09 febrero 2021

Rituales

Carlos Marín-Blázquez


Los rituales van camino de desprenderse de su carácter sacro para acabar siendo reemplazados por una retahíla de conmemoraciones muy ostentosamente coloreadas de laicismo cívico.

Nuestra condición se revela en el reconocimiento de sus límites. En un primer momento, la asunción de esa evidencia nos aboca al desamparo. Nos sentimos abrumados al enfrentarnos a la certeza de una dimensión indescifrable. Lo que somos, aquello que infunde sentido a la íntima singularidad en que nos reconocemos, se configura como una fuerza que elude todos los cálculos; atisbos de una potencia que nos supera. «La mística –advierte Wittgenstein– no es cómo es el mundo, sino el hecho de que el mundo es». Que el mundo sea y que poseamos conciencia plena de estar en el mundo constituye, pues, la raíz de nuestro sobrecogimiento. Para mitigarlo, el hombre recurre a los rituales. Es de ese modo como la intimidación ante la desmesura del enigma que nos interpela se transmuta en asombro y devoción. Ambos sentimientos son las derivadas naturales tanto del principio de estabilidad que el ritual introduce en el seno de una realidad cambiante y poliédrica, como de los hábitos de silencio, quietud y profunda atención que su práctica comporta.

Sin rituales, el hombre se condena a regresar a la intemperie. «Donde no se celebran rituales como dispositivos protectores –escribe Byung-Chul Han en su último ensayo, La desaparición de los rituales– la vida está totalmente desprotegida». Así es, ciertamente. Pero para que el hombre se sienta inducido a perseverar en el cultivo de aquellas fórmulas en las que le es dado encontrar reconocimiento y cobijo, resulta indispensable que su mirada se oriente hacia el misterio. A través del ritual, la experiencia del misterio genera un clima hospitalario. La angustia ante el recuerdo de nuestra condición vulnerable y efímera queda atemperada, incluso llega a disiparse en ocasiones, a través de nuestra participación en determinados ceremoniales que, invitándonos a salir del aislamiento y la obsesiva preocupación por el yo que caracterizan la existencia moderna, no solo abren expectativas inéditas de fraternidad hacia quienes comparten una inquietud análoga, sino que sugieren una vía de acceso común hacia algo que, en lo más hondo de nuestro ser, sabemos que nos trasciende.

Fuente: eldebatedehoy.es

Purificar la memoria

Javier Vidal-Quadras

Purificar la memoria es recordar las ofensas como perdonadas, las debilidades como aceptadas, los errores como comprendidos…

‘Purificar la memoria’ es una feliz expresión de Jutta Burggraf y un proceso fundamental para ser feliz. Una mala memoria puede ser una buena aliada de la felicidad, sobre todo si olvida lo negativo, cosa que no es fácil porque los sucesos negativos suelen tener más impacto que los positivos.

La memoria es una facultad humana en ciertos aspectos incontrolable. Con entrenamiento se puede incrementar la capacidad de recordar, pero más difícil es mejorar la capacidad de olvidar. ¡Qué útil sería poder borrar de la memoria selectivamente aquello que nos hace daño, nos entristece, nos deprime, nos irrita o nos sulfura! Si no recordáramos las ofensas, no haría falta perdonar, no experimentaríamos sed de venganza; si olvidáramos nuestros grandes defectos, impotencias y debilidades, si se esfumaran las humillaciones del pasado, evitaríamos muchas de las pequeñas o grandes depresiones que nos acechan cada día.

Sin embargo, esta capacidad de borrado nos deshumanizaría: acabaría eliminando buena parte de nuestra experiencia vital y, al anular eventos vividos, nos restaría también previsión ante los acontecimientos futuros. En el fondo, la frase ‘perdono, pero no olvido’, dicha sin ningún sesgo de rencor, es una verdad como un templo: te perdono, pero no puedo olvidar por más que lo intento. De hecho, el empeño en olvidar es un tanto absurdo porque suele provocar una presencia más intensa del recuerdo ingrato, que acaba grabándose aún con más fuerza.

Purificar la memoria es otra cosa. Consiste en sanar, limpiar, depurar los recuerdos. Purificar la memoria es recordar las ofensas como perdonadas, las debilidades como aceptadas, los errores como comprendidos… Recuerdo el hecho, pero he sido capaz de transformarlo, lo reinterpreto, lo sano y rehabilito con un significado nuevo: el perdón, la aceptación, la comprensión. Entonces sí puedo decir ‘perdono y olvido’, porque aquí olvidar no consiste en dejar de recordar, que no está en mi mano, sino en recordar sin dolor.

Sin este paso es muy difícil perdonar y perdonarse. Si no soy capaz de desnudar el recuerdo de su carga interpretativa, del significado subjetivo que le atribuyo, entraré en una espiral interminable de rencor, crítica, autocompasión o depresión. Sin este paso, la mente se nubla, los defectos se agrandan, las virtudes se ignoran, la realidad se distorsiona y se acaba perdiendo de vista. Los abogados lo vemos a menudo. Corazones cerrados en sí mismos, incapaces ya de descubrir en el otro un atisbo de bondad o de humanidad. Llega un momento en que todo se malinterpreta y se falsea con la sola intención, muchas veces inconsciente, de confirmar los propios prejuicios. Nuestros propios miedos no nos dejan ver y acabamos atrapados en un pasado que, en realidad, ya no existe en otro lugar que no sea nuestra memoria.

No es fácil, lo sé. Es, primero, una cuestión de libertad. Solo yo puedo decidir hacerlo. Pero, claro, también puedo elegir culpar a los demás, y alimentar así el rencor y la soberbia, o culparme a mí mismo, y hacerme así víctima y compadecerme. A veces, hay un placer oculto detrás de esta actitud. Unos y otros son pensamientos negativos que no dejan aflorar los positivos, modelan la emoción y me predisponen en un sentido u otro, normalmente en mi propio perjuicio.

El secreto consiste en centrarse en el sentimiento (la rabia, la ira, el resentimiento…) y dejar de luchar contra él con interpretaciones y pensamientos (lo hizo adrede, lo sabía, quería hacerme daño, tenía que, cómo me pudo pasar, cómo no se me ocurrió…) que acaban manipulando el mismo sentimiento y distorsionan la realidad para que el ego (¡ah, la soberbia!) se vuelva a apoderar de mí. Sí, sientes rabia, dolor, rencor, desánimo. No pasa nada. Es lo humano. Déjalos fluir, déjalos ir, que sigan su curso hasta que vayan languideciendo.

Y, cuando se adormezcan, podrás ver con gratitud una parte de ti que tienes que abandonar y te da la oportunidad de crecer como persona. Cuando llegues aquí y seas capaz de recordar el hecho sin que te duela, como un acontecimiento biográfico más, habrás purificado la memoria y podrás perdonar, perdonarte… y olvidar. Habrás transformado el dolor en gratitud.


Javier Vidal-Quadras Trias de Bes, en javiervidalquadras.com

08 febrero 2021

Jesús se apartaba y permanecía solo para rezar

 El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

¡De nuevo en la plaza! El Evangelio de hoy (cf. Mc 1,29-39) presenta la sanación, por parte de Jesús, de la suegra de Pedro y después de otros muchos enfermos y sufrientes que se agolpaban junto a Él. La de la suegra de Pedro es la primera sanación física contada por Marcos: la mujer se encontraba en la cama con fiebre; la actitud y el gesto de Jesús con ella son emblemáticos: «Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó» (v. 31), señala el Evangelista. Hay mucha dulzura en este sencillo acto, que parece casi natural: «La fiebre la dejó y ella se puso a servirles» (ibid.). El poder sanador de Jesús no encuentra ninguna resistencia; y la persona sanada retoma su vida normal, pensando enseguida en los otros y no en sí misma, y esto es significativo, ¡es signo de verdadera salud!

Ese día era un sábado. La gente del pueblo espera el anochecer y después, terminada la obligación del descanso, sale y lleva donde Jesús a todos los enfermos y los endemoniados. Y Él les sana, pero prohíbe a los demonios revelar que Él es el Cristo (cfr vv. 32-34). Desde el principio, por tanto, Jesús muestra su predilección por las personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu: es una predilección de Jesús acercarse a las personas que sufren tanto en el cuerpo como en el espíritu. Es la predilección del Padre, que Él encarna y manifiesta con obras y palabras. Sus discípulos han sido testigos oculares, han visto esto y después lo han testimoniado. Pero Jesús no les ha querido solo espectadores de su misión: les ha involucrado, les ha enviado, les ha dado también a ellos el poder de sanar a los enfermos y de expulsar a los demonios (cf. Mt 10,1; Mc 6,7). Y esto ha proseguido sin interrupción en la vida de la Iglesia, hasta hoy. Y esto es importante. Cuidar de los enfermos de todo tipo no es para la Iglesia una “actividad opcional”, ¡no! No es algo accesorio, no. Cuidar de los enfermos de todo tipo forma parte integrante de la misión de la Iglesia, como lo era de la de Jesús. Y esta misión es llevar la ternura de Dios a la humanidad sufriente. Nos lo recordará dentro de pocos días, el 11 de febrero, la Jornada Mundial del Enfermo.

La realidad que estamos viviendo en todo el mundo a causa de la pandemia hace particularmente actual este mensaje, esta misión esencial de la Iglesia. La voz de Job, que resuena en la Liturgia de hoy, una vez más se hace intérprete de nuestra condición humana, tan alta en la dignidad —nuestra condición humana, altísima en la dignidad— y al mismo tiempo tan frágil. Frente a esta realidad, siempre surge en el corazón la pregunta: “¿por qué?”.

Y Jesús, Verbo Encarnado, responde a este interrogante no con una explicación —a este porqué somos tan altos en la dignidad y tan frágiles en la condición—, Jesús no responde a este porqué con una explicación, sino con una presencia de amor que se inclina, que toma de la mano y hace levantarse, como hizo con la suegra de Pedro (cf. Mc 1,31). Inclinarse para hacer que el otro se levante. No olvidemos que la única forma lícita de mirar a una persona de arriba hacia abajo es cuando tú tiendes la mano para ayudarla a levantarse. La única. Y esta es la misión que Jesús ha encomendado a la Iglesia. El Hijo de Dios manifiesta su Señorío no “de arriba hacia abajo”, no a distancia, sino inclinándose, tendiendo la mano; manifiesta su Señorío en la cercanía, en la ternura y en la compasión. Cercanía, ternura, compasión son el estilo de Dios. Dios se hace cercano y se hace cercano con ternura y con compasión. Cuántas veces en el Evangelio leemos, delante de un problema de salud o cualquier problema: “tuvo compasión”. La compasión de Jesús, la cercanía de Dios en Jesús es el estilo de Dios. El Evangelio de hoy nos recuerda también que esta compasión tiene sus raíces en la íntima relación con el Padre. ¿Por qué? Antes del alba y después del anochecer, Jesús se apartaba y permanecía solo para rezar (v. 35). De allí sacaba la fuerza para cumplir su ministerio, predicando y sanando.

Que la Virgen Santa nos ayude a dejarnos sanar por Jesús —siempre lo necesitamos, todos— para poder ser a nuestra vez testigos de la ternura sanadora de Dios.


Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

En estos días sigo con viva preocupación el desarrollo de la situación que se ha creado en Myanmar, país que, desde mi visita apostólica de 2017, llevo en el corazón con mucho afecto. En este momento tan delicado deseo asegurar nuevamente mi cercanía espiritual, mi oración y mi solidaridad al pueblo de Myanmar. Y rezo para que los que tienen responsabilidad en el país se pongan al servicio del bien común con sincera disponibilidad, promoviendo la justicia social y la estabilidad nacional, para una armoniosa convivencia democrática. Rezamos por Myanmar. [momento de silencio]

Deseo dirigir un llamamiento a favor de los menores migrantes no acompañados. ¡Son muchos! Lamentablemente, entre aquellos que por varios motivos están obligados a dejar la propia patria, hay siempre decenas de niños y chicos solos, sin la familia y expuestos a muchos peligros. En estos días, me han informado de la dramática situación de los que se encuentran en la llamada “ruta balcánica”. Pero los hay en todas las “rutas”. Hagamos que a estas criaturas frágiles e indefensas no les falte el cuidado debido y los canales humanitarios preferenciales.

Hoy se celebra en Italia la Jornada por la Vida, sobre el tema “Libertad y vida”. Me uno a los obispos italianos al recordar que la libertad es el gran don que Dios nos ha dado para buscar y alcanzar el bien propio y de los otros, a partir del bien primario de la vida. Nuestra sociedad debe ser ayudada a sanar de todos los atentados contra la vida, para que sea tutelada en todas sus fases. Y me permito añadir una preocupación mía: el invierno demográfico italiano. En Italia los nacimiento han disminuido y el futuro está en peligro. Tomemos esta preocupación y tratemos de hacer que este invierno demográfico termine y florezca una nueva primavera de niños y niñas.

Mañana, memoria litúrgica de santa Josefina Bakhita, religiosa sudanesa que conoció las humillaciones y los sufrimientos de la esclavitud, se celebra la Jornada de oración y reflexión contra la trata de personas. Este año el objetivo es trabajar por una economía que no favorezca, ni siquiera indirectamente, estos tráficos innobles, es decir una economía que no haga nunca del hombre y de la mujer una mercancía, un objeto, sino siempre el fin. El servicio al hombre, a la mujer, pero no usarlos como mercancía. Pidamos a santa Josefina Bakhita que nos ayude en esto.

Y dirijo mi cordial saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos: estoy contento de veros de nuevo reunidos en la plaza, también a los habituales, las monjas españolas aquí, que son valientes, siempre, ¡con la lluvia y con el sol están ahí! También a los chicos de la Inmaculada… A todos vosotros. Me alegro. Os deseo a todos un buen domingo. Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

07 febrero 2021

Don Sancho de la Panza


ENRIQUE Gª-MÁIQUEZFACEBOOK

ENRIQUE Gª-MÁIQUEZ


Poca recompensa parece una ínsula para Sancho Panza, aunque fuese de verdad

Llevo tiempo pensando que los españoles disfrutamos poco con las victorias y éxitos de don Quijote; y así nos va. Éxitos tuvo a puñados en sus aventuras. ¿O acaso no iba él en extremo contento, ufano y vanaglorioso tras haber alcanzado victoria de tan valiente caballero como era el de los Espejos? También zurró al vizcaíno, con perdón del PNV. Y con los leoncitos, ¿qué, eh? A ver si Hamlet se hubiese decidido así como así. ¿O cómo hubiesen terminado las bodas de Camacho, ay, si no llega él a blandir su lanza y a reinstaurar con la sola acción de su brazo los derechos del amor, los del matrimonio indisoluble y los del sentido común? Con un don Quijote campando por Verona, Romeo y Julieta se hubiesen casado para bien, y habrían fundido las sangres de los Capuleto y los Montesco en siete u ocho preciosos zagales que habrían hecho las delicias de sus abuelos. Nos iría mejor como españoles si no nos fijásemos sólo en las pedradas y en los dientes rotos de nuestro hidalgo.

Lo comento apasionadamente con mi hija, que me apoya. Ella (¡oh el peso de la genética!) llama a Sancho Panza "don Sancho de la Panza". Naturalmente no la pienso corregir. Me parece que la niña culmina el contagio que dejó apuntado Miguel de Cervantes con mano diestra. Sancho se ha ganado el tratamiento a pulso.

Porque pocas cosas hay tan nobles como servir. Para mí que de la escuela de mi hija fueron Dickens, cuando le puso Sam al criado de Pickwick, y Tolkien, que también puso Sam al sirviente de Frodo en El señor de los anillos. La sombra de Sancho en sendos Sam asoma de sobra en el sonido, el humor y la dignidad. La de don Sancho de la Panza, quiero decir.

O la de San Sancho Panza, si lo nombramos patrón de los servidores literarios. Son tan importantes que de ellos escribió un ensayo memorable W. H. Auden y unas luminosas memorias narrativas la baronesa Blixen, tituladas Sombras en la hierba. Quizá la grandeza de Sancho y su santidad estriban en que fue el primer español y el único que supo fijarse más en las victorias de don Quijote que en sus fracasos. "No hay hombre grande para su ayuda de cámara", dijo Napoleón, el pobre, pero es mucho más hermosa la admiración invencible de don Sancho Panza por su señor. Mi hija, en eso también le sigue y me ve estupendo, ¡a mí!, a pesar de los chocazos que me doy y de lo cerca que me tiene. Así, ¿quién no va ir por la vida contento, ufano y vanaglorioso?


 Enrique Gª Maíquez en https://www.diariodecadiz.es/

Es necesario tener un proyecto, un plan de vida

Juan Luis Selma


Va pasando el tiempo y son las circunstancias las que suelen marcan nuestro camino, pero podemos cambiarlo; debemos soñar y luchar

Suele pasarnos que hacemos muchas cosas sin sentido. Va transcurriendo el tiempo y son las circunstancias las que dirigen nuestra vida. Vamos tan rápidos que no nos da tiempo de marcar el rumbo, nos parece que pararnos para marcar el destino en el navegador es perder el tiempo; mejor salir a toda prisa, acelerar y ya veremos a dónde vamos. Así son otros los que dirigen nuestra vida sin darnos cuenta.

La publicidad, los medios y las redes nos tienen encandilados, anestesiados, subyugados. Ya hay quien piensa por nosotros y nos manipula. Un buen ciudadano sería el buen consumidor: gastando es feliz y mueve la economía. Se vive para ganar y gastar. Encefalograma plano. La libertad se reduce a escoger una serie o a pedir una hamburguesa con o sin cebolla. Pensamos poco.

Es frecuente encontrar jóvenes apáticos, deprimidos, sin ganas de vivir. No podemos olvidar que la causa mayor de mortandad juvenil es el suicidio, no solo en los fríos lugares nórdicos, también en España, en la luminosa Andalucía. Muchos mayores viven solos y se encuentran con las manos vacías. Hay multitud de indolentes cuyo único consuelo es ver la televisión y consumir, también mucha pornografía. ¿Era ese su sueño, su destino? ¿Podemos hacer algo para escapar de esta maraña que quiere atraparnos?

¡Claro que sí! Podemos tener una vida plena. Debemos soñar y luchar. Vivir con grandeza. Ahora se habla mucho de la burbuja, del aislamiento, de evitar el contagio. Algunos han inventado una especie de pompa gigante para poder asistir a los macroconciertos y no contaminarse. Tengamos personalidad, pensemos nuestra vida, proyectemos nuestro día a día, nuestro futuro. Soñemos sin miedo, tengamos ilusión. Hay que sacar de nosotros todo el potencial que tenemos.

Recuerdo un paseo de pequeño con la clase, íbamos de excursión. Un niño se cansó y comenzó a quejarse. El comentario del maestro nunca se me ha olvidado: “el ser humano puede mucho más de lo que le parece, cuando pensamos que ya no podemos más, estamos comenzando”. Al poco tiempo el niño caminaba con todos.

El Evangelio de hoy nos muestra un día de la vida de Jesús. Al salir de la sinagoga va a la casa de Pedro y cura a su suegra, almuerza con ellos y al atardecer se le acercan los enfermos para que los cure, una gran multitud. Sigue curando y expulsando demonios hasta la noche, tras un merecido descanso se levanta de madrugada para orar. Comienza un nuevo día de intensa predicación y de nuevas curaciones. Así transcurre la vida del Maestro: haciendo el bien. Una vida intensa, plena, entregada. Cuando regrese a la casa del Padre lo hará con las manos bien llenas.

Tengamos un proyecto, un plan ilusionante, que dirija nuestros pasos, que marque el rumbo de nuestro ser. Así todo se llenará de sentido, de eficacia. Al igual que Jesús, al despertarnos, podemos planear lo que queremos hacer, lo que libremente elegimos en los diversos campos del actuar diario: trabajo, familia, amigos, descanso y diversión, trato con Dios. Así no haremos lo que nos marque la rutina, o los demás, sino lo que enriquece la existencia. De este modo veré que lo costoso, lo monótono se llena de sentido y me realiza como persona libre.

En los Diálogos de Platón leemos: “Pareces no saber que quien entra en contacto con Sócrates y traba conversación con él, por más que realmente haya empezado a hablar de otra cosa totalmente distinta, siempre se ve llevado por él en el curso de la conversación hasta un punto en el que se encuentra en la necesidad de dar razón de sí mismo, de cómo se vive ahora y de qué vida ha llevado hasta el momento”. Dar sentido a todo lo que hacemos.

Me decían unos novios que ellos lo tenían muy claro: querían ir al Cielo, vivir una vida llena de sentido cristiano. Están felices viviendo bien su noviazgo y da envidia verlos. Estudiemos si lo que hacemos va en la línea de lo que realmente queremos hacer. “Perdamos un momento” en elegir la dirección de nuestra vida. Hagamos un plan para que todo lo que hacemos esté en la línea de lo que queremos ser, de lo que somos.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

06 febrero 2021

La unidad de vida

Domingo 5° semana del tiempo ordinario

 (Ciclo B)

“Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios”. El inicio de la vida pública del Señor se presenta con muchas ocupaciones, pero con el único afán de cumplir la voluntad de su Padre. Un ejemplo maravilloso de unidad de vida y de aprovechamiento del tiempo.


Evangelio (Mc 1, 29-39)

En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles. Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él, y cuando lo encontraron le dijeron:

−Todos te buscan.

Y les dijo:

−Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido.

Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios.


Comentario

San Marcos nos presenta hoy varios episodios relativos a los comienzos de la vida pública de Nuestro Señor, esos tres años que siguieron a los treinta de la vida oculta, que para los cristianos que viven en medio del mundo tienen un significado tan grande. En realidad, para referirse a esos treinta años se podría emplear la expresión “vida ordinaria de Jesús”.

El texto de hoy ofrece un buen resumen de cómo empezó este nuevo periodo de su vida que terminará con la Pasión, su Muerte redentora y su Resurrección gloriosa, fin principal de la Encarnación. Este resumen constituye además un modelo excelente para los cristianos que tienen que cumplir su misión de apóstoles en la vida de todos los días. Si se leen con atención, esos 11 versículos dan cuenta en cierto modo de un día de la vida del Señor. Se trataba de un sábado, porque el capítulo empieza con el servicio de la sinagoga y vemos además que los habitantes de Cafarnaúm tuvieron que esperar hasta la puesta del sol para llevarle sus enfermos, con el fin de respetar el reposo sabático. Al término de una jornada tan intensa, Jesús los recibe a todos: “curó a muchos” y “expulsó a muchos demonios”. Lo que nos debe animar a recurrir a él cuando encontramos dificultades o tenemos problemas, sin pensar que podemos “molestarle”. Está siempre disponible. También nosotros queremos estar siempre disponibles para los que nos rodean.

San Marcos añade a renglón seguido que “de madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración”, como para poner de relieve la importancia que daba el Señor a la oración, incluso cuando nos sentimos desbordados. Sin oración, la vida interior resulta prácticamente imposible, así como una de sus consecuencias más evidentes, lo que San Josemaría llamaba la “unidad de vida” del cristiano. Ha repetido siempre, incansablemente, “que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser en el alma y en el cuerpo santa y llena de Dios” (Conversaciones, n° 114).

El evangelio, por tanto, nos presenta un ejemplo claro de la unidad de vida del Señor y cómo aprovechaba bien el tiempo del que disponía cada día. En esta línea, podemos establecer una comparación entre las 24 horas del día y el plazo que Dios dispone en las conocidas parábolas de los talentos: “Negociad hasta que vuelva” (Lc 19,13) y de las diez vírgenes “Ya llega el esposo: salid a su encuentro” (Mt 25,6).

Y es que a lo largo de la Santa Escritura se insiste con frecuencia en la idea de un “plazo” para realizar los cometidos. No le gustan a Dios ni la tibieza ni el egoísmo, porque está en juego la salvación de las almas y del mundo. Pidamos a la Santísima Virgen, nuestra Madre, que nos obtenga la misma docilidad y la misma prontitud con las que ella respondió al anuncio de San Gabriel: “Fiat mihi”.


Fuente: opusdei.org

Congoja

 Pedro López


El drama de nuestro tiempo es la pérdida de la esperanza. La actual pandemia nos está poniendo en un brete, pues la soledad, que se convierte en congoja, acompaña a muchos de los nuestros, enfermos y hospitalizados, especialmente los más mayores y necesitados de compañía

No hay modo más entrañablemente humano de vivir que hacerlo con esperanza. No en vano se dice que la esperanza es lo último que se pierde, entendiendo esta expresión no como algo que se finaliza, que se acaba, sino como algo que se consuma, porque llegado al término, la esperanza se hace vana: no la necesitamos. Es el último suspiro de un mundo que se acaba y de otro genuinamente acabado que nos aguarda: al pasar definitivamente la frontera de la muerte, la esperanza se desvanece al encontrarse con la realidad esperada.

En momentos, como los presentes, con su diario rastro de dolor e impotencia, se hace necesario infundir e infundirnos esperanza, no meramente buenos deseos y mucho menos palabrería: se precisa silencio, paso comedido, densidad y, sobre todo, cercanía en la aflicción. Por esto mismo, la esperanza responde al anhelo más profundo del hombre: aspirar a una vida en la que «Dios enjugará todas las lágrimas de nuestros ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni sufrimiento, ni fatigas, porque todo lo anterior habrá pasado» (Ap 21,4).

El drama de nuestro tiempo es la pérdida de la esperanza. La actual pandemia nos está poniendo en un brete, pues la soledad, que se convierte en congoja, acompaña a muchos de los nuestros, enfermos y hospitalizados, especialmente los más mayores y necesitados de compañía. ¡Cuántas historias pequeñas y grandiosas están sucediendo a nuestra vera! Espero que, dentro de poco tiempo, se escriban, por parte de los protagonistas, esos acontecimientos agolpados, llenos de humanidad, que hoy nos golpean en lo más profundo de nuestro ser. Y sin embargo, considero que son ellos los que nos están dando ánimo a raudales.

Me refiero a médicos, ATS, auxiliares, capellanes, etc., que están demostrando una abnegada resistencia, junto a una particular −porque cada enfermo tiene unas necesidades diversas− delicadeza y ternura, derrochando a manos llenas paciencia. Me consta que se está haciendo, y bien; y expreso un profundo agradecimiento que es compartido por la totalidad de nuestros conciudadanos. Es esperanza depositada, de algún modo, en sus manos, en medio de la fragilidad y con los recursos de que disponen: el más grande y mejor, sin duda, su corazón compasivo.

La congoja, como escribiera Unamuno, es «algo mucho más hondo, más íntimo y más espiritual que el dolor». Porque, como indica su etimología, la congoja es la angustia compartida, y «se hace íntimamente religiosa hasta hacernos acostar en el seno de Dios y recibir allí el riego de sus lágrimas divinas». 


Pedro López, en levante-emv.com

05 febrero 2021

Carta a un profesor posmoderno

 José María Torralba

El autor responde al artículo de Diego S. Garrocho 'Carta a un joven posmoderno' desde la perspectiva de un profesor


Querido colega:

Ya habrás leído el reciente artículo Carta a un joven posmoderno de Diego S. Garrocho en El español. Se trata de un mentís en toda regla al discurso intelectual que, desde hace décadas, reciben los jóvenes que pasan por nuestras aulas. 

No se deja a nadie fuera: desde Friedrich Nietzsche como catalizador de la rebeldía adolescente hasta Judith Butler como incitadora de la liberación del propio cuerpo. ¿Recuerdas esa conferencia en la universidad donde el ponente comenzó diciendo: “Yo no soy real, sólo estoy presente aquí por medio de mi palabra?”

Pensamos que iba de broma, pero no. Y era uno de los gurús del momento.

Esta no es la primera vez que alguien de la profesión critica los excesos de la filosofía posmoderna. Al contrario, supuestamente nos pagan para eso: pensar, contrastar posturas y, ojalá, aprender unos de otros.

Además, la posmodernidad no surge de la nada, sino como reacción al dominio de la racionalidad instrumental, al intento de reducir la complejidad de la vida a ideas claras y distintas y, especialmente, al desmoronamiento de los grandes relatos que daban sustento a nuestras sociedades.

Desde luego, no podemos seguir filosofando como si estuviéramos en pleno siglo XIX, pero tampoco podemos cambiar algo por nada (nada constructivo, quiero decir), que es precisamente lo que ha sucedido.

Lo que sí es novedoso es que la llamada de atención de Garrocho se refiere (uniéndose a un creciente coro de voces) a las penosas consecuencias para la vida de las personas de los principales postulados posmodernos.

Su texto te deja con mal cuerpo, porque no puedes evitar pensar en la responsabilidad que los profesores hemos tenido en esa deriva. Nos encontramos en una situación de profunda crisis de la institución familiar y de ausencia de referentes sociales, de modo que la educación es uno de lo pocos lugares donde los jóvenes pueden encontrar respuestas sólidas a sus inquietudes más profundas.

Por desgracia, muchas veces no hemos estado a la altura y nuestros alumnos han quedado defraudados.

Les hemos fallado cuando, en vez de enseñarles a pensar por sí mismos, han terminado siendo perfectos escépticos. El fomento del pensamiento crítico, bajo capa de conceptos valiosos como la autonomía, la tolerancia y el respeto por el otro, no pocas veces se ha convertido en una escuela de relativismo.

Si la meta de la enseñanza no es la verdad, lo único que queda son opiniones, más o menos interesantes. Y reclamar, como se hace, que mi opinión valga tanto como la tuya ha sido el camino más directo para terminar en una sociedad de masas.

El problema de ser masa, en palabras de José Ortega y Gasset, es que uno se hermetiza y no ve la necesidad de aprender de otros. La genuina capacidad crítica empieza cultivando la humildad y reconociendo la autoridad del saber.

Les hemos fallado al permitir que acabaran desconfiando de todo y de todos, porque se han quedado con la imagen de que vivimos en un mundo hostil, que busca aprovecharse de ellos: de su dinero, su tiempo o su cuerpo. Algo de eso hay, pero no se puede vivir en continua actitud de sospecha

Quizá por ello las relaciones de amistad y amor (cuya base es la confianza) resultan hoy tan precarias. Es necesario recuperar la mirada ingenua.

Recordarás que hicimos la prueba de leer con universitarios El principitoYo era muy reacio porque creía que les resultaría cursi o naif. Pero cuánto nos alegramos al ver su interés, como si dijeran: “Eso es, eso es lo que echábamos en falta”. Aplicaban a su vida con entusiasmo las metáforas de lo que hace única a la rosa, el “domestícame” del zorro o la risa al mirar las estrellas.

Les hemos fallado, por último, al cerrarles las puertas de la tradición. A esto han contribuido varios factores, desde la fascinación por las metodologías (con frecuencia en detrimento de los contenidos) hasta la idea de que la educación necesariamente tiene que desacreditar la cultura occidental. Así han acabado por saber más sobre quienes critican que sobre lo criticado.

En el mejor de los casos, tienen un conocimiento de oídas, es decir, de segunda mano (o de manual, que es lo mismo). Es el mundo al revés. De Homero a Oscar Wilde y de Platón a Karl Marx: qué distinta sería la situación si nos dedicáramos a leer y estudiar esos grandes libros en clase. Al menos, permitiríamos que bebieran directamente de la fuente y que consiguieran los mejores compañeros de viaje. 

En el fondo, ¿no te parece que el problema está en la crisis de la vocación docente? No tenemos claro qué se espera de nosotros. Hace un tiempo se preguntó a profesores universitarios si consideraban que debían tratar asuntos éticos en clase. La mayoría respondió negativamente, porque no querían influir en los alumnos.

¿En qué se sostiene la idea de que la educación puede ser neutral o que los estudiantes no son capaces de sacar sus propias conclusiones? Si algo nos ha enseñado la hermenéutica es que siempre hablamos desde una perspectiva. Además, esto contrasta con la opinión de los alumnos, que esperan salir de las aulas teniendo un poco más claro cómo vivir.

Toda educación va dirigida, en último término, a aprender a usar la libertad, tanto de acción como de pensamiento. De hecho, para adquirir conocimientos técnicos, los docentes somos cada vez menos necesarios.

Recordarás a ese profesor de la carrera que distinguía dos modos de vivir en la postmodernidad: el decadente, que describe muy bien Diego S. Garrocho, y el de la resistencia.

Resistir no es tratar de volver a épocas premodernas. Consiste en señalar las trampas que hay en el pensamiento dominante y seguir nutriéndose de lo mejor de la tradición, de la antigüedad a la modernidad.

Pasar de la decadencia a la resistencia: eso, al menos, se lo debemos a nuestros alumnos.


José María Torralba es profesor titular de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Navarra.

Fuente: elespanol.com