21 octubre 2010

El debate no es el celibato, sino la formación sacerdotal


Los padres sinodales preocupados por los seminaristas y sacerdotes


Dado que el Sínodo de Oriente Medio congrega a las Iglesias orientales, en las que es común la ordenación sacerdotal de hombres casados, se esperaba un debate sobre el celibato sacerdotal.
Ante la sorpresa de los periodistas, el tema ha recibido mucho menos interés que en cualquier otro Sínodo. Ya en el Documento de Trabajo (Instrumentum laboris), preparado tras una consulta con las Iglesias locales, que sirve de base para la discusión, el argumento no aparecía en ningún momento.
Ninguno de los padres sinodales, de los oyentes o de los delegados ecuménicos de otras Iglesias ha afrontado directamente el tema del celibato. La palabra de hecho no se ha mencionado en las intervenciones escritas y presentadas ante el aula sinodal.
El único que ha hecho declaraciones públicas sobre el celibato ha sido Su Beatitud Antonios Naguib, patriarca de Alejandría de los Coptos (Egipto), relator general del Sínodo.
En respuesta a los periodistas este miércoles, el futuro cardenal y pastor de esta Iglesia oriental aseguró que el hecho de admitir sacerdotes casados "no resolverá el problema de las vocaciones, y no resolverá el comportamiento bueno o malo del sacerdote".
Lo que cuenta, aseguró, es vivir con coherencia y fidelidad la propia vocación.
La clave, la formación
Tanto los padres sinodales de la Iglesia latina como los de las Iglesias orientales han coincidido con frecuencia en subrayar que el gran desafío que afrontan las Iglesias es una adecuada formación de los seminaristas y sacerdotes (ya sean latinos u orientales).
Monseñor Mikaël Mouradian, vicario patriarcal para el Instituto del Clero Patriarcal de Bzommar (en el Líbano), entre las soluciones a la falta de vocaciones consagradas, pidió "asegurar un buen discernimiento de las vocaciones, dar la prioridad a la calidad y no la cantidad; vigilar para ofrecer una buena dirección espiritual a las vocaciones; ofrecer una formación inicial y permanente adecuada".
Monseñor Michel Abrass, B.A., arzobispo titular de Mira, del patriarcado de Antioquía de los greco-melkitas, de Siria, explicó en referencia a la situación de Oriente Medio que "por lo que se refiere a la formación de los seminaristas, en primer lugar está el problema de la elección".
"No se puede negar --añadió--, la mayor parte actualmente escoge la 'carrera' eclesiástica y no la vocación, y esto para lograr una posición social eminente o por consideraciones económicas".
Saïd A. Azer, miembro del Consejo Pontificio para los Laicos, de Egipto, intervino como oyente para asegurar que entre los desafíos que debe afrontar el clero destaca la falta "de formación humana y espiritual, que a veces es inaceptable, y con frecuencia escandalosa".
Monseñor Giacinto-Boulos Marcuzzo, obispo titular de Emmaús, vicario patriarcal de Jerusalén de los Latinos para Israel, explicó que "la formación es la prioridad pastoral que el Sínodo especial para Oriente Medio debería adoptar".
Como puede verse, cuando el próximo sábado se presenten las "propuestas" del Sínodo al Papa, no aparecerá la petición de abolir el celibato sacerdotal en la Iglesia latina, sino más bien se subrayará de diferentes maneras la necesidad de una formación profunda de los pastores de las Iglesias, latina u orientales.
Poder de la palabra y amor a la eucaristía


San Stanislaw Casimiritano
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Las palabra que San Stanislaw Casimiritano pronunciaba en el púlpito hacían mella en el corazón de sus fieles “para quienes las prédicas representaban a menudo la interpretación más importantes de las verdades de los santos, las indicaciones sobre cómo vivir la vida”, dice uno de sus biógrafos.
Este sacerdote polaco fue canonizado el pasado domingo por el papa Benedicto XVI junto con otros cinco nuevos santos procedentes de Italia, España, Australia y Canadá.
Se trata del santo más antiguo del grupo de los nuevos santos. Nació en 1433. Juan Pablo II tenía tal devoción que, siendo arzobispo de Cracovia, trabajó para que se abriera la causa de su canonización pese a que había muerto hace tantos siglos. Esto ocurrió en 1971 y la causa fue introducida a Roma en 1988. Concluyó en 1992 y fue beatificado un año más tarde.
En la historia de Cracovia, el siglo XV es llamado el siglo de los santos. Pertenecen a él figuras como san Juan de Kety. También los beatos Simón de Lipnica, Miguel Giedroyc, Isaías Bonner y Swietoslaw de Slawków. Y a ellos se une este nuevo santo.
Su vida
Stanislaw nació en Casimiria, que hoy es un barrio de Cracovia, en el seno de una familia burguesa. Su madre Edvige dio a luz siendo ya de edad avanzada. Ella formaba parte de la parroquia del Corpus Domini, de la Archifraternridad del Santísimo Sacramento, y tenía una particular devoción por la Virgen.
Provenía de una familia de la burguesía. En 1450 inició sus estudios superiores. Recibió el título de doctor en teología en la universidad Jaguellónica de Cracovia, y destacaba por su veneración a María. En 1456 entró en la orden de los Canónigos Regulares Lateranenses del Corpus Christi,
Los primeros años, decían sus compañeros, se destacó por su modestia, humildad y su espíritu de servicio. Luego pronunció los votos religiosos y después fue ordenado sacerdote.
Según las costumbres del convento, el sacerdote durante los cinco primeros años debería prepararse para asumir sus obligaciones apostólicas. Así, se encargó de formar a los monjes en los fundamentos de la vida consagrada. Igualmente les enseñaba latín, canto y eclesiástico. Estudiaba a los padres de la Iglesia, las reglas monásticas y otras obras.
Todos sus biógrafos señalaron la importancia que daba a la Santa Misa con la que empezaba cada día, y cuya participación vivía siempre con gran celo.
Tras cinco años de su ordenación sacerdotal, san Stanislaw recibió una nueva misión: fue nombrado predicador y confesor, además de maestro de novicios.
“Las palabras que pronunciaba en el púlpito tenían una gran influencia sobre los fieles para quienes las predicas representaban no pocas veces, las indicaciones sobre cómo vivir la vida”, dice un boletín sobre el santo, elaborado por los Canónigos Regulares Lateranenses a propósito de su canonización.
Sus homilías fueron quemadas en 1944 en la Biblioteca Nacional de Varsovia, por lo que aquel patrimonio escrito se perdió por completo.
Su vida se centraba en la adoración al Santísimo Sacramento, un culto que su madre le había infundido. Sus biógrafos dicen que una vez, durante una oración la Virgen María se le apareció a lo que él le respondió como la prima Isabel “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lucas 1, 43)
También se destacó por su espíritu caritativo con los enfermos y pobres. Durante las jornadas de ayuno distribuía los alimentos a los pobres y para él dejaba siempre era la ración más modesta.
Murió el 3 de mayo de 1489. Hoy sus restos yacen en el presbiterio, cerca al altar de Santa María Magdalena. Fue beatificado en 1993 junto con la hoy santa Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia.
Juan Pablo II, en la homilía de su beatificación lo catalogó como “un ferviente adorador de la eucaristía, maestro y defensor de la vida evangélica, educador, guía en la vía espiritual, protector de los pobres”.

20 octubre 2010

Isabel de Hungría, la princesa entre los pobres


El Papa hoy durante la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera hablaros de una de las mujeres de la Edad Media que suscitó mayor admiración; se trata de santa Isabel de Hungría, llamada también Isabel de Turingia. Nació en 1207 en Hungría. Los historiadores discuten dónde. Su padre era Andrés II, rico y poderoso rey de Hungría, el cual, para reforzar sus vínculos políticos, se había casado con la condesa alemana Gertrudis de Andechs-Merania, hermana de santa Eduvigis, la cual era esposa del duque de Silesia. Isabel vivió en la Corte húngara sólo los primeros cuatro años de su infancia, junto a una hermana y tres hermanos. Le gustaba el juego, la música y la danza; recitaba con fidelidad sus oraciones y mostraba atención particular hacia los pobres, a quienes ayudaba con una buena palabra o con un gesto afectuoso.
Su infancia feliz fue bruscamente interrumpida cuando, desde la lejana Turingia, llegaron unos caballeros para llevarla a su nueva sede en Alemania central. Según las costumbres de aquel tiempo, de hecho, su padre había establecido que Isabel se convirtiera en princesa de Turingia. El landgrave o conde de aquella región era uno de los soberanos más ricos e influyentes de Europa a principios del siglo XIII, y su castillo era centro de magnificencia y de cultura. Pero detrás de las fiestas y de la gloria aparente se escondían las ambiciones de los príncipes feudales, a menudo en guerra entre ellos y en conflicto con las autoridades reales e imperiales. En este contexto, el landgrave Hermann acogió de buen grado el noviazgo entre su hijo Ludovico y la princesa húngara. Isabel partió de su patria con una rica dote y un gran séquito, incluyendo sus doncellas personales, dos de las cuales permanecerán amigas fieles hasta el final. Son ellas las que han dejado preciosas informaciones sobre la infancia y sobre la vida de la Santa.
Tras un largo viaje llegaron a Eisenach, para subir después a la fortaleza de Wartburg, el macizo castillo sobre la ciudad. Aquí se celebró el compromiso entre Ludovico e Isabel. En los años sucesivos, mientras Ludovico aprendía el oficio de caballero, Isabel y sus compañeras estudiaban alemán, francés, latín, música, literatura y bordado. A pesar del hecho de que el compromiso se hubiese decidido por motivos políticos, entre ambos jóvenes nació un amor sincero, animado por la fe y por el deseo de hacer la voluntad de Dios. A la edad de 18 años, Ludovico, tras la muerte de su padre, comenzó a reinar sobre Turingia. Pero Isabel se convirtió en objeto de silenciosas críticas, porque su modo de comportarse no correspondía a la vida de la corte. Así también la celebración del matrimonio no fue fastuosa, y los gastos del banquete fueron devueltos en parte a los pobres. En su profunda sensibilidad Isabel veía las contradicciones entre la fe profesada y la práctica cristiana. No soportaba los compromisos. Una vez, entrando en la iglesia en la fiesta de la Asunción, se quitó la corona, la depositó ante la cruz y permaneció postrada en el suelo con el rostro cubierto. Cuando una monja la desaprobó por ese gesto, ella respondió: “¿Cómo puedo yo, criatura miserable, seguir llevando una corona de dignidad terrena, cuando veo a mu Rey Jesucristo coronado de espinas?”. Como se comportaba ante Dios, de la misma forma se comportaba con sus súbditos. Entre los Dichos de las cuatro doncellas encontramos este testimonio: “No consumía alimentos si antes no estaba segura de que procedieran de las propiedades y de los bienes legítimos de su marido. Mientras se abstenía de los bienes procurados ilícitamente, se preocupaba también por resarcir a aquellos que hubiesen sufrido violencia” (nn. 25 y 37). Un verdadero ejemplo para todos aquellos que desempeñan cargos: el ejercicio de la autoridad, a todo nivel, debe vivirse como servicio a la justicia y a la caridad, en la búsqueda constante del bien común.
Isabel practicaba asiduamente las obras de misericordia: daba de beber y de comer a quien llamaba a su puerta, procuraba vestidos, pagaba las deudas, cuidaba enfermos y sepultaba a los muertos. Bajando de su castillo, se dirigía a menudo con sus doncellas a las casas de los pobres, llevando pan, carne, harina y otros alimentos. Entregaba los alimentos personalmente y controlaba con atención los vestidos y los lechos de los pobres. Este comportamiento fue referido a su marido, el cual no sólo no se disgustó, sino que respondió a sus acusadores: “¡Mientras que no venga el castillo, estoy contento!”. En este contexto se coloca el milagro de pan transformado en rosas: mientras Isabel iba por la calle con su delantal lleno de pan para los pobres, se encontró con el marido, que le preguntó qué estaba llevando. Ella abrió el delantal y, en lugar del pan, aparecieron magníficas rosas. Este símbolo de caridad está presente muchas veces en las representaciones de santa Isabel.
El suyo fue un matrimonio profundamente feliz: Isabel ayudaba a su esposo a elevar sus cualidades humanas a nivel sobrenatural, y él, a cambio, protegía a su mujer en su generosidad hacia los pobres y en sus prácticas religiosas. Cada vez más admirado por la gran fe de su esposa, Ludovico, refiriéndose a su atención hacia los pobres, le dijo: “Querida Isabel, es a Cristo a quien has lavado, alimentado y cuidado”. Un claro testimonio de cómo la fe y el amor hacia Dios y hacia el prójimo refuerzan y hacen aún más profunda la unión matrimonial.
La joven pareja encontró apoyo espiritual en los Frailes Menores que, desde 1222, se difundieron en Turingia. Entre ellos Isabel eligió a fray Ruggero (Rüdiger) como director espiritual. Cuando él le narró las circunstancias de la conversión del joven y rico mercader Francisco de Asís, Isabel se entusiasmó aún más en su camino de vida cristiana. Desde aquel momento, se decidió aún más a seguir a Cristo pobre y crucificado, presente en los pobres. Incluso cuando nació su primer hijo, seguido de otros dos, nuestra Santa no descuidó nunca sus obras de caridad. Ayudó además a los Frailes Menores a construir en Halberstadt un convento, del que fray Ruggero se convirtió en superior. La dirección espiritual de Isabel pasó, así, a Conrado de Marburgo.
Una dura prueba fue el adiós al marido, a finales de junio de 1227, cuando Ludovico IV se asoció a la cruzada del emperador Federico II, recordando a su esposa que esa era una tradición para los soberanos de Turingia. Isabel respondió: “No te retendré. Me dí toda entera a Dios y ahora debo darte también a ti”. Sin embargo, la fiebre diezmó las tropas y Ludovico mismo cayó enfermo y murió en Otranto, antes de embarcar, en septiembre de 1227, a la edad de veintisiete años. Isabel, al saber la noticia, tuvo tal dolor que se retiró en soledad, pero después, fortificada por la oración y consolada por la esperanza de volver a verle en el Cielo, volvió a interesarse en los asuntos del reino. La esperaba, sin embargo, otra prueba: su cuñado usurpó el gobierno de Turingia, declarándose verdadero heredero de Ludovico y acusando a Isabel de ser una mujer piadosa incompetente para gobernar. La joven viuda, con sus tres hijos, fue expulsada del castillo de Wartburg y se puso a la búsqueda de un lugar donde refugiarse. Solo dos de sus doncellas permanecieron junto a ella, la acompañaron y confiaron a los tres niños a los cuidados de amigos de Ludovico. Peregrinando por los pueblos, Isabel trabajaba allí donde se la acogía, asistía a los enfermos, hilaba y cosía. Durante este calvario, soportado con gran fe, con paciencia y dedicación a Dios, algunos parientes, que le habían permanecido fieles y consideraban ilegítimo el gobierno de su cuñado, rehabilitaron su nombre. Así Isabel, a principios de 1228, pudo recibir una renta apropiada para retirarse al castillo familiar en Marburgo, donde vivía también su director espiritual fray Conrado. Fue él quien refirió al papa Gregorio IX el siguiente hecho: el viernes santo de 1228, puestas las manos sobre el altar en la capilla de su ciudad Eisenach, donde había acogido a los Frailes Menores, en presencia de algunos frailes y familiares, Isabel renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades del mundo. Ella quería renunciar a todas sus posesiones, pero yo la disuadí por amor a los pobres. Poco después construyó un hospital, recogió a enfermos e inválidos y sirvió en su propia mesa a los más miserables y los más abandonados. Habiéndola yo reñido por estas cosas, Isabel respondió que de los pobres recibía una especial gracia y humildad” (Epistula magistri Conradi, 14-17).
Podemos ver en esta afirmación una cierta experiencia mística parecida a la vivida por san Francisco: el Pobrecillo de Asís declaró, de hecho, en su testamento que, sirviendo a los leprosos, lo que antes era amargo se le cambió en dulzura del alma y del cuerpo (Testamentum, 1-3). Isabel transcurrió sus últimos tres años en el hospital fundado por ella, sirviendo a los enfermos, velando con los moribundos. Intentaba siempre llevar a cabo los servicios más humildes y los trabajos repugnantes. Ella se convirtió en lo que podríamos llamar una mujer consagrada en medio del mundo (soror in saeculo) y formó, con otras amigas suyas, vestidas en hábito gris, una comunidad religiosa. No es casualidad que sea patrona de la Orden Terciaria Regular de san Francisco y de la Orden Franciscana Seglar.
En noviembre de 1231 fue afectada por fuertes fiebres. Cuando la noticia de su enfermedad se propagó, muchísima gente acudió a verla. Tras unos diez días, pidió que se cerraran las puertas, para quedarse a solas con Dios. En la noche del 17 de noviembre se durmió dulcemente en el Señor. Los testimonios sobre su santidad fueron tantos y tales que, sólo cuatro años más tarde, el papa Gregorio IX la proclamó Santa y, en el mismo año, se consagró la hermosa iglesia construida en su honor en Marburgo.
Queridos hermanos y hermanas, en la figura de santa Isabel vemos cómo la fe, la amistad con Cristo crean el sentido de la justicia, de la igualdad de todos, de los derechos de los demás y crean el amor, la caridad. Y de esta caridad nace la esperanza, la certeza de que somos amados por Cristo y de que el amor de Cristo nos espera y nos hace así capaces de imitar a Cristo y de ver a Cristo en los demás. Santa Isabel nos invita a redescubrir a Cristo, a amarlo, a tener fe y así a encontrar la verdadera justicia y el amor, como también la alegría de que un día estaremos inmersos en el amor divino, en el gozo de la eternidad con Dios. Gracias.
Viaje de Benedicto XVI a España
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Programa oficial

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Programa de la visita de Benedicto XVI a España

Santiago de Compostela y Barcelona6-7 de noviembre de 2010

Sábado, 6 de noviembre:

08.30 Salida en avión desde el Aeropuerto de Roma-Fiumicino rumbo a Santiago de Compostela.
Santiago de Compostela
11.30 - Llegada al Aeropuerto Internacional de Santiago de Compostela.
Ceremonia de bienvenida en el Aeropuerto Internacional de Santiago de Compostela. Discurso del Santo Padre.
Encuentro privado con sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias en la Sala de Autoridades del Aeropuerto Internacional de Santiago de Compostela.
13.00 - Visita a la Catedral de Santiago de Compostela. Saludo del Santo Padre.
13.45 - Almuerzo con los Cardenales españoles, con los Miembros del Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española y con el Séquito Papal en el Arzobispado de Santiago de Compostela.
16.30 - Santa Misa en ocasión del Año Jubilar Compostelano en la Plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela. Homilía del Santo Padre.
19.15 - Salida en avión desde el Aeropuerto Internacional de Santiago de Compostela rumbo a Barcelona.
Domingo, 7 de noviembre:

Barcelona

09.30 - Encuentro privado con SS.MM. los Reyes de España en la Sala Museo de la Iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona.
10.00 - Santa Misa dedicada al Altar y a la Iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona. Homilía del Santo Padre.
Rezo del Angelus Domini en la Plaza de la Iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona. Palabra del Santo Padre.
13.00 - Almuerzo con los Cardenales y Obispos presentes y con el Séquito Papal en el Arzobispado de Barcelona.
16.30 - Despedida del Arzobispado de Barcelona.
17.15 - Visita a la "Obra benéfico-social Nen Déu" de Barcelona. Saludo del Santo Padre.
18.30 - Ceremonia de despedida en el Aeropuerto Internacional de Barcelona. Discurso del Santo Padre.
19.15 - Salida en avión del Aeropuerto Internacional de Barcelona rumbo a Roma.
Roma
20.55 - Llegada al Aeropuerto de Roma-Ciampino.
¿Una visita incómoda?

Josep Argemí


El 6 de noviembre llega a Barcelona Benedicto XVI y cada día van apareciendo en los medios más noticias acerca de aspectos tan diversos como si será recibido por Zapatero, cuál será el recorrido hasta la Sagrada Família o cuánto costará el evento. No faltan tampoco quienes, con excusa de uno u otro aspecto de la visita, manifiestan su indiferencia o aun su oposición desde una perspectiva laicista.
Es lógico que quienes tienen al Papa por guía espiritual de su fe valoren con entusiasmo que venga por primera vez a Catalunya. Lógico es, también, que desde el respeto animen a acompañar al Pontífice en el recorrido en lugar de quedarse cómodamente en casa. Menos sentido tiene que bajo el argumento de no ser creyente se menosprecie a una persona como la que nos visita.
Tengo la esperanza de que nuestra sociedad —donde conviven creyentes y no creyentes— responderá a la visita del Papa mayoritariamente como corresponde a una ciudadanía madura, lejos de aquel maniqueísmo que, cuando surge (antipático e irracional) tanto emborrona nuestra historia. La razón es sencilla: el Papa no interesará solo a creyentes, sino a muchas otras personas. Mi previsión, pues, se basa sobre todo en la confianza hacia el personaje, cuya gran altura intelectual y moral queda muchas veces sepultada por el ruido mediático.
Los méritos de Ratzinger-Benedicto XVI son, en muchos campos, muy notables. Como universitario podría destacar sus siete doctorados honoris causa o su brillante carrera de profesor en Alemania. Pero su trabajo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, ahora, al frente de toda la Iglesia Católica, también merecen un reconocimiento.
A pesar de llegar a la sede de Pedro con una imagen de inquisidor antipático y terco —hábilmente alimentada por sus adversarios— los hechos posteriores contradicen una vez y otra ese odioso retrato.
Ha demostrado en cada una de las dificultades y contrariedades que se le han presentado (y han sido bastantes, por qué negarlo) que tiene una mente ordenada, mantiene una coherencia admirable y no rehúye los envites. Las entrevistas que hicieron hace unos años al entonces cardenal Ratzinger y que dieron lugar a los libros La sal de la tierra y Dios y el mundo, o el debate con Jürgen Habermas, son ejemplos de ello. Muestra agudeza y precisión ante preguntas indiscretas o incómodas; manifiesta humildad para reconocer errores; creatividad para explicar con un lenguaje fresco verdades tradicionales; y también erudición para analizar interdisciplinariamente cualquier tema.
Quizá por esta gran capacidad intelectual Benedicto XVI sea una persona que se maneja bien en mares revueltos. En el ámbito del ecumenismo pocos han dado pasos tan audaces como él en relación con el anglicanismo. En mi opinión, esto ha sido posible porque siempre ha mantenido una auténtica tolerancia, aquella que se basa en tratar de entender al otro desde unas firmes convicciones, sin esconderlas, desde la transparencia y la lealtad. Con Ratzinger uno podrá estar o no de acuerdo; pero sí sabrá qué piensa en cada cuestión, y en qué puntos puede coincidir. No disimula por miedo a incomodar, pero al mismo tiempo su honestidad intelectual le lleva a saber ver y reconocer en las posturas contrarias los méritos que le corresponden. Fue él quien, en el viaje a Portugal, animó a «encontrar una síntesis y un diálogo profundo y de vanguardia» entre secularismo y fe.
El reciente viaje a Gran Bretaña ha sido otro ejemplo de cómo afrontar con valentía —y éxito— una situación compleja, tras la intensa campaña de descrédito que precedió la visita. Lo mismo cabe decir del ponzoñoso tema de la pederastia. Es difícil encontrar paralelismo con cualquier otra institución pública o privada que ante tamaño despropósito haya sido capaz de hacerle frente con tanto arrojo. Su compromiso con los más débiles ha demostrado ser (también en este tema) una constante de su trayectoria. En un día ya lejano del 2008 afirmó: «Las víctimas deben recibir compasión y asistencia, y los responsables de estos males deben ser llevados ante la justicia». Aquí, como en muchos otros aspectos, el peso de la imagen estereotipada ha impedido valorar los hechos en su justa proporción.
La visita de Benedicto XVI puede resultar incómoda para algunos. Nunca llueve al gusto de todos, y el marco democrático en el que nos movemos permite que cada cual opine y manifieste lo que le plazca. De todos modos, sería lamentable que el prejuicio impidiera dar una oportunidad al primer Papa alemán en medio milenio; y ello no solo por su relevancia internacional, sino porque es probablemente uno de los referentes más sólidos en este mundo globalizado, donde el reino de la razón ha dado paso al de la emoción, y donde los valores parecen haberse derretido para adaptarse a las conveniencias de cada uno, bajo el fragor de un relativismo acrítico y profundamente egoísta.

19 octubre 2010

¿Necesidad de relación entre belleza y arte?


Columna semanal por Rodolfo Papa
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Las teorías estéticas contemporáneas proponen definiciones del arte extremadamente fluidas, incluso líquidas, aparentemente elásticas y navegables, sin embargo a menudo se revelan después extremadamente rígidas, con límites infranqueables. Uno de estos límites, subrepticiamente elevado, hace referencia a la perentoria separación de arte y belleza, otro relega fuera del arte toda referencia a la trascendencia. Este enfoque plantea muchos problemas teóricos para encontrar una definición del concepto de arte.
Queremos afrontar la cuestión de la relación entre arte y belleza, entre arte y transcendencia, desde un punto de vista particular, o reflexionando sobre el Magisterio de la Iglesia. En él encontramos no sólo indicaciones que tienen valor para los creyentes, sino también la fundamentación seria y rigurosa de un discurso que se propone como verdadero para todo hombre.
En la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis, Benedicto XVI reflexionando sobre el espíritu de la liturgia, da lugar a una reflexión sobre el arte al servicio de la celebración, basada en el vínculo profundo entre “belleza y liturgia”; en concreto leemos: “El mismo principio vale para todo el arte sacro, especialmente la pintura y la escultura, en los que la iconografía religiosa se ha de orientar a la mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del arte como materia importante, con especial referencia a los edificios de culto, según las normas litúrgicas. Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. Se deben también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción”. (n. 41, cursivas añadidas).
El arte sacro, al servicio de la liturgia, está orientado a la “mistagogía sacramental” y debe estar impregnado de “gusto por la belleza”. Aplacemos por ahora, posponiendo el análisis a otro artículo, la afirmación de que es “indispensable” que los seminaristas y sacerdotes conozcan la historia del arte, para formar el gusto por la belleza.
Detengámonos, en cambio, en la relación íntima e inseparable entre arte sacro y belleza, basada en el mismo corazón de la liturgia; en el mismo documento leemos también: “La belleza de la liturgia es parte de este misterio; es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo sobre la tierra. El memorial del sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquella belleza de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos (cf. Mc 9,2). La belleza, por tanto, no es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza” (n. 35, cursivas añadidas).
La belleza, en cuanto atributo de Dios, es elemento constitutivo de la liturgia y por tanto del arte sacro. Se trata de una implicación preciosa, que ancla la belleza del arte sacro en Dios.
Incluso en una reflexión externa al ámbito litúrgico y sacramental, una consideración seria de lo que es el arte muestra cómo la belleza es, en todo caso, un atributo constitutivo del mismo, porque todo artista trabaja a imagen de Dios creador, y porque lo bello es una propiedad trascendental del ser, es decir, un atributo que posee todo lo que es, precisamente porque participa del ser de Dios, en cuanto creado.
Este recorrido es trazado por Juan Pablo II en la Carta a los artistas del 1999, dirigida universalmente a todos los artistas, definidos como “geniales constructores de belleza”. De este modo, Juan Pablo II indica al artista su propio campo de acción, destaca el corazón de su identidad misma. No se trata de una consideración puramente descriptiva o de la constatación de un dato de hecho, sino que es casi la enunciación de un principio, la exhortación a una alianza renovada entre arte y belleza.
La definición “geniales constructores de belleza” es compleja y profunda en todos sus términos. El sustantivo “constructores” se refiere a la clásica definición de ars como recta ratio factibilium, es decir, a un ámbito de producción: el artista es un artífice. Así es reclamado un ámbito que a menudo es discutido en muchas teorías del arte, despreciado de la producción artística actual. El adjetivo “genial” dialoga con toda la historia de la reflexión estética, destacando en la posesión del “genio” la peculiaridad del arte respecto a la artesanía y a las demás producciones técnicas. Pero es el complemento de la “belleza” el verdadero corazón de la definición: la belleza es el objeto y la finalidad del arte mismo. Este énfasis, que se sitúa en continuidad con una tradición milenaria, contrasta de manera audaz con las numerosas estéticas contemporáneas de lo feo que teorizan sobre la fealdad como verdadero campo artístico o, todavía peor, proponen una absoluta indiferencia frente a lo bello y lo feo. Juan Pablo II vuelve a situar el arte en el territorio de la belleza, sometida a las normas del hacer, en el reconocimiento de ese don particular que normalmente se llama “genio” y que, en el contexto de la misma Carta a los artistas, se revela como un talento natural y un don del Espíritu Santo.
El carácter imprescindible de la belleza en todas las artes -pintura, escultura, arquitectura, etcétera- implica necesariamente un replanteamiento de la misma noción de belleza, que, como mostraremos en próximos artículos, encuentra la mejor aclaración en la tradición aristotélico-tomista medieval y renacentista.
Carta del Santo Padre Benedicto XVI a los Seminaristas





Queridos seminaristas:


En diciembre de 1944, cuando me llamaron al servicio militar, el comandante de la compañía nos preguntó a cada uno qué queríamos ser en el futuro. Respondí que quería ser sacerdote católico. El subteniente replicó: Entonces tiene usted que buscarse otra cosa. En la nueva Alemania ya no hay necesidad de curas. Yo sabía que esta “nueva Alemania” estaba llegando a su fin y, que después de las devastaciones tan enormes que aquella locura había traído al País, habría más que nunca necesidad de sacerdotes. Hoy la situación es completamente distinta. Pero también ahora hay mucha gente que, de una u otra forma, piensa que el sacerdocio católico no es una “profesión” con futuro, sino que pertenece más bien al pasado. Vosotros, queridos amigos, habéis decidido entrar en el seminario y, por tanto, os habéis puesto en camino hacia el ministerio sacerdotal en la Iglesia católica, en contra de estas objeciones y opiniones. Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera. Donde el hombre ya no percibe a Dios, la vida se queda vacía; todo es insuficiente. El hombre busca después refugio en el alcohol o en la violencia, que cada vez amenaza más a la juventud. Dios está vivo. Nos ha creado y, por tanto, nos conoce a todos. Es tan grande que tiene tiempo para nuestras pequeñas cosas: “Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados”. Dios está vivo, y necesita hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás. Sí, tiene sentido ser sacerdote: el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre.
El seminario es una comunidad en camino hacia el servicio sacerdotal. Con esto, ya he dicho algo muy importante: no se llega a ser sacerdote solo. Hace falta la “comunidad de discípulos”, el grupo de los que quieren servir a la Iglesia de todos. Con esta carta quisiera poner de relieve —mirando también hacia atrás, a mis días en el seminario— algunos elementos importantes para estos años en los que os encontráis en camino.
1. Quien quiera ser sacerdote debe ser sobre todo un “hombre de Dios”, como lo describe san Pablo (1 Tm 6,11). Para nosotros, Dios no es una hipótesis lejana, no es un desconocido que se ha retirado después del “big bang”. Dios se ha manifestado en Jesucristo. En el rostro de Jesucristo vemos el rostro de Dios. En sus palabras escuchamos al mismo Dios que nos habla. Por eso, lo más importante en el camino hacia el sacerdocio, y durante toda la vida sacerdotal, es la relación personal con Dios en Jesucristo. El sacerdote no es el administrador de una asociación, que intenta mantenerla e incrementar el número de sus miembros. Es el mensajero de Dios entre los hombres. Quiere llevarlos a Dios, y que así crezca la comunión entre ellos. Por esto, queridos amigos, es tan importante que aprendáis a vivir en contacto permanente con Dios. Cuando el Señor dice: “Orad en todo momento”, lógicamente no nos está pidiendo que recitemos continuamente oraciones, sino que nunca perdamos el trato interior con Dios. Ejercitarse en este trato es el sentido de nuestra oración. Por esto es importante que el día se inicie y concluya con la oración. Que escuchemos a Dios en la lectura de la Escritura. Que le contemos nuestros deseos y esperanzas, nuestras alegrías y sufrimientos, nuestros errores y nuestra gratitud por todo lo bueno y bello, y que de esta manera esté siempre ante nuestros ojos como punto de referencia en nuestra vida. Así nos hacemos más sensibles a nuestros errores y aprendemos a esforzarnos por mejorar; pero, además, nos hacemos más sensibles a todo lo hermoso y bueno que recibimos cada día como si fuera algo obvio, y crece nuestra gratitud. Y con la gratitud aumenta la alegría porque Dios está cerca de nosotros y podemos servirlo.
2. Para nosotros, Dios no es sólo una palabra. En los sacramentos, Él se nos da en persona, a través de realidades corporales. La Eucaristía es el centro de nuestra relación con Dios y de la configuración de nuestra vida. Celebrarla con participación interior y encontrar de esta manera a Cristo en persona, debe ser el centro de cada una de nuestras jornadas. San Cipriano ha interpretado la petición del Evangelio: “Danos hoy nuestro pan de cada día”, diciendo, entre otras cosas, que “nuestro” pan, el pan que como cristianos recibimos en la Iglesia, es el mismo Señor Sacramentado. En la petición del Padrenuestro pedimos, por tanto, que Él nos dé cada día este pan “nuestro”; que éste sea siempre el alimento de nuestra vida. Que Cristo resucitado, que se nos da en la Eucaristía, modele de verdad toda nuestra vida con el esplendor de su amor divino. Para celebrar bien la Eucaristía, es necesario también que aprendamos a conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia en su expresión concreta. En la liturgia rezamos con los fieles de todos los tiempos: pasado, presente y futuro se suman a un único y gran coro de oración. Por mi experiencia personal puedo afirmar que es entusiasmante aprender a entender poco a poco cómo todo esto ha ido creciendo, cuánta experiencia de fe hay en la estructura de la liturgia de la Misa, cuántas generaciones con su oración la han ido formando.
3. También es importante el sacramento de la Penitencia. Me enseña a mirarme con los ojos de Dios, y me obliga a ser honesto conmigo mismo. Me lleva a la humildad. El Cura de Ars dijo en una ocasión: Pensáis que no tiene sentido recibir la absolución hoy, sabiendo que mañana cometeréis nuevamente los mismos pecados. Pero —nos dice— Dios mismo olvida en ese momento los pecados de mañana, para daros su gracia hoy. Aunque tengamos que combatir continuamente los mismos errores, es importante luchar contra el ofuscamiento del alma y la indiferencia que se resigna ante el hecho de que somos así. Es importante mantenerse en camino, sin ser escrupulosos, teniendo conciencia agradecida de que Dios siempre está dispuesto al perdón. Pero también sin la indiferencia, que nos hace abandonar la lucha por la santidad y la superación. Cuando recibo el perdón, aprendo también a perdonar a los demás. Reconociendo mi miseria, llego también a ser más tolerante y comprensivo con las debilidades del prójimo.
4. Sabed apreciar también la piedad popular, que es diferente en las diversas culturas, pero que a fin de cuentas es también muy parecida, pues el corazón del hombre después de todo es el mismo. Es cierto que la piedad popular puede derivar hacia lo irracional y quizás también quedarse en lo externo. Sin embargo, excluirla es completamente erróneo. A través de ella, la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común. Por eso, la piedad popular es un gran patrimonio de la Iglesia. La fe se ha hecho carne y sangre. Ciertamente, la piedad popular tiene siempre que purificarse y apuntar al centro, pero merece todo nuestro aprecio, y hace que nosotros mismos nos integremos plenamente en el “Pueblo de Dios”.
5. El tiempo en el seminario es también, y sobre todo, tiempo de estudio. La fe cristiana tiene una dimensión racional e intelectual esencial. Sin esta dimensión no sería ella misma. Pablo habla de un “modelo de doctrina”, a la que fuimos entregados en el bautismo (Rm 6,17). Todos conocéis las palabras de san Pedro, consideradas por los teólogos medievales como justificación de una teología racional y elaborada científicamente: “Estad siempre prontos para dar razón (logos) de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 P 3,15). Una de las tareas principales de los años de seminario es capacitaros para dar dichas razones. Os ruego encarecidamente: Estudiad con tesón. Aprovechad los años de estudio. No os arrepentiréis. Es verdad que a veces las materias de estudio parecen muy lejanas de la vida cristiana real y de la atención pastoral. Sin embargo, es un gran error plantear de entrada la cuestión en clave pragmática: ¿Me servirá esto para el futuro? ¿Me será de utilidad práctica, pastoral? Desde luego no se trata solamente de aprender las cosas meramente prácticas, sino de conocer y comprender la estructura interna de la fe en su totalidad, de manera que se convierta en una respuesta a las preguntas de los hombres, que aunque aparentemente cambian en cada generación, en el fondo son las mismas. Por eso, es importante ir más allá de las cuestiones coyunturales para captar cuáles son precisamente las verdaderas preguntas y poder entender también así las respuestas como auténticas repuestas. Es importante conocer a fondo la Sagrada Escritura en su totalidad, en su unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento: la formación de los textos, su peculiaridad literaria, la composición gradual de los mismos hasta formar el canon de los libros sagrados, la unidad de su dinámica interna que no se aprecia a primera vista, pero que es la única que da sentido pleno a cada uno de los textos. Es importante conocer a los Padres y los grandes Concilios, en los que la Iglesia ha asimilado, reflexionando y creyendo, las afirmaciones esenciales de la Escritura. Podría continuar en este sentido: llamamos dogmática a la comprensión de cada uno de los contenidos de la fe en su unidad, o mejor, en su simplicidad última: cada detalle particular, en definitiva, desarrolla la fe en el único Dios, que se manifestó y que sigue manifestándose. No es necesario que diga expresamente lo necesario que es estudiar las cuestiones esenciales de la teología moral y de la doctrina social de la Iglesia. Es evidente la importancia que tiene hoy la teología ecuménica, conocer las diversas comunidades cristianas; es igualmente necesario una orientación fundamental sobre las grandes religiones y, sobre todo, la filosofía: la comprensión de la búsqueda y de las preguntas del hombre, a las que la fe quiere dar respuesta. Pero también aprended a comprender y —me atrevo a decir— a valorar el derecho canónico por su necesidad intrínseca y por su aplicación práctica: una sociedad sin derecho sería una sociedad carente de derechos. El derecho es una condición del amor. Prefiero no continuar enumerando más cosas, pero sí deseo deciros una vez más: amad el estudio de la teología y continuadlo con especial sensibilidad, para anclar la teología en la comunidad viva de la Iglesia que, con su autoridad, no es un polo opuesto a la ciencia teológica, sino su presupuesto. Sin la Iglesia que cree, la teología deja de ser ella misma y se convierte en un conjunto de disciplinas diversas sin unidad interior.
6. Los años de seminario deben ser también un periodo de maduración humana. Para el sacerdote, que deberá acompañar a otros en el camino de la vida y hasta el momento de la muerte, es importante que haya conseguido un equilibrio justo entre corazón y mente, razón y sentimiento, cuerpo y alma, y que sea humanamente “íntegro”. La tradición cristiana siempre ha unido las “virtudes teologales” con las “virtudes cardinales”, que brotan de la experiencia humana y de la filosofía, y ha tenido en cuenta la sana tradición ética de la humanidad. Pablo dice a los Filipenses de manera muy clara: “Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (4,8). En este contexto, se sitúa también la integración de la sexualidad en el conjunto de la personalidad. La sexualidad es un don del Creador, pero también una tarea que tiene que ver con el desarrollo del ser humano. Cuando no se integra en la persona, la sexualidad se convierte en algo banal y destructivo. En nuestra sociedad actual se ven muchos ejemplos de esto. Recientemente, hemos constatado con gran dolor que algunos sacerdotes han desfigurado su ministerio al abusar sexualmente de niños y jóvenes. En lugar de llevar a las personas a una madurez humana y ser un ejemplo para ellos, han provocado con sus abusos un daño que nos causa profundo dolor y disgusto. Debido a todo esto, muchos podrán preguntarse, quizás también vosotros, si vale la pena ser sacerdote; si es sensato encaminar la vida por el celibato. Sin embargo, estos abusos, que son absolutamente reprobables, no pueden desacreditar la misión sacerdotal, que conserva toda su grandeza y dignidad. Gracias a Dios, todos conocemos sacerdotes convincentes, forjados por su fe, que dan testimonio de cómo en este estado, en la vida celibataria, se puede vivir una humanidad auténtica, pura y madura. Pero lo que ha ocurrido, nos debe hacer más vigilantes y atentos, examinándonos cuidadosamente a nosotros mismos, delante de Dios, en el camino hacia el sacerdocio, para ver si es ésta su voluntad para mí. Es tarea de los confesores y de vuestros superiores acompañaros y ayudaros en este proceso de discernimiento. Un elemento esencial de vuestro camino es practicar las virtudes humanas fundamentales, con la mirada puesta en Dios manifestado en Cristo, dejándonos purificar por Él continuamente.
7. En la actualidad, los comienzos de la vocación sacerdotal son más variados y diversos que en el pasado. Con frecuencia, se toma la decisión por el sacerdocio en el ejercicio de alguna profesión secular. A menudo, surge en las comunidades, especialmente en los movimientos, que propician un encuentro comunitario con Cristo y con su Iglesia, una experiencia espiritual y la alegría en el servicio de la fe. La decisión también madura en encuentros totalmente personales con la grandeza y la miseria del ser humano. De este modo, los candidatos al sacerdocio proceden con frecuencia de ámbitos espirituales completamente diversos. Puede que sea difícil reconocer los elementos comunes del futuro enviado y de su itinerario espiritual. Precisamente, por eso, el seminario es importante como comunidad en camino por encima de las diversas formas de espiritualidad. Los movimientos son una cosa magnífica. Sabéis bien cuánto los aprecio y quiero como don del Espíritu Santo a la Iglesia. Sin embargo, se han de valorar según su apertura a la común realidad católica, a la vida de la única y común Iglesia de Cristo, que en su diversidad es, en definitiva, una sola. El seminario es el periodo en el que uno aprende con los otros y de los otros. En la convivencia, quizás a veces difícil, debéis asimilar la generosidad y la tolerancia, no simplemente soportándoos mutuamente, sino enriqueciéndoos unos a otros, de modo que cada uno pueda aportar sus cualidades particulares al conjunto, mientras todos servís a la misma Iglesia, al mismo Señor. Ser escuela de tolerancia, más aún, de aceptarse y comprenderse en la unidad del Cuerpo de Cristo, es otro elemento importante de los años de seminario.
Queridos seminaristas, con estas líneas he querido mostraros lo mucho que pienso en vosotros, especialmente en estos tiempos difíciles, y lo cerca que os tengo en la oración. Rezad también por mí, para que pueda desempeñar bien mi servicio, hasta que el Señor quiera. Confío vuestro camino de preparación al sacerdocio a la maternal protección de María Santísima, cuya casa fue escuela de bien y de gracia. A todos os bendiga Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Vaticano, 18 de octubre de 2010, Fiesta de San Lucas, evangelista.
Vuestro en el Señor
Benedictus PP. XVI
Tiene sentido ser sacerdote


Para el Papa el sacerdocio no es “algo del pasado”


Los hombres “siempre tendrán necesidad de Dios” y por tanto “de sacerdotes”, por lo que el sacerdocio católico no es “algo del pasado sino del futuro”. Así escribe el Papa Benedicto XVI a los seminaristas de todo el mundo, tras la clausura del Año Sacerdotal.
La Carta, hecha pública por la Santa Sede hoy, día de san Lucas evangelista, contiene un mensaje del Papa a los futuros sacerdotes, para que se tomen en serio su propia formación y su propia identidad, y ante todo, para animarles en las dificultades actuales.
Hoy, afirma el Papa, hay mucha gente “que, de una u otra forma, piensa que el sacerdocio católico no es una 'profesión' con futuro, sino que pertenece más bien al pasado”.
Esta situación no es nueva, confiesa, pues él mismo tuvo que pasar por ella, en la Alemania agonizante de la segunda guerra mundial.
“En diciembre de 1944, cuando me llamaron al servicio militar, el comandante de la compañía nos preguntó a cada uno qué queríamos ser en el futuro. Respondí que quería ser sacerdote católico. El subteniente replicó: Entonces tiene usted que buscarse otra cosa. En la nueva Alemania ya no hay necesidad de curas”.
Sin embargo, prosigue el Papa, él “sabía que esta 'nueva Alemania' estaba llegando a su fin y, que después de las devastaciones tan enormes que aquella locura había traído al país, habría más que nunca necesidad de sacerdotes”.
Aunque las circunstancias ahora son distintas, el Pontífice pide a los seminaristas que tengan esa misma convicción, pues el hombre “también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal”.
“También ahora hay mucha gente que, de una u otra forma, piensa que el sacerdocio católico no es una 'profesión' con futuro, sino que pertenece más bien al pasado”, pero a pesar de ello “habéis decidido entrar en el seminario y, por tanto, os habéis puesto en camino hacia el ministerio sacerdotal en la Iglesia católica, en contra de estas objeciones y opiniones”.
“Habéis hecho bien”, afirma el Papa.
En los tiempos actuales, “donde el hombre ya no percibe a Dios, la vida se queda vacía; todo es insuficiente. El hombre busca después refugio en el alcohol o en la violencia, que cada vez amenaza más a la juventud”.
Sin embargo, añade el Papa, “Dios está vivo. Nos ha creado y, por tanto, nos conoce a todos. Es tan grande que tiene tiempo para nuestras pequeñas cosas: "Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados". Dios está vivo, y necesita hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás”.
“Sí, tiene sentido ser sacerdote: el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre”, prosigue Benedicto XVI.
El Pontífice asegura a los seminaristas que “piensa mucho” en ellos, “especialmente en estos tiempos difíciles”.
El motivo de esta carta, añade, es “poner de relieve -mirando también hacia atrás, a mis días en el seminario- algunos elementos importantes para estos años en los que os encontráis en camino”.
“Hombres de Dios”
El Papa subraya la importancia de la vida sacramental, de la integración en la Iglesia, del estudio de la teología y del derecho canónico, de la madurez y la comprensión y vivencia serena del celibato.
Uno de los aspectos más importantes de este periodo de formación es su carácter comunitario, afirma el Papa: “El seminario es una comunidad en camino hacia el servicio sacerdotal. Con esto, ya he dicho algo muy importante: no se llega a ser sacerdote solo. Hace falta la "comunidad de discípulos", el grupo de los que quieren servir a la Iglesia de todos”.
Quien quiera ser sacerdote “debe ser sobre todo un 'hombre de Dios'", afirma el Papa. “Dios no es una hipótesis lejana, no es un desconocido que se ha retirado después del "big bang". Dios se ha manifestado en Jesucristo. En el rostro de Jesucristo vemos el rostro de Dios”.
“Por eso, lo más importante en el camino hacia el sacerdocio, y durante toda la vida sacerdotal, es la relación personal con Dios en Jesucristo”.
El sacerdote “no es el administrador de una asociación, que intenta mantenerla e incrementar el número de sus miembros. Es el mensajero de Dios entre los hombres. Quiere llevarlos a Dios, y que así crezca la comunión entre ellos”, añade.