06 febrero 2018

Dulce remedio para vivir la Cuaresma: Oración, limosna y ayuno

Mensaje de Cuaresma del Papa


Queridos hermanos y hermanas:
Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»,[1] que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.
Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).
Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.
Los falsos profetas
Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?
Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.
Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.
Un corazón frío
Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo;[2] su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?
Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos.[3] Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.
El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. Estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.[4]
¿Qué podemos hacer?
Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.
El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos,[5] para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]
El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.
Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.
El fuego de la Pascua
Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.
Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.
En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»,[7] para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.
Vaticano, 1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos

FRANCISCO

05 febrero 2018

Transhumanismo

Estamos ante una auténtica crisis antropológica, que no es más que una crisis de la esperanza: no esperamos a nadie, estamos solos; pero esto nos desasosiega profundamente
El término transhumanismo fue acuñado por Julian Huxley, hermano de Aldous Huxley(autor de Un mundo feliz), para designar la eugenesia: estamos en 1947 y, después del holocausto, está desterrado este vocablo. En 1941 había escrito que «una vez plenamente asumidas las consecuencias de la biología evolutiva, la eugenesia se convertirá inevitablemente en parte integrante de la religión del porvenir, o del complejo de sentimientos, sea el que fuere, que en el futuro pueda ocupar el lugar de la religión organizada». Sin embargo, el verbo transhumar ya lo había empleado Dante en su canto del paraíso de la Divina comedia, con el significado de posteridad de lo humano en su plenitud: «Pues no se puede describir con palabras la experiencia de la gracia. Si estaba solo con lo que primero de mí creaste, amor que el cielo riges, lo sabes tú, pues con tu luz me alzaste».
La postmodernidad emplea transhumanismo en un sentido materialista e inmanente. Lo que nos dicen sus promotores es que, cuando comenzamos a saber algo sobre la evolución, no hemos de dejar al albur del azar, en un proceso ciego, el despliegue de nuestra naturaleza biológica. El ser humano no es más que un animal desarrollado respecto a los otros simios, pero, en definitiva, arcaico y obsoleto. Ahora podemos tomar las riendas de nuestro destino y alterar el «desarrollo natural» de nuestra condición biológica. Lo posthumano sería una autotrascendencia, no hacia lo divino y lo eterno dependiendo de otro (con tu gracia me alzaste, dice Dante), sino hacia el autodominio terrenal e irrompible. Un ciborg.
En la era de la tecnificación digital, el desiderátum es el superhombre nietzscheano: ser más fuerte, más inteligente, más sano, más competente, etc. Para lograrlo, hemos de apoyarnos en los conocimientos biológicos y técnicos que nos permitirán desplegar habilidades nunca antes soñadas, gracias al adosamiento de artilugios cibernéticos: aprender sin esfuerzo, poseer una memoria prodigiosa, etc. El ideal sería articular un sistema indefinido de transmisión de autoconciencia del cerebro humano a la máquina y viceversa. Lo temporal sería intemporal o nunca finalizado, nunca acabado. El yo, permanente. Trasponer los límites de lo humano para hacerlo ilimitado. El sueño de un ser indefinido en el tiempo, de un poder desmedido.
Es el deseo de (auto)redención que el hombre siempre posee, como atestigua la historia; pero esta redención ya no vendrá por la utopía de las ideologías −una vez trituradas en el devenir histórico− y que se habían juramentado para desterrar la religión. Ahora se encumbra la tecnificación de nuestra naturaleza.
Hoy estamos ante una auténtica crisis antropológica, que no es más que una crisis de la esperanza: no esperamos a nadie, estamos solos; pero esto nos desasosiega profundamente. Y sin embargo, como dice Hadjadj, para que el hombre pueda elevarse es necesario que tenga suelo y mire al cielo: una esperanza. Razones para vivir. Porque o bien se suicida; o bien ya no transmite la vida, puesto que no tiene motivos para aumentar el osario. Sabemos, en frase pascaliana, que el hombre supera infinitamente al hombre, pues ansía no una tramoya de bambalinas orquestadas por fuleros, sino la consumación de esa aspiración de eterna felicidad.

04 febrero 2018

Jesús no ha venido a traer la salvación en un laboratorio


El Papa en el Ángelus



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo continúa la descripción de una jornada de Jesús en Cafarnaúm, un sábado, fiesta semanal para los judíos (cf. Mc 1,21-39). Esta vez el evangelista Marcos pone de relieve la relación entre la actividad taumatúrgica de Jesús y el despertar de la fe en las personas que encuentra. En efecto, con los signos de curación que cumple en los enfermos de todo tipo, el Señor quiere suscitar como respuesta la fe.
La jornada de Jesús en Cafarnaúm comienza por la curación de la suegra de Pedro y termina con la escena de toda la ciudad que se agolpa delante de la casa donde él se alojaba, para llevarle a todos los enfermos (cf. V. 33). La gente, marcada por sufrimientos físicos y miserias espirituales, constituye, por así decir, “el ambiente vital” en el que se cumple la misión de Jesús, hechos de palabras y de gestos que sanan y consuelan. Jesús no ha venido a traer la salvación en un laboratorio; no predica en un laboratorio, separado de la gente: ¡está en medio de la multitud en medio del pueblo! Pensad que la mayor parte de la vida pública de Jesús la ha pasado en el camino, para estar con  la gente, para predicar el Evangelio, para curar las heridas físicas y espirituales. Es una humanidad marcada por los sufrimientos,  que Jesús quiere acercar a esa pobre humanidad la acción poderosa, liberadora, y renovadora de Jesús está dirigida hacia esta pobre humanidad. Así, en medio de la gente hasta el anochecer, se concluye ese sábado. ¿Y qué hace Jesús después?.
Antes del alba del día siguiente, sale de incógnito por la puerta de la ciudad y se retira a un lugar apartado para orar. Jesús ora. De esta manera, aleja su persona y su misión a una visión triunfalista, que malinterpreta el sentido de los milagros y de su poder carismático. Los milagros, en efecto, son “signos” que invitan a la respuesta de la fe; signos que están siempre acompañados por la palabra, que les ilumina; y juntos, signos y palabras, provocan la fe y la conversión por la fuerza divina de la gracia de Dios.
La conclusión del pasaje evangélico de hoy (vv.35-39) indica que el anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús encuentra su lugar propio en el camino. A los discípulos que le buscan para llevarle a la ciudad – los discípulos han ido a buscarle al lugar donde oraba, querían llevarle a la ciudad – ¿qué responde Jesús? “Vamos a otra parte a las aldeas cercanas para que también allí yo proclame el Evangelio” (v. 38). Este ha sido el camino del Hijo de Dios y este será el camino de sus discípulos. Y este deberá ser el camino de todo cristiano. El camino, como lugar del anuncio gozoso del Evangelio, coloca la misión de la Iglesia bajo el signo del “ír”,  la Iglesia en camino, bajo el signo de “movimiento” y nunca de la inmovilidad.
Que la Virgen María nos ayude a estar abiertos a la voz del Espíritu Santo, que impulsa a la Iglesia a dirigir siempre más su tienda en medio de la gente, para llevar a todos la palabra de curación de Jesús, médico de las almas y de los cuerpos.

03 febrero 2018

Cerebro masculino y femenino: ¿iguales o diferentes?

Julio Tudela y Justo Aznar
Introducción
El análisis de las diferencias en el comportamiento de varones y mujeres ha llevado a muchos investigadores a tratar de establecer similitudes en la estructura cerebral que fundamentasen esta variabilidad de comportamientos. A las diferencias constatables en las estructuras anatómicas y fisiológicas, se suman las nuevas revelaciones sobre las variaciones genéticas ligadas al sexo, que lejos de limitarse a los cromosomas sexuales, se extienden, de momento, a cerca de 6500 genes.(1) ¿Qué influencia puede ejercer esta variabilidad genética sobre la estructura y funcionamiento de nuestros cerebros y, por tanto, en nuestro comportamiento? Tratar de determinar esto frente a al influjo ambiental –entorno, educación, cultura-, es hoy objeto de amplio estudio.
Desde hace décadas, se han analizado los cerebros de ambos sexos tratando de definir rasgos diferenciales que explicasen esta variabilidad. La simple observación de diferencias anatómicas constituía, hasta hace poco, el único dato para establecer las causas del comportamiento diferenciado por sexos. Pero las nuevas técnicas de neuroimagen, que proporcionan una valiosa información sobre el funcionamiento de nuestro cerebro, más allá de su estructura, e incluso de la forma en que se conectan las redes neuronales que lo constituyen, están aportando una nueva perspectiva para dilucidar las bases de estas diferencias.
Diversos grupos de trabajo han ofrecido resultados, no siempre coincidentes, de los que analizamos en este informe los que nos parecen más significativos.
Diferencias estructurales ligadas al sexo
Diversos trabajos han evidenciado diferencias estructurales en diversos núcleos cerebrales en amplias zonas, tanto corticales como subcorticales, como se describe en el primer meta-análisis llevado a cabo sobre este tema, en el que se incluyen datos obtenidos entre 1990 y 2013.(2) En él, se muestra que existen diferencias sexuales regionales en los cerebros masculino y femenino, en cuanto al volumen y densidad tisular, en la amígdala, el hipocampo y la ínsula, áreas que se sabe que están implicadas en afecciones neuropsiquiátricas relacionadas con el sexo. En conjunto, estos resultados sugieren la existencia de regiones candidatas para investigar el efecto asimétrico del sexo en el cerebro en desarrollo y para comprender las condiciones neurológicas y psiquiátricas diferentes según el sexo.
En relación con ello, Eric M Prager, en un Editorial del “Journal of Neuroscience Research”, afirma que “el sexo juega un papel, no solo a nivel macroscópico, en donde se ha constado que los cerebros de varones y mujeres difieren no solo en tamaño, sino también a nivel microscópico”.(3)  Así mismo, en otro trabajo publicado en la misma revista, se destacan las diferencias sexuales del cerebro en todas las escalas, desde las diferencias genéticas y epigenéticas, hasta las diferencias sinápticas, celulares y de sistemas, diferencias que se mantienen a lo largo de la vida.(4) Por ello, éstos y otros autores, afirman que tener en cuenta el sexo es importante a la hora de interpretar los resultados obtenidos en la investigación científica y médica, y que ello habrá de valorarse en los estudios clínicos que se realicen (4)(5), lo que es refrendado por los Institutos de Salud norteamericanos (NIH).(6) (Ver AQUÍ).
Esta diversidad neurológica implica diferencias significativas en el funcionamiento cerebral relacionadas con el sexo, que se pueden resumir de la siguiente manera:
Los varones obtienen mejores puntuaciones en: orientación espacial, habilidad matemática y habilidades mecánicas; al mismo tiempo, el cerebro masculino tiene otras áreas con mayor volumen, de forma comparativa, que el cerebro femenino, como el lóbulo parietal inferior, un área de integración de la información sensorio-motora; la corteza visual, responsable del procesamiento de la información visual de la retina; la amígdala, vinculada al procesamiento de las emociones; la estría terminal, que participa en la integración de la amígdala con regiones corticales; y el núcleo sexualmente dimórfico, que se localiza en el área preóptica medial del hipotálamo, involucrada en el comportamiento sexual. (7)
Sin embargo las mujeres muestran mayor habilidad para la escritura y fluencia verbal,(7) debido a que el cerebro femenino presenta un volumen proporcionalmente mayor en regiones como las áreas de Broca y Wernicke, asociadas con habilidades de lenguaje y comunicación; el cuerpo calloso, que conecta los hemisferios cerebrales derecho e izquierdo, coordinando las funciones de ambos; el hipocampo, ​​que participa en la formación de memoria; el locus cerúleo, relacionado con el pánico y el comportamiento de estrés; y el núcleo anteroventral periventricular, asociado a la regulación por retroalimentación de la secreción de hormona gonadotrófica. (8)(9) También la amígdala está más conectada con la corteza órbitofrontal, lo que les da mayor control emocional (adolescencia).(10)
Las nuevas evidencias científicas
Aunque es un tema largamente debatido, los últimos estudios utilizando nuevas tecnologías para desvelar la configuración del “conectoma” cerebral, han confirmado empíricamente lo que la experiencia hacía intuir: las conductas masculina y femenina presentan en algunos rasgos diferencias evidentes, que pueden relacionarse, además de con la influencia del ambiente, cultura y educación, con el conectoma cerebral, también diferente, en parte debido a una programación genética ligada al sexo y a la regulación hormonal que lo condiciona.(11) Así, además de las diferencias morfológicas descritas anteriormente, las diferencias en la forma en que se conectan las redes neuronales son evidentes y bien constatadas por los estudios más recientes. Como se ha comentado, la influencia de las hormonas masculinas y femeninas, que alcanzan concentraciones muy diferentes en el cerebro de ambos sexos, parece estar detrás de estas diferencias.(12) A continuación se exponen algunos datos y evidencias sobre las mismas.

Cerebros masculino y femenino conectados de formas diferentes
Recientes estudios muestran que la conectividad cerebral masculina y femenina es diferente entre sí. En uno de ellos, en el que han sido analizados 949 jóvenes de entre 8-22 años, 428 hombres y 521 mujeres, se constatan diferencias sexuales objetivas en la conectividad cerebral, que se consolidan durante el desarrollo, y que se manifiestan principalmente en la adolescencia y en la edad adulta, y que consisten especialmente en que en el cerebro del varón está optimizada la conectividad intrahemisférica y en el de la mujer la interhemisférica. (13) Esta distinta forma de interconexión entre las redes neuronales favorece la conexión entre percepción y acción coordinada en varones, y entre procesamiento analítico e intuitivo en mujeres.
En el mismo trabajo, también se comprueba que el coeficiente de participación (PC) de cada nodo regional individual del conectoma estructural del cerebro presenta diferencias estadísticamente significativas en los cerebros masculino y femenino. El PC de las distintas regiones analizadas es superior en amplias regiones corticales del cerebro femenino, siendo mayor en el cerebelo en el caso del cerebro masculino.
Otro estudio posterior, en el que se utiliza una metodología similar a la empleada en el anteriormente referido, confirma estos resultados.(14) En él se incluyen 491 mujeres y 409 varones con una media de edad de 15 años, detectándose diferencias relacionadas con el sexo en la conectividad de las subredes, que se definieron en características estructurales, sistemas funcionales y finalmente dominios de comportamiento. Cuando las subredes se identifican como conjuntos estructuralmente cohesivos, se observan más conexiones interhemisféricas en mujeres y aumento de las conexiones intrahemisféricas en varones, en línea con lo expuesto en el trabajo de Ingalhaikar, mencionado anteriormente .(13)
La mayor conectividad inter-hemisferios en mujeres facilitaría la integración de los modos de razonamiento analítico y secuencial en el hemisferio izquierdo, situando el procesamiento espacial e intuitivo de la información en el hemisferio derecho. Esto se traduce en una mejor atención, verbalización, memoria facial y cognición social.
La mayor conectividad intra-hemisferios, combinada con una mayor conectividad con el cerebelo, confiere al varón un sistema más eficiente para la coordinación motora, procesamiento espacial y velocidad motora y senso-motora. (14)
La polémica está servida
A pesar de los datos expuestos hasta aquí, hay investigadores que mantienen que no es posible asignar diferencias significativas entre los cerebros masculino y femenino, y que ambos hay que entenderlos como un agregado de regiones que manifestarían de modo intercambiable aptitudes masculinas o femeninas en el sentido que han sido apuntadas, es decir, que, aunque existan diferencias sexuales en el cerebro y el comportamiento, los humanos y los cerebros humanos se compondrían de “mosaicos” de características únicas, algunos más comunes en mujeres que en hombres, algunos más comunes en hombres que en mujeres, y algunos comunes tanto en mujeres como en hombres, por lo que los cerebros humanos no podrían clasificarse en dos clases distintas, masculino y femenino.(15) Este trabajo ha sido ampliamente recogido y comentado en el número de noviembre de 2017 de “Investigación y Ciencia”, en el que la periodista Lydia Denworth resalta las conclusiones de Joel, su autora, en el sentido de que “los cerebros de varones y mujeres no son poblaciones distintas”.(16) Con referencia a ello, llama la atención que cuando la periodista se refiere a uno de los artículos citados en dicho trabajo, (13) que contradice las tesis de Joel, a pesar de calificarlo como un estudio de alto impacto, vierte sobre el mismo críticas difícilmente aceptables científicamente, como son el afirmar que el autor ha sido “etiquetado de neurosexista” y de “alimentar estereotipos”, comentarios que no argumenta, ni fundamenta bibliográficamente. Tampoco presenta datos científicos que pongan en duda las conclusiones del mencionado artículo, salvo un comentario acerca de “un punto débil del estudio, consistente en que no se corrigieron los datos en función del tamaño cerebral”, del que igualmente no cita fuente ni autor, pareciendo más una opinión de la propia periodista, que quizá aplica aquí la misma crítica que ella misma utiliza previamente acerca de la valoración del tamaño medio de los cerebros de ambos sexos, que no sería tal si se realiza una corrección con el peso de los individuos. Pero dado que el trabajo de Ingalhalikar (13) lo que mide es el coeficiente de participación de cada nodo regional individual del conectoma estructural del cerebro, parece aventurado, si no infundado, afirmar que este parámetro sea dependiente del tamaño cerebral.
Adicionalmente a todo ello, un artículo posterior, publicado al igual que el de Joel, en PNAS, y que no es mencionado por Denworth en el número de la revista Investigación y Ciencia anteriormente comentado, afirma que, según la evidencia empírica y el análisis multivariable de los datos manejados por el equipo de Joel, que analizó las diferencias relacionadas con una sola variable,(15) las conclusiones de dicho artículo, al afirmar que: ”… los cerebros humanos no pertenecen a dos categorías distintas: cerebro masculino / cerebro femenino”, o que “… los cerebros no se dividen en dos clases, una típica de los hombres y la otra típica de las mujeres … “, no son constatables, (17) fundamentando su afirmación en que, aplicando un tratamiento estadístico correcto a los datos de Joel, (15) que comprende la realización de un simple análisis multivariable, los resultados sugieren todo lo contrario: los cerebros son típicamente masculinos o típicamente femeninos. Es decir, analizadas en su conjunto las diferencias que Joel compara aisladamente, el resultado muestra la evidencia de la existencia de un dimorfismo cerebral ligado al sexo. (17)
Conclusión
Como paradójicamente reconoce Denworth, aunque en su artículo pretenda cancelar el dimorfismo cerebral ligado al sexo, “la genética, las hormonas y el ambiente inducen variaciones en el cerebro y, con la información suficiente sobre ciertos rasgos de un cerebro cualquiera, es posible adivinar, con un alto grado de precisión, si pertenece a una mujer o a un varón”.(16) El dimorfismo sexual, inequívocamente constatable en múltiples facetas del organismo de varones y mujeres, afecta a su anatomía, fisiología, metabolismo, y sistemas inmunitario, endocrino y nervioso. Es cierto, como afirma Joel (15), que las características diferenciales asociadas a la masculinidad y feminidad no se dan en la misma proporción en los individuos de cada sexo, apareciendo una gradualidad de estas características que hace que no existan dos mujeres ni dos varones iguales. Pero analizadas en su conjunto, estas diferencias, que también atañen a nuestros cerebros, definen con muy poco margen de error si un individuo es masculino o femenino. Los estados de intersexo (“disorders of sex development”, por sus siglas DSD en inglés) no constituyen una alternativa más al dimorfismo sexual, sino, más bien, una excepción a la regla general de la diferenciación binaria por sexos, estando generalmente ligados a anomalías genéticas. La razón de esta dualidad varón-mujer estriba en la necesidad de complementariedad que, desde las diferencias de cada uno de los dos sexos, tantos beneficios han aportado a la evolución de las especies y a su perfeccionamiento genético, además de constituir uno de los motores que lanzan al ser humano a la relación y donación ligadas a la sexualidad.
Bibliografía
1.Gershoni M, Pietrokovski S. The landscape of sex-differential transcriptome and its consequent selection in human adults. BMC biology. 2017; 15(1):7.
2.Ruigrok A, Salimi-Khorshidi G, Lai M, Baron-Cohen S, Lombardo M, Tait R, et al. A meta-analysis of sex differences in human brain structure. Neuroscience and Biobehavioral Reviews. 2014; 39:34-50.
3.Prager E. Addressing Sex as a Biological Variable. Journal of Neuroscience Research. 2017; 95(1-2):11.
4.Rippon G, Jordan-Young R, Kaiser A, Joel D, Fine C. Journal of neuroscience research policy on addressing sex as a biological variable: Comments, clarifications, and elaborations. Journal of neuroscience research. 2017; 95(7):1357-9.
5.Segarra I, Modamio P, Fernández C, Mariño E. Sex-Divergent Clinical Outcomes and Precision Medicine: An Important New Role for Institutional Review Boards and Research Ethics Committees. Front Pharmacol. 2017; 8(488):1-10.
6.National Institutes of Health (NIH). Grants.nih.gov. [Online].; 2015 [cited 2017 12 26. Available from: https://grants.nih.gov/grants/guide/notice-files/NOT-OD-15-102.html
7.Berenbaum S, Korman Bryk K, Beltz A. Early Androgen Effects on Spatial and Mechanical Abilities: Evidence from Congenital Adrenal Hyperplasia. Behavioral Neuroscience. 2012; 126(1):86-96.
8.Vigil P, Orellana R, Cortés M, Molina C, Switzer B, Klaus H. Endocrine modulation of the adolescent brain: a review. Journal of pediatric and adolescent gynecology. 2011; 24(6):330-37.
9.Pessoa L. On the relationship between emotion and cognition. Nature reviews neuroscience. 2008; 9(2):148-58.
10.Tamnes C, Walhovd K, Torstveit M, Sells V, Fjell A. Performance monitoring in children and adolescents: A review of developmental changes in the error-related negativity and brain maturation. Developmental cognitive neuroscience. 2013; 6:1-13.
11.López Moratalla N. Cerebro de mujer y cerebro de varón. 2nd ed.: EUNSA; 2007.
12.López Moratalla N. Dinámica cerebral y orientación sexual. Se nace o se hace homosexual. una cuestión mal planteada. Cuadernos de Bioética. 2012; XXIII(2):373-420.
13.Ingalhalikar M, Smith A, Parker D, Satterthwaite T, Elliott M, Ruparel K, et al. Sex differences in the structural connectome of the human brain. PNAS. 2013; 111(2):823-8.
14.Tunç B, Solmaz B, Parker D, Satterthwaite T, Elliott M, Calkins M, et al. Establishing a link between sex-related differences in the structural connectome and behaviour. Phil. Trans. R. Soc. B. 2016; 371(1688):20150111.
15.Joel D, Berman Z, Tavor I, Wexler N, Gaber O, Stein Y, et al. Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS). 2015; 112(50):15468-73.
16.Denworth L. ¿Existe un cerebro femenino? Investigación y Ciencia. 2017; 494:32-7.
17.Rosenblatt J. Multivariate revisit to “sex beyond the genitalia”. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS). 2016; 113(14):E1966.  
Julio Tudela y Justo Aznar
Instituto de Ciencias de la Vida
Universidad Católica de Valencia

02 febrero 2018

“Combatir la violencia cometida en nombre de la religión”

Discurso del Papa en la Sala Clementina

Queridos amigos:
Os doy la bienvenida y os agradezco vuestra presencia. Es muy significativo que los líderes políticos y religiosos se encuentran y debatan sobre cómo contrarrestar la violencia cometida en nombre de la religión.
Me gustaría recordar aquí lo que he afirmado en diversas circunstancias, particularmente con ocasión de mi viaje a Egipto: “Dios, que ama la vida, no deja de amar al hombre y por ello lo insta a contrastar el camino de la violencia como requisito previo fundamental de toda alianza en la tierra. Siempre, pero sobre todo ahora, todas las religiones están llamadas a poner en práctica este imperativo, ya que mientras sentimos la urgente necesidad de lo Absoluto, es indispensable excluir cualquier absolutización que justifique cualquier forma de violencia. La violencia, de hecho, es la negación de toda auténtica religiosidad.”(Discurso a la Conferencia Internacional por la Paz, Al -Azhar Conference Center, El Cairo, 28 de abril de 2017).
La violencia proclamada y llevada a cabo  en nombre de la religión solo puede desacreditar a la religión misma; como tal, debería ser condenada por todos y, con especial convicción, por el hombre auténticamente religioso, que sabe que Dios es solo bondad, amor, compasión, y que en Él no puede haber espacio para el odio, el rencor y la venganza. La persona religiosa sabe que una de las mayores blasfemias es invocar a Dios como garante de los pecados y crímenes propios, invocarlo para justificar el homicidio, la matanza, la esclavitud, la explotación en todas sus formas, la opresión y la persecución de personas y poblaciones enteras.
La persona religiosa sabe que Dios es el Santo y que nadie puede pretender apelarse a su nombre para hacer el mal. Todo líder religioso está llamado a desenmascarar cualquier intento de manipular a Dios para fines que no tienen nada que ver con Él y su gloria. Debemos enseñar, sin cansarnos nunca, que cada vida humana tiene en sí misma un carácter sagrado, merece respeto, consideración, compasión, solidaridad, independientemente de su origen étnico, religión, cultura, orientación ideológica o política.
Pertenecer a una determinada religión no otorga dignidad ni derechos adicionales a quienes se adhieren a ella, así como el no pertenecer no los quitan ni los disminuyen.
Por lo tanto, es necesario que los líderes políticos y religiosos, los maestros y responsables de la educación, de la formación y de la información aúnen sus esfuerzos para advertir a cualquiera que fuera tentado por formas perversas de religiosidad equivocada, de que esas no tienen nada que ver con el testimonio de una religión digna de ese nombre.
Esto ayudará a todos los que con buena voluntad buscan a Dios a encontrarlo verdaderamente, a encontrar a Aquel que libera del miedo, del odio y  de la violencia, que quiere servirse de la creatividad y de las energías de cada uno para difundir su designio de amor y de paz que se dirige a todos.
Estimados señoras y señores, una vez más expreso mi agradecimiento por vuestra voluntad de reflexionar y dialogar sobre un tema tan dramáticamente importante, y por haber dado una aportación tan significativa al crecimiento de una cultura de la  paz basada siempre en la verdad y en el amor. Dios os bendiga así como a vuestro trabajo. Gracias.

“La muerte nos salva de la ilusión de ser dueños del tiempo”


El Papa ayer en Santa Marta



La primera lectura nos habla de la muerte: la muerte del rey David (cfr. 1Re 2,1-4.10-12). Los días de David se acercaban a la muerte, porque hasta él, el gran rey, el hombre que precisamente había consolidado el reino, debe morir, porque no es el dueño del tiempo: el tiempo continúa, y él también continúa en otro estilo de tiempo, pero continúa. Está en camino. Además, no somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba. Y esto nos hace pensar que es bueno rezar y pedir la gracia del sentido del tiempo, para no volvernos prisioneros del momento, que siempre está encerrado en sí mismo. Así pues, ante este pasaje del primer libro de los Reyes que relata la muerte de David, quisiera proponer tres ideas: la muerte es un hecho, la muerte es una herencia y la muerte es una memoria.
En primer lugar, la muerte es un hecho: podemos pensar muchas cosas, incluso imaginarnos que somos eternos, pero el hecho llega. Antes o después llega, y es un hecho que nos toca a todos. Porque estamos en camino, no somos ni errantes ni encerrados en un laberinto. No, estamos en camino, y hay que hacerlo. Pero existe la tentación del momento, que se adueña de la vida y te lleva a dar vueltas en ese laberinto egoísta del momento sin futuro, siempre ida y vuelta, ida y vuelta. ¡Pero el camino acaba en la muerte: todos lo sabemos! Por esa razón, la Iglesia siempre ha procurado que pensemos en ese final nuestro: la muerte. A este propósito, recuerdo que, cuando estábamos en el seminario, nos obligaban a hacer el ejercicio de la buena muerte(*): asustaba un poco, porque parecía una morgue… Pero el ejercicio de la buena muerte cada uno puede hacerlo dentro de sí: yo no soy el dueño del tiempo; hay un dato: moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe. Pero con toda seguridad moriré. Repetir esto ayuda, porque es un dato puramente real que nos salva de la ilusión del momento, de tomarse la vida como una sucesión de momentos que no tiene sentido. En cambio, la realidad es que estoy en camino y debo mirar adelante. Me acuerdo también que aprendí a leer con cuatro años, y una de las primeras cosas que aprendí a leer, porque mi abuela me lo hizo leer, era un letrero que ella tenía debajo del cristal de la cómoda y decía así: «Piensa que te mira Dios. / Piensa que te está observando. / Piensa que morirás / y tú no sabes cuándo». Esa frase la recuerdo todavía y me ha hecho mucho bien, especialmente en los momentos de suficiencia, de encerramiento, donde el momento era el rey. Así pues, el tiempo, el hecho: ¡todos moriremos! Al acercarse la muerte, David dice a su hijo: «Yo emprendo el viaje de todos». Y así fue.
La segunda idea es la herencia. Sucede a menudo que cuando, al morir, hay que enfrentarse a una herencia, en seguida llegan los sobrinos a ver cuánto dinero le ha dejado el tío a este, a aquel, al otro. Y esta historia es tan antigua como la historia del mundo. En realidad, lo que cuenta es la herencia del testimonio: ¿qué herencia dejo yo? Volviendo al pasaje bíblico de hoy, ¿qué herencia deja David? David también fue un gran pecador: ¡cometió muchos! Pero fue también un gran arrepentido, hasta llegar a ser un santo, a pesar de las cosas gordas que hizo. Y David es santo precisamente porque la herencia es esa actitud de arrepentirse, de adorar a Dios antes que a uno mismo, de volver a Dios: la herencia del testimonio, del buen ejemplo. Por eso, siempre es oportuno que nos preguntemos: ¿qué herencia dejaré a los míos? Seguramente la herencia material, que es buena, porque es el fruto del trabajo. Pero, ¿qué herencia personal, qué ejemplo dejo? ¿Como la de David, o una vacía? Por eso, a la pregunta “¿qué dejo?” no se debe responder solo señalando las propiedades, sino principalmente el testimonio de la vida.
Es cierto que, si vamos a un velatorio, el muerto siempre “era un santo”, tanto que hay dos sitios para canonizar a la gente: ¡la Plaza de San Pedro y los velatorios, porque siempre “era un santo” y porque ya no será una amenaza! La herencia verdadera es el testimonio de la vida. Es oportuno preguntarse: ¿qué herencia dejo si Dios me llamase hoy? ¿Qué herencia dejaré como testimonio de vida? Es una buena pregunta para hacerse, e irnos preparando, porque todos —ninguno quedará “de reliquia”, no—, todos iremos por esa senda, con la cuestión fundamental: ¿Cuál será la herencia que dejaré como testimonio de vida?
La tercera idea —junto al «hecho» y la «herencia»— es «la memoria». Porque también el pensamiento de la muerte es memoria, pero memoria anticipada, memoria hacia atrás. Memoria y también luz en este momento de la vida. Y la pregunta que hacerse es: cuando yo me muera, ¿qué me hubiera gustado hacer en esta decisión que debo tomar hoy, en el modo de vivir hoy? Es una memoria anticipada que ilumina el momento de hoy. Se trata, en definitiva, de iluminar con el hecho de la muerte las decisiones que debo tomar cada día.
Es bonito este pasaje del segundo capítulo del primer libro de los Reyes. Si hoy tenéis tiempo leedlo, es bellísimo, y os hará bien. Pensar: estoy en camino, y es un hecho que moriré; cuál será la herencia que dejaré y cómo me sirve la luz, la memoria anticipada de la muerte, sobre las decisiones que debo tomar hoy. Una meditación que nos vendrá bien a todos.
(*) Don Bosco llamaba al retiro mensual “ejercicio de la buena muerte”, en el que invitaba a enfrentarse a lo verdaderamente esencial: los verdaderos valores que están por encima de la misma muerte, aunque la vida de cada día los olvide. La mejor manera de encontrarse dispuesto a vivir bien, es vivir como si se estuviera dispuesto a morir en cualquier momento (ndt).

01 febrero 2018

Domingo 5º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

Antonio Rivero, L.C.
Textos: Job 7, 1-4.6-7; 1 Co 9, 16-19.22-23; Mc 1, 29-39
Idea principal: Un día en la vida de Jesús de Nazaret profeta, misionero y apóstol.
Síntesis del mensaje: Cristo delante de todas las miserias materiales y espirituales del hombre se compadece, se acerca y trata de solucionarlas, si así es la voluntad de su Padre. En vez de deprimirse por tanto dolor y lágrima, Él se refugia en la oración, de donde saca la fuerza para salir al paso de todo sufrimiento humano (1ª lectura y evangelio) y darle sentido con su predicación (2ª lectura). Su horario diario era: oración a su Padre, predicación y curación de las personas, convivencia con sus seres queridos y terminaba el día con la oración.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, de mañana rezaba. Hombre de oración. Prioridad en su vida: Dios su Padre. ¿Qué hacía en la oración? ¿Por qué y para qué rezaba? ¿A quién rezaba? ¿Cómo rezaba? Su intimidad con Dios, su amante identificación con su Padre es la fuente de la compasión y compromiso con los demás. Por ser una persona contemplativa también es una persona compasiva y misionera. En la oración Jesús abría su corazón a su Padre, le contaba los avances del Reino, le pedía fuerza y ternura para después derramarla por doquier. Allí en la oración solazaba su corazón herido por las ingratitudes de tantos hombres, cerrados a su Palabra y obstinados en el mal. A veces su oración era delicia, otras amargura, también desolación; pero siempre terminaba en luz y fuerza para el cumplimiento de su misión redentora.
En segundo lugar, después descansaba y crecía en sus lazos humanos y afectivos en la casa de Pedro, que también era la casa de Jesús. Hombre muy humano. Antes de salir a la predicación, comía y alimentaba sus afectos en casa de sus amigos íntimos. Con qué cariño y ternura trataría a la suegra de Pedro, que en ese día estaba enferma con fiebre. Cómo abriría su corazón a sus amigos, como lo hacía en la casa de Betania. Ahí reponía sus fuerzas físicas y psicológicas, pues era hombre al fin. Qué lejos está de Jesús ese comportamiento huraño, antisocial, avinagrado, escurridizo. Jesús era rico en afectos humanos, pero al mismo tiempo se sentía libre en su corazón y a su alrededor, y no atado a criaturas que tanto paz nos quitan, cuando a ellas nos apegamos.
Finalmente, en la tarde, predicaba en la sinagoga, curaba y expulsaba demonios, pues todos le buscaban. Hombre Dios, apóstol y médico. Jesús aparece como la respuesta de Dios a los males de este mundo, al dolor de estos corazones destrozados. Hoy cura a la suegra de Pedro y a otros varios enfermos, y libera de sus espíritus malignos a los posesos. ¡Cuánto tiempo emplea Jesús, a lo largo del evangelio, atendiendo a las personas que buscan, que sufren, que están desesperadas! Quiere una liberación integral y total, que incluye la curación de males físicos, psíquicos y espirituales. Es Maestro y Misionero, pero también Médico. Ahora bien, no acepta ser monopolizado por un grupo de personas, un pueblo, un área. Su misión es predicar el Reino más allá y en todas partes. “Sigamos a las villas vecinas para que pueda proclamar la Buena Nueva allá también”.
Para reflexionar: ¿Cuál de estos rasgos de la personalidad de Jesús me gustan más? ¿Mi vida se parece en algo a la de Jesús? ¿En qué? ¿Tengo compasión para acercarme al hermano que sufre y trato de curarlo? ¿O paso de largo, insensible e indiferente? ¿Comienzo y termino el día de rodillas en oración?
Para rezarSeñor, que sepa dar prioridad en mi vida a la oración, y de ahí, salga a remediar los males de mis hermanos. Que me haga cercano, próximo a mi hermano con afecto sincero, la ayuda desinteresada, una mano tendida, una cara acogedora, una palabra oportuna. Que me haga solidario de todos y que sepa acompañarlos en su via-crucis, sea cual sea. Amén.

Dar más espacio a la conciencia


Dejar espacio a la conciencia de los fieles, sin pretender sustituirla, y ayudarles al mismo tiempo en la formación de la conciencia, es una tarea apasionante y posible
Parte importante de la conversión pastoral a la que nos llama el Papa Francisco consiste en “formar las conciencias” en vez de “pretender sustituirlas”, en “dejar espacio a la conciencia de los fieles” (cfr. Amoris laetitia, 37). Es una indicación valiosa para la Teología Moral, que quiere dar razón de la experiencia cristiana. En efecto, la moral cristiana no sólo es una moral de la verdad, por la cual sabemos lo que tenemos que hacer para ser felices. Es también una moral de la libertad: el buen cristiano avanza por el camino señalado por Jesucristo en el Evangelio porque quiere, porque está personalmente convencido de que ese programa de vida responde plenamente a sus deseos de felicidad, incluso aunque al inicio no entienda completamente las razones por las que da cada uno de los pasos que le pide el Señor.
Por este motivo es lógico que el Papa también haya pedido incorporar mejor la conciencia de las personas en el acompañamiento pastoral de las situaciones de fragilidad que no responden objetivamente a la propuesta del Evangelio (cfr. ibidem, 303).
Estas indicaciones han propiciado que el tema de la conciencia moral y su formación estén de nuevo muy presentes en el ámbito de la pastoral y de la teología moral. Dar más espacio a la conciencia de las personas es sin duda el camino −más arduo pero más auténtico− para formar en la verdadera libertad interior. Pero si se utiliza como expediente para otorgar a la conciencia personal un poder de justificación definitivo, como si fuera la norma suprema e inapelable de la moralidad, que podría dispensarnos de tener que vivir como Jesús nos ha enseñado, entonces se correría el riesgo de dejar de anunciar la verdad que salva.

La conciencia: ¿ventana o cascarón?

Este era justamente el tema de la famosa conferencia Conciencia y verdad que el cardenal Ratzinger pronunció en 1991. Comienza con una anécdota de cuando era joven profesor universitario en Alemania. En una reunión con otros profesores oyó cómo uno de los mayores comentaba que “había que dar gracias a Dios por haber concedido a tantos hombres la posibilidad de ser no creyentes en buena conciencia. Si se les hubiera abierto los ojos y se hubieran hecho creyentes, no habrían sido capaces, en un mundo como el nuestro, de llevar el peso de la fe y sus deberes morales. Sin embargo, y puesto que recorren un camino diferente en buena conciencia, pueden igualmente alcanzar la salvación”.
Dos cosas lo sorprendieron de aquel razonamiento: en primer lugar, la idea de que la fe cristiana fuese un peso que hiciera más difícil la salvación –como un castigo o una maldición de Dios–, mientras que la conciencia errónea sería la verdadera gracia, porque nos libera de las exigencias de la verdad y nos ofrece la posibilidad de vivir una vida más “humana”; y, en segundo lugar, la idea de conciencia que presuponía su interlocutor, que no era la de una ventana abierta al verdadero contenido de la felicidad, sino la de un cascarón en el que el hombre puede refugiarse para huir de la realidad, una justificación de la subjetividad, que lo dispensaría de buscar la verdad de su propio ser y de su propia felicidad. Quien no es capaz de percibir la culpa está espiritualmente enfermo. No es posible transformar la conciencia en un mecanismo de auto-justificación, es necesario recuperar su dimensión de transparencia del sujeto para lo divino, para percibir la grandeza de la vocación del hombre.
En teología moral son bien conocidas las causas históricas de esta confusión de la conciencia moral con un mecanismo de auto-justificación. De la tendencia al legalismo de la moral de los manuales neo-escolásticos –en los que se presentaba la ley moral como un límite a la libertad personal: bueno y razonable, pero límite al fin–, un movimiento de péndulo desembocó en la tendencia al subjetivismo, donde el valor de la ley moral era relativizado y transformado en una serie de imperativos formales –de coherencia, benevolencia, apertura a toda la realidad, etc.– con los que la conciencia se legislaba a sí misma y determinaba autónomamente la obligación moral en cada situación.
Legalismo y subjetivismo son dos extremos del mismo problema: pensar que la libertad y la ley moral son realidades extrínsecas, como dos contrincantes que se disputan un mismo terreno, donde lo que posee uno lo pierde el otro. La forma mentis que subyace a estas posturas sigue presente en formas más mitigadas, sin superar del todo la concepción normativista de la ley moral y de la conciencia.
Como se ve, los problemas son fundamentalmente dos. En primer lugar, por lo que atañe a la ley moral, es necesario mostrar que la moral cristiana –y antes, la moral humana– no se reduce a coherencia consigo mismo, sino que exige vivir de un cierto modo y no de otro. Jesús nos ha mostrado un camino concreto, su vida y sus enseñanzas no pueden reducirse a imperativos formales, tienen un contenido, exigente y atractivo: un cristiano ama a Dios sobre todas las cosas, perdona al prójimo, honra a sus padres, no roba, no comete actos impuros, no pone su confianza en las riquezas, sufre con buen ánimo el dolor y la persecución, etc. Quien avanza por este camino, aunque tropiece de vez en cuando, encuentra la felicidad; quien avanza por otros caminos, difícilmente la encontrará.
En segundo lugar, por lo que atañe a la conciencia, es necesario explicar de dónde procede esa capacidad de percibir la verdad moral, esa “voz interior” que aprueba o desaprueba mis acciones y es a la vez “mía” y “no completamente mía”. Entendiendo su naturaleza podremos apreciar en qué medida soy responsable de lo que dice esa voz o puedo afirmar que se trata de la voz de Dios, y ver hasta qué punto un error de conciencia me justifica. El tema es importante en nuestros días. Cada vez es más frecuente encontrarse con personas cristianas que no sólo no viven de acuerdo con su fe, sino que tienen serias dificultades para aceptar en su conciencia la propuesta cristiana con todas sus implicaciones. Profundizar en el fenómeno de la conciencia –de sus recursos y de sus fragilidades– puede arrojar luz sobre cómo diseñar caminos de acompañamiento e integración que sean eficaces.

La conciencia y su “voz”: el juicio de conciencia

El Concilio Vaticano II presenta la conciencia como un lugar o instancia íntima de la persona donde resuena una voz que da a conocer una ley que el hombre no se ha dado a sí mismo, pero que está escrita en su corazón, y que por tanto debe seguir si quiere ser feliz: es su ley, la ley de su felicidad. En definitiva, es una capacidad para reconocer la verdad moral, una verdad que no inventamos nosotros pero que de alguna manera está en nosotros. Esta capacidad se hace efectiva a través de una voz que advierte con indicaciones concretas, que juzga los comportamientos concretos: “haz esto, evita aquello” (cfr. Gaudium et spes, n. 16).
Para explicar de dónde viene esa voz, debemos recurrir a la filosofía, y en concreto a la distinción que establece entre el ejercicio directo de la razón práctica y su ejercicio reflejo. La razón práctica es la razón humana cuando guía el actuar. Tiene un modo de ejercicio directo por el cual, a partir del deseo de unos fines –que la persona posee según las virtudes que haya cultivado–, elige unos medios para llevarlos a cabo en cada situación que se presenta. Este modo de ejercicio termina en la decisión: guiar el actuar quiere decir proponerse fines y llevarlos a cabo mediante acciones concretas.
Pero, además de tomar decisiones, nuestra razón está constantemente reflexionando sobre su propia actividad: es el ejercicio reflejo, gracias al cual intentamos comprender, mejorar y, si es el caso, corregir el ejercicio directo. Así vamos sacando conclusiones sobre cómo decidimos, por qué, dónde están el bien y el mal, cuál es nuestra idea de la felicidad, lo que deberíamos hacer o no hacer en estas circunstancias o en estas otras, etc. Esta reflexión se enriquece también con el estudio, con los consejos que recibimos, etc. Como resultado de este ejercicio reflejo la persona construye su ciencia moral: como un manual personal donde están todas sus convicciones sobre el bien y el mal, los motivos, su idea de felicidad, etc., muchas veces formuladas sintéticamente como normas morales. Cuando voy a tomar una decisión (ejercicio directo) “consulto” mi ciencia moral, y entonces escucho un juicio sobre la bondad o maldad de la acción que estoy por realizar o que he realizado. No son las normas las que guían mi vida, sino mis virtudes; las normas las expresan, me las enseñan y me las recuerdan cuando se me olvidan.
Este juicio de conciencia se presenta como más “objetivo”, porque en la ciencia moral no influyen tanto las pasiones del momento: es un conocimiento más “teórico” sobre el bien y el mal, lo que “en el fondo” sé que es bueno o malo más allá de las ganas o sentimientos de ese momento concreto, que sí influyen en la decisión final que tomaré. Por eso siento ese juicio como una voz distinta o exterior, pero a la vez propia, porque está generada por miciencia moral. Si mañana tengo un examen pero tengo pocas ganas de estudiar y mi equipo de fútbol juega esa tarde, sé que tengo que estudiar, pero empiezo a buscar otros motivos: estoy cansado, puedo hacerlo después, mi caso es distinto, etc. Las ganas buscan otros motivos, pero en el fondo sé que, aunque tenga razones, no tengo razón.
La diferencia entre el juicio de conciencia y la decisión es el espacio para la moralidad subjetiva: si mi decisión obedece al juicio de la conciencia, obro bien; si lo desobedece, cometo una culpa. La diferencia entre el juicio de conciencia y la verdad moral o recta razón es el espacio del error moral. Son problemas distintos, pero ambos son problemas importantes: en cualquier caso estaríamos caminando en la dirección equivocada.

La ciencia moral y la formación de la conciencia

Aunque la ciencia moral sea un saber más “objetivo”, en parte desligado de las pasiones del momento, no podemos pensar que se trata solo de “información teórica” sobre el bien y el mal: se trata de mis convicciones profundas acerca de lo bueno y lo malo, de mi identidad moral. No alcanza haber escuchado en una clase de catequesis que no es bueno robar o mentir o dormir con la novia; es necesario que esas ideas teóricas se conviertan en convicciones, en lo que yo verdaderamente pienso que contribuye a mi felicidad: hasta ese momento, esas ideas propiamente no forman parte de mi ciencia moral. Aparece pues claramente cómo en la formación de la ciencia moral hay:
Factores externos: todo lo que recibo, como la educación en familia, en la escuela, en la catequesis, pero también el ejemplo de las demás personas cercanas, la cultura de la sociedad y las costumbres de los ambientes en los que me muevo, que trasmiten sus ideas como por ósmosis.
Factores internos: todo lo que yo hago con lo que recibo. Aquí entran nuestras disposiciones personales: si somos reflexivos o superficiales; si sabemos escuchar y somos dóciles a los consejos de personas sabias y a las enseñanzas de la Iglesia o, al contrario, nos aferramos a nuestras opiniones y no dejamos que nada las cuestione; si aprovechamos las dudas que se nos presentan para intentar aclarar la conciencia pidiendo ayuda, o si las despreciamos y vamos adelante con negligencia. Como se ve, la buena voluntad de la persona tiene un peso muy importante en la formación de la conciencia. La virtud de la humildad es particularmente importante en este sentido: es la virtud de quien ha entendido que la conciencia es una ventana abierta a la luz de la verdad moral –una verdad que me trasciende– y no un cascarón para justificar mis opiniones personales.
Factores externos e internos se combinan de modo muy variado en cada persona, pues cada uno tiene una historia particular, con experiencias de distinto tipo, pecados y virtudes. Hasta qué punto los errores de conciencia que provienen de una formación defectuosa de la ciencia moral se deben a culpas de la persona (factores internos) y hasta qué punto son producto de factores externos, es muy difícil de determinar: es mejor dejar el juicio a Dios, a no ser que haya elementos claros de culpa. Sin embargo, en la óptica de proponer caminos de acompañamiento e integración, esa no es la pregunta más importante: la moral cristiana no se centra en la determinación del grado de la culpa subjetiva, sino en cómo caminar en la verdad hacia la santidad.

El error de conciencia y la ayuda para superarlo

El Magisterio de la Iglesia siempre ha tenido presente que existe la “ignorancia invencible… un juicio erróneo sin responsabilidad por parte del sujeto” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1.793). Si nuestra conciencia juzga equivocadamente la moralidad de un comportamiento porque está sumida en la ignorancia invencible, “no pierde su dignidad”, pues “no cesa de hablar en nombre de la verdad del bien” (Veritatis splendor, 62), aunque involuntariamente no alcance la verdad del bien en ese momento.
Veritatis splendor define la conciencia invenciblemente errónea como aquella que está dominada por una “ignorancia de la que el sujeto no es consciente y de la que no puede salir por sí mismo”, y luego añade que esa situación a la que ha llegado “no es culpable”. Tradicionalmente se ha afirmado que una conciencia invenciblemente errónea siempre es una conciencia cierta, es decir, un juicio que no ofrece dudas, o porque no se imagina siquiera la posibilidad contraria, o porque se ha estudiado con honestidad y profundidad el tema en cuestión y se llega a una conclusión equivocada en buena fe. La conciencia cierta no puede ser identificada sin más con nuestra opinión personal: es la convicción profunda y honesta de que un cierto comportamiento es verdaderamente bueno, que me conduce a la santidad. Con estas definiciones, pienso que difícilmente se podría hablar con propiedad de “ignorancia invencible” cuando un cristiano disiente positivamente de una enseñanza constante del Magisterio moral de la Iglesia, aunque aún no entienda con profundidad los motivos.
Después de hablar de la existencia de la conciencia invenciblemente errónea, el Catecismo hace una aclaración importante: “El mal cometido por la persona no puede serle imputado. Pero no deja de ser un mal, una privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores” (1.793). El error de conciencia siempre es un mal que me aleja de mi verdadera felicidad. Por eso, nada más cristiano, nada más pastoral que ayudar a un hermano que está en el error a salir de él, iluminándolo con la luz de la razón y de la fe, para que pueda caminar por la senda de la santidad. Obviamente, esto no quiere decir que en todos los casos es suficiente con “informar” a este hermano de la moralidad de una cierta acción para exigirle inmediatamente su cumplimiento. La experiencia de la Iglesia conoce bien los casos en que es lícito dejar al penitente en la ignorancia en buena fe respecto a un pecado material, o apelarse a la ley de la gradualidad, etc.
Para ayudar a los demás en la formación de la conciencia, hay que procurar que tanto los factores externos como los internos estén lo mejor dispuestos posible. Con muchos de los externos no podremos hacer mucho en el corto plazo (las leyes, la cultura, la escuela, etc.); con otros sí (una catequesis y un acompañamiento personal que expliquen bien las cosas, generar ambientes y actividades donde las personas tengan buenos ejemplos y gusten la belleza de la vida cristiana. etc.). Por lo que respecta a los factores internos, sobre todo hay que ayudar a las personas a ser humildes y dejarse ayudar, a la vez que se procura que crezcan en virtudes y en vida cristiana: muchos de los comportamientos que exige la moral cristiana solo se entienden cuando se va adquiriendo una vida cristiana más sólida, y no necesariamente con más argumentos. Por eso es tan importante dar vida cristiana: enseñar a rezar, a ver a Dios como Padre, hacer a los fieles conscientes de su vocación, procurar que participen en una vida comunitaria que les trasmita la belleza de la vida de fe, etc.
El camino de acompañamiento en la formación de la conciencia tiene como meta identificar mis convicciones profundas con la moral del Evangelio, al menos en las cuestiones más importantes. Entonces podré reconocer mis errores y decidirme a cambiar, aunque se prevean futuras caídas o haya situaciones –incluso permanentes– de falta importante de libertad en las que se estime que no será posible comportarse así a corto plazo. No hablaremos aquí de este complejo problema, que por desgracia es cada vez menos raro. Solo quisiéramos decir que en el camino de formación de la conciencia es importante no “quemar etapas”. Pienso, por ejemplo, en la plena integración sacramental de personas que aún no son capaces de reconocer sinceramente errores graves y manifiestos y decidirse a cambiar. Se correría el riesgo de pensar que la Iglesia sostiene una doble moral(cfr. Amoris laetitia, n. 300).
No hay duda que las situaciones pueden ser variadas y complejas, y que una receta no puede aplicarse a todos por igual. Pero la Iglesia no puede rendirse ante la cultura actual y admitir que no es posible formar bien las conciencias de sus hijos. Lo ha hecho en épocas quizá más inhumanas que la actual. La experiencia de tantos buenos pastores demuestra cómo, contando con el tiempo y con la humildad necesaria, es posible ayudar a los hermanos que yerran a encontrar de nuevo la senda de la verdad que los hace felices.