08 marzo 2015

'El látigo de Jesús con nosotros es su misericordia'

El Papa en el Ángelus



"Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos presenta el episodio de la expulsión de los vendedores del templo. Jesús "hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, con sus ovejas y sus bueyes", el dinero, todo. Este gesto suscitó una fuerte impresión, en la gente y los discípulos. Apareció claramente como un gesto profético, tan es así que algunos de los presentes preguntaron a Jesús, pero dinos: '¿Qué gesto nos muestras para hacer estas cosas? ¿Quién eres tú para hacer estas cosas? Muéstranos un signo de que tienes autoridad para hacerlas'. Buscaban una señal divina, prodigiosa que acreditase a Jesús como enviado de Dios. Y Él respondió: 'Destruid este templo y en tres días lo volveré a levantar'. Le replicaron: 'Este templo ha sido construido en cuarenta y seis años, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?'. No habían entendido que el Señor se refería al templo vivo de su cuerpo, que habría sido destruido con la muerte en la cruz, pero que habría resucitado al tercer día. Por eso, en tres días. "Cuando resucitó de entre los muertos --escribe el Evangelista-- sus discípulos recordaron que había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado Jesus".
En efecto, este gesto de Jesús y su mensaje profético se entienden plenamente a la luz de su Pascua. Aquí tenemos, según el Evangelista Juan, el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, se convertirá en la Resurrección en el lugar de la cita universal entre Dios y los hombres. Y Cristo Resucitado es precisamente el lugar de la cita universal de todos, entre Dios y los hombres. Por eso su humanidad es el verdadero templo, donde Dios se revela, habla, se deja encontrar; y los verdaderos adoradores, los verdaderos adoradores de Dios, no son los custodios del templo material, los poseedores del poder o del saber religioso, son aquellos que adoran a Dios "en espíritu y verdad".
En este tiempo de Cuaresma nos estamos preparando para la celebración de la Pascua, cuando renovaremos las promesas de nuestro Bautismo. Caminemos por el mundo como Jesús y hagamos de toda nuestra existencia un signo de su amor por nuestros hermanos, especialmente los más débiles y los más pobres, nosotros construimos a Dios un templo en nuestra vida. Y de así lo hacemos 'encontrable' para tantas personas que encontramos en nuestro camino. Si somos testigos de este Cristo vivo, mucha gente encontrará a Jesús en nosotros, en nuestro testimonio. Pero, nos preguntamos, y cada uno de nosotros se puede preguntar, ¿el Señor se siente verdaderamente como en casa en mi vida? ¿Le permito que haga 'limpieza' en mi corazón y eche a los ídolos, o sea aquellas actitudes de codicia, celos, mundanidad, envidia, odio, aquella costumbre de hablar mal y 'despellejar' a los otros? ¿Le dejo hacer limpieza de todos los comportamientos contra Dios, contra el prójimo y contra nosotros mismos, como hoy hemos escuchado en la primera lectura? Cada uno se puede responder a sí mismo, en silencio en su corazón. ¿Permito que Jesús haga un poco de limpieza en mi corazón? 'Padre, tengo miedo de que me apalee'. Pero Jesús jamás apalea. Jesús hará limpieza con ternura, con misericordia, con amor. La misericordia es su manera de hacer limpieza. Dejemos, cada uno de nosotros, dejemos que el Señor entre con su misericordia --no con el látigo, no, con su misericordia-- a hacer limpieza en nuestros corazones. El látigo de Jesús con nosotros es su misericordia. Abrámosle la puerta para que haga un poco de limpieza.
Cada Eucaristía que celebramos con fe nos hace crecer como templo vivo del Señor, gracias a la comunión con su cuerpo crucificado y resucitado. Jesús conoce aquello que hay en cada uno de nosotros, y conoce también nuestro más ardiente deseo: el de ser habitados por Él, sólo por Él. Dejémoslo entrar en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestros corazones. Que María Santísima, que es la morada privilegiada del Hijo de Dios, nos acompañe y nos sostenga en el itinerario cuaresmal, para que podamos redescubrir la belleza del encuentro con Cristo, que es el único que nos libera y nos salva".
Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración del ángelus:
Angelus Domini nuntiavit Mariae...
Al concluir la plegaria, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Pontífice:
"Queridos hermanos y hermanas,
Doy una cordial bienvenida a los fieles de Roma y a todos los peregrinos procedentes de varias partes del mundo. Saludo a los fieles de Curitiba, Brasil; a los grupos parroquiales de Treviso, Génova, Crotone y L’Aquila, y a los de la zona de Domodossola; dirijo un pensamiento especial a los chicos de Garda que han recibido la Confirmación.
Durante esta Cuaresma, tratemos de estar más cerca de las personas que están viviendo momentos de dificultad: cercanos con el afecto, con la oración y con la solidaridad".
El Obispo de Roma dedicó también unas palabras a las mujeres:
"Y hoy, 8 de marzo, ¡un saludo a todas las mujeres! A todas las mujeres que cada día tratan de construir una sociedad más humana y acogedora. Y un gracias fraterno también a las que de mil maneras testimonian el Evangelio y trabajan en la Iglesia. Y ésta es para nosotros una ocasión para reafirmar la importancia de las mujeres y la necesidad de su presencia en la vida. Un mundo donde las mujeres son marginadas es un mundo estéril, porque las mujeres no sólo traen la vida sino que nos transmiten la capacidad de ver más allá --ven más allá de ellas--, nos transmiten la capacidad de entender el mundo con ojos distintos, de sentir las cosas con corazón más creativo, más paciente, más tierno. ¡Una oración y una bendición particular para todas las mujeres aquí presentes en la Plaza y para todas las mujeres! ¡Un saludo!"
Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:
"Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!"

06 marzo 2015

'La mundanidad anestesia el alma'

El Papa en la homilía de ayer



Acabamos de leer la parábola del rico que vestía de púrpura y lino finísimo y cada día daba grandes banquetes (Lc 16,19-31). No dice que sea malo; puede que fuera un hombre religioso, a su modo. Quizá rezaba alguna oración, y dos o tres veces al año seguramente iba al Templo a hacer sacrificios y dar generosas ofrendas a los sacerdotes, y éstos, con esa pusilanimidad clerical, se lo agradecían y lo sentaban en el puesto de honor. Pero no se daba cuenta de que a su puerta había un pobre mendigo, Lázaro, muerto de hambre, lleno de llagas, símbolo de sus muchas necesidades.
Cuando salía de casa, tal vez el rico iba en un coche con cristales ahumados para no ver fuera, no lo sé. Pero seguramente su alma, los ojos de su alma estaban oscurecidos para no ver. Solo veía dentro de su vida, y no advertía lo que le pasaba: no era malo, pero estaba enfermo, enfermo de mundanidad. Y la mundanidad trasforma las almas, hace perder la conciencia de la realidad: viven en un mundo artificial, hecho por ellos. ¡La mundanidad anestesia el alma! Por eso, este hombre mundano no era capaz de ver la realidad. Y la realidad es la de tantos pobres que viven junto a nosotros. Tantas personas que llevan una vida difícil. Pero si tengo el corazón mundano, jamás lo entenderé. El corazón mundano no puede entender las necesidades de los demás. Con el corazón mundano se puede ir a la iglesia, se puede rezar, se pueden hacer muchas cosas. Pero Jesús, en la Última Cena, en la oración al Padre, ¿qué pidió? Padre, no te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo (Jn 17, 15-16). Es un pecado sutil, o más que un pecado, es un estado pecador del alma.
En estas dos historias hay dos juicios: una maldición para el hombre que confía en el mundo, y una bendición para quien confía en el Señor (cfr. Jer 17,5-10). El hombre rico aleja su corazón de Dios, su alma está desierta, una tierra salobre e inhóspita, porque los mundanos, en realidad, están solos con su egoísmo. Tienen el corazón enfermo, tan apegado al modo de vivir mundano, que difícilmente se puede curar. Además, mientras el pobre tenía nombre, Lázaro, el rico ni lo tiene: no tenía nombre porque los mundanos pierden el nombre. Solo son uno cualquiera de esamuchedumbre acomodada, que no necesita nada. ¡Los mundanos pierden hasta el nombre!
En la parábola, el hombre rico, cuando muere y se encuentra atormentado, pide a Abraham que envíe a algún muerto a avisar a sus hermanos que aún viven. Pero Abraham responde que si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán ni aunque se les apareciese un muerto. Los mundanos piden manifestaciones extraordinarias, pero en la Iglesia está todo muy claro, Jesús habló claramente: ese es el camino.
Pero, al final, hay unas palabras de consuelo. Cuando el hombre mundano, en los tormentos, pide que envíe a Lázaro con un poco de agua, ¿qué responde Abraham? —Abraham es la figura de Dios, del Padre—: Hijo, acuérdate… Los mundanos han perdido el nombre; igual que nosotros, si tenemos el corazón mundano, lo perdemos. Pero no somos huérfanos. Hasta el final, hasta el último momento está la seguridad de que tenemos un Padre que nos espera. Confiemos en Él. ¡Hijo! Nos llama hijos en medio de aquella mundanidad: hijo. No somos huérfanos.

Oriente y occidente frente al misterio de la Trinidad

Raniero Cantalamessa


1. Poner en común lo que nos une
La reciente visita del papa Francisco en Turquía, que terminó con un encuentro con el patriarca ortodoxo Bartolomé, y sobre todo su exhortación a compartir plenamente la fe común del Oriente cristiano y el Occidente latino, me han convencido de la utilidad de usar las meditaciones cuaresmales de este año para satisfacer este deseo del Papa, que es también el de toda la cristiandad.
Este deseo de compartir no es nuevo. El Concilio Vaticano II, en laUnitatis redintegratio, instó a una consideración especial de las Iglesias orientales y sus riquezas (UR, 14). San Juan Pablo II, en su carta apostólica Orientale lumen de 1995, escribió:
“Dado que creemos que la venerable y antigua tradición de las Iglesias Orientales forma parte integrante del patrimonio de la Iglesia de Cristo, la primera necesidad que tienen los católicos consiste en conocerla para poderse alimentar de ella y favorecer, cada uno en la medida de sus posibilidades, el proceso de la unidad”1.
El mismo santo Pontífice ha formulado un principio que creo que es fundamental para el camino de la unidad: “la puesta en común de tantas cosas que nos unen y que son ciertamente más que las que nos separan”2. La Ortodoxia y la Iglesia católica comparten la misma fe en la Trinidad; en la Encarnación del Verbo; en Jesucristo, que es verdadero Dios y verdadero hombre en una persona, que murió y resucitó por nuestra salvación, que nos ha dado el Espíritu Santo; creemos que la Iglesia es su cuerpo animado por el Espíritu Santo; que la Eucaristía es “fuente y culmen de la vida cristiana”; que María es la Theotokos, la Madre de Dios; que tenemos como destino la vida eterna. ¿Qué puede ser más importante que esto? Las diferencias intervienen en la manera de entender y explicar algunos de estos misterios, así que son secundarias, no primarias.
En el pasado, las relaciones entre la teología oriental y la teología latina estuvieron marcadas por un notable tinte apologético y polémico. Se insistía sobre todo (en los últimos tiempos, tal vez con un tono más irenista) en lo que distingue y que cada uno creía tener diferente y más correcto que el otro. Es hora de invertir esta tendencia y dejar de insistir obsesivamente en las diferencias (a menudo basadas en una forzadura, si no en una deformación, del pensamiento del otro) y en su lugar juntar lo que tenemos en común y nos une en una única fe. Lo exige perentoriamente el deber común de proclamar la fe en un mundo profundamente cambiado, con preguntas e intereses distintos de los de la época en la que nacieron las diferencias, y que, en su gran mayoría, ya no entiende el sentido de muchas de nuestras finas distinciones y está a años luz de distancia de ellas.
Hasta el momento, en un esfuerzo por promover la unidad entre los cristianos, se impuso una línea que puede formularse como: “resolver primero las diferencias, y luego compartir lo que tenemos en común”; la línea que prevalece cada vez más en los ambientes ecuménicos es: “compartir lo que tenemos en común y luego resolver, con paciencia y respeto mutuo, las diferencias”.
El resultado más sorprendente de este cambio de perspectiva es que las mismas diferencias doctrinales reales, en lugar de parecernos un “error”, o una “herejía” del otro, comienzan a parecernos cada vez más a menudo como compatibles con nuestra propia posición y, a menudo, incluso como un necesario correctivo y enriquecimiento de la misma. Se ha tenido un ejemplo concreto, en otro frente, con el acuerdo de 1999 entre la Iglesia católica y la Federación Mundial de las Iglesias luteranas, respecto a la justificación por la fe.
Un sabio pensador pagano del siglo IV, Quinto Aurelio Símaco, recordaba una verdad que adquiere todo su valor cuando se aplica a las relaciones entre las diferentes teologías de Oriente y Occidente: “Uno itinere non potest perveniri ad tam grande secretum”3: “no se puede llegar a un misterio tan grande por uno solo camino”. En estas meditaciones trataremos de mostrar no sólo la necesidad, sino también la belleza y la alegría de encontrarnos en la cumbre para contemplar la misma maravillosa vista de la fe cristiana, aunque se haya alcanzado por vertientes diferentes.
Los grandes misterios de la fe, en los que vamos a tratar de verificar el acuerdo de fondo, a pesar de la diversidad de las dos tradiciones, son el misterio de la Trinidad, la persona de Cristo, el Espíritu Santo, la doctrina de la salvación. Dos pulmones, una única respiración: esta será la convicción que nos guiará en nuestro viaje de reconocimiento. El papa Francisco habla en este sentido de “diferencias reconciliadas”: no silenciadas o banalizadas, sino reconciliadas. Tratándose de simples predicaciones cuaresmales, es evidente que tocaré estos problemas complejos sin ninguna pretensión de exhaustividad, con una intención y una orientación práctica, más que especulativa.
Me dispongo a esta empresa con mucha humildad y casi de puntillas, sabiendo lo difícil que es despojarse de su propias categorías, para asumir las de los demás. Me consuela el hecho de que los Padres griegos, junto con los latinos, han sido durante años mi pan de cada día de estudio y muchos autores ortodoxos posteriores (Simeón el Nuevo Teólogo, Cabasilas, la Philokalia, Serafín de Sarov) han sido mi constante fuente de inspiración en el ministerio de la predicación, por no hablar de los iconos que son las únicas imágenes ante las cuales puedo rezar.
2. Unidad y trinidad de Dios
Comenzamos nuestro ascenso afrontando el misterio de la Trinidad, es decir a partir de la montaña más alta, el Everest de la fe4. En los primeros tres siglos de vida de la Iglesia, a medida que se iba explicitando la doctrina de la Trinidad, los cristianos se vieron expuestos a la misma acusación que ellos habían dirigido a los paganos: la de creer en más de una divinidad, de ser también ellos politeístas. Por eso el credo de los cristianos que, en todas sus distintas redacciones, durante tres siglos comenzaba con las palabras “Creo en Dios” (Credo in Deum), a partir del siglo IV, registra un pequeño, pero significativo añadido que ya no será omitido después: “Creo en un solo Dios” (Credo in unum Deum).
No es necesario rehacer aquí el camino que llevó a este resultado, podemos sin duda iniciar por la conclusión. Hacia el final del IV siglo se concluye la transformación del monoteísmo del Antiguo Testamento en el monoteísmo trinitario de los cristianos. Los latinos expresaban los dos aspectos del misterio con la fórmula “una sustancia y tres personas”, los griegos con la fórmula “tres hipostásis, una sola sustancia”. Después de un acalorado debate, el proceso se concluyó aparentemente con un acuerdo total entre las dos teologías: “¿Se puede concebir - exclamaba san Gregorio Nazianzeno - un acuerdo más pleno y decir más absolutamente que así la misma cosa, aún si con palabras distintas?”5.
Una diferencia, en realidad, permanecía entre las dos formas de expresar el misterio. Hoy en día es habitual expresarla así: los griegos y los latinos, en la consideración de la Trinidad, se mueven por lados opuestos; los griegos parten de las personas divinas, es decir, de la pluralidad, para alcanzar la unidad de naturaleza; los latinos, viceversa; parten de la unidad de la naturaleza divina, para alcanzar las tres personas. “El latino, ha escrito un historiador francés del dogma, considera la personalidad como una forma de la naturaleza; el griego considera la naturaleza como el contenido de la persona”6.
Yo creo que la diferencia se puede expresar también de otra forma. Ambos, latinos y griegos, parten de la unidad de Dios; sea el símbolo griego que el latino comienzan diciendo: “Creo en un solo Dios”. Solamente que esta unidad para los latinos es concebida aún como impersonal o pre-personal; es la esencia de Dios que se especifica después en Padre, Hijo y Espíritu santo, sin, naturalmente, ser pensada como preexistente a las personas. En la teología latina, el tratado “De Deo uno”, sobre Dios uno, siempre ha precedido el tratado “De Deo trino”, es decir sobre la Trinidad.
Para los griegos, sin embargo, se trata de una unidad ya personalizada, porque para ellos “la unidad es el Padre, del cual y hacia el cual se cuentan las otras personas”7. El primer artículo del credo de los griegos dice también “Creo en un solo Dios Padre omnipotente”, pero “Padre omnipotente” aquí no está separado de “un solo Dios”, como en el credo latino, sino que hace un todo uno con ello. La coma no está después de la palabra “Dios”, sino después de la palabra “omnipotente”. El sentido es: “Creo en un solo Dios que es el Padre omnipotente”. La unidad de las tres personas divinas es dada por ellos, del hecho de que el Hijo está perfectamente (sustancialmente) “unido” al Padre, como lo está también el Espíritu Santo al Hijo” 8.
Uno y otro modo de acercarse al misterio es legítimo, pero hoy se tiende cada vez más a preferir el modelo griego, en el que la unidad en Dios no es separable de la trinidad, sino que forma un único misterio y proviene de un único acto. En pobres palabras humanas, podemos decir lo que sigue. El Padre es la fuente, el origen absoluto del movimiento del amor. El Hijo no puede existir como Hijo si no recibe del Padre todo lo que es. “Es por causa del Padre - por el hecho de que el Padre existe - que existen también el Hijo y el Espíritu”, escribe Damasceno9.
El Padre es el único, también en el ámbito de la Trinidad, absolutamente el único, que no necesita ser amado para poder amar. Solo en el Padre se realiza la perfecta ecuación: ser es amar; para las otras personas divinas, ser es ser amado.
El Padre es relación eterna de amor y no existe fuera de esta relación. No se puede, por tanto, concebir al Padre en primer lugar como el ser supremo y sucesivamente reconocer en él una eterna relación de amor. Se debe hablar del Padre, como eterno acto de amor. El Dios único de los cristianos es por tanto el Padre; pero no concebido separadamente (¿cómo puede llamarse “padre”, si no porque tiene un hijo?), sino como el Padre siempre en acto de generar al Hijo y donarse a él con un amor infinito que les une a ambos y que es el Espíritu Santo. Unidad y trinidad de Dios surgen eternamente de un único acto y son un único misterio.
He dicho que hoy muchos, también en occidente, tienden a preferir el modelo griego (y yo mismo estoy entre estos); sin embargo debemos enseguida añadir que esto no significa renegar la aportación de la teología latina. Si, de hecho, la teología griega ha dado, por así decir, el esquema y la actitud justa para hablar de la Trinidad, el pensamiento latino le ha asegurado, con Agustín, el contenido de fondo y el alma, que es el amor.
Él funda su discurso de la Trinidad sobre la definición “Dios es amor” (1 Jn 4, 16), y ve en el Espíritu Santo el amor mutuo entre el Padre y el Hijo, según la tríada amante, amado, amor, que sus seguidores medievales explicitaron e hicieron casi canónica10. Sobre ella el teólogo Heribert Mühlen ha fundado recientemente su concepción del Espíritu Santo como el “Nosotros” divino, la koinonia personificada entre el Padre y el Hijo en la Trinidad, y, de forma distintas, entre todos los bautizados en la Iglesia11.
El primero de los orientales en valorar esta contribución de la teología latina fue san Gregorio Palamas que, en el siglo XIV, conoció finalmente en persona el tratado sobre la Trinidad de san Agustín. Escribió:
“El Espíritu del altísimo Verbo es como el amor inefable del Padre por su Verbo, generado de forma inefable; amor que este mismo Verbo e Hijo predilecto del Padre tiene, a su vez, por el Padre, en cuanto que posee al Espíritu que junto a él proviene del Padre y que descansa en él, en cuanto a él connatural”12.
La apertura de Palamas es retomada hoy, en otro contexto, por un conocido teólogo ortodoxo actual, cuando escribe: “La Expresión ‘Dios es amor’ significa que Dios ‘existe’ en cuanto Trinidad, como ‘persona’ y no como sustancia. El amor no es una consecuencia o una ‘propiedad’ de la sustancia divina… sino lo que constituye su sustancia”13. Me parece una explicación compatible con la definición que santo Tomás de Aquino, sobre la estela de Agustín, da de las personas divinas como “relaciones subsistentes”14.
La diferencia y la complementariedad de las dos teologías no se limita sin embargo solo a la forma de concebir el ser y las relaciones internas a la Trinidad. Aún con alguna excepción (entre los latinos, la de Agustín), es evidente que los griegos están más interesados a la Trinidad inmanente, fuera del tiempo, mientras los latinos están más interesados en la Trinidad económica, es decir como ésta se ha revelado en la historia de la salvación. Los unos según el genio propio, están más interesados en el ser y en la ontología, y los otros al manifestarse, es decir, a la historia. En esta luz, se comprende la costumbre de los latinos de iniciar el discurso sobre Dios con el tratado “Sobre Dios uno”, en vez de “Sobre Dios trino” y se entienden también los motivos que hay de mantener esta tradición, como riqueza para todos. En la historia de la salvación de hecho - lo veremos enseguida - la revelación del Dios uno ha precedido la del Dios trino.
El signo más evidente de esta diferencia de actitud son las dos formas distintas de representar la Trinidad en la iconología griega y en el arte occidental. El icono canónico de la ortodoxia, que tiene como su cumbre en Rublev, representa la Trinidad con las figuras de tres ángeles iguales y distintos, ubicados en torno a una mesa. Todo emana una paz y unidad sobrehumana. La historia de la salvación no es ignorada, como demuestra la referencia al episodio de Abrahán que acoge a los tres huéspedes, y la mesa eucarística entorno a la cual los tres están sentados, pero ésta permanece en el fondo.
En el arte occidental, desde la Edad Media en adelante, la Trinidad es representada de otra forma. Se ve al Padre que con los brazos extendidos toma los dos extremos de la cruz y, entre el rostro del Padre y el de Crucificado, asoma una paloma que representa el Espíritu Santo. Los ejemplos más conocidos son la Trinidad de Masaccio en Santa María Novella en Florencia y la de Dürer en el museo de Viena, pero se encuentran otros innumerables ejemplos, a nivel tanto popular como artístico. El Greco representa el Padre que rige en su seno el Hijo Jesús depuesto de la cruz bajo la paloma del Espíritu. Es la Trinidad como se ha revelado a nosotros en la historia de la salvación que tiene su vértice en la cruz de Cristo.
3. Dos caminos para mantener abiertos
Hagamos ahora un paso hacia adelante y busquemos la manera de ver cómo la fe cristiana tiene necesidad de tener abiertos y recorribles ambos caminos al misterio trinitario hasta aquí delineado. Dicho de manera esquemática. La Iglesia necesita acoger en plenitud el enfoque de la Ortodoxia a la Trinidad en su vida interior, o sea en la oración, en la contemplación, en la liturgia, en la mística: tiene necesidad de tener presente el enfoque latino en su misión evangelizadora ad extra.
No hay necesidad de demostrar el primer punto. A propósito, basta acoger con alegría y reconocimiento el riquísimo patrimonio de espiritualidad que viene de la tradición griega y bizantina y que varios teólogos ortodoxos, en tiempos recientes, han defendido y hecho accesible al público occidental15. Un texto de san Basilio expresa bien la orientación de fondo de la visión ortodoxa:
“El camino del conocimiento de Dios procede del único Espíritu, a través del único Hijo hasta el único Padre; inversamente, la bondad natural, la santificación según la propia naturaleza, la dignidad real se difunden del Padre, por medio del Unigénito, hasta el Espíritu”16.
En otras palabras, en el plano del ser o de la salida de las criaturas de Dios, todo parte del Padre, pasa por el Hijo y llega a nosotros en el Espíritu; en el orden del conocimiento o del regreso de las criaturas a Dios, todo comienza con el Espíritu Santo, pasa por el Hijo Jesucristo y vuelve al Padre. La perspectiva es siempre la trinitaria.
Explico en cambio por qué es necesario, hoy más que nunca, sea en Oriente que en Occidente, conocer y practicar también el enfoque latino del misterio de Dios uno y trino. San Gregorio Nazianzeno, en un texto famoso sintetiza así el proceso que ha llevado a la fe en la trinidad:
“El Antiguo Testamento anunció de manera explícita del Padre, mientras la existencia del Hijo fue anunciada de una manera más obscura. El Nuevo Testamento manifestó la existencia del Hijo, mientras hizo entrever la naturaleza divina del Espíritu Santo. Ahora el Espíritu está presente en medio de nosotros y nos concede de manera más indistinta la propia manifestación. No hubiera sido conveniente, cuando aún no era confesada la divinidad del Padre, proclamar abiertamente la del Hijo, ni habría sido seguro ponerse encima el peso de la divinidad del Espíritu Santo cuando no había sido aceptada la del hijo”17.
La misma pedagogía divina la vemos actuada por Jesús. Él dice a los apóstoles que no les puede revelar todo lo que sabe de sí mismo y del Padre suyo, porque ellos no habrían sido “capaces de cargar el peso” (Jn 16, 12).
Ahora, es verdad que nosotros vivimos en el tiempo en el cual la Trinidad se ha plenamente revelado y que por lo tanto tenemos que vivir constantemente bajo esta “luz trisolar”, como la llaman algunos Padres antiguos, sin perdernos en la contemplación de un Dios “ser supremo”, más cerca al Dios de los filósofos que a aquel revelado por Jesús. Pero ¿qué decir del mundo no creyente, secularizado que nos circunda y que de todos modos tienen que ser nuevamente evangelizado? ¿No está éste en las mismas condiciones del mundo antes de la venida de Cristo? ¿No tenemos que usar hacia él la misma pedagogía que Dios ha usado con la humanidad entera al revelarse?
Por lo tanto también nosotros tenemos que ayudar a nuestros contemporáneos a descubrir, antes de todo que Dios existe, que nos ha creado por amor, que es un padre bueno y se ha revelado a nosotros en la persona de Jesús. ¿Podemos honestamente comenzar nuestra evangelización hablando de las tres personas divinas? ¿No sería también esto, para usar la imagen de san Gregorio, poner en las espaldas de la gente un peso que no es capaz de soportar?
Hay que notar una cosa importante: El Padre que, según Gregorio Nazianzeno, se ha revelado primero en el Antiguo Testamento, no es aún “el Padre nuestro del Señor Jesucristo”, o sea un padre verdadero de un hijo verdadero; no es el Dios Padre de la Trinidad; esta revelación se realiza solamente con Jesús. Es aún el padre en sentido metafórico, en el sentido de “padre de su pueblo Israel” y, para los paganos, “padre del cosmos”, “padre celeste”. También para san Gregorio por lo tanto, la revelación sobre Dios ha comenzado con el “Dios uno”.
Hay un sentido por el cual la palabra “Dios” puede y tiene que ser usada para designar lo que las tres personas divinas tienen en común, o sea toda la Trinidad 18, sea con la Escritura que con los Padres antiguos, entendemos este elemento común como “naturaleza”, sustancia, o esencia (2 Pe 1, 4: “participantes de la divina naturaleza”, theia physis); sea como lo propone Johannes Zizioulas, lo entendemos como “ser en comunión”19.
La Iglesia tiene que encontrar el modo de anunciar el misterio de Dios uno y trino con categorías apropiadas y comprensibles a los hombres del propio tiempo. Así lo hicieron los padres de la Iglesia y los concilios antiguos, y es en esto, sobre todo, que consiste la fidelidad a ellos. Es difícil pensar que se pueda presentar a los hombres de hoy el misterio trinitario en los mismos términos de sustancia, hipóstasis, propiedad y relación subsistente, aunque la Iglesia no podrá nunca renunciar a usarlos en el ámbito de su teología y en los ámbitos de profundización de la fe.
Si hay algo en el lenguaje antiguo de los Padres, que la experiencia del anuncio demuestra que aún es capaz de ayudar a los hombres de hoy, si no a explicar al menos para que se hagan una idea de la Trinidad, esto es justamente el de Agustín que hace perno sobre el amor. El amor es por si mismo, comunión y relación; no existe amor excepto que entre dos o más personas. Cada amor es el movimiento de un ser hacia otro ser, acompañado por el deseo de unión. Entre las criaturas humanas esta unión es siempre incompleta y transitoria, aun en los amores más ardientes: solamente entre las personas divinas la unión se realiza en un modo de tal manera total que de los Tres, hace eternamente un solo Dios. Este es un lenguaje que también el hombre de hoy está en condiciones de entender.
4.Unidos en la adoración de la Trinidad
San Agustín nos sugiere la mejor manera para concluir esta reconstrucción de las dos vías de enfoque hacia el misterio de la Santísima Trinidad. Cuando se quiere cruzar un brazo de mar, dice, la cosa más importante no es quedarse en la costa y agudizar la vista para ver lo que hay en la orilla opuesta, sino subir a la barca que los lleva a aquella orilla. Así para nosotros la cosa más importante no es especular sobre la Trinidad, sino quedarnos en la fe de la Iglesia que es la barca que lleva a ella20.Nosotros no podemos abrazar el océano, pero sí podemos entrar en él; por más esfuerzos que hagamos no podemos abrazar con nuestra mente el misterio de la Trinidad, aunque podemos hacer algo más bello aún: ¡entrar en él!
Hay un punto en el que nos encontramos unidos y concordes, sin ninguna diferenciación entre Oriente y Occidente, y es el deber y la alegría de adorar a la Trinidad. Solamente en la adoración practicamos realmente, no solamente con palabras pero también en los hechos, el apofatismo, o sea aquella regla de humilde restricción al hablar de Dios, de decir no diciendo. Adorar a la Trinidad, según un espléndido oxímoron de san Gregorio Nazianzeno, es elevar a ella un “himno de silencio”21. Adorar es reconocer a Dios como Dios, y a nosotros mismos como criaturas de Dios. Es “reconocer la infinita diferencia cualitativa entre el Creador y la criatura”22;reconocerla sin embargo libremente, con alegría, como hijos y no como esclavos. Adorar dice el apóstol, es “liberar la verdad prisionera de la injusticia del mundo”(cfr. Rm 1, 18).
Concluyamos recitando juntos la doxología, que desde la más remota antigüedad, se eleva idéntica a la Trinidad, desde Oriente y desde Occidente: “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.

1Orientale lumen, n. 1
2Tertio millennio adveniente, n. 16.
3 Q. A. Symmacus, Relatio de arae Victoriae, III,10, en Monumenta Germaniae Historica”, Auctores antiquissimi Bd.6/1, rist. 1984.
4 Para una revisión crítica de las diferentes teologías de la Trinidad existentes hoy en las diversas Iglesias cristianas, cfr. Veli-Matti Kärkkäinen, The Trinity: Global Perspectives, Louisville, Kentucky, 2007.
5 Gregorio Nazianzeno, Oratio 42, 15 (PG 36, 476).
6 Th. De Régnon, Études de théologie positive sur la Sainte Trinité, I, París 1892, 433.
7 Gregorio Naz., Oratio. 42, 16 (PG 36, 4776).
8 Cfr. Gregorio de Nisa, Contra Eunomium 1,42 (PG 45, 464)
9 Juan Damasceno, De fide orthodoxa, I, 8 (PG 94, 824)
10 Agustín, De Trinitate,VIII, 9,14; IX, 2,2; XV,17,31; cfr. Ricardo de San Víctor, De Trin. III,2.18; S: Bonaventura, I Sent. d. 13, q.1.
11 Cf. H. Mühlen , Der Heilige Geist als Person. Ich - Du - Wir, Münster in W., 1963.
12 Gregorio Palamas, Capita physica, 36 (PG 150, 1145).
13 J. D. Zizioulas, Du personnage à la personne, in L’être ecclésial, Genève 1981, p. 38.
14 Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q.29, a. 4.
15 Cfr. V Lossky, La teología mística de la Iglesia de Oriente, Bolonia 1967 (ed. originalThéologie mystique de l’Eglise d’Orient, París 1944; P. Evdokimov, La Ortodoxia, Bolonia 1965 (ed. original L’Orthodoxie, París 1959); J. Meyendorff, La teología Bizantina, Marietti 1984 (ed. original Byzantine Theology, Nueva York 1974).
16 Basilio de Cesarea, De Spiritu Sancto XVIII, 47 (PG 32 , 153).
17 Cfr. Gregorio Nazianzeno, Oratio 31 (Teologica II), 26; cfr. también Oratio 32 (Teologica III).
18 Agustín, La Trinidad, I,6,10: “El nombre 'Dios' indica toda la Trinidad, no sólo el Padre”.
19 J. Zizioulas, Being as Communion. Studies in Personhood and the Church, London, 1985.
20 Agustín, La Trinidad IV,15, 20; Confesiones, VII, 21.
21 Gregorio Nazianzeno, Carmi, 29 (PG 37, 507) (sigomenon hymnon).
22 Søren Kierkegaard, La enfermedad mortal.

05 marzo 2015

Carta del Prelado del Opus Dei

(marzo de 2015)


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Han transcurrido algunas fechas desde el comienzo de la Cuaresma. Además de repasar, con agradecimiento y ánimo de aprender, los cuarenta días de oración y ayuno de Jesucristo en el desierto, y su lucha vencedora contra el espíritu maligno, la Iglesia nos propone que nos preparemos muy bien para adentrarnos en las escenas de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor en la próxima Pascua. Por eso nos invita a recorrer muy unidos al Maestro este tiempo litúrgico, como recordaba san Juan Pablo II hace unos años.

«Mirad que subimos a Jerusalén (Mc 10, 33). Mediante estas palabras el Señor invita a los discípulos a recorrer junto a Él el camino que partiendo de Galilea conduce hasta el lugar donde se consumará su misión redentora. Este camino a Jerusalén, que los evangelistas presentan como la culminación del itinerario terreno de Jesús, constituye el modelo de vida del cristiano, comprometido a seguir al Maestro en la vía de la Cruz.

»Cristo dirige esta misma invitación de "subir a Jerusalén" a los hombres y mujeres de hoy. Y lo hace con particular fuerza en este tiempo de Cuaresma, favorable para convertirse y encontrar la plena comunión con Él, participando íntimamente en el misterio de su muerte y resurrección. Por tanto, la Cuaresma representa para los creyentes la ocasión propicia para una profunda revisión de vida».

Conocemos las principales prácticas que la Iglesia recomienda, durante la Cuaresma, para manifestar este afán de conversión: la oración, la penitencia, las obras de caridad. Querría que, en esta ocasión, nos fijásemos especialmente en estas últimas. El Papa Francisco, en su mensaje para la Cuaresma, se refiere a la globalización de la indiferencia: un mal que se ha acentuado en nuestra época y que se opone frontalmente al modo de actuar de Dios. En efecto, el Señor, en su infinita misericordia, cuida de todos y de cada uno, nos busca también cuando nos alejamos, no cesa de enviarnos la claridad de su luz y la fuerza de su gracia, para que nos decidamos a conducirnos en todo momento como buenos hijos suyos. Pero ocurre —subraya el Pontífice— que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen....

Para superar este peligro, hemos de considerar que somos solidarios unos con otros. Y, sobre todo, reflexionar sobre la Comunión de los santos, que nos impulsará a servir, a ocuparnos —día tras día— de nuestras hermanas y de nuestros hermanos menesterosos de atención espiritual o material. La Cuaresma se convierte así en un tiempo especialmente propicio para imitar a Cristo con una entrega generosa a los miembros de su Cuerpo místico, pensando en cómo Él se nos da.

La fuerza para comportarnos de esta manera proviene de la escucha atenta de la palabra de Dios y de la recepción de los sacramentos —la Confesión, la Eucaristía—, señalados de modo concreto en los mandamientos de la Iglesia, en estas fechas. Consideremos que, al recibir el Cuerpo del Señor en la Comunión con las disposiciones espirituales necesarias, nos iremos pareciendo más y más a Él, se hará más perfecta nuestra identificación con Jesús, hasta llegar a ser —como repetía nuestro Padre— ipse Christus, el mismo Cristo. Y haremos muy nuestras todas las indigencias de los demás, sin dejar que se forme en nuestros corazones la costra del egoísmo, de centrarse en el propio yo: quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. Cómo no recordar la predicación rotunda de san Pablo: si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él.

Me interesa, y mucho, hijas e hijos míos, que apliquemos estas consideraciones al cuidado de los enfermos: una obra de misericordia que Jesucristo premia de modo especial. Recemos también a diario por los que sufren persecución a causa de sus convicciones religiosas. ¡Nadie nos ha de resultar ajeno! Roguemos al Señor que los asista con su gracia y les conceda fuerzas. Y como la caridad es ordenada, ha de llegar, en primer término, a quienes se hallan más cercanos —miembros de nuestra familia sobrenatural o humana, amigos y vecinos, compañeros de trabajo—, a todos aquellos con quienes nos unen especiales lazos de fraternidad, por las distintas situaciones que atravesamos.

Muy claras son las sugerencias que transcribo: ¿Se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cfr. Lc 16, 19-31).

Aprovecho estas líneas para agradecer nuevamente a mis hijas y a mis hijos, y a tantas otras personas que cuidan de los enfermos y de las personas ancianas, su dedicación generosa a esta labor: ¡cómo les sonríe Dios! No se me oculta que, en ocasiones, en esa tarea quizá brote el cansancio. Pero entonces volvamos los ojos a una realidad muy clara a la luz de la fe: atender a quienes no pueden valerse por sí mismos, tanto en el propio hogar como en otros lugares, nos introduce derechamente en el Corazón misericordioso del Señor. Esmerémonos en dedicarles nuestros mejores servicios, sin regatear jamás el sacrificio personal. Con frecuencia leo cómo san Josemaría acudía gozoso —¡era una necesidad, también para hacer el Opus Dei!— a visitar a los enfermos, a estar con ellas o con ellos. De esos momentos sacaba fuerzas para cumplir lo que Dios le pedía.

Contamos en la Obra con una amplia experiencia de estas obras de misericordia: no en vano —repito— el Opus Dei nació y se consolidó entre los pobres y los enfermos. Muy significativo para nuestro caminar es que el 19 de marzo de 1975, pocos meses antes de su tránsito al Cielo —han transcurrido cuarenta años—, nuestro Padre recordara con viveza aquellos comienzos durante una tertulia en familia. Os invito a detenernos de nuevo en sus palabras.

Fui a buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. Horas y horas por todos los lados, todos los días, a pie de una parte a otra, entre pobres vergonzantes y pobres miserables, que no tenían nada de nada; entre niños con los mocos en la boca, sucios, pero niños, que quiere decir almas agradables a Dios (....). ¡Y qué bien, qué alegría! Fueron muchas horas en aquella labor, pero siento que no hayan sido más. Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si se pueden llamar casas a aquellos tugurios... Eran gente desamparada y enferma; algunos con una enfermedad que entonces era incurable, la tuberculosis (...).

Fueron unos años intensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta. Pero he querido deciros —algún día os lo contarán con más detalle, con documentos y papeles— que la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas.

A las enfermas y a los enfermos les sugiero que sean dóciles y se dejen atender; que agradezcan el cariño humano y cristiano que les dispensa el mismo Jesucristo por medio de quienes se ocupan de ellas o de ellos. ¡Cuántas personas, también entre las que no poseen el tesoro de la fe, quedan removidas ante estas manifestaciones del verdadero amor cristiano y humano, y acaban por descubrir el rostro de Jesús en los enfermos o en las personas que por ellos se gastan!

Qué gozo nos causa también la cercanía de las solemnidades de san José y de la Anunciación de Nuestra Señora. Cobran una significativa relevancia en este año mariano dedicado a la familia, pues colocan ante nuestros ojos el ambiente del hogar de Nazaret. Allí se hizo presente la gran misericordia de Dios con la humanidad, el amor de la Trinidad mediante la encarnación del Verbo en el seno purísimo de María. Allí pasó Jesús largos años, rodeado en todo momento por el cariño y el desvelo de su Madre y de san José. Allí trabajó con perfección humana y sobrenatural el santo Patriarca. Son excelentes motivos para confiarles la santidad de los hogares cristianos e impetrar su protección sobre todas las familias de la tierra.

En sus recientes catequesis, el Papa ha subrayado el importantísimo papel de la madre y del padre en el seno de la familia: las madres —decía en una de estas ocasiones— son el antídoto más fuerte ante la difusión del individualismo egoísta. Lo mismo cabe afirmar de los padres, que juegan igualmente un papel fundamental. Cada familia precisa la presencia de un padre, aunque desgraciadamente hoy se ha llegado a afirmar que nuestra sociedad es una "sociedad sin padres" (...). Especialmente en la cultura occidental, la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida. Esta actitud constituye un error muy grave, pues tanto el padre como la madre resultan completamente imprescindibles para el desarrollo armónico de los hijos en todas sus facetas. ¿Es intensa, generosa, nuestra oración por esta célula vital —la familia— de la Iglesia y de la sociedad civil? ¿Rezamos para que cada hogar sea una prolongación del que albergó al Hijo de Dios en Nazaret? ¿Cómo agradecemos la abnegación generosa y alegre de tantos padres y madres? ¿Nos acordamos de rezar por la felicidad de los esposos a los que Dios no concede hijos, para que amen la Voluntad del Cielo, dando además ejemplo de servicio a la humanidad entera?

En cualquier caso, sean muchos, pocos o ninguno los hijos que Dios conceda, es preciso que todos los hogares cristianos promuevan la alegría de saberse iglesia doméstica. Por eso recojo las siguientes enseñanzas de san Josemaría, cuando afirmaba que hay que recibir los hijos siempre con alegría y agradecimiento, porque son regalo y bendición de Dios y una prueba de su confianza. Y añadía: no dudéis de que la disminución de los hijos en las familias cristianas redundaría en la disminución del número de vocaciones sacerdotales, y de almas que se quieran dedicar de por vida al servicio de Jesucristo. Yo he visto bastantes matrimonios que, no dándoles Dios más que un hijo, han tenido la generosidad de ofrecérselo a Dios. Pero no son muchos los que lo hacen así. En las familias numerosas es más fácil comprender la grandeza de la vocación divina y, entre sus hijos, los hay para todos los estados y caminos.

No siempre los esposos tienen descendencia. En estos casos, no han de considerarse fracasados, porque no lo son. Es otro modo —también divino— que el Señor tiene de bendecir el amor conyugal. Las familias numerosas —afirmaba nuestro Padre— me causan mucha alegría. Pero cuando me encuentro un matrimonio sin hijos, porque Dios no se los ha concedido, me lleno también de gozo: no sólo pueden santificar lo mismo su hogar, sino que además disponen de más tiempo para dedicarse a los hijos de los otros, y son ya muchos los que lo hacen con una abnegación conmovedora. Tengo el orgullo de poder asegurar que nunca he apagado un amor noble de la tierra; al contrario, lo he alentado, porque debe ser —cada día más— un camino divino. Agradezcamos a Dios la fidelidad alegre de estos esposos.

En la fiesta de san José, todas y todos acudimos al santo Patriarca pidiéndole que colme de fidelidad a Dios toda nuestra existencia, día a día, como cumplió este varón justo, respondiendo a todas las peticiones divinas. Y, antes de concluir, deseo recordar que el 28 de marzo se cumplen noventa años de la ordenación sacerdotal de nuestro Padre. Invocadle especialmente con una súplica piadosa y constante por la Iglesia y el Papa; por las vocaciones sacerdotales y religiosas; por las vocaciones —también divinas— a una entrega total en medio del mundo, en el celibato apostólico o en el matrimonio; por la fidelidad de todos los cristianos. Dirigid vuestras plegarias, con fe y confianza, a la Virgen y a san José, para que sepamos caminar de modo contemplativo en medio del mundo. Y seguid encomendando todas mis intenciones.

Me da mucha alegría deciros que, antes de comenzar el curso de retiro, he ido a rezar a Loreto, con todas y con todos, y con nuestro Padre. Pude acompañarlo en varias ocasiones y contemplar cómo sabía querer a nuestra Madre y dejar en sus manos la vida de sus hijas y de sus hijos, la suya: ¡la Obra!, para servir más y mejor a la santa Iglesia.

Con todo cariño, os bendice vuestro Padre + Javier

Respetad a los ancianos, aprended de ellos...

El Papa ayer en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
La catequesis de hoy y la del miércoles próximo están dedicadas a los ancianos que, en el ámbito de la familia, son los abuelos, tíos abuelos. Hoy reflexionamos sobre la problemática condición actual de los ancianos y la próxima vez, es decir el próximo miércoles, más en positivo, sobre la vocación contenida en esta edad de la vida.
Gracias a los progresos de la medicina la vida se ha prolongado: ¡pero la sociedad no se ha “prolongado” a la vida! El número de los ancianos se ha multiplicado, pero nuestras sociedades no se han organizado suficientemente para hacerles lugar a ellos, con justo respeto y concreta consideración por su fragilidad y su dignidad. Mientras somos jóvenes, tenemos la tendencia a ignorar la vejez, como si fuera una enfermedad, una enfermedad que hay que tener lejos; luego cuando nos volvemos ancianos, especialmente si somos pobres, estamos enfermos, estamos solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada sobre la eficacia, que en consecuencia, ignora a los ancianos. Y los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar.
Benedicto XVI, visitando una casa para ancianos, usó palabras claras y proféticas, decía así: “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común” (12 de noviembre 2012). Es verdad, la atención a los ancianos hace la diferencia de una civilización. ¿En una civilización hay atención al anciano? ¿Hay lugar para el anciano? Esta civilización seguirá adelante porque sabe respetar la sabiduría, la sabiduría de los ancianos. Una civilización en donde no hay lugar para los ancianos, en la que son descartados porque crean problemas... es una sociedad que lleva consigo el virus de la muerte.
En occidente, los estudiosos presentan el siglo actual como el siglo del envejecimiento: los hijos disminuyen, los viejos aumentan. Este desequilibrio nos interpela, es más, es un gran desafío para la sociedad contemporánea. Sin embargo una cierta cultura del provecho insiste en hacer ver a los viejos como un peso, un “lastre”. No sólo no producen sino que son una carga. En fin, ¿cuál es el resultado de pensar así? Hay que descartarlos. ¡Es feo ver a los ancianos descartados, es una cosa fea, es pecado! ¡No nos atrevemos a decirlo abiertamente, pero se hace! Hay algo vil en este acostumbrarse a la cultura del descarte. Pero nosotros estamos acostumbrados a descartar a la gente. Queremos remover nuestro acrecentado miedo a la debilidad y a la vulnerabilidad; pero de este modo aumentamos en los ancianos la angustia de ser mal soportados y abandonados.
Ya en mi ministerio en Buenos Aires toqué con la mano esta realidad con sus problemas: «Los ancianos son abandonados, y no sólo en la precariedad material. Son abandonados en la egoísta incapacidad de aceptar sus limitaciones que reflejan las nuestras, en los numerosos escollos que hoy deben superar para sobrevivir en una civilización que no los deja participar, opinar, ni ser referentes según el modelo consumista de “sólo la juventud es aprovechable y puede gozar”.
Esos ancianos que deberían ser, para la sociedad toda, la reserva sapiencial de nuestro pueblo. ¡Los ancianos son la reserva sapiencial de nuestro pueblo! ¡Con qué facilidad, cuando no hay amor, se adormece la conciencia!» (Sólo el amor nos puede salvar, Ciudad del Vaticano 2013, p. 83). Y esto sucede. Recuerdo cuando visitaba las casas de ancianos, hablaba con cada uno de ellos y muchas veces escuché esto: “Ah, ¿cómo está usted? ¿Y sus hijos? −Bien, bien. −¿Cuántos tiene? −Muchos. −¿Y vienen a visitarla? −Sí, sí, siempre. Vienen, vienen. −¿Y cuándo fue la última vez que vinieron?” Y así la anciana, recuerdo especialmente una que dijo: “Para Navidad”. ¡Y estábamos en agosto! Ocho meses sin ser visitada por sus hijos, ¡ocho meses abandonada! Esto se llama pecado mortal, ¿se entiende?
Una vez, siendo niño, la abuela nos contó una historia de un abuelo anciano que cuando comía se ensuciaba porque no podía llevarse bien la cuchara a la boca, con la sopa. Y el hijo, es decir, el papá de la familia, tomó la decisión de pasarlo de la mesa común a una pequeña mesita de la cocina, donde no se veía, para que comiera solo. Pocos días después, llegó a casa y encontró a su hijo más pequeño que jugaba con la madera, el martillo y clavos, y hacía algo ahí. Entonces le pregunta: "Pero, ¿qué cosa haces? −Hago una mesa, papá. −¿Una mesa para qué? −Para cuando tú te vuelvas anciano, así puedes comer ahí”. ¡Los niños tienen más conciencia que nosotros!
En la tradición de la Iglesia hay un bagaje de sabiduría que siempre ha sostenido una cultura de cercanía a los ancianos, una disposición al acompañamiento afectuoso y solidario en esta parte final de la vida. Tal tradición está arraigada en la Sagrada Escritura, como lo demuestran, por ejemplo, estas expresiones del libro del Eclesiástico: «No te apartes de la conversación de los ancianos, porque ellos mismos aprendieron de sus padres: de ellos aprenderás a ser inteligente y a dar una respuesta en el momento justo» (Ecl 8,9).
La Iglesia no puede y no quiere adecuarse a una mentalidad de intolerancia, y menos aún de indiferencia y desprecio a los mayores. Debemos despertar el sentido colectivo de gratitud, de aprecio, de acogida, que haga sentir al anciano parte viva de su comunidad.
Los ancianos son hombres y mujeres, padres y madres que nos han precedido en nuestras mismas calles, en nuestra misma casa, en nuestra batalla cotidiana por una vida digna. Son hombres y mujeres de quienes hemos recibido mucho. El anciano no es un extraterrestre. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente de todos modos, aunque no lo pensemos. Y si nosotros no aprendemos a tratar bien a los ancianos, así nos tratarán a nosotros.
Frágiles, somos un poco todos los viejos. Algunos, sin embargo, son particularmente débiles, muchos están solos, y marcados por la enfermedad. Algunos dependen de cuidados indispensables y de la atención de los demás. ¿Haremos por ello un paso atrás? ¿Los abandonaremos a su destino? Una sociedad sin proximidad, en donde la gratuidad y el afecto sin compensación −incluso entre extraños− van desapareciendo, es una sociedad perversa. La Iglesia, fiel a la Palabra de Dios, no puede tolerar estas degeneraciones. Una comunidad cristiana en la cual la proximidad y gratuidad dejaran de ser consideradas indispensables, perdería con ellas su alma. Donde no hay honor para los ancianos, no hay futuro para los jóvenes.

04 marzo 2015

Comentario a la liturgia tercer domingo de Cuaresma

P. Antonio Rivero, L.C. 

Ciclo B - Textos: Ex 20, 1-17; 1 Co 1, 22-25; Jn 2, 13-25



Idea principal: ¿A qué “mercaderes” debo expulsar en esta cuaresma que quieren traficar con mi alma y con mi cuerpo, templo de Dios?
Síntesis del mensaje: Dios en esta Cuaresma quiere purificar el templo de mi cuerpo, de mi alma y corazón, para poder celebrar conmigo su Pascua, es decir, el triunfo del pecado y la inyección de la gracia divina, haciéndome hombre nuevo.

Puntos de la idea principal:

En primer lugarCristo tiene que entrar hoy con látigo en mano al templo de nuestra Iglesia y expulsar de ella a todos esos mercaderes que sólo buscan carrerismo, ambiciones, afán de protagonismo y vanidad, llenos de mundanidad en su mente y en su corazón, como tantas veces nos recuerda el Papa Francisco. Y así purificada, nuestra Iglesia sea una, santa, católica y apostólica, y sobre todo según el evangelio en mente, corazón y ritos. Y así nuestra Iglesia sólo busque la gloria de Dios y el bien de todas las personas, visitando las periferias existenciales, consolando a los tristes, ayudando y promocionando a los pobres con obras de caridad, perdonando a los pecadores. Sólo así nuestra Iglesia será facilitadora de la gracia, como dice el Papa Francisco, y no burocrática, controladora y obstaculizadora del encuentro del hombre con Dios. Y así en nuestra Iglesia habrá la comunión fraterna, dejando a un lado las envidias que carcomen, los celos que desgastan y las murmuraciones que nos matan. Sólo así nuestra Iglesia católica hará frente al desafío de la proliferación de nuevos movimientos religiosas, a donde muchos van encontrando lo que nosotros tal vez no les damos: acogida, cercanía, cariño, respeto, ternura y solución a sus problemas espirituales, humanos y materiales; y realizado todo sin buscar beneficios económicos o querer ejercer algún poder sobre esas pobres gentes (Evangelii Gaudium 70).

En segundo lugarCristo tiene que entrar hoy con látigo en mano al templo de nuestros Organismos Internacionales y nuestros Estados y expulsar de ellos a todos esos mercaderes que sólo buscan el propio provecho e interés financiero o de prestigio, queriendo condescender con todas las ideologías de moda; y no sólo condescender, sino también apoyarlas y promoverlas con dinero, en los medios de comunicación y desde los escaños de los Parlamentos. Sólo así, purificados por la sangre de Cristo, nuestros Estados serán constructores del bien común y buscarán medidas para ayudar a los pobres, garantizar la paz y la justicia. Sólo así, nuestros Estados sabrán que el dinero debe servir y no gobernar (Evangelii Gaudium 58). Sólo así, desaparecerán los males cristalizados en estructuras sociales injustas y podremos esperar un futuro mejor (Evangelii Gaudium 59). Sólo así nuestros Estados crearán el clima para la tolerancia verdadera, el respeto y el diálogo, más allá de toda diferencia en campo político, económico, filosófico o religioso, evitando todo tipo de discriminación, recelos y enfrentamientos con los que no comparten nuestros mismos valores y nuestra misma visión de la vida.

FinalmenteCristo tiene que entrar hoy con látigo en mano al templo de nuestras familias, de nuestros corazones y expulsar de nosotros todo egoísmo, soberbia, lujuria, groserías, divisiones, ídolos (1ª lectura), y purificada nuestra alma, podamos rendir el culto debido a Dios y cumplir alegremente y por amor los mandamientos (1ª lectura). No nos avergonzaremos de la cruz de Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios (2ª lectura).

Para reflexionar: ¿He dejado la puerta abierta del templo de mi alma para que entre Jesús y eche a todos esos mercaderes que tratan de traficar con mi fe, mi esperanza y mi caridad? ¿Ya tengo localizados esos mercaderes: sectas y propuestas mundanas, egoísmo y vanidad, orgullo y ambición, vida placentera y de lujo, comodidad y pereza, insensibilidad e indiferencia, tristeza y desilusión, depresión y escepticismo? ¿Tengo bien trancada mi puerta con el candado de la vigilancia y la coherencia en mi vida cristiana?

Para rezar: Señor, entra con tu látigo de amor y echa fuera a todos esos inquilinos que quieren robarme el patrimonio que Tú has regalado a mi alma desde el día del bautismo. Quiero vivir la santa Cuaresma con esa conciencia y necesidad de purificación para poder entrar y disfrutar de tu Pascua.

03 marzo 2015

Jesús prefiere un pecador a uno que finge la santidad

El Papa en la homilí­a de este martes



Las palabras de la primera lectura (Is 1,10.16-20) son un imperativo y, a la vez, una invitación que viene directamente de Dios: Dejad de obrar mal, aprended a hacer bien; (…) defended al huérfano, proteged a la viuda (Is 1,16-17). O sea, preocupaos de esos de los que nadie se acuerda, entre los que también están los ancianos abandonados, los niños que no van a la escuela y esos que no saben hacer ni la señal de la Cruz. Y, detrás de ese imperativo, está la invitación de siempre a la conversión. –Pero, ¿cómo puedo convertirme? ¡Aprended a hacer el bien! (Is 1,17): eso es la conversión.
La suciedad del corazón no se quita como si fuera una mancha en la ropa: vamos a la tintorería y salimos limpios. ¡No! Se quita haciendo el bien: yendo por un camino distinto al del mal. ¡Aprended a hacer el bien!: el camino de hacer el bien. –Y, ¿cómo hago el bien? Muy sencillo: buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda (Is 1,17). Recordemos que, en Israel, los más pobres y necesitados eran los huérfanos y las viudas: hacedles justicia, yendo a donde están las llagas de la humanidad, a donde hay tanto dolor. Así, haciendo el bien, limpiarás tu corazón. Y la promesa de un corazón limpio, perdonado, viene del mismo Dios, que no lleva la contabilidad de los pecados de quien ama al prójimo. Si haces esto, si vas por el camino al que yo te invito —nos dice el Señor—, aunque vuestros pecados fueren como la grana, serán blanqueados como la nieve (Is 1,18). Parece una exageración, ¡pero es la verdad! El Señor nos da el don de su perdón, nos perdona generosamente. Nosotros decimos: –Yo te perdono hasta aquí; luego, ya veremos. ¡No, no! ¡El Señor lo perdona siempre todo! ¡Todo! Pero si quieres ser perdonado, tienes que empezar el camino de hacer el bien. ¡Ese es el don!
El Evangelio del día (Mt 23,1-12) presenta, en cambio, al grupo de los listillos, esos que dicen lo que hay que hacer, y luego hacen lo contrario. En realidad, todos somos muy hábiles y siempre encontramos la manera de parecer más justos de lo que somos: es el camino de la hipocresía. Es gente que aparenta convertirse, pero su corazón es mentiroso: ¡son embusteros! Su corazón no pertenece al Señor; pertenece al padre de todas las mentiras, a satanás. ¡Eso es la falsa santidad!
Jesús prefiere mil veces a los pecadores que a los otros. ¿Por qué? Porque los pecadores dicen la verdad de sí mismos: Aléjate de mí, Señor, que soy un pecador (Lc 5,8), dijo una vez Pedro. Pero éstos jamás lo dirían; al revés: Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, (…). Ayuno dos veces por semana, (…) (Lc 18,11-12).
Así que, en la segunda semana de Cuaresma, tenemos que pensar y meditar estas tres ideas: la invitación a la conversión,  el don que nos dará el Señor —un  gran perdón—, y la trampa, o sea, aparentar convertirse, pero ir por la senda de la hipocresía.