19 mayo 2013


"Prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse"

El Papa a los laicos en la Vigilia de Pentecostés

En la Vigilia de Pentecostés de la "Jornada con los movimientos, las nuevas comunidades, las asociaciones y las organizaciones laicales", el santo padre Francisco escuchó distintos testimonios y preguntas que le permitieron medir por primera vez durante su pontificado, la gran fuerza viva que son hoy en día los laicos en la Iglesia.
Hasta la plaza de san Pedro llegaron miembros de cerca de ciento veinte movimientos con presencia en Italia y a nivel mundial.
Después de la entronización del icono de la Virgen, que con la antigua advocación de Salus Populi Romani que presidió el encuentro, los asistentes y el papa escucharon los testimonios de diversos laicos que por su actividad profesional, su vida cristiana o por el solo hecho de estar en un país sin libertad religiosa, deben dar muestras de su fe.
Fue significativo escuchar al hermano de Shahbaz Bhatti, el exministro católico de Minorías de Pakistán, asesinado en Islamabad en 2011 por islamistas a causa de su oposición a la ley contra la blasfemia. 
Dar respuesta a la fe
En el evento, enmarcado en el calendario del "Año de la fe", el papa respondió de forma espontánea, a las preguntas formuladas por diversos representantes, las que confesó "conocerlas de antemano".
Estos, en nombre de los laicos del mundo entero, le pidieron al papa una luz sobre temas de evangelización, el testimonio cristiano y una aclaración mayor sobre aquel llamado de Francisco para que la Iglesia sea "pobre y para los pobres"
Sobre la transmisión de la fe, insistió que esta debe ser presentada, porque si alguien no da el primer anuncio, el futuro creyente no podrá encontrarse con Jesús. Volvió a recordar que un nuevo encuentro con el Padre puede darse en el confesionario, "donde Él siempre nos espera".
Advirtió sin embargo que el mayor enemigo ante la fragilidad, es el miedo. Por lo que insistió que al sentirse inseguro, hay que saber que "allí está el Señor". 
Comunicar a Cristo
En respuesta sobre la segunda pregunta, acerca de cómo comunicar la fe hoy, enseñó que esto no es cuestión de buscar una eficacia ni consiste en hacer estrategias, "las cuales son solo herramientas secundarias".
Lo que debe hacerse, añadió, es "comunicar a Jesucristo, y no más a Francisco", en clara alusión a que el auténtico líder de la Iglesia es Cristo y no el papa. 
Invitó a rezar más, a fin de "dejarse guiar por él". Recordó el pasaje en que Pedro tuvo la visión de que el evangelio debía llevarse también a los gentiles, para insistir que hay que dejarse "sorprender" por Jesús, dejando que el Espíritu de Dios actúe dentro del evangelizador, y lo lleve hacia adelante.
Purificar la cuestión pública
Consultado sobre cómo construir una ética pública y un mejor modelo para el desarrollo humano, recomendó que el mejor testimonio que se puede dar, es con una vivencia auténtica del evangelio en esos espacios.
Advirtió sin embargo que la Iglesia "no es un movimiento político, ni una estructura bien organizada", ni tampoco debe ser comparada con una 'ONG'. Porque cuando se hace esto, continuó, "se pierde la sal, no hay sabor, se vuelve una organización vacía, llevada por el eficientismo". 
Lo contrario debe ser, en el pensamiento de Francisco, "el desarrollo de la solidaridad, del compartir". Porque según dijo, "lo que está en crisis es el hombre, el cual puede ser destruido al ser imagen de Dios".
Hizo ver que al estar frente a una crisis de esta magnitud, al hombre "se le despoja de la ética, en que todo es posible y todo se puede hacer".
Criticó al actual sistema económico, que se preocupa por las grandes caídas de las instituciones financieras, a diferencia de los que mueren de hambre por las calles.
No cerrarse ni aislarse
Ante esta realidad, invitó a la Iglesia a no cerrarse ni aislarse. Exhortó a "no cerrarse en la parroquia, con el movimiento, entre los que pensamos igual". Porque cuando se cierra, "se enferma".
Invitó nuevamente a que la Iglesia "salga de sí misma, hacia la periferia, a dar testimonio del evangelio y a encontrarse con los demás", en clara respuesta al mandato de Jesús de "Ir".
"Prefiero una Iglesia accidentada, a una que está enferma por cerrarse", dijo. Y criticó aquellas "estructuras caducas" que "no nos hacen libres, sino esclavos".
Se refirió también a que debe darse "una cultura del encuentro, de la amistad, de hablar aún con los que no piensan como nosotros, incluso con otra fe, porque todos son hijos de Dios".
Una Iglesia pobre 
Una de las preguntas hizo referencia a la expresión dicha por Francisco dos días despues del inicio de su pontificado, de que le gustaría una "Iglesia pobre y para los pobres".
A este respecto --y con la atención mundial puesta en sus palabras--, explicó que basta "salir para encontrar la pobreza". Lamentó que hoy en día encontrar un mendigo muerto de frío o hambre por la calle ya no sea una noticia...
Criticó a quienes se mantienen indiferentes a esta realidad, especialmente a aquellos cristianos "que hablan de teología mientras toman el té", en clara referencia a su homilía de días atrás donde dijo que no se necesita de "cristianos de salón" en este momento en la Iglesia.
Muy por el contrario, prosiguió, "hay que tener coraje y salir hacia aquellos que son la carne de Cristo". Porque para Francisco, la pobreza no es una categoría filosófica o sociólogica, sino teológica, "porque el hijo de Dios se ha hecho pobre".
Y si la Iglesia no va hacia la carne de Cristo que está en los pobres, se cae en la "mundanidad espiritual", un concepto muy unido a los peligros del cristianismo de salón.
Terminó animando a todos a anunciar el evangelio con coraje y a la vez con paciencia. E invitó a unirse a los cristianos "que sufren tanto, que hacen la experiencia del límite entre la vida y la muerte", reiterando su llamado por una verdadera libertad religiosa para todos.
"Para todos", porque según Francisco, "todos deben ser libres en su confesión religiosa, porque son hijos de Dios".
Terminada la ceremonia, el papa saludó a los líderes de las más importantes realidades laicales del mundo, con quienes departió algunos segundos entre comentarios y sonrisas. 
Mañana domingo, solemnidad de Pentecostés, el santo padre presidirá una celebración eucarística en la plaza de San Pedro, a la cual siguen llegando los peregrinos pertenecientes a cientos de movimientos y organizaciones apostólicas.

18 mayo 2013


El chisme y la difamación en la Iglesia son pecaminosos

El Papa en la misa de hoy


El cristiano debe vencer la tentación de "mezclarse en la vida de los demás". Fue esta la exhortación del papa Francisco en la misa que celebra diariamente en la Casa Santa Marta. El santo padre también destacó que el chisme y la envidia hacen mucho daño a la comunidad cristiana y que no se puede "decir solo la mitad que nos conviene".
En la misa, concelebrada con el padre Daniel Grech del Vicariato de Roma, asistieron un grupo de estudiantes de la Universidad Pontificia Lateranense, dirigido por el rector monseñor Enrico Dal Covolo.
Según informa Radio Vaticana, partiparon también Kiko Argüello, Carmen Hernández y Mario Pezzi del Camino Neocatecumenal; y Roberto Fontolan y Emilia Guarnieri de Comunión y Liberación.
Ni chismes ni comparaciones
"¿A ti qué te importa?" El papa Francisco ha desarrollado su homilía a partir de esta pregunta que Jesús dirigió a Pedro, que se había inmiscuido en la vida del otro, en la vida del discípulo Juan, "a quien Jesús amaba". Pedro, señaló, tenía "un diálogo de amor" con el Señor, pero luego el diálogo "se ha desviado hacia otro carril" y él también padece una tentación: "Inmiscuirse en la vida de los otros".
Como se dice "vulgarmente", dijo el Papa, Pedro hace de "curioso". Es así que ha centrado su homilía en dos modalidades de esta intromisión en la vida de los otros. En primer lugar, la "comparación", el "compararse con los demás". Cuando existe esta comparación, dijo, "terminamos en la amargura y hasta en la envidia, y la envidia arruina la comunidad cristiana", le “le hace mucho daño", y "el diablo quiere eso". La segunda forma de esta tentación, agregó, son los chismes. Se empieza de una manera “muy educada”, pero luego terminamos "despellejando al prójimo":
"¡Cuánto se chismea en la Iglesia! ¡Cuánto chismeamos nosotros los cristianos! El chisme es propio despellejarse, ¿no? Es maltratarse el uno al otro. ¿Como si se quisiera disminuir al otro, no? En lugar de crecer yo, hago que el otro sea aplanado y me siento muy bien. ¡Esto no va! Parece agradable chismear... No sé por qué, pero se siente bien. Como un caramelo de miel, ¿verdad? Te comes uno -¡Ah, qué bien! -Y luego otra, otra, otra, y al final tienes dolor de estómago. ¿Y por qué? El chisme es así: es dulce al principio y luego te arruina, ¡te arruina el alma! Los chismes son destructivos en la Iglesia, son destructivos ... Es un poco como el espíritu de Caín: matar al hermano, con su lengua; ¡matar a su hermano!".
En este camino, dijo, "¡nos convertimos en cristianos de buenas costumbres y malos hábitos!" Pero ¿cómo se presenta el chisme? Normalmente, ha distinguido el papa Francisco, "hacemos tres cosas":
El cristiano no difama ni calumnia
"Desinformamos: decir solo la mitad que nos conviene y no la otra mitad; la otra mitad no la decimos porque no es conveniente para nosotros. En segundo lugar está la difamación: Cuando una persona realmente tiene un defecto, y ha errado, entonces contarlo, "hacer del periodista"... ¡Y la fama de esta persona está arruinada! Y la tercera es la calumnia: decir cosas que no son ciertas. ¡Eso es también matar a su hermano! Todas estas tres --la desinformación, la difamación y la calumnia-- ¡son pecado! ¡Este es el pecado! Esto es darle una bofetada a Jesús en la persona de sus hijos, de sus hermanos".
Es por eso que Jesús hace con nosotros como lo hizo con Pedro cuando lo reprende: "¿A ti qué te importa? ¡Tú sígueme!” El Señor realmente nos “señala el camino":
"El chisme no te hará bien, porque te llevará a este espíritu de destrucción en la Iglesia. ¡Sígueme!”. Es hermosa esta palabra de Jesús, que es tan clara, es tan amorosa para nosotros. Como si dijera: «No hagan fantasías, creyendo que la salvación está en la comparación con los demás o en el chisme. La salvación es ir detrás de mí». ¡Seguir a Jesús! Pidamos hoy al Señor que nos dé esta gracia de nunca inmiscuirnos en la vida de los demás, de convertirnos en cristianos de buenos modales y malos hábitos, de seguir a Jesús, para ir detrás de Jesús, en su camino. ¡Y esto es suficiente!".
Durante su homilía, Francisco recordó también un episodio de la vida de Santa Teresita que se preguntaba por qué Jesús dio tanto a uno y poco a otro. La hermana mayor, tomó un dedal y un vaso y los llenó con agua, y luego le preguntó a Teresita cuál de los dos estaba más lleno. "Ambos están llenos", dijo la futura santa. Jesús, dijo el papa, hace "así con nosotros", "no le importa si eres grande, si eres pequeño". Él está interesado en que "estés lleno del amor de Jesús".

María en Pentecostés

Dentro de unos días, el 31 de mayo, celebraremos una fiesta mariana: la Visitación. Pentecostés no es evidentemente una fiesta mariana. Pero desde el día de la Ascensión, los apóstoles está en retiro, en el Cenáculo, a la espera del Espíritu Santo. Y María estaba con ellos.
La venida del Espíritu Santo nos es relatada por san Lucas, en los Hechos de los Apóstoles. San Lucas es el gran evangelista mariano: el de la Anunciación, de la Visitación, de Navidad, de la Presentación. Por tanto, no es sorprendente que haya querido señalar la presencia de María en el Cenáculo. En la Cruz, Jesús le dio por hijo al "discípulo bien amado", este anónimo que representa a la comunidad de los discípulos. Es pues normal que Ella esté presente entre ellos cuando hacen oración, como Jesús les pidió.
Pero su presencia es discreta. San Lucas la menciona, tras haber dado la lista de los apóstoles: "Todos, con un solo corazón, perseveraban en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús y con sus hermanos". Congtrariamente a las representaciones habituales de Pentecostés, María no está en el centro.
María, la Madre de Dios, está presente en Pentecostés porque se trata de un nacimiento, el nacimiento de la Iglesia, "pueblo de Dios". Durante el Concilio Vaticano II, el papa Pablo VI proclamó a María "Madre de la Iglesia". Pero ella no lo es de la misma manera en que se convirtió en la Madre de Jesús, el día de la Anunciación. Para fundar su Iglesia, Jesús ha elegido a los apóstoles. San Lucas ha precisado que ellos habían sido elegidos "en el Espíritu Santo" (Hechos 1,2): por esto decimos en el Credo que la Iglesia es "apostólica".
Hay que subrayar también que la presencia de María es señalada por san Lucas en los días que preceden a Pentecostés. Ciertamente no hay ninguna razón para pensar que dejara el Cenáculo antes de que se realizara la promesa del Espíritu Santo. Pero, el día de Pentecostés, quien está en el centro es Pedro. El había tomado la iniciativa de proveer a la sustitución de Judas. Es el quien, hoy, toma la palabra, "de pie con los Once", para anunciar el Evangelio de Cristo resucitado.
Dado que María, ese día, no está en primera fila, Pentecostés es quizá una de las fiestas más auténticamente marianas. Pues todas las fiestas cristianas son, sobre todo, fiestas del Señor. Como el Espíritu Santo, del que Ella es la obra maestra, María nos conduce a Jesús. Ya, en Caná, el Espíritu se había expresado por su boca, cuando decía a los sirvientes: "Haced lo que El os diga".
La fiesta de Pentecostés es una ocasión favorable para descubrir el verdadero sentido del rezo del rosario: con María, aprender a conocer mejor, a amar mejor, a seguir mejor a su Hijo. Incluso en la Coronación de la Virgen, es Cristo, unido al Padre y al Espíritu, el primer actor: "El Señor hizo en mí maravillas".

17 mayo 2013


Pedro era un pecador pero no un corrupto

El Papa en su homilía en Santa Marta


Ser pecadores no es el problema central, el problema es no dejarse transformar en el amor del encuentro con Cristo, porque Pedro era un pecador, pero no un corrupto, pecadores sí, todos: corruptos, no. Este fue el tema central de la homilía de la misa cotidiana del papa Francisco en la capilla de su residencia en Santa Marta, transmitida por la Radio Vaticano.
En el evangelio del día Jesús resucitado le pide tres veces a Pedro si lo ama. “Es un diálogo de amor entre el Señor y su discipulo” indica Francisco y recuerda los encuentros que Pedro tuvo con Jesús. Iniciando del 'Sígueme' al 'Te llamarás Cefa, Piedra', al '¡Aléjate Satanás!', “humillación que Pedro acepta”, dice el Papa.
Y Francisco recuerda a los presentes que Pedro se consideraba bueno, y en Getsemani incluso desenvaina la espada para defender a Jesús, pero después lo niega tres veces”.
Y cuando Jesús le observa con aquella mirada tan bella, indica el papa, Pedro llora. “Jesús en estos encuentros va volviendo madura el alma de Pedro”, en el amor.
“Pedro siente dolor de que por tres veces Jesús le pregunte ¿Me quieres? Este dolor, esta vergüenza.. Un hombre grande este Pedro..., pecador, pecador. Pero el Señor le hace sentir a él y a nosotros que todos somos pecadores: el problema es no arrepentirse del pecado, no tener vergüenza de lo que hemos hecho. Este es el problema. Y Pedro tiene esta vergüenza, esta humildad, ¿no? El pecado de Pedro es un hecho que con el corazón grande que tenía Pedro, lo lleva a un encuentro nuevo con Jesús, a la alegría del perdón”.
Y el Señor no abandona su promesa, cuando le había dicho: “Tu eres piedra”, y ahora le dice: “Apacigua mi rebaño” y le entrega su rebaño a un pecador.
El papa precisa: “Pedro era un pecador, pero no un corrupto, pecadores sí, todos: corruptos, no”. Y el santo padre cuenta: “Una vez supe de un cura, un buen párroco que trabajaba bien: fue nombrado obispo y él sentía vergüenza porque no se sentía digno. Era un tormento espiritual. Y se acercó al confesor, que le escuchó y le dijo: “No te asustes, que si después de aquella gruesa que hizo Pedro le nombraron papa... ¡Tu ve adelante!”. El Señor es así. Nos hace madurar en los tantos encuentros que tenemos con Él, a pesar de nuestras debilidades, cuando las reconocemos, y con nuestros pecados”....
Pedro “se dejó modelar” en los diversos encuentos con Jesús y esto “nos sirve a todos nosotros, porque estamos en la misma calle”.
Y el papa reitera: “Pedro es un grande” no porque sea uno bueno, sino porque “tiene un corazón noble que lo lleva a este dolor, a esta vergüenza y a tomar su trabajo de apaciguar las ovejas”.
“Pidamos al Señor hoy -concluye Francisco- que este ejemplo de vida de un hombre que se encuentra continuamente con el Señor” nos ayude “a ir adelante buscando al Señor”.
Pero más aún “es dejarnos encontrar por el Señor: El está cerca de nosotros. Tantas veces”.

Una Iglesia sin caridad no existe

El Papa a Cáritas Internacional


El papa Francisco recibió este jueves por la mañana, después de la misa en Santa Marta, al Comité Ejecutivo de la Cáritas internacional, el cual le presentó una campaña contra el hambre que se realizará próximanente.
El santo padre les dijo: “Ustedes son parte esencial de la Iglesia” porque “una Iglesia sin caridad no existe”. Por esto el papa les expresó su profundo agradecimiento y subrayó la doble dimensión: “de acción social en el significado amplio del término y otra dimensión mística, o sea puesta en el corazón de la Iglesia”.
“La Cáritas –dijo Francisco-- es la caricia de la Iglesia a su pueblo, la caricia de la Madre Iglesia a sus hijos, la ternura, la cercanía”. Añadió que la búsqueda de la verdad es una dimensión fundamental de la Iglesia, que después se debe transformar en catequesis o exégesis.
El papa también explicó cómo hay que entender el amor cristiano: los panes y peces que alimentaron a la multitud “no se multiplicaron. No, no es cierto, simplemente no terminaron”, porque multiplicase puede confundirse con una magia, dijo.
La crisis de hoy –precisó Francisco-- no es solamente una crisis económica, cultural, o de fe. Es una crisis en la que el hombre sufre las consecuencias de la inestabilidad. “Hoy está el peligro el hombre, la persona humana. Está en peligro la carne de Cristo”. Porque, precisó, la persona enferma o marginada es la carne de Cristo y “el trabajo de la Cáritas sobre todo es darse cuenta de esto”.
Y al recordar un relato sobre la Torre de Babel, el papa señaló como los obreros acababan contando menos que los ladrillos que fabricaban, y “es lo que está sucediendo ahora”, con la existencia de “un desequilibrio en las inversiones financieras” y mientras se realizan “grandes reuniones internacionales” hay quien “se muere de hambre”.
Advirtió también: “Nuestra civilización en cambio de hacer crecer la creación para que el hombre sea más feliz y la mejor imagen de Dios” se instauró “la cultura del usa y tira: lo que no sirve se tira en la basura, los niños, los ancianos, y con la eutanasia que se está practicando”.
El papa le indicó a los dirigentes de la Cáritas la gran solicitud que debe tener la Iglesia en casos de necesidad. Hay momentos, dijo, en los cuales “simplemente es necesario neutralizar el mal”. Y si hay hambre hay de dar de comer, y si hay heridos hay que curarlos. Y curar “es la caricia de la Madre Iglesia”.Y recordó a San Juan Crisóstomo que reprendía: “Te preocupas de adornar la Iglesia y no el cuerpo de Cristo que tiene hambre”.
El tercer punto abordado por el santo padre fue la promoción del evangelio: “Pienso a don Bosco, que había encontrado en su parroquia, en su tierra, en un momento de crisis, de gran pobreza a muchos jóvenes que vivían en la calle y tenían hambre” y comenzó “con la idea de la escuela de artes y oficios”.
El último tema tratado fue la espiritualidad de la Caritas. Su fundamento, dijo, “es donarse, salir de si mismos y estar al servicio continuo de las personas que viven en situaciones extremas”. Por ello es necesario, aseveró “ir a las periferias existenciales, ayudar y curar” y de otro llevar este sentimiento de ternura, “que más que un sentimiento es un valor”. Habló de una falsa seriedad que lleva a perder la perspectiva de la maternidad de la Iglesia y esta “es el núcleo al cual debe referirse la espiritualidad de la Cáritas”.
El papa concluyó recordando el drama de los refugiados, “Es necesario acompañarlos” dijo, y citó el millón o más de sirios desalojados hacia el Líbano. Y de existencia de gente explotada a quienes “le quitan el pasaporte y los hacen trabajar como esclavos”. Y reivindicó que ante todo esto debe existir “una gran presencia de ternura por parte de la Iglesia”.

16 mayo 2013


¡Ven Espíritu Santo!

 Jesús Álvarez SSP  (Evangelio del Domingo de Pentecostés/C)


"Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con ustedes! Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. Jesús les volvió a decir: ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también a ustedes. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo: a quienes absuelvan de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos" (Jn. 20,19-23).
Hoy es el cumpleaños de nuestra Madre la Iglesia, que nació el día de Pentecostés por obra del Espíritu Santo, que se sirvió de María para engendrarla a semejanza de cómo engendró a Jesús.
El Espíritu Santo, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, es quien hizo surgir todo lo creado y lo conserva sin cesar. También acompaña, da vida y fortaleza a la Iglesia, a fin de que sea transmisora de salvación para la humanidad.
¿Veo así a la Iglesia? ¿O sólo veo jerarquía, clero, obras, miserias y ritos? Equivocado.
El Espíritu Santo se hizo presente en el bautismo de Jesús en forma de paloma; y el día de Pentecostés se manifestó en forma de llamas de fuego y viento impetuoso.
Pero la Biblia y la Liturgia mencionan muchos otros signos bajo los cuales Espíritu Santo se manifiesta presente y actuante: vida, fuego, luz, calor, agua, don, consuelo, dulce huésped, descanso, brisa, gozo, aliento, fortaleza, consuelo, amor, libertad, paz, resurrección, salvación.
Es necesario invocar con insistencia y con fe al Espíritu Santo, pues “quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo” (Rom 8, 9).
¿Tengo yo el Espíritu de Cristo? ¿En qué se me nota? Si no, ¡a desearlo y pedirlo!
Jesús dice a sus discípulos –-y hoy a nosotros: “Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes” (Jn. 20, 21). No es una consigna exclusiva para la jerarquía o el clero, sino que compete a todo cristiano, nombre que significa “portador de Cristo”, “testigo de Cristo”, “persona unida a Cristo” por obra del Espíritu Santo.
Como el miedo “encerró” a los discípulos de Jesús en el Cenáculo antes de Pentecostés, así sucede a los pastores y fieles que no creen que Cristo resucitado está presente en medio de ellos con su Espíritu, para dar paz, alegría, fortaleza y eficacia salvadora a sus vidas y obras. Esa falta de fe los reduce a la inutilidad e incluso al escándalo.
Ser testigos de Jesús no es solo repetir sus palabras y su doctrina, sino imitarlo en sus actitudes y obras, acogerlo en la vida, darlo a conocer; lo cual solo es posible por la acción del Espíritu Santo en nosotros, como lo afirma san Pablo: “Ni siquiera podemos decir: ‘Jesús es el Señor’ si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor. 12, 3). Sin su ayuda “nada bueno hay en el hombre, nada saludable”.
¿Me ilusiono creyendo que puedo dar testimonio de Jesús sin el Espíritu Santo?
Sin embargo, a pesar de ser débiles, pecadores y deficientes en todo, Jesús nos llama, como a los apóstoles, a compartir su propia misión. Y nos da, como a ellos, los dones y carismas necesarios para realizarla.
Jesús nos envía el Espíritu Santo para que produzcamos mucho fruto, según su promesa infalible: “Quien está unido a mí, produce mucho fruto” (Jn. 15, 5). A nosotros nos toca acogerlo para darlo, pues “sin mí no pueden hacer nada” (Jn. 15, 5), en orden a la salvación propia y ajena.
San Pablo nos asegura el premio: “El mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos, vivificará también sus cuerpos mortales por obra de su Espíritu que habita en ustedes” (Romanos 8,11). Ese es nuestro glorioso destino, por el que vale la pena jugarlo todo, sostenidos con la fuerza del Espíritu Santo.
¿Siento que estoy compartiendo la misión de Cristo, unido a Él? ¿O eso me trae sin cuidado? ¿No me sacude la palabra de Jesús: “Quien no está conmigo, está contra mí”; y quien no recoge conmigo, desparrama? (Mt. 12, 30). Es necesario asegurarnos la unión real con Él 

El Espíritu Santo nos hace reconocer la Verdad

El Papa ayer durante la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!:
Hoy me quiero centrar en la acción que el Espíritu Santo realiza en la guía de la Iglesia y de cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a sus discípulos: el Espíritu Santo "les guiará en toda la verdad" (Jn. 16,13), siendo él mismo "el Espíritu de la Verdad" (cf. Jn 14,17; 15,26; 16,13). 
Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico con respecto a la verdad. Benedicto XVI ha hablado muchas veces de relativismo, es decir, la tendencia a creer que no hay nada definitivo, y a pensar que la verdad está dada por el consenso general o por lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente "la" verdad? ¿Qué es "la" verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la memoria la pregunta del procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: "¿Qué es la verdad?" (Jn. 18,37.38). Pilato no llega a entender que "la" Verdad está frente a él, no es capaz de ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Y sin embargo, Jesús es esto: la Verdad, la cual, en la plenitud de los tiempos, "se hizo carne" (Jn. 1,1.14), que vino entre nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.
Pero, ¿quién nos hace reconocer que Jesús es "la" Palabra de la verdad, el Hijo unigénito de Dios Padre? San Pablo enseña que «nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no está impulsado por el Espíritu Santo» (1 Cor. 12,3). Es solo el Espíritu Santo, el don de Cristo Resucitado, quien nos hace reconocer la verdad. Jesús lo define el "Paráclito", que significa "el que viene en nuestra ayuda", el que está a nuestro lado para sostenernos en este camino de conocimiento; y, en la Última Cena, Jesús asegura a sus discípulos que el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas, recordándoles sus palabras (cf. Jn. 14,26).
¿Cuál es entonces la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? En primer lugar, recuerda e imprime en los corazones de los creyentes las palabras que Jesús dijo, y precisamente a través de estas palabras, la ley de Dios --como lo habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento--, se inscribe en nuestros corazones y en nosotros se convierte en un principio de valoración de las decisiones y de orientación de las acciones cotidianas; se convierte en un principio de vida. Se realiza la gran profecía de Ezequiel: "Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo… infundiré mi espíritu en ustedes y les haré vivir según mis preceptos, y les haré observar y poner en práctica mis leyes” (36, 25-27). Es un hecho que de lo profundo de nosotros mismos nacen nuestras acciones: es el corazón el que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.
El Espíritu Santo, entonces, como promete Jesús, nos guía "en toda la verdad" (Jn. 16,13); nos lleva no solo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía "en" la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel "sentido de la fe" (sensus fidei), a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más plenamente en la vida (cf. Constitución dogmática Lumen Gentium, 12). Probemos a preguntarnos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido para que me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios?
Esta es una oración que tenemos que rezar todos los días: Espíritu Santo, haz que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi corazón esté abierto al bien, que mi corazón esté abierto a la belleza de Dios, todos los días. Me gustaría hacerles una pregunta a todos ustedes: ¿Cuántos de ustedes rezan cada día al Espíritu Santo, eh? ¡Serán pocos, eh! pocos, unos pocos, pero nosotros tenemos que cumplir este deseo de Jesús y orar cada día al Espíritu Santo para que abra nuestros corazones a Jesús.
Pensemos en María que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón " (Lc. 2,19.51). La recepción de las palabras y las verdades de fe, para que se conviertan en vida, se realiza y crece bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido, debemos aprender de María, reviviendo su "sí", su total disponibilidad para recibir al Hijo de Dios en su vida, que desde ese momento la transformó. A través del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo establecen su morada en nosotros: nosotros vivimos en Dios y para Dios. ¿Pero nuestra vida está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas interpongo antes que Dios?
Queridos hermanos y hermanas, tenemos que dejarnos impregnar con la luz del Espíritu Santo, para que Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la Fe, preguntémonos si en realidad hemos dado algunos pasos para conocer mejor a Cristo y las verdades de la fe, con la lectura y la meditación de las Escrituras, en el estudio del Catecismo, acercándonos con asiduidad a los Sacramentos. Pero preguntémonos al mismo tiempo cuántos pasos estamos dando para que la fe dirija toda nuestra existencia. No se es cristiano "por momentos", solo algunas veces, en algunas circunstancias, en algunas ocasiones. ¡No, no se puede ser cristiano así! ¡Se es cristiano en todo momento! Totalmente.
La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y nos regala, forma parte para siempre y totalmente de nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia, para que nos guíe en el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días. Les hago esta propuesta: invoquemos cada día al Espíritu Santo. ¿Lo harán? No oigo, eh, ¡todos los días, eh! Y así el Espíritu nos acercará a Jesucristo. Gracias.

15 mayo 2013


San Isidro Labrador

Isabel Orellana Vilches


La vida de Isidro nuevamente pone sobre el tapete una indiscutible realidad: para ser santo basta con amar en todo momento. No hay más. Cualquier otro afán que no esté regido por ello se deslinda de ese camino. Lo que viene llamando la atención en él desde hace siglos fue que, siendo tan escasa su notoriedad, inmediatamente después de morir fue aclamado por las gentes que habían visto en su conducta cotidiana los rasgos de la santidad. Posteriormente, con visos de rigor o movidos por antiguos criterios hagiográficos tendentes a magnificar retazos de su acontecer, se han ido sumando páginas ensalzando virtudes que hicieron de Isidro uno de los personajes históricos más queridos de Madrid, ciudad de la que es patrón. De su memoria ha quedado fehaciente constancia en la arquitectura y en la pintura, entre otras artes. En muchos rincones de la capital de España hay vestigios del fervor que suscita. Simplemente esto da que pensar. No se tributan a cualquiera tantos honores.
Juan Diácono sintetizó su existencia en seis páginas en su Vita Sancti Isidoro, redactada en el siglo XIII. Nació Isidro de Merlo y Quintana en Madrid a finales del siglo XI, puede que hacia 1082, en una humilde casa cercana a la iglesia de San Andrés. Sus padres eran cristianos mozárabes fieles a la fe que le inculcaron. Entonces Madrid era una modesta Villa que al ser conquistada por los almorávides obligó a muchos a huir. Uno de ellos fue Isidro, cuyo primer oficio había sido el de pocero. Al llegar a la localidad madrileña de Torrelaguna comenzó a ganarse la vida como labrador. Era un hombre humilde y sencillo, de gran corazón, que enamoró a María Toribia, con la que se desposó. Ella, también canonizada, es conocida con el nombre de santa María de la Cabeza. Después de pasar por Caraquiz y Talamanca, la pareja se asentó en Madrid. Isidro retornó al campo si bien no poseía tierras que cultivar, sino que estaba al servicio de Juan de Vargas al que conoció en Talamanca. Juan era una especie de terrateniente, dueño de hectáreas extendidas por las riberas del Manzanares así como por barrios y aledaños de la ciudad, como los Carabancheles Alto y Bajo, Getafe, Jarama… En casa de Vargas nacería Illán, hijo de Isidro y de María, y en ella fue objeto de uno de los numerosos milagros que se atribuyen al santo ya que la familia había establecido su morada en ese palacio. El niño era muy pequeño cuando en un descuido se cayó al pozo, con la natural conmoción de su madre. Conocedor del hecho su padre, al regresar de su trabajo suplicó a la Virgen de la Almudena su mediación. Entonces el agua subió llegando casi a rebasar el borde del pozo lo cual le permitió extraer a Illán sin rasguño alguno.
Isidro era especialmente devoto de la Eucaristía y de la Virgen. No fue hombre versado. No conoció más paisajes que las pocas localidades que recorrió y la majestuosidad de una naturaleza que le hablaba de Dios. Así se doctoró humana y espiritualmente. La paciencia, el tesón, la generosidad, la constancia, la esperanza, la belleza…, todas las virtudes brotaban en su entorno enhebradas de silencios, rotos únicamente por la inigualable sinfonía que le acompañaba: el murmullo del agua, el trinar de las aves o el susurro del viento. Todo era imagen de Dios. Y María acunándole desde su trono en la Almudena y en Atocha. Su camino hacia la santidad lo efectuó desde el anonimato y la sencillez de una vida colmada del amor a Dios, rubricada por la honestidad en cada uno de sus actos: responsabilidad en el hogar y en el trabajo, abnegación con todos… Un sentimiento hondo de gratitud y paz en medio de la humilde tarea que llenaba muchas de sus horas: uncir los bueyes, cuidado de los animales, poda de rastrojos, vendimia, siembra, cosecha, etc. Su conducta quedaba realzada en medio de una sociedad dada a vivir con largueza, sumida en ciertas costumbres alejadas del Evangelio. Digamos que los gestos del santo denunciaban vicios que dominaban a la clase civil y a la eclesiástica. El pueblo llano siempre ha sabido distinguir de forma natural la grandeza de una vida que se derrama sin estridencias, pero que está ahí, haciendo germinar en derredor multitud de bendiciones, marcando la brújula de la verdad divina.
Gregorio XV dijo de él: «nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la Santa Misa y encomendarse a Dios y a su Madre Santísima». Todos se percataban de su piedad, bondad y caridad con los pobres. Su fe era tanta que alguna vez, según narra la tradición popular, los ángeles acudieron a reemplazarle en su tarea, arando las tierras para que pudiera asistir tranquilo a misa sin faltar a su trabajo. El hecho, que forma parte de su proceso de canonización, fue contemplado por un atónito Juan de Vargas que acudió a comprobar su rendimiento laboral ante alguna denuncia que debió llegar a sus oídos en contra de Isidro. Este milagro ha sido recogido por la iconografía; es, por ello, uno de los más conocidos que se le atribuyen al santo, en cuya causa se contabilizaron más de cuatrocientos. Otros prodigios los compartió con su santa esposa, como cruzar el río Jarama sobre una mantilla. Murió en Madrid el 15 de mayo de 1130. Fue sepultado en el cementerio de San Andrés, de cuya parroquia era diácono Juan, redactor de su vida. A través de una revelación divina en 1212 se descubrieron sus restos, constatándose que su cuerpo estaba incorrupto. Desde entonces se le considera patrón de Madrid. Pablo V lo beatificó el 14 de junio de 1619. Y Gregorio XV lo canonizó el 12 de marzo de 1622, pero al fallecer éste, hubo que esperar al 4 de junio de 1724 fecha en la que Benedicto XIII expidió la bula de canonización. Aquél gran día de 1622 en la gloria de Bernini se encumbraba a los altares a un humilde campesino junto a estas grandes figuras de la Iglesia: Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús y Felipe Neri. El 16 de diciembre de 1960 Juan XXIII declaró a Isidro patrón de los agricultores y campesinos españoles.