22 febrero 2021

El Tentador seduce

 El Papa ayer en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasado miércoles, con el rito penitencial de la ceniza, iniciamos el camino de la Cuaresma. Hoy, primer domingo de este tiempo litúrgico, la Palabra de Dios nos indica el camino para vivir fructuosamente los cuarenta días que conducen a la celebración anual de la Pascua. Es el camino recorrido por Jesús, que el Evangelio, en el estilo esencial de Marcos, resume diciendo que Él, antes de comenzar su predicación, se retiró durante cuarenta días al desierto, donde fue tentado por Satanás (cf. 1,12-15). El evangelista subraya que «el Espíritu empuja a Jesús al desierto» (v. 12). El Espíritu Santo, que descendió sobre Él nada más recibir el bautismo de Juan en el río Jordán, el mismo Espíritu le empuja ahora a ir al desierto, para enfrentarse al Tentador, para luchar contra el diablo. Toda la existencia de Jesús se pone bajo el signo del Espíritu de Dios, que lo anima, lo inspira y lo guía.

Pero pensemos en el desierto. Detengámonos un momento en este entorno, natural y simbólico, tan importante en la Biblia. El desierto es el lugar donde Dios habla al corazón del hombre, y donde brota la respuesta de la oración, o sea, el desierto de la soledad, el corazón sin apego a otras cosas y solo, en esa soledad, se abre a la Palabra de Dios. Pero es también el lugar de la prueba y la tentación, donde el Tentador, aprovechando la fragilidad y las necesidades humanas, insinúa su voz engañosa, alternativa a la de Dios, una voz alternativa que te muestra otro camino, un camino de engaños. El Tentador seduce. Efectivamente, durante los cuarenta días vividos por Jesús en el desierto, comienza el “duelo” entre Jesús y el diablo, que terminará con la Pasión y la Cruz. Todo el ministerio de Cristo es una lucha contra el Maligno en sus múltiples manifestaciones: curaciones de enfermedades, exorcismos de los endemoniados, perdón de los pecados. Después de la primera fase en la que Jesús demuestra que habla y actúa con el poder de Dios, parece que el diablo prevalezca  cuando el Hijo de Dios es rechazado, abandonado y finalmente capturado y condenado a muerte. Parece que el vencedor es el diablo. En realidad, la muerte era el último “desierto” a atravesar para derrotar definitivamente a Satanás y liberarnos a todos de su poder. Y así Jesús triunfó en el desierto de la muerte para triunfar después en la Resurrección.

Cada año, al comienzo de la Cuaresma, este Evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto nos recuerda que la vida del cristiano, tras las huellas del Señor, es una batalla contra el espíritu del mal. Nos muestra que Jesús se enfrentó voluntariamente al Tentador y lo venció; y al mismo tiempo nos recuerda que al diablo se le concede la posibilidad de actuar también sobre nosotros con sus tentaciones. Debemos ser conscientes de la presencia de este enemigo astuto, interesado en nuestra condena eterna, en nuestro fracaso, y prepararnos para defendernos de él y combatirlo. La gracia de Dios nos asegura, mediante la fe, la oración y la penitencia, la victoria sobre el enemigo. Pero hay algo que me gustaría subrayar: en las tentaciones Jesús no dialoga nunca con el diablo, nunca. En su vida, Jesús no tuvo jamás un diálogo con el diablo, jamás. O lo expulsa de los endemoniados o lo condena o muestra su malicia, pero nunca un diálogo. Y en el desierto parece que haya un diálogo porque el diablo le hace tres propuestas y Jesús responde. Pero Jesús no responde con sus palabras; responde con la Palabra de Dios, con tres pasajes de la Escritura. Y esto es lo que debemos hacer también todos nosotros. Cuando se acerca el seductor, comienza a seducirnos: “Pero piensa esto, haz aquello...”. La tentación es la de dialogar con él, como hizo Eva; y si nosotros entablamos diálogo con el diablo seremos derrotados. Grabaos esto en la cabeza y en el corazón: no se dialoga nunca con el diablo, no hay diálogo posible. Solo la Palabra de Dios.

En el tiempo de Cuaresma, el Espíritu Santo nos empuja también a nosotros, como a Jesús, a entrar en el desierto. No se trata —como hemos visto— de un lugar físico, sino de una dimensión existencial en la que hacer silencio y ponernos a la escucha de la palabra de Dios, «para que se cumpla en nosotros la verdadera conversión» (Oración colecta 1er Domingo de Cuaresma B). No tengáis miedo del desierto, buscad más momentos de oración, de silencio, para entrar en nosotros mismos. No tengáis miedo. Estamos llamados a caminar por las sendas de Dios, renovando las promesas de nuestro bautismo: renunciar a Satanás, a todas sus obras y a todas sus seducciones. El enemigo está ahí, al acecho, tened cuidado. Pero no dialoguéis nunca con él. Nos encomendamos a la intercesión maternal de la Virgen María.


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo cordialmente a todos vosotros, romanos y peregrinos. En particular, saludo a los fieles polacos que están aquí delante. Hoy mi pensamiento va al santuario de Płock, en Polonia, donde hace 90 años el Señor Jesús se manifestó a santa Faustina Kowalska, confiándole un mensaje especial de la divina misericordia. Llegó al mundo entero a través de san Juan Pablo II y no es otro que el Evangelio de Jesucristo, muerto y resucitado, que nos da la misericordia del Padre. Abramos nuestro corazón diciendo con fe: "Jesús, confío en ti".

Saludo a los jóvenes y adultos del grupo Talitha Kum de la parroquia de San Giovanni dei Fiorentini de Roma. Gracias por vuestra presencia y seguid adelante con alegría en vuestros proyectos de bien.

¡Y os deseo a todos un hermoso domingo, hermoso porque hace sol y también un buen domingo!

Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

21 febrero 2021

Cuaresma, un buen momento para revisar mi imagen de Dios

 Juan Luis Selma

Hay unas personas que viven con dolor la existencia, como si no se sintieran queridas


Hace unos días, desde el confesionario, vi a una señora deambulando. Se sentía su presencia por sus pasos cansinos y también por el olfato. Era una mujer sin techo, muy abandonada. Le pregunté si quería algo y me pidió un crucifijo. Le ofrecí uno pequeño que llevo siempre conmigo. Lo agarró con alegría y comenzó a besarlo diciendo: “me encuentro mal, me encuentro mal”. Al momento me preguntó si podía quedarse un rato. Le contesté que estaba en su casa. Se sentó en un rincón y al poco estaba plácidamente dormida. Me impresionaron los besos que le daba a la cruz. No pidió nada más, ni dinero, ni alimentos… solo el crucifijo.

Estamos entrando en la Cuaresma, más singular, si cabe, que la pasada. Sin el bullicio de los Carnavales ha llegado sin enterarnos. Tampoco dará paso a los desfiles de Semana Santa, una vez más la procesión irá por dentro. Escuchamos la llamada del Señor: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Hoy podemos preguntarnos cómo andamos de fe, en quién creemos, cómo afectan nuestras creencias en nuestra vida. 

Los conductores tenemos la experiencia de cómo se llevan las incidencias del tráfico. Hay una especie de automovilistas justicieros, van con el claxon por delante, con gestos desosegados, con palabros. Ayer mismo me llenaron de bocinazos y me hicieron “la peseta”, no sé por qué. De algún modo se sienten con la misión divina de ordenar el tráfico.

Hay unas personas que viven con dolor la existencia, como si no se sintieran queridas, parece que su vida no tiene sentido. Al no creer en nada, o en muy poco, transmiten su desasosiego a los demás. Negar la transcendencia, la cercanía de Dios, narcotiza, priva a los hombres de su dignidad, afecta muy profundamente a su personalidad.

El modo de situarnos ante la vida nos marca. Es muy duro pensar que somos un animal evolucionado, fruto de la casualidad, que no hay un sentido, un orden, un buen Dios que vela por nosotros, que nuestro destino es efímero. Si todo acaba, si nada tiene sentido, falta confianza, hay recelo. Ante las deficiencias, incertidumbres, injusticias solo hay rebeldía. Hay falta de libertad y acabamos a merced del poder de turno. Esto favorece una personalidad desconfiada, suspicaz, insegura ya que todo depende de los logros del ahora, que nunca llenan el corazón. Genera un modo de ser “consumista” pues la felicidad se basa en lo que tenemos y no en lo que somos. 

En cambio, la fe, el convencimiento de la existencia del Dios del amor, el saber de un Buen Padre que vela por todo, que habrá justicia, lo hace todo diferente. Descanso en Dios, no todo está en mis manos, tengo sosiego y paz. Es muy duro tener que estar dirigiendo el mundo, llevarlo sobre los hombros. Nuestra vida no tiene nada que ver con la de Sísifo, condenado a empujar sin cesar una roca hasta la cima de la montaña, desde donde vuelve a caer por su propio peso.

También los creyentes estamos llamados a repensar cómo es nuestra imagen de Dios. Puede suceder que seamos muy perfeccionistas o cumplidores, que juzguemos y condenemos a los demás y a nosotros mismos, que no estemos cómodos en la vida. El motivo estaría en pensar en un Dios lejano, justiciero y frío. Una especie de guardián controlador del universo, más que un Padre bueno y amoroso. En este caso sería un dios falso, una quimera nuestra que nada tiene que ver con la realidad. Esta imagen tampoco ayudaría a tener una buena personalidad. 

Dice Benedicto XVI: “Dios es amor y sólo cuando nos abrimos, completamente y con confianza total, a este amor y dejamos que sea la única guía de nuestra vida, todo queda transfigurado, encontramos la verdadera paz y la verdadera alegría y somos capaces de difundirlas a nuestro alrededor”. Saber que somos queridos de un modo incondicional y para siempre nos da seguridad; saber que el bien acaba imponiéndose nos tranquiliza. Creer en la justicia eterna nos estimula a ser justos y a hacer el bien

Se podría afirmar que somos un reflejo de lo que creemos. El Papa Francisco nos dice: “En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación… Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino −exigente pero abierto a todos− que lleva a la plenitud de la Vida”. Revisemos cómo es el Dios en que creemos. 


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es

20 febrero 2021

Jesús en el desierto

 Domingo 1° semana de Cuaresma (Ciclo B)

Evangelio (Mc 1,12-15)

Enseguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás; estaba con los animales, y los ángeles le servían.

Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo:

−El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio.


Comentario

Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma y contemplamos al Señor conducido por impulso del Espíritu Santo hacia el desierto, para orar y ayunar allí durante 40 días. Marcos es muy lacónico en su relato sobre el tiempo que pasó Jesús en el desierto. No se refiere a los tres tipos de pruebas que sufre Jesús según los otros evangelistas; sencillamente dice que “estuvo en el desierto cuarenta días mientras era tentado por Satanás”.

Con una mirada superficial, cabría preguntarse por qué Jesús se pone en ocasión de ser probado. De hecho, el relato paralelo de Mateo afirma que Jesús “fue llevado al desierto por el Espíritu” precisamente “para ser tentado por el diablo” (Mt 4,1). Además, cualquier judío creyente de su época conocía la atribución bíblica del ámbito del desierto al demonio y a la prueba (cfr. Lv 16,10). Pero, aun así, Jesús acude allí.

Este episodio nos enseña que es Jesús, y no el demonio, quien toma la iniciativa en la lucha entre el bien y el mal. El Apocalipsis afirma también que son Miguel y sus ángeles quienes empiezan la lucha contra el demonio para vencerlo (Ap 12,7). Jesús se adelanta, con un tiempo de intensa oración y ayuno. Y en ese marco de esfuerzo y santidad de vida es al que el demonio se ve abocado a acudir; un marco adverso para él y no al revés.

La escena de hoy nos muestra que la condición de hijos de Dios revelada en el bautismo en el Jordán −“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto” (Mc 1,11)−, lejos de hacernos retraídos ante el mal y el pecado, en actitud de huida y temor a la derrota, nos lleva precisamente a tomar la iniciativa en la lucha, con valentía y confianza en la gracia, porque somos hijos de Dios. No se trata de fiarse de las propias fuerzas o ponerse tontamente en lo que sabemos que para nosotros es ocasión de pecar. Se trata más bien de no ir a la defensiva en nuestro esfuerzo por comportarnos como hijos de Dios, a quienes el Padre mira con agrado, a pesar de todo, porque Él mismo ha enviado a su Hijo hecho hombre.

Con este sentido positivo y activo de la lucha han vivido siempre los santos, porque no se miraban a sí mismos, sino a Cristo, que luchó y venció por ellos. San Agustín expresaba esta verdad así: “Cristo era tentado por el diablo y en Cristo eras tentado tú, porque Cristo tomó tu carne y te dio su salvación, tomó tu mortalidad y te dio su vida, tomó de ti las injurias y te dio los honores, y toma ahora tu tentación para darte la victoria. Si fuimos tentados en Él, vencimos también al diablo en Él. ¿Te fijas en que Cristo es tentado y, sin embargo, no consideras su triunfo?”[1]. Por tanto, Jesús nos da ejemplo en este inicio de la Cuaresma y nos enseña a tomar la iniciativa en nuestra lucha cristiana llena de esperanza.

Y una forma evidente de adelantarse en la lucha consiste en dedicar un tiempo previsto para orar, a pesar de nuestra personal situación o condición; a pesar de las muchas razones que inventan la pereza, el pragmatismo o el temor, para dejar de lado esos ratos de meditación. Es lógico que cuando nos decidimos a seguir las huellas del Maestro aparezca en nuestra vida la prueba y la tentación. Pero esto no son señales de que vaya mal la lucha o nuestra oración sea infecunda, sino todo lo contrario. Los más probados suelen ser los santos porque, como decía santa Teresa de Jesús, “sabe el traidor que alma que tenga con perseverancia oración la tiene perdida”[2]. Por eso el demonio busca llenarnos de omisiones y falsas humildades para que dejemos de orar y perdamos la iniciativa en la lucha. Porque un clima de oración es siempre adverso para él.


Fuente: opusdei.org

Mensaje del Prelado del Opus Dei (20 febrero 2021)

 Mons. Fernando Ocáriz


Al inicio de la Cuaresma, Mons. Ocáriz nos invita a buscar la identificación con Cristo por la vía de la pobreza que sugiere el ayuno


Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Hemos comenzado la Cuaresma, preparación de la Semana Santa, que nos recuerda los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto. Con su ayuno y con la experiencia de las tentaciones, el Señor nos muestra que solo Dios basta. Las prácticas cuaresmales del ayuno, la limosna y la oración nos ayudan a introducirnos de nuevo en esa realidad.

A través del ayuno buscamos identificarnos con Cristo por la vía de la pobreza: como «experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento» (Francisco, mensaje para la Cuaresma 2021).

Como sabemos, la belleza de la virtud de la pobreza no está principalmente en la renuncia a los bienes creados, sino en renunciar al desorden que experimenta la persona cuando esos bienes no están integrados en el horizonte de Dios. La pobreza proclama y recuerda la bondad originaria de la creación y de las cosas materiales, mientras afirma el desapego de ellas como «una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador» (Conversaciones, n. 110).

Esta Cuaresma puede ser tiempo oportuno para ilusionarnos de nuevo con este desafío: examinar nuestro corazón para descubrir de qué manera las cosas materiales de las que disponemos contribuyen a llevar adelante la misión que Dios nos ha confiado. Podremos, entonces, desprendernos más fácilmente de las que no lo hacen y caminar ligeros como el Señor, que no tenía «dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58). Con la pobreza, aprenderemos a apreciar las cosas del mundo en cuanto vemos en ellas su valor como camino de unión con Él y de servicio a los demás, sabiendo renunciar con alegría a las que, hoy y ahora, no son parte de ese camino.

Con todo cariño os bendice

vuestro Padre

Fernando

Roma, 20 de febrero de 2021


Fuente: opusdei.org

19 febrero 2021

Mi casa y los desperfectos

 Jesús Montiel



Me gustaría vivir con todo bien encarrilado siempre. Es un afán de línea recta que, puesto que la realidad viene con curvas, acaba siempre malográndose

Es increíble con qué facilidad se estropean las cosas. El inodoro, las manillas de las puertas, la pintura de una habitación. Hoy ha sido una de las baldas del armario empotrado: los tornillos de sujeción han cedido bajo el peso de los contenedores de ropa. ¿Será posible?, me he dicho furioso. Cada vez que arreglo algo y digo ya está, ahora está todo bajo control, una nueva cosa se rompe, como por arte de magia.

Digo que estoy furioso, aunque desde el principio sé que el auténtico problema no es que el armario se haya roto sino yo, mi resistencia ante los desperfectos. Porque me gustaría vivir con todo bien encarrilado siempre. Es un afán de línea recta que, puesto que la realidad viene con curvas, acaba siempre malográndose. Nada dura nuevo para siempre, todo cuanto me rodea está sujeto al deterioro. El verdadero descanso, entonces, no está en la falta de problemas, sino en la convivencia pacífica con esas pequeñas muertes que se me presentan a diario. La tolerancia con lo que escapa de mi control: el armario, la pintura, una lavadora. Si uno no está dispuesto a aceptar estas contrariedades, la existencia de lo roto, estará condenándose a vivir inquieto.

Muchas saludes quiebran por el empeño de amaestrar la realidad y someterla. Quiebran porque la realidad, ya digo, es desobediente, le gusta contradecirnos. Los que la obedecen, por el contrario, suelen ser personas más saludables. Menos neuróticas. Nadie interiormente sin la contrariedad. Quien no sufre se infantiliza. Queriendo no sufrir se sufre más, a la postre, porque se vive a la defensiva, como quien va a ser atacado. Sin calamidad no hay progreso. Nos estancamos. Y como el agua, terminamos oliendo a podrido.

Una balda rota, un inodoro atascado, el hijo que se cae y te obliga a ir a urgencias durante el rato sagrado de la cena. Si uno no está dispuesto a convivir con estos accidentes acabará consumido, porque estará luchando contra la realidad, alguien que siempre será más fuerte. Uno tendría que decir, para vivir de verdad: bienvenido seas, armario roto, te escucho. Te doy las gracias porque de otro modo no hubiera descubierto el dios que vive en mí desde hace tiempo, ese hombrecillo malhumorado que desea que todo vaya según sus planes.


Jesús Montiel, en eldebatedehoy.es

18 febrero 2021

SANTA MISA, BENDICIÓN E IMPOSICIÓN DE LA CENIZA

Homilía de Papa, ayer


Iniciamos el camino de la cuaresma. Este se abre con las palabras del profeta Joel, que indican la dirección a seguir. Hay una invitación que nace del corazón de Dios, que con los brazos abiertos y los ojos llenos de nostalgia nos suplica: «Vuélvanse a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Vuélvanse a mí. La cuaresma es un viaje de regreso a Dios. Cuántas veces, ocupados o indiferentes, le hemos dicho: “Señor, volveré a Ti después, espera… Hoy no puedo, pero mañana empezaré a rezar y a hacer algo por los demás”. Y así un día después de otro. Ahora Dios llama a nuestro corazón. En la vida tendremos siempre cosas que hacer y tendremos excusas para dar, pero, hermanos y hermanas, hoy es el tiempo de regresar a Dios.

Vuélvanse a mí, dice, con todo el corazón. La cuaresma es un viaje que implica toda nuestra vida, todo lo que somos. Es el tiempo para verificar las sendas que estamos recorriendo, para volver a encontrar el camino de regreso a casa, para redescubrir el vínculo fundamental con Dios, del que depende todo. La cuaresma no es hacer un ramillete espiritual, es discernir hacia dónde está orientado el corazón. Este es el centro de la cuaresma: ¿Hacia dónde está orientado mi corazón? Preguntémonos: ¿Hacia dónde me lleva el navegador de mi vida, hacia Dios o hacia mi yo? ¿Vivo para agradar al Señor, o para ser visto, alabado, preferido, puesto en el primer lugar y así sucesivamente? ¿Tengo un corazón “bailarín”, que da un paso hacia adelante y uno hacia atrás, ama un poco al Señor y un poco al mundo, o un corazón firme en Dios? ¿Me siento a gusto con mis hipocresías, o lucho por liberar el corazón de la doblez y la falsedad que lo encadenan?

El viaje de la cuaresma es un éxodo, es un éxodo de la esclavitud a la libertad. Son cuarenta días que recuerdan los cuarenta años en los que el pueblo de Dios viajó en el desierto para regresar a su tierra de origen. Pero, ¡qué difícil es dejar Egipto! Fue más difícil dejar el Egipto que estaba en el corazón del pueblo de Dios, ese Egipto que se llevaron siempre dentro, que dejar la tierra de Egipto… Es muy difícil dejar el Egipto. Siempre, durante el camino, estaba la tentación de añorar las cebollas, de volver atrás, de atarse a los recuerdos del pasado, a algún ídolo. También para nosotros es así: el viaje de regreso a Dios se dificulta por nuestros apegos malsanos, se frena por los lazos seductores de los vicios, de las falsas seguridades del dinero y del aparentar, del lamento victimista que paraliza. Para caminar es necesario desenmascarar estas ilusiones.

Pero nos preguntamos: ¿cómo proceder entonces en el camino hacia Dios? Nos ayudan los viajes de regreso que nos relata la Palabra de Dios.

Miramos al hijo pródigo y comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre. Como ese hijo, también nosotros hemos olvidado el perfume de casa, hemos despilfarrado bienes preciosos por cosas insignificantes y nos hemos quedado con las manos vacías y el corazón infeliz. Hemos caído: somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar. Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso. He dicho la confesión, por favor, los confesores, sean como el padre, no con el látigo, sino con el abrazo.

Después necesitamos volver a Jesús, hacer como aquel leproso sanado que volvió a agradecerle. Diez fueron curados, pero sólo él fue también salvado, porque volvió a Jesús (cf. Lc 17,12-19). Todos, todos tenemos enfermedades espirituales, solos no podemos curarlas; todos tenemos vicios arraigados, solos no podemos extirparlos; todos tenemos miedos que nos paralizan, solos no podemos vencerlos. Necesitamos imitar a aquel leproso, que volvió a Jesús y se postró a sus pies. Necesitamos la curación de Jesús, es necesario presentarle nuestras heridas y decirle: “Jesús, estoy aquí ante Ti, con mi pecado, con mis miserias. Tú eres el médico, Tú puedes liberarme. Sana mi corazón”.

Además, la Palabra de Dios nos pide que volvamos al Padre, nos pide que volvamos a Jesús, y estamos llamados a volver al Espíritu Santo. La ceniza sobre la cabeza nos recuerda que somos polvo y al polvo volveremos. Pero sobre este polvo nuestro Dios ha infundido su Espíritu de vida. Entonces, no podemos vivir persiguiendo el polvo, detrás de cosas que hoy están y mañana desaparecen. Volvamos al Espíritu, Dador de vida, volvemos al Fuego que hace resurgir nuestras cenizas, a ese Fuego que nos enseña a amar. Seremos siempre polvo, pero, como dice un himno litúrgico, polvo enamorado. Volvamos a rezar al Espíritu Santo, redescubramos el fuego de la alabanza, que hace arder las cenizas del lamento y la resignación.

Hermanos y hermanas: Nuestro viaje de regreso a Dios es posible sólo porque antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros. De otro modo no habría sido posible. Antes que nosotros fuéramos hacia Él, Él descendió hacia nosotros. Nos ha precedido, ha venido a nuestro encuentro. Por nosotros descendió más abajo de cuanto podíamos imaginar: se hizo pecado, se hizo muerte. Es cuanto nos ha recordado san Pablo: «A quien no cometió pecado, Dios lo asemejó al pecado por nosotros» (2 Co 5,21). Para no dejarnos solos y acompañarnos en el camino descendió hasta nuestro pecado y nuestra muerte, ha tocado el pecado, ha tocado nuestra muerte. Nuestro viaje, entonces, consiste en dejarnos tomar de la mano. El Padre que nos llama a volver es Aquel que sale de casa para venir a buscarnos; el Señor que nos cura es Aquel que se dejó herir en la cruz; el Espíritu que nos hace cambiar de vida es Aquel que sopla con fuerza y dulzura sobre nuestro barro.

He aquí, entonces, la súplica del Apóstol: «Déjense reconciliar con Dios» (v. 20). Déjense reconciliar: el camino no se basa en nuestras fuerzas; nadie puede reconciliarse con Dios por sus propias fuerzas, no se puede. La conversión del corazón, con los gestos y las obras que la expresan, sólo es posible si parte del primado de la acción de Dios. Lo que nos hace volver a Él no es presumir de nuestras capacidades y nuestros méritos, sino acoger su gracia. Nos salva la gracia, la salvación es pura gracia, pura gratuidad. Jesús nos lo ha dicho claramente en el Evangelio: lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación sincera con el Padre. El comienzo del regreso a Dios es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia, necesitados de su gracia. Este es el camino justo, el camino de la humildad. ¿Yo me siento necesitado o me siento autosuficiente?

Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Es entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor. Es hacerse pequeños. En este camino, para no perder la dirección, pongámonos ante la cruz de Jesús: es la cátedra silenciosa de Dios. Miremos cada día sus llagas, las llagas que Él ha llevado al Cielo y muestra al Padre todos los días en su oración de intercesión. Miremos cada día sus llagas. En esos agujeros reconocemos nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño. Sin embargo, precisamente allí vemos que Dios no nos señala con el dedo, sino que abre los brazos de par en par. Sus llagas están abiertas por nosotros y en esas heridas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Besémoslas y entenderemos que justamente ahí, en los vacíos más dolorosos de la vida, Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro. Y ahora que ha venido a nuestro encuentro, nos invita a regresar a Él, para volver a encontrar la alegría de ser amados.

17 febrero 2021

De cuidar la vida a administrar la muerte

 Jacinto Bátiz

Reconozco que el título que he elegido para este artículo tal vez sea muy fuerte, pero quiero reflejar en él lo que deseo compartir con quien elija leerlo. Los médicos que desde siempre nos hemos dedicado cuidar la vida de las personas, procurar su salud, evitar su muerte prematura o, en su caso, acompañar al moribundo para aliviar su sufrimiento hasta el final, a partir de ahora pasamos a tener una función más, administrar la muerte de quien la solicite. Según el texto de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia, administrar «la prestación de ayuda para morir», en sus dos modalidades, como se refleja en el art. 3 de la citada ley: «1ª) La administración directa al paciente de una sustancia por parte del profesional sanitario competente. 2ª) La prescripción o suministro al paciente por parte del profesional sanitario de una sustancia, de manera que esta se la pueda auto administrar, para causar su propia muerte».

Muchos ciudadanos celebran haber conseguido el derecho de la eutanasia, pero continuamos sin el derecho a la atención adecuada, eficaz y universal durante la etapa final de nuestras vidas.

Los médicos no podemos ignorar ni mirar hacia otro lado cuando el enfermo nos manifiesta que no desea continuar viviendo de la manera que lo está haciendo, acompañado por un sufrimiento continuo e insoportable. No es que quiera morir, lo que no quiere es sufrir. Es entonces cuando nosotros, los médicos, tenemos la obligación de evitar su sufrimiento. Pero tal vez tengamos que reflexionar sobre qué es lo que lo hace sufrir para que nos solicite morir cuanto antes.

Cuando hablamos del tema de la eutanasia, enseguida deseamos dar una respuesta al deseo del enfermo, pero la mayoría de las veces sin profundizar en qué es lo que motiva su petición. Esto les ocurre, sobre todo, a quienes no están junto a él durante el proceso de su enfermedad. Por eso desde disciplinas como el Derecho, la Filosofía, la Política o la Moral se proponen soluciones, según mi opinión, poco prácticas. Sin embargo, los que desde la Enfermería, la Medicina o la Psicología vivimos día a día junto al enfermo, contemplando su sufrimiento y escuchando sus preocupaciones, tratando de dar soluciones a sus molestias físicas, aliviando sus lastres emocionales, desculpabilizándolos del concepto de carga que en ocasiones creen que son para los demás y reforzando sus creencias espirituales, estamos solucionando unos problemas que, sumados, provocan el sufrimiento insoportable que los lleva a desear la muerte anticipada.

La decisión de morir, a diferencia de otras que se pueden tomar en la vida, lleva asociada una característica inmutable: una vez se va «mar adentro», no hay posibilidad de retornar. A veces, ¿no será que tenemos tanto miedo de ver morir a los otros que preferimos adelantarles la muerte? ¿O, tal vez, tenemos tanto miedo de no saber morir que preferimos pedir que nos la adelanten? Debiéramos comprender que la muerte tiene derecho a su justo lugar como parte de la vida y que el desahuciado tiene derecho a la ternura, al amor, a la presencia de sus allegados, a la tranquilidad y al alivio de su sufrimiento.

A veces se nos hace creer que no existe
más que una alternativa para el sufrimiento
extremo: el acto de provocar deliberadamente la muerte

Sepamos, por tanto, regalar el permiso para morir, pero teniendo claro que permitir morir no es suministrar la muerte. ¿Quiénes somos nosotros para abreviar la vida o para prolongar la agonía? En muchas ocasiones se juega con la ambigüedad de las palabras y se entretiene con la confusión que existe alrededor de las prácticas que nada tienen que ver con la eutanasia, como el cese de tratamientos fútiles o la prescripción de analgésicos o sedantes para aliviar los dolores y las angustias. Sobre todo, a veces se nos hace creer que no existe más que una alternativa para el sufrimiento extremo: el acto de provocar deliberadamente la muerte.

Sin embargo, la eutanasia revela paradójicamente el poder y la impotencia del hombre. El poder de disponer de la vida ante su impotencia frente a la muerte. El poder de dar muerte ante la impotencia de superar el dolor, la soledad y la angustia. Un poder que procede de su impotencia. Un poder que revela la profunda debilidad, incapacidad y contingencia del ser humano. Un poder, a fin de cuentas, pobre y aniquilante. Este es el poder que se nos ha concedido a los médicos con esta ley a partir de ahora, administrar la muerte a quien nos la solicite.


Jacinto Bátiz, en eldebatedehoy.es

16 febrero 2021

Lo normal, discreto y divino

Diego Zalbidea

Algunos paisanos de Jesús dudaron de que el poder de Dios pueda manifestarse en alguien "tan normal". El Señor quiere seguirnos encontrando en lo cotidiano, tejido por sencillas normas de piedad que procuramos vivir

Es sábado. Jesús está en la sinagoga de Nazaret. Quizás vienen a su mente muchos recuerdos entrañables de infancia y juventud. ¡Cuántas veces habrá escuchado allí la palabra de Dios! A sus paisanos, que le conocen desde hace mucho tiempo, les han ido llegando varias noticias sobre los milagros que ha hecho en ciudades vecinas. Y esto da lugar a algo extraño: la familiaridad con Jesús se convierte para ellos en un obstáculo. «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano?» (Mt 13,54-55), se preguntan. Les sorprende que la salvación pueda venir de alguien a quien han visto crecer día a día. No creen que el Mesías pueda haber vivido entre ellos de una manera tan discreta y desapercibida.

Como los paisanos de Jesús

Los habitantes de Nazaret creen conocer bien a Jesús. Están seguros de que las cosas que se cuentan de él no pueden ser ciertas. «¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13,56). En un pueblo que no hace representaciones de Dios, que ni siquiera pronuncia su nombre, uno de sus compatriotas afirma que es el Mesías… Imposible. Es más, conocen su origen, conocen a sus padres, conocen su casa: «Era una familia sencilla, cercana a todos, integrada con normalidad en el pueblo»[1]. No se explican cómo alguien tan similar a ellos puede hacer milagros. «La normalidad de Jesús, el trabajador de provincia, no parece tener misterio alguno. Su proveniencia lo muestra como uno igual a todos los demás»[2]. El hijo de Dios trabajaba con José en su taller; «la mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una existencia sencilla que no despertaba admiración alguna»[3]. ¿Por qué la normalidad de la vida de Jesús pudo ser un motivo para no creer en su divinidad?

Aunque puede parecernos algo muy ajeno, reservado a aquellos que convivieron con Cristo, en realidad nosotros también muchas veces sospechamos de la normalidad. Nos atrae lo especial, lo llamativo, lo extraordinario; nos encanta romper el ritmo. Suele suceder que vemos adormecida nuestra capacidad de asombro, damos por supuesto que suceden muchas cosas, nos encerramos en ciertas rutinas, pasando por alto los milagros que están detrás de lo normal. Sin ir más lejos, muchas veces nos acostumbramos incluso al mayor de todos ellos, a la presencia del Hijo de Dios en la Eucaristía. Pero lo mismo nos puede pasar con nuestro encuentro personal con Cristo en la oración, con esa serenata de jaculatorias a la Virgen que es el rezo del santo rosario o con aquellos momentos en los que queremos llenar nuestra mente y nuestros afectos con la doctrina cristiana a través de la lectura espiritual. Tal vez nos hemos habituado a tener a nuestro creador tan a la mano. El dispensador de todas las gracias, el amor que colma cualquier deseo, está encerrado en infinidad de sagrarios repartidos por todo el globo. Dios ha querido hacer presente toda su omnipotencia en los espacios que le ofrece la normalidad. Obra desde allí. Así, muchas veces sin brillo, surgen innumerables milagros a nuestro alrededor.

Entre los bastidores de lo cotidiano

Nos puede desconcertar aquella normalidad de Dios porque la contraponemos a una espontaneidad que quizá juzgamos como elemento esencial de una relación. Lo normal nos puede parecer demasiado previsible porque allí aparentemente falta la creatividad, el factor sorpresa, la pasión del amor verdadero. Quizá echamos en falta algo distintivo que haga de nuestra relación con Dios una aventura inigualable, única e irrepetible, un testimonio espectacular que pueda incluso remover a otras personas. Podemos pensar que la normalidad uniforma y desaprovecha la aportación que cada uno puede hacer. Es verdad que, ante lo que siempre es igual, la reacción comprensible es el acostumbramiento.

Sin embargo, sabemos que Dios nos invita a encontrarle en lo más ordinario, en lo de cada día. Así es también el amor humano, que crece y se profundiza no solo valiéndose de grandes momentos especiales, sino en esos silencios, cansancios e incomprensiones de las jornadas compartidas; simplemente al estar juntos. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»[4] que nos encantaría descubrir. Sucede que, aunque nuestra relación con Dios ocurra en medio de la normalidad, la procesión va por dentro. Su amor apasionado se puede mover muy cómodamente entre los bastidores de la normalidad, en el hoy sin espectáculo, sin fuegos artificiales pero con brasas ardientes. La razón es que nos sabemos, en cada momento, mirados con un cariño nuevo. A Dios no le importa lo normal que sea mi vida: es mía y eso es suficiente para él. Dios, de hecho, nos ofrece la oportunidad de hacer de nuestra vida algo excepcionalmente singular y especial; él no sabe contar más que de uno en uno. Nunca hace comparaciones entre sus hijos. Nos ha llamado a cada uno desde antes de la creación del mundo (cfr. Ef 1,4): no hay nadie igual a mí y, por eso, soy inimitable y absolutamente amable para Dios.

Los mimos parecen monótonos

Ese espacio de normalidad en el que el Señor actúa hace posible que nuestra vida esté, como dice san Pablo, «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3); llena de días iguales en los que aparentemente no pasa nada y, sin embargo, está sucediendo lo más inaudito. «En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”»[5]. Desde fuera podría parecer que la monotonía se ha apoderado de quien busca vivir esa santidad en las cosas ordinarias. Sin embargo, para desenmascarar esa visión superficial, san Josemaría comparaba las pequeñas y constantes costumbres de piedad de esa alma con los mimos que una madre tiene con su hijo pequeño: «Plan de vida: ¿monotonía? Los mimos de la madre, ¿monótonos? ¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman?»[6]. Al mismo tiempo, Dios está concentrado en nosotros y no deja de pensar en nosotros ni de amarnos en ningún instante; no importa qué tan normal es nuestra vida, sino qué tan excepcional es para él.

San Bernardo de Claraval le escribía al Papa Eugenio III, gran amigo suyo que fue beatificado después, para animarle a que no descuidara la vida de oración constante y evitar así que le absorbieran las actividades que debía cumplir en su nuevo ministerio: «Sustráete de las ocupaciones al menos algún tiempo. Cualquier cosa menos permitirles que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Quieres saber a dónde? A la dureza del corazón»[7]. Sin unas costumbres de piedad concretas, diarias, el corazón tiene el peligro de cerrarse al amor de Dios y volverse duro. Sin su cariño, hasta lo más santo puede perder el sentido. Sin él a nuestro lado, enseguida nos quedamos sin fuerzas.

En mayo de 1936, san Josemaría daba una plática y propuso a los que le escuchaban que cada uno pidiera la «gracia para cumplir mi plan de vida de tal modo que aproveche bien el tiempo. ¿Por qué me acuesto y me levanto fuera de hora?»[8]. Y puede surgir en nosotros la pregunta: ¿qué tiene que ver el amor de Dios con la hora de irse a descansar? Esa es la maravilla de la normalidad de Dios. A él le importa, y mucho, nuestro sueño, nuestra salud, nuestros planes. Y, sobre todo, quiere que no nos asalte a última hora la inquietud por hacer más cosas de las que el día ha permitido, porque quien obra es siempre Dios.

Para garantizar nuestra libertad

Al comenzar su pontificado, Benedicto XVI nos alertaba ante un peligro constante y que quizá también estaba presente en aquella sinagoga de Nazaret que mencionamos al principio: «El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[9]. La normalidad nos parece también demasiado lenta, podemos pensar que llega tarde. Nosotros deseamos que las cosas buenas y santas sean realidad cuanto antes. A veces nos resulta difícil entender por qué el bien tarda tanto en llegar, por qué el Mesías se toma tanto tiempo que incluso «comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema»[10].

En realidad, bajo esa forma de presentarse, lo que Dios busca tal vez sea garantizar la libertad de los hombres, estar seguro de que nosotros también queremos estar con él, ya sea al orar unos cuantos minutos, al detener nuestra jornada para dedicar unas palabras a María o al hacer cualquier otra cosa. Si Dios se manifestase de una manera diversa, la respuesta nuestra tendría que ser indiscutible. Por eso vemos que Jesús parece feliz pasando desapercibido en las escenas del evangelio. Los magos, por ejemplo, debieron de quedar sorprendidos al ver al rey de los judíos sostenido por los brazos de una mujer joven, en un lugar tan sencillo. Dios no quiere avasallar a los hombres. La personalidad de su Hijo es tan atractiva que Dios ha elegido manifestarse en la normalidad para darnos un espacio de libertad. Quiere hijos libres, no deslumbrados. Sabe que nada nos estimula tanto como el descubrimiento personal de un tesoro escondido. Agradecer y disfrutar de esa libertad −con todas sus luces y sus sombras− nos ayuda a compartir su paciencia ante tantas cosas que, a primera vista, nos pueden parecer un obstáculo para la redención y, sin embargo, son el camino ordinario a través del cual Dios se manifiesta.

Por eso mismo, también sus mandamientos y sus normas son un don y una invitación. Se puede resumir esta realidad recurriendo a dos de los más grandes pensadores de la tradición cristiana: «En esta línea, Tomás de Aquino pudo decir: “La nueva ley es la misma gracia del Espíritu Santo”, no una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios. Agustín pudo resumir al final esta experiencia espiritual de la verdadera novedad en el cristianismo en la famosa fórmula: “Da quod iubes et iube quod vis”, “dame lo que mandas y manda lo que quieras”»[11]. Entonces se entienden bien algunos párrafos encendidos del salmista que pueden servirnos para agradecer esta libertad a Dios: «Con mis labios proclamo todas las normas de tu boca. En el camino de tus preceptos me deleito más que en todas las riquezas. Quiero meditar en tus mandatos, y fijar la vista en tus senderos» (Sal 119,13-15).

En lo normal está Dios

Vivimos en una época de fenómenos de masas, con personas que tienen millones de seguidores, fotos o vídeos que se hacen virales en pocos minutos. Ante este panorama, ¿qué vigencia tiene lo que hemos dicho sobre la normalidad en la que obra el Señor? Sabemos bien que Dios es paciente y nos ha dicho que su acción es como la levadura: no es posible distinguirla de la masa y, a pesar de cualquier circunstancia, llega hasta el último rincón. Es Dios el primer interesado en salvar al mundo, mucho más que nosotros. De hecho, es él quien empuja, quien enciende y quien sostiene. Nosotros, principalmente, nos sumamos a ese movimiento de santidad: «Con la maravillosa normalidad de lo divino, el alma contemplativa se desborda en afán apostólico»[12].

El Papa Francisco nos invita precisamente a dejarnos invadir por la vibración apasionada de la gracia: «Cuánto bien nos hace, como Simeón, tener al Señor “en brazos” (Lc 2,28). No solo en la cabeza y en el corazón, sino en las manos, en todo lo que hacemos: en la oración, en el trabajo, en la comida, al teléfono, en la escuela, con los pobres, en todas partes. Tener al Señor en las manos es el antídoto contra el misticismo aislado y el activismo desenfrenado, porque el encuentro real con Jesús endereza tanto al devoto sentimental como al frenético factótum. Vivir el encuentro con Jesús es también el remedio para la parálisis de la normalidad, es abrirse a la cotidiana agitación de la gracia»[13]. Con Cristo queremos liberarnos de la parálisis de pensar que en lo normal no está Dios.

«María santifica lo más menudo −nos hacía notar san Josemaría−, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!»[14].

Diego Zalbidea

Fuente: opusdei.org