14 marzo 2015

El Papa anuncia la celebración de un Año Santo extraordinario

El Jubileo de la Misericordia 



Este Jubileo de la Misericordia comenzará el presente año con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica Vaticana durante la solemnidad de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre, y concluirá el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. El Santo Padre, al inicio del año, exclamó: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Este es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”
El anuncio se ha realizado coincidiendo con el segundo aniversario de la elección del papa Francisco, durante la homilía de la celebración penitencial con la que el Santo Padre ha dado inicio a la24 horas para el Señor, iniciativa propuesta por el Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización para promover en todo el mundo la apertura extraordinaria de las iglesias y favorecer la celebración del sacramento de la Reconciliación. El tema de este año ha sido tomado de la carta de San Pablo a los Efesios: “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4).
La apertura del próximo Jubileo adquiere un significado especial ya que tendrá lugar en el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, ocurrida en 1965. Será por tanto un impulso para que la Iglesia continúe la obra iniciada con el Vaticano II, ha informado la Oficina de Prensa de la Santa Sede en un comunicado.
Durante el Jubileo las lecturas para los domingos del tiempo ordinario serán tomadas del Evangelio de Lucas, conocido como “el evangelista de la misericordia”. Dante Alighieri lo definía “scriba mansuetudinis Christi”, “narrador de la mansedumbre de Cristo”. Son bien conocidas las parábolas de la misericordia presentes en este Evangelio: la oveja perdida, la moneda extraviada, el padre misericordioso.
El anuncio oficial y solemne del Año Santo tendrá lugar con la lectura y publicación junto a la Puerta Santa de la Bula, el Domingo de la Divina Misericordia, fiesta instituida por San Juan Pablo II que se celebra el domingo siguiente a la Pascua.
Antiguamente, para los hebreos el jubileo era un año declarado santo, que recurría cada 50 años, y durante el cual se debía restituir la igualdad a todos los hijos de Israel, ofreciendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades e incluso la libertad personal. A los ricos, en cambio, el año jubilar les recordaba que llegaría el tiempo en el que los esclavos israelitas, llegados a ser nuevamente iguales a ellos, podrían reivindicar sus derechos. “La justicia, según la ley de Israel, consistía sobre todo en la protección de los débiles (S. Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente 13).
La Iglesia católica inició la tradición del Año Santo con el Papa Bonifacio VIII, en el año 1300. Este Pontífice previó la realización de un jubileo cada siglo. Desde el año 1475 – para permitir a cada generación vivir al menos un Año Santo – el jubileo ordinario comenzó a espaciarse al ritmo de cada 25 años. Un jubileo extraordinario, en cambio, se proclama con ocasión de un acontecimiento de particular importancia.
Los Años Santos ordinarios celebrados hasta hoy han sido 26. El último fue el Jubileo del año 2000. La costumbre de proclamar Años Santos extraordinarios se remonta al siglo XVI. Los últimos de ellos, celebrados el siglo pasado, fueron el de 1933, proclamado por Pío XI con motivo del XIX centenario de la Redención, y el de 1983, proclamado por Juan Pablo II por los 1950 años de la Redención.
La Iglesia católica ha dado al jubileo hebreo un significado más espiritual. Consiste en un perdón general, una indulgencia abierta a todos, y en la posibilidad de renovar la relación con Dios y con el prójimo. De este modo, el Año Santo es siempre una oportunidad para profundizar la fe y vivir con un compromiso renovado el testimonio cristiano.
Con el Jubileo de la Misericordia, el papa Francisco pone al centro de la atención el Dios misericordioso que invita a todos a volver hacia Él. El encuentro con Él inspira la virtud de la misericordia.
El rito inicial del jubileo es la apertura de la Puerta Santa. Se trata de una puerta que se abre solamente durante el Año Santo, mientas el resto de años permanece sellada. Tienen una Puerta Santa las cuatro basílicas mayores de Roma: San Pedro, San Juan de Letrán, San Pablo Extramuros y Santa María Mayor. El rito de la apertura expresa simbólicamente el concepto que, durante el tiempo jubilar, se ofrece a los fieles una “vía extraordinaria” hacia la salvación.
Luego de la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro, serán abiertas sucesivamente las puertas de las otras basílicas mayores.
La misericordia es un tema muy sentido por el papa Francisco quien ya como obispo había escogido como lema propio “miserando atque eligendo”. Se trata de una cita tomada de las homilías de san Beda el Venerable, el cual, comentando el episodio evangélico de la vocación de San Mateo, escribe: “Vidit ergo lesus publicanum et quia miserando atque eligendo vidit, ait illi Sequere me” (Vio Jesús a un publicano, y como le miró con sentimiento de amor y le eligió, le dijo: Sígueme). Esta homilía es un homenaje a la misericordia divina. Una traducción del lema podría ser: “Con ojos de misericordia”.
En el primer Ángelus después de su elección, el Santo Padre decía que: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia” (Ángelus del 17 de marzo de 2013).
También este año, en el Ángelus del 11 de enero, manifestó: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Este es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!” Y en el mensaje para la Cuaresma del 2015, el Santo Padre escribe: “Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”.
En el texto de la edición española de la exhortación apostólica Evangelii gaudium el término misericordia aparece 29 veces.
El papa Francisco ha confiado al Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización la organización del Jubileo de la Misericordia. 

'Nadie puede ser excluido de la misericordia de Dios'

    El Papa ayer en la Basí­lica de San Pedro

También este año, en vísperas del Cuarto Domingo de Cuaresma, nos hemos reunido para celebrar la liturgia penitencial. Estamos unidos a tantos cristianos que hoy, en todas partes del mundo, han acogido la invitación para vivir este momento como signo de la bondad del Señor. El Sacramento de la Reconciliación, en efecto, permite acercarnos con confianza al Padre para tener la certeza de su perdón. Él es verdaderamente rico en misericordia y la extiende con abundancia a cuantos acuden a Él con sincero corazón.
Estar aquí para experimentar su amor es, ante todo, fruto de su gracia. Como nos recuerda el apóstol Pablo, Dios nunca deja de mostrar la riqueza de su misericordia en el trascurso de los siglos. La trasformación del corazón, que nos lleva a confesar nuestros pecados, es don de Dios. ¡Solos no podemos! Poder confesar nuestros pecados es un don de Dios, es un regalo, es obra suya (cfr. Ef 2,8-10). Ser tocados con ternura por su mano y trasformados por su gracia nos permite, por tanto, acercarnos al sacerdote sin miedo por nuestras culpas, con la certeza de ser acogidos y comprendidos por él en nombre de Dios, a pesar de nuestras miserias; y acercarnos sin abogado defensor: ¡solo tenemos uno, que dio su vida por nuestros pecados! Es Él quien, con el Padre, nos defiende siempre. Saliendo del confesionario, sentiremos su fuerza, que devuelve la vida y restituye el entusiasmo de la fe. Después de la confesión habremos renacido.
El Evangelio que hemos escuchado (cfr. Lc 7,36-50) nos abre un camino de esperanza y de consuelo. Es bueno sentir sobre nosotros la misma mirada compasiva de Jesús, como la notó la mujer pecadora en casa del fariseo. En este texto se repiten con insistencia dos palabras: amor y juicio.
Está el amor de la mujer pecadora que se humilla ante el Señor; pero antes está el amor misericordioso de Jesús por ella, que la empuja a acercarse. Su llanto de arrepentimiento y de alegría lava los pies del Maestro, y sus cabellos los secan con gratitud; los besos son expresión de su cariño puro; y el ungüento perfumado, derramado en abundancia, demuestra lo valioso que es Él a sus ojos. Cada gesto de esta mujer habla de amor y expresa su deseo de tener una certeza invencible en su vida: la de haber sido perdonada. ¡Y esa certeza es bellísima! Jesús le da esa certeza: acogiéndola, le demuestra el amor de Dios por ella, precisamente por ella, ¡una pecadora pública! El amor y el perdón son simultáneos: Dios le perdona mucho, le perdona todo, porque amó mucho (Lc 7,47); y ella adora a Jesús porque siente que en Él hay misericordia y no condena. Siente que Jesús la comprende con amor, a ella, que es una pecadora. Gracias a Jesús, Dios se echa sus muchos pecados a los hombros, y no los vuelve a recordar (cfr. Is 43,25). Porque también esto es verdad: cuando Dios perdona, olvida. ¡Es grande el perdón de Dios! Para ella comienza ahora una nueva estación; ha renacido, en el amor, a una vida nueva.
Esta mujer encontró verdaderamente al Señor. En el silencio, le abrió su corazón; en el dolor, le mostró el arrepentimiento por sus pecados; con su llanto, apeló a la bondad divina para recibir el perdón. Para ella no habrá ningún juicio, salvo el que viene de Dios, ¡y ese es el juicio de la misericordia! El protagonista de este encuentro es ciertamente el amor, la misericordia que va más allá de la justicia.
Simón, el dueño de la casa, el fariseo, por el contrario, no logra hallar la senda del amor. Todo está calculado, todo pensado… Se queda esperando a las puertas de la formalidad. ¡Es una cosa fea el amor formal, no se entiende! No es capaz de dar el siguiente paso para salir al encuentro de Jesús, que le trae la salvación. Simón se limitó a invitar a Jesús a comer, pero no lo acogió de verdad. En sus pensamientos invoca solo la justicia, y al hacerlo así, se equivoca. Su juicio sobre la mujer lo aleja de la verdad y tampoco le permite comprender quién es su invitado. Se quedó en la superficie —en la formalidad—, no fue capaz de mirar al corazón. Ante la parábola de Jesús y la pregunta sobre qué siervo amó más, el fariseo responde correctamente: Aquel a quien más se le perdonó. Y Jesús no deja de advertirlo: Has juzgado bien (Lc 7,43). Solo cuando el juicio de Simón se dirige al amor, entonces acierta.
La advertencia de Jesús nos empuja a cada uno a no quedarnos nunca en la superficie de las cosas, sobre todo cuando estamos ante una persona. Estamos llamados a mirar más allá, a apuntar al corazón para ver de cuánta generosidad es capaz cada uno. Nadie puede quedar excluido de la misericordia de Dios. Todos conocen la senda para acceder, y la Iglesia es la casa que acoge a todos y no rechaza a nadie. Sus puertas permanecen abiertas de par en par, para que cuantos sean tocados por la gracia puedan encontrar la certeza del perdón. Cuanto más grande sea el pecado, mayor debe ser el amor que la Iglesia expresa hacia los que se convierten. ¡Con cuánto amor nos mira Jesús! ¡Con cuánto amor cura nuestro corazón pecador! Jamás se asusta de nuestros pecados. Pensemos en el hijo pródigo que, cuando decide volver al padre, piensa darle un discurso, pero su padre no lo deja hablar, lo abraza (cfr. Lc 15,17-24). ¡Pues así Jesús con nosotros! “Pero es que yo tengo tantos pecados…”. ¡Pues Él se pondrá muy contento de que vayas: ¡te abrazará con tanto amor! No tengas miedo.
Queridos hermanos y hermanas, he pensado bastante acerca de cómo la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que comienza con una conversión espiritual; y tenemos que hacer ese camino. Por eso, he decidido convocar unJubileo extraordinario que tenga como centro la misericordia de Dios. Será un Año Santo de la Misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: Sed misericordiosos como mi Padre (cfr. Lc 6,36). ¡Y eso especialmente para los confesores! ¡Tanta misericordia!
El año Santo comenzará la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción y concluirá el 20 de noviembre del 2016, Domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo y Rostro vivo de la misericordia del Padre. Confío la organización de este Jubileo al Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, para que pueda animarlo como una nueva etapa del camino de la Iglesia en su misión de llevar a cada persona el Evangelio de la misericordia.
Estoy convencido de que toda la Iglesia, que tiene tanta necesidad de recibir misericordia porque somos pecadores, podrá encontrar en este Jubileo la alegría de volver a descubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la que todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo. No olvidemos que Dios lo perdona todo, y Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón. Confiemos desde ahora este Año a la Madre de la Misericordia, para que dirija su mirada hacia nosotros y vele sobre nuestro camino: nuestro camino penitencial, nuestro camino con el corazón abierto, durante un año, para recibir la indulgencia de Dios, para recibir la misericordia de Dios.

13 marzo 2015

No existe ningún pecado que Dios no pueda perdonar

El Papa  en el curso anual del Foro Interno de la Penitenciaría Apostólica

Queridos hermanos,
Me alegra especialmente recibiros en este tiempo de Cuaresma con motivo del Curso sobre el Foro Interno organizado por la Penitenciaría Apostólica. Dirijo un cordial saludo al Cardenal Mauro Piacenza, Penitenciario Mayor, y le agradezco sus amables expresiones. Y agradezco su felicitación, pero quisiera compartir otra fecha: además de la de mañana −dos años de pontificado−, hoy es el 57º aniversario de mi entrada en la vida religiosa. ¡Rezad por mí! Saludo también al Regente, Mons. Krzysztof Nykiel, a los Prelados, Oficiales y Personal de la Penitenciaría, a los Penitenciarios ordinarios y extraordinarios de las Basílicas Papales de la Urbe, y a todos los que participáis en este Curso, que tiene como fin pastoral ayudar a los nuevos sacerdotes y a los candidatos al Orden sagrado a administrar correctamente el Sacramento de la Reconciliación. Los Sacramentos, como sabemos, son el lugar de la proximidad y de la ternura de Dios con los hombres, el modo concreto que Dios ha pensado y querido para salir a nuestro encuentro y abrazarnos, sin avergonzarse de nosotros ni de nuestras limitaciones.
Entre los Sacramentos, ciertamente el de la Reconciliación hace presente con especial eficacia el rostro misericordioso de Dios: lo concreta y lo manifiesta continuamente, sin descanso. No lo olvidemos nunca, ya sea como penitentes o como confesores: ¡no existe ningún pecado que Dios no pueda perdonar! ¡Ninguno! Solo lo que aparta de la divina misericordia no puede ser perdonado, como quien se aparta del sol no puede ser iluminado ni calentado.
A la luz de este maravilloso don de Dios, quisiera señalar tres exigencias: vivir el Sacramento como medio para educar en la misericordia; dejarse educar por lo que celebramos; y mantener la visión sobrenatural.
1. Vivir el Sacramento como medio para educar en la misericordia, significa ayudar a nuestros hermanos a experimentar la paz y la comprensión humana y cristiana. La Confesión no puede ser unatortura, sino que todos debemos salir del confesionario con felicidad en el corazón, con el rostro radiante de esperanza, aunque alguna vez −lo sabemos− bañado por las lágrimas de la conversión y la alegría que se derivan (cfr. Evangelii gaudium, 44). El Sacramento, con todos los actos del penitente, no implica que sea un interrogatorio pesado, fastidioso e invasivo. Al contrario, debe ser un encuentro liberador y lleno de humanidad, a través del cual poder educar en la misericordia, que no excluye, es más, comprende también el justo compromiso de reparar, cuanto sea posible, el mal cometido. Así, el fiel se sentirá invitado a confesarse frecuentemente, y aprenderá a hacerlo mejor, con esa delicadeza de ánimo que hace tanto bien al corazón, ¡también al corazón del confesor! De este modo, los sacerdotes hacemos crecer el trato personal con Dios, de modo que se dilate en los corazones su Reino de amor y de paz.
Muchas veces se confunde la misericordia con ser confesor de manga ancha. Pensad esto: ni el confesor de manga ancha, ni el confesor rígido son misericordiosos. ¡Ninguno de los dos! El primero, porque dice:¡Bueno, no pasa nada, eso no es pecado, venga, venga! El otro, porque dice: ¡No, la ley dice…! ¡Ninguno de los dos trata al penitente como hermano, le cogen de la mano y le acompañan en su camino de conversión! Uno dice: ¡Vete tranquilo, Dios lo perdona todo! El otro dice: ¡No, la ley dice que no! En cambio, el misericordioso lo escucha, lo perdona, pero se hace cargo y le acompaña, porque la conversión quizá empieza hoy, pero tiene que continuar con perseverancia. Lo toma consigo, como el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida y la carga a cuestas. Así que no confundirse: es muy importante. Misericordia significa hacerse cargo del hermano o de la hermana y ayudarle a caminar. Ni manga ancha, ni rigidez. Esto es muy importante. ¿Y quién puede hacer eso? El confesor que reza, el confesor que llora, el confesor que sabe que es más pecador que el penitente, y que si no ha hecho eso tan feo que dice el penitente, es por simple gracia de Dios. Misericordioso es estar cerca y acompañar durante el proceso de la conversión.
2. Precisamente a vosotros confesores os digo: ¡dejaos educar por el Sacramento de la Reconciliación!Segundo punto. ¡Cuántas veces nos sucede oír confesiones que nos edifican! Hermanos y hermanas que viven una auténtica comunión personal y eclesial con el Señor y un amor sincero a los hermanos. Almas sencillas, almas pobres de espíritu, que se abandonan totalmente en el Señor, que se fían de la Iglesia y, por eso, también del confesor. También nos pasa a menudo que asistimos a auténticos milagros de conversión. Personas que desde meses, a veces años, están bajo el dominio del pecado y que, como el hijo pródigo, recapacitan y deciden levantarse y volver a la casa del Padre (cfr. Lc 15,17) para implorar perdón. ¡Qué bonito es acoger a esos hermanos y hermanas arrepentidos con el abrazo del Padre misericordioso, que nos quiere tanto y que celebra de todo el corazón cada vez que un hijo regresa a Él!
¡Cuánto podemos aprender de la conversión y del arrepentimiento de nuestros hermanos! Nos empujan a que hagamos también nosotros examen de conciencia: ¿yo, sacerdote, amo así al Señor, como esta viejecita? ¿Yo sacerdote, constituido ministro de su misericordia, soy capaz de tener la misericordia que hay en el corazón de este penitente? ¿Yo, confesor, estoy dispuesto a cambiar, a la conversión, como este penitente, del que estoy a su servicio? Tantas veces nos edifican estas personas, ¡nos edifican!
3. Cuando se escuchan las confesiones sacramentales de los fieles, hay que tener siempre la mirada interior dirigida al Cielo, a lo sobrenatural. Debemos ante todo reavivar en nosotros la conciencia de que ninguno está puesto en el ministerio por mérito propio; ni por nuestras competencias teológicas o jurídicas, ni por nuestro trato humano o psicológico. Todos hemos sido constituidos ministros de la reconciliación por pura gracia de Dios, gratuitamente y por amor, es más, precisamente por misericordia. Yo, que he hecho esto, aquello y lo otro, ahora debo perdonar. Me viene a la cabeza aquel texto final de Ezequiel (cfr. Ez 16), cuando el Señor reprocha con términos muy fuertes la infidelidad de su pueblo. Pero al final dice: ¿Haré yo contigo como tú hiciste, que menospreciaste el juramento para invalidar el pacto? Yo mantendré el pacto que concerté contigo en los días de tu juventud, y confirmaré un pacto sempiterno. Y te acordarás de tus caminos y te avergonzarás, cuando recibas a tus hermanas, las mayores que tú con las menores que tú, las cuales yote daré por hijas, mas no por tu pacto. Y confirmaré mi pacto contigo, y sabrás que yo soy el Señor, para que te acuerdes y te avergüences, y nunca más abras la boca a causa de tu vergüenza (Ez 16,59-63).
La experiencia de la vergüenza: ¿yo, al escuchar este pecado, a esta alma que se arrepiente con tanto dolor o con tanta delicadeza de ánimo, soy capaz de avergonzarme de mis pecados? ¡Es la gracia! Somos ministros de la misericordia, gracias a la misericordia de Dios; no debemos perder nunca esta visión sobrenatural, que nos hace humildes de verdad, acogedores y misericordiosos con cada hermano y hermana que pide confesarse. Y si yo no lo hago, si no he caído en ese pecado tan feo, o no estoy en la cárcel, es por pura gracia de Dios, ¡solo por eso! ¡No por mérito propio! Esto debemos sentirlo en el momento de la administración del Sacramento. Hasta el modo de escuchar cómo acusan sus pecados debe ser sobrenatural: escuchar de modo sobrenatural, de modo divino; respetuoso de la dignidad y de la historia personal de cada uno, de modo que pueda comprender lo que Dios quiere de él o de ella. Por eso, la Iglesia está llamada a iniciar a sus hermanos −sacerdotes, religiosos y laicos− en este «arte del acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5) (cfr.Evangelii gaudium, 169). Hasta el pecador más grande que viene ante Dios a pedir perdón es tierra sagrada, y también yo, que debo perdonarlo en nombre de Dios, puedo hacer cosas más feas que las que él haya hecho. Cada fiel penitente que se acerca al confesionario es tierra sagrada, tierra sagrada que hay quecultivar con dedicación, cuidado y atención pastoral.
Espero, queridos hermanos, que aprovechéis el tiempo cuaresmal para la conversión personal y para dedicaros generosamente a escuchar confesiones, de modo que el pueblo de Dios pueda llegar purificado a la fiesta de la Pascua, que representa la victoria definitiva de la Divina Misericordia sobre todo el mal del mundo. Confiémonos a la intercesión de María, Madre de Misericordia y Refugio de los pecadores. Ella sabe cómo ayudarnos a nosotros pecadores. Me gusta mucho leer las historias de san Alfonso María de Ligorio en cada capítulo de su libro Las glorias de María. Historias de la Virgen, que es siempre refugio de los pecadores y busca el camino para que el Señor nos perdone todo. Que Ella nos enseñe este arte. Os bendigo de todo corazón y, por favor, os pido que recéis por mí. Gracias.

12 marzo 2015

¿Escucho al Señor o hago lo que quiero?

El Papa en Santa Marta


En la homilí­a de este jueves, el Santo Padre recuerda que los santos son los que no tienen miedo a dejarse acariciar por la misericordia de Dios

Si el cristiano no se deja tocar por la misericordia de Dios y a su vez ama al prójimo, como hacen los santos, termina siendo un hipócrita. Así lo ha advertido el santo padre Francisco en la homilía de esta mañana en la misa celebrada en Santa Marta.
De este modo, Francisco ha explicado que al principio fueron los profetas y después le tocó a los santos. Con ellos Dios ha construido en el tiempo la historia de su relación con los hombres. Y, a pesar de la excelencia de estos preelegidos --a pesar de sus enseñanzas y sus acciones-- la historia de la salvación se ha visto accidentada, atravesada por muchas hipocresías e infidelidades.
El papa Francisco ha reflexionado ampliamente desde Abel hasta nuestros días. En la voz de Jeremías, propuesto por la Lectura del día, está la voz de Dios mismo, que constata con amargura como el pueblo elegido, aún habiendo recibido muchos beneficios, no le había escuchado. Así, el Papa ha recordado que Dios ha dado todo, pero ha recibido de vuelta solamente “cosas feas”. “La fidelidad ha desaparecido, no sois un pueblo fiel”, recuerda.
De este modo, ha proseguido indicando que “esta es la historia de Dios. Parece que Dios llorase, aquí. Te ha amado tanto, te he dado tanto y tú… Todo contra mí. También Jesús mirando a Jerusalén lloró. Porque en el corazón de Jesús había toda esta historia donde la fidelidad había desaparecido. Nosotros hacemos nuestra voluntad, pero haciendo esto en el camino de la vida seguimos un camino de endurecimientos: el corazón se endurece, se petrifica. Y la Palabra del Señor no entra. Y el pueblo se aleja. También nuestra historia personal se puede convertir en esto. Y hoy, en este día cuaresmal, podemos preguntarnos: ‘Yo, escucho la voz del Señor, o hago lo que quiero, lo que me gusta?’”
El episodio del Evangelio de hoy muestra un ejemplo de “corazón endurecido”, sordo a la voz de Dios. El Papa ha recordado que Jesús sana a un endemoniado y a cambio recibe una acusación. Es la típica excusa de los legalistas que creen que la vida está regulada por las leyes que hacen ellos, ha advertido Francisco.
A propósito, el Pontífice ha explicado que también esto ha sucedido en la historia de la Iglesia. “Pensada en la pobre Juana de Arco: ¡hoy es santa! Pobrecita: estos doctores la quemaron viva, porque decían que era una hereje, acusada de herejía... Pero eran los doctores, los que sabían la doctrina segura, estos fariseos: alejados del amor de Dios”. Así, ha puesto también el ejemplo del beato Rosmini, cuyos libros era pecado leer y ahora es beato. “En la historia de Dios con su pueblo, el Señor mandaba, para decirles que amaba a su pueblo, a los profetas. En la Iglesia, el Señor manda a los santos. Son santos que llevan adelante la vida de la Iglesia: son los santos. No son los poderosos, no son los hipócritas: no. Los santos”.
Los santos “son los que no tienen miedo a dejarse acariciar por la misericordia de Dios. Y por esto los santos son hombres y mujeres que entienden muchas miserias, muchas miserias humanas, y acompañan al pueblo de cerca. No desprecian al pueblo”, ha asegurado el Obispo de Roma en la homilía.
En la conclusión, el Papa ha recordado que Jesús dice “quien no está conmigo está contra mí”. Pero --se ha preguntado-- ¿no habrá un camino en medio, un poco de aquí un poco de allá?  A lo que ha respondido: “No. O tú estás en el camino del amor, o en el de la hipocresía. O tú te dejas amar por la misericordia de Dios, o haces lo que quieres, según tu corazón, que se endurece más, cada vez, en este camino”. Finalmente, ha asegurado que o eres santo o vas por el otro camino. “Quien no recoge conmigo, deja las cosas… No, es peor: dispersa, arruina. Es un corruptor. Es un corrupto que corrompe”.

11 marzo 2015

La plegaria de los abuelos es un gran don para la Iglesia

El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis de hoy proseguimos la reflexión sobre los abuelos, considerando el valor y la importancia de su rol en la familia. Lo hago identificándome con estas personas, porque también yo pertenezco a esta franja de edad. Cuando fui a Filipinas, los habitante de Filipinas me saludaban diciendo ‘Lolo Kiko’, es decir, ‘Abuelo Francisco’. ‘Lolo Kiko’, decían.
Lo primero que es importante subrayar: es verdad que la sociedad tiende a descartarnos, pero ciertamente el Señor no. Él nos llama a seguirlo en cada edad de la vida, y también la ancianidad contiene una gracia y una misión, una verdadera vocación del Señor. No es aún el momento de “no remar más”.  Este periodo de la vida es distinto a los anteriores, no hay duda; debemos también “inventarlo” un poco, porque nuestras sociedades no están preparadas, espiritual y moralmente, para darles su pleno valor.
Antes, en efecto, no era tan normal tener tiempo a disposición; hoy lo es mucho más. Y también la espiritualidad cristiana ha sido un poco tomada por sorpresa, y se trata de delinear una espiritualidad de las personas ancianas. ¡Pero gracias a Dios no faltan los testimonios de santos y santas ancianos!
Me emocionó mucho la “Jornada por los ancianos” que hicimos aquí en la plaza de san Pedro el año pasado, la plaza llena. Escuché historias de ancianos que se desviven por los otros. Y también historias de parejas y matrimonios que vienen y dicen, hoy hacemos 50 años, 60 años de matrimonio. Y digo, házselo ver a los jóvenes que se cansan pronto. El testimonio de los ancianos en la fidelidad. En esta plaza había muchos ese día.
Es una reflexión para continuar, en ámbito tanto eclesial como civil. El Evangelio viene a nuestro encuentro con una imagen muy bonita, conmovedora y alentadora. Es la imagen de Simeón y de Ana, de quienes nos habla el Evangelio de la infancia de Jesús, de san Lucas. Eran realmente ancianos, el “viejo” Simeón y la “profetisa” Ana que tenía 84 años. No escondía la edad esta mujer. El Evangelio dice que esperaban la venida de Dios cada día, con gran fidelidad, desde hacía muchos años. Querían verlo precisamente ese día, recoger los signos, intuir el inicio. Quizá estaban también un poco resignados, ya, a morir antes: esa larga espera continuaba sin embargo ocupando su vida, no tenían compromisos más importantes que este. Esperar al Señor y rezar. Y así, cuando María y José llegaron al templo para cumplir la disposición de la Ley, Simeón y Ana se movieron impulsados, animados por el Espíritu Santo. El peso de la edad y de la espera desapareció en un momento. Reconocieron al Niño, y descubrieron una nueva fuerza, para una nueva tarea: dar gracias y dar testimonio por este Signo de Dios. Simeón improvisó un bellísimo himno de júbilo. Ha sido un poeta en ese momento. Y Ana se convierte en la primera predicadora de Jesús: “hablaba del niño a quienes esperaban la redención de Jerusalén”.
¡Queridos abuelos, queridos ancianos, pongámonos en la estela de estos ancianos extraordinarios! Nos convertimos también nosotros un poco en poetas de la oración: tomemos gusto a buscar palabras nuestras, apropiemonos de esas que nos enseña la Palabra de Dios. ¡Es un gran don para la Iglesia, la oración de los abuelos y de los ancianos!
Es un gran don para la Iglesia la oración de los abuelos y los ancianos. La oración de los abuelos y los ancianos es un gran don para la Iglesia, un riqueza. Una gran inyección de sabiduría también para toda la sociedad humana: sobre todo para aquella que está demasiado ocupada, demasiado distraída. ¡Alguno debe también cantar, también por ellos, cantar los signos de Dios! Proclamar los signos de Dios. Rezar por ellos. Miremos a Benedicto XVI, que ha elegido pasar en la oración y en la escucha de Dios la última etapa de su vida. Es bonito esto. Un gran creyente del siglo pasado, de tradición ortodoxa, Olivier Clément, decía: “Una civilización donde no se reza más, es una civilización donde la vejez no tiene ya sentido. Y esto es aterrador, nosotros necesitamos antes que nada ancianos que recen, porque la vejez nos es dada para esto. Necesitamos ancianos que recen, porque la vejez es dada para esto. Es algo bello, algo bello esto, la oración de los ancianos.
Nosotros podemos dar las gracias al Señor por los beneficios recibidos, y llenar el vacío de la ingratitud que lo rodea. Podemos interceder por las esperas de las nuevas generaciones y dar dignidad a la memoria y a los sacrificios de las pasadas. Nosotros, los ancianos, podemos recordar a los jóvenes ambiciosos que una vida sin amor es árida. Podemos decir a los jóvenes asustados que la angustia del futuro puede ser vencida. Podemos enseñar a los jóvenes demasiado enamorados de sí mismos que hay más alegría en el dar que en el recibir. Los abuelos y las abuelas forman la “coral” permanente de un gran santuario espiritual, donde la oración de súplica y el canto de alabanza sostienen la comunidad que trabaja y lucha en el campo de la vida.
La oración, finalmente, purifica incesantemente el corazón. La alabanza y la súplica a Dios previene el endurecimiento del corazón en el resentimiento y en el egoísmo. ¡Qué feo es el cinismo de un anciano que ha perdido el sentido de su testimonio, desprecia a los jóvenes y no comunica una sabiduría de vida! ¡Sin embargo, qué bonito es el aliento que el anciano consigue transmitir al joven en búsqueda del sentido de la fe y de la vida! Es verdaderamente la misión de los abuelos, la vocación de los ancianos. Las palabras de los abuelos tienen algo especial para los jóvenes. Y ellos lo saben. Las palabras que mi abuela me dio por escrito el día de mi ordenación sacerdotal, las llevo aún conmigo siempre en el breviario. Y las leo a menudo y me hace bien.
Como quisiera una Iglesia que desafía la cultura del descarte con la alegría desbordante de un nuevo abrazo entre los jóvenes y los ancianos. Y esto es lo que hoy pido al Señor, este abrazo.

10 marzo 2015

'Dios siempre perdona. Pero me pide que perdone'

El papa en la homilía de este martes


 'Dios se detiene delante de un corazón que no perdona, o sea que le cierra la puerta'

Pedir perdón a Dios, siguiendo la enseñanza del Padre Nuestro. O sea, arrepentirse con sinceridad de los propios pecados, sabiendo que Dios perdona siempre, y que nos pide perdonar a los otros con la misma generosidad de corazón.
Lo indicó el papa Francisco durante la homilía de este martes en la misa que ha celebrado en la capilla de la residencia Santa Marta, precisando que Dios omnipotente de alguna manera se detiene cuando un corazón le cierra la puerta, o sea un corazón que no quiere perdonar a quien lo ha herido.
El Santo Padre se inspira en el pasaje evangélico de hoy, en el cual Jesús le explica a Pedro que tiene que perdonar 'setenta veces siete', lo que significa 'siempre', para reafirmar que el perdón de Dios y nuestro perdón a los demás está íntimamente relacionado.
Y todo depende de como nos presentamos a Dios para pedir ser perdonados. El Papa indica la lectura que muestra al profeta Azaría invocar clemencia por el pecado de su pueblo, que está sufriendo, si bien es culpable de haber 'abandonado la ley del Señor'. Azaría, indica Francisco, no protesta, no se lamenta delante de Dios, reconoce los errores del pueblo y se arrepiente.
“Pedir perdón es una cosa, y otra cosa es pedir disculpas. ¿O me equivoco? No tiene nada que ver una cosa con la otra. El pecado no es una simple equivocación. El pecado es idolatría, es adorar a un ídolo, el del orgullo, el de la vanidad, el de dinero, el de sí mismo. Y por ello es que Azaría no pide disculpa, sino que pide perdón”.
Por ello, señala el Pontífice que el perdón se pide sinceramente, con el corazón, y tiene que ser donado con el corazón a quien cometió el mal. Como el patrón de la parábola evangélica contada por Jesús, que perdona una deuda enorme a un siervo, movido por la compasión de sus súplicas. Y no como el otro siervo hace con su igual, tratándolo sin piedad y haciéndolo llevar a la cárcel aunque fuera deudor de una suma irrisoria. La dinámica del perdón, es la que enseñó Jesús en el Padre Nuestro. “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Si no soy capaz de perdonar, no son capaz de pedir perdón.
- "Pero padre yo me confieso
- ¿Y qué haces antes de confesarte?
- Bueno, pienso a las cosas que hice mal...
- Está bien.
- Después pido perdón al Señor y prometo no volverlo a hacer...
- Bien. ¿Y después vas al sacerdote? Antes te falta una cosa: ¿has perdonado quienes que te han hecho mal?", porque “el perdón que Dios te dará” supone “el perdón que tu das a los otros”.

Lo que Jesús nos enseña es: 
“primero, pedir perdón y no simplemente pedir disculpas es tener consciencia del propio pecado, de la idolatría cometida, de las diversas idolatrías;
Segundo. Dios siempre perdona, siempre. Pero pide que yo perdone. Si yo no perdono, en cierto sentido cierro la puerta al perdón de Dios.

09 marzo 2015

'Dios se manifiesta en la humildad, no en el espectáculo'

El Papa en Santa Marta
Dios actúa en la humildad y en el silencio, su estilo no es el espectáculo, reiteró el Papa Francisco en la Misa matutina en la Casa de Santa Marta. En el Evangelio del día, Jesús reprocha a los habitantes de Nazaret por su falta de fe. Al comienzo, lo escuchan con admiración, pero luego estalla ‘la ira, la indignación’:
«En aquel momento, a esta gente, que escuchaba con gusto lo que decía Jesús, no le gustó lo que decía a uno, dos o tres, y quizá algún chismoso se levantó y dijo: ‘¿Pero de qué viene a hablarnos éste? ¿Dónde estudió para decirnos estas cosas? ¡Que nos muestre su doctorado! ¿En qué Universidad estudió? Éste es el hijo del carpintero y lo conocemos bien’. Estalló la furia, también la violencia. Lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina, para despeñarlo».
Es un estilo que atraviesa ‘toda la historia de la salvación’
La primera lectura habla de Naamán, comandante del ejército sirio, leproso. El profeta Elíseo le dice que se bañe siete veces en el Jordán para sanarse y también él se indigna, porque pensaba en un gesto más grande. Luego escucha el consejo de los siervos, hace lo que el profeta le dice y la lepra desaparece. Tanto los habitantes de Nazaret como Naamán – señaló el Papa – ‘querían espectáculo’, pero ‘el estilo del buen Dios no es el de dar espectáculo: Dios actúa en la humildad, en el silencio, en las cosas pequeñas’. Ello a partir de la Creación, donde el Seño no agarra una ‘varilla mágica’, sino que crea al hombre ‘con el fango’. Es un estilo que atraviesa ‘toda la historia de la salvación’:
«Cuando quiso liberar a su pueblo, lo liberó por la fe y la confianza de un hombre, Moisés. Cuando quiso hacer caer la poderosa ciudad de Jericó, lo hizo a través de una prostituta. También para la conversión de los samaritanos pidió el trabajo de otra pecadora. Cuando él envió a David a luchar contra Goliat, parecía una locura: el pequeño David ante ese gigante, que tenía una espada, tenía tantas cosas. Y David sólo una honda y piedras. Cuando le dijo a los Magos que había nacido el Rey, el Gran Rey ¿qué encontraron ellos? A un niño, en un pesebre. Las cosas simples, la humildad de Dios, éste es el estilo divino, nunca el espectáculo».
Así actúa el Señor, en la humildad y lo mismo nos pide a nosotros
El Papa recordó que ‘también una de las tres tentaciones de Jesús en el desierto: el espectáculo’. Satanás lo invita a tirarse desde el pináculo del Templo para que, viendo el milagro, la gente pueda creer en Él. Pero ‘el Señor se revela en la sencillez y en la humildad’. ‘Nos hará bien en esta Cuaresma – concluyó el Papa Francisco – pensar en nuestra vida, sobre cómo el Señor nos ha ayudado,, cómo el Señor nos hecho ir adelante, y encontraremos que siempre lo ha hecho con cosas simples’:
«Así actúa el Señor: hace las cosas simplemente. Te habla silenciosamente al corazón. Recordemos en nuestra vida las tantas veces que hemos oído estas cosas: la humildad de Dios es su estilo.  Y también en la celebración litúrgica, en los sacramentos ¡qué lindo que es que se manifieste la humildad de Dios y no en el espectáculo mundano. Nos hará bien recorrer nuestra vida y pensar en las tantas veces que el Señor nos ha visitado con su gracia. Y siempre con este estilo humilde, el estilo que también Él nos pide a nosotros: la humildad».

Cuaresma y espiritualidad

'Palabra y Vida' del arzobispo de Barcelona  Lluís Martínez Sistach



Una persona entrevistada por un diario de nuestra ciudad de Barcelona decía hace poco estas palabras cuando fue preguntada sobre su interior: "Valoro las ideologías y desconfío de los políticos, valoro la espiritualidad y desconfío de las religiones". La frase hace pensar y la he recordado ahora que hemos entrado en la Cuaresma y me dispongo a escribir sobre este tiempo como una llamada a valorar precisamente la espiritualidad.
La llamada a la aventura interior no es una exclusiva de ninguna religión. La espiritualidad está presente en casi todas las religiones. Pero en el cristianismo tiene unas connotaciones propias. Es una espiritualidad siempre encarnada, no sólo de huida o de aislamiento del mundo sino de presencia en las realidades humanas vividas a la luz de la Palabra de Dios y de su amor. Precisamente, la oración -una manifestación fundamental en todo camino espiritual- fue definida por santa Teresa de Jesús como una relación con quien sabemos que nos ama.
Ahora bien, la primera etapa de toda vida mística auténtica es una ascética verdadera, que es renuncia al mal, dominio de las pasiones y purificación interior. Este es el objetivo de las tres prácticas tradicionales del tiempo de Cuaresma: la oración, con el presupuesto de hacer silencio en nuestro espíritu; el ayuno, es decir, la capacidad de sacrificio, de autodominio y renuncia; y la limosna, es decir, la solidaridad efectiva con los que sufren necesidades.
La madre Teresa de Calcuta, mística y a la vez comprometida en la ayuda a los más pobres entre los pobres, lo expresaba con unas palabras que tienen plena aplicación al tiempo cuaresmal: "El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz."
Este año hace setenta y cinco años de la fundación por el hermano Roger Schutz de la comunidad monástica y ecuménica de Taizé, y quisiera subrayar que nuestras comunidades monásticas, y concretamente esta comunidad situada en un pueblecito de la Borgoña, se han convertido en verdaderas escuelas de oración para miles y miles de jóvenes atraídos por la sencillez, la fraternidad y el espíritu de reconciliación que aquellos monjes saben comunicar a los jóvenes con una pedagogía especial.
Los cantos de Taizé, presentes hoy en todo el mundo, son unos cantos orantes y repetitivos que ayudan mucho al silencio y a la interiorización y ofrecen a los jóvenes la posibilidad de conocer más el Evangelio, a la persona de Jesús y a Dios mismo. El papa Juan Pablo II definió Taizé con una bella metáfora: "Taizé es como una fuente donde el peregrino se puede refrescar y continuar su camino". Esto se tendría que hacer realidad en toda comunidad cristiana, aunque no disponga de los medios de una comunidad monástica.