03 abril 2024

Las verdades del Génesis

 José María Contreras Espuny

Estos días he estado repasando mis apuntes sobre Adán y Eva para escribir esta página de sensacionalismo teológico. Me animó la reciente lectura de Creación, paraíso y pecado original (Guadarrama, 1969) del escriturista holandés H. Renckens, a quien llegué por el vivísimo interés que el asunto despierta en mí desde hace años. Tengo la sospecha de que los tres primeros capítulos del Génesis componen uno de los relatos que más verdad acumulan por sílaba cuadrada. Gómez de la Serna escribió que «La Biblia es un libro en el que todos estamos aludidos»; y es cierto, tan cierto que la primera alusión no se hace esperar. Aquí dejo, pues, varias notas e ideas que he ido cosechando. Estoy seguro de que alguna les será de provecho, entre otras cosas porque ninguna de ellas es enteramente mía.

1. Espíritu y palabra

El Génesis empieza, como es de rigor, por el principio. Primero era Elohim, y en un momento dado Elohim creó el cielo y la tierra. Pero todo estaba aún manga por hombro, como en esos documentales donde, a base de remontarse hasta lo inconcebible, nos muestran una Tierra que bien podría pasar por cualquiera de esos fallidos planetas que vagan adormecidos por el espacio sideral. Pero he aquí que había agua, y sobre aquel océano primitivo aleteaba, deseoso, impaciente, el espíritu de Dios. Y entonces Dios habló, y de su palabra surgió la luz, la bóveda celeste, los árboles, las «plantas portadoras de semilla», las aves, «los seres vivientes que pululan en las aguas», las bestias, los reptiles… En suma, de su palabra surgió cuanto desde entonces ha albergado, con más o menos durabilidad, la llama de la existencia.

Según Renckens, a los occidentales se nos escapa el intríngulis del pasaje porque no acabamos de entender la relación entre Espíritu y Palabra, entre lenguaje y realidad. Asegura que nosotros, tan proclives a las abstracciones especulativas, separamos al hablante del verbo y al verbo de la acción, mientras que para el oriental todo se concibe de manera unitaria. «De toda palabra pronunciada dimana una fuerza eficaz, puesto que ella encierra la energía, el alma entera de quien habla». Muestra de ello que el hebreo pueda expresar con el mismo término palabra y cosa, también mentira y delito. No habría convención ni arbitrariedad. Muy al contrario, cada palabra es una quimera en la que va el hablante íntegro y, también íntegra, la cosa designada.

El apunte de Renckens es bellísimo y arroja una luz decisiva sobre los primeros versículos del Génesis, así como sobre el paralelo del Evangelio según san Juan. Sin embargo, tanta belleza acaba poniéndonos en un apuro, como por otra parte es habitual, pues rara vez lo bello nos deja indemnes. Porque si cada palabra que pronuncio es una prolongación de mí, «unos brazos inmateriales» por medio de los cuales me propago como una luz o un incendio; si cuanto escribo ejerce una fuerza efectiva; si al poner sobre el papel, por ejemplo, amo, ni yo ni el amor ni lo amado salimos de rositas, cómo atreverse a decir algo. La situación sería: o el nombre exacto ―porque si es exacto es bueno― o nada. Casi más vale callar, taparse la boca con una hoja de higuera.

2. Adán y Eva

La creación del ser humano en el primer capítulo del Génesis está llena de detalles significativos: ese «Hagamos», deliberativo y lleno de ternura; el hecho de que, a diferencia del resto de animales creados según su especie, el hombre, cada hombre, surja a su caer, singular, hijo de su madre; y, por encima de todo, que estemos hechos a imagen y semejanza Suya. En lugar del descenso de lo divino, lo cual sería propio del politeísmo, se nos propone aquí la elevación del hombre, la vocación a dejarnos inspirar por nuestros anhelos más nobles, que los tenemos, es cuestión de rebuscarlos. Y siendo todo lo anterior estupendo, el salseo empieza en el segundo capítulo, cuando Adán es colocado en el jardín del Edén. Al rato lo narcotizan y, de algún modo, le extraen a Eva. Con ello la humanidad fue escindida en dos mitades que, desde entonces, buscan volver a unirse por medios que podemos calificar de dificultosos, aparatosos, novelescos.

El supuesto diario de Adán, hallado y traducido por Mark Twain, se abre con la siguiente frase: «Esta nueva criatura con el pelo largo anda todo el día por medio». Era lunes. Y aunque después vienen unas cuantas páginas más de irreprochable misoginia, resulta conmovedor ver cómo la ternura, con la que le bombardea la «nueva criatura con el pelo largo», va transformándole por dentro. Al final, tras una década de convivencia fuera del Edén, Adán corrige sus impresiones iniciales y reconoce que «es mejor vivir fuera del Jardín con ella que dentro sin ella». No consta que se lo dijera a Eva, quien por su parte escribe: «Él me ama todo lo que es capaz; yo le amo con toda la fuerza de mi naturaleza apasionada»; pero ojalá lo hiciera porque le habría encantado. Una mujer, sobre todo después de aquello, nunca te pedirá que renuncies a la gracia de Dios por ella; ahora bien, si lo haces sin necesidad de que lo pida, cuando menos se sentirá halagada. ¿Acaso no es ella misma un Edén portátil?

3. La caída

Muchos han querido ver, en especial desde el ámbito protestante, una relación entre la lascivia y el pecado original. El apetito sexual habría tenido la culpa de todo. San Agustín, que no llega a comprar esta mercancía averiada, no obstante propone la transmisión venérea del pecado original. Como consecuencia del desliz, la semilla de Adán, sobre quien recae la mayor porción de culpa, fue dañada, de modo que en adelante el pecado se heredará por vía paterna. Debido a ello, continúa san Agustín, el miembro masculino, portador de vida ya empecatada, a veces toma sus propias decisiones, sin consultar con nadie y, por así decirlo, a espaldas de su dueño. Es un miembro díscolo, recordatorio de la desobediencia que nuestro primer padre cometió contra su Creador.

Sea o no como supuso el de Hipona, parece claro que el pecado original no tuvo nada que ver con lo sexual, lo cual habría sido además bastante decepcionante, sino con la soberbia. Comimos del árbol del conocimiento del bien y el mal porque quisimos ser como dioses para discernir lo bueno y lo malo. Le pedimos a Dios que nos dejara en paz e iniciamos esta chapucera autonomía que nos ha granjeado no pocos padecimientos. «Con cada acción pecaminosa ―escribe Renckens― el hombre […] llama bueno a lo que es malo, y viceversa; escoge el mal como si fuera bueno, porque lo encuentra bueno».

Y después está lo de nuestra condición mortal. Puede ser que la muerte no entrara en el mundo hasta que el pecado le abrió la puerta, en línea con lo escrito por san Pablo en la Epístola a los Romanos. Por tanto nuestros anhelos de inmortalidad, que se avivan al contacto con el bien, la verdad y la belleza, tendrían mucho de añoranza. Pero también hay exégetas que sostienen que fuimos creados caducos en un principio, solo que Dios encadenó a la muerte para colocarnos en el Edén. Vamos a darles una oportunidad, se diría sin tenerlas todas consigo. Al poco pasó lo que pasó y regresamos a la adamah, a la 'tierra' de la que fue formado Adán, de la que tomó su nombre.

Para el caso, lo mismo da. Henos aquí: mortales y, sin embargo, hambrientos de eternidad ―la eternidad… dudoso bocado―. Y de nuevo la contradicción, el forcejeo entre los opuestos. El hombre, siempre oscilante; una criatura en la cual es tan evidente el hálito divino como las consecuencias de la caída. Y aunque no seré yo quien celebre aquel primer pecado, resulta apasionante la lucha a la que dio lugar, nacida en nuestro interior y desplegada en la historia. Escribió Erich Auerbach que, después de Adán y Eva, en la literatura todas las acciones se reducen a una sola acción: la caída y salvación del hombre. El hombre… la única criatura moral y contradictoria. El único animal al que, por sus ansias de conocer el bien, podemos llamar malo.

Fuente: eldebate.com

02 abril 2024

La Belleza oculta que nos salva

José Antonio García-Prieto Segura

“La belleza salvará al mundo”. Fiodor Dostovieski

La memoria del corazón cristiano celebra agradecida los eventos históricos de la Semana Santa. El Viernes Santo me ha traído a la memoria la famosa frase de Fiodor Dostovieski: “La belleza salvará al mundo”, que he tomado prestada para titular este artículo, pero con retoques fruto de la fe; por eso, escribo “Belleza”, con mayúscula, al referirla a la persona divina de Jesús; “oculta”, porque en la Cruz su rostro tumefacto y ensangrentado sería lo más opuesto a toda belleza; y “que nos salva”, porque ese fue el fruto  de su Sacrificio, ofrecido a Dios-Padre por el perdón de nuestros pecados. Expongo algunas reflexiones sobre estas realidades.

        Como inicio, contextualizaré las palabras de Dostoyevski para abrirnos luego hasta la dimensión trascendente de la Belleza. Aparecen en su obra “El idiota”, cuyo protagonista es el príncipe Misshkin, joven de gran corazón y bondad. Otro personaje, Ippolit, poco más joven que él, es tuberculoso, cercano a la muerte y ha decidido suicidarse; en una concurrida velada, se dirige a Misshkin, vociferando: “Príncipe, ¿es verdad que usted dijo una vez que al mundo lo salvaría la ´belleza`? ¡Caballeros! -gritó dirigiéndose a todos-. El príncipe ha dicho que la belleza salvaría al mundo… Yo sostengo que si se le ocurren ideas tan peregrinas es porque está enamorado.”. (Parte III, cap. 5). Ippolit parece ya muerto a todo amor y encanto de la vida.

        En el fondo, quien habla es Dostoyevski que, además, transfiere experiencias propias, a esos dos personajes. A Misshkin, la epilepsia que padecía el escritor ruso. Con Ippolit comparte la vivencia de una muerte inminente, experimentada también por Fiodor cuando, condenado por actividades revolucionarias y llevado al paredón, le conmutaron in extremis la pena de muerte por cinco años de exilio en Siberia.

Ippolit, desde su situación personal, considera inconcebible -idea peregrina- que la belleza pueda salvar el mundo; pero Dostoyevski deja un resquicio de verosimilitud, y es que alguien, por estar tan enamorado, pueda conseguirlo; y tal persona es el príncipe Misshkin. Concuerdo con esa posibilidad, pero solo si se concibe un amor tan ardiente e intenso, tan abarcante y universal, que pueda abrazar al mundo entero. Pero entonces habría que hablar de algo sobrehumano y, por tanto, de una Belleza y del Amor que la originase, propiamente divinos. Por eso, este pasaje literario da pie para acceder a la dimensión trascedente de la belleza, aunque no entremos en consideraciones filosóficas. Los creyentes -y no olvidemos que Dostoyevski lo era- afirmamos que, en efecto, ese Amor y Belleza concurren en Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

Estamos así ante un Amor y Belleza divinos encarnados en un hombre, en el que algunas veces refulgen como acciones sobrehumanas, que despiertan la admiración y el asombro de las gentes; otras, en cambio, ese Amor y Belleza quedan tan ocultos y como desaparecidos, que es difícil pensar que sigan presentes en la misma persona. Y esto es lo que creemos que sucedió en la vida de Jesús y, especialmente, en su Sacrificio del Viernes Santo. La Sagrada Escritura ofrece luces reveladoras que lo confirman.

Hay dos textos muy expresivos de la Belleza divina y humana de Jesús, que no se reduce a una hermosura meramente externa y corporal. Así, del Cristo Mesías, dice el salmista: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres. La gracia se derramó en tus labios” (Sal 45, 2). Y la razón última de esta extrema belleza humana, la señala san Pablo: “porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col 2, 9). En Jesús, su única persona divina confiere misteriosamente -si cabe hablar así- como un “plus” de hermosura y belleza a su naturaleza humana: la que tanta gente descubría en su mirada, en sus discursos, en sus maravillosas parábolas, en su amabilidad, en sus brazos abiertos para acoger a todos…

Sin embargo, aquella Belleza vivificada por su Amor divino, parece enteramente ausente en el Jesús ensangrentado y apenas reconocible, clavado en la Cruz del Gólgota, aunque sus brazos seguían abiertos para todos. Fueron momentos profetizados por Isaías, con estas palabras: “tan desfigurado estaba su aspecto, que no parecía ser de hombre” (Is 52, 14). Y poco después: “No hay en Él parecer ni hermosura que atraiga las miradas ni belleza que agrade” (Is 53, 2). Así debía estar el rostro y todo el cuerpo de Jesús después de la atroz flagelación y brutalidades sufridas.

¿Cómo explicar semejante contraste y mantener con Dostoyevski que la belleza salvará al mundo, si no es desde la luz de la fe? Solo abriéndonos a esa luz todo encaja y cobra sentido, como desvela Isaías al decirnos que Jesús se ha ofrecido, por amor y como víctima reparadora de nuestros pecados: “fue él quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores. Fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados”. (Is 53, 4-5). La víspera de su muerte, el mismo Jesús nos dice que fue su amor la razón de su sacrificio redentor: “No hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos”. (Jn 15, 13). 

Recopilando lo anterior, diremos que la intuición de Dostoyevski era muy acertada, y alcanzó su dimensión trascendente en la vida, muerte y Resurrección de Jesús. Lo descubrió Dimas, el buen ladrón, en las palabras del Señor y en su modo de enfrentar la muerte: su Amor y Belleza luminosos y divinos reverberaban en la Cruz, aunque ocultos en el rostro exangüe y desfigurado de Jesús. La fe de Dimas quedó con firmada al oír las palabras de salvación: “hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).

Nunca es tarde para descubrir la Belleza que salva, aunque san Agustín en sus Confesiones no lo viera así, pensando sin duda en el tiempo perdido antes de encontrar a Cristo. Lo recordaba Benedicto XVI a un grupo de jóvenes: “Como el joven Agustín con todos sus problemas en su camino difícil, cada uno de vosotros siente la llamada simbólica de toda criatura hacia lo alto; toda criatura hermosa remite a la belleza del Creador, que está como concentrada en el rostro de Cristo. Cuando la experimenta, el alma exclama: ‘Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva: tarde te amé’ (Confesiones X, 27, 38). Ojalá que cada uno de vosotros redescubra a Dios como sentido y fundamento de toda criatura, luz de verdad, llama de caridad, vínculo de unidad” (Discurso, 7-IX-2008)   

El Viernes Santo es momento propicio para avivar la contemplación de la Belleza oculta del Crucificado, y corresponder con obras a su Amor divino, que nos dice como a Marta, en Betania: “Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá” (Jn 11, 25). 

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com


Compartir la alegría

El Papa ayer en el Regina Caeli


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y Feliz Pascua!

Hoy, lunes de la Octava de Pascua, el Evangelio (cf. Mt 28,8-15) nos muestra la alegría de las mujeres por la resurrección de Jesús: ellas, dice el texto, salieron del sepulcro con "gran alegría" y "corrieron a contarlo a sus discípulos" (v. 8). Esta alegría, nacida precisamente del encuentro vivo con el Resucitado, es una emoción desbordante, que las impulsa a difundir y contar lo que han visto.

Compartir la alegría es una experiencia maravillosa, que aprendemos desde muy pequeños: pensemos en un niño que saca una buena nota en la escuela y no ve la hora de enseñársela a sus padres, o en un joven que logra su primer éxito deportivo, o en una familia en la que nace un niño. Intentemos recordar, cada uno de nosotros, un momento tan feliz que incluso nos costó expresarlo con palabras, ¡pero que quisimos contar enseguida a todos!

Aquí, las mujeres, en la mañana de Pascua, experimentan esto, pero de una manera mucho mayor. ¿Por qué? Porque la resurrección de Jesús no es sólo una noticia maravillosa o el final feliz de una historia, sino algo que cambia nuestras vidas y la cambia por completo y para siempre. Es la victoria de la vida sobre la muerte, esta es la Resurrección de Jesús. Es la victoria de la esperanza sobre el desaliento. Jesús ha atravesado la oscuridad de la tumba y vive para siempre: su presencia puede llenarlo todo de luz. Con Él cada día se convierte en la etapa de un viaje eterno, cada "hoy" puede esperar un "mañana", cada final un nuevo comienzo, cada instante se proyecta más allá de los límites del tiempo, hacia la eternidad.

Hermanos, hermanas, la alegría de la Resurrección no es algo lejano. Está muy cerca, es nuestra, porque nos fue dada el día de nuestro Bautismo. Desde entonces, también nosotros, como las mujeres, podemos encontrar al Resucitado y Él, como ellas, nos dice: "¡No temáis!" (v 10). Hermanos y hermanas no renunciemos a la alegría de la Pascua.

Pero, ¿cómo alimentar esta alegría? Como hicieron las mujeres: encontrando al Resucitado, porque Él es la fuente de una alegría que nunca se agota. Apresurémonos a buscarlo en la Eucaristía, en su perdón, en la oración y en la caridad vivida. La alegría, cuando se comparte, aumenta. Compartamos la alegría del Resucitado.

Y la Virgen María, que en Pascua se alegró de su Hijo resucitado, nos ayude a ser sus testigos gozosos.

Después del Regina Coeli:

Queridos hermanos y hermanas

Renuevo a todos mi saludo pascual y agradezco de corazón a quienes, de diversas maneras, me han enviado mensajes de cercanía y de oración. Que el don de la paz del Señor resucitado llegue a estas personas, familias y comunidades. Y que este don de la paz llegue donde más se necesita: a los pueblos extenuados por la guerra, por el hambre, por toda forma de opresión. 

¡Y con afecto los saludo a ustedes, romanos y peregrinos de diferentes países!

Saludo a los niños y sacerdotes de la Comunidad Pastoral Beato Carlo Gnocchi de Inverigo y a los del Decanato Appiano Gentile.

¡Feliz Lunes de Pascua! ¡Que continúe la alegría de la Pascua! Por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen provecho y hasta luego.

Fuente: vatican.va

01 abril 2024

Una explosión de luz

Juan Luis Selma

En el Miércoles, Jueves y Viernes Santo, la liturgia de la Iglesia celebraba el rezo de las Horas de un modo muy conmovedor en el Oficio de Tinieblas. Se rezaba al caer la tarde, de modo que concluía inmerso en la oscuridad, preludio de la que acompañó a la muerte del Señor en la Cruz.

La iglesia con las luces apagadas y en medio del coro lucía el tenebrario: un candelabro especial con quince velas, que se iban apagando a lo largo de la ceremonia. Representaban a los 11 apóstoles que permanecieron tras la traición de Judas; las tres marías (María Salomé, María de Cleofás y María Magdalena); y a la Virgen María, cuyo cirio era más destacado que los otros.

A medida que avanza el oficio, solo queda encendida la vela del ápice, la de la Virgen. Finalizaba con el canto del Miserere, acompañado por el estruendo de las carracas y el golpear de los bancos, emulando el terremoto que acompañó la muerte de Cristo: "Jesús, dando de nuevo una fuerte voz, entregó su espíritu. Y en esto el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo y la tierra tembló y las piedras se partieron".

La tiniebla, el poder del mal, la injusticia lo llena todo. Hay momentos en los que tener esperanza cuesta mucho. Humanamente parece imposible. Como dice Lewis en su novela Esa horrible fuerza: “El veneno fue producido en tierras occidentales, pero se ha extendido en todas partes ahora. Por más lejos que vaya siempre encontrará las máquinas, las ciudades atestadas, los tronos vacíos, las falsas escritura, los lechos estériles; hombres enloquecidos por falsas promesas y amargados por miserias reales, adorando obras de acero de sus propias manos, apartados de su madre, la tierra, y del Padre del cielo… La sombra de un ala oscura cubre toda Tellus".

Este viernes hemos dejado a Jesús en el sepulcro. El mal ha vuelto a triunfar. Todo parece indicar que no hay nada que hacer. Así, nos vemos en muchas ocasiones, sin esperanza, sin amor; sumergidos en un profundo pozo oscuro. Pero no todo acaba ahí. La vela prominente del tenebrario, la de María, sigue encendida en un lugar oculto del templo. María espera, la Mater Dolorosa es también la Mater Spei, la Esperanza.

La Vigilia Pascual, la gran vigilia de la Iglesia, comienza con el rito del fuego, de la luz. Se bendice con esta oración: "Oh, Dios, que por medio de tu Hijo has dado a los fieles la claridad de tu luz, santifica este fuego nuevo y concédenos que la celebración de estas fiestas de Pascua encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la eterna luz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén".

Luego se canta en el Pregón Pascual, frente al cirio encendido y la iglesia resplandeciente de luz: “¡Qué noche tan dichosa! Solo ella conoció el momento que Cristo resucitó de entre los muertos. Esta es la noche de la que estaba escrito: "Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo". Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”.

¡Hay esperanza! Siempre amanece. La oscuridad es temporal. Esto, que sucede todos los días en la naturaleza, puede trasladarse a nuestra vida, a la humanidad. Dios puede más, su poder se manifiesta sacando del mal bien. Por eso permite el pecado, la maldad, la injusticia, para que resplandezca con más fuerza su amor, el bien. Ha habido, a lo largo de la larga historia del hombre, infinidad de guerras, injusticias, tropelías. Las tinieblas han sido muy densas, intensas, incluso persistentes, como la novena plaga de Egipto, pero siempre hay puntos de luz: "En cambio, los hijos de Israel tenían luz en sus poblados".

Estamos en Pascua de Resurrección, tiempo de luz, de alegría y de esperanza. En el transcurso de la Vigilia Pascual se enciende el Cirio Pascual que es Cristo, de su fuego prendemos nuestro cirio que nos recuerda que también nosotros somos luz de Cristo. Lo seremos con nuestra lucha para vencer y superar nuestros desánimos, con la alegría de recomenzar cada vez que sea menester. Con el ofrecimiento del perdón a los que nos ofenden.

Que vean los nuestros que, junto a nuestras miserias y pecados, está el tesón de levantarnos una y otra vez. Que no nos rendimos, que queremos ser mejores. Que no damos pábulo al desaliento. Que no nos refugiamos en las tinieblas, que no falseamos nuestra vida, que no pactamos con la mentira, el error y el pecado.

Terminamos con esta consideración de san Josemaría: "El día del triunfo del Señor, de su Resurrección, es definitivo. ¿Dónde están los soldados que había puesto la autoridad? ¿Dónde están los sellos, que habían colocado sobre la piedra del sepulcro? ¿Dónde están los que condenaron al Maestro? ¿Dónde están los que crucificaron a Jesús?... Ante su victoria, se produce la gran huida de los pobres miserables. Llénate de esperanza: Jesucristo vence siempre".

Fuente: eldiadecordoba.es


31 marzo 2024

MENSAJE URBI ET ORBI

DEL SANTO PADRE FRANCISCO


Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Pascua!

Hoy resuena en todo el mundo el anuncio que salió hace dos mil años desde Jerusalén: “Jesús Nazareno, el Crucificado, ha resucitado” (cf. Mc 16,6).

La Iglesia revive el asombro de las mujeres que fueron al sepulcro al amanecer del primer día de la semana. La tumba de Jesús había sido cerrada con una gran piedra; y así también hoy hay rocas pesadas, demasiado pesadas, que cierran las esperanzas de la humanidad: la roca de la guerra, la roca de las crisis humanitarias, la roca de las violaciones de los derechos humanos, la roca del tráfico de personas, y otras más. También nosotros, como las mujeres discípulas de Jesús, nos preguntamos unos a otros: “¿Quién nos correrá estas piedras?” (cf. Mc 16,3).

Y he aquí el gran descubrimiento de la mañana de Pascua: la piedra, aquella piedra tan grande, ya había sido corrida. El asombro de las mujeres es nuestro asombro. La tumba de Jesús está abierta y vacía. A partir de ahí comienza todo. A través de ese sepulcro vacío pasa el camino nuevo, aquel que ninguno de nosotros sino sólo Dios pudo abrir: el camino de la vida en medio de la muerte, el camino de la paz en medio de la guerra, el camino de la reconciliación en medio del odio, el camino de la fraternidad en medio de la enemistad.

Hermanos y hermanas, Jesucristo ha resucitado, y sólo Él es capaz de quitar las piedras que cierran el camino hacia la vida. Más aún, Él mismo, el Viviente, es el Camino; el Camino de la vida, de la paz, de la reconciliación, de la fraternidad. Él nos abre un pasaje que humanamente es imposible, porque sólo Él quita el pecado del mundo y perdona nuestros pecados. Y sin el perdón de Dios esa piedra no puede ser removida. Sin el perdón de los pecados no es posible salir de las cerrazones, de los prejuicios, de las sospechas recíprocas o de las presunciones que siempre absuelven a uno mismo y acusan a los demás. Sólo Cristo resucitado, dándonos el perdón de los pecados, nos abre el camino a un mundo renovado.

Sólo Él nos abre las puertas de la vida, esas puertas que cerramos continuamente con las guerras que proliferan en el mundo. Hoy dirigimos nuestra mirada ante todo a la Ciudad Santa de Jerusalén, testigo del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, y a todas las comunidades cristianas de Tierra Santa.

Mi pensamiento se dirige principalmente a las víctimas de tantos conflictos que están en curso en el mundo, comenzando por los de Israel y Palestina, y en Ucrania. Que Cristo resucitado abra un camino de paz para las martirizadas poblaciones de esas regiones. A la vez que invito a respetar de los principios del derecho internacional, hago votos por un intercambio general de todos los prisioneros entre Rusia y Ucrania: ¡todos por todos!

Además, reitero el llamamiento para que se garantice la posibilidad del acceso de ayudas humanitarias a Gaza, exhortando nuevamente a la rápida liberación de los rehenes secuestrados el pasado 7 de octubre y a un inmediato alto el fuego en la Franja.

No permitamos que las hostilidades en curso continúen afectando gravemente a la población civil, ya de por sí extenuada, y principalmente a los niños. Cuánto sufrimiento vemos en los ojos de los niños: ¡hanolvidaron de sonreír esos niños en aquellas tierras de guerra! Con su mirada nos preguntan: ¿por qué? ¿Por qué tanta muerte? ¿Por qué tanta destrucción? La guerra es siempre un absurdo, la guerra es siempre una derrota. No permitamos que los vientos de la guerra soplen cada vez más fuertes sobre Europa y sobre el Mediterráneo. Que no se ceda a la lógica de las armas y del rearme. La paz no se construye nunca con las armas, sino tendiendo la mano y abriendo el corazón.

Hermanos y hermanas, no nos olvidemos de Siria, que lleva trece años sufriendo las consecuencias de una guerra larga y devastadora. Muchísimos muertos, personas desaparecidas, tanta pobreza y destrucción esperan respuestas por parte de todos, también de la Comunidad internacional.

Mi mirada se dirige hoy de modo especial al Líbano, afectado desde hace tiempo por un bloqueo institucional y por una profunda crisis económica y social, agravados ahora por las hostilidades en la frontera con Israel. Que el Resucitado consuele al amado pueblo libanés y sostenga a todo el país en su vocación a ser una tierra de encuentro, convivencia y pluralismo.

Mi pensamiento se orienta en particular a la Región de los Balcanes Occidentales, donde se están dando pasos significativos hacia la integración en el proyecto europeo. Que las diferencias étnicas, culturales y confesionales no sean causa de división, sino fuente de riqueza para toda Europa y para el mundo entero.

Asimismo, aliento las conversaciones entre Armenia y Azerbaiyán para que, con el apoyo de la Comunidad internacional, puedan proseguir el diálogo, ayudar a las personas desplazadas, respetar los lugares de culto de las diversas confesiones religiosas y llegar cuanto antes a un acuerdo de paz definitivo.

Que Cristo resucitado abra un camino de esperanza a las personas que en otras partes del mundo sufren a causa de la violencia, los conflictos y la inseguridad alimentaria, como también por los efectos del cambio climático. Que el Señor dé consuelo a las víctimas de cualquier forma de terrorismo. Recemos por los que han perdido la vida e imploremos el arrepentimiento y la conversión de los autores de estos crímenes.

Que el Resucitado asista al pueblo haitiano, para que cese cuanto antes la violencia que lacera y ensangrienta el país, y pueda progresar en el camino de la democracia y la fraternidad.

Que conforte a los Rohinyá, afligidos por una grave crisis humanitaria, y abra el camino de la reconciliación en Myanmar, país golpeado desde hace años por conflictos internos, para que se abandone definitivamente toda lógica de violencia.

Que el Señor abra vías de paz en el continente africano, especialmente para las poblaciones exhaustas en Sudán y en toda la región del Sahel, en el Cuerno de África, en la región de Kivu en la República Democrática del Congo y en la provincia de Cabo Delgado en Mozambique, y ponga fin a la prolongada situación de sequía que afecta a amplias zonas y provoca carestía y hambre.

Que el Resucitado haga resplandecer su luz sobre los migrantes y sobre todos aquellos que están atravesando un período de dificultad económica, brindándoles consuelo y esperanza en los momentos de necesidad. Que Cristo guíe a todas las personas de buena voluntad a unirse en la solidaridad, para afrontar juntos los numerosos desafíos que conciernen a las familias más pobres en su búsqueda de una vida mejor y de la felicidad.

En este día en que celebramos la vida que se nos da en la resurrección del Hijo, recordamos el amor infinito de Dios por cada uno de nosotros, un amor que supera todo límite y toda debilidad. Y, sin embargo, con cuánta frecuencia se desprecia el don precioso de la vida. ¿Cuántos niños ni siquiera pueden ver la luz? ¿Cuántos mueren de hambre o carecen de cuidados esenciales o son víctimas de abusos y violencia? ¿Cuántas vidas se compran y se venden por el creciente comercio de seres humanos?

Hermanos y hermanas, en el día en que Cristo nos ha liberado de la esclavitud de la muerte, exhorto a cuantos tienen responsabilidades políticas para que no escatimen esfuerzos en combatir el flagelo de la trata de seres humanos, trabajando incansablemente para desmantelar sus redes de explotación y conducir a la libertad a quienes son sus víctimas. Que el Señor consuele a sus familias, sobre todo a las que esperan ansiosamente noticias de sus seres queridos, asegurándoles conforto y esperanza.

Que la luz de la resurrección ilumine nuestras mentes y convierta nuestros corazones, haciéndonos conscientes del valor de toda vida humana, que debe ser acogida, protegida y amada.

¡Feliz Pascua a todos!

Fuente: vatican.va

28 marzo 2024

¡Jesús vive!

Domingo de Pascua

Evangelio (Jn 20, 1-9)

El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:

—Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.

Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos.


Comentario

¿Cómo habrá sido la Resurrección de Jesús? ¿De qué manera sus miembros desgarrados por la Pasión habrán vuelto a la vida, transformándose en un cuerpo glorioso? No lo sabemos: los únicos testigos de este maravilloso evento han sido el sepulcro, los lienzos y el sudario. Estos testigos mudos son los primeros que anuncian que algo totalmente nuevo ha ocurrido.

Juan es el primero en escuchar el mensaje de los lienzos y del sudario. Unos días antes había sido el discípulo valiente que permanece firme al pie de la Cruz, junto al Maestro. Ahora, es el discípulo que corre hacia el sepulcro para buscar al Señor. El mismo que sabe ser paciente en el momento de la prueba es el que se mueve con diligencia durante la búsqueda. Una misma es la fuerza que lo sostiene en todas las situaciones: el amor por el Señor. Y ese amor no queda sin recompensa: Dios le concede una gracia especial para leer en los lienzos plegados y en el sudario enrollado el mensaje más luminoso de toda la Historia: ¡Jesús vive!

Pero Juan no es el único que corre en la mañana del Domingo de Pascua. Antes que él ha corrido María Magdalena. En ella la fuerza del amor también es muy intensa. El cariño por el Señor hizo que se levantara temprano, de madrugada, para servirlo de una manera totalmente desinteresada. Ella solo ha querido tener un último detalle con Jesús, sin esperar nada a cambio. Y será la primera en contemplar al Señor en su gloria, y anunciar a la Iglesia que Él vive.

También Pedro sabe correr. Él ha sido un poco más lento para llegar al sepulcro. No tiene la impaciencia de María Magdalena ni la agilidad de Juan. Pero ha llegado al sepulcro y es el primero en recibir las señales de la Resurrección -los lienzos y el sudario- por más que tarde en creer. Quizá porque la herida que lleva es más profunda: al dolor de la muerte del Maestro se añade el recuerdo de haberlo abandonado durante la Pasión. A pesar de todo, también ha sabido correr. El amor no ha desaparecido: es como una lucecita que tímidamente se va abriendo paso.

¡Qué difícil fue para los discípulos creer que Jesús había vuelto a la vida! ¡Y qué difícil puede ser para nosotros aceptar que Jesús sostiene nuestra vida! A veces, el sepulcro parece que se impone: los problemas en el trabajo o en el hogar, los defectos de nuestro carácter, la oposición a los valores cristianos en ciertos ambientes… Sin embargo, si miramos bien esas situaciones, probablemente encontraremos señales de esperanza, que pueden ser otras personas que tenazmente se mantienen en el bien o una solución que aparece repentinamente. Son señales que están esperando a que las leamos con fe, como los lienzos y el sudario en la mañana de la Resurrección.

Para leer las señales que Dios nos da, necesitamos acoger el don de la fe. De nuestra parte podemos poner el afán sincero de buscar al Señor, también cuando parece que se ha ido. Es lo que hicieron María Magdalena, Juan y Pedro: buscaban todavía a Cristo, querían ofrecerle un servicio, por más que pensaban que seguía muerto. El Señor recompensa ese amor fiel con la alegría de encontrarlo vivo, envuelto en la gloria de la Pascua.

Fuente: opusdei.org

¿Dios va al cine?

 Ana Sánchez de la Nieta

«El cine cristiano siempre tiene quien lo vea», afirma Gregorio Belinchón en un artículo en El País en el que repasa algunos films de temática religiosa con muy buena acogida en taquilla. Los cristianos van al cine. ¿Y Dios?

El éxito de The Chosen y las sorprendentes cifras de Libres, un documental español sobre la vida en clausura, que después de diez semanas en cartel había superado los 80.000 espectadores y los 530.000 euros de recaudación, son solo un botón de muestra del interés creciente por el cine de temática religiosa que me llevó a preguntarme por la presencia de Dios en el cine. Pero no como espectador, sino como personaje.

Y no estoy pensando en La Pasión, de Mel Gibson, o en el Jesús de Nazaret de Zefirelli, porque es evidente que en el cine religioso Dios es el protagonista. Pero dónde está Dios en ese otro cine, mayoritario, el que no solo no es religioso sino que —como refleja Damien Chazelle en la fallida Babylon— encierra entre escenarios todo tipo de excesos, maleantes y depravados. ¿Hay algún sitio para Dios allí? 

En mi auxilio vino Pablo Alzola, un joven académico, experto en la obra de Terrence Malick, que acaba de publicar El silencio de Dios en el cineAlzola cuenta en la introducción de su ensayo que ideó el título cuando, en plena pandemia, vio El gran silencio, una cinta alemana que consiguió meter en los cines a medio millón de espectadores. Lo que le pasó a Alzola al verla me recordó a lo que había sentido yo en su día, en el ya lejano 2005. El documental, que refleja la vida de unos monjes cartujos, había ganado el Premio del Jurado en el Festival de Sundance. Eran 164 minutos de absoluto silencio y contemplación. El gran silencio, por supuesto, hablaba de Dios. Pero lo más sorprendente es lo que pasaba, o lo que al menos a mí me pasó, después de verla. Someterse a una experiencia tan radical de silencio de más de dos horas y media me permitió escuchar a lo largo de las horas siguientes ruidos y sonidos que no había escuchado antes. Recuerdo como si fuera ayer —y pronto hará veinte años— salir ya entrada la noche de la sala donde se celebraba el pase y escuchar el sonido del viento o, minutos después, el repicar del agua que caía del grifo. Eran sonidos en los que nunca había reparado. Aunque hubieran estado siempre allí.

Historias interiores

Algo parecido —ese detenerse a escuchar el susurro de Dios en el cine actual— es lo que hace Pablo Alzola en su ensayo. El autor analiza varias decenas de títulos recientes, la mayoría de temática profana y, evitando el ruido del ambiente, el devenir de los acontecimientos, la materia más superficial de la historia —un wéstern, un biopic, un thriller psicológico— bucea en lo que el catedrático de Estética y Teoría de las Artes y experto en guion Antonio Sánchez-Escalonilla señala como esencial en cualquier drama: las historias interiores. 

Es ahí donde Alzola descubre la presencia de Dios en el cine. En unas historias que, al mismo tiempo, se reflejan —y son los sugerentes títulos de los capítulos— en los paisajes, en los rostros, en los interiores, en las dudas, en los conflictos de conciencia, en la creación y, por supuesto, en la muerte. Habla Alzola de películas protagonizadas por sacerdotes y monjas —como IdaDe dioses y hombresSilencio o Calvary— o por personajes de sólidas convicciones religiosas, como los objetores de conciencia Desmond Doss (Hasta el último hombre) o el beato Franz Jägerstätter (Vida oculta). Pero también —y reconozco que han sido los análisis con los que he disfrutado más— de adolescentes en plena crisis de crecimiento, como la protagonista de Lady Bird; de madres coraje que esconden su dolor con un envoltorio de ira y venganza, como Frances McDormand en Tres anuncios en las afueras; de vendedores ambulantes que malviven entre preguntas vitales (Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia) o de nómadas que, en el ocaso de su vida, tratan de encontrar un sentido a esa vida y a ese ocaso (Nomadland). 

Concluye Alzola, o quizás le estoy sobreinterpretando, que, al final, los dilemas, los conflictos, las dudas y la resurrección de los misioneros de Japón en Silencio no son muy diferentes a los de la rebelde Christine en Lady Bird. Y, sobre todo, que al final unos y otros contamos con esa presencia y ayuda del Creador en nuestras aventuras diarias. Como recoge Alzola, en el último y brillante capítulo del ensayo, siguiendo al cura rural de BernanosTodo es gracia

Cuando el cine se toma en serio al ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, es fácil descubrir al Creador en la pantalla. Y al final resultará que sí. Que Dios va con mucha frecuencia al cine. 

Fuente: Nuestro Tiempo

La Pasión De Cristo Hoy

Cardenal Arizmendi

Ayudemos a los que sufren a llevar su cruz y no hacérselas más pesada.

MIRAR

En mi pueblo natal, desde el año 1992, unos jóvenes tomaron la iniciativa de hacer una representación de los momentos más importantes de la Semana Santa. Su objetivo no es acrecentar el turismo, ni fomentar la economía, sino expresar su fe en Jesucristo, tener en el corazón el mensaje central de la fe cristiana y convertirnos más al Evangelio. Esto mismo hacen los niños de la catequesis parroquial, para que, desde pequeños, se vayan introduciendo en el misterio redentor. En muchos lugares se hacen estas representaciones, algunas muy famosas y otras pasan desapercibidas por los medios masivos, pero que expresan la trascendencia de la Semana Santa.

Sin embargo, la pasión de Jesús no es algo sólo del pasado. Se actualiza en nuestros días, tanto en las celebraciones litúrgicas, como en tantas historias de dolor y de sufrimiento que se viven en familias, hospitales, cárceles, e incluso en personas que aparentan ser felices, pero que en su corazón llevan llagas y heridas que casi nadie conoce. ¡Cuantos sufrimientos de quienes viven en guerras, secuestrados, desaparecidos, extorsionados y migrantes! Comparto sólo unos casos que he vivido muy de cerca en estos días.

Una esposa, casada por ambas leyes con su marido, tuvo que separarse de él porque no deja de embriagarse, no busca trabajo, no da para el gasto diario, es agresivo con ella e irresponsable con dos hijos que tienen, uno de trece años y otra de apenas dos. Se fue a vivir con sus padres, que bondadosamente la acogieron. ¡Cuánto dolor de ella, de los hijos, de los abuelos y del mismo esposo! Porque es indudable que él también sufre mucho y sólo borracho quisiera olvidarse de su situación.

Al salir de casa e ir a consultas médicas, veo a muchas personas que venden una gran variedad de cosas en las esquinas, o limpian parabrisas y llantas de los vehículos, para adquirir unos centavos y llevar el pan de cada día a la familia. Hay también ancianas y migrantes, que luchan por la vida hasta altas horas de la noche.  Soportan frío, lluvia, calor, cansancio y desprecios. Nunca tienen vacaciones. ¡Cuántas angustias y penas!

Vive conmigo una hermana, mayor que yo, que desde hace unos tres años padece alzheimer. No nos pesa tenerla con nosotros y disfrutamos juntos muchos momentos; la hacemos reír y recordar historias de su pasado; la llevamos a todas partes donde vamos. Hacemos cuanto podemos por que se sienta bien y no le falte lo necesario, sobre todo nuestro cariño y apoyo; pero sufre mucho. Hace poco se quejaba y le pregunté qué le dolía; su respuesta fue: me duele el alma… Esto porque dice que ya no hace nada, que ya no sirve, que no la queremos, que la regañamos, que mejor la echemos a la calle… Nos relata que entraron personas a la casa y se llevaron sus cosas, lo cual no es cierto; pero estas y otras imaginaciones la hacen sufrir. Con frecuencia llora y no atinamos a saber el motivo. En días pasados, me acerqué y le pregunté por qué lloraba; me dijo que ya quería morirse; cuando le pregunté la razón, me relató problemas familiares que se imagina, pero que no son reales. Si le decimos que no es como afirma, aunque se lo decimos con cariño intentando evitarle sufrimientos, nos contesta: entonces, ¿estoy loca? Hacemos cuanto podemos para que se sienta bien, pero su cruz es dolorosa.

Como estas historias, hay millones en el mundo, unas muchísimo más dolorosas que estas.

DISCERNIR

El Papa Francisco, en diferentes ocasiones, nos ha recordado que la pasión de Jesús se sigue viviendo en nuestros días. Dedicó varias catequesis a los ancianos, haciéndonos ver su sufrimiento y soledad. La semana pasada, dijo a un grupo de migrantes reunidos en Lajas Blancas, Panamá, que acababan de pasar por el llamado Tapón de Darién, entre Colombia y Panamá: Quisiera estar ahora acompañándoles personalmente. Yo también soy hijo de migrantes que salieron en búsqueda de un mejor porvenir. Hubo momentos en que ellos se quedaron sin nada, hasta pasar hambre; con las manos vacías, pero el corazón lleno de esperanza.

Agradezco a mis hermanos obispos y agentes de pastoral. Ellos son el rostro de una Iglesia madre que marcha con sus hijos e hijas, en los que descubre el rostro de Cristo y, como la Verónica, con cariño, brinda alivio y esperanza en el viacrucis de la migración. Gracias por comprometerse con nuestros hermanos y hermanas migrantes que representan la carne sufriente de Cristo, cuando se ven forzados a abandonar su tierra, a enfrentarse a los riesgos y a las tribulaciones de un camino duro, al no encontrar otra salida” (21-III-2024).

En un videomensaje a quienes hacen las representaciones de la Semana Santa en Mérida, España, les dijo: “Que la Semana Santa deje huella, huella indeleble y permanente en las vidas de todos los que contemplan las Estaciones de Penitencia. No es un acontecimiento de espectáculo; es una proclamación de nuestra salvación; por eso debe dejar huella. 

En la Semana Santa es necesario dedicar tiempo para la oración, para acoger la Palabra de Dios, para detenerse como el samaritano ante el hermano herido: El amor a Dios y al prójimo es un único amor. Delante de la presencia de Dios nos convertimos en hermanas y hermanos y percibimos a los demás con nueva intensidad.

La Semana Santa es un tiempo de gracia que el Señor nos da para abrir las puertas de nuestros corazones, de nuestras parroquias. Abrir y salir es lo que se nos pide en la Semana Santa, abrir el corazón y salir al encuentro de Jesús y de los demás y también para llevar la luz y la alegría de nuestra fe. ¡Salir siempre! Y hacer esto con amor y con la ternura de Dios, con respeto y paciencia, sabiendo que nosotros ponemos nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón, pero que es Dios el que nos guía y nos marca el camino

ACTUAR

Ayudemos a los que sufren a llevar su cruz y no hacérselas más pesada; que la contemplación del Cristo sufriente nos impulse a servirlo en los hermanos en quienes El sigue sufriendo.

Fuente: exaudi.org