04 diciembre 2018

Significado del Adviento

El Papa ayer en Santa Marta


El Adviento, que comenzó ayer, es un tiempo tridimensional, por así decir, un tiempo para purificar el espíritu, para hacer crecer la fe con esa purificación. Estamos tan acostumbrados a la fe que a veces olvidamos su vivacidad y, muchas veces, quizá el Señor, al ver alguna de nuestras comunidades, podría decir, como en el Evangelio de hoy (Mt 8,5-11): “yo os digo que en esta parroquia, en este barrio, en esta diócesis, no sé, no he encontrado a nadie con una fe tan grande”. Son palabras que a veces el Señor puede decirnos, no porque seamos malos, sino porque estamos acostumbrados y con la rutina perdemos la fuerza de la fe, la novedad de la fe que siempre se renueva.
El Adviento es precisamente para renovar la fe, para purificar la fe y que sea más libre, más auténtica. He dicho que es tridimensional porque el Adviento es un tiempo de memoria, purificar la memoria. Se trata de purificar la memoria del pasado, la memoria de lo que pasó el día de Navidad: ¿qué significa encontrarnos con Jesús recién nacido? Una pregunta para hacerse a uno mismo, porque la vida nos lleva a considerar la Navidad como una fiesta: nos encontramos en familia, vamos a misa, pero, ¿te acuerdas bien de qué pasó aquel día? ¿Tu memoria está clara? El Adviento purifica la memoria del pasado, de lo que pasó aquel día: nació el Señor, nació el Redentor que vino a salvarnos. Sí, hay fiesta, pero siempre tenemos el peligro o la tentación de mundanizar la Navidad. Y eso pasa cuando la fiesta ya no es contemplación, una bonita fiesta de familia con Jesús en el centro, sino que empieza a ser una fiesta mundana: compras, regalos, esto y lo otro, y el Señor se queda allá solo, olvidado. Todo eso pasa también en nuestra vida: sí, nació en Belén, pero nos arriesgamos a perder la memoria. Y el Adviento es el tiempo propicio para purificar la memoria de aquel tiempo pasado, de aquella dimensión.
El Adviento tiene también otra dimensión: purificar la espera, purificar la esperanza, porque aquel Señor que vino, volverá. Y volverá a preguntarnos: ¿cómo ha ido tu vida? Será un encuentro personal: ese encuentro personal con el Señor, hoy, lo tendremos en la Eucaristía, pero no podemos tener un encuentro así, personal, con la Navidad de hace dos mil años, aunque sí tenemos la memoria de aquel momento. Pero, cuando Él vuelva tendremos un encuentro personal. Eso es purificar la esperanza: ¿adónde vamos, adónde nos lleva el camino? Pues, no sé, ¿has oído que ha muerto? ¡Pobrecillo! Recemos por él. Ha muerto, sí, pero mañana moriré yo, y encontraré al Señor, en ese encuentro personal, y también volverá el Señor después, para hacer cuentas con el mundo. Así pues purificar la memoria de lo que pasó en Belén, purificar la esperanza, purificar el fin. Porque no somos animales que mueren; cada uno encontrará cara a cara el Señor: cara a cara. Y es oportuno preguntarse: ¿Tú lo piensas? ¿Qué dirás? El Adviento sirve para pensar en ese momento, en el encuentro definitivo con el Señor. Esta es la segunda dimensión.
La tercera dimensión es más diaria: purificar la vigilancia. Además, vigilancia y oración son dos palabras para el Adviento, porque el Señor vino en la historia en Belén, y vendrá, al final del mundo y también al final de la vida de cada uno. Pero el Señor viene cada día, cada momento, a nuestro corazón, con la inspiración del Espíritu Santo. Y así es bueno preguntarse: ¿Yo escucho, sé lo que pasa en mi corazón cada día? ¿O soy una persona que busca novedades, con la expectativa de los atenienses que iban a la plaza cuando llegó Pablo: ¿qué novedades hay hoy? Es vivir siempre de las novedades, no de la novedad. Purificar esa espera es transformar las novedades en sorpresa, nuestro Dios es el Dios de las sorpresas: nos sorprende siempre. ¿Has terminado la jornada de hoy? —Sí, estoy cansado, he trabajado mucho y he tenido este problema y ahora veo un poco la tele y luego me acuesto. —Y tú, ¿no sabes qué ha pasado en tu corazón hoy? Que el Señor nos purifique en esta tercera dimensión de cada día: ¿qué sucede en mi corazón? ¿Ha venido el Señor? ¿Me ha dado alguna inspiración? ¿Me ha reprochado algo?
En el fondo, se trata de cuidar nuestra casa interior; y el Adviento es también un poco para eso. De aquí la importancia de vivir en plenitud las tres dimensiones del Adviento. Purificar la memoria para recordar que no nació un árbol de Navidad, no: ¡nació Jesucristo! El árbol es una bonita señal, pero nació Jesucristo, es un misterio. Purificar el futuro: un día me encontraré cara a cara con Jesucristo: ¿qué le diré? ¿Le hablaré mal de los demás? Y la tercera dimensión: hoy. ¿Qué pasa hoy en mi corazón cuando el Señor viene y llama a la puerta? Es el encuentro de todos los días con el Señor. Pidamos que el Señor nos dé esta gracia de la purificación del pasado, del futuro y del presente para encontrar siempre la memoria, la esperanza y el encuentro diario con Jesucristo.

03 diciembre 2018

“Para vivir bien el tiempo de la espera del Señor”

El Papa ayer en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
Hoy comienza el Adviento, el tiempo litúrgico que nos prepara para la Navidad, invitándonos a levantar los ojos y abrir nuestros corazones para recibir a Jesús. Durante el Adviento, no solo vivimos la espera navideña; también estamos invitados a despertar la expectativa del glorioso regreso de Cristo, cuando él regrese al final de los tiempos, y nos prepare para el encuentro final con él a través de elecciones coherentes y valientes. Recordamos la Navidad, esperamos el glorioso regreso de Cristo y también nuestro encuentro personal: el día que el Señor nos llamará. Durante estas cuatro semanas, estamos llamados a dejar atrás una forma de vida resignada y rutinaria, alimentando esperanzas y sueños para un futuro nuevo. El evangelio de este domingo (cf Lc21, 25-28, 34-36) va precisamente en esta dirección y nos advierte que no nos dejemos oprimir por un modo de vida egocéntrico y ritmos convulsivos de los días. Las palabras de Jesús resuenan de una manera particularmente incisiva: “Estén atentos, para que su corazón no esté cargado de disipaciones, embriaguez y preocupaciones de la vida, y ese día, no caiga de improviso sobre vosotros[…] Velad y orad en todo momento”(vv 34.36).
Mantente despierto y reza: así es como se vive esta época desde hoy hasta la navidad. Estar despierto y orar. El sueño interno viene siempre de girar siempre sobre nosotros mismos, encerrado en la propia vida con los problemas, las alegrías y los dolores, y siempre girar entorno a nosotros mismos. Y eso cansa, aburre, se cierra a la esperanza. Esta es la raíz del letargo y la ociosidad de que habla el Evangelio. El Adviento nos invita a un compromiso de vigilancia, a mirar más allá de nosotros mismos, a expandir nuestras mentes y corazones para abrirnos a las necesidades de las personas, de nuestros hermanos y al deseo de un mundo nuevo. Es el deseo de tantos pueblos martirizados por el hambre, la injusticia y la guerra; Es el deseo de los pobres, los débiles, los abandonados. Es un buen momento para abrir nuestros corazones para hacernos preguntas concretas sobre como y por quién empleamos nuestras vidas.
La segunda actitud para vivir bien el tiempo de la espera del Señor es el de la oración. “Levántate y alza la cabeza, porque tu liberación está cerca” (v. 28), advierte el Evangelio de Lucas. Se trata de levantarse y orar, de volver nuestros pensamientos y corazones a Jesús que viene. Nosotros, estamos esperando a Jesús, queremos esperarle en oración, lo cual está estrechamente relacionado con la vigilancia. Orar, esperar a Jesús, abrirnos a los demás, estar atentos, no encerrados en nosotros mismos. Pero si pensamos en la Navidad en un clima de consumo, para ver qué puedo comprar para hacer esto o aquello, de la fiesta mundana, Jesús pasará y no lo encontraremos. Estamos esperando a Jesús y queremos esperarle en oración, que está estrechamente relacionado con la vigilancia.
Pero ¿qué espera el horizonte de nuestra oración? En la Biblia es especialmente, las voces de los profetas. Quien nos diga. Hoy, es el de Jeremías, que habla a las personas endurecidas por el exilio y que corre el riesgo de perder su identidad. Incluso nosotros, los cristianos, que también somos pueblo de Dios, corremos el peligro de convertirnos en “mundanos” y perder nuestra identidad, e incluso “paganizar” el estilo cristiano. Para esto necesitamos la Palabra de Dios que, a través del profeta, nos anuncia: “He aquí, vendrán días en que cumpliré las promesas que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá […]. Haré crecer un germen justo para David, quien ejercerá juicio y justicia sobre la tierra “(33, 14-15) es Jesús que llega y nosotros esperamos. Que la Virgen María, que nos trae a Jesús, la mujer de la espera y la oración, nos ayude a fortalecer nuestra esperanza en las promesas de su Hijo Jesús, a hacernos experimentar solo a través de las pruebas de la historia, y se sirve de los errores humanos para manifestar que Dios permanece fiel y manifestar su misericordia.

02 diciembre 2018

El nacionalismo religioso destruye la unidad de los cristianos

La piedra de toque debería ser el misterio del reinado universal de Jesucristo, que acabamos de contemplar en el último domingo del año litúrgico
Ha tenido mucho eco el discurso del presidente francés en el centenario del armisticio que puso fin a la primera guerra mundial. Lo pronunció ante cerca de ochenta jefes de Estado y de gobierno en un lugar tan emblemático como el Arco del Triunfo en París. Destaca su rotunda frase de que “el patriotismo es exactamente lo contrario del nacionalismo”, con el corolario que califica a esta ideología como “traición al patriotismo”: búsqueda del interés propio sin importar nada el de los demás. Se supone que Emmanuel Macron tenía en su mente no sólo el crecimiento de posiciones identitarias en Francia, sino el America first de Donald Trump, sentado a pocos metros, en la primera fila de la tribuna de los líderes mundiales.
La neta distinción entre la virtud del patriotismo, parte de la clásica pietas, y el nacionalismo en sentido estricto, es un capítulo esencial, bien conocido, de la doctrina social de la Iglesia católica. Constituye una exigencia de la universalidad de la enseñanza de Cristo, aunque no hayan faltado manifestaciones nacionalistas en tantos lugares y momentos de la historia, también reciente.
El nacionalismo es dañino para el orden mundial, aunque la humanidad parece no aprender la amarga lección. Quienes provocan la mayor parte de los conflictos regionales de las últimas décadas, olvidan las dramáticas consecuencias de las dos guerras mundiales del siglo XX.
Más grave aún es el nacionalismo dentro de la Iglesia, que rompe la túnica inconsútil de Jesucristo. Aunque los católicos no estamos inmunizados ante esa tentación, afecta más a otros cristianos, como se comprueba en el origen de los grandes cismas. Y se sigue proyectando en la actualidad, con las tensiones dentro del anglicanismo y, sobre todo, en las iglesias orientales ortodoxas, que sufren la ruptura de Moscú y Constantinopla, a partir de la emancipación de Kiev.
A mediados de octubre, el sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa, reunido en Minsk, consideró roto "el vínculo eucarístico" con el patriarcado de Constantinopla, por considerar "ilegítimo" el reconocimiento de la autocefalia de la Iglesia ortodoxa en Ucrania, hasta ahora integrada en el de Moscú. Para algunos, se trata de la crisis más grave del cristianismo en oriente desde el gran cisma de 1054, al menos desde la perspectiva católica, que tiende a valorar la ortodoxia como una sola iglesia.
En cierto modo, se considera al patriarca ecuménico de Constantinopla como el papa de oriente, aunque Roma no aceptó en 451 el canon 28 del Concilio de Calcedonia, que establecía cierta equiparación entre las dos sedes apostólicas. De hecho, Bartolomé, en la estela de Atenágoras, protagoniza una gran actividad ecuménica, muy unido a la Iglesia católica y al obispo de Roma. Pero las divergencias con otras iglesias orientales resultan patentes. Así, en la jornada de oración por la paz en oriente, convocada en Bari el pasado mes de julio, el metropolitano Hilarión, que lleva las relaciones exteriores del patriarca de Moscú, no participó en la oración común, para subrayar la diversidad.
Los principios están relativamente claros. Pero no es pacífica su aplicación. En las iglesias orientales ortodoxas las relaciones con el Estado ofrecen mayor confusión, porque la autocefalia tiene un componente nacionalista que reaparece periódicamente. Lo ha aprovechado a su favor Vladimir Putin, como es bien sabido, tras el duro periodo soviético (prolongado aún, aunque con formas distintas, por el partido comunista chino).
Cuando la Unión Soviética se deshizo en 1991, los obispos ucranianos, que llevaban tres siglos dentro del patriarcado de Moscú, se definieron autónomos, pero el metropolitano de Kiev no fue reconocido por ninguna de las catorce iglesias ortodoxas del mundo, por influencia de Moscú. De hecho, siguieron existiendo parroquias en Ucrania dependientes de Moscú. Según cifras de fuentes ucranianas, el patriarcado de Moscú tiene más parroquias (12.000) en Ucrania que el de Kiev (5.000), pero menos seguidores (16%, contra un 40%). Todo cambió sustancialmente en 2014, con la intervención rusa en Ucrania oriental y la anexión unilateral de Crimea. Y el patriarca Bartolomé reconoció en 2018 la autocefalia de Kiev, que había apoyado también con ayudas materiales a los contendientes bélicos contra Rusia.
A lo largo de la historia se han producido abundantes tensiones entre el poder político y el eclesiástico, que no se cerraron ni mucho menos tras la guerra de las investiduras. Hay muchos matices desde la antigua hierocracia a los modernos regalismos. Basta pensar que Suecia dejó de ser un Estado confesional con el cambio de milenio, pero la reina de Inglaterra sigue siendo Cabeza de la iglesia anglicana. Y en España, a pesar de la clara afirmación del Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes, que superó la vieja teoría del poder indirecto, sólo con el rey Juan Carlos desapareció la figura de la presentación de obispos.
La piedra de toque debería ser el misterio del reinado universal de Jesucristo, que acabamos de contemplar en el último domingo del año litúrgico: reino de verdad y vida; santidad y gracia; justicia, amor y paz; reino no de dominación, sino de servicio y libertad donde, en expresión de san Josemaría Escrivá, “no existen más siervos que los que libremente se encadenan, por Amor a Dios. ¡Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres!”

30 noviembre 2018

Anunciar el testimonio de Cristo

El Papa en Santa Marta


Como los apóstoles Pedro, Andrés, Santiago y Juan, dejemos todo lo que nos impida avanzar en el anuncio del testimonio de Cristo. Y en esta fiesta de San Andrés estemos cercanos a la Iglesia de Constantinopla, la Iglesia de Andrés, rezando por la unidad de las Iglesias.
Dejemos aparte esa actitud, ese pecado, ese vicio que cada uno lleva dentro, para ser más coherentes y anunciar a Jesús, y la gente crea con nuestro buen ejemplo. En la Primera Lectura (Rm 10,9-18) San Pablo explica que “la fe nace del mensaje que se escucha, y viene a través de la palabra de Cristo”. Por eso es importante el anuncio del Evangelio: que Cristo nos salvó, murió y resucitó por nosotros. El anuncio de Jesucristo no es dar una simple noticia sino la única gran Buena Noticia. No es publicidad, ni hacer propaganda de una persona muy buena, que hizo el bien, curó a tanta gente, y nos enseñó cosas bonitas. No, no es publicidad. Tampoco es proselitismo. Si uno va a hablar de Jesucristo, a predicar para hacer proselitismo, eso no es anuncio de Cristo: es un oficio de predicador llevado por la lógica del márquetin. ¿Qué es, pues, el anuncio de Cristo, que no es ni proselitismo ni publicidad ni márquetin? Va más allá. ¿Cómo se puede entender esto?
Es ante todo ser enviado. Ser enviado a la misión, jugándose la vida. El apóstol, el enviado que lleva el anuncio de Jesucristo, lo hace a condición de poner en juego su vida, su tiempo, sus intereses, su carne. Hay un dicho castellano: “poner toda la carne en el asador”. El viaje del anuncio –arriesgando la vida, jugándose la vida, la carne– solo tiene billete de ida, no de vuelta. Volver es apostasía. Anuncio a Jesucristo con el ejemplo, y ejemplo quiere decir jugarse la vida. Lo que digo lo hago. La palabra, para ser anuncio, debe ser testimonio. Es un escándalo esos cristianos que dicen serlo y luego viven como paganos, como no creyentes, como si no tuviesen fe. Seamos coherentes con la palabra y la vida: eso se llama testimonio. El apóstol, el que lleva la Palabra de Dios, es un testigo, que se juega la vida hasta el final, y es también un mártir. Por otra parte, fue Dios Padre quien, para darse a conocer, envió a su Hijo hecho carne, dando su vida. Un hecho que escandalizaba tanto y sigue escandalizando, porque Dios se hizo uno de nosotros, en un viaje con billete solo de ida.
El diablo intentó convencerlo para que tomara otro camino, y Él no quiso, hizo la voluntad del Padre hasta el final. Y el anuncio de Él debe ir por el mismo camino: el testimonio, porque Él fue el testigo del Padre hecho carne. Nosotros debemos hacernos carne, es decir, hacernos testigos: hacer lo que decimos. Ese es el anuncio de Cristo. Los mártires demuestran que el anuncio fue de verdad. Hombres y mujeres que dieron la vida –los apóstoles dieron la vida– con su sangre; y también tantos hombres y mujeres escondidos en nuestra sociedad y en nuestras familias, que dan testimonio todos los días, en silencio, de Jesucristo, pero con su propia vida, con esa coherencia de hacer lo que dicen. Todos, con el Bautismo, asumimos la misión de anunciar a Cristo. Viviendo como Jesús nos enseñó a vivir, en armonía con lo que predicamos, el anuncio será fructuoso. Si, en cambio, vivimos sin coherencia, diciendo una cosa y haciendo lo contrario, el resultado será el escándalo. Y el de los cristianos hace mucho daño al pueblo de Dios.

Poner la esperanza en el Señor

El Papa ayer en Santa Marta


El fin del mundo y el final que llegará un día para cada uno de nosotros, son los temas que la liturgia nos propone en las dos lecturas del hoy. La primera, del Apocalipsis (18,1-2.21-23;19,1-3.9), describe la destrucción de Babilonia, la ciudad hermosa, símbolo de mundanidad, de lujo, de autosuficiencia, del poder de este mundo. La segunda, del Evangelio de san Lucas (21,20-28), cuenta la devastación de Jerusalén, la ciudad santa.
El día del juicio Babilonia será destruida con un grito di victoria. La “gran prostituta” caerá, condenada por el Señor y mostrará su verdad: “morada de demonios, guarida de todo espíritu inmundo”. Bajo su magnificencia mostrará la corrupción, sus fiestas aparecerán de fingida felicidad. Será violenta su destrucción y “y no quedará rastro de ellaNo se escuchará en ti la voz de citaristas ni músicos, de flautas y trompetas –no habrá fiestas bonitas, no–. No habrá más en ti artífices de ningún arte y ya no se escuchará en ti el ruido del molino –porque no eres una ciudad de trabajo sino de corrupción–; ni brillará más en ti la luz de lámpara será quizá una ciudad iluminada, pero sin luz, no luminosa; es la civilización corrupta–; ni se escuchará más en ti la voz del novio y de la novia”. Había muchas parejas, mucha gente, pero ya no habrá amor. Esa destrucción comienza por dentro y acaba cuando el Señor dice: “Basta”. Y llegará un día en el que el Señor dirá: “Basta, a las apariencias de este mundo”. Es la crisis de una civilización que se cree orgullosa, suficiente, dictatorial, y acaba así.
Jerusalén, por su parte, verá su ruina por otro tipo de corrupción, la corrupción de la infidelidad al amor; no fue capaz de reconocer el amor de Dios en su Hijo. La ciudad santa será pisoteada por paganos, castigada por el Señor, porque abrió las puertas de su corazón a los paganos. Es la paganización de la vida, en nuestro caso, cristiana. ¿Vivimos como cristianos? Parece que sí. Pero en realidad, nuestra vida es pagana, cuando suceden esas cosas, cuando entra en esa seducción de Babilonia, y Jerusalén vive como Babilonia. Quiere hacer una síntesis que no se puede hacer. Y ambas serán condenadas. ¿Tú eres cristiano? ¿Tú eres cristiana? ¡Vive como cristiano! No se puede mezclar el agua con el aceite. Son distintos. Es el final de una civilización contradictoria en sí misma, que dice ser cristiana y vive como pagana.
En la condena de las dos ciudades se oirá la voz del Señor y, tras la destrucción, vendrá la salvación: Y el ángel dirá: Venid: “Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero”. La gran fiesta, la verdadera fiesta. Hay tragedias, también en nuestra vida, pero ante estas, mirar al horizonte, porque hemos sido redimidos y el Señor vendrá a salvarnos. Y esto nos enseña a vivir las pruebas del mundo no con un pacto con la mundanidad o con la paganismo que nos lleva a la destrucción, sino con esperanza, separándonos de esa seducción mundana y pagana y mirando el horizonte, esperando a Cristo, el Señor. La esperanza es nuestra fuerza: sigamos adelante. Pero debemos pedirlo al Espíritu Santo.
Pensemos en las Babilonias de nuestro tiempo, en los muchos Imperios poderosos, por ejemplo del siglo pasado, que han caído. Así acabarán también las grandes ciudades de hoy, y así acabará nuestra vida, si continúan llevándola por ese camino de paganización. Permanecerán solo los que pongan su esperanza en el Señor. Entonces abramos el corazón con esperanza y alejémonos de la paganización de la vida.

28 noviembre 2018

El amor de Dios "nos libera de la esclavitud de los deseos mundanos"

El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la catequesis de hoy, que concluye el itinerario de los Diez Mandamientos, podemos usar como tema clave el de los deseos, que nos permite volver a recorrer el camino hecho y resumir las etapas cumplidas leyendo el texto del Decálogo, siempre a la luz de la plena revelación en Cristo.
Habíamos empezado con la gratitudcomo la base de la relación de confianza y obediencia: Dios, como hemos visto, no pide nada antes de haber dado mucho más. Nos invita a la obediencia para rescatarnos del engaño de las idolatrías que tienen tanto poder sobre nosotros. En efecto, intentar realizarse a través de los ídolos de este mundo nos vacía y nos esclaviza, mientras que lo que nos da estatura y consistencia es la relación con Aquel que, en Cristo, nos hace hijos a partir  de su paternidad (cf. Ef. 3,14). 16).
Esto implica un proceso de bendición y de liberación, que es el descanso verdadero, auténtico. Como dice el salmo: “En Dios solo el descanso de mi alma; de él viene mi salvación” (Sa62, 2).
Esta vida liberada se convierte en aceptación de nuestra historia personal y nos reconcilia con lo que, desde la infancia hasta el presente, hemos vivido, haciéndonos adultos y capaces de dar el justo peso a las realidades y las personas de nuestras vidas. Por este camino entramos en la relación con el prójimo que, a partir del amor que Dios muestra en Jesucristo, es una llamada a la belleza de la fidelidad, la generosidad y la autenticidad.
Pero para vivir así – o sea, en la belleza de la fidelidad, de la generosidad y de la autenticidad-necesitamos un corazón nuevo, habitado por el Espíritu Santo (cf. Ez11,19; 36,26). Yo me pregunto: ¿cómo se produce este “trasplante” de corazón, del corazón viejo al corazón nuevo? A través del don de los nuevos deseos (cf. Rom 8: 6), que se siembran en nosotros por la gracia de Dios, especialmente a través de los Diez Mandamientos que Jesús llevó a su cumplimento, como enseña en el “sermón de la montaña” (cf., 17-48). De hecho, al contemplar la vida descrita en el Decálogo, o sea una existencia agradecida, libre, bendecidora, adulta, defensora y amante de la vida, fiel, generosa y sincera, nos encontramos ante Cristo, casi sin darnos cuenta de ello. El Decálogo es su “radiografía”, lo describe como un negativo fotográfico que deja que su rostro aparezca, como en la Sábana Santa. Y así, el Espíritu Santo fecunda nuestro corazón poniendo en él los deseos que son un don suyo, los deseos del Espíritu. Desear según el Espíritu, desear al ritmo del Espíritu, desear con la música del Espíritu.
Mirando a Cristo vemos la belleza, el bien, la verdad. Y el Espíritu genera una vida que, secundando estos deseos, activa en nosotros la esperanza, la fe y el amor.
Así descubrimos mejor lo que significa que el Señor Jesús no vino a abolir la ley sino a cumplirla, a hacer que creciera y mientras la ley según la carne era una serie de prescripciones y prohibiciones, según el Espíritu esta misma ley se convierte en vida (cf. Jn.. 6, 63, Ef. 2:15), porque ya no es una norma, sino la carne misma de Cristo, que nos ama, nos busca, nos perdona, nos consuela y en su Cuerpo recompone la comunión con el Padre, perdida por la desobediencia del pecado. Y así la negatividad literaria, la negatividad en la expresión de los mandamientos- “no robarás”, “no insultarás”, “no matarás” –ese “no” se transforma en una actitud positiva: amar, dejar sitio a los otros en mi corazón-, todos deseos que siembran positividad. Y esta es la plenitud de la ley que Jesús vino a traernos.
En Cristo, y solo en él, el Decálogo deja de ser una condena (cf. Rom 8, 1) y se convierte en la auténtica verdad de la vida humana, es decir, el deseo de amor -aquí nace un deseo de bien, de hacer el bien- deseo de gozo, deseo de paz, de magnanimidad, de benevolencia, de bondad, de fidelidad, de mansedumbre, dominio de sí mismo. De esos “noes” se pasa a este “sí”: la actitud positiva de un corazón que se abre con la fuerza del Espíritu Santo.
He aquí para lo que sirve buscar a Cristo en el Decálogo: para fecundar nuestro corazón para que esté henchido de amor y se abra a la obra de Dios. Cuando el hombre secunda el deseo de vivir según Cristo, está abriendo la puerta a la salvación que no puede sino llegar, porque Dios Padre es generoso y, como dice el Catecismo, “tiene sed de que tengamos sed de él” (No. 2560).
Si son los malos deseos los que arruinan al hombre (cf. Mt 15, 18-20), el Espíritu deposita en nuestros corazones sus santos deseos, que son la semilla de una nueva vida (cf. 1 Jn 3,9). De hecho, la nueva vida no es el esfuerzo titánico de ser coherente con una norma, sino que la vida nueva es  el mismo Espíritu de Dios que comienza a guiarnos hacia sus frutos, en una feliz sinergia entre nuestra alegría de ser amados y su alegría de amarnos. Se encuentran las dos alegrías: la alegría de Dios por amarnos y nuestra alegría de ser amados.
Esto es  lo que significa el Decálogo para nosotros, los cristianos: contemplar a Cristo para abrirnos a recibir su corazón, para recibir sus deseos, para recibir su Santo Espíritu.

Un encuentro fortuito


La pregunta decisiva es: ¿cuál es la vocación que yo tengo? Dios tiene un plan para todos, para cada uno. La vocación no es algo que tienen algunos, sino todos
Aún faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de la playa, contemplando el mar. Se llama Justino y es famoso en muchos círculos intelectuales de aquella Roma del siglo II. No tarda en descubrir a otra persona, en este lugar ahora desierto: es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas, pero no dice nada. Solo lo mira, sorprendido.
El anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos familiares que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con mesura y sensatez. Tal vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el diálogo. Sin embargo, la claridad de ideas del anciano le desarma. El intelectual no comparte algunas de esas ideas, pero reconoce que tienen mucho en común con las suyas. Al final, el anciano le desvela que es cristiano. Justino empieza a ver con simpatía la fe sencilla de aquel anciano. Pasan las horas. Se despiden. Nunca se volverán a ver.
El intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que solo aquellas palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Eran ideas que estaban transformando su vida y que provenían de la fe cristiana. Un encuentro fortuito le había acercado a la fe, abriéndole un horizonte más amplio que el que le presentaban todas sus creencias anteriores. Al poco tiempo, Justino, el gran filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en uno de los más grandes apologistas de la fe.
Los padres de Justino eran paganos y le habían dado una excelente educación, instruyéndole esmeradamente en filosofía, literatura e historia. Había frecuentado las escuelas estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. Era un gran buscador de la verdad, y el encuentro con aquel anciano determinó su conversión y su dedicación al servicio de Dios. Tenía en aquel momento unos treinta años. Permaneció desde entonces laico y célibe, y en adelante, ataviado con las vestimentas características de los filósofos, recorrió numerosos países debatiendo con todos acerca de la fe cristiana, hasta su martirio en el año 165.
Dios sale al encuentro de cada persona de una manera distinta. En el caso de Justino, fue mediante el ejemplo de los mártires y con esa conversación de madrugada con aquel anciano. Otras veces, se presenta a través de unos signos externos muy claros. Por ejemplo, a algunos personajes del Antiguo Testamento les reveló su voluntad mediante una visión o una teofanía. Moisés vio la zarza ardiendo. Un ángel purificó los labios de Isaías mientras se escuchaba la voz de Dios. Y Ezequiel contempló un torbellino de viento y una gran nube, y un fuego que se revolvía dentro, con un resplandor, y en medio del fuego, una figura en ámbar. Pero no todos podemos pedir algo así para conocer la voluntad de Dios.
−No estaría mal, de todas formas.
Tampoco te creas que sus efectos serían siempre fulminantes. Si no estamos bien dispuestos, aunque se nos apareciera un ángel, no estaría asegurada nuestra correspondencia. En el Evangelio se lee que a Zacarías, el padre de Juan Bautista, se le apareció un ángel y le dijo que sus peticiones habían sido escuchadas, pero Zacarías no se conformó con eso y pidió una prueba de que aquello se cumpliría: "¿Quién me podrá certificar a mí eso?". Y no debió de agradar mucho a Dios, porque el ángel le transmitió esa certificación en forma de castigo a su falta de fe: "Desde ahora quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por cuanto no has creído a mis palabras, que se cumplirán a su tiempo".
Solo muy raramente Dios manifiesta sus llamadas personales con signos externos. No podemos esperar de los cielos un acta notarial, un llamamiento en toda regla por parte de la divinidad. Eso sería una ingenua tendencia a lo fantástico, cuando lo habitual es que Dios nos hable a través del silencio interior, cuando hay un clima de suficiente recogimiento y facilitamos el encuentro con Él en la oración.
−Pero, al final, la pregunta clave, y difícil de contestar, es: ¿tengo vocación o no?
Esa no es la pregunta más importante. La pregunta decisiva es: ¿cuál es la vocación que yo tengo? Dios tiene un plan para todos, para cada uno. La vocación no es algo que tienen algunos, sino todos. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad, es decir, al encuentro con Dios, a seguir a Jesucristo. Hay vocaciones que comprometen más, que son más exigentes. Y quizá las más exigentes son las que presentan un mayor atractivo para un alma joven, aunque también den un poco de miedo. No se trata de ver qué es lo mejor, o lo más difícil, sino lo que quiere Dios de mí. Para ti, lo mejor es lo que Dios quiera de ti. Y para mí, lo que quiera de mí.
Así lo explicaba Benedicto XVI, en la Basílica de Santa Ana de Altötting: "Bajo la mirada de santa Ana maduró la vocación de María, la más grande de la historia de la salvación. María recibió su vocación a través del anuncio del ángel. El ángel no entra de modo visible en nuestra habitación, pero el Señor tiene también un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Por tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser valientes y fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos fieles que han aprovechado bien los dones que se nos han concedido".
Hay que pedir luz a Dios, hacer oración, rogarle que nos haga ver con más claridad qué quiere de nosotros. Normalmente, no lo hará por medios excepcionales, como a San Pablocamino de Damasco, sino que nos deja una cierta penumbra, quizá para no forzar nuestra libertad, para dejarnos más iniciativa personal.
−¿Y cómo se puede tener certeza de una vocación?
De la vocación se puede tener la certeza propia del hombre, que no es absoluta y completa. Pero se puede llegar a tener una certeza muy grande, aunque esto normalmente no viene hasta un tiempo después de haber respondido que sí a lo que hemos pensado que es nuestro camino. Esa certeza llega cuando ha transcurrido un tiempo, y comprobamos que ese camino llena nuestra alma, y se alcanzan entonces grados muy altos de seguridad.
Por eso, en todas las instituciones de la Iglesia hay unos períodos de prueba, en los que cada candidato confirma o descarta la vocación que, al solicitar la admisión, ha pensado que tenía. En ese sentido, cabría decir que la plena certeza de la vocación solo se tiene cuando se ha respondido, pues lo habitual es que ese convencimiento vaya creciendo a medida que se avanza con generosidad en el proceso vocacional. Sucede algo parecido en el camino hacia el matrimonio: la certeza de haber acertado no se alcanza hasta un tiempo después de iniciar el noviazgo, cuando ha pasado un tiempo desde que hemos respondido afirmativamente y se comprueba que hay una sintonía y un convencimiento grandes, y confirmamos así que Dios quiere ese camino para nosotros.
−¿Y cómo percibir con claridad eso de que lo más grande que puede pasarle en la vida a una persona es entregarse por completo a Dios?
Para comprenderlo así hay que enmarcar nuestra vida en un contexto amplio, en el que esté bien presente Dios. Debemos pensar en el sentido de la vida humana, en que nuestra vida está limitada en el tiempo, y en que ese tiempo pasa cada vez más deprisa. La vida es estupenda, pero es tan solo un preámbulo de la vida eterna. Por eso vale la pena seguir un camino que nos lleve más directamente a la meta. Seguir a Dios vale siempre la pena.
Cuando vamos al encuentro de ese proyecto que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, no hacemos un favor a Dios. Al contrario, cada vocación es una muestra de la misericordia de Dios con el hombre. Nos llama a construir en nosotros la mejor vida de las posibles, la vida a la que estamos llamados, para la que mejor estamos preparados, en la que seremos más felices.
−Pero eso de entregarse por completo a Dios siempre da un poco de miedo.
Puede ser miedo, o bien inseguridad, o incertidumbre. La misma fe siempre tiene algo de salto en el vacío, y por tanto, con la vocación sucede algo parecido.
−¿Y no es perder un poco la libertad?
Cualquier acto de entrega supone perder libertad, y el amor siempre supone entrega, y lo natural es entregarse a lo que uno ama, pues de lo contrario la vida queda vacía. La mejor libertad es la que se emplea para seguir la voluntad de Dios. Cuanto más grande sea el bien que se elige (y en este caso sería elegir a Dios), mayor y más noble será el empleo que hacemos de nuestra libertad.
Dejarse guiar por Dios no es perder libertad, sino emplearla del mejor modo posible. Suele ser una decisión en la que intervienen muchos elementos, a través de los cuales, Dios nos habla, y hacen que un buen día pasemos de decir que no a decir que sí. Y no siempre con un proceso predominantemente racional. O, mejor dicho, son razones que Dios pone en nuestra cabeza pero también en nuestro corazón.
−Entregarse a Dios supone siempre una renuncia, y eso hace que a muchos les cueste dar ese paso, porque todos queremos pasarlo bien y disfrutar de la vida.
Pasarlo bien de verdad depende de estar cerca de Dios. La vocación supone una elección personal de Dios a cada uno de nosotros. No elegimos nosotros, sino que elige Dios. Y ese designio suyo determina el camino que cada uno debe recorrer para alcanzar el Cielo y para ser feliz en la tierra. Hacer la voluntad de Dios es la mejor garantía para pasarlo bien en la vida, tanto en la vida de la tierra como en la del Cielo.
−¿Y a la hora de pensar si Dios nos llama en una institución o en otra, importa el hecho de que sea una institución más boyante o menos?
Pienso que no. En cuestiones de hacer la voluntad de Dios, no importa el número, sino que seamos los que Dios quiera que seamos. Da igual que sea una institución a la que lleguen numerosas vocaciones y consideremos boyante o de moda, o bien una institución en momentos difíciles y que apenas tiene vocaciones.
−¿Y el hecho de tener ilusión por casarse y formar una familia, es motivo para pensar que no estamos llamados al celibato?
Tener ilusión por casarse y formar una familia es una ilusión propia de toda persona normal. Si la vocación fuera, sobre todo, cuestión de gusto, todo el mundo tendría vocación al matrimonio (y no sé si quizá −perdona la broma− muchos tendrían vocación a no trabajar, o a ser unos frescos). Me parece que la clave no está en lo que a uno más le apetece, pues hay muchas cosas que hacemos cada día que no nos apetecen demasiado pero que, sin embargo, sabemos que debemos hacer, y las hacemos, nos producen una satisfacción, nos hacen felices y nos hacen cumplir la voluntad de Dios.
El hecho de que a alguien le diviertan mucho los niños, o sea especialmente sensible al calor humano de la familia, o sueñe con un amor humano dichoso, indica que es una persona normal con una buena educación afectiva. Todo corazón bien formado experimenta ese deseo natural. Basta recordar que a Jesucristo le gustaban los niños, y el calor de la vida familiar, pero vivió célibe.
El celibato no es para quienes no se sientan atraídos por la vida matrimonial, ni para quienes se sienten especialmente fuertes a la hora de vivir la castidad. No es tampoco para corazones fríos o poco capaces de querer. Tener corazón grande no solo no es una dificultad, sino que es esencial para quien sirve a Dios en celibato. Solo el que sabe enamorarse de verdad es capaz de una entrega plena.

27 noviembre 2018

Reflexión sobre la muerte

El Papa en Santa Marta


En esta última semana del año litúrgico la Iglesia nos hace reflexionar sobre el final de nuestra vida, y es una gracia porque en general no nos gusta pensar en eso, y siempre lo dejamos para mañana.
En la primera lectura (Ap 14,14-19), san Juan habla del fin del mundo con la figura de la siega, con Cristo y un ángel armados con hoces. «Yo, Juan, miré y apareció una nube blanca; y sentado sobre la nube alguien como un Hijo de hombre, que tenía en la cabeza una corona de oro y en su mano una hoz afilada. Salió otro ángel del santuario clamando con gran voz al que estaba sentado sobre la nube: mete tu hoz y siega; ha llegado la hora de la siega, pues ya está seca la mies de la tierra».
Cuando llegue nuestra hora, deberemos mostrar la calidad de nuestro grano, la calidad de nuestra vida. Quizá alguno diga: “No sea tan tétrico, que esas cosas no nos gustan…”, pero es la verdad. Es la siega, donde cada uno se encontrará con el Señor. Será un encuentro y cada uno dirá al Señor: “Esta es mi vida. Este es mi grano. Esta es mi calidad de vida. ¿Me he equivocado?” –todos tendremos que decir esto, porque todos nos equivocamos–; “he hecho cosas buenas” –todos hacemos cosas buenas–, y enseñar al Señor el grano.
¿Qué diré si el Señor me llamase hoy? “Ah, no me di cuenta, estaba distraído…”. No sabemos ni el día ni la hora. “Pero padre, no hable así que yo soy joven”. Pues mira cuántos jóvenes se van, cuántos jóvenes son llamados… Nadie tiene la vida asegurada. En cambio, es seguro que todos tendremos un final. ¿Cuándo? Solo Dios lo sabe. Nos vendrá bien en esta semana pensar en el final. Si el Señor me llamase hoy, ¿qué haría? ¿Qué le diría? ¿Qué grano le mostraré? El pensamiento del fin nos ayuda a seguir adelante; no es un pensamiento estático: es un pensamiento que avanza porque es llevado adelante por la virtud, por la esperanza. Sí, habrá un final, pero ese final será un encuentro: un encuentro con el Señor. Es verdad, será un dar cuentas de lo que he hecho, pero también será un encuentro de misericordia, de alegría, de felicidad. Pensar en el final, en el final de la creación, en el final de nuestra vida, es sabiduría; ¡los sabios lo hacen!
Así pues, la Iglesia esta semana nos invita a preguntarnos: “¿Cómo será mi final? ¿Cómo me gustaría que el Señor me encontrase cuando me llame?”. Debo hacer un examen de conciencia y valorar qué cosas debería corregir, porque no van bien; y qué cosas debería apoyar y llevar adelante, porque son buenas. Cada uno tiene tantas cosas buenas. Y en ese pensamiento no estamos solos: está el Espíritu Santo que nos ayuda. Esta semana pidamos al Espíritu Santo la sabiduría del tiempo, la sabiduría del final, la sabiduría de la resurrección, la sabiduría del encuentro eterno con Jesús; que nos haga entender esa sabiduría que está en nuestra fe. Será un día de alegría el encuentro con Jesús. Recemos para que el Señor nos prepare. Y cada uno, esta semana, acabe la semana pensando en el final: “Yo acabaré. No permaneceré eternamente. ¿Cómo me gustaría acabar?”.