05 febrero 2015

La misión de la Iglesia es sanar las heridas del corazón

El Papa en Santa Marta



Curar. Levantar. Liberar. Expulsar demonios. Y, luego, reconocer con sobriedad: he sido un simple obrero del Reino. Esto es lo que hay que hacer, y lo que tiene que decir de sí, un ministro de Cristo cuando va a curar a tantos heridos que esperan por los pasillos del hospital de campaña que es la Iglesia. Así nos lo enseña el Evangelio de hoy (Mc 6,7-13), cuando Jesús envía a sus discípulos, de dos en dos, a los pueblos a predicar, curar enfermos y expulsar espíritus inmundos.
Mirad la descripción que hace Jesús del estilo que deben tener sus enviados: deben ser personas sin ostentación —no llevéis ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja, les dice—, porque el Evangelio tiene que ser anunciado en pobreza, porque la salvación no es una teología de la prosperidad. Es solo —y nada más— el alegre anuncio de liberación llevado a cada oprimido (cfr. Lc, 4,18). Esa es la misión de la Iglesia: la Iglesia que sana, que cura.
Algunas veces he hablado de la Iglesia como hospital de campaña. Es verdad: ¡cuántos heridos hay! ¡Cuánta gente necesita que le curen sus heridas! Esa es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es padre, que Dios es tierno, que Dios nos espera siempre.
Desviarse de lo esencial de este anuncio comporta el riesgo de tergiversar la misión de la Iglesia y, entonces, el esfuerzo por aliviar las diversas formas de miseria, se vacía de lo único que cuenta: llevar a Cristo a los pobres, a los ciegos, a los prisioneros. Es cierto que necesitamos ayuda y crear organizaciones que presten esa ayuda, porque el Señor nos da los medios. Pero, cuando olvidamos la misión —olvidamos la pobreza, olvidamos el celo apostólico— y ponemos la esperanza en los medios, la Iglesia acaba lentamente en una especie de ong, se convierte en una bonita organización poderosa, pero no evangélica, porque le falta el espíritu, la pobreza y la fuerza de curar.
Los discípulos regresan contentos de su misión (cfr. Lc 10,17), y Jesús les toma consigo y les lleva a descansar un poco (cfr. Mc 6,31). Pero no les dice: ¡Qué grandes sois! Ya veréis, en la próxima salida organizaremos mejor las cosas; sino: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Siervos inútiles somos (Lc 17,10). Eso es el apóstol.
¿Cuál sería entonces la alabanza más bonita para un apóstol? Ha sido un obrero del Reino, un trabajador del Reino. Esa es la alabanza más grande, porque va por ese camino del anuncio de Jesús: va a curar, a proteger, a proclamar el alegre anuncio y el año de gracia (cfr. Lc, 4,18): a hacer que el pueblo vuelva a encontrar al Padre, a llevar la paz a los corazones de la gente.

Los hijos necesitan un padre que les espera

El Papa en la Audiencia de ayer

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera desarrollar la segunda parte de la reflexión acerca de la figura del padre en la familia. La última vez hablé del peligro de los padres “ausentes”, hoy quiero mirar más bien el aspecto positivo. También San José estuvo tentado de dejar a María, cuando descubrió que estaba embarazada; pero intervino el ángel del Señor que le reveló el designio de Dios y su misión de padre putativo. Y José, hombre justo, “llevó a María a su casa” (Mt 1,24) y se transformó en el padre de la familia de Nazaret.
Toda familia tiene necesidad del padre. Hoy nos detenemos en el valor de su rol y quisiera comenzar por algunas expresiones que se encuentran en el Libro de los Proverbios, palabras que un padre dirige al propio hijo, y dice así: “Hijo mío, si tu corazón es sabio, también se alegrará mi corazón. Mis entrañas se regocijarán, cuando tus labios hablen con rectitud” (Pr 23,15-16). No se podría expresar mejor el orgullo y la conmoción de un padre que reconoce de haber transmitido al hijo lo que de verdad cuenta en la vida, es decir, un corazón sabio.
Este padre no dice: “estoy orgulloso de ti porque eres igual a mí, porque repites las cosas que digo y que hago yo”. No, no le dice esto. Le dice algo mucho más importante, que podríamos interpretar así: “seré feliz cada vez que te sentiré actuar con rectitud. Esto es lo que he querido dejarte, para que se transforme en una cosa tuya: la actitud de escuchar y actuar, de hablar y juzgar con sabiduría y rectitud. Y para que tu pudieras ser así te he enseñado cosas que no sabías, te he corregido errores que no veías. Te he hecho sentir un afecto profundo y a la vez discreto, que quizás no has reconocido plenamente cuando eras joven e incierto. Te he dado un testimonio de rigor y de firmeza que a lo mejor no entendías, cuando hubieras querido solamente complicidad y protección. Yo mismo he debido, en primer lugar, ponerme a la prueba de la sabiduría del corazón y vigilar sobre los excesos del sentimiento y del resentimiento, para llevar el peso de las inevitables incomprensiones y encontrar las palabras justas para hacerme entender. Ahora −continúa el padre− cuando veo que tratas de ser así con tus hijos y con todos, me conmuevo. Soy feliz de ser tu padre”. Es esto lo que dice un padre sabio, un padre maduro.
Un padre sabe bien cuánto cuesta transmitir esta herencia: cuánta cercanía, cuánta dulzura y cuánta firmeza. ¡Pero cuánta consolación y cuánta recompensa se recibe cuando los hijos rinden honores a esta herencia! Es una alegría que redime toda fatiga, que supera toda incomprensión y cura toda herida.
La primera necesidad, entonces, es precisamente ésta: que el padre esté presente en la familia. Que esté cerca de la esposa, para compartir todo, alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. Y que esté cerca de los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando se empeñan, cuando están despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando están taciturnos, cuando osan y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando encuentran el camino. Padre presente, siempre. Decir presente no quiere decir “controlador” ¡eh! Porque los padres demasiados “controladores” anulan a los hijos, no los dejan crecer.
El Evangelio habla de la ejemplaridad del Padre que está en los cielos −el único, dice Jesús, que puede ser llamado realmente “Padre bueno” (cfr Mc 10,18). Todos conocen aquella extraordinaria parábola llamada del “hijo pródigo” o mejor dicho del “padre misericordioso”, que se encuentra en el Evangelio de Lucas en el capítulo 15 (cfr 15, 11-32). ¡Cuánta dignidad y cuánta ternura en la espera de aquel padre que está en la puerta de casa esperando que el hijo regrese! Los padres tienen que ser pacientes. Muchas veces no queda más que esperar, rezar y esperar con paciencia, dulzura, magnanimidad, misericordia.
Un buen padre sabe esperar y sabe perdonar, desde lo profundo del corazón. Cierto, sabe también corregir con firmeza: no es un padre débil, complaciente, sentimental. El padre que sabe corregir sin humillar es el mismo que sabe proteger sin limitarse. Una vez escuché decir a un padre en una reunión de matrimonio: “Yo algunas veces debo pegarles un poco a los chicos, pero jamás en la cara, para no humillarlos”. ¡Qué bello! Tiene sentido de dignidad. Debe castigarlos, lo hace justamente y sigue adelante.
Entonces si hay alguien que puede explicar a fondo la oración del Padrenuestro enseñada por Jesús, este es quien vive en primera persona la paternidad. Sin la gracia que viene del Padre que está en los cielos, los padres pierden coraje y abandonan el campo. Pero los hijos tienen necesidad de encontrar un padre que los espera cuando vuelven de sus fracasos. Harán de todo para no admitirlo, para no hacerlo ver, pero lo necesitan; y el no encontrarlo abre en ellos heridas difíciles de cicatrizar.
La Iglesia, nuestra madre, está comprometida en apoyar con todas sus fuerzas la presencia buena y generosa de los padres en las familias, porque ellos son para las nuevas generaciones custodios y mediadores insustituibles de la fe en la bondad, de la fe en la justicia y de la protección de Dios, como San José.

Carta del Prelado del Opus Dei

Febrero de 2015


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Paso a paso recorremos estos meses tan ricos en aniversarios significativos —cabría decir también: redondos— de nuestra Obra, por los que damos gracias a Dios, y que nos ayudan a pensar que todas y todos somos Iglesia, somos Opus Dei.

Dentro de pocos días se cumplirán 85 años del momento en el que Nuestro Señor hizo comprender a san Josemaría que el Opus Dei era también para las mujeres, lo mismo que para los hombres. No pensaba yo que en el Opus Dei hubiera mujeres, escribió nuestro Fundador en una carta dirigida especialmente a sus hijas. Pero, aquel 14 de febrero de 1930, el Señor hizo que sintiera lo que experimenta un padre que no espera ya otro hijo, cuando Dios se lo manda. Y, desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más afecto: os veo como una madre ve al hijo pequeño. Y puedo añadir que cada jornada salía de su alma un profundo agradecimiento a sus hijas.

¡Cuántas gracias dio nuestro Padre a Dios por esta luz divina, insisto, que se encendió con la presencia de las mujeres en el Opus Dei! Como explicó en otros momentos, la Obra verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor (...), hubiera quedado manca.

En su carta apostólica sobre la dignidad y misión de la mujer, san Juan Pablo II se detenía a considerar el momento sublime de la Anunciación. «Al llegar la plenitud de los tiempos —explica— envió Dios a su Hijo, nacido de mujer. Con estas palabras de la Carta a los Gálatas (4, 4) el apóstol Pablo relaciona entre sí los momentos principales que determinan de modo esencial el cumplimiento del misterio "preestablecido en Dios" (cfr. Ef 1, 9). El Hijo, Verbo consubstancial al Padre, nace como hombre de una mujer cuando llega "la plenitud de los tiempos". Este acontecimiento nos lleva al punto clave en la historia de la humanidad en la tierra, entendida como historia de la salvación. Es significativo que el Apóstol no llama a la Madre de Cristo con el nombre propio de "María", sino que la llama "mujer", lo cual establece una concordancia con las palabras del Protoevangelio en el Libro del Génesis (cfr. 3, 15). Precisamente aquella "mujer" está presente en el acontecimiento salvífico central, que decide la "plenitud de los tiempos", y que se realiza en Ella y por medio de Ella (...). De esta manera "la plenitud de los tiempos" manifiesta la dignidad extraordinaria de la "mujer"».

Hijas mías, no son amabilidades estas reflexiones, sino una honda invitación a considerar vuestra importancia en la Iglesia, al mismo tiempo que un estímulo para que cuidéis vuestra fidelidad cotidiana.

San Josemaría tenía muy presente esta realidad. En una carta de 1965, nos señalaba: de alguna manera, podemos decir que en la Virgen Santísima se realiza, en grado eminente, la función asignada por Dios a la mujer en la historia de la Salvación: su aportación específica a la corredención. Y añadía, dirigiéndose a sus hijas en el Opus Dei y, en general, a las mujeres cristianas: en Nuestra Señora tenéis el modelo y el auxilio para la elevación al plano de la gracia de vuestros talentos y quehaceres naturales, convirtiendo vuestra función propia, en la familia y en la sociedad, en instrumento divino de santificación, en una misión peculiar en el seno de la Iglesia: participando, en la medida de vuestra correspondencia personal a la gracia, de la excelencia y de la prioridad con que Dios ha adornado a su Madre.

El carácter de familia cristiana unida por vínculos sobrenaturales —que nos afecta a cada una y a cada uno— queda resaltado en la Obra por el insustituible papel de mis hijas. Ha sido voluntad expresa del Señor que en la Prelatura del Opus Dei caminemos mujeres y hombres, con una completa separación en lo que se refiere a los medios de formación y a los apostolados, pero con una plena unidad —espiritual, moral y jurídica— con fundamento visible en el Prelado, Padre de esta familia espiritual. Al formar un solo hogar —explicaba san Josemaría—, hay en la Obra un solo puchero, del que cada uno toma según su necesidad. Por eso, aunque en estas líneas trate especialmente del papel de la mujer en la Iglesia y en la sociedad, esas consideraciones valen también para los hombres, cambiando lo que sea necesario.

Todos hemos sido llamados a buscar la plenitud de la vida cristiana, según las circunstancias en las que Dios se dirige a cada uno. En el celibato apostólico o en el matrimonio, la respuesta a Dios ha de ser siempre total. En este año mariano de la Obra, os he invitado a recurrir a la Sagrada Familia de Nazaret, rezando especialmente por las familias del mundo entero. La familia de Nazaret —decía el Papa en una de las catequesis que está dedicando a este tema— nos compromete a redescubrir la vocación y la misión de la familia, de toda familia. Y, como ocurrió en aquellos treinta años de Nazaret, así nos puede suceder también a nosotros: hacer que el amor sea normal y no el odio, hacer que la ayuda mutua sea algo común, no la indiferencia o la enemistad.

Dios quiere que en toda familia —sea de origen natural o sobrenatural— reine siempre la generosidad, que es fuente de armonía y de paz. De este modo, recreando día a día el ambiente de Nazaret en cada hogar, cada vez que hay una familia que custodia este misterio, aunque esté en la periferia del mundo, el misterio del Hijo de Dios, el misterio de Jesús que viene a salvarnos, está actuando. Y viene para salvar al mundo. Ésta es la gran misión de la familia: hacer sitio a Jesús que viene, recibir a Jesús en la familia, en la persona de los hijos, del marido, de la mujer, de los abuelos, porque Jesús está allí. Acogerlo allí, para que crezca espiritualmente en esa familia. Y, análogamente, en la gran familia de la Iglesia.

La familia basada en vínculos naturales tiene como fundamento el matrimonio, situación estable y definitiva entre un hombre y una mujer para cumplir el mandato de Dios en la creación. Para los bautizados, como sabemos bien, el matrimonio es además un sacramento: canal por el que llega a los cónyuges la gracia específica de su estado, imagen de la unión de Cristo con la Iglesia. Por esto pienso siempre —escribe nuestro Padre— con esperanza y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino —sacramentum magnum! (Ef 5, 32), sacramento grande— de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial —el bautismo— ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino.

San Josemaría daba a los esposos unos consejos nacidos de su experiencia y de su ministerio sacerdotal. En una ocasión, respondiendo a una pregunta que le hicieron en Buenos Aires, exhortaba: ¡Quereos de verdad! (...). Desde luego, delante de los hijos, no riñáis jamás; que los niños se fijan en todo, y forman enseguida su juicio. No saben que san Pablo ha escrito: qui iúdicat Dóminus est (1 Cor 4, 4), que es el Señor el que juzga. Se erigen en señores, aunque tengan tres o cuatro años, y piensan: mamá es mala, o papá es malo: ¡es un lío tremendo, pobres criaturas! No provoquéis esa tragedia en los corazones de vuestros hijos. Esperad, tened paciencia; y ¡ya reñiréis!, cuando el chico esté dormido. Pero poquito, sabiendo que no tenéis razón.

Todos podemos hacer nuestros estos consejos, que ayudan a salvaguardar la convivencia fraterna con las demás personas. Hay que meterse el carácter en el bolsillo —decía con buen humor nuestro Padre— y, por amor de Jesucristo, sonreír y hacer agradable la vida a los que tenemos junto a nosotros. No supone algo extraño —somos seres humanos, no espíritus puros— que, en algún momento, se escape una reacción desabrida o de mal genio, fruto de la soberbia personal, capaz de enturbiar la convivencia entre las personas. Pero contamos con el remedio al alcance de la mano: saber pedir perdón, mostrar de un modo u otro que nos duele haber causado un disgusto a alguien. Y si alguna vez pensamos que nos han ofendido, rechacemos terminantemente del corazón —con la ayuda del Señor— cualquier resentimiento: evitemos incubar gérmenes nocivos que podrían agriar las relaciones con los demás.

El Señor es muy claro en este punto, como recoge el Evangelio. Habéis oído que se dijo a los antiguos: "no matarás", y el que mate será reo de juicio. Pero Yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda.

La virtud teologal de la caridad —que incluye al mismo tiempo el cariño humano— nos impulsará a tratar de pensar siempre en los demás, y no en nosotros mismos. San Josemaría, de modo gráfico, expresaba así el ideal de un hijo de Dios: hacerse alfombra en donde los demás pisen blando. E inmediatamente añadía: no pretendo decir una frase bonita: ¡ha de ser una realidad! —Es difícil, como es difícil la santidad; pero es fácil, porque —insisto— la santidad es asequible a todos.

El aniversario del 14 de febrero de 1930 nos hace presente la contribución esencial que las mujeres están llamadas a prestar al ambiente de familia en el propio hogar, en los lugares donde trabajan, en las asociaciones profesionales y sociales en las que toman parte. Quizá no os dais cuenta, hijas mías; pero vuestro modo de presentaros en la sociedad —el porte honesto y elegante, las buenas maneras en el trato con los demás, vuestra sonrisa—, así como la limpieza y cuidado de la casa, contribuye admirablemente a mostrar a otros la maravilla de considerarse hijos de Dios. Así lleváis a todas partes el buen olor de Cristo distintivo de los cristianos.

«¡Mirad cómo se aman»!, comentaban los paganos al ver el cariño con que se trataban entre sí los primeros cristianos. También ahora ha de notarse que nos queremos y que amamos a todas las personas con las que coincidimos. Fomentemos los deseos de servir, de gastarnos gustosamente por los demás. Cuidemos más, en este año mariano dedicado a la familia, los detalles de la convivencia amable y positiva con las demás personas, en todos los ambientes, comenzando por el propio hogar. Es muy importante que cada una y cada uno busque hacer familia en su entorno. Si tratamos a María y a José, aprenderemos tantos detalles para mejorar las buenas disposiciones que el Señor ha puesto en nuestras almas.

El otro aniversario que celebramos en la misma fecha —el de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz— nos habla también de ese desvivirse con alegría por hacer pacífica y gozosa la vida a los otros. En el Opus Dei, como incansablemente enseñó san Josemaría, todos somos iguales. Sólo hay una diferencia práctica: los sacerdotes tienen más obligación que los demás de poner su corazón en el suelo como una alfombra, para que sus hermanos pisen blando (...). Han de ser firmes, apacibles, cariñosos, alegres; servidores especiales —siempre con sosiego y alegría— de los hijos de Dios en su Obra, y de todas las almas. Son, en cualquier situación y circunstancia en que se encuentren, instrumentos de unidad.

Dejo de lado la referencia a otras celebraciones litúrgicas y familiares que caen en este mes: el comienzo de la Cuaresma, el aniversario de la locución divina —obras son amores y no buenas razones— que nuestro Padre escuchó en el fondo de su alma el 16 de febrero de 1932, el aniversario del decrétum láudis a la Obra por parte de la Santa Sede en 1947... Cada una, cada uno, podemos sacar consecuencias personales en nuestros ratos de oración. Muchos detalles podría añadiros de cómo san Josemaría cuidaba el hogar del Opus Dei: citaré sólo uno.

Cuando se trasladaron sus hijas al Japón, para comenzar la labor apostólica entre las mujeres, mientras navegaban hacia aquel archipiélago las acompañaba con su oración y su pensamiento en todos los instantes. Y en sus cartas a los Vicarios, al comenzar la labor en los diferentes países, queda constancia de su interés en preparar la llegada de las mujeres de la Obra: ocúpate de abrir el camino —les decía a cada uno— para que pronto puedan comenzar tus hermanas: y así el Opus Dei estará completo también en ese lugar.

No sé precisar el motivo por el que me llevó nuestro Padre, en un momento en el que no había nadie, a la nueva zona construida de la Administración, que fue la primera de estos edificios de Villa Tevere. Saqué la impresión de que deseaba mostrarnos que, para que todo funcione, lo primero en los Centros —después del Sagrario— son siempre sus hijas. Era evidente el contraste entre su interés por que la Administración estuviera perfectamente acabada, en comparación con la parte de la residencia ocupada por él mismo y por sus hijos.

Al encomendar la persona e intenciones del Santo Padre, tengamos presente el consistorio y el nombramiento de nuevos cardenales que el Papa Francisco ha anunciado para este mes. En esa oración, pedid por todos los colaboradores del Romano Pontífice, bien unidos a mis intenciones.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier

04 febrero 2015

"Contemplación diaria del Evangelio"

El Papa ayer en Santa Marta


¿Cuál es el núcleo de la esperanza? Tener fija la mirada en Jesús. Lo acabamos de leer en la Carta a los Hebreos (12,1-4). Sin escuchar al Señor, quizá podamos tener optimismo, o ser positivos, pero la esperanza se aprende mirando a Jesús. Es bueno rezar el Rosario todos los días, y hablar con el Señor cuando tenemos dificultades, o con la Virgen y con los Santos. Pero es importante hacer la oración de contemplación, que se puede hacer simplemente con el Evangelio en la mano. ¿Cómo hago la contemplación con el Evangelio de hoy (Mc 5,21-43)? Veo que Jesús está en medio de la muchedumbre, rodeado de mucha gente. ¡Hasta cinco veces se menciona la palabra muchedumbre! Puedo pensar: ¡Siempre con la muchedumbre! Sí, porque la mayor parte de la vida pública de Jesús la pasó en la calle, con la muchedumbre. ¿Y no descansaba? Sí, una vez —dice el Evangelio (Mt 8,23-27)— dormía en la barca, pero vino una tormenta y los discípulos lo despertaron. Jesús estaba continuamente entre la gente. Pues así veo a Jesús, así contemplo a Jesús, así me imagino a Jesús. Y le digo a Jesús lo que en ese momento me viene a la cabeza.
Jesús se da cuenta de que una mujer enferma, en medio de la muchedumbre, lo ha tocado. El Señor no solo comprende a la gente —nota a la muchedumbre—, sino que siente el latir del corazón de cada uno. Se preocupa de todos y de cada uno, siempre. Y lo mismo cuando el jefe de la sinagoga le cuenta que su hija está gravemente enferma: Jesús lo deja todo y se ocupa de él. Llega a la casa…, las mujeres lloran porque la niña ha muerto…, el Señor les dice que estén tranquilas…, pero se burlan de él. ¡Aquí se ve la paciencia de Jesús! Y luego, tras la resurrección de la niña, Jesús en vez de decir ¡Viva Dios!, les dice: Por favor, dadle de comer. Jesús siempre cuida los pequeños detalles.
Pues esto que he hecho con este Evangelio es precisamente la oración de contemplación: tomar el Evangelio, leerlo e imaginarme en la escena, imaginarme lo que pasa y hablar con Jesús, como me salga del corazón. Así hacemos crecer la esperanza, porque tenemos la mirada fija en Jesús. ¡Haced la oración de contemplación! ¡Es que tengo mucho que hacer! Pues ve a tu casa —15 minutos—, toma el Evangelio —un texto pequeño—, imagina qué es lo que pasa y habla con Jesús de eso. Así tu mirada estará fija en Jesús y no tanto en la telenovela, por ejemplo. Y tu oído estará atento a las palabras de Jesús y no tanto a las chácharas del vecino o de la vecina.
La oración de contemplación nos ayuda en la esperanza. Vivir de la sustancia del Evangelio. Rezar siempre. Rezar las oraciones de siempre, rezar el Rosario, hablar con el Señor, pero también hacer la oración de contemplación para tener nuestra mirada fija en Jesús. De esta oración viene la esperanza. Y nuestra vida cristiana se mueve en ese ámbito, entre la memoria y la esperanza. Memoria del camino realizado, memoria de tantas gracias recibidas del Señor. Y esperanza, mirando al Señor, que es el único que puede darme esperanza. Y para mirar al Señor, para conocer al Señor, tomemos el Evangelio y hagamos oración de contemplación. Hoy, por ejemplo, sacad 10 minutos —15, ¡no menos!—, leed el Evangelio, imaginad y decidle algo a Jesús. ¡Y nada más! Vuestro conocimiento de Jesús será más grande y vuestra esperanza crecerá. No lo olvidéis: teniendo fija la mirada en Jesús. Y, para eso, la oración de contemplación.

Comentario a la liturgia Domingo 5 del Tiempo Ordinario Ciclo B

Antonio Rivero


Textos: Job 7, 1-4.6-7; 1 Co 9, 16-19.22-23; Mc 1, 29-39


Idea principal: Un día en la vida de Jesús de Nazaret profeta, misionero y apóstol. 

Síntesis del mensaje: Cristo delante de todas las miserias materiales y espirituales del hombre se compadece, se acerca y trata de solucionarlas, si así es la voluntad de su Padre. En vez de deprimirse por tanto dolor y lágrima, Él se refugia en la oración, de donde saca la fuerza para salir al paso de todo sufrimiento humano (1ª lectura y evangelio) y darle sentido con su predicación (2ª lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, de mañana rezaba. Hombre de oración. Prioridad en su vida: Dios su Padre. ¿Qué hacía en la oración? ¿Por qué y para qué rezaba? ¿A quién rezaba? ¿Cómo rezaba? Su intimidad con Dios, su amante identificación con su Padre es la fuente de la compasión y compromiso con los demás. Por ser una persona contemplativa también es una persona compasiva y misionera. En la oración Jesús abría su corazón a su Padre, le contaba los avances del Reino, le pedía fuerza y ternura para después derramarla por doquier. Allí en la oración solazaba su corazón herido por las ingratitudes de tantos hombres, cerrados a su Palabra y obstinados en el mal. A veces su oración era delicia, otras amargura, también desolación; pero siempre terminaba en luz y fuerza para el cumplimiento de su misión redentora.

En segundo lugar, después descansaba y crecía en sus lazos humanos y afectivos en la casa de Pedro, que también era la casa de Jesús. Hombre muy humano. Antes de salir a la predicación, comía y alimentaba sus afectos en casa de sus amigos íntimos. Con qué cariño y ternura trataría a la suegra de Pedro, que en ese día estaba enferma con fiebre. Cómo abriría su corazón a sus amigos, como lo hacía en la casa de Betania. Ahí reponía sus fuerzas físicas y psicológicas, pues era hombre al fin. Qué lejos está de Jesús ese comportamiento huraño, antisocial, avinagrado, escurridizo. Jesús era rico en afectos humanos, pero al mismo tiempo se sentía libre en su corazón y a su alrededor, y no atado a criaturas que tanto paz nos quitan, cuando a ellas nos apegamos.

Finalmente, en la tarde, predicaba en la sinagoga, curaba y expulsaba demonios, pues todos le buscaban. Hombre Dios, apóstol y médico. Jesús aparece como la respuesta de Dios a los males de este mundo, al dolor de estos corazones destrozados. Hoy cura a la suegra de Pedro y a otros varios enfermos, y libera de sus espíritus malignos a los posesos. ¡Cuánto tiempo emplea Jesús, a lo largo del evangelio, atendiendo a las personas que buscan, que sufren, que están desesperadas! Quiere una liberación integral y total, que incluye la curación de males físicos, psíquicos y espirituales. Es Maestro y Misionero, pero también Médico. Ahora bien, no acepta ser monopolizado por un grupo de personas, un pueblo, un área. Su misión es predicar el Reino más allá y en todas partes. “Sigamos a las villas vecinas para que pueda proclamar la Buena Nueva allá también”.

Para reflexionar: ¿Cuál de estos rasgos de la personalidad de Jesús me gustan más? ¿Mi vida se parece en algo a la de Jesús? ¿En qué? ¿Tengo compasión para acercarme al hermano que sufre y trato de curarlo? ¿O paso de largo, insensible e indiferente?

Para rezar: Señor, que sepa dar prioridad en mi vida a la oración, y de ahí, salga a remediar los males de mis hermanos. Que me haga cercano, próximo a mi hermano con afecto sincero, la ayuda desinteresada, una mano tendida, una cara acogedora, una palabra oportuna. Que me haga solidario de todos y que sepa acompañarlos en su via-crucis, sea cual sea.

03 febrero 2015

Cuando los demás nos invitan a examinarnos

Antonio Argandoña

 
Un formidable alegato en favor de la maternidad y paternidad que a mí me ha hecho pensar sobre las relaciones sociales
El tema del invierno demográfico me preocupa, como, me parece, preocupa a muchas personas en todo el mundo, sobre todo en Europa, y en España en particular. Por eso entré en un blog de Jenet Jacob Erickson, titulado “Necesitamos niños, por ellos, pero también por nosotros”. Me sorprendió con una salida que no esperaba. La autora, profesora de la Brigham Young University de Salt Lake City, en Utah, Estados Unidos, empieza explicando la importancia de los padres para los hijos, pero pasa enseguida a explicar la importancia de los hijos para los padres.
Padres con hijos, dice, viven más años, ganan más dinero y, sobre todo, cambian su carácter, según la autora, por causas neuropsicológicas,“mejorando ciertas capacidades cognitivas que son importantes para ayudar a los hijos a sobrevivir y a prosperar”. Y aquí viene lo que me llamó la atención: a raíz de su experiencia como madre, “lo que me sorprendió, dice, es cómo hacer de madre abrió mis ojos a mí misma y a las muchas debilidades que yo conocí y que debía cambiar. Como madre, no puedo fingir la amabilidad, la paciencia, la organización, la disciplina y la humildad durante todo el día”.
Sigue diciendo que le llamó la atención la cantidad de impenetrable egoísmo que encontró en su corazón. “Nuestro reconocimiento de la dependencia de los hijos y de cómo nos necesitan es precisamente lo que nos hace arrepentirnos y tratar de hacerlo mejor y de dar lo mejor. En nuestros esfuerzos para cuidarles vemos cuán lejos hemos caído de lo que ellos realmente necesitan, lo que nos invita a buscar humildemente lo mejor para ellos”.
“En nuestra cultura actual no solemos hablar de los hijos como una ‘brújula’ irremplazable. Hablamos mucho de lo caros y agotadores que son (…) Pero lo cierto es que necesitamos a los hijos. Los necesitamos porque necesitamos que nos cambien. Necesitamos lo que nos enseñan cuando les criamos, porque nos revelan a nosotros sobre nosotros mismos y sobre el cambio que nos conviene”. Un formidable alegato en favor de la maternidad y paternidad que a mí me ha hecho pensar sobre las relaciones sociales.
Porque, con diferencias de escala, todos podemos encontrar los mismos retos en nuestras relaciones con los demás, que nos enseñan lo egoístas que somos, el cambio que necesitamos y la importancia que darnos a los demás puede tener para nuestro mejoramiento. Es verdad que, en la maternidad o paternidad, esto tiene otra dimensión, por el amor que los hijos suscitan. Pero, como digo, es una cuestión de escala: todos necesitamos cambiar, y a todos nos viene muy bien que los demás nos “inviten” a cambiar, haciéndonos pensar sobre nosotros mismos.
Claro que para ello hace falta, como la profesora Erickson señala, ser humildes, plantear nuestra vida como un servicio y no como un conjunto de derechos, y pararnos a pensar cómo son nuestras relaciones con los demás, no solo para preguntarnos si obtenemos todo lo que esperamos (¡pobre visión individualista!), sino para preguntarnos si damos todo lo que debemos. Porque esto último es lo que nos transforma. Y no nos hace más desgraciados.

Invita a pedir por los encarcelados y los cónyuges que se han separado

Intenciones del Papa para el mes de febrero


La intención universal del apostolado de la oración del Santo Padre para el mes de febrero de 2015 es: “Para que los encarcelados, en especial los jóvenes, tengan la posibilidad de reconstruir una vida digna”. Su intención evangelizadora es: “Para que los cónyuges que se han separado encuentren acogida y apoyo en la comunidad cristiana”.

01 febrero 2015

'¡El Evangelio es capaz de cambiar a las personas!'

El Papa en el Ángelus



"Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!:
El pasaje evangélico de este domingo (cfr. Mc 1, 21-28) presenta a Jesús que, con su pequeña comunidad de discípulos, entra en Cafarnaún, la ciudad en la que vivía Pedro y que en aquellos tiempos era la más grande de Galilea. Y Él entra en aquella ciudad.
El evangelista Marcos relata que Jesús, siendo aquel día un sábado, fue inmediatamente a la sinagoga y se puso a enseñar (cfr. v. 21). Esto hace pensar en la primacía de la Palabra de Dios, Palabra que hay que escuchar, Palabra que hay que acoger, Palabra que hay que anunciar. Al llegar a Cafarnaún, Jesús no posterga el anuncio del Evangelio, no piensa primero en la disposición logística, ciertamente necesaria, de su pequeña comunidad, no se detiene en la organización. Su preocupación principal es la de comunicar la Palabra de Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Y la gente en la sinagoga permanece asombrada, porque Jesús "les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas" (v. 22).
¿Qué significa "con autoridad"? Quiere decir que en las palabras humanas de Jesús se sentía toda la fuerza de la Palabra de Dios, se sentía la misma autoridad de Dios, inspirador de las Sagradas Escrituras. Y una de las características de la Palabra de Dios es que realiza lo que dice. Porque la Palabra de Dios corresponde a su voluntad. En cambio, nosotros con frecuencia pronunciamos palabras vacías, sin raíz, o palabras superfluas, palabras que no corresponden a la verdad. En cambio la Palabra de Dios corresponde a la verdad, está unida a su voluntad y hace lo que dice. En efecto, Jesús, después de haber predicado, demuestra inmediatamente su autoridad liberando a un hombre, presente en la sinagoga, que estaba poseído por el demonio (cfr. Mc 1, 23-26).
Precisamente la autoridad divina de Cristo había suscitado la reacción de satanás, escondido en aquel hombre; Jesús, a su vez, reconoció inmediatamente la voz del maligno y "ordenó severamente: ¡Cállate y sal de este hombre!" (v. 25). Sólo con la fuerza de su palabra, Jesús libera a la persona del maligno. Y una vez más los presentes permanecen asombrados: "Pero este hombre, ¿de dónde viene? Da órdenes a los espíritus impuros, ¡y estos le obedecen!" (v. 27). La Palabra de Dios provoca asombro en nosotros. Tiene esa fuerza: nos asombra, bien.
El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a cuantos son esclavos de tantos espíritus malvados de este mundo: tanto el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad… El Evangelio cambia el corazón, El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. ¡El Evangelio es capaz de cambiar a las personas! Por tanto, es deber de los cristianos difundir por doquier su fuerza redentora, llegando a ser misioneros y heraldos de la Palabra de Dios.
Nos lo sugiere también el mismo pasaje de hoy que concluye con una apertura misionera y dice así: "Su fama --la fama de Jesús-- se extendió inmediatamentee por todas partes, en los alrededores de Galilea" (v. 28). La nueva doctrina que Jesús enseña con autoridad es la que la Iglesia lleva al mundo, junto con los signos eficaces de su presencia: la enseñanza competente y la acción liberadora del Hijo de Dios se transforman en las palabras de salvación y los gestos de amor de la Iglesia misionera.
¡Acordaos siempre que el Evangelio tiene la fuerza de cambiar la vida! No os olvidéis de esto. Él es la Buena Nueva, que nos transforma sólo cuando nos dejamos transformar por ella. Por eso os pido siempre que tengáis un contacto cotidiano con el Evangelio, que leáis cada día un fragmento, un pasaje, que lo meditéis y también que lo llevéis con vosotros a todas partes: en el bolsillo, en el bolso… Es decir, que os alimentéiss cada día de esta fuente inagotable de salvación. ¡No os olvidéis! Leed un pasaje del Evangelio cada día. Es la fuerza que nos cambia, que nos trasforma: cambia la vita, cambia el corazón.
Invoquemos la materna intercesión de la Virgen María, Aquella que ha acogido la Palabra y la ha generado para el mundo, para todos los hombres. Que Ella nos enseñe a ser oyentes asiduos y anunciadores competentes del Evangelio de Jesús". 
Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración del ángelus:
Angelus Domini nuntiavit Mariae...
Al concluir la plegaria, el Pontífice anunció un nuevo viaje apostólico a Bosnia y Herzegovina:
"Queridos hermanos y hermanas,
deseo anunciar que el sábado 6 de junio, si Dios quiere, voy a ir a Sarajevo, capital de Bosnia y Herzegovina. Os pido que desde este momento recéis para que mi visita a esas queridas poblaciones sea un estímulo para los fieles católicos, suscite fermentos de bien y contribuya a la consolidación de la fraternidad y de la paz, del diálogo interreligioso, de la amistad".
A continuación, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Santo Padre:
"Saludo a los presentes, llegados para participar en el IV Congreso Mundial organizado por Scholas Occurrentes, que se llevará a cabo en el Vaticano del 2 al 5 de febrero, sobre el tema "Responsabilidad de todos en la educación para una cultura del encuentro".
Saludo a las familias, las parroquias, las asociaciones y a todos los que han venido de Italia y de muchas partes del mundo. En particular, a los peregrinos del Líbano y Egipto, los estudiantes de Zafra y Badajoz (España); los fieles de Sassari, Salerno, Verona, Módena, Scano Montiferro y Taranto".
El Obispo de Roma se refirió también a la Jornada por la Vida en Italia:
"Hoy se celebra en Italia la Jornada por la Vida, que tiene como tema "Solidarios para la vida". Dirijo mi aprecio a las asociaciones, a los movimientos y a todos aquellos que defienden la vida humana. Me uno a los obispos italianos para solicitar "un renovado reconocimiento de la persona humana y un cuidado más adecuado de la vida, desde el concebimiento hasta su fin natural" (Mensaje para la 37 Jornada nacional para la Vida).
Cuando nos abrimos a la vida y se sirve a la vida, se experimenta la fuerza revolucionaria del amor y de la ternura (cfr. Evangelii gaudium, 288), inaugurando un nuevo humanismo: el humanismo de la solidaridad, el humanismo de la vida.
Saludo al Cardenal Vicario, a los docentes universitarios de Roma y a cuantos están comprometidos en promover la cultura de la vida".
Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:
"Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!"