07 mayo 2013


La sombra del antipapa 


y otras ridiculeces


A propósito de algunos comentarios sobre el regreso de Benedicto XVI al Vaticano

      Entiendo que los periodistas vivimos del conflicto, en el sentido de que es uno de los criterios noticiosos más frecuentes. Pero a veces, ya se sabe, aumentamos la dosis, de modo que aparece conflicto donde no lo hay. Se persigue en esos casos subir la tensión con el fin de suscitar o incrementar el interés del lector (y de justificar la importancia de la noticia ante los propios jefes de redacción).

      Me parece que esto está ocurriendo con algunos comentarios a propósito del regreso de Benedicto XVI al Vaticano. Según algunos observadores (los míticos “observadores”, que nadie conoce...), el “incondicionalmente conservador” Benedicto podría convertirse en un punto de referencia para los que se opongan a las reformas del Papa Francisco. Otra periodista comenta que“la sombra del antipapa se alarga inevitable”, pero subraya luego −para tranquilizarnos− que “Ratzinger ha asegurado a su sucesor que no incumplirá las promesas realizadas”.

      Hay afirmaciones ridículas (todos tenemos derecho a formular algunas, supongo), pero estas me parecen que se pasan de la raya. Imaginar a Benedicto complotando, o dejándose instrumentalizar por otros, es no haber entendido nada. Benedicto no ha renunciado para luego quedarse moviendo los hilos desde la sombra... Seguirá haciendo lo que ha hecho en estas semanas en Castel Gandolfo: permanecer oculto al mundo y rezar por la Iglesia y el Papa. Para mí, la auténtica novedad es que el Papa Francisco sabe que cuenta con las oraciones de otro que comprende como nadie lo que significa ser Papa porque lo ha experimentado en su propia piel.

06 mayo 2013

No se puede entender la vida del cristiano sin el Espíritu Santo

El Papa en la misa de la mañana en Santa Marta




En la eucaristía estaban presentes algunos empleados vaticanos de la Fábrica de San Pedro, acompañados por el cardenal presidente Angelo Comastri y por monseñor Pablo Colino, prefecto de la Capilla musical, que concelebraron junto al pontífice.
Según informa Radio Vaticana, el santo padre ha hablado sobre el Espíritu Santo, que es "justamente Dios, la Persona Dios, que da testimonio de Jesucristo en nosotros". Ha indicado también la protección del Espíritu Santo que "Jesús llama Paráclito", "o sea aquello que nos defiende", que "siempre está a nuestro lado para sostenernos".
A continuación ha recordado que "no se puede entender la vida cristiana sin la presencia del Espíritu Santo: no sería cristiana. Sería una vida religiosa, pagana, piadosa, que cree en Dios, pero sin la vitalidad que Jesús quiere para sus discípulos. Y aquello que da la vitalidad es el Espíritu Santo, presente". Y ha añadido que el Espíritu "da testimonio" de Jesús para que nosotros podamos darlo a los demás".
Sobre la primera lectura ha recordado que "hay una cosa bella: aquella mujer que escuchaba a Pablo, que se llamaba Lidia. De ella se dice que el Señor le abrió el corazón para que se adhiriera a las palabras de Pablo. Esto es lo que hace el Espíritu Santo: nos abre el corazón para conocer a Jesús. Sin Él no podemos conocer a Jesús. Nos prepara al encuentro con Jesús. Nos hace ir por el camino de Jesús. El Espíritu Santo actúa en nosotros durante todo el día, durante toda nuestra vida, como testimonio que nos dice dónde está Jesús".
El papa Francisco ha animado a la oración refiriéndose a ésta como "el camino para tener en cada momento" la gracia de la "fecundidad de la Pascua". Se ha detenido también a hablar sobre el examen de conciencia "que los cristianos realizan con respecto a la jornada que han vivido" y ha afirmado que es "un ejercicio que nos hace bien porque es tomar consciencia de aquello que el Señor ha obrado en nuestro corazón".
El santo padre quiso pedir "la gracia de acostumbrarnos a la presencia de este compañero de camino, el Espíritu Santo, de este testimonio de Jesús que nos dice dónde está Jesús, cómo encontrar a Jesús, qué cosa nos dice Jesús. Tenerle una cierta familiaridad: es un amigo". Y recordando las palabras de Jesús 'No, no te dejo solo, te dejo a Éste', ha proseguido "Jesús nos lo deja como amigo".
Para finalizar ha invitado a que "antes que termine la jornada tengamos la costumbre de preguntarnos: '¿Qué cosa ha obrado el Espíritu Santo en mí, hoy? ¿Qué testimonio me ha dado? ¿Cómo me ha hablado? ¿Qué cosa me ha sugerido?’. Ya que el Espíritu Santo es "presencia divina que nos ayuda a ir adelante en nuestra vida de cristianos. Pidamos hoy esta gracia. Y esto hará que, como lo hemos hecho en la oración, en cada momento tengamos presente la fecundidad de la Pascua".

05 mayo 2013


La familia cristiana, una respuesta a la violencia ambiental

SITUACIONES
Los noticieros casi a diario nos transmiten hechos y escenas que nos pasman, nos preocupan y que parecen rebasarnos. Sólo unos ejemplos: Atentados con bombas de destrucción masiva, descuartizamiento de seres humanos exhibiéndolos al público, abusos indecibles contra migrantes, inexplicable violencia intrafamiliar, extorsión telefónica y electrónica, secuestros, abandono de los propios padres, pleitos entre hermanos por herencias, no sólo en los juzgados sino también con armas, adolescentes y jóvenes engarzados por grupos criminales, que les obligan a matar sin piedad, actividad sexual precoz y embarazos imprevistos, bloqueos carreteros, que dañan a infinidad de personas.
Nos angustia ver imágenes incomprensibles de tanta violencia destructiva en las manifestaciones de grupos y organizaciones, que luchan por lo que consideran sus derechos, pero pisotean los de los demás; destruyen cuanto encuentran a su paso. No importan las leyes ni los ordenamientos jurídicos; cada quien trata de demostrar su fuerza y hacer lo que quiere y le parece bien.
Un grupo de mujeres que se dicen católicas, sin serlo, celebra como un triunfo que, a seis años de que se despenalizó el aborto en la ciudad capital, cerca de cien mil mujeres han ejercido lo que dicen es un derecho: cuidar su salud y el desarrollo de su proyecto de vida, aunque maten a sus propios hijos, destruyéndolos en sus entrañas. Y nos califican a los obispos que defendemos la vida de los recién concebidos, como si fuéramos ignorantes y necios, retrógrados e inhumanos, contrarios al Evangelio y al Derecho Canónico… ¡Qué trastocados están los valores!
ILUMINACION
Ya el profeta Isaías lamentaba: “¡Ay de los que llaman bien al mal, y al mal le llaman bien! Que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo” (5,20). Nosotros también lamentamos esto y nos preguntamos cuál es la raíz de esto que sucede. Sostenemos que es la familia la que educa para que tengamos una sociedad justa, fraterna y solidaria. Por lo contrario, la falta de integración familiar expone a este trastocamiento social, y en muchos casos es la primera responsable. Hay responsabilidad también en una educación laicista que excluye la trascendencia, en unos medios de comunicación que comercializan con el erotismo y la banalización sexual, en la falta de trabajo para todos, en la pasión por comprar y disfrutar sin límites. Sin embargo, yo veo que la raíz más profunda del desorden social es la falta de una familia bien integrada, donde hay amor y respeto, comprensión y diálogo, armonía y trabajo compartido. No es la pobreza, sino el abandono de los padres hacia los hijos, el cambio constante de pareja, la inestabilidad conyugal, la violencia en el hogar. Muchos procedemos de familias de clase media baja, donde vivimos con limitaciones económicas, pero nunca nos enseñaron a robar y destruir, sino a trabajar y respetar.
Dice el Papa Francisco: Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura” (19-III-2013).
Nos decía el Papa Benedicto en su visita a México: El mal no puede tanto. No hay motivos para rendirse al despotismo del mal. El mal no tiene la última palabra de la historia. Ante todo hay que anunciar a Dios. Dios que es juez y nos ama. Pero nos ama para llamarnos al bien y a la verdad contra el mal. Dios es capaz de abrir nuevos espacios a una esperanza que no defrauda. Por lo tanto, es una gran responsabilidad de la Iglesia educar las conciencias, educar a la responsabilidad moral y desenmascarar el mal”.
COMPROMISOS
¿Qué podemos hacer? No sólo culpes a otros, o al sistema político y económico, ni huyas en la apatía. Defendamos la familia, empezando por la propia; no la destruyas. Si hay problemas, se dialogan y, con Dios, hay solución. Educa a tus hijos en valores morales, iluminados por El.

04 mayo 2013


No a los cristianos tibios

El Papa llama a la valentía durante la misa de ayer

Todos los cristianos tienen el deber de transmitir la fe con valentía. Fue la exhortación del papa Francisco a los fieles presentes en la misa diaria celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta, donde reside desde su elección al solio de Pedro.
Según informa Radio Vaticana, el santo padre indicó que es Jesús el que nos invita a tener coraje, incluso en la oración, e instó a los cristianos a no ser "tibios".
A la misa --concelebrada con el arzobispo Claudio Maria Celli--, presidente del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, participaron miembros de la Guardia Suiza Pontificia con su comandante Daniel Rudolf Anrig. Al final de la celebración, el papa les dirigió un saludo especial y les dijo: "Su trabajo es un hermoso testimonio de fidelidad a la Iglesia" y de "amor al Papa".
Todos nosotros los cristianos, que hemos recibido la fe, dijo, "tenemos que transmitirla, proclamarla con nuestra vida, con nuestra palabra".
¿Pero cuál es esta fe fundamental?, se preguntó Francisco. A lo que respondió: “Es la fe en Jesús resucitado, en Jesús que ha perdonado nuestros pecados con su muerte y nos ha reconciliado con el Padre".
"Y transmitir esto –-prosiguió--, nos exige ser valientes: el valor de transmitir la fe. Una valentía, a veces, simple. Recuerdo una historia personal: desde niño, mi abuela nos llevaba cada Viernes Santo a la procesión de las Velas y al final de la procesión llegaba el Cristo yacente y la abuela nos hacía arrodillarnos y nos decía a los niños: “Miren, está muerto, pero mañana habrá resucitado”. La fe se introduce así: la fe en Cristo crucificado y resucitado. En la historia de la Iglesia fueron muchas, muchas las personas que han querido, un poco, desaparecer esta certeza firme y hablan de una resurrección espiritual. No, ¡Cristo está vivo!".
"Cristo está vivo" y está "¡vivo también entre nosotros!", reiteró Francisco, quien a la vez exhortó a los cristianos a tener el valor de proclamar su resurrección, la Buena Nueva.
Pero, continuó, también hay otro valor que Jesús nos pide: "Jesús --por decirlo un poco fuerte--, nos desafía a la oración y dice así: "Todo lo que pidan en mi nombre, yo lo haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo". Si piden algo en mi nombre, yo lo haré... ¡Esto es fuerte! Nos atrevemos a ir donde Jesús y pedirle así: "Pero tú has dicho esto, ¡hazlo! Haz que la fe crezca, haz a que la evangelización siga adelante, haz que este problema que tengo se resuelva. ¿Tenemos este valor en la oración? ¿O rezamos un poco no más, así, como se pueda, pasando poco tiempo en la oración? Si no con valor, con franqueza incluso en la oración..."
El papa recordó que, como leemos en la Biblia, Abraham y Moisés tuvieron el valor de "negociar con el Señor". Una valentía “en favor de los otros, a favor de la Iglesia", que sirve también hoy:
"Cuando la Iglesia pierde la valentía, entra en la Iglesia la atmósfera de la tibieza. Los tibios, los cristianos tibios, sin valor... Eso le hace tanto mal a la Iglesia, porque la tibieza te encierra, empiezan los problemas entre nosotros; no tenemos horizontes, no tenemos valor, ni el valor de la oración hacia el cielo, ni el valor para anunciar el evangelio. Somos tibios... Pero tenemos el coraje de encerrarnos en nuestras pequeñas cosas, en nuestros celos, en nuestras envidias, en el arribismo, en avanzar de manera egoísta..."
Y finalizó diciendo: "Todas estas cosas no son buenas para la Iglesia: ¡la Iglesia tiene que ser valiente! Todos tenemos que ser valientes en la oración, desafiando a Jesús".

Carta del Prelado del Opus Dei 
(mayo 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Mes de mayo: un tiempo rico en fiestas litúrgicas y en aniversarios de la Obra. Deseamos recorrerlo de la mano de la Virgen, nuestra Madre, que nos lleva siempre a su Hijo y, por Él y con Él, al Espíritu Santo y a Dios Padre. Desde ahora pedimos a Nuestra Señora que nos acompañe muy de cerca, que nos obtenga siempre gracias abundantes para ser dóciles al Paráclito —como lo fue Ella— y así parecernos más y más a su Hijo Jesús.

En las semanas transcurridas desde la elección del Papa Francisco, hemos contemplado los afanes de renovación interior que se han producido en tanta gente, porque son muchas las personas que han manifestado públicamente la necesidad de acercarse de nuevo o con más frecuencia al sacramento de la Penitencia. Agradezcamos al Señor estos dones tratando, en primer lugar, de aprovecharlos a fondo cada uno de nosotros, al tiempo que nos esforzamos en ayudar a que nuestros parientes, amigos, compañeros de trabajo o de estudio, se decidan a emprender a diario —como nosotros mismos hemos de hacer— una vida cristiana plenamente coherente con la fe que profesamos.

Prosiguiendo la exposición de los artículos del Credo, ahondemos en el misterio de la Ascensión del Señor. Creemos, en efecto, que Jesucristo, una vez resucitado, subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Esta solemnidad que celebraremos este mes —el jueves día 9, o el domingo 12 en los lugares donde se ha trasladado— debe suponer para todos un parón, recordándonos el fin dichoso a que estamos llamados. Esta verdad nos recuerda, al mismo tiempo, un hecho histórico y un acontecimiento de salvación. Como hecho histórico, la Ascensión «marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celestial de Dios de donde ha de volver, aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres». Ahora se halla presente en la Eucaristía, de modo sacramental; pero, en su ser natural, se encuentra sólo en el Cielo, de donde vendrá al fin de los tiempos, lleno de gloria y majestad, para juzgar a todos.

El evangelista que relata con más detalle este acontecimiento es san Lucas. Al principio del libro de los Hechos escribe que el Señor, después de su Pasión, se presentó vivo ante ellos [ante los Apóstoles y otros discípulo con muchas pruebas: se les apareció durante cuarenta días y les habló de lo referente al Reino de Dios. También narra que, durante una de las apariciones a los Apóstoles, el Señor les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras. Y les dijo: —Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.

San Josemaría consideró muchas veces esas escenas, en las reuniones familiares que solía tener con numerosas personas. En una ocasión, por ejemplo, invitaba a quienes le escuchaban a pensar en el Señor después de la Resurrección, cuando hablaba de muchas cosas, de todo lo que le preguntaban sus discípulos. Aquí lo estamos imitando un poquito, porque vosotros y yo somos discípulos del Señor y queremos cambiar impresiones. Y, en otro momento, añadía: les hablaba como hablamos nosotros ahora aquí: ¡igual! Eso es la contemplación: trato con Dios. Y la contemplación y el trato con Dios nos llevan al celo por las almas, al hambre de traer hasta Cristo a los que se han apartado.

Pero volvamos al momento de la Ascensión, cuando Jesús los llevó hasta cerca de Betania y levantando sus manos los bendijo. Y mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo. En una de las últimas audiencias, reflexionando sobre este misterio, el Papa Francisco se preguntaba: ¿cuál es el significado de este acontecimiento? ¿Cuáles son sus consecuencias para nuestra vida? ¿Qué significa contemplar a Jesús sentado a la derecha del Padre?.

El Señor, al subir al Cielo, lo hizo en cuanto Cabeza de la Iglesia: se fue a prepararnos un lugar, como había prometido. «Nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente». Sin embargo, para entrar con Cristo en la gloria, es preciso seguir sus pasos. El Papa hace notar que, mientras sube a Jerusalén para su última Pascua —en la que iba a consumar el sacrificio redentor—, Jesús ve ya su meta, el Cielo, pero sabe con certeza que el camino que lo devuelve a la gloria del Padre pasa por la Cruz, por la obediencia al designio divino de amor a la humanidad (...). También nosotros debemos tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad diaria a su voluntad, incluso cuando ésta requiere sacrificio; cuando requiere, en ocasiones, que cambiemos nuestros programas. No olvidemos, hijas e hijos, que no hay cristianismo sin Cruz, no hay verdadero amor sin sacrificio, y tratemos de ajustar nuestra vida diaria a esta realidad gozosa, porque significa dar los mismos pasos que siguió el Maestro, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

Por eso, la gran fiesta de la Ascensión nos invita a examinar cómo ha de concretarse nuestra adhesión a la voluntad divina: sin rémoras, sin ataduras a nuestro yo, con la determinación plena, renovada en cada jornada, de buscarla, aceptarla y amarla con todas nuestras fuerzas. No nos oculta el Señor que esa obediencia rendida a la voluntad de Dios exige renuncia y entrega, porque el Amor no pide derechos: quiere servir. Él ha recorrido primero el camino. Jesús, ¿cómo obedeciste tú? Usque ad mortem, mortem autem crucis (Flp 2, 8), hasta la muerte y muerte de cruz. Hay que salir de uno mismo, complicarse la vida, perderla por amor de Dios y de las almas.

La Sagrada Escritura cuenta que, después de la Ascensión, los Apóstoles regresaron a Jerusalén con gran alegría. Y estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios. Unos días antes, al anunciarles Jesús que perderían su presencia sensible, se habían llenado de tristeza; ahora, en cambio, se muestran llenos de gozo. ¿Cómo se explica este cambio? Porque, con los ojos de la fe, incluso antes de la llegada visible del Espíritu Santo, comprenden que Jesús, aunque se sustraiga a su mirada, permanece siempre con ellos, no los abandona y, en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos.

También ahora, por la fe, sabemos que Jesucristo continúa junto a nosotros y en nosotros, mediante la gracia, con el Padre y el Espíritu Santo, y en la Sagrada Eucaristía. Es nuestro apoyo y nuestra fortaleza, el hermano mayor, el amigo más íntimo, que nunca nos abandona, especialmente en los momentos de tribulación o de lucha. Como afirma san Juan en su primera carta, Él es nuestro abogado: ¡qué bonito oír esto! Cuando uno es citado por el juez o entra en un pleito, lo primero que hace es buscarse un abogado para que lo defienda. ¡Nosotros tenemos a uno que nos defiende siempre, nos defiende de las insidias del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados! (...). ¡No temamos ir a Él a pedir perdón, a pedir bendición, a pedir misericordia!. ¿Nos afanamos por movernos en la presencia de Dios, suceda lo que suceda? ¿Sabemos acoger sus disposiciones? ¿Con qué intensidad lo invocamos?

La certeza de que el Maestro nos acompaña, constituye otra consecuencia del hecho de la Ascensión, que nos colma de paz y de alegría. Una alegría y una paz que necesariamente hemos de comunicar a los demás, a todas las personas que pasan junto a nosotros, y especialmente a quienes sufren —quizá sin darse mucha cuenta— a causa de su lejanía de Dios. Como recalcaba san Josemaría al escribir sobre esta fiesta, tenemos una gran tarea por delante. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque el Señor nos declaró expresamente: negociad, mientras vengo (Lc 19, 13). Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su Reino, no podemos estar cruzados de brazos. La extensión del Reino de Dios no es sólo tarea oficial de los miembros de la Iglesia que representan a Cristo, porque han recibido de Él los poderes sagrados. Vos autem estis corpus Christi (1 Cor 12, 27), vosotros también sois cuerpo de Cristo, nos señala el Apóstol, con el mandato concreto de negociar hasta el fin.

Este mes, dedicado en muchos países a María, ha sido siempre en la Obra un tiempo especialmente apostólico. Nuestro Padre nos enseñó a ir de romería a una ermita o iglesia dedicada a la Virgen en compañía —si es posible— de alguno de nuestros amigos o compañeros. Todos contamos con la experiencia de que, al regresar luego a la vida normal —el trabajo, la familia—, la afrontamos con una carga interior nueva, que nuestra Madre nos consigue para encaminarnos o reencaminarnos a su Hijo Jesús. Me viene a la memoria la primera romería de nuestro Padre a un santuario mariano —a Sonsoles, en Ávila: mañana se cumple un nuevo aniversario— y la inolvidable novena a Nuestra Señora de Guadalupe del año 1970, en la que con tanta fe rezó por la Iglesia, por el Papa y por el Opus Dei. Os sugiero que, en la Romería de mayo de este año, vayamos muy unidos a esas intenciones que nuestro Fundador sigue teniendo en el Cielo.

En la segunda mitad del mes, el día 19, la liturgia nos presenta la solemnidad de Pentecostés; y el domingo siguiente, la fiesta de la Santísima Trinidad. El Paráclito, ahora como en la época apostólica y siempre en la vida de la Iglesia, es quien fortalece a los cristianos y les comunica valentía para anunciar a Jesús por todas partes. Meditad lo que sucedió tras la muerte de Esteban, el primer mártir. Aquel día —se dice escuetamente en el libro de los Hechos— se desató una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos, excepto los Apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría. Aquella persecución, en lugar de frenar el crecimiento de la Iglesia, trajo como consecuencia su extensión fuera de los confines de Jerusalén; se implantó en nuevos lugares, en nuevas gentes, incluso en personas que no pertenecían al pueblo de Israel, como eran los samaritanos. Otro tanto le ocurrió a san Pablo durante sus viajes apostólicos.

Al considerar estos sucesos, recordados en las lecturas del tiempo pascual, en buena lógica deberíamos preguntarnos: ¿doy yo testimonio de mi fe en Cristo? ¿Pido a Dios que me aumente esta virtud teologal, junto con la esperanza y la caridad, especialmente en este Año de la fe? ¿Supero con decisión los respetos humanos y otros impedimentos que me retraen de la labor apostólica? ¿Me ayuda a ser audaz la consideración de que Jesús resucitado camina junto a mí por todas las sendas de mi vida ordinaria? ¿Acudo con frecuencia al Sagrario para pedirle una mayor piedad en mi trato con Él y con su Santísima Madre? Escuchemos las preguntas que nos hace el Papa Francisco: tú y yo, ¿adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a Él también para adorarlo? (...). Adorar al Señor quiere decir darle a Él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer —pero no simplemente de palabra— que únicamente Él guía verdaderamente nuestra vida.

El mes pasado me trasladé en un rápido viaje al Líbano; como siempre, conté con vuestra ayuda para impulsar la labor apostólica de los fieles de la Prelatura en ese querido país, encrucijada del Oriente medio. Acompañado por todas y por todos, recé ante Nuestra Señora del Líbano, en el santuario de Harissa, pidiendo especialmente por la paz en toda aquella zona y en el resto del mundo. No desistamos de recurrir a Santa María en todas la necesidades de la Iglesia y de la sociedad. Es la actitud que nuestra Madre nos enseña en la fiesta de la Visitación, el último día del mes: fomentar en todo momento la disposición de servir a los demás en las diversas circunstancias que se presenten, como María sirvió a su prima Isabel.

Presentad a Nuestra Señora mis intenciones: nada hay de egoísmo en esta petición, porque —entre otras muchas— está vuestra fidelidad cotidiana, trazada con alegría, con perseverancia, con hambre de santidad personal y de celo apostólico. Rogad a la Madre de la Iglesia que obtenga de la Trinidad Santísima, para la Iglesia entera y para esta partecica de la Iglesia que es la Prelatura, muchos sacerdotes, plenamente entregados a su ministerio. Encomendad de modo especial a los nuevos presbíteros de la Obra, que recibirán la ordenación sacerdotal el próximo día 4, para que sean —como deseaba nuestro Padre— santos, doctos, alegres y deportistas en el terreno sobrenatural.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre 
+ Javier

03 mayo 2013


La Iglesia es una comunidad del ''sí'' en lugar del ''no''

Homilía del Papa en la misa de ayer en San Marta

La Iglesia es una comunidad del "sí", porque nace del amor de Cristo. Es lo que ha dicho esta mañana, el papa Francisco en la misa celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta. El papa subrayó que cuando los cristianos no dejan trabajar al Espíritu Santo, entonces comienzan las divisiones en la Iglesia.
En la misa, concelebrada con el cardenal de Sri Lanka Albert Ranjith Patabendige, arzobispo de Colombo, participó también un grupo de empleados de los Museos Vaticanos.
Según informa Radio Vaticana, el santo padre se centró en los primeros pasos de la Iglesia que, después de Pentecostés, salió a las “periferias de la fe”, para anunciar el evangelio.
Una Iglesia del "sí"
Indicó que el Espíritu Santo hace dos cosas: "primero impulsa" y crea también "problemas", para luego "lograr la armonía en la Iglesia". En Jerusalén, por lo tanto, entre los primeros discípulos, "había muchas opiniones" sobre cómo acoger a los gentiles en la Iglesia. Había quien decía "no" a un acuerdo, y quien al contrario estaba abierto: «Había una Iglesia del "no, no se puede; no, no, se debe, se debe, se debe"; y una Iglesia del "sí, pero... pensemos en algo, vamos a estar abiertos, es el Espíritu que nos abre la puerta". El Espíritu Santo debía hacer su segundo trabajo: conseguir la armonía entre estas posiciones, la armonía de la Iglesia, entre ellos en Jerusalén; y entre ellos y los paganos. Es un buen trabajo el que el Espíritu Santo hace siempre en la historia. Y cuando no lo dejamos trabajar, comienzan las divisiones en la Iglesia, las sectas, todas estas cosas... porque estamos cerrados a la verdad del Espíritu».
Un yugo llevadero
Pero ¿cuál es la palabra clave en esta controversia de la Iglesia primitiva?
El papa Francisco recordó las palabras inspiradas de Santiago, del obispo de Jerusalén, que hace hincapié en que no hay que imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que los mismos padres no son capaces de llevar: "Cuando el servicio del Señor, se convierte en un yugo tan pesado, las puertas de las comunidades cristianas están cerradas: nadie quiere venir al Señor. En cambio, nosotros creemos que por la gracia del Señor Jesús somos salvos. Esta palabra, yugo, me llega al corazón, me viene a la mente".
El papa reflexionó sobre lo que significa hoy en la Iglesia llevar un yugo. Jesús –-recuerda--, pide a todos a permanecer en su amor. Precisamente de este amor nace la observancia de sus mandamientos.
Esta, reiteró, es "la comunidad cristiana del sí", que permanece en el amor de Cristo y dice "no", "porque está este sí". Está este amor, dijo el papa, que "nos lleva a ser fieles al Señor"... "porque yo amo al Señor no hago esto" o aquello: "Es una comunidad del 'sí' y los 'no' son el resultado de este 'sí'. Pidamos al Señor que el Espíritu Santo nos ayude siempre a ser una comunidad de amor, de amor a Jesús que nos ha amado tanto. Una comunidad de este 'sí'. Y desde este 'sí' cumplir los mandamientos. Una comunidad de puertas abiertas. Y que nos defiende de la tentación de volvernos quizás, puritanos, en el sentido etimológico de la palabra, de buscar una pureza para-evangélica, una comunidad de "no". Porque Jesús nos pide antes el amor, el amor a Él, y permanecer en su amor".
Y por eso, concluye el papa, "cuando una comunidad cristiana vive en el amor confiesa sus pecados y adora al Señor, perdona las ofensas".
Y, por lo tanto, "tiene caridad con los demás" y "una manifestación del amor", por lo que "siente la obligación de la fidelidad al Señor, para cumplir con los mandamientos".

02 mayo 2013


A veces el paro se debe a una visión economicista que busca el provecho egoísta, más allá de la justicia social

El Papa en la Audiencia General de ayer


Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
Hoy primero de mayo, celebramos a san José obrero y comenzamos el mes dedicado tradicionalmente a la Virgen. En este encuentro, quisiera detenerme sobre estas dos figuras tan importantes en la vida de Jesús, de la Iglesia y en nuestra vida, con dos breves pensamientos: el primero sobre el trabajo y el segundo sobre la contemplación de Jesús.
1. En el evangelio de san Mateo, en uno de los momentos en que Jesús vuelve a su ciudad, a Nazaret, y habla en la sinagoga, se destaca el asombro de sus paisanos por su sabiduría; y la pregunta que se plantean es: ¿No es este el hijo del carpintero? (13,55). Jesús entra en nuestra historia, viene en medio de nosotros, naciendo de María por obra de Dios, pero con la presencia de san José, el padre legal que le custodia y le enseña también su trabajo. Jesús nace y vive en una familia, en la Santa Familia, aprendiendo de san José el oficio de carpintero, en el taller de Nazaret, compartiendo con él el empeño, la fatiga, la satisfacción y también las dificultades de cada día.
Ello nos recuerda la dignidad y la importancia del trabajo. El Libro del Génesis narra que Dios creó al hombre y a la mujer confiándoles la tarea de poblar la tierra y de dominarla, que no significa explotarla, sino cultivarla y custodiarla, cuidarla con la propia obra (cfr. Gen. 1,28; 2,15). El trabajo forma parte del plan del amor de Dios; estamos llamados a cultivar y custodiar todos los bienes de la creación, ¡y de este modo participamos en la obra de la creación! El trabajo es un elemento fundamental para la dignidad de una persona. El trabajo --para usar una imagen--, nos “unge” de dignidad, nos llena de dignidad; nos hace semejantes a Dios, que ha trabajado y trabaja, que actúa siempre (cfr. Jn. 5,17); da la capacidad de mantenerse a sí mismo, a la propia familia, de contribuir al crecimiento de la propia nación.
Y aquí pienso en las dificultades que, en varios países, encuentra hoy el mundo del trabajo y de la empresa; pienso en cuántos, y no solo jóvenes, están desempleados, muchas veces debido a una concepción economicista de la sociedad, que busca el provecho egoísta, más allá de los parámetros de la justicia social. 
Deseo invitar a todos a la solidaridad, y a los responsables de la cosa pública la exhortación a que realicen todo esfuerzo para dar nuevo impulso a la ocupación; ello significa preocuparse por la dignidad de la persona; pero sobre todo quisiera decir que no hay que perder la esperanza; también san José tuvo momentos difíciles, pero nunca perdió la confianza y supo superarlos, en la certeza de que Dios no nos abandona.
Y luego quisiera dirigirme en particular a ustedes chicos y chicas, a ustedes los jóvenes: empéñense en su deber cotidiano, en el estudio, en el trabajo, en las relaciones de amistad, en la ayuda a los demás; su porvenir depende también de cómo saben vivir estos años preciosos de la vida. No tengan miedo del compromiso, del sacrificio y no miren con miedo al futuro; mantengan viva la esperanza: siempre hay una luz en el horizonte.
Añado una palabra sobre otra situación de trabajo que me preocupa: me refiero a lo que podríamos definir como el ‘trabajo esclavo’, el trabajo que esclaviza. Cuántas personas, en todo el mundo, son víctimas de este tipo de esclavitud, en la que es la persona la que sirve al trabajo, mientras debe ser el trabajo el que brinde un servicio a las personas para que tengan dignidad. Pido a los hermanos y hermanas en la fe y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, una opción decidida contra la trata de personas, dentro de la cual figura el ‘trabajo esclavo’.
2. Voy ahora al segundo pensamiento: en el silencio del quehacer cotidiano, san José, junto a María, tienen un solo centro común de atención: Jesús. Ellos acompañan y custodian con empeño y ternura, el crecimiento del Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, reflexionando sobre todo lo que sucedía. En los evangelios, san Lucas subraya dos veces la actitud de María, que es también la de san José: “Conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (2,19.51)
Para escuchar al Señor, es necesario aprender a contemplarlo, a percibir su presencia constante en nuestra vida; es necesario detenerse a dialogar con Él, darle espacio con la oración. Cada uno de nosotros, también ustedes chicos, chicas y jóvenes, tan numerosos esta mañana, deberían preguntarse: ¿qué espacio doy al Señor? ¿Me detengo a dialogar con Él? Desde cuando éramos pequeños, nuestros padres nos han acostumbrado a iniciar y a concluir el día con una oración, para educarnos a sentir que la amistad y el amor de Dios nos acompañan. ¡Acordémonos más del Señor en nuestras jornadas! 
En este mes de mayo, quisiera recordar la importancia y la belleza de la oración del santo Rosario. Rezando el Ave María, somos conducidos a contemplar los misterios de Jesús, es decir a reflexionar sobre los momentos centrales de su vida, para que, como para María y para san José, Él sea el centro de nuestros pensamientos, de nuestras atenciones y de nuestras acciones. Sería hermoso si, sobre todo en este mes de mayo, ¡se rezase juntos en familia, con los amigos, en la parroquia, el santo Rosario o alguna oración a Jesús y a la Virgen María! La oración todos juntos ¡es un momento precioso para hacer aún más sólida la vida familiar, la amistad! ¡Aprendamos a rezar cada vez más en familia y como familia! 
Queridos hermanos y hermanas, pidamos a san José y a la Virgen María que nos enseñen a ser fieles a nuestros compromisos cotidianos, a vivir nuestra fe en las acciones de cada día y a dar más espacio al Señor en nuestra vida, a detenernos para contemplar su rostro.

30 abril 2013


La bendita vergüenza de la confesión

Homilía del Papa ayer en la misa diaria


El confesionario no es ni una "lavandería" que elimina las manchas de los pecados, ni una "sesión de tortura", donde se infligen golpes. La confesión es, más bien, un encuentro con Jesús donde se toca de cerca su ternura. Pero hay que acercarse al sacramento sin trucos o verdades a medias, con mansedumbre y con alegría, confiados y armados con aquella "bendita vergüenza", la "virtud del humilde" que nos hace reconocer como pecadores.
Así se ha expresado el papa Francisco sobre la reconciliación, en la homilía pronunciada durante la misa celebrada este lunes 29 de abril, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, según informa hoy el diario vaticano L'Osservatore Romano.
Entre los concelebrantes estaban el cardenal Domenico Calcagno, presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), con el secretario, monseñor Luigi Mistò; el arzobispo Francesco Gioia, presidente de la Opera Peregrinatio ad Petri Sedem, el arzobispo de Owerri, monseñor Anthony Obinna, y el procurador general de los Verbitas, padre Giancarlo Girardi. También concelebraron monseñor Eduardo Horacio García, obispo auxiliar y provicario general de Buenos Aires. Entre los presentes, las hermanas Pías Discípulas del Divino Maestro, que sirven en el Vaticano y un grupo de empleados de APSA.
El papa inició su homilía con una reflexión sobre la primera carta de San Juan (1, 5-2, 2), en la que el apóstol «se dirige a los primeros cristianos, y lo hace con sencillez: "Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna". Pero "si decimos que estamos en comunión con Él", amigos del Señor, "y andamos en tinieblas, somos mentirosos y no practicamos la verdad". Y a Dios se le debe adorar en espíritu y en verdad».
"¿Qué quiere decir --preguntó el papa--, caminar en la oscuridad? Porque todos tenemos oscuridad en nuestras vidas, incluso momentos en los que todo, incluso en la propia conciencia, es oscuro, ¿no? Caminar en la oscuridad significa estar satisfecho consigo mismo. Estar convencidos de no necesitar salvación. ¡Esas son las tinieblas!".
Y, continuó, "cuando uno avanza en este camino de la oscuridad, no es fácil volver atrás. Por lo tanto Juan continúa, tal vez esta manera de pensar lo ha hecho reflexionar: "Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros". Miren sus pecados, nuestros pecados: todos somos pecadores, todos. Este es el punto de partida".
"Si confesamos nuestros pecados --dijo el papa--, Él es fiel, es justo tanto para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Y se presenta a nosotros, ¿no es así?, este Señor tan bueno, tan fiel, tan justo que nos perdona. Cuando el Señor nos perdona hace justicia. Sí, hace justicia primero a sí mismo, porque Él ha venido a salvar, y cuando nos perdona hace justicia a sí mismo. «Soy tu salvador» y nos acoge".
Lo hace en el espíritu del Salmo 102: "Como un padre es tierno con sus hijos, así es el Señor, y tierno con los que le temen", con los que vienen a Él. La ternura del Señor. Siempre nos entiende, pero no nos deja hablar: Él lo sabe todo. «No te preocupes, vete en paz», la paz que sólo Él da".
Esto es lo que "sucede en el sacramento de la reconciliación. Tantas veces --dijo el papa--, pensamos que ir a la confesión es como ir a la lavandería. Pero Jesús en el confesionario no es una lavandería".
La confesión «es un encuentro con Jesús que nos espera como somos. "Pero, Señor, mira, yo soy así". Estamos avergonzados de decir la verdad: hice esto, pensé en aquello. Pero la vergüenza es una verdadera virtud cristiana, e incluso humana. La capacidad de avergonzarse: no sé si en italiano se dice así, pero en nuestra tierra a los que no pueden avergonzarse le dicen "sinvergüenza". Este es uno sin "vergüenza", porque no tiene la capacidad de avergonzarse. Y avergonzarse es una virtud del humilde».
Seguido a esto, el papa Francisco retomó la carta de san Juan. Estas palabras, dijo, que nos invitan a confiar: "El Paráclito está de nuestro lado y nos sostiene ante el Padre. Él sostiene nuestra vida débil, nuestro pecado. Nos perdona. Él es nuestra defensa, porque nos sostiene. Ahora, ¿cómo debemos ir hasta el Señor, así, con nuestra realidad de pecadores? Con confianza, incluso con alegría, sin maquillaje. ¡Nunca debemos maquillarnos delante de Dios! Con la verdad. ¿Con vergüenza? Bendita vergüenza, esta es una virtud".
«Jesús nos espera a cada uno de nosotros, reiteró citando el evangelio de Mateo (11, 25-30): "Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados", incluso del pecado, "y yo les daré descanso. Lleven sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón". Esta es la virtud que Jesús nos pide: la humildad y la mansedumbre».
"La humildad y la mansedumbre --prosiguió el papa--, son como el marco de una vida cristiana. Un cristiano siempre va así, en la humildad y en la mansedumbre. Y Jesús nos espera para perdonarnos. ¿Puedo hacerles una pregunta?: ¿ir ahora a confesarse, no es ir a una sesión de tortura? ¡No! Es ir a alabar a Dios, porque yo pecador he sido salvado por Él. ¿Y Él me espera para golpearme? No, sino con ternura para perdonarme. ¿Y si mañana hago lo mismo? Vas de nuevo, y vas, y vas, y vas... Él siempre nos espera. Esta ternura del Señor, esta humildad, esta mansedumbre".
El papa invitó a confiar en las palabras del apóstol Juan: "Si alguno ha pecado, tenemos un Paráclito ante el Padre".
Y concluyó: "Esto nos da aliento. Es bello, ¿no? ¿Y si tenemos vergüenza? Bendita vergüenza porque eso es una virtud. Que el Señor nos dé esta gracia, este valor de ir siempre a Él con la verdad, porque la verdad es la luz. Y no con la oscuridad de las verdades a medias o de las mentiras delante de Dios”.