08 abril 2013


¡Tengamos más coraje de dar testimonio en Cristo Resucitado!

El Papa ayer durante el Regina Coeli


¡Queridos hermanos y hermanas!
¡Buen día! En este domingo en el que concluye la octava de pascua, les renuevo mis mejores deseos de pascua con las mismas palabras de Jesús Resucitado: ¡Paz a ustedes!. No es un saludo y tampoco un simple deseo: es un don, más aún, un don precioso que Cristo le ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y del infierno.
Nos da la paz, como había prometido: “Les dejo la paz, les doy mi paz. No como la da el mundo, yo la doy a ustedes”. Esta paz es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es exactamente así: la verdadera paz, aquella profunda, viene de la experiencia que uno tiene de la misericordia de Dios.
Hoy es el domingo de la Divina Misericordia -por voluntad del beato Juan Pablo II- que cerró los ojos en este mundo justamente en la vigilia de dicha fecha.
El Evangelio de Juan nos refiere que Jesús se apareció dos veces a los apóstoles reunidos en el Cenáculo: la primera, la noche misma de la Resurrección, cuando no estaba Tomás, quien dijo: si no veo y no toco, no creo.
La segunda vez, ocho días después, estaba también Tomás. Y Jesús se dirigió justamente a él, lo invitó a mirar las heridas y a tocarlas. Y Tomás exclamó: ¡Señor mio y Dios mio!.
Jesús entonces dijo: Porque me has visto tú has creído; ¡bienaventurados quienes no me han visto y han creído!
¿Y quiénes eran estos que habían creído sin ver? Otros discípulos, otros hombres y mujeres de Jerusalén, que mismo no habiendo encontrado a Jesús resucitado, creyeron en el testimonio de los apóstoles y de las mujeres.
Esta es una palabra muy importante sobre la fe, podemos llamarla la bienaventuranza de la fe. Beatos aquellos que no vieron y creyeron, esta es la bienaventuranza de la fe.
En cada tiempo y lugar son bienaventurados quienes, a través de la palabra de Dios, proclamada en la Iglesia y testimoniada por los cristianos, creen que Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la misericordia encarnada. ¡Y esto vale para cada uno de nosotros!
A los apóstoles Jesús les donó, junto con su paz, el Espíritu Santo, para que pudieran difundir en el mundo el perdón de los pecados, aquel perdón que solamente Dios puede dar, y que ha costado la Sangre del Hijo.
La Iglesia es mandada por Cristo resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados, para así hacer crecer el reino del amor, sembrar la paz en los corazones, para que se afirme también en la relaciones, en la sociedad y en las instituciones.
Y el Espíritu de Cristo Resucitado expulsa el miedo del corazón de los apóstoles, los empuja a salir del Cenáculo para llevar el Evangelio. ¡Tengamos también nosotros más coraje de dar testimonio de la fe en Cristo Resucitado! ¡No debemos tener miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos!
!Nosotros debemos tener este coraje de ir y anunciar a Cristo resucitado, porque Él es nuestra paz. Él ha traído la paz con su amor, con su perdón, con su sangre y con su misericordia!
Queridos amigos. Hoy por la tarde celebraré la eucaristía en la basílica de San Juan de Letrán, que es la catedral del obispo de Roma. Recemos junto a la Virgen María para que nos ayude, obispo y pueblo, a caminar en la fe y en la caridad.
Confiando siempre en la misericordia del Señor, porque Él siempre nos espera, nos ama, nos ha perdonado con su sangre y nos perdona cada vez que vamos a Él a pedir perdón. Tengamos confianza en su misericordia.
Después de haber rezado el Regina Coeli
Dirijo un cordial saludo a los peregrinos que han participado a la misa presidida por el cardenal vicario de Roma en la iglesia de Santo Spirito in Sassia, centro de devoción a la Divina Misericordia. ¡Queridos hermanos y hermanas, sean mensajeros de la misericordia de Dios!
Tengo la también alegría de saludar a los numerosos miembros de movimientos y asociaciones presentes en este momento de oración, en particular a la comunidad neocatecumenal de Roma, que inicia hoy una misión especial en las plazas de la ciudad. E invito a todos a llevar la Buena Noticia, en cada ambiente de vida, con dulzura y respeto.
¡Vayan a las plazas y anuncien a Jesucristo nuestro salvador!
Saludo a todos los jóvenes y muchachos presentes, en particular a los alumnos del College Sain Jean de Passy de París y a los de la Escuela Giuseppe Mazzini de Marsala, como al grupo de administrantes de Taranto.
Saludo al Coro de la Basílica di Collemaggio, del Aquila; a los fieles de Campoverde de Aprilia, Verolanuova y Valentano, y a la comunidad de Scout Foulard Bianchi.
¡El Señor les bendiga y buen almuerzo!

05 abril 2013


''Hoy queremos que se oiga el grito, la pregunta de Dios: ¿Donde está tu hermano?''

El magisterio del arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio en temas sociales


Aborto
El aborto nunca es una solución. Debemos escuchar, acompañar y comprender desde nuestro lugar a fin de salvar las dos vidas: respetar al ser humano más pequeño e indefenso, adoptar medidas que pueden preservar su vida, permitir su nacimiento y luego ser creativos en la búsqueda de caminos que lo lleven a su pleno desarrollo (16 septiembre 2012).
Defensa de la vida
Los que se escandalizaban cuando Jesús iba a comer con los pecadores, con los publicanos, a éstos Jesús les dice: “los publicanos y las prostitutas los van a preceder a ustedes”… que era lo peorcito de la época. Jesús no los banca. Son los que han clericalizado —por usar una palabra que se entienda— a la Iglesia del Señor. La llenan de preceptos y con dolor lo digo, y si parece una denuncia o una ofensa, perdónenme, pero en nuestra región eclesiástica hay presbíteros que no bautizan a los chicos de las madres solteras porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio. Éstos son los hipócritas de hoy. Los que clericalizaron a la Iglesia. Los que apartan al pueblo de Dios de la salvación. Y esa pobre chica que, pudiendo haber mandado a su hijo al remitente, tuvo la valentía de traerlo al mundo, va peregrinando de parroquia en parroquia para que se lo bauticen (2 septiembre 2012).
Educación
Cuando vi el texto antes de la misa me quedé pensando en este modo de vivir de aquellas primeras comunidades cristianas y la misa de hoy… Y pensé si nuestro trabajo educativo no tendría que ir por este camino de lograr la armonía: la armonía en todos los chicos y chicas que nos han confiado, la armonía interior, la de su personalidad. Es trabajando artesanalmente, imitando a Dios, “alfarereando” la vida de esos chicos, como podremos lograr la armonía. Y rescatarlos de las disonancias que son siempre oscuras; en cambio, la armonía es luminosa, clara, es la luz. La armonía de un corazón que crece y que nosotros acompañamos en este camino educativo es la que hay que lograr. (…) Muchas veces pienso, cuando veo este existencialismo tan relativo que se le propone a los chicos en todos lados y que no tiene punto de referencia, en nuestro profeta porteño: “Dale que va… todo es igual… total en el horno se vamos a encontrar”. ¡Entonces estos chicos, que no tienen una contención de límites y están disparados al futuro, están en el horno! ¡Ahora! ¡Y nos vamos a encontrar en el horno! ¡Y en el futuro tendremos hombres y mujeres en el horno! (18 abril 2012).
Trata de personas
Hoy en esta ciudad queremos que se oiga el grito, la pregunta de Dios: ¿Donde está tu hermano? Que esa pregunta de Dios recorra todos los barrios de la ciudad, recorra nuestro corazón y sobre todo que entre también en el corazón de los “caínes” modernos. Quizá alguno pregunte: ¿Qué hermano? ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿El que estás matando todos los días en el taller clandestino, en la red de prostitución, en las ranchadas de los chicos que usás para mendicidad, para “campana” de distribución de droga, para rapiña y para prostituirlos…? ¿Dónde está tu hermano el que tiene que trabajar casi de escondidas de cartonero porque todavía no ha sido formalizado… ¿Dónde está tu hermano…? Y frente a esa pregunta podemos hacer, como hizo el sacerdote que pasó al lado del herido, hacernos los distraídos; como hizo el levita, mirar para otro lado porque no es para mí la pregunta sino que es para otro. ¡La pregunta es para todos! ¡Porque en esta ciudad está instalado el sistema de trata de personas, ese crimen mafioso y aberrante (como tan acertadamente lo definió hace pocos días un funcionario): ¡crimen mafioso y aberrante! (25 septiembre 2012).
Cuestión social
Poco a poco nos acostumbramos a oír y a ver, a través de los medios de comunicación, la crónica negra de la sociedad contemporánea, presentada casi con un perverso regocijo, y también nos acostumbramos a tocarla y a sentirla a nuestro alrededor y en nuestra propia carne. El drama está en la calle, en el barrio, en nuestra casa y, por qué no, en nuestro corazón. Convivimos con la violencia que mata, que destruye familias, aviva guerras y conflictos en tantos países del mundo. Convivimos con la envidia, el odio, la calumnia, la mundanidad en nuestro corazón. El sufrimiento de inocentes y pacíficos no deja de abofetearnos; el desprecio a los derechos de las personas y de los pueblos más frágiles no nos son tan lejanos; el imperio del dinero con sus demoníacos efectos como la droga, la corrupción, la trata de personas –incluso de niños– junto con la miseria material y moral son moneda corriente. La destrucción del trabajo digno, las emigraciones dolorosas y la falta de futuro se unen también a esta sinfonía. Nuestros errores y pecados como Iglesia tampoco quedan fuera de este gran panorama. Los egoísmos más personales justificados, y no por ello más pequeños, la falta de valores éticos dentro de una sociedad que hace metástasis en las familias, en la convivencia de los barrios, pueblos y ciudades, nos hablan de nuestra limitación, de nuestra debilidad y de nuestra incapacidad para poder transformar esta lista innumerable de realidades destructoras.
Evangelización
No basta con que nuestra verdad sea ortodoxa y nuestra acción pastoral eficaz. Sin la alegría de la belleza, la verdad se vuelve fría y hasta despiadada y soberbia, como vemos que sucede en el discurso de muchos fundamentalistas amargados. Pareciera que mastican cenizas en vez de saborear la dulzura gloriosa de la Verdad de Cristo, que ilumina con luz mansa toda la realidad, asumiéndola tal como es cada día. Sin la alegría de la belleza, el trabajo por el bien se convierte en eficientismo sombrío, como vemos que sucede en la acción de muchos activistas desbordados. Pareciera que andan revistiendo de luto estadístico la realidad en vez de ungirla con el óleo interior del júbilo que transforma los corazones, uno a uno, desde adentro (22 abril 2011).
Defensa del matrimonio
Está en juego la identidad, y la supervivencia de la familia: papá, mamá e hijos. Está en juego la vida de tantos niños que serán discriminados de antemano privándolos de la maduración humana que Dios quiso se diera con un padre y una madre. Está en juego un rechazo frontal a la ley de Dios, grabada además en nuestros corazones. No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una “movida” del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios (8 julio 2010).
Justicia social
La justicia es la que alegra el corazón: cuando hay para todos, cuando uno ve que hay igualdad, equidad, cuando cada uno tiene lo suyo. Cuando uno ve que alcanza para todos, si es bien nacido, siente una felicidad especial en el corazón. Ahí se agranda el corazón de cada uno y se funde con el de los otros y nos hace sentir la patria. La patria florece cuando vemos “en el trono a la noble igualdad”, como bien dice nuestro himno nacional. La injusticia en cambio lo ensombrece todo. Qué triste es cuando uno ve que podría alcanzar perfectamente para todos y resulta que no. (…) Decir “todos los chicos” es decir todo el futuro. Decir “todos los jubilados” es decir toda nuestra historia. Nuestro pueblo sabe que el todo es mayor que las partes y por eso pedimos “pan y trabajo para todos”. Qué despreciable en cambio el que atesora sólo para su hoy, el que tiene un corazón chiquito de egoísmo y sólo piensa en manotear esa tajada que no se llevará cuando se muera. Porque nadie se lleva nada. Nunca ví un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre. Mi abuela nos decía: “la mortaja no tiene bolsillos” (7 agosto 2012).
Fe
La experiencia de la Fe nos ubica en Experiencia del Espíritu signada por la capacidad de ponerse en camino… No hay nada más opuesto al Espíritu que instalarse, encerrarse. Cuando no se transita por la puerta de la Fe, la puerta se cierra, la Iglesia se encierra, el corazón se repliega y el miedo y el mal espíritu avinagran la Buena Noticia. Cuando el Crisma de la Fe se reseca y se pone rancio el evangelizador ya no contagia sino que ha perdido su fragancia, constituyéndose muchas veces en causa de escándalo y de alejamiento para muchos.
El que cree es receptor de aquella bienaventuranza que atraviesa todo el Evangelio y que resuena a lo largo de la historia, ya en labios de Isabel: “Feliz de ti por haber creído”, ya dirigida por el mismo Jesús a Tomás: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (9 junio 2012)
Poder político
Esta “locura” del mandamiento del amor que propone el Señor y nos defiende en nuestro ser aleja también las otras “locuras” tan cotidianas que mienten y dañan y terminan impidiendo la realización del proyecto de nación: la del relativismo y la del poder como ideología única. El relativismo que, con la excusa del respeto de las diferencias, homogeneiza en la transgresión y en la demagogia; todo lo permite para no asumir la contrariedad que exige el coraje maduro de sostener valores y principios. El relativismo es, curiosamente, absolutista y totalitario, no permite diferir del propio relativismo, en nada difiere con el “cállese” o “no te metas”. El poder como ideología única es otra mentira. Si los prejuicios ideológicos deforman la mirada sobre el prójimo y la sociedad según las propias seguridades y miedos, el poder hecho ideología única acentúa el foco persecutorio y prejuiciado de que “todas las posturas son esquemas de poder” y “todos buscan dominar sobre los otros”. De esta manera se erosiona la confianza social que, como señalé, es raíz y fruto del amor (25 mayo 2012).
Crisis
Los síntomas del desencanto son variados pero quizás el más claro sea el de los “encantamientos a medida”: el encantamiento de la técnica que promete siempre cosas mejores, el encantamiento de una economía que ofrece posibilidades casi ilimitadas en todos los aspectos de la vida a los que logran estar incluidos en el sistema, el encantamiento de las propuestas religiosas menores, a medida de cada necesidad. El desencanto tiene una dimensión escatológica. Ataca indirectamente, poniendo entre paréntesis toda actitud definitiva y, en su lugar, propone esos pequeños encantamientos que hacen de “islas” o de “tregua” frente a la falta de esperanza ante la marcha del mundo en general. De ahí que la única actitud humana para romper encantamientos y desencantos es situarnos ante las cosas últimas y preguntarnos: en esperanza ¿vamos de bien en mejor subiendo o de mal en peor bajando? Y surge entonces la duda. ¿Podemos responder? ¿Tenemos, como cristianos, la palabra y los gestos que marquen el rumbo de la esperanza para nuestro mundo? ¿O, como los discípulos de Emaús y los que quedaron en el cenáculo, somos los primeros que necesitamos ayuda? (8 mayo 2011).
Humildad
El pasaje evangélico nos habla de la humildad. La humildad revela a la pequeñez humana autoconsciente los potenciales que tiene en sí misma. En efecto, cuanto más conscientes de nuestros dones y límites, las dos cosas juntas, seremos más libres de la ceguera de la soberbia. Y así como Jesús alaba al Padre por esta revelación a los pequeños, deberíamos también alabar al Padre por haber hecho salir el sol de mayo en quienes confiaron en el don de la libertad, esa libertad que hizo brotar en el corazón de aquel pueblo que apostó a la grandeza sin perder conciencia de su pequeñez (25 mayo 2011).
La gente sencilla
La sabiduría de miles de mujeres y de hombres que hacen filas para viajar y trabajar honradamente, para llevar el pan de cada día a la mesa, para ahorrar e ir de a poco comprando ladrillos y así mejorar la casa…  Miles y miles de niños con sus guardapolvos desfilan por pasillos y calles en ida y vuelta de casa a la escuela, y de ésta a casa. Mientras tanto los abuelos, quienes atesoran la sabiduría popular, se reúnen a compartir y a contar anécdotas. Pasarán las crisis y los manipuleos; el desprecio de los poderosos los arrinconarán con miseria, les ofrecerán el suicidio de la droga, el descontrol y la violencia; los tentarán con el odio del resentimiento vengativo. Pero ellos, los humildes, cualquiera sea su posición y condición social, apelarán a la sabiduría del que se siente hijo de un Dios que no es distante, que los acompaña con la Cruz y los anima con la Resurrección en esos milagros, los logros cotidianos, que los animan a disfrutar de las alegrías del compartir y celebrar (25 mayo 2011).
Nueva evangelización
Dios vive en la ciudad y la Iglesia vive en la ciudad. La misión no se opone a tener que aprender de la ciudad –de sus culturas y de sus cambios- al mismo tiempo que salimos a predicarle el evangelio. Y esto es fruto del evangelio mismo, que interactúa con el terreno en el que cae como semilla. No sólo la ciudad moderna es un desafío sino que lo ha sido, lo es y lo será toda ciudad, toda cultura, toda mentalidad y todo corazón humano. La contemplación de la Encarnación, que san Ignacio presenta en los Ejercicios Espirituales, es un buen ejemplo de la mirada que aquí se propone. Una mirada que no se queda empantanada en ese dualismo que va y vuelve constantemente de los diagnósticos a la planificación, sino que se involucra dramáticamente en la realidad de la ciudad y se compromete con ella en la acción. El evangelio es un kerygma aceptado y que impulsa a transmitirlo. Las mediaciones se van elaborando mientras vivimos y convivimos (25 agosto 2011).
María
Porque Dios tenía una carencia para poder meterse humanamente en nuestra historia: necesitaba madre, y nos la pidió a nosotros. Esa es la Madre a quién miramos hoy, la hija de nuestro pueblo, la servidora, la pura, la sola de Dios; la discreta que hace el espacio para que el Hijo realice el signo, la que siempre está posibilitando esta realidad pero no como dueña ni incluso como protagonista, sino como servidora; la estrella que sabe apagarse para que el Sol se manifieste. Así es la mediación de María a la que nos referimos hoy. Mediación de mujer que no reniega de su maternidad, la asume desde el principio; maternidad con doble parto, uno en Belén y otro en el Calvario; maternidad que contiene y acompaña a los amigos de su Hijo el cual es la única referencia hasta el fin de los días. Y así María sigue entre nosotros, “situada en el centro mismo de esa ‘enemistad’ del protoevangelio, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad” (Cfr. Redempt. Mater 11). Madre que posibilita espacios para que llegue la Gracia. Esa Gracia que revoluciona y transforma nuestra existencia y nuestra identidad: el Espíritu Santo que nos hace hijos adoptivos, nos libera de toda esclavitud y, en una posesión real y mística, nos entrega el don de la libertad y clama, desde dentro de nosotros, la invocación de la nueva pertenencia: ¡Padre! (7 noviembre 2011).


La paz no tiene precio

El papa Francisco en la misa de ayer


La paz no se compra ni se vende: es un don de Dios. Y lo debemos pedir. Lo recordó el papa Francisco hoy por la mañana al hablar del estupor manifestado por los discipulos de Emaús ante de los milagros de Jesús. La ocasión fue el evangelio de Lucas, (24, 35-48), proclamado en la liturgia de la cotidiana misa matutina en la capilla de la Domus Santa Marta, con la presencia de empleados del Vaticano, que esta mañana fueron los responsables y trabajadores de la Tipografía Vaticana.
“Los discípulos que fueron testigos de la curación del tullido y ahora ven a Jesús --dijo el pontífice- están un poco fuera de sí, no debido a una enfermedad mental: fuera de sí por el estupor”
"¿Qué es este estupor?", se preguntó el papa. “Es algo --respondió el santo padre- que hace que estemos un poco fuera de nosotros por la alegría: esto es grande, muy grande. No es un mero entusiasmo, también los hinchas en el estadio se entusiasman cuando gana su equipo, ¿no? No, no es solamente entusiasmo, es algo más profundo: es el estupor que viene del encuentro con Jesús”.
Este estupor, explicó el pontífice, es el inicio “del estado habitual del cristiano”. Seguramente --hizo notar- no podemos vivir siempre en el estupor, si bien esta condición deja “una huella en el alma: la consolación espiritual. Esto no obstante los problemas, los dolores, las enfermedades.
“El último escalón de la consolación --dijo el papa- es la paz. Se inicia con el estupor, que es el tono menor. De este estupor y de esta consolación nace la paz”.
El cristiano, incluso en las pruebas más dolorosas nunca pierde “la paz y la presencia de Jesús”, y con “un poco de coraje podemos decirle al Señor: 'Señor dame esta gracia que es la huella del encuentro contigo: la consolación espiritual'”. Y sobre todo, subrayó, “no hay que perder nunca la paz”. Miremos al Señor, quien “sufrió tanto sobre la cruz, pero no perdió la paz. La paz, esta no es nuestra: no se vende ni se compra”. "Es un don de Dios que debemos pedir. En efecto, el estado del cristiano debe ser la consolación espiritual, a pesar de los problemas, dolores, enfermedades.
El cristiano, incluso en las pruebas más dolorosas, nunca pierde «la paz y la presencia de Jesús», y, con «un poco de valentía, podemos decirle al Señor: “Señor, concédeme esta gracia que es la impronta del encuentro contigo: la consolación espiritual”».
La paz hay que pedirla porque es un don de Dios, subrayó el papa Francisco. La paz es como «el último peldaño de esta consolación espiritual, que comienza con el estupor de alegría». Por ello, no debemos dejarnos «engañar por nuestras u otras imaginaciones, que nos llevan a creer que esas imaginaciones son la realidad». De hecho, es más cristiano «creer que la realidad no puede ser tan bella».
El papa concluyó pidiendo la gracia de la consolación espiritual y de la paz, que «inicia con este estupor de alegría en el encuentro con Jesucristo».
Con el pontífice concelebraron, entre otros, los salesianos Sergio Pellini, director general de la Tipografía Vaticana editora de L’Osservatore Romano, y Marek Kaczmarczyk, director comercial. Estaban también presentes Domenico Nguyen Duc Nam, director técnico, Antonio Aggiotto y Giuseppe Canesso.

04 abril 2013


Mujeres y jóvenes: testigos de la Resurrección

Catequesis del Papa ayer  por el Año de la fe


¡Buenos días!
Hoy reanudamos las catequesis del Año de la Fe. En el Credo repetimos esta frase: "El tercer día resucitó según las Escrituras". Es propiamente el evento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, el centro del mensaje cristiano, que ha resonado desde el principio y ha sido transmitido a fin de que llegue hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: "Les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce" (1 Cor. 15,3-5).
Esta breve confesión de fe proclama el misterio pascual mismo, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: La muerte y la resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y en la resurrección de Jesús, nuestra esperanza será débil, incluso no habrá ninguna esperanza, porque solo la muerte y resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El apóstol dice: "Si Cristo no resucitó, su fe es vana; permanecen aún en sus pecados" (v. 17).
Por desgracia, a menudo se ha tratado de ocultar la fe en la resurrección de Jesús, e incluso entre los propios creyentes se han deslizado dudas. Un poco esa fe de "agua de rosas", como se dice, que no es la fe fuerte. Y esto debido a la superficialidad, a veces a la indiferencia, ocupados por miles de cosas que se consideran más importantes que la fe, o por una visión puramente horizontal de la vida. Pero es la misma Resurrección la que nos abre a una mayor esperanza, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado, la muerte pueden ser vencidos. Y esto nos lleva a vivir con más confianza las realidades cotidianas, afrontarlas con valentía y con compromiso. La resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva de estas realidades cotidianas. ¡La resurrección de Cristo es nuestra fuerza!
Pero, ¿cómo se ha transmitido la verdad de la fe en la resurrección de Cristo? Hay dos tipos de evidencias en el Nuevo Testamento: algunas tienen la forma de profesión de fe, es decir, fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; mientras que otras tienen la forma de un relato de la Resurrección y de los eventos relacionados a la misma.
La primera, la forma de la profesión de fe, por ejemplo, es aquella que acabamos de escuchar, o la de la Carta a los Romanos en la que san Pablo escribe: "Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo" (10,9). Desde el comienzo de la Iglesia es clara y firme la fe en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús.
Hoy, sin embargo, quisiera centrarme en la segunda, en los testimonios en forma de un relato, que encontramos en los evangelios. En primer lugar observamos que los primeros testigos de este evento fueron mujeres. Al amanecer, van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encontraron al primer signo: el sepulcro vacío (cf. Mc. 16,1). Esto es seguido por un encuentro con un mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv 5-6.). Las mujeres se sienten impulsadas por el amor y saben cómo acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten; no lo retienen para sí mismas, sino que lo transmiten. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena su corazón, no se pueden contener.
Esto también debería suceder en nuestras vidas. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Creemos en un Resucitado que ha vencido el mal y la muerte! ¡Tengamos el valor de "salir" para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; ¡es el tesoro más preciado! ¿Cómo no compartir con otros este tesoro, esta certeza? No es solo para nosotros, es para transmitirlo, para dárselo a los demás, compartirlo con los demás. Es nuestro propio testimonio.
Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección se recuerda solo a los hombres, a los Apóstoles, pero no a las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la ley judía de la época, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo, no hubiera estado ligado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas sin embargo, narran simplemente lo que sucedió: las mujeres son las primeras testigos.
Esto nos dice que Dios no escoge según los criterios humanos: los primeros testigos del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde; los primeros testigos de la resurrección son las mujeres. Y esto es hermoso. ¡Y esto es un poco la misión de las madres, de las mujeres! Dar testimonio a sus hijos, a sus nietos, que Jesús está vivo, que es la vida, que resucitó.
¡Mamás y mujeres, adelante con este testimonio! Para Dios cuenta el corazón, el cuánto estamos abiertos a Él, si acaso somos como niños que se confían.
Pero esto también nos hace reflexionar sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, han tenido y tienen también hoy un rol especial en la apertura de las puertas al Señor, en el seguirlo y en el comunicar su Rostro, porque la mirada de la fe tiene siempre la necesidad de la mirada simple y profunda del amor. A los Apóstoles y a los discípulos les resulta más difícil creer. A las mujeres no. Pedro corre a la tumba, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y sentir que Dios nos ama, no tener miedo de amarlo: la fe se confiesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor.
Después de las apariciones a las mujeres, les siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrenal, sino que lo hace en una condición nueva. Al principio no lo reconocen, y solo a través de sus palabras y sus gestos sus ojos se abren: el encuentro con Cristo resucitado transforma, da nuevo vigor a la fe, un fundamento inquebrantable. Incluso para nosotros, hay muchos indicios de que el Señor resucitado se da a conocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía y los demás sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.
Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que también a través de nosotros en el mundo, los signos de la muerte den paso a los signos de la vida.
He visto que hay muchos jóvenes en la plaza. A ustedes les digo: lleven esta certeza: el Señor está vivo y camina con nosotros en la vida. ¡Esta es su misión! Lleven adelante esta esperanza: este ancla que está en los cielos; mantengan fuerte la cuerda, manténganse anclados y lleven la esperanza. Ustedes, testigos de Jesús, den testimonio de que Jesús está vivo y esto nos dará esperanza, dará esperanza a este mundo un poco envejecido por las guerras, por el mal, por el pecado. ¡Adelante, jóvenes!

Carta del Prelado del Opus Dei
(abril 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Todavía son muy recientes los momentos de gran importancia, y de los que hemos sido testigos, en la vida de la Iglesia: la elección de un nuevo Romano Pontífice. Como sucede siempre en estos acontecimientos, hemos experimentado la acción del Paráclito y lo que afirmaba Benedicto XVI al comenzar el ministerio petrino: «La Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días (...). La Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos».

Con un gozo grande, unidos a toda la Iglesia, hemos acogido todas y todos en la Obra la elección del Papa Francisco, que ha traído consigo una ráfaga de espiritualidad, de anhelos de mejora. La festividad de san José, día en el que el nuevo Romano Pontífice dio inicio solemne a su ministerio de Pastor supremo de la Iglesia universal, ha hecho especialmente tangible que el Señor, su Madre Santísima y el santo Patriarca velan por la Iglesia en todo momento; que la Esposa de Cristo nunca se encuentra sola entre los avatares y fluctuaciones que encuentra en el curso de su existencia.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia?, se preguntaba el Papa Francisco. Y respondía: con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto y no tanto al propio; es lo que Dios pide a David (...). Dios no desea una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. José es "custodio" porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es aún más sensible a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. Como os hice notar antes de la elección, y os confirmé luego —siguiendo en todo a nuestro Padre—, ya queremos al nuevo Papa con inmenso cariño sobrenatural y humano, al tiempo que procuramos apoyar —con abundante oración y mortificación— los primeros pasos de su ministerio, siempre importantes.

Ayer comenzó el tiempo pascual. El aleluya lleno de júbilo que sube de la tierra al cielo en todos los rincones del planeta, manifiesta la fe inquebrantable de la Iglesia en su Señor. Jesús, tras su afrentosa muerte en la Cruz, ha recibido de Dios Padre, por el Espíritu Santo, una nueva vida —una vida plena de gloria en su Humanidad Santísima— como confesamos los domingos en uno de los artículos del Credo: el mismo Jesús —perféctus homo, hombre perfecto— que padeció la muerte bajo Poncio Pilato y fue sepultado, ese mismo resucitó al tercer día, según las Escrituras, para no morir nunca más y como prenda de nuestra resurrección futura y de la vida eterna que esperamos. Digamos, pues, con la Iglesia: en verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte siempre, Señor, pero más que nunca en este tiempo en que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque Él es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo: muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida.

Tratemos de ahondar, con la ayuda del Paráclito, en este gran misterio de la fe, sobre el que se apoya —como el edificio sobre sus cimientos— toda la vida cristiana. «El misterio de la Resurrección de Cristo —enseña el Catecismo de la Iglesia Católica— es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento». Lo explicaba san Pablo a los cristianos de Corinto. Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce.

El carácter totalmente excepcional de la resurrección de Cristo consiste en que su Humanidad Santísima, reunidos de nuevo el alma y el cuerpo por la virtud del Espíritu Santo, ha sido completamente transfigurada en la gloria de Dios Padre. Es un hecho histórico del que dan testimonio testigos plenamente creíbles; pero es, al mismo tiempo y sobre todo, objeto fundamental de la fe cristiana. El Señor, «en su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es el hombre celestial (cfr. 1 Cor 15, 35-50)».

Meditemos lo que san Josemaría escribió en una de sus homilías: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros. Su Resurrección nos revela que Dios no abandona a los suyos (...).

Cristo vive en su Iglesia. "Os digo la verdad: os conviene que Yo me vaya; porque si Yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros, pero si me voy, os lo enviaré" (Jn 16, 7). Esos eran los designios de Dios: Jesús, muriendo en la Cruz, nos daba el Espíritu de Verdad y de Vida. Cristo permanece en su Iglesia: en sus sacramentos, en su liturgia, en su predicación, en toda su actividad.

De modo especial Cristo sigue presente entre nosotros, en esa entrega diaria de la Sagrada Eucaristía. Por eso la Misa es centro y raíz de la vida cristiana. En toda Misa está siempre el Cristo Total, Cabeza y Cuerpo. Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso. Porque Cristo es el Camino, el Mediador: en Él, lo encontramos todo; fuera de Él, nuestra vida queda vacía. En Jesucristo, e instruidos por Él, nos atrevemos a decir —audemus dicere— Pater noster, Padre nuestro. Nos atrevemos a llamar Padre al Señor de los cielos y de la tierra.

La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo.

Jesús resucitado es también Dueño del mundo, Señor de la historia: nada sucede sin que Él lo quiera o lo permita en vista de los designios salvadores de Dios. San Juan nos lo presenta en el Apocalipsis en toda su gloria: en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido con una túnica hasta los pies, y ceñido el pecho con una banda de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como lana blanca, como nieve, sus ojos como una llama de fuego, sus pies semejantes al metal precioso cuando está en un horno encendido, su voz como un estruendo de muchas aguas. En su mano derecha tenía siete estrellas, de su boca salía una espada tajante de doble filo, y su rostro era como el sol cuando brilla en todo su esplendor.

Esta soberanía de Nuestro Señor sobre el mundo y la historia en toda su amplitud, exige que sus discípulos nos empeñemos con todas nuestras fuerzas en la edificación de su reino en la tierra. Una tarea que requiere no sólo amar a Dios con todo el corazón y toda el alma, sino amar con caridad afectiva y efectiva, con obras y de verdad, a cada uno de nuestros semejantes, de modo especial a quienes se hallan más necesitados. Se comprende muy bien, por eso —escribió san Josemaría—, la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana (cfr. Tertuliano, Apologético, 17), no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Ésta es, como sabéis, una de las preocupaciones que el nuevo Papa ha manifestado desde los primeros momentos de su pontificado. Impulsados por el ejemplo y las enseñanzas de nuestro Padre, sigamos esforzándonos por llevar la caridad de Cristo, la solicitud espiritual y material por los demás, al ambiente en el que cada uno trabaja; de modo personal, pero también buscando y urgiendo la colaboración de otras personas que manifiestan esta preocupación por los necesitados. No olvidemos nunca que el Opus Dei nació y se reforzó, por querer divino, entre los pobres y enfermos de las barriadas extremas de Madrid; y a ellos se dedicó nuestro Fundador con generosidad y heroísmo, con gran empleo de tiempo, en los primeros años de la Obra. En 1941 escribía: no hace falta recordaros, porque estáis viviéndolo, que el Opus Dei nació entre los pobres de Madrid, en los hospitales y en los barrios más miserables: a los pobres, a los niños y a los enfermos seguimos atendiéndolos. Es una tradición que no se interrumpirá nunca en la Obra[12].

Pocos años después, san Josemaría completaba esta enseñanza con otras palabras bien claras que, a pesar del tiempo transcurrido, conservan plena actualidad. En estos tiempos de confusión —escribía—, no se sabe lo que es derecha, ni centro, ni izquierda, en lo político y en lo social. Pero si por izquierda se entiende conseguir el bienestar para los pobres, para que todos puedan satisfacer el derecho a vivir con un mínimo de comodidad, a trabajar, a estar bien asistidos si se ponen enfermos, a distraerse, a tener hijos y poderles educar, a ser viejos y ser atendidos, entonces yo estoy más a la izquierda que nadie. Naturalmente, dentro de la doctrina social de la Iglesia, y sin compromisos con el marxismo o con el materialismo ateo; ni con la lucha de clases, anticristiana, porque en estas cosas no podemos transigir.

Dolía especialmente a nuestro Fundador que el desamor y la falta de caridad con los indigentes se diese a veces también entre cristianos. Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas, porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como números de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un mensaje divino, nos piden una respuesta de amor, de entrega a los demás.

Hijas e hijos míos, meditemos estas palabras y hagámoslas resonar en los oídos de muchas personas, a fin de que el mandamiento nuevo de la caridad brille en la vida de todos y sea —como quería Jesús— el distintivo de todos sus discípulos. Querría que ahondáramos en las palabras del Evangelio, tras la resurrección de Jesús: gavísi sunt discípuli viso Dómino, los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Consideremos también que el Maestro nos sigue siempre de cerca, y hemos de descubrirlo, de mirarle, en las circunstancias extraordinarias y ordinarias de la vida corriente, con el convencimiento de lo que afirmaba san Josemaría: o lo encontramos ahí, o no lo encontraremos nunca. Por eso, tras el triunfo de Cristo, tras la seguridad de que cuenta con nosotros, ¿hemos dado un rumbo nuevo a nuestro gáudium cum pace, a nuestra alegría llena de paz?, ¿tiene contenido sobrenatural y humano?

A lo largo de este mes, junto al júbilo de la Iglesia por la Pascua y por tener de nuevo a un sucesor de Pedro en la tierra, en nuestro caso se añaden nuevos motivos de gozo: especialmente los aniversarios de la primera Comunión y de la Confirmación de san Josemaría el día 23. ¡Qué buena ocasión para que pidamos al Señor por su intercesión, en las próximas semanas, la luz abundante y la fortaleza del Espíritu Santo, para el Papa Francisco, para la Iglesia Santa, para la humanidad! No os oculto que disfruto recorriendo la historia del Opus Dei, la historia de las misericordias de Dios, y pido a la Trinidad Santísima que os suceda lo mismo a todas y a todos: no vivimos de recuerdos, sino del gozo de ver la mano de Dios en el recorrido de la Obra, en la vida de san Josemaría.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier


Con la oración y el afecto, junto al


Papa Francisco



      Con gran alegría hemos acogido, en todo el orbe católico, la elección del Papa Francisco como sucesor de Pedro en la sede de Roma y Sumo Pontífice de la Iglesia universal. El sonido festivo de las campanas, echadas al vuelo en el mundo entero, se hacía portador de una nueva por la que tanto habíamos rezado: habemus Papam! Y una vez más experimentamos la acción del Paráclito que, por encima de las vicisitudes del mundo y de la historia, guía y gobierna al Cuerpo místico de Cristo.

      Desde el primer momento, a todos el Santo Padre nos pide oraciones para ayudarle a llevar la carga que el Señor ha puesto sobre sus hombros. En esta hora densa de emoción y de contenido, en la que se ha manifestado de nuevo que la Iglesia está viva y es capaz de transmitir esa vida a su alrededor, renovamos nuestros deseos de acompañar al Papa Francisco en el camino de servicio a la Iglesia y al mundo que acaba de comenzar.

      Evangelización, nueva evangelización, desarrollo de la vida cristiana. Son las palabras clave en las que, desde el primer momento, el Romano Pontífice ha indicado de algún modo sus prioridades al iniciar el pontificado. El Papa Francisco proviene de América latina, en donde la fe en Cristo arraigó hace ya más de quinientos años. Una Iglesia rica de tradiciones religiosas que alimentan la fe del pueblo de Dios. Una Iglesia cercana a las personas que, en medio de las necesidades y de las dificultades espirituales y materiales de pobres y ricos, de cultos e ignorantes, de enfermos y de sanos, se ha mantenido fiel a Cristo durante siglos, amparada bajo el manto de María y muy unida a sus pastores. Una Iglesia que, a pesar de la mundial atracción del materialismo, sabe retornar una y otra vez a las fuentes de la verdadera espiritualidad: los sacramentos; la devoción a Nuestro Señor, sobre todo a su Pasión; la confianza filial en la Virgen; el recurso a la intercesión de los santos.

      El Papa Francisco transmitirá toda esta riqueza espiritual a la Iglesia en los demás continentes; sobre todo a los lugares de Europa, América del norte y Oceanía, donde los síntomas de un cierto desencanto y desgaste espiritual se manifiestan más abiertamente. Supondrá, al mismo tiempo, un impulso nuevo para la evangelización de los pueblos de Asia, África y de la misma América latina, tan hambrientos de Dios.

      El Romano Pontífice desea encaminarnos a lo esencial. “Cristo es el centro”, dijo en la audiencia del pasado 26 de marzo. Y en la Misa de inicio solemne del ministerio petrino afirmó que “la Cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho Él aquel día de su muerte”.
      Esto nos remite al núcleo mismo de la existencia cristiana. El Papa Francisco nos insiste en que la misericordia de Dios es infinita, que el Señor no se cansa de perdonarnos. Como solía recordar san Josemaría Escrivá de Balaguer“nuestro Dios es un Dios que perdona”, un Padre a quien hemos de recurrir con frecuencia en el sacramento de la Confesión.

      El Papa se apoya, para sacar adelante su tarea, en la oración de cada una y de cada uno de nosotros y, sobre todo, en la intercesión de la Santísima Virgen María y de san José. No en vano su primera salida del Vaticano, la mañana siguiente a la elección, fue a la Basílica de Santa María la Mayor, para poner su pontificado a los pies de nuestra Madre, refugio y salvación del pueblo romano y de la Iglesia entera.

      Durante las semanas transcurridas desde entonces, se ha hablado mucho de la carga que recae sobre los hombros del Pontífice Romano, a quien está confiada especialmente la unidad de fe y comunión en la Iglesia. Para afrontar con garbo ese peso, el Papa busca sobre todo la ayuda de Dios, la asistencia del Espíritu Santo, la cercanía de la Virgen, la intercesión de los santos; pero también pide –no me importa repetirlo una vez más– el afecto y la plegaria de los católicos y de otras muchas personas de buena voluntad. ¡No le dejemos solo! Que no le falte nuestra oración diaria, abonada por el sacrificio y el ofrecimiento de un trabajo bien terminado. De modo especial podemos unirnos a él en la Santa Misa, el mejor momento, el más sublime de cada jornada, para rogar a Dios Nuestro Señor con palabras de san Josemaría: “«omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» —que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María” (Forja 647).

03 abril 2013


''Cristo ha vencido al mal de modo pleno y definitivo''

El papa Francisco en el rezo del ''Reina Coeli'' del lunes

¡
Buena Pascua a todos ustedes! Les agradezco que hayan venido también hoy en gran número, para compartir la alegría de la Pascua, misterio central de nuestra fe. Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona –especialmente a quien sufre– y a todas las situaciones más necesitadas de confianza y esperanza.
Cristo ha vencido al mal de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres de todos los tiempos, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad.
Por esto me parece importante subrayar lo que hoy le pedimos a Dios en la liturgia: “Oh Padre, que haces crecer a tu Iglesia dándole siempre nuevos hijos, concede a tus fieles que expresen en su vida el sacramento que han recibido en la fe” (Oración Colecta del Lunes de la Octava de Pascua).
Es verdad, el bautismo que nos hace hijos de Dios, la Eucaristía que nos une a Cristo, deben convertirse en vida, es decir, traducirse en actitudes, comportamientos, gestos y elecciones. La gracia contenida en los sacramentos pascuales es un potencial de renovación enorme para la existencia personal, para la vida de las familias, para las relaciones sociales.
Pero todo pasa a través del corazón humano: si yo me dejo alcanzar por la gracia de Cristo resucitado, si le permito que me cambie en ese aspecto mío que no es bueno, que puede hacerme mal a mí y a los demás, yo permito a la victoria de Cristo que se afirme en mi vida, que extienda su acción benéfica. ¡Éste es el poder de la gracia! Sin la gracia no podemos hacer nada. Sin la gracia no podemos nada. Y con la gracia del Bautismo y de la Comunión eucarística puedo llegar a ser instrumento de la misericordia de Dios. De esa bella misericordia de Dios.
Expresar en la vida el sacramento que hemos recibido: he aquí, queridos hermanos y hermanas, nuestro empeño cotidiano, pero diría también ¡nuestra alegría cotidiana! ¡La alegría de sentirse instrumentos de la gracia de Cristo, como sarmientos de la vid que es Él mismo, animados por la linfa de su Espíritu!
Oremos juntos, en el nombre del Señor muerto y resucitado, y por intercesión de María Santísima, para que el Misterio pascual actúe profundamente en nosotros y en nuestro tiempo, para que el odio deje el lugar al amor, la mentira a la verdad, la venganza al perdón, la tristeza a la alegría”.
Después del rezo del Regina Coeli el papa saludó a todos los peregrinos, deseó a cada uno que pasara serenamente este “Lunes del Ángel”, en el que resuena con fuerza el anuncio gozoso de la Pascua: ¡Cristo ha resucitado! Y concluyó deseando “¡Buena Pascua a todos! ¡Buena Pascua a todos, y buen almuerzo!”.

La primera Semana Santa del papa Francisco

Rocío Lancho García 


Domingo de Ramos
Una de las frases de la homilía del Domingo de Ramos ya ha quedado en la memoria de todos los que han seguido y leído al papa estos días: "No os dejéis robar la esperanza que nos da Jesús". Una homilía en la que dio tres palabras clave: alegría, cruz y juventud. Nuestra alegría, recordó el papa, no es algo que nace de tener tantas cosas, sino que nace de haber encontrado a una persona, Jesús. Francisco invitó a no escuchar al diablo y no dejarse llevar por los problemas y los obstáculos porque "Jesús está en medio de nosotros" "nunca estamos solos". Jesús entró en Jerusalén para morir en la cruz, "su trono regio es el madero de la cruz". Porque Jesús toma sobre sí el mal y el pecado y lo lava con su sangre. ¡Cuántas heridas inflige el mal a la humanidad!, por eso recordó el papa lo que le decía su abuela de niño "el sudario no tiene bolsillos". La última palabra clave de la homilía, jóvenes. "Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre, incluso a los setenta, ochenta años. Con Cristo el corazón nunca envejece". Aprovechó la ocasión para recordar el encuentro del mes de julio en Río de Janeiro en la JMJ e invitó a los jóvenes a prepararse bien " sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe para el mundo entero. Los jóvenes deben decirle al mundo: es bueno seguir a Jesús"
Jueves Santo
Pasando al Jueves Santo, Francisco tuvo dos celebraciones y un encuentro importantes ese día. Por la mañana la Misa Crismal en la Basílica del San Pedro, celebración en la que los sacerdotes renuevan sus promesas hechas en la ordenación. Por eso el papa habló especialmente a los sacerdotes, dando paso a otra de las frases que será recordada "sed pastores con olor a oveja", "pastores en medio de su rebaño, pescadores de hombres". Dijo además que "al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo, esto es una prueba clara" y les invitó a ir a las "periferias, donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe". Definió a los sacerdotes como "mediadores entre Dios y los hombres"
El jueves almorzó con un grupo de sacerdotes de la diócesis de Roma, donde les hizo una invitación muy concreta: “Dejen las puertas abiertas de las iglesias, así la gente entra, y dejen una luz encendida en el confesionario para señalar su presencia y verán que la fila se formará”.
Por la tarde se vivió uno de los momentos más emotivos de estos días, el santo padre quiso celebrar la misa In Coena Domini en el Penitenciario de Menores de Casal del Marmo y lavó los pies a doce jóvenes reclusos.  En una breve pero muy concisa homilía habló de la importancia de ayudarnos entre nosotros, comenzando por quien está más arriba. "Lavar los pies significa yo estoy a tu servicio", "Tengo que estar a vuestro servicio, es un deber que me viene del corazón". Y les invitó a reflexionar "¿Estoy dispuesto a servir y a ayudar al otro? Y piense que esta señal es una caricia de Jesús que uno hace, porque Jesús vino justamente a ayudarnos".
Viernes Santo
Y así llegamos al viernes, a una basílica de San Pedro iluminada no al máximo, con pocas flores y en la que el color rojo resaltaba de forma particular. Uno de los momentos más impresionantes de la celebración fue al inicio, cuando el papa Francisco, vistiendo casulla roja, símbolo de la sangre de Cristo y del martirio, se postró en el suelo en oración silenciosa delante del altar.
Por la tarde llegó el momento del tradicional Vía Crucis del Coliseo. En presencia de la multitud de fieles el papa no quiso agregar muchas palabras porque "en esta noche tiene que quedar una sola palabra, que es la misma Cruz, la Cruz de Jesús es la palabra con la que Dios respondió al mal en el mundo". El papa explicó que Dios no se queda nunca en silencio frente al mal porque la Cruz de Cristo es su respuesta. "Dios nos juzga amándonos" dijo, y "si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo estoy condenado, no por Él, sino por mi mismo, porque Dios no condena sino que ama y salva".
Sábado Santo
El papa Francisco envió un mensaje con motivo de la ostensión extraordinaria de la Sábana Santa de Turín y dijo que "no se trata simplemente de observar, sino de venerar" e hizo una invitación:  "dejémonos alcanzar por esta mirada, que no va en busca de nuestros ojos, sino de nuestro corazón". El rostro de la Sábana Santa, dijo el santo padre, " es como si nos dijera: ten confianza, no pierdas la esperanza; la fuerza del amor de Dios, la fuerza del Resucitado, todo lo vence".
Durante la celebración eucarística de la Vigilia Pascual, el papa Francisco habló en su homilía en torno a tres ideas: la novedad, el Viviente y hacer memoria. A menudo, dijo el papa, "la novedad nos da miedo", "tenemos miedo de las sorpresas de Dios", y por eso nos invitó a no cerrarnos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas, porque "no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él". Francisco recordó donde está Aquel que vive. "Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive", si aceptamos a Jesús Resucitado, Él, "te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere". Para finalizar invitó a hacer memoria del encuentro con Jesús porque "esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro"
Domingo de Resurrección
¡Cristo ha resucitado! Así comenzó el papa su bendición 'Urbi et Orbi' el domingo. Esto significa "el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas". Además quiso pedir por la paz en el mundo, especialmente por Oriente Medios, en África y en Asia.
Lunes "del Ángel"
Para finalizar las celebraciones de la Semana Santa, el papa Francisco en el rezo del Reina Coeli recordó que le corresponde a los hombres "acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad".
Y para finalizar el día, de nuevo un gesto significativo por parte del papa argentino. Por primera vez un papa visitó las excavaciones de la necrópolis vaticana situada bajo la basílica de San Pedro y se detuvo en oración silenciosa, en recogimiento profundo y conmovido.