11 febrero 2015
10 febrero 2015
"Ponerse en camino para buscar a Dios"
Homilía del Papa en Santa Marta
La lectura del Libro del Génesis (1,20–2,4a), que habla de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, nos ayuda a pensar cuál es el camino correcto y cuáles los equivocados que se abren ante un cristiano que quiera conocer su origen.
La imagen de Dios no se encuentra en un ordenador ni en las enciclopedias. Para encontrarla, y poder entender mi identidad, solo se puede hacer de un modo: poniéndose en camino. De lo contrario, nunca podremos conocer el rostro de Dios. El que no se pone en camino, no conocerá la imagen de Dios, nunca hallará el rostro de Dios. Los cristianos sentados —los cristianos tranquilos— no conocerán el rostro de Dios: no lo conocen, de hecho. Dicen: Dios es así y así…, pero no lo conocen. ¡Tranquilones! Para caminar es necesaria la inquietud que el mismo Dios puso en nuestro corazón y que nos empuja a buscarlo.
Ciertamente, ponerse en camino es dejar que Dios —o la vida— nos ponga a prueba, ponerse en camino es arriesgarse. Así lo hicieron, desafiando peligros y sintiéndose abatir por la fatiga y la desconfianza, incluso gigantes como los profetas Elías o Jeremías o Job. Pero hay otro modo de estar quieto y falsear la búsqueda de Dios, como enseña el Evangelio de hoy, en el que escribas y fariseos reprochan a Jesús que sus discípulos coman sin hacer las abluciones rituales. En este Evangelio (Mc 7,1-13), Jesús encuentra a gente que tiene miedo de ponerse en camino y que se adapta a una caricatura de Dios. Es un falso carnet de identidad. Esos no-inquietos han hecho callar la inquietud de su corazón y dibujan a Dios con sus mandamientos, pero se olvidan de Dios: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres, y se alejan de Dios, no caminan hacia Dios y, cuando tienen una inseguridad, se inventan otro mandamiento. Quien se comporta así, recorre un camino entre comillas, un camino que no camina, un camino quieto.
Toda la liturgia nos hace reflexionar en esos dos textos: dos carnets de identidad. El que todos tenemos, porque el Señor nos ha hecho así, y que nos dice: Ponte en camino y conocerás tu identidad, porque eres imagen de Dios, estás hecho a semejanza de Dios. Ponte en camino y busca a Dios. Y el otro: No, quédate tranquilo: cumple todos los mandamientos y eso es Dios. Ese es el rostro de Dios.
Que el Señor nos dé a todos la gracia del valor para ponernos siempre en camino, para buscar el rostro del Señor, ese rostro que un día veremos pero que, aquí en la tierra, tenemos que buscar.
09 febrero 2015
Cuidar la creación no es solo cosa de los verdes
El Papa hoy en Santa Marta
La primera lectura de hoy, del libro del Génesis, nos muestra a Dios creando el universo, aunque lacreación no termina nunca, porque Dios sostiene continuamente lo creado. Y en el Evangelio veamos la otra creación de Dios, la de Jesús que viene a re-crear lo que había sido estropeado por el pecado.
Vemos a Jesús entre la gente, y cuantos lo tocaban eran curados (Mc 6,56). Es la re-creación. Estasegunda creación es más maravillosa que la primera; este segundo trabajo es más maravilloso. Y hay otro trabajo, el de la perseverancia en la fe, que lo realiza el Espíritu Santo. Dios trabaja—sigue trabajando—, y podemos preguntarnos cómo hemos de responder a esa creación de Dios, que nace del amor, porque Él trabaja por amor.
A la primera creación debemos responder con la responsabilidad que el Señor nos da: La Tierra es vuestra, sacadla adelante; sometedla; hacedla crecer. También nosotros tenemos esa responsabilidad de hacer crecer la Tierra, de hacer crecer la Creación, de protegerla y hacerla crecer según sus leyes. ¡Somos señores de la Creación, no dueños! Tenemos que procurar no adueñarnos de la Creación, sino de hacerla salir adelante, fieles a sus leyes. Así pues, esa es la primera respuesta al trabajo de Dios: trabajar para proteger la Creación. Cuando oímos que la gente se reúne para pensar cómo proteger la Creación, podemos pensar: ¡Esos son los Verdes! ¡No, no son los Verdes! ¡Eso es cristiano! Es nuestra respuesta a laprimera creación de Dios. Es nuestra responsabilidad. Un cristiano que no protege la Creación, que no la hace crecer, es un cristiano al que no le importa el trabajo de Dios, ese trabajo nacido del amor de Dio por nosotros. Esa es la primera respuesta a la primera creación: proteger la Creación, hacerla crecer.
¿Cómo respondemos a la segunda creación? San Pablo dice que nos dejemos reconciliar con Dios (2Cor, 5,20), ir por el camino de la reconciliación interior, de la reconciliación comunitaria, porque la reconciliación es obra de Cristo. También San Pablo nos dice que no debemos entristecer al Espíritu Santo que está en nosotros (cfr. Ef 4,30), que está dentro de nosotros y trabaja dentro de nosotros. Nosotros creemos en un Dios personal, es persona el Padre, persona el Hijo y persona el Espíritu Santo. Y los tres están involucrados en esta creación, en esta re-creación, en esta perseverancia en la re-creación. Y a los tres hay que respondemos: protegiendo y haciendo crecer la Creación, dejándonos reconciliar con Jesús, con Dios en Jesús, en Cristo, cada día, y no entristeciendo al Espíritu Santo, no echarlo: es el huésped de nuestro corazón, el que nos acompaña y nos hace crecer. Que el Señor nos dé la gracia de entender que Él está a la obra, y que nos conceda la gracia de responder justamente a ese trabajo de amor.
¡Quien reza cantando, reza dos veces!
Pablo Iranzo
Catequesis para toda la familia
Empezaré con una muy breve explicación del origen de los salmos.
El tesoro de la lírica religiosa del pueblo de Israel ha sido conservado en el salterio. El salterio debe su nombre a un instrumento de cuerda que acompañaba a los cantos (Psalterion), a los salmos. Desde el punto de vista literario, o mejor desde el punto estilístico, se distinguen tres grandes géneros: los himnos, las súplicas y las acciones de gracias. Por lo tanto, debido a su carácter, no sólo literario sino también musical, los salmos, en particular el responsorial, debería ser cantado siempre que sea posible.
El salmo responsorial, ya lo dice la palabra es aquel salmo que da respuesta, responde a algo. Ni más ni menos que a la palabra de Dios. Es la primera respuesta cantada de toda la asamblea unida a una sola voz.
Me preguntaba como remarcar la importancia del salmo responsorial y la respuesta puede estar en las líneas anteriores. Pero es curioso como las cosas importantes, en mi caso, muchas veces las descubro a través de los niños.
Sí, los mismos que en algunos momentos nos desesperan en la celebración eucarística con sus continuos movimientos y sonidos. Los niños durante la misa perciben el canto como alabanza, alegría y esto es en lo que consiste el salmo responsorial. Cabe destacar que los niños nos miran, nos observan para quedarse con nuestras reacciones frente a todo.
Por lo tanto si nosotros respondemos, ellos responden; si nosotros cantamos, ellos cantan. A mí me ayuda pensar que quien reza cantando, reza dos veces. Así pues, invito a cantar como dice el salmo 33: “Exultad justos en el Señor, de los santos es propia la alabanza”.
08 febrero 2015
El Papa anima a luchar contra la trata de personas
Hoy en el Ángelus
«Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
El evangelio de hoy nos presenta a Jesús que, después de haber predicado el sábado en la sinagoga, cura a tantos enfermos. Predicar y sanar: esta es la actividad principal de Jesús en su vida pública. Con la predicación él anuncia el Reino de Dios y con las curaciones demuestra que el mismo está cerca, está en medio de nosotros.
Cuando entra en la casa de Simón Pedro, Jesús ve que su suegra está en cama con fiebre; en seguida la toma por la mano, la cura y la hace levantar.
Después del ocaso, cuando ha terminado el sábado, la gente puede salir y llevarle a los enfermos, cura a una multitud de personas afligidas por enfermedades de todo tipo: físicas, psíquicas y espirituales. Jesús que vino en la tierra para anunciar y realizar la salvación de todo el hombre y de todos los hombres, él demuestra una particular predilección por aquellos que están heridos en el cuerpo y en el espíritu: los pobres, los pecadores, los endemoniados, los enfermos, los marginados. Él así se revela médico, sea de las almas que de los cuerpos, buen samaritano del hombre, es el verdadero salvador. Jesús salva; Jesús cura; Jesús sana.
Esta realidad, la curación de los enfermos por parte de Cristo nos invita a reflexionar sobre el sentido y el valor de la enfermedad. Sobre este tema nos invita también la Jornada Mundial del Enfermo, que celebraremos el próximo miércoles 11 de febrero, memoria litúrgica de la bienaventurada Virgen María de Lourdes.
Bendigo a las iniciativas preparadas para esta jornada, en particular la vigilia que se realizará en Roma durante la noche del 10 de febrero.
Aquí me detengo para recordar al presidente del Pontificio Consejo (de los Operadores Sanitarios, para los enfermos, para la salud, Mons. Zimowski, que se encuentra muy enfermo en Polonia. Una oración por él, por su salud, porque ha sido él quien ha preparado esta Jornada, y nos acompaña desde su sufrimiento en esta Jornada. Una oración por Mons. Zimowski.
La obra salvadora de Cristo, no se agota con su persona durante su vida terrena; ésta prosigue mediante la Iglesia, sacramento del amor y de la ternura de Dios hacia los hombres.
Al enviar en misión a sus discípulos, Jesús les confiere una doble misión: anunciar el Evangelio de la salvación y sanar a los enfermos. Fiel a esta enseñanza, la Iglesia siempre ha considerado la asistencia a los enfermos como parte integrante de su misión.
“Los pobres y los que sufren, los tendrán siempre”, advierte Jesús. Y la Iglesia continuamente les encuentra en la calle, considerando a las personas enfermas como una vía privilegiada para encontrar a Cristo, para acogerlo y servirlo.
Curar a un enfermo, acogerlo y servirlo es servir a Cristo, el enfermo es la carne de Cristo.
Esto sucede en nuestro tiempo, cuando a pesar de las diversas adquisiciones de la ciencia, el sufrimiento interior y físico de las personas despierta fuertes interrogantes sobre el sentido de la enfermedad y del dolor, y sobre el porqué de la muerte.
Son preguntas existenciales a las cuales la acción pastoral de la Iglesia debe responder a la luz de la fe, teniendo delante de los ojos al Crucifico, en el cual aparece todo el misterio de salvación de Dios padre, que por amor de los hombres no escatimó a su propio Hijo.
Por lo tanto cada uno de nosotros está llamado a llevar la luz del evangelio y la fuerza de la gracia a quienes sufren y a todos aquellos que los asisten, familiares, médicos, enfermeros, para que el servicio al enfermo sea realizado cada vez con más humanidad, con dedicación generosa, con amor evangélico, y con ternura.
La Iglesia Madre, a través de nuestras manos acaricias nuestros sufrimientos y cura nuestras heridas, y lo hace con ternura de madre.
Recemos a María, Salud de los Enfermos, para que cada persona en la enfermedad pueda experimentar, gracias a la solicitud de quien está a su lado, la potencia del amor de Dios y el confort de su ternura materna».
A continuación el Pontífice rezó el ángelus. Y después dirigió las siguientes palabras:
«Queridos hermanos y hermanas, hoy memoria litúrgica de santa Giuseppina Bakhita -la monja de Sudán que desde que era niña tuvo la dramática experiencia de ser víctima de la trata-, la Unión de los superiores y superioras de los institutos religiosos han promovido la Jornada de oración y de reflexión contra la trata de las personas.
Animo a proseguir, a todos los que están empeñados a ayudar a los hombres, mujeres y niños esclavizados, abusadosomo instrumento de trabajo o de placer, y frecuentemente torturados y mutilados.
“Deseo que todos aquellos que tienen responsabilidad de gobierno a que se ocupen con decisión para eliminar las causas de esta vergonzosa herida. Es verdad, es una herida indigna de una sociedad civilizada.
E invitó a “cada uno de nosotros a sentirse empeñado para ser voz de estos nuestros hermanos y hermanas, humillados en su dignidad. Recemos todos juntos a la Virgen, por ellos y por sus familiares”. (Ave María...)
Saludo a todos los peregrinos presentes, a las familias y grupos parroquales, a las asociacione. En aprticular a los fieles de Caravaca de la Cruz (España), de Anagni, Marcon, Quartirolo y Corato; y a los coros de la arquidiócesis de Modena-Nonantola, y a los jóvenes de Buccinasco.
A todos les desdeo un buen domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mí. Y 'buon pranzo' y 'arrivederci'».
'Encontrar a Dios en el corazón de la ciudad'
Discurso del Papa a la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos
Las ciudades presentan grandes oportunidades y grandes riesgos: pueden ser magníficos espacios de libertad y de realización humana, pero también terribles espacios de deshumanización y de infelicidad. Además, los laicos son llamados a vivir un humilde protagonismo en la Iglesia y convertirse en fermento de vida cristiana para toda la ciudad”. Es una reflexión del papa Francisco en su discurso a los participantes de la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos, que ha tratado el tema “Encontrar a Dios en el corazón de la ciudad”.
El tema elegido, ha observado el Papa, se coloca en el surco de la Evangelii gaudium para entrar en los “desafíos de las culturas urbanas”. Por eso, Francisco ha recordado que el fenómeno del urbanismo ha asumido ya dimensiones globales: más de la mitad de los hombres del planeta vive en las ciudades. Y el contexto urbano --ha explicado-- tiene un fuerte impacto en la mentalidad, la cultura, los estilos de vida, las relaciones interpersonales, la religiosidad de las personas.
Asimismo, ha observado que parece que cada ciudad, tiene la capacidad de generar dentro de sí una oscura “anti-ciudad”. Parece que junto a los ciudadanos existen también los no-ciudadanos: “personas invisibles, pobres de medios y de calor humano, que viven en “no-lugares”, que viven de las “no-relaciones”. Son individuos a los que nadie dirige “una mirada, una atención, un interés”, ha advertido el Papa.
Pero frente a estos tristes escenarios, el Santo Padre ha indicado que debemos recordar siempre que Dios no ha abandonado la ciudad.
Por otro lado, ha pedido no dejarse llevar nunca en el pesimismo y el derrotismo, sino tener una mirada de fe sobre la ciudad, una mirada contemplativa que descubra a Dios que habita en sus casas, en sus calles, en sus plazas.
Al respecto, el Pontífice ha recordado que los fieles laicos, sobre todo, están llamados a salir sin temor para ir al encuentro de los hombres de la ciudad: “en las actividades cotidianas, en el trabajo, como solteros o como familias, junto a la parroquia o en los movimientos eclesiales de los que forman parte, pueden romper el muro del anonimato y de indiferencia que a menudo reina en la ciudad. Se trata de ser apóstoles del barrio”. Asimismo, ha recordado que en la ciudad a menudo hay un terreno de apostolado mucho más fértil de lo que muchos imaginan. Y por eso, ha reconocido el Pontífice, es importante cuidar la formación de los laicos.
Al mismo tiempo --ha proseguido-- es necesario alimentar en ellos el deseo del testimonio, para que puedan donar a los otros con amor el don de la fe que han recibido, acompañando con afecto a esos sus hermanos que dan los primeros pasos en la vida de fe.
07 febrero 2015
El anonadamiento de Juan el Bautista
El Papa ayer en Santa Marta
El Evangelio de San Marcos (6,14-29) nos cuenta el trágico final de Juan el Bautista. El que nunca traicionó su vocación —consciente de que su deber era solo anunciar la proximidad del Mesías, consciente de ser solo la voz, porque la Palabra era Otro—, acaba su vida como el Señor, con el martirio.
Cuando acaba en la cárcel por manos de Herodes Antipas, el hombre más grande nacido de mujer(Mt 11,11) se hace pequeño, pequeño, pequeño, primero con la prueba de la oscuridad del alma —cuando duda que Jesús sea aquel a quien ha preparado el camino—, y luego cuando le llega el final, ordenado por un rey fascinado y, a la vez perplejo, por Juan. Después de esa purificación, después de ese continuo caer en el anonadamiento —preparando el camino para el anonadamiento de Jesús—, acaba su vida. Aquel rey perplejo es capaz de una decisión, pero no porque su corazón se haya convertido, sino porque el vino le ha envalentonado. Y así acaba Juan su vida, bajo la autoridad de un rey mediocre, borracho y corrupto, por el capricho de una bailarina y por el odio vengativo de una adúltera. Así acaba el Grande, el hombre más grande nacido de mujer.
Cuando leo este texto, os confieso que me emociono y pienso siempre en dos cosas. Primero, pienso en nuestros mártires, en los mártires de nuestros días, en esos hombres, mujeres y niños que son perseguidos, odiados, expulsados de sus casas, torturados, masacrados. Y esto no es algo del pasado: ¡está pasando hoy! Nuestros mártires acaban su vida bajo la autoridad corrupta de gente que odia a Jesucristo. Nos viene bien pensar en nuestros mártires. Hoy pensamos en San Pablo Miki y sus compañeros, pero eso pasó en el 1600. ¡Pensemos en los de hoy, de 2015!
Además, ese disminuir de Juan el Grande, continuamente hasta la nada, me hace pensar que estamos en ese camino y que vamos a la tierra en la que todos acabaremos. Me lleva a pensar en mí mismo: ¡yo también acabaré! ¡Todos acabaremos! Nadie ha comprado su vida. También nosotros —queramos o no— vamos por el camino del anonadamiento existencial de la vida. Y eso —al menos a mí— me lleva a rezar para que ese anonadamiento se parezca lo más posible al de Jesucristo.
06 febrero 2015
El ‘aire de la Iglesia’ en la predicación del Papa Francisco
Jorge Salinas
La paz y la alegría son los frutos más palpables del Espíritu Santo, los efectos más indicativos de una plenitud cristiana
En Carta a los Gálatas leemos: los frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia(Gal 5, 22-23, versión neo-Vulgata). En la versión de la Vulgata, más antigua, el número de frutos mencionados es doce; caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad. El Catecismo de la Iglesia Católica, en puntos diferentes, cita ambas versiones al hablar de los frutos del Espíritu Santo.
Cuando esos frutos se dan de modo permanente y estable en una persona podemos pensar que su vida cristiana se desenvuelve ya en zonas de madurez, de un modo semejante a como una planta o un árbol manifiesta su sazón, su madurez, cuando comienza a dar frutos. Cuando la acción del Espíritu Santo en un cristiano ha alcanzado ya un cierto nivel de efectividad aparecen esos frutos externos, constatables tanto por el sujeto interesado como por quienes le tratan. En la medida en que se den personas de esa condición en una familia, en un grupo o en cualquier tipo de comunidad, los frutos del Espíritu Santo se manifestarán también en la convivencia, en el modo de trabajar juntos, en la atmósfera vital, en el aire que se respira, en el ambiente,
El Papa Francisco decía, el 30.IX.2013, en la misa de Santa Marta, unas palabras hermosas: Paz y alegría: “éste es el aire de la Iglesia” .La paz y la alegría son los frutos más palpables del Espíritu Santo, los efectos más indicativos de una plenitud cristiana.
A continuación podemos plantearnos una pregunta: ¿cómo conseguir que la paz y la alegría sean realmente “el aire de la Iglesia”? ¿Se alcanzará ese resultado a base de un buen diseño organizativo, con oportunos cambios estructurales, con reformas de las curias vaticanas y diocesanas, con una adecuada cosmética mediática? Pienso que no.
El Papa Francisco nos está indicando continuamente la clave para conseguir ese “aire de la Iglesia”: la clave es la santidad de todos, es la conversión. Sólo así “la alegría y la paz” inundarán jubilosas el secarral de este mundo.
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