14 mayo 2013


Palabras del cardenal patriarca de Lisboa ayer a la Virgen de Fátima

Consagración a Nuestra Señora de Fátima del ministerio del Papa
Estamos a vuestros pies los obispos de Portugal y esta multitud de peregrinos, en el 96 aniversario de vuestra aparición a los pastorcitos en la Cova de Iría, para dar cumplimiento al deseo del papa Francisco claramente expresado, de que os consagremos, Virgen de Fátima, su ministerio como obispo de Roma y pastor universal.
Así os consagramos Señora, a Vos que sois Madre de la Iglesia, el ministerio del nuevo papa: llenad su corazón de la ternura de Dios, que habéis experimentado como nadie, de manera que él pueda abrazar a todos los hombres y mujeres de este tiempo con el amor de vuestro hijo Jesucristo. La humanidad contemporánea necesita sentirse amada, por Dios y por la Iglesia. Solamente sintiéndose amada vencerá la tentación de la violencia, del materialismo, del olvido de Dios, de la pérdida del rumbo. Y será conducida por Vos a un mundo nuevo en el que el amor reinará.
Dadle el don del discernimiento, para saber identificar los caminos de la renovación de la Iglesia. Dadle el coraje para no dudar en seguir los caminos sugeridos por el Espíritu Santo, amparadle en las horas duras del sufrimiento, a vencer en la caridad las probaciones que la renovación de la Iglesia le traerá. Estad siempre a su lado, pronunciando con él aquellas palabras que bien conocéis: “Yo soy la Sierva del Señor, hágase en mi según Tu palabra”.
Los caminos de renovación de la Iglesia nos llevan a redescubir la actualidad del mensaje que le habéis dejado a los pastorcillos: la exigencia de la conversión a Dios que ha sido tan ofendido, porque tan olvidado. La conversión es siempre un regreso al amor de Dios. Dios perdona porque nos ama. Es por esto que su amor se llama misericordia. La Iglesia protegida por Vuestra maternal solicitud y guiada por este pastor, tiene que afirmarse cada vez más como lugar de conversión y perdón, porque en en ella la verdad se expresa siempre en la caridad.
Vos indicasteis la oración como el camino decisivo de la conversión. Enseñad a la Iglesia que sois miembro y modelo, para que seamos cada vez más un pueblo orante, en comunión con el santo padre, el primero de los orantes de este pueblo y también en comunión silenciosa con el anterior papa, Su Santidad Benedicto XVI, que escogió el camino del orante silencioso, profundizando la Iglesia en los caminos de la oración.
En Vuestro mensaje a los pastorcitos, aquí en Cova de Iría, habéis puesto de relieve el ministerio del papa, “el hombre vestido de blanco”. Tres de los últimos papas fueron peregrinos de vuestro santuario. Solamente Vos Señora, en vuestro amor maternal a toda la Iglesia, podéis poner en el corazón del papa Francisco el deseo de ser peregrino de este santuario. No es algo que le podamos pedir por otras razones. Solamente la complicidad silenciosa entre Vos y él lo llevará a sentirse atraído por esta peregrinación, en la certeza de que será acompañado por millones de creyentes, dispuesto a oír de nuevo Vuestro mensaje.
Aquí en este altar del mundo, el podrá bendecir a la humanidad, hacer sentir al mundo de hoy que Dios ama a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que la Iglesia les ama y que Vos, Madre del Redentor, los conducís con ternura por los caminos de la salvación
+ JOSE, cardenal patriarca.
Presidente de la Conferencia Episcopal Portuguesa

13 mayo 2013


Comunicar la misión que nos ha sido confiada

Luis Javier Moxó Soto


Junto a la conciencia de la existencia está, necesariamente, la de la finalidad de la misma. Igual que a cada estructura le corresponde una función, como individuos de esta sociedad, y más aún como miembros del Cuerpo de Cristo, de una patria celeste, tenemos asignada una tarea aquí en la tierra. Se nos da una vida para hallar esa misión y cumplirla lo mejor posible. En esto hemos de educar también.
Con ojos marianos estamos viviendo con admiración la reciente solemnidad de la Ascensión del Señor. También la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales en esta penúltima semana de Pascua, previa a la de Pentecostés.
La Virgen María nos enseña a ser contemplativos en la acción. Ella es la primera comunicadora de la Palabra de Dios a los hombres, la que nos recuerda que debemos meditar y seguir coherentemente, de corazón, la de Cristo, y con verdad y transparencia también en nuestras palabras humanas, imagen y semejanza de la Suya.
No se trata de mirar solamente al cielo, tanto que nos despreocupemos por la buena administración de los bienes materiales confiados y los talentos que se nos han dado. Tampoco podemos permitir que nos absorban demasiado los aspectos más materiales, de nuestro quehacer diario, que descuidemos nuestra relación personal con Aquel que sabemos nos ama y sostiene. Ora et labora.
La misión que se nos ha confiado es sencilla en su configuración pero exigente en el esfuerzo, ajustado y personal, que nos pide. El problema es de consciencia y compromiso renovado, de constancia y afecto real. Somos amigos de Dios si hacemos lo que Él nos pide en cada momento. ¿Cómo saberlo? Miremos la tarea de cada día, la vida, como problema que el Misterio nos ha puesto delante y que reclama nuestra razón y libertad.
En la familia, en el trabajo, en casa, en nuestro barrio,… con amigos, compañeros, familiares, conocidos,… ¿en qué medida el cansancio, la pereza o el aburrimiento determinan a veces algunos momentos del día y no Su Energía, Su Ánimo o Su Voluntad?
Se trata de nuestra vida, del tiempo que se nos ha dado para desarrollarla. Hace poco tiempo recordamos la Anunciación del Señor y apenas un mes después la Ascensión. Es curioso cómo ambos los hemos celebrado en la Pascua, porque eso es lo que expresan, el paso del Señor por nuestra vida, por la humanidad entera.
¿Cómo estamos pasando por esta vida? ¿Cómo está transcurriendo nuestra pascua personal, nuestro paso por esta época de la humanidad? ¿Resiste nuestra fe a las circunstancias por las que vamos atravesando? Es decir: ¿Es Cristo el centro y lugar de nuestro afecto? ¿nuestra plenitud y certezas vienen de la relación con Cristo presente? Si no nos convertimos a Él nuestra vida pierde su destino. Es fundamental para ser libres, alegres y gozosos. Comuniquemos a todos esta misión.

Los nuevos santos nos invitan a la fidelidad y a ver a Jesús en los débiles

Homilía del Papa en las canonizaciones de ayer

 Queridos hermanos y hermanas:
En este séptimo domingo del Tiempo Pascual, nos reunimos con alegría para celebrar una fiesta de la santidad. Damos gracias a Dios que ha hecho resplandecer su gloria, la gloria del Amor, en los Mártires de Ótranto, la Madre Laura Montoya y la Madre María Guadalupe García Zavala. Saludo a todos los que habéis venido a esta fiesta – de Italia, Colombia, México y otros países – y os doy las gracias.
Miremos a los nuevos santos a la luz de la palabra de Dios que hemos proclamado. Una palabra que nos invita a la fidelidad a Cristo, incluso hasta el martirio; nos ha llamado a la urgencia y la hermosura de llevar a Cristo y su Evangelio a todos; y nos ha hablado del testimonio de la caridad, sin el cual, incluso el martirio y la misión, pierden su sabor cristiano.
Los Hechos de los Apóstoles, cuando hablan del diácono Esteban, el protomártir, insisten en decir que él era un hombre «lleno del Espíritu Santo» (6,5; 7,55). ¿Qué significa esto? Significa que estaba lleno del Amor de Dios, que toda su persona, su vida, estaba animada por el Espíritu de Cristo resucitado, lo que le impulsaba a seguir a Jesús con fidelidad total, hasta entregarse a sí mismo.
Hoy la Iglesia propone a nuestra veneración una multitud de mártires, que juntos fueron llamados al supremo testimonio del Evangelio, en 1480. Casi 800 personas, supervivientes del asedio y de la invasión de Ótranto, fueron decapitadas en los alrededores de esa ciudad.
No quisieron renegar de la propia fe y murieron confesando a Cristo resucitado. ¿Dónde encontraron la fuerza para permanecer fieles? Precisamente en la fe, que nos hace ver más allá de los límites de nuestra mirada humana, más allá de la vida terrena, hace que contemplemos «los cielos abiertos» –como dice san Esteban – y a Cristo vivo a la derecha del Padre.
Queridos amigos, conservemos la fe que hemos recibido y que es nuestro verdadero tesoro, renovemos nuestra fidelidad al Señor, incluso en medio de los obstáculos y las incomprensiones. Dios no dejará que nos falten las fuerzas ni la serenidad. Mientras veneramos a los Mártires de Ótranto, pidamos a Dios que sostenga a tantos cristianos que, precisamente en estos tiempos y en tantas partes del mundo, todavía sufren violencia, y les dé el valor para ser fieles y para responder al mal con el bien.
La segunda idea la podemos extraer de las palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: «Ruego por los que creerán en mí por la palabra de ellos, para que sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros» (Jn 17,20).
Santa Laura Montoya fue instrumento de evangelización primero como maestra y después como madre espiritual de los indígenas, a los que infundió esperanza, acogiéndolos con ese amor aprendido de Dios, y llevándolos a Él con una eficaz pedagogía que respetaba su cultura y no se contraponía a ella. En su obra de evangelización Madre Laura se hizo verdaderamente toda a todos, según la expresión de san Pablo (cf. 1Co 9,22). También hoy sus hijas espirituales viven y llevan el Evangelio a los lugares más recónditos y necesitados, como una especie de vanguardia de la Iglesia.
Esta primera santa nacida en la hermosa tierra colombiana nos enseña a ser generosos con Dios, a no vivir la fe solitariamente - como si fuera posible vivir la fe aisladamente - sino a comunicarla, a irradiar la alegría del Evangelio con la palabra y el testimonio de vida allá donde nos encontremos. En cualquier lugar que nos encontremos, nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo, que corroe la comunidad de cristianos y nuestro propio corazón y a acoger a todos sin prejuicios ni reticencias, con auténtico amor, dándoles lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo compartiendo con ellos lo más valioso que tenemos: que no son nuestras obras ni organizaciones, ¡lo más valioso que tenemos es Cristo y su Evangelio!
Por último, una tercera idea. En el Evangelio de hoy, Jesús reza al Padre con estas palabras: «Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26). La fidelidad hasta la muerte de los mártires, la proclamación del Evangelio a todos se enraízan, tienen su raíz en el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5), y en el testimonio que hemos de dar de este amor en nuestra vida diaria.
Santa Guadalupe García Zavala lo sabía bien. Renunciando a una vida cómoda, cuanto daño nos hace la vida cómoda, el bienestar, el aburguesamiento del corazón nos paraliza. Y ella renunciando a una vida cómoda para seguir la llamada de Jesús, enseñaba a amar la pobreza, para poder amar más a los pobres y los enfermos. Madre Lupita se arrodillaba en el suelo del hospital ante los enfermos y los abandonados para servirles con ternura y compasión. ¡Y esto se llama tocar la carne de Cristo. Los pobres y los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo. Y la madre Lupita tocaba la carne de Cristo y nos enseñaba esta conducta: no avergonzarnos no tener miedo ni repugnancia a tocar la carne de Cristo!
Madre Lupita había entendido que significa "tocar la carne de Cristo". También hoy sus hijas espirituales buscan reflejar el amor de Dios en las obras de caridad, sin ahorrar sacrificios y afrontando con mansedumbre, constancia apostólica (hypomonē) y valentía cualquier obstáculo.
Esta nueva santa mexicana nos invita a amar como Jesús nos ha amado, y esto conlleva no encerrarse en uno mismo, en los propios problemas, en las propias ideas, en los propios intereses, en ese pequeño mundito que nos hace tanto mal.
Sino salir e ir al encuentro de quien tiene necesidad de atención, compresión y ayuda, para llevarle la cálida cercanía del amor de Dios, a través de gestos concretos de delicadeza y de afecto sincero y de amor.
La fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio, para anunciarlo con la palabra y con la vida, dando testimonio del amor de Dios con nuestro amor, con nuestra caridad hacia todos: son ejemplos luminosos y lecciones que nos ofrecen los santos que hemos proclamado hoy, pero que también cuestionan nuestra vida de cristianos: ¿Cómo es mi fidelidad al Señor? Llevemos y reflexionemos sobre esto durante nuestra jornada ¿Soy capaz de «hacer ver» mi fe con respeto, pero también con valentía? ¿Estoy atento a los otros? ¿Percibo quién padece necesidad? ¿Veo a los demás como hermanos y hermanas que debo amar? Pidamos, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de los nuevos santos, que el Señor colme nuestra vida con la alegría de su amor.

11 mayo 2013


Los cristianos deben ser hombres y mujeres de gozo

Homilía del Papa ayer en Santa Marta

 "El cristiano es un hombre y una mujer de gozo", lo ha indicado el papa Francisco el la homilía de este viernes en Santa Marta, y precisó que la alegría del cristiano no es la alegría que viene por motivos coyunturales sino que es un don del Señor que llena por dentro.
Hoy ha concelebrado con el santo padre, el arzobispo de Mérida, Venezuela, Baltazar Enrique Porras Cardozo y el abad prior de los benedictinos Notker Wolf y ha asistido un grupo de trabajadores de Radio Vaticano acompañados del portavoz, el padre Federico Lombardi.
"El cristiano es un hombre y una mujer de gozo. Esto nos enseña Jesús, nos enseña la Iglesia, en este tiempo de forma especial". Ha matizado que este gozo es algo más que la alegría, "es algo más profundo, es un don." Este gozo es "como una unción del Espíritu. Y esta alegría está en la seguridad que Jesús está con nosotros y con el Padre".
Así mismo ha remarcado que este gozo no podemos "embotellarlo", "porque si queremos tener esta alegría solamente para nosotros al final se enferma y nuestro corazón se arruga un poco y nuestra cara no transmite esa alegría sino nostalgia, esa melancolía que no es sana".
Y recordó que a veces estos cristianos melancólicos tienen cara de "pimientos en vinagre" más que de personas gozosas que tienen una vida bella. Ha añadido que este gozo es una "virtud peregrina", "un don que camina" y además camina con Jesús.
Remarcó además que "es el don que nos lleva a la virtud de la magnanimidad. El cristiano es magnánimo, no puede ser pusilánime. Y precisamente la magnanimidad es la virtud de la respiración, es la virtud de ir siempre hacia adelante, pero con ese espíritu lleno de Espíritu Santo. Es una gracia que debemos pedir al Señor, el gozo."
Para finalizar ha señalado que en estos días hay que hacerlo de una forma especial "porque la Iglesia invita, nos invita a pedir el gozo y  también el deseo: lo que lleva adelante la vida del cristiano es el deseo. Cuanto más grande es tu deseo, más gran será el gozo. El cristiano es un hombre, es una mujer de deseo: siempre desear más en el camino de la vida".
Ha querido al Señor "esta gracia, este don del Espíritu: la alegría cristiana. Lejana de la tristeza, lejana de la alegría simple... que es otra cosa. Es una gracia que hay que pedir".
Al concluir, el papa Francisco ha añadido que hay un bonito motivo de gozo por la presencia en Roma de Tawadros II, patriarca de Alejandría, "porque se un hermano que viene a encontrarse con la Iglesia de Roma para hablar", para hacer juntos "una parte del camino". 

10 mayo 2013


Ascensión y solidaridad


Por su Ascensión, Jesús es, para siempre, sacerdote y abogado nuestro ante el Padre, guía de nuestra vida y cabeza de esta familia de Dios que es la Iglesia en el mundo

      ¿Qué significa la Ascensión del Señor? ¿Qué consecuencias concretas tiene en nuestra vida? El 17 de abril el Papa Francisco dedicó su audiencia al artículo del Credo sobre la Ascensión del Señor: “Subió al cielo y está sentado a la Derecha del Padre”.

Cristo sube al Padre como intercesor y abogado nuestro

      Primero el Papa se fija en la Ascensión del Señor. Jesús sube al Cielo pasando por la Cruz (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 662). «También nosotros −advierte el Papa− hemos de tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, también cuando requiere sacrificio, requiere a veces cambiar nuestros programas».

      La Cruz puede afrontarse con la oración. De hecho, la ascensión tuvo lugar desde el Monte de los Olivos, el mismo lugar donde Jesús se había retirado para orar antes de la Pasión. Y es que «la oración nos da la gracia de vivir fieles al proyecto de Dios».

      Cristo asciende al Cielo también como sacerdote eterno y abogado nuestro. Con gesto sacerdotal bendice a sus discípulos que se arrodillan inclinando su cabeza. Y desde la derecha del Padre, sigue ejerciendo su sacerdocio, intercediendo por nosotros. Es nuestro abogado que nos defiende de las asechanzas del diablo, de nosotros mismos y de nuestros pecados.

      En definitiva, Jesús ha ido por delante: «Él nos abrió el camino: Él es como un jefe de cordada cuando se escala una montaña, que ha llegado a la cima y nos atrae hacia sí conduciéndonos a Dios». (Cabe recordar cómo Santo Tomás de Aquino, siguiendo a los padres de la Iglesia, observaba que Cristo ha subido al cielo como cabeza de nuestro cuerpo místico). Consecuencia que de todo ello extrae el Papa Francisco: «Si confiamos a Él nuestra vida, si nos dejamos guiar por Él, estamos ciertos de hallarnos en manos seguras, en manos de nuestro salvador, de nuestro abogado».

La alegría después de la Ascensión

      En segundo lugar, destaca el Papa la alegría de los discípulos después de la Ascensión. «Generalmente, cuando nos separamos de nuestros familiares, de nuestros amigos, por un viaje definitivo y sobre todo con motivo de la muerte, hay en nosotros una tristeza natural, porque no veremos más su rostro, no escucharemos más su voz, ya no podremos gozar de su afecto, de su presencia». En cambio el evangelista subraya la profunda alegría de los Apóstoles. ¿Cómo puede ser esto?, se pregunta Francisco.

      Y responde: «Precisamente porque, con la mirada de la fe, ellos comprenden que, si bien sustraído a su mirada, Jesús permanece para siempre con ellos, no los abandona, y en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos» (nótese que es el mismo argumento que utiliza Benedicto XVI como conclusión de su libro Jesús de Nazaret, vol. II).

      Con toda la tradición cristiana y teológica, el Papa pone de relieve que San Lucas sitúa el acontecimiento de la Ascensión al principio de los Hechos de los apóstoles. Y de esta manera se nos presenta la Ascensión como «el eslabón que engancha y une la vida terrena de Jesús a la vida de la Iglesia». En efecto, porque la Iglesia no es otra cosa que el cuerpo místico que sigue aquí viviendo de su cabeza, que ahora ya está en el cielo.

      Dos hombres vestidos de blanco invitan a los discípulos a no permanecer inmóviles mirando al cielo, sino a vivir dando testimonio de Jesús. Aquí ve el Papa Francisco, citando a San Bernardo, la unión entre contemplación y acción, pues ambas son necesarias en nuestra vida.

      Finalmente destaca cómo la Ascensión del Señor hace posible que Él siga viviendo entre nosotros de un modo nuevo«Ya no está en un sitio preciso del mundo como lo estaba antes de la Ascensión; ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, cerca de cada uno de nosotros».

No estamos solos

      De ahí la consecuencia concreta y personal: «En nuestra vida nunca estamos solos: contamos con este abogado que nos espera, que nos defiende. Nunca estamos solos: el Señor crucificado y resucitado nos guía; con nosotros se encuentran numerosos hermanos y hermanas que, en el silencio y en el escondimiento, en su vida de familia y de trabajo, en sus problemas y dificultades, en sus alegrías y esperanzas, viven cotidianamente la fe y llevan al mundo, junto a nosotros, el señorío del amor de Dios, en Cristo Jesús resucitado, que subió al Cielo, abogado para nosotros».

      Así pues, por su Ascensión, Jesús es, para siempre, sacerdote y abogado nuestro ante el Padre, guía de nuestra vida y cabeza de esta familia de Dios que es la Iglesia en el mundo. Los cristianos no estamos nunca solos y no debemos dejar solos a los demás; porque esta Vida con Dios, que comienza aquí abajo, nos da la verdadera fraternidad y renueva el mundo, se ofrece libre y amablemente a todos. La Ascensión siembra la semilla de la máxima solidaridad.

San Juan de Ávila

 «Maestro de la caridad, doctor de la Iglesia y patrón del clero secular español»

(Isabel Orellana Vilches)


Nació en Almodóvar del Campo, Ciudad Real, España, el 6 de enero de 1499 o 1500. Sus padres eran propietarios de unas minas de plata en Sierra Morena, pero el pequeño Juan no estimaba en nada los recursos que poseía. Formado por ellos en la abnegación y el amor al prójimo, se desprendía de sus pertenencias fácilmente. Así, se deshizo de su sayo nuevo que ofreció a un niño pobre. Fue enviado a estudiar a Salamanca cuando tenía 14 años. Y a los 18 regresó al domicilio paterno después de haber cursado leyes, con el reducto espiritual que le dejó una experiencia de conversión. Vivió en oración y penitencia hasta que en 1520, alentado por un franciscano, partió a Alcalá de Henares para seguir estudios. Tomó contacto con el que luego sería arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, y con el venerable Fernando de Contreras. Seguramente conoció allí a san Ignacio de Loyola. Entretanto, perdió a sus padres. En honor a ellos, cuando en 1526 fue ordenado sacerdote eligió su ciudad natal para decir su primera misa poniendo el signo de invitar a doce pobres a comer a su mesa, entre los cuales repartió sus bienes; comenzó la evangelización en su propio pueblo.
Su siguiente etapa fue Sevilla, desde cuyo puerto pensaba embarcar rumbo a América junto al recién elegido obispo de Tlaxcala, Nueva España. Los planes de la providencia eran otros. En el compás de espera compartió sus ansias de pobreza, oración y sacrificio con el P. Contreras. Ambos asistían a los pobres y les instruían en la fe. A través de este compañero, la brújula marcó al santo otro destino para su vida. Contreras le habló de él a Mons. Manrique, arzobispo de Sevilla, y éste pidió a Juan que predicara en su presencia. Estuvo toda la noche orando ante el crucifijo, lleno de gran timidez. Según confesó después, en esos momentos pensaba en la vergüenza que Cristo pasó desnudo en la cruz. El sermón causó tal impresión que le llenaron de alabanzas, y él respondió: «Eso mismo me decía el demonio al subir al púlpito». De allí partió a Écija, Sevilla y Cádiz, lugares en los que su predicación y labor como director espiritual siguieron siendo excepcionales. Sus acciones le acarrearon persecuciones y enemistades. En 1531 fue procesado por la Inquisición siendo acusado de graves hechos que no cometió. Pasó un año en la cárcel sin aceptar defensa alguna porque –así lo reconocía–, estaba en las mejores manos: las de Dios. La celda fue lugar de celestiales consuelos. En el juicio respondió a los cargos que se le imputaban dando testimonio de su fe, sin reprobar a los cinco testigos de la acusación. De pronto aparecieron 55 que testificaron a favor suyo. En prisión escribió Audi, Filia. Este periodo le enseñó mucho más que los libros y experiencias anteriores. Fue liberado, pero la injusta sentencia señalaba«haber proferido en sus sermones y fuera de ellos algunas proposiciones que no parecieron bien sonantes». Y le impusieron, bajo pena de excomunión, que las declarase convenientemente donde las hubiera expuesto.
En 1535 partió a Córdoba llamado por el obispo Álvarez de Toledo. Entonces conoció a fray Luis de Granada. Creó los colegios de san Pelagio y de la Asunción, y un año más tarde se fue a Granada para ayudar al arzobispo en la fundación de la universidad. Allí le oyeron predicar san Juan de Dios y san Francisco de Borja; el influjo de sus palabras cambió radicalmente sus vidas. Tenía gran devoción por el Santísimo Sacramento y por la Virgen. Y sabiendo de su capacidad persuasiva, un día le pidieron que abogase a favor de un templo dedicado a María que se estaba construyendo. Se ofreció él mismo de inmediato: «Yo iré allí, y tomaré una piedra sobre mis hombros para ponerla en la casa que se edifica a honra de la Madre de Dios». Desde luego, como esperaban, movió la generosidad de la gente. Hasta los pobres respondieron a sus peticiones con sus mermadas pertenencias. La clave de su fuerza en los sermones se hallaba en el «amar mucho a Dios». Oración, sacrificio y estudio eran sus pilares. A su espíritu de pobreza unía paciencia, modestia, prudencia, abnegación, discreción; hacía de la frugalidad virtud ejemplar dando testimonio con su propia vida de lo que predicaba. Renunció a dignidades cardenalicias y episcopales. Formó en Granada un grupo sacerdotal en 1537, que tuvo bajo su amparo, y en 1539 ayudó a la fundación de la universidad de Baeza, Jaén. Gran escritor y predicador, su amor por el sacerdocio le llevó a pedir la creación de seminarios para una verdadera reforma de la Iglesia y del clero. En 1551 enfermó y tuvo que permanecer en la localidad cordobesa de Montilla. Durante quince años siguió escribiendo y aconsejando a personas de toda clase, edad, condición y procedencia. Estuvo relacionado con san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús, quien le dio a examinar el «Libro de su vida», y causó gran influjo en san Antonio María Claret. En mayo de 1569 su salud, que ya venía lesionada de atrás, empeoró. En medio del dolor, exclamaba: «Señor mío, crezca el dolor, y crezca el amor, que yo me deleito en el padecer por Vos» o«¡Señor, más mal, y más paciencia!». Esa era su disposición. Pero cuando le vencía le debilidad, manifestaba: «¡Ah, Señor, que no puedo!». Incluso una noche en la que arreciaron los dolores pidió a Dios que los erradicara, y así sucedió. A la mañana siguiente reconoció:«¡Qué bofetada me ha dado Nuestro Señor esta noche!». Pronto a partir de este mundo, no hallaba mayor consuelo que la recepción de la Eucaristía. «¡Denme a mi Señor, denme a mi Señor!», suplicaba. En los postreros instantes, en medio de intensísimo dolor y fatiga que le hacía proferir: «Bueno está ya, Señor, bueno está», no cesaba de recitar esta jaculatoria:«Jesús, María; Jesús, María». Murió el 10 de mayo de 1569. León XIII lo beatificó el 4 de abril de 1894. Pío XII lo designó patrono del clero secular español el 2 de julio de 1946. Pablo VI lo canonizó el 31 de mayo de 1970. Y el 7 de octubre de 2012 Benedicto XVI lo declaró doctor de la Iglesia.

09 mayo 2013


Cruzar el umbral de la fe

Carta pastoral del Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Bergoglio s.j., de fecha 1 de octubre de 2012, con motivo del inicio del Año de la Fe

    Queridos hermanos:
      Entre las experiencias más fuertes de las últimas décadas está la de encontrar puertas cerradas. La creciente inseguridad fue llevando, poco a poco, a trabar puertas, poner medios de vigilancia, cámaras de seguridad, desconfiar del extraño que llama a nuestra puerta. Sin embargo, todavía en algunos pueblos hay puertas que están abiertas. La puerta cerrada es todo un símbolo de este hoy. Es algo más que un simple dato sociológico; es una realidad existencial que va marcando un estilo de vida, un modo de pararse frente a la realidad, frente a los otros, frente al futuro.
      La puerta cerrada de mi casa, que es el lugar de mi intimidad, de mis sueños, mis esperanzas y sufrimientos así como de mis alegrías, está cerrada para los otros. Y no se trata sólo de mi casa material, es también el recinto de mi vida, mi corazón. Son cada vez menos los que pueden atravesar ese umbral. La seguridad de unas puertas blindadas custodia la inseguridad de una vida que se hace más frágil y menos permeable a las riquezas de la vida y del amor de los demás.
      La imagen de una puerta abierta ha sido siempre el símbolo de luz, amistad, alegría, libertad, confianza. ¡Cuánto necesitamos recuperarlas! La puerta cerrada nos daña, nos anquilosa, nos separa.
      Iniciamos el Año de la fe y paradójicamente la imagen que propone el Papa es la de la puerta, una puerta que hay que cruzar para poder encontrar lo que tanto nos falta. La Iglesia, a través de la voz y el corazón de Pastor de Benedicto XVI, nos invita a cruzar el umbral, a dar un paso de decisión interna y libre: animarnos a entrar a una nueva vida.
      La puerta de la fe nos remite a los Hechos de los Apóstoles: «Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe» (Hch 14,27). Dios siempre toma la iniciativa y no quiere que nadie quede excluido. Dios llama a la puerta de nuestros corazones: Mira, estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y abre la puerta entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo (Ap 3,20). La fe es una gracia, un regalo de Dios. «La fe sólo crece y se fortalece creyendo; en un abandono continuo en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios».
      Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida mientras avanzamos delante de tantas puertas que hoy en día se nos abren, muchas de ellas puertas falsas, puertas que invitan de manera muy atractiva pero mentirosa a tomar camino, que prometen una felicidad vacía, narcisista y con fecha de vencimiento; puertas que nos llevan a encrucijadas en las que, cualquiera sea la opción que sigamos, provocarán a corto o largo plazo angustia y desconcierto, puertas autorreferenciales que se agotan en sí mismas y sin garantía de futuro.
      Mientras las puertas de las casas están cerradas, las puertas de los shoppings están siempre abiertas. Se atraviesa la puerta de la fe, se cruza ese umbral, cuando la Palabra de Dios es anunciada y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Una gracia que lleva un nombre concreto, y ese nombre es Jesús. Jesús es la puerta. (Jn 10,9) «Él, y Él solo, es, y siempre será, la puerta. Nadie va al Padre sino por Él» (Jn 14.6). Si no hay Cristo, no hay camino a Dios. Como puerta nos abre el camino a Dios y como Buen Pastor es el Único que cuida de nosotros al costo de su propia vida.
      Jesús es la puerta y llama a nuestra puerta para que lo dejemos atravesar el umbral de nuestra vida. No tengan miedo… abran de par en par las puertas a Cristo nos decía el Beato Juan Pablo II al inicio de su pontificado. Abrir las puertas del corazón como lo hicieron los discípulos de Emaús, pidiéndole que se quede con nosotros para que podamos traspasar las puertas de la fe y el mismo Señor nos lleve a comprender las razones por las que se cree, para después salir a anunciarloLa fe supone decidirse a estar con el Señor para vivir con él y compartirlo con los hermanos.
      Damos gracias a Dios por esta oportunidad de valorar nuestra vida de hijos de Dios, por este camino de fe que empezó en nuestra vida con las aguas del bautismo, el inagotable y fecundo rocío que nos hace hijos de Dios y miembros hermanos en la Iglesia. La meta, el destino o fin es el encuentro con Dios con quien ya hemos entrado en comunión y que quiere restaurarnos, purificarnos, elevarnos, santificarnos, y darnos la felicidad que anhela nuestro corazón.
      Queremos dar gracias a Dios porque sembró en el corazón de nuestra Iglesia Arquidiocesana el deseo de contagiar y dar a manos abiertas este don del Bautismo. Este es el fruto de un largo camino iniciado con la pregunta ¿Cómo ser Iglesia en Buenos Aires? transitado por el camino del Estado de Asamblea para enraizarse en el Estado de Misión como opción pastoral permanente.
      Iniciar este año de la fe es una nueva llamada a ahondar en nuestra vida esa fe recibida. Profesar la fe con la boca implica vivirla en el corazón y mostrarla con las obras: un testimonio y un compromiso público. El discípulo de Cristo, hijo de la Iglesia, no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. Desafío importante y fuerte para cada día, persuadidos de que el que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionará hasta el día, de Jesucristo (Flp 1,6). Mirando nuestra realidad, como discípulos misioneros, nos preguntamos: ¿a qué nos desafía cruzar el umbral de la fe?
      Cruzar el umbral de la fe nos desafía a descubrir que si bien hoy parece que reina la muerte en sus variadas formas y que la historia se rige por la ley del más fuerte o astuto y si el odio y la ambición funcionan como motores de tantas luchas humanas, también estamos absolutamente convencidos de que esa triste realidad puede cambiar y debe cambiar, decididamente porque «si Dios está con nosotros ¿quién podrá contra nosotros?» (Rm 8,31-37).
      Cruzar el umbral de la fe supone no sentir vergüenza de tener un corazón de niño que, porque todavía cree en los imposibles, puede vivir en la esperanza: lo único capaz de dar sentido y transformar la historia. Es pedir sin cesar, orar sin desfallecer y adorar para que se nos transfigure la mirada.
      Cruzar el umbral de la fe nos lleva a implorar para cada uno «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp. 2, 5)experimentando así una manera nueva de pensar, de comunicarnos, de mirarnos, de respetarnos, de estar en familia, de plantearnos el futuro, de vivir el amor, y la vocación.
      Cruzar el umbral de la fe es actuar, confiar en la fuerza del Espíritu Santo presente en la Iglesia y que también se manifiesta en los signos de los tiempos, es acompañar el constante movimiento de la vida y de la historia sin caer en el derrotismo paralizante de que todo tiempo pasado fue mejor; es urgencia por pensar de nuevo, aportar de nuevo, crear de nuevo, amasando la vida con «la nueva levadura de la justicia y la santidad» (1 Co 5,8).
      Cruzar el umbral de la fe implica tener ojos de asombro y un corazón no perezosamente acostumbrado, capaz de reconocer que cada vez que una mujer da a luz se sigue apostando a la vida y al futuro, que cuando cuidamos la inocencia de los chicos garantizamos la verdad de un mañana y cuando mimamos la vida entregada de un anciano hacemos un acto de justicia y acariciamos nuestras raíces.
      Cruzar el umbral de la fe es el trabajo vivido con dignidad y vocación de servicio, con la abnegación del que vuelve una y otra vez a empezar sin aflojarle a la vida, como si todo lo ya hecho fuera sólo un paso en el camino hacia el reino, plenitud de vida. Es la silenciosa espera después de la siembra cotidiana, contemplar el fruto recogido dando gracias al Señor porque es bueno y pidiendo que no abandone la obra de sus manos (Sal 137).
      Cruzar el umbral de la fe exige luchar por la libertad y la convivencia aunque el entorno claudique, en la certeza de que el Señor nos pide practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con nuestro Dios (Mi 6,8)
      Cruzar el umbral de la fe entraña la permanente conversión de nuestras actitudes, los modos y los tonos con los que vivimos; reformular y no emparchar o barnizar, dar la nueva forma que imprime Jesucristo a aquello que es tocado por su mano y su evangelio de vida, animarnos a hacer algo inédito por la sociedad y por la Iglesia; porque «el que está en Cristo es una nueva criatura» (2 Co 5,17-21).
      Cruzar el umbral de la fe nos lleva a perdonar y saber arrancar una sonrisa, es acercarse a todo aquel que vive en la periferia existencial y llamarlo por su nombre, es cuidar las fragilidades de los más débiles y sostener sus rodillas vacilantes con la certeza de que lo que hacemos por el más pequeño de nuestros hermanos al mismo Jesús lo estamos haciendo (Mt 25, 40).
      Cruzar el umbral de la fe supone celebrar la vida, dejarnos transformar porque nos hemos hecho uno con Jesús en la mesa de la eucaristía celebrada en comunidad, y de allí estar con las manos y el corazón ocupados trabajando en el gran proyecto del Reino: todo lo demás nos será dado por añadidura (Mt 6.33)
      Cruzar el umbral de la fe es vivir en el espíritu del Concilio y de Aparecida, Iglesia de puertas abiertas no sólo para recibir sino fundamentalmente para salir y llenar de evangelio la calle y la vida de los hombres de nuestros tiempo.
      Cruzar el umbral de la fe para nuestra Iglesia Arquidiocesana, supone sentirnos confirmados en la Misión de ser una Iglesia que vive, reza y trabaja en clave misionera.
      Cruzar el umbral de la fe es, en definitiva, aceptar la novedad de la vida del Resucitado en nuestra pobre carne para hacerla signo de la vida nueva.
      Meditando todas estas cosas miremos a María. Que Ella, la Virgen Madre, nos acompañe en este cruzar el umbral de la fe y traiga sobre nuestra Iglesia en Buenos Aires el Espíritu Santo, como en Nazaret, para que igual que ella adoremos al Señor y salgamos a anunciar las maravillas que ha hecho en nosotros.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.
1 de Octubre de 2012Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús

08 mayo 2013


''La Ascensión es una intensificación de la presencia de Cristo''

Monseñor Julián Ruiz Martorell, obispo de Jaca y Huesca



Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.
San Lucas presenta el acontecimiento de la Ascensión dos veces: en los Hechos de los Apóstoles, de modo más detallado, y al final de su evangelio.
En los Hechos de los Apóstoles los discípulos están preocupados todavía por la restauración del reino de Israel. Le preguntan a Jesús: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Jesús les responde que no les corresponde a ellos conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido. Pero les promete la fuerza del Espíritu Santo, que bajará sobre ellos y les hará ser testigos “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo”. La perspectiva se ensancha de una manera impresionante: en vez de la restauración de Israel, se trata de ser testigos de Cristo resucitado hasta los confines del mundo. De este modo, gracias a la fuerza y a la luz del Espíritu Santo, los apóstoles asumirán la tarea extraordinaria de propagar la fe en Cristo entre todos los pueblos.
Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Los apóstoles se quedan mirando al cielo como encantados. Pero dos ángeles les dicen: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. No es éste el momento de mirar al cielo, sino de llevar a cabo la obra apostólica, de trabajar en la tierra para propagar la fe en Jesús y, con ella, la esperanza y la caridad.
La Ascensión no es para nosotros únicamente el fundamento de nuestra esperanza de reunirnos al final con Cristo en el cielo, sino un estímulo para trabajar en la transformación del mundo según el plan de Dios.
En el evangelio de San Lucas encontramos también una perspectiva universal. Jesús resucitado comunica a sus discípulos que “en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Esto será posible gracias al Espíritu Santo prometido por el Padre. Afirma Jesús: “Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”.
La Ascensión introduce en nosotros un fuerte dinamismo de esperanza y, al mismo tiempo, de laboriosidad apostólica. Debemos acoger la fuerza que se manifiesta en la Ascensión de Jesús, para transformar la vida a nuestro alrededor y preparar así el retorno del Señor.
La Ascensión no es un marcharse que produce una ausencia, sino la inauguración de un nuevo modo de presencia. Con la Ascensión Jesús no se ha alejado, no se ha ausentado, sino que, por el contrario, se ha establecido para siempre en medio de nosotros a través de su Espíritu. La Ascensión no es un viaje de regreso, un adiós, una desaparición, sino el comienzo de su estar presente más íntimo, no fuera, sino dentro de nosotros. Sucede como con la Eucaristía: mientras que la Sagrada Forma está fuera de nosotros, la vemos, la adoramos; cuando la recibimos y comulgamos ya no la vemos con los ojos, pero está dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más dinámica.
La Ascensión es una intensificación de la presencia de Cristo. No establece distancias entre el cielo y la tierra, sino que asegura establemente la comunicación entre cielo y tierra.
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.