05 agosto 2022

Don, armonía, camino y misión

El Papa  Francisco

¡Queridos hermanos! «¡La  gracia del  Señor  Jesucristo, el amor  de  Dios  y la  comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros!» (2Cor 13, 13). 

Con  este  saludo  de  san  Pablo  deseo  daros  mi  cordial  bienvenida  y  manifestaros la alegría de vuestra visita. Las palabras del Apóstol abren a menudo, en el rito romano, la Sinapsis eucarística que, espero, podremos celebrar juntos el día que el Señor quiera.

Es bueno que vuestra  visita se realice  en vísperas  de  la Solemnidad de Pentecostés que, según el calendario latino, es este próximo domingo. Quisiera ofreceros cuatro breves reflexiones que me inspiran estas fiestas sobre la unidad plena que anhelamos.

El primer pensamiento es que la unidad es un don, un fuego que viene de lo Alto. Eso sí, sin cansarnos debemos rezar, trabajar, dialogar, prepararnos para que se pueda recibir esa gracia extraordinaria. Sin embargo, el logro de la unidad no es principalmente fruto de la tierra, sino del Cielo; no es sobre todo fruto de nuestro compromiso, de nuestros esfuerzos y de nuestros acuerdos, sino de la acción del Espíritu Santo, a quien debemos abrir con confianza nuestro corazón para que nos conduzca por los caminos de la plena comunión. La unidad es una gracia, un don.

Una segunda enseñanza de Pentecostés es que la unidad es armonía. Vuestra delegación, compuesta por Iglesias de diferentes tradiciones en comunión de fe y sacramentos, ilustra bien esta realidad. La unidad no es uniformidad y ni siquiera es el resultado de compromisos o frágiles equilibrios diplomáticos. La unidad es armonía en la diversidad de los  carismas  suscitados  por el Espíritu. Porque al Espíritu Santo le gusta suscitar  tanto la multiplicidad como la unidad, como en Pentecostés, donde las  diferentes  lenguas no  se redujeron a una, sino que se asimilaron en su pluralidad. La armonía es el camino del Espíritu, porque Él mismo, como dice San Basilio el Grande, es armonía.

Una tercera enseñanza del día de Pentecostés es que la unidad es un camino. No es un proyecto para escribir, un plan estudiado sobre el papel; no se hace en el inmovilismo, sino en el movimiento, en el nuevo dinamismo que el Espíritu, a partir de Pentecostés, imprime a los discípulos. Se hace al caminar: crece al compartir, paso a paso, en la voluntad común de acoger las alegrías y las penas del camino, en las sorpresas que se presentan en el trayecto. Como escribe san Pablo a los Gálatas, estamos obligados a caminar según el Espíritu (cfr. Gal 5,16.25). O, como dice san Ireneo, a quien recientemente proclamé Doctor de la Unidad, la Iglesia es «tôn adelphôn synodia», expresión que se puede traducir como “una caravana de hermanos”. Ahí, en esa caravana, crece y madura la unidad, que –según el estilo de Dios– no llega como un milagro repentino e impactante, sino en el compartir paciente y perseverante de un camino hecho juntos.

Un último aspecto. La unidad no es simplemente un fin en sí mismo, sino que está ligada a la fecundidad del anuncio: la unidad es para la misión. Como rezó Jesús: «Que  todos  sean  uno... para  que  el  mundo  crea»  (Jn 17, 21).  En  Pentecostés la Iglesia nace misionera. Y hoy  el mundo  todavía espera, incluso inconscientemente, conocer el Evangelio  de la caridad, la  libertad y la paz que estamos llamados a manifestar los unos de los otros, no unos contra otros ni unos lejos de otros. En este sentido,  agradezco  el testimonio  común  ofrecido por vuestras Iglesias, pienso de manera especial en aquellas –y son muchas– que han sellado su fe en Cristo con su sangre. Gracias por todas las semillas de amor y de esperanza esparcidas, en nombre del Crucificado Resucitado, en varias regiones aún marcadas, desgraciadamente, por violencias y conflictos a menudo demasiado olvidados.

Queridos hermanos, que la cruz de Cristo sea la brújula que nos guíe en el camino hacia la plena unidad. Porque  sobre ese madero nos reconcilió Cristo, nuestra paz, reuniendo  a todos en  un solo  pueblo (cfr. Ef 2, 14). Y así  pongo idealmente en los brazos de la cruz, altar de la unidad, las palabras que quería compartir con vosotros, como cuatro puntos cardinales de la plena comunión, que es don, armonía, camino, misión.

Agradezco vuestra visita y os aseguro el recuerdo en la oración, confiando también en los vuestros por mí y por mi servicio. El Señor os bendiga y la Madre de Dios os proteja. Si os parece bien, cada uno en su lengua, podemos rezar juntos el Padre Nuestro.

Fuente: vaticannews.va/es


04 agosto 2022

El Santo Cura de Ars

 Manuel Belda


San Juan María Vianney nace en Dardilly, pueblo cercano a Lyon, el 8 de mayo de 1786. A los 17 años inicia los estudios sacerdotales. Llamado al servicio militar, es destinado a combatir en España, pero deserta y se oculta en las montañas desde 1809 hasta 1811, año en que una amnistía le permite volver a su pueblo. Vuelve al Seminario, pero debido a sus dificultades con la filosofía y el latín, es despedido. Un sacerdote, el P. Belley, lo acoge y le prepara, hasta conseguir que sea ordenado, el 13 de agosto de 1815. Permanece como coadjutor del P. Belley desde 1815 hasta 1818, año en que es destinado a la parroquia de Ars, un pueblecito con 230 habitantes. Al enviarlo, el Vicario general de la diócesis le dijo: «no hay mucho amor en esta parroquia; usted procurará introducirlo».

En los años que transcurrió en Ars pueden distinguirse claramente dos fases: en la primera, su labor pastoral se limitó a los feligreses de su parroquia, con la predicación, la catequesis, las visitas a los enfermos, etc. En la segunda, pocos años más tarde, su fama de santidad se extendió por toda Francia y una gran multitud de todas las regiones acude a Ars, y a veces la gente ha de esperar días para poder confesarse con él. Un botón de muestra de esta gran afluencia de fieles es que fue preciso poner trenes especiales desde Lyon a Ars.

Falleció el 4 de agosto de 1859, por lo que su memoria obligatoria se celebra el 4 de agosto. Fue canonizado y proclamado patrón de los párrocos por Pío XI en 1929.

Su santidad de vida

San Juan María Vianney logró la conversión de los habitantes de Ars y de una gran multitud de personas, porque era muy santo. En cierta ocasión, a un abogado de Lyon que volvía de Ars, le preguntaron qué había visto allí. Y contestó: «He visto a Dios en un hombre». Como dijo en una ocasión Benedicto XVI: «El santo cura de Ars logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera. Conquistó a las almas, incluso a las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba enamorado de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el misterio eucarístico, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios» (Audiencia general, 5-VIII-2009).

El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida santa. Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Sacramentado. De su ejemplo aprendían los fieles a orar. «No hay necesidad de hablar mucho para orar bien», les enseñaba; «sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración». «Yo le miro y él me mira», decía a su santo cura un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario.

La educación de los fieles en la devoción a la Eucaristía era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio del Altar. Los que asistían decían que «no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración… Contemplaba la hostia con amor».  Les decía: «Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios».

Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz en la Santa Misa lo llevaba del altar al confesonario. Su dedicación al Sacramento de la Reconciliación era extenuante. Cuando fue creciendo la multitud de penitentes, provenientes de toda Francia, llegó a permanecer hasta 16 horas diarias en el confesonario. Se decía entonces que Ars se había convertido en el «gran hospital de las almas». A un hermano sacerdote, le explicaba: «Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos».

El Santo Cura de Ars vivió heroicamente la virtud de la pobreza. Su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, y sus familias más necesitadas. Y explicaba: «Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada». Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: «Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros». Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: «No tengo nada… Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera».

También vivió heroicamente la virtud de la castidad. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que «la castidad brillaba en su mirada», y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.

Finalmente, hay que destacar en la vida del Santo Cura de Ars su amor a la Santísima Virgen. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría acogió la definición dogmática de 1854. Recordaba siempre a sus fieles que «Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre».

Fuente: omnesmag.com

03 agosto 2022

Texto del Video del Papa con la intención de oración para el mes de Agosto

Red Mundial de Oración del Papa 


"Producto de la pandemia y las guerras, el mundo enfrenta una grave crisis socioeconómica. ¡Aún no nos hemos dado cuenta! Y entre los que han sufrido graves perjuicios se encuentran los pequeños y medianos empresarios. Los del sector del comercio, la artesanía, la limpieza, el transporte y muchos otros. Los que no figuran en la lista de los más ricos y poderosos y que, a pesar de las dificultades, crean puestos de trabajo manteniendo su responsabilidad social.

Los que invierten en el bien común en lugar de esconder su dinero en paraísos fiscales. Todos ellos dedican una enorme capacidad creativa a cambiar las cosas desde abajo, de donde viene siempre la mejor creatividad. Y con coraje, con esfuerzo, con sacrificio, invierten en la vida generando bienestar, oportunidades y trabajo.

Oremos para que los pequeños y medianos empresarios, duramente golpeados por la crisis económica y socialmente, encuentren los medios necesarios para continuar con su actividad, al servicio de las comunidades en las que ellos viven."

Fuente: exaudi.org

El Viaje apostólico a Canadá


El Papa en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera compartir con vosotros algunas reflexiones sobre el viaje apostólico que realicé a Canadá los días pasados. Se ha tratado de un viaje diferente a los otros. De hecho, la motivación principal era la de encontrar a las poblaciones originarias para expresarles mi cercanía y mi dolor y pedir perdón - pedir perdón - por el daño que les hicieron aquellos cristianos, incluidos muchos católicos, que en el pasado colaboraron en las políticas de asimilación forzada y liberación de los gobiernos de la época.

En este sentido, en Canadá se ha iniciado un recorrido para escribir una nueva página del camino que desde hace tiempo la Iglesia está realizando junto a los pueblos indígenas. Y de hecho el lema del viaje “Caminar juntos” explica un poco esto. Un camino de reconciliación, de sanación, que presupone la conciencia histórica, la escucha de los supervivientes, la toma de conciencia y sobre todo la conversión, el cambio de mentalidad. De esta profundización resulta que, por un lado, algunos hombres y mujeres de Iglesia han estado entre los más decididos y valientes defensores de la dignidad de las poblaciones autóctonas, poniéndose de su lado y contribuyendo al conocimiento de sus lenguas y culturas; pero, por otro lado, lamentablemente no han faltado cristianos, es decir sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos que han participado en programas que hoy entendemos que son inaceptables y también contrarios al Evangelio. Y por esto yo he ido a pedir perdón en nombre de la Iglesia.

Por tanto, fue una peregrinación penitencial. Muchos fueron los momentos de alegría, pero el sentido y el tono del conjunto fue reflexión, arrepentimiento y reconciliación. Hace cuatro meses recibí en el Vaticano, en grupos diferentes, a los representantes de los pueblos originarios: en total fueron seis reuniones, para preparar un poco este encuentro.

Las grandes etapas de la peregrinación fueron tres: la primera, en Edmonton, en la parte occidental del país. La segunda, en Quebec, en la parte oriental. Y la tercera en el norte, en Iqaluit, a 3.000 kilómetros del círculo polar ártico. El primer encuentro tuvo lugar en Masqwacis, que significa “la colina del oso”, donde se dieron cita jefes y miembros de los principales grupos indígenas de todo el país: Primeras naciones, Métis e Inuit. Juntos hemos hecho memoria: la buena memoria de la historia milenaria de estos pueblos, en armonía con su tierra: esta es una de las cosas más hermosas de los pueblos originarios, la armonía con la tierra. Nunca maltratan la creación, nunca. En armonía con la tierra. Y también hemos recogido la memoria dolorosa de los abusos sufridos, también en las escuelas residenciales, a causa de las políticas de asimilación cultural.

Después de la memoria, el segundo paso de nuestro camino fue el de la reconciliación. No un acuerdo entre nosotros – sería una ilusión, una puesta en escena – sino un dejarse reconciliar por Cristo, que es nuestra paz (cfr Ef 2,14). Lo hemos hecho teniendo como referencia la figura del árbol, central en la vida y en la simbología de los pueblos indígenas.

Memoria, reconciliación, y finalmente sanación. Hemos dado este tercer paso del camino en la orilla del lago Santa Ana, precisamente en el día de la fiesta de santos Joaquín y Ana. Todos podemos tomar de Cristo, fuente de agua viva, y allí, en Jesús hemos visto la cercanía del Padre que nos da la sanación de las heridas y también el perdón de los pecados.

De este recorrido de memoria, reconciliación y sanación brota la esperanza por la Iglesia, en Canadá y en todos los lugares. Y ahí, la figura de los discípulos de Emaús, que después de haber caminado con Jesús resucitado, con Él y gracias a Él pasaron del fracaso a la esperanza (cfr Lc 24,13-35).

Como decía al principio, el camino junto a los pueblos indígenas ha constituido la espina dorsal de este viaje apostólico. Sobre ella se construyeron los dos encuentros con la Iglesia local y con las autoridades del país, a cuyas autoridades deseo renovar mi gratitud sincera por la gran disponibilidad y la cordial acogida que me han reservado a mí y a mis colaboradores. Y a los obispos, lo mismo. Delante de los gobernantes, de los jefes indígenas y del cuerpo diplomático reiteré la voluntad activa de la Santa Sede y de las comunidades católicas locales de promover las culturas originarias, con recorridos espirituales apropiados y con la atención a las costumbres y a las lenguas de los pueblos. Al mismo tiempo, señalé cómo la mentalidad colonizadora se presenta hoy bajo varias formas de colonizaciones ideológicas, que amenazan a las tradiciones, la historia y los vínculos religiosos de los pueblos, aplanando las diferencias, concentrándose solo en el presente y descuidando a menudo los deberes hacia los más débiles y frágiles. Se trata por tanto de recuperar un sano equilibrio, recuperar la armonía, que es más que un equilibrio, es otra cosa; recuperar la armonía entre modernidad y culturas ancestrales, entre la secularización y los valores espirituales. Y esto interpela directamente la misión de la Iglesia, enviada a todo el mundo a testimoniar, a “sembrar” una fraternidad universal que respeta y promueve la dimensión local con sus múltiples riquezas (cfr Enc. Fratelli tutti, 142-153). Ya lo he dicho, pero quiero reiterar mi agradecimiento a las autoridades civiles, a la señora gobernadora general, al primer ministro, a las autoridades locales de los lugares donde fui: doy muchas gracias por la forma en la que han favorecido la realización de los propósitos y de los gestos que he mencionado. Y deseo dar las gracias a los obispos y sobre todo por la unidad del episcopado: la realización de los fines del viaje fue posible porque los obispos estaban unidos, y donde hay unidad se puede ir adelante. Por esto quisiera subrayar esto y dar las gracias a los obispos de Canadá por esta unidad.

Y en el signo de la esperanza fue el último encuentro, en la tierra de los Inuit, con jóvenes y ancianos. Y os aseguro que, en estos encuentros, sobre todo en el último, he tenido que sentir como bofetadas el dolor de esa gente: los ancianos que han perdido a los hijos y no sabían dónde estaban, por esta política de asimilación. Fue un momento muy doloroso, pero se tenía que dar la cara: tenemos que dar la cara delante de nuestros errores, de nuestros pecados. También en Canadá es un binomio-clave, jóvenes y ancianos, es un signo de los tiempos: jóvenes y ancianos en diálogo para caminar juntos en la historia entre memoria y profecía, que están de acuerdo. La fortaleza y la acción pacífica de los pueblos indígenas de Canadá sea de ejemplo para todas las poblaciones originarias a no cerrarse, sino a ofrecer su indispensable contribución para una humanidad más fraterna, que sepa amar a la creación y al Creador, en armonía con la creación, en armonía entre todos vosotros.

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Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a seguir “caminando juntos” y estar atentos a los signos de los tiempos. Y así podremos descubrir —como los discípulos de Emaús— al mismo Jesús, que se acerca y camina con nosotros, que nos hace arder el corazón con su Palabra y parte para nosotros el Pan. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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LLAMAMIENTO

Mañana es el segundo aniversario de la explosión en el puerto de Beirut. Mi pensamiento va a las familias de las víctimas de aquel desastroso evento y al querido pueblo libanés: rezo para que cada uno pueda ser consolado por la fe y confortado por la justicia y la verdad, que nunca se debe esconder.

Deseo que el Líbano, con la ayuda de la comunidad internacional, siga recorriendo el camino de “renacimiento”, permaneciendo fiel a la propia vocación de ser tierra de paz y de pluralismo, donde las comunidades de religiones diferentes puedan vivir en fraternidad.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera compartirles algunas de las experiencias que viví en el Viaje apostólico a Canadá. El lema del viaje fue “Caminar juntos”, y quise realizarlo como una peregrinación penitencial, para pedir perdón a los pueblos indígenas por lo que sufrieron a causa de tantos cristianos, y entre ellos muchos católicos. Fue un camino recorrido en tres grandes etapas: Edmonton, Quebec e Iqaluit; y en este itinerario se dieron tres pasos: la memoria, la reconciliación y la sanación, que son posibles gracias al encuentro con Cristo, nuestra esperanza.

Ante las ideologías que amenazan a los pueblos intentando borrar su historia y sus tradiciones, la Iglesia se siente interpelada y no quiere repetir errores. Su misión en el mundo es anunciar el Evangelio y construir la unidad respetando y valorando la diversidad de cada pueblo y de cada persona. Para esta misión, un binomio-clave es la relación entre ancianos y jóvenes, un diálogo entre memoria y profecía que puede edificar un mundo más fraterno y solidario.

Fuente: vatican.va

Perdonar y pedir perdón

Ramiro Pellitero Iglesias

“El descubridor del papel del perdón en los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret”

En su libro La condición humana, explica Hanna Arendt (ed. Paidós, Barcelona 1993, pp. 255-262), a nivel antropológico, el asombroso poder del perdón. Sirve para deshacer los actos del pasado y liberar de sus consecuencias. Sin ser perdonados seríamos como el aprendiz de brujo que desconocía la fórmula mágica para romper el hechizo. Pero si somos perdonados podemos recomenzar a vivir. Y si perdonamos, damos la capacidad al otro de recomenzar una vez más, de iniciar algo nuevo. Al contrario que la venganza, el perdón es impredecible, y comporta la liberación de la venganza.

Reconoce la filósofa judía que “el descubridor del papel del perdón en los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret”, aunque lo hiciera en un contexto religioso.

Cabría observar, en la perspectiva de la fe cristiana, que también Jesús nos “descubrió” cómo el perdón forma parte del gran poder divino; y que, el perdón humano, a fin de cuentas, es imagen del divino, tiene siempre raíz divina.

Perdonar tiene que ver con darse a sí mismo por la salvación de todos y cada uno

En su homilía del domingo de ramos (10-IV-2022), Francisco observó que en el calvario se enfrentan dos mentalidades. En el evangelio, de hecho, las palabras de Jesús crucificado se contraponen a las de sus verdugos. En ellos suena como un estribillo: “Sálvate a ti mismo”. Por parte de los jefes: «Que se salve a sí mismo, si es el Cristo de Dios, el elegido» (Lc 23,35). Por parte de los soldados: «Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo» (v. 37). E incluso uno de los malhechores lo repite: «¿Non eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo!» (v. 39).

“Salvarse a uno mismo, cuidarse uno mismo, pensar en uno mismo; no en los demás, sino sólo en la propia salud, en el propio éxito, en los propios intereses; en tener, en poder, en aparecer. Sálvate a ti mismo: es el estribillo de la humanidad que crucificó al Señor”. Es Francisco quien nos invita a pensar en ello, como un aviso de hasta dónde puede llegar, la paradójica y a la vez “lógica” (con la lógica del yo) mentalidad individualista: para demostrar que no puedes salvarte a ti mismo (que es lo que supuestamente buscamos todos), te crucificamos.

Pero, continúa el Papa, “la mentalidad del yo se opone a la de Dios; el salvarse a sí mismo choca con el Salvador que se entrega”. Él no reclama nada para sí mismo; ni siquiera se defiende ni se justifica. Reza al Padre y tiene misericordia con el buen ladrón. Solo le interesa lo contrario de salvarse a sí mismo: “Padre, perdónalos” (v. 34).

Francisco nos aconseja detenernos en esas palabras que Jesús pronuncia clavado al patíbulo de la humillación, y que vienen a aumentar la intensidad de su don, hasta convertirlo en “per-dón”.

En efecto, la misma palabra parece decirlo: "perdonar" es más que dar, es dar del modo más perfecto, que es dar implicándose a sí mismo, dar por completo.

En consecuencia: “Miremos a Jesús en la cruz y comprenderemos que nunca hemos recibido un abrazo más amoroso. Miremos el Crucifijo y digamos: Gracias Jesús: me amas y me perdonas siempre, incluso cuando me cuesta amarme y perdonarme”.

Así es. Nos cuesta amarnos y perdonarnos, porque nuestra parte no divina (meramente humana o a veces un poco infrahumana) nos impide ver la realidad, esa realidad que implicaría aceptarnos a nosotros mismos como somos: poca cosa pero recibidos de Dios; más: hijos de Dios.

Jesús perdona a todos, también a sus enemigos: “En el momento más difícil, Jesús vive su mandamiento más difícil: el amor a los enemigos”. Cuando alguien nos ha ofendido, es común que nos quedemos lamiendo nuestras heridas.

Y entonces, dice Francisco, “Jesús nos enseña a no quedarnos ahí, sino a reaccionar. A romper el círculo vicioso del mal y del remordimiento. A reaccionar a los clavos de la vida con amor, a los golpes del odio con la caricia del perdón”. Por eso, si queremos comprobar nuestra pertenencia a Cristo, “miremos cómo nos comportamos con los que nos han hecho daño”.

El perdón de Jesús nos enseña a perdonar: “El Señor nos pide que respondamos no como nos salga de dentro o como hacen todos, sino como Él lo hace con nosotros. Nos pide que rompamos la cadena de “te quiero si me quieres; soy tu amigo si tú eres mi amigo; yo te ayudo si tú me ayudas”. No, compasión y misericordia para todos, porque Dios ve en cada uno un hijo. No nos divide en buenos y malos, en amigos y enemigos.

El perdón: camino de perseverancia, verdad y santidad

Tres cosas más logra el perdón: nos da la perseverancia del amor (perdonar siempre: seguir perdonando, pase lo que pase); nos devuelve a la verdad (hogar que pierde quien hace el mal); nos abre a la santidad que es la verdadera vida (la vida plena). Veamos una por una.

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Francisco interpreta que Jesús pasó las horas en la cruz con estas palabras en los labios y en el corazón. Dios no se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón, pero Él nunca se cansa de perdonar. Por eso nos aconseja que no nos cansemos de pedir perdón. Ni los sacerdotes de administrarlo, ni cada cristiano de recibirlo y dar testimonio de él. No nos cansemos del perdón de Dios.

Es como si se nos dijera: Dios perdona continuamente para que nos dejemos perdonar y perdonemos, también continuamente. Dios perdona siempre y perdona todo, porque es su modo de servir que nos trae una paz inigualable (recordará de nuevo Francisco el jueves santo). Y así podamos servir más y mejor.

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Esto no se refiere a que no lo hubieran premeditado, sino que ese "porque no saben" denota “esa ignorancia del corazón que tenemos todos los pecadores”. “Cuando se usa la violencia, nada se sabe de Dios, que es Padre, ni de los demás, que son hermanos.

Así es: cuando se rechaza el amor se desconoce la verdad.

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Solo una persona acoge esa frase: el buen ladrón (Lc 23, 42). Y Jesús le responde: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (v. 43). “He aquí –señala el sucesor de Pedro– el prodigio del perdón de Dios, que transforma la última petición de un condenado a muerte en la primera canonización de la historia.

Cierto. La santidad se alcanza pidiendo perdón y perdonando. Y así “con Dios siempre se puede volver a vivir”.

El pedir perdón, dirá el Papa pocos días después en la vigilia pascual, requiere la valentía de dejarse perdonar y la disposición para cambiar, dejando las obras del mal. El perdonar nos hará más capaces de servir a todos con una conciencia limpia (jueves santo)

Lo dijo también Francisco en Floriana, Malta (3-IV-2022): Para Dios no existe la palabra "irrecuperable". Y quien experimenta su perdón es el que lo conoce verdaderamente.

Fuente: /iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/

02 agosto 2022

Yago de la Cierva: «En la Iglesia es muy difícil crear un espacio de opinión y de debate que sea civilizado»

José María Sánchez Galera

«Es buena señal que Francisco no venga a España: otros países le necesitan más»

Charlamos con el que fuera director ejecutivo de la JMJ de Madrid, experto en comunicación de la Iglesia. «Es buena señal que Francisco no venga a España: otros países le necesitan más»

Yago de la Cierva (Madrid, 1960), un hombre canoso y de sonrisa permanente y algo pícara —de niño que bota alegre el balón, pero sin pretender perrería alguna, es profesor del IESE, donde enseña gestión y comunicación de crisis, la misma asignatura que imparte en la Pontificia Università della Santa Croce (Roma), pero para personas que se preparan para trabajar en oficinas de comunicación de diócesis, órdenes religiosas y conferencias episcopales. Ha trabajado en oficinas de información como la del Vaticano o la del Opus Dei, fundó la agencia de noticias Rome Reports y fue director ejecutivo de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebró en Madrid en 2011. Un prolongado currículo que abarca varios ámbitos de la profesión y que se complementa con un doctorado en Filosofía (Universidad de Navarra), y la publicación de algunos libros, como La Iglesia, casa de cristal (BAC, 2014), Comunicar en aguas turbulentas. Un enfoque ético para la comunicación de crisis (Eunsa, 2015) o Cómo defender la fe sin levantar la voz (Palabra, 2019). Parece, por tanto, una persona más que idónea para charlar sobre la Iglesia, la comunicación pública y los papas.

– Este verano se han cumplido —y celebrado— los once años de la JMJ de Madrid. En aquel entonces el parque del Retiro se convirtió en un gran confesionario, Cuatro Vientos acogió una inmensa adoración eucarística nocturna y el Paseo de Recoletos se engalanó con pasos y tronos de todas las cofradías de España. Caminar por Madrid era como pasear por el patio de un monasterio cisterciense. Sobre todo, por el ambiente de oración.

– No sé si un monasterio cisterciense... Rezar se rezó, y de hecho la encuesta que hicimos al día siguiente reflejó que lo que más habían hecho los asistentes fue adoraciones eucarísticas y confesarse. Pero también se cantó, se bailó y se rió mucho. Fue una semana disfrutona, y se forjaron amistades para toda la vida.

– ¿Qué hubo de diferente en aquella JMJ? Algo que no hubiera antes ni después.

– Es una buena pregunta… pero desde fuera. Solo las autoridades civiles y religiosas y los periodistas comparan entre sí las JMJ, porque la mayoría de los jóvenes participa una sola vez en su vida. Luego, la siguiente jornada pilla muy lejos, en otro continente, y cuando vuelve, ya uno tiene otra edad y otros planes. Por ejemplo, a la de Madrid vinieron muchos hijos de los que participaron en la de Santiago de Compostela, en 1989. No competimos con los organizadores anteriores, sino que procuramos hacer una JMJ adecuada para los jóvenes que vienen. Todas tienen algo nuevo, y si funciona, se repite. En Madrid empezamos varias tradiciones: la fiesta del perdón (alguno le llamó el confesiódromo) y la feria de las vocaciones, ambas en el Retiro; el sistema de tickets de comida, algunas actividades culturales novedosas…

– Si hablamos de JMJ Madrid 2011, tenemos que hablar de Javier Cremades.

– Javier Cremades dejó una huella muy profunda en los contenidos de la JMJ. Como sacerdote ejemplar, no daba puntada sin hilo: todo tenía que acercar a Dios. Como fuerza de la naturaleza, ningún obstáculo era demasiado grande para su creatividad. ¡Menos mal que usaba su ingenio para el bien, porque de lo contrario habría sido un revolucionario irresistible! Ahora nos reímos de sus ocurrencias, le agradecemos sus ideas geniales y le echamos de menos, pero en medio del fragor de la organización, era una pesadilla para los que querían algo sereno y pacífico. Aunque era un sinvergüenza en su sentido más auténtico, todo lo hacía con mucha educación, nunca faltaba al respeto, pero si había una grieta en el muro, podías estar seguro de que la encontraba y se salía con la suya.

– Todo aquel trabajo acabó pasando una terrible factura en la salud de Cremades...

– La verdad, no sé si la culpa fue de la JMJ, de otro factor sobrevenido, o si era algo congénito. Pienso que, de todos modos, le habría venido algo, porque Javier no se reservaba para nada, se volcaba en las personas y en los proyectos. En YouTube se pueden encontrar algunas charlas que dio, ya enfermo, y se ve que sus últimas semanas fueron como toda su vida: poner su simpatía al servicio de Dios, entregarse a los demás, aunque no los conociera de nada.

– ¿Fue una JMJ con muchos frutos, sobre todo en vocaciones sacerdotales?

– Es muy difícil medir los frutos de un evento religioso, porque la música va por dentro. ¿Cómo evalúas la eficacia del rosario en una parroquia? Algunos datos fríos muestran que tuvo impacto: en la asistencia a misa, en el número de jóvenes que entraron en el seminario o en los distintos noviciados, en el crecimiento de las familias que pidieron educación cristiana para sus hijos, en la X de la declaración de la renta, etc., etc.

Benedicto describió la JMJ de Madrid como una cascada de luz; fue un torrente de gracia (Yago de la Cierva)

Benedicto describió la JMJ de Madrid como una cascada de luz. Fue un torrente de gracia, que luego necesitaba continuidad. Hay luego que cultivar la tierra. Hay parroquias y realidades eclesiales que usaron ese chaparrón para impulsar muchas cosas, y ahí hay fruto abundante. En todos ambientes es probable que la semilla no arraigase. Vamos, que como en cualquier acción del Espíritu Santo.

Si tuviera que resumir los frutos, citaría a la directora de marketing de una gran empresa multinacional, que al terminar el evento me dijo: «muchas gracias, porque habéis hecho que los católicos nos sintiéramos orgullosos de serlo».

– He hablado de Cremades, pero usted fue el director ejecutivo. ¿En qué consistió su tarea?

– El nombre es muy rimbombante, pero en realidad mi misión fue apoyar al coordinador general en la organización. Un evento de estas dimensiones requiere que todas las áreas de trabajo compartan información y estén sincronizadas, porque todo depende de todo. Si no hay transporte a las zonas de restauración, la comida se pierde; si los intervinientes no tienen acreditación, nunca llegarán al escenario; si cada departamento no tiene los voluntarios que necesita, serán incapaces de cumplir con su misión… En el fondo, fui casi un guardia de tráfico, en lo que el cardenal Rouco y don César Franco necesitaban. Pero un guardia de tráfico de los buenos: nunca puse una multa…

La coordinación también fue hacia fuera: con los distintos organismos del Vaticano, y con las autoridades del Estado. Ahora que han pasado diez años, me sigue admirando el clima de concordia y de franca colaboración entre las tres administraciones públicas y el comité organizador. Fue una delicia trabajar con personas competentes y con ganas de que la cita fuera un éxito para la ciudad, la comunidad de Madrid y para España. ¡Y mira que eran distintos! María Teresa Fernández de la Vega y Ramón Jáuregui, Esperanza Aguirre, Alberto Ruiz–Gallardón y Ana Botella, y sus equipos, pusieron su talento y su capacidad organizativa, y nosotros pusimos la gente… y el dinero.

– Aquella JMJ fue, además, la última vez que Benedicto XVI estuvo en España.

– Pero conserva muy buenos recuerdos. El cardenal Rouco le ha visto con frecuencia, aprovechando sus viajes a Roma para ver a Francisco y a autoridades vaticanas, y Benedicto rememora lo mucho que le gustó la música, cómo disfrutó dirigiéndose a jóvenes religiosas y a jóvenes profesores, y el impacto que le produjo la tormenta en Cuatro Vientos. Creo que volvió a Roma impresionado de las muestras de cariño que recibió aquí, y eso no se olvida.

Una de las imágenes más impactantes en Cuatro Vientos, donde millones de jóvenes escucharon, a pesar de la tormenta, a Benedicto XVI

– Ya son diez años sin que el Papa visite España. Ni siquiera hemos tenido al pontífice durante la celebración del V Centenario de santa Teresa de Jesús.

– Creo que la misión del Papa se parece bastante a un equilibrista que maneja diez platos que giran sobre un palitroque. Tiene que prestar más atención a los que parece que se detienen y se van a caer… Es decir, es buena señal que Francisco no venga: otros le necesitan más. Claro que nos gustaría que viniera, pero hay que aceptar sus prioridades. Tampoco ha ido a Argentina…

– Cuando, en febrero de 2013, Benedicto XVI anunció su renuncia a la sede petrina, usted fue de las pocas voces que entrevieron motivos más bien complejos. Se organizó un cierto revuelo.

– Sí, se montó una buena… y todo porque escribí un artículo en El Mundo, y en el último momento hubo que resumirlo, y quedaron fuera muchas frases que daban contexto. Eso, unido a un título horrible que no puse yo, fue la espoleta. El periódico me ofreció la posibilidad de escribir otro artículo al día siguiente, cosa que hice, pero la polémica estaba ya montada… por los que querían gresca.

No soy un revolucionario, pero sí que me gustaría que algunas cosas cambiaran. En la Iglesia es muy difícil crear un espacio de opinión y de debate que sea civilizado, donde se puedan discutir las cosas sin que llevar la contraria al jefe —de manera respetuosa, por supuesto— sea visto como una amenaza a la raíz de la autoridad eclesial, quienquiera que sea. Pasó en los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto, y ahora pasa lo mismo en el pontificado de Francisco. Ojalá supiéramos discutir sin que la discrepancia fuera vista como una amenaza para la unidad, que en la Iglesia es fundamental. Es más, creo que todos los papas están rodeados por papistas que a veces ejercen de policía política sobre las ideas. Y no debería ser así: el catolicismo es la religión de la razón, y la autoridad tiene que ejercerse de manera «razonada», no «imperial».

Antes, Benedicto hablaba relativamente poco, y ahora Francisco habla constantemente; y, sin contar con su departamento de comunicación, las confusiones son inevitables (Yago de la Cierva)

– ¿Cree usted que a Benedicto XVI, el papa intelectual, se lo entendía mejor que a Francisco, quien, en teoría, se expresa de manera más cercana al lenguaje de la calle? Los malentendidos, tergiversaciones y polémicas son mayores durante este pontificado.

– El mundo es complejo y está en constante cambio, acelerado en nuestra época. Es como comparar quién fue mejor delantero, Gárate o Luis Suárez… Es cierto que hoy hay quizá más malentendidos y polémicas sobre lo que «realmente piensa el Papa» en esta o aquella cuestión. Creo que hay dos factores: el primero es la aceleración de la información, que es cada vez más instantánea y menos reflexiva. Muchos medios están atrapados en la guerra por el clic, y por eso priman las noticias que resaltan el conflicto. El segundo es interno a la Santa Sede: antes, Benedicto hablaba relativamente poco, y ahora Francisco habla constantemente; y, sin contar con su departamento de comunicación, las confusiones son inevitables. No soy quién para decir cuánto o cómo debería hacerlo, solo señalo la relación causa–efecto...

En el fondo, los dos se enfrentan a los grandes enemigos de hoy: la ignorancia y el pesimismo. Cada Papa pone un acento distinto, y esto hace más divertida la vida en la Iglesia.

– Quizá lo que choque de Benedicto (Ratzinger) y de Francisco (Bergoglio) sea que suponen dos modos muy diferentes de comunicar. ¿Me equivoco?

– Son dos mundos diversos, porque Benedicto es la quintaesencia de un intelectual europeo que parte de los debates culturales y religiosos de después de la II Guerra Mundial, y Francisco es un latinoamericano con otros parámetros de formación y de intereses, centrados en la pastoral de base. Simplificando un poco, Benedicto piensa que el mundo lo cambian las ideas, y Francisco las acciones. Benedicto se sentía muy cómodo discutiendo con pensadores, y mejor aún con los que estaban en las antípodas de sus planteamientos, mientras que Francisco se dirige más a menudo a los que toman decisiones, tanto en los gobiernos como en movimientos sociales, ONGs, etc.

– Por no hablar de Juan Pablo II...

– Juan Pablo II fue un gigante. Quizá estamos demasiado cerca para verlo, pero no hay nadie desde la Ilustración que haya tenido un impacto mayor en la Iglesia. Hay un verdadero antes y después. La gente mayor como yo recordará el estado en que se encontraba la Iglesia cuando falleció san Pablo VI. El papa polaco operó una verdadera revolución, en todos los terrenos: doctrinal (el catecismo de la Iglesia, el primero desde el siglo XVI), legal (los códigos de derecho canónico latino y oriental), de ideales (haciendo más santos que todos sus predecesores juntos, de países, condiciones y profesiones diversas), geoestratégica (sus viajes fueron su verdadero instrumento de gobierno), misionera, de comunicación…

– Hablando de Juan Pablo II; aparte de con Javier Cremades, usted ha estado cerca de otro gigante: Joaquín Navarro–Valls.

– Sí, el año que trabajé junto a él en la Sala de prensa del Vaticano fue uno de los periodos formativos más intensos de mi vida. Como le ha descrito el P. Federico Lombardi, Navarro–Valls fue una pieza fundamental de la «constelación Juan Pablo II». Algunos amigos hemos publicado recientemente un libro sobre él, para recordar su legado. Pero en realidad, el mérito estuvo en Juan Pablo II, que se dejó asesorar y que contaba siempre con él en los temas que tienen impacto en la comunicación (es decir, en casi todo). ¿Se imagina cómo cambiaría la comunicación de la Iglesia si cualquier autoridad eclesial tuviera siempre a su lado a un comunicador experto y de plena confianza, y le pidiera consejo antes de actuar? No digo que le haga caso, sino que simplemente le mantenga informado y le escuche antes.

– Una vez pregunté a Joaquín Navarro–Valls, y precisamente en la sede de Madrid del IESE, si la Iglesia tenía un problema de comunicación. Él me respondió que el principal problema de comunicación es no tener nada que comunicar.

– Sí, los comunicadores somos «intérpretes culturales», ayudamos a que un mensaje sea inteligible para quien escucha, y se muestre al mismo tiempo la credibilidad del que habla, y su conexión emocional. La Iglesia tiene las tres cosas a paladas, pero a veces no las aprovecha. Piense simplemente en una homilía dominical: ¿realmente tienen impacto en la vida de los fieles? ¿Se preparan pensando en quién les escuchará, con un objetivo preciso, con una llamada a la acción personal y social?

– En estos tiempos se habla mucho de los abusos sexuales cometidos por clérigos. ¿Qué está haciendo la Iglesia al respecto, desde el punto de vista de la comunicación?

– Es una cuestión crucial para la credibilidad de la Iglesia en el presente y en el futuro. Una institución que no es capaz de proteger a menores y vulnerables no tiene la legitimidad social para operar en la sociedad. Es decir, que se tambalean sus proyectos educativos, asistenciales y sanitarios. Por eso, resolver el problema con proactividad es una de las prioridades de la Iglesia universal. Proactividad es no esperar a que aparezcan las víctimas, sino buscarlas, porque muchas veces no dicen nada por muchos factores, ¡y tenemos deberes con ellas!

Hay que tomar la iniciativa en materia de abusos, porque somos los primeros interesados en ayudar a las víctimas y a reformar las cosas para que no puedan volver a repetirse (Yago de la Cierva)

Tuve la oportunidad de trabajar en el comité organizador de la reunión organizada por el Papa en 2019 sobre la protección de menores en todo el mundo. Las claves de la reunión fueron dos: que hay que tomar la iniciativa, porque somos los primeros interesados en ayudar a las víctimas y a reformar las cosas para que no puedan volver a repetirse; y que las autoridades eclesiales tienen que actuar siempre con responsabilidad, rendición de cuentas y transparencia. Tenemos que preguntarnos si lo estamos haciendo deprisa o despacio, por propia iniciativa o empujados por la presión de los medios.

La presión de los medios no es mala: tanto Benedicto como Francisco han elogiado a los periodistas que han descubierto los casos de abusos y los han publicado, y hasta se lo ha agradecido. No me quejo de eso, sino de que, por el lado de los medios, las investigaciones sean parciales: si las estadísticas oficiales son ciertas, más de dos tercios de los abusos tienen lugar en las familias, en los centros deportivos, en las escuelas, en los hospitales, y no veo en los políticos y en los medios una conciencia de lo mucho que hay que trabajar en estos campos, para que todos los menores y vulnerables estén protegidos, y no solo en la Iglesia. Por el lado de la Iglesia, noto cierto cansancio, como si el tema estuviera agotado porque las normas han cambiado, cuando en realidad el desafío es cambiar la cultura.

La presión de los medios no es mala: tanto Benedicto como Francisco han elogiado a los periodistas que han descubierto los casos de abusos y los han publicado, y hasta se lo ha agradecido (Yago de la Cierva)

Si la Iglesia lo hace, y lo hace pronto, y sabe transformar en realidad esa responsabilidad, rendición de cuentas y transparencia, en los casos de abusos y en todo, empezando por la gestión económica y la dirección de personas, el futuro por delante es magnífico.

Fuente: eldebate.com/

01 agosto 2022

Enrique Rojas: «Muchas relaciones actuales están hechas con materiales de derribo»

 

María José Atienza


Enrique Rojas es uno de los psiquiatras «de cabecera» en nuestro país. Catedrático de Psiquiatría y director del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas, Rojas acaba de recibir el premio Pasteur de investigación de medicina por la Asociación Europea de Desarrollo.

Autor de numerosos libros dedicados a temas como la depresión, la felicidad, la ansiedad o el amor, ha vendido más de 3 millones de libros, traducidos del inglés al ruso, pasando por el alemán, el polaco o el italiano.

Casado con Isabel Estapé, notario de Madrid, y primera mujer en la Real Academia de Ciencias de Económicas y Empresariales, Enrique Rojas es padre de 5 hijos, algunos de los cuales han seguido sus pasos en el mundo de la medicina o la psicología.

Usted lleva más de cuatro décadas dedicado a la investigación y el tratamiento psiquiátrico. En este tiempo, ¿han cambiado el ser humano sus aspiraciones y puntos de referencia o seguimos siendo los mismos “con diferente ropaje”?

– El psiquiatra y el psicólogo se han convertido en los nuevos médicos de cabecera. Siguen las grandes enfermedades psíquicas, las depresiones, la ansiedad, las obsesiones. Pero hay tres nuevos ropajes patológicos: las parejas rotas, las adicciones (desde el móvil a la pornografía, pasando por las series), y la conversión del sexo en un acto de usar y tirar.

Se habla mucho de que los consultorios están llenos y los confesionarios vacíos… ¿Existe una simplificación de la labor de ambos?

– Cuando el mundo se vacía de Dios, se llena de ídolos: muchos de ellos vacíos de contenido. El mundo está cansado de seductores mentirosos.

¿Es nuestra sociedad más frágil psicológicamente que antes?

– Vivimos en una sociedad bombardeada por noticias que se devoran unas a otras. Una sociedad híper informada e interconectada. Pero cada vez más perdida.

En este sentido; cuando el ser humano vive una apertura a la trascendencia, a Dios, ¿es realmente más feliz?

– El sentido de la vida significa tener respuestas a los grandes interrogantes de la vida: de dónde venimos, a dónde vamos, el sentido de la muerte. El sentido espiritual de la vida es clave y conduce a descubrir que cada persona es valiosa.

¿Se ama mejor cuando se ama a Dios, cuando se ama por Dios?

– Dios es Amor. En los amores actuales falta el sentido espiritual y muchas relaciones están hechas con materiales de derribo.

Si hay dos términos que son usados por encima de sus posibilidades son el de amor y libertad. En este plano, ¿existe una definición de amor?

– Amar es decirle a alguien voy a darte lo mejor que tengo. La libertad es descubrir nuestras posibilidades y nuestros límites. Mi definición del amor es esta: es un movimiento de la voluntad hacia algo o alguien que descubro como un bien, como algo valioso.

Y, por ende, ¿qué entendemos por libertad? ¿No sucede que, la naturaleza de ambos, nos “supera” con frecuencia?

– La libertad absoluta se da sólo en Dios; en que la esencia y la existencia coinciden. Nosotros debemos aspirar a no ser prisioneros de nada… Hoy hemos sustituido el sentido de la vida por las sensaciones. Mucha gente busca experiencias de placer rápidas, inmediatas, una de tras de otra y eso a la larga produce un gran vacío.

Nuestra sociedad del primer mundo ha pasado de la Ilustración y la exaltación de la razón, a la del sentimiento incluso por encima de la biología: cada uno “es lo que se siente”. Esta situación, ¿es sostenible psicológicamente?

– La Ilustración fue un movimiento importantísimo en la historia del pensamiento que termina en la Revolución Francesa con aquellos tres grandes lemas: libertad, igualdad y fraternidad.

El romanticismo del siglo XIX fue una reacción contra la entronización de la razón, poniendo en primer término el mundo afectivo.

Hoy la respuesta es la Inteligencia Emocional: mezclar con arte y oficio los instrumentos de la razón y las herramientas de la afectividad. No olvidemos que la primera epidemia psicológica en el mundo Occidental son los divorcios.

¿Cómo lograr el equilibrio entre la naturaleza y el sentimiento cuando no entendemos ni uno ni el otro?

– Los sentimientos hacen de intermediarios entre los instintos y la razón. La vida afectiva debe ser pilotada por la vida intelectual, pero buscando una ecuación entre ambos ingredientes.

Se habla de los amigos como la familia a que se elige. Pero nuestra propia familia, ¿es una carga entonces?

– La familia es el primer espacio psicológico donde uno es valorado por estar allí, sin más. Los padres somos los primeros educadores y la clave es doble: la coherencia de vida y entusiasmar con los valores que no pasan de moda.

¿Cuál es el papel de la familia en la sociedad?, ¿es reemplazable?

– Un buen padre vale más que mil maestros. Y una buena madre es como una universidad doméstica. Educar es dar raíces y alas, amor y rigor.

Aún no hemos terminado de atravesar una pandemia que ha sacudido al mundo entero. De esta situación, como de una guerra o un conflicto, ¿se sale mejor o peor?

– Uno sale mejor de la pandemia si realmente ha sabido aprender lecciones de ella. Toda filosofía nace a orillas de la muerte. Toda la felicidad consiste en hacer algo que merezca la pena con la propia vida.

Ante estos “traumas colectivos”, las personas y las sociedades, ¿cambian o se amoldan e incluso proliferan las vías de escape?

– Hay que a aprender a hacer una lectura positiva de todo lo bueno que tiene esta sociedad: desde los extraordinarios avances tecnológicos pasando por una medicina cada vez más polivalente e innovadora o la rapidez de las comunicaciones, y un largo etc. Pero hay que saber que existe una verdad sobre el ser humano y ésta, en la actualidad, está bastante difuminada.

Fuente: omnesmag.com/

No es oro todo lo que reluce

Juan Luis Selma

Puede suceder que tengamos mucha ilusión en un viaje, en un plan, que tengamos idealizada a una persona y que luego veamos que no era para tanto. No es oro todo lo que reluce. Resulta que la playa tenía muchas piedras o que hemos cogido unos días de mucho viento… Se han perfeccionado tanto las técnicas de fotografía, se puede maquillar tanto un rostro o un paisaje que el encuentro con la realidad nos puede defraudar.

Una de las ilusiones más extendidas es la de tener mucho dinero, la de ser muy rico y, así disfrutar de la vida fácil. Se asocia la riqueza a la felicidad. Así pensaba el famoso rey Midas que era muy rico, pero quería serlo más. En una ocasión se le apareció un genio al que le pidió la gracia de poder convertir en oro todo lo que tocara.

El don le fue concedido y, efectivamente, lo que tocaban sus manos pasaba a ser oro purísimo. ¡Soy inmensamente rico!, se dijo Midas; pero pronto se le terminó la felicidad. También los alimentos que palpaban sus manos mudaban en el precioso metal: la fruta, el pan, el agua y el vino…; en fin, se moría de hambre y de sed. Un día acarició a su hija y se transformó en una preciosa estatua dorada. Los planes no le salieron como había pensado. En su tristeza y desesperación escuchó la voz del genio: “¿eres feliz, Midas?”, este repuso: “soy el hombre más desdichado del mundo. Tengo todo lo que quería, pero he perdido lo que era más valioso”. Rodeados de riquezas, de likes, de aparatitos… podemos estar muy solos y ser unos desgraciados.

La pobreza siempre da pena. La carencia de los bienes necesarios para una vida digna es injusta. Pero hay una pobreza moral mucho más penosa: la falta de educación, de valores y de virtudes, el egoísmo, la carencia de horizontes y de esperanza. La pobreza del amor es la más lamentable de todas y condenar a la gente a vivir así es una gran injusticia.

El Evangelio nos muestra algunas de estas pobrezas. Uno se acerca a Jesús para que interceda en una cuestión familiar: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. El Señor no quiere intervenir en esa disputa, quiere que solucionemos estos conflictos nosotros mismos estando precavidos del peligro de la codicia. ¡Qué pena dan tantas peleas familiares por motivos del reparto de herencias! Romper la armonía familiar por dinero es triste, además es injusto con el esfuerzo que hicieron sus padres por dejarles un futuro mejor. Hay riquezas más valiosas.

Luego nos manifiesta la pobreza del que solo piensa en lo de aquí, del que almacena los bienes que no podrá disfrutar en el más allá. Gracias a Dios hemos superado la época de las pirámides, sabemos que nada podemos llevarnos a la otra vida. El que vive para sí, encerrado en sus caprichos y pecados, escuchará la voz de Caronte, barquero de la Divina Comedia, que dirige a los condenados: “¡Ay de vosotras, almas pecadoras, /nunca esperéis volver a ver el cielo! /Vengo a llevaros a la otra ribera, /donde no existe el día ni las horas, /a las tinieblas, al calor, al hielo. /Tal es la eternidad que allá os espera”.

“Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes” afirma Jesús. Una vida se enriquece por otros cauces, la hace valiosa la capacidad de amar y dar amor: el estar pendiente de los demás, la superación de las esclavitudes que nos atan, los ideales, una buena formación, el conocimiento de las cosas de Dios y del alma. Es la familia la escuela del buen vivir. Los padres, con su entrega y amor, transmiten otro modo de entender la vida. Enseñan que la sobriedad y la templanza nos hacen más felices que la ostentación y el exceso de comodidad, que cuando se comparte no se pierde, sino que se gana.

Hoy debemos hacer la “opción preferencial por los pobres jóvenes”, aunque parezca una contradicción, a pesar de tener tantas cosas y medios, son los más necesitados. Es la franja más vulnerable de la sociedad, los que sufren tanto que en una proporción muy alta se quitan la vida o se autolesionan, enferman. La pobreza en este caso es falta de amor, de amistad, de sentido. Carecen de sentido religioso de la vida, no se saben hijos muy queridos de Dios, no se dan cuenta de que los otros no son enemigos sino hermanos.

En la familia, en vez de sobreprotegerles, deben aprender el sentido de la vida, a ser fuertes ante las contradicciones. La vida fácil y el todo lo que me apetece ya son oro falso: reluce, pero nada más. Hay que hacerles ricos en ilusiones grandes, en afán de servir, en convicciones morales y religiosas que les darán seguridad y sentido.

Fuente: eldiadecordoba.es