06 enero 2021

6 de Enero: Epifanía del Señor

Solemnidad de la Epifanía del Señor


Evangelio (Mt 2,1-12)

Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando:

− ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.

Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.

− En Belén de Judá −le dijeron−, pues así está escrito por medio del Profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.

Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles:

− Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.


Comentario

En la solemnidad de la Epifanía del Señor, la Iglesia celebra con gozo la manifestación de Jesús como Hijo de Dios, que ha nacido para traer al mundo la Salvación. En el marco del tiempo de la Navidad en el que nos encontramos, la Adoración de los Magos al Niño nos ofrece otra posibilidad más para seguir penetrando en el misterio de quién es ese niño que nació en una aldea recóndita de Israel hace veinte siglos y que, sin embargo, continúa brillando con una luz que no se puede apagar en los corazones de tantas personas.

En el evangelio de hoy hay un elemento que llama poderosamente la atención: la estrella que guía a los Magos desde Oriente hasta Belén. Los intentos de identificar esta estrella como un cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios. Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en las Escrituras de Israel (En Belén de Judá −le dijeron−, pues así está escrito por medio del Profeta) para encontrar al verdadero Dios[1].

En cualquier caso, la luz propia y el movimiento de esta estrella condujo a los Magos hasta Jesús, como solemos representarla en los nacimientos. Más adelante, después de sortear las argucias de Herodes, los Magos por fin encontraron al Niño con su Madre, y la estrella pasó a un segundo plano pues su misión ya había sido completada. Lo que ahora tenían delante los Magos ya no era un elemento cósmico espectacular, sino un sencillo niño −en apariencia normal y corriente− ante el que se postraron y le ofrecieron oro, incienso y mirra.

Si escucháramos este relato por primera vez, seguro que nos sorprendería la diferencia tan grande que hay entre el medio empleado por los Magos (la estrella que les acompaña y les guía) y el fin que logran (encontrar a un niño). Precisamente, esta diferencia sustancial nos puede ayudar a introducirnos más en el misterio de quién sería ese Niño que viene precedido, no solo de un astro brillante, sino también de numerosas profecías que hablaban ya de Él.

Los Magos, como escribía san León Magno, representan a toda la humanidad, que desde aquel momento recibió la llamada a la Salvación precisamente a través de ese pequeño Niño: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (…). Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel»[2].

La estrella, con su luz y su movimiento, precedió al Niño, que es la Luz y el Movimiento en sí mismo, porque «todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3).

La experiencia de acudir a un lugar tranquilo, de noche, en un día despejado, acomodarse para mirar hacia arriba con paz y contemplar el firmamento durante un momento nos llena de paz. Aunque no se tengan demasiadas nociones de astrología, es fácil quedarse embelesado con la cantidad de luces que brillan en el cielo. Mirar las estrellas nos puede ayudar a salir de nuestros asuntos cotidianos, a los que con frecuencia concedemos demasiada importancia.

Sin embargo, aunque mirar al cielo puede ayudarnos a despertar, la verdadera estrella del mundo y de la Historia, la que es origen y da sentido a las demás, está mucho más cercana a nosotros de lo que lo están los demás astros del firmamento. Jesús, en el pesebre o en brazos de su Madre, desea llenarnos con su luz, que nunca se apaga, para que también nosotros podamos ser estrellas que le ayuden a llenar el mundo y la Historia con su claridad. Y esto es lo que celebramos en la fiesta de hoy y en todo el tiempo de Navidad, que Dios se ha hecho hombre para salvarnos, por pura gratuidad de su amor.


Fuente: opusdei.org

05 enero 2021

Tiempos de crisis, tiempos de gracia

Ramiro Pellitero

Ante esta “Navidad de la pandemia”, el Papa reflexiona una vez más sobre nuestra situación: ha sido, dice, “una prueba importante y, al mismo tiempo, una gran oportunidad para convertirnos y recuperar la autenticidad”

Heidegger dice que el hombre nace para ser arrojado a la muerte. Con ese tipo de barcos no se puede llegar a buen puerto. Pero su discípula Hanna Arendt, sobre las ruinas de los totalitarismos del siglo veinte, subraya lo contrario: los hombres han nacido para comenzar, y por eso el milagro que salva al mundo es “el hecho de la natalidad”, como expresan en pocas palabras los evangelios: “os ha nacido hoy un Salvador” (La condición humana, ed. Paidós, Barcelona 2012, 264). Arendt, que no era cristiana sino judía, indudablemente tiene de la vida una idea más luminosa, profunda y fructuosa.

Con este argumento sorprendente comenzaba el Papa Francisco su discurso a la Curia romana (21-XII-2020) con motivo de la Navidad. Y ese era el primer punto: el contraste, podríamos decir, entre una cultura de la muerte y una cultura de la vida, que encuentra, esta última, su centro y plenitud en la encarnación del Hijo de Dios.

Pero, continuaba, para captar, valorar y sacar fruto de ese acontecimiento hace falta ciertas condiciones. Hay que “situarse” en un lugar adecuado, cosa que sucede “solo si somos inermes, humildes, esenciales”.

Ante esta “Navidad de la pandemia”, Francisco reflexiona una vez más sobre nuestra situación: ha sido, dice, “una prueba importante y, al mismo tiempo, una gran oportunidad para convertirnos y recuperar la autenticidad”.

¿Convertirse a qué? Recoge el Papa ahora su propuesta de aquella meditación tan especial, el pasado 27 de marzo en la plaza de san Pedro: “plaza vacía pero llena de una pertenencia común que nos une con cada rincón de la tierra”. Esa propuesta, más desarrollada en la encíclica Fratelli tutti, no es otra que la fraternidad. La pandemia ha puesto de relieve que estamos en una tempestad juntos, porque somos hermanos. Por eso es importante que sepamos soñar juntos.

Tiempo de crisis, tiempo del Espíritu

2. El segundo paso de su discurso es el significado de las crisis. La crisis es “criba que limpia el grano de trigo después de la cosecha”. Crisis, en último término crisis de fe o de confianza, las pasaron los personajes importantes de la historia de la salvación: Abrahán, Moisés, Elías, Juan el Bautista, Pablo. Gracias a sus “crisis” fueron capaces de colaborar su lugar en los planes de Dios. Y así también sugiere Francisco, “cada uno de nosotros podría encontrar su lugar”.

Pero la “crisis” más elocuente fue la de Jesús, con varias etapas: su ayuno en el desierto, su oración en Getsemaní, su abandono en la cruz. 

La Iglesia ha tenido ayer y hoy sus crisis, que han producido no pocos escándalos. Pero por encima de todo, brilla el testimonio y la confianza en el Dios vivo, que se trasluce en los santos (muchos de ellos “personas comunes” que están a nuestro lado).

Siempre, observa Francisco, puede haber quienes miran la crisis sin la luz de la fe y de la esperanza. Pero cuando miramos el Evangelio de forma adecuada, con fe y humildad, nos damos cuenta de que “el Evangelio es el primero que nos pone en crisis”. Y que “el tiempo de crisis es un tiempo del Espíritu”, pues podemos tener “la experiencia de una Gracia escondida en la oscuridad. ‘Porque el oro se purifica con el fuego, y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación’ (Si 2,5).

Conversión, renovación

3. En tercer lugar se nos invita a distinguir las “crisis” de los “conflictos”. “La crisis generalmente tiene un resultado positivo, mientras que el conflicto siempre crea un contraste, una rivalidad”, un antagonismo aparentemente sin solución, divide entre justos y culpables, genera grupos cerrados que pierden de vista la unidad de la realidad y, en el caso de la Iglesia, la universalidad de la misión.

Todo cuerpo vivo está de algún modo siempre en crisis, pues la vida requiere cierta tensión, pero no conflictos. Así también la Iglesia, porque los conflictos llevan a perder la riqueza y la pluralidad, y encierran a unos frente a otros que también resultan encerrados.

Por eso afirma Francisco: “La novedad introducida por la crisis que desea el Espíritu no es nunca una novedad en oposición a lo antiguo, sino una novedad que brota de lo antiguo y que siempre la hace fecunda”. Y observa cómo Jesús lo explica de un modo sencillo y claro: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Por eso no hay que defenderse de las crisis para caer en los conflictos, que nos dejarían solos y nos condenarían a la esterilidad.

“Al defendernos de la crisis −señala−, obstruimos la obra de la Gracia de Dios que quiere manifestarse en nosotros y a través de nosotros”. Ciertamente, continúa, hay que reconocer con realismo los fallos, los escándalos, los pecados, y por tanto la necesidad de conversión. Porque la conversión nos habla, precisamente de esa “necesidad de morir a una forma de ser, de razonar y de actuar que no refleja el Evangelio”.

Y con ello vuelve a las “condiciones” para captar la novedad que viene con Jesucristo: “Sólo muriendo a una cierta mentalidad se logrará también dar espacio a la novedad que el Espíritu suscita constantemente en el corazón de la Iglesia”.

En este punto remite a la carta de san Pablo a los cristianos de Roma (cf Rm 12, 2), cuando les escribe: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto”. Una vez más, es el tema de la conversión para el discernimiento, en el marco del “culto espiritual” que es la vida cristiana: ofrenda y servicio a Dios y al prójimo.

Cada crisis plantea, en suma, la necesidad de una renovación, de un paso adelante, de una conversión. No se trata, dice el Papa con referencia a la reforma en la Iglesia, de revestir al cuerpo de Cristo con un remiendo (cf. Lc 5, 36-38), sino de ponerle un vestido nuevo; de echar este vino nuevo, que es siempre la gracia de Dios, en odres nuevos. En la Tradición de la Iglesia, que es como un río vivo en el que los orígenes están siempre presentes, hay siempre cosas nuevas y antiguas (Mt 13, 52).

“Las ‘cosas antiguas’ −explica Francisco− las constituyen la verdad y la gracia que ya poseemos. Las cosas nuevas las forman los diferentes aspectos de la verdad que vamos comprendiendo gradualmente”. Y citando a Mahler y a san Vicente de Lérins, señala que quien nos mantiene en esa dinamicidad viviente es el Espíritu Santo. Si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, cada día nos acercaremos más a “toda la verdad” (Jn 16,13). Al contrario, sin la gracia del Espíritu Santo, deformaríamos la Iglesia haciendo de ella algo simplemente humano.

Gestionar la crisis

4. Entonces, se pregunta finalmente el Papa, ¿qué hacer durante la crisis? Y propone el siguiente protocolo: aceptarla como un tiempo de gracia (que se nos da para descubrir la voluntad de Dios para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia); rezar más, todo lo que podamos; al mismo tiempo, hacer lo que podamos con la confianza puesta en Dios (porque la esperanza cristiana es una esperanza activa), sirviendo a los demás con paz y serenidad.

En definitiva “la crisis es movimiento, es parte del camino”. “El conflicto, en cambio, es un camino falso, es un vagar sin objetivo ni finalidad, es quedarse en el laberinto, es sólo una pérdida de energía y una oportunidad para el mal”. Y el primer mal al que lleva el conflicto es la murmuración, que nos encierra en la autorreferencia y convierte cada crisis en un conflicto.

Finalmente, y a propósito del servicio, señala que el nuestro debe dirigirse especialmente a los pobres y necesitados, a los que también hemos de anunciar la Buena Nueva (cf. Mt 11, 5).

Remitiendo a Lévinas, dice Francisco que “solo conoce verdaderamente a Dios quien acoge al pobre que viene de abajo con su miseria, y que, bajo esta apariencia, es enviado desde arriba”. Y también que “no podemos ver el rostro de Dios, pero podemos experimentarlo cuando se vuelve hacia nosotros, cuando honramos el rostro de nuestro prójimo, del otro que nos compromete con sus necesidades” (cf. E. Lévinas, Totalité et infini, Paris 2000; Totalidad e infinito, Sígueme, Salamanca 2016). De esta manera podemos ver a Dios en el rostro de los pobres.

Conversión desde el realismo de nuestra poquedad; conversión a la fraternidad, conversión para el discernimiento. Confianza en Dios, humildad y valentía para trabajar y servir. Una buena hoja de ruta para gestionar las crisis (no solo esta) y para vivir esta Navidad de la pandemia.


Ramiro Pellitero, en:

 iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

04 enero 2021

Desde la concepción hasta la muerte natural

 Rafael María de Balbín


El derecho a la vida es un derecho humano básico y fundamental, también para los no nacidos, y el Estado debe protegerlo y garantizarlo

Si hay algo que debe ser incondicional y especialmente protegido es la vida humana. Ésta debe ser respetada y amparada desde el momento de la concepción, en que, según todas las evidencias, comienza. Es un hecho que desde el momento de la concepción se ha iniciado una nueva vida, distinta de la del padre y de la madre. “Jamás llegará a ser humano, si no lo ha sido desde entonces” (San Juan Pablo II. Enc. Evangelium vitae, n. 60).

Toda persona inocente tiene pleno derecho a la vida, y el ser humano concebido y no nacido está especialmente necesitado de cariño y de protección. De ahí la malicia del aborto voluntario. “Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2271).

La cooperación voluntaria a un aborto constituye también un pecado grave. El derecho de la Iglesia lo ha venido castigando con la pena de excomunión, reservada para su absolución al obispo, no sólo a quien comete este crimen, sino a todos aquellos que voluntariamente cooperan con él. “Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad” (Catecismo..., n. 2272).

El derecho a la vida es un derecho humano básico y fundamental, también para los no nacidos, y el Estado debe protegerlo y garantizarlo. “El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación” (Catecismo..., n. 2.273).

El embrión es ya una persona humana, dotada de una eminente dignidad, que debe ser respetada y atendida médicamente. A ello puede contribuir el diagnóstico prenatal. “Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte” (Congregación para la Doctrina de la Fe. (Instr. Donum vitae 1, 2).

Las manipulaciones para producir embriones humanos destinados a ser utilizados como material biológico, atentan contra la vida y la dignidad de las personas. Al igual que la intervención artificial para seleccionar el sexo u otras cualidades prefijadas.

Otro particular momento de indefensión para la persona humana es la vejez y la enfermedad terminal. “Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible. Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable” (Catecismo..., nn. 2276-2277).

Ciertamente esto es distinto de la renuncia a seguir practicando un tratamiento médico extraordinario, ya inútil y demasiado oneroso para el enfermo o su familia, que llevaría al llamado ensañamiento terapéutico..

Pueden también aplicarse a un enfermo terminal los cuidados paliativos, destinados a aminorar el dolor, aunque se limite la conciencia o se abrevie la vida, con tal de que no se le impida el cumplimiento de sus deberes religiosos y morales, antes de su encuentro definitivo con Dios.


Coordenadas para un buen comienzo de año

 Juan Luis Selma


No seamos ingenuos y peleemos nuestras metas e ilusiones. Pero siendo realistas

Cuando estrenamos móvil hay que someterse a todo un ritual iniciático. Cargar la batería, conectar con una wifi, elegir el idioma, las unidades… Comenzamos un nuevo año, y al igual que para el móvil, debemos buscar unas buenas coordenadas que nos ayuden a sacar el mejor rendimiento a este tiempo añadido.

Conversando con un grupo de jóvenes ,y por ello inconformistas, me decían que eso de comenzar el año con las campanadas y las uvas está muy trasnochado. Decidimos ser más originales, y nos pareció más actual hacerlo con una misa. Como queremos que sea un buen año queremos apuntar alto, cargar bien las pilas, acudir a la mejor fuente de energía.

Un buen principio puede ser el de huir de la vulgaridad, que sea un año diferente. Por ejemplo, que el compás no lo marque el covid-19, que sean mis ilusiones, mis tareas y proyectos quienes dirijan mi vida. Ahora es un buen momento para soñar en metas grandes: es la oportunidad para llenar todos los días de amor y cariño hacia los míos; para ver cómo puedo servir a los demás con mi trabajo; cómo puedo influir en la buena marcha de mi país.

Leemos en el Evangelio: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Podemos estar atentos a esta Palabra que nos indica cuál es el principio de la vida, dónde está la luz. Esta es una postura realista, concreta. Enfocar el año desde la fe, dar cabida a lo que creemos. Ser coherentes y dejar que la escucha atenta de la Palabra y el alimento de la Eucaristía influyan en mi día a día.

También podemos elegir vivir en modo real o ideológico. El primero es el que busca solucionar los problemas que afectan a la vida ordinaria, el otro sólo busca los intereses de partido −léase la oportunidad de la ley de la eutanasia−. Gastemos nuestras energías en buscar el bien común. Pisemos tierra, entendamos qué y cómo es el hombre y procuremos su dignidad y grandeza. No vayamos contra la naturaleza, más bien aprendamos sus leyes, su grandeza y no rebajemos a las personas a simples androides o robots manipulados al antojo de las ideologías.

Otra pauta útil para la buena marcha sería hacer balance del año anterior y procurar no caer en los mismos errores. Aprender de nuestros fallos, analizarlos y sacar experiencia. Si nos ayudan a rectificar, pueden ser valiosos. Pero no busquemos culpables externos, sencillamente veamos qué más podemos hacer. No caigamos en el conformismo, en la desesperanza. Cuando una puerta se cierra, otra se abre.

No seamos ingenuos y peleemos nuestras metas e ilusiones. Pero siendo realistas: si hago lo mismo, si no cambio de táctica, si no pongo otros medios, el resultado será el mismo. El mero cambio de hojas del almanaque no arregla nada. “El Año nuevo vida nueva” es consuelo de ingenuos. San Josemaría lo transformó en: “Año nuevo, lucha nueva”, y añadía: “El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!”

Nos quedaremos asombrados del bien que podemos hacer durante esta añada, de los entuertos que corregiremos, de los objetivos que lograremos. De lo que maduraremos. Pero comencemos ya, no lo dejemos para mañana. ¡Y apuntemos bien!

Acertemos en las coordenadas, la más importante la proporciona la continuación del texto evangélico citado: “Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios”. No olvidemos lo que somos.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

03 enero 2021

En el principio era el Verbo

2° domingo después de Navidad (Ciclo B)


Evangelio (Jn 1,1-18)

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.

No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.

Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y clama: “Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’”.

Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.


Comentario

En estas fiestas de Navidad estamos meditando con gozo los relatos, llenos de colorido, con que los Evangelios nos hablan del nacimiento de Jesús. Pero también se presentan a nuestra consideración textos como el de hoy, que nos invita a elevarnos por encima de los detalles anecdóticos y pintorescos, para contemplar lo que implica el misterio del Nacimiento de Jesucristo y comprender mejor su significado y las consecuencias que tiene para nuestra vida. Estamos ante un texto admirable, donde se sintetizan armónicamente los fundamentos de nuestra fe.

“En el principio existía el Verbo”: El Verbo (o la Palabra) no es una criatura, sino alguien que existía desde toda la eternidad. “Y el Verbo estaba junto a Dios (ho Theós)”: se trata, pues, de una persona distinta de aquella a la que en el texto griego se denomina ho Theós, con artículo, y que se refiere al Padre, origen de todo. Pero esa persona, distinta del Padre, también desde el principio “era Dios” (v. 1), compartía su misma naturaleza. El texto del Evangelio nos va introduciendo así en la intimidad de la Trinidad: una única naturaleza divina, en la que hay una distinción de personas. De momento, se nos habla de aquella de la que todo procede (ho Theós), y del Verbo.

A continuación, rememorando el capítulo primero del libro del Génesis, el relato de la creación del mundo en siete días, se explicita lo que allí se decía de modo sencillo, pero muy profundo. En ese relato, cada uno de los días se inicia así: “Dijo Dios… (haya luz, haya firmamento, brote la tierra hierba verde, etc.)”, y lo que Dios dice, inmediatamente se hace: “y así fue”. Es decir, Dios crea todo cuanto existe articulando su Palabra, mediante su Verbo. Por eso ahora se indica que “todo se hizo por él (por el Verbo), y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (v.3).

Pues bien, y aquí está lo más grandioso de lo que Dios quiso hacer en la plenitud de los tiempos, la novedad sorprendente e inaudita, “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (v. 14a). Esa persona divina que es el Verbo asumió una naturaleza humana, de modo que, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como cada uno nosotros. Se encarnó en una persona concreta y tangible: Jesús. Las palabras del evangelio de Juan tienen toda la fuerza del testigo ocular: “hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (v.14b). “No es la palabra erudita de un rabino o de un doctor de la ley −señala Benedicto XVI−, sino el testimonio apasionado de un humilde pescador que, atraído en su juventud por Jesús de Nazaret, en los tres años de vida común con él y con los demás Apóstoles, experimentó su amor −hasta el punto de definirse a sí mismo ‘el discípulo al que Jesús amaba’−, lo vio morir en la cruz y aparecerse resucitado, y junto con los demás recibió su Espíritu. De toda esta experiencia, meditada en su corazón, san Juan sacó una certeza íntima: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal”[1].

Todo esto nos muestra, como lo hace notar san Josemaría, que “el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima”[2].

En todos los momentos de su vida, también como niño en el pesebre de Belén, Jesús nos da a conocer la bondad, sabiduría, misericordia, ternura y grandeza de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer” (v. 18).

 

Fuente: opusdei.org



Vaticano: Gestión de fondos de Secretaría de Estado transferidos a la APSA


CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO DEL SUMO PONTÍFICE FRANCISCO SOBRE ALGUNAS COMPETENCIAS EN MATERIA ECONÓMICA Y FINANCIERA 


Una mejor organización de la administración, control y supervisión de las actividades económicas y financieras de la Santa Sede para asegurar una gestión transparente y eficiente y una clara separación de competencias y funciones, constituye un punto fundamental en la reforma de la Curia.

Sobre la base de este principio, la Secretaría de Estado, que también sostiene más de cerca y directamente la acción del Sumo Pontífice en su misión y representa un punto de referencia esencial para las actividades de la Curia Romana, no es oportuno que desempeñe las funciones en los asuntos económicos y financieros ya atribuidas por competencia a otros Dicasterios.

Habiendo sido informado por los responsables de los entes interesados de los progresos realizados en el ejercicio más funcional de sus respectivas competencias, he considerado necesario establecer algunas normas para determinar mejor las diversas funciones de la Secretaría de Estado, la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica y la Secretaría para la Economía.

En consecuencia, tras examinar detenidamente todas las cuestiones relativas a la materia, haber escuchado a los jefes de los dicasterios competentes y consultado a personas expertas, establezco lo siguiente:

Artículo 1

Transferencia de inversiones y liquidez

1 A partir del 1º de enero de 2021, la titularidad de los fondos y cuentas bancarias, las inversiones muebles e inmuebles, incluidas las participaciones en sociedades y fondos de inversión, hasta ahora a nombre de la Secretaría de Estado, se transfiere a la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, que se encargará de su gestión y administración. Estarán sujetas a un control ad hoc por la Secretaría para la Economía, que a partir de ahora también desempeñará la función de Secretaría Papal para materias económicas y financieras.

2 La Secretaría de Estado transfiere lo antes posible, y a más tardar el 4 de febrero de 2021, todos sus haberes líquidos mantenidos en cuentas corrientes a su nombre en el Instituto de Obras de Religión o en cuentas bancarias extranjeras, a la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica en una cuenta bancaria indicada por ésta.

3 En el caso de que no sea posible o conveniente cambiar la titularidad de las cuentas, inversiones y participaciones, el Secretario de Estado proveerá al Presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica de un poder general para actuar en nombre y por cuenta de la Secretaría de Estado lo antes posible, y a más tardar el 4 de febrero de 2021, concediéndole poderes exclusivos de administración ordinaria y extraordinaria para

la gestión de las cuentas corrientes bancarias;

la gestión de títulos y valores muebles a nombre de la Secretaría de Estado;

el ejercicio de los derechos derivados de las participaciones de la Secretaría de Estado en sociedades y fondos de inversión;

la gestión de los bienes inmuebles a nombre directa o indirectamente de la Secretaría de Estado.

4 A partir del ejercicio económico 2021, las contribuciones por cualquier motivo debidas o libremente entregadas a la Santa Sede por entes eclesiales de cualquier tipo, incluidas las de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano y del Instituto para las Obras de Religión, así como las referidas en el canon 1271 CJC, se ingresarán en una cuenta denominada “Budget General de la Santa Sede”, gestionada por la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica según las normas vigentes, en base al presupuesto aprobado. Las transferencias de las sumas de la cuenta del Budget General de la Santa Sede a la APSA deben ser autorizadas previamente por el Prefecto de la Secretaría para la Economía.

5 El pago de los gastos ordinarios y extraordinarios de la Secretaría de Estado corre a cargo de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica según el presupuesto de dicha Secretaría, aprobado en base a las normas vigentes y sin perjuicio de lo previsto en el artículo 11 del Estatuto de la Secretaría para la Economía. En el presupuesto de la Secretaría de Estado se establecerá una partida de gastos para actividades imprevistas o emergencias, que serán objeto de notificación periódica. Para las materias reservadas, se observarán las disposiciones del Estatuto de la Comisión de Materias Reservadas.

Artículo 2

Gestión de los fondos papales

1 La Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica establecerá una provisión presupuestaria llamada Fondos Papales, que, para una mayor transparencia, formará parte del estado financiero consolidado de la Santa Sede, para el que se llevará una contabilidad separada, con la apertura de subcuentas específicas para

el Fondo denominado “Óbolo de San Pedro”, con todas sus diversas subdivisiones y articulaciones; el Fondo denominado “Fondo Discrecional del Santo Padre”.

cada uno de los fondos denominados “Fondos titulados”, que tengan un vínculo particular de destino por voluntad de los donantes o por disposición normativa.

2 Todos los fondos mencionados en el §1 anterior mantienen su propósito. Los activos líquidos y las inversiones correspondientes a cada una de las subcuentas indicadas en el §1 se colocan en cuentas específicas abiertas por la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica.

3 La Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica informa periódicamente del estado de los fondos a la Secretaría de Estado, que sigue colaborando en su recaudación.

4 Los gastos y otros actos de disposición de la subcuenta del Fondo Discrecional del Santo Padre sólo pueden hacerse por decisión personal suya.

5 Los gastos cargados a las otras subcuentas serán desembolsados por la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica a petición de la Secretaría de Estado según el presupuesto aprobado. Todos los demás actos de disposición en uso de estas subcuentas y los no previstos en el presupuesto son sometidos por el Presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica a la autorización previa del Prefecto de la Secretaría para la Economía, quien ejerce un control específico, verificando de antemano la correspondencia con las instrucciones recibidas del Santo Padre sobre el uso de sus fondos, la capacidad y liquidez de los mismos, y la correspondencia de las disposiciones con el destino eventual.

6 En todo caso, las disposiciones de los pagos e inversiones no presupuestadas con cargo a los fondos papales dadas por el presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica deben ser refrendadas por el Prefecto de la Secretaría para la Economía, quien verifica de antemano su correspondencia con las disposiciones y autorizaciones dadas en base a este artículo.

Artículo 3

Disposiciones relativas al control y la vigilancia económica y financiera

1 Todos los entes mencionados en el artículo 1 §1 del Estatuto del Consejo para la Economía, incluidos los que hasta ahora estaban bajo el control económico y financiero de la Secretaría de Estado, están sujetos al control, la vigilancia y la dirección de la Secretaría para la Economía, tal como se define en su propio Estatuto y en las normas vigentes, con la única excepción de los entes para los que el Santo Padre haya previsto expresamente otra cosa.

2 El presupuesto y los balances de los entes mencionados en el párrafo anterior se envían a la Secretaría para la Economía, que los somete al Consejo para la Economía para su aprobación.

3 En los casos previstos por los Estatutos o por la praxis vigente, las actas de los Consejos de Administración de los entes siguen enviándose a la Secretaría de Estado o al Dicasterio del que dependen canónicamente.

4 El Presidente de los consejos de cuentas o de auditores, cualquiera que sea su nombre, o el auditor o auditor único, cuando así lo prevean los estatutos de los entes incluidos en una lista aprobada por el Consejo para la Economía, son nombrados por el Prefecto de la Secretaría para la Economía, quien verifica los requisitos de honorabilidad y profesionalidad y comprueba la existencia de posibles conflictos de intereses.

5 Los miembros de los órganos estatutarios de control interno mencionados en el párrafo anterior participan sin derecho a voto en las reuniones del órgano responsable de la administración del ente sea cual fuere su nombre, y tienen derecho a solicitar a los directores información y documentos sobre la marcha de las actividades del ente o sobre asuntos concretos.

6 Los informes debidos por los órganos estatutarios de control interno de las Instituciones mencionadas en el §4, de acuerdo con la ley y el estatuto, se transmiten a la Secretaría para la Economía. En todo caso, los miembros de los órganos estatutarios de control interno tienen el deber de informar a la Secretaría para la Economía sobre las situaciones de grave irregularidad en la gestión u organización, sobre las posibles violaciones de la ley o del estatuto y sobre el peligro eventual de inestabilidad económica del ente.

7 Los superiores, directores, empleados y colaboradores profesionales de los órganos de supervisión y control son incompatibles con el nombramiento en los órganos de administración de los entes incluidos en la lista mencionada en el §1.

8 Las disposiciones de este artículo sustituyen automáticamente las cláusulas diferente contenidas eventualmente en los estatutos de los Entes.

9 Siguen en función las competencias del Consejo de Economía, la Oficina del Auditor General y la Autoridad de Supervisión e Información Financiera, tal como se definen en sus estatutos y en los reglamentos vigentes.

Artículo 4

Función de la Oficina Administrativa de la Secretaría de Estado

1 La denominada Oficina Administrativa de la Secretaría de Estado mantiene solamente los recursos humanos necesarios para el desarrollo de las actividades relativas a su administración interna, la preparación de su presupuesto y balance final y las demás funciones no administrativas que hasta ahora desempeña.

2 El archivo de la denominada Oficina Administrativa en la parte relativa a las inversiones a que se refiere el artículo 1 anterior y los Fondos a que se refiere el artículo 2 anterior, se transfiere a la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica.

Todo lo que he deliberado con esta Carta Apostólica en forma de Motu Proprio, ordeno que se observe en todas sus partes, no obstante cualquier cosa en contrario, aunque sea digna de mención particular, y establezco que se promulgue mediante publicación en el periódico L’Osservatore Romano, entrando en vigor el día de su publicación.

Vaticano, 26 de diciembre de 2020, octavo del Pontificado.

FRANCISCO

02 enero 2021

Para seguir pensando

 Jaime Nubiola


Necesitamos autores que no “estén de moda”, que no digan lo que dice todo el mundo, sino que, en la mejor estirpe socrática, lleguen a nuestro corazón despertando a nuestra cabeza tantas veces amodorrada por el consumismo dominante

Entre mis lecturas del último mes destacan los dos libros de aforismos de Carlos Marín-Blázquez. Leí primero su Contramundo (Homo Legens, Madrid, 2020) y ahora estoy con otro libro anterior, más breve, titulado Fragmentos (Sindéresis, Madrid, 2017). Se trata de libros que no pueden leerse de corrido; al menos yo no puedo hacerlo, pues muchos de sus breves textos me dejan bloqueado pensando, en particular cuando dicen cosas que no entiendo o con las que me parece que no estoy de acuerdo. Muchos aforismos han de ser descifrados, ya que requieren un tiempo pausado de reflexión para descubrir su más hondo sentido.

Es verdad que algunos de los aforismos iluminan a otros y nos revelan a un autor profundamente cristiano −«Al descomponerse su cimiento religioso, el orden cultural se tambalea», n. 5; «La humanidad no mata a Dios para liberarse, sino para suplantarlo. El ateísmo moderno es consecuencia de la deificación del hombre», n. 16−, que analiza la situación presente hasta la médula −«Hoy los uniformes se llevan por dentro», n. 14− y se queda desolado. Quizá por esto su libro Contramundo se abre con estas dos citas de Simone Weil y de Romano Guardini:

«No podrías haber nacido en una época mejor que esta, en la que todo se ha perdido» (Weil).

«¿Podemos vivir en medio de esta desolación?» (Guardini).

Escribo estas líneas en una luminosa y amable mañana de Navidad en la que todos −al menos así solemos decir− queremos ser mejores, más afectuosos y cariñosos con quienes nos rodean, con los que están cerca y con los que están lejos, con los que están y se sienten solos, con todos. Sin embargo, estos buenos deseos −que podrían quedarse en un ternurismo facilón− no bastan. Nuestro mundo necesita de autores como Carlos Marín-Blázquez que pongan el dedo en las llagas ulceradas de nuestra sociedad y nos inviten así a seguir pensando para poder transformar creativamente nuestra cultura. Necesitamos autores que no “estén de moda”, que no digan lo que dice todo el mundo, sino que, en la mejor estirpe socrática, lleguen a nuestro corazón despertando a nuestra cabeza tantas veces amodorrada por el consumismo dominante.

Es necesario repensar nuestra sociedad para hacerla más humana. «Más triste que ver sucumbir esta civilización es constatar la ínfima catadura de quienes la destruyen» (n. 131). Quiero aquí coleccionar como regalo de fin de año algunos de los aforismos de Carlos Marín-Blázquez en las primeras páginas de Contramundo que me han cautivado, o mejor, que me han dejado temblando por su acerada lucidez y el acierto de su expresión:

«Lo que una vez se llamó autoridad hoy es fuerza pública» (n. 11).

«La podredumbre de una sociedad comienza por la corrupción de sus oradores» (n. 15).

«A la completa politización de la existencia debemos llamarla por su nombre: totalitarismo» (n. 31).

«La atrofia del espíritu es el fin último de la técnica» (n. 76).

«Lo peor de mentir no es que resulte inmoral; es que nos hace vulgares» (n. 100).

«La fraternidad, convertida en fin político, culmina en regímenes policiales» (n. 144).

«La clave religiosa plantea problemas que la mentalidad actual ignora que existan» (n. 232).

«Nuestra época: individualismo social, colectivismo mental» (n. 259).

«Descifrar nuestra época implica asumir que el poder de la mentira es ilimitado» (n. 275).

«Vivir con lucidez es acostumbrarse a caminar entre escombros» (n. 301).

Como se ve, podría transcribir todo el libro, pero basta con los diez aforismos aquí reunidos para invitar a leer a este autor, nacido en Cieza en 1969, filólogo por la Universidad de Murcia y columnista habitual en la prensa. Carlos Marín-Blázquez da mucho que pensar. ¡Qué mejor regalo para este nuevo 2021!


Jaime Nubiola, en filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com

01 enero 2021

Te Deum

Enrique García-Máiquez


Estamos cayendo en el tópico unánime de decir que 2020 ha sido desastroso a bulto

El poeta Jesús Beades explicaba en la revista literaria Leer por leer la similitud entre la columna de prensa y el poema: «Su brevedad, la necesidad de ceñirse de algún modo a algún dato real, su tendencia al final lapidario o iluminador o paradójico, el hecho de enfatizar un aspecto de la realidad, y sólo uno, arrojando la luz de la inteligencia sobre éste por un momento…» César González Ruano o Manuel Alcántara o ambos fueron aún más allá y emparentaban la columna periodística al soneto, nada menos.

Hay otra coincidencia esencial: ni la columna ni el poema deben repetir lo consabido. Lo poético, dice Gómez Dávila, no es lo que sirve para escribir un poema, sino lo que ya sirvió; y la opinión general no es lo que vale para una columna de opinión, sino lo que se sostuvo a solas y antes −si hubo suerte− de que fuese común. Este carácter contradictorio me viene hoy de maravilla para defender una viejísima tradición.

El último día de año se entona un Te Deum de acción de gracias a Dios por lo bueno del que acaba. ¿Del año 2020? Sí, también. Si se ha entonado todos los años durante siglos, cuando hubo pestes, terremotos, heladas, hambrunas, guerras e incluso revoluciones, ¿por qué este año no? Estamos cayendo en el tópico unánime de decir que el 2020 ha sido desastroso a bulto, incluso "maldito", y podemos estar siendo algo injustos, hasta con nosotros mismos. Será prácticamente imposible ser ecuánimes en aquellos hogares (¡tantos!) que hayan perdido a algún familiar o amigo.

Ni será nada fácil para aquellos que económicamente lo estén pasando muy mal. Los demás, ¿tenemos derecho a quejarnos lo mismo que ellos? ¿No deberíamos juzgar el año día a día, caso a caso? Desde luego, por honor a la verdad y para ser agradecidos a las cosas buenas que seguro que también nos han pasado o hemos hecho en estos 365 días, que serán muchas.

Pero además por la alegría de volver verlas: la intimidad con la familia del confinamiento; la piedad con los que sufrían; el trabajo bien hecho desde casa; y, en el peor de los casos, los últimos momentos felices con aquellos que se han ido. Si durante el día de hoy nos disponemos a hacer un solemne agradecimiento, rebuscaremos los motivos y los recordaremos. Cimentaremos mucho mejor la fiesta de esta noche; contrastaremos las razones evidentes de queja y podremos desearnos en serio, sin tópicos, con el listón más alto, que el 2021 sea mejor.


Enrique García-Máiquez, en diariodecadiz.es