03 febrero 2021

Rezar en la liturgia

El Papa en la Audiencia General

Catequesis 23


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la historia de la Iglesia, se ha registrado en más de una ocasión, la tentación de practicar un cristianismo intimista, que no reconoce a los ritos litúrgicos públicos su importancia espiritual. A menudo esta tendencia reivindicaba la presunta mayor pureza de una religiosidad que no dependiera de las ceremonias exteriores, consideradas una carga inútil o dañina. En el centro de las críticas terminaba no una particular forma ritual, o una determinada forma de celebrar, sino la liturgia misma, la forma litúrgica de rezar.

De hecho se pueden encontrar en la Iglesia ciertas formas de espiritualidad que no han sabido integrar adecuadamente el momento litúrgico. Muchos fieles, incluso participando asiduamente en los ritos, especialmente en la Misa dominical, han obtenido alimento para su fe y su vida espiritual más bien de otras fuentes, de tipo devocional.

En los últimos decenios, se ha caminado mucho. La Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II representa el eje de este largo viaje. Esta reafirma de forma completa y orgánica la importancia de la divina liturgia para la vida de los cristianos, los cuales encuentran en ella esa mediación objetiva solicitada por el hecho de que Jesucristo no es una idea o un sentimiento, sino una Persona viviente, y su Misterio un evento histórico. La oración de los cristianos pasa a través de mediaciones concretas: la Sagrada Escritura, los Sacramentos, los ritos litúrgicos, la comunidad. En la vida cristiana no se prescinde de la esfera corpórea y material, porque en Jesucristo esta se ha convertido en camino de salvación. Podemos decir que debemos rezar también con el cuerpo: el cuerpo entra en la oración.

Por tanto, no existe espiritualidad cristiana que no tenga sus raíces en la celebración de los santos misterios. El Catecismo escribe: «La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora» (n. 2655). La liturgia, en sí misma, no es solo oración espontánea, sino algo más y más original: es acto que funda la experiencia cristiana por completo y, por eso, también la oración es evento, es acontecimiento, es presencia, es encuentro. Es un encuentro con Cristo. Cristo se hace presente en el Espíritu Santo a través de los signos sacramentales: de aquí deriva para nosotros los cristianos la necesidad de participar en los divinos misterios. Un cristianismo sin liturgia, yo me atrevería a decir que quizá es un cristianismo sin Cristo. Sin el Cristo total. Incluso en el rito más despojado, como el que algunos cristianos han celebrado y celebran en los lugares de prisión, o en el escondite de una casa durante los tiempos de persecución, Cristo se hace realmente presente y se dona a sus fieles.

La liturgia, precisamente por su dimensión objetiva, pide ser celebrada con fervor, para que la gracia derramada en el rito no se disperse sino que alcance la vivencia de cada uno. El Catecismo lo explica muy bien y dice así: «La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma» (ibid.). Muchas oraciones cristianas no proceden de la liturgia, pero todas, si son cristianas, presuponen la liturgia, es decir la mediación sacramental de Jesucristo. Cada vez que celebramos un Bautismo, o consagramos el pan y el vino en la Eucaristía, o ungimos con óleo santo el cuerpo de un enfermo, ¡Cristo está aquí! Es Él que actúa y está presente como cuando sanaba los miembros débiles de un enfermo, o entregaba en la Última Cena su testamento para la salvación del mundo.

La oración del cristiano hace propia la presencia sacramental de Jesús. Lo que es externo a nosotros se convierte en parte de nosotros: la liturgia lo expresa incluso con el gesto tan natural del comer. La Misa no puede ser solo “escuchada”: no es una expresión justa, “yo voy a escuchar Misa”. La Misa no puede ser solo escuchada, como si nosotros fuéramos solo espectadores de algo que se desliza sin involucrarnos. La Misa siempre es celebrada, y no solo por el sacerdote que la preside, sino por todos los cristianos que la viven. ¡Y el centro es Cristo! Todos nosotros, en la diversidad de los dones y de los ministerios, todos nos unimos a su acción, porque es Él, Cristo, el Protagonista de la liturgia.

Cuando los primeros cristianos empezaron a vivir su culto, lo hicieron actualizando los gestos y las palabras de Jesús, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para que su vida, alcanzada por esa gracia, se convirtiera en sacrificio espiritual ofrecido a Dios. Este enfoque fue una verdadera “revolución”. Escribe San Pablo en la Carta a los Romanos: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (12,1). La vida está llamada a convertirse en culto a Dios, pero esto no puede suceder sin la oración, especialmente la oración litúrgica. Que este pensamiento nos ayude cuando se vaya a Misa: voy a rezar en comunidad, voy a rezar con Cristo que está presente. Cuando vamos a la celebración de un Bautismo, por ejemplo, Cristo está ahí, presente, que bautiza. “Pero, Padre, esta es una idea, una forma de hablar”: no, no es una forma de hablar. Cristo está presente y en la liturgia tú rezas con Cristo que está junto a ti.


Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor que avive en nosotros la necesidad de participar en los divinos misterios, donde Cristo está presente, y que a través de la oración, especialmente de la oración litúrgica, toda nuestra vida sea un culto agradable a Dios. Que el Señor los bendiga.


 

LLAMAMIENTO

Mañana se celebrará la Primera Jornada Internacional de la Fraternidad Humana, que estableció recientemente una Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esta iniciativa también tiene en cuenta el encuentro del 4 de febrero de 2019 en Abu Dhabi, cuando el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb, y yo firmamos el Documento sobre la Fraternidad humana para la paz mundial y la convivencia común. Me complace mucho que las naciones de todo el mundo se unan a esta celebración, destinada a promover el diálogo interreligioso e intercultural. Por ello, mañana por la tarde participaré en un encuentro virtual con el Gran Imán de Al-Azhar, con el Secretario General de las Naciones Unidas, Sr. António Guterres, y con otras personalidades. La citada Resolución de las Naciones Unidas reconoce «la contribución que el diálogo entre todos los grupos religiosos puede aportar para que se conozcan y se comprendan mejor los valores comunes compartidos por toda la humanidad». Que esta sea nuestra oración hoy y nuestro compromiso durante todos los días del año.

 


 Resumen leído por el Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy consideramos el nexo entre la oración y la liturgia. El Catecismo de la Iglesia católica nos explica que «la oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma». Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto”, también ésta es oración de la Iglesia, que eleva a Dios su plegaria.

Como se sabe, a lo largo de la historia de la Iglesia ha estado presente la tentación de practicar un cristianismo intimista, es decir, una religiosidad que no reconocía a la liturgia, a los ritos públicos, su importancia espiritual, hasta considerarla inútil y dañina. Esto llevó a que muchos fieles, participando incluso a la Misa dominical, le hayan quitado importancia, y hayan buscado alimento para su fe y su vida espiritual en fuentes devocionales y no en la liturgia.

Sin embargo, esto está cambiando. La Constitución sobre la Liturgia del Vaticano II subrayó la importancia en la vida de los cristianos de la divina liturgia, que es acción de Cristo, que significa y realiza principalmente su misterio pascual. Por ello, no existe espiritualidad cristiana que no tenga como fuente la celebración de los divinos misterios, porque la liturgia no es una “oración espontánea”, sino acción de la Iglesia, encuentro con Cristo mismo, que se hace presente con la fuerza del Espíritu Santo, a través de los signos sacramentales, para comunicarnos su gracia. Un cristianismo sin liturgia es, por lo tanto, un cristianismo sin Cristo.

Necesitamos más cruces

 Jaume Vives


Resulta incomprensible que en un país como España, donde los mártires se cuentan por miles, no solo no haya más cruces que recuerden su amor y su memoria, sino que algunos se empeñen en quitarlas

Recuerdo que un sacerdote me dijo en Iraq que si escarbabas la tierra, además de petróleo, lo que ibas a encontrar era sangre de los mártires. Que por otro lado, es mucho más fértil y valiosa que el crudo. En España sucede algo parecido. Si bien aquí encontraríamos muy poco crudo, manantiales inmensos de sangre de mártires que ya disfrutan de la Vida Eterna, seguramente, los encontraríamos como en ningún otro país del mundo.

Solo en el siglo XX ha habido miles de mártires reconocidos por la Iglesia. En los años 30 se asesinó a 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y religiosos, 283 monjas y más de 3.000 seglares. Unos 10.000 muertos cuyo único delito fue profesar la Fe Católica y no renegar de ella.

Todos murieron por lo mismo: por su amor incondicional a la Cruz. Los asesinaron porque estaban enamorados del Crucificado. Y tan grande era su amor que algunos incluso se acercaron a la muerte entre cantos. Sí, entre cantos. Hay una película preciosa, de bajo presupuesto, que refleja fielmente esto y que recomiendo vivamente: Un Dios prohibido, la historia de los mártires de Barbastro.

Podemos, por tanto, estar muy orgullos de que fueran miles quienes por amor vivieron y por amor murieron antes que nosotros. Pues ese y no otro fue el motor de sus vidas y el mejor legado que nos dejaron quienes nos precedieron. Ese amor, concretado en la Cruz, que intentaron, sin éxito, arrancarles de su corazón.

El odio a la Cruz fue tan grande que algunas de las torturas infligidas son difíciles de describir. Pero su respuesta a tanto odio fue más amor todavía. Amor que se concretó en perdón a los verdugos, en hermosos cantos y en una inmensa paz de espíritu incluso en los últimos momentos de su vida mortal. Ese es el legado de los mártires. La fidelidad y el amor a la Cruz y al prójimo −también al prójimo enemigo−. Y por eso resulta tan incomprensible que en un país como España, donde los mártires se cuentan por miles, no solo no haya más cruces que recuerden su amor y su memoria, sino que algunos se empeñen en quitarlas.

Por eso es tan importante empezar una cruzada que inunde España de cruces. Para hacer más visible cada día esa Cruz que salva y que inunda de amor a todos quienes están dispuestos a abrazarla. Y por eso es tan importante el éxito de esta cruzada, que no tiene más objetivo que el de facilitar que cada uno de nosotros pueda abrazar su propia cruz.

El Mundo no quiere la Cruz

Por eso es tan triste que Carmen Flores, alcalde de Aguilar de la Frontera, diga que la cruz es un «agravio a las víctimas del franquismo» y una «anomalía democrática». Y por eso es tan bonito que, ante unas palabras y una decisión tan desacertada, la respuesta del pueblo haya sido fiel a los mártires que nos precedieron, más amor. Amor que en ese caso se ha concretado en una multitud de cruces y flores hermosas en la entrada de las Descalzas donde estaba la cruz hasta hace bien poco.

Lo decía el otro día un sacerdote en Misa: «El Mundo no quiere la Cruz, pero nuestra obligación es llevar la Cruz al Mundo», y los vecinos de Aguilar de la Frontera han entendido esto a la perfección.

La Cruz nos recuerda que existe un Amor que ha sido capaz de vencer a la muerte. Nos muestra que el final de este valle de lágrimas es dulce, pero que inevitablemente tenemos que cruzar el valle. Nos enseña que la muerte no es el final. Y nos ayuda a cargar nuestra propia cruz −que siempre nos acompaña− y a no olvidar que no es más el discípulo que el maestro, y el nuestro murió crucificado. Por todo ello necesitamos más cruces.


 Jaume Vives en: https://www.almudi.org/

Un patrón para los científicos

Ignacio del Villar

Pregonar la verdad no sirve de mucho si no se completa con el amor. Uno de los aspectos más destacados del genetista galo fue su gran compasión. Como médico, Lejeune asistió durante su vida a más de ocho mil personas con síndrome de Down, a las que trataba como a sus hios

Era el año 1958. El genetista francés Jérôme Lejeune (1926-1994), en un trabajo colaborativo con Raymond Turpin y Marthe Gautier, consiguió contar un cromosoma de más en el cariotipo de un individuo con síndrome de Down: la trisomía del cromosoma 21, el primer trastorno relacionado con una mala distribución del patrimonio hereditario.

Tiempo después, en 1963, Lejeune halló un fenómeno opuesto, el de personas a las que les falta un fragmento del cromosoma 5. Por humildad no quiso poner su apellido a este trastorno y lo llamó síndrome «del maullido de gato», aunque no pudo evitar que a menudo se le cite como enfermedad de Lejeune. También colaboró en el conocimiento del síndrome «18q» en 1966, y encontró otro en el que un cromosoma con forma de anillo sustituye al cromosoma 13 en 1968; identificó la trisomía 8 en 1969 y con la ayuda de Marie Odile Rethoré hizo lo propio con la trisomía 9 en 1970.

En 1969 le concedieron el William Allan Memorial Award, la máxima distinción que otorga la Sociedad Norteamericana de Genética. Precisamente en esta ceremonia se produjo un acontecimiento que cambió su vida. Le galardonaban porque gracias a su hallazgo podía determinarse si una persona tenía síndrome de Down antes de que naciera y, en consecuencia, practicar el aborto. Cuando le entregaron el premio pronunció estas palabras: «La naturaleza del ser humano está contenida tras la concepción en el mensaje cromosómico, lo que le diferencia de un mono o de un pato. Ya no se añade nada. El aborto mata al feto o embrión, y ese feto o embrión, se diga lo que se diga, es humano».    

Ese día le escribió a su mujer una carta en la que decía: «Hoy he perdido el Nobel de Medicina». Pero para él lo importante eran su familia y sus pacientes con síndrome de Down. Uno de ellos le abrazó a la vez que le confesaba: «Quieren matarnos. Usted tiene que defendernos. Somos muy débiles y no sabemos cómo».

Así que se dedicó a impartir charlas y a participar en debates donde recibió unos cuantos insultos. En una de las conferencias que dictó en París, unos asaltantes entraron con barras de hierro y agredieron a bastantes de los asistentes, entre ellos personas con discapacidad intelectual y ancianos. Jérôme y su mujer se libraron de los golpes, pero no de una serie de tomatazos y hasta de un filete de buey que impactó en la cara del genetista. Los manifestantes también arrojaron menudillos, al tiempo que gritaban que los fetos no son más que trozos de carne.

Pregonar la verdad no sirve de mucho si no se completa con el amor. Uno de los aspectos más destacados del genetista galo fue su gran compasión. Como médico, Lejeune asistió durante su vida a más de ocho mil personas con síndrome de Down, a las que trataba como a sus hijos. También se preocupaba por sus padres. No les engañaba en cuanto a lo que suponía esta alteración genética, pero les hacía ver también que su hijo no era un monstruo, que era un regalo de Dios. Tanto se desvivía por estas familias que llegaba a atenderles por teléfono incluso por las noches.

Jérôme Lejeune nos dejó como legado la Maison Tom Pouce, que protege a mujeres embarazadas o madres con un bebé de pocos meses, y la Fondation Lejeune, centrada en la investigación del genoma y en el apoyo de personas afectadas por el síndrome de Down o por una enfermedad genética.

La obra de Lejeune se cimenta también sobre una honda vida espiritual. Solía regalar rosarios que él mismo fabricaba, y cuando estaba en el extranjero hacía lo posible por encontrar una iglesia donde participar en la misa. De ahí que el proceso para su beatificación vaya por buen camino. Los científicos necesitan referentes que les ayuden a descubrir que ciencia y fe son compatibles; que es en sintonía con el Creador del mundo como mejor se puede llegar a comprenderlo y a mejorarlo. Ya tenemos a san Alberto Magno en el campo de la mineralogía y la zoología, san Cosme san Damián en la medicina, y al beato Nicolás Steno como fundador de la geología. ¿No se merece un patrono la Genética, quizá la ciencia más importante del siglo XXI?


Ignacio del Villar es profesor de la Universidad Pública de Navarra y autor del libro "Ciencia y fe católica: de Galileo a Lejeune."


Fuente: nuestrotiempo.unav.edu/es


02 febrero 2021

Jesús predica y cura

 El Papa en el Ángelus del Domingo


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje evangélico de hoy (cf. Mc 1,21-28) relata un día típico del ministerio de Jesús, se trata concretamente de un sábado, día dedicado al descanso y la oración, la gente iba a la sinagoga. En la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús lee y comenta las Escrituras. Su manera de hablar atrae a los presentes, que quedan asombrados porque demuestra una autoridad diferente a la de los escribas (v. 22). Además, Jesús se revela poderoso también en las obras. Así es, cuando un hombre en la sinagoga se vuelve contra él, llamándole el Santo de Dios, Jesús reconoce el espíritu maligno, le ordena que salga de ese hombre y lo expulsa (vv. 23-26).

Aquí vemos los dos elementos característicos de la acción de Jesús: la predicación y la obra taumatúrgica de curación: predica y cura. Ambos aspectos se destacan en el pasaje del evangelista Marcos, pero el que más sobresale es el de la predicación; el exorcismo se presenta para confirmar su “autoridad” singular y su enseñanza. Jesús predica con autoridad propia, como alguien que tiene una doctrina que procede de sí mismo, y no como los escribas que repetían tradiciones anteriores y leyes recibidas. Repetían palabras, palabras, palabras, solo palabras —como cantaba la gran Mina—. Eran así: solo palabras. En Jesús, en cambio, la palabra tiene autoridad, Jesús tiene autoridad. Y esto toca el corazón. La enseñanza de Jesús tiene la misma autoridad de Dios que habla; de hecho, con una sola orden libera fácilmente al poseído del maligno y lo cura. ¿Por qué? Porque su palabra obra lo que dice. Porque es el profeta definitivo. Pero, ¿por qué digo esto, qué es el profeta definitivo? Recordemos la promesa de Moisés. Dice Moisés: “Después de mí, más adelante, vendrá un profeta como yo —¡como yo!— que os enseñará” (cf. Dt 18,15). Moisés anuncia a Jesús como el profeta definitivo. Por eso [Jesús] no habla con autoridad humana, sino con autoridad divina, porque tiene el poder de ser el profeta definitivo, es decir, el Hijo de Dios que nos salva, nos sana a todos.

El segundo aspecto, el de las curaciones, muestra que la predicación de Cristo tiene como objetivo vencer el mal presente en el hombre y en el mundo. Su palabra apunta directamente contra el reino de Satanás, lo pone en crisis y lo hace retroceder, obligándolo a dejar el mundo. El poseído —ese hombre poseído, obseso—, tras la orden del Señor, es liberado y transformado en una nueva persona. Además, la predicación de Jesús pertenece a una lógica opuesta a la del mundo y del maligno: sus palabras se revelan como la alteración de un orden equivocado de las cosas. El diablo presente en el poseído, de hecho, grita cuando Jesús se acerca: «¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a arruinarnos?» (v. 24). Estas expresiones indican la total diferencia entre Jesús y Satanás: están en planos completamente diferentes; no hay nada en común entre ellos; son opuestos entre sí. Jesús, que tiene autoridad, que atrae a las personas con su autoridad, y también el profeta que libera, el profeta prometido que es el Hijo de Dios que sana. ¿Escuchamos las palabras autorizadas de Jesús? Siempre, no os olvidéis de llevar en el bolsillo o el bolso un pequeño Evangelio, para leerlo durante el día, para escuchar la palabra autorizada de Jesús. Y además, todos tenemos problemas, todos tenemos pecados, todos tenemos enfermedades espirituales. Pidamos a Jesús: “Jesús, tú eres el profeta, el Hijo de Dios, el que fue prometido para sanarnos. ¡Sáname!”. Pedir a Jesús la curación de nuestros pecados, de nuestros males.

La Virgen María guardó siempre en su corazón las palabras y los gestos de Jesús, y lo siguió con total disponibilidad y fidelidad. Que Ella nos ayude también a nosotros a escucharlo y seguirlo, para experimentar en nuestra vida los signos de su salvación.

 


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Pasado mañana, 2 de febrero, celebraremos la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, cuando Simeón y Ana, ambos ancianos, iluminados por el Espíritu Santo, reconocieron a Jesús como el Mesías. El Espíritu Santo suscita aún hoy en los ancianos pensamientos y palabras de sabiduría: su voz es preciosa porque canta las alabanzas de Dios y guarda las raíces de los pueblos. Nos recuerdan que la vejez es un regalo y que los abuelos son el eslabón entre las generaciones, para transmitir a los jóvenes experiencias de vida y de fe. A menudo se olvida a los abuelos y nosotros olvidamos esta riqueza de preservar las raíces y transmitir. Por eso he decidido instituir la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos, que se celebrará en toda la Iglesia cada año el cuarto domingo de julio, cerca de la fiesta de san Joaquín y santa Ana, los “abuelos” de Jesús. Es importante que los abuelos se encuentren con sus nietos y que los nietos se encuentren con sus abuelos, porque —como dice el profeta Joel— los abuelos soñarán frente a sus nietos, tendrán ilusiones [grandes deseos], y los jóvenes, tomando fuerzas de sus abuelos, irán adelante, profetizarán. Y precisamente el 2 de febrero es la fiesta del encuentro de abuelos con nietos.

Se celebra hoy el Día Mundial de la Lepra, iniciado hace más de sesenta años por Raoul Follereau y llevado adelante especialmente por las asociaciones inspiradas en su labor humanitaria. Expreso mi cercanía a quienes padecen esta enfermedad, y animo a los misioneros, agentes sanitarios y voluntarios comprometidos en su servicio. La pandemia ha confirmado lo necesario que es proteger el derecho a la salud de las personas más vulnerables: espero que los líderes de las naciones unan esfuerzos para curar a quienes padecen la enfermedad de Hansen y por su inclusión social.

Y saludo con cariño a los chicos y chicas de la Acción Católica de esta Diócesis de Roma —algunos de ellos están aquí—, reunidos de forma segura en las parroquias o conectados online, con motivo de la Caravana de la Paz. A pesar de la emergencia sanitaria, este año también, con la ayuda de padres y educadores y sacerdotes asistentes, han organizado esta maravillosa iniciativa. Siguen adelante con las iniciativas, ¡bien, muy bien! ¡Adelante, coraje! Sois estupendos, gracias. Y ahora escuchemos juntos el mensaje que algunos de ellos, aquí al lado, nos leerán en nombre de todos.

[Lectura del mensaje]

Normalmente, estos chicos traían globos para lanzarlos desde la ventana, pero hoy estamos encerrados aquí, no se puede hacer. ¡Pero el próximo año seguro que lo haréis!

Dirijo un cordial saludo a todos los que estáis conectados a través de los medios de comunicación. Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

La ley moral

Rafael María de Balbín

Como está presente en el corazón de todos los hombres, es universal, a todos se extiende, y determina los principales deberes y derechos humanos

No es raro hoy en día, cuando se trata de problemas morales, que se destaque la importancia de la conciencia individual y de las libres decisiones personales. Ya que la moral se refiere a la conducta del hombre-persona y concretamente a sus acciones deliberadas y libres. Todo esto es verdadero y muy importante.

Pero lo antes dicho no nos debe llevar a contraponer artificialmente la libertad humana y la ley moral. Esta contraposición sólo se produciría si el hombre pretendiera constituirse en legislador moral y, en cierta manera, en autosalvador. Sin embargo, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1949): “El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios. La ayuda divina le viene en Cristo por la ley que lo dirige y en la gracia que lo sostiene”.

¿Qué sentido tiene esta ley de Dios?: “La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal que apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y amable en sus promesas” (Ibidem, n. 1950).

La ley, según la clásica definición de Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica I-II, q. 90, a. 1) es una ordenación racional que el legislador promulga en orden al bien común. Dios creador, con sabiduría y bondad ha establecido para todas las creaturas un orden o regla, un plan que llamamos la ley eterna. El hombre participa de esta ley, conociéndola y dirigiendo libremente sus acciones según los requerimientos de ella. La ley moral, que todos los hombres conocen, mediante las luces de su razón, es la que llamamos ley natural, que “expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira” (Catecismo..., n. 1954).

El Catecismo de la Iglesia Católica se detiene en mostrar las características de esta ley moral natural, que es una guía que Dios proporciona a todos y a cada uno de los hombres. “La ley divina y natural (cf Conc. Vaticano II. Const. Gaudium et spes, n. 89) muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo en cuanto igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1955).

Como está presente en el corazón de todos los hombres, es universal, a todos se extiende, y determina los principales deberes y derechos humanos. Recoge unos principios morales comunes, aplicables a través de todas las épocas y culturas. Ello se debe a la igualdad esencial entre todos los hombres, en los que la dignidad humana es la misma aunque varíen las modalidades accidentales. “La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida, según los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes” (Catecismo..., n. 1957).

Es también inmutable, y no queda abolida por el paso del tiempo, al igual que los elementos esenciales de la naturaleza humana. Ciertamente el hombre tiene un ser histórico, inmerso en un flujo de ideas y situaciones cambiantes. Pero incluso cuando se niega alguna de las prescripciones de la ley natural, ésta vuelve a clamar por sus fueros, pues está radicada hondamente en nuestro modo específico de ser. Constituye el basamento moral necesario para las leyes de origen humano y para las rectas costumbres sociales.

Dios, supremo legislador, ha querido que los preceptos de la ley natural sean conocidos por todos, de manera clara e indudable. Pero para eso necesitamos ayuda. “En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error (Pío XII. Enc. Humani generis, D.S. 3876). La ley natural proporciona a la Ley revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios y armonizado con la obra del Espíritu” (Catecismo..., n. 1960).


Rafael María de Balbín en almudi.org

01 febrero 2021

El buen gobernante

 Juan Moya


Al gobernante no le ha de importar tanto el juicio de los hombres como el juicio de Dios, al que tendrá que dar cuenta del desempeño de su misión, lo crea o no, como todos tendremos que hacerlo

Por la importante tarea y la grave responsabilidad que recae sobre los gobernantes, se comprende que ya los clásicos señalaran las buenas cualidades que deben tener los que gobiernan. Por ejemplo Platón dejó escrito que los gobernantes deberían ser los que estén mejor dotados para ello, y vayan a servir al bien común y a la justicia. Incluso sugería que los que van a dedicarse a gobernar deberían ser educados para cumplir estrictamente su tarea. Como principios generales a tener en cuenta enseñaba que formar un buen gobernante exige además elegir a individuos que tengan un carácter noble y recto, educarlos en los principios de la virtud y la justicia enseñándoles a discernir el bien y el mal. Si a esto se une un don para conciliar opuestos, armonizar lo diverso, unir las voluntades, tendremos seres capaces de regir, con el auxilio de las leyes, una polis habitable y razonablemente feliz. 

Aristóteles opinaba que el hombre de Estado tiene que reunir tres cualidades: amor a las leyes, competencia en lo que atañe a su cargo y virtud y justicia adecuadas al régimen. Y en fin, Cicerón tenía muy claro que el gobernante debe poseer una integridad excepcional, lo que significa amor a la verdad −no mentir jamás−, rectitud de intención −buscar sinceramente el bien común y no sus propios intereses−, humildad para reconocer sus errores y aceptar las críticas, etc.

Estas cualidades no son algo simplemente conveniente sino necesarias para gobernar bien. Por eso, si el candidato −aunque haya sido elegido democráticamente− carece de ellas, si llega a gobernar lo hará mal; puede hacer un grave daño al país en aspectos fundamentales y arrastrar al desprestigio al partido que representa. Por eso es importante y lógico que el que aspira a desempeñar un puesto de alta responsabilidad no surja "de la nada", sino que haya demostrado ya su valía personal en otros ámbitos de cierto relieve, de igual modo que en una empresa privada sería inimaginable que fuera elegido para dirigirla quien no fuera ya conocido por su idoneidad y competencia.

Desde siempre, la Iglesia ha valorado en mucho la noble y difícil tarea de gobernar, por el gran servicio que debe ser para los gobernados y porque la legítima potestad humana tiene su último fundamento en Dios. Así, por ejemplo, leemos en la Constitución pastoral Gaudium et Spes, que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Por la responsabilidad de los gobernantes y para no desvirtuar la legitimidad del poder, es necesario que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común  (n. 74).

En las enseñanzas de los grandes maestros que hemos señalado encontramos las cualidades principales de todo buen gobernante. Apoyándonos en ellas podemos deducir algunos rasgos más, implícitos en ellas.

Además de la competencia, la integridad moral, el amor a la verdad, el respeto a las leyes y la humildad, el gobernante debe aceptar el cargo sabiendo que necesitará un gran espíritu de servicio y de amor a su país, para buscar siempre lo que más convenga al bien común, por encima de sus intereses personales.

El gobernante debe estar desprendido del poder, porque no debe buscar mantenerse el poder a toda costa sino servir. Y si no sirve, no sirve, no es útil. De aquí se deduce que al gobernante no le ha de importar tanto el juicio de los hombres como el juicio de Dios, al que tendrá que dar cuenta del desempeño de su misión, lo crea o no, como todos tendremos que hacerlo.

La tarea de gobernar es muy compleja y como es natural el que manda debe rodearse de colaboradores que deben tener, en un grado adecuado a sus responsabilidades, cualidades semejantes a las de su jefe.

El gobernante debe inspirar una gran confianza, lo que requiere competencia para desempeñar el cargo, dedicación seria a la misión encomendada, cumplir lo que dice, informar con objetividad y transparencia, reconocer con sencillez sus errores y admitir las críticas ponderadas. Si el pueblo advirtiera incompetencia, ocultamiento de información que el gobernante tiene obligación de comunicar, contradicción de criterios, falsedades comprobadas…, la confianza se convertiría en desconfianza, inseguridad, sospecha de intenciones ocultas…

Una muestra clara de buen gobierno es ser querido y admirado por los ciudadanos, incluso por lo que no le hayan votado; al menos estos reconocerán su valía y su ejemplaridad. Si un gobernante no es querido mayoritariamente por aquellos a los que gobierna, no habrá alcanzado una de las mayores satisfacciones del gobernante; y habría que revisar cómo ha cumplido su misión.

La doctrina de la Iglesia sobre la actitud que el cristiano ha de tener hacia los que gobiernan es evangélica. Basta recordar las indicaciones de San Pablo a Timoteo para que “se hagan súplicas y oraciones por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto” (1 Tim 2,2). El cristiano tiene presente en sus oraciones a los que gobiernan, y a la vez debe llamarle la atención −por los cauces adecuados− si se aparta del fin para el que ha sido elegido.

El año 2019 publiqué un libro titulado “El cristiano, luz del mundo”. Uno de los capítulos lo dediqué a la tarea de gobernar. Ahí aparecen algunas de estas ideas y otras más, a disposición del que desee consultarlas.

Juan Moya, en religion.elconfidencialdigital.com

31 enero 2021

¿Autoridad o prepotencia?

Juan Luis Selma


Para servir a los hombres y mujeres, debemos tratarlos respetando y recordando su dignidad

Como si no tuviéramos suficientes problemas con la pandemia y sus múltiples consecuencias, hemos sido testigos de la retirada de la Cruz del Llanito de la Descalzas de Aguilar de la Frontera. ¿Un acto de autoridad, o de autoritarismo?

Este lamentable suceso nos puede ayudar a reflexionar sobre el sentido de la autoridad. Somos sociales, el hombre necesita de los demás, pero la convivencia no es fácil. Cuando entran en conflicto diversos intereses es muy conveniente el recurso a una legítima autoridad: alguien que sirva a los demás garantizando la justicia y el orden, que proteja al desvalido y vele por los derechos de todos. Que sea punto de referencia, norte.

En la antigua Roma se concebía el poder como imperio, potestad y autoridad. No se trata de profundizar en el derecho romano, pero el imperio y la potestad eran ejercidos por el poder político, capaz de respaldar sus decisiones por la fuerza y la coacción. En cambio, la autoridad tiene una fuerza moral que dimana del prestigio reconocido de una persona. Pienso que esta cualidad debería adornarnos a todos, y más a los que tienen la misión de gobierno, de cuidar sirviendo a los demás.

Inconformista es el que quiere un mundo mejor
empezando por uno mismo

Auctoritas procede del verbo augere: aumentar, completar, auxiliar, apoyar; en cambio potestas tiene la connotación de poder, dominio, señorío, y puede derivar en poder despótico o despotismo. No todos tienen el poder, pero sí que todos podemos auxiliar, apoyar, completar y hacer crecer a los demás con nuestra autoridad moral.

En el caso de Aguilar sabemos cómo actuó la regidora del Ayuntamiento y dónde acabó la Cruz −preciado símbolo de los cristianos−. El párroco del lugar, en cambio, decía: “Lamento no haber tenido la opción de custodiar nuestro símbolo, del mismo modo que expreso el dolor de las Madres Carmelitas y nuestra comunidad parroquial que habrían custodiado la Cruz y encontrado otro emplazamiento privado para ella y ensalzar así su profundo significado para los cristianos. Así, he tratado de manifestarlo a nuestras autoridades, con las que mantengo buena relación, con el deseo de que hechos de este tipo no vuelvan a producirse”. Tenemos aquí un ejemplo de autoridad moral.

Leemos en el Evangelio: “En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas… ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen”. El pueblo ve en Jesús autenticidad, coherencia, todos sus poros transpiran bondad, verdad, belleza y la grandeza de Dios. Tiene el atractivo del que, con su autoridad, aumenta, auxilia, robustece, amplia, completa, suma, apoya, da plenitud, como significa del verbo augere.

Pero, además de la autenticidad y la coherencia, la autoridad necesita la verdad“La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una “fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido (Gaudium et spes)”. Nadie puede actuar al margen de las normas morales y éticas. Si quiere servir al hombre debe respetar su ser, su naturaleza, sus leyes innatas. Un ejemplo nos puede iluminar: no se hace ningún favor a un pez lanzándolo por las alturas: está hecho para nadar y no para volar.

Para servir bien a los hombres y mujeres, debemos tratarlos respetando y recordando su dignidad y grandeza: tiene cuerpo, sentimientos y espíritu y ninguno de estos componentes puede ser ofendido. Unos buenos padres, educadores o gobernantes deben velar para que los que dependen de ellos crezcan en todas las facetas que lo integran, sean realmente humanos y no se dejen llevar por lo cómodo, las modas o por sus egoísmos.

También potenciarán el espíritu con una formación integral religiosa, moral y humanística. Procuremos esta autoridad moral para servir mejor a los cercanos y lejanos. Seamos coherentes con nuestros principios, busquemos la verdad y no las componendas. Antes de corregir o criticar a los demás examinemos cómo nos comportamos nosotros. No renunciemos a los grandes ideales que han engrandecido nuestro pueblo. Busquemos siempre el bien y la belleza. Miremos hacia arriba, sigamos el ejemplo de los virtuosos y crecerá nuestra auctoritas.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

30 enero 2021

“Y se quedaron admirados de su enseñanza”

Domingo 4° semana tiempo ordinario

(Ciclo B)


Evangelio (Mc 1,21b-28)

Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar:

−¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!

Y Jesús le conminó:

−Cállate, y sal de él.

Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos:

−¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen.

Y su fama corrió pronto por todas partes, en toda la región de Galilea.


Comentario

Según la tradición cristiana, Marcos fue el discípulo que puso por escrito los recuerdos de Pedro sobre la vida de Jesús. En el evangelio de hoy se inicia el relato de una jornada entera del Señor. Aquel día pudo quedar especialmente grabado en la memoria de Pedro, porque transcurrió en el entorno de su propio hogar.

Según los hallazgos arqueológicos realizados en la zona, la sinagoga de Cafarnaún quedaría bastante cerca del lugar en el que se emplaza un antiquísimo culto cristiano en la antigua casa de Pedro. Es fácil imaginar la emoción del apóstol por albergar en su propia morada al Maestro, dándole cobijo, alimento y descanso.

Como todos los habitantes piadosos del lugar, el sábado por la mañana el Señor llegó junto con sus discípulos a la concurrida sinagoga. Pronto comenzó a enseñar a los presentes, quienes escuchaban admirados la predicación del nazareno. No era como la que solían escuchar a los fariseos. Aquel hombre hablaba con mucha autoridad, de forma novedosa y sorprendente.

Los oyentes de Jesús se fijarían mucho en su porte externo, sus ademanes y gestos, su manera de reaccionar espontáneamente ante los mismos sucesos que ellos vivían. Y esa forma de predicar con la propia presencia y actitud, la veían después reflejada en sus discursos.

Este hecho llamó siempre la atención de san Josemaría. Al buscar una biografía sintética de la vida de Jesús, encontró, entre otras, la que se refiere al ejemplo que daba Jesús con su actuación, otorgando autoridad a su predicación: “Coepit facere et docere −comenzó Jesús a hacer y luego a enseñar: tú y yo hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos llevar una doble vida: no podemos enseñar lo que no practicamos. En otras palabras, hemos de enseñar lo que, por lo menos, luchamos por practicar”.

Por eso, como explicaba san Gregorio Magno, “la manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras”. En cambio, fray ejemplo es siempre el mejor predicador.

Junto a la coherencia de vida, Jesús acompañaba su predicación con una potestad que dejaba admirados a sus contemporáneos: la de expulsar espíritus inmundos. Estos demonios se dirigían a Él con descaro y cierto conocimiento de su identidad y misión, sobre las cuales, revelaban a los presentes algunas cosas sin pudor y antes de tiempo. Pero a su vez, mostraban un temor obediente ante las órdenes de Jesús.

Luego los apóstoles serían enviados a predicar y a expulsar demonios en nombre de Jesús. También los cristianos estamos llamados a colaborar con el Maestro en la tarea de la evangelización, disipando la acción de los enemigos de las almas. Lo haremos precisamente anunciando el evangelio con coherencia de vida.

El Papa Francisco explicaba esta llamada apostólica así: “El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a quienes son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad... El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por lo tanto, es tarea de los cristianos difundir por doquier la fuerza redentora, convirtiéndose en misioneros y heraldos de la Palabra de Dios”.


Fuente: opusdei.org