05 noviembre 2010

Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre “Opus Angelorum”


Eminencia / Excelencia Reverendísima:


Transcurridos más de treinta años desde cuando se empezaron a examinar las particulares teorías profesadas y usos seguidos por los miembros de la asociación llamada Opus Angelorum (Engelwerk), la Congregación para la Doctrina de la Fe considera oportuno informar a los miembros de esta Conferencia Episcopal sobre los acontecimientos ocurridos en este sentido de forma que se puedan poner al corriente en este asunto.
i. Dicho examen se concluyó con la publicación primero de una Carta comunicando las decisiones aprobadas por el Sumo Pontífice el 24 septiembre 1983 (AAS 76 [1984], pp. 175-176), y después del Decreto Litteris diei del 6 de junio de 1992 (AAS 84 [1992], pp. 805-806).
Estos documentos disponían, sustancialmente, que los miembros del Opus Angelorum, en la promoción de la devoción hacia los SS. Ángeles, debían conformarse a la doctrina de la Iglesia y a la enseñanza de los santos Padres y Doctores y, en particular, no usar los “nombres” conocidos por las presuntas revelaciones privadas, atribuidas a la señora Gabriele Bitterlich, ni enseñar, difundir o utilizar en modo alguno las teorías procedentes de estas presuntas revelaciones. Además, estos eran llamados al deber de observar estrictamente todas las normas litúrgicas, particularmente las relativas a la SS. Eucaristía. Con el Decreto de 1992, posteriormente, la ejecución de estas disposiciones era confiada a un Delegado con facultades especiales nombrado por la Santa Sede, el cual recibía también la tarea de regularizar las relaciones entre el Opus Angelorum y la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz.
En el curso de los años transcurridos desde entonces, dicho Delegado, P. Benoît Duroux, o.p., consiguió llevar a término las tareas que se le habían confiado, y se puede considerar que hoy, gracias a la obediencia demostrada por sus miembros, Opus Angelorum vive leal y serenamente en conformidad a la doctrina de la Iglesia y a las normas litúrgicas y canónicas. Teniendo en cuenta la avanzada edad del P. Duroux, el 13 de marzo de 2010 fue nombrado como nuevo Delegado el P. Daniel Ols, o.p., con las mismas competencias delineadas en el citado decreto del 6 de junio de 1992.
Esta normalización se ve, en particular, en los siguientes elementos. El 31 de mayo de 2000, esta Congregación aprobó la fórmula de una consagración a los SS. Ángeles para el Opus Angelorum. Después, con el parecer positivo de este Dicasterio, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica aprobó el “Estatuto del Opus Sanctorum Angelorum”, en el cual, entre otras cosas, se definen las relaciones entre el Opus Angelorum y la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz.
Según este Estatuto, el Opus Angelorum es una asociación pública de la Iglesia católica con personalidad jurídica en base al can. 313 cic; está conjunto a la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz en base al can. 677, § 2 cic y puesto bajo la dirección de dicha Orden en conformidad al can. 303 cic. Por otra parte, las Hermanas de la Santa Cruz han visto aprobadas sus Constituciones por el Ex.mo Obispo de Innsbruck. Finalmente, la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz, cuyo gobierno central había sido nombrado el 30 de octubre de 1993 por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, a principios de 2009 pudo elegir a su proprio superior general y a los miembros del Consejo generalicio.
Tal y como se presenta hoy, el Opus Angelorum es, por tanto, una asociación pública de la Iglesia en conformidad con la doctrina tradicional y las directivas de la Suprema Autoridad, difunde la devoción hacia los SS. Ángeles entre los fieles, exhorta a la oración por los sacerdotes, promueve el amor por Cristo en su pasión y la unión a esta. No subsiste por tanto obstáculo alguno de orden doctrinal o disciplinario a que los Ordinarios locales acojan en sus diócesis tal asociación y favorezcan su desarrollo.
ii. Esta Congregación con todo quiere atraer la atención de los Ordinarios sobre el hecho de que, en los años transcurridos, un cierto número de miembros del Opus Angelorum, entre ellos incluso diversos sacerdotes salidos o expulsados de la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz, no han aceptado las normas dadas por este Dicasterio y aspiran y trabajan para restaurar lo que según ellos sería el “autentico Opus Angelorum”, es decir, un movimiento que profesa y practica todo lo que ha sido prohibido por los mencionados documentos. La propaganda a favor de este movimiento desviante, el cual está fuera de todo control eclesiástico, se hace, según resulta a esta Congregación, de forma muy discreta y se presenta como si estuviese en plena comunión con la Iglesia católica.
La Congregación para la Doctrina de la Fe invita, por tanto, a los Ordinarios a la vigilancia respecto a tales actividades disgregadoras de la comunión eclesial y, en el caso de que las hayan identificado en la propia diócesis, a una prohibición de ellas.
Confiando en que los Miembros de la Conferencia Episcopal presidida por Usted tomarán en serio llevar a cabo las indicaciones aquí proporcionadas, nos es grato aprovechar la presente para hacerle llegar nuestro atentísimo saludo de Vuestra Eminencia / Excelencia Reverendísima devotísimos
William cardenal Levada
Prefecto
Luis F. Ladaria, S.I.
Arzobispo titular de Thibica
Secretario
-----------------
Nota del padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede

L’Osservatore Romano publica hoy una Carta circular de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con fecha del 2 de octubre, para poner al día a los obispos sobre la actual situación doctrinal y canónica de la asociación llamada Opus Angelorum, para que se puedan ajustar en este asunto.
La nueva Carta circular recuerda que en 1983 una Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe había dispuesto que los miembros de la asociación Opus Angelorum, en la promoción de la devoción hacia los ángeles, debían conformarse a la doctrina social de la Iglesia y no difundir las teorías procedentes de las presuntas revelaciones privadas atribuidas a la señora Gabriele Bitterlich, y que debían atenerse a todas las normas litúrgicas en vigor, en particular, a las relativas a la Eucaristía. Con un Decreto de 1992, aprobado por el Santo Padre Juan Pablo II, la Congregación para la Doctrina de la Fe completó estas directivas con algunas otras normas, confiando su ejecución a un Delegado nombrado por la Santa Sede, encargado también de las relaciones entre la Opus Angelorum y la orden de los “Canónigos Regulares de la Santa Cruz”. Este Delegado fue durante muchos años el p. Benoit Duroux O.P. y ahora lo es, desde hace algunos meses, el p. Daniel Ols O.P.
Hoy se puede considerar que Opus Angelorum vive leal y serenamente en conformidad con la doctrina de la Iglesia y en las normas litúrgicas y canónicas y constituye una “asociación pública de la Iglesia”. También la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz y las Hermanas de la Santa Cruz – que tienen relación con Opus Angelorum – son aprobadas regularmente por las autoridades eclesiásticas.
Sin embargo, un cierto número de miembros del Opus Angelorum – y en particular algunos sacerdotes salidos o expulsados de la Orden de los Canónigos de la Santa Cruz – en los años pasados no han aceptado las normas dadas por la autoridad de la Iglesia, y siguen intentando restaurar un movimiento que practique lo que ha sido prohibido. Por ello la Congregación para la Doctrina de la Fe exhorta a los Ordinarios a la vigilancia hacia semejantes iniciativas.
“Buscad las cosas de arriba”


Homilía del Papa en la misa de sufragio por cardenales y obispos muertos en 2010


Señores cardenales, queridos hermanos y hermanas:

“Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba”. Las palabras que hemos escuchado hace poco en la segunda lectura (Col 3,1-4) nos invitan a elevar la mirada a las realidades celestes. De hecho, con la expresión “las cosas de arriba” san Pablo entiende el Cielo, porque añade: “donde se encuentra Cristo sentado a la derecha de Dios”. El Apóstol pretende referirse a la condición de los creyentes, de aquellos que están “muertos” al pecado y cuya vida “está escondida con Dios en Cristo”. Estos son llamados a vivir diariamente en el señorío de Cristo, principio y cumplimiento de cada una de sus acciones, dando testimonio la vida nueva que les fue dada en el Bautismo. Esta renovación en Cristo tiene lugar en lo íntimo de la persona: mientras continua la lucha contra el pecado, es posible progresar en la virtud, intentando dar una respuesta plena y dispuesta a la Gracia de Dios.
Como antítesis, el Apóstol señala después a “las cosas de la tierra”, poniendo de manifiesto así que la vida en Cristo comporta una “elección de campo”, una renuncia radical a todo aquello que – como lastre – tiene atado al hombre a la tierra, corrompiendo su alma. La búsqueda de las “cosas de arriba” no quiere decir que el cristiano tenga que descuidar sus propias obligaciones y deberes terrenos, sólo que no debe extraviarse en ellos, como si tuvieran un valor definitivo. El recuerdo de las realidades del Cielo es una invitación a reconocer la relatividad de lo que está destinado a pasar, frente a esos valores que no conocen el deterioro del tiempo. Se trata de trabajar, de comprometerse, de concederse el justo descanso, pero con el sereno desapego de quien sabe que es sólo un viandante en camino hacia la Patria celeste; un peregrino; en un cierto sentido, un extranjero hacia la eternidad.
A este fin último han llegado ya los llorados cardenales Peter Seiichi Shirayanagi, Cahal Brendan Daly, Armand Gaétan Razafindratandra, Thomáš špidlik, Paul Augustin Mayer, Luigi Poggi; como también los numerosos arzobispos y obispos que nos han dejado en el transcurso de este último año. Queremos recordarles con sentimientos de afecto, dando gracias a Dios por sus dones distribuidos a la Iglesia precisamente a través de estos Hermanos nuestros que nos han precedido en el signo de la fe y ahora duermen el sueño de la paz. Nuestro agradecimiento se convierte en oración de sufragio por ellos, para que el Señor les acoja en la bienaventuranza del Paraíso. Ofrecemos esta Santa Eucaristía por sus almas elegidas, reuniéndonos en torno al Altar, sobre el que se hace presente el Sacrificio que proclama la victoria de la Vida sobre a muerte, de la Gracia sobre el pecado, del Paraíso sobre el infierno.
A estos venerados Hermanos nuestros queremos recordarles como Pastores celosos, cuyo ministerio estuvo siempre marcado por el horizonte escatológico que anima la esperanza en la felicidad sin sombras que se nos ha prometido después de esta vida; como testigos del Evangelio llamados a vivir las “cosas de arriba”, que son fruto del Espíritu: “amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de si” (Gal5,22); como cristianos y Pastores animados por fe profunda, por el vivo deseo de conformarse a Jesús y de adherirse íntimamente a su Persona, contemplando incesantemente su rostro en la oración. Por esto ellos pudieron pregustar la “vida eterna”, de la que habla la página del Evangelio de hoy (Jn 3,13-17) y que Cristo mismo prometió a “el que crea en él”. La expresión “vida eterna”, de hecho, designa el don divino concedido a la humanidad: la comunión con Dios en este mundo y su plenitud en el futuro.
La vida eterna se nos abrió por el Misterio Pascual de Cristo y la fe es la vía para alcanzarla. Es cuando se desprende de las palabras de Jesús a Nicodemo y recogidas por el evangelista Juan: “De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna” (Jn 3,14-15). Aquí está la referencia explícita al episodio narrado en el libro de los Números (21,1-9), que pone de relieve la fuerza salvífica de la fe en la palabra divina. Durante el éxodo, el pueblo hebreo se había rebelado contra Moisés y contra Dios, y fue castigado con la plaga de las serpientes venenosas. Moisés pidió perdón, y Dios, aceptando el arrepentimiento de los israelitas, les ordenó: “Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado”. Y así sucedió. Jesús, en la conversación con Nicodemo, revela el sentido más profundo de ese acontecimiento de salvación, remitiéndolo a su propia muerte y resurrección: el Hijo del hombre debe ser levantado en el leño de la Cruz para que quien crea en Él tenga la vida. San Juan ve precisamente en el misterio de la Cruz el momento en el que se revela la gloria real de Jesús, la gloria de un amor que se entrega totalmente en la pasión y muerte. Así la Cruz, paradójicamente, de signo de condenación, de muerte, de fracaso, se convierte en signo de redención, de vida, de victoria, en el que, con mirada de fe, se pueden recoger los frutos de la salvación.
Continuando el diálogo con Nicodemo, Jesús profundiza ulteriormente el sentido salvífico de la Cruz, revelando con cada vez mayor claridad que éste consiste en el inmenso amor de Dios y en el don del Hijo unigénito: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito”. Esta es una de las palabras centrales del Evangelio. El sujeto es Dios Padre, origen de todo el misterio creador y redentor. Los verbos "amar" y "entregar" indican un acto decisivo y definitivo que expresa la radicalidad con que Dios se acercó al hombre en el amor, hasta el don total, hasta el umbral de nuestra soledad última, arrojándose en el abismo de nuestro extremo abandono, atravesando la puerta de la muerte. El objeto y el beneficiario del amor divino es el mundo, es decir, la humanidad. Es una palabra que borra completamente la idea de un Dios lejano y extraño al camino del hombre, y revela, más bien, su verdadero rostro: Él nos entregó a su Hijo por amor, para ser el Dios cercano, para hacernos sentir su presencia, para venir a nuestro encuentro y llevarnos en su amor, de manera que toda la vida sea animada por este amor divino. El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y entregar la vida. Dios no se adueña, sino que ama sin medida. No manifiesta su omnipotencia en el castigo, sino en la misericordia y en el perdón. Comprender todo esto significa entrar en el misterio de la salvación: Jesús vino para salvar y no para condenar; con el Sacrificio de la Cruz él revela el rostro de amor de Dios. Y precisamente por la fe en el amor sobreabundante que se nos ha dado en Cristo Jesús, sabemos que incluso la más pequeña fuerza de amor es más grande que la mayor fuerza destructora y puede transformar el mundo, y por esta misma fe podemos tener una “esperanza fiable”, en la vida eterna y en la resurrección de la carne.
Queridos hermanos y hermanas, con las palabras de la primera lectura, tomada del libro de las Lamentaciones, pedimos que los cardenales, los arzobispos y los obispos, a quienes hoy recordamos, generosos servidores del Evangelio y de la Iglesia, puedan ahora conocer plenamente “qué bueno es el Señor con quien espera en él, con el alma que le busca”y experimentar que “porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia” (Sal 129). Y nosotros, peregrinos en camino hacia la Jerusalén celeste, esperamos en silencio, con firme esperanza, la salvación del Señor (cfr Lam 3,26), intentando caminar en el camino del bien, sostenidos por la gracia de Dios, recordando siempre que “no tenemos aquí una ciudad estable, sino que vamos en busca de la futura” (Hb 13,14). Amén.

04 noviembre 2010

Sobre la familia
.
Leonardo Bruna Rodríguez

El Papa Juan Pablo II, en su bella y profunda Carta a las Familias, decía que es necesario, hoy más que nunca, «anunciar la novedad y la belleza de la verdad divina sobre la familia» (n. 18 y 23). Respecto de la familia, como de cualquier realidad creada, hay verdad natural, asequible a la luz de la razón humana y verdad sobrenatural, cognoscible por la fe en la Revelación divina. El matrimonio y la familia tienen su ser y orden propio natural (esencia, propiedades y fines), pero la comprensión plena solo es posible cuando se los mira desde la fe, pues el hombre ha sido creado para un fin sobrenatural, que es la vida en Cristo. Vida que asume, reordena y eleva la vida humana a un orden superior que, trascendiendo el tiempo, perdurará por toda la eternidad. Como expresión de amor y agradecimiento al recordado Pontífice, van unas líneas ordenadas a recordar o expresar algunas verdades fundamentales sobre la familia en el plan de Dios.
En la Suma Teológica (I, 93, 3), Santo Tomás de Aquino enseña que, si bien los ángeles son más semejantes a Dios que el hombre, en cuanto son personas puramente espirituales, bajo otro respecto el hombre es más semejante a Dios que el ángel, en cuanto que, por ser persona corpórea, es capaz de engendrar y constituir familia, como Dios es familia. En efecto, el misterio de la Santísima Trinidad consiste en que Dios es una Familia. Es un Padre que engendra eternamente un Hijo, un Hijo eternamente engendrado por el Padre, un Amor (Espíritu Santo) eterno y mutuo del Padre y del Hijo. Tres Personas distintas subsistentes en una sola Naturaleza divina. El ser personal humano, por el cuerpo, puede engendrar y es capaz de familia, como Dios es familia.
Pero Dios no es familia a semejanza de la familia terrena, sino que la familia en la tierra es a semejanza de la Familia divina, por cuanto toda perfección creada es una participación finita de la misma Perfección divina. La paternidad humana es, por tanto, una semejanza participada de la Paternidad divina. Por esto dice San Pablo: «doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (3, 15). Dios es la Causa eficiente, ejemplar y final todo lo que existe, también de la familia. Si Dios no fuese familia, no existiría familia en la tierra. La izquierda hegeliana tenía clara la relación de semejanza. Pero Fueuerbach la afirmaba al revés, la familia divina no es más que una proyección ideal, alienación religiosa, de la familia humana. Y Marx, que intenta la desalienación, no solo en el orden teórico, sino fundamentalmente en el práctico, queriendo acabar con aquello que en la tierra más remite a Dios, decía que «cuando se ha descubierto que el secreto de la familia celestial es la familia terrenal, se debe destruir primero a esta en la teoría y en la práctica» (Tesis IV sobre Feuerbach).
Como Dios es el ejemplar de la familia en la tierra, lo esencial de ella son las relaciones paterno-filiales, fundadas en la generación. Por ello, el matrimonio es sólo principio de la familia. Sin hijos, aún no es familia de un modo perfectamente actual, sino solo potencial o germinal. El matrimonio se actualiza como familia por la generación de los hijos. Esta es la razón de que, en la sexualidad, el fin unitivo se ordene al fin procreativo. Y que, en el matrimonio, donde se realiza ordenadamente la sexualidad, la mutua ayuda y unidad conyugal se ordenen, como medio a fin, a la procreación y educación de los hijos. El fin último de la sexualidad humana es la paternidad, que sólo es posible si el matrimonio se constituye en familia. La perfección de la paternidad humana consiste en ser semejante a la Paternidad divina que, en la tierra, se encuentra como dividida y distribuida en la paternidad del varón y en la de la mujer, que llamamos maternidad. Ambas dimensiones, diversas y complementarias, de la paternidad humana tienen en la Paternidad divina su principio eficiente, ejemplar y final. Por ello, para ser perfectamente padres en la tierra, «deja el varón a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (Gn. 2, 24). "Una sola carne" significa una sola persona, un solo sujeto paterno que pueda convenientemente reflejar y ser principio eficiente a semejanza de la Paternidad divina. El modo propio de darse de aquellos que, por el matrimonio, se han hecho "una sola carne", es la paternidad, esto es, la generación y educación de los hijos. Y la mutua ayuda de los esposos, en cuanto tales, es en orden a esto. La diversidad sexual (física, psicológica y racional) del ser personal humano se ordena al matrimonio y este a la constitución de una familia, como Dios es familia.
La razón profunda del amor conyugal y del matrimonio es cooperar con Dios en la generación de hombres que han de ser sus hijos, y constituirse los padres terrenos en un fiel reflejo de la Paternidad divina para sus hijos. Estos, desde el Bautismo, son más hijos de Dios Padre que nuestros, y el sentido de la paternidad humana es participar y cooperar con la Paternidad divina. Los padres son para los hijos, en la tierra, el primer anuncio de Dios Padre y el camino natural para conocer y vivir prácticamente, en Cristo, su filiación divina que perdurará por toda la eternidad. Nuestra paternidad terminará con la muerte, la de Dios Padre permanecerá para siempre. ¡Qué don más grande se puede hacer al hijo que ayudarlo, mediante la propia paternidad, a vivir para siempre su filiación divina! Miembros de la Familia divina, hijos de Dios Padre, en el Hijo, viviendo para siempre, por el Espíritu Santo, la comunión de amor con el Padre, que es la misma vida de Cristo. Esta es, ni más ni menos, la finalidad última de los hijos y, por tanto, el sentido pleno de la paternidad cristiana, que se concreta en la generación y educación por la fe y los sacramentos.
El gran acto educativo de los padres a sus hijos es el testimonio del amor fiel hasta la muerte. La plena fidelidad de los esposos a su promesa conyugal es la condición necesaria para la completa fidelidad del amor paterno, pues el amor fiel del que viven los hijos, en cuanto hijos, no es el amor de uno solo, sino de sus dos padres. El sacramento del matrimonio confiere gracia suficiente para manifestar los esposos, por su mutua fidelidad, la indestructible fidelidad del amor de Cristo por su Iglesia, del amor de Dios por el hombre. Y esta fidelidad conyugal es el principio eficiente y la garantía de la fidelidad paterna, signo fuerte y convincente del amor fiel de Dios Padre por sus hijos. Este es el testimonio necesario en nuestros días: La certeza de la fidelidad del amor paterno. ¡Cuánto niños y jóvenes para quienes la fe en la Paternidad divina es difícil porque fueron privados de su primer anuncio en la familia! Y, por otra parte, ¡qué grande y bella responsabilidad de los padres! Ciertamente, aquí está el sentido último de las dos propiedades del matrimonio: Unidad e indisolubilidad.
La familia es el ámbito naturalmente primario y fundamental en el que la persona humana es conocida y amada por sí misma. El saberse valioso en la propia singularidad, porque ha sido amado gratuitamente por sí mismo, es la clave para entender el sentido de la propia existencia y el aliento vital del desarrollo, seguro y confiado, del ser personal. Por ello, la familia es donde se realiza la más profunda, perdurable e irreemplazable educación de la persona. En ella recibe la existencia, conoce vitalmente su valor personal, recibe el testimonio del amor fiel hasta la muerte y el primer anuncio de la Paternidad divina. La familia es el camino natural, sanado y elevado por la gracia del matrimonio, por el que los hijos ascienden en el tiempo a la plenitud de su vida cristiana en la eternidad de la Familia divina.
Y el más pleno reflejo en la tierra de la Familia divina es la Sagrada Familia de Nazaret. En María y José encontramos la realización más perfecta de la Paternidad divina, en los modos de la maternidad femenina y paternidad masculina. Jesús, Nuestro Señor, es el Hijo eterno del Padre que ha manifestado al mundo la perfección infinita de la Filiación divina, amando, honrando y obedeciendo a Dios Padre, mediante sus padres terrenos. Dios Padre se nos ha hecho visible en María y José. Dios Hijo, en Cristo, el Verbo de Dios hecho Hombre. Dios Espíritu Santo, en el amor paterno-filial de la Sagrada Familia de Nazaret, encarnación perfecta de la Familia que es Dios y modelo supremo de toda familia humana.

03 noviembre 2010

Una santa actual, Margarita d'Oingt


El Papa hoy en la audiencia general


Queridos hermanos y hermanas:

Con Margarita d'Oingt, de la que quisiera hablaros hoy, nos introducimos en la espiritualidad cartujana, que se inspira en la síntesis evangélica vivida y propuesta por san Bruno. No conocemos su fecha de nacimiento, aunque alguno la coloca en torno a 1240. Margarita proviene de una poderosa familia de nobleza antigua del Lyonnais, los Oingt. Sabemos que la madre se llamaba también Margarita, que tenía dos hermanos – Guiscardo y Luis – y tres hermanas: Catalina, Isabel e Inés. Esta última la seguirá al monasterio, en la Cartuja, sucediéndole después como priora.
No tenemos noticias sobre su infancia, pero por sus escritos podemos intuir que transcurrió tranquila, en un ambiente familiar afectuoso. De hecho, para expresar el amor sin límites de Dios, ella valora mucho imágenes ligadas a la familia, con particular referencia a las figuras del padre y de la madre. En una meditación suya reza así: “Muy dulce Señor, cuando pienso en las especiales gracias que me has hecho por tu solicitud: ante todo, cómo me custodiaste desde mi infancia y cómo me sustrajiste del peligro y me llamaste a dedicarme a tu santo servicio, y como proveíste en todas las cosas que me eran necesarias para comer, beber, vestir y calzar, (y lo hiciste) de tal forma que no tuve ocasión de pensar en todas estas cosas sino en tu gran misericordia” (Margherita d’Oingt, Scritti spirituali, Meditazione V, 100, Cinisello Balsamo 1997, p. 74).
Siempre en sus meditaciones, intuimos que entró en la Cartuja de Poleteins en respuesta a la llamada del Señor, dejando todo y aceptando la severa regla cartujana, para ser totalmente del Señor, para estar siempre con Él. Ella escribe: “Dulce Señor, yo dejé a mi padre y a mi madre y a mis hermanos y todas las cosas de este mundo por tu amor; pero esto es poquísimo, porque las riquezas de este mundo no son sino espinas que pinchan; y cuantas más se poseen más se es infortunado. Y por esto me parece no haber dejado otra cosa que miseria y pobreza; pero tu sabes, dulce Señor, que si yo poseyera mil mundos y pudiese disponer de ellos a mi placer, lo abandonaría todo por amor tuyo; e incluso si tu me dieses todo lo que posees en el cielo y en la tierra, no me consideraría saciada hasta que no te tuviese a ti, porque tu eres la vida de mi alma, no tengo ni quiero tener padre y madre fuera de ti” (ibid., Meditazione II, 32, p. 59).
También de su vida en la Cartuja tenemos pocos datos. Sabemos que en 1288 se convirtió en su cuarta priora, cargo que mantuvo hasta su muerte, que tuvo lugar el 11 de febrero de 1310. De sus escritos, con todo, no se desprenden giros particulares en su itinerario espiritual. Ella concibe toda la vida como un camino de purificación hasta la configuración plena a Cristo. Él es el libro que se escribe, que incide diariamente en el propio corazón y en la propia vida, en particular su pasión salvadora. En la obra Speculum, Margarita, refiriéndose a sí misma en tercera persona, subraya que por gracia del Señor “había grabado en su corazón la santa vida que Dios Jesucristo llevó en la tierra, sus buenos ejemplos y su buena doctrina. Ella había puesto tan bien al dulce Jesucristo en su corazón que le parecía incluso que éste le estuviese presente y que tuviese un libro cerrado en su mano, para instruirla” (ibid., I, 2-3, p. 81). “En este libro ella encontraba escrita la vida que Jesucristo llevó en la tierra, desde su nacimiento hasta su ascensión al cielo” (ibid., I, 12, p. 83).
Cada día, desde la mañana, Margarita se dedica al estudio de este libro. Y, cuando lo ha mirado bien, comienza a leer el libro en su propia conciencia, que muestra las falsedades y las mentiras de su propia vida (cfr ibid., I, 6-7, p. 82); escribe de sí misma para ayudar a los demás y para fijar más profundamente en su propio corazón la gracia de la presencia de Dios, es decir, para hacer que cada día su existencia esté marcada por la confrontación con las palabras y las acciones de Jesús, con el Libro de la vida de Él. Y esto para que a vida de Cristo sea impresa en su alma de forma estable y profunda, hasta poder ver el Libro en su interior, es decir, hasta contemplar el misterio de Dios Trinidad (cfr ibid., II, 14-22; III, 23-40, p. 84-90).
A través de sus escritos, Margarita nos ofrece algunos resquicios sobre su espiritualidad, permitiéndonos captar algunos rasgos de su personalidad y de sus dotes de gobierno. Es una mujer muy culta; escribe habitualmente en latín, la lengua de los eruditos, pero escribe también en franco-provenzal y también esto es una rareza: sus escritos son, así, los primeros, de los que se tiene memoria, redactados en esta lengua. Vive una existencia rica en experiencias místicas, descritas con sencillez, dejando intuir el inefable misterio de Dios, subrayando los límites de la mente para aprehenderlo y la inadecuación de la lengua humana para expresarlo. Tiene una personalidad lineal, sencilla, abierta, de dulce carga afectiva, de gran equilibrio y agudo discernimiento, capaz de entrar en las profundidades del espíritu humano, de descubrir sus límites, sus ambigüedades, pero también sus aspiraciones, la tensión del alma hacia Dios. Muestra una destacada aptitud para el gobierno, conjugando su profunda vida espiritual mística con el servicio a las hermanas y a la comunidad. En este sentido, es significativo un pasaje de una carta a su padre. Escribe: “Mi dulce padre, os comunico que me encuentro tan ocupada a causa de las necesidades de nuestra casa, que no me es posible aplicar el espíritu en buenos pensamientos; de hecho, tengo tanto que hacer que no sé de qué lado volverme. No hemos recogido trigo en el séptimo mes del año y nuestras viñas han sido destruidas por la tempestad. Además, nuestra iglesia se encuentra en tan malas condiciones que nos vemos obligados a reconstruirla en parte” (ibid., Lettere, III, 14, p. 127).
Una monja cartuja dibuja así la figura de Margarita: “A través de su obra se revela una personalidad fascinante, de inteligencia viva, orientada hacia la especulación y, al mismo tiempo, favorecida por gracias místicas: en una palabra, una mujer santa y sabia que sabe expresar con un cierto humorismo una afectividad del todo espiritual” (Una Monaca Certosina, Certosine, en Dizionario degli Istituti di Perfezione, Roma 1975, col. 777). En el dinamismo de la vida mística, Margarita valora la experiencia de los afectos naturales, purificados por la gracia, como medio privilegiado para comprender más profundamente y secundar con más prontitud y ardor la acción divina. L motivo reside en el hecho de que la persona humana es creada a imagen de Dios, y por ello es llamada a construir con Dios una maravillosa historia de amor, dejándose implicar totalmente por su iniciativa.
El Dios Trinidad, el Dios amor que se revela en Cristo le fascina, y Margarita vive una relación de amor profundo hacia el Señor y, por contraste, ve la ingratitud humana hasta la vileza, hasta la paradoja de la cruz. Ella afirma que la cruz de Cristo es parecida a la mesa del parto. El dolor de Jesús es comparado con el de una madre. Escribe: “La madre que me llevó en el seno sufrió fuertemente, al darme a luz, durante un día o una noche, pero tu, dulcísimo Señor, por mi fuiste atormentado no una noche o un día, sino durante más de treinta años […]; ¡cuán amargamente sufriste por causa mía durante toda la vida! Y cuando llegó el momento del parto, tu trabajo fue tan doloroso que tu santo sudor se convirtió como en gotas de sangre que se derramaban por todo tu cuerpo hasta el suelo” (ibid., Meditazione I, 33, p. 59). Margarita, evocando los relatos de la pasión, contempla estos dolores con profunda compasión. Dice: “Tu fuiste depositado en el duro lecho de la cruz, de forma que no podías moverte o girarte o agitar tus miembros como suele hacer un hombre que sufre un gran dolor, porque fuiste completamente extendido y te fueron clavados los clavos […] y […] fueron lacerados todos tus músculos y tus venas. […] Pero todos estos dolores […] aún no te bastaban, tanto que quisiste que tu costado fuese abierto por la lanza tan cruelmente que tu dócil cuerpo fuese totalmente arado y desgarrado; y tu sangra brotaba con tanta violencia que formaba un largo camino, casi como si fuese una gran corriente”. Refiriéndose a María afirma: “No era de maravillarse que la espada que te deshizo el cuerpo penetrara también en el corazón de tu gloriosa madre que tanto quería sostenerte […] porque tu amor fue superior a todos los demás amores” (ibid., Meditazione II, 36-39.42, p 60s).
Queridos amigos, Margarita d’Oingt nos invita a meditar diariamente la vida de dolor y de amor de Jesús y de su Madre, María. Aquí está nuestra esperanza, el sentido de nuestro existir. De la contemplación del amor de Cristo por nosotros nacen la fuerza y la alegría de responder con el mismo amor, poniendo nuestra vida al servicio de Dios y d los demás. Con Margarita decimos también nosotros: “Dulce Señor, todo lo que realizaste, por amor mío y de todo el género humano, me lleva a amarte, pero el recuerdo de tu santísima pasión da un vigor sin igual a mi potencia de afecto para amarte. Por eso me parece […] haber encontrado lo que tanto he deseado: no amar otra cosa que a ti o en ti o por amor a ti” (ibid., Meditazione II, 46, p. 62).
A primera vista esta figura de cartuja medieval, como toda su vida, su pensamiento, parecen muy lejanos de nosotros, de nuestra vida, de nuestra forma de pensar y actuar. Pero se miramos a lo esencial de esta vida, vemos que nos afecta también a nosotros y que debería ser esencial también en nuestra propia existencia.
Hemos escuchado que Margarita consideró al Señor como un libro, fijó la mirada en el Señor, lo consideró como un espejo en el que aparece también su propia conciencia. Y de este espejo entró luz en su alma: dejó entrar a la palabra, la vida de Cristo en su propio ser y así fue transformada; su conciencia fue iluminada, encontró criterios, luz y fue limpiada. Precisamente de esto necesitamos también nosotros: dejar entrar las palabras, la vida, la luz de Cristo en nuestra conciencia para que sea iluminada, comprenda lo que es verdadero y bueno y lo que está mal; que sea iluminada y limpiada nuestra conciencia. La basura no está sólo en distintas calles del mundo. Hay basura también en nuestras conciencias y en nuestras almas. Sólo la luz del Señor, su fuerza y su amor es el que nos limpia, nos purifica y nos da el camino recto. Por tanto sigamos a santa Margarita en esta mirada hacia Jesús. Leamos en el libro de su vida, dejémonos iluminar y limpiar, para aprender la vida verdadera. Gracias.
La Sagrada Familia, un monumento a la fe
 
 
Álvaro Lucas
.
Cada año visitan la Sagrada Familia casi tres millones de personas y la mayoría queda embelesada por la capacidad expresiva de la iglesia aún inacabada, diseñada y construida por Antonio Gaudí. El próximo 7 de noviembre el Papa Benedicto XVI viajará a Barcelona para celebrar la liturgia de la dedicación de este templo que supuso una revolución artística desde que el arquitecto barcelonés se hiciera cargo de su construcción a finales del siglo XIX.

"Catequesis de piedra"

El papel de la belleza artística como medio de expresión de la fe convierte la Sagrada Familia en un símbolo de las raíces espirituales de la sociedad catalana y española a pesar de la extensión de la secularización y el intento de confinar las prácticas religiosas al ámbito privado. El templo es una "gran catequesis de piedra" o "una gran cartografía de lo sagrado" –términos utilizados por el cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach–, que se alza en medio de la calle, de lo cotidiano, sin complejos y con los brazos abiertos en un gesto de acogida al hombre en su búsqueda del sentido de la vida a través de la expresión artística. Gaudí imaginó una iglesia de cruz latina sobre la cripta inicial en la que el altar mayor está rodeado por siete capillas absidales, dedicadas a los siete dolores y a los siete gozos de San José. Las torres de la Sagrada Familia serán 18 al final de su construcción. Encima de cada puerta hay cuatro que forman en total las doce dedicadas a los Apóstoles. En el centro está la torre cimborrio dedicada a Jesucristo, con 167 metros de altura y detrás la torre dedicada a la Virgen. Alrededor de la torre central están las de los cuatro Evangelistas. El propio Martínez Sistach recuerda en su mensaje de preparación de la visita de Benedicto XVI que "una de las innovaciones geniales de Gaudí consistió en sacar el contenido de los retablos interiores, pasándolo al exterior, a las fachadas. Por eso cada una de ellas ofrece al visitante o al fiel la contemplación de los misterios de la infancia, pasión y resurrección del Señor, su mensaje de vida en las bienaventuranzas y los sacramentos, la profesión de fe, la creación y la glorificación de la humanidad, puerta principal del templo". Parece como si el arquitecto intuyera el papel clave que podría desempeñar su obra en el futuro, cuando muchas personas, sin entrar en la iglesia, la recorrieran con su mirada desde fuera.

Antoni Gaudí, un cristiano ejemplar

En la construcción de una obra de la magnitud de la Sagrada Familia se puede afirmar que la fe del artista ha desempeñado un papel crucial. "Se dice que Gaudí construía el templo más bello del mundo. Pero en realidad es al revés: la Iglesia le construía a él. La belleza más grande no es la del templo, es la del espíritu", escribe Etsuro Sotoo, japonés converso escultor de la Sagrada Familia de Gaudí. Si bien eclipsada por las dimensiones de su obra, la figura de Antoni Gaudí se alza en cambio como un modelo de entrega en cuerpo y alma a una obra cuyo motor es la propia fe del artista. En sus comienzos, recuerda Josep María Tarragona, uno de sus biógrafos, tuvo incluso que pasar multitud de penalidades económicas y soportar las burlas del establishment catalán de la época que veía con recelos tan revolucionario proyecto. Gaudí fue por tanto un cristiano ejemplar comprometido con la cultura y la sociedad de su tiempo. Por sus virtudes heroicas se inició su proceso de beatificación que culminó su etapa diocesana y actualmente sigue su curso en la Congregación para las Causas de los santos. Los trabajos de la Sagrada Familia comenzaron en 1882 sobre un diseño neogótico del arquitecto Francisco de Paula. Gaudí se incorporó a la obra un año después pero se planteó el proyecto desde el principio y a partir de 1915 se dedicará exclusivamente a la Sagrada Familia hasta su muerte en 1926. Su genio y creatividad se materializaron a lo largo del tiempo en formas originales nunca utilizadas anteriormente y enfrentadas a un racionalismo imperante que reivindicaba lo simple. "En su aparente complejidad, Gaudí es mucho más sencillo –explica en la revista Nuestro Tiempo el presidente de la asociación Amigos de Gaudí, Juan Bassegoda–. Las formas geométricas que emplea no tienen de complicado más que el nombre. Un paraboloide hiperbólico es algo más simple y natural que un cubo. El único secreto de la arquitectura gaudiniana es el de ser hija de una detenida e inteligente observación de la naturaleza".

Vocación universal

La Sagrada Familia ha sido denominada como la catedral de Europa, acepción que entronca con el carácter universal que el propio Gaudí quería imprimir a un templo en el que mediante un bosque de palmeras de piedra están representadas todas las diócesis del mundo. "Gaudí pensó en un templo de verdad católico y universal, por ello simbolizó en él los cinco continentes del mundo y tiene sentido que sea el Papa quien presida su dedicación", señala Sistach. Su inspiración expiatoria también se integra en ese carácter universal porque el proyecto no ha recibido ninguna aportación oficial y los gastos del mismo han sido sufragados con las colectas, donaciones, y el dinero correspondiente al coste de las entradas. Se ha avanzado conforme se tenían recursos para hacer los trabajos, una de las principales razones por las que la construcción se ha dilatado en el tiempo, aunque los expertos implicados actualmente en el proyecto adelantan que la fecha prevista para su finalización gira en torno al año 2015.

Los retos de la Iglesia en Cataluña

El viaje de Benedicto XVI supone sin duda un impulso a la misión apostólica de la Iglesia en Cataluña, precisamente una de las regiones en las que la práctica religiosa ha disminuido en mayor medida en los últimos años en España. Este declive, representado en gran medida por el reducido número de jóvenes que se declaran católicos (un 3% en 2007), según Josep Miró y Ardèvol, responsable del Instituto de Estudios del Capital Social (INCAS) de la Universidad Abat Oliba CEU, no se debe tanto a la secularización sino a un proceso de desvinculación del que son víctimas las nuevas generaciones pero que afecta también a toda la sociedad catalana.

Esta desvinculación social no solo afecta a la Iglesia en Cataluña.

Según la última encuesta del CEU sobre capital social, solo el 1% de la población adulta es miembro activo de un sindicato, y sólo el 8% está afiliado. El 90% de los trabajadores pasa de ellos. Algo parecido sucede con los partidos políticos; el 1,5% está afiliado y participa, y un escaso 3,5% se declara miembro. El conjunto de asociados a todas las organizaciones de ayuda humanitaria y ONG, alcanzan el 9% de la población. La idea de una sociedad catalana pletórica de vida asociativa es irreal. "A pesar de ello –según el propio Miró i Ardèvol–, la Iglesia católica en Cataluña presenta socialmente mucho más que la adscripción personal a una fe. Más de un millón de personas se declaran practicantes con el compromiso que eso supone de asistir a Misa y recibir los Sacramentos. Además, Caritas recolectó casi 30 millones de euros solo en Cataluña en 2008 por encima de Madrid (24 millones) y Andalucía (22 millones)".

02 noviembre 2010

Sobre el Amor y la Muerte


Reflexión de Enrique Bonete Perales


A nadie se le escapa un dato antropológico básico: las personas vivimos para amar y ser amadas. Los humanos podríamos ser definidos como aquellos seres que no pueden prescindir del amor en ninguna etapa de la existencia. Mi vida –y la de cualquiera- en su mayor hondura consiste en desarrollar tal condición amorosa. Uno de los rasgos más relevantes de lo que significa ser persona se encuentra en la capacidad de amar. Desarrollamos nuestra existencia viviendo con otros y adquiriendo la propia identidad del yo en relación íntima con los demás. Llegar a ser persona es imposible sin amar y ser amado. Pero, el amor ¿qué es? En su núcleo implica necesitar radicalmente a alguien. Y la muerte, ¿qué consigue? Arrebatarnos con brusquedad el contacto físico con los seres amados. Mas, ¿es el morir, nuestra esencial finitud, el final del amor? No, en absoluto.
En primer lugar, porque la misma muerte, al provocar la ruptura del afecto con gran sufrimiento para los que permanecen vivos, nos está “enseñando” –si cabe hablar así- que lo principal y más valioso de la existencia humana es la relación interpersonal, la experiencia del amor, considerar al otro portador de dignidad intrínseca. De ahí que la soledad venga a ser el núcleo del impacto que produce en los vivos la desaparición del ser querido. La muerte, al ser el mayor enemigo del amor, al “matar” al otro, me transmite, aunque con dolor, cuál ha sido, es y será el sentido de mi global existencia: amar y ser amado. Y, aunque resulte un tanto extraño, en esto consiste lo que podría denominarse “valor educativo” del morir. Por ello, no es raro que la muerte sea percibida, en un primer momento, como la manifestación más clara del absurdo de la vida: destruye físicamente el amor entre las personas, origen de toda humana felicidad.
En segundo lugar, se puede constatar que la experiencia de amor se madura y perfecciona no sólo durante el proceso de morir del ser querido, sino incluso tras la separación definitiva que la muerte ocasiona. Lo cual puede constituir un foco de meditación que fomenta, de modo indirecto, serenidad de espíritu. Cuando muere el ser querido, el “amor físico”, la comunión corporal, no son ya posibles; sin embargo, se alcanza una nueva dimensión y experiencia humana inusitada: el “amor espiritual”. Éste, aunque penoso en no pocas ocasiones, expresa una fuerza psíquica y moral de plenitud. El morir no apaga el fuego del amor, sino que lo acrecienta, regenera y culmina.
En tercer lugar, el fallecimiento del ser querido puede abrir el corazón humano a la esperanza razonable de una pervivencia allende la muerte. Tiene sentido afirmar que definir a Dios como Amor implica sostener que las personas, en tanto que amadas por Dios, tal como la tradición cristiana sostiene, no serán destruidas por el poder corrosivo de la muerte. Nos resulta intolerable, como reacción emotiva e incluso racional, que dejen de existir para siempre las personas que hemos amado (también que deje de existir “yo” en cuanto amado por otros). Si inaceptable es la aniquilación total de los seres queridos, igualmente resulta impensable la desaparición absoluta de mi ser. Señalar, desde un punto de vista antropológico, que en la experiencia del amor interpersonal se encuentra la raíz del anhelo de inmortalidad, equivale a afirmar, en el plano teológico, una concepción de Dios como “ser amante”, como garante fiel de que la tumba no será la última etapa del destino humano, el vacío infinito de la nada, ni la torturante frustración de quienes vivamente se amaron… Miremos de frente, pues, nuestro ineludible morir, perenne amenaza, con la certeza revelada en el Cantar de los Cantares de que “el amor es más fuerte que la muerte”…
El Papa cumplirá dos deseos profundos con su visita a España


Información de la Conferencia Episcopal Española


Con su visita del próximo fin de semana a España, Benedicto XVI verá cumplidos dos deseos que albergaba desde hacía tiempo: peregrinar a Santiago de Compostela y poder contemplar in situ el templo de la Sagrada Familia de Gaudí.
Lo explicó el responsable de la estructura informativa para el viaje y director de la Oficina de Prensa de la Conferencia Episcopal Española, Isidro Catela, este martes en un desayuno de prensa informativo en Madrid.
Benedicto XVI visitará por primera vez estas dos ciudades españolas. El Papa había querido ir anteriormente tanto a Santiago de Compostela, con su hermano, como a la Sagrada Familia de Barcelona, pero finalmente no le había sido posible hasta ahora.
Por otra parte, Catela destacó que el Pontífice admira a Gaudí y su obra, y explicó que tras la dedicación del templo de este arquitecto, el 7 de noviembre, ya podrá celebrarse culto público en la nave central de la Sagrada Familia.
En Barcelona, además, Benedicto XVI quiere transmitir también un mensaje de amor y de defensa de la dignidad de toda vida humana, con su visita a la sede central de la obra benéfico-social del Niño Dios, destacó.
Sobre esta obra, Catela explicó que en un principio se dedicaba a la atención de personas con síndrome de down, pero “actualmente el número de estas personas ha disminuido notablemente debido a que buena parte de ellas son eliminadas antes de nacer”.
“Así lo han propiciado las legislaciones que contemplan el aborto como un 'derecho' y lo incluyen entre los medios supuestamente necesarios para cuidar la salud”, lamentó.
“Si como sucede, por ejemplo, en la actual legislación española, la salud es “completo bienestar físico, mental y social”, y tal bienestar se considera amenazado por el que va a nacer, éste puede ser tratado como un obstáculo para la calidad de vida, cuya eliminación pasa entonces a ser tenida por lícita”, añadió.
Durante la visita del Papa a la sede central de esa institución del arzobispado de Barcelona, el domingo por la tarde, “se pondrá de relieve el gran trabajo que realiza la Iglesia y su defensa de la dignidad de toda la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, así como de la vida de todos, independientemente de sus capacidades físicas, psíquicas o intelectuales”.
En el desayuno de trabajo en la sede de la Conferencia Episcopal Española, se repasó el intenso programa de la visita del Papa a España, que está previsto que dure 32 horas.
Incluirá encuentros con los Reyes de España en la Sala Museo de la Sagrada Familia, y con los Príncipes de Asturias, en la Sala de Autoridades del aeropuerto de Santiago.
También breves encuentros con el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en el aeropuerto de Barcelona antes de la ceremonia de despedida, y con el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, en la sacristía instalada en la plaza del Obradoiro, después de la misa del sábado.
Para esta visita papal se han acreditado 3.250 periodistas de 327 medios de comunicación, de los que 646 seguirán in situ todo el viaje, 931 estarán sólo en Santiago y 1.673 sólo en Barcelona.
Y se calcula una audiencia de las transmisiones televisivas de la visita de 150 millones de espectadores.
Según la Conferencia Episcopal Española, existen tres claves para comprender esta visita del Papa a España: Europa y el Camino de Santiago; Gaudí y la Sagrada Familia; y la dignidad de toda la vida y de la vida de todos.
En este sentido, se recordaron las visitas de Juan Pablo II a Santiago de Compostela en 1989 para la Jornada Mundial de la Juventud, cuando exhortó a Europa a encontrarse de nuevo, a ser ella misma y a descubrir sus orígenes y avivar sus raíces cristianas.
Y la que el papa polaco realizó a Barcelona, también un 7 de noviembre, pero del año 1982, en que invitó a ver la familia como una auténtica Iglesia doméstica, un lugar consagrado al diálogo con Dios y una escuela de seguimiento a Cristo por los caminos indicados en el Evangelio, fermento de convivencia y de virtudes sociales.
Oración por el Santo Padre en su visita a Barcelona el 7/11/10

Dios y Padre nuestro,
dirige tu bondadosa mirada
sobre la Iglesia de Barcelona:
bendícela con el rocío
de tu gracia
para que se prepare espiritualmente
para acoger la visita apostólica
del Papa Benedicto XVI.
Esto nos mueve
a rezar por él con afecto filial.
Permanece siempre con él, Señor.
Así como María, la Madre de tu Hijo.
Guarda siempre
su vida y su salud.
Concédele la firmeza
que diste al apóstol Pedro
para que confirme en todos nosotros
la fe que nos salva.
Con nuestro Santo Padre,
concédenos saborear
la novedad constante del Evangelio.
Con él, amar a la santa Madre Iglesia,
hogar de comunión,
misericordia y perdón.
Como él, también nosotros
reconozcamos la voz de Cristo
por encima de cualquier otra voz,
ya que sólo tu Hijo
tiene palabras de vida eterna.
Él, que vive y reina
por los siglos de los siglos. Amén.