23 febrero 2015

No tengamos miedo de la confesión

'Palabra y Vida' del arzobispo de Barcelona Lluís Martínez Sistach



Los cristianos hablamos a menudo de la necesidad de convertirnos a Dios. La Cuaresma es un tiempo propicio para la conversión y para prepararnos mejor a celebrar la Pascua. Nos cuesta aceptar con realismo la existencia del pecado en el mundo y en cada uno de nosotros. En este sentido, el tiempo cuaresmal es una llamada a la sinceridad, a reconocer que somos pecadores.
Sin embargo, ser cristiano nos pide no permanecer sólo en la conciencia de que somos pecadores. El conocimiento y la participación en la vida de Cristo –por la fe y los sacramentos de la fe– es el mejor camino para conocer a Dios y para conocernos verdaderamente a nosotros mismos. El genio de Pascal escribió en uno de sus Pensamientos –el que lleva el número 75 en la edición de Chevalier–: "El conocimiento de Dios sin el de nuestra miseria humana engendra orgullo. El conocimiento de nuestra miseria sin el de Dios engendra desesperación. El conocimiento de Jesucristo es el camino: en él conocemos a Dios y nuestra miseria." En la oración del padrenuestro pedimos perdón a Dios por nuestros pecados: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal".
En este tiempo de Cuaresma somos invitados tanto a reconocer que somos pecadores como a acoger el perdón de Dios. Siempre, pero hoy aún más, nos cuesta acercarnos al sacramento de la penitencia para conseguir la gracia de Dios y reconciliarnos con Él. Tenemos que renovar la conciencia de que Dios siempre perdona al pecador arrepentido. Confesarse es siempre un acto de humildad, pero es un gesto sumamente coherente con nuestra fe y nos hace humanamente y sobre todo cristianamente mejores. ¿Quién no recuerda la maravillosa parábola del fariseo y del publicano que leemos en el evangelio?
Es muy elocuente el ejemplo que nos da, en este sentido, nuestro papa Francisco, que manifestó a los fieles -hablando de este sacramento-que el Papa también se confiesa a menudo. El perdón de Dios -dijo- se nos da en la Iglesia, se nos transmite a través del ministerio de un hermano nuestro, el sacerdote, que es un hombre que, como nosotros, también tiene necesidad de la misericordia. Por eso los sacerdotes deben confesarse, y también todos los obispos: todos somos pecadores”. Y pasando al testimonio personal, Francisco añadió: "Incluso el Papa se confiesa cada quince días, ¡porque el Papa también es un pecador! El confesor escucha lo que yo le digo, me aconseja y me perdona, porque todos tenemos necesidad de este perdón". Y resumió su mensaje diciéndonos: "¡No tengamos miedo de la confesión!"
El sacramento de la reconciliación y el de la unción de los enfermos son dos sacramentos de curación y brotan directamente del misterio pascual. Así lo pone de relieve el hecho de que fuera la noche del mismo día de Pascua cuando el Señor se apareció a los discípulos reunidos en el cenáculo y los saludó con las palabras: "Paz a vosotros". Entonces sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a todos aquellos a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados".

22 febrero 2015

'Nuestro corazón se debe convertir al Señor'

El Papa en el Ángelus



"Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
El miércoles pasado, con el rito de las Cenizas, ha comenzado la Cuaresma y hoy es el primer domingo de este tiempo litúrgico que se refiere a los cuarenta días transcurridos por Jesús en el desierto, después del bautismo en el río Jordán. San Marcos escribe en el Evangelio de hoy: “En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras y los ángeles lo servían” (1, 12-13). Con estas descarnadas palabras el evangelista describe la prueba afrontada voluntariamente por Jesús, antes de iniciar su misión mesiánica. Es una prueba de la cual el Señor sale victorioso y que lo prepara a anunciar el Evangelio del Reino de Dios. Él, en aquellos cuarenta días de soledad, se enfrentó a Satanás “cuerpo a cuerpo”, desenmascaró sus tentaciones y lo venció. Y en Él hemos vencido todos, pero a nosotros nos toca proteger en nuestro cotidiano esta victoria.
La Iglesia nos hace recordar tal misterio al comienzo de la Cuaresma, porque ello nos da la perspectiva y el sentido de este tiempo, que es tiempo de lucha --en la Cuaresma se debe luchar-- un tiempo de lucha espiritual contra el espíritu del mal (cfr. Oración colecta del Miércoles de Ceniza). Y mientras atravesamos el ‘desierto’ cuaresmal, tenemos la mirada dirigida hacia la Pascua, que es la victoria definitiva de Jesús contra el maligno, contra el pecado y contra la muerte. He aquí entonces el significado de este primer domingo de Cuaresma: volver decididamente al camino de Jesús, el camino que conduce a la vida. Mirar a Jesús, qué ha hecho Jesús e ir con Él.
Y este camino de Jesús pasa a través del desierto. El desierto es el lugar en el cual se puede escuchar la voz de Dios y la voz del tentador. En el ruido, en la confusión, esto no se puede hacer; se escuchan sólo las voces superficiales. En cambio, en el desierto, podemos bajar en profundidad, donde se juega verdaderamente nuestro destino, la vida o la muerte. ¿Y cómo escuchamos la voz de Dios? La escuchamos en su Palabra. Por esto es importante conocer las Escrituras, porque de otra manera no sabemos responder a las insidias del maligno. Y aquí quisiera volver sobre mi consejo de leer cada día el Evangelio: cada día leer el Evangelio, meditarlo un poquito, diez minutos, y llevarlo también siempre con nosotros, en el bolsillo, en el bolso… Tener siempre el Evangelio a mano. El desierto cuaresmal nos ayuda a decir no a la mundanidad, a los ‘ídolos’, nos ayuda a hacer elecciones valientes conformes al Evangelio y a reforzar la solidaridad con los hermanos.
Entonces, entremos en el desierto sin miedo, porque no estamos solos, estamos con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo. Es más, como sucedió con Jesús, es precisamente el Espíritu Santo el que nos guía en el camino cuaresmal, aquel mismo Espíritu descendido sobre Jesús y que nos ha sido donado en el Bautismo. La Cuaresma, por lo tanto, es un tiempo propicio que debe conducirnos a tomar siempre más conciencia de cuánto el Espíritu Santo, recibido en el Bautismo, ha obrado y puede obrar en nosotros. Y al final del itinerario cuaresmal, en la Vigilia Pascual, podremos renovar con mayor conciencia la alianza bautismal y los compromisos que de ella se derivan.
La Virgen Santa, modelo de docilidad al Espíritu, nos ayude a dejarnos conducir por Él, que quiere hacer de cada uno de nosotros una “nueva criatura”.
A Ella confío, en particular, esta semana de Ejercicios Espirituales que iniciará esta tarde y en la cual participaré junto con mis colaboradores de la Curia Romana. Rezad para que en este desierto, entre comillas, que son los Ejercicios podamos escuchar la voz de Jesús y también corregir tantos defectos que todos nosotros tenemos, y también hacer frente a las tentaciones que cada día nos atacan. Os pido, por lo tanto, que nos acompañéis con vuestra oración".
Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración del ángelus:
Angelus Domini nuntiavit Mariae...
Al concluir la plegaria, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Pontífice:
"Queridos hermanos y hermanas,
dirijo un cordial saludo a las familias, a los grupos parroquiales, a las asociaciones y a todos los peregrinos de Roma, de Italia y de diversos países.
Saludo a los fieles de Nápoles, Cosenza y Verona, y a los chicos de Seregno venidos para la profesión de fe".
El Obispo de Roma explicó también el contenido de un libro de bolsillo que regaló a los fieles que asistieron al Ángelus en la plaza de San Pedro:
"La Cuaresma es un camino de conversión que tiene como centro el corazón. Nuestro corazón se debe convertir al Señor. Por eso, en este primer domingo, he pensado en regalaros a quienes estáis aquí en plaza, un pequeño libro de bolsillo titulado “Custodia el corazón”. Es este. 
Este libro recopila algunas enseñanzas de Jesús y los contenidos esenciales de nuestra fe, como por ejemplo los siete Sacramentos, los dones del Espíritu Santo, los diez Mandamientos, las virtudes, las obras de misericordia, etc.
Ahora lo distribuirán los voluntarios, entre los cuales hay muchas personas 'sin techo', que han venido en peregrinación. Y como siempre, también hoy aquí en la plaza, aquellos que están en necesidad son los mismos que nos traen una gran riqueza, la riqueza de nuestra doctrina, para custodiar el corazón.
Tomad un libro cada uno y llevarlo con vosotros, como ayuda para la conversión y el crecimiento espiritual, que parte siempre del corazón: allí donde se juega la partida de las elecciones cotidianas entre el bien y mal, entre la mundanidad y el Evangelio, entre la indiferencia y el compartir.
La humanidad necesita justicia, paz, amor y solo los podrán tener volviendo con todo el corazón a Dios, que es la fuente de todo esto. Tomad el libro, y leedlo".
Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:
"Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, especialmente en esta semana de Ejercicios, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!"

21 febrero 2015

Cuaresma: lucha contra Satanás

Mons. Demetrio Fernández, obispo de Córdoba



Hay quienes prefieren pensar que el demonio no existe, que es un mito o un “cuento chino” para asustar a las conciencias delicadas o para controlar a los pusilánimes. Peor para ellos. El demonio existe y mantiene una lucha sin cuartel, intentando continuamente apartarnos de Dios con engaños, mentiras y señuelos. El demonio a veces da la cara abiertamente y otras lo hace camuflándose. Es maestro de la mentira y tiene un arte especial para engañar a cualquiera. “Es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 4,44). Cuando quieres darte cuenta, ya te ha enredado, porque es más listo que nosotros.
Jesús, al comenzar su vida pública y su ministerio de predicación del Reino, después de haber sido ungido con por el Espíritu Santo en el bautismo, se retira al desierto para emprender una la lucha cuerpo a cuerpo contra Satanás. Por algo será. Con ello, Jesús nos está diciendo que esta lucha es una de las tareas más importantes que el hombre tiene que afrontar en la tierra, y llegada la cuaresma se nos invita a intensificar este aspecto de nuestra vida, la lucha contra Satanás.
Jesús lo venció en la fidelidad a la Palabra de Dios. La cuaresma es tiempo de oración más abundante, de escucha de la Palabra, de ajuste de nuestra vida a esa Palabra. Toma el evangelio de cada día, léelo, medítalo y te servirá de alimento cotidiano de la fe. “Quien no hace oración no necesita demonio que le tiente”, dice santa Teresa de Jesús. Jesús lo venció con el ayuno y la penitencia. “Este tipo de demonios sólo se expulsan con la oración y el ayuno” (Mc 9,29), recuerda Jesús a sus discípulos cuando encuentran una fuerte oposición al mensaje evangélico y se le resisten los demonios más duros. Jesús lo venció con la misericordia. Aparecen pasajes evangélicos en los que el demonio tenía prisioneros a los endemoniados, y Jesús se compadece de estos con su sola palabra y con todo su poder.
Si quitamos del Evangelio la lucha de Jesús contra Satanás, eliminaríamos una parte importante de su misión. Cuando nosotros no prestamos atención a este enemigo, él nos va comiendo terreno poco a poco hasta que logra apartarnos de Dios. Es curioso que en una época como la nuestra en que tanta gente vive apartada de Dios, considerándose así más liberados de toda dependencia, haya crecido notablemente el influjo del demonio de una manera directa o indirecta en tanta gente. Nuestra diócesis de Córdoba cuenta con algunos sacerdotes encargados por el obispo especialmente este ministerio: expulsar al demonio de quienes padecen posesión o influjo diabólico. Estos sacerdotes son exorcistas.
Una de las acciones del demonio y de nuestro egoísmo, y que el Papa denuncia en su mensaje de cuaresma de este año, es la globalización de la indiferencia. Son tantos y tan grandes los problemas que nos rodean, ante los cuales nuestro egoísmo y comodidad procura desentenderse, que la tentación más cómoda es pasar indiferentes ante tales problemas. El Papa nos alerta de este desafía de nuestro tiempo. Realmente no podemos arreglar los grandes problemas que nos rodean, pero sí podemos dar nuestra aportación, grande o pequeña. La cuaresma es tiempo de conversión, y ha de serlo especialmente en este campo: no pasar indiferentes ante las necesidades de los demás. “Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”, nos dice el Papa en este mensaje cuaresmal.
Oración, ayuno y misericordia: los tres pilares de la cuaresma que nos preparan para la Pascua. Poner a punto nuestra vida cristiana, desplegar todas sus virtualidades, aspirar sinceramente a la santidad que Dios pone a nuestro alcance, salir al encuentro del hermano que sufre y necesita mi atención, privarme de lo superfluo e incluso de lo necesario para compartir con los demás, intensificar la oración. Nos ponemos en camino hacia la Pascua, y la primera tarea es desenmascarar al demonio, como hizo Jesús retirándose al desierto al inicio de su ministerio.
Dios nos conceda a todos una santa cuaresma, que nos renueve profundamente y nos prepare a la Santa Pascua.
Con mi afecto y mi bendición:

El camino de la Cuaresma es doble: con Dios y con el prójimo

Homilía del Papa ayer en Santa Marta


El pueblo se queja ante el Señor porque no escucha sus ayunos, acabamos de leer en Isaías (cfr. 58,1-9a). Hay que distinguir entre lo formal y lo real. Para el Señor, no es ayuno no comer carne, y luego pelearse y abusar de los obreros. Por eso, Jesús condena a los fariseos, porque cumplen muchas observancias exteriores, pero sin la verdad del corazón. El ayuno que quiere Jesús, en cambio, es el que abre las prisiones injustas, hace saltar los cerrojos de los cepos, deja libres a los oprimidos, …parte el pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que desnudo y no cierra a su propia carne (cfr. Ibidem.) Ese es el ayuno auténtico, que no es solo exterior, de observancia externa, sino un ayuno que sale del corazón.
En las tablas de la Ley se recogen tanto las leyes respecto a Dios como las leyes respecto al prójimo, y las dos van juntas. No puedo decir: Yo cumplo los tres primeros mandamientos, y los otros… más o menos. No, si no cumples éstos, no cumples aquellos, y si cumples éstos, tienes que cumplir los otros. Van unidos: el amor a Dios y el amor al prójimo son una unidad y si quieres hacer penitencia real y no formal, debes hacerla ante Dios y también con tu hermano, con el prójimo.
Se puede tener mucha fe, pero —come dice el Apóstol Santiago— ¿de qué sirve si uno dice que tiene fe, y no tiene obras? (Sant 2,14). Así, si uno va a Misa todos los domingos y comulga, se le puede preguntar: ¿Cómo es el trato con tus empleados? ¿Les pagas en negro? ¿Les pagas el salario justo? ¿Estás pagando la Seguridad Social y el seguro médico? ¡Cuántos hombres y mujeres tienen fe, pero separan las tablas de la Ley! ¡Sí, sí, yo cumplo! Pero, ¿das limosna? Sí, sí, siempre hago un donativo a la Iglesia. Ah, bueno, eso está bien, pero, ¿en tu Iglesia, en tu casa, con los que dependen de ti —ya sean hijos, abuelos o empleados—, eres generoso, eres justo? ¡No puedes dar donativos a la Iglesia si no eres justo con tus empleados! Eso es un pecado gravísimo: ¡es usar a Dios para tapar una injusticia! Y eso es lo que el profeta Isaías, en nombre del Señor, nos dice hoy: no es un buen cristiano el que no hace justicia con las personas que dependen de él. Ni es buen cristiano el que no se desprende de algo necesario para dárselo a otro que le haga falta.
El camino de la Cuaresma es, pues, doble: con Dios y con el prójimo: o sea real, no meramente formal. No es no comer carne los viernes, o dar algo, pero luego ser egoísta, explotar al prójimo o ignorar a los pobres. Hay quien, si necesita curarse, va al hospital y, como es socio de una mutua, le atienden enseguida. Eso es bueno: ¡dale gracias a Dios! Pero, dime, ¿has pensado en los que no tienen esa prestación social en el hospital y, cuando llegan, tienen que esperar 6, 7, 8 horas, incluso para una urgencia? Hay gente aquí, en Roma, que vive así, y la Cuaresma sirve para pensar en ellos: ¿qué puedo hacer por los niños, por los ancianos, que no tienen la posibilidad de ser atendidos por un médico, y que quizá esperan ocho horas y luego les dan cita para no se sabe cuándo? ¿Qué haces por esa gente? ¿Cómo será tu Cuaresma? —Bueno, ¡gracias a Dios, yo tengo una familia que cumple los mandamientos, y no tenemos problemas. Ya, pero, en esta Cuaresma, ¿en tu corazón hay sitio para los que no han cumplido los mandamientos, para los que se han equivocado y están en la cárcel? —¡Con esa gente no!  Pues mira: ellos están encerrados, y si tú no estás en la cárcel es porque el Señor te ha ayudado a no caer. ¿En tu corazón caben los encarcelados? ¿Rezas por ellos, para que el Señor les ayude a cambiar de vida?
Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la Cuaresma, y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad de corazón, le hemos pedido. ¡Pues que el Señor nos conceda esta gracia!

20 febrero 2015

¡Detente! ¡Párate y decídete!

El Papa ayer en Santa Marta


  
Acabamos de escuchar lo que Dios dice a Moisés: Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos, guardando sus preceptos, mandatos y decretos, vivirás y crecerás (Dt 30,15ss.).
La decisión de Moisés es la que el cristiano debe hacer cada día. Y es una decisión difícil. Porque es más fácil dejarse llevar por la inercia de la vida, de las situaciones, de las costumbres. Es más fácil, en definitiva, convertirse en siervos de otros dioses. Así que debemos elegir entre Dios y los demás dioses, esos que no tienen el poder de darnos nada, solo tonterías que pasan. Y no es fácil elegir, ya que siempre tenemos la costumbre de ir adonde va la gente, como hacen todos. Como todos. ¡Todos y ninguno! Pues hoy la Iglesia nos dice: ¡Detente! ¡Párate y elige! Es un buen consejo. Nos vendría bien detenernos y, durante la jornada, pensar un poco: ¿Cómo es mi estilo de vida? ¿Por qué caminos voy?
Junto a esa pregunta, excavemos más a fondo y preguntémonos también cómo es mi trato con Dios, con Jesús. El trato con los padres, con los hermanos, con la mujer o con el marido, con los hijos.
Como dice el Evangelio, Jesús pregunta a sus discípulos: ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo? (Lc 9,25). Un camino equivocado es el de buscar siempre el propio éxito, el beneficio propio, sin pensar en el Señor, sin pensar en la familia. Esas dos preguntas: ¿Cómo es mi trato con Dios, y cómo es mi trato con la familia? Uno puede ganarlo todo, pero al final acaba siendo un fracasado. Ha fracasado. Esa vida es un fracaso. Pues no lo parece, porque hasta le han hecho un monumento y le han pintado un cuadro… ¡Pero has fracasado!: no has sabido elegir bien entre la vida y la muerte.
Preguntémonos cuál es la velocidad de mi vida, si reflejo en las cosas que hago. Y pidamos a Dios la gracia de tener ese pequeño valor necesario para elegirlo a Él cada vez. Nos ayudará el consejo tan bonito del Salmo 1: Dichoso el hombre 

que ha puesto su confianza en el Señor. Cuando el Señor no de ese consejo —¡Quieto! ¡Escoge hoy, elige!— no nos deja solos. Está con nosotros y quiere ayudarnos. Solamente tenemos que confiar, tener confianza en Él. Dichoso el hombre 
que ha puesto su confianza en el Señor. Hoy, cuando nos detengamos a pensar en estas cosas y en tomar decisiones o elegir algo, sepamos que el Señor está con nosotros, está a nuestro lado, para ayudarnos. Jamás nos deja ir solos, nunca. Siempre está con nosotros. También a la hora de elegir está con nosotros.

19 febrero 2015

'Pidamos el don de las lágrimas para una oración auténtica y sin hipocresí­a'

Rocío Lancho García


En la homilí­a del Miércoles de Ceniza, el Santo Padre ha recordado que el Señor no se cansa nunca de tener misericordia de nosotros

Nos hará bien, al inicio de esta Cuaresma, a todos, pero especialmente a los sacerdotes, el don de las lágrimas, para hacer nuestra oración y nuestro camino de conversión cada vez más auténtico y sin hipocresía. Nos hará bien hacernos la pregunta, ¿yo lloro? ¿el Papa llora? ¿los cardenales lloran? ¿los obispos lloran? ¿los consagrados lloran? ¿el llanto está en nuestras oraciones? Ésta ha sido la invitación del santo padre Francisco durante la celebración eucarística del Miércoles de Ceniza. Además, ha advertido que “los hipócritas no saben llorar, han olvidado cómo se llora. No piden el don de las lágrimas”.
A las 16.30, en la Iglesia de san Anselmo en el Aventino, ha habido un momento de oración, seguido por una procesión penitencial hacia la Basílica de Santa Sabiana. En la procesión han participado también cardenales, arzobispos, obispos, monjes benedictinos de San Anselmo, los padres dominicos de Santa Sabina y algunos fieles. Al finalizar la procesión, en Santa Sabina se ha celebrado la misa.
En su homilía, el Pontífice ha recordado que hoy se comienza la Cuaresma, “tiempo en el que tratamos de unirnos más estrechamente al Señor Jesucristo, para compartir el misterio de su Pasión y su Resurrección”.
Asimismo ha señalado que la liturgia de este día propone el pasaje del profeta Joel, enviado por Dios a llamar al pueblo a la penitencia y a la conversión, por una calamidad que devasta Judea. “Solo el Señor puede salvar del flagelo y es necesario suplicarle con oraciones y ayunos, confesando el propio pecado”, ha afirmado. El profeta habla de conversión interior, “volved a mí con todo el corazón”. Por eso, Francisco ha explicado que “volver al Señor con todo el corazón significa emprender un camino de una conversión no superficial y transitoria, sino un itinerario espiritual que se refiere al lugar más íntimo de nuestra persona”. El corazón --ha observado-- es la sede de nuestros sentimientos, el centro en el que maduran nuestros elecciones, nuestras actitudes. Y ese “volved a mí con todo el corazón” no afecta solamente a los individuos, sino que se extiende a toda la comunidad, ha especificado el Papa.
Haciendo referencia al Evangelio de hoy, el Pontífice ha explicado que “Jesús relee las tres obras de piedad previstas por la ley de Moisés: la limosna, la oración y el ayuno”.
A propósito, el Papa ha recordado que con el tiempo estas disposiciones se habían visto arruinadas por el formalismo exterior o incluso se habían convertido en un signo de superioridad social. Y por eso Jesús subraya una tentación común a estas tres obras, que se puede resumir precisamente en la hipocresía.
De este modo, el Papa ha observado que cuando se realiza algo bueno, casi instintivamente nace en nosotros el deseo de ser estimados y admirados por esta buena acción. “Jesús nos invita a cumplir estas obras sin ninguna ostentación, y a confiar únicamente en la recompensa del Padre que ve en lo secreto”, ha recordado.
A continuación, el Santo Padre ha insistido en que el Señor “no se cansa nunca de tener misericordia de nosotros, y quiere ofrecernos una vez más su perdón, todos lo necesitamos, invitándonos a volver a Él con un corazón nuevo, purificado del mal, purificado por las lágrimas, para participar de su alegría”.
Para saber cómo acoger esta invitación, ha señalado el Papa, san Pablo en la segunda lectura de hoy hace una sugerencia: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. Este esfuerzo de conversión --ha añadido-- no es solamente una obra humana.
Así, el Papa ha asegurado que la reconciliación entre Dios y nosotros es posible gracias a la misericordia del Padre que, por amor a nosotros, no dudó en sacrificar a su Hijo.“En Él podemos convertirnos en justos, en Él podemos cambiar, si acogemos la gracia de Dios y no dejamos pasar en vano el momento favorable”, ha indicado.
Por otro lado, ha pedido que María Inmaculada nos sostenga en nuestro combate espiritual contra el pecado, “nos acompañe en este momento favorable, para que podamos llegar y cantar juntos la exultación de la victoria en la Pascua de la Resurreción”.
Finalmente, sobre el gesto de la imposición de la ceniza y la fórmula que pronuncia el celebrante, el Obispo de Roma ha indicado que son un recordatorio de la verdad de la existencia humana: “somos criaturas limitadas, pecadores cada vez más necesitados de penitencia y conversión”.

18 febrero 2015

Los que venden armas son 'empresarios de la muerte'

Homilía del Papa en Santa Marta


Ofrezcamos esta Misa por nuestros 21 hermanos coptos, degollados por el único motivo de ser cristianos. Recemos por ellos —para que el Señor, como mártires, les acoja—, por sus familias, y por mi hermano el Patriarca Tawadros, que sufre tanto.
El hombre es capaz de destruir todo lo que Dios ha hecho, como acabamos de leer en el Génesis (6,5-8; 7,1-5.10), que muestra la ira de Dios ante la maldad del hombre y anuncia el diluvio universal. El hombre parece ser más poderoso que Dios, porque es capaz de destruir las cosas buenas que Él ha hecho. Desde los primeros capítulos de la Biblia ya encontramos tantos ejemplos —desde Sodoma y Gomorra a la Torre de Babel— en los que el hombre muestra su maldad. Un mal que anida dentro del corazón. Pero, Santo Padre, ¡no sea tan negativo!, me dirá alguno. Ya, ¡pero es la verdad! Somos capaces de destruir hasta la fraternidad: Caín, en las primeras páginas de la Biblia, destruye la fraternidad matando a su hermano Abel. Así empiezan las guerras: celos, envidias, tanta avaricia de poder, de tener más poder. Sí, parece negativo, pero es realista. No tenéis más que abrir un periódico cualquiera —de izquierdas, de centro, de derechas—, el que sea, y veréis que más del 90% de las noticias son negativas, de destrucción. ¡Más del 90%! ¡Y lo vemos todos los días!
Pero, ¿qué le pasa al corazón del hombre? Ya Jesús nos recordó que del corazón del hombre salen todas las maldades (cfr Mc 7,20). ¡Nuestro corazón débil está herido! Siempre tenemos ganas de más autonomía¡Yo hago lo que me da la gana, y si quiero hacer algo, lo hago! Y, si para hacerlo, tengo que hacer una guerra, ¡la hago! ¿Por qué somos así? Porque tenemos la posibilidad de destrucción: ¡ése es el problema! Y así vienen las guerras, el tráfico de armas… ¡Pero, es que nosotros somos empresarios! ¿Sí? ¿De qué? ¿De muerte? Hay países que venden armas a uno, que está en guerra con otro, y se las venden también al otro, para que siga la guerra con el primero. Capacidad de destrucción. Y eso no es para el vecino: ¡es para nosotros! Lo acabamos de leer: Todo su modo de pensar era siempre perverso. Tenemos esa semilla dentro, esa posibilidad. Pero, ¡también tenemos el Espíritu que nos salva! Así que debemos elegir, generalmente en cosas pequeñas.
Cuidado con los que hablan mal del vecino, también en la parroquia, en las asociaciones, cuando hay celos y envidias, y a lo mejor se acude al párroco para criticar. Esa es la maldad y la capacidad de destruir que todos tenemos. Y de esto, la Iglesia, a las puertas de la Cuaresma, nos hace reflexionar. Lo vemos en el Evangelio de hoy (Mc 8,14-21), cuando Jesús recrimina a los discípulos, que discuten entre sí por haberse olvidado de comprar pan. El Señor les dice: Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes. Simplemente, les pone el ejemplo de dos personas: Herodes, malo y asesino, y los fariseos hipócritas. Y Jesús les tiene que recordar cuando repartió los cinco panes entre tanta gente, y les exhorta a pensar en la Salvación, en lo que Dios ha hecho por nosotros. Pero ellos, no entendían, porque su corazón estaba endurecido por la pasión, por la maldad de discutir entre sí para ver quien era el culpable de haber olvidado el pan.
Debemos tomarnos en serio el mensaje del Señor, porque no son cosas raras, ni están dichas para marcianos. ¡El hombre es capaz de hacer tanto bien! Recordemos el ejemplo de la Madre Teresa, una mujer de nuestro tiempo. Todos somos capaces de hacer mucho bien, pero también somos capaces de destruir; destruir lo grande y lo pequeño, hasta la misma familia; o destruir a los hijos, no dejándoles crecer con libertad, no ayudándoles a crecer bien: ¡se anula a los hijos! Tenemos esa capacidad y por eso, es necesaria la meditación continua, la oración, el diálogo, para no caer en la maldad que todo lo destruye. Y tenemos la fuerza; nos lo recuerda Jesús, que nos dice: Acordaos. Acordaos de mi, que he derramado la sangre por vosotros; acordaos de mi, que os he salvado, os he salvado a todos; acordaos de mi, que tengo la fuerza de acompañaros en el camino de la vida, no por la senda de la maldad, sino por el camino de la bondad, de hacer el bien a los demás; no por la senda de la destrucción, sino por el camino de la construcción: construir una familia, construir una ciudad, construir una cultura, construir una patria, cada vez más.
Pidamos al Señor, hoy, antes de empezar la Cuaresma, esta gracia: elegir siempre bien el camino, con su ayuda, y no dejarnos engañar por las seducciones que nos llevarían por la senda equivocada.

17 febrero 2015

'Tenemos mucho que recibir de los pobres'

El Papa a los miembros de la Asociación Pro Petri Sede



“El creciente número de personas marginadas y que viven en gran precariedad nos interpela y nos llama a una mayor solidaridad para ofrecerles el apoyo material y espiritual que necesitan”. Son las palabras que esta mañana el santo padre Francisco ha dirigido a los miembros de la Asociación Pro Petri Sede, recibidos en audiencia esta mañana durante su peregrinación a Roma. Esta asociación de Bélgica, Luxemburgo y Holanda ofrece ayuda económica anual para las necesidades de la Santa Sede.
Durante su discurso, el Pontífice ha recordado que “tenemos mucho que recibir de los pobres a los que nos acercamos y ayudamos. Luchando con sus dificultades, a menudo dan testimonio de lo esencial, de los valores familiares; son capaces de compartir con aquellos que son más pobres que ellos y lo saben disfrutar”. De este modo ha observado que “la indiferencia y el egoísmo están al acecho. La atención a los pobres nos enriquece poniéndonos en un camino de humildad y verdad”.
Francisco les ha animado a pedir al Señor, en ocasión de este tiempo de Cuaresma que comienza, que les dé "un corazón misericordioso y pobre, que conozca su propia pobreza y se entregue a los demás".
Por otro lado, el Papa ha recordado la preciosa labor que realizan ayudando a las poblaciones más necesitadas del mundo ofreciéndoles el consuelo espiritual de no sentirse olvidados en sus dificultades y de conservar la esperanza. Y así, Francisco ha invitado a los presentes a rezar con insistencia por la paz “para que los responsables políticos encuentren caminos de diálogo y reconciliación” y les ha deseado que su peregrinación “aumente en cada uno el sentido de pertenencia a la Iglesia, que es una gran familia, y la alegría de proclamar a todos el Evangelio".
A continuación, el Santo Padre ha exhortado para que “la fraternidad se fortalezca entre vosotros, para que podáis llevar a cabo vuestra misión al servicio de los pobres y de los pequeños, por los que Jesús tiene un amor especial”. Además, el Papa ha dedicado unas palabras a Bélgica y Holanda, "dos países que han llenado el mundo de misioneros y hoy están en crisis vocacional”. Por eso ha pedido a los presentes que llamen “al corazón de Jesús para que no se olvide de la generosidad de estos dos países y les envíe vocaciones para que la vida de fe pueda crecer más”.
Para finalizar, el Obispo de Roma ha afirmado que “vosotros trabajáis con pobres y amáis a los pobres, pero también pensáis en los pobres de fe, que no tiene fe porque no tienen quien se la predique”. Que el Señor envíe sacerdotes --ha pedido-- para anunciar la fe, y por favor, rezad por las vocaciones de vuestros países.