08 enero 2021

Nota sobre las vacunas de COVID-19

 Vacuna para todos. 

20 puntos para un mundo más justo y sano


Comisión Vaticana Covid-19 en colaboración con la Academia Pontificia para la Vida

La presente Nota está compuesta de tres partes:

  1. Contexto
  2. Sobre las Vacunas
  3. Líneas Guía de la Comisión Vaticana Covid-19

Contexto

El Covid-19 está exacerbando una triple amenaza de crisis simultáneas e interconectadas en el ámbito sanitario, económico y ecológico-social, con graves repercusiones sobre los más pobres y vulnerables. A medida que avanzamos hacia una recuperación justa, debemos asegurarnos de que las curas inmediatas a esta crisis constituyan también pasos fundamentales hacia una sociedad más justa, con sistemas inclusivos e integrados. Es esencial adoptar inmediatamente las medidas necesarias para responder a la pandemia, con una debida consideración de sus efectos a largo plazo para lograr una «sanación» global y regenerativa. En efecto, si las respuestas se limitasen al plano organizativo y operativo, sin examinar las causas que nos han expuesto a las dificultades actuales, disponiéndonos a una verdadera conversión, no lograremos las transformaciones de la sociedad y del mundo que tanto necesitamos (cf. Fratelli Tutti, 7). Las diversas intervenciones de la Comisión Vaticana Covid-19 (“Comisión”), creada por el Papa Francisco para responder de manera cualificada y ágil a la pandemia, y también la presente Nota que aborda específicamente el tema de las vacunas contra el Covid-19, se inspiran en esta lógica.

Sobre las Vacunas

Principios y valores fundamentales

En varias ocasiones, el Papa Francisco ha afirmado la necesidad de lograr que las inminentes vacunas contra el Covid-19 estén disponibles y sean accesibles para todos, para evitar la “’marginalidad farmacéutica’: ‘si existe la posibilidad de curar una enfermedad con un medicamento, éste debería estar al alcance de todos, de lo contrario se comete una injusticia’.[1]En su reciente mensaje Urbi et Orbide Navidad,[2] el Papa declaró que las vacunas, para que puedan “iluminar y llevar esperanza al mundo entero, deben estar a disposición de todos… especialmente para los más vulnerables y necesitados de todas las regiones del planeta”. Estos principios de justicia, solidaridad e inclusión deben encontrarse en los fundamentos de cada intervención concreta para responder a la pandemia. Ya en su catequesis de la Audiencia General del 19 de agosto 2020, el Papa habló de esto, ofreciendo algunos criterios para elegir, por ejemplo, qué industrias debe ser apoyadas: “las que contribuyen a la inclusión de los excluidos, a la promoción de los últimos, al bien común y al cuidado de la creación”. Tenemos aquí un amplio horizonte para evocar los principios de la Doctrina Social de la Iglesia,[3] como la dignidad humana y la opción preferencial por los pobres, la solidaridad y subsidiaridad, el bien común y el cuidado de la casa común, la justicia y el destino universal de los bienes.[4] Esto apela también a los valores que, en el lenguaje de la salud pública, constituyen puntos de referencia compartidos en las emergencias sanitarias: igual respeto a las personas (dignidad humana y derechos fundamentales), reducción del sufrimiento (solidaridad hacia aquellos que necesitan ayuda en la escasez o en la enfermedad), verdad y equidad (fairness: no discriminación y justa distribución de beneficios y responsabilidades).[5]

El llamado que hace el Papa a las empresas farmacéuticas pone de relieve el hecho que, para el destino universal y equitativo de la vacuna, no se debe considerar exclusivamente la última etapa de su suministro, sino todo su “ciclo de vida”, desde el comienzo. Por lo tanto, en este texto procederemos a examinar las diversas etapas del desarrollo de la vacuna, empezando por su producción, su aprobación y distribución, hasta finalmente llegar a su administración – objeto de estudio de la reciente Notade la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF).[6]En cada una de estas etapas podemos reconocer las implicaciones éticas que deben ser consideradas a la hora de tomar las decisiones políticas (económicas), de organización y de comunicación necesarias. Concluiremos el texto con algunas recomendando medidas concretas que puedan movilizar a instituciones y redes civiles, así como a los agentes de pastoral del mundo eclesial, para contribuir a un acceso equitativo y universal a la vacuna.

Investigación y producción

La primera cuestión que suele surgir en la etapa de producción de vacunas se refiere a los materiales biológicosutilizados para su desarrollo. De la información disponible, se entiende que algunas de las vacunas cercanas a la aprobación emplean para varias etapas de su desarrollo material biológico procedente de fetos abortados voluntariamente hace varias décadas; mientras otras hacen uso limitado de este tipo de material, empleándolo en fases puntuales de pruebas de laboratorio.[7]

Este tema fue abordado por la Instrucción Dignitas Personae[8]de la Congregación para la Doctrina de la Fe (8 de septiembre de 2008). Una vez afirmada que la finalidad de la salud (pública) no puede justificar el aborto voluntariopara obtener material celular para la producción de vacunas – que consiguientemente haría que su distribución y comercialización sean, en principio, moralmente ilícitas – la Instrucción precisa que: “dentro de este marco general existen diferentes grados de responsabilidad. Razones de particular gravedad podrían ser moralmente proporcionadas como para justificar el uso de ese “material biológico””. En su Nota más reciente, la misma Congregación vuelve a examinar el tema, con especial referencia a las vacunas contra el Covid-19.[9]

La Academia Pontificia para la Vida aborda el tema mediante dos Notas(5 de junio de 2005 y 31 de julio de 2017 respectivamente). Particularmente en la segunda, se excluye que: “exista una cooperación moralmente relevante entre quienes hoy en día utilizan estas vacunas y la práctica del aborto voluntario. Por lo tanto, creemos que se pueden aplicar todas las vacunas clínicamente recomendadas con la conciencia clara de que recurrir a dichas vacunas no significa una especie de cooperación con el aborto voluntario. Si bien nos comprometemos conjuntamente a garantizar que ninguna vacuna emplee material biológico procurado de abortos voluntarios para su preparación, reiteramos la responsabilidad moral de vacunarse, para que los niños y la población en general no corran graves riesgos para la salud”.

Los diversos mecanismos de producción y efectividad de la vacuna son relevantes para la logística de distribución (especialmente en relación con la temperatura a la cual deben almacenarse) y en su capacidad de proteger de la infección o de la manifestación clínica de la enfermedad. En el primer caso, cuando la vacuna es capaz de proteger de la infección, contribuye a la inmunidad “de grupo/rebaño”. Contrariamente, en el segundo caso, cuando la infección se produce pero sin manifestaciones clínicas, la vacuna no reduce la circulación del virus (por lo que sería necesario vacunar directamente a los que corren mayor riesgo de contraer la enfermedad).[10]

Vinculado al tema de la producción, está la cuestión de las patentes. De hecho, el financiamiento de la investigación ha seguido diversos caminos, tanto en forma de inversión pública por parte de los Estados (directamente para la investigación o en forma de compra previa de una cierta cantidad de dosis), como de donaciones por parte de organismos privados. Por ende, hay que precisar de qué manera la vacuna puede realmente convertirse en un “bien común” (common), como han reclamado varios líderes políticos (por ej. la Presidenta de la Comisión Europea).[11]Dado que la vacuna no es ni un recurso natural ya dado (como el aire o los mares) ni un descubrimiento (como el genoma u otras estructuras biológicas), sino un invento producido por el ingenio humano, es posible someterla a la disciplina económica, lo cual permitiría compensar los costos de la investigación y el riesgo que han asumido las empresas. Sin embargo, dada su función, la vacuna debe ser vista como un bien al que todos tengan acceso, sin discriminaciones, según el principio del destino universal de los bienes, mencionado también por el Papa Francisco (cf. n. 1). “No podemos tampoco dejar que el virus del individualismo radical nos venza y nos haga indiferentes al sufrimiento de otros hermanos y hermanas… colocando las leyes del mercado y de las patentes por encima de las leyes del amor y de la salud de la humanidad”[12]

El objetivo de la explotación comercial como único criterio no es éticamente aceptable en el ámbito de la medicina y la atención sanitaria. Las inversiones en dicha área deberían encontrar su significado más profundo en la solidaridad humana. Para que esto sea posible, hay que identificar y diseñar sistemas que favorezcan la transparencia y la colaboración, en lugar del antagonismo y la competencia. Debemos superar la lógica del “nacionalismo de la vacuna”,[13]entendida como el intento por parte de varios Estados de tener su propia vacuna lo antes posible, con el fin de ganar prestigio y ventaja, procurándose los primeros la cantidad necesaria para sus propios habitantes. Acuerdos internacionales para gestionar patentes a fin de facilitar el acceso a todos al producto y evitar posibles cortocircuitos comerciales, como también para mantener el precio estable en el futuro, son altamente deseables y deben ser apoyados.

La producción industrial de la vacuna podría volverse una ocasión para una colaboraciónentre Estados, empresas farmacéuticas y otras organizaciones, para que pueda llevarse a cabo simultáneamente en distintas partes del mundo. Como ha sido posible – al menos parcialmente – en la etapa de investigación, también es deseable aspirar a una sinergia positiva en la producción para que se puedan promover las estructuras de producción y distribución ya presentes en las áreas donde la vacuna será suministrada, respetando así el principio de subsidiaridad.

Aprobación, distribución y administración:

Una vez concluidas las diversas fases de estudios experimentales, se presenta la pregunta de cómo diversas autoridades, en condición de emergencia, pueden reglamentar la aprobacióndel producto y así consentir su inyección en el mercado y uso en los diversos países. Considerando la diversidad de organismos reconocidos como competentes para dicha autorización y la dinámica internacional de la pandemia, es necesario coordinar los procedimientos requeridos para dicho objetivo y promover la colaboración entre las autoridades regulatorias.

En cuanto a criterios de administración y acceso a la vacuna, existen diversas posiciones que se enfrentan en el debate público. Sin embargo, más allá de estas diferencias, hay puntos de coincidencia que pretendemos apoyar. Entre ellas, un amplio consenso sobre la prioridad que debe darse a las categorías profesionales que prestan servicios de interés común, particularmente el personal sanitario, como también aquellas actividades que requieren contacto con el público para brindar servicios esenciales (como la escuela y la seguridad pública) a los grupos sociales más vulnerables (como ancianos y enfermos con determinadas patologías). Naturalmente, un criterio como este no puede aplicarse a todas las situaciones. Por ejemplo, existe una zona gris ante la eventual necesidad de definir las prioridades de implementación de la vacuna dentro de un mismo grupo de riesgo. Una estratificación más precisa de las poblaciones podría ayudar a resolver estos dilemas (ej. vacunación en zonas de mayor densidad demográfica maximiza sus beneficios). Además, deben tenerse en cuenta otros aspectos pertinentes, distintos a la salud (como la viabilidad de medidas restrictivas) para lograr una distribución equitativa.

Este orden de administración, en el ámbito internacional, implica que “la prioridad debe ser vacunar a ciertas personas en todos los países y no a todas las personas en ciertos países” (Director de la OMS).[14]Debemos evitar que la compra a gran escala de vacunas por parte de países ricos demoren el acceso al producto de otros países con menos recursos. Se trata de acordar el porcentaje específico sobre el cual se pueda proceder. La distribución de vacunas requiere una serie de herramientas que deben ser identificadas y aplicadas para cumplir los objetivos acordados de accesibilidad universal. La Congregación para la Doctrina de la Fe insiste en la existencia de un “imperativo moral para la industria farmacéutica, los gobiernos y las organizaciones internacionales, [de] garantizar que las vacunas, eficaces y seguras desde el punto de vista sanitario, y éticamente aceptables, sean también accesibles a los países más pobres y sin un coste excesivo para ellos”.[15] Específicamente, es necesario desarrollar un programa de distribución que considere la colaboración necesaria para afrontar los obstáculos logísticos y organizativos en zonas de difícil acceso (cadenas de refrigeración, transporte, personal sanitario, uso de nuevas tecnologías, etc.). Las características de la vacuna también afectan que tenga este aspecto (ej. la temperatura de almacenamiento). Aquí se revela la necesidad de un Ente internacional con el mandato, la autoridad moral y la capacidad operativa para coordinar los diversos componentes del proceso, como en las otras fases anteriormente consideradas. Actualmente, la Organización Mundial de la Salud sigue siendo un punto de referencia importante —que debe reforzarse y mejorarse— para los desafíos que están emergiendo, sobre aspectos que se revelan insuficientes y problemáticos.

En cuanto a la responsabilidad moralde vacunarse (con base en lo afirmado en el punto 3), debe reiterarse cómo esta temática implique también una estrecha relación entre la salud personal y la salud pública, mostrando así su interdependencia. A la luz de este vínculo, creemos importante que se tome una decisión responsable, puesto que el rechazo de la vacuna puede también constituir un riesgo para los otros. Esto es válido inclusive cuando, en ausencia de una alternativa, la motivación para el rechazo fuese la de evitar beneficiarse de los resultados de un aborto voluntario. De hecho, en casos como este, como aclara la Congregación para la Doctrina de la Fe, se puede considerar que en determinadas condiciones sea “moralmente aceptable utilizar las vacunas anti-Covid-19 que hayan usado linajes celulares provienientes de fetos abortados en su proceso de investigación y producción”.[16]Se trata aquí de una cooperación material pasiva (y no formal), ya que es indirecta y remota,[17] y dada la intención que subyace a la elección, la contingencia con respecto al hecho imputado, y las circunstancias en las que nos encontramos hoy en día. Por lo tanto, los criterios que harían de la decisión de vacunarse éticamente ilícita no son vinculantes. Consecuentemente, el rechazo de la vacunación podría aumentar seriamente los riesgos para la salud pública.[18] Por un lado, las personas que no pueden ser vacunadas (ej. los inmunodeprimidos) y dependen de la vacunación de otros (inmunidad de grupo/rebaño) para evitar el contagio, estarán más expuestas a la infección. Por otro lado, infectarnos por falta de vacunación llevará a un aumento de hospitalizaciones, con la consiguiente sobrecarga de los sistemas de salud y hasta su posible colapso, tal como ha ocurrido en varios países a lo largo de esta pandemia. Esto impide aún más el acceso a la atención médica, algo que siempre afecta a las personas de menos recursos. Como declararon recientemente los Obispos de Inglaterra y Gales, acoger la vacuna no es sólo cuestión de nuestra propia salud, sino también una acción en nombre de la solidaridad con los demás, especialmente los más vulnerables.[19]

Líneas guía de la Comisión Vaticana Covid-19

14. Para una mayor claridad sobre el trabajo de la Comisión, se indican a continuación algunas líneas guía para su trabajo en relación a la vacuna. La intención general es obtener una vacuna segura y eficaz contra el Covid-19 de modo que el tratamiento esté disponible para todos; con especial atención a los más vulnerables, respetando el principio de la equidad a lo largo de todo el proceso de desarrollo y distribución de la vacuna (investigación, desarrollo, producción, financiación, distribución, programas de vacunación y aplicación). La transparencia y la comunicación adecuada son esenciales para fomentar la confianza y la adhesión al proceso de vacunación.[20]

15. Objetivo 1. Evaluación ético-científica.Sobre la base de los conocimientos científicos disponibles, la Comisión podrá expresar valoraciones acerca de la calidad, la metodología y el precio de la vacuna que permita su distribución equitativa.

Medidas necesarias: Colaborar estrechamente con las principales organizaciones que están desarrollando, evaluando, suministrando y administrando vacunas con la posibilidad, según la necesidad, de expresar opiniones acerca de las posiciones públicas sobre la calidad/equidad de propuestas para la distribución y utilización. Para ello, la Comisión pretende disponer de la información científica más precisa posible y valerse de diversas capacidades para revisar las estrategias de distribución y difusión de la vacuna, en particular con respecto a las repercusiones sobre los más vulnerables. Como señala el Santo Padre Francisco: “No podemos dejar que los nacionalismos cerrados nos impidan vivir como la verdadera familia humana que somos”. Debemos procurar “vacunas para todos… ¡[poniendo] en primer lugar a los más vulnerables y necesitados, especialmente para los más vulnerables y necesitados!”.[21]

16. Objetivo 2. Cura global con “sabor local”.[22]Una cura global que considere y mejore las situaciones locales: se pretende confeccionar recursos para asistir a las Iglesias locales en la preparación de esta iniciativa y de protocolos de tratamiento para las comunidades particulares.

Medidas necesarias: Trabajar estrechamente con las Diócesis y las comunidades cristianas alrededor del mundo para comprender las distintas exigencias y utilizar estas informaciones para elaborar propuestas sólidas, recomendaciones y herramientas apropiadas para responder a las diversas necesidades. Esto comenzará escuchando atentamente a las Iglesias locales para ayudarles a apoyar las estructuras y acciones de sus gobiernos y otros organismos.

17. Objetivo 3. Colaboración y participación. Mantener una estrecha colaboración con diversas organizaciones a fin de contribuir con la planificación, ejecución y evaluación de las recomendaciones para la administración de vacunas en todo el mundo.

Medidas necesarias: Trabajar con los representantes de las principales instituciones y organizaciones involucradas, así como organizaciones mundiales de salud, ONGs y organizaciones de donantes para ayudar a desarrollar, evaluar y participar en las soluciones.

18. Objetivo 4. Unir fuerzas. Colaborar de manera fructífera con los diversos grupos de trabajo de la Comisión y otros grupos eclesiales para elaborar las mejores propuestas posibles para los pueblos.

Medidas necesarias: Trabajar con los grupos de la Comisión, dentro del marco de Laudato si’ y Fratelli Tutti, considerando sus sugerencias para las recomendaciones finales de la Comisión.

19. Objetivo 5. Liderazgo: Profundizar la competencia y comprensión de la Iglesia en sus esfuerzos para proteger y promover la dignidad que Dios nos ha dado a todos.

Medidas necesarias: Ayudar a la Iglesia en su conjunto y al mundo a articular las razones para enfrentar este desafío como una familia humana global. La Iglesia puede desempeñar un rol catalizador para abordar este desafío de manera que refleje la conciencia y el respeto de la dignidad de todos.

20. Objetivo 6. La Iglesia al servicio de la “sanación del mundo”.[23]Dar ejemplos explícitos y legibles que ayuden, entre otras cosas, a lograr el objetivo de la distribución equitativa de las vacunas y la atención médica.

Medidas necesarias: Utilizar creativamente las voces de la Iglesia en todo el mundo para hablar, exhortar y ayudar a garantizar que las vacunas y la atención de calidad estén disponibles para nuestra familia mundial, especialmente para las personas vulnerables. La Iglesia puede ayudar de muchas maneras, a través de las Conferencias Episcopales, las redes de salud y educación (escuelas y universidades), las numerosas organizaciones eclesiásticas que llegan a los pobres, las comunidades religiosas, etc. Evaluar la posibilidad de hacer donaciones a grupos que trabajan para obtener atención y vacunas para los más necesitados.

______________________

[1] Francisco, 2020. “Discurso del Santo Padre Francisco a los Miembros de la Fundación ‘Banco farmacéutico’”, 19 de septiembre de 2020.

[2] Francisco, 2020. “Urbi et Orbi – Navidad 2020”, 25 de diciembre de 2020.

[3] Cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nn. 105-208.

[4] Francisco, 2020. Sanar el mundo. Catequesis sobre la pandemia. Introducción. Vaticano: LEV, pp. 15-20.

[5] Cf. Nuffield Council for Bioethics, 2020. Fair and equitable access to COVID-19 treatments and vaccines. London: NCB, p. 3.

[6] CDF, 2020, “Nota sulla moralità dell’uso di alcuni vaccini anti-Covid19”, 21 de diciembre de 2020, n. 6.

[7] Cf. Charlotte Lozier Institute, COVID19 Vaccine Candidates and Abortion-Derived Cell Lines, 3 de diciembre de 2020, in https://lozierinstitute.org/update-covid-19-vaccine-candidates-and-abortion-derived-cell-lines/

[8] Congregación para la Doctrina de la Fe, 2008. Instrucción Dignitas Personae: Sobre algunas Cuestiones de Bioética, n. 35.

[9]Cf. CDF, 2020. “Nota sulla moralità dell’uso di alcuni vaccini anti-Covid19”, 21 de diciembre de 2020, nn. 1-3.

[10] “Allocation guidelines must balance the obligation to assist individuals most likely to benefit against the obligation to secure the greatest aggregate benefit across the population”. In: Wu, J.H., John, S.D, and Adashi E.Y., 2020. “Allocating Vaccines in a Pandemic: The Ethical Dimension”, The American Journal of Medicine, November 2020, Volume 133(11).

[11] La Presidenta Von der Leyen ha expresado en repetidas ocasiones que la vacuna Covid-19 debe considerarse un bien público, ya que todos los esfuerzos para hacer frente a la pandemia sólo pueden tener éxito si trabajamos juntos por el bien común. Cf., por ejemplo, su discurso: https://ec.europa.eu/commission/presscorner/detail/ov/SPEECH_20_2258

[12] Francisco, 2020. “Urbi et Orbi – Navidad 2020”, 25 de diciembre de 2020.

[13] Ghebreyesus, Tedros, 2020. “Alocución de apertura del Director General de la OMS en la conferencia de prensa sobre la COVID-19”, 4 de septiembre de 2020.

[14] Ghebreyesus, Tedros, 18 de agosto de 2020.

[15] CDF, 2020. “Nota sulla moralità dell’uso di alcuni vaccini anti-Covid19”, 21 de diciembre de 2020, n. 6.

[16] CDF, 2020. “Nota sulla moralità dell’uso di alcuni vaccini anti-Covid19”, 21 de diciembre de 2020.

[17] Según la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos (USCCB), «dada la urgencia de esta crisis, la falta de alternativas disponibles y el hecho de que la conexión entre un aborto ocurrido hace décadas y una vacuna producida hoy en día es remota, la inoculación con las nuevas vacunas Covid-19 en estas circunstancias puede estar moralmente justificada». USCCB, 2020, Moral Considerations Regarding the New Covid-19 Vaccines.

[18] Como se evidencia en una nota de la página web del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), si no hubiera otra opción que tomar las vacunas disponibles para proteger cada vida humana y la salud de todos, la vacunación “no es cooperar con el mal, con el aborto, sino cuidar la vida”. Cf. CELAM, 2020, “Vacunas con Fetos Abortados”.

[19] Cf. Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, Departamento de Justicia Social, 2020. “Covid-19 and Vaccination”.

[20] “The imbalanced and opaque sequence that characterized the early distribution of the limited supplies of the drug remdesivir should serve as a cautionary tale. The same mistakes must not be repeated.7 Only transparent and consistently applied allocation procedures will ensure public trust, especially in the case of vaccines. Ensuring that the allocation of vaccines is effective, fair, and justifiable to all is a priority that must not be compromised.” In: Wu, J.H., John, S.D, and Adashi E.Y., 2020, op. cit.

[21] Francisco, 2020. “Mensaje Urbi et Orbi de Navidad”, 25 de diciembre de 2020.

[22] Francisco, 2020. Fratelli Tutti.Sobre la fraternidad y la amistad social, n. 143.

[23] Cf. Francisco, 2020. Sanar el mundo: Catequesis sobre la pandemia. Vaticano: LEV.

07 enero 2021

La manifestación del Señor a todas las gentes

El Papa ayer en el Ángelus

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía, es decir, la manifestación del Señor a todas las gentes: en efecto, la salvación realizada por Cristo no conoce confines, es para todos. La Epifanía no es otro misterio, es siempre el mismo misterio de la Natividad, pero visto en su dimensión de luz: luz que ilumina a cada hombre, luz que hay que acoger en la fe y luz que hay que llevar a los demás en la caridad, en el testimonio, en el anuncio del Evangelio.

La visión de Isaías, recordada en la liturgia de hoy (cf. 60,1-6), resuena en nuestro tiempo más actual que nunca: «La oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos» (v. 2). En este horizonte, el profeta anuncia la luz: la luz dada por Dios a Jerusalén y destinada a iluminar el camino de todos los pueblos. Esta luz tiene la fuerza de atraer a todos, cercanos y lejanos, todos se ponen en camino para alcanzarla (cf. v. 3). Es una visión que abre el corazón, infunde aliento, invita a la esperanza. Por supuesto, la oscuridad está presente y amenazadora en la vida de cada uno y en la historia de la humanidad, pero la luz de Dios es más poderosa. Se trata de acogerla para que brille sobre todos. Pero podemos preguntarnos: ¿dónde está esta luz? El profeta la vislumbraba de lejos, pero ya era suficiente para llenar el corazón de Jerusalén de gozo incontenible.

¿Dónde está esta luz? El evangelista Mateo, por su parte, al relatar el episodio de los Magos (cf. 2, 1-12), muestra que esta luz es el Niño de Belén, es Jesús, aunque no todos acepten su realeza. Es más, algunos la rechazan, como Herodes. Él es la estrella que apareció en el horizonte, el Mesías esperado, Aquel a través del cual Dios realiza su reino de amor, su reino de justicia, su reino de paz. Nació no solo para algunos, sino para todos los hombres, para todos los pueblos. La luz es para todos los pueblos, la salvación es para todos los pueblos.

¿Y cómo tiene lugar esta “irradiación”? ¿Cómo se difunde la luz de Cristo en todo lugar y en todo momento? Tiene su método para difundirse. No lo hace a través de los poderosos medios de los imperios de este mundo, que siempre están buscando dominarlo. No, la luz de Cristo se difunde a través del anuncio del Evangelio. El anuncio, la palabra y el testimonio. Y con el mismo “método” elegido por Dios para venir entre nosotros: la encarnación, es decir, hacerse prójimo del otro, encontrarlo, asumir su realidad y llevar el testimonio de nuestra fe, cada uno. Sólo así la luz de Cristo, que es Amor, puede brillar en quienes lo acogen y atraer a los demás. La luz de Cristo no se extiende solo con palabras, con métodos falsos, empresariales... No, no. Fe, palabra, testimonio: así se amplía la luz de Cristo. La estrella es Cristo, pero también nosotros podemos y debemos ser la estrella, para nuestros hermanos y hermanas, como testigos de los tesoros de infinita bondad y misericordia que el Redentor ofrece gratuitamente a todos. La luz de Cristo no se expande por proselitismo, se expande por el testimonio, por la confesión de la fe. También por el martirio.

Por tanto, la condición es acoger esta luz en uno mismo, acogerla cada vez más. ¡Ay de nosotros si pensáramos que la poseemos!, ¡ay de nosotros si pensáramos que sólo tenemos que “administrarla”! También nosotros, como los Magos, estamos llamados a dejarnos siempre fascinar, atraer, guiar, iluminar y convertir por Cristo: es el camino de la fe, a través de la oración y la contemplación de las obras de Dios, que continuamente nos llenan de alegría y de asombro, un asombro siempre nuevo. El asombro es siempre el primer paso para avanzar en esta luz.

Invoquemos la protección de María sobre la Iglesia universal, para que ella difunda en todo el mundo el Evangelio de Cristo, luz de todas las gentes, luz de todos los pueblos.


Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Sigo con atención y preocupación los hechos ocurridos en la República Centroafricana, donde recientemente se realizaron las elecciones, con las que el pueblo expresó su deseo de continuar por el camino de la paz. Por tanto, invito a todas las partes a un diálogo fraterno y respetuoso, a rechazar el odio y evitar toda forma de violencia.

Me dirijo con afecto a los hermanos y hermanas de las Iglesias orientales, católicas y ortodoxas, que, según su tradición, celebran mañana la Natividad del Señor. Les expreso mis más sinceros deseos de una santa Navidad, a la luz de Cristo nuestra paz y nuestra esperanza.

En la fiesta de hoy de la Epifanía, se celebra la Jornada Mundial de la Infancia Misionera, en la que participan muchos niños y jóvenes de todo el mundo. Doy las gracias a cada uno de ellos y los animo a ser testigos gozosos de Jesús, procurando siempre llevar la fraternidad entre sus coetáneos.

Saludo cordialmente a todos los que estáis conectados a través de los medios de comunicación. Un saludo especial va dirigido a la Fundación “Procesión de los Magos”, que organiza eventos de evangelización y solidaridad en numerosas ciudades y pueblos de Polonia y otros países.

Os deseo a todos una feliz fiesta. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

‘Levantar la vista, ponerse en camino y ver’, claves para adorar a Dios

Homilía del Papa ayer


El evangelista Mateo subraya que los magos, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Adorar al Señor no es fácil, no es un hecho inmediato: exige una cierta madurez espiritual, y es el punto de llegada de un camino interior, a veces largo. La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. Sí, el ser humano necesita adorar, pero corre el riesgo de equivocar el objetivo. En efecto, si no adora a Dios adorará a los ídolos −no existe un punto intermedio, o Dios o los ídolos; o diciéndolo con una frase de un escritor francés: “Quien no adora a Dios, adora al diablo” (Léon Bloy)−, y en vez de creyente se volverá idólatra. Y es asís, aut aut.

En nuestra época es particularmente necesario que, tanto individual como comunitariamente, dediquemos más tiempo a la adoración, aprendiendo a contemplar al Señor cada vez mejor. Se ha perdido un poco el sentido de la oración de adoración, debemos recuperarlo, ya sea comunitariamente como también en la propia vida espiritual. Hoy, por lo tanto, pongámonos en la escuela de los magos, para aprender de ellos algunas enseñanzas útiles: como ellos, queremos ponernos de rodillas y adorar al Señor. Adorarlo en serio, no como dijo Herodes: “Avísenme dónde se encuentra para que vaya a adorarlo”. No, este tipo de adoración no funciona. De verdad.

De la liturgia de la Palabra de hoy entresacamos tres expresiones, que pueden ayudarnos a comprender mejor lo que significa ser adoradores del Señor. Estas expresiones son: “levantar la vista”, “ponerse en camino” y “ver”. Estas tres expresiones nos ayudarán a entender qué significa ser adoradores del Señor.

La primera expresión, levantar la vista, nos la ofrece el profeta Isaías. A la comunidad de Jerusalén, que acababa de volver del exilio y estaba abatida a causa de tantas dificultades, el profeta les dirige este fuerte llamado: «Levanta la vista en torno, mira» (60,4). Es una invitación a dejar de lado el cansancio y las quejas, a salir de las limitaciones de una perspectiva estrecha, a liberarse de la dictadura del propio yo, siempre inclinado a replegarse sobre sí mismo y sus propias preocupaciones. Para adorar al Señor es necesario ante todo “levantar la vista”, es decir, no dejarse atrapar por los fantasmas interiores que apagan la esperanza, y no hacer de los problemas y las dificultades el centro de nuestra existencia. Eso no significa que neguemos la realidad, fingiendo o creyendo que todo está bien. No. Se trata más bien de mirar de un modo nuevo los problemas y las angustias, sabiendo que el Señor conoce nuestras situaciones difíciles, escucha atentamente nuestras súplicas y no es indiferente a las lágrimas que derramamos.

Esta mirada que, a pesar de las vicisitudes de la vida, permanece confiada en el Señor, genera la gratitud filial. Cuando esto sucede, el corazón se abre a la adoración. Por el contrario, cuando fijamos la atención exclusivamente en los problemas, rechazando alzar los ojos a Dios, el miedo invade el corazón y lo desorienta, dando lugar a la rabia, al desconcierto, a la angustia y a la depresión. En estas condiciones es difícil adorar al Señor. Si esto ocurre, es necesario tener la valentía de romper el círculo de nuestras conclusiones obvias, con la conciencia de que la realidad es más grande que nuestros pensamientos. Levanta la vista en torno, mira: el Señor nos invita sobre todo a confiar en Él, porque cuida realmente de todos. Por tanto, si Dios viste tan bien la hierba, que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿cuánto más hará por nosotros? (cf. Lc 12,28). Si alzamos la mirada hacia el Señor, y contemplamos la realidad a su luz, descubriremos que Él no nos abandona jamás: «el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14) y permanece siempre con nosotros, todos los días (cf. Mt 28,20). Siempre.

Cuando elevamos los ojos a Dios, los problemas de la vida no desaparecen, no, pero sentimos que el Señor nos da la fuerza necesaria para afrontarlos. “Levantar la vista”, entonces, es el primer paso que nos dispone a la adoración. Se trata de la adoración del discípulo que ha descubierto en Dios una alegría nueva, una alegría distinta. La del mundo se basa en la posesión de bienes, en el éxito y en otras cosas por el estilo, siempre con el “yo” al centro.  La alegría del discípulo de Cristo, en cambio, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, cuyas promesas nunca fallan, a pesar de las situaciones de crisis en las que podamos encontrarnos. Y es ahí, entonces, que la gratitud filial y la alegría suscitan el anhelo de adorar al Señor, que es fiel y nunca nos deja solos.

La segunda expresión que nos puede ayudar es ponerse en camino. Levantar la vista [la primera]; la segunda: ponerse en camino. Antes de poder adorar al Niño nacido en Belén, los magos tuvieron que hacer un largo viaje. Escribe Mateo: «Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”» (Mt 2,1-2). El viaje implica siempre una trasformación, un cambio. Después del viaje ya no somos como antes. En el que ha realizado un camino siempre hay algo nuevo: sus conocimientos se han ampliado, ha visto personas y cosas nuevas, ha experimentado el fortalecimiento de su voluntad al enfrentar las dificultades y los riesgos del trayecto. No se llega a adorar al Señor sin pasar antes a través de la maduración interior que nos da el ponernos en camino.

Llegamos a ser adoradores del Señor mediante un camino gradual. La experiencia nos enseña, por ejemplo, que una persona con cincuenta años vive la adoración con un espíritu distinto respecto a cuando tenía treinta. Quien se deja modelar por la gracia, normalmente, con el pasar del tiempo, mejora. El hombre exterior se va desmoronando −dice san Pablo−, mientras el hombre interior se renueva día a día (cf. 2 Co 4,16), preparándose para adorar al Señor cada vez mejor. Desde este punto de vista, los fracasos, las crisis y los errores pueden ser experiencias instructivas, no es raro que sirvan para hacernos caer en la cuenta de que sólo el Señor es digno de ser adorado, porque solamente Él satisface el deseo de vida y eternidad presente en lo íntimo de cada persona. Además, con el paso del tiempo, las pruebas y las fatigas de la vida −vividas en la fe− contribuyen a purificar el corazón, a hacerlo más humilde y por tanto más dispuesto a abrirse a Dios. También los pecados, también la conciencia de ser pecadores, de descubrir cosas muy feas. “Sí, pero yo hice esto… cometí…” Si aceptas esto con fe y con arrepentimiento, con contrición, te ayudará a crecer. Dice Pablo que todo, todo, ayuda al crecimiento espiritual, al encuentro con Jesús; también los pecados, también. Y añade santo Tomás “Etiam mortalia”, aún los pecados más feos, los peores. Si tú lo afrontas con arrepentimiento, te ayudará en este viaje hacia el encuentro con el Señor y a adorarlo mejor.

Como los magos, también nosotros debemos dejarnos instruir por el camino de la vida, marcado por las inevitables dificultades del viaje. No permitamos que los cansancios, las caídas y los fracasos nos empujen hacia el desaliento. Por el contrario, reconociéndolos con humildad, nos deben servir para avanzar hacia el Señor Jesús. La vida no es una demostración de habilidades, sino un viaje hacia Aquel que nos ama. No tenemos que andar enseñando en cada momento de la vida nuestra credencial de virtudes. Con humildad, debemos dirigirnos hacia el Señor. Mirando al Señor, encontraremos la fuerza para seguir adelante con alegría renovada.  

Y llegamos a la tercera expresión: ver. Levantar la vista, ponerse en camino, ver. El evangelista escribe: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). La adoración era el homenaje reservado a los soberanos, a los grandes dignatarios. Los magos, en efecto, adoraron a Aquel que sabían que era el rey de los judíos (cf. Mt 2,2). Pero, de hecho, ¿qué fue lo que vieron? Vieron a un niño pobre con su madre. Y sin embargo estos sabios, llegados desde países lejanos, supieron trascender aquella escena tan humilde y corriente, reconociendo en aquel Niño la presencia de un soberano. Es decir, fueron capaces de “ver” más allá de la apariencia. Arrodillándose ante el Niño nacido en Belén, expresaron una adoración que era sobre todo interior: abrir los cofres que llevaban como regalo fue signo del ofrecimiento de sus corazones.

Para adorar al Señor es necesario “ver” más allá del velo de lo visible, que frecuentemente se revela engañoso. Herodes y los notables de Jerusalén representan la mundanidad, perennemente esclava de la apariencia. Ven pero no saben mirar −no digo que no crean, sería demasiado− pero no saben mirar porque su capacidad es esclava de la apariencia y en busca de entretenimiento. La mundanidad sólo da valor a las cosas sensacionales, a las cosas que llaman la atención de la masa. En cambio, en los magos vemos una actitud distinta, que podríamos definir como realismo teologal −una palabra demasiado “alta”, pero podemos decir así, un realismo teologal−. Este percibe con objetividad la realidad de las cosas, llegando finalmente a la comprensión de que Dios se aparta de cualquier ostentación. El Señor está en la humildad, el Señor es como aquel niño humilde, que huye de la ostentación, que es el resultado de la mundanidad. Este modo de “ver” que trasciende lo visible, hace que nosotros adoremos al Señor, a menudo escondido en las situaciones sencillas, en las personas humildes y marginales. Se trata pues de una mirada que, sin dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca en cada ocasión lo que no es fugaz, busca al Señor. Nosotros, por eso, como escribe el apóstol Pablo, «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno» (2 Co 4,18).

Que el Señor Jesús nos haga verdaderos adoradores suyos, capaces de manifestar con la vida su designio de amor, que abraza a toda la humanidad. Pidamos para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia la gracia de aprender a adorar, de continuar adorando, de practicar mucho esta oración de adoración, porque sólo Dios debe ser adorado.


06 enero 2021

6 de Enero: Epifanía del Señor

Solemnidad de la Epifanía del Señor


Evangelio (Mt 2,1-12)

Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando:

− ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.

Al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén. Y, reuniendo a todos los príncipes de los sacerdotes y a los escribas del pueblo, les interrogaba dónde había de nacer el Mesías.

− En Belén de Judá −le dijeron−, pues así está escrito por medio del Profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel.

Entonces, Herodes, llamando en secreto a los Magos, se informó cuidadosamente por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella; y les envió a Belén, diciéndoles:

− Id e informaos bien acerca del niño; y cuando lo encontréis, avisadme para que también yo vaya a adorarle.

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en marcha. Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron; luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Y, después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino.


Comentario

En la solemnidad de la Epifanía del Señor, la Iglesia celebra con gozo la manifestación de Jesús como Hijo de Dios, que ha nacido para traer al mundo la Salvación. En el marco del tiempo de la Navidad en el que nos encontramos, la Adoración de los Magos al Niño nos ofrece otra posibilidad más para seguir penetrando en el misterio de quién es ese niño que nació en una aldea recóndita de Israel hace veinte siglos y que, sin embargo, continúa brillando con una luz que no se puede apagar en los corazones de tantas personas.

En el evangelio de hoy hay un elemento que llama poderosamente la atención: la estrella que guía a los Magos desde Oriente hasta Belén. Los intentos de identificar esta estrella como un cometa o como una conjunción de astros no han dado resultados satisfactorios. Según ideas difundidas en la época, el nacimiento de los personajes importantes estaba relacionado con ciertos movimientos de los astros. Dios pudo valerse de esas nociones para conducirles hasta Jesucristo. En esa perspectiva, el sentido del pasaje es claro: los magos comienzan su itinerario desde la revelación de Dios en la naturaleza, la estrella, pero tienen que pasar por la revelación en las Escrituras de Israel (En Belén de Judá −le dijeron−, pues así está escrito por medio del Profeta) para encontrar al verdadero Dios[1].

En cualquier caso, la luz propia y el movimiento de esta estrella condujo a los Magos hasta Jesús, como solemos representarla en los nacimientos. Más adelante, después de sortear las argucias de Herodes, los Magos por fin encontraron al Niño con su Madre, y la estrella pasó a un segundo plano pues su misión ya había sido completada. Lo que ahora tenían delante los Magos ya no era un elemento cósmico espectacular, sino un sencillo niño −en apariencia normal y corriente− ante el que se postraron y le ofrecieron oro, incienso y mirra.

Si escucháramos este relato por primera vez, seguro que nos sorprendería la diferencia tan grande que hay entre el medio empleado por los Magos (la estrella que les acompaña y les guía) y el fin que logran (encontrar a un niño). Precisamente, esta diferencia sustancial nos puede ayudar a introducirnos más en el misterio de quién sería ese Niño que viene precedido, no solo de un astro brillante, sino también de numerosas profecías que hablaban ya de Él.

Los Magos, como escribía san León Magno, representan a toda la humanidad, que desde aquel momento recibió la llamada a la Salvación precisamente a través de ese pequeño Niño: «Que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán (…). Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel»[2].

La estrella, con su luz y su movimiento, precedió al Niño, que es la Luz y el Movimiento en sí mismo, porque «todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3).

La experiencia de acudir a un lugar tranquilo, de noche, en un día despejado, acomodarse para mirar hacia arriba con paz y contemplar el firmamento durante un momento nos llena de paz. Aunque no se tengan demasiadas nociones de astrología, es fácil quedarse embelesado con la cantidad de luces que brillan en el cielo. Mirar las estrellas nos puede ayudar a salir de nuestros asuntos cotidianos, a los que con frecuencia concedemos demasiada importancia.

Sin embargo, aunque mirar al cielo puede ayudarnos a despertar, la verdadera estrella del mundo y de la Historia, la que es origen y da sentido a las demás, está mucho más cercana a nosotros de lo que lo están los demás astros del firmamento. Jesús, en el pesebre o en brazos de su Madre, desea llenarnos con su luz, que nunca se apaga, para que también nosotros podamos ser estrellas que le ayuden a llenar el mundo y la Historia con su claridad. Y esto es lo que celebramos en la fiesta de hoy y en todo el tiempo de Navidad, que Dios se ha hecho hombre para salvarnos, por pura gratuidad de su amor.


Fuente: opusdei.org

05 enero 2021

Tiempos de crisis, tiempos de gracia

Ramiro Pellitero

Ante esta “Navidad de la pandemia”, el Papa reflexiona una vez más sobre nuestra situación: ha sido, dice, “una prueba importante y, al mismo tiempo, una gran oportunidad para convertirnos y recuperar la autenticidad”

Heidegger dice que el hombre nace para ser arrojado a la muerte. Con ese tipo de barcos no se puede llegar a buen puerto. Pero su discípula Hanna Arendt, sobre las ruinas de los totalitarismos del siglo veinte, subraya lo contrario: los hombres han nacido para comenzar, y por eso el milagro que salva al mundo es “el hecho de la natalidad”, como expresan en pocas palabras los evangelios: “os ha nacido hoy un Salvador” (La condición humana, ed. Paidós, Barcelona 2012, 264). Arendt, que no era cristiana sino judía, indudablemente tiene de la vida una idea más luminosa, profunda y fructuosa.

Con este argumento sorprendente comenzaba el Papa Francisco su discurso a la Curia romana (21-XII-2020) con motivo de la Navidad. Y ese era el primer punto: el contraste, podríamos decir, entre una cultura de la muerte y una cultura de la vida, que encuentra, esta última, su centro y plenitud en la encarnación del Hijo de Dios.

Pero, continuaba, para captar, valorar y sacar fruto de ese acontecimiento hace falta ciertas condiciones. Hay que “situarse” en un lugar adecuado, cosa que sucede “solo si somos inermes, humildes, esenciales”.

Ante esta “Navidad de la pandemia”, Francisco reflexiona una vez más sobre nuestra situación: ha sido, dice, “una prueba importante y, al mismo tiempo, una gran oportunidad para convertirnos y recuperar la autenticidad”.

¿Convertirse a qué? Recoge el Papa ahora su propuesta de aquella meditación tan especial, el pasado 27 de marzo en la plaza de san Pedro: “plaza vacía pero llena de una pertenencia común que nos une con cada rincón de la tierra”. Esa propuesta, más desarrollada en la encíclica Fratelli tutti, no es otra que la fraternidad. La pandemia ha puesto de relieve que estamos en una tempestad juntos, porque somos hermanos. Por eso es importante que sepamos soñar juntos.

Tiempo de crisis, tiempo del Espíritu

2. El segundo paso de su discurso es el significado de las crisis. La crisis es “criba que limpia el grano de trigo después de la cosecha”. Crisis, en último término crisis de fe o de confianza, las pasaron los personajes importantes de la historia de la salvación: Abrahán, Moisés, Elías, Juan el Bautista, Pablo. Gracias a sus “crisis” fueron capaces de colaborar su lugar en los planes de Dios. Y así también sugiere Francisco, “cada uno de nosotros podría encontrar su lugar”.

Pero la “crisis” más elocuente fue la de Jesús, con varias etapas: su ayuno en el desierto, su oración en Getsemaní, su abandono en la cruz. 

La Iglesia ha tenido ayer y hoy sus crisis, que han producido no pocos escándalos. Pero por encima de todo, brilla el testimonio y la confianza en el Dios vivo, que se trasluce en los santos (muchos de ellos “personas comunes” que están a nuestro lado).

Siempre, observa Francisco, puede haber quienes miran la crisis sin la luz de la fe y de la esperanza. Pero cuando miramos el Evangelio de forma adecuada, con fe y humildad, nos damos cuenta de que “el Evangelio es el primero que nos pone en crisis”. Y que “el tiempo de crisis es un tiempo del Espíritu”, pues podemos tener “la experiencia de una Gracia escondida en la oscuridad. ‘Porque el oro se purifica con el fuego, y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación’ (Si 2,5).

Conversión, renovación

3. En tercer lugar se nos invita a distinguir las “crisis” de los “conflictos”. “La crisis generalmente tiene un resultado positivo, mientras que el conflicto siempre crea un contraste, una rivalidad”, un antagonismo aparentemente sin solución, divide entre justos y culpables, genera grupos cerrados que pierden de vista la unidad de la realidad y, en el caso de la Iglesia, la universalidad de la misión.

Todo cuerpo vivo está de algún modo siempre en crisis, pues la vida requiere cierta tensión, pero no conflictos. Así también la Iglesia, porque los conflictos llevan a perder la riqueza y la pluralidad, y encierran a unos frente a otros que también resultan encerrados.

Por eso afirma Francisco: “La novedad introducida por la crisis que desea el Espíritu no es nunca una novedad en oposición a lo antiguo, sino una novedad que brota de lo antiguo y que siempre la hace fecunda”. Y observa cómo Jesús lo explica de un modo sencillo y claro: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Por eso no hay que defenderse de las crisis para caer en los conflictos, que nos dejarían solos y nos condenarían a la esterilidad.

“Al defendernos de la crisis −señala−, obstruimos la obra de la Gracia de Dios que quiere manifestarse en nosotros y a través de nosotros”. Ciertamente, continúa, hay que reconocer con realismo los fallos, los escándalos, los pecados, y por tanto la necesidad de conversión. Porque la conversión nos habla, precisamente de esa “necesidad de morir a una forma de ser, de razonar y de actuar que no refleja el Evangelio”.

Y con ello vuelve a las “condiciones” para captar la novedad que viene con Jesucristo: “Sólo muriendo a una cierta mentalidad se logrará también dar espacio a la novedad que el Espíritu suscita constantemente en el corazón de la Iglesia”.

En este punto remite a la carta de san Pablo a los cristianos de Roma (cf Rm 12, 2), cuando les escribe: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto”. Una vez más, es el tema de la conversión para el discernimiento, en el marco del “culto espiritual” que es la vida cristiana: ofrenda y servicio a Dios y al prójimo.

Cada crisis plantea, en suma, la necesidad de una renovación, de un paso adelante, de una conversión. No se trata, dice el Papa con referencia a la reforma en la Iglesia, de revestir al cuerpo de Cristo con un remiendo (cf. Lc 5, 36-38), sino de ponerle un vestido nuevo; de echar este vino nuevo, que es siempre la gracia de Dios, en odres nuevos. En la Tradición de la Iglesia, que es como un río vivo en el que los orígenes están siempre presentes, hay siempre cosas nuevas y antiguas (Mt 13, 52).

“Las ‘cosas antiguas’ −explica Francisco− las constituyen la verdad y la gracia que ya poseemos. Las cosas nuevas las forman los diferentes aspectos de la verdad que vamos comprendiendo gradualmente”. Y citando a Mahler y a san Vicente de Lérins, señala que quien nos mantiene en esa dinamicidad viviente es el Espíritu Santo. Si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, cada día nos acercaremos más a “toda la verdad” (Jn 16,13). Al contrario, sin la gracia del Espíritu Santo, deformaríamos la Iglesia haciendo de ella algo simplemente humano.

Gestionar la crisis

4. Entonces, se pregunta finalmente el Papa, ¿qué hacer durante la crisis? Y propone el siguiente protocolo: aceptarla como un tiempo de gracia (que se nos da para descubrir la voluntad de Dios para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia); rezar más, todo lo que podamos; al mismo tiempo, hacer lo que podamos con la confianza puesta en Dios (porque la esperanza cristiana es una esperanza activa), sirviendo a los demás con paz y serenidad.

En definitiva “la crisis es movimiento, es parte del camino”. “El conflicto, en cambio, es un camino falso, es un vagar sin objetivo ni finalidad, es quedarse en el laberinto, es sólo una pérdida de energía y una oportunidad para el mal”. Y el primer mal al que lleva el conflicto es la murmuración, que nos encierra en la autorreferencia y convierte cada crisis en un conflicto.

Finalmente, y a propósito del servicio, señala que el nuestro debe dirigirse especialmente a los pobres y necesitados, a los que también hemos de anunciar la Buena Nueva (cf. Mt 11, 5).

Remitiendo a Lévinas, dice Francisco que “solo conoce verdaderamente a Dios quien acoge al pobre que viene de abajo con su miseria, y que, bajo esta apariencia, es enviado desde arriba”. Y también que “no podemos ver el rostro de Dios, pero podemos experimentarlo cuando se vuelve hacia nosotros, cuando honramos el rostro de nuestro prójimo, del otro que nos compromete con sus necesidades” (cf. E. Lévinas, Totalité et infini, Paris 2000; Totalidad e infinito, Sígueme, Salamanca 2016). De esta manera podemos ver a Dios en el rostro de los pobres.

Conversión desde el realismo de nuestra poquedad; conversión a la fraternidad, conversión para el discernimiento. Confianza en Dios, humildad y valentía para trabajar y servir. Una buena hoja de ruta para gestionar las crisis (no solo esta) y para vivir esta Navidad de la pandemia.


Ramiro Pellitero, en:

 iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

04 enero 2021

Desde la concepción hasta la muerte natural

 Rafael María de Balbín


El derecho a la vida es un derecho humano básico y fundamental, también para los no nacidos, y el Estado debe protegerlo y garantizarlo

Si hay algo que debe ser incondicional y especialmente protegido es la vida humana. Ésta debe ser respetada y amparada desde el momento de la concepción, en que, según todas las evidencias, comienza. Es un hecho que desde el momento de la concepción se ha iniciado una nueva vida, distinta de la del padre y de la madre. “Jamás llegará a ser humano, si no lo ha sido desde entonces” (San Juan Pablo II. Enc. Evangelium vitae, n. 60).

Toda persona inocente tiene pleno derecho a la vida, y el ser humano concebido y no nacido está especialmente necesitado de cariño y de protección. De ahí la malicia del aborto voluntario. “Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2271).

La cooperación voluntaria a un aborto constituye también un pecado grave. El derecho de la Iglesia lo ha venido castigando con la pena de excomunión, reservada para su absolución al obispo, no sólo a quien comete este crimen, sino a todos aquellos que voluntariamente cooperan con él. “Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad” (Catecismo..., n. 2272).

El derecho a la vida es un derecho humano básico y fundamental, también para los no nacidos, y el Estado debe protegerlo y garantizarlo. “El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación” (Catecismo..., n. 2.273).

El embrión es ya una persona humana, dotada de una eminente dignidad, que debe ser respetada y atendida médicamente. A ello puede contribuir el diagnóstico prenatal. “Pero se opondrá gravemente a la ley moral cuando contempla la posibilidad, en dependencia de sus resultados, de provocar un aborto: un diagnóstico que atestigua la existencia de una malformación o de una enfermedad hereditaria no debe equivaler a una sentencia de muerte” (Congregación para la Doctrina de la Fe. (Instr. Donum vitae 1, 2).

Las manipulaciones para producir embriones humanos destinados a ser utilizados como material biológico, atentan contra la vida y la dignidad de las personas. Al igual que la intervención artificial para seleccionar el sexo u otras cualidades prefijadas.

Otro particular momento de indefensión para la persona humana es la vejez y la enfermedad terminal. “Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible. Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable” (Catecismo..., nn. 2276-2277).

Ciertamente esto es distinto de la renuncia a seguir practicando un tratamiento médico extraordinario, ya inútil y demasiado oneroso para el enfermo o su familia, que llevaría al llamado ensañamiento terapéutico..

Pueden también aplicarse a un enfermo terminal los cuidados paliativos, destinados a aminorar el dolor, aunque se limite la conciencia o se abrevie la vida, con tal de que no se le impida el cumplimiento de sus deberes religiosos y morales, antes de su encuentro definitivo con Dios.


Coordenadas para un buen comienzo de año

 Juan Luis Selma


No seamos ingenuos y peleemos nuestras metas e ilusiones. Pero siendo realistas

Cuando estrenamos móvil hay que someterse a todo un ritual iniciático. Cargar la batería, conectar con una wifi, elegir el idioma, las unidades… Comenzamos un nuevo año, y al igual que para el móvil, debemos buscar unas buenas coordenadas que nos ayuden a sacar el mejor rendimiento a este tiempo añadido.

Conversando con un grupo de jóvenes ,y por ello inconformistas, me decían que eso de comenzar el año con las campanadas y las uvas está muy trasnochado. Decidimos ser más originales, y nos pareció más actual hacerlo con una misa. Como queremos que sea un buen año queremos apuntar alto, cargar bien las pilas, acudir a la mejor fuente de energía.

Un buen principio puede ser el de huir de la vulgaridad, que sea un año diferente. Por ejemplo, que el compás no lo marque el covid-19, que sean mis ilusiones, mis tareas y proyectos quienes dirijan mi vida. Ahora es un buen momento para soñar en metas grandes: es la oportunidad para llenar todos los días de amor y cariño hacia los míos; para ver cómo puedo servir a los demás con mi trabajo; cómo puedo influir en la buena marcha de mi país.

Leemos en el Evangelio: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Podemos estar atentos a esta Palabra que nos indica cuál es el principio de la vida, dónde está la luz. Esta es una postura realista, concreta. Enfocar el año desde la fe, dar cabida a lo que creemos. Ser coherentes y dejar que la escucha atenta de la Palabra y el alimento de la Eucaristía influyan en mi día a día.

También podemos elegir vivir en modo real o ideológico. El primero es el que busca solucionar los problemas que afectan a la vida ordinaria, el otro sólo busca los intereses de partido −léase la oportunidad de la ley de la eutanasia−. Gastemos nuestras energías en buscar el bien común. Pisemos tierra, entendamos qué y cómo es el hombre y procuremos su dignidad y grandeza. No vayamos contra la naturaleza, más bien aprendamos sus leyes, su grandeza y no rebajemos a las personas a simples androides o robots manipulados al antojo de las ideologías.

Otra pauta útil para la buena marcha sería hacer balance del año anterior y procurar no caer en los mismos errores. Aprender de nuestros fallos, analizarlos y sacar experiencia. Si nos ayudan a rectificar, pueden ser valiosos. Pero no busquemos culpables externos, sencillamente veamos qué más podemos hacer. No caigamos en el conformismo, en la desesperanza. Cuando una puerta se cierra, otra se abre.

No seamos ingenuos y peleemos nuestras metas e ilusiones. Pero siendo realistas: si hago lo mismo, si no cambio de táctica, si no pongo otros medios, el resultado será el mismo. El mero cambio de hojas del almanaque no arregla nada. “El Año nuevo vida nueva” es consuelo de ingenuos. San Josemaría lo transformó en: “Año nuevo, lucha nueva”, y añadía: “El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!”

Nos quedaremos asombrados del bien que podemos hacer durante esta añada, de los entuertos que corregiremos, de los objetivos que lograremos. De lo que maduraremos. Pero comencemos ya, no lo dejemos para mañana. ¡Y apuntemos bien!

Acertemos en las coordenadas, la más importante la proporciona la continuación del texto evangélico citado: “Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios”. No olvidemos lo que somos.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es