05 febrero 2021

Arzobispo José Gómez: un perfil de valentía episcopal

 George Weigel


Sobre el Comunicado del Presidente de la USCCB, arzobispo José Gomez, sobre la Toma de Posesión de Joseph R. Biden Jr., como 46º Presidente de Estados Unidos de América

Durante su reunión anual en noviembre del año pasado, una masa crítica de obispos católicos de Estados Unidos reconoció que la elección de Joe Biden a la presidencia había llevado a la Iglesia a un punto crítico.

El presidente electo ha hablado durante mucho tiempo, y con evidente sinceridad, del modo en que su fe católica le había sostenido en momentos de gran sufrimiento, incluyendo la muerte de su primera esposa y de su hijo. Asistía regularmente a misa y era famoso por presumir de llevar su rosario consigo. En su campaña de 2020, ha citado al Papa Francisco, ha hablado a menudo de su afecto por las religiosas y ha invocado la doctrina social de la Iglesia como fuente de sus posiciones políticas.

Sin embargo, a lo largo de su carrera en el Senado y en sus ocho años como vicepresidente, Biden se ha convertido en un defensor cada vez más acérrimo de la interpretación más extrema del régimen del aborto impuesto al país por la sentencia Roe v. Wade de 1973, reforzada por la sentencia Planned Parenthood v. Casey de 1992.

Ha sido un gran defensor de la sentencia Obergefell v. Hodges y del "matrimonio gay" (él mismo ofició una ceremonia de este tipo cuando era vicepresidente). No ha habido ninguna distancia visible entre, por un lado, sus posiciones políticas recientes y, por el otro, las de los defensores más agresivos del colectivo LGBT y la "teoría de género". Además, parecía no ser consciente de las amenazas que todo esto suponía para la libertad religiosa de las instituciones católicas y los derechos de conciencia de los católicos en la sanidad, la educación y otros ámbitos.

Durante la campaña de las primarias de 2020, llegó a decir que, como presidente, anularía la exención del mandato anticonceptivo del Obamacare (que incluía algunos abortivos) que la administración saliente había concedido a las Hermanitas de los Pobres, que se negaban a incluir anticonceptivos y abortivos en la cobertura del seguro médico de sus empleados.

En la reunión de la Conferencia Episcopal estadounidense de noviembre se llegó a un punto de inflexión descrito posteriormente por un obispo como un "consenso atronador"; otro obispo dijo que la reunión concluyó con un "mandato fuerte y claro" para actuar. ¿Qué hacer entonces?

El presidente de la Conferencia Episcopal estadounidense, el arzobispo José Gómez, de Los Ángeles, decidió nombrar un grupo de trabajo para llevar adelante las relaciones con la nueva administración, que propondría un plan de acción a la luz de este desafío sin precedentes para la coherencia sacramental y moral de la Iglesia. El grupo de trabajo estaría presidido por el vicepresidente de la Conferencia Episcopal, el arzobispo Allen Vigneron, de Detroit; entre sus obispos miembros estarían los presidentes de las comisiones permanentes de la conferencia episcopal; y haría sus recomendaciones al presidente de la conferencia, monseñor Gómez, lo antes posible.

En dos reuniones el grupo de trabajo llegó rápidamente a un consenso y formuló sus recomendaciones al arzobispo Gómez. Tal y como informó posteriormente Gómez a los obispos, el grupo de trabajo había propuesto dos iniciativas.

La primera sería una carta dirigida al nuevo presidente por el arzobispo Gómez, escrita como pastor. La carta prometería apoyo a la nueva administración en los puntos de acuerdo. También identificaría las políticas de la administración, incluyendo el aborto, que los obispos consideran que violan la dignidad humana, e instaría al nuevo presidente a replantearse sus posiciones sobre estas cuestiones. La segunda iniciativa propuesta por el grupo de trabajo fue la elaboración de una declaración de la Conferencia sobre la coherencia eucarística de la Iglesia.

Esto último está por desarrollar −y será desarrollado−, pero el arzobispo Gómez está de acuerdo con la recomendación del grupo de trabajo de que se lleve a cabo un acercamiento al nuevo presidente lo antes posible. En lugar de una carta, Gomez optó por emitir una declaración pública el día de la toma de posesión de Biden.

Sin embargo, el día antes de la toma de posesión, el cardenal Blase Cupich, de Chicago, y el cardenal Joseph Tobin, de Newark, presionaron con fuerza al arzobispo Gómez para que no hiciera ninguna declaración; lo mismo hizo el nuncio apostólico en Estados Unidos, el arzobispo Christophe Pierre. El arzobispo Gomez resistió a esas presiones y planeó publicar su declaración a las 9 de la mañana del día de la toma de posesión, tres horas antes de que el nuevo presidente jurara su cargo. Entonces intervino la secretaría de Estado de la Santa Sede, exigiendo que se retrasara la publicación de la declaración.

La interpretación caritativa que se puede a dar a esta injerencia sin precedentes en la acción propuesta por una conferencia nacional de obispos es que reflejaba la preocupación del Vaticano por que la primera declaración católica sobre el nuevo presidente viniera del propio Papa (como ocurrió poco después del mediodía del 20 de enero, en un anodino mensaje de felicitación). También podría especularse, no sin razón, de que algunos de los que habían intentado silenciar al arzobispo Gómez hicieron gestiones ante el Vaticano, y tal vez ante el propio Papa Francisco.

En un artículo publicado en internet en America [revista jesuita], un funcionario del Vaticano no identificado dijo que la Santa Sede no había estado al tanto de la declaración inminente del arzobispo Gómez hasta horas antes de la publicación prevista de la declaración. ¿Quién, puede uno preguntarse, causó inquietud entre los funcionarios romanos en el último momento e instó al Vaticano a intervenir en los asuntos públicos estadounidenses? ¿Nadie, a uno u otro lado del Atlántico, consideró que esa injerencia es precisamente de lo que habían advertido siglos de viejas leyendas negras protestantes (por no hablar de las caricaturas de Thomas Nast)? ¿Habría intentado la Santa Sede anular o retrasar la publicación de una declaración del presidente de la conferencia episcopal alemana (algunas de cuyas recientes declaraciones públicas no han demostrado estar familiarizadas con las cuestiones establecidas de la doctrina y la práctica católica)? ¿Por qué el nuevo ultramontanismo sólo se aplica a Estados Unidos?

Estas son cuestiones interesantes para el futuro.

En cualquier caso, la declaración del arzobispo Gómez se publicó poco después de que el presidente Biden terminara su discurso de investidura. Era claramente una declaración pastoral, no un manifiesto político. Su tono era totalmente respetuoso y carente de clericalismo. Reconocía la renovación del nuevo presidente y expresaba públicamente su piedad en "una época de creciente y agresivo secularismo en la cultura estadounidense". Se comprometía a trabajar con la administración entrante en temas que los obispos habían destacado en la edición más reciente de su guía, Forming Consciences for Faithful Citizenship [Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles], como la política de inmigración, la reforma de la justicia penal, la lucha contra el racismo y el empoderamiento de los pobres. Acogía con satisfacción "el llamamiento del presidente Biden a la reconciliación y la unidad nacional" y proponía un diálogo con el nuevo presidente y la administración sobre los pasos que hay que llevar a cabo para construir una cultura de la vida en Estados Unidos.

Y la declaración destacaba adecuadamente la singular gravedad moral de las cuestiones relativas a la vida, subrayando que la licencia para abortar "no es solo un asunto privado, [sino que] plantea cuestiones preocupantes y fundamentales de fraternidad, solidaridad e inclusión en la comunidad humana". Así, escribe el arzobispo Gómez, la cuestión del aborto "es un asunto de justicia social", ya que los estadounidenses "no pueden ignorar la realidad de que las tasas de aborto son más altas entre los pobres y las minorías, y que el procedimiento se utiliza regularmente para eliminar niños que nacerían con discapacidades".

Según cualquier criterio razonable, la declaración del arzobispo Gómez fue equilibrada y mesurada; de no ser por la controversia que estalló antes y después de su publicación, algunos probablemente habrían argumentado que era demasiado equilibrada y demasiado mesurada. La controversia, sin embargo, subrayó la postura firme, clara e inequívoca de la declaración sobre la "prioridad preeminente" de las cuestiones relativas a la vida, y, por tanto, aumentó el impacto de aquellas partes de la declaración que los cardenales disidentes encontraron tan objetables que intentaron anular todo el documento.

Más tarde, el día de la toma de posesión, el cardenal Cupich emitió una declaración, seguida de una serie de tuits, en los que deploraba la declaración del arzobispo Gómez por considerarla "poco meditada", una "sorpresa para muchos obispos" y el resultado de "fallos institucionales internos" por parte de la Conferencia Episcopal estadounidense. No está claro si estos duros juicios reflejan la opinión tanto de Roma como de Chicago. En cualquier caso, no resistirían un análisis cuidadoso.

La sugerencia de que el arzobispo Gómez estaba actuando, de alguna manera, independientemente de la conferencia episcopal y, por ende, de forma irresponsable, es en sí misma injusta e irresponsable. La declaración del arzobispo se elaboró en respuesta a las recomendaciones del grupo de trabajo que había nombrado en noviembre. Esas recomendaciones reflejaban, a su vez, el amplio consenso entre los obispos mostrado en su reunión de noviembre.

Además, al identificar los puntos de acuerdo y desacuerdo con la administración entrante, la declaración no iba más allá de lo que la Conferencia Episcopal estadounidense había dicho durante años, incluso décadas. Sugerir que había sido una acción sin precedentes es falsificar la historia. Lo que sí era inédito, como señaló el arzobispo Gómez en su declaración, era la situación de un presidente de Estados Unidos que profesaba un catolicismo devoto y sincero y que, sin embargo, se comprometía públicamente a facilitar graves males morales. No reconocer ese hecho, y no abordarlo con el nuevo presidente, habría costado mucho a los obispos en cuanto a su propia autoestima y su credibilidad pública.

Ningún obispo que haya asistido a la reunión de la Conferencia Episcopal de noviembre y haya escuchado atentamente las preocupaciones expresadas allí debería haberse sorprendido por el contenido de la declaración del arzobispo Gómez. La declaración reflejaba con bastante precisión los temas dominantes de esa reunión.

Hay muchas cuestiones morales graves en el debate político público contemporáneo, pero las cuestiones relativas a la vida, como ha insistido el propio Papa Francisco, tienen prioridad porque afectan a cuestiones básicas de la dignidad humana y los primeros principios de la justicia. Algunos pueden sorprenderse de que el arzobispo Gómez haya tenido el valor de escribir tan directamente al presidente Biden, y hacerlo después de haber sido presionado por dos cardenales; pero tal sorpresa delata una ignorancia del hombre. El arzobispo Gómez es una persona tranquila y gentil que no busca el protagonismo; no es un tuitero empedernido; no es conflictivo. Pero, sobre todo, es un hombre de profunda fe y sólida piedad, que en noviembre comprendió que se había llegado a un punto de inflexión y que la credibilidad evangélica de la Iglesia estaba en juego por ello. Ofreció un perfil de valentía episcopal en un momento en el que otros −los verdaderos atípicos en este drama− exigían (uno espera que sin reconocer la analogía) una repetición del enfoque acomodaticio de los funcionarios públicos católicos defendido durante mucho tiempo por Theodore McCarrick, sobre todo durante las elecciones de 2004.

En los últimos meses, los obispos estadounidenses, incluyendo prácticamente a toda la cúpula episcopal de la conferencia, han manifestado su acuerdo en una cosa: mantener una falsa fachada de unidad episcopal no merece el sacrificio de las verdades que la Iglesia debe decir. Estas incluyen la verdad sobre la propia integridad sacramental de la Iglesia y la coherencia eucarística; las verdades sobre la dignidad y el valor inalienables de toda vida humana desde la concepción hasta la muerte natural; la verdad sobre la libertad religiosa en su totalidad y los derechos de conciencia de aquellos que se niegan a actuar contra la dignidad humana; y la verdad sobre la preocupación de la Iglesia por la salud espiritual de los funcionarios públicos católicos que, sea cual sea el grado de culpabilidad subjetiva, facilitan sin embargo graves males morales.

En su a menudo conmovedor discurso inaugural, el presidente Biden nos llamó a "poner fin a esta guerra civil que enfrenta a rojos y azules" y declaró su creencia de que "podemos hacerlo si abrimos nuestras almas en lugar de endurecer nuestros corazones". Dudo que el arzobispo José Gómez haya recibido una copia anticipada del discurso del presidente. Pero, providencialmente, su declaración en el día de la toma de posesión fue una invitación del pastor al presidente Biden para que hiciera precisamente eso: abrir su alma a la plenitud de la verdad católica. El arzobispo merece un gran crédito por haber tenido el valor de hacerlo, al igual que los muchos, muchos cardenales y obispos que lo apoyaron, y que seguirán trabajando para convertir este punto de inflexión en un momento de renovación católica evangélica, sin importar lo que cueste.

George Weigel

Fuente: religionenlibertad.com

04 febrero 2021

Cristianismo tabú

 Miguel Brugarolas


No se trata de instrumentalizar la cultura sino de apelar a los recursos espirituales y no tener miedo

La conversación sobre la presencia de los cristianos en el debate público de nuestro país se ha convertido en una extraordinaria ocasión para reflexionar sobre temas que atañen profundamente a la comprensión que el cristiano tiene de sí mismo y de su quehacer. El debate ha ido girando desde el papel de los cristianos en la vida pública, entendido especialmente en términos de guerra cultural o de batalla por el relato, hacia la positiva aportación de los cristianos en los ámbitos de la familia, la educación o el pensamiento, en el contexto de la actual crisis postmoderna.

Nos encontramos ante un proceso de descomposición de lo humano y lo social que ofrece ya tales signos que el diagnóstico se impone. Basta ver el eco que ha tenido en las redes (y fuera de ellas) el artículo sobre la vida de Flora, descrita crudamente por Esperanza Ruiz (Whiskas, Satisfyer y Lexatin, en El Debate de Hoy, 6.12.20), y solo por mencionar un relato. La realidad, por ser real, supera la ficción. 

La realidad humana es profundamente teológica
y a esta realidad es a la que es preciso retornar

En estrecha relación con esto, asistimos también a lo que podría llamarse cristianismo tabú. Es conocido el origen polinesio del término tabú, introducido en inglés por el Capitán de la Marina Real británica James Cook en uno de sus viajes por el Pacífico en el siglo XVIII. Generalmente se define como “lo prohibido”. Pero esto es solo una parte de su definición. En su sentido original −y también en su uso actual− hace referencia a una prohibición de la que no es fácil explicar su origen. Decir que algo prohibido es tabú, significa dar una razón de cierto tipo a esa prohibición. Pero, ¿qué tipo de razón? Se han buscado sus raíces en la superstición, el psicoanálisis, la cultura o la religión, lo cierto, sin embargo, es que tabú designa algo prohibido por no se sabe muy bien qué. Nadie denomina tabú a la prohibición de circular por autopista en sentido contrario porque todo el mundo la entiende, la realidad misma la hace inteligible. En cambio, tabú es toda norma que ha sido desgajada de la realidad en la que resulta comprensible o que ha sido despojada de la luz que permite entender su sentido. 

Una sociedad que se levanta sobre la ruptura con la propia historia y sobre el vaciamiento del sentido de las cosas −ya sea por puro relativismo, por la afirmación del poder sobre todo lo demás o por la superficialidad de la indiferencia−, tiene la peculiar capacidad de convertir en tabú todas las cosas, para abolirlas después. Pero este no es un poder creador de nada, sino destructor. Al tiempo que deja paso libre a la apisonadora del nihilismo, escasea los recursos con los que la persona puede comprenderse a sí misma y descubrir el fin hacia el que orientar su existencia en relación con los demás. No es que los diez mandamientos sean ya un tabú (esta vez, ilustrado), es que las bienaventuranzas, la cruz de Cristo, el himno a la caridad de San Pablo, o el juicio final, son realidades que aparecen tan incoherentes y discordantes con los dogmas de la posmodernidad, que resultan prácticamente igual de ininteligibles que los tabús hallados por los marineros del Capitán Cook entre los habitantes de Tonga. 

Con muy poco esfuerzo y menor resistencia Kamehameha II abolió los viejos tabús en el reino de Hawái. De modo parecido no faltan quienes querrían barrer todo lo cristiano de la sociedad. Ignoran, sin embargo, que −a diferencia de las olvidadas costumbres polinesias− el cristianismo brilla con luz propia, con la inextinguible luz de Cristo capaz de interpelar a cada generación; e ignoran también la profunda relación entre la realidad humana y la divina, desconociendo así que la factura por el rechazo de Dios se paga siempre en carne propia.

Para deshacer el cristianismo tabú es preciso emprender el camino de vuelta: retorno a la realidad y retorno a la luz que permite captar el sentido de las cosas. La teología cristiana, desde los comienzos, ha comprendido que Dios no es una limitación para el hombre, sino la fuente reveladora de lo auténticamente humano. Dios no juega con el hombre una partida de póquer: si gana Dios, pierde el hombre, y a la inversa. Como ha subrayado recientemente B. Daley, la realidad de Jesucristo −y, en definitiva, todo lo humano− no sigue las reglas de un juego de suma cero, cuanto más humano sea Jesús, menos divino puede ser; sino al contrario. El núcleo de la fe cristiana es que el Hijo de Dios −“uno de la Santísima Trinidad”, dice el II Concilio de Constantinopla− es también el más auténtico ser humano que existe. En la ternura del recién nacido encomendado a nuestro cuidado, en la serenidad del que no vive para sí mismo sino para los demás, en la novedad del que muere perdonando en la cruz, se nos muestra que lo más auténticamente humano es la paternidad de Dios hacia cada uno de nosotros. La realidad humana es profundamente teológica y a esta realidad es a la que es preciso retornar. El camino hacia lo divino transita por lo humano.

La fe cristiana tiene el poder de desvelar el sentido profundo de todo lo humano. En esto consiste precisamente la teología, en el camino que va del creer al comprender. Ya no solo se habla de Dios por lo que él ha dicho de sí mismo en la creación y en la historia, sino que la biblia y el mundo se vuelven transparentes para quien conoce a Cristo. De modo muy hermoso lo explica Máximo el Confesor: el cosmos es como un libro y la biblia es como el cosmos; ambos consisten en palabras (logoi) que, aun siendo diversas, cuando se comprenden a la luz de Cristo, del Logos, manifiestan a Dios mismo. Cristo ilumina todas las cosas, solo él desvela la coherencia de todo. 

No se trata de instrumentalizar la cultura sino de
apelar a los recursos espirituales y no tener miedo

Por esta razón, el evangelio apela siempre a la cabeza y al corazón. Son los recursos con los que cada generación puede hacer suyo el profundo sentido que encierran la vida y todas las cosas. Y no lo hace para que el hombre alcance una altura muy elevada no se sabe dónde, sino para que pueda acertar en la vida, ante lo impredecible y ante lo que se busca, para que sea capaz de enfocar bien las cosas y promueva con eficacia lo auténticamente humano, protegiéndolo de la tiranía de cada momento. Ningún cristiano puede echarse a un lado en esta tarea de comprender y comprenderse, sin grave perjuicio de su identidad.

Por ejemplo, no son pocos los episodios de la historia en los que lo cristiano ha sido utilizado como instrumentum regni, como un elemento al servicio de los poderes temporales. Nunca será superado del todo el peligro de reducir el cristianismo a una ideología, es decir, de anteponer la relación con los poderes del mundo a la relación con Dios; precisamente, cuando el cristianismo que se conoce es el cristianismo tabú, este riesgo es mucho mayor. 

Armando Zerolo ha escrito que “empezaremos a ganar la batalla cultural, cuando dejemos de librarla”, porque no se trata de instrumentalizar la cultura sino de apelar a los recursos espirituales y no tener miedo. En el fondo, la auténtica batalla cultural y la guerra por el relato no parece que sea la que tiene lugar en la plaza pública, sino la que libra cada cristiano ante Dios y ante la historia, mientras va escribiendo ese relato que transcurre desde que nace hasta su muerte. Quizá, la clave de las instituciones como la familia, la educación, las universidades, etc., sea su capacidad de ser auténtico soporte para esas batallas personales; no solo soporte, sino también inspiración y complicidad. Así es como el cristiano anima con el espíritu evangélico, como en ondas concéntricas expansivas, la existencia humana, la vida civil, las instituciones, las leyes y todo el entramado de relaciones que constituyen la sociedad.


Miguel Brugarolas es profesor de Teología Sistemática de la Universidad de Navarra

Fuente: elindependiente.com

03 febrero 2021

Rezar en la liturgia

El Papa en la Audiencia General

Catequesis 23


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la historia de la Iglesia, se ha registrado en más de una ocasión, la tentación de practicar un cristianismo intimista, que no reconoce a los ritos litúrgicos públicos su importancia espiritual. A menudo esta tendencia reivindicaba la presunta mayor pureza de una religiosidad que no dependiera de las ceremonias exteriores, consideradas una carga inútil o dañina. En el centro de las críticas terminaba no una particular forma ritual, o una determinada forma de celebrar, sino la liturgia misma, la forma litúrgica de rezar.

De hecho se pueden encontrar en la Iglesia ciertas formas de espiritualidad que no han sabido integrar adecuadamente el momento litúrgico. Muchos fieles, incluso participando asiduamente en los ritos, especialmente en la Misa dominical, han obtenido alimento para su fe y su vida espiritual más bien de otras fuentes, de tipo devocional.

En los últimos decenios, se ha caminado mucho. La Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II representa el eje de este largo viaje. Esta reafirma de forma completa y orgánica la importancia de la divina liturgia para la vida de los cristianos, los cuales encuentran en ella esa mediación objetiva solicitada por el hecho de que Jesucristo no es una idea o un sentimiento, sino una Persona viviente, y su Misterio un evento histórico. La oración de los cristianos pasa a través de mediaciones concretas: la Sagrada Escritura, los Sacramentos, los ritos litúrgicos, la comunidad. En la vida cristiana no se prescinde de la esfera corpórea y material, porque en Jesucristo esta se ha convertido en camino de salvación. Podemos decir que debemos rezar también con el cuerpo: el cuerpo entra en la oración.

Por tanto, no existe espiritualidad cristiana que no tenga sus raíces en la celebración de los santos misterios. El Catecismo escribe: «La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora» (n. 2655). La liturgia, en sí misma, no es solo oración espontánea, sino algo más y más original: es acto que funda la experiencia cristiana por completo y, por eso, también la oración es evento, es acontecimiento, es presencia, es encuentro. Es un encuentro con Cristo. Cristo se hace presente en el Espíritu Santo a través de los signos sacramentales: de aquí deriva para nosotros los cristianos la necesidad de participar en los divinos misterios. Un cristianismo sin liturgia, yo me atrevería a decir que quizá es un cristianismo sin Cristo. Sin el Cristo total. Incluso en el rito más despojado, como el que algunos cristianos han celebrado y celebran en los lugares de prisión, o en el escondite de una casa durante los tiempos de persecución, Cristo se hace realmente presente y se dona a sus fieles.

La liturgia, precisamente por su dimensión objetiva, pide ser celebrada con fervor, para que la gracia derramada en el rito no se disperse sino que alcance la vivencia de cada uno. El Catecismo lo explica muy bien y dice así: «La oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma» (ibid.). Muchas oraciones cristianas no proceden de la liturgia, pero todas, si son cristianas, presuponen la liturgia, es decir la mediación sacramental de Jesucristo. Cada vez que celebramos un Bautismo, o consagramos el pan y el vino en la Eucaristía, o ungimos con óleo santo el cuerpo de un enfermo, ¡Cristo está aquí! Es Él que actúa y está presente como cuando sanaba los miembros débiles de un enfermo, o entregaba en la Última Cena su testamento para la salvación del mundo.

La oración del cristiano hace propia la presencia sacramental de Jesús. Lo que es externo a nosotros se convierte en parte de nosotros: la liturgia lo expresa incluso con el gesto tan natural del comer. La Misa no puede ser solo “escuchada”: no es una expresión justa, “yo voy a escuchar Misa”. La Misa no puede ser solo escuchada, como si nosotros fuéramos solo espectadores de algo que se desliza sin involucrarnos. La Misa siempre es celebrada, y no solo por el sacerdote que la preside, sino por todos los cristianos que la viven. ¡Y el centro es Cristo! Todos nosotros, en la diversidad de los dones y de los ministerios, todos nos unimos a su acción, porque es Él, Cristo, el Protagonista de la liturgia.

Cuando los primeros cristianos empezaron a vivir su culto, lo hicieron actualizando los gestos y las palabras de Jesús, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para que su vida, alcanzada por esa gracia, se convirtiera en sacrificio espiritual ofrecido a Dios. Este enfoque fue una verdadera “revolución”. Escribe San Pablo en la Carta a los Romanos: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (12,1). La vida está llamada a convertirse en culto a Dios, pero esto no puede suceder sin la oración, especialmente la oración litúrgica. Que este pensamiento nos ayude cuando se vaya a Misa: voy a rezar en comunidad, voy a rezar con Cristo que está presente. Cuando vamos a la celebración de un Bautismo, por ejemplo, Cristo está ahí, presente, que bautiza. “Pero, Padre, esta es una idea, una forma de hablar”: no, no es una forma de hablar. Cristo está presente y en la liturgia tú rezas con Cristo que está junto a ti.


Saludos:

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor que avive en nosotros la necesidad de participar en los divinos misterios, donde Cristo está presente, y que a través de la oración, especialmente de la oración litúrgica, toda nuestra vida sea un culto agradable a Dios. Que el Señor los bendiga.


 

LLAMAMIENTO

Mañana se celebrará la Primera Jornada Internacional de la Fraternidad Humana, que estableció recientemente una Resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Esta iniciativa también tiene en cuenta el encuentro del 4 de febrero de 2019 en Abu Dhabi, cuando el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb, y yo firmamos el Documento sobre la Fraternidad humana para la paz mundial y la convivencia común. Me complace mucho que las naciones de todo el mundo se unan a esta celebración, destinada a promover el diálogo interreligioso e intercultural. Por ello, mañana por la tarde participaré en un encuentro virtual con el Gran Imán de Al-Azhar, con el Secretario General de las Naciones Unidas, Sr. António Guterres, y con otras personalidades. La citada Resolución de las Naciones Unidas reconoce «la contribución que el diálogo entre todos los grupos religiosos puede aportar para que se conozcan y se comprendan mejor los valores comunes compartidos por toda la humanidad». Que esta sea nuestra oración hoy y nuestro compromiso durante todos los días del año.

 


 Resumen leído por el Papa en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy consideramos el nexo entre la oración y la liturgia. El Catecismo de la Iglesia católica nos explica que «la oración interioriza y asimila la liturgia durante y después de la misma». Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto”, también ésta es oración de la Iglesia, que eleva a Dios su plegaria.

Como se sabe, a lo largo de la historia de la Iglesia ha estado presente la tentación de practicar un cristianismo intimista, es decir, una religiosidad que no reconocía a la liturgia, a los ritos públicos, su importancia espiritual, hasta considerarla inútil y dañina. Esto llevó a que muchos fieles, participando incluso a la Misa dominical, le hayan quitado importancia, y hayan buscado alimento para su fe y su vida espiritual en fuentes devocionales y no en la liturgia.

Sin embargo, esto está cambiando. La Constitución sobre la Liturgia del Vaticano II subrayó la importancia en la vida de los cristianos de la divina liturgia, que es acción de Cristo, que significa y realiza principalmente su misterio pascual. Por ello, no existe espiritualidad cristiana que no tenga como fuente la celebración de los divinos misterios, porque la liturgia no es una “oración espontánea”, sino acción de la Iglesia, encuentro con Cristo mismo, que se hace presente con la fuerza del Espíritu Santo, a través de los signos sacramentales, para comunicarnos su gracia. Un cristianismo sin liturgia es, por lo tanto, un cristianismo sin Cristo.

Necesitamos más cruces

 Jaume Vives


Resulta incomprensible que en un país como España, donde los mártires se cuentan por miles, no solo no haya más cruces que recuerden su amor y su memoria, sino que algunos se empeñen en quitarlas

Recuerdo que un sacerdote me dijo en Iraq que si escarbabas la tierra, además de petróleo, lo que ibas a encontrar era sangre de los mártires. Que por otro lado, es mucho más fértil y valiosa que el crudo. En España sucede algo parecido. Si bien aquí encontraríamos muy poco crudo, manantiales inmensos de sangre de mártires que ya disfrutan de la Vida Eterna, seguramente, los encontraríamos como en ningún otro país del mundo.

Solo en el siglo XX ha habido miles de mártires reconocidos por la Iglesia. En los años 30 se asesinó a 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y religiosos, 283 monjas y más de 3.000 seglares. Unos 10.000 muertos cuyo único delito fue profesar la Fe Católica y no renegar de ella.

Todos murieron por lo mismo: por su amor incondicional a la Cruz. Los asesinaron porque estaban enamorados del Crucificado. Y tan grande era su amor que algunos incluso se acercaron a la muerte entre cantos. Sí, entre cantos. Hay una película preciosa, de bajo presupuesto, que refleja fielmente esto y que recomiendo vivamente: Un Dios prohibido, la historia de los mártires de Barbastro.

Podemos, por tanto, estar muy orgullos de que fueran miles quienes por amor vivieron y por amor murieron antes que nosotros. Pues ese y no otro fue el motor de sus vidas y el mejor legado que nos dejaron quienes nos precedieron. Ese amor, concretado en la Cruz, que intentaron, sin éxito, arrancarles de su corazón.

El odio a la Cruz fue tan grande que algunas de las torturas infligidas son difíciles de describir. Pero su respuesta a tanto odio fue más amor todavía. Amor que se concretó en perdón a los verdugos, en hermosos cantos y en una inmensa paz de espíritu incluso en los últimos momentos de su vida mortal. Ese es el legado de los mártires. La fidelidad y el amor a la Cruz y al prójimo −también al prójimo enemigo−. Y por eso resulta tan incomprensible que en un país como España, donde los mártires se cuentan por miles, no solo no haya más cruces que recuerden su amor y su memoria, sino que algunos se empeñen en quitarlas.

Por eso es tan importante empezar una cruzada que inunde España de cruces. Para hacer más visible cada día esa Cruz que salva y que inunda de amor a todos quienes están dispuestos a abrazarla. Y por eso es tan importante el éxito de esta cruzada, que no tiene más objetivo que el de facilitar que cada uno de nosotros pueda abrazar su propia cruz.

El Mundo no quiere la Cruz

Por eso es tan triste que Carmen Flores, alcalde de Aguilar de la Frontera, diga que la cruz es un «agravio a las víctimas del franquismo» y una «anomalía democrática». Y por eso es tan bonito que, ante unas palabras y una decisión tan desacertada, la respuesta del pueblo haya sido fiel a los mártires que nos precedieron, más amor. Amor que en ese caso se ha concretado en una multitud de cruces y flores hermosas en la entrada de las Descalzas donde estaba la cruz hasta hace bien poco.

Lo decía el otro día un sacerdote en Misa: «El Mundo no quiere la Cruz, pero nuestra obligación es llevar la Cruz al Mundo», y los vecinos de Aguilar de la Frontera han entendido esto a la perfección.

La Cruz nos recuerda que existe un Amor que ha sido capaz de vencer a la muerte. Nos muestra que el final de este valle de lágrimas es dulce, pero que inevitablemente tenemos que cruzar el valle. Nos enseña que la muerte no es el final. Y nos ayuda a cargar nuestra propia cruz −que siempre nos acompaña− y a no olvidar que no es más el discípulo que el maestro, y el nuestro murió crucificado. Por todo ello necesitamos más cruces.


 Jaume Vives en: https://www.almudi.org/

Un patrón para los científicos

Ignacio del Villar

Pregonar la verdad no sirve de mucho si no se completa con el amor. Uno de los aspectos más destacados del genetista galo fue su gran compasión. Como médico, Lejeune asistió durante su vida a más de ocho mil personas con síndrome de Down, a las que trataba como a sus hios

Era el año 1958. El genetista francés Jérôme Lejeune (1926-1994), en un trabajo colaborativo con Raymond Turpin y Marthe Gautier, consiguió contar un cromosoma de más en el cariotipo de un individuo con síndrome de Down: la trisomía del cromosoma 21, el primer trastorno relacionado con una mala distribución del patrimonio hereditario.

Tiempo después, en 1963, Lejeune halló un fenómeno opuesto, el de personas a las que les falta un fragmento del cromosoma 5. Por humildad no quiso poner su apellido a este trastorno y lo llamó síndrome «del maullido de gato», aunque no pudo evitar que a menudo se le cite como enfermedad de Lejeune. También colaboró en el conocimiento del síndrome «18q» en 1966, y encontró otro en el que un cromosoma con forma de anillo sustituye al cromosoma 13 en 1968; identificó la trisomía 8 en 1969 y con la ayuda de Marie Odile Rethoré hizo lo propio con la trisomía 9 en 1970.

En 1969 le concedieron el William Allan Memorial Award, la máxima distinción que otorga la Sociedad Norteamericana de Genética. Precisamente en esta ceremonia se produjo un acontecimiento que cambió su vida. Le galardonaban porque gracias a su hallazgo podía determinarse si una persona tenía síndrome de Down antes de que naciera y, en consecuencia, practicar el aborto. Cuando le entregaron el premio pronunció estas palabras: «La naturaleza del ser humano está contenida tras la concepción en el mensaje cromosómico, lo que le diferencia de un mono o de un pato. Ya no se añade nada. El aborto mata al feto o embrión, y ese feto o embrión, se diga lo que se diga, es humano».    

Ese día le escribió a su mujer una carta en la que decía: «Hoy he perdido el Nobel de Medicina». Pero para él lo importante eran su familia y sus pacientes con síndrome de Down. Uno de ellos le abrazó a la vez que le confesaba: «Quieren matarnos. Usted tiene que defendernos. Somos muy débiles y no sabemos cómo».

Así que se dedicó a impartir charlas y a participar en debates donde recibió unos cuantos insultos. En una de las conferencias que dictó en París, unos asaltantes entraron con barras de hierro y agredieron a bastantes de los asistentes, entre ellos personas con discapacidad intelectual y ancianos. Jérôme y su mujer se libraron de los golpes, pero no de una serie de tomatazos y hasta de un filete de buey que impactó en la cara del genetista. Los manifestantes también arrojaron menudillos, al tiempo que gritaban que los fetos no son más que trozos de carne.

Pregonar la verdad no sirve de mucho si no se completa con el amor. Uno de los aspectos más destacados del genetista galo fue su gran compasión. Como médico, Lejeune asistió durante su vida a más de ocho mil personas con síndrome de Down, a las que trataba como a sus hijos. También se preocupaba por sus padres. No les engañaba en cuanto a lo que suponía esta alteración genética, pero les hacía ver también que su hijo no era un monstruo, que era un regalo de Dios. Tanto se desvivía por estas familias que llegaba a atenderles por teléfono incluso por las noches.

Jérôme Lejeune nos dejó como legado la Maison Tom Pouce, que protege a mujeres embarazadas o madres con un bebé de pocos meses, y la Fondation Lejeune, centrada en la investigación del genoma y en el apoyo de personas afectadas por el síndrome de Down o por una enfermedad genética.

La obra de Lejeune se cimenta también sobre una honda vida espiritual. Solía regalar rosarios que él mismo fabricaba, y cuando estaba en el extranjero hacía lo posible por encontrar una iglesia donde participar en la misa. De ahí que el proceso para su beatificación vaya por buen camino. Los científicos necesitan referentes que les ayuden a descubrir que ciencia y fe son compatibles; que es en sintonía con el Creador del mundo como mejor se puede llegar a comprenderlo y a mejorarlo. Ya tenemos a san Alberto Magno en el campo de la mineralogía y la zoología, san Cosme san Damián en la medicina, y al beato Nicolás Steno como fundador de la geología. ¿No se merece un patrono la Genética, quizá la ciencia más importante del siglo XXI?


Ignacio del Villar es profesor de la Universidad Pública de Navarra y autor del libro "Ciencia y fe católica: de Galileo a Lejeune."


Fuente: nuestrotiempo.unav.edu/es


02 febrero 2021

Jesús predica y cura

 El Papa en el Ángelus del Domingo


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje evangélico de hoy (cf. Mc 1,21-28) relata un día típico del ministerio de Jesús, se trata concretamente de un sábado, día dedicado al descanso y la oración, la gente iba a la sinagoga. En la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús lee y comenta las Escrituras. Su manera de hablar atrae a los presentes, que quedan asombrados porque demuestra una autoridad diferente a la de los escribas (v. 22). Además, Jesús se revela poderoso también en las obras. Así es, cuando un hombre en la sinagoga se vuelve contra él, llamándole el Santo de Dios, Jesús reconoce el espíritu maligno, le ordena que salga de ese hombre y lo expulsa (vv. 23-26).

Aquí vemos los dos elementos característicos de la acción de Jesús: la predicación y la obra taumatúrgica de curación: predica y cura. Ambos aspectos se destacan en el pasaje del evangelista Marcos, pero el que más sobresale es el de la predicación; el exorcismo se presenta para confirmar su “autoridad” singular y su enseñanza. Jesús predica con autoridad propia, como alguien que tiene una doctrina que procede de sí mismo, y no como los escribas que repetían tradiciones anteriores y leyes recibidas. Repetían palabras, palabras, palabras, solo palabras —como cantaba la gran Mina—. Eran así: solo palabras. En Jesús, en cambio, la palabra tiene autoridad, Jesús tiene autoridad. Y esto toca el corazón. La enseñanza de Jesús tiene la misma autoridad de Dios que habla; de hecho, con una sola orden libera fácilmente al poseído del maligno y lo cura. ¿Por qué? Porque su palabra obra lo que dice. Porque es el profeta definitivo. Pero, ¿por qué digo esto, qué es el profeta definitivo? Recordemos la promesa de Moisés. Dice Moisés: “Después de mí, más adelante, vendrá un profeta como yo —¡como yo!— que os enseñará” (cf. Dt 18,15). Moisés anuncia a Jesús como el profeta definitivo. Por eso [Jesús] no habla con autoridad humana, sino con autoridad divina, porque tiene el poder de ser el profeta definitivo, es decir, el Hijo de Dios que nos salva, nos sana a todos.

El segundo aspecto, el de las curaciones, muestra que la predicación de Cristo tiene como objetivo vencer el mal presente en el hombre y en el mundo. Su palabra apunta directamente contra el reino de Satanás, lo pone en crisis y lo hace retroceder, obligándolo a dejar el mundo. El poseído —ese hombre poseído, obseso—, tras la orden del Señor, es liberado y transformado en una nueva persona. Además, la predicación de Jesús pertenece a una lógica opuesta a la del mundo y del maligno: sus palabras se revelan como la alteración de un orden equivocado de las cosas. El diablo presente en el poseído, de hecho, grita cuando Jesús se acerca: «¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a arruinarnos?» (v. 24). Estas expresiones indican la total diferencia entre Jesús y Satanás: están en planos completamente diferentes; no hay nada en común entre ellos; son opuestos entre sí. Jesús, que tiene autoridad, que atrae a las personas con su autoridad, y también el profeta que libera, el profeta prometido que es el Hijo de Dios que sana. ¿Escuchamos las palabras autorizadas de Jesús? Siempre, no os olvidéis de llevar en el bolsillo o el bolso un pequeño Evangelio, para leerlo durante el día, para escuchar la palabra autorizada de Jesús. Y además, todos tenemos problemas, todos tenemos pecados, todos tenemos enfermedades espirituales. Pidamos a Jesús: “Jesús, tú eres el profeta, el Hijo de Dios, el que fue prometido para sanarnos. ¡Sáname!”. Pedir a Jesús la curación de nuestros pecados, de nuestros males.

La Virgen María guardó siempre en su corazón las palabras y los gestos de Jesús, y lo siguió con total disponibilidad y fidelidad. Que Ella nos ayude también a nosotros a escucharlo y seguirlo, para experimentar en nuestra vida los signos de su salvación.

 


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Pasado mañana, 2 de febrero, celebraremos la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, cuando Simeón y Ana, ambos ancianos, iluminados por el Espíritu Santo, reconocieron a Jesús como el Mesías. El Espíritu Santo suscita aún hoy en los ancianos pensamientos y palabras de sabiduría: su voz es preciosa porque canta las alabanzas de Dios y guarda las raíces de los pueblos. Nos recuerdan que la vejez es un regalo y que los abuelos son el eslabón entre las generaciones, para transmitir a los jóvenes experiencias de vida y de fe. A menudo se olvida a los abuelos y nosotros olvidamos esta riqueza de preservar las raíces y transmitir. Por eso he decidido instituir la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Ancianos, que se celebrará en toda la Iglesia cada año el cuarto domingo de julio, cerca de la fiesta de san Joaquín y santa Ana, los “abuelos” de Jesús. Es importante que los abuelos se encuentren con sus nietos y que los nietos se encuentren con sus abuelos, porque —como dice el profeta Joel— los abuelos soñarán frente a sus nietos, tendrán ilusiones [grandes deseos], y los jóvenes, tomando fuerzas de sus abuelos, irán adelante, profetizarán. Y precisamente el 2 de febrero es la fiesta del encuentro de abuelos con nietos.

Se celebra hoy el Día Mundial de la Lepra, iniciado hace más de sesenta años por Raoul Follereau y llevado adelante especialmente por las asociaciones inspiradas en su labor humanitaria. Expreso mi cercanía a quienes padecen esta enfermedad, y animo a los misioneros, agentes sanitarios y voluntarios comprometidos en su servicio. La pandemia ha confirmado lo necesario que es proteger el derecho a la salud de las personas más vulnerables: espero que los líderes de las naciones unan esfuerzos para curar a quienes padecen la enfermedad de Hansen y por su inclusión social.

Y saludo con cariño a los chicos y chicas de la Acción Católica de esta Diócesis de Roma —algunos de ellos están aquí—, reunidos de forma segura en las parroquias o conectados online, con motivo de la Caravana de la Paz. A pesar de la emergencia sanitaria, este año también, con la ayuda de padres y educadores y sacerdotes asistentes, han organizado esta maravillosa iniciativa. Siguen adelante con las iniciativas, ¡bien, muy bien! ¡Adelante, coraje! Sois estupendos, gracias. Y ahora escuchemos juntos el mensaje que algunos de ellos, aquí al lado, nos leerán en nombre de todos.

[Lectura del mensaje]

Normalmente, estos chicos traían globos para lanzarlos desde la ventana, pero hoy estamos encerrados aquí, no se puede hacer. ¡Pero el próximo año seguro que lo haréis!

Dirijo un cordial saludo a todos los que estáis conectados a través de los medios de comunicación. Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

La ley moral

Rafael María de Balbín

Como está presente en el corazón de todos los hombres, es universal, a todos se extiende, y determina los principales deberes y derechos humanos

No es raro hoy en día, cuando se trata de problemas morales, que se destaque la importancia de la conciencia individual y de las libres decisiones personales. Ya que la moral se refiere a la conducta del hombre-persona y concretamente a sus acciones deliberadas y libres. Todo esto es verdadero y muy importante.

Pero lo antes dicho no nos debe llevar a contraponer artificialmente la libertad humana y la ley moral. Esta contraposición sólo se produciría si el hombre pretendiera constituirse en legislador moral y, en cierta manera, en autosalvador. Sin embargo, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1949): “El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el pecado, necesita la salvación de Dios. La ayuda divina le viene en Cristo por la ley que lo dirige y en la gracia que lo sostiene”.

¿Qué sentido tiene esta ley de Dios?: “La ley moral es obra de la Sabiduría divina. Se la puede definir, en el sentido bíblico, como una instrucción paternal, una pedagogía de Dios. Prescribe al hombre los caminos, las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los caminos del mal que apartan de Dios y de su amor. Es a la vez firme en sus preceptos y amable en sus promesas” (Ibidem, n. 1950).

La ley, según la clásica definición de Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica I-II, q. 90, a. 1) es una ordenación racional que el legislador promulga en orden al bien común. Dios creador, con sabiduría y bondad ha establecido para todas las creaturas un orden o regla, un plan que llamamos la ley eterna. El hombre participa de esta ley, conociéndola y dirigiendo libremente sus acciones según los requerimientos de ella. La ley moral, que todos los hombres conocen, mediante las luces de su razón, es la que llamamos ley natural, que “expresa el sentido moral original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira” (Catecismo..., n. 1954).

El Catecismo de la Iglesia Católica se detiene en mostrar las características de esta ley moral natural, que es una guía que Dios proporciona a todos y a cada uno de los hombres. “La ley divina y natural (cf Conc. Vaticano II. Const. Gaudium et spes, n. 89) muestra al hombre el camino que debe seguir para practicar el bien y alcanzar su fin. La ley natural contiene los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral. Tiene por raíz la aspiración y la sumisión a Dios, fuente y juez de todo bien, así como el sentido del prójimo en cuanto igual a sí mismo. Está expuesta, en sus principales preceptos, en el Decálogo. Esta ley se llama natural no por referencia a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la proclama pertenece propiamente a la naturaleza humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1955).

Como está presente en el corazón de todos los hombres, es universal, a todos se extiende, y determina los principales deberes y derechos humanos. Recoge unos principios morales comunes, aplicables a través de todas las épocas y culturas. Ello se debe a la igualdad esencial entre todos los hombres, en los que la dignidad humana es la misma aunque varíen las modalidades accidentales. “La aplicación de la ley natural varía mucho; puede exigir una reflexión adaptada a la multiplicidad de las condiciones de vida, según los lugares, las épocas y las circunstancias. Sin embargo, en la diversidad de culturas, la ley natural permanece como una norma que une entre sí a los hombres y les impone, por encima de las diferencias inevitables, principios comunes” (Catecismo..., n. 1957).

Es también inmutable, y no queda abolida por el paso del tiempo, al igual que los elementos esenciales de la naturaleza humana. Ciertamente el hombre tiene un ser histórico, inmerso en un flujo de ideas y situaciones cambiantes. Pero incluso cuando se niega alguna de las prescripciones de la ley natural, ésta vuelve a clamar por sus fueros, pues está radicada hondamente en nuestro modo específico de ser. Constituye el basamento moral necesario para las leyes de origen humano y para las rectas costumbres sociales.

Dios, supremo legislador, ha querido que los preceptos de la ley natural sean conocidos por todos, de manera clara e indudable. Pero para eso necesitamos ayuda. “En la situación actual, la gracia y la revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales puedan ser conocidas de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error (Pío XII. Enc. Humani generis, D.S. 3876). La ley natural proporciona a la Ley revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios y armonizado con la obra del Espíritu” (Catecismo..., n. 1960).


Rafael María de Balbín en almudi.org

01 febrero 2021

El buen gobernante

 Juan Moya


Al gobernante no le ha de importar tanto el juicio de los hombres como el juicio de Dios, al que tendrá que dar cuenta del desempeño de su misión, lo crea o no, como todos tendremos que hacerlo

Por la importante tarea y la grave responsabilidad que recae sobre los gobernantes, se comprende que ya los clásicos señalaran las buenas cualidades que deben tener los que gobiernan. Por ejemplo Platón dejó escrito que los gobernantes deberían ser los que estén mejor dotados para ello, y vayan a servir al bien común y a la justicia. Incluso sugería que los que van a dedicarse a gobernar deberían ser educados para cumplir estrictamente su tarea. Como principios generales a tener en cuenta enseñaba que formar un buen gobernante exige además elegir a individuos que tengan un carácter noble y recto, educarlos en los principios de la virtud y la justicia enseñándoles a discernir el bien y el mal. Si a esto se une un don para conciliar opuestos, armonizar lo diverso, unir las voluntades, tendremos seres capaces de regir, con el auxilio de las leyes, una polis habitable y razonablemente feliz. 

Aristóteles opinaba que el hombre de Estado tiene que reunir tres cualidades: amor a las leyes, competencia en lo que atañe a su cargo y virtud y justicia adecuadas al régimen. Y en fin, Cicerón tenía muy claro que el gobernante debe poseer una integridad excepcional, lo que significa amor a la verdad −no mentir jamás−, rectitud de intención −buscar sinceramente el bien común y no sus propios intereses−, humildad para reconocer sus errores y aceptar las críticas, etc.

Estas cualidades no son algo simplemente conveniente sino necesarias para gobernar bien. Por eso, si el candidato −aunque haya sido elegido democráticamente− carece de ellas, si llega a gobernar lo hará mal; puede hacer un grave daño al país en aspectos fundamentales y arrastrar al desprestigio al partido que representa. Por eso es importante y lógico que el que aspira a desempeñar un puesto de alta responsabilidad no surja "de la nada", sino que haya demostrado ya su valía personal en otros ámbitos de cierto relieve, de igual modo que en una empresa privada sería inimaginable que fuera elegido para dirigirla quien no fuera ya conocido por su idoneidad y competencia.

Desde siempre, la Iglesia ha valorado en mucho la noble y difícil tarea de gobernar, por el gran servicio que debe ser para los gobernados y porque la legítima potestad humana tiene su último fundamento en Dios. Así, por ejemplo, leemos en la Constitución pastoral Gaudium et Spes, que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Por la responsabilidad de los gobernantes y para no desvirtuar la legitimidad del poder, es necesario que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común  (n. 74).

En las enseñanzas de los grandes maestros que hemos señalado encontramos las cualidades principales de todo buen gobernante. Apoyándonos en ellas podemos deducir algunos rasgos más, implícitos en ellas.

Además de la competencia, la integridad moral, el amor a la verdad, el respeto a las leyes y la humildad, el gobernante debe aceptar el cargo sabiendo que necesitará un gran espíritu de servicio y de amor a su país, para buscar siempre lo que más convenga al bien común, por encima de sus intereses personales.

El gobernante debe estar desprendido del poder, porque no debe buscar mantenerse el poder a toda costa sino servir. Y si no sirve, no sirve, no es útil. De aquí se deduce que al gobernante no le ha de importar tanto el juicio de los hombres como el juicio de Dios, al que tendrá que dar cuenta del desempeño de su misión, lo crea o no, como todos tendremos que hacerlo.

La tarea de gobernar es muy compleja y como es natural el que manda debe rodearse de colaboradores que deben tener, en un grado adecuado a sus responsabilidades, cualidades semejantes a las de su jefe.

El gobernante debe inspirar una gran confianza, lo que requiere competencia para desempeñar el cargo, dedicación seria a la misión encomendada, cumplir lo que dice, informar con objetividad y transparencia, reconocer con sencillez sus errores y admitir las críticas ponderadas. Si el pueblo advirtiera incompetencia, ocultamiento de información que el gobernante tiene obligación de comunicar, contradicción de criterios, falsedades comprobadas…, la confianza se convertiría en desconfianza, inseguridad, sospecha de intenciones ocultas…

Una muestra clara de buen gobierno es ser querido y admirado por los ciudadanos, incluso por lo que no le hayan votado; al menos estos reconocerán su valía y su ejemplaridad. Si un gobernante no es querido mayoritariamente por aquellos a los que gobierna, no habrá alcanzado una de las mayores satisfacciones del gobernante; y habría que revisar cómo ha cumplido su misión.

La doctrina de la Iglesia sobre la actitud que el cristiano ha de tener hacia los que gobiernan es evangélica. Basta recordar las indicaciones de San Pablo a Timoteo para que “se hagan súplicas y oraciones por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto” (1 Tim 2,2). El cristiano tiene presente en sus oraciones a los que gobiernan, y a la vez debe llamarle la atención −por los cauces adecuados− si se aparta del fin para el que ha sido elegido.

El año 2019 publiqué un libro titulado “El cristiano, luz del mundo”. Uno de los capítulos lo dediqué a la tarea de gobernar. Ahí aparecen algunas de estas ideas y otras más, a disposición del que desee consultarlas.

Juan Moya, en religion.elconfidencialdigital.com