06 agosto 2023

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA A PORTUGAL

ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas:

Una palabra ha resonado muchas veces en estos días, y es: "gracias", mejor dicho, "obrigado". Es hermoso lo que el Patriarca de Lisboa nos acaba de explicar, que obrigado no sólo expresa la gratitud por lo que se ha recibido, sino también el deseo de corresponder al bien. En este acontecimiento de gracia, todos nosotros hemos recibido, y ahora, que nos preparamos para regresar a casa, el Señor nos hace sentir la necesidad de compartir también con los otros, testimoniando con alegría la gratuidad de Dios y lo que Dios puso en nuestros corazones.

Sin embargo, antes de despedirnos yo también quiero decir obrigado. En primer lugar, al Cardenal Clemente, y con él a la Iglesia y a todo el pueblo portugués: obrigado. Obrigado al señor Presidente, que nos ha acompañado en los eventos de estos días; obrigado a las instituciones nacionales y locales por el apoyo y la asistencia que nos han brindado; obrigado a los obispos, sacerdotes, consagrados y laicos; y obrigado a ti, Lisboa, que permanecerás en la memoria de estos jóvenes como "casa de fraternidad" y "ciudad de los sueños". Expreso también mi gratitud al Cardenal Farrell —que ha rejuvenecido en estas Jornadas— y a quienes han preparado estas Jornadas, así como a cuantos las han acompañado con la oración. ¡Obrigado a los voluntarios, a ellos este aplauso de corazón por su gran servicio! Y un agradecimiento especial a quienes desde el cielo han velado por la JMJ, es decir, a los santos patronos del evento, y a uno en particular: a Juan Pablo II, que dio vida a las Jornadas Mundiales de la Juventud.

¡Y obrigado a todos ustedes, queridos jóvenes! Dios ve todo lo bueno que ustedes son, y sólo Él conoce lo que ha sembrado en sus corazones. Ustedes se van de aquí con lo que Dios sembró en el corazón, háganlo crecer, cuídenlo con esmero. Quisiera hacerles una recomendación: mantengan presentes en su mente y en su corazón los momentos más hermosos. Para que así, cuando lleguen los momentos de cansancio y de desánimo —que son inevitables—, y tal vez la tentación de dejar de caminar o encerrarse en ustedes mismos, con el recuerdo reaviven las experiencias y la gracia de estos días, porque ―no lo olviden nunca― esta es la realidad, esto son ustedes: ¡el santo Pueblo fiel de Dios que camina con la alegría del Evangelio! Me gustaría también enviar un saludo a los jóvenes que no han podido estar aquí presentes, pero que han participado en las iniciativas organizadas por sus países, por las Conferencias episcopales, por las Diócesis; y pienso, por ejemplo, en los hermanos y hermanas subsaharianos reunidos en Tánger. A todos gracias, gracias.

Y de manera particular, acompañamos con el afecto y la oración a quienes no han podido venir a causa de conflictos y guerras. En el mundo son muchas las guerras, son muchos los conflictos. Pensando en este continente, siento un gran dolor por la querida Ucrania, que sigue sufriendo tanto. Amigos, permítanme también yo, ya viejo, comparta con ustedes, jóvenes, un sueño que llevo en el corazón: el sueño de la paz, el sueño de los jóvenes que rezan por la paz, viven en paz y construyen un futuro de paz. Por medio del Ángelus pongamos el futuro de la humanidad en manos de María, Reina de la Paz. Y hay un último obrigado que quisiera subrayar al final: obrigado a nuestras raíces, a nuestros abuelos, que nos trasmitieron la fe, que nos trasmitieron el horizonte de una vida. Son nuestras raíces. Y de regreso a casa, sigan rezando por la paz. Ustedes son un signo de paz para el mundo, un testimonio de cómo las diversas nacionalidades, las lenguas y las historias pueden unir en lugar de dividir. Ustedes son esperanza para un mundo diferente. Gracias. ¡Sigan adelante!

Y al final, hay un momento que todos esperan: el anuncio de la próxima etapa del camino. Pero antes de decirles cuál será la sede de la cuadragésima primera Jornada Mundial de la Juventud, quisiera hacerles una invitación. Doy cita a los jóvenes de todo el mundo para el 2025, en Roma, ¡para celebrar juntos el Jubileo de los Jóvenes! Y los espero aquí el 25 para celebrar juntos el Jubileo de los Jóvenes. Y la próxima Jornada Mundial de la Juventud tendrá lugar en Asia: ¡será en Corea del Sur, en Seúl! Y así, en el 2027, desde la frontera occidental de Europa se trasladará al Lejano Oriente: ¡este es un hermoso signo de la universalidad de la Iglesia y del sueño de unidad del que ustedes son testigos!

Y finalmente un último obrigado, se lo dirigimos a dos personas especiales, a dos protagonistas principales de este encuentro. Ellos estuvieron aquí con nosotros, y siguen estando siempre con nosotros; nunca pierden de vista nuestras vidas, aman nuestras vidas como ninguno podría hacerlo. Obrigado a Ti, Señor Jesús. Obrigado a ti, María, Madre nuestra; y ahora recemos.

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Después del Ángelus

Quiero asegurar mis oraciones, y lo hacemos juntos, también por las víctimas de la trágica avalancha que se produjo hace dos días en la región de Racha, en Georgia. Y acompaño con mi cercanía a sus familiares. Que la Virgen Santa los consuele y sostenga también el trabajo de las escuadras de rescate. Y acompaño, estoy cercano, a mi hermano el patriarca Elías II.

Fuente: vatican.va

VIAJE APOSTÓLICO DEL PAPA A PORTUGAL

VIGILIA CON LOS JÓVENES

Queridos hermanos y hermanas: Boa noite!

Me da mucha alegría verlos. ¡Gracias por haber viajado, por haber caminado, gracias por estar aquí! Y pienso que también la Virgen María tuvo que viajar para ver a Isabel: «partió y fue sin demora» (Lc 1,39). Uno se pregunta: ¿por qué María se levanta y va deprisa a ver a su prima? Claro, acaba de enterarse de que la prima está embarazada, pero ella también lo está. ¿Por qué entonces va a ir si nadie se lo pidió? María realiza un gesto no pedido, no obligatorio, María va porque ama, y «el que ama, vuela, corre y se alegra» (Imitación de Cristo, III, 5). Eso es lo que nos hace el amor.

La alegría de María es doble: ella acaba de recibir el anuncio del ángel que iba a recibir al Redentor y también la noticia de que su prima está embarazada. Entonces, es curioso: en vez de pensar en ella, piensa en la otra. ¿Por qué? Porque la alegría es misionera, la alegría no es para uno, es para llevar algo. Yo les pregunto a ustedes: ustedes, que están aquí, que han venido a encontrarse, a buscar el mensaje de Cristo, a buscar un sentido lindo a la vida, ¿esto se lo van a quedar para ustedes o lo van a llevar a los otros? ¿Qué opinan? ¡Es para llevarlo a los otros porque la alegría es misionera! Repitamos todos juntos: ¡la alegría es misionera! Y entonces yo tengo que llevar esa alegría a los demás.

Pero esa alegría que nosotros tenemos, también otros nos prepararon para recibirla. Ahora miremos para atrás, todo lo que hemos recibido, lo que hemos recibido y han preparado, todo eso, ha preparado nuestro corazón para la alegría. Todos, si miramos hacia atrás, tenemos personas que fueron un rayo de luz para la vida: padres, abuelos, amigos, sacerdotes, religiosos, catequistas, animadores, maestros. Ellos son como las raíces de nuestra alegría. Ahora hacemos un segundo de silencio y cada uno piensa en aquellos que nos dieron algo en la vida, que son como las raíces de la alegría.

[Momento de silencio]

¿Encontraron? ¿Encontraron rostros, encontraron historias? Esa alegría que vino por esas raíces es la que nosotros tenemos que dar, porque nosotros tenemos raíces de alegría. Y también nosotros podemos ser, para los demás, raíces de alegría. No se trata de llevar una alegría pasajera, una alegría de momento. Se trata de llevar una alegría que cree raíces. Y me pregunto: ¿cómo podemos convertirnos en raíces de alegría?

La alegría no está en la biblioteca, encerrada, aunque hay que estudiar, pero está en otro lado. No está guardada bajo llave, la alegría hay que buscarla, hay que descubrirla. Hay que descubrirla en nuestro diálogo con los demás, donde tenemos que dar esas raíces de alegría que nosotros hemos recibido. Y eso, a veces, cansa. Yo les hago una pregunta: ¿ustedes se cansaron alguna vez? Piensen lo que sucede cuando uno está cansado: no tiene ganas de hacer nada, como decimos en español, uno tira la esponja porque no tiene ganas de seguir y entonces uno se abandona, deja de caminar y cae. ¿Ustedes creen que una persona que cae en la vida, que tiene un fracaso, que incluso comete errores pesados, fuertes, ya está terminada? No. ¿Qué es lo que hay que hacer? Levantarse. Y hay una cosa muy linda que quisiera que hoy se la llevaran como recuerdo: los alpinos, que les gusta subir montañas, tienen un cantito muy lindo que dice así: "En el arte de ascender —la montaña—, lo que importa no es no caer, sino no permanecer caído". ¡Cosa linda!

El que permanece caído se "jubiló" de la vida ya, cerró, cerró la esperanza, clausuró la ilusión y ahí queda caído. Y cuando vemos alguno —amigos nuestros que están caídos—, ¿qué tenemos que hacer? Levantarlo. Fíjense cuando uno tiene que levantar o ayudar a levantar a una persona qué gesto hace: lo mira de arriba hacia abajo. La única oportunidad, el único momento que es lícito mirar a una persona de arriba abajo es para ayudar a levantarse. ¡Cuántas veces vemos gente que nos mira así, por sobre el hombro, de arriba para abajo! Es triste. La única manera en que es lícito, la única situación en que es lícito mirar a una persona de arriba para abajo es —lo digan ustedes— para ayudar a levantarse.

Bueno, esto es un poco el camino, la constancia en caminar. Y en la vida, para lograr las cosas hay que entrenarse en el camino. A veces no tenemos ganas de caminar, no tenemos ganas de hacer esfuerzos, nos copiamos en los exámenes porque no queremos estudiar y no llegamos al éxito. No sé si a algunos les gusta el fútbol. A mí me gusta. Detrás de un gol, ¿qué hay? Mucho entrenamiento. Detrás de un éxito, ¿qué hay? Mucho entrenamiento. Y en la vida, no siempre uno puede hacer lo que quiere, sino aquello que la vocación que tengo dentro —cada uno tiene su vocación— nos lleva a hacer. Caminar; si me caigo, levantarme o que me ayuden a levantarme; no permanecer caído; y entrenarme, entrenarme en el camino. Y todo esto es posible, no porque hagamos cursos sobre el camino —no hay ningún curso para enseñarnos a caminar en la vida—. Eso se aprende, se aprende de los padres, se aprende de los abuelos, se aprende de los amigos, llevándose de la mano mutuamente. En la vida se aprende, y eso es entrenamiento en el camino.

Yo los dejo con esta idea nomás: caminar y, si uno se cae, levantarse; caminar con una meta; entrenarse todos los días en la vida. En la vida, nada es gratis. Todo se paga. Sólo hay una cosa gratis: el amor de Jesús. Entonces, con esto gratis que tenemos —el amor de Jesús— y con las ganas de caminar, caminemos en esperanza, miremos nuestras raíces y vayamos adelante, sin miedo. No tengan miedo. ¡Gracias! ¡Chau!

Fuente: vatican.va



SANTA MISA PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD


HOMILÍA DEL PAPA


«Señor, ¡qué bien estamos aquí!» (Mt 17,4). Estas palabras, le dijo el apóstol Pedro a Jesús en el monte de la Transfiguración, y también las queremos hacer nuestras después de estos días intensos. Es hermoso lo que estamos experimentando con Jesús, lo que hemos vivido juntos y es hermoso cómo hemos rezado, y con tanta alegría de corazón. Y entonces nos podemos preguntar: ¿qué nos llevamos con nosotros volviendo a la vida cotidiana?

Quisiera responder a este interrogante con tres verbos, siguiendo el Evangelio que hemos escuchado. ¿Qué nos llevamos? Resplandecer, escuchar y no tener miedo. ¿Qué nos llevamos?, respondo con estas tres palabras: Resplandecer, escuchar y no tener miedo.

Primera, resplandecer. Jesús se transfigura, el Evangelio dice que «su rostro resplandecía como el sol» (Mt 17,2). Hacía poco que había anunciado su pasión y su muerte en la cruz, y con esto rompía la imagen de un Mesías poderoso, mundano, y frustra las expectativas de los discípulos. Ahora, para ayudarlos a acoger el proyecto de amor de Dios sobre cada uno de nosotros, Jesús toma a tres de ellos —Pedro, Santiago y Juan—, los conduce a un monte y se transfigura. Y este "baño de luz" los prepara para la noche de la pasión.  

Amigos, queridos jóvenes, también hoy nosotros necesitamos algo de luz, un destello de luz que sea esperanza para afrontar tantas oscuridades que nos asaltan en la vida, tantas derrotas cotidianas para afrontarlas con la luz de la resurrección de Jesús, porque Él es la luz que no se apaga, es la luz que brilla aun en la noche. «Nuestro Dios ha iluminado nuestros ojos» (Esd 9,8), dice el sacerdote Esdras. Nuestro Dios ilumina. Ilumina nuestra mirada, ilumina nuestro corazón, ilumina nuestra mente, ilumina nuestras ganas de hacer algo en la vida, siempre con la luz del Señor.

Pero quisiera decirles que no nos volvemos luminosos cuando nos ponemos debajo de los reflectores, no, eso encandila. No nos volvemos luminosos cuando mostramos una imagen perfecta, bien prolijitos, bien terminaditos; no, no, aunque nos sintamos fuertes y exitosos. Fuertes y exitosos, pero no luminosos. Nos volvemos luminosos, brillamos, cuando, acogiendo a Jesús, aprendemos a amar como Él. Amar como Jesús, eso nos hace luminosos, eso nos lleva a hacer obras de amor. No te engañes, amiga, amigo, vas a ser luz el día que hagas obras de amor. Pero cuando en vez de hacer obras de amor hacia afuera, mirás a vos mismo, como un egoísta, ahí la luz se apaga.

El segundo verbo es escuchar. En el monte, una nube luminosa cubrió a los discípulos, y esa nube desde la cual habla el Padre, ¿qué dice? «Escúchenlo» (Mt 17,5). Este es mi Hijo amado, escúchenlo. Está todo aquí, y todo eso que hay que hacer en la vida está en esta palabra: : Escúchenlo. Escuchar a Jesús, todo secreto está ahí. Escuchás qué te dice Jesús. "Yo no sé qué me dice". Agarrá el Evangelio y leé lo que dice Jesús y lo que dice en tu corazón. Porque Él tiene palabras de vida eterna para nosotros; Él revela que Dios es Padre, es amor. Él nos enseña el camino del amor, escúchalo a Jesús. Porque, por ahí nosotros con buena voluntad emprendemos caminos que parecen ser del amor, pero en definitiva son egoísmos disfrazados de amor. Tené cuidado con los egoísmos disfrazados de amor. Escúchalo, porque Él te va a decir cuál es el camino del amor. Escúchalo.

Resplandecer, la primera palabra, sean luminosos, escuchar, para no equivocarse el camino, y al final, la tercera palabra, no tener miedo. "No tengan miedo". Una palabra que en la Biblia se repite tanto, en los Evangelios, "no tengan miedo". Estas fueron las últimas palabras que en este momento de la transfiguración Jesús dijo a los discípulos: "No tengan miedo".

A ustedes, jóvenes, que han vivido este gozo, estaba por decir esta gloria —bueno, algo de gloria es—, este encuentro con nosotros; a ustedes que cultivan sueños grandes pero a veces ofuscados por el temor de no verlos realizarse; a ustedes, que a veces piensan que no serán capaces, un poco de pesimismo se nos mete a veces; a ustedes, jóvenes, tentados en este tiempo por el desánimo, por juzgarse quizás fracasados o por intentar esconder el dolor disfrazándolo con una sonrisa; a ustedes, jóvenes, que quieren cambiar el mundo —y está bien que quieran cambiar el mundo— y que quieren luchar por la justicia y la paz; a ustedes, jóvenes, que le ponen ganas y creatividad a la vida, pero que les parece que no es suficiente; a ustedes, jóvenes, que la Iglesia y el mundo necesitan [como] la tierra necesita la lluvia; a ustedes, jóvenes, que son el presente y el futuro; sí, precisamente a ustedes, jóvenes, [Jesús] hoy les dice: "No tengan miedo".

En un pequeño silencio, cada uno repita para sí mismo, en su corazón, estas palabras: No tengan miedo.

Queridos jóvenes, quisiera mirar a los ojos a cada uno de ustedes y decirles: no tengan miedo. No tengan miedo. Es más, les digo algo muy hermoso, ya no soy yo, es Jesús mismo quien los está mirando en este momento. Nos está mirando. Él los conoce, conoce el corazón de cada uno de ustedes, conoce la vida de cada uno de ustedes, conoce las alegrías, conoce las tristezas, los éxitos y los fracasos, conoce el corazón de ustedes. Lee vuestros corazones y Él hoy les dice, aquí, en Lisboa, en esta Jornada Mundial de la Juventud: "No tengan miedo". Anímense, "no tengan miedo".

Fuente: vatican.va

05 agosto 2023

La Transfiguracion del Señor

Domingo 18º del tiempo ordinario(Ciclo A)


Evangelio (Mt 17,1-9)

Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:

— Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:

— Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.

Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:

— Levantaos y no tengáis miedo.

Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:

— No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.

Comentario

El evangelio de Mateo sitúa esta escena en un momento delicado para los apóstoles. Justo antes, Jesús les había manifestado claramente “que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16,21). A la vez, les había dicho, también con toda crudeza, que “si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,24-25). Es comprensible el desconcierto y temor de sus discípulos ante advertencias tan graves.

Por eso, ahora quiere alimentar su esperanza, manifestando su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Sube a un monte alto, acompañado en primer lugar por tres discípulos, de modo análogo a como Moisés subió al monte Sinaí acompañado por Aarón, Nadab y Abihú, seguidos por los ancianos del pueblo (Ex 24,9). Estos mismos tres apóstoles serían aquellos a los que llamaría en Getsemaní para que lo acompañasen más de cerca, mientras los demás quedaban algo más retirados del lugar donde Jesús rezaba en agonía (Mc 14,33). Contrastan las escenas de esplendor gozoso y sufrimiento angustiado en las que Pedro, Santiago y Juan lo acompañan, pero, a la vez, ambas están inseparablemente relacionadas. No hay gloria sin cruz.

Moisés y Elías, que habían contemplado la gloria de Dios y recibido su revelación en el monte llamado Horeb o Sinaí (cf. Ex 24,15-16 y 1 R 19,8), acompañaban a Jesús en este monte alto cuando “se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz” (v. 2). Ahora contemplan la gloria y hablan con aquel que es la revelación de Dios en persona.

Pedro no puede acallar su alegría y exclama: “Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (v. 4). Su petición expresa el deseo de todo corazón humano de permanecer para siempre contemplando con gozo la gloria de Dios. A eso hemos sido llamados, a la bienaventuranza. Con esos mismos sentimientos clamaba san Josemaría haciendo oración mientras predicaba: “¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh. Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti!”[1].

Desde la nube de luz que los envuelve se oyen unas palabras llenas de significado: “Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle” (v. 5). La expresión “mi Hijo, el Amado”, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el amado” (Gn 22,2). De este modo se establece un paralelo entre la dramática escena del Génesis en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac, que lo acompaña sin resistencia, y el drama que se consumará en el Calvario donde Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio asumido voluntariamente para la redención del género humano. En efecto, en la escena de la Transfiguración la Iglesia ha visto una preparación de los apóstoles para sobrellevar el escándalo de la Cruz. Por su parte, el añadido “escuchadle” tiene resonancias claras de las palabras que el Señor dirige a Moisés en el Deuteronomio: “el Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo; a él habéis de escuchar” (Dt 18,15). Aquel que es el Hijo al que su padre Dios entrega a la muerte, Jesús, es a la vez aquel profeta como Moisés al que hay que escuchar.

“De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos –decía el Papa Francisco–, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a ‘bajar de la montaña’ y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida”

Fuente: opusdei.org

04 agosto 2023

¡Cuidadme así! Decálogo para morir bien

Jacinto Bátiz Cantera


Tal vez no tengamos miedo a la muerte porque, a veces, incluso se espera o se desea para que acabe con los sufrimientos, pero sí tenemos miedo a morir mal.

En este libro el Dr. Jacinto Bátiz escribe en primera persona cuáles serían, para él, los diez deseos que, cuando se cumplen, se puede decir que se ha tenido una buena muerte

Puede servir de guión para mantener un diálogo sincero con el médico y cumplimentar el documento de voluntades anticipada.

Introducción

En una ocasión, un periodista, cuando me estaba entrevistando, me pidió una receta en forma de decálogo para morir bien y así poder orientar a mis colegas médicos. Le dije que yo no me sentía capaz para dar ninguna receta ni me atrevería hacer un decálogo para otros, pero que basándome en mi experiencia de acompañar en el proceso de morir a muchos enfermos de quienes había aprendido mucho, sí le indicaría mis diez deseos para que los tuvieran en cuenta quienes me atendieran cuando llegara mi momento.

Después de haber compartido con los alumnos de posgrado mis experiencias sobre estos temas y haberles explicado este decálogo comprendí que podría ser de mucha ayuda, tanto para los profesionales que se dedican a cuidar al final de la vida, como a los propios enfermos para que no tengan ningún pudor en solicitar cómo desean que les cuiden en los últimos momentos de su vida. Los enfermos me han demostrado que cuando se cumplen estos diez deseos se muere bien.

Tal vez no tengamos miedo a la muerte porque, a veces, incluso se espera o se desea para que acabe con los sufrimientos, pero sí tenemos miedo a morir mal. Hemos de tener en cuenta que morir es inevitable, pero morir mal no lo debiera ser. Los cuidados paliativos tienen el objetivo de aportar calidad a la vida que le quede a la persona enferma y ayudarlo a morir bien cuando llegue su momento. Los cuidados paliativos no pretender alargar la vida innecesariamente, sino ensancharla. Este debiera ser nuestro empeño, evitar que los enfermos mueran mal y que vivan sin sufrimiento hasta que llegue su muerte.

Tal vez, antes de seguir leyendo las páginas siguientes de este libro debiéramos aproximar alguna respuesta a la pregunta ¿qué es una buena muerte? Leyendo el libro El límite encontré una respuesta que me convencía. Una buena muerte será cuando quien se muere lo hace de la manera que lo deseaba. Esto me ayudó a elegir el título ¡Cuidadme así!

Espero que la lectura de este libro pueda contribuir al lector a planificar sus cuidados cuando llegue su momento. Dejar por escrito cómo deseamos que nos cuiden al final de nuestra vida por si no podemos expresarlo personalmente a quienes nos cuiden en ese momento es una actitud que debiera estar normalizada entre nosotros. Para ello disponemos del llamado Documento de Voluntades Anticipadas, Documento de Instrucciones Previas o del coloquialmente denominamos “testamento vital”. Tengamos presente que, en un momento u otro, todos nos vamos a encontrar en el umbral de salida de esta vida.

¡Cuidadme así! lo he escrito en primera persona porque es como quiero que me cuiden a mí. Si este libro puede dar ideas a otros para manifestar sus deseos me sentiré satisfecho, así como para que les pueda servir como guión y poder mantener un diálogo sincero con su médico o para poder cumplimentar el documento de voluntades anticipadas o de instrucciones previas más detalladas. He pretendido argumentar cada uno de los 10 deseos que considero para mí como el decálogo para morir bien.

Con este libro no pretendo dogmatizar sobre los cuidados paliativos. Lo que pretendo es compartir cómo deseo que sean estos cuidados cuando los necesite basado en lo que aprendí durante los muchos años que acompañé a los enfermos en fase terminal. Ellos me enseñaron lo que usted, amable lector, va a leer en las próximas páginas de este libro.

Fuente: bioeticaweb.com

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Llamados a edificar la familia humana

P. P. Francisco

Llamados a ser todos protagonistas de la misión

La sinodalidad, el caminar juntos es una vocación fundamental para la Iglesia, y sólo en este horizonte es posible descubrir y valorar las diversas vocaciones, los carismas y los ministerios. Al mismo tiempo, sabemos que la Iglesia existe para evangelizar,  saliendo  de  sí misma  y esparciendo la semilla del Evangelio en la historia. Por lo tanto, dicha misión es posible precisamente haciendo que cooperen todos los ámbitos pastorales y, antes aun, involucrando a todos los discípulos del Señor. Efectivamente, «en virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha  convertido  en  discípulo  misionero (cfr. Mt 28, 19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador» (Evangelii gaudium, 120). Es necesario cuidarse de  la  mentalidad  que  separa  a  los  sacerdotes  de  los  laicos,  considerando  protagonistas a los primeros y ejecutores a los segundos, y llevar adelante la misión cristiana como único Pueblo de Dios, laicos  y pastores juntos. Toda  la Iglesia es comunidad evangelizadora.

Llamados a ser custodios unos de otros, y de la creación

La  palabra  “vocación”  no  tiene  que  entenderse   en  sentido  restrictivo,  refiriéndola sólo a aquellos que siguen al Señor en el camino de una consagración particular. Todos estamos llamados a participar en la misión de Cristo de reunir a la humanidad dispersa y reconciliarla con Dios. Más en general, toda persona humana, incluso antes de vivir el encuentro con Cristo y de abrazar la fe cristiana, recibe con el don de la vida una llamada fundamental. Cada uno de nosotros es una criatura querida y amada por Dios, para la que Él ha tenido un pensamiento único y especial; y esa chispa divina, que habita en el corazón  de  todo hombre  y de toda mujer, estamos llamados a desarrollarla  en  el  curso de nuestra vida, contribuyendo al crecimiento de una humanidad animada por el amor y la acogida recíproca. Estamos llamados a ser custodios unos de otros, a construir lazos de concordia e intercambio, a curar las heridas de la creación para que su belleza no sea destruida. En definitiva, a ser una única familia en la maravillosa casa común de la creación, en la armónica variedad de sus elementos. En  este sentido amplio, no sólo los individuos, sino también los pueblos, las comunidades y las agrupaciones de distintas clases tienen una “vocación”.

Llamados a acoger la mirada de Dios

A esa gran vocación común se añade la llamada más particular que Dios nos dirige a cada uno, alcanzando nuestra existencia con su Amor y orientándola a su meta última, a una plenitud que supera incluso el umbral de la muerte. Así Dios ha querido mirar y mira nuestra vida.

A Miguel Ángel Buonarroti  se le atribuyen estas palabras: «Todo bloque de piedra tiene en su interior una estatua y la tarea del escultor es descubrirla». Si la mirada del artista puede ser así, cuánto más lo  será la mirada de Dios, que en aquella joven de Nazaret vio a la Madre de Dios; en el pescador Simón, hijo de Jonás, vio a Pedro, la roca sobre la que edificaría su Iglesia; en el publicano Leví reconoció al  apóstol y  evangelista  Mateo; y en  Saulo, duro perseguidor de los cristianos, vio a Pablo, el apóstol de los gentiles. Su mirada de amor siempre nos alcanza, nos conmueve, nos libera y nos transforma, haciéndonos personas nuevas.

Esta es la dinámica de toda vocación: somos alcanzados por la mirada de Dios, que nos llama. La vocación, como la santidad, no es una experiencia extraordinaria reservada a unos pocos. Así como existe la “santidad de la puerta de al lado” (cfr. Gaudete et exsultate, 6-9), también la vocación es para todos, porque Dios nos mira y nos llama a todos.

Dice un proverbio del Lejano Oriente: «Un sabio, mirando un huevo, es capaz de ver un águila; mirando una semilla percibe un gran árbol; mirando a un pecador vislumbra  a  un  santo».  Así  nos  mira  Dios,  en  cada  uno   de  nosotros  ve  potencialidades,  que   incluso    nosotros   mismos   desconocemos,   y   actúa   incansablemente durante toda nuestra vida para que podamos ponerlas al servicio del bien común.

De este modo nace la vocación, gracias al arte del divino Escultor que con sus “manos” nos hace salir de nosotros mismos, para que se proyecte en nosotros esa obra maestra que estamos llamados a ser. En particular, la Palabra de Dios, que nos libera del egocentrismo, es  capaz  de purificarnos, iluminarnos y recrearnos. Pongámonos entonces a la escucha de la Palabra, para abrirnos a la vocación que Dios nos confía. Y aprendamos a escuchar también a los hermanos y a las hermanas en la fe, porque en sus consejos y en su ejemplo puede esconderse la iniciativa de Dios, que nos indica caminos siempre nuevos para recorrer.

Llamados a responder a la mirada de Dios

La mirada amorosa  y creativa  de Dios  nos ha  alcanzado  de  una  manera totalmente única en Jesús. Hablando del joven rico, el evangelista Marcos dice: «Jesús lo miró con amor» (Mc 10, 21). Esa mirada llena de amor de Jesús se posa sobre  cada  una  y  cada  uno  de  nosotros. Hermanos  y hermanas, dejémonos interpelar por esa mirada y dejémonos llevar por Él más allá de nosotros mismos. Y aprendamos también a mirarnos unos a  otros para que las personas con las que vivimos y que encontramos —cualesquiera que sean— puedan sentirse acogidas y descubrir que hay Alguien que las mira con amor y las invita a desarrollar todas sus potencialidades.

Cuando acogemos esta mirada nuestra vida cambia. Todo se vuelve un diálogo vocacional, entre nosotros y el Señor, pero también entre nosotros y los demás. Un diálogo que, vivido en profundidad, nos hace ser cada vez más aquello que somos: en  la  vocación  al  sacerdocio  ordenado,  ser  instrumento  de  la gracia y de la misericordia de Cristo; en la vocación a la vida consagrada, ser alabanza de Dios y profecía de una humanidad nueva; en la vocación al matrimonio, ser don recíproco, y procreadores y educadores de la vida. En general, toda vocación y ministerio en la Iglesia nos llama a mirar a los demás y al mundo con los ojos de Dios, para servir al bien y difundir el amor, con las obras y con las palabras.

A este respecto, quisiera mencionar aquí la experiencia del doctor Gregorio Hernández Cisneros. Mientras trabajaba como médico en Caracas, Venezuela, quiso ser terciario franciscano. Más tarde pensó en ser monje y sacerdote, pero la salud no se lo permitió. Comprendió entonces que su llamada era precisamente su profesión como médico, a la que se entregó, particularmente por los pobres. De manera que se dedicó sin reservas a los enfermos afectados por la epidemia de gripe llamada “española”, que en esa época se propagaba por el mundo. Murió atropellado por un automóvil, mientras salía de una farmacia donde había conseguido medicamentos para una de sus pacientes que era anciana. Este testigo ejemplar de lo que significa acoger la llamada del Señor y adherirse a ella en plenitud, fue beatificado hace un año.

Convocados para edificar un mundo fraterno

Como cristianos, no sólo somos llamados, es decir, interpelados personalmente por una vocación, sino también convocados. Somos como las teselas de un mosaico, lindas incluso si se las  toma  una  por una, pero que sólo juntas componen una imagen. Brillamos, cada uno y cada una, como una estrella en el corazón de Dios y en el firmamento del universo, pero estamos llamados a formar constelaciones que orienten y aclaren el camino de la humanidad, comenzando por el ambiente en el que vivimos. Este es el misterio de la Iglesia que, en la coexistencia armónica de las diferencias, es  signo  e  instrumento  de aquello a lo que está llamada toda la humanidad. Por eso la Iglesia debe ser cada  vez más sinodal, es decir, capaz de caminar unida en la armonía de las diversidades, en la que todos tienen algo que aportar y pueden participar activamente.

Por tanto, cuando hablamos de “vocación” no se trata sólo de elegir una u otra forma de vida, de dedicar la propia  existencia  a un ministerio determinado o de sentirnos atraídos por el carisma de una familia religiosa, de un movimiento o de una comunidad eclesial; se trata de realizar el sueño de Dios, el gran proyecto de la fraternidad que Jesús tenía en el corazón cuando suplicó al Padre: «Que todos sean uno» (Jn 17, 21). Toda vocación en la Iglesia, y en sentido amplio también en la sociedad, contribuye a un objetivo común: hacer que la armonía de los numerosos y diferentes dones que sólo el Espíritu Santo sabe realizar resuene entre los hombres y mujeres. Sacerdotes, consagradas,  consagrados  y  fieles  laicos caminamos y trabajamos juntos para testimoniar que una gran familia unida en el amor no es una utopía, sino el propósito para el que Dios nos ha creado.

Recemos, hermanos y hermanas, para que el Pueblo de Dios, en medio de las dramáticas vicisitudes de  la  historia, responda  cada  vez  más a  esta llamada. Invoquemos la luz del Espíritu Santo para que cada una y cada uno de nosotros pueda encontrar su propio lugar y dar lo mejor de sí mismo en este gran designio divino.

Fuente: vatican.va

02 agosto 2023

MJ 2023, jóvenes que se buscan a sí mismos en Cristo

Paloma López Campos

 

Según una encuesta realizada por la consultora GAD3, el 94 % de los jóvenes que acuden a la JMJ de Lisboa desean encontrarse a sí mismos a través de Cristo.

La consultora GAD3 realizó del 12 al 20 de julio un sondeo entre más de 12.500 personas. El objetivo de las encuestas y las entrevistas realizadas era conocer mejor a los participantes en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Lisboa. El estudio se llevó a cabo en los cinco idiomas oficiales del encuentro (inglés, español, francés, portugués e italiano).

Los resultados del sondeo muestran que para el 67 % de los peregrinos, la asistencia a la JMJ de Lisboa es algo nuevo. Tan solo un 34 % de los encuestados ha estado ya en otra Jornada Mundial de la Juventud. Entre aquellos que repiten esta experiencia, la mayoría asistió a Cracovia en 2016, mientras que muchos otros estuvieron en Madrid con Benedicto XVI en 2011.

El 73 % de los encuestados acuden a la JMJ como peregrinos, frente 27 % de voluntarios que colaborarán en la organización y desarrollo del encuentro. Y de todas estas personas, muchas se trasladan a Lisboa acompañados por un grupo o asociación religiosa (el 36 % de todos los asistentes). La presencia de los grupos parroquiales también es llamativa, pues un 29 % viaja a Portugal con una parroquia, mientras que el 13 % de los encuestados respondió que van a la JMJ con sus amigos.

Estancias largas y transporte público

GAD3 preguntó a los encuestados por la duración de su estancia, y el promedio de las respuestas se quedó en cinco días y medio. Por otro lado, casi la mitad señaló que se trasladará a Lisboa en avión (43 %), y el 35 % llegará en autobús.

Un encuentro internacional

El 23,3 % de los peregrinos son de Portugal, el país que acoge la JMJ. Los españoles suman el 10,7 % de los asistentes, seguidos por los italianos que serán el 10,2 % de los peregrinos.

Sin embargo, Lisboa no acogerá solo a los europeos. Se espera que un 7,2 % de brasileños llegue a Portugal esta semana para encontrarse con el Papa Francisco.

Además, muchos encuestados señalaron que aprovecharán la peregrinación para visitar también otros países, como Francia o España, o que incluso peregrinarán a sitios tan emblemáticos como Lourdes o Fátima.

JMJ, ¿por qué?

La encuesta realizada tocó también el ámbito de las motivaciones para asistir a este encuentro. El 94 % de las respuestas indicaron que la mayoría de los jóvenes van a la JMJ para “descubrirse a sí mismos a través de Jesucristo”.

Muchos también consideran esta peregrinación una oportunidad para vivir una nueva experiencia (92 %), mientras que el 89 % asiste con afán evangelizador, pues aseguran que la JMJ es un buen momento para difundir el mensaje de Cristo.

Valoraciones positivas de la JMJ

El 99 % de las personas que ya asistieron a otras JMJ afirman que su experiencia fue positiva. No solo eso, sino que el 92 % expresa que el encuentro tuvo un impacto significativo en su vida.

Casi todos los encuestados opinan que gracias a estas jornadas los jóvenes se comprometen más con la Iglesia y, a través de las diversas actividades que conforman la peregrinación, el mensaje de la Iglesia llega de manera más eficaz a todo el mundo.

Jóvenes comprometidos

La media de edad de los asistentes es de 31 años y la gran mayoría de los peregrinos (98 %) son católicos. Casi todos asisten a Misa los domingos (83 %) y hacen oración a diario (65 %). Por otro lado, más de la mitad de los asistentes forma parte de un grupo parroquial.

El 97 % de los encuestados considera que su fe le ayuda a madurar, a ser mejor persona y a contribuir a la construcción de un mundo mejor. Sus creencias no son obstáculo para vivir en la realidad de la juventud actual, pues el sondeo apuntó también el manejo de las redes sociales (el 71 % usa Instagram, por ejemplo). Además, el 82 % ha cursado estudios superiores y más de la mitad tiene trabajo.

Por último, la consultora GAD3 señala que el sondeo realizado permite afirmar que “con estas jornadas se fortalece el compromiso de los jóvenes con la sociedad en la que viven”.

Fuente: omnesmag.com

01 agosto 2023

¿Es fácil reconocer el bien?

Juan Luis Selma

El bien suele ser aquello que se considera deseable, valioso para nosotros

Todos tenemos la experiencia de que, en ocasiones, no es sencillo encontrar y disfrutar del bien, de lo bueno. Buscando lo grato, nos llevamos un chasco: un mal lugar de veraneo, un hotel cutre, un mal restaurante, un amigo que traiciona…

El bien suele ser aquello que se considera deseable, valioso para nosotros. Debería ser fácil encontrarlo, incluso todos tendríamos que estar de acuerdo al clasificarlo. La cuestión es si es algo objetivo o no, si tiene un valor intrínseco o relativo. ¿Qué requisitos debe tener algo para ser bueno? ¿Se puede hablar del bien en un mundo en que rige la tiranía relativista?

Hace pocos días, la prensa recogía la pena por la perdida del bebé que esperaba Isabel Díaz Ayuso. Me llamó la atención de que todos llamaban bebé al hijo perdido. Por lo que he podido colegir, la razón de ser calificado con este nombre es que era un niño deseado. En otros muchísimos casos, en que la madre no lo desea, pierde la calificación de bebé para ser considerado secreción, conjunto de tejidos, injusto agresor que debe ser eliminado. En este caso, el ser deseado, es lo que le hace bueno. Bien es lo que deseo, mal lo que no quiero.

Según los filósofos clásicos, el bien se identifica con el ser, con lo real, con lo que existe. Esto parece que nos lleva a afirmar que todo es bueno; por lo tanto, haga lo que haga, siempre haré el bien o me sentará bien. La experiencia desmiente este supuesto: muchas veces no elijo bien, no obro bien, me encuentro con el mal. El mero hecho de ser no da razón suficiente de bien. Aristóteles hace una distinción entre bien real y bien aparente y, por tanto, no todo lo que aparece como bueno es realmente un bien; sino solo aquello que colabora con mi perfección, con mi actualización, de acuerdo con mis propias potencialidades.

Bien es lo que me hace bien, lo que me conviene, lo que contribuye a realizarme como persona; lo que me hace bueno. Tiene que ser algo que me armonice conmigo y con los demás, con la creación y su Creador. Para que algo sea bueno lo tiene que ser en todas sus partes y aspectos; no basta con que tenga alguna buena cualidad. No puedo decir que este es un buen coche, porque es bonito o consume poco, si le falta estabilidad. Como no está nada claro que el mejor vehículo sea el eléctrico, mientras no se mejore el rendimiento de las baterías y se encuentre la forma de que no contaminen sus residuos.

Salomón, al verse ungido rey de Israel, no deseó una larga vida o riquezas; se dirigió a Yahvé con estas palabras: “Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal”. La sabiduría consiste en esto: en discernir bien. Un buen gobernante, un padre, deben procurar el bien de los suyos; que no será siempre lo que ellos deseen, ni lo más fácil o cómodo.

El Evangelio nos habla de la alegría de quien encuentra un tesoro escondido; va y vende todo lo que tiene para adquirir el campo. O la del comerciante, que descubre una perla de gran valor y hace lo mismo: vende todo lo suyo para adquirirla. Ambos consideran hacer un buen negocio. Lo bueno, lo valioso tiene su precio. Todo se considera poco para adquirirlo.

Procuremos ser lo suficientemente listos para que no nos engañen las apariencias. La experiencia de la vida, la formación recibida, el buen uso de la razón nos deben ayudar a discernir lo que nos conviene; a distinguir entre la apariencia y la realidad; entre lo apetecible y lo bueno. No es fácil saber apreciar el bien, valorarlo, defenderlo. Por listos que nos creamos, nos pueden dar “gato por liebre”.

El tesoro, la perla encontrada, es el descubrimiento del sentido de la vida; la razón de mi existencia, aquello que me hará feliz. Es como adquirir el famoso “elixir de la vida”, el secreto más valioso. Lo que nos hará eternamente jóvenes, aunque pesen los años. Hay gente siempre joven, sonriente, positiva. Son los que han descubierto su bien: que son amados, que pueden amar. En palabras de san Josemaría: “Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado".

En estos momentos de incertidumbre social, de desconcierto, se necesitan sabios: expertos en encontrar el bien, que lo muestren con sus vidas, que lo hagan amable y apetecible. El mundo no lo cambiarán los políticos, sociólogos, economistas…, lo cambian los santos, los que saborean la bondad y la belleza del amor. También del “Amor de los amores”.

Hay que aprender a hacer el bien, a descubrir dónde está su fuente. Debemos formarnos: humanamente, profesionalmente, moralmente. Hacen falta personas capaces de apasionarse por la verdad, que analicen en profundidad la realidad. “Minorías creativas” que determinen el futuro, como decía Benedicto XVI.

Fuente: eldiadecordoba.es