07 noviembre 2010

Homilía del Papa en la Plaza del Obradoiro


La nueva evangelización de Europa
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En gallego:
Benqueridos irmáns en Xesucristo:
Dou gracias a Deus polo don de poder estar aquí, nesta espléndida praza chea de arte, cultura e significado espiritual. Neste Ano Santo, chego como peregrino entre os peregrinos, acompañando a tantos deles que veñen ata aquí sedentos da fe en Cristo Resucitado. Fe anunciada e transmitida fielmente polos Apóstolos, como Santiago o Maior, ao que se venera en Compostela desde tempo inmemorial.
[Amadísimos Hermanos en Jesucristo:
Doy gracias a Dios por el don de poder estar aquí, en esta espléndida plaza repleta de arte, cultura y significado espiritual. En este Año Santo, llego como peregrino entre los peregrinos, acompañando a tantos como vienen hasta aquí sedientos de la fe en Cristo resucitado. Fe anunciada y transmitida fielmente por los Apóstoles, como Santiago el Mayor, a quien se venera en Compostela desde tiempo inmemorial.]
Agradezco las gentiles palabras de bienvenida de Monseñor Julián Barrio Barrio, Arzobispo de esta Iglesia particular, y la amable presencia de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, de los Señores Cardenales, así como de los numerosos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio. Vaya también mi saludo cordial a los Parlamentarios Europeos, miembros del intergrupo "Camino de Santiago", así como a las distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales que han querido estar presentes en esta celebración. Todo ello es signo de deferencia para con el Sucesor de Pedro y también del sentimiento entrañable que Santiago de Compostela despierta en Galicia y en los demás pueblos de España, que reconoce al Apóstol como su Patrón y protector. Un caluroso saludo igualmente a las personas consagradas, seminaristas y fieles que participan en esta Eucaristía y, con una emoción particular, a los peregrinos, forjadores del genuino espíritu jacobeo, sin el cual poco o nada se entendería de lo que aquí tiene lugar.
Una frase de la primera lectura afirma con admirable sencillez: «Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hch 4,33). En efecto, en el punto de partida de todo lo que el cristianismo ha sido y sigue siendo no una gesta o un proyecto humano, sino Dios, que declara a Jesús justo y santo frente a la sentencia del tribunal humano que lo condenó por blasfemo y subversivo; Dios, que ha arrancado a Jesucristo de la muerte; Dios, que hará justicia a todos los injustamente humillados de la historia.
“Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen” (Hch 5,32), dicen los apóstoles. Así pues, ellos dieron testimonio de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, a quien conocieron mientras predicaba y hacía milagros. A nosotros, queridos hermanos, nos toca hoy seguir el ejemplo de los apóstoles, conociendo al Señor cada día más y dando un testimonio claro y valiente de su Evangelio. No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos. Así imitaremos también a San Pablo que, en medio de tantas tribulaciones, naufragios y soledades, proclamaba exultante: “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Co 4,7).
Junto a estas palabras del Apóstol de los gentiles, están las propias palabras del Evangelio que acabamos de escuchar, y que invitan a vivir desde la humildad de Cristo que, siguiendo en todo la voluntad del Padre, ha venido para servir, “para dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28). Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos. Al proponer este nuevo modo de relacionarse en la comunidad, basado en la lógica del amor y del servicio, Jesús se dirige también a los “jefes de los pueblos”, porque donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral. Y quisiera que este mensaje llegara sobre todo a los jóvenes: precisamente a vosotros, este contenido esencial del Evangelio os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza.
Esto es lo que nos recuerda también la celebración de este Año Santo Compostelano. Y esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol. El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria.
Desde aquí, como mensajero del Evangelio que Pedro y Santiago rubricaron con su sangre, deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. ¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: "Sólo Dios basta".
Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16).
El autor sagrado afirma tajante ante un paganismo para el cual Dios es envidioso o despectivo del hombre: ¿Cómo hubiera creado Dios todas las cosas si no las hubiera amado, Él que en su plenitud infinita no necesita nada? (cf. Sab 11,24-26). ¿Cómo se hubiera revelado a los hombres si no quisiera velar por ellos? Dios es el origen de nuestro ser y cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente. ¿Cómo el hombre mortal se va a fundar a sí mismo y cómo el hombre pecador se va a reconciliar a sí mismo? ¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo lo más determinante de ella puede ser recluido en la mera intimidad o remitido a la penumbra? Los hombres no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol. Y, entonces, ¿cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla? Por eso, es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa; que esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios. Es menester que se profiera santamente. Es necesario que la percibamos así en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades que los años traen consigo.
Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones: además de la bíblica, fundamental en este orden, también las de época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas y literarias, culturales y sociales de Europa.
Ese Dios y ese hombre son los que se han manifestado concreta e históricamente en Cristo. A ese Cristo que podemos hallar en los caminos hasta llegar a Compostela, pues en ellos hay una cruz que acoge y orienta en las encrucijadas. Esa cruz, supremo signo del amor llevado hasta el extremo, y por eso don y perdón al mismo tiempo, debe ser nuestra estrella orientadora en la noche del tiempo. Cruz y amor, cruz y luz han sido sinónimos en nuestra historia, porque Cristo se dejó clavar en ella para darnos el supremo testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien. No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía. ¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa!
Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.
Queridos amigos, levantemos una mirada esperanzadora hacia todo lo que Dios nos ha prometido y nos ofrece. Que Él nos dé su fortaleza, que aliente a esta Archidiócesis compostelana, que vivifique la fe de sus hijos y los ayude a seguir fieles a su vocación de sembrar y dar vigor al Evangelio, también en otras tierras.
En gallego:
Que Santiago, o Amigo do Señor, acade abundantes bendicións para Galicia, para os demais pobos de España, de Europa e de tantos outros lugares alén mar onde o Apóstolo e sinal de identidade cristiá e promotor do anuncio de Cristo.
[Que Santiago, el amigo del Señor, alcance abundantes bendiciones para Galicia, para los demás pueblos de España, de Europa y de tantos otros lugares allende los mares, donde el Apóstol es signo de identidad cristiana y promotor del anuncio de Cristo.]
Discurso del Papa en la catedral de Santiago


Tras el abrazo al Apóstol



Señores Cardenales, Queridos Hermanos en el Episcopado, Distinguidas Autoridades, Queridos sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas, Queridos hermanos y hermanas, Amigos todos:
En gallego:
Agradezo a Monseñor Xulián Barrio Barrio, Arcebispo de Santiago de Compostela, as amables palabras que agora me ten dirixido e ás que correspondo compracido, saudándovos a todos vós con afecto no Señor e dándovo-las gracias pola vosa presencia neste lugar tan significativo.
[Agradezco a Monseñor Julián Barrio Barrio, Arzobispo de Santiago de Compostela, las amables palabras que me acaba de dirigir y a las que correspondo complacido, saludando a todos con afecto en el Señor y dándoos las gracias por vuestra presencia en este lugar tan significativo.]
Peregrinar no es simplemente visitar un lugar cualquiera para admirar sus tesoros de naturaleza, arte o historia. Peregrinar significa, más bien, salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Dios allí donde Él se ha manifestado, allí donde la gracia divina se ha mostrado con particular esplendor y ha producido abundantes frutos de conversión y santidad entre los creyentes. Los cristianos peregrinaron, ante todo, a los lugares vinculados a la pasión, muerte y resurrección del Señor, a Tierra Santa. Luego a Roma, ciudad del martirio de Pedro y Pablo, y también a Compostela, que, unida a la memoria de Santiago, ha recibido peregrinos de todo el mundo, deseosos de fortalecer su espíritu con el testimonio de fe y amor del Apóstol.
En este Año Santo Compostelano, como Sucesor de Pedro, he querido yo también peregrinar a la Casa del Señor Santiago, que se apresta a celebrar el ochocientos aniversario de su consagración, para confirmar vuestra fe y avivar vuestra esperanza, y para confiar a la intercesión del Apóstol vuestros anhelos, fatigas y trabajos por el Evangelio. Al abrazar su venerada imagen, he pedido también por todos los hijos de la Iglesia, que tiene su origen en el misterio de comunión que es Dios. Mediante la fe, somos introducidos en el misterio de amor que es la Santísima Trinidad. Somos, de alguna manera, abrazados por Dios, transformados por su amor. La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser, y que es origen de la genuina libertad.
Entre verdad y libertad hay una relación estrecha y necesaria. La búsqueda honesta de la verdad, la aspiración a ella, es la condición para una auténtica libertad. No se puede vivir una sin otra. La Iglesia, que desea servir con todas sus fuerzas a la persona humana y su dignidad, está al servicio de ambas, de la verdad y de la libertad. No puede renunciar a ellas, porque está en juego el ser humano, porque le mueve el amor al hombre, “que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (Gaudium et spes, 24), y porque sin esa aspiración a la verdad, a la justicia y a la libertad, el hombre se perdería a sí mismo.
Dejadme que desde Compostela, corazón espiritual de Galicia y, al mismo tiempo, escuela de universalidad sin confines, exhorte a todos los fieles de esta querida Archidiócesis, y a los de la Iglesia en España, a vivir iluminados por la verdad de Cristo, confesando la fe con alegría, coherencia y sencillez, en casa, en el trabajo y en el compromiso como ciudadanos.
Que la alegría de sentiros hijos queridos de Dios os lleve también a un amor cada vez más entrañable a la Iglesia, cooperando con ella en su labor de llevar a Cristo a todos los hombres. Orad al Dueño de la mies, para que muchos jóvenes se consagren a esta misión en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada: hoy, como siempre, merece la pena entregarse de por vida a proponer la novedad del Evangelio.
No quiero concluir sin antes felicitar y agradecer a los católicos españoles la generosidad con que sostienen tantas instituciones de caridad y de promoción humana. No dejéis de mantener esas obras, que benefician a toda la sociedad, y cuya eficacia se ha puesto de manifiesto de modo especial en la actual crisis económica, así como con ocasión de las graves calamidades naturales que han afectado a varios países.
En gallego:
Con estes sentimentos, pídolle ao Altísimo que vos conceda a todos a ousadía que tivo Santiago para ser testemuña de Cristo Resucitado, e así permanezades fieis nos camiños da santidade e vos gastedes pola gloria de Deus e polo ben dos irmáns máis desamparados. Moitas gracias.
[Con estos sentimientos, pido al Altísimo que conceda a todos la audacia que tuvo Santiago para ser testigo de Cristo Resucitado, y así permanezcáis fieles en los caminos de la santidad y os gastéis por la gloria de Dios y el bien de los hermanos más desamparados. Muchas gracias.]
Discurso del Papa a su llegada a Santiago de Compostela


En el aeropuerto de Lavacolla


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Altezas Reales, Distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales, Señor Arzobispo de Santiago de Compostela, Señor Cardenal Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Señores Cardenales y Hermanos en el Episcopado, Queridos hermanos y hermanas, Amigos todos:

Gracias, Alteza, por las deferentes palabras que me habéis dirigido en nombre de todos, y que son el eco entrañable de los sentimientos de afecto hacia el Sucesor de Pedro de los hijos e hijas de estas nobles tierras.
Saludo cordialmente a quienes están aquí presentes y a todos los que se unen a nosotros a través de los medios de comunicación social, dando las gracias también a cuantos han colaborado generosamente, desde diversas instancias eclesiales y civiles, para que este breve pero intenso viaje a Santiago de Compostela y a Barcelona sea del todo fructuoso.
En lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en camino, está en busca de la verdad. La Iglesia participa de ese anhelo profundo del ser humano y ella misma se pone en camino, acompañando al hombre que ansía la plenitud de su propio ser. Al mismo tiempo, la Iglesia lleva a cabo su propio camino interior, aquél que la conduce a través de la fe, la esperanza y el amor, a hacerse transparencia de Cristo para el mundo. Ésta es su misión y éste es su camino: ser cada vez más, en medio de los hombres, presencia de Cristo, "a quien Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención" (1 Co 1,30). Por eso, también yo me he puesto en camino para confirmar en la fe a mis hermanos (cf. Lc22, 32).
Vengo como peregrino en este Año Santo Compostelano y traigo en el corazón el mismo amor a Cristo que movía al Apóstol Pablo a emprender sus viajes, ansiando llegar también a España (cf. Rm 15,22-29). Deseo unirme así a esa larga hilera de hombres y mujeres que, a lo largo de los siglos, han llegado a Compostela desde todos los rincones de la Península y de Europa, e incluso del mundo entero, para ponerse a los pies de Santiago y dejarse transformar por el testimonio de su fe. Ellos, con la huella de sus pasos y llenos de esperanza, fueron creando una vía de cultura, de oración, de misericordia y conversión, que se ha plasmado en iglesias y hospitales, en albergues, puentes y monasterios. De esta manera, España y Europa fueron desarrollando una fisonomía espiritual marcada de modo indeleble por el Evangelio.
Precisamente como mensajero y testigo del Evangelio, iré también a Barcelona, para alentar la fe de sus gentes acogedoras y dinámicas. Una fe sembrada ya en los albores del cristianismo, y que fue germinando y creciendo al calor de innumerables ejemplos de santidad, dando origen a tantas instituciones de beneficencia, cultura y educación. Fe que inspiró al genial arquitecto Antoni Gaudí a emprender en esa ciudad, con el fervor y la colaboración de muchos, esa maravilla que es el templo de la Sagrada Familia. Tendré la dicha de dedicar ese templo, en el que se refleja toda la grandeza del espíritu humano que se abre a Dios.
Siento una profunda alegría al estar de nuevo en España, que ha dado al mundo una pléyade de grandes santos, fundadores y poetas, como Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Francisco Javier, entre otros muchos; la que en el siglo XX ha suscitado nuevas instituciones, grupos y comunidades de vida cristiana y de acción apostólica y, en los últimos decenios, camina en concordia y unidad, en libertad y paz, mirando al futuro con esperanza y responsabilidad. Movida por su rico patrimonio de valores humanos y espirituales, busca asimismo superarse en medio de las dificultades y ofrecer su solidaridad a la comunidad internacional.
Estas aportaciones e iniciativas de vuestra dilatada historia, y también de hoy, junto al significado de estos dos lugares de vuestra hermosa geografía que visitaré en esta ocasión, me dan pie para ensanchar mi pensamiento a todos los pueblos de España y de Europa. Como el Siervo de Dios Juan Pablo II, que desde Compostela exhortó al viejo Continente a dar nueva pujanza a sus raíces cristianas, también yo quisiera invitar a España y a Europa a edificar su presente y a proyectar su futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos. Una España y una Europa no sólo preocupadas de las necesidades materiales de los hombres, sino también de las morales y sociales, de las espirituales y religiosas, porque todas ellas son exigencias genuinas del único hombre y sólo así se trabaja eficaz, íntegra y fecundamente por su bien.
En gallego:
Benqueridos amigos, reitérovos o meu agradecemento pola vosa amable benvida e a vosa presencia neste aeroporto. Renovo o meu agarimo e proximidade aos amadísimos fillos de Galicia, de Cataluña e dos demais pobos de España. Ao encomendar à intercesión do Apóstolo Santiago a miña estadía entre vós, prégolle a Deus que as suas bendicións vos alcancen a todos. Moitas gracias.
[Queridos amigos, os reitero mi agradecimiento por vuestra amable bienvenida y vuestra presencia en este aeropuerto. Renuevo mi cariño y cercanía a los amadísimos hijos de Galicia, de Cataluña y de los demás pueblos de España. Al encomendar a la intercesión de Santiago Apóstol mi estancia entre vosotros, suplico a Dios que sus bendiciones alcancen a todos. Muchas gracias.]
Respuestas de Benedicto XVI a los periodistas rumbo a España


Expuestas por el padre Federico Lombardi.
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--Padre Lombardi: Santidad, en el mensaje con motivo del reciente congreso de los santuarios que se celebraba precisamente en Santiago de Compostela, usted ha dicho que vive su pontificado con sentimientos de peregrino. También en su escudo aparece la concha del peregrino. ¿Quiere decirnos algo sobre la perspectiva de la peregrinación, también en su vida personal y en su espiritualidad, y sobre los sentimientos con los que se dirige como peregrino a Santiago?
--Benedicto XVI: ¡Buenos días! Podría decir que estar en camino forma parte de mi biografía. Pero esto quizá es algo exterior; sin embargo, me ha hecho pensar en la inestabilidad de esta vida, en el hecho de estar en camino. Sobre la peregrinación uno podría decir: Dios está en todas partes, no hace falta ir a otro lugar, pero también es cierto que la fe, según su esencia, consiste en ser peregrino. La Carta a los Hebreos muestra la figura de Abraham, que sale de su tierra y se convierte en peregrino hacia el futuro por toda la vida, y este movimiento abrahámico sigue estando presente en el acto de fe, es un ser peregrino sobre todo interiormente pero debe expresarse también exteriormente. En ocasiones hay que salir de la vida cotidiana, del mundo de lo útil, del utilitarismo, para ponerse verdaderamente en camino hacia la trascendencia, trascenderse a sí mismo y la vida cotidiana, y así encontrar también una nueva libertad, un tiempo de replanteamiento interior, de identificación de sí mismo, para ver al otro, a Dios. Así es también siempre la peregrinación: no consiste sólo en salir de sí mismo hacia el más Grande, sino también en caminar juntos. La peregrinación congrega, vamos juntos hacia el otro y así nos encontramos recíprocamente. Basta decir que los caminos de Santiago son un elemento en la formación de la unidad espiritual del continente europeo, peregrinando aquí se ha encontrado la común identidad europea, y también hoy renace este movimiento, este sueño de estar en movimiento espiritual y físicamente, de encontrarse el uno con el otro y de encontrar silencio, libertad, renovación, y encontrar a Dios.
--Padre Lombardi: Gracias, Santidad. Ahora dirigimos la mirada a Barcelona. ¿Qué significado puede tener la consagración de un templo como la Sagrada Familia al comienzo del siglo XXI? ¿Hay algún aspecto específico de la visión de Gaudí que le ha impresionado en particular?
--Benedicto XVI: En realidad, esta catedral es también un signo precisamente para nuestro tiempo. En la visión de Gaudí, percibo sobre todo tres elementos. El primero es la síntesis entre continuidad y novedad, tradición y creatividad. Gaudí tuvo la valentía de insertarse en la gran tradición de las catedrales, de atreverse en su siglo, con una visión totalmente nueva. Presenta esta catedral como lugar del encuentro entre Dios y el hombre en una gran solemnidad. Tiene la valentía de estar en la tradición pero con una creatividad nueva, que renueva la tradición, y demuestra así la unidad y el progreso de la historia. Es algo hermoso. En segundo lugar, Gaudí buscaba este trinomio: libro de la naturaleza, libro de la Escritura, libro de la liturgia. Y esta síntesis es precisamente hoy de gran importancia. En la liturgia, la Escritura se hace presente, se convierte en realidad hoy, no es una Escritura de hace dos mil años sino que es celebrada, realizada. En la celebración de la Escritura habla la creación, encuentra lo creado, y encuentra su verdadera respuesta, porque --como nos dice san Pablo-- la criatura sufre, y en lugar de ser destruida, despreciada, aguarda a los hijos de Dios, es decir, quienes la ven en la luz de Dios. Esta síntesis entre el sentido de la creación, la Escritura y la adoración es precisamente un mensaje muy importante para la actualidad. Y finalmente hay un tercer punto: esta catedral nació por una devoción típica del siglo XIX: san José, la Sagrada Familia de Nazaret, el misterio de Nazaret, pero esta devoción de ayer es de grandísima actualidad, porque el problema de la familia, de la renovación de la familia como célula fundamental de la sociedad, es el gran tema de hoy y nos indica hacia dónde podemos ir tanto en la edificación de la sociedad como en la unidad entre fe y vida, entre religión y sociedad. Expresa el tema fundamental de la Familia, diciendo que Dios mismo se hizo hijo en la familia y nos llama a edificar y vivir la familia.
--Padre Lombardi: Y continuando con esta línea, Gaudí y la Sagrada Familia representan, como usted ha dicho, el binomio entre fe y arte. ¿Cómo puede la fe volver a encontrar hoy su puesto en el mundo del arte y de la cultura? ¿Es éste uno de los temas importantes de su pontificado?
--Benedicto XVI: Así es. Vosotros sabéis que yo insisto mucho en la relación entre fe y razón, en que la fe, y la fe cristiana, sólo encuentra su identidad en la apertura a la razón, y que la razón se realiza si trasciende hacia la fe. Pero del mismo modo es importante la relación entre fe y arte, porque la verdad, fin y vida de la razón, se expresa en la belleza y se autorrealiza en la belleza, se encuentra como verdad. Y donde está la verdad debe nacer la belleza. Donde el ser humano se realiza de modo correcto se expresa en la belleza. La relación entre verdad y belleza es inseparable y por eso tenemos necesidad de la belleza. En la Iglesia, desde el comienzo, incluso en la gran modestia y pobreza del tiempo de las persecuciones, la expresión de la salvación de Dios ha tenido lugar en las imágenes del mundo, en el arte, la pintura, en el canto, y luego también en la arquitectura. Todo esto es constitutivo para la Iglesia y sigue siendo constitutivo para siempre. De este modo, la Iglesia era madre de las artes por siglos y siglos. El gran tesoro del arte, música, arquitectura, pintura, ha nacido de la fe en la Iglesia. Actualmente hay un cierto disenso, pero esto daña tanto al arte como a la fe: el arte que perdiera la raíz de la trascendencia ya no se dirigiría hacia Dios, sería un arte escindido, perdería su raíz viva; y una fe que dejara el arte en el pasado, ya no sería fe en el presente. Hoy se debe expresar de nuevo como verdad, que está siempre presente. Por eso, el diálogo o el encuentro entre arte y fe está inscrito en la más profunda esencia de la fe. Debemos hacer todo lo posible para que también hoy la fe se exprese en arte auténtico, como Gaudí, en la continuidad y en la novedad, y para que el arte no pierda el contacto con la fe.
--Padre Lombardi: En estos meses emprende su camino el nuevo dicasterio para la nueva evangelización. Y muchos se preguntan si precisamente España, con el desarrollo de la secularización y de la disminución de la práctica religiosa, es uno de los países en los que usted pensó como objetivo para este nuevo dicasterio o incluso como objetivo principal...
--Benedicto XVI: Con este dicasterio he pensando en el mundo entero porque la novedad del pensamiento, la dificultad de pensar en los conceptos de la Escritura, de la teología, es universal, pero se da un punto central, el mundo occidental, con su secularismo, su laicidad, y la continuidad de la fe que debe renovarse para ser la fe de hoy y para responder al desafío de la laicidad. En Occidente, todos los grandes países tienen su propio modo de vivir este problema: hemos tenido, por ejemplo, los viajes a Francia, a la República Checa, al Reino Unido, donde por todas partes está presente de modo específico para una nación, para una historia, el mismo problema. Y esto vale también de manera fuerte para España. España era siempre, por una parte, un país originario de la fe. Pensemos que el renacimiento del catolicismo en la época moderna ocurrió sobre todo gracias a España. Figuras como san Ignacio de Loyola, santa Teresa y san Juan de Ávila, son figuras que han renovado el catolicismo y conformado la fisonomía del catolicismo moderno. Pero también es verdad que en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como lo vimos precisamente en los años treinta, y esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España: por eso, para el futuro de la fe y del encuentro --¡no el desencuentro!, sino encuentro-- entre fe y laicidad, tiene un foco central también en la cultura española. En este sentido, he pensado en todos los grandes países de Occidente, pero sobre todo también en España.
--Padre Lombardi: Con el viaje a Madrid del año próximo con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), usted habrá hecho tres viajes a España, algo que no ha tenido lugar con ningún otro país. ¿Por qué este privilegio? ¿Es un signo de amor o de particular preocupación?
--Benedicto XVI: Naturalmente es un signo de amor. Se podría decir que es una coincidencia que venga tres veces a España. La primera visita fue el gran encuentro internacional de las familias, en Valencia: ¿cómo el Papa podría estar ausente si las familias del mundo se encuentran? El próximo año tiene lugar la JMJ, el encuentro de la juventud del mundo en Madrid, y en esa ocasión el Papa no puede estar ausente. Y finalmente tenemos el año santo de Santiago, y la consagración después de más de cien años de trabajo de la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona. ¿Cómo no podía venir el Papa? Por tanto, las ocasiones son también los desafíos, casi una necesidad de ir. Ahora bien, precisamente el hecho de que precisamente en España se concentren tantas ocasiones muestra también que es realmente un país lleno de dinamismo, lleno de la fuerza de la fe, y la fe responde a los desafíos que están igualmente presentes en España. Por eso decimos que la casualidad ha hecho que venga, pero esta casualidad demuestra una realidad más profunda, la fuerza de la fe y la fuerza del desafío para la fe.
--Gracias, Santidad. Y ahora, si quiere decir algo más para concluir nuestro encuentro, ¿hay algún mensaje particular que usted espera dar a España y al mundo actual con este viaje?
--Benedicto XVI: Yo diría que este viaje tiene dos temas: el tema de la peregrinación, estar en camino, y el tema de la belleza, la expresión de la verdad en la belleza, la continuidad entre tradición y renovación. Yo pienso que estos dos temas del viaje son también un mensaje: estar en camino, no perder el camino de la fe, buscar la belleza de la fe, la novedad y la tradición de la fe que sabe expresarse y sabe encontrarse con la belleza moderna, con el mundo de hoy. Gracias.

05 noviembre 2010

Carta del Prelado del Opus Dei
(noviembre 2010)


Queridísimos:
¡Que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!Hoy recordamos a los bienaventurados que gozan de Dios en el Cielo. Apareció una gran multitud —relata San Juan en una de sus visiones en el Apocalipsis— que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie ante el trono y ante el Cordero, vestidos con túnicas blancas, y con palmas en las manos, que gritaban con fuerte voz: ¡la salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero![1].Vemos que, como en un cuadro grandioso, la Sagrada Escritura representa de este modo a aquella multitud innumerable que ya ha llegado al término feliz de su caminar terreno. Forman la Iglesia triunfante. Junto a la Virgen y a San José, junto a los santos canonizados —entre los que veneramos con particular alegría a nuestro Padre—, viven para siempre en Dios y para Dios millones y millones de personas corrientes, que pelearon las batallas de la vida espiritual en la tierra y —con la ayuda de la gracia— las vencieron. Se me va el alma, llena de gratitud, a las mujeres y a los hombres de la Obra que han servido con fidelidad enteriza al Señor, y nos asisten desde el Cielo con su intercesión. No puede quedarse esto en un mero recuerdo, sino que debe traducirse en un contar con ellas y con ellos, en estrecha unidad, para seguir haciendo el camino que tan estupendamente han recorrido.También me dirijo con inmenso afecto a las personas que nos han formado o a las que hemos tratado en la tierra: padres, hermanos, parientes, amigos, colegas; y muchísimas otras que, sin haberlas conocido, nos han ayudado o hemos ayudado con nuestra lucha personal, por la Comunión de los santos, a alcanzar la meta preciosa de la contemplación de la Trinidad. Os sugiero, como he visto hacer a nuestro Padre, que pidáis y os encomendéis a la intercesión de todos vuestros antepasados.No podemos olvidar a esa querida y gran muchedumbre que espera el momento de dar el paso definitivo a la casa del Cielo. Son las benditas almas del Purgatorio —Iglesia purgante—, que se preparan para entrar en la gloria. «Ya están en un lugar dichoso —comentaba San Josemaría— pues tienen asegurada la salvación, aunque todavía necesitan purificarse un poco para ir a Dios»[2]. También se acuerda la Iglesia, que mañana, 2 de noviembre, les dedica una conmemoración especial y dispone que cada sacerdote celebre el Sacrificio eucarístico en sufragio por los difuntos.Estas semanas constituyen una ocasión privilegiada para crecer a fondo en la Comunión de los santos. Con nuestras oraciones y mortificaciones, con el ofrecimiento de nuestro trabajo, y, sobre todo, aplicando por las almas del Purgatorio los frutos de la Santa Misa, estamos en condiciones de ayudarles a reparar sus faltas y así llegar al Cielo. ¿Cómo no pensar en la constante devoción con que nuestro Padre rezaba y hacía rezar por ellas, siempre, pero de modo especial cuando llegaba el mes de noviembre? Nos impulsaba a ser generosos en el ofrecimiento de sufragios; su máxima aspiración consistía en que, entre todos, lográramos "vaciar el Purgatorio", por la abundancia de las Misas ofrecidas y por la generosidad de nuestros sacrificios y oraciones. Por eso, me pregunto y os pregunto: ¿cómo amamos a las almas de los difuntos y también de los vivos? ¿Hasta qué punto gastamos nuestras horas y nuestros días por los demás?Son reflexiones que nos sirven para meternos con más hondura en el misterio de la Iglesia militante, a la que ahora pertenecemos. Formamos parte no sólo de modo pasivo, en cuanto destinatarios de la salvación que Cristo nos ofrece, sino también en sentido activo, pues todos somos y hemos de sentirnos Iglesia, llamados a contribuir positivamente a la edificación del Cuerpo místico de Cristo en la tierra y a su consolidación definitiva en el Cielo. Con palabras de San Josemaría, podemos preguntarnos: «¿Comparto con Cristo su afán de almas? ¿Pido por esta Iglesia, de la que formo parte, en la que he de realizar una misión específica, que ningún otro puede hacer por mí?»[3].El Concilio Vaticano II, con expresiones tomadas de la Sagrada Escritura, enseña que la Iglesia es una «edificación de Dios. El mismo Señor se comparó a la piedra que rechazaron los constructores, pero que fue puesta como piedra angular. Sobre este fundamento, los Apóstoles levantan la Iglesia y de él la Iglesia recibe firmeza y cohesión»[4]. San Pedro, en su primera epístola, afirma que sobre Cristo, que es la piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también vosotros —como piedras vivas— sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo[5].Esto sucedió en el Bautismo, donde fuimos incorporados a la Iglesia como elementos vivos para la construcción de la casa de Dios sobre la tierra[6]. «Estar en la Iglesia es ya mucho: pero no basta. Debemos ser Iglesia, porque nuestra Madre nunca ha de resultarnos extraña, exterior, ajena a nuestros más hondos pensamientos»[7]. La unión total con Jesucristo es requisito imprescindible para tener ahora vida en la Iglesia y alcanzar luego la bienaventuranza eterna.No somos elementos inertes, sino piedras vivas que han de colaborar voluntaria y libremente en la aplicación de los méritos de Cristo, en sí mismos y en los demás. Nos lo advierte el Apóstol de las gentes: según la gracia de Dios que me ha sido dada, yo puse los cimientos como sabio arquitecto, y otro edifica sobre ellos. Cada uno mire cómo edifica, pues nadie puede poner otro cimiento distinto del que está puesto, que es Jesucristo. Si alguien edifica sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno o paja, la obra de cada uno quedará al descubierto. Pues el Día la pondrá de manifiesto, porque se revelará con fuego, y el fuego probará el valor de la obra de cada uno[8].Edifiquemos, pues, la Iglesia en nuestra existencia sobre el único cimiento, Cristo, con el oro de una entrega generosa a Dios; con la plata de nuestros sacrificios y mortificaciones; con las piedras preciosas de nuestras virtudes, quizá pequeñas, pero agradables a Dios, si correspondemos a sus continuas gracias. Evitemos, con la ayuda del Señor, no sólo los pecados graves; aborrezcamos también el pecado venial deliberado y las faltas e imperfecciones: lo que no puede ser ofrecido a Dios es heno, paja; material deleznable, del que hay que desprenderse para entrar en el Cielo. Aquí radica la función de las obras de penitencia en nuestro caminar terreno y la necesidad de purificarse en el Purgatorio después de la muerte.Añade San Pablo: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?[9]. Lo recalca la liturgia durante el mes de noviembre, al celebrar el aniversario de la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, el día 9, y de las basílicas de San Pedro y San Pablo, el día 18. Meditemos en el simbolismo de esas fiestas, sacando consecuencias prácticas para nuestra conducta. Porque, como reza el prefacio de la Misa de la dedicación de una iglesia, dirigiéndose a Dios Padre, «en esta casa que nos has permitido edificar y en la que no cesas de favorecer a esta familia tuya que peregrina hacia ti, simbolizas el misterio de tu comunión con nosotros y admirablemente lo realizas. Aquí, en efecto, Tú mismo te construyes ese templo que somos nosotros y así haces que tu Iglesia, Cuerpo de Cristo, crezca unida hasta que la lleves a su plenitud en la Jerusalén celestial»[10].Detengámonos en esta grandiosa realidad: todos somos igualmente miembros de la Iglesia, aunque cada uno con su función propia. «Cada elemento de la estructura de la Iglesia es importante, señala el Papa Benedicto XVI; pero todos vacilarían y se derrumbarían sin la piedra angular que es Cristo. Como "conciudadanos" de esta "casa de Dios", los cristianos tienen que actuar juntos a fin de que el edificio permanezca firme, de modo que otras personas se sientan atraídas a entrar y a descubrir los abundantes tesoros de gracia que hay en su interior»[11].Meditemos, hijas e hijos míos, en este encargo que el Señor nos ha confiado, y cumplámoslo con sentido de responsabilidad, como aquellos siervos de la parábola que negociaron con los bienes que les confió su señor, para devolvérselos incrementados a su regreso[12]. Y se cumplirá, será una gozosa realidad si permanecemos unidos a Cristo mediante los vínculos de la fe, la recepción de los sacramentos y la comunión con el Romano Pontífice y el Colegio episcopal.Recapacitemos sobre un símbolo que no puede pasar inadvertido. Me refiero al altar que, en el interior de las iglesias, ocupa un lugar de tanta relevancia que se dedica al culto mediante una ceremonia particular llena de significado. En 1958, en la solemnidad de Todos los Santos, San Josemaría consagró los altares del oratorio de los Santos Apóstoles, en Villa Tevere. Como siempre en todas las ceremonias litúrgicas, se tocaba su piedad; cada rúbrica y cada palabra constituían una muestra de delicadeza con el Señor, por haber querido dejarnos el Santo Sacrificio de la Misa, como demostración de lo mucho que nos ha amado y nos ama.Con esa ceremonia, la Iglesia nos recuerda que «también nosotros fuimos consagrados, puestos "aparte" para el servicio de Dios y la edificación de su Reino. Sin embargo, con mucha frecuencia nos encontramos inmersos en un mundo que quisiera dejar a Dios "aparte". En nombre de la libertad y la autonomía humana, se pasa en silencio sobre el nombre de Dios, la religión se reduce a una devoción personal y se elude la fe en los ámbitos públicos. A veces —explica Benedicto XVI—, dicha mentalidad, tan diametralmente opuesta a la esencia del Evangelio, puede ofuscar incluso nuestra propia comprensión de la Iglesia y de su misión»[13].Esforcémonos siempre en rechazar esa mentalidad, que en ocasiones se insinúa en el comportamiento de muchos cristianos. Os menciono, en este contexto, lo que San Josemaría solía comentar cuando oficiaba la dedicación de un altar. «Vosotros y yo somos como altares: nos han ungido. Nos ungieron con óleo, primero en el Bautismo, y luego en la Confirmación. Y esperamos con alegría el momento de recibir la Extremaunción (...), cuando de nuevo nos volverán a ungir. Luego somos cosa santa y, por tanto, nuestro cuerpo debe estar consagrado a Dios Nuestro Señor. Sin simplezas, hemos de cuidar los detalles de modestia, tener cuidado de nuestro cuerpo, ponerlo al servicio de Dios, vestirlo convenientemente. Para eso, hay que vestir también el alma con los hábitos buenos que se llaman virtudes, y que son tan propios del cristiano»[14].Muchas más consecuencias podríamos sacar de estas fiestas, para aplicarlas a nuestra vida espiritual; las dejo a vuestra consideración. Pero no quiero terminar sin recordar otras fiestas litúrgicas y aniversarios de la historia de la Obra de las próximas semanas. En primer lugar, la solemnidad de Cristo Rey, el día 21; preparémonos para renovar la consagración del Opus Dei al Sagrado Corazón de Jesús. Demos un nuevo sentido a los compromisos que adquirimos con el Señor al recibir el Bautismo, ratificados al recibir la llamada al Opus Dei. Y de paso os sugiero: ¿cómo le dejas reinar en todo tu día? ¿Cómo difundes su reinado a través del trabajo y de la amistad?Luego, el 28 de noviembre, aniversario de la erección de la Prelatura del Opus Dei —que este año coincide con el primer domingo de Adviento, como en 1982—, agradezcamos a Dios de todo corazón este paso tan importante. Pidamos especialmente que, como afirmó el Siervo de Dios Juan Pablo II en la Constitución apostólica Ut sit, la Obra sea siempre y en todo momento un instrumento eficaz al servicio de la misión universal de la Iglesia.Hace pocos días estuve en Pamplona y celebré la Santa Misa en el campus de la Universidad de Navarra, agradeciendo a Dios —junto a miles de personas— los cincuenta años de la erección de la Universidad y de la fundación de la Asociación de Amigos. Como bien podéis imaginar, la presencia de San Josemaría fue constante, también porque renové el Santo Sacrificio en el mismo lugar en el que nuestro santo Fundador celebró la Misa en octubre de 1967. Sus palabras de entonces me sirvieron para hilvanar la homilía, recordando a todos que Dios nos llama a santificarnos en la vida ordinaria.Que nuestra gratitud se manifieste también en la intensidad de nuestra oración por la persona e intenciones del Romano Pontífice, a quien todos los fieles del Opus Dei, seglares y sacerdotes —como los demás cristianos—, deseamos permanecer estrechamente unidos en todas las circunstancias. Y seguid rezando por mis intenciones, que no tienen otro fin que el mejor servicio a la Iglesia y a las almas; me siento muy unido a todos, y necesito que me sostengáis cotidianamente.Viene a mi mente que también se cumple en este mes un nuevo aniversario de cuando nuestro Padre encontró la rosa de Rialp. A Santa María le pido que nos dé fuerzas para la travesía que todas y todos hemos de realizar hasta llegar al Cielo. Y encomendemos a los fieles de la Prelatura que recibirán la ordenación diaconal el próximo día 13.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre+ Javier
Roma, 1 de noviembre de 2010
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[1] Ap 7, 9-10.[2] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 9-IV-1974.[3] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.[4] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 6.[5] 1 Pe 2, 4-5.[6] Cfr. 1 Tm 3, 15.[7] San Josemaría, Homilía Lealtad a la Iglesia, 4-VI-1972.[8] 1 Cor 3, 10-13.[9] Ibid., 16.[10] Misal Romano, Prefacio I de la dedicación de una iglesia.[11] Benedicto XVI, Discurso, 18-VII-2008.[12] Cfr. Mt 25, 20-23.[13] Benedicto XVI, Homilía en la dedicación de un altar, 19-VII-2008.[14] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-X-1974.
Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre “Opus Angelorum”


Eminencia / Excelencia Reverendísima:


Transcurridos más de treinta años desde cuando se empezaron a examinar las particulares teorías profesadas y usos seguidos por los miembros de la asociación llamada Opus Angelorum (Engelwerk), la Congregación para la Doctrina de la Fe considera oportuno informar a los miembros de esta Conferencia Episcopal sobre los acontecimientos ocurridos en este sentido de forma que se puedan poner al corriente en este asunto.
i. Dicho examen se concluyó con la publicación primero de una Carta comunicando las decisiones aprobadas por el Sumo Pontífice el 24 septiembre 1983 (AAS 76 [1984], pp. 175-176), y después del Decreto Litteris diei del 6 de junio de 1992 (AAS 84 [1992], pp. 805-806).
Estos documentos disponían, sustancialmente, que los miembros del Opus Angelorum, en la promoción de la devoción hacia los SS. Ángeles, debían conformarse a la doctrina de la Iglesia y a la enseñanza de los santos Padres y Doctores y, en particular, no usar los “nombres” conocidos por las presuntas revelaciones privadas, atribuidas a la señora Gabriele Bitterlich, ni enseñar, difundir o utilizar en modo alguno las teorías procedentes de estas presuntas revelaciones. Además, estos eran llamados al deber de observar estrictamente todas las normas litúrgicas, particularmente las relativas a la SS. Eucaristía. Con el Decreto de 1992, posteriormente, la ejecución de estas disposiciones era confiada a un Delegado con facultades especiales nombrado por la Santa Sede, el cual recibía también la tarea de regularizar las relaciones entre el Opus Angelorum y la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz.
En el curso de los años transcurridos desde entonces, dicho Delegado, P. Benoît Duroux, o.p., consiguió llevar a término las tareas que se le habían confiado, y se puede considerar que hoy, gracias a la obediencia demostrada por sus miembros, Opus Angelorum vive leal y serenamente en conformidad a la doctrina de la Iglesia y a las normas litúrgicas y canónicas. Teniendo en cuenta la avanzada edad del P. Duroux, el 13 de marzo de 2010 fue nombrado como nuevo Delegado el P. Daniel Ols, o.p., con las mismas competencias delineadas en el citado decreto del 6 de junio de 1992.
Esta normalización se ve, en particular, en los siguientes elementos. El 31 de mayo de 2000, esta Congregación aprobó la fórmula de una consagración a los SS. Ángeles para el Opus Angelorum. Después, con el parecer positivo de este Dicasterio, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica aprobó el “Estatuto del Opus Sanctorum Angelorum”, en el cual, entre otras cosas, se definen las relaciones entre el Opus Angelorum y la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz.
Según este Estatuto, el Opus Angelorum es una asociación pública de la Iglesia católica con personalidad jurídica en base al can. 313 cic; está conjunto a la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz en base al can. 677, § 2 cic y puesto bajo la dirección de dicha Orden en conformidad al can. 303 cic. Por otra parte, las Hermanas de la Santa Cruz han visto aprobadas sus Constituciones por el Ex.mo Obispo de Innsbruck. Finalmente, la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz, cuyo gobierno central había sido nombrado el 30 de octubre de 1993 por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, a principios de 2009 pudo elegir a su proprio superior general y a los miembros del Consejo generalicio.
Tal y como se presenta hoy, el Opus Angelorum es, por tanto, una asociación pública de la Iglesia en conformidad con la doctrina tradicional y las directivas de la Suprema Autoridad, difunde la devoción hacia los SS. Ángeles entre los fieles, exhorta a la oración por los sacerdotes, promueve el amor por Cristo en su pasión y la unión a esta. No subsiste por tanto obstáculo alguno de orden doctrinal o disciplinario a que los Ordinarios locales acojan en sus diócesis tal asociación y favorezcan su desarrollo.
ii. Esta Congregación con todo quiere atraer la atención de los Ordinarios sobre el hecho de que, en los años transcurridos, un cierto número de miembros del Opus Angelorum, entre ellos incluso diversos sacerdotes salidos o expulsados de la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz, no han aceptado las normas dadas por este Dicasterio y aspiran y trabajan para restaurar lo que según ellos sería el “autentico Opus Angelorum”, es decir, un movimiento que profesa y practica todo lo que ha sido prohibido por los mencionados documentos. La propaganda a favor de este movimiento desviante, el cual está fuera de todo control eclesiástico, se hace, según resulta a esta Congregación, de forma muy discreta y se presenta como si estuviese en plena comunión con la Iglesia católica.
La Congregación para la Doctrina de la Fe invita, por tanto, a los Ordinarios a la vigilancia respecto a tales actividades disgregadoras de la comunión eclesial y, en el caso de que las hayan identificado en la propia diócesis, a una prohibición de ellas.
Confiando en que los Miembros de la Conferencia Episcopal presidida por Usted tomarán en serio llevar a cabo las indicaciones aquí proporcionadas, nos es grato aprovechar la presente para hacerle llegar nuestro atentísimo saludo de Vuestra Eminencia / Excelencia Reverendísima devotísimos
William cardenal Levada
Prefecto
Luis F. Ladaria, S.I.
Arzobispo titular de Thibica
Secretario
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Nota del padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede

L’Osservatore Romano publica hoy una Carta circular de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con fecha del 2 de octubre, para poner al día a los obispos sobre la actual situación doctrinal y canónica de la asociación llamada Opus Angelorum, para que se puedan ajustar en este asunto.
La nueva Carta circular recuerda que en 1983 una Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe había dispuesto que los miembros de la asociación Opus Angelorum, en la promoción de la devoción hacia los ángeles, debían conformarse a la doctrina social de la Iglesia y no difundir las teorías procedentes de las presuntas revelaciones privadas atribuidas a la señora Gabriele Bitterlich, y que debían atenerse a todas las normas litúrgicas en vigor, en particular, a las relativas a la Eucaristía. Con un Decreto de 1992, aprobado por el Santo Padre Juan Pablo II, la Congregación para la Doctrina de la Fe completó estas directivas con algunas otras normas, confiando su ejecución a un Delegado nombrado por la Santa Sede, encargado también de las relaciones entre la Opus Angelorum y la orden de los “Canónigos Regulares de la Santa Cruz”. Este Delegado fue durante muchos años el p. Benoit Duroux O.P. y ahora lo es, desde hace algunos meses, el p. Daniel Ols O.P.
Hoy se puede considerar que Opus Angelorum vive leal y serenamente en conformidad con la doctrina de la Iglesia y en las normas litúrgicas y canónicas y constituye una “asociación pública de la Iglesia”. También la Orden de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz y las Hermanas de la Santa Cruz – que tienen relación con Opus Angelorum – son aprobadas regularmente por las autoridades eclesiásticas.
Sin embargo, un cierto número de miembros del Opus Angelorum – y en particular algunos sacerdotes salidos o expulsados de la Orden de los Canónigos de la Santa Cruz – en los años pasados no han aceptado las normas dadas por la autoridad de la Iglesia, y siguen intentando restaurar un movimiento que practique lo que ha sido prohibido. Por ello la Congregación para la Doctrina de la Fe exhorta a los Ordinarios a la vigilancia hacia semejantes iniciativas.
“Buscad las cosas de arriba”


Homilía del Papa en la misa de sufragio por cardenales y obispos muertos en 2010


Señores cardenales, queridos hermanos y hermanas:

“Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba”. Las palabras que hemos escuchado hace poco en la segunda lectura (Col 3,1-4) nos invitan a elevar la mirada a las realidades celestes. De hecho, con la expresión “las cosas de arriba” san Pablo entiende el Cielo, porque añade: “donde se encuentra Cristo sentado a la derecha de Dios”. El Apóstol pretende referirse a la condición de los creyentes, de aquellos que están “muertos” al pecado y cuya vida “está escondida con Dios en Cristo”. Estos son llamados a vivir diariamente en el señorío de Cristo, principio y cumplimiento de cada una de sus acciones, dando testimonio la vida nueva que les fue dada en el Bautismo. Esta renovación en Cristo tiene lugar en lo íntimo de la persona: mientras continua la lucha contra el pecado, es posible progresar en la virtud, intentando dar una respuesta plena y dispuesta a la Gracia de Dios.
Como antítesis, el Apóstol señala después a “las cosas de la tierra”, poniendo de manifiesto así que la vida en Cristo comporta una “elección de campo”, una renuncia radical a todo aquello que – como lastre – tiene atado al hombre a la tierra, corrompiendo su alma. La búsqueda de las “cosas de arriba” no quiere decir que el cristiano tenga que descuidar sus propias obligaciones y deberes terrenos, sólo que no debe extraviarse en ellos, como si tuvieran un valor definitivo. El recuerdo de las realidades del Cielo es una invitación a reconocer la relatividad de lo que está destinado a pasar, frente a esos valores que no conocen el deterioro del tiempo. Se trata de trabajar, de comprometerse, de concederse el justo descanso, pero con el sereno desapego de quien sabe que es sólo un viandante en camino hacia la Patria celeste; un peregrino; en un cierto sentido, un extranjero hacia la eternidad.
A este fin último han llegado ya los llorados cardenales Peter Seiichi Shirayanagi, Cahal Brendan Daly, Armand Gaétan Razafindratandra, Thomáš špidlik, Paul Augustin Mayer, Luigi Poggi; como también los numerosos arzobispos y obispos que nos han dejado en el transcurso de este último año. Queremos recordarles con sentimientos de afecto, dando gracias a Dios por sus dones distribuidos a la Iglesia precisamente a través de estos Hermanos nuestros que nos han precedido en el signo de la fe y ahora duermen el sueño de la paz. Nuestro agradecimiento se convierte en oración de sufragio por ellos, para que el Señor les acoja en la bienaventuranza del Paraíso. Ofrecemos esta Santa Eucaristía por sus almas elegidas, reuniéndonos en torno al Altar, sobre el que se hace presente el Sacrificio que proclama la victoria de la Vida sobre a muerte, de la Gracia sobre el pecado, del Paraíso sobre el infierno.
A estos venerados Hermanos nuestros queremos recordarles como Pastores celosos, cuyo ministerio estuvo siempre marcado por el horizonte escatológico que anima la esperanza en la felicidad sin sombras que se nos ha prometido después de esta vida; como testigos del Evangelio llamados a vivir las “cosas de arriba”, que son fruto del Espíritu: “amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de si” (Gal5,22); como cristianos y Pastores animados por fe profunda, por el vivo deseo de conformarse a Jesús y de adherirse íntimamente a su Persona, contemplando incesantemente su rostro en la oración. Por esto ellos pudieron pregustar la “vida eterna”, de la que habla la página del Evangelio de hoy (Jn 3,13-17) y que Cristo mismo prometió a “el que crea en él”. La expresión “vida eterna”, de hecho, designa el don divino concedido a la humanidad: la comunión con Dios en este mundo y su plenitud en el futuro.
La vida eterna se nos abrió por el Misterio Pascual de Cristo y la fe es la vía para alcanzarla. Es cuando se desprende de las palabras de Jesús a Nicodemo y recogidas por el evangelista Juan: “De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna” (Jn 3,14-15). Aquí está la referencia explícita al episodio narrado en el libro de los Números (21,1-9), que pone de relieve la fuerza salvífica de la fe en la palabra divina. Durante el éxodo, el pueblo hebreo se había rebelado contra Moisés y contra Dios, y fue castigado con la plaga de las serpientes venenosas. Moisés pidió perdón, y Dios, aceptando el arrepentimiento de los israelitas, les ordenó: “Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado”. Y así sucedió. Jesús, en la conversación con Nicodemo, revela el sentido más profundo de ese acontecimiento de salvación, remitiéndolo a su propia muerte y resurrección: el Hijo del hombre debe ser levantado en el leño de la Cruz para que quien crea en Él tenga la vida. San Juan ve precisamente en el misterio de la Cruz el momento en el que se revela la gloria real de Jesús, la gloria de un amor que se entrega totalmente en la pasión y muerte. Así la Cruz, paradójicamente, de signo de condenación, de muerte, de fracaso, se convierte en signo de redención, de vida, de victoria, en el que, con mirada de fe, se pueden recoger los frutos de la salvación.
Continuando el diálogo con Nicodemo, Jesús profundiza ulteriormente el sentido salvífico de la Cruz, revelando con cada vez mayor claridad que éste consiste en el inmenso amor de Dios y en el don del Hijo unigénito: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito”. Esta es una de las palabras centrales del Evangelio. El sujeto es Dios Padre, origen de todo el misterio creador y redentor. Los verbos "amar" y "entregar" indican un acto decisivo y definitivo que expresa la radicalidad con que Dios se acercó al hombre en el amor, hasta el don total, hasta el umbral de nuestra soledad última, arrojándose en el abismo de nuestro extremo abandono, atravesando la puerta de la muerte. El objeto y el beneficiario del amor divino es el mundo, es decir, la humanidad. Es una palabra que borra completamente la idea de un Dios lejano y extraño al camino del hombre, y revela, más bien, su verdadero rostro: Él nos entregó a su Hijo por amor, para ser el Dios cercano, para hacernos sentir su presencia, para venir a nuestro encuentro y llevarnos en su amor, de manera que toda la vida sea animada por este amor divino. El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y entregar la vida. Dios no se adueña, sino que ama sin medida. No manifiesta su omnipotencia en el castigo, sino en la misericordia y en el perdón. Comprender todo esto significa entrar en el misterio de la salvación: Jesús vino para salvar y no para condenar; con el Sacrificio de la Cruz él revela el rostro de amor de Dios. Y precisamente por la fe en el amor sobreabundante que se nos ha dado en Cristo Jesús, sabemos que incluso la más pequeña fuerza de amor es más grande que la mayor fuerza destructora y puede transformar el mundo, y por esta misma fe podemos tener una “esperanza fiable”, en la vida eterna y en la resurrección de la carne.
Queridos hermanos y hermanas, con las palabras de la primera lectura, tomada del libro de las Lamentaciones, pedimos que los cardenales, los arzobispos y los obispos, a quienes hoy recordamos, generosos servidores del Evangelio y de la Iglesia, puedan ahora conocer plenamente “qué bueno es el Señor con quien espera en él, con el alma que le busca”y experimentar que “porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia” (Sal 129). Y nosotros, peregrinos en camino hacia la Jerusalén celeste, esperamos en silencio, con firme esperanza, la salvación del Señor (cfr Lam 3,26), intentando caminar en el camino del bien, sostenidos por la gracia de Dios, recordando siempre que “no tenemos aquí una ciudad estable, sino que vamos en busca de la futura” (Hb 13,14). Amén.

04 noviembre 2010

Sobre la familia
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Leonardo Bruna Rodríguez

El Papa Juan Pablo II, en su bella y profunda Carta a las Familias, decía que es necesario, hoy más que nunca, «anunciar la novedad y la belleza de la verdad divina sobre la familia» (n. 18 y 23). Respecto de la familia, como de cualquier realidad creada, hay verdad natural, asequible a la luz de la razón humana y verdad sobrenatural, cognoscible por la fe en la Revelación divina. El matrimonio y la familia tienen su ser y orden propio natural (esencia, propiedades y fines), pero la comprensión plena solo es posible cuando se los mira desde la fe, pues el hombre ha sido creado para un fin sobrenatural, que es la vida en Cristo. Vida que asume, reordena y eleva la vida humana a un orden superior que, trascendiendo el tiempo, perdurará por toda la eternidad. Como expresión de amor y agradecimiento al recordado Pontífice, van unas líneas ordenadas a recordar o expresar algunas verdades fundamentales sobre la familia en el plan de Dios.
En la Suma Teológica (I, 93, 3), Santo Tomás de Aquino enseña que, si bien los ángeles son más semejantes a Dios que el hombre, en cuanto son personas puramente espirituales, bajo otro respecto el hombre es más semejante a Dios que el ángel, en cuanto que, por ser persona corpórea, es capaz de engendrar y constituir familia, como Dios es familia. En efecto, el misterio de la Santísima Trinidad consiste en que Dios es una Familia. Es un Padre que engendra eternamente un Hijo, un Hijo eternamente engendrado por el Padre, un Amor (Espíritu Santo) eterno y mutuo del Padre y del Hijo. Tres Personas distintas subsistentes en una sola Naturaleza divina. El ser personal humano, por el cuerpo, puede engendrar y es capaz de familia, como Dios es familia.
Pero Dios no es familia a semejanza de la familia terrena, sino que la familia en la tierra es a semejanza de la Familia divina, por cuanto toda perfección creada es una participación finita de la misma Perfección divina. La paternidad humana es, por tanto, una semejanza participada de la Paternidad divina. Por esto dice San Pablo: «doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (3, 15). Dios es la Causa eficiente, ejemplar y final todo lo que existe, también de la familia. Si Dios no fuese familia, no existiría familia en la tierra. La izquierda hegeliana tenía clara la relación de semejanza. Pero Fueuerbach la afirmaba al revés, la familia divina no es más que una proyección ideal, alienación religiosa, de la familia humana. Y Marx, que intenta la desalienación, no solo en el orden teórico, sino fundamentalmente en el práctico, queriendo acabar con aquello que en la tierra más remite a Dios, decía que «cuando se ha descubierto que el secreto de la familia celestial es la familia terrenal, se debe destruir primero a esta en la teoría y en la práctica» (Tesis IV sobre Feuerbach).
Como Dios es el ejemplar de la familia en la tierra, lo esencial de ella son las relaciones paterno-filiales, fundadas en la generación. Por ello, el matrimonio es sólo principio de la familia. Sin hijos, aún no es familia de un modo perfectamente actual, sino solo potencial o germinal. El matrimonio se actualiza como familia por la generación de los hijos. Esta es la razón de que, en la sexualidad, el fin unitivo se ordene al fin procreativo. Y que, en el matrimonio, donde se realiza ordenadamente la sexualidad, la mutua ayuda y unidad conyugal se ordenen, como medio a fin, a la procreación y educación de los hijos. El fin último de la sexualidad humana es la paternidad, que sólo es posible si el matrimonio se constituye en familia. La perfección de la paternidad humana consiste en ser semejante a la Paternidad divina que, en la tierra, se encuentra como dividida y distribuida en la paternidad del varón y en la de la mujer, que llamamos maternidad. Ambas dimensiones, diversas y complementarias, de la paternidad humana tienen en la Paternidad divina su principio eficiente, ejemplar y final. Por ello, para ser perfectamente padres en la tierra, «deja el varón a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (Gn. 2, 24). "Una sola carne" significa una sola persona, un solo sujeto paterno que pueda convenientemente reflejar y ser principio eficiente a semejanza de la Paternidad divina. El modo propio de darse de aquellos que, por el matrimonio, se han hecho "una sola carne", es la paternidad, esto es, la generación y educación de los hijos. Y la mutua ayuda de los esposos, en cuanto tales, es en orden a esto. La diversidad sexual (física, psicológica y racional) del ser personal humano se ordena al matrimonio y este a la constitución de una familia, como Dios es familia.
La razón profunda del amor conyugal y del matrimonio es cooperar con Dios en la generación de hombres que han de ser sus hijos, y constituirse los padres terrenos en un fiel reflejo de la Paternidad divina para sus hijos. Estos, desde el Bautismo, son más hijos de Dios Padre que nuestros, y el sentido de la paternidad humana es participar y cooperar con la Paternidad divina. Los padres son para los hijos, en la tierra, el primer anuncio de Dios Padre y el camino natural para conocer y vivir prácticamente, en Cristo, su filiación divina que perdurará por toda la eternidad. Nuestra paternidad terminará con la muerte, la de Dios Padre permanecerá para siempre. ¡Qué don más grande se puede hacer al hijo que ayudarlo, mediante la propia paternidad, a vivir para siempre su filiación divina! Miembros de la Familia divina, hijos de Dios Padre, en el Hijo, viviendo para siempre, por el Espíritu Santo, la comunión de amor con el Padre, que es la misma vida de Cristo. Esta es, ni más ni menos, la finalidad última de los hijos y, por tanto, el sentido pleno de la paternidad cristiana, que se concreta en la generación y educación por la fe y los sacramentos.
El gran acto educativo de los padres a sus hijos es el testimonio del amor fiel hasta la muerte. La plena fidelidad de los esposos a su promesa conyugal es la condición necesaria para la completa fidelidad del amor paterno, pues el amor fiel del que viven los hijos, en cuanto hijos, no es el amor de uno solo, sino de sus dos padres. El sacramento del matrimonio confiere gracia suficiente para manifestar los esposos, por su mutua fidelidad, la indestructible fidelidad del amor de Cristo por su Iglesia, del amor de Dios por el hombre. Y esta fidelidad conyugal es el principio eficiente y la garantía de la fidelidad paterna, signo fuerte y convincente del amor fiel de Dios Padre por sus hijos. Este es el testimonio necesario en nuestros días: La certeza de la fidelidad del amor paterno. ¡Cuánto niños y jóvenes para quienes la fe en la Paternidad divina es difícil porque fueron privados de su primer anuncio en la familia! Y, por otra parte, ¡qué grande y bella responsabilidad de los padres! Ciertamente, aquí está el sentido último de las dos propiedades del matrimonio: Unidad e indisolubilidad.
La familia es el ámbito naturalmente primario y fundamental en el que la persona humana es conocida y amada por sí misma. El saberse valioso en la propia singularidad, porque ha sido amado gratuitamente por sí mismo, es la clave para entender el sentido de la propia existencia y el aliento vital del desarrollo, seguro y confiado, del ser personal. Por ello, la familia es donde se realiza la más profunda, perdurable e irreemplazable educación de la persona. En ella recibe la existencia, conoce vitalmente su valor personal, recibe el testimonio del amor fiel hasta la muerte y el primer anuncio de la Paternidad divina. La familia es el camino natural, sanado y elevado por la gracia del matrimonio, por el que los hijos ascienden en el tiempo a la plenitud de su vida cristiana en la eternidad de la Familia divina.
Y el más pleno reflejo en la tierra de la Familia divina es la Sagrada Familia de Nazaret. En María y José encontramos la realización más perfecta de la Paternidad divina, en los modos de la maternidad femenina y paternidad masculina. Jesús, Nuestro Señor, es el Hijo eterno del Padre que ha manifestado al mundo la perfección infinita de la Filiación divina, amando, honrando y obedeciendo a Dios Padre, mediante sus padres terrenos. Dios Padre se nos ha hecho visible en María y José. Dios Hijo, en Cristo, el Verbo de Dios hecho Hombre. Dios Espíritu Santo, en el amor paterno-filial de la Sagrada Familia de Nazaret, encarnación perfecta de la Familia que es Dios y modelo supremo de toda familia humana.