01 enero 2026

Dios en Hannah Arendt

Santiago Leyra Curiá

La primera biografía de Hannah Arendt publicada originalmente en castellano se la debemos a Teresa Gutiérrez de Cabiedes (“El hechizo de la comprensión. Vida y obra de Hanna Arendt”, Ed. Encuentro, 2009) y procede de la tesis doctoral dirigida por el filósofo español Alejandro Llano. Realmente vale la pena leerla.

En ella nos adentramos en la apasionante vida de esta pensadora judía alemana (1906-1975) que vivió en primera persona las vicisitudes históricas más candentes del siglo XX: persecución de los judíos por los nazis, Segunda Guerra Mundial, huida a Francia y participación en movimientos sionistas, emigración a Estados Unidos, intervención en polémicas intelectuales decisivas a lo largo de décadas, vida universitaria intensa, periodismo comprometido de alto riesgo, valientes críticas de los graves errores políticos acontecidos en su patria de adopción, reflexión filosófica constante en diálogo personal ─cargado de emotividad─ con pensadores de la talla de Martin Heidegger y Karl Jaspers

Renovado interés por su pensamiento

Después de décadas olvidada, el interés por Hannah Arendt ha estallado en los últimos años y se han multiplicado las publicaciones sobre ella. Muchas de sus obras e intuiciones presentan una asombrosa actualidad para iluminar algunos de los principales problemas del hoy.

Desde su temprana tesis doctoral sobre el amor en San Agustín, pasando por sus célebres obras “Los orígenes del totalitarismo” (donde explica cómo los regímenes totalitarios se apoderan de las cosmovisiones e ideologías y las pueden convertir, a través del terror, en nuevas formas de estado), “La condición humana” (cómo deberían ser entendidas las actividades humanas ─trabajo, labor y acción─ a lo largo de la historia occidental), “Sobre la revolución” (en la que compara las revoluciones francesa, americana y rusa), “Verdad y política” (sobre si siempre es correcto decir la verdad y las consecuencias de la mentira en política) y “Eichmann en Jerusalén” (con su valiente y políticamente incorrecto discurso sobre la banalidad del mal y otras cuestiones).

La cuestión de Dios

Un tema poco frecuentado hasta ahora en la bibliografía sobre Arendt es su posible apertura a la trascendencia. Lo poco que se encuentra en su obra publicada queda compensado por la multiplicidad y relevancia de alusiones a Dios y a la religión que se pueden encontrar en escritos personales como sus diarios, las confidencias a sus íntimos, el funeral de su marido Heinrich Blücher, etc. Estas alusiones superan la visión interesada de una pensadora supuestamente agnóstica y ajena al cristianismo.

En la partida de nacimiento de Hannah Arendt consta específicamente, entre los datos de filiación, lugar y fecha de nacimiento, que aquella niña descendía de unos padres con “fe judía”. Sus padres habían tenido una relación estrecha con el rabino de Königsberg, con el que además compartieron la afiliación a las ideas socialdemócratas. La instrucción religiosa de Arendt se redujo a las lecciones individuales de este rabino y, en el exilio parisino, a un estudio sucinto de la lengua hebrea.

En los años difíciles de la enfermedad paterna, su madre anotaría en el diario sobre la niña que Hannah “rezaba por él por la mañana y por la noche, sin que nadie le hubiese enseñado a hacerlo”. También al morir Blücher, su esposa quiso rezar un Kaddish, la tradicional oración fúnebre hebrea, en ese caso incoada en el funeral de un no judío. 

Testimonios escritos

En un artículo sobre la religión y los intelectuales Arendt escribía: “Como en todas las discusiones sobre la religión, el problema está en que realmente no se puede escapar a la cuestión de la verdad, y que en todo el asunto no puede, por tanto, tratarse como si Dios hubiese sido la idea de un cierto pragmatista especialmente listo que sabía para qué y frente a qué era buena la idea. Ocurre, sencillamente, que no es así: o bien Dios existe y la gente cree en Él ─y esto entonces es un hecho más importante que toda la cultura y toda la literatura ─o bien no existe y la gente no cree en Él─ y no hay imaginación literaria ni en cualquier otro orden que, en beneficio de la cultura y por mor de los intelectuales, pueda cambiar esta situación”. 

En otra ocasión, también había escrito con amargura, al constatar la vinculación entre la religión y el judaísmo: “La grandeza de este pueblo consistió una vez en que creía en Dios y creía en Él de tal manera que su confianza y su amor hacia Él era mayor que su temor. ¿Y ahora este pueblo sólo cree en sí mismo? ¿Qué provecho cabe esperar de ello? Pues bien, en este sentido yo no amo a los judíos ni creo en ellos; simplemente formo parte de ellos como algo evidente, que está más allá de toda discusión”.

Conocimiento bíblico

Ese “algo evidente” comportaba una herencia cultural judía, que a veces era capaz de casar un Dios trascendente con un planteamiento inmanente, lo que le produciría múltiples quebraderos de cabeza. En un escrito titulado “Nosotros los refugiados” escribiría: “Criados con la convicción de que la vida es el bien supremo y la muerte la aflicción más grande, nos convertimos en testigos y víctimas de terrores más grandes que la muerte, sin haber sido capaces de descubrir un ideal más elevado que la vida”. 

Aquella mujer judía llegó a conocer a la perfección no sólo el Antiguo Testamento de la Biblia hebrea sino también al Jesús de los evangelios. Citaba con frecuencia palabras del Profeta judío, representaba en sus escritos escenas de su vida y gestos de su lenguaje, así como estudió las novedades que aportaba su doctrina. Ella nunca concretó una proposición de fe en Jesús de Nazareth, aunque su maestro Jaspers y su esposo Blücher sí lo hicieran. Su herencia judía, su estudio de la escritura, la familiaridad con la obra de San Agustín, las lecciones de BultmannGuardini y Heidegger, le llevaron a mirarse cara a cara con el cristianismo.

La autora de «La condición humana» afirmaría: “Sin duda alguna el énfasis cristiano en la sacralidad de la vida es parte integrante de la herencia hebrea, que ya presentaba asombroso contraste con las actividades de la antigüedad: el desprecio pagano por los sufrimientos que la vida impone al ser humano en el trabajo y en el parto, la envidiada imagen de la vida fácil de los dioses, la costumbre de abandonar a los hijos no deseados, la convicción de que la vida sin salud no vale la pena vivirla (de tal manera que, por ejemplo, se considera un error la actitud del médico que prolonga una vida cuya salud no puede restablecerse) y de que el suicidio es un noble gesto para escapar de la existencia que se ha hecho gravosa”.

En una columna de opinión dejó escrito: “El hecho de que Jesús de Nazareth, al que la cristiandad considera salvador, fuera judío puede para nosotros como para el pueblo cristiano ser el símbolo de nuestra pertenencia a la cultura greco-judeo-cristiana”.

Dios y la vida

En una semblanza del papa Juan XXIII, afirmaba: “A decir verdad, la Iglesia ha predicado la Imitatio Christi a lo largo de casi dos mil años, y nadie puede decir cuántos párrocos y monjes habrá habido que, viviendo en la oscuridad a lo largo de los siglos hayan dicho como el joven Roncalli: Este es mi modelo: Jesucristo, sabiendo perfectamente, ya a los dieciocho años, que parecerse al buen Jesús significaba ser tratado como un loco… Generaciones enteras de intelectuales modernos, en la medida en que no fueron ateos ─o sea, necios, que pretenden saber lo que ningún ser humano puede saber─, aprendieron de KierkegaardDostoievskyNietzsche y sus incontables seguidores, a considerar interesantes la religión y las cuestiones teológicas. No hay duda de que tendrán dificultades para comprender a un hombre que de muy joven hizo voto de fidelidad no sólo a la pobreza material, sino asimismo a la pobreza espiritual… su promesa era para él un signo evidente de su vocación: Soy de la misma familia que Cristo, ¿qué más puedo querer?”.

Y en una carta a su marido el 18 de mayo de 1952, le decía después de escuchar el Mesías de Händel interpretado por la Orquesta Filarmónica de Munich: “El Aleluya sólo se comprende desde el texto: Nos ha nacido un niño. La verdad profunda de este relato de la leyenda sobre Cristo: todo comienzo permanece intacto; por el comienzo, por esa salvación, Dios creó al hombre en el mundo. Cada nuevo nacimiento es como una garantía de la salvación del mundo, como una promesa de redención para quienes ya no son un comienzo”.

Muchos años después, Arendt anotaría en otro de sus cuadernos: “Sobre la religión revelada: se nos presenta el Dios que se revela y se hace ostensible, porque nosotros no podemos representarnos lo que no se manifiesta como presencia, describiéndose a sí mismo. Si Dios ha de ser un Dios vivo, así lo creemos, debe necesariamente revelarse a sí mismo”. Y añadía el siguiente poema:

“La voz de Dios no

nos salva de la abundancia,

Él sólo habla a los miserables,

a los ansiosos, a los impacientes,

Oh Dios, no te olvides de nosotros”.

Fuente: omnesmag.com

31 diciembre 2025

Toda nuestra vida es un viaje

 El Papa en la Audiencia General 

(Lectura: Ef 3,20-21)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!:

Vivimos este encuentro de reflexión en el último día del año civil, cerca del final del Jubileo y en el corazón del tiempo de Navidad.

El año que ha pasado ha estado marcado por eventos importantes: algunos felices, como la peregrinación de tantos fieles con ocasión del Año Santo; otros dolorosas, como el fallecimiento del añorado Papa Francisco y los escenarios de guerra que siguen devastando el planeta. Al concluir el año, la Iglesia nos invita a poner todo frente al Señor, encomendándonos a Su Providencia y pidiéndole que se renueven, en nosotros y a nuestro alrededor, en los días venideros, los prodigios de su gracia y de su misericordia.

En esta dinámica se inscribe la tradición del solemne canto del Te Deum, con el que esta tarde agradeceremos al Señor por los beneficios recibidos. Cantaremos: «Te alabamos, Dios», «Tú eres nuestra esperanza», «Que tu misericordia esté siempre con nosotros». A este respecto, el Papa Francisco observaba que mientras «la gratitud mundana, la esperanza mundana son aparentes, […] aplastadas por el yo, por sus intereses, […] en esta Liturgia se respira otra atmósfera diferente: la de la alabanza, del asombro, del agradecimiento» (Homilía de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, 31 de diciembre de 2023).

Y es con estas actitudes que hoy estamos llamados a meditar sobre lo que el Señor ha hecho por nosotros el año pasado, así como también a hacer un honesto examen de conciencia, a valorar nuestra respuesta a sus dones y a pedir perdón por todos los momentos en los que no hemos sabido atesorar sus inspiraciones e invertir mejor los talentos que nos ha confiado (cfr Mt 25,14-30).

Esto nos lleva a reflexionar sobre otro gran signo que nos ha acompañado en los meses pasados: el del “camino” y de la “meta”. Tantos peregrinos han venido, este año, desde todas las partes del mundo, a rezar sobre la Tumba de Pedro y a confirmar su adhesión a Cristo. Esto nos recuerda que toda nuestra vida es un viaje, cuya meta última transciende el espacio y el tiempo, para cumplirse en el encuentro con Dios y en la plena y eterna comunión con Él (cfr Catequismo de la Iglesia Católica, 1024). Pediremos también esto en la oración del Te Deum, cuando digamos: «Acógenos en tu gloria en la asamblea de los santos». No en vano, San Pablo VI definía el Jubileo como un gran acto de fe en «la espera de nuestros futuros destinos […] que desde ahora anticipamos y […] preparamos» (Audiencia general, 17 de diciembre de 1975).

Y en esta perspectiva escatológica del encuentro entre lo finito y lo infinito se encuadra un tercer signo: el paso de la Puerta Santa, que hemos hecho muchos, rezando e implorando la indulgencia para nosotros y para nuestros seres queridos. Esto expresa nuestro “sí” a Dios, que con su perdón nos invita a cruzar el umbral de una vida nueva, animada por la gracia, modelada en el Evangelio, inflamada por el «amor al prójimo, en cuya definición  [está…] comprendido todo el hombre, […] necesitado de comprensión, de ayuda, de consuelo, de sacrificio, aunque sea un desconocido para nosotros, aunque sea molesto y hostil, pero dotado de la incomparable dignidad de hermano» (S. Pablo VI, homilía con ocasión del cierre del Año Santo, 25 de diciembre de 1975; cfr Catecismo de la Iglesia Católica,1826-1827). Es nuestro “sí” a una vida vivida con compromiso en el presente y orientada a la eternidad.

Queridos, nosotros meditamos sobre estos signos en la luz de la Navidad. San León Magno, al respecto, veía en la fiesta del Nacimiento de Jesús el anuncio de una alegría que es para todos. «Que exulte el santo – exclamaba –, porque se acerca la recompensa; que se alegre el pecador, porque se le ha ofrecido el perdón; que recupere el ánimo el pagano, porque está llamado a la vida» (Primer discurso para la Navidad del Señor, 1).

Su invitación hoy va dirigida a todos nosotros, santos por el Bautismo, porque Dios se hizo nuestro compañero en el camino hacia la Vida verdadera; a nosotros, pecadores, para que, perdonados, con su gracia podamos levantarnos y volvernos a poner en marcha; y, por último, a nosotros, pobres y frágiles, para que el Señor, haciendo suya nuestra debilidad, la ha redimido y nos ha mostrado la belleza y la fuerza en su humanidad perfecta (cfr Jn 1,14).

Por ello, quisiera concluir recordando las palabras con las que San Pablo VI, al finalizar el Jubileo de 1975, describía el mensaje fundamental: este, decía, se resume, en una palabra: “amor”. Y añadía: «¡Dios es amor! Esta es la revelación inefable, de la que el Jubileo, con su pedagogía, con su indulgencia, con su perdón y finalmente con su paz, llena de lágrimas y de alegría, nos ha querido llenar el espíritu hoy y siempre la vida mañana: ¡Dios es amor! ¡Dios me ama! ¡Dios me espera y yo lo he encontrado! ¡Dios es misericordia! ¡Dios es perdón! ¡Dios, sí, Dios es la vida!» (Audiencia general, 17 de diciembre de1975).

Que nos acompañen estos pensamientos en el paso entre el viejo y el nuevo año y después siempre en nuestra vida.

Fuente: vatican.va

30 diciembre 2025

Contar desde el final

Teo Peñarroja

¿Es posible encontrar sentido cuando la tragedia golpea sin avisar? El significado no es una decisión ni un invento, sino un hallazgo que emerge al escarbar entre las capas del tiempo, como un arqueólogo que busca tesoros en el desierto de los días.

Hay más vida que la vida. Hay, en las cosas que nos pasan —en el scroll infinito de los días que restan hasta la tumba—, más verdad que la relación improbable de todo lo que sucede. El inventario de lo posible, que tanto fascinó a enajenados encantadores como Borges o Perec, no daría cuenta de lo que significa un ser humano.

El otro día le escuché a Andrés Trapiello en el pódcast Hotel Jorge Juan que hacemos novelas para darle sentido a este sinsentido que es la vida. Disiento, admirado Trapiello. Llevas más de tres décadas publicando tu diario: una obra faraónica, demencial y envidiable, que se llama Salón de pasos perdidos, más asombrosa si cabe en tanto que no tiene lectores. Lo sabes y te importa un bledo: tu único compromiso es contigo mismo, quizá con la literatura. ¿Para qué ibas a seguir escribiendo, salvo para descubrir la trama de tu propia existencia? Tu trabajo se parece al del arqueólogo. Con el pincelito retiras capas de arena, escarbas con el deseo de encontrar. Porque el sentido es un hallazgo —¿un regalo?—, no una decisión, un artefacto ni un invento.

Por lo demás, quien más quien menos, todos tenemos nuestro salón de pasos perdidos. Aunque no lo escribamos con precisión de poeta, lo contamos y nos lo contamos y tachamos y corregimos a todas horas el pasado con vistas a eso que atisbamos que es nuestro fin, tan distinto del final. Son cuestiones diferentes, acabar y acabarse. Lograrse, en honor al maestro Alejandro Llano. Que Dios lo tenga en su gloria.

Me pregunto —gajes del oficio— si es posible arrancarles a los hechos la ficción de una trama para las más de doscientas vidas que se llevó la riada del 29 de octubre. Abro el periódico y leo que el conductor de una excavadora ha encontrado en un vertedero de Paiporta, 44 días después de la catástrofe, los restos de Mohamed Belhadi, que vivía en una chabola junto al barranco del Poyo. Quedan tres desaparecidos: José Javier Vicent, de 56 años, arrastrado por la crecida con su hija en una caseta de campo en Pedralba; Elizabeth Gil, una vecina de Cheste de 38 años que iba en coche con su madre al hotel donde trabajaban; y Francisco Ruiz, un abuelo que puso a sus nietos a salvo sobre el techo de su vehículo en un supermercado de Montserrat, pero no logró salvarse a sí mismo.

Delante de tanta muerte, como a la lumbre de cualquier vida, ¿es posible encontrar sentido? Me pongo sombrío y callo, porque qué vas a decir que no sea mejor que el silencio. Tanto ruido, tanto ruido, tanto ruido. Y a años luz, en el silencio insondable de las costuras del universo que se expande, los muertos, que son apenas cifras en nuestras crónicas, argumentos en las tertulias, nombres en los homenajes. Qué asco, me digo. Pero luego, más sereno, rezo y vuelvo a leer la primera línea.

Fuente: Nuestro Tiempo


29 diciembre 2025

Un hogar, una casa, una familia

Juan Luis Selma

Muchos jóvenes encuentran difícil acceder a una casa que pueda convertirse en el hogar de su familia. Es una pena que, en una sociedad tan avanzada como la nuestra, tras tantos años proclamando los avances sociales, los jóvenes tengan tantas dificultades para formar una familia. Recuerdo que, en mi época, nada más terminar los estudios universitarios o de formación profesional, la mayoría, con poco más de veinte años, ya tenía trabajo estable, casa propia y un utilitario. Era frecuente estar casados y tener hijos. Había ilusión, sueños, esperanza de vida.

Hoy recordamos a la Sagrada Familia: Jesús, María y José. A ellos encomendamos nuestras familias y, sobre todo, las futuras. Les pedimos que todos aquellos que sueñen con formar un hogar tengan los medios suficientes, y también las ganas y la ilusión. Nada mejor que la familia, nada más necesario y valioso.

En Nazaret, junto a la Basílica de la Anunciación, donde estaba la casa de la Virgen, se encuentra la casa de José. Allí vivió la Sagrada Familia, en una cueva ampliada que probablemente incluía el taller de trabajo de san José, o al menos su almacén de herramientas.

Los arqueólogos y la tradición de la Iglesia creen haber identificado estas casas -o al menos aproximarse mucho-, situadas a poca distancia una de otra. Han comprobado que eran en parte cuevas, con su mikvá (baño ritual de agua corriente), espacios para animales y, enfrente, más viviendas… Era el pequeño pueblo de Nazaret, hoy convertido en una gran ciudad de unos ochenta mil habitantes, en su mayoría árabes.

La cueva que se conserva tiene una estancia con un agujero que servía de hogar para cocinar, calentar e iluminar. Allí, un mosaico moderno presenta a la Virgen cocinando, a José trabajando y a Jesús joven extendiendo la mano para recoger el plato que prepara su Madre. En ese lugar se conjuga lo humano con lo divino: el trabajo, la vida familiar, el descanso, las relaciones de vecindad y parentesco, junto con la santidad.

San Pablo nos recuerda: “Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada". El amor es el cimiento que une a la familia, el seguro que la hace duradera.

No podemos renunciar al bien de la familia. No es una utopía, un sueño irrealizable. Puede ser una realidad, pero hay que trabajarla: es una tarea preciosa. Hay que prepararse para ser un buen esposo o esposa, padre o madre. Recuerdo a un joven que, tras una ruptura, me decía que había comprendido la necesidad de madurar, ser más responsable y prepararse para amar de verdad.

El Santo Padre nos dice: "Podemos entender la familia como un don y una tarea. Es crucial fomentar la corresponsabilidad y el protagonismo de las familias en la vida social, política y cultural, promoviendo su valiosa contribución en la comunidad. En cada hijo, en cada esposa o esposo, Dios nos encomienda a su Hijo, a su Madre, como hizo con san José, para ser, junto a ellos, base, fermento y testimonio del amor de Dios en medio de los hombres. Para ser Iglesia doméstica y hogar donde arda el fuego del Espíritu Santo, difunda su calor, aporte sus dones y experiencias para el bien común y convoque a todos a vivir en esperanza".

Para estar en condiciones de formar una familia hay que cultivar actitudes que sostienen la vida compartida. Escucha profunda: no solo oír palabras, sino atender al corazón del otro. Respeto y libertad: amar sin poseer, acompañar sin sofocar. Perdón y paciencia: aceptar la fragilidad mutua y dar espacio al crecimiento. Cuidado cotidiano: los gestos pequeños (un café, una sonrisa, un abrazo) sostienen más que las grandes declaraciones.

Y, sobre todo, rezar unidos: la oración común ayuda mucho. Es como una lámpara encendida en la casa: ilumina suavemente, no impone, pero da calor y guía a todos los que entran. Ver las cosas con la luz de Dios y contar con su gracia fortalece la vida familiar.

Fuente: eldiadecordoba.es


28 diciembre 2025

Valor de la presencia y la misión de la Sagrada Familia

El Papa en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!

Hoy celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia y la liturgia nos propone el relato de la “huida en Egipto” (cf. Mt 2,13-15.19-23).

Es un momento de prueba para Jesús, María y José. Sobre el resplandeciente cuadro de la Navidad se proyecta, casi de improviso, la inquietante sombra de una amenaza mortal, que tiene su origen en la atormentada vida de Herodes, un hombre cruel y sanguinario, temido por su crueldad, pero precisamente por eso profundamente solo y obsesionado por el miedo a ser destronado. Cuando se entera por los magos de que ha nacido el «rey de los judíos» (cf. Mt 2,2), sintiéndose amenazado en su poder, decreta la muerte de todos los niños de la edad de Jesús. En su reino, Dios está realizando el milagro más grande de la historia, en el que se cumplen todas las antiguas promesas de salvación, pero él no es capaz de verlo, cegado por el miedo a perder el trono, sus riquezas, sus privilegios. En Belén hay luz, hay alegría; algunos pastores han recibido el anuncio celestial y ante el pesebre han glorificado a Dios (cf. Lc 2,8-20), pero nada de esto logra penetrar las defensas blindadas del palacio real, salvo como un eco distorsionado de una amenaza que hay que sofocar con violencia ciega.

Sin embargo, precisamente esta dureza de corazón resalta aún más el valor de la presencia y la misión de la Sagrada Familia que, en el mundo despótico y codicioso que representa el tirano, es el nido y la cuna de la única respuesta posible de salvación: la de Dios que, con total gratuidad, se entrega a los hombres sin reservas y sin pretensiones. Y el gesto de José que obediente a la voz del Señor, lleva a salvo a la esposa y al niño, se manifiesta aquí en todo su significado redentor. De hecho, en Egipto crece la llama del amor doméstico a la que el Señor ha confiado su presencia en el mundo  y cobra vigor para llevar la luz al mundo entero.

Mientras contemplamos con asombro y gratitud este misterio, pensemos en nuestras familias y en la luz que ellas también pueden aportar a la sociedad en la que vivimos. Lamentablemente, el mundo siempre tiene sus «Herodes», sus mitos del éxito a cualquier precio, del poder sin escrúpulos, del bienestar vacío y superficial, y a menudo, sufre las consecuencias con la soledad, la desesperación, con las divisiones y conflictos. No dejemos que estos espejismos sofoquen la llama del amor en las familias cristianas. Al contrario, protejamos en ellas los valores del Evangelio: la oración, la frecuencia a los sacramentos —especialmente la confesión y la comunión—, los afectos sanos, el diálogo sincero, la fidelidad, el realismo sencillo y hermoso de las palabras y los gestos buenos de cada día. Esto las convertirá en luz de esperanza para los entornos en los que vivimos, escuela de amor e instrumento de salvación en las manos de Dios (cf. Francisco, Homilía en la Misa por el X Encuentro Mundial de las Familias, 25 junio 2022).

Pidamos entonces al Padre del Cielo, por intercesión de María y san José, que bendiga a nuestras familias y a todas las familias del mundo, para que, siguiendo el modelo de la familia de su Hijo hecho hombre, sean para todos un signo eficaz de su presencia y de su amor sin fin.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo cordialmente a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países.

En particular, saludo a los jóvenes de ClusoneGerenzano y San Bartolomeo in Bosco, a los confirmandos de Adrara San Martino, a los jóvenes y monaguillos de Brescia, a los participantes en la peregrinación de preadolescentes de la Unidad Pastoral de Sarezzo y a los scouts de Treviso.

Saludo también a los educadores de la Acción Católica de Limena y los de Morciano di Romagna, a los animadores del Oratorio San Pío X de Portogruaro, al grupo de voluntarios de Borgomanero, a los fieles de San Cataldo y Serradifalco y a los miembros de la Pro Loco de Sant’Egidio del Monte Albino.

A la luz de la Navidad del Señor, sigamos rezando por la paz. Hoy, en particular, recemos por las familias que sufren a causa de la guerra, por los niños, los ancianos y las personas más frágiles. Confiémonos juntos a la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret.

Les deseo a todos: ¡buen domingo!

Fuente: vatican.va

26 diciembre 2025

La Sagrada Familia: Jesús, María y José

Fiesta de la Sagrada Familia. (Ciclo A)

Evangelio (Mt 2,13-15; 19-23)

Cuando se marcharon, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo:

—Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.

Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta:

De Egipto llamé a mi hijo.

Muerto Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:

—Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del niño.

Se levantó, tomó al niño y a su madre y vino a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá; y avisado en sueños marchó a la región de Galilea. Y se fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por medio de los Profetas: «Será llamado nazareno».

Comentario

El evangelio de la fiesta litúrgica de la Sagrada Familia recoge dos pasajes del relato de la infancia según san Mateo: la huida a Egipto, por culpa de Herodes, y el regreso de la Sagrada Familia a la tierra de Israel, a Nazaret. Mateo muestra interés en demostrar que, tanto los sucesos dramáticos de la vida oculta de Jesús, como los más ordinarios y comunes, sucedieron según las Escrituras. Tenían, por tanto, un sentido profundo previsto por la providencia divina. En efecto, si el pueblo de Israel tuvo que huir de la amenaza de Egipto, como narra el libro del Éxodo, ahora Egipto será, por feliz contraste, el lugar de refugio para el Mesías. Desde allí, Dios lo iba a llamar como hijo, para que volviera a la tierra de Israel a salvar a su pueblo y a los gentiles. Las indicaciones divinas y las decisiones según las circunstancias, llevarán a María y José a instalarse en Nazaret, donde Jesús pasará la mayor parte de su vida.

Sobre el suceso dramático de la huida a Egipto, el Papa Francisco comentaba en una ocasión: “hoy el Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia por el camino doloroso del destierro, en busca de refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de los refugiados, marcada por miedo, incertidumbre, incomodidades (cf. Mt 2, 13-15.19-23). (…) Jesús quiso pertenecer a una familia que experimentó estas dificultades, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios. La huida a Egipto causada por las amenazas de Herodes nos muestra que Dios está allí donde el hombre está en peligro, allí donde el hombre sufre, allí donde huye, donde experimenta el rechazo y el abandono; pero Dios está también allí donde el hombre sueña, espera volver a su patria en libertad, proyecta y elige en favor de la vida y la dignidad suya y de sus familiares”. Se deduce de este pasaje que los sucesos de nuestra vida no escapan a la mirada atenta y amorosa de Dios, como no escapaban los sucesos de la vida de su Hijo. Todo lo que nos pasa, encierra un sentido que debemos comprender y también construir, con nuestra libre correspondencia, aunque de primeras nos parezcan dolorosos.

También tienen sentido a los ojos de Dios aquellos sucesos aparentemente ordinarios y sin relieve. De hecho, como seguía diciendo el Papa, “hoy, nuestra mirada a la Sagrada Familia se deja atraer también por la sencillez de la vida que ella lleva en Nazaret. Es un ejemplo que hace mucho bien a nuestras familias, les ayuda a convertirse cada vez más en una comunidad de amor y de reconciliación, donde se experimenta la ternura, la ayuda mutua y el perdón recíproco”.

La Sagrada Familia y en especial san José aparecen en este evangelio como un modelo entrañable de aceptación de la voluntad divina y de esfuerzo por comprenderla y colaborar con ella. Gracias a las decisiones de María y José, el Hijo de Dios cumplirá la voluntad divina de vivir en una familia común, llevar una vida ordinaria durante muchos años y ser llamado «nazareno». Como explicaba san Josemaría, “Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino.

Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo.

Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt XIII, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae (Mc VI, 3), el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Ioh XII, 32)”.

Fuente: opusdei.org

Besos

Enrique García-Máiquez

«Contra el academicismo de los museos y contra la dichosa desamortización de Mendizábal, está en nuestras manos (esto es, en nuestras almas) restituir los cuadros a su esencia primigenia y altísima»

Los museos tienen algo de escaparate. Pero esos cuadros ilustres estuvieron pensados para dignificar un hondo salón familiar, para recordar a una amadísima esposa perdida, para dejar a los hijos un lejano recuerdo de la tierra natal… Y muchos se pintaron como iconos, para reflejar la luz de lo sagrado y mover a la oración a los hombres. Su lugar era el templo o la capilla. Para la historia del arte están bien los museos, y menos da una piedra; pero la mejor manera de entrar en un museo implica conocer la historia y la intención del cuadro o la escultura y, en la medida de nuestras posibilidades, respetarlas.

Mucho mejor lo contó el poeta Julio Martínez Mesanza. Todavía en la Unión Soviética, estaba visitando un museo en San Petersburgo, no recuerdo cuál. Entonces vio que una mujer joven y muy guapa, vestida humildemente, se paró ante un bellísimo icono. Y, en ese momento, sin importarle nada más, se hincó de rodillas, y rezó. Martínez Mesanza vio que todo el museo quedaba transformado. El gran escenario del arte con mayúsculas se quedaba muy pequeño y el cuadro volvía a ser un humilde icono que servía a su misión de transparentar lo sagrado. Lo vivió como una hierofanía.

Lo he recordado leyendo un poema de Jaime García-Máiquez titulado «Besos» y recogido en su antología La humana cosa. El poeta trabaja en el Gabinete Técnico del Museo del Prado, lo que le da ciertas oportunidades. «Cada vez que en el búnker de rayos X entra/ un cuadro religioso […] yo beso levemente la pintura,/ el lívido barniz que la protege». El largo poema ofrece pormenorizados detalles de esos besos: «Sobre el rosto de Cristo,/ sobre el pie taladrado por el clavo/ negro de huesos, sobre/ los largos dedos blancos de albayalde/ de la virgen María/ o la piel arrugada —pardo oscuro de Siena—/ de un santo apasionado». El poeta sabe que ese roce leve es «para siempre eterno». Confiesa: «He llenado el Museo y los museos/ del mundo con mis besos./ Borges modificó/ el infinito océano del fuego del Sáhara/ cambiando de lugar algo de arena./ Yo he transformado para siempre el Prado/ llenándolo de besos./ Yo también he modificado algo infinito».

El poeta es mi hermano —mi hermano pequeño, para más inri—, pero si lo traigo aquí no es para hacer marketing fraternal, sino porque, en cuanto poeta, es hermano de todos ustedes, según la estirpe de Baudelaire, que llamaba al lector «mi semejante, mi hermano», y tenía razón. Es más, en esos besos (a la azul Encarnación de Fray Angélico, al rojo Expolio de la Catedral de Toledo, al Cristo de Velázquez, silencioso, o a la ruidosa Adoración de los Magos de Rubens, según detalla) estamos representados todos nosotros. Realmente, que nos lo cuente no se queda en una confesión de una intimidad piadosa, sino que nos devuelve la sacralidad de esos cuadros magistrales. Hace, más disimuladamente y convirtiendo su puesto de trabajo en un pequeño criptoaltar, lo mismo que la joven rusa que conmovió a Julio Martínez Mesanza.

Unos y otros nos facilitan la subversión. Ya nunca veremos los cuadros del mismo modo. Contra el academicismo de los museos, contra la dichosa desamortización de Mendizábal, en nuestras manos (esto es, en nuestras almas) está restituir los cuadros a su esencia primigenia y altísima. No hay otra restauración más perfecta. Ya aleccionado, cuando visito el Prado, procuro que las doce en punto en el reloj me den enfrente de la Coronación de la Virgen de Velázquez, y ahí rezo el ángelus. Me gustaría ponerme de rodillas, pero me falta el coraje. Y me gustaría posar también mi leve beso en el lienzo, pero me placarían los vigilantes del Museo cumpliendo diligentemente su deber profesional, como es lógico y les agradecemos.

Con todo, no importa. Pienso que mi ángelus invisible resulta más subversivo que los que echan espráis o sopas a las obras maestras, y además sabemos que mi hermano —el vuestro— ya puso un beso allí, que nos representa a todos. El venerable Museo del Prado asiente encantado, diría yo. Incluso él ha sido ascendido de categoría.

Fuente: Nuestro Tiempo

25 diciembre 2025

MENSAJE URBI ET ORBI

DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

NAVIDAD 2025

Queridos hermanos y hermanas:

«Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo. Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada de la Misa de medianoche en la Natividad del Señor). Así canta la liturgia en la noche de Navidad, y así resuena en la Iglesia el anuncio de Belén: el Niño que ha nacido de la Virgen María es Cristo Señor, enviado por el Padre para salvarnos del pecado y de la muerte. Él es nuestra paz, Aquel que venció al odio y a la enemistad con el amor misericordioso de Dios. Por eso «el nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz» (S. Leone Magno, Sermone 26).

Jesús nació en un establo porque no había lugar para él en el albergue. Al nada más nacer, su madre María «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre» (Lc 2,7). El Hijo de Dios, por medio del cual todo fue creado, no es acogido y su cuna es un pobre comedero para animales.

El Verbo eterno del Padre, que los cielos no pueden contener, ha elegido venir al mundo de esa manera. Por amor quiso nacer de una mujer, para compartir nuestra humanidad; por amor aceptó la pobreza y el rechazo y se identificó con los que son marginados y excluidos.

En el nacimiento de Jesús ya se perfila la elección fundamental que guiará toda la vida del Hijo de Dios, hasta su muerte en la cruz: la elección de no hacernos llevar el peso del pecado, sino de llevarlo Él por nosotros, de hacerse cargo de él. Esto podía hacerlo sólo Él. Y al mismo tiempo nos mostró lo que sólo nosotros podemos hacer, es decir, asumir cada uno nuestra parte de responsabilidad. Sí, porque Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros. (cf. S. Agustín, Sermón 169, 11. 13), es decir, sin nuestra libre voluntad de amar. Quien no ama no se salva, está perdido. Y quien no ama a su hermano que ve, no puede amar a Dios que no ve. (cf. 1 Jn 4,20).

Hermanas y hermanos, este es el camino de la paz: la responsabilidad. Si cada uno de nosotros, a todos los niveles, en lugar de acusar a los demás, reconociera ante todo sus propias faltas y pidiera perdón a Dios, y al mismo tiempo se pusiera en el lugar de quienes sufren, fuera solidario con los más débiles y oprimidos, entonces el mundo cambiaría.

Jesucristo es nuestra paz, ante todo porque nos libera del pecado y, luego, porque nos indica el camino a seguir para superar los conflictos, todos los conflictos, desde los interpersonales hasta los internacionales. Sin un corazón libre del pecado, un corazón perdonado, no se puede ser hombres y mujeres pacíficos y constructores de paz. Por esto Jesús nació en Belén y murió en la cruz: para liberarnos del pecado. Él es el Salvador. Con su gracia, cada uno de nosotros puede y debe hacer lo que le corresponde para rechazar el odio, la violencia y la confrontación, y practicar el diálogo, la paz y la reconciliación.

En este día de fiesta, deseo enviar un saludo efusivo y paternal a todos los cristianos que viven en Medio Oriente, a quienes he querido encontrar hace poco en mi primer viaje apostólico. He escuchado sus temores y conozco bien su sentimiento de impotencia ante las dinámicas de poder que los superan. El Niño que hoy nace en Belén es el mismo Jesús que menciona: «les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

A Él imploramos justicia, paz y estabilidad para el Líbano, Palestina, Israel y Siria, confiando en estas palabras divinas: «La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre» (Is 32,17).

Encomendamos al Príncipe de la Paz todo el continente europeo, pidiéndole que siga inspirándole un espíritu comunitario y colaborativo, fiel a sus raíces cristianas y a su historia, solidario y acogedor con los que están pasando necesidad. Oremos de manera especial por el atribulado pueblo ucraniano, para que cese el estruendo de las armas y las partes implicadas, con el apoyo de la comunidad internacional, encuentren el valor para dialogar de manera sincera, directa y respetuosa.

Al Niño de Belén imploramos paz y consuelo para las víctimas de todas las guerras que se libran en el mundo, especialmente aquellas olvidadas; y para quienes sufren a causa de la injusticia, la inestabilidad política, la persecución religiosa y el terrorismo. Recuerdo de manera especial a los hermanos y hermanas de Sudán, Sudán del Sur, Malí, Burkina Faso y la República Democrática del Congo.

En estos últimos días del Jubileo de la Esperanza, pidamos al Dios hecho hombre por el querido pueblo de Haití, que cese en el País toda forma de violencia y pueda avanzar por el camino de la paz y la reconciliación. 

Que el Niño Jesús inspire a quienes tienen responsabilidades políticas en América Latina para que, al enfrentar los numerosos desafíos, se le dé espacio al diálogo por el bien común y no a las exclusiones ideológicas y partidistas.

Pedimos al Príncipe de la Paz que ilumine a Myanmar con la luz de un futuro de reconciliación, que devuelva la esperanza a las generaciones jóvenes, guíe a todo el pueblo birmano por los caminos de la paz y acompañe a quienes viven sin hogar, sin seguridad y sin confianza en el mañana.

A Él imploramos que se restablezca la antigua amistad entre Tailandia y Camboya y que las partes implicadas continúen esforzándose por la reconciliación y la paz.

A Él le confiamos también los pueblos del sur de Asia y de Oceanía, duramente golpeados por las recientes y devastadoras catástrofes naturales, que han afectado gravemente a poblaciones enteras. Ante tales pruebas, invito a todos a renovar con convicción el compromiso común de socorrer a quienes sufren.

Queridos hermanos y hermanas:

En la oscuridad de la noche aparecía «la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1,9), pero «los suyos no la recibieron» (Jn 1,11). No dejemos que nos venza la indiferencia hacia quien sufre, porque Dios no es indiferente a nuestras miserias.

Al hacerse hombre, Jesús asume sobre sí nuestra fragilidad, se identifica con cada uno de nosotros: con quienes ya no tienen nada y lo han perdido todo, como los habitantes de Gaza; con quienes padecen hambre y pobreza, como el pueblo yemení; con quienes huyen de su tierra en busca de un futuro en otra parte, como los numerosos refugiados y migrantes que cruzan el Mediterráneo o recorren el continente americano; con quienes han perdido el trabajo y con quienes lo buscan, como tantos jóvenes que tienen dificultades para encontrar empleo; con quienes son explotados, como los innumerables trabajadores mal pagados; con quienes están en prisión y a menudo viven en condiciones inhumanas.

Al corazón de Dios llega la invocación de paz que brota de cada tierra, como escribe un poeta:

«No la de un alto al fuego
ni la de la visión del lobo junto al cordero,
sino
la del corazón cuando se acaba la agitación
y hablamos de un gran cansancio.
Que sea
como flores silvestres,
de repente, por necesidad del campo:
una paz silvestre».

En este día santo, abramos nuestro corazón a los hermanos y hermanas que están necesitados y sufren. Al hacerlo, lo abrimos al Niño Jesús que, con sus brazos abiertos, nos acoge y nos revela su divinidad: «Pero a todos los que lo recibieron […], les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12).

En pocos días terminará el Año Jubilar. Se cerrarán las Puertas Santas, pero Cristo, nuestra esperanza, permanece siempre con nosotros. Él es la Puerta siempre abierta, que nos introduce en la vida divina. La alegre noticia de este día es que el Niño que ha nacido es Dios hecho hombre; que no viene a condenar, sino a salvar; la suya no es una aparición fugaz, pues Él viene para quedarse y entregarse a sí mismo. En Él toda herida es sanada y todo corazón encuentra descanso y paz. «El Nacimiento del Señor es el Nacimiento de la paz».

A todos, les deseo de corazón una Navidad serena.