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JOQUIVESA

Encontrado en la "red" (Mateo 13:47-50)

07 enero 2025

Año nuevo. Derecho Canónico

Daniel Tirapu Martínez

Con el término derecho canónico se designa el derecho vigente en la comunidad religiosa formada por quienes creen en Cristo, Hijo de Dios, agrupados bajo la obediencia a la Iglesia católica. El ordenamiento jurídico de la Iglesia católica que le confiere la estructura de una sociedad jurídicamente organizada.

El término canon significa en griego regla, que se opone a las nomoi o normas civiles. El cristianismo ha contribuido notablemente a la experiencia jurídica en el mundo occidental: la importancia de los actos internos de los que debe dar cuenta el derecho declarado, el derecho de familia, la equidad canónica, la intrínseca justicia de la ley al margen de su elaboración formal, la concepción del derecho penal como derecho rehabilitador, la valoración de toda persona al margen de su condición social, la radical igualdad por ser hijos de Dios, la defensa de los más débiles, los procesos escritos para la salvaguarda de la verdad formal, los elementos flexibilizadores- como la dissimulatio, tolerancia, dispensa y privilegio-sin renunciar a principios esenciales , su vigencia universal y espiritual al margen del territorio hacen del Derecho canónico una experiencia única en el mundo sin la que difícilmente se podría explicar el derecho actual. De tal modo que tanto el derecho continental como el anglosajón desprenden en sus más íntimas raíces un preciado aroma canónico, en ocasiones imperceptible, pero real.

Como conjunto de normas, el derecho de la Iglesia católica se contiene principalmente en el Código de Derecho canónico promulgado por Juan Pablo II el 25.I.1983, que afecta a la Iglesia católica de rito latino. Para las Iglesias católicas de rito oriental (antioquena, alejandrina, sirio oriental, armenia), tras larga elaboración, el mismo Juan Pablo II promulgó el Código de los Cánones de las Iglesias orientales el 18.X.1990. El sistema normativo de la Iglesia está constituido no sólo por las disposiciones del Código sino también por numerosas normas de adaptación y aplicación, que pueden ser del Romano Pontífice o de los Obispos en sus territorios o comunidades. El Código de 1983 abrogó el Código anterior de 1917, que codificó el derecho antiguo desde el Decreto de Graciano, siglo XII, hasta el siglo XX. La Iglesia no ha querido, ni quiere renunciar a la sabiduría jurídica formada a lo largo de dos milenios en su propio seno y que ha sido fuente de inspiración de numerosas respuestas en la Teoría general del Derecho universal.

Fuente: elconfidencialdigital.com


Publicado por JOQUIVESA en 11:21

06 enero 2025

Para poder creer en los Reyes Magos

Juan Luis Selma

Los que de verdad disfrutan la Navidad son los niños, lejos de rencores y barreras y llenos de ternura

Lo hemos visto y, en la cabalgata y fiesta de Reyes comprobaremos una vez más, que los que de verdad disfrutan la Navidad son los niños. Son muchas las escenas de niños felices cantando villancicos por la calle y contemplando Nacimientos. El mismo Dios se ha hecho niño, se deja cuidar por María y José y parece que nada le afecta: ni la pobreza del pesebre, ni la indiferencia de los habitantes de Belén. Vive abandonado, confiado, al abrigo del calor de los suyos, y la verdad es que nada le falta.

Un niño disfruta del presente, no se agobia pensando en el futuro, no guarda rencores. Hace unos días vinieron unos amigos a ver el Nacimiento con sus seis hijos. Los más chicos admiraban las figuras del portal, los animales: el buey y la mula, las ovejas, las gallinas y palomas, … Cuando pusimos en marcha el molino, se quedaron abobados viendo girar las aspas. Estaban dentro del misterio, lo vivían. El encanto duró poco, empezaron a jugar, a pelearse… hasta que la madre regañó a uno; al momento ya estaba el más revoltoso en brazos de ella, olvidado el enfado.

¿Qué podemos hacer para recuperar esa infancia? En la conversación de Jesús con Nicodemo le dice: "En verdad, en verdad te digo que, si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios". Volver a nacer, hacerse niño: "Dejad que los niños vengan conmigo, y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él", y dice también: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños".

La respuesta se la ofrece Jesús al maestro de la ley: "¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer? Jesús contestó: En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios". Es un renacer espiritual por medio de la gracia, del Espíritu Santo. Es ponernos en las manos de Dios, dejarle actuar a Él.

Los niños creen en los Reyes y estos, con la ayuda de sus padres y abuelos, no les defraudan. Reciben todo lo que desean. Así, si nos ponemos en las manos de Dios, veremos cumplidos nuestros sueños y aspiraciones. Un niño cree y confía, se abandona, pide y es generoso.

Para vivir la infancia de espíritu debemos abandonar la autosuficiencia, la soberbia, el querer hacerlo todo por uno mismo, sin ayuda, sin aceptar consejo ni corrección. "Los niños nos recuerdan que somos siempre hijos: aunque uno sea adulto, o anciano, aunque sea padre, ocupe un puesto de responsabilidad, en el fondo sigue estando la identidad de hijo. Y esto nos remite siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado, sino que la hemos recibido. A veces, corremos el riesgo de vivir olvidando esto, como si fuéramos nosotros los dueños de nuestra existencia, y en cambio, somos radicalmente dependientes", nos dice el Papa.

Es la humildad, la disposición indispensable para acercarnos a los demás, para derribar barreras y crear puentes. No mirar al otro por encima del hombro, no pensar que siempre está equivocado, que no tiene razón, que es un poco, o bastante inútil. Para ir por casa, esto es fundamental, para el buen funcionamiento de las relaciones familiares es imprescindible. La soberbia es el origen de todas las disensiones e incomprensiones. Es la que levanta muros, divide, hiere. El niño chico olvida pronto, no guarda rencores, acepta la corrección.

Creer y confiar también es propio de los niños. Para ellos no hay nada imposible, ilógico, absurdo. Sigue diciendo el Papa: "Traen su manera de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza espontánea en papá y mamá; y tiene una confianza espontánea en Dios, en Jesús, en la Virgen". "Pedid y se os dará" recuerda Jesús y, en una oración, decimos: "Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado".

Como pequeños, cogidos de la mano de María, recorramos este nuevo año llenos de esperanza, no renunciemos a soñar cosas grandes de amor y de servicio a los nuestros. Olvidemos las malas experiencias y volvamos a intentarlo, aunque parezca imposible. La fe lo puede todo.

Por último, la ternura: "Los niños además llevan en sí la capacidad de recibir y dar ternura… La ternura es también poesía: es "sentir" las cosas y los acontecimientos, no tratarlos como meros objetos, solo para usarlos, porque sirven …", nos dice el Papa. Esa ternura lo recompensa todo y todo lo logra. Aprendamos la sonrisa de los niños para regalársela a los demás.

Fuuente: eldiadecordoba.es

Publicado por JOQUIVESA en 22:03

05 enero 2025

La luz brilla en las tinieblas

El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Y felicitaciones, ¡sois valientes, con la lluvia! ¡Feliz domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Jn 1,1-18), hablándonos de Jesús, Verbo hecho carne, nos dice que «la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5). Es decir, nos recuerda lo poderoso que es el amor de Dios, que no se deja vencer por nada, y que, más allá de obstáculos y rechazos, continúa resplandeciendo e iluminando nuestro camino.

Lo vemos en la Navidad, cuando el Hijo de Dios, hecho hombre, supera tantos muros y tantas divisiones. Afronta la cerrazón de mente y de corazón de los “grandes” de su tiempo, más preocupados por defender el poder que por buscar al Señor (cf. Mt 2,3-18). Comparte la vida humilde de María y José, que lo acogen y crían con amor, pero con las posibilidades limitadas y las dificultades propias de quien no tiene medios: eran pobres. Se ofrece, frágil e indefenso, al encuentro con los pastores (cf. Lc 2,8-18), hombres con el corazón marcado por la crudeza de la vida y por el desprecio de la sociedad; y después con los Magos (cf. Mt 2,1), que movidos por el deseo de conocerlo afrontan un largo viaje y lo encuentran en una casa de gente común, en gran pobreza.

Frente a estos y a otros tantos desafíos, que parecen contradicciones, Dios no se detiene nunca – escuchemos bien esto: Dios no se detiene nunca – : encuentra miles de modos para llegar a todos y a cada uno de nosotros, allá donde nos encontremos, sin cálculos y sin condiciones, abriendo también en las noches más oscuras de la humanidad ventanas de luz que la oscuridad no puede cubrir (cf. Is 9,1-6). Es una realidad que nos consuela y que nos da valor, especialmente en un tiempo como el nuestro, un tiempo que no es fácil, donde hay tanta necesidad de luz, de esperanza y de paz, un mondo donde los hombres a veces crean situaciones tan complicadas que parece imposible salir de ellas. Parece imposible salir de tantas situaciones, ¡pero hoy la Palabra de Dios nos dice que no es así! Es más, nos llama a imitar al Dios del amor, abriendo destellos de luz donde podamos, con cualquiera que nos encontremos, en todos los contextos: familiar, social, internacional. Nos invita a no tener miedo de dar el primer paso. Esta es la invitación del Señor hoy: no tengamos miedo de dar el primer paso: hace falta valor para hacerlo, pero no tengamos miedo. Abriendo ventanas luminosas de cercanía a quien sufre, de perdón, de compasión y de reconciliación: estos son los muchos primeros pasos que debemos dar para hacer el camino más claro, seguro y posible para todos. Y esta invitación resuena de modo particular en el Año Jubilar que acaba de comenzar, urgiéndonos a ser mensajeros de esperanza con simples pero concretos “sí” a la vida, con elecciones que aporten vida. Hagámoslo todos: ¡es este el camino de la salvación!

Y entonces, al inicio de un nuevo año, podemos preguntarnos: ¿En qué modo puedo abrir una ventana de luz en mi ambiente y en mis relaciones? ¿Dónde puedo ser un resquicio que deje pasar el amor de Dios? ¿Cuál es el primer paso que yo debería dar hoy?

Que María, estrella que guía a Jesús, nos ayude a ser para todos testigos luminosos del amor del Padre.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Os saludo a todos vosotros, fieles de Roma y peregrinos llegados de diferentes países.

Saludo en particular a los profesores de religión de la Archidiócesis de Zagabria. Queridos, deseo todo bien para vuestro trabajo, muy importante para la formación cultural, espiritual y moral de las nuevas generaciones.

Saludo a los fieles de Orzinuovi, a las familias de Massa Lombarda, a los monaguillos y a los agentes pastorales de Postioma y Porcellengo, a los jóvenes de la “Fraternità francescana di Betania” (Fraternidad franciscana de Betania), a los muchachos de Concesio, el pueblo natal de San Pablo VI, y a los muchachos de la Inmaculada. Saludo al grupo de adolescentes del decanato de Oggiono, en la provincia de Lecco, en peregrinación por el Jubileo.

Continuemos rezando por la paz en Ucrania, en Palestina, Israel, Líbano, Siria, Myanmar, Sudán. Que la Comunidad internacional actúe con firmeza para que en los conflictos se respete el derecho humanitario. Basta de golpear a los civiles, basta de golpear las escuelas, los hospitales, basta de golpear los lugares de trabajo. No olvidemos que la guerra es siempre una derrota, ¡siempre!

Os deseo a todos un feliz domingo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta mañana.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 20:26

04 enero 2025

En el principio era el Verbo

2º domingo después de Navidad

Evangelio (Jn 1,1-18)

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

Él estaba en el principio junto a Dios.

Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran.

No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo.

En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció.

Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.

Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria,

gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y clama:

“Éste era de quien yo dije: ‘El que viene después de mí ha sido antepuesto a mí, porque existía antes que yo’”.

Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia.

Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer.

Comentario al Evangelio

En estas fiestas de Navidad estamos meditando con gozo los relatos, llenos de colorido, con que los Evangelios nos hablan del nacimiento de Jesús. Pero también se presentan a nuestra consideración textos como el de hoy, que nos invita a elevarnos por encima de los detalles anecdóticos y pintorescos, para contemplar lo que implica el misterio del Nacimiento de Jesucristo y comprender mejor su significado y las consecuencias que tiene para nuestra vida. Estamos ante un texto admirable, donde se sintetizan armónicamente los fundamentos de nuestra fe.

“En el principio existía el Verbo”: El Verbo (o la Palabra) no es una criatura, sino alguien que existía desde toda la eternidad. “Y el Verbo estaba junto a Dios (ho Theós)”: se trata, pues, de una persona distinta de aquella a la que en el texto griego se denomina ho Theós, con artículo, y que se refiere al Padre, origen de todo. Pero esa persona, distinta del Padre, también desde el principio “era Dios” (v. 1), compartía su misma naturaleza. El texto del Evangelio nos va introduciendo así en la intimidad de la Trinidad: una única naturaleza divina, en la que hay una distinción de personas. De momento, se nos habla de aquella de la que todo procede (ho Theós), y del Verbo.

A continuación, rememorando el capítulo primero del libro del Génesis, el relato de la creación del mundo en siete días, se explicita lo que allí se decía de modo sencillo, pero muy profundo. En ese relato, cada uno de los días se inicia así: “Dijo Dios… (haya luz, haya firmamento, brote la tierra hierba verde, etc.)”, y lo que Dios dice, inmediatamente se hace: “y así fue”. Es decir, Dios crea todo cuanto existe articulando su Palabra, mediante su Verbo. Por eso ahora se indica que “todo se hizo por él (por el Verbo), y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (v.3).

Pues bien, y aquí está lo más grandioso de lo que Dios quiso hacer en la plenitud de los tiempos, la novedad sorprendente e inaudita, “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (v. 14a). Esa persona divina que es el Verbo asumió una naturaleza humana, de modo que, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre, como cada uno de nosotros. Se encarnó en una persona concreta y tangible: Jesús. Las palabras del evangelio de Juan tienen toda la fuerza del testigo ocular: “hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (v.14b). “No es la palabra erudita de un rabino o de un doctor de la ley –señala Benedicto XVI–, sino el testimonio apasionado de un humilde pescador que, atraído en su juventud por Jesús de Nazaret, en los tres años de vida común con él y con los demás Apóstoles, experimentó su amor –hasta el punto de definirse a sí mismo ‘el discípulo al que Jesús amaba’–, lo vio morir en la cruz y aparecerse resucitado, y junto con los demás recibió su Espíritu. De toda esta experiencia, meditada en su corazón, san Juan sacó una certeza íntima: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal”[1].

Todo esto nos muestra, como lo hace notar san Josemaría, que “el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima, para que, encarnándose, muera por nosotros y nos redima”[2].

En todos los momentos de su vida, también como niño en el pesebre de Belén, Jesús nos da a conocer la bondad, sabiduría, misericordia, ternura y grandeza de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Unigénito, Dios, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer” (v. 18).

Fuente: 0pusdei.org


Publicado por JOQUIVESA en 12:13

Los Reyes Magos peregrinos de la esperanza

 José Antonio García-Prieto Segura

La figura de los Reyes Magos y su presencia en la historia viene como anillo al dedo para hacerlos protagonistas ejemplares del Jubileo de este año 2025, cuyo lema es: “Peregrinos de la esperanza”. Con la apertura de la “Puerta santa” por el papa Francisco, en la noche de Navidad, quedaba inaugurado este año jubilar. 

Para situar a posibles lectores menos familiarizados con este evento religioso, diré en apretada síntesis en qué consiste. La Iglesia católica, con una tradición que hunde sus raíces en el Antiguo Testamento, acude al concepto del término “Jubileo” para instituir años especiales que miran al perdón y a la reconciliación. En su sentido más hondo, estas dos palabras “perdón” y “reconciliación” tienen su referencia última en Dios, que es quien otorga el perdón de nuestros pecados, y con quien nos reconciliamos, alcanzando la paz. En un sentido más amplio, el perdón y la reconciliación también son aplicables a la convivencia entre todas las personas que, como hijos de Dios y hermanos en Cristo, debemos perdonarnos unos a otros: ser perdonados y otorgar nuestro perdón.

Pues bien, porqué ¿“peregrinos de la esperanza”? Porque al mirar la situación del mundo, tan masacrada por innumerables desgracias -desde los desastres naturales, hasta las más graves y dolorosas provocadas por el odio y la soberbia humanos, fuente de enfrentamientos fratricidas-, el papa Francisco ha hecho esta llamada universal al perdón y a la reconciliación. Una llamada a ser cada uno de nosotros peregrino de esa esperanza de paz verdadera, solo posible si media el mutuo perdón reconciliador.

El sentido y finalidad del Jubileo lo muestra gráficamente, en su dimensión más religiosa y trascendente, el logo adoptado. Representa cuatro figuras fraternas, estilizadas y revestidas por cuatro diferentes colores: rojo, naranja, verde y azul. El rojo simboliza el amor y el don de sí que realizó Jesús en la Cruz, ofreciendo su vida por toda la humanidad; simboliza también el fuego del Espíritu Santo que anima a los cristianos a seguir el ejemplo de Cristo. El color naranja expresa la luz de la fe que ilumina el caminar alegre y vivaz del peregrino. El verde, color tradicional como símbolo de esperanza, invita a mantenerla siempre despierta hasta llegar a su última meta que es Dios. Y finalmente, el azul que, simbolizando la paz y descanso alcanzados por el peregrino con la posesión del Amor de Dios, le recuerda precisamente esa meta del Cielo y le invita, en esta vida, a la oración y a elevar su mirada a lo alto.                                   

Último e importantísimo elemento del logo: la Cruz de Cristo, máximo símbolo de su amor, a la que se aferra el primer peregrino vestido de rojo. No es una cruz recta sino curvada hacia la entera humanidad, como queriendo abrazarnos a cada uno en el amor de su perdón redentor. De ahí también que el pie de la cruz tenga forma de ancla -elemento de seguridad y sujeción en los barcos-, usada como metáfora de firmeza y salvación: la que siempre nos da Cristo, especialmente en las tempestuosas borrascas de nuestra existencia. Por eso, unos trazos azules en la parte inferior del logo simbolizan las olas del mar de la vida.                                                                                              

En el referido escenario del Jubileo me he permitido introducir a los Reyes Magos como protagonistas; y, más aún, añadiría, protagonistas ejemplares. Razones de espacio me impiden desarrollar más ampliamente los motivos de esta elección de los Magos como modelos de esperanza cristiana.

En la historia que vivieron los Reyes Magos resaltan las tres virtudes figuradas en los colores del logo y entrelazadas al unísono. El Evangelio refiere que llegaron a Jerusalén, preguntando: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2). Recibieron, acogiéndola, una llamada de Dios a través de un signo del libro de la creación: aquella estrella tuvo para ellos un brillo especial, análogo al de la luz de la fe cuando nos es presentada con motivos de credibilidad. Les hizo saber que el Dios de los judíos, también los esperaba a ellos, aunque no pertenecieran al pueblo escogido, porque Dios ha nacido para todos, sin distinción de razas ni lenguas de tipo alguno.

Junto con la fe, la virtud del amor los puso en camino, para contemplar y rebosar de felicidad ante un Niño que también lo sabían Dios, porque solo a Dios cabe adoración; y este fue el motivo que dieron al preguntar en Jerusalén por el lugar concreto del nacimiento; estaban haciendo un larguísimo viaje solo con ese fin: adorarlo.

Por último y estrechamente unida a la fe y el amor, la virtud objeto precisamente del Jubileo: la esperanza. Ya señalé que el gozo del encuentro con Dios, como meta final de la vida, es característica de la esperanza. Con razón enseña el Catecismo de la Iglesia que esta virtud “corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre”. Esto es así porque nada de todo lo bueno de este mundo deja de tener su correlación y raigambre en el amor de Dios en el Cielo. Por eso, el anhelo esperanzado de felicidad, prosigue diciendo el Catecismo, “asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la felicidad eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad” (Catecismo, n. 1818).                                                                                                      

Los Reyes peregrinos en ningún momento de su largo viaje se desanimaron de alcanzar al fin. Volviendo ahora a nuestro caminar terreno, es necesario precisar que todo lo dicho hasta aquí, con referencias esencialmente religiosas y trascendentes, quedaría en nada -absolutamente en nada, recalco-, si no nos llevase aquí abajo, a la construcción de un mundo mejor, ausente de odios y luchas fratricidas; si no condujera al bien común, mencionado en el Catecismo de la Iglesia hasta más de sesenta veces, prueba de que la vida cristiana debe estar presente “hasta las cejas” en las vicisitudes de este mundo.  Un bien común, señala el Catecismo, que “es preciso entender como ‘el conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección’ (GS 26,1; cf GS 74,1). El bien común afecta a la vida de todos. Exige la prudencia por parte de cada uno, y más aún por la de aquellos que ejercen la autoridad.”                                                        

Con el Jubileo de 2025 el papa Francisco hace una llamada a la entera humanidad para deponer todo motivo de discordias y enfrentamientos, empeñándonos llenos de esperanza en alcanzar metas de paz y concordia social. Metas terrenas, ciertamente, pero por todo lo dicho hasta aquí, inseparables y anticipadoras de la unión con las tres personas divinas, en la paz y felicidad eternas del Cielo.

Fuente: religion.elconfidencialdigital.com/


Publicado por JOQUIVESA en 12:07

03 enero 2025

Dios en Hannah Arendt

Santiago Leyra Curiá

Hannah Arendt, una judía interesada por la figura de Jesús y el cristianismo. Aunque nunca profesó una fe explícita, su obra y escritos personales revelan una constante búsqueda espiritual y un profundo diálogo con las cuestiones religiosas.

La primera biografía de Hannah Arendt publicada originalmente en castellano se la debemos a Teresa Gutiérrez de Cabiedes (“El hechizo de la comprensión. Vida y obra de Hanna Arendt”, Ed. Encuentro, 2009) y procede de la tesis doctoral dirigida por el filósofo español Alejandro Llano. Realmente vale la pena leerla.

En ella nos adentramos en la apasionante vida de esta pensadora judía alemana (1906-1975) que vivió en primera persona las vicisitudes históricas más candentes del siglo XX: persecución de los judíos por los nazis, Segunda Guerra Mundial, huida a Francia y participación en movimientos sionistas, emigración a Estados Unidos, intervención en polémicas intelectuales decisivas a lo largo de décadas, vida universitaria intensa, periodismo comprometido de alto riesgo, valientes críticas de los graves errores políticos acontecidos en su patria de adopción, reflexión filosófica constante en diálogo personal -cargado de emotividad- con pensadores de la talla de Martin Heidegger y Karl Jaspers…

Renovado interés por su pensamiento

Después de décadas olvidada, el interés por Hannah Arendt ha estallado en los últimos años y se han multiplicado las publicaciones sobre ella. Muchas de sus obras e intuiciones presentan una asombrosa actualidad para iluminar algunos de los principales problemas del hoy.

Desde su temprana tesis doctoral sobre el amor en San Agustín, pasando por sus célebres obras “Los orígenes del totalitarismo” (donde explica cómo los regímenes totalitarios se apoderan de las cosmovisiones e ideologías y las pueden convertir, a través del terror, en nuevas formas de estado), “La condición humana” (cómo deberían ser entendidas las actividades humanas -trabajo, labor y acción- a lo largo de la historia occidental), “Sobre la revolución” (en la que compara las revoluciones francesa, americana y rusa), “Verdad y política” (sobre si siempre es correcto decir la verdad y las consecuencias de la mentira en política) y “Eichmann en Jerusalén” (con su valiente y políticamente incorrecto discurso sobre la banalidad del mal y otras cuestiones).

La cuestión de Dios

Un tema poco frecuentado hasta ahora en la bibliografía sobre Arendt es su posible apertura a la trascendencia. Lo poco que se encuentra en su obra publicada queda compensado por la multiplicidad y relevancia de alusiones a Dios y a la religión que se pueden encontrar en escritos personales como sus diarios, las confidencias a sus íntimos, el funeral de su marido Heinrich Blücher, etc. Estas alusiones superan la visión interesada de una pensadora supuestamente agnóstica y ajena al cristianismo.

En la partida de nacimiento de Hannah Arendt consta específicamente, entre los datos de filiación, lugar y fecha de nacimiento, que aquella niña descendía de unos padres con “fe judía”. Sus padres habían tenido una relación estrecha con el rabino de Königsberg, con el que además compartieron la afiliación a las ideas socialdemócratas. La instrucción religiosa de Arendt se redujo a las lecciones individuales de este rabino y, en el exilio parisino, a un estudio sucinto de la lengua hebrea.

En los años difíciles de la enfermedad paterna, su madre anotaría en el diario sobre la niña que Hannah “rezaba por él por la mañana y por la noche, sin que nadie le hubiese enseñado a hacerlo”. También al morir Blücher, su esposa quiso rezar un Kaddish, la tradicional oración fúnebre hebrea, en ese caso incoada en el funeral de un no judío. 

Testimonios escritos

En un artículo sobre la religión y los intelectuales Arendt escribía: “Como en todas las discusiones sobre la religión, el problema está en que realmente no se puede escapar a la cuestión de la verdad, y que en todo el asunto no puede, por tanto, tratarse como si Dios hubiese sido la idea de un cierto pragmatista especialmente listo que sabía para qué y frente a qué era buena la idea. Ocurre, sencillamente, que no es así: o bien Dios existe y la gente cree en Él -y esto entonces es un hecho más importante que toda la cultura y toda la literatura -o bien no existe y la gente no cree en Él- y no hay imaginación literaria ni en cualquier otro orden que, en beneficio de la cultura y por mor de los intelectuales, pueda cambiar esta situación”. 

En otra ocasión, también había escrito con amargura, al constatar la vinculación entre la religión y el judaísmo: “La grandeza de este pueblo consistió una vez en que creía en Dios y creía en Él de tal manera que su confianza y su amor hacia Él era mayor que su temor. ¿Y ahora este pueblo sólo cree en sí mismo? ¿Qué provecho cabe esperar de ello? Pues bien, en este sentido yo no amo a los judíos ni creo en ellos; simplemente formo parte de ellos como algo evidente, que está más allá de toda discusión”.

Conocimiento bíblico

Ese “algo evidente” comportaba una herencia cultural judía, que a veces era capaz de casar un Dios trascendente con un planteamiento inmanente, lo que le produciría múltiples quebraderos de cabeza. En un escrito titulado “Nosotros los refugiados” escribiría: “Criados con la convicción de que la vida es el bien supremo y la muerte la aflicción más grande, nos convertimos en testigos y víctimas de terrores más grandes que la muerte, sin haber si capaces de descubrir un ideal más elevado que la vida”. 

Aquella mujer judía llegó a conocer a la perfección no sólo el Antiguo Testamento de la Biblia hebrea sino también al Jesús de los evangelios. Citaba con frecuencia palabras del Profeta judío, representaba en sus escritos escenas de su vida y gestos de su lenguaje, así como estudió las novedades que aportaba su doctrina. Ella nunca concretó una proposición de fe en Jesús de Nazareth, aunque su maestro Jaspers y su esposo Blücher sí lo hicieran. Su herencia judía, su estudio de la escritura, la familiaridad con la obra de San Agustín, las lecciones de Bultmann, Guardini y Heidegger, le llevaron a mirarse cara a cara con el cristianismo.

La autora de «La condición humana» afirmaría: “Sin duda alguna el énfasis cristiano en la sacralidad de la vida es parte integrante de la herencia hebrea, que ya presentaba asombroso contraste con las actividades de la antigüedad: el desprecio pagano por los sufrimientos que la vida impone al ser humano en el trabajo y en el parto, la envidiada imagen de la vida fácil de los dioses, la costumbre de abandonar a los hijos no deseados, la convicción de que la vida sin salud no vale la pena vivirla (de tal manera que, por ejemplo, se considera un error la actitud del médico que prolonga una vida cuya salud no puede restablecerse) y de que el suicidio es un noble gesto para escapar de la existencia que se ha hecho gravosa”.

En una columna de opinión dejó escrito: “El hecho de que Jesús de Nazareth, al que la cristiandad considera salvador, fuera judío puede para nosotros como para el pueblo cristiano ser el símbolo de nuestra pertenencia a la cultura greco-judeo-cristiana”.

Dios y la vida

En una semblanza del papa Juan XXIII, afirmaba: “A decir verdad, la Iglesia ha predicado la Imitatio Christi a lo largo de casi dos mil años, y nadie puede decir cuántos párrocos y monjes habrá habido que, viviendo en la oscuridad a lo largo de los siglos hayan dicho como el joven Roncalli: Este es mi modelo: Jesucristo, sabiendo perfectamente, ya a los dieciocho años, que parecerse al buen Jesús significaba ser tratado como un loco… Generaciones enteras de intelectuales modernos, en la medida en que no fueron ateos -o sea, necios, que pretenden saber lo que ningún ser humano puede saber-, aprendieron de Kierkegaard, Dostoievsky, Nietzsche y sus incontables seguidores, a considerar interesantes la religión y las cuestiones teológicas. No hay duda de que tendrán dificultades para comprender a un hombre que de muy joven hizo voto de fidelidad no sólo a la pobreza material, sino asimismo a la pobreza espiritual… su promesa era para él un signo evidente de su vocación: Soy de la misma familia que Cristo, ¿qué más puedo querer?”.

Y en una carta a su marido el 18 de mayo de 1952, le decía después de escuchar el Mesías de Händel interpretado por la Orquesta Filarmónica de Munich: “El Aleluya sólo se comprende desde el texto: Nos ha nacido un niño. La verdad profunda de este relato de la leyenda sobre Cristo: todo comienzo permanece intacto; por el comienzo, por esa salvación, Dios creó al hombre en el mundo. Cada nuevo nacimiento es como una garantía de la salvación del mundo, como una promesa de redención para quienes ya no son un comienzo”.

Muchos años después, Arendt anotaría en otro de sus cuadernos: “Sobre la religión revelada: se nos presenta el Dios que se revela y se hace ostensible, porque nosotros no podemos representarnos lo que no se manifiesta como presencia, describiéndose a sí mismo. Si Dios ha de ser un Dios vivo, así lo creemos, debe necesariamente revelarse a sí mismo”. Y añadía el siguiente poema:

“La voz de Dios no

nos salva de la abundancia,

Él sólo habla a los miserables,

a los ansiosos, a los impacientes,

Oh Dios, no te olvides de nosotros”.

Fuente: omnesmag.com

Publicado por JOQUIVESA en 12:15

02 enero 2025

‘Vía pulchritudinis’: La experiencia de la belleza y su sentido trascendente

José Miguel Granados

La experiencia de la belleza conecta con el conocimiento trascendente de Dios. La "Vía Pulchritudinis" integra las vías cosmológicas y antropológicas. A través de la creación, el amor y la vocación humana, se revela la belleza divina como plenitudúltima, orientando al ser humano hacia la comunión con el Creador.

 Las vías para el conocimiento de la existencia y del ser de Dios son de dos tipos. Por un lado, cosmológicas: las famosas cinco vías de santo Tomás de Aquino constituyen seguramente la mejor síntesis del pensamiento filosófico y cristiano al respecto. A través de ellas se llega a descubrir al Dios verdadero como motor inmóvil, causa incausada, ser necesario, suma perfección y fin último de todas las criaturas. 

En definitiva, Dios es alcanzado por la razón humana como el Logos personal que está en el origen de la creación y asegura la armonía de todo cuanto existe. “El Dios verdaderamente divino es el Dios que se ha manifestado como logos y ha actuado y actúa como logos lleno de amor por nosotros” (Benedicto XVI, Discurso en la universidad de Ratisbona, 12-9-2006). Esta reflexión fundamental sobre el Hacedor del mundo demuestra la fiabilidad del pensamiento, del lenguaje y de la ciencia. Dios constituye la sabiduría infinita ordenadora, la mente y el corazón del universo. 

Vías antropológicas

Por otra parte, muchos pensadores (como san Buenaventura, Descartes) y místicos (como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, santa Teresa Benedicta de la Cruz) han reflexionado sobre las vías antropológicas para el conocimiento de Dios, en un viaje interior que indaga la intimidad del ser humano, sus anhelos más profundos y su conciencia moral. Aquí Dios aparece como el sentido último de la dignidad humana, de la vida, de la justicia, de la libertad, del amor y de la historia. Esta plenitud humana, que encuentra su raíz y su culminación en Dios, se manifiesta en las personas virtuosas de excelsa humanidad y, especialmente, en el testimonio ─luminoso, atrayente y convincente─ de las vidas de los santos.

El enlace entre ambos tipos de vías puede descubrirse en la comprensión de Dios como suma perfección y manantial inagotable de las mejores bendiciones: pues solo Dios colma la promesa de vida grabada en los grandes deseos humanos, con la abundancia de los dones materiales y espirituales que nos concede. Seguramente el exponente más elocuente en este campo de la indagación interior sea Agustín de Hipona, que comienza su autobiografía intelectual y espiritual con la espléndida declaración: “nos hiciste Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones, Libro I, capítulo 1).

La experiencia de la belleza como vocación

El ser humano ─a diferencia de los animales y de los robots, que carecen de conocimiento racional, autoconciencia y libre voluntad─ es capaz de encontrar muchas formas y expresiones de belleza que le atraen en la búsqueda espiritual de plenitud y de felicidad. Son incontables los ejemplos de experiencias de belleza en la naturaleza, en el arte y en la vida de las personas. En efecto, un paisaje maravilloso, el estudio del mundo mineral, vegetal y animal por parte de las ciencias naturales, una sinfonía o melodía musical de perfección matemática, la obra hermosa de un genio de las artes figurativas, el relato literario o la narración real de una existencia valiosa por su entrega y generosidad… fascinan y llenan de encanto la existencia humana.

Una manifestación necesaria de gran sabiduría consiste en descubrir que, en su misma esencia, la belleza de lo creado remite a su fuente, que es la belleza infinita del Creador, hontanar misterioso e inagotable de vida y de bondad. Pues, separada de su fuente originaria, la hermosura del mundo y de la existencia humana se convierte en algo pobre, caduco y vano que, al final, resulta nocivo y provoca hastío, porque encierra a la persona en metas bajas y frustra las expectativas del deseo humano ilimitado.

En efecto, quien pone su corazón en las cosas creadas con una afectividad desordenada, al margen de su autor divino y de sus leyes santas ─que se hallan inscritas en la naturaleza humana y pueden ser descubiertas por la conciencia bien formada─ quedará lamentablemente decepcionado, porque el anhelo infinito de nuestro corazón inquieto no podrá ser saciado por meras realidades finitas.

En cambio, el que acierta a encontrar en la entraña de las maravillas de lo creado y, especialmente, en las incontables expresiones del amor humano, un destello o reflejo y participación de la hermosura infinita del Señor y, además, en su actuar intencional pone de veras en Dios su corazón, encontrará plenamente cumplida la promesa de la esperanza de vida plena contenida como llamada existencial en todo destello de belleza y en todo deseo humano.

Eros como promesa

Un ámbito importante de esta experiencia de la belleza se da en la vivencia del enamoramiento entre el varón y la mujer (el amor atracción o eros); donde las interpretaciones reductivas y erróneas, como la rigorista puritana, la utilitaria hedonista o la romántica emotivista, conducen necesariamente al fracaso destructivo de las personas y de las sociedades. 

En cambio, la comprensión adecuada del amor esponsalicio ─que corresponde a la “experiencia esencialmente humana”, iluminada por la revelación de la Palabra divina, como enseña la teología del cuerpo de Juan Pablo II- permite descubrirlo como vocación a entretejer una comunión fiel y fecunda: un hogar como ámbito de acogida y donación, cuna, escuela y santuario la vida, y ello mediante el compromiso de una entrega total en la alianza conyugal. De este modo, el plan divino inscrito en el cuerpo y en el deseo del corazón del hombre, creado varón y mujer a imagen de Dios, alcanza su verdadera dimensión de trascendencia, en cuanto orientado a reflejar y expandir la belleza del amor eterno para entrar en la comunión familiar de las divinas personas. 

Idolatría y redención del corazón

Existe el grave peligro de dejarse atraer, engañar y atrapar por el atractivo de las cosas que seducen con gran intensidad, aumentado por la propaganda confusa y mendaz de las ideologías, hasta convertirlas en falsos ídolos, que resultan parásitos que roban y esclavizan las ansias infinitas del corazón. Esta profunda experiencia de frustración ─y la consiguiente superación de la misma con la ayuda de la gracia del Espíritu Santo─ la expresa acertadamente el mismo san Agustín como una vivencia propia decisiva: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti” (Confesiones, Libro X, capítulo 27).

Acompañar en el camino hacia la belleza eterna

Por todo ello, se necesitan maestros, testigos y comunidades educativas que guíen a las personas en este imprescindible camino interior de transformación hacia la causa última y la fuente inagotable de la hermosura de la vida humana y del amor verdadero. Se requieren también expertos en oración, pues, como afirmaba Juan Pablo II, “el amor hermoso se aprende sobre todo rezando” (Carta a las familias, n. 20). 

En este itinerario hacia la plenitud soñada por Dios para sus hijos, la Iglesia, experta en humanidad, tiene la urgente misión de acompañar, instruir, sanar y devolver la esperanza, siguiendo la luz de la belleza que resplandece en Jesucristo. Pues “el Hijo de Dios, al hacerse hombre, ha introducido en la historia de la humanidad toda la riqueza evangélica de la verdad y del bien, y con ella ha manifestado también una nueva dimensión de la belleza” (Juan Pablo II, Carta a los artistas, n. 5).

En definitiva, el Señor ha dejado huellas y destellos de su belleza infinita en las criaturas y en el corazón humano, como señales o indicaciones claras para que sus hijos encontremos vías hacia el misterio de su Corazón, el único que salva porque colma nuestros grandes anhelos de belleza eterna.

Fuente: omnesmag.com


Publicado por JOQUIVESA en 10:29

01 enero 2025

LVIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

HOMILÍA DEL PAPA

Al comienzo de un nuevo año que el Señor nos concede, es hermoso poder elevar la mirada de nuestro corazón a María. Ella, siendo Madre, nos evoca la relación con el Hijo; nos remite a Jesús, nos habla de Jesús, nos orienta hacia Jesús. De ese modo, la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, nos introduce nuevamente en el misterio de la Navidad. Dios se hizo uno de nosotros en el vientre de María y a nosotros, que abrimos la Puerta Santa para dar inicio al Jubileo, hoy se nos recuerda que «María es la puerta a través de la cual Cristo entró en el mundo» (S. Ambrosio, Epístola 42, 4: PL VII).

El apóstol Pablo sintetiza este misterio afirmando que «Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer» (Ga 4,4). Estas palabras —“nacido de una mujer”— resuenan hoy en nuestro corazón y nos recuerdan que Jesús, nuestro Salvador, se hizo carne y se revela en la fragilidad de la carne.

Nacido de una mujer. Esta expresión nos remite ante todo a la Navidad: el Verbo se hizo carne. El apóstol Pablo especifica que nació de una mujer, como si sintiera la necesidad de recordarnos que Dios se hizo verdaderamente hombre a través de un vientre humano. Hay una tentación, que atrae hoy a muchas personas y que puede seducir también a muchos cristianos: imaginar o fabricarnos un Dios “abstracto”, vinculado a una vaga idea religiosa, a alguna agradable emoción pasajera. En cambio, es real, es humano: nació de una mujer, tiene un rostro y un nombre, y nos llama a relacionarnos con Él. Cristo Jesús, nuestro Salvador, nació de una mujer; tiene carne y sangre; procede del seno del Padre, pero se encarna en el vientre de la Virgen María; viene de lo alto del cielo, pero habita en las profundidades de la tierra; es el Hijo de Dios, pero se hizo Hijo del hombre. Él, imagen de Dios omnipotente, vino en la debilidad; y aun sin haber conocido el pecado, «Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21). Nació de una mujer y es uno de nosotros; precisamente por eso Él puede salvarnos.

Nacido de una mujer. Esta expresión nos habla también de la humanidad de Cristo, para decirnos que Él se revela en la fragilidad de la carne. Se encarnó en el vientre de una mujer, naciendo como todas las criaturas, de esa manera Él se muestra en la fragilidad de un Niño. Por eso los pastores, cuando fueron a ver con sus propios ojos lo que el Ángel les había anunciado, no hallaron signos extraordinarios ni manifestaciones grandiosas, sino que «encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre» (Lc 2,16). Encontraron a un niño indefenso, frágil, necesitado del cuidado de su madre, necesitado de pañales y de alimento, de caricias y de amor. San Luis Grignion de Montfort decía que la Sabiduría divina «no quiso, aunque hubiera podido hacerlo, entregarse directamente a los hombres, sino que prefirió comunicárseles por medio de la Santísima Virgen, ni quiso venir al mundo a la edad del varón perfecto, independiente de los demás, sino como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y asistencia de una Madre» (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 139). Y en toda la vida de Jesús podemos ver esta elección de Dios, la elección de la pequeñez y el ocultamiento; Él no cederá nunca al esplendor del poder divino para realizar grandes signos e imponerse sobre los demás como le había sugerido el diablo, sino que revelará el amor de Dios en la belleza de su humanidad, habitando entre nosotros, compartiendo la vida ordinaria hecha de fatigas y de sueños, mostrando compasión por los sufrimientos del cuerpo y del espíritu, abriendo los ojos de los ciegos y reanimando a los extraviados de corazón. Compasión. Las tres actitudes de Dios son misericordia, cercanía y compasión. Dios se hace cercano, misericordioso y compasivo. No olvidemos esto. Jesús nos muestra a Dios por medio de su humanidad frágil, que se hace cargo de los frágiles.

Hermanas y hermanos, es hermoso pensar que María, la joven de Nazaret, nos conduce siempre al misterio de su Hijo, Jesús. Ella nos recuerda que Jesús viene en la carne y, por eso, el lugar privilegiado donde es posible encontrarlo es sobre todo en nuestra vida, en nuestra humanidad frágil, en la de quienes pasan a nuestro lado cada día. Invocándola como Madre de Dios, afirmamos que Cristo ha sido generado por el Padre, pero nació verdaderamente del vientre de una mujer. Afirmamos que Él es el Señor del tiempo, pero habita este tiempo nuestro, también este nuevo año, con su presencia de amor. Afirmamos que Él es el Salvador del mundo, pero podemos encontrarlo y debemos buscarlo en el rostro de todo ser humano. Y si Él, que es el Hijo de Dios, se hizo pequeño para ser abrazado por una madre, para ser cuidado y alimentado, entonces significa que hoy Él sigue viniendo en todos aquellos que necesitan del mismo cuidado; en cada hermana y hermano que encontramos y que requiere atención, escucha y ternura.

Confiémosle entonces este nuevo año que comienza a María, Madre de Dios, para que también nosotros aprendamos como Ella a hallar la grandeza de Dios en la pequeñez de la vida; para que aprendamos a cuidar de toda criatura nacida de una mujer, sobre todo protegiendo el don precioso de la vida, como lo hizo María: la vida en el vientre materno, la vida de los niños, la de aquellos que sufren, la vida de los pobres, la vida de los ancianos, la de quienes están solos, la de los moribundos. Y hoy, en la Jornada Mundial de la Paz, todos estamos llamados a aceptar esta invitación que brota del corazón materno de María: proteger la vida, hacernos cargo de la vida herida —hay tanta vida herida—, dignificar la vida de cada “nacido de mujer”; es la base fundamental para construir una civilización de la paz. Por eso, «pido un compromiso firme para promover el respeto de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza» (Mensaje para la LVIII Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2025).

María, Madre de Dios y Madre nuestra, nos espera precisamente ahí, en el belén. También a nosotros, como a los pastores, nos muestra al Dios que nos sorprende siempre, que no viene en el esplendor de los cielos, sino en la pequeñez de un pesebre. Encomendémosle a ella este nuevo año jubilar, entreguémosle a ella los interrogantes, las preocupaciones, los sufrimientos, las alegrías y todo lo que llevamos en el corazón. ¡ella es madre! Confiémosle a ella el mundo entero, para que renazca la esperanza, para que finalmente florezca la paz en todos los pueblos de la tierra.

La historia nos cuenta que, en Éfeso, cuando los obispos entraban en la iglesia, el pueblo fiel, con bastones en la mano, aclamaban: “¡Madre de Dios!”. Seguramente los bastones eran la promesa de lo que les sucedería si no hubieran declarado el dogma de la “Madre de Dios”. Hoy nosotros no tenemos bastones, pero tenemos corazones y voces de hijos. Por eso, todos juntos, aclamamos a la Santa Madre de Dios. Todos juntos: “¡Santa Madre de Dios!”, tres veces. Juntos: “¡Santa Madre de Dios! ¡Santa Madre de Dios! ¡Santa Madre de Dios!”.

Fuente: vatican.va

Publicado por JOQUIVESA en 19:15
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