23 abril 2010

El sacerdote en los ritos de conclusión de la Santa Misa


Mauro Gagliardi



1. Los Ritos de Conclusión en las dos formas de la Misa de Rito Romano
1.1 Los Ritos de Conclusión de la Santa Misa tienen lugar, en ambas formas del Rito Romano – la ordinaria y la extraordinaria – una vez terminada la oración después de la Comunión. Para la forma ordinaria (o de Pablo VI), la Institutio Generalis Missalis Romani (IGMR) en el n. 90 se expresa en estos términos:
“Al rito de conclusión pertenecen:a) Breves avisos, si fuere necesario. b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más solemne. c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote, para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios. d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los demás ministros”.
El papel del sacerdote, por tanto, consiste en dar breves avisos a los fieles, en saludarles con la fórmula litúrgica Dominus vobiscum y en bendecirles con una fórmula sencilla o solemne. El sacerdote, si falta el diácono, pronuncia también la fórmula de despedida Ite, missa est. Los Ritos terminan con el beso del altar y con una inclinación profunda ante él, como al inicio de la Misa.
1.2 Podemos comparar esta estructura con la establecida por las normas del Misal de la forma extraordinaria (o de san Pío V, en la revisión realizada por el beato Juan XXIII). Los elementos fundamentales son comunes a las dos formas del rito, pero se observan también diferencias. El saludo Ite, Missa est aquí se antepone a la bendición. Recibida la respuesta Deo gratias, el sacerdote se dirige de nuevo hacia el altar y, profundamente inclinado, con las manos juntas y apoyadas en él, dice la oración Placeat, que san Pío V hizo añadir en su Misal (1570). Se trata de una bella oración con la que el ministro ordenado pide a la Trinidad que acepte el sacrificio eucarístico en favor suyo y de todos aquellos por los que el sacerdote lo ha ofrecido. Este es el texto:
Placeat tibi, sancta Trinitas, obsequium servitutis meæ: et præsta, ut sacrificium quod oculis tuæ maiestatis indignus obtuli, tibi sit acceptabile; mihique et omnibus pro quibus illud obtuli, sit, te miserante, propitiabile. Per Christum Dominum nostrum. Amen.
Recitada con devoción esta oración, el sacerdote besa el altar, eleva los ojos al cielo mientras abre y cierra los brazos elevándolos y volviéndolos a bajar ante el pecho, inclina la cabeza hacia la cruz y dice: Benedicat vos omnipotens Deus; después se vuelve hacia el pueblo y lo bendice con el signo de la cruz simple en el nombre de la Trinidad (el mismo gesto que se realiza en la forma ordinaria).
Los Ritos de Conclusión de la forma extraordinaria prevén aún una lectura bíblica: el sacerdote, de hecho, tras bendecir al pueblo, se dirige de nuevo al altar, al lado del Evangelio, y proclama el Prólogo del Evangelio de Juan, introduciendo la lectura con las mismas fórmulas y los mismos gestos que se usan para la proclamación del Evangelio dentro de la Liturgia de la Palabra. Al leer Et Verbum caro factum est, se inclina. El último Evangelio es siempre Jn 1,1-14, que se omite en algunas celebraciones. El Prólogo del Evangelio de Juan era apreciado ya desde el siglo XIII como fórmula de bendición, en particular para obtener buen tiempo, y por lo fue insertado por san Pío V en su Misal. Esta lectura, por tanto, debe entenderse como parte de la bendición.
1.3 Notemos que la continuidad en los Ritos de Conclusión entre la forma extraordinaria y la forma ordinaria del Rito Romano está en estos elementos: la bendición del pueblo, la fórmula de despedida, el beso y la veneración del altar. Las diferencias entre las dos formas se observan en algunas supresiones en el paso del Vetus al Novus Ordo y en un añadido realizado a este último. El Novus Ordo ha cambiado la estructura de desarrollo de los Ritos de Conclusión, sea invirtiendo el orden entre despedida y bendición, sea eliminando la oración Placeat y el último Evangelio. El añadido que este hace consiste en cambio en la indicación del IGMR, n. 90/a, que prevé la posibilidad de dar breves avisos al inicio de los Ritos de Conclusión. Otro añadido (tomado de la praxis antigua) es la posibilidad de utilizar fórmulas de bendición más solemnes.
2. Las dos columnas que sostienen los Ritos de Conclusión: bendición y despedida
2.1 De cuanto se ha dicho, resulta que las dos columnas que sostienen los Ritos de Conclusión de la Misa son la bendición y la despedida. En la Sagrada Escritura, la palabra “bendecir / bendición” tiene un significado muy amplio. En el hebreo del Antiguo Testamento, la raíz brk indica la fortuna de aquellos hombres a los que todo les sale bien, pero indica también la fecundidad, la abundancia, la riqueza e incluso la humedad de las nubes (¡verdadera y auténtica riqueza y bendición en el desierto!). Además de estos significados, brk se usa en el sentido verbal de “hacer homenaje”, “alabar”, “glorificar”, “expresar reconocimiento” y también “hablar bien de alguien”. Finalmente, así como en Israel cualquier saludo era un augurio de bendición, brk significa también sencillamente “saludar”. El significado más cercano a nuestra forma de entender la “bendición”, se encuentra expresada en los textos que tratan sobre augurios de bendición de los padres a los hijos, o de los sacerdotes a los participantes en el culto, o también respecto a las promesas hechas por Dios a favor de los hombres. Se encuentran también fórmulas litúrgicas fijas, por ejemplo Nm 6,23-26.
En el Antiguo Testamento, la bendición, al igual que la maldición, tiene una fuerza que realiza lo que las palabras expresan. Por ejemplo, “benedición” es una fuerza que se transmite a alguien mediante la imposición de las manos (cf. Gn 48,14.17) o pronunciando una palabra sobre alguien (cf. Gn 27,27-29; 49,1-28). Una vez recibida mediante la bendición, la fuerza no puede ser quitada de un hombre (cf. Gn 27,33.35; Nm 22,6). Aun cuando Dios no viene explícitamente mencionado, se sobreentiende siempre que la fuerza de la bendición viene de Él. Además de sobre el pueblo elegido y sobre los individuos, el Antiguo Testamento conoce una bendición divina también sobre objetos (cf. Ex 23,25; Dt 7,13; 28,4-5; Jr 31,23; Pro 3,33), aunque no sea presentado un rito litúrgico correspondiente.
Entre los diversos personajes que en el Antiguo Testamento bendicen, están también los sacerdotes que bendicn a las personas que acudn al templo (cf. 1Sam 2,20), los peregrinos (cf. Sal 118,26) además d al pueblo reunido (cf. Lv 9,22). Es más, se dice que, estrictiamente hablando, JHWH ha designado sólo a los sacerdotes y los levitas para bendecir en su nombre (cf. Dt 21,5; 10,8).
En el tiempo de Jesús, en el templo de Jerusalén, los sacerdotes, al realizar la liturgia matinal, pronunciavan la “bendición de Aarón”, es decir, el ya citado Nm 6,23-26. El Nuevo Testamento hace propios los usos y las concepciones de la bendición veterotestamentaria y judía. La Carta a los Hebreos recuerda la bendición de Melquisdec a Abraham y la de Isaac a Jacob (cf. Hb 7,1; 11,20). Según san Paolo, la bendición divina a Abraham llega también a aquellos que no son de su descendencia por vía carnal: pero es necesaria la fe (cf. Ga 3,8-9). Es también interesante otra anotación en Hebreos que, partiendo de la bendición de Melquisedc, observa que “es incuestionable que el inferior recibe la bendición del superior” (Hb 7,7): por tanto, quien bendice ha sido constituido por Dios en una posición superior respecto a aquel que es bendecido. Jesús mismo bendice mediante la imposición de las manos: los niños (cf. Mc 10,16) y los discípulos (cf. Lc 24,50). Releyendo la vida de Jesús tras la resurrección san Pedro dirá que Dios ha enviado al Hijo a bendecirnos (cf. Hch 3,26) y san Pablo precisará que se trata de una eulogía pneumatiké, una bendición espiritual (Ef 1,3). El cristiano está llamado a imitar a Cristo y a bendecir siempre: “Bendecid a los que os maldigan” (Lc 6,28; cf. Rm 12,14).
2.2 De estos elementos bíblicos desciende el uso litúrgico cristiano de bendecir, que tiene el significado de “pedir a Dios sus dones sobre sus criaturas, y darle gracias por los dones ya recibidos”. Prosper Guéranger sostuvo que la bendición debe remontarse de algún modo a las instituciones litúrgicas dictadas por los mismos apóstoles. A nivel ritual, ésta se realiza con la imposición de las manos sobre las personas o también sobre las asambleas, extendiendo los brazos y dirigiendo las palmas de las manos hacia los presentes. El signo cristiano de bendición por excelencia es sin embargo el signo de la cruz, y por ello justamente el Rito Romano hace comenzar y concluir la Eucaristía con este signo.
“'Serás una bendición', había dicho Dios a Abraham al principio de la historia de la salvación (Gen 12,2). En Cristo, hijo de Abraham, esta palabra se realiza plenamnete. Él es bendición para toda la creación y para todos los hombres. La cruz, que es su signo en el cielo y sobre la tierra, debía por tanto convertirse en el verdadero gesto de bendición de los cristianos”.
Al término de la Misa, la bendición puede llevarse a cabo de distintas formas: como bendición sencilla, como triple bendición solemne, o como oración de bendición sobre el pueblo.
El sacerdote celebrante debe tener presente el papel de mediador que él lleva a cabo también al impartir la bendición final de la Misa, que no sólo es un acto debido, o una manera como otra cualquiera para concluir la celebración. En la bendición final (como en toda la Misa) se entrecruzan dos dinámicas: una desde abajo, por la que el hombre da gracias a Dios, “dice-bien” de Dios por los dones ya recibidos, y otra desde lo alto, por la que Dios mismo derrama sus bienes sobre los fieles. El sacerdote está precisamente en el centro de este flujo de oración y de gracia.
2.3 De la naturaleza teológica de la bendición conclusiva, deriva también el carácter propio del saludo. Tampoco aquí se trata sncillamente de un saludo de cortesía a los presentes, sino a explicitación de un misterio de gracia. Benedicto XVI nos recuerda que en el saludo Ite, missa est,
“se nos permite captar la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad missa significaba sencillamente 'dimisión'. Con todo, ha encontrado en el uso cristiano un significado cada vez más profundo. La expresión 'dimisión', en realidad, se transforma en 'misión'. Este saludo expresa resumidamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, es bueno ayudar al pueblo de Dios a profundizar esta dimensión constitutiva de la vida eclesial, partiendo desde la liturgia”.
El saludo por parte del sacerdote constituye, por tanto, una última admonición a vivir lo que se ha celebrado. Se trata de custodiar la gracia recibida en el sacramento, para que traiga frutos en la vida cristiana de cada día. Por ello, con el tema del saludo está relacionado también el gran tema de la relación entre liturgia y ética, entendiendo esta última en el sentido más amplio posible (vida moral en la caridad, testimonio, anuncio, misión, martirio). El hecho de que el saludo no esté solo, sino que se una y derive de la bendición, nos dice que en este compromiso no estamos solos: el Señor nos acompaña y “obra con nosotros” (cf. Mc 16,20) y por ello nuestra vida puede ser el “culto lógico” agradable a Dios (cf. Rm 12,1-2; 1Pe 2,5). “El saludo, acto presidencial, declara disuelta la asamblea. Tal como se reúne por la convocatoria divina (Rm 8,30), así el presidente, que actúa in persona Christi, envía a los fieles a las acciones cotidianas de la vida, para realizarlas de modo nuevo, transformándolas en materia de salvación; por ello la asamblea responde: 'Demos gracias a Dios'”.
El historiador católico Henri Daniel-Rops, en un folleto en el que medita sobre el significado de la Santa Misa en el rito de san Pío V, rsume así el sentido de la bendición final y del saludo:
“Precisamente cuando la Misa está a punto de acabar, y nosotros vamos a retomar el trabajo de cada día entre afanes y peligros, la Iglesia nos recuerda que debemos vivir bajo la mano de Dios y que bajo su mano seremos guiados y protegidos. De esta forma toda la esencia de la Misa estará, en un cierto sentido, incorporada a nuetsro ser y continuada en nuestra vida de cada día. [...] El Ite Missa est, o fórmula de despedida, puede ser explicada como un anuncio solemne de la conclusión de la función, pero nos avisa también de que nuestro servicio personal a Dios no ha hecho más que empezar. Con el Placeat [...] somos llevados a contemplar la omnipresencia del Dios Uno y Trino, en cuyo nombre se invoca sobre nosotros la Bendición final. Con un bellísimo gesto litúrgico, el celebrante levanta las manos en alto como para alcanzar del Cielo la gracia que nos acompañará para protegernos y guiarnos”.
Por parte ortodoxa, le hace eco el hieromonje Gregorio del Monte Athos, que en un libro en el que comenta la divina liturgia de san Juan Crisóstomo, interpreta así el saludo:
“La divina liturgia es un camino. Un camino cuyp objetivo, cuyo fin es el encuentro con Dios, la unión del hombr con él. Esta meta ya ha sido alcanzada. Hemos llegado al final de nuestro camino. Hemos visto la luz verdadera. Hemos visto al Señor transfigurado sobr el Tabor. Nos hemos acercado a su santo cuerpo y a su sangre inmaculada. Y mientras nos atrevemos a balbucir a nustro ilustre visitante: 'Que bien se está aquí' (Mt 17,4), la madre Iglesia nos recuerda que el final de nuestro camino litúrgico debe convertirse en el inicio de nuestro camino de testimonio: ¡Vayamos en paz! Debemos dejar el monte de la transfiguración para volver al mundo y recorrer el camino del martirio en nuestra vida. Este camino se convierte en el testimonio del creyente en orden al Camino y a la Vida que acog en sí. En la divina liturgia hemos recibido en nosotros a Cristo. Ahora somos llamados a llevarlo al mundo. A convertirnos en los testigos de su vida en el mundo: los testigos de la nueva vida. [...] Tras habernos acercado a la Eucaristía debemos salir al mundo como 'cristóforos' – portadores de Cristo – y 'pneumatóforos' – portadores del Espíritu –. Seguidamente debemos luchar para hacer que no se extinga la luz recibida”.
3. Conclusiones y perspectivas
3.1 El sacerdote en los Ritos de Conclusión de la Santa Misa está aún llevando a cabo una tarea sacerdotal, es decir, de mediación entre Dios y el pueblo fiel. No se trata sólo de saludarse y de darse cita para la próxima vez, recordando quizás los compromisos durante la semana. El sacerdote aquí invoca sobre el pueblo la bndición divina, mientras que en nombre del pueblo agradece a Dios los dones ya recibidos por su bndad. También aquí él actúa in persona Christi. Por ello, no dice en plural “nos bendiga Dios omnipotente...”, ni “la Misa ha terminado, vayamos en paz”. Él habla en nombre de la Persona de Cristo y como ministro de la Iglesia, por ello imparte la bendición, mientras la invoca, y envía a los fieles a la misión cotidiana de la vida: “os bendiga Dios”... “Id en paz”. A través de él, Cristo y la Iglesia encargan a los bautizados este testimonio cotidiano que dar del Evangelio.
3.2 La revisión de los Ritos de Conclusión realizada por el Misal de Pablo VI marca algunos elementos de progreso: a) Las distintas modalidades de bendición expresan más cmpletamente el mensjae de la Escritura y de la Tradición litúrgica; b) La supresión del último Evangelio no representa un daño grave, dado el carácter de bendición que éste tenía en el Vetus Ordo; c) La inversión del saludo y la bendición manifiesta que sólo con la gracia de Dios podemos ser fieles al Señor cada día.
Sobre estos puntos, no hay que lamentarse de los cambios realizados. Se podría reflxionar sobre la oportunidad de reintroducir el Placeat. Sin embargo, hay que reconocer el empobrecimiento teológico y celebrativo debido a la inserción, en el Novus Ordo, de los avisos a los fieles como parte propia, oficialmente normalizada, de los Ritos de Conclusión. Aunque la más reciente subraye que estos avisos deben ser breves y que hay que darlos sólo si son necesarios, esto no quita que se ha introducido oficialmente un elemento de por sí extraño a la liturgia, que después de hecho se ha convertido muy a menudo en el vrdadero elemento central de los Ritos de Conclusión de la Misa. Mientras, por tanto, se sugiere a los sacerdotes reducir al mínimo, es más, en lo posibe que se elimine del todo esta práctica, se debe esperar que en una futura reforma del IGMR se retire la actual concesión. No hay duda de que la práxis de los avisos haya precedido a la normativa; sin embargo no parece oportuno reconocer de iure lo que antes se hacía de facto, con el fin de no favorecer tanto la costumbre es sí cuanto la extensión de su práctica. Está claro que una comunidad cristiana, sobre todo parroquial, necesita formas de comunicación interna, pero particularmente en nuestros días estas no faltan, razon por la que no parece necesario insertarlas en la liturgia.

22 abril 2010

¿Ha fracasado el pontificado de Benedicto XVI?

Por Carl Anderson

A principios de abril, la revista alemana Der Spiegel pesó en los recientes ataques a la Iglesia con el siguiente titular: "El fracasado pontificado de Benedicto XVI".

¿Pontificado fracasado? Ni mucho menos.

Aún para los estándares de este mundo, el pontificado del Papa Benedicto XVI ha sido notable. Él ha llevado a la Iglesia hacia adelante, focalizando en el compromiso de la cultura que nos rodea con el amor. Sus dos encíclicas sobre la caridad, su encíclica sobre la esperanza, y su carta sobre la Eucaristía – Cristo como centro de nuestra fe – nos han llevado de nuevo al mensaje más básico y profunda del cristianismo – la fe, la esperanza y la caridad. El cristianismo de Benedicto es el cristianismo de las Bienaventuranzas.

La razón por la que algunos ven un papado "fallido" es que quieren ver precisamente eso. Muchos en Europa quieren ver este papado fracasar – cualquier papado fracasar – porque la Iglesia está en contra de su agenda laicista.

Lo que algunos no pueden tolerar es la visión expresada en la más reciente encíclica del Papa Benedicto XVI, Caritas in Veritate, en la que el Papa nos recuerda: "Sin Dios el hombre no sabe qué camino tomar, ni tampoco logra entender quién es él mismo" (N º 78 ).

La semana pasada escuchamos proclamado el Evangelio en el que Cristo pregunta a Pedro: "¿Me amas?" Y Pedro responde que sí. Pero sólo puede responder que sí porque Cristo le ha amado primero. El laicista da la espalda al amor de Dios. Él rechaza la invitación de Cristo de amarlo a cambio.

Deberíamos recordar que los dos grandes mandamientos de Cristo son amar a Dios de todo corazón – y al prójimo como a nosotros mismos. El primero debe conducir al segundo. Pero si se elimina el primer mandamiento – el amor a Dios – y la ejecución del segundo – el amor al prójimo – será incapaz de cumplir su promesa.

El sueño de la sociedad secularizada es un sueño utópico en el mejor de los casos.

En la Caritas in Veritate, el Papa Benedicto reiteró su afirmación en la Deus caritas est - que ningún Estado sería jamás tan perfecto como para eliminar la necesidad de la caridad. Él escribió: "Cuando es animado por la caridad, el compromiso con el bien común tiene un valor superior al compromiso meramente secular y político." (Núm. 7)

La idea de que las soluciones a los problemas del mundo se encuentran en el Evangelio y no en el secularismo ha sido durante mucho tiempo un tema de este Papa. Él siempre ha sostenido que la Iglesia se diferencia de la sociedad secular en que no busca un Mesías político, sino que llama a la gente a la conversión constante.

Una sociedad que no tiene sitio para Dios – y los medios de comunicación son una muestra de esa sociedad – tampoco parece tener cabida para este mensaje y, así, algunos han atacado al mensajero, agarrándose a un clavo ardiendo para desacreditarlo.

El Papa que nos ha llamado a la caridad en la verdad, que nos advirtió que la economía se vendría abajo si los valores religiosos se excluían del mercado, que tanto hizo para abordar y corregir las acciones de aquellos sacerdotes que han causado escándalo – este hombre ha sido el objetivo, porque cree que sólo podemos amar a nuestro prójimo auténticamente si primero hemos permitido a Dios que nos ame.

Esa idea – no importa la frecuencia con que las circunstancias la demuestren correcta – es algo que algunas mentes secularizadas simplemente no puede tolerar. Así que hay un juicio apresurado, un salto a las conclusiones, un intento de desacreditar al Papa.

El campeón de la caridad en la verdad no ha recibido ni caridad ni verdad de las manos de muchos en los medios de comunicación.

Hay una cultura de la sospecha contra la Iglesia Católica hoy en la que se da prácticamente credibilidad a cualquier acusación que sea crítica con la Iglesia, mientras que los montones de explicaciones en defensa de la Iglesia nunca pareces ser suficientes.

¿Cómo explicar el frenesí actual de los medios contra el hombre que ha hecho más que ningún otro para tratar eficazmente a los que abusan de los niños?

El Espíritu Santo seguirá conduciendo al Papa Benedicto XVI a la gran labor por la que hemos llegado a conocerle, por su gran testimonio del amor de Cristo.

Nos corresponde a nosotros hoy seguir el testimonio de nuestro Papa. Debemos permanecer con el Papa Benedicto y decir sí al amor de Cristo, y luego llevar ese amor a nuestro prójimo, a nuestra sociedad. Tenemos que evangelizar a través de nuestro testimonio.

El pobre testimonio de unos pocos - su manipulación y abusos en lugar del amor - ha sido aprovechado por algunos, tratando de desacreditar el auténtico mensaje y el modo de vida cristianos. Esta es la razón por la que el escándalo es tan dañino, pero también de por qué nuestro testimonio hoy es tan importante.

Hablando en el año 2000, el cardenal Ratzinger dijo que el arte de vivir "sólo puede ser comunicada por alguien que tiene la vida - el que es el Evangelio en persona".

Tenemos que ser ese evangelio personificado, y decir sí al amor de Cristo, y sí a amar a Cristo, y luego debemos extender la auténtica caridad en la verdad a nuestro prójimo. Entonces el mundo verá que somos cristianos por el modo en que nos amamos unos a otros - y el modo en que nos amemos unos a otros será el modo en que seamos amados primero por Dios.

Como Pastor Bueno

Monseñor Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo

El Buen Pastor era una imagen cercana para aquellos oyentes de Jesús, tan acostumbrados al pastoreo tanto en su vida nómada como en la asentada. Pero aquella parábola era casi una crónica autobiográfica de Jesús en relación con aquellas gentes: no ser extraño ni extrañarse, dar vida y darse en la vida, hasta dejarse la piel antes que nadie pueda arrebatarlas. Aquí se dibujaba el estupor ante Jesús que experimentaban cuantos oían su voz y ya no dejarían de reconocerla permaneciendo junto a Él.

En esa convivencia con Jesús, rápidamente se entendía su "secreto". Y consistía en que este Maestro no estaba huérfano: tenía un Padre, en cuyas manos Jesús cuidaba sus ovejas, y de allí nadie podrá arrebatarlas. Jesús, el Padre, nosotros. El Pastor, el Redil, las ovejas. Como en la metáfora del evangelio y como en la vida de cada día. En nuestro mundo, hay tantas voces de gente que se ofrece a "cuidarnos" y a velar por nuestras mil "seguridades". Pero uno sospecha de tanto favor "desinteresado" cuando en el fondo te ves a la intemperie, cargado de avisos, de normas, de recortes, de intereses y controles, de amenazas... y con demasiado poco corazón, buscando tal vez tan sólo que compremos su marca, o votemos sus siglas, o coreemos su afición. El Buen Pastor no tenía ninguno de esos precios, sino que el dar la vida se hacía gratis, por amor.

No obstante, aquel Buen Pastor no se quedó allí, hace dos mil años. Él ha prometido su presencia y cercanía hasta el final de los tiempos. Seremos "ovejas" de tan Buen Pastor si también nosotros oímos su voz, palpamos su vida entregada, y las manos del Padre de las que nadie nos podrá arrebatar. En la medida en que permanecemos en ese Pastor Bueno, crece nuestro corazón y se ve rodeado de una paz que no engaña, y de una esperanza sin traición. Tenemos necesidad de pastores que nos recuerden las actitudes del Buen Pastor, y debemos pedir al Señor que nos bendiga con muchos y santos sacerdotes según el corazón de Dios. Pero cada uno, desde la vocación que haya recibido, debe testimoniar lo que supone la compañía de tal Buen Pastor: dejarse pastorear es dejarse conducir hacia el destino feliz para el que fuimos creados, para que aquello que Él nos prometió se siga cumpliendo, y esto llene de alegría a nuestro corazón, de esa alegría de la pascua, que como las ovejas de Jesús de las manos del Padre, nadie nos podrá arrebatar.

La barca de Pedro

Ramiro Pellitero


Ulises atravesó el estrecho de Mesina sin caer en la trampa de las sirenas, porque se ató al mástil de la nave después de taponar con cera los oídos de sus marineros. Algunos escritores cristianos compararon la imagen de Ulises con la de Jesús en la Cruz, y la nave de Ulises con la Iglesia. El hecho es que la imagen de la Iglesia como nave es de las más utilizadas en los primeros siglos.
Por ejemplo, Gregorio de Elvira (s. IV) dice que la Iglesia es semejante “a una nave que continuamente es agitada por las tormentas y tempestades, pero que no podrá naufragar jamás, porque su palo mayor es la Cruz de Cristo; su piloto, el Padre; su timonel, el Espíritu Santo; sus remeros, los Apóstoles”.
Benedicto XVI celebra el quinto aniversario de su pontificado en medio de una tormentosa campaña en contra. En Malta ha evocado el naufragio de San Pablo y la calurosa acogida que le dispensaron los isleños. Subrayó cómo “la tripulación del barco, para salir del apuro, se vio obligada a tirar por la borda el cargamento, los aparejos e incluso el trigo, que era su único sustento. Pablo les exhortó a poner su confianza sólo en Dios, mientras la nave era zarandeada por las olas”.
Sin duda puede verse aquí una imagen delicada de la situación en que el Papa se encuentra y lo que está haciendo para conducir la nave a buen puerto, en medio de las olas y los remolinos, poniendo de relieve lo esencial de la Iglesia y manteniéndose sereno y constante en el ejercicio de su misión.
Más allá de los logros humanos, las posesiones y la tecnología, señaló que es preciso poner la confianza sólo en Dios, clave de la felicidad y la realización humana, que nos llama a una relación de amor.
En este marco Benedicto XVI recordó la pregunta que Jesús hizo por tres veces a Pedro en la orilla del lago: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Sobre la respuesta afirmativa de Pedro, Jesús pone sobre sus hombros una tarea, la tarea de apacentar su rebaño. “Aquí —señaló el Papa con toda claridad— vemos el fundamento de todo ministerio pastoral en la Iglesia”. Y explicó: “Nuestro amor por el Señor es lo que nos impulsa a amar a quienes él ama, y a aceptar de buen grado la tarea de comunicar su amor a quienes servimos”.
Además, la triple confesión de amor de Pedro era una manera de reparar su triple negativa durante la pasión. De modo que “el diálogo entre Pedro y Jesús subraya la necesidad de la misericordia divina para curar sus heridas espirituales, las heridas del pecado. En cada ámbito de nuestras vidas, necesitamos la ayuda de la gracia de Dios. Con él, podemos hacer todo; sin él no podemos hacer nada”.
La misericordia divina es la medicina contra el pecado. Y la fuerza para seguir adelante es la gracia, es decir, la unión con Dios.
Con el amor de Dios y la confianza en Él, su misericordia y la gracia, los cristianos —como Jesús anunció— cogerían serpientes en su mano y no les pasaría nada. Una víbora mordió la mano de Pablo, “pero —observa el Papa— le bastó sacudírsela y echarla al fuego, sin sufrir daño alguno”.
También hoy las olas zarandean la barca de Pedro y las víboras parecen morder la mano de Pablo. Pero la Iglesia sigue adelante sobre el fundamento de la fe de los apóstoles y con la alegría de comunicar el amor de Dios a la humanidad. Esa es también la misión de todo sacerdote: “La misión confiada al sacerdote —en palabras del Papa inspiradas en otras similares que pronunció en el solemne inicio de su ministerio (24-IV-2005)— es verdaderamente un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere entrar en el mundo”. El quinto aniversario de este pontificado se celebra en este contexto de misión y de alegría, en medio de las olas.
Sexo y religión
Alejandro Llano


Se sabe muy bien que Ratzinger fue el primero en denunciar los desórdenes en la Iglesia - En algunas comunidades el erotismo es capítulo obligado de Educación para la Ciudadanía.

Cambian los motivos o disculpas, pero se mantienen constantes los ataques a la Iglesia católica. A nadie le sorprende ya que el permanente hostigamiento tenga siempre los mismos orígenes y acabe por apuntar a Benedicto XVI.

Es el enemigo a batir, porque representa un desmentido viviente a la presunta falta de inteligencia y humanidad que achacan a los católicos. En esta última campaña –cuidadosamente preparada– han recurrido a una acusación que tiene ciertas bases reales y se presenta cargada de morbo.

Aunque la temática dista mucho de ser nueva. La secreta actividad sexual de sacerdotes y religiosos es un tópico frecuentado por la novela anticlerical decimonónica, con resultados ocasionalmente tan brillantes como La Regenta de Clarín.

El aditamento actual hace que la agresión apunte a algo todavía más morboso: la homosexualidad ejercida contra menores. Con ello empiezan las paradojas. Porque la liberación sexual y la ideología de género es el tema central de los supuestos progresistas españoles, que han renunciado a las reivindicaciones sociales y a la vanguardia cultural.

Lo suyo es, ahora, la promoción de la homosexualidad, el desprecio a la familia y el adoctrinamiento de adolescentes y niños en la práctica temprana del sexo, con especial énfasis en sus variantes menos naturales. Lo que –según pretenden– les desmarca de una inquietante cercanía con lo que ahora denuncian, es la supuesta libertad de aquellos a quienes incitan a ejercitarse en modalidades sexuales consideradas por muchos como escasamente éticas.

Pero surge inmediatamente la pregunta: ¿acaso son realmente libres los niños y niñas, desde los 11 años, a quienes se somete a “talleres de masturbación”, “exploración del clítoris” y otras experiencias que da hasta vergüenza nombrar? Y esto no es algo episódico o accidental.

En algunas comunidades autónomas el erotismo sistemático se considera un capítulo obligado de la Educación para la Ciudadanía, al menos en los centros oficiales.

Y la nueva Ley del Aborto incluye en su propio título la formación afectiva y sexual llevada forzosamente a cabo por instructores preseleccionados en todos los colegios y desde temprana edad. ¿Así entienden los socialistas la libertad en materia tan íntima y personal? Estamos ante un abuso sexual universal y sistemático.

Todo lo cual, evidentemente, no disculpa en absoluto a los clérigos que se aprovecharon de su posición religiosa y docente para actividades injustificables y odiosas.

Resulta sospechoso, con todo, que se saquen a la luz con estudiada secuencia tales escándalos –que acontecieron en ocasiones hace varias décadas– y que se denuncie a autoridades eclesiásticas que, en algunos casos, nada tuvieron que ver directamente con los atropellos ni con su ocultación.

Más delicado para la sensibilidad de los propios católicos resulta el permisivismo con el que se ha enfocado este problema en seminarios y centros educativos. No han sido precisamente los religiosos considerados conservadores quienes han abierto la mano ni, quizá, los que han disimulado irregularidades tan penosas.

Han sido, más bien, quienes se consideraban en línea de una ética más abierta y progresiva. Y, desde luego, al cardenal Ratzinger no se le puede acusar, ni en Múnich ni en Roma, de ninguna inconsistencia teórica o pastoral.

Se sabe muy bien que fue el primero en denunciar y poner coto a los desórdenes que comenzaban a apuntar en la Iglesia La revolución cultural y sexual que arranca en 1968 se inspiraba –junto con ideas más interesantes– en una ideología en la cuales se entremezclaban versiones tardías del freudo-marxismo, convencionalmente personalizadas en Herbert Marcuse.

La revolución del 68 no fracasó, según pretenden algunos de manera frívola y voluntarista. Penetró en todos los ámbitos sociales, también en los ambientes religiosos, y contribuyó al cambio de costumbres que se ha venido agudizando desde entonces. Realmente es la única revolución que, con estructura marxista, ha triunfado en el siglo XX. Y es aquí, y no en el celibato sacerdotal, donde se encuentran las raíces de estas conductas erráticas que ahora afligen a los católicos y son instrumentalizadas por los enemigos del cristianismo.

Poner en el celibato la causa de tales abusos equivale a no tener en cuenta datos elementales de la psicología y la ética. A la Iglesia católica se le reprocha con frecuencia una presunta rigidez en cuestiones morales. Si la ética de inspiración cristiana defiende posturas no siempre populares, no es por la aplicación de un código implacable, sino por la defensa de la dignidad intocable de la persona humana.

Éste es el motivo por el que siempre ha promovido y practicado las virtudes de la castidad y del pudor. Cosa que ahora los manipuladores aprovechan para hablar de hipocresía. Nos ofenden con ello injustamente a muchos. Y los manipuladores deberían tener muy presente que la acusación de hipocresía se vuelve fácilmente contra los que la lanzan

21 abril 2010

“Me he sentido acogido en Malta como San Pablo”


Benedicto XVI en la Audiencia General



Queridos hermanos y hermanas:
Como sabéis, el sábado y el domingo pasados realicé un viaje apostólico a Malta, sobre el que quisiera detenerme brevemente hoy. La ocasión de mi visita pastoral ha sido el 1950° aniversario del naufragio del apóstol Pablo en las costas del archipiélago maltés y de su permanencia en esas islas durante casi tres meses. Es un acontecimiento que sucedió en torno al año 60 y que está relatado con abundancia de detalles en el libro de los Hechos de los Apóstoles (caps. 27-28). Como le sucedió a san Pablo, también yo he experimentado la calurosa acogida de los malteses – verdaderamente extraordinaria – y por esto expreso nuevamente mi más vivo y cordial reconocimiento al Presidente de la República, al Gobierno y a las demás autoridades del Estado, y agradezco fraternalmente a los obispos del país, con todos aquellos que han colaborado en preparar este encuentro festivo entre el Sucesor de Pedro y la población maltesa. La historia de este pueblo desde hace dos mil años es inseparable de la fe católica, que caracteriza su cultura y tradiciones: se dice que en Malta hay 365 iglesias, “una para cada día del año”, ¡un signo visible de esta fe profunda!
Todo comenzó con aquel naufragio: tras haber ido a la deriva durante 14 días, empujada por los vientos, la nave que transportaba a Roma al apóstol Pablo y a muchas otras personas encalló en un bajío de la Isla de Malta. Por esto, tras el encuentro cordialísimo con el Presidente de la República, en la capital La Valeta – que tuvo el bello marco del alegre saludo de tantos chicos y chicas – me dirigí en seguida en peregrinación a la llamada “Gruta de san Pablo”, cerca de Rabat, para un intenso momento de oración. Allí pude saludar también a un nutrido grupo de misioneros malteses. Pensar en ese pequeño archipiélago en el centro del Mediterráneo, y en cómo llegó a él la semilla del Evangelio, suscita un sentimiento de gran asombre frente a los misteriosos designios de la Providencia divina: surge espontáneo agradecer al Señor y también a san Pablo, que, en medio de aquella violenta tempestad, mantuvo la confianza y la esperanza y las transmitió también a aquellos compañeros de viaje. De ese naufragio, o mejor, de la sucesiva permanencia de Pablo en Malta, nació una comunidad cristiana ferviente y sólida, que después de dos mil años es aún fiel al Evangelio y se esfuerza en conjugarlo con las complejas cuestiones de la época contemporánea. Esto naturalmente no es siempre fácil, ni se da por descontado, pero los malteses saben encontrar en la visión cristiana de la vida la respuesta a los nuevos desafíos. De ello es un signo, por ejemplo, el hecho de haber mantenido firme el profundo respeto por la vida no nacida y por la sacralidad del matrimonio, eligiendo no introducir el aborto y el divorcio en el ordenamiento jurídico del país.
Por tanto, mi viaje tenía como objetivo confirmar en la fe a la Iglesia que está en Malta, una realidad muy viva, bien compaginada y presente en el territorio de Malta y Gozo. Toda esta comunidad se había dado cita en Floriana, en la plaza Granai, ante la iglesia d san Publio, donde celebré la Santa Misa, en la que se participó con gran fervor. Fue para mí motivo de alegría, y también de consuelo, sentir el calor particular de ese pueblo que da el sentimiento de una gran familia, unida por la fe y por la visión cristiana de la vida. Tras la celebración, quise encontrar a algunas personas víctimas de abusos por parte de miembros del clero. Compartí con ellos el sufrimiento y, con conmoción, recé con ellos, asegurando la actuación de la Iglesia.
Si Malta da la impresión de una gran familia, no hay que pensar que, a causa de su conformación geográfica, sea una sociedad “aislada” del mundo. No es así, y se ve, por ejemplo, en los contactos que Malta mantiene con varios países y por el hecho de que en muchas naciones se encuentran sacerdotes malteses. De hecho, las familias y las parroquias de Malta han sabido educar a muchos jóvenes en el sentido de Dios y de la Iglesia, por lo que muchos de ellos han respondido generosamente a la llamada de Jesús y se han convertido en presbíteros. Entre estos, muchos han abrazado el compromiso misionero ad gentes, en tierras lejanas, heredando el espíritu apostólico que empujaba a san Pablo a llevar el Evangelio allí donde aún no había llegado. Este es un aspecto que he subrayado, es decir, que “la fe se refuerza cuando se ofrece a los demás” (Enc. Redemptoris missio, 2). Sobre el tronco de esta fe, Malta se ha desarrollado y ahora se abre a varias realidades económicas, sociales y culturales, a las que ofrece una aportación preciosa.
Está claro que Malta ha tenido a menudo que defenderse en el transcurso de los siglos – y se ve por sus fortificaciones. La posición estratégica del pequeño archipiélago atraía obviamente la atención de las distintas potencias políticas y militares. ¡Y sin embargo, la vocación más profunda de Malta es la cristiana, es decir, la vocación universal de la paz! La célebre cruz de Malta, que todos asocian a esa nación, ha ondeado muchas veces en medio de conflictos y luchas; pero gracias a Dios, no ha perdido su significado auténtico y perenne: es el signo del amor y de la reconciliación, ¡y esta es la verdadera vocación de los pueblos que acogen y abrazan el mensaje cristiano!
Natural cruce de caminos, Malta está en el centro de rutas de migración: hombres y mujeres, como antes san Pablo, llegan a las costas maltesas, a veces empujados por condiciones de vida demasiado duras, por violencias y persecuciones, y esto comporta, naturalmente, problemas complejos en el plano humanitario, político y jurídico, problemas que tienen soluciones que no son fáciles, pero que hay que buscar con perseverancia y tenacidad, concertando las intervenciones a nivel internacional. Esto es bueno que se haga en todas las naciones que tienen valores cristianos en las raíces de sus Cartas Constitucionales y en sus culturas.
El desafío de conjugar en la complejidad de hoy la validez perenne del Evangelio es fascinante para todos, pero especialmente para los jóvenes. Las nuevas generaciones la advierten de hecho de forma más fuerte, y por ello quise que tampoco en Malta, a pesar de la brevedad de mi visita, faltase el encuentro con los jóvenes. Fue un momento de diálogo intenso y profundo, hecho aún más bello por el ambiente en el que tuvo lugar – el puerto de Valeta – y por el entusiasmo de los jóvenes. A ellos no podía dejar de recordarles la experiencia juvenil de san Pablo: una experiencia extraordinaria, única, y sin embargo capaz de hablar a las nuevas generaciones de cada época, por esa radical transformación que siguió al encuentro con Cristo Resucitado. Contemplé por tanto a los jóvenes de Malta como a los potenciales herederos de la aventura espiritual de san Pablo, llamados como él a descubrir la belleza del amor de Dios que nos ha sido dado en Jesucristo; a abrazar el misterio de su Cruz; a ser vencedores precisamente en las pruebas y en las tribulaciones, a no tener miedo de las “tormentas” de la vida, ni tampoco a los naufragios, porque el designio de amor de Dios es más grande incluso que las tempestades y los naufragios.
Queridos amigos, este, en síntesis, ha sido el mensaje que he llevado a Malta. Pero, como señalaba, ha sido mucho lo que yo mismo he recibido de esa Iglesia, de ese pueblo bendecido por Dios, que ha sabido colaborar válidamente con su gracia. Por intercesión del apóstol Pablo, por san Ġorġ Preca, sacerdote, primer santo maltés, y por la Virgen María, a la que los fieles de Malta y Gozo veneran con tanta devoción, pueda siempre progresar en la paz y en la prosperidad.
[A los peregrinos españoles dijo]
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes del curso de formación permanente del Pontificio Colegio Español en Roma, así como a los grupos venidos de España, México y otros países latinoamericanos.
“Que el amor, la reconciliación y el perdón se abran paso”

El cardenal Jaime Ortega analiza la situación de Cuba



En una entrevista concedida a la revista Palabra Nueva, de la archidiócesis de La Habana, Cuba, el cardenal arzobispo de La Habana Jaime Ortega ofrece no sólo el criterio oportuno en relación con el momento que vive el país, sino que reitera, una vez más, el llamamiento de la Iglesia al diálogo y la reconciliación entre todos los cubanos.
Recientemente se celebró una reunión en la que estuvieron presentes los pastores y líderes de prácticamente todas las confesiones religiosas presentes en Cuba junto al presidente Raúl Castro, la señora Caridad Diego, jefa de la Oficina de Asuntos Religiosos, otros altos funcionarios cubanos, así como el religioso dominico brasileño frei Betto. ¿A qué se debe la ausencia de la Iglesia católica en este encuentro?
El cardenal Jaime Ortega responde a esta pregunta indicando que habían recibido invitación pero “declinamos asistir por tratarse de una conmemoración de dos eventos no relacionados directamente con la Iglesia Católica”.
En esa reunión se habló de una alianza estratégica, con el Estado cubano y con vistas al bien del pueblo, por parte de los distintos grupos allí reunidos.
Sobre esta propuesta, el cardenal Ortega afirma que “nunca he aceptado esos términos para considerar la acción propia de la Iglesia dentro de la sociedad y sus relaciones con los poderes del Estado, porque tienen resonancias militares o políticas en nada conformes para desarrollar las relaciones de la Iglesia con el Estado, pues la posibilidad de actuar en la sociedad, de servir a los hombres y mujeres que viven en nuestro país, no depende de un pacto social expreso o tácito de la Iglesia con el Estado”.
“La acción de la Iglesia dentro de la sociedad –añade- pertenece al orden de los derechos y el derecho a la libertad religiosa está reconocido claramente en la Constitución vigente en Cuba. Dentro de ese propio marco constitucional, según su misma identidad y su modo propio de proceder, la Iglesia Católica despliega su misión en Cuba en pro del bien común. En la búsqueda del bien común puede la Iglesia coincidir con instituciones oficiales o privadas, con organismos internacionales de ayuda, etc., que colaboran al bien general de la nación cubana; pero ni vertical ni horizontalmente la acción de la Iglesia se funda en alianza alguna, sino que brota del derecho que tiene el cuerpo eclesial de hacer presente el amor de Jesucristo en el mundo de hoy según su propia misión”.
¿Cómo puede ayudar la Iglesia en la búsqueda del bien común para toda la sociedad? A este respecto, el cardenal Ortega subraya que el país “se encuentra en una situación muy difícil, seguramente la más difícil que hemos vivido en este siglo XXI” .
Muchos hablan del socialismo y sus limitaciones –afirma--, algunos proponen un socialismo reformado, otros se refieren a cambios concretos que hay que hacer, a dejar atrás el viejo estado burocrático de tipo estalinista, otros hablan de la indolencia de los trabajadores, de la poca productividad, etc. Pero hay un denominador común fundamental en casi todos los opinantes: que se hagan en Cuba los cambios necesarios con prontitud para remediar esta situación. Yo creo que esta opinión alcanza una especie de consenso nacional y su aplazamiento produce impaciencia y malestar en el pueblo”.
¿Cree verdaderamente que el conflicto con Estados Unidos marca de modo determinante la vida de los cubanos? “Creo que un diálogo Cuba-Estados Unidos sería el primer paso necesario para romper el círculo crítico en que nos encontramos”, responde el cardenal.
Recuerda que, al comienzo de su gestión el presidente Raúl Castro propuso a los Estados Unidos este diálogo sin condiciones. En su campaña política presidencial, Barack Obama también indicó que cambiaría el estilo al uso y buscaría ante todo hablar directamente con Cuba.
“Sin embargo –se lamenta--, después de llegar al poder, el nuevo presidente norteamericano ha repetido el viejo esquema de gobiernos anteriores: si Cuba hace cambios con respecto a derechos humanos, entonces los Estados Unidos levantarían el bloqueo y se abrirían espacios para un diálogo ulterior”.
“Si bien se dieron pasos importantes que modificaron algunas medidas contraproducentes impuestas por el anterior gobierno –añade--, con el tiempo se alteró la propuesta preelectoral. De nuevo la antigua política prevaleció: comenzar por el final. Estoy convencido que lo primero debe ser encontrarse, hablar y en el avance del diálogo se darían pasos que puedan mejorar las situaciones difíciles o superar los puntos más críticos. Este es el modo civilizado de enfrentar cualquier conflicto”.
En las últimas semanas, esta situación de enfrentamiento se ha agudizado, sobre todo a partir de la muerte del preso Orlando Zapata Tamayo debido a una huelga de hambre. Al menos otro ciudadano cubano se ha sumado a este tipo de protesta. Todo esto enrarece aún más el ambiente. ¿Es posible un diálogo en estas condiciones?
“El hecho trágico de la muerte de un prisionero por huelga de hambre ha dado lugar a una guerra verbal de los medios de comunicación de Estados Unidos, de España y otros. Esta fuerte campaña mediática contribuye a exacerbar aún más la crisis. Se trata de una forma de violencia mediática, a la cual el gobierno cubano responde según su modo propio”, subraya el cardenal.
“En medio de esto ¿qué puede hacer la Iglesia por el bien común? Ciertamente su misión le impide sumarse simplemente a una de las dos partes enfrentadas, con propósitos políticos de desestabilización de un lado, y con el consecuente atrincheramiento defensivo de otro. Lo que nos corresponde como Iglesia es invitar a todos a la cordura y a la sensatez para que se pacifiquen los ánimos”, añade.
“Este llamado lo hicimos los obispos de Cuba en nuestra nota que lamentaba la trágica muerte de Orlando Zapata”. “Esta disposición conciliadora, aunque parezca mostrarse infructuosa, es la misma que repetimos en el caso de Guillermo Fariñas, el otro ciudadano cubano que se ha sumado a este modo de protestar: pedirle que abandone la huelga de hambre”.
Sobre la violencia contra las manifestaciones de las Damas de Blanco, el cardenal responde: “No es el momento de atizar las pasiones. Por eso resultan penosos los actos de repudio hacia las madres y esposas de varios presos, a las cuales se unen ahora otro grupo de mujeres, conocidas todas como las Damas de Blanco”.
Respecto a los presos por causas políticas, el cardenal subraya que “la Iglesia ha hecho históricamente todo lo posible porque sean puestos en libertad, no sólo los enfermos, sino también otros”.
“Con la participación de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos en la década de los 80 salieron de la cárcel un buen grupo de presos, que junto con sus familiares más cercanos partieron para los Estados Unidos. Considerados todos juntos, prisioneros y familiares, fueron más de mil los que en varios vuelos costeados por los obispos norteamericanos salieron de Cuba. Sólo los que tenían grandes delitos de sangre no recibieron visas para los Estados Unidos u otros países. A petición del Papa Juan Pablo II en su visita a Cuba, también un buen número de presos fue puesto en libertad y emigraron cuantos recibieron visas de diversos países, con la misma reserva hacia los delitos graves por los países receptores”, añade.
“Esto es lo que siempre hace la Iglesia con los presos y toda persona afectada en relación con ellos, como son sus familiares. Lo mismo ha hecho con respecto a los cinco cubanos presos en Estados Unidos a solicitud de sus familiares, haciendo gestiones, hasta ahora infructuosas, para que al menos dos de las esposas que hace ya casi diez años que no ven a sus esposos puedan visitarlos. Con respecto a todo aquel que se encuentra en situaciones deplorables, sin analizar las causas ni las razones de su condena, la misión de la Iglesia es siempre la de la comprensión y la misericordia, actuando discreta pero eficazmente para que la situación de esas personas afectadas sea superada para bien de ellas y de los suyos, aunque no siempre se logren los resultados esperados”, señala.
En suma, concluye, “en este tiempo difícil, la Iglesia en Cuba pide la oración y la acción de todos los creyentes para que el amor, la reconciliación y el perdón se abran paso entre todos los cubanos de aquí y de otras latitudes”.

20 abril 2010

El cardenal Špidlík y la alegría de la Resurrección

En el funeral por el difunto purpurado

Venerados hermanos, ilustres señores y señoras, queridos hermanos y hermanas

Entre las últimas palabras pronunciadas por el llorado cardenal Špidlík, estuvieron estas: “Durante toda la vida he buscado el rostro de Jesús, y ahora estoy feliz y sereno porque estoy a punto de verlo”. Este estupendo pensamiento – tan sencillo, casi infantil en su expresión, y sin embargo tan profundo y verdadero – remite inmediatamente a la oración de Jesús, que resonaba hace un momento en el Evangelio: “Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo” (Jn 17,24). Es hermoso y consolador meditar esta correspondencia entre el deseo del hombre, que aspira a ver el rostro del Señor, y el deseo del propio Jesús. En realidad, la de Cristo es mucho más que una aspiración: es una voluntad. Jesús dice al Padre: “quiero que donde yo esté estén también conmigo”. Y es precisamente aquí, en esta voluntad, donde nosotros encontramos la “roca”, el fundamento sólido para creer y para esperar. La voluntad de Jesús en efecto coincide con la de Dios Padre, y con la obra del Espíritu Santo constituye para el hombre una especie de “abrazo” seguro, fuerte y dulce, que le conduce a la vida eterna.

¡Qué inmenso don escuchar esta voluntad de Dios de su propia boca! Pienso que los grandes hombres de fe viven inmersos en esta gracia, tienen en don de percibir con particular fuerza esta verdad, y así pueden atravesar incluso duras pruebas, como las que atravesó el padre Tomáš Špidlík, sin perder la confianza, y conservando al contrario un vivo sentido del humorismo, que es ciertamente un signo de inteligencia pero también de libertad interior. Bajo este perfil, era evidente la semejanza entre nuestro llorado cardenal y el Venerable Juan Pablo II: ambos eran dados al chiste ingenioso y a la broma, aun habiendo tenido de jóvenes circunstancias personales difíciles y en algunos aspectos similares. La Providencia les hizo encontrarse y colaborar por el bien de la Iglesia, especialmente para que esta aprenda a respirar plenamente "con sus dos pulmones”, como le gustaba decir al Papa eslavo.

Esta libertad y presencia de espíritu tiene su fundamento objetivo en la Resurrección de Cristo. Quiero subrayarlo porque nos encontramos en el tiempo litúrgico pascual y porque lo sugieren la primera y la segunda lectura bíblicas de esta celebración. En su primera predicación, el día de Pentecostés, san Pedro, lleno del Espíritu Santo, anuncia la realización en Jesucristo del Salmo 16. Es estupendo ver cómo el Espíritu Santo revela a los Apóstoles toda la belleza de esas palabras en la plena luz interior de la Resurrección: “Veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que está a mi derecha, para que no vacile. / Por eso se ha alegrado mi corazón y se ha alborozado mi lengua, y hasta mi carne reposará en la esperanza” (Hch 2,25-26; cfr Sal 16/15,8-9). Esta oración encuentra un cumplimiento sobreabundante cuando Cristo, el Santo de Dios, no es abandonado en los infiernos. Él en primer lugar ha conocido “caminos de vida” y ha sido colmado de alegría con la presencia del Padre (cfr Hch 2,27-28; Sal 16/15,11). La esperanza y la alegría de Jesús Resucitado son también la esperanza y la alegría de sus amigos, gracias a la acción del Espíritu Santo. Lo demostraba habitualmente el padre Špidlík con su manera de vivir, y este testimonio suyo era cada vez más elocuente con el paso de los años, porque, a pesar de su edad avanzada y de los inevitables achaques, su espíritu permanecía fresco y juvenil. ¿Qué es esto, sino amistad con el Señor Resucitado?

En la segunda lectura, san Pedro bendice a Dios que “por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva”. Y añade: "Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas" (1 Pe 1,3.6). También aquí se ve claramente cómo la esperanza y la alegría son realidades teologales que emanan del misterio de la Resurrección de Cristo y del don de su Espíritu. Podríamos decir que el Espíritu Santo las toma del corazón de Cristo Resucitado y las infunde en el corazón de sus amigos.

He introducido a propósito la imagen del “corazón”, porque, como muchos de vosotros sabéis, el padre Špidlík la eligió como lema de su escudo cardenalicio: "Ex toto corde", "con todo el corazón". Esta expresión se encuentra en el Libro del Deuteronomio, dentro del primer y fundamental mandamiento de la ley, allí donde Moisés dice al pueblo: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6,4-5). "Con todo el corazón – ex toto corde" se refiere por tanto al modo con el que Israel debe amar a su Dios. Jesús confirma la primacía de este mandamiento, al que combina el del amor al prójimo, afirmando que este es “semejante” al primero y que de ambos dependen toda la ley y los profetas (cfr Mt 22,37-39). Eligiendo este lema, nuestro venerado hermano ponía, por así decirlo, su vida dentro del mandamiento del amor, la inscribía toda en la primacía de Dios y de la caridad.

Hay otro aspecto, un ulterior significado de la expresión "ex toto corde", que seguramente el padre Špidlík tenía presente y pretendía manifestar con su lema. Siempre a partir de la raíz bíblica, el símbolo del corazón representa en la espiritualidad oriental la sede de la oración, del encuentro entre el hombre y Dios, pero también con los demás hombres y con el cosmos. Y aquí hay que recordar que en la enseña del cardenal Špidlík el corazón, que muestra el escudo, contiene una cruz en cuyos brazos interseccionan las palabras PHOS y ZOE, "luz" y "vida", que son nombres de Dios. Por tanto, el hombre que acoge plenamente, ex toto corde, el amor de Dios, acoge la luz y la vida, y se convierte a su vez en luz y vida en la humanidad y en el universo.

¿Pero quién es este hombre? ¿Quién es este “corazón” del mundo, si no Jesucristo? Él es la Luz y la vida, porque en Él “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9). Y quiero recordar aquí que nuestro difunto hermano fue un miembro de la Compañía de Jesús, es decir, un hijo espiritual de san Ignacio que puso en el centro de la fe y de la espiritualidad la contemplación de Dios en el misterio de Cristo. En este símbolo del corazón se encuentran Oriente y Occidente, en un sentido no devocional, sino profundamente cristológico, como han revelado otros teólogos jesuitas del siglo pasado. Y Cristo, figura central de la Revelación, es también el principio formal del arte cristiano, un ámbito que tuvo en el padre Špidlík un gran maestro, inspirador de ideas y de proyectos expresivos, que encontraron una importante síntesis en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico.

Quisiera concluir volviendo al tema de la Resurrección, citando un texto muy querido por el cardenal Špidlík, un fragmento de los Himnos sobre la Resurrección de san Efrén el Sirio:

"Desde lo alto Él descendió como Señor,

del vientre salió como un siervo,

la muerte se arrodilló ante Él en el Sheol,

y la vida lo adoró en su resurrección.

¡Bendita su victoria!" (n. 1, 8).ù

Que la Virgen Madre de Dios acompañe el alma de nuestro venerado hermano en el abrazo de la Santísima Trinidad, donde “con todo el corazón” alabará eternamente su infinito Amor. Amén.