestra nada y la adoración obediente de los designios divinos, que se cumplirán cuando "Dios lo será todo para todos" (1 Co 15, 28). La Virgen llena de gracia sirvió incomparablemente dichos designios: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).
Queridos peregrinos, imitemos a María haciendo resonar en nuestra vida su "hágase en mí". Dios había ordenado a Moisés: "Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado" (Ex 3, 5). Y así lo hizo; luego se puso nuevamente las sandalias para ir a liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto y guiarlo a la tierra prometida. No se trataba simplemente de poseer una parcela de terreno o del territorio nacional al que todo pueblo tiene derecho. En la lucha por la liberación de Israel y en su salida de Egipto, lo que destaca en primer lugar es, sobre todo, el derecho a la libertad para adorar, a la libertad de un culto propio. A lo largo de la historia del pueblo elegido, la promesa de la tierra acaba asumiendo cada vez más este significado: la tierra se da para que haya un lugar de obediencia, para que haya un espacio abierto a Dios.
En nuestro tiempo, cuando en extensas regiones de la tierra la fe corre el riesgo de apagarse como una llama que se extingue, la prioridad más importante de todas es hacer a Dios presente en este mundo y facilitar a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que ha hablado en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor hasta el extremo (cf.Jn 13, 1), en Cristo crucificado y resucitado. Queridos hermanos y hermanas, adorad en vuestros corazones a Cristo Señor (cf. 1 P 3, 15). No tengáis miedo de hablar de Dios y de mostrar sin complejos los signos de la fe, haciendo resplandecer a los ojos de vuestros contemporáneos la luz de Cristo que, como canta la Iglesia en la noche de la Vigilia Pascual, engendra a la humanidad como familia de Dios.
Hermanos y hermanas, en este lugar impresiona ver cómo tres niños se rindieron a la fuerza interior que los había invadido en las apariciones del Ángel y de la Madre del cielo. Aquí, donde tantas veces se nos ha pedido que recemos el Rosario, dejémonos atraer por los misterios de Cristo, los misterios del Rosario de María. El rezo del Rosario nos permite poner nuestros ojos y nuestro corazón en Jesús, como su Madre, modelo insuperable de contemplación del Hijo. Al meditar los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos, recitando las avemarías, contemplamos todo el misterio de Jesús, desde la Encarnación a la Cruz y la gloria de la Resurrección; contemplamos la íntima participación de María en este misterio y nuestra vida en Cristo hoy, que también está tejida de momentos de alegría y de dolor, de sombras y de luz, de contrariedades y de esperanzas. La gracia inunda nuestro corazón suscitando el deseo de un cambio de vida radical y evangélico, en comunión de vida y de destino con Cristo, de manera que podamos decir con San Pablo: "Para mí la vida es Cristo" (Flp 1, 21).
Siento que me acompañan la devoción y el afecto de todos los fieles aquí reunidos y del mundo entero. Traigo conmigo las preocupaciones y las esperanzas de nuestro tiempo y los sufrimientos de la humanidad herida, los problemas del mundo, y vengo a ponerlos a los pies de Nuestra Señora de Fátima: Virgen Madre de Dios y Madre nuestra querida, intercede por nosotros ante tu Hijo, para que las familias de los pueblos, tanto aquellas que llevan el nombre de cristianas como las que todavía no conocen a su Salvador, vivan en paz y en concordia hasta que todas formen un solo Pueblo de Dios, a gloria de la santísima e indivisible Trinidad. Amén.
“Que torne la calma después de la tempestad”

Acto de consagración de los sacerdotes al Corazón Inmaculado de María



Madre Inmaculada, en este lugar de gracia, convocados por el amor de tu Hijo Jesús,Sumo y Eterno Sacerdote, nosotros,hijos en el Hijo y sacerdotes suyos,nos consagramos a tu Corazón materno,para cumplir fielmente la voluntad del Padre.
Somos conscientes de que, sin Jesús,no podemos hacer nada (Cf. Juan 15,5)y de que, sólo por Él, con Él y en Él,seremos instrumentos de salvación para el mundo.
Esposa del Espíritu Santo,alcánzanos el don inestimablede la transformación en Cristo.Por la misma potencia del Espíritu que,extendiendo su sombra sobre ti,te hizo Madre del Salvador,ayúdanos para que Cristo, tu Hijo,nazca también en nosotros.Y, de este modo, la Iglesia puedaser renovada por santos sacerdotes,transfigurados por la gracia de Aquelque hace nuevas todas las cosas.
Madre de Misericordia,ha sido tu Hijo Jesús quien nos ha llamadoa ser como Él:luz del mundo y sal de la tierra(Cf. Mateo 5,13-14).
Ayúdanos,con tu poderosa intercesión,a no desmerecer esta vocación sublime,a no ceder a nuestros egoísmos,ni a las lisonjas del mundo,ni a las tentaciones del Maligno.
Presérvanos con tu pureza,custódianos con tu humildady rodéanos con tu amor maternal,que se refleja en tantas almas consagradas a tiy que son para nosotrosauténticas madres espirituales.
Madre de la Iglesia,nosotros, sacerdotes,queremos ser pastoresque no se apacientan a sí mismos,sino que se entregan a Dios por los hermanos,encontrando la felicidad en esto.Queremos cada día repetir humildemente no sólo de palabra sino con la vida,nuestro "aquí estoy".
Guiados por ti,queremos ser apóstolesde la Divina Misericordia,llenos de gozo por poder celebrar diariamenteel Santo Sacrificio del Altary ofrecer a todos los que nos lo pidanel sacramento de la Reconciliación.
Abogada y Mediadora de la gracia,tú que estas unidaa la única mediación universal de Cristo,pide a Dios, para nosotros,un corazón completamente renovado,que ame a Dios con todas sus fuerzasy sirva a la humanidad como tú lo hiciste.
Repite al Señoresa eficaz palabra tuya: "no les queda vino" (Juan 2,3),para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros,como una nueva efusión,el Espíritu Santo.
Lleno de admiración y de gratitudpor tu presencia continua entre nosotros,en nombre de todos los sacerdotes,también yo quiero exclamar:"¿quién soy yo para que me visitela Madre de mi Señor? (Lucas 1,43)
Madre nuestra desde siempre,no te canses de "visitarnos",consolarnos, sostenernos.Ven en nuestra ayuday líbranos de todos los peligrosque nos acechan.Con este acto de ofrecimiento y consagración,queremos acogerte de un modo más profundo y radical,para siempre y totalmente,en nuestra existencia humana y sacerdotal.
Que tu presencia haga reverdecer el desiertode nuestras soledades y brillar el solen nuestras tinieblas,haga que torne la calma después de la tempestad,para que todo hombre vea la salvacióndel Señor,que tiene el nombre y el rostro de Jesús,reflejado en nuestros corazones,unidos para siempre al tuyo.
Así sea.

El Papa a los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y diáconos


“Libres para llevar a la sociedad moderna a Jesús”



Queridos hermanos y hermanas:

"Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer [...] para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Gálatas 4, 4.5). La plenitud de los tiempos llegó, cuando el Eterno irrumpió en el tiempo: por obra y gracia del Espíritu Santo, el Hijo del Altísimo fue concebido y se hizo hombre en el seno de una mujer: la Virgen Madre, modelo excelso de la Iglesia creyente. Ella no deja de engendrar nuevos hijos en el Hijo, que el Padre ha querido como primogénito de muchos hermanos. Cada uno de nosotros está llamado a ser, con María y como María, un signo humilde y sencillo de la Iglesia que continuamente se ofrece como esposa en las manos de su Señor.
A todos vosotros, que habéis entregado vuestras vidas a Cristo, deseo expresaros esta tarde el aprecio y el reconocimiento de la Iglesia. Gracias por vuestro testimonio a menudo silencioso y para nada fácil; gracias por vuestra fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. En Jesús presente en la Eucaristía, abrazo a mis hermanos en el sacerdocio y el diaconado, a las consagradas y consagrados, a los seminaristas y a los miembros de los movimientos y de las nuevas comunidades eclesiales aquí presentes. Que el Señor recompense, como sólo Él sabe y puede hacerlo, a todos los que han hecho posible que nos encontremos aquí ante Jesús Eucaristía, en particular a la Comisión Episcopal para las Vocaciones y los Ministerios, con su presidente, monseñor Antonio Santos, al que agradezco sus palabras llenas de afecto colegial y fraterno pronunciadas al inicio de estas vísperas. En este "cenáculo" de fe que es Fátima, la Virgen Madre nos indica el camino para nuestra oblación pura y santa en las manos del Padre.
Permitidme que os abra mi corazón para deciros que la principal preocupación de cada cristiano, especialmente de la persona consagrada y del ministro del altar, debe ser la fidelidad, la lealtad a la propia vocación, como discípulo que quiere seguir al Señor. La fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor; de un amor coherente, verdadero y profundo a Cristo Sacerdote. "Si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial" (Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 31). Que, en este Año Sacerdotal que se acerca ya a su fin, desciendan sobre todos vosotros abundantes gracias para que viváis el gozo de la consagración y testimoniéis la fidelidad sacerdotal fundada en la fidelidad de Cristo. Esto supone evidentemente una auténtica intimidad con Cristo en la oración, ya que la experiencia fuerte e intensa del amor del Señor llevará a los sacerdotes y a los consagrados a corresponder de un modo exclusivo y esponsal a su amor.
Esta vida de especial consagración nació como memoria evangélica para el pueblo de Dios, memoria que manifiesta, certifica y anuncia a toda la Iglesia la radicalidad evangélica y la venida del Reino. Por lo tanto, queridos consagrados y consagradas, con vuestra entrega a la oración, a la ascesis, al progreso en la vida espiritual, a la acción apostólica y a la misión, tended a la Jerusalén celeste, anticipad la Iglesia escatológica, firme en la posesión y en la contemplación amorosa del Dios Amor. Este testimonio es muy necesario en el momento presente. Muchos de nuestros hermanos viven como si no existiese el más allá, sin preocuparse de la propia salvación eterna. Todos los hombres están llamados a conocer y a amar a Dios, y la Iglesia tiene como misión ayudarles en esta vocación. Sabemos bien que Dios es el dueño de sus dones, y que la conversión de los hombres es una gracia. Pero nosotros somos responsables del anuncio de la fe, en su integridad y con sus exigencias. Queridos amigos, imitemos al cura de Ars que rezaba así al buen Dios: "Concédeme la conversión de mi parroquia, y yo acepto sufrir todo lo que Tú quieras durante el resto de mi vida". Él hizo todo lo posible por sacar a las personas de la tibieza y conducirlas al amor.
Hay una solidaridad profunda entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo: no es posible amarlo sin amar a sus hermanos. Juan María Vianney quiso ser sacerdote precisamente para su salvación: "Ganar la almas para el buen Dios", declaraba al anunciar su vocación con 18 años de edad, así como Pablo decía: "Ganar a todos los que pueda" (1 Corintios 9,19). El vicario general le había dicho: "No hay mucho amor de Dios en la parroquia, usted lo pondrá". Y, en su pasión sacerdotal, el santo párroco era misericordioso como Jesús en el encuentro con cada pecador. Prefería insistir en el aspecto atrayente de la virtud, en la misericordia de Dios, en cuya presencia nuestros pecados son "granos de arena". Presentaba la ternura de Dios ofendida. Temía que los sacerdotes se volvieran "insensibles" y se acostumbraran a la indiferencia de sus fieles: "Ay del Pastor --advertía-- que permanece en silencio viendo cómo se ofende a Dios y las almas se pierden".
Amados hermanos sacerdotes, en este lugar que María ha hecho tan especial, teniendo ante nuestros ojos su vocación de fiel discípula de su Hijo Jesús, desde su concepción hasta la Cruz y después en el camino de la Iglesia naciente, considerad la extraordinaria gracia de vuestro sacerdocio. La fidelidad a la propia vocación exige valentía y confianza, pero el Señor también quiere que sepáis unir vuestras fuerzas; sed solícitos unos con otros, apoyándoos fraternalmente. Los momentos de oración y estudio en común, compartir las exigencias de la vida y del trabajo sacerdotal, son una parte necesaria de vuestra existencia. Cuánto bien os hace esa acogida mutua en vuestras casas, con la paz de Cristo en vuestros corazones. Qué importante es que os ayudéis mutuamente con la oración, con consejos útiles y con el discernimiento. Prestad una atención particular a las situaciones que debilitan de alguna manera los ideales sacerdotales o la entrega a actividades que no concuerdan del todo con lo que es propio de un ministro de Jesucristo. Por lo tanto, asumid como una necesidad actual, junto al calor de la fraternidad, la actitud firme de un hermano que ayuda a otro hermano a "permanecer en pie".
Aunque el sacerdocio de Cristo es eterno (Cf. Hebreos 5,6), la vida de los sacerdotes es limitada. Cristo quiere que otros, a lo largo de los siglos, perpetúen el sacerdocio ministerial instituido por Él. Por lo tanto, mantened en vuestro interior y a vuestro alrededor el anhelo por suscitar entre los fieles --colaborando con la gracia del Espíritu Santo-- nuevas vocaciones sacerdotales. La oración confiada y perseverante, el amor gozoso a la propia vocación y la dedicación a la dirección espiritual os ayudará a discernir el carisma vocacional en aquellos que Dios llama.
Queridos seminaristas, que ya habéis dado el primer paso hacia el sacerdocio y os estáis preparando en el Seminario Mayor o en las Casas de Formación religiosa, el Papa os anima a ser conscientes de la gran responsabilidad que tendréis que asumir: examinad bien las intenciones y motivaciones; dedicaos con entusiasmo y con espíritu generoso a vuestra formación. La Eucaristía, centro de la vida del cristiano y escuela de humildad y de servicio, debe ser el objeto principal de vuestro amor. La adoración, la piedad y la atención al Santísimo Sacramento, a lo largo de estos años de preparación, harán que un día celebréis el sacrificio del Altar con verdadera y edificante unción.
En este camino de fidelidad, amados sacerdotes y diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y laicos comprometidos, nos guía y acompaña la bienaventurada Virgen María. Con Ella y como Ella somos libres para ser santos; libres para ser pobres, castos y obedientes; libres para todos, porque estamos desprendidos de todo; libres de nosotros mismos para que en cada uno crezca Cristo, verdadero consagrado al Padre y Pastor al cual los sacerdotes, siendo presencia suya, prestan su voz y sus gestos; libres para llevar a la sociedad moderna a Jesús muerto y resucitado, que permanece con nosotros hasta el final de los siglos y se da a todos en la Santísima Eucaristía.
Oración a María del Santo Padre en la Capilla de las Apariciones de Fátima


Coronada con la bala que hirió a Juan Pablo II



Santo Padre:

Señora Nuestra
y Madre de todos los hombres y mujeres,
aquí estoy, como un hijo
que viene a visitar a su Madre
y lo hace en compañía
de una multitud de hermanos y hermanas.
Como sucesor de Pedro,
a quien se le ha confiado la misión
de presidir al servicio
de la caridad en la Iglesia de Cristo
y de confirmar a todos en la fe
y en la esperanza,
quiero presentar a tu
Corazón inmaculado
las alegrías y las esperanzas
además de los problemas y los sufrimientos
de cada uno de estos hijos e hijas tuyos
que se encuentran en la Cova de Iría
o que nos acompañan desde lejos.
Madre amabilísima,
tu conoces a cada uno por su nombre,
con su rostro y su historia,
y quieres a todos
con la benevolencia materna
que brota del corazón mismo de Dios Amor.
A todos te los confío y consagro.
María Santísima,
Madre de Dios y Madre nuestra,

[Cantores y asamblea: Nosotros de cantamos y aclamamos, María (v.1)]

Santo Padre:

El venerable Papa Juan Pablo II,
que te visitó tres veces, aquí en Fátima,
y dio gracias a esa "mano invisible"
que lo libró de la muerte
en el atentado del 13 de mayo,
en la Plaza de San Pedro, hace casi treinta años,
quiso ofrecer al Santuario de Fátima
un proyectil que le hirió gravemente
y fue incrustado en tu corona de Reina de la Paz.
Es de profundo consuelo
saber que tu estás coronada
no sólo con la plata
y el oro de nuestras alegrías y esperanzas,
sino también con el "proyectil"
de nuestras preocupaciones y sufrimientos.
Agradezco, Madre querida,
las oraciones y los sacrificios
que los Pastorcillos
de Fátima elevaban por el Papa,
llevados por los sentimientos
que tú les inspiraste en las apariciones.
Agradezco también a todos aquellos que,
cada día,
rezan por el sucesor de Pedro
y por sus intenciones
para que el Papa sea fuerte en la fe,
audaz en la esperanza y celoso en el amor.

[Cantores y asamblea: Nosotros de cantamos y aclamamos, María (v.2)]

Santo Padre:

Madre querida por todos nosotros
entrego aquí en tu Santuario de Fátima,
la Rosa de Oro
que he traído de Roma,
como homenaje de gratitud del Papa
por las maravillas que el Omnipotente
ha realizado por tu mediación
en los corazones de tantos peregrinosque vienen a esta tu casa materna.
Estoy seguro de que los Pastorcillos de Fátima
los beatos Francisco y Jacinta
y la sierva de Dios Lucía de Jesús
nos acompañan en esta hora de súplica y de júbilo.

[Cantores y asamblea: Nosotros de cantamos y aclamamos, María (v.2)]

12 mayo 2010

“Cristo extiende los brazos a todo Portugal”


El Papa en el quincuagésimo aniversario de la fundación del Santuario de Almada



Queridos hermanos y hermanas:
En estos momentos dirijo la mirada a la otra orilla del Tajo, donde se encuentra el monumento a Cristo Rey, casi en la clausura de las celebraciones de su quincuagésimo aniversario. Ante la imposibilidad de visitar el santuario, como quería monseñor Gilberto, obispo de Setúbal, quisiera presentar aquí a las nuevas generaciones los ejemplos de esperanza en Dios y la lealtad al voto que se le hizo, y que los obispos y los fieles de entonces nos han dejado esculpidos en el monumento, como signo de amor y reconocimiento por preservar la paz en Portugal. Desde allí, la imagen de Cristo extiende los brazos a todo Portugal, como si quisiera recordarle la Cruz en la que Jesús ha alcanzado la paz del universo y se ha manifestado como Rey y siervo, porque es el verdadero Salvador de la humanidad. Que, como santuario, sea cada vez más un lugar donde todos los creyentes verifiquen si los criterios del Reino de Cristo han sido impresos en su vida de consagración bautismal, para promover la edificación del amor, la justicia y la paz, interviniendo en la sociedad en favor de los pobres y oprimidos, para centrar la espiritualidad de las comunidades cristianas en Cristo, Señor y juez de la historia. Imploro abundantes bendiciones del cielo, sembradoras de esperanza y de paz duradera en los corazones, las familias y la sociedad, sobre todos los que trabajan y sirven en el Santuario de Cristo Rey, sobre sus peregrinos y todos los diocesanos Setúbal.

11 mayo 2010

Cristianos, que la sal no se vuelva sosa


Homilía del Papa en la Misa celebrada en Terreiro do Paço



Queridísimos hermanos y hermanas, jóvenes amigos:
“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes [...] enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20). Estas palabras de Cristo resucitado se revisten de particular significado en esta ciudad de Lisboa, de donde partieron en gran número generaciones y generaciones de cristianos – obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y no tan jóvenes –, obedeciendo a la llamada del Señor y armados simplemente con esta certeza que Él les dejó: “Yo estoy con vosotros todos los días”. Glorioso es el lugar que Portugal se ha ganado en medio de las naciones por el servicio ofrecido a la difusión de la fe: en las cinco partes del mundo hay Iglesias locales que han tenido su origen en la acción misionera portuguesa.
En el pasado, vuestra partida en búsqueda de otros pueblos no impidió ni destruyó los vínculos con lo que erais y creíais, al contrario, con sabiduría cristiana, conseguisteis trasplantar experiencias y particularidades, abriéndoos a la contribución de los demás para ser vosotros mismos, en una aparente debilidad que es fuerza. Hoy, participando en la edificación de la Comunidad Europea, lleváis la contribución de vuestra identidad cultural y religiosa. De hecho Jesucristo, así como se unió a los discípulos en el camino de Emaús, así camina también hoy con nosotros según su promesa: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Aunque diversa de la de los Apóstoles, también nosotros tenemos una experiencia personal y verdadera del Señor resucitado. La distancia de los siglos es superada, y el Resucitado se ofrece vivo y operante, a través nuestro, en el hoy de la Iglesia y del mundo. Esta es nuestra gran alegría. En la corriente viva de la Tradición eclesial, Cristo no se encuentra a dos mil años de distancia, sino que está realmente presente entre nosotros y nos da la Verdad, nos da la luz que nos hace vivir y encontrar el camino hacia el futuro.
Presente en su Palabra, en la asamblea del pueblo de Dios con sus Pastores y, de forma eminente, en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, Jesús está aquí con nosotros. Saludo al señor cardenal patriarca de Lisboa, a quien agradezco las afectuosas palabras que me ha dirigido, al principio de la celebración, en nombre de su comunidad que me acoge y a la que yo abrazo en sus casi dos millones de hijos e hijas; a todos vosotros aquí presentes – amados Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridísimas mujeres y hombres consagrados y fieles laicos comprometidos, queridas familias y jóvenes, bautizados y catecúmenos – dirijo mi saludo fraterno y amigo, que extiendo a cuantos se encuentran unidos a nosotros a través de la radio y de la televisión. Agradezco sentidamente al Señor Presidente de la República por su presencia y a las demás Autoridades, en particular al Alcalde de Lisboa, que ha tenido la cortesía de entregarme las llaves de la ciudad.
Lisboa amiga, puerto y refugio de tantas esperanzas que te eran confiadas por quienes partían, y que deseaban quienes te visitaban, me gustaría hoy servirme de estas llaves que me has entregado para que tu puedas fundar tus esperanzas humanas en la Esperanza divina. En la lectura apenas proclamada, tomada de la Primera Carta de San Pedro, hemos escuchado: “He aquí que coloco en Sión una piedra angular, elegida, preciosa y el que crea en ella no será confundido”. Y el Apóstol explica: Acercaos al Señor, “piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios” (1 Pe 2,6.4). Hermanos y hermanas, quien cree en Jesús no quedará confundido: es Palabra de Dios, que no se engaña ni puede engañarnos. Palabra confirmada por “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas”, los cuales fueron contemplados por el autor del Apocalipsis “vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7,9). En esta muchedumbre innumerable no están solo los santos Verísimo, Máxima y Julia, martirizados aquí en la persecución de Diocleciano, o san Vicente, diácono y mártir, patrón principal del Patriarcado; san Antonio y san Juan de Brito, que partieron de aquí para sembrar la buena semilla de Dios en otras tierras y pueblos, o san Nuño de Santa María, a quien hace poco más de un año inscribí en el libro de los Santos. Sino que está formada por los “siervos de nuestro Dios” de todo tiempo y lugar, sobre cuya frente ha sido trazado el signo de la cruz con “el sello del Dios vivo” (Ap 7,2): el Espíritu Santo. Se trata del rito inicial realizado sobre cada uno de nosotros en el sacramento del Bautismo, por medio del cual la Iglesia da a luz a los “santos”.
Sabemos que no le faltan hijos poco dóciles e incluso rebeldes, pero es en los Santos donde la Iglesia reconoce sus propios rasgos característicos y, precisamente en ellos, saborea su alegría más profunda. Les une a todos la voluntad de encarnar el Evangelio en su propia existencia, bajo el empuje del eterno animador del Pueblo de Dios que es el Espíritu Santo. Fijando la mirada en sus propios santos, esta Iglesia local ha concluido justamente que hoy la prioridad pastoral es hacer de cada hombre y cada mujer cristianos una presencia radiante de la perspectiva evangélica en medio del mundo, en la familia, en la cultura, en la economía, en la política. A menudo nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que esta fe exista, lo que por desgracia es cada vez menos realista. Se ha puesto una confianza excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y funciones; pero ¿qué sucederá si la sal si vuelve sosa?
Para que esto no suceda, es necesario anunciar de nuevo con vigor y alegría el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, corazón del cristianismo, fundamento y apoyo de nuestra fe, palanca poderosa de nuestras certezas, viento impetuoso que barre todo miedo e indecisión, toda duda y cálculo humano. La resurrección de Cristo nos asegura que ningún poder adverso podrá nunca destruir a la Iglesia. Por tanto nuestra fe tiene fundamento, pero es necesario que esta fe se convierta en vida en cada uno de nosotros. Hay por tanto un vasto esfuerzo capilar que llevar a cabo para que cada cristiano se transforme en un testigo en grado de dar cuentas a todos y siempre de la esperanza que le anima (cfr 1Pe 3,15): sólo Cristo puede satisfacer plenamente los profundos anhelos de todo corazón humano y dar respuestas a sus interrogantes más inquietantes sobre el sufrimiento, la injusticia y el mal, sobre la muerte y la vida del Más Allá.
Queridísimos hermanos y jóvenes amigos, Cristo está siempre con nosotros y camina siempre con su Iglesia, la acompaña y la custodia, como Él nos dijo: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). ¡No dudéis nunca de su presencia! Buscad siempre al Señor Jesús, creced en la amistad con él, recibidlo en la comunión. Aprended a escuchar su palabra y también a reconocerlo en los pobres. Vivid vuestra existencia con alegría y entusiasmo, seguros de su presencia y de su amistad gratuita, generosa, fiel hasta la muerte de cruz. Dad testimonio a todos de la alegría por esta presencia suya fuerte y suave, comenzando por vuestros coetáneos. Decidles que es hermoso ser amigo de Jesús y que vale la pena seguirlo. Con vuestro entusiasmo mostrad que, entre las muchas formas de vivir que el mundo hoy parece ofrecernos - aparentemente todas al mismo nivel –, la única en la que se encuentra el verdadero sentido de la vida y por tanto la alegría verdadera y duradera es siguiendo a Jesús.
Buscad cada día la protección de María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. Ella, la Toda Santa, os ayudará a ser fieles discípulos de su Hijo Jesucristo.
“Mi visita, bajo el signo de la esperanza”


Discurso del Papa al llegar al aeropuerto de Lisboa



Señor Presidente de la República, Ilustres Autoridades de la Nación, Venerables Hermanos en el Episcopado, señoras y señores:
Sólo ahora me ha sido posible acoger las amables invitaciones del Señor Presidente y de mis Hermanos Obispos para visitar esta amada y antigua Nación, que en este año celebra un siglo de la proclamación de la República. Al tocar su suelo por primera vez desde que la Divina Providencia me llamó a la Sede de Pedro, siento gran honor y gratitud por la presencia deferente y hospitalaria de todos vosotros. Le doy las gracias, Señor Presidente, por sus cordiales expresiones de bienvenida, interpretando los sentimientos y las esperanzas del buen pueblo portugués. A todos, independientemente de su fe y religión, va mi saludo amistoso, en particular a cuantos no han podido venir a mi encuentro. Vengo como peregrino de la Virgen de Fátima, investido de lo Alto en la misión de confirmar a mis hermanos que avanzan en su peregrinación hacia el Cielo.
Desde los albores de su propia nacionalidad, el pueblo portugués se ha dirigido al Sucesor de Pedro para ver reconocida su propia existencia como Nación; posteriormente, un Predecesor mío honraría a Portugal, en la persona de su Rey, con el título de “fidelísimo” (cfr Pío II, Bula Dum tuam, 25 de enero de 1460), por los altos y prolongados servicios prestados a la causa del Evangelio. Respecto al acontecimiento sucedido ya hace 93 años, es decir, que el Cielo se abriese precisamente sobre Portugal – como una ventana de esperanza que Dios abre cuando el hombre Le cierra la puerta – para recomponer, en el seno de la familia humana, los vínculos de la solidaridad fraterna que se apoyan sobre el reconocimiento recíproco del mismo y único Padre, se trata de un designio amoroso de Dios; no depende del Papa, ni de cualquier otra autoridad ecclesial: "No fue la Iglesia quien impuso Fátima – diría el cardenal Manuel Cerejeira, de venerada memoria –, sino que fue Fátima la que se impuso a la Iglesia".
La Virgen María vino del Cielo para recordarnos verdades del Evangelio que constituyen para la humanidad, fría de amor y sin esperanza en la salvación, fuente de esperanza. Ciertamente, esta esperanza tiene como primera y radical dimensión no la relación horizontal, sino la vertical y trascendente. La relación con Dios es constitutiva del ser humano: éste ha sido creado y ordenado hacia Dios, busca la verdad en su propia estructura cognoscitiva, tiende hacia el bien en su esfera volitiva, y es atraído por la belleza en la dimensión estética. La conciencia es cristiana en la medida en que se abre a la plenitud de la vida y de la sabiduría, que tenemos en Jesucristo. La visita, que ahora comienzo bajo el signo de la esperanza, quiere ser una propuesta de sabiduría y de misión.
De una visión sabia sobre la vida y sobre el mundo deriva el justo ordenamiento de la sociedad. Puesta en la historia, la Iglesia está abierta a colaborar con quien no margina ni reduce al ámbito privado la consideración esencial del sentido humano de la vida. No se trata de un enfrentamiento ético entre un sistema laico y un sistema religioso, sino más bien de una cuestión de sentido a la que se confía la propia libertad. Lo que distingue es el valor atribuido a la problemática del sentido y a su implicación en la vida pública. El giro republicano, que se produjo hace cien años en Portugal, abrió, en la distinción entre Iglesia y Estado, un nuevo espacio de libertad para la Iglesia, al que los dos concordatos de 1940 y de 2004 habrían dado forma, en ámbitos culturales y perspectivas eclesiales demasiado marcadas por rápidos cambios. Los sufrimientos causados por las transformaciones han sido en general afrontados con coraje. Vivir en la pluralidad de sistemas de valores y de cuadros éticos requiere un viaje al centro del propio yo y al núcleo del cristianismo para reforzar la calidad del testimonio hasta la santidad, encontrar caminos de misión hasta la radicalidad del martirio.
Queridísimos hermanos y amigos portugueses, os doy una vez más las gracias por la cordial bienvenida. Que Dios bendiga a quienes se encuentran aquí y a todos los habitantes de esta noble y querida Nación, que confío a la Virgen de Fátima, imagen sublime del amor de Dios que abraza a todos como hijos.
Dolor de la muerte y esperanza de la resurrección


El Papa en el funeral por el cardenal Luigi Poggi




Venerados Hermanos, ilustres señores y señoras, queridos hermanos y hermanas:
Os habéis reunido en torno al altar del Señor para acompañar, con la celebración del Sacrificio eucarístico, en el que se actualiza el misterio pascual, el último viaje del querido cardenal Luigi Poggi, a quien el Señor ha llamado para sí. Al dirigiros a cada uno de vosotros mi cordial saludo, agradezco en particular al cardenal Sodano el cual, como Decano del Colegio Cardenalicio, ha presidido la Santa Misa exequial.
El Evangelio que ha sido proclamado en esta celebración nos ayuda a vivir más intensamente el triste momento de la separación de la vida terrena de nuestro llorado Hermano. El dolor por la pérdida de su persona viene mitigado por la esperanza en la resurrección, fundada en la palabra misma de Jesús: “Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día" (Jn 6,40). Ante el misterio de la muerte, para el hombre que no tiene fe todo parecería haberse perdido irremisiblemente. Es la palabra de Cristo, por tanto, la que ilumina el camino de la vida y la que confiere valor a cada uno de sus momentos. Jesucristo es el Señor de la vida, y ha venido para resucitar en el último día todo lo que el Padre le ha confiado (cfr Jn 6,39). Este es también el mensaje que Pedro anuncia con gran fuerza el día de Pentecostés (cfr Hch 2,14.22b-28). Él muestra que Jesús no podía permanecer en la muerte. Dios le liberó de sus angustias, porque no era posible que ésta lo tuviese en su poder. Sobre la cruz Cristo ha traído la victoria, que se debía manifestar con una superación de la muerte, es decir, con su resurrección.
A este horizonte de fe nuestro llorado Hermano condujo toda su existencia, consagrada a Dios y al servicio de los hermanos, convirtiéndose así en testigo de esa fe valiente que sabe fiarse de Dios. Podemos decir que toda la misión sacerdotal del cardenal Luigi Poggi se dedicó al servicio directo de la Santa Sede. Nacido en Piacenza el 25 de noviembre de 1917, tras los estudios eclesiásticos en el Colegio "Alberoni" y su ordenación sacerdotal, recibida el 28 de julio de 1940, prosiguió los estudios en Roma, consiguiendo la licenciatura "in utroque iure" y llevando a cabo su ministerio sacerdotal en algunas parroquias romanas. Entrado en la Pontificia Academia Eclesiástica, inició en 1945 su trabajo en la entonces Primera Sección de la Secretaría de Estado: años difíciles, en el transcurso de los cuales no se reservó en el servicio a la Iglesia. Tras un primer encargo, en la primavera de 1963, ante el gobierno de la República Tunecina para llegar a un "modus vivendi" entre la Santa Sede y el Gobierno de aquel país sobre la situación jurídica de la Iglesia católica en Túnez, en abril de 1965 fue nombrado Delegado Apostólico para África Central, con dignidad de arzobispo y jurisdicción sobre Camerún, Chad, Congo-Brazzaville, Gabón y la República Centroafricana. En mayo de 1969 fue promovido a Nuncio Apostólico en Perú, donde permaneció hasta agosto de 1973, cuando fue vuelto a llamar a Roma con el título de Nuncio Apostólico con encargos especiales, específicamente para mantener contactos con los Gobiernos de Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía y Bulgaria, con el fin de mejorar la situación de la Iglesia católica en esos países.
En julio de 1974 se institucionalizaron las relaciones entre la Santa Sede y el Gobierno polaco, y monseñor Poggi fue nombrado Jefe de la Delegación de la Santa Sede para los contactos permanentes con el Gobierno de Polonia. En aquel periodo realizó numerosos viajes, encontrando a muchas personalidades, tanto políticas como eclesiásticas, llegando a ser, en la escuela de su superior, el cardenal Agostino Casaroli, un protagonista de la ostpolitik vaticana en los países del bloque comunista. El 19 de abril de 1986 fue nombrado Nuncio Apostólico en Italia; precisamente desde entonces también esta Nunciatura fue encargada de estudiar las prácticas relativas a las provisiones episcopales en el país. Y, siempre en aquel periodo, fue él, en calidad de Representante Pontificio, quien gestionó una delicada fase de reordenamiento de las diócesis italianas. Creado y publicado cardenal en el Consistorio del 26 de noviembre de 1994, fue nombrado por el Venerable Juan Pablo II Archivero y Bibliotecario de la Santa Romana Iglesia, conservando este cargo hasta marzo de 1998.
Queridos hermanos, se han proclamado hace un momento las palabras del Apóstol Pablo: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rm 6,8). Esta página de la Carta a los Romanos constituye uno de los textos fundamentales del Leccionario litúrgico. Ésta, de hecho, se nos propone cada año en el transcurso de la Vigilia pascual. Pensemos en estas palabras iluminadoras de san Pablo, mientras dedicamos al querido cardenal Luigi Poggi el último saludo conmovido. ¡Cuántas veces él mismo las habrá leído, meditado y comentado! Lo que el Apóstol escribe a propósito de la unión mística del bautizado con Cristo muerto y resucitado, él ahora lo está viviendo en la realidad ultraterrena, desvinculado de los condicionantes impuestos a la naturaleza humana por el pecado. “De hecho – como afirma san Pablo en ese mismo pasaje – quien ha muerto ha sido liberado del pecado" (Rm 6,7). La unión sacramental, pero real, con el Misterio pascual de Cristo abre al bautizado la perspectiva de participar en su misma gloria. Y esto tiene una consecuencia ya para la vida aquí abajo, porque si en virtud del bautismo nosotros ya participamos en la resurrección de Cristo, entonces ya ahora “podemos caminar en una vida nueva" (Rm 6,4). He ahí por qué la muerte piadosa de un hermano en Cristo, tanto más si está marcado por el carácter sacerdotal, es siempre motivo de estupor íntimo y reconocido del designio de la paternidad divina, que nos libra del poder de las tinieblas y nos transfiere al reino de su Hijo predilecto (cfr Col 1,13).
Mientras invocamos para este Hermano nuestro la intercesión maternal de la Beata Virgen María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, confiamos su alma elegida al Padre de la vida, para que le introduzca en el lugar preparado para sus amigos, fieles servidores del Evangelio y de la Iglesia.
¡Amén!