Señores Cardenales, Venerados Hermanos en El Episcopado y en El Sacerdocio, Queridos hermanos y hermanas:
18 noviembre 2010
DISCURSO DEL PAPA AL PONTIFICIO CONSEJO PARA LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
Señores Cardenales, Venerados Hermanos en El Episcopado y en El Sacerdocio, Queridos hermanos y hermanas:
UNA MUJER, EN EL ORIGEN DEL "CORPUS CHRISTI"
El Papa ayer durante la Audiencia General
Queridos hermanos y hermanas:
También esta mañana quisiera presentaros a una figura femenina, poco conocida, a la que la Iglesia sin embargo debe un gran reconocimiento, no sólo por su santidad de vida, sino también porque, con su gran fervor, ha contribuido a la institución de una de las solemnidades litúrgicas más importantes del año, la del Corpus Domini. [En español más conocida como “Corpus Christi”, n.d.t.]
Se trata de santa Juliana de Cornillón, conocida también como santa Juliana de Lieja. Poseemos algunos datos sobre su vida sobre todo a través de una biografía, escrita probablemente por un eclesiástico contemporáneo suyo, en el que se recogen varios testimonios de personas que conocieron directamente a la Santa.
Juliana nació entre 1191 o 1192 en las cercanías de Lieja, en Bélgica. Es importante subrayar este lugar, porque en aquel tiempo la diócesis de Lieja era, por así decirlo, un verdadero “cenáculo eucarístico”. Antes de Juliana, insignes teólogos habían ilustrado allí el valor supremo del Sacramento de la Eucaristía y, siempre en Lieja, había grupos femeninos generosamente dedicados al culto eucarístico y a la comunión ferviente. Guiados por sacerdotes ejemplares, estas vivían juntas, dedicándose a la oración y a las obras caritativas.
Huérfana a los 5 años de edad, Juliana, junto con su hermana Inés, fue confiada al cuidado de las monjas agustinas del convento-leprosería de Mont-Cornillon. Fue educada sobre todo por una monja, de nombre Sabiduría, que siguió su maduración espiritual, hasta cuando la propia Juliana recibió el hábito religioso y se convirtió también ella en monja agustina. Adquirió una notable cultura, hasta el punto de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en lengua latina, en particular a san Agustín y san Bernardo. Además de una vivaz inteligencia, Juliana mostraba, desde el principio, una propensión particular por la contemplación; tenía un sentido profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente intenso el Sacramento de la Eucaristía y deteniéndose a menudo a meditar sobre las palabras de Jesús: “He aquí que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
A los dieciséis años tuvo una primera visión, que después se repitió muchas veces en sus adoraciones eucarísticas. La visión presentaba la luna en su pleno esplendor, con una franja oscura que la atravesaba diametralmente. El Señor le hizo comprender el significado de lo que se le había aparecido. La luna simbolizaba la vida de la Iglesia en la tierra, la línea opaca representaba en cambio la ausencia de una fiesta litúrgica, para cuya institución se pedía a Juliana que trabajase de modo eficaz: es decir, una fiesta en la que los creyentes habrían podido adorar la Eucaristía para aumentar su fe, avanzar en la práctica de las virtudes y reparar las ofensas al Santísimo Sacramento.
Durante unos veinte años Juliana, que mientras tanto se había convertido en la priora del convento, conservó en secreto esta revelación, que había llenado de alegría su corazón. Después se confió con otras dos fervientes adoradoras de la Eucaristía, la beata Eva, que llevaba una vida eremítica, e Isabel, que la había seguido al monasterio de Mont-Cornillon. Las tres mujeres establecieron una especie de “alianza espiritual”, con el propósito de glorificar al Santísimo Sacramento. Quisieron implicar también a un sacerdote muy estimado, Juan de Lausana, canónigo de la iglesia de San Martín de Lieja, pidiéndole que interpelara a teólogos y eclesiásticos sobre lo que ellas llevaban en el corazón. Las respuestas fueron positivas y alentadoras.
Lo que le sucedió a Juliana de Cornillón se repite frecuentemente en la vida de los Santos: para tener la confirmación de que una inspiración viene de Dios, es necesario siempre sumirse en la oración, saber esperar con paciencia, buscar la amistad y el acercamiento con otras almas buenas, y someter todo al juicio de los Pastores de la Iglesia. Fue precisamente el Obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien, después de las dudas iniciales, acogió la propuesta de Juliana y de sus compañeras, e instituyó, por primera vez, la solemnidad del Corpus Domini en su diócesis. Más tarde, otros obispos le imitaron, estableciendo la misma fiesta en los territorios confiados a sus cuidados pastorales.
A los Santos, con todo, el Señor les pide a menudo superar pruebas, para que su fe se incremente. Sucedió también a Juliana, que tuvo que sufrir la dura oposición de algunos miembros del clero y del mismo superior del que dependía su monasterio. Entonces, por voluntad propia, Juliana dejó el convento de Mont-Cornillon con algunas compañeras, y durante diez año, entre 1248 y 1258, fue huésped de varios monasterios de monjas cistercienses. Edificaba a todos con su humildad, no tenía nunca palabras de crítica o de reproche para sus adversarios, sino que seguía difundiendo con celo el culto eucarístico. Falleció en 1258 en Fosses-La-Ville, en Bélgica. En la celda donde yacía se expuso el Santísimo Sacramento y, según las palabras de su biógrafo, Juliana murió contemplando con un último arrebato de amor a Jesús Eucaristía, a quien había siempre amado, honrado y adorado.
A la buena causa de la fiesta del Corpus Domini fue conquistado también Giacomo Pantaléon de Troyes, que había conocido a la Santa durante su ministerio de archidiácono en Lieja. Fue precisamente él quien, llegado a ser Papa con el nombre de Urbano IV, en 1264, quiso instituir la solemnidad del Corpus Domini como fiesta de precepto para la Iglesia universal, el jueves sucesivo a Pentecostés. En la Bula de institución, titulada Transiturus de hoc mundo (11 de agosto de 1264) el Papa Urbano reevoca con discreción también las experiencias místicas de Juliana, avalando su autenticidad, y escribe: “Aunque la Eucaristía cada día sea solemnemente celebrada, consideramos justo que, al menos una vez al año, se haga de ella más honrada y solemne memoria. Las demás cosas, de hecho, de las que hacemos memoria, las aferramos con el espíritu y con la mente, pero no obtenemos por ello su presencia real. En cambio, en esta conmemoración sacramental de Cristo, aunque bajo otra forma, Jesucristo está presente con nosotros en su propia sustancia. Mientras estaba de hecho a punto de ascender al cielo, dijo: 'He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo' (Mt 28,20)”.
En Pontífice mismo quiso dar ejemplo, celebrando la solemnidad del Corpus Domini en Orvieto, ciudad en la que entonces vivía. Precisamente por orden suya en la catedral de la ciudad se conservaba – y se conserva aún ahora – el célebre corporal con las huellas del milagro eucarístico sucedido el año anterior, en 1263, en Bolsena. Un sacerdote, mientras consagraba el pan y el vino, había sido preso de fuertes dudas sobre la presencia real del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía. Milagrosamente, algunas gotas de sangre comenzaron a brotar de la Hostia consagrada, confirmando de esa forma lo que nuestra fe profesa. Urbano IV pidió a uno de los más grandes teólogos de la historia, santo Tomás de Aquino – que en aquel tiempo acompañaba al Papa y se encontraba en Orvieto –, que compusiera los textos del oficio litúrgico de esta gran fiesta. Estos, aún hoy en uso en la Iglesia, son obras maestras, en las que se funden teología y poesía. Son textos que hacen vibrar las cuerdas del corazón para expresar alabanza y gratitud al Santísimo Sacramento, mientras la inteligencia, adentrándose con estupor en el misterio, reconoce en la Eucaristía la presencia viva y verdadera de Jesús, de su Sacrificio de amor que nos reconcilia con el Padre, y nos da la salvación.
Aunque tras la muerte de Urbano IV la celebración de la fiesta del Corpus Domini se limitó a algunas regiones de Francia, de Alemania, de Hungría y de Italia septentrional, fue después un Pontífice, Juan XXII, quien en 1317 la restauró para toda la Iglesia. Desde entonces en adelante, la fiesta conoció un desarrollo maravilloso, y aún es muy sentida por el pueblo cristiano.
Quisiera afirmar con alegría que hoy en la Iglesia hay una “primavera eucarística”: ¡cuántas personas se detienen silenciosas ante el Tabernáculo, para entretenerse en coloquio de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de rezar en adoración ante la Santísima Eucaristía.
Rezo para que esta “primavera” eucarística se difunda cada vez más en todas las parroquias, en particular en Bélgica, la patria de santa Juliana. El Venerable Juan Pablo II, en la EncíclicaEcclesia de Eucharistia, constataba que “En muchos lugares [...] la adoración del Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad. La participación devota de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia de Dios, que cada año llena de gozo a quienes toman parte en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico”, dice el Papa (n. 10).
Recordando a santa Juliana de Cornillon renovemos también nosotros la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Como nos enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, “Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de modo verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 282).
Queridísimos amigos, la fidelidad al encuentro con el Cristo Eucarístico en la Santa Misa dominical es esencial para el camino de fe, pero intentemos también ir frecuentemente a visitar al Señor presente en el Tabernáculo! Mirando en adoración la Hostia consagrada, encontramos el don del amor de Dios, encontramos la Pasión y la Cruz de Jesús, como también su Resurrección. Precisamente a través de nuestra mirada en adoración, el Señor nos atrae hacia sí, dentro de su misterio, para transformarnos como transforma el pan y el vino (cfr BENEDICTO XVI, Homilía en la Solemnidad del Corpus Domini, 15 de junio de 2006). Los Santos siempre han encontrado fuerza, consuelo u alegría en el encuentro eucarístico. Con las palabras del Himno eucarístico Adoro te devote repitamos ante el Señor, presente en el Santísimo Sacramento: “¡Hazme crecer cada vez más en Ti, que en Ti yo tenga esperanza, que yo Te ame!”. Gracias.
17 noviembre 2010
Aceprensa
Que la doctrina católica, especialmente en campos como la sexualidad o la familia, no es bien recibida en muchos medios de comunicación españoles es algo de sobra conocido. Pero la reciente visita papal ha puesto de manifiesto, además, una profunda diferencia de actitudes: de un lado, el discurso constructivo, respetuoso y razonado –se esté o no de acuerdo con sus opiniones– del Papa; de otro, las reacciones de sus críticos, que van desde la indignación más profunda hasta la burla tosca y superficial, de mal gusto en algunos casos.
Las críticas hacia Benedicto XVI sorprenden más aún en cuanto que el Papa no ha hecho sino incidir en los temas que están marcando desde el principio su magisterio: la conexión entre razón y fe, la defensa de la dignidad humana, el papel insustituible de la familia natural, el laicismo. Recogemos algunas de sus declaraciones, tomadas de los siete discursos pronunciados tanto en Santiago de Compostela como en Barcelona, y de la entrevista que concedió en su viaje hacia Santiago.
Apertura a la razón y a la fe
Uno de los empeños intelectuales de Benedicto XVI es despertar el sentido de trascendencia en un ser humano con una religiosidad adormilada o completamente borrada por dos siglos de secularización. En la homilía de la plaza del Obradoiro (Santiago) afirmaba: “Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad”.
Benedicto XVI ha denunciado repetidas veces la marginación de los valores religiosos como una interpretación perniciosa de la sana separación entre Iglesia y estado. A este respecto reclamaba “una España y una Europa preocupadas no solo de las necesidades materiales de los hombres, sino también de las morales y sociales, de las espirituales y religiosas, porque todas ellas son exigencias genuinas del único hombre”.
El “único hombre” que el Papa se esfuerza en comprender es el racional, pero también el hombre de fe y el artista. Así lo manifestó en las declaraciones durante el viaje de llegada a España: “La fe, y la fe cristiana, solo encuentra su identidad en la apertura a la razón, y la razón solo se realiza si trasciende hacia la fe. Pero también es importante la relación entre fe y arte, porque la verdad, fin y meta de la razón, se expresa en la belleza y se auto-realiza en la belleza”.
Las declaraciones que encendieron la mecha de la polémica fueron parte de una respuesta del Papa a la pregunta acerca de si España era uno de los objetivos primordiales de la nueva evangelización. Benedicto XVI subrayó la importancia que España había tenido como baluarte del catolicismo en varios momentos históricos, pero también recordó el fuerte laicismo y anticlericalismo de los años 30. Después añadió: “este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, ha vuelto a reproducirse en la España actual”.
Estas palabras, que algunos criticaron por entender que suponían una comparación improcedente con la España de los años treinta, entroncan con la idea que Benedicto XVI quiere proponer de laicidad. El Papa continuó diciendo: “Por eso, el futuro de la fe y del encuentro –no del enfrentamiento sino del encuentro– entre fe y laicidad, tiene un foco central también en la cultura española”. Después de estas declaraciones resulta difícil seguir defendiendo que el catolicismo mira con sospecha la separación entre Iglesia y estado, es decir, la laicidad.
Otra cosa es el laicismo, que supone una interpretación negativa del hecho religioso –sea del credo que sea– por considerarlo potencialmente peligroso para la convivencia, y exige un espacio público “neutral”, aunque esa neutralidad derive en un ateísmo práctico. Desde el principio de su pontificado Benedicto XVI no ha dejado de alertar del peligro de silenciar en la esfera pública las cuestiones acerca de Dios. En la homilía de Santiago de Compostela se preguntaba “¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo lo más determinante de ella puede ser recluido en la mera intimidad o remitido a la penumbra?”
“Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre”. Estas palabras, que podría suscribir cualquier ilustrado, fueron pronunciadas por Benedicto XVI en la plaza del Obradoiro de Santiago. Y es que otro de los temas más frecuentes en los discursos del actual Papa es la defensa de la dignidad humana como criatura predilecta de Dios. Un día más tarde, en Barcelona, comentaría a este propósito unas palabras de San Pablo: “¿No sabéis que sois templo de Dios?... El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros (1 Cor 3, 16-17). He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y dignidad del hombre”.
Esta dignidad del hombre no debe quedarse, según Benedicto XVI, en una bonita consideración teórica, sino que debe funcionar de moderadora de la actividad política y de la investigación científica, particularmente en el controvertido campo de la bioética. Así, en la misma homilía de Barcelona, el Papa reclamaba “que quienes padecen minusvalías psíquicas o físicas puedan recibir siempre aquel amor y atenciones que los haga sentirse valorados como personas en sus necesidades concretas”.
Asimismo, Benedicto XVI recordó el papel de la doctrina cristiana para asegurar una forma de organización social y política respetuosa de la dignidad del hombre: “donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral”.
La dedicación de la basílica de la Sagrada Familia dio ocasión a Benedicto XVI para recordar la primacía que la Iglesia católica y él en persona otorgan a la familia: “Es el gran tema de hoy y nos indica hacia dónde podemos ir tanto en la edificación de la sociedad como en la unidad entre fe y vida, entre religión y sociedad”. El Papa es perfectamente consciente de que las batallas del laicismo y la dignidad humana se libran, en primer lugar, dentro del ámbito de la familia.
Un de las críticas más manidas contra la Iglesia católica es la de machismo: la no ordenación de mujeres o la promoción de la maternidad son vistas por algunos como formas de desprecio hacia lo femenino. Unas palabras de la homilía de Barcelona han servido de excusa para volver a agitar esta acusación: “la Iglesia aboga por las adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización”. La mención del hogar ha molestado a los que piensan que las tareas domésticas derivadas de la maternidad suponen un mecanismo de represión de la feminidad.
Sin embargo, otros han visto en estas palabras del Papa justo el mensaje contrario: el trabajo y la familia son dos ámbitos en los que la mujer se realiza como persona, y por tanto la administración pública debe velar para que ambos sean compatibles y la mujer se desarrolle plenamente. Una interpretación mucho más plausible, por ser más cercana a la literalidad de las declaraciones. Otra cosa es que uno se empeñe en ofenderse.
16 noviembre 2010
Jóvenes convencidos de que el verdadero amor espera
Los frutos que ha traído la promesa de castidad en Guayaquil - Ecuador
Anualmente unos 5.000 jóvenes en la ciudad de Guayaquil (Ecuador) realizan la denominada Promesa de Castidad en la que se comprometen a vivir pureza y a poner todos los medios para abstenerse de las relaciones sexuales antes del matrimonio.
“En este siglo, vivir la castidad es muy significativo para mí puesto que es una gran virtud y un gran don que hablan mucho de mi dignidad y de una afirmación del verdadero amor”, dice María Renata.
La iniciativa ha sido impulsada por la archidiócesis de Guayaquil, junto con algunos movimientos eclesiales como Lazos de amor mariano, Schoenstatt, Movimiento de Vida Cristiana, Regnum Christi, Cursillos de Cristiandad, el Camino Neocatecumenal, entre otros.
Virtud necesaria
“El período del noviazgo, fundamental para formar una pareja, es un tiempo de espera y de preparación, que se ha de vivir en la castidad de los gestos y de las palabras”, dijo el Papa Benedicto XVI durante el mensaje de la Jornada Mundial de la juventud de 2007.
“Esto permite madurar en el amor, en el cuidado y la atención del otro”, señaló en aquel entonces el Pontífice “ayuda a ejercitar el autodominio, a desarrollar el respeto por el otro” elementos que se convierten en “características del verdadero amor que no busca en primer lugar la propia satisfacción ni el propio bienestar”.
Sobre el tema, ZENIT consultó con el padre Enrique Granados, quien parte de su ministerio sacerdotal lo dedica a la pastoral con los jóvenes del Movimiento de Vida Cristiana.
“Siempre pongo un ejemplo de un chico o una chica que tienen relaciones con una y otra persona, es como una cinta adhesiva que la pego y la despego”, dijo.
“Cuando la despego me llevo parte del tejido epitelial y de lo más externo que hay en mí”, señaló. “Pero cuando yo la despego ya no se va a adherir”, ilustró el sacerdote.
“Lo mismo pasa con las personas que tienen relaciones con varias personas”, indicó “cuando ya quieren amar y comprometerse con alguien les es muy difícil y en algunos casos hasta imposible”, aseguró el padre Granados.
Signos de contradicción y esperanza
Para conocer sobre los frutos que esta iniciativa ha dejado en la vida de estos jóvenes, ZENIT habló con algunos de ellos:
“Yo creo que estamos en un mundo que nos lleva a la sensualidad y nos impulsa tanto al hedonismo, que no podemos andar como si nada nos fuera a pasar”, dijo Nicolás Romero. “Por eso nuestra postura como católicos debe ser de un valiente rechazo ante todos esos males y no existe mejor forma de concretarlo que con una promesa a Dios de castidad”, aseguró este joven de 17 años.
Para María Cristina Jaramillo Almea, la fidelidad a esta promesa “nos exige a los jóvenes cultivar día a día un amor que va mas allá del placer, nos exige un amor profundo y centrado en Dios”.
Por su parte, Kristina Hjelkrem de 17 años, ve la vivencia de esta virtud como “una forma de combatir la crisis del mundo y de ser esperanza para otros jóvenes”. De otro lado, Jeffry Naranjo Samaniego, de 17 años ve en este grupo a “jóvenes que marcamos la diferencia, que somos signos de contradicción y esperanza, y me alegro de todo corazón de formar parte del cambio”.
Mayor disciplina y claridad
Oscar Henk de 16 años, dijo que vivir la castidad le ayuda a “aprender a valorarme como persona e hijo de Dios que soy”. Y compartió algunos frutos que esta práctica le ha traído: “he aprendido a llevar una actitud mucho más madura en algunos lugares como fiestas o las casas de mis amigos”.
Confesó además que la vida casta “me esta ayudando a discernir mi vocación”, ya que “mi inteligencia, voluntad, afectos y sentimientos aprendo a dominarlos y así tener un orden en mi vida, obtener aquel silencio y escuchar lo que Dios me dice cada día”.
“Dios me ha dado todo es esta vida y creo que una forma de ser correspondido con Él es vivir la castidad día a día e ir en contra de la corriente del mundo”, dice Oscar para quien el paradigma pleno de castidad es la Virgen María.
“Por eso todas las mañanas rezo un rosario y consagro mi día a la María para que me ayude a caminar por las sendas del amor, la verdad y la castidad; y así escuchar Dios, responderle, y ser santo, que es el anhelo que se encuentra en lo profundo de mi corazón”, concluyó el joven.
Así son muchos los jóvenes que en esta diócesis ecuatoriana viven coherentemente con aquellas palabras que Juan Pablo II pronunció durante el Angelus del 6 de julio de 2003, cuando se clausuraban las celebraciones del centenario de la muerte de Santa María Goretti:
“Hoy se exalta con frecuencia el placer, el egoísmo, o incluso la inmoralidad, en nombre de falsos ideales de libertad y felicidad”, dijo el papa.
“Es necesario reafirmar con claridad que la pureza del corazón y del cuerpo debe ser defendida, pues la castidad «custodia» el amor auténtico” aseguró el Pontífice.
1. Llenos de agradecimiento a la Santísima Trinidad, asistimos a la ordenación diaconal de estos treinta y cuatro hombres, fieles del Opus Dei. Entre las variadas ceremonias litúrgicas de la Iglesia, la administración de las Órdenes Sagradas —además de producir gran alegría al pueblo cristiano— es una celebración que tiene una belleza especial, llena de simbolismo y de significado. Mediante los gestos que realizaré como Obispo, como instrumento vivo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, el misterio de Dios penetra con mayor fuerza e incisividad en nuestros corazones.
Como ha escrito el Santo Padre Benedicto XVI, «la belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra». Hemos, pues, de participar en este rito con la mayor piedad y con el gozo de llevar a cabo un acto de culto querido por Nuestro Señor.
Se trata de un acontecimiento muy sobrenatural, que sólo se puede percibir con los ojos de la fe; y, al mismo tiempo, está lleno de humanidad, porque comprobamos que el único sacerdocio, el sacerdocio de Jesucristo, continúa en el tiempo a través de sus ministros.
Mediante la imposición de las manos por parte del Obispo y la oración consagratoria, Dios Padre enviará sobre estos hermanos nuestros al Espíritu Santo, que «los marca con un sello ("carácter") que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo, que se hizo "diácono", es decir, el servidor de todos». Pidamos a la Santísima Trinidad que acreciente en nosotros, durante esta celebración eucarística, las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.
Al mismo tiempo, consideremos que no sólo los nuevos diáconos, sino todos nosotros, en cuanto cristianos, hemos recibido la misión de servir a los demás, siguiendo el ejemplo del Maestro, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos (Mt 20,28).
Hoy, aprovechando la gracia que el Señor nos envía, recemos para que esta misión confiada a la Iglesia —de modo particular a los diáconos, como recuerda la primera lectura de la Misa, refiriéndose a los levitas instituidos por Moisés para el servicio del sumo sacerdote Aarón— brille en el mundo con todo su esplendor y su gran eficacia.
Corresponde a los diáconos, según el Catecismo de la Iglesia Católica, «asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios, sobre todo de la Eucaristía y en su distribución, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo, proclamar el evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse a los diversos servicios de la caridad».
Dirijámonos al Espíritu Santo pidiéndole que la fuerza que va a conceder a estos nuevos ministros, mediante su configuración con el Hijo amadísimo del Padre, llegue a las almas que ellos han de ayudar en el camino de la santidad.
2. Serviréis a Dios, hijos míos diáconos, cuidando amorosamente todo lo que se refiere al culto divino. Ya anteriormente, como cristianos que han recibido en el Bautismo una participación en el sacerdocio de Cristo, habéis procurado poner cariño y delicadeza en las diversas manifestaciones de la piedad eucarística: participar en la Santa Misa conscientes del misterio que se hace presente sobre el altar; hacer con amor las genuflexiones ante el Santísimo Sacramento; y tantos otros signos externos de piedad, que revelan la sinceridad de nuestra fe en la presencia eucarística del Señor.
Ahora, como diáconos, vuestra cercanía física y espiritual a Jesús en la Eucaristía será aún mayor. Tendréis el privilegio de tocar con vuestras manos y distribuir a los fieles las sagradas Especies, que esconden y a la vez manifiestan la presencia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo; tomaréis en vuestras manos el ostensorio para impartir la bendición eucarística; podréis llevar la Comunión a los enfermos y el Viático a los moribundos, confortándolos en el viaje hacia la patria celestial...
Prestaréis estos servicios pastorales del mejor modo posible, si procuráis comportaros como San Josemaría: en su vida y en sus libros tenemos todos —clérigos y laicos— una doctrina en maravillosa sintonía con la tradición de la Iglesia, que hemos de seguir, y un ejemplo que hemos de imitar, para crecer en respeto e intimidad con Jesucristo.
En este año, 80º aniversario del comienzo del apostolado del Opus Dei entre las mujeres, querido por Dios, y que desde el pasado 14 de febrero estamos recorriendo con Santa María, me viene con frecuencia a la mente el recuerdo de la devoción con que San Josemaría se refería a una imagen de la Virgen que se difundió mucho en la época de su infancia, cuando San Pío X dio un fuerte impulso a la práctica de la comunión frecuente. Representaba a María adorando la Hostia santa.
Hoy, como entonces y como siempre, Nuestra Señora nos enseña a tratar a Jesús, a reconocerle y a encontrarle en las diversas circunstancias del día y, de modo especial, en ese instante supremo —el tiempo se une con la eternidad— del Santo Sacrificio de la Misa .
En la escuela de María —Mujer eucarística, como la llamó Juan Pablo II—, aprenderemos a tener con Jesús, Hijo suyo y Hermano nuestro, todas esas delicadezas de verdadero amor a la Sagrada Eucaristía, que Él espera de nosotros.
3. Por lo que se refiere al servicio a los hombres, además de la predicación de la Palabra de Dios y de la administración de algunos sacramentos, me gustaría detenerme en las obras de misericordia, que fueron una de las primeras manifestaciones del oficio de los diáconos en la Iglesia.
Es sabido cómo, en los primeros tiempos, el Paráclito suscitó la necesidad de elegir a siete hombres de buena reputación, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, para ayudar a los Apóstoles en el cumplimiento de su misión.
Entre los oficios que les fueron confiados, la Escritura indica de modo especial el cuidado de las personas más necesitadas en la Iglesia: los pobres, las viudas, los enfermos. «Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia —ha escrito el actual Romano Pontífice—, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los sacramentos».
Hasta el punto de que los cristianos eran conocidos por los paganos, sobre todo, por el ejercicio heroico de la caridad. «Mirad cómo se aman», decían, al ver cómo nuestros predecesores en la fe ponían en práctica el mandamiento nuevo del amor fraterno, que Cristo les había enseñado.
En nuestros días, en muchos lugares, el Estado y otras instituciones sociales, pero sobre todo la Iglesia, se encargan de atender a los pobres, a los enfermos, a los huérfanos, etc. A pesar de todo, siempre será necesario cuidar con amor y delicadeza a los indigentes, cosa que sólo es capaz de hacer un corazón lleno de la caridad de Cristo.
Como en los primeros tiempos, con total desinterés y con viva caridad, la Iglesia ofrece sus cuidados a toda clase de personas. Esta dedicación actúa como el imán, atrayendo los corazones de muchos que están lejos de Dios y que nosotros queremos acercar al Señor. Insisto: estos servicios de caridad son tarea de todos los cristianos, aunque la Iglesia los confíe particularmente a los diáconos.
Pero cada uno de nosotros ha de mostrarse disponible para aliviar las necesidades de los demás, que muchas veces no son sólo de carácter material, sino también espiritual. La lejanía de Dios, la soledad, la indiferencia, y tantas otras necesidades favorecidas por una sociedad que incita al egoísmo, nos ofrecen muchas ocasiones de hacer el bien.
Hijos míos, tened una especial preocupación por los enfermos y por todos los que sufren en el cuerpo o en el espíritu; procurad acercaros a esas personas para ofrecerles un poco de alivio en el nombre de Jesús.
Con palabras de Benedicto XVI en su reciente viaje a Santiago de Compostela, os recuerdo que «para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos».
4. Para terminar, me dirijo a los padres, hermanos, y amigos de los ordenandos. Me alegro con vosotros por esta señal de predilección que Dios ha manifestado a vuestros seres queridos; al mismo tiempo, os recuerdo que debéis —debemos— rezar por ellos y por todos los candidatos al sacerdocio.
Recemos también por el Papa, por el Cardenal Vicario de Roma, por todos los obispos y sacerdotes de la Iglesia, para que seamos dignos de la gracia que Dios nos ha otorgado para el bien de la humanidad.
Y no olvidemos el gratísimo deber de pedir a la Trinidad que envíe seminaristas a todas las Diócesis; hombres decididos a llevar la alegría y la paz del Cielo hasta los ángulos más remotos del mundo.
Lo hacemos recurriendo a la intercesión de la Virgen, de San José, de San Josemaría y de todos los santos, en este mes en el que la Iglesia los honra con un recuerdo especial. Así sea.
* * *
Isidro Miguel Fontenla (España)
Enrique Alonso de Velasco (Holanda)
Benito Agustín Calahorra (España)
Alfonso Romero Corral (España)
Francisco Martín Vivas (España)
Gonzalo Otero (España)
José Manuel Giménez Amaya (España)
José Manuel de Lasala (España)
Alberto Barbés (España)
Vicente Guzmán (España)
Ferran Canet (España)
Piero Vavassori (Italia)
Manuel José Martínez (España)
Damien Peter Lim Guan Heng (Singapur)
Pablo Mones Cazón (Argentina)
Francisco Javier Insa (España)
Juan López Agúndez (España)
Alejandro Macía Nieto (Colombia)
Anthony Kenechukwu Odoh (Nigeria)
John Richard Grieco (Estados Unidos)
Thierry Sol (Francia)
Robert Weber (Austria)
Josepmaria Quintana (España)
Francisco Contreras Chicote (España)
Fabiano Dourado Guedes (Brasil)
Juan Pablo Lira (México)
Juan Manuel Carranza (Argentina)
Christian Mendoza Ovando (México)
Federico Guillermo Ruiz López (El Salvador)
Michał Twarkowski (Polonia)
Lucas Buch (España)
Joseph Thomas (Estados Unidos)
Ivan Kanyike Mukalazi (Uganda)
La ceremonia de ordenación presbiteral será en mayo.