16 febrero 2015

No sólo acoger y integrar, con valor evangélico, aquellos que llaman a la puerta, sino ir a buscar, sin prejuicios y sin miedos, a los lejanos

Homilía del Papa en la misa con los nuevos cardenales



«Señor, si quieres, puedes limpiarme...» Jesús, sintiendo lástima; extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio» (cf. Mc 1,40-41). La compasión de Jesús. Ese padecer con que lo acercaba a cada persona que sufre. Jesús, se da completamente, se involucra en el dolor y la necesidad de la gente... simplemente, porque Él sabe y quiere padecer con, porque tiene un corazón que no se avergüenza de tener compasión.
«No podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado» (Mc 1, 45). Esto significa que, además de curar al leproso, Jesús ha tomado sobre sí la marginación que la ley de Moisés imponía (cf. Lv13,1-2. 45-46). Jesús no tiene miedo del riesgo que supone asumir el sufrimiento de otro, pero paga el precio con todas las consecuencias (cf. Is53,4).
La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado. Éstos son los tres conceptos claves que la Iglesia nos propone hoy en la liturgia de la palabra: la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración.
Marginación: Moisés, tratando jurídicamente la cuestión de los leprosos, pide que sean alejados y marginados por la comunidad, mientras dure su mal, y los declara: «Impuros» (cf. Lv13,1-2. 45.46).
Imaginad cuánto sufrimiento y cuánta vergüenza debía sentir un leproso: físicamente, socialmente, psicológicamente y espiritualmente. No es sólo víctima de una enfermedad, sino que también se siente culpable, castigado por sus pecados. Es un muerto viviente, como «si su padre le hubiera escupido en la cara» (Nm12,14).
Además, el leproso infunde miedo, desprecio, disgusto y por esto viene abandonado por los propios familiares, evitado por las otras personas, marginado por la sociedad, es más, la misma sociedad lo expulsa y lo fuerza a vivir en lugares alejados de los sanos, lo excluye. Y esto hasta el punto de que si un individuo sano se hubiese acercado a un leproso, habría sido severamente castigado y, muchas veces, tratado, a su vez, como un leproso.
La finalidad de esa norma de comportamiento era la de salvar a los sanos, proteger a los justos y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar el peligro,tratando sin piedad al contagiado. De aquí, que el Sumo Sacerdote Caifás exclamase: «Conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera» (Jn11,50).
Integración: Jesús revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios. Él, sin embargo, no deroga la Ley de Moisés, sino que la lleva a plenitud (cf. Mt 5, 17), declarando, por ejemplo, la ineficacia contraproducente de la ley del talión; declarando que Dios no se complace en la observancia del Sábado que desprecia al hombre y lo condena; o cuando ante la mujer pecadora, no la condena, sino que la salva de la intransigencia de aquellos que estaban ya preparados para lapidarla sin piedad, pretendiendo aplicar la Ley de Moisés. Jesús revoluciona también las conciencias en el Discurso de la montaña (cf. Mt 5) abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la lógica de Dios. La lógica del amor que no se basa en el miedo sino en la libertad, en la caridad, en el sano celo y en el deseo salvífico de Dios, Nuestro Salvador, «que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). «Misericordia quiero y no sacrifico» (Mt 12,7; Os6,6).
Jesús, nuevo Moisés, ha querido curar al leproso, ha querido tocar, ha querido reintegrar en la comunidad, sin autolimitarsepor los prejuicios; sin adecuarse a la mentalidad dominante de la gente; sin preocuparse para nada del contagio. Jesús responde a la súplica del leproso sin dilación y sin los consabidos aplazamientos para estudiar la situación y todas sus eventuales consecuencias. Para Jesús lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos.
Jesús no tiene miedo de este tipo de escándalo. Él no piensa en las personas obtusas que se escandalizan incluso de una curación, que se escandalizan de cualquier apertura, a cualquier paso que no entre en sus esquemas mentales o espirituales, a cualquier caricia o ternura que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista. Él ha querido integrar a los marginados, salvar a los que están fuera del campamento (cf. Jn10).
Son dos lógicas de pensamiento y de fe: el miedo de perder a los salvados y el deseo de salvar a los perdidos. Hoy también nos encontramos en la encrucijada de estas dos lógicas: a veces, la de los doctores de la ley,o sea, alejarse del peligro apartándose de la persona contagiada, y la lógica de Dios que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio.
Estas dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar. San Pablo, dando cumplimiento al mandamiento del Señor de llevar el anuncio del Evangelio hasta los extremos confines de la tierra (cf. Mt 28,19), escandalizó y encontró una fuerte resistencia y una gran hostilidad sobre todo de parte de aquellos que exigían una incondicional observancia de la Ley mosaica, inclusoa los paganos convertidos. Tambiénsan Pedro fue duramente criticado por la comunidad cuando entró en la casa de Cornelio, elcenturión pagano (cf. Hch 10).
El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. Esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el rebaño, sino acoger al hijo pródigo arrepentido; sanar con determinación y valor las heridas del pecado; actuar decididamente y no quedarse mirando de forma pasiva el sufrimiento del mundo. El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las “periferias” de la existencia; es el de adoptar integralmente la lógica de Dios; el de seguir al Maestro que dice: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan» (Lc 5,31-32).
Curando al leproso, Jesús no hace ningún daño al que está sano, es más, lo libra del miedo; no lo expone a un peligro sino que le da un hermano; no desprecia la Ley sino que valora al hombre, para el cual Dios ha inspirado la Ley. En efecto, Jesús libra a los sanos de la tentación del «hermano mayor» (cf. Lc 15,11-32) y del peso de la envidia y de la murmuración de los trabajadores que han soportado el peso de la jornada y el calor (cf. Mt 20,1-16).
En consecuencia: la caridad no puede ser neutra, indiferente, tibia o imparcial. La caridad contagia, apasiona, arriesga y compromete. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita (cf. 1Cor 13). La caridad es creativa en la búsqueda del lenguajeadecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables y, por lo tanto, intocables. El contacto es el auténtico lenguaje que transmite, fue el lenguaje afectivo, el que proporcionó la curación al leproso. ¡Cuántas curaciones podemos realizar y transmitir aprendiendo este lenguaje! Era un leproso y se hay convertido en mensajero del amor de Dios. Dice el Evangelio: «Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho» (Mc 1,45).
Queridos nuevos Cardenales, ésta es la lógica de Jesús, éste es el camino de la Iglesia: no sólo acoger y integrar, con valor evangélico, aquellos que llaman a la puerta, sino ir a buscar, sin prejuicios y sin miedos, a los lejanos, manifestándoles gratuitamente aquello que también nosotros hemos recibido gratuitamente. «Quien dice que permanece en Éldebe caminar como Él caminó» (1Jn 2,6). ¡La disponibilidad total para servir a los demás es nuestro signo distintivo, es nuestro único título de honor!
En esta Eucaristía que nos reúne entorno al altar, invocamos la intercesión de María, Madre de la Iglesia, que sufrió en primera persona la marginación causada por las calumnias(cf. Jn8,41) y el exilio (cf. Mt 2,13-23), para que nos conceda el ser siervos fieles de Dios. Ella, que es la Madre, nos enseñe a no tener miedo de acoger con ternura a los marginados; a no tener miedo dela ternura y de la compasión; nos revista de paciencia para acompañarlos en su camino, sin buscar los resultados del éxito mundano; nos muestre a Jesús y nos haga caminar como Él.
Queridos hermanos, mirando a Jesús y a nuestra Madre María, os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos – edificados por nuestro testimonio – no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial. Os invito a servira Jesús crucificado en toda persona marginada, por el motivo que sea; a ver al Señor en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que está desnuda; al Señor que está presente también en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe; al Señor que está en la cárcel, que está enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido; al Señor que está en el leproso – de cuerpo o de alma -, que está discriminado. No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado. Recordemos siempre la imagen de san Francisco que no ha tenido miedo de abrazar al leproso y de acoger aquellos que sufren cualquier tipo de marginación. En realidad, sobre el evangelio de los marginados, se descubre y se revela nuestra credibilidad. 

Redescubrir la fraternidad y la vida familiar

El Papa ayer en el Ángelus


«Queridos hermanos y hermanas, en este domingo el evangelista Marcos nos narra la acción de Jesús contra toda especie de mal, beneficiando a los que sufren en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos y pecadores... Él se presenta como aquel que combate y vence el mal en donde lo encuentre. En el Evangelio de hoy, esta lucha que realiza encuentra un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa y que no tiene piedad, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que permanecer siempre fuera de los centros habitados y señalar su presencia a quienes pasaban. Era marginado de la comunidad civil y religiosa. Era como un muerto ambulante.
El episodio de la curación del leproso se desarrolla en tres breves etapas: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús, las consecuencias de la curación prodigiosa. El leproso le suplica a Jesús, 'de rodillas' y le dice: 'Si quieres puedes purificarme'. A esta oración humilde y llena de confianza, Jesús responde con una actitud profunda de su ánimo: la compasión. La compasión es una palabra muy profunda que significa 'sufrir con el otro'.
El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por aquel hombre, acercándose a él y tocándolo. Este particular es muy importante. Jesús 'tiende la mano, lo toca... y en seguida la lepra desaparece y Él lo purifica”. La misericordia de Dios supera cada barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Él no pone una distancia de seguridad y no actúa delegando, sino que se expone directamente al contagio por nuestro mal. Y así justamente nuestro mal se vuelve el lugar del contacto: Él, Jesús, toma de nosotros la humanidad enferma y nosotros de Él su humanidad sana y que cura.
Esto sucede cada vez que recibimos con fe un sacramento: el Señor Jesús nos 'toca' y nos da su gracia. En este caso pensamos especialmente al sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra y del pecado.
Una vez más el evangelio nos muestra lo que hace Dios delante de nuestro mal: no viene a darnos una lección sobre el dolor; tampoco viene a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a tomar sobre sí mismo el peso de nuestra condición humana, y a llevarla hasta el fondo, para liberarnos de manera radical y definitiva. Así Cristo combate el mal y el sufrimiento del mundo: haciéndose cargo y venciendo con la fuerza de la misericordia de Dios.
A nosotros, hoy, el evangelio de la curación del leproso nos dice que, si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús, estamos llamados a volvernos unidos a Él, instrumentos de su amor misericordioso, superando cada tipo de marginación. Para ser 'imitador de Cristo', delante a un pobre o a un enfermo, no debemos tener miedo de mirarlo en los ojos, y de acercarnos con ternura y compasión. Y de tocarlo y abrazarlo. Con frecuenciapido a las personas que asisten a los otros, que lo hagan mirándolos a los ojos, y de no tener miedo de tocarlos. Que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación. También nosotros tenemos necesidad de ser acogidos. Un gesto de ternura y de compasión. Y les pregunto: ¿Cuando se ayuda a los otros, los miran en los ojo, los acogen sin miedo de tocarlos, los acogen con ternura? Piensen sobre esto. Cómo se ayuda, a distancia o con ternura y cercanía?
Si el mal es contagioso, también el bien lo es. Por lo tanto es necesario que en nosotros abunde siempre más el bien. ¡Dejémonos contagiar por el bien!».
El Santo Padre reza el ángelus y después dirige las siguientes palabras:
«Queridos hermanos y hermanas, dirijo un deseode serenidad y de paz a todos de los hombres y mujeres que en el Extremo Oriente y en varias partes del mundo se preparan a celebrar el año santo lunar. Tales fiestas ofrecen a ellos la feliz ocasión de redescubrir y de vivir de manera intensa la fraternidad, que es el vínculo precioso de la vida familiar y base de la vida social. Este retorno anual a las raíces de la persona y de la familia puedan ayudar a aquellos pueblos a construir una sociedad en la que se tejen relaciones interpersonales que llevan al respeto, la justicia y la caridad.
Saludó también a todos ustedes, romanos y peregrinos, en particular a todos los que han venido con motivo del consistorio, para acompañar a los nuevos cardenales. Y agradezco a los países que han querido estar presentes en este evento enviando delegaciones oficiales.
Saludemos con un aplauso a los nuevos cardenales... (aplausos)
Saludo a los peregrinos españoles que provienen desde San Sebastián, Campo de Criptana, Orense, Pontevedra y Ferrol. A los estudiantes de Campo Valongo y Porto, en Portugal. Y a los de París; al “Foro de las Instituciones Cristianas ” de Eslovaquia; a los fieles de Buren (Holanda), y a los militares de Estados Unidos de paso en Alemania, y a la comunidad de los venezolanos residentes en Italia.
Saludo a los jóvenes de Busca, a los fieles de Leno, Mussoi, Monteolimpino, Rivalta sul Mincio y Forette di Vigasio.
Están también presentes muchos grupos de escolares y de catequistas de tantas partes de Italia.
Queridos les animo a ser ser testimonios con alegría y coraje de Jesús en la vida de cada día. Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mi». Y concluyó con su ya conocido «¡Buon pranzo e arrivederci!».   

15 febrero 2015

Una Cuaresma abierta a la Pascua

Lluís Martínez Sistach, arzobispo de Barcelona


Con su extraordinaria capacidad de expresar gráficamente y de manera muy clara su pensamiento, el papa Francisco ha escrito que "hay cristianos cuya opción parece la de una Cuaresma sin Pascua". Recuerdo ahora esta frase suya, que encontramos en La alegría del Evangelio, su documento programático, porque con el Miércoles de Ceniza iniciamos precisamente el camino de Cuaresma que nos debe llevar a la celebración de la Pascua, la principal fiesta del año cristiano y el centro de todas las otras fiestas.Cuando ya eran evidentes los aires de confrontación entre Jesús y algunos de los fariseos y maestros de la Ley judía, éstos -según nos cuenta el Evangelio- le hicieron una pregunta acusatoria a Jesús: "¿Cómo es que tus discípulos no siguen la tradición de los mayores, sino que comen con las manos impuras?"esús, a partir de una cita del profeta Isaías, los acusa de hipócritas porque honran a Dios con los labios pero mantienen alejado su corazón, que para la Biblia es el núcleo fundamental y el centro de la persona. El fariseísmo es una tentación constante de toda práctica religiosa si ésta se apoya sólo en el cumplimiento de la letra, en la formalidad, en la apariencia e ignora el fondo, la esencia, el valor profundo y pedagógico de las prácticas. De este modo, es fácil caer en la hipocresía y en un sentimiento de falsa superioridad moral sobre los demás, tan magistralmente ilustradas por Jesús en la parábola del fariseo y el publicano con en estas palabras: "Te doy gracias, oh Dios, porque no soy como los demás hombres, ni como ese publicano..."
La liturgia del Miércoles de Ceniza es una muy buena terapia contra la tentación del fariseísmo. Y lo es precisamente con unas palabras que nos hablan de la actitud interior y la discreción espiritual con la que tenemos que vivir las tres prácticas propias de los tiempos de Cuaresma: la oración, el ayuno y la limosna. En el Sermón de la Montaña, la carta magna del cristiano, Jesús nos dice: "Cuando oréis -oración- no lo hagáis como los hipócritas"; "Cuando ayunéis -ayuno- no pongáis cara triste"; "Cuando des a los que lo necesitan-limosna-, no lo vayas pregonando…" Y añade: "Os aseguro que ya tienen la recompensa. Tú, cuando ayunes, lávate la cara y ponte perfume para que la gente no sepa que ayunas, sino sólo tu Padre, y él, para quien no hay secretos, te recompensará."
El Señor dice por medio del profeta Isaías que el ayuno que le complace es el que libera a los que están encarcelados, desata las correas del yugo, deja libres a los oprimidos y trocea yugos de todo tipo. "Comparte tu pan con el hambriento, viste a quien va desnudo. No los rehúyas, que son hermanos tuyos. Entonces brillará como el amanecer tu luz, y tus heridas se cerrarán al momento”. Amor y solidaridad frente a formulismos vacíos; realidad frente a apariencias. Sin hipocresías ni engaños. Lo expresa de una manera contundente el profeta Joel, a quien escucharemos el próximo miércoles: "¡Rasgad los corazones, no las vestiduras!"

14 febrero 2015

10 frases del Papa Francisco para los enamorados

1. «El verdadero amor es amar y dejarme amar» (Encuentro con los jóvenes, Manila, 18 de enero de 2015).
2. «El amor te abre a las sorpresas, el amor siempre es una sorpresa, porque supone un diálogo entre dos: entre el que ama y el que es amado. Y de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa» (Encuentro con los jóvenes, Manila, 18 de enero de 2015).
3. «Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo!» (Encíclica Evangelii Gaudium).
4. «Para llevar adelante una familia es necesario usar tres palabras. Quiero repetirlo, tres palabras: permiso, gracias, y perdón» (Palabras a la familias durante peregrinación la tumba de San Pedro, 26 de octubre de 2013).
5. «El verdadero amor te lleva a quemar la vida, aun a riesgo de quedarte con las manos vacías. Pensemos en san Francisco: dejó todo, murió con las manos vacías, pero con el corazón lleno» (Encuentro con los jóvenes, Manila, 18 de enero de 2015).
6. «El secreto es que el amor es más fuerte que el momento en que se pelea, y por eso aconsejo a los esposos: no terminen el día en que pelearon sin hacer las paces, siempre» (Audiencia General en la Plaza San Pedro, el miércoles 2 de abril de 2014).
7. «Cuántas dificultades en la vida del matrimonio se solucionan si nos tomamos un espacio de sueño. Si nos detenemos y pensamos en el cónyuge, en la cónyuge. Y soñamos con las bondades que tiene, las cosas buenas que tiene. Por eso es muy importante recuperar el amor a través de la ilusión de todos los días. ¡Nunca dejen de ser novios!» (Encuentro con las familias, Manila, 16 de enero de 2015).
8. «En el Padrenuestro decimos “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Los esposos pueden rezar así: “Señor, danos hoy nuestro amor de todos los días... enséñanos a querernos”» (Plaza de San Pedro, 14 de febrero de 2014).
9. «Aquello que pesa más de todas las cosas es la falta de amor. Pesa no recibir una sonrisa, no ser recibidos. Pesan ciertos silencios. A veces, también en familia, entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos. Sin amor, el esfuerzo se hace más pesado, intolerable» (Palabras a la familias durante peregrinación la tumba de San Pedro, 26 de octubre de 2013).
10. «La verdadera alegría viene de la armonía profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y que nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida» (Santa Misa de clausura de la peregrinación de las familias a Roma, 27 de octubre de 2013).

Invitación a dejarse guiar por el 'himno de la caridad' de San Pablo.

El Papa en el Consistorio de la creación de cardenales

Queridos hermanos cardenales:
El cardenalato ciertamente es una dignidad, pero no una distinción honorífica. Ya el mismo nombre de «cardenal», que remite a la palabra latina «cardo - quicio», nos lleva a pensar, no en algo accesorio o decorativo, como una condecoración, sino en un perno, un punto de apoyo y un eje esencial para la vida de la comunidad. Sois «quicios» y estáis incardinados en la Iglesia de Roma, que «preside toda la comunidad de la caridad» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 13; cf. Ign. Ant., Ad Rom., Prólogo).
En la Iglesia, toda presidencia proviene de la caridad, se desarrolla en la caridad y tiene como fin la caridad. La Iglesia que está en Roma tiene también en esto un papel ejemplar: al igual que ella preside en la caridad, toda Iglesia particular, en su ámbito, está llamada a presidir en la caridad.
Por eso creo que el «himno a la caridad», de la primera carta de san Pablo a los Corintios, puede servir de pauta para esta celebración y para vuestro ministerio, especialmente para los que desde este momento entran a formar parte del Colegio Cardenalicio. Será bueno que todos, yo en primer lugar y vosotros conmigo, nos dejemos guiar por las palabras inspiradas del apóstol Pablo, en particular aquellas con las que describe las características de la caridad. Que María nuestra Madre nos ayude en esta escucha. Ella dio al mundo a Aquel que es «el camino más excelente» (cf. 1 Co 12,31): Jesús, caridad encarnada; que nos ayude a acoger esta Palabra y a seguir siempre este camino. Que nos ayude con su actitud humilde y tierna de madre, porque la caridad, don de Dios, crece donde hay humildad y ternura.
En primer lugar, san Pablo nos dice que la caridad es «magnánima» y «benevolente». Cuanto más crece la responsabilidad en el servicio de la Iglesia, tanto más hay que ensanchar el corazón, dilatarlo según la medida del Corazón de Cristo. La magnanimidad es, en cierto sentido, sinónimo de catolicidad: es saber amar sin límites, pero al mismo tiempo con fidelidad a las situaciones particulares y con gestos concretos. Amar lo que es grande, sin descuidar lo que es pequeño; amar las cosas pequeñas en el horizonte de las grandes, porque «non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est». Saber amar con gestos de bondad. La benevolencia es la intención firme y constante de querer el bien, siempre y para todos, incluso para los que no nos aman.
A continuación, el apóstol dice que la caridad «no tiene envidia; no presume; no se engríe». Esto es realmente un milagro de la caridad, porque los seres humanos –todos, y en todas las etapas de la vida– tendemos a la envidia y al orgullo a causa de nuestra naturaleza herida por el pecado. Tampoco las dignidades eclesiásticas están inmunes a esta tentación. Pero precisamente por eso, queridos hermanos, puede resaltar todavía más en nosotros la fuerza divina de la caridad, que transforma el corazón, de modo que ya no eres tú el que vive, sino que Cristo vive en ti. Y Jesús es todo amor.
Además, la caridad «no es mal educada ni egoísta». Estos dos rasgos revelan que quien vive en la caridad está des-centrado de sí mismo. El que está auto-centrado carece de respeto, y muchas veces ni siquiera lo advierte, porque el «respeto» es la capacidad de tener en cuenta al otro, su dignidad, su condición, sus necesidades. El que está auto-centrado busca inevitablemente su propio interés, y cree que esto es normal, casi un deber. Este «interés» puede estar cubierto de nobles apariencias, pero en el fondo se trata siempre de «interés personal». En cambio, la caridad te des-centra y te pone en el verdadero centro, que es sólo Cristo. Entonces sí, serás una persona respetuosa y preocupada por el bien de los demás.
La caridad, dice Pablo, «no se irrita; no lleva cuentas del mal». Al pastor que vive en contacto con la gente no le faltan ocasiones para enojarse. Y tal vez entre nosotros, hermanos sacerdotes, que tenemos menos disculpa, el peligro de enojarnos sea mayor. También de esto es la caridad, y sólo ella, la que nos libra. Nos libra del peligro de reaccionar impulsivamente, de decir y hacer cosas que no están bien; y sobre todo nos libra del peligro mortal de la ira acumulada, «alimentada» dentro de ti, que te hace llevar cuentas del mal recibido. No. Esto no es aceptable en un hombre de Iglesia. Aunque es posible entender un enfado momentáneo que pasa rápido, no así el rencor. Que Dios nos proteja y libre de ello.
La caridad, añade el Apóstol, «no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad». El que está llamado al servicio de gobierno en la Iglesia debe tener un fuerte sentido de la justicia, de modo que no acepte ninguna injusticia, ni siquiera la que podría ser beneficiosa para él o para la Iglesia. Al mismo tiempo, «goza con la verdad»: ¡Qué hermosa es esta expresión! El hombre de Dios es aquel que está fascinado por la verdad y la encuentra plenamente en la Palabra y en la Carne de Jesucristo. Él es la fuente inagotable de nuestra alegría. Que el Pueblo de Dios vea siempre en nosotros la firme denuncia de la injusticia y el servicio alegre de la verdad.
Por último, la caridad «disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites». Aquí hay, en cuatro palabras, todo un programa de vida espiritual y pastoral. El amor de Cristo, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, nos permite vivir así, ser así: personas capaces de perdonar siempre; de dar siempre confianza, porque estamos llenos de fe en Dios; capaces de infundir siempre esperanza, porque estamos llenos de esperanza en Dios; personas que saben soportar con paciencia toda situación y a todo hermano y hermana, en unión con Jesús, que llevó con amor el peso de todos nuestros pecados.
Queridos hermanos, todo esto no viene de nosotros, sino de Dios. Dios es amor y lleva a cabo todo esto si somos dóciles a la acción de su Santo Espíritu. Por tanto, así es como tenemos que ser: incardinados y dóciles. Cuanto más incardinados estamos en la Iglesia que está en Roma, más dóciles tenemos que ser al Espíritu, para que la caridad pueda dar forma y sentido a todo lo que somos y hacemos. Incardinados en la Iglesia que preside en la caridad, dóciles al Espíritu Santo que derrama en nuestros corazones el amor de Dios (cf. Rm 5,5). Que así sea.

13 febrero 2015

San Valentín y los novios:

¿Qué dicen los Papas?


El legado de los útimos pontífices sobre el amor conyugal y la familia


1. El 'para siempre', no es solamente una cuestión de duración! Un matrimonio se logra no solamente por la duración, sino también es importante su calidad. (Francisco, 14 de febrero 2014)
2. Vivir juntos es un arte, un camino paciente, hermoso y fascinante. No termina cuando os habéis conquistado el uno al otro... Es más, es precisamente entonces cuando inicia. (Francisco, 14 de febrero 2014)
3. Recordad bien: ¡no terminar jamás el día sin hacer las paces! Si aprendemos a pedirnos perdón y a perdonarnos mutuamente, el matrimonio durará, irá adelante. (Francisco, 14 de febrero 2014)
4. Es habitual reñir entre esposos, porque siempre hay algo, hemos reñido. Tal vez os habéis enfadado, tal vez voló un plato, pero por favor recordad esto: no terminar jamás una jornada sin hacer las paces. ¡Jamás, jamás, jamás!  (Francisco, 14 de febrero 2014)
5. El matrimonio es también un trabajo de todos los días, podría decir un trabajo artesanal, un trabajo de orfebrería, porque el marido tiene la tarea de hacer más mujer a su esposa y la esposa tiene la tarea de hacer más hombre a su marido. (Francisco, 14 de febrero 2014)
6. Matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones particulares históricas y económicas. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de ésta.  (Benedicto XVI, 7 de junio 2005)
7. La libertad del «sí» se presenta por tanto como libertad capaz de asumir lo que es definitivo: la expresión más elevada de la libertad no es entonces la búsqueda del placer, sin llegar nunca a una auténtica decisión (Benedicto XVI, 7 de junio 2005)
8. El «sí» personal y recíproco del hombre y de la mujer abre el espacio para el futuro, para la auténtica humanidad de cada uno, y al mismo tiempo está destinado al don de una nueva vida. (Benedicto XVI, 7 de junio 2005)
9. El matrimonio, como institución, no es por tanto una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad, una imposición desde el exterior en la realidad más privada de la vida; es por el contrario una exigencia intrínseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana.(Benedicto XVI, 7 de junio 2005)
10. El amor y la entrega total de los esposos, con sus notas peculiares de exclusividad, fidelidad, permanencia en el tiempo y apertura a la vida, está en la base de esa comunidad de vida y amor que es el matrimonio  (Benedicto XVI, 4 de diciembre 2005)
11. ¡No renunciéis a perseguir un ideal alto de amor, reflejo y testimonio del amor de Dios! (Benedicto XVI, 11 de septiembre 2011)
11.  En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia. (Juan Pablo II,  Familiaris Consortio)
12. El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia. (Juan Pablo II,  Familiaris Consortio)
13. El noviazgo es para escoger a tu acompañante para la vida y a la madre o padre de tus hijos. (Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Juventud París, 1997)


12 febrero 2015

Historias de amor

Pilar Güembe y Carlos Goñi


Se trata de poner la letra a esa canción que los hijos van escuchando cada día, esa melodía cotidiana que tararean sus padres al ritmo de la vida
Quizá os ha pasado alguna vez. Unos amigos tienen en su casa una planta hermosa, la tienen en el vestíbulo o en el salón. Os fijáis en ella: “¡Qué bonita está!”, comentáis. Entonces os explican su historia: “Nos la regalaron en tal ocasión o la compramos hace muchos años. Un verano casi se nos muere, pero la pudimos recuperar. La regamos y la abonamos. Cada cierto tiempo le quitamos las hojas estropeadas y la ponemos a la luz…”. De forma breve, o no tan breve, os cuentan su historia, la historia de su planta.
Si una simple planta tiene su historia, que además es en cierto modo una historia de amor, cómo no va a tenerla nuestra relación. Las cosas humanas no se explican, sino que se cuentan porque no son entelequias: son acciones con historia. Por eso, la mejor forma, la única, de explicar qué es el amor es contar esa historia de la que somos protagonistas.
A nuestros hijos les hablamos del amor con nuestro ejemplo, pero a una determinada edad es bueno que les contemos nuestra historia: cómo nos conocimos, cuándo nos declaramos, qué hacíamos cuando éramos novios, dónde nos casamos, qué anécdotas recordamos. En fin, se trata de poner la letra a esa canción que ellos van escuchando cada día, esa melodía cotidiana que tararean sus padres al ritmo de la vida.
No nos dé vergüenza rescatar fotos antiguas, leerles alguna carta que guardamos en el fondo de un cajón, escuchar con ellos nuestra canción o enseñarles aquel regalo que tiene un valor impropio de una cosa material, porque lo que cuenta no es lo que se regala, sino quién lo hace y el motivo por que se regala. Es una manera de compartir con nuestros hijos una historia de amor de la que ellos forman parte. En cierto modo, tienen derecho a conocerla, y compartirla es una forma de quererlos.
Pero las historias se escriben renglón a renglón, día a día. Por eso, hemos de hacer visible lo que parece invisible, poner imágenes al texto y texto a las imágenes. Nuestra vida, nuestro transitar cotidiano ha de ser un libro ilustrado del amor, sin grandes definiciones abstractas, sino con acciones concretas que no necesitan notas a pie de página para explicar lo que significan, como:
▪ Ese beso antes de salir de casa.
▪ Ese “qué guapa estás hoy”.
▪ Ese “te quiero” a bocajarro.
▪ Ese vestido que a papá le gustará.
▪ Ese “qué tal estoy” porque vas a buscar a mamá.
▪ Ese “nosotros” que se lee entre líneas.
▪ Ese “nos queremos” que se nota.
▪ Ese aparecer con una flor.
▪ Ese día que vamos a cenar solos.
▪ Ese emoticono que mandamos a papá.
No hace falta esperar a san Valentín para amar y que se note.

11 febrero 2015

La razón de la fe y la fe en la razón

 Pablo Cabellos Llorente 


No hay oposición alguna entre ningún descubrimiento de la mente del hombre y su fe porque cualquiera de esas verdades proceden de un mismo Ser superior
No es difícil escuchar o leer planteamientos que oponen fe y razón o fe y ciencia, entendiendo por tal el acervo adquirido experimentalmente. Los ejemplos son múltiples: bastaría recordar las palabras del Papa sacadas de contexto (el famoso puñetazo que daría a quien ofendiera a su madre) para hacerlo aparecer poco menos que partidario del terrorismo islámico contra la revista francesa. El agradecimiento ha consistido en decir que vomitan sobre los que se han solidarizado con Charlie: el Papa, Putin,Isabel II, etc. No es importante, pero se maltrata. Podríamos pensar en la firmeza con que algunos creen que Galileo Galilei fue condenado a muerte, cuando murió bien aposentado.
De más calado podría ser la presunta incompatibilidad entre creación y evolución. Bastaría leer un pequeño libro de Ratzinger (“Creación y pecado”) para observar que no existe tal discrepancia. Es más, a mí me resulta más acorde con el poder de Dios el big-bang que pensar en una minuciosa génesis. Al fin y al cabo, lo que la fe pide está resumido en el prólogo al Evangelio de san Juanen el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era DiosÉl estaba en el principio junto a DiosTodo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. Una explosión con una ley, no ciega. Y su particular intervención en dar espíritu al ser humano.
En 1951 predicaba el fundador del Opus Dei: “Con periódica monotonía, algunos tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre fe y ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se entienden los términos reales del problema”. Sólo aparentemente porque, de una parte, el cristiano debe poseer hambre de conocer en cualquiera de los aspectos del saber humano y ha de entender muy bien que no hay oposición alguna entre ningún descubrimiento de la mente del hombre y su fe porque cualquiera de esas verdades proceden de un mismo Ser superior. El cristiano debe ser puntero y amar las ciencias.
Por otro lado, al ateo le será imposible demostrar la inexistencia de Dios a través de la razón o de las ciencias empíricas. Más aún, esas ciencias pueden situarlo a las puertas de la fe, porque ésta no es un conjunto de paradojas incomprensibles: el misterio −escribió también Ratzinger− no quiere decir destruir la comprensión, sino posibilitar la fe como comprensión. La fe no entra en contradicción con la comprensión, sino que presenta su auténtico contenido. El conocimiento funcional del mundo −cosa que nos brinda el pensamiento técnico-científico-natural− no aporta ninguna comprensión del mundo y del ser porque no investiga la verdad sino la función que tiene para nosotros. Por eso, una tarea primordial de la fe cristiana es la teología, discurso comprensible, lógico, de Dios y de las realidades de este mundo. La forma con la que el hombre entra en contacto con la verdad del ser no es la forma del saber, sino la del comprender: comprender la inteligencia a la que uno se ha entregado.
Porque buscó una comprensión del misterio, el Chesterton agnóstico se puso al pie de la fe por percibir que la apertura al misterio puede facilitar explicaciones más amplias de la realidad. El misterio abre puertas, no es cerrazón mental, plantea problemas para resolver, dice Tomás Baviera citando al autor inglés, añadiendo con palabras de “Ortodoxia”: todo puede entenderlo el hombre, pero sólo mediante aquello que no puede entender. El lógico desequilibrado se afana por aclararlo todo, y todo lo vuelve confuso, misterioso. El místico, en cambio, consiente en que algo sea misterioso para que todo lo demás resulte explicable. En las “Confesiones”, San Agustín se refiere a las escuelas filosóficas que le habían decepcionado. Afirma de ellas que despreciaban la fe, prometían con temeraria arrogancia la ciencia, “y luego se obligaba a creer una infinidad de fábulas absurdísimas que no podían demostrar”.
Por lo dicho, puede colegirse que la teología necesita de la razón y de los descubrimientos de las ciencias experimentales para explicar la fe. Pero también la razón precisa de la fe para ser mejor valorada, mejor orientada, más abierta a las posibilidades del ser humano. Juan Pablo II y Benedicto XVI trataron ampliamente las dos cuestiones, dos caras de una moneda. Francisco ha mostrado la estrecha relación entre fe y verdad, la verdad fiable de Dios, su presencia fiel en la historia. "La fe, sin verdad, no salva. La proyección de nuestros deseos de felicidad se quedaría en una bella fábula". Y debido a la "crisis de verdad en que nos encontramos", es más necesario que nunca subrayar esta conexión, porque la cultura contemporánea tiende a aceptar sólo la verdad tecnológica, lo que el hombre puede construir y medir con la ciencia experimental, lo que “es verdad porque funciona", o las verdades  subjetivas, no válidas para todos.Por el contrario, la fe, que nace del amor de Dios, hace fuertes los lazos entre los hombres y se pone al servicio concreto de la justicia, el derecho, la paz y la razón.