10 noviembre 2010

“He podido experimentar el afecto de los españoles”


El Papa hoy en la audiencia general


[Dentro de la basílica vaticana]
Estoy contento de acogeros y de dirigir a cada uno de vosotros mi cordial bienvenida. En particular os saludo a vosotros, los fieles de Carpineto Romano, llegados aquí con vuestro pastor monseñor Lorenzo Loppa, para devolverme la visita, breve pero intensa, que tuve la alegría de realizar en vuestra tierra, el pasado mes de septiembre, con ocasión del bicentenario del nacimiento del papa León XIII. Queridos amigos, deseo renovaros a todos mi vivo agradecimiento por la calurosa acogida que me reservasteis en aquella circunstancia. Pienso en la disponibilidad de las Autoridades civiles, especialmente del alcalde y del Concejo, como también en el diligente empeño de vuestro obispo, del párroco y de sus colaboradores, especialmente en la preparación de la Celebración eucarística, tan bien cuidada y participada. El recuerdo de aquel evento, lleno de significado eclesial y espiritual, reavive en cada uno el deseo de profundizar cada vez más la vida de fe, en el surco de las enseñanzas de vuestro ilustre conciudadano el papa León XIII, cuya valiente acción pastoral suscitó una renovación providencial del compromiso de los católicos en la sociedad.
Queridos amigos, no os canséis de confiaros a Cristo y de anunciarlo con vuestra vida, en la familia y en cada ambiente. Esto es lo que los hombres, también hoy, esperan de la Iglesia. Con estos sentimientos os imparto de corazón a todos mi bendición, que de buen grado extiendo a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos.
[En checo dijo]
Os saludo cordialmente a vosotros los peregrinos procedentes de la República Checa, llegados aquí en gran número para devolverme la visita que tuve la alegría de realizar en vuestro país el año pasado. Queridos amigos, ¡sed bienvenidos! Conservo un querido y grato recuerdo de aquel agradable viaje mío a vuestra hermosa tierra. Pienso en particular en la deferente cortesía de las distinguidas autoridades; en la calurosa acogida que recibí de los venerados Hermanos en el Episcopado, de los sacerdotes, de las personas consagradas y de todos los fieles, que quisieron expresarme con entusiasmo su fe, en torno al sucesor de Pedro. Me impresionó también la atenta consideración que me reservaron también cuantos, aun estando alejados de la Iglesia, están con todo en búsqueda de valores humanos espirituales auténticos, de los que la misma comunidad católica quiere ser testigo gozoso. Rezo para que el Señor haga fructificar las gracias de aquel viaje, y auguro que el pueblo cristiano de la República Checa prosiga, con renovado empuje, dando por todas partes un valiente testimonio evangélico. A todos os imparto de corazón una especial Bendición Apostólica, extensible a vuestras familias y a toda vuestra patria.
[Posteriormente, en el Aula Pablo VI]
¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy quisiera recordar con vosotros el Viaje Apostólico a Santiago de Compostela y Barcelona, que tuve la alegría de realizar el sábado y el domingo pasados. Me dirigí allí para confirmar en la fe a mis hermanos (cfr Lc 22,32); lo hice como testigo de Cristo resucitado, como sembrador de la esperanza que no desilusiona y no engaña, porque tiene su origen en el amor infinito de Dios por todos los hombres.
La primera etapa fue Santiago. Desde la ceremonia de bienvenida, pude experimentar el afecto que las gentes de España nutren hacia el Sucesor de Pedro. Fui acogido verdaderamente con gran entusiasmo y calor. En este Año Santo Compostelano, he querido hacerme peregrino junto con cuantos, numerosísimos, se han dirigido a ese célebre Santuario. Pude visitar la "Casa del Apóstol Santiago el Mayor", el cual sigue repitiendo, a quien llega allí necesitado de gracia, que en Cristo, Dios vino al mundo para reconciliarlo consigo, no imputando a los hombres sus culpas.
En la imponente catedral de Compostela, dando, con emoción, el tradicional abrazo al Santo, pensaba en cómo este gesto de acogida y amistad es también un modo de expresar la adhesión a su palabra y la participación en su misión. Un signo fuerte de la voluntad de conformarse al mensaje apostólico, el cual por un lado, nos compromete a ser fieles custodios de la Buena Noticia que los Apóstoles transmitieron, sin ceder a la tentación de alterarla, disminuirla o plegarla a otros intereses, y por otro, nos transforma a cada uno de nosotros en anunciadores incansables de la fe en Cristo, con la palabra y el testimonio de la vida en todos los campos de la sociedad.
Viendo el número de peregrinos presentes en la Santa Misa solemne que tuve la gran alegría de presidir en Santiago, meditaba que lo que empuja a tanta gente a dejar las ocupaciones cotidianas y emprender el camino penitencial hacia Compostela, un camino a veces largo y fatigoso: es el deseo de llegar a la luz de Cristo, a quien anhelan en lo profundo de su corazón, aunque a menudo no sepan expresarlo bien con las palabras. En los momentos de extravío, de búsqueda, de dificultad, como también en la aspiración a reforzar la fe y a vivir de una forma más coherente, los peregrinos en Compostela emprenden un profundo itinerario de conversión a Cristo, que asumió en sí la debilidad, el pecado de la humanidad, las miserias del mundo, llevándolas donde el mal ya no tiene poder, donde la luz del bien lo ilumina todo. Se trata de un pueblo de caminantes silenciosos, procedentes de cada parte del mundo, que redescubren la antigua tradición medieval y cristiana de la peregrinación, atravesando pueblos y ciudades permeados de catolicismo.
En esa solemne Eucaristía, vivida por tantísimos fieles presentes con intensa participación y devoción, pedí con fervor que cuantos se dirigen en peregrinación a Santiago puedan recibir el don de llegar a ser verdaderos testigos de Cristo, a quien han redescubierto en las encrucijadas de los sugerentes caminos hacia Compostela. Recé también para que los peregrinos, siguiendo las huellas de numerosos santos que en el transcurso de los siglos han hecho el "Camino de Santiago", sigan manteniendo vivo su genuino significado religioso, espiritual y penitencial, sin ceder a la banalidad, a la distracción, a la modas. Ese camino, entretejido de vías que surcan vastas tierras formando una red a través de la Península Ibérica y Europa, fue y sigue siendo lugar de encuentro de hombres y mujeres de las más diversas procedencias, unidos por la búsqueda de la fe y de la verdad sobre sí mismos, y suscita experiencias profundas de compartir, de fraternidad y de solidaridad.
Es precisamente la fe en Cristo la que da sentido a Compostela, un lugar espiritualmente extraordinario, que sigue siendo punto de referencia para la Europa de hoy en sus nuevas configuraciones y perspectivas. Conservar y reforzar la apertura a lo trascendente, así como un diálogo fecundo entre fe y razón, entre política y religión, entre economía y ética, permitirá construir una Europa que, fiel a sus imprescindibles raíces cristianas, pueda responder plenamente a su propia vocación y misión en el mundo. Por ello, seguro de las inmensas posibilidades del continente europeo y confiado en un futuro de esperanza para él, invité a Europa a abrirse cada vez más a Dios, favoreciendo así las perspectivas de un auténtico encuentro, respetuoso y solidario, con las poblaciones y las civilizaciones de los demás Continentes.
El domingo, después, tuve la alegría verdaderamente grande de presidir, en Barcelona, la Dedicación de la iglesia de la Sagrada Familia, que declaré Basílica Menor. Al contemplar la grandiosidad y la belleza de ese edificio, que invita a elevar la mirada y el alma hacia lo Alto, hacia Dios, recordaba las grandes construcciones religiosas, como las catedrales del Medioevo, que marcaron profundamente la historia y la fisionomía de las principales ciudades de Europa. Esa obra espléndida opera – riquísima en simbología religiosa, preciosa en el entretejido de las formas, fascinante en el juego de luces y colores – casi una inmensa escultura en piedra, fruto de la profunda fe, de la sensibilidad espiritual y del talento artístico de Antoni Gaudí, remite al verdadero santuario, el lugar del culto real, el Cielo, donde Cristo entró para aparecer ante Dios en nuestro favor (cfr Hb 9,24). El genial arquitecto, en ese magnífico templo, supo representar admirablemente el misterio de la Iglesia, a la que los fieles son incorporados con el Bautismo como piedras vivas para la construcción de un edificio espiritual (cfr 1Pe 2,5).
La iglesia de la Sagrada Familia fe concebida y proyectada por Gaudí como una gran catequesis sobre Jesucristo, como un cántico de alabanza al Creador. En ese edificio tan imponente, él puso su propia genialidad al servicio de lo bello. De hecho, la extraordinaria capacidad expresiva y simbólica de las formas y de los motivos artísticos, como también las innovadoras técnicas arquitectónicas y esculturales, evocan la Fuente suprema de toda belleza. El famoso arquitecto consideró este trabajo como una misión en la que estaba implicada toda su persona. Desde el momento en que aceptó el encargo de construcción de esa iglesia, su vida fue marcada por un cambio profundo. Emprendió así una intensa práctica de oración, ayuno y pobreza, advirtiendo la necesidad de prepararse espiritualmente para lograr expresar en la realidad material el misterio insondable de Dios. Se puede decir que, mientras Gaudí trabajaba en la construcción del templo, Dios construía en él el edificio espiritual (cfr Ef 2,22), reforzándolo en la fe y acercándolo cada vez más a la intimidad de Cristo. Inspirándose continuamente en la naturaleza, obra del Creador, y dedicándose con pasión a conocer la Sagrada Escritura y la liturgia, supo realizar en el corazón de la Ciudad un edificio digno de Dios y, por ello mismo, digno del hombre.
En Barcelona, visité también la Obra del "Nen Déu", una iniciativa ultracentenaria, muy ligada a esa archidiócesis, donde se cuida, con profesionalidad y amor, a niños y jóvenes discapacitados. Sus vidas son preciosas a los ojos de Dios y nos invitan constantemente a salir de nuestro egoísmo. En esa casa, fui partícipe de la alegría y de la caridad profunda e incondicionada de las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones, del generoso trabajo de médicos, educadores y de tantos otros profesionales y voluntarios, que trabajan con dedicación encomiable en esa Institución. También bendije la primera piedra de una nueva Residencia que formará parte de esta Obra, donde todo habla de caridad, de respeto de la persona y de su dignidad, de alegría profunda, porque el ser humano vale por lo que es, y no solo por lo que hace.
Mientras estaba en Barcelona, recé intensamente por las familias, células vitales y esperanza de la sociedad y de la Iglesia. Recordé también a aquellos que sufren, en particular en estos momentos de serias dificultades económicas. Tuve presente, al mismo tiempo, a los jóvenes – que me acompañaron en toda la visita a Santiago y Barcelona con su entusiasmo y su alegría – para que descubran la belleza, el valor y el compromiso del Matrimonio, en el que un hombre y una mujer forman una familia, que con generosidad acoge la vida y la acompaña desde su concepción hasta su término natural. Todo lo que se haga para apoyar el matrimonio y la familia, para ayudar a las personas más necesitadas, todo lo que acrecienta la grandeza del hombre y su dignidad inviolable, contribuye al perfeccionamiento de la sociedad. Ningún esfuerzo es vano en este sentido.
Queridos amigos, doy gracias a Dios por las jornadas intensas que he transcurrido en Santiago de Compostela y en Barcelona. Renuevo mi agradecimiento al Rey y a la Reina de España, a los Príncipes de Asturias y a todas las Autoridades. Dirijo una vez más mi pensamiento con reconocimiento y afecto a los queridos hermanos arzobispos de esas dos Iglesias particulares y a sus colaboradores, como también a cuantos se han prodigado generosamente para que mi visita a esas dos maravillosas ciudades fuese fructífera. ¡Han sido días inolvidables, que quedarán impresos en mi corazón! En particular, las dos Celebraciones eucarísticas, cuidadosamente preparadas e intensamente vividas por todos los fieles, también a través de los cantos, tomados tanto de la gran tradición de la Iglesia, como de la genialidad de autores modernos, fueron momentos de verdadera alegría interior. Que Dios recompense a todos, como sólo Él sabe hacer; que la Santísima Madre de Dios y el Apóstol Santiago sigan acompañando con su protección su camino. El año que viene, si Dios quiere, me dirigiré de nuevo a España, a Madrid, para la Jornada Mundial de la Juventud. Confío desde ahora a vuestra oración esta iniciativa providencial para que sea ocasión de crecimiento en la fe para tantos jóvenes.
[En español dijo]
Saludo a los peregrinos de lengua española, invitándolos a dar gracias a Dios por el Viaje Apostólico a Santiago de Compostela y Barcelona. Conservo un inolvidable recuerdo de la amabilidad con la que me acogieron en Compostela Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias y con la que Sus Majestades los Reyes de España me despidieron en Barcelona. Deseo también agradecer vivamente a las Autoridades y a las Fuerzas de Seguridad todo el trabajo llevado a cabo con eficacia para que mi estancia en esos lugares se desarrollara felizmente. Reitero mi afectuoso agradecimiento a los Arzobispos de esas dos Iglesias particulares, así como a quienes numerosos me han acompañado con suma cordialidad en los actos celebrados en esas dos emblemáticas ciudades. Pido al Señor que bendiga copiosamente a los Pastores y fieles de esas nobles tierras, para que aviven su fe y la transmitan con valentía, siendo cristianos como ciudadanos y ciudadanos como cristianos. Volveré a España para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud. De nuevo, muchas gracias a todos los españoles.

09 noviembre 2010

Entre la acogida popular y el ruido mediático


Análisis de la visita papal a España


Uno de los pioneros del catolicismo en Cataluña fue el obispo mártir de Tarragona, San Fructuoso (+259). El pueblo fiel lo sigue recordando en sus canciones como la "blanca gaviota sobre el mar tempestuoso". También Benedicto XVI ha sido esta blanca gaviota que acaba de pasar para confirmar en la fe a un pueblo que nada en un mar social tempestuoso y lleno de incertidumbres.
Dos días antes de la llegada de Benedicto XVI en Barcelona, el vaticanista Sandro Magister ya avisaba en las páginas de La Vanguardia que este Papa " respecto a la opinión pública alta, la que domina los medios de comunicación, está sujeto a fuertes críticas", las cuales, añadía, "no las comparte el gran público": es un Papa "mucho mejor entendido, en su sustancia, por el público sencillo".
Y eso justamente ha sucedido en Barcelona: han convivido fuertes críticas y una corriente de simpatía del pueblo que se acercó a verlo directamente.
Fuertes críticas
Unas pocas palabras en el vuelo Roma-Santiago bastaron para provocar que varios medios decidieran interpretar todo lo que seguiría sólo en clave de confrontación política. El Paísafirmaba que "el Papa carga contra el laicismo de España"; El Periódico: "El Papa liga la España laica actual con el anticlericalismo de la República" y otro, más atrevido, titulaba convencido que "el Papa viene en son de guerra ". Un comentario verdaderamente marginal del discurso se convertía, así, en la gran herejía que la corrección política dominante se apresuraría a magnificar y condenar. Un enfoque beligerante que, con su fuerza para definir la situación, no permitiría comprender el fondo del resto de intervenciones del viaje. Recuerdan Ratisbona o el viaje a África? Algunos otros medios, no obstante, supieron sortear la trampa.
Lo que el Papa quería decir -lo que puede leerse-- es precisamente lo contrario al enfrentamiento: "(...) en España nacieron una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo, como pudimos ver precisamente en los años treinta. Esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, ha vuelto a reproducirse de nuevo en la España actual. Por eso, el futuro de la fe y del encuentro -no del enfrentamiento, sino del encuentro- entre fe y laicidad, tienen un foco central también en la cultura española".
Benedicto XVI venía a hablar del entendimiento entre secularismo y fe. O lo que es lo mismo: del encuentro entre continuidad y novedad, entre verdad y libertad y entre verdad y belleza, entre fe y vida y entre religión y sociedad. El gran objetivo del Papa es la nueva evangelización: el reencuentro del hombre con Dios. Y, desde este punto de vista, el viaje fue un éxito: el entusiasmo del pueblo fiel que -desafiando la burla socialmente aceptada respecto a la tradición cultural católica- llenó calles y plazas era innegable para cualquier observador.
Tradición y creatividad; Verdad y belleza
Cuando reflexiona sobre la Sagrada Familia, el Papa ve "una síntesis entre continuidad y novedad, tradición y creatividad". En su opinión, "Gaudí tuvo la valentía de insertarse en la gran tradición de las catedrales" pero "con una creatividad nueva, que renueva la tradición, y demuestra así la unidad y el progreso de la historia" (palabras durante el vuelo). Por ello, en la homilía de la Misa de Dedicación de la Basílica reconocía al genial arquitecto el mérito de lograr "una de las tareas más importantes hoy" como es "superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza".
Antes de aterrizar, Benedicto XVI señalaba que "la relación entre verdad y belleza es inseparable". Y fue la belleza de la nueva Basílica (magníficamente transmitida por una realización televisiva de primer nivel) el marco incomparable para lanzar un mensaje de gran carga cultural: "la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Belleza misma". La verdad -que en Santiago ponía como inseparable de la libertad- queda aquí unida también con la belleza.
Y como no todo el mundo será capaz de crear estos espacios de belleza que creaba Gaudí, Benedicto XVI quiso concretar este mensaje para la gente corriente que le escuchaba: "Al contemplar admirado este recinto santo de asombrosa belleza, con tanta historia de fe, pido a Dios que en esta tierra catalana se multipliquen y consoliden nuevos testimonios de santidad, que presten al mundo el gran servicio que la Iglesia puede y debe prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado".
En definitiva, el Papa ha propuesto, de nuevo, la maravillosa historia de amor entre Dios y los hombres. El ruido mediático quizá dejará poco espacio a esta verdad última que se encuentra en el corazón del cristianismo: el hombre y Dios no son enemigos, sino lo contrario, amigos. Y más que amigos: "todo hombre es un verdadero santuario de Dios, que ha de ser tratado con sumo respeto y cariño, sobre todo cuando se encuentra en necesidad". Este es el marco que permite interpretar en su justa proporción -más moral que política- las referencias razonadas y didácticas a la concepción cristiana de la vida, la familia y el matrimonio, que ya han sido ampliamente recogidas por otros medios.
Benedicto XVI ha confirmado en Barcelona su determinación para renovar el viejo continente. Como ya se puso de manifiesto en el Reino Unido, lidera una alternativa positiva al indiferentismo donde la cultura europea posmoderna parece haberse instalado.
Un último apunte.
Desde ahora Benedicto XVI ya no será sólo el Papa de la Palabra, sino también de los gestos. ¿Qué otro gesto sería capaz de transmitir mejor la determinación de evangelizar la Europa secularizada, sino la dedicación al culto de un templo de dimensiones tan espectaculares como la Sagrada Familia en una de las capitales europeas más vanguardistas?

08 noviembre 2010

Anunciar el primado de Dios


El Papa ha impulsado en España su prioridad


Los dos días que Benedicto XVI ha pasado en España han servido para dar un impulso decisivo al objetivo central de su pontificado: presentar el amor de Dios como la prioridad de la existencia, constatan el director del diario vaticano y el de la Oficina de Información de la Santa Sede.
Giovanni Maria Vian, director de "L'Osservatore Romano", al hacer un balance de la peregrinación apostólica a Santiago de Compostela y Barcelona, entre el 6 y el 7 de noviembre, reconoce que "el sucesor de Pedro ha mostrado aún más claramente el sentido de su camino y el de la Iglesia: presentar al mundo a Dios, que es amigo de los hombres, y les ha invitado a su casa".
"Una casa cuya belleza puede únicamente intuirse en el Pórtico de la Gloria, que acoge a los peregrinos que llegan a Compostela y, en Barcelona, en ese busque de Dios que Gaudí, artista visionario y auténtico cristiano, quiso que se elevara en el centro de la ciudad de los hombres. De este modo, pueden contemplar su presencia entre ellos, su inefable maravilla y sabrán acogerle", explica el responsable del diario vaticano.
Por su parte, el padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede y de Radio Vaticano, al hacer un balance de la visita confirma que anunciar el primado de Dios "es la prioridad de este pontificado".
"Dios ha estado verdaderamete en el centro de los discursos, tanto de la primera como de la segunda etapa, pues el encuentro con Dios es la meta de la peregrinación. El Papa piensa mucho en el riesgo del olvido de Dios y de la indiferencia ante la trascendencia en nuestra cultura y en nuestro tiempo y, por tanto, se siente comprometido en recordar a los hombres la relación fundamental con Dios", añade el padre Lombardi.
"Desde Santiago, el Papa ha dirigido también palabras muy fuertes ligadas al tema de Dios y de las raíces cristianas para Europa", sigue explicando. "Ha advertido a Europa, con una apasionada admonición de lo que llegaría a ser si olvidara la importancia de la presencia de Dios en nuestra vida, si se olvidara el significado de las cruces que se encuentran en los cruces de nuestras calles y dejaran así de hacer referencia al valor del amor y de la entrega de Dios a nosotros y de nosotros a los demás en nuestra vida".
"En la etapa de Barcelona, me parce que el tema de la unión entre verdad y belleza, entre fe y arte, entre fe, arte y liturgia de la Iglesia, ha sido expresado de una manera verdaderamente única por el lugar en el que tuvo lugar la celebración. No creo que durante el pontificado haya tenido lugar otra liturgia de consagración en un ambiente semejante y tan expresivo de la riqueza de los significados de esta liturgia".
Y la gente ha comprendido
El padre Lombardi considera que los católicos españoles que han seguido de cerca este viaje del Papa, en particular los participantes en las dos celebraciones eucarísticas, han comprendido bien el mensaje del Papa.
"La gente, si escucha, comprende. Creo que nos encontramos ante un mensaje que pasa a través de un acontecimiento con toda su complejidad y riqueza. En cierto sentido, en esto consiste la belleza misteriosa de la liturgia de la Iglesia, pues expresa a través de hechos, palabras, cantos, y en este caso también a través de las formas artísticas de la escultura y de la arquitectura, la riqueza de un mensaje", afirma en referencia a la Sagrada Familia de Antoni Gaudí.
El portavoz concluye considerando que la consagración de la basílica de Gaudí tendrá "un significado importante" para la historia: será para la Iglesia "un mensaje de compromiso para prestar cada vez más atención a la dignidad del lenguaje con el que se expresa la realidad sagrada, la relación con Dios y la vida de la comunidad cristiana".

Benedicto, ¡confírmanos en la fe!


Monseñor José Ignacio Munilla
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El título de este artículo hace referencia a un pasaje del Evangelio de San Lucas, tal vez no muy conocido, en el que Jesús se dirige a Pedro con estas palabras: “¡Simón, Simón! Mira que Satanás os busca para cribaros como el trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 31-32). En efecto, antes de la triple negación de Pedro, Jesucristo le anuncia que, a pesar de su pecado y de su debilidad, Dios sigue contando con él en sus planes, para llevar adelante la tarea de confirmar en la fe a todos los creyentes. A estas palabras de Cristo se unen aquellas otras más conocidas del Evangelio de San Mateo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no podrán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16. 18-19).
A diferencia del principio hermenéutico protestante de la libre interpretación de la Biblia o “Sola Scriptura”, los católicos recibimos e interpretamos los textos bíblicos en el seno de la Tradición de la Iglesia. El cauce por el que la Revelación de Dios llega hasta nosotros es doble, tal y como enseña el Concilio Vaticano II: la Tradición y la Escritura. La interpretación auténtica de la Revelación es una misión encomendada al Magisterio de la Iglesia, es decir, al Papa y a los obispos en comunión con él. Es misión suya escuchar, custodiar y explicar fielmente el depósito de la Revelación. En la Iglesia Católica el Papa es el garante de nuestra unidad en la fe; o dicho de otra forma, es quien nos “confirma en la fe”.
Poco nos importa que el Papa se llame Ratzinger, Wojtyla, Luciani o Montini… Acogemos a Benedicto XVI como al sucesor de Pedro, como a la roca que hace visible la piedra angular, que es Cristo, sobre la que se edifica la Iglesia. Si alguien nos preguntase cuál es la función principal de un Papa, el quehacer específico de los sucesores de Pedro, le responderíamos: ¡el oficio de la unidad!
La tarea de conservar la unidad no es fruto de una estrategia humana, sino que responde a la voluntad del mismo Jesucristo, quien una y otra vez, nos pidió que todos sus seguidores fuésemos “uno” (cfr. Jn 17); de forma que la unidad de la Iglesia llegue a ser un signo que ayude a creer a una humanidad dividida y fraccionada.
Por lo tanto, el oficio del Papa no es honorífico, sino que conlleva el ejercicio real de la autoridad para el gobierno de la Iglesia. Somos conscientes de que la autoridad del Papa no es fácilmente comprendida, en un momento en el que, en nuestra cultura occidental, el principio de autoridad padece una crisis generalizada. Gobernar no siempre es sencillo y gozoso, sino que también puede llegar a ser doloroso, porque en nuestra condición humana tenemos una marcada tendencia al individualismo y a la división. Sin embargo, la experiencia nos dice que eliminar la autoridad, paradójicamente, es eliminar la libertad responsable.
El modelo de gobierno de la Iglesia poco tiene que ver con lo que entendemos por “democracia” o por “dictadura”. Es obvio que el Papa no es un representante del pueblo, ni tampoco está por encima de la Iglesia. No cabe entender la Iglesia desde categorías políticas, ya que el rasgo principal que nos define a todos, incluido el Papa, es el “discipulado”. ¡Los mayores en el Reino de los Cielos no son los ministros, sino los santos! El estilo de nuestro discipulado está marcado por aquellas palabras de Jesús a sus apóstoles: “El más importante entre vosotros debe ser como el más pequeño, y el que manda debe ser como el que sirve” (Lc 22, 26).
Traigo a colación una anécdota que escuché recientemente a un jesuita: En una rueda de prensa en la que se anunciaba el cese del P. Kolvenbach como Superior General de la Compañía de Jesús; en el momento del nombramiento de su sucesor, un periodista le preguntó cómo se las iba a arreglar en su nueva situación para obedecer a un superior, cuando anteriormente había tenido tanta autoridad sobre el conjunto de los jesuitas. Su respuesta fue tan sencilla como aleccionadora, sobre lo que es el principio de autoridad en el seno de la Iglesia: “Será muy sencillo para mí, porque yo antes tenía que obedecer a veinte mil, y ahora ya no tendré que obedecer más que a uno”.
¡Nuestra afecto y gratitud al Santo Padre por no ahorrar esfuerzo alguno en su tarea de confirmarnos en la fe, y nuestro ofrecimiento humilde de colaboración para que pueda llevar adelante la tarea que Cristo le encomendó: “Apacienta mis ovejas”! (cfr. Jn 21, 16).
Visita de Benedicto XVI a la ciudad de Barcelona


Patricia Navas
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Aclamaciones, celebraciones litúrgicas, besos, reuniones con autoridades, saludos, regalos, momentos de recogimiento en oración silenciosa, sonrisas, mensajes -de ánimo, de advertencia, de esperanza-, escucha atenta, caricias y, sobre todo, muchas bendiciones, de palabra y con las manos.
Son algunos de los gestos y vivencias que el Papa regaló y recibió este domingo en Barcelona, donde dedicó el templo de la Sagrada Familia, comió en el arzobispado, visitó la sede central de la Obra Benéfico-Social Niño Dios, se reunió con los reyes y con el presidente del Gobierno de España, fue aclamado por miles de personas y conversó brevemente con algunas de ellas.
La primera imagen que vio el mundo del intenso día de Benedicto XVI en la capital catalana fue su salida en papamóvil del palacio episcopal a las nueve de la mañana.
Miles de personas lo aclamaron con vítores y ondeando banderas por las calles de la ciudad en todo el recorrido que realizó desde la catedral hasta el templo expiatorio de la Sagrada Familia.
Algunas corrían junto al papamóvil breves tramos. Él saludaba y continuamente bendecía con la mano.
Al llegar a las inmediaciones de la enorme y original iglesia de Antonio Gaudí, numerosos globos blancos y amarillos se elevaron hacia el cielo, mientras sonaban cantos espontáneos de grupos de jóvenes, algunos de los cuales coreaban el nombre del Pontífice.
Mientras tanto, en el interior de la Sagrada Familia, el murmullo de las 6.500 personas que iban a celebrar la misa dentro del templo se mezclaba con los ensayos de las corales y del órgano y los gritos de júbilo del exterior.
El papamóvil dio la vuelta a la iglesia y se detuvo ante la fachada de la Gloria. Benedicto XVI se apeó y saludó a diversas autoridades, entre ellas los reyes de España, con quien mantuvo un encuentro de cerca de media hora.
El cielo en la tierra
Con puntualidad alemana, la celebración eucarística empezó a las diez de la mañana con la apertura de la gran puerta de la iglesia por parte de Benedicto XVI.
Los fieles se pusieron en pie y recibieron al Papa con un fuerte aplauso. La procesión de entrada estuvo acompañada por el canto del Aleluya.
El Pontífice avanzaba lentamente, bendiciendo. Estrechó la mano a algunos fieles, besó a algunos niños y acarició a algunas personas con discapacidad.
Subió las escaleras del presbiterio con la ayuda de sus asistentes y se sentó en un trono, bajo la imagen de una paloma, rodeado de numerosos cardenales, obispos y sacerdotes.
El arzobispo de Barcelona, el cardenal Lluís Martínez Sistach pronunció unas palabras de agradecimiento y aseguró la oración de la Iglesia de Barcelona por el Papa.
Afirmó que Benedicto XVI reafirma la solidaridad y la identidad cristiana en medio de las incertidumbres.
Y aseguró que hoy el Papa, en la Sagrada Familia, hacía realidad el sueño de Gaudí de que el cielo esté en la tierra, de una Jerusalén celestial unida en torno al sucesor de Pedro.
Al acabar su discurso, Benedicto XVI le entregó como regalo un copón, que el purpurado mostró a la asamblea.
A continuación, el arquitecto director de las obras de la Sagrada Familia, Jordi Bonet, se dirigió al Papa y a los asistentes en nombre de todos los que han trabajado para levantar esta gran obra que hoy se dedicó a Dios.
Tras besar efusivamente el anillo del Papa, le entregó la llave del templo, que Benedicto XVI bendijo.
Seguidamente, el Obispo de Roma dio comienzo a la celebración en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
En el exterior del templo, 36.500 personas participaban en la celebración desde las calles más cercanas y otras 15.000 desde una plaza de toros cercana, ascendiendo a 250.000 las personas que presenciaron la misa, según la Guardia Urbana.
En una de las miles de sillas colocadas en las inmediaciones de la iglesia se encontraba Belén Valdés, que había viajado desde Madrid con un grupo de jóvenes para participar en la visita del Papa a Barcelona.
“Me hace mucha ilusión estar aquí, porque la Iglesia está viva y este Papa está haciendo mucho bien –afirmó-. Creo que bendecir la Sagrada Familia puede ser un símbolo y un impulso para incrementar la fe”.
También destacó que ha vivido esta experiencia “como una preparación a la Jornada Mundial de la Juventud y como un camino para seguir fomentando la espiritualidad y el amor a Jesucristo”.
Homilía valiente
Tras escuchar unas lecturas bíblicas con referencias a la alegría del día consagrado a Dios, a la construcción del templo y a la persona como templo, y a la salvación que Jesús lleva al pecador Zaqueo, el Pontífice pronunció una homilía directa y valiente.
En ella, se refirió al templo de la Sagrada Familia como a una “suma admirable de técnica, de arte y de fe” y mostró su alegría por poder presidir su dedicación.
Destacó como una de las tareas más importantes de hoy la de “superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temopral y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza”.
Invitó a “juntos mostrar al mundo el rostro de Dios” como Gaudí. “Ésta es la gran tarea, mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia”, afirmó.
Afirmó que los progresos técnicos, sociales y culturales deben estar acompañados de los “progresos morales, como la protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural”.
Simbolismo y belleza
El rito de dedicación de la iglesia, así como la liturgia en su conjunto, estuvieron llenos de simbolismo, con la aspersión de los muros, la unción del altar con aceite, la preparación de ese altar para la consagración, la elevación del incienso, el encendido de velas, etcétera.
La música, que combinó cantos habituales en las celebraciones litúrgicas en Cataluña con otros clásicos como el Panis Angelicus de César Franck y el Aleluya de Haendel, ayudó a embellecer la celebración.
Entre los centenares de cantores y músicos de diversas agrupaciones se encontraba Maite Romero, de la Coral Canticorum del barrio barcelonés de la Guineueta, quien expresó su alegría e ilusión por participar en la ceremonia.
“Es una experiencia única y para mí, como creyente, también es importantísimo poder ver al Papa”, declaró.
Las ofrendas –el pan y el vino- fueron entregadas al Papa por dos monjas de la comunidad de Mataró de la congregación de las Siervas de María, un matrimonio de dos inmigrantes pertenecientes a la parroquia de la Sagrada Familia y una familia de cinco hijos de entre 3 y 13 años de edad.
“Representar a las familias en este acto con el Papa ha sido emocionante, ha habido un antes y un después –explicó a ZENIT el padre de esta familia numerosa, Pablo Baurier-. Para nosotros, ha sido un signo de ofrecimiento”.
Perteneciente a un grupo de matrimonios de espiritualidad jesuita, la pareja quedó impresionada por la mirada cercana de Benedicto XVI, quien preguntó a los niños sus nombres y expresó un sencillo “gracias” al recibir las ofrendas del matrimonio.
Según Baurier, “en una sociedad cada vez menos creyente, es importante el papel de la familia y el nacimiento de las vocaciones”.
“Nosotros nos esforzamos por educar a nuestros hijos para hacer de ellos personas para los demás, como decía el Padre Arrupe, atentas y sensibles con su entorno y que sepan transmitir el mensaje ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado”, añadió.
Ya era casi la una del mediodía cuando el cardenal Martínez Sistach leyó la bula papal que certifica la concesión del título de basílica a la Sagrada Familia, y la mostró con satisfacción a los participantes, que aplaudieron efusivamente.
El Papa se dirigió entonces al exterior del templo para rezar el Ángelus ante la fachada de la Natividad, mientras los asistentes cantaban a la Virgen el canto del Virolai, junto con la escolanía de Montserrat.
Dos grandes alfombras de flores y elementos naturales que representaban la Basílica de San Pedro del Vaticano y la Sagrada Familia de Barcelona adornaban el suelo la salida del templo.
La misa acabó con la bendición final y un fuerte aplauso. Benedicto XVI salió por la puerta de la Gloria y, tras diversos saludos, corrió la cortina que escondía la placa conmemorativa de este histórico acontecimiento.
Una de las personas que el Papa saludó al finalizar el acto fue el iniciador del Camino Neocatecumenal, el pintor Kiko Argüello, que mostró a ZENIT su admiración por el templo de la Sagrada Familia y su “arte integral”.
También lamentó la “apostasía de Europa” y la falta de ideales en muchos jóvenes, pero añadió que “la familia cristiana salvará Europa y la sociedad”.
Familiaridad
La vuelta del Papa al palacio episcopal en papamóvil también fue seguida por multitud de personas que lo aclamaron en las calles.
Benedicto XVI compartió la comida en el arzobispado con cardenales y obispos y con su séquito.
Por la tarde, viajó en coche cerrado, también aclamado por las calles, hasta la sede central de la Obra Benéfico-Social Niño Dios.
En este lugar de atención a las personas con alguna disminución, el Papa se mostró especialmente cercano, afectuoso y sonriente.
Tomó la iniciativa al saludar a algunos de los beneficiarios de los servicios de esta institución del arzobispado, agachándose para acercarse a algunos de ellos sentados en sillas de ruedas y expresando muestras de cariño.
En la capilla, se detuvo a rezar arrodillado ante el Santísimo y los asistentes se unieron en silencio a su oración.
Un grupo de alumnos le ofreció un canto con acompañamiento de guitarra y los distintos discursos aludieron, en un clima de familiaridad, la defensa de la dignidad de toda vida humana y la predilección de Dios por los débiles.
Con una sencilla liturgia, bendijo la primera piedra de un nuevo edificio que, bajo el nombre de Benedicto XVI, esta obra dedicará a la acogida de adultos con alguna disminución.
Despedida
Al salir del edificio, se detuvo a saludar y escuchar a algunas personas que lo aclamaban tras las vallas de seguridad y que se despidieron de él con la canción Adiós con el corazón.
Ya anocheciendo, el coche del Papa salió hacia el aeropuerto, donde tuvieron lugar otra breve conversación con los reyes de España y un breve encuentro con el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en el que también participóel secretario de Estado vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone.
La segunda visita de Benedicto XVI a España concluyó con una ceremonia oficial de despedida con honores militares, con discursos del rey Juan Carlos I y del Papa.
Durante las “horas gratas y llenas de emoción en Santiago y Barcelona”, le dijo el monarca al Papa ante las autoridades, “nos habéis vuelto a expresar vuestra amistad, cercanía y afecto”.
“Nos habéis colmado con palabras de paz y solidaridad, de fraternidad y espiritualidad, llenas de esperanza –afirmó -. Gracias de todo corazón por vuestra memorable visita”.
Le deseó feliz regreso a Roma y aseguró: “Os esperamos con especial ilusión el próximo mes de agosto en Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud”.
Entre cantos y aclamaciones de fieles congregados en el aeropuerto de Barcelona, estrechó la mano a diversas autoridades civiles y eclesiásticas del país, saludó a los asistentes y se despidió con las manos, antes de que el avión despegara hacia Roma.

07 noviembre 2010

“Llevo a todos en mi corazón y por todos rezo”

Despedida de Benedicto XVI de España

Majestades, Señor Cardenal Arzobispo de Barcelona, Señor Cardenal Presidete de la Conferencia Episcopal Española, Señores Cardenales y Hermanos en el Episcopado, Señor Presidente del Gobierno, Distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales, Queridos hermanos y hermanas, Amigos todos:

Muchísimas gracias. Desearía que estas breves palabras pudieran condensar los sentimientos de gratitud que albergo en mi interior al concluir mi visita a Santiago de Compostela y a Barcelona. Muchísimas gracias, Majestades, por haber querido estar aquí presentes. Agradezco las amables palabras que Vuestra Majestad ha tenido la gentileza de dirigirme y que son expresión del afecto de este noble pueblo hacia el Sucesor de Pedro. Asimismo, quiero manifestar mi cordial agradecimiento a las Autoridades que nos acompañan, a los Señores Arzobispos de Santiago de Compostela y de Barcelona, al Episcopado español y a tantas personas que, sin ahorrar sacrificios, han colaborado para que este viaje culmine felizmente. Agradezco vivamente a todos las continuas y delicadas atenciones que han tenido en estos días con el Papa, y que ponen de relieve el carácter hospitalario y acogedor de las gentes de estas tierras, tan cercanas a mi corazón.
En Compostela he querido unirme como un peregrino más a tantas personas de España, de Europa y de otros lugares del mundo, que llegan a la tumba del Apóstol para fortalecer su fe y recibir el perdón y la paz. Como Sucesor de Pedro, he venido además para confirmar a mis hermanos en la fe. Esa fe que en los albores del cristianismo llegó a estas tierras y se enraizó tan profundamente que ha ido forjando el espíritu, las costumbres, el arte y la idiosincrasia de sus gentes. Preservar y fomentar ese rico patrimonio espiritual, no sólo manifiesta el amor de un País hacia su historia y su cultura, sino que es también una vía privilegiada para transmitir a las jóvenes generaciones aquellos valores fundamentales tan necesarios para edificar un futuro de convivencia armónica y solidaria.
Los caminos que atravesaban Europa para llegar a Santiago eran muy diversos entre sí, cada uno con su lengua y sus particularidades, pero la fe era la misma. Había un lenguaje común, el Evangelio de Cristo. En cualquier lugar, el peregrino podía sentirse como en casa. Más allá de las diferencias nacionales, se sabía miembro de una gran familia, a la que pertenecían los demás peregrinos y habitantes que encontraba a su paso. Que esa fe alcance nuevo vigor en este Continente, y se convierta en fuente de inspiración, que haga crecer la solidaridad y el servicio a todos, especialmente a los grupos humanos y a las naciones más necesitadas.
[En catalán:]
A Barcelona, he tingut el gran goig de dedicar la Basílica de la Sagrada Família, que Gaudí va concebre com una lloança en pedra a Déu, i he visitat també una significativa institució eclesial de caràcter benèfico-social. Són com dos símbols en la Barcelona d'avui de la fecunditat d'aquesta mateixa fe, que va marcar també les entranyes d'aquest poble i que, a través de la caritat i de la bellesa del misteri de Déu, contribueix a crear una societat més digna de l'home. En efecte, la bellesa, la santedat i l'amor de Déu porten l'home a viure en el món amb esperança.
[En Barcelona, he tenido la inmensa alegría de dedicar la Basílica de la Sagrada Familia, que Gaudí concibió como una alabanza en piedra a Dios, y he visitado también una significativa institución eclesial de carácter benéfico-social. Son como dos símbolos en la Barcelona de hoy de la fecundidad de esa misma fe, que marcó también las entrañas de este pueblo y que, a través de la caridad y de la belleza del misterio de Dios, contribuye a crear una sociedad más digna del hombre. En efecto, la belleza, la santidad y el amor de Dios llevan al hombre a vivir en el mundo con esperanza.]
Regreso a Roma habiendo estado sólo en dos lugares de vuestra hermosa geografía. Sin embargo, con la oración y el pensamiento, he deseado abrazar a todos los españoles, sin excepción alguna, y a tantos otros que viven entre vosotros, sin haber nacido aquí. Llevo a todos en mi corazón y por todos rezo, en particular por los que sufren, y los pongo bajo el amparo materno de María Santísima, tan venerada e invocada en Galicia, en Cataluña y en los demás pueblos de España. A Ella le pido también que os alcance del Altísimo copiosos dones celestiales, que os ayuden a vivir como una sola familia, guiados por la luz de la fe. Os bendigo en el nombre del Señor. Con su ayuda, nos veremos en Madrid, el año próximo, para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. Adiós.
Discurso del Papa en el Instituto “Nen Déu”


Viaje Apostólico a Barcelona
* * * * *

Señor Cardenal Arzobispo de Barcelona, Queridos Hermanos en el Episcopado, Queridos sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, Distinguidas Autoridades, Amigos todos:

Siento una gran alegría al poder estar con todas las personas que formáis esta más que centenaria Obra Benéfico-Social del Nen Déu. Agradezco al Cardenal Lluís Martínez Sistach, Arzobispo de Barcelona, a la Hermana Rosario, Superiora de la Comunidad, a los niños Antonio y María del Mar, que han tomado la palabra, así como a los que tan maravillosamente han cantado, la cordial bienvenida que me han dispensado.
En catalán:
També estic agraït als presents, en especial als membres del Patronat de l’Obra, a la Mare General i a les Religioses Franciscanes dels Sagrats Cors, als nens, joves i adults acollits en aquesta institució, als seus pares i altres familiars, així com als professionals i voluntaris que aquí treballen benemèritament.
Voldria, també, manifestar la meva reconeixença a les Autoritats, invitant-les a maldar perquè els serveis socials arribin sempre als més desvalguts, i als qui amb el seu generós recolzament sostenen entitats assistencials d’iniciativa privada, com aquesta Escola d’Educació Especial del Nen Déu. En aquests moments, en els quals moltes llars passen serioses dificultats econòmiques, els deixebles de Crist hem de multiplicar els gestos concrets de solidaritat efectiva i constant, manifestant així que la caritat és el distintiu de la nostra condició cristiana.
[Doy también las gracias a los presentes, en particular a los miembros del Patronato de la Obra, a la Madre General y a las Religiosas Franciscanas de los Sagrados Corazones, a los niños, jóvenes y adultos acogidos en esta institución, a sus padres y demás familiares, así como a los profesionales y voluntarios que aquí ejercen su benemérita labor.
Quisiera, asimismo, expresar mi reconocimiento a las Autoridades, invitándolas a prodigarse para que los servicios sociales alcancen siempre a los más desvalidos, y a quienes sostienen con su generoso apoyo entidades asistenciales de iniciativa privada, como esta Escuela de Educación Especial del Nen Déu. En estos momentos, en que muchos hogares afrontan serias dificultades económicas, los discípulos de Cristo hemos de multiplicar los gestos concretos de solidaridad efectiva y constante, mostrando así que la caridad es el distintivo de nuestra condición cristiana.]
Con la dedicación de la Basílica de la Sagrada Familia, se ha puesto de relieve esta mañana que el templo es signo del verdadero santuario de Dios entre los hombres. Ahora, quiero destacar cómo, con el esfuerzo de ésta y otras instituciones eclesiales análogas, a la que se sumará la nueva Residencia que habéis deseado que llevara el nombre del Papa, se pone de manifiesto que, para el cristiano, todo hombre es un verdadero santuario de Dios, que ha de ser tratado con sumo respeto y cariño, sobre todo cuando se encuentra en necesidad. La Iglesia quiere así hacer realidad las palabras del Señor en el Evangelio: «Os aseguro que cuanto hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). En esta tierra, esas palabras de Cristo han impulsado a muchos hijos de la Iglesia a dedicar sus vidas a la enseñanza, la beneficencia o el cuidado de los enfermos y discapacitados. Inspirados en su ejemplo, os pido que sigáis socorriendo a los más pequeños y menesterosos, dándoles lo mejor de vosotros mismos.
En el cuidado de los más débiles, mucho han contribuido los formidables avances de la sanidad en los últimos decenios, que han ido acompañados por la creciente convicción de la importancia de un esmerado trato humano para el buen resultado del proceso terapéutico. Por eso, es imprescindible que los nuevos desarrollos tecnológicos en el campo médico nunca vayan en detrimento del respeto a la vida y dignidad humana, de modo que quienes padecen enfermedades o minusvalías psíquicas o físicas puedan recibir siempre aquel amor y atenciones que los haga sentirse valorados como personas en sus necesidades concretas.
Queridos niños y jóvenes, me despido de vosotros dando gracias a Dios por vuestras vidas, tan preciosas a sus ojos, y asegurándoos que ocupáis un lugar muy importante en el corazón del Papa. Rezo por vosotros todos los días y os ruego que me ayudéis con vuestra oración a cumplir con fidelidad la misión que Cristo me ha encomendado. No me olvido tampoco de orar por los que están al servicio de los que sufren, trabajando incansablemente para que las personas con discapacidades puedan ocupar su justo lugar en la sociedad y no sean marginadas a causa de sus limitaciones. A este respecto, quisiera reconocer, de manera especial, el testimonio fiel de los sacerdotes y visitadores de enfermos en sus casas, en los hospitales o en otras instituciones especializadas. Ellos encarnan ese importante ministerio de consolación ante las fragilidades de nuestra condición, que la Iglesia busca desempeñar con los mismos sentimientos del Buen Samaritano (cf. Lc 10,29-37).
Por intercesión de Nuestra Señora de la Merced y de la Beata Madre Carmen del Niño Jesús, que Dios bendiga a cuantos integráis la gran familia de esta espléndida Obra, así como a vuestros seres queridos y a quienes cooperáis con esta institución u otras semejantes a ésta. Que de ello sea prenda la Bendición Apostólica, que cordialmente imparto a todos.
Homilía del Papa en el Templo de la Sagrada Familia


Durante el viaje apostólico en Barcelona
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En catalán:
Estimats germans i germanes en el Senyor:
“La diada d’avui és santa, dedicada a Déu, nostre Senyor; no us entristiu ni ploreu… El goig del Senyor sarà la vostra força” (Ne 8, 9-11). Amb aquestes paraules de la primera lectura que hem proclamat vull saludar-vos a tots els qui us trobeu aquí presents participant en aquesta celebració. Adreço una salutació afectuosa a Ses Majestats els Reis d’Espanya, que han volgut acompanyar-nos cordialment. La meva salutació agraïda al Senyor Cardenal Lluís Martínez Sistach, Arquebisbe de Barcelona, per les seves paraules de benvinguda i la seva invitació a dedicar aquesta Església de la Sagrada Família, suma admirable de tècnica, d’art i de fe. Saludo també al Cardenal Ricard Maria Carles Gordó, Arquebisbe emèrit de Barcelona, als altres Senyors Cardenals i Germans en l’Episcopat, especialment, al Bisbe auxiliar d’aquesta Església particular, com també als nombrosos sacerdots, diaques, seminaristes, religiosos i fidels que participen en aquesta solemne cerimònia. També adreço la meva deferent salutació a totes les Autoritats Nacionals, Autonòmiques i Locals, com també als membres d’altres comunitats cristianes, que s’han unit al nostre goig i a la nostra lloança agraïda a Déu.
[Amadísimos Hermanos y Hermanas en el Señor:
“Hoy es un día consagrado a nuestro Dios; no hagáis duelo ni lloréis… El gozo en el Señor es vuestra fortaleza” (Neh 8,9-11). Con estas palabras de la primera lectura que hemos proclamado quiero saludaros a todos los que estáis aquí presentes participando en esta celebración. Dirijo un afectuoso saludo a Sus Majestades los Reyes de España, que han querido cordialmente acompañarnos. Vaya mi saludo agradecido al Señor Cardenal Lluís Martínez Sistach, Arzobispo de Barcelona, por sus palabras de bienvenida y su invitación para la dedicación de esta Iglesia de la Sagrada Familia, admirable suma de técnica, de arte y de fe. Saludo igualmente al Cardenal Ricardo María Carles Gordó, Arzobispo emérito de Barcelona, a los demás Señores Cardenales y Hermanos en el Episcopado, en especial, al Obispo auxiliar de esta Iglesia particular, así como a los numerosos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y fieles que participan en esta solemne ceremonia. Asimismo, dirijo mi deferente saludo a las Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales, así como a los miembros de otras comunidades cristianas, que se unen a nuestra alegría y alabanza agradecida a Dios.]
Este día es un punto significativo en una larga historia de ilusión, de trabajo y de generosidad, que dura más de un siglo. En estos momentos, quisiera recordar a todos y a cada uno de los que han hecho posible el gozo que a todos nos embarga hoy, desde los promotores hasta los ejecutores de la obra; desde los arquitectos y albañiles de la misma, a todos aquellos que han ofrecido, de una u otra forma, su inestimable aportación para hacer posible la progresión de este edificio. Y recordamos, sobre todo, al que fue alma y artífice de este proyecto: a Antoni Gaudí, arquitecto genial y cristiano consecuente, con la antorcha de su fe ardiendo hasta el término de su vida, vivida en dignidad y austeridad absoluta. Este acto es también, de algún modo, el punto cumbre y la desembocadura de una historia de esta tierra catalana que, sobre todo desde finales del siglo XIX, dio una pléyade de santos y de fundadores, de mártires y de poetas cristianos. Historia de santidad, de creación artística y poética, nacidas de la fe, que hoy recogemos y presentamos como ofrenda a Dios en esta Eucaristía.
La alegría que siento de poder presidir esta ceremonia se ha visto incrementada cuando he sabido que este templo, desde sus orígenes, ha estado muy vinculado a la figura de san José. Me ha conmovido especialmente la seguridad con la que Gaudí, ante las innumerables dificultades que tuvo que afrontar, exclamaba lleno de confianza en la divina Providencia: “San José acabará el templo”. Por eso ahora, no deja de ser significativo que sea dedicado por un Papa cuyo nombre de pila es José.
¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo, ante la mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta obra de arte. Ella es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma.
En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia. Así unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia. Introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo, para que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. De este modo, colaboró genialmente a la edificación de la conciencia humana anclada en el mundo, abierta a Dios, iluminada y santificada por Cristo. E hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza. Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras, trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.
Hemos dedicado este espacio sagrado a Dios, que se nos ha revelado y entregado en Cristo para ser definitivamente Dios con los hombres. La Palabra revelada, la humanidad de Cristo y su Iglesia son las tres expresiones máximas de su manifestación y entrega a los hombres. «Mire cada cual cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3,10-11), dice San Pablo en la segunda lectura. El Señor Jesús es la piedra que soporta el peso del mundo, que mantiene la cohesión de la Iglesia y que recoge en unidad final todas las conquistas de la humanidad. En Él tenemos la Palabra y la presencia de Dios, y de Él recibe la Iglesia su vida, su doctrina y su misión. La Iglesia no tiene consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e instrumento de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en total servicio a su mandato. El único Cristo funda la única Iglesia; Él es la roca sobre la que se cimienta nuestra fe. Apoyados en esa fe, busquemos juntos mostrar al mundo el rostro de Dios, que es amor y el único que puede responder al anhelo de plenitud del hombre. Ésa es la gran tarea, mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia. En este sentido, pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Belleza misma. Así expresaba el arquitecto sus sentimientos: “Un templo [es] la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo, ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre”.
Esa afirmación de Dios lleva consigo la suprema afirmación y tutela de la dignidad de cada hombre y de todos los hombres: “¿No sabéis que sois templo de Dios?... El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Co 3,16-17). He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito.
La iniciativa de este templo se debe a la Asociación de amigos de San José, quienes quisieron dedicarlo a la Sagrada Familia de Nazaret. Desde siempre, el hogar formado por Jesús, María y José ha sido considerado como escuela de amor, oración y trabajo. Los patrocinadores de este templo querían mostrar al mundo el amor, el trabajo y el servicio vividos ante Dios, tal como los vivió la Sagrada Familia de Nazaret. Las condiciones de la vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormemente en ámbitos técnicos, sociales y culturales. No podemos contentarnos con estos progresos. Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar.
Al contemplar admirado este recinto santo de asombrosa belleza, con tanta historia de fe, pido a Dios que en esta tierra catalana se multipliquen y consoliden nuevos testimonios de santidad, que presten al mundo el gran servicio que la Iglesia puede y debe prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado (cf. Jn 6,29).
Queridos hermanos, al dedicar este espléndido templo, suplico igualmente al Señor de nuestras vidas que de este altar, que ahora va a ser ungido con óleo santo y sobre el que se consumará el sacrificio de amor de Cristo, brote un río constante de gracia y caridad sobre esta ciudad de Barcelona y sus gentes, y sobre el mundo entero. Que estas aguas fecundas llenen de fe y vitalidad apostólica a esta Iglesia archidiocesana, a sus pastores y fieles.
En catalán:
Desitjo, finalment, confiar a l’amorosa protecció de la Mare de Déu, Maria Santissima, Rosa d’abril, Mare de la Mercè, tots els aquí presents, i tots aquells que amb paraules i obres, silenci o pregària, han fet possible aquest miracle arquitectònic. Que Ella presenti al seu diví Fill les joies i les penes de tots els qui vinguin en aquest lloc sagrat en el futur, perquè, com prega l’Església en la dedicació dels temples, els pobres trobin misericòrdia, els oprimits assoleixin la llibertat veritable i tots els homes es revesteixin de la dignitat dels fills de Déu. Amén.
[Deseo, finalmente, confiar a la amorosa protección de la Madre de Dios, María Santísima, Rosa de abril, Madre de la Merced, a todos los que estáis aquí, y a todos los que con palabras y obras, silencio u oración, han hecho posible este milagro arquitectónico. Que Ella presente también a su divino Hijo las alegrías y las penas de todos los que lleguen a este lugar sagrado en el futuro, para que, como reza la Iglesia al dedicar los templos, los pobres puedan encontrar misericordia, los oprimidos alcanzar la libertad verdadera y todos los hombres se revistan de la dignidad de hijos de Dios. Amén.]