22 marzo 2015

'Llevar el evangelio, el crucifijo y el testimonio'

El Papa hoy en el Ángelus


En este quinto domingo de cuaresma, el evangelista Juan atrae nuestra atención con un particular curioso: algunos 'griegos', de religió judía, llegados a Jerusalén para la fiesta de Pascua, se dirigen al apóstol Felipe y le dicen: “Queremos ver a Jesús”. En la ciudad santo en donde Jesús se ha dirigido por la última vez hay mucha gente. Están lo pequeños y simples, que han acogido festivamente al profeta de Nazaret, reconociendo el él enviado del Señor.
Están los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo, que lo quieren eliminar porque lo consideran herético y peligroso. Se encuentran también personas, que como aquellos 'griegos', tienen curiosidad de verlo y saber más sobre su persona y las obras por él realizadas, la última de las cuales --la resurrección de Lázaro-- despertó mucha impresión.
“Queremos ver a Jesús”. Estas palabras como tantas otras en los evangelios, llevan más allá del episodio particular y expresan algo de universal; revelan un deseo que atraviesa las épocas y las culturas, un deseo presente en el corazón de tantas personas que han oído hablar de Cristo, pero aún no lo han encontrado. Yo deseo ver a Jesús, así siente el corazón de esta gente.
Respondiendo indirectamente, de manera profética a aquel pedido de poder verlo, Jesús pronuncia una profecía que desvela su identidad e indica el camino para conocerlo verdaderamente: “Ha llegado la hora que el Hijo del hombre sea glorificado”. ¡Es la hora de la cruz!, es la hora de la derrota de Satanás, príncipe del mal, y del triunfo definitivo del amor misericordioso de Dios.
Cristo declara que será “elevado de la tierra”, una expresión con un doble significado: “elevado” porque exaltado por el Padre en la Resurrección, para atraer a todos a sí y reconciliar a los hombres con Dios y entre ellos. La hora de la cruz, la más oscura de la historia, que es también el manantial de la salvación para todos aquellos que creen el él.
Prosiguiendo en la profecía sobre su Pascua, a esta altura inminente, Jesús usa una imagen simple y sugestiva, la del “grano de trigo” que, caído en la tierra, muere para producir su fruto. En esta imagen encontramos otro aspecto de la cruz de Cristo: el de la fecundidad. La cruz de Cristo es fecunda.
La muerte de Jesús es de hecho una fuente interminable de vida nueva, porque lleva en sí la fuerza generadora del amor de Dios. Sumergidos en este amor por el bautismo, los cristianos pueden volverse “granos de trigo” y frutificar mucho si como Jesús, “pierden la propia vida” por amor de Dios y de los hermanos.
Por esto a quienes también hoy “quieren ver a Jesús”, a quienes están a la búsqueda del rostro de Dios; a quien ha recibido una catequesis cuando era pequeño y nunca más la ha profundizado, que lleva la fe a tantos que aún no han encontrado a Jesús personalmente...; a todas estas personas nosotros podemos ofrecerles tres cosas, tres: el evangelio, el crucifijo, y el testimonio de nuestra fe, pobre pero sincera.
El evangelio: allí podemos encontrar a Jesús, escucharlo, conocerlo. El crucifico: signo del amor de Jesús que se ha donado por nosotros; y después, una fe que se traduce en gestos simples de caridad fraterna. Pero principalmente, en la coherencia de vida entre lo que decimos y lo que vivimos. Coherencia entre nuestra fe y nuestra vida, entre nuestras palabras y nuestras acciones.
El evangelio, el crucifijo y el testimonio. Qué la Virgen nos ayude a llevar estas tres cosas.
(El papa reza el ángelus).
Queridos hermanos y hermanas, a pesar del feo tiempo son tantos quienes vinieron, tienen coraje, también los maratonistas etas tienen coraje, les saludo con afecto.
Ayer estuve en Nápoles, en visita pastoral. Quiero agradecer la calurosa acogida de todos los napolitanos, tan buenos, muchas gracias.
“Hoy es la Jornada Mundial del Agua, promovida por las Naciones Unidas. El agua es el elemento más esencial de la vida, de nuestra capacidad para cuidarla y compartirle depende el futuro de la humanidad. Animo por lo tanto a la comunidad internacional a vigilar para que las aguas del planeta sean adecuadamente protegidas y nadie sea excluido o discriminado en el uso de este bien, que es un bien común por excelencia. Con san Francisco de Asís decimos: “Alabado seas mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta”.
Saludo a todos los peregrinos presentes, en particular al coro del 'Conservatorio Profesional de Música de Orihuela' (España), a los jóvenes del 'Collège Saint-Jean de Passy' de Paris. A los fieles de Hungría y a los grupos musicales del Cantón Ticino, en Suiza.
Saludo al Orden Franciscano Seglar de Cremona, a la UNITALSI de Lombardía, al grupo que lleva el nombre del obispo martir Oscar Romero, que será pronto proclamado beato; también a los fieles de Fiumicino, a los niños de la primera comunión de Sanbuceto, a los jóvenes de Ravena, Milán y Florencia que han recibido hace poco la Confirmación o están por recibirla.
Y ahora, repetiremos un gesto, que ha hicimos el año pasado. Según una antigua tradición de la Iglesia, en la Cuaresma se entrega el evangelio a quienes se preparan para el bautismo. Así hoy les ofrezco a quienes están en la plaza, un regalo: un evangelio de bolsillo.
Les será distribuido gratuitamente por algunas personas sin fija demora que viven en Roma. También en esto vemos un gesto muy lindo que le gusta a Jesús: los más necesitados son aquellos que nos regalan la palabra de Dios. Tomen este evangelio, para que uno pueda llevarlo en la cartera, en el bolsillo. Leerlo con frecuencia, un pasaje, un párrafo cada día, la palabra de Dios es luz para nuestro camino. Nos hará bien, hacedlo. Les deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mi. Y “buon pranzo e arrivederci”». 

20 marzo 2015

Un libro imborrable del siglo XX

Jaime Nubiola 

El lector no puede reprimir las lágrimas al caer en la cuenta de que aquel horror puede volver a repetirse

Mi buen amigo Joseluís González me pidió para la revistaNuestro Tiempo un comentario de 3.000 caracteres con espacios sobre un libro imborrable del siglo XX. Mi maestroAlejandro Llano en el número anterior había escrito sobre El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Yo me decidí por Si esto es un hombre de Primo Levi. Acaba de aparecer en Nuestro Tiempo, nº 686, invierno 2015, p. 89 y aquí lo reproduzco [con algunas ilustraciones].
“Tuve la suerte de no ser deportado a Auschwitz hasta 1944″. Así comienza el lúcido testimonio del químico piamontés Primo Levi (1919-1987), de origen judío sefardí. En este libro Levi describe su captura por la milicia fascista en diciembre de 1943, su traslado en tren a Auschwitz en febrero de 1944 y su asignación al campo de trabajo de Monowitz, donde cerca de diez mil prisioneros construían una fábrica de goma. Al despertar el primer día en el campo, “por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse” (p. 20).
La suerte era que el gobierno alemán había decidido prolongar la vida media de los prisioneros ante la escasez de mano de obra. Levi sería asignado al laboratorio de la fábrica y en enero de 1945 vería entrar el ejército ruso en el campo. En total, once meses que va describiendo con trazos rápidos y significativos, sin apenas añadir valoraciones: “Este libro mío, por lo que se refiere a detalles atroces, no añade nada a lo ya sabido por los lectores de todo el mundo (…). No lo he escrito con intención de formular nuevos cargos; sino más bien de proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana” (p. 7).
En los últimos años he leído docenas de testimonios del Holocausto. Me parece que Levi es la voz más penetrante de todos ellos. Comenzó a redactar este libro allí: “Apenas me sustraigo por la mañana a la rabia del viento y traspaso el umbral del laboratorio (…), el dolor del recuerdo, la vieja y feroz desazón de sentirme hombre, me asalta como un perro en el instante en que la conciencia emerge de la oscuridad. Entonces tomo el lápiz y el cuaderno y escribo aquello que no sabría decirle a nadie” (p. 153).
Lo completó pocos meses después de su regreso. Con el paso de los años añadiría dos volúmenes más, La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986), publicados conjuntamente como Trilogía de Auschwitz. En el prólogo a esta edición escribe Muñoz Molina: “Casi nadie ha contado el infierno con tanta claridad y hondura como Primo Levi: casi nadie, al menos en el sombrío siglo en el que vivió, ha resaltado como él la sagrada dignidad de la vida, el impulso de inteligencia y piedad que incluso en medio del horror nos da la oportunidad de seguir siendo plenamente humanos”.
El lector de Si esto es un hombre no puede reprimir las lágrimas al caer en la cuenta de que aquel horror puede volver a repetirse. A juicio de Levi, brota de la convicción −como una infección latente en el fondo de tantas almas− de que todo extranjero es un enemigo. Cuando veo los muros que protegen los países ricos de sus vecinos −sea entre Estados Unidos y México o entre Israel y Palestina, sea los pobres subsaharianos encaramados en las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla reforzadas con cuchillas− pienso siempre en este libro.

Narcos, ¡conviértanse!

Felipe Arizmendi Esquivel 

Obispo de San Cristobal de las Casas



VER
Nos ha invadido el poder de los narcotraficantes. Controlan, influyen, mandan, exigen, y a quienes se resisten a sus órdenes, los desaparecen, los ejecutan, los eliminan. Sus métodos son bestiales, salvajes, inhumanos, crueles y despiadados. En sus territorios, siembran terror, para imponer su ley. No sólo extorsionan a quienes tienen recursos económicos, sino a pobres dueños de un taxi, de un puesto en el mercado, de una pequeña tiendita, de un modesto comercio.
Sin embargo, muchos de ellos se declaran creyentes, piden sacramentos, se encomiendan a Dios y a la Virgen, tienen devociones religiosas. Hay quienes presionan a sacerdotes para que les celebren bautismos y otras ceremonias, con la amenaza de dañarlos si no se ciñen a sus caprichos. No faltan los que ofrecen grandes limosnas e intentan corromper a la misma Iglesia. La verdad es que no les importa la Palabra de Dios, aunque sus padres y abuelos se la hayan inculcado. Es más fuerte el atractivo del dinero y la fascinación del poder, aunque tratan de acallar algo que les quedara de conciencia. Con todo, no están irremediablemente perdidos y no hemos de pensar que es inútil el llamarles al arrepentimiento y a la conversión.

PENSAR
Hago mías las palabras del Papa Francisco, que así se expresaba sobre estas personas:“Quien ama a Jesús, quien escucha y acoge su Palabra y quien vive de modo sincero la respuesta a la llamada del Señor, no puede de ninguna manera dedicarse a las obras del mal. ¡O Jesús o el mal! Jesús no invitaba a comer a los demonios; los expulsaba, porque eran el mal. ¡O Jesús o el mal! Uno no puede llamarse cristiano y violar la dignidad de las personas. Quienes pertenecen a la comunidad cristiana, no pueden programar y realizar gestos de violencia contra los demás y contra el medio ambiente. Los gestos exteriores de religiosidad que no van acompañados por una auténtica y pública conversión, no son suficientes para considerarse en comunión con Cristo y con su Iglesia. Los gestos exteriores no son suficientes para acreditar como creyentes a quienes, con la maldad y la arrogancia típica de los criminales, hacen de la ilegalidad su estilo de vida. A quienes eligieron el camino del mal y están afiliados a organizaciones criminales, renuevo la apremiante invitación a la conversión:
¡Abran su corazón al Señor! ¡Abran su corazón al Señor! El Señor los espera y la Iglesia los recibe si, como pública ha sido su opción de servir al mal, clara y pública es también su voluntad de servir al bien. Opónganse a la cultura de la muerte y sean testigos del Evangelio de la vida.
Nuestro tiempo tiene gran necesidad de esperanza. A quienes viven la experiencia del dolor y del sufrimiento, hay que ofrecer signos concretos de esperanza. Que la luz de la Palabra de Dios y el apoyo del Espíritu Santo les ayuden a contemplar con ojos nuevos y disponibles a las numerosas formas nuevas de pobreza, que arrojan en la desesperación a muchos jóvenes y muchas familias” (21-II-2015).
No se puede dar limosnas a la Iglesia, cometiendo una injusticia con los propios empleados. No es un buen cristiano el que no es justo con las personas que dependen de él. Y no lo es tampoco el que no se desprende de algo necesario para darlo a otro que tenga necesidad”(20-II-2015).

ACTUAR
Estoy consciente de que prácticamente ninguno de los narcos va a escuchar este mensaje; sin embargo, fraternalmente lo comparto, para que alguien que esté en contacto con ellos se los haga llegar. Dios se puede servir de pequeños medios, para salvar a una persona. En vez de sentirse condenados y excluidos, sepan que Dios les ama, que está dispuesto a perdonarles, que desea para ellos una vida verdaderamente feliz. No pierden nada, si cambian radicalmente de vida, sino que ganan todo. ¡Hagan la prueba, y verán cuán bueno es el Señor!
Insisto en que cuidemos la familia, pues muchos de los que se dedican al mal lo hacen porque en su hogar no hubo un ambiente de armonía. Los divorcios muchas veces dejan a los hijos a la deriva, pues sus padres sólo piensan en sí, en sus sentimientos, en sus llamados derechos, y no toman en cuenta los derechos de sus hijos.

Oriente y Occidente frente al misterio del Espíritu Santo

4ª predicación del padre Cantalamessa



Hoy meditaremos sobre la fe común de Oriente y Occidente en el Espíritu Santo y trataremos de hacerlo “en el Espíritu”, en su presencia, sabiendo, como dice la Escritura, que “antes que la palabra esté en mi lengua, tú, Señor, la conoces plenamente” (cfr. Salmo 139, 4).

1. Hacia un acuerdo sobre el Filioque
Durante siglos, la doctrina de la procesión del Espíritu Santo en el seno de la Trinidad ha sido el punto de mayor fricción y acusaciones recíprocas entre Oriente y Occidente, a causa del famoso “Filioque”. Trato de reconstruir el estado de la cuestión, para valorar mejor la gracia que Dios nos está haciendo de un acuerdo también sobre este problema espinoso.
La fe de la Iglesia en el Espíritu Santo fue definida, como se sabe, en el concilio ecuménico de Constantinopla del 381 con las siguientes palabras: “...y (creemos) en el Espíritu Santo que es Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y con el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas”i. Mirándolo bien, esta fórmula contiene la respuesta a las dos preguntas fundamentales sobre el Espíritu Santo. A la pregunta “¿quién es el Espíritu Santo?”, se responde que es “Señor” (es decir, pertenece a la esfera del Creador, no de las criaturas), que procede del Padre y es, en adoración, igual al Padre y al Hijo; a la pregunta “¿qué hace el Espíritu Santo?”, se responde que “da la vida” (lo que resume toda la acción santificadora, interior y renovadora del Espíritu) y que “habló por los profetas” (lo que resume la acción carismática del Espíritu Santo).
A pesar de estos elementos de gran valor, es necesario decir, aún así, que el artículo refleja un estadio aún provisional, si no de la fe, al menos de la terminología sobre el Espíritu Santo. La laguna más evidente es que en ella no se atribuye aún explícitamente al Espíritu Santo el título de “Dios”. El primero en lamentar esta reticencia fue san Gregorio Nacianceno que por su cuenta rompió todos los preámbulos escribiendo: “Y bien, ¿el Espíritu es Dios? ¡Ciertamente! ¿Entonces es consustancial (homoùsion)? Cierto, si es verdad que es Dios”ii.Esta laguna se colmó, de hecho, en la práctica de la Iglesia, la cual, superados los motivos contingentes que la habían detenido hasta entonces, no dudó en atribuir al Espíritu Santo el título de “Dios” y definirlo “consustancial” con el Padre y el Hijo.
Esta no era la única “laguna”. También desde el punto de vista de la historia de la salvación, debía parecer extraño que la única obra atribuida al Espíritu fuera la de haber hablado “por los profetas”, quitando todas sus otras obras y sobre todo su actividad en el Nuevo Testamento, en la vida de Jesús. También en este caso, el completar la fórmula dogmática sucede espontáneamente en la vida de la Iglesia, como parece claro por esta epíclesis de la liturgia llamada de Santiago, donde se le atribuye al Espíritu también el título de consustancial (en cursiva las frases tomadas del símbolo):
“Manda… tu santísimo Espíritu, Señor y vivificador, que sentado contigo, Dios y Padre, y con tu Hijo unigénito; que reina, consustancial y coeterno. Él ha hablado en la Ley, en los Profetas y en el Nuevo Testamento; bajó en forma de paloma sobre nuestro Señor Jesucristo en el río Jordán, descansando en Él, y bajó sobre los santos apóstoles… el día santo de Pentecostés”iii.
Otro punto, el más importante, sobre el que la fórmula conciliar no decía nada, era la relación entre el Espíritu Santo y el Hijo y, en consecuencia, entre cristología y pneumatología. El único apunte en este sentido consistía en la frase “por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen” que probablemente se encontraba ya en el símbolo de fe que el concilio de Constantinopla adoptó como base de su credo.
Sobre este punto la integración del símbolo sucede de manera menos unívoca y pacífica. Algunos Padres griegos expresaron la relación eterna entre el Hijo y el Espíritu Santo, diciendo que el Espíritu Santo procede del Padre “a través del Hijo”, que es “imagen del Hijo”iv, que “procede del Padre y recibe del Hijo”, que es el “rayo” que se difunde del sol (el Padre) a través de su esplendor (el Hijo), la corriente que viene de la fuente (el Padre) a través del río (el Hijo)..
Cuando la discusión sobre el Espíritu Santo pasó al mundo latino, para expresar esta relación se acuñó la frase según la cual el Espíritu Santo procede “del Padre y del Hijo”. Las palabras “y del Hijo” en latín suenan Filioque, y de aquí el sentido con el que se ha sobrecargado esta palabra en las disputas entre oriente y occidente y las conclusiones manifiestamente exageradas que, a veces, se han tomado.
Quien formuló primero la idea de que el Espíritu Santo procede “del Padre y del Hijo” fue san Ambrosiov. Él no estaba influenciado por Tertuliano (que no conoce y no cita nunca), sino por las expresiones apenas recordadas que leía en sus fuente griegas habituales: san Basilio y también san Atanasio y Dídimo Alejandrino. Todos estos modos de expresarse destacaban una cierta relación, por lo no aclarado y misterioso, existente entre el Hijo y el Espíritu Santo, en su origen común en el Padre. Si “a través del Hijo” quiere decir algo, este “algo” es lo que Ambrosio (quien ignora, como todos los latino, la sutil distinción que existe en griego entre “provenir”, ekporeuesthai, y “proceder”, proienai) intentó expresar con la expresión “y del Hijo”.
San Agustín ha dado a la expresión “del Padre y del Hijo” (en él no está aún la expresión literal Filioque) la justificación teológica que ha caracterizado, a continuación, toda la pneumatología latina. Él usa expresiones muy matizadas y no coloca al Padre y al Hijo sobre la misma línea, en lo relacionado con el Espíritu Santo, como aparece en la bien conocida afirmación: “El Espíritu Santo primariamente procede del Padre (de Patre principaliter) y, por el don que el Padre hace al Hijo, sin ningún intervalo de tiempo, de ambos al mismo tiempo”vi.
Esta doctrina, además de muchos pasajes del Nuevo Testamento (“Todo lo que el Padre posee es mío”, “Él (el Paráclito) tomará de lo mío), era exigida por su concepción de las relaciones trinitarias como relaciones basadas en el amor. Ésta permitía también resolver una objeción que quedaba siempre sin respuesta: ¿qué parte de sí mismo no había expresado por entero aún el Padre en la generación del Hijo, para justificar una segunda operación trinitaria? ¿Qué distingue la procesión del Espíritu Santo de la generación del Verbo?
Quien acuñó la expresión literal Filioque para indicar la procesión “del Padre y del Hijo”, fue Fulgencio de Ruspe que, también en otros casos, ha endurecido fórmulas precedentes, aún elásticas, de la teología latinavii. Él silenció la aclaración de Agustín, según la cual el Espíritu Santo procede “principalmente” del Padre, e insiste sin embargo en decir que “procede del Hijo como (sicut) procede del Padre”, “enteramente (totus) dal Padre y enteramente del Figlio”, nivelando así las dos relaciones de origenviii. Es en esta versión indiferenciada que la doctrina de la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo entrará en las definiciones eclesiales, a partir del III Concilio de Toledo del 589ix.
Hasta que permaneció a este nivel, la cosa no despertó protestas por parte de los orientales. En el año 809 tuvo lugar en Aquisgrán, por deseo de Carlo Magno, un sínodo para patrocinar la introducción del Filioque en el símbolo Niceno - Constantinopolitano que se comenzaba, en algunas iglesias, a cantar en la Misa. El emperador, más que por convicciones personales teológicas, era movido por el deseo de dar una justificación también doctrinal a su política de emancipación del imperio de Oriente.
Al concluir el concilio, una delegación del emperador fue a Roma, a ver al papa León III, para que adhiriera a la causa del emperador. Sin embargo, a pesar de que compartía plenamente la doctrina del Filioque, el Papa consideraba inoportuna su introducción en el símbolo y mantuvo con firmeza su decisiónx. En esto él seguía la misma línea de actuación seguida por la Iglesia griega, donde había existido, como hemos visto, importantes integraciones y profundizaciones del artículosobre el Espíritu Santo, sin por ello tener que cambiar el texto del símbolo. Sin embargo, ante una nueva presión del emperador Enrique II de Alemania, en el 1014, el papa Benedicto VIII aceptó que la palabra Filioque fuera introducida también en la recitación litúrgica del credo, suscitando a continuación, las justas recriminaciones del oriente ortodoxo.
Hoy, en el clima de diálogo y mutua estima que se busca establecer entre Ortodoxos e Iglesia católica, este problema no parece ser un obstáculo insuperable para la plena comunión. Calificados representantes de la teología ortodoxa están dispuestos a reconocer, con ciertas condiciones, la legitimidad de la doctrina latina. Veamos como el teólogo Johannes Zizioulas expone tales condiciones:
“La regla de oro tiene que ser la interpretación que daba san Máximo Confesor de la pneumatología latina o sea: profesando la doctrina del Filioque, los hermanos occidentales no quieren introducir una segunda causa (aition) en Dios fuera del Padre, de otra parte el rol intermediario del Hijo en el origen del Espíritu no tiene que ser limitado a la divina economía, sino que se refiere también a la naturaleza divina. Si Oriente y Occidente están dispuestos en nuestro tiempo a ambos hacer suyos estos dos puntos de san Máximo, esto ofrecería una base suficiente para el acercamiento de las dos tradiciones”xi.
Con estas palabras se mantiene la posición ortodoxa de que el Padre es la única causa “no causada” de la procesión del Espíritu Santo: lo que no es incompatible con la posición anteriormente expuesta de Agustín; de otra parte se reconoce la validez del punto de vista de los latinos de atribuir al Hijo un rol activo en la procesión eterna del Espíritu Santo del Padre, aunque no se comparte su precisación “como de un solo principio” (tamquam ex uno principio).
El Catecismo de la Iglesia Católica habla, al respecto, de una “legítima complementariedad que si bien no se ha vuelto rígida, no impide la identidad de la fe en la realidad del misterio”xii. En la misma línea se expresa un documento del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, del 1995, solicitado por el papa Juan Pablo II y positivamente acogido por exponentes de la teología ortodoxaxiii. Como signo de esta voluntad de reconciliación, el mismo Juan Pablo II inició la práctica de omitir el añadido Filioque “y del Hijo”, en ciertas celebraciones ecuménicas en San Pedro y en otros lugares, en los que se proclamaba el credo en latín.
2. Hacia una nueva síntesis
Como siempre, cuando el diálogo es realizado realmente “en el Espíritu”, no se limita a allanar las dificultades del pasado, sino que abre nuevas perspectivas. La novedad más grande en la pneumatología actual no consiste solamente en encontrar un acuerdo sobre elFilioque, sino en partir nuevamente desde la Escritura en vista de una nueva síntesis más amplia y con una espectro de preguntas menos condicionado por la historia pasada.
De esta relectura, ya iniciada tiempo atrás, ha surgido un dato preciso: el Espíritu Santo, en la historia de la salvación, no es enviado solo por el Hijo, sino que también es enviado sobreel Hijo; el Hijo no es solo el que da al Espíritu, sino también el que lo recibe. El momento en el cual se pasa de una a otra fase de la historia de la salvación, de Jesús que recibe al Espíritu Santo a Jesús que envía al Espíritu, está constituido por el acontecimiento de la cruzxiv.
En el documento del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos, ya mencionado, encontramos un hermoso texto que resume todas estas intervenciones del Espíritu “sobre” Jesús: en el nacimiento, en el bautismo, en el ofrecerse en sacrificio al Padre (Hb 9,14), en su resurrecciónxv. Esta relación de reciprocidad que se encuentra en el plano histórico no puede dejar de reflejar, de alguna manera, la relación existente en la Trinidad. El mismo documento recordado llega a la siguiente conclusión:
“El rol del Espíritu en lo más íntimo de la existencia humana del Hijo de Dios brota de una relación trinitaria eterna para la cual el Espíritu, en su misterio de don de amor, caracteriza la relación entre el Padre fuente del amor y el Hijo predilecto”xvi.
¿Pero cómo concebir esta reciprocidad en el ámbito trinitario? Es este el panorama que se abre a la reflexión actual de la teología del Espíritu. La cosa que anima es que en esta dirección se están moviendo juntas, en un diálogo fraterno y constructivo, teólogos de todas las grandes Iglesias cristianas: ortodoxa, católica y protestante. Uno de los puntos clave en los que se movía (y por los que estaba condicionada) la reflexión de los Padres, y en particular de Agustín, fue la falta de reciprocidad entre el Espíritu Santo y las otras dos personas divinas. Podemos llamar, decían, al Espíritu Santo “Espíritu del Padre”, pero no podemos llamar al Padre “Padre del Espíritu”; podemos llamar al Espíritu Santo “Espíritu del Hijo”, pero no podemos llamar al Hijo “Hijo del Espíritu”xvii.
Este es el punto en el que se intenta hoy superar la dificultad. Es verdad que no podemos llamar a Dios “Padre del Espíritu”, pero lo podemos llamar “Padre en el Espíritu”; es verdad que no podemos llamar al Hijo “Hijo del Espíritu”, pero podemos llamarlo “Hijo en el Espíritu”. La preposición usada en la Escritura para hablar del Espíritu Santo no es “desde”, sino “en”; es “en el Espíritu” que Cristo grita Abba en la tierra (cfr. Lc 10, 21). Si admitimos que esto que sucede en la historia es un reflejo de lo que sucede eternamente en la Trinidad, tenemos que concluir que es “en el Espíritu” que el Hijo pronuncia su Abba eterno en la generación del Padrexviii. El teólogo ortodoxo Olivier Clément ha anticipado esta conclusión diciendo que “El Hijo nace del Padre en el Espíritu”xix.
De todo esto emerge un nuevo modo de concebir las relaciones trinitarias. El Verbo y el Espíritu proceden simultáneamente del Padre. Es necesario renunciar a toda idea de precedencia entre los dos, no solo cronológica, sino también lógica. Como única es la naturaleza que constituye las tres divinas Personas, también es única la operación que tiene su fuente en el Padre y que constituye al Padre “Padre, al Hijo “Hijo” y al Espíritu “Espíritu”. Hijo y Espíritu Santo no deben ser vistos uno después del otro, o uno al lado del otro, sino “uno en el otro”. Generación y procesión no son “dos actos separados”, sino dos aspectos, o dos resultados, de un único actoxx.
¿Cómo concebir y expresar este acto abismal del que florece, en conjunto, la rosa mística de la Trinidad? Estamos ante el núcleo más íntimo del misterio trinitario que se sitúa más allá de cualquier concepto y analogía humana. Muy sugestiva me parece la indicación ofrecida, a este propósito, por el mismo teólogo ortodoxo Olivier Clément. Él habla de una “unción eterna” del Hijo por parte del Padre mediante el Espírituxxi. Esta intuición tiene un sólido fundamento patrístico en la fórmula “ungente, ungido y unción” usada en la más antigua teología de los Padres. San Ireneo había escrito:
“En el nombre de 'Cristo' se suponen uno que ungió, el que fue ungido y la unción misma con que fue ungido. En efecto, lo ungió el Padre y el Hijo fue ungido, en el Espíritu Santo que es la unción”xxii.
San Basilio tomó literalmente esta afirmación, repetida a su vez por san Ambrosioxxiii. En el origen, se refería directamente a la unción histórica de Jesús en su bautismo del Jordán. Sucesivamente, esta unción fue considerada realizada al momento de la encarnaciónxxiv; pero ya en la época de los Padres se comenzó a volver hacia atrás. Justino, Ireneo, Orígenes habían hablado de una “unción cósmica” del Verbo, es decir, de una unción que el Padre confiere al Verbo en vista de la creación del mundo, en cuanto “por medio suyo el Padre ha ungido y dispuesto cada cosa”xxv.
Eusebio de Cesarea va aún más allá, viendo realizada la unción en el momento mismo de la generación: “La unción consiste en la generación misma del Verbo, por la cual el Espíritu del Padre pasa al Hijo, a manera de fragancia divina”xxvi. Más autorizada es la opinión de san Gregorio de Nisa que dedica un capítulo entero a ilustrar la unción del Verbo a través del Espíritu Santo, en su generación eterna del Padre. Él asume que el nombre “Cristo”, el Ungido, pertenece al Hijo desde la eternidad:
“El óleo de la alegría tiene el poder del Espíritu Santo, con el que Dios está ungido por Dios, así el unigénito está ungido por el Padre... Como el justo no puede ser a la vez injusto, así el ungido no puede no estar ungido. Ahora el que nunca está no-ungido, es ciertamente el ungido desde siempre. Y cualquiera tiene que admitir que el que unge es el Padre y el ungüento es el Espíritu Santo”xxvii.
La imagen de la unción (porque se trata siempre de una imagen) añade algo nuevo que no es expresado por la imagen más habitual de la espiración. En Occidente, es habitual repetir que el Espíritu se llama así porque es espirado y espira. En esta visión, el Espíritu Santo desempeña un papel “activo” sólo fuera de la Trinidad, ya que inspira las Escrituras, los profetas, los santos, etc., mientras que en la Trinidad tendría sólo la cualidad pasiva de serespirado por el Padre y el Hijo.
Esta ausencia de un papel activo del Espíritu dentro de la Trinidad, considerada quizás la mayor laguna de la pneumatología tradicional, se supera de esta manera. De hecho, si se reconoce al Hijo un papel activo en relación con el Espíritu, expresado por la imagen de laespiración, también se reconoce un papel activo del Espíritu Santo en relación con el Hijo, expresado por la imagen de la unción. No se puede decir, del Verbo, que es “el Hijo del Espíritu Santo”, pero se puede decir de él que es “el Ungido del Espíritu”.
3. El Espíritu de verdad y el Espíritu de caridad
La renovada escucha de las Escrituras permite constatar, incluso desde otro punto de vista, la complementariedad de los dos pneumatologías, oriental y occidental. Se observó, en el ámbito del mismo Nuevo Testamento, un mayor énfasis, por parte de Juan, del "Espíritu de verdad" y, por parte de Pablo, del “Espíritu de caridad”xxviii.“Espíritu de verdad”, en el Cuarto Evangelio, es otro nombre del Paráclito (Jn 14, 16-17); los adoradores del Padre deben adorarlo “en Espíritu y en verdad”; él lleva “a toda la verdad”; su unción “da la ciencia y enseña todas las cosas” (1 Jn 2, 20.27). Para Pablo, sin embargo, el efecto principal del Espíritu es “derramar el amor” en los corazones; fruto del Espíritu es “amor, alegría y paz” (Ga 5, 21); el amor constituye “la ley del Espíritu” (Rm 8, 2), el amor es “el mejor camino”, el don del Espíritu Santo más grande de todos (cfr. 1 Co 12, 31).
Como sucedió con la doctrina sobre Cristo, también esta diferente acentuación sobre el Espíritu Santo permanece en la tradición, y, una vez más, Oriente refleja mayormente la perspectiva juaniana y Occidente la paulina. La pneumatología ortodoxa dio mayor relevancia al Espíritu luz, y la latina al Espíritu amor. Esta diversidad está clarísima, en todo caso, en las dos obras que más han influido en el desarrollo de sus respectivas teologías del Espíritu Santo. En el tratado Sobre el Espíritu Santo de san Basilio, no juega ningún papel el tema del Espíritu amor, mientras que desempeña uno central el tema del Espíritu “luz inteligible”xxix; en el tratado Sobre la Trinidad de san Agustín, no juega ningún rol el tema del Espíritu luz, mientras sabemos que desempeña uno central el del Espíritu como amor.
La luz, con los fenómenos que normalmente la acompañan (la transfiguración de la persona y su completa inmersión interior y exterior en la luz) es el elemento más constante entre los orientales, en la mística del Espíritu Santo. “¡Ven, oh luz verdadera!”, son las primeras palabras de una oración al Espíritu Santo de san Simeón el Nuevo Teólogoxxx.También la famosa “luz tabórica”, que tanta importancia tiene en la espiritualidad y la iconografía oriental, está íntimamente vinculada al Espíritu Santoxxxi. Un texto del oficio ortodoxo dice que, en el día de Pentecostés, “gracias al Espíritu Santo, el mundo entero recibió un bautismo de luz”xxxii.
Concluyo con un pensamiento de san Agustín sobre el Espíritu de amor que, aplicado en las relaciones entre las diversas Iglesias, haría dar un paso decisivo hacia la unidad de los cristianos. Comentando la doctrina de san Pablo en 1 Corintios 12, sobre los carismas, san Agustín hace esta reflexión. Al oír nombrar todos esos maravillosos carismas (profecía, sabiduría, discernimiento, sanaciones, lenguas), alguien podría sentirse triste y excluido, porque piensa que él no posee nada de todo esto. Pero cuidado, prosigue el santo,
“Si amas, no es poco lo que posees. En efecto, si amas la unidad, todo lo que de ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees. La envidia separa, la caridad une. Solo el ojo en el cuerpo tiene la facultad de ver, pero ¿acaso el ojo ve solo para sí mismo? No, él ve por la mano, por el pie y por todos los miembros... Solo la mano actúa en el cuerpo; pero ésta no actúa solo para sí, actúa también para el ojo. Si está a punto de recibir un golpe que no está dirigido a la mano sino al rostro, ¿dice quizás la mano: 'No me muevo, porque el golpe no está dirigido a mí'?”xxxiii.
Este es el secreto de por qué la caridad es “el camino más excelente” (1 Co 12, 31): me hace amar al cuerpo de Cristo, o a la comunidad en la que vivo, y en la unidad todos los carismas, no solo algunos, son “míos”. La caridad multiplica realmente los carismas; hace del carisma de uno el carisma de todos. Es suficiente con no hacer de sí mismos, sino de Cristo, el centro de interés; no querer “vivir para sí, sino para el Señor”, como dice el Apóstol (Rm 14, 7-8).
Aplicado a las relaciones entre las dos Iglesias, la oriental y la occidental, este principio conduce a mirar lo que cada una tiene diferente de la otra, no como un error o una amenaza, sino para regocijarse como un tesoro para todos. Aplicado a nuestras relaciones diarias, dentro de la misma Iglesia o de la comunidad en la que vivimos, ayuda a superar los sentimientos naturales de frustración, de rivalidad y de celos. “Bienaventurado aquel siervo -escribe san Francisco de Asís- que no se exalta (yo añado: y no se regocija) más del bien que el Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio de otro”xxxiv. Que el Espíritu Santo nos ayude a dirigirnos por este camino exigente, pero al que se le han prometido los frutos del Espíritu: el amor, el gozo y la paz.

i DS, 150.
ii Gregorio Nacianceno, Discursos, XXXI, 10 (PG 36, 144).
iii En A. Hänggi - I. Pahl, Prex Eucharistica, Friburgo, Suiza, 1968, p. 250.
iv Cfr. Atanasio, Cartas a Serapion I, 24 (PG 26, 585s.); Cirilo de Alejandría, Comentario sobre Juan, XI, 10 (PG 74, 541C); S. Juan Damasceno, Sobre la fe ortodoxa, I, 13 (PG 94, 856B).
v Ambrosio, Sobre el Espíritu Santo, I, 120 (“Spiritus quoque Sanctus, cum procedit a Patreet a Filio, non separatur”).
vi Agustín, La Trinidad, XV, 26,47.
vii Fulgencio de Ruspe, Epístolas, 14, 21 (CC 91, p. 411); De fid, 6.54 (CC 91A, pp.716.747) (“Spiritus Sanctus essentialiter de Patre Filioque procedit”); Liber de Trinitate, passim (CC 91A, pp. 633 ss).
viii Epístolas, 14, 28 (CC 91, p.420).
ix DS, 470. En el símbolo del I Concilio de Toledo del 400 (DS, 188), Filioque es un añadido posterior.
x Cfr. Monumenta Germaniae Historica. Concilia, t.II, p.II, 1906, pp. 235-244, y en PL 102, 971-976.
xi J. D. Zizioulas, The Teaching of the 2nd Ecumenical Council on the Holy Spiriti in historical and ecumenical perspective, en “Credo in Spiritum Sanctum”, vol. I, Libreria Editrice Vaticana 1983, p. 54.
xii CIC, n. 248.
xiii Cfr. Les traditions Grecque et Latine concernant la procession du Saint-Esprit, en “Service d’Information du Conseil Pontifical pour la promotion de l’unité des Chrétiens”, n. 89, 1995, pp. 87-91.
xiv Cfr. Juan Pablo II, Enc. Dominum et vivificantem, 13. 24. 41; Moltmann, El Espíritu de la vida, Queriniana, Brescia 1994, pp. 85 ss.
xv Les traditions..., cit., p.90.
xvi Les traditions..., cit., p. 90-91.
xvii Agustín, La Trinidad, V, 12, 13.
xviii Cfr. T. G. Weinandy, The Father’s Spirit of Sonship. Reconceiving the Trinity, Edimburgo 1995.
xix O. Clément, Les mystiques chrétiens des origines, París 1982 (trad. it. Alle fonti con i Padri, Città Nuova, Roma 1987, p. 70).
xx Cfr. Moltmann, op. cit., p. 90; Weinandy, op. cit., pp. 53-85.
xxi Cfr. O. Clément, op. cit. p.58.
xxii Ireneo, Contra las herejías, III, 18,3.
xxiii Basilio, Sobre el Espíritu Santo, XII, 28 (PG 32, 116C); S. Ambrosio, Sobre el Espíritu Santo, I, 3, 44.
xxiv Gregorio Nacianceno, Discursos, XXX, 2 (PG 36, 105B).
xxv Ireneo, Demostración de la predicación apostólica, 53 (SCh 62, p. 114); cfr. A. Orbe, La Unción del Verbo (Analecta Gregoriana, vol. 113), Roma 1961, pp. 501-568.
xxvi Orbe, op.cit., p. 578.
xxvii Gregorio de Nisa, Contra Apolinar, 52 (PG 45, 1249 s.).
xxviii Cfr. E. Cothenet, Saint-Esprit, DBSuppl, fasc. 60, 1986, col. 377.
xxix Basilio, Sobre el Espíritu Santo, IX, 22-23 (PG 32, 108 s.); XVI, 38 (PG 32, 137).
xxx Simeón el Nuovo Teólogo, Oración mística (SCh 156, p.150)
xxxi Gregorio Palamas, Homilía I sobre la Transfiguración (PG 151, 433B-C).
xxxii Sinasario de Pentecostés, en Pentecostaire, Diaconie apostolique, Parma 1994, p.407.
xxxiii Agustín, Tratados sobre Juan, 32, 8.
xxxiv Francisco de Asís, Admoniciones XVII (FF, 166).

19 marzo 2015

San José

    Isabel Orellana Vilches



«El santo por antonomasia. Esposo virginal de la Virgen María, custodio de la Sagrada Familia, padre y guardián de la Iglesia, abogado de la buena muerte. Proclamado por Pío IX patrono de la Iglesia universal»

Como afirmó san Pedro Crisólogo: «José fue un hombre perfecto, que posee todo género de virtudes». Por tanto, no cabe buscar en la fecha de hoy otro modelo más sublime para la vida espiritual que la del Santo Patriarca. Puesto que solo contamos con los someros datos que ofrece el evangelio, habiendo quedado envuelta su gloriosa vida en el silencio, cada uno ha glosado de él matices que le llamaban especialmente la atención. En cualquier santoral se hallan referencias proporcionadas por santos y santas que meditaron en ella y que se han ido transmitiendo a lo largo de los siglos. Es el caso de Tomás de Aquino, Gertrudis, Vicente Ferrer, Bernardo, Brígida de Suecia, Francisco de Sales y Bernardino de Siena. Estos, entre otros, en numerosas ocasiones reflejaron en sus escritos los frutos de su reflexión y predicaron en sus sermones las excelsas virtudes que le adornaron. San Bernardino de Siena manifestó en uno de ellos: «La norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para otorgarle una gracia singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar. Esta norma se ha verificado de un modo excelente en san José, padre putativo de nuestro Señor Jesucristo y verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles. José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con insobornable fidelidad. Por eso le dice el Señor: ‘Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor’».
De este hombre «justo» por antonomasia, «esposo virginal de la Virgen María»«custodio de la Sagrada Familia» se han enaltecido hasta la saciedad, como se ha dicho, sus incontables virtudes. Junto a las teologales, se hallan arracimadas en su santa vida: fidelidad, inocencia evangélica, fortaleza, docilidad, prontitud, pureza, generosidad, prudencia, disponibilidad, sencillez, templanza, obediencia, pobreza, humildad, discreción, justicia, honestidad, diligencia, paciencia, etc. Estuvo adornado por todas; por tanto, son imposibles de condensar. Y hoy, como antaño, continúan mostrando la grandeza de este «padre y guardián de la Iglesia», «abogado de la buena muerte», que vivió cada segundo de su existencia con inquebrantable adecuación de su voluntad a la divina, señalándonos el camino que hemos de seguir.
San Alfonso María de Ligorio ensalzó el trato familiar que tuvo con Jesús, subrayando lo que pudo significar este eminentísimo vínculo entre ambos para la santidad del padre que durante un tiempo le acompañó en la tierra:«José durante esos treinta años fue el mejor amigo, el compañero de trabajo con quién Jesús conversaba y oraba. José escuchaba las palabras de vida eterna de Jesús, observaba su ejemplo de perfecta humildad, de paciencia, y de obediencia, aceptaba siempre la ayuda servicial de Jesús en los quehaceres y responsabilidades diarios. Por todo esto, no podemos dudar que mientras José vivió en la compañía de Jesús, creció tanto en méritos y santificación que aventajó a todos los santos».
También los pontífices han quedado conmovidos por el ejemplo del Santo Patriarca. Juan XXIII iniciaba y culminaba su jornada poniéndose bajo su amparo. Lo proclamó patrono del concilio Vaticano II. Pablo VI el 19 de marzo de 1969 manifestó: «San José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan ‘grandes cosas’, sino que se requieren solamente las virtudes comunes, humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas». Juan Pablo II le dedicó la exhortación apostólica Redemptoris custos el 15 de agosto de 1989. Y entre otras cosas, en ella calificaba la «fe, sostenida por la oración» como«el tesoro más valioso que san José nos transmite». Por su parte, a Benedicto XVI le llamó la atención su silencio. Y así, se dirigió a los fieles en uno de sus Ángelus en 2005, diciendo:«¡Dejémonos invadir por el silencio de san José!». Sixto IV incluyó la fiesta de san José en el Calendario Romano en torno al año 1479. Pío IX lo proclamó Patrono de la Iglesia universal en 1870; León XIII precisó los fundamentos de este patrocinio el 15 de agosto de 1889, y Pío XII en 1955 designó el 1º de mayo como la fiesta de san José obrero.
Los carmelitas han dado siempre gran impulso a la devoción a san José. Quizá por ello, impregnada de este carisma al que se abrazó, la gran santa castellana Teresa de Jesús ha sido una de sus mayores propagadoras. Fue agraciada por él en grave situación de enfermedad, y desde entonces lo tomó como protector. Además, puso bajo su tutela las numerosas fundaciones que instituyó. Decía: «Otros santos parece que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a san José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo»«Parece que Jesucristo quiere demostrar que así como san José lo trató tan sumamente bien a Él en esta tierra, Él le concede ahora en el cielo todo lo que le pida para nosotros. Pido a todos que hagan la prueba y se darán cuenta de cuán ventajoso es ser devotos de este santo Patriarca». Durante cuatro décadas, todos los años el 19 de marzo acudía a él puntualmente solicitándole «alguna gracia o favor especial», y siempre le respondió. Por eso insistía: «Yo les digo a los que me escuchan que hagan el ensayo de rezar con fe a este gran santo, y verán qué grandes frutos van a conseguir».
En esta misma línea, Fernando Rielo, fundador de los misioneros identes, también infundió en sus hijos el amor a san José: «Tened mucha devoción a san José, cualquier problema, cualquier cosa, os la concederá: bienes materiales y bienes espirituales, especialmente la santidad […]. Pedidle la conversión de la humanidad, suplicadle la santidad de la Iglesia, rogadle la comunión de todos los cristianos».

Con la fe de San José, la vida de Jesús y la audacia de María

Carta pastoral de Monseñor Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid




Vamos a celebrar el Día del seminario. Y quiero acercar a todos los creyentes de nuestra archidiócesis y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad la verdad del ministerio sacerdotal y su actualidad para la vida del mundo. El lema que la Iglesia que camina en España ha elegido para este año dice así: “Señor, ¿qué mandáis hacer de mí?”. Son palabras de Santa Teresa de Jesús que nos traen unas sugerencias especialmente importantes para vivir el ministerio sacerdotal hoy. ¿Quiénes son los sacerdotes? Hombres elegidos por el Señor de entre los hombres a quienes un día, valiéndose de muchas situaciones, les llama para que le presten la vida a Él. De tal manera que, después de una larga preparación humana, teológica, espiritual y pastoral, el Obispo les impondrá las manos para que sean “otro Cristo”, regalando así a los hombres su amor, su gracia, su perdón, su alimento, su presencia. El Papa San Juan Pablo II nos decía que el sacerdocio ministerial, que nació en el Cenáculo, junto con la Eucaristía, tiene solamente una manera de vivirse: “la existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, ‘forma eucarística’”. Se trata de globalizar el amor mismo de Jesucristo, dando forma a la existencia sacerdotal y regalando y manteniendo esa vida entre los hombres, en su existencia personal y en la historia que tejemos con nuestra vida entre todos.
A todos los jóvenes os hago una llamada singular a vuestro corazón. Decid: “Señor, ¿qué mandáis hacer de mí?”. A vosotros, jóvenes, con ideales grandes, con deseos de dar lo mejor de vuestra vida para que todos los hombres tengan la vida del Señor y para hacer posible que el Reino de Dios se haga presente ya en esta historia, os invito a que, con la expresión de Santa Teresa de Jesús, dejéis que vuestro corazón responda con generosidad. No seáis tacaños en esta hora de la historia donde se fragua una época nueva. Y, tanto a quienes sois ya sacerdotes, como a quienes os estáis formando para el ministerio sacerdotal en nuestros seminarios, para que vuestra vida sea llamada y pregunta para los jóvenes, os invito a cultivar dos dimensiones esenciales en el ministerio sacerdotal, constitutivas y complementarias: la comunión y la misión, la unidad y la evangelización. La unidad de la que el Señor nos habló en la última Cena, cuando nos dijo: “sed uno”, y la misión o tensión evangelizadora de la cual el Señor habló a los discípulos antes de subir a los cielos, cuando nos dijo: “id por el mundo y anunciad el Evangelio”.
En este año, en el que Teresa de Jesús tiene un protagonismo especial en la Iglesia en España, escuchemos cómo ella habla del liderazgo apostólico llamando a los sacerdotes capitanes. La Santa manifiesta así la grandeza del ministerio sacerdotal: “¡Buenos quedarían los soldados sin capitanes! Han vivir entre los hombres y tratar con los hombres y estar en los palacios y aún hacerse algunas veces con ellos en lo exterior. ¿Pensáis, hijas mías, que es menester poco para tratar con el mundo y vivir en el mundo y tratar negocios del mundo y hacerse, como he dicho, a la conversación del mundo, y ser en lo interior extraños del mundo y enemigos del mundo y estar como quien está en destierro y, en fin, no ser hombres, sino ángeles? Porque a no ser esto así, ni merece el nombre de capitanes, ni permita el Señor salgan de sus celdas, que más daño harán que por derecho. Porque no es ahora tiempo de ver imperfecciones en los que han de enseñar” (Camino 3, 3).
El sacerdocio ministerial es indispensable para la existencia de una comunidad eclesial. Los fieles cristianos esperan de los sacerdotes que sean fundamentalmente especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios, expertos en la vida espiritual, testigos de la sabiduría de Dios. Son impresionantes las palabras del santo cura de Ars, San Juan María Vianney: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Jesucristo Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia” (carta de Convocación del Año Sacerdotal 16-6-2009).
En la formación de quienes habéis sido llamados al ministerio sacerdotal, y quienes ya lo vivimos y hemos de salir al mundo para anunciar a Jesucristo, hemos de salir con la fe de San José, la Vida de Jesús y la Audacia de María:
1) La Fe de San José: la fe es un don. Por eso, la primera condición es permitir que nos donen algo, no ser autosuficientes, no hacerlo todo por nosotros. Es necesario abrirnos y ser conscientes de que el Señor dona realmente. Este es un paso necesario para recibir algo que no tenemos ni podemos tener. Disponibilidad de aceptar el don, como San José. Dejarnos impresionar por el don en nuestro pensamiento, memoria y voluntad. La verdadera fe implica a toda la persona: pensamientos, afectos, intenciones, relaciones, corporeidad, actividad, trabajo diario. Creer quiere decir, ante todo, aceptar como verdad lo que nuestra mente no comprende del todo. Aceptar lo que Dios nos revela sobre sí mismo, sobre nosotros mismos y sobre la realidad que nos rodea, incluida la invisible. Creer quiere decir abandonarse a Dios, poner en sus manos nuestro destino. Esto es lo que hizo el patriarca San José. Por eso digo: con la fe de San José.
2) La Vida de Jesús: en Jesucristo, Dios no sólo es apariencia de hombre, sino que se hace hombre. No se limita a mirarnos desde el trono de su gloria, sino que se sumerge personalmente en la historia humana. Se hace carne, es decir, realidad frágil, condicionada por el tiempo y el espacio. En Jesucristo se nos revela el gran sí que Dios dijo al hombre y a su vida, a nuestra libertad, a nuestra inteligencia. Solamente si situamos nuestra existencia cristiana dentro de ese “sí”, penetramos profundamente en el significado que tiene en nuestra vida decir al Señor: "aquí estoy”, te presto todo lo que soy para que hagas con mi vida, por tu gracia, tu presencia en medio de los hombres.
3) La Audacia de María: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. El sí de María a Dios es mi sí. La respuesta de María al ángel se prolonga con esa llamada a manifestar a Cristo en la historia, ofreciendo disponibilidad para que Dios pueda seguir visitando a la humanidad con su misericordia. La audacia de María está en su abandono y en la confianza absoluta en Dios. Con la audacia de su sí abrió el cielo en la tierra y se abrió la tierra al cielo. La raíz de la audacia, esa que tenemos que imitar de María nuestra Madre, está en darnos cuenta de que Dios ha puesto los ojos en cada uno de los que han sido llamados al ministerio sacerdotal.
Es la primera vez que os hago una petición como esta: ayudadme a sostener nuestros seminarios, prestad vuestra ayuda económica en la medida que podáis para realizar este sueño de Dios, que, por ser de Dios, es real, para que se pueda hacer de esta tierra el cielo. Para hacerlo, el Señor ha querido el ministerio sacerdotal. Ayudadme.
Con gran afecto, os bendice:
+ Carlos, Arzobispo de Madrid