26 enero 2015

No cierren la salvación de las personas…

El Papa a los miembros del Tribunal Apostólico de la Rota Romana

Queridos Jueces, Oficiales, Abogados y Colaboradores del Tribunal Apostólico de la Rota Romana, os saludo cordialmente, empezando por el Colegio de Prelados Auditores con su Decano, Mons. Pio Vito Pinto, al que agradezco las palabras con las que ha introducido nuestro encuentro. Os deseo todo bien para el Año judicial que hoy inauguramos. En esta ocasión quisiera reflexionar sobre el contexto humano y cultural en el que se forma la intención matrimonial.
La crisis de valores en la sociedad no es ciertamente un fenómeno reciente. El beato Pablo VI, hace ya cuarenta años, precisamente dirigiéndose a la Rota Romana, estigmatizaba las enfermedades del hombre moderno a veces herido por un relativismo sistemático, que lo pliega a las decisiones más fáciles de la situación, de la demagogia, de la moda, de la pasión, del hedonismo, del egoísmo, de modo que exteriormente intenta impugnar la “majestad de la ley”, e interiormente, casi sin darse cuenta, sustituye el imperio de la conciencia moral por el capricho de la conciencia psicológica (Alocución, 31-I-1974). El abandono de una perspectiva de fe lleva inexorablemente a un falso conocimiento del matrimonio, que tiene consecuencias en la madurez de la voluntad nupcial.
Ciertamente el Señor, en su bondad, concede a la Iglesia alegrarse de tantas y tantas familias que, apoyadas y alimentadas por una fe sincera, realizan −con la fatiga y la alegría de la vida ordinaria− los bienes del matrimonio, asumidos con sinceridad en el momento de la boda y perseguidos con fidelidad y constancia. Pero la Iglesia conoce también el sufrimiento de muchos núcleos familiares que se disgregan, dejando detrás de sí escombros de relaciones afectivas, de proyectos, de expectativas comunes. El juez está llamado a realizar su análisis judicial cuando haya duda sobre la validez del matrimonio, para averiguar si hay un vicio en el origen del consentimiento, sea directamente por defecto de intención válida, sea por grave déficit en la comprensión del mismo matrimonio que determine la voluntad (cfr. c. 1099). La crisis del matrimonio es, no raramente en su raíz, crisis del conocimiento iluminado por la fe, es decir, de la adhesión a Dios y a su designio de amor realizado en Jesucristo.
La experiencia pastoral nos enseña que hay hoy un gran número de fieles en situación irregular, sobre cuya historia ha tenido un fuerte influjo la difundida mentalidad mundana. Existe una especie de mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia (Evangelii gaudium, 93), y que lleva a perseguir, en vez de la gloria del Señor, el bienestar personal.
Uno de los frutos de dicha actitud es una fe encerrada en el subjetivismo, donde interesa únicamente una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que sí considera que pueden confortar e iluminar, pero donde el sujeto en definitiva permanece encerrado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos (ibid., 94). Es evidente que, para quien se pliega a esta postura, la fe queda privada de su valor orientativo y normativo, dejando campo abierto a los compromisos con su propio egoísmo y con las presiones de la mentalidad actual, convertida en dominante a través de los medios de comunicación.
Por eso, el juez, al ponderar la validez del consentimiento, debe tener en cuenta el contexto de valores y de fe −o su carencia o ausencia− en el que se formó la intención matrimonial. El no conocimiento de los contenidos de la fe podría llevar a lo que el Código llama error que determina la voluntad (cfr. c. 1099). Esta eventualidad ya no puede considerarse excepcional como en el pasado, dada la frecuente prevalencia del pensamiento mundano sobre el magisterio de la Iglesia. Dicho error no amenaza solo la estabilidad del matrimonio, su exclusividad y fecundidad, sino también la ordenación del matrimonio al bien del otro, el amor conyugal como «principio vital» del consentimiento, la recíproca entrega para constituir el consorcio de toda la vida. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier modo y modificarse según la sensibilidad de cada uno (Evangelii gaudium, 66), empujando a los novios a la reserva mental sobre la permanencia de la unión, o su exclusividad, que caerían cuando la persona amada ya no realizase sus expectativas de bienestar afectivo.
Por eso quisiera exhortaros a un mayor y apasionado compromiso en vuestro ministerio, puesto como tutela de la unidad de la jurisprudencia en la Iglesia. ¡Cuánto trabajo pastoral por el bien de tantas parejas y de tantos hijos, a menudo víctimas de estos casos! También aquí hace falta una conversión pastoral de las estructuras eclesiásticas (cfr. ibid., 27), para ofrecer el opus iustitiae a cuantos se dirigen a la Iglesia para aclarar su situación conyugal.
Esta es vuestra difícil misión, como la de todos los Jueces en las diócesis: no encerrar la salvación de las personas en las constricciones de legalismo. La función del derecho se orienta a la salus animarum a condición de que, evitando sofismas alejados de la carne viva de las personas con dificultades, ayude a establecer la verdad en el momento del consentimiento: o sea, si fue fiel a Cristo o a la mentirosa mentalidad mundana. A este propósito, el beato Pablo VI afirmaba: Si la Iglesia es un designio divino −Ecclesia de Trinitate− sus instituciones, aunque perfectibles, deben ser establecidas al fin de comunicar la gracia divina y favorecer, según los dones y la misión de cada uno, el bien de los fieles, fin esencial de la Iglesia. Dicho fin social, la salvación de las almas, la salus animarum, es el fin supremo de las instituciones, del derecho, de las leyes (Discurso en el II Congreso Internacional de Derecho Canónico, 17-IX-1973).
Es útil recordar lo que prescribe la Instrucción Dignitas connubii en el n. 113, coherente con el c. 1490 del Código de Derecho Canónico, sobre la necesaria presencia en cada Tribunal eclesiástico de personas competentes para prestar consejo solícito sobre la posibilidad de introducir una causa de nulidad matrimonial; a la vez que se requiere la presencia de patronos estables, retribuidos  por el mismo tribunal, que ejerzan el oficio de abogados. Al desear que en cada Tribunal estén presentes estas figuras, para favorecer un real acceso de todos los fieles a la justicia de la Iglesia, me gusta subrayar que un relevante número de causas de la Rota Romana son de gratuito patrocinio a favor de partes que, por las malas condiciones económicas que enfrentan, no están en condiciones de procurarse un abogado. Y esto es un punto que quiero remarcar: los Sacramentos son gratuitos. Los Sacramentos nos dan la gracia. Y un proceso matrimonial toca el Sacramento del matrimonio. ¡Cómo me gustaría que todos los procesos fueran gratuitos!
Queridos hermanos, renuevo a cada uno mi gratitud por el bien que hacéis al pueblo de Dios, sirviendo a la justicia. Invoco la divina asistencia sobre vuestro trabajo y de corazón os imparto la Bendición Apostólica.

La fe es un don del Espíritu Santo

El Papa en la homilía de este lunes


La Iglesia celebra hoy la memoria de los Santos Timoteo y Tito. Por eso hemos leído la segunda Carta de San Pablo a Timoteo (1,1-8), donde el Apóstol recuerda al discípulo de dónde viene su fe sincera: la recibió del Espíritu Santo a través de su madre y de su abuela. Son las madres, las abuelas, las que trasmiten la fe. Una cosa es trasmitir la fe y otra es enseñar las cosas de la fe. La fe es un don. La fe no se puede estudiar. Se estudian las cosas de la fe, sí, para entenderla mejor, pero solo con el estudio no se llega a la fe. La fe es un don del Espíritu Santo, un regalo, que va más allá que cualquier preparación. Y es un regalo que pasa a través del hermoso trabajo de las madres y abuelas, ese bonito trabajo de las mujeres de una familia, puede ser incluso la empleada doméstica o una tía las que trasmiten la fe. Y me pregunto: ¿Por qué son principalmente las mujeres las que trasmiten la fe? Simplemente porque la que nos trajo a Jesús es una mujer. Es el camino elegido por Jesús, que quiso tener una madre: así pues, también el don de la fe pasa por las mujeres, como María para Jesús.
Tenemos que pensar si las mujeres de hoy tienen esta conciencia del deber de trasmitir la fe. Pablo invita a Timoteo a reavivar el don de Dios, evitando las vacías discusiones paganas y mundanas. Todos hemos recibido el don de la fe. Debemos protegerlo para no aguarlo, para que siga siendo fuerte con el poder del Espíritu Santo, que nos lo regaló. Y la fe se protege reavivando el don de Dios. Si no procuramos cada día reavivar ese regalo de Dios, entonces la fe se debilita, se diluye, acaba siendo una especie de  culturaSí, claro que soy cristiano, por supuesto: solamente una cultura. O una gnosis, un conocimiento: Si, conozco bien todas las cosas de la fe, me sé el catecismo. Ya, pero ¿cómo vives tu fe? De ahí la importancia de reavivar cada día este don, este regalo: hacerlo vivo.
Son contrarias a la fe viva —dice San Paolo— dos cosas: el espíritu cobarde y la vergüenza. Dios no nos dio un espíritu cobarde. El espíritu cobarde va contra el don de la fe, no lo deja crecer, ni que siga adelante, ni que sea grande. Y la vergüenza es este pecado: Sí, tengo fe, pero la tapo, para que no se vea mucho. Un poco de acá, un poco de allá: como dirían nuestros mayores, un barniz de fe, porque me avergüenzo de vivirla en serio. Pues esa no es la fe: ni cobardía ni vergüenza.
¿Y entonces qué es? Es un espíritu de fuerza, caridad y prudencia. Eso es la fe. El espíritu de prudencia es saber que no podemos hacer todo lo que nos dé la gana, significa buscar caminos, maneras de llevar adelante la fe, pero con prudencia.
Pidamos al Señor la gracia de tener una fe sincera, una fe no negociable, a merced de las oportunidades que se presenten. Una fe que cada día procuro reavivar o, al menos, pido al Espíritu Santo que la reavive de modo que pueda dar mucho fruto.

25 enero 2015

Dios tiene sed de nosotros

El Papa hoy en el Ángelus



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!:
El Evangelio de hoy nos presenta el inicio de la predicación de Jesús en Galilea. San Marcos subraya que Jesús comenzó a predicar “después de que Juan (el Bautista) fuera arrestado” (1,14). Precisamente en el momento en el que la voz profética del Bautista, que anunciaba la llegada del Reino de Dios, es silenciada por Herodes, Jesús inicia a recorrer los caminos de su tierra para llevar a todos, especialmente a los pobres, “el Evangelio de Dios”. El anuncio de Jesús es parecido al de Juan, con la diferencia sustancial que Jesús ya no señala a otro que debe venir: Jesús es Él mismo el cumplimiento de las promesas; es Él mismo la “buena noticia” para creer, para acoger y para comunicar a los hombres y las mujeres de todos los tiempos, para que también ellos le confíen su existencia. Jesucristo en persona es la Palabra viviente y operante en la historia: quien le escucha y le sigue entra en el Reino de Dios.
Jesús es el cumplimiento de las promesas divinas porque es Áquel que dona al hombre el Espíritu Santo, el “agua viva” que sacia nuestro corazón inquieto, sediento de vida, de amor, de libertad, de paz: sediento de Dios. ¿Cuántas veces hemos escuchado a nuestro corazón sediento? Se lo reveló Él mismo a la mujer samaritana, que se encontró en el pozo de Jacob, a la que dijo: “Dame de beber” (Jn 4, 7). Precisamente estas palabras de Cristo, dirigidas a la Samaritana, son el tema de la Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos que hoy concluye. Esta tarde, con los fieles de la diócesis de Roma y con representantes de distintas Iglesias y Comunidades eclesiales, nos reuniremos en la Basílica de San Pablo Extramuros para rezar intensamente al Señor, para que refuerce nuestro compromiso por la plena unidad de todos los cristianos. Es algo feo que los cristianos estemos divididos. Jesús nos quiere unidos, un solo cuerpo, nuestros pecados, la historia nos han dividido y por eso tenemos que rezar mucho para que sea el mismo Espíritu Santo que nos una de nuevo.  
Dios, haciéndose hombre, ha hecho propia nuestra sed, no solo del agua material, sino sobre todo la sed de una vida plena, libre de la esclavitud del mal y de la muerte. Al mismo tiempo, con su encarnación, Dios ha puesto su sed, porque también Dios tiene sed, en el corazón de un hombre: Jesús de Nazaret. Dios tiene sed de nosotros, de nuestros corazones, de nuestro amor, y lo ha puesto en la persona de Jesús. Por tanto, en el corazón de Cristo se encuentran la sed humana y la divina. Y el deseo de la unidad de sus discípulos pertenece a esta sed. Esto se expresa en la oración elevada al Padre antes de la Pasión: “Para que todos sean una sola cosa” (Jn 17,21). Lo que quería Jesús, la unidad de todos. Y el diablo, lo sabemos, es el padre de las divisiones, es uno que siempre divide, siempre hace guerras, hace mucho mal.
¡Qué esta sed de Jesús se convierta cada vez más también en nuestra sed! Continuamos, por lo tanto, rezando y comprometiéndonos en la plena unidad de los discípulos de Cristo, en la certeza de que Él mismo está a nuestro lado y nos sostiene con la fuerza de su Espíritu para que esta meta se acerce. Y confiamos esta nuestra oración a la materna intercesión de la Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia para que ella nos una a todos como buena Madre.
Al finalizar el ángelus. El Papa ha añadido:
Sigo con vivia preocupación la escala de enfrentamiento en Ucrania oriental, que continúan provocando numerosas víctimas entre la población civil. Mientras aseguro mi oración por los que sufren, renuevo un apremiante llamamiento para que se retomen los intento de  diálogo y se ponga fin y toda hostilidad”.
Y ahora seguimos en compañía. (Han salido los dos niños de Acción Católica)
Queridos hermanos y hermanas:
hoy se celebra la Jornada mundial de los enfermos de lepra. Expreso mi cercanía a todas las personas que sufren esta enfermedad, como también a los que les cuidan, a quien lucha para eliminar las causas del contagio, es decir, condiciones de vida no dignas del hombre. ¡Renovamos el compromiso solidario para estos hermanos y hermanas!
Os saludo con afecto a todos vosotros, queridos peregrinos venidos de distintas parroquias de Italia y de otros países, como también las asociaciones y los grupos escolares.
En particular, saludo a la comunidad filipina de Roma. Queridos, el pueblo filipino es maravilloso, por su fe fuerte y alegre. El Señor os sostenga siempre también a vosotros que vivís lejos de la patria. ¡Muchas gracias por vuestro testimonio! Y muchas gracias por todo el bien que hacéis aquí, porque vosotros sembrais la fe aquí, dais un bonito testimonio de fe. Muchas gracias.
Saludo a los estudiantes de Cuenca, Villafranca de los Barros y Badajoz (España), los grupos parroquiales de las Islas Baleares y las jóvenes de Panamá. Saludo a los fieles de Catania Diamante, Delianuova y Crespano del Grappa.
Me dirijo ahora a los jóvenes y a las jóvenes de la Acción Católica de Roma. Queridos jóvenes, también este año, acompañados por el cardenal Vicario y monseñor Mansueto, habéis venido muchos al finalizar vuestra “Caravana de la Paz”. Os doy las gracias y os animo a proseguir con alegría el camino cristiano, llevando a todos la paz de Jesús. Ahora escuchamos el mensaje que leerán vuestros amigos, aquí junto a mí.
(Mensaje de la joven)
Y esos globos que quieren decir ‘paz’.
¡Gracias, jóvenes! A todos os deseo un feliz domingo y buen almuerzo. Por favor, por favor, rezad por mí. ¡Hasta pronto!


24 enero 2015

Comunicar la familia: ambiente privilegiado del encuentro en la gratuidad del amor

Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales



El tema de la familia está en el centro de una profunda reflexión eclesial y de un proceso sinodal que prevé dos sínodos, uno extraordinario –apenas celebrado– y otro ordinario, convocado para el próximo mes de octubre. En este contexto, he considerado oportuno que el tema de la próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales tuviera como punto de referencia la familia. En efecto, la familia es el primer lugar donde aprendemos a comunicar. Volver a este momento originario nos puede ayudar, tanto a comunicar de modo más auténtico y humano, como a observar la familia desde un nuevo punto de vista.
Podemos dejarnos inspirar por el episodio evangélico de la visita de María a Isabel (cf. Lc 1,39-56). «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”» (vv. 41-42).
Este episodio nos muestra ante todo la comunicación como un diálogo que se entrelaza con el lenguaje del cuerpo. En efecto, la primera respuesta al saludo de María la da el niño saltando gozosamente en el vientre de Isabel. Exultar por la alegría del encuentro es, en cierto sentido, el arquetipo y el símbolo de cualquier otra comunicación que aprendemos incluso antes de venir al mundo. El seno materno que nos acoge es la primera «escuela» de comunicación, hecha de escucha y de contacto corpóreo, donde comenzamos a familiarizarnos con el mundo externo en un ambiente protegido y con el sonido tranquilizador del palpitar del corazón de la mamá. Este encuentro entre dos seres a la vez tan íntimos, aunque todavía tan extraños uno de otro, es un encuentro lleno de promesas, es nuestra primera experiencia de comunicación. Y es una experiencia que nos acomuna a todos, porque todos nosotros hemos nacido de una madre.
Después de llegar al mundo, permanecemos en un «seno», que es la familia. Un seno hecho de personas diversas en relación; la familia es el «lugar donde se aprende a convivir en la diferencia» (Exort. ap. Evangelii gaudium, 66): diferencias de géneros y de generaciones, que comunican antes que nada porque se acogen mutuamente, porque entre ellos existe un vínculo. Y cuanto más amplio es el abanico de estas relaciones y más diversas son las edades, más rico es nuestro ambiente de vida. Es el vínculo el que fundamenta la palabra, que a su vez fortalece el vínculo. Nosotros no inventamos las palabras: las podemos usar porque las hemos recibido. En la familia se aprende a hablar la lengua materna, es decir, la lengua de nuestros antepasados (cf. 2 M 7,25.27). En la familia se percibe que otros nos han precedido, y nos han puesto en condiciones de existir y de poder, también nosotros, generar vida y hacer algo bueno y hermoso. Podemos dar porque hemos recibido, y este círculo virtuoso está en el corazón de la capacidad de la familia de comunicarse y de comunicar; y, más en general, es el paradigma de toda comunicación.
La experiencia del vínculo que nos «precede» hace que la familia sea también el contexto en el que se transmite esa forma fundamental de comunicación que es la oración. Cuando la mamá y el papá acuestan para dormir a sus niños recién nacidos, a menudo los confían a Dios para que vele por ellos; y cuando los niños son un poco más mayores, recitan junto a ellos oraciones simples, recordando con afecto a otras personas: a los abuelos y otros familiares, a los enfermos y los que sufren, a todos aquellos que más necesitan de la ayuda de Dios. Así, la mayor parte de nosotros ha aprendido en la familia la dimensión religiosa de la comunicación, que en el cristianismo está impregnada de amor, el amor de Dios que se nos da y que nosotros ofrecemos a los demás.
Lo que nos hace entender en la familia lo que es verdaderamente la comunicación como descubrimiento y construcción de proximidad es la capacidad de abrazarse, sostenerse, acompañarse, descifrar las miradas y los silencios, reír y llorar juntos, entre personas que no se han elegido y que, sin embargo, son tan importantes las unas para las otras. Reducir las distancias, saliendo los unos al encuentro de los otros y acogiéndose, es motivo de gratitud y alegría: del saludo de María y del salto del niño brota la bendición de Isabel, a la que sigue el bellísimo canto del Magnificat, en el que María alaba el plan de amor de Dios sobre ella y su pueblo. De un «sí» pronunciado con fe, surgen consecuencias que van mucho más allá de nosotros mismos y se expanden por el mundo. «Visitar» comporta abrir las puertas, no encerrarse en uno mismo, salir, ir hacia el otro. También la familia está viva si respira abriéndose más allá de sí misma, y las familias que hacen esto pueden comunicar su mensaje de vida y de comunión, pueden dar consuelo y esperanza a las familias más heridas, y hacer crecer la Iglesia misma, que es familia de familias.
La familia es, más que ningún otro, el lugar en el que, viviendo juntos la cotidianidad, se experimentan los límites propios y ajenos, los pequeños y grandes problemas de la convivencia, del ponerse de acuerdo. No existe la familia perfecta, pero no hay que tener miedo a la imperfección, a la fragilidad, ni siquiera a los conflictos; hay que aprender a afrontarlos de manera constructiva. Por eso, la familia en la que, con los propios límites y pecados, todos se quieren, se convierte en una escuela de perdón. El perdón es una dinámica de comunicación: una comunicación que se desgasta, se rompe y que, mediante el arrepentimiento expresado y acogido, se puede reanudar y acrecentar. Un niño que aprende en la familia a escuchar a los demás, a hablar de modo respetuoso, expresando su propio punto de vista sin negar el de los demás, será un constructor de diálogo y reconciliación en la sociedad.
A propósito de límites y comunicación, tienen mucho que enseñarnos las familias con hijos afectados por una o más discapacidades. El déficit en el movimiento, los sentidos o el intelecto supone siempre una tentación de encerrarse; pero puede convertirse, gracias al amor de los padres, de los hermanos y de otras personas amigas, en un estímulo para abrirse, compartir, comunicar de modo inclusivo; y puede ayudar a la escuela, la parroquia, las asociaciones, a que sean más acogedoras con todos, a que no excluyan a nadie.
Además, en un mundo donde tan a menudo se maldice, se habla mal, se siembra cizaña, se contamina nuestro ambiente humano con las habladurías, la familia puede ser una escuela de comunicación como bendición. Y esto también allí donde parece que prevalece inevitablemente el odio y la violencia, cuando las familias están separadas entre ellas por muros de piedra o por los muros no menos impenetrables del prejuicio y del resentimiento, cuando parece que hay buenas razones para decir «ahora basta»; el único modo para romper la espiral del mal, para testimoniar que el bien es siempre posible, para educar a los hijos en la fraternidad, es en realidad bendecir en lugar de maldecir, visitar en vez de rechazar, acoger en lugar de combatir.
Hoy, los medios de comunicación más modernos, que son irrenunciables sobre todo para los más jóvenes, pueden tanto obstaculizar como ayudar a la comunicación en la familia y entre familias. La pueden obstaculizar si se convierten en un modo de sustraerse a la escucha, de aislarse de la presencia de los otros, de saturar cualquier momento de silencio y de espera, olvidando que «el silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido» (Benedicto XVI, Mensaje para la XLVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, 24 enero 2012). La pueden favorecer si ayudan a contar y compartir, a permanecer en contacto con quienes están lejos, a agradecer y a pedir perdón, a hacer posible una y otra vez el encuentro. Redescubriendo cotidianamente este centro vital que es el encuentro, este «inicio vivo», sabremos orientar nuestra relación con las tecnologías, en lugar de ser guiados por ellas. También en este campo, los padres son los primeros educadores. Pero no hay que dejarlos solos; la comunidad cristiana está llamada a ayudarles para vivir en el mundo de la comunicación según los criterios de la dignidad de la persona humana y del bien común.
El desafío que hoy se nos propone es, por tanto, volver a aprender a narrar, no simplemente a producir y consumir información. Esta es la dirección hacia la que nos empujan los potentes y valiosos medios de la comunicación contemporánea. La información es importante pero no basta, porque a menudo simplifica, contrapone las diferencias y las visiones distintas, invitando a ponerse de una u otra parte, en lugar de favorecer una visión de conjunto.
La familia, en conclusión, no es un campo en el que se comunican opiniones, o un terreno en el que se combaten batallas ideológicas, sino un ambiente en el que se aprende a comunicar en la proximidad y un sujeto que comunica, una «comunidad comunicante». Una comunidad que sabe acompañar, festejar y fructificar. En este sentido, es posible restablecer una mirada capaz de reconocer que la familia sigue siendo un gran recurso, y no sólo un problema o una institución en crisis. Los medios de comunicación tienden en ocasiones a presentar la familia como si fuera un modelo abstracto que hay que defender o atacar, en lugar de una realidad concreta que se ha de vivir; o como si fuera una ideología de uno contra la de algún otro, en lugar del espacio donde todos aprendemos lo que significa comunicar en el amor recibido y entregado. Narrar significa más bien comprender que nuestras vidas están entrelazadas en una trama unitaria, que las voces son múltiples y que cada una es insustituible.
La familia más hermosa, protagonista y no problema, es la que sabe comunicar, partiendo del testimonio, la belleza y la riqueza de la relación entre hombre y mujer, y entre padres e hijos.
No luchamos para defender el pasado, sino que trabajamos con paciencia y confianza, en todos los ambientes en que vivimos cotidianamente, para construir el futuro.
Vaticano, 23 de enero de 2015
Vigilia de la fiesta de San Francisco de Sales.

La confesión no es la tintorerí­a que te quita la mancha

El Papa en la homilí­a de ayer


Reconciliar es el trabajo de Dios, y es un hermoso trabajo. Porque nuestro Dios perdona cualquier pecado, lo perdona siempre, celebra cuando uno le pide perdón y lo olvida todo. La Epístola a los Hebreos (Hb 8,6-13) nos habla de modo insistente de la nueva alianza establecida por Dios con el pueblo elegido. El Dios que reconcilia decide enviar a Jesús para restablecer un nuevo pacto con la humanidad cuya piedra angular es fundamentalmente el perdón. Un perdón que tiene  muchas características.
Lo primero, ¡Dios perdona siempre! No se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón, pero Él no se cansa de perdonar. Cuando Pedro pregunta a Jesús: ¿Cuántas veces tengo que perdonar? ¿Siete veces?, le responde: No siete veces: setenta veces siete. O sea, siempre. Así perdona Dios: siempre. Aunque hayas llevado una vida de muchos pecados, de tantas cosas feas, si al final, un poco arrepentido, pides perdón, ¡te perdona enseguida! Él perdona siempre.
Sin embargo, la duda que podría surgir en el corazón humano es cuánto está Dios  dispuesto a perdonar. Pues bien, basta arrepentirse y pedir perdón: no hay que pagar nada, porque ya Cristo lo pagó por nosotros. El modelo es el hijo pródigo de la parábola, que arrepentido prepara un discurso para su padre, quien en cambio no lo deja ni hablar sino que lo abraza y lo estrecha a sí. No hay pecado que Él no perdone. Lo perdona todo. Pero yo no puedo confesarme porque he cometido muchas cosas feas; tantas que no tengo perdón. No, no es verdad. ¡Dios lo perdona todo! Si vas arrepentido, se perdona todo. ¡Muchas veces, no te deja ni hablar! Empiezas a pedir perdón y ya te hace sentir la alegría del perdón antes de que hayas terminado de decirlo todo. Y cuando perdona, Dios lo celebra.
Finalmente, ¡Dios olvida! Porque lo que importa para Dios es encontrarse con nosotros. Por eso, sugiero un examen de conciencia a los sacerdotes dentro del confesionario. ¿Estoy dispuesto a perdonarlo todo? ¿A olvidarme de los pecados de esa persona? La confesión, más que juicio, es un encuentro. Muchas veces las confesiones parecen una formalidad: Po, po, po, po, po… Y ya. ¡Todo mecánico! ¡No! ¿Y el encuentro dónde está? El encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y lo celebra. Ese es nuestro Dios, tan bueno. Y lo tenemos que enseñar: que aprendan nuestros hijos, nuestros chicos a confesarse bien, porque ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha. ¡No! Es ir a encontrar al Padre, que reconcilia, que perdona y hace una fiesta.

23 enero 2015

La Iglesia predica el disparate

Pablo Cabellos Llorente

 
No se trata de sadismos ni masoquismos, sino de locura de amor hacia un Dios que, habitando en el misterio, se ha hecho uno de nosotros para darnos la vida con la chifladura y el escándalo de la cruz
Sí, desde sus comienzos, la Iglesia fundada por Cristo no ha cesado de pregonar despropósitos. Unos pocos de ellos −variables según los tiempos− han tenido un número más o menos elevado de adeptos alejados de ella. Hoy día ocurre respecto a tareas cuyos objetivos se centran en los enfermos, desfavorecidos por la vida, excluidos sociales por droga, inmigrantes, analfabetos, gentes sin techo, parados de larga duración, víctimas de las mil y una guerras, etcétera. Muchos alaban esas labores, lo que no significa que ayuden en las mismas. Algunos ya se retiran si ven que, con ocasión de tales actividades, los que las realizan procuran difundir el Evangelio entre sus beneficiarios, sin exclusiones de quienes no lo deseen. Se van los que quieren una Iglesia-ONG.
Pero procediendo con un poquito de orden, ¿cómo entender que Dios se haga hombre? Y puestos a que eso suceda, ¿cómo encajar que nazca en un rincón perdido del mundo y, además, en un establo? Lo último −porque el desvalido está de moda− podría ser más aceptado, hasta haría de Cristo un neosindicalista convencido que se muestra con obras, cosa difícil de evidenciar en el ramo. Pero la pertinacia de la Iglesia le lleva a decir que es el salvador del mundo y que, después de treinta años de ser un oscuro artesano, y tres intensos de predicación haciendo el bien, acabará condenado a morir en una cruz. Y que, precisamente ahí, será nuestro redentor.
¿Y qué decir de lo que amablemente, eso sí, pide a sus seguidores? Pues nada menos que, para serlo de veras, han de tomar la cruz de cada día y solamente así contarse entre sus incondicionales. Y el caso es que no es una frase: pide un talante desprendido y generoso respecto de los bienes que posean, llama bienaventurados a los misericordiosos, los que lloran, los que padecen por causa de la justicia, los limpios de corazón? Sí pide castidad a todos: solteros, sin distinguir heterosexuales de homosexuales, y casados, porque hay una castidad para los casados. La diferencia entre unos y otros solo es de una persona con quien relacionarse. Y con esa, siempre abiertos a la vida.
Obelix diría: están locos estos cristianos. Y en verdad es así. No se trata de sadismos ni masoquismos, sino de locura de amor hacia un Dios que, habitando en el misterio, se ha hecho uno de nosotros para darnos la vida con la chifladura y el escándalo de la cruz. Recordamos a san Pablo escribiendo que la cruz es escándalo para los judíos y locura para los gentiles, mas poder y sabiduría de Dios para los que se salvan, ya judíos, ya griegos. Recorrer ese camino sólo es posible si nos vemos pequeños y necesitados del misterio. Y sin misterio no hay esperanza, y sin esperanza, no hay alegría. Esta alegría es inalcanzable para bastantes pensadores modernos que han evitado el misterio negándolo.

El Papa se sorprendido por la descontextualización de sus palabras

Mons. Angelo Becciu


El sustituto de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, Mons. Angelo Becciu, ha dicho este jueves que el papa Francisco está sorprendido porque sus declaraciones en el vuelo de regreso a Roma sobre la apertura a la vida, la paternidad responsable y el tesoro de tener un hijo fueran descontextualizadas por la mayoría de medios de comunicación. 
El arzobispo, uno de los más estrechos colaboradores del Pontífice argentino, le acompañaba en el viaje a Sri Lanka y Filipinas y estaba presente en la rueda de prensa durante el vuelo de vuelta de Manila a Roma. Así que, escuchó personalmente las preguntas de los periodistas y las respuestas del Santo Padre. Por ese motivo, Mons. Becciu ha podido reconstruir el sentido auténtico de las palabras del papa Francisco en una entrevista con el diario italiano Avvenire. 
Tras preguntarle si el Pontífice argentino se sintió identificado con la interpretación mayoritaria que los medios dieron a las declaraciones en las que decía que para ser un buen católico no es necesario tener hijos como conejos, el arzobispo italiano ha señalado que "al ver los titulares de los periódicos, el Santo Padre, con quien hablé ayer, sonrió y dijo que se había sorprendido un poco por el hecho de que esas palabras, que fueron voluntariamente sencillas, no hubieran sido completamente contextualizadas, respecto a una cita clarísima de la Humanae Vitae sobre la paternidad responsable".
"El Papa Francisco es un gran admirador de Pablo VI, así lo ha manifestado en varias ocasiones. Ha sido él quien lo ha beatificado y en Filipinas, hace pocos días, contemplando una nación tan joven, ha querido subrayar que la postura mantenida en 1968 por Pablo VI fue profética", ha destacado.
Además, ha explicado que el Santo Padre al hablar de tres hijos por matrimonio en absoluto habría querido indicar un número cerrado: "Con el número tres se refirió únicamente al número mínimo que los sociólogos y demógrafos indican que asegura la estabilidad de la población. De ningún modo el Papa quería decir que ese sea el número correcto de hijos para todos los matrimonios". Ya que, ha proseguido, "cada matrimonio cristiano, a la luz de la gracia, está llamada a discernir, según una serie de circunstancias humanas y divinas cuál es el número de hijos que debe tener".
Por último,el sustituto de la Secretaría de Estado ha reconocido que "el Papa está realmente disgustado de que se haya creado semejante desconcierto. Él no quería de ninguna manera menospreciar la belleza y el valor de las familias numerosas". "En la Audiencia General, ha afirmado que la vida es siempre un bien y que tener muchos hijos es un don de Dios por el que hay que darle gracias", ha concluido.

****************
Durante una rueda de prensa con los 77 periodistas que han viajado a bordo del avión papal desde Manila, entre otros temas, el Santo Padre ha sido interrogado sobre la contracepción. El Pontífice ha recordado que la Iglesia promueve el principio de la paternidad responsable, contenido en la Humanae vitae de Pablo VI, que "ha sido un profeta". A continuación, reproducimos las palabras del papa Francisco:
"Yo quería decir de Pablo VI... es verdad que la apertura a la vida es la condición del sacramento del matrimonio. Un hombre no puede darle el sacramento a la mujer y la mujer dárselo a él, si en este punto no están de acuerdo de estar abiertos a la vida, ¿no? Hasta el punto de que, si se puede probar que este o esta se ha casado con la intención de no estar abierto a la vida, ese matrimonio es nulo. Es causa de nulidad matrimonial, ¿no? La apertura a la vida, ¿no?
Y Pablo VI ha estudiado esto con la comisión, cómo hacer para ayudar en tantos casos, en tantos problemas, ¿no? Y problemas importantes, que incluso afectan al amor de la familia, ¿no? Problemas de todos los días y... Pero muchos, muchos, ¿no? Pero había algo más. El rechazo de Pablo VI no era sólo a los problemas personales. Para eso dirá después a los confesores de ser misericordiosos, y comprender las situaciones, perdonar... Ser misericordiosos, comprensivos, ¿no? Si no que él miraba al neomalthusianismo universal que estaba en curso. ¿Y como se llama este neomalthusianismo? Ese menos de un uno por ciento de nacimientos en Italia, lo mismo en España. Ese neomalthusianismo que buscaba un control de la humanidad por parte de las potencias.
Esto no significa que el cristiano tiene que tener hijos en serie. Yo he reprendido a una mujer hace algunos meses en una parroquia, porque estaba embarazado del octavo y tenía siete cesáreas. '¿Pero usted quiere dejar huerfanos a los siete?' Esto es tentar a Dios. Hablamos de paternidad responsable. Ese es el camino, una paternidad responsable. Pero lo que yo quería decir es que Pablo VI no ha sido un aticuado, alguien cerrado. Ha sido un profeta que, con esto, nos ha dicho que hay que tener cuidado con el neomalthusianismo que está viniendo. Y eso quería decir. Gracias".   
Tras repreguntarle sobre la misma cuestión, el Santo Padre ha añadido:
"Yo creo que el número de tres por familia que usted menciona --pero póngase comodo. Me hace sufrir-- creo que es el que dicen los técnicos que es el importante para matentener la población, ¿no? Tres por pareja, ¿no? Y cuando baja este, sucede el otro extremo, lo que pasa en Italia. Que he escuchado, no se si es verdad, que en el 2024 no habrá dinero para pagar a los pensionistas. El descenso de la población, ¿no? Y por eso la palabra clave para responder es la que usa la Iglesia siempre. También yo, ¿eh? Paternidad responsable. Cómo se hace esto, pues con el diálogo. Cada persona, con su pastor, tiene que buscar como hacer esa paternidad responsable.
Ese ejemplo, que he mencionado hace poco, de esa mujer que esperaba el octavo y tenía siete que habían nacido por cesárea. Pero esto es una irresponsabilidad. 'No, yo confío en Dios'. Pero mira, Dios te da los medios para... Sé responsable, ¿no? Algunos creen que --perdonadme la palabra, ¿eh?-- que para ser buenos católicos debemos ser como conejos, ¿no? ¡No! Paternidad responsable. Esto está claro. Y por eso, en la Iglesia hay los grupos matrimoniales; hay los expertos en esto; hay los pastores; y se busca. Y yo conozco muchas, muchas salidas lícitas que han ayudado a esto. Ha hecho bien en decírmelo, ¿no?
Y que curioso otra cosa. Nada que ver con esto, pero en relación con esto. Para la gente más pobre un hijo es un tesoro. Es verdad que se tiene que ser también aquí prudentes, ¿eh? Pero para ellos, un hijo es un tesoro. Y Dios sabe como ayudarles. Y quizás algunos no son prudentes en esto. Es verdad, ¿no? Paternidad responsable. Pero mirar la generosidad de aquel papá y aquella mamá que ve en cada hijo un tesoro".  

22 enero 2015

Jesús nos salva e intercede por nosotros

El Papa, en la homilí­a de este jueves


En el Evangelio de hoy (Mc 3,7-12), la muchedumbre acuden a Jesús de todas partes, porque el pueblo de Dios ve en el Señor una esperanza, porque su modo de obrar y enseñar les toca el corazón —les llega al corazón—, porque tiene la fuerza de la Palabra de Dios. El pueblo siente eso y ve que en Jesús se cumplen las promesas, que en Jesús hay esperanza. La gente estaba ya un poco aburrida del modo de enseñar la fe de los doctores de la ley, pues cargaban sobre los hombros muchos mandamientos y preceptos, pero no llegaban al corazón de la gente. Pero, cuando ven a Jesús, le oyen y escuchan sus propuestas (las bienaventuranzas…), entonces sienten dentro algo que se mueve —¡es el Espíritu Santo quien les despierta eso!— y van a buscar a Jesús. La gente va a Jesús para ser curada, es decir, buscan su propio bien. Nos pasa a todos: nunca podemos seguir a Dios con rectitud de intención desde el principio, porque siempre será un poco por nosotros y otro poco por Dios. La solución es purificar la intención. La gente va, sí, busca a Dios, pero también busca la salud, la curación. Y se le echaban encima para tocarlo, para que saliese esa fuerza y les curase.
Pero lo más importante no es que Jesús cure —que es señal de otra curación—ni tampoco que Jesús diga palabras que lleguen al corazón —que ciertamente ayuda a encontrar a Dios—. Lo más importante lo dice la Epístola a los Hebreos (Hb 7,25–8,6): Jesús puede salvar definitivamente a los que, por medio de él, se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor. Jesús salva y es el intercesor. Esas son las dos palabras clave. ¡Jesús salva! Las curaciones y las palabras que llegan al corazón son la señal del comienzo de la salvación, el recorrido de la salvación de muchos que empiezan yendo a escuchar a Jesús, o a pedirle una curación, pero luego vuelven a Él y sienten la salvación. ¿Lo más importante de Jesús es que cure? No, no es lo más importante. ¿Que nos enseñe? Tampoco es lo más importante. ¡Que salve! Él es el Salvador y nosotros somos salvados por Él. Eso es lo más importante y la fuerza de nuestra fe.
Jesús subió al Padre y desde allí intercede todavía, todos los días, en todo momento, por nosotros. Esto es actual. Jesús ante el Padre ofrece su vida, la redención, le enseña sus llagas, que son el precio de la salvación. Todos los días intercede Jesús así. Cuando, por una cosa u otra, estamos un poco hundidos, recordemos que es Él quien reza e intercede por nosotros continuamente. Muchas veces lo olvidamos. “—Pero Jesús ya se fue al Cielo y nos envió al Espíritu Santo: ya se acabó”. ¡No! Actualmente, en todo momento, Jesús intercede. ¡Jesús, ten piedad de mí! ¡Intercede por mí! Dirigíos al Señor pidiendo su intercesión.
Este es el punto central: Jesús es Salvador e Intercesor. Os hará bien recordarlo. La gente busca a Jesús con el olfato de la esperanza del pueblo de Dios, que esperaba al Mesías, y procuran encontrar el Él la salud, la verdad, la salvación, porque es el Salvador y, como Salvador, hoy, en este momento, intercede por nosotros. Que en nuestra vida cristiana estemos cada vez más convencidos de que hemos sido salvados, de que tenemos un Salvador: Jesús a la diestra del Padre, que intercede. Que el Señor, el Espíritu Santo, nos haga entender estas cosas.