05 enero 2018

7 secretos para conseguir un matrimonio feliz

J. Lozano


Valen por igual para los matrimonios jóvenes como para los que llevan décadas casados

¿Por qué hay matrimonios que permanecen siempre como si fueran recién casados y otros, sin embargo, se oxidan? Esta es la pregunta que con frecuencia se ha hecho George Leo Thomas, durante sus cuarenta años como sacerdote y obispo.
Obispo de Helena, una pequeña diócesis en el estado de Montana donde los católicos superan por poco los 50.000, conoce muy bien a su rebaño y ha encontrado una respuesta a esta pregunta.
En este tiempo, asegura, ha tenido el privilegio de presidir cientos de bodas y de acompañar a numerosos matrimonios. Y desde hace mucho tiempo ha tenido la inquietud de saber «qué cualidades están presentes en estos matrimonios que prosperan tanto “en los buenos como en los malos”».
«He observado con actitud orante a las parejas casadas de mi familia, de mis feligreses y de mi círculo de amigos. He llegado a la conclusión de que los matrimonios fuertes tienen una serie de cualidades que ayudan a reflejar nuestra visión sacramental del matrimonio católico», asegura el obispo.
A través de su experiencia, este obispo estadounidense presente en el semanario Our Sunday Visitor siete cualidades que ha extraído de matrimonios mayores y jóvenes que permanecen llenos de vida y que son signo de “una unión irrompible” y de una “comunidad íntima de vida y amor”:
1. Imperfección
En este primer punto, el obispo George cita el libro de David Mills The seven laws of love, que decía que “un matrimonio perfecto es sólo dos personas imperfectas que se niegan a renunciar el uno al otro”. De este modo, estas personas casadas dirán que el matrimonio es un trabajo constante, una relación defectuosa, imperfecta e incompleta pero que “se sienten consolados por saber que el poder del amor llena las imperfecciones, complementa las deficiencias y saca lo mejor de cada uno”.
Citando igualmente a Ann Landers, el obispo escribe que “si tienes amor en tu vida puedes compensar muchas de las cosas que te hacen falta. Si no lo tienes, no importa lo que tengas, nunca será suficiente”.
2. Tiempo y recursos
Uno de los riesgos a los que se enfrentan en la vida matrimonial, afirma monseñor George, es el hábito, la rutina, el ajetreo y la mediocridad. Pero “las parejas casadas felices saben que el matrimonio necesita renovación, frescura y rejuvenecimiento todos los días del año, especialmente con la llegada de los niños”.
“Las parejas felices nunca dejan de conquistarse. Mantienen la llama de la pasión con vida en el matrimonio”, afirma. Y para ello propone pasar tiempo juntos y solos alejado de los niños como algo necesario. Una cena tranquila en un restaurante, una película, un paseo… En definitiva, un rato para los dos.
3. Pequeñas cosas
Los pequeños detalles hacen la diferencia y estos matrimonios que se mantienen siempre jóvenes cuidan estas pequeñas cosas. Una mirada amorosa, un ramo de flores sin ninguna razón, una nota, una llamada o un simple “te quiero más que a nadie”, son regalos preciosos que cuestanmuy poco.
4. Perdón
El obispo de Helena afirma que “los matrimonios felizmente casados han aprendido que cuando cometen un error, pueden pedir y recibir el perdón de su cónyuge. Aprenden el arte de avanzar en lugar de clavar sus ojos en el espejo retrovisor. Evitan deliberadamente albergar resentimiento y rencor”.
Estas parejas saben, añade monseñor George, que “el perdón llena la vida matrimonial con paz”. Además, han descubierto “la gracia sanadora que está presente en el Sacramento de la Reconciliación” e incluso son conscientes de que algunos problemas que pueda vivir el matrimonio necesitan orientación siendo “lo suficientemente humildes como para pedir ayuda cuando lo necesiten”.
5. Flexibilidad
Los matrimonios fuertes han aprendido a ser flexibles, a no decir siempre o nunca. Según el obispo, practicar el arte de la negociación ha resuelto situaciones muy difíciles, mientras que la falta de flexibilidad puede llevar a la rigidez, al resentimiento y por tanto a situaciones muy amargas.
6. Comunicación
Dominar las habilidades de la comunicación es un esfuerzo para toda la vida. Estos matrimonios a los que se refiere George Leo Thomas, “comparten sus pensamientos más íntimos y evitan el veneno del secreto. Han aprendido a luchar justamente y, cuando surgen desacuerdos, evitan caracterizaciones mezquinas e insultos”.
El silencio, agrega, no es el arma favorita de estos matrimonios ni se acuestan sin haber hablado esa situación.
Para favorecer la comunicación en la familia aboga por apagar los teléfonos durante la comida o limitar el tiempo de televisión y de las nuevas tecnologías tanto para los adultos como para los niños.
7. Espiritualidad
“Cada pareja felizmente que conozco ha construido su matrimonio sobre una sólida base espiritual. Han encontrado a Jesucristo profundamente, a diario y personalmente, y lo han acogido como el centro de su corazón y de su hogar. Ellos nutren su matrimonio con los sacramentos y viven su fe con obras de caridad”, explica el obispo.
Estos matrimonios consideran que la fidelidad es “un reflejo vivo del amor de Dios por nosotros” y son personas para las que la oración y la participación en la parroquia son una prioridad.
Una conclusión
Como conclusión, monseñor George recuerda que “los matrimonios fuertes han sido reconocidos durante mucho tiempo como la piedra angular de la sociedad, un regalo precioso para la Iglesia, una fuente de gracia para los niños y una profunda bendición para los propios esposos. El matrimonio es tan importante que el Señor mismo elevó la vida matrimonial a la dignidad de sacramento”.

La necesidad de la ética para construir la paz mundial

No basta desear la paz, hay que construirla, ante todo, fortaleciendo sus cimientos éticos

Pablo VI tuvo una feliz idea al instituir en 1967 la jornada mundial de la paz el día primero de ese año. Tras el núcleo de las fiestas navidades, en las que deseamos casi ritualmente felicidad y paz, parece lógico pararse a pensar para diagnosticar mejor los conflictos y contribuir a la construcción práctica de la concordia: desde cada familia al mundo entero.
No deja de ser una contradicción de la cultura contemporánea: el aprecio por la paz es un valor emergente, condensado quizá en el término pacifismo, no siempre bien valorado intelectualmente. Entre otras razones, por las contiendas mundiales del siglo XX y la actual conflictividad, descrita más de una vez por el papa Francisco como una guerra mundial a trozos...
La exaltación de la razón del Siglo de las Luces no tardó en saldarse con las monstruosas guerras del siglo pasado. La primera consolidó el movimiento pacifista: se pensó que la Sociedad de Naciones sustituiría las guerras por el diálogo. Pero hubo que refundarla en 1945, con no mejor buena intención y un cambio de nombre lleno de más esperanza. Sin embargo, el pacifismo impulsado años después por la mentalidad postmoderna, ha convivido con la creciente inseguridad −basta pensar en los despliegues policiales en torno a la celebración del Año Nuevo−, el incremento de las violencias sociales −urbanas, juveniles, domésticas−, o la pervivencia de conflictos regionales, sobre todo, en África y Asia; y la gran pandemia del terrorismo, presente en cualquier lugar del mundo, también en los que sólo salen en la prensa como consecuencia de atentados.
Por contraste, se ha intentado proclamar un nuevo derecho humano: el derecho a la paz... Como sucede con otros, se califican así meros deseos o metas, quizá laudables, pero no siempre garantizables, ni mucho menos, mediante la coactividad, inseparable del ordenamiento jurídico y del estado de derecho real.
Hasta ahora, la paz se consideraba más bien efecto de la justicia, no objeto de ésta. La tranquilitas ordinis de los clásicos era el sosiego ordenado fruto de la justicia, del respeto de la dignidad de la persona y los derechos humanos, de la igualdad del dar a cada uno lo suyo. Sin embargo, aunque no sea técnicamente exigible como derecho, la paz es quizá el anhelo más importante de la humanidad, justamente por su escasez, dicho con una analogía económica.
A pesar del avance de la globalización, son aún endebles las instituciones que podrían y deberían contribuir al gobierno del mundo en términos de concordia: los diversos consejos en torno a las Naciones Unidas, las organizaciones regionales (también en África y Asia), o los diversos Tribunales internacionales, especialmente los que se ocupan de los derechos humanos y de los crímenes contra la humanidad.
Falta, sobre todo, una fundamentación filosófica más profunda de la paz. A pesar del evidente impulso de Juan Pablo II y Benedicto XVI, no se avanza en el diseño de una ética internacional. Sería casi como una refundación de la ley natural, aquel gran concepto de raíces estoicas, asumido en gran medida por la catolicidad del pensamiento cristiano.
A través de Internet, podemos releer hoy la colección de mensajes pontificios previos a la jornada mundial de la paz. Los papas han ido destacando aspectos decisivos en cada momento, sin excluir lógicamente los permanentes. Esos textos constituyen un auténtico compendio de irenelogía, si se me permite la cursilada, evocadora de los irenarcas clásicos.
El lema del mensaje de 2018 sitúa ante una cuestión de máxima actualidad: “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”. Se inspira en una frase de Benedicto XVI de 2002. Y recuerda la importancia de la prudencia política, para que los gobernantes −también los ciudadanos, que han de superar tentaciones identitarias tendentes a la xenofobia− acierten en las medidas adecuadas. No importa que sean limitados los recursos para “acoger, promover, proteger e integrar” a tantas personas que huyen de las guerras o buscan oportunidades de trabajo y educación.
El papa Francisco confía en los pactos mundiales que promoverá la ONU en 2018. Y considera importante “que estén inspirados por la compasión, la visión de futuro y la valentía, con el fin de aprovechar cualquier ocasión que permita avanzar en la construcción de la paz: sólo así el necesario realismo de la política internacional no se verá derrotado por el cinismo y la globalización de la indiferencia”.
No basta desear la paz. Hay que construirla, ante todo, fortaleciendo sus cimientos éticos.

04 enero 2018

Migrantes y refugiados, en busca de la paz




Mensaje del Papa

51ª Jornada Mundial de la Paz
 1. Un deseo de paz
Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad, es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración. De entre ellos quisiera recordar a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, «son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz». Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino.
Con espíritu de misericordia, abrazamos a todos los que huyen de la guerra y del hambre, o que se ven obligados a abandonar su tierra a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza y la degradación ambiental.
Somos conscientes de que no es suficiente sentir en nuestro corazón el sufrimiento de los demás. Habrá que trabajar mucho antes de que nuestros hermanos y hermanas puedan empezar de nuevo a vivir en paz, en un hogar seguro. Acoger al otro exige un compromiso concreto, una cadena de ayuda y de generosidad, una atención vigilante y comprensiva, la gestión responsable de nuevas y complejas situaciones que, en ocasiones, se añaden a los numerosos problemas ya existentes, así como a unos recursos que siempre son limitados. El ejercicio de la virtud de la prudencia es necesaria para que los gobernantes sepan acoger, promover, proteger e integrar, estableciendo medidas prácticas que, «respetando el recto orden de los valores, ofrezcan al ciudadano la prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu». Tienen una responsabilidad concreta con respecto a sus comunidades, a las que deben garantizar los derechos que les corresponden en justicia y un desarrollo armónico, para no ser como el constructor necio que hizo mal sus cálculos y no consiguió terminar la torre que había comenzado a construir.
2. ¿Por qué hay tantos refugiados y migrantes?
Ante el Gran Jubileo por los 2000 años del anuncio de paz de los ángeles en Belén, san Juan Pablo II incluyó el número creciente de desplazados entre las consecuencias de «una interminable y horrenda serie de guerras, conflictos, genocidios, “limpiezas étnicas”», que habían marcado el siglo XX. En el nuevo siglo no se ha producido aún un cambio profundo de sentido: los conflictos armados y otras formas de violencia organizada siguen provocando el desplazamiento de la población dentro y fuera de las fronteras nacionales.
Pero las personas también migran por otras razones, ante todo por «el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la “desesperación” de un futuro imposible de construir». Se ponen en camino para reunirse con sus familias, para encontrar mejores oportunidades de trabajo o de educación: quien no puede disfrutar de estos derechos, no puede vivir en paz. Además, como he subrayado en la Encíclica Laudato si’, «es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental».
La mayoría emigra siguiendo un procedimiento regulado, mientras que otros se ven forzados a tomar otras vías, sobre todo a causa de la desesperación, cuando su patria no les ofrece seguridad y oportunidades, y toda vía legal parece imposible, bloqueada o demasiado lenta.
En muchos países de destino se ha difundido ampliamente una retórica que enfatiza los riesgos para la seguridad nacional o el coste de la acogida de los que llegan, despreciando así la dignidad humana que se les ha de reconocer a todos, en cuanto que son hijos e hijas de Dios. Los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia, que son fuente de gran preocupación para todos aquellos que se toman en serio la protección de cada ser humano.
Todos los datos de que dispone la comunidad internacional indican que las migraciones globales seguirán marcando nuestro futuro. Algunos las consideran una amenaza. Os invito, al contrario, a contemplarlas con una mirada llena de confianza, como una oportunidad para construir un futuro de paz.
3. Una mirada contemplativa
La sabiduría de la fe alimenta esta mirada, capaz de reconocer que todos, «tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia. Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir». Estas palabras nos remiten a la imagen de la nueva Jerusalén. El libro del profeta Isaías (cap. 60) y el Apocalipsis (cap. 21) la describen como una ciudad con las puertas siempre abiertas, para dejar entrar a personas de todas las naciones, que la admiran y la colman de riquezas. La paz es el gobernante que la guía y la justicia el principio que rige la convivencia entre todos dentro de ella.
Necesitamos ver también la ciudad donde vivimos con esta mirada contemplativa, «esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas [promoviendo] la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia»; en otras palabras, realizando la promesa de la paz.
Observando a los migrantes y a los refugiados, esta mirada sabe descubrir que no llegan con las manos vacías: traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen. Esta mirada sabe también descubrir la creatividad, la tenacidad y el espíritu de sacrificio de incontables personas, familias y comunidades que, en todos los rincones del mundo, abren sus puertas y sus corazones a los migrantes y refugiados, incluso cuando los recursos no son abundantes.
Por último, esta mirada contemplativa sabe guiar el discernimiento de los responsables del bien público, con el fin de impulsar las políticas de acogida al máximo de lo que «permita el verdadero bien de su comunidad», es decir, teniendo en cuenta las exigencias de todos los miembros de la única familia humana y del bien de cada uno de ellos.
Quienes se dejan guiar por esta mirada serán capaces de reconocer los renuevos de paz que están ya brotando y de favorecer su crecimiento. Transformarán en talleres de paz nuestras ciudades, a menudo divididas y polarizadas por conflictos que están relacionados precisamente con la presencia de migrantes y refugiados.
4. Cuatro piedras angulares para la acción
Para ofrecer a los solicitantes de asilo, a los refugiados, a los inmigrantes y a las víctimas de la trata de seres humanos una posibilidad de encontrar la paz que buscan, se requiere una estrategia que conjugue cuatro acciones: acoger, proteger, promover e integrar.
«Acoger» recuerda la exigencia de ampliar las posibilidades de entrada legal, no expulsar a los desplazados y a los inmigrantes a lugares donde les espera la persecución y la violencia, y equilibrar la preocupación por la seguridad nacional con la protección de los derechos humanos fundamentales. La Escritura nos recuerda: «No olvidéis la hospitalidad; por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles».
«Proteger» nos recuerda el deber de reconocer y de garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación. En particular, pienso en las mujeres y en los niños expuestos a situaciones de riesgo y de abusos que llegan a convertirles en esclavos. Dios no hace discriminación: «El Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda».
«Promover» tiene que ver con apoyar el desarrollo humano integral de los migrantes y refugiados. Entre los muchos instrumentos que pueden ayudar a esta tarea, deseo subrayar la importancia que tiene el garantizar a los niños y a los jóvenes el acceso a todos los niveles de educación: de esta manera, no sólo podrán cultivar y sacar el máximo provecho de sus capacidades, sino que también estarán más preparados para salir al encuentro del otro, cultivando un espíritu de diálogo en vez de clausura y enfrentamiento. La Biblia nos enseña que Dios «ama al emigrante, dándole pan y vestido»; por eso nos exhorta: «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto».
Por último, «integrar» significa trabajar para que los refugiados y los migrantes participen plenamente en la vida de la sociedad que les acoge, en una dinámica de enriquecimiento mutuo y de colaboración fecunda, promoviendo el desarrollo humano integral de las comunidades locales. Como escribe san Pablo: «Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios».
5. Una propuesta para dos Pactos internacionales
Deseo de todo corazón que este espíritu anime el proceso que, durante todo el año 2018, llevará a la definición y aprobación por parte de las Naciones Unidas de dos pactos mundiales: uno, para una migración segura, ordenada y regulada, y otro, sobre refugiados. En cuanto acuerdos adoptados a nivel mundial, estos pactos constituirán un marco de referencia para desarrollar propuestas políticas y poner en práctica medidas concretas. Por esta razón, es importante que estén inspirados por la compasión, la visión de futuro y la valentía, con el fin de aprovechar cualquier ocasión que permita avanzar en la construcción de la paz: sólo así el necesario realismo de la política internacional no se verá derrotado por el cinismo y la globalización de la indiferencia.
El diálogo y la coordinación constituyen, en efecto, una necesidad y un deber específicos de la comunidad internacional. Más allá de las fronteras nacionales, es posible que países menos ricos puedan acoger a un mayor número de refugiados, o acogerles mejor, si la cooperación internacional les garantiza la disponibilidad de los fondos necesarios.
La Sección para los Migrantes y Refugiados del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral sugiere 20 puntos de acción como pistas concretas para la aplicación de estos cuatro verbos en las políticas públicas, además de la actitud y la acción de las comunidades cristianas. Estas y otras aportaciones pretenden manifestar el interés de la Iglesia católica al proceso que llevará a la adopción de los pactos mundiales de las Naciones Unidas. Este interés confirma una solicitud pastoral más general, que nace con la Iglesia y continúa hasta nuestros días a través de sus múltiples actividades.
6. Por nuestra casa común
Las palabras de san Juan Pablo II nos alientan: «Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en “casa común”». A lo largo de la historia, muchos han creído en este «sueño» y los que lo han realizado dan testimonio de que no se trata de una utopía irrealizable.
Entre ellos, hay que mencionar a santa Francisca Javier Cabrini, cuyo centenario de nacimiento para el cielo celebramos este año 2017. Hoy, 13 de noviembre, numerosas comunidades eclesiales celebran su memoria. Esta pequeña gran mujer, que consagró su vida al servicio de los migrantes, convirtiéndose más tarde en su patrona celeste, nos enseña cómo debemos acoger, proteger, promover e integrar a nuestros hermanos y hermanas. Que por su intercesión, el Señor nos conceda a todos experimentar que los «frutos de justicia se siembran en la paz para quienes trabajan por la paz».
Vaticano, 13 de noviembre de 2017
Memoria de Santa Francisca Javier Cabrini, Patrona de los migrantes

FRANCISCO

03 enero 2018

‘¡Gracias!’

El hombre debería poder ser definido como un ser que agradece: “Todo es mío porque Dios me lo ha dado”; entonces comprendo que solo podemos devolver un “¡Gracias!”

El final del año es un momento óptimo para dar gracias a Dios. Religionenlibertad ha pedido a algunas personas una reflexión en este sentido, a modo de Te Deum. He aquí la del escritor y periodista Jesús García:
Agradezco a ReL la oportunidad de hacer algo que estimo muy sano y conveniente hacer mucho más de vez en cuando, que es detenerme un rato a poner negro sobre blanco algunos de los motivos reales que tengo para dar gracias a Dios. Simplemente eso, dar gracias por lo que tengo, para darme cuenta entonces de que todo es mío porque Dios me lo ha dado.
Son muchas las veces en que atravesamos nuestra vida creyéndonos amos y señores de ella y de todo cuanto nos rodea, en que damos tantas cosas por supuestas, como si todo fuese nuestro por nosotros, y no por obra de Dios, cuando lo cierto es que, aunque nos lo creamos, ni somos tan estupendos ni podremos serlo como para construir realmente nuestra propia vida prescindiendo de Dios. Él nos ha dado la vida, los dones que tenemos, la salud de la que disponemos para realizar lo que hemos realizado, no más, y tampoco menos, y sin embargo, ¿cuántas veces actúo como si la vida me la hubiese dado yo, como si la salud y mis capacidades me las hubiese currado yo?
Este fin de año es un buen momento entonces para conmoverme agradecido y volver los ojos al cielo interior, en la oración, y como un niño que se sabe agraciado, decirle a Papá: Gracias, porque yo no puedo darte nada más que esto, las gracias, cuando Tú me has dado todo lo demás.
El Te Deum de Franz Joseph Haydn (1732-1809), interpretado por la OrquestaSinfónica y Coro de la BBC bajo la dirección de Sir Andrew Davis:    https://youtu.be/iUHieXrO9PI


Para evitar que este agradecimiento público a Dios se quede en una reflexión, para hacerla tangible, voy a enumerar algunas de esa cosas con las que me sé tan bendecido por la mano amorosa y providente de Dios. Doce razones para dar gracias a Dios, una por cada mes del año. Ahí van:
Enero
Gracias por aquella invitación para viajar a México. La excusa fue presentar un libro en medios y en una universidad. El regalo que me llevé en todo eso fue visitar a Nuestra Madre de Guadalupe. Fueron solo unos minutos, pero como le dije a mi mujer al llegar a casa, "una de las tres experiencias más importantes de mi vida".
Febrero
Gracias por el día a día, con los niños y con mi mujer. Febrero, tan normal, tan frío, tan rutinario... como tu Amor, que se derrama cada día incluso cuando dormimos, aunque no nos demos cuenta.
Marzo
En un periquete nos encontraste una casa, ¡y qué casa! Mejoraba con creces nuestras expectativas. Cierto es que hicimos una novena a San José y entre Tú y él os ocupasteis de todo. Aún no se nos ha borrado la sonrisa de la cara. ¡Qué fácil y que bueno todo!
Abril
Disfrutando del nuevo entorno y creciendo hacia dentro con salud y trabajo. Gracias por cada uno de esos días.
Mayo
Tras la mudanza, reemprendimos el grupo de oración en nuestra casa. Como siempre pasa, algunos se dieron de baja porque les pilla a desmano, pero no tardaron en venir los nuevos hermanos que nos has regalado en nuestro nuevo barrio. Gracias por ellos.
Junio
La empresa crece. No digo que venda más, sino que crece. Te doy gracias porque siempre vas por delante y porque este, tu proyecto de Gospa Arts, es sorprendente.
Julio
Test de embarazo, positivo. ¡Ya somos 5! Aunque no te veremos hasta el año que viene.
Agosto
Una llamada equivocada de una persona dio pie a una invitación: una semana de vacaciones en Vigo con un buen amigo, sacerdote, al que no veía desde hacía unos cinco años. ¡Qué detallazo, Señor!
Septiembre
¡El abono para el Bernabéu! Bien es cierto que no está siendo el mejor año para ir al estadio, pero esto lo teníamos Tú y yo hablado, Señor, y sabía que antes o después, llegaría. ¡Qué regalo tan tan grande! Estás pendiente siempre no solo de las necesidades, sino también de los anhelos de tus hijos.
Octubre
Más la empresa crece. Salvamos una situación complicada de la forma en que Tú mejor sabes hacerlo: cuando no hay solución, la haces aparecer. Gracias porque jamás perdí ni la paz ni la confianza. ¡Ah! Se confirma que el que viene es un chico. ¡Se llamará Javier!
Noviembre
Mi hijo mayor cumple 3 años. Eso lo encierra todo.
Diciembre
Desde el día 3 mi madre descansa en el Cielo. Me sirve para descubrir de nuevo el inmenso tesoro regalado que es la fe, por la que se que, algún día, volveremos a vernos en un sitio en el que no hay nada más que alegría, sin sufrimiento. No es que tenga prisa en llegar allí, pero la fe me dice, ante estas despedidas, que es cuestión de tiempo. Sin prisa, todo sea dicho, pero sin sufrir de más. Y mi hija, la segunda, cumple 2 años.
* * *
Y sobre todo, gracias por el día a día, Dios mío, tan lleno de cosas que pasan desapercibidas pero nos dan la vida gracias a tu amor: la casa, la comida, el coche, la gasolina, el dinero en la cuenta, el trabajo, las salud para el trabajo, los compañeros, los amigos, el calor, la piscina, los bañadores y las toallas, la crema, el frío, la ropa para el frío, las risas de mis hijos, los juegos con mis hijos... Dios mío, ¿se puede no ser agradecido teniéndote como Padre y como Dios, a pesar de mí?
Feliz 2018, porque lo mejor está por llegar.
Jesús García es periodista y autor de varios títulos de gran éxito, como Medjugorje, el primer gran libro-reportaje sobre el fenómeno; ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?, donde descubre a través de entrevistas las historias que hay detrás de diversas vocaciones religiosas femeninas contemplativas; o El Proyecto Magdala, sobre el descubrimiento arqueológico de una sinagoga donde predicó Jesucristo.
Pincha aquí para leer el Te Deum del sacerdote Juan Miguel Prim.
Pincha aquí para leer el Te Deum del sacerdote Pablo Cervera.

San Manuel González García

ISABEL ORELLANA VILCHES


«Este santo español, gran obispo de Málaga, ha recibido el título de apóstol del sagrario con toda propiedad. Dedicó su vida a restituir en el corazón de las personas el amor a la Eucaristía» 
La ternura y la piedad por el Santísimo Sacramento formaron en la vida de este santo un tándem inigualable. Estremecido por la insensibilidad de los fieles ante el Sagrario, su cometido estuvo guiado por único afán: restituir en el corazón de todos el amor a la Eucaristía que había quedado defenestrado.
Nació en Sevilla, España, el 25 de febrero de 1877, en una familia humilde y cristiana. Era el cuarto de cinco hermanos. Al ser alumno del colegio catedralicio de San Miguel, formó parte de los «seises» de la catedral hispalense –el grupo de niños de coro que danzan y cantan en el templo en las solemnidades del Corpus Christi y de la Inmaculada–, de los cuales era semillero el centro académico. Este hecho signó su vida para siempre con el amor a la Eucaristía y a la Virgen María encaminando sus pasos hacia el sacerdocio. Recibió este sacramento en 1901 de manos del cardenal –hoy beato– Marcelo Spínola. El 2 de diciembre de 1902 en el transcurso de una misión efectuada en la localidad sevillana de Palomares del Río, ante las dificultades que ofrecía la misión, sucedió lo siguiente: «Fuime derecho al Sagrario… y ¡qué Sagrario, Dios mío! ¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no salir corriendo para mi casa! Pero no huí. Allí de rodillas… mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba… que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio… La mirada de Jesucristo en esos Sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca. Vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir todo mi ministerio sacerdotal».
Llegó a Huelva en 1905 donde rigió la parroquia de san Pedro. La indiferencia de la gente y las tensiones ideológicas conformaban una situación harto complicada. Oraba con insistencia, confiando plenamente en Dios. Ante el Sagrario preguntó: «¿Por dónde comienzo, Corazón de Jesús?». Con aguda visión se dijo: «Hay que ganar primero a estas tres o cuatro mujeres que aún vienen a la Iglesia». Y conquistó a todos con su proverbial simpatía. En 1910 develó sus anhelos a las más cercanas colaboradoras: «Permitidme que, yo que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los pobres abandonados, invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. Os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado… os pido por el amor de María Inmaculada y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de esos Sagrarios abandonados». Así nació la «Obra para los Sagrarios–Calvarios» y otras fundaciones relacionadas con la devoción a la Eucaristía para niños, jóvenes, laicos, sacerdotes y religiosas. Tras ellas siempre la misma aspiración: «Dar y buscar compañía a Jesús Eucaristía».
Benedicto XV lo designó obispo auxiliar de Málaga, diócesis a la que se incorporó en febrero de 1916, y en 1920 lo nombró obispo de esta ciudad. Entonces escribió: «Yo no quiero ser obispo más que del Sagrario abandonado. Voy a Málaga para ser obispo de dos grandes desconsolados: el Sagrario y el pueblo. El Sagrario, porque se ha quedado sin pueblo; y el pueblo porque se ha quedado sin Sagrario conocido, amado y frecuentado». El sentimiento de cercanía con las gentes y la Iglesia estaba presente en su acontecer. Recorría las calles, las parroquias y escuelas departiendo con todos para luego llevar en su corazón y oración la realidad de cada uno de ellos. Así se percató de la conveniencia de erigir un gran seminario, que levantó en medio de incontables necesidades, dando respuesta con él a la urgencia de contar con sacerdotes y solventar la grave carencia de un lugar digno donde formarlos. Se ha dicho que «proyectó un seminario sustancialmente eucarístico. En el que la Eucaristía fuera: en el orden pedagógico, el más eficaz estímulo; en el científico, el primer maestro y la primera asignatura; en el disciplinar el más vigilante inspector; en el ascético el modelo más vivo; en el económico la gran providencia; y en el arquitectónico la piedra angular». Quería que los sacerdotes pudieran «llegar a ser hostia en unión de la Hostia consagrada».
En la primavera de 1931 la violencia se cebó en el palacio episcopal que fue incendiado junto a otros templos malagueños. Obligado a huir para salvar su vida y la de otros, fue acogido por el prelado de Gibraltar hasta que a finales de año pudo regresar a Madrid. Su último destino fue Palencia. Pío XI le encomendó la diócesis nombrándolo obispo de la misma en 1935. Hallándose el Hermano Rafael en el monasterio de Dueñas, ambos tuvieron ocasión de conocerse. Fue autor de numerosos libros, entre otros: Lo que puede un cura hoy, referencia ineludible para los presbíteros de su época. En 1939 hallándose de paso por Zaragoza enfermó de gravedad. Y el 4 de enero de 1940 falleció en una clínica de Madrid, pero fue enterrado en la catedral de Palencia. Su sepultura contiene el epitafio que él mismo escribió: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!». Fue beatificado por Juan Pablo II el 29 de abril de 2001. El papa Francisco lo canonizó el 16 de octubre de 2016.

02 enero 2018

“Seamos como los Magos de Oriente”

Padre Antonio Rivero

6 de enero - Ciclo B
Textos: Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3.5-6; Mt 2, 1-12

Idea principal: Herodes y los Magos…¡qué distinto protagonismo el día de la Epifanía!
Síntesis del mensaje: Epifanía es una palabra griega que quiere decir “manifestación”. Dios pretendía al hacerse hombre manifestarse como Salvador de los hombres. Y lo hizo por orden. Primero se manifestó a los judíos, en la persona de los pastores. Después, hoy, a los paganos. ¿Qué nos pide? Fe. Con la fe, adoraremos en esa carne mortal al Verbo de Dios. Con la fe, en su infancia descubriremos la sabiduría. Con la fe, en sus pañales veremos al Rey de reyes. Y con la fe, en su realidad de hombre al Señor de la gloria.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, veamos a Herodes que dio la orden de busca, captura y degüello de Jesús. Herodes el grande por la suntuosidad de sus construcciones: palacios, fortalezas, jardines, hipódromos, stadiums, el mismo templo de Jerusalén. Grande por sanguinario: ahogó a traición a su cuñado Aristóbulo en la piscina de Jericó en el año 30; mató a su suegra Alejandra, a su cuñado Hostobar, a su hijo Alejandro y a su hijo Antipatros, a sólo cinco días de su muerte. Terminó con un cáncer demoledor, cuyo hedor atufaba las moradas de palacio. Grande por sus adulterios, pues amó a 10 mujeres y se casó con todas ellas, pero no quiso más que a Marianne, tanto que la decapitó por celos. Y mandó a los criados vocear su nombre por corredores y salones, de día de noche, para sugestionarle que aún vivía. Ese fue el Herodes, el grande, que quiso matar a Jesús. Y por Jesús vino a este mundo. ¡Herodes, acoge a Cristo en tu corazón!
En segundo lugar, veamos ahora a los Magos, que se pusieron a camino para adorar a Jesús. Vieron una estrella, lenguaje común para ellos. Se pusieron en camino motivados por la fe y el hambre de Dios y de respuestas transcendentes. Sortearon las dificultades con la voluntad. Y llegaron a la cueva de Belén. Y allí entraron, y encontraron a Jesús, a María y a José. Se postraron delante del Niño Dios y le ofrecieron sus regalos: oro por ser Rey, incienso por ser Dios y mirra por ser Hombre. Por tanto, rey de los judíos, rey de todos. Mesías para los judíos, mesías para todos. Salvador de los judíos, salvador del mundo. Dios de los judíos, Dios de todos y para todos. Epifanía: Fin del exclusivismo judío. Dios, por tanto, por igual de amancebados, santos o canallas, necios, explotadores y explotados, rufianes y prostitutas, gitanos y payos, indios y criollos, terroristas y guardias, dictadores y demócratas, rusos y americanos…Dios es exclusiva de nadie, ni siquiera de la Iglesia. Esto es y significa Epifanía. ¡Gracias, Señor, porque de pagano me hiciste cristiano!
Finalmente, ¿qué aprender de esta fiesta? Con peligros, sin peligros y a pesar de los peligros, el hombre –al igual que los Magos- tiene que marchar a Dios y que, quien le busca, con estrella o sin ella, le encuentra –entre otras cosas porque Dios es más íntimo al hombre que el hombre mismo. Y ese es el mensaje soberano de la Epifanía o presentación de Jesús en sociedad pagana o la navidad de los paganos. Así como la del 24 fue la navidad de los judíos. ¡Lástima que Herodes, pagano, no quiso entrar a la fiesta de la Navidad, y prefirió vivir y morir a lo pagano! Pero que le conste que Cristo vino también para él. ¡Paganos todos, venid corriendo a Belén, pues hoy es el día de vuestra fiesta y os espera vuestro Salvador y Señor para abriros su corazón lleno de ternura y misericordia! 
Para reflexionar: ¿Sé descubrir las “estrellas” que Dios me manda para ponerme en camino a Cristo y encontrarme con Él? Ante las dificultades del camino, ¿qué hago: doy la vuelta o continuo, renovando mi fe y mi esperanza? Y al llegar ante Cristo, ¿soy generoso para darle lo mejor que tengo y soy, o las sobras? ¿Ayudo a los “paganos” y los llevo a Jesús?
Para rezar: Jesús, te traigo mi oro, pues eres mi rey. Te traigo mi incienso para ofrecértelo en sacrificio oloroso de mi vida, pues eres Dios. Te traigo mi mirra para embalsamar mi cuerpo junto al tuyo en espera de la resurrección.

01 enero 2018

María intercede entre Jesús y los hombres

El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
En la primera página del calendario del Año Nuevo que el Señor nos da, la Iglesia pone, como una magnífica iluminación, la solemnidad litúrgica de Santa María Madre de Dios. En este primer día del año del calendario, fijemos nuestra mirada en ella, para reanudar, bajo su protección materna, el camino a lo largo de los senderos del tiempo.
El Evangelio de hoy (cf Lc 2,16-21) nos lleva de vuelta al establo de Belén. Los pastores llegan a toda prisa y encuentran a María, José y al Niño; e informan del anuncio que los ángeles les han dado, es decir, que este recién nacido es el Salvador. Todos están asombrados, mientras que “María, sin embargo, retiene todos estos acontecimientos y los medita en su corazón” (v. 19). La Virgen nos hace comprender cómo acoger el evento de la Navidad: no superficialmente sino en el corazón. Nos dice la verdadera manera de recibir el don de Dios: guardarlo en el corazón y meditarlo. Es una invitación dirigida a cada uno de nosotros para orar contemplando y saboreando el regalo que es el mismo Jesús.
Es a través de María que el Hijo de Dios asume la corporalidad. Pero la maternidad de María no se reduce a esto: gracias a su fe, ella es también la primera discípula de Jesús y esto “dilata” su maternidad. Será la fe de María la que provocará en Caná la primera “señal” milagrosa que ayude a despertar la fe de los discípulos. Con la misma fe, María está presente al pie de la cruz y recibe como hijo al apóstol Juan; y finalmente, después de la Resurrección, se convierte en madre orante de la Iglesia sobre la cual el Espíritu Santo desciende con poder, en Pentecostés.
Como madre, María tiene una función muy especial: se encuentra entre su Hijo Jesús y los hombres en la realidad de sus privaciones, sus indignidades y sus sufrimientos. Ella intercede, consciente de que como madre puede, o mejor dicho, debe hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres, especialmente los más débiles y necesitados. Es a estas personas qué está dedicado el tema del Día Mundial de la Paz que celebramos hoy: “Migrantes y refugiados: hombres y mujeres en busca de paz”. Este es el lema del día. Deseo, una vez más, hacerme voz de nuestros hermanos y hermanas que invocan para su futuro un horizonte de paz. Para esta paz, que es derecho para todos, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas en un viaje que en la mayoría de los casos es largo y peligroso a afrontar penalidades y sufrimientos (cf. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2018, 1).
No extingamos las esperanzas en sus corazones; ¡no ahoguemos sus expectativas de paz! Es importante que en todas las instituciones civiles, realidades educativas, de asistencia y eclesiales, haya un compromiso para asegurar a los refugiados, a los migrantes, a todos, un futuro de paz. Que el Señor nos conceda trabajar generosamente en este nuevo año para lograr un mundo más unido y acogedor.
Os invito a orar por esto, mientras que os confío a María, Madre de Dios y madre nuestra, el año 2018 recién comenzado. Los antiguos monjes decían que en tiempos de turbulencias espirituales, uno tenía que refugiarse bajo el manto de María …: “Bajo tu protección buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No rechaces nuestras oraciones y nuestras necesidades, sino sálvanos de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita”.

“El hombre no está solo, nunca más huérfano”

Homilía del Papa en la solemnidad de Santa María Madre de Dios

El año se abre en el nombre de la Madre. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen. Pero nos podemos plantear una cuestión: ¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús? Algunos en el pasado pidieron limitarse a esto, pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios. Tenemos que dar gracias porque estas palabras contienen una verdad espléndida sobre Dios y sobre nosotros. Y es que, desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno.
La palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros. He aquí el milagro, la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios! Es el gozo de saber que nuestra soledad ha sido derrotada. Es la belleza de sabernos hijos amados, de conocer que no nos podrán quitar jamás esta infancia nuestra. Es reconocerse en el Dios frágil y niño que está en los brazos de su Madre y ver que para el Señor la humanidad es preciosa y sagrada. Por lo tanto, servir a la vida humana es servir a Dios, y que toda vida, desde la que está en el seno de la madre hasta que es anciana, la que sufre y está enferma, también la que es incómoda y hasta repugnante, debe ser acogida, amada y ayudada.
Dejémonos ahora guiar por el Evangelio de hoy. Sobre la Madre de Dios se dice una sola frase: «Guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Guardaba. Simplemente guardaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir «sin palabra». Él, el Verbo, la Palabra de Dios que «muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado» (Hb 1,1), ahora, en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), está mudo. El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad está sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza. La Madre se asocia a su Hijo y lo guarda en silencio.
Y el silencio nos dice que también nosotros, si queremos guardarnos, tenemos necesidad de silencio. Tenemos necesidad de permanecer en silencio mirando el pesebre. Porque delante del pesebre nos descubrimos amados, saboreamos el sentido genuino de la vida. Y contemplando en silencio, dejamos que Jesús nos hable al corazón: que su pequeñez desarme nuestra soberbia, que su pobreza desconcierte nuestra fastuosidad, que su ternura sacuda nuestro corazón insensible.
Reservar cada día un momento de silencio con Dios es guardar nuestra alma; es guardar nuestra libertad frente a las banalidades corrosivas del consumo y la ruidosa confusión de la publicidad, frente a la abundancia de palabras vacías y las olas impetuosas de las murmuraciones y quejas.
El Evangelio sigue diciendo que María guardaba todas estas cosas, y las meditaba. ¿Cuáles eran estas cosas? Eran gozos y dolores: por una parte, el nacimiento de Jesús, el amor de José, la visita de los pastores, aquella noche luminosa. Pero por otra parte: el futuro incierto, la falta de un hogar, «porque para ellos no había sitio en la posada» (Lc 2,7), la desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo. Esperanzas y angustias, luz y tiniebla: todas estas cosas poblaban el corazón de María. Y ella, ¿qué hizo? Las meditaba, es decir las repasaba con Dios en su corazón. No se guardó nada para sí misma, no ocultó nada en la soledad ni lo ahogó en la amargura, sino que todo lo llevó a Dios. Así se guardaba. Confiando se guardaba: no dejando que la vida caiga presa del miedo, del desconsuelo o de la superstición, no cerrándose o tratando de olvidar, sino haciendo de toda ocasión un diálogo con Dios. Y Dios que se preocupa de nosotros, viene a habitar nuestras vidas.
Este es el secreto de la Madre de Dios: guardar en el silencio y llevar a Dios. Y como concluye el Evangelio, todo esto sucedía en su corazón. El corazón invita a mirar al centro de la persona, de los afectos, de la vida. También nosotros, cristianos en camino, al inicio del año sentimos la necesidad de volver a comenzar desde el centro, de dejar atrás los fardos del pasado y de empezar de nuevo desde lo que importa. Aquí está hoy, frente a nosotros, el punto de partida: la Madre de Dios. Porque María es exactamente como Dios quiere que seamos nosotros, como quiere que sea su Iglesia: Madre tierna, humilde, pobre de cosas y rica de amor, libre del pecado, unida a Jesús, que guarda a Dios en su corazón y al prójimo en su vida. Para recomenzar, contemplemos a la Madre. En su corazón palpita el corazón de la Iglesia. La fiesta de hoy nos dice que para ir hacia delante es necesario volver de nuevo al pesebre, a la Madre que lleva en sus brazos a Dios.
La devoción a María no es una cortesía espiritual, es una exigencia de la vida cristiana. Contemplando a la Madre nos sentimos animados a soltar tantos pesos inútiles y a encontrar lo que verdaderamente cuenta. El don de la Madre, el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia, que es madre y mujer. Y mientras el hombre frecuentemente abstrae, afirma e impone ideas; la mujer, la madre, sabe guardar, unir en el corazón, vivificar. Para que la fe no se reduzca sólo a una idea o doctrina, todos necesitamos de un corazón de madre, que sepa guardar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, guarde este año y traiga la paz de su Hijo al corazón de todos los hombres y al mundo entero.
Y como niños, os invito a saludarla hoy, como los fieles de Éfeso….digamos tres veces “Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios”.