10 julio 2013

Que la santa cruz sea nuestra luz

Luis Javier Moxó Soto


La primera encíclica de nuestro Papa Francisco, “Lumen Fidei”, ha sido realizada a cuatro manos como dicen, pues la ha terminado él, a los 114 días de su elección, después de haberla comenzado el Papa, ya emérito, Benedicto XVI.
Si, como dice san Pablo la fe viene por la predicación y ésta por la palabra de Cristo (Rom 10, 17), hemos podido oír a este dulce Cristo en la tierra trasmitirnos la luz y la frescura del Evangelio.
Hemos de preguntarnos qué sombras pueblan o rodean hoy en día a la humanidad y, también, qué luz es la que viene de esta fe de la Iglesia en este tiempo que nos ha tocado vivir.
¿Hay conciencia de la sombra y de la oscuridad? ¿Hay necesidad real de la luz de la fe, de la verdad, del Evangelio?
No en abstracto no, sino en mi vida, en la de mi familia, en la de mi comunidad cristiana y también en mi trabajo, tiempo libre: ¿Soy de los que pongo en un lugar oculto, apartado a la exposición pública, el tesoro de la fe que se me ha confiado? ¿O no puedo evitar que todo lo que pienso, siento,… vivo esté lleno del amor a Dios?
Porque si se me ha dado el mayor de los tesoros y no lo aprovecho, si no lo cuido y riego cada día, si no lo expongo al sol de la verdad y al aire de la relación con los demás, ¿cómo puedo esperar que mi vida tome raíces en lo único que realmente vale y salva?
Acoger y madurar la fe es ser sal y luz en el mundo. Y es motivo de alegría constante saber que somos amados –incondicionalmente- no sólo por Quien nos ha dado ese tesoro, sino porque Él es ese tesoro. Uno sólo es el que regala y el regalo al mismo tiempo.
En la medalla de San Benito de Nursia, cuya fiesta celebramos el 11 de julio, está inscrito “Crux Sacra Sit Mihi Lux” (“Que la Santa Cruz Sea Mi Luz”). Esto nos recuerda que detrás de la cruz de Cristo está siempre la luz de la resurrección, y que para llegar a la segunda debemos pasar por la puerta estrecha de la primera.
En esta decimocuarta semana del Tiempo Ordinario pensamos acerca de cómo estamos viviendo la relación de la fe con la luz que tanta falta nos hace, de la cruz que llevamos cada día con la presencia real de Cristo. Y también cómo vivimos esto hacia fuera, prácticamente, cómo lo transmitimos a nuestros niños y jóvenes, en nuestro ambiente más concreto.

'La vida comprometida da alegría'

El tuit 78 de @pontifex


El papa Francisco envió hoy el 'tuit' 78 de su pontificado: «Si queremos seguir a Jesús de cerca, no podemos buscar una vida cómoda y tranquila. Será una vida comprometida, pero llena de alegría».

Los seguidores del sito pontifex en lengua española siguen aumentando, acercándose ya a los 2,8 millones de personas y ya han superado en número a los de idioma inglés que son 2,6 millones.
En tercer lugar está Italia, en donde los seguidores del papa son 877 mil. Los menos numerosos  --de los nueve idiomas en el que el tuit es enviado-- son los seguidores en árabe, aunque 66 mil no son pocos tomando en consideración las características y dificultades de la región.
Uno de los que más ha crecido, teniendo en cuenta que fue presentado por último, y que ha sorprendido a todos, es en latín, con 123 mil seguidores.
El papa que habla en español, o en 'castellano' como suele indicarse en America Latina, ha favorecido el crecimiento de los followers en su idioma, o sea de quienes siguen estos mensajes de al máximo 140 letras, que desde Pontifex parten cada dos o tres días, aunque no hay una frecuencia predefinida y que llegan a casi 7,5 millones de personas.

05 julio 2013

04 julio 2013

Besar las llagas de Jesús en nuestros hermanos en dificultad

El Papa ayer en Santa Marta


Tomás: testigo de la divinidad de Cristo
Jesús, después de la resurrección, se aparece a los apóstoles, pero Tomás no estaba allí: "Ha querido que esperara una semana --dijo Francisco. El Señor sabe por qué hace las cosas. Y a cada uno de nosotros le da el tiempo que él piensa que es mejor para nosotros. A Tomás le ha concedido una semana". Jesús se revela con sus llagas: "Todo su cuerpo estaba limpio, hermoso, lleno de luz –continuó--, pero las heridas estaban y todavía están", y cuando el Señor venga en el fin del mundo, "nos hará ver sus llagas". Tomás, para creer, quería meter sus dedos en aquellas llagas:
"Él era un terco. Pero el Señor se ha servido de un terco para hacernos comprender algo más grande. Tomás ha visto al Señor, y fue invitado a meter el dedo en las llagas de los clavos; meter su mano en el costado; pero no dijo: 'Es verdad: ¡el Señor ha resucitado!’. ¡No! Ha ido más allá. Ha dicho: '¡Dios'. Fue el primero de los discípulos en hacer la confesión de la divinidad de Cristo, después de la resurrección. Y lo adoró".
"Y así --prosiguió el papa-- cuál era la intención del Señor para hacerlo esperar: tomar también su incredulidad, no para llevarlo a la afirmación de la resurrección, sino a la afirmación de su divinidad". El "camino hacia el encuentro con Jesús-Dios, son las llagas. No hay otro".
Caminos insuficientes
"En la historia de la Iglesia han habido algunos errores en el camino hacia Dios. Algunos creyeron que al Dios viviente, al Dios de los cristianos, podemos alcanzarlo por el camino de la meditación, y elevarse más a través de la meditación. Eso es peligroso, ¿eh? Cuántos se pierden en ese camino y no llegan. Llegan sí, tal vez, al conocimiento de Dios, pero no de Jesucristo, Hijo de Dios, la segunda Persona de la Trinidad. A aquello no llegan. Es el camino de los gnósticos, ¿no? Son buenos, trabajan, pero no es el camino correcto. Es muy complicado y no te lleva a buen puerto".
"Hay otros --dijo Francisco--, que pensaban que para llegar a Dios hay que ser mortificado y austero, y han elegido el camino de la penitencia: solo la penitencia y el ayuno. Y estos no ni siquiera llegaron al Dios vivo, Jesucristo, el Dios vivo. Son los pelagianos, que creen que lo pueden conseguir con su esfuerzo". Pero Jesús nos dice que la manera de conocerlo es encontrar sus heridas.
Las llagas de Cristo hoy
"Y las heridas de Jesús --afirmó--, las encuentras haciendo las obras de misericordia, dándole al cuerpo --al cuerpo--, y también al alma, pero al cuerpo, lo subrayo, de tu hermano llagado, porque tiene hambre, tiene sed, está desnudo, está humillado, es un esclavo, porque está en la cárcel, en el hospital. Esas son las llagas de Jesús hoy. Y Jesús nos invita tener un acto de fe, en Él, pero a través de estas llagas. '¡Oh, genial! Hagamos una fundación para ayudar a todos ellos y hagamos muchas cosas buenas para ayudarlos’. Eso es importante, pero si seguimos en este nivel, solo seremos filantrópicos. Tenemos que tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, curar las llagas de Jesús con ternura, tenemos que besar las heridas de Jesús, y esto de modo literal... Pensemos, ¿qué pasó con san Francisco, cuando abrazó al leproso? Lo mismo que a Tomás: ¡su vida cambió!".
Para tocar al Dios vivo –-concluyó el santo padre-- no hay necesidad de "hacer un curso de actualización", sino entrar en las llagas de Jesús, y para ello "solo hay que salir a la calle". Pidamos a santo Tomás, la gracia de tener el coraje para entrar en las llagas de Jesús con nuestra ternura, y seguramente tendremos la gracia para adorar al Dios vivo".

03 julio 2013

Carta del Prelado del Opus Dei (julio 2013)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!:

Hace dos días celebramos la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la fe, que derramaron su sangre por Cristo en Roma. En esta ciudad, san Pedro fijó su sede y coronó su vida terrena con el martirio. Y así, la Iglesia de Roma se convirtió en Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe. Agradezcamos a Dios este designio suyo, con el que ha querido asegurar a los cristianos en la doctrina revelada y garantizar de modo visible la unidad; y aprendamos a dar la vida, sabiendo morir cada día a nuestro yo.
Dios preparó la fundación de la Iglesia a lo largo de la historia de la salvación. Primero en el Antiguo Testamento, eligiendo a Israel como pueblo suyo; luego, en la plenitud de los tiempos, envió al mundo a su Hijo muy amado que, con su encarnación, con su predicación, con sus milagros, y llamando a los Apóstoles, constituyó a los Doce para que continuaran su misión redentora. «Pero la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la cruz». Después, «consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cfr. Jn 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés, a fin de santificar indefinidamente a la Iglesia». Como quería nuestro Padre, llenémonos de maravilla ante estos dos misterios y pidamos al Cielo una fe grande.
La Iglesia depende completamente del Verbo encarnado, a quien hace presente en el mundo hasta el fin de los tiempos; y está gobernada por el Espíritu Santo, que habita en su seno como en su templo. Agradezcamos y admiremos este vínculo profundo de la Iglesia con la Trinidad Santísima: es y somos el Pueblo santo de Dios, el Cuerpo místico de Jesucristo, la morada del Paráclito. Resulta lógico, pues, que después de profesar la fe en Jesucristo y en la divinidad del Espíritu Santo, en el Símbolo proclamemos el misterio de la Iglesia, a la que nos incorporamos por el Bautismo y en la que —como sacramento universal de salvación— se realiza la obra de nuestra santificación.
Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Esta profesión de fe, con la enumeración de las cuatro notas que califican intrínsecamente a la Iglesia y, al mismo tiempo, la manifiestan al exterior, es signo distintivo de la doctrina católica. Esas son las propiedades esenciales de la Iglesia, que derivan de su naturaleza, tal como la quiso Cristo. Y, al ser esenciales, son también notas, signos que la distinguen de cualquier otro tipo de reunión humana, aunque en estas otras se oiga pronunciar también el nombre de Cristo.
Afirmémonos en el carácter sobrenatural de la Iglesia; confesémosle a gritos, si es preciso, porque en estos momentos son muchos los que (...) se han olvidado de estas verdades capitales y pretenden proponer una imagen de la Iglesia que no es Santa, que no es Una, que no puede ser Apostólica porque no se apoya en la roca de Pedro, que no es Católica porque está surcada de particularismos ilegítimos, de caprichos de hombres.
Estas fuertes y claras consideraciones de san Josemaría se revelan —ocurrirá siempre así— muy actuales. Como se dolía recientemente el Papa Francisco, todavía hay quien dice hoy: «Cristo sí, la Iglesia no». Como los que dicen: «yo creo en Dios, pero no en los sacerdotes». Pero es precisamente la Iglesia la que nos lleva a Cristo y nos lleva a Dios; la Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios. Cierto, también tiene aspectos humanos; en quienes la componen, pastores y fieles, existen defectos, imperfecciones, pecados (...), pero es bello que cuando nos damos cuenta de ser pecadores encontramos la misericordia de Dios, que siempre nos perdona; y nos concede su perdón por medio de la Iglesia, que es la depositaria de la palabra salvadora y de los sacramentos que nos santifican.
En la Santa Iglesia los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio —Iglesia purgante—, o con los que gozan ya —Iglesia triunfante— de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, trasciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa —en la tierra y en el cielo— alabándola como Madre.
San Josemaría, que día a día amó con locura a la Iglesia Santa, nos enseñó a comportarnos de igual modo. Desde el momento mismo de la fundación del Opus Dei, vio claro que para dar a Dios toda la gloria, para poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, el camino quedaba trazado con aquella aspiración: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam! Hemos de llegarnos todos juntos a Jesús por María, en unidad de intenciones y de afanes con el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra. Y en Camino dejó escrito para todos los católicos: "Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam!..." —Me explico esa pausa tuya, cuando rezas, saboreando: creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica....
La Iglesia es una porque es «un pueblo reunido con la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», y esta unidad se configura mediante el triple vínculo de la fe, el culto —especialmente por la Eucaristía— y la comunión jerárquica. Al mismo tiempo, es católica, se halla abierta a todos los pueblos, a todas las razas, a todas las culturas. La abundante variedad de ritos litúrgicos, de tradiciones teológicas y espirituales, de disciplina, no sólo no perjudica en lo más mínimo esa unidad, sino que la manifiesta. Por eso, «reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y de verdad, que como dones propios de la misma Iglesia empujan a la unidad católica (cfr. Lumen gentium, n. 8) y creyendo, por otra parte, en la acción del Espíritu Santo, que suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de esta unidad», es preciso afirmar que la salvación se comunica a los hombres por medio de la Iglesia. «Creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente (cfr. Lumen gentium, n. 14). Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres».
¿Os hacéis cargo de lo hermosa que es nuestra fe católica? Como decía nuestro Padre, da solución a todas las ansias del corazón humano, al enseñar que la Santa Voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Para eso ofrece a sus fieles los medios de salvación; y, también por eso, el afán apostólico, el deseo de anunciar el conocimiento y el amor de Cristo a todas las personas, resulta connatural con la vocación cristiana. Nada puede dispensarnos de sentir esta responsabilidad, y hemos de pensar: ¿cómo me afecta? ¿En qué medida la pido para la humanidad entera?
Es cierto que «quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna». Sin embargo, el Señor quiere contar con nuestra cooperación en la tarea evangelizadora: cada uno en su propio ambiente ha de esforzarse cotidianamente por dar a conocer este mensaje salvador y colaborar en la aplicación de la obra redentora. Porque, como recalca san Josemaría, no hemos de olvidar que la conciencia puede culpablemente deformarse, endurecerse en el pecado y resistir a la acción salvadora de Dios. De ahí la necesidad de predicar la doctrina de Cristo, las verdades de fe y las normas morales; y de ahí también la necesidad de los Sacramentos, instituidos todos por Jesucristo como causas instrumentales de su gracia y remedios para las miserias consiguientes a nuestro estado de naturaleza caída.
«Así, pues, la Iglesia ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda al Creador universal y Padre todo honor y gloria».
Nos ha tocado vivir en una época en que la necesidad de trabajar en la edificación de la Iglesia se muestra más apremiante. No nos desanimemos ni demos paso al más pequeño pesimismo, ante el clima de relativismo y de indiferencia —más aún, de rechazo de Dios— que se extiende como una mancha de aceite por tantos lugares. Quienes deseamos tomarnos en serio nuestra fe, hemos de multiplicar gozosamente los esfuerzos por acercar las almas a Dios, a la Iglesia. No penséis que es una tarea de titanes: sólo hemos de hacer lo que está en nuestras manos, bien decididos a dirigir completamente nuestra existencia a Dios. El Paráclito actúa siempre en los corazones, suscitando en cada uno —quizá en los momentos más impensados— una sed ardiente de eternidad, de vida sobrenatural. Y nosotros —cada una y cada uno de nosotros— hemos de mostrarnos disponibles para secundar sus mociones. Ser Iglesia, ser pueblo de Dios, según el gran designio de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en esta humanidad nuestra, quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo está desorientado, necesitado de tener respuestas que alienten, que donen esperanza y nuevo vigor en el camino.
Insisto: llenémonos de confianza, sin dejar resquicios al desaliento. Nuestra época se nos presenta rebosante de posibilidades maravillosas para aprender y para propagar el bien. A diario se nos brindan ocasiones de demostrar nuestro cariño al Señor hablando de Él a quienes encontramos en nuestro camino. Redoblemos nuestra confianza en Él. ¡Dios es más fuerte!, exclama el Santo Padre. Y, ¿sabéis por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio sobre todo con nuestra vida. Si en un estadio (...), en una noche oscura, una persona enciende una luz, se vislumbra apenas; pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno la propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del Evangelio a toda la realidad.
Hagamos eco a estas palabras del Romano Pontífice, esforzándonos a diario para que en nuestro trabajo, en nuestra convivencia familiar, en las relaciones sociales, en las actividades deportivas, ¡en todo momento!, brille la luminaria de los seguidores de Jesucristo, alimentada por la oración y por la recepción frecuente de los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía.
Con motivo de la fiesta de san Josemaría, en todo el mundo se han elevado al Cielo muchas oraciones, especialmente el Santo Sacrificio de la Misa. Estad seguros de que, como repetía el queridísimo don Álvaro, han sido oraciones de ida y vuelta: el Señor nos las devuelve para que produzcan fruto en nosotros mismos y en nuestros amigos.
En las próximas semanas iré a Brasil, para acompañar al Santo Padre en la Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará en Río de Janeiro a finales de julio. Luego, si Dios quiere, tengo el propósito de pasar brevemente por Chile, Uruguay y Argentina, para repetir de palabra a mis hijas e hijos, y a las demás personas que se benefician de la labor de la Prelatura, que la Iglesia espera mucho de todos; que el Papa Francisco, como los anteriores Romanos Pontífices, se apoya en todos y en cada uno para difundir el mensaje de Cristo en el mundo entero; así me lo manifestó en la audiencia que me concedió el pasado 10 de junio. Seguid rezando por su persona y por sus intenciones. Como en otras ocasiones, cuento con todos para que el Señor conceda abundantes frutos espirituales en las jornadas de Brasil y en los otros lugares adonde pienso luego ir. Todas estas circunstancias nos invitan a unirnos más seriamente al Sucesor de Pedro: debemos acompañarle filialmente, unidas y unidos a su persona y a su servicio a la Iglesia y a las almas.
El 7 de julio es el aniversario del día en que don Álvaro pidió la admisión en la Obra. A su intercesión encomiendo la fidelidad de todos a nuestra vocación cristiana. Luego, el 16, celebraremos la festividad de la Virgen del Carmen. A Ella acudo para que, con su mediación materna, nos llene de deseos de santidad y de afanes apostólicos.
Fecho esta carta en Zaragoza: he venido, invitado por el Arzobispo, para bendecir las esculturas de san Josemaría y del beato Juan Pablo II, que se expondrán para la veneración de los fieles en una iglesia de esta ciudad. Luego marcharé a Pamplona, donde permaneceré unos días antes de emprender el viaje a América. Seguid rezando por mis intenciones.
Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier

Canonización de Juan Pablo II, sólo falta la firma del papa

 H. Sergio Mora


La reunión plenaria de los cardenales y obispos de la Congregación de la Causa de los Santos ha aprobado esta mañana el segundo milagro de Juan Pablo II, el que abre la puerta a su canonización, o sea la proclamación oficial que lo nombrará santo. Ahora solamente falta la firma del papa Francisco.
En abril de este año la comisión médica consideró por unanimidad la curación realizada por el beato como inexplicable para la ciencia. En junio la comisión de teólogos aceptó el segundo milagro, y hoy la comisión de cardenales y obispos de la Congregación certificaron que la curación ha sido por intercesión del papa polaco.
El milagro fue cumplido por el Wojtyla el mismo día de la canonización, el 1° de mayo de 2011. En el Vaticano no ha sido difundida aún la naturaleza del milagro, aunque transcendidos publicados por el diario italiano Il Giornale, hablan que se trata de una curación inexplicable de una mujer de Costa Rica afectada por una grave lesión cerebral.
Entretanto el milagro sería doble, puesto que la familia de la enferma había perdido la fe debido al dolor de la desgracia, y la habría recuperado al ver la curación inexplicable.
La aprobación de hoy es la última etapa antes de la firma del decreto del papa Francisco, que deberá convocar un concistorio en el que se anunciará oficialmente la fecha de la canonización.
Por lo que se refiere a la fecha de la canonización, los cardenales y obispos de la Congregación durante la reunión hodierna habrían mostrado preferencia por el mes de diciembre, tras la conclusión del Año de la Fe. Y hay que tener presente que está pendiente también la fecha de la canonización de Juan XXIII.

Tener el coraje de huir del pecado cuando se es débil

El Papa ayer en Santa Marta

En su homilía, el santo padre tomó el ejemplo de las lecturas de hoy para detenerse en cuatro "posibles actitudes en situaciones de conflicto, en situaciones difíciles". La primera actitud es la de la "lentitud" de Lot. Él, explicó, se decidió a abandonar la ciudad antes de que fuera destruida, pero lo hace lentamente. El ángel le dice que corra, pero no está en él la capacidad de separarse del mal y del pecado". Nosotros, continuó,  “queremos salir, estamos decididos pero hay algo que nos tira hacia atrás", y así es Lot, que empieza a negociar incluso con el ángel:
"Es tan difícil de cortar con una situación de pecado. ¡Es difícil! Incluso en una tentación, ¡es difícil! Pero la voz de Dios nos dice esta palabra: '¡Escapa! No se puede luchar allí, porque el fuego, el azufre te matarán. ¡Escapa!'. Santa Teresita del Niño Jesús nos enseña que a veces, en algunas tentaciones, la única solución es escapar y no tener verguenza de escapar; reconocer que somos débiles y que tenemos que escapar. Y nuestro pueblo en su sencilla sabiduría lo dice un poco irónicamente: ‘Soldado que huye sirve para otra guerra’. Escapar para seguir adelante por el camino de Jesús".
El ángel, agregó, luego dice "no mires atrás", para escapar y mirar hacia adelante. Aquí, dijo, hay un consejo para vencer la nostalgia del pecado. Pensemos en el Pueblo de Dios en el desierto, subrayó: "Lo tenía todo, las promesas, todo". Sin embargo, "estaba la nostalgia de las cebollas de Egipto" y esta "nostalgia les hizo olvidar que aquellas cebollas las comían en la mesa de la esclavitud". Era “la nostalgia de volver, volver". Y el consejo del ángel, añadió el papa, "es sabio: ¡No mires hacia atrás! Ve adelante". No hay que hacer como la mujer de Lot, hay que "cortar cada nostalgia, porque también existe la tentación de la curiosidad":
"Ante el pecado, huir sin nostalgia. ¡La curiosidad no ayuda, sino que daña! ‘Pero, en este mundo tan pecaminoso, ¿cómo se puede hacer? Pero, ¿cómo será este pecado? Me gustaría saber...’. ¡No, no lo hagas! ¡La curiosidad te hará daño! ¡Huye y no mires atrás! Somos débiles, todos, y tenemos que defendernos.
Sin miedo y con valentía
La tercera situación se da sobre el barco: es el miedo. Cuando hay una gran agitación en el mar, el barco se cubría por las olas. ‘¡Sálvanos, Señor, que estamos perdidos!’, dicen. ¡El miedo! Incluso aquella es una tentación del diablo: tener miedo de avanzar en el camino del Señor".
Hay una tentación que dice que es "mejor quedarse aquí", donde estoy seguro. "Pero esto --advirtió-- es el Egipto de la esclavitud!". Tengo “miedo de seguir adelante, tengo miedo de hacia donde me llevará el Señor". El temor, sin embargo, "no es un buen consejero". Jesús, añadió, "muchas veces, ha dicho: '¡No tengan miedo!'. El miedo no nos ayuda". La cuarta actitud, dijo, "es la gracia del Espíritu Santo." Cuando Jesús trae la calma al agitado mar, los discípulos en la barca se llenaron de temor. "Siempre, ante el pecado, delante de la nostalgia, ante el temor", debemos volver al Señor.
"Mirar al Señor, contemplar al Señor. Esto nos da estupor, tan hermoso, por un nuevo encuentro con el Señor. ‘Señor, tengo esta tentación: quiero quedarme en esta situación de pecado; Señor, tengo la curiosidad de saber cómo son estas cosas; Señor, tengo miedo’. Y ellos vieron al Señor: ‘¡Sálvanos, Señor, estamos perdidos!' Y llegó la sorpresa del nuevo encuentro con Jesús. No somos ingenuos ni cristianos tibios, somos valientes, valerosos. Somos débiles, pero hay que ser valientes en nuestra debilidad. Y nuestro valor muchas veces debe expresarse en una fuga y no mirar hacia atrás, para no caer en la mala nostalgia. ¡No tener miedo y mirar siempre al Señor!"

Y en el Año de la Fe irrumpió Francisco

H. Sergio Mora

Monseñor Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización hizo ayer en la Sala de Prensa del Vaticano un primer balance del Año de la Fe.
Lo realizó al responder a las preguntas de los periodistas allí presentes, después de la presentación de la jornada de los seminaristas, novicios, novicias y personas en el camino vocacional que se realiza desde este jueves 4 al domingo 7 de julio, como parte del Año de la Fe.
“El balance a tres cuartos del Año de la Fe, nos deja con gran alegría y gratificación” indicó Mons. Fisichella. Y añadió que “el trabajo fue mucho y aún llegarán frutos. Podemos ver una profunda experiencia de fe que se cumple en las diócesis.
En primer lugar vemos que el Año de la Fe ha sido vivido en las diócesis. Y en ellas se registra un aumento constante de iniciativas, en las parroquias y también el hecho que en muchas diócesis se retoma de estudio de los documentos del Concilio Vaticano II”.
Mons. Fisichella añadió: “Los obispos han enviado cartas con documentación y nos explican el modo en que fue vivida por ejemplo la adoración eucarística a nivel global en las diócesis. Uno de los puntos más importantes del Año de la Fe fue que misterio de la eucaristía estuvo el centro en el mundo, una manifestación silenciosa y de intensa oración, una expresión de profunda de unidad entorno a la eucaristía”.
“Los datos estadísticos disponibles --añadió el arzobispo italiano-- indican que las peregrinaciones en Roma están aumentando. Desde el 11 de octubre de 2012 hasta la semana pasada son 4,5 millones los peregrinos que se han registrados porque vienen en grupo. A los que se añaden algunos otros millones no registrados porque vienen por cuenta propia”.
Entretanto el presidente del dicasterio sobre la Nueva Evangelización reconoció que “lo central no es sobre el número de fieles, sino la experiencia de fe y nueva evangelización, porque el Año de la Fe fue concebido como una experiencia de nueva evangelización”.
¿Cuál es el efecto que causó la entrada en escena del papa Francisco en el Año de la Fe? esta fue la pregunta que ZENIT le hizo a Mons. Fisichella.
“El efecto --respondió el número uno del dicasterio para la Nueva Evangelización-- puede ser evaluado en diversos aspectos como “el gran número de personas que vienen para ver y escuchar al papa Francisco”. Este es un resultado “inmediato, aunque el número no es lo más importante, sino el empeño de los cristianos deciden vivir su fe”.
“El papa Francisco, sea con su palabra que con su simplicidad llega a todos, ninguno excluido, con la simplicidad de sus imágenes y con su estilo de vida, sobrio y esencial, y con su deseo de encontrar a todos. Francisco se ha vuelto un modelo que invita a cada uno de nosotros a vivir la fe de manera empeñada”.
Y recordó los datos que llegan de los párrocos, los cuales indican un incremento en la celebración del sacramento de la reconciliación. “Nos indican nuestros párrocos que se ha registrado un incremento de las confesiones y que muchas personas se acercan de nuevo porque se sintieron tocadas por la persona del papa Francisco”.
Y precisó que “ahora nos toca a nosotros, en la realidad pastoral cotidiana de seguir con este empeño”.