16 noviembre 2018

Sócrates en las aulas


La filosofía es una de esas cosas importantes donde occidente se juega su destino; por eso resulta esperanzador que vuelva a tomar protagonismo en las aulas
“Una vida sin examen no merece la pena ser vivida”, declaraba Sócrates en su defensa ante los atenienses. Con esta frase quería manifestar lo que había sido su vida misma: una búsqueda racional de la verdad, un examen profundo de las cuestiones importantes con el propósito de encontrar aquello que merece la pena en la vida humana: la justicia. Si Sócrates puede considerarse el padre de la cultura occidental es precisamente porque desde entonces, con sus luces y sombras, la filosofía ha tratado de comprender mejor la realidad y mejorar la civilización mediante el método socrático −el pensamiento crítico, por decirlo en la jerga del siglo XXI.
Ese mismo afán de “seguir el razonamiento hasta donde el razonamiento nos lleve” es el que le conduce a Sócrates a desmontar los argumentos de su amigo Critón −dispuesto a sobornar al guarda y sacarlo de prisión−, y aceptar la condena impuesta, la muerte. “Más vale padecer la injusticia que cometerla”. Ese mismo afán es el que lleva a un ejercicio crítico que mejore la sociedad, que la haga más justa y humana, aunque nos haya costado más de veintitrés siglos acabar con muchas desigualdades sociales.
La filosofía es una de esas cosas importantes donde occidente se juega su destino. Por eso resulta esperanzador que vuelva a tomar protagonismo en las aulas: el Congreso ha pactado que vuelva a ser asignatura obligatoria no sólo en los dos cursos de bachillerato, sino también en cuarto de secundaria. En un mundo de pantallas y paraísos virtuales la filosofía sigue viva entre los jóvenes. Lo pone de manifiesto el interés creciente que despiertan las Olimpiadas de filosofía, actividades voluntarias a las que acuden muchos jóvenes y que aquí mismo, en Navarra, cada vez atraen a más jóvenes de Bachillerato.
El prestigioso intelectual americano Michael Sandel contaba al recibir hace apenas unos días el premio Princesa de Asturias su experiencia personal con la filosofía. Fue a raíz de un estudio sobre economía que elaboraba con un amigo cómo surgió en él la pregunta por la justicia, y le llevó necesariamente a la reflexión filosófica. Él tuvo la oportunidad de leer muchos libros y conocer planteamientos de muy distintos autores. Pero de distinto modo que él −narra Sandel en su discurso− hay personas que encuentran la filosofía como necesidad en la vida: por ejemplo Reginaldo, un hombre que vive en las favelas de Brasil y se enamoró de Sócrates a los veinticinco años. “Reginaldo aún vive en la favela y lidera los debates allí. Creo que él y yo estamos comprometidos con el proyecto que Sócrates comenzó: invitar a los ciudadanos, independientemente de sus antecedentes o circunstancias sociales, a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir”. Lo importante de la filosofía no son las discusiones eruditas reservadas para unos pocos ilustrados, la filosofía es la necesidad misma de la vida de plantearse las grandes cuestiones y como tal, una tarea imprescindible en el proceso formativo de los jóvenes.
La filosofía como luz para la vida, necesaria pregunta por las grandes cuestiones. Una luz especialmente necesaria en una cultura digital de pantallas y comunicación inmediata, en un mundo rápido y nómada, en una aldea global en la que se diluyen las múltiples cosmovisiones. Un mundo de destellos parciales engañosos y acelerados. En una situación como la nuestra, la reflexión acerca de las cuestiones importantes, los temas permanentes, resulta capital para formar ciudadanos libres y construir una sociedad más justa. Sólo mediante la búsqueda racional de la verdad y el pensamiento crítico estamos en condiciones de encontrar respuestas a los problemas de la vida. La filosofía como método socrático es, ante todo, apertura a la realidad, capacidad de admiración, búsqueda de comprensión. Si Sócrates por un lado trataba de mostrar la debilidad de los argumentos, por otro lado tenía el convencimiento de que era posible comprender cada vez mejor la realidad: el bien, la belleza, la justicia. Aunque la sociedad haya querido eliminar en repetidas ocasiones a Sócrates, todavía su voz puede volverse a escuchar una y otra vez en las aulas.

“Derechos fundamentales y conflictos entre derechos”

Discurso del Cardenal Pietro Parolin en la Lumsa de Roma


Rector magnífico, Revdº. Presidente de la Fundación Ratzinger / Benedicto XVI, Ilustres oradores, Señoras y señores:


Agradezco a los organizadores, especialmente al Padre Federico Lombardi, Presidente de la Fundación Ratzinger / Benedicto XVI, su cordial invitación a participar en este Simposio que precede a la presentación del Premio Ratzinger. Particularmente significativo es el tema elegido este año para el congreso, que tiene como desafiante título: “Derechos fundamentales y conflictos entre derechos”, dedicado por completo a los derechos humanos en el 70 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanosdel 10 de diciembre de 1948.
Los derechos humanos son, sin duda, un tema de gran actualidad, complejo y, a veces, controvertido. Las intervenciones de estos días nos brindan  análisis importantes y significativos, que destacan aspectos clave de la discusión, desde el origen y el fundamento de los derechos humanos, pasando por su jerarquía e  interacción mutua hasta los límites donde pueden o deben llegar. El tema de mi intervención pretende abordar el ámbito de investigación desde una perspectiva diferente, centrándose especialmente en los interlocutores de la Santa Sede en el campo de los derechos humanos y, por lo tanto, en el diálogo que establece con la comunidad internacional.
Ciertamente, no podemos olvidar que la actitud de la Iglesia y su propensión al diálogo sobre el tema han ido evolucionando a lo largo de los siglos desde que la expresión apareció en los comienzos de la Revolución Francesa en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, del 26 de agosto, 1789. Como se sabe, al principio se rechazó  cualquier  diálogo posible al respecto con la sociedad. Los derechos humanos se percibían exclusivamente como un intento de subvertir los auténticos valores cristianos en los que se basaba la convivencia civil y la voluntad de crear una sociedad en cuya base hubiera un sistema legal liberado de la religión. Los derechos del ciudadano aparecían así como “una propaganda engañosa difundida por aquellos que en realidad pretendían subvertir todo buen ordenamiento de la vida colectiva, mientras que los” derechos humanos” reales consistían en la obediencia, según los dictados de la Iglesia, a los deberes inculcados por la ley natural y divina y traducidos a ley positiva “.
El lenguaje de los derechos entra lentamente en la vida de la Iglesia con el desarrollo de la doctrina social. La Encíclica Rerum novarum de León XIII mencionará el derecho de propiedad, vinculando el concepto de propiedad privada con el derecho natural y recordando que “las leyes civiles […], cuando son justas, deducen su vigor de esa misma ley natural,  confirman y amparan (cf. S. Th. II, Q. 95, A. 4), incluso con la fuerza este derecho de que hablamos”.
Tras los dramáticos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y con la instauración de una nueva relación con la modernidad en los años del Concilio Vaticano II, la Iglesia abandonó la dialéctica inicial y se convirtió ella misma en promotora de los derechos humanos fundamentales, aunque sin renunciar a subrayar las prerrogativas de la ley divina. “No hay ley humana –afirma Gaudium et spes – que pueda garantizar la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de Cristo confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en última instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de todos… […]La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina.”.
Por lo tanto, si por un lado, en el curso del tiempo se abrió un diálogo fructífero entre la Iglesia y la sociedad sobre el tema a lo largo del tiempo, por otro lado, no con poca frecuencia, suelen estar marcadas las distancias acerca del contenido y el lenguaje adoptado. En su enfoque, la Iglesia parte de las palabras del Apóstol: “examinad todas las cosas y quedaos con lo bueno” (1 Tes. 5:21). Por lo tanto, se siente libre de llegar a todos los interlocutores posibles, incluso desde las posiciones más lejanas.
Al mismo tiempo, no debemos olvidar que el punto de partida de todo diálogo, que realmente quiera ser eficaz, es la conciencia de uno mismo. Abrirse a otro no significa renunciar a la identidad y las prerrogativas propias. Allá donde se promueven “derechos” que la Iglesia considera incompatibles tanto con la ley divina como con la ley natural, conocible con la recta razón, la Santa Sede  no dejará de levantar su voz en defensa sobre todo de la persona humana. No se trata de atrincherarse en posturas preconcebidas, sino  más bien de defender el desarrollo armonioso e integral del hombre, porque desafortunadamente, como señalaba el Papa Francisco, “Está también el peligro —en cierto sentido paradójico— de que, en nombre de los mismos derechos humanos, se vengan a instaurar formas modernas de colonización ideológica“, por lo que algunos derechos fundamentales se dañan en nombre de la promoción de otros derechos. Al mismo tiempo, la legítima defensa de una identidad cultural no puede ser un pretexto para eximirse del respeto a los derechos humanos.
En el debate de hoy, es bueno tener en cuenta algunos elementos que son fundamentales para el diálogo de la Iglesia con sus interlocutores. El primero que me gustaría señalar es el carácter universal de los derechos. La Declaración de 1948 se proponía, en efecto, el objetivo de formular declaraciones que fueran siempre válidas, en toda época, lugar y cultura, ya que son inherentes a la naturaleza misma de la persona humana. Hoy notamos una toma de distancias, tanto en algunos ámbitos del llamado Occidente, como en otros contextos culturales, casi como si el significado profundo de los derechos humanos se pudiera contextualizar y aplicar solo en ciertos lugares y en una cierta época, que ahora parece irremediablemente orientarse hacia el ocaso. En cambio, es necesario recuperar la dimensión objetiva de los derechos humanos, basada en el reconocimiento de que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Sin tal visión, se establece un cortocircuito de los derechos que, de universales y objetivos, se convierten en individuales y subjetivos, con la consecuencia paradójica de que “cada uno se convierte en medida de sí mismo y de sus actos”, y ” esto lleva al sustancial descuido de los demás, y a fomentar esa globalización de la indiferencia que nace del egoísmo, fruto de una concepción del hombre incapaz de acoger la verdad y vivir una auténtica dimensión social”.
Solo manteniendo viva la conciencia de la valencia universal de los derechos humanos podemos evitar esta deriva, que resulta en la proliferación de una “ multiplicidad de «nuevos derechos», no pocas veces en contraposición entre ellos” y, al mismo tiempo, iniciar un diálogo vasto especialmente en el ámbito de la ONU  donde tienen lugar la mayoría de las discusiones sobre el tema. Sin embargo, también se debe tener en cuenta que la creciente irritación que se advierte en muchas partes hacia las organizaciones internacionales y la diplomacia multilateral, pone hoy en grave peligro la interlocución sobre los derechos humanos. Por su parte, la Santa Sede considera fundamental fomentar la confrontación más amplia posible con todos los hombres de buena voluntad y con aquellas instituciones que trabajan para proteger los derechos humanos y promover el bien común y el desarrollo social. El Papa Francisco nos alienta constantemente a construir puentes y los puentes se pueden construir con múltiples interlocutores, tanto en el campo multilateral como en el bilateral, tanto con los Estados como con las organizaciones no gubernamentales, con los interlocutores religiosos, así como con sujetos laicos y no confesionales.
En este sentido, la esfera diplomática es privilegiada, ya que permite desarrollar contactos y relaciones personales a través de las cuales la Santa Sede puede alcanzar las tierras más lejanas y las sensibilidades humanas más distantes. Por lo tanto, no debemos renunciar a la creación de nuevas oportunidades de encuentro, siguiendo la feliz intuición que el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Monseñor Giovanni Battista Montini, tuvo cuando fundó el Círculo di Roma, que era un foro extraordinario y una sede privilegiada de relaciones internacionales. Ofreció una oportunidad de conocimiento mutuo y colaboración a nivel cultural y diplomático, promoviendo, entre otros, estudios sobre problemas internacionales. También hoy necesitamos puntos de contacto, en los que todos puedan ofrecer su propia contribución original respetando  la opinión de los demás. Desafortunadamente, no es infrecuente que algunas ideas preconcebidas y lugares comunes sobre la Iglesia hagan más difícil  una discusión serena.
La interlocución es más complicada sobre todo allí donde se tocan los ámbitos más íntimos de la vida y de la persona humana sin un anclaje objetivo. De hecho, el cristianismo se remite a “remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, (…) a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios”. Por el contrario, en los últimos tiempos parece haber prevalecido una visión fragmentada del hombre, liberado de cualquier vínculo, tanto con lo sobrenatural como con los otros hombres, de modo que se ha activado un mecanismo por el cual los derechos humanos están sujetos al “sentimiento común” de la mayoría. En la reflexión de la Iglesia, sin embargo, no existen los derechos de “un hombre liberado de cualquier vínculo”, no hay un “hombre fragmentado” en sus diversos aspectos sociales, económicos, religiosos, etc., sino el hombre en su totalidad.
La Iglesia, por lo tanto, enfoca los derechos humanos sobre la base de su universalidad, racionalidad y objetividad. Desde este punto de vista, se entiende el compromiso concreto de la Santa Sede en defensa de algunos derechos específicos a los que presta especial atención y en cuya promoción está comprometida.
En primer lugar, está el derecho a la vida contenido en el artículo 3 de la Declaración de 1948. Esta es la verdadera base de todos los derechos humanos. La actividad multilateral de la Santa Sede, en cualquier foro internacional, así como en las relaciones con los Estados, siempre tiene como objetivo defender este derecho. Del mismo modo, no debemos olvidar el compromiso concreto de la Iglesia a través de las órdenes religiosas y sus numerosas obras de caridad, así como a través de las numerosas organizaciones no gubernamentales, inspiradas en el cristianismo. Junto con la defensa del comienzo de la vida y de su fin natural, que constituye la premisa fundamental de la promoción del derecho a la vida, hoy existen nuevos desafíos relacionados con la biotecnología moderna y, a veces, favorecidos por una legislación más bien permisiva. Surgen preguntas espinosas sobre la manipulación genética, el tráfico de órganos y los nuevos hechos de la “hibridación” de la persona humana con el genoma de otras especies.
Frente a estos desafíos, la Iglesia está comprometida a subrayar el valor único e irrepetible de cada vida, don precioso de Dios. “El cristiano- recordaba Benedicto XVI- está continuamente llamado a movilizarse para afrontar los múltiples ataques a que está expuesto el derecho a la vida. Sabe que en eso puede contar con motivaciones que tienen raíces profundas en la ley natural y que por consiguiente pueden ser compartidas por todas las personas de recta conciencia”. Desgraciadamente, el derecho a la vida parece ser el más expuesto al individualismo que caracteriza en particular las sociedades occidentales. En el intento constante de liberar al hombre de Dios, la vida deja de ser un don y se considera más bien como una propiedad, de la cual cada uno puede disponer libremente dentro de los límites establecidos por el simple consenso de la mayoría. Esto hace que el diálogo sea más complejo, debido a la dificultad de encontrar un terreno metafísico y léxico común en el que encontrarse.
En el contexto de la defensa de la vida, la Santa Sede también participa activamente en la promoción de la eliminación universal de la pena de muerte. Es un compromiso que toma en cuenta tanto el artículo 3 como el artículo 5 de la Declaración de 1948, que prohíbe las penas crueles, inhumanas y degradantes. Se trata de una cuestión particularmente importante para el Santo Padre, quien el pasado 2 de agosto decidió actualizar el Catecismo de la Iglesia Católica. “Durante mucho tiempo –reza la nueva fórmula- el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común. Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente. Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona», FRANCESCO, Discurso a los participantes en el encuentro promovido por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, 11 de octubre 2017) y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo”.
En este ámbito, la Santa Sede interactúa  sea con los organismos que promueven la abolición de la pena de muerte apoyando su acción, entre los cuales debemos mencionar especialmente a la Unión Europea con la que existe una profunda armonía sobre el tema, sea allí donde hay la posibilidad, con aquellos países que todavía la aplican, subrayando el escaso efecto disuasorio que posee, así como el anacronismo de recurrir a ese castigo en los estados que, en general, están equipados para proteger adecuadamente la seguridad de sus ciudadanos. Por otra parte,  reiteraba el Papa, ” La cautela en la aplicación de la pena debe ser el principio que rija los sistemas penales, y la plena vigencia y operatividad del principio pro homine debe garantizar que los Estados no sean habilitados, jurídicamente o de hecho, a subordinar el respeto de la dignidad de la persona humana a cualquier otra finalidad, incluso cuando se logre alcanzar una especie de utilidad social. El respeto de la dignidad humana no sólo debe actuar como límite de la arbitrariedad y los excesos de los agentes del Estado, sino como criterio de orientación para perseguir y reprimir las conductas que representan los ataques más graves a la dignidad e integridad de la persona humana”.
Con referencia a los artículos 13 y 14 de la Declaración de 1948, la Santa Sede está comprometida en promover los derechos de los migrantes y de los refugiados. En las diversas crisis de los últimos años, el Santo Padre no ha dejado de hacer oír su voz ante una tragedia de inmensas proporciones, fuertemente dañosa para la dignidad humana. También en este caso, los interlocutores son muchos, a partir de la comunidad internacional y, por lo tanto, de las Naciones Unidas, con quien la Santa Sede está trabajando desde hace ya un par de años en la definición de los Global Compactssobre migrantes y refugiados, que serán adoptados dentro del ‘año. Lamentablemente, es doloroso constatar  que algunos países se están retirando de la discusión.
Por su parte, la Santa Sede, a través de las Misiones Permanentes en Nueva York, por lo que concierne a los migrantes, y en Ginebra, con respecto a los refugiados, continúa ofreciendo su contribución activa a las discusiones y consultas preparatorias, promoviendo la visión del Pontífice centrada en torno a cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. También durante sus viajes apostólicos, el primero de los cuales estuvo dedicado precisamente a los migrantes, con la visita a la isla de Lampedusa, el Papa Francisco no ha dejado de recordar la urgente necesidad de cuidar de aquellos que se ven obligados a abandonar sus tierras debido a de guerras y persecuciones, así como por el hambre y las dificultades económicas. Sabemos que su compromiso con la promoción de la dignidad de los más débiles, especialmente de los niños y adolescentes que se ven forzados a vivir lejos de su patria y separados de los afectos familiares, le ha acarreado a veces la hostilidad, especialmente de aquellos que han visto su territorio fuertemente afectado por las recientes oleadas migratorias.
Sin embargo, no hay que detenerse en los malentendidos. El mismo Papa Francisco no ha dejado de subrayar que la acogida debe ser razonable, es decir, debe ir acompañada de la capacidad de integración y de la prudencia de los gobernantes. Afirmar el derecho de quien es débil a recibir protección no significa eximirlo del deber de respetar el lugar que lo acoge, con su cultura y sus tradiciones. Por otro lado, el deber de los Estados de intervenir en favor de quienes están en peligro no significa abdicar del derecho legítimo de proteger y defender a sus ciudadanos y sus valores. En este sentido, debe señalarse que, no pocas veces, en los últimos años la política ha renunciado a su papel de mediación social para construir el bien común, cediendo a la tentación imprudente de buscar el consenso fácil y foguear   los temores ancestrales de la población. También en el contexto internacional, hay que lamentar la menor propensión a colaborar en la búsqueda de soluciones compartidas entre los Estados, frente a la prevalencia de nuevas formas de nacionalismo. Estas dificultades no eliminan el compromiso de la Santa Sede en la búsqueda de un diálogo constructivo con todos para defender las vidas en peligro, ni el esfuerzo de la Iglesia y sus instituciones caritativas para interactuar con la sociedad civil para fomentar soluciones concretas que alivien el sufrimiento de los migrantes y protejan la vida y las actividades de los ciudadanos.
Por último, quisiera recordar el artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, a saber, ” toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia” Como se sabe, este es un derecho sobre el cual la Iglesia, después de un largo rechazo, ha elaborado su propia reflexión profunda a partir de los años del Concilio Vaticano II, con la Declaración Dignitatis Humanæ, que establece que “la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos».
Como recordaba el Papa Ratzinger, para la Santa Sede se trata del “primer derecho del hombre, porque expresa la realidad más fundamental de la persona”. Por otro lado, “Cuando se reconoce la libertad religiosa, la dignidad de la persona humana se respeta en su raíz, y se refuerzan el ethos y las instituciones de los pueblos. Y viceversa, cuando se niega la libertad religiosa, cuando se intenta impedir la profesión de la propia religión o fe y vivir conforme a ellas, se ofende la dignidad humana, a la vez que se amenaza la justicia y la paz”. A su vez, el Papa Francisco explicaba que ” la razón reconoce en la libertad religiosa un derecho fundamental del hombre que reflexiona su más alta dignidad, la de poder buscar la verdad y de adherirse a ella, y reconoce en ella una condición indispensable para poder desplegar toda la propia potencialidad. La libertad religiosa no es sólo la de un pensamiento o de un culto privado. Es la libertad de vivir según los principios éticos consiguientes a la verdad encontrada, sea privada que públicamente”. No son pocos, de hecho, los intentos de reducir la libertad religiosa a la esfera meramente privada de la persona, así como también los de hacer que los derechos civiles dependan de la afiliación religiosa. La Santa Sede, por lo tanto, está en primera línea en la promoción del derecho a la libertad religiosa, trabajando por un lado para evitar la marginación de la religión en la sociedad civil, por el otro para que en todas las sociedades los derechos de todos los ciudadanos estén igualmente protegidos independientemente de sus creencias religiosas.
Junto con la libertad religiosa, es importante afirmar la libertad de conciencia. “Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana”. En nuestros días, se asiste con preocupación a los intentos de reducir este derecho que corre el riesgo de ser marginados y limitados, especialmente en lo que respecta a la objeción de conciencia en materias delicadas relacionadas con la vida. Para la Iglesia, la objeción de conciencia es, en cambio, un derecho fundamental ya que, como afirma Gaudium et Spes,” La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre”, y por lo tanto no puede violarse sin dañar a la persona humana
Ilustres oradores,
Señoras y señores,

Al concluir esta breve revisión, me gustaría resaltar el elemento fundamental para la Iglesia en su interlocución en el campo de los derechos humanos. Lo hago a partir de una imagen que tomo del décimo capítulo del Evangelio según Lucas. Es la parábola del buen samaritano que ayuda a un malparado por el camino que cruza el desierto de Judá, una tierra para él extranjera y hostil. Aquellos que han cubierto ese tramo del camino comprenden las dificultades: los descensos pronunciados y el calor sofocante acompañan al viajero en los mil metros de desnivel que separan a Jerusalén de Jericó. Lucas nos habla de un hombre que, bajando ese camino áspero, se encuentra con los bandidos que lo dejan malherido. Ni el sacerdote ni el levita lo ayudan, de hecho, al verlo, lo evitan, casi, para marcar deliberadamente una distancia. Solo un extranjero no tiene miedo de acercarse al malparado, lo cuida, lo acompaña a una posada cercana y se ocupa de su manutención hasta su completa curación.
En esta parábola que acompaña  la enunciación del mandamiento del amor, podemos encontrar expresada la idea inspiradora de los derechos humanos. La expreso con una paradoja: en el origen de los derechos humanos no hay un derecho, ni tantos hay un deber. El viajero herido no tiene el derecho de ser atendido, ni en sí mismo el deber de ninguno de los transeúntes es asistirlo. Originalmente solo hay la compasión y la gratuidad, -en términos cristianos decimos caridad-, de un hombre que descubre a otro hombre en peligro. Mirar al hombre, independientemente de sus características físicas, mentales, étnicas o religiosas, como una persona con su dignidad inherente es precisamente la novedad que Jesús introduce en el mundo con la parábola del Buen Samaritano. En este sentido, el concepto mismo de derecho humano tiene grabado en su ADN la caridad evangélica que completa y, -podríamos decir-, sublima la naturaleza misma del hombre. Con esto no pretendo afirmar una coincidencia entre el mensaje evangélico y los derechos humanos. Hay una diferencia profunda y radical, ya que los últimos apelan a la razón y a la ley natural, mientras que el primero apela a la revelación divina. Sin embargo, como no hay coincidencia, tampoco hay oposición allí donde en el centro está el hombre en su integridad racional, afectiva y social, y los derechos se entienden y se profundizan de acuerdo con la recta razón. Por lo tanto, la Iglesia enfoca positivamente los derechos humanos, porque a través de ellos toda la humanidad toma conciencia de la dignidad de cada persona humana. En esta perspectiva, la Santa Sede trabaja por un debate sereno, fructífero y honesto. Esto requiere, -como mencioné anteriormente-, resaltar las posibles dificultades y malentendidos que surgen cuando la interlocución se basa en un lenguaje líquido, como el lenguaje contemporáneo, en el que las palabras adquieren significados ambiguos.

Pensándolo, ambiguas, no son tanto las palabras como la antropología subyacente, que quizás de manera demasiado apresurada ha dejado al margen la contribución judeocristiana a la filosofía griega y al derecho romano. Si, por un lado, el concepto de derechos humanos surge en el contexto revolucionario francés en oposición a la Iglesia, no se puede callar que rinde un homenaje innegable a la sensibilidad cristiana en la que se formaron los escritores de la Declaración de 1789. La dificultad de nuestro tiempo no estriba tanto en el intento de liberar a los derechos humanos de cualquier vínculo con el cristianismo; -esto no es lo que nos preocupa-, sino la pérdida del anclaje filosófico y jurídico de los derechos en sí, de modo que, en una evolución continua y deseosa de novedades, el pensamiento occidental termina por disminuir la arquitectura misma de los derechos que había enunciado. Sin una visión antropológica clara, todo derecho llama a otros derechos, que terminan devorándose y reprimiéndose mutuamente.
La tentación moderna es acentuar mucho la palabra “derechos”, dejando de lado la más importante: “humanos”. Si los derechos pierden su nexo con la humanidad, se convierten solo  en expresiones de grupos de interés y prevalece, como dice el Papa Francisco, ” una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico, casi como una «mónada» (μονάς), cada vez más insensible a las otras «mónadas» de su alrededor.»[26]. Del mismo modo, como hemos mencionado, los deberes relacionados con ellos caen, y así al afirmar los derechos del individuo, ya no se tiene en cuenta que ” cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma”.
En el debate sobre los derechos, el desafío para la Iglesia y, por lo tanto, también para la Santa Sede en los diversos foros internacionales no es defender posiciones o “poseer espacios”, como diría el Papa, sino proponer de manera simple y transparente su visión del hombre: no  el producto solitario del azar, sino el hijo de un Padre amoroso, que “a todos da la vida, el aliento y todas las cosas” (Hechos 17:25). Es un camino arduo, que sin duda merece ser recorrido
Gracias.

Crecer en silencio

El Papa en Santa Marta el día 15


Los fariseos preguntaron a Jesús: ¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?. Él les contestó: El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: “está aquí” o “está allí”; porque mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros. Este Evangelio (Lc 17,20-25) nos hace pensar en el reino de Dios y en la Iglesia. Y también nos hace pensar: ¿cómo crece la Iglesia? ¿Cómo va adelante la Iglesia, que representa el reino de Dios? La respuesta del Señor es clara: El reino de Dios está en medio de vosotros, pero no es un espectáculo. ¿Y cómo crece? El Señor lo explicó con la parábola del sembrador: el sembrador siembra y la semilla crece de día y de noche —Dios da el crecimiento— y luego se ven los frutos. Esto es importante: la Iglesia crece en silencio, a escondidas; es el estilo eclesial. ¿Y cómo se manifiesta en la Iglesia? Por los frutos de las buenas obras —para que la gente vea y glorifique al Padre que está en los cielos, dice Jesús—, y en la celebración —la alabanza y el sacrificio del Señor—, en la Eucaristía. Justo ahí se manifiesta la Iglesia: en la Eucaristía y en las buenas obras. Y cuando no se manifiestan las buenas obras —no son noticia, porque son las cosas feas las que son noticia—, ahí hay algo que no va. Y si no hay alabanza, cuando no hay renovación del sacrificio del Señor en la Eucaristía, algo no va: esa Iglesia no crece bien.
Jesús dice luego a los discípulos: Vendrán días en que desearéis ver un solo día del Hijo del hombre, y no lo veréis. Es el tiempo de la normalidad de la Iglesia escondida, silenciosa, sin ruido: “Pues a mí me gustaría algo que se vea”. Entonces se os dirá: “está aquí” o “está allí”; no vayáis. El Señor nos ayuda a no caer en la tentación de la seducción: “Nos gustaría que la Iglesia se viese más; ¿qué podemos hacer para que se vea?”. Con esa actitud se suele caer en un Iglesia de actos incapaz de crecer en silencio. Y acaba en una sucesión de espectáculos. Sin embargo, la Iglesia crece por testimonio, por oración, por atracción del Espíritu que está dentro de esos actos, que ayudan: ¡uno, dos o tres, ayudan! El crecimiento propio de la Iglesia, el que da fruto, es en silencio, con las buenas obras y la celebración de la Pascua del Señor, la alabanza a Dios.
El mismo Jesús fue tentado por la seducción del espectáculo: “Pero, ¿por qué tanto tiempo para hacer la redención? Haz un buen milagro. Tírate del templo y todos verán y creerán en ti”.Pero el Señor no eligió esa vía, escogió la vía de la predicación, de la oración, de las buenas obras que hacía, de la cruz, del sufrimiento. Sí, la cruz y el sufrimiento, porque la Iglesia crece también con la sangre de los mártires, hombres y mujeres que dan la vida. Hoy hay tantos. ¡Curioso: no son noticia! El mundo esconde este hecho. El espíritu del mundo no tolera el martirio, lo esconde. Es más, muchas veces dice: “¿pero porqué? Eso es exagerado, no, no, no es así, se pueden hacer las cosas negociando”. Ese es el espíritu del mundo.
Que cada uno se pregunte: ¿cómo crece dentro de mí el reino de Dios? ¿Cómo crece dentro de mí mi pertenencia a la Iglesia? ¿Como el Señor nos enseña o mundanamente? ¿Cómo rezo yo? ¿A escondidas, en mi interior, o me dejo ver en la oración? ¿Cómo siervo a los demás? ¿Cómo estoy a disposición de los demás con las obras de caridad? ¿Silenciosamente, casi a escondidas, o hago sonar la trompeta como los fariseos?
Pidamos al Señor que nos haga entender esto y que también nosotros podamos crecer en la Iglesia así.

14 noviembre 2018

‘No dirás falso testimonio ni mentirás’


Queridos hermanos y hermanas:
La catequesis de hoy la dedicamos al octavo mandamiento: «No dirás falso testimonio ni mentirás»; este mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con los demás.
Es grave vivir de “comunicaciones” no auténticas, porque impide las relaciones recíprocas y el amor al prójimo. La “comunicación” entre las personas no es solo con palabras, sino también con gestos y actitudes, hasta con silencios y ausencias; se comunica con todo lo que uno hace y dice.
Entonces, ¿qué es la verdad? Esta fue la pregunta que hizo Pilatos a Jesús en el proceso que lo llevaría a morir en la cruz. Jesús había afirmado: «Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad». Con su pasión y su muerte, demuestra que él mismo es la realización plena de la Verdad, pues su vida fue un reflejo de la relación con el Padre. En su manera de vivir y morir, cada acto humano, por pequeño o grande que sea, afirma o niega esta verdad. «No dar falso testimonio, ni mentir», implica vivir como hijos de Dios, dejando que en cada acto se refleje que él es nuestro Padre y que confiam
En la catequesis de hoy afrontaremos la Octava Palabra del Decálogo: «No dirás falso testimonio ni mentirás». Este mandamiento −dice el Catecismo− «prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo» (n. 2464). Vivir de comunicaciones no auténticas es grave porque impide las relaciones y, por tanto impide el amor. Donde hay mentira no hay amor, no puede haber amor. Y cuando hablamos de comunicación entre las personas entendemos no solo las palabras, sino también los gestos, las actitudes, incluso los silencios y las ausencias. Una persona habla con todo lo que es y hace. Todos estamos en comunicación, siempre. Todos vivimos comunicando y estamos continuamente en equilibrio entre la verdad y la mentira.
¿Y qué significa decir la verdad? ¿Significa ser sinceros? ¿O bien exactos? En realidad, eso no basta, porque se puede estar sinceramente en el error, o bien se puede ser precisos en el detalle pero no captar el sentido del conjunto. A veces nos justificamos diciendo: “¡Pero si he dicho lo que sentía!”. Sí, pero has absolutizado tu punto de vista. O: “¡Solamente he dicho la verdad!”. Puede ser, pero has revelado hechos personales o reservados. ¡Cuántos cotilleos destruyen la comunión por inoportunidad o falta de delicadeza! Es más, la murmuración mata, y esto lo dijo el apóstol Santiago en su Carta. El cotilla, la chismosa son gente que mata: mata a los demás, porque la lengua mata como un cuchillo. ¡Estad atentos! Un bocazas es un terrorista, porque con su lengua tira la bomba y se va tan tranquilo, pero lo que dice esa bomba arrojada destruye la fama ajena. No lo olvidéis: murmurar es matar.
Pues entonces, ¿qué es la verdad? Esa es la pregunta que hizo Pilato, precisamente mientras Jesús, delante de él, cumplía el octavo mandamiento (cfr. Jn 18,38). Porque las palabras «No darás testimonio falso contra tu prójimo» (Ex 20,16) pertenecen al lenguaje forense. Los Evangelios culminan con el relato de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús; y ese es el relato de un proceso, de la ejecución de la sentencia y de una inaudita consecuencia.
Interrogado por Pilato, Jesús dice: «Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Y ese «testimonio» Jesús lo da con su pasión, con su muerte. El evangelista Marcos narra que «el centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo: ¡En verdad este hombre era Hijo de Dios!» (15,39). Sí, porque era coherente, fue coherente: con ese modo de morir, Jesús manifiesta al Padre su amor misericordioso y fiel.
La verdad encuentra su plena realización en la misma persona de Jesús (cfr. Jn 14,6), en su modo de vivir y de morir, fruto de su relación con el Padre. Esa existencia como hijos de Dios, Él, resucitado, nos la da también a nosotros enviando al Espíritu Santo que es Espíritu de verdad, que da testimonio a nuestro corazón de que Dios es nuestro Padre (cfr. Rm8,16).
En cada acto suyo, el hombre, las personas afirman o niegan esa verdad. Desde las pequeñas situaciones diarias a las decisiones más exigentes. Pero es la misma lógica, siempre: la que los padres y abuelos nos enseñan cuando nos dicen que no digamos mentiras.
Preguntémonos: ¿qué verdad manifiestan las obras de los cristianos, nuestras palabras, nuestras elecciones? Cada uno puede preguntarse: ¿yo soy un testigo de la verdad, o soy más o menos un mentiroso disfrazado de veraz? Que cada uno se lo pregunte. Los cristianos no somos hombres y mujeres excepcionales. Pero somos hijos del Padre celestial, el cual es bueno y no nos defrauda, y pone en nuestro corazón el amor a los hermanos. Esa verdad no es algo que se dice con discursos, sino un modo de existir, un modo de vivir, y se ve en cada acto singular (cfr. Sant 2,18). Este hombre es un hombre veraz, aquella mujer es una mujer veraz: se ve. ¿Y por qué, si no abre la boca? Pero se comporta como veraz. Dice la verdad, actúa con la verdad. Un bonito modo de vivir para nosotros.
La verdad es la revelación maravillosa de Dios, de su rostro de Padre, es su amor ilimitado. Esa verdad corresponde a la razón humana pero la supera infinitamente, porque es un don bajado a la tierra y encarnado en Cristo crucificado y resucitado; se hace visible por quien le pertenece y muestra sus mismas actitudes.
No decir falso testimonio quiere decir vivir como hijo de Dios, que nunca, jamás se niega a sí mismo, nunca dice menitas; vivir como hijos de Dios, dejando salir en cada acto la gran verdad: que Dios es Padre y nos podemos fiar de Él. Yo me fío de Dios: esta es la gran verdad. De nuestra confianza en Dios, que es Padre y me ama, nos ama, nace mi verdad y ser verdadero y no embustero.

Saludos

Me alegra saludar a los peregrinos provenientes de Francia y de varios países francófonos, en particular a los miembros del Congreso Nacional de Directores de Peregrinaciones, acompañados por el Arzobispo de Rouen, Mons. Lebrun; a la parroquia de Herrlisheim, la capellanía de los hospitales de la Diócesis de Vannes, y a los estudiantes de las escuelas superiores de la Gironda. Pidamos al Espíritu de Verdad que nos ayude a no dar falso testimonio y a vivir como hijos de Dios. Unidos a Jesucristo, manifestemos en cada una de nuestras acciones que Dios es Padre y que podemos fiarnos de Él. ¡Dios os bendiga!
Saludo a los peregrinos de lengua inglesa presentes en la Audiencia de hoy, especialmente a los que vienen de Inglaterra, Dinamarca, Países Bajos, Australia, Indonesia, Japón, Filipinas, Canadá y Estados Unidos de América. Dirijo un saludo cordial a los numerosos grupos de estudiantes aquí presentes, particularmente al de la Universidad Católica de Australia. Sobre vosotros y vuestras familias invoco la alegría y la paz del Señor. ¡Dios os bendiga!
Una cordial bienvenida a los hermanos y hermanas de lengua alemana. En particular saludo a los directores y colaboradores de Missio Austria. Toda persona está llamada a la sinceridad y a la veracidad en el obrar y en el hablar. Sigamos al Señor Jesucristo que nos revela la verdad de Dios que es Padre y vivamos como verdaderos hijos de Dios. Que el Espíritu Santo os haga fuertes en la gracia y en la verdad.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. Los animo a vivir como hijos que saben que Dios los ama, y que con esa conciencia puedan construir cada vez más una sociedad fundamentada en la sinceridad y en la verdad. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
Queridos amigos venidos de Brasil y de Portugal: sed bienvenidos. Pidamos al Señor la fuerza del Espíritu Santo para que, reforzados por sus dones, podamos permanecer firmes en la fe, dando testimonio gozoso de la verdad cristiana. ¡Dios os bendiga!
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua árabe, en particular a los provenientes de Medio Oriente. Queridos hermanos y hermanas, vivid como hijos de Dios, dejando salir en cada acto que Dios es Padre y que se puede confiar en Él. ¡El Señor os bendiga!
Saludo cordialmente a los peregrinos polacos. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que «la verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía» (n. 2505). Que esto nos ayude a crecer en el amor fraterno, en la justicia y en la valiente confesión de la fe. ¡Sea alabado Jesucristo!
Dirijo una cordial bienvenida a los peregrinos de lengua italiana. Me alegra recibir a los Religiosos del Instituto Hijos de Santa Ana; a los Coros de la Diócesis de Saluzzo, con su Obispo, Mons. Cristiano Bodo y a la Fraternidad Casa del Joven de Pavía, con su Obispo Mons. Corrado Sanguineti, en el 25° aniversario de la muerte del fundador don Enzo Boschetti. Saludo a la Asociación italiana Empresas de Transporte; a la Asociación Pequeños gigantes de Tin, de Siracusa; a la Unión italiana de ciegos e hipovidentes de Potenza; al Grupo Nova Facility de Treviso; a los Voluntarios del Proyecto Verona Minor Hierusalem.
Un pensamiento particular dirijo a los jóvenes, ancianos, enfermos y recién casados. Os deseo a todos que la peregrinación a Roma pueda reforzar el vínculo con la Ciudad de los Apóstoles y la alegría de la pertenencia a la Iglesia Católica.

“Vivir cada día con amor y temblor como si fuera el último”

Antonio Rivero, L.C.

DOMINGO 33 DEL TIEMPO ORDINARIO -  Ciclo B
Textos: Dn 12, 1-3; Hb 10, 11-14.18; Mc 13, 24-32

Idea principal: Vigilar prepararnos para la venida de Cristo. Sólo así evitaremos la angustia y el miedo.
Síntesis del mensaje: Terminamos hoy la lectura del evangelista Marcos, que nos ha acompañado todo el año. El próximo domingo, fiesta de Cristo Rey, leeremos a san Juan. Termina el año litúrgico y por eso las lecturas nos orientan hacia la escatología, el futuro de la historia, para que nos preparemos para ese día. No necesitamos ni horóscopos ni adivinos para buscar respuestas a los interrogantes del mañana. El futuro nos fascina y nos inquieta a la vez. O porque deseamos tenerlo todo controlado. O porque nos ayudaría a planificar el presente. Lo mejor es confiar en Cristo y en su victoria.
Puntos de la idea principal:
En primer lugar, ¿a quién no atemoriza lo que Jesús narra en el evangelio de hoy? Visiones tremendas, espeluznantes; soberbias imágenes para una película de horror: explosión de las galaxias, apagón del sol, reventón de las estrellas, caída de la luna, desbarajuste de la creación. Hoy día, otro tanto: explosión demográfica, destrucción del ecosistema y de la casa común, como dirá el Papa Francisco en su encíclica “Laudato si’, guerra de las galaxias y, para que nadie escape, en los silos una bombita de 180 kgs atómicos por persona. ¿Consecuencias? Hombres secos de pesimismo derrotista, agresividad a flor de piel, angustia endémica, depresiones epidémicas. Películas atroces que alertan una neurosis masiva y expansiva –busquen en la internet-, el desbarajuste ético-social –nuevas ideologías en contra del plan de Dios- y el hombre de bruces en el caos. Nuestra ciencia se ha vuelto terrible, peligrosa nuestra insatisfacción, mortales nuestros conocimientos. Es decir, que parece que nos aproximamos al cuadro clínico-psiquiátrico de este evangelio sobre el fin del mundo. ¿Qué hacer?
En segundo lugar, es ciertamente impresionante el lenguaje con el que Jesús describe hoy el final de la historia. Es un lenguaje tomado del género literario “apocalíptico” y “escatológico”, con el que tanto los profetas del Antiguo Testamento como en general la literatura rabínica de la época describen el futuro y la llegada del “día del Señor”. Esta descripción, en labios de Jesús, no quiere ser angustiosa ni angustiante, sino precisamente lo contrario, esperanzadora, porque inmediatamente dice que veremos “venir al Hijo del Hombre sobre las nubes(símbolo de la divinidad) con gran poder y majestad”, y Él viene a salvar. Si somos sinceros tenemos que decir que nadie, ni siquiera la Iglesia, ha sabido explicar el sentido de estos discursos escatológicos. Grupos religiosos aprovechan estos discursos para obsesionar a sus adeptos, inclinados al fanatismo (adventistas, testigos de Jehová) y circulan de casa en casa infundiendo temor con el anuncio del inminente fin del mundo. ¿Qué hacer?
Finalmente, si queremos resumir el mensaje de este domingo, podría quedar así: el Señor ha venido una primera vez y vendrá una segunda vez en el futuro. La segunda venida no nos debe dar miedo; ella es una promesa, no una amenaza. Es la promesa de la que se nutre toda la experiencia cristiana. Eso explica aquel hecho singular que se nota en la Iglesia primitiva: los cristianos de entonces, después de haber escuchado estos discursos que también nosotros hemos escuchamos hoy, se ponían tranquilamente a rezar y a invocar: “Maranatha: Ven, Señor Jesús”. ¿Qué hacer? No olvidar que nuestra vida es una peregrinación. Quien peregrina tiene siempre en cuenta, no sólo por dónde va, sino también a dónde se dirige, cuál es la meta de su viaje. Igual que un deportista mira desde el comienzo la meta, o el estudiante, el examen final. ¿Qué hacer? Si nuestra meta es el cielo y la compañía con Dios y los santos, entonces tenemos que vigilar seriamente nuestros pasos, nuestros pensamientos, nuestros afectos, para no perder el rumbo del camino. Debemos tener todo preparado para que el Señor nos encuentre dignos de ser admitidos en su Reino. Debemos mirar con respeto y confianza a ese Cristo glorioso que viene a juzgar a todos. Ese juez es el mismo en quien creemos, a quien escuchamos en la proclamación del evangelio, a quien intentamos seguir, a quien recibimos en la Eucaristía. Estas lecturas no quieren llenarnos de angustia, sino que nos están anunciado la victoria y la salvación.
Para reflexionar: meditemos en estas palabras de San Francisco de Sales: “vivir cada día de nuestra vida como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra”. ¿Vivimos así?  ¿O más bien evadimos pensar en esa realidad, tan cierta como segura, del final de nuestra existencia –vamos a morir- o del final de los tiempos, -Cristo vendrá-?  ¿O tal vez pensamos que luego nos arreglaremos, que mientras tanto mejor es gozar y vivir como nos venga en gana?  ¡Nos estamos jugando nada menos que nuestro destino para toda la eternidad!
Para rezar: Hagamos oración esto que nos dice san Pablo:“que el Señor conserve nuestros corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús en compañía de todos sus santos” (1 Ts 3, 12-4,2). O lo que nos dice Lucas: “Velen y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del Hombre” (21, 36).

13 noviembre 2018

Perfil del obispo

El Papa ayer en Santa Marta


La Epístola de san Pablo a Tito (1,1-9) que acabamos de leer delinea hasta sus mínimos detalles la figura del obispo, y también define los criterios para poner orden en la Iglesia.
Y es que fervor y desorden son dos palabras que señalan cómo nació la Iglesia, y también con la realización de cosas admirables. Siempre ha habido confusión, y la fuerza del Espíritu, desorden…, pero no debemos asustarnos, porque eso es una buena señal. La Iglesia no nació completamente ordenada, todo en su sitio, sin problemas, sin confusión, no. Siempre nació en desorden. Y esa confusión, ese desorden, hay que arreglarlo. Es verdad, porque las cosas deben ponerse en orden; pensemos, por ejemplo, en el primer Concilio de Jerusalén: había una lucha entre judaizantes y no judaizantes… Pensémoslo bien: hacen el Concilio y arreglan las cosas.
Por eso, Pablo deja a Tito en Creta, para poner orden, recordándole que lo primero es la fe. Le dice: “Mi intención al dejarte en Creta era que acabaras de organizar lo que aún faltaba por hacer y constituyeses presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di”. Al mismo tiempo da criterios e instrucciones sobre la figura del obispo, “que es preciso que el obispo sea intachable, como administrador que es de la casa de Dios”. La definición que da del obispo es un administrador de Dios, no de los bienes, del poder, de las “camarillas”, no: de Dios. Siempre debe corregirse a sí mismo y preguntarse: ¿Soy administrador de Dios o soy un negociante? El obispo es administrador de Dios. Debe ser irreprensible: esta palabra es la misma que Dios le dijo a Abraham: “Camina en mi presencia y sé irreprensible”. Es palabra fundante, de un jefe.
¿Y cómo no debe ser un obispo? “Que no sea presuntuoso, ni colérico, ni dado al vino, ni pendenciero, ni ávido de ganancias poco limpias”. Ni arrogante ni soberbio, ni colérico ni dado al vino –uno de los vicios más comunes en tiempos de Pablo–, ni negociante ni apegado al dinero. ¡Sería una calamidad para la Iglesia un obispo así, aunque solo tuviese uno de estos defectos! “Al contrario, ha de ser hospitalario, amigo del bien, sensato, justo, piadoso, dueño de sí”, fiel a la Palabra digna de fe que se le ha enseñado: estas son las peculiaridades del servidor de Dios.
Así es el obispo. Este es el perfil del obispo. Y cuando se hacen las pesquisas para la elección de obispos, sería bueno hacer estas preguntas al inicio, para saber si se puede seguir adelante. Pero, sobre todo, se ve que el obispo debe ser humilde, manso, servidor, no príncipe. Esa es la Palabra de Dios. “Ah, sí, padre, eso es cierto, después del Vaticano II hay que hacer eso…”. ¡No, después de Pablo!”. No es una novedad postconciliar. Esto está desde el principio, cuando la Iglesia se dio cuenta de que tenía que poner orden con obispos de ese tipo.
En la Iglesia no se puede poner orden sin esa actitud de los obispos. Lo que cuenta delante de Dios no es ser simpáticos o predicar bien, sino la humildad y el servicio. Recordando la memoria de san Josafat, obispo y mártir, que hoy celebramos, pidamos por los obispos para que sean así, seamos así, como Pablo nos pide que seamos.

12 noviembre 2018

Si escuchas, no hables

La propuesta de mi amigo es muy sencilla, no tiene secreto alguno. ¿Quiere escuchar? Deje de hablar. Así de simple. He procurado practicarlo y… ¡funciona! ¿Mejoraré mi capacidad de escuchar? Nunca es tarde…
Esta semana ha fallecido la madre de un buen amigo mío. Hubo una época, hace años, en que nos veíamos mucho. Después, la vida nos llevó a cada uno por distintos caminos. Nos hemos ido viendo sobre todo en celebraciones. ¿Qué tal? ¿Cómo va todo? Pues bien, ¿y a ti? No me puedo quejar, ya sabes… Ya, ¿la familia? ¿Todos bien? Sí, ¿y vosotros?, etc.
Cuando una amistad ha cuajado, hay algo que enraíza en la persona y queda en el interior. Pueden pasar largos años sin siquiera verse, sin hablar, pero hay una unión difícil de explicar que permanece como un rescoldo y, un buen día, un pequeño soplo de aire lo enciende y vuelve a prender.
Un funeral es un buen momento para conocer a la gente. Y un funeral de una madre, más todavía. Es un momento muy especial. Parece que algo muy nuestro se nos va, aunque, con el paso del tiempo, vuelve, sobre todo si crees, como a mí me parece evidente, que la vida no termina en este mundo. Y vuelve con una serenidad inesperada.
A mi amigo yo ya le conocía, pero en el funeral de su madre mostró lo mejor de sí mismo. Él no se dio cuenta, claro, porque la gente buena no percibe sus gestos más grandes: lo grande suele manifestarse en lo pequeño.
Me acerqué a darle un abrazo, le traje a la memoria algún recuerdo de su madre, de cuando éramos más jóvenes (más jóvenes que los 57 años que tenemos ahora, quiero decir) y él, en lugar de hablar de su madre, me habló de las cosas que sabía me interesaban a mí: la carrera y el futuro profesional de una hija mía que, por circunstancias que no vienen al caso, ha coincidido con él, mi blog, que tiene la paciencia de leer cada semana, y otras. Un funeral suele ser, y es lo que le corresponde, un momento egocéntrico, en el buen sentido de la palabra. Lo importante es la persona fallecida y el dolor de sus familiares, y ahí quería centrarme yo; pero mi amigo me hizo un quiebro y lo alterocentró. Salió de sí mismo y se ubicó en mí, y en ese lugar nos quedamos. Toda una lección.
En el curso de esa conversación íntima de dos amigos que vuelven a encontrarse en lo profundo de la vida, me sorprendió sugiriéndome un tema para tratar en el blog: la escucha. Pero lo hizo desde una perspectiva que me pareció original, tal vez por su aplastante lógica.
La podría resumir así: para escuchar hay que dejar de hablar. Parece sencillo, pero no lo es tanto. Si uno lee libros especializados, enseguida se habla de los tipos de escucha: la escucha selectiva, la analítica, la empática, la activa, la prejuiciosa…, pero poca gente cae en una evidencia como la que he enunciado.
Cuántas veces, en este país locuaz y opinador, alguien empieza a contar algo y otro le interrumpe y se pone a explicar algo similar que le sucedió a él:
−El otro día vi un accidente…
−¡Calla, calla! Ahora que lo dices, no sabes lo que me ha pasado esta mañana: iba a cruzar el semáforo cuando una bicicleta se ha echado encima de…
Es verdad que a veces se hace con la loable intención de empatizar. A mí me pasa mucho. Me parece que tengo que aportar algo y, no pocas veces, dejo de escuchar para pensar en lo que voy a decir cuando acabe de hablar mi interlocutor o para evitar que se me olvide. Otras veces, simplemente, me voy. ¿Dónde? No lo sé, pero cuando vuelvo ya han cambiado de tema. Y, claro, dejo de escuchar y luego pregunto lo que me acaban de decir. En mi casa es un clásico…
Pero, volviendo a mi amigo, su propuesta es muy sencilla, no tiene secreto alguno. ¿Quiere escuchar? Deje de hablar. Así de simple. Como me lo dijo en un momento muy especial, he anudado su consejo a las madres, que son las que mejor saben escuchar, y me ha quedado grabado. He procurado practicarlo y… ¡funciona! A ver qué dicen mis hijas dentro de unos meses (digo mis hijas porque, en casa, son las que más y más rápido hablan): ¿mejoraré mi capacidad de escuchar? Nunca es tarde…

11 noviembre 2018

A vueltas con el clericalismo

Justifico mi quizá excesiva sensibilidad ante el uso y abuso de la palabra “Iglesia”; me molestan los manejos clericales tanto como las zafiedades anticlericales
En torno al Concilio Vaticano II se difundió la doctrina sobre los derechos de los fieles; la había conocido antes, en la Facultad de Derecho Canónico de Navarra. No salió adelante años después un proyecto alentado por el gran maestro Pedro Lombardía, muerto demasiado joven: la promulgación de una ley fundamental de la Iglesia −como la parte orgánica de las constituciones modernas−, que fuera como el pórtico del Código postconciliar.
En el tratado canónico de la persona del Código de 1917 apenas se decía nada sobre los laicos, que venían a ser como el “resto” del pueblo de Dios: quienes no éramos clérigos ni religiosos. No es necesario repetir cómo Lumen gentium configuró con luces nuevas y positivas la condición y la misión de los laicos. Y la de los presbíteros en el Decreto Presbyterorum ordinis. A pesar de todo, el papa Franciscosigue lamentando, con razón, la presencia de manifestaciones del viejo clericalismo.
No me di cuenta entonces, pero sufrí a los nueve años mi primera paradoja clerical. No tenía experiencia, porque mis padres, buenos cristianos, no eran de los que sentaban a sacerdotes en la mesa familiar. Pero recuerdo mi sorpresa en el examen de ingreso para el bachillerato, ante un solemne tribunal de cinco personas en el Instituto San Isidro de Madrid. No sé si antes o después se hacía un dictado: la enseñanza secundaria comenzaba sin faltas de ortografía...
En la prueba oral, íbamos contestando preguntas diversas. Recuerdo sólo la de un sacerdote −me pareció más bien mayor−, sobre quién había hecho el Credo. En casa de mis padres −abogado, maestra de máximo nivel− había muchos libros. Y en alguno había leído de un obispo de Córdoba, Osio, que tuvo una participación muy relevante en el concilio de Nicea, justamente en la precisión del símbolo de la fe. Aquel buen sacerdote me dijo que no: que el Credo lo habían hecho los Apóstoles... No lo entendí, porque me constaba haber leído lo de Osio, quizá en el contexto de ínfulas nacionales propias de aquella época. Tiempo más tarde conocería el texto sobre el credo de los apóstoles en catecismos escolares que nunca estudié, pero también las batallas teológicas de Nicea y Constantinopla. Lo he pensado más de una vez para comprender la diferencia entre la fe y la teología, con la consiguiente libertad de investigación y expresión: la enseñanza teológica no es exclusiva de clérigos.
Con todo esto justifico mi quizá excesiva sensibilidad ante el uso y abuso de la palabra “Iglesia”. Me molestan los manejos clericales tanto como las zafiedades anticlericales. Muchas veces se ha repetido estos días que “la Iglesia desmiente a la vicepresidenta del gobierno”. Aparte de preferir el uso gramatical del término vicepresidente −derivado del participio de presente descrito en la conjugación de los verbos−, tiene bemoles el cisco que han armado con el valle de Cuelgamuros, creando problemas donde no los había. La Transición superó las secuelas de la guerra: también supieron perdonar magnánimamente republicanos insignes, presos políticos que trabajaron en las obras: uno de ellos, catedrático, muy admirado por mi padre republicano. En cualquier caso, no parece nada laico buscar apoyo en la Jerarquía eclesiástica para justificar las propias decisiones.
Mucho más graves son los abusos clericales de carácter sexual, que salpican también a España, como comentó hace semanas Francisco Serrano Oceja: y aquí sí se comprende que la Conferencia episcopal actualice las normas aplicables y nombre una comisión específica para atender de modo particular ese doloroso problema. Lo sufrimos todos, porque −como señaló el papa Francisco con palabras de san Pablo en su Carta al pueblo de Dios del pasado 20 de agosto−, “si un miembro sufre, todos sufren con él” (1 Co 12,26).
El intenso dolor lleva a pedir perdón y reparar. Y a precisar las causas, para “generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”. En el origen no está sólo un ejercicio anómalo de la autoridad dentro de la Iglesia, ni la inercia del arcaico privilegio del fuero. Pero, además de la penitencia y de la oración, del hambre y sed de justicia, del compromiso en la construcción de esa cultura −de todos y cada uno−, “decir no al abuso es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”. También el de los supuestamente anticlericales…