13 febrero 2021

'Si quieres, puedes limpiarme'

Domingo 6° semana del tiempo ordinario (Ciclo B)


Evangelio (Mc 1,40-45)

Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía:

− Si quieres, puedes limpiarme.

Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo:

− Quiero, queda limpio.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio. Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo:

− Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que les sirva de testimonio.

Sin embargo, en cuanto se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia, hasta el punto de que ya no podía entrar abiertamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios. Pero acudían a él de todas partes.


Comentario

En este pasaje del Evangelio se nos presenta una nueva curación milagrosa llevada a cabo por Jesús que, además, está cargada de un gran contenido simbólico.

Según las prescripciones del Levítico la lepra no era considerada sólo como una enfermedad, sino también como un grave tipo de impureza ritual que lleva consigo la obligación de estar aislado mientras perdurase (Lv 13,1-59). Correspondía a los sacerdotes diagnosticar a quienes presentaban los síntomas, así como certificar la curación, si es que llegaba a producirse.

Es fácil hacerse cargo de los sufrimientos que implicaba a las personas que la contraían, ya que, además de las graves molestias propias de la enfermedad, debían abandonar sus casas y sus pueblos y vagar por lugares deshabitados, lejos del contacto con otras personas. Tener lepra era como estar muerto en vida, alejado tanto de la vida civil como de la religiosa. Por eso, también su curación es como una resurrección.

Aquel hombre leproso, al ver desde lejos que Jesús pasaba con sus discípulos por algún camino de la zona en la que estaba, sentiría removerse su corazón con la esperanza de que pudiera hacer algo por él. Por eso se acerca al Maestro y, todavía lejos, arrodillado en su presencia, le habla lleno de confianza en que Jesús tenía poder para hacerlo. A la vez se dirige al Señor de modo muy respetuoso con lo que decidiera hacer finalmente: “Si quieres, puedes limpiarme”.

Jesús se compadeció al instante de este hombre, se acercó a él, extendió su mano para tocarlo y le dijo: “Quiero, queda limpio”. E inmediatamente se produjo su curación. El hecho de extender la mano y tocar el cuerpo llagado del leproso, pone de manifiesto que Dios, de ordinario, se quiere servir de gestos, de signos sensibles, que por la acción divina son eficaces. El simple hecho de tocar no cura, pero el poder de Dios a través de ese gesto, sana en profundidad a aquella persona.

Es algo análogo a lo que sucede en los sacramentos, que fueron instituidos por nuestro Señor Jesucristo. Son signos sensibles que, por la acción divina que actúa en ellos, producen eficazmente la gracia que significan.

En la lepra se puede ver un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, que lleva consigo un alejamiento de Dios. A diferencia de lo que establecían las antiguas normas rituales del Levítico la enfermedad física no nos separa de Dios, sino la culpa, las manchas morales y espirituales del alma.

También en ocasiones podemos sentirnos manchados por nuestras faltas y pecados, e incapaces de salir con nuestras propias fuerzas de esa situación. Entonces es el momento de dirigirnos a Jesús con la misma fe fuerte de aquel hombre: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y, si nuestro corazón está decidido a apartarse del mal con la ayuda del Señor y acudimos al sacramento de la Reconciliación, también podremos experimentar la eficacia de sus palabras: “Quiero, queda limpio”.

Los pecados que hayamos podido cometer −aunque hayan llegado a producir la muerte del alma, como las manchas en la piel de aquel leproso lo habían hecho morir en cierto modo− quedan limpios cuando los confesamos humildemente. En este sacramento, Jesucristo, con infinita misericordia, nos renueva y reconforta por medio de sus ministros, permitiéndonos recomenzar una nueva vida llena de paz y alegría.


Fuente: opusdei.org

12 febrero 2021

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2021


«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén...» (Mt 20,18).


 Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

 

La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

 

La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

 

La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

 

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

 

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.

 

Francisco

 


    Hermanos que miran al padre

     Diego Zalbidea



    El Papa Francisco habla con frecuencia de la necesidad de generar una mayor unidad entre las distintas generaciones. La parábola del hijo pródigo, su hermano mayor y su padre, relatada por Jesús, nos puede ayudar a profundizar en este tema

    Aquellos últimos días, Jesús había pasado mucho tiempo entre quienes, a ojos de la sociedad, parecían estar más lejos de Dios. El evangelista san Lucas nos cuenta que «todos los publicanos y pecadores» (Lc 15,1) se acercaban a escuchar sus enseñanzas. Este movimiento de gente hizo que quienes presumían de custodiar la ley mosaica empezasen a murmuran entre sí. El maestro, entonces, decide narrar tres parábolas destinadas a purificar la imagen de Dios que ellos tenían, distorsionada muchas veces por una mentalidad legalista que pierde de vista el amor divino. El tercero de estos relatos es el famoso sobre un padre y sus dos hijos (cfr. Lc 15,11-32): el menor, que pide la herencia para malgastarla lejos de su casa, y el mayor, que permanece en el hogar pero sin sintonizar verdaderamente con el corazón de su padre.


    El olvido de ambos hijos

    Al leer la parábola, podemos suponer que los dos hermanos llevaban mucho tiempo distraídos, alejados de la gratuidad con la que su padre les amaba. El pequeño soñaba con lugares en donde suponía que iba a ser más feliz. A este la dispersión le llegó por la cabeza –tal vez menos amueblada– y por la imaginación –quizá más viva–, hasta convencerse de que podía comprar el amor: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde» (Lc 15,12). El mayor, por su parte, había adormecido su corazón porque aparentemente cumplía bien sus responsabilidades; estaba satisfecho, no daba disgustos a su padre. Sin embargo, por alguna rendija se había colado el frío en su alma. Quizá se había ido enredando en planes que, aunque parecían muy cercanos, no incluían a quien tanto le quería. Al final, ninguno de los dos concebía −aunque fuera de manera inconsciente− que era posible alcanzar una auténtica felicidad estando en familia. Mientras el pequeño la buscaba lejos, el mayor la añoraba en una fiesta con sus amigos. Ninguno de los dos imaginaba que podía alcanzar una vida plena junto a su padre.

    Aunque, como señala san Juan Pablo II, todos tenemos dentro de nosotros, a la vez, algo de ambos hermanos, quizá no sea casualidad que Jesús haya querido hacer explícita la edad de ambos. Puede que el Señor eligiera al mayor para ilustrar actitudes más frecuentes entre personas que llevan mucho tiempo buscando y tratando a Dios. Este hermano, ciertamente, había logrado cumplir con perfección sus tareas. Su padre no podría reprocharle casi nada, así que estaba tranquilo, no debía nada a nadie. Sin embargo, no era del todo feliz. El joven, por su parte, idealista y apasionado, puede representar actitudes más comunes en etapas iniciales de la vida. Tal vez era más vulnerable al atractivo de una libertad que se dirige hacia bienes que finalmente no sacian. Huir, escapar y divertirse puede ser apetecible, pero no se puede rechazar indefinidamente la propia identidad: tarde o temprano aparecen carencias que solo Dios es capaz de colmar. Él tampoco era feliz.

    Ambos hermanos vivían en medio de su realidad de manera incómoda. En esa atmósfera era difícil que creciera el amor, que echara sus raíces la ternura, que ambos alcanzaran a ver lo orgulloso que estaba su padre por la vida de ambos y lo mucho que contaba con ellos. Sus sueños estaban desenfocados. Quizá no les cegaba el egoísmo, pero es posible que hubieran cedido a una tentación sutil: preocuparse solo de lo que tenían entre manos, olvidándose de dejarse querer por quien les había dado todo. Tal vez, sin darse cuenta, habían puesto un dique a ese amor. Mientras el joven imaginaba lo que podría hacer lejos de su hogar, el mayor contabilizaba lo que ya había atesorado. Ambos pensaban que tenían un botín, pero en realidad lo estaban guardando en sacos rotos. El mayor aguantaba a la espera del premio que, según él, merecía, mientras el pequeño no quiso esperar y reclamó la herencia. Al final los dos pedían lo mismo: su recompensa.


    La alegría paterna de tenerlos cerca

    Ambos hermanos, atrapados en sus seguridades, eran incapaces de atisbar siquiera lo que ocurría a muy poca distancia, en el corazón de su padre. Quizá los dos, cada uno a su modo, habían convertido el trato diario con él en una cosa más que hacer. Quizá nos puede suceder algo parecido a nosotros. Tenemos tantas actividades cada día, la mayoría buenas, que podemos agotar nuestra energía en eso. Incluso los momentos en los que queremos dialogar con Dios pueden convertirse simplemente en una tarea más. Al pequeño posiblemente le costaba mucho esa rutina, necesitaba algo más intenso y sensible. El mayor, en cambio, lo había incorporado regularmente a su vida, pero no lo disfrutaba, así que la crisis estaba al caer y es desencadenada por el regreso del pequeño. Ese es el momento en que todos muestran sus cartas.

    Entonces, mientras el pequeño no se atreve a pedir nada más que volver como jornalero, aunque fuera el último, nos enteramos de que el mayor no se sentía bien pagado. Pero el padre tiene una jugada maestra: mientras al pequeño lo premia con una fiesta como nunca antes se había celebrado, al mayor le recuerda que a él, en realidad, le pertenece todo. El padre trata de reconciliar a sus hijos. No le duele el pecado de uno o de otro por sí mismo sino por lo que ellos sufren: «No lloréis por mí, llorad más bien (…) por vuestros hijos» (Lc 23,28). El padre los pone frente a frente para que aprendan a quererse con el amor con que él los ama.

    Romper nuestra burbuja y mirar cómo se conmueve el Señor es volver a la casa paterna; reconocer que, más que una tarea, la relación con nuestro Padre Dios es un don. Ninguno de los dos había sido capaz de apreciar ese derroche de ternura hasta que ambos comprueban el frío que hiela y la soledad que abruma. Bastó un pequeño gesto para que comprendieran cómo son amados: «Corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20); «hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Su padre se siente orgulloso de ellos aunque no le hayan dado motivos. En las palabras de cada uno que nos trae la parábola vemos solamente lo que ellos hacen, sienten o piensan. En las palabras del padre, al contrario, se plasma la alegría de tenerlos cerca.

    San Josemaría era muy consciente de este tipo de situaciones, tan comunes pero a veces ocultas; podemos ansiar el vértigo del hijo menor o estar un poco adormecidos como el hijo mayor. Sin embargo, el fundador del Opus Dei veía en ese trato diario con el padre el más tierno cariño: «Plan de vida: ¿monotonía? Los mimos de la madre, ¿monótonos? ¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman? −El que ama está en el detalle». A través de esos encuentros nos concentramos en el gozo de Dios por tenernos cerca.


    Una alianza anhelada

    «No es emancipándonos de la casa del Padre como somos libres, sino abrazando nuestra condición de hijos» y, por lo tanto, de hermanos. Puede que el pequeño saliera a buscar a su hermano. Quizá el mayor cedió, entró y terminó abrazando al pequeño a quien seguramente no había dejado de querer. La felicidad no sería completa si la reconciliación con su padre no implicara también el perdón por los agravios, reales o imaginarios, entre hermanos. El Papa Francisco nos ha confiado uno de sus grandes anhelos: «Últimamente llevo en el corazón un pensamiento. Siento que esto es lo que el Señor quiere que yo diga: que se haga una alianza entre jóvenes y mayores». Al menor le costaba comprender el valor de la perseverancia de su hermano: años y años cumpliendo con su obligación. Al mayor se le hacía incomprensible la insensatez del pequeño. Les pasaba exactamente lo contrario que a su padre, quien no entendía la vida sin sus hijos. Le hacían falta ambos, cada uno con su forma de ser y de querer.

    Si hubieran alcanzado a mirarse entre ellos con los ojos paternos, se habrían sentido contemplados de otra forma, porque en esa mirada no caben los juicios ni los reproches. Quizá, con el tiempo, las algarrobas de los cerdos llegarían a ser motivo de bromas familiares. Tal vez el padre organizaría poco después un banquete sorpresa para su hijo mayor y sus amigos, sin más motivo que demostrarle su cariño, e incluso el pequeño ayudaría a prepararlo. Ninguno de los dos acierta a ser feliz hasta que se encuentra con su padre y comprende a su hermano. Aprenden a dejarse querer amándose el uno al otro como son.

    Mientras el joven se había centrado en recibir amor, el mayor lo había hecho en cumplir con su parte del trabajo. Ninguna de las dos actitudes es valiosa por sí sola. Cumplir sin amor cansa y desgasta hasta que al final se rompe la cuerda. Por otra parte, querer ser amado sin corresponder es imposible, también así acaba rompiéndose la cuerda. Por eso, su padre les enseña a vivir juntos e integrar fidelidad y amor. ¡Pueden aprender tanto el uno del otro! A través del trato con su padre intuyen cómo se puede hacer las cosas por amor, libremente, porque les da la gana. Nadie como Cristo, verdadero hermano mayor de todos, ha logrado unir ambos aspectos con tanta fidelidad y felicidad. «No ha habido en la historia de la humanidad un acto tan profundamente libre como la entrega del Señor en la Cruz».

    Los dos hermanos se necesitan. Separados naufragan en la amargura y su padre sufre. Juntos lo hacen muy feliz. El joven tiene toda la fuerza y el ímpetu de sus deseos de recibir cariño; estrena el amor. «Recuerdo −decía san Josemaría− que me llevé una alegría cuando me enteré de que en portugués llaman a los jóvenes os novos. Y eso son». El mayor, por su parte, ha luchado muchas batallas y, aunque al principio no se alegra, su corazón no rechazará la petición de su padre. El pequeño, en el fondo, quizá agradece que su hermano mayor le haya cubierto las espaldas y no haya dejado nunca solo su hogar. Concentrarse en el amor es la solución para ambos: mirar a su padre, recibir su Espíritu, y querer a quien él ama con su misma libertad, porque les da la gana. «El amor de nuestros hermanos y hermanas nos da la seguridad que necesitamos para seguir luchando por querer más a nuestro padre Dios».


    * * *

    La fuerza para sobrepasar la mezquindad de nuestro corazón podemos obtenerla del banquete en el que aprendemos de verdad a ser hijos: «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fieles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros». En Cristo, Hijo único del Padre, ambos son capaces de portarse como hijos y, por lo tanto, como hermanos. Participando juntos en el banquete del ternero cebado, se calzan las sandalias nuevas para recorrer el mundo entero, se visten la túnica limpia que huele a casa y se ponen el anillo de la fidelidad de su padre. Entonces empieza la fiesta en la que no dejarán de cantar ya nunca alabanzas a un padre que les cuida y comprende.

    A lo mejor nos ha llamado la atención alguna vez que no aparece la madre de esta familia. No sabemos la razón, pero quizá podemos imaginar que la Virgen María, madre de Dios y madre nuestra, siempre nos ayuda a tener la mirada puesta en al amor del Padre. Para volver a casa, para concentrarnos en lo esencial, nada mejor que dejarnos llevar en el regazo de una madre que nos susurra al oído: «Mira cómo te quiere Dios».


    Fuente: opusdei.org

    11 febrero 2021

    Tus hijos, guapa, te los pagas tú

    Ricardo Calleja

    La maternidad numerosa -para el ethos que va consolidándose en nuestra sociedad a golpe de decreto y con la corriente de la liquidez posmoderna empujando- es un capricho

    Esto va muy rápido. La agenda política nos apabulla mientras nos desangramos literal y económicamente en la pandemia del siglo y se aceleran cambios sociales. Nos pasan cosas que parecían imposibles hace unas semanas, sin que nadie levante la voz. La sociedad civil no es capaz de seguirle el ritmo a un gabinete de comunicación gubernamental bien financiado.

    Hace dos o tres semanas, publiqué en este medio un artículo titulado «Ten hijos». Lo hice en diálogo con otros artículos que señalaban el desfondamiento de la propuesta vital posmoderna, y la necesidad de afirmar lo obvio. Y lo obvio es que la vida es un bien básico −al margen de cálculos utilitaristas y de cómo la vivamos−, al que debemos estar agradecidos, y que estamos llamados a dar vida, a cuidarla, a encauzarla. A tener hijos, en sentido biológico o en sentido figurado, que no todo el mundo puede o debe criar niños.

    Ante artículos semejantes, ya hace tiempo un amigo padre de familia numerosa me decía lo que otros piensan: «Creo que exageramos cuando presentamos la maternidad como algo rechazado en nuestra sociedad. No debemos sacar de quicio la anécdota que soportan algunos padres de familia numerosa en la cola del súper, cuando algún vecino resopla ante tamaña irresponsabilidad, o se ofrece a financiar la compra de un televisor (hoy diríamos, cuenta de Netflix) para entretenerse por las noches de un modo menos… fecundo».

    Es una advertencia que no cae en saco roto: lejos de mí el victimismo y el complejo de mártir. Que además solo funciona en un sentido: el victimismo frente a las estructuras hegemónicas de la sociedad tradicional. Pero pienso que a veces esta posición resignada a la dureza de la vida es consecuencia del olvido de un principio básico: que es una exigencia de estricta justicia que la sociedad apoye la paternidad y la maternidad, y una condición de su propia supervivencia a medio plazo. Incluso los padres de familia numerosa pueden tener muy asimilado el planteamiento contrario, aparentemente liberal: que tener hijos es una opción privada y −a los efectos de las leyes y políticas públicas− un capricho que ha de pagarse cada uno.

    Cuando sonó durante unos días la «turra faminazi» favorable a los hijos, algunos calificaron esta especie de campaña de «tabarra moralista» y ladeaban sus cabezas, rasgando sus vestiduras ante lo que consideraban que era una invasión de la vida privada: «Tener hijos no te hace mejor», decían. «Como si cuidar fuera mejor», ironizaban.

    La entradilla de uno de esos artículos «Contra la monserga natalista» rezaba: «En el mundo real, la maternidad no es un estigma. La antimaternidad radical solo existe en las fantasías anti-sesentayochistas de conservadores atrapados en los años setenta. La izquierda de hoy no es antinatalista».


    Pues bien. Esta semana el Gobierno ha aprobado un real decreto ley en virtud del cual se procede al primer recorte social de la pandemia. Al fin, alguien sí se va a tener que quedar atrás. Era seguramente inevitable.

    Hágase la pregunta: un Gobierno de progreso, ¿a quién va a hacer pagar la factura del gasto social? ¿Serán las grandes fortunas? ¿Las big-tech que acumulan rentas gracias a la situación de recortes de movilidad impuestos por el virus? ¿Los funcionarios que al menos tienen asegurados sus ingresos? (Nota: ya sabemos que hacer pagar es algo más complicado que subir impuestos, pero junto a la dimensión pecuniaria está también la simbólica, que para la construcción de una comunidad política no es un tema menor).

    La respuesta la tenemos en el Real Decreto Ley 3/21 (sí, ya van tres en lo que va de año). Allí se recortan los complementos a la pensión de las madres de familia numerosa, en cantidades nada despreciables.

    Por supuesto estos complementos tienen su historia. Pero sí: son las madres de familia numerosa las que pagan el pato, con una reducción importante de sus ingresos. Pero serán sus hijos los que pagarán las pensiones de nuestra generación, cuando ellos sean productivos y nosotros clases pasivas.

    Nuestra sociedad penaliza la maternidad

    Más allá del clavo en el bolsillo, de la puñalada trapera con nocturnidad y epidemiología, pienso que debemos aprovechar para levantar acta: nuestra sociedad no apoya la maternidad, sino que −comparativamente− la penaliza. Por si la cosa de ser madre trabajadora no estaba ya suficientemente cuesta arriba.

    Ante fenómenos como la maternidad y la resultante natalidad, hay dos opciones, y solo dos. Por un lado, está el ethos familiar, que lo considera un bien social, lo celebra, lo fomenta y lo apoya, en lo posible, de mil maneras no solo económicas. Este ethos es de toda la vida, traducido en políticas de izquierdas y de derechas. Y, por otro, lo que −con caricatura divertida− podemos llamar el ethos malasañero, que considera la maternidad numerosa como una opción personal, socialmente indiferente, aunque en el fondo lo ven como una anomalía que ata a la mujer a su papel de madre.

    Esto puede sonar liberal, y nada moralista. Pero, en realidad, reduce fenómenos fundamentales de la vida social y personal a la categoría de opciones de consumo, que cada uno paga de su bolsillo. Mientras que otras opciones, sin embargo, siguen mereciendo todo el apoyo del aparato estatal, educativo, económico y legislativo. Me ahorraré ejemplos.

    Pero la maternidad numerosa −para el ethos que va consolidándose en nuestra sociedad a golpe de decreto y con la corriente de la liquidez posmoderna empujando− es un capricho.

    Y los caprichos, guapa, te los pagas tú.

    Sobre el Real Decreto-Ley 3/2021, de 2 de febrero de 2021, por el que se adoptan medidas para la reducción de la brecha de género y otras materias en los ámbitos de la Seguridad Social y económico

    El anterior complemento por maternidad a la pensión, que fue aprobado en 2016, es porcentual y se aplica así:

    − Madre con 2 hijos: 5% aumento pensión

    − Madre con 3 hijos: 10% aumento pensión

    − Madre con 4 hijos o más: 15% aumento pensión

    En cantidades totales, a una madre con 4 hijos y pensión de 2.000€/mes le correspondía un aumento del 15%, es decir, 300€/mes en 14 pagas = 4.200€ de complemento al año.

    Con la modificación que se hace ahora al complemento por maternidad en este real decreto-ley, la cantidad máxima por mes y por hijo es de 27€.

    Así que a la madre con 4 hijos y pensión máxima le corresponde 27€x4 hijos = 108€/mes. Como el complemento se paga en 14 pagas, este sería actualmente de 1.512€.

    La pérdida es bastante clara para una familia numerosa. En el ejemplo anterior, de unos 2.700 € al año.

    Además de seguir considerando que el quinto hijo y siguientes son invisibles y no cuentan.

    También hay que subrayar la nula consideración con los/las padres/madres que, por las circunstancias familiares de ser familia numerosa, han tenido que optar por la dedicación exclusiva al cuidado del hogar y de los hijos por un determinado tiempo, sin que este sea considerado de ninguna manera. Así como la exclusividad del amo o ama de casa de cuidar a tiempo completo el hogar e hijos.


    Ricardo Calleja, en eldebatedehoy.es


    10 febrero 2021

    La oración en la vida cotidiana

    El Papa en la Audiencia General

    Catequesis 24. 

    Queridos hermanos y hermanas:

    Reflexionamos hoy sobre la oración en la vida cotidiana. El que reza es como un enamorado: lleva siempre en el corazón a la persona amada, vaya donde vaya. Por eso, podemos rezar en cualquier momento, en los acontecimientos de cada día: en la calle, en la oficina, en el tren; con palabras o en el silencio de nuestro corazón. Incluso un pensamiento aparentemente “profano” puede estar impregnado de oración. El Espíritu del Señor siempre se nos ofrece para que brote el diálogo con Él.

    La oración nos va transformando: calma la ira, mantiene el amor, multiplica la alegría, infunde la fuerza de perdonar. En la oración se nos concede la gracia para afrontar cada día con esperanza y valentía, como llamadas de Dios y ocasiones para encontrarnos con Él. Además, la oración nos ayuda a amar a los demás, conscientes de que todos somos pecadores y, al mismo tiempo, amados personalmente por el Señor. Somos seres frágiles, pero sabemos rezar: esta es nuestra mayor dignidad.

    Por tanto, recemos por todo y por todos: por nuestros seres queridos, y también por las personas que no conocemos, incluso por nuestros enemigos. Recemos especialmente por los que más sufren a causa del dolor y la enfermedad, de la soledad y la precariedad. Rezando y amando así este mundo, amándolo con compasión y ternura, como Jesús, descubriremos que cada día lleva escondido en sí un fragmento del misterio de Dios.


    Saludos:

    Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Mañana celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, patrona de los enfermos. Pidamos por su intercesión que el Señor conceda la salud del alma y cuerpo a todos los que sufren a causa de alguna enfermedad y de la actual pandemia, y fortalezca a quienes los asisten y los acompañan en este tiempo de prueba que atraviesan en sus vidas. Que Dios los bendiga a todos.

    ‘La visión cristiana integra las realidades que las ideologías han separado’

    Maria José Atienza Amores

    La importancia nuclear de formar intelectuales con mentalidad cristiana, esto es, superar la dualidad entre una fe que se profesa y el ejercicio propio de la vida social e intelectual

    Miguel Brugarolas, sacerdote y teólogo, el filósofo Juan Arana y el escritor Juan Manuel de Prada fueron los ponentes de la Mesa redonda “Un debate actual: intelectuales, cristianismo y universidad”, moderada por José María Torralba, realizada en la Universidad de Navarra.

    Este encuentro, seguido también de manera virtual y especialmente dirigido a los docentes universitarios, volvió a poner de manifiesto la importancia nuclear de formar intelectuales con mentalidad cristiana, esto es, superar la dualidad entre una fe que se profesa y el ejercicio propio de la vida social e intelectual.

    Esta mesa redonda viene precedida de un intenso y rico debate que, desde el pasado noviembre, tienen, a través de diversos medios digitales, intelectuales, periodistas y académicos acerca de la presencia de una llamada intelectualidad católica en el espacio de debate general.

    Un debate que apela, especialmente, al papel de las universidades, más aún, universidades de inspiración cristiana, en esta formación de católicos “con cabeza y pensamiento realmente católico” y que también ha sido tratada, hace pocos días, en una mesa redonda en la Universidad Francisco de Vitoria.

    El peligro de la ideologización de la fe

    Desde una perspectiva teológica, Miguel Brugarolas, señaló que “hay que tener en cuenta que Dios ha dotado a toda la actividad humana de un valor divino, pero no basta la actividad humana para llegar al conocimiento de la divinidad, hace falta Cristo”, por lo que, abordar cualquier materia como católico, necesita de una fe encarnada en la propia vida y por tanto, en la propia razón.

    Asimismo, Brugarolas destacó que, por esta misma lógica de la encarnación de Dios, “el modo como el cristiano se relaciona con el mundo es profundamente teologal, vive la relación con Dios desde su humanidad, y por ello, su actividad es cristiana aunque no lo haga desde una oficialidad católica”.

    Todos los participantes coincidieron en el peligro que supone la ideologización de la fe: “este sociedad postmoderna reduce las cosas más grandes a banalidades para luego poder apartarlas, como ocurre con la fe reducida a una simple ideología”, declaró el propio Brugarolas.

    Por su parte, el filósofo Juan Arana puso el acento en que, al no cultivar la fe y, sobre todo, la maduración y formación cristiana e intelectual: “puede que lo que realmente esté en situación precaria sea nuestra identidad cristiana y no estemos a la altura de lo que esta sociedad nos está pidiendo”. Y quiso subrayar también que “La intelectualidad y el catolicismo tienen en común la universalidad como algo propio

    “Hemos caído en un dualismo empobrecedor”

    Juan Manuel de Prada, por su parte, subrayó algunos de los problemas clave de esta “desaparición” de la intelectualidad católica; por una parte, se refirió a que “cuando a alguien lo presentan como intelectual católico, esa ‘etiqueta’ es casi un señalamiento, que crea un prejuicio previo de que  todo lo que esa personas afirme o defienda está ‘subyugado’ a su ser católico como si la fe no perteneciera al ámbito de lo racional”.

    Otro de los escollos puntualizó el escritor es un problema de muchos católicos que “hemos caído en el dualismo, separando la fe de las razones naturales y hemos introducido el conflicto ideológico en nuestra actividad, y, lo que es más grave, en nuestra vida cristiana”.

    “Nuestro reto” ha continuado de Prada “es romper este dualismo empobrecedor y asfixiante y recuperar el pensamiento católico como inspirador de las realidades naturales, capaz de ofrecer una lectura novedosa de estas realidades que es necesaria”. Para De Prada “se trata de proponer una visión del mundo que integra esas realidades que las ideologías se han apropiado separadamente”.

    La clave, se ha pues está en que los cristianos tengan cabeza cristiana, y para ello, ante las dudas planteadas, los ponentes han coincidido en por una parte, desprenderse de esa ideologización de la fe que evita el diálogo “cuanto más católicos seamos menos ideológicos seremos”, ha llegado a decir Juan Manuel de Prada, puesto que, en palabras de Brugarolas: “la ideología es la razón orientada al poder y no a la verdad”.

    Por otra parte, se puso de manifiesto la necesidad de generar una verdadera cultura católica que no termine en un gueto de comodidad, “evitar situaciones como que los escritores católicos escriban sólo para los católicos” y proponer la visión cristiana como una luz sobre toda la educación, por ejemplo en el caso de la Universidad, no sólo como una asignatura concreta: sino que el pensamiento cristiano ilumine todos los ámbitos de desarrollo personal del ser humano.


    María José Atienza Amores, en omnesmag.com

    09 febrero 2021

    Rituales

    Carlos Marín-Blázquez


    Los rituales van camino de desprenderse de su carácter sacro para acabar siendo reemplazados por una retahíla de conmemoraciones muy ostentosamente coloreadas de laicismo cívico.

    Nuestra condición se revela en el reconocimiento de sus límites. En un primer momento, la asunción de esa evidencia nos aboca al desamparo. Nos sentimos abrumados al enfrentarnos a la certeza de una dimensión indescifrable. Lo que somos, aquello que infunde sentido a la íntima singularidad en que nos reconocemos, se configura como una fuerza que elude todos los cálculos; atisbos de una potencia que nos supera. «La mística –advierte Wittgenstein– no es cómo es el mundo, sino el hecho de que el mundo es». Que el mundo sea y que poseamos conciencia plena de estar en el mundo constituye, pues, la raíz de nuestro sobrecogimiento. Para mitigarlo, el hombre recurre a los rituales. Es de ese modo como la intimidación ante la desmesura del enigma que nos interpela se transmuta en asombro y devoción. Ambos sentimientos son las derivadas naturales tanto del principio de estabilidad que el ritual introduce en el seno de una realidad cambiante y poliédrica, como de los hábitos de silencio, quietud y profunda atención que su práctica comporta.

    Sin rituales, el hombre se condena a regresar a la intemperie. «Donde no se celebran rituales como dispositivos protectores –escribe Byung-Chul Han en su último ensayo, La desaparición de los rituales– la vida está totalmente desprotegida». Así es, ciertamente. Pero para que el hombre se sienta inducido a perseverar en el cultivo de aquellas fórmulas en las que le es dado encontrar reconocimiento y cobijo, resulta indispensable que su mirada se oriente hacia el misterio. A través del ritual, la experiencia del misterio genera un clima hospitalario. La angustia ante el recuerdo de nuestra condición vulnerable y efímera queda atemperada, incluso llega a disiparse en ocasiones, a través de nuestra participación en determinados ceremoniales que, invitándonos a salir del aislamiento y la obsesiva preocupación por el yo que caracterizan la existencia moderna, no solo abren expectativas inéditas de fraternidad hacia quienes comparten una inquietud análoga, sino que sugieren una vía de acceso común hacia algo que, en lo más hondo de nuestro ser, sabemos que nos trasciende.

    Fuente: eldebatedehoy.es

    Purificar la memoria

    Javier Vidal-Quadras

    Purificar la memoria es recordar las ofensas como perdonadas, las debilidades como aceptadas, los errores como comprendidos…

    ‘Purificar la memoria’ es una feliz expresión de Jutta Burggraf y un proceso fundamental para ser feliz. Una mala memoria puede ser una buena aliada de la felicidad, sobre todo si olvida lo negativo, cosa que no es fácil porque los sucesos negativos suelen tener más impacto que los positivos.

    La memoria es una facultad humana en ciertos aspectos incontrolable. Con entrenamiento se puede incrementar la capacidad de recordar, pero más difícil es mejorar la capacidad de olvidar. ¡Qué útil sería poder borrar de la memoria selectivamente aquello que nos hace daño, nos entristece, nos deprime, nos irrita o nos sulfura! Si no recordáramos las ofensas, no haría falta perdonar, no experimentaríamos sed de venganza; si olvidáramos nuestros grandes defectos, impotencias y debilidades, si se esfumaran las humillaciones del pasado, evitaríamos muchas de las pequeñas o grandes depresiones que nos acechan cada día.

    Sin embargo, esta capacidad de borrado nos deshumanizaría: acabaría eliminando buena parte de nuestra experiencia vital y, al anular eventos vividos, nos restaría también previsión ante los acontecimientos futuros. En el fondo, la frase ‘perdono, pero no olvido’, dicha sin ningún sesgo de rencor, es una verdad como un templo: te perdono, pero no puedo olvidar por más que lo intento. De hecho, el empeño en olvidar es un tanto absurdo porque suele provocar una presencia más intensa del recuerdo ingrato, que acaba grabándose aún con más fuerza.

    Purificar la memoria es otra cosa. Consiste en sanar, limpiar, depurar los recuerdos. Purificar la memoria es recordar las ofensas como perdonadas, las debilidades como aceptadas, los errores como comprendidos… Recuerdo el hecho, pero he sido capaz de transformarlo, lo reinterpreto, lo sano y rehabilito con un significado nuevo: el perdón, la aceptación, la comprensión. Entonces sí puedo decir ‘perdono y olvido’, porque aquí olvidar no consiste en dejar de recordar, que no está en mi mano, sino en recordar sin dolor.

    Sin este paso es muy difícil perdonar y perdonarse. Si no soy capaz de desnudar el recuerdo de su carga interpretativa, del significado subjetivo que le atribuyo, entraré en una espiral interminable de rencor, crítica, autocompasión o depresión. Sin este paso, la mente se nubla, los defectos se agrandan, las virtudes se ignoran, la realidad se distorsiona y se acaba perdiendo de vista. Los abogados lo vemos a menudo. Corazones cerrados en sí mismos, incapaces ya de descubrir en el otro un atisbo de bondad o de humanidad. Llega un momento en que todo se malinterpreta y se falsea con la sola intención, muchas veces inconsciente, de confirmar los propios prejuicios. Nuestros propios miedos no nos dejan ver y acabamos atrapados en un pasado que, en realidad, ya no existe en otro lugar que no sea nuestra memoria.

    No es fácil, lo sé. Es, primero, una cuestión de libertad. Solo yo puedo decidir hacerlo. Pero, claro, también puedo elegir culpar a los demás, y alimentar así el rencor y la soberbia, o culparme a mí mismo, y hacerme así víctima y compadecerme. A veces, hay un placer oculto detrás de esta actitud. Unos y otros son pensamientos negativos que no dejan aflorar los positivos, modelan la emoción y me predisponen en un sentido u otro, normalmente en mi propio perjuicio.

    El secreto consiste en centrarse en el sentimiento (la rabia, la ira, el resentimiento…) y dejar de luchar contra él con interpretaciones y pensamientos (lo hizo adrede, lo sabía, quería hacerme daño, tenía que, cómo me pudo pasar, cómo no se me ocurrió…) que acaban manipulando el mismo sentimiento y distorsionan la realidad para que el ego (¡ah, la soberbia!) se vuelva a apoderar de mí. Sí, sientes rabia, dolor, rencor, desánimo. No pasa nada. Es lo humano. Déjalos fluir, déjalos ir, que sigan su curso hasta que vayan languideciendo.

    Y, cuando se adormezcan, podrás ver con gratitud una parte de ti que tienes que abandonar y te da la oportunidad de crecer como persona. Cuando llegues aquí y seas capaz de recordar el hecho sin que te duela, como un acontecimiento biográfico más, habrás purificado la memoria y podrás perdonar, perdonarte… y olvidar. Habrás transformado el dolor en gratitud.


    Javier Vidal-Quadras Trias de Bes, en javiervidalquadras.com