03 enero 2021

En el principio era el Verbo

2° domingo después de Navidad (Ciclo B)


Evangelio (Jn 1,1-18)

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.

No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.

Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y clama: “Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’”.

Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.


Comentario

En estas fiestas de Navidad estamos meditando con gozo los relatos, llenos de colorido, con que los Evangelios nos hablan del nacimiento de Jesús. Pero también se presentan a nuestra consideración textos como el de hoy, que nos invita a elevarnos por encima de los detalles anecdóticos y pintorescos, para contemplar lo que implica el misterio del Nacimiento de Jesucristo y comprender mejor su significado y las consecuencias que tiene para nuestra vida. Estamos ante un texto admirable, donde se sintetizan armónicamente los fundamentos de nuestra fe.

“En el principio existía el Verbo”: El Verbo (o la Palabra) no es una criatura, sino alguien que existía desde toda la eternidad. “Y el Verbo estaba junto a Dios (ho Theós)”: se trata, pues, de una persona distinta de aquella a la que en el texto griego se denomina ho Theós, con artículo, y que se refiere al Padre, origen de todo. Pero esa persona, distinta del Padre, también desde el principio “era Dios” (v. 1), compartía su misma naturaleza. El texto del Evangelio nos va introduciendo así en la intimidad de la Trinidad: una única naturaleza divina, en la que hay una distinción de personas. De momento, se nos habla de aquella de la que todo procede (ho Theós), y del Verbo.

A continuación, rememorando el capítulo primero del libro del Génesis, el relato de la creación del mundo en siete días, se explicita lo que allí se decía de modo sencillo, pero muy profundo. En ese relato, cada uno de los días se inicia así: “Dijo Dios… (haya luz, haya firmamento, brote la tierra hierba verde, etc.)”, y lo que Dios dice, inmediatamente se hace: “y así fue”. Es decir, Dios crea todo cuanto existe articulando su Palabra, mediante su Verbo. Por eso ahora se indica que “todo se hizo por él (por el Verbo), y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (v.3).

Pues bien, y aquí está lo más grandioso de lo que Dios quiso hacer en la plenitud de los tiempos, la novedad sorprendente e inaudita, “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (v. 14a). Esa persona divina que es el Verbo asumió una naturaleza humana, de modo que, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como cada uno nosotros. Se encarnó en una persona concreta y tangible: Jesús. Las palabras del evangelio de Juan tienen toda la fuerza del testigo ocular: “hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (v.14b). “No es la palabra erudita de un rabino o de un doctor de la ley −señala Benedicto XVI−, sino el testimonio apasionado de un humilde pescador que, atraído en su juventud por Jesús de Nazaret, en los tres años de vida común con él y con los demás Apóstoles, experimentó su amor −hasta el punto de definirse a sí mismo ‘el discípulo al que Jesús amaba’−, lo vio morir en la cruz y aparecerse resucitado, y junto con los demás recibió su Espíritu. De toda esta experiencia, meditada en su corazón, san Juan sacó una certeza íntima: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal”[1].

Todo esto nos muestra, como lo hace notar san Josemaría, que “el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima”[2].

En todos los momentos de su vida, también como niño en el pesebre de Belén, Jesús nos da a conocer la bondad, sabiduría, misericordia, ternura y grandeza de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer” (v. 18).

 

Fuente: opusdei.org



Vaticano: Gestión de fondos de Secretaría de Estado transferidos a la APSA


CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO DEL SUMO PONTÍFICE FRANCISCO SOBRE ALGUNAS COMPETENCIAS EN MATERIA ECONÓMICA Y FINANCIERA 


Una mejor organización de la administración, control y supervisión de las actividades económicas y financieras de la Santa Sede para asegurar una gestión transparente y eficiente y una clara separación de competencias y funciones, constituye un punto fundamental en la reforma de la Curia.

Sobre la base de este principio, la Secretaría de Estado, que también sostiene más de cerca y directamente la acción del Sumo Pontífice en su misión y representa un punto de referencia esencial para las actividades de la Curia Romana, no es oportuno que desempeñe las funciones en los asuntos económicos y financieros ya atribuidas por competencia a otros Dicasterios.

Habiendo sido informado por los responsables de los entes interesados de los progresos realizados en el ejercicio más funcional de sus respectivas competencias, he considerado necesario establecer algunas normas para determinar mejor las diversas funciones de la Secretaría de Estado, la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica y la Secretaría para la Economía.

En consecuencia, tras examinar detenidamente todas las cuestiones relativas a la materia, haber escuchado a los jefes de los dicasterios competentes y consultado a personas expertas, establezco lo siguiente:

Artículo 1

Transferencia de inversiones y liquidez

1 A partir del 1º de enero de 2021, la titularidad de los fondos y cuentas bancarias, las inversiones muebles e inmuebles, incluidas las participaciones en sociedades y fondos de inversión, hasta ahora a nombre de la Secretaría de Estado, se transfiere a la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, que se encargará de su gestión y administración. Estarán sujetas a un control ad hoc por la Secretaría para la Economía, que a partir de ahora también desempeñará la función de Secretaría Papal para materias económicas y financieras.

2 La Secretaría de Estado transfiere lo antes posible, y a más tardar el 4 de febrero de 2021, todos sus haberes líquidos mantenidos en cuentas corrientes a su nombre en el Instituto de Obras de Religión o en cuentas bancarias extranjeras, a la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica en una cuenta bancaria indicada por ésta.

3 En el caso de que no sea posible o conveniente cambiar la titularidad de las cuentas, inversiones y participaciones, el Secretario de Estado proveerá al Presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica de un poder general para actuar en nombre y por cuenta de la Secretaría de Estado lo antes posible, y a más tardar el 4 de febrero de 2021, concediéndole poderes exclusivos de administración ordinaria y extraordinaria para

la gestión de las cuentas corrientes bancarias;

la gestión de títulos y valores muebles a nombre de la Secretaría de Estado;

el ejercicio de los derechos derivados de las participaciones de la Secretaría de Estado en sociedades y fondos de inversión;

la gestión de los bienes inmuebles a nombre directa o indirectamente de la Secretaría de Estado.

4 A partir del ejercicio económico 2021, las contribuciones por cualquier motivo debidas o libremente entregadas a la Santa Sede por entes eclesiales de cualquier tipo, incluidas las de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano y del Instituto para las Obras de Religión, así como las referidas en el canon 1271 CJC, se ingresarán en una cuenta denominada “Budget General de la Santa Sede”, gestionada por la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica según las normas vigentes, en base al presupuesto aprobado. Las transferencias de las sumas de la cuenta del Budget General de la Santa Sede a la APSA deben ser autorizadas previamente por el Prefecto de la Secretaría para la Economía.

5 El pago de los gastos ordinarios y extraordinarios de la Secretaría de Estado corre a cargo de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica según el presupuesto de dicha Secretaría, aprobado en base a las normas vigentes y sin perjuicio de lo previsto en el artículo 11 del Estatuto de la Secretaría para la Economía. En el presupuesto de la Secretaría de Estado se establecerá una partida de gastos para actividades imprevistas o emergencias, que serán objeto de notificación periódica. Para las materias reservadas, se observarán las disposiciones del Estatuto de la Comisión de Materias Reservadas.

Artículo 2

Gestión de los fondos papales

1 La Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica establecerá una provisión presupuestaria llamada Fondos Papales, que, para una mayor transparencia, formará parte del estado financiero consolidado de la Santa Sede, para el que se llevará una contabilidad separada, con la apertura de subcuentas específicas para

el Fondo denominado “Óbolo de San Pedro”, con todas sus diversas subdivisiones y articulaciones; el Fondo denominado “Fondo Discrecional del Santo Padre”.

cada uno de los fondos denominados “Fondos titulados”, que tengan un vínculo particular de destino por voluntad de los donantes o por disposición normativa.

2 Todos los fondos mencionados en el §1 anterior mantienen su propósito. Los activos líquidos y las inversiones correspondientes a cada una de las subcuentas indicadas en el §1 se colocan en cuentas específicas abiertas por la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica.

3 La Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica informa periódicamente del estado de los fondos a la Secretaría de Estado, que sigue colaborando en su recaudación.

4 Los gastos y otros actos de disposición de la subcuenta del Fondo Discrecional del Santo Padre sólo pueden hacerse por decisión personal suya.

5 Los gastos cargados a las otras subcuentas serán desembolsados por la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica a petición de la Secretaría de Estado según el presupuesto aprobado. Todos los demás actos de disposición en uso de estas subcuentas y los no previstos en el presupuesto son sometidos por el Presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica a la autorización previa del Prefecto de la Secretaría para la Economía, quien ejerce un control específico, verificando de antemano la correspondencia con las instrucciones recibidas del Santo Padre sobre el uso de sus fondos, la capacidad y liquidez de los mismos, y la correspondencia de las disposiciones con el destino eventual.

6 En todo caso, las disposiciones de los pagos e inversiones no presupuestadas con cargo a los fondos papales dadas por el presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica deben ser refrendadas por el Prefecto de la Secretaría para la Economía, quien verifica de antemano su correspondencia con las disposiciones y autorizaciones dadas en base a este artículo.

Artículo 3

Disposiciones relativas al control y la vigilancia económica y financiera

1 Todos los entes mencionados en el artículo 1 §1 del Estatuto del Consejo para la Economía, incluidos los que hasta ahora estaban bajo el control económico y financiero de la Secretaría de Estado, están sujetos al control, la vigilancia y la dirección de la Secretaría para la Economía, tal como se define en su propio Estatuto y en las normas vigentes, con la única excepción de los entes para los que el Santo Padre haya previsto expresamente otra cosa.

2 El presupuesto y los balances de los entes mencionados en el párrafo anterior se envían a la Secretaría para la Economía, que los somete al Consejo para la Economía para su aprobación.

3 En los casos previstos por los Estatutos o por la praxis vigente, las actas de los Consejos de Administración de los entes siguen enviándose a la Secretaría de Estado o al Dicasterio del que dependen canónicamente.

4 El Presidente de los consejos de cuentas o de auditores, cualquiera que sea su nombre, o el auditor o auditor único, cuando así lo prevean los estatutos de los entes incluidos en una lista aprobada por el Consejo para la Economía, son nombrados por el Prefecto de la Secretaría para la Economía, quien verifica los requisitos de honorabilidad y profesionalidad y comprueba la existencia de posibles conflictos de intereses.

5 Los miembros de los órganos estatutarios de control interno mencionados en el párrafo anterior participan sin derecho a voto en las reuniones del órgano responsable de la administración del ente sea cual fuere su nombre, y tienen derecho a solicitar a los directores información y documentos sobre la marcha de las actividades del ente o sobre asuntos concretos.

6 Los informes debidos por los órganos estatutarios de control interno de las Instituciones mencionadas en el §4, de acuerdo con la ley y el estatuto, se transmiten a la Secretaría para la Economía. En todo caso, los miembros de los órganos estatutarios de control interno tienen el deber de informar a la Secretaría para la Economía sobre las situaciones de grave irregularidad en la gestión u organización, sobre las posibles violaciones de la ley o del estatuto y sobre el peligro eventual de inestabilidad económica del ente.

7 Los superiores, directores, empleados y colaboradores profesionales de los órganos de supervisión y control son incompatibles con el nombramiento en los órganos de administración de los entes incluidos en la lista mencionada en el §1.

8 Las disposiciones de este artículo sustituyen automáticamente las cláusulas diferente contenidas eventualmente en los estatutos de los Entes.

9 Siguen en función las competencias del Consejo de Economía, la Oficina del Auditor General y la Autoridad de Supervisión e Información Financiera, tal como se definen en sus estatutos y en los reglamentos vigentes.

Artículo 4

Función de la Oficina Administrativa de la Secretaría de Estado

1 La denominada Oficina Administrativa de la Secretaría de Estado mantiene solamente los recursos humanos necesarios para el desarrollo de las actividades relativas a su administración interna, la preparación de su presupuesto y balance final y las demás funciones no administrativas que hasta ahora desempeña.

2 El archivo de la denominada Oficina Administrativa en la parte relativa a las inversiones a que se refiere el artículo 1 anterior y los Fondos a que se refiere el artículo 2 anterior, se transfiere a la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica.

Todo lo que he deliberado con esta Carta Apostólica en forma de Motu Proprio, ordeno que se observe en todas sus partes, no obstante cualquier cosa en contrario, aunque sea digna de mención particular, y establezco que se promulgue mediante publicación en el periódico L’Osservatore Romano, entrando en vigor el día de su publicación.

Vaticano, 26 de diciembre de 2020, octavo del Pontificado.

FRANCISCO

02 enero 2021

Para seguir pensando

 Jaime Nubiola


Necesitamos autores que no “estén de moda”, que no digan lo que dice todo el mundo, sino que, en la mejor estirpe socrática, lleguen a nuestro corazón despertando a nuestra cabeza tantas veces amodorrada por el consumismo dominante

Entre mis lecturas del último mes destacan los dos libros de aforismos de Carlos Marín-Blázquez. Leí primero su Contramundo (Homo Legens, Madrid, 2020) y ahora estoy con otro libro anterior, más breve, titulado Fragmentos (Sindéresis, Madrid, 2017). Se trata de libros que no pueden leerse de corrido; al menos yo no puedo hacerlo, pues muchos de sus breves textos me dejan bloqueado pensando, en particular cuando dicen cosas que no entiendo o con las que me parece que no estoy de acuerdo. Muchos aforismos han de ser descifrados, ya que requieren un tiempo pausado de reflexión para descubrir su más hondo sentido.

Es verdad que algunos de los aforismos iluminan a otros y nos revelan a un autor profundamente cristiano −«Al descomponerse su cimiento religioso, el orden cultural se tambalea», n. 5; «La humanidad no mata a Dios para liberarse, sino para suplantarlo. El ateísmo moderno es consecuencia de la deificación del hombre», n. 16−, que analiza la situación presente hasta la médula −«Hoy los uniformes se llevan por dentro», n. 14− y se queda desolado. Quizá por esto su libro Contramundo se abre con estas dos citas de Simone Weil y de Romano Guardini:

«No podrías haber nacido en una época mejor que esta, en la que todo se ha perdido» (Weil).

«¿Podemos vivir en medio de esta desolación?» (Guardini).

Escribo estas líneas en una luminosa y amable mañana de Navidad en la que todos −al menos así solemos decir− queremos ser mejores, más afectuosos y cariñosos con quienes nos rodean, con los que están cerca y con los que están lejos, con los que están y se sienten solos, con todos. Sin embargo, estos buenos deseos −que podrían quedarse en un ternurismo facilón− no bastan. Nuestro mundo necesita de autores como Carlos Marín-Blázquez que pongan el dedo en las llagas ulceradas de nuestra sociedad y nos inviten así a seguir pensando para poder transformar creativamente nuestra cultura. Necesitamos autores que no “estén de moda”, que no digan lo que dice todo el mundo, sino que, en la mejor estirpe socrática, lleguen a nuestro corazón despertando a nuestra cabeza tantas veces amodorrada por el consumismo dominante.

Es necesario repensar nuestra sociedad para hacerla más humana. «Más triste que ver sucumbir esta civilización es constatar la ínfima catadura de quienes la destruyen» (n. 131). Quiero aquí coleccionar como regalo de fin de año algunos de los aforismos de Carlos Marín-Blázquez en las primeras páginas de Contramundo que me han cautivado, o mejor, que me han dejado temblando por su acerada lucidez y el acierto de su expresión:

«Lo que una vez se llamó autoridad hoy es fuerza pública» (n. 11).

«La podredumbre de una sociedad comienza por la corrupción de sus oradores» (n. 15).

«A la completa politización de la existencia debemos llamarla por su nombre: totalitarismo» (n. 31).

«La atrofia del espíritu es el fin último de la técnica» (n. 76).

«Lo peor de mentir no es que resulte inmoral; es que nos hace vulgares» (n. 100).

«La fraternidad, convertida en fin político, culmina en regímenes policiales» (n. 144).

«La clave religiosa plantea problemas que la mentalidad actual ignora que existan» (n. 232).

«Nuestra época: individualismo social, colectivismo mental» (n. 259).

«Descifrar nuestra época implica asumir que el poder de la mentira es ilimitado» (n. 275).

«Vivir con lucidez es acostumbrarse a caminar entre escombros» (n. 301).

Como se ve, podría transcribir todo el libro, pero basta con los diez aforismos aquí reunidos para invitar a leer a este autor, nacido en Cieza en 1969, filólogo por la Universidad de Murcia y columnista habitual en la prensa. Carlos Marín-Blázquez da mucho que pensar. ¡Qué mejor regalo para este nuevo 2021!


Jaime Nubiola, en filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com

01 enero 2021

Te Deum

Enrique García-Máiquez


Estamos cayendo en el tópico unánime de decir que 2020 ha sido desastroso a bulto

El poeta Jesús Beades explicaba en la revista literaria Leer por leer la similitud entre la columna de prensa y el poema: «Su brevedad, la necesidad de ceñirse de algún modo a algún dato real, su tendencia al final lapidario o iluminador o paradójico, el hecho de enfatizar un aspecto de la realidad, y sólo uno, arrojando la luz de la inteligencia sobre éste por un momento…» César González Ruano o Manuel Alcántara o ambos fueron aún más allá y emparentaban la columna periodística al soneto, nada menos.

Hay otra coincidencia esencial: ni la columna ni el poema deben repetir lo consabido. Lo poético, dice Gómez Dávila, no es lo que sirve para escribir un poema, sino lo que ya sirvió; y la opinión general no es lo que vale para una columna de opinión, sino lo que se sostuvo a solas y antes −si hubo suerte− de que fuese común. Este carácter contradictorio me viene hoy de maravilla para defender una viejísima tradición.

El último día de año se entona un Te Deum de acción de gracias a Dios por lo bueno del que acaba. ¿Del año 2020? Sí, también. Si se ha entonado todos los años durante siglos, cuando hubo pestes, terremotos, heladas, hambrunas, guerras e incluso revoluciones, ¿por qué este año no? Estamos cayendo en el tópico unánime de decir que el 2020 ha sido desastroso a bulto, incluso "maldito", y podemos estar siendo algo injustos, hasta con nosotros mismos. Será prácticamente imposible ser ecuánimes en aquellos hogares (¡tantos!) que hayan perdido a algún familiar o amigo.

Ni será nada fácil para aquellos que económicamente lo estén pasando muy mal. Los demás, ¿tenemos derecho a quejarnos lo mismo que ellos? ¿No deberíamos juzgar el año día a día, caso a caso? Desde luego, por honor a la verdad y para ser agradecidos a las cosas buenas que seguro que también nos han pasado o hemos hecho en estos 365 días, que serán muchas.

Pero además por la alegría de volver verlas: la intimidad con la familia del confinamiento; la piedad con los que sufrían; el trabajo bien hecho desde casa; y, en el peor de los casos, los últimos momentos felices con aquellos que se han ido. Si durante el día de hoy nos disponemos a hacer un solemne agradecimiento, rebuscaremos los motivos y los recordaremos. Cimentaremos mucho mejor la fiesta de esta noche; contrastaremos las razones evidentes de queja y podremos desearnos en serio, sin tópicos, con el listón más alto, que el 2021 sea mejor.


Enrique García-Máiquez, en diariodecadiz.es

31 diciembre 2020

Y habitó entre nosotros

 Rafael María de Balbín



El nacimiento del Niño Dios nos sitúa ante la inmensa bondad de un Dios que se compadece de nosotros, se inclina hacia nosotros y se hace uno de los nuestros

“Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre (cf Lucas 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo (cf Lucas 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche:


La Virgen da hoy a luz al Eterno / Y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.
Los ángeles y los pastores le alaban / Y los magos avanzan con la estrella.
Porque Tú has nacido para nosotros / Niño pequeño, ¡Dios eterno!
                                              

(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 525).


La Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios está en el centro de la religión cristiana, ya que “una religión no es la Iglesia a la que uno va, sino el universo en que uno vive” (G.K. Chesterton. El amor o la fuerza del sino. Madrid, 1993, p. 293). En la Navidad no celebramos un acontecimiento místico o espiritual (tal como un fantasmagórico espíritu de la Navidad), sino tan material y sencillo como el nacimiento de un Niño, que, por ser a la vez Dios y hombre verdadero, traerá consigo para nosotros también muchos regalos místicos y espirituales. Un acontecimiento que nos llena de alegría: “La alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, es el secreto gigantesco del cristiano (...). El paganismo era la cosa más grande del mundo, y el cristianismo fue todavía más grande, y desde entonces todo lo demás es pequeño en comparación” (Ibidem, p. 293-294).

El nacimiento de ese Niño divide la Historia, y diviniza al hombre: le abre perspectivas infinitas: “Una vez llegada la plenitud de los tiempos, sobrevino la Encarnación de Jesucristo, el Verbo divino, enviado por el Padre para darnos a conocer todo aquello que Dios ha querido comunicarnos y hacernos participar de la misma vida divina. Este rasgo −este progresivo acercamiento de Dios al hombre, esta gratuita apertura al hombre de la intimidad divina− caracteriza de modo propio y singular la religión proclamada por Jesucristo, y la distingue radicalmente de cualquier otra: el cristianismo, efectivamente, no es una búsqueda de Dios por el hombre, sino un descenso de la vida divina hasta el nivel del hombre (...). La religión cristiana es, pues, una irrupción de Dios en la vida del hombre” (Beato Álvaro del Portillo. Escritos sobre el sacerdocio. Madrid, 1970, p. 105-106).

Es natural y corresponde a las mejores posibilidades del hombre el que éste busque a Dios, y así lo ha hecho, sin excepción, a lo largo de toda la historia de la humanidad. Y sin embargo es innegable que muchas veces ha sido una búsqueda a tientas y en la oscuridad, con tropiezos y perplejidades. El nacimiento del Niño Dios nos sitúa ante la inmensa bondad de un Dios que se compadece de nosotros, se inclina hacia nosotros y se hace uno de los nuestros. “Encontramos aquí el punto esencial por el que el cristianismo se diferencia de las otras religiones, en las que desde el principio se ha expresado la búsqueda de Dios por parte del hombre. El cristianismo comienza con la Encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo” (Juan Pablo II. Carta Apost. Tertio Millennio adveniente, n. 6).

Nace el Niño Dios, y viene a hacernos a cada uno hijo de Dios; y por tanto a hermanarnos, con una dignidad que iguala a todos los hombres a un nivel más profundo y personal que las realizaciones socio-políticas: “La base del cristianismo y de la democracia es que el hombre es sagrado (...). El más difícil de todos los evangelios es que el cristianismo se identifica con la democracia; nada asusta tanto a los hombres como decir que todos ellos son hijos de Dios” (G.K. Chesterton, o.c., p. 294).

Jesucristo vino a darnos la libertad de los hijos de Dios, y nos señala el camino de la obediencia a sus mandamientos. Una obediencia filial, por fe y por amor: “En una verdadera tradición religiosa el hombre entiende dos cosas: la libertad y la obediencia. La primera significa saber qué quieres de verdad. La segunda significa en quien confías de verdad” (Ibidem).

A los que esperan

JUAN MANUEL DE PRADA



El Año Nuevo nos trae anhelos de cambio que, con frecuencia, se quedan en agua de borrajas. Y también nos trae la conciencia melancólica del lento acabamiento de nuestra pobre vida mortal. Este Año Nuevo, además, la promesa de nuevos horizontes y la remembranza del tiempo ido se tiñen de meditaciones sombrías, porque la plaga que padecemos nos augura un futuro espinoso y nos deja un saldo de pesadumbre, porque tal vez nos haya arrebatado algún ser querido, o nos haya dejado sin trabajo, o siquiera haya minado nuestras fatuas seguridades, confrontándonos con la fragilidad de nuestra pobre vida mortal. Pero estas reflexiones sobre la vida que viene y la vida que se va no deben oscurecer la reflexión sobre la vida que todos poseemos, que es precisamente la vida que nuestra época pretende que olvidemos, para mantenernos atrapados en el carrusel donde se agolpan en batiburrillo desquiciante los disfrutes vanos de la vida que viene y las angustias abismales de la vida que se va. A esta vida que todos poseemos se refería Pedro Antonio de Alarcón en una hermosa meditación de Año Nuevo, escrita hace más de siglo y medio, que conserva toda su vigencia, porque habla de una realidad imperecedera. Y por ello mismo le cedo hoy mi tribuna, para que siglo y medio después permita meditar también a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan:
«Figuraos que ayer, día 31 de diciembre, a eso de las once de la noche, volvisteis a la antigua maña de pensar en la brevedad de la existencia. Figuraos que además estabais tristes, porque habíais perdido para siempre alguna prenda adorada (la madre que rizaba vuestros cabellos cuando niño, o el padre que os explicó la naturaleza, o la mujer que iluminaba vuestra alma, o el amigo que hospedabais confiados en lo más íntimo del corazón). Figuraos, en fin, que aún eran los tiempos del romanticismo, en que se estilaba ir a llorar de noche a los cementerios, y que vos erais romántico y os dirigisteis allá a la vaga luz de los luceros…
»Pasemos por alto el frío que anoche haría a esa hora fuera de puertas, y supongamos que os sentasteis en una sepultura, en la sepultura querida, y que fijasteis los ojos en el cielo. […]
»El cielo, infinito y transparente; la tierra, oscura y limitada; la capital de los vivos, que dejasteis a vuestra espalda bailando y echando los años; la capital de los finados, tan inmóvil y silenciosa como si no la habitara nadie; la poca historia que habéis leído y la mucha poesía que tenéis en el alma…, todo se agolpó en aquel momento a vuestra imaginación, y empezasteis a pensar en cosas tan grandes y extraordinarias, que la lengua no tendría palabras para verterlas…
»Las almas de los muertos, encarnando en vuestra memoria (permitidme la frase), vagaban entre vos y el cielo, y lágrimas ardientes bañaban vuestras mejillas. Todo el amor, toda la caridad, toda la virtud que economizáis en el mundo, y la justicia que echáis de menos en la tierra, daban gritos por salir de vuestro corazón… Ello es que sollozabais sin saber por qué.
»—¡No han muerto, no —decíais—, ni los seres que lloro ni las virtudes que no practico! ¡No han muerto ni mi fe, ni mi entusiasmo, ni mis padres y maestros, ni mis amigos y mis amores! ¡No han muerto, no, mi inocencia, mi esperanza, mis creencias, mi alma, en fin! ¡Mentira y vanidad es cuanto ansié en la tierra: mentira y vanidad aquella vida; mentira y vanidad son el poder y las riquezas y los honores; pero mi alma, pero mi llanto, pero mi Dios no son ni vanidad ni mentira!
»Supongamos que en este momento dieron las doce los relojes de Madrid. ¡Era Año Nuevo! Pero los muertos no añadieron un guarismo a la losa de su sepultura, ni los astros brillaron más ni menos que el día de la Creación. Entonces dijisteis:
»—Para las tumbas y para el cielo, el tiempo no tiene medida. El alma carece de edad; y, mientras caen deshechos los ídolos de barro que erige la soberbia del hombre, el espíritu se purifica en el destierro para asistir al banquete de la Inmortalidad. El tiempo es el verdugo del que duda y el amigo del que espera.
»A lo que añado yo:
»—La división del tiempo significa miedo a la muerte. Para el alma no hay más siglos, ni más años, que una noche de miedo y un día de gloria y bienaventuranza. ¡Si hoy nos cercan las tinieblas, esperemos confiados la aurora del nuevo día!».
Feliz Año Nuevo y feliz aurora del nuevo día para todos los amigos de XLSemanal que esperan.

30 diciembre 2020

Día Internacional de la Paz - 1 de Enero

P. Antonio Rivero L. C.


Solemnidad de Santa María, Madre de Dios - Ciclo B

Textos: Nm 6, 22-27; Gal 4, 4-7: Lc 2, 16-21

Idea principal: Hoy celebramos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios y el día internacional de la paz.

Síntesis del mensaje:  Fue el Papa Pablo VI quien trasladó al día 1 de enero la fiesta de la Maternidad divina de María, que antes caía el 11 de octubre. En efecto, antes de la reforma litúrgica realizada después del concilio Vaticano II, en el primer día del año se celebraba la memoria de la circuncisión de Jesús en el octavo día después de su nacimiento —como signo de sumisión a la ley, su inserción oficial en el pueblo elegido— y el domingo siguiente se celebraba la fiesta del nombre de Jesús.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, en este primer día del año ponemos a Santa María como intercesora, para que nos consiga la paz que necesitamos. Es el primer día del año y se lo dedicamos a Ella, a la Madre de Dios, a la Reina de la Paz, para que bendiga también todos nuestros esfuerzos y deseos de paz. La escena del Evangelio también nos trae sentimientos de paz.

Volvemos a Belén, al pesebre, a contemplar “a María, a José, y al niño acostado en el pesebre”. Nos unimos a los pastores en este momento de adoración, contemplando esta escena, sintiéndonos parte de ella, como aquella gente sencilla que supo ver en aquel niño a todo un Dios que venía a nacer entre nosotros.

También damos gloria a Dios, como los pastores, por haberle descubierto en nuestras vidas, por haber dejado que Dios nazca, un año más, en nuestros corazones. Ese niño llena nuestros corazones y nuestras vidas de paz, de su paz. “La paz os dejo, mi paz os doy”. Una paz verdadera y para siempre, a pesar de la pandemia que trata de arrebatarnos esta paz que nos trajo el Niño Dios. No lo permitamos.

 En segundo lugar, pedimos en este día que el Señor se fije en nosotros y nos conceda la paz. Es esta una oración que hacía todo buen israelita, y es una oración y un deseo que debemos hacer hoy nuestro todas las personas de buena voluntad.

Queremos que el Señor conceda la paz, su paz, a todos nuestros familiares y amigos, y a todas las personas que quieran recibirla, al mundo entero. Hoy es la jornada mundial de la paz. ¡La paz de Dios! El salmo 84 nos dice que la justicia y la paz se abrazan, se besan.

Queremos una paz que sea fruto de la justicia, no una paz impuesta violentamente por la fuerza de las armas o por la fuerza del dinero. No queremos la paz de personas que viven aplastadas por el poder político, social y económico.

No queremos la paz de los cementerios. Queremos la paz de los cuerpos y de las almas, la paz material y la paz espiritual. Sabemos que esta paz de Dios no la podemos conseguir plenamente mientras vivamos en esta tierra, pero debemos aspirar cada día a acercarnos un poco más a ella.

Tampoco la vamos a conseguir con nuestras solas fuerzas humanas, necesitamos la ayuda de Dios. Por eso, vamos a pedirle hoy a Dios que, por intercesión de su madre, Santa María, se fije en nosotros y nos conceda la paz.

Finalmente, este es un día para dar gracias a Dios. Gracias por todo lo que hemos vivido en este año que terminamos y que ha sido duro y difícil por el coronavirus, gracias por lo que viviremos en el año que comienza, gracias por todo lo nuevo que aparece en nuestra vida.

29 diciembre 2020

Una Navidad distinta

JUAN MANUEL DE PRADA


Cuando reflexiona sobre el sentido de la fiesta en la vida humana, Leonardo Castellani escribe: «A medida que se va perdiendo el sentimiento de lo sacro, se han ido multiplicando las fiestas seudosacras sin contenido sacro; a causa de la ley biológica que dice: ‘A medida que disminuye lo vivo, aumenta lo automático’. (…) Toda fiesta verdadera se basa en una necesidad y se cumple en la recepción de un don espiritual, el cual por el hecho de recibirse aúna y unifica todas las voluntades».

Y entre todos los dones espirituales que los hombres pueden recibir no se me ocurre ninguno mayor que el de poder nacer de nuevo, que es precisamente lo que encarna ese Niño nacido en Belén. Hay algo en la Navidad que nos habla de la incesante novedad del mundo, de la posibilidad de estrenarlo de nuevo, cuando ya lo creíamos marchito y extenuado; algo que también nos remoza a los hombres por dentro, que nos lava con su agua lustral, que nos invita a despojarnos del hombre viejo. Se dice con frecuencia que la Navidad es una fiesta triste porque nos recuerda el paraíso abolido de la infancia, o porque agiganta la ausencia de las personas que amamos y ya no están entre nosotros, o porque recrudece el dolor de los desgajamientos y rupturas familiares. Todos, ciertamente, añoramos aquellas fiestas navideñas en que aún éramos candorosos, en que aún las decepciones y los desengaños no nos habían convertido en trastos desportillados; todos tenemos que lamentar alguna pérdida o alguna ruptura que nos ha dejado mutilados. Pero la Navidad nos enseña que, por muy amputados que estemos, el milagro de una refundación de nuestra vida es posible, exactamente como Dios refundó la suya haciéndose niño. Antes de la Navidad, adorar a Dios exigía elevar los ojos hasta un cielo inescrutable e inmenso; después de la Navidad, adorar a Dios exige agacharse, entrar en una cueva y reparar en la fragilidad de un niño recién nacido. El don espiritual de la Navidad es una subversión completa de las categorías mentales, un trastorno radical del universo. Y si el mundo entero cambió cuando nació aquel Niño, también nuestras vidas pueden hacerlo, si tenemos la humildad de agacharnos y entrar en la cueva, para recibir ese don espiritual.

Nuestra época pretende convertir la Navidad en una fiesta ‘laica’. Pero una fiesta que no sea recepción de un don espiritual que unifica las voluntades (un don que hace auténtica comunidad) no podrá ser nunca una verdadera fiesta, sino un aspaviento desesperado, una farra estridente y agónica, un atracón angustiado. Sucedáneos o parodias grotescas de la fiesta, en fin, que tal vez distraigan por unos pocos días el dolor en sordina que martiriza al hombre cuando decide amputarse, escindirse, renegar de un elemento que le es consustancial. No hay felicidad sin una aceptación plena de lo que somos; y lo que somos incluye una dimensión espiritual que no se puede extirpar sin un grave menoscabo de nuestra propia naturaleza. El hombre contemporáneo, al expulsar a Dios de su horizonte vital, se ha convertido en un ser demediado que busca lenitivos euforizantes para el dolor de la amputación. Pero, una vez extinguidos los efectos de tales lenitivos, vuelve a sentir el dolor de la amputación, la reminiscencia de una nostalgia, que a la postre no es sino añoranza de aquel estado originario en que aún no había renegado de los dones espirituales.

Despojada de tales dones, nuestra vida se parece bastante a la del gallo descabezado que corretea sin rumbo mientras se desangra. Son los efectos de una amputación que Chesterton resumió magistralmente: «Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural». Pero hete aquí que esta Navidad, con el fantasma del coronavirus merodeando nuestras vidas, los lenitivos con los que solemos anestesiar el dolor producido por esa amputación serán mucho más restringidos, en algunos casos inalcanzables. No habrá juergas nocturnas ni cotillones, no habrá actos multitudinarios, el consumismo desmelenado y bulímico se adelgazará. Y, ciertamente, estaremos más desgajados y desmembrados que nunca, porque no podremos juntarnos toda la familia (y, en muchos casos, algún miembro de nuestra familia habrá sido arrebatado por la plaga). Será una Navidad, ciertamente, con ausencias amargas; pero también una Navidad menos ruidosa, menos agitada, menos empachosa e histérica; una Navidad más recoleta y humilde, que nos permitirá reparar en nuestra fragilidad. Y, al reparar en nuestra fragilidad, tal vez nos atrevamos a agacharnos y entrar en esa cueva donde nos están esperando los dones espirituales. Feliz y sacra Navidad.