08 febrero 2021

Jesús se apartaba y permanecía solo para rezar

 El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

¡De nuevo en la plaza! El Evangelio de hoy (cf. Mc 1,29-39) presenta la sanación, por parte de Jesús, de la suegra de Pedro y después de otros muchos enfermos y sufrientes que se agolpaban junto a Él. La de la suegra de Pedro es la primera sanación física contada por Marcos: la mujer se encontraba en la cama con fiebre; la actitud y el gesto de Jesús con ella son emblemáticos: «Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó» (v. 31), señala el Evangelista. Hay mucha dulzura en este sencillo acto, que parece casi natural: «La fiebre la dejó y ella se puso a servirles» (ibid.). El poder sanador de Jesús no encuentra ninguna resistencia; y la persona sanada retoma su vida normal, pensando enseguida en los otros y no en sí misma, y esto es significativo, ¡es signo de verdadera salud!

Ese día era un sábado. La gente del pueblo espera el anochecer y después, terminada la obligación del descanso, sale y lleva donde Jesús a todos los enfermos y los endemoniados. Y Él les sana, pero prohíbe a los demonios revelar que Él es el Cristo (cfr vv. 32-34). Desde el principio, por tanto, Jesús muestra su predilección por las personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu: es una predilección de Jesús acercarse a las personas que sufren tanto en el cuerpo como en el espíritu. Es la predilección del Padre, que Él encarna y manifiesta con obras y palabras. Sus discípulos han sido testigos oculares, han visto esto y después lo han testimoniado. Pero Jesús no les ha querido solo espectadores de su misión: les ha involucrado, les ha enviado, les ha dado también a ellos el poder de sanar a los enfermos y de expulsar a los demonios (cf. Mt 10,1; Mc 6,7). Y esto ha proseguido sin interrupción en la vida de la Iglesia, hasta hoy. Y esto es importante. Cuidar de los enfermos de todo tipo no es para la Iglesia una “actividad opcional”, ¡no! No es algo accesorio, no. Cuidar de los enfermos de todo tipo forma parte integrante de la misión de la Iglesia, como lo era de la de Jesús. Y esta misión es llevar la ternura de Dios a la humanidad sufriente. Nos lo recordará dentro de pocos días, el 11 de febrero, la Jornada Mundial del Enfermo.

La realidad que estamos viviendo en todo el mundo a causa de la pandemia hace particularmente actual este mensaje, esta misión esencial de la Iglesia. La voz de Job, que resuena en la Liturgia de hoy, una vez más se hace intérprete de nuestra condición humana, tan alta en la dignidad —nuestra condición humana, altísima en la dignidad— y al mismo tiempo tan frágil. Frente a esta realidad, siempre surge en el corazón la pregunta: “¿por qué?”.

Y Jesús, Verbo Encarnado, responde a este interrogante no con una explicación —a este porqué somos tan altos en la dignidad y tan frágiles en la condición—, Jesús no responde a este porqué con una explicación, sino con una presencia de amor que se inclina, que toma de la mano y hace levantarse, como hizo con la suegra de Pedro (cf. Mc 1,31). Inclinarse para hacer que el otro se levante. No olvidemos que la única forma lícita de mirar a una persona de arriba hacia abajo es cuando tú tiendes la mano para ayudarla a levantarse. La única. Y esta es la misión que Jesús ha encomendado a la Iglesia. El Hijo de Dios manifiesta su Señorío no “de arriba hacia abajo”, no a distancia, sino inclinándose, tendiendo la mano; manifiesta su Señorío en la cercanía, en la ternura y en la compasión. Cercanía, ternura, compasión son el estilo de Dios. Dios se hace cercano y se hace cercano con ternura y con compasión. Cuántas veces en el Evangelio leemos, delante de un problema de salud o cualquier problema: “tuvo compasión”. La compasión de Jesús, la cercanía de Dios en Jesús es el estilo de Dios. El Evangelio de hoy nos recuerda también que esta compasión tiene sus raíces en la íntima relación con el Padre. ¿Por qué? Antes del alba y después del anochecer, Jesús se apartaba y permanecía solo para rezar (v. 35). De allí sacaba la fuerza para cumplir su ministerio, predicando y sanando.

Que la Virgen Santa nos ayude a dejarnos sanar por Jesús —siempre lo necesitamos, todos— para poder ser a nuestra vez testigos de la ternura sanadora de Dios.


Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

En estos días sigo con viva preocupación el desarrollo de la situación que se ha creado en Myanmar, país que, desde mi visita apostólica de 2017, llevo en el corazón con mucho afecto. En este momento tan delicado deseo asegurar nuevamente mi cercanía espiritual, mi oración y mi solidaridad al pueblo de Myanmar. Y rezo para que los que tienen responsabilidad en el país se pongan al servicio del bien común con sincera disponibilidad, promoviendo la justicia social y la estabilidad nacional, para una armoniosa convivencia democrática. Rezamos por Myanmar. [momento de silencio]

Deseo dirigir un llamamiento a favor de los menores migrantes no acompañados. ¡Son muchos! Lamentablemente, entre aquellos que por varios motivos están obligados a dejar la propia patria, hay siempre decenas de niños y chicos solos, sin la familia y expuestos a muchos peligros. En estos días, me han informado de la dramática situación de los que se encuentran en la llamada “ruta balcánica”. Pero los hay en todas las “rutas”. Hagamos que a estas criaturas frágiles e indefensas no les falte el cuidado debido y los canales humanitarios preferenciales.

Hoy se celebra en Italia la Jornada por la Vida, sobre el tema “Libertad y vida”. Me uno a los obispos italianos al recordar que la libertad es el gran don que Dios nos ha dado para buscar y alcanzar el bien propio y de los otros, a partir del bien primario de la vida. Nuestra sociedad debe ser ayudada a sanar de todos los atentados contra la vida, para que sea tutelada en todas sus fases. Y me permito añadir una preocupación mía: el invierno demográfico italiano. En Italia los nacimiento han disminuido y el futuro está en peligro. Tomemos esta preocupación y tratemos de hacer que este invierno demográfico termine y florezca una nueva primavera de niños y niñas.

Mañana, memoria litúrgica de santa Josefina Bakhita, religiosa sudanesa que conoció las humillaciones y los sufrimientos de la esclavitud, se celebra la Jornada de oración y reflexión contra la trata de personas. Este año el objetivo es trabajar por una economía que no favorezca, ni siquiera indirectamente, estos tráficos innobles, es decir una economía que no haga nunca del hombre y de la mujer una mercancía, un objeto, sino siempre el fin. El servicio al hombre, a la mujer, pero no usarlos como mercancía. Pidamos a santa Josefina Bakhita que nos ayude en esto.

Y dirijo mi cordial saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos: estoy contento de veros de nuevo reunidos en la plaza, también a los habituales, las monjas españolas aquí, que son valientes, siempre, ¡con la lluvia y con el sol están ahí! También a los chicos de la Inmaculada… A todos vosotros. Me alegro. Os deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

07 febrero 2021

Don Sancho de la Panza


ENRIQUE Gª-MÁIQUEZFACEBOOK

ENRIQUE Gª-MÁIQUEZ


Poca recompensa parece una ínsula para Sancho Panza, aunque fuese de verdad

Llevo tiempo pensando que los españoles disfrutamos poco con las victorias y éxitos de don Quijote; y así nos va. Éxitos tuvo a puñados en sus aventuras. ¿O acaso no iba él en extremo contento, ufano y vanaglorioso tras haber alcanzado victoria de tan valiente caballero como era el de los Espejos? También zurró al vizcaíno, con perdón del PNV. Y con los leoncitos, ¿qué, eh? A ver si Hamlet se hubiese decidido así como así. ¿O cómo hubiesen terminado las bodas de Camacho, ay, si no llega él a blandir su lanza y a reinstaurar con la sola acción de su brazo los derechos del amor, los del matrimonio indisoluble y los del sentido común? Con un don Quijote campando por Verona, Romeo y Julieta se hubiesen casado para bien, y habrían fundido las sangres de los Capuleto y los Montesco en siete u ocho preciosos zagales que habrían hecho las delicias de sus abuelos. Nos iría mejor como españoles si no nos fijásemos sólo en las pedradas y en los dientes rotos de nuestro hidalgo.

Lo comento apasionadamente con mi hija, que me apoya. Ella (¡oh el peso de la genética!) llama a Sancho Panza "don Sancho de la Panza". Naturalmente no la pienso corregir. Me parece que la niña culmina el contagio que dejó apuntado Miguel de Cervantes con mano diestra. Sancho se ha ganado el tratamiento a pulso.

Porque pocas cosas hay tan nobles como servir. Para mí que de la escuela de mi hija fueron Dickens, cuando le puso Sam al criado de Pickwick, y Tolkien, que también puso Sam al sirviente de Frodo en El señor de los anillos. La sombra de Sancho en sendos Sam asoma de sobra en el sonido, el humor y la dignidad. La de don Sancho de la Panza, quiero decir.

O la de San Sancho Panza, si lo nombramos patrón de los servidores literarios. Son tan importantes que de ellos escribió un ensayo memorable W. H. Auden y unas luminosas memorias narrativas la baronesa Blixen, tituladas Sombras en la hierba. Quizá la grandeza de Sancho y su santidad estriban en que fue el primer español y el único que supo fijarse más en las victorias de don Quijote que en sus fracasos. "No hay hombre grande para su ayuda de cámara", dijo Napoleón, el pobre, pero es mucho más hermosa la admiración invencible de don Sancho Panza por su señor. Mi hija, en eso también le sigue y me ve estupendo, ¡a mí!, a pesar de los chocazos que me doy y de lo cerca que me tiene. Así, ¿quién no va ir por la vida contento, ufano y vanaglorioso?


 Enrique Gª Maíquez en https://www.diariodecadiz.es/

Es necesario tener un proyecto, un plan de vida

Juan Luis Selma


Va pasando el tiempo y son las circunstancias las que suelen marcan nuestro camino, pero podemos cambiarlo; debemos soñar y luchar

Suele pasarnos que hacemos muchas cosas sin sentido. Va transcurriendo el tiempo y son las circunstancias las que dirigen nuestra vida. Vamos tan rápidos que no nos da tiempo de marcar el rumbo, nos parece que pararnos para marcar el destino en el navegador es perder el tiempo; mejor salir a toda prisa, acelerar y ya veremos a dónde vamos. Así son otros los que dirigen nuestra vida sin darnos cuenta.

La publicidad, los medios y las redes nos tienen encandilados, anestesiados, subyugados. Ya hay quien piensa por nosotros y nos manipula. Un buen ciudadano sería el buen consumidor: gastando es feliz y mueve la economía. Se vive para ganar y gastar. Encefalograma plano. La libertad se reduce a escoger una serie o a pedir una hamburguesa con o sin cebolla. Pensamos poco.

Es frecuente encontrar jóvenes apáticos, deprimidos, sin ganas de vivir. No podemos olvidar que la causa mayor de mortandad juvenil es el suicidio, no solo en los fríos lugares nórdicos, también en España, en la luminosa Andalucía. Muchos mayores viven solos y se encuentran con las manos vacías. Hay multitud de indolentes cuyo único consuelo es ver la televisión y consumir, también mucha pornografía. ¿Era ese su sueño, su destino? ¿Podemos hacer algo para escapar de esta maraña que quiere atraparnos?

¡Claro que sí! Podemos tener una vida plena. Debemos soñar y luchar. Vivir con grandeza. Ahora se habla mucho de la burbuja, del aislamiento, de evitar el contagio. Algunos han inventado una especie de pompa gigante para poder asistir a los macroconciertos y no contaminarse. Tengamos personalidad, pensemos nuestra vida, proyectemos nuestro día a día, nuestro futuro. Soñemos sin miedo, tengamos ilusión. Hay que sacar de nosotros todo el potencial que tenemos.

Recuerdo un paseo de pequeño con la clase, íbamos de excursión. Un niño se cansó y comenzó a quejarse. El comentario del maestro nunca se me ha olvidado: “el ser humano puede mucho más de lo que le parece, cuando pensamos que ya no podemos más, estamos comenzando”. Al poco tiempo el niño caminaba con todos.

El Evangelio de hoy nos muestra un día de la vida de Jesús. Al salir de la sinagoga va a la casa de Pedro y cura a su suegra, almuerza con ellos y al atardecer se le acercan los enfermos para que los cure, una gran multitud. Sigue curando y expulsando demonios hasta la noche, tras un merecido descanso se levanta de madrugada para orar. Comienza un nuevo día de intensa predicación y de nuevas curaciones. Así transcurre la vida del Maestro: haciendo el bien. Una vida intensa, plena, entregada. Cuando regrese a la casa del Padre lo hará con las manos bien llenas.

Tengamos un proyecto, un plan ilusionante, que dirija nuestros pasos, que marque el rumbo de nuestro ser. Así todo se llenará de sentido, de eficacia. Al igual que Jesús, al despertarnos, podemos planear lo que queremos hacer, lo que libremente elegimos en los diversos campos del actuar diario: trabajo, familia, amigos, descanso y diversión, trato con Dios. Así no haremos lo que nos marque la rutina, o los demás, sino lo que enriquece la existencia. De este modo veré que lo costoso, lo monótono se llena de sentido y me realiza como persona libre.

En los Diálogos de Platón leemos: “Pareces no saber que quien entra en contacto con Sócrates y traba conversación con él, por más que realmente haya empezado a hablar de otra cosa totalmente distinta, siempre se ve llevado por él en el curso de la conversación hasta un punto en el que se encuentra en la necesidad de dar razón de sí mismo, de cómo se vive ahora y de qué vida ha llevado hasta el momento”. Dar sentido a todo lo que hacemos.

Me decían unos novios que ellos lo tenían muy claro: querían ir al Cielo, vivir una vida llena de sentido cristiano. Están felices viviendo bien su noviazgo y da envidia verlos. Estudiemos si lo que hacemos va en la línea de lo que realmente queremos hacer. “Perdamos un momento” en elegir la dirección de nuestra vida. Hagamos un plan para que todo lo que hacemos esté en la línea de lo que queremos ser, de lo que somos.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

06 febrero 2021

La unidad de vida

Domingo 5° semana del tiempo ordinario

 (Ciclo B)

“Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios”. El inicio de la vida pública del Señor se presenta con muchas ocupaciones, pero con el único afán de cumplir la voluntad de su Padre. Un ejemplo maravilloso de unidad de vida y de aprovechamiento del tiempo.


Evangelio (Mc 1, 29-39)

En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles. Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él, y cuando lo encontraron le dijeron:

−Todos te buscan.

Y les dijo:

−Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido.

Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios.


Comentario

San Marcos nos presenta hoy varios episodios relativos a los comienzos de la vida pública de Nuestro Señor, esos tres años que siguieron a los treinta de la vida oculta, que para los cristianos que viven en medio del mundo tienen un significado tan grande. En realidad, para referirse a esos treinta años se podría emplear la expresión “vida ordinaria de Jesús”.

El texto de hoy ofrece un buen resumen de cómo empezó este nuevo periodo de su vida que terminará con la Pasión, su Muerte redentora y su Resurrección gloriosa, fin principal de la Encarnación. Este resumen constituye además un modelo excelente para los cristianos que tienen que cumplir su misión de apóstoles en la vida de todos los días. Si se leen con atención, esos 11 versículos dan cuenta en cierto modo de un día de la vida del Señor. Se trataba de un sábado, porque el capítulo empieza con el servicio de la sinagoga y vemos además que los habitantes de Cafarnaúm tuvieron que esperar hasta la puesta del sol para llevarle sus enfermos, con el fin de respetar el reposo sabático. Al término de una jornada tan intensa, Jesús los recibe a todos: “curó a muchos” y “expulsó a muchos demonios”. Lo que nos debe animar a recurrir a él cuando encontramos dificultades o tenemos problemas, sin pensar que podemos “molestarle”. Está siempre disponible. También nosotros queremos estar siempre disponibles para los que nos rodean.

San Marcos añade a renglón seguido que “de madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración”, como para poner de relieve la importancia que daba el Señor a la oración, incluso cuando nos sentimos desbordados. Sin oración, la vida interior resulta prácticamente imposible, así como una de sus consecuencias más evidentes, lo que San Josemaría llamaba la “unidad de vida” del cristiano. Ha repetido siempre, incansablemente, “que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser en el alma y en el cuerpo santa y llena de Dios” (Conversaciones, n° 114).

El evangelio, por tanto, nos presenta un ejemplo claro de la unidad de vida del Señor y cómo aprovechaba bien el tiempo del que disponía cada día. En esta línea, podemos establecer una comparación entre las 24 horas del día y el plazo que Dios dispone en las conocidas parábolas de los talentos: “Negociad hasta que vuelva” (Lc 19,13) y de las diez vírgenes “Ya llega el esposo: salid a su encuentro” (Mt 25,6).

Y es que a lo largo de la Santa Escritura se insiste con frecuencia en la idea de un “plazo” para realizar los cometidos. No le gustan a Dios ni la tibieza ni el egoísmo, porque está en juego la salvación de las almas y del mundo. Pidamos a la Santísima Virgen, nuestra Madre, que nos obtenga la misma docilidad y la misma prontitud con las que ella respondió al anuncio de San Gabriel: “Fiat mihi”.


Fuente: opusdei.org

Congoja

 Pedro López


El drama de nuestro tiempo es la pérdida de la esperanza. La actual pandemia nos está poniendo en un brete, pues la soledad, que se convierte en congoja, acompaña a muchos de los nuestros, enfermos y hospitalizados, especialmente los más mayores y necesitados de compañía

No hay modo más entrañablemente humano de vivir que hacerlo con esperanza. No en vano se dice que la esperanza es lo último que se pierde, entendiendo esta expresión no como algo que se finaliza, que se acaba, sino como algo que se consuma, porque llegado al término, la esperanza se hace vana: no la necesitamos. Es el último suspiro de un mundo que se acaba y de otro genuinamente acabado que nos aguarda: al pasar definitivamente la frontera de la muerte, la esperanza se desvanece al encontrarse con la realidad esperada.

En momentos, como los presentes, con su diario rastro de dolor e impotencia, se hace necesario infundir e infundirnos esperanza, no meramente buenos deseos y mucho menos palabrería: se precisa silencio, paso comedido, densidad y, sobre todo, cercanía en la aflicción. Por esto mismo, la esperanza responde al anhelo más profundo del hombre: aspirar a una vida en la que «Dios enjugará todas las lágrimas de nuestros ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni sufrimiento, ni fatigas, porque todo lo anterior habrá pasado» (Ap 21,4).

El drama de nuestro tiempo es la pérdida de la esperanza. La actual pandemia nos está poniendo en un brete, pues la soledad, que se convierte en congoja, acompaña a muchos de los nuestros, enfermos y hospitalizados, especialmente los más mayores y necesitados de compañía. ¡Cuántas historias pequeñas y grandiosas están sucediendo a nuestra vera! Espero que, dentro de poco tiempo, se escriban, por parte de los protagonistas, esos acontecimientos agolpados, llenos de humanidad, que hoy nos golpean en lo más profundo de nuestro ser. Y sin embargo, considero que son ellos los que nos están dando ánimo a raudales.

Me refiero a médicos, ATS, auxiliares, capellanes, etc., que están demostrando una abnegada resistencia, junto a una particular −porque cada enfermo tiene unas necesidades diversas− delicadeza y ternura, derrochando a manos llenas paciencia. Me consta que se está haciendo, y bien; y expreso un profundo agradecimiento que es compartido por la totalidad de nuestros conciudadanos. Es esperanza depositada, de algún modo, en sus manos, en medio de la fragilidad y con los recursos de que disponen: el más grande y mejor, sin duda, su corazón compasivo.

La congoja, como escribiera Unamuno, es «algo mucho más hondo, más íntimo y más espiritual que el dolor». Porque, como indica su etimología, la congoja es la angustia compartida, y «se hace íntimamente religiosa hasta hacernos acostar en el seno de Dios y recibir allí el riego de sus lágrimas divinas». 


Pedro López, en levante-emv.com

05 febrero 2021

Carta a un profesor posmoderno

 José María Torralba

El autor responde al artículo de Diego S. Garrocho 'Carta a un joven posmoderno' desde la perspectiva de un profesor


Querido colega:

Ya habrás leído el reciente artículo Carta a un joven posmoderno de Diego S. Garrocho en El español. Se trata de un mentís en toda regla al discurso intelectual que, desde hace décadas, reciben los jóvenes que pasan por nuestras aulas. 

No se deja a nadie fuera: desde Friedrich Nietzsche como catalizador de la rebeldía adolescente hasta Judith Butler como incitadora de la liberación del propio cuerpo. ¿Recuerdas esa conferencia en la universidad donde el ponente comenzó diciendo: “Yo no soy real, sólo estoy presente aquí por medio de mi palabra?”

Pensamos que iba de broma, pero no. Y era uno de los gurús del momento.

Esta no es la primera vez que alguien de la profesión critica los excesos de la filosofía posmoderna. Al contrario, supuestamente nos pagan para eso: pensar, contrastar posturas y, ojalá, aprender unos de otros.

Además, la posmodernidad no surge de la nada, sino como reacción al dominio de la racionalidad instrumental, al intento de reducir la complejidad de la vida a ideas claras y distintas y, especialmente, al desmoronamiento de los grandes relatos que daban sustento a nuestras sociedades.

Desde luego, no podemos seguir filosofando como si estuviéramos en pleno siglo XIX, pero tampoco podemos cambiar algo por nada (nada constructivo, quiero decir), que es precisamente lo que ha sucedido.

Lo que sí es novedoso es que la llamada de atención de Garrocho se refiere (uniéndose a un creciente coro de voces) a las penosas consecuencias para la vida de las personas de los principales postulados posmodernos.

Su texto te deja con mal cuerpo, porque no puedes evitar pensar en la responsabilidad que los profesores hemos tenido en esa deriva. Nos encontramos en una situación de profunda crisis de la institución familiar y de ausencia de referentes sociales, de modo que la educación es uno de lo pocos lugares donde los jóvenes pueden encontrar respuestas sólidas a sus inquietudes más profundas.

Por desgracia, muchas veces no hemos estado a la altura y nuestros alumnos han quedado defraudados.

Les hemos fallado cuando, en vez de enseñarles a pensar por sí mismos, han terminado siendo perfectos escépticos. El fomento del pensamiento crítico, bajo capa de conceptos valiosos como la autonomía, la tolerancia y el respeto por el otro, no pocas veces se ha convertido en una escuela de relativismo.

Si la meta de la enseñanza no es la verdad, lo único que queda son opiniones, más o menos interesantes. Y reclamar, como se hace, que mi opinión valga tanto como la tuya ha sido el camino más directo para terminar en una sociedad de masas.

El problema de ser masa, en palabras de José Ortega y Gasset, es que uno se hermetiza y no ve la necesidad de aprender de otros. La genuina capacidad crítica empieza cultivando la humildad y reconociendo la autoridad del saber.

Les hemos fallado al permitir que acabaran desconfiando de todo y de todos, porque se han quedado con la imagen de que vivimos en un mundo hostil, que busca aprovecharse de ellos: de su dinero, su tiempo o su cuerpo. Algo de eso hay, pero no se puede vivir en continua actitud de sospecha

Quizá por ello las relaciones de amistad y amor (cuya base es la confianza) resultan hoy tan precarias. Es necesario recuperar la mirada ingenua.

Recordarás que hicimos la prueba de leer con universitarios El principitoYo era muy reacio porque creía que les resultaría cursi o naif. Pero cuánto nos alegramos al ver su interés, como si dijeran: “Eso es, eso es lo que echábamos en falta”. Aplicaban a su vida con entusiasmo las metáforas de lo que hace única a la rosa, el “domestícame” del zorro o la risa al mirar las estrellas.

Les hemos fallado, por último, al cerrarles las puertas de la tradición. A esto han contribuido varios factores, desde la fascinación por las metodologías (con frecuencia en detrimento de los contenidos) hasta la idea de que la educación necesariamente tiene que desacreditar la cultura occidental. Así han acabado por saber más sobre quienes critican que sobre lo criticado.

En el mejor de los casos, tienen un conocimiento de oídas, es decir, de segunda mano (o de manual, que es lo mismo). Es el mundo al revés. De Homero a Oscar Wilde y de Platón a Karl Marx: qué distinta sería la situación si nos dedicáramos a leer y estudiar esos grandes libros en clase. Al menos, permitiríamos que bebieran directamente de la fuente y que consiguieran los mejores compañeros de viaje. 

En el fondo, ¿no te parece que el problema está en la crisis de la vocación docente? No tenemos claro qué se espera de nosotros. Hace un tiempo se preguntó a profesores universitarios si consideraban que debían tratar asuntos éticos en clase. La mayoría respondió negativamente, porque no querían influir en los alumnos.

¿En qué se sostiene la idea de que la educación puede ser neutral o que los estudiantes no son capaces de sacar sus propias conclusiones? Si algo nos ha enseñado la hermenéutica es que siempre hablamos desde una perspectiva. Además, esto contrasta con la opinión de los alumnos, que esperan salir de las aulas teniendo un poco más claro cómo vivir.

Toda educación va dirigida, en último término, a aprender a usar la libertad, tanto de acción como de pensamiento. De hecho, para adquirir conocimientos técnicos, los docentes somos cada vez menos necesarios.

Recordarás a ese profesor de la carrera que distinguía dos modos de vivir en la postmodernidad: el decadente, que describe muy bien Diego S. Garrocho, y el de la resistencia.

Resistir no es tratar de volver a épocas premodernas. Consiste en señalar las trampas que hay en el pensamiento dominante y seguir nutriéndose de lo mejor de la tradición, de la antigüedad a la modernidad.

Pasar de la decadencia a la resistencia: eso, al menos, se lo debemos a nuestros alumnos.


José María Torralba es profesor titular de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Navarra.

Fuente: elespanol.com


Arzobispo José Gómez: un perfil de valentía episcopal

 George Weigel


Sobre el Comunicado del Presidente de la USCCB, arzobispo José Gomez, sobre la Toma de Posesión de Joseph R. Biden Jr., como 46º Presidente de Estados Unidos de América

Durante su reunión anual en noviembre del año pasado, una masa crítica de obispos católicos de Estados Unidos reconoció que la elección de Joe Biden a la presidencia había llevado a la Iglesia a un punto crítico.

El presidente electo ha hablado durante mucho tiempo, y con evidente sinceridad, del modo en que su fe católica le había sostenido en momentos de gran sufrimiento, incluyendo la muerte de su primera esposa y de su hijo. Asistía regularmente a misa y era famoso por presumir de llevar su rosario consigo. En su campaña de 2020, ha citado al Papa Francisco, ha hablado a menudo de su afecto por las religiosas y ha invocado la doctrina social de la Iglesia como fuente de sus posiciones políticas.

Sin embargo, a lo largo de su carrera en el Senado y en sus ocho años como vicepresidente, Biden se ha convertido en un defensor cada vez más acérrimo de la interpretación más extrema del régimen del aborto impuesto al país por la sentencia Roe v. Wade de 1973, reforzada por la sentencia Planned Parenthood v. Casey de 1992.

Ha sido un gran defensor de la sentencia Obergefell v. Hodges y del "matrimonio gay" (él mismo ofició una ceremonia de este tipo cuando era vicepresidente). No ha habido ninguna distancia visible entre, por un lado, sus posiciones políticas recientes y, por el otro, las de los defensores más agresivos del colectivo LGBT y la "teoría de género". Además, parecía no ser consciente de las amenazas que todo esto suponía para la libertad religiosa de las instituciones católicas y los derechos de conciencia de los católicos en la sanidad, la educación y otros ámbitos.

Durante la campaña de las primarias de 2020, llegó a decir que, como presidente, anularía la exención del mandato anticonceptivo del Obamacare (que incluía algunos abortivos) que la administración saliente había concedido a las Hermanitas de los Pobres, que se negaban a incluir anticonceptivos y abortivos en la cobertura del seguro médico de sus empleados.

En la reunión de la Conferencia Episcopal estadounidense de noviembre se llegó a un punto de inflexión descrito posteriormente por un obispo como un "consenso atronador"; otro obispo dijo que la reunión concluyó con un "mandato fuerte y claro" para actuar. ¿Qué hacer entonces?

El presidente de la Conferencia Episcopal estadounidense, el arzobispo José Gómez, de Los Ángeles, decidió nombrar un grupo de trabajo para llevar adelante las relaciones con la nueva administración, que propondría un plan de acción a la luz de este desafío sin precedentes para la coherencia sacramental y moral de la Iglesia. El grupo de trabajo estaría presidido por el vicepresidente de la Conferencia Episcopal, el arzobispo Allen Vigneron, de Detroit; entre sus obispos miembros estarían los presidentes de las comisiones permanentes de la conferencia episcopal; y haría sus recomendaciones al presidente de la conferencia, monseñor Gómez, lo antes posible.

En dos reuniones el grupo de trabajo llegó rápidamente a un consenso y formuló sus recomendaciones al arzobispo Gómez. Tal y como informó posteriormente Gómez a los obispos, el grupo de trabajo había propuesto dos iniciativas.

La primera sería una carta dirigida al nuevo presidente por el arzobispo Gómez, escrita como pastor. La carta prometería apoyo a la nueva administración en los puntos de acuerdo. También identificaría las políticas de la administración, incluyendo el aborto, que los obispos consideran que violan la dignidad humana, e instaría al nuevo presidente a replantearse sus posiciones sobre estas cuestiones. La segunda iniciativa propuesta por el grupo de trabajo fue la elaboración de una declaración de la Conferencia sobre la coherencia eucarística de la Iglesia.

Esto último está por desarrollar −y será desarrollado−, pero el arzobispo Gómez está de acuerdo con la recomendación del grupo de trabajo de que se lleve a cabo un acercamiento al nuevo presidente lo antes posible. En lugar de una carta, Gomez optó por emitir una declaración pública el día de la toma de posesión de Biden.

Sin embargo, el día antes de la toma de posesión, el cardenal Blase Cupich, de Chicago, y el cardenal Joseph Tobin, de Newark, presionaron con fuerza al arzobispo Gómez para que no hiciera ninguna declaración; lo mismo hizo el nuncio apostólico en Estados Unidos, el arzobispo Christophe Pierre. El arzobispo Gomez resistió a esas presiones y planeó publicar su declaración a las 9 de la mañana del día de la toma de posesión, tres horas antes de que el nuevo presidente jurara su cargo. Entonces intervino la secretaría de Estado de la Santa Sede, exigiendo que se retrasara la publicación de la declaración.

La interpretación caritativa que se puede a dar a esta injerencia sin precedentes en la acción propuesta por una conferencia nacional de obispos es que reflejaba la preocupación del Vaticano por que la primera declaración católica sobre el nuevo presidente viniera del propio Papa (como ocurrió poco después del mediodía del 20 de enero, en un anodino mensaje de felicitación). También podría especularse, no sin razón, de que algunos de los que habían intentado silenciar al arzobispo Gómez hicieron gestiones ante el Vaticano, y tal vez ante el propio Papa Francisco.

En un artículo publicado en internet en America [revista jesuita], un funcionario del Vaticano no identificado dijo que la Santa Sede no había estado al tanto de la declaración inminente del arzobispo Gómez hasta horas antes de la publicación prevista de la declaración. ¿Quién, puede uno preguntarse, causó inquietud entre los funcionarios romanos en el último momento e instó al Vaticano a intervenir en los asuntos públicos estadounidenses? ¿Nadie, a uno u otro lado del Atlántico, consideró que esa injerencia es precisamente de lo que habían advertido siglos de viejas leyendas negras protestantes (por no hablar de las caricaturas de Thomas Nast)? ¿Habría intentado la Santa Sede anular o retrasar la publicación de una declaración del presidente de la conferencia episcopal alemana (algunas de cuyas recientes declaraciones públicas no han demostrado estar familiarizadas con las cuestiones establecidas de la doctrina y la práctica católica)? ¿Por qué el nuevo ultramontanismo sólo se aplica a Estados Unidos?

Estas son cuestiones interesantes para el futuro.

En cualquier caso, la declaración del arzobispo Gómez se publicó poco después de que el presidente Biden terminara su discurso de investidura. Era claramente una declaración pastoral, no un manifiesto político. Su tono era totalmente respetuoso y carente de clericalismo. Reconocía la renovación del nuevo presidente y expresaba públicamente su piedad en "una época de creciente y agresivo secularismo en la cultura estadounidense". Se comprometía a trabajar con la administración entrante en temas que los obispos habían destacado en la edición más reciente de su guía, Forming Consciences for Faithful Citizenship [Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles], como la política de inmigración, la reforma de la justicia penal, la lucha contra el racismo y el empoderamiento de los pobres. Acogía con satisfacción "el llamamiento del presidente Biden a la reconciliación y la unidad nacional" y proponía un diálogo con el nuevo presidente y la administración sobre los pasos que hay que llevar a cabo para construir una cultura de la vida en Estados Unidos.

Y la declaración destacaba adecuadamente la singular gravedad moral de las cuestiones relativas a la vida, subrayando que la licencia para abortar "no es solo un asunto privado, [sino que] plantea cuestiones preocupantes y fundamentales de fraternidad, solidaridad e inclusión en la comunidad humana". Así, escribe el arzobispo Gómez, la cuestión del aborto "es un asunto de justicia social", ya que los estadounidenses "no pueden ignorar la realidad de que las tasas de aborto son más altas entre los pobres y las minorías, y que el procedimiento se utiliza regularmente para eliminar niños que nacerían con discapacidades".

Según cualquier criterio razonable, la declaración del arzobispo Gómez fue equilibrada y mesurada; de no ser por la controversia que estalló antes y después de su publicación, algunos probablemente habrían argumentado que era demasiado equilibrada y demasiado mesurada. La controversia, sin embargo, subrayó la postura firme, clara e inequívoca de la declaración sobre la "prioridad preeminente" de las cuestiones relativas a la vida, y, por tanto, aumentó el impacto de aquellas partes de la declaración que los cardenales disidentes encontraron tan objetables que intentaron anular todo el documento.

Más tarde, el día de la toma de posesión, el cardenal Cupich emitió una declaración, seguida de una serie de tuits, en los que deploraba la declaración del arzobispo Gómez por considerarla "poco meditada", una "sorpresa para muchos obispos" y el resultado de "fallos institucionales internos" por parte de la Conferencia Episcopal estadounidense. No está claro si estos duros juicios reflejan la opinión tanto de Roma como de Chicago. En cualquier caso, no resistirían un análisis cuidadoso.

La sugerencia de que el arzobispo Gómez estaba actuando, de alguna manera, independientemente de la conferencia episcopal y, por ende, de forma irresponsable, es en sí misma injusta e irresponsable. La declaración del arzobispo se elaboró en respuesta a las recomendaciones del grupo de trabajo que había nombrado en noviembre. Esas recomendaciones reflejaban, a su vez, el amplio consenso entre los obispos mostrado en su reunión de noviembre.

Además, al identificar los puntos de acuerdo y desacuerdo con la administración entrante, la declaración no iba más allá de lo que la Conferencia Episcopal estadounidense había dicho durante años, incluso décadas. Sugerir que había sido una acción sin precedentes es falsificar la historia. Lo que sí era inédito, como señaló el arzobispo Gómez en su declaración, era la situación de un presidente de Estados Unidos que profesaba un catolicismo devoto y sincero y que, sin embargo, se comprometía públicamente a facilitar graves males morales. No reconocer ese hecho, y no abordarlo con el nuevo presidente, habría costado mucho a los obispos en cuanto a su propia autoestima y su credibilidad pública.

Ningún obispo que haya asistido a la reunión de la Conferencia Episcopal de noviembre y haya escuchado atentamente las preocupaciones expresadas allí debería haberse sorprendido por el contenido de la declaración del arzobispo Gómez. La declaración reflejaba con bastante precisión los temas dominantes de esa reunión.

Hay muchas cuestiones morales graves en el debate político público contemporáneo, pero las cuestiones relativas a la vida, como ha insistido el propio Papa Francisco, tienen prioridad porque afectan a cuestiones básicas de la dignidad humana y los primeros principios de la justicia. Algunos pueden sorprenderse de que el arzobispo Gómez haya tenido el valor de escribir tan directamente al presidente Biden, y hacerlo después de haber sido presionado por dos cardenales; pero tal sorpresa delata una ignorancia del hombre. El arzobispo Gómez es una persona tranquila y gentil que no busca el protagonismo; no es un tuitero empedernido; no es conflictivo. Pero, sobre todo, es un hombre de profunda fe y sólida piedad, que en noviembre comprendió que se había llegado a un punto de inflexión y que la credibilidad evangélica de la Iglesia estaba en juego por ello. Ofreció un perfil de valentía episcopal en un momento en el que otros −los verdaderos atípicos en este drama− exigían (uno espera que sin reconocer la analogía) una repetición del enfoque acomodaticio de los funcionarios públicos católicos defendido durante mucho tiempo por Theodore McCarrick, sobre todo durante las elecciones de 2004.

En los últimos meses, los obispos estadounidenses, incluyendo prácticamente a toda la cúpula episcopal de la conferencia, han manifestado su acuerdo en una cosa: mantener una falsa fachada de unidad episcopal no merece el sacrificio de las verdades que la Iglesia debe decir. Estas incluyen la verdad sobre la propia integridad sacramental de la Iglesia y la coherencia eucarística; las verdades sobre la dignidad y el valor inalienables de toda vida humana desde la concepción hasta la muerte natural; la verdad sobre la libertad religiosa en su totalidad y los derechos de conciencia de aquellos que se niegan a actuar contra la dignidad humana; y la verdad sobre la preocupación de la Iglesia por la salud espiritual de los funcionarios públicos católicos que, sea cual sea el grado de culpabilidad subjetiva, facilitan sin embargo graves males morales.

En su a menudo conmovedor discurso inaugural, el presidente Biden nos llamó a "poner fin a esta guerra civil que enfrenta a rojos y azules" y declaró su creencia de que "podemos hacerlo si abrimos nuestras almas en lugar de endurecer nuestros corazones". Dudo que el arzobispo José Gómez haya recibido una copia anticipada del discurso del presidente. Pero, providencialmente, su declaración en el día de la toma de posesión fue una invitación del pastor al presidente Biden para que hiciera precisamente eso: abrir su alma a la plenitud de la verdad católica. El arzobispo merece un gran crédito por haber tenido el valor de hacerlo, al igual que los muchos, muchos cardenales y obispos que lo apoyaron, y que seguirán trabajando para convertir este punto de inflexión en un momento de renovación católica evangélica, sin importar lo que cueste.

George Weigel

Fuente: religionenlibertad.com

04 febrero 2021

Cristianismo tabú

 Miguel Brugarolas


No se trata de instrumentalizar la cultura sino de apelar a los recursos espirituales y no tener miedo

La conversación sobre la presencia de los cristianos en el debate público de nuestro país se ha convertido en una extraordinaria ocasión para reflexionar sobre temas que atañen profundamente a la comprensión que el cristiano tiene de sí mismo y de su quehacer. El debate ha ido girando desde el papel de los cristianos en la vida pública, entendido especialmente en términos de guerra cultural o de batalla por el relato, hacia la positiva aportación de los cristianos en los ámbitos de la familia, la educación o el pensamiento, en el contexto de la actual crisis postmoderna.

Nos encontramos ante un proceso de descomposición de lo humano y lo social que ofrece ya tales signos que el diagnóstico se impone. Basta ver el eco que ha tenido en las redes (y fuera de ellas) el artículo sobre la vida de Flora, descrita crudamente por Esperanza Ruiz (Whiskas, Satisfyer y Lexatin, en El Debate de Hoy, 6.12.20), y solo por mencionar un relato. La realidad, por ser real, supera la ficción. 

La realidad humana es profundamente teológica
y a esta realidad es a la que es preciso retornar

En estrecha relación con esto, asistimos también a lo que podría llamarse cristianismo tabú. Es conocido el origen polinesio del término tabú, introducido en inglés por el Capitán de la Marina Real británica James Cook en uno de sus viajes por el Pacífico en el siglo XVIII. Generalmente se define como “lo prohibido”. Pero esto es solo una parte de su definición. En su sentido original −y también en su uso actual− hace referencia a una prohibición de la que no es fácil explicar su origen. Decir que algo prohibido es tabú, significa dar una razón de cierto tipo a esa prohibición. Pero, ¿qué tipo de razón? Se han buscado sus raíces en la superstición, el psicoanálisis, la cultura o la religión, lo cierto, sin embargo, es que tabú designa algo prohibido por no se sabe muy bien qué. Nadie denomina tabú a la prohibición de circular por autopista en sentido contrario porque todo el mundo la entiende, la realidad misma la hace inteligible. En cambio, tabú es toda norma que ha sido desgajada de la realidad en la que resulta comprensible o que ha sido despojada de la luz que permite entender su sentido. 

Una sociedad que se levanta sobre la ruptura con la propia historia y sobre el vaciamiento del sentido de las cosas −ya sea por puro relativismo, por la afirmación del poder sobre todo lo demás o por la superficialidad de la indiferencia−, tiene la peculiar capacidad de convertir en tabú todas las cosas, para abolirlas después. Pero este no es un poder creador de nada, sino destructor. Al tiempo que deja paso libre a la apisonadora del nihilismo, escasea los recursos con los que la persona puede comprenderse a sí misma y descubrir el fin hacia el que orientar su existencia en relación con los demás. No es que los diez mandamientos sean ya un tabú (esta vez, ilustrado), es que las bienaventuranzas, la cruz de Cristo, el himno a la caridad de San Pablo, o el juicio final, son realidades que aparecen tan incoherentes y discordantes con los dogmas de la posmodernidad, que resultan prácticamente igual de ininteligibles que los tabús hallados por los marineros del Capitán Cook entre los habitantes de Tonga. 

Con muy poco esfuerzo y menor resistencia Kamehameha II abolió los viejos tabús en el reino de Hawái. De modo parecido no faltan quienes querrían barrer todo lo cristiano de la sociedad. Ignoran, sin embargo, que −a diferencia de las olvidadas costumbres polinesias− el cristianismo brilla con luz propia, con la inextinguible luz de Cristo capaz de interpelar a cada generación; e ignoran también la profunda relación entre la realidad humana y la divina, desconociendo así que la factura por el rechazo de Dios se paga siempre en carne propia.

Para deshacer el cristianismo tabú es preciso emprender el camino de vuelta: retorno a la realidad y retorno a la luz que permite captar el sentido de las cosas. La teología cristiana, desde los comienzos, ha comprendido que Dios no es una limitación para el hombre, sino la fuente reveladora de lo auténticamente humano. Dios no juega con el hombre una partida de póquer: si gana Dios, pierde el hombre, y a la inversa. Como ha subrayado recientemente B. Daley, la realidad de Jesucristo −y, en definitiva, todo lo humano− no sigue las reglas de un juego de suma cero, cuanto más humano sea Jesús, menos divino puede ser; sino al contrario. El núcleo de la fe cristiana es que el Hijo de Dios −“uno de la Santísima Trinidad”, dice el II Concilio de Constantinopla− es también el más auténtico ser humano que existe. En la ternura del recién nacido encomendado a nuestro cuidado, en la serenidad del que no vive para sí mismo sino para los demás, en la novedad del que muere perdonando en la cruz, se nos muestra que lo más auténticamente humano es la paternidad de Dios hacia cada uno de nosotros. La realidad humana es profundamente teológica y a esta realidad es a la que es preciso retornar. El camino hacia lo divino transita por lo humano.

La fe cristiana tiene el poder de desvelar el sentido profundo de todo lo humano. En esto consiste precisamente la teología, en el camino que va del creer al comprender. Ya no solo se habla de Dios por lo que él ha dicho de sí mismo en la creación y en la historia, sino que la biblia y el mundo se vuelven transparentes para quien conoce a Cristo. De modo muy hermoso lo explica Máximo el Confesor: el cosmos es como un libro y la biblia es como el cosmos; ambos consisten en palabras (logoi) que, aun siendo diversas, cuando se comprenden a la luz de Cristo, del Logos, manifiestan a Dios mismo. Cristo ilumina todas las cosas, solo él desvela la coherencia de todo. 

No se trata de instrumentalizar la cultura sino de
apelar a los recursos espirituales y no tener miedo

Por esta razón, el evangelio apela siempre a la cabeza y al corazón. Son los recursos con los que cada generación puede hacer suyo el profundo sentido que encierran la vida y todas las cosas. Y no lo hace para que el hombre alcance una altura muy elevada no se sabe dónde, sino para que pueda acertar en la vida, ante lo impredecible y ante lo que se busca, para que sea capaz de enfocar bien las cosas y promueva con eficacia lo auténticamente humano, protegiéndolo de la tiranía de cada momento. Ningún cristiano puede echarse a un lado en esta tarea de comprender y comprenderse, sin grave perjuicio de su identidad.

Por ejemplo, no son pocos los episodios de la historia en los que lo cristiano ha sido utilizado como instrumentum regni, como un elemento al servicio de los poderes temporales. Nunca será superado del todo el peligro de reducir el cristianismo a una ideología, es decir, de anteponer la relación con los poderes del mundo a la relación con Dios; precisamente, cuando el cristianismo que se conoce es el cristianismo tabú, este riesgo es mucho mayor. 

Armando Zerolo ha escrito que “empezaremos a ganar la batalla cultural, cuando dejemos de librarla”, porque no se trata de instrumentalizar la cultura sino de apelar a los recursos espirituales y no tener miedo. En el fondo, la auténtica batalla cultural y la guerra por el relato no parece que sea la que tiene lugar en la plaza pública, sino la que libra cada cristiano ante Dios y ante la historia, mientras va escribiendo ese relato que transcurre desde que nace hasta su muerte. Quizá, la clave de las instituciones como la familia, la educación, las universidades, etc., sea su capacidad de ser auténtico soporte para esas batallas personales; no solo soporte, sino también inspiración y complicidad. Así es como el cristiano anima con el espíritu evangélico, como en ondas concéntricas expansivas, la existencia humana, la vida civil, las instituciones, las leyes y todo el entramado de relaciones que constituyen la sociedad.


Miguel Brugarolas es profesor de Teología Sistemática de la Universidad de Navarra

Fuente: elindependiente.com