22 abril 2013


‘En todo, amar y servir’


Dice San Juan en su Evangelio: “El viento sopla donde quiere; pero no sabes de dónde viene, ni a dónde va. Así es todo aquel que ha nacido del espíritu”. Estas palabras pueden aplicarse al Papa Francisco, al que muchos consideran ya el nuevo Juan XXIII

      ¿Cómo es Jorge Bergoglio? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su mensaje? Un Papa que habla al hombre de hoy en su mismo lenguaje. Capaz de remover corazones. Si Juan Pablo II fue la esperanza y Benedicto XVI la fe, sin duda el Papa Francisco será la caridad.

      Nuestro Tiempo ha recogido algunas de sus palabras sobre temas tan controvertidos como la política, la crisis económica o la pobreza escondida en los suburbios de los países desarrollados. Para todos ellos el nuevo pontífice ha tenido palabras de entendimiento y perdón, pero también de denuncia y llamada al compromiso social de todos.

* * *
      La Iglesia: «Aunque la Iglesia es una institución humana, histórica, Con todo lo que comporta, no tiene una naturaleza política, sino esencialmente espiritual: es el Pueblo de Dios que camina hacia el encuentro con Jesús. Solo en esa perspectiva se puede entender la misión de la Iglesia católica» (Encuentro con los periodistas. El Vaticano, 16 de marzo de 2013).

      Nueva Evangelización: «La Iglesia, por venir de una época donde el modelo cultural le favorecía, se acostumbró a que la buscaran. […] Eso funciona en una comunidad evangelizada, pero ahora la Iglesia necesita transformar sus estructuras para que sean misioneras. Tenemos que ir hacia donde nos necesitan […], hacia quienes, deseándolo, no van a acercarse a formas caducas que no responden a sus expectativas ni a su sensibilidad. Tenemos que […] revisar la vida interna de la Iglesia, pasar de una Iglesia “reguladora de la fe” a otra “transmisora y facilitadora de la fe’» (El Jesuita, pp. 77-78).

      Diálogo con el mundo: «Muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia católica y otros no son creyentes, pero respetando su conciencia, de corazón os doy en silencio mi bendición, sabiendo que cada uno de nosotros es hijo de Dios» (Encuentro con los periodistas. El Vaticano, 16 de marzo de 2013).

      Relación con el poder político: «No está mal si la religión dialoga con el poder político. El problema está cuando se asocia con él para hacer negocios debajo de la mesa» (Sobre el cielo y la tierra. Diálogos entre el cardenal Bergoglio y el rabino Abraham Skorka. Buenos Aires, 2010).

      El papel de los laicos: «Hay un problema, lo dije otras veces: la tentación de la clericalización. Los curas tendemos a clericalizar a los laicos. No nos damos cuenta, pero es como contagiar lo nuestro. Y los laicos (no todos, pero muchos) nos piden de rodillas que los clericalicemos porque es más cómodo ser monaguillo que protagonista de un camino laical. No tenemos que entrar en esa trampa, es una complicidad pecadora» (Citado en el diario ABC, 15 de marzo de 2013).

      Pobreza: «Sin los pobres construiremos una Iglesia mediocre. Los pobres son el tesoro de la Iglesia y hay que cuidarlos. Si no tenemos esa visión, tendremos una Iglesia tibia, sin fuerza. No se puede adorar a Dios si nuestro espíritu no contiene al necesitado» (Citado en La Verdad, 22 de marzo de 2013).

      La Iglesia y la dictadura argentina: «¿Qué hizo la Iglesia en aquellos años? Hizo lo que hace un organismo que tiene santos y pecadores […]. En la Iglesia hubo cristianos de los dos bandos, cristianos muertos en la guerrilla, cristianos que ayudaron a salvar gente y cristianos que creían que estaban ayudando a salvar a la Patria […]. En Chile, durante el gobierno militar de Pinochet, la Iglesia chilena creó la Vicaría de la Solidaridad. Tomó un camino decidido. Aquí, en Argentina, se hicieron pronunciamientos y se acentuaron las gestiones reservadas. Eso dio lugar a todo tipo de especulaciones» (Sobre el cielo y la tierra. Buenos Aires, 2010).

      Trabajo: «Le agradezco tanto a mi padre que me haya mandado a trabajar. El trabajo fue una de las cosas que mejor me hizo en la vida. Particularmente en el laboratorio, donde aprendí lo bueno y lo malo de toda tarea humana […]. Allí tuve una jefa extraordinaria, Esther Balestrino, una paraguaya simpatizante del comunismo que años después, durante la última dictadura, sufrió el secuestro de una hija y un yerno, y luego fue raptada […] y asesinada. La quería mucho. […] Me enseñó la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (El Jesuita, p. 34).
      Riqueza: «El que se lleva el dinero a otro país está pecando. El cristianismo condena con la misma fuerza tanto al comunismo como al capitalismo salvaje. Existe una propiedad privada, pero con la obligación de socializarla con justicia. Un ejemplo claro de lo que sucede es el dinero que se fuga al exterior [...]. Aquel que se lo lleva para guardarlo fuera no honra al país que le da la riqueza, al pueblo que trabaja para generarla» (Citado en La Verdad, 22 de marzo de 2013).

      La tentación del dinero: «El poder y el dinero son como la ginebra en ayunas: marean. La altura marea. Por eso, cuanto más grande seas, cuanto más dinero, más poder, más prestigio tengás, más humilde tenés que ser. Los que se creen dueños de la vida no pueden vivir en la sociedad. El único dueño de la vida es Dios» (Citado en el diario ABC, 15 de marzo de 2013).

      Palabras a los jóvenes: «No le tengan miedo a la libertad, a esa libertad que Dios les puso en el corazón. Esa libertad de ser grandes, que les salva de alienarse. […] Eso está acá, en el mercado de todos los días. Les venden un buen rato hoy ¿a pago de qué? ¿Tres pesos? ¿Cuatro pesos? No, la pagás con tu libertad. Por eso no dejés que te la roben. Que nadie te baratee tu libertad. Defiéndela» (Homilía a los jóvenes durante la celebración de Corpus Christi en la Plaza Once. Buenos Aires, 2008).

      Educación sexual: «La iglesia no se opone a la educación sexual. Personalmente, creo que debe haberla a lo largo de todo el crecimiento de los chicos, adaptada a cada etapa […]. Lo que pasa es que actualmente muchos de los que levantan las banderas de la educación sexual la conciben separada de la persona humana. Entonces, en vez de contarse con una ley de educación sexual para la plenitud de la persona, para el amor, se cae en una ley para la genitalidad. Esa es nuestra objeción. No queremos que se degrade a la persona humana. Nada más» (El Jesuita, pp. 92-93).

      El pecado de la vanidad: «La vanidad, el alardeo, son actitudes de espiritualidad mundana, que es el peor pecado de la Iglesia. […] El arribismo, la búsqueda del éxito, pertenecen plenamente a esta espiritualidad mundana. […] Quien cede a esa vanidad en el fondo esconde una miseria muy grande… Yo caí en la vanidad cuando fui obispo auxiliar capitalino» (Vatican Insider, 24 de febrero de 2012).

      Aborto: «La mujer embarazada no lleva en el vientre un cepillo de dientes; tampoco un tumor. La ciencia enseña que desde el momento de la concepción, el nuevo ser tiene todo el código genético. […] No es una cuestión religiosa, sino claramente moral con base científica, porque estamos en presencia de un ser humano. La batalla […] a favor de la vida incluye el cuidado de la madre durante el embarazo, leyes que protejan a la mujer en el post parto, asegurar una adecuada alimentación de los chicos, brindar una atención sanitaria a lo largo de toda una vida» (El Jesuita, p. 91).

      La explotación humana: «¿Dónde está tu hermano esclavo? El que estás matando todos los días. En el taller clandestino, en la red de prostitución, en las ranchadas de los chicos que usás en mendicidad, para campañas de distribución de drogas, para rapiña… ¿Dónde está tu hermano? […] La esclavitud no está abolida. En esta ciudad [Buenos Aires] la esclavitud está a la orden del día. Ese crimen mafioso y aberrante. ¿Dónde está tu hermano? […]. En esta ciudad se explota a trabajadores, hay chicos en situación de calle […], víctimas de una esclavitud estructural. En esta ciudad se cuida mejor a un perro que a un hermano [...] se rapta a las mujeres y a la chicas y se las somete al uso y al abuso de su cuerpo por aquellos que vienen a ver qué pueden saquear, qué vida pueden anular, qué familia pueden destruir, qué chico pueden vender […].

      Tomemos conciencia de que esa carne esclava es “mi” carne, la misma que asumió el Hijo de Dios, por eso la Gracia más linda que podemos recibir es la de llorar en nuestro corazón. Señor, mirad esto […]. Nosotros no venimos aquí a protestar, venimos a rezar para golpear el corazón de Dios y pedirle a Jesús que nos dé la Gracia de no engrosar el ejército de los distraídos, de los duros de corazón. Por eso si sabés algo, contálo, denunciálo» (Día internacional contra la explotación sexual y la trata de personas. Homilía en el barrio de Constitución. Buenos Aires, 23 de septiembre de 2012).

      Política: «El vacío de amor a Dios no solo nos deshumaniza, sino que por ende nos despolitiza. Si no hay amor llega la falta de compromiso político. El amor, en cambio, impulsa el cuidado de lo común, sobre todo del bien común, y potencia y beneficia los bienes particulares. Una política que no es para los demás, sino pasión por el bien, termina siendo un mero racionalismo de la negociación que termina por devorarlo todo» (Homilía del Día de la Patria argentina, catedral de Buenos Aires, 25 de mayo de 2012).

      Sobre la cultura actual: «Cuando no hay amor se adormece la conciencia […] y entregamos nuestra vida, y la de nuestros niños y jóvenes, a la ilusión destructiva de las drogas, legales e ilegales, al juego, a la medicación fácil, al cuidado fetichista del cuerpo... Caemos en el narcisismo y olvidamos a nuestros ancianos, que son entonces material descartable: lo que no sirve, se tira» (Tedeum del Día de la Patria argentina. Catedral de Buenos Aires, 25 de mayo de 2012).

      La familia: «En la confusión actual aparece también el vínculo líquido, sin compromiso, como nuevo núcleo familiar para que siga produciendo sujetos desorientados que, de adultos, no saben amar […]. Ante esto no nos debe extrañar que se expanda la violencia, contra las mujeres, los niños e indefensos, y que crezca nuestra cobardía, nuestra capacidad de hacernos los distraídos» (Tedeum del Día de la Patria argentina. Catedral de Buenos Aires, 25 de mayo de 2012).

      Matrimonio homosexual: «Está en juego la identidad, y la supervivencia de la familia: papá, mamá e hijos. Está en juego la vida de tantos niños que serán discriminados de antemano privándolos de la maduración humana que Dios quiso que se diera con un padre y una madre. Está en juego un rechazo frontal a la ley de Dios. No seamos ingenuos: no se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios» (Buenos Aires, 8 de julio de 2010).

      Medios de comunicación: «Los tres ingredientes de una buena crónica son: verdad, bondad y belleza, que son también el objetivo de la Iglesia. […] Les invito a conocer la verdadera naturaleza de la Iglesia, con sus virtudes y sus pecados, y las motivaciones espirituales que la guían y que son las más auténticas para comprenderla […]. Vuestro trabajo requiere sensibilidad y experiencia y una atención especial a la verdad» (Encuentro con los periodistas. El Vaticano, 16 de marzo de 2013).

      Crisis económica: «Los obispos no pretendemos hacer un diagnóstico completo de la crisis […] pero sí señalar algunas de las enfermedades sociales más graves que padecemos, de reflejo político y económico, pero que tienen origen moral. La primera es el endiosamiento del Estado […] al que se le puede pedir cualquier cosa. Ahora en cambio cunde la ideología contraria: el envilecimiento del Estado, propio del más crudo liberalismo […] que procedió a vender las empresas del Estado, pero sin un diseño racional. No se tuvo en cuenta que este es un instrumento creado para servir al bien común y para ser garante de la equidad y la solidaridad […]. Otras dos enfermedades son la evasión de los impuestos y el despilfarro de los dineros públicos, que son dineros sudados por el pueblo» (Discurso ‘Queremos ser nación’, agosto de 2001).

      Anestesia social: «Nos acostumbramos a ver hombres y mujeres de toda edad pidiendo o revolviendo la basura, a muchos ancianos durmiendo en las esquinas o en los umbrales de los negocios, a muchos chicos durante el invierno acostados sobre las rejillas de los “subtes” [el metro] para que les suba algo de calor […]. ¡Cuántas veces sus miradas reclamadoras nos hicieron bajar las nuestras para poder seguir de largo!»(Mensaje del Miércoles de ceniza, 25 de febrero de 2009).
      La Curia vaticana: «Yo la veo y la vivo como un organismo de servicio […]. A veces llegan noticias no tan buenas, a menudo ampliadas y a veces manipuladas con amarillismo. […] La Curia tiene defectos, pero me parece que se subraya demasiado el mal y demasiado poco la santidad de tantísimas personas consagradas y laicas que trabajan allí» (Vatican Insider, 24 de febrero de 2012).

      Proteger la Creación: «Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos “custodios” de la Creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente. No dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para “custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque precisamente de ahí salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura» (Homilía de la Misa de inicio del ministerio del Papa Francisco. Plaza de San Pedro del Vaticano, 19 de marzo de 2013).

      El poder: «Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio. También el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la Cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de San José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad. Especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el Juicio final sobre la Caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Solo el que sirve con amor sabe custodiar» (Homilía de la Misa de inicio del ministerio del Papa Francisco. Plaza de San Pedro del Vaticano, 19 de marzo de 2013).

      Diálogo: «Para dialogar hay que saber bajar las defensas, abrir las puertas de casa y ofrecer calidez humana. Son muchas las barreras que en lo cotidiano impiden el diálogo: la desinformación, el chisme, el prejuicio, la difamación, la calumnia. No caigamos en ellas. Ser cristiano es dialogar. Hablar con todos, sin miedo, sin querer convencer, escuchando» (Citado en La Verdad, 22 de marzo de 2013).

21 abril 2013


"Joven: pregúntale a Jesús lo que quiere de ti"

Invitación del Papa durante el Regina Cæli


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Cuarto Domingo de Pascua se caracteriza por el evangelio del Buen Pastor --en el capítulo décimo de san Juan--, que se lee todos los años.
El pasaje de hoy narra estas palabras de Jesús: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno". (10, 27-30). En estos cuatro versículos está todo el mensaje de Jesús, y es el núcleo central de su Evangelio: nos llama a participar de su relación con el Padre, y esta es la vida eterna.
Jesús quiere establecer una relación con sus amigos que sea el reflejo de la que Él mismo tiene con el Padre: una relación de recíproca pertenencia y de confianza mutua, en íntima comunión. Para expresar esta profunda armonía, esta relación de amistad, Jesús utiliza la imagen del pastor con sus ovejas: él las llama, y estas reconocen su voz, responden a su llamada y le siguen. ¡Es hermosa esta parábola!
El misterio de la voz es fascinante: pensemos que desde el vientre de nuestra madre aprendemos a reconocer su voz, y la del papá; por el tono de una voz percibimos el amor o el desprecio, el afecto o la fraldad. ¡La voz de Jesús es única! Si aprendemos a distinguir, Él nos guía en el camino de la vida, una vía que va más allá del abismo de la muerte.
Pero Jesús, en un momento dado, dice, refiriéndose a sus ovejas: "El Padre, que me las ha dado..." (Jn. 10, 29). Esto es muy importante, es un profundo misterio, que no es fácil de entender: si me siento atraído por Jesús, si su voz enciende mi corazón, es gracias a Dios Padre, que ha puesto en mí el deseo de amor, de verdad, de vida, y de belleza... ¡y Jesús es todo esto en plenitud!
Esto nos ayuda a comprender el misterio de la vocación, sobre todo de la llamada a una consagración especial. A veces Jesús nos llama, nos invita a seguirlo, pero a lo mejor resulta que no nos damos cuenta de que es Él, así como le sucedió al joven Samuel.
Hay muchos jóvenes hoy aquí en la plaza. Son ustedes muchos, ¿verdad? Se ve, ¡eso sí! Son tantos los jóvenes hoy en la plaza... Déjenme preguntarles esto: ¿Han escuchado a veces la voz del Señor, que a través de un deseo, una inquietud, los invitaba a seguirlos más de cerca? ¿Lo han escuchado? ¡No escucho…! ¡Bien!
¿Han tenido algún deseo de ser apóstoles de Jesús? La juventud hay que “meterla en juego” en pos de nobles ideales. ¿Piensan en esto? ¿Están de acuerdo? Pregúntale a Jesús lo que quiere de ti ¡y sé valiente! ¡Pregúntale!
Detrás y delante de toda vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, siempre está la fuerte e intensa oración de alguien: de una abuela, un abuelo, de una madre, un padre, de una comunidad...
Por eso Jesús dijo: "Rueguen, pues, al Dueño de la mies -es decir, Dios Padre--, que envíe obreros a su mies" (Mt. 9,38). Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y solo en la oración pueden perseverar y dar fruto.
Me gustaría insistir hoy, que es el "Día Mundial de Oración por las Vocaciones". A que oremos especialmente por los nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma, que he tenido la alegría de ordenar esta mañana. Eran diez jóvenes que dijeron sí a Jesús y han sido ordenados sacerdotes esta mañana.
E invoquemos la intercesión de María, que es la Mujer del "sí". Ella ha aprendido a reconocer la voz de Jesús, desde que lo llevaba en el vientre. Que María, nuestra Madre, ¡nos ayude a conocer cada vez mejor la voz de Jesús y a seguirla, para caminar  en el camino de la vida!
Muchas gracias por el saludo... Pero también saluden a Jesús.
Griten: ¡Jesús, Jesús…!, ¡Fuerte!

La voz nos habla de amor o de desprecio, de afecto o de frialdad

El Papa lo advirtió hoy


Ante una plaza de san Pedro abarrotada de fieles y peregrinos, con muchísimos jóvenes, el papa Francisco centró su reflexión del Regina Cæli en el tema de la vocación. La fecha fue propicia ante la celebración del "Domingo del Buen Pastor", y por el hecho de que más temprano había ordenado a diez presbíteros para la Diócesis de Roma.
Volviendo a sus tiempos de párroco y de catequista, el santo padre entabló un animado diálogo con los jóvenes, a quienes les pedía que respondieran al unísono a sus preguntas sobre el auténtico compromiso.
Responder al llamado
Si bien la plaza estaba enfervorizada desde el esperado "¡Buenos días!" con que el papa saluda a sus hijos en cada encuentro, esta emoción se elevó más cuando preguntó a los jóvenes: "¿Han escuchado a veces la voz del Señor, que a través de un deseo, una inquietud, los invitaba a seguirlos más de cerca?"
A un tímido "¡Siií!", el papa replicó otra vez: "¿Lo han escuchado? ¡No escucho…!" A lo que sus jóvenes le respondieron afirmativamente, con gran expectativa por saber hacia dónde los llevaba...
"¡Bien!", les sonrió, para luego ser más directo: "¿Han tenido algún deseo de ser apóstoles de Jesús?" Las respuestas fueron más tímidas, mientras muchos gritos se ahogaban en las gargantas a la espera de más motivos para salir de sí mismos.
Y la respuesta de Francisco no se hizo esperar: "La juventud hay que 'meterla en juego', en pos de nobles ideales".
Luego sí llegaría el momento de ser honestos... "¿Piensan en esto?" --les preguntó--, "¿Están de acuerdo?", con los que arrancó las respuestas efusivas que quería escuchar.
Pero como pastor bueno que es también él, los llevó a verdes pastos y les dejó un consejo: "Pregúntale a Jesús lo que quiere de ti ¡y sé valiente!" 
La voz del pastor
Ya antes se había referido de modo muy claro sobre las palabras de Jesús en el evangelio de Juan: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno". (10, 27-30).
Según explicó, en estos cuatro versículos "está todo el mensaje de Jesús, y es el núcleo central de su Evangelio: nos llama a participar de su relación con el Padre, y esta es la vida eterna".
Porque según hizo ver a los que lo escuchaban, "Jesús quiere establecer una relación con sus amigos que sea el reflejo de la que Él mismo tiene con el Padre: una relación de recíproca pertenencia y de confianza mutua, en íntima comunión".
De este modo, Jesús sabe expresar esta profunda armonía, esta relación de amistad, con la imagen del pastor con sus ovejas: "él las llama, y estas reconocen su voz, responden a su llamada y le siguen. ¡Es hermosa esta parábola!", dijo.
Invitó luego a reconocer que "el misterio de la voz es fascinante". Porque así como desde el vientre de una madre se reconoce su voz (y la del papá), así también "por el tono de una voz percibimos el amor o el desprecio, el afecto o la frialdad".
Por lo tanto, como la voz de Jesús es única, si aprendemos a distinguir(la), "Él nos guía en el camino de la vida, una vía que va más allá del abismo de la muerte".
El llamado del Padre 
Hizo luego una referencia a lo que Jesús, en un momento dado, dice, refiriéndose a sus ovejas: "El Padre, que me las ha dado..." (Jn. 10, 29).
Para el papa, "esto es muy importante, es un profundo misterio, que no es fácil de entender: si me siento atraído por Jesús, si su voz enciende mi corazón, es gracias a Dios Padre, que ha puesto en mí el deseo de amor, de verdad, de vida, y de belleza..."
Explicó así que esto "ayuda a comprender el misterio de la vocación, sobre todo de la llamada a una consagración especial". Porque, según dijo, "a veces Jesús nos llama, nos invita a seguirlo, pero a lo mejor resulta que no nos damos cuenta de que es Él". 
Recordó también que detrás --y delante de toda vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, "siempre está la fuerte e intensa oración de alguien: de una abuela, un abuelo, de una madre, un padre, de una comunidad (porque) las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y solo en la oración pueden perseverar y dar fruto".
Pidió finalmente, en el "Día Mundial de Oración por las Vocaciones", a que lo acompañen con oraciones por los nuevos presbíteros que había ordenado más temprano para la diócesis de Roma.
"Eran diez jóvenes que dijeron sí a Jesús", fue la frase de esperanza con que animó más a sus jóvenes, quienes le respondieron coreando su nombre.
Agradecido por este gesto, el Catequista universal los exhortó más a bien a saludar al Buen Pastor, gritando también él con la plaza: "¡Jesús, Jesús!

"Presbíteros: sean pastores y no funcionarios"

El papa en la ordenación de diez diáconos

Queridísimos hermanos y hermanas:
Estos hermanos e hijos nuestros han sido llamados al orden del presbiterado. Reflexionemos atentamente a cuál ministerio serán elevados en la Iglesia. Como bien saben, el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento, pero en Él también todo el pueblo santo de Dios ha sido constituido pueblo sacerdotal.
Sin embargo, entre todos sus discípulos, el Señor Jesús quiere elegir algunos en particular para que, ejerciendo públicamente en la Iglesia en su nombre, el oficio sacerdotal en favor de todos los hombres, continúen su personal misión de maestro, sacerdote y pastor.
Así como en efecto, para ello Él había sido enviado por el Padre, del mismo modo Él envió a su vez al mundo, primero a los apóstoles y luego a los obispos y sus sucesores, a los cuales, finalmente, se les dio como colaboradores a los presbíteros, que --unidos a ellos en el ministerio sacerdotal--, están llamados al servicio del pueblo de Dios. 
Después de una madura reflexión y oración, ahora estamos por elevar al orden de los presbíteros a estos hermanos nuestros, para que al servicio de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, cooperen en la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia como pueblo de Dios y Templo Santo del Espíritu Santo. 
En efecto, ellos serán configurados en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, es decir que serán consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento y con este título, que los une en el sacerdocio a su obispo, serán predicadores del evangelio, pastores del Pueblo de Dios y presidirán las acciones de culto, especialmente en la celebración del sacrificio del Señor. 
En cuanto a ustedes, hermanos e hijos amadísimos, que están por ser promovidos al orden del presbiterado, consideren que ejerciendo el ministerio de la Sagrada Doctrina serán partícipes de la misión de Cristo, único Maestro. Dispensen a todos aquella Palabra de Dios que ustedes mismos han recibido con alegría. Recuerden a sus madres, a sus abuelitas, a sus catequistas, que les dieron la Palabra de Dios, la fe... ¡el don de la fe! Que les transmitieron este don de la fe.
Lean y mediten asiduamente la Palabra del Señor, para creer aquello que han leído, para enseñar lo que aprendieron en la fe, y para vivir lo que han enseñado. Recuerden también que la Palabra de Dios no es propiedad de ustedes: es Palabra de Dios. Y la Iglesia es la que custodia la Palabra de Dios. 
Por lo tanto, que su doctrina sea alimento para el Pueblo de Dios; alegría y sostén para los fieles de Cristo, el perfume de sus vidas, por que con su palabra y ejemplo edifican la casa de Dios, que es la Iglesia.
Ustedes continuarán la obra santificadora de Cristo. Mediante su ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque se une al sacrificio de Cristo, que por medio de sus manos, en nombre de toda la Iglesia, es ofrecido de modo incruento sobre el altar en la celebración de los santos misterios.
Reconozcan pues lo que hacen, imiten lo que celebren, para que participando en el misterio de la muerte y resurrección del Señor, lleven la muerte de Cristo en su cuerpo y caminen con Él en la novedad de la vida.
Con el Bautismo agregarán nuevos fieles al Pueblo de Dios. Con el Sacramento de la Penitencia redimirán los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia. Y hoy les pido en nombre de Cristo y de la Iglesia: por favor, no se cansen de ser misericordiosos.
Con el óleo santo darán alivio a los enfermos y a los ancianos: no se avergüencen de tener ternura con los ancianos. Celebrando los ritos sagrados, y elevando oraciones de alabanza y súplica durante las distintas horas del día, ustedes se harán voz del Pueblo de Dios y de la humanidad entera. 
Conscientes de haber sido elegidos entre los hombres y constituidos en su favor para cuidar las cosas de Dios, ejerzan con alegría y caridad sincera la obra sacerdotal de Cristo, con el único anhelo de gustar a Dios y a no a ustedes mismos. Sean pastores, no funcionarios. Sean mediadores, no intermediarios. 
En fin, participando en la misión de Cristo, Cabeza y Pastor, en comunión filial con su obispo, comprométanse en unir a sus fieles en una única familia, para conducirlos a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo. 
Tengan siempre ante sus ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no ha venido para ser servido, sino para servir y para tratar de salvar lo que estaba perdido. 

Dios es una persona

Homilía del Papa anteayer en Santa Marta

Hablar con Dios es como hablar con las personas: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo. Por que este es nuestro Dios, uno y trino, no un dios indefinido y difuso, como un espray esparcido un poco por todas partes.
Este es el significado de la reflexión propuesta por el papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en la mañana del jueves 18 de abril en la Domus Sanctae Marthae, a la que asistieron los directores y funcionarios de la Inspección de Seguridad Pública del Vaticano.
Concelebraron con el papa, entre otros, el arzobispo Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado; los obispos Charles Scicluna, obispo auxiliar de Malta, y Flavio Roberto Carraro, obispo emérito de Verona. Asimismo, los prelados José Bettencourt, jefe de protocolo de la Secretaría de Estado, Antonio Scotti, jefe de la oficina de la primera sección de la Secretaría de Estado, y Giuseppe Saia, coordinador nacional de los capellanes de la Policía del Estado italiano.
La ceremonia estuvo dirigida por monseñor Guillermo Javier Karcher, maestro de ceremonias papales. Entre las personalidades presentes, estuvieron los prefectos Alessandro Marangoni, director adjunto de la Policía, y Salvatore Festa, director de la oficina de enlace entre el Vaticano y el Ministerio del Interior de Italia, así como Enrico Avola, director de la Inspección de Seguridad Pública en el Vaticano.
Es el Señor quien "nos habla de la fe", comenzó así la homilía del papa. Él nos dice «creer en él. Pero primero nos dice algo más: "Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió”. Ir a Jesús, encontrar a Jesús, conocer a Jesús es un don del Padre. Es un regalo. La fe es un don. Un regalo que recibimos en el bautismo, pero que luego debe desarrollarse en la vida, crecer en nuestro corazón, extenderse en las obras que hacemos. La fe es un don, y los que tienen esta fe, tienen vida eterna. Podemos preguntarnos: "¿Tenemos fe?". "Sí, sí, yo creo en Dios." "¿Pero en cuál Dios tú crees?". "¡Bueno, en Dios!" ¿Cuántas veces escuchamos esto "en Dios"? Un dios difuso, un dios-espray, que está un poco en todas partes, pero no se sabe lo que es. Creemos en Dios que es Padre, que es Hijo, que es Espíritu Santo. Creemos en las personas, y cuando hablamos con Dios hablamos con personas: o hablo con el Padre, o hablo con el Hijo, o hablo con el Espíritu Santo. Y esta es la fe».
Refiriéndose a la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (8, 26-40), el papa se centró en la figura del eunuco etíope, tesorero de la reina Candace, quien tenía una fe poco madura y sólida, "una fe que se iniciaba”. Sin embargo, "tenía buena voluntad. Había venido a Jerusalén para orar, para adorar a Dios, y leía al profeta Isaías. Tenía una cierta inquietud en el alma. Se la había metido el Padre para atraerlo a Jesús. Y este hombre, cuando Felipe se acercó a él y le preguntó: "¿Entiendes lo que estás leyendo?", le responde que no. Y cuando Felipe le anuncia a Jesús, este hombre siente que esta es una buena noticia. Siente el gozo. Empieza a sentir una alegría especial. Y tan grande fue la alegría que al ver el agua, dice, "¡Bautízame ahora! ¡Quiero seguir a Jesús!"
Esto, señaló el papa Francisco, es algo que debería hacernos reflexionar: «Pensemos: no era un hombre de la calle, un hombre común. Era un ministro de economía, ¡eh! Podemos pensar que estaba un poco apegado al dinero. También podemos pensar que era un 'arribista', porque había renunciado a la paternidad por su carrera, ¿no? Pero todo esto se viene abajo ante la invitación del Padre a encontrar a Jesús. Esta es la fe. Y después Jesús nos dice cómo es su camino, nos enseña las actitudes de los que le siguen: en las bienaventuranzas, después en nuestra actitud. "Para seguirme, estas son las cosas que hacer: las Bienaventuranzas». A lo que se añaden las actitudes descritas en el «capítulo 25 de Mateo, sobre el juicio final: "Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me ofrecieron agua, estuve enfermo y me visitaste" (Mateo 25, 31-46). Son las actitudes de los discípulos de Jesús. Quien tiene fe, tiene la vida eterna, tiene la vida. Pero la fe es un don, es el Padre quien la da. Nosotros debemos seguir por este camino».
Nos puede pasar también a nosotros, observaba el papa, el ir por ese camino, mientras estamos absortos en nuestros pensamientos. Además, "todos somos pecadores y siempre tenemos algunas cosas que no van", aunque el Señor nos perdona "si pedimos perdón siempre: ¡y hacia adelante, sin desanimarnos!".
Es posible, por lo tanto, que sobre dicho camino nos suceda lo mismo que pasó con el tesorero etíope. Una vez vuelto a salir del agua después del bautismo --dijo el papa Francisco--, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y él "no le vio más. Y lleno de alegría siguió su camino".
Era la alegría de la fe, "la alegría de haber encontrado a Jesús, la alegría que solo nos la da Jesús, la alegría que da paz: no la que da el mundo, la que da Jesús. Esta es nuestra fe", aquella que nos "hace fuerte, nos hace alegres", y que se alimenta siempre en la vida "con pequeños encuentros diarios con Jesús".
Al final de la Misa, después de la oración a san Miguel Arcángel, patrono de la Policía del Estado, el papa agradeció a todos los presentes "por el servicio que realizan en la sociedad. Un servicio difícil; un servicio para el bien común, para la paz común. Un servicio que es peligroso, también, para la vida. Un servicio que --como le hemos pedido a san Miguel Arcángel--, requiere rectitud de la mente, fuerza de voluntad, honestidad con los afectos, serenidad. Muchas gracias por este servicio. Que el Señor les bendiga mucho".

19 abril 2013


50 años de la ‘Pacem in terris’ de 


Juan XXIII


Construir una convivencia pacífica exige renuncias personales y esfuerzos denodados

      A la gente de mi generación la figura del papa Francisco le trae a la memoria aspectos de Juan XXIII, pero quizá no ha tenido suficiente eco en la opinión pública el recuerdo de su última y gran encíclica, Pacem in terris, del 11 de abril de 1963, Jueves Santo de aquel año. El propio Francisco mencionó el aniversario en su audiencia del 11 a los miembros de la ‘Papal Foundation’, durante su visita anual a Roma: pidió que la efemérides «sea un incentivo para comprometerse siempre más en promover la reconciliación y la paz a todos los niveles».

      Entre tantos temas de gran actualidad, no se pueden olvidar asuntos antiguos y nuevos como la construcción de la paz, fruto del orden social y del respeto de los derechos humanos. Juan XXIII se dirigía al mundo en tiempos aún de guerra fría: apenas unos meses antes el planeta había temblado con la "crisis de los misiles", que apuntaban desde Cuba hacia Estados Unidos... Y hoy varios continentes siguen anegados por conflictos regionales de máxima entidad, incluidas las amenazas nucleares de Corea del norte.

      El documento de 1963, auténtico pórtico de aspectos esenciales de la Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II (7-12-1965), se dirigía a una civilización que había inaugurado el siglo XX con la euforia del progreso continuo e ilimitado, pero se trastornó con dos guerras mundiales, terribles totalitarismos, y persecuciones étnicas y religiosas increíbles. La Encíclica dio nuevo impulso a un creciente movimiento pacifista, lleno de ilusión, a pesar de crisis y conflictos. Señaló cuatro condiciones esenciales para la paz: la verdad, la justicia, el amor y la libertad; y muy particularmente, la promoción de los derechos humanos, incluida la participación democrática en la vida pública. Mucho de eso necesitaba la España de los sesenta, y la Encíclica dio esperanza a gente que, sin duda, se unirá a un recuerdo agradecido, y tal vez reflexione con iniciativa para evitar que se malogre lo conseguido después, no sin notorios esfuerzos que se pueden dilapidar irresponsablemente.

      Juan Pablo II invocó en abril de 2003 la encíclica de su santo predecesor. El cuadragésimo aniversario llegó en plena invasión de Iraq, un país trágico que no consigue alcanzar la paz diez años después, sobre todo, por la incidencia del terrorismo. Personalmente, me sorprendió entonces el grado de crispación que se produjo en España en nombre de la paz, con inusitada proliferación de marchas y manifestaciones populares.

      Aquel aparente pacifismo reflejaba el simplismo del mero rechazo de la guerra. El gran reto sigue siendo la construcción de políticas justas, dentro de una cultura de paz y concordia universales, que enlaza con viejas utopías cristianas, como las deMoro o Kant. Por entonces, Andrea Riccardi, el fundador de la comunidad de san Egidio, se refería a cuatro posibles puntos capitales, que parecen esenciales diez años después: la primacía de la solidaridad; la unidad política −y también militar− de Europa; la lucha decidida contra la pobreza en el mundo y, en fin, la búsqueda del consenso.
      Construir una convivencia pacífica exige renuncias personales y esfuerzos denodados. Algunos neopacifistas dan la impresión de no querer tanto la paz, como la simple tranquilidad, sin complicaciones. Poco tiene que ver con la tranquilitas ordinis de Agustín. Más recuerda la ley del embudo, que olvida conflictos porque no intervienen los Estados Unidos, aunque sean más graves y produzcan millones de víctimas ignoradas. De hecho, Juan Pablo II manifestaba su inquietud, en la Semana Santa de 2003, a los universitarios participantes en la 36ª edición del Congreso UNIV, que habían trabajado desde meses antes sobre el tema "Construir la paz en el siglo XXI": el Papa estaba preocupado «no sólo por la situación en Iraq, sino también por tantos otros focos de violencia y de guerra que se han encendido en varios continentes».

      Mucho se ha escrito sobre la necesidad de un nuevo orden mundial, más allá de la primacía de criterios económicos. Tras las catástrofes bélicas del siglo XX, y los incesantes conflictos del XXI, crece el anhelo de paz. Juan XXIII supo universalizar esas ansias de convivencia en la Pacem in terris de 1963, que constituyó también, antes del Concilio Vaticano II, como una recepción formal católica de los derechos humanos modernos: sólo desde el profundo respeto de la dignidad humana era concebible la paz, fruto de la justicia, según el lema de Pío XII. El reto sigue abierto, no sólo para los creyentes, sino para cuantos tienen buena voluntad.

18 abril 2013


Los caminos de la santidad


 El Papa ayer en la audiencia general    

Queridos hermanos y hermanas:

      En el Credo confesamos nuestra fe en Cristo, que «subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre». ¿Qué significa esto para nosotros? Ya al comienzo de su subida a Jerusalén, Jesús ve también esta otra “subida” al cielo con la que culmina su “éxodo” de esta vida, pero sabiendo que la vuelta a la gloria del Padre pasa por la cruz, por la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. También nosotros hemos de saber que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, aun a costa de sacrificios y del cambio de nuestros programas.

      El íntimo coloquio de Jesús con el Padre antes de la Pasión nos enseña, además, cómo la oración nos da la fuerza de ser fieles al proyecto de Dios. Después, Jesús asciende a los cielos bendiciendo, un gesto sacerdotal para mostrar que, desde el seno del Padre, intercede siempre por nosotros. Él nos ha abierto el paso para llegar a Dios, y nos atrae hacia él, nos protege, nos guía e intercede por nosotros. Mirar a Jesucristo, que asciende a los cielos, es una invitación a testimoniar su Evangelio en la vida cotidiana, con la vista puesta en su venida gloriosa definitiva.

      Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular al grupo de la Arquidiócesis de Mérida, con su Pastor, Mons. Baltasar Enrique Porras Cardozo, así como a los venidos de España, Argentina, Panamá, Venezuela, México y otros países latinoamericanos. Contemplemos a Cristo, sentado a la derecha de Dios Padre, para que nuestra fe se fortalezca y recorramos alegres y confiados los caminos de la santidad. Muchas gracias

Hagan una pastoral en clave misionera

Carta del Papa a a los obispos argentinos


Queridos Hermanos: Van estas líneas de saludo y también para excusarme por no poder asistir debido a “compromisos asumidos hace poco” (¿Suena bien?) Estoy espiritualmente junto a ustedes y pido al Señor que los acompañe mucho en estos días. 
Les expreso un deseo: Me gustaría que los trabajos de la Asamblea tengan como marco referencial al Documento de Aparecida y “Navega mar adentro”. Allí están las orientaciones que necesitamos para este momento de la historia. Sobre todo les pido que tengan una especial preocupación por crecer en la misión continental en sus dos aspectos: misión programática y misión paradigmática. Que toda la pastoral sea en clave misionera.
Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”.
Les deseo a todos ustedes esta alegría, que tantas veces va unida a la Cruz, pero que nos salva del resentimiento, de la tristeza y de la soltenoría clerical. Esta alegría nos ayuda a ser cada día más fecundos, gastándonos y deshilachándonos en el servicio al santo pueblo fiel de Dios; esta alegría crecerá más y más en la medida en que tomemos en serio la conversión pastoral que nos pide la Iglesia.
Gracias por todo lo que hacen y por todo lo que van a hacer. Que el Señor nos libre de maquillar nuestro episcopado con los oropeles de la mundanidad, del dinero y del “clericalismo de mercado”. La Virgen nos enseñará el camino de la humildad y ese trabajo silencioso y valiente que lleva adelante el celo apostólico.
Les pido, por favor, que recen por mí, para que no me la crea y sepa escuchar lo que Dios quiere y no lo que yo quiero. Rezo por ustedes.
Un abrazo de hermano y un especial saludo al pueblo fiel de Dios que tienen a su cuidado. Les deseo un santo y feliz tiempo pascual.
Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.