04 abril 2013


Mujeres y jóvenes: testigos de la Resurrección

Catequesis del Papa ayer  por el Año de la fe


¡Buenos días!
Hoy reanudamos las catequesis del Año de la Fe. En el Credo repetimos esta frase: "El tercer día resucitó según las Escrituras". Es propiamente el evento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, el centro del mensaje cristiano, que ha resonado desde el principio y ha sido transmitido a fin de que llegue hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: "Les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1 Cor. 15,3-5).
Esta breve confesión de fe proclama el misterio pascual mismo, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: La muerte y la resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y en la resurrección de Jesús, nuestra esperanza será débil, incluso no habrá ninguna esperanza, porque solo la muerte y resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El apóstol dice: "Si Cristo no resucitó, su fe es vana; permanecen aún en sus pecados" (v. 17).
Por desgracia, a menudo se ha tratado de ocultar la fe en la resurrección de Jesús, e incluso entre los propios creyentes se han deslizado dudas. Un poco esa fe de "agua de rosas", como se dice, que no es la fe fuerte. Y esto debido a la superficialidad, a veces a la indiferencia, ocupados por miles de cosas que se consideran más importantes que la fe, o por una visión puramente horizontal de la vida. Pero es la misma Resurrección la que nos abre a una mayor esperanza, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado, la muerte pueden ser vencidos. Y esto nos lleva a vivir con más confianza las realidades cotidianas, afrontarlas con valentía y con compromiso. La resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva de estas realidades cotidianas. ¡La resurrección de Cristo es nuestra fuerza!
Pero, ¿cómo se ha transmitido la verdad de la fe en la resurrección de Cristo? Hay dos tipos de evidencias en el Nuevo Testamento: algunas tienen la forma de profesión de fe, es decir, fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; mientras que otras tienen la forma de un relato de la Resurrección y de los eventos relacionados a la misma.
La primera, la forma de la profesión de fe, por ejemplo, es aquella que acabamos de escuchar, o la de la Carta a los Romanos en la que san Pablo escribe: "Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo" (10,9). Desde el comienzo de la Iglesia es clara y firme la fe en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús.
Hoy, sin embargo, quisiera centrarme en la segunda, en los testimonios en forma de un relato, que encontramos en los evangelios. En primer lugar observamos que los primeros testigos de este evento fueron mujeres. Al amanecer, van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encontraron al primer signo: el sepulcro vacío (cf. Mc. 16,1). Esto es seguido por un encuentro con un mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv 5-6.). Las mujeres se sienten impulsadas por el amor y saben cómo acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten; no lo retienen para sí mismas, sino que lo transmiten. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena su corazón, no se pueden contener.
Esto también debería suceder en nuestras vidas. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Creemos en un Resucitado que ha vencido el mal y la muerte! ¡Tengamos el valor de "salir" para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; ¡es el tesoro más preciado! ¿Cómo no compartir con otros este tesoro, esta certeza? No es solo para nosotros, es para transmitirlo, para dárselo a los demás, compartirlo con los demás. Es nuestro propio testimonio.
Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección se recuerda solo a los hombres, a los Apóstoles, pero no a las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la ley judía de la época, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo, no hubiera estado ligado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas sin embargo, narran simplemente lo que sucedió: las mujeres son las primeras testigos.
Esto nos dice que Dios no escoge según los criterios humanos: los primeros testigos del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde; los primeros testigos de la resurrección son las mujeres. Y esto es hermoso. ¡Y esto es un poco la misión de las madres, de las mujeres! Dar testimonio a sus hijos, a sus nietos, que Jesús está vivo, que es la vida, que resucitó.
¡Mamás y mujeres, adelante con este testimonio! Para Dios cuenta el corazón, el cuánto estamos abiertos a Él, si acaso somos como niños que se confían.
Pero esto también nos hace reflexionar sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, han tenido y tienen también hoy un rol especial en la apertura de las puertas al Señor, en el seguirlo y en el comunicar su Rostro, porque la mirada de la fe tiene siempre la necesidad de la mirada simple y profunda del amor. A los Apóstoles y a los discípulos les resulta más difícil creer. A las mujeres no. Pedro corre a la tumba, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y sentir que Dios nos ama, no tener miedo de amarlo: la fe se confiesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor.
Después de las apariciones a las mujeres, les siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrenal, sino que lo hace en una condición nueva. Al principio no lo reconocen, y solo a través de sus palabras y sus gestos sus ojos se abren: el encuentro con Cristo resucitado transforma, da nuevo vigor a la fe, un fundamento inquebrantable. Incluso para nosotros, hay muchos indicios de que el Señor resucitado se da a conocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía y los demás sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.
Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que también a través de nosotros en el mundo, los signos de la muerte den paso a los signos de la vida.
He visto que hay muchos jóvenes en la plaza. A ustedes les digo: lleven esta certeza: el Señor está vivo y camina con nosotros en la vida. ¡Esta es su misión! Lleven adelante esta esperanza: este ancla que está en los cielos; mantengan fuerte la cuerda, manténganse anclados y lleven la esperanza. Ustedes, testigos de Jesús, den testimonio de que Jesús está vivo y esto nos dará esperanza, dará esperanza a este mundo un poco envejecido por las guerras, por el mal, por el pecado. ¡Adelante, jóvenes!

Carta del Prelado del Opus Dei
(abril 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Todavía son muy recientes los momentos de gran importancia, y de los que hemos sido testigos, en la vida de la Iglesia: la elección de un nuevo Romano Pontífice. Como sucede siempre en estos acontecimientos, hemos experimentado la acción del Paráclito y lo que afirmaba Benedicto XVI al comenzar el ministerio petrino: «La Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días (...). La Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos».

Con un gozo grande, unidos a toda la Iglesia, hemos acogido todas y todos en la Obra la elección del Papa Francisco, que ha traído consigo una ráfaga de espiritualidad, de anhelos de mejora. La festividad de san José, día en el que el nuevo Romano Pontífice dio inicio solemne a su ministerio de Pastor supremo de la Iglesia universal, ha hecho especialmente tangible que el Señor, su Madre Santísima y el santo Patriarca velan por la Iglesia en todo momento; que la Esposa de Cristo nunca se encuentra sola entre los avatares y fluctuaciones que encuentra en el curso de su existencia.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia?, se preguntaba el Papa Francisco. Y respondía: con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto y no tanto al propio; es lo que Dios pide a David (...). Dios no desea una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. José es "custodio" porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es aún más sensible a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. Como os hice notar antes de la elección, y os confirmé luego —siguiendo en todo a nuestro Padre—, ya queremos al nuevo Papa con inmenso cariño sobrenatural y humano, al tiempo que procuramos apoyar —con abundante oración y mortificación— los primeros pasos de su ministerio, siempre importantes.

Ayer comenzó el tiempo pascual. El aleluya lleno de júbilo que sube de la tierra al cielo en todos los rincones del planeta, manifiesta la fe inquebrantable de la Iglesia en su Señor. Jesús, tras su afrentosa muerte en la Cruz, ha recibido de Dios Padre, por el Espíritu Santo, una nueva vida —una vida plena de gloria en su Humanidad Santísima— como confesamos los domingos en uno de los artículos del Credo: el mismo Jesús —perféctus homo, hombre perfecto— que padeció la muerte bajo Poncio Pilato y fue sepultado, ese mismo resucitó al tercer día, según las Escrituras, para no morir nunca más y como prenda de nuestra resurrección futura y de la vida eterna que esperamos. Digamos, pues, con la Iglesia: en verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este tiempo en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque Él es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida.

Tratemos de ahondar, con la ayuda del Paráclito, en este gran misterio de la fe, sobre el que se apoya —como el edificio sobre sus cimientos— toda la vida cristiana. «El misterio de la Resurrección de Cristo —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica— es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento». Lo explicaba san Pablo a los cristianos de Corinto. Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce.

El carácter totalmente excepcional de la resurrección de Cristo consiste en que su Humanidad Santísima, reunidos de nuevo el alma y el cuerpo por la virtud del Espíritu Santo, ha sido completamente transfigurada en la gloria de Dios Padre. Es un hecho histórico del que dan testimonio testigos plenamente creíbles; pero es, al mismo tiempo y sobre todo, objeto fundamental de la fe cristiana. El Señor, «en su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es el hombre celestial (cfr. 1 Cor 15, 35-50)».

Meditemos lo que san Josemaría escribió en una de sus homilías: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos (...).

Cristo vive en su Iglesia. "Os digo la verdad: os conviene que Yo me vaya; porque si Yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré" (Jn 16, 7). Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad.

De modo especial Cristo sigue presente entre nosotros, en esa entrega diaria de la Sagrada Eucaristía. Por eso la Misa es centro y raíz de la vida cristiana. En toda Misa está siempre el Cristo Total, Cabeza y Cuerpo. Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso. Porque Cristo es el Camino, el Mediador: en Él, lo encontramos todo; fuera de Él, nuestra vida queda vacía. En Jesucristo, e instruidos por Él, nos atrevemos a decir —audemus dicere— Pater noster, Padre nuestro. Nos atrevemos a llamar Padre al Señor de los cielos y de la tierra.

La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo.

Jesús resucitado es también Dueño del mundo, Señor de la historia: nada sucede sin que Él lo quiera o lo permita en vista de los designios salvadores de Dios. San Juan nos lo presenta en el Apocalipsis en toda su gloria: en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido con una túnica hasta los pies, y ceñido el pecho con una banda de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana blanca, como nieve, sus ojos como una llama de fuego, sus pies semejantes al metal precioso cuando está en un horno encendido, su voz como un estruendo de muchas aguas. En su mano derecha tenía siete estrellas, de su boca salía una espada tajante de doble filo, y su rostro era como el sol cuando brilla en todo su esplendor.

Esta soberanía de Nuestro Señor sobre el mundo y la historia en toda su amplitud, exige que sus discípulos nos empeñemos con todas nuestras fuerzas en la edificación de su reino en la tierra. Una tarea que requiere no sólo amar a Dios con todo el corazón y toda el alma, sino amar con caridad afectiva y efectiva, con obras y de verdad, a cada uno de nuestros semejantes, de modo especial a quienes se hallan más necesitados. Se comprende muy bien, por eso —escribió san Josemaría—, la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana (cfr. Tertuliano, Apologético, 17), no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Ésta es, como sabéis, una de las preocupaciones que el nuevo Papa ha manifestado desde los primeros momentos de su pontificado. Impulsados por el ejemplo y las enseñanzas de nuestro Padre, sigamos esforzándonos por llevar la caridad de Cristo, la solicitud espiritual y material por los demás, al ambiente en el que cada uno trabaja; de modo personal, pero también buscando y urgiendo la colaboración de otras personas que manifiestan esta preocupación por los necesitados. No olvidemos nunca que el Opus Dei nació y se reforzó, por querer divino, entre los pobres y enfermos de las barriadas extremas de Madrid; y a ellos se dedicó nuestro Fundador con generosidad y heroísmo, con gran empleo de tiempo, en los primeros años de la Obra. En 1941 escribía: no hace falta recordaros, porque estáis viviéndolo, que el Opus Dei nació entre los pobres de Madrid, en los hospitales y en los barrios más miserables: a los pobres, a los niños y a los enfermos seguimos atendiéndolos. Es una tradición que no se interrumpirá nunca en la Obra[12].

Pocos años después, san Josemaría completaba esta enseñanza con otras palabras bien claras que, a pesar del tiempo transcurrido, conservan plena actualidad. En estos tiempos de confusión —escribía—, no se sabe lo que es derecha, ni centro, ni izquierda, en lo político y en lo social. Pero si por izquierda se entiende conseguir el bienestar para los pobres, para que todos puedan satisfacer el derecho a vivir con un mínimo de comodidad, a trabajar, a estar bien asistidos si se ponen enfermos, a distraerse, a tener hijos y poderles educar, a ser viejos y ser atendidos, entonces yo estoy más a la izquierda que nadie. Naturalmente, dentro de la doctrina social de la Iglesia, y sin compromisos con el marxismo o con el materialismo ateo; ni con la lucha de clases, anticristiana, porque en estas cosas no podemos transigir.

Dolía especialmente a nuestro Fundador que el desamor y la falta de caridad con los indigentes se diese a veces también entre cristianos. Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un mensaje divino, nos piden una respuesta de amor, de entrega a los demás.

Hijas e hijos míos, meditemos estas palabras y hagámoslas resonar en los oídos de muchas personas, a fin de que el mandamiento nuevo de la caridad brille en la vida de todos y sea —como quería Jesús— el distintivo de todos sus discípulos. Querría que ahondáramos en las palabras del Evangelio, tras la resurrección de Jesús: gavísi sunt discípuli viso Dómino, los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Consideremos también que el Maestro nos sigue siempre de cerca, y hemos de descubrirlo, de mirarle, en las circunstancias extraordinarias y ordinarias de la vida corriente, con el convencimiento de lo que afirmaba san Josemaría: o lo encontramos ahí, o no lo encontraremos nunca. Por eso, tras el triunfo de Cristo, tras la seguridad de que cuenta con nosotros, ¿hemos dado un rumbo nuevo a nuestro gáudium cum pace, a nuestra alegría llena de paz?, ¿tiene contenido sobrenatural y humano?

A lo largo de este mes, junto al júbilo de la Iglesia por la Pascua y por tener de nuevo a un sucesor de Pedro en la tierra, en nuestro caso se añaden nuevos motivos de gozo: especialmente los aniversarios de la primera Comunión y de la Confirmación de san Josemaría el día 23. ¡Qué buena ocasión para que pidamos al Señor por su intercesión, en las próximas semanas, la luz abundante y la fortaleza del Espíritu Santo, para el Papa Francisco, para la Iglesia Santa, para la humanidad! No os oculto que disfruto recorriendo la historia del Opus Dei, la historia de las misericordias de Dios, y pido a la Trinidad Santísima que os suceda lo mismo a todas y a todos: no vivimos de recuerdos, sino del gozo de ver la mano de Dios en el recorrido de la Obra, en la vida de san Josemaría.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier


Con la oración y el afecto, junto al


Papa Francisco



      Con gran alegría hemos acogido, en todo el orbe católico, la elección del Papa Francisco como sucesor de Pedro en la sede de Roma y Sumo Pontífice de la Iglesia universal. El sonido festivo de las campanas, echadas al vuelo en el mundo entero, se hacía portador de una nueva por la que tanto habíamos rezado: habemus Papam! Y una vez más experimentamos la acción del Paráclito que, por encima de las vicisitudes del mundo y de la historia, guía y gobierna al Cuerpo místico de Cristo.

      Desde el primer momento, a todos el Santo Padre nos pide oraciones para ayudarle a llevar la carga que el Señor ha puesto sobre sus hombros. En esta hora densa de emoción y de contenido, en la que se ha manifestado de nuevo que la Iglesia está viva y es capaz de transmitir esa vida a su alrededor, renovamos nuestros deseos de acompañar al Papa Francisco en el camino de servicio a la Iglesia y al mundo que acaba de comenzar.

      Evangelización, nueva evangelización, desarrollo de la vida cristiana. Son las palabras clave en las que, desde el primer momento, el Romano Pontífice ha indicado de algún modo sus prioridades al iniciar el pontificado. El Papa Francisco proviene de América latina, en donde la fe en Cristo arraigó hace ya más de quinientos años. Una Iglesia rica de tradiciones religiosas que alimentan la fe del pueblo de Dios. Una Iglesia cercana a las personas que, en medio de las necesidades y de las dificultades espirituales y materiales de pobres y ricos, de cultos e ignorantes, de enfermos y de sanos, se ha mantenido fiel a Cristo durante siglos, amparada bajo el manto de María y muy unida a sus pastores. Una Iglesia que, a pesar de la mundial atracción del materialismo, sabe retornar una y otra vez a las fuentes de la verdadera espiritualidad: los sacramentos; la devoción a Nuestro Señor, sobre todo a su Pasión; la confianza filial en la Virgen; el recurso a la intercesión de los santos.

      El Papa Francisco transmitirá toda esta riqueza espiritual a la Iglesia en los demás continentes; sobre todo a los lugares de Europa, América del norte y Oceanía, donde los síntomas de un cierto desencanto y desgaste espiritual se manifiestan más abiertamente. Supondrá, al mismo tiempo, un impulso nuevo para la evangelización de los pueblos de Asia, África y de la misma América latina, tan hambrientos de Dios.

      El Romano Pontífice desea encaminarnos a lo esencial. “Cristo es el centro”, dijo en la audiencia del pasado 26 de marzo. Y en la Misa de inicio solemne del ministerio petrino afirmó que “la Cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho Él aquel día de su muerte”.
      Esto nos remite al núcleo mismo de la existencia cristiana. El Papa Francisco nos insiste en que la misericordia de Dios es infinita, que el Señor no se cansa de perdonarnos. Como solía recordar san Josemaría Escrivá de Balaguer“nuestro Dios es un Dios que perdona”, un Padre a quien hemos de recurrir con frecuencia en el sacramento de la Confesión.

      El Papa se apoya, para sacar adelante su tarea, en la oración de cada una y de cada uno de nosotros y, sobre todo, en la intercesión de la Santísima Virgen María y de san José. No en vano su primera salida del Vaticano, la mañana siguiente a la elección, fue a la Basílica de Santa María la Mayor, para poner su pontificado a los pies de nuestra Madre, refugio y salvación del pueblo romano y de la Iglesia entera.

      Durante las semanas transcurridas desde entonces, se ha hablado mucho de la carga que recae sobre los hombros del Pontífice Romano, a quien está confiada especialmente la unidad de fe y comunión en la Iglesia. Para afrontar con garbo ese peso, el Papa busca sobre todo la ayuda de Dios, la asistencia del Espíritu Santo, la cercanía de la Virgen, la intercesión de los santos; pero también pide –no me importa repetirlo una vez más– el afecto y la plegaria de los católicos y de otras muchas personas de buena voluntad. ¡No le dejemos solo! Que no le falte nuestra oración diaria, abonada por el sacrificio y el ofrecimiento de un trabajo bien terminado. De modo especial podemos unirnos a él en la Santa Misa, el mejor momento, el más sublime de cada jornada, para rogar a Dios Nuestro Señor con palabras de san Josemaría: “«omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» —que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María” (Forja 647).

03 abril 2013


''Cristo ha vencido al mal de modo pleno y definitivo''

El papa Francisco en el rezo del ''Reina Coeli'' del lunes

¡
Buena Pascua a todos ustedes! Les agradezco que hayan venido también hoy en gran número, para compartir la alegría de la Pascua, misterio central de nuestra fe. Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona –especialmente a quien sufre– y a todas las situaciones más necesitadas de confianza y esperanza.
Cristo ha vencido al mal de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres de todos los tiempos, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad.
Por esto me parece importante subrayar lo que hoy le pedimos a Dios en la liturgia: “Oh Padre, que haces crecer a tu Iglesia dándole siempre nuevos hijos, concede a tus fieles que expresen en su vida el sacramento que han recibido en la fe” (Oración Colecta del Lunes de la Octava de Pascua).
Es verdad, el bautismo que nos hace hijos de Dios, la Eucaristía que nos une a Cristo, deben convertirse en vida, es decir, traducirse en actitudes, comportamientos, gestos y elecciones. La gracia contenida en los sacramentos pascuales es un potencial de renovación enorme para la existencia personal, para la vida de las familias, para las relaciones sociales.
Pero todo pasa a través del corazón humano: si yo me dejo alcanzar por la gracia de Cristo resucitado, si le permito que me cambie en ese aspecto mío que no es bueno, que puede hacerme mal a mí y a los demás, yo permito a la victoria de Cristo que se afirme en mi vida, que extienda su acción benéfica. ¡Éste es el poder de la gracia! Sin la gracia no podemos hacer nada. Sin la gracia no podemos nada. Y con la gracia del Bautismo y de la Comunión eucarística puedo llegar a ser instrumento de la misericordia de Dios. De esa bella misericordia de Dios.
Expresar en la vida el sacramento que hemos recibido: he aquí, queridos hermanos y hermanas, nuestro empeño cotidiano, pero diría también ¡nuestra alegría cotidiana! ¡La alegría de sentirse instrumentos de la gracia de Cristo, como sarmientos de la vid que es Él mismo, animados por la linfa de su Espíritu!
Oremos juntos, en el nombre del Señor muerto y resucitado, y por intercesión de María Santísima, para que el Misterio pascual actúe profundamente en nosotros y en nuestro tiempo, para que el odio deje el lugar al amor, la mentira a la verdad, la venganza al perdón, la tristeza a la alegría”.
Después del rezo del Regina Coeli el papa saludó a todos los peregrinos, deseó a cada uno que pasara serenamente este “Lunes del Ángel”, en el que resuena con fuerza el anuncio gozoso de la Pascua: ¡Cristo ha resucitado! Y concluyó deseando “¡Buena Pascua a todos! ¡Buena Pascua a todos, y buen almuerzo!”.

La primera Semana Santa del papa Francisco

Rocío Lancho García 


Domingo de Ramos
Una de las frases de la homilía del Domingo de Ramos ya ha quedado en la memoria de todos los que han seguido y leído al papa estos días: "No os dejéis robar la esperanza que nos da Jesús". Una homilía en la que dio tres palabras clave: alegría, cruz y juventud. Nuestra alegría, recordó el papa, no es algo que nace de tener tantas cosas, sino que nace de haber encontrado a una persona, Jesús. Francisco invitó a no escuchar al diablo y no dejarse llevar por los problemas y los obstáculos porque "Jesús está en medio de nosotros" "nunca estamos solos". Jesús entró en Jerusalén para morir en la cruz, "su trono regio es el madero de la cruz". Porque Jesús toma sobre sí el mal y el pecado y lo lava con su sangre. ¡Cuántas heridas inflige el mal a la humanidad!, por eso recordó el papa lo que le decía su abuela de niño "el sudario no tiene bolsillos". La última palabra clave de la homilía, jóvenes. "Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre, incluso a los setenta, ochenta años. Con Cristo el corazón nunca envejece". Aprovechó la ocasión para recordar el encuentro del mes de julio en Río de Janeiro en la JMJ e invitó a los jóvenes a prepararse bien " sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe para el mundo entero. Los jóvenes deben decirle al mundo: es bueno seguir a Jesús"
Jueves Santo
Pasando al Jueves Santo, Francisco tuvo dos celebraciones y un encuentro importantes ese día. Por la mañana la Misa Crismal en la Basílica del San Pedro, celebración en la que los sacerdotes renuevan sus promesas hechas en la ordenación. Por eso el papa habló especialmente a los sacerdotes, dando paso a otra de las frases que será recordada "sed pastores con olor a oveja", "pastores en medio de su rebaño, pescadores de hombres". Dijo además que "al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo, esto es una prueba clara" y les invitó a ir a las "periferias, donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe". Definió a los sacerdotes como "mediadores entre Dios y los hombres"
El jueves almorzó con un grupo de sacerdotes de la diócesis de Roma, donde les hizo una invitación muy concreta: “Dejen las puertas abiertas de las iglesias, así la gente entra, y dejen una luz encendida en el confesionario para señalar su presencia y verán que la fila se formará”.
Por la tarde se vivió uno de los momentos más emotivos de estos días, el santo padre quiso celebrar la misa In Coena Domini en el Penitenciario de Menores de Casal del Marmo y lavó los pies a doce jóvenes reclusos.  En una breve pero muy concisa homilía habló de la importancia de ayudarnos entre nosotros, comenzando por quien está más arriba. "Lavar los pies significa yo estoy a tu servicio", "Tengo que estar a vuestro servicio, es un deber que me viene del corazón". Y les invitó a reflexionar "¿Estoy dispuesto a servir y a ayudar al otro? Y piense que esta señal es una caricia de Jesús que uno hace, porque Jesús vino justamente a ayudarnos".
Viernes Santo
Y así llegamos al viernes, a una basílica de San Pedro iluminada no al máximo, con pocas flores y en la que el color rojo resaltaba de forma particular. Uno de los momentos más impresionantes de la celebración fue al inicio, cuando el papa Francisco, vistiendo casulla roja, símbolo de la sangre de Cristo y del martirio, se postró en el suelo en oración silenciosa delante del altar.
Por la tarde llegó el momento del tradicional Vía Crucis del Coliseo. En presencia de la multitud de fieles el papa no quiso agregar muchas palabras porque "en esta noche tiene que quedar una sola palabra, que es la misma Cruz, la Cruz de Jesús es la palabra con la que Dios respondió al mal en el mundo". El papa explicó que Dios no se queda nunca en silencio frente al mal porque la Cruz de Cristo es su respuesta. "Dios nos juzga amándonos" dijo, y "si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo estoy condenado, no por Él, sino por mi mismo, porque Dios no condena sino que ama y salva".
Sábado Santo
El papa Francisco envió un mensaje con motivo de la ostensión extraordinaria de la Sábana Santa de Turín y dijo que "no se trata simplemente de observar, sino de venerar" e hizo una invitación:  "dejémonos alcanzar por esta mirada, que no va en busca de nuestros ojos, sino de nuestro corazón". El rostro de la Sábana Santa, dijo el santo padre, " es como si nos dijera: ten confianza, no pierdas la esperanza; la fuerza del amor de Dios, la fuerza del Resucitado, todo lo vence".
Durante la celebración eucarística de la Vigilia Pascual, el papa Francisco habló en su homilía en torno a tres ideas: la novedad, el Viviente y hacer memoria. A menudo, dijo el papa, "la novedad nos da miedo", "tenemos miedo de las sorpresas de Dios", y por eso nos invitó a no cerrarnos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas, porque "no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él". Francisco recordó donde está Aquel que vive. "Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive", si aceptamos a Jesús Resucitado, Él, "te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere". Para finalizar invitó a hacer memoria del encuentro con Jesús porque "esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro"
Domingo de Resurrección
¡Cristo ha resucitado! Así comenzó el papa su bendición 'Urbi et Orbi' el domingo. Esto significa "el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas". Además quiso pedir por la paz en el mundo, especialmente por Oriente Medios, en África y en Asia.
Lunes "del Ángel"
Para finalizar las celebraciones de la Semana Santa, el papa Francisco en el rezo del Reina Coeli recordó que le corresponde a los hombres "acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad".
Y para finalizar el día, de nuevo un gesto significativo por parte del papa argentino. Por primera vez un papa visitó las excavaciones de la necrópolis vaticana situada bajo la basílica de San Pedro y se detuvo en oración silenciosa, en recogimiento profundo y conmovido. 

31 marzo 2013


Mensaje y bendición ‘Urbi et Orbe’ 


del Santo Padre


    Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo: ¡Feliz Pascua! ¡Feliz Pascua!

      Es una gran alegría para mí poderos dar este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles...

      Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La misericordia de Dios siempre vence.

      También nosotros, como las mujeres discípulas de Jesús que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, podemos preguntarnos qué sentido tiene este evento (cf. Lc 24,4). ¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón. Y esto lo puede hacer el amor de Dios.
      Este mismo amor por el que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, y ha ido hasta el fondo por la senda de la humildad y de la entrega de sí, hasta descender a los infiernos, al abismo de la separación de Dios, este mismo amor misericordioso ha inundado de luz el cuerpo muerto de Jesús, y lo ha transfigurado, lo ha hecho pasar a la vida eterna. Jesús no ha vuelto a su vida anterior, a la vida terrenal, sino que ha entrado en la vida gloriosa de Dios y ha entrado en ella con nuestra humanidad, nos ha abierto a un futuro de esperanza.

      He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el hombre vivo (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4,20,5-7).

      Queridos hermanos y hermanas, Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos (cf. Ez 37,1-14).

      He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz.

      Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.
      Paz para Oriente Medio, en particular entre israelíes y palestinos, que tienen dificultades para encontrar el camino de la concordia, para que reanuden las negociaciones con determinación y disponibilidad, con el fin de poner fin a un conflicto que dura ya demasiado tiempo. Paz para Iraq, y que cese definitivamente toda violencia, y, sobre todo, para la amada Siria, para su población afectada por el conflicto y los tantos refugiados que están esperando ayuda y consuelo. ¡Cuánta sangre derramada! Y ¿cuánto dolor se ha de causar todavía, antes de que se consiga encontrar una solución política a la crisis?

      Paz para África, escenario aún de conflictos sangrientos. Para Malí, para que vuelva a encontrar unidad y estabilidad; y para Nigeria, donde lamentablemente no cesan los atentados, que amenazan gravemente la vida de tantos inocentes, y donde muchas personas, incluso niños, están siendo rehenes de grupos terroristas. Paz para el Este la República Democrática del Congo y la República Centroafricana, donde muchos se ven obligados a abandonar sus hogares y viven todavía con miedo.

      Paz en Asia, sobre todo en la península coreana, para que se superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación.
      Paz a todo el mundo, aún tan dividido por la codicia de quienes buscan fáciles ganancias, herido por el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia; egoísmo que continúa en la trata de personas, la esclavitud más extendida en este siglo veintiuno: la trata de personas es precisamente la esclavitud más extendida en este siglo veintiuno. Paz a todo el mundo, desgarrado por la violencia ligada al tráfico de drogas y la explotación inicua de los recursos naturales. Paz a esta Tierra nuestra. Que Jesús Resucitado traiga consuelo a quienes son víctimas de calamidades naturales y nos haga custodios responsables de la creación.
      Queridos hermanos y hermanas, a todos los que me escuchan en Roma y en todo el mundo, les dirijo la invitación del Salmo: «Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / “Eterna es su misericordia”» (Sal 117,1-2).

* * *
      Queridos hermanos y hermanas venidos de todas las partes del mundo y reunidos en esta plaza, corazón de la cristiandad, y todos los que estáis conectados a través de los medios de comunicación, os renuevo mi felicitación: ¡Buena Pascua!

      Llevad a vuestras familias y vuestros Países el mensaje de alegría, de esperanza y de paz que cada año, en este día, se renueva con vigor.
      Que el Señor resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, reconforte a todos, especialmente a los más débiles y necesitados. Gracias por vuestra presencia y el testimonio de vuestra fe. Un pensamiento y un agradecimiento particular por el don de las hermosas flores, que provienen de los Países Bajos. Repito a todos con afecto: Cristo resucitado guíe a todos vosotros y a la humanidad entera por sendas de justicia, de amor y de paz.

‘Él nos sorprende siempre’


Homilía del Papa en la Vigilia de la noche de Pascua 


    
    Queridos hermanos y hermanas:

      1. En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo (cf. Lc 24,1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos también nosotros. Habían seguido a Jesús. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz.

      Podemos imaginar sus sentimientos cuando van a la tumba: una cierta tristeza, la pena porque Jesús les había dejado, había muerto, su historia había terminado. Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, a este punto, sucede algo totalmente inesperado, una vez más, que perturba sus corazones, trastorna sus programas y alterará su vida: ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (cf. Lc 24,4).

      ¿Acaso no nos pasa así también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de todos los días? Nos quedamos parados, no lo entendemos, no sabemos cómo afrontarlo. A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Queridos hermanos y hermanas, en nuestra vida, tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre. Dios es así.

      Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.

      2. Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor −el ir al sepulcro−, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el que vive (cf. Nm 14,21-28; Dt 5,26, Jos 3,10).

      Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, Jesús es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

      3. Hay un último y simple elemento que quisiera subrayar en el Evangelio de esta luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban «con las caras mirando al suelo» −observa san Lucas−, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: Recordad. «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea... Y recordaron sus palabras» (Lc 24,6.8). Esto es la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros (cf. Lc 24,9). Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.

      En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba todos estas cosas en su corazón (cf. Lc2,19.51), pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que trasforma, a las sorpresas de Dios, tan bellas; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que él hace en nuestra historia personal y la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día, queridos hermanos y hermanas, a no buscar entre los muertos a Aquel que vive. Amén.

30 marzo 2013


Encuentro entre el metropolita Hilarión y el papa Francisco

Esperanza de nuevos progresos en las relaciones

El metropolita Hilarión expresó su esperanza de que "los progresos realizados en las relaciones entrela Iglesia ortodoxa rusa yla Iglesia católica romana bajo el papa Benedicto XVI se confirmaran durante el nuevo pontificado". 

La web del Departamento de los Asuntos Eclesiásticos Exteriores del Patriarcado de Moscú da cuenta del encuentro de su presidente, el metropolita Hilarión de Volokolamsk, con el papa Francisco, el miércoles 20 de marzo en El Vaticano. 
El metropolita transmitió al papa Francisco "los saludos del patriarca Kyrill de Moscú y de toda Rusia, que también le agradece igualmente por sus oraciones" y "subrayó que el Primado dela Iglesiarusa había seguido aténtamente la elección y la entronización del Romano Pontíce".
El presidente del DREE ha ofrecido al papa Francisco el libro del patriarca Kirill, Libertad y responsabilidad, en español.
El papa envió sus "mejores deseos para el primado dela Iglesia OrtodoxaRusa".
”Durante la entrevista, el metropolita Hilarión habló de la vida y del ministerio dela Iglesiaen Rusia, expresando su esperanza de que el progreso constatado en las relaciones entrela Iglesiaortodoxa rusa yla Iglesiacatólica bajo el papa Benedicto XVI sea confirmado bajo el nuevo pontificado".
Hizo hincapié en que "el Patriarcado de Moscú da una gran importancia al desarrollo de las relaciones conla Iglesiacatólica, especialmente en el campo del trabajo social, de la ayuda a los pobres y a los necesitados, y la defensa de los cristianos perseguidos".
El metropolitano Hilarión también "informó al pontífice de los problemas que aún existen en las relaciones entre las dos Iglesias, expresando la esperanza de que se puedan encontrar soluciones bajo el nuevo pontificado".
Al final del encuentro, el presidente del DREE ofreció al papa Francisco un icono dela Madrede Dios llamada "Mirad mi humildad", regalo del patriarca Kyrill.
"Los primeros pasos de vuestra santidad después de vuestra elección llevaban la marca la humildad", dijo el metropolita Hilarión, entregando el icono al nuevo pontífice.
El papa respondió: "Yo no soy humilde, y le pido que ore para que el Señor me conceda la humildad".
Este mismo icono mariano fue a su vez obsequiado por Francisco a Benedicto XVI, en su primera visita al papa emérito en Castel Gandolfo, reiterando las palabras que había dicho al metropolita dela Iglesiaortodoxa rusa.