25 marzo 2013



Reflexión sobre la Semana Santa del arzobispo de la Plata, Héctor Aguer

La vida del cristiano es una vida vivida en Cristo


Estamos una vez más, como todos los años, en las puertas de la Semana Santa. ¿Qué vamos a celebrar en estos días? Me parece importante comprender que cuando hablamos de Semana Santa quizás estamos fragmentando una realidad que debe enfocarse con un sentido de unidad. 
¿Qué quiero decir con esto? Que la Semana Santa evoca los últimos días de la vida terrena del Señor, que culminan en su muerte en la Cruz y en su Resurrección. Pero quizás esa fragmentación, día por día –Lunes Santo, Martes Santo, Miércoles Santo, Jueves Santo, y así- quizás nos confunde acerca de cual es el objeto de esta celebración, a saber,  la Pascua del Señor. Entonces, tengamos en cuenta la unidad del misterio que vamos a celebrar, que ya se advierte en esta especie de prólogo, de proemio, de preludio que es el Domingo de Ramos.
En el Domingo de Ramos recordamos el ingreso triunfal de Jesús en Jerusalén, con la bendición de los ramos, la entrada solemne o la procesión, evocando aquel ingreso de Jesús, cuando fue aclamado como Mesías que venía a traer el Reino de Dios. Pero, en seguida, cambia el tono de la celebración porque la Misa es una Misa de la Pasión, en la que se lee completo el relato de la Pasión del Señor. Es el único domingo del año en que se proclama en el Evangelio la Pasión del Señor, que termina con la mención de su sepultura. 
Hay dos fases en el Domingo de Ramos: por un lado la gloria, que es una gloria, al parecer, inmadura, prematura, efímera. Tiene que pasar por la Cruz para hacerse verdadera gloria de Pascua. El Domingo de Ramos es una síntesis de toda la celebración del misterio pascual: por un lado la gloria que nos anticipa la gloria de Pascua. Por eso en la Edad Media a ese domingo se lo llamaba Pascua Florida, porque junto con los ramos se repartían flores y  en la  esperanza de la Pascua verdadera se celebraba esta anticipación pero luego viene la Misa de la Pasión que nos está recordando que a la gloria de la Resurrección, Cristo entró a través de la muerte y que ese es el camino que nos ha abierto a nosotros.
 Es también a través de las dificultades, de los trabajos, de los dolores, incluso a través de las posibles tragedias de esta vida como nosotros nos encaminamos a la felicidad verdadera, a compartir la gloria de Cristo.
Avanzando en la Semana Santa vemos que el núcleo de la celebración anual de la Pascua está en el triduo pascual, que empieza en la tarde del Jueves Santo. Todavía hasta la mañana del Jueves Santo podemos decir que estamos en tiempo de Cuaresma y recién a la tarde de ese día empieza el Triduo Pascual con el recuerdo de la Cena del Señor, la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio. 
La primera jornada del triduo pascual es el Viernes Santo, que está todo él centrado en la contemplación de la Cruz, en la muerte de Jesús en la Cruz y en el significado de salvación que tiene la Cruz para nosotros. De ser un sangriento patíbulo la cruz se ha convertido en el árbol de la vida, porque quien estuvo clavado allí, mediante ese sacrificio de su muerte, nos ha conquistado el perdón de los pecados y la vida eterna.
La segunda jornada del Triduo es muy misteriosa; es el Sábado Santo, un día en que, desde el punto de vista litúrgico reina un gran silencio, porque es el día en que Dios estuvo muerto. Notemos bien lo que estamos diciendo: Dios estuvo muerto. Si decimos que Dios se hizo hombre en Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre, podemos decir que Dios estuvo muerto en Jesús. Es el día del gran silencio, en que tenemos que acercarnos, en la medida en que lo podamos, a meditar en lo que Dios llegó a hacer por nosotros al enviar a su Hijo en carne mortal, asumir  la muerte humana para abrirnos camino, a través de la muerte hacia la gloria, hacia la Pascua, hacia la Resurrección.
Culminando el silencio del Sábado Santo, a la noche, entre el sábado y el domingo, porque tiene que ser una celebración nocturna, tenemos la Vigilia Pascual. Vigilia implica estar despiertos, quedarse alerta, estar esperando para celebrar la Resurrección del Señor, que ocurrió en la noche. En la noche brota la luz. El santo día de Pascua prolonga esa alegría que comienza en la noche pero se extiende en la jornada de ese domingo por excelencia, el día que hizo el Señor.
Esto es lo que celebramos en Semana Santa: la Pascua, el paso, el tránsito del Señor, a través de la muerte, hacia la vida. Él fue solo para llevarnos a nosotros consigo;  de allí viene la alegría Pascual: el hecho de que la vida del cristiano, a pesar de todas las dificultades, es una vida  vivida en Cristo Resucitado, de quien nos viene la gracia, la luz, la fortaleza para transformar las penalidades de esta vida y dar testimonio de Él, para trabajar sinceramente para mejorar este mundo.
Esta es la vocación del cristiano. Si bien cada vez que celebramos la Eucaristía , en la misa de todos los días estamos celebrando la Pascua, una vez al año, la representamos de esta manera, mediante esas celebraciones solemnes, para que sensiblemente este hecho, este acontecimiento fundamental de la historia de la humanidad nos impresione de tal manera que comprendamos mejor lo que significa ser cristiano, es decir existir en el Misterio Pascual del Señor, con todas las consecuencias que eso tiene sobre nuestra vida y sobre las de los demás.

24 marzo 2013


No os dejéis robar la esperanza que nos da Jesús

Homilía del Papa en el Domingo de Ramos


Jesús entra en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos lo acompañan festivamente, se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38). Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios, se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Este es Jesús. Este es su corazón que nos mira a todos, que mira nuestras enfermedades, nuestros pecados. Es grande el amor de Jesús. Y ahora entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos. Es una bella escena, llena de luz, la luz del amor de Jesús, de alegría, de fiesta.
Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido a Jesús; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios y se ha rebajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. Aquí nos ilumina en el camino. Y así hoy lo hemos acogido. Y esta es la primera palabra que quiero deciros: alegría. No seáis nunca hombres, mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer nunca por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino que nace de haber encontrado a una persona, Jesús; que está en medio a nosotros, nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, el diablo enmascarado de ángel tantas veces e insidiosamente nos dice su palabra. No lo escuchéis, sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y por favor, no os dejéis robar la esperanza, no os dejéis robar la esperanza que nos da Jesús.
Y la segunda palabra. ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla. Que tiene el sentido de ver en Jesús algo más. Que dice este es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, unacaña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que Benedicto XVI decía a los cardenales: sois príncipes, pero de un Rey crucificado. Ese es el trono de Jesús. Jesús toma sobre él. ¿Por qué la cruz? Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que después ninguno lo puede llevar con sí, debe dejarlo. Mi abuela nos decía a nosotros niños, "el sudario no tiene bolsillos". Amor al dinero,  poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también, cada uno de nosotros lo sabe y lo conoce, nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos nosotros sobre el trono de la cruz. La cruz de Cristo abrazada con amor nunca lleva la tristeza, sino la alegría, la alegría de ser salvados y de hacer un poco de lo que ha hecho Él el día de su muerte .
Hoy están en esta plaza tantos jóvenes: desde hace 28 años, el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. Y esta es la tercera palabra: jóvenes. Queridos jóvenes, os imagino haciendo fiesta en torno a Jesús, agitando ramos de olivo; os imagino mientras aclamáis su nombre y expresáis la alegría de estar con él. Vosotros tenéis una parte importante en la celebración de la fe. Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre, incluso a los setenta, ochenta años. Con Cristo el corazón nunca envejece. Pero todos sabemos, y vosotros lo sabéis bien, que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. Y vosotros no os avergonzáis de su cruz. Más aún, la abrazáis porque habéis comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo y que Dios ha triunfado sobre el mal precisamente con el amor. Lleváis la cruz peregrina a través de todos los continentes, por las vías del mundo.La lleváis respondiendo a la invitación de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año. La lleváis para decir a todos que, en la cruz, Jesús ha derribado el muro de la enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y ha traído la reconciliación y la paz. Queridos amigos, también yo me pongo en camino con vosotros, desde hoy sobre las huellas del beato Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ahora estamos ya cerca de la próxima etapa de esta gran peregrinación de la cruz. Aguardo con alegría el próximo mes de julio, en Río de Janeiro. Os doy cita en aquella gran ciudad de Brasil. Preparaos bien, sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe para el mundo entero. Los jóvenes deben decirle al mundo: es bueno seguir a Jesús, es bueno ir con Jesús, es bueno el mensaje de Jesús, es bueno salir de sí mismo a las periferias del mundo y de la existencia para llevar a Jesús. Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes. 
Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Amén. 

La plaza de San Pedro testigo de algo más que una sucesión. Un giro en la historia
Laura Moreno Marrocos

En el último mes la plaza de San Pedro ha sido escenario de acontecimientos sorprendentes y novedosos en la Iglesia. Simultáneamente, a través de internet y de la labor de los medios de comunicación, se hizo plaza del mundo.

Un Papa, S.S. Benedicto XVI, con su renuncia ante la limitación de fuerzas para continuar ejerciendo el ministerio petrino, había cambiado la historia de siglos. El elegido como sucesor irrumpió desde el sur del continente Americano, desde la Argentina; es un jesuita que se hizo llamar Francisco. Esa plaza fue ante cada escena pueblo de Dios reunido, creyente, esperanzado y testigo. Iglesia, misterio, sacramento. Difícil comprensión del fenómeno sin un paradigma religioso.

Allí se despidió al Pontífice que hacía poco había “abierto las puertas” para renovar la experiencia de la Fe. Y allí se recibió al Papa que pidió silencio y oración para poder ser bendecido por Dios a través de su pueblo, antes de impartir él la suya.

El domingo 17 de marzo, ese pueblo acudió al primer Ángelus del Papa Francisco, quien en pocos días había conquistado la atención de creyentes y no creyentes con su presencia cercana y sus gestos de “cura de barrio”. Tampoco pasó inadvertida su austeridad. Ni su espontaneidad, que retó los esquemas de la seguridad del Vaticano. Ni la naturalidad de saludar a los sorprendidos asistentes al finalizar la misa dominical en la parroquia de Santa Ana, hecho habitual en su país natal.

Después, desde el balcón del apartamento pontificio, el Papa comentó el Evangelio anclando el mensaje en anécdotas e ideas claras sobre la misericordia y el perdón, sin que faltaran toques de humor. En pocos días el obispo de Roma se había hecho vecino de sus feligreses.

Un giro en la historia

El martes 19, fiesta de san José, la plaza de San Pedro volvió a convertirse en el corazón de la Iglesia católica. Esta vez, para ser testigo del inicio del pontificado del 266 sucesor de Pedro, aquel pescador elegido por Jesús para "edificar su iglesia". Se llama Francisco, ha atravesado el océano Atlántico, nació en un barrio de la ciudad de Buenos Aires, creció rodeado de fútbol, tango, literatura y estudios de ciencias químicas. Es hijo de la fe de un pueblo, recibida a su vez de misioneros europeos, especialmente españoles, y de la transmisión de su abuela italiana, del Piamonte. Se formó en la escuela de los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola.

Fue protagonista del post Concilio, de búsquedas teológicas en América Latina, de años duros de dictadura y de crisis sociales de magnitud, en su país. Se enfrentó a poderes políticos. Supo aunar esfuerzos con líderes de otros cultos cristianos y confesiones religiosas, para diversos temas de clamor social. Ante el avance de sectas invitó a Iglesias cristianas a rezar juntos y a reconocerse en Jesús. Como arzobispo y cardenal fue artífice en una construcción pastoral del episcopado latinoamericano reflejada en el documento de "Aparecida" (2007), actual carta de viaje de la Iglesia en el continente.

El hecho, por tanto, tiene los ingredientes de un giro en la historia de la Iglesia universal. Como si la primera evangelización de América, aquilatada en los siglos hasta alcanzar fisonomía y palabra propias, estuviera llamada a conducir la urgente renovación del conjunto de la Iglesia católica.

Esta vez, la plaza acogía también, a delegaciones de más de 130 estados del mundo que ponían de relieve el poder temporal del acontecimiento y la importancia de una comunidad de fe de mil trescientos millones de personas, que viven en las naciones más diversas. S.S. Francisco aclaró que el poder del sucesor de Pedro radica en el “servicio humilde, concreto, rico de fe”. Y que como san José, deseaba “abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar”, afirmó.

Pidió a los líderes del mundo que colaboraran en custodiar y cuidar la creación,“designio de Dios inscrito en la naturaleza” y en ser “guardianes del otro”."No dejemos, les dijo, que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro.”

En un mensaje de caracter universal, comprensible y posible de ser compartido por creyentes y no creyentes, recordó “que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura", subrayó con voz firme y tono suave.

La plaza era testigo de una ceremonia sobria, simplificada a lo esencial sin perder la solemnidad propia. Cientos de miles de peregrinos habían madrugado para ocupar un sitio, con nueva motivación. Se multiplicaban las expresiones de alegría y de esperanza en la larga espera previa, y se desbordaron al paso del Papa Francisco en el jeep blanco descubierto. Sin embargo el clima de la plaza durante la celebración fue de oración, serenidad, hondura. Se aplaudió en momentos clave, cuando el Papa recibió el palio y el anillo del pescador y en algunos pasajes de la homilía.

La diversidad de procedencias, culturas, sensibilidades y carismas era notoria entre los participantes, aunque sin excesivo protagonismo de grupos. Entre ellos miembros de la Institución Teresiana.

Cincuenta años después resultaba fácil entender, con palabras del Concilio Vaticano II, lo que se vivía en aquella plaza: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (G.S. 1). Y sentir "la alegría de ser discípulos y misioneros de Jesucristo", eje de la evangelización en "Aparecida".

En los escasos días de pontificado se multiplican anécdotas, gestos y hechos que mantienen el interés de muchos, también de los medios de comunicación. Quienes han conocido al padre Jorge y al Cardenal Bergoglio saben que es rasgo de personalidad y estilo pastoral de quien ahora es S.S. Francisco.

A las puertas de la Semana Mayor del cristianismo la Iglesia parece estar viviendo un nuevo pentecostés. No porque deposite sus esperanzas en un hombre, hoy llamado Francisco, sino porque la elección del nuevo Pontífice y su actitud de servidor de todos, está movilizando las mejores energías de la comunidad cristiana, despertando de un letargo la dimensión de Fe y contagiando la alegría de conocer a Jesús y vivir "sin bolsa ni alforja" buscando la plena dignidad y fraternidad entre todos.

Las palabras de un joven Jorge Mario Bergoglio escritas poco antes de su ordenación sacerdotal, cobran nuevo sentido a la luz de este momento: "Creo en mi historia, que fue traspasada por la mirada de amor de Dios. Y espero la sorpresa de cada día en la que se manifestará el amor, la fuerza, la traición y el pecado, que me acompañarán hasta el encuentro definitivo con ese rostro maravilloso que no sé cómo es, que le escapé continuamente, pero que quiero conocer y amar".

El Papa no deja de pedir que se rece por él ("y a favor, claro, no en contra", suele bromear).

23 marzo 2013


El Papa fue recibido en el helipuerto de Castel Gandolfo por Benedicto XVI

Nieves San Martín


En un escueto comunicado, porque se trata de una entrevista estrictamente privada, como subrayaban tanto la Radio Vaticana como la Sala de Prensa de la Santa Sede, se informaba esta mañana de la prevista visita del papa Francisco a su predecesor el papa emérito Benedicto XVI. Al final, ante la inmensa expectación creada en la plaza de Castel Gandolfo con gentes e informadores de todo el mundo, el portavoz vaticano tuvo que contar todo lo contable que, excepto el diálogo privado entre ambos papas, fue casi todo.

A las 11,45 de esta mañana, en una hermosa mañana romana de sol, el santo padre Francisco dejó la Domus Sanctae Marthae --su actual residencia mientras acaban los arreglos en sus partamento en el Palacio Apostólico--, y se trasladó al helipuerto vaticano, desde donde partió poco después de mediodía para realizar la anunciada visita al papa emérito Benedicto XVI, en Castel Gandolfo.
Su santidad Benedicto XVI vive en la residencia veraniega de los papas temporalmente, en medio de la estima y el afecto de los castellani (castellanos), los habitantes de esta zona de los Castillos romanos, a unos treinta kilómetros al sur de Roma, mientras acaban también las obras que se realizan en el monasterio al que se retirará definitivamente, dentro del recinto de la Ciudad del Vaticano.
Tras un vuelo de veinte minutos, el santo padre Francisco aterrizó en el helipuerto de las Villas pontificias de Castel Gandolfo, acogido por el papa emérito Benedicto XVI. Estaban presentes monseñor Marcello Semeraro, obispo de Albano, y Saverio Petrillo, director de las Villas pontificias. El santo padre y el papa emérito se trasladaron juntos en automóvil al Palacio Apostólico para mantener el encuentro privado en la biblioteca y, a continuación, la comida. A primeras horas de la tarde, tras almorzar, el papa Francisco se trasladó de nuevo al helipuerto de Castel Gandolfo, acompañado de nuevo por su santidad Benedicto XVI, que lo quiso acompañar hasta el último momento, y regresó a El Vaticano. Este era el escueto comunicado vaticano. Pero hubo que contar más, porque la plaza, la prensa lo pedía.
La multitud cada vez más numerosa arracimada ante el palacio de Castel Gandolfo, acostumbrada a las estancias veraniegas de los papas, que se asoman al balcón y les saludan, esperaba ver a los dos papas juntos. Sin embargo, tanto el portavoz padre Lombardi como los locutores de la Radio Vaticana subrayaron que es una señal de respeto hacia el papa emérito el haber dejado pasar la jornada en la más estricta intimidad.
La plaza estaba a rebosar de fieles, peregrinos y turistas, en una hermosa jornada primaveral de la campiña romana. Según Radio Vaticana, había gran emoción y curiosidad, expectación e incluso en algunos perplejidad, al sumarse a lo que sabían un evento histórico sin conocer mucho más, pero contagiados de un fervor que de vez en cuando coreaba el nombre del papa: ¡Francisco, Francisco!.
Un señor, llegado de Salerno estaba en la plaza, según sus palabras, “por casualidad”. Es la primera vez que viene y tenía la esperanza de ver al papa Francisco. La plaza, cada vez más de bote en bote. “Para nosotros –decía este señor a Radio Vaticana- es una emoción fuerte aunque no somos muy proclives a estas manifestaciones”. Le preguntan si es solo curiosidad, y responde: “No curiosidad. Alegría inmensa. El papa es una figura muy válida por su significado. Es un digno heredero. Se ha realizado una justa transmisión del papado”.
Muchos de los asistentes no hablan italiano y la locutora se las ve y se las desea para encontrar a alguien de lengua nativa. Un joven, pescado al paso, se queda bastante cortado, pero los que dice es bien expresivo: “Lo veo como una persona muy positiva. Ha sido el primero que ha logrado hacerme venir aquí”.
Al final, los periodistas ven colmado su deseo y se vuelven a sus sedes con algo más que contar que el escueto comunicado vaticano. Una rueda de prensa improvisada en medio del gentío. Desde que asumió el pontificado, el papa Francisco no ha dejado de pedir oraciones con gratitud hacia su predecesor, cuenta Lombardi. La curiosidad de los medios es infinita e insaciable, y el jesuita portavoz tiene que contar todo lo contable, que es bastante. Ha recordado que el papa Francisco había telefoneado dos veces a Benedicto XVI, una el día de su elección y otra en el día de su santo, san José para felicitarle.
Rememora también que Benedicto XVI había dicho en su despedida a los cardenales: “Entre ustedes, en el Colegio de Cardenales, está también el futuro papa al que ya hoy prometo mi incondicional reverencia y obediencia”.
Según relata el padre Lombardi, que estaba presente, los dos papas se dieron un gran abrazo apenas Francisco descendió del helicóptero. El portavoz había ya hecho su crónica telefónica a la pagina vaticana, acompañada de la foto del abrazo. Y repitió lo mismo. Estaba acompañado el papa Francisco por el sustituto monseñorBecciu, por monseñor Sapienza y por monseñor Alfred Xuereb.La Santa Sede prometió tres imágenes del encuentro: el abrazo entre ambos, rezando en la capilla, y el inicio del coloquio en la biblioteca, con el regalo de la imagen de Nuestra Señora, llevada por el papa, la Virgen de la Humildad.
Sí contó que, al llegar a la capilla, el papa emérito quiso ceder el puesto al visitante pero este rehusó diciendo: “Somos hermanos”, y al final se arrodillaron ambos en el mismo banco para rezar.
Los periodistas querían conocer qué tratamiento hubo entre ambos, ya que la imaginación popular había jugado con la escena de uno que se arrodillara ante el otro, o cosas por el estilo. Pero el padre Lombardi dijo que no hubo muchas formalidades, sencillamente se abrazaron al encontrarse. Contó que Benedicto XVI esta vestido sencillamente con sotana blanca, sin faja y sin mantelina. Hacia las 12,30 se encaminaron los dos hacia la biblioteca. Y a las 13,15 empezó el coloquio privado que duró unos 45 minutos.
En la comida participaron los dos secretarios monseñor Georg Gänswein, prefecto de Casa Pontificia,y monseñor Xuereb. Tras breves saludos a los acompañantes y otros presentes, Francisco y Benedicto XVI se subieron al coche junto a monseñor Gänswein.
Periodistas de todo el mundo seguían esperando en la plaza para transmitir la imagen histórica. Dos papas que se abrazan, saludan juntos, y han protagonizado una sucesión ejemplar. Inédito. Pero no pudo ser. Esta vez, se respetó la intimidad del papa emérito. La imagen de los dos abrazados en el helipuerto es sin embargo muy expresiva.
Para dar algo a los oyentes, la periodista de Radio Vaticana se las arregló para entrevistar a la alcaldesa de la villa pontificia, Milvia Monachesi, que se mostró emocionada. Ya sabía que el papa no tenía previsto saludar al exterior pero subrayaba que lo había soñado hasta el último momento. Sin embargo, añadió: “Estamos aquí para testimoniar nuestra cercanía espiritual a Benedicto XVI y al papa Francisco. Son dos papas revolucionarios que se unen a Juan Pablo II. Y estan cambiando el curso de la historia en mejor. Manifestó su respeto a Benedicto XVI y un deseo de intimidad “más que legítimo”. Pero dijo que al papa Francisco esperan “verlo volver para acogerlo como a los otros papas”.
Sobre el papa Bergoglio, la alcaldesa dijo, como mujer, alcaldesa y cristiana, que se “esperaba un papa capaz de evangelizar y devolver lo valores verdaderos del evangelio de Jesús”. “Ha superado mis expectativas --subrayó- por su sencillez y humildad. También Benedicto XVI ha dado una enseñanza a todo el mundo, es un grandísimo regalo para Castel Gandolfo y queremos hacerle sentir nuestro afecto”.
Sobre la reacción en la población local, la alcaldesa contó que Benedicto XVI, como no podía se menos, es el centro de las comidillas del pueblo: se habla a menudo de cómo está, si está dando un paseo, si se esta recuperando... Al mismo tiempo, dijo que hay una gran expectación por el nuevo papa. Mientras la plaza coreaba de nuevo: “¡Francisco, Francisco!” la alcaldesa confesó que un efecto inmediato de este pontífice es que “todos nos sintamos hermanos como decía san Francisco de Asís”, y recordó las frases del himno a las criaturas del santo más amado por el mundo. Hasta una joven, que se dijo protestante, contagiada del ambiente de la plaza, declaró: “Estoy muy emocionada de ver como todos están aquí esperando al papa”.

22 marzo 2013


''La lucha contra la pobreza, tanto material como espiritual; edificar la paz y construir puentes''

El papa a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede


Excelencias, señoras y señores:
Agradezco sinceramente a vuestro decano, el embajador Jean-Claude Michel, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos, y os acojo con gozo en este intercambio de saludos, simple pero intenso al mismo tiempo, que quiere ser idealmente el abrazo del Papa al mundo. En efecto, por vuestro medio encuentro a vuestros pueblos, y así puedo en cierto modo llegar a cada uno de vuestros conciudadanos, con todas sus alegrías, sus dramas, sus esperanzas, sus deseos.
Vuestra numerosa presencia es también un signo de que las relaciones que vuestros países mantienen con la Santa Sede son beneficiosas, son verdaderamente una ocasión de bien para la humanidad. Efectivamente, esto es precisamente lo que preocupa a la Santa Sede: el bien de todo hombre en esta tierra. Y precisamente con esta idea comienza el Obispo de Roma su ministerio, sabiendo que puede contar con la amistad y el afecto de los países que representáis, y con la certeza de que compartís este propósito. Al mismo tiempo, espero que sea también la ocasión para emprender un camino con los pocos países que todavía no tienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede, algunos de los cuales –se lo agradezco de corazón– han querido estar presentes en la Misa por el inicio de mi ministerio, o enviado mensajes como gesto de cercanía.
Como sabéis, son varios los motivos por los que elegí mi nombre pensando en Francisco de Asís, una personalidad que es bien conocida más allá de los confines de Italia y de Europa, y también entre quienes no profesan la fe católica. Uno de los primeros es el amor que Francisco tenía por los pobres. ¡Cuántos pobres hay todavía en el mundo! Y ¡cuánto sufrimiento afrontan estas personas! Según el ejemplo de Francisco de Asís, la Iglesia ha tratado siempre de cuidar, proteger en todos los rincones de la Tierra a los que sufren por la indigencia, y creo que en muchos de vuestros países podéis constatar la generosa obra de aquellos cristianos que se esfuerzan por ayudar a los enfermos, a los huérfanos, a quienes no tienen hogar y a todos los marginados, y que, de este modo, trabajan para construir una sociedad más humana y más justa.
Pero hay otra pobreza. Es la pobreza espiritual de nuestros días, que afecta gravemente también a los países considerados más ricos. Es lo que mi predecesor, el querido y venerado papa Benedicto XVI, llama la «dictadura del relativismo», que deja a cada uno como medida de sí mismo y pone en peligro la convivencia entre los hombres. Llego así a una segunda razón de mi nombre. Francisco de Asís nos dice: Esforzaos en construir la paz. Pero no hay verdadera paz sin verdad. No puede haber verdadera paz si cada uno es la medida de sí mismo, si cada uno puede reclamar siempre y sólo su propio derecho, sin preocuparse al mismo tiempo del bien de los demás, de todos, a partir ya de la naturaleza, que acomuna a todo ser humano en esta tierra.
Uno de los títulos del Obispo de Roma es «Pontífice», es decir, el que construye puentes, con Dios y entre los hombres. Quisiera precisamente que el diálogo entre nosotros ayude a construir puentes entre todos los hombres, de modo que cada uno pueda encontrar en el otro no un enemigo, no un contendiente, sino un hermano para acogerlo y abrazarlo. Además, mis propios orígenes me impulsan a trabajar para construir puentes. En efecto, como sabéis, mi familia es de origen italiano; y por eso está siempre vivo en mí este diálogo entre lugares y culturas distantes entre sí, entre un extremo del mundo y el otro, hoy cada vez más cercanos, interdependientes, necesitados de encontrarse y de crear ámbitos reales de auténtica fraternidad.
En esta tarea es fundamental también el papel de la religión. En efecto, no se pueden construir puentes entre los hombres olvidándose de Dios. Pero también es cierto lo contrario: no se pueden vivir auténticas relaciones con Dios ignorando a los demás. Por eso, es importante intensificar el diálogo entre las distintas religiones, creo que en primer lugar con el Islam, y he apreciado mucho la presencia, durante la Misa de inicio de mi ministerio, de tantas autoridades civiles y religiosas del mundo islámico. Y también es importante intensificar la relación con los no creyentes, para que nunca prevalezcan las diferencias que separan y laceran, sino que, no obstante la diversidad, predomine el deseo de construir lazos verdaderos de amistad entre todos los pueblos.
La lucha contra la pobreza, tanto material como espiritual; edificar la paz y construir puentes. Son como los puntos de referencia de un camino al cual quisiera invitar a participar a cada uno de los Países que representáis. Pero, si no aprendemos a amar cada vez más a nuestra Tierra, es un camino difícil. También en este punto me ayuda pensar en el nombre de Francisco, que enseña un profundo respeto por toda la creación, la salvaguardia de nuestro medio ambiente, que demasiadas veces no lo usamos para el bien, sino que lo explotamos ávidamente, perjudicándonos unos a otros.
Queridos embajadores, señoras y señores, gracias de nuevo por todo el trabajo que desarrolláis, junto con la Secretaría de Estado, para edificar la paz y construir puentes de amistad y hermandad. Por vuestro medio, quisiera reiterar mi agradecimiento a vuestros Gobiernos por su participación en las celebraciones con motivo de mi elección, con la esperanza de un trabajo común fructífero. Que el Señor Todopoderoso colme de sus dones a cada uno vosotros, a vuestras familias y a los Pueblos que representáis. Muchas gracias.

El Papa Francisco: 


Caminar, Edificar y Confesar


Nuestro Dios siempre nos desconcierta; nos saca de nuestros esquemas humanos, algunas veces muy arraigados, y nos pide la humildad del abrirse a cambiar

      ‘Tenemos Papa’, fueron las clásicas palabras que dieron a conocer al mundo y a la Iglesia la elección deFrancisco. El mundo se asombró porque la acción de Dios provoca siempre cierto sobresalto. Un Papa llegado de América e hijo de San Ignacio de Loyola, que antes había guiado la gran ciudad de Buenos Aires. Un pastor que tiene como idioma nativo el castellano y como origen familiar Italia.

      Con palabras del mismo Papa a los seis mil periodistas que estaban en Roma, digamos que «sólo colocándose en esta perspectiva −la espiritual− se puede dar razón plenamente de todo cuanto la Iglesia católica obra. Cristo es el Pastor de la iglesia, pero su presencia en la historia pasa a través de la libertad de los hombres: Entre ellos, uno ha sido escogido para servir como su Vicario, sucesor del apóstol Pedro, ¡pero Cristo es el centro! El referente fundamental, el corazón de la Iglesia. Cristo es el centro; no, el sucesor de Pedro. Sin Cristo, ni Pedro ni la Iglesia existirían ni tendrían razón de ser. Como ha repetido muchas veces Benedicto XVI Cristo está presente y guía su Iglesia. En todo lo que ha sucedido, el protagonista es, en último análisis, el Espíritu Santo. Él ha inspirado la decisión de Benedicto XVI para el bien de la Iglesia; Él ha dirigido a los cardenales en la oración y en la elección. Es importante, queridos amigos, tener en cuenta este horizonte interpretativo, esta hermenéutica para analizar a fondo los acontecimientos de estos días».

      Todos intentamos seguir con fidelidad las enseñanzas de la Iglesia, pero el mismo Señor ha querido que a la Cabeza de ella esté Pedro y sus sucesores. Francisco es sucesor del primer Papa, de aquel que caminó con Jesús, el hijo de Dios, por las arenas del Mar de Galilea y recibió las llaves para atar y desatar, que lo amó hasta la muerte y que también hubo de pedir perdón por la traición. Así es la única Iglesia que fundó Jesús. Nosotros desde esta Iglesia particular que camina en San Bernardo, expresamos nuestra plena, completa y decidida adhesión al Papa Francisco y desde ya nos disponemos a escuchar sus enseñanzas, sus orientaciones y su ejemplo de Pastor de todas las Iglesias.

      Lo que hemos vivido en estos días es la expresión del amor de Dios a los hombres y por ello elevamos al cielo nuestra acción de gracias y pedimos al Señor −como él mismo nos los dijo− que lo bendiga y le dé sabiduría, coraje y prudencia sobrenatural para guiar la barca de Pedro en tiempos difíciles.

      Y muy luego Francisco nos habló. Nos dijo que era necesario caminar siempre en la presencia de Dios, edificar la Iglesia sobre el único fundamento que es Cristo y confesar al mundo que Él es el Salvador, pidiéndonos que rezáramos, porque el que no lo hace a Dios lo hace al demonio. Nos quiso advertir de la mundanización de nuestra vida en un mundo que se aleja de Dios y que seguir a Cristo implica encontrar y llevar la cruz. «El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor». Palabras para hacernos meditar a todos.

      Nuestro Dios siempre nos desconcierta. Nos saca de nuestros esquemas humanos, algunas veces muy arraigados, y nos pide la humildad del abrirse a cambiar. Será un Papa distinto a los otros, porque cada uno de nosotros es distinto, pero seguirá el camino de Pedro, de Juan Pablo y de Benedicto. Y nosotros debemos tener la gratitud de recordar a los que le antecedieron en el camino. Especialmente al que hoy silenciosamente ora por la Iglesia −que esa es el arma esencial del cristiano− desde su delicado retiro.

      Benedicto, con la sabiduría de los años y de su amor a Dios, con sus palabras directas y sencillas, se ganó el corazón de muchos, porque reflejaba en su vida a Jesús. Él fue el que abrió el camino a lo que hoy sucede y él tuvo el coraje de la humildad para declarar públicamente que ya no tenía fuerzas para cumplir lo que Dios le pedía. Pero Benedicto dejó el camino ya andado.

      El Papa Francisco seguirá −con sus estilos y maneras− ese camino y si nosotros lo seguimos, llegaremos a buen puerto, al único puerto hacia el cual vale la pensar navegar −aun en medio de la más furiosa tormenta− en la vieja Barca de Pedro, la Vida Eterna. Que Dios nuestro Señor Bendiga al Papa Benedicto y al Papa Francisco, que con su austeridad, humildad y sinceridad de vida, provocará grandes cambios en la Iglesia y en el mundo.

21 marzo 2013


¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Jesús Álvarez SSP  Comentario al evangelio del Domingo de Ramos/C

«Jesús emprendió la subida hacia Jerusalén. Los discípulos trajeron entonces un burrito y le echaron sus capas encima para que Jesús se montara. La gente extendía sus mantos sobre el camino a medida que iba avanzando. Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, la multitud comenzó a alabar a Dios a gritos, con gran alegría, por todos los milagros que habían visto. Decían: "¡Bendito el que viene como rey en nombre del Señor! ¡Paz en la tierra y gloria en lo más alto de los cielos!" Algunos fariseos que se encontraban entre la gente dijeron a Jesús: "Maestro, reprende a tus discípulos." Pero él contestó: "Yo les aseguro que si ellos secallan, gritarán las piedras"». (Lc 19, 28-40)

El Domingo de Ramos y el Triduo Pascual nos invitan a tomar en serio nuestra vida cristiana, verificando si está realmente anclada en la persona de Cristo resucitado, o es una vida sin Cristo, o de un cristo muerto.
Muchos de los judíos que aclamaron a Jesús en el camino hacia Jerusalén: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!, a los pocos días pidieron su muerte: ¡Crucifícalo!
Así hoy: muchos aclaman a Cristo en las iglesias y procesiones, luego lo crucifican sin piedad en el prójimo, en el hogar, en la educación, en el trabajo, en los medios de comunicación social…
Es cómodo engrosar el grupo de quienes van a las iglesias solo para llevarse su ramo bendecido, al que atribuyen sentido mágicopero luego ignoran a Cristo durante el Triduo Pascual, y no creen que ha resucitado y que está vivo entre nosotros para llevarnos la resurrección y a la vida eterna.
Pero también son muchos los que, en Semana Santa y todo el año, acompañan a Cristo, que hoy sigue sufriendo, muriendo y resucitando en los pobres, enfermos, marginados, encarcelados, víctimas de injusticias, de violencia, de violación, de hambre y muerte…
Y asimismo son muchos los cristos sufrientes que se asocian a la cruz de Cristo y se ofrecen voluntariamente por la salvación del prójimo y del mundo.
Por nuestra parte es urgente constatar si somos cómplices de los calvarios que se dan en nuestro entorno, tal vez en nuestro hogar. Jesús nos advierte en serio: “Con la misma medida que midieren, serán medidos” (Mt 7, 2).
Por otra parte, si tú mismo estás entre los crucificados, no pierdas esa maravillosa ocasión de compartir con Cristo tu calvario: asocia tu cruz a la suya por tu salvación, por la salvación de los tuyos y del mundo entero. Y si te encuentras con otros crucificados, revélales ese sentido y valor salvador de su cruz.
Que tu cruz no sea inútil e insoportable. Deja que Él la cargue contigo: Mi cruz es ligera, y así produzca mucho fruto de salvación. Recuerda al buen ladrón, que sufría en su cruz, pero gozaba con el perdón y la esperanza de la resurrección y la gloria: Hoy estarás conmigo en el paraíso. (Lc 23, 43).
La Semana Santa es de verdad santa sólo si creemos en Cristo muerto, resucitado y presente, y si a la vez creemos en nuestra resurrección, que Él nos ha merecido con su muerte.

20 marzo 2013


Algo más que un cambio de timón en 


la Iglesia



Como escribió Chesterton sobre San Francisco de Asís, desde ayer nos visita un líder "con el especial propósito de conmover al mundo con un nuevo entusiasmo espiritual"

      Dios no juega a los dados. Es capaz de resumir un programa de gobierno universal en una sola palabra:Francisco.
      Ni la más perfecta campaña de comunicación en la era global podría superarlo. Se abre para la humanidad una puerta infinita de esperanza a partir de un solo nombre. Un nombre que, por su contraste con todo lo establecido, es capaz por sí solo de constituirse en la señal sanadora de heridas abiertas y profundas.
      Este nombre, Francisco, a partir de ahora no referirá sólo a un santo de estampas antiguas que hablaba de la naturaleza, vestía sandalias, le cantaba al hermano sol y a la hermana luna, hacía de la pobreza su riqueza, y fue capaz de conmover los cimientos viciados de la Iglesia de su tiempo y lanzarla a un luminoso amanecer.
      Ese nombre, Francisco, a partir de ahora, refiere a un hombre humilde que viajando en ‘subte’ es como si hubiera llegado a la Luna. Lanzado como una flecha de Dios a la aventura maravillosa que lo pone en el centro de la escena mundial. Para escándalo de los poderosos y de los cínicos que piensan que todo tiene precio y nada tiene valor. Llega un hombre sobre el cual se posan las expectativas de una globalización fatigada, muros que dividen, liderazgos perplejos, paradigmas vetustos en busca de un Norte distinto. Y ese Norte llega desde el Sur, convirtiendo a América latina en el "hecho nuevo" de la historia universal.
      Asistimos a este recomenzar a partir de la más simple de las verdades: ser cristiano es ser otro Cristo. Francisco de Buenos Aires ha estado predicando con su vida que la fe no es un conjunto de recetas de cocina para engordar a un alma jubilada. Una fe viva es estupor para los ojos de lo establecido. Es signo de contradicción para los ensalzados. Es sal para los amargos corazones. Brújula vital para los que buscan en el lugar equivocado. Y decepción para los que piensan que encontrar es acumular alforjas y equipajes ajenos.
      Francisco es en sí mismo un programa de gobierno porque es una realidad viva. No llega desde el Sur con oropeles ni palabras gastadas, sino con definiciones audaces y obras valientes. Pensando alto, sintiendo hondo y hablando claro. Lavando pies descalzos, repudiando la esclavitud, denunciando la impunidad, enfrentando el terror de la droga, señalando la trata de personas, oponiéndose a toda injusticia, llamando mafias a las mafias, abrazando a víctimas de tragedias del fuego y de la corrupción. ¿Qué otra cosa hubiera hecho Cristo si caminara en este tiempo por las calles del mundo?
      No estamos frente a un mero cambio de timón en los destinos de la Iglesia, sino frente a una revolución. Que comenzó con la renuncia de Benedicto XVI y continúa con la llegada del primer papa de América latina. Un pastor sensible, un líder audaz y un estadista consciente del nuevo tiempo del tablero mundial. Un admirador del gran pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, quien predicó la necesaria interdependencia e integración de los Estados continentales en un tiempo de mundialización que no pocas veces delata su rostro imperial. Un hombre que hace de la Doctrina Social de la Iglesia un compromiso personal. Un pensador alimentado por la convicción intelectual y una clara comprensión de los terrenos políticos, económicos, sociales y culturales donde el cristianismo hoy tiene que predicar su mensaje.
      Así como el Concilio Vaticano II inauguró una época distinta y significó una epopeya de transformaciones, así como Juan Pablo II fue un vendaval de cambios y de muros derrumbados, así como Benedicto XVI sorprendió a los incrédulos con una decisión de dimensiones extraordinarias, Francisco es el Papa para este tiempo. Que llega para decirnos con su primer gesto que lo nuevo es recordar lo olvidado. Pero no es momento de enumerar la plataforma programática de lo que viene, tanto a nivel espiritual como geopolítico. No es momento porque no hace falta. En un solo nombre, Francisco, está contenido este programa de gobierno que la Iglesia universal y los seres humanos de buena voluntad comenzaron a presenciar mirando la Plaza San Pedro.
      Espejo de Cristo. Esperanza con sandalias. Liviandad de equipaje. Centralidad de los oprimidos. Fe y vida hermanadas.
      Todos presentíamos y rezábamos y esperábamos este instante épico. Como ese Jesús al cual la Madre Teresa de Calcula le rezaba todas las mañanas, fuera y dentro de los templos se trasuntaba un pedido: "Tengo sed". Sed de ejemplos, sed de modelos a seguir, sed de paradigmas. En los días previos al cónclave, llegaban más y más noticias de un pueblo de Dios en profunda oración y comunidad. Lo palpábamos en nuestra vida cotidiana, en la asistencia de los jóvenes a misa, en las cadenas de rosario, en esa sensación de hermandad universal que sólo se despierta cuando parece que todo se derrumba.
      Mi esposa Fernanda, la noche anterior a la elección, y mientras preparaba su clase de catequesis de la mañana siguiente, terminó de leer llorando un texto de Benedicto XVI que precisamente se refería a San Francisco de Asís y la bienaventuranza de la pobreza: "Cada paso de la Escritura lleva en sí un potencial de futuro que se abre sólo cuando se viven y se sufren a fondo sus palabras". Y vaya si el cardenal Bergoglio demostró en todo este tiempo vivir y sufrir las palabras de la bienaventuranza. Allí tuvimos la convicción del cambio. Cuando Fernanda debió enfrentar a sus alumnos y les preguntó qué pensaban sobre la elección del nuevo papa que en esos momentos estaba teniendo lugar, surgió la voz de una de las líderes de la clase que, entre incrédula y desafiante, le dijo: "Si es un papa que sea pobre como nosotros, ahí vamos a estar".
      Y ese hombre ha llegado. Como escribió Chesterton sobre San Francisco de Asís, desde ayer nos visita un líder "con el especial propósito de conmover al mundo con un nuevo entusiasmo espiritual". Como dijo un curita en Montevideo después de la misa a la que acabo de asistir en medio de aplausos, algarabías y emociones como nunca antes recuerdo haber vivido en la Iglesia tras un cónclave: "Qué Papa!".
      Como me lo acaba de escribir mi hijo José en un tuit, interpelado hasta las lágrimas: "Dios sorprende, Dios es grande".