28 febrero 2021

Tiempo para meditar

 Juan Luis Selma


En un mundo tan rápido, que está acelerado y convulso, necesitamos parar y pensar

Durante la pandemia han crecido de modo vertiginoso las búsquedas en Google de cómo meditar en casa y la palabra meditación se ha convertido en tendencia. La Organización Mundial de la Salud alertaba hace un tiempo de que, con el confinamiento, la gente estaba echando mano de todas las herramientas disponibles en la red para encontrar solución al agobio, el estrés o la claustrofobia que estaban sintiendo. Incluso están creciendo mucho las aplicaciones que enseñan a meditar. Se estima que este asunto mueve muchos millones de dólares. La meditación está de moda.

En un mundo tan rápido, acelerado y convulso necesitamos parar y pensar, sobre todo cuando las cosas se desencajan, cuando perdemos las seguridades.

“La meditación es clave para el deporte de élite”, reza un titular de un periódico deportivo. Y comenta Paula Butragueño, apasionada del deporte, “noté que me faltaba algo porque no acababa de complacerme el camino. Así es como llegué a la meditación y me ha ido tan bien que quiero compartirlo. ¿Por qué? Porque he descubierto que parar, centrarte y poner una atención plena en ti te mejora, te potencia, disfrutas de tus triunfos y, cuando las cosas van mal, no padeces tanto”.

Llama la atención que en una sociedad secularizada, liberada, adulta, esté de vuelta de aquello que dejó. La oración, la confesión y la dirección espiritual son clásicos de la vida cristiana. Los hemos olvidado y ahora pagamos por lo que era gratuito. Acudimos al psiquiatra, al “coach”, a los cursos de meditación.

Hoy consideramos el episodio de la Transfiguración. PedroSantiago y Juan están felices en el Tabor contemplando la grandeza de Dios. Están tan a gusto que dice Pedro: “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

La oración, la meditación cristiana no es una mera introspección, tampoco es un grito de auxilio. Es algo mucho más grande, una búsqueda. El intento de entender lo que me pasa ante los ojos de Dios. Es un diálogo que enriquece, que da respuesta a los interrogantes, que lleva al regazo de Dios, a su sabiduría y seguridad. Me hace sentirme bien, saberme amado.

Hay muchos modos de meditar. Pararse, concentrarse, fijar la atención, autorregular la mente siempre son beneficiosos, ayudan. La tan valorada meditación oriental, con su posición de loto, puede relajar y dar estabilidad física. Pero la meditación cristiana es otra cosa, es encuentro con el Otro, con el Amado. Es una relación. Te señala que no estás solo, te ayuda a salir del ensimismamiento. Ves que hay un Acompañante, un Amigo que nunca te abandona. Un Maestro, un Médico. Todo un Dios a tu lado. Para valorar este modo tan estupendo de meditación se requiere humildad, sencillez: la alegría de saberse criatura −criado− y, por lo tanto, de no ser Dios.

Hay varios modos de oración. La oración vocal que consiste en repetir oraciones ya hechas, como el Padre nuestro o el Ave María. La mental, dialogando con el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo. La propia meditación que trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para acercarse a la voluntad de Dios. La contemplación que busca al “amado del alma”. Siempre es diálogo, cosa de dos: hablo y escucho. De lo contrario se puede convertir en un monólogo recurrente empobrecedor. No se encuentra más luz que la propia, de por sí escasa.

Recuerdo unos esposos jóvenes que lo estaban pasando mal. Comenzaron a asistir a la Adoración perpetua, dedicaban una hora semanal a estar con al Santísimo expuesto en la custodia. A los pocos meses superaron sus desavenencias. Estaban convencidos de que esas largas conversaciones con Jesús en la eucaristía les habían abierto los ojos y fortalecido. La meditación como oración enriquece. No es una búsqueda en solitario. Hay quien da las respuestas. Basta con preguntar y escuchar pacientemente.

La luz puede venir de meditar las palabras de las sagradas Escrituras, los escritos de los santos, las obras de espiritualidad, de los sucesos de la vida vistos con los ojos de la fe… Es la respuesta del Verbo de Dios que acude en nuestra ayuda. Dice Camino: “Me has escrito: orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué? −¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”

Podemos dedicar todos los días un rato a meditar, siempre con el ánimo abierto a Dios, con ganas de escuchar. Es el consejo que reciben los apóstoles en el monte Tabor: “Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle”.


Juan Luis Selma, en eldiadecordoba.es


27 febrero 2021

Transfiguración

Domingo de la 2° semana de Cuaresma (Ciclo B)


“Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. La petición de Pedro expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo el rostro glorioso de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza eterna. Pero para llegar a ella, el camino pasa por la Cruz.


Evangelio (Mc 9,2-10)

Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús:

− Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube:

− Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle.

Y luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie: sólo a Jesús con ellos.

Mientras bajaban del monte les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos retuvieron estas palabras, discutiendo entre sí qué era lo de resucitar de entre los muertos.


Comentario

El evangelio de Marcos sitúa esta escena en un momento delicado para los apóstoles. Justo antes Jesús les había dicho con toda crudeza, que “si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8,34-35). Es comprensible el desconcierto y temor de sus discípulos ante una advertencia tan grave.

Por eso, ahora quiere alimentar su esperanza, manifestando su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Sube a un monte alto, acompañado en primer lugar por tres discípulos, de modo análogo a como Moisés subió al monte Sinaí acompañado por Aarón, Nadab y Abihú, seguidos por los ancianos del pueblo (Ex 24,9). Estos mismos tres apóstoles serían aquellos a los que llamaría en Getsemaní para que lo acompañasen más de cerca, mientras los demás quedaban algo más retirados del lugar donde Jesús rezaba en agonía (Mc 14,33). Contrastan las escenas de esplendor gozoso y sufrimiento angustiado en las que Pedro, Santiago y Juan lo acompañan, pero, a la vez, ambas están inseparablemente relacionadas. No hay gloria sin cruz.

Elías y Moisés, que habían contemplado la gloria de Dios y recibido su revelación en el monte llamado Horeb o Sinaí (cf. 1 R 19,8 y Ex 24,15-16), estaban junto a Jesús en este monte alto cuando “se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos” (vv. 2-3). Ahora contemplan la gloria y hablan con aquel que es la revelación de Dios en persona.

Pedro no puede acallar su alegría y exclama: “Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v. 5). Su petición expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo la gloria de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza. Con esos mismos sentimientos clamaba San Josemaría haciendo oración mientras predicaba: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”.

Desde la nube de luz que los envuelve se oyen unas palabras llenas de significado: “Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle” (v.7). La expresión “mi Hijo, el Amado”, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el amado” (Gn 22,2). De este modo se establece un paralelo entre la dramática escena del Génesis en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac, que lo acompaña sin resistencia, y el drama que se consumó en el Calvario donde Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio asumido voluntariamente para la redención del género humano. Por su parte, el añadido “escuchadle” tiene resonancias claras de las palabras que el Señor dirige a Moisés en el Deuteronomio: “el Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo; a él habéis de escuchar” (Dt 18,15). Aquel que es el Hijo al que su padre Dios entrega a la muerte, Jesús, es a la vez aquel profeta como Moisés al que hay que escuchar.

“De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos −decía el Papa Francisco−, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a ‘bajar de la montaña’ y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida”.


Fuente: opusdei.org

Los derechos humanos dependen de los valores universales

David Fernández Alonso

El Secretario del Vaticano para las Relaciones con los Estados, ha hecho un llamamiento a las Naciones Unidas a “redescubrir el fundamento de los derechos humanos, para aplicarlos de manera auténtica”

La pandemia ha desafiado nuestro compromiso con la protección de los DDHH

Monseñor Paul Richard Gallagher ha hecho este llamamiento en un videomensaje durante la 46ª sesión del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (CDH), que comenzó el lunes 22 de febrero en Ginebra (Suiza). El periodo de sesiones, de cuatro semanas de duración y celebrado de forma virtual debido a la emergencia sanitaria, ha iniciado con una primera tanda de tres días, en el que jefes de Estado y dignatarios que representan a diversos países y regiones se dirigirán al consejo de manera virtual.

“La pandemia de Covid-19 ha afectado a todos los aspectos de la vida, causando la pérdida de muchos y poniendo en duda nuestros sistemas económicos, sociales y sanitarios”. Al mismo tiempo, “también ha desafiado nuestro compromiso con la protección y la promoción de los derechos humanos universales, al tiempo que ha afirmado su relevancia”.

Como nos dice el Papa Francisco en la Fratelli tutti, “al reconocer la dignidad de cada persona humana, podemos contribuir al renacimiento de una aspiración universal a la fraternidad”.


Toda persona está dotada de dignidad

El arzobispo destacó que el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos declara que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Asimismo, la Carta de la ONU afirma su “fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas”.

Gallagher señaló que estos dos documentos reconocen una verdad objetiva: que toda persona humana está dotada innata y universalmente de dignidad humana. Esta verdad “no está condicionada por el tiempo, el lugar, la cultura o el contexto”. Sin embargo, este compromiso “es más fácil de pronunciar que de alcanzar y practicar”. Y lamentó que estos objetivos “todavía están lejos de ser reconocidos, respetados, protegidos y promovidos en todas las situaciones”.


Los derechos van unidos a los valores universales

Mons. Gallagher afirmó que la verdadera promoción de los derechos humanos fundamentales depende del fundamento subyacente del que derivan. Por lo tanto, advirtió que cualquier práctica o sistema que trate los derechos de forma abstracta −separados de los valores preexistentes y universales− corre el riesgo de perjudicar su razón de ser, y de este modo, “las instituciones de derechos humanos se vuelven susceptibles a las modas, visiones o ideologías imperantes”.

El arzobispo quiso subrayar que “en ese contexto de derechos desprovistos de valores, los sistemas pueden imponer obligaciones o sanciones que nunca fueron previstas por los Estados partes, lo que puede contradecir los valores que se supone que deben promover”. El secretario añadió que incluso “pueden atreverse a crear los llamados ‘nuevos’ derechos que carecen de un fundamento objetivo, alejándose así de su propósito de servir a la dignidad humana”.


La vida, bien antes que derecho

Al ilustrar la inseparabilidad de los derechos con los valores con el ejemplo del derecho a la vida, mons. Gallagher aplaudió que su contenido se haya “ampliado progresivamente con la lucha contra los actos de tortura, las desapariciones forzadas y la pena de muerte; y con la protección  de los ancianos,  los emigrantes,  los niños y la maternidad”.

Asimismo, dijo que estos avances son extensiones razonables del derecho a la vida, ya que mantienen su base fundamental en el bien inherente a la vida, y también porque “la vida, antes de ser un derecho, es ante todo un bien que debe ser valorado y protegido”.


¿Limitación de los derechos humanos por las medidas anticovid?

Mons. Paul Gallagher destacó que, ante la actual pandemia de Covid-19, algunas medidas aplicadas por las autoridades públicas para garantizar la salud pública atentan contra el libre ejercicio de los derechos humanos.

“Cualquier limitación en el ejercicio de los derechos humanos para la protección de la salud pública debe provenir de una situación de estricta necesidad”, señaló Gallagher, añadiendo que “un número de personas, que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad −como los ancianos, los migrantes, los refugiados, los indígenas, los desplazados internos y los niños− se han visto desproporcionadamente afectados por la crisis actual”.

Por lo tanto, insistió, que cualquier limitación impuesta en una situación de emergencia, “debe ser proporcional a la situación, aplicada de forma no discriminatoria y utilizada sólo cuando no haya otros medios disponibles”.


Compromiso global por la libertad religiosa

En la misma línea, también quiso hacer referencia a la urgencia de proteger el derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión, señalando en especial que “las creencias religiosas, y la expresión de las mismas, constituyen el núcleo de la dignidad de la persona humana en su conciencia”.

Destacó que la respuesta global a la pandemia del covid-19 revela que “esta sólida comprensión de la libertad religiosa se está erosionando”. Gallagher afirmó que “la libertad de religión protege también su testimonio y expresión públicos, tanto individual como colectivamente, en público y en privado, en formas de culto, observancia y enseñanza”, como reconocen numerosos instrumentos de derechos humanos.

Por lo tanto, para respetar el valor inherente de este derecho, recomienda mons. Gallagher, que las autoridades políticas se deberían poner de acuerdo con los líderes religiosos, así como con los líderes de las organizaciones confesionales y de la sociedad civil comprometidos con la promoción de la libertad de religión y de conciencia.


Fraternidad humana y multilateralismo

Por último, Gallagher señaló que la crisis actual nos presenta una oportunidad única para enfocar el multilateralismo “como la expresión de un renovado sentido de responsabilidad global, de solidaridad basada en la justicia y en la consecución de la paz y la unidad dentro de la familia humana, que es el plan de Dios para el mundo”.

Recordó la invitación del Papa Francisco en la Fratelli tutti animando a todos a reconocer la dignidad de cada persona humana para promover la fraternidad universal, y alentó a estar dispuestos a ir más allá de lo que nos divide para combatir eficazmente las consecuencias de las distintas crisis.


Fuente: omnesmag.com / romereports.com

26 febrero 2021

Pureza de corazón

 Rafael María de Balbín


Hay pureza de corazón cuando el hombre pone las fuerzas de su inteligencia y su voluntad de acuerdo con el querer de Dios

La sexta bienaventuranza proclama: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5, 8). Hay pureza de corazón cuando el hombre pone las fuerzas de su inteligencia y su voluntad de acuerdo con el querer de Dios. San Juan distingue tres clases de concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (1 Carta de San Juan 2, 16).

El noveno mandamiento de la ley de Dios prohíbe la concupiscencia de la carne. “En sentido etimológico la «concupiscencia» puede designar toda forma vehemente de deseo humano: La teología cristiana le ha dado el sentido particular de movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. El Apóstol San Pablo la identifica con la lucha que la «carne» sostiene contra el «espíritu»” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2515). La concupiscencia es consecuencia del pecado original e inclina al hombre a cometer pecados, aunque ella misma no sea pecado.

La limpieza del corazón indica la rectitud del talante moral de una persona, “de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones” (Mateo 15, 99). La lucha contra la concupiscencia lleva a la purificación del corazón. “A los «limpios de corazón» se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él” (Catecismo..., n. 2519).

Aunque por la gracia del Bautismo los cristianos han sido liberados del pecado original, permanece en ellos todavía la concupiscencia, y han de esforzarse por vivir la castidad, con un corazón recto, disciplinando los sentidos y la imaginación, rechazando toda voluntaria complacencia en pensamientos, recuerdos o deseos impuros: “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5, 28).

Una mal entendida naturalidad o espontaneidad puede llevar al desprecio del pudor y la modestia. “La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que exista entre ellas. El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa; exige que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y la mujer entre sí” (Catecismo..., nn. 2521-2522).

Un clima generalizado de sensualidad es atentatorio contra la dignidad de las personas. “Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual propia al hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal. Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana. La pureza cristiana exige una purificación del clima social. Obliga a los medios de comunicación social a una información cuidadosa del respeto y de la discreción. La pureza de corazón liberta del erotismo difuso y aparta de los espectáculos que favorecen el exhibicionismo y los sueños indecorosos” (Catecismo..., nn. 2524-2525).

Cada persona humana debe ser respetada y valorada por sí misma. Una persona no debe ser nunca un mero instrumento al servicio de otra. No hay que cosificar a las personas, al convertirlas en mero instrumento de utilidad o de placer.

Una concepción permisiva de la moral no valora suficientemente la libertad humana, ya que ésta necesita ser orientada por la ley moral al servicio de las personas.

Rafael María de Balbín

25 febrero 2021

Vías para evangelizar hoy: Jesucristo

 José Miguel Granados


José Miguel Granados destaca la columna vertebral de las vías para evangelizar en el mundo de hoy: “mostrar el verdadero rostro de Jesucristo”


La mayor pobreza es no tener a Cristo. Como al apóstol de las gentes, también a nosotros “la caridad de Cristo nos urge” a evangelizar (2 Cor 5, 14). Pero ¿qué podemos hacer para superar la barrera de la indiferencia y suscitar el deseo de acercarse al Señor?, ¿cómo podemos formar esas personalidades cristianas maduras en esta época, en un ambiente pagano, secularizado y con frecuencia hostil?, ¿cuáles son los principales itinerarios para la evangelización que el Espíritu Santo quiere suscitar hoy en la Iglesia?


La figura de Jesucristo

En primer lugar, hemos de presentar la figura de Jesucristo de un modo claro y profundo, convincente y atrayente, vivencial y doctrinal, conforme a la revelación transmitida fielmente por la Iglesia: Dios y hombre verdadero, encarnación de la misericordia eterna, redentor del mundo; Verbo eterno que confiere sentido al cosmos y a la historia; Luz del mundo, que revela definitivamente el misterio del hombre; Hijo unigénito del Padre, que nos hace familiares, hijos amados de Dios; único Camino para ir al cielo.

Jesucristo constituye el gran signo, la prueba
definitiva del Dios Amor todopoderoso
que sale al encuentro del hombre

Su vida, sus obras, su enseñanza, sus profecías, sus milagros, su misterio pascual, la estela de santificación que ha dejado en el mundo, muestran la consistencia de su pretensión mesiánica. 

Jesucristo constituye el gran signo, la prueba definitiva del Dios Amor todopoderoso que sale al encuentro del hombre. Es el Salvador universal y pleno. Sólo él da respuesta última a los grandes interrogantes humanos. Solamente él puede colmar con el don divino la sed de eternidad, los anhelos de plenitud y de amistad verdadera que anidan en cada corazón.


Facilitar el encuentro

Por ello, toda acción evangelizadora consiste, esencialmente, en llevar a las personas y a las sociedades a Cristo: facilitar el encuentro y la identificación con él, para seguirlo con obediencia gozosa. 

En esta serie de reflexiones sobre las vías para la evangelización en los ambientes de indiferencia nos inspiramos en las enseñanzas recientes de los Papas y en las propuestas del obispo Robert Barron, fundador de Word on fire; cfr. Robert Barron – John L. Allen, Encender fuego en la tierra. Anunciar el evangelio en un mundo secularizadoEdiciones Palabra).

El resto de las vías que presentaremos −la comunidad cristiana, la belleza del evangelio, el testimonio de santidad, el diálogo cultural con la razón y con la ciencia, el compromiso socio-caritativo por la justicia, la formación del carácter, el recurso a las fuentes de la gracia, la conversión misionera de la Iglesia− son, en realidad, explicitaciones de esta primera y principal: mostrar el verdadero rostro de Jesucristo a los hombres y mujeres de hoy.


José Miguel Granados, en omnesmag.com


24 febrero 2021

Santos desconocidos

 Ernesto Juliá

No pocos teólogos, y no pocos papas, cuando se tienen que enfrentar con algún momento  en el que la fe de los creyentes parece estar un poco baja, señalan que hacen falta santos para que todo el actuar de la Iglesia se enderece y pueda así transmitir su mensaje de Fe, de Esperanza y de Caridad, en Cristo Jesús, Dios y hombre verdadero; en los Sacramentos, que hacen presente a Cristo en el cotidiano vivir de los hombres y les dan fuerza, gracia, para seguir el camino de la Moral que Cristo nos indicó −Mandamientos y Bienaventuranzas−,  a todo el mundo, Y abrir así la perspectiva de los creyentes hasta la Vida Eterna.

¿Quiénes son esos santos tan necesarios para sostener viva la Fe en la Iglesia?  No es extraño que enseguida se vengan a la cabeza grandes fundadores −santo Domingo, san Francisco, santa Teresa, santa Catalina de Siena, san Ignacio, san Josemaría, beata Teresa de Calcuta, etc.− y ciertamente lo son. Esos santos siempre han existido en la Iglesia, y seguirán existiendo. Su labor, sin embargo, quedaría coja, no llegaría a echar hondas raíces, si faltaran esos otros santos y santas de cada día, que viven cristianamente con una sonrisa en medio de dolores y dificultades, porque saben que nada hay que los aparte del amor de Cristo.

En estos días me he encontrado con dos santas y un santo, de esos que mantienen vivo el aroma, la vida de Cristo, sobre la tierra.

La primera, esa mujer que al descubrir que la criatura que estaba engendrando en su vientre tenía tal deformación que apenas podría vivir unos minutos apenas saliera a la luz, se negó radicalmente a cualquier proposición de abortar. “Yo acompañaré a mi hijo toda su vida”. Y así fue. Cuando ya estaba a punto de aparecer la criatura, le pidió a una amiga de la familia que se hiciera con un frasco de agua bendita para que la bautizara enseguida. El médico entregó el niño a la madre, que lo tuvo en sus brazos apenas veinte minutos. Lo había acompañado, acariciado, acogido “toda su vida”. Había vivido en pleno su maternidad, y lo había visto nacer como hijo suyo e hijo de Dios en Cristo Jesús.

El segundo, un buen padre de familia que en el lecho de muerte, con la serenidad de quien se ha arrepentido de sus pecados y ha perdido perdón al Señor en el Sacramento de la Reconciliación, se despide de sus hijos, y nietos, con una sonrisa, dándoles buenos consejos y recomendando a un hijo que había abandonado a su mujer, a la madre de sus hijos, que vuelva a su familia. El buen hombre tiene la alegría de que su nuera, que estaba también presente, y su hijo se miran con ternura, dispuestos a adelantar todos los perdones y disculpas necesarios.

La tercera, una madre y abuela en sus días finales sobre esta tierra víctima de un cáncer muy agresivo, que recibe al Señor casi todos los días, que además de animar a sus hijos y nietos a estar siempre muy cerca del Señor, y vivir como buenos y fieles cristianos, se preocupa de que los nietos más pequeños estén bien atendidos, y encarga al pastelero de su barrio que le mande unos dulcecitos para que las criaturas se alegren, en medio de la pena, cuando van a acompañar a su abuela hasta la Casa del Cielo.

Santos, santas desconocidas, que entregan su alma a Dios con el Rosario en la mano, mantienen el buen aroma de Cristo, la compañía de la Virgen Santísima, en una Iglesia que dejan en sus manos al pedirles que nos aumenten a todos la Fe.


Ernesto Juliá, en religion.elconfidencialdigital.com

¿Es cristiano buscar la felicidad?

 Juan Luis Lorda


Los seres humanos no podemos dejar de buscar la felicidad. El error es buscarla por sí misma. Lo que da felicidad es seguir a la conciencia

Sí y no. No podemos dejar de buscar la felicidad. Es de fábrica, lo llevamos puesto. Lo formuló San Agustín: “Nos hiciste Señor para Ti…”. Y Santo Tomás lo argumenta: nuestra inteligencia al desear saber, y nuestro corazón al desear amar, están buscando a Dios, aunque no lo sepamos. Toda nuestra tensión hacia la felicidad es tensión hacia Dios. Y, por eso, convertimos tantas cosas en ídolos y sucedáneos.

Podemos destrozar a cualquier persona con solo preguntarle a fondo: ¿verdaderamente eres feliz?, ¿es esto lo que esperabas de la vida? Claro es que todos esperamos más de la vida, porque estamos hechos para el cielo. Por eso, ir mendigando solo la felicidad es frustrante y huele demasiado a egoísmo.

C. S. Lewis, en su maravilla autobiografía (Cautivado por la alegría), que es una búsqueda de la alegría de la felicidad desde niño, llega a la conclusión de que la felicidad es un resultado. Es un error buscarla por sí misma. Lo que da felicidad es seguir a la conciencia, que es seguir a Dios.  


Juan Luis Lorda, en omnesmag.com

23 febrero 2021

El besugo y el jamón

María José Atienza Amores

Si al tratar de explicar la práctica de la abstinencia de carne en determinadas jornadas nos centramos en la “materialidad” del pollo, el pato o el besugo, erramos de plano en los principios

La llegada de la Cuaresma trae consigo la consiguiente discusión acerca de la práctica cristiana de las mortificaciones. Especialmente, quizás por su repetición, de la abstinencia. Y volverán los argumentos “de cuñado” repetidos en los diversos foros en los que se sabe que hay un católico practicante: que si está anticuado, que si peor es comerse un kilo de ostras que un muslo de pollo, qué menuda tontería…

Lo cierto es que, como muchas discusiones estériles, si al tratar de explicar la práctica de la abstinencia de carne en determinadas jornadas nos centramos en la “materialidad” del pollo, el pato o el besugo, erramos de plano en los principios.

La verdadera penitencia no es sólo el hecho de cambiar el pavo por el queso, sino la entrega de la voluntad propia en algo “tan tonto” como cambiar el pavo por el queso. Sería muy fácil encontrar todo tipo de razonamientos sobre la idoneidad, o no de ese cambio cuando lo que realmente tiene que cambiar es el propio corazón. No comer carne es no alimentar ese yo omnisciente que clama por ganar una batalla tan nimia como la de sustituir un alimento u otro.

La abstinencia nos pone frente a lo que ‘podemos hacer’ pero no llevamos a cabo por una causa mayor: el amor. Si nuestra penitencia está vacía de amor, si no la vivimos como un acto de amor −importante, aunque nos hayamos “acostumbrado”−, entonces, de seguro, comenzaremos a juzgarla como una rutina tonta a la que no le vemos sentido.

Como en cualquier relación de amor, al fin y al cabo, de eso se trata en la vida cristiana, el partido se juega en el alma con las expresiones del cuerpo. Así lo señala el propio Catecismo: “La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración y la limosna”.

Guardar la abstinencia es, por tanto, una manifestación −bastante sencilla, además−, de amor. Hacemos memoria, en cierto modo, de un sacrificio infinito con un gesto sencillo en la forma. Este año, que tanto hemos tenido que entregar en la forma, la batalla se libra más en el fondo. Probablemente estos días de Cuaresma sean un buen momento para poner sobre la mesa nuestras superioridades, nuestras opiniones y nuestras voluntades, incluso la propia autosatisfacción de “no comer jamón” un viernes de Cuaresma. Como decía el Papa al inicio de este tiempo, “lo que nos hace volver a Él no es presumir de nuestras capacidades y nuestros méritos, sino acoger su gracia. Nos salva la gracia, la salvación es pura gracia, pura gratuidad”.

Con esas penitencias cuaresmales, con la abstinencia en este caso, nos unimos, en el fondo, a la Pasión de Cristo tomando una ínfima parte de la cruz, tan ínfima que nos puede producir, si lo pensamos bien, cierto sonrojo: no es mucho lo que nos pide la Iglesia un viernes de Cuaresma… Podríamos decir que es bastante menos de lo que nos pide un dietista medio para todos los días. Pero, como en la Misa, Cristo coge nuestras pequeñas negaciones y las eleva. Como escuché decir una vez: “de pasos cortos está empedrado el camino del cielo”.


María José Atienza Amores, en omnesmag.com