11 noviembre 2018

“¡Invirtamos en la paz, no en la guerra!”

El Papa antes del Ángelus:


Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
El episodio evangélico del día (ver Mc 12,38-44) concluye la serie de enseñanzas impartidas por Jesús en el templo de Jerusalén y resalta dos figuras opuestas: el escriba y la viuda. ¿Por qué se oponen? El escriba representa a las personas importantes, ricas e influyentes; la otra, la viuda, representa a los pequeños, a los pobres, a los débiles. De hecho, el juicio resuelto de Jesús contra los escribas no concierne a toda la categoría de escribas, sino que se refiere a aquellos que alardean de su posición social, que se enorgullecen del título de “rabino”, es decir, maestro, a quienes les gusta ser venerados y ocupar los primeros lugares (ver versos 38-39). Lo peor es que su ostentación es sobretodo de naturaleza religiosa, porque rezan, dice Jesús “por apariencia” (v.40) y usan a Dios para que se aclamen a sí mismos como los defensores de su ley. Y esta actitud de superioridad y vanidad les lleva a despreciar a los que cuentan poco o se encuentran en una posición económica desventajosa .
Jesús desenmascara este mecanismo perverso: denuncia la opresión de los débiles basada en motivos religiosos, diciendo claramente que Dios está del lado de los más pequeños. Y para imprimir bien esta lección en la mente de los discípulos, él les ofrece un ejemplo viviente: una viuda pobre, cuya posición social era insignificante porque estaba privada de un marido que podía defender sus derechos, y así se convirtió en presa fácil para algún acreedor sin escrúpulos. Esta mujer, que pondrá dos piezas en el tesoro del templo, todo lo que le quedó, y hará su ofrenda buscando pasar desapercibida, casi avergonzada. Pero precisamente en esta humildad, ella realiza un acto de gran importancia religiosa y espiritual. Este gesto lleno de sacrificio no escapa a la mirada de Jesús atenta, que en él ve brillar el don total de si mismo al que quiere educar a sus discípulos.
La enseñanza que Jesús nos ofrece hoy nos ayuda a encontrar lo que es esencial en nuestras vidas y promueve una relación concreta y cotidiana con Dios. Las balanzas del Señor son diferentes a las nuestras. Pesa de manera diferente a las personas y sus acciones: Dios no mide la cantidad sino la calidad, examina el corazón, mira la pureza de las intenciones. Esto significa que nuestro “dar” a Dios en la oración y a los demás en la caridad debería evitar siempre el ritualismo del formalismo, así como a la lógica del cálculo, y debe ser una expresión de gratuidad, como lo hizo Jesús con nosotros: nos salvó gratuitamente, no nos hizo pagar la redención. Él nos salvó de forma gratuita. Y nosotros, debemos hacer las cosas como expresión de gratuidad. Por eso, Jesús señala a esta viuda pobre y generosa como modelo de vida cristiana para imitar. De ella, no sabemos el nombre, pero conocemos su corazón, la encontraremos en el Cielo y sin duda iremos a saludarla; Y eso es lo que cuenta ante Dios. Cuando nos sentimos tentados por el deseo de aparecer y contar nuestros actos de altruismo, cuando estamos demasiado interesados ​​en la mirada de los demás pensemos en esta mujer y, permítanme decir, cuando nos hagamos “pavos reales”, piensen en esta mujer. Nos hará bien; Nos ayudará a despojarnos de lo superfluo para ir a lo que realmente importa, y seguir siendo humildes.
Que la Virgen María, mujer pobre que se ha entregado totalmente a Dios, nos ayude a decidir dar al Señor y a los hermanos, no algo de nosotros, sino de nosotros mismos, en una ofrenda humilde y generosa.


El Papa después del Ángelus:




Queridos hermanos y hermanas,
Ayer en Barcelona tuvo lugar la beatificación del padre Teodoro Illera del Olmo y de 15 compañeros mártires.
Se trata de trece consagrados y tres fieles laico, explicó el Papa. Nueve religiosos y laicos pertenecían a la Congregación de San Pedro ad Vincula; tres monjas eran capuchinas de la Madre del Divino Pastor y una franciscana del Sagrado Corazón. Estos nuevos beatos fueron asesinados por su fe, en diferentes lugares y en diferentes momentos, durante la guerra y la persecución religiosa del último siglo en España. ¡Alabado sea el Señor por estos valientes testigos y un aplauso para ellos!.
Celebramos hoy el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, que mi predecesor Benedicto XVI describió como una “masacre inútil”. Hoy a la 13:30 hora italiana, las campanas sonarán en todo el mundo, incluidas las de la Basílica de San Pedro. La página histórica de la Primera Guerra Mundial es para todos una advertencia severa para rechazar la cultura de la guerra y buscar cualquier medio legítimo para poner fin a los conflictos que aún hoy sangran en muchas partes del mundo. Parece que nunca aprendemos. Mientras oramos por todas las víctimas de esta gran tragedia, decimos enérgicamente: invertir en la paz, ¡no en la guerra! Y, como signo emblemático, tomemos el de San Martín de Tours, cuya memoria se celebra hoy: Se cortó el abrigo por la mitad para compartirlo con un hombre pobre. Este gesto de solidaridad humana nos muestraa  todos el camino para construir la paz.
El próximo domingo celebramos el Día Mundial de los Pobres, con muchas iniciativas de evangelización, oración y compartir. Aquí también en la Plaza de San Pedro, se instaló una base de salud que brindará atención a quienes estén en dificultades durante una semana. Espero que este Día promueva una atención creciente a las necesidades de los más pequeños, de los marginados y de los hambrientos.
Les agradezco a todos los que vinieron de Roma, Italia y muchas partes del mundo. Saludo a los fieles de Mengíbar (España), a los de Barcelona, ​​al grupo del Inmaculado Corazón de María de Brasil y al de la Unión Mundial de Docentes Católicos. Saludo al Centro Turístico ACLI de Trento, a los fieles de San Benedetto Po y a los Confirmandos de Chiuppano. También saludo a los muchos polacos que veo aquí. ¡Hay tantos!


A todos les deseo un buen domingo. Por favor, no olvides orar por mí. Buen apetito y adiós!

10 noviembre 2018

ECUMENISMO Y DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

Discurso del Papa y Declaración Común con Catholicos-Patriarca Mar Gewargis III

Santidad, queridos hermanos:
“Paz y caridad con fe de parte de  Dios Padre y del Señor Jesucristo” (Efesios 6:23). Con las palabras del apóstol Pablo, os saludo y, a través de vosotros, a los miembros del Santo Sínodo, a los obispos, al clero y a todos los fieles de la querida Iglesia Asiria de Oriente.
Han pasado dos años desde nuestro primer encuentro, pero mientras tanto, he tenido la alegría de encontrarme nuevamente con Su Santidad el pasado 7 de julio en Bari, con motivo de la Jornada de reflexión y oración por la paz en el Medio Oriente, también muy deseada por Usted. Compartimos, efectivamente,  el gran sufrimiento que se deriva de la trágica situación de muchos de nuestros hermanos y hermanas en el Medio Oriente, víctimas de la violencia y, a menudo, obligados a abandonar las tierras donde siempre han vivido. Recorren la via crucis siguiendo las huellas de Cristo y, aunque pertenecen a diferentes comunidades, establecen relaciones fraternas entre sí, convirtiéndose para nosotros en testigos de  unidad. Por el final de tanto sufrimiento rezaremos juntos esta tarde, invocando del Señor el don de la paz para el Medio Oriente, especialmente para Irak y Siria.
Un motivo particular para dar gracias a Dios que tenemos en común es la Comisión para el diálogo teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Asiria de Oriente. Hace apenas un año tuve la alegría de dar la bienvenida a sus miembros con motivo de la firma de la Declaración Común sobre la “vida sacramental”. Esta comisión, fruto del diálogo, muestra que las diferencias prácticas y disciplinarias no siempre son un obstáculo para la unidad, y que algunas diferencias en las expresiones teológicas pueden considerarse complementarias en lugar de conflictivas. Rezo para que los trabajos que está llevando a cabo, y  que en estos días entren en una tercera fase de estudio sobre eclesiología, nos ayuden a recorrer otro trozo de camino más, hacia la meta tan esperada cuando podamos celebrar el Sacrificio del Señor en el mismo altar.
Este camino nos empuja hacia adelante, pero también exige mantener siempre viva nuestra memoria, para dejarnos inspirar por los testigos del pasado. Este año, tanto la Iglesia Asiria de Oriente como la Iglesia Caldea celebran el séptimo centenario de la muerte de Abdisho bar Berika, Metropolitano de Nisibis, uno de los escritores más famosos de la tradición sirio oriental. Sus obras, especialmente en el campo del Derecho Canónico, siguen siendo textos fundamentales de vuestra Iglesia. Me alegro de la participación de Su Santidad, así como de los distinguidos miembros de su delegación, en la conferencia internacional organizada en esta ocasión por el Pontificio Instituto Oriental. ¡Qué el estudio de este gran teólogo contribuya a dar a conocer mejor las riquezas de la tradición siria y a recibirlas como un don para toda la Iglesia!.
Su Santidad, queridísimo hermano, con afecto, deseo expresar mi gratitud por vuestra visita y por el don de orar juntos hoy, haciendo nuestra la oración del Señor: “Que todos sean uno […] para que el mundo crea” (Jn. 17, 21).
Declaración común del Papa Francisco y del  Catholicos Patriarca Mar Gewargis III
1. Alabando a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nosotros, el Papa Francisco y el Catholicos Patriarca Mar Gewargis III, elevamos nuestras mentes y corazones en acción de gracias al Todopoderoso por la creciente cercanía en la fe y el amor entre la Iglesia Asiria de Oriente y la iglesia católica. Nuestro encuentro de hoy como hermanos se hace eco de las palabras del bendito apóstol Pablo: “Paz a  los hermanos, y caridad con fe, de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo” (Efesios 6:23).
2. En las últimas décadas, nuestras Iglesias se han acercado más que nunca antes en el curso de los siglos. Desde su primer encuentro en Roma en 1984, nuestros predecesores de bendita memoria, el Papa San Juan Pablo II y el Catholicos Patriarca Mar Dinkha IV, se embarcaron en un itinerario de diálogo. Estamos muy agradecidos por los frutos de este diálogo de amor y verdad, que confirman que una diversidad de costumbres y disciplinas no es en absoluto un obstáculo para la unidad, y que ciertas diferencias en las expresiones teológicas a menudo son complementarias en lugar de conflictivas. Esperamos que nuestro diálogo teológico nos ayude a allanar el camino hacia el día tan esperado en el que podamos celebrar juntos el sacrificio del Señor en el mismo altar. Mientras tanto, tenemos la intención de avanzar en el reconocimiento mutuo y el testimonio compartido del Evangelio. Nuestro Bautismo común es el fundamento sólido de la comunión real que ya existe entre nosotros: “en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados para no formar más que un cuerpo” (1 Corintios 12:13). Caminando juntos en confianza, buscamos la caridad que “une todo en perfecta armonía” (Col. 3:14).
3. En nuestro peregrinaje hacia la unidad visible, experimentamos un sufrimiento común, derivado de la dramática situación de nuestros hermanos y hermanas cristianos en el Medio Oriente, especialmente en Irak y Siria. El significado de la presencia y misión cristiana en el Medio Oriente se puso una vez más en evidencia durante la Jornada de Oración y Reflexión celebrada en Bari el 7 de julio de 2018, cuando los Jefes de Iglesias y comunidades cristianas de Medio Oriente se reunieron para orar y hablar unos con otros. La Buena Nueva de Jesús, crucificado y resucitado por amor, vino del Medio Oriente y conquistó  los corazones humanos a través de los siglos, no debido al poder mundano sino al poder desarmado de la Cruz. Sin embargo, durante décadas, el Medio Oriente ha sido un epicentro de violencia en el que poblaciones enteras soportan duras pruebas día tras día. Cientos de miles de hombres, mujeres y niños inocentes sufren inmensamente a causa de conflictos violentos que nada puede justificar. Las guerras y las persecuciones han aumentado el éxodo de los cristianos de las tierras donde han convivido con otras comunidades religiosas desde la época de los apóstoles. Sin distinción de rito o confesión, sufren por profesar el nombre de Cristo. En ellos, vemos el Cuerpo de Cristo que, hoy también, está afligido, golpeado y vilipendiado. Estamos profundamente unidos en nuestra oración de intercesión y en nuestro acercamiento caritativo a estos miembros sufrientes del cuerpo de Cristo.
4. En medio de tal sufrimiento, cuyo final inmediato imploramos, continuamos viendo hermanos y hermanas que recorren el camino de la cruz, siguiendo dócilmente los pasos de Cristo, en unión con el que nos reconcilió con su cruz “derribando el muro que los separaba, la enemistad”(cf. Ef 2, 14-16). Estamos agradecidos a estos hermanos y hermanas nuestros, que nos inspiran a seguir el camino de Jesús para vencer la enemistad. Les agradecemos el testimonio que dan al Reino de Dios por las relaciones fraternales que existen entre sus diversas comunidades. Así como la sangre de Cristo, derramada por amor, trajo la reconciliación y la unidad, e hizo florecer a la Iglesia, la sangre de estos mártires de nuestro tiempo, miembros de varias Iglesias pero unidas por su sufrimiento compartido, es la semilla de la unidad cristiana.
5. Ante esta situación, nos unimos a nuestros hermanos y hermanas perseguidos, para hacernos voz de los que no la tienen. Juntos haremos todo lo posible para aliviar su sufrimiento y ayudarlos a encontrar maneras de comenzar una nueva vida. Deseamos afirmar una vez más que no es posible imaginar el Medio Oriente sin los cristianos. Esta convicción se basa no solo en motivos religiosos, sino también en realidades sociales y culturales, ya que los cristianos, junto con otros creyentes, contribuyen en gran medida a la identidad específica de la región: un lugar de tolerancia, respeto mutuo y aceptación. El Medio Oriente sin cristianos ya no sería el Medio Oriente.
6. Convencidos de que los cristianos permanecerán en la región solo si se restablece la paz, elevamos nuestras sinceras oraciones a Cristo, el Príncipe de la Paz, pidiendo el regreso de ese “fruto de la justicia” esencial (cf. Is 32:17) . Una tregua mantenida por muros y demostraciones de poder no conducirá a la paz, ya que la paz auténtica solo puede lograrse y defenderse a través de la escucha y el diálogo mutuos. Por lo tanto, pedimos una vez más a la comunidad internacional que implemente una solución política que reconozca los derechos y deberes de todas las partes involucradas. Estamos convencidos de la necesidad de garantizar los derechos de cada persona. La primacía de la ley, incluido el respeto por la libertad religiosa y la igualdad ante la ley, basada en el principio de “ciudadanía”, independientemente del origen étnico o de la religión, es un principio fundamental para el establecimiento y la defensa de una coexistencia estable y productiva entre los pueblos y comunidades del Medio Oriente. Los cristianos no quieren ser considerados una “minoría protegida” o un grupo tolerado, sino ciudadanos de pleno título cuyos derechos están garantizados y defendidos, junto con los de todos los demás ciudadanos.
7. Finalmente, reafirmamos que cuanto más difícil es la situación, más necesario es el diálogo interreligioso basado en una actitud de apertura, verdad y amor. Este diálogo es también el mejor antídoto contra el extremismo, que es una amenaza para los seguidores de todas las religiones.
8. Reunidos aquí en Roma, oramos juntos a los apóstoles Pedro y Pablo para que a través de su intercesión, Dios otorgue sus abundantes bendiciones a los cristianos de Oriente Medio. Pedimos a la Santísima Trinidad, modelo de verdadera unidad en la diversidad, que fortalezcamos nuestros corazones para que podamos responder al llamado del Señor de que sus discípulos sean uno en Cristo (cf. Jn 17, 21). Que el Todopoderoso que ha comenzado esta buena obra en nosotros la complete en Cristo Jesús (cf. Fil 1: 6).

Idolatría y mundanidad

El Papa ayer en Santa Marta


El Evangelio (Jn 2,13-22) de esta fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, en el que Jesús irrumpe para echar a los mercaderes del Templo, nos hace ver que el Hijo de Dios está movido por el amor, por el celo de la casa del Señor, que los hombres han convertido en un mercado.
Al entrar en el templo, donde se vendían bueyes, ovejas y palomas, con la presencia de los cambistas, Jesús reconoce que aquel lugar estaba poblado de idólatras, hombres dispuestos a servir al dinero en vez de a Dios. Detrás del dinero siempre está el ídolo –los ídolos son siempre de oro–, y los ídolos esclavizan. Esto nos llama la atención y nos hace pensar en cómo tratamos nuestros templos, nuestras iglesias; si de verdad son casa de Dios, casa de oración, de encuentro con el Señor; si los sacerdotes favorecen eso. O si se parecen a un mercado. Lo sé… algunas veces he visto –no aquí en Roma, sino en otra parte– una lista de precios. ¿Es que los Sacramentos se pagan? “No, es una ofrenda”. Pues si quieren dar una ofrenda –que deben darla–, que la echen en la hucha de las ofrendas, a escondidas, sin que nadie vea cuánto das. También hoy existe ese peligro: “Pero es que debemos mantener la Iglesia”. Sí, sí, sí, es verdad, pero que la mantengan los fieles en la hucha, no con una lista de precios.
Pensemos en ciertas celebraciones de Sacramentos o conmemorativas, donde vas y ves: y no sabes si la casa de Dios es un lugar de culto o un salón social. Algunas celebraciones rozan la mundanidad. Es verdad que las celebraciones deben ser bonitas –hermosas– ,pero no mundanas, porque la mundanidad depende del dios dinero. Y es una idolatría. Esto nos hace pensar, y también a nosotros: ¿cómo es nuestro celo por nuestras iglesias, el respeto que tenemos allí, cuando entramos?
También lo vemos en la segunda lectura de hoy (1Cor 3,9c-11.16-17), donde dice que también el corazón de cada uno de nosotros representa un templo: el templo de Dios. Aun siendo conscientes de que todos somos pecadores, cada uno debería interrogar a su corazón para comprobar si es mundano e idólatra. Yo no pregunto cuál es tu pecado, mi pecado. Pregunto si hay dentro de ti un ídolo, si está el señor dinero. Porque cuando está el pecado está el Señor Dios misericordioso que perdona si vas a Él. Pero si está el otro señor –el dios dinero–, eres un idólatra, es decir, un corrupto: no ya un pecador, sino un corrupto. El meollo de la corrupción es precisamente una idolatría: es haber vendido el alma al dios dinero, al dios poder. Es un idólatra.

09 noviembre 2018

Conferencia Internacional sobre el acceso al agua potable para todos

Mensaje del Papa Francisco 

Señor cardenal, Rector magnífico, hermanos y hermanas:
Me alegra la organización de la Conferencia La gestión de un bien común: el acceso al agua potable para todos.
El agua es esencial para la vida. En muchas partes del mundo, nuestros hermanos y hermanas no pueden tener una vida digna debido precisamente a la falta de acceso al agua potable. Las dramáticas estadísticas de la sed, especialmente la situación de aquellas personas que enferman y que a menudo mueren a causa del agua insalubre, es una vergüenza para la humanidad del siglo XXI.
Desafortunadamente, en muchos de los países donde la población no tiene acceso regular al agua potable, ¡no faltan el suministro de armas y municiones que continúan deteriorando la situación! La corrupción y los intereses de una economía que excluye y mata prevalecen demasiado a menudo sobre los esfuerzos que, de forma solidaria, deberían garantizar el acceso al agua. Las estadísticas de la sed requieren voluntad y determinación, y todos los esfuerzos institucionales, organizativos, educativos, tecnológicos y financieros no pueden disminuir.
He propuesto ya algunas consideraciones sobre este tema en la Encíclica Laudato si ‘y en el reciente Mensaje con motivo de la Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación. Espero que quienes intervengan y participen en esta Conferencia puedan compartir en sus  respectivos campos profesionales y políticos la urgencia, la voluntad y la determinación necesarias. La Santa Sede y la Iglesia están comprometidas en favor del acceso al agua potable para todos. Este compromiso se manifiesta en muchas iniciativas, como la creación de infraestructuras,  la formación, la advocacy, la asistencia a poblaciones en peligro cuyo suministro de agua está comprometido, incluidos los migrantes, y la llamada a ese conjunto de referencias éticas y de principios que brotan del Evangelio y de una antropología saludable.
Una antropología adecuada es, de hecho, indispensable para unos estilos de vida responsables y solidarios, para una verdadera ecología (ver Laudato si ‘, 118; 122), así como para el reconocimiento del acceso al agua potable como un derecho que brota de la dignidad humana y por lo tanto incompatible con el concepto de agua como un producto cualquiera. Los principios y valores evangélicos deben orientar al compromiso concreto de cada uno hacia al logro del bien común de toda la familia humana (véase Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 179-183). Desde el punto de vista de la fe, en cada hombre sediento percibimos la misma imagen de Dios, como leemos en el Evangelio de Mateo: “Tuve sed y no me diste de beber” (Mt 25,42). Esta Conferencia involucra oportunamente a exponentes de diferentes credos y culturas; nunca debe descuidarse la doble dimensión espiritual y cultural del agua, ya que es fundamental para plasmar el tejido social, la convivencia y la organización comunitaria.
Os invito a meditar sobre el simbolismo del agua en las principales tradiciones religiosas, exhortándoos igualmente a contemplar este recurso que, como escribió San Francisco de Asís, es “multo utile et humile et preziosa et casta”.
Imploro la bendición del Creador Altísimo sobre cada uno de vosotros, sobre vuestras familias, sobre las iniciativas encaminadas a una mejor gestión del agua. Os deseo todo lo mejor para vuestro trabajo y os pido por favor que recéis por mí.
Del Vaticano, 7 de noviembre de 2018.
FRANCISCO

La lógica del Evangelio

El Papa ayer en Santa Marta





Testimonio, murmuración y pregunta son las tres palabras que vemos en el Evangelio de hoy (Lc 15,1-10), que empieza precisamente con el testimonio de Jesús: «solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Lo primero es el testimonio de Jesús: algo nuevo para aquel tiempo, porque ir a los pecadores te hacía impuro, como tocar a un leproso. Por eso, los doctores de la ley se alejaban. El testimonio, a lo largo de la historia, nunca ha sido algo cómodo, ni para los testigos –que tantas veces pagan con el martirio– ni para los poderosos. Dar testimonio es romper una costumbre, un modo de ser… Romper a mejor, cambiarla. Por eso la Iglesia va adelante para dar testimonio. Lo que atrae es el testimonio, no son las palabras que sí, ayudan, pero el testimonio es lo que atrae y hace crecer la Iglesia. Y Jesús da testimonio. Es algo nuevo, aunque no tan nuevo porque la misericordia de Dios ya estaba en el Antiguo Testamento. Pero ellos nunca entendieron –los doctores de la ley– qué significaba: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Lo leían, pero no comprendía qué era la misericordia. Y Jesús, con su modo de obrar, proclama esa misericordia con el testimonio. Sí, el testimonio siempre rompe una costumbre pero también te pone en riesgo.
De hecho, el testimonio de Jesús provoca la murmuración. Los fariseos, los escribas, los doctores de la ley decían: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”. No decían: “Mira, este hombre parece bueno porque intenta convertir a los pecadores”. Una actitud que consiste en hacer siempre un comentario negativo para destruir el testimonio. Este pecado de murmuración es diario, en lo pequeño y en lo grande, pues en la propia vida nos encontramos murmurando porque no nos gusta esto o aquello, y en vez de dialogar o intentar resolver una situación conflictiva, murmuramos a escondidas, siempre en voz baja, porque no hay valor para hablar claro. Así pasa también en las pequeñas sociedades, como la parroquia. ¿Cuánto se murmura en las parroquias? Con tantas cosas… Cuando hay un testimonio que a mí no me gusta o una persona que no me gusta, enseguida se desata la murmuración. ¿Y en la diócesis? Las luchas internas de las diócesis: eso lo sabéis. Y también en política. Y eso es feo. Cuando un gobierno no es honesto intenta ensuciar a los adversarios con la murmuración, ya sea difamación o calumnia. Y los que conocéis bien los gobiernos dictatoriales, porque los habéis vivido, ¿qué hace un gobierno dictatorial? Se adueña primero de los medios de comunicación con una ley y, desde allí, comienza a murmurar, a desacreditar a todos los que para el gobierno son un peligro. La murmuración es nuestro pan de cada día, tanto a nivel personal, familiar, parroquial, diocesano, social…
Se trata de una escapatoria para no ver la realidad, para no permitir que la gente piense. Jesús lo sabe, pero es bueno y, en vez de condenarlos por la murmuración, hace una pregunta. Usa el mismo método que ellos, es decir, el de hacer preguntas. Ellos lo hacen para poner a prueba a Jesús, con mala intención, para hacerlo caer: por ejemplo con preguntas sobre los impuestos al imperio o el repudio a la mujer. Jesús usa el mismo método, pero veremos la diferencia. Jesús les dice: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?». Y lo normal sería que lo entendieran, pero no, hacen el cálculo: “tengo 99, si se pierde una, empieza a anochecer, es oscuro… Déjala y en el balance irá a ganancias y pérdidas y salvamos a estas”. Esa es la lógica farisaica. Esa es la lógica de los doctores de la ley. “¿Quién de vosotros?”, y ellos eligen lo contrario que Jesús. Por eso no van a hablar con los pecadores, no van a los publicanos, no van porque –piensan– “mejor no ensuciarse con esa gente, es un riesgo. Conservemos a los nuestros”. Jesús es inteligente al hacerles la pregunta: entra en su casuística, pero los deja en una posición diversa respecto a la correcta. “¿Quién de vosotros?”. Y nadie dice: “Sí, es verdad”, sino que todos: “No, no yo no lo haría”. Y por eso son incapaces de perdonar, de ser misericordiosos, de recibir.
En resumen, las tres palabras: el testimonio, que es provocador, que hace crecer la Iglesia; la murmuración, que es como un guardia en mi interior para que el testimonio no me hiera; y la pregunta de Jesús. Y añadiría una cuarta palabra: la alegría, la fiesta, que esa gente no conoce: todos los que siguen la senda de los doctores de la ley no conocen la alegría del Evangelio. Que el Señor nos haga entender esta lógica del Evangelio contraria a la lógica del mundo.

08 noviembre 2018

"No robarás"

El Papa ayer en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuando con la explicación del Decálogo, hoy llegamos a la Séptima Palabra: “No robarás”. Al escuchar este mandamiento, pensamos en el robo y el respeto por la propiedad de otros. No hay cultura en la que el robo y el abuso de bienes sean lícitos; en efecto,  la sensibilidad humana es muy susceptible por lo que respecta a la defensa de la posesión.
Pero vale la pena abrirnos a una lectura más amplia de esta Palabra, centrándonos en el tema de la propiedad de los bienes a la luz de la sabiduría cristiana.
En la doctrina social de la Iglesia se habla del destino universal de los bienes. ¿Qué significa esto? Escuchemos lo que dice el Catecismo: “Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos (cf. Gen 1, 26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano “(No. 2402). Y nuevamente: “El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio”. (No. 2403). [1]
La Providencia, sin embargo, no ha organizado un mundo en “serie”, existen diferencias, condiciones diversas, culturas distintas, por lo que se puede vivir ayudándose unos a otros. El mundo es rico en recursos para asegurar a todos los bienes primarios. Sin embargo, muchos viven en una situación de pobreza escandalosa y los recursos naturales, mal utilizados, se van deteriorando. ¡Pero el mundo es uno solo! ¡La humanidad es solo una! [2] La riqueza del mundo, hoy, está en manos de una minoría, de pocos, y la pobreza, todavía más, la miseria y el sufrimiento, de tantos, de la mayoría.
Si hay hambre en la tierra, ¡no es porque falten alimentos! De hecho las necesidades del mercado a veces llevan a destruirlos, a tirarlos. Lo que falta es una iniciativa empresarial libre y con visión de futuro, que garantice una producción adecuada y un enfoque solidario que asegure una distribución equitativa. El Catecismo también dice: “El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” ( Nº 2404). Toda riqueza, para ser buena, debe tener una dimensión social.
En esta perspectiva, aparece el significado positivo y amplio del mandamiento No robarás. “La propiedad de un bien hace de su dueño un  administrador de la  providencia” (ibíd.).  Nadie es dueño absoluto de los bienes: es un administrador de los bienes. La posesión es una responsabilidad: “Pero yo soy rico de todo…” – esta es una responsabilidad que tienes-. Y todo bien sustraído a la lógica de la Providencia de Dios es traicionado, traicionado, en su sentido más profundo. Lo que poseo realmente es lo que sé dar. Esta es la medida para saber si administro bien o mal las riquezas; esta palabra es importante: lo que realmente poseo es lo que sé dar. Si yo sé dar, si estoy abierto, entonces soy rico, no solamente de lo que poseo, sino también de generosidad, generosidad también como un deber de dar riqueza para que todos participen de ella. De hecho, si no puedo dar algo, es porque eso me posee, tiene poder sobre mí y me esclaviza. La posesión de los bienes es una oportunidad para multiplicarlos con creatividad y usarlos con generosidad, y así crecer en amor y libertad.
Cristo mismo, a pesar de ser Dios, “no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mimo” (Fil. 2: 6-7) y nos enriqueció con su pobreza (cf. 2 Co 8,9).
Mientras la humanidad se afana por tener más, Dios la redime haciéndose pobre: ​​ese Hombre Crucificado ha pagado por todos un rescate inestimable por parte de Dios Padre, “rico en misericordia” (Ef. 2, 4, ver St.5, 11). Lo que nos hace ricos no son los bienes sino el amor. Muchas veces hemos escuchado lo que dice el Pueblo de Dios: “El diablo se cuela por los bolsillos”. Se empieza por el amor al dinero, la fama que hay que poseer; luego llega la vanidad: “Ah, soy rico y presumo de ello”; y al final, el orgullo y la soberbia. Así actúa el diablo en nosotros. Pero la puerta son los bolsillos.
Queridos hermanos y hermanas, una vez más Jesucristo nos revela el pleno sentido de las Escrituras. «No robarás» significa: ama con tus bienes, aprovecha tus medios para amar como puedas. Entonces tu vida será buena y la posesión se convertirá verdaderamente en un don. Porque la vida no es el tiempo de poseer sino de amar. Gracias
___________________

[1] Ver Enc. Laudato si ‘, 67: ” Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. Porque, en definitiva, «la tierra es del Señor » (Sal 24,1), a él pertenece « la tierra y cuanto hay en ella » (Dt. 10,14). Por eso, Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta: « La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois forasteros y huéspedes en mi tierra » (Lev, 25 33)
[2] Ce. San Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 17: “Pero cada uno de los hombres es miembro de la sociedad, pertenece a la humanidad entera. Y no es solamente este o aquel hombre sino que todos los hombres están llamados a este desarrollo pleno.. […]Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber”.

07 noviembre 2018

“Recemos y trabajemos para conseguir la verdadera paz”

Red Mundial de Oración del Papa

“Podemos hablar con palabras espléndidas, hacer una gran conferencia, pero si en nuestro corazón no hay paz, no la habrá en el mundo” dice el Papa en el video que difunde la Red Mundial de Oración en el mes de noviembre.
Así, Francisco propone la intención de oración universal a través de esta red y de la iniciativa El Video del Papa: “Recemos juntos para que el lenguaje del corazón y del diálogo prevalezca siempre sobre el lenguaje de las armas”.
“Todos queremos la paz –indica el Santo Padre–. Y, más que nadie, los que sufren por su ausencia. Recordemos que Jesús también vivió en tiempos de violencia. Y Él nos enseñó que la verdadera paz está en el corazón humano”.
“Practiquemos esta paz en lo pequeño –propone el Pontífice– con el diálogo guiando las relaciones personales y sociales. Con cero violencia y 100 por ciento ternura, construyamos la paz evangélica que no excluye a nadie, sino que integra a todos, especialmente a los jóvenes y los niños”.
El Video del Papa difunde cada mes las intenciones de oración del Santo Padre por los desafíos de la humanidad y la misión de la Iglesia.

06 noviembre 2018

Invitados al banquete


El Papa en Santa Marta


El Evangelio de hoy (Lc 14, 15-24), continuación del de ayer, gira en torno al banquete que un jefe de los fariseos organizó y al que invitó a Jesús. En determinado momento —y aquí comienza este episodio “del doble rechazo”—, uno de los comensales, exclama: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!». Y entonces Jesús cuenta la historia de un hombre que dio una gran cena e invitó a muchos. Sus siervos dicen a los invitados: «Venid, que ya está preparado». Pero todos comenzaron a excusarse para no ir: quien porque ha comprado un campo, quien cinco pares de bueyes, quien porque se acaba de casar. ¡Siempre excusas! Se excusan. Excusarse es la palabra educada para no decir “rechazo”. Entonces el dueño manda a los siervos a las calles a llamar a pobres, enfermos, cojos y ciegos, y llegan a la fiesta.

Y el texto del Evangelio acaba con el segundo rechazo, pero esta vez de boca de Jesús. Jesús espera, da una segunda oportunidad, quizá una tercera, una cuarta, una quinta… Pero al final rechaza Él. Y este rechazo nos debe hacer pensar en las veces que Jesús nos llama: nos llama a celebrar con Él, a estar cerca de Él, a cambiar de vida. ¡Pensar que busca a sus amigos más íntimos y ellos le rechazan! Luego busca a los enfermos… y van; quizá alguno lo rechace. ¡Cuántas veces oímos la llamada de Jesús para ir a Él, para hacer una obra de caridad, para rezar, para encontrarlo y le decimos: “Perdona, Señor, pero estoy muy ocupado y no tengo tiempo. Sí, mañana, que ahora no puedo”. Y Jesús sigue allí.

¡Cuántas veces nosotros también pedimos a Jesús que nos dispense cuando nos llama a encontrarnos, a hablar, a tener una buena charla. También nosotros rechazamos la invitación de Jesús. Que cada uno piense: en mi vida, ¿cuántas veces he sentido la inspiración del Espíritu Santo a hacer una obra de caridad, a encontrar a Jesús en esa obra de caridad, de ir a rezar, de cambiar de vida en lo que no va bien? Y siempre he encontrado un motivo para excusarme, para rechazarlo.

Al final entrará en el Reino de Dios quien no rechace a Jesús o quien no sea rechazado por Él. Y ante quien piensa que Jesús es tan bueno que al final lo perdona todo, le digo: sí, es bueno, es misericordioso, pero es justo. Y si tú cierras la puerta de tu corazón por dentro, Él no puede abrirla, porque es muy respetuoso de nuestro corazón. Rechazar a Jesús es cerrar la puerta por dentro y Él no puede entrar. Y nadie, al rechazar a Jesús, piensa en esto: “Yo cierro la puerta a Jesús desde dentro”.

Finalmente, ¿quién paga el banquete? ¡Jesús! El apóstol Pablo, en la primera Lectura (Flp 2,5-11), nos enseña la factura de esa fiesta hablando de Jesús que «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, (…) Y se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». ¡Jesús pagó la fiesta con su vida! ¿Y yo digo: “no puedo”? Pidamos al Señor que nos dé la gracia de entender este misterio de dureza de corazón, de obstinación, de rechazo y la gracia de llorar: “¿Tú has pagado así esta fiesta y yo no quiero ir?”.