05 abril 2011

CUANDO ORAR NOS ES FÁCIL



Ignacio Larrañaga


El padre Ignacio Larrañaga inició en 1974 el apostolado de los "Encuentros de experiencia de Dios", que impartió en 33 países y 3 continentes a lo largo de unos 30 años. En 1984 fundó los Talleres de Oración y Vida, servicio eclesial aprobado por la Santa Sede y extendido en más de 40 países.

Ahora ha publicado "Dios adentro" (Libros libres), un grato manual para aprender a orar. Con un estilo cercano y asequible, Larrañaga profundiza en el arte de orar de un modo práctico: a través de sus páginas, el lector camina poco a poco desde los primeros pasos hasta la contemplación, va superando sus angustias e inundándose de paz. Con este libro, el padre Larrañaga quiere ofrecer una ayuda eficaz a quienes quieren iniciarse en el trato con Dios.


--Habla usted en "Dios adentro" de la "fe adulta". ¿También en la fe existe un proceso de madurez?



--Padre Larrañaga: Claro, el de la superación de una fe demasiado racional o centrada en la búsqueda de seguridades; una fe capaz de asumir toda clase de riesgos y temores. Esa fe que le permitió a Abraham caminar en la presencia del Señor, que acaba convirtiéndose en la inspiración, el centro y el sentido de su vida.



--¿Tiene sentido una vida sin Dios?



--Padre Larrañaga: Somos pozos infinitos que infinitos finitos jamás podrán llenar. Sólo un infinito puede saciar un pozo infinito. La cultura moderna ha desplazado a Dios del centro de la vida, centro que lo ha ocupado el ego. ¿Consecuencias? La insolidaridad, la moral permisiva, nada tiene sentido, nada vale la pena, llega el nihilismo, cuya consecuencia es un vacío infinito que amenaza asfixiar a la humanidad, y la meta es el suicidio. Una sociedad sin Dios acaba en una sociedad contra el hombre.


--Dice usted que lo que más desconcierta al hombre es el silencio de Dios. ¿Es la oración el mejor modo de "sintonizar" con Él?



--Padre Larrañaga: La oración es el modo de establecer una corriente afectiva con un Tú, de tal manera que dos presencias previamente conocidas y amadas se hacen mutuamente presentes y se establece aquella corriente de dar y recibir, amar y sentirse amados en el silencio del corazón, en la fe, en el amor.


--Vivimos en una sociedad utilitarista, ¿entra Dios en este esquema?



--Padre Larrañaga: Dios no tiene utilidad alguna, porque es gratuidad absoluta.


--¿Se puede aprender a orar?



--Padre Larrañaga: La oración es un don de Dios, y el primer don de Dios; pero también es un arte por tratarse de la convergencia entre la gracia y la naturaleza. Y, como arte, está sometida a las normas de aprendizaje y otras leyes psicológicas. Orar bien exige, pues, método y disciplina.


--¿Orar es fácil?



--Padre Larrañaga: Rezar un Padrenuestro o una Salve es fácil. Pero si se trata de concentrar las energías mentales en un Tú, en el silencio del corazón, en la fe, en el amor... orar no es fácil. Hay que sosegar los nervios, soltar las tensiones, silenciar los clamores interiores y, en la última soledad del ser, acoger el misterio infinito de Dios y... ¡adorar! Eso no es fácil.



--"El que se siente amado por Dios no conoce el miedo", dice en "Dios adentro". En nuestra sociedad llena de miedos, orar, ¿libera? Tratar y experimentar a Dios, ¿puede anular definitivamente nuestros temores?



--Padre Larrañaga: Vivir en profundidad la presencia amorosa y poderosa del Padre, experimentar su ternura en toda la densidad, vivir abandonado y lleno de confianza en sus manos... todo eso destierra inexorablemente y para siempre los miedos y temores del corazón. Y en su lugar sobreviene la Paz.


--La gente se queja diciendo "rezan y no cambian"...



--Padre Larrañaga: Hay que preguntarse que si rezando son así, cómo serían si no rezaran. La gente hace esfuerzos constantes de paciencia, pero nadie los percibe. ¡Cuántos logros silenciosos existen sin que nadie los haya notado! No se puede decir tan alegremente, "rezan y no cambian"...


--Cristo, ¿también revolucionó la oración?



--Padre Larrañaga: Jesús llamó a Dios "Abbá", "querido papá", y dijo "Tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí a solas, contigo". Y también dijo "adoraréis al Padre no en este monte, ni en el monte Sinaí, ni en este templo, ni en aquél, sino en espíritu y verdad´. No cabe mayor revolución.


--¿Qué son los Talleres de Oración y Vida?



--Padre Larrañaga: Son un método de nueva evangelización en el que se ejercita el trato de amistad con el Señor, se realiza un radical proceso de purificación y pacificación, y se emprende el camino hacia la santificación, imitando a Cristo.


--¿Cuáles son las claves para realizar una oración profunda y fructífera?



--Padre Larrañaga: Perseverar en la paciencia, en la fe pura y desnuda. Permanecer a solas con atención amorosa y sosegada en Dios, en sosiego y quietud. El resto, lo hará Dio

04 abril 2011

DEMOCRACIA Y VERDAD


Rafael Palomino

En la segunda parte de “Jesús de Nazaret”, el Papa no solo ofrece una reflexión teológica y exegética de primer orden, sino que también invita a la reflexión sobre otros aspectos cruciales. Uno de ellos, es el análisis del proceso de Jesús ante Pilatos. Detengámonos en él.
La civilización occidental no puede entenderse sin el calidoscopio en el que se descomponen sus grandes procesos. Así  por ejemplo, en el primer  cuarto del  siglo XX, Occidente despierta de la pesadilla totalitaria a través de los Juicios de Nüremberg, que recordaron la existencia de exigencias morales y éticas superiores a cualquier Derecho positivo. Mucho tiempo antes (s. II a. de C.),  el choque verbal  entre Cicerón y Catilina, recuerda la importancia del respeto a la ética en los asuntos públicos y los presupuestos del  poder legítimo. El juicio de Sócrates en Atenas (s .IV a. de C.), en fin,  nos sitúa abruptamente ante el valor de la crítica de la razón frente a los usos sociales.
De todos ellos,  el proceso de Jesús ante Pilatos ocupa el  lugar central. ¿Quiénes fueron los acusadores? ¿Cuál fue el verdadero motor del proceso? ¿Qué lugar ocupa la verdad en el gran tema de lo justo  legal?
Tres respuestas claves
La respuesta a la primera pregunta por Benedicto XVI ha merecido el agradecimiento del pueblo judío. El fiscal no fue Israel como un todo, sino  los círculos sacerdotales distinguidos y un pequeño y fanático grupo de seguidores de Barrabás. La segunda cuestión en Benedicto XVI apunta como una flecha a un hecho que ha cambiado el mundo: la separación  entre la dimensión religiosa y la política, una separación que, para el Papa,  pertenece realmente “a la esencia” del  nuevo camino cristiano. El tercer tema requiera algo más de atención ahora.
Ante el requerimiento  de Pilatos: “¿Qué es la verdad?”, Benedicto XVI recuerda que no ha sido el procurador romano “el único que ha dejado al margen esta cuestión como insoluble y, para sus propósitos, impracticable. También hoy se considera molesta, tanto en la contienda política como en la discusión sobre la formación del derecho”.
Ciertamente, para el Derecho la pregunta por la verdad es fundamental. Tal vez por esto, y precisamente desde instancias democráticas, viene afirmándose que los derechos fundamentales, entre ellos el derecho a un juicio “justo”,  deberían ser rescatados de las presiones de las minorías y de las imposiciones de las mayorías políticas. Al representar un núcleo de valores esenciales, deben quedar al margen de esquemas políticos de uno y otro signo. Como ha dicho Spaemann, “la comunidad jurídica no es una especie de ‘closed shop’, cuyas condiciones de admisión y de exclusión quedan fijadas por la mayoría de los miembros”. Por ejemplo, no hay derecho alguno de una mayoría, por muy grande que sea, a decidir sobre el derecho de una minoría a su existencia.
Hace años, cuando Benedicto XVI era solamente  el cardenal Ratzinger, observaba que “las decisiones mayoritarias no pierden su condición verdaderamente humana y responsable cuando presuponen un sustrato básico de humanidad y lo respetan como verdadero bien y condición de todos los demás bienes”.
Las observaciones primero del cardenal Ratzinger y ahora de Benedicto XVI chocan frontalmente con la visión jurídica que, prescindiendo de la verdad, basa el derecho en el poder, en la fuerza de los votos. Esta  línea de pensamiento (me refiero al positivismo jurídico, fruto del relativismo ante la verdad objetiva) hoy intenta ocupar todos los intersticios legales, incluido el juicio histórico de Jesús ante Pilatos
Relativismo y positivismo legal
Tal vez haya sido el jurista austríaco Hans Kelsen el que lo ha planteado de forma más radical. Cuando desde su visión normativista se sitúa  ante  la pregunta del procurador romano frente a la verdad, no duda en tomar partido por la postura que, a la postre, adoptará Pilatos.  Estas son sus palabras : “Y puesto que Pilatos, un relativista escéptico, no sabía qué era la verdad, la verdad absoluta en que este hombre creía, consecuentemente, procedió de modo democrático sometiendo la decisión del caso a votación popular” (H. Kelsen, “¿Qué es la Justicia?, Barcelona, 1992).
Ciertamente no deja de provocar un cierto “escalofrío jurídico” esta renuncia a la verdad, para entregar la justicia en manos de  una mayoría, tantas veces manipulable (como se deduce también del relato evangélico). El relativismo —de entonces y de ahora— termina, en el fondo, por renunciar a saber qué es lo justo, aferrándose a una maraña de subterfugios procedimentales, que difícilmente pueden ocultar la presión del poderoso sobre el débil.
El Papa se refería de forma explícita a estas cuestiones de profundo calado, con motivo de su discurso a la Comisión Teológica internacional de 5 de octubre de 2007. Decía entonces  Benedicto XVI: “En muchos pensadores parece dominar hoy una concepción positivista del derecho. Según ellos, la humanidad, o la sociedad, o de hecho la mayoría de los ciudadanos, se convierte en la fuente última de la ley civil. (…) En la raíz de esta tendencia se encuentra el relativismo ético, en el que algunos ven incluso una de las condiciones principales de la democracia, porque el relativismo garantizaría la tolerancia y el respeto recíproco de las personas. Pero, si fuera así, la mayoría que existe en un momento determinado se convertiría en la última fuente del derecho. La historia demuestra con gran claridad que las mayorías pueden equivocarse. (…) Cuando están en juego las exigencias fundamentales de la dignidad de la persona humana, de su vida, de la institución familiar, de la equidad del ordenamiento social, es decir, los derechos fundamentales del hombre, ninguna ley hecha por los hombres puede trastocar la norma escrita por el Creador en el corazón del hombre”.
Me he permitido una cita algo extensa, precisamente porque explica nítidamente el desenlace jurídico de la crucial cuestión también teológica que el Papa Ratzinger plantea cuando analiza el proceso de Jesús.

¿QUÉ ACTITUD ASUMIMOS FRENTE A JESÚS?


El Papa ayer con ocasión del Ángelus


¡Queridos hermanos y hermanas!
El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo de gracia particular, durante el cual podemos experimentar el don de la benevolencia del Señor hacia nosotros. La liturgia de este domingo, llamado "Laetare", nos invita a alegrarnos, a gozar, tal y como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: “¡Alegraos con Jerusalén y regocijáos por causa de ella, todos los que la amáis! ¡Compartid su mismo gozo los que estábais de duelo por ella, para ser amamantados y saciados en sus pechos consoladores, para gustar las delicias de sus senos gloriosos!" (cfr Is 66,10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el que Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige a aquel que había sido ciego constituye el culmen del relato: “¿Crees en el Hijo del hombre?" (Jn 9,35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús, y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: "¡Creo, Señor!" (Jn 9,38). Hay que resaltar cómo una persona sencilla y sincera, de forma gradual, realiza un camino de fe: en un primer momento se encuentra con Jesús como un “hombre” entre los demás, después lo considera un "profeta", finalmente, sus ojos se abren y lo proclama "Señor". En oposición a la fe del ciego curado está el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque rechazan acoger a Jesús como el Mesías. La muchedumbre, en cambio, se detiene a discutir sobre lo sucedido y permanece distante e indiferente. Los mismos padres del ciego son vencidos por el miedo al juicio de los demás.
Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros, a causa del pecado de Adán, hemos nacido “ciegos”, pero frente a la fuente bautismal hemos sido iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que hemos sido llamados. En Él, revigorizados por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y realizar el bien. De hecho, la vida cristiana es una conformación continua a Cristo, imagen del hombre nuevo, para llegar a la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es ·la luz del mundo" (Jn 8,12), porque en Él "resplandece el conocimiento de la gloria de Dios" (2 Cor 4,6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual símbolo de Cristo Resucitado, es un signo que ayuda a captar lo que sucede en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo aquello que amenaza su realización plena. En estos días que nos preparan a la Pascua reavivemos en nosotros el don recibido en el Bautismo, esa llama que a veces corre el riesgo de ser sofocada. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.
A la Virgen María, Madre de la Iglesia, confiamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo.

03 abril 2011

TESTAMENTO ESPIRITUAL DEL PRIOR DE LOS MONJES ASESINADOS EN ARGELIA


Padre Christian de Chergé


Si me sucediera un día -y podría ser hoy- ser víctima del terrorismo que parece querer involu­crar ahora a todos los extranjeros que viven en Argelia, desearía que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recordaran que mi vida estaba entre­gada a Dios y a este país. Que aceptaran que el único Señor de toda vida no podría permane­cer ajeno a esta partida brutal. Que oraran por mí: ¿cómo podría ser hallado digno de tal ofrenda? Que supieran asociar esta muerte a tantas otras igualmente violentas, relegadas a la indiferencia del anonimato.
Mi vida no tiene más valor que otra. Tampo­co menos. En cualquier caso, carece de la ino­cencia de la infancia. He vivido lo suficiente como para saberme cómplice del mal que, la­mentablemente, parece prevalecer en el mundo, y también de aquel que podría golpearme ciegamente.
Llegado el momento, querría tener ese ins­tante de lucidez que me permitiera solicitar el perdón de Dios y el de mis hermanos en la hu­manidad, y al mismo tiempo perdonar de todo corazón a quien me hubiera golpeado. No po­dría desear una muerte semejante. Me parece importante declararlo. De hecho, no veo cómo podría alegrarme de que este pueblo al que amo fuera acusado indistintamente de mi asesi­nato. Sería un precio demasiado alto para la que, tal vez, llamarán la «gracia del martirio» debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si dice actuar por fidelidad a lo que él cree que es el islam. Conozco el desprecio con el que se ha llegado a rodear a los argeli­nos globalmente considerados. Conozco igual­mente las caricaturas del islam que alienta cier­to islamismo. Es demasiado fácil tranquilizar la conciencia identificando esta vía religiosa con los integrismos de sus extremistas.
Argelia y el islam, para mí, son otra cosa: son un cuerpo y un alma. Lo he proclamadobastante, según lo que he reci­bido de ellos concretamente, encontrando ahí con mucha fre­cuencia el hilo conductor del Evangelio que aprendí en las rodillas de mi madre, mi más temprana Iglesia, precisamente en Argelia y, ya entonces, en elrespeto de los creyentes musul­manes. Evidentemente mi muerte parecerá dar la razón alos que me han tratado a la li­gera como ingenuo o idealista: «¡Que diga ahora lo que pien­sa!». Pero aquellos deben saber que por fin se liberará mi cu­riosidad más punzante.
He aquí que, si Dios así lo quiere, podré sumergir mi mira­da en la del Padre, para con­templar con él a sus hijos del islam como él los ve, totalmen­te iluminados por la gloria deCristo, frutos de su pasión, in-vestidos del don del Espíritu,cuyo gozo secreto siempre seráestablecer la comunión y resta­blecer la semejanza, jugandocon las diferencias.
Por esta vida perdida, total­mente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios queparece haberla querido toda en­tera para ese gozo, através y a pesar de to­do.
En este gracias, en el que está todo dicho yade mi vida, ciertamente os incluyo a vosotros, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, ami­gos de aquí, junto a mi madre y a mi padre, mis hermanas y mis hermanos, y a los su­yos ¡el céntuplo acor­dado, como se prome­tió!
Y a ti también, amigo del úl­timo instante, que no habrás sa­bido lo que hacías. Sí: también para ti quiero este gracias y este «a-Dios» por ti previsto. Y que se nos conceda reencontrarnos, ladrones felices, en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nues­tro, tuyo y mío. Amén.Insh'allah.

HAMBRE Y SED DE DIOS


Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

¿Qué buscan quienes cambian de religión? Muchos lo hacen porque tienen hambre y sed de Dios. No se alejan de su iglesia en que nacieron porque sean malos, tengan intereses torcidos, o huyan del compromiso social de la fe, sino porque quieren encontrar más de cerca a Dios. Tienen ansia de algo o Alguien que cure su dolor que les desespera, que llene el vacío que sienten, que les ayude a superar su insatisfacción, que mitigue su angustia y soledad que les atormenta. Unos, aprisionados por el alcohol y la droga, quieren liberarse y acuden a cualquier centro religioso que le dé consuelo y esperanza, de tinte carismático católico o protestante, o a uno de tantos nuevos cultos que han surgido, y que fincan su éxito en ofrecer salud y prosperidad.
Estamos en un supermercado de religiones. Pululan por todas partes grupos con líderes de grandes dotes comunicativas y teatrales, como uno originario de Puerto Rico y residente en Miami, que, en forma contradictoria, proclama ser Jesucristo hombre, y al mismo tiempo se dice "anticristo"; pide a sus seguidores que se marquen con el 666, signo apocalíptico de la "bestia", el gran enemigo de Cristo. Dice que todos, empezando por Pablo y los demás apóstoles, hemos estado equivocados. ¡Hasta que él llegó, llegó la verdad! ¡Y hay quienes lo siguen! Alejados e ignorantes de su fe original, o decepcionados por algún mal trato, buscan ansiosamente quien les dé ánimo y seguridad.
Esto indica que la gente busca a Dios. Aumentan los que se declaran sin religión, pero son más quienes van tras nuevas religiones. Quizá quieren un Dios a su medida. O su Iglesia los deja insatisfechos. O no hemos sabido ofrecerles los enormes tesoros espirituales que tenemos. Una laica colombiana, universitaria, nos dijo a los obispos en Aparecida que les habláramos más de Dios... Un sacerdote de Bogotá afirma que muchos obispos, sacerdotes y religiosas no hablamos de Jesucristo... ¿Qué nos dice todo esto?
JUZGAR
Jesucristo nos dejó en su Iglesia una fuente exuberante de vida eterna, que sacia nuestra hambre y sed de eternidad y trascendencia. Si estamos convencidos de que El es el único Camino, el único Salvador, la única Vida, la única Verdad, contagiaremos siempre esta convicción que da sentido y plenitud a nuestra vida y vocación. Que no busquen en otras fuentes lo que nosotros tenemos en abundancia.
Dice el Papa Benedicto XVI: "Jesús es la Palabra viva de Dios. Cuando enseñaba, la gente reconocía en sus palabras la misma autoridad divina, sentía la cercanía del Señor, su amor misericordioso, y alababa a Dios. En toda época y en todo lugar, quien tiene la gracia de conocer a Jesús, especialmente a través de la lectura del santo Evangelio, queda fascinado con él, reconociendo que en su predicación, en sus gestos, en su Persona, él nos revela el verdadero rostro de Dios, y al mismo tiempo nos revela a nosotros mismos, nos hace sentir la alegría de ser hijos del Padre que está en el cielo, indicándonos la base sólida sobre la cual debemos edificar nuestra vida.
Pero a menudo el hombre no construye su obrar, su existencia, sobre esta identidad, y prefiere las arenas de las ideologías, del poder, del éxito y del dinero, pensando encontrar en ellos estabilidad y la respuesta a s la insuprimible demanda de felicidad y de plenitud que lleva en su alma. ¡Cristo es la roca de nuestra vida! El es la Palabra eterna y definitiva que no hace temer ningún tipo de adversidad, de dificultad, de molestia... Os exhorto a dedicar tiempo cada día a la Palabra de Dios, a alimentaros de ella, a meditarla continuamente. Es una ayuda preciosa también para evitar un activismo superficial, que puede satisfacer por un momento el orgullo, pero que al final nos deja vacíos e insatisfechos" (6-III-2011).
ACTUAR
Apasionémonos más por Jesucristo y contagiemos a otros de esta nuestra fe. No le busquemos tantas explicaciones justificatorias a las deserciones de creyentes, para seguir siendo y haciendo lo mismo de siempre, sin convertirnos pastoralmente. No nos hagamos sordos a los signos de los tiempos, en los cuales el Espíritu nos puede estar invitando a una renovación personal y eclesial.

02 abril 2011

"Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz"

ENCUENTRO POR LA PAZ  EN ASÍS (27 DE oCTUBRE)




El pasado 1 de enero, después de la oración del Angelus, Benedicto XVI anunció su deseo de solemnizar el XXV aniversario del histórico encuentro que tuvo lugar en Asís, el 27 de octubre de 1986, por voluntad del venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. Con motivo de dicha conmemoración, el Santo Padre tiene la intención de convocar, el próximo 27 de octubre, unaJornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, acudiendo como peregrino a la ciudad de san Francisco e invitando nuevamente a unirse a este camino a los hermanos cristianos de las distintas confesiones, a los exponentes de las tradiciones religiosas del mundo e, idealmente, a todos los hombres de buena voluntad.
La Jornada tendrá como tema: "Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz". Cada ser humano es en el fondo un peregrino en busca de la verdad y del bien. También el hombre religioso permanece siempre en camino hacia Dios: de aquí nace la posibilidad, más aún, la necesidad de hablar y dialogar con todos, creyentes o no, sin renunciar a la propia identidad o recurrir a formas de sincretismo; en la medida en que la peregrinación de la verdad se vive auténticamente, se abre al diálogo con el otro, no excluye a ninguno y compromete a todos a ser constructores de fraternidad y de paz. Éstos son los elementos que el Santo Padre pretende poner en el centro de la reflexión.
Por este motivo, serán invitados a compartir el camino de los representantes de las comunidades cristianas y de las principales tradiciones religiosas también algunas personalidades del mundo de la cultura y de la ciencia que, si bien no se profesan religiosas, se sienten en el camino de la búsqueda de la verdad y son conscientes de la común responsabilidad por la causa de la justicia y de la paz en nuestro mundo.
Por tanto, la imagen de la peregrinación resume el sentido del evento que se celebrará: se hará memoria de las etapas recorridas, desde el primer encuentro de Asís, al posterior de enero de 2002 y, al mismo tiempo, se mirará al futuro con el propósito de continuar recorriendo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad el camino del diálogo y de la fraternidad, en el contexto de un mundo en rápida trasformación. San Francisco, pobre y humilde, acogerá de nuevo a todos en su ciudad, convertida en símbolo de fraternidad y paz.
La mañana misma del 27 de octubre, las delegaciones saldrán de Roma en tren junto con el Santo Padre. Al llegar a Asís, se dirigirán hacia la Basílica de Santa María de los Ángeles, donde tendrá lugar un momento de conmemoración de los precedentes encuentros y de profundización en el tema de la Jornada. Intervendrán representantes de algunas delegaciones asistentes y también tomará la palabra el Santo Padre.
Seguirá un almuerzo frugal, compartido por los delegados: una comida marcada por la sobriedad, que busca expresar el estar juntos en fraternidad y, al mismo tiempo, la participación en los sufrimientos de tantos hombres y mujeres que no conocen la paz. Después, se dejará un tiempo de silencio para la reflexión de cada uno y la oración. Por la tarde, todos los presentes en Asís irán a pie hacia la Basílica de San Francisco. Será una peregrinación en la que, en el último tramo, tomarán parte también los miembros de las delegaciones; con esto se pretende simbolizar el camino de cada ser humano en la búsqueda constante de la verdad y de la construcción activa de la justicia y de la paz. Se desarrollará en silencio, dejando un espacio a la oración y a la meditación personal. Junto a la Basílica de San Francisco, en el lugar donde se han concluido las precedentes reuniones, se tendrá el momento final de la Jornada, con la renovación solemne del compromiso común por la paz.
Como preparación de esta Jornada, el Papa Benedicto XVI presidirá en San Pedro la tarde precedente una vigilia de oración con los fieles de la diócesis de Roma. Se invita a las Iglesias particulares y las comunidades dispersas por el mundo a organizar momentos de oración similares.
En las próximas semanas, los Cardenales Presidentes de los Consejos Pontificios para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, del Diálogo Interreligioso y de la Cultura enviarán las invitaciones en nombre del Santo Padre. El Papa pide a los fieles católicos que se unan espiritualmente a la celebración de este importante acontecimiento y agradece a los que acudan a la ciudad de San Francisco para compartir esta peregrinación ideal.

01 abril 2011

CUANDO EL CORAZÓN SE QUEDA CIEGO


Monseñor Jesús Sanz Montes

Decimos en el dicho popular que los ojos son las ventanas del corazón. Y el autor de El Principito (Antoine de Saint Exupery), dirá aquello célebre: que lo importante sólo se ve con el corazón. No siempre vemos bien las cosas, ni las gentes, ni la misma vida, porque no siempre amamos. Hay una especie de "miopía" del corazón. En el camino hacia la Luz pascual, la Iglesia hoy nos invita con la Palabra de Dios a comprobar la vista de nuestro corazón y el amor de nuestra mirada. Son tres los protagonistas que llenan este escenario evangélico: Jesús, el ciego de na­cimiento y los fariseos.
En primer lugar está el ciego de nacimiento que es visto por Jesús, un invidente que es alcanzado por la mirada de Jesús. No es una ceguera culpable la suya, ni tam­poco maldita, cuando su destino último será nacer a la luz. El encuentro con Jesús, sencillamente anticipa ese nacimiento luminoso. A pesar de su tara física, menos mal que su madre no lo abortó y tampoco lo "eutanasiaron" después. Para él fue posible con antelación el encuentro con Aquel después del cual ni la oscuridad, ni la ceguera, ni el mal, ni el pecado... tiene ya la última palabra.
Los fariseos tenían otra ceguera, mucho más compleja y difícil de salvar porque estaba ideologizada, tenía intereses creados, tantos que hasta les impedía reco­nocer lo evidente: que un ciego de verdad, de verdad llegó a ver. Y tendrán que en­contrar alguna razón para seguir justificándose en su posición. Ellos determinarán que Jesús no puede venir de Dios cuando hace cosas "aparentemente" prohibidas por Dios por ser en sábado -son las apariencias del mirar humano-. Se afanan en un capcioso interrogatorio: preguntan al ciego, a sus padres, al ciego de nuevo... pero no quieren oír cuando lo que escuchan no coincide con sus previsiones.
Hemos de situarnos dentro de este Evangelio: con nuestras cegueras y oscuridades ante Jesús Luz del mundo. La gran diferencia entre el ciego y los fariseos estaba en que el primero reconocía su ceguera sin más, y por eso acogió la Luz, mientras que los segundos decían que veían y por eso permanecían en su oscuridad, en su pecado. No les bastaba a ellos con estar en la si­nagoga, como no nos basta a nosotros con estar en la Iglesia, si nuestro estar no está iluminado y no es luminoso, si no caminamos como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor. Los fariseos sabían mu­chas cosas de Dios, pero no sabían a lo que sabe Dios; ellos pensaban que veían las co­sas en su justa medida -la suya-, pero ésta no coincidía con la de los ojos de Dios. Este es nuestro reto.

“DIOS ES AMOR”




P. Cantalamessa, 2ª Predicación de Cuaresma

El primer y fundamental anuncio que la Iglesia está encargada de llevara al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean íntimamente permeados por ella, que ésta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos mínimamente, la presente meditación.
La expresión “amor de Dios” tiene dos acepciones muy diversas entre sí: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, más inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, más a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. También la predicación cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas épocas, casi solo del “deber” de amar a Dios (De diligendo Deo).
Pero la revelación bíblica da la precedencia al segundo significado: al amor “de” Dios, no al amor “por” Dios. Aristóteles decía que Dios mueve el mundo “en cuanto es amado”, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo más importante, a propósito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que le ama “primero”: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero” (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo demás, incluída nuestra propia posibilidad de amar a Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19).
1. El amor de Dios en la eternidad
Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los demás se detenían en su nacimiento de María, él da el gran salto hacia atrás, del tiempo a la eternidad: “Al principio estaba la Palabra”. Lo mismo hace a propósito del amor. Todos los demás, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; él se remonta a más allá de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor. “Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios”: así podemos descomponer su afirmación: “Dios es amor” (1Jn 4,10).
De ella Agustín escribió: “Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las páginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta única palabra, es decir, que Dios es amor, no deberíamos pedir más”[2]. Toda la Biblia no hace sino “narrar el amor de Dios” [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las demás. Se discute sin fin, y no sólo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo más importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hipótesis, él existiese pero no fuese amor, habría que temer más que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ¡Dios existe y es amor!
El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. Allí donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.
No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, como – dice el filósofo Husserl – no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ¿A quien ama Dios para ser definido amor? ¿A la humanidad? Pero los hombres existen sólo desde hace algunos millones de años; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ¿El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años; antes, ¿a quién amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.
He aquí la respuesta de la revelación cristiana que la Iglesia recogió de Cristo y que explicitó en su Credo. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, que ama de un amor infinito que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que les une.
2. El amor de Dios en la creación
Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvación. La primera etapa de ella es la creación. El amor es, por su naturaleza, “diffusivum sui”, es decir, “tiende a comunicarse”. Dado que “el actuar sigue al ser”, siendo amor, Dios crea por amor. “¿Por qué nos ha creado Dios?”: así sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo después en la otra en el paraíso”. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: “con qué objetivo, con que fin nos ha creado Dios”; no responde a la pregunta sobre la causa causante: “por qué nos creó, qué le empujó a crearnos”. A esta pregunta no se debe responder: “para que lo amásemos”, sino “porque nos amaba”.
Según la teología rabínica, hecha propia por el Santo Padre en su último libro sobre Jesús, “el cosmos fue creado no para que haya múltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la 'alianza', el 'sí' del amor entre Dios y el hombre que le responde” [5]. La creación existe de cara al diálogo de amor de Dios con sus criaturas.
¡Qué lejos está, en este punto, la visión cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos más profundos para un joven o una chica es descubrir un día que está en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empeñado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabría convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oración suya a la Trinidad:
“¿Cómo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? […]. El fuego te obligó. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz veías todas las iniquidades que tu criatura debía cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, dándole el ser a tu imagen y semejanza. Tú, verdad eterna, me declaraste a mí tu verdad, es decir, que el amor te obligó a crearla”.
Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donación y de descendimiento; es tambiéneros y en estado puro; es atracción hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinación por su belleza.
3. El amor de Dios en la revelación
La segunda etapa del amor de Dios es la revelación, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé […] ¡Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! […] Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer […] ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? […] Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1-4).
Encontramos este mismo lenguaje en Isaías: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?” (Is 49, 15) y en Jeremías: “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él” (Jr 31, 20).
En estos oráculos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno está hecho de estímulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y difícilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese más. El amor materno en cambio está hecho de acogida y de ternura; es un amor “visceral”; parte de las profundas fibras del ser de la madre, allí donde se formó la criatura, y de allí afirma toda su persona haciéndola “temblar de compasión”.
En el ámbito humano, estos dos tipos de amor – viril y materno – están siempre repartidos, más o menos claramente. El filósofo Séneca decía: “¿No ves cómo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces también de lágrimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse”[6]. Pero mientras el Dios del filósofo pagano tiene hacia los hombres sólo “el ánimo de un padre que ama sin debilidad” (son palabras suyas), el Dios bíblico tiene también el ánimo de una madre que ama “con debilidad”.
El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es “fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego” (cf Ct 8, 6), y también a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegría del día de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).
El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elección. ¡Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, también lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por él “como se alegra el esposo por la esposa” (Is 62,5)!
Como observa el Santo Padre en la “Deus caritas est”, la metáfora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la “alianza”, es la mejor muestra de que también el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un “hacer caridad” al hombre, en el sentido más restringido del término.
4. El amor de Dios en la encarnación
Llegamos así a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnación: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Frente a la encarnación se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnación. ¿Por qué Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundizó esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnación, como de todas las demás obras ad extra de la Trinidad.
Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a sí mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (“secundo vult alios habere condiligentes”). Si decide la encarnación es para que haya otro ser que le ama con el amor más grande posible fuera de Él [7]. La encarnación habría tenido lugar por tanto aunque Adán no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el “primogénito de la creación” (Col 1,15), no la solución a un problema creado a raíz del pecado de Adán.
Pero también la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnación del Hijo, no sólo para tener a alguien fuera de sí que le amase de modo digno de sí, sino también y sobre todo para tener a alguien fuera de sí a quien amar de manera digna de sí. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone “toda su complacencia” y con él a todos nosotros hechos “hijos en el Hijo”.
Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no sólo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido también subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situación. En el principio existía el amor, y “el amor se hizo carne”: así parafraseaba un antiquísimo escrito cristiano las palabras del Prólogo de Juan [8].
San Pablo acuña una expresión adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama “el amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rom 8, 39). Si, como se decía la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expresó y recogió en Cristo.
5. El amor de Dios infundido en los corazones
La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecostés, que hace presente y operante “el amor de Dios en Cristo Jesús” hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir sólo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).
¿Pero qué es este amor que ha sido derramado en nuestro corazón en el bautismo? ¿Es un sentimiento de Dios por nosotros? ¿Una disposición benévola suya respecto a nosotros? ¿Una inclinació? ¿Es decir, algo intencional? Es mucho más; es algo real. Es, literalmente, el amor deDios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnación asumió una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de “inhabitación”. “Mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).
Nosotros nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), es decir, partícipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vorágine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor aún: entre la vorágine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.
6. ¡Nosotros hemos creído en el amor de Dios!
Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aquí es la revelación objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ¿qué haremos, qué diremos tras haber escuchado cuánto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ¡amar a Dios! ¿No es este, el primero y más grande mandamiento de la ley? Sí, pero viene después. Otra respuesta posible: ¡amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ¿No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4, 11)? También esto viene después; antes hay otra cosa que hacer. ¡Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que “Dios es amor”, el evangelista Juan exclama: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Jn 4,16).
La fe, por tanto. Pero aquí se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ¿Cómo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no sólo de crearnos, sino también de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ¿Cómo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.
El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribió una novela singular titulada “Cartas del diablo a su sobrino”. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que está empeñado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la práctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener éxito en el intento. Se trata de un moderno, finísimo tratado de moral y de ascética, que hay que leer al revés, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.
En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusión que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (así llaman a Dios) ame verdaderamente “a los gusanos humanos y desee su libertad”. Están seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un engaño, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el día en que “Nuestro Padre” (Así llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen razón.
Parecería una fe fácil y agradable; en cambio, es quizás lo más difícil que hay también para nosotros, criaturas humanas. ¿Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ¡No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo creyésemos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, porque el paraíso no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.
El mundo ha hecho cada vez más difícil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cuánto duele sentirse engañado. Así, se va engrosando cada vez más la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es más, en ningún amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal está también la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: “Sí, este amor de Dios es hermoso, pero no es para mí. Yo no soy digno...”.
Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los discípulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupación por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie – digo nadie – entre los filósofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros yagape.
San Pablo nos sugiere un método para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que él experimentó en su vida: la angustia, la persecución, la espada... (cf 2 Cor 11, 23 ss). Él los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.
Se nos invita a hacer como él: a mirar nuestra vida, tal como ésta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden allí, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto físico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.
Desde su vida personal, el Apóstol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 37-39). Observa “su” mundo, con los poderes que lo hacían amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infundían tanto terror al hombre antiguo.
Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La “altura” y la “profundidad”, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente pequeño abajo, el universo y el átomo. Todo está dispuesto a aplastarnos; el hombre es débil y está solo, en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador a raíz de los descubrimientos científicos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos está demostrando dramáticamente el caso de los reactores atómicos de Fukushima.
Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es más fuerte que todo. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.




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Iintenciones del Papa Benedicto XVI para el mes de abril


Como de costumbre, ellas fueron divididas en intención general y misionera.


En la intención general, el Santo Padre pide que a través del anuncio creíble del Evangelio, la Iglesia sepa ofrecer siempre a las nuevas generaciones renovadas razones de vida y esperanza.

Ya en su intención misionera, el Papa desea que por medio de la proclamación del Evangelio y del testimonio de vida, "los misioneros lleven a Cristo a todos los que aún no lo conocen".

Como sucede todos los meses, las intenciones del Pontífice fueron confiadas al Apostolado de la Oración.